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PERSPECTIVA AMBIENTAL 44
Acrecimiento

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Edición: Fundación TIERRA Avinyó, 44 • 08002 Barcelona • Tel: 936 011 636 • Fax: 936 011 632 • http://www.ecoterra.org; en esta web se puede encontrar la colección entera de todos los cuadernos de educación ambiental PERSPECTIVA AMBIENTAL en formato PDF Acrobat d'ADOBE, que se publica desde el año 1995. Redacción: Lali Roca Traducción: Pau Valverde Ferreiro Fotos: Wiki Commons, Fundación Tierra y otros Autoedición realizada con ordenadores alimentados por energía solar fotovoltaica. Maquetado conAdobe InDesign CS2 Depósito Legal: B. 2090-1975

Acrecimiento Aprender a vivir con suficiencia Los límites del crecimiento Los límites termodinámicos El aumento imparable de la huella ecológica La energía como herramienta de educación a favor del acrecimiento Reforma o revolución para una sociedad durable La subversión del acrecimiento Simplicidad y acrecimiento, un nuevo estilo de vida Los límites humanos para ser más frugales Captar el arte de la naturaleza Hacerse las propias cosas El mal de los juguetes tecnológicos Cara o cruz o el arte de elegir La pirámide de Maslow y los deseos inacabables Bibliografía e Internet

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El crecimiento económico ha llegado a su límite: lo hemos probado y ya sabemos que no nos hace felices, sino que aumenta la miseria mental, la contaminación ambiental y la destrucción de los vínculos comunitarios. Más bien, como decía Gandhi, es necesario «vivir sencillamente para que los otros sencillamente puedan vivir». No es suficiente con asumir esta realidad; es necesario que nos esforcemos para dar la vuelta el imaginario colectivo actual. Ha llegado la hora de decir: ¡Basta!

Aprender a vivir con suficiencia

Si después de una buena comida –y cuando todavía quedan alimentos en la cocina– nos preguntamos si estamos satisfechos, la respuesta no siempre será sencilla. Habría que pensar que si estamos satisfechos es que ya tenemos suficiente. Pero la realidad es que, como decía Epicuro, «nada es suficiente para el hombre, a quien aquello que es suficiente le parece poco», y que Séneca sentenciaba con aquello de: «No es pobre quien tiene poco, sino quien desea más». Y es que, al final, no vivimos tanto para ser felices o gozar del placer como para desear compulsivamente. Porque en nuestra cultura nos estimulan, con publicidad y con el bombardeo mediático, a transformar la felicidad en un éxtasis permanente. Queda lejos la coronación de la satisfacción después de un esfuerzo notable y cuando, una vez en la cima y después de gozar de la panorámica, hay que rehacer el camino, hacia abajo y con más facilidad, pero no por eso dejando de caminar.

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Una obviedad, pero que es necesario recordar una y otra vez: la economía no puede crecer indefinidamente dentro de una biosfera finita. (1)

El sentido de la suficiencia requiere anular la obsesión por el status social que el consumo estimula. Porque el mejor status no es el de tener más de todo, sino el de valorar los fines por encima de los medios y preferir lo que es bueno antes que lo que es útil. Hay evidencias claras que en la sociedad humana los cambios no aparecen solos, sino que son el resultado de un deseo colectivo creciente. Cuando las personas piensan que las cosas pueden mejorar se produce un flujo energético que nos invade de optimismo y ponemos mas atención para encarar una nueva realidad. El mundo insaciable es un insulto a los que nos precedieron, pero sobre todo es un menosprecio hacia el presente y una amenaza para el futuro que todos anhelamos. Y es que del pasado tenemos mucha información que nos puede ayudar a pensar, para que el presente sea un poco mejor y el futuro simplemente posible y puede ser que no grandioso, como siempre queremos imaginar. Porque, al fin y al cabo, el futuro no es un sueño, sino una esperanza para los que vienen detrás nuestro o, mejor, para aquellos que nosotros siempre pondríamos delante nuestro porque los queremos. Por primera vez estamos delante de una sociedad, la consumista, en la que el futuro de lo que más queremos no forma parte de este imaginario colectivo. El consumo está pensado para satisfacer simplemente nuestras necesidades presentes, aunque amenacen nuestro entorno más cercano. A pesar del aire contaminado de las ciudades, continuamos atascándonos cada mañana con el coche para llevar a los niños a la escuela; el aire envenenado que respiramos nosotros, todos, perjudica más a nuestros pequeños, y es una prueba de ello el incremento exponencial de casos de asma infantil, alergias, etc. En el libro ¡Basta!, el autor recoge un poema sánscrito muy revelador: Cuida este día de hoy porque es la vida, la absoluta vida de la vida. Porque el pasado ya es un sueño y el futuro es solo una visión, pero el presente bien vivido hace de cada pasado un sueño de felicidad y de cada futuro una visión de esperanza.

Las frases de los pies de foto pertenecen a reflexiones de Jorge Riechmann en las siguientes obras: (1) Riechmann, Jorge. Oikos&Janus. Reflexiones sobre la crisis ecosocial. Capítulo de VIVIR (BIEN) CON MENOS. Barcelona: Editorial Icaria, 2007. (2) Riechmann, Jorge. CON LOS OJOS ABIERTOS. ECOPOEMAS 1985-2006. Tenerife: Ediciones Bailes del Sol,

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Es evidente que no pararemos el crecimiento simplemente a base de recibir consejos ecologistas. Necesitamos un cambio fundamental en nuestra manera de pensar, a pesar de estar atrapados en el deseo consumista. La gran verdad incómoda no es el cambio climático, sino que no queremos reconocer que hay límites para nuestro comportamiento como civilización. Hay límites para nuestra capacidad de consumir alimentos, bienes y hasta información. Hay límites para nuestra capacidad de ser felices, porque esta felicidad no es un surtidor de placer infinito, sino saber que formamos parte de un colectivo que nos ama. La conexión con el prójimo, que surge al cantar juntos o al asumir retos colectivos, nos otorga un éxtasis neuronal que ha sido demostrado por diversos científicos. Por tanto, estimular este mecanismo de espiritualidad o de interconexión vital con el planeta se convierte en una buena práctica para avanzar hacia la suficiencia. No podemos pensar que somos ecologistas simplemente porque reciclamos y compramos alimentos ecológicos y aparatos eficientes, si después vamos de vacaciones a destinos exóticos para los que nos es necesario hacer miles de kilómetros volando (un avión genera por km y pasajero unas diez veces mas gases con efecto invernadero que un tren). Pero el autocontrol y la renuncia no son placenteros, si no tenemos conciencia de especie. Porque nuestro mundo rico nos desconecta a los unos de los otros y nos quita el tiempo para las relaciones humanas, llevándonos a vivir en un estado de competencia permanente. No viajamos a islas tropicales para tener un placer más intenso, sino para dejar claro en nuestro entorno que tenemos el poder de hacerlo, a pesar de que estos viajes relámpago ofrecen muchos riesgos y un montón de dolores de cabeza. En el otro extremo, encontramos unas vacaciones de convivencia con gente en un pequeño pueblo, ni tan siquiera alejado, porque lo que importa no es tanto el paisaje, sino el sentido de pertenencia al grupo. No hace muchos años, mucha gente veraneaba en pequeños pueblos siguiendo otro ritmo. Ignoramos la sabiduría del pasado porque el mundo actual exalta la diferencias en vez de acercarnos a lo que compartimos. Lo mismo pasa con el trabajo: hoy estamos atrapados por el valor del salario como supuesta garantía de felicidad y moneda para ser libres, pero no lo es. Mas y más trabajo nos puede hacer perder el tesoro más valioso que tenemos los humanos, es decir, el tiempo. La verdadera

El límite es el elemento constituvo de la libertad. Aceptar límites no es la negación de la libertad, es la condición de la liberdad. Limitarse no es renunciar, es conseguir. (1)

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Autocontención: no sólo para no transgredir los límites ecológicos básicos, sino para respetar el espacio del otro, para dejar existir al otro. La idea no pertenece sólo a la ética ecológica sino también, y medularmente, a la ética social. (1)

libertad consiste en dedicar nuestro tiempo a mejorar nuestro entorno social y ecológico. La suficiencia, sin embargo, no llegará por el hecho de contraponer la renuncia a favor del planeta, al placer de tener la casa más grande, el coche más potente y el móvil mas avanzado. Necesitamos arriesgar para vivir el momento en vez de sacrificar nuestra vida presente por el consumo y la acumulación de objetos y no valores o, todavía peor, por ayudar a construir proyectos que matan el futuro. Como ya hemos apuntado, la suficiencia o la sostenibilidad no son opciones racionales, ya que la razón no nos permite comprender el sentido del límite. Por esto nos es necesario trabajar las emociones, los sentimientos, ya que autolimitarse, como práctica racional, en realidad no hace más que hacernos todavía más contradictorios. Y por esto, el sentimiento de colectividad es fundamental. Las experiencias en ecopueblos, en barrios que han apostado por resolver los problemas ambientales asumiendo los retos de la austeridad, la frugalidad o la simplicidad, son mucho más sencillas. La cuestión no es ir a vivir al campo para cambiar de vida, sino aprender a vivir con menos. No podemos obviar que la lógica global de nuestro entorno es siempre más fuerte que nuestro voluntarismo personal. Pero es evidente que la suma de muchos voluntarismos personales acaba contagiando nuestro entorno, sometiéndolo a una nueva lógica. Nuestra medida de la economía productiva es la base del problema. Hemos dejado de dar valor a los bienes reales, para convertirlos en una acumulación de cosas. Solo tenemos que echar una ojeada a nuestra casa para darnos cuenta de este engorro materialista que nos rodea. Pero para cambiar hacia la suficiencia o la austeridad es necesario asumir un nuevo imaginario, en el que sea valioso tener tiempo para saber hacer cosas y compartirlas con otras personas. Esto es más importante que perder el tiempo trabajando para pagar unas vacaciones “de sueño”. Por otro lado, para conseguir sueños, como puede ser el de una sociedad frugal o en acrecimiento, es necesario que los explicitemos. Esta monografía recopila esencialmente ideas de otras personas que han soñado una sociedad diferente. Un sueño que, a pesar de producir la normal sensación de vértigo, nos ha de permitir rehumanizar la economía, liberar el poder político de las garras de la economía y asumir la importancia solidaria de vivir en un planeta finito en recursos, pero también la importancia de muchas de nuestras capacidades como humanos, incluida la de ser felices.

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En este sueño, todos estamos llamados a participar si queremos conservar un presente digno. Asumir la simplicidad vital o un estilo de vida más austero no nos es posible si no se produce un cambio de modelo social. Pero solo multiplicando el número de individuos que sumen a favor de la austeridad se expandirá esta sensación colectiva de que podemos hacerlo. Y este deseo será la clave para que aquello que de entrada parecía imposible se vuelva una realidad. Los pequeños cambios son poderosos. Es evidente que son necesarias medidas estructurales impulsadas por los gobiernos, pero mientras estos gobiernos sean esclavos del poder económico no hay nada más que hacer que debilitar este imaginario colectivo actual basado en el crecimiento económico como religión compartida. Sabemos que no fue fácil separar el poder político del religioso –hoy, por cierto, se vuelve a poner en discusión esta separación–, pero una cosa es la esfera personal y otra la colectiva. La libertad de conciencia está hoy bajo un espejismo, porque es difícil que se exprese en una sociedad consumista como la nuestra que está, además, en estado de shock permanente. Salir de este gulag exige que nos sacrifiquemos, que nos desnudemos de todo aquello que no sea necesario y que recuperemos el tiempo para pensar, para cantar juntos, para Lo que necesitamos leer poesía y para jugar con nuestros hijos. Este aparente «sacrificio» se con urgencia es dejar convierte en un placer cuando nos damos cuenta de que tenemos más salud de desear imposibles. No y mejores relaciones humanas, y de que, en el fondo, estamos siendo más ambicionarse puede a la vez sinceros con nosotros mismos. Nuestra percepción de la libertad tiene que más crecimiento económico y un ver con aquello que conocemos y que sentimos; una vez conocemos la realidad escondida detrás del paradigma de consumo actual y sentimos que futuro decente para las generaciones tenemos que hacer un cambio personal, no podemos actuar de otra manera, futuras. (1) y quien continua haciéndolo sabe, en su corazón, que está equivocado. En este proceso de convertirnos en el cambio que queremos ver en el mundo, también tiene un papel la espiritualidad: tanto la de quien practica unos valores de respeto hacia su entorno y hacia los demás en el día a día, como la de quien considera que la Tierra es sagrada y el Universo un espacio dinámico donde rebota nuestra propia esencia humana. Quién pondrá el cascabel al gato o quién será el primero no es tanto la cuestión, como el hecho de que el gato deja de ser feroz para convertirse en dócil si dejamos de lado los conceptos convencionales y asumimos que la necesaria

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revolución dentro del sistema es la suma de pequeños gestos hechos con amor, por la convicción de un presente y un futuro mejores. La propuesta del acrecimiento es uno de los escenarios imaginables, pero posiblemente no es el único. Otros pueden ser el acercamiento a conocimientos ancestrales –como los que se conservan en ciertos grupos indígenas– o la espiritualidad “científica” que proponen algunos autores que se han implicado en el estudio de la física cuántica ( como se expresa en el film What the bleep do we know [“¿Y tú qué sabes?”]: Karma Films, 2006). Sea como sea, el cambio nace en el interior de cada uno. Entre todos solo podemos atizarlo para que reviva y nos permita abrir nuevos espacios para practicar la “abnegación enriquecedora” de la que han hablado algunos autores. Necesitamos un sentido de espiritualidad altruista, para aprender a contener los estímulos del cerebro inferior que nos impulsan a querer mas y más y para hacer aflorar un interés más amplio en el hecho de que vivimos en un planeta único, que sin nuestra responsabilidad está abocado a ser devorado por nuestra propia codicia. Y si nuestra mente no cambia su forma de pensar, no hay ninguna esperanza para un cambio de paradigma que permita asumir a nuestra civilización actual que formamos parte de un planeta finito, como también lo es nuestra existencia personal, que no colectiva. Pero para que un futuro sensato sea posible, es necesario un presente austero. Por esto, si amamos a nuestros hijos, ha llegado la hora de decir: ¡Basta! Ya hemos comentado la importancia de cambiar de paradigma y abanNo podemos obviar donar el actual esclavismo económico no solo por la vía racional, porque el debate sobre la austeridad, por difícil esta vía está basada en una lógica consumista. A pesar de ello, puede ser que nos resulte necesario ser consciente de por qué necesitamos emprender este camino enfocarlo. (1) hacia la libertad de una vida suficiente o frugal.
Los límites del crecimiento

El año 1972, a instancias de un organismo más bien conservador como es el Club de Roma, se hizo un informe basado en un modelo de computación por parte de un equipo del Massachussets Institute of Technolofy (MIT), dirigido por los esposos Meadows y titulado Los límites del crecimiento (The limits to growth). En aquel informe se analizaban diferentes escenarios aplicando un modelo informático de simulación conocido como Worl3, que presentaba doce posibles escenarios de desarrollo en el mundo entre los años 1900 y 2100. El

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modelo Worl3 mostraba cómo el crecimiento de la población interactuaba con la disponibilidad de los recursos naturales y cómo éstos terminaban siendo un elemento limitador. El informe recibió muchas críticas, sobre todo con el argumento de que los modelos matemáticos no se ajustaban a la realidad. En 1992 se hizo una revisión que titularon Mas allá de los límites (Beyond the limits), donde se constataba que ya habíamos traspasado algunos límites y se confirmaba el modelo de 1972 en su peor escenario. Pero, treinta años después, vuelven a escribir un nuevo informe (Limits to growth: The 30-Year Update), en el que las variables analizadas no hacen sino mostrar que vamos hacia el colapso. Por ejemplo, en el año 1998, el 45% de la humanidad vivía con ingresos de dos dólares al día o menos, mientras que el 15% de los ricos (entre ellos nosotros) consumíamos el 85% de las riquezas del planeta, y este abismo continúa agrandándose. También podemos ver cómo la población no para de crecer. En 1972 había 4.000 millones de personas en el planeta y treinta años después ya superábamos los 6.000 millones. En todo este tiempo, la presión sobre los recursos naturales no ha parado y en estos momentos hay signos de agotamiento en el suministro de muchas materias primas como el cobre, el aluminio o el hierro. Por otro lado, la contaminación de ríos, mares, suelos y aire no ha parado de incrementarse y ya no digamos la concentración de gases de efecto invernadero. Los escenarios que aporta el modelo Worl3, revisado treinta años después, no puede ser más demoledor. Si continuamos al ritmo actual, en el año 2040 se comenzaran a notar síntomas de colapso. Los autores de este informe proponen tres opciones para hacer la transición hacia un mundo sostenible: una es esconder, negar o confundir las señales. En general, esta actitud toma la forma de esfuerzos para traspasar los costes a aquellos que se encuentran lejos, en espacio y tiempo. Otro es aligerar las presiones de los límites, aplicando soluciones técnicas o económicas. Estas aproximaciones, sin embargo, no eliminan los motivos de la presión sobre los límites. La tercera opción es modificar las causas subyacentes, reconocer que el sistema socioeconómico ha sobrepasado sus límites y se encamina hacia el colapso, y entonces intentar cambiar la estructura del sistema. En todo caso, el valor de su trabajo es precisamente haber elaborado un modelo matemático de comportamiento de la interacción entre el crecimiento demográfico y un planeta con recursos limitados, que se ajusta con mucha precisión a lo que está sucediendo.

Una cultura ecológica sería, a mi entender, una cultura de la madurez: tiene que ver con la aceptación de los límites (finitud humana, vulnerabilidad de la vida, entropía). (1)

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Los límites termodinámicos

Sostenibilidad no quiere decir protección de una muestra de biotopos selectos: quiere decir cambiar nuestra forma de producir, consumir, trabajar, divertirnos, etc. (1)

La segunda Ley de la Termodinámica de Sadi Carnot (1796-1832) formula que más entropía significa más desorden. Pero, dado que los seres vivos mantienen un elevado orden interno, es evidente que han de intercambiar energía y materia con el exterior para conservar el orden. Para un tiempo corto (24 horas para un animal superior), se puede considerar que el organismo se encuentra en un estado estacionario. Así que, para sobrevivir, la mayor parte de los seres vivos consumen energía y generan contaminación o residuos, porque la vida no tiene manera de escaparse de la Segunda Ley. Así pues, por el hecho de vivir, un organismo genera entropía constantemente y provoca un flujo de entropía hacia fuera a través de sus límites. Esta ley se aplicó a la teoría económica por primera vez por Sergei Podolinsky (1850–1891), aristócrata ucraniano exiliado en Francia que intentó, sin éxito, sensibilizar a Marx en la crítica ecológica. Podolinsky escribió una obra sobre economía energética, donde buscaba conciliar el socialismo con la ecología. Pero no fue hasta la década de 1970 que Nicholas Georgescu-Roegen (1906–1994) –de origen rumano, pero que desarrolló su carrera en los USA– alertó sobre el hecho que la economía no puede desligarse de la entropía, es decir, de la no reversibilidad de las transformaciones de la energía y la materia. Y es que al final del siglo XIX, los economistas clásicos destruyeron la idea de que la economía está desligada de la biosfera y, por tanto, de que no tiene límites. De aquí viene que Georgescu-Roegen señalase la imposibilidad de un crecimiento infinito en un mundo con límites, porque la biosfera tiene sus propias reglas que no podemos cambiar. Este autor denuncia que el pensamiento económico occidental (ya sea el capitalismo o el comunismo) tiene una concepción mecanicista que no incluye los factores naturales y, si bien es posible conservar la energía en cantidad, esta energía se degrada en calidad, lo que provoca el fenómeno de la entropía o desorden progresivo. Georgescu-Roegen emplea la metáfora de crítica al sistema económico actual con el argumento de que es como estudiar el aparato circulatorio de un animal sin considerar el aparato digestivo. En esta visión errónea, como pasa en nuestra economía actual, podríamos ver que el aparato circulatorio es un sistema en perpetuo movimiento que podemos estimular a voluntad. Pero la realidad es que es el sistema digestivo, con la aportación de alimen-

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tos desde fuera, el que permite el buen funcionamiento del aparato circulatorio, y éste está limitado a la disponibilidad de alimentos y a los propios ciclos de la naturaleza. Así que nuestra economía depende de recursos naturales de baja entropía y escasos (hidrocarburos, tierras fértiles, agua potable, etc.); la contaminación y el agotamiento son consecuencias esperables que no deberían de externalizarse como hacemos actualmente, porque entonces aumentamos la entropía del entorno y, por tanto, dificultamos la propia supervivencia. Evidentemente, con nuevas tecnologías se pueden producir adaptaciones más armoniosas entre la sociedad humana y la naturaleza que retrasen la creación de alta entropía. Y de hecho, si estos ciclos se adaptasen a la misma recuperación entrópica de la naturaleza por la energía que recibe del Sol, viviríamos en una sociedad sensata. Hasta ahora, las nuevas tecnologías van encaminadas a más producción, a más externalización de la contaminación y a reducir, en definitiva, la calidad de la vida. GeorgescuRoegen, con su bioeconomía, advirtió hace más de treinta años la necesidad de introducir los flujos de los recursos naturales en nuestra actividad económica. Tal como lo vemos hoy, se puede dar la paradoja que, como afirmaba el economista John Kenneth Galbraith (1008–2006), «cuando el último hombre se encuentre en un atasco de tráfico y respire el aire envenenado que le rodea, podrá estar contento de saber que el Producto Interior Bruto se ha incrementado una unidad».
El aumento imparable de la huella ecológica
Tal vez un realismo pesimista, activo y actividor, nos sea efectivamente de más ayuda que un optimismo bobo que cierra los ojos a la realidad. (1)

La huella ecológica es un índice (vean la Prespectiva Ambiental, 34) desarrollada por Mathis Wackernagel y William Rees durante la década de 1990, que nos permite contabilizar los recursos que necesitamos, en superficie de territorio consumida. La huella ecológica es una superficie que se expresa habitualmente en hectáreas y que corresponde al territorio consumido para mantener una población, región país o persona. El espacio disponible sobre el planeta Tierra es limitado: 51.000 millones de hectáreas, pero el espacio bioproductivo es de 11.500 millones de hectáreas. Así que la huella ecológica media por persona con la actual población sería de 1,8 hectáreas por persona. Si tenemos en cuenta que la huella media de un europeo es de 4,5 ha y la de un norteamericano de 9,6 ha, se ve claramente que algunos nos llevamos una parte del planeta que, en

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No es posible construir una sociedad ecológica sin poner radicalmente en cuestión las estructuras de poder y de propiedad. (1)

igualdad, no nos correspondería. Pero también es necesario saber que una huella ecológica de 1,8 hectáreas (suponiendo una población estable) significa vivir con un estilo que requiere de un nivel de austeridad importante (equivale al estilo de vida de un chino que vive en el medio rural ). Entre los años 1960 y 1995, el consumo mundial de minerales se multiplicó por 2,5; el de metales por 2,1; el de madera por 2,3 y el de productos sintéticos – como el plástico– por 5,6. Este crecimiento superó el incremento de la población del mundo y se produjo en el momento en que la economía mundial experimentaba un cambio, con la inclusión de más sectores de servicios, como las telecomunicaciones y las finanzas, que no necesitaban tantos materiales como la fabricación, el transporte y otras industrias que en otra época habían sido dominantes. Entre el año 1900 y el 2000, la producción económica se incrementó 18 veces y llegó a los 66.000 millones de dólares en el año 2006. Recordemos que solo los EEUU, con un 5% de la población mundial, consumen un 25% de los recursos de combustibles fósiles de mundo y tienen una renta mediana de 80 dólares/día. Por el contrario, 2.500 millones de personas (un 40% de la población mundial ) viven con 2 dólares/día o menos. Y, mientras tanto, prácticamente todos los ecosistemas del mundo se están reduciendo para ceder el espacio a los seres humanos y sus hábitats, explotaciones agrícolas, centros comerciales y fábricas, y los residuos se acumulan. El Índice Planeta Vivo (Living Planet Index) muestra un descenso del 35% en la salud ecológica del planeta desde 1970 hasta ahora, mientras que el PIB se ha multiplicado por tres respecto a aquel año. Según este mismo índice, nuestra sociedad superó la capacidad de carga del planeta en 1978. Con esta realidad, no es necesario decir que el planeta no es suficiente para nosotros: mantener el estándar de vida del Norte requiere de tres a seis planetas que no tenemos. Esto quiere decir que los estamos tomando prestado de las generaciones futuras. En otras palabras, estamos condenando a la miseria a los que vendrán detrás nuestro, ya antes de nacer. Si continuamos con un índice de crecimiento del 2%, teniendo en cuenta el previsible crecimiento poblacional, hacia el año 2050 necesitaríamos más de treinta planetas más. Con el actual índice de crecimiento de China, del 10% anual, en un siglo se multiplicaría por 736. Es evidente, pues, que la desmesura actual muestra como nunca que el crecimiento ilimitado en un planeta fini-

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to está abocado al colapso, como ya ha pasado en otros momentos de la Historia (vean el libro de Jared Diamond, Colapso, Editorial Debate 2006). ¿Cómo podemos imaginar que un PIB que en el año 1950 era de 6.000 millones de dólares y que en 2000 era ya de 43.000 millones pueda continuar creciendo? Estamos delante del precipicio, o de la llamada paradoja del nenúfar planteada por Albert Jacquard (1925–) en 1998, en la que ilustraba que, en una progresión geométrica de 2, nos puede llevar varios años que una población de nenúfares colonice la mitad de un estanque. Pero una vez que lo ha hecho, necesitará tan solo un año para colonizarlo todo y ahogar toda la vida de la balsa. La industria se plantea ahorrar en recursos y las estrategias de ecoeficiencia van en ese sentido. Ahorrar hasta un 30 o un 40 % de las materias primas y productos intermedios es posible. Pero también queda claro que el ahorro en la fabricación se traduce en un aumento en la producción. Esta es la paradoja de Jevons, descrita por el economista William Stanley Jevons (1835–1882), que notó que, gracias a los avances tecnológicos, las calderas de vapor cada vez consumían menos carbón, pero el consumo global aumentaba. La paradoja es, pues, que la mayor eficacia para una tecnología más avanzada incrementa su consumo. Un avión nos permite ir de Barcelona a París en noventa minutos y, por tanto, hay más vuelos, como también, al haber más autopistas, hay más tráfico o cuando hay más facilidad de acceso a la información –como supuestamente habría que pensar, con Internet–, el consumo de papel impreso se incrementa. El optimismo tecnocientífico augura un futuro brillante, en el que se producirán paneles solares a un coste irrisorio o podremos viajar a Marte. Pero hemos de recordar que en la década de 1950, cuando se pusieron en marcha las centrales nucleares de energía, se aseguró que la energía sería tan barata que no haría falta pagarla. Nada más lejos de la realidad, y esto dejando de lado los riesgos radioactivos que hemos asumido y traspasado a centenares de generaciones de seres humanos. Podemos imaginar lo que queramos, pero de momento, las 11.500 hectáreas bioproductivas no se pueden multiplicar. Podemos, asimismo, planificar para reducir la población del planeta y así hacer una transición que nos deje tiempo para adaptarnos a una huella ecológica razonable, para llevar

En las cuatro décadas que van de 1960 al año 2000, se consumió más energía que en toda la historia anterior de la humanidad. (1)

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La entropía creciente es la trama implacable de todo aquello que existe (trama que sin embargo podemos contrariar si acceptamos el vigoroso abrazo del padre Sol). Asumir la finitud humana nos haría más sabios. (2)

un estilo de vida más cómodo de forma igualitaria. Pero todos sabemos que el tema poblacional es un tabú, a pesar de la evidencia de la relación entre la explosión demográfica del anterior siglo y la problemática ambiental actual. De hecho, el día que perdamos el acceso al petróleo fácil, el declive poblacional será inevitable, hasta conseguir una población compatible con las capacidades de carga del planeta, probablemente una población mundial de unos mil millones de personas, como antes de la industrialización (1860). Las decisiones sobre la población no son sencillas y no están exentas de retos culturales. A principios del siglo XX, en Cataluña se promovió la primera «huelga de vientres» entre las mujeres que no aceptaban que sus hijos se convirtiesen en carne de cañón para las guerras de África o en esclavos de las fábricas. Delante de la actual situación de amenaza real planetaria, la conciencia ambiental más aguda podría llevar a toda una generación, de manera voluntaria, a renunciar a la procreación o limitarla a un hijo, como compromiso para un futuro posible. Pero es evidente que cualquier cambio de este estilo exige un cambio de paradigma social no solo en términos de política demográfica, sino también de políticas socioeconómicas. La construcción de una sociedad de acrecimiento exigirá una notable dosis de ingenio, pero también de renuncia y de esfuerzo. Es impensable que el modelo de uso de la energía que utilizamos en nuestro estilo de vida se pueda perpetuar y menos con países emergentes como China e India, con crecimientos desmesurados y que, en todo caso, no hacen sino imitar lo que nosotros hemos hecho antes. Alan Durning, en 1992, en su obra How much is enough? (¿Con cuánto hay suficiente?) apuntaba una difícil opción: que la obstinada búsqueda del consumo no solo minaría la calidad de vida de aquellos que están dentro de la sociedad de consumo, sino que disminuiría la capacidad de satisfacción de los que se sitúan fuera de la clase consumidora. El año 2006, un estudio más bien conservador bajo la dirección de Nicholas Stern, encargado por el del Reino Unido, puso de manifiesto que el coste de frenar el cambio climático mediante la reducción de gases de efecto invernadero supondría cada año, aproximadamente, el 1,1% del PIB mundial, pero también advertía que la producción económica global podría reducirse en cifras que oscilan entre el 5% y el 20%. Algunos sectores se han planteado desmaterializar su actividad eco-

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nómica, es decir, plantear no tanto el consumo de productos como el de servicios que éstos ofrecen y, lógicamente, reducir los residuos y reincorporarlos al ciclo productivo. Un diseño de la cuna a la cuna (cradle to cradle), como plantea William McDonough, puede contribuir a ajustar la escala económica. También los impuestos sobre la contaminación medioambiental pueden contribuir a reducir las emisiones contaminantes. Pero para estabilizar las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera por debajo de las 450 ppm (que se considera el límite para que el cambio climático no sea reversible) haría falta reducir el 90% de las emisiones antes del 2050. Es decir, que el esfuerzo económico Mejorar la calidad de que esto supone exige un cambio de paradigma respecto a la visión del vida, avanzar hacia la sostenibilidad, sistema actual. requiere no sólo Como expresó el escritor canadiense Ronald Wright (1948–), «si la civi- hacer (cosas, obras, grandes proezas lización tiene que sobrevivir, tiene que vivir de los intereses y no del capital tecnológicas, etc), de la naturaleza». Los intereses son el flujo de bienes y servicios procedente sino también no de los stocs de capital natural. Estos stocs incluyen áreas vírgenes, suelo de hacer, dejar de hacer. (1) calidad y diversidad genética y de los diferentes sumideros atmosféricos, terrestres y acuáticos heredados de la anterior generación. El capital natural proporciona bienes como comida, medicinas, fertilizantes orgánicos y materias primas para incontables procesos de fabricación; ofrece servicios como el control de inundaciones, el reciclaje de residuos, la formación de suelos y la polinización de las flores, y también mantiene los gases atmosféricos en equilibrio, todo de manera gratuita. Cuando de pierde o se degrada el capital natural, el flujo de bienes y servicios se pone en peligro o se pierde totalmente, de la misma manera que la aniquilación de stocs de capital humano destruye la capacidad de una comunidad de ofrecer alojamiento, comunicaciones, suministro de agua o de energía. Por tanto, no agotar los stocs de capital natural y los flujos de servicios del ecosistema es un requisito para conseguir la sostenibilidad. La huella ecológica nos ofrece una forma valiosa de contabilidad ecológica, para utilizarla como termómetro de las mejoras económicas que introducimos a favor del acrecimiento.
La energía, herramienta de educación para el acrecimiento

La energía que nos aportan la extracción del petróleo o la física nuclear, en comparación con los alimentos que nos permiten vivir, literalmen-

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Superar la infancia es aceptar que existen límites e interiorizarlos. Una civilización infantilizada sueña con superpoderes y la tecnología los promete. (1)

te nos ha obnubilado. Por esto, no puede haber acrecimiento sin emprender un programa de alfabetización energética con urgencia. Desconocer los datos del consumo eléctrico en nuestra casa y las consecuencias ambientales de los kilovatios/hora consumidos es solo la punta del iceberg . Las dietas de los humanos adultos contienen entre 1.000 kcal/día (48 W) y 4.000 kcal/día (193 W). Hacer de leñador durante unas ocho horas requiere de una aportación energética equivalente a unas 2.100 kcal (305 W). Esto quiere decir comer alimentos ricos en calorías, como legumbres, tocino, etc. Pero tal vez hemos de considerar que vivir, simplemente, también requiere energía. El metabolismo basal o mantenimiento de las funciones vitales (respirar, mantener la temperatura, el tono muscular, etc.) en una persona adulta de 70 kg requiere 80 watios de potencia. En un día, esto supone 1,92 kWh , que en combustible alimentario serían 1651,2 kcal. Además, si consideramos que dormimos unas ocho horas, la cantidad de combustible se reduciría a 1.100 kcal. Para hacer ejercicio, se requiere de una potencia energética de 300 a 400 watios. La energía que se consume cuando al hacer ejercicio está en función del tiempo. Hacer ejercicio una hora al día requiere la aportación energética de 300 wh (0,3 kWh) o 258 kcal. Hace milenios, los humanos descubrimos que labrar con bueyes o mulas era un buen ejemplo de externalizar la energía de la sangre. Durante siglos, las energías de la sangre, es decir, las relaciones con la aportación de los alimentos, fueron básicas. Pero el “combustible alimentario” de cada uno de nosotros, aquél que nos determina la capacidad de trabajo, contiene una cantidad absolutamente ridícula si la comparamos con la que contienen los combustibles fósiles, los cuales, sin embargo, solo pueden alimentar máquinas. Un kilo de madera tiene un contenido energético de unas 3.500 kcal, que equivalen a 4,07 kWh, que es la energía que podríamos obtener con una pérgola de placas fotovoltaicas de última generación, de 2,6 kW de potencia, en un año, contando unas 1.500 horas de sol al año. Una tonelada equivalente de petróleo (TEP) proporciona 10.000 kcal/kg (10.000 megacalorías ó 10 gigacalorías). Hay que decir que la cantidad de energía liberada depende de cada tipo de combustible. En el año 2003, la media de consumo energético por cápita de energía primaria en la Unión Europea fue de 3,9 TEP

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(el mismo año, en los EEUU fue de 8 TEP, y en Etiopía, de unos 0,0025 TEP). Sin ir mas lejos, la ciudad de Madrid, durante la década de 1960, dobló su consumo energético: de 500 kg equivalentes de petróleo por cápita pasó a 1.000 kg, cantidad que actualmente se sitúa en 2,5 TEP. El significado de estos datos, una vez mas, nos cuesta de comprender. Si ahora nos fijamos en el consumo eléctrico por cápita anual, resulta que la media de los países ricos de la OCDE en el año 1999 fue de 8.000 kWh/hab./año, contra los 80 kWh/hab./año de los países mas pobres. Este gasto energético no está exento de impacto ambiental, que se traduce en emisiones tóxicas a la atmósfera (unas ocho toneladas de dióxido de carbono cada año). Un aerogenerador moderno de 1.000 kW ahorra la emisión de cerca de 2.000 toneladas de CO2 a la atmósfera, que se dejan de producir con otras fuentes. Y una pequeña instalación doméstica de pérgola fotovoltaica de 1 kW en la azotea de casa, que ocupa menos de 9 m2 de superficie, puede ahorrar unas 0,65 toneladas de CO2. La cantidad de trabajo que nos permite desarrollar la energía de los combustibles fósiles o la energía nuclear es astronómica (en comparación a la que nos aportan las energías renovables), pero en la misma proporción incorporan los problemas ambientales y, por tanto, el riesgo ecológico que asumimos. Las energías renovables nos obligan a un estilo de vida más eficiente, más ahorrador y, sobre todo, más consciente de aquello que supone la energía. Sin duda, uno de los principales problemas a que se enfrenta nuestra civilización es que nos hemos vuelto unos analfabetos energéticos. Recuperar la educación energética es esencial para avanzar hacia una sociedad duradera.
Reforma o revolución para una sociedad duradera

Creémos en los milagros, pero no en la magia. (2)

El proyecto del decrecimiento o acrecimiento es un reto político para construir, tanto en el Norte como en el Sur, sociedades convivenciales que ahorren y sean autónomas. Si en el Norte el decrecimiento es claramente la reducción de los niveles de consumo, en el Sur es el intento de un desarrollo que, eliminando los obstáculos que impiden que las sociedades avancen, igualmente desemboque en un decrecimiento sereno, convivencial y sostenible. Así,

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Los movimentos ecopacifistas tienen, en términos históricos, la razón de su parte; pero eso sólo se reconocerá cuando sea demasiado tarde. (1)

Latouche propone: «Sería necesario que imaginásemos el infierno como un lugar de abundancia inaccesible y el paraíso como un lugar de frugalidad compartida. En el infierno, reina la más increíble «riqueza», pero todo o casi todo se pierde porque no puede ser consumido; en el paraíso, las provisiones son mucho menos abundantes, pero cada uno tiene finalmente suficiente: es la alegre ebriedad de la austeridad compartida. Pasar del infierno del crecimiento insostenible al paraíso del decrecimiento convivencial supone un cambio pregón de los valores en los que creemos y sobre los que hemos organizado nuestra vida . Y es que mientras los ricos celebran, los pobres aspiran. Un solo dios, el progreso; un solo dogma, la economía política; un solo edén, la opulencia; un solo ritmo, el consumo; una sola plegaria: Crecimiento nuestro que estás en el cielo... En todas partes, la religión del exceso reverencia a los mismos santos – desarrollo, tecnología, mercancía, velocidad, frenesí–, persigue a los mismos herejes –los que están fuera de la lógica del rendimiento y del productivismo–, dispensa una misma moral –no tener nunca suficiente, abusar, nunca es poco, tirar sin moderación y después volver a comenzar y así una y otra vez». Poner en marcha políticas de acrecimiento exige una verdadera desintoxicación colectiva del crecimiento y recuperar los valores, reconstruyendo nuestro imaginario con valores de mejora de las condiciones sociales, de estar bien juntos y atreverse a poner en marcha aquello que Latouche llama espiral virtuosa de las ocho «R», es decir: redistribuir, reducir, reciclar, restituir, reestructurar, reconceptualizar, reevaluar, relocalizar. Unas hacen falta con más fuerza en el Norte, y al Sur le hace falta, además: romper, renovar, reencontrar, recuperar. En definitiva, es evidente todo esto exige un cambio de paradigma que no es sencillo, pero solo siendo conscientes de que es necesario lo podremos impulsar. En realidad, el consumo implica menos calidad de vida para quien no puede acceder y utilizar «esclavos» para satisfacer nuestros deseos. Comprar barato a menudo es sinónimo de asumir que en algún lugar alguien está perdiendo, como por ejemplo el que trabaja muchas horas por cuatro céntimos, sea en China o al lado de casa. El valor de las cosas no es tanto su precio como su utilidad, y estamos rodeados de cosas inútiles o que dan un servicio muy limitado, como pasa con el coche, que a menudo pasa más horas aparcado que no siendo utilizado. La economía del dinero no es la única

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economía posible. En un mundo finito, la economía real no puede basarse solo en un incremento de la producción y del consumo. Pero la exploración de una nueva economía solo se puede hacer desde la bioeconomía, regida por las propias leyes de la biología, unas leyes que nos afectan también como sociedad. Hasta ahora, la economía imperante ha estado fuera de estas leyes. Georgescu-Roengen lo explicaba muy bien cuando decía que «solo una vigorosa campaña que difunda el mandamiento de una nueva ética podrá ayudar y, de esta manera, pasaríamos de una ecología de salón a una ecología de práctica que permitiera conseguir la plenitud de la sapiencia, en lugar de consentir prédicas sobre cómo será el mundo en un futuro». Un precepto para una época en la cual la lucha del hombre sobre los recursos naturales amenaza a toda la especie, exige un muevo mandamiento: «Amar a tu especie como a ti mismo, para que la generación actual y la futura puedan gozar de la vida plena». Por esto, más que leyes o emplear la fuerza, necesitamos convicciones profundas de nuevos valores que no se pueden cambiar con la coacción, sino con la persuasión. Pero tal vez la humanidad no es capaz de hacer este cambio en su corazón. El mismo Georgescu-Roengen reconoce que «mientras el desarrollo económico hecho a base de abundancia industrial puede ser de momento un beneficio para nosotros, y para aquellos que puede ser que lo puedan gozar en un futuro próximo, definitivamente va en contra del interés de la especie humana como un todo, si es que este interés es tener una vida tan larga como sea compatible con su dotación de baja entropía. En esta paradoja del desarrollo económico, podemos darnos cuenta del precio que el hombre tiene que pagar por el privilegio único de poder ir mas allá de los límites biológicos en la lucha por la vida». Tecnologías contra natura, como la de los organismos modificados genéticamente, no hacen sino mostrarnos que saltamos los límites previsibles y podemos abrir la caja de Pandora. Conseguir una sociedad acreciente es posible adoptando la bioeconomía, y Georgescu-Roegen propone su propia receta basada en nueve puntos, todas ellas medidas muy simples y casi anodinas en apariencia, pero que son susceptibles de poner en marcha los círculos virtuosos del acrecimiento:

Vivir como si no hubiera tiempo y como si no existiera el espacio (comer cerezas todo el año, volar low-cost al otro extremo de la Tierra) es la «promesse de bonheur» de la globalización capitalista. Expresémoslo de una forma gráfica: la sociedad industrial del siglo XX se parece a un enorme bebé satisfecho atrapado en un enorme seno del que no deja de mamar petróleo ni un sólo instante. (1)

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¿Cuánto es suficiente? ¿No será verdad que del mismo modo que el exceso de azúcar pudre los dientes, el exceso de petróleo pudre la sociedad? (1)

1. Volver a los años sesenta-setenta para la producción material, con una huella ecológica igual o inferior a un planeta. 2. Internalizar los costes del transporte y evitar los viajes kilométricos de todas las mercancías. 3. Relocalizar las actividades para que la producción se sitúe cerca del consumidor. 4. Adoptar el programa de la agricultura cercana a la población (como defiende la confederación campesina de José Bové). 5. Impulsar la producción de bienes relacionales. 6. Adoptar el escenario Negawatt y el del Factor 4 para reducir el derroche de energía. 7. Penalizar fuertemente los gastos publicitarios. 8. Decretar una moratoria sobre la innovación tecnológica para hacer un balance serio y reorientar la investigación científica y técnica en función de las nuevas aspiraciones. 9. Adoptar un estilo de vida más frugal, que reduzca nuestra adicción al consumo.
La subversión del acrecimiento

El término decrecimiento está inspirado en las reflexiones de economistas como Nicholas Georgescu-Roengen. En realidad, la constatación de la imposibilidad termodinámica de una economía en crecimiento continuo ya hizo plantear conceptos como «crecimiento cero», «desarrollo durable» y, claro, «estado estacionario». El hecho del decrecimiento también quiere ser un símbolo contra el crecimiento por el crecimiento, el motor del cual no es otro que la búsqueda del provecho para los que controlan el capital y cuyas consecuencias son desastrosas para el medio ambiente. Algunos de sus impulsores han planteado que, para ser exactos, hay que hablar de un «acrecimiento» –como se habla de un «a-teismo»–, más que de un «de-crecimiento», término que se ha popularizado más. En realidad, el acrecimiento o decrecimiento plantea el abandono de la fe o de la religión de la economía del crecimiento, la del progreso y la del desarrollo permanente. Se plantea, pues, como un eslogan sociopolítico que, a pesar de las implicaciones teóricas implícitas, quiere ser una propuesta subversiva, porque para reducir nuestro crecimiento económico nos será necesario adoptar una nueva cultura del bienestar basada no en la acumulación material, sino en gozar del tiempo, de la cultura, de la amistad y de otros valores hasta ahora

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minusvalorados a favor de la producción económica. La idea de un desarrollo sostenible o durable es un oxímoron por excelencia, como lo pueden ser las guerras limpias, el consumismo verde, la inteligencia militar o la economía solidaria. El modelo de desarrollo seguido por todos los países hasta hoy es fundamentalmente no sostenible. Como dijo Georgescu-Roegen, «el desarrollo durable no puede ser en ningún caso separado del crecimiento económico». No se puede reducir uno sin el otro, como el desarrollo de la planta, que reposa sobre el crecimiento de la simiente. Esta lógica de crecimiento es incompatible con la finitud del planeta. El desarrollo no podría ser ni duradero ni sostenible. Si se quiere construir una sociedad durable y sostenible es necesario salir del desarrollo y, en consecuencia, salir de la economía, ya que esta incorpora, en su misma esencia, la desmesura. La idea de desarrollo nos hace pensar en evolución constante, como puede ser el desarrollo embrionario que lleva de dos células sexuales a un individuo adulto. Pero la evolución distingue entre el desarrollo como un proceso finito y el crecimiento, que en todos los procesos vitales tiene siempre límites. En el ámbito de la economía, se ha querido asimilar esta visión de la biología como si se tratase de un organismo económico que evoluciona, pero han olvidado que toda evolución lleva implícita la muerte. Un organismo nace y crece, es su desarrollo, cuando crece se modifica; una bellota no se convierte en una gran semilla, sino en un roble, por ejemplo, y éste es su desarrollo. Pero el crecimiento no es un fenómeno infinito, ya que al cabo de un cierto tiempo el organismo muere, hasta los robles, que pueden llegar a ser árboles centenarios. Una tasa de crecimiento continuo del 2 al 3% anual, llevaría al organismo económico a crecer setecientas veces en un siglo. Nuestra economía se encuentra dentro de un ciclo perverso de crecimiento ilimitado, de crecimiento incontrolado del consumo para hacer crecer la producción que, a la vez, hace crecer el consumo y así sucesivamente. Y mientras vamos acumulando posesiones, estamos destrozando el mismo entorno que nos da sostén. Por primera vez, nos enfrentamos a dos realidades: el famoso teorema del nenúfar y el síndrome de la rana hervida. Ya hemos comentado la teoría de que cuando un nenúfar coloniza un estanque lo hace doblando su superficie cada año y puede ser que tar-

La opción es vivir (lo mejor posible) con menos o transformarnos en monstruos. Vamos camino de la segunda opción. ¿De verdad queremos aceptar convertirnos en monstruos? (1)

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Nuestras palabras, ¿quién las descontaminará? Nuestros pensamientos, ¿cuándo serán liberados? (1)

de 50 años en colonizar la mitad, pero solo le hará falta un año para ocupar la mitad restante. Estamos en este punto, en el cual un nuevo incremento en la depredación ambiental nos puede situar en el ojo del colapso de nuestra civilización. No sería, por otro lado, la primera vez en la historia de la humanidad, como lo demuestra la desaparición de civilizaciones avanzadas como la Maya o el Imperio Romano. Por algún absurdo de la lógica, nos hemos creído que podemos colonizarlo todo sin problemas. Por otro lado, está el síndrome de la rana hervida que hemos apuntado antes. Si ponemos una rana –un organismo incapaz de detectar la variación ambiental de la temperatura– en una olla con agua templada, la rana nadará tranquilamente. Si comenzamos a calentar la olla, la temperatura del agua se incrementará y la rana continuará nadando sin inmutarse, porque no puede percibir este aumento. Tristemente, cuando el agua llegue a los 42ºC el animal simplemente morirá, porque ésta es la temperatura a la cual se degradan sus proteínas (como también las nuestras). El resultado es que, si le pudiésemos preguntar a la rana cómo se siente entre los 37 y los 40ºC, mientras se va incrementando décima a décima la temperatura, no se daría cuenta de la diferencia, porque su organismo es incapaz de detectar esta variación ambiental. En definitiva, podemos hervir una rana sin que ella se dé cuenta de que le estamos calentando el caldo. El síndrome de la rana hervida es un símil para explicar que la actual situación de crisis ecológica global no nos es perceptible para determinar el efecto final y, por eso, puede ser que entre la apariencia sana que tenemos hoy y la muerte definitiva haya un intervalo de unas horas. Así pues, los científicos, con este símil de la rana hervida, advierten que nos encontramos en un momento suficientemente crítico, porque puede ser que ya hayamos superado el límite de la posibilidad de parar la propia extinción y la de muchas formas de vida. Ahora mismo solo tenemos algunas evidencias, todavía no letales, que, de esta manera, indican que estamos llegando al «punto de ebullición ambiental». El aumento de cánceres, de enfermedades respiratorias, de alergias, etc., nos deberían poner en estado de alerta. Pero, curiosamente, como si de ranas dentro de una olla al fuego se tratase, ni nos inmutamos. Parece que no tengamos ningún estímulo para salir de «la olla», como les pasa a las

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ranas. La generación de gases de efecto invernadero, el riesgo radioactivo, el agujero de la capa de ozono, nos parece que tienen una probabilidad muy baja para ser mortales para nuestra civilización. Somos incapaces, socialmente hablando, de percibir esta escalada de degradación planetaria que nuestro estilo de vida está causando. Continuamos nadando sin cambiar nada. Como los animales de temperatura variable, somos insensibles a los cambios ambientales provocados por las más de 100.000 substancias químicas que nos rodean o por la toxicidad de la combustión de los derivados del petróleo. Puede ser que nuestra civilización se encuentre solamente a un grado ambiental de desaparecer. La única estrategia racional y sensata ante esta incertidumbre es cambiar el estilo de vida rápidamente y esperar que la misma inercia que hemos creado no nos acabe por hervir, aún habiendo abandonado la olla porque la cocina era toda ella ya un pastel de llamas. El síndrome de la rana hervida es una metáfora para reflexionar sobre los límites de la vida y la percepción que podemos tener. Por ello, el principio de precaución sobre el riesgo ambiental que queremos conseguir es la única defensa para sobrevivir. Cambiar de vida o perderla. Ésta es la cuestión. La rana ya está hervida. ¿Queremos nosotros continuar dentro del La lucha no se decide caldo tóxico que hemos creado y que mal llamamos progreso? La respuesta no está en el viento, sino dentro del corazón de en las calles, sino en los callejones de la cada uno de nosotros. No es sencillo, pero hemos de asumir con humildad consciencia. (2) que no hay futuro si continuamos como hasta ahora. La llave para salir de la olla es una vida más simple, más austera. Si no reaccionamos, ya sabemos el final: un planeta caliente con millones de humanos “hervidos” mientras celebran tener más de todo. La ignorancia es atrevida, pero todavía no somos ranas. Ésta es la advertencia implícita del decrecimiento. El proyecto de una sociedad autónoma y ecónoma, que abraza la armonía con el entrono sin perjuicio de la felicidad humana, ha sido formulada desde los finales de los años sesenta por pensadores como Ivan Illich, André Gorz, Cornelius Castoriadis y Nicholas GeorgescuRoegen, entre otros. El fracaso del desarrollo en el Sur y la pérdida de referentes en el Norte es la realidad que ha inspirado a muchos pensadores a cuestionar la sociedad de consumo y sus bases imaginarias: el progreso, la ciencia y la técnica. La toma de conciencia de la crisis del medio ambiente que se produce en estos momentos con la amenaza del

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Bicicletas que sustituyen coches es progreso. Autmóviles que sustituyen bicicletas es retroceso. (1)

cambio climático añade una nueva dimensión. Decrecer no era para Georgescu-Roegen una categoría primariamente económica, sino una consecuencia interna e inevitable de las leyes de la entropía; pero cada vez aumenta más en el ámbito de las ciencias humanas la sensación de que el «decrecimiento sostenible» no es posible. Para Serge Latouche, uno de los principales instigadores del pensamiento del decrecimiento, «para creer hoy que un crecimiento exponencial puede continuar indefinidamente en un mundo finito ( y colmado de mercancías en el Norte y de miseria en el Sur) hace falta ser un loco o un economista». O en otras palabras: a nivel mundial, la producción sale cada vez más barata –hasta que el gobierno comunista de China tenga a los obreros bien amarrados–, pero para vender hay que destruir cada día el medio natural y crear necesidades y modas cada vez más inverosímiles y psicológicamente perturbadoras, de manera que, como reza el dicho catalán, nos estamos comiendo el mantel. Finalmente, Jorge Riechmann, en un poema dedicado a GeorgescuRoegen, plantea un buen símil para la reflexión: «Si bien los árboles pueden convertirse en muebles, los muebles no pueden convertirse en árboles... pero nuestros tecnólogos están a punto de conseguirlo». Esta fe ciega en la ciencia y la técnica no hace sino incrementar la escalada insostenible. La limitación necesaria de nuestro consumo y de la producción, y la parada de la explotación de la naturaleza y de la explotación del trabajo por el capital, comporta un aumento de la creatividad y la posibilidad de tener una vida mucho más digna que la actual. Y es que ser más ricos, en términos de economía doméstica, a menudo no es garantía de ser más felices. Por eso, el mismo Latouche defiende que «para concebir una sociedad serena de decrecimiento y conseguirla, nos es necesario salir literalmente de la economía. Esto quiere decir cuestionar la hegemonía de la economía sobre el resto de la vida en la teoría y en la práctica, pero sobre todo dentro de nuestras cabezas. Una condición previa es la feroz reducción del tiempo de trabajo impuesta para garantizar al mayor número de personas un trabajo satisfactorio». Asimismo, también hay valores que hay que estimular, como por ejemplo los de redistribuir, reducir, reutilizar, reciclar, reeducar, reconvertir, redefinir, repensar, etc. Todos estos valores deberían prevalecer sobre los valores actuales. El altruismo se debería imponer al egoísmo, la cooperación a la competencia desenfrenada, el placer del ocio a la obsesión por el trabajo, la importancia de la vida social debería estar por encima del consumo ilimitado, el gusto por el traba-

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jo bien hecho, por encima de la eficiencia productiva y lo razonable por delante de lo racional. Para luchar contra los actuales valores, que son sistémicos e invasivos, solo podemos defendernos impulsando este nuevo imaginario de una cultura del «¡Basta!» Hecha de pequeños gestos compartidos socialmente, y agradecidos, porque es a una suma de individuos a quienes nos hace sentir bien imaginar el presente de otra manera. La internacionalización de las economías externas, en principio, según la teoría económica ortodoxa, permitiría –si fuese llevada hasta las últimas consecuencias– realizar casi todo el programa de una sociedad decreciente. Todas las disfunciones ecológicas y sociales podrían y deberían ir a cuenta de las empresas que son responsables. Solo hace falta que imaginemos el peso del impacto de la internalización de los costes del transporte sobre el medio ambiente, sobre la salud, etc. Evidentemente, las empresas que obedecen a la lógica capitalista quedarían ampliamente diseminadas. En un primer tiempo, un gran número de actividades ya no serían «rentables» y el sistema se bloquearía. Pero, ¿no sería precisamente ésta una prueba suplementaria de la necesidad de salir de este sistema y, a la vez, una vía de transición posible hacia una sociedad alternativa? El decrecimiento, seguramente, ha de ir acompañado de la utopía local, ya que es la estrategia más realista para compartir la vivencia concreta de una nueva visión entre los ciudadanos, que son los que proveen las esperanzas y las posibilidades dentro de un marco social asumible. En este sentido, la experiencia de muchas iniciativas de ecología en ciudades y comunidades apunta al hecho de que se pueden impulsar prácticas para la transición a pequeña escala, pero que suman un gran movimiento interconectado por objetivos comunes. Una de estas propuestas es el concepto de ciudades de transición surgida del Plan de Acción para la Reducción Energética de Kinsale, en Irlanda, que plantea cuatro propósitos: • Que es inevitable vivir con un consumo de energía mucho más bajo y que es mejor plantearlo para que no nos coja por sorpresa. • Que nuestras comunidades y asentamientos no tienen la robustez para poder hacer frente a una crisis de escasez. • Que tenemos que actuar colectivamente y hacerlo todos a la vez. • Que el ingenio colectivo de una comunidad es capaz de realizar un diseño creativo y proactivo para asumir un estilo de vida más enriquecedor, armónico con el entorno y que no sobrepase los límites planetarios. Otros pensadores lo complementan afirmando que el cambio pasa por ofrecer una organización alternativa a la de un gobierno mundial, la de la

Pobreza de bienes o pobres de tiempo. Y mientras, la vida se nos escapa. (1)

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bioregión, es decir, las regiones naturales donde el ganado, las plantas, los animales, las aguas y los hombres forman un conjunto único y armonioso, ya que la creación de iniciativas locales “democráticas” sería más “realista” que la de una democracia mundial. Si se excluye la posibilidad de hacer caer frontalmente la dominación del capitalismo y de los poderes económicos, queda la posibilidad de la disidencia. Si embargo, la apuesta del decrecimiento está a favor de que la aspiración a la justicia, combinada con la sobriedad, impulsará a la humanidad hacia el camino razonable de una democracia ecológica, más que hacia un suicidio colectivo.
Simplicidad y acrecimiento, un nuevo estilo de vida

Hoy es utópico hacer las paces con la naturaleza, detener el expolio del Sur y dejar de dañar a los animales. (2)

¿Qué hay que hacer para superar un empacho? No queda otra que ayunar. Además, el ayuno es bastante conocido por sus efectos terapéuticos. Nuestra sociedad ha llegado a unos límites de empacho para el que ya no valen medidas disuasivas. Nos es necesario impulsar lo que algunos economistas llaman el decrecimiento o acrecimiento, es decir, directamente dejar de consumir. Imaginemos que estamos en un buffet y que somos los primeros de la cola. El banquete no solo incluye agua y alimentos, sino también los materiales necesarios para obtener ropa, refugio, sanidad y educación. ¿Cómo sabremos qué cantidad hemos de tomar de cada cosa? ¿Qué cantidad es suficiente para dejar bastante para los que están detrás, en la cola? Y no solo para los otros seis mil millones de personas que hay ahora, sino para los que todavía han de nacer y para el resto de los seres vivos que nos acompañan en este planeta. Ésta es la reflexión que nos propone un movimiento de alcance global que impulsa la que se llama “simplicidad vital”. Sin embargo, un estilo de vida simple o no consumista se ha de poder medir. Una de estas herramientas de medida es la llamada huella ecológica, que ya hemos comentado, un indicador que valora la superficie ecológica necesaria para cubrir las necesidades vitales, en consumo de recursos y en asimilación de residuos, de una población determinada en un territorio, con el fin de satisfacer su estilo de vida de una manera indefinida. Es un cálculo que nos da una idea de nuestro impacto sobre un territorio y nos ayuda a entender la relación entre una población determinada, su consumo de recursos, la alteración de condiciones del entorno que esto comporta y el nivel de agotamiento que puede soportar su territorio. En cierta manera, se puede

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asimilar a lo que sería el Producto Interior Bruto de la economía, pero en términos de sostenibilidad ambiental. Para que nos hagamos una idea del impacto de nuestra huella ecológica, la primera que se calculó en Cataluña –en 1998– determinó que se necesitaban alrededor de 3,26 hectáreas/habitante. En 2004, esta relación había subido a 3,92 ha/ habitante, un incremento de un 20% en menos de un lustro. En los EEUU, la huella ecológica es de 9,5 ha/habitante y en la India de 0,8 ha/habitante. La media planetaria es de 2,2 ha/habitante. Pero, volviendo a Cataluña, esta huella –teniendo en cuenta el conjunto de la población– implica que, para mantener el actual estilo de vida, necesitaríamos una superficie 7,8 Somos casi cuarenta millones de seres veces superior a la actual. Esto es físicamente posible solo porque importahumanos. No digo mos lo que necesitamos de otros territorios e hipotecamos los recursos de que sobre nadie. Son menos de noventa las generaciones futuras. los osos pardos. Sólo Seguramente no es fácil definir o cuantificar un estilo de vida simple. En digo que nos faltan la obra Simplicidad radical, Jim Merkel determina que es la que se puede muchos. (2) llevar con una huella de 2,43 ha/habitante o menos. Es evidente que, en nuestro caso, esto significa reducir en más de un 60% el actual consumo de materiales y energía. Sin duda, no es una tarea sencilla, porque significa reducir, pero no hay motivo para pensar que en un estilo de vida más simple no se puede gozar de abundancia, de comodidad y de progreso. El bienestar actual es exagerado y, sobre todo, es el resultado de un sistema altamente ineficiente y poco eficaz. También sabemos que tenemos la tecnología para reducir en un factor de entre 4 y 10 el actual consumo de materias y de energía sin perder bienestar. El ejemplo más claro lo tenemos en la iluminación, ya que con una bombilla de incandescencia producimos luz, pero esencialmente generamos calor, cuando con una bombilla fluorescente compacta reducimos por cuatro el consumo y el calor sin perder intensidad de luz. Nuestro mundo se basa en la ineficacia y la obsolescencia, es decir, en un diseño que fomenta los residuos y la contaminación, porque no pensamos en las consecuencias ambientales y mucho menos en el legado tóxico que podemos dejar a nuestros hijos, que con tanto amor traemos al mundo. Simplicidad radical o moderada, no importa. La cuestión es que seamos conscientes de que cada objeto que adquirimos puede ser innecesario, que se añade al “peso ambiental” que perturba al planeta y que, por tanto, amenaza nuestra existencia. Tal vez sería interesante darnos cuenta del peso de

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Reconciliarse con uno mismo mientras se pueda. Con nuestros semejantes, salvo que haya causa de fuerza mayor. Nunca con este mundo mientras sea posible. (2)

los trastos y otras pertenencias que tenemos que llevar encima. La única manera de darse cuenta de una adicción es medirla y, una vez valorada, adoptar medidas graduales para conseguir niveles con más fundamento. Nuestra sociedad ha sido educada en “o todo o nada”. ¿Quieres dejar de fumar? Pues ni un cigarrillo a partir de hoy y ponte parches de nicotina. Tal vez sería mejor reducir los cigarrillos de uno en uno y darnos un poco de tiempo. El aprendizaje del autocontrol medido es muy importante en el ámbito ecológico. El actual desorden socioecológico es fruto de una desmesura que no se percibe. La actual sociedad de consumo, basada en producir más, tal vez se debería convertir en una sociedad de servicios de los que fuésemos usufructuarios y que pagásemos no tanto por su propiedad en exclusiva como por su uso racional. Se pueden dar muchos consejos para llevar una vida más simple, pero lo más importante es llevar la contabilidad para ser conscientes de lo que consumimos. Ésta es la fórmula que nos propone el método de la simplicidad radical de Jim Merkel, llevar la contabilidad ambiental de nuestro estilo de vida y ser consecuentes para reducirla hasta las 2,43 ha/habitante o menos. Desde las entidades juveniles, deberíamos animar a llevar nuestra propia contabilidad ambiental. Cuántos litros de agua consumimos, cuánta energía, cuántos kilómetros hacemos a pie o en bicicleta, en transportes colectivos o vehículos privados, cuántos muebles, ropa y otras pertenencias tenemos en peso. Otro aspecto clave para una vida más frugal es ser conscientes del impacto del actual modelo demográfico. Al fin y al cabo, la huella ecológica es un consumo que se divide por el número total de humanos. Por esto, es necesario una reflexión profunda sobre el tamaño de la familia. Los cálculos y las tendencias demuestran que para iniciar un descenso de la población mundial sería necesario procrear un solo niño por pareja, pero para que esta realidad fuese deseable por parte de todos sería necesario asumir un modelo cultural y social diferente. Otros aspectos para contribuir a una menor huella ecológica son reducir el consumo de carne y el de combustibles fósiles para nuestra movilidad. Se puede optar por ser vegetariano, pero también se puede reducir el consumo de proteína animal semanal a un máximo de 150g, en vez de los 350g de media actuales. A lo largo del día, podemos planificar nuestro tiempo para que nos permita hacer los desplazamientos a pie, en bicicleta o en transportes colectivos. Por ejemplo, recorrer una distancia de 3,5 km nos puede

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costar caminando unos 40 minutos, durante los cuales no podremos hacer otras actividades, pero estamos haciendo salud, que es todavía más importante que divertirse o trabajar más horas para ganar más, puesto que sin salud no se hace ni una cosa ni otra. En 1961, la huella ecológica de Francia todavía se correspondía por poco a un planeta, contra los tres de hoy. ¿Significa esto que los hogares franceses comían tres veces menos carne, bebían tres veces menos agua y vino, usaban o quemaban tres veces menos electricidad o gasolina? Seguramente no, pero ¡el pequeño yogur con fresas que comemos hoy en día todavía no incorporaba sus 8.000 Km de transporte! La ropa que llevamos tampoco es la misma, el bistec devoraba menos grasas químicas, los cereales menos plaguicidas y la soja importada no crecía sobre la selva desforestada. Las 2,43 ha/habitante que nos propone el método de la simplicidad radical incluye un estilo de vida muy similar al que llevamos ahora, pero más austero y con menos residuos. A pesar de ello, con este modelo, la bioproductividad del planeta se consumiría un 20% más rápido de lo que tarda en regenerarse. Esto quiere decir que alejamos el trompazo, pero que es necesario reducir todavía más. Es evidente que es necesario un aprendizaje progresivo si pretendemos que los que somos hijos de la abundancia y la malversación hagamos una vida más sencilla. El cambio no se puede hacer de un día para otro. La clave es incorporar una nueva ética, unos valores socioecológicos que nos permitan valorar la vida de los seres futuros y del resto de los seres vivos. Una ética en la cual reconozcamos que nuestra especie no es la reina de la creación y que su paso por el planeta no es el de un propietario déspota, sino solo el de un usufrutuario que ha de dejar el patrimonio del que ha disfrutado como mínimo igual, sino mejor, a como le ha sido legado. La moral religiosa ha hecho mucho daño, porque asume el ser humano como un ser superior que puede hacer todo lo que le venga en gana. La laicidad es un buen punto de partida que nos hace más humildes. No es sencillo llevar una vida simple, pero es la única posibilidad para no terminar como la rana hervida. Ahora estamos a tiempo y tenemos las herramientas para hacerlo. La irracionalidad es no vivir de una manera más sencilla. La responsabilidad personal se presenta, pues, como una cuestión de responsabilidad colectiva que es la suma de muchos. Nos guste o no, cada kilovatio tirado porque la climatización tiene el termostato entre los 23-25 ºC en vez de los 27 ºC

No tenemos afán por ir a las raices de nada, pero nos sobra por decorar las consecuencias. (2)

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–que son más que suficientes si la humedad no supera el 50%–, son emisiones a la atmósfera que intoxican o empeoran el futuro de nuestros hijos, pero que también consumen nuestro presente. Puede ser por este motivo que, hoy, querer a nuestros hijos exige que los adultos amemos un poco más nuestra propia existencia y sumemos un nuevo comportamiento ambiental y unas obligaciones inmediatas. Algunas culturas han asimilado esta responsabilidad, como es el caso de los indios Hopi, que creen que en toda decisión es necesario tener en cuenta los intereses de los que toman las decisiones, pero a la vez considerar los efectos que éstas pueden tener hasta la séptima generación. No se trata de una posición romántica, sino del sello de una cultura sana y equilibrada que crece valorando aquello que le ha precedido y que está atenta a aquello que ha de venir. La especie humana tiene una extraña capacidad para negar o no admitir el sufrimiento de los otros y del mismo planeta. El mundo globalizado que nos lo deja ver todo, especialmente las tragedias, si bien estimula a algunas personas hacia la solidaridad, a la mayoría le provoca indiferencia. Por eso, lo único que nos puede parar de esta lenta deriva hacia la destrucción total es la conexión que nos proporcionan los hijos, que han estado conectados con nosotros por el cordón umbilical. Su presencia nos debería Si eres capaz de estimular hacia esta reducción de la huella ecológica, es decir, a caminar de aprender verás que el manera más suave sobre el planeta de hoy, para que en el futuro podamos mínimo suceso continuar caminando sobre una Tierra viva y saludable. enseña. (2) La búsqueda de la simplicidad voluntaria o, si se prefiere, de una vida austera, no tiene nada que ver con un prejuicio de frustración masoquista. Es la opción de vivir de otra manera, de vivir mejor, más en armonía con las propias convicciones, reemplazando la carrera de los bienes materiales por la búsqueda de valores más satisfactorios. Las familias que escogen vivir sin televisión no tienen por qué lamentar, ganan en bienestar al dejar de consumir tiempo delante de la pantalla. Sin las satisfacciones que les podría ofrecer la linterna mágica, saborean otras: vida familiar o social, lectura, juegos, actividades artísticas, tiempo libre para soñar y simplemente gozar de la vida. Este camino es, evidentemente, progresivo, aunque las presiones contrarias de la sociedad sean fuertes. Es un camino que exige dominar los propios miedos: miedo del vacío, miedo de la falta, miedo del avenir, miedo también de no estar de acuerdo con los moldes prefabricados, miedo de desmarcarse en relación a las normas en vigor. Es la opción de vivir ahora

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más que no sacrificar la vida presente al consumo o la acumulación de valores sin valor, a la construcción de un plan de ahorro o jubilación encargados de hacer frente al miedo de no tener suficiente. Una reflexión más reposada sobre la huella ecológica permite, asimismo, captar el carácter sistémico del sobreconsumo y los límites de la simplicidad voluntaria. Pero el principal valor de asumir la simplicidad voluntaria es el de crear una realidad que es repetible por parte de otros seres humanos y que, porque es satisfactoria, puede animar a muchos más. Así, se puede ampliar el círculo hasta que la suma total haga caer, por si sola, la lógica consumista que hoy nos parece inexpugnable.
Los límites humanos para ser más frugales

Marco Aurelio escribió: «No te permitas soñar las cosas que no tienes y, en cambio, considera todo aquello que tienes como las bendiciones más importantes y recuerda con gratitud las ansias que tendrías que fuesen tuyas». Invertimos más tiempo deseando lo que no tenemos que no agradeciendo lo que tenemos. Hasta lo que no tenemos puede ser un beneficio, si lo sabemos valorar. El estado de agradecimiento mental estimula una vida El secreto de la más saludable y ayuda a combatir la tendencia alienante de la acumulación sostenibilidad, apunta material. Cuando agradecemos los alimentos que comemos, de alguna ma- el arquitecto Dietmar Eberle, es el amor. nera nos prevenimos de la glotonería. “La gente tiene que El egoísmo y la competición son inherentes a la condición humana, pero amar su casa”. Lo que no se ama se la generosidad y la cooperación o la solidaridad se estimulan también con la destruye. Lo que ha gratitud cuando ayudamos a otros. Frente a una catástrofe, mucha gente se sido cuidado es más siente empujada a la solidaridad, porque es un beneficio para la comunidad. sostenible. (1) El espíritu comunal está muy arraigado en nuestra mente y prestar servicios de manera voluntaria contribuye a un estado positivo del cuerpo y de la mente. Tener buena salud y amigos son los dos principales tesoros de la vida humana. La meditación y la espiritualidad combaten los instintos insolidarios y avariciosos. Cuanto más rápido avanza la vida, más indefensos somos para cambiar el rumbo. Reducir la jornada laboral o simplemente dejar de leer los periódicos y dejarnos tiempo para nosotros y los nuestros contribuye a hacernos más conscientes. La clave de poder pensar es tener tiempo y, a pesar de que somos expertos en llenarnos el tiempo para no pensar, esta tendencia la podemos revertir. Encontrarse con otros para hacer tertu-

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“Sólo se puede mover a los seres humanos a cambiar sus acciones si tienen esperanza. Y sólo pueden tener espereranzas si tienen visión; y sólo pueden tener visión si les mostramos alternativas”. (1)

lias sobre temas que nos puedan preocupar o estimular favorece que podamos pensar, pero sobre todo nos damos cuenta de las muchas cosas que compartimos y de lo poco que nos separa en general. La aceleración del tiempo vital hace incrementar las enfermedades relacionadas con el estrés, que bajan la autoestima y afectan a la salud personal. Practicar actividades manuales que requieren tiempo de aprendizaje nos absorbe y provoca un estado que no solo nos hace sentirnos bien, sino que nos estimula a ser más comprometidos. Escuchar la voz interior que todos tenemos no es nada sencillo, porque pensamos y nos han educado para que podamos extraer de nuestro entorno todo aquello que necesitamos. Necesitamos viajar para tener experiencias sensoriales y emocionales, cuando en realidad levantarnos más temprano para ver salir el sol en casa puede ser tan placentero como descubrir nuevos paisajes lejanos. Es gratificante relacionarse con personas de culturas diferentes, pero para esto es necesario tiempo y un viaje de vacaciones no lo permite. En cambio, pasar un mes veraneando en un pueblecito donde todos juntos nos podemos sentir uno es muy enriquecedor. Sabemos cuales son las prácticas que estimulan la persistencia y el compromiso. Pero debemos cambiar para descubrir y cultivar los valores que ya tenemos dentro. Unos valores que afloran cuando tenemos tiempo, cuando hacemos las cosas poco a poco, cuando degustamos los alimentos por su calidad y no tanto por el envoltorio. El mundo consumista actual nos mantiene distraídos, nos bombardea el cerebro constantemente con todo tipo de estímulos. Música a todas horas, imágenes constantes, noticias 24 horas. Para deshacernos de este alud asfixiante hay que actuar con plena conciencia, y esto demanda prestar atención a nuestra propia vida. La meditación, el tai chi o simplemente pasear nos libera. La clave está en no dejar dormir los cinco sentidos y en no esperar la satisfacción constante en todo momento. Sabemos que tenemos límites y dificultades para escapar de este callejón sin salida al cual nos dirigimos en un mundo consumista de crecimiento ilimitado. Pero también sabemos cómo hacerlo gracias a los estudios sobre cómo se comporta nuestra mente y también a la experiencia de muchos que ya han dado el paso. ¡BASTA de lo insaciable! ¡BASTA de crecimiento! ¡BASTA de economía!, pueden ser algunas de las expresiones de la necesidad inherente de subvertir la realidad, si queremos sobrevivir al presente y tener la esperanza de no destruir el futuro.

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Estamos en crisis social y económica. Vivimos al límite de lo que el planeta es capaz de soportar. De hecho, padecemos una adicción y es necesario aplicar las mismas técnicas que para desintoxicarse de una droga. Pero primero tenemos que aceptar que hay que desintoxicarse. Aprender de la naturaleza y de nuestra propia historia pasada puede ser un buen comienzo para refundar nuestra civilización.

Captar el arte de la naturaleza

Andy Goldsworthy. Cumbria, 8-06-1985

No es posible cambiar una actitud colectiva sin una buena motivación. La catástrofe seguramente es un buen incentivo, pero esto no significa que tenga que armonizar fuerzas positivas. Recordemos el desastre causado por el Katrina (2006) en Nueva Orleáns. La desolación no se utilizó para solidarizarse con los damnificados, sino para aprovechar la excusa para expulsar a los pobres de la ciudad y emprender una remodelación urbanística favorable a los ricos. La única fuerza para el cambio ético es el amor. Y, como dice la máxima, “para amar es necesario conocer” y no solo por la vía racional. En el amor son fundamentales las emociones. La naturaleza nos ofrece este espacio para conocer, querer y emocionarnos. Andy Goldsworthy (1956–) es un artista británico que crea obras de arte solo utilizando sus manos y materiales de la naturaleza (ramas, flores, hojas, etc.). En esta página ilustramos una de estas formas efímeras (hecha

AMBIENTAL

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La lentitud, al permitir ver y vivir el sujeto poético, esneña el lugar del ser humano en el mundo en el que convive –o, mejor dicho, ha de aprender a convivir– con los otros seres vivos. (2)

el año 1985 en un prado de la región inglesa de Cumbria): en un prado de flores Hyacinthoides non-scipta abrió un camino de flores amarillas de diente de león. Las propuestas artísticas de Goldsworthy están documentadas fotográficamente en la web http://www.goldsworthy.cc.gla.ac.uk y también en la película Ríos y Mareas, de Thomas Riedeslsheimer (2001), y se convierten en una fuente de inspiración para promover pequeños intervenciones en nuestro entorno. Seguramente el arte tiene que ser algo genuino, pero cuando salimos a pintar al campo para interpretar aquello que vemos, no hacemos sino repetir lo que millones de personas han hecho antes, porque estimula nuestra autosatisfacción y a la vez nos hace amar lo que reproducimos con nuestra capacidad artística. Salir fuera del aula, aunque sea a un parque urbano cercano o a un espacio natural, para pintar y animar la vena artística, es un elemento clave para el cambio ético que exige avanzar hacia una sociedad más sostenible. Pero lo mismo podemos decir de otras manifestaciones artísticas como la música, el canto, la danza, la escultura, la poesía, etc. Una experiencia socioeducativa, que fue recogida en un documento fílmico sensacional, es la propuesta de crear la coreografía con danza de “La Consagración de la Primavera” de Stravinsky y que recoge la película ¡Esto es ritmo! (Rhytms is It!) de Thomas Grube (2004), en la cual el coreógrafo británico Royston Maldoom –con la colaboración de la Orquesta Sinfónica de Berlín, dirigida por Simon Rattle– consigue una interpretación sensacional hecha para chicos y chicas de una escuela pública de un barrio berlinés, que cambiará la vida de muchos de los que participaron. Una educación que estimule las capacidades artísticas es clave para aprender a convivir en armonía, no solo con nuestro entorno social, sino también con el natural.
Hacerse las propias cosas

Hoy, con tiendas llenas de ropa, de juguetes o de comida, no es fácil imaginar que buena parte de esto que compramos nos lo podríamos hacer nosotros mismos. No se trata tanto de pensar en la autosuficiencia como de tener el aprendizaje para saber cortar una pieza de ropa, cultivar un huertito o aprender a hacer pan, sin ser exhaustivos; habilidades que estimulan un acercamiento a lo que realmente necesitamos para vivir. Hasta hace no muchos años fabricábamos con nuestras propias manos todo aquello que

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poseíamos. Con las pertenencias hechas por nosotros mismos tenemos una relación diferente de la que tenemos con los objetos anónimos comprados en las tiendas. No significa que no nos seduzcan, pero no resultan tan convincentes como lo que hacemos con nuestras propias manos. Recuperar la creatividad y estimular un estilo de vida más frugal colectivo solo es posible convirtiendo el consumismo en tiempo creativo. Incentivar el ingenio a partir del dominio de ciertas habilidades nos abre un camino de múltiples posibilidades pedagógicas, encaradas a sembrar dudas sobre las bondades del consumismo salvaje. Nuestra sociedad no facilita estos aprendizajes básicos, más bien hace todo lo contrario: procura que estemos bien lejos. De aquí viene la importancia de promover proyectos educativos que pongan en duda el poder del consumo como fuente de felicidad. Las personas todavía respondemos con estímulos emotivos positivos cuando nos damos cuenta de que somos capaces de hacer cosas que no habríamos imaginado, como por ejemplo, hacerse un vestido. Pero es evidente que tenemos muchas otras posibilidades. Seguramente que cualquier docente se puede sentir inspirado para montar sus propios diseños. En todo caso, nos es necesario una nueva manera de hacer frente a la educación si queremos superar la adicción al consumo actual.
El mal de los juguetes tecnológicos
No podemos salir de esta Tierra. Amémosla unidos hasta donde lleguemos, el lugar más alto, el más profundo al que podamos llegar. (Juan Ramón Jiménez)

Los juguetes tecnológicos o electrónicos se han convertido en un referente de la infancia actual. Las videoconsolas o los juegos para PC no solo consumen energía para funcionar, sino que acaparan muchos recursos para su fabricación. Pero, sobre todo, atrapan a los que juegan. Solo es necesario preguntar en un aula las consolas de juego que hay por alumno y el tiempo que les dedican y nos daremos cuenta que el fenómeno es omnipresente. Para tomar conciencia de cualquier problema, antes que nada es necesario investigarlo. Así que podemos profundizar haciendo una lista de los juegos que más apasionan y del tiempo que pasa antes de que sean obsoletos o superados por otros. Tal vez sería interesante hacer relatar lo que más gusta y lo que menos de los juegos electrónicos vendidos. Saber cuáles son las habilidades que mejoran con estos juegos y qué podríamos ganar si en vez de jugar dedicásemos este tiempo a otras actividades. También podemos hacer explicar si estaríamos dispuestos a ceder parte del tiempo que dedica-

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mos a los juegos electrónicos para otras actividades. Imaginemos que organizamos una semana sin juegos electrónicos y hacemos un concurso para premiar las actividades que han resultado más idóneas para evitar el síndrome de abstinencia por el hecho de no jugar. En todo caso, es importante analizar la esfera del conocimiento adquirido a través de ingenios electrónicos y también cuaáles son las técnicas que es necesario saber para no caer en una dependencia adictiva.
Cara o cruz o el arte de elegir

No estamos rechazando la técnica, la ciencia o el progreso, sino proponiendo una reevaluación de sus logros (reales y supuestos). (1)

¿Somos capaces de autocontenernos delante de un objeto que queremos adquirir? ¿Realmente lo necesitamos o es un deseo? ¿Cómo diferenciar un deseo de una necesidad? ¿Estamos bajo la influencia de alguna presión mediática o de marketing? ¿Podría esperar otro día o es necesario que lo compre inmediatamente? ¿Somos capaces de identificar si recordamos algún anuncio relacionado con lo que queremos adquirir? ¿Cuánto nos costará? ¿Dónde lo pondremos y, sobre todo, cuántas horas calculamos que tendrá utilidad? Estas son algunas de las preguntas que sería necesario que nos hiciéramos mientras miramos un escaparate o vamos a comprar alguna cosa. Podríamos montar una especie de tienda de intercambio, donde los alumnos aportasen objetos de los que se quieran desprender, colocados adecuadamente o ordenados por afinidades. A partir de aquí, podríamos animarles a hacer su elección (si es que hay alguna) y a especificar cuáles son las razones para escoger ese objeto. Contamos cuantas personas han escogido la misma opción y comparamos los motivos. Finalmente, imaginemos que decidimos hacer un sorteo entre los potenciales interesados. Intentemos, antes de hacer el sorteo, que dejen escritos cuáles serían sus sentimientos si lo ganan o lo pierden. Éstos, después, los podemos contrastar con las razones que tenían para escoger, y valorar si finalmente no era prescindible. Para organizar esta actividad podemos dejar claro que los objetos que aporten cada uno de los alumnos, a pesar de que son aquellos de los que se querían desprender, finalmente continuarán siendo de su propietario original. Tal vez, todo este juego de deseos y de sorteo puede hacer aflorar muchas emociones y reflexiones que ayuden a comprender el concepto de la suficiencia.

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La actividad también nos puede ser útil para plantear el concepto de sostenibilidad basado en la durabilidad: lo que se puede reparar o que no es algo que “está de moda” y punto. Hacer una lista de las cosas que conservamos desde hace más de tres años y pensar por qué las continuamos guardando puede ser también un ejercicio que nos permita darnos cuenta de cuaáles son las pertenencias que nos acompañan en nuestra existencia cotidiana.
La pirámide de Maslow y los deseos inacabables

Esta manera de expresar las necesidades ideada por Abraham Harold Maslow (1908–1970) es todo un clásico de la psicología y la sociología. Pero, a pesar de ser un modelo, es inspirador para aprender a discernir nuestras necesidades, especialmente cuando nos enfrentamos al deseo de consumir. En esta línea, para avanzar en el debate sobre necesidades y deseos, se puede proponer una actividad con una lista de unos quince ítems que incluya tanto objetos materiales cotidianos (un ordenador, comida, ropa de temporada), como bienes inmateriales (salud), derechos (libertad, acceso a la enseñanza) o relaciones personales (amigos, familia que me quiere). De la lista, individualmente o poniéndose de acuerdo por grupos, deberíamos escoger cinco ítems de los que podríamos prescindir. A continuación, se podría pedir que prescindieran de cuatro más, etc. La conclusión final suele ser que se han descartado los bienes superficiales a favor de aquello de lo que depende realmente nuestro bienestar como seres humanos: necesitamos materiales básicos, como comida o techo, y necesidades inmateriales de relaciones humanas, salud o enriquecimiento personal. La pirámide de Maslow
Escalón 1: Deseos biológicos y psicológicos Aire, alimento, bebida, abrigo, techo, sexo, descanso. Escalón 2: Necesidad de seguridad Protección de los elementos, seguridad, orden, leyes, límites, estabilidad, etc. Escalón 3: Deseos de pertenencia y estima Trabajo, vida grupal, familia, afectos, relaciones. Escalón 4: Necesidades relacionadas con la estima Autoestima, éxito, habilidades, independencia, estatus, dominación, prestigio, responsabilidad, etc.

Podridos de estética insignificante mientras la belleza del mundo se pudre. (2)

Escalón 5: Necesidades de desarrollo personal Desarrollo del potencial personal, retos, crecimiento personal y experiencias. Escalón 6: Necesidades cognitivas Deseo de saber, comprensión. Escalón 7: Necesidades estéticas Belleza, equilibrio, forma. Escalón 8: Necesidades de trascendencia Ayudar a otros a realizarse (ser consejero, guía espiritual, etc.).

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Bibliografía
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• http://www.ladecroissance.net/, página que edita la revista Journal La Décroissance. • http://www.decroissance.info • http://www.apres-developpement.org/accueil/index_es.php • http://www.transitiontowns.org/, contiene un resumen de The Transition Handbook. • http://www.rebelion.org/noticia.php?id=56547, artículo titulado “Decrecimiento y cooperación internacional”, de Giorgio Mosangini. • http:// www.redefiningprogress.org, impulsa el concepto de la huella ecológica. • http://www.mnforsustain.org/meadows_limits_to_growth_30_year_update_2004.htm, sinopsis de la obra publicada el 2004, Limits to Growth, The 30 Year Update. • http://www.simpleliving.net, la web del movimiento por la simplicidad voluntaria. • http://www.economiasolidaria.org/, red de la economía solidaria. • En la red hay varias iniciativas en el ámbito de la lucha contra el consumismo y el fomento de lo que es gratuito: www.sindinero.org; bancos de tiempo para intercambiar habilidades: www.red-bdt.org; propuestas para compartir materiales que otros rechazan: www.spermola.org o para reutilitzar materiales: www.obsoletos.org. Todas estas y otras que se pueden encontrar son interesantes para allanar el camino hacia el acrecimiento.

1995
E m b a l a t g e s

Quan només uns pocs advertien sobre l'escalfament global

amb perspectiva ambiental

Quan ningú creia que els tetrabriks es poguessin reciclar

44 visions
Canvi climàtic

1998

Ecoarquitectura

2000

Davant la crisi global prediquem amb l'exemple

per ser part de la solució

2008

A c r e i x e m e n t

Celebrem
el que ens queda per

Ecofunerals
Mentre les pràctiques funeràries contaminen i destrueixen els boscos tropicals

En plena febre de la construcció sense cap criteri d'estalvi energètic

2005

fer

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