Leyder Lasprilla

2011

FILOSOFÍA Y EPISTEMOFILIA
(Dos conceptos muy poco diferenciados en la actualidad)

“La verdadera filosofía debe alentar el fuego de la pasión, hacer hervir el cerebro y freír los ojos… aunque también debe hacer lo mismo en el otro extremo del espectro de los sentimientos y ser leve como la bruma, serena como el llanto y sostener el mundo entre sus manos con la misma delicadeza que si fuera un bebé desnudo, tierno, sensible y vulnerable”.

Ken Wilber

Introducción
A lo largo de la historia del pensamiento occidental, se ha evidenciado una marcada indiferenciación en la semántica de los significantes información, conocimiento y sabiduría. Ha sido con los trabajos de místicos como Osho, Gurdjieff, Vivekananda, Aurobindo, Kirpal Singh (entre otros) e intelectuales como Baldwin, Piaget, Vigotsky, Wilber, Lasprilla –quien ha hecho mucho énfasis en sus escritos sobre esto1-, que estos tres conceptos se han diferenciado claramente y, por ello mismo, su integración secuencial en el desarrollo interno se ha hecho posible. Sin embargo, todavía es mucho el personal estudioso de estos temas que no ve diferencia entre ellos, razón por la cual han confundido también la epistemofilia con la filosofía. Se imaginan que un filósofo, al hablar coherentemente de un tema, no tiene diferencias con un epistemófilo, porque se quedan en lo que aparece (superficie) y no
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Véanse, por ejemplo, sus obras Semántica Disensual: filosofía, lenguaje y realidad (2009) y Filosofía y Psicología para la Transformación del Ser: despertando de la ilusión (2010).

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indagan sobre lo que subyace (profundidad). Por ello, el objetivo de este escrito es diferenciar claramente estos dos conceptos para que las confusiones comiencen a cesar, de otra manera se verá σοϕία donde solo hay ἐπιστήµη o viceversa.

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Información, conocimiento y sabiduría
Gnoseológicamente hablando, el hombre cuenta con tres formas de operatividad sobre la realidad que se organizan jerárquicamente de acuerdo con su nivel de profundidad. En orden ascendente nos topamos en primera instancia con la información, por ser la forma más superficial de habérnosla con un referente real. La defino como el capto -o conjunto de los mismos- que nos queda en la memoria de manera aislada, por el contacto directo o indirecto2 con una realidad en cualquiera de los cuatro reinos del Kosmos. Deriva del latín informationem, acusativo de informatio (bosquejo, esbozo), que a su vez derivó del verbo informare (dar forma), por lo que es claro que la información es apenas la forma inicial de todo lo implicado en el encuentro sujetoobjeto (gnoseológico-ontológico). Con ella es muy poco lo que se puede hacer, pues no está integrada con los esquemas (a decir de Piaget) que ya tenemos en nuestra memoria de tal forma que usted si define no explica o si explica no ejemplifica o, todavía más, si aplica no define. En suma, no completa los cuatro pasos del conocimiento (Lasprilla, E. 2009) disensualmente requeridos para un recto proceder3. Un ejemplo claro de ella lo encontramos en el campesino que no corta un árbol para hacer leña cuando hay luna llena porque cuando lo ha hecho en el pasado no ha conseguido producir fuego; pero si usted le pregunta cuál es la causa física de esto, no podrá explicarle ni definirle los conceptos implicados en lo que exige dicha pregunta. Subiendo la pirámide gnoseológica, nos encontramos después con el conocimiento. Esta palabra deriva del latín vulgar conoscere, que a su vez derivó del latín clásico cognoscere (haber aprendido cabalmente) y consiste en una integración coherente y funcional de la información en nuestra memoria, permitiendo que nos movamos con facilidad dentro del manejo de un tema o hacer en cuestión. Con él podemos definir, explicar, ejemplificar y aplicar (cuatro pasos del conocimiento) aquello de lo que decimos estar enterados. Implica una profundidad mayor que la información, por ello quien conoce ha llegado más lejos en el contacto con la realidad que quien solo está informado. Un ejemplo de esto es palpable en el caso de un expositor al que en una conferencia sobre la energía se le pregunta qué es la misma y él responde sin vacilación (“es aquello que nos permite realizar un trabajo”), luego explica lo implicado en la definición (“pues sin ella no hay movimiento posible y sus manifestaciones son múltiples, como son la energía cinética, eléctrica, potencial, inercial, etc.), después
Digo directo o indirecto, por el hecho de que uno puede haber leído o escuchado sobre un referente sin haberlo jamás percibido directamente. Una cosa es escuchar a qué sabe una pera y otra muy diferente es probarla nosotros mismos. 3 Remito al lector a mi artículo, publicado en la Internet, Lingüística y Filosofía: ¿es posible definir todas las palabras que utilizamos?
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ilustra (“si yo levanto un objeto del suelo, lo que implica moverlo dentro del gradiente gravitacional del planeta, el objeto se carga con una energía potencial gravitacional proporcional a la energía cinética que adquirirá en el momento en que lo suelte”), y por último, llevará a la acción el ejemplo citado. Sin embargo, el conocimiento no es el eslabón último –como muchos imaginan-, pues es solo la mitad del camino. Por encima del mismo hay un escalón todavía más elevado, significativo y profundo –al que no todos llegan-. Es la sabiduría. Ella, a diferencia de las dos instancias previas, no es algo netamente intelectual, que solo con estudio se consigue, sino que consulta lo más profundo de un individuo: su alma4. Este significante deriva del latín sapere, que a su vez derivó del indoeuropeo sap (tener sabor), “indicando con ello que el sabor no es transferible sino vivenciable” (Lasprilla, E., 2009, 1995), pues nadie puede reducir a palabras las cosas que vive (sensaciones, percepciones, impulsos, emociones, entre otros); solo puede indicar lo vivido con las mismas, que es diferente. Por ello es fácil ver que la sabiduría es el producto de las vivencias comprendidas; lo que nos queda después de haber saboreado la realidad por nosotros mismos abrazando vivencialmente (comprensión) lo que ello implica. No es casual que Osho dijera: “la sabiduría es algo que surge en ti, es tu florecimiento, tu fragancia” (2007, p. 35)5. Por otra parte, con la sabiduría el hiato sujeto-objeto se pierde (gnoseología y ontología se funden en una unidad mayor), el sujeto ya no se siente divorciado ontológicamente de lo que percibe: ha comprendido que él y su objeto no son dos cosas separadas, sino partes integradas de una misma unidad. Por ello la sabiduría es correlativa a la unidad. Pero tanto la información como el conocimiento mantienen la división sujeto-objeto, pues el individuo siempre se ve él “aquí” y su objeto “allá”. Esto hace que sean correlativos a la dualidad. Ahora bien, como el paso de la información al conocimiento implica una construcción activa del sujeto epistémico (Piaget), el conocimiento como tal es intransferible, pues uno no puede transferir con palabras el aprendizaje significativo (D. Ausubel) que ha llevado a cabo: cada cual es responsable de su conocimiento. Esto lo hace semejante (mas no igual) a la sabiduría que es intransferible, pues también el individuo la consigue

El alma, como la han definido los Maestros Perfectos del Surat Shabd Yoga, es un quantum de Espíritu (Absoluto, Dios, etc.). Es ella la que a través de la vivencia durante su trasegar evolutivo, va cobrando consciencia del saber latente en sí misma (ανάµνησις platónica), porque va construyendo las estructuras de consciencia pertinentes para ello en cada una de sus líneas de desarrollo. 5 Wilber alude a la diferencia entre conocimiento y sabiduría, dentro de su Postmetafísica Integral, con los conceptos de conocimiento por relación y conocimiento por descripción (que considero se relacionan con lo que Bertrand Russell llamó, en 1912, conocimiento directo y conocimiento por referencia). El primero enfatiza lo que con un enfoque de tercera persona se hace al indagar una realidad en cualquiera de sus cuadrantes; por ello es correlativo a las metodologías de la zona 2 de su matriz OCON (es decir, 3p x 1p). El segundo, lo que se hace con un enfoque de primera persona al investigar una realidad de primera persona; por ello se corresponde con la zona 1 (es decir, 1p x 1p). El primero no implica vivir en carne propia lo que se investiga; el segundo, sí.

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activamente. Pero el hecho de que el conocimiento sea netamente noosférico en su esencia, lo hace semejante (pero no igual) a la información6. Y son precisamente estos puntos de semejanza los que hacen que el ojo poco entrenado no pueda diferenciar estas tres posibilidades gnoseológicas. De esta forma a cualquiera que tenga mucha información sobre diferentes cosas se le llama, equivocadamente, intelectual (como si tuviese muchos conocimientos), y al que posee muchos conocimientos sobre la realidad se le llama, desafortunadamente, sabio (como si el conocimiento fuese sabiduría). Con este galimatías no se llega a ninguna parte, aunque los necios así lo crean.

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Sofós (σοϕός) y sofista (σοϕιστέ) σοϕιστ
Ya en los tiempos de Homero el vocablo σοϕός (sabio) era muy popular y se usaba con la intención de designar a aquél que albergaba en su ser sabiduría, por ello muy pocos individuos eran calificados como tales. Sin embargo, el término comenzó a perder su significado original con el correr de los siglos por el uso equivocado que comenzó a hacerse de él7: primero significó capacidad de hacer tareas concretas y/o abstractas de manera muy eficiente; luego, significó inteligencia práctica, es decir, capacidad de hacer solo tareas concretas de forma óptima, equiparándose con lo que en ese momento denominaban experto (σοϕιστέ). Con Esquilo (525-456) la palabra alude a la utilidad de lo sabido -por lo que sabio es aquel que revela en la acción su saber y de ellos saca beneficios para sí mismo o para los demás-. Con Píndaro (518-? A. C.), precisamente por la equiparación del vocablo con el de σοϕιστέ , adquirió un matiz peyorativo: charlatán8. Y, Para Eurípides (480-406 a. C.), hacía referencia a la capacidad práctica de gobernar correctamente9. Ahora bien, para entender de mejor manera por qué Píndaro llegó a esta aseveración, debemos tener claro quiénes eran los sofistas (σοϕιστές) en la Gracia antigua. Sofista era aquel que cobraba por enseñar el arte de la retórica10, es decir, la habilidad para

Esto no implica que el conocimiento no tenga una base emocional, como deja claro el concepto epistemológico de Bachelard: contaminación afectiva del proceso cognoscitivo. Recordemos las palabras de Freud: “donde reina el desafecto no llega el conocimiento” (citado por Lasprilla, B. 1992, p. 8). 7 Tanto por parte del vulgo como de intelectuales que no veían diferencia entre sabiduría y conocimiento. 8 Citemos a Osho: “Sofós decayó y acabó designando un fenómeno feo, el sofista. Sofía decayó y en su lugar nació sofistería. Sofistería es debatir por debatir, sin ningún interés por la verdad. No es más que simple análisis lingüístico, por supuesto, lógico, racional, pero no intuitivo, no experimental” (2007, p. 37). 9 Aunque Eurípides llamaba σοϕία a la listeza y σοϕόν, a la sabiduría, con el objetivo de diferenciar el saber de los dioses del saber del hombre (Wikipedia, 2011). 10 De acuerdo con Thomas H. Leahey (2005), la retórica llegó a Atenas en el año 427 a. C. procedente de Siracusa.

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convencer y/o persuadir11 a otros con argumentos verosímiles mas no verdaderos. En palabras de Protágoras: habilidad para “poder convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles” (Wikipedia, 2001). Por ello los sofistas eran considerados unos charlatanes y estafadores, porque ante el ignorante posaban de sabio sin realmente serlo. Para Aristóteles eran los profesores de la pseudosabiduría (Rosental, M. M y Iudin, P. F., 1999). Decían una cosa y luego otra; se les preguntaba la definición del algo y no la daban; cambiaban de criterio según las conveniencias del contexto; defendían el relativismo cultural excluyéndose del mismo12; en fin, eran considerados lo peor del intelecto por los grandes de la antigua Grecia. No fue casual que cuando a Sócrates un sofista le dijera: “Sócrates, es muy aburrido escucharte; siempre andas diciendo lo mismo sobre las mismas cosas”, este le contestara: “pero vosotros, sofistas, que sois tan lentos, tal vez jamás decís lo mismo de las mismas cosas” (citado por Wilber, 2005, p. 88). No obstante, así como había un arte para embaucar (ρητορική) usado por los sofistas con el objetivo de ganar prestigio y dinero, había un arte para decir la verdad e impulsar el aprendizaje y el crecimiento: la parresia (παρρέσια). La parresia era el discurso (hablado o escrito) coherente y con fundamento (basado en verdades y no en verosimilitudes) con el que el σοϕός -o en su defecto, el intelectual comprometido con su causa- enseñaba las verdades por él vividas, pues su intención era propiciar espacios para el crecimiento y no buscar fama basado en mentiras. Por ello era imposible encontrar a un sabio usando la retórica o encontrar a un sofista utilizando la parresia: eso hubiese sido tan absurdo como encontrar lluvia que cae hacia arriba. El σοϕιστέ podía razonar mucho y estudiar mucho, pero jamás podía actuar y hablar como un σοϕός. El σοϕιστέ era del intelecto; el σοϕός, del ser. El σοϕός era honesto; el σοϕιστέ, deshonesto. El σοϕιστέ gustaba de la verborrea; el σοϕός, del silencio. Para el σοϕιστέ era muy importante el discurso en detrimento de la acción; para el σοϕός era muy importante la acción. Para el σοϕός era clave la concordancia de nuestras palabras con nuestros comportamientos; para el σοϕιστέ daba lo mismo hablar con base en la acción que hablar si base en ella. En fin, eran seres muy diferentes, Desafortunadamente los malos usos de las palabras por parte de los ignorantes llevan a que dos palabras tan diferentes en su significado sean confundidas de tal forma que terminan confundiéndose, también, las realidades que representan. Así, el sabio terminó equiparándose con el charlatán y el charlatán, con el sabio. Toda una barbaridad.

Convencer y persuadir son verbos que aluden a ofrecer argumentos para mostrar que se tiene la razón y los demás actúen en consecuencia pero se diferencian en que el primero usa netamente la razón y va dirigido al intelecto del otro, en tanto que el segundo usa la razón y el corazón y va más dirigido al sentir ajeno. 12 Porque mientras decían que nadie tenía la verdad absoluta (contradicción performativa de Wilber), ellos sí consideraban tenerla.

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Filósofo y epistemófilo
Pues bien, dándose ya la equiparación entre σοϕός y σοϕιστέ, entra en escena uno de los hombres más fascinantes de la Antigua Grecia: Pitágoras (Πιταγόρασ) de Samos (582-507 a. C.). Él introdujo las palabras ϕιλοσοϕία (filosofía) y ϕιλοσοϕόσ (filósofo) cuando –se dice- alguien le preguntó a qué se dedicaba, a lo que él respondió: “a amar la sabiduría”. Precisamente, la palabra filosofía derivó de los vocablos griegos ϕιλείν (amar) y σοϕία (sabiduría) y, por ello, filósofo es aquél que ama la sabiduría. Pitágoras acuña estas palabras por la degradación que ya estaban padeciendo σοϕία y σοϕός, buscando rescatar la diferencia entre el que sabe y el que posa de sabio –pero a lo sumo solo conoce-. En palabras de Osho: “Antes de Pitágoras, se usaban otros términos… En vez de filosofía, se usaba el término sofía –sofía significa sabiduría-, y en vez de filósofo, sofós –sofós significa hombre sabio-. Eran palabras hermosas, pero habían decaído, habían sido asociadas a la gente equivocada. Habían caído en malos tiempos” (2007, p.33). De esta manera, el hombre sabio volvió a ser reconocido y diferenciado del farsante. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que esa palabra también cayera en malos tiempos. Sócrates, Platón13 y Aristóteles, siendo intelectuales de alta envergadura, popularizaron las palabras filósofo y filosofía, a pesar de su etimología, con el matiz de amor por el conocimiento, por el estudio, por el razonamiento. Así, otra vez el sabio se confundió con el pensador. Hoy, después de dos milenios, el error se mantiene y solo son pocos los que –ayer y hoy- han visto la diferencia que hay entre el sabio y el conocedor. Para Piaget la filosofía no era más que una posición razonada respecto de la totalidad (Orozco Cantillo, 1986), para José Ortega y Gasset, “conocimiento del Universo o de todo cuanto hay” (1981, p. 80), y Bertrand Arthur William Russell nos dice en su libro Fundamentos de Filosofía: “La filosofía se origina del esfuerzo inusitadamente
Es clave aclarar que ni Sócrates ni Platón fueron místicos o iluminados. Ellos eran unos buscadores de la verdad y de la sabiduría, más no eran unos sabios iluminados. Utilizaban mucho el razonamiento y dedicaron muchos años de su vida al conocimiento. Un místico no perdería su tiempo hablando con el populacho de una plaza pública (ἀγορά), pues sabría del peligro que corre (cosa que no vimos en Sócrates y que le costó la muerte). Tampoco escribiría cosas como esta: “Seguiremos, pues, en esto Homero –dije-, y así, en los sacrificios y en todas las ocasiones semejantes honraremos a los valientes, a medida que muestren ser tales, como himnos y estas otras cosas que ahora decimos y además ‘con asientos de honor y con carnes y copas repletas’, a fin de honrar y robustecer al mismo tiempo a las personas…” (Platón, 2005, p. 213), pues ningún místico apoya el sacrificio de seres vivientes y mucho menos la ingesta de carnes. Y leamos lo que nos dice Eduardo Schuré sobre Platón: “Después de la muerte de Sócrates, empezó a viajar. Siguió las lecciones de varios filósofos del Asia Menor. De allí fue a Egipto, para ponerse en relación con sus sacerdotes, y pasó a través de la iniciación de Isis. No alcanzó como Pitágoras, el grado superior del adeptado, en el cual se adquiere la vista efectiva y directa de la verdad divina, con poderes sobre naturales desde un punto de vista terrestre. Se detuvo en el tercer grado, que confiere la perfecta claridad intelectual…” (1999, p. 264).
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obstinado por alcanzar el conocimiento verdadero” (1973, p. 16). Es por esta razón por la cual Osho intentó hacer lo que hizo Pitágoras en su momento: acuñar un nuevo término porque el de filosofía ya estaba muy desgastado. En sus propias palabras: “De nuevo, el término ‘filosofía’ ha perdido su reputación. Haría falta uno nuevo. Por ejemplo, ahora estaría bien cambiar ‘filosofía’ por ‘filousía’. Ousía procede de una raíz que significa ‘esencia’” (2007, p. 41). Y esto es tan grave que siendo la sabiduría algo individual, porque es intransferible, hoy a diestra y siniestra las universidades gradúan a sus estudiantes con el título de Filósofo, como si solo a través de la lectura pudiese accederse al saber. Y lo mismo aplica para los que alcanzan el grado Ph.D, pues philosopher es filósofo en inglés -y muchos de ellos ni siquiera saben qué es la gnoseología-. Ahora bien, como en el año de 1987 Mabel Curin introdujo el concepto de epistemofilia para dar a entender el amor por el conocimiento (de ἐπιστήµη, conocimiento y yϕιλείν, amar) y como la propuesta de Osho no ha sido escuchada, considero pertinente hacer las siguientes acotaciones: 1- Llamar epistemófilo –siguiendo a Curin- a aquél que busca el conocimiento con pasión, pues lo ama. 2- Llamar filósofo a aquél que ama la sabiduría y por ello la busca con ahínco, pues no la ha alcanzado en su totalidad, ya que, como dijo Réne Guénon: “Así, como el medio no podría ser tomado por un fin, el amor a la sabiduría no podría constituir la sabiduría misma” (1976, p. 2). 3- Llamar sabio al que alberga sabiduría en su ser, por ello: “… es sabio quien tiene en su singular ser los sabores misteriosos de la vida, cuya vivencia solo es posible en las profundidades de la misma” (Lasprilla, E. 2009, p. 95). Ahora bien, muchos epistemófilos han sido también filósofos (como, Sócrates y Platón en la antigüedad, y Ken Wilber en la actualidad, entre otros), es decir, se han interesado tanto por el conocimiento como por la sabiduría, tanto por el estudio como por la vivencia. Para estos individuos, siempre y cuando estén claros sobre qué en ellos es saber y qué es conocer, el acceso a la σοϕία puede ser más rápido, ya que no es lo mismo estar en una selva en la que nunca se había estado con pleno conocimiento de su mapa que estar en la misma sin tener la menor idea de que se está en una selva. Cuando se estudian concienzudamente las afirmaciones de los sabios, uno las puede convertir en conocimiento, de tal manera que sea posible ahorrar muchos estrellones precisamente porque hay presencia mental del mapa. Sin embargo, no puede evitar los estrellones que permitirán que eso que ahora es conocimiento devenga en sabiduría. Por eso dijo el Papa Juan Pablo II (Karol Józef Wojtyla): “el dolor es divino…” (citado por Lasprilla, E. 2008), ya que es precisamente con este que incrementamos nuestro nivel de consciencia. El conocimiento cataliza el proceso, pero no lo produce.

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Conclusión
Para poder diferenciar la filosofía de la epistemofilia, es necesario tener claridad gnoseológica sobre lo que es la información, el conocimiento y la sabiduría, evitando así caer en el error de llamar peras a las manzanas, como muchos hacen con los conceptos en cuestión. Precisamente esta ausencia de claridad en las mayorías de la Grecia antigua, fue lo que llevó a que σοϕός degradara en σοϕιστέ y que ϕιλοσοϕία acabara siendo lo que hoy llama Mabel Curin, epistemofilia. Por eso, considero sensato repetir que: sabio es el que alberga sabiduría; filósofo, el que ama y busca la sabiduría; y, el epistemófilo, el que hace lo mismo con el conocimiento. Debe tenerse en cuenta que –como acabo de decir- quien tiene el conocimiento puede catalizar el proceso de su crecimiento interno, siempre y cuando no confunda conocimiento con sabiduría. Mucha razón tenía J. Krishnamurti cuando dijo: “lo que aprendáis y encontréis en un libro no será lo real” (1997, p. 303), ya que, parafraseando a Bertrand Russell, una cosa es el conocimiento por referencia y otra el conocimiento directo: el primero es la carta que ofrece el restaurante; el segundo, el plato fuerte que realmente nos quitará el hambre.

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