Ágnes Heller La falsa ave azul de la felicidad

La felicidad se volvió una palabra simbólica,

o, como Roland Barthes hubiera

dicho, una palabra mana1. Nosotros, hombres y mujeres modernos, no sabemos exactamente pensamientos que y es la Felicidad. Sin embargo, son la palabra y nos evoca que

sentimientos

parecidos,

cosas

sentimientos

generalmente afirmamos.

No obstante, siquiera tres,

no existe un

consenso aceptado con una definición real, ni

en cuatro alternativas de la palabra Felicidad, ni una puede

proveernos una definición satisfactoria. Ciertamente, se ha intentado. Kant, por ejemplo, dijo que la Felicidad equivale a la satisfacción de todas nuestras necesidades. Sin embargo, partiendo desde estos principios, nadie es o será

feliz, dado que nuestras necesidades nunca serán simultáneamente satisfechas. Pero frecuentemente, al final de un cuento de hadas o de una novela decimos “y vivieron felices para siempre”, y entendemos lo que esto significa. También

repetimos a veces el dicho de los ancianos de que todos queremos ser felices, todos nos esforzamos por la felicidad y así será, sin pararnos a reflexionar, sin preguntar que es lo que esto significa, y si suena cierto. Aún así los dichos de los ancianos se han vuelto cotidianos, y aún peor, banales y superficiales. Podemos decir que la palabra mana, Felicidad comparte su característica con otras

palabras mana como amor, amistad y belleza.

1

Referido a un concepto en la antropología europea frecuentemente atribuido al precursor de la religión formal. También es interpretado como la cosa con la que está hecha la magia. En las lenguas oceánicas es la fuerza impersonal que reside en la gente, animales y objetos inanimados y que influye al buen observador a maravillarse. http://en.wikipedia.org/wiki/Mana#Mana_in_anthropological_discourse

El concepto Griego de eudaimona (Felicidad) y eu zen (vivir bien) estaban completamente conectados. Parece, sin embargo, que en estos tiempos modernos los dos han perdido fuerza y a veces no existe ni uno. En tiempos premodernos, por ejemplo con los griegos y los antiguos judíos- por mencionar solamente las cunas de la tradición europea- , la palabra felicidad se refiere a algo objetivo. No es un sentimiento, ni una emoción, sino una manera de ser. No se decía “me siento feliz, sino “soy feliz” . Si alguien se dirigía a otra persona afirmando “tú eres feliz”, era poco probable que el otro respondiera, “no, no lo soy”, “porque no me siento feliz”. Max Weber ejemplificó la diferencia entre lo antiguo y lo moderno con el patriarca Abraham, quien murió saciado en vida, es decir, felizmente. Sin embargo, un hombre moderno, o así lo creía Weber, no puede estar saciado en vida, pues no estaría satisfecho, y si está insatisfecho, también es infeliz. Es verdad que, al menos en la filosofía griega, la felicidad estaba definida en varios caminos, tres, precisamente. De acuerdo a la tradición arcaica los poderosos y los acaudalados eran los

hombres más felices. Esta tradición fue refutada en los tiempos clásicos, entre otros, por la famosa historia de Solon. Haré el sumario de una de las versiones. Solon visitó a Polycrates, el tirano, saciado de poder y riqueza, es decir, con su felicidad., durante una cena festiva. Solon estuvo escuchándolo y después dijo “nadie es feliz antes de su muerte”, y aconsejó al rey a que sacrificara algo muy querido en su corazón, para escapar de la venganza de los dioses. Polycrates, profundamente deprimido por las palabras del sabio, encomendó a sus sirvientes a tirar su anillo más hermoso al mar. Sin embargo a la mañana siguiente regresaron con el anillo, recuperado del estómago de un pez. Con obscuros presentimientos, Solon abandonó la corte inmediatamente. Pronto, la tierra del tirano fue conquistada y se lamentó “Oh, Solon, Solon! Tenías razón, nadie es feliz hasta después de su muerte!”. Desde esta versión, la historia tiene

un final feliz. El conquistador que escuchó los lamentos, le preguntó a Polycrates sus razones al pronunciar el nombre del sabio. La libertad de Polycrates, evitar compartir su fe.
2

Los griegos buscaron otro concepto de felicidad que permitiera declarar a un hombre feliz antes de su muerte. Los hedonistas propusieron una solución. La satisfacción es felicidad, dijeron, no importa cual sea su fuente, material o espiritual. Aristóteles, en su ética a Nicómaco, criticó esta postura con detalle. Enseñó que la propuesta hedonista no provee un concepto estable de felicidad. Afirma que los hombres son felices si practican sus virtudes, durante toda su vida, y, que además, también están bendecidos con ciertos regalos de la fortuna, como la salud, una riqueza promedio, buenos hijos, etc. De hecho, este concepto de felicidad era generalmente aceptado por los ciudadanos libres de las polis griegas y también por la tradición filosófica cristiana hasta Descartes, aún cuando estos últimos marginalizaron y/o tirivializaron los dones de la suerte. En sus cartas dirigidas a la Princesa Elizabeth, Descartes e.j. definió felicidad con los términos tradicionales. No obstante, Elizabeth tuvo problemas, y nosotros también.

Repito: los tres conceptos tradicionales de felicidad tienen algo en común. Todos pretenden ser objetivos, fueron objetivos. Cuando Aristóteles dijo que la felicidad consistía- antes que nada- en ser virtuoso durante toda la vida, se refería a una definición objetiva de felicidad. Una persona que ya se volvió virtuosa y actúa de acuerdo a sus virtudes, es feliz, sin considerar sus sentimientos. Y todo aquel

2

No se ha encontrado referencia a esta historia. En la mayoría de los textos, Amasis, rey de Egipto es el que aconseja a Polycrates de Samos a deshacerse de su pertenencia. Por otro lado, Croesus, rey de Lydia, es visitado por Solon , quien le dice que “ Nadie es feliz hasta que muere”. También, este párrafo puede ser leído no como Solon el personaje histórico, sino como Solon el personaje de Herodoto, historiador que recopiló ambos sucesos. http://www.destinati.com/texts/shapiro.herodotus.solon.pdf

que satisface el criterio de felicidad, es feliz. No hay necesidad de preguntarle como se encuentra.

En el mundo moderno esto ya no es así.

Las mujeres y los hombres modernos se volvieron contingentes. No tienen un lugar asignado en el mundo al momento de nacer. No reciben los telos de su vida- entre ellos las virtudes que deben desarrollar- en su cuna. Son lanzados al mundo, es decir, en libertad, a la nada. En estas nuevas circunstancias, la

conditio moderna no tiene fundamentos sólidos. Hay cada vez menos certezas, y los conceptos del bien se multiplican. cambio drástico interno de la Una de las manifestaciones de este

condición humana es la pérdida del concepto

objetivo de la felicidad. La felicidad ya no es objetiva, se subjetivizó. Es un sentimiento, una emoción. Ahora me siento feliz o infeliz. Ya no hay criterios objetivos generalmente aceptados para felicidad. Como alguna vez G.B Shaw, dijo con un cinismo amable, que nadie debe desear para una criatura del señor lo mismo que para sí mismo, porque puede tener otro sabor. Ahora, si se dirige hacia ti y dice: tú eres una persona feliz, el otro puede responder, más bien soy infeliz. Y no tienes derecho de replicar, que estás equivocado, porque, de hecho, estás feliz. Esto no tendría sentido. (Esta frase desde su transcripción en inglés no tiene sentido.

Discutiré brevemente las siguientes preguntas: si la felicidad se volvió un sentimiento/emoción, en este sentido subjetivo, qué clase de sentimiento (emoción) es? ¿Por qué la palabra mana felicidad, se ha vuelto banal y

superficial? ¿Cómo y porqué felicidad y “buena vida” tienen caminos divididos?

¿Si cuando se pronuncia la palabra felicidad para hablar de una experiencia también se señala como banal? ¿Acaso la experiencia y la palabra felicidad pueden rescatarse, y resurgir de las ruinas de los lugares comunes?

2.

Es obvio que la felicidad es comúnmente concebida como un sentimiento bueno o positivo, es el sentimiento que, - como dice Nietzche- dice “sí” a la vida.

¿Podemos acaso decir que todos los sentimientos que le dicen “sí” a la vida pertenecen a un grupo general de un sentimiento llamado “felicidad”? La mayoría de estos sentimientos positivos son disposiciones emocionales, tales como amor y amistad. Pero la fuerte presencia de varias disposiciones emocionales puede manifestarse en dolor, sufrimiento, ansiedad, y toda clase de emociones que son incompatibles con la felicidad. (Ejemplos, el amado muere, el amigo nos traiciona, etc.) Otras disposiciones emocionales positivas (ej. Estar de buen humor) son identificadas algunas veces con felicidad, otras veces no. Pero, si no todos los sentimientos que le dicen “sí” a la vida pueden relacionarse con felicidad, ¿cuáles son los que sí pueden? En el momento en el que uno especifica ciertos sentimientos, aquellos que le dicen sí a la vida, junto con los de felicidad, uno no habla de sentimientos, sino de emociones. En el caso de las emociones, el concepto (lenguaje) y la situación constituyen el sentimiento mismo. Podemos tratar, con Wittgenstein, de hablar de una familia de ciertas emociones. Dejen que enumere algunos: gratitud, alegría, placer, satisfacción, dicha, sentirse elevado, sentirse “arriba”,

experiencias místicas, autoabandono, experiencia de autoestima, etc. Muchas de

las palabras mencionadas forman parte de su propia familia. Por ejemplo, dicha o placer. Disfrutar un día de verano, o de natación, o estar en buena compañía, o haber conseguido algo que representó mucho esfuerzo, los primeros pasos de un niño, una fugaz señal de reconocimiento, etcétera, son experiencias emocionales completamente distintas y hacen visibles diferentes calidades emocionales. Una persona puede decir, “soy feliz”, en todos esos casos, en algunos, en ninguno. En algunos casos la palabra “felicidad” sugiere énfasis o estrés. Subraya la otra palabra (ej. Dicha o placer). Gráficamente hablando, la palabra “felicidad” puede ser relacionada con subrayado o con negritas. Cuando escribo mi placer en negritas, hablo de felicidad. No le añade ninguna cualidad nueva a la experiencia, simplemente, la enfatiza, es todo.

Mencioné que dentro de

la familia de las emociones mencionadas,

las que

dicen sí a la vida, hay emociones que tienen sus propias subfamilias, por ejemplo la emoción (y no el afecto) de la alegría. En un segundo vistazo, estas diferencias muestran diferencias más importantes. Entre las emociones enumeradas hay algunas que pueden surgir como ocurrencias emocionales y también como disposiciones emocionales (tales como contento o satisfacción. Sin embargo, otras emociones son normalmente ocurrencias emocionales. Y, como ocurrencias emocionales, pueden tener nada que ver con el concepto tradicional de felicidad, ya que ninguna ocurrencia emocional es duradera. La felicidad del momento no está relacionada con la estabilidad de las virtudes, pero tampoco está relacionada con la abundancia o el poder, al ser percibidos estos últimos como valores o bienes de largo plazo.

Una persona moderna puede preguntarle a otra persona moderna ¿Cuál ha sido el momento más feliz de tu vida? , sin sonar ridículo. Obviamente, las

ocurrencias emocionales que son generalmente,

libres de valor,

toman

prestado el valor solo del objeto o de las circunstancias de las ocurrencias, y se vuelven más importantes emoción de la felicidad. debido a la subjetivización del concepto y de la Hoy en día, no se excluye que alguien responda a la

pregunta sobre el momento más feliz de su vida con confesiones del tipo “la primera vez que maté a un hombre en la guerra” o “Cuando violé a una mujer”. Nadie puede ponerle un signo de interrogación al momento más feliz de una persona, si así fue. Que la verdad de un reporte emocional sea cuestionada o puesta a prueba o bien que se dé por hecho es un asunto tan complicado que no puede ser tratado aquí. Por ejemplo, contener un llanto o un gesto raro puede poner en cuestión una declaración de un sentimiento de alegría o felicidad

previa. Pero en caso de una recolección histórica personal (respóndanse a la pregunta de cuales han sido sus momentos más felices) y los reportes emocionales serán generalmente confiables.

Aún cuando la felicidad como ocurrencia emocional esté libre de valor, y puede estar relacionado con cualquier objeto, hay expectativas sociales que

estandarizan esas experiencias personales. Podemos decir en ese caso que la persona está materializada, pues la persona se siente feliz cada vez que él o ella tiene que sentirse así. Esas situaciones siguen siendo tradicionales. Por ejemplo, sentirnos felices el día de nuestra boda, o en una fiesta de Año Nuevo. Y aún cuando la persona se haya sentido miserable en todas las fiestas de año nuevo, el próximo año tendrá la esperanza de sentirse feliz, porque debe de estarlo. Una vez leí el reporte emocional de algunas celebridades de Nueva York a las que se les preguntaba sobre los momentos más felices de su vida. Muchos de ellos dijeron que se sintieron más felices que nunca cuando bebieron champaña rosada con su persona amada mientras manejaban una carroza en Central Park,

o, alternativamente, ¡cuando recibieron un anillo de diamantes de su ser amado! (Esto mientras bebían champaña rosada en una carroza). Este tipo de estandarizaciones de los momentos más felices de una persona, es lo que yo llamo, la banalización de la experiencia de la felicidad. El momento feliz es banal, si la sociedad inserta objetos de felicidad banales. Mientras más subjetiva sea la felicidad, más banal será la estandarización de los momentos felices.

Si las mismas situaciones son repetidas, la experiencia de la alegría o del placer pierde su intensidad emocional, y no las llamamos momentos felices. No sobresalen, ni se recuerdan de por vida. Recibir la primera carta de amor es un ejemplo de un momento feliz, pero recibir la veintiunava carta del mismo enamorado, puede ser motivo de alegría, pero no se recuerda de por vida. Lo mismo se puede decir sobre el primer viaje a Venecia, o la primera publicación. La repetición no cambia el objeto, pero sí la intensidad de la experiencia.

La experiencia del goce

difiere de la experiencia de alegría en tanto que la

repetición no disminuye la intensidad. Por ejemplo, en caso de una experiencia mística, o una estética. Si alguien escucha a Don Giovanni de Mozart por la veintiunava vez, la intensidad de la experiencia no desvanece, puede ser incluso potencializada. En el caso del goce, la experiencia es algo que requiere siempre el completo abandono de la persona. En el caso de que una persona se auto abandona enteramente a algo precioso, uno experimenta el goce pleno. Este, puede explicarse en términos de felicidad, aún cuando difiere de la alegría escrita en acero. A diferencia de otros el goce no puede ser estandarizado, aún cuando la expectación de este puede ser más que nada, cuando el hombre comunica falsos mensajes sobre su goce. Lo común de la alegría y el goce es que las dos son experiencias del momento.

En contraste, sentirse en bienestar o satisfecho, pueden ser continuos, duraderos, pueden incluso durar durante toda la vida. Pero si son duraderos, alargados en el tiempo, si se acrecentan e incluso se acumulan, se vuelven sentimientos cognitivos. Uno podría decir que las personas que están en bienestar o satisfechas con sus vidas, son felices en vez de sentirse felices. Sin embargo, esto no es completamente cierto. Una persona puede sentirse satisfecha con un tipo de vida en absoluto atractiva para otra. Sentirse satisfecho o en bienestar puede también ser criticado, como una señal de ausencia de aspiraciones, la modestia de la exigencia.

Estar satisfecho o en bienestar puede ser ultrajoso. De una mujer satisfecha con su vida con un marido que la golpea todos los días, se puede decir que no debería estarlo. Las necesidades deben ser reconocidas, incluso, criticadas hasta donde se pueda. Pero cualquiera que sea el caso, el bienestar o la satisfacción no son necesariamente relacionados a los méritos personales o a los logros, están muy frecuentemente enraizados en la psique. Esto era de esperarse. Pero si la felicidad es un suplemento social o personal (las negritas) a la experiencia de la alegría, o, completamente enraizado en la psique personal, no es un asunto filosófico, ni único, y únicamente decisivo, de la experiencia humana existencial.

La segunda pregunta (cómo y porqué la palabra felicidad se ha vuelto superficial, y cómo felicidad y buena vida tienen diferentes caminos) ha sido la agenda escondida durante la dilución de la primera. Para hablar de estos términos desde otra perspectiva, les presento tres historias representativas del concepto moderno de felicidad, o bien de la imposibilidad de ser feliz. Las historias a continuación son de la autoría de Maeterlinck, de Anatole Frances, y de Goethe.

La historia de Maeterlink es “La falsa ave azul de la Felicidad” (una historia similar es la del Mago de Oz de Peer Gynt). Dos niños emprenden la búsqueda del Ave Azul. Viven nuevas y excitantes aventuras, exploran nuevos y siempre diferentes lugares, sin embargo no encuentran la felicidad. Decepcionados, regresan a casa, (se despiertan) y ¡alas!, es en casa dónde encuentran la felicidad.

La historia de Anatole Frances es sobre un rey enfermo. Un famoso doctor le diagnostica melancolía, y le prescribe la única medicina que lo puede curar: la camisa de un hombre feliz. Docenas de diligentes sirvientes van a la búsqueda de los más famosos, los más ricos, los poderosos, los más hermosos hombres del país para adquirir sus camisas. Sin embargo, resulta que ninguno de ellos se siente feliz. Desilusionados, deciden regresar al castillo con las malas noticias de que no hay un sólo hombre feliz en todo el reino, no hay remedio para el rey enfermo. En el camino, pasan una pradera, y escuchan a un hombrecillo pobremente vestido cantando. Le preguntaron si era feliz. Si, lo soy – fue su respuesta. “Préstanos tu camisa, te pagaremos cien veces su valor”, le dijeron. ¿“Mi camisa”? preguntó el hombre simplón con una sonrisa. “No tengo ni una sola”.-

Goethe cuenta la historia de Fausto, quien pacta con el diablo para disfrutar la vida al máximo, sin embargo siempre queda insatisfecho. Al final de la historia habrá un momento de felicidad, un momento donde Fausto quiere para siempre quedarse. Se dirige al momento con las palabras prohibidas. Al hacerlo, ya no está maldito y se salva.

Estas historias modernas de felicidad, no tienen nada que ver con la historia de Solon. En esta historia, que permaneció como dominante hasta la modernidad, la felicidad es una mera semblanza siempre y cuando pueda ser perdida; las virtudes establecidas, y practicándose constantemente, nunca llegan a perderse. En la historia moderna, la felicidad nunca puede ser alcanzada. Hombres y mujeres modernos siguen esforzándose por cosas que no han alcanzado todavía, siendo estas cosas, poder, conocimiento o fama. Los valores no aceptados establecen los límites para esforzarse, y así los valores aceptados tienen esfuerzo ilimitado. La sociedad moderna es la sociedad de la insatisfacción, hombres y mujeres están insatisfechos, con su destino, con su propia gente, con gente diferente, en la edad presente, con el destino de la raza humana. Al

mismo tiempo, esta sociedad no está tranquila con la idea de que esta mundana palabra sea sólo un balde de lágrimas, ni la antesala de la felicidad fuera de este mundo. Siendo creyentes o no creyentes, pusieron una estaca en esta palabra mundana. Sin embargo, no hay felicidad en este mundo, ni en el próximo, ni en el otro, ni en la vida, ni siquiera en la vida, ni después de la vida.

Las

tres

historias

anteriormente

mencionadas

también

eran

diferentes.

Ocupémonos en reflexionar las diferencias.

La más simple es la lección de la historia de Anatole

France. El estímulo al

constante esfuerzo, rumbo a lo ilimitado, enferma a los hombres y a las mujeres modernos de melancolía. Una enfermedad que llamamos depresión. La única alternativa a la enfermedad y a eliminar la depresión es la idiotez.

La historia de Maeterlinck es más compleja, sugiere que uno puede seguir siendo feliz al renunciar a lo moderno- a la sociedad insatisfecha- regresando a casa de manera simbólica. Esta historia puede ser leída al menos de tres diferentes maneras. Primero, que el individuo tiene todavía la opción de regresar a sus propias raíces, a aceptar la tradición, y olvidarse del resto. Este camino está casi cerrado hoy en día. El hogar al que supuestamente se tiene que regresar está transformado casi al punto de ser irreconocible. También, existen tantas casas escogidas como heredadas. Muchos cargan con sus hogares dentro de mochilas en sus espaldas; y aún si uno regresa a casa, el niño surge de nuevo volverá a sentirse insatisfecho. y uno

Segundo, una cultura entera puede regresar a la tradición dando la espalda a la vida moderna. A esto se le da el término de fundamentalismo. Sin embargo, los movimientos y las culturas fundamentalistas son tan modernos como cualquier cultura contemporánea. Los fundamentos no son dados fácilmente, pero sí reescogidos, y de ahí se crean nuevos tipos de insatisfacciones; no hay culturas herméticamente cerradas en el mundo moderno. Finalmente uno puede escoger vivir en otro mundo, que no sea moderno todavía, por ejemplo, unirse a una tribu hindú o africana y ser feliz en un sentido tradicional. No obstante, quedan muy pocos nichos así en el mundo que por cierto desaparecerán pronto.

Por el momento, el mundo entero se volvió moderno y es cuestión de (muy poco) tiempo para que exista apenas un lugar de refugio. – Una opción similar es crear nichos de felicidad en comunidades previamente seleccionadas, claustros o claustros seculares como la torre de “Los años de aprendizaje de Wilhelm

Meister” novela de Goethe, castillos oníricos en la tierra. Esta opción es libre todavía, y será probada numerosas veces, una y otra vez. Pero la felicidad- en el

sentido tradicional- es inestable también en este caso, por las mismas razones que hacen al fundamentalismo inestable. Ninguna comunidad puede aislarse del mundo exterior, pues la insatisfacción surge también dentro de las comunidades libremente escogidas. Las pequeñas comunidades son sólo nichos que proveen un poco de lo pasado de moda, una felicidad que todavía se puede vivir pero que no dura mucho. Podríamos pensar en la antigua historia de Solon que nos

advierte de no hablar de la felicidad hasta que esta pueda ser perdida. No obstante los modernos, pienso yo, llegarán a la conclusión opuesta. La felicidad se pierde siempre. Quién no haya perdido la felicidad nunca ha sido feliz.

Esto me conduce a la tercera historia, la historia de Fausto. Fausto será siempre el hombre moderno. Es el hombre insatisfecho par excellence. Uno puede también interpretar su contrato con Mefistófeles de la siguiente manera: Fausto no entregará su alma al diablo siempre y cuando el se mantenga sincero

consigo mismo. Fausto sin embargo, disfruta el momento de felicidad, (al final de su vida) y será salvado. Pero mientras disfruta su momento feliz, muere. ¿Nadie es, entonces, feliz antes de su muerte?

Propongo desempacar la paradoja. Regresaré al inicio de esta plática: en la vida moderna la felicidad no es objetiva, sino subjetiva, es una emoción. Empero, no es una disposición emocional, pero sí una ocurrencia emocional. La felicidad es entonces la ruptura de la alegría indescriptible o de la satisfacción del momento. El momento feliz está relativamente separado del “antes” o “después”. Siendo la experiencia del momento una especie de nunc stans3. Sigo haciendo la distinción entre la indescriptible alegría del presente y la dicha. La primera es el momento de
3

Nunc stans: vivencia subjetiva del tiempo, un Ahora que permanece, http://forteza.sis.ucm.es/profes/juanfran/crono/tiempo_sujeto.htm.

felicidad al recibir, la segunda es el momento de felicidad al dar. El momento de liberación, o el momento de grato reconocimiento de los méritos personales o que valen la pena (de una persona o de una comunidad que cuenta), el momento que experimento al convertirme en mí mismo, (se incluye el momento de recibir algo de mí mismo). Esta es la experiencia de alegría de una gran comida, o de ser bendecido por algo, o por alguien de arriba. Dicha es cuando se experimenta el autoabandono que también ha sido traducido, en filosofías tradicionales

sujeto/objeto identidad. Me entrego absolutamente a mí mismo, a Dios, a la belleza, al ser amado. Ambas experiencias de felicidad- la indescriptible alegría del presente y la dicha, o bien recibiendo absolutamente, o dando

absolutamente, lo que es raramente puro- pues están entrelazadas- son también experiencias de libertad. Libertad, pero no en el sentido de una libertad negativa o positiva- sino en el sentido de ambas simultáneamente.

Los momentos felices son, por definición, no duraderos. La vida sigue y aún así, algo muere. Los momentos felices no se repiten, ni siquiera en las ocasiones de felicidad repetida. (Las cartas de amor). Sin embargo, aún cuando no sea repetitiva, siempre puede ser recordada. Pero, no importa si fue recordada con alegría o con tristeza, con nostalgia o con amargura, eso depende de muchos factores, entre ellos las características del destino futuro de la persona que los recolecta.

Hasta ahora, me he maniobrado a mí misma en una seria especie de inconsistencia. Por el otro lado dije, que la felicidad se vuelve un sentimiento, (una emoción). Así, si alguien dice que es feliz, nadie puede replicar, no, no eres feliz, eres de hecho muy infeliz. Hasta ahora, he tratado de describir la emoción de felicidad, excluyendo algunos sentimientos, incluyendo algunos otros, y

cuando llegué a discutir las tres historias de la felicidad moderna, les llamé historias representativas. Esto está cerca de dar un nuevo criterio felicidad moderna. sobre la

Comencé mis argumentos, afirmando que la felicidad es una palabra simbólica, una palabra mana. Los hombres y mujeres que siempre han dicho “soy feliz” hablan de un tipo de sentimiento o experiencia, mientras otros usan la misma expresión, para otro tipo de emociones o experiencias. De hecho, no hay dos experiencias parecidas. Así, cuando describí lo más profundamente posible, la experiencia feliz del momento, hablé de la experiencia de la felicidad como un absoluto, como traducción ontológica y existencial de el término anciano de eudaimonia, considerado como el más alto bien de la vida. No estoy retando a otras experiencias o interpretaciones de felicidad.

Tampoco excluyo la felicidad de experiencias banales tales como beber champaña rosada mientras se galopa en Central Park con la persona amada. La gente banal tiene experiencias banales. Y, sobre todo, todo depende de la intensidad de la experiencia misma.

Si la felicidad es una emoción, ni los objetivos en la vida, bienestar, pueden ser descritos entonces

ni la

vida con

con el término de felicidad. Hay

estados últimos de la mente y vida, que extienden el tiempo. Uno puede ser feliz o infeliz, experimentar alegría o desesperación, victoria o derrota, (y no sólo la nuestra) éxito o fracaso, mientras se vive una buena o mala vida, estando en bienestar o en malestar.

Regreso al bienestar. En una sociedad insatisfecha, hombres y mujeres están

insatisfechos. ¿Cómo se puede seguir hablando de bienestar duradero? Ciertamente uno nunca está satisfecho con todo lo que sucede allá afuera, ni con los logros personales, y aún así, hombre y mujer se sienten satisfechos con ellos mismos. No todos se enferman, (de melancolía o depresión) en una sociedad insatisfecha, ya que mucho depende de la constitución de una persona, el carácter psicológico, en breve, la propia personalidad. Como escribió

Wittgenstein: el mundo de un hombre feliz difiere del mundo de un hombre infeliz, hay dos mundos distintos. Con el término “hombre feliz” Wittgenstein se refiere al hombre (o a la mujer) que puede fácilmente sentirse satisfecho de él mismo. Este tipo de satisfacción, es un tipo de disposición emocional (aún

cuando bienestar, como vimos, es un sentimiento cognitivo y como tal no es intenso), sin embargo, predispone a las personas a vivir la experiencia feliz del momento más intensamente, y probablemente más frecuentemente, que otros (esta disposición no excluye la melancolía). Repito que el bienestar es moralmente/éticamente indiferente. De esta manera, si seguimos lo pasos de la tradición, el bienestar tiene poco que ver, con el vivir bien en un sentido ético.

Cazar el ave de la felicidad, es cazarla en vano. Es una ave falsa. La felicidad sucede o no sucede. Es una bendición o gracia, uno no puede escoger la

bendición, uno no puede provocar gracia.

La buena vida, no puede cazarse tampoco, pero puede codiciarse. La buena vida tiene que ver también con la libertad, y no siempre con un tipo de libertad, sino varios, tampoco me refiero a la libertad como experiencia. No hay sólo una

manera de vivir bien, sino varias maneras.

En tiempos modernos “la buena vida” es la vida del hombre o la mujer que se

volvieron ellos mismos. ¿Pero qué quiere decir volverse uno mismo?

Eso es otra historia, y no puede ser contada el día de hoy. Sólo puedo ofrecer su sabor. Desde que el hombre y la mujer son contingentes, desde que son tirados al mundo por casualidad, sin recibir en el tiempo de su nacimiento de su vida, podemos decir que los hombres y mujeres modernos son lanzados o tirados a la nada, lo que es casi lo mismo. Desde que los hombres y mujeres modernos no reciben el destino de su vida o de su nacimiento (tal y como los hombres y mujeres premodernos si recibieron) para volverse ellos mismos, deben

destinarse ellos mismos. Si fallan al destinarse ellos mismos, otros decidirán por ellos, en vez de ellos mismos. No sólo de sus actos y sus creencias, pero también de su ser. Serán completamente heterogéneos. Ahora, nadie es completamente heterogéneo, nadie tampoco es completamente autónomo. Pero, mientras más una persona se destine a ella misma, entonces más se volverá lo que es, y

puede vivir una vida mejor. Nietzche una vez dijo, (sobre la eterna recurrencia de lo mismo) que cuando el hombre más fuerte y noble volteara a ver su vida, el gritaría “otra vez”, lo mismo “otra vez”. Sin cambios, sin rencores. No creo que un hombre como ese exista. Pero está la posibilidad de reescoger al menos la vida propia en lo general, en la medida que uno tome la responsabilidad de todas las elecciones pasadas. ¿Pero acaso un hombre viviendo de esta manera lleva una buena vida en principio? ¡Incluso un Stalin o un Hitler podrían reescoger su vida en el sentido antes mencionado! Uno no puede hablar de una buena vida si es moralmente malo, aunque probablemente, uno pueda hablar de buena vida en el caso de una vida con una reelección escogida sin hacer relación con su contenido moral. Por ejemplo, un pintor o un filósofo podrían reescogerse a sí mismos como pintor o como filósofo, a pesar de los dolores y los infortunios, resultado de sus decisiones originales, sin pedir por alegrías para combatir

sufrimientos, sin comparaciones, todo completamente.

Pero uno puede hablar de una buena vida, sin condiciones ni preguntas de interrogación, sólo en el caso de hombres y mujeres, que se escogieron ellas mismas como honradas y buenas personas, y que se convirtieron durante toda su vida en ellos mismos, a saber, personas honradas. ¿Quién es una persona honrada, podrían ustedes preguntar?. La pregunta es simple, para todo aquel que la conoce. La persona honrada es la persona que, desde lo que dictó Sócrates, mejor sufre injusticia (falso), a cometer injusticia (falso). ¿Por qué es una persona honrada?, podrían preguntar. Porque él/ ella se han escogido a ellos mismos como personas, según lo que dictó Sócrates. ¿Porqué él o ella habrán escogido tal cosa? Para ésta pregunta no hay respuesta. Las fuentes de bondad/ honradez son desconocidas. Se puede decir que son trascendentes. Eso sí, los resultados de la bondad y la honradez son bien conocidos. Una persona honrada es una persona que puede vivir una buena vida. Esto suena muy tradicional, más bien, muy Aristotélico. Pero sólo suena, porque no lo es. Desde que uno va y pregunta la siguiente pregunta ¿como volverse lo que uno es?, ¿como vivir una buena vida?, las respuestas de una persona tradicional y contingente serán todas diferentes. Los modernos no pueden vivir con virtudes y valores ready made. Deben hallar su propia manera de llevar una buena vida. Lo hallarán

junto con otros, en la compañía del otro representativo. Y además: cada persona honrada es honrada a su manera.

La

persona honrada es la persona que lleva una buena vida, pero eso no

significa que sea feliz. Tal como dije, la felicidad no puede perseguirse. Uno no puede escoger ser feliz, por que la felicidad es una bendición. Una bendición de la naturaleza, (esta puede ser benéfica o perjudicial), una bendición de fortuna

(buena o mala suerte), o una cuestión del destino.

El dicho antiguo de que todos quieren ser felices suena vacío. Probablemente, lo que todos quieren, hoy en día no hace feliz a nadie. El consenso de los antiguos sabios, de que la felicidad es un bien supremo, está vacío de significado. No hay bienes supremos en lo absoluto. El valor supremo de los hombres modernos, y que también es base de la vida moderna, es la libertad. Sin embargo la libertad son los cimientos que si no se encuentran, puede ser negada gratuitamente. Es un valor que no ofrece certitudes, más bien se las lleva todas. Mientras nuestros cimientos no sean encontrados, estamos cometiendo estafa contra la felicidad. Precisamente porque la modernidad está cimentada en libertad, los modernos no pueden escoger ser felices. Categóricamente, aquí no hay libre opción. Los modernos han perdido la capacidad de vivir una vida feliz.

Esto es difícil de admitir. Los modernos siempre dijeron que querían ser felices, y con eso querían decir que querían buenos ingresos, un trabajo satisfactorio, seguridad, un lindo y leal esposo, buena salud y larga vida- ¿y quién no quiere todo eso? Pero entonces, si uno tiene todo eso, y descubre, que de alguna

manera algo falta, por alguna misteriosa razón, esa persona ya no es feliz del mismo modo. Y entonces cae en la enfermedad de la melancolía y la desesperación, y busca un cambio en su vida, un nuevo trabajo, una nueva esposa, un nuevo país. Sin embargo al final esa persona sigue igual.

Es mejor no cazar la falsa ave azul de la felicidad, sólo hay que dejar que los momentos felices de bendición ocurran, incluso si son raros. Y, cuando ocurran, hay que dejarlos que se queden en un buen recuerdo. Porque después de todo, ya que nuestra jornada es corta, vale la pena tomarlos.