Fabio Wasserman (2004) ¿PASADO O PRESENTE?

LA REVOLUCIÓN DE MAYO EN EL DEBATE POLÍTICO RIOPLATENSE Introducción
Uno de los pocos motivos de consenso en el Río de la Plata durante el siglo XIX fue la consideración de la Revolución de Mayo como el inicio de una nueva etapa histórica. De ese modo, el proceso revolucionario se constituyó en un nuevo mito de orígenes para los pueblos rioplatenses y en una referencia ineludible para dar forma a cualquier proyecto político en tanto se lo consideraba un acto fundacional en el que estaba cifrado el sentido de la experiencia histórica local. Sin embargo, ese mito presentaba algunos problemas para que pudiera ser fácilmente estilizado y, más aún, para que esta estilización pudiera ser aceptada por el conjunto de la elite criolla. Por un lado, porque se trataba de un proceso reciente del cual costaba tomar distancia. Pero sobre todo porque lo que podían considerarse sus efectos indeseados, es decir, los conflictos personales, facciosos, ideológicos, sociales, regionales o económicos que desató, no sólo se hicieron sentir con fuerza muy rápidamente sino que con el correr de los años se fueron profundizando. No sólo era unánime la reivindicación de la Revolución sino también la certeza de que la misma había dado inicio a un proceso cuyo rumbo incierto planteaba dudas inquietantes: ¿Cómo construir un orden sociopolítico y un sistema institucional estable y legítimo que gozara de consenso? La búsqueda de una respuesta capaz de satisfacer a esta pregunta fue uno de los principales motivos de desvelo para la dirigencia política y los publicistas durante gran parte del siglo XIX. Pero hay algo más que suele ser pasado por alto, y es el hecho de que sólo entonces podría afirmarse que la Revolución había concluido. Esto permite entender la estrecha y compleja interrelación que tuvieron durante gran parte del siglo XIX los conflictos rioplatenses y las interpretaciones, valoraciones y representaciones de la Revolución. En el artículo se examinan algunos debates sobre el proceso revolucionario que permiten apreciar mejor las diversas posiciones en juego, centrándose en dos discusiones. La primera es una polémica que se suscitó en mayo y junio de 1826 con motivo de la presentación en el Congreso Constituyente de un proyecto para erigir un monumento a los autores de la Revolución. La segunda no se trata tanto de una decisión circunscrita, sino de una temática en torno a la cual se polemizó arduamente durante mucho tiempo pero se lo hizo con mayor intensidad durante la década de 1850: el papel que le cupo a Buenos Aires y las provincias en el proceso revolucionario. Las razones de esta elección son varias. En primer lugar, porque tomaron parte de esas discusiones políticos y publicistas de diversas provincias. En segundo lugar, porque la distancia entre un momento y otro permite apreciar algunos cambios pero también algunas continuidades significativas. En tercer lugar, porque en ambos casos estuvo en juego la posibilidad de construir un orden estatal nacional.

El debate en el Congreso Constituyente y sus proyecciones
La discusión fue motivada por un proyecto que envió el ejecutivo nacional con el fin de de crear una fuente en la plaza que, a modo de monumento, tuviera inscriptos los nombres de los autores de la Revolución a quienes también se les daría una pensión. Contra lo esperado por sus promotores, se debatió largamente sobre su viabilidad y oportunidad, sobre su posible carácter aristocrático y antirrepublicano, sobre la existencia de fondos y sobre las dificultades que entrañaba establecer la autoria. Finalmente, el proyecto se aceptó pero se resolvió que la fuente no incluyera nombres propios, con lo cual tampoco habría pensiones. El debate estuvo atravesado por las tensiones que recorrían la política rioplatense: el conflicto con Brasil por la Banda Oriental; la naturaleza de la Constitución que se procuraba sancionar; las rivalidades interprovinciales; etc.; etc. Fueron varios los Diputados que señalaron la imposibilidad de establecer los autores de la Revolución dada la naturaleza del acontecimiento, a lo que añadían también la cercanía con los hechos que dificultaba hacer una correcta valoración de lo sucedido. De todos modos la discusión hizo evidente que el mayor problema no era tanto esa cercanía sino la perduración de diferencias políticas, ideológicas y de intereses, así como también de rencores difíciles de obviar. Puede apreciarse que lo que se ha dado en llamar el grupo rivadaviano no sostenía posiciones homogéneas. La prensa siguió muy de cerca el debate convirtiéndose en el principal medio público a través del cual se difundieron y discutieron quiénes habían sido los autores de la Revolución, a diferencia de lo sucedido en el Congreso donde no se llegó a hacer explícito nombre alguno. Estos artículos, pero más aún las respuestas que provocaron, permiten apreciar cuán acertados estaban quiénes sostenían que el proyecto caldearía los ánimos. Más allá de este trasfondo y de los argumentos esgrimidos a favor y en contra por los Diputados, algunas de sus intervenciones resultan de gran interés ya que sus autores fueron más allá de la discusión puntual sobre la factibilidad y oportunidad del proyecto para exhibir cuáles eran las representaciones y las valoraciones que hacían de la Revolución, de sus causas y de sus consecuencias. En cuanto a las causas no parecía caber mayores dudas ya que había un extendido consenso en considerar que los sucesos revolucionarios habían sido provocados por una combinación de azar, providencia y, en menor medida, genio y sentido de la oportunidad. Lo notable es que esta interpretación no sólo fue enunciada en el Congreso, sino que también está presente en casi todos los textos referidos a la Revolución hasta bastante avanzado el siglo XIX. A pesar de las diferencias que podían tener sus autores entre sí, estas obras plantean una y otra vez que la revolución fue consecuencia de la crisis monárquica que provocó un vacio de poder aprovechado por la elite criolla para recuperar sus derechos ajados por silos de dominio colonial. En el caso de Saavedra, por ejemplo, lo que estaba en juego era algo más acotado que también había motivado su participación en el debate de 1826 a través de un comunicado a la prensa en el que desafiaba a sus adversarios para que demostraran que no había militado espontáneamente en el movimiento revolucionario. Lo que estaba en discusión era si había tenido o no participación en los preparativos tendientes al cambio de gobierno cuando comenzó a hacerse evidente el estado terminal del poder colonial. Esto no implicaba la existencia de apreciaciones divergentes sobre las causas estructurales de la Revolución y sobre la ausencia de un sujeto revolucionario consciente de sus actos. Aunque no siempre se lo hiciera explícito, esta interpretación llevaba a considerar a la propia Revolución como el sujeto promotor de ese proceso mientras que los revolucionarios se habrían convertido en tales por la fuerza de los hechos. Sin embargo, esto no

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implicaba que se considerara a la Revolución como un proceso sometido a una deriva ciega, carente de dirección o de propósitos. Muy por el contrario, su sentido era tan preciso que resultaba autoevidente: promover el establecimiento de la Libertad y la Independencia en América. Gorriti postulaba la existencia en ésta y en toda revolución de dos momentos que deben ser valorados de diverso modo: el impulso revolucionario que suele ser consecuencia de pasiones innobles y objetivos espurios, y la dirección que se le da al movimiento para que pueda servir a los intereses de la sociedad. Esta distinción será invocada en numerosas ocasiones, pudiendo soportar diversos contenidos, cronologías y protagonistas. Teniendo en cuenta el marco en el que se desarrolló el debate, la identificación de la Revolución con Buenos Aires no podía sino agudizar las diferencias con las provincias. Es por eso que varios representantes plantearon que la aprobación provocaría malestar en el interior, ya que era evidente que los nombres a recordar corresponderían a porteños o a quienes habían actuado en la ciudad. Pero más allá de estos resquemores, también estaba en juego la interpretación de la Revolución, expresada en este caso a través de una discusión en torno a sus alcances, protagonistas y cronología. En fin: el Congreso se disolvió en parte por esas mismas tensiones que afloraron en la discusión del proyecto en torno a la dimensión y cronología que había tenido la Revolución. Por eso, tanto ésta como otras leyes que habían sido aprobadas nunca serían llevadas a la práctica. Pese a todo, el debate dejó instalado el problema de la autoría de la Revolución sobre el que se volvería una y otra vez en las décadas siguientes, muchas veces en términos que remitían a lo tratado en la prensa y en el Congreso durante 1826 aunque no se lo hiciera explícito. La discusión no sólo puso en evidencia las diferencias regionales, facciosas, ideológicas o personales, sino que también permite apreciar algunas de las razones por las cuales fueron escasos los relatos sobre el proceso revolucionario capaces de dotar de sentido a los hechos a través de una narración más o menos completa de los mismos. Por un lado, porque un relato de estas características debía tener un carácter épico difícil de lograr cuando se pensaba que la Revolución había sido consecuencia de la crisis monárquica. Por el otro, porque tanto el papel de sus protagonistas como la dimensión que tuvo la Revolución y su cronología, todos ellos elementos necesarios aún en la más rudimentaria de las narrativas, eran motivo de agrias disputas. Además esto no sólo afectaba la posibilidad de narrar el inicio de la Revolución sino su propio fin y, así, de otorgarle su verdadero sentido. ¿Pero cuándo se dio ese cierre? La discusión al respecto es infinita. Si se considera la cuestión desde una perspectiva centrada en la dinámica política y en la percepción de los actores, podría argumentarse que transcurrido medio siglo ese cierre aún no se había producido.

La década de 1850: viejos problemas, nuevas polémicas
Las representaciones y los relatos de la Revolución no sufrieron modificaciones sustanciales al menos hasta que Mitre dio a conoce su biografía de Belgrano a fines de esa década. Sin embargo, al igual que lo sucedido con el conjunto de la producción discursiva pública, la referida a esta cuestión adquirió un cariz singular como consecuencia del conflicto entablado entre Buenos Aires y el resto de las provincias. Se trataba de un fenómeno de larga data que en la década de 1850 adquirió una centralidad y una intensidad inédita como consecuencia de la unificación de las provincias en un Estado que pareció capaz de disputarle la primacía a Buenos Aires. De ese modo los otros focos de conflicto tendieron a quedar subsumidos bajo ese nuevo manto estatal. Incluso a los más acérrimos partidarios de la separación de Buenos Aires les costaba mostrarse públicamente contrarios a la unificación de la nación, aunque las condiciones exigidas para dar tal paso la hacían imposible –entre otras, el apartamiento de Urquiza y de los gobernadores que ocupaban ese cargo desde la época de Rosas–. Es por eso que más allá de los argumentos jurídicos e institucionales en torno a lo sucedido en 1810, lo que cobró mayor fuerza fue la exaltación de la gloria de la ciudad y de la provincia que debían tener un lugar preeminente en el proceso de unificación. El caudillismo se constituyó en un tópico recurrente en el discurso público porteño. Pero éste era en verdad tan sólo un aspecto de una presunción que le era previa: la que le atribuía a Buenos Aires una superioridad casi innata sobre el interior. Esta presunción puede encontrarse con facilidad en gran parte de la producción discursiva porteña, incluyendo la de algunos provincianos como Sarmiento que no se cansaba de identificar a la ciudad con la propia nación. Lo que no parecía dejar lugar a dudas es que esos conflictos eran también un legado de una Revolución que había logrado derribar el antiguo orden pero no crear uno nuevo como consecuencia del atraso en el que estaba sumida la sociedad. Desde el gobierno nacional el problema no se planteaba de muy distinto modo, aunque se invertían los roles. No se atribuía necesariamente el problema al rosismo o las guerras civiles, sino a la política porteña desde los orígenes mismos de la Revolución, que sólo había acarreado desgarramientos y divisiones, siendo culpable por eso de la separación de Paraguay, las provincias altoperuanas y Uruguay. Quien con mayor claridad y persistencia planteó estas cuestiones fue Alberdi, mostrándose infatigable a la hora de culpabilizar a Buenos Aires por haber traicionado la Revolución al monopolizar los recursos de la Nación que ésta debió haber puesto a disposición de toda su población a partir de 1810. En suma, aunque tendía a acordarse en las críticas hacia el papel que había tenido y aún tenía Buenos Aires, también podían plantearse diversas apreciaciones sobre el proceso revolucionario y su legado. En esto confluían tres fenómenos que se retroalimentaban entre sí: la existencia de diversas tradiciones locales, la presencia de facciones e intereses que dividían a los grupos dirigentes y la necesidad de posicionarse ante cada coyuntura, lo cual a veces podía implicar un mayor acercamiento con Buenos Aires. No es el caso de las divergencias al interior de la dirigencia porteña, pues en ella se distinguió con mayor nitidez un sector que hacía hincapié en privilegiar la separación de la provincia legando para un futuro indeterminado la unificación, y otro que proponía utilizar los recursos de ésta para acelerar ese proceso poniéndose a su cabeza y cuyo principal exponente fue Mitre. El reinicio de los enfrentamientos en 1861 hizo que durante varios años siguiera considerándose que la Revolución no había concluido, aunque eran cada vez más quienes como Mitre entendían que ese horizonte se encontraba al alcance de la mano. Tras duras pruebas, ese desenlace pareció alcanzarse hacia 1880 con la consolidación del Estado nacional y la derrota de Buenos Aires que permitió la federalización de la ciudad como capital de la nación. [Fabio Wasserman, “¿Pasado o presente? La Revolución de Mayo en el debate político rioplatense”, en Fabián Herrero (Comp), Revolución, política e ideas en el Río de la Plata durante la década de 1810, Ediciones Cooperativas, Buenos Aires, 2004, pp. 2953.]

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