Soberanía tecnológica: hacia la descolonización del conocimiento

por Jorge Cabezas

¿Cuáles son las cadenas que nos sujetan a las metrópolis de la Era de la Información? ¿De qué modo nos dominan hoy los nuevos centros de poder conformados sobre la acumulación y el monopolio del conocimiento? La conmemoración del Día de la Soberanía es el marco propicio para intentar dar cuenta de estas cuestiones cuyas respuestas pueden orientarse hacia un concepto que consideramos clave para comprender el desafío de la hora: la emancipación científico-tecnológica, condición imprescindible para la sustentabilidad de cualquier estrategia de desarrollo tanto social, como humano y económico.
La definición tradicional de la Soberanía, como potestad que un Estado ejerce sobre un determinado territorio y población, en virtud de su constitución, ha sido adaptada con el correr de los tiempos a diversos ámbitos que trascienden largamente los marcos del ordenamiento jurídico. Se han extendido así los valores semánticos de {autodeterminación} y {libertad de decisión} ínsitos en el concepto [SOBERANIA] a dominios que difícilmente podrían abarcar las normas legales. Hablamos entonces hoy de soberanía económica o política, para designar la capacidad de un Estado de fijar sus opciones sin intromisión o influencia extraña a su poder de decisión, como un valor a alcanzar por la amplia mayoría de los países llamados “emergentes”. En esta adaptación, debe reconocerse una fuerte influencia el pensamiento latinoamericanista cuyo origen puede remontarse a Martí o Mariátegui, pero es sin duda la doctrina del Justicialismo fundamentada por Perón, y actualizada por Cooke, Jauretche o Ramos, entre otros, la que con mayor fortaleza ha incidido para su consolidación en términos de práctica militante y de gestión pública. Basta recordar los preceptos de “Justicia Social, Soberanía Política, Independencia Económica”, enarbolados como las tres banderas del movimiento justicialista a lo largo de sus casi siete décadas de existencia, y plasmados en un conjunto de políticas públicas y sociales que hicieron de la Argentina de mediados del siglo XX una potencia industrial, reconocida en el concierto internacional, con un modelo de desarrollo e inclusión social que dejado una impronta indeleble en la historia contemporánea. En el marco de ese modelo, la tecnología desarrollada por los científicos argentinos marcó hitos memorables como el Pulqui, el primer avión fabricado enteramente en nuestro país, o la implementación de la Radiodifusión Televisiva Abierta, que significó la democratización de la comunicación social mediante el acceso masivo y gratuito a una de las por entonces más avanzadas Tecnología de información y Comunicación (TICs). En esos dos ejemplos, podemos encontrar el sentido del concepto [SOBERANIA TECNOLOGICA], que implica la potestad de un Estado de elegir libremente y sin condicionamientos externos el rumbo al que prefiere orientar su desarrollo en los campos de la Ciencia y la Tecnología, sobre los cuales se basa su potencial consolidación como nación, capaz de responder a las demandas de su población y de insertarse en pie de igualdad en el escenario global.

La colonización tecnológica Como es sabido, los vaivenes de la historia argentina reciente arrojaron como saldo un retroceso brutal en este y otros campos, frustrando la proyección de nuestro país como una potencia industrial, con un desarrollo científico-tecnológico sustentado en sus propias capacidades y recursos. Episodios nefastos como la Noche de los Bastones Largos y la desaparición forzosa o el destierro por la dictadura militar del '76 de miles de investigadores, docentes, técnicos y estudiantes, parecían haber sellado definitivamente el destino de la Argentina como el país agropastoril que las grandes potencias nos habían asignado y que una minoría provilegiada por esa circunstancia se ocupó de sostener a como diera lugar. Este nuevo modelo de dominación colonial se basó en el despojo o la devastación de las infraestructuras, los recursos y capacidades que pudieran existir en los denominados “países emergentes”, obligándolos -como en el primer colonialismo- a consumir los bienes y servicios tecnológicos desarrollados por los países del “primer mundo”. Los vínculos de dependencia tecnológica así creados se afianzaron mediante el mecanismo de patentes y licencias mediante los cuales se privatizaron los avances y descubrimientos científicos, así como sus aplicaciones a la producción, la industria y el trabajo: ya se tratara de un proceso o de un producto tecnológico obtenido mediante la investigación desarrollada en el sector público o privado, grandes corporaciones trasnacionales fueron encontrando el modo de apropiarse de sus derechos de copia, reproducción y/o distribución, con lo cual el círculo vicioso de la dependencia se cerró sobre los países más pobres, imposibilitados de invertir en desarrollo científico. Este paradigma se ha consolidado en las distintas ramas de la producción, y hoy puede tratarse de semillas o de programas de computación, lo cierto es que el conocimiento parcelizado, patentado y licenciado se ha naturalizado al punto en que sus usuarios ni siquiera perciben la perverso del modelo de dependencia que sustentan con mansedumbre. Afortunadamente, desde 2003, los argentinos ingresamos en una etapa de recuperación del rumbo perdido, apostando fuertemente a una progresiva liberación de nuestras capacidades productivas, intelectuales e innovadoras. Sobre la base del modelo de desarrollo con inclusión social inaugurado por Néstor Kirchner, que hoy continúa con el respaldo del 54% del pueblo la reelecta presidenta Cristina Fernández de Kirchner, nuestro país se encamina nuevamente hacia el horizonte de la definitiva emancipación tecnológica, destinando más del 6% de su presupuesto a Educación, como otrora lo hacían los admirados Estados europeos “primermundistas”, hoy en la debacle social y económica del ajuste salvaje. Y cuál es la ventaja de esa emancipación tecnológica que pretendemos? Valga como botón de muestra la siguiente comparación: por el simple derecho de uso de ese paquete de programas que vinieron con su computadora, Ud. ha pagado el equivalente a casi una tonelada de soja, según los valores de la Bolsa de Chicago. Ahora, ensayemos el siguiente ejercicio intelectual: proyectemos esa cifra a la enorme cantidad de computadoras utilizadas por el Estado

nacional y, ante el descomunal monto, pregúntese por qué la Argentina debe pagar a un monopolio trasnacional semejante fortuna, cuando las mismas necesidades podrían satisfacerse con el trabajo de los argentinos, con programas de computación desarrollados por argentinos, en beneficio de los argentinos, y por qué no, de cualquier otro país latinoamericano que pudiera servirse de ese desarrollo. También piense en qué cantidad de escuelas, hospitales, autopistas, viviendas, obras sanitarias, etc., podrían construirse con el dinero ahorrado por nuestro gobierno en el pago innecesario de licencias y patentes a las corporaciones monopólicas del conocimiento y la tecnología. Hacia la emancipación definitiva Podemos afirmar, en conclusión, que la SOBERANIA TECNOLOGICA se ha apuntado como una perentoria necesidad en la agenda pública, no sólo de la Argentina, sino del conjunto de los países que los Libertadores de América consideraban su Patria Grande, conformada por la mayoría de los Estados que han dado origen a la UNASUR. Es en este ámbito donde comienzan a verse los primeros indicios de la emancipación científico-tecnológica a la que aspiramos, con iniciativas sustentadas en la liberación del conocimiento y en un criterio de solidaridad tecnológica que promueve el uso compartido de los desarrollos y avances alcanzados entre los países más poderosos y los menos favorecidos, en beneficio del conjunto. Políticas de Estado que implementan el uso de Estándares Libres y Abiertos, desechando la utilización de software con licencia propietaria (cerrado), y adoptando en su lugar software de licencia libre (de fuentes libres o abiertas) tales como las aplicadas en Brasil, Venezuela y Ecuador, son el ejemplo de una opción clara por las tecnologías emancipadoras. En nuestro país, la implementación del Software Público va en el mismo sentido. Este nuevo paradigma, que considera al conocimiento ya no como una mera mercancía sino como un bien público, marca el comienzo de la definitiva liberación de nuestra Patria Grande, que se encamina hacia la descolonización definitiva, sobre la base de un desarrollo socialmente justo, económicamente viable y tecnológicamente sustentable.