A.

Ortega Gaisan

Valores humanos
Volumen I
Novena edición

1966 2

ÍNDICE
PRÓLOGO..........................................................................6 ABRIENDO LA
PASO AL TEMA........................................................8

CONQUISTA DE SÍ MISMO....................................................10

...................................................................................36 RESPONSABILIDAD...............................................................37 LOS
TALENTOS..................................................................51

LA JUVENTUD....................................................................73 EL CUERPO......................................................................83 LA
BELLEZA CORPORAL.......................................................107

EL ALMA......................................................................124 LA VOLUNTAD.................................................................144 EL IDEAL.......................................................................160 LA PERSONALIDAD............................................................177

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A la santa memoria de mis padres, que me ayudaron a hacerme hombre. Alejandro

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N. 413223 Reverendo Señor: He presentado al Augusto Pontífice el ejemplar de sus obras tituladas “Valores humanos” y “La oración de los esposos” que Vuestra Reverencia Le ha querido ofrecer como testimonio de su filial devoción. Deseando llevar a las almas una orientación sana que las guíe en su camino por esta vida, trata Vuestra Reverencia con estas publicaciones de proporcionar al lector el pensamiento cristiano que lo sostenga y aliente en la tarea de su propia santificación. Que el Señor conceda a Vuestra Reverencia el consuelo de ver multiplicados los frutos de su ministerio sacerdotal. Así lo pide Su Santidad mientras, vivamente agradecido por su significativo homenaje, gustosamente le concede, en prenda de los divinos favores, la Bendición Apostólica. Grato por el ejemplar que de sus libros me ha dedicado, exprésole los sentimientos de mi distinguida consideración con que soy De Vuestra Reverencia Seguro servidor

-------------Revdo. Sr. D. Alejandro Ortega Calle Postas, 21 Vitoria 5

PRÓLOGO
DE LA PRIMERA EDICIÓN

Lector: D. Alejandro Ortega te ofrece este libro. Pienso que es el primero que publica; y, con ser el primero, verás, cuando lo leas, cómo es un libro de lograda madurez. Un libro profundo y a la vez ameno, profundo por lo que dice y ameno por el modo como lo dice y presenta. En él ha logrado decir bellas cosas y profundas, que no es poco; y las dice con amenidad y simpatía, que ya es más. Esa simpatía se la dan la frescura y el optimismo de su espíritu joven; es fruto de su espíritu sacerdotal, de su preparación, y sobre todo, de la experiencia de la vida recogida en esos mil contrastes que ofrecen las modalidades con que se presenta. Tienes un libro eminentemente formativo, denso de doctrina, a la vez que ameno y tratable. Éste es, más que nada, libro de reflexión; en él se explanan las ideas para que se vean con claridad, pero el autor no quiere agotarlas; deja mucho de ellas para que el lector se sorprenda cuando se lo encuentre en el sosiego de una lectura meditada. Por eso harás mal si lees este libro de corrida, porque no es para eso, sino para rumiarlo despacio; hay que leerlo, abriéndolo y cerrándolo, como quien lo bebe a sorbos para mejor paladear su exquisito contenido. Para la formación individual y para círculos de estudio no sé qué pueda haber nada mejor. Mucho se va publicando sobre estos temas que aquí se tratan, temas de actualidad siempre vigente; y es para bendecir a Dios esa abundancia, porque toda es menester si se ha de orientar por buen camino a tantos desorientados que van sin rumbo en la vida. Este libro es uno más de esa literatura hoy en el campo católico tan floreciente; pero no 6

es simplemente uno más, sino que, por fortuna, entre los buenos él es de los mejores. Y aquí termino, porque ya el autor te espera.

Vicario General de la Diócesis de Vitoria.

Vitoria, abril de 1952.

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ABRIENDO PASO AL TEMA...

He preferido llamarlo así: «VALORES HUMANOS». Porque he creído que nuestro ser, llamado a planos de orden sobrenatural, posee una base de orden natural. Las dos esferas deben atenderte suficientemente para lograr un verdadero cultivo de todos los valores humanos. En nosotros mismos se abren los manantiales de una vida mejor. Y esa vida mejor no llega a ser alcanzada, muchas veces, por descuido de aquello que es siempre lo «sustantivo» del hombre, su mismo ser. Se despliega la actividad educadora en muchos aspectos «adjetivos». Muy importantes todos ellos, pero que exigen —cada día más vivamente — un «ser perfectamente humano» en el cual se apoyen. La perfecta vida humana es coronada por la vida sobrenatural. Sólo por ella, alcanzará el hombre su perfecta estatura moral, su certera visión de la vida y sus problemas, el recto empleo de sus facultades y el ejercicio «misional» de su profesión. Pero lo «sobre-natural» significa algo que Dios construye, con colaboración del hombre, sobre el ser natural humano. Lo sobrenatural no destruye la naturaleza; la eleva y perfecciona. Si lo natural es defectuoso, faltará algo para que lo sobrenatural alcance su madurez. Lo «sobre-natural» puede significar, también, lo natural elevado por la gracia de Dios hacia horizontes nuevos y espléndidos. Si lo natural es defectuoso, su elevación no resultará totalmente eficaz. Y también es cierto que la vida sobrenatural invisible se traduce al exterior a través de nuestro ser natural. Si el cristal está manchado o roto, la luz se traslucirá defectuosamente. Por esto, he querido abrir paso al tema de «VALORES HUMANOS».

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*** No es completo el temario elegido. Con la gracia de Dios, nuevos temas vendrán a redondear una doctrina lo más entera posible. Ymás viva cada vez. Presentar al hombre y a la mujer el cuadro de valores que siempre posee, más o menos desarrollado; siempre, educables. Este es mi fin. Y se añade a cada capítulo una «Encuesta» sobre el tema, para quienes prefieran emplear un sistema de círculos de estudio, o simplemente, encontrar modo de examen privado. Tampoco puede decirse que «VALORES HUMANOS» esté dedicado a un público elegido. Se ha ideado pensando en todo hambre y mujer, preferentemente jóvenes. Porque la juventud tiene un tiempo que puede ganar, preparando un porvenir más halagüeño y feliz. Pero creo que a todo hombre y mujer conviene conocer valores naturales y sobrenaturales y entablar consigo mismo una leal tarea de enriquecimiento en lo que a todos nos es más vital y fecundo. Su resultado debe ser una mayor quietud en los espíritus y un más sincero y sano saboreo de la vida. Y, en fin, un mundo social mejor. El Autor

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LA CONQUISTA DE SÍ MISMO

«El progreso no está en las cosas sino en los hombres. La felicidad no está en los bienes materiales sino en nosotros. El verdadero problema no está en la conquista del mundo sino en la conquista del hombre». (Pueyo Longos) La más noble empresa —la conquista de una vida mejor, para nosotros y para los demás— depende, en gran parte de nosotros mismos. *** No hace falta recargar el cuadro con colores tenebrosos para poner de relieve la actual desazón del mundo y de las almas. El mundo no es feliz. El alma no es feliz. Y, sin embargo, el mundo y las almas cuentan con mayores medios en todos los órdenes; nuestro tiempo ha heredado un rico legado de los siglos anteriores. Se ha avanzado en toda la línea de la cultura material. Los inventos se prodigan. La vida es más cómoda y fácil. La ciencia va descubriendo, día a día, agigantándose, los misterios de la naturaleza para que ésta sirva mejor al hombre. La mente humana no cesa en su tarea de desentrañar las riquezas que la naturaleza encubre; y ella, abundante y maternal, se deja abrir y aprovechar por el estudio humano, entregando a la ciencia todas sus riquezas ocultas. Con ello, la cultura —cultura de ciencia y técnica, civilización y progreso— adelanta incesantemente. El mundo se mecaniza y facilita las más arduas tareas. Las máquinas se prestan y economizan esfuerzos, 10

realizan más amplias labores y ganan tiempo y precisión en el trabajo, ahorrando al mismo tiempo el desgaste del músculo humano. El hombre ha conquistado el mundo exterior. Pero se ha estancado en el conocimiento y conquista de su propio mundo. Los esfuerzos se han dirigido al estudio en otras direcciones exteriores; olvidaron su propio espíritu y la ciencia del propio corazón, de los ideales propios y de las íntimas aspiraciones y angustias, la enfermedad, el dolor, la muerte y las reacciones saludables que el alma debería adoptar frente a la vida y sus circunstancias, para mantenerse en la dicha y en la paz. Se ha procurado un mayor regalo y comodidad a la vida que nos rodea, primeramente atendida porque se creyó la primera necesidad; han variado los alimentos, las habitaciones, las ciudades, el vestido, los innumerables instrumentos que aligeran la vida diaria. Y, sin embargo, hay menos fortaleza en el alma. En aquellas regiones del espíritu donde el hombre se ve solo consigo mismo, donde ama y suspira, tiembla o canta, agoniza o triunfa, no ha llegado a encenderse la luz salvadora que aclare el duro caminar de la vida. Hay en el mundo una profunda crisis de valores humanos, una ausencia de valor personal y de sana alegría de vivir. El alma no es feliz. El mundo no es feliz. «Entretanto, seguimos descendiendo; estamos tocando los límites del desastre, las consecuencias acaban ya sus posibilidades. La derrota de la humanidad es completa. Se ha negado todo y el error se ha enseñoreado del mundo. Ha naufragado la fe de muchos y la fe no gobierna a los pueblos. No es la verdad, es el error el que empuja a los hombres». (Pueyo Longas). «En medio de un progreso material como nunca se había alcanzado, el hombre es terriblemente desgraciado. ¿Por qué? Porque este progreso desarrolló tan sólo una parte de nuestro ser. Ha crecido la ciencia, creció nuestra técnica, crecieron nuestras fábricas... pero no creció la moral. La historia del 11

último siglo es una apostasía continua». (Spengler). «Nos lucramos de la técnica y de las máquinas y, materialmente, el mundo vive mor. Pero apenas queremos salvar los límites de la producción y queremos organizar al hombre, fracasamos; porque, como escribe Enrique du Passage, «todas las instituciones resultan ineficaces, cuando no pueden apoyarse sobre las almas y las conciencias». (Pueyo Longas). Los últimos descubrimientos de la ciencia vienen a certificar esta afirmación. Se llama atómica a esta edad que vivimos, por las enormes posibilidades que el hombre ha alcanzado al descubrir las múltiples combinaciones atómicas en favor de la industria y de la vida material. Pero todas esas posibilidades quedan apagadas; más aún, se convierten en un pregón de muerte y destrucción que amenaza al mundo, si los resortes atómicos caen en manos de un hombre o de un pueblo sin moral. ¿De qué sirven los inventos, si el espíritu que los emplea carece de la cultura humana, de deseo de colaboración entre las gentes y de superación moral constante? El factor humano es el primero de los factores que se han de tener en cuenta en la construcción de una vida mejor. En nuestras manos están todas las posibilidades; sobre todo, en nosotros radica la fuente de todo bien. Por eso, ha escrito Poincaré: «El mayor azar es el nacimiento de un gran hombre». Es el mayor azar, no sólo desde un plano puramente corporal, sino porque cada hombre lleva en si el germen de su propio destino y facultades para intervenir en el destino de los demás. Es en nosotros mismos donde hemos de buscar las fuentes del agua pura que refresque y conforte nuestra propia vida y el mundo. La dicha no depende del exterior, no está en las cosas ni en las circunstancias que nos rodean. No recuerdo el título de la película en la que se entabló el siguiente diálogo. Son dos hermanas que habitan en una pequeña aldea; la mayor vive suspirando por salir de aquella soledad y llegarse a la gran ciudad para ultimar su cultura de mujer moderna; la menor es una joven 12

encantadora que pasa el día trabajando y riendo. A un empleo oficial de la pequeña aldea, llega un hombre que encarnará la principal acción de la película. Entre la hermana mayor y este hombre se habla así: —...y deseo liberarme y liberar a mi hermana, salir de aquí; remontar paisajes y llegar a la ciudad. Allí, un elegante pensionado, será el instrumento de la cultura que deseo alcanzar como lo exige una mujer moderna. Porque la aldea me hastía, me muero de aburrimiento. El joven ha conocido, en pocos días, el diferente espíritu de las dos hermanas. Y responde sabiamente: —Estimo que su hermana no se aburre aquí. En cambio, usted llevará consigo su aburrimiento a la gran ciudad. Hay muchas almas que viven asomadas al exterior, culpando a las cosas y a los acontecimientos de la desgracia en que ellas viven; no caen en la cuenta de que primero han de educarse a sí mismas en la ciencia del vivir, hasta lograr que nada en el mundo nos robe la dicha y el contentamiento. «Las verdaderas vetas de riqueza son de púrpura, corren a lo largo de las venas; las encontraréis en la carne, no en las entrañas de la tierra». ( Ruskin). Conozco a la joven que vive amargada todos los momentos de su vida. Su trabajo de oficina es un tormento; la ventanilla no es el despacho de asuntos profesionales, sino la espita por donde llueve sobre el cliente el mal humor de aquel corazón; las compañeras de trabajo no la comprenden y, entre todas, se tiende un puente de frialdad y aversión, de altercados y palabras hirientes. Esa joven no es feliz; vive acusando a la vida constantemente. Su hogar padece del mismo mal. La vida ha venido rodando siempre en contra de ello; porque ella no ha sabido que la vida tiene sus leyes, los acontecimientos se suceden empujados por fuerzas que no dependen de nosotros y que la verdadera sabiduría de la vida consiste en preparar nuestro espíritu para que no nos hagan mella. En el mismo sitio y con las mismas cosas hay quien ríe y hay quien llora. No deben ser las cosas; debe ser el propio corazón. Y llevada de su despecho, proyecta radicales cambios en la economía de la casa. Prolongó sus sueños hasta trasladarse a otro sitio donde pueda 13

estar mejor, dedicada a una tarea de caridad heroica acaso. Probablemente, se perdió el aviso oportuno: —Y fracasarás también allí. Porque el disgusto es tuyo, cordial, contra todo lo existente. Si tu corazón no está sano, donde quiera que tu corazón esté, rezumará malestar y acidez. Hemos olvidado esto. Nos volcamos en el exterior, vamos conquistando la vida; pero no nos hemos conquistado, no somos dueños de nosotros mismos, no desplegamos todas aquellas posibilidades de dicha y de bien que el Creador sembró en nosotros. Una vez ganados nosotros mismos, todo contribuirá a nuestra alegría. El primer problema es el problema de vivir. Los demás problemas lo completan, pero no son su esencia. Lo sustantivo es nuestro propio yo y sus capacidades de felicidad; todo lo demás es objetivo. En la más completa miseria, el golfillo de la calle pasa los días cantando. Diógenes es feliz con su tonel y un rayito de sol. Los santos renunciaron a todo y su ser entero era una pura canción de dicha y alegría. En lechos de dolor inacabable, muchas almas sonríen incesantemente... Y, a veces, en la mayor opulencia, las almas crujen de amargura. «La paz, como la guerra, como la tristeza o la alegría, como la diversión, el aburrimiento, no existen realmente fuera de nosotros, sino dentro de nuestra alma. El triste encuentra sus torturas en uno y otro sitio; y allí, a la misma hora, el alegre cree y recoge la alegría que le viene de fuera». (Rubio Coloma). No debe estar en las cosas la solución de estos problemas, sino en el alma. Nos disculpamos, diciendo que los tiempos son malos y el mundo anda mal. No es verdad. Los tiempos los elaboran los hombres con su conducta; el mundo anda según lo lleva el hombre, que es su conductor. Nosotros mismos vamos tejiendo nuestra historia y somos creadores de nuestra suerte.

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HACIA UN PERFECTO HUMANISMO
Hay que volver al cultivo de nuestro propio yo. Esto es trascendental, decisivo. «Con nuestra propia naturaleza, la religión cristiana hace ángeles». (A. Nicolás). «Nuestro tiempo exige hombres que huyan de la mediocridad y busquen la perfección». (Pío XII). «Después de Dios, lo más importante es el hombre». (Sánchez Marín). No podemos dar un paso, sin trabajar un perfecto humanismo. El hombre completo no es sólo carne, ni mecánica, ni instrucción, ni comodidad. El hombre, además, posee un corazón lleno de resortes misteriosos. Junto al cuerpo, posee un alma espiritual; y debe llegar también a ella la saludable salpicadura de la civilización y el progreso. En ese corazón y en esa alma se halla depositada por Dios la semilla de la dicha. Lo exterior, la técnica y la máquina, no llegan a ese mundo interior. Las dos elementos han de desarrollarse, cuerpo y alma, en perfecto equilibrio y mutua colaboración. Tenemos el grave deber y la tarea urgente de desarrollar nuestra personalidad completa, en todo nuestro ser, como la floración de todas las primaveras rompe en colores y vida por todos los poros a la vez. Ese perfecto Humanismo nos recordará lo que el hombre es y vale. Ha sido colocado en el mundo, con un alma despojada de unos bienes que le habrían dotado de perfecta armonía. Ahora, no; es bueno en su raíz, pero tiende al mal porque su ser está debilitado por el pecado de origen. Esto convierte en lucha su paso por la tierra, su tarea es la consecución de un brillante destino. Porque somos llamados a la filiación divina. Y ese tesoro lo lleva el hombre sobre el mundo, camino de un destino eterno. Dios le regaló energías que le ayuden, ilusión y sentido por conocer el camino y amar la verdad, el encanto de la virtud y la nobleza de los altos ideales. Sólo 15

después de esta lucha en su paso por la tierra, el hombre alcanza definitivamente su vida. Pero aquí la prepara, la busca y la conquista. A esto se reduce el perfecto humanismo o ciencia del hombre. *** Una condición: el afán de superarse. La vida es lucha constante, afán de conquista y crecimiento. Nada en el mundo está ocioso. En el silencio de los inviernos, bajo el sudario de la nieve, duermen los campos la riqueza escondida de las infinitas semillas depositadas en los surcos. Allí, en lo profundo, la semilla desdobla energías misteriosas en busca del crecimiento. Cuando llegue el tiempo oportuno y los vientos caldeados acaricien la tierra y sobrevenga el deshielo, la tierra se vestirá de suave verdor con las mieses que apuntan. Todo se logró en la aparente quietud de una vida pujante. Más tarde, granará la cosecha y brillarán las espigas. Así, por todo el haz de la tierra. Es una sucesión inacabable de movimientos vitales. Todo es un continuo sucederse y avanzar, variar para conseguir formas nuevas y nuevos frutos y flores de colores vivos. Desde el más pequeño brote hasta las grandes floraciones, todo se renueva, todo conquista, todo se mueve y alcanza nuevos grados de vida y color. Nada está quieto. Los seres todos se mueven al mismo conjuro. Ruedan los astros y relampaguea la luz, se multiplican las vidas en todas las especies. Los días se turnan, los cielos cambian, se estremece el mar, las estrellas brillan. Todo parece alentar en una vida universal. Y, como signo de vida, todo es crecimiento y actividad. Y surge un concierto admirable en la Creación. La superación es el índice de la vida. Deberá ser también el signo de nuestra capacidad de vivir. Sólo se estanca lo que muere.

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Penetrada de esta verdad, el alma comenzará por desear su propio crecimiento, alentando afanes de conquista de valores nuevos y desarrollo de sus facultades: si no lo quiere, se limitará a vegetar; ocupará en vano un puesto en el mundo, dislocada del conjunto de los seres y disociada de la armonía y dicha de la creación. En su interior se sentirá muerta, achatada por falta de ideales, reseco el espíritu y arrugado el corazón... porque no quiso o no supo vivir. El destino viene a caer, así, en nuestras manos. Somos nosotros los que hemos de avivar el ideal de una vida mejor. No sólo en las condiciones materiales entre las que nos movemos. Toda conquista de bien es aceptable; pero no basta la conquista de un mundo material mejor. Cuando se predica el ideal de una vida mejor, se pretende una vida mejor de un mundo absoluto en todos los órdenes, en ejercicio de todas las facultades. En el pensamiento y en el corazón, en la bondad y en la simpatía, en la alegría y en el gozo. En el terreno de nuestro cuerpo y, sobre todo, en la luz de nuestro espíritu y en los ardores intraducibles del corazón, un librarse de la esclavitud de los propios complejos y defectos, para amar la propia excelsitud y el servicio entusiasta de los demás: dar significado a la vida, hermoseándola, y añadiendo al tesoro de bondad del mundo alguna monedilla más cada día. Nunca tan necesario como hoy, cuando, cansados de materialismo, anhelan los hombres —y acaso sin saberlo— ráfagas de espiritualidad que los redima. Una nueva sociedad debe nacer y un mundo nuevo debe ser alumbrado; cada uno debe brindar su leal esfuerzo y su entusiasmo decidido. Hace falta un ardiente deseo de mejorar. «La ley de la lucha por la vida debe ser obedecida. La degeneración del cuerpo y del alma es el precio que pagan los individuos y las razas que han olvidado la existencia de esta ley». (A. Carrel). Un decidido empeño de mejorar la vida interna de cada uno y dignificar nuestro trato con los demás, ensanchará al alma con un verdadero rejuvenecimiento de todo el ser. Mientras se tiene un empeño noble y se lucha por él, nadie es mediocre ni envejece. «No importa cuál es la edad, porque la juventud no es un periodo de la vida; es, sobre todo, una actitud mental sana». 17

(Iserte). Sólo un ideal así merece la pena de vivir. Esto supone una lucha constante por la propia superación. Mientras se vive, se conquista algo. Y la vida no admite estancamientos; sería igual morir. No deben admitirse estancamientos en esta lucha por la conquista del propio ser mejor... Pero es preciso saber comenzar, y comenzar muchas veces. Cada día supone un verdadero comienzo en la lucha de toda la vida. En los avances y retrocesos, en las caídas y levantamientos que todas las luchas traen consigo, sólo pueden ser considerados como vencidos los que se dejan arrebatar la bandera y son expatriados; los que al dolor de la derrota añaden la vergüenza de la cobardía y la entrega perezosa. En el camino de la vida, quien tropieza y cae, pero se levanta y sigue, apenas puede dolerse de su calda. Sólo es vencido por la aspereza del caminar el que, caído, se tumba en los charcos del camino desesperado y sin ánimos ya. Saber luchar y saber comenzar muchas veces. Sólo los empeños constantes reportan, por fin, la victoria. Y ninguna lucha merece mejor nuestro esfuerzo que esta lucha por ganar una propia vida mejor, más exacta, ordenada y feliz, en lo que parece que todos los mecanismos del alma y del corazón ruedan con armonía y precisión rebosantes de dulzura. La inacción lleva al aburrimiento del vivir. Al taedium vitae de que habla Bossuet, como fondo del corazón humano irredento. En Niebla, de Selma Lagerlöf, se traduce el alma del protagonista que se aísla del mundo, después de la experiencia de la guerra. Renuncia a la lucha por la vida y a la colaboración por el bien de los demás; busca la comodidad como base de su propia dicha. Pero... termina loco. La inacción es una manera equivocada de vivir; esquivar la lucha, renunciar a la conquista de una vida mejor, termina en el embotamiento del sentimiento y en el frío del alma. Si queremos vivir, saborear la vida, sólo tenemos un medio: vivir. Y vida es lucha y deseo de conquista y superación.

CONOCERSE
Y, como en toda empresa, se requiere también aquí conocer los medios con que se cuenta. El hombre que pretende levantar un edificio —dice el Señor— 18

considera antes el costo global de la obra y mira si cuenta con medios suficientes para la empresa, no sea que, comenzada la obra, tenga que dejarla sin concluir. Primero es conocerse el hombre a sí mismo. El consejo del mundo clásico cobra siempre una viva actualidad. Dentro de nosotros hay un mundo que no conocemos, somos extraños a nosotros mismos. Somos mejores y peores de lo que suponemos. Y si no acertamos a dar la cifra de nuestro interior, es porque nos desconocemos casi totalmente. No vale, en este conocimiento, reducir cantidades y suprimir factores o resaltar otros. Se ha de llegar al propio conocimiento con la mayor lealtad, señalando virtudes y cualidades, vicios y quiebras. No se ha apagado el eco de las palabras que tantas veces recomendaron el silencio, como vivero de grandes ideas, de grandes conocimientos: «El Reino de Dios está dentro de vosotros»; sólo nos falta asomarnos lealmente al interior del alma, buscarlo y conocerlo. En todos hay muchas posibilidades de bien, ignoradas. No faltan, tampoco, raíces de mal, disimuladas, a veces, en la maraña de egoísmos que pretenden sincerar actitudes poco nobles. Si sólo viésemos el mal que entenebrece nuestro espíritu, caeríamos en un pesimismo infecundo. Y si apreciamos sólo el bien, disculpamos el mal con apariencias de bien, no llegaremos jamás a querer la propia superación. En las cuentas del alma, las pérdidas y las ganancias deben considerarse por igual.
A)

HACE FALTA SINCERIDAD.

No es en vano esta llamada a la sinceridad. Padecemos un conjunto de factores pasionales que nublan la serenidad del juicio. La ley de simpatías y antipatías nos estorba para conocer a los demás; el egoísmo dificulta el conocimiento propio, por la natural inclinación a disculpar los íntimos desfallecimientos. Esta falta de sinceridad encuentra distintas oportunidades en diferentes espíritus. Particularmente, la mujer es su víctima más frecuente. Su psicología está empapada de un subjetivismo que, muchas veces, es decisivo y nubla la sinceridad, aun involuntariamente. Su carga afectiva es muy crecida, y toda carga efectiva altera el conocimiento y la apreciación real de las cosas y los hechos. Más que en ningún otro asunto, es verdad 19

aquí el dicho popular de que todo es según el color del cristal con que se mira. La mujer que quiere conocerse, deberá primero limpiar el cristal de sus golpes afectivos. Deberá objetivar sus impresiones, analizando motivos e intenciones, aprendiendo el valor de confesarse a sí misma en la desnuda verdad de su mundo interior. Ayuda mucho el consejo y la dirección; y para que en ellos no quepa tampoco el cambio de color por el cristal de lo subjetivo y pasional, convendrá repasar no sólo los actos realizados, sino las intenciones que fueron su inspiración. Realmente, no importa tanto conocer lo que hacemos o no hacemos; importa sobre todo saber por qué lo hicimos o lo dejamos de hacer. El «por qué» y el «para qué» califican nuestros actos. El conocimiento de nuestras intenciones y finalidades nos abre a la sinceridad con nosotros mismos.
B)

A LA SINCERIDAD, VAYA UNIDA LA ACTUALIDAD.

Un factor importante es el examen diario. Antes de entregarnos al descanso, repasemos lealmente el día. Algunas almas han alcanzado la facilidad de recogerse detrás de cada acción importante, para lograr un dominio pleno y no dejarse sorprender por golpes de pasión. Cada acto, acrisolado pronto por un examen consciente de intenciones y finalidades, ha ido dando a esas almas la facilidad de conocerse y vivir sobre sí, su decisión no ha de resbalar fácilmente, el corazón no se desmanda con frecuencia, sus juicios son pausados y ponderados. Esto no se adquiere sino por la costumbre del examen diario de la vida. Cosa no acostumbrada en el mundo de hoy, tan desbordado hacia lo exterior. Sin embargo, el hábito de recogerse unos instantes para atender a la propia estima y calificación desarrolla el poder de observación, la disciplina de los sentimientos y aquieta el nerviosismo. "Un día, sin un trocito o dos de soledad, es como un «cóctel» sin hielo». (Juan Struber). «Cual oasis en medio del árido desierto donde el viajero fatigado 20

encuentra la sombra acogedora y el agua fresca que le reaniman, así la meditación, después de una ardua jornada de trabajo, le hará ver con claridad los problemas del día, que no habrá podido apreciar debidamente en medio del laberinto de la vida moderna». (S. Iserte). Así, la vida debe florecer. La visión diaria y sincera de nuestro espíritu debe ir animada del afán de corregir, sanar y elevar. El bien y el mal ante nosotros. Ni nubla el orgullo —porque el mal posible nos amonesta humildad— ni el pesimismo angustia —porque el bien realizado anima y levanta los deseos—, sino que en un seguro equilibrio el alma comienza a sentirse afanosa de superar sus quiebras. Sea así la consigna: «Hoy, mejor que ayer; mañana, mejor que hoy». Serán victorias pequeñas, acaso imperceptibles pero de muchas cosas pequeñas resultan las grandes cosas. Con pequeñas piedras va empedrándose la calzada, y ladrillo a ladrillo, se levanta el edificio. Latido a latido, va la vida y corre la sangre por las venas. Imperceptible, el crecimiento convierte al niño en hombre y la planta se robustece en árbol poderoso. El pasado debe quedar atrás. «En el cuadrante de cierto reloj de sol se lee la inscripción siguiente: Horas non numero nisi serenas (no cuento más que las horas soleadas). No deje en su corazón el más pequeño rincón para el odio; la edificación de su carácter lo exige. La vida es demasiado corta para pasarla recordando cosas viejas; extraiga la quintaesencia del pasado, las lecciones de la vida y prosiga su marcha». (S. Isera, «LA CONQUISTA DE LA VIDA»). Y que el alma se libere de su peso con alegría y humildad. El pasado encierra una lección. Si el remordimiento lo revive, que la contrición cordial lo purifique. Y, entretanto y siempre, que el alma vaya recogiendo las lecciones que el pasado encierra y las aproveche en la construcción de la propia historia, donde cada página sea escrita con más entereza y compendie realidades puras. 21

Cada día es un comienzo. Es la página en blanco de un libro misterioso. Aunque ayer la página se emborronara, comencemos animosamente el día de hoy. El arte de luchar y vivir es el arte de saber empezar.

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ENCUESTA sobre La conquista de sí mismo
VER: ¿Ha avanzado el mundo en progreso material? Principales aspectos en que ha progresado. Efectos beneficiosos de ese progreso. ¿Ha ganado algo el hombre para su felicidad? ¿El mundo es hoy más desgraciado? ¿Más feliz? ¿Rasgos principales de la falta de dicha: en los individuos, en las familias, en la sociedad, en el mundo? ¿A qué puede atribuirse esta falta de dicha, en medio de tanto progreso material? ¿Cuál será el fundamento de esa alegría? JUZGAR ¿A qué llamas «cultura humana» o «cultura de valores humanos»? ¿Cómo entiendes el verdadero humanismo, en un plano puramente natural y a la luz del Cristianismo? ¿Importa educar los valores propios? ¿Por qué? ACTUAR: Nada está ocioso en la naturaleza. ¿Tratas de superarte? ¿Estás convencido de que tu destino está en tus manos? ¿Te preocupa tu destino material o profesional más que tu destino humano? ¿Y a los que te rodean? ¿Importa para esto el conocimiento propio? ¿Qué medios sugieres para lograrlo? ¿Cómo despertar en los demás la sana inquietud por la propia dicha? Normas para la acción Convicción intima de estas verdades.—Trabajar el conocimiento de las propias cualidades y defectos, para comenzar el cultivo de un perfecto 23

humanismo.—Vigilar toda nuestra actividad; nuestro proceder en sociedad debe contagiar de estas convicciones. Examinar estas normas ***

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La frivolidad

Buscad la verdad clara que vivifique vuestra mente; tendréis la ciencia y la fe. Moved la voluntad con seguridad, carácter y aplomo en busca de la mejor realización de la vida. Trabajad por llegar al fondo de las cosas en el constante análisis y búsqueda de lo estable y profundo. Amad el vértigo glorioso de las pequeñas o grandes responsabilidades. El mayor tropiezo en la vida es la frivolidad. De ahí, la falta de sentido de la responsabilidad y, de consecuencias, la conducta turbia —no mala acaso— con escándalo de muchos y nulidad de trabajo por causas nobles. Remedio: Prevenir contra la frivolidad, educando el sentido de la responsabilidad. *** Frivolidad es la palabra francesa: una palabra de significado vago e impreciso, pero que abarca y define el primer mal con que tropieza para toda labor eficaz. Nos interesa, más que la palabra, la realidad que bajo ella se guarda. Todo un mundo de fenómenos espirituales y morales, de evidente trascendencia en la vida social, principalmente. Por frivolidad, se desconoce el verdadero sentido de la responsabilidad de nuestros actos y de nuestra vida; se cometen muchos pecados de omisión; se vive una vida egoísta, se producen actitudes y posturas inmorales, criterios equivocados e ideas turbias, con evidente escándalo para las almas. Por eso, interesa conocer todo el mal que se encierra en la frivolidad y trabajar por curarlo. De ello depende un gran bien espiritual y humano para cada uno y un gran fruto de actividad social de todo orden. Bajo la palabra frivolidad se encierran demasiadas cosas y 25

demasiados males para que pueda definirse fácilmente. Es tan variado su contenido, que dificulta su exacta comprensión. No es incultura. Hombres cultos, acaso son frívolos. La cultura de algunas épocas (Renacimiento, por ejemplo) y, dentro de la cultura, algunas de sus ramas están dañadas o son propicias a la frivolidad. Se puede saber sin profundizar. Y, muchas veces, confunde la ciencia de un hombre frívolo que, por su ciencia, influye en los demás, y por frivolidad, influye para mal. Más aún, la cultura es para el hombre frívolo un medio valioso que abrillanta más su frivolidad y le hace más atrayente. Tampoco es falta de ingenio o agudeza. Los frívolos suelen ser, por el contrario, hombres de chispa y golpes muy buenos. La frivolidad, que mira más a lo exterior y superficial de las cosas que a su contenido profundo, encuentra en lo exterior matices y ángulos que se prestan a la agudeza o a la visión rápida y terminante de un detalle. La brillantez de aquel detalle no supone siempre profundidad de conocimiento ni seguridad de visión, sino, a veces, falta de comprensión de un conjunto. Tampoco es frivolidad lo mismo que insensibilidad. El sentimiento puede y suele jugar un papel importante en la frivolidad; fácilmente se apodera del alma el sentimiento y fácilmente se salta de uno a otro, aun siendo contrarios. De la risa al llanto, hay un paso breve para el frívolo. Recoge pronto un sentimiento, para prontamente dejarlo o perderlo y de nuevo dejarse sorprender por otro distinto. El sentimentalismo suele ser un caso de frivolidad.

DEFINIENDO
Diríamos que la frivolidad se caracteriza por la superficialidad. Analizando la palabra superficialidad, nos encontramos con que la frivolidad es inclinación —temperamental, educada o aprendida— a quedarse en la superficie de las cosas, sin profundizar en ellas. En lo espiritual, se poseen conocimientos que no cuajan en verdadera ciencia ni en convicciones firmes. Se sabe mucho, pero no se llega al fondo de nada. Se conocen cosas, pero no se llega a dominarlas. En lo moral, falta carácter y seguridad y aplomo. Arrastran más las cosas brillantes y sugestivas sin tiempo para pensar si su aparente belleza respalda una positiva bondad. 26

Fiestas, vestidos, modas, doctrinas, ideas... Seduce más lo exterior brillante que la verdad real. En lo intelectual, es el mariposeo sobre varias materias antes que la verdadera ciencia que estudia causas y efectos, realidades actuales y posibilidades futuras, deducciones lógicas, más que alegres afirmaciones no contrastadas. En lo sentimental, arrastra más lo emotivo que lo bueno. Ejemplos de superficialidad sentimental nos ofrece el variadísimo espectáculo de algunos movimientos del alma producidos en tiempos de consolación: ejercicios y colegio, aparentes fervores y entusiasmos de un día. Los sentimientos se dieron, pero no perseveraron. Si buscamos un símil que, fijando nuestra atención, nos brinde una figura de la frivolidad, encontramos muchos. El alma frívola es como el barco velero. Se ignora el tiempo de la travesía y la ruta precisa que seguirá. Su viaje depende, en gran parte, del viento que sople. Un ligero viento de popa facilita la travesía; más difícil es el viaje, si el viento es huracanado, de proa o de costado; y se detiene el velero, a merced de las corrientes, si se calma el viento. Casi totalmente, depende del exterior. Por el contrario, el alma llena de convicciones y segura en su constancia es como un hermoso transatlántico moderno. Naturalmente, la travesía es más agradable si ayudan el viento y el mar. Pero, aunque éstos no ayuden, el gran transatlántico sigue, seguro, su ruta, porque lleva encendidas sus calderas. Y del fuego interior produce su movimiento y avanza. Casi totalmente, posee dentro de sí mismo la fuerza que le permite marchar y apenas depende en nada de los elementos exteriores. El alma frívola es como lluvia aparatosa de aguacero. El día amaneció brillante, pero pronto se agolparon las nubes que traían en su seno la tormenta ruidosa. La tierra, debajo, está sedienta. Cayó de pronto, torrencialmente, el agua; se formaron charcos e inundaciones. Despejó más tarde el cielo y volvió a brillar el sol. La tierra seguía seca y sólo quedaban aquellos charcos que dificultaban el caminar. Es que el agua no caló, resbaló. Llenó charcos, pero no humedeció hondamente la tierra que quedó otra vez sedienta. Es mejor el agua suave y fina, que en gotas menudas y constantes, sin ruidos ni aguaceros, va calando la tierra pausadamente. La semilla depositada en el surco encuentra entonces la suave 27

humedad apetecida. Cuando llegue el tiempo oportuno, granará una espléndida cosecha. Así en las almas. No es el sentimiento rápido y aparatoso lo que salva. Sino ese suave y constante humedecer nuestro interior con doctrina sana y rectas convicciones, que vayan empapando al alma. Parecerá que el alma no recibe, pero llegará un día en que la vida interior acumulada romperá en una espléndida cosecha de ideas y sentimientos, de ciencia o de santidad. El Evangelio ha reservado una de sus más bellas parábolas para poner de relieve los engaños y peligros de la frivolidad: la parábola de las vírgenes necias. Diez vírgenes esperaban al esposo. Las diez eran vírgenes, todas igualmente presentaban seguras la nítida limpieza de su túnica. Pero no triunfaron las diez, ni fueron las diez recibidas en la fiesta de las bodas. Porque cinco de ellas, frívolas, se hallaron desprovistas de méritos cuando llegó el esposo. ¡Qué dolor —dolor de fracaso y de espanto, ante lo definitivo— encierra el gesto de las manos vacías que recoge para la pantalla la cinta «Balarrasa»! ¡Cuántos ejemplos podríamos entresacar de la vida ordinaria! Los más amargos desengaños y los fracasos más crueles se han recogido por una siembra de frivolidad. En aquel pueblecito veraniego descansaba sus últimas horas de vacaciones Matilde. Espiritual, inteligente, educada con esmero y atención en un rico ambiente familiar. Pero... frívola. —Mañana termina mi veraneo. El coro de amigas cortó terminantemente. —¡Imposible! Mañana será la gran fiesta de verano. Está todo preparado. Y, este año, con la sorpresa de Carlos. —No me importa Carlos. ¿Por qué he de quedarme? —¡Mujer! ¡Si Carlos es todo un plan! ¡Si se lo rifan todas! Y bien que lo sabe, como que presume que ninguna se le resiste. —¡Bah! No lo conozco, ni me creo atada para quedarme. Pero, al fin, Matilde cedió. No por Carlos, sino por carácter acomodaticio y demasiado flexible. Carlos supo la indiferencia de Matilde por él y por la fiesta. Y se dedicó toda la fiesta a Matilde. Matilde bailó 28

con Carlos. Habló largamente con Carlos. Le embrujaba la labia de Carlos... Matilde no marchó tampoco al día siguiente. Cuando dio por terminado el veraneo, fue porque Carlos había marchado también. Ya eran novios. Se apresuraron fechas, regalos, saludos. Se anunció el noviazgo oficialmente y, pronto la boda. Carlos era un calavera. Pero... ¿y qué? ¿Los demás son acaso santos? Y mujeriego y despilfarrador. Sabía de todos los desórdenes orgullosamente proclamado por él mismo y tristemente confirmados por sus víctimas. La salud se le inclinaba en minas prematuras. Joven de edad, era ya muy viejo por los quebrantos de los vicios. El padre de Carlos, compadecido de Matilde, habló con ella. Nada pudo. Visitó a los padres de Matilde: —Es terrible para mí tener que hablar así de mi hijo. Pero debo hacerlo. Que mi hijo no destroce a Matilde. Mi hijo es un canalla. Procuren ustedes que Matilde no llegue a entregar su vida a quien no sabrá guardarla ni respetarla. Contra todos, Matilde se casó con Carlos. La brillantez de su apariencia la seducía, sin pararse a comprobar la verdad de aquellos valores exteriores. Hoy, Matilde llora sola, abandonada, vuelta de nuevo a su casa. Carlos... sigue su camino de vergüenza real encubierta por una brillante exterioridad. También él, Carlos, llevan consigo su irresponsable frivolidad, sin mirar jamás hacia atrás para contemplar las consecuencias lamentables de su vida divertida. Cuando, sin duda, se sienta aplastado por el peso de los años gastados sin fecundidad, también él lamentará el vacío de unos años de «figurón» y el remordimiento de muchas ruinas. *** La frivolidad es herencia del antiguo paganismo, con su ignorancia práctica del alma y de los valores espirituales, con su culto a la forma, al cuerpo, a la carne y a lo exterior. Pura y primitiva sensibilidad del hombre sin cultivo; vida sensorial derramada sin esfuerzo sobre lo que es materia y apariencia exterior, color, peso y medida. Materia, en fin. Admiración por la destreza del músculo y la armonía de los cuerpos, en la elegante y retórica Grecia clásica. Culto a la fuerza en la Roma viril, la del peso 29

militar de las legiones y de la maestría utilitarista de la política... El Cristianismo logró vencer aquella frivolidad pagana; al menos, su doctrina sustanciosa y profunda pudo servir de contrapeso a las tendencias instintivas del mundo. Enseñó cómo llenar el pensamiento de cosas graves, de ideales de cielo y de verdades enteras y sublimes. El hombre aprendió a pensar más en lo sobrenatural, que es el pensamiento más denso y macizo, y el espíritu del hombre recibió la invitación para recorrer todo lo ancho y calar todo lo profundo de las verdades rotundas. La voluntad, por la gimnasia del desprendimiento y la victoria sobre el egoísmo, aprendió a gobernar instintos y a dominar pasiones. La vida revistió gravedad y rumbo divinos, entendida y amada como tarea grandiosa que el hombre — todo hombre— ha de realizar. Todo fue adquiriendo orientación de eternidad. Luego, se fue entibiando el Cristianismo. Y al comenzar las primeras literaturas, algunas (la Provenza, por ejemplo) se inclinaron por los géneros ligeros y frívolos, puro sonsonete de versos y cadencias, palabras armoniosas sin apenas contenido. En general, las literaturas incipientes se entregaron con preferencia a los ideales de la época: el género épico, los asuntos caballerescos o religiosos. Hasta que, paso a paso, se adentró lo lírico profano. El Renacimiento supuso una grave crisis en la vida de su época. Todo un mundo ideológico anterior terminaba, casi por completo, y empezaba algo nuevo; grave, como todo lo nuevo y poderoso. Se volcó el corazón del hombre sobre todo lo terreno y transitorio. Hasta entonces, los hombres respiraban más las auras del espíritu. La tierra —aun creyéndose centro del mundo— vivía orientada hacia el cielo. Templos de fuertes muros, sin adornos, de grandes piedras y mucho recogimiento. Obras densas como la «Divina Comedia» y la «Summa». Empresas inspiradas en un ideal grandioso e imposible, como las Cruzadas. Todo, con la ilusión de «Hacer algo que mereciese la pena, vivir como para morir, saberse peregrino hacia Dios y pasar por la tierra mirando al Cielo...» El Renacimiento enseñó al hombre a amar también el «paraíso de la tierra». Los templos se hicieron esbeltos y floreados, atravesados de luces multicolores y transparentados por rosetones inmensos y bellos. El adorno se sobrepuso a la fría materia y a la línea austera: en la liturgia y en la música, en las construcciones y en el vestido. La poesía aprendía más el gracioso decir que el decir algo enjundioso. Se aprendió el buen vestir y comer, la belleza y el color, la línea y la forma. En el teatro, comenzaban 30

las primeras piezas de amoríos —muy audaces para su tiempo— y se empezaban a desplazar los «misterios» y los «autos sacramentales». Llegaban los temas del momento, las costumbres de la época, la trama de las cambiantes pasiones humanas, dejando arrumbados los temas eternos y trascendentales. Estas ideas y estos sentimientos cunden luego en el alma popular. Aun las almas entregadas a lo sustancial y divino, sufren dentelladas de este espíritu frívolo que todo lo invade. Ya el mundo no volvería atrás... La mal llamada «Reforma», de Lutero, proclamada aparentemente contra el desorden, lleva estas ideas hasta las últimas consecuencias. El siglo XVIII francés las consagra en el mundo. Desde los tiempos de Luis XIV, Francia venía gozando de su puesto preeminente entre los pueblos. Se iniciaba el «siglo de oro» francés, que desembocaría en el siglo XVIII por los cauces de una frivolidad creciente en la clase dirigente para terminar en la sacudida de la Gran Revolución Francesa. Hasta ese momento, la Corte y la aristocracia hicieron gala de una elegante frivolidad cuyas salpicaduras llegaron al pueblo. Se contagiaron las inteligencias. Su fuego sería la Enciclopedia y su fruto el manojo de todos los liberalismos. Y el «siglo de oro» comenzaba a ser francés. Cuando una nación vive su «siglo de oro», influye en otras muchas naciones inyectándoles su espíritu. La época toda, no solamente la nación, se contagia de unas maneras de pensar y vivir. En aquel siglo XVIII, España se encogía ya de su antigua grandeza. La decadencia debilitaba con su virus la vida de la que fue gloriosa nación y madre de pueblos. Frívolamente, contagiada de «afrancesamiento» mal entendido, echaba por la borda el rico tesoro de una larga tradición... Entretanto, Francia alcanzaba su mayor altura política y se desbordaba su poder, su brillo y su riqueza, salpicando a todas las naciones de Europa. Pero la corte francesa era una corte frívola que contagió a todas las demás naciones. Era frívola —ideológicamente, lo que es más grave— la Gran Revolución Francesa. Todas las naciones europeas se contagiaron de frivolidad y, desde las zonas del pensamiento, se fueron contagiando todos los estratos de la vida en todas las clases sociales. Después de tantas salpicaduras, el mundo no puede fácilmente curar su frivolidad. La naturaleza humana, herida y debilitada, se deja fácilmente arrastrar por lo sensible y por lo exterior. Vivimos una época recargada de sacudidas sentimentales y de estridencias. Lo emocional está a flor de piel. Todo en los ambientes —ideas y cosas— invita a la superficialidad. Cada 31

vez es más difícil el recogimiento, el silencio, la profundidad. Las almas están demasiado enfermas. Hoy, con la civilización actual, la frivolidad es el peor de los males. Parece que todo invita (cine, radio, novela, teatro...) a no pensar en nada serio. Abundan los «movimientos de evasión»: el gesto de multitudes que sólo busca evadirse de responsabilidades y quebrantos, que quiere dejar a un lado el pensamiento serio y busca en todo la suave distracción intrascendente. Se vive demasiado aprisa. Se revolotea por todo y pocos son los que aciertan a «posarse» en algo para aprovecharlo exhaustivamente. Cabezas bonitas, pero huecas; vestidos preciosos, pero cuerpos sin corazón; erudición amplia, pero farragosa y altisonante y hueca; se lee mucho, más que nunca, pero insustancialidades y ligerezas y, lo que es peor, se cree saber mucho porque se lee mucho o «se está enterado» de mucho. Se estudia sin disciplina, sin constancia; se prefieren novelas «rosas» o no, revistillas sin trascendencia, reportajes rápidos y superficiales, noticias escuetas y sorprendentes, deportes y... poco más. El estudio serio y reposado aburre. El saboreo de las cosas estables y eternas cansa. En lo moral, faltan principios y convicciones arraigadas. La «ley de la masa» tiene más influencia que nunca y la desaparición de la personalidad entre la multitud es el peligro más serio. Las cosas «no tienen importancia» cuando «todos lo hacen». Faltan caracteres que sepan, quieran y puedan llevar a la práctica la verdad y la virtud sin variantes ni recortes. La piedad es más sentimental y entregada a lo emocional, totalmente individualista en la mayor parte de las gentes, sin ganas de «ser más», sin deseos de «meterse en líos». Cuesta salir del «yo» para llegar al «nosotros»; porque cuesta acostumbrarse a ver como propias, inmensas responsabilidades sociales. Y esto —un hermoso dato positivo— cuando el mundo va hacia un mayor sentido comunitario del hombre. Por frivolidad, quedan sin pasar examen los incontables «pecados de omisión, que cometemos todos: el bien que dejamos de hacer. Un amplísimo capítulo de posibilidades que transformaría al mundo. Que cada uno procure imaginarse cómo es el mundo actual —por lo menos el mundo que cada uno vive— y piense luego cómo podría llegar a ser ese mismo mundo si cada cual... no sólo evitase hacer el mal, sino que corriese apresuradamente —de prisa, pero en paz—a hacer todo el bien posible. 32

Pero esta visión del bien posible queda nublada por exceso de frivolidad. *** En la mujer —sobre todo, en la juventud— el peligro es mayor. La psicología femenina es terreno abonado para la frivolidad. Predominan en ella las facultades que llamaríamos «ligeras» sobre las cualidades profundas. La imaginación y la intuición, más que la inteligencia; el sentimiento, más que la voluntad; lo concreto e inmediato, más que lo abstracto y futuro. Es una marcada inclinación instintiva hacia la frivolidad que, bien administrada y entendida, es un don de Dios que ayudaría a la mujer para dominar amorosamente las costumbres y educar al hombre. Por otra parte, la mujer recibe generalmente una educación más ligera y frágil, más consentida. Lo cual, añadido a su psicología, hace que la mujer sea más fácil presa de la frivolidad del ambiente. *** Y si la mujer es frívola... el mundo anda mal. Porque antes apenas influía la mujer en las costumbres y en la vida social. Si era frívola, ella cargaría con las consecuencias de su frivolidad o, a lo más, salpicaría a quienes con ella convivieran: su matrimonio, su hogar, su familia... Ahora, en cambio, desde los «años veinte», se viene realizando un profundo cambio en el mundo de la mujer. La mujer interviene, cada vez más, en la vida y, necesariamente, influye en las costumbres: la oficina, el trabajo, la Universidad, las relaciones sociales, las fiestas, la calle, son ambientes en que la mujer no sólo es admitida, sino que constituye el centro de la atención de muchos. La elemental e innegable influencia de la mujer en la vida del varón, con las inevitables repercusiones en la sociedad, es ahora un fenómeno de trascendental evidencia. Por eso, de su formación o de su frivolidad, se habrán de originar muchos beneficios o graves daños para las almas y para la vida social, familiar y laboral. Y, de ahí, una grave responsabilidad. *** Una grave responsabilidad que obliga a buscar ardientemente el remedio para curar el peligro de frivolidad. En principio, la norma no 33

puede ser otra que ésta: desarrollar el sentido de la responsabilidad. Acostumbrar a las almas a pensar hondamente y ser constantes. Las dos zonas más altas de la persona —la inteligencia y la voluntad— trabajadas hasta llevarlas a su mayor eficacia. La verdad —inteligencia—y el bien — voluntad— como instrumentos que lleguen a dominarse y manejarse con soltura y seguridad. Realmente, aquí se abre cauce al trabajo en busca de una perfecta personalidad. Esta es la base de un carácter perfecto.

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ENCUESTA sobre La frivolidad

VER: ¿En qué crees que consiste la frivolidad? ¿Has visto muchas personas frívolas? ¿Qué rasgos las caracterizan? ¿Pueden coincidir en una persona frívola algunas magníficas cualidades? ¿Podrías poner algunos ejemplos? ¿Qué comparaciones te ayudarían a comprender y hacer comprender la frivolidad? JUZGAR: ¿Qué ideas crees que han originado la frivolidad? ¿Estás convencido de que su fuente se abre en el terreno de las ideas? ¿Cuál te parece que habrá sido la época del mundo menos frívola? ¿Podrías aducir algunos acontecimientos históricos de distintas épocas, en testimonio o en contra de la frivolidad? En la sociedad cristiana, ¿qué ideas y qué costumbres dieron auge a la frivolidad? ¿Crees que hoy hay mucha frivolidad? ¿Cuál puede ser su causa? ¿Sus manifestaciones? ¿Crees que la frivolidad es más fácil en la mujer? ¿Por qué? ¿Y más peligrosa? ¿Por qué? ¿Qué consecuencias puede traer la frivolidad? ACTUAR: ¿Cómo puedes guardarte tú de la frivolidad? ¿Ayuda el ambiente a curar la frivolidad? ¿Cómo reaccionar entonces? ¿Cuál crees que es el mejor remedio para curar la totalidad en los demás?

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Normas para la acción Adquirir convicciones firmes y sentimientos constantes.—Vigilar la propia inconstancia y superficialidad.—Amar las pequeñas o grandes responsabilidades.—Despertar inquietudes en los demás, con suavidad y constancia.—Encomendar a los que tenernos cerca tareas de responsabilidad. Examinar estas normas ***

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RESPONSABILIDAD
De ti y de mí no depende acaso el que otros hagan. Pero de ti y de mí depende el que hagamos nosotros o dejemos de hacer, hagamos el bien o hagamos el mal. Y de que hagamos o no hagamos... dependen grandes cosas. No estamos en la vida para nuestro egoísmo y propia contemplación. La vida es tarea y conquista, servicio y misión. Hay algo y alguien, además de nosotros, y a ello y a ellos nos debemos. Nuestra vida es, pues una gran responsabilidad. *** La reunión terminó inesperadamente y de un modo brusco. Era un grupo de buena amistad, amigos todos, ellos y ellas. Se reunían de cuando en cuando para hablar de temas que importasen a todos. Puro afán de encauzar sus años jóvenes y llenar su espíritu de ideas exactas y valiosas. Se rozó, y cada día con más ahínco, la idea del apostolado y de la responsabilidad «hacia las cosas» y «hacia los demás». Como todo noble ideal entusiasma, aquellos cinco jóvenes se iban «calentando». Pero aquella tarde «saltaron», nerviosas, Conchita y Luchy. Estaba suficientemente claro que la doctrina sana reclama una misteriosa «pluralidad» y que no son suficientes los estrechos límites de cualquier egoísmo; y era también evidente, gracias a Dios, que el mundo se viene armando, cada día más, en el plano de las responsabilidades sociales, que saltan hechas pedazos muchas «cuadriculas» que nos dividían, que se arrumban muchas fronteras espirituales y sociales que nos separaban. Pero estas realidades exigen una modificación personal. Nuevos puntos de vista. Medidas nuevas de las cosas, más humanas y eficaces. Y esa modificación supone la renuncia a todo egoísmo. Por eso habían «saltado» aquel día las dos amigas: —Yo no quiero meterme en «líos», ¿sabes? Se había disuelto el grupo. A la animada conversación siguió un corto silencio cargado de pena y fracaso, siquiera aparente. Eran dos almas 37

jóvenes que «se escapaban» para no atender las exigencias imperiosas de la mejor edad. A la salida, ya en la calle, Alberto cogió de nuevo el hilo de la conversación: —No habéis hecho bien. No es gallardo el gesto de romper con un compromiso que se ve evidente. Porque toda la vida, no sólo la vida del alma, nos está exigiendo cargarnos de responsabilidad. Y no es razonable —ni elegante— encogerse de hombros y no querer meterse en «líos»; porque lo primero que interesa es saber si podemos o no dejar caer la carga. Yo creo que la carga no es voluntaria desde que el Creador nos puso en la vida y destinó al hombre para trabajar la tierra. ¿Entendéis? Trabajar la tierra. Toda ella. Transformarla y mejorarla. Aunque haya que descender a sus más profundos estratos. Nos dio la vida para eso: «Ahí tienes tu vida y, en torno a ti, el mundo y las cosas y las gentes. Llena de entusiasmo tu corazón y... trabaja todo eso hasta donde lleguen tus fuerzas». Creo que... no está en nuestras manos querer o no querer colaborar al bien de los demás. —Pero eso supone llenarte de preocupaciones. Y yo, al menos yo, «no estoy por la labor». —Mira. Los americanos suelen enseñar a sus pequeños una norma de actividad que, aproximadamente, dice así: Hacer más, hacer por los demás, hacer con los demás. Así puede empezar a educarse el sentido de responsabilidad. «Hacer más» supone querer superarse siempre y no quedarse jamás contento con lo realizado hasta hoy; porque siempre hay algo que puede mejorarse. Hoy, mejor que ayer; mañana, mejor que hoy. No contentarse con medianías y con un «ir tirando» por la vida sin hacer más que sombra y simplemente ocupando un sitio en la tierra. La vida debe ser algo más. La vida es grave, porque es corta y por las enormes posibilidades que nos ofrece. «Hacer más» supone... pedir a Dios «alma de más». No podemos olvidar que el profeta Daniel fue escuchado en su oración «porque fue varón de deseos». ¿Habéis pensado lo que quiere decir eso? Y la paz de la tierra se prometió a las almas cargadas de buena voluntad, de sincera 38

voluntad, de fecunda voluntad... Oí alguna vez clasificar las almas en dos categorías: almas «maximistas» y almas «minimistas». Interesan siempre las almas maximistas, las almas que buscan siempre el máximo de sus posibilidades, las que desean desarrollar todas sus facultades hasta el más alto grado posible, en toda honesta y sana dirección. Las almas amigas del «sí» y desconocedoras del «no», las almas que siempre aceptarán la tarea o, por lo menos, no se esconderán en un rincón cuando la tarea las reclama. Creo que esto mismo, proyectado hacia lo alto, quiere decir el Señor con aquello del «hambre y la sed de la justicia». —Mira, Alberto, me aburría ya oyendo el sermón; pero has tocado un punto de interés que nunca entendí bien del todo. —«Hambre y sed de justicia» quiere decir un gran deseo — semejante al hambre y a la sed— de alcanzar la perfección en todos sus grados. Y pensad que no llama el Señor ya bienaventurados a los que llegaron a la justicia, sino a aquellos que no pusieron tope al deseo cordial y sincero, a los que quieren sinceramente, en todos los órdenes, llegar a la perfección. Todo esto exige «hacer más», querer «hacer más». Todo esto excluye, desde luego, la postura cómoda y achatada de las almas que se cierran y empequeñecen, cortando altura al ideal. «Hacer por los demás» es sentir en la propia vida la vida de los otros y la extraña solidaridad que nos tiene a todos ensamblados mutuamente. Darse a otros, sacrificarse por otros, prescindir de nuestra comodidad y entregarnos al servicio de los demás. Menos egoísmo y más auténtica caridad que es, ante todo, amor cálido y eficaz más que simple limosna dejada caer en la boca hambrienta. Romper los límites estrechos de nuestro «yo» con sus «cosacas», con sus pequeños placeres e intereses, y darnos cuenta de que formamos parte de una comunidad humana en la que todos tenemos nuestro compromiso con todos, todos estamos para todos. Nosotros mismos somos deudores a generaciones anteriores que trabajaron para nosotros. Los que nos legaron la civilización que disfrutamos, no quisieron descansar en su egoísmo; velaron muchos días y muchas noches en un trabajo acuciante, sin mirar ni a su propia vida muchas veces, con la ilusión de aportar algún beneficio a la Humanidad y descubrir un poco más sus incontables misterios. Simplemente, trabajaron para desbrozar más los caminos de la vida y hacer más conocido el mundo y mejorar la tierra y levantar la postración del hombre. Nosotros, ahora, no podemos cometer el gran pecado de pasar por el mundo disfrutando de 39

todo, sin ayudar a que los demás disfruten sobre todo de la verdad y de la virtud. Hay que hacer «por los demás». Aunque parezca que sus problemas no nos tocan. Aunque no nos carguen de culpabilidad ni exijan de nosotros una solución inmediata o imposible. Pero nada de lo que es humano puede ser ajeno a cada uno. Lo que toca a la gran familia humana —y a la tierra misma— donde fuere, es algo que de algún modo y en una medida nos toca a todos. Que haya hambre de pan y que haya hambre de verdad y de cultura y que haya hambre de Dios; que los cuerpos o los espíritus, las almas o los corazones, no hayan alcanzado su alimento conveniente... es algo que ha de importarnos, algo que debe acusarnos aunque no sepamos ahora de manera concreta qué es lo que cada uno de nosotros podemos hacer. Podemos hacer mucho: enterarnos, poner los ojos en las realidades de los demás, saber nuestro mundo y sus cosas, interesarnos de veras y estremecernos cordialmente de gratitud por lo que hemos recibido y de espanto por la diferencia acusadora establecida entre nosotros y los demás. Detrás de nuestro interés, descubriríamos los remedios. Pero hay que prepararse a «hacer algo por los demás». «Hacer algo con los demás» es poner nuestras ideas y actividades en contacto con las ideas y actividades de los que nos rodean o trabajan con nosotros; contrastar nuestros modos y maneras, darnos cuenta de que los demás también existen y trabajan y aciertan. Esto es lo mismo que «colaborar», trabajar juntos. Porque, evidentemente, nuestras posturas e ideas pueden —en muchas ocasiones opinables— no coincidir con lo real o con lo mejor. Los demás tienen también sus ideas y sus modos y, con nosotros, acumulan también su trabajo y experiencia en el acervo común de la Humanidad. Sólo fracasará el que se aísla, encasquillándose en su egoísmo. Para él, el mundo tiene una sola dimensión; las cosas, sólo un color; los trabajos, sólo una manera... Es necesario ponernos al lado de los demás con deseos de comprenderlos, de asimilar sus ideas, si es posible, o inyectarles las nuestras si aquéllas son erróneas... En cualquier caso, es necesario salir de nuestro egoísmo y encararnos con los demás en un amplio gesto de entrega y colaboración.

LOS «POR QUÉ».—LIBERTAD
La conversación continuaba. Mejor dicho, ya sólo hablaba Alberto. A 40

su lado, las dos «egoístas miedosas» de «meterse en líos» y los demás del grupo escuchaban silenciosos: —Y todo esto que os digo supone un fino sentido de la responsabilidad. Son realidades que existen fuera de nosotros, querámoslo o no, son exigencias que se nos imponen sin dejarnos lugar a elegir u opinar. Para comprender mejor esta responsabilidad que, en mayor o menor grado, tenemos todos, hay que tener en cuenta varios elementos: Primero, la idea de libertad. En el concierto universal de los seres, el Creador ha querido señalarnos un lugar determinado: ni piedra, ni flor, ni animal. Nos ha dado el «ser racional» que se apoya, principalmente, en la libertad. Muchas veces habréis oído hablar de libertad. Se ha escrito mucho y se ha gritado sobre el tema. Sobre todo, desde que los hombres creyeron fatuamente que habían descubierto la libertad con el nacimiento del siglo XIX, triste y pesimista y orgulloso. Parecía que «se estrenaba entonces» la dichosa libertad y los hombres la festejaron y la malgastaron exactamente como un chiquillo lo hace con sus zapatos nuevos. La libertad es otra cosa más seria y fecunda que lo que entonces se proclamó. Es un don realmente divino, que califica nuestra vida y da valor a nuestro esfuerzo. No hemos elegido nosotros este puesto en el mundo, ni podemos rechazarlo. Querámoslo o no, somos seres libres. Por lo tanto, responsables. La libertad supone que depende de nosotros el bien o el mal que hagamos, porque ninguna exigencia interior nos obliga al bien o al mal. Observad los animales: no eligen por su propia cuenta, vienen y van impulsados por algo irrefrenable, son movidos por el instinto sin que a ellos se les conceda el derecho de opción. Pero «delante del hombre está el pecado y la virtud; él elegirá el camino que prefiera». Y, una vez que elige, se hace responsable de la elección efectuada; precisamente porque nadie le obligaba, porque quedaba libre para preferir el camino opuesto. Por esta libertad, es evidente que podemos hacer o no hacer; hacer el bien o preferir el mal. Pero seremos responsables del camino que hayamos elegido en cada instante. Si hacemos, desarrollamos nuestras actividades, hacemos producir a nuestros talentos y se perfecciona nuestro ser porque todos los seres se perfeccionan con el ejercicio de sus facultades. Rendimos, primero, gloria a Dios que nos ha puesto en el mundo para que trabajemos según nuestra condición de seres racionales, para que hagamos con nuestro trabajo que 41

las gracias de Dios —dejadas en nosotros como una semilla— fructifiquen y rindan abundantemente y, aunque no hubiese en ello ninguna otra utilidad, nada quede inactivo ni infecundo de cuanto Dios nos concedió. Pero, además, el desarrollo de nuestras cualidades trae consigo un beneficio propio y una ganancia para los demás. Nosotros mismos, situados en esta coyuntura del mundo y de la historia, si hoy tenemos algo y nos vemos rodeados de comodidades y disfrutamos de la vida «civilizada», es porque «otros» hicieron algo antes que llegáramos nosotros, y no quisieron detenerse en la ociosidad. Inventaron cosas. Es decir, «buscaron con afán hasta encontrar» aquello que servirá a los demás: radio, teléfono, electricidad, televisión, estilográfica, imprenta, reloj... ¡Cuánto debemos a «otros»! Hemos llegado a este mundo y nos hallamos instalados en él, en medio de una cantidad innumerable de «cosas» que nosotros no hemos trabajado ni merecido; sino que «estaban ya aquí» porque otros, trabajadores activos, se sintieron empujados por la responsabilidad y aprovecharon sus talentos. Y nosotros, ¿qué hacemos? Si aquéllos hubiesen preferido, como decís, no hacer nada y «no meterse en líos», vivir sólo para sus gustos y llevar una vida sin responsabilidades ni complicaciones, nosotros no disfrutaríamos de la mayor parte de los beneficios que tenemos y el mundo habría permanecido estancado en su barbarie. He aquí una fuente de enorme responsabilidad: nuestra libertad. Porque entre todos los seres de la Creación, sólo nosotros podemos influir vivamente en la marcha de las cosas, sólo nosotros podemos orientarnos —y orientar al mundo—en un sentido o en otro. Y como podemos elegir entre varias posibilidades, de ahí la enorme responsabilidad de haber elegido una cosa y no otra. Y, si preferimos no hacer nada, caeremos en una dejadez criminal. Criminal, porque es realmente un crimen abstenerse de influir de una manera o de otra cuando tanto se puede hacer; porque muchas cosas no serán jamás si nosotros no las hacemos; porque en muchas decisiones nadie puede suplirnos; porque dejará de producirse mucho bien si no lo producimos nosotros. Otros podrán hacer lo suyo; pero lo nuestro, lo que depende de nosotros, eso no lo puede hacer nadie por nosotros. Si preferimos hacer el bien, nuestra vida entra por cauces de apostolado. Porque tan cercanos estamos y tanto nos influimos mutuamente, que el bien que hagamos nunca queda en nosotros solamente, sino que se esparce y salpica con gérmenes de bondad y virtud a los que 42

están a nuestro lado. Ha dicho, creo, Isabel Lesseur:

El apostolado que hoy se pide es un apostolado de influencia más que una profesión de fe. Y haciendo el bien es como mejor se va ejerciendo esa misteriosa influencia que, como el agua suave en la tierra, va empapando las almas de los que están cerca de nosotros... hasta depositar en ellas gérmenes de una futura floración de virtud. ¡Qué pena, en cambio, si preferimos hacer el mal! Porque la misma influencia —más fácil, acaso— se ejerce por el escándalo de nuestra vida poco ajustada, poco limpia. Tampoco nuestro mal es sólo nuestro; sino que sus salpicaduras llegan también a los demás y abren una nueva fuente de responsabilidad grave. En todo caso, ¿hemos pensado que, mientras vivimos, siempre hacemos esto o lo otro? ¿Y os parece que es igual que hagamos de una o de otra manera? Querámoslo o no, hacemos, vivimos. Responsabilidad nuestra es la orientación que demos a nuestra vida, la dirección que demos a nuestra acción.

EL DEBER
No solamente, por ser libres, somos responsables. Somos responsables, también, porque nos obliga un determinado deber. El deber es un vínculo, una atadura moral que no anula nuestra libertad, sino que la dirige y regula. El deber pesa sobre todos; responde al puesto que en la creación ocupamos cada uno y supone una ley moral, como los demás seres que suponen unas leyes físicas que regulan y dirigen «su número, peso y medida». Observad esta gradación: Existen unos seres puramente materia. Caen sobre ellos unas leyes de orden físico: sólo mediante esas leyes físicas, los seres materiales encajan perfectamente en el orden universal y colaboran a la armonía general del Universo. 43

Existen unos seres vegetativos. La materia se ve penetrada de una vida elemental. Y otras leyes superiores, todo un complejo bio-químico, vienen a regular y armonizar la vida vegetal: a través de esas leyes, los vegetales se suman, armoniosamente, al concierto universal. Existen unos seres animados de vida sensitiva: los animales. Las leyes del instinto regulan sus actividades todas, los dirigen, llevándolos indefectiblemente a su propio desarrollo y cumplen necesariamente su cometido. Todas esas leyes son ciegas, porque todos esos seres carecen de libertad. Todos siguen, de un modo ciego y fatal, las normas que el Creador les impuso. Nosotros somos hombres, seres dotados de razón. Participamos de todas las otras leyes; pero el Creador ha dispuesto para nosotros unas leyes diferentes, acomodadas a nuestra condición de «seres libres». A nosotros se nos impuso una norma o ley, no fatal y determinante, sino moral y adecuada a nuestra libertad. Esta ley es nuestro deber: el conjunto de obligaciones y actividades que exige este bendito «metro cuadrado» que ocupamos en el mundo. Luego no podemos vivir llevados de nuestro capricho. Tenemos un deber que atender. Y se nos pedirá cuenta del cumplimiento de nuestro deber. Todos los seres cumplen «su puesto» en la Creación: los astros, sus leyes; los animales, sus instintos... ¿Nosotros? No somos sólo materia y, por eso, no nos bastan las leyes físicas; no somos sólo carne y nos bastan, por eso, los instintos. Somos seres dotados de alma, razón y libertad, y nos corresponde una ley moral, un deber que hemos de cumplir de un modo racional, moral, voluntario, consciente y alegre. Quien se deje llevar del instinto se asemeja a la vida animal y se deja caer del alto rango que el hombre tiene entre los seres. El antojo, las «ganas», son lo único que tenemos de común con los seres inferiores. Sólo somos verdaderamente humanos cuando obramos iluminados por la razón y movidos por la voluntad, no empujados por los caprichos.

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DIOS, SEÑOR
«Responsabilidad» puede significar, por fuerza de la palabra, «obligación de responder ante alguien». ¿Veis? Cuando la vida discurre por los cauces del capricho, parecería que hemos borrado de nuestro horizonte a cualquiera que pretendiera cruzarse en nuestro camino y pedirnos, con autoridad, las razones de nuestro proceder. Olvidamos entonces que hay «alguien» además de nosotros; alguien que puede preguntar y reclamar; alguien ante el cual tenemos que «responder» de lo que hacemos o dejamos de hacer. Nuestro error está en que consideramos la vida en el mundo solamente a base de dos personajes: yo y las cosas, yo y lo que fuere. Pero la vida reclama siempre tres personajes que actúan constantemente juntos: yo, las cosas... y Dios. Y este «tercer personaje» es el personaje principal, la clave de todo, único que puede dar sentido a la vida. Si consideramos quién es ese Alguien ante el cual hay que responder de nuestra vida, se perfila aún más nuestra responsabilidad. Si no tuviéramos a ese Alguien, superior infinitamente a nosotros, Creador y Señor absoluto de nuestro ser y de todos los seres, Legislador y Juez supremo, sería muy escasa nuestra responsabilidad y muy pobres las razones que nos movieran a cuidarla. Pero hemos de llegarnos frecuentemente a los pies de Dios y «tomarle en serio». Nos convendría repasar frecuentemente las principales parábolas del Evangelio, como la del administrador infiel, en las que Dios ha querido poner de relieve su «presencia implacable» y el ejercicio de su soberanía única y absoluta. Caeríamos en la cuenta de que somos «administradores» de los dones de Dios; que nuestra vida no es nuestra, sino regalo suyo para que, trabajando con nuestra vida en el tiempo, podamos luego llegar a responder ante El del servicio que le hayamos prestado, de la administración que hayamos hecho de sus dones. Pero pecamos mucho por pecados de olvido y negligencia. Dejamos a Dios arrumbado muy lejos, inaccesible y desdibujado. Aunque creemos en El, vivimos sin que El «cuente» para nada en nuestras determinaciones y actividades. Y hay que comenzar alguna vez por creer en ese Dios «que anda por la tierra y se mete en nuestras cosas», un Dios que nos espera al otro lado de la muerte; pero que es compañero y testigo de todos mientras andamos por la tierra. ¿Amigo o no? Eso... depende de nosotros. No podemos hacer «lo que nos da la gana», porque no somos dueños 45

de nosotros mismos. Hemos de vivir, pensando en «responder» de nuestras vidas delante de Dios, que es el Señor de todo y de todos».

TRASCENDENCIA
Por otra parte, nuestra vida alcanza una trascendencia que exige también responsabilidad. «Trascendencia» es lo mismo que «alcance de horizontes más o menos amplios, rebasando los estrechos límites del momento y del yo». Trascender quiere decir «pasar más allá»; lo cual supone que nuestras acciones no quedan en nosotros, sino que «trascienden» o ascienden más allá de nosotros mismos y descansan su eficacia o su repercusión en otros. Nuestros actos van siempre «más allá». Y esta trascendencia y su responsabilidad admite grados, correspondientes a los diversos puestos que en la vida ocupamos. Hay, en primer lugar, una «trascendencia social». Es claro que quienes ocupan en la sociedad puestos de relieve —autoridades, personas influyentes, etc.— causan en los demás una repercusión, con sus actos, que no alcanzan las personas en situación vulgar. Esas personas ocupan lugares «altos» y «son más vistos». El pecado o la virtud de sus actos, «se ven más», son de efectos más hondos y graves que el pecado o la virtud de aquellas personas cuya vida no trasciende en lo social. Que Dios haya colocado a alguien en un lugar de altura... es una grave responsabilidad. Repercute en lo social el pecado o virtud de una autoridad. Repercute en lo social el pecado o virtud de un sacerdote. Repercute en lo social el pecado o virtud de los puestos dirigentes. Repercute en lo social el pecado o virtud de un apóstol, de una persona piadosa, de un militante de Acción Católica... ¡Cuántas veces la conducta equívoca o cobarde o no consecuente de algunas personas aparentemente buenas ha causado grave escándalo en muchos! Es cierto que la Verdad debe ser servida por sí misma, por la fuerza de su luz; pero también es cierto que, para muchos, esta verdad se presenta hecha carne en la conducta y en la vida de aquellos que «se dicen» convencidos de la Verdad. Cuentan, de la vida de Alejandro el Magno, que le fue presentado un soldado de su ejército, bajo la acusación de cobardía en la batalla. 46

—Me han dicho que eres cobarde. ¿Cómo te llamas, soldado? —Me llamo Alejandro. —¿Y no sabes que yo, tu rey, me llamo también Alejandro? ¡Cambia, pues, de nombre o cambia de conducta! A muchos podría planteárseles la misma disyuntiva: cambia de conducta…, o no digas que eres cristiano. *** Repercute, en un grado de amistades, aquella persona que, por sus cualidades, suele «llevar la voz cantante» y arrastra por ello a las demás personas del grupo. Fácilmente puede observarse esa reacción en todos los ambientes. Lo social es así. Deliberadamente o no, en todos los grupos hay «alguna voz cantante»: alguien que, aun sin buscarlo, dirige al grupo. De lo que estas personas hagan o dejen de hacer, se seguirá daño o provecho para los demás. He ahí una responsabilidad que no puede eludirse con la disculpa del egoísmo y la comodidad. Los demás están mirando, están esperando, son eminentemente receptivos y... recibirán lo que se les dé. Hay, además, una «trascendencia» de tipo familiar. La misma falta y la misma virtud —objetivamente idénticas— tienen diferente volumen y diferente eficacia, según quién sea su autor: el padre, el hijo, la esposa... La ruina de un hijo licencioso es, de ordinario, la ruina del hijo nada más. Puede ser también la ruina de su porvenir, el fracaso de tantas realidades que él habría podido obtener con otra conducta. La ruina del padre calavera, la frivolidad de una esposa egoísta, es frecuentemente la ruina del hogar, la desedificación de los hijos... La «trascendencia» de nuestros actos es diferente, según el lugar que ocupamos. *** Y hay, siempre, una «trascendencia» misteriosa, pero real y formidable que podríamos llamar «de trasmundo». Nuestras acciones repercuten en lo eterno. Estamos escribiendo en esta vida nuestra historia para la eternidad. Saltan nuestras acciones y retumban en los cielos: sus ecos no se apagarán jamás. Muchas cosas terminan con la muerte del hombre; pero «sus obras le siguen». Son su ejecutoria, su valor y su 47

medida para lo eterno. He aquí una gran responsabilidad. Nuestros antepasados, sobre todo en los tiempos cargados de Fe, medían su vida terrena con la medida de lo eterno. El «pondus aeternitatis» —la plomada de lo eterno— era la cuerda tensa que les servía para ir levantando rectamente la pared de sus méritos. Si pensáramos más en lo eterno y viviéramos la tierra con aquella medida, comprenderíamos pronto esta «trascendencia» y su correspondiente responsabilidad. Si no se comprende..., es por «postura de comodidad» en que instintivamente nos colocamos. Queremos que el mundo gire en torno a nosotros y que todo nos sirva. No queremos tener cosas que hacer, porque hay que salir de uno mismo para volcar afuera el calor de nuestro interés. No queremos tener nada de qué responder. Nos agrada poco deliberar y levantamos muy de prisa la hoja del calendario para ver la «solución, mañana» de todas las dificultades. Somos egoístas. Y nos estrechamos en el «yo» encogido y raquítico. Sentimos pereza ante cualquier esfuerzo. Nos dejamos llevar del capricho, como norma. Nos invade la frivolidad con su inconstancia. Padecemos una educación fácil y aniñada y no nos ensayamos en el tesón y en el vencimiento. Pero ¡qué vida tan hermosa y llena, una vida de actividad plena! ¡Y qué escuela de carácter, y qué sensación de felicidad, cuando se pasa por la vida derramándose hacia los demás en busca de su mayor bien!

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ENCUESTA
sobre La Responsabilidad VER: ¿Crees que tienes alguna responsabilidad? ¿Y los demás? ¿Cuál te parece a ti que es la primera responsabilidad, la más evidente? ¿Por qué te parece que somos responsables? ¿Qué tienen que ver con la responsabilidad las ideas de libertad, deber, Dios y eternidad? ¿Por qué los demás no son responsables? ¿Cómo definirías la responsabilidad? JUZGAR: ¿Crees que las gentes sienten su propia responsabilidad? ¿Cuáles son los principales estorbos que lo impiden? ¿Qué clase social te parece que siente más la responsabilidad? ¿Por qué? ¿Tiene que ver con esta falta de sentido de responsabilidad la educación recibida? ¿Y el ambiente en que se vive? ¿Y el egoísmo? ¿Y la pereza? ¿Por qué? ¿Crees que, para la vida, tiene sus ventajas el sentimiento de la responsabilidad? ¿Cuáles juzgas las más evidentes? ACTUAR: ¿Tienes entre manos alguna tarea de responsabilidad? ¿Estás contento de haberte cargado con alguna responsabilidad? ¿Tu vida se siente más completa, más llena y más feliz al sentir responsabilidad? ¿Qué crees que se puede hacer para despertar en los demás este 49

sentido? Si la vida humana tiene un destino glorioso, ¿no crees que merezca la pena esforzarse por empaparla de una gloriosa responsabilidad? Normas para la acción Revisar nuestras tareas y deberes para desarrollar el sentido de la responsabilidad.—Despertar en nosotros el afán de superación por el desarrollo de las propias facultades.—Comprender la grandeza de nuestra libertad, la gloria del deber, la nobleza de servir a un Dios y la nostalgia de un Cielo.—Estudiar las maneras de despertar inquietudes en las almas para afinar su sentido de responsabilidad. Examinar estas normas ***

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LOS TALENTOS
«Trabaja como si Todo dependiera de ti. Ten confianza en Dios como si todo dependiera de Él». (S. Ignacio de Loyola). El Evangelio ha reservado una de sus hermosas parábolas para inculcarnos la responsabilidad. La materia de responsabilidad la constituyen los diversos dones de todo orden que Dios nos concedió. Estos dones —talentos— exigen nuestra atención (Mat 25, 14 ss.). *** El Señor reservó dos parábolas, principalmente, para inculcar y precisar la idea de responsabilidad; la parábola de los talentos (Mat. 25, 14 ss.) y la parábola de las minas (Luc. 19, 11-27) que son en sustancia, expresión de un mismo pensamiento. Siguiendo su costumbre de poner las ideas materializadas en objetos para mejor aclarar aquéllas, el Señor elige los talentos y las minas para componer su comparación con la doctrina importante de la responsabilidad. Los talentos y las minas son pesos o monedas. Objetos, al fin, con los que cada uno puede negociar. En la parábola, riqueza de la propiedad del señor que, ausentándose, la encomienda a sus servicios para que negocien con ella y ganen. La aplicación de estas parábolas es clara. El señor es Jesucristo que se ausenta visiblemente. Los siervos del Señor habrán de responder ante El un día inesperado. Los talentos y las minas son, en nosotros, las gracias de diverso orden que Dios nos concedió. Todos poseemos algunas, pocas o muchas, más o menos valiosas; sobre esas facultades recae la responsabilidad de todos. Como un administrador tiene responsabilidad sobre las riquezas que su señor le encomendó. La administración puede ser buena, mala o nula; las dos últimas tienen su castigo. 51

ENSEÑANZAS
Tienen estas parábolas unas claras y ricas enseñanzas. La primera es la humildad, el reconocimiento exacto de las cualidades que Dios nos ha concedido y el origen o propiedad de esas cualidades. Porque no es humildad negar las gracias que poseemos. No es humildad pregonar que no somos nada y no valemos para nada. Dios no pone en la creación seres inútiles. Cuando Dios nos concedió la vida, señal cierta es de que esperaba algo de nosotros a nuestro paso por la tierra. Humildad es lo mismo que verdad. Conocer la verdad de lo que somos y tenemos. Conocer la verdad del origen y propiedad —divinos— de todo lo que somos y poseemos. Somos, simplemente, administradores de unas piezas de todo orden; pero el dueño es Dios. Todo lo hemos recibido y no es nuestro. Nos dirá, por eso, San Pablo: ¿Qué tienes que no hayas recibido? ¿Y, si todo lo tienes recibido, por qué te glorías y usas de ello como si fueses tú el dueño y no lo tuvieses recibido? No sería humildad en el pavo real negar la brillantez y los colores de su cola abanicada; la humildad sería confesar su brillo, recrearse en el color hermoso y dar gracias a Dios que así lo adornó..., mirando al mismo tiempo cómo servir con su belleza y color los deseos de su Dueño. ¿Y teniéndolo todo recibido, por qué despreciar a los que recibieron menos? Todos coincidimos en la misma categoría de siervos del mismo Señor. Y más motivos de humildad tiene quien recibió más gracias; porque está obligado a mayor servicio y rendirá más cuenta en el día de la vuelta del Señor. Pero humildad nos enseña también la parábola por el premio que los siervos fieles reciben. Diferente cuantía en los talentos recibidos y, por lo mismo, un servicio materialmente mayor o menor; pero un premio igual en todos ellos. Si Dios premia por igual, iguala con el mismo rasero a los siervos si éstos le sirvieron con igual buena voluntad. Porque, al fin, lo que premia el Señor no es el resultado de nuestras actividades, sino el buen espíritu y la recta intención puestos en el trabajo. ¡Cuántas vidas que parecen nulas, sin relieve ni brillantez, nos sorprenderán en el cielo con 52

altos grados de gloria ganados por un recto amor a Dios y un servicio en lo que se pudo! A las puertas de Dios llegó, un día, un alma pequeña. Se abrieron, de par en par, las puertas y aquella alma niña fue subiendo, subiendo... No se detuvo sino arriba, muy cerca de Dios. La miraban todos los santos con curiosidad. Vinieron luego, como bandadas de palomas, a preguntar al Señor: —¿Quién es ésta que tan alto sube en el cielo? —Esta es un alma pequeña; no hizo en la tierra nada que se distinguiera, fue vulgar y corriente. Hizo, solamente, lo que tenía que hacer; lo hizo bien, con recta intención, y amó mucho a su Dios. ¡Qué claridad y consuelo derrama sobre muchas vidas escondidas e inútiles la doctrina de la Ascética cristiana sobre la recta intención y el valor de nuestros actos, por pequeños que sean, cuando van empapados de puro amor de Dios! Suele, por eso, decirse que Dios no mide ni cuenta nuestros actos; los pesa. No los cuenta, para ver si son muchos. No los mide, para ver si son grandes. Los pesa, para ver si son densos de contenido, y la densidad de nuestros actos depende de la lealtad y amor que pongamos en el servicio. Por eso, los siervos del Sector que recibieron menos que otros pueden, sin embargo, ser premiados como los que más recibieron. *** Una segunda enseñanza es la responsabilidad de los talentos que hemos recibido. El Señor está ausente, en apariencia. Y nos ha dado sus gracias para negociar con afán. He aquí una finalidad y un destino espléndido de nuestras facultades. Tenemos que negociar con nuestras facultades, pocas o muchas. Eso es todo. Porque, no siendo nuestras, no podemos usarlas a nuestro antojo. 53

Volverá el Señor cuando no lo esperamos. Y se encenderá su ira sobre sus siervos, si encuentra dilapidada su fortuna y perezosos a los encargados de velar por sus talentos. Ni siquiera los hemos recibido para nuestro regusto personal, sino para trabajar con ellos animosamente y redondear la gloria de Dios y el bien de los demás. A nuestro lado, los malos trabajan infatigablemente. Hay muchos talentos puestos al servicio del mal y del error, del vicio y de la mentira. Tienen ellos, para el mal, un sentido de universalidad más amplio y combativo que los buenos para el bien. Buscan amigos, trabajan, conquistan, emplean dinero y simpatía, tiempo y actividad, con tal de extender un poco cada día el reino del mal. Mientras, los buenos están ociosos. Se reproduce, de nuevo cada día, la escena de Getsemaní; arriba, los malos planean la entrega de Cristo por traición; abajo, en el huerto, el Señor agoniza solo. Entre tanto, los buenos viven satisfechos pensando que no están con los malos... aunque tampoco se aprestan a sostener y ayudar a su Señor. Y no hay peor sueño que el sueño del egoísmo y de la pereza. No basta ser personalmente buenos y distanciarse de la caterva de Judas. Es preciso velar, poner en juego nuestras posibilidades y sacarles todo el rendimiento posible en mayor ganancia y servicio del Señor que nos creó. He aquí la fuerza que tiene esta idea para encender afanes de apostolado. Nuevamente, se vislumbra la idea del Rey Eternal que llama a sus caballeros pidiéndoles su prestación combativa. Los caballeros que se tengan por bien nacidos y nobles, desenvainarán su espada y la pondrán a disposición del Rey. Se aprestarán no a no luchar contra El, sino a luchar junto a Él para conquistar toda la tierra de los enemigos. Nuestro cristianismo debe ser combativo y apostólico. Es claro que, de entre todos los siervos, tendrá mayor responsabilidad aquel que recibió más y mayores dones. No somos todos iguales, porque el Señor repartió sus dones con diferencia; pero somos todos iguales en la obligación de negociar y rendir cuentas. Con la variante de que habrá de trabajar más y será más responsable aquel que mayores dones recibió... que para eso los recibió. 54

¡Cuántas obras buenas no quedarían estancadas, si las sirviesen aquellas almas dotadas espléndidamente por Dios! *** A la luz de estos pensamientos, he aquí un bello ideal. Suelen decir que La vida no merece la pena de ser vivida, si no es para quemarla en aras de un noble ideal. Somos lo que sea nuestro ideal. Demasiadas almas caminan por el mundo, achatadas con ideales de nada. Hacen falta almas que no tengan miedo a un ideal elevado; cuanto más elevado, más elevador. Por fuerza de pensar en ello, decía Newton que había descubierto sus famosas leyes físicas. Y, con una simpática exageración llena de profundo sentido, dijo un psicólogo que si pensásemos mucho en el cielo, llegarían a brotarnos alas. He aquí un ideal noble: gastar la vida en servicio de Dios, aparentemente ausente. Este servicio tiene su encanto, porque se le sirve con alta intención rectísima de quien, sin ver ahora el regalo y el premio, trabaja sin embargo por amor puro de Dios. Es una belleza como aquélla de los amores ocultos e imposibles de aquellos caballeros que marchaban a grandes empresas por Dios y por su dama, despreciando el bien pasar de la Corte. Y acrecienta la belleza de este ideal la esperanza en la pronta venida de Cristo. Sólo resta que en previsión de este momento —que puede ser hoy— esté siempre el corazón dispuesto... y no vacías las manos.

DETALLANDO
Tiene esta parábola algunos detalles importantes. Se dice que el Señor dio los talentos y marchó en seguida. Entonces, el que recibió cinco talentos, se puso a trabajar... Hay quien lee el mismo verso de diferente manera. Una: ...el Señor marchó en seguida. El que recibió cinco talentos trabajó con ellos y ganó otros cinco. Otra: ...el Señor marchó. En seguida, el que recibió cinco talentos trabajó con ellos y ganó otros cinco. 55

Según la colocación del adverbio en seguida, se ve una nueva enseñanza. 1.—El Señor se marchó en seguida. Es decir que nos dejó aparentemente. 2.—El Señor se marchó. En seguida... Es decir, que el siervo trabajó urgentemente, sin dejar para mañana su decisión; y trabajó con constancia y rapidez, aprovechando el tiempo con santa avaricia. Al que escondió el talento, se le quitó. Porque advierte el Señor que quien trabaja recibe cada vez más. El que desprecia las gracias de Dios y no las hace fructificar, recibe cada vez menos. Se ve esto, sobre todo, en las almas tibias y egoístas; van dejando las cosas, se van enfriando y terminan por perder todo y dejar lo poco que tenían de vida espiritual. El Señor maldijo a la higuera estéril, símbolo del alma voluntariamente improductiva. Convendría meditar que la postura más desairada y comprometida es la postura del alma con las manos vacías, la postura del siervo perezoso y comodón. *** Pero debemos elevar un poco más nuestra intención la trabajar los dones que el Señor nos dio. Olvidemos, por exceso de frivolidad, que el Señor viene. Como el pueblo judío, a la sombra del monte de Dios donde Moisés recibe las llamaradas del contacto divino, nos sentamos a la mesa de la comida y del placer. Vivimos como si nunca fuésemos a morir, como si fuéramos a quedarnos eternamente en esta tierra que, sin embargo, pasa como una sombra. Por esto, también, se reservan en el Evangelio unas cuantas parábolas para prevenirnos sobre la venida de Cristo. El vendrá como un ladrón, porque siempre sorprende su encuentro y la muerte nunca nos viene a la hora deseada. Pero esta esperanza en la venida de Cristo a recoger nuestra pobre vida y nuestra actividad ha sido siempre la de las almas nobles. Esperar el Reino de Dios —y el encuentro con El, al fin de la vida, es uno de sus grandes momentos— habrá de ser la postura racional de un alma exacta; que, al fin, romeros somos que camino andamos y en la vida sólo nos detenemos un instante; luego, de madrugada, hay que partir de nuevo hacia lo eterno. Nos advierte por eso el Señor que vivamos preparados porque no 56

sabemos su momento; no por escrúpulo, sino por la gallardía de llevar las manos llenas de buenas obras como garantía de una vida bien aprovechada. Es la alegría del siervo trabajador que goza viendo rebrillar en sus manos aquellos otros cinco talentos que él, con su esfuerzo, había conquistado: —¡Mira, Señor, me diste cinco y he ganado otros cinco! *** Mientras llega la hora de la venida del Señor, ganaríamos en santificación propia. Nuestro carácter y nuestras facultades humanas, la gracia interior y los dones del alma, crecerían en perfección y méritos. Ayudaríamos, al mismo tiempo, a la santificación y beneficio temporal de los demás. Y ése sería el modo mejor de copiar el modelo de hombre perfecto, que es Cristo, ya que su misión fue por los demás, en un trabajo constante de Redención. Acumularíamos riqueza espiritual. ¿No se afanan los hombres por la riqueza material? Las grandes industrias, casas de banca, negocios fabulosos, abarcan grandes esfuerzos de muchos hombres y exigen a veces la entrega de la vida. ¡Y al fin, esa riqueza material va a quedar aquí! ¿Por qué no trabajamos con el mismo afán para acumular riquezas espirituales, que duran eternamente? *** Y en la actual coyuntura del mundo, la parábola de los talentos tiene exigencias mayores. Estamos en época de actividad febril, de movimiento incansable, de agrupaciones gigantescas y empresas que parecían sueños de locura. Las fuerzas del bien y del mal claman con voces de angustia pidiendo el esfuerzo de sus afiliados. Grandes organizaciones nacionales e internacionales ruedan por los caminos del bien o del mal, pretendiendo llevar en su movimiento a la Humanidad entera. Los malos se esfuerzan y trabajan. Mucho, muchísimo. Y se fatigan. Se han rebasado ya los límites de cada uno y se trabaja por empresas mundiales. El bien o el mal que se fabrique, tendrá a todo el mundo como campo de aplicación. Se fatigan los hombres mundanos en busca de placer y los aventureros por afán de oro o emociones. Hay frívolos campeonatos de baile, en que los hombres quedan rendidos por el esfuerzo. 57

Si se esfuerzan los malos, los frívolos, los mundanos, los aventureros... sin un alto fin que ennoblezca sus vidas, ¿por qué no trabajar nuestros talentos hasta rendirnos por la causa de Dios? Más noble es terminar nuestra vida, rendidos de fatiga, por haberla consumido en un noble ideal, negociando los talentos, buscando con avidez dónde y cómo y a quién podemos hacer el bien. Sería un completo ideal: Agotarnos en servicio de Dios, único que sabe agradecer, pagar y amar. Nos vamos todos consumiendo como un cirio. Lo importante es, como el cirio, brillar y orientar mientras nos consumimos. A esta empresa nos llama constantemente el Señor por boca de su Vicario en la tierra. Cada vez son más apremiantes las invitaciones del Papa para que todos nos aunemos en el trabajo generoso y sin reticencias. Hacen falta almas maximistas que sepan ponerse incondicionalmente en servicio de la causa del bien. Nos está necesitando una sociedad que va perdiendo la orientación y el quicio; siempre podemos añadir algún bien al mundo todo. Por eso, decía Isabel Lesseur: Cuando un cristiano se eleva, eleva a todo el mundo consigo. Nos está reclamando la causa de una redención que no admite vacaciones. El bien y el mal nos salen al paso, invitándonos; hemos de pasar por la vida cogiendo con cariño todas las oportunidades de bien, evitando el mal, como se van recogiendo las mejores flores entresacándolas de matorrales. No hay tiempo en que las almas no nos necesiten, ni el bien se puede dejar para más tarde. En el mundo donde las almas viven, se salvan o se condenan, no hay horas de oficina; es toda la vida una jornada intensiva. Siempre y en todas partes se nos pide rendir mucho, hacer cada uno lo que pueda en favor del bien. Y esto, sin tacañerías, sin malos gestos, sin cobardía, porque haya que sacrificar placeres o amar renuncias.

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ENCUESTA
sobre La parábola de los talentos VER: ¿Cómo expones tú la parábola de los talentos? ¿Cómo la explicas, aplicándole la doctrina de la responsabilidad? ¿Qué enseñanzas más evidentes sacas de ella? ¿Crees que todos los hombres han recibido algún talento? ¿Los aprovechan, multiplicándolos por el trabajo? ¿Has comprendido el castigo de la inacción o pereza cobarde? ¿Qué ideal despierta en ti esa parábola? JUZGAR: ¿No crees que la humildad debe ser el primer escalón para el alma? ¿Por qué? ¿No somos todos administradores de algo que no es nuestro? ¿Qué consecuencias sacas de ahí? ¿Crees que todos daremos la misma cuenta? ¿Por qué premia Dios el trabajo más que el éxito? ¿No es verdad que para negocios mundanos somos más diligentes? ¿Por qué te parece que los hombres sienten pereza para ese otro negocio espiritual? ACTUAR: ¿No crees que el desarrollo de tus talentos te daría mayor perfección personal? ¿Y podrías ayudar más a tu prójimo? ¿Y servirías mejor a la sociedad? ¿No te parece que es deplorable dejarse llevar de le pereza, mientras los malos no descansan? La redención no descansa ni admite vacaciones. ¿Puede haber lugar a perezas? 59

Normas para la acción Alcanzar el conocimiento propio para ver las propias cualidades o talentos.—Huir de la falsa humildad de quien cree que «no vale para nada».—Comenzar ahora mismo a poner en juego nuestras cualidades, superándonos constantemente y no resistiéndonos nunca a la acción buena que nos piden.—Despertar responsabilidades en nosotros y en los demás. Examinar estas normas ***

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La Vida

«¿Qué espera Dios de ti?» Piensa en las posibilidades del plan divino. Compáralo con lo que eres. Y ponte a trabajar «para no defraudar las esperanzas que Dios ha puesto sobre ti». El primer talento o don recibido —talento natural— es la vida, base y cimiento de todos los dones, porque lo primero de todo es vivir. *** El primer talento o don recibido de Dios —don natural— es la vida. Y bueno es comenzar por él, puesto que es la base y cimiento de todos los demás dones. Lo primero es vivir, ser. Abarca a todos los demás. Ya que todos los demás dependerán del destino y orientación que se dé a la vida. Aquí, como en ningún otro tema, la idea tiende al acto y nuestras vidas son engendradas por nuestras ideas. Si empapamos el alma de un noble ideal del destino y finalidad de la vida, todos los demás dones que poseemos y todas las restantes actividades estarán enfocadas debidamente y enderezadas con rectitud. *** A quien quiera pensar, un primer interrogante se le presenta en respuesta de una legítima curiosidad. Nacemos en medio del mundo. Nos rodean por todas partes seres que parecen infinitos en su número, color y dimensión, en sus movimientos y categorías de vida y ser. Toda una magnífica creación, hecha antes que nosotros, sobre la que nadie nos consultó, y que parece un magnifico palacio preparado por algún rey misterioso en homenaje a nosotros sus hijos. Esa creación se nos antoja muy nuestra; pero, a la vez, tan lejana que nosotros apenas podemos conocer —y nunca dominar del todo— sus leyes misteriosas. Todo está ordenado, preparado y regido, sin que nosotros 61

hayamos tenido parte en ello. ¿Qué representan todos esos seres? ¿Quién los gobierna? ¿Cuál es su finalidad?

EL MISTERIO DE LA VIDA
Entre todos ellos, el alma se siente vivir. Es un ser más, con todos los seres, pero totalmente distinto. El alma se sabe viviente, conoce, aspira, proyecta, sufre y ama, ríe y llora... Todos los deseos y apetencias del alma no son sino manifestaciones de lo más íntimo de su ser; el ansia de vivir, el desarrollo de esa vida y todo un mundo interior de impulsos misteriosos que bullen, sobre todo, en la juventud. No es solamente el ansia de vivir durante mucho tiempo; es, sobre todo, el afán de vivir con intensidad la vida, la sed de sentirse plenamente satisfecho viviendo y amando. Se siente arrastrada por una fuerza de ilusión innata a preferir una vida donde el amor y la alegría, la pureza y la paz, sean una verdad siempre. El alma del joven es casi nueva aún, sólo ha empezado a vivir. Dotado de cuerpo y alma, el joven tiene también un corazón que ha sido hecho para ser centro de todas las virtudes. El joven será feliz según eduque su corazón. Dios, que no ha hecho nada sin razón suficiente y sin finalidad concreta, ha hecho al joven así para que esos deseos un día lleguen a ser una realidad. Dios ha dado al pájaro alas para volar, y le ha puesto un ciclo donde pueda ser feliz extendiendo sus alas. Dios ha hecho al pez para nadar, y le ha creado los mares y los ríos donde el pez sea feliz cumpliendo su destino. Dios ha hecho la semilla para que germine, y ha puesto para ella una tierra que le preste el calor del surco donde germinar. Dios, que ha puesto en el joven tantos afanes, habrá determinado también un modo de vida donde esos afanes puedan saciarse. Lo que importa es encauzarlos. Toda fuerza es buena, si se encauza bien. El agua, desbordada, arrasa y destroza. La misma agua, canalizada, fecundiza los campos. He aquí la primera gran interrogante frente al hecho de nuestra vida. ¿Qué es todo esto que vemos y qué finalidad tiene? ¿Y por qué ese mundo 62

interior de sentimientos y afanes, de ideales y deseos? *** «¡El misterio de la existencia...! Porque, misterio lo hay. Con una lucecita en la mano vamos caminando casi a tientas, con un paso inseguro, como en las tinieblas de un inmenso palacio cuyas salas estuviesen llenas de sombra. Ansiosamente protegemos con la mano la llama vacilante que nos permite entrever un muro por aquí. Una escalera sobre el abismo apaga la luz que nos iluminaba, y nos apaga a nosotros mismos, antes de que hayamos tenido apenas tiempo para ver algunas cosas. Era una puerta cuya llave no hallé nunca, era un velo cuya punta no levanté jamás. Un tiempo se hablaba de mí y de ti; luego, ya no se habló ni de ti ni de mí... ¡Oh, viejo Omar Khayymann! (1) «Ven —me dices—, deja a los labios que hablen. Una cosa es cierta, el resto no es más que mentira: la rosa que ha florecido no volverá a florecer jamás... En la gran posada de la vida cuyas puertas están abiertas día y noche, sólo paramos una hora y luego hemos de partir...». Así canta el viejo Khayymann... Su canción es triste y desesperada. «Todo pasa, todo huye. Hacemos alto unos momentos en el desierto, bebemos un instante de la fuente de la vida... Las estrellas palidecen y las caravanas se alejan hacia la aurora del no ser». «Hay una mano que juega con nosotros sobre un tablero de ajedrez de noche y día; y cuando se come una ficha, se la echa a la caja de donde no vuelve a salir…» ¡Pobre viejo Khayymann! «Un pan, una botella de vino, un libro de versos, y tú que cantas para mí bajo las frondas... ¡Eso es el paraíso!». Ante la pavorosa certidumbre de la muerte, el viejo Khayymann, que después de la vida sólo aguarda la nada, no
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Poeta persa, 1017-1123, aproximadamente.

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halla consuelo alguno. «Sé valiente —dice—, y cuando llegue la muerte con su amargo brebaje, apura esa copa como has apurado las demás». Una noche, a últimos del mes de Ramadán, está Omar en la tienda del alfarero y escucha lo que hablan entre sí las ánforas en sus estantes: las ánforas que son para honor y las ánforas que son para oprobio. «Si estamos contrahechas — dicen éstas—, es culpa del alfarero. Nosotras no nos hemos hecho a nosotras mismas. Si salimos mal, es porque a «él» le tembló la mano». Pero con estas palabras pasa Khayymann a una filosofía del todo distinta. «No nos hemos hecho a nosotros mismos, luego nos ha hecho otro. Si somos criaturas es que hay un Creador; y así comienza Khayymann, lo mismo que en el libro de Job, el diálogo entre el ánfora y el alfarero. La solución del problema de la vida que ofrece el viejo Khayymann es falsa: entre otras razones, porque no estamos solos en la existencia. Hay Uno, además de nosotros, y con ese Uno debemos entendernos. Debemos tomar una actitud respecto a Él. Él está con nosotros en el camino desde el principio hasta el fin. ¿Cómo vengador o cómo amigo? Eso... depende de nosotros. Esto no lo sabía el viejo Omar Khayymann. «Lavad mi cadáver con vino —dice—, enterradme envuelto en pámpanos, en el jardín en que los otros, numerosos como estrellas, descansan sobre el césped. Y cuando tus níveos pies, ¡oh amiga!, pasen rápidos por el sitio donde yo solía sentarme, apura una copa a mi memoria...». Acaso lo hizo así, en un principio, la servidora amiga y se le olvidó muy pronto. Mas, sobre la tumba del difunto poeta, en el jardín de la taberna, brilla y centellea cada noche la misteriosa escritura en las estrellas, como versículos de oro del Corán en la cúpula azul turquí de la mezquita de Omar... Cuando se ha apurado la última copa y se ha extinguido bajo el follaje el último farolillo de colores, cuando los labios están saciados de besos y el cuerpo harto de deleites; cuando los pétalos de la rosa se han marchitado y han enmudecido el son de la lira, 64

queda aún allá arriba esa misteriosa escritura de estrellas, como las estrellas que escribió la mano en el palacio de Baltasar. Y las palabras escritas son las mismas: la condena de cuantos buscan la solución del misterio de la vida en el placer de la orgía. ¡Mane, Thecel, Phares! Te han pesado en la balanza y no llegas al peso exigido por la justicia de Dios». (J. Jörgersen, «VIAJE A TIERRA SANTA»).

SOLUCIÓN FRÍVOLA
Una primera solución —falsa solución— de tipo materialista. Si a aquella interrogante fuese a contestar un joven frívolo y buscador de placeres, sin traba ni medida, respondería: Todo eso se sacia en el pecado, todo está empujando al pecado y sólo en el pecado se aquietan esos afanes escondidos. Pero el pecado es antinatural y, por ello, no puede sino abrir una fuente de desdichas. Los seres todos se mueven ordenados por unas leyes que regulan su armonía. El grandioso espectáculo de la creación, ajustada y exacta en su ser y movimientos, adquiere su maravillosa precisión apoyándose en unas leyes siempre cumplidas. El Creador dispuso así a los seres; los seres ruedan por los espacios, completando la policromía del conjunto, sin roces ni estancamientos, en virtud de aquellas leyes perfectamente cumplidas. No es natural que un ser se escape a esas leyes. No puede ser natural que el hombre se escape de las leyes morales que Dios le impuso. Que no son para coartar o estorbar sus movimientos, sino para regirlos sabiamente y proporcionarle aquella suavidad, sin roces ni golpes atropellados, que todos los demás seres disfrutan por leyes paralelas. Cada ser —diríamos— «es feliz» porque vive según su ley propia. El alma será feliz, siguiendo su ley. El Creador no se equivocó, cuando a cada uno de los seres dio el número peso y medida ajustados a él. Y si una criatura cualquiera rompiera sus leyes propias ella terminaría destrozada, salida de su quicio y rodando sin rumbo en los 65

espacios inmensos. Imagen de lo que el alma es cuando, rotas por el pecado las leyes que la gobiernan, pretende salirse del quicio en que Dios la ajustó. El pecado es antinatural. Y, por ello, fuente de desdicha para el alma. Las mayores tragedias en la vida provienen del pecado. Hasta la fuente misma del verdadero gozo se seca, cuando el alma se lanza por derroteros prohibidos. *** Pero si a aquella interrogante respondiera un joven de mundo, ligero y despreocupado, respondería con toda la audacia de la juventud aún inexperta: Todos los afanes del alma están buscando el placer. Entonces, la vida se trocaría en un movimiento egoísta, en una búsqueda incansable de la propia satisfacción, excluyendo por sistema todo aquello que suponga dolor y vencimiento. Pero no puede olvidarse que la vida, ahora, está regida por la ley del sufrimiento. Hay luchas interiores, tentaciones y angustias, dolores físicos, espirituales o morales que no pueden soslayarse. No es pecar de pesimistas el decir esto; es recoger un dato importante de la vida, con todo el optimismo que la fe derrama luego sobre esa amarga realidad. Más aún, se observa que cuando un alma rechaza el dolor y busca por todos los medios el placer egoísta, siempre el dolor se hace más instante y más opresor. La sombra de la cruz se agranda cuando huimos de ella. El dolor no lo han inventado los pesimistas. El dolor está ahí, nos sale al paso, va señalando las principales etapas de nuestra vida. Desde los comienzos del mundo, una culpa —misteriosamente universal— desequilibró al hombre. Y sus legítimos afanes de gozo están, desde entonces, interferidos por las angustiosas punzadas del sufrimiento. Y sus sueños de ángel se ven salpicados de instintos de barro. Frecuentemente, sus fuerzas heridas llegarán a la mitad de las alturas soñadas por el alma. No podemos olvidar la realidad, profundamente humana, del pecado original. *** Tampoco tendría razón el joven idealista que respondiera así a aquella primera interrogante: la vida del joven aspira a la conquista de 66

ideales humanos, hermosura, poder, influencia, dinero, saber... Porque muchos de esos ideales —casi todos, si no sirven a otro superior— rebajan el idealismo del corazón. Y, desde luego, no sacian; el corazón humano jamás dice basta, nunca está quieto. En la carrera de las cosas humanas, el que ha escalado alguna cumbre aspira a otra superior, como en el camino del placer nadie llega a saciarse y siempre se sufre por falta de hartura. Todo lo que no es Dios ha sido enjuiciado así por Blondel: Dos perros se pelean por un montón de basura, en el que nada encuentra el vencedor.

PIRÁMIDES TRUNCADAS
No puede ignorarse, sin embargo, que el ideal común acerca de la vida coincida con alguna de esas soluciones presentadas. La consecuencia la tenemos al alcance de la mano y cae bajo la luz de nuestra mirada. La mayor parte de los jóvenes viven hoy —y llegan a la muerte— sin terminar, como una pirámide truncada. Me imagino al hombre como una pirámide sobre un mundo de arena. Sobre la arena del desierto, es la pirámide una afirmación de permanencia en la movilidad resbaladiza de la arena. Y sobre el mundo y las cosas, es el hombre, por su alma, lo más hermoso y trascendental. Sólo que, frecuentemente, a esta pirámide del hombre le falta su vértice, está truncada. La pirámide se levanta por sus cuatro lados, anchos y extensos, sobre la arena, buscándose a sí misma, hasta coincidir en este punto que llamamos vértice. Así el alma del joven ha nacido para extenderse en la tierra en la variedad casi infinita de ocupaciones y tareas; pero buscando siempre la altura, tendiendo y anhelando siempre hacia ese punto único que la completa y da sentido a su vida toda. Ese vértice ha de ser Dios. Y, al olvidar a Dios, la pirámide truncada ha perdido elevación y hermosura... Y las almas escriben su historia sin unidad de tema, sin continuidad de vida. Es como una historia escrita en dos tomos diferentes de contenido y finalidad y, acaso, opuestos. En el primero, todo es de Dios; comprende esos momentos primeros de todos los días, con los ejercicios de piedad, acaso con meditación y comunión y dirección espiritual... 67

Pero el segundo tomo de la historia de esas almas comienza en seguida; es diariamente opuesto o marcadamente distinto. El alma del resto del día —casa, oficina, paseo, distracción, fiestas— en nada se parece a aquella que por la mañana se arrodillaba y hablaba con Dios. La que hablaba con Dios por la mañana no sabe hablar con los hombres durante el día. La que antes se humillaba ante Dios no sabe recibir la vida con humildad. La que tanto empeño ponía por la mañana en sus rezos no sabe luego cumplir con santo empeño su deber. La que vivía alegremente la meditación por la mañana no sabe sobrellevar con alegría la menor prueba o trabajo que le envía Dios. La que adoraba y amaba a Dios unos instantes no se acuerda durante el día del Dios que la creó. La que entraba por la mañana en recogimiento busca luego afanosamente el placer... ¡Y, sin embargo, es la misma alma, el mismo joven! Ha quedado truncada la pirámide, ha perdido elevación y rumbo. De aquí, una manifiesta inconsecuencia en muchas vidas, libros escritos en muchos idiomas a la vez, luz y oscuridad, trigo y cizaña, barro y alma, todo revuelto y mezclado en la misma vida... Se impone lo divino, si queremos dar a la vida una recta orientación. Porque «todo es frívolo, excepto lo eterno». Renán. Cuando pase todo, sólo quedará lo que el alma haya hecho por Dios y según Dios. La hermosura de la pirámide se lanza hacia su vértice como a su complemento. Dios y el alma. He aquí las dos realidades fundamentales. Sobre ellas se apoya la vida. Mi creador y yo, decía el Cardenal Newman, todo lo demás es nada. Hay, pues, Alguien con quien nos hemos de entender. Nos rodea un mundo en el que se multiplican, coloreadas de mil formas, las realidades que sacuden nuestros sentidos. Las almas —en la juventud, sobre todo— se dejan llevar por lo que se ve, sin caer en cuenta de que lo que no se ve es más real y durable que lo que se ve. Vidas ajetreadas y llenas de movimiento y ruido, sin descanso para el espíritu, sin tiempo para 68

pensar en las realidades durables y definitivas. Todo está en que sepamos de manera viva y acendrada que, además de todo esto que vemos, hemos de mirar también a otra realidad. Hay Alguien además de nosotros y de las cosas, Alguien que tiene todos los derechos sobre nosotros... y ¡es el más olvidado! Mi Creador y yo. Es éste, cabalmente, el fundamento de toda vida. Se es más o menos feliz, en la medida en que toda la propia vida, toda la propia actividad, se dedican a Dios y se viven según Dios. Porque no estamos solos en la vida. Hay Otro que nos mueve y nos presta su aliento. Ese es nuestro Creador, el que nos señaló el momento y el sitio, nos fijó condiciones y leyes de vida. Él ha contado nuestros días y pide el servicio de la vida que nos prestó generosamente... Y aquí descansa la recta solución a nuestra primera interrogante. La respuesta religiosa que, ante la inquietud del joven por vivir, no responde sólo con simple y total negación. La religión no es negativa, ni estorba para vivir, ni encajona con su moral las rectas aspiraciones del joven. Por el contrario, encauza y da más fuerza al ansia de vida, porque la explica y dirige y orienta hacia un ideal completo e infalible.

LA RELIGIÓN Y LA VIDA
Por eso, lejos de condenar a la vida, la religión fomenta y bendice todas las honestas actividades humanas. La juventud importa toda entera; y toda entera la toma la religión para dar una respuesta clara y orientadora a todo lo que le es al joven legítimamente humano. La personalidad, el amor, el hogar, la maternidad, la abnegación, tienen en la Fe su única, completa y luminosa explicación. Y cuando la vida se enfrenta con la sombra del dolor, la Fe lo suaviza con el bálsamo de las mejores virtudes. Y, sobre todo, orienta la vida. El mundo tiene ya su destino. No es un conjunto abigarrado de seres, sino una magnifica creación, dedicada a un fin concreto y hermoso, en el cual todos los seres se ajustan y perfeccionan porque todos tienen su sitio que ocupar y su misión que cumplir. No rueda el mundo al azar, llevado por la fuerza loca de los acontecimientos; un orden divino lo preside y una Providencia amorosa lleva las riendas de los seres que jamás tiemble el pulso de la Mano divina que los conduce. Todo gira, ordenado, en torno a la gloria del Creador que, por los seres creados, manifiesta su hermosura en infinitas imágenes. 69

La vida tiene también su fin. Un fin terreno que la sirve de pedestal para ganar su fin eterno. La gloria de Dios, porque la vida ha sido creada para Dios, como todos los seres. La gloria de Dios que se logra agradándole también, recogiendo sus afanes de vida en este encauzamiento ideal: ser agradable al Dios que cuenta sus pasos y pulsa sus alientos y enciende sus ideales y bendice sus amores; sirviendo por amor la misión que Dios encomendó a cada uno... Y, con la gloria, su propia dicha. No se trata de la dicha eterna solamente que, por aparentemente lejana, mueve a veces demasiado lentamente a las almas. Se trata de la dicha sin condiciones; de la alegría de vivir y de la eternidad lograda; del mundo gozado sin temores y del cielo abierto como fuente de inacabable esperanza... Entonces el alma se siente en su quicio y no paladea el amargor de lo suficiente, y la vida tiene un sentido, un rumbo, una orientación. La pirámide se asienta segura y fuerte, buscando altura, aunque a sus pies el mundo parezca la arena movediza del desierto encendido...

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ENCUESTA sobre La Vida
VER: ¿Has considerado alguna vez el porqué de la vida? ¿En los demás seres? ¿En el hombre? ¿En el impulso entrañable que sientes por vivir? ¿Qué explicación se puede dar a todo eso? ¿Prácticamente, no son varias las explicaciones que el mundo da? ¿Es fundamental dar un sentido a la vida? ¿Por qué? ¿Ves el alcance que tiene el «Principio y Fundamento» ignaciano? JUZGAR: ¿En qué se caracteriza la solución materialista de la vida? ¿Por qué el pecado es antinatural? ¿Puede ser el placer explicación y fin de la vida? ¿Qué solución darías a la ley del sufrimiento que pesa sobre todos? ¿La muerte no sirve para aprender a enfocar bien la vida? ¿En qué sentido? ACTUAR: ¿No ves muchas vidas sin rumbo, por falta de una orientación definitiva? ¿Puede satisfacer debidamente lo que no es eterno? ¿Por qué no? ¿Qué opina el mundo sobre la Religión y su enfoque de la vida? ¿Te parece que la Religión es una simple y total negación a lo humano? ¿Puedes describir los principales rasgos positivos de la Religión que orienta la vida? ¿Cómo suaviza y explica el dolor y la muerte? ¿Cuál te parece, entonces, que es la verdadera explicación de la vida y su sentido?

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Normas para la acción Examen y reajuste de las propias ideas.—Vigilar nuestros sentimientos y acciones para no caer en ideas (aunque sean parciales) materialistas o insuficientes.—Por el contrario, hacer que la propia vida traduzca la alegría de una religión bien comprendida y practicada.— Contagiar a los demás con nuestra propia seguridad en la fe y la claridad de nuestros ideales. Examinar estas normas * **

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LA JUVENTUD

Una hermosa vida es un hermoso ideal concebido en la juventud y realizado desde pronto hasta siempre. «¡Esperanza de mi patria, juventud incontaminada! ¿No se estremece, oh jóvenes, vuestro corazón, no se alza vuestro espíritu por encima de la vida diaria, no percibís la palabra divina al sentir la misión a que sois llamados de salvar a un pueblo y elevar a una grandeza ideal esta nación que no ha logrado todavía su plenitud? ¡Sois llamados a ser dueños de un porvenir risueño... si ‘os atrevéis a ser grandes’!». (Srechenyi) La vida se condensa, principalmente, en la juventud, en ella se siembra y germinan las más prometedoras esperanzas, ella es el tiempo crucial de la vida. He aquí un nuevo talento natural del que hemos de responder ante Dios. ***

EL AROMA DEL PRIMER VINO
En el reparto de los talentos del Señor entre sus siervos, he aquí uno que se nos concedió a todos. No seremos, acaso, responsables de otros talentos; sencillamente, porque no los tuvimos; riqueza, poder, mando, etc., no son de todos ni para todos. Pero todos hemos llegado a esta altura de la vida que se llama Juventud que es, ya en sí, un rico talento puesto en 73

nuestras manos por el Señor para que trabajemos con él. De él, por lo tanto, habremos de dar cuenta ante Dios. La vida se condensa, principalmente, en la juventud. En ella se siembra y germinan las más prometedoras esperanzas, ella es el tiempo crucial de la vida. Dice un verso de Horacio que la tinaja difícilmente perderá el aroma del vino primero que la ocupó. Y en la vida marca un sello inconfundible aquel primer vino que el alma saboreó en los años cruciales de la juventud. Están, entonces, en auge todas las potencias físicas y espirituales. El cuerpo crece y alcanza vigor; el corazón funciona con plena normalidad y fuerte empuje; la sangre y la vida circula por todo el organismo con alegría saltarina. Las potencias del alma se desenvuelven; los estudios y conocimientos se aclaran y certifican; la voluntad comienza a perfilarse y se dibuja la personalidad y la independencia de nuestro ser. Al mismo tiempo, los sentimientos, el sentido moral, las pasiones, los primeros amores matizan y perfilan una vida cuyo fruto se ve ya próximo. Toda la vida está allí. Un día, como un capullo que rompe su cerrazón, la madurez abrirá la vida joven. Entonces, esta vida aromará al mundo con las esencias que haya recogido en su juventud. Nunca meditaremos bastante, por eso, en la trascendencia que tiene el recto aprovechamiento de ese lapso de la vida, la debida formación de la juventud, la responsabilidad que encierra. *** Mirando al tiempo, la juventud supone, elementalmente, breve lapso de vida transcurrido. Es como un tesoro que a todos se nos concedió —con la vida—, del cual aún se ha gastado poco. Un tesoro cuyos destinos dependen de nosotros, únicos administradores de la riqueza que ese tesoro encierra. Su despilfarro, la ruina total, la economía avara o el recto uso de ese tesoro están en nuestras manos. Y tan nuestro es, que nadie, por ningún motivo, puede estorbarnos su administración. Llegó a la ruina la larga riqueza heredada por una familia noble. A ella se habla ido acumulando el esfuerzo, la virtud y la honradez de generaciones pasadas. Ahora, el último heredero —hijo único, solo en toda la heredad de sus mayores— despilfarra las riquezas de sus padres y antepasados. Muchos años de nobleza se apolillaban por las calaveradas 74

del último varón... Fueron desapareciendo las fincas, transformadas rápidamente en tierra de labor por los nuevos dueños; se vendieron tapices y objetos valiosos, todo se perdía por la brecha abierta de una vida desarreglada. Aquel joven —ruina de la tradición de su hogar—quedó, al fin, solo con la casa solariega. También la casa solariega, con sus grandes cuadros y amplios salones y jardines hermosos, fue vendida y transformada. El joven quedó en la miseria. Todos los días se acercaba a la reja de su jardín, mirando con nostalgia lo que fue la casa de sus mayores. En los jardines de antaño, las máquinas del campo transformaban los jardines en rica tierra de labrantío. Las yuntas pasaban y repasaban, abriendo surcos humeantes de prometedora fecundidad... Un día, los bueyes que arrastraban los arados se detuvieron. Había tropezado la reja del arado con algún estorbo que impedía la marcha; cavada la tierra, los trabajadores sacaron con esfuerzo un gran arcón. El joven, pegado el rostro a la reja, miraba asombrado qué podía ser aquello... ¡Y era un tesoro! Un tesoro que, de haberlo conocido antes, habría remediado su ruina, pero ya no le pertenecía. Y lloró amargamente su desventura: —¡Qué dolor, pensar que en mi propio campo tenía yo el mejor tesoro! Y como aquel joven, cuando muchas vidas llegadas a la madurez contemplen el despilfarro de su juventud malgastada, llorarán con desabrimiento. —¡Qué pena, pensar que en mí mismo, en el campo de mi juventud, poseía yo el tesoro que habría enriquecido mi vida para siempre! Pero luego no es tiempo ya. El caudal de la juventud se va gastando. Cree el joven que la riqueza de esa edad nunca se acaba. ¡Pero... es un tesoro de la vida, del que aún se gastó poco, pero cuyo total desconocemos! Y, por desconocido, ha de ser aprovechado, moneda a moneda. *** Para ello la juventud supone una salud y fuerza mayores que en otras épocas de la vida. Vigor, sangre, economía corporal, regularidad de 75

funcionamiento en la sangre y en todo el organismo; bulle la vida en el cuerpo y está más clara la mente y más despierto el sentimiento. Es la edad del coraje y la voluntad, del crecimiento y desarrollo, del deporte y de la vitalidad que no conoce cansancio. Se está entonces perfilando todo un porvenir realizable. Realizar quiere decir que puede llegar a ser realidad todo lo que más bello parezca y que... puede llegar a no ser realizado jamás. En la edad madura ya se ha hecho casi todo lo que se tenía que hacer y no puede volverse atrás. En la juventud pueden siempre concebirse ideales y esforzarse en lo mejor porque todo está aún por alcanzar. Es comparable a una semilla; acaso, luego no dé la semilla el fruto deseado; pero el labrador que sembró la semilla sueña con el fruto que puede dar mañana. Es comparable a un capullo; la rosa ya lograda tiene su matiz y su color determinado. Mientras es capullo nada más, podemos soñar para ella los colores más brillantes y los pétalos más finos de la rosa futura. Es comparable a una primavera; acaso, luego, la sequía o el pedrisco asolen los campos; pero la primavera nos permite siempre esperar la riqueza de un verano con cosecha hermosa y bien ganada. Así es la juventud y la edad madura. Mientras la juventud es semilla, capullo, primavera, siempre podemos buscar para ella —para cuando sea fruto, rosa y cosecha— los mejores ideales. Mañana... ya no podremos soñar ni hacer realidades nuestros sueños.

EL MUNDO, DIOS Y LA JUVENTUD
Es trascendental, por eso, el enfoque que se dé a la juventud. El mundo con sus ideas y frivolidad, se echa encima de esa juventud para desviarla. Invita a gozar de ella sin responsabilidad, como aquel joven gastaba su tesoro sin previsión. Para el mundo, la juventud es el tiempo de gozar, apurando con urgencia las copas del placer que a cada momento se van ofreciendo. «Oigo una voz, la de Heine: «Demos el cielo a los gorriones y a los ángeles. Nosotros queremos champagne, rosas y la danza de ninfas sonrientes...». Para el que no tiene para pagar el vino, las rosas y las ninfas, no queda otro remedio que alejarse un poco —bastante para no estropear la 76

alegría de los demás— y poner en sus sienes el cañón de una pistola. Un hombre se va, un átomo menos. ¡Poco importa! La naturaleza es eterna, la fuerza de las pasiones es inagotable; el sol sale por las mañanas para madurar nuevos racimos, nuevos hombres, nuevas rosas y nuevas mujeres. Y el caos crepuscular continúa su regocijada zarabanda, como un torbellino de polvo en un rayo de sol...». (J. Jörgensen, «VIAJE A TIERRA SANTA»). Con ello, ofrece agradables caminos de egoísmo, sin ideal. Cuando la juventud explota de vida y, por su vigor interior, está exigiendo horizontes amplios y cielos azules de ideal sobre los cuales tender sus vuelos, he aquí que el ideal se seca en la mejor edad y se cierra en el estrecho círculo de la propia comodidad y placer. Podía haber sido la juventud la edad de las grandes empresas; por lo menos, el tiempo de un gran ideal a cuya luz se fuera cincelando una vida espléndida, cargada de un rico porvenir. Pero el mundo agostó la flor de la vida. Como se agostan las flores de los árboles frutales cuando prematuramente abiertas, son sorprendidas luego por las heladas tardías; la hermosa floración de aquella primavera anticipada, gozosa y feliz, termina en ruina porque aún no era el tiempo de la floración. «¡Es una compasión ver a las almas hechas para Dios, plegar voluntariamente las alas, prefiriendo el cieno al hermoso azul del cielo!». (Hoornaert, «EL COMBATE DE LA PUREZA»). *** También el Creador, que regaló a la vida la época fecunda de la juventud, ha trazado su sueño sobre ella y ha enfocado con su luz los mejores años. Para Dios, nuestra juventud es un camino de posibilidades infinitas. El rico campo de siembra que sólo quedará en erial si el sembrador no es diligente en su tarea. Todo puede esperarse, porque todo puede germinar, en la juventud. Lo que en la juventud no se haga, difícilmente se hará después; y lo que después se logra quedó ya sembrado en los primeros años. Solía decir Don Bosco: El joven que a los 15 años no es apóstol, dadlo por perdido para la causa del bien. Da pena ver las masas de 77

juventud, viviendo sin ideal, vegetando sobre la tierra en planes del momento, de cine y novela, de modas y fiestas, sin nada enjundioso y definitivo, sin ideales nobles que vayan incubando un mañana mejor, gustando el momento presente sin preparar el momento venidero. Dios también se echa encima de la juventud. Le concede un vigor físico y espiritual mayor y un corazón capaz de ideales para que pueda el joven caminar ese camino de posibilidades sin cuento. Nunca sabemos hasta dónde puede llegar un joven; pero si puede saberse que no llegará a nada, si ahora no trabaja su juventud perfeccionándola y creciendo en todo lo bueno. En la edad madura —y más aún, en la vejez— el corazón se encuentra muchas veces penetrado de desilusión. Los más bellos sueños han quedado acaso en meros sueños, y acaso también terminaron en grandes desengaños. Las arrugas de la vejez —arrugas de corazón— no permiten ya una visión esperanzadora de nuevos horizontes. La vida y el vigor están declinando, llevando consigo el lastre de lo que fueron antes, bueno o malo, mucho o poco. En la juventud, no. En los mejores años, el corazón se mantiene entero, está nuevo aún, sabe de sonrisas y esperanzas, olvida pronto los incipientes fracasos y se renueva constantemente en sus afanes. La juventud es la edad sin cansancio, el campo florido donde siempre puede germinar la ilusión y el amor a los más nobles ideales. Por eso, Dios concede a la juventud más salud y más ánimos, un corazón fuerte y entero, hermoso y noble, sin pesimismo ni cobardías.

***
Pero, de ahí, la responsabilidad de la juventud. La razón nos dice que la juventud es una semilla; luego es claro que su fruto, como fruto encerrado en todos los gérmenes, puede malograrse. Pero puede también multiplicarlo, espléndido, el cuidado del labrador. He aquí la fuente de responsabilidad que se abre con los mejores años de la vida. Suelen decir que se crece en lo que se es. El árbol es el niño que creció... en lo que ya era. Así la madurez de la vida es el desarrollo de lo que en la juventud fue. 78

¿Qué quieres ser mañana? Lo que hoy eres, pero «en más». Luego de ti depende un mañana espléndido en todo, si en la juventud te procuras ese «todo». Los vicios o defectos de ahora, pequeños y aparentemente sin relieve, crecerán con la edad y el hábito. Hoy, cuando hierve en la vida la juventud, importa ganar virtudes y desarrollar facultades, si queremos alcanzar mañana una vida plena. No extraña, por eso, las preferencias que Jesús tuvo para la juventud. El Evangelio reserva páginas hermosas para poner de relieve su amor de predilección por esa edad y ese vigor, por esas promesas que pueden ser aquellas realidades gloriosas del mañana más o menos cercano. Parece que fuera inspirado por la juventud aquel bello sueño de Dios escondido en la imagen de la viña escogida y de los frutos esperados con ilusión. Dios plantó la viña de la vida en el terreno fecundo de la juventud, y abonó el campo con todas las gracias. Y esperó luego —en esas magníficas esperas iluminadas por las ilusiones de Dios— que la viña escogida de la juventud le diese un día dulces racimos. ¡Qué desilusión para Dios y qué fracaso para el joven, si esos frutos se tornan como amargos agraces! Porque El esperaba... ¿Has pensado, joven, cuánto esperaba Dios de ti? Medita las posibilidades del plan divino sobre tu vida. Compáralo con lo que eres. Y... ponte a trabajar, para no defraudar las esperanzas de Dios sobre ti.

SUEÑOS Y REALIDADES
Aprovechar la juventud es amar el crecimiento, que es señal de vida; el ser que no conquista, no vive. Y la conquista supone la adquisición, crecimiento, alcance más alto de nuestras facultades todas. Principalmente, importa educar el corazón, porque: «Se es lo que se es, según es el corazón» Importa, entonces, llenar el corazón de un gran ideal de superación y conquista. 79

Trabajar para alcanzar la mayor elevación posible individual; es decir Ser más en todo y siempre. Cultivar todo lo que es el bien y la verdad y la belleza. Es difícil detallar aquí cuáles habrán de ser, una a una, las conquistas del alma en la juventud y los grados de crecimiento que adquiera en todo. Basta caer en la cuenta de la trascendencia de este ideal; crear en el alma una atmósfera donde el bien, la verdad y la belleza embalsamen todo. Iluminar el corazón con un afán de bien a todo trance, y de verdad entera, y de belleza moral... ¡Vivir la juventud hambreando todo lo que es nobleza y virtud! Y debe ser la juventud el tiempo de un bello ideal social. Desde los mejores años, va el joven alcanzando perfección moral y social, desempeñando del mejor modo posible el puesto que en el mundo ocupa. Aquí pueden sembrarse las primeras raíces de lo que luego habrá de ser virtud de la justicia social y política, del espíritu de colaboración y caridad, de simpatía y comprensión. Porque existe una virtud social que nos obliga y cuyo cumplimiento ha de aprenderse en la juventud, cuando la vida social empieza. El puesto que ocupamos en el mundo —en casa, en sociedad, en el trabajo, en el deber de cada instante...— es el camino que Dios nos traza para ayudar al bienestar del mundo. Todo estaría completo y perfecto, si todos cumpliesen con exactitud y alegría la tarea que en el mundo se nos encomendó. Y si todos los miembros del cuerpo viven vida sana, el cuerpo entero gozará de esa plenitud. La sociedad es el cuerpo que se compone de diversos miembros. ¡Que ninguno de ellos sea torpe o perezoso! ¡Que ninguno sea nocivo a la vida de conjunto! Entonces se aprenden las mejores virtudes sociales y lograremos —por lo que a nosotros toca— un mundo mejor para todos. Por todo esto, suelen decir que una hermosa vida es un hermoso pensamiento de la juventud, realizado en la edad madura.

***
Los ideales de la juventud traen las realidades del mañana. Lo que hoy es germen, mañana será flor. El capullo de hoy, es la rosa del futuro. 80

ENCUESTA sobre La Juventud
VER: ¿No te parece que le juventud es la mejor época de la vida? ¿En qué sentido? ¿Qué transcendencia tiene y qué responsabilidad? ¿Qué comparaciones hallarías para explicar mejor la importancia de la juventud? ¿No suele ser ésta la época peor aprovechada? ¿Cuál puede ser la principal causa de ello? JUZGAR: ¿Cómo presenta el mundo el ideal de la juventud? ¿No crees que el ideal de egoísmo sin responsabilidad hace fracasar la juventud? ¿Es le juventud le edad mejor para concebir un alto ideal? ¿Qué sentido puedes dar a lo que se llama «edad generosa»? ¿Por qué concedió Dios a la juventud mayor vigor y sentimiento? ¿Cuál sería a tu juicio, el ideal de una perfecta juventud? ACTUAR: A la luz de la razón, ¿no tiene la juventud una gran responsabilidad? A la luz de la fe, ¿cómo se precisa esa responsabilidad? ¿Conoces la parábola de la «viña escogida» del profeta Isaías? ¿Cómo la aplicarlas a la juventud? ¿Qué hacer para no defraudar las esperanzas del Creador? ¿No crees que hace le falta a la juventud un ideal de perfección personal constante y de ayuda a la perfección social? ¿Cómo inspirarlos y conseguirlos?

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Normas para la acción Repasar nuestra idea sobre la juventud y penetrarnos bien de su importancia.—Trabajar incesantemente por la mayor perfección personal en el bien, en le verdad y en la belleza.—Procurar el mejor desempeño del puesto que ocupamos en el mundo, por pequeño que sea.—Avivar el deseo de contribuir de un modo eficaz al bienestar y mejoramiento de los demás. Examinar estas normas ***

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EL CUERPO

«Para el joven vicioso el cuerpo es el instrumento del placer. Para el que trabaja es le máquina que ha de funcionar para darle a su vez sustento a fin de que siga funcionando. Para el cristiano, además de ser en lo físico el órgano de sus actividades, es en lo moral lo que con frase maravillosa dicen los cristianos: templo sagrado que ha de conservarse limpio para atender a fines sagrados también. Respeta tu cuerpo y el de los demás. Un gesto ineducado y lascivo resulta una profanación y un sacrilegio». (Azpiazu) Compuestos de alma y cuerpo, es frecuentemente el cuerpo ocasión de que el alma sea olvidada y, acaso, perdida. Puede, en cambio, servir a la causa del bien. Un talento, pues, del cual debemos responder un día. *** Una vez más, la eterna disculpa, la queja de siempre. ¡Si no tuviéramos cuerpo! La virtud choca violentamente con el peso de la carne y los buenos deseos se estrellan contra su dureza. Nos sentimos compuestos; hay en nosotros mucho de espíritu... y mucho de barro, trigo y cizaña, luz y tinieblas. Y, en nosotros mismos, sentimos violento el choque entre estos dos mundos y sus naturales tendencias. Sin embargo, el Señor ha querido que tuviéramos cuerpo; no somos ángeles ni animales sólo. Por algo lo quiso así el Creador. Muchas veces —es verdad— el cuerpo presta ocasión de que el alma sea postergada y, acaso, manchada y perdida. Porque nuestra inclinación a 83

lo exterior nos empuja fuertemente a cuidar y mimar el cuerpo y no prestar la debida atención al alma, que es inmortal. El cuerpo es, entonces, la salpicadura de barro que entorpece las alas del espíritu. Podría ser también el montoncito de polvo en que el espíritu se apoyara para alcanzar las alturas.

DE LA NOCIÓN DEL CUERPO
El cuerpo es el vestido del alma. Cuando, llegada la noche, nos retiramos en busca del descanso, abandonamos nuestros vestidos sobre una butaca o en una percha. Cuando llega la noche de la vida, dejaremos también el cuerpo para que el alma descanse en lo eterno. El vestido envejece, se aja, se rompe, pierde color; al fin es polvo. El cuerpo termina, al fin, en el polvo de la muerte, después de haberse envejecido y ajado por el trabajo y la edad, por las enfermedades y sufrimientos. El cuerpo, pues, vale poco; es una cosa que debía hacernos pensar cuántos cuidados y preocupaciones damos a este pobre cuerpo y cuyo valor depende del alma que lo alienta. Como el asnillo del domingo de Ramos cargado con la divina persona de Jesús, así el cuerpo se va por los caminos de la vida llevando encima la carga del alma eterna. Mi cuerpo es como el barro del diamante; y el alma el diamante mismo. Es como planta que parece hermosa por su flor; pero que se sostiene por la vida y, sin ella, se marchita. Y el alma, es la vida de la flor del cuerpo y ella es quien le presta valor, color, hermosura... Y el valor, color y hermosura se trasparentan, principalmente, por la virtud que radicando en el alma como en su trono, se manifiesta al exterior a través del cuerpo. Porque es el cuerpo el puente misterioso por donde el alma se comunica con lo exterior y lo exterior viene a nosotros. A través de los sentidos habla el alma, en la expresión del rostro y de todo el conjunto se reflejan los distintos estados afectivos y pasionales; en el brillo de la mirada y en la tersura de la frente noble se refleja la claridad de la pureza y la luz del amor; en la sonrisa, la alegría y la comprensión, la simpatía y la amabilidad; en las lágrimas, el sufrimiento y en todo el conjunto, compasado, alegre y armonioso, el equilibrio admirable de la virtud y del perfecto humanismo. La palabra traduce nuestras ideas; nuestros 84

sentimientos y movimientos afectivos se plasman y encarnan en la expresión corporal; en el cuerpo se encarna la penitencia aunque en el espíritu se enraíce para producir fruto abundante; y la oración, movimiento del alma que se eleva para entablar diálogo con Dios, va componiendo las blancas perlas de nuestros rezos; perlas desgranadas por nuestros labios y abrillantadas por el espíritu que las inspira. Así se hermanan cuerpo y espíritu para servirse mutuamente de vehículos y compañeros. Aunque el espíritu es quien da vida, es el cuerpo quien la manifiesta o le ofrece hermosa base. Es del alma la virtud, pero en el cuerpo se levantan las tapias de la castidad que la guarden; y en el alma descansa la gracia del Espíritu Santo, pero el agua del Bautismo baña la cabeza del niño; bendiciones de lo Alto, recibidas del Espíritu, traerá el sacerdote en sus manos de barro consagradas... Y, a la vez, el mundo todo exterior se nos mete en el alma a través del cuerpo por los sentidos. Cinco ventanales tenemos abiertos a toda sensación exterior; por ellos, pasan al espíritu las cosas materiales y los conocimientos experimentales para que, luego, el alma trabaje sobre ellos el edificio de la ciencia o del sentimiento. Por todo esto, el cuerpo puede ser índice de virtud. Puede ser, también, ocasión de pecado. Y siempre le ronda el peligro de frivolidad; esos cinco ventanales abiertos, por donde el mundo entra en nosotros, pueden ser cinco grietas por donde el espíritu pierda su vigor, se exteriorice. Por eso suelen decir: «Se termina pensando como se ve, cuando se ve como se piensa». Lo exterior —frivolidad, ligereza, materia, tentación...— llega a empapar nuestra mente, si antes nuestra mente no posee ya un mundo de ideales y sentimientos claros y hondos, fecundos y ardientes, a través de los cuales comprendamos y enfoquemos el mundo de lo exterior.

PAGANISMO
El acuerdo de los males morales de los hombres es una certificación del peligro de frivolidad que el cuerpo ofrece. El cuerpo ha jugado un papel decisivo —a veces, hasta de verdadera obsesión carnal— en los 85

modos de pensar del mundo. Épocas y culturas enteras han podido calificarse según su filosofía acerca del cuerpo. El paganismo antiguo, como el de nuestros tiempos, tiene en el cuerpo su ídolo y, en las costumbres, su templo. Todo es para el cuerpo y todo se le ofrece y todo se mide por sus exigencias; apenas queda tiempo ni sitio para el espíritu que, paulatinamente, amortigua su luz y acaso termina por apagarse totalmente. Queda entonces la carne, sola la carne. Y, por ella, toda una literatura, una ordenación de las costumbres, una filosofía de todo carnal, dedicada a exaltar el cuerpo. Todo es culto a la línea armoniosa, al color y lo exterior; el cuerpo ofrece alimento a los sentidos y el hombre entero se vuelca en adoración a la carne. Las modas paganas, de antes y de ahora, no tienen otra finalidad... No son el gusto en la variedad y el ornato —gusto legítimo, auténticamente femenino, y que debe servir de mayor encanto de la virtud —; sino la exaltación de la línea y la forma, la ordenación de una industria y de un modo de pensar dedicados totalmente a presentar el cuerpo y la carne como únicas realidades que importan. El lujo añade sus brillos y riquezas. No importa ya la desnudez ni los desafueros del impudor; se mira, entonces, al cuerpo y se le trata no según la verdad de su valor, sino conforme a la ley carnal, dándole culto como a un ídolo. El camino que el paganismo ha seguido en todos los tiempos comienza por la exaltación de la carne para desembocar en su menosprecio. Ya San Pablo hablaba de aquellos que tenían como Dios a su cuerpo, aquellos que obran como si el hombre no tuviera otro destino que satisfacer sus apetencias carnales. De este palacio, que es el hombre —en imagen de Santa Teresa—, se quedan solamente en la contemplación y cerca que lo rodea, sin llegarse a penetrar en el interior para admirar sus grandes riquezas ocultas. «Gran bestialidad hay en nosotros cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos». (Santa Teresa, «MORADAS PRIMERAS», c.). Es herencia del paganismo. A través de su filosofía y de sus costumbres, pretende alcanzar la superficie un deseo ardiente de espiritualidad que queda apagado rápidamente por la carnalidad. Se llega a una tergiversación de valores, se olvida la natural jerarquía de nuestro ser y se postergan los positivos valores ante las exigencias de nuestra 86

carnalidad. La palabra alma no llega a ser en el paganismo la realidad espiritual, valor supremo en el compuesto humano. «Para el paganismo el hombre lo es todo en la creación y en la vida. Pero en el hombre lo es todo el cuerpo. Ni aun a los dioses acierta a concebirles sin cuerpo». (Castro Albarrán). Y este concepto pagano del cuerpo, aparentemente olvidado al sobrevenir la espiritualidad cristiana, rebrota de pronto con el culto a las concupiscencias de la carne y pone de nuevo en vigor la idea y la práctica de que el hombre no es sino cuerpo. No es, claro, que las mentes cristianas admitan la ideología materialista del paganismo; pero pensando en cristiano y, muchas veces, practicando el cristianismo al menos en sus ritos y prescripciones exteriores y formulistas, lo cierto es que en nuestros tiempos se ha vuelto prácticamente a rendir culto al ídolo del cuerpo; la belleza, el vigor, la línea, la armonía de los miembros, un ideal puramente estético que busca absolutamente la gracia de la carne. Las costumbres establecidas por el paganismo clásico se reproducen en muchas vidas cristianas de hoy; vidas de las que podríamos decir, en frase de Galeno, que consisten únicamente en comer, beber, dormir y revolcarse en el polvo y en el cieno. «Todo se nos va —dice Santa Teresa— en la grosería del engaste o cerca del castillo que son estos cuerpos». El lujo, el afán de comodidad, la exagerada preocupación por las modas y la línea, los placeres de la carne y la búsqueda afanosa de diversiones y estilos que alimentan las concupiscencias, el horror a la mortificación, suelen terminar en los dos pecados de la instintiva exaltación de la carne: la gula y la impureza. Analizando el sentir y el actuar de la gran masa de nuestra juventud, encontraríamos como remate esta obsesionante preocupación carnal; los grados son diversos, pero es idéntico el pensar. Preocupación por el cuerpo, visión exclusiva del mundo material y terreno, olvido de lo espiritual. Aquí, como en tantas otras ocasiones, se olvida que lo que no se ve tiene más realidad que lo que se ve. Pero lo que se ve es más inmediato y más colorista y más agradable y arrastra lamentablemente nuestra mentalidad. Prácticamente, el alma queda olvidada y la carne endiosada. 87

«Dos poderes disputándose el mundo: la luz contra la obscuridad, el Bien contra el Mal. Una, proponiendo la felicidad, la rebeldía contra la desgracia, la búsqueda del goce, el sexualismo, la divinización de la humanidad, del despilfarro sin freno con la superproducción hasta lo infinito, la uniformidad de los hombres, de las naciones, de los sexos, de las viviendas, el colectivismo, de los habitáculos, de los hospitales, de los asilos, de la caridad pública. El otro, presentando la vida como una prueba, preparación de otra vida mejor, que sólo puede merecerse mediante la sujeción de las leyes naturales, con frecuencia duras, pero siempre útiles y provechosas; y a fin de cuentas, la resignación, el sacrificio, la existencia enteramente aceptada, sin elección ni negativas; trabajo, familia, hijos, sobriedad, continencia, renuncia... No obstante, tras ese rudo esfuerzo, sin haberla buscado ni pedido, existía la felicidad, felicidad, la única felicidad terrenal, humilde y verdadera que al hombre le es dado poseer». (Van der Meersch, «CUERPOS Y ALMAS»).

ZANCADILLA MORAL: ESCÁNDALO
Pero es lamentable, y abre una fuente de responsabilidad, el daño social que produce esta exaltación del cuerpo. Es el triunfo del egoísmo, limitada la atención a las reducidas líneas del propio yo en lo que más reducido tiene el yo, el cuerpo. Pero es aquí donde encaja con toda propiedad la doctrina sobre el pecado de escándalo. Los moralistas lo llamaron maximum et horrendum peccatum. Jesucristo habló duramente contra ese pecado. De él provienen los desastres morales y la ruina espiritual de gran número de almas. En él desemboca el peligro de la frivolidad. El escándalo viene a ser, en lo moral, la zancadilla que un alma pone a otra para hacerla caer. Puede ser que, diabólicamente, se ponga esa zancadilla con intención maligna de provocar el pecado del prójimo. Entonces, el pecado de escándalo se comete en toda su malicia y gravedad. Puede ser que sin 88

pretenderlo directamente, pero por irreflexión, por egoísmo o ligereza, la conducta equívoca de algunos provoque el pecado de los demás. En ambos casos hay oportunidad para la meditación y debe medirse la responsabilidad. Porque el espíritu humano se rige por unas leyes que, si no lo determinan ciegamente, le empujan con mayor o menor fuerza en determinada dirección. Una vez puesto un excitante, la consecuencia va a seguirse o, al menos, costará impedir que se logre. Como en el mundo físico hay unas leyes naturales que se cumplen fatalmente —el fuego quema, aunque no lo queramos; el agua arrasa contra nuestro deseo; el cuerpo dejado en el vacío tiende a su centro de atracción— así en el orden moral existen unas leyes ajenas a nuestra indiferencia que buscan fatalmente su cumplimiento. Esas leyes son de orden, preferentemente, sentimentales y afectivas. Puesto un excitante a nuestros sentidos, todo el mundo pasional reacciona conforme a ese excitante. No podemos evitar esa reacción, aunque podamos vencerla por la fuerza de la voluntad y ayudados por la gracia, como pueden vencerse todas las tentaciones. Ante la visión de una escena inconveniente en la que se conculcan las leyes de la moralidad, las bajas tendencias del hombre se aprestan a reaccionar de conformidad con aquel excitante. Al espectáculo de la playa y del cine inmoral, del vestido deshonesto o de la postura frívola, de la diversión sensual o de la carne impura, el alma se siente avasallada por reacciones instintivas de la naturaleza inferior. El ser humano se mueve, como barquilla empujada por dos remos, por la combinación instintiva de dos clases de fuerzas o facultades que mutuamente se corresponden. Posee un conjunto de facultades cognoscitivas —por las que el mundo exterior entra en la mente— y de facultades apetitivas —por las que el hombre se lanza a la conquista y apetencia de lo exterior. De estas facultades son las más vivas los sentidos y la imaginación —cognoscitivas— a las que ciegamente sigue, por instinto, el correspondiente apetito sensible o la pasión correspondiente. Puesto el excitante, sigue el apetito y se enciende la pasión determinada por aquel excitante. Queda, siempre, libre la voluntad para guiar o cercenar o apagar la reacción instintiva del apetito. Pero la sacudida se produce siempre, con peligro de sucumbir las voluntades flojas. Porque los apetitos, en sí, son ciegos. Es decir, que corresponden ciegamente al excitante presentado por las facultades cognoscitivas, 89

principalmente a los sentidos y a la imaginación. Estas leyes no pueden ignorarse. El mecanismo de nuestro espíritu enlazado a nuestro cuerpo no es tan simple como parece, ni podemos fácilmente permitir la producción de excitantes diversos, queriendo desconocer luego la natural excitación de los apetitos correspondientes. Al fin, la voluntad, señora por su libertad, consentirá o no en aquellos apetitos. Pero la lucha está entablada en las peores condiciones para esa voluntad, cuando se han dejado producir innumerables excitantes de bajos apetitos. Frívolamente, el joven que busca la exaltación y mimo de su propio cuerpo, va levantando a su paso por el mundo verdaderas oleadas de sentimientos turbios y tentaciones inconfesables. Y es que, muchas veces, descansa esa frivolidad en la aparente quietud exterior del mundo social en que nos movemos; pero se olvida que, además del mundo de los sentidos, existe el mundo de los sentimientos y de la imaginación, los instintos y los pensamientos. Y que también se delinque en el secreto de la mente, en las llamadas del sentimiento y en los alborotos de la imaginación que..., más o menos pronto, habrán de provocar el desorden moral exterior. Y estas leyes son así y se rigen por reacciones instintivas. Y no sirve desconocerlas y preterirlas. Son realidades que se dan, independientemente de nuestro querer; pero se pondrán en juego según sea nuestra postura en el mundo. A esto conduce la obsesionante preocupación por el cuerpo. Las palabras del Señor son extremadamente duras: «Dada la condición de los hombres, es necesario que en el mundo se produzca el escándalo. Pero ¡ay de aquel por quien el escándalo venga! ¡Más le valiera atarse una piedra de molino al cuello y tirarse al mar!». ¡Cómo caerían estas palabras —dardos de fuego— sobre las costumbres paganas de hoy en los vestidos inconvenientes, en las modas deshonestas, en las playas y piscinas, en bailes y diversiones! El hecho cierto es que muchos pecados no se cometen sin la invitación instintiva de otras almas de conducta equívoca; luego la responsabilidad de la carne exaltada está medida por la ruina moral que en muchos corazones —jóvenes, sobre todo— se causa por esta invitación al mal que supone el orgullo del cuerpo. ¡No llegan a pensar muchas mujeres de la vida cristiana de hoy cuántos males morales se van produciendo por 90

ellas, cuántas oleadas pasionales van levantando a su paso por el mundo, mientras reciben acaso aplausos a su hermosura, a su color y a la armonía lujuriosa de su carne! Y es fácil comprender la dureza de aquellas palabras del Señor. Él ha venido a la tierra, cargando con el peso de misterios inefables, para enseñarnos el valor del alma y redimirla. Por las almas, ha llegado el Señor desde la humillación de Belén hasta la tremenda Pasión del Calvario. Podría decir luego a la Beata Angela de Foligno, manifestándole el amor a las almas que brilla en la Cruz. ¡Yo no te he amado de broma! ¡Y, realmente, la Redención no es cosa de reír! El precio de las almas no es precio pequeño, ni aquello fue un juego. El Cristianismo es una doctrina cargada de una honda seriedad... Comienza en un patíbulo y es la institución más abundante en martirios. ¡No; no es cosa de broma el precio de las almas! ¡Y que las almas le hayan costado a Cristo tantos dolores y agonías, y que El haya venido a la fierra —con todas las consecuencias— por ganar las almas y que, después de todo, una muchacha cualquiera le robe a Cristo esas mismas almas, escandalizándolas por la zancadilla de un vestido, de una diversión, de un gesto frívolo...! ** * No debe extrañar, por eso, la energía con que el Señor exige alejar el peligro de escándalo. El escándalo puede ser activo o pasivo. El escándalo activo está descrito más arriba. Su gravedad, queda de manifiesto. ¡Más valiera atarse una piedra de molino al cuello y arrojarse al mar! Al fin, sería la ruina de la propia alma pecadora, pero no arrastraría en su condenación un gran número de almas, como el pecado de escándalo. El escándalo pasivo está en quien recibe la incitación al pecado por el escándalo de otro. Y advierte el Señor: «Si tu pie o tu mano o tu ojo te escandalizan —es decir, si te ofrecen ocasión de pecado—, arráncatelos y tíralos lejos de ti. ¡Te es mejor llegar a la vida eterna con tus miembros mutilados que no, íntegro tu cuerpo, ser condenado eternamente!». ¡Energía y urgencia para rechazar el pecado de escándalo! Y si el 91

Señor habla, en metáfora, de nuestros miembros más queridos, podemos colegir con qué vigor se expresaría el Señor si hubiese de decir: «¡Si aquella amistad, aquel vestido, aquella diversión, aquella frivolidad te son ocasión de pecado..., arráncatela y tírala lejos de ti!». ¡Obra enérgicamente, pronto, sin dejar para mañana el rompimiento con aquello que encadena a tu alma y te empuja al mal! ¡Te es preferible privarte de algún capricho ahora, te es mejor llegar al cielo tras algún dolor o mortificación, que no —aplaudida, exaltada, mimada por la esbeltez de tu carne—ser sepultada en la condenación! El maximum et horrendum peccatum exige este rigor. Es la frivolidad la causa de la mayor parte de estos pecados y es urgente que las almas entren en la meditación de sus responsabilidades. ¡Cuántas veces una conducta que aparentemente es inofensiva, causa dolorosos desastres en las almas! La exaltación del cuerpo, el paganismo de la carne, lleva necesariamente a este fin. Se olvida nuestro destino eterno y nuestro ser más íntimo, espiritual, que ocupa el primer puesto y el máximo valor; y este olvido del espíritu hace que, a lo largo de una vida frívola, el alma termine malparada, cargada con sus propias culpas y con la carga tremenda de los pecados que en las demás almas pudo causar. «¿No es verdad que ese triunfo moderno del lujo, de los adornos, de los aliños de la mujer... tienen también lugar, con no menos idolatría del cuerpo, en las que podemos llamar nuestras mujeres, es decir, en las que se vanaglorian de ser perfectas cristianas, en las piadosas, en las que comulgan?... ¡Porque viven como si no fueran sino cuerpo!... ¡No eran, por cierto, así, nuestras mujeres de antaño! Grita doña María la Brava, en el drama de Tirso «LA PRUDENCIA DE LA MUJER»: Tres almas viven en mí; la de Sancho, que Dios haya; la de mi hijo que vive en mis maternas entrañas y la mía, en quien se suman esas otras dos; ved si 92

basta a la defensa de un reino una mujer con tres almas. De ser mujer con tres almas se gloría esta mujer española. Muchas de nuestras mujeres se han olvidado de que tienen una». (Castro Albarrán).

MONTONES DE RUINAS
Pero el paganismo tiene también sus contrastes amargos «...los jóvenes, envejecidos prematuramente por el vicio cambian rápidamente de carácter... Su comunicabilidad con el exterior se atrofia; sus pupilas, antes grandes y brillantes, se obscurecen; sus corazones no cantan». (Azpiazu, «JÓVENES Y JUVENTUDES»). El cuerpo, a los pocos años, se convierte en un montón de ruinas. Aquellos que sólo esperaron en la carne, se ven tristemente defraudados cuando la carne ya no es nada; sólo enfermedad, hermosura perdida, gracia apagada. Y, con ello, el recuerdo infecundo de una vida estéril. El cuerpo, antes mimado, queda ahora despreciado como un despojo, atravesado por la amargura del remordimiento producido por una vida que sólo pensó en la carne y se olvidó de ahorrar para la eternidad. «El joven que ha conservado hasta los veinte años su inocencia es el más amante y más amable de todos los hombres». (Rousseau). No puede concebirse fracaso más hondo que el de aquel que haya vivido adorando su cuerpo; porque pasa pronto la edad de la carne y del placer, de la hermosura y de la gracia corporal, como adelantando el fúnebre anuncio del destino natural del cuerpo. «¿No habéis encontrado nunca a alguno de esos hombres que, en la flor de la edad y cuando apenas se han visto honrados con las señales de la virilidad, muestran ya las 93

heridas de los años; de esos hombres que, degenerados antes de haber alcanzado el desarrollo total de su ser, con la frente surcada de precoces arrugas, con los ojos inseguros y hundidos y con los labios capares de dibujar una expresión de bondad, arrastran debajo de un sol siempre joven una existencia caduca? ¿Quién ha herido a ese muchacho? ¿Quién le ha robado la lozanía de los años? Víctima de su depravación, el desdichado ha vivido solitario; no ha aspirado más que a emociones egoístas y a espasmos horrorosos que el hombre y el cielo no quieren ver; y vedle ahora, embriagado con el vino de la muerte, conducir con paso perezoso su cuerpo al sepulcro, donde dormirán con él sus vicios, deshonrando sus cenizas hasta el día postrero». (Lacordaire). En la cámara de los Reyes de El Escorial yacen los restos de los grandes monarcas de nuestra historia; testas que fueron coronadas de diamantes y brazos fuertes que empuñaron el cetro del mundo. En un descansillo de la escalera que conduce a la cámara, se ve una gran puerta tapiada de ladrillo y, sobre ella, se lee: Pudridero. Allá han de reposar los cadáveres de los reyes hasta que, convertidos en polvo, puedan ocupar su sitio en la tumba real. Ese pudridero es una meditación constante. Allí puede recordarse aquello de «Recuerde el alma dormida avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se llega la muerte tan callando... ¡Cuán presto se va el placer...!». ¡Allí termina el paganismo del cuerpo! Más de una vez sentirá el joven en su carne los pinchazos de la pasión que empuja, los excitantes de los sentidos y de la fantasía que despiertan los apetitos. Más de una vez resbalarán por su alma y por su corazón inexperto suaves palabras con que ellos y ellas convidan al mal, por la exaltación viciada de la carne. Sólo entonces debe el hombre sentirse orgulloso: divina soberbia que recuerda al joven que es hombre, criatura libre, con alma inmortal, hijo de 94

Dios, el más perfecto de los seres de la creación visible, destinado a una resurrección gloriosa y a una vida eterna... ¡Debe entonces sentirse orgulloso y no ceder jamás!

LA CARNE GLORIFICADA
Hay todo un mundo de idealismo que proyecta su luz sobre nuestro cuerpo. No todo es materia y barro; todavía brillan las lucecitas de las almas entre las cenizas de nuestras costumbres paganas; hay aún claridad en las miradas para ver lo espiritual; y son muchos los que, al mirar su propio cuerpo, han comprendido la finalidad con que Dios lo concedió. Unos sacrifican su cuerpo por la ciencia, dejando atrás tiempo y placeres —y acaso la misma vida corporal— por arrancar a la naturaleza algún nuevo secreto. ¡Gesto sublime de los hombres que merecen bien de la humanidad! Y hay quienes, olvidando bienestar y egoísmos, entregan su cuerpo al esfuerzo y al dolor de la guerra por defender la Patria. Muchos cuerpos, doblados por el trabajo y la privación, se entregaron a una muerte lenta y a una abnegación continuada por una familia, perdiendo juventud y vida para mejor sostener y cuidar de pequeños huérfanos. En un grado más alto, otros dan por bien empleado lo que al cuerpo quitaron con tal de contar con méritos mayores de penitencia y virtud, haciendo que el cuerpo sirviera de fiel compañero del alma, sin jamás comprometerla ni desbandarse de su camino, sino aprendiendo su misión leal y mortificación ardiente para que engrose el ánima, como diría Santa Teresa. Al menos, debe el joven mirar su cuerpo a través de la finalidad que ese cuerpo tiene señalado por el mismo Dios. Dios ha dado a la mujer un cuerpo ordenado a la maternidad; ese cuerpo necesita siempre salud y equilibrio de virtud y pureza. La madre futura necesita armonía pasional y no alboroto de cansancios y asedios. El pudor de ahora, guardador celoso del ministerio de un cuerpo maternal, será la garantía de un corazón suficientemente grande, puro y gozoso, para desempeñar más tarde esa función de gloriosa maternidad, sin vulgarizada. El cuerpo, fábrica misteriosa de la cual Dios hará brotar la vida, tiene un destino hermoso y religioso a la vez, que se agiganta cuando me cuerpo sabe entregarse y servir a Dios y a más altos ideales que los que el mundo, ramplón y 95

vicioso, le puede ofrecer. La joven de hoy es la madre de mañana; pureza, alegría, abnegación, recato... En su interior y abrigado por todo ello, alentará el magnífico corazón capaz de maternidad. *** Pero la Fe completa la exacta visión del cuerpo. Nosotros, por el Bautismo, somos raza santa; nuestra alma y, por ella, nuestro cuerpo están penetrados en una divina luminosidad. El solo anuncio de esa claridad bastaría para rendir nuestras resistencias pasionales. Pero parecería que nos asusta nuestra propia grandeza y tenemos miedo de elevamos sobre lo vulgar. Sin embargo, nuestro cuerpo es templo de Dios. Suelen decir que el hombre es el ser que tiene el triste privilegio de pasar cerca de las grandes realidades sin sentir la llamada de sus abismos grandiosos. Nuestro cuerpo es templo de Dios. «Cuando entendí que estas palabras —decía Sor Isabel de la Trinidad— había que recibirlas en su sentido propio, comprendí ya fácil el camino de la santidad». «El templo de Dios —decía San Pablo— es algo sagrado; y ese templo sois vosotros mismos». El templo es lugar de santidad, de recogimiento y de oración; es lugar sagrado. Y harto más que nuestros templos de piedra, lo es este templo de nuestra carne, de paredes vivas y convertido todo él en sagrario viviente. Se impone una mentalidad de ideal santo al mirar nuestro cuerpo como poseedor de valores eternos, y se descubre la anormalidad moral que suponen nuestras costumbres actuales, solapadamente entronizadas en el mundo cristiano. La exaltación del cuerpo se alcanza aquí por otra dirección. Si el mundo de la fe nos fuese patente como el mundo de los sentidos, nos confundiría el espectáculo de tantos sagrarios vivientes repartidos en fiestas profanas, bailes, exhibiciones de playas y piscinas, 96

vestidos inconvenientes... El dogma tiene sus exigencias. Exigencias trascendentales —además de gloria inefable—tiene el dogma de la presencia de Dios en nosotros... Obliga esta verdad a vivir una vida interior, vida de alma en la que Dios descansa y vive realmente por la gracia. Nuestra carne se convierte en algo santo, traspasada por la presencia de lo más santo, que es el mismo Dios. Vivir esta presencia cordial de Dios asegura contra todo y da la mejor religiosidad. Al mismo tiempo, el cuerpo deberá vivir en postura de continua ofrenda a ese Dios íntimamente presente como una hostia blanca y pura y agradable al Señor, que decía San Pablo. El paganismo reclama que el cuerpo esté hermoso a los ojos de los hombres y rechaza todo aquello que pueda afearlo; si mirásemos que Dios nos mira, haríamos de nuestro cuerpo esa hostia agradable a Dios. Y puede servir de penitencia. Cuando nos lamentamos de tener un cuerpo pesado que tanto estorba, a veces, a los deseos del espíritu y que tan cargado camina lleno de quebrantos, no pensamos que, si no tuviésemos cuerpo no podríamos sufrir y perderíamos con ello una hermosa manera de merecer en nuestro servicio a Dios. El mismo Jesucristo nos ha enseñado, en su primer latido humano, el destino de hostia que nuestro cuerpo tiene. En las luminosas profundidades de la Encarnación, se ha visto amasado en la carne y sangre humanas. Con la humanidad, ha cargado también las pesadumbres que acarrea: cansancio, tristeza, dolor y quebranto, agonía y muerte, en todo semejante a nosotros —menos en el pecado— y modelo de todos los hombres. Cuando, en el balconcillo del tribunal, Pilatos lo ha mostrado a la plebe, ha profetizado al Señor como tipo ideal para todos: Ecce homo: Este hombre. Y al tomar sobre sí el peso del cuerpo, el seno virginal de María quedó constituido en primer templo de Dios verdadero; sobre el ara de aquel corazón purísimo, Jesucristo aceptó su cuerpo y lo ofreció así: «Te han cansado, Padre, de todas las víctimas antiguas y pides hostias nuevas. Me has dado a mí un cuerpo capaz de sentir dolor y, en la primera página del libro de la vida, has escrito para mí: Haz la voluntad de Dios. Entonces te digo: Aquí estoy, Padre, dispuesto a cumplir tu voluntad». 97

Por eso, sin salir de nosotros, hallamos la materia apta para amasar nuestra ofrenda, como el Señor. En vosotros vive Él; nuestro corazón es el altar; nosotros, la hostia: nuestro cuerpo, nuestra virtud, nuestras penitencias, nuestra vida esforzadamente honesta.

DE LA MORTIFICACIÓN DEL CUERPO
Y entramos, con ello, en la doctrina —cristiana y racional— de la mortificación del cuerpo. Esta palabra suele recibirse con recelo; el paganismo la rechaza con obsesión para buscar el placer de la carne... Sin embargo, Quien quiera construir su vida sobre la base segura y alcanzar altura, deberá aprender a <<vencerse a sí mismo». «Ni las victorias de los Juegos Olímpicos, ni las de los campos de batalla, dan al hombre la felicidad. Únicamente se logra quien a sí mismo se vence. Las tentaciones y las contrariedades son los verdaderos combates ¿Quedaste vencido una, dos, tres, veinte, cien veces? Sigue luchando. Cuando, por fin, venzas, serás tan feliz como el que siempre venció». (Epíeteto). Esto es el ascetismo, la ordenación cristiana de la vida espiritual que, por los combates contra nuestras bajas tendencias, pretende purificar el alma y hacer que el cuerpo la sirva. No saciando la carne condescendiendo con ella —dice San Agustín—; y sí, en cambio, resistiendo a sus bajos instintos. Vencerse a sí mismo era ya una sabia consigna en la antigüedad; ahora, una clara finalidad de la vida espiritual a través de los Ejercicios de San Ignacio; siempre la base para un triunfo en la vida. Sobre todo, cuando se intenta alcanzar virtud. Virtud —del latín vis o de vir— suena lo mismo que esfuerzo, fortaleza, hombría. Es la fuerza que habrá de hacerse el hombre para no caer derrotado por sus bajos instintos. Nuestra carne padece de un desequilibrio original, producto del primer pecado que a todos nos alcanzó; en nuestras carnes va, desde entonces, incrustada la amarga lucha por recobrar, en lo posible, el equilibrio perdido. 98

De una parte, el apetito de la carne siempre insaciable reclama su presa con pasión; de otra, la verdad y la virtud exigen frenar la carne y moderar sus instintos. Por oso, El vencimiento de nuestros caprichos instintivos y exigencias carnales ocupa el primer plano de cualquier intento de elevación moral o religiosa. No podría faltar en el Cristianismo, la religión de la pureza y de la virtud, un llamamiento a la mortificación de cuerpo y sus exigencias. El hombre no es sólo carne y la vida no se llena con satisfacciones sensoriales. El hombre posee valores espirituales lanzados a lo alto por una vocación d eternidad. El cuerpo es el vaso frágil que guarda un rico contenido. La tierra es camino; y sus vicisitudes, gozos, dolores, trabajos y triunfos, son etapas —pero nunca final—de una ruta cuyo destino está al otro lado de este mundo, la ciencia verdadera consiste en llevar nuestro tesoro espiritual en nuestros vasos de barro sin que aquél se pierda o mistifique. Pero esto exige vigilancia y lucha. El Cristianismo es religión de valientes, de héroes y mártires.

No nos tocará a todos, acaso, la hora del martirio sangriento; pero todos hemos de estar dispuestos a vivir con vocación y estilo de mártires. Recientemente, en el XXV Aniversario de las Jóvenes de A. Católica Española, se ha adoptado como consigna la predicación de San Pablo: Sed testigos de Cristo, la misma que el Señor encomendó como su testamento, momentos antes de la Ascensión: Seréis testigos míos. Y oportunamente se apunta que la palabra latina testis —testigo—, suena en griego martyr. Si el cristianismo ha de ser testigo de Cristo en la tierra, necesariamente su carne y sus exigencias instintivas habrán de teñirse con el color del martirio, por el vigor y la fortaleza puestos en juego para acrisolar la virtud. Por eso, Jesús insiste. Se trata de negarse el hombre a sí mismo, tomar su propia cruz y seguir al Maestro. Es toda la ascética cristiana, 99

lección repetida de austeridad, desprendimiento de malsanas avideces, invitación radiante a una acrisolada castidad. San Pablo comparaba a los cristianos con los luchadores de su tiempo; aquellos atletas se imponían privaciones y esfuerzos por mantener su cuerpo en la debida armonía de músculos y ligereza de movimientos que les permitiese alcanzar el premio en los ejercicios del circo, ante la expectación de las gentes que llenaban las tribunas. Y en el momento de la lucha, tensos los músculos y fija la atención, los luchadores se entregaban con ardor a la conquista de los primeros puestos. Los aplausos de la muchedumbre y el laurel de vencedores era el premio de su esforzada entrega. El Apóstol extiende ante nuestros ojos la página brillante de aquellos juegos pasados. Y, de su colorido, concluye una bella enseñanza. La vida es una lucha misteriosa sobre este gran circo del mundo, toda la tierra es palestra. Los cristianos somos luchadores en busca de una victoria final; pero entretanto, somos un espectáculo ante la expectación del mundo que nos contempla. Importa alcanzar el aplauso definitivo y la ovación cálida que rubrique el real esfuerzo del cristiano en su lucha con las pasiones. Arriba, en el palco presidencial de su eternidad, Dios tiene en sus manos el premio para los valientes. Pero... necesariamente, por el mundo que nos contempla, por los ángeles que nos acompañan y por el Dios que nos espera, será siempre necesaria la lucha. Nada más lejos del verdadero cristiano que la vida fácil y sensual. Nada más contrario a Cristo, cuya vida —desde Belén al Calvario— es toda cruz y dolor. No es la negación de la alegría de vivir; es, por el contrario, el vencimiento de lo que —pronto o tarde— acaba por secar las fuentes de la alegría que perdura. Al cristiano le están abiertas las fuentes del gozo, y más abundantes que al mundano; pero necesita, como todo hombre, no mirar sus caprichos carnales —de cualquier color que sean—, si quiere gozar a pleno pulmón la alegría de una vida sana, de un corazón sin nubes y de un ideal que conforte. *** La doctrina de Cristo Místico proyecta una nueva luz sobre la pobre materia de nuestro cuerpo. 100

Como los sarmientos a la cepa, como nuestros miembros a nuestro tronco, así nuestros cuerpos —por el alma— están unidos a Cristo de un modo misterioso —místico—, pero real. Los dogmas son para ser vividos. San Pablo recordaría con frecuencia santamente machacona, que somos miembros del cuerpo de Cristo, de su carne y de sus huesos, porque somos el Cristo y, en particular, miembros unos de otros con Cristo como cabeza. De ahí sacaría las normas morales más claras y elevadoras: ¿No sabéis que nuestros cuerpos son miembros de Cristo? «Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y no todos tienen el mismo oficio, así muchos somos un solo cuerpo en Cristo y cada uno es miembro de otro». (Rom. 12, 4). El Bautismo al hacernos cristianos, nos injertaba en Cristo. Entonces nos revestimos de Cristo, en frase del Apóstol, de suerte que ya se vea en nosotros una semejanza de Cristo y aún seamos de alguna manera otros Cristos. La Eucaristía, tantas veces recibida en nuestra vida, es la comunión —la común unión— con Cristo y con todos los fieles de Cristo, para formar —reforzar— el «Un solo cuerpo que todos formamos con Cristo» y «dejar de ser ceniza y tierra para convertirnos en el Cuerpo de Cristo». (Crisóstomo). En el ofertorio de la Misa diaria, el sacerdote prepara el cáliz dejando caer una gota de agua sobre el vino que será consagrado. La mezcla del vino y el agua significa la unión del cristiano con Cristo. Nosotros somos esa gota de agua; Jesucristo es el vino del cáliz. Como la gota de agua desaparece para quedar convertida en sangre de Cristo, juntamente con el vino, así nosotros desaparecemos —debemos desaparecer—en Cristo para conseguir que todo nosotros sea Cristo. Por todo esto, San Pablo reclama que la vida de Cristo salga al exterior a través de nuestros miembros; se nos debe conocer, en nuestra vida diaria, que hemos comulgado con Cristo. Como el racimo, en la cepa, 101

endulza y se colorea según la savia del tronco a que está unido, así nuestra vida debe saber a sabor de Cristo. Y, para ello, esta unión con Cristo pide dos virtudes fundamentales: pureza y caridad. «Para que la vida de Jesús se muestre aun en nuestra carne mortal». (2 Cor. 4, 10). La arcilla de nuestra carne deberá transparentarse de pureza y bondad, nuestro rostro y nuestra mirada, nuestras manos y nuestro corazón, nuestro cuerpo todo, en fin, deberá manifestar la vida de Cristo que alienta en nuestro interior encendida por tantos misterios de los que participamos en la grandiosa economía cristiana. He aquí la moral de la castidad y de la caridad, el estilo de Cristo a través de la palabra y del gesto, de la postura y del vestido, empapando todo nuestro ser con su aroma. *** El paganismo, exaltando al cuerpo para despreciarlo después, no pudo soñar esta verdadera gloria de la carne que el Cristianismo logra. Aquél comienza condescendiendo a las exigencias terrenas y carnales, desemboca en la ruina de la total podredumbre. El Cristianismo pide la mortificación y castigo del cuerpo para elevarlo, al fin, a la mayor grandeza. La carne queda convertida en cosa santa. Por las realidades que encierra —templo de Dios, miembro de Cristo— y por la gloria futura que espera alcanzar. También la carne tibia y perezosa de este cuerpo de barro quedará traspasada de los resplandores de la resurrección. A la muerte, el cuerpo es la semilla que duerme en la tierra hasta que suene la hora de la gloria; entonces se levantará de la muerte, llevando en sí las reliquias de su vida temporal. Aquellos que miraron su carne, la verán entonces con la fealdad de lo que en el mundo parecía hermosura y era sólo obra de barro, cieno y flor de un día. Aquellos que trabajaron su cuerpo para la virtud, ajustándolo a la mortificación y al esfuerzo, lo verán resplandeciente de aquello que en la vida parecía dolor. El mismo Dios reclamará su templo. El mismo Cristo levantará con 102

su mano a los que fueron sus miembros; los trabajos del cuerpo que ayudó al alma en la virtud serán entonces coronados de gloria... En el Cuerpo de Cristo resucitado —tipo ideal del cristianismo— las heridas de la Pasión brillaban como luceros. Era el mismo cuerpo que, horas antes, caía postrado en agonías infinitas; eran las mismas heridas por donde se derramó la vida en rescate de las almas. Era el mismo Cristo. Pero esa misma carne, y esas heridas, alcanzaban en la mañana de pascua una luz inefable y consoladora. Es todo un símbolo. Por eso, el paganismo procura apartar del hombre toda atención a los grandes misterios que se realizarán en la propia carne. Porque de nosotros depende que, un día, nuestros cuerpos gocen de una resurrección gloriosa o padezcan la vergüenza de su carnalidad anterior. El esfuerzo que durante la vida hayamos hecho por la virtud, aunque nos haya costado sangre, será en la resurrección un motivo más de gloria y de triunfo. Los misterios, recordémoslo, son para ser vividos. Estas maravillosas grandezas que Cristo nos mereció son para nosotros, posesión nuestra y destino de nuestra vida. Caminar de un modo divino por el mundo es la vocación de nuestros cuerpos, atendiendo no a las realidades del momento y las llamadas pasajeras del placer y del egoísmo, sino levantando nuestra mirada y nuestro corazón para contemplar el espléndido horizonte donde brillan las luces de nuestra legitima grandeza y de nuestra victoria definitiva. ¡Esta sí es una exaltación de la carne! ¡Esto sí ayuda a contemplar nuestro cuerpo como porción santa llamada a un destino del cielo! ¡Y esto pide un modo y un estilo, una postura y un programa de vida que nos permita pasar por el mundo sin perder el sentido de lo eternamente grande que hay en nosotros! *** El cuerpo, en fin, por todo esto, es un magnífico instrumento de apostolado. El cuerpo es la manifestación del alma, el puente por donde el alma se llega a lo exterior y lo exterior se viene a nosotros. Suele decirse que el rostro es el espejo del alma. En gran parte, la expresión es verdad. Porque necesariamente son nuestros cuerpos los instrumentos que nos relacionan con lo que nos rodea. La virtud ha de hacerse visible a nuestro exterior. Y 103

es incalculable el bien que puede lograr en los demás, aquella alma que haya sabido hacer de su cuerpo un constante servicio del bien y una luminosa y radiante traducción de la virtud. La virtud debe de hacerse amable, antes de ser predicada. El apostolado que más eficacia logra es el apostolado de la influencia. Y la influencia es un algo sutil y delicado, agra dable y lleno de simpatía, que va calando en los corazones d los que nos rodean... Y se traduce a través de nuestro exterior Por eso, el concepto pagano del cuerpo llega hasta el pecado del escándalo y la ruina de muchos. Pero, en cambio, la simpatía, la hermosura y la gracia, la honestidad alegre y el limpio y airoso exterior... ¡cuántas conquistas pueden lograr para Dios! *** ¡Nuestro cuerpo, pobre montoncito de polvo! Unos, enlodados en ese polvo, entorpecen sus alas y achatan su vuelo. ¡Otros se apoyan en ese montoncito de polvo y saltan sobre él, para alcanzar en su vuelo mayores alturas!

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ENCUESTA sobre El Cuerpo
VER: ¿Qué ídem tienes del valor del cuerpo? ¿Puede ser el cuerpo índice de virtud? ¿Y ocasión de pecado? ¿Por qué? JUZGAR: ¿Importa conocer el fin y la nobleza del cuerpo? ¿Qué ideas presenta el paganismo a este respecto? ¿Qué juicio te merece el paganismo antiguo? ¿No ves que en los tiempos actuales se revive el antiguo paganismo? ¿Podrías describir los rasgos característicos? ¿Cuáles son las principales consecuencias de ese paganismo en la vida de nuestra sociedad? ¿Has calibrado bien la gravedad del pecado de escándalo? ¿Qué idea tienes sobre él? ¿Qué responsabilidad lleva consigo? ¿Crees que se cometen hoy muchos pecados de escándalo? ¿Cuál es la obligación que contraen los que lo cometen? ACTUAR: ¿No crees que el cuerpo debería servir a ideales más elevados? ¿Puedes citar algunos casos en que los hombres han sometido su cuerpo a esos ideales? ¿Tiene la Religión algún ideal preciso y noble para que aprendamos a estimar debidamente el cuerpo? ¿Puedes citar el beneficio que esos ideales aportarán a las costumbres? Describe a grandes rasgos la grandeza del cuerpo a través de N Religión. ¿Cómo se podría inculcar ese modo de pensar en las mentalidades paganizadas de hoy? 105

Normas para la acción Revisión de ideas y costumbres propias.—No lamentarse por el paganismo del ambiente, sino buscar remedio—La murmuración ante el pecado de escándalo social es inútil.—Aprendamos a «glorificar y llevar a Dios en nuestro cuerpo» de una manera digna y, a la vez, agradable a los demás.—Alcanzar el sentido de esta frase de Jesucristo: «Que los hombres vean vuestras obras y, viéndoos, alaben por vosotros al Padre Celestial». Examinar estas normas ***

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LA BELLEZA CORPORAL

«El verdadero cristianismo consiste en el predominio del espíritu sobre el cuerpo. Y esta ley debe presidir lo mismo en las funciones elevadas del alma que en las minucias del vestir pues hasta en los pliegues de vuestro vestido podemos, según el Apóstol, glorificar y llevar a Dios. Alma, cuerpo, alimento, vestido: tal es la jerarquía de valores de la vida, sancionada por el mismo Jesucristo nuestro Maestro: ‘¿Por ventura el alma no es más que la comida, y el cuerpo más que el vestido?'». (Card. Gomá) La belleza es un hermoso don natural; gracia que sirve para llevar al bien por la fuerza de su simpatía, o que despierta al mal por el brillo engañoso de su atracción. He aquí una razón de la responsabilidad que encierra.

EL DON DE BELLEZA
El cuerpo se reviste de color, forma y línea. Su conjunto armonioso constituye el don natural de la belleza. He aquí un talento concedido por Dios al hombre —preferentemente, a la mujer— que, como todos los talentos, le ha sido concedido para que negocie con él y pueda rendir cuentas del uso que de ese don supo hacer. Porque la belleza es un hermoso don. Y aunque se advierte muy frecuentemente que toda gracia es engañosa y la hermosura es vana, sin embargo, es evidente la influencia, muchas veces decisiva, que la belleza ejerce sobre el mundo. Puede arrastrar al bien, despertar virtud o animar entusiasmos. En los días amargos del asedio de Troya, mientras los ancianos deliberaban sobre 107

la suerte de la ciudad, pasaba la bellísima Helena cuya presencia animaba hasta el punto de hacer exclamar a Hornero: «Nadie puede echarnos en cara que, por tal belleza, toleremos y hagamos sufrir a la ciudad padecimientos de tantos años». Tampoco puede olvidarse que la mujer, por su belleza y la atracción que ejerce la hermosura, por los dones de influencia y simpatía que Dios le concedió, puede arrastrar al hombre hacia el mal. Ya desde el Paraíso, el hombre Adán sentirá la influencia de la mujer Eva. La culpa, jurídicamente, será de Adán y, por su pecado, la humanidad entera quedará contaminada. Él es la cabeza de las gentes y en sus entrañas hierven todas las vidas; en él se abre el manantial del río humano, en él se hunden las raíces del árbol donde todas las vidas florecerán. Lo que él haga será decisivo para todos los hombres que habrán de nacer de él. Él es la cabeza del mundo y su pecado lo cometió él, cargando las consecuencias fatales derivadas para todos, de aquella primera acción de rebeldía. Pero, a su lado, Eva será la insinuadora. Suave y dulcemente, iluminada por el fresco color y leve aroma de la fruta prohibida, mostrándose en su mano frágil... Eva arrastrará a Adán. Parece que, desde entonces, se estableció esta ley: El hombre hará lo que la mujer quiera, si la mujer pone en juego todas las gracias de simpatía y atracción que Dios le concedió. No es poca la responsabilidad de este don. Las infinitas posibilidades que ofrece, para el bien o para el mal, para propia satisfacción y para aliento de los demás, es motivo suficiente para dedicarle la atención y procurar su equilibrio. *** La belleza corporal puede considerarse como la gloria de la carne, que resulta de la justa proporción y armonía de los miembros, de la salud y el color, de la línea y la forma de un organismo vivo. Como descansando en la carne, la belleza seguirá su misma suerte. Y, repetidamente, trata de convencer al mundo la escritura de que toda carne es como la flor de un día. «El heno se marchita rápidamente y cae su flor». (Is. XL, 6). 108

Es pobre la contextura de la carne de que estamos revestidos, amenazada siempre por peligros de enfermedad, cansancio, accidente o vejez. Por eso es vana la hermosura que, al fin, se apoya en la carne y pasa y muere con ella, y es frágil y efímera. «La gracia añade a la belleza cierto sello de debilidad. Es la belleza de lo tierno, de lo endeble; del niño y de la mujer de pocos años; un atractivo que parece invocar la protección y el auxilio. Y, con todo eso so capa de pedir auxilio, pretende dominar y sojuzgar... Por eso se la llama justificadamente falaz; pues, so capa de apoyarse, encadena y, con dolor de pedir auxilio, domina». (Ruiz Amada).

EXIGENCIA DEL ALMA FEMENINA
En sí, la belleza no es ningún mal, puesto que Dios la concedió. Preferentemente, ha sido concedida a la mujer como un don de atracción natural para cumplir fines providenciales que Dios busca a través de la acción de la mujer en el mundo. La belleza, en la mujer, viene a ocupar un puesto no despreciable en el conjunto de su vocación natural. Por eso, la belleza comienza por ser una exigencia instintiva del alma femenina. Y lo que es instintivo, es providencial; sólo espera que la razón le ordene y dirija para hacerle rendir los frutos que, providencialmente, se le asignan. Bulle en el alma de la mujer un deseo instintivo de belleza y hermosura. Desde los años de niña, por mil modos caprichosos, este instinto se va revelando; parece que la mujer esté dotada de un instinto de belleza universal. Mientras el hombre sabe que agrada porque es fuerte y toda su psicología se desenvuelve normalmente en el ejercicio de su vigor, la mujer presiente que es fuerte porque agrada y todas sus artes se desarrollan en el afán de agradar mediante su belleza. Le es instintivo, le sale de lo hondo de su ser como una floración espontánea por medios insospechados y procedimientos no buscados, sino salidos al paso de su natural atractivo. Bajo la inspiración de este instintivo, se multiplican las maneras y los detalles por los que la mujer desarrolla su afán. Agradar, estar bien, embellecer y embellecerse, pasa a ser pronto su ocupación favorita; acaso, 109

una verdadera preocupación. Su persona y su vestido, la casa y la habitación, las muñecas y los muebles, todo le sirve para ir plasmando nuevas realidades de su inventiva en el arte de agradar y embellecer. Su misma psicología la empuja a una suave preocupación por los detalles y las baratijas, el brillo y el color de las cosas; está hecha más para estos puntos concretos que para las grandes abstracciones y difíciles ideas del hombre que, a su vez, siente que se le escapan a su atención tantas pequeñeces como constituyen la tarea de embellecer que la mujer domina. El hombre agradecerá luego aquellos detalles; pero le pasarán inadvertidos antes. El hombre está hecho para la fuerza y el vigor y la lucha por la vida. La mujer está hecha para agradar y, agradando, animar al triunfo. Todo ello cristaliza en un culto a todo lo bello y a todo lo bueno; lo pide la misma psicología femenina, aunque, a veces la mujer —llevada por el afán de belleza— olvide alcanzar con ella la bondad. De la mujer perfecta en su feminidad se ha dicho que irradia armonía. Le toca muy de cerca, pues, todo lo que supone armonía, equilibrio, belleza.... Y la primera belleza es la belleza de la virtud, fuente de toda armonía. Hará bien la mujer en atender este culto a lo bello y a lo bueno, amando la armonía en todos los órdenes, no sólo la armonía resultante de la belleza corporal y del vestido, de los colores y del hogar, del adorno y de los muebles; sino, sobre todo, la armonía interior del alma, de la que toda otra armonía depende. Mientras que atenta contra esta armonía un mal pensamiento o una postura interior ineducada; una falta de amor o de bondad, un detalle de egoísmo, un carácter intemperante o belicoso, la envidia y la tristeza… todas estas manifestaciones son feas, están mal y carecen de armonía. Por eso decimos que este instintivo impulso a la belleza que Dios depositó en el alma de la joven debe traducirse por un afán de belleza universal: belleza en todo, repudio entero y eficaz de todo lo que está mal y desentona. Hasta el menor detalle en el vestir y en el ser, hasta un ligero movimiento del cuerpo y del rostro, hasta un parpadeo o un pensamiento, un deseo o un plan, un ideal o un proyecto, todo en fin deberá ajustarse a esta medida ideal: La mujer perfecta irradia armonía. Dios concedió a la mujer este instinto de belleza, con fines de perfeccionar la familia. Ocupa un puesto principal en la vocación natural a 110

que la mujer ha sido llamada, como ayudadora del hombre y suavizadora del rigor de la vida, vocación que termina en la abnegación y ternura, llena de armonía, de la maternidad. Parece que hacia el ideal de maternidad desemboca y en él se centra ese impulso instintivo femenino; amor, al fin, ternura y delicado matiz de sentimientos, armonía de espíritu y de corazón. La fortaleza del hombre, empeñado en la lucha de la vida, no estaría bien si sólo fuese el único don. Dios ha querido dotar a la mujer de aquellas dotes que atemperen las cualidades del hombre y las eleven y, juntamente con él, haga a la mujer cumplir la más alta misión natural de la tierra. Para esto ha puesto Dios en la mujer este instinto de belleza; como el insecto a la flor, así el hombre se sentirá llamado, instintivamente también, hacia la mujer; ella tiene en si el don de atracción; ella puede y debe orientarlo al fin propuesto por la misma naturaleza, elevando al hombre, dulcificando las aristas duras de la vida, llenando de aroma el amor y convirtiendo el hogar en un nido de dicha y virtud. Porque, indudablemente, el amor y el hogar tienen también alma. Un algo misterioso que no está en lo material, no lo componen los muebles ni las habitaciones ni el decorado. Algo que se siente flotar y se respira en los hogares sanos, un tonificador de los que habitan la casa, un espíritu impalpable y sutil, imperceptible a los sentidos, pero que se recoge en lo más íntimo del espíritu propio, allá donde se siente burbujear la felicidad. Y aquel algo no depende de grandes cosas: depende de esa armonía de la mujer perfecta en la que ocupa la mayor parte el instinto de belleza bien encauzado y vivido. *** Es empresa femenina conocerlo y dirigirlo. De ella va a depender el hogar y el hombre, el corazón de las generaciones futuras y un mundo mejor. Gran dolor será desvirtuarlo o perderlo, a impulso de egoísmos; o amenguarlo, limitándolo solamente al corto horizonte de lo exterior; no se puede restringir ni acortar. Ha de ser en la mujer una tarea constante, hasta llegar a cumplir del mejor modo el ideal perfecto de una belleza total en cuerpo y alma, en sentimientos y actitudes, en vestido y en ideas. La mujer perfecta, toda entera, irradia armonía. La mujer que quiera ser perfecta ha de trabajarse esta armonía completa con verdadero afán y celo vivo. Porque, desvirtuándolo, se convierte este instinto en el más grave 111

peligro moral. Desde los comienzos del mundo se siente la influencia de la mujer. No discutamos la culpa del primer pecado; dejemos a Adán con la responsabilidad de ser cabeza de la humanidad y haber hecho caer sobre ella el castigo universal. Pero piense Eva en la influencia de su gesto. Precisamente porque ese instinto se lo concedió el Creador como un don de atracción, el hombre se sentirá empujado hacia la mujer. Es ella, luego, la que deberá tomar al hombre y dignificarlo; su arma primera, esa armonía completa de la mujer perfecta. En los comienzos de la vida de todos los hombres, para bien o para mal, juega siempre un papel decisivo la presencia de una mujer: madre, esposa, novia, santa... En lo profundo de los sentimientos del hombre, allá donde el corazón se mueve por resortes misteriosos, será difícil precisar cuáles fueron los motivos que levantaron determinados impulsos. Suele decirse que el hombre tiene mucho de ángel y mucho de bestia. Y pertenece a la mujer despertar en él lo que hay de ángel y adormecer lo que hay de bestia; porque teniendo el hombre el predominio de su razón, fácilmente obra como si sólo tuviera sentimientos al sentir la atracción de la mujer. Hay momentos, en el desenvolvimiento de las pasiones humanas —para bien o para mal— en que parece que todos los resortes del hombre están en manos de la mujer. Ella es —dice la Escritura— quien levanta la casa y ella es quien la destruye. La historia del mundo pagano está salpicada de esta verdad. El hundimiento moral de la mujer —a veces, culpa del hombre, a veces, culpa de la mujer misma— señala siempre un pobre ideal de este instinto de belleza femenina. Cuando la mujer se ha hecho esclava de su propio cuerpo y ha limitado a él su deseo innato de agradar, las consecuencias se han sucedido en una cadena de calamidades morales cuya primera víctima ha sido la mujer misma. Los orígenes del mundo, el diluvio universal, los castigos de los pueblos sensuales, la decadencia de las sociedades, los pecados de Israel, el desquiciamiento del Imperio Romano... todo ha sido consecuencia de este instinto desviado de belleza y hermosura. En el mundo actual, la clave de moralidad sigue estando en la mujer. Es ella la que sigue ejerciendo esta misteriosa atracción sobre el hombre. Alrededor de ella ruedan los sentimientos y pasiones del varón; ella sigue siendo capaz de despertar el ideal que salva, o de abrir el abismo 112

que arrastra con su vértigo. A un golpe de imaginación, es fácil suponer la hermosura del mundo, si la mujer tuviera conciencia de su poder y se determinara a ejercerlo con gracia y fortaleza a la vez. De ahí, que los poderes más amplios de la tierra dediquen sus preferencias a la conquista de la mujer. Las doctrinas disolventes de la sociedad buscan a la mujer como su primera presa; porque presienten que, conquistada la mujer, el mundo todo queda fácilmente al alcance de la mano. Disolución de costumbres, pérdida de pudor, sensualidad a todo trance, afán de gozar siempre a cualquier precio, independencia engañosa en lo económico y social, todo viene conducido a enturbiar esa armonía perfecta de la mujer ideal. Perdida ella, todo será ya campo conquistado. Conquistar a un hombre para el comunismo, es conquistar a un hambre para el comunismo. Pero conquistar a una mujer para el comunismo es abrir una escuela de comunistas, suelen decir los propagandistas de ese ideal. Y para ganar el mundo, saben la importancia decisiva que en las costumbres tiene la mujer; de ella depende el hombre, el hogar y la sociedad. Pero para conquistarla a ella, el mejor camino es aprovechar ese instinto de belleza que Dios le concedió. Arruinar el pudor, abrir brecha en las murallas de su natural honestidad, familiarizarla con el fácil halago y por el culto a la línea y al color, a trueque de pérdidas morales que se pretende ignorar porque no se cuentan por dinero... El mundo, luego, pagará las consecuencias de haber dejado perderse a la mujer en lo que ella tenía de más instintivo y valioso.

LA BELLEZA Y EL BIEN
Por eso, el poder del bien dedica su atención a la mujer. Porque ese don de atracción, orientado rectamente puede ser una hermosa traducción de virtud que el mundo necesita. La virtud debe presentarse amable antes de ser predicada. Y ese instinto de belleza, empapado de virtud, rectamente conocido y ordenado por la mujer, la llena de una simpatía decisiva. Simpatía es lo mismo que sentimiento conjunto, y es que la belleza hace que los demás lleguen a sentir al unísono, atraídos por el encanto inefable de lo hermoso 113

y de lo bueno. A través de esa belleza, coronada de simpatía, la influencia se ejerce como eficacia. Es incalculable el bien que puede hacer una mujer hermosa, culta y virtuosa; aquella que sabe reunir en su personalidad todas las cualidades que requiere la armonía de la mujer perfecta. Como una lluvia suave que, apenas sin mojar, va calando la tierra haciéndola fecunda, así la mujer va haciendo calar la belleza de la virtud trasparentada en su hermosura. La virtud no es fea ni tiene nada que ver con la belleza. Ni tiene que ocultar la mujer su hermosura con disculpas de virtud, cuando la hermosura puede servirle de un estimable instrumento de apostolado, si viene empapada y vivificada por una virtud real y seria. El mundo necesita de estas influencias del bien y de la gracia. No es llamada la mujer a las grandes batallas religiosas, con brillantes discursos apologéticos o discusiones acaloradas. «A la mujer —dice Isabel Lesseur— se le pide una influencia, más que una confesión de fe». Es la influencia de un encanto personal perfectamente armonioso, a través del cual, la fe y la virtud se predican en el estilo claro y lúcido del propio pasar por la vida. La belleza atrae los sentimientos, interesa las pasiones, mueve el corazón. Y, una vez interesado el corazón, la virtud se trasparenta y cala hondo en los demás. Pero, como toda armonía, requiere ésta una delicada atención. Se le pide a la mujer cristiana un exterior gracioso que apenas se diferencie en el conjunto social y que, desde luego, no desentone; pero, en lo interior se le pide una virtud de mártir, una auténtica vida del alma, un ardiente deseo de que la virtud se trasparente a través de la hermosura corporal. Dice Pío XII: «...graciosa, pero modesta; bulliciosa, pero recatada; chispeante de ingenio, pero obsequiosa y sumisa a las verdades de la fe sinceramente vividas. En el cristiano hogar español, cuenta todavía con más influencia decisiva para hacerle seguir siendo el santuario cristiano que siempre fue. Ahí está la base de esa restauración religiosa...». *** 114

Conocí inesperadamente la vida de un joven mundano. Dinero, simpatía, una brillante carrera y una edad en plena sazón. Un alma recomida de vicios y perezas inconfesables; más que vivir, aquel joven se arrastraba por los caminos de la vida. Sobre su mal, añadía la consciencia de su enfermedad moral y vanamente intentaba luchar contra ella. No tenía fuerzas, ni entusiasmo, ni ideal. Terminó... entregándose sin lucha. —Y aún me sostengo —me decía— porque me queda un alarde de fe. Pero mi vida no tiene objeto, me desprecio a mí mismo, me siento abominable... y no puedo querer dejar de serlo. Pasaron algunos meses. Lo encontré de nuevo lejos de su residencia habitual. Sonriente, feliz, lleno de color y expresión... Se sentó a la mesa conmigo en un rincón del comedor del hotel, y fue relatando la continuación de su historia desde el punto en que la dejó, meses antes. —...Y ahora me encuentro renovado. Lo que yo creía un imposible, me ha venido a las manos. ¿Quiere creerme que ahora me confieso cada quince días y apenas tengo nada de qué acusarme? Vuelvo a sentirme lleno de vigor, he roto sin esfuerzo con todo mi pasado, no creía yo antes que la virtud fuese tan hermosa y tan... fácil. Quedó un momento gozándose en su propia alegría. Y terminó, sonriente: —Claro, lo que sucede es que tengo novia. Pero tengo por novia una mujer entera. ¡Eso es una mujer! La conversación entraba ahora por cauces más alegres, por caminos llenos de amenidad. —Desde el primer día en que me interesó, me sentí atraído por un imán. Supo mi vida entera a los pocos días; me parecía hacer con ella mi primera confesión general. Ella era guapa, alegre, graciosa y buena. Me escuchó, me habló muy poco. Los demás días, hasta hoy, han transcurrido felices. Voy a casarme pronto. Soy otro. No sé qué tiene esta chica, pero soy otro, totalmente otro... Y de esto hace ya mucho tiempo y no me arrepiento de lo que dejé, porque soy espantosamente feliz. Es preciso repetirlo. Es incalculable el bien que puede hacer una mujer 115

hermosa, culta y virtuosa.

LA MUJER BENDITA
El horizonte de la historia está lleno de los resplandores de María, la primera mujer que en el mundo despertó afanes de espiritualidad. Llena de gracia, su hermosura se entró en el corazón del hombre. De Ella hemos aprendido, acaso sin saberlo, lo mejor que conocemos y sentirnos. De Ella aprendió el mundo las virtudes sociales más nobles. Cuando el Cristianismo tropezaba con los pueblos de sus primeros tiempos y con las costumbres bárbaras duras y feroces; cuando la Iglesia quiso suavizar aquellas costumbres y enaltecer a la mujer que tan honda influencia había de ejercer en los pueblos cristianos, no usó de discursos altisonantes. Iba a levantar a la mujer de la postración en que estuvo sumida en el mundo pagano, del desprecio en que malvivió en Roma y Grecia, de la dureza de condición entre los pueblos bárbaros. Entonces, el Cristianismo mostró a María ante la humanidad que comenzaba a ser cristiana; vieron los hombres la hermosura de la Virgen, y todo lo demás siguió como una consecuencia lógica. La influencia de María es decisiva en todas las almas. Porque la virtud se hace en Ella y se transparenta en su estilo de viva castidad y bondad amable, haciéndola la síntesis de todas las virtudes. En su actividad social, el ideal se centra en su función de colaboradora de Cristo para el bien de los hombres. Engendrándolo, lo dio luego al mundo; porque la verdad ha de engendrarse primero en el corazón para luego brotar al exterior, siendo la mujer una perfecta colaboradora del bien. Es su misión: misión de amor y de verdad, de ternura y abnegación, de hermosura y delicada maternidad. Llena de su gracia natural y de su virtud interior, para darla luego al mundo por los caminos amenos de su hermosa influencia. Coma en María, la hermosura y la gracia deberán servir para inspirar virtudes. Suelen decir que, por el Cristianismo, toda mujer tiene mucho de María, como si Dios hubiese querido hacer a la mujer en un mismo molde. Ella es la bendita entre todas, para que todas —al mirarla— comprendan cuál es el ideal de perfecta feminidad. He aquí entonces, el ideal de mujer: tener todo lo posible de María para iluminar al mundo con el resplandor de la virtud. 116

Cuentan, acerca de este ideal, la Historia de los Tres Espejos. Ella se llamaba como la Virgen y cumplía sus años en el día de la Inmaculada. Su madre le había regalado una pequeña arquita con tres departamentos. Con la prisa de la ilusión, la joven María abrió el primer departamento. Contenía un espejo, con marco de plata en el que se leía esta inscripción: Lo que eres. El segundo departamento guardaba una calavera de marfil; en su caja se decía: Lo que serás. Abrid el tercer departamento. Una copia de la Inmaculada, bella de color y expresión, con un marco de oro en el que se leía: Lo que tienes que ser. Una perfecta orientación del instinto de belleza que anida en el alma de la mujer. No es un mal ver lo que se es, puesto que Dios lo quiso así, pero debe alejarse el peligro de una vana presunción o de un culto exagerado a la belleza que convierta el cuerpo en un ídolo, pensando también en lo que será. La filosofía de la muerte, que nos recuerda la nada de la carne y su belleza, no estorba al sano optimismo y la perfecta alegría. Para corona, el ideal deberá centrarse en la tarea que ocupe la vida entera: Lo que se debe ser. He aquí el ideal de perfecta feminidad, a través del instinto de belleza universal. Lo explotaron muchas mujeres cuya influencia ha sido manifiesta en la marcha de la historia. Santas o reinas o simples mujeres del pueblo, sencillas jóvenes, han torcido para muchos pueblos y para muchos hombres el curso de la vida. No hace falta ocupar un alto puesto en la sociedad, no es el rango ni el dinero; la influencia se ejerce en todos los órdenes de la vida, en todos los ambientes... Y lo que pudieran hacer una Isabel de Castilla o una Teresa de Jesús, lo puede hacer toda mujer en el reducido ámbito en que su actividad se encierra. En todas las partes hay almas y cada hogar es un pequeño reino.

LA MEJOR MANERA
Para ayudar a la belleza hay muchos medios. Todos ellas se comprenden en la moda y el lujo. 117

Como la belleza es un don natural concedido por Dios —y, por ello, es buena en sí—, de la misma manera podemos juzgar del vestido y de los adornos que contribuyen a realzarla. La moda añade a todo ello la variedad y el gusto; o mejor aún, el gusto en la variedad. La prudente combinación de colores y línea, de adorno y forma, es la base de la moda; en sí, es también algo bueno o indiferente, por lo menos, ya que la mujer puede usarlo para muchos fines y de diversas maneras. Sobre la moda, el lujo aprovecha la riqueza y el brillo para dotar a la mujer de nuevos encantos que realcen su natural hermosura. La moda y el lujo son, pues, medios artificiales ordenados a poner de relieve la natural belleza de la mujer. Ni pueden ordenarse sin más, ni tampoco aprobarlos sin condición. Porque pueden servir para el bien o para el mal. Entra mucho en su calificación la intención que anima a la mujer que emplea estos medios, la preparación del espíritu para conocer su recto uso, la moderación con que se emplean. De una mujer hermosa habla la escritura con encomio. La hermosa Judit se viste espléndidamente para ir al encuentro de Holofernes. Los Libros Sagrados describen minuciosamente los cuidados de Judit para realzar su hermosura y los ricos adornos que la embellecen. Y en añadidura, «Dios abrillantó su hermosura; porque todo su ornato procedía de la virtud, no de vanidad pecaminosa; por esto aumentó Dios su belleza, para que pareciera incomparable a los ojos de todos». Pero puede emplearse el lujo para mal, y generalmente, éste es el mayor pecado de la mujer que lo goza. El cuerpo queda convertido en su única preocupación hasta el punto de olvidar el sentido moral y económico. Las pequeñas piezas del lujo amontonan grandes cantidades de dinero, y sobre todo, parecen una dedicación fervorosa de la mujer a su propio cuerpo como a un dios. De la acendrada preocupación por el lujo, a la adoración del cuerpo que se embellecerá con él, hay poca diferencia. Y por el lujo, se abre una brecha en el alma, inclinándola hacia la sensualidad. Importa el brillo de la carne, el adorno del cuerpo, el realce de 118

una belleza fugaz. Todo se admite, mientras todo pueda contribuir a hermosear la propia figura. No es menor el peligro de despilfarro y quebranto de la economía del hogar. Porque la carrera del lujo es como una suave pendiente, fácil y agradable, por la que cada paso que se da acerca más al abismo. Porque, abierta la avidez del lujo, es difícil conformarse con el más o menos reducido presupuesto familiar; la joven, que no sabe aceptar esta medida, ajena a otras preocupaciones saludables y llevada sólo de su egoísmo, no teme cargarse o cargar a su casa con los gastos de mil caprichos. Se resta de otras necesidades más perentorias, pero menos visibles; se busca agradar sólo al exterior, en la calle o en sociedad, mientras dentro de la casa la necesidad verdadera se agudiza, se produce el desequilibrio, se pierde la paz del hogar... Pero, sobre todo, la joven que cae en este mal, difícilmente sabrá prepararse para su hogar futuro; porque la vida no es aquel capricho que la ilusionó. Es una grave tarea donde los deberes se escalonan y las necesidades se jerarquizan. El pecado de escándalo, fácil por los desórdenes del lujo, completa los males que éste ocasiona. Casi lo mismo puede decirse de la moda. El gusto en la variedad, que sirve para realzar la belleza, es —en sí— bueno. Responde al natural instinto por la belleza que tiene la mujer. Pero los desórdenes que se cometen en nombre de la moda, bien valen una medida de recto sentido. La moda, en sí, es buena. La joven cristiana, en el apostolado que hoy se le exige, debe no desentonar; al contrario, buscar la recta medida de buen gusto y alegre variedad que la haga más agradable al hombre y le facilite la influencia de apostolado que ella puede y debe realizar. La medida de recto sentido será, entonces, que la moda no desequilibre el presupuesto económico del propio hogar y que no estorbe a la virtud. Dentro de estos límites, queda un hermoso campo donde la joven cristiana puede trabajar su buen gusto, realzar su belleza y manifestar un perfecto sentido común y cristiano. La razón no condena el derecho del arte en el vestir, tan entrañablemente unido al instinto de belleza peculiar en la mujer. Si el hombre y la mujer son las criaturas más nobles de la creación visible, también parece justo que, en parte, esa nobleza se manifieste en el 119

gusto por su porte exterior. El Cristianismo, dando al cuerpo humano su justo y altísimo valor como portador de valores eternos, pide también que nuestros cuerpos se revistan de nobleza y sencilla elegancia que, sin estorbar la primacía del alma, honren al cuerpo honrado por el mismo Dios. Es evidente también que el arte en el vestir colabora al bienestar del espíritu. Siempre queda por considerar y explicar la simpatía instintiva que se establece entre el cuerpo y el espíritu, cuando lo exterior armonioso y bello parece confortar y animar el interior del alma; de un exterior de noble porte, sencillo y hermoso a la vez, penetra hasta el alma un misterioso efluvio que se traduce en bienestar y armonía interior. El orden exterior redunda muy frecuentemente en armonía interior, porque así como la idea tiende al acto, también los actos suscitan sentimientos correspondientes al acto realizado. Ni se puede negar que el porte exterior de una persona, principalmente de una mujer, exige naturalmente un trato más respetuoso y distinguido de los que nos rodean. Por todo esto, «La elegancia, el culto de la forma en el vestir, quédese para el bello sexo que encuentra en los trajes vistosos y variados, al par que entretenimiento para su imaginación y pávulo inofensivo de su vanidad, una compensación, hasta cierto punto legitima, de su debilidad y un marco para su gracia nativa». (Card. Gomá). Quede a salvo siempre la honestidad, como primera ley a que ha de someterse toda variedad y gusto en el vestir y adornarse. Sirva, luego, el porte exterior como exponente de verdadera virtud interior, irradiada por la simpatía de un conjunto de vestido sobrio, elegante y gracioso. Y, sin negar los adornos y medios artificiales de embellecimiento — aplicados con justa medida y sabio equilibrio—, la hermosura se abrillantará, sobre todo con la sencillez y la naturalidad. Simplicidad, corrección, suavidad de formas y colores. Los medios artificiales de adorno nunca deben estorbar a la gracia natural, sino contribuir a ponerla de relieve y servirla fielmente; todo lo que es artificial estorba, cansa y desilusiona. Si se emplea, será con tal sencillez y naturalidad que parezca 120

más bien un tono más vivo de la misma hermosura natural. Por eso, aquella sensación de agrado que se experimenta ante una belleza natural, cuyas gracias se manifiestan con sencillez cuidada, y el desencanto y aun el cansancio que se siente ante cualquier belleza demasiado recargada, donde apenas aparece la verdad de lo natural propio, donde asoma por todos los colores el temor al desengaño y la desilusión. «Natura paucis contenta, decían los antiguos: en la sobriedad se satisface la naturaleza... El vestido de la naturaleza es sobrio: un manto azul para los cielos y una alfombra de esmeralda para la tierra, un mismo sol que cruza cada día todos los horizontes destrenzados a su paso, los rayos de la luz blanca sobre la tierra y un mismo manto obscuro, recamado de las mismas luces que guardan, los sueños y el reposo de la noche. La naturaleza no fatiga, no tiene estridencias ni notas chillonas; y por un arte verdaderamente divino, de tal manera se armonizan en ella formas, contrastes, colores, fuerzas y movimientos que todo parece recogerse y refundirse en el seno de una unidad serena y plácidas. (Card. Gomá). La naturalidad seduce por su apostura y sencillez de gestos y colores y, sobre todo, porque lleva en sí misma el sello de la verdad. Como profundo sentido común, dice la copla popular: «¿Con qué te lavas la cara, que tan reguapita estás? ¡Me lavo con agua clara y... Dios pone lo demás!» ¡Y hace falta eso! ¡Una hermosura natural, graciosa, espontánea, ligeramente ayudada —si es preciso— con elementales retoques, sencillos, pero —sobre todo— hermosura de agua y jabón, brillo natural de limpieza de oro en las mejillas y de luz alegre en la mirada! Un cuerpo, en fin, de tal manera limpio, brillante, adornado y alegre, que todo él parezca un ascua donde parpadea el fuego de un buen gusto interior, de una virtud y naturalidad que embelesan... 121

ENCUESTA sobre La Belleza Corporal
VER: ¿La belleza corporal es una auténtica preocupación en las jóvenes? ¿Crees que esta preocupación es algo instintivo en ellas? ¿Es la principal preocupación que tienen o no? ¿Si es instintiva, crees que esa preocupación tiene un fin providencial? ¿Cuál? JUZGAR ¿Qué valor tiene a tus ojos la belleza corporal? ¿Se engañan muchas y se pierden por ella? ¿Qué peligros crees que puede ocasionar la excesiva preocupación por la belleza? ¿Podrías citar algunos casos particulares? ¿Y en la vida de las sociedades? ¿Qué piensas de la influencia moral de la joven en el mundo? ¿La belleza corporal no puede ser también un instrumento de bien? ¿Por qué? ¿Conoces la influencia de alguna mujer en este sentido? Además de los peligros morales, ¿qué otros peligros pueden darse? ACTUAR ¿Qué piensas del lujo y de las modas? ¿Y de sus ventajas? ¿Y de sus peligros? ¿Crees que el Cristianismo condena la belleza corporal? ¿Qué límites te parecen justos para la belleza, las modas y el lujo? ¿Qué ideas cristianas avalan el cuidado legítimo del cuerpo? ¿Cómo crees que la belleza corporal puede servir mejor al bien?

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Normas para la acción La santidad no está reñida con el bien parecer.—Explica el sentido de estas palabras y examina cómo las cumples en la práctica corriente.— Limita tus gastos a tus posibilidades.—No comprometas ni la cantidad más pequeña prestada por afán de lujo.—Dentro de tu rango y condición, sin pretender salirte a lo que no pueda corresponderte.—Da ejemplo a los demás por tu discreta elegancia y sencillo cuidado de tu exterior. Examinar estas normas ***

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EL ALMA

Alma buena, cargada con ilusiones de transparencia infinita, tendrás que rozar a tu paso por la vida con otras almas que no son como tú quieres ser. La vida, en el mundo, es el paso por un lodazal; y hay quien pasa con presteza espiritual, casi sin rozar la tierra. Y hay quien goza metido en el fango, cargado del barro que le impide ver lo alto, gustando con fruición los cadáveres de vicios y vicios, como el cuervo que soltó Noé y no volvió... Con todas has de rozar. No te contamines, no te manches, levanta bien el vuelo. Pero no odies ni desprecies. Nadie hay del todo malo, ni del todo bueno. Los que viven en el mundo no son ángeles ni demonios. Son... hombres. El alma preside la vida del hombre. Dotada de potencias naturales y con fuerza y luz sobrenaturales, el alma puede ir fabricándose su vida para siempre. *** ...Y es semejante el Reino de los Cielos a un campo en el que se halla un tesoro. Y se parece también el Reino de Dios a una piedra preciosa, pequeña en tamaño, grande en valor. Y el hombre sabio no duda; sino que se apresurará y va a su casa y vende cuanto tiene, y con la venta de todo lo suyo, recaba dinero suficiente para comprar aquel campo o aquella piedra preciosa. Con estas imágenes del campo y de la piedra preciosa, el Señor quiso 124

poner de relieve el valor del alma. Gran parte de la predicación de Cristo y de la doctrina de su Iglesia, está dedicada a resaltar el valor inmenso del alma olvidada. Como el hombre de aquellas parábolas, debemos estar dispuestos a renunciar a muchas cosas, a conquistar otras, para ganar el alma. El alma, que es la parte principal de nuestro ser. Tanto, que preside la vida y sostiene el cuerpo y le da color y movimiento y hermosura y armonía. La muerte, con la fealdad que trae aparejada para el cuerpo, es simplemente la separación del alma; entonces queda patente cómo era el alma el todo en la vida del cuerpo. Como el cuerpo, al fin, es polvo —cal, hierro, grasa, magnesio, potasa...—, el cuerpo, al separarse el alma, queda en lo que es: polvo.

LO MEJOR DE NOSOTROS
La experiencia íntima nos enseña a cada uno el fenómeno de un noble conocimiento que se alcanza. Conocemos las cosas exteriores concretas y limitadas, por su tamaño, color, cualidades exteriores; para este conocimiento, nuestros cinco sentidos están capacitados y desarrollan una labor característica. Existe una exacta relación entre esos objetos y las facultades que llegan a conocerlos. El ojo recibe la luz y el color; el oído percibe los sonidos; el paladar saborea el gusto; el aroma nos llega por el olfato; las superficies, durezas y suavidades se alcanzan por el tacto. Todo ello, se enmarca en el cuerpo dotado de vida. Pero existe otro modo de conocer. Se alcanzan otros objetos — lejanos, pasados, espirituales...— o se perciben los mismos objetos materiales de modo más espiritual. A este conocimiento ha de responder otra facultad que lo ejercite: el alma. No es sólo el mundo de la imaginación y la memoria, la fantasía o la estimativa. Todas estas facultades sirven para recoger las impresiones de los sentidos, o para retenerlas, o para perfeccionarlas, o para clasificarlas. Además, existen conocimientos y experiencias de tipo totalmente espiritual; a este conocimiento se exige una facultad también espiritual, que guarde relación con los actos que produce. Y así, desde aquel conocimiento parcial y concreto de los sentidos —corporales—, pasando por la imaginación y fantasía, llegamos al trono del alma, cámara real, donde se registran los fenómenos más hermosos y ricos de nuestra espiritualidad: el conocimiento de lo espiritual, el amor, la virtud, la 125

honradez, la fe y las virtudes todas, las más nobles aspiraciones del hombre, el sentido de justicia y nobleza, el ansia de verdad, la equilibrada combinación de unos medios para alcanzar unos fines, los proyectos luminosos y los altos ideales... Todo ello declara que, como la perla en la concha o la piedra preciosa en la arena, guardamos en este polvo del cuerpo el brillo de un ser espiritual que llamamos alma. «Hay en éstos (todos los seres animados), algo que infunde vigor a sus actos y que falta en las cosas inertes; o sea aquello que les da vida y a éstas les falta. No es posible que sea aquella masa que se llama materia, inmóvil siempre, y sólo semejante a sí misma sin ser capaz de sacar fuerzas de su propia índole y naturaleza. Si tuviese esa virtud la materia, dondequiera que abundase hallaríamos que también la tenía (la vida) en grandes proporciones, siendo así que vemos suceder lo contrario; que en un cuerpo de tamaño mediano no existe menor alma e inteligencia que en uno grande y enorme; ni sería menos hombre un cadáver, que en vida». (Luis Vives, «TRATADO DEL ALMA»). Sabemos también que ese ser espiritual llamado alma, no varía por las condiciones exteriores y corporales de quien la posee. Nuestro conocimiento y mundo interior no dependen del frío o del calor, de la estatura o de la raza, del color o de la fuerza corporal. Pero sobre las variantes corporales que pueden darse en nuestra carne, hay algo interior que permanece siempre activo y que no sigue las alteraciones de la materia, sino en cuanto la materia puede ayudar o estorbar su funcionamiento. Más aún, ese ser espiritual gobierna al cuerpo, lo doblega o lo tuerce a su voluntad libre. Y esto deja entrever que el alma es diferente del cuerpo e independiente de él, aunque lo anime y lo mueva y de él se sirva. *** Diferente del cuerpo y —en sí— independiente de él, el alma es un ser espiritual. No cae, por eso, bajo el poder de los sentidos, no se ve ni se palpa, como no se ve ni se palpa lo que se discurre, lo que se ama, lo que se sufre, lo que se anhela y lo que se goza. ¡Cuántas veces duele algo, en lo más íntimo de nuestro ser, que no es ninguna parte del cuerpo! «Los males del alma son peores que los del cuerpo. Yo quisiera ver rabiando con este tormento de infierno a esos 126

señores que niegan la dualidad humana, a ver si me explican de dónde sale este dolor sin igual que deja incólumes todos los miembros del organismo, y desgarra, taja y descuartiza algo muy adentro de los misterios de nuestro ser. A ver qué es eso que duele, y cómo duele y por qué duele». (Pérez y Pérez, «MARIPOSA»). Deducimos la espiritualidad del alma por sus actos. Sabemos de ciertas cosas que no son materia, sino ideas espirituales que no se aprecian con los sentidos. Tales son la idea de verdad, de bien, de belleza, de ideal, de deber... Estas ideas que no se alcanzan por ninguno de los cinco sentidos, exigen en nuestro ser aquella facultad —espiritual, como ellas— que las alcance. Es simple, es decir, que no tiene partes, como el cuerpo. Y es inmortal. He aquí una cuestión grave que importa siempre. «Nuestro primer interés y nuestro deber primordial es ilustrarnos sobre esta materia de que dependerá toda nuestra conducta... Bien está que no se profundice más en la opinión de Copérnico; pero en ésta, es de importancia decisiva saber si el alma es mortal o inmortal». (Pascal). La inmortalidad es la supervivencia del alma que, a la muerte del cuerpo, continúa viviendo su propia vida, en posesión de toda su lucidez y facultades. Porque es simple, no puede morir por descomposición, como el cuerpo. Porque es espiritual, no depende del cuerpo ni puede éste arrastrarla en su ruina. Pero, además, el sentimiento de la inmortalidad va impreso en nuestro corazón. Junto al sepulcro en que descansarán los restos del cuerpo, el hombre canta a la inmortalidad. El hombre no quiere morir y, por todos los medios, sueña con inmortalizar su vida y su nombre y sobrevivirse a sí mismo. Es uno de aquellos anhelos y nostalgias de lo divino que duermen en el corazón de todos los hombres. Como si en nosotros viviese un ser misteriosamente más elevado que nuestro cuerpo, 127

de condición más noble y rica, que —obligado a encerrarse en la carne por un tiempo— suspira siempre y recuerda con nostalgia su divina condición, su rango y nobleza. Y desde la ceniza de nuestro cuerpo se sienten llamaradas de aquel fuego interior que busca alturas e inmortalidad; aun entre el lío de negocios humanos y de pasiones y caídas, esa centellica de lo inmortal y divino que anhelamos lanza sus parpadeos de vida luminosa. El hombre se presiente a sí mismo proyectado a un mundo que pasa las fronteras de la muerte. Porque a todo esto añade ese mundo íntimo de búsqueda afanosa de la felicidad, que es el fondo de toda la vida humana. Vamos por la vida impelidos hacia la dicha y el gozo llevados por una fuerza misteriosa que —por ser natural—debe responder a la verdad. Ese instinto nos define; el animal no sueña con ideales, no se eleva sobre lo material y concreto, no sospecha que existe un mundo donde el amor y la paz y la felicidad habitan. El hombre, sí; lo presiente, suspira por él, se siente llamado por la voz de su corazón que siempre anhela y busca, hambreando siempre una región superior donde sus anhelos se aquieten satisfechos. El poeta Marquina recogió así este sentir íntimo de nuestro ser: «Una fuente escondida y caminar con sed. Y, al final del camino, encontrarla y beber.» Sedientos de un agua inacabable y confortadora, vamos caminando por la ruta de esta vida; presentimos que, en algún ameno recodo del camino, sombreada de dicha, se abre la fuente de vida inacabable y gozo cordial; anhelamos llegar a ella y, sentados en el plácido gozo de la dicha, beber... Beber afanosamente, saciándonos. ¡Pero, en la tierra, todo es caminar! Dios ha puesto en nuestro corazón esas ansias para dejarlas insatisfechas. Si en el alma nos hierve el anhelo de una dicha que presentimos, es que en alguna parte, y de algún modo esa dicha existe y nuestro anhelo será satisfecho. Luego hace falta un mundo nuevo donde el alma alcance su deseo; una vida sin fin donde la felicidad no se vea turbada por el temor de un acabamiento; un clima donde lo mejor que hay en nosotros —nuestros sueños de verdad y de infinito— se vea plasmado 128

en una estupenda realidad. Como el pajarillo anhela volar, y existe el cielo para que pueda extender en él sus alas... Como ansía el pez nadar, y Dios le ha puesto mares y ríos para su gozo... Como la semilla contiene fuerzas íntimas de fecundar y germinar, y la tierra le abre sus surcos para que lo logre... Así, el ansia de inmortalidad y dicha que alienta en el alma ha de tener su cielo, su mar y su tierra cálida y abierta donde alcanzar su ideal.

LO MEJOR DEL ALMA
Imagen de Dios, guarda en su ser el alma tres facultades: la memoria, imagen del Padre en quien todas las cosas son; el entendimiento, imagen del Verbo que es la Verdad; la voluntad, imagen del Espíritu Santo que es el amor. Y el alma, así constituida y servida, la empapa por el Bautismo la realidad luminosa de la vida de la gracia que la eleva a un plano superior, abriéndola a una capacidad sobrenatural. Por esta elevación sobrenatural el alma —sin perder su ser— se siente invadida de la claridad de Dios que la habita. Como el hierro, en la fragua, se deja empapar del fuego y llega a parecer fuego. Como la nube se deja iluminar por el sol que la penetra. Como el Cielo, al llegar el día, se siente inundado de la luz y del color. Así el fuego y el sol y la luz de Dios irradiando en el alma, la tornan luminosa y la llenan de hermosura. El mismo Dios, por la gracia, se constituye en habitante del alma y en ella asienta su trono como en un palacio de un muy claro cristal, en cuyo centro está el sol. Las facultades del alma, dispuestas para alcanzar las cosas naturales, conocerlas y combatirlas, alcanzan entonces las altas verdades de la fe por la luz que Dios les da. La misma vida íntima de Dios es manifestada al alma por la revelación de ese Dios que decide entablar diálogo con los hombres y ayudarles para que puedan conocer y gustar y amar las verdades sobrenaturales y los goces perfectos. Es como si... con la simple vista no alcanzo altos horizontes, no descubro los astros; pero mis ojos se ven de pronto ayudados por un potente telescopio y entonces veo lo que antes no alcanzaba. Hay un 129

horizonte pequeño —de las cosas materiales— al que alcanzan nuestros sentidos y del que no pueden pasar. Hay otro horizonte superior —de los seres e ideas espirituales— al que llegamos con el alma por sus tres facultades o potencias. Pero existe otro horizonte más alto —el horizonte de Dios— al que no llegaríamos por modo alguno, si el mismo Dios no nos concediese una facultad superior, una gracia de vida y luz capaz de ponernos al alcance ese horizonte sobrenatural. Esta esta elevación de la gracia que nos permite alcanzar horizontes insospechados. El hombre completo, por la gracia del Bautismo, ocupa entonces tres planos: el plano sensible o material —los sentidos—; el plano espiritual e intelectual —las potencias del alma—; el plano sobrenatural —el alma iluminada y ayudada por la gracia. De ahí el valor incalculable del alma sobre todos los valores del mundo. *** Importa, por ello, educar el alma en todos sus planos, en todas sus facultades. La memoria es la facultad del alma por la que se conserva y renueva en la mente lo que alguna vez se ha conocido por cualquier medio. Como una placa fotográfica o como un cuadro pintado, va recogiendo las impresiones de los sentidos y los conocimientos que a lo largo de la vida se van recibiendo en la mente. Y, más o menos, según su vigor y potencia, los conserva y los reproduce en el momento oportuno. Coger y retener de un modo rápido y fiel: reproducir y recordar. He ahí las funciones propias de la memoria; de una importancia tal que podemos decir que —de modo práctico— Sabemos cuánto recordamos. No vale la disculpa del saber sin recordar; es como quien posee un tesoro que ignora dónde está o no puede disponer de él; prácticamente es como si no lo poseyera. Y en la vida nos situamos frecuentemente en planos de inferioridad con respecto a nuestros semejantes, a las profesiones o a la carrera de puestos deseables, precisamente porque no hemos cultivado 130

suficientemente esta facultad de retener tantas cosas como hemos aprendido alguna vez; se nos van los recuerdos, no se fijan en nosotros, parecería que el cerebro padece de frivolidad y superficialidad... Energías que un día se produjeron para perderse después; conocimientos que un día pudieron sernos útiles y que se volatizaron por falta de atención y exceso de descuido de esta primera facultad del alma. No lo olvidemos. Tanto sabes cuánto recuerdas. El cultivo de la memoria rinde un gran servicio al cultivo general de nuestra personalidad y cultura y nos abre caminos insospechados; puede ser la primera base de nuestros conocimientos, no sólo en el orden natural sino en todo orden. Que, al fin, cuando el alma trabaja lo hace siempre con sus tres facultades aplicadas a diversos órdenes. a) Para aprender y recordar hay que hacer frecuentemente ejercicios de atención y observación. Primero es coger y retener. Es el sentido de la palabra aprender, tomar como con la mano y guardar lo que se ha cogido. Pasamos por la vida sin caer en la cuenta de tantas cosas que nos rodean. No nos fijamos. La palabra fijarse, tantas veces empleada en la conversación corriente, significa quedarse fijo, pegarse a las cosas que se observan, evitar la distracción que es la violencia que el cerebro padece al sentirse traído por dos o más cosas a la vez. Es el defecto principal de nuestra mente. La disipación de cinco sentidos abiertos al exterior facilita la distracción del alma; y al no fijarse en las cosas, es difícil luego recordarlas; puesto que no se puede retener lo que antes no se supo coger bien. Lo primero, pues, es aprender, coger, fijarse, poner atención. Es importante para todos los trabajos del alma. El estudio se torna imposible, si el cerebro trabaja distraído. Los trabajos manuales se realizan más pronto y mejor cuando la atención se concentra en aquello que las manos hacen. Age quod agis (estate a lo que estás), que aconsejaba San Agustín, es un remedio de higiene mental y de equilibrio de nervios saludables. El cerebro descansa mejor; los ejercicios de atención discreta, pero concentrada; evitar distracciones hacia el pasado —remordimiento, nostalgias...—, o hacia el futuro —preocupaciones, temores, pesimismos...—, o hacia lo ausente y lejano, para ocuparse en el momento actual y en la actual tarea, es la primera medicina.

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En este momento actual reside la vida y la santidad, la voluntad de Dios y el mérito. Por esta falta de atención, muchas almas fracasan en los trabajos de vida espiritual. No están acostumbrados a fijarse; y los actos de espiritualidad padecen del mismo mal de falta de recogimiento, de dificultad para recoger y retener y recordar. Las ideas se esfuman, los propósitos languidecen y se olvidan, el alma se distrae y no llega a vivir aquello que debe ser una auténtica vida espiritual y no sólo un conjunto de cumplimientos exteriores y formularios. La vida de sociedad, la amistad, el hogar, padece de las mismas distracciones que originan no pocos disgustos y contratiempos, faltas de delicadeza y atención, pequeñas heridas que hacen verdadero aquel dicho: Los malos matan; pero los buenos... mortifican. Con razón suele decirse también que lo más bello de la vida es el amor; y lo mejor del amor es adivinar. Pero para llegar a adivinar, se necesita una atención delicada y cordial, imposible en las almas distraídas. Comencemos por hacer pequeños ejercicios de atención. Lecciones que hemos recibido, círculos de estudio a los que asistimos, libros que leemos, escenas y tipos de películas... Arraiguemos la costumbre de analizar, repasar, comparar, fijar en nosotros el porqué y el cómo de tantas cosas; hagamos nuestro aquello que se nos da como alimento de la mente. Observación de tipos, dichos, situaciones, acontecimientos, modos de ser... No pasar por las cosas sin verlas. Hay mil maravillas que nos servirían para conocer mejor al mundo y a su Creador, y alabarle; que nos prestarían ocasión de ciencia, oración y gratitud, dicha y contento; que irían logrando en nuestra mente y sentimientos un maravilloso control y armonía. Para eso derramó Dios tantas cosas bellas en la Creación. b) Ejercicios de repetición; repasar, hacer intentos de recordar. Por ejemplo, ayuda mucho —después de bien hecha la meditación, fijándose—, recordar luego su contenido y resultado; ello puede ser materia de ofrenda para nuestro sacrificio diario, ocasión de verdadera comunión de espíritus con Cristo en nuestra comunión sacramental tantas veces recibida con escaso fruto, motivo de una visita cordial después y materia de examen al acabar el día. No sólo todas estas cosas; el examen mismo resulta difícil si no sabemos repasar el día. 132

Hay que conseguir que las ideas alcanzadas no se desvanezcan; mejor aún, hay que lograr que se hagan sangre y vida en nosotros. Las ideas sirven de poco mientras no llegan al corazón y se transforman en vida y acto. Y para esto, hay que volver sobre ellas y revivirlas, cotejarlas y desarrollarlas, hasta terminar por ellas convencidos. No hace falta que la mente se detenga en largas repeticiones; el cerebro mantiene su frescor poco tiempo sobre una misma cosa. Pero puede volver frecuentemente sobre sus ideas y, a pequeños esfuerzos, clavarlas definitivamente en nuestra vida. c) Asociar nuestros conocimientos combinándolos mutuamente. Cada cosa sabida, revistió un conjunto de accidentes que le dieron colorido, cosas que ocurrieron al mismo tiempo y en el mismo lugar o tuvieron alguna relación recíproca. Nos gustó aquella representación, lectura, escena, tipo; nos gustó por aquel detalle concreto y precisamente por aquella frase que no debemos olvidar. Y aquel detalle y esa frase guardan relación, acaso con otros conocimientos que tenemos, con la meditación que hicimos, con un consejo que se nos dio o tenemos que dar, con una conversación que hemos de sostener. Recordamos los que, juntamente con nosotros, presenciaron lo mismo que nosotros hemos visto y la impresión que a ellos les ha causado, los comentarios que hicieron; comentarios idénticos o dispares que facilitan el cotejo de ideas y sentires y nos ayudan a conocer las reacciones diferentes que un mismo suceso puede provocar. Asociar conocimientos, revestirlos de circunstancias. Porque los recordamos más fácilmente. A veces sólo recordar una circunstancia provocará el recuerdo completo. *** La educación del entendimiento pide, primero, no atrofiarlo. Y se atrofia el entendimiento por una excesiva fantasía que ocupe casi totalmente la actividad mental. Los castillos en el aire, por hermosos que sean, no responden a la verdad que fortifica la mente. La verdad en la mente debe guardar una exacta relación con la realidad objetiva de lo que conocemos. Dejarse llevar de la fantasía y adornarse la vida a capricho de la imaginación, es caer en un mundo equivocado de subjetivismo peligroso. Algo semejante ocurre con la novelería. Así como puede educar la 133

lectura ordenada y bien escogida de novelas, atrofia la mente el embrollo de argumentos y tipos descritos sin garbo, presentados para provocar situaciones excesivamente emocionales y falsas, y para ocupar acaso el alma con un mundo totalmente fantasmal. La vida se presenta totalmente irreal; las reacciones de los personajes, ficticias o violentas, desusadas y anormales... Todo ello roba espacio a la mente para conocer con equidad la verdad de la vida normal, que es la que hay que vivir. Y desemboca en el sentimentalismo. El alma vive de impresiones, sin un fondo permanente de conocimientos y de ideales, sin objeto concreto sobre el mundo y sin apego a la propia tarea diaria. Cansa la labor de perfeccionamiento propio y de cultivo de las propias facultades y se reciben innumerables heridas y raspaduras que lastiman el amor propio y roban la paz. Un peligro hay que evitar en la cultura del entendimiento: el orgullo. Parece exclusivo del hombre que embriagado del saber, puede caer en vanidad y suficiencia exagerada. Pero aún es más lamentable este peligro en una joven, si llevada de afán de intelectualismo, atrofiase su corazón y su modo de ser femenino. La ciencia que todos debemos, en lo posible, alcanzar no debe abrir en el alma las fuentes de un orgullo insano; ni debe empujarnos a una malsana curiosidad que, por afán de saber, se lance por cualquier camino de ciencia sin control o sin preparación. La ciencia no es sólo saber: es, sobre todo, saber bien, dejándose dirigir y orientar, bebiendo a pequeños sorbos el caudal de la sabiduría, sin detener su atención en las cosas creadas sino procurando alcanzar, a través de ellas, la imagen de Dios que las creó. La educación del entendimiento comienza por la convicción de la alta perfección que se alcanza al saber; conocer el mundo, conocer a Dios. Conocerlos cada día de modo y por medios más perfectos, más claros y confortables. Ir llenando la mente de alimentación sana de verdad y belleza, de conocimientos que vayan abriendo ante nosotros el arcano de los seres y nos vayan manifestando las riquezas escondidas en las cosas. Este afán legítimo de desentrañar la verdad, hace al hombre progresar. Nuestra vida se hará ascensional superándose en perfección cada día, porque a cada conocimiento alcanzado responderá en el alma sana una más legitima admiración de Dios que hizo las cosas y una mayor 134

satisfacción y contento. Y si, a través de las cosas sabidas, aprende el hombre a distinguir los rastros del Dios que las hizo, el hombre se convierte en el profeta de la creación; es decir, en el cantor de las maravillas de Dios, a quien vislumbra en todos los seres, apreciando en ellas la perfección recibida de la Mano divina. Todo ayuda entonces a una comprensión mejor de los misterios de Dios y de su bondad y belleza, facilita toda una mayor presencia de Dios y una unión con El más íntima... Por la escala de los seres, va el alma ascendiendo hasta los últimos peldaños sobre los que se asienta el trono de Dios. Esto se alcanza por un conocimiento bien sabido. Saber, pero saber bien. Se hace consciente por un saber bien conservado y debidamente acumulado por días. Se traduce en la luz y gloria por un saber traducido en vida; que las verdades aprendidas por la mente, pasen luego al corazón y empapen nuestros actos. *** De las tres facultades, la voluntad es la reina del alma; ella califica al hombre y le hace bueno o malo, feliz o desgraciado. Durante mucho tiempo se discutió sobre la primacía del entendimiento o de la voluntad; la facultad de alcanzar la verdad o el poder de querer y amar. San Agustín, alma de querer, responde: ¡La voluntad es la decisiva! Porque el saber puede ofrecerle al alma ventajas intelectuales, teóricas o profesionales. Un hombre que sepa mucho será un castigo de la humanidad si su voluntad es mala. Sabiendo menos, un hombre de buena voluntad hará un bien incalculable y será más feliz. Si además del corazón y la voluntad, posee la ciencia... el resultado es completo. La voluntad nos hace hombres, nos califica en buenos o malos, nos capacita para la dicha o la desgracia. Un aviso general debe presidir la educación de la voluntad: amar todo lo noble y rechazar todo lo innoble. Para lo innoble nunca debe haber disculpas. Enamorados del ideal de nobleza y virtud, buscar ávidamente el 135

alimento de lo espiritual bello, virtuoso y ennoblecedor. Y esto, sin detenernos ahora en casos concretos, hasta crear en el alma una costumbre, un clima de nobleza que sea como el aire que constantemente respiramos. La mentira, las bajezas, el desamor, el egoísmo, la envidia... todo lo que rebaja debe estar lejos del alma que busque la felicidad y cultive el amor a la propia excelsitud. Esto supone un esfuerzo, porque las concupiscencias nos inclinan muchas veces a actos innobles y el egoísmo siempre amenaza y no se sacia jamás. Las pequeñas ventajas alcanzadas de momento por nuestras bajas pasiones satisfechas —amor propio, desamor, etc.—, van hiriendo de muerte al alma que, al principio, creyó triunfar saliéndose con la suya; pero, a la larga, la inutilizan y la atrofian, rebajándola y haciéndola sentirse menos amable y, por ello, menos feliz... Se impone, por esto, la educación del carácter. Carácter significa sello, modo fijo e inquebrantable de vida legítimamente ordenada a un ideal. Acaso podría definirse así: Hacer lo que nos da la gana, sabiendo antes qué es lo que debe darnos la gana. Es decir, ver primero lo que debemos hacer, no lo que la pasión nos sugiere, no lo que el egoísmo nos ofrece. Luego... hacerlo con gusto, con gana. a) Superación. Ver lo más y amarlo, atreverse a lo que parece difícil porque supone vencimiento, ir avanzando esforzándose por adquirir lo que es más noble y virtuoso, no ceder a exigencias de los bajos instintos que nos asedian. Hacer muchas reces lo contrario de lo que gusta, vencer caprichos, anular reacciones instintivas, saber sufrir, aguantar sonriendo, aprender a adaptamos a situaciones duras y ásperas, saber recibir. Decía ya el Kempis: «Tanto vales, cuanta sea la violencia que te hagas». Y, si bien lo pensamos, no es verdaderamente triunfador ni se ha salido con la suya quien cedió a impulsos pasionales; sino quien supo frenar su baja naturaleza y superarse en busca de una virtud mejor y más noble. El esfuerzo cuesta; pero así se van forjando los caracteres que mañana triunfarán. Y no es con blanduras y vida fácil, con consentimientos y regalos, como el alma se forja para la vida. La flor de estufa vale poco y no tiene el aroma de la flor que coloreó al sol y a las lluvias. Por eso, cuando el esfuerzo logró el vencimiento puede el alma saborear la alegría de saberse capaz de anear y ser dueña de sí misma y de 136

las situaciones. b) Superarse con constancia. Se trata de hacer muchas veces lo contrario de lo que gusta. No es un esfuerzo aislado ni una penitencia inspirada en un fervor pasajero. Sino concebir una vida noble y hermosa, elegantemente espiritual y alegremente abnegada, y sostenerla a todo trance, por muchas que sean las dificultades que se presenten. Y si alguna vez el alma resbala por la fácil pendiente de los caprichos, tomar pronto camino de ascensión. El esfuerzo aislado, momentáneo, fruto de impulso fervoroso que pasa pronto, agota más que alienta: destruye energías y no destruye carácter. La constancia normal perseverante, segura, vencedora de obstáculos es la única garantía d victoria en la educación de la voluntad. c) Educar la bondad, sobre todo a través de los actos positivos, voluntarios y alegres de auténtica caridad. Nunca se perfecciona tanto la voluntad como amando Porque cada organismo se perfecciona en la medida en que ejercita de modo racional sus facultades. La voluntad es sobre todo la facultad de querer y amar. Nada tampoco más necesario en el mundo actual, nada tan vital y urgente, nada tan educador y confortable. El amor es la respiración de la voluntad, su ejercicio propio, su actividad esencial. Amar todo, amar a todo trance, amar siempre... con una única excepción: el pecado —que no es amable, por ser el mal— y lo que a él lleva. En todo lo demás, es incalculable el bienestar del corazón y la sensación de plena salud mental que el alma alcanza por el amor bien ordenado. Es como un ambiente de aire sano que purifica constantemente la sangre del alma, aclara los sentimientos y da sosiego al espíritu. Es bañarse en el propio elemento y alcanzar la impresión de alegría, dicha y seguridad por hallarse envuelto el corazón en su atmósfera propia; las ideas se clarifican y, espontáneamente, las cosas vienen rubricadas por la sonrisa de un hondo contentamiento; la vida es colorista y feliz; el pesimismo se ahuyenta; las cosas todas al conjuro de la bondad vivida, parecen vivir y cooperar al estado del espíritu. Nada cansa, nada agobia, todo está traspasado de claridades y méritos. En los cuentos de nuestra edad primera, la varita mágica del Hada 137

madrina transformaba todo. Unas piedras quedaban convertidas en magnífica carroza; unas alimañas en briosos corceles; de allá, surgían los lacayos; girones de nubes misteriosas trenzaban ricos vestidos; una pobre Cenicienta quedaba convertida en hermosa princesa... La voluntad posee esa varita mágica de la bondad que todo lo transfigure. Nada queda en las obscuridades de lo vulgar, porque todo puede trocarse en placentero y animado, todo puede ser colorista y confortador. Por la bondad a todo trance —mientras no se juegue la gloria de Dios—, la voluntad respira su ambiente lleno de higiene saludable del espíritu y la vida se torna risueña y agradable. Escribía en su diario, un alma buena: «Tres cosas hay que no recuerdo haber hecho nunca: llorar con rabia, hacer sufrir y dejar de perdonar». Pensemos que el mundo necesita, más que nada, bondad y amor. «No sabemos el bien que hacemos, cuando hacemos bien». (Isabel Lesseur).

SOBRE LA MARCHA...
Pero las facultades del alma —como los miembros del cuerpo— tienen sus leyes. Y es preciso conocerlas y atenderlas. Poseen, primero, la potencia para actos determinados. La potencia es la condición por la que una facultad determinada puede llegar a producir determinados actos. Cuando la potencia entra en acción y produce su efecto propio, ha dado origen a un acto determinado. Cuando los actos se han repetido y prodigado de un modo racional y constante, han llegado a crear hábitos o costumbres. La costumbre hace ya fácil el ejercicio de aquellos actos. Es —se ha dicho muchas veces— una segunda naturaleza; es decir, un nuevo modo fácil y constante de obrar determinados actos. La facultad de escribir 138

queda infecunda hasta que comienza a ejercitarse escribiendo. Al principio, los actos de escritura son aislados y más o menos costosos; a medida que de un modo ordenado y consciente vienen repitiéndose, se logra que la escritura llegue a ser algo espontáneo, fácil y agradable. Se ha alcanzado el hábito de escribir. Lo mismo ocurre en cualquier otro ramo del saber o del obrar. La facilidad se alcanza con el hábito. Y todo resulta costoso —más o menos — hasta que la potencia ha llegado a conseguir la costumbre de obrar sus actos propios. El hábito se alcanza por la repetición libre y constante de actos. Estos hábitos o costumbres pueden ser buenos o malos, virtudes o vicios. La virtud es una disposición del alma que hace fácil y agradable la realización de actos buenos; se ha adquirido —aparte la ayuda de la gracia — por la repetición esforzada y constante de esos actos, hasta que la facultad de producirlos se ha acostumbrado. El vicio es la misma disposición para realizar actos malos; y se ha conseguido por el mismo procedimiento, con la salvedad de que siempre el alma —por la caída original— se muestra más inclinada al mal que al bien, abandonada a sus propias fuerzas. Conociendo este mecanismo de nuestro espíritu, es claro que interesa sobre todo crear en la voluntad hábitos buenos, costumbres de hacer el bien. Todo esto —dejando, por ahora, la ayuda de la gracia—supone un ejercicio habitual y constante de la voluntad, un vencimiento alegre y seguro, constante y eficaz, para ir logrando repetidos actos de virtud, de superación, de ennoblecimiento. Una vez que el alma ha conseguido habituarse a ello, el esfuerzo es menor y la bondad saludable viene a ser el clima natural y espontáneo en que el alma puede moverse con anchura.

ALGO DE LO SOBRENATURAL
Pero, además, no podemos olvidar que la gracia supone una ayuda real y efectiva para el alma. La gracia habitual santifica al alma, disponiéndola mejor para realizar los actos de virtud. Dios habita en el sagrario del espíritu y le va inspirando las determinaciones saludables. Sobre esta gracia habitual —que no se pierde, después del Bautismo, sino por el pecado mortal y, una vez perdida, se recobra por la contrición y 139

el sacramento de la penitencia—recibe el alma ayudas insospechadas y constantes por la gracia actual sin la cual no podemos ni comenzar, ni continuar, ni terminar nada conducente a la vida eterna.

En la educación de nuestra personalidad, contamos poco con la realidad de la gracia. Y sin embargo, es una ayuda concreta con la que siempre podemos caminar y triunfar, si respondemos con confianza y generosidad. Por eso, además de la tarea natural de cultivo de la voluntad que arriba queda esbozada, queda siempre todo un mundo de vida y actividad en el aprovechamiento de la gracia. Se alcanza, sobre todo, por la vida sacramental, porque los sacramentes son las fuentes de gracia establecidas por Dios para nosotros. No es sólo el golpe sentimental que el alma puede experimentar en una comunión fervorosa o en una confesión emotiva. Es la gracia que realmente, a pesar de aparentes frialdades del espíritu, se proyecta sobre el alma por la acción de los sacramentos recibidos en las debidas disposiciones. Constituyen el verdadero alimento del alma, su fortaleza y crecimiento en su vida propia; como el alimento corporal va fortificando el cuerpo y dotándole de mayor vida y capacidad de obrar. Sobre los sacramentos, la oración y la fe. La gracia, como el nombre lo indica, es un don; y Dios lo concede a quien lo pide con humildad y colabora con recta intención. La fe en Dios es capaz de trasladar montañas; todo un filón de posibilidades insospechadas tenemos a nuestro alcance, si enseñamos al alma a orar y confiar haciéndole caer en la cuenta de la necesidad urgente que tenemos todos del auxilio de Dios que desciende para ayudarnos. Una fuente de energía se ha titulado un libro sobre la eficacia de la oración. Y es, realmente, una fuente de energía cuya abundancia no aprovechamos porque nos falta la fe y no enseñamos a las almas su economía y distribución. Es incalculable, realmente, la eficacia de un alma que supiera contar siempre con la ayuda de lo divino. 140

Y, bajo la inspiración de la gracia, los sacrificios personales animados de la recta intención. El alma que, conociendo este mundo sobrenatural, supiera explotarlo, sería de veras invencible. Ahí se lograría el perfecto cultivo de este valor que Dios nos concedió y al que llamamos alma. Una palabra; pero todo un mundo de maravillosas realidades que deciden toda una vida.

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ENCUESTA sobre El alma
VER: ¿Crees que la idea del alma es consciente en la mayoría de las personas? ¿Se tiene en cuenta al alma en la vida corriente? ¿Qué ideas tienes su sobre el alma y sus cualidades y facultades? ¿Podrías citar algunas manifestaciones particulares de la vida del alma? ¿Conoces, a grandes rasgos, la grandeza natural y sobrenatural del alma? ¿Podrías citar los puntos principales en que se apoya esa grandeza? JUZGAR: ¿Creel que la mayoría de las almas educan sus facultades? ¿Y tú? ¿Por qué no? ¿Por qué no las conocen? ¿Por qué lo impide la pereza? ¿No crees que en la vida es frecuente sentirse en inferioridad por ello? ¿Qué harías para cultivar la memoria? ¿Y el entendimiento? ¿Y la voluntad? ¿Crees que la voluntad es la reina de las facultades? ¿No observas que, generalmente, falta carácter en las almas? ¿Y en ti? ACTUAR: ¿Das a los hábitos toda la importancia que tienen? ¿Conoces el «juego» de potencias, actos y hábitos? ¿Conoces la trascendencia de la gracia sobrenatural para el cultivo del alma? ¿Cuáles te parece que son las fuentes de la gracia? ¿Estás dispuesto a aprovecharlas? 142

Normas para la acción Hacer que la propia vida esté prácticamente presidida por el alma.— Dar preferencia a los valores espirituales sobre los materiales.— Aprovechar todos los medios de educar la memoria, el entendimiento y la voluntad, hasta alcanzar un carácter lo más completo posible.—Despertar en los demás el hambre de la propia y completa perfección humana. Examinar estas normas ***

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LA VOLUNTAD

«¡Quiero! Cuando un hombre posee ese temible secreto, aunque sea pobre y último entre todos, estad seguros de que un día lo veréis más alto que vosotros». (Lacordaire) «La voluntad sintetiza el valor de la persona», dice Fassbender. Entonces, bien merece la pena trabajar y esforzarse por robustecerla. *** Todos los bienes y dichas que una persona alcance, estarán siempre en peligro si esa persona carece de voluntad o la tiene debilitada. Y le esperan insospechadas satisfacciones y triunfos, si desarrolla sabiamente su voluntad. Hubo tiempos de activa discusión sobre la primacía entre las facultades humanas. La inteligencia y la voluntad han tenido sus amigos entrañables. Sabemos que las dos facultades y sus funciones respectivas constituyen la corona y la gloria del ser humano. Ser inteligente, tener poder de voluntad; capacidad de alcanzar la verdad y capacidad de amor, son el coronamiento de nuestra espiritualidad. Pero ¿cuál de esas dos facultades es la más excelente? Y los amigos de las dos se repartieron sus opiniones según sus preferencias. Los espíritus entregados al estudio y enamorados de la búsqueda de la verdad por caminos de investigación incansable, colocaron a la inteligencia en el trono del alma. Sin embargo, en la sencilla vida diaria —en la sencilla tragedia de cada hombre, donde el gozo y el dolor se juegan a cada paso—, es la voluntad la soberana. Además de su entendimiento, tiene el hombre el 144

problema de su voluntad. Por el entendimiento, el hombre alcanzará la perfección profesional, el conocimiento de la fría verdad, comprenderá el mundo. Por su voluntad, el hombre se conquistará a sí mismo, será desgraciado o feliz, honrado o canalla. Diríamos que la voluntad es la facultad más vital y decisiva. La verdad sola, servida acaso por una voluntad depravada, causará desastres en el hombre y en el mundo. Una voluntad firme y leal, al servicio de una inteligencia acaso más pobre, sembrará la vida de constantes bienes de felicidad.

LA VOLUNTAD DECIDE
La facultad más noble, puesto que de ella depende el saber deliberar y decidir. Frecuentemente, los caracteres débiles dejan deslizarse la vida — perdiendo las más bellas ocasiones—, por falta de deliberación y decisión. Vidas estropeadas por movimientos precipitados o por indecisiones que retardan; con ello, angustias del espíritu, siempre al vaivén de su propia inseguridad o sometido a las sacudidas de la actividad indeliberada... Nos salen al paso varias resoluciones posibles, en distintas épocas de la vida. Como si el camino que llevamos se abriese de pronto en un abanico de nuevos senderos innumerables, cada uno de los cuales tiene su paisaje diferente y su meta distinta. Y, colocados frente a todos ellos, tenemos que deliberar y decidir por uno solo. En el camino de la vida, nadie puede estancarse; hay que decidir. Las mismas cosas, a veces, se nos presentan bajo el disfraz de motivos diversos, de excitaciones acuciantes. Como si cada objeto o acción parpadease en infinitos guiños pretendiendo interesar a las distintas facultades, apetitos o pasiones del hombre. Y tenemos que elegir y decidir, descartando unos motivos y aceptando otros, apagando el griterío de las pasiones, dejando campo abierto a la verdad y al bien... Y, esto, constantemente, con certeza y claridad. Porque, constantemente, el movimiento de la vida nos arrastra y nos obliga a enfrentarnos, a deliberar y a decidir. 145

El valor supremo del hombre descansa en el momento de la decisión. Mientras el hombre no decida, todo está por hacer. En las decisiones que cada uno sepa adoptar, va todo el valor de la propia vida. Pero... hasta que llegue el instante de la decisión, mil factores insospechados juegan con la inteligencia del hombre y con su voluntad reclamando aquella decisión a su favor. Es evidente que lo primero que reclama la atención del hombre y su decisión es el valor de una cosa. Cada cosa ante la cual deliberamos, tiene en sí un determinado valor, real o aparente. Si la voluntad decide consentir en el pecado, es porque la tentación le ha presentado un valor determinado, concreto —real o fingido—, que mueve a la voluntad a consentir. Y decimos que este valor puede ser real o aparente, porque a veces, en nuestro aprecio, se clasifica como valor, algo que no lo es en realidad; pero a nosotros nos lo parece por efecto de mil circunstancias que se irán detallando. Hay, por lo tanto, dos cosas que evidentemente entran en juego ante una decisión: el valor de una cosa y nuestras facultades que perciben ese valor y sobre él deciden. Pero se interfieren otros factores: nuestros apetitos y pasiones, que ciegan o nublan el conocimiento de aquel valor de las cosas. Ocurre frecuentemente en la tentación, sobre todo en determinadas tentaciones. El entendimiento, en frío, alcanza la falta de valor del objeto propuesto por la tentación; pero el apetito o la pasión —sensualidad, odio, impureza...— nublan en aquel momento a la inteligencia y logran que aparezca más vivo el pretendido valor de la cosa. Entonces, la voluntad, cegada por la pasión, decide en falso y peca. Tampoco deben descuidarse las impresiones incontroladas que pueden precipitar nuestras decisiones. Y, sobre todo, la voluntad tiene en cuenta su dictamen de conciencia, la obligación del deber y el imperio de las leyes. Entre todo ello, la voluntad, como señora y reina, decide. En el instante de esta decisión, se desvanecen todos los otros motivos que se presentaron reclamando la atención de la voluntad, y ésta se queda solamente con aquella que eligió. Puede percibir el valor aparente de una cosa, creyendo ser verdadero, pero en cambio no decidir a favor de él, sino a favor de una ley que la reclama contra aquel pretendido valor. En una tentación de robo, se 146

presenta a la voluntad el aliciente del valor real de una cosa apetecible. La voluntad puede vencerse, despreciándolo, y decidir en cambio a favor de la ley moral que le prohíbe robar. Pueden las pasiones nublar el conocimiento o hacer temblar la voluntad; pero queda libre la voluntad para imponerse sobre ellas y elegir certeramente lo que es justo y verdadero. En momentos de formar un juicio, la simpatía o antipatía pueden deformarlo; puede también la voluntad tener fortaleza bastante para elegir justamente, sin dejarse llevar de las pasiones. La voluntad dirá siempre la última palabra. Y, mientras ella no decide, los actos no se producen ni adquieren moralidad. *** Como son diversas las ideas que se tienen acerca de la personalidad, así discrepa el sentir de las gentes sobre lo que es voluntad. Hay quien la confunde con el sentimiento vivo que domina a muchos, o con la pasión. Particularmente, cuando el sentimiento es vehemente o la pasión parece de torrentera, y el alma se deja arrastrar impetuosamente sin que ningún obstáculo pueda oponérsele... suelen decir que esa alma tiene una voluntad que no se tuerce. La voluntad no es el sentimiento ni la pasión. Tampoco es el vigor físico. Más aún, encontramos frecuentemente hombres y mujeres de salud pobre, dotados, sin embargo, de una voluntad firme y constante. Son muchos los que, destruida la salud por la desgracia, han sabido rehacer su vida y llegar a altos puestos de influencia y personalidad. No les ha encogido la desgracia ni la enfermedad les amilanó. Supieron sobreponerse, esperar, aprovechar las ocasiones, admitir el quiebro que la vida les hizo y reponerse pronto por el mismo o por otro sendero de los muchos que la vida ofrece hasta el triunfo. Mucho menos puede llamarse voluntad al capricho servido fielmente, ardientemente. Ni es voluntad la terquedad con que se mantienen las posturas elegidas, sin haberlas previamente examinado para contrastar su legitimidad. La voluntad es una facultad del alma que produce «...un acto cualquiera de tendencia consciente que se 147

dirige hacia un objeto propuesto por el conocimiento intelectual». (P. Palmés). Hay que atender estos factores principales: a) La bondad objetiva o valor real del objeto que se pretende y que llama a las puertas de la decisión de la voluntad. b) El conocimiento que de ese valor alcanza el alma a través del entendimiento. c) La decisión última de la voluntad que tiende hacia ese objeto presentado.

QUIEBRAS DE LA VOLUNTAD
En cualquiera de estos tres factores puede saltar el estorbo para que la voluntad se ejercite libre y firmemente. El valor real del objeto es captado por el alma a través del conocimiento. Pero este conocimiento puede ser defectuoso. Y he aquí el primer estorbo para una sana voluntad. Porque la voluntad se lanza siempre hacia el bien, hacia lo que el entendimiento le propone con el colorido de lo agradable y bueno. Pero si el conocimiento se engaña y no percibe con exactitud el objeto propuesto, la voluntad se engañará queriendo por bueno lo que no lo es en realidad, teniendo por oro lo que no es sino oropel. Y el conocimiento puede ser defectuoso por muchas causas. El pecado original ha herido al alma en todas sus facultades. Debajo de lo espiritual, trabajando subrepticiamente, no descansa nunca el apetito sensible cuyas punzadas sentimos todos. A veces, ese apetito sensitivo estorba la recta apreciación del objeto. La manzana del Paraíso puede presentársenos a nosotros con un colorido más vivo y excitante a los sentidos, dificultando que el alma la perciba en su exacta realidad. Entonces, el conocimiento es defectuoso; los rasgos exteriores o aparentes de las cosas, o el placer o la comodidad, pueden desviar al conocimiento puramente espiritual. Por otra parte, en un plano ligeramente superior, las pasiones nublan el conocimiento recto de las cosas. No cabe duda que la simpatía nos 148

inclina a disculpar faltas que vemos en la persona amiga, y la antipatía, por el contrario, recarga los trazos pesimistas sobre la persona no amada. El juego de las pasiones y su influencia sobre el conocimiento y la voluntad puede ser decisivo, si no se acierta a ordenarlas con libertad. La voluntad seguirá siendo la soberana de la vida, porque ella decidirá siempre; pero sus decisiones pueden ser despóticas o fracasadas por quiebra de un conocimiento equilibrado de las cosas que se le proponen a su tendencia. Por influjo de estas pasiones, «...la falta de carácter se presenta corno si fuese discreta adaptación. El miedo, como delicado miramiento. La ambición, como celo del bien público. La pereza cree ver una imposibilidad donde existe sólo una dificultad. La cobardía trata de negar el molesto deber cuyo cumplimiento le arredra. La mezquina codicia se justifica como legítimo interés. La delicadeza o excesivo pundonor como necesaria defensa de la propia dignidad. La envidia habla de imparcialidad, justicia y amor a la verdad. El fariseísmo se engaña a sí mismo, con la observancia de todas las exterioridades, sin detenerse ante la violación de los mandamientos más importantes». (Przibilla). En la vida diaria podríamos encontrar, dentro de nosotros mismos, una cita tan abundante como la anterior. Porque el hombre es fácil a creer y admitir lo que le es agradable y es fácil también a disculpar —con razones fuertes y de peso— el incumplimiento de aquello otro que le molesta. Hay pocos espíritus libres de sí mismos, de sus pasiones y apetitos. Entonces, la decisión de la voluntad va a ser, necesariamente, equivocada y falsa. La ignorancia y el error aumentan las fuentes de los estorbos que la voluntad encuentra de parte del entendimiento. Es preciso conocerse a sí mismo, calibrar con exactitud el poder y la libertad de acción de todas nuestras facultades, examinar con sinceridad los motivos verdaderos que 149

impulsan nuestro obrar. Sin el conocimiento propio, es imposible el cultivo de la voluntad. Pero los estorbos pueden estar también en la misma voluntad. La voluntad ha sido herida más que el entendimiento por la culpa primera. Y esa herida ha causado en la voluntad estos dos males fundamentales: a) La inconstancia. b) La debilidad. Hay voluntades que saben querer; quieren firmemente, con entereza. Pero esa fortaleza se quiebra pronto; es un querer y dejar de querer en seguida, querer hoy para no querer mañana lo que hoy se quiso, formular propósitos firmes que después se olvidarán o se abandonarán a la primera caída. Almas que creyeron que bastaba querer firmemente, proponer con generosidad. Vieron los propósitos como un anuncio de conquistas realizadas y no como un programa de batallas duras. Y en las batallas del espíritu, como en las batallas de los pueblos, a veces se avanza y se triunfa, a veces se retrocede con derrota. No basta querer; es preciso seguir queriendo con la misma ilusión y entusiasmo con que se empezó a querer. Solamente puede considerarse derrotado el que vuelve, cobarde, la espalda. En el camino de la vida, no fracasa el que cae, si luego se levanta. Fracasa aquel que, caído, se tumba en las charcas del camino para no volver a caminar. Por esta falta de constancia, tenemos «...vidas que están siempre empezando y que lo mismo da estudiarlas a los veinte, a los cuarenta, o a los sesenta años; siempre el mismo horizonte impreciso, la misma voluntad, la misma inconstancia. Cada época suma sus debilidades y desorientaciones a la pasada y siempre es la voluntad el juguete de las mismas tendencias, de los mismos errores, de idénticos engaños». (Pueyo Longas). Acaso mayores males causa a la voluntad y a la vida la debilidad del querer. Por falta de esfuerzo. 150

«...Hay muchos miles y aun millones de hombres que están enfermos del espíritu y no quieren reconocerlo; enfermos, en la resignación, sin conformidad, sin fuerza de vencimiento, sin alegrías». (Hilty). Y es que «...nuestro tiempo sólo conoce caracteres de goma; ya no sabe lo que es el acero y el bronce de las voluntades». (Didón).

MÉTODO DE LA VOLUNTAD
Es fácil, con esto, llegar al remedio y al método de una recta educación de la voluntad. Hace falta el esfuerzo, la superación propia, el vencimiento de uno mismo. La vida está en el movimiento; y este movimiento supone superación y conquista. Quien se abandona a la inacción y a la pereza, se degrada. Nada hay más humillante que ceder a las impresiones de nuestro apetito sensible, de nuestra comodidad y gusto del momento. La voluntad se va entregando a manos de quienes deben ser sus servidores fieles; la señora del castillo interior queda a capricho de sus esclavos; la soberanía ha dejado su corona y su cetro, con los que juegan los criadillos de la corte. Una llamada de atención a los educadores. La vida debe hacerse ligeramente difícil al niño, si queremos que al llegar a hombre triunfe con gloria. Los atletas y deportistas se dedican con empeño a la dura tarea de los entrenamientos, donde el esfuerzo mantiene vigorosos los músculos y flexibles los miembros para el salto o la carrera. El triunfo se disputará de verdad en contados días; pero, antes, habrá debido preceder todo un arduo trabajo de disciplina y ensayo, tan duro como el mismo partido final de un campeonato. Y todo triunfo dependerá de la sabiduría y rectitud que presidieron los entrenamientos del deportista. Es preciso entrenar a la voluntad en el esfuerzo, en el vencimiento. Simplemente, es necesario enseñarle a querer, superándose.

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Si la voluntad ha de ser soberana de la vida, debe —desde pronto— aprender a ejercer su soberanía sobre el capricho y las pasiones. Nadie puede negarse a la acción. Todos estamos llamado a ella, por lo mismo que vivimos. Nos rodea un mundo que ofrece infinitas posibilidades al trabajo, por nosotros y por los demás. Frente a este programa espléndido de la vida, la pereza es cobarde; el placer que en este momento nos proporcione, es el veneno que lentamente agotará nuestra vida racional No importa, sobre todo al principio, esperar éxitos. Lo entrenamientos piden solamente el esfuerzo. Pero debemos tener en cuenta que El esfuerzo vale más que el mismo éxito y que es aquél y no éste lo que vigoriza a la voluntad. Es así como se desarrolla la personalidad; más agradable puede parecer dejarse llevar del vaivén de las impresiones y de la suerte, pero más fecundo y saludable es tejer nosotros mismos nuestra dicha, pasando sobre el azar. Parecerá más agradable dejar el barco velero al empujón cambiante del viento y de las olas. Más airoso será ver que el propio balandro, bajo la mano experta de la voluntad, surca el mar con un rumbo glorioso y feliz.

CONDICIONES
El entrenamiento de la voluntad está sometido a condiciones. Entendamos primero la importancia de las cosas pequeñas. De muchas menudencias está empedrada la vida. Si una de esas piedras se levanta, el tropezón es casi cierto. Romperá, al menos, la armonía de todo lo empedrado. Ladrillo a ladrillo se va levantando el edificio de la vida. Las pequeñas ocasiones importan; las ocasiones extraordinarias —por ser extraordinarias— acaso no se presenten nunca. Y si llegan a presentarse, fracasaremos ante ellas si no hemos aprendido a triunfar en las ordinarias pequeñeces. 152

El esfuerzo no debe dejarse para mañana. Debe empezarse ahora mismo, queriendo de veras y firmemente vencer. Es esta ocasión que se presenta, la primera, la inmediata, sin permitir a la pereza ni una sola concesión. Las pequeñas victorias conseguidas irán creando hábitos y costumbres que harán más fáciles las victorias siguientes. Cada acto de voluntad debe reforzarla. Sobre todo, en la lucha de las pasiones, es preciso recordar lo que ha dicho alguien: Porque ha cedido, la voluntad se debilita; porque la voluntad está débil, cede. Todas las artes y oficios se aprendieron por la repetición constante de los esfuerzos convenientes. «La vida se compone, ordinariamente, de pequeños sucesos, de mil menesteres cotidianos, de problemas normales. No se trata de mudar de sitio una montaña ni de cambiar el curso de un río caudaloso. Levantarme a una hora fija determinada, cumplir mi deber de cada día, ser cortés y delicado, humilde y sencillo, vivir honestamente, hacer mis ejercicios de piedad, estudiar mis lecciones, preparar mis discursos, frenar mis apetitos...». (Pueyo Longas). «En esta materia el dominio del momento significa el dominio de toda la vida». (Fassbender). Tiene gran importancia la ordenación del tiempo. Una cosa en cada sitio y un sitio para cada cosa. Una acción en cada tiempo y tiempo para cada acción. Esto es el orden y el tiempo ordenado. Las torrenteras del Nilo se distribuyen por los varios canales abiertos en su delta. Así distribuida el agua, se convierte en rica abundancia lo que podía haber sido impetuosa riada destructora. Distribuir en pequeños canales la actividad del día es base del tiempo ordenado. Se van sucediendo suaves y normales las ocupaciones y deberes. Y la voluntad, como sin esfuerzo, va desembarazándose de todo su quehacer, poco a poco y con orden. Si viésemos en conjunto todo el trabajo que se realiza durante un mes en una fábrica, en un campo o en una oficina, quedaríamos abrumados de 153

su volumen. Ese mismo trabajo ordenado y distribuido lo va realizando un trabajador, un oficinista o un labrador. Importa mucho cada acción presente. Como cada día time su afán, cada momento tiene su ocupación. Haz lo que haces, recomendaba San Agustín, estate a la que estás, haz que la voluntad se vuelque toda entera, con interés y alegría en la acción en que trabajan las manos. La distracción es nociva porque lleva el espíritu lejos de donde el cuerpo trabaja y el hombre se divide. Estorban las distracciones hacia el pasado —escrúpulos, recuerdos indiscretos...— y hacia el futuro —preocupaciones, temores, angustias por la tarea que espera.... En el momento presente descansa la vida y el mérito. Cumplamos el momento presente con la tarea actual, con alegría y voluntad plena. El momento siguiente traerá su tarea propia. Vendrá con ella también la gracia de Dios que ayude al alma. Y no basta hacer lo que hay que hacer en cada momento. Es necesario que la voluntad se ejercite para convertir el trabajo en placer. Todo depende de nuestra postura mental. Muchas pequeñas tareas nos resultan enojosas porque las hacemos con espíritu disconforme; esto termina por agotar. Nada hay tan perjudicial como hacer las cosas a la fuerza y a contrapelo. Lo que has de hacer, hazlo cantando. Dispón la voluntad en una postura sana y alegre, y convierte esta tarea actual en el mejor placer de este momento. La carga más pesada se convierte en agradable cuando la hacemos con gusto. Mil veces, por capricho o afición, nos imponernos verdaderos trabajos pesados que se nos antojan fáciles y amenos sólo porque son de nuestro agrado. Acaso una carga insignificante nos parece insoportable, sólo porque nos la han impuesto sin quererla nosotros. Hagamos todas las cosas con entusiasmo. Y una vez que vamos a hacerlas porque tenemos que hacerlas, movamos nuestro espíritu para querer hacerlas. Pudo alguien decir: Yo hago siempre lo que quiero... porque quiero 154

siempre lo que hago. Finalmente, quitemos de nosotros el fantasma aterrador de lo difícil... haciéndolo cuanto antes. El paso difícil es el paso que hay que dar primero y con mayor decisión. Si dejamos lo difícil para un luego indefinido, nos sorprenderá ya cansados y angustiados por el trabajo anterior y por la preocupación de lo que fuimos dejando para después. Ese mismo trabajo difícil puede suavizarse aligerando nuestra disposición mental. Si queremos, no será tan difícil ni enojoso... *** Todo ello se encuadra en un método simple, pero constante. Es necesario haber logrado la unidad interior; unidad de ideal y de propósito, hacia el que converge el trabajo ordenado que nos hemos propuesto. La voluntad, iluminada por el ideal, discurre sobre el orden del trabajo como una máquina sobre sus railes. Todo se torna suave y llevadero. Como importan las primeras impresiones, importa sobre todo la impresión primerísima del día. Madrugar es poner la primera piedra del edificio de la voluntad. Una vez que se ha concedido al cuerpo el descanso preciso —ocho horas de sueño, y las mejores horas de la noche— levantémonos pronto, sin discutir con la pereza, sin reñir con las sábanas. Debes despertarte ya en el suelo. Debes levantarte con alegría. La disposición de estos primeros momentos ejerce una marcada influencia en el resto de la jornada. Cada día es como una página en blanco. Empecemos de nuevo, recojamos nuestro espíritu en nuestras decisiones y hagámoslas reverdecer por el entusiasmo y la alegría con que de nuevo las recojamos. Esta primera página en blanco queda delante de nosotros para que estampemos en su blancura las impresiones mejores. No amarguemos el día, no nublemos el cielo azul con que amanece, despertemos plenamente al entusiasmo y comencemos de nuevo. El arte de saber triunfar es el arte de saber empezar muchas veces.

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En fin, que la vida toda transcurra encauzada en un orden racional. El desorden produce mal humor. Las cosas y trabajos se amontonan, entorpeciendo todo, como el tráfico de una ciudad populosa cuya circulación no estuviera regulada; las calles se taponan, los coches y carruajes se estorban, los peatones no pueden apenas andar ni cruzar las calles. Todo rodaría suavemente si la circulación se ordenase; cada coche por su lado a la velocidad debida, guardando fielmente los pasos y señales de tráfico... La vida de muchos hombres se parece a una de esas calles taponadas. Las tareas se suceden sin orden ni concierto; se van dejando las más enojosas, por preferir las más agradables o las más fáciles, o simplemente, por dedicar ratos prolongados a la perezosa contemplación de ensueños... Pero el día tiene su tope. Y contra ese estrecho límite de las horas, tropieza por fin el hombre entre la baraúnda de tareas amontonadas; los nervios se alteran, no se llega nunca a nada ni para nada hay tiempo... y salta, por fin, el mal humor que amarga la vida. Por otra parte, entre el barullo de tareas acumuladas en el desorden de la pereza y flojedad, el hombre termina por perder su libertad interior; se siente apresado por las cosas, como si su actividad se produjese bajo el peso de cadenas invisibles que le arrastran. Todas las cosas resultan como forzadas, como hechas a rastras, por el empujón de lo que no hay más remedio que hacer, pero no se hizo en el tiempo justo y en el orden debido. *** Naturalmente, no basta saber. Pueden conocerse con perfección las bases de un cultivo afectivo de la voluntad y del carácter... Y, sin embargo, puede no conseguirse su finalidad. Como pueden conocerse las recetas de la medicina para cada enfermedad. Hará falta, luego, aplicar esas recetas con constancia y buen deseo. El cultivo de la voluntad no es cosa de un momento, de unos días animosos y eufóricos. Es preciso saber aplicar las normas para esa educación de las más grandes de nuestras facultades. 156

Con constancia alegremente machacona. Sin permitirnos una sola excepción al esfuerzo ordenado. En una animosa postura espiritual. Bajo el control de un orden racional y liberador.

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ENCUESTA sobre La voluntad
VER: ¿Sabes lo que es «consentimiento» o la «decisión voluntaria»? ¿Crees que el secreto de la vida está en la certeza de nuestras decisiones? ¿Te vence la indecisión o la inconstancia? ¿Influyen en tus decisiones la impresión, las apariencias, las pasiones o el deber, la conciencia, la ley? ¿Qué es lo que corrientemente influye en las decisiones que toman los demás? ¿Cómo definirías tú a un «hombre de voluntad»? ¿Y qué sentido darías a la «buena voluntad» que pide el Evangelio? JUZGAR: ¿Distingues bien los diversos elementos que influyen en una decisión? El conocimiento que la precede puede ser interferido de muchas maneras. ¿Se dan en tus conocimientos esas interferencias: apariencias, egoísmos, simpatías... que dificultan la visión exacta de las cosas? ¿Confundes la voluntad con la terquedad o con el sentimiento? ¿Eres inconstante, indeciso, perezoso...? ¿Estás convencido de que te interesa sobre todo educar la voluntad? ACTUAR: ¿Eres tibio ante un esfuerzo que has de realizar? ¿Desarrollas tu personalidad por medio de vencimientos superándote y ejercitándote? ¿Crees que lo pequeño tiene una importancia decisiva? ¿Ordenas el tiempo y la tarea que se te ha encomendado? ¿Te vuelcas totalmente en cada acción, como si cada acción fuese el 158

resumen de la vida? ¿Trabajas por convertir la tarea difícil en agradable, corrigiendo tu actitud espiritual frente a ella? Normas para la acción No pases ningún día sin poder contar en él algún vencimiento.—Haz muchas veces lo contrario de lo que te agrada.—Si aún no lo tienes, concibe un ideal, ordena tu tiempo y endereza la acción hacia ese ideal.— Madruga, después del legítimo descanso, con alegría y presteza—Evita el desorden y el barullo. Examinar estas normas ***

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EL IDEAL
«Muchos, con sutil mirada, quisiéronme penetrar. No saben que de este hogar tengo la puerta cerrada. Quien se acerque a la morada de mi castillo interior, donde yo soy el Señor, ha de quedarse en la puerta que sólo la dejo abierta cuando pasa un gran amor». (Ricardo León) Tener un ideal es tener un motivo para vivir. Ese ideal —verdad y belleza buscadas— es quien califica a las almas, dándoles categoría. Nuestra marcha por la vida tiene el calor y el colorido del ideal que nos anime. *** El por qué y el para qué califican nuestros actos. No importa la vida, sino la razón por la que vivimos y luchamos. De ahí, la necesidad de un ideal. El ideal, bastardo o elevado, único o disipado, confuso o brillante, preside siempre nuestra vida; porque siempre que nos movemos a obrar como seres racionales lo hacemos en nombre de alguna idea o intención que nos mueve a la acción. Cuando vamos a hablar de la necesidad de un ideal no queremos decir que haya almas que no tienen un ideal suficientemente sano y confortador, elevado y claro, hermoso y limpio que llene de cielo azul la región alta de su corazón. Nuestros actos todos son, al fin, el producto de un determinado modo 160

de pensar. Se centra aquí una de las más esenciales leyes de la psicología; su olvido, estanca muchas vidas o les impide vivir con amplitud y alegría. Y, por tratarse de una ley, su contenido se cumple, aunque sea ignorada. Su fuerza va labrando nuestra vida, porque inspira nuestros actos. Importa conocerla; y, puesto que esa ley existe y se cumple, aprovecharla y aplicarla can un mayor éxito y eficacia.

LA MÁS IMPORTANTE LEY PSICOLÓGICA
Es, acaso, una de las grandes adquisiciones de la psicología moderna el haber llegado a establecer —en leyes precisas— un ciclo de cultura de nuestro ser más íntimo. Ciclo, cuyo comienzo se establece en esta ley fundamental: Toda idea tiende al acto por ella representado, y a su desarrollo. Entre la idea y el acto realizado, sólo la voluntad puede poner obstáculo. Por eso, la ley dice que la idea tiende al acto, aunque no siempre llegue a realizarse ese acto. Una tarea urgente, de fecundidad magnifica, se nos ofrece, por tanto, en el mundo de las ideas. Llueven incesantemente sobre nuestra mente. Lecturas y escenas, objetos y juegos de la fantasía, van llenando el armario misterioso de nuestro pensar; se va cargando una fuerza extraordinaria que germinará al exterior en un modo de vida. Por eso decimos que siempre obramos movidos de alguna idea o motor, cuando obramos como seres racionales. Todos vamos almacenando elementos de juicio y de ideal que, luego, empujan a obrar, sin que acaso nosotros caigamos en la cuenta de su fuerza. Puede establecerse la categoría moral intencional de la vida de cada uno, sabiendo su manera de pensar, los ideales que su mente encierra; la vida vale según valen nuestros pensamientos. Por eso suele decirse que se termina pensando como se ve, cuando no se ve como se piensa. Lo que se ve, se oye y se percibe a través de los sentidos, o lo que la inteligencia o la memoria y fantasía reproducen; es decir, todo aquello que pasa a ser en el alma una idea un pensamiento, una percepción retenida, tiene una fuerza motriz que lleva a la acción. Lo que vemos va creando un 161

modo de pensar... si anteriormente —conociendo la gravedad de la ley psicológica— no trabajamos por crear en el alma un modo determinado de pensar, noble y hermoso, que determine nuestra vida exterior después. No puede desconocerse la realidad tremenda de esta ley, por más que se descuida generalmente estudiarla. Nuestra conciencia va elaborando su mundo; a veces, aunque la conciencia parezca dormida. Obscuramente los armarios de la mente se repletan de imágenes y de ideales; luego, los actos exteriores surgirán espontáneamente, como sin esfuerzo, maleados o vivificados por la idea que los inspiró. «El hombre, como la sociedad, es, dejando a salvo su libertad, una máquina movida por un resorte: la idea. El pensamiento abre la corriente afectiva y conduce casi fatalmente a la acción». (A. Bonet). «Conscientes unas, inconscientes otras, nuestra fantasía se llena de imágenes a lo largo de la vida, que ejercerán su influencia indudable en toda ella. Nada se pierde, podemos decir. Ningún receptor más sensible que nuestra imaginación; todo lo recibe y recoge, lo guarda y lo conserva. Todas las cosas que veo, sensaciones, objetos, pasan a mi interior, los hago míos, se introducen en el campo de la conciencia y allí quedan, aun cuando las cosas hayan desaparecido y no tengan ya existencia real». (Pueyo Longas). Así se establece una corriente de mutua influencia entre nuestra mente y nuestro obrar, entre la idea y el corazón. Parece, a veces, que una conducta turbia termina por desbaratar las ideas sanas que antes se tuvieron; es el caso de muchos desvíos de la juventud. La vida desarreglada siente el estorbo de ideas sanas y termina por suprimirlas de la mente; pero, primero, fueron otras ideas obscuras las que fueron inspirando los actos inmorales. La idea enturbia el corazón; y, luego, el corazón enturbia las ideas.

APLICACIONES INMEDIATAS
Esta ley psicológica tiene múltiples aplicaciones y podrían prodigarse 162

los ejemplos que prueban su eficacia. En los estados anormales del alma —sugestión, hipnotismo, sueño... —, cuando la voluntad está anulada o mediatizada y no puede poner obstáculo a la marcha de la idea, ésta sigue su camino fatalmente hasta producir el acto representado en la mente. Pero también en los momentos normales del alma estos ejemplos se dan abundantemente, y se sacan aplicaciones múltiples para educar nuestra propia personalidad. La idea impura es la que preside la gestación de una vida impura. Cuando, de algunas bocas, se oye decir que la pureza es imposible, la misma psicología da la respuesta. Mientras se lee lo que se quiere, y se piensa lo que se quiere... la pureza, claro, es imposible o muy difícil. Aquella lectura y aquel descuido de los sentidos y en la imaginación o fantasía, aquella conversación y aquel cine, aquella escena o figura, han ido almacenando en el alma las cargas de determinadas ideas que —por ley fatal— tienden al acto. La voluntad —ayudada por la gracia— queda como único obstáculo a su realización; pero aun determinada la voluntad a la resistencia contra el acto provocado por la idea, esta idea se lanzará contra las murallas de la voluntad, empujando a un consentimiento que termina en el pecado. ¿Por qué no cuidar primero la carga que almacena la mente? Abriendo de par en par las ventanas del alma, ¿cómo queremos que no entre el huracán que todo lo turba? Las ideas empujarán siempre al acto; y cuando antes se acogieron en el alma ideas de color determinado, nada tiene ya de extraordinario que el alma sienta los empujones de la pasión que pretende atropellar a la voluntad. Aplicaciones de varios tonos para todos los órdenes de la vida. Aunque parezcan inofensivas, todas las impresiones recibidas marcan un sello a nuestra alma. El cine, con sus escenas y colorido; el teatro, las lecturas, las amistades con la conversación frecuente y tan variada de temas, el ambiente en que se vive, los pensamientos que reciben abrigo en la mente... todo ello desemboca en una presión sobre el sistema afectivo, que —tarde o pronto— lleva a la acción. Se ha destacado sabiamente la influencia del cine, por ejemplo —y, particularmente, de determinados cines— sobre determinadas conciencias. Las impresiones recibidas y las ideas captadas pasan al campo de la conciencia y toman posesión de él. Inmediatamente, comenzará a ponerse en movimiento ese ciclo psicológico que comenzando por el mundo de las 163

ideas, llegará a cristalizar en una conducta determinada. La tristeza, los odios, el pesimismo, la indiferencia religiosa, la frivolidad y ligereza de costumbres y, de otra parte, el equilibrio nervioso, la alegría y la bondad, el espíritu de colaboración y la simpatía... todas esas pasiones obedecen a la misma ley. Es tal la influencia de la idea sobre la acción, que es inútil comenzar cualquiera obra de educación —del carácter, de la moral, etc...—, sin tener en cuenta el mundo de la imaginación y de la inteligencia. Es esto, ni más ni menos, proclamar y fundamentar el predominio en el hombre de la parte cognoscitiva sobre la sensitiva y mecánica, de la inteligencia sobre el sentido, de la cabeza sobre el corazón. El corazón —la pasión, el sentimiento, la acción— es una fuerza poderosísima puesta por Dios en nuestras manos., que empuja siempre hacia una meta: la felicidad. No hace más que cumplir con su deber: empuja hacia adelante, con un esfuerzo firme y recio, como el de una máquina empujada por el vapor. Y, como toda máquina, es fuerza ciega que necesita vigilancia y pericia de un buen maquinista que regule la presión del vapor y la velocidad que la máquina debe desarrollar, las paradas que debe hacer... En manos del maquinista está la facultad de acelerar o frenar y dirigir la marcha de la máquina. El maquinista es la idea, la inteligencia. De nosotros depende situar la vida del corazón —las pasiones, la acción, los sentimientos— donde le corresponde. Es posible gobernar la vida por medio del ideal. Es verdad que la vida sufre pesos y lastres que la inclinan en un sentido; el temperamento, la educación y el ambiente, la herencia de nuestros mayores, pesan sobre nosotros. Encierra nuestra vida como en un círculo del que nos resulta difícil salir, nos empuja con una fuerza que parece a veces un determinismo brutal; para más forzar esta inclinación, vivimos en el mundo dentro de un ambiente, rodeados —más que de otras gentes— de opiniones y modos en todas sus variantes, del común sentir y pensar que se nos infiltra, aun sin quererlo nosotros, como una lluvia fina que va calando la tierra. Pero, encima de todo ello, queda la libertad del hombre, dueña y señora del ser, llamada a dirigir la vida. El agua desbordada —sentimiento, corazón, acción—puede asolar los campos. 164

La misma agua, encajonada por un experto ingeniero —la idea— sirve abundantemente al bien de las gentes para obras de riego y saltos de agua. El caballo, desbocado, es ingobernable. El mismo caballo, montado por un buen jinete, ganará el mejor premio en las carreras. Llevamos en nosotros mismos, por eso, un germen de lucha y división. Porque somos dos y uno a la vez, par e impar, alma y barro, trigo y cizaña, materia y espíritu, pasión e ideal. Y acaso esta lucha íntima entablada en lo más secreto de nuestra conciencia y de nuestro corazón es una de las cosas más grandes que Dios puso en el mundo. La victoria del ángel es más clara. La victoria del espíritu sobre los actos, en el hombre, es más grandiosa y está salpicada a ratos con salpicaduras sangrientas de heroísmo. La idea debe gobernar los actos. En nuestra mano debe estar, pues, el control de las ideas, si queremos gobernar la vida.

FUENTES DE IMPRESIÓN LEYES Y
APLICACIONES

Las fuentes de impresión de las ideas son varias: los sentidos, la fantasía y el pensamiento, principalmente. Pero conviene recordar que una misma idea puede impresionarse en la mente por varios caminos a la vez. Entonces, su fuerza motriz es mayor para promover el acto correspondiente. No cabe duda de que una impresión cualquiera recibida —una palabra que despierta una idea— se hace doblemente activa cuando, a la vez, entra por varios sentidos. La idea suscitada por la palabra cobra mayor viveza si, además, se ve representada en una pantalla; el sentido de la vista es una nueva fuente de impresión que, a su vez, es más viva si la escena se presenta en colores, puesto que la idea así representada cobra más relieve y sus detalles se distinguen más. Si todo ello se ve en la escena, y no en la pantalla, la impresión es mayor. Y aumenta cuanto más numerosos sean los detalles que recortan con precisión la idea. Así, los sentidos, porque recogen más particularidades de los objetos y todo su colorido y relieve, impresionan más vivamente al 165

alma. La fantasía, dotada de poder adornar las imágenes que le suministra la imaginación, ofrece un peligro semejante y una idéntica fuerza; el pensamiento es, en sí, más neto y menos recargado. En la vida real, vemos que la vida de sentidos y fantasía arrastra más fácilmente que la vida espiritual. Al hablar de las condiciones del ideal, se hará notar la conveniencia de que ocupe también a la imaginación. El mal suele entrar por los sentidos y la fantasía; es luchar con fuerzas desproporcionadas, pretender oponer puras ideas a imaginaciones cargadas de viveza; vence siempre, en esos casos, la imaginación. En la vida diaria podemos clasificar numerosas fuerzas de impresión y, por ellas, las numerosas maneras de obrar de los hombres. La idea tiende al acto por ella representado y a su desarrollo; pero una idea arrastra con más fuerza cuando ha entrado en la conciencia por más fuentes de impresión a la vez, o por fuentes de mayor viveza y colorido. Las aplicaciones a la educación del individuo son innumerables. Convendrá conocer el ambiente en que un alma se mueve; en ese ambiente pululan ideas y conceptos, imágenes e impresiones que han ido moldeando aquella alma, presionándola en un determinado modo e intensidad hacia una determinada manera de obrar y concebir la vida. Y del mismo modo, para crear maneras determinadas de vida y conceptos deseables sobre el mundo, habrá que ir suministrando a esa alma otras impresiones, ideas y conceptos que, a su vez, vayan moviéndola al modo de obrar que se busca. Ignorar esta ley es pretender disipar las tinieblas a manotazos... cuando tan fácilmente puede encenderse un foco de potente luz. *** No puede ignorarse otra ley que preside nuestra vida interior: todo en nosotros tiende a la unidad. De tal manera que, radicada en la mente una idea poderosa, toda la actividad del hombre tiende a agruparse polarizada en torno a esa idea, se centra en ella y atrae consigo anhelos y emociones, tendencias y proyectos, deseos e ilusiones. Se observa la eficacia de esta ley, cuando la idea entronizada en la mente es suficientemente entrañada. Entonces, se producen los hombres de 166

un ideal y de una acción avasalladora, constante y tenaz. Toda la persona gira en torno a aquella gran idea motriz, para el bien o para el mal; la vida toda parece puesta a su servicio y el corazón respira a través de aquel ideal. El ideal —escribe Eymieu— tiende a incautarse de todo». Y en esta ley se basan todas las místicas políticas o sociales del mundo de hoy. Como se basaron las grandes construcciones de todos los tiempos. Aquellas que podemos llamar ideas-madres, en San Pablo, polarizaron a su servicio la actividad toda del Apóstol; su dogma y su moral, su conversación y sus viajes, sus emociones y sentimientos, todo en él estará presidido por la gravedad de sus grandes ideales; le sirven para toda su actividad y él los sirve enteramente porque le ocupan por entero. La misma fuerza, con otras ideas, nos dará un Hitler o un Stalin, un descubridor o un héroe, un santo o un canalla. Calcúlese la eficacia de esta ley, si lográsemos que un ideal centrase en cada alma toda su actividad. Calcúlese, al contrario, la aridez de muchas almas dispersas; vidas atomizadas, que viven sin un rumbo en la vida, sin que un gran pensamiento o una gran intención agrupe todas las energías del ser hacia una meta gloriosa. La vida no subirá nunca más alto que el ideal propuesto.

SELECCIÓN DE IDEALES
Si somos hijos de nuestras ideas, se impone la selección de esas ideas; he ahí la razón de un ideal. Las ideas —el ideal— son la medida del ser. Las ideas abaten o elevan, vivifican o matan, coronan al hombre de gloria o le hunden en el abismo. Ideal de barro, vida de barro. A fuerza de vivir en el cieno, sin ideal superior, parece acostumbrarse el impuro a no ver encantos fuera de la impureza. 167

Ideal torpe, acciones torpes. «Que nada, ni la sombra de un mal pensamiento, manche y profane los dinteles del alma, y menos penetre hasta lo interior del santuario. El espíritu es rey; no lo hagáis plebeyo y servil, no arrastréis por el cieno la púrpura y armiño de su manto, no arrojéis tal margarita al animal inmundo... Es todo nobleza y semejanza de Dios». (Suárez, «LEVÁNTATE Y ANDA»). Un hombre sin ideal es un hombre que vegeta. Más: es una estaca plantada en medio de la vida que no recibe la savia que la haga florecer... Una vida sin ideal no merece el nombre de vida. Un ideal bajo da inexorablemente una vida ramplona y achatada. Un santo ideal hace siempre santos. Da pena ver esa masa de almas sin ideal, viviendo a empujones de las infinitas impresiones que reciben a lo largo de la vida. Ni saben por qué viven ni por qué sufren o trabajan. Ni saben por qué dejaron el sueño para entrar de lleno en la actividad del día; se ignoran a sí mismas e ignoran lo que de más grande pueden guardar. El por qué del vivir el ideal que las vaya conduciendo y alentando, polarizando toda su actividad, motivando los más bellos ensueños del corazón y sosteniendo su pulso. ¡Pobres barcos sin rumbo, dejados siempre al empujón del viento que sopla, sin timón ni brújula que les guíe y sin ver, a través de la bruma, el puerto salvador adonde deben llegar y rendir el viaje del éxito y de la dicha! *** La tarea educadora más valiosa es crear un ideal. Pero el ideal deberá, primeramente, estar ajustado a la perfección humana completa que se desea. Porque «El ideal es la verdad vista de lejos». (Lamartine). En él, ha de encontrar el alma el constante aliciente de lo bello y verdadero, la luz que orienta y el alto fin que todo lo explique y dignifique. El entendimiento, el corazón y los sentimientos, la pasión y los anhelos del 168

hombre, todo en él ha de ir envuelto en la misma atmósfera de verdad y virtud, única educadora. La alegría de vivir, el espíritu de colaboración, la bondad y la comprensión, el amor a la verdad, todo ello deben encontrar su cuadro de oro en un ideal elevador. Esta verdad vista de lejos cumplirá su oficio de ideal, si el alma le dedica lo mejor de su atención, hasta hacerlo penetrante. La idea tiende al acto por ella representado y a su desarrollo. Cuanto más se fomente la idea, más ésta se va enraizando y con más seguridad inspirará el acto correspondiente. No basta que una idea noble descanse por breves momentos en el alma; es preciso mirarla; saboreada, dedicarle nuestra ocupación, hacerla revolverse y presentarse de todas las formas posibles, llegar a interesar en ella nuestra atención hasta hacerla llenar el sentimiento y el corazón. Es entonces cuando la idea se hace formidablemente activa; pero hasta que llega al corazón e inspira los sentimientos y enciende la pasión, hay que dedicarse a ella. La belleza del ideal es factor decisivo para ello, porque la belleza arrastra. «Creo que si miráramos siempre al cielo, llegarían a salirnos alas». (Flaubert). Los ideales más altos, acariciados atentamente por nuestra alma, llegan a producir aquella belleza y entusiasmo que en esa brillante exageración apunta Flaubert. «Toda buena acción y todo pensamiento puro estampa en la persona y en el rostro el sello de su belleza». (Ruskin). Esto exige constancia en la dedicación de nuestro ser al ideal. A Newton le preguntaron cómo habla llegado a dar con la ley de gravitación universal: Pensando siempre en ella, respondió el sabio. Es el ideal acariciado durante mucho tiempo, empapando nuestro pensar y atrayendo hacia sí nuestra atención, nuestros sentimientos y planes, haciendo de él una suave obsesión que todo lo inspire. Un día florecerá en lo exterior; parecerá que aquella brillante acción ha sido inspirada en un momento de arrebato glorioso. No. Durante muchos días —y, acaso años—, venía incubándose en la parte más noble del ser aquello que luego ha florecido con una rapidez aparente. 169

El ideal ha de ser sugestivo, cautivador, capaz de entusiasmar y enamorar al alma. Tanto, que llene el alma de satisfacción por vivir, que lleve al mayor grado de perfección sus más nobles facultades, que sirva de orientación en la vida. Es el ideal sugestivo de Colón que le lleva a atravesar los mares tenebrosos y seguir rutas nuevas; el ideal de los caballeros que luchan por Dios y por la dama y, si no tienen dama a quien dedicar el ardor en la batalla, se la imaginan y sueñan con el amor; es el ideal del heroísmo y caballerosidad, de santidad y conquista que inspira las Cruzadas, o la llamarada de ardor místico que plasma en un lienzo la estampa graciosa de una Inmaculada, de Murillo; es, en fin, la belleza con sus colores más vivos y atrayentes. Todo esto supone un ideal elevado, que descuella grandioso entre la vulgaridad de la vida y de la masa. Si el ideal da la medida del alma y de la vida, y nuestra vida no subirá más alto que el ideal propuesto, cuanto más alto sea el ideal más arriba subirá el valor de la vida que le sirve. Harto padecemos al chocar diariamente con ideales ramplones, de almas que no aspiran a más: ideal de avaricia, de egoísmo, de placeres, de belleza física, de bienestar comodón, de plegamiento cobarde al dictado de lo fácil. La juventud —y por ella, todo el mundo— está hambrienta de ideales elevados, plenos de grandiosidad, que despierten los arranques generosos. Es la juventud la edad de todas las posibilidades: no se apaguen esas posibilidades, sino enciéndanse en ardores inacabables, si queremos lograr vidas de un nivel elevado y confortador. Pero el ideal no será tan elevado que resulte de imposible consecución, sino accesible. Tan accesible que, en su misma grandeza, anime a la lucha por alcanzarlo. Primero, por la imitación. La idea tiende al acto; y si un ideal se mantiene en el alma de manera persistente, moverá a la acción correspondiente a la idea propuesta, se seguirá —intensiva y penetrante— una tarea de imitación del ideal. La amable grandiosidad del ideal propuesto animará a luchar por alcanzarlo; porque su misma belleza y su atracción y simpatía arrastra al esfuerzo cuyo premio será la conquista del bien después de una lucha consciente y tenaz por alcanzarlo.

Pero toda idea se hace más firme cuando ha llegado a interesar al corazón. 170

Tener un ideal, por grandioso que parezca, no es suficiente, mientras queda en las regiones de lo puramente teórico. La pasión —para cualquier empresa— es factor decisivo. Nuestra vida está llena de experiencia de que sólo se llega a triunfar por un fin metido en la entraña y convertido como en vida y sangre propia. Entonces, no sólo se tiene al ideal, sino que se siente y se vive y agita las pasiones y el entusiasmo. El ideal debe ser perseverantemente amado, ahincadamente amado, celosamente amado. Un ideal amado entrañablemente ha creado a los héroes, a los santos, a los artistas. El ideal propuesto fue en ellos pasión y sentimiento, corazón vivo y sangrante, tranquila obsesión dulce e hiriente a la vez, que abría en el alma esa herida que sólo puede cerrarse con la conquista implacable del ideal soñado. Puede tener entonces plena acomodación aquello de San Agustín: Ama y haz lo que quieras; o el verso de Teresita de Lisieux: Amar es faena de todos los días. No se ven tus obras. Cuando así te digan, responde: Amo mucho. Esa es mi divisa. Porque, cuando se ama, las obras surgirán pronto. Y, sobre todo, el alma se bañará en la íntima satisfacción de la vida bien cumplida. Quien ama nunca es mediocre; mientras hay en el alma la chispa de un ideal hondamente sentido y entrañablemente amado, siempre es joven y siempre tiene la vida un alto motivo de lucha, afán y conquista. Y, en fin, que la imaginación y la fantasía colaboren para adornar con los más vivos colores el ideal. Se nos enfrentarán imágenes concretas que entran por los sentidos, recargadas por el variado colorido de todos sus accidentes y circunstancias: línea, perfil, gracia, cuerpo... Materia, en fin, concreta y tangible que, al entrar por los sentidos, ocupa el alma precisamente por los muchos factores que acompañan a cada impresión. Contra la imagen así revestida, no puede lucharse con ideas puras; es preciso que la imaginación colabore para adornar su ideal, revistiéndolo de matices y color. Entonces el ideal es algo que parece tangible, es imagen también que sacude los sentidos y mueve la fantasía para llegar a interesar al corazón, a la pasión, a los sentimientos. Es el alcance que tiene, por ejemplo, en las juventudes el ideal de pureza y amor encarnado en María. No basta la idea pura y espiritual de la castidad, de la bondad, de la humildad. El joven y la joven necesitan, además, ver esas virtudes en color y relieve, en línea y perfil, en los divinos matices de la mujer que encarnó maravillosamente las virtudes más amables. He ahí, resumidas en María, las notas de un bello ideal. Ella es la verdad y virtud vista de lejos; penetrante, por su belleza y por la 171

constancia con que las almas pueden trabajar su devoción. Por todas partes se asoma la luz de una mirada totalmente limpia en cuyos ojos parece que encontró balcón la primavera toda; la llena de gracia mueve con su belleza y arrastra y subyuga, orientando la vida con dulce violencia de amabilidades. El joven, ve en ese ideal cl prototipo de la mujer perfecta, casta y buena, cuya imagen pueda luego proyectarse en el sendero del amor. La joven aprende, con sólo mirarla, cuál es la verdadera gracia y la belleza perfecta, en el gesto todo de humildad y de amor, de suave pasión de Dios y de bondad sin hiel que ofrece María. Descuella grandiosa, como la bendita entre todas las mujeres; pero tan accesible, tan humana, tan mujer, que nos la imaginamos en el trajín vulgar de la vida diaria, llenando con su virtud una casa y un taller sencillos de una pobre aldea, o caminando por los senderos polvorientos que recorre su Hijo, o en el silencio doloroso de su amarga soledad. Y viéndola así, anima y llama a ser imitada, a luchar por llegar a Ella, a vencer para brindarle el ramo de flores de las victorias morales; se mete en el corazón, porque todo lo amable despierta amor. Y por su imagen —colores de pincel y estrofas de poetas y armonías musicales—, se hace tangible y cobra perfil y color, para que la imaginación y la fantasía, como la mente y el corazón, la pasión, en fin, se enciendan con sus llamaradas de virtud. Frente a la ciudad de Granada, ocupada aún por los moros, el campamento cristiano de Santa Fe, con la reina Isabel como capitana. De entre los caballeros cristianos, salió un día la genial idea en honor de la Madre de Dios. Pérez de Pulgar quiere rendir un homenaje de enamorado y caballero, a la Virgen María. Y tomando un puñado de valientes, decide penetrar en la ciudad mora, hasta la mezquita, en el corazón de la ciudad. La noche andaluza contempla con entusiasmo el heroísmo de aquel grupo de caballeros cristianos que juegan con los riesgos y con la muerte. Si cayeran en la empresa —ramillete de flores ardientes para María— sus vidas se entregarían como una ofrenda a su Dama, la Madre de Dios. Pero aquella noche puede contemplar la alta luna, en la puerta de la mezquita de Granada, un pergamino clavado con una daga. El pergamino dice sólo: Ave, María. Y el puñado de valientes vuelve gozoso al campamento cristiano. La mañana siguiente. Un sol espléndido espolvorea de oro el campo entre los dos campamentos. De las puertas de la ciudad un moro gigante, montando en hermosa yegua, pasa entre los dos ejércitos llevando 172

arrastrado de la cola del animal el pergamino que la noche anterior cantaba a María en la puerta de la mezquita. Otro caballero español salió en su caballo por vengar la ofensa del moro a la Madre de Dios. Fue tremendo el choque del combate; saltaron astilladas las lanzas, se rompió la espada del caballero cristiano... Milagrosamente, con su espada rota, triunfó de su enemigo. Y, ensangrentado y sudoroso, con el pergamino clavado en el muñón de su espada, volvía feliz a su campamento. Es un símbolo. Clavar el ideal en la puerta de la mezquita del corazón: un ideal preciso, concreto, elevado. Luchar luego por defenderlo y airearlo triunfante después de conseguida la victoria. El corazón salta de alegría y la victoria hierve de entusiasmos...

LA VIDA VALE LO QUE VALE SU IDEAL
La vida se encuadra en su ideal. Frente a las vidas disipadas y disgregadas que caminan por el mundo sin una ruta fija y noble, el alma del ideal siente enardecer sus sentimientos, porque el corazón está ocupado por un ensueño confortador. La vida está encauzada, pues tiene su por qué vivir. Se vigoriza el esfuerzo, porque nunca se cobra mayor ánimo al luchar que cuando se sabe por adelantado las mieles de la victoria soñada. La vida vale lo que vale su ideal. Cuentan la siguiente leyenda. La Europa cristiana era una llamarada de lanzas, camino de la conquista de Tierra Santa. El ideal de liberar los lugares santificados por la vida del Señor llenaba los corazones nobles. Las Cruzadas estaban en marcha, enarbolando —resumen de todo ideal— aquella Cruz que les dio su nombre. Entre los nobles, un caballero florentino montó su corcel. Antes de partir para la batalla, había hecho una promesa: Si llego a ser el primero en escalar las murallas de Jerusalén, prometo encender una lamparilla en la capilla del Santo Sepulcro y traerla encendida hasta encender con ella la lámpara del sagrario de la Catedral de Florencia. Este caballero era de costumbres ligeras. Mujeriego, bebedor, blasfemo, pendenciero... Pero marchó a las Cruzadas, armado de su afán y de su voto. 173

Frente a Jerusalén, enardecida su fe cristiana, peleó como los héroes. Y en la arremetida que sus tropas dieron contra las murallas, saltó entre muertos y heridos para apoderarse de la escala de cuerdas, trepar por ella y saltar, el primero, con unos cuantos valientes, dentro del recinto de la Ciudad Santa. ¡Su deseo estaba cumplido! Terminada la batalla con la victoria de las tropas cristianas, encendió su lamparilla en el Santo Sepulcro del Señor. Fueron incontables los cuidados que aquella lamparilla encendida exigía para que su llama no languideciera ni se apagara a través de las largas marchas por toda Europa, desde las remotas regiones de Palestina. Pero el caballero cumplió su promesa. Vigiló ardientemente su lamparilla; desplegó por ella cuidados maternales; no la abandonó... Y cuando llegó a Florencia y encendió con ella la lamparilla del Sagrario de la Catedral, el milagro se había hecho. Aquel caballero bebedor, pendenciero y mal hablado, violento y mujeriego, se había trocado totalmente. Era apacible, sufrido y pacífico. Todo lo había hecho la lamparilla. Había tenido que sufrir por ella, se había mantenido en equilibrio de nervios y pureza de costumbres, porque un descuido podía equivaler a romper sus promesas y ver la lámpara apagada. Y todos aquellos cuidados le habían hecho, en fin, olvidarse de sí mismo y amar la atención y la constancia para mantener la llamarada alegre de su lamparilla. Así es el ideal. Por una lámpara, pueden ganarse muchas virtudes. Por la dedicación a un ideal, todas las buenas cualidades se polarizan y se resumen. ¡Parece que se lucha por un solo objeto... y se consigue una victoria total!

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ENCUESTA sobre El Ideal
VER: ¿Se puede vivir noblemente la vida sin un noble ideal? ¿Qué trascendencia tiene el ideal sobre la vida? ¿No es verdad que, si la idea tiende al acto, nuestra vida será conforme sea el ideal que la inspire? ¿Cómo entiendes el ideal y su fuerza de acción? ¿Crees que la preocupación por un ideal está extendida en la juventud? JUZGAR: ¿Conoces diversos ideales que predominan en ella? ¿Cuáles? ¿Crees que es suficiente un ideal puramente humano o natural? ¿Qué juicio te merecen los ideales vulgares o egoístas? ¿Qué condiciones crees que debe tener un ideal para elevar la vida? ¿Cómo harías para que el ideal llegase a interesar el corazón? ¿Entiendes, cómo a través del ideal, se hicieron los santos y los héroes? ACTUAR: ¿Qué papel puede desempeñar la imaginación, y aun los sentidos, con respecto al ideal? ¿Qué ideal eliges para ti? ¿Cómo crees que, por tu ideal, puedes influir en los demás? ¿No crees que el mundo, cuanto más materializado, más necesita de ideales valientes y nobles? Normas para la acción Aprovecha todas las ocasiones pan inculcar ideales elevados. Para ello fórjate primero tu ideal en esas condiciones. Luego, sé consecuente con tu ideal, sirviéndolo siempre con entereza y alegría.—Demuestra ante 175

el mundo que tu vida está encuadrada y feliz, precisamente porque sirves a un noble ideal. Examinar estas normas ***

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LA PERSONALIDAD

«Es fácil, en el mundo, vivir según la opinión del mundo. Es fácil, igualmente, en la soledad, vivir según nuestra propia opinión. El más grande hombre es aquel que en medio de la multitud, conserva con perfecta serenidad y gentileza la misma independencia de que hubiera disfrutado en soledad». (Anónimo) La tarea humana más fundamental del hombre es el desarrollo pleno de su personalidad. *** Se habla mucho de la personalidad. Y pocas veces se acierta con la idea exacta de lo que la personalidad supone. Una joven vive aureolada de una pretendida independencia. Hace y deshace a su capricho. Imposible señalarle normas ni aconsejarle conductas. Es, en todo esto, una positiva excepción. No se parece a nadie. En el hogar, en el ambiente de la familia, su estilo suelto e incontrolable, la convierte en inabordable. Sus hermanos y hermanas reciben —más o menos— la influencia de la casa; particularmente, del padre o de la madre. Con ella no se puede. Es muy suya, tiene sus ideas, hay que dejarla porque ella es así. Y suelen decir de ella: —Es que tiene mucha personalidad. ¡Tiene una personalidad bárbara! Y eso no es personalidad. Acaso, es capricho, impresionismo, desenvoltura, inadaptabilidad... Aquel joven se ha abierto un triste camino de popularidad a fuerza de desplantes. Ha copiado —pretendido copiar—, acaso, las genialidades de 177

hombres que se hicieron famosos en la vida social por sus salidas de tono. Sus respuestas son verdaderos desplantes y, bien miradas, resultan una manifiesta falta de educación. Pero se ha ido haciendo su propio ambiente en torno a su extraño modo de ser. Se cree un hombre de cuerpo entero, inabordable, porque le gusta chocar y raspar con su proceder y con sus opiniones hirientes. Es molesto, como una lija sobre la piel. —Es todo un carácter, tiene una gran personalidad. Y eso tampoco es personalidad. Son marcadísimos los rasgos temperamentales de aquel otro joven. Sus pasiones —buenas o malas, bien o mal encauzadas— presentan un perfil perfectamente definido, casi hiriente de dureza, espontaneidad y violencia. Empujado por esas pasiones, salta de una a otra impresión con viveza y ardor, dejando atrás consejos y prudencias. Es realmente muy distinto de todos, apenas conoce el justo medio de las cosas, su actividad se parece a una torrentera... por lo rápido, variable y ruidoso. Y dicen de él: —Es una personalidad acusadísima. Y eso no es tampoco personalidad. El otro es tenaz en sus opiniones y maneras, en sus gustos y preferencias. Hace gala de su persistencia en sus criterios y dice —y todos los demás lo saben— que no cede fácilmente a las sugerencias de los que le rodean... Aquel de más allá es violento en sus reacciones, serio y entero, difícil a bromas y a disculpas, tajante y seco en sus palabras, nada adaptado a las circunstancias. Tampoco es personalidad todo eso. Y sin embargo, en todos estos tipos —y otros muchos que podrían citarse—, la palabra personalidad pretende explicarlo todo. Se ha creído que la personalidad consistía, sin más, en tener un modo propio de ser. Y esto, que es verdad bien entendido, no es toda la verdad como suele entenderse.

CAMINO DE UNA DEFINICIÓN
La personalidad envuelve, sí, la idea de independencia. Pero de una independencia bien entendida. 178

La joven caprichosa vive en una lamentable esclavitud con respecto a sus inclinaciones y tendencias instintivas. Se independiza de los demás; pero lleva dentro su tirano, no es libre. Después de verla gozarse en ser así y tener sus ideas propias, la veréis acaso en crisis de lloros cuando alguno de sus caprichos no ha podido ser satisfecho. He conocido a muchachas de dieciocho a veinte años... amargadas por la vida, cuando aún no han empezado a vivir. Se quebraron sus caprichos, cuando la vida comenzaba a enseñarles el sendero florido y ardiente, grave y lejano de la verdadera misión del hombre en el mundo. Se creyó que tenía personalidad; leía mucho y de todo, captaba bien lo que leía, se hacía instintivamente mujer mayor por todo ello... Luego, se amargó pronto. No tenía personalidad. Ni puede decirse que la tenga el joven que goza en distinguirse por sus salidas de tono. Es posible que, en el fondo de sí mismo, se encuentre esclavizado por la manía de vanidad, saboreando sus desplantes sociales y sus cosas raras. Menos puede hablarse de personalidad cuando las pasiones arrastran incontrolables, aunque esas pasiones parezcan ardientes. Y cuanto más ardientes e impetuosas, menos desarrollo ha de tener la pretendida personalidad; porque la pasión la amortigua o la anula en la medida en que se encuentra libre para disponer de las reacciones de los jóvenes. Mal puede llamarse independiente, señor y dueño, quien comienza a ser esclavo de sí mismo. La terquedad no es tesón ni entereza, puede ser —suele ser— tozudez e ignorancia presuntuosa. Tampoco puede ser personalidad. Ni la violencia. Ni las rarezas. Ni las excentricidades. Ni el egoísmo. Ni el aislamiento. Ni la insociabilidad... *** Tanto se habla de la personalidad, tanto debe interesar. No se exagera cuando se dice que es la principal de las tareas que un hombre tiene en la vida; la raíz de su triunfo personal y social, la fuente de la dicha y de la alegría. Importa conocer los rasgos principales de una perfecta personalidad. 179

«En esta hora portentosa del mundo, la mayor necesidad de la humanidad de mediados del siglo XX es la creación de personalidades selectas. Y si la civilización no quiere hundirse, tendrá que reconstruir la individualidad; su objeto primordial deberá ser formar hombres selectos». (S. Iserte, «LA CONQUISTA DE LA VIDA»).

PRODUCCIÓN «EN SERIE»
Tanto más, cuanto que la vida moderna en todos sus matices va socavando a las almas y dificulta el desarrollo de la personalidad. Desde los más simples detalles. Las grandes construcciones modernas, hechas con miras a la utilidad más que a la belleza y distinción, pretendiendo aprovechar terreno y material han logrado las largas y altas manzanas de construcciones en bloque. Todas son iguales, apenas se salvan algunos matices que distingan unas y otras viviendas. Si pudiéramos hablar de la personalidad de las cosas, diríamos que las construcciones han perdido personalidad y distinción. Con ello, han perdido independencia y hermosura, línea y estilo. Había un aroma agradable en las grandes salas de antaño y en los cuartos de estar, bellamente inútiles pero magníficamente acogedores y coquetones. Ahora, no. Interesan los huecos precisos, bien medidos, los armarios empotrados para economizar espacio, las camas plegables y los muebles simples. Las construcciones modernas son útiles, pero feas e indistintas. Han perdido personalidad. Siguiendo esta norma, se ha trabajado en las producciones en serie. Coches idénticos todos los del mismo modelo, producidos sobre la base de su industrialismo y economía; prendas de vestir fabricadas en serie; máquinas construidas en serie. Se llenan grandes almacenes de todo y todo en serie, sin la discreta variedad que daba la antigua artesanía a cada cosa fabricada. Diríamos que la fabricación pierde personalidad. Las comunicaciones modernas —uno de los mayores inventos—, con la ventaja de acercar las distancias y simplificar el mundo en su comercio, política y amistad, han logrado grandes y valiosos bienes; las gentes se conocen, las costumbres se ven, se visitan todos los rincones del universo. Pero ha borrado desigualdades de tipo psicológico y racial, desaparecen las amables diferencias de las regiones y latitudes, se extiende el afán de copia 180

de lo extraño y también los pueblos van perdiendo personalidad. En las almas, los efectos de muchas causas son más evidentes. Particularmente en la edad joven, y más en ellas que en ellos, ejerce una influencia marcada la atracción por los espectáculos brillantes particularmente del cine. Insensiblemente, el alma de los jóvenes se siente invadida de un afán instintivo de imitación. Se copian, a veces sin procurarlo, gestos y maneras, vestidos y ademanes, opiniones y posturas, sonrisas y movimientos, costumbres y estilos del galán o de la estrella de moda que, naturalmente, contagia su simpatía. En apariencia inocente, esta influencia va robando modos propios y personales. Parece que la imitación se reduce a cosas puramente exteriores e intranscendentales: vestidos, peinados, sonrisas, maneras... De hecho es el pensar y el sentir lo que se va transformando para adoptar formas ajenas que, por muy buenas que fuesen, son al fin ajenas y no personales. Es innegable esta influencia. Extremadamente intensa, porque arranca de un espectáculo de vivo colorido y atracción; en su escena, se juega con todas sus ventajas la simpatía o la belleza y el éxito del personaje preferido. A través de los adelantos modernos en este terreno, la sonoridad del cine, su colorido brillante y la perfección fotográfica y de los contrastes, hacen que esa atracción sea más sugestiva. El alma, entonces, se siente —instintivamente— cogida por esa atracción. Va bebiendo lo que la pantalla le ofrece. Por la amabilidad de esa simpatía, el alma aprende aquellos detalles que ve y que —en el personaje— encajaban acaso perfectamente, pero —en ella— son acaso inadecuados e inoportunos. Se vacía la propia personalidad y el gusto propio y el alma se contagia de imitación. Un fenómeno semejante proporciona la tiranía de la moda. Buena en sí, necesita que el buen gusto de cada cual sepa adaptarla a las condiciones personales. Pero de ordinario termina igualando de tal modo a las gentes que las convierte en idénticas como si también ellas hubiesen sido producidas en serie. Vestidos y calzados, modos y detalles que, serenamente, habrían sido rechazados por ridículos, son aceptados plenamente por multitudes al solo dictado de la moda. Parece que la moda sea la encargada de calificar las cosas. Se ha hablado mucho sobre los desastres de la moda en el terreno de 181

la moral. En verdad, nunca se hablará bastante. Pero no es menor el daño de la moda en este otro terreno puramente psicológico, en el que vemos que las almas pierden el gusto y la personalidad. Todo se traduce en un afán insaciable de imitación. Con ello, las propias cualidades físicas y morales se diluyen. Lejos de aprender a ser cada cual lo que por sí mismo se aprende —o pretende— a ser lo que otros son. Sin pensar que, al hacerlo así o imitado siquiera, se pierde el mayor tesoro que poseemos en lo humano: la propia personalidad. Porque cada cosa es buena para cada cual. Lo que al personaje admirado aureolaba de simpatía, se adapta perfectamente a las condiciones que él tiene. No a las de otra persona. Y lo mismo puede decirse de todos los demás detalles que rodean nuestra vida. Lo importante sería ser y apreciar lo atrayente y agradable y virtuoso que vemos en los demás. Y, luego, tratar de adaptarlo a nuestro ser con nuestras peculiaridades propias. No menguar nuestra personalidad para adaptar lo ajeno; sino adaptar lo ajeno en la medida en que ha de servir para desarrollar nuestro propio valor sin mengua de nuestra personalidad. *** Las consecuencias son graves. Es evidente la falta de sentido de responsabilidad. Al perder la propia personalidad, el alma vive pendiente de factores ajenos a ella, a los cuales imita y sigue sin tener en cuenta del alcance de esa imitación. Hay almas que viven sólo dedicadas a imitar. No cabe en ellas el sentimiento de empresas personales, de tareas nobles y de constancia en el cuidado de sí mismas, en favor de sus cualidades físicas, morales o intelectuales. La vida languidece por vacío interior. Restallando de matices —aprendidos y copiados— en lo exterior el alma se aburre por falta de ideas propias y de sentimientos legítimos. Como todo lo imitado, las ideas y los sentimientos pecan de la falta de arraigamiento y originalidad. Lo prestado nunca puede satisfacer porque no nos pertenece. Lo exterior nunca puede contentar e iluminar nuestro interior. La vida se caracteriza por movimiento de dentro a fuera. Y esta falta de personalidad trueca la dirección porque todo pretende producirse 182

de fuera a dentro. Las vidas se desarrollan vacías, sin objetivo ni ruta definida, sin ideal ni motivo estimable que justifique el vivir y el amar y el sufrir... Las impresiones rigen los movimientos del corazón. Vacío de contenido, sin el vigor interior de un ideal poseído y amado, el corazón vivirá expuesto a los embates de impresiones encontradas, carece de personalidad y ejerce sobre él una poderosa influencia el ambiente que le rodea; en este momento será la tristeza que muy pronto romperá en carcajadas; hoy es la pereza que se trueca mañana por una actividad ardorosa. Los sentimientos constantes, arraigados y fecundos no llegan a lograrse nunca... El espíritu se torna extravertido, volcado hacia lo exterior, frívolo y superficial. Adolece de falta de rumbo y finalidad, nada le atrae que le sea entrañablemente propio y necesita de lo exterior para alimentar su afán de vida. Se hace difícil el recogimiento y el pensamiento fecundo y la idea viva. Porque todo eso ha de anidar en nuestro interior, iluminándolo de orientación y actividad. Y, sin ideas propias, ha de buscar la causa de sus reacciones espirituales, en los motivos exteriores, variables e insuficientes. Así el alma se hace vulgar, la persona se convierte en una máquina de movimientos instintivos y mecánicos, sin originalidad ni contenido, sin iniciativa ni vigor. El mayor mal que aqueja al mundo actual es el de las almas vulgares, ramplonas y achatadas. Queda sólo una discreta minoría que no ha puesto en venta su propia personalidad. Minoría de los que sueñan con ser cabeza y no cola. Cabeza de ratón, si no se puede más; pero con el ideal de que un día pueden llegar a ser cabeza de león. Minoría que se hace más relevante entre la mayoría vulgar que se contenta con un puesto comodón después de haber renunciado a la gloria de una personalidad destacada. Almas que viven viviendo, entre otras almas mínimas que viven sin vivir, contentas con seguir la corriente, formando número en el aburrido rebaño de la masa sin ideal, ni fuego, ni color. Esta minoría la forman los que han sabido educarse manteniendo y desarrollando su independencia propia, sus propias convicciones e ideales; que han trabajado, a veces con dolores de parto, la adquisición de un modo de pensar o de una ciencia entrañablemente aprendida; que, en medio de la 183

postura acomodaticia de los cobardes han querido ir tallando su propia personalidad, a golpes constantes de cincel, hasta alcanzar el dominio de sus pasiones y el vigor de su voluntad, el encauzamiento de su temperamento y la paz de sus nervios, la alegría de vivir y el tesón frente al trabajo, la constancia en los propósitos y la perfecta armonía moral, la honradez a toda prueba y la verdad sin reticencias. Hacen falta almas de iniciativas y de libertad interior. Hacen falta almas no vendidas a influencias extrañas.

LA VERDADERA PERSONALIDAD
El remedio estará en descubrir la propia personalidad. En la reacción, nada es igual a nada. Cada ser tiene su perfecta individualidad. Dios ha creado cada ser con sus individuales características, dándoles a todos el número, el peso y la medida que les pertenece. Dios no ha creado nada en serie. Cada hoja de árbol es una maravilla nueva y cada estrella es distinta de las demás. Cada rayo de sol lleva su luz propia y cada color tiene su brillo y su intensidad. La vida alienta en todos los seres, rompiendo en la maravilla de miradas de matices diferentes, propios, determinados, inigualables. La armonía de todo el conjunto creado se forma de las infinitas individualidades de todas las cosas. También nosotros tenemos nuestra propia individualidad. Pero hay que educarla y formarla, después de descubrirla. En todos los seres, la diferencia es la ley fundamental de la vida. Cada ser es él y no es otro distinto de él. Así, los hombres tienen su característica personalidad, su individualidad bien definida. En cada uno se encierran todos los tesoros propios que pueden lograr la dicha perfecta del hombre. De cada hombre, en concreto. Cada uno en su propia medida y en sus propias condiciones, con las virtudes propias y con los propios elementos. Nos pasamos la vida contemplando con envidia la heredad del vecino, creyendo que la hierba de sus campos tiene un verdor más sedoso que la hierba propia. Entretanto, descuidamos la propia heredad y los campos se agitan. Siempre nos ha parecido más agradable y mejor coloreada la vida de los demás; mientras, 184

nuestra vida se agosta por abandono. Como nos ha parecido siempre más llevadera la carga de los otros, mientras perderíamos magnificas oportunidades para aprender a llevar bien la carga propia. Entendimos que la suerte alfombró de mimos los senderos que los demás caminaban, y no supimos aprovechar el camino que delante de nosotros se abría. Hemos olvidado la ley fundamental de la vida. Cada uno ocupa en el mundo su propio metro cuadrado. Y, en él, cada uno lleva consigo los factores que pueden labrar la propia dicha. Lo que es cierto siempre, grabémoslo bien. No seremos felices nunca con la felicidad ajena, ni el triunfo de los demás nos dará a nosotros la dicha, ni son nuestras las cualidades que otros tienen ni en la misma medida serán nuestras. Seremos felices con la felicidad propia, desarrollando nuestras propias fuerzas según la medida que Dios nos señaló; alcanzaremos un triunfo si sabemos ser nosotros mismos con nuestras cualidades desarrolladas y perfeccionadas gradualmente. Conozcamos nuestra personalidad. No nos avergoncemos de ser como somos; y trabajemos para sacar de nuestro tesoro interior todas las infinitas ganancias que se nos prometen. En el organismo vivo, cada célula tiene su función propia. No todas pueden ser iguales ni están destinadas a la misma finalidad ni se rigen por las mismas leyes. La maravilla del organismo viviente dependerá de que cada célula cumpla bien con su propia misión. Si todas se empeñaran en ser como las demás, el organismo vivo resultaría monstruoso. Los hombres somos las células vivas de una sociedad. Cada uno tiene su propia misión y su personalidad propia. No todos estamos regidos por un mismo temperamento, como no hay dos rostros perfectamente iguales. La armonía social de un mundo mejor dependerá de que cada uno se determine a ser lo que es en una gradual perfección constante. *** Se necesita poseer una idea clara de lo que es la personalidad. La personalidad hace relación a la persona; es preciso conocer los rasgos fundamentales que constituyen a la persona, para —de ahí— deducir lo que será una perfecta personalidad. La persona se apoya en el ser individual. Muchas veces persona se confunde con individuo. 185

El individuo es un ser determinado y concreto que coincide con otros en los rasgos característicos, y forma con todos ellos una única especie porque todos provienen de un mismo e idéntico tronco, de una fuente común. La especie humana es el conjunto de todos los individuos que llamarnos hombres; todos ellos coinciden en los rasgos característicos — animal racional—, aunque se diferencien en un sin fin de detalles accidentales. Todos arrancan de la misma fuente y, a través de generaciones innumerables, se han ido perpetuando en los hombres normales los rasgos característicos de la especie. Las especies animales —innumerables— están también formadas por individuos que arrancan de un mismo origen y coinciden con los mismos rasgos característicos trasmitidos por generación. La persona es el individuo racional. Un hombre, una mujer, individuos de la especie humana, son personas humanas. La filosofía describe así las características propias de la persona humana. a) Es un ser capaz de conocerse a sí mismo. La reflexión la introspección, la consciencia es rasgo fundamental del ser racional. Uno de los rasgos que más diferencialmente nos distinguen de los demás animales, por más que algunos de ellos pretendan acercarse a la especie humana. En el conocerse a sí mismo, descubre la persona todo un mundo interior de maravillas espirituales sobre las que trabajan las tres grandes potencias del alma. El hombre goza y tiene conciencia de su alegría; sufre y tiene conciencia de su dolor. El animal, no. b) Se conoce a sí mismo como un todo completo y uno. Aunque las actividades de la persona son varias —aparentemente opuestas—, el hombre tiene conciencia de ser uno solo y sin división. El andar y el pensar, el amar y el reír, el sufrir y el soñar, el comer y el odiar... son actividades diferentes y acaso, dispares; pero el hombre tiene interiormente conciencia de que es uno mismo el que anda y piensa, ama y ríe, sufre y sueña, come y odia... Sobre las distintas operaciones, prevalece siempre la conciencia de un yo único y entero que asume la responsabilidad —el mérito o la culpa— de las distintas actividades de la persona. No sufre la mano herida, sino la persona a quien pertenece esa mano; ni se cansan los pies que caminan, sino aquel a quien pertenecen los pies; ni se castiga a la mano que asesinó, sino al hombre a quien pertenece aquella mano. 186

Es que en el hombre, en la persona, se resume un todo completo y entero sin división, él es el herido, el caminante, el asesino... c) Distinto de los demás. Esta distinción se hace abismal en los fenómenos interiores sobre todo. Hay momentos en que una persona se siente hondamente sola, incomprendida y lejana, aunque esté en medio de una gran muchedumbre. Indudablemente, mi dolor es mío, exclusivamente y sin comunicación; como es mío mi remordimiento o mi proyecto, mi suerte o mi desgracia. Soy ineludiblemente distinto a los demás. d) Idéntico a sí mismo. No sólo a través de las diversas actividades, sino a través de los tiempos, la persona se sabe siempre la misma. Es una permanencia admirable, por la que tiene consciencia de su propia identidad a través de las edades: niño, joven, edad adulta, ancianidad... con todas sus circunstancias cambiantes, siempre se siente el mismo y nunca otro diferente. Si aplicamos estas notas de la persona a la idea de personalidad, descubriremos las primeras consecuencias que nos llevan a entenderla mejor. El conocimiento del propio ser se supone como base de una perfecta personalidad. Si todos los seres se individualizan y la ley de la vida es ley de diferencia; si cada célula tiene su propia función para colaborar al perfeccionamiento del organismo entero..., lo primero esencial para alcanzar una personalidad perfecta es conocer el propio tesoro de cualidades que constituyen mi diferencia típica y mi individualidad. Es inútil pretender personalidad sin este propio conocimiento. ¿Cómo alcanzar a desarrollar la personalidad sin conocer aquello en que se apoya la propia individualidad, el propio ser? Típicamente, temperamentalmente, cualitativamente, los individuos se diferencian y uno no es otro; en más o en menos, para mejor o para peor, todos los individuos tienen sus límites propios y definidos, y dentro de esos límites alienta toda su individualidad. Es preciso conocerse a sí mismo. Pero se impone, luego, la unidad interior; unidad de ideales o proyectos, constancia en las convicciones y seguridad interior, vocación definitivamente humana a la que todas las facultades converjan. No alcanzan personalidad los espíritus disparados en mil direcciones 187

y cambiantes. Por el contrario se impone el conocimiento consciente y definido de la orientación que en la vida se adopta; saber el por qué y el para qué de nuestros actos, haciendo que todo obedezca a un imperativo consciente interior, a un ideal claramente percibido, a una convicción perfectamente asegurada y contrastada. Se afina más el concepto de personalidad en el rasgo de distinción característico de la persona. Está, desde los comienzos, condenada la imitación servil a los modos ajenos. No quiere esto decir que una sabia imitación de las buenas cualidades de otros pugne con una perfecta personalidad. La imitación puede ser buena y es una norma excelente de educación y cultivo del propio carácter. Pero esta imitación debe hacerse al modo propio. No se puede imitar —no es la cuestión— lo que hizo Javier o Teresa o Pablo; sino que, haciendo nosotros lo nuestro, lo hemos de hacer como lo hicieron Pablo, Teresa o Javier. No se trata de una imitación servil y a la letra. Cada santo tiene un modo peculiar y en todos ellos se revela una acusada personalidad que le distingue de los demás. Forman todos como los variados colores de una cristalera maravillosa. Cada uno ha puesto su color propio y se ha logrado el dibujo perfecto con todos. Menos aún cabe la imitación servil de los modos y gestos puramente humanos y superficiales que se ven en el ambiente, en la pantalla o en la moda, en la novela o en la revista. El éxito dependerá de que cada uno cultive lo que le es propio con la mayor perfección posible. La personalidad exige esta independencia y distinción delicada. Pero la quiebra más grave para la personalidad está en la falta de identidad consigo mismo. Falta de constancia, pensamientos e ideales que no llegan a convicciones, proyectos que se atascan porque se rompe la continuidad del esfuerzo, verdades que ayer se creyeron y hoy se rechazan, antipatías de hoy que mañana son justificadas simpatías o interesadas amistades, entrega de la propia identidad al parecer de los demás, a las obligaciones sociales, a la preocupación del qué dirán, etc... Estos rasgos fundamentales que constituyen la persona y sirven de base a la personalidad suministran materia para un profundo estudio y examen, particularmente los dos últimos. Son muy pocas las personas que saben salvar su distinción con respecto a las demás: su independencia. Son muy pocas las que viven regidas por convicciones claras y seguras a las que se decidan a servir hasta sus últimas consecuencias. Al contrario, la 188

masa vive pendiente del exterior, obligada contra su voluntad por ataduras que debieran romperse, escasa de sinceridad y envuelta en un constante fingimiento y cobarde hipocresía, plegadas a exigencias ajenas por mengua del propio carácter... Falta personalidad.

CAMINANDO HACIA LA PERSONALIDAD
¿Cómo conseguir una perfecta personalidad? Ante todo, hay que evitar la imitación servil de lo ajeno. Principalmente, en el terreno de las ideas. Que cada cual se ejercite en ser pensador por cuenta propia. Que es triste ver un mundo que habla de todo y pretende entender de todo, y se mueve siempre al conjuro de unas cuantas ideas prestadas, más brillantes que verdaderas, sin haberlas examinado fríamente y haberlas contrastado hasta convertirlas en ideas propias. Unas veces es el fondo del periódico, o el rumor del reportaje ligero y superficial; en otras ocasiones, son los datos confusos y cogidos por los pelos suministrados por una crónica de una agencia informativa; acaso, la lectura de una revista escrita sin responsabilidad, frívola y entretenida, hecha para agradar y no para informar... Más frecuentemente, son ideas audaces lanzadas de manera brillante y segura, que en su mismo atrevimiento encuentran el mayor motivo para entrar en conciencias indefensas. No nos damos cuenta del mal, pero el mundo está lleno de almas que no saben pensar por cuenta propia, que son incapaces de pensar por su propio riesgo. Es más cómodo recibir y repetir sin controlar aquello que se recibió. Así se hablan solemnes inexactitudes, ridículas afirmaciones... Sin calar el peso de lo que se habla, sin ponderar las consecuencias de la idea que se repite. Para alcanzar una perfecta personalidad, se ha de empezar por el espíritu. Debe haber en nuestra mente un servicio de aduana por donde pase todo cuanto entra, todo cuanto se lee y oye. Y antes de dar blando acogimiento en el espíritu, hacer que el servicio de aduana revise diligentemente las valijas de cuantas ideas pretenden penetrar en el santuario interior. Hay que revisar lo que puede haber de falso o de incompleto en tanta mercancía intelectual que constantemente se nos ofrece en los mercados del mundo. 189

Y, una vez revisadas las ideas, asimilarlas con el lento trabajo del propio pensar, hasta lograr convertirlas en ideas propias. Pocos hombres llegan a elaborar ideas absolutamente suyas, exclusivamente propias. Nuestra alma se va alimentando del pensamiento de todos, transmitido por innumerables medios de comunicación en libros, revistas, artículos, estudios, conferencias, conversaciones... Lo que se elabora en los talleres mentales de los hombres de ideas propias, es luego un proceso de asimilación de las ideas recibidas de muchos modos. Hasta llegar a dotarlas de la propiedad personalísima del pensador, se ha hecho necesario un trabajo de examen y cotejo, se ha ido vinculando a la propia convicción todo el material recibido, se le ha transformado con el estilo personal... Y, cuando esas ideas han vuelto al exterior, han salido vivas y convincentes, empapadas de la vida que alcanzaron en el hombre que las alimentó en su mente. No admitir, sin más trabajo, ideas prestadas ni —menos—vivir en ellas. No repetirlas sin comprobarlas. Pensar por cuenta propia. *** Pero es, acaso más importante —mejor aún, la base de todo ello—, alcanzar una perfecta independencia exterior. El hombre que pretende alcanzar personalidad, no puede vivir pendiente de lo que le rodea, ni dejarse influir por los cambiantes ambientes del mundo. Porque lo exterior es tornadizo y frívolo, vulgar y ligero. Pender de opiniones, de respetos humanos, de falsos compromisos, sentirse ligado por lo que nos rodea... es exponerse a una inestabilidad vergonzosa. El hombre debe tener sus convicciones interiores, bien contrastadas y ciertas. Con ellas, una unidad interior —unidad de propósito y de ideal, de constancia y de acción que oriente su vida. Sus actos todos serán el natural desenvolvimiento de esos principios internos. Deberá estar siempre pendiente de ellos. Pero ninguna otra fuerza exterior puede violentar al hombre que mantiene su personalidad. No debe haber fuerza exterior capaz de doblegarnos. Es cobarde la postura acomodaticia del que siempre coincide con la opinión ambiente; sin valorarla primero; caracteres débiles que se 190

doblegan, esclavizándose, a la adulación o al interés o al compromiso; voluntades de flojo acero que prefieren doblarse en todas las direcciones, aunque con ello pierdan fortaleza. Hacen falta almas independientes de lo exterior, enteramente entregadas a unas convicciones ciertas y seguras, que hagan suyo el lema del mejor acero: Me rompo, pero no me doblo. Ser uno mismo siempre. «Hay que vivir por uno mismo. El que de tal modo depende de los demás que no se atreve a expresar una idea propia, ni a respirar con independencia, no merece figurar entre los vivientes... Un hombre que no tiene más convicciones que las que le proporciona la lectura del periódico o la opinión de la masa... es una sombra homérica que no debe calificarse de vivo». (Weis). *** El mayor mal de todos los tiempos, el egoísmo, es la primera semilla de la propia desdicha. Es preciso vencer el egocentrismo. Naturalmente, por sensualidad innata, el propio interés y la propia comodidad se colocan frecuentemente en el primer plano de nuestras preocupaciones. Pero el egoísmo estrecha, arrincona, encoge. Mientras la atención a los intereses de los demás ensancha y robustece al desarrollar una acción expansiva. Es preciso olvidarse de sí mismo. Porque la excesiva atención hacia el propio yo, cuando es por sensualidad, hace al alma comodona y vulgar. Atrofia las más bellas iniciativas del corazón, cuya función propia es amar. Y el amor es expansivo, nos saca hacia el exterior, hasta colocarnos en una causa digna y noble. Y si la preocupación del propio interés es por meticuloso mimo de nuestra vida —enfermedad, salud, tristeza, etc...—, agiganta nuestras 191

pequeñas cruces y las hace más dolorosas, mientras entenebrece el espíritu y nos evita contemplar claridades que nos serían consoladoras. La mejor manera de ser feliz es atender a hacer felices a los demás. Cada miembro o facultad alcanza su plena armonía ejercitando su propia función. El entendimiento, en el estudio; la memoria recordando; el cuerpo, en el discreto ejercicio físico y en el deporte; los pulmones, en la respiración profunda y alegre... La función propia del corazón es el amor. Es preciso olvidarse de sí mismo para atender a una causa noble en favor de los demás. El egoísmo es la telaraña del corazón, la polilla de la dicha. No debiéramos pensar en nosotros mismos más que en el momento de hacer nuestro examen para lograr conocernos mejor. Y aún ese examen sería más completo si lo hiciéramos contrastándolo con el ideal propuesto. Así el corazón estaría siempre proyectado hacia una finalidad ennoblecedora. Sin miedo al esfuerzo, sin atender gratitudes inmediatas, sin medir el egoísmo de los demás... *** Hasta alcanzar la perfecta unidad interior. Unidad de ideales y de acción. Entonces, la vida será como el desarrollo expansivo de la fuente interior de la dicha. En nuestras entrañas se abre el manantial, apenas perceptible. Sus aguas son puras y claras, y el camino que han de recorrer está sembrado de colorido y de primavera. Dejemos que esa agua interior brote abundante. Mientras el alma se recrea en el sonsonete alegre del riachuelo cantarín de la dicha, podremos ver cerca de nosotros cómo florecen los campos donde otras almas viven y ríen, gracias al esfuerzo generoso de nuestra constante y delicada caridad. Y, todavía, el agua vivificante de la generosidad sabrá embalsarse para devolvernos en todo momento el beneficio de consolaciones insospechadas.

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ENCUESTA sobre La Personalidad
VER: ¿Qué idea tienes de lo que es personalidad? ¿Ves muchas almas con verdadera personalidad? ¿Por qué se parece que no la tienen? ¿Cuáles te parecen los principales estorbos? ¿Conoces muchas almas que quieran ser «algo más» de lo que son? ¿Conoces muchas que se conforman con un buen pasar de la vida? JUZGAR: ¿Cómo descubrir la propia personalidad? ¿Crees que ello es posible sin llegar al propio conocimiento? ¿Estás convencido de que cada uno tiene sea individualidad, base de una exacta personalidad? ¿Te conoces a ti mismo? ¿Mantienes tu unidad espiritual a base de un ideal? ¿Reconoces lo que te distingue de los demás y lo aprovechas bien? ¿Eres constante y consecuente contigo mismo? ACTUAR ¿Son muchos los que piensan por cuenta propia? ¿No te parece que el mayor mal es vivir de ideas prestadas que se reciben sin controlar y se repiten sin comprobar? ¿Sabes pensar por ti mismo? ¿Sabes hacer propias las Ideas que recibes? ¿Mantienes tu independencia de todo lo que te rodea? ¿De tal modo que tus acciones estén determinadas por la conciencia y no por el ambiente? ¿Te mantienes totalmente sumiso a tu ideal y a tu deber? ¿Piensas mucho en ti mismo?

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Normas para la acción Conocimiento propio, hasta distinguir las propias cualidades y defectos.— Llegar a convicciones seguras y claras y mantenerse en total dependencia con respecto a ellas.—Pensar por sí mismo, haciendo examen de cuantas ideas se reciben, hasta convertirlas en convicciones propias. No regir la propia vida por miramientos o influencias del ambiente.—Huir del egoísmo y dedicarse con entusiasmo a una causa noble. Examinar estas normas ***

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