Aventureros del Círculo Polar

por el P. Segundo Llorente S. I. Misionero de Alaska

Ediorial EL SIGLO DE LAS MISIONES 1952 2

Nihil Obstat: N. GUENECHEA, S. I. Censor eccus.

IMPRIMI POTEST: C. MAZON, S. I. Praepos. Prov. Castell. Occid. 30 Augusti 1951.

IMPRIMATUR CASIMIRUS Episc. Diœc. Flaviobrigensis 15 Augusti 1951

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ÍNDICE

DOS PALABRAS AL LECTOR...................................................6 ..................................................................................9 ..................................................................................9 I PARTE.....................................................................10 AVENTUREROS DE LA CRUZ.......................................10 AVENTUREROS DE LA CRUZ.......................................10 EL P. DELÓN, SUPERIOR DE ALASKA....................................11 EL PADRE ROBAUT, UNO DE LOS FUNDADORES DE LA MISION..............................................................................22 EL PADRE JUAN SIFTON........................................................30 EL HERMANO BARTOLOMÉ KÍO............................................38 II PARTE....................................................................48 FLORES Y FRUTOS DE LAS NIEVES POLARES...............48 FLORES Y FRUTOS DE LAS NIEVES POLARES...............48 JOSÉ PRINGE, EL PRIMER JESUITA ESKIMAL..........................49 EFFY, LA INTERPRETE..........................................................59 PEDRO AILOOK, EL HUERFANITO.........................................68 III PARTE...................................................................73 TIPOS DEL NATURAL..................................................73 TIPOS DEL NATURAL..................................................73 JAIME, EL BUSCADOR DE ORO.............................................74 ABRAHÁM, EL NARRADOR DE CUENTOS..............................83 JONÁS, EL CAZADOR DE OSOS............................................91 JONÁS, Y LOS LOBOS NEGROS DE REVILLAGIGEDO...................................................................101 EL ESCOCÉS, NAUFRAGO EN UN CAMIÓN..........................111 LUIS, EL BALLENERO..........................................................120 JORGE, Y SU FE DE BAUTISMO...........................................127 CONCLUSIÓN...........................................................135

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CONCLUSIÓN...........................................................135 EL MISIONERO DE KOTZEBUE............................................136

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DOS PALABRAS AL LECTOR

Forma este volumen como un complemento del anterior, EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE, según lo dicho en el Prólogo del mismo. Entre uno y otro se recogen todos los artículos escritos por el P. Llorente para EL SIGLO DE LAS MISIONES, durante su permanencia en Kotzebue, julio 1938-agosto1941, en que salió de allá para ser Superior de Akulurak. Bajo el titulo AVENTUREROS DEL CIRCULO POLAR, se clasifican aquellos artículos, en que la pluma ágil y sugestiva del autor, nos ya dejando retratados con mano maestra toda una galería de personajes: desde el misionero católico que, abandonándolo todo, se sepulta en aquellas soledades eternamente heladas, en busca de las almas redimidas por Jesucristo que las pueblan, hasta el clásico "aventurero", que ha corrido todos los mares y respirado todas las brisas, acuciado por el afán del dinero y del peligro. Tipos heroicos, para quienes la naturaleza no ofrece obstáculos y que no temen, a precio de salvar almas, sucumbir helados en la tundra desierta, barrida por huracanes de nieve; y tipos arriesgados, que, en la lucha por la vida, se enfrentan con dificultades insuperables, que no hubieran acometido en aras de un ideal más elevado. En estas páginas nos es dado bucear en almas y psicologías diametralmente opuestas en ideas y aspiraciones, y el contraste de unas y de otras, hace destacar con mayor vigor y energía, a contraluz, la egregia figura del misionero de Cristo. No busca oro, ni pieles de animales, ni ballenas, ni emociones en riesgos y peligros. Renuncia a las comodidades, a la vida tranquila y serena de un hogar formado según el beneplácito de Dios. Da de mano a la civilización en que se desarrolló su infancia y juventud. Olvida la lengua que aprendió en el regazo de su madre 6

y en la que balbuceó sus primeras oraciones. Todo el mundo de sus primeros años, y quizás también de sus primeras ilusiones, es sustituido por un mundo nuevo, en el que brillan entre sombras de muerte, de paganismo y de abyección, almas inmortales, que no han recibido todavía la marca roja de la sangre redentora. Llámese Alaska, o llámese de otra manera, en todos esos países de misión, el sacrificio del misionero es el mismo y la vocación misionera se apoya en las mismas fundamentales bases de amor a Jesucristo y de amor a las almas, hasta la Inmolación de la propia vida: amor enérgico e indomable, para el que no existen barreras ni obstáculos, Y, junto e estos "caballeros del ideal", avanzadas del Cristianismo civilizador, el mundo turbio de los "buscadores de oro"; váyanlo a encontrar en su forma natural, cribando las arenas de los yacimientos de Alaska, o bien olisqueándolo como sabuesos en expediciones de pesca, o en cacerías de animales de piel fina, en ilícitas transacciones con la buena fe e ignorancia le infelices indígenas. Del contacto con los primeros vemos brotar esas flores y frutos de las nieves perpetuas, que se describen en la segunda parle de este libro, y a las que se hizo alusión al final del segundo capítulo del tomo precedente. Del roce con los segundos, surgen las lamentables escenas aludidas en los capítulos II, III y VI del mismo volumen. Aquí tenemos que confesar al lector que la realidad supera a la pintura y que más de una vez nos hemos visto forzados a actuar con lápiz rojo sobre los escritos del P. Llorente, porque quizás nuestros oídos "farisaicos" no soportarían en frío la cruda descripción del paganismo al desnudo. "El lápiz rojo —nos decir, en una carta el P. Lloren-te— queda en libertad absoluta para tachar y borrar todo lo que se le antoje. A eso nos obligamos el día en que tuvimos el honor de poder poner la "S. J." detrás de nuestros nombres. Naturalmente. Pero queda el derecho a poder decir que "el espíritu está pronto, mas la carne es flaca". La obediencia de juicio es algo a lo cual hay que aspirar. No es cosa que se nos pone encima como la sotana o el sombrero. Cada vez que el lápiz rojo me tache un párrafo adorado, echaré un par de bufidos y después me pondré a tararear el Cara al sol o algo 7

semejante..." No ha sido, sin embargo, cosa notable lo suprimido por este procedimiento, y casi siempre se ha limitado a pequeños incisos, que en nada perjudicaban al conjunto perfecto del artículo. Para terminar, debo advertir al lector, a fuer de sincero, que los capítulos I, II, y V de este libro, no pertenecen a este periodo de la vida misionera del Padre Llorente como se hará notar en sus sitios respectivos. Los escribió en 1930 y 1931, y fueron los primeros, que, con su firma, empezó a publicar EL SIGLO DE LAS MISIONES. Me ha parecido deber incluirlos aquí, porque encajaban con el ambiente del libro y para no dejar rezagado, perdido en las páginas de una revista, no siempre a mano ni fácil de consultar, artículo alguno de nuestro celoso colaborador.

P. Segundo Llorente S. J.

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I PARTE AVENTUREROS DE LA CRUZ

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I

EL P. DELÓN, SUPERIOR DE ALASKA

Un accidente sensible Durísima sobre toda ponderación ha sido la prueba por que acaba de pasar la Misión de Alaska. Como si los hielos eternos y la soledad espantosa, con otros mil inconvenientes naturales, no bastasen a entorpecer los progresos de esta misión, tan rica en penalidades y sufrimientos, parece que los progresos de la cultura moderna se han conjurado también para llevar el terror a aquellos campos de desolación, acelerando a los misioneros una muerte que ya de suyo caminaba a grandes pasos. Me refiero a la reciente catástrofe de aeroplano que privó a la Misión de dos misioneros y dio a la humanidad una madre con dos niños huérfanos, que quedaron en el mundo sin el padre que les daba de comer. Conviviendo como estoy, no lejos de Alaska, con algunos de sus futuros misioneros, y en íntimo trato con personas que se interesan mucho por la Misión, he podido enterarme pronto de la trágica noticia que nos envolvió a todos en esa especie de estupefacción triste y silenciosa que causa todo fatal acontecimiento. "El P. Delón, S. I., Superior de Alaska, un sacerdote y el piloto perecieron, víctimas de un accidente, en el aeroplano de la Misión.” Aunque solas estas tres líneas lo dicen todo, no quisiéramos que el suceso quedara sin comentarios; tanto más que las ilustres víctimas, por lo mismo que buscaron sepultarse en vida en las heladas regiones alaskanas, son acreedoras a que nosotros perpetuemos su memoria, siquiera sea en esta brevísima reseña, recuerdo perenne de su paso por este mundo en beneficio de los eskimales. 11

El P. Delón, misionero Francés de nación, y hechos los primeros estudios en una Escuela Apostólica de Francia, partió el Padre Delón para los EE. UU. en 1591, cuando contaba 15 años de edad, y al año siguiente entró en la Compañía de Jesús, en California. Desde 1897 hasta 1903 estuvo enseñando Francés y Matemáticas en la Universidad de San Luis Gonzaga, en Spokane, Wash. Terminados los estudios de la Compañía, y ordenado de sacerdote, pidió las Misiones con los indios de las Montañas Roqueñas. Seis años llevaba trabajando primero en De Smet, Idaho, y luego en Missoula, Montana, cuando en 1914, al ser adjudicada la Misión de Alaska a la provincia de California partió para aquella Misión, donde le estaba reservada una muerte tan trágica como gloriosa. Como genuino Misionero francés, era intrépido y arriesgado, sin que le arredrasen obstáculos de ningún género, y expuso su vida mil veces por la salvación de las almas, al estilo del célebre padre Lievens, y como éste, gustaba describir a sus amigos las peripecias de sus viajes, no en caballos del Indostán, sino en trineos de Alaska. Sus cartas eran muy leídas y hacían mucho bien. Noches sobre el hielo Aún perdura en mi corazón el eco de aquellas saludables impresiones que recibí con la lectura de sus cartas. Allá, por el invierno del año 24 al 25, salió, como de costumbre, a visitar la docena de pueblos a él confiados, y que, diseminados en un área considerable, distaban entre sí 50, 100 y 150 kilómetros. El espesor de la nieve era de dos metros en la llanura, y donde los ventisqueros soplaban con más intensidad, la nieve, barrida de las cumbres y faldas de los cerros, rellenaba los valles hasta levantar su nivel 20 y 30 metros. Un viento helado había endurecido de tal modo le corteza de nieve, que el paso del trineo no dejaba más huellas que las que deja un auto sobre el asfalto de las modernas carreteras. 12

Preparados los víveres y demás prerrequisitos para una excursión de dos meses, nueve perros lobos se lanzaron a la carrera por aquellos campos helados, arrastrando un trineo de diez pies de largo por tres de ancho. Vacío pesaba sesenta libras y llevaba una carga de cuatrocientas. Después de andar todo el día, sin descubrir seres vivos en el horizonte, el P. Delón y su fiel criado eskimal hicieron alto en un llano, porque las tinieblas de la noche se espesaban y ya les impedían distinguir los objetos a dos metros de distancia. Sueltan los perros del tiro para que descansen, y los atan separadamente en los cuatro costados del trineo para que, a la proximidad de algún oso blanco olfateado, no se pongan. en fuga, y, después de darles dos libras y media de pescado a cada uno, el P. Delón y su compañero toman sendas tazas de té hirviendo que les restituye el calor perdido y a continuación toman su refección de pescado helado, en nada superior al de los canes. Pero era menester dormir, porque le caminata había sido dura. Entonces, relevándose a pequeños intervalos, con la sartén en que calentaron el té, abrieron una sepultura en el duro hielo y allí se metieron envueltos en pieles de reno. Al poco rato ya estaban helados, y, levantándose, corrían, saltaban y hacían gimnasia sueca hasta que el sudor corría por las sienes en abundancia. Vueltos a la sepultura, descansaban otro rato, y vuelta a la gimnasia. Doce veces se levantó el Padre en las ocho horas de aquella noche memorable. Al fin del viaje escribía que habla tenido tres noches parecidas: una en otra sepultura, otra detrás de un témpano gigantesco que le defendía del viento, y la tercera fue la más penosa. No había témpanos tras de los cuales pudiera guarecerse; el hiela estaba tan duro que el corte de la sartén se embotaba sin profundizar y la oscuridad de la noche sin estrellas les cortaba toda esperanza de encontrar el barrio que buscaban. No hubo más remedio que resignarse a dormir en campo raso sobre el hielo, y, envueltos en pieles, se acostaron detrás del trineo y trataron de conciliar el sueño; pero una brisa helada, "el viento que mata", como le llaman los eskimales se colaba a través de las 13

varillas, los miembros ateridos se entumecían, los conductos nasales, obstruidos por el frío, hacían dificultosa la respiración (porque respirar por la boca ese aire helado daña los pulmones), y, a pesar de los sorbos de té hirviendo, y de los ejercicios gimnásticos, cuando amaneció tenía el Padre un catarro tan fuertemente agarrado que, tres meses después, el timbre de su voz era ronco y cavernoso. Alojamientos eskimales En los 16 años que estuvo en Alaska, nunca dejó de visitar a sus cristianos, y las noches sobre la nieve tampoco escasearon, como lo muestran sus cartas que a la vista tengo. El alojamiento que le aguardaba, después de tan dura marcha sobre la nieve, no era muy cómodo que digamos. "Seis casas —dice— tenía el barrio, y las seis eran de hielo. La que más levantaba, no pasaba de un metro, por lo que, a pesar de mi baja estatura, tuve que decir la misa de rodillas con un infiernillo al lado para que no se me helase el Sanguis. Mientras la decía, el hielo del techo derretido goteaba sin cesar sobre los corporales que quedaron hechos una lástima. “—¿Por qué no hacéis más altas las casas? —pegunté al jefe de la choza. “—No hace falta que sean más altas —respondió—; mientras más pequeñas, más pronto se calientan." Y más fetidez encierran, podríamos añadir croabas. El eskimal entra agazapado en su choza, como conejo en su madriguera, y detrás entra toda la familia. Extienden las pieles por el suelo, y sobre ellas están tumbados días y más días sin salir, por lo que se deja suponer el ambiente del local y el perfume que exhalaran aquellos rincones. Allí entra el misionero a catequizar, bautizar y administrar los Sacramentos, venga lo que viniere, y, terminada su labor en aquel barrio, engancha los perros al trineo, orienta al perro delantero en la dirección del próximo barrio y... a correr porque el frío hiela, y el movimiento es fuente de vida. 14

Desorientación en la tundra Toda la garantía de buen éxito en el viaje radica en la confianza de que el perro delantero, que al lado del misionero visitó en el verano aquellos parajes sin nieve, los vaya ahora reconstruyendo con su instinto maravilloso y camine sin vacilar sobre la senda cubierta de nieve. Si no yerra el camino, el misionero está salvado. Pero si falla, entonces... ¿Saben ustedes lo que significa esa frase "entonces"? Entonces el viaje es un ir y venir sin rumbo fijo por aquellas soledades, cuyo silencio eterno ha hecho perder el juicio a más de un expedicionario. Nadie pasa por allí. Hielo, bruma, frío, soledad. Los víveres escasean; los perros, mal alimentados, no trabajan, y el pobre misionero, solo, que no se resigna a morir a los cuarenta años, lucha con esfuerzo de gigante contra toda la naturaleza para prolongar los días de su vida, y de su angustiado pecho brota una plegaria a la Reina de las Misiones, implorando vida para consumirla en la evangelización de los eskimales. La lucha es cruel y sin tregua como todo duelo a muerte. Al fin se decide la victoria. Nueve misioneros oblatos de M. I. han perecido ahogados en el río Mackencie, porque, ignorando el camino, pasaron por el hielo frágil que ocultaba rápida corriente. Otras veces, las más en estos casos, el misionero salva la vida, pero necesita valor heroico para dejarse amputar un miembro gangrenado, o para no quejarse del reumatismo allí cogido, cuyos dolores agudísimos semejan leznazos que se introdujesen a porfía hasta la médula de los huesos. Otras veces quiere Dios que el perro desorientado se oriente, y la tragedia que amenazaba no pasa de un susto. "Fueron —dice el P. Delón— muy angustiosas las horas que pasé desorientado, envuelto en los remolinos de nieve que levantaba el huracán, pero, gracias a la pericia de mi perro, salí ileso de aquel peligro de muerte y puedo ahora escribirle a ustedes estas línea Como ven los lectores, esto se dice bien, y hasta puede resultar interesante oírlo al abrigo de una estufa, pero pasarlo ha de ser otra cosa. 15

Misión difícil En septiembre de 1923, el P. General de la Compañía le nombró Superior de la misión, que más bien que cargo honorífico es allí carga muy pesada, porque, al trabajo de cuidar de la propia cristiandad, se suma el de tener que visitar las demás cristiandades de la misión. La muerte ha venido a poner fin a su Superiorato que, desempeñado por siete años, es clara señal de lo satisfechos que de su gobierno debían estar súbditos y Superiores, Mas la misión en el interior es extremadamente difícil. En una región como tres veces España pululan 54.900 habitantes eskimales, indios y mineros blancos, y son pocos para tan enorme territorio los treinta y tres jesuitas que serían suficientes si los habitantes estuviesen reunidos en pocas ciudades o en un territorio reducido. La Misión es una sepultura de Misioneros jóvenes, el fruto es relativamente escaso, y, como en África, China, la India y el Japón están sentados en la sombra de la muerte 950 millones de paganos, se pensó en dejar la Misión de Alaska. Después de algunas tentativas el Papa dijo que, si la Compañía la dejaba, ninguna familia religiosa estaría desocupada para tomarla; que también los eskimales eran hijos de Dios, redimidos por Jesucristo, y por consiguiente, con derecho a entrar en el cielo; y que el Sagrado Corazón bendeciría estos sacrificios, como Él sabe hacerlo. Vista, pues, la voluntad del Papa, no hubo más remedio que bajar la cabeza y continuar enviando Misioneros jesuitas a sustituir a los muertos y, ¡planes de Dios!, nunca han faltado en la Compañía vocaciones expresamente para Alaska. No hace aún tres meses, un Padre de Nueva Zelanda partió para Alaska. Hay allí franceses, italianos, canadienses y norteamericanos, y conozco a un español que irá pronto (1). La dificultad de la Misión provenía en gran parte de la alimentación defectuosa de nuestros Misioneros, Sólo en los meses de verano pueden arribar los barcos norteamericanos a los puertos de Alaska, y, durante el invierno, Aquí P. Llorente se cita a sí mismo. Su apostolado entre los eskimales es conocido de los lectores. (N. del E.) 16
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que es de nueve meses, estaban condenados los Padres a comer solamente carne de reno y pescado helado, porque aquella naturaleza madrastra no produce en el interior legumbres ni vegetales algunos. Con sólo carne y pescado, el organismo necesita hidrocarburos, y éstos al cabo de algún tiempo son indispensables, so pena de la vida. Los eskimales van a buscarlos en el buche de los renos y se disputan el liquen hecho papilla que allí encuentran, y a veces llegan hasta devorarles el excremento; pero esto no es posible para el Misionero, pues tendría que convertirse en cazador de renos en vez de cazador de almas. El avión «Marquette» Por otra parte, el procedimiento de los perros y trineos, aunque seguro, es muy lento dadas las enormes distancias que se han de recorrer, y entonces surgió la idea del aeroplano. Mientras que los perros van a 4 millas por hora cuando más, el aeroplano va a 115 cuando menos. Pocos Misioneros harían mucho, y se podía ir y venir de Alaska e Seattle o Spokane, lo mismo en verano que en invierno, a despecho de los icebergs y hielos del Estrecho de Bering, proveyendo de frutas, conservas y demás alimentos a los desterrados Misioneros. La idea fue tomando cuerpo, y los ideales se vieron pronto plasmados en realidad consoladora. La Asociación "MARQUETTE LEAGUE", de los Estados Unidos, integrada casi exclusivamente por seglares y cuyo fin es enviar limosnas y objetos útiles a los Misioneros, compró un aeroplano, le bautizó con el nombre de "MARQUETTE" y se lo entregó al Revdmo. Padre José Rafael Crimont, S. J., Vicario Apostólico de Alaska. Un Hermano Coadjutor, José Feltes, S. I., sacó el carnet de piloto aviador, y todo hacía presagiar que nuestro "MARQUETTE" iría y vendría de Alaska riéndose de los hielos, montañas y barrancos. Tiempo hacía que se andaba dando vueltas a la idea de sustituir en el aeroplano la gasolina por el petróleo bruto, que resulta más barato, sin que ninguna Compañía se arriesgase a hacer la prueba, hasta que últimamente se aventuró una Compañía 17

de NewYork y construyó motores en serie tipo "Diesel Motored Bellanca". El "MARQUETTE" fue el primero de le serie que hizo le prueba, y de su resultado dependería el buen o mal éxito de la empresa que explotaba el nuevo tipo de motores. El primer vuelo resultó bien. Fue un viaje felicísimo desde New-York hasta San Francisco de California, en el que el Hermano Feltes demostró cualidades excelentes de piloto aviador. De California subió sin novedad a Spokane, y de aquí salió con rumbo a Seattle, desde donde debla emprender el viaje paro Alaska siguiendo la costa del Canadá; pero, como coincidiese su llegada con la próxima salida del barco para Alaska, se creyó más oportuno desarmarle y embarcado llevarle en el barco, como se hizo hasta Seward (Alaska), y de aquí en tren hasta Fairbanks, centro minero del interior. La catástrofe de Kombue Ya está el aeroplano en Alaska. El reputado piloto americano Ralph Wien pidió se le dejase hacer en él algunas pruebas, y, entusiasmado con aquel aeroplano colosal, equipado para ocho pasajeros, se ofreció a llevar en él a los Misioneros durante todo el mes de octubre. Con ese fin hizo un vuelo de 500 millas hasta Holy Cross, casa matriz de la Misión y residencia ordinaria del P. Delón, quien, encantado de los buenos resultados en los vuelos precedentes, se decidió a hacer su primera visita en el "MARQUETTE", y en tres y media horas salvaron las 400 millas que separan a Nome de Holy Cross. Visitada lo residencia de Nome, salieron para Kotzebue, pueblecito de 200 almas, situado 150 millas al norte del Estrecho de Bering, en la costa del mar glacial. El Misionero de Kolzebue no era jesuita. En un viaje que hizo a los Estados Unidos el Reverendísimo Padre Crimont, S. J., como hablase de Alaska con el sacerdote William F. Walsh, natural de Oakland (California), lleno de celo este buen sacerdote, le pidió ser admitido como misionero de los eskimales al lado de los Padres jesuitas, y, dados los pasos necesarios, al volver a Alaska el Sr. Obispo, le llevó consigo, y desde hacía algún tiempo trabajaba 18

incansable en la zona noroeste, desde su residencia de Kotzebue. A esta residencia se dirigieron el P. Delón y su piloto, y pasados uno unos días de grata convivencia se acomodaron los tres en el "MARQUETTE", con intención de visitar algunos barrios de aquel distrito, Despegó sin dificultad el aeroplano, y comenzó a elevarse trazando círculos alrededor del pueblo, pero, al emprender rápidamente el vuelo en línea recta, se paró de pronto el motor, y, sin dar tiempo al piloto para planear, cayó al suelo, haciéndose pedazos. Los eskimales de Kotzebue que le seguían con los ojos, corrieron al lugar de la catástrofe, y entre las astillas del artefacto vieron muertos a los tres expedicionarios, y sus cadáveres horriblemente mutilados. Era la mañana del domingo 12 de octubre de 1930. ¡Así se muere en Alaska! Víctimas de viajes: Hno. Paquín La Misión jesuítica de Alaska ha tenido anteriormente otras tres víctimas por accidentes de viaje. La primera fue el Hermano Coadjutor Pequín. Sucedía en enero de 1911. El Hermano había salido de madrugada con su trineo y sus perros. Lo distancia a recorrer, unos 20 kilómetros escasos, desde Saint Michel, una aldehuela perdida, en la que se construía una capilla para los eskimales. Conocía muy bien el camino, y debido a aquella mañana tan clara de invierno, salió sin muchas provisiones ni abrigos. De repente, sobre la llanura helada se levanta un viento huracanado que sopla a más de ciento cuarenta kilómetros por hora. La nieve se arremolina tan espesa, que el pobre Hermano, solo en la tormenta, pierde muy pronto la dirección. Durante dos horas enteras yerra a la ventura, transido de frío, el rostro mordido por el cierzo glacial, buscando en vano un abrigo salvador. Por fin, consumido de fatiga, presa ya del traidor adormecimiento de las regiones árticas, fatal anunciador de la 19

muerte, se extiende sobre el trineo, abandonándose en las manos do la Providencia. Pasa una semana. La tempestad sigue en todo su furor. La nieve ha recubierto con su sudario el trineo y a su ocupante. Por fin, aparece a través de las rotas nubes un rayo de sol. Dos indios parten en busca del Misionero; descubren alrededor del trineo y del cadáver los seis perros, vivos, que a pesar del ayuno, del frío y de la tormenta, continuaban, después de ocho días, velando a su difunto dueño. Entre las crispadas manos del Hermano aparecían fuertemente apretadas las cuentas del Rosario. P. Ruppert Otra víctima. El P. Ruppert (2) más conocido sin duda por la hermosa fotografía aparecida en el SIGLO DE LAS MISIONES del año 1925. Murió la víspera de Navidad del año 1923, y la noticia, esparcida por el telégrafo por toda la América del Norte, conmovió los corazones todos. Brevemente la contaré, pues los detalles quitarían grandeza al sacrificio del mártir de la caridad. Había prometido a los niños de Noma traerles para Navidad regalos: juguetes y dulces. Volvía contento y alegre por la alegría que causaría a sus pequeños el cargamento que traía, cuando fue sorprendido por una tempestad de nieve. En vano esperaban los niños la llegada de su querido capellán y de los apetecidos regalos. Treinta millas hacia el Sur, sobre la inmensa llanura helada, aparece un trineo dado vuelta, cargado con regalillos de Navidad. A corta distancia un solo perro queda vigilando el helado cuerpo del Padre Ruppert. Dios le habla pedido el sacrificio de su vida. P. Treca Le tercena víctima fue el P. Treca, verdadero apóstol de Alaska y uno de los primeros Misioneros de la Misión. Es un caso parecido el del Hermano Pequín. Había ido a unos
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Véase EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE , cap. X.

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20 kilómetros de la Misión a bautizar unos niños. Por efecto de la nieve perdió la dirección al volver. Como no estaba preparado para acampar, siguió adelante, esperando dar con la Misión. Cansado él y los perros, determinó hacer alto. Extendió algunas malezas por el suelo, puso encima la cubierta del trineo y se echó a descansar. Por la mañana notó que apenas podía moverse, a causa de un agudo dolor de costado. Arrastrándose como pudo consiguió llegar a la Misión, donde no había ningún médico; el más cercano estaba a 830 kilómetros. Estuvo año y medio sufriendo en la Misión. Por fin, se dejó trasladar a Estados Unidos, donde dijeron los médicos que era necesario amputarle pierna derecha. Así lo hicieron, pero el mal ya no tenía remedio: pronto murió, el 15 de septiembre de 1926, fiesta de los Dolores de Nuestra Señora. Estuvo de Misionero de Alaska durante treinta y siete años. Spokane (EE.UU.), 26 octubre 1930. Véase En las lomas del Polo Norte, capítulo I, donde se alude a este episodio.

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II

EL PADRE ROBAUT, UNO DE LOS FUNDADORES DE LA MISION

Un paseo por la nieve Aceptada la invitación que recibí de pasar las Navidades en un Colegio de la Compañía situado veinte kilómetros el Norte de Spokane, en las estribaciones de las heladas y abruptas Montañas Roqueñas, me trasladé allá, bien avanzada ya la Noche Buena, y durante ocho o nueve días de solaz y de ameno esparcimiento pude disfrutar a mi sabor de las dulzuras que en Norteamérica, lo mismo que en España, traen consigo las clásicas fiestas de Navidad. Los días allí tratan dos aspectos; dentro de casa rebosaba la alegría: alegres nacimientos, caras risueñas, tonadas típicas y representaciones que entretenían y deleitaban; fuera de casa los días estaban tristones: mucha niebla, siempre bruma, oscuridad, mucha nieve y una brisa helada que mortificaba la piel. Una tarde, cuando leía en mi habitación, sentado entre la estufa y un calentador eléctrico, llamó a la puerta un Padre con quien me había comprometido a dar un paseo. ¡Cómo venía! Chanclos, polainas, dos pellizas, guantes, gorra pasamontañas, que le cubría todo menos los ojos, un recio bastón y un envoltorio debajo del brazo. —Estoy a sus órdenes —me dijo sonriente. —¿Qué trae usted ahí? —le dije apuntando al bulto. —Son ropas de campo para que usted se adobe como yo. Me puse, en efecto, aquellos levitones bien sujetos al cuerpo con cinturones a manera de correajes, y nos echamos al campo desafiando los fríos y nieves, dispuestos a no retroceder ante una granizada de carámbanos. 22

—¿De manera que usted estuvo en Alaska de Misionero? —le pregunté cuando nos vimos en pleno aire libre. —Seis años —respondió—; allí conocí al Padre Delón, el que se mató en el aeroplano. A propósito, sabrá usted que está enterrado en este nuestro cementerio privado; ¿quiere verle? —Hombre, sí, quiero verle; ¿dónde está? —Dos minutos más, y estaremos en él. «Mártires de la fe» Llegamos, en efecto, y pude ver unas sesenta crucecitas de piedra diseminadas acá y allá entre la nieve. —Aquí está el Padre Delón —me dijo. —¿Cómo no tienen letrero esas cruces? —le interrogué. —Si le tienen —me respondió—, pero ahora están velados por la nieve. Removí con el pie la nieve que circundaba a la cruz, y unos renglones tallados en la piedra satisficieron mi curiosidad. Allí descansaban los restos mutilados del célebre Superior de la Misión de Alaska. A su lado estaba el Padre Van der Pol, que pasó los últimos veinte años de su vida con los eskimales. Absorto como estaba en la contemplación de lo que tenía delante, apenas prestaba atención a mi compañero, que me decía: —Se le quiso enterrar en Pilgrin Springs (Alaska) pero el Prefecto Apostólico mandó que se le sepultase en este cementerio, para que cuando nuestros jóvenes pasen por aquí y lean el nombre del Padre Delón, se animen y esfuercen a trabajar por la mayor gloria de Dios a despecho de la propia vida. Costó algún trabajo traerle. La nave “Victoria” tuvo que abrirse camino entre los muchos bloques de hielo flotante que obstruían el paso. Con él venía el sacerdote señor Walsh, su compañero en la trágica muerte. Cuando llegaron a Seattle (Estados Unidos), se les recibió pomposamente; se celebró en la Catedral una Misa de Requiem, y el Ilustrísimo Sr D. Eduardo O'Sea, Obispo de la Diócesis, en un sermón que entonces predicó, les llamó mártires de la Fe. Cuando llegó a Oakland (California) el cadáver del Sr. Walsh salieron a 23

recibirle el Arzobispo de San Francisco, Sr. Hauna, varios condiscípulos del finado y... sus padres. Todo esto me decía mi compañero mientras yo volaba con la imaginación por tierras alaskanas; pero estábamos parados y un viento frío persistente nos atería los miembros. —Si seguimos aquí parados, nos arrecimos —le dije de pronto. —Sí, vamos adelante. Y empezamos a subir y bajar una serie de cerros, verdaderos bosques de pinos, cruzados por sendas abiertas con el hacha y la tea. El asesinato de Mons. Seghers —¿Sabe que acaba de morir el P. Robaut? —me preguntó. —No sé nada —respondí—. ¿No fue ése uno de los fundadores de la Misión de Alaska? —El mismo. Murió a los 76 años de edad, 58 de Compañía y 44 de Misionero en Alaska. —¡Cuarenta y cuatro años en Alaska! —exclamé lleno de envidia. —El 13 de julio de 1886 —continuó sin dar importancia a mi exclamación— salieron de Victoria (Isla de Vancouver) con rumbo a Alaska el señor Arzobispo Seghers y los PP. Tossi y Robaut. Llegaron al río Yukón, comenzaron en canoas a subirle, diciendo misa en ellas y tomando tierra de vez en cuando para descansar y proveerse de víveres en los poblados eskimales que topaban a la vera. En un árbol que está a 80 kilómetros de la desembocadura del río se conserva esta inscripción: "El Arzobispo de Victoria, señor Seghers, y los Padres Tossi y Robaut, acamparon aquí y ofrecieron el santo sacrificio de la Misa el 30 de julio de 1886". ¡Qué viaje aquel! Basta decir que llegaron hasta los márgenes del Stuart, en el interior de Alaska, donde dejó el señor Arzobispo a los PP., dirigiendo él sus pasos hacia el Estrecho de Bering, en busca del poblado de San Miguel, que distaba 1.900 kilómetros y adonde hubiera llegado si una muerte trágica no le hubiese detenido en su carrera. 24

—¿Cómo murió? —pregunté aquí a mi compañero. —Asesinado —me respondió—. Iban en su compañía dos indios que le servían de guías y un criado yanki, por nombre Fuller, que le servía y le había acompañado desde los Estados Unidos. Llevaban varios días de camino y una tarde cuando ya quería oscurecer, divisaron un poblado, a larga distancia. Fuller, alegando estar cansado propuso acampar aquella noche al aire libre, y al día siguiente de madrugada partir para el poblado. El señor Arzobispo consultó a los indios, quienes opinaron que se debía de seguir adelante, y, a pesar de las protestas del blanco, la comitiva reanudó su marcha. En el camino encontraron una casa vacía, y para apaciguar a Fuller, se guarecieron en ella; pero este infeliz, que después se comprobó estar loco, no pudo soportar que el señor Arzobispo hubiese pospuesto su parecer al de los indios, y, el amanecer, con el fusil en la cara, despertó al Arzobispo. Cuando éste abrió los ojos, una detonación, que hizo estremecer la choza, llenó de espanto a los, indios, y de sangre la faz venerable de aquel .celoso Pastor que quedó exánime sin poder pronunciar el santo nombre de Jesús. La bala entró por la frente y salió por la nuca. Cuando se enteraron nuestros Padres Tossi y Robaut de lo acaecido, se vieron solos como ovejas sin pastor y, consultando el caso, decidieron que el Padre Tossi volviese a los EE, UU, para dar a los Superiores cuenta del triste hecho, allegar algunos Misioneros y fundar en Alaska una Misión en toda regla. Vino, en efecto, a los Estados Unidos el P. Tossi y quedó solo en Anvik el Padre Robaut. Desterrado entre eskimales Un año entero estuvo desterrado en aquel pueblecito de 150 eskimales. En los 43 años más que le duró la vida, nunca se olvidó de las escenas de aquel año memorable. Con qué interés me las contaba a mí cuando muchos años después viajábamos los dos en nuestro trineo. Aunque había estado tres años con los indios de las Montañas Roqueñas, no pudo menos de impresionarle aquella temperatura cruel: de 40 grados bajo cero, aquel continuo nevar en tanta 25

abundancia, aquellos hielos de dos metros de espesor en el río Yukón, uno de los más caudalosos del mundo. Todo era allí original, La respiración se efectuaba con un ruido extraño perceptible a cierta distancia, fenómeno que él achacó a la condensación instantánea del aire caliente que se expiraba. No sabía la lengua eskimal y vivía entre eskimales. Un pastor protestante fijó su residencia en el mismo pueblo, disputándole la presa, y para colmo de desgracias le salió un panadizo en el pulgar derecho que le estorbó el decir la Misa por espacio de dos meses. Tuvo días tristísimos, horas amargas, con esa amargura que siente el alma al verse sola y sin la esperanza próxima de poderse desahogar con algún amigo de esos que por acá nunca faltan entre los compañeros de estudios. Sólo Jesucristo le consolaba, llenándole de paz y suavidad; pero, como él decía, cuando hay que vivir a pura fe, llegan momentos en que la carga quiere hacerse insoportable. Por fin llegó el verano, pero cayó sobre la población y sus contornos una plaga de mosquitos en tanta abundancia que, según el Padre me decía gráficamente, se podían cortar en el aire con un cuchillo como se corta la mantequilla sobre el plato (3). Cuando al cabo de diez meses llegó el P. Tossi con un pequeño refuerzo de Sobre los mosquitos del verano alaskeño, el mismo Padre Llorente nos habla en otro artículo. Durante el día, en marcha o en canoa, y por la tarde, bajo la tienda, es asaltado el viajero por innumerables mosquitos, de cuyo número nos dará idea la siguiente leyenda sobre su origen: En un tiempo vivió sobre la tierra un gigante cuya pasión era beber sangre humana. Se le tenía por invulnerable. Un natural amenazó de muerte al hijo del gigante; amedrentado éste, le refirió que su padre tenía el corazón en el talón. Lo mismo que Aquiles en la antigüedad, el gigante fue herido por una flecha en el talón, y al morir exclamó: —Aunque me has matado y me quemarás; sin embargo, te seguiré comiendo. El eskimal se rió, le quemó y arrojó sus cenizas a los cuatro vientos; pero cada partícula de las cenizas se convirtió en mosquitos. Y ahora, a juzgar por las nubes de mosquitos que aparecen durante el verano, deducen que el gigante debió de gozar de unas proporciones más que gigantescas. 26
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Misioneros, que más tarde se fueron multiplicando, la Misión se fundó en toda regla, y el Padre Robaut estuvo siempre en las avanzadas, Sepultado en la nieve —¿Fue Superior alguna vez? —le pregunté, aprovechando un momento de pausa que aquí hizo mi interlocutor, —Nunca fue Superior —me respondió—. El carácter no era muy a propósito para templar gaitas. Era muy austero y sumamente emprendedor. Hablaba poco, casi nada, pero hacía mucho. En las excursiones no había hombre que le pudiese resistir una semana. Tenía una musculatura recia, como he visto pocas, y un estómago capaz de digerir piedras; pues sólo así se explica que en S. viajes no hiciese más que dos comidas; una después de Misa y otra al acostarse por la noche, sin que jamás se detuviese a tomar una taza de té durante el día. Me contaba que yendo una vez de camino con un eskimal, como les sorprendiese la noche en un valle, lejos de todo poblado, se metieron en sendos sacos de dormir, que les cubrían por completo, y se acostaron entre unos bloques de hielo que allí había. El Padre cogió un sueño tan profundo, que se pasó la noche de un tirón, como dicen, sin advertir en la nieve que caía. No así el eskimal, quien la pasó entrando y saliendo del saco con frecuencia para calentarse haciendo gimnasia, Cuando amanecía, comenzó a llamar al Padre, y como nada oía y nada veía, creyó que el Padre se había ido y comenzó a llorar. En esto vio que un bulto de nieve se movía y pudo ver debajo al Padre Robaut, cubierto de nieve, que despertó con el llanto del eskimal, y que, merced al poco aire que se consume durante el sueño, habla pasado gran parte de la noche sepultado bajo la nieve. Sin haber visto un automóvil Todas estas austeridades 27 resbalaban sobre aquella

naturaleza de acero, como el agua resbala sobre la pizarra. Únicamente el año 1924, a los setenta de su edad, comenzó a sentir fuertes dolores de reumatismo, que dos años más tarde degeneró en parálisis. Entonces le invité a volver a los EE. UU., pero respondió que quería dejar sus huesos entre sus amados animales. La parálisis le atacó fuertemente la lengua, privándole por completo del uso de la palabra; al poco tiempo perdió casi totalmente la vista. Dejó el Breviario a más no poder, pero no dejó la Misa, una de la Virgen que sabía de memoria. Le segunda mitad del año 29 y todo el año 30 lo pasó inválido, empleando los días en rezar y orar por los eskimales, y hace unos días nos llegó la noticia de su muerte, Murió sin haber visto jamás un automóvil. Teniendo en cuenta esta circunstancia, cuando el malogrado aeroplano "MARQUETTE" aterrizó en Holy Cross, mandó el P. Superior que se le acomodase en un asiento y volase cinco minutos, como lo hizo; y cuando aterrizó de nuevo, el P. Robaut estaba tan satisfecho de aquel vuelo, que se resistía a que le bajasen, queriéndoles acompañar en el primer viaje. Y esto es todo lo que ahora le he podido decir acerca de nuestro buenísimo P. Robaut. Desde luego salta a la vista que como Dios no deja sin recompensa un vaso de agua fresca dada por su amor al sediento caminante, mucho menos se olvidará de galardonar tantos sufrimientos padecidos por su amor. Y más me atrevo a decir; que Dios no aparta sus ojos de esa Francia prevaricadora, porque Francia es un semillero de Misioneros, y Misioneros al estilo de Lavigerie y de los PP. Delón y Robaut. De muelle al Colegio Esto me dijo el Padre, y calló. Estábamos en la cumbre de un cerro desde el cual dominábamos profundos valles que dormían silenciosos bajo la nieve y una espesa niebla comenzaba a descender sobre nosotros. Fui yo quien interrumpí el silencio para decir a mi acompañante; 28

—Gracias, Padre, por su relato; me ha interesado no poco y al llegar a casa pienso emborronar con él unas cuartillas que mandaré a España, Descendimos después, camino del Colegio, hablando de las Misiones del Norte, le prometí visitar a los Pieles Rojas de la frontera canadiense que él cultiva, y apenas me vi solo en mi habitación, libre ya de chanclos y capotes, tomé la pluma y pergeñé estas líneas. Spokane (EE. UU.), Julio, 1931.

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III

EL PADRE JUAN SIFTON

Voluntario para las Misiones El correo de ayer me trajo la noticia temida de que el P. Juan Sifton, S. J., se nos ha ido al cielo. No es que el irse el cielo sea algo tremebundo, ni mucho menos; es que la muerte del P. Sifton deja un vacío muy difícil de llenar en estos tiempos calamitosos. Ya me había enterado yo de su muerte por un telegrama que me puso el P. Superior, precisamente cuando me disponla a escribir y felicitar al Padre Sifton por los 69 años que iba a cumplir dentro de unas semanas. Le traté dos años en las riberas del Yukón, y hoy me creo con derecho y hasta con obligación de tributarle la pequeña ofrenda de un artículo a manera de recordatorio. Nació en Kruth de Alsacia, de una familia alemana, y su verdadero apellido era Sifferien; pero como ese apellido se prestaba a chistes en inglés, lo cambió por Sifton, más breve, más inglés y completamente inocuo. Estudió latín y Humanidades en una Escuela Apostólica de Inglaterra, y desde allí se embarcó para Nueva York, jovencito aún, pero ya voluntario para las Misiones de las Montañas Roqueñas. Le dotó la naturaleza con verdadero derroche de todas aquellas cualidades que hacen a su poseedor querido y reverenciado a la vez. En primer lugar sobrepasó en talento a todos sus condiscípulos desde las cátedras de latín hasta las aulas de Teología. Sus compañeros recuerdan que nunca se le veía con un libro. Parecía cogerlo todo a oído, En los recreos, paseos y excursiones era el centro de la conversación que amenizaba con chistes agudísimos y con un repertorio inexhausto de historias y cuentos tártaros, que eran la delicia de los corrillos. 30

Al terminar la filosofía en Spokane le enviaron los Superiores a ejercitar el Magisterio en la escuela central de una de las Misiones entre los indios de las Montañas Roqueñas. Sólo el Cataldo, a fuerza de años, habla logrado dominar con soltura aquella lengua jeroglífica. Los demás Misioneros tenían que valerse de intérpretes. A los ocho meses de llegar el Hermano Sifton, el público vio con pasmo que hablaba con facilidad y expedición inusitadas. Desde entonces se convirtió en intérprete obligado de todos los discursos, sermones, arengas, avisos y explicaciones catequísticas de todos los Padres de la Misión por espacio de cinco años. El sermón del infierno Les hizo por entonces la visita de confirmación el Sr. Obispo. Mientras el prelado echaba un sermón a los indios sobre los dones del Espíritu Santo y sobre los efectos de la gracia santificante en el alma del justo, notó que el joven intérprete se acaloraba desmesuradamente y tenía al auditorio con el alma en un hilo. Hizo alto el prelado y le preguntó si interpretaba fielmente su sermón. El Hermano Sifton respondió que no; que aquello no lo entendía ni él mismo y que llenaba el tiempo predicando sobre lo turrados que se verían eternamente en el infierno, los borrachos, los adúlteros, los blasfemos, los embusteros y los salteadores de caminos. El sermón acabó allí mismo sin más razonamientos. El P. Superior tomó el episodio tan en serio que se propuso meter en pretina al intérprete y hacer de él un modelo de obediencia y manejabilidad. Aquella misma tarde le dio una sotana tal que al ser herida por los rayos del sol despedía los siete colores del arco iris. Al cuarto año de uso diario la sotana no conservaba ni un solo hilo del paño original. Remiendos hilvanados de prisa sobre remiendos deshilachados formaban una sotana que era la risa de todos. En una función solemne en el salón de actos tenío el Hermano Sifton que salir al escenario al principio de cada escena para explicar a los indios adultos el significado de todo aquello. Cuando llegó le hora, el intérprete se escondió debajo del escenario. 31

—¿Dónde está? —preguntaba a voces el Superior a todos los que entraban y salían. Pero nadie pudo dar razón de él. Al excusarse por la noche de que era una indecencia y un escarnio aparecer en público con aquellos andrajos oprobiosos, recibió por respuesta breve y seca que no merecía una sotana mejor. En penitencia se le reglamentó una dieta que ni le mataba de hambre ni le permitía distinguir bien los objetos a las once de lo mañana. Dios permitió que aquel Superior, suizo de nacimiento, no entendiera la manera de ser del intérprete v le probase oportuna e importunamente como se prueba el oro en el crisol. Contándome cien episodios de este género, el Padre Sifton me hizo un día la confidencia de que más de una vez y más de dos estuvo a punto de ensillar un caballo y mandar a paseo todo el negocio; pero triunfó la gracia sobre la naturaleza, y añadió que, a su juicio, Dios exige a todo Jesuita por lo menos un acto heroico en la vida. Superior do Alaska Ordenado de sacerdote en San Luis de Missouri, fue enviado de Misionero a una tribu india, cuya lengua no tenía perecido alguno con la que había aprendido de maestrillo a las órdenes del Padre suizo. Al año de convivir con los indios aprendió su lengua y comenzó a vivir el periodo de años que en su vejez le pereció el más feliz de su vida. Nombrado Superior del distrito, adquirió un carruaje y dos caballos de tiro y caminaba distancias inmensas por despoblados sin caminos, atravesando vados de ríos que no sabían de puentes. Después de pasar un par de semanas en un campamento indio instruyendo a los neófitos y viviendo como ellos, cargaba con los bártulos en el carro, y se dirigía el campamento vecino que distaba 100 kilómetros por lo menos, tarareando y con la vista perdida en el horizonte infinito. Un día al volver a casa se encontró con una carta del P. Provincial quien le mandaba prepararse sin dilaciones para trasladarse a Alaska donde iría en calidad de Superior general. Al año de haber pisado tierra Alaskana los eskimales vieron con 32

asombro que hablaba su lengua como ellos. Nunca le vio nadie tomar apuntes ni sentarse a tomar lecciones. Metido entre la plebe y escuchando aquellos sonidos horribles cogió al vuelo los sonidos y el significado. Más tarde le oí yo predicar en eskimal con una despreocupación como si hubiera nacido en una aldea del Yukón. En cuanto a sus dotes de gobierno, baste decir que fue Superior general 17 años seguidos, más otros cinco años poco antes de morir. Entre los ortodoxos Hacia 1925 murió sin sucesor el último misionero ruso ortodoxo, resto atrasado de las expediciones enviadas por los Zares desde que Vito Bering descubrió las costas alaskeñas opuestas a Siberia. El moribundo sacerdote había dejado en su lugar un eskimal algo más despabilado que los demás a quien ordenó de sacerdote. Resultó que el buen preste ruso había recibido las órdenes episcopales de joven y nadie en el Yukón lo sabía. El recién ordenado eskimal continuó viviendo como sus coterráneos. El P. Sifton entró a saco y fuego en las aldeas ortodoxas y las convirtió casi totalmente al catolicismo gracias a su dominio de la lengua indígena. Escribió en eskimal las oraciones y rezos que aún perduran; erigió capillas que llamamos iglesias; se hizo querer, casi idolatrar, de todos sin excepción. Visitó como Superior todas las Misiones de la península conduciendo su propio trineo sin guías, desafiando tormentas aquí, durmiendo al raso allá, bautizando y administrando los Sacramentos par atajos y parajes menos frecuentados, hasta que su nombre se convirtió en una especie de consigna para diferenciar lo católico de lo que no lo era. Le llamaban Kanéjtlul, o sea, el que habla bien. Los que le veían moverse y viajar, sonriente y echando chispas, no sospechaban que se trataba a sí mismo con una dureza de solitario del yermo, madrugando para hacer la meditación de le mañana muy larga; ayunando; privándose de todo regalo y sufriendo el frío y las asperezas de los viajes con una resignación y paciencia 33

verdaderamente cristianas. Una viejecita conversa Murió sin haber puesto por obra lo que se propuso hacer mil veces, pero nunca lo acometió por falta de tiempo. En una aldea del Yukón se encontró con una anciana eskimal que desde las primeras instrucciones comenzó a dar muestras de santidad. Apenas fue bautizada entró de lleno en el espíritu cristiano y comenzó a purificar la intención en todas sus obras. Poco a poco su mera presencia invitaba al vencimiento, al recogimiento y a la piedad. Hablaba como quien estaba llena del Espíritu Santo, con una unción que cautivaba y con un conocimiento del estado de la cuestión que no se podía explicar por solas las instrucciones catequísticas expuestas en común. Aquella vieja pedía más. Cuando el P. Sifton estaba disponible, la vieja le acosaba a preguntas tan profundas que le llamaban poderosamente la atención. Vivió todavía unos egos y murió el fin en olor de santidad. El Padre quiso escribir la biografía de su viejecita conversa, pero nunca lo hizo. Atraco en toda regla Cuando yo arribé el Yukón era él nuevamente Superior general, viejo ya y muy gastado. Estaba de paso en la aldea& de Marshal, donde coincidió que tuve yo que cambiar de vapor y aguardar algunas horas, las suficientes para saludarle y charlar ampliamente. El muy vivales estaba sin un céntimo y me preguntó como por casualidad si necesitaba yo dinero. Respondí muy inocentemente que no; que lo que me sobraba era dinero—¿Cuánto tiene? —replicó. —Cerca de 100 dólares —respondí— y todos las billetes pagados. —A ver esos dólares —me rogó sonriendo con sorna. Al abrir mi cartera la examinó despacio, manoseó uno tras otro todos los billetes de banco, metió en el bolso todo el dinero menos dos billetes de a 10 que me alargó diciendo: 34

—Con eso le basta y le sobra; me ha venido usted como agua de mayo. Aquello fui un atraco en toda regla. Cundo le conté el atraco a mi Superior de Akulurak, después de reírse hasta que le invadió una tos cargada de lágrimas, me previno que aquí en Alaska está en vigor la ley del "sálvese el que pueda", y que cuando me volviesen a preguntar si tenía dinero, respondiese sin parpadear: —No, ni de dónde secarlo—, y que cada uno se las apañe como pueda. ¡Qué extraño me empezó a parecer entonces el país de los eternos hielos! Últimos años del P. Sifton En 1936, el P. Sifton comenzó a decaer visiblemente. Aquella cabeza que había manejado siete lenguas y había sido un depósito inagotable de prudencia y de saber, cedía ente el peso de tanto matalotaje y se rendía hasta que se negó a seguir funcionando. Los tres últimos años fueron años de reposo. Durante el verano que pasó con nosotros en Akulurak hizo la vida común sin tropiezos de ningún género, merced a los servicios de un eskimalito a quien amaestré yo para el caso. El P. Sifton no sabía si era lunes, o marzo, o 1920. Nunca sabía dónde había puesto la gorra, ni los guantes, ni sabía si tocaban al desayuno o a la cena. El eskimal amaestrado le traía al tanto de todo, y gracias a ese arbitrio vivía feliz con nosotros. Recuerdo que en les comides era donde su ingenio se explayaba por las esferas de los chistes, Apenas oía el Deo gratias nos contaba un episodio originalísimo de sus días de intérprete bajo el famoso Padre suizo. Al terminarlo nos reíamos todos a mandíbula batiente. Él se animaba y añadía: —Pues ése no es nada; oigan este otro —y repetía el primero. Las risas aumentaban. Alentado con tan buen éxito, añadía a renglón seguido: —¿Pues de ése se ríen? Ahí va otro que les va a partir de risa —, y sin aguardar a que reinase silencio repetía por tercera vez el mismísimo episodio. 35

Nos era imposible beber. Aquello era un circo de balde. ¡Qué inocentemente nos divertíamos en Akulurak, en aquella escuela de huérfanos eskimales perdida en el delta inhabitada del Yukón! A mí me llamaba infaliblemente torero, aunque le repetí hasta la saciedad que nunca había visto una corrida. No importaba. Si no la había visto, la debí haber visto, y con eso se defendía. Un día llegó el correo y le trajo paquetes y bultos de todo género que le enviaban bienhechores de varios lustros. Todo me lo entregó a mí. Parecía una hormiga entrando en mi cuarto y saliendo hasta que se deshizo de todos los paquetes. El no necesitaba nada; en cambio a mí me vendría bien. No hubo manera de convencerle de lo contrario. Todo me lo daba, todo me lo contaba, no se apartaba de mí, se interesaba más por mi salud que por la suya y nos llegamos a identificar como si fuéramos dos almas en un cuerpo. Cuando salí de Akulurak para hacer la Tercera Probación le vi llorar por la mañana al irle a decir que ya era hora de celebrar la santa Misa. Le encontré de rodillas con el crucifijo en la mano, como el Novicio más fervoroso. Se olvidaba dónde había puesto la gorra, pero por lo visto no se olvidaba de hacer de rodillas la meditación matutina. Su muerte No nos volvimos a ver. En la esquela de defunción que me mandó el P. Fox, su compañero, me dice que por la noche el Padre se retiró a su aposento como de costumbre a leer los puntos para la meditación del día siguiente y hacer luego examen de conciencia, El P. Fox cambió el orden de las misas y fue a notificárselo al Padre. El aposento estaba iluminado. Llamó a la puerta, pero no oyó respuesta. Entró sin más y halló al P. Sifton arrodillado junto a la cama, con la cabeza inclinada sobre el crucifijo que sostenía en las manos. Le sacudió suavemente y vio que el buen Padre era ya cadáver. Fue, como se ve, una muerte plácida si las hay. Difícil será encontrar una posición más inspiradora. Aquel alsaciano de entendimiento despejado, que pasó por las clases de latín en 36

Inglaterra y misionó a los indios americanos y a los eskimales de Alaska, murió de rodillas en Hooper Bay, al sur de la desembocadura del Yukón, mientras hacía examen de conciencia; tal vez al terminar aquellas Palabras: "Os doy gracias, Señor, por todos los beneficios; por mi vocación al estado sacerdotal en la Compañía de Jesús y por mi vocación a las Misiones de infieles entre los eskimales." Dios le vio maduro y le tomó para sí con la naturalidad con que el jardinero toma con la mano la manzana sonrosada del árbol de su jardín.

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IV

EL HERMANO BARTOLOMÉ KÍO

Habilidad y destreza La provincia jesuítica de Turín time la gloria de haber enviado a la Misión de Alaska, luengos años ha, más Misioneros que ninguna otra provincia europea y aun americana; si se exceptúa, naturalmente, la provincia yanki, de Oregón, que es la que actualmente tiene a su cargo esta Misión polar. Ya no quedo ningún misionero italiano en el país de los eternos hielos. Quedaba hasta hace poco el Hermano Bartolomé Chiaudano que arribó el Nuevo Mundo a fines del siglo pasado, y se dirigió inmediatamente a la Misión de Alaska, donde le inició en los secretos eskimales su coterráneo el Hermano Carmelo Giordano. Como los indígenas hallasen imposible de pronunciar el apellido Chiaudano, lo cambió por Kío, nombre corto y fácil por el cual fue conocido los cuarenta años que vivió en esta Misión. Gracias a la coincidencia de haber vivido dos años con el Hermano Kío, puedo ahora dedicarle estas líneas de recuerdo y cariño envueltas en los pliegues de le más acendrada veneración. El Hermano Kío reunía en grado eminente las dos cualidades que hacen al Hermano Coadjutor el ideal para el fin de su vocación: habilidad y piedad, las dos ruedas con que los carísimos Hermanos llevan adelante el carro de la gloria de Dios, y las dos ruedas que los llevan a ellos al cielo derecha e infaliblemente. De la habilidad y destreza del Hermano Kío podrían escribirse volúmenes enteros. En primer lugar se las arregló para despacharse mejor o peor en la lengua eskimal, hasta el punto de poder conversar con los indígenas; y se las arregló como pudo, sin gramática, sin 38

Diccionario, sin tiempo especial destinado el aprendizaje de la lengua, sin maestro y sin estudio. A fuerza de tratar con ellos cogió al vuelo sonidos y frases que le sacaban de apuros, cuando los indígenas no sabían inglés. Eso sí, la pronunciación dejaba mucho que desear. El anfibio nutria se dice en eskimal emajmiutak; pues bien, no había modo de convencerle de que no era maramiéut. Pero le entendían. Que yo sepa, fue el único de los Hermanos modernos que arremetió con el aprendizaje de la lengua eskimal. Los demás hablan inglés, y que el eskimal se las arregle. Hay que hacer notar, sin embargo, que los Hermanos viven únicamente en nuestras escuelas donde todos hablan inglés; por eso no necesitan absolutamente el eskimal. No es como en China, donde o se habla el chino, o se ahoga uno. Por la tundra nevada De joven le emplearon los Superiores en le conducción del trineo, que llevaba al Misionero por los cuatro. Puntos Cardinales del distrito. Como eso requería familiarizarse con las direcciones en llanuras y pampas nevadas, sin rastros ni objetos algunos que pudieran orientar al transeúnte, el buen éxito con que desempeñó su cometido es prueba evidente de su habilidad para orientarse como por instinto donde tantos otros fracasaron lastimosamente. El cuidaba de los perros y de las comidas dejando así libre al P. Misionero para predicar, instruir y administrar los Sacramentos. En tantas marchas y contramarchas tuvo por fuerza que habérselas a veces con circunstancias bien desagradables. Cuando se rompía el hielo de los lagos y lagunas y se mojaba hasta la cintura, tenía que encender una fogata a toda prisa, so pena de aterirse y perecer incontinenti. Las ramas de los arbustos estaban verdes y no ardían; pero el buen Hermano las hacía arder al punto rociándolas con gasolina que llevaba de repuesto para semejantes trances. La brisa comprimía los pantalones, mojados, contra las piernas y éstas tiritaban a más y mejor. Si estaba de cara al fuego, la parte opuesta se helaba; si se volvía, se helaba la parte anterior. 39

Era preciso dar vueltas de molino y convertirse en trompo viviente a fin de secarse en redondo. El olor asqueroso de las chozas, el dormir en suelos desnivelados, el frío sempiterno, la escasez de alimentos a deshora, las riñas feroces de los perros, la vida al raso sin comodidades de ningún género, todo esto probó la paciencia a nuestro héroe y engastó en su corona de gloria perlas preciosísimas. Carpintero, arquitecto, etc. Más tarde fue enviado a Nome a dar los últimos retoques a la casa e iglesia que acababan de levantar allí nuestros Padres. Más que carpintero habría que llamarlo ebanista, y de los finos. Adornó los altares con dibujos artísticos muy alabados y dejó la casa en condiciones inmejorables. Las puertas y ventanas cerraban herméticamente para defender los recintos contra la nieve en los días de tormenta. El piso tenía dos subsuelos, con serrín en los vanos para defender los pies contra el frío, que emiten los glaciares sobre los cuales están edificadas las casas en Alaska. Las mesas, los bancos, las sillas, el comulgatorio, todo lo hizo él en loe dos años que vivió en Nome con el P. Van der Pol. De Noma fue enviado a Pilot Station, en las márgenes del Yukón, donde en compañía del Padre Rossi levantó una casa grande y espaciosa, adosada a la iglesia, en la que caben cerca de cien personas que en Alaska son una multitud imponente. De allí fue llamado a Nulato a reparar edificios viejos, y de Nulato le enviaron a Mountain Village, donde hizo de cocinero y de todo. Al servicio de Akulurak Cuando su paisano, el P. Luchesi, fue nombrado segunda vez Superior de la Misión, le envió al distrito de Akulurak, donde florecía y florece aún la escuela para niños pobres huérfanos o desamparados. 40

Allí el Hermano Kío fabricó nada menos que un vaporcito fluvial con todo lujo de motores adaptado maravillosamente a las necesidades del lugar. Con tres eskimales, que le ayudaban, iba y venía en el verano desde el Yukón por el Akulurak, con el vaporcito cargado de salmones, que las niñas preparaban para el invierno cortándolos, secándolos primero al Sol y ahumándolos luego en un casetón hecho para el efecto. Como los salmones reyes suben por el río en el corto espacio de tres semanas, el Hermano las pasaba sin dormir ni apenas reposar, atareadísimo en pescar a redadas y en llevar la pesca a la Misión. La maquinaria del vapor no tenía secretos para él. Cuando ocurría alguna avería, lo arreglaba todo sin vacilar, como quien pisaba en terreno conocido. Sólo Dios sabe el dinero que nos ahorró en jornales y compras innecesarias. Por espacio de diez años fue, por así decirlo, el único sostén del orfanotrofio. Aquellas manazas enormes y gordinflonas, al parecer toscas y chabacanas, parecían varillas mágicas a cuyo conjuro se componía y ordenaba todo lo descompuesto y desordenado. Por entonces se quemó la iglesia de Akulurak hasta los cimientos. Al año siguiente se erguía en el mismo sitio una iglesia muchísimo mejor que la quemada, con altares primorosos labrados por el Hermano Kío, que hizo a la vez de peón y de arquitecto. El coro tiene unos balaustres torneados que no hay más que pedir, y dígase lo mismo de los bancos y de las peanas de las estatuas. Más tarde instaló un motor eléctrico, reforzado por un molino de viento, que daba y da luz eléctrica, una verdadera bendición de Dios en el invierno interminable y tenebroso de la pavorosa Alaska. En aquellas noches frías de invierno, mientras afuera rugía la tormenta y arreciaba el vendaval, el Hermano Kío nos divertía con el violín o la flauta, instrumentos que tocaba con verdadero primor. Algunos domingos se sentaba al órgano y tocaba la Misa con un variado repertorio de motetes. A la vez que tocaba, cantaba con una voz de bajo riquísima, que él maniobraba con destreza. A veces nos salía con unos dúos que alegraban sencillamente la 41

existencia, La cocina y la habitación del H.° Kío Pero donde campeaba su habilidad de maestro era en la cocina. Fue cocinero profesional toda su vida, desde el Noviciado hasta que expiró. Hay que hacer notar, para que la luz no carezca de sombras, que la cocina del Hermano Kío no era precisamente lo que pudiéramos llamar una tacita de plata. ¡Qué tacitas ni qué platas! Una monja que entraba de repente en la cocina del Hermano Kío, se desmayaba de susto y pavor. Allí en la cocina, junto al cuchillo y la sartén, podían verse, por ejemplo, un serrote, una caja de clavos y tornillos, el Kempis y un par de zapatos remendados. Recuerdo que de los clavos de una pared colgaban apretujados y en amigable compañía el violín, un hacha, dos pares de pantalones, varios calcetines por lavar y roscas de alambres de todos los tamaños. Siempre fue para mí un misterio cómo encontraba la sal, o el puchero, o el asador, aunque él me aseguraba que lo encontraba todo con los ojos cerrados. En los últimos años engordó de suerte que se movía con mucha dificultad; por eso, aunque quisiera, le era imposible físicamente el barrer, fregar y quitar el polvo. La cama, que yo sepa, no la hizo en los últimos diez años. Un día que acaeció estar él ausente, entramos en su habitación el P. Superior y yo, con intención de vaciarlo y darle un par de manos de pintare; pero desistimos, apenas echamos un vistazo y nos hicimos cargo de la situación. Para llegar desde la puerta hasta la ventana se necesitaba un guía. Tenía en la cama unas seis u ocho mantas dobladas y tresdobladas. Al acostarse, levantaba las que juzgaba convenientes conforme a la estación y se metía sin más ceremonias. Para levantarse, salía sencillamente del envoltorio, que dejaba arremolinado de cualquiera manera. Las sillas, el baúl, la mesa, todo estaba repleto de trastos. A decir verdad, aquella habitación no invitaba a la limpieza. 42

Más bien que habitación era una covacha en el rincón peor de la .casa, con un ventanuco cara al norte. Para dormir allí caliente se necesitaba tres-doblar y cubrirse con todas las mantas fabricadas en Palencia, El Hermano monopolizó aquel dormitorio por pura mortificación, sabiendo bien que aquel era el rincón peor de la casa. Cocinero inapreciable Aprovechando un viaje que hizo al Yukón durante el periodo de la pesca, tres rapazas de la Misión fregaron la cocina, la limpiaron y pusieron en orden todos los objetos el cabo de tres días de un trabajo de romanos. Cuando entró en ella el Hermano se quedó estupefacto y aseguró que estaría desorientado y no encontraría nada, hasta que él lo volviera a poner todo en su sitio. Y, sin embargo, en aquella cocina desordenada se frieron, guisaron y tostaron los salmones más sabrosos, los conejos más ricos y los patos y gansos silvestres más apetitosos que yo he gustado. Recuerdo que una vez nos vendieron una garza, y cuando el Hermano Kío la puso sobre la mesa, convinimos en que los pocos reyes que quedan en el mundo darían el trono por un bocado de aquel plato peregrino. En la primavera y en el otoño nos visitan patos, gansos y alguna que otra garza. También vuelan entonces algunos cisnes, que semejan aeroplanos, pero está vedado cazarlos para que no se extinga la especie. En el verano abundan los salmones. En el invierno puede uno proveerse de renos y conejos. No conocemos aquí las naranjas, ni las uvas, ni los plátanos, ni la leche fresca, ni los huevos frescos, ni verduras, en fin, ni frutas de ninguna clase; pero nunca nos han faltado carne y pescado en abundancia. Los días de fiesta nos confeccionaba el Hermano Kío, con pasas y melaza, un brebaje singular que nos hacía relamer los labios; o amasaba un mazapán que, al verlo sobre la mesa, olvidábamos de que estábamos en Alaska. Un cocinero de este jaez no tiene precio. 43

Sus guisos primorosos ayudan al Misionero a caminar con la cruz a cuestas sin desfallecer, ya que entre el cuerpo y el alma, entre el estómago y el espíritu existe una afinidad y parentesco tan intangibles como reales. Si encima de una caminata por la pampa nevada se pone una indigestión o una comida insulsa y descolorida, la caminata pasa inmediatamente a la categoría de Calle de la Amargura. Discusiones de sobremesa Durante las comidas leíamos primero algún libro espiritual y luego conversábamos. Por espacio de una semana se discutió con acaloramiento si la leche es comida o es bebida, porque un vaso de agua no quebranta el ayuno, y un vaso de leche sí. Asimismo se discutió allí, con todo lujo de razones y argumentos, si le está permitido a un prisionero político negarse a comer; si constaba con certeza la venida de la Santísima Virgen en carne mortal a Zaragoza; si la casa de Loreto es realmente la misma en la cual vivió Jesucristo; si los soldados franceses son mejores o peores que las alemanes; si la infantería española, a la luz de la Historia, es mejor o peor que la turca; si es o no contraproducente tratar con amabilidad a los eskimales en vez de mostrarse con ellos enérgicos y severos para que no se le suban a uno a las barbas; si los perros siberianos son mejores no peores para el tiro que los malemutes, etc., etc., etc. En todas estas discusiones superfluas metía baza el Hermano Kío, y nos apabullaba con su vozarrón, y nos hacía rascar la frente con sus agudezas inesperadas. Cuando se reía, y lo hacía a cada paso, se reía con él toda la mole de 116 kilos desde los pies hasta la cabeza, con énfasis en el abdomen. He visto y tratado a muchas personas amables y bondadosas, pero ninguna supera el Hermano Kío en una especie de bondad ingénita que nunca se me olvidará. Los pobres del lugar le visitaban incesantemente en la cocina y para todos tenía una rebanada Los niños pequeños, tan tímidos ante los blancos, se le subían hasta los hombros y él los acariciaba bondadoso sentado en una 44

silla hecha especialmente para contenerle a él. Tenía entonces sesenta y ocho años. También el P. Luchesi le visitaba diariamente y pasaba con él horas enteras en la cocina. El Padre Luchesi tenía 78 arios, y el único sitio donde podía calentarse convenientemente era pegadito al fogón donde cocinaba su con-novicio de Turín. Hablaban en un italiano que me hacía reír a mí por lo parecido que era al español; tanto que, a fuerza de escucharlos, llegué a pinchar en la conversación en un italiano que les hacía reír a ellos. Cuando discutían en le intimidad sobre la diferencia que hay entre la piedad italiana y la yanki, era para morirse de risa. Piedad sin escorias La piedad italiana tendrá sus pros y sus contras como en cualquiera otra piedad, La piedad del Hermano Kío era de pura raza, sin escorias ni otras mezclas indeseables. Al levantarse tempranito se echaba un abrigo descomunal de piel de búfalo, que debía pesar una arroba por lo menos, y se dirigía a la capilla. Por mucha prisa que me diera yo, le hallaba siempre en su esquina consabida, junto al altar, envuelto en aquel abrigo pardo que le hacía parecer el doble de lo que ya era. Allí estaba inmóvil un buen rato, hasta que bajaba a la cocina a encender la lumbre y preparar las ollas. Cuando el fuego ardía en toda regla, se arrodillaba en la cocina, donde permanecía arrodillado hasta que daban la señal pera la Misa. Terminado el desayuno, volvía a la cocina y en ella vivía todo el día. Allí tenía las GLORIAS DE MARÍA en el original, el Kempis, varias vidas de Santos, algún libro espiritual y el rosario. Cuando no se ocupaba en guisar, leía o rezaba. De vez en cuando subía jadeando la capilla y se ensimismaba arrodillado en el último banco. En la cama se dormía echando jaculatorias ya en inglés, ye en italiano, ya en eskimal. Encima de la cocina está la capilla. Con frecuencia mientras yo rezaba en ella el Breviario, le oía al buen Hermano jaculatorias fervorosísimas, que elevaba al cielo, creyendo que estaba solo y que nadie le oía. Algunas me dejaban muy pensativo y hasta me enternecían los ojos. 45

Tenía una devoción a la Santísima Virgen tan fuerte y tan tierna que no se podía pedir más a ningún mortal en este valle de lágrimas. Parecía que vivía a su lado y que conversaban amistosamente. Dígase lo mismo de su devoción al Santísimo Sacramento. Anhelos del cielo Cuando le hablaba yo en la intimidad sobre Jesucristo, me confesaba con toda ingenuidad que deseaba morirse ya para ir al cielo, y que estaba haciendo novenas para obtener una muerte pronta y en gracia de Dios. Ya estaba harto de vivir y de creer, y quería ahora morirse y ver a Dios cara a cara. Todos los Padres de su tiempo habían ya subido al cielo. Cuando murió el P. Luchesi se quedó solo en este mundo y se convenció de que su mayor dicha sería morirse pronto y subir a unirse con sus compañeros de armas y fatigas: con el P. Cataldo, el celebérrimo; el P. Van der Pol, de Nome; el Padre Rossi, de los días del Yuk6n; el P. Treca, muerto en olor de santidad; el P. Julio Yetté, santo y sabio, y por fin el P. Luchesi. Puede decirse que últimamente el Hermano Kío vivía en este mundo sólo con el cuerpo; su corazón y su espíritu estaban en el cielo. Afortunadamente vio cumplidos sus deseos. Una enfermedad que no se pudo nunca diagnosticar con certeza, le postró en cama, donde pasó los tres últimos meses de su vida. Entonces ya no estaba yo en Akulurak. Me escribió el P. Superior que el moribundo Hermano se pasaba días y noches echando jaculatorias, hasta el punto de que se asombraron todos los presentes de ver cómo se las arreglaba para hacer de cada respiración una jaculatoria. La muerte le vino tan apacible que nadie la echó de ver hasta que el Hermano cesó de echar jaculatorias. Murió en aquella covacha azotada por el cierro, y con él se fue el último de los Misioneros italianos en Alaska. Le hicieron el ataúd los chicos, que él había amaestrado en 46

los secretos de la ebanistería, y le enterraron en la loma que él allanó para cementerio hace muchos años. Con él son tres los jesuitas enterrados en aquella loma al aire libre, sin tapias, ni sebes, ni alambrados. Murió al pie del cañón. *** En el cielo y con los brazos abiertos le espera su Gran Capitán, Jesús, para condecorarle con la Laureada de Gloria "por su heroísmo en resistir cuarenta años en Alaska luchando por la implantación del Reinado de Jesucristo en puesto tan peligroso".

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II PARTE FLORES Y FRUTOS DE LAS NIEVES POLARES

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JOSÉ PRINGE, EL PRIMER JESUITA ESKIMAL

El orfanato de Holy Cross Entre las catorce casas que los Padres jesuitas tienen en Alaska Boreal, hay una que, por la solidez de su construcción, por su talle esbelto y airoso y por su gran número de ventanas, nos indica abiertamente que no se levantó como las demás para servir de mansión a un solo misionero con sus perros. Las majestuosas aguas del Yukón la reflejan en su fondo, y a su lado se ven acá y allá casas pequeñas, propiedad todas ellas de la Misión. Es Holy Cross, casa matriz de la Misión de Alaska, y amparo y refugio de los pobres huerfanitos de aquella región. A la sazón cobija bajo sus techos 170 huérfanos, de los que 75 son niños y 95 niñas. En la vida ordinaria están separados en tres grupos que pudiéramos llamar divisiones: desde los tres años hasta los nueve, viven juntos niños y niñas, sin separarse más que en los dormitorios; y, cuando llegan a esta edad, se separan definitivamente, formando dos comunidades. Los pequeños y las niñas están e cargo de las ursulinas de Santa Ana, canadienses de nación, y al cuidado de los muchachos mayores están dos Hermanos coadjutores de la Compañía de Jesús. Todo allí tiene aspecto de algo que quiere ser Colegio: clases con bancos y pizarras; estantes rebosando libros y papeles; tránsitos y campos de juego. Es de notarse que en Alaska, lo mismo que en los Estados Unidos, se da al juego una importancia que raya en adoración. Notables son en Holy Cross los partidos de balón a las doce de la noche, cuando en julio y agosto ronda el sol los cuatro horizontes, sin acabarse nunca de poner. Los Padres y Hermanos patrocinan a uno de los equipos y las Madres hacen lo propio con el otro. 49

Al vencedor se le concede un día de campo, y aquellos alaskeños se embisten como tigres entre la gritería de los compañeros que aplauden o vituperan. Religión y cultura Le parte religiosa tiene, naturalmente, preeminencia sobre todas les demás, y a la misa diaria y comunión semanal, al rosario en común y a las horas de catecismo hay que añadir los Ejercicios Espirituales de San Ignacio acomodados a sus alcances, con todas las formalidades del silencio y quietud exterior. Desde pequeñitos se les inculca el temor de Dios. Los sábados ofrecen obsequios a la Santísima Virgen y los viernes están dedicados exclusivamente al culto del Sagrado Corazón. Nadie tan apto pata imbuir a los niños en estas delicadezas de espíritu, como las religiosas. Jamás se les borran a los huérfanos de Holy Cross las tiernas escenas de sus infantiles años, pasados en aquel cálido nido bajo el amparo de aquellas medres que les querían y acariciaban. Cómo, por ejemplo, mientras los preparaban para la primera comunión, les hacían confesarse con ellas de mentiras para que después les fuese fácil practicarlo de verdad. Mucho es doctamente lo que estas monjas hacen por ellos; inmenso el cariño que les profesan. Ni deja de haber en ello un plan preconcebido. Con sus solicitudes maternales, con ese cariño que Dios puso en el corazón de la mujer y que ellas realzaron con su virginidad, atentas a que en los niños no se arraigue la apatía, la desconfianza, la frialdad, hijas todas de la orfandad, procuran por todos los medios depositar en aquellos tiernos corazones semillas de amor, de cariño afectuoso, que llene el vacío del de la medre, porque saben que criar a un niño sin cariño es criarle para los presidios. Fuera de una docena de blancos, hijos de mineros europeos y yankis, que van a educarse al orfanato y pagan una módica pensión, los demás son todos eskimales huérfanos, tan pobrecitos que ninguna retribución se les puede exigir a cambio de la educación que allí reciben. Las niñas aprenden a manejar la aguja, desde el simple 50

remiendo hasta las más finas labores de bordado, y niñas y niños se instruyen suficientemente en inglés y geografía, matemáticas, ortografía, historia sagrada e historia de América. No ha faltado quien haya creído excesiva tanta instrucción a niños que han de vivir de la casa y de pesca o extrayendo mineral en un ambiente tan vacío de cultura y nobles ideales como pictórico del más crudo y abyecto materialismo. A esto respondemos, con el insigne publicista uruguayo D. José E. Rodó, que "dar a sentir lo hermoso es obra de misericordia" y que "el que ha aprendido distinguir lo delicado de lo vulgar, lo feo de lo hermoso, lleva media jornada adelantada para distinguir lo malo de lo bueno". La Iglesia católica es esencialmente maestra y educadora. Quiere a sus hijos instruidos y doctos, y sus ministros llevan consigo, al par que la religión verdadera, la cultura y el saber diluidos en máximas pacificas de armonía y orden. Pero volvamos al asunto. El problema de las subsistencias Todo el material escolar, que estos ejercicios requieren, lo reciben gratis de la Misión, lo mismo que la comida, vestidos y demás. Ahora bien, como el promedio de los huérfanos es de 170, más diez monjas y seis jesuitas, salta a la vista que o hay una fuente perenne de riquezas cuya corriente va a morir en el orfanato, o Dios alimenta milagrosamente a aquellos sus hijos como en otro tiempo lo hacía con los Antonios y Pablos del desierto. En cuanto a lo primero, bien saben los lectores que las tales fuentes son puras leyendas aun para los habitantes de la isla de Utopía. Ya no hay Ponces de León que se arriesguen a equipar una carabela, costear las Bahamas y entrar a Dios y ventura por las selvas de la Florida en busca de la Fuente de la Vida, cuyas aguas, bebidas, daban la inmortalidad, ni se arman expediciones para descubrir el Vellocino de Oro por las cordilleras de los Andes. En cuanto a lo segundo, no tenemos noticias de que las aves marinas del Estrecho de Bering hayan descendido a los tugurios de los eskimales para alimentarles con el tierno bollo de pan que en sus picos llevaran. 51

¿Qué les queda, pues, y cómo viven en aquellas latitudes, dejados como están a merced de sus alcances? Vamos a responder con las mismas palabras que oímos de labios de un ex misionero de Holy Cross. Con las limosnas que llegan a la Misión se compran en Seattle, puerto de los Estados Unidos, harina, maíz, telas fuertes y material de imprenta. Eso es todo lo que se importa del exterior. Antes de relatar lo que produce el interior hay que hacer una observación. Cuando los huérfanos llegan a los 15 años, dejan la escuela y aprenden un oficio. La Misión tiene carpintería, sastrería y zapatería. En estas oficinas se proveen de calzado y vestidos y con los pinos, que en la desembocadura del Yukón abundan, amueblan la casa y se adiestran en levantar otras nuevas, pobres, pero decentes y duraderas. Otros se dedican a la caza o pesca con mayor o menor contingente de focas y pescados. Además posee la Misión un rebaño de renos pastoreados por los jóvenes, que los llevan, como en otro tiempo los pastores de Abraham, por todas las regiones comarcanas sin el embarazo de fronteras municipales. Los sábados por la tarde se mata un reno que da un bocado de carne a mediodía, más un vestido al que lo necesite con más urgencia. En los alrededores del orfanatrofio se allanaron y cavaron extensas parcelas de terreno, y después de varios experimentos y frustraciones, se vio que en los cuatro meses de verano se recogían patatas, berzas, guisantes y cebollas. Se cercaron en seguida las parcelas, y todos los años se cosechan estas hortalizas cultivadas por los mismos niños. Y eso es todo. No hay turrones, ni mazapanes, ni siquiera caramelos; pero no falta una ración diaria de pescado con patatas, ni les faltará a los niños el pedazo de pan mientras sigan recibiendo limosnas para la harina. A veces hay que sacrificar el pan por el petróleo de los faroles y quinqués, que desde octubre hasta abril lucen catorce horas diarias. Aun en las dos horas de luz crepuscular, que entonces 52

aparece, se está a oscuras dentro de casa, porque, debido a la diferencia de temperatura que media entre el ambiente y el interior de las viviendas, se adhiere a los cristales una costra de escarcha tan espesa que lo deja todo en tinieblas, dándose el caso gracioso de que para mirar al campo los niños agujerean la escarcha hasta el vidrio y luego miran como si lo hiciesen por un microscopio. Matrimonios cristianos Cuando los niños llegan a los 18 años aproximadamente, instruidos como están y habituados al trabajo, dejan la Casa-Misión y buscan colocación bien entre los parientes de sus respectivas tribus, bien en alguno de los grupos de los buscadores de oro. Lo ordinario es que se casen pronto, y lo más ordinario que tomen por mujeres a las jóvenes del orfanato con quienes se educaron. Así van saliendo matrimonios católicos, excelente, padres de familia y madres cabales, sin creer en agüeros ni supersticiones. Cuando el hechicero les diga: —Yo soy el Dios de la pesca y de la caza; yo llamo a las focas y vienen, conjuro a los renos y se van; y yo me sumerjo hasta el profundo del Océano y converso siete días con los peces, sobre los que impero a mi capricho, dame carne y te llenaré las redes. Cuando oigan esto nuestros recién casados les responderán con sonrisa burlona que ellos pican más alto, que se deje de cuentos tártaros, que se convierta y bautice si no quiere sumergirse en los infiernos y conversar eternamente con los demonios. Estos matrimonios son el sostén de los Misioneros de las tribus, sus catequistas gratuitos, los defensores en público de su fama calumniada; son su gozo y su corona. Son la levadura que en el seno de su pequeñez encierra la virtud maravillosa de hacer fermentar la ingente masa que informe la cubre y la rodea. El huerfanito alegre Ni han parado aquí los frutos de tan benéfica institución. En el otoño de 1918 llegó al orfanato un niño de 9 años, huérfano de padre, extenuado por larga caminata en barca Yukón abajo, y con 53

las huellas de la indigencia marcadas en el rostro. Nacido de padres paganos en una choza de hielo sita en San Miguel y las playas del Estrecho de Bering, y bautizado por uno de los sacerdotes rusos de rito ortodoxo, que por allí habían quedado después que Rusia vendió la colonia a los EE. UU., fue rebautizado sub conditione por el P. Ruppert, S. J., quien le envió, en calidad de huérfano a Holy Cross. Hermoso aspecto el que se ofreció a su vista apenas traspuso los umbrales del recinto: niños bulliciosos y juguetones entregados con pasión a sus juegos infantiles; madres cariñosas que les sonreían, y un ambiente celeste que le confortaba con nuevo vigor. Pasaron los días. A la timidez del principio, sucedió una expansión ingenua y atractiva y pronto José Prince se hizo amar en la comunidad. Inmensa era su alegría. A desvanecerse en ella tendía como por su propio peso toda desventura. A veces pasaba la raya —según testimonio del Prefecto— y se divertía demasiado a expensas de los íntimos, procurando con muecas muy expresivas exasperarlos, riéndose de sus amenazas y pueriles represalias. Afortunadamente le entendieron los Superiores, y, atribuyendo sus expansiones a la idiosincrasia de su carácter jovial y sin doblez, le perdonaban de buen grado las más francas exteriorizaciones. El hecho de que el P. Delón le escogiera para representante de la Misión en el Congreso Eucarístico de Chicago (1926), prueba que algo bueno se encerraba en aquel exterior regocijado. Después de haber lucido en Chicago el típico traje alaskano de piel de reno con guantes y gorro de foca, se ofreció a servir de guía al P. Delón en una de sus jiras apostólicas por el distrito, En los meses que duró la excursión, dio muestras de mucho sentido común y de una resistencia al frío como quien estaba en su elemento. Una noche tuvieron que dormir a la intemperie, y como era difícil conciliar el sueño se entretenían en amigable conversación. —Padre —dijo Prince—, le voy a revelar un secreto. —Tú dirás. 54

—¿Y si yo pidiera ser admitido en la Compañía de Jesús? —Pues no tendrías necesidad de reiterar la petición. —Entendámonos, ¿Para escolar o para coadjutor? —Para coadjutor. —Pues desde ahora mismo quedas admitido. Y oye una cosa: hace ya más de un año que me lo venía dando el corazón. Tu jovialidad nace de buen fondo y tu intención es más derecha que un tiro. Hasta me había decidido a proponértelo, si tú no te hubieses adelantado. ¿Te acuerdas de aquel día que te pasaste a la división de los pequeños y te cogió el Prefecto haciéndoles mil judiadas? Pues a un Padre le dio eso mala espina y quiso persuadirme a lo mismo. Y ¡qué cosas!; aquellos compañeros tuyos tan formalitos y juiciosos se han ido a sus tribus, y tú, con tus trastadas, te vas a la Compañía de Jesús. ¿Y qué te ha movido a ser jesuita? —Padre —respondió Prince—, usted es testigo del cúmulo de beneficios que el cielo me ha dispensado en el orfanato. No sabiendo, pues, cómo agradecer tanto bien, he querido dar a Dios lo más que le puedo dar: mi vida en la Compañía de su Hijo. —¡Bravo! —le dijo el Padre—, el emperador más poderoso no tiene cosa de más valor. Pasado mañana, cuando lleguemos al Yukón, subes con el trineo a despedirle de tu madre y hermano, y yo bajaré en barca para Holy Cross. Estás una semana con la familia y a ver si en el primer barco de junio zarpas con rumbo a California. ¡Qué contentos se van a poner los novicios cuando te vean entre ellos! Despedida angustiosa Sucedió todo como el Padre lo trazó, y hete aquí al primer jesuita eskimal pasando por el más amargo de los trances que prueban la vocación del religioso. Su madre, aún pagana y refractaria a la doctrina del Evangelio, sintió en el corazón la partida del hijo y con lágrimas en los ojos le rogaba no fuese tan lejos. Las respuestas del joven la fueron calmando hasta el punto de arrancarle el visto bueno; pero cuando, pasada la semana, le vio partirse en el trineo, arrepentida de haberle dicho que sí, salió 55

corriendo tras él con los brazos abiertos, llorando y dando los más tristes ayes que jamás se oyeron en aquellas soledades. Detúvose el tiro de Prince y se volvieron a abrazar. Fueron momentos de debate, haciendo fuerzas ella para que se quedase, y repitiendo él las razones que mil veces le había traído. Como aquello se prolongaba mucho y no había esperanzas de un arreglo, saltó Prince al trineo, chasqueó el látigo y los perros se lanzaron a una carrera veloz. No le culpéis de inhumano, llamadle santo. Las lágrimas que por el camino vertía, testigos eran del amor filial que en su corazón se encerraba. Sin haber leído a San Jerónimo, cumplió a la letra aquellas inmortales frases del Santo a Heliodoro monje: "Aunque el pequeñuelo te eche los brazos al cuello y tu madre, desgreñada y llorosa, te descubra los pechos con que te amamantó; aunque tu padre te estorbe la salida con su cuerpo, salta por encima y vuela con ojos enjutos a militar en las banderas de la cruz; que es un género de piedad mostrarse cruel en estos trances." Quejándose del frío En la primavera de 1928 lo vemos haciendo las primeras pruebas en la casa de Tercero Probación de Port Townsend (Estados Unidos), y en diciembre del mismo año partió para el noviciado de California. El que fue su Padre Ministro ha satisfecho plenamente a las mil preguntas con que frecuentemente le ha importunado. El clima paradisial de California sufre un pequeño paréntesis en la estación de los fríos, pero nadie creyó que los quince grados positivos de diciembre atormentasen al hijo de aquellas temperaturas crueles de cuarenta grados bajo cero. Sin embargo, el Hermano Prince se quejaba de frío. Camisetas, elásticos, gabanes, de nade servían. Nadie se explicaba la paradoja pero el hecho se daba, y el Hermano Prince, aunque era buen carpintero, con habilidades no comunes para la albañilería, fue destinado a trabajar en la fragua, donde le veían invariablemente cosido con el horno y amagando a los hierros hechos ascuas. 56

Aquella naturaleza, modelada en un ambiente de continuo batallar contra la inclemencia de los hielos, sin despojarse de las pieles que le aprisionaban, no se avino con el clima templado que constituye las delicias de los blancos. Pasó menos mal el primer año; pero el invierno del segundo se sintió mal, y de pronto arrojó tal cantidad de sangre que se temió seriamente por su vida. Se le envió más al Norte, en el Estado de Oregón, mas, lejos de mejorar, empeoró. Entonces lo enviaron corno último remedio, a la Misión de San Ignacio enclavada en el corazón de las Montañas Roqueñas, entre picos de nieves perpetuas; tal vez la vista de la nieve y la brisa fría restauraría lo que los aires de los naranjos y limoneros habían destrozado. Mas, fuese por lo avanzado de la enfermedad o porque Dios lo quería para Sí, los pronósticos del médico de que allí no había sujeto para un mes, se cumplieron con exactitud dolorosa. El P. Superior le comunicó caritativamente la noticia del desenlace que se avecinaba, y el Hermano Prince se dispuso e prepararse para dar buena cuenta de sí en el tribunal divino. Los votos del bienio Realmente, no había mucha tela que cortar. Hasta los nueve años siguiendo inocentemente a su madre y hermano mayor en busca de focas y pescado. Luego a Holy Cross, comulgando semanalmente al principio y diariamente al fin. Dos años de noviciado habían coronado la carrera. El Juez era Jesucristo, el amigo de los pobres y de los humildes. ¿Por qué temer? No es, pues, extraño que el P. Superior viese a José Prince llorar de placer y agradecimiento por morir novicio de la Compañía de Jesús. Para colmo de felicidad llegó una carta del Padre Provincial concediéndole los votos del bienio. Se dijo una misa en su habitación, y de rodillas en le cama, sostenido por un Padre y un Hermano, recitó la fórmula delante de In Sagrada Hostia. Si vale la frase, diremos que a Dios se le ensanchó el corazón al oír (entre las blasfemias de los intelectuales ateos) la oración de un pobre eskimal que decía: 57

"...Prometo pobreza, castidad y obediencia perpetua en la Compañía de Jesús." Le gravedad crecía por momentos y la muerte se colocó a pocos pasos de le cabecera, puesto en celada para descargar el golpe a deshora. Prince pasaba el día con el rosario en la mano derecha y el crucifijo en la izquierda. Tuvo palabras de sentimiento al recordar a su madre aún pagana y recordó que desde el cielo negociaría su conversión. Al fin perdió el habla, pero no dejaba de pasar las cuentas del rosario, y con una mirada tierna respondía a las jaculatorias que los Padres le sugerían. Así pasó los dos últimos días, hasta que, en un ataque violento de tos, perdió el color y la vista y se durmió en el Señor. En la madrugada del 8 de enero de 1931. El Padre Superior le puso, mientras expiraba, el crucifijo en los labios y pronunció en voz alta un "Jesuusss" muy prolongado. Pues era Hermano de San Alonso, que le imitase hasta en la manera santísima de expirar. No sé si pasaría por el purgatorio; lo que no soy parte e desechar de mí es la convicción de que, el lado de Jesucristo, estaba San Ignacio para recibir en sus brazos al primer hijo de las nieves que sus hijos los Misioneros le enviaban. Spokene (EE. UU.), enero 1931.

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VI

EFFY, LA INTERPRETE

Maridos trastocados Me acabo de convencer una vez más de quo no hay regla sin excepción. La regla general es que los eskimales son apáticos, tardos, sosos, tímidos y sin pizca de instrucción. La excepción más saliente en esta regla la encontré al día siguiente de aterrizar en Kotzebue, hace tres años. Un muchacho de catorce años me condujo por las casas de los católicos y pude verlos a todos y saludarlos. En todos hallé la marea infalible de le timidez en presencia del Misionero; en todos, menos en Effy. Verme y alegrarse con alegría que redundaba hasta los huesos fue todo uno. En buen inglés me puso al tanto de todo en cuestión de varios minutos. Se acababa de quedar viuda por segunda vez. El primer matrimonio fue de lo más singular. Los Misioneros cuákeros casaron a dos matrimonios a la vez: el de Effy y el de otra joven eskimal que aún vive. El ministro protestante, con cara de pocos amigos, cambió las tornas y puso a Effy al Iado del novio de la otra, y viceversa. Las dos parejos dijeron que "si" y volvieron a casa con los maridos cambiados. Creyendo que aquello era parte del rito cuákero o algo que se mandaba en la Biblia, se callaron y simplemente vivieron amistosamente hasta que el marido de Effy desapareció en un bloque de hielo de varios kilómetros que se quebró y desligó de la masa general pegada a la costa. Había ido a cazar focas en compañía de otro vecino, y ninguno de los dos volvió. 59

Otra vez viuda A Effy le nació un hijo que se llamaba Archi. Pocos años más tarde se casó con un cazador de primera magnitud, que levantó una casita muy caliente y tenía crédito ilimitado en el almacén local. Effy entonces estaba desmesuradamente gruesa y era de buen parecer. La mujer eskimal que no esté gruesa, está tísica. Mientras más gruesa, mejor parece a los ojos de los eskimales, que no saben de folletines de modistas ni modistos. Effy tuvo ahora tres niños y una niña que crecían guapos y muy despabilados. Pero un día el marido de Effy comenzó a toser más de lo ordinario y no paró hasta que dos años más tarde falleció víctima de una tuberculosis sin entrañas. Effy volvió a quedarse viuda. Archi ya valía para algún trabajillo y se quedó con su madre. Tomás y Eva fueron enviados a nuestra escuela de Pilgrim Springs, donde aún están en compañía de medio centenar de huérfanos como ellos. Pedrín se murió a los cuatro años de edad y Effy se quedó con Juanito. Archi se maleó con amigos borrachos y jugadores y, en vez de alimentar a su medre, vivía a cuenta de ella hasta que un tío suyo le llevó a su aldea norteña, muy distante de Kotzebue. Effy se quedó sola con Juanito, que aún era niño de pecho. Conversión al Catolicismo Hasta entonces Effy había sido la catequista oficial de los cuákeros, que la mandaban por las aldeas limítrofes a explicar la Biblia en eskimal. Ahora, con la erección de una iglesia católica, la catequista Effy sufrió una crisis espiritual que la tuvo indecisa nada menos que tres años en una agonía mortal. Las instrucciones catequísticas del P. Misionero la empezaron a hacer vacilar en la fe protestante, hasta que un día, con mucha zozobra y latidos de corazón muy rápidos, dio el salto medio a ciegas y pidió el bautismo. Poco antes había hecho bautizar a Pedrín, moribundo, que yacía ahora en el cementerio católico. Con Effy se bautizó Juanito. Más tarde se bautizó Archi; con lo cual quedó oficialmente católica 60

toda la familia. Archi volvió a las andadas y no daba su madre más que disgustos. Viniendo a menos progresivamente, Effy vendió su casita caliente y pasó a vivir con una prima. Su hermano Abraham era un borracho y su hermano Walter era borrachísimo; por eso se negó a vivir con ellos. Su hermana Ethel era una cuákera fanática que excomulgó a Effy el día que se enteró de que se había hecho católica. Otra hermana menos fanática también la excomulgó. En la iglesia cuákera hubo lamentos y muchos repelones de dolor porque Effy, de lucero matinal, se había convertido en una diabla diplomada. Sólo los cuákeros van al cielo. Los demás se condenan, aunque den su sangre por Cristo. Recuerdo que en las últimas estadísticas religiosas yankis los cuákeros contaban con 93.000 adeptos contra 21 millones de católicos. No importa. El Evangelio dice bien claramente que son pocos los escogidos: es decir, sólo 93.000 en un mundo de más de mil millones de almas redimidas por Cristo. Miserias y contratiempos Effy vino a ser el San Alejo de la familia. Como si los hombres no la torturasen lo suficiente, el cielo se encapotó sobre ella y comenzó a llover miserias y contratiempos. Habilísima en el manejo de le aguja, con la cual hacía primores en las pieles de reno, foca, liebre y armiño, un reumatismo crónico la fue debilitando las muñecas y los dedos hasta que la fue imposible dar una puntada. Todo su placer y consuelo era ir a la iglesia; pero el reumatismo se cebó en las piernas y Effy tenía que oír la campana y contentarse con desear ir a misa. A veces se sentía mejor y se arrastraba por la nieve y venía; pero, al querer arrodillarse, el artritismo de las rodillas la hacía hacer unas muecas de dolor que a mí me daban escalofríos. Rehusaba absolutamente sentarse en la Iglesia. Viéndola tan requetebuena y tan fiel en todo, me interesé por ella y me propuse ordenar las cosas de suerte que siempre tuviese 61

algo que comer. Aprovechando días de poco dolor reumático me hizo el parke o abrigo de piel de reno, tres pares de botas de piel de foca, varios guantes y un gorro de piel de almizclera. La tomé de profesora de eskimal y era la intérprete obligada siempre que podía venir a Misa, que era más frecuentemente de lo que yo esperaba. Tenía una habilidad extraña para coger al vuelo mi pensamiento y trasladarlo intacto a su lengua jeroglífica. En los cantos sagrados su voz se elevaba sobre todas y las arrastraba con una facilidad extraordinaria. El día que nos faltaba su voz, la música salía coja y desgarbada. Juanito llegó a ser acólito y un domingo de Pascua hizo la primera Comunión. Muchas mañanas, cuando venía con él a Misa, desayunaban conmigo y yo aprovechaba la ocasión para que tomasen tal desayuno que no tuvieran más hambre en todo el día. De sobremesa me contaba una infinidad de historias eskimales y me ponía al tanto de todos los acontecimientos locales, los más secretos e insospechados. Bromeábamos sobre ellos y mis bromas le hacían reírse con unas carcajadas tan espontáneas y tan bien timbradas que semejaban gorjeos de ruiseñor emitidos con estruendo de cascada. Sencillamente Effy entendía y estaba capacitada para conversar, cosa ajena a los eskimales puros y castizos. Amor de madre Lo que la arruinó definitivamente fue su bondad ingénita. Un saco de harina que debiera durarla dos meses, la duraba dos semanas. Todos los holgazanes y pedigüeños se metían de rondón en su vivienda y cargaban con cuanto pillaban a mano. Yo me negué a enojar sobre ello; pero Effy al verme enojado rompió a llorar y a pedir perdón con mucho hipo y muchos sollozos. Yo, al verla de aquella manera, me retiré del campo derrotado ignominiosamente y dejé correr el agua por el cauce secular. Los eskimales tienen una filosofía social demasiado complicada para nosotros. Seguí enviándole harina, leche condensada y arroz que seguían alimentando holgazanes y pedigüeños que se la clavaban como piojos asquerosos. 62

Effy se estaba quedando en los huesos y temí que a Juanito no le fueran a quedar ni los huesos siquiera. Un día el niño vino tan pobremente vestido que, sin escucharle a lo que venía, le llevé al almacén o tienda y allí le vestimos de pies a cabeza con ropa nueva que le caía muy bien. Al verse así vestido salió como un cohete a presentarse a su madre. Effy le envió a mi cocina con un papel en el que leí la oración que acababa de elevar e Dios por mí en agradecimiento por lo que había hecho con su Juanito. Como este papel vinieron varios. Con todas estas cosas mi trato con Effy no pudo llegar a mayor intimidad. Cuando hacía sol y no soplaba el viento, Efffy podía moverse y manejar la aguja; pero cuando se levantaba una tormenta, los dolores adquirían proporciones insospechadas para el vulgo. Ella me lo contaba con pormenores. Y como aquí, en Kotzebue, las tormentas están a la orden del día y a veces rugen y braman toda una semana sin parar, Effy sufría lo indecible día y noche. Sufría en el cuerpo y en el espíritu. Archi se hizo un perdido y no volvió a poner los pies en la iglesia. A veces la pobre madre echaba mucho de menos a sus dos hijos de Pilgrim Springs. Una vez que tuve yo que ir a aquella escuela, al irla a despedir antes de subir al aeroplano y al preguntarla si tenía algo para los nenes, me respondió con el rostro encendido de repente: —Padre, quisiera que llevara usted mis dos ojos. Ya en el aeroplano, me preguntaba yo cuántos doctores en filosofía y ciencias hubieran dado una respuesta más al grano. Su muerte En el mes de febrero se cebó en nosotros una epidemia que nos postró a todos en cama por espacio de una semana. Yo estuve en cama cuatro días con sus noches, pasadas en un silencio de muerte. No soplaba el viento; pero, en cambio, la temperatura en la calle era de 48 grados bajo cero. Al levantarme a hervir un par de huevos me temblaban las rodillas, me dolían los huesos, me ardían los párpados y todo mi 63

ser era un amasijo de fiebre que me traía al retortero. Mi pensamiento voló a la reumática Effy. Si la regia a ella esta fiebre, ¡adiós! Por desgracia la cogió, y la cogió con brazos de hierro. Cuando ya pude tenerme en pie y me afeité unas barbas hirsutas horribilísimas, me dirigí a su casa y la encontré en cama sin apetito y con la respiración muy fatigosa. Al otro extremo de la casa estaba Juanito, tan endeble y macilento que parecía un cadáver. Les llevé algunos alimentos y charlé un ratito con Effy, que me aseguró que iba mejorando notablemente, cosa que yo dudé. Últimamente la había aconsejado no confesarse, pues en sus confesiones frecuentes nunca hallé materia de absolución. Al día siguiente dijo que estaba mejor. Siendo así no creí necesario administrarle los últimos Sacramentos. Al día siguiente por la mañana pidió que la llevaran al hospital. Poco después de mediodía me preparaba yo a visitarla en su morada, cuando me llega un recado que Effy acababa de morir en el hospital. La noticia era tan enorme que no la comprendí de pronto. Al ver el cadáver de Effy en el hospital me vinieron oleadas de pensamientos que se encontraban y formaban verdadero oleaje. ¡No estar yo allí cuando expiró! Pero ¿en qué mundo vivimos? Effy estaba segura de que iba mejorando. De repente los pulmones dejaron de funcionar y Effy se asfixió sin saber que se asfixiaba, como me lo declaró el médico. Una muerte tan repentina como la de un fusilado. El cadáver estaba envuelto en sábanas y no quise ver la cara. Echándola de menos Ya de vuelta en casa se me puso un nudo en la garganta que no hubo modo de soltar. Ahí, en esa silla, se sentaba ella cuando desayunaba conmigo y nos reíamos tanto de sobremesa, Ahí me preguntaba tantas cosas sobre la Biblia, sobre el catecismo, sobre la Misa, sobre el cielo y sobre Dios. Yo respondía con aire de Salomón, como maestro que enseña 64

el silabario a un mequetrefe. Ahora se han cambiado los papeles; ella ve e Dios cara a cara, y en Dios lo ve y lo conoce todo mucho mejor que los teólogos más agudos y sutiles. ¡Si ella volviera y se sentara media hora en esa silla, qué cosas me diría! Porque no me cabe la más mínima duda de que Effy fue al cielo. Un día me había dicho que, si se moría, desde el cielo iba a hacer más bien en lo gente de este distrito en general, y en su familia en particular, que acá en la tierra con tantas Comuniones, tantas oraciones y tantos sufrimientos. Por la noche fui a ver a Juanito. Estaba el pobre a punto de llorar, aunque nunca acababa de hacerlo, muy decaído, pálido y debilísimo. Hablé con el médico y me dijo que lo llevara al hospital. Primero convine con Archi en que Juanito pasaba a ser hijo mío y no hermano suyo, cosa que le pareció muy bien. Salimos Juanito y yo camino del hospital. Como había tanta nieve y soplaba tanto el viento, y la oscuridad era tanta, Juanito no podía apenas caminar. Cargué con él y pasamos por la choza aneja al hospital donde estaba depositado el cadáver de su madre. Él no lo sabía. El nudo en la garganta se me estaba agrandando de modo alarmante. Le pusimos en la cama donde había fallecido su madre unas horas antes, y allí estuvo doce días hasta que convaleció. El entierro de Effy tuvo que posponerse varios días a causa de la tormenta, que hubiera llenado de nieve la sepultura a los pocos minutos de abrirla. Una tarde, mientras yo escribía junto a la estufa, me avisan que el ataúd está a la puerta. Lo introdujimos en la iglesia y lo coloqué enfrente de la estatua del Sagrado Corazón, ante la cual Effy acostumbraba arrodillarse y rezar en voz alta, cuando estaba sola en la iglesia. Abrimos el ataúd y contemplamos el rostro de Effy, tan apacible y hasta como más sonriente que yo, sin aguardar a que salieran los que lo trajeron, rompí a llorar, primero con cierta mesura y luego con una como rabia que no acerté a explicarme. Creo que por egoísmo. Ya no interpretaría mis sermones, ni arrastraría a todos con su voz, ni me enseñaría eskimal, ni me haría más botas de piel de foca, ni desayunaría conmigo, ni me 65

haría pasar ratos amenos contándome historias eskimales. Me quedé algo así como huérfano. Arrodillado entré el ataúd y el sagrario, recé mucho por ella, pero me hormigueaba allá en los huesos una como convicción de que no había por qué rezar, ya que Dios se había satisfecho del comportamiento de Effy y había querido poner fin a tanto sufrimiento cortándola como corta el hortelano en su jardín la flor abierta y olorosa que pasa a engalanar los recintos interiores de su mansión. Y como Dios manifiesta a los sencillos lo que esconde a los sabios y grandes, una cristiana vino a la cocina y me dijo que a la mañana siguiente de haber muerto Effy la vio subir al cielo sonriente y entre dos ángeles. Ella quiso morirse allí mismo y subir al cielo; pero no hubo modo de morirse. Le dije que se lo dijera a las vecinas, y se fue. ¿Qué hubo de verdad en ello? ¡Vaya usted a ver! Pocos días después del entierro era imposible descubrir dónde estaba la sepultura. El vendaval había barrido y arremolinado la nieve en su derredor. Aquel viento funesto que tantos dolores le habla causado, no la atormentaba ya. El eterno Bécquer, que vive en el alma española, me recordaba el "¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!" Juanito y Archi Juanito convaleció. Pesaba exactamente 24 kilos, aunque tiene ya nueve años. Le llevé a la tienda y le vestí de arriba a abajo. Lo corté las greñas y le di un baño con mucho jabón. En el desván encontré un catre de tijera con media docena de mantas, Me dijo el médico que le había examinado con los rayos X y le había hallado sano, sin toque alguno de tisis ni nada parecido. Lo único que necesitaba era comida. A la semana de estar conmigo le pesé y hallé que había aumentado tres kilos. Juanito es para mí una ayuda incalculable. Barre, friega, quita el polvo, parte leña, trae nieve para el tanque de la cocina, canta con voz preciosa como la de su madre y me obliga a tratarme mejor, pues antes de que él viniera, yo no cocinaba muchos días por pura holgazanería y me contentaba con una rebanada de pan y queso. 66

Ahora echo mano de la sartén y las cacerolas y comemos y nos tratamos a cuerpo de rey. Mientras comemos, me da noticias sensacionales. Pepe llegó tarde a la escuela y la señora maestra le tiró de las orejas. Juana y María se tiraron de los pelos y la maestra las puso de rodillas. Antonio hizo un tirador de goma y rompió un cristal de su abuelo, y se llevó una azotaina que le hacía gritar así. (Y Juanito le imita los lloros y voces). Una noche tuvo valor para decirme que al acostarse echaba de menos los besos de su madre. Le pregunté si quería que le besara yo, y me respondió: —Como quiera usted. Le dije que desde la noche siguiente le besaría yo al acostarse hasta que me mandase parar. Aquel día no me afeité. Al irle a besar por la noche se le clavaron las barbas y me dijo con muchos titubeos que era mejor que no le volviera a besar, —Pues nada —le dije—, como tú quieras; lo dejaremos. Los eskimales del Yukón nunca besan. Estos de aquí lo debieron aprender de los mismos blancos. Juanito va de bien en mejor. Al lavarse por la mañana se saca una raya al espejo que ya la quisieran más de cuatro calvos. En la escuela está aprendiendo la tabla de restar. A fuerza de oírme contar en español ye sabe contar hasta diez, y canta conmigo el Cara al Sol, mientras fregamos los platos. Duerme la friolera de diez horas y come tanto como yo. Con tanto sueño, tantos platos, tanto correr por la nieve y tanto oírme cosas buenas, Juanito lleva trazas de hacerse un joven modelo en el cuerpo y en el alma. Effy me lo agradecerá desde el cielo, donde me confirmo que está, pues Archi ha dado media vuelta a la derecha y no pierde la Misa ningún domingo ni fiesta de guardar.

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VII

PEDRO AILOOK, EL HUERFANITO

Enfermo de muerto Pedro Ailook nació en King Island, Alaska, en la primavera de 1926, el último de tres hermanos. Su madre murió pocos años después, víctima de una tuberculosis que la redujo a un armazón de huesos que sostenía sujetos una piel amarillenta y nauseabunda. Pedro y su hermano Isaac fueren llevados al orfanato de Pilgrim Springs, donde aprendieron a rezar en inglés y donde vegetaban y crecían hasta que, en 1939, Pedro empezó a toser y fatigarse cuando jugaba a la pelota con los demás niños. Cuando corría, le faltaba el aliento y tenla que pararse; cuando acarreaban agua en latas de gasolina, se cansaba y aun sudaba, a pesar del frío intenso que flotaba en el aire ambiente. Luego empezó a encogérsele el pecho, y ya no andaba recto como antes, sino algo encorvado. Pedro estaba tísico a los doce años de edad. Un día, al visitar el hospital de Kotzebue como de costumbre, me encontré con Pedro Ailook, que se alegró sobremanera de ver en Kotzebue a un Padre Misionero parecido al P. Lafortune, que le bautizó, y al P. Cunninham, que también le trató en Pilgrim Springs. Se confesó conmigo y al día siguiente le llevé la Sagrada Comunión. El reposo del hospital y las comidas en regia le pusieron a Pedro como nuevo, con cara llena y muy fresca, que él lavaba con esmero todas las mañanas, y con ojos vivarachos que le hacían muy amable. Pronto perdió la timidez ingénita de estos hijos de la nieve ártica y se hizo dicharachero y hasta burlón en medio de una 68

inocencia candorosa que cautivaba. Pedro era el encanto del hospital. A veces le visitaba yo con las niñas del catecismo y se empezó a susurrar que ya se había fijado en la que había de ser su novia; por cierto era ésta una niña de nueve años, sin narices y con unos ojos japoneses que pasman, pero que, por lo visto, a Pedro le cayeron en gracia. No de otra manera se explica aquel esmero de Pedro en hacerse todos los días una raya primorosa en aquella cabellera abundante, negra como el azabache, que le cubría los ojos o le colgaba a los lados a manera de crenchas, hasta que un aficionado a la barbería le cortó más pelo de lo que él quisiera. Pero todo eso era pura fachada. El médico del hospital me aseguró que Pedro no salía de aquella. Precisamente el día anterior le había examinado los esputos y en ellos había visto con dolor la actividad pasmosa de los bacilos. Tres meses de ausencia Yo dejé a Kotzebue por espacio de tres meses, y, al volver, me dirigí veloz a visitar a Pedrín, como yo le llamaba. Allí estaba el niño eskimal en la misma cama; ¡pero qué cambiado! La raya era una curva desatendida; la cara amarillenta y esquelética; los ojos hundidos y sin vida; los labios hinchados y teñidos de blanco con una untura que le acababan de aplicar: todo él escuálido y macilento y como apagado. Inició al verme una sonrisa que me entristeció. Le hablé de mil cosas, pero Pedrín respiraba con dificultad y vi que tenía la vista fija en una ventana desde donde se veían salmones que se curaban al aire en una empalizada. Al quererme despedir, me rogó le procurase algún trozo de salmón seco, o algún bote de aceite de foca, o algún bocado de ballena o algo de comida indígena, pues la comida de los blancos, que le daban en el hospital, se le atravesaba cada vez más. Accedí con gusto a sus deseos después de haber consultado a las enfermeras. Pedrín iba a morir pronto; bien estaba darle lo que apeteciera. 69

Por las tardes le visitaba yo despacio. Le decía que pidiese a la Santísima Virgen le llevara al cielo donde vería a los ángeles, y a las Santos, y a Dios, y a su medre y a... sus abuelos y a muchos otros. Un día se confesó y recibió la Sagrada Comunión. Sentado más tarde a los pies de su cama le pintaba yo el cielo lo mejor que yo me lo imaginaba, y Pedrín me dijo francamente que quería ir ya y que todos los días se lo pedía así a la Sma. Virgen. Agonía dolorosa Siguieron dos días ocupados en que no pude ir a visitarle y en la noche del segundo día, a eso de las diez, cuando ya me iba a acostar, llaman a la puerta y me entregan una nota que decía: “Pedro se está muriendo Y le quiere ver a usted". Tomé la linterna y volé al lado de mi Pedrín, que me quería dejar para irse al cielo. Estaba agonizando, pero me conoció y se volvió a confesar. La enfermera de noche me dejó solo con él, y allí quedé haciendo de enfermero lo mejor que supe. Pedrín sufría verdaderos horrores. A las once, el malestar llegó a su zenit, y me pasé verdaderos apuros. En primer lugar su aspecto era para poner espanto en el ánimo más esforzado. Aquello era un esqueleto que hablaba y miraba desencajado y se quejaba. Sobre todo, quejarse. Entre respiración y respiración repetía aquel angustioso "ari”,”--ari" que equivale a nuestro ¡ay! y que en él era una expresión inadecuada de lo mucho que sufría. No podía recostarse sobre la almohada, porque ello dificultaba mucho la respiración; no podía estar sentado, porque no se tenía y había que sostenerlo, pero al hacerlo y tocarle, crujían los huesos y le hacían prorrumpir en una letanía de aris angustiosos; no podía acostarse del lado derecho, porque al hacerlo le venía una tos que le ahogaba, ni podía recostarse sobre el lado izquierdo, porque, al hacerlo, me extendía la mano temblorosa rogándome le cambiase de postura. Allí no había más remedio que sufrir y ver sufrir al pobre 70

Pedrín, que estaba agonizando, agonizando sin acabar nunca de perder el conocimiento. Repetimos los dos muchas jaculatorias que yo inventaba, aparte de las ya conocidas, y con jaculatorias y aris y cambios de postura continuos fuimos tirando hasta las doce y media de la noche, en que nos visitó la enfermera. Traía ésta dos píldoras que Pedrín pasó con un sorbo de agua, y a los diez minutos le vino un sueño profundo que trajo la paz a la estancia impregnada de quejidos agónicos. —Es muy probable que duerma varias horas —me dijo la enfermera. La cama vacía Quedé en volver por la mañanita y volví a casa. Me acosté envuelto en mis pensamientos de muerte y soñé que Pedro había muerto y había volado al cielo. Cuando por la mañana me apresuré a volverle a ver, encontré la cama vacía. Pedro era cadáver y yacía en el cuarto de operaciones, envuelto en una sábana blanquísima. A las cuatro había vuelto en sí, pero pronto empezó a delirar de una manera inquietante. Un abrigo que allí estaba colgado, se le antojó un hombre, y preguntaba qué hacía allí aquel hombre escribiendo. Tenía los ojos entornados, algo vidriados, y le vino otro ataque de dolor que le hizo quejarse a gritos. Eran los últimos esfuerzos del alma que tan duro se le hacía arrancarse de aquel cuerpo que no había visto aún trece abriles. A las cinco cesó de quejarse; no volvió a toser; cerró los ojos y poco a poco fue quedando inmóvil y frío hasta que expiró. Pregunté a la enfermera si habla preguntado por mí y me respondió que no; que en las últimas horas no había dado señales de conocimiento, aunque se quejaba en el delirio. Una cruz a campo raso En un cobertizo de mi casa había unas maderas que me habían sobrado, y con ellas le hicimos a Pedrín un ataúd a la 71

medida. Dos empleados del hospital trajeron el cadáver con el ruego de que devolviese la sábana en que venía envuelto. Puse el cadáver en la iglesia, encima de un banco, y cuando terminamos el ataúd, le amortajé allí en la iglesia, o mejor le envolví en una especie de gabardina muy usada que me servía para levantar un poco única almohada de que dispongo. Todo él quedó muy bien cubiertito y abrigado; pero por gastar mucha tela alrededor del cuello, no alcanzó para los pies y éstos quedaron descubiertos. Quedé pensativo unos instantes. No hallé cómo cubrirle los pies y tuve el descaro de meterle en el ataúd con los pies descalzos. Cuando terminé de remachar el último clavo de la cubierta de la caja, se me nublaron los ojos y lloré por los que no le lloraban: Por su madre, ya difunta: por su padre, que vivía a 500 kilómetros y no sabía nada; por su hermano Isaac, que correteaba en Pilgrim Springs a cien leguas de distancia y por todos los que le hubieran llorado si le hubieron asistido en la agonía. Ahora Pedrín no tenía más arrimo que el Misionero. Todos se desentendían de él; por eso le cogí yo por mi cuenta con verdadero amor. Busqué dos mozalbetes que abrieran la sepultura con la pala y el azadón que yo les presté, y se lo pagué dándoles de cenar aquella noche después del entierro. ¡Pobre Pedrín! Recuerdo que al meterle en el ataúd estaba aún blando y plegable; pero, por más que le manoseaba, no se quejaba ni emitía aquel ari afligido y prolongado de la noche anterior. Ahora estoy haciéndole la cruz. Su cuerpo descansa en el matorral donde habilitamos una parcela para cementerio católico. Está sin tapias y a campo raso, y en el invierno se arremolina frente a las cruces la nieve que barre el huracán. Lo noche que expiró, me aseguró que allá en el cielo rogaría a Dios por mí en particular, y no puedo echar de mí la idea de que ya rogó y de que lo seguirá haciendo en adelante hasta que nos llegue a nosotros le hora de prometer otro tanto al que nos asista en nuestra agonía. 72

III PARTE TIPOS DEL NATURAL

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VIII

JAIME, EL BUSCADOR DE ORO

Del Mediterráneo a Alaska Aunque parezca increíble, Kotzebue es una especie de emporio al que concurren, si no mercaderes cargados de especierías de la encantada India, si al menos ejemplares variadísimos de saordós matusalénicos, que hacen alto aquí en su viaje de vuelta a la madriguera, donde pasan el invierno a imitación del oso clásico. Ayer tuve el honor de ser visitado en mi cocina por Jaime Cross. Jaime nació en Escocia hace cosa de 70 años. Mozo aún imberbe logró un empleo razonable en un barco mercante y se pasó los mejores años de su vida cantando peteneras sobre cubierta entre Málaga, Valencia, Sicilia y Liverpool. Oyó hablar mucho de Bilbao y Barcelona; pero, por causas que no recuerda, nunca hizo allí escala su barco mercante. Recuerda mucho a Denia y tiene una idea vaga de Alicante. Los puertos sicilianos no me interesaban a mi gran cosa y le rogué fuera breve en su enumeración. Cuando las sales marinas y el azul del Mediterráneo hicieron de Jaime un marino curtido, pletórico de vitalidad y robustez, llegaron a sus oídos ideas vagas del novísimo descubrimiento de oro en la legendaria Alaska. Harto de cruzar el Mediterráneo, cuyas olas dice que llegó a conocer por sus propios nombres; hastiado de cargar espuertas de naranjas levantinas un día y otro día, un mes y otro mes; cansado de rutina y llena la imaginación de visiones y aventuras quijotescas, secó pasaje para California, y de allí partió para Alaska en el verano de 1897. En el puerto de entrada, Skagway, se encontró con más de quince mil emigrantes como él, que hormigueaban cargados de 74

sacos y baúles y hablaban el lenguaje más vulgar y grosero que se puede concebir. Los separaba de los yacimientos de oro una distancia tremenda, y todo era calcular cómo llegar allá cuanto antes con el mayor bagaje y los menores gastos. Una pandilla de bandidos Operaba entonces una pandilla de bandidos capitaneados por un tal Jabonero. La pandilla la formaban salteadores en cuya comparación los demonios merecían un altar y dos velas. Lo que no robaban a la baraja en la taberna lo tomaban a punta de revólver lo mismo el volver una esquina que en escampado, camino de les minas. Cuando la guerra de Cuba el Jabonero abrió una oficina donde dijo que podían ser examinados los que desearan apuntarse de voluntarios y ganar un dineral en La Habana o en Manila. Los Nepoleones en ciernes que se aventuraron a alistarse, entraban por la puerta de enfrente y, para no estrujarse en aquella puerta tan estrecha, salían por la puerta trasera. Entraron todos, por supuesto, pero salieron con los bolsos vacíos y con la amenaza de que, si decían una palabra en 24 horas, serían irremisiblemente mandados al otro barrio; o, en términos aún más modernos, les darían el paseíto. Por fin un día el Jabonero cayó acribillado a balazos en una batalla campal entre la pandilla y la policía. Eclipso total de luna Jaime no tuvo mucha suerte en las minas de Dawson. Había 35.000 mineros, más de los que cabían desahogadamente en aquellos reducidos arroyos auríferos. En la primavera de 1900 cargó un trineo tirado por cuatro perros y se internó en Alaska con otros compañeros de las mismas ideas. Hicieron alto en el río Koyukuk y allí vivieron seis años a corta distancia del Yukón, del cual se proveían en el verano. La provisión primera y principal era el aguardiente. Dice que una vez escotaron todos a cinco duros y mandaron a uno de ellos 75

al Yukón por provisiones. Cuando llegaba de vuelta, le vio venir un minero y le voceó que qué había comprado. Respondió que diez garrafones de aguardiente y veinte hogazas de pan. Y el minero asustado respondió: —¿Qué vamos a hacer con tanto pan? La vida en el Koyukuk no era una diversión. El frío era horrible y la nieve se amontonaba desmesuradamente. A veces ocurrían disputas acaloradas y fue una especie de milagro que todo terminara en palabrotas y voces. Una noche, por ejemplo, hubo eclipse total de luna. Jaime se contentó con mirar al firmamento y desear que no fuera aquello el principio del fin del mundo. Uno más erudito opinó que tal vez Marte pasaba entre la tierra y la luna, pero le corrigió de improviso un matasiete diciendo que no era Marte, sino Mercurio el que se acababa de interponer, porque él había leído en le escuela que Marte estaba demasiado lejos para venirnos a molestar con semejante intromisión. Hubo quienes sospecharon que tal vez se trataba de un nubarrón, pero al fin habló uno, el más callado, y aseguró que la luna en su ronda ininterrumpida alrededor de la tierra acababa de entrar en la sombra que echaba de sí la tierra al ser herida de soslayo por los rayos del sol. Como era de noche, sacar el sol a relucir pareció cosa desatinada y allí se armó la de San Quintín. Las arenas de oro Todas las noches se reunían en un casetón, con bancos rústicos y una estufa al rojo, y allí fumaban y bebían y jugaban y discutían, hasta que en 1906 oyeron decir que en la región de Kotzebue se habían descubierto nuevos arroyos con arenas de oro. Aparejaron varios trineos lo mejor que pudieron y acá se vinieron guiados por la estrella polar. Traían un fardelito de pepitas de oro cada uno y gastaron un mes, el de marzo, a campo traviesa, comiendo habas y la caza que lograban encontrar. Llevaban tiendas, que desplegaban en la nieve a la puesta del sol y que doblaban y recogían después del desayuno. Tampoco fue 76

aquel viaje ninguna diversión. A Jaime mismo se le helaron tres dedos de los pies que desde entonces gritan desaforadamente cada vez que se quita los calcetines de lana. Un minero desapareció de la caravana sin saber cómo. Otro fue a explorar un altozano y no volvió. Todas las pesquisas resultaron inútiles. Por fin llegaron a Candle, término del viaje, y allí fijaron las tiendas y empezaron a cavar en el arroyo. Candle tenía entonces una población crecida de advenedizos como ellos, y la vida era ruda y de sálvese el que pueda. Un amigo de Jaime sacó del arroyo un pedrusco de oro que le valió mil duros redondos. Cabía a duras penas en una mano y pesaba horrores. Con todo, fueron poquísimos los que se hicieron ricos. En primer lugar los comestibles estaban por las nubes y las ropas estaban por los astros. Luego el juego y la borrachera acababan con todos los ahorros, El matrimonio y el invierno Jaime nunca tuvo tiempo de pensar en casarse. Si alguna vez le zumbaron por las sienes pensamientos vagos de esta índole, se los ahuyentó por lo que vio y palpó allí mismo entre los compañeros casados. La mujer blanca era muy rara. La que se aventuraba a venir, era de mala fama; o, si era de buena, al poco de casarse quería hacer un viaje a los EE. UU. y el pobre marido tenía que pagar el billete. Las que volvían, terminaban por no aclimatarse y mancharse. Casarse con una india, ni pensarlo. Así ha llegado Jaime a los 70 años, solterón a fuerza de cavilar, aunque él nos diga que nunca tuvo tiempo de pensarlo. Más tarde llegó a Candle una compañía yanki con maquinaria moderna, y en aquel punto y hora se acabaron las empresas individuales. La Compañía pagaba y paga 6 duros diarios y la comida, y a ella se refugiaron todos. Pero la estación laborable es cortísima aquí en el Círculo Polar. Los arroyos no se deshielan hasta junio y se vuelven a helar a primeros de octubre. ¿Qué hacer durante el invierno? He aquí el 77

problema. Los que se quedan en Candle, que tienen taberna, se arruinan antes de Navidad. Venir Kotzebue es mucho peor, porque aquí son tres las tabernas. Pegarse dos tiros tampoco resuelve el problema. Solitario en la tundra Jaime creyó que le solución estaba en meterse tierra adentro y perder de vista el mundo. Poniendo manos a la obra se internó en unos cerros por los cuales culebrea un arroyuelo y allí, junto o. una espesura de arbustos desmazalados, levantó una caseta que amuebló con una cama, una silla, una mesa y un candil o lámpara de gas. Tiene un rifle a la puerta y dos hachas afiladas. Terminada la labor en Candle, viene a Kotzebue a comprar dos secos de habas y otros dos de harina, un tocino, azúcar y un cajón de café y con ello en un trineo alquilado se mete tierra adentro por veredas que no lo son, hasta que da con su casa que le espera silenciosa entre el bosque y el arroyo. El trineo vuelve a Kotzebue, y Jaime queda sepultado en la soledad que imaginan los lectores. La aldea más próxima a su casa es Shungnac, a 70 kilómetros de distancia. Ya en su casa, la vida se desliza sumamente tranquila y placentera. Se levanta cuando se le antoja. Enciende la lumbre, calienta las habas que sobraron de la cena y las come con un torrezno y dos jícaras de café moruno que abrasan los dedos. Mientras come puede escupir libremente, o regoldar, o hacer le que le venga en gana y luego se empoltrona a fumar tres pipas seguidas que atiborra de tabaco, mientras tararea canciones marineras. Si afuera brama le tormenta, pone le estufa al rojo y lee Revistas que le dieron en Kotzebue; Revistas que tratan de mecánica, de política, de le Biblia, de cine, y producciones novelescas, de todo, incluso el Mensajero del Corazón de Jesús. Si no hay tormenta, se cala el capote y entra en el bosque con el hacha al hombro. Cuando la leña partida se amontona en demasía, toma le piqueta y la criba y agujerea acá y allá en las 78

arenas del arroyo hasta que da con lo que busca. No es raro el invierno que criba y limpia nueve onzas de oro que, a 34 duros la onza, son en números redondos 300 duros, porque hay que mandarlo por correo certificado, y eso lleva muchos sellos. No tiene calendario ni vuelve a dar cuerda el reloj desde que pone los pies en esa casa peregrina. Vive como vivió aquel biznieto de Adán que se perdió en una selva y se las arregló solo por espacio de 400 años. Ruidos quo se mueven Un día al amanecer le despertó un ruido extraño que se movía alrededor de la caseta. ¡Ruidos que se movían! Aquello era cosa seria. A los pocos minutos una cosa viva se abalanzó a los cristales y proyectó en el interior una sombra desconcertante. Jaime cogió el rifle y salió hecho una furia. El oso negro olió la pólvora y puso pies en polvorosa, pero la primera bala se le hundió en las tripas y lo tumbó. Cuatro balas sucesivas acabaron la obra, y Jaime tuvo un día ocupadísimo desollando, descuartizando y acarreando carne de oso que (puedo hablar por experiencia), es muy sabrosa y alimenticia. El tal oso resultó ser osa. Por entre los arbustos se veía merodear a un osezno majísimo que buscaba a su madre para tomar el desayuno. Sólo siendo osa, se explica aquel berrear lastimero del animal cuando hizo blanco la primera bala; tan lastimero que el pobre Jaime se le enterneció el corazón y estuvo a punto de hacer algún disparate cuando vio el rastro de sangre y que la osa ya no tenía remedio. Aquellos berridos siguieron persiguiéndole de noche, sobre todo en sueños, y creyó que iba a convertirse en penitente a fuerza de arrepentirse. Dice que eran berridos, no comoquiera, sino lamentos de agonizante que implora socorro. Sin miedo a la muerte Jaime no tiene miedo a la muerte. Está convencido de que no hay infierno, por más que sus padres le hacían leer la Biblia en 79

escocés todos los domingos y fiestas de guardar. Preguntado por mí si estaba bien que un hombre honrado y bueno en todos los órdenes merezca ser medido por el mismo rasero que un bandido y asesino, respondió que no, que el asesino debe pagarla; pero que en un Mensajero del Corazón de Jesús había leído la doctrina católica sobre el purgatorio, y esa doctrina le pareció de perlas para resolver el problema. Dale al asesino un purgatorio formidable, hasta que quede lo suficientemente pulido para que quepa por la estrecha puerta del cielo, y luego métele adentro con los demás. Preguntado de nuevo si creía que un purgatorio formidable bastaría para meter en pretina a la humanidad, respondió que no entendía de eso y que nunca se había puesto a pensar en esas cosas. Cree, si, en Dios y está dispuesto a llamar animal al que suelte una blasfemia; pero se le hace muy duro creer que del infierno no se sale nunca, nunca, nunca. Le dije que si fuera católico y monje y supiera distinguir de colores podía llegar a ser santo canonizado en aquella choza, donde le sobraban tiempo y oportunidad para darse a la contemplación de las cosas divinas; donde podía extasiarse y tener raptos sin que nadie lo viera; donde podía llegar a tal desprendimiento del mundo y a tal unión con Dios que la vida fuera un continuo conversar con Él sin trabas de ruidos ni distracciones externas; pero el pobre Jaime me escuchaba sin entenderme. El roce continuo con la materia en todos sus aspectos ha hecho de Jaime un hombre incapacitado para entender el vocabulario místico. Pero, místico o no místico, Jaime no teme la muerte. Es de la casta de aquel varón integro e inocente de Horacio que no necesita del arco y la flecha para caminar impávido por las sirtes traidoras de la vida. Tampoco teme caer enfermo; dice que nadie se muere hasta que le llega la hora, pero yo le salí al paso y los dos filosofamos sobre la muerte. En cuanto a cortarse una mano con el hacha o a caerse y quebrarse una pierna, dice que cuando uno está solo es más cauto y precavido y no se arriesga tanto, como cuando se vive a un tiro de piedra del médico. 80

¿Europa en guerra? Se libraron batallas campales en Aragón, Málaga y el litoral cántabro, y el mundo todo miró con pasmo el resultado final de la guerra civil española; Hitler entró en Viena, Praga y el puerto de Memel; había antes Mussolini conquistado a Etiopía; todo el mundo hervía en disensiones, guerras, temores, revoluciones y sobresaltos, y Jaime vivió todo ese tiempo llenando de tabaco la pipa mientras tarareaba canciones marinas. No oyó nada ni se enteró de nada. Porque es de saber que estuvo tres años sin dejar aquella mansión de paz y silencio. Ahora al venir a Candle y hacer alto en Kotzebue, se entera de todo eso y teme que el conflicto europeo se convierta en algo internacional pavoroso. No entiende de política ni le importa un bledo que Inglaterra sea monarquía, o república, o anarquía. Jaime quiere volver a su choza y vivir allí hasta que le llegue la última hora. Los escoceses y el dinero Siendo escocés tiene que ser, por fuerza, tacaño. En los Estados Unidos, donde hay tantos escoceses, los chistes sobre la tacañería proverbial escocesa llenan siempre la última página de buen humor en las Revistas que la traen. Una vez un escocés y un inglés apostaron une peseta a ver quién resistía más tiempo dentro del agua. El escocés, para ganar la apuesta, se ahogó. A otro escocés muy charlatán, pero muy tacaño, le invitó un piloto a darle un vuelo en aeroplano con su mujer. Si durante el vuelo no decía ni una palabra, el vuelo era de balde; pero si decía una sola palabra, le costaría 25 pesetas. Accedió el matrimonio y el aeroplano se remontó por las nubes. Nadie allí pronunció una sola palabra. Al aterrizar volvió el piloto la cabeza y le dijo al escocés: —Vaya, perdí le apuesta; no dijiste ni pío. Y el escocés respondió: —Así es, nada dije; pero cuando mi mujer cayó del aeroplano 81

estuve e punto de chillar o decir algo. Los zahoríes de Kotzebue, viejos holgazanes que se pasan el día y la vida desenterrando muertos y haciendo anatomía de las vidas ajenas, creen y afirman que Jaime tiene en el Banco de Nome por lo menos 6.000 duros. Ahora bien, como Jaime no tiene pariente alguno próximo ni lejano, y como pesan ya sobre su cabeza 70 años justos y cabales, siguese que los miles de duros que Jaime tiene en el Banco, irán a parar a las arcas del erario público, a no ser que haya hecho testamento en favor de algún minero, cosa que aquí reputan completamente inverosímil. Jaime, pues, trabaja y se fatiga amontonando dinero que no necesita y que irá a parar a manos para él desconocidas. Se necesita ser escocés para trazarse una vida de ese jaez. Al que le pregunta por qué vive de habas y en una choza solitaria, teniendo tanto dinero en el Banco y no haciéndolo por motivos sobrenaturales que él no entiende, Jaime responde que al obrar así se siente feliz y lo contrario le trastornaría los planes. Esta vez, al encaminarse a su remota morada por veredas que no lo son, lleva un fajo muy abultado de Revistas y folletos católicos que piensa leer y rumiar en aquellos días eternos de invierno cuando brama la tormenta y se amontona la nieve sobre las cuatro paredes de su mansión peregrina.

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IX

ABRAHÁM, EL NARRADOR DE CUENTOS

El español y el esquimal Cualquier bachiller que haya tenido que arremeter con el griego y el latín, me concederá que el aprendizaje de una lengua es uno de los trabajos más áridos y deprimentes. ¡Qué selvas de palabras nuevas, y qué bosques de giros al parecer irracionales! Pero al fin llega el día feliz en que se toma en las manos a Cicerón y se saborean, por ejemplo los argumentos variadísimos y contundentes que aduce para convencer a sus oyentes de que Pompeyo, y sólo Pompeyo, debe ser nombrado Generalísimo de las tropas contra Mitridates, rey del Ponto; o las razones tan humanas y aristocráticas con que prueba, o quiere probar, que La Vejez es la mejor, o, por lo menos no es la peor época de nuestra vida. Y al leer tan elevados raciocinios servidos en un lenguaje tan rico y tan galeno, se dan por bien empleados los días y los años invertidos en domeñar las conjugaciones, y los pretéritos y supinos. Esto es precisamente lo que le aguarda al español que quiere dominar el eskimal. Los primeros años son años de vacas flacas y espigas vacías, de tanteos y tartamudeos, de fracasos y desalientos, hasta que de repente, por así decirlo, se encuentra uno con que, lejos de haber estado perdiendo el tiempo, se han capturado posiciones enemigas, desde las cuales se dominan campos vastísimos de la lengua. Los eskimales vienen a mi casa a calentarse y al olor de una taza de café hirviendo, que les restablezca el vigor perdido. Sentados en los bancos de la cocina conversan en su lengua prehistórica y matan las horas contando cuentos, lo mismo que se hace en España o en cualquier otro país del globo, donde se junte la gente sencilla a departir en las noches frías del invierno lluvioso. 83

Buscando la muerte Hay en Kotzebue un viejo llamado Abrahám que les gana a todos en el don de saber contar un cuento. Abrahám recuerda perfectamente los cuentos que le contó su abuela hace sesenta años; cuentos que ella había oído contar a su abuela, y así sucesivamente hasta los cuentos que indudablemente les contó a sus hijos el patriarca Noé para amenizar en algún modo la monotonía de flotar a la buena de Dios por los cerros inundados de le Armenia. Yo me siento a escuchar a Abrahám, que toma la palabra y dice así textualmente: Una vez fueron dos eskimales a una aldea a invitar a los aldeanos a una función que iban a celebrar en su pueblo. Los aldeanos aceptaron y se dirigieron al pueblo en varios trineos; pero les cogió la noche en escampado y tuvieron que hacer alto y clavar las tiendas el socaire de una loma que allí había. A media noche se levantó una tormenta tan feroz, que sepultó debajo de la nieve todas y cada una de las tiendas. Así y todo no perecieron más que dos, a saber: los dos hijos, ya crecidos, de un eskimal que no pasaba de 40 años. Este pobre padre sintió tanto la muerte de sus hijos que quiso morirse para continuar viviendo con ellos en el otro mundo. No tenía valor para quitarse le vida y por otra parte tampoco tenía valor para seguir viviendo. ¿Qué hacer? Como es de todos sabido, cuando una mujer da a luz, nadie puede usar el hacha ni otro instrumento cortante so pena de la vida. Eso no lo dudaba nadie. Los hechiceros lo habían asegurado con tales razones que los eskimales no osaban siquiera ponerlo en duda. Digo, pues, que este hombre halló en esas razones un medio de salir de este mundo y juntarse con sus dos hijos muertos. Tan pronto como una aldeana dio a luz, agarró el hacha y se puso a partir leña sudando como un negro. Los vecinos le vieron y clamaron al cielo suplicándole a gritos que desistiese o si no moriría de repente. El hombre se hacía el sordo y continuaba rachando cepos a más y mejor. Vino el hechicero y le conminó que si no tiraba el hacha se moriría ese mismo día. Eso era lo que quería el hombre; morirse. 84

No tiró el hacha, sino que siguió cortando leña hasta que se le agotaron las fuerzas. Con el cansancio y el sudor le entró hambre y comió bien. También le entró sueño y durmió bien. Al dio siguiente se encontraba muchísimo mejor de salud. ¡Vaya donaire! Cortó leña todo el día y sudó y comió bien, y durmió mejor, y se iba poniendo mejor de salud. El hechicero no sabía dónde meterse de vergüenza ante el fracaso y de temor de perder la clientela. Kalku, el que no envejecía Ya a estas alturas tendrán ustedes ganas de saber cómo se llamaba el leñador que quería morirse. Se llamaba Kalku. Kalku terminó con toda la leña del lugar y no se moría. Al contrario, le ocurrió algo tan extraordinario y peregrino que si no lo hubieran visto con sus propios ojos los que me lo contaron, nadie podría creerlo. Porque sucedió que Kalku no envejecía. Se le murió la esposa a los noventa años, y Kalku seguía representando justamente 40 años. Se casó con una joven de 25 años, la cual le dio varios hijos y envejeció hasta los 90 años, y Kalku seguía en sus cuarenta. También ésta se le murió y Kalku se volvió a casar con otra jovencita, que le dio a su vez varios hijos y se murió a los 90 años, dejando a Kalku tan impertérrito en sus cuarenta. De todos los contornos venía la gente a visitar a Kalku. La tempestad apaciguada Un día Kalku fue a cazar focas en el Estrecho de Bering y llevaba una barca, en la que iban otros seis eskimales, y uno de ellos era el hechicero oficial de la población. Aconteció que se levantó una tempestad muy grande, que jugaba con los bloques de hielo flotante y los lanzaba de golpe contra los costados de la barca que zozobraba y amenazaba rajarse y hundirse. El hechicero los animó y consoló prometiéndoles una calma instantánea tan pronto como él pusiera en juego sus ritos 85

espirituales. Los puso en juego el instante uno por uno y todos a la vez, y nada; la tempestad empeoraba y el cielo se nubló y no divisaban ya la costa. El hechicero se rindió de tantos esfuerzos ritualistas y cedió la vez a otro compañero que también entendía de hechicerías. Este segundo mago también fracasó después de muchos retortijones y muchas ceremonias ordenadas al amaine de la tempestad. Desconsolados todos y sin saber qué hacer, echó su cuarto a espadas un tercero e invocó a todos los endriagos y vestigios de la creación con un sin fin de ceremonias similares a los de los precedentes. La tempestad estaba ahora en su apogeo y amenazaba tragarlos a todos de un momento a otro. Todos se convirtieron en hechiceros y todos imploraban, y gemían, y practicaban los ritos más originales; todos menos Kalku. —¿Qué haces tú que no clamas a los espíritus ni les aplacas con ritos y penitencias? —le increpaban todos a una. —Ahora mismo te tiramos al agua si no lo haces. Kalku se negaba y se negaba hasta que lo vio malo y les dijo así: —Yo no creo en vuestras supercherías. En los años incontables que llevo de vida no he visto cumplirse ni una sola profecía de nuestros hechiceros. Precisamente, si vivo yo a estas horas es por haber hecho todo lo contrario de lo que los hechiceros me aconsejaban. Pero, bueno; ya que me amenazáis con echarme al agua si no hago algo para aplacar la tempestad, voy a hacerlo. Yo creo que la luna, y el sol, y las estrellas, no se hicieron solas, ni se sostienen en el aire ellas solas. ¿Quién hizo el agua diferente de la fierra? ¿Quién hizo los peces diferentes a los árboles? Yo no sé quién sería; pero estoy seguro de que alguno lo hizo. ¿No os parece así a vosotros? Y todos dijeron: —Sí. Entonces Kalku levantó los ojos al cielo y dijo así: —Tú que hiciste el cielo y la tierra y todo lo que en ellos se contiene, escúchame. Haz que esta tempestad se apacigüe y nos salvemos todos. Aun no se había apagado el eco de las últimas palabras de 86

Kalku y ya la tempestad se había apaciguado. De repente los otros seis pescadores se llevaron las manos a la cabeza y se pusieron a meditar sobre lo acaecido ante sus mismos ojos. Compelidos por la fuerza de los hechos le nombraron allí en la barca cacique del pueblo y le dieron promesa de acatar en todo sus órdenes. Volvieron la proa en dirección a tierra y fueron tantas las focas que encontraron por el camino que llenaron la barca y aún quedaban rebaños nadando y divirtiéndose entre los hielos flotantes. Muerte a voluntad Al llegar y desembarcar contaron a toda la gente lo sucedido. Kalku fue aceptado y acatado y todo procedió pacíficamente por espacio de cien años; al cabo de los cuales, dos eskimales, envidiosos de la gloria de Kalku, intentaron sublevarse y derrocarle del puesto de cacique, pero la población no secundó sus intentos sediciosos y el motín fracasó y murió en la cuna. Kalku les perdonó la vida y ni siquiera los encarceló ni los multó. Nada; les dejó seguir como hasta entonces, Pero ellos eran de mala sangre y padecían de humores malignos, que los hacían ambiciosos y vengativos; por eso se conjuraron de nuevo contra Kalku y acordaron asaetearle cuando le encontrasen solo e indefenso. Por fortuna le encontraron solo al día siguiente. Iba Kalku a solazarse remando por la bahía y echando migas de pan a los peces. Los dos asesinos le siguieron a hurtadillas en sus canoas, repletas de flechas, y con los arcos escondidos; y cuando le tuvieron a tiro llovieron sobre él tal cantidad de flechas, que San Sebastián a su lado sería como el desierto comparado con una selva virgen. Pero, ¿qué pasó? ¿No habéis visto cómo los perros se sacuden el agua de las lanas cuando se mojen? Pues eso mismo hizo Kalku: se sacudió como los perros y todas las flechas se le desprendieron y cayeron al suelo. Los asesinos quedaron patitiesos. Volvieron a la carga con denuedo y le volvieron a cubrir de banderillas; pero nada; se sacudía y las espantaba como si fueran 87

moscas. Por fin una flecha se le clavó entre los ojos, Kalku no la espantó, sino que la dejó colgar clavada como estaba y dirigiéndose a sus verdugos les dijo: —Ya veis que nada tiene poder contra mí, y que la muerte me huye donde quiera que le hago cara. Pero yo estaba creído que todos me amaban y querían, ya que no he hecho mal a nadie desde que nací. Ahora que veo y palpo que vosotros me odiáis a muerte, sospecho que tal vez otros también me odien de la misma manera. Pues bien, amigos, si es que os cansáis ya de mí, me voy a morir. Voy a dejar esta flecha clavada en mí para disculparme de que morí asesinado, aunque la realidad pura es que me muero porque quiero. Voy, pues, a morir. Pero, atención, siquiera dos minutos. Mientras vosotros dos os llevéis bien y no riñáis, todo os saldrá bien; pero el día y hora en que riñáis os perderéis los dos. Y cuando Kalku acabó de decir esto, se desplomó más muerto que una momia. La disputa de los asesinos Pasaron dos años. Los asesinos los pasaron triunfantes y alegres sin lamentar accidente alguno; al contrario, todo les salía bien y eran la envidia de toda la población. Nadie sabía que habían hecho morir a Kalku queriéndole mal. Al cabo de dos años decidieron fabricar una barca mejor y se juntaban todos los días en la carpintería donde trabajaban alegres como unas Pascuas. Una mañana, después del desayuno, mientras se ocupaban en serrar maderas, oyeron una vos dulcísima que se avecinaba y que a medida que se acercaba se hacía mis melodiosa y arrobadora. Quedaron suspensos, por supuesto, y esperaban atónitos el resultado, de tamaño fenómeno cuando, de repente, vieron delante de sí, en el aire, cantando aquellos himnos celestes y vestido de blanco, al celebérrimo Kalku que sostenía de la mano a dos niños, Kalku les sonrió y desapareció. Kalku, pues, vivía. ¡Qué horror! ¡Qué pánico! ¿Cómo poder dormir en adelante? Los dos asesinos comenzaron a increparse recíprocamente. —Tú fuiste el que sugirió la idea del asaeteo. 88

—No, fuiste tú, ¿no te acuerdas? —Mentiroso, tú fuiste el primero a quien se le ocurrió la idea. Si tú no me lo hubieras mentado, a mí nunca se me hubiera ocurrido. —¿Mentiroso yo? Tú, ladrón; tú fuiste el asesino. Y así se regañaban hasta que la cólera salió de madre y los dos empuñaron las navajas y se acuchillaron de suerte que uno quedó muerto allí mismo en un charco de sangre y el otro no vivió más que unas horas; las suficientes para contarlo. Inundación apocalíptica La esposa de Kalku ya era vieja y vivía sola con un nieto pequeño. Un día de primavera amaneció claro y con un sol tan fuerte que la nieve se comenzó a derretir de prisa y todo se volvía inundaciones. Los vecinos cargaron con lo que pudieron y se echaron a las barcas y canoas. Todos se salvaron. Sólo la pobre vieja no pudo salvarse por no tener canoa y por no haberla admitido nadie en la suya. Desalentada, y con el agua a las rodillas, se volvió a su casica, llevando en brazos el nietecito. Cerró la puerta. Ya dentro comenzó a gemir y a llamar a Kalku en su ayuda. Kalku no se hizo visible, pero dio voces desde el aire mandándola que embadurnase con saliva todos los resquicios de la puerta y las ventanas. La vieja obedeció al instante. Escupía en las manos y luego esparcía la saliva por todos los resquicios y la cerradura hasta que no quedó ni una pulgada sin su salivazo. El viento se iba convirtiendo en huracán y el ruido del oleaje llegaba a los oídos de la desconsolada vieja. Poco a poco el agua llegó y comenzó a cercar y envolver la choza, pero sin entrar. Subía y subía el nivel del agua en las paredes exteriores hasta que toda la choza quedó debajo del agua como un tiburón. De cristales o vidrios hacían tripas secas de foca cosidas y estiradas que dejaban pasar la luz. Encima del tejado se libraban encuentros formidables de oleajes opuestos. Revoloteaban en torno a la vivienda monstruos marinos barridos tierra adentro por las olas, que habían hecho causa común con el agua de la nieve 89

derretida. Por las hendiduras de la puerta se veía bien el agua rojiza movida como si estuviera en ebullición. Y, sin embargo, señores, el suelo de la choza estaba seco, secas las mantas, secas las botas de piel y todo seco. Pasaron dos semanas. Ya no le quedaba a la vieja ningún alimento. Abrió un poquitín la puerta pana ver qué ocurría en el mundo y halló que todo era lodo. Pasó como pudo otras dos semanas, al cabo de las cuales comenzó a brotar la hierba. Salió la vieja en los huesos esperando ser socorrida por los vecinos que habrían ya vuelto; pero se encontró con que ninguno por allí daba señales de vida. Lo huroneó todo, pero en vario; allí no vivía nadie; ninguno había vuelto. Puso varias trampas en el bosque y logró así vivir de conejos y pichones que caían en las trampas de hilo. Pasaron tres años. El niño ya iba siendo mocito. Por fin, un día vino un trineo que hizo alto en aquella aldea deshabitada. El hombre y la vieja departieron largo rato y cuando sumaron sus historias respectivas hallaron como resultado que, todos los aldeanos habían perecido en la inundación; sin duda como castigo por no haber admitido en sus canoas a la vieja con el nieto. El egoísmo es cosa mala. Si hubieran admitido a la vieja en sus canoas, Kalku les hubiera salvado a todos. El buen hombre los llevó en el trineo a su pueblo donde fueron acogidos y agasajados. La vieja murió el año siguiente. El nieto creció valiente y esforzado y llegó a ser uno de los mejores cazadores de la región. Se casó con una chica de su misma edad y vivieron felices y comieron perdices. *** Hasta aquí la relación fidelísima del eskimal Abrahám. Al terminarla le aplaudimos e yo pongo fin a la tertulia llenándoles de café las jícaras de porcelana que sostienen en sus manos negruzcas, huesudas, lampiñas y razonablemente temblorosas.

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X

JONÁS, EL CAZADOR DE OSOS

Un blanco castizo Como no hay regla sin excepción, no todos los blancos aventureros que vinieron a las lomas del Polo Norte en busca de oro y libertad se despeñaron en el abismo de la irreligión y la barbarie; algunos, aun de los castizos, han caído o van cayendo lentamente en una amistad íntima con el Misionero católico que tarde o temprano tiene el consuelo de recibirlos con júbilo en el regazo materno de la Iglesia. Tal ha sucedido aquí mismo en Kotzebue con el intrépido Tomasón, yanki de casi dos metros de estatura, borracho de fama, más exagerador que yo, holgazán a ratos y haragán cuando le place, pero gran sufridor de frío y trabajador como ninguno cuando se le antoja trabajar. Entre sus progenitores recuerda haber oído hablar de cruces entre franceses de Luisiana con escoceses de Georgia, que luego se cruzaron con razas advenedizas del Estado de Tejas en la frontera mejicana. Está seguro de que su abuela le llevó a bautizar una vez que pasó un Misionero Franciscano predicando y bautizando por los ranchos del distrito. A los siete años le mandaron a un pueblo donde había escuela y sacerdote; pero el sacerdote, irlandés, tenía la costumbre de dar mojicones a los chicos de la doctrina cuando hablaban o no atendían o no sabían responder. Los demás chicos aguantaban el chaparrón como podían; pero nuestro héroe tenía ya entonces por lema el "mírame y no me toques", y, como le seguían tocando, se escapó del pueblo y volvió a la casa paterna —un rancho o cortijo perdido en las llanuras de Tejas—, donde creció domando potros y atrapando serpientes de 91

cascabel cuyo veneno vendía a buen precio en una botica de la ciudad vecina. Su abuela le leía la Biblia algunas noches; pero él no la entendía y se dormía. La buena vieja le dejó por imposible. Lo único que Tomasón sabe de religión es esto: “No hagas a otros lo que no quisieras que te hicieran a ti”. Instrucción religiosa Su esposa Eunice es una señora dignísima. Baste para su alabanza afirmar que apenas habla en las conversaciones. No está aún bautizada, ni lo están las dos criaturas monísimas que tienen: Elena, de siete años, y Alfredo, de tres; pero, por causas que no hay por qué sacar a plaza, nos hicimos muy amigos y, con la gracia de Dios, los bautizaré a todos el Sábado Santo para que el Domingo de Resurrección reciban la sagrada Comunión y engrosen el rebaño de Pedro, cuyo Pastor no es otro que el mismo Jesucristo. Tomasón tiene la casa a dos kilómetros de la iglesia. Dos veces por semana, después de cenar, me calo las pieles y voy a instruirlos en la doctrina católica y en el espíritu y contextura de la Iglesia. Si hay tormenta, enfoco la linterna por el rastro que ya conozco a cierraojos y tomo un trote rápido que ya me es muy familiar. Si no hace viento y la noche es negra como el alma de Judas, entonces brillan las estrellas con fulgor y guiños alocados y camino con los ojos clavados en las constelaciones que rodean a las dos Osas y que ya me deben de conocer personalmente de tanto mirarlas. No hay peligro de tropezones: el suelo está nivelado por la nieve que ha barrido cien veces el vendaval. Si hay luna llena, o si el arco de la aurora boreal cruza todo el firmamento, entonces camino a paso de caracol y con una como sonrisa que nace de lo hermoso que se presenta el cielo ante mis ojos. Al llegar a la casa solitaria doy un bombón a los niños, me quito las pieles y me siento a escuchar a Tomasón, que tiene le 92

palabra por espacio de una hora, reloj en mano. Le tuvimos que limitar el tiempo porque al principio hablaba hasta media noche, y a ese paso no íbamos a ninguna parte. El cazador de osos Al terminarse la hora, tomo yo la palabra y hablo otra hora larga, al cabo de la cual me acosan a preguntas sobre lo explicado. Cuando todos quedamos satisfechos, cedemos la palabra al tío Jonás, un octogenario desdentado que no sabe a punto fijo dónde nació, porque sus pudres emigraron al Pacifico desde el Atlántico y él nació en el camino. Se escapó de casa a los 13 años, y a los 20 apareció en Alaska. La recorrió toda en las cuatro estaciones del año, y a los 40 años recibió del gobernador del territorio un diploma en virtud del cual quedó oficialmente capacitado para guiar turistas. En los 25 años que ejerció tan singular empleo, tuvo el honor de guiar partidas famosas de cazadores donde al lado de diputados y millonarios figuraban lo mismo el embajador chino que el campeón mundial de boxeo o un príncipe heredero de Escandinavia. Estas partidas de caza venían a entretenerse matando osos negros, osos blancos, osos pardos, y el famosísimo oso de Kodiak, el mayor oso de cuantos habitan el globo terráqueo, Sabido es que el oso se embute de carne y pescado durante el verano y luego pasa todo el invierno en la guarida subterránea medio dormido, sin atreverse a salir hasta que los rayos del sol de junio le obligan a desperezarse y a salir. Desde junio hasta octubre los osos van y vienen ya solos, ya en parejas, ya en colonias de media docena, La caza del oso de Pereda haría reír de lástima a este veterano descuartizador de osos polares que cuenta por cientos los encuentros con estos moradores de las selvas norteñas. De entre esos centenares de episodios que el tío Jonás se complace en repetir junto a la estufa de su vecino y amigo Tomasón, me ha parecido bien entresacar los siguientes: 93

Cacería peligrosa En una cacería se adelantó imprudentemente un novato cazador y se adentró en la maleza. Allí entre los árboles, se encontró a bocajarro con una osa y dos oseznos que le clavaron unos ojos descomunales. La osa regañó a los nenes que se encaramaron por un árbol con la rapidez de gatos monteses; y, mientras trepaban los hijos, la madre atacó de frente al violador de su clausura. Este, en tiempo para recapacitar, se aturdió, dejó caer el rifle y brincando atolondradamente se subió a un árbol gritando y chillando y pidiendo socorro. La osa dio bufidos rabiosos y empezó e trepar tras él. Del pico del árbol bajaban quejidos lastimeros que emitían los oseznos muertos de miedo. Resultó que el hombre se había subido al mismo árbol que los oseznos. La osa trepaba, los oseznos gemían y el cazador hendía los aires pidiendo ayuda. Los cachorros se agarraban tenaces a las últimas ramas que se cimbreaban escandalosamente; el pobre hombre les tocaba las patas con el gorro, y mientras gritaba, la osa se esforzaba por echarle abajo con unos zarpazos de mula por domar que daban miedo. Por fin le osa logró clavar las garras en el tacón de goma de las botas de agua y arrastró hacia abajo la pierna lo suficiente para clavar los dientes en el referido tacón. Entre tanto la copa del árbol se cimbreaba y bamboleaba y las fibras del tronco daban tales estallidos y sonidos de quebrarse que parecía inminente la hora en que todo el tinglado se iba a venir a tierra con una descomunal tortilla. Llegaron los compañeros justamente cuando la osa logró arrancar el tacón de goma que mordía furibunda, como si estuviera persuadida de que aquello era el aperitivo para el gran desayuno que tenía delante. Al llegar la comitiva se armó un jaleo indescriptible. Todos gritaban a una; todos se alborotaban; todos le daban los consejos más disparatados; ninguno hacía cosa de provecho; la osa molía con rabia el tacón refractario el molimiento, y entre tanta confusión el cazador cazado discurrió sacar la caja de rapé y volcar el polvo en los ojos de la fiera. Lo hizo como lo pensó, pero no surtió el 94

efecto deseado. El árbol seguía doblándose y rajándose. Entonces el tío Jonás se apartó del grupo y cuando estaba a un ángulo conveniente con el árbol, disparó el rifle. Le osa se desplomó y vino a tierra rompiendo y doblando ramas; y al caer recibió una granizada de balas que la dejaron inmóvil en un charco de sangre. A los oseznos, de pura lástima, los dejaron con vida. Cuerpo a cuerpo El boxeador de una expedición tuvo un encuentro célebre con uno. Mientras dormían al raso en una noche veraniega de luna, a eso de la media noche sintió el atleta que alguien le tiraba de las mantas. Abrió los ojos y se encontró debajo de la barriga lanuda de un oso que a él le pareció del tamaño de una torre. Dormía vestido, y lo único que se le ocurrió en su aturdimiento fue lanzarse al bruto y clavarle las uñas en el pescuezo. El oso no esperaba semejante saludo y quedó indeciso unos segundos, lo suficiente para que el gigante clavase de firme las uñas y se abrazase con el pescuezo de la fiera que comenzó a retorcer con muecas salvajes y palabrotas de cuartel. El oso se puso de pie sobre las patas traseras, movimiento favorable que aprovechó el atleta para tirarle de espaldas. Cayeron, la fiera debajo y el hombre encima, y éste puso los pies sobre las patas traseras de la fiera pura evitar que ésta lo destrozase con las garras. Una vez reducidas a la impotencia las garras posteriores el atleta se abrazó más íntimamente con la bestia cuyo pescuezo seguía oprimiendo. Los zarpas y garras delanteras hacían su oficio rasgando acá y allá desde las orejas hasta las costillas del gigante y lograron hacer jirones la ropa y destrozar una infinidad de tejidos musculares, pero cada vez con menos eficacia, porque al cabo de unos minutos más largos que siglos la fiera sacó la lengua, vidrió los ojos y entró rápidamente en un estertor agónico que despertó a todo el campamento. El tío Jonás se levantó el primero con el dedo al gatillo, y metiendo el cañón del rifle entre las piernas del boxeador, disparó y puso fin a aquel combate, tal vez el más parecido al de Urso con el toro germano del Circo de Roma. Al boxeador le curaron con hilas 95

y tintura de yodo. Una osa hambrienta Otra vez el tío Jonás, llevado de su instinto selvático, salió solo con el rifle y una caja de balas. Descubrió huellas de oso, y siguiendo el rastro tortuoso vino u parar a una espesura de arbustos y zarzas donde se encontró de repente con una osa gris que le atacó sin más formalidades. En general el oso no ataca al hombre a no ser en casos de hambre extrema o en defensa de una cría, o cuando el hombre toma la iniciativa y ataca primero. Por eso, cuando el oso ataca sin ser provocado, mala señal; lo mejor entonces es ponerse a salvo. Esta osa gris se le vino al tío Jonás como un toro de Miura gruñendo y enseñando una dentadura capaz de helar la sangre al mismísimo Terror. Sonó un disparo, mas la osa no se detuvo. Otro disparo. Otro. La osa cayó, pero se levantó rapidísima y volvió a la carga ya muy cerca. Dos disparos más, los últimos de la cápsula, y la osa volvió a rodar por tierra para volverse a levantar y a acometer con renovado furor. El tío Jonás puso pies en polvorosa seguido de la fiera, pero afortunadamente no tuvo que correr mucho. Debilitada por la mucha sangre perdida, la bestia cayó al fin para no volverse a levantar. Entonces el héroe sacó el cuchillo de monte y se puso a desollarla y abrirla en canal con el fin de averiguar por dónde habían entrado las balas. Una bala habla perforado el estómago, otra el cerebro y dos habían deshecho al corazón. ¡Y aquella osa había tenido vida y valor para gruñir y atacar sin estómago, sin cerebro y sin corazón! En el estómago no habla más que una rata casi entera y media docena de endrinas silvestres. Es decir, que la osa no se tenía de hambre. Además las garras estaban llenas de espinas de puerco-espín y lo mismo las fauces. Evidentemente la fiera en su hambre desesperada despedazó ciega al puerco-espín y se puso a devorarlo metiendo el hocico por la selva de espinas erizadas, lo cual, al par que la causó dolores agónicos, impidió que lograse sacar un solo bocado. 96

Cuando el oso no tiene hambre desesperada, vuelca con las garras al puerco-espín y le pone boca arriba. Una vez en esta postura, bastan dos zarpazos para matarlo. Sigue luego el banquete sacando bocados suculentos de aquella barriga tierna y palpitante. Para colme de infortunios, apenas dio comienzo el desuello de la osa moribunda, se le vino encima un osezno herido que se abalanzó a su madre ahora indefensa. Una puñalada fría y certera le puso fuera de combate. Al descuartizarle a él, vio el tío Jonás que una bala perdida le había atravesado los pulmones mientras seguía a su madre por la arboleda. No es, pues, extraño que atacase sin más aquella osa gris, hambrienta, enloquecida por el dolor de las espinas clavadas y con un hijo gordezuelo y guapísimo que no la dejaba ni a sol ni a sombra. Los osos viejos Cuando el oso llega a viejo y se le caen los dientes puede despedirse de la vida y dar por terminados sus días. Bien sabe esto el tío Jonás. El oso, para invernar, tiene que tener el estómago repleto y una capa de manteca que le suple de grasa todo el invierno. El oso que carece de dientes, no puede gastarse tales lujos y tiene que pasarse el invierno tiritando y rezongando en busca de conejos dormidos que traga enteros o a la caza de brotes de arbustos que nunca acaban de brotar. Un día muy brumoso de invierno caminaba cautelosamente en raquetas el tío Jonás y se paraba de vez en cuando a contemplar los árboles cargados de nieve que apenas podían soportar unas ramas encorvadas y blanquísimas que daban al todo un aspecto mágico y precioso. Llegó al borde elevado de un despeñadero y allá abajo en la blanca nieve resaltaba un manchón negro que se movía, grande sobre toda ponderación y de hechura indefinible. Un examen detenido le confirmó al tío Jonás en que aquello era un oso negro y no podía ser otra cosa. Pero ¿qué estaba haciendo? Era evidente que aquel oso no 97

estaba "haciendo el oso" así sin más ni más. Hozaba y escarbaba con muchos resoplidos hasta que logró meter le mitad del cuerpo en una cueva de la cual salió un oso pardo, mitad desperezándose de su sueño invernal, mitad enfadadísimo porque le habían despertado en lo mejor de la siesta. Salir de la cueva y verse sopapeado fue todo uno. El tercer sopapo dio con él en la blanda nieve, y el oso negro sin perder un segundo le agarró el cráneo y se lo aplastó como un disco de gramófono. Aquí el tío Jonás disparó, y la cuarta bala Inmovilizó al muy ladrón y asesino. Al desollarle y abrirle halló que el oso negro era un viejo sin dientes ni muelas y con un estómago vacío hasta de aire. El buen viejo olió la manteca del oso pardo que dormía en su antro cubierto de nieve y creyó que se iba a dar el gran banquete sacándole del escondite a viva fuerza. Un ladrón de trampas El tío Jonás aprovechaba la vida en las selvas para poner trampas y atrapar zorras con pescado y carne que ponía por cebo. En una ocasión se encontró con que las trampas estaban todas pisadas y sin cebo. Por todas partes se veían huellas de oso. Vuelta a poner las trampas en orden y vuelta el oso a estropearlas. La paciencia del tío Jonás es como la de Job, pero se ve que aun la paciencia del santo Job tiene sus límites. Dejando las trampas para mejor ocasión, siguió tres días los rastros del oso y al fin una mañana descubrió entre peñas a un oso gris tan corpulento que él mismo no quería creer lo que veía. Por de pronto el buen señor se escondió a más de 100 metros y cargó el rifle. El viento le era favorable, y el oso ni le vio ni le olfateó. Aguardando pacientemente un cuarto de hora tuvo la satisfacción de ver al oso majestuosísimo en la cumbre de una roca muy elevada. Sonó un disparo. Aquella ingente mole de carne viva rodó estrafalariamente unos segundos, pero se rehízo pronto y comenzó a morderse la herida, a rugir, a bramar, a saltar como un ciervo, a moler pedruscos con los molares y olfatear en todas las direcciones 98

con la cabezota elevada en busca del asesino. Este contemplaba agazapado aquellos acrobatismos de circo y admiraba mudo aquella escena bravía que a pocos mortales les es dado contemplar. Dejando manchones de sangre doquiera pisaba, el oso se fue contentando con movimientos cada vez más torpes, hasta que se desplomó para no volverse a levantar. Una autopsia con el cuchillo de monte dejó de manifiesto el hecho aterrador de que el corazón de la fiera estaba destrozado. Es decir, que al oso gris hay que dispararle o desde un árbol, o desde un escondite o desde un aeroplano; pero nunca de frente y cara a cara. Por haberlo hecho así dos indios fueron hechos morcilla por un oso blanco que llevaba siete balas en las entrañas, pero que no quiso morir hasta haberse vengado plenamente de sus asesinos. Le piel de este robador de trampas midió diez pies desde los cuartos traseros hasta el hocico. Por desgracia estas pieles valen poco en metálico, aunque desempañan un papel excelente junto a la cama cuando se entierran en sus lanas los pies desnudos. Escenas varias Nunca se sabe de fijo cómo se va a portar el oso, por no poderse nunca adivinar su buen o mal humor. Una vez pasaron por la tienda de campo del tío Jonás tres osos. Le pillaron descuidado. Pues bien, después de olerlo todo muy despacio, le dejaron en paz y se marcharon. En agradecimiento él no les disparó el rifle, mientras se alejaban en amigable compañía. Otra vez mientras encendía el cigarro vino un oso y le puso las zarpas en los hombros. Al volverse a ver quién era, el oso se bajó y le empezó a mirar con mucha curiosidad. Los dos se miraron y remiraron y ya iban a hablarse, cuando el oso se dio por satisfecho y se volvió tranquilamente a la espesura. Por fin, una noche cogió una linterna de minas y fue a visitar las trampas de zorros a dos leguas de su tienda de lona. Era de noche. Al doblar un árbol se vio enfrente de un oso, cuyo color no recuerda. La sorpresa y el miedo le paralizaron. Mientras se reponía del susto, como no tenla rifle, le dio al oso 99

un linternazo en los hocico, que hizo añicos la linterna y lo único que recuerda después es que cubrió las dos leguas en 40 minutos saltando troncos y vadeando arroyos y charcos lodosos, y que al entrar en la choza tardó media hora en recobrar el aliento y respirar con normalidad. En este capítulo nos hemos limitado a las aventuras del tío Jonás con osos alaskanos. En el capítulo próximo veremos cómo se las bandeó en los encuentros que tuvo con lobos carniceros en cuya vida y costumbres es él una de las autoridades de más peso aquí en las lomas del Polo Norte.

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XI

JONÁS, Y LOS LOBOS NEGROS DE REVILLAGIGEDO

Naufragio en alta mar En el capítulo pasado nos enteramos de las andanzas del tío Jonás en sus marchas y contramarchas a la caza de osos polares. Hoy le vamos a escuchar algunos cuentos sobre sus experiencias con los lobos negros de la isla de Revillagigedo en el sur de Alaska. Quiero estamparlos aquí pronto antes de que se me borren cien detalles que tengo frescos en la memoria por habérselos oído anoche. Tomasón habla ido a cortar leña al otro lado de la bahía helada. Eunice asintió complacida a las explicaciones que la hice sobre el Sacramento de la Extrema Unción, y, pasadas ya las ocho de la noche, sentados junto a la estufa debajo de una lámpara de gas, el tío Jonás atascó de tabaco la pipa negra y encorvada y comenzó así: ¡Qué angustias y zozobras las de aquella noche tenebrosa! Tenía yo entonces un barquito de remo que cargué con alimentos para un mes. Mi intención era penetrar en la isla donde sería fácil cazar linces, nutrias y tal vez alguna zorra azul. Aprovechando la calma del mar que parecía una pradera sin fin, me senté a los remos y me perdí de vista mar adentro remando a una velocidad digna de mi juventud y buenos puños. De pronto descubrí algo enorme que salió a flor de agua y se volvió a sumergir. Sentí un vacío en el estómago como al bajar rápidamente en el ascensor y el corazón me dijo que aquello no se presentaba bueno. Paré de remar y seguí con ojos de pánico la estela de algo 101

que se me acercaba en línea recta. La duda no duró mucho. A tres metros de mí vi venir una ballena que en el agua semejaba un espectro fantástico salido del infierno. Verla y verme por los aires fue todo uno; porque aquel monstruo marino pegó un coletazo al barco que lo mandó a las estrellas. Por el aire volábamos el barco, las latas de conserva, las mantas, la tienda de lona, el hornillo, los fardos repletos, las trampas, los remos y un servidor de ustedes. Todos vinimos el suelo en una granizada macabra; los remos a media legua uno del otro; las cajas y demás a pique; yo me hundí en el agua salada, y al rebotar y salir a flote vi junto a mí al barco ladeado que se iba cargando de agua. Debajo de nosotros abría sus fauces una profundidad oceánica insospechada. Vestido y todo, empapado como estaba, de dos arremetidas bruscas llegué a tocar al barco y le pude poner en facha y a flote, pero al subirme a él vi con pena que el agua me llegaba a la rodilla, y que aquello no era sino mi ataúd provisional hasta que una tormenta o galerna diera conmigo en las barrigas de los peces. ¡Qué fría estaba aquella agua! No me podía sentar ni podía tampoco echar el agua afuera, pues las manos se me entumecieron y en el barco no había quedado ningún bote. Ya iba atardeciendo. Después de chapotear nerviosamente como una media hora, comencé a temer y a desvariar y grité a todo pulmón hasta que enronquecí y mis gritos no eran sino gruñidos mortecinos de cochino que agoniza exangüe. Yo sabía de sobra que nadie me oía ni me podía oír, pero el instinto de conservación toma todas las medidas y precauciones por desesperadas que parezcan. El sexto sentido de los perros De repente, abrí los ojos y me vi en una cama blanda con una enfermera al lado. A la pregunta que le hicieron mis ojos casi fuera de sus órbitas, la chica me contó que los perros de una aldea costera ladraban de una manera rara en dirección a alta mar. Un buen hombre lo observó y quiso averiguar la causa echándose al agua con su gasolinera en la que llevaba un farol. Casualmente fue 102

e dar con un barquichuelo medio hundido en el que había un náufrago acurrucado, con el agua hasta el pescuezo, delirando y con todas las señales de una fiebre de mal agüero. El colofón de todo era verme yo ahora en el hospital donde pasé una semana. Pero no me arredré. Primero fui a la playa donde estaban estacados los perros que me salvaron le vida y les di una ración pingüe de pescado en agradecimiento al interés que mostraron por mi salud. Quedó averiguado una vez más que los perros tienen mejor oído que los hombres, y que un sexto sentido les enseña y dice la diferencia entre voces el aire y gritos implorando socorro. Pagada esta deuda de gratitud, volví a preparar mi excursión a la isla, y esta vez vi coronados mis esfuerzos con un exitazo sin precedentes. No hay que perder ánimo ni descorazonarse jamás. Ya en la isla, fijé la tienda en un valle poblado de árboles y rodeado de montes verdes en los que supuse que vegetarían verdaderos rebaños de ciervos. Dentro de la tienda instalé mi cocinilla en la que guisé una cena apetitosa que me supo e miel. Brillaban a porfía y parpadeaban las estrellas en el cielo diáfano que me pareció prenuncio infalible de un amanecer risueño; por eso, al envolverme en las montas medio vestido, encendí la pipa y chupé aquellas deliciosas bocanadas de humo que para mí son la mitad de la existencia. Pero, amigo, en Alaska ocurre siempre lo más inesperado. Al amanecer llovía a cántaros y me calé basta los huesos. Muy malhumorado y hablando entre dientes cargué con los bártulos y fijé mi residencia en una loma peñascosa y con buen arbolado. Aquí la suerte me empezó a favorecer. Al día siguiente tomé las trampas, cadenas, cebo, rifle y demás, y me subí a la cima del monte más próximo: un monte lleno de maleza con espacios descubiertos, donde pastaban ciervos y caribús, con rampas y hondonadas que tocaban las aguas mansas de una bahía sin marejadas ni oleajes alborotados. Más tarde pude ver que los ciervos se salvaban de los lobos huyendo veloces a esta playa y echándose a nado con una sonrisa socarrona muy graciosa. Mi intención no era cazar lobos. Entre otras razones, les tenía miedo. 103

Las cuatro «llamadas» de los lobos Aquel día descubrí huellas de lobo por todas partes. Por la noche no dormí ni creo que alma humana lo hubiera hecho si hubiera escuchado los aullidos lobunos que me martirizaron los oídos hasta la alborada. En noches como ésta pude identificar los aullidos lobunos de que tanto había oído hablar a no pocos cazadores veteranos. Los lobos del sur tienen tres clases de aullidos que denominamos "llamadas", por este orden: la llamada para congregarse; la llamada para comenzar la ronda en busca de la presa; y la llamada para lanzarse a matar. Estas llamadas las da siempre el jefe de la cuadrilla a quien todos los demás temen y obedecen a ciegas. En las regiones árticas, planas y cubiertas de nieve, los lobos tienen un cuarto chillido o llamada que no se ha podido identificar con certidumbre, pero que parece ser una expresión del sentimiento de soledad que los envuelve en aquellas noches frías de luna en que no se ven por los contornos ni árboles ni fieras ni aves ni señales algunas de vida. A estos lobos de las soledades árticas no se los puede matar a tiro, pues le ven a uno y le huelen a distancias fenomenales, y huyen; pero no por eso se les da por perdidos. Maneras da cazar lobos El eskimal afila puñales de dos filos que unta luego con aceite de foca y que tira acá y allá sobre la nieve como si quisiera deshacerse de ellos. El lobo pasa por allí más tarde olfateándolo todo hasta que da con el aceite. Oler y lamer es todo uno, y lamer y cortarse la lengua son también simultáneos. Al cortarse la lengua, los filos se cubren de sangre que el lobo se apresura a lamer hasta que toda la lengua queda hecha jirones. Debido a la mucha sangre perdida y a que el lobo ya no puede comer con aquella lengua hecha un flemón informe, se debilita y muere a los pocos días con ojos tristones y ademanes de dolor. O también se los caza de esta manera: se arregla una varilla de ballena y se hace con ella una bola poco mayor que una nuez. 104

Se la rellena con carne de foca y se unta todo ello con aceite también de foca. Los extremos de la varilla están sujetos por fibras o tendones de reno. El lobo se encuentra impensadamente con esa pella y la traga de un golpe. Al ser digeridos las fibras de reno se rompen, y la varilla salta y se desenrolla con tal fuerza que estropea el estómago sin que las contorsiones de dolor del lobo lo puedan remediar. Este lobo muere rabioso y desesperado y con unas ganas voraces de saber cómo diablos le ocurrió tamaño contratiempo. Esto tiene lugar en los contornos del Círculo Polar. ¡Buena caza! En la isla de Revillagigedo se nos ponen a tiro y no tenemos que recurrir a trucos. A los pocos días de vivir en la isla me familiaricé con la vida de los lobos, aunque sin verlos. Desde mi tienda de lona los oía perfectamente y seguía sus salidas nocturnas y sus reuniones carniceras. Por todas partes abundaban esqueletos de reno y caribú con huesos dislocados y arrastrados en un campo repleto de pisadas de lobo. Un día me escondí en un matorral. Como a eso de una hora de acecho descubrí dos brutos a menos de cien pasos. Ahuecando la palma de la mano junto a la boca imité la llamada al asalto y a matar y vi con asombro que por todas partes se movían matas hasta que toda la cuadrilla desapareció. Allí estaban, allí; pero yo los ahuyenté imprudentemente y no pude evitar esta expresión desalentadora: "¡la hemos hecho!". Ya me iba a levantar y a marchar cuando de repente vi, a treinta pasos de mí, dos lobos formidables. Apunté, apreté el gatillo y todos aquellos montes y valles repitieron los ecos del fogonazo. El lobo dio dos saltos y quedó tendido retorciéndose y agonizando. El segundo disparo tendió por tierra al otro, que huía como alma que lleva el diablo. Entonces vi con pasmo que todo el matorral hervía de lobos; algunos tan cerca de mí que los hubiera podido dar con una piedra; pero no eran piedras lo que querían aquellos parroquianos, sino balas, y balas les di. 105

El tercer disparo descostilló a un ejemplar parduzco, y ya no pude matar más. Nunca pude explicar cómo se me pudieron acercar tanto sin que yo no lo notase. Si hubieran sido anguilas invisibles no se hubieran escurrido por la maleza con más sigilo. En resolución, que desollé los tres lobos y cargué con las pieles que rindieron 60 pesos sólo de honorarios, pues es de todos sabido que en Alaska se dan 20 pesos de premio al que presenta un lobo, vivo o muerto. Acuciado por el amor al dinero y a las aventuras, me interné en la selva aullando y dando la llamada al asalto, pero los muy ladinos me insultaban desde sus escondrijos y no salían. No es raro que los alaskeños castizos hablemos a solas y hasta nos respondamos a nosotros mismos; pero cuando uno se pasa el día aullando... ¡malo! A los pocos días me dirigí al mismo sitio, pues me pareció improbable que todos los lobos hubieran abandonado el lugar. Hacía un viento terrible que doblegaba todo el arbolado en direcciones arremolinadas, tanto que me fue difícil averiguar de qué lado soplaba; pero me orienté, y rodando mucho me acerqué con el viento en mi favor. ¡Fuego a treinta pasos! Después de vadear un riachuelo me subí a un altozano desde el cual se dominaba una llanura cubierta de matas espesas, y allí mismo me vi, sin esperarlo, en frente de lo que creía ser por lo menos un hipopótamo. Miré el bulto con ojos de azor, que tales me los dio Dios, y me confirmé en que aquello era algo para mi desconocido. Lo espeso del matorral me impedía distinguir con precisión, hasta que el bruto mismo me vio y me miró y remiró y decidió nada menos que atacarme. Ahora ¡sí le conocí! Era un lobo negro de pelo reluciente — tipo raro— y de un tamaño superior al ordinario. Evidentemente él era y se consideraba el rey del distrito, y a ningún ser viviente le estaba permitido reinar con él. Ni dos soles en el cielo, ni dos reyes en el mismo reino, Se ve que aquel lobo tenía sus ribetes de filósofo; pero ¡cuánto mejor le hubiera ido en la vida si he hubiera dejado de 106

filosofías! El muy soberbio se cuadró, me enfocó los faroles rojos de sus ojos sanguinolentos, marcó un paso doble deliberado y firme en línea recta hacia mí, y venía, venía, fijos siempre en mí los ojos, impertérrito, bravo, valentísimo. Yo le miraba medio atontado basta que, al verle tan cerca, y que comenzaba ya a rezongar por entre los colmillos, decidí entrar en acción si es que estimaba en algo la salud y la vida, Enfrentados los dos a menos de 30 pasos, disparé. ¡Pobre filósofo! La bala le entró por los caninos y le salió por la nuca. La muerte fue poco menos que instantánea. Al verle tendido en la pradera me preguntaba cuántos renos y ciervos habría desjarretado y devorado. Para él, atacar y vencer habían sido siempre sinónimos. El último ataque fue un desacierto que le costó la vida. Otro buen ejemplar Estos triunfos inesperados me impulsaron a seguir adelante. Dos días más tarde cayó una nevada sin importancia. En cierto modo me alegré, pues así me era más fácil seguir los rastros. Salí al campo bien armado, y, al empezar a atravesar un riachuelo, descubrí nada menos que tres lobos juntos, pero a una distancia muy larga. Sin embargo, allí no quedaba más solución que disparar, pues ya me habían visto y me miraban atónitos, y cualquier movimiento mío los hubiera puesto en fuga. Disparé y vi con gozo que uno saltó por los aires y cayó herido de muerte, mientras los otros dos desaparecieron en la espesura. —Amiguito —le dije—, hincaste el pico ¿eh? Bueno, pues aguarda que encienda un pitillo, que para allá voy. Encendí un cigarro despacio; atravesé la corriente y me alegré de que las botas de agua me llegaran al muslo, afilé el cuchillo con una piedra, canté entre dientes y, al acercarme al lugar del asesinato, vi con rabia que el lobo había huido. Afortunadamente dejaba tras sí un rastro de sangre roja que campeaba mucho en le blanca nieve; rastro al azar y tortuoso; rastro laberíntico y sin límites aparentes como un tornillo sin fin que se retorcía por selvas, llanuras, lomas, espesuras, más espesuras, hasta que el sudor copioso me obligó sentarme y descansar. 107

Reanudé la búsqueda por aquel dicho rastro, que dio conmigo cien veces en el mismo sitio hasta que me puse de tan mal humor que ni yo mismo podía aguantar. Hice alto y decidí volver a mi tienda de lona. Al entrar en ella, ya muy de noche, llené el recinto de imprecaciones y maldije a todos los lobos nacidos y por nacer. El calcañar derecho estaba roído por la bota y este incidente acrecentó considerablemente mi mal humor. Tendido en mi saco de dormir medité despacio sobre la situación y saqué el propósito de poner en marcha las trampas; así, mientras ellas hacían su oficio, yo podía estar tumbado en la tienda fumando y leyendo Revistas de aventuras. Más lobos e la vista Aquel año trampas fueron un fracaso; pero fueron también una lección, pues es bien sabido que perdiendo se aprende a jugar. Con las mañas lobunas mejor conocidas, el otoño siguiente tuve mejor suerte. La trampa ideal e infalible no se ha inventado aún. La que mejor resultado me dio fue la siguiente. Se mata una foca y se la desuella. Una vez desollada, se la mete en la playa un poco dentro del agua, digamos dos metros. Encima se ponen piedras grandes que la apisonan y la sujetan en los vaivenes de mareas y resacas. Alrededor se arman unas seis trampas de dientes afilados. El lobo ve a la foca en el agua y se lanza a ella muy incauto y sin sospechar trampas que no huele por estar debajo del agua. Forcejea por sacarla y pisa en todas partes hasta que pisa en la trampa, que salta y le atenaza la pata en un mordisco fatal. Mientras más tira el lobo, más adentro se le meten los dientes de hierro de la trampa que está encadenada a una clavija imposible de arrancar. Así atrapé a más de una docena. En el monte hay que ingeniárselas de mil modos. Supongamos que damos con un rastro muy frecuentado. Pongamos tres trampas a un pie de distancia y en el lugar más estrecho. Los lobos van y vienen por el rastro y no pisan en ellas ni por casualidad, por más disfrazadas que estén. Pongamos un 108

zancarrón de ciervo bien untado con aceite de foca, y empedremos de trampas los contornos. El lobo se aceren de puntillas, se detiene, huele, mira, vuelve a oler, dice que aquello "huele a queso" y se marcha sin probar bocado y haciendo unas muecas muy burlonas. Pero esto no sucede siempre. Algunos son demasiado curiosos, sobre todo las hembras, y miran más de lo que debieron hasta que pisan en falso y caen. La trampa arrancada No se me olvidará nunca la aventura con uno parduzco, muy fiero y de enorme tamaño. Al visitar las trampas, hallé que faltaba una. El lobo pisó en ella y se le clavó encima de las garras. La escena que siguió debió ser algo digno de verse. Todo estaba pataleado y escarbado como si hubieran luchado allí un duelo a muerte dos elefantes indostánicos. La clavija de hierro, encorvada a manera de anzuelo, se resistió a ser arrancada, pero cedió a fuerza mayor y el lobo huyó arrastrando todo el tinglado. La clavija se agarró cien veces a raíces que se rompieron, a retoños que se doblaron y desmandaron, a ramas cortadas y secas que fueron arrastradas grandes trozos, a peñas que giraron y soltaron la presa, a matas, a árboles, a todo. Seis horas de trote por el rastro más cómico que he visto dieron conmigo en la cama más molido y atontado que burro de noria; pero esta vez no perdí la esperanza, y, mientras haya esperanza, no hay por qué llenar la tienda de imprecaciones. Luego que amaneció me eché al campo en persecución de la presa y me fatigué lo increíble por los cascajales de la playa y por todos los recovecos del distrito, sin pararme siquiera a comer, hasta que poco antes de ponerse el sol nos avistamos los dos: él en una cueva recién escarbada que le cubría medio cuerpo, y yo sudoroso y despeinado, jadeando, con unas barbas hirsutas de una semana, muy sucias, enfadado y con el rifle al hombro. Al mirarnos me enseñó las carreras de caninos blanquísimas por entre las cuales saltan truenos y relámpagos. Tenía el pelo erizado y los ojos eran das ascuas. El conjunto en un retrato al vivo 109

de rabia y crueldad salvajes nacidas de la desesperación. De pronto me vino un deseo inexplicable de perdonarle la vida. Tanto vigor y vitalidad, tanto esfuerzo por vivir, tanto amor a la libertad selvática en que se había criado merecían un fin menos trágico; pero luego reaccioné. Aquellas mandíbulas dentadas habían quitado la vida a docenas de ciervos, renos y caribús que no habían sido hechos para él, y hasta había tenido la ferocidad de arrancar a las madres sus crías indefensas y temblorosas que lloraban en vano mientras él se saciaba en aquella sangre inocente. Y le dije: —Amigo, esto no puede volverse a repetir. El que a hierra mata, a hierro muere. Un disparo bien puesto entre los ojos me hizo al punto dueño de aquella piel valiosa que tantos sudores me había costado. *** ¡Oh, quién tuviera tiempo y humor para seguir contando las aventuras del tío Jonás con los lobos de la isla de Revillagigedo! El buen viejo vive de los 35 pesos mensuales que le da el Gobierno por ser anciano y no tener arrimo. Casi todas las noches va a pasar el rato en casa de Tomasón, y es muy probable que antes de que muera le reciba yo en la Iglesia, por más que él se empeñe en dudarlo.

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XII

EL ESCOCÉS, NAUFRAGO EN UN CAMIÓN

Octubre, mes peligroso El mes de octubre, aquí, en las costas del mar glacial, es tal vez el más peligroso de los doce meses del año. En octubre se hielan los ríos y lagos y, antes de que se pase el mes, ya se hielan las costas cuanto se alcanza a ver a simple vista. Los que se ahogan en octubre, pasan el invierno debelo del hielo, llevados y traídos por las mareas, y aparecen en la primavera a flor de agua o bien a medio comer de los peces o embutidos como globos a punto de estallar. Los que se ahogan durante el verano, esos están como quieren. El agua juega con ellos un par de semanas hasta que se harta de juegos y los arroja a las orillas donde abundan las redes de salmón. Si quedan trabados en las redes cerca de la superficie, se los ve desde lejos y no asustan a nadie: pero si la malla los coge abajo, pegados a la arena, entonces el pescador al tirar de la red se ríe primero creyendo que cayó alguno de los gordos: y se lleva el susto mayúsculo cuando ve el ahogado en una postura como para dar miedo y terror al mismísimo sacamantecas. Se dan casos de ahogados que rompen el hielo y salen por el agujero tan campantes; y se dan casos de desaparecidos en el hielo que vuelven sanos y salvos y tan secos como si hubieran pasado la tarde trillando trigo en alguna era de Castilla bajo un sol de agosto. Era una vez un escocés… Una vez era un escocés que vino e Alaska donde, por más que ahorraba y más trampas que hacía, nunca logró amontonar tanto dinero como su codicia le pedía. Le ayudaba en el negocio un 111

hermano de menos talento, aunque tal vez más tacaño y ciertamente más tramposo si cabía. El escocés escribió a sus padres y éstos vinieron también al olor del negocio; pero ya iban envejeciendo y, poco antes de morir, se mudaron a Kotzebue, donde se bautizaron y murieron como buenos católicos. Los hijos achacaron la conversión a chocheces de la vejez aniñada y Siguieron trampeando en los negocios. Finalmente, el escocés arrendó en Kotzebue una casa, que convirtió en almacén. Los negocios le fueron bien y levantó por su propia cuenta un edificio sin igual al norte del Círculo Polar. Debajo del piso cavó una bodega de la que sacaba garrafones de aguardiente, que exhibía en un escaparate de última moda. Los eskimales se apelotonaban enfrente del escaparate y se relamían mientras leían los rótulos de aquellas botellas de color que contenían el famoso whisky, que beben todos los yankis dondequiera que se encuentren. Luego el escocés se metió en el negocio de la aviación comercial y compró tres aeroplanos que llevan y traen mineros, turistas y agentes del Gobierno y contribuyen a hinchar la bolsa como se hincha un balón. El negocio aéreo fue seguido de los llamados "ranchos de zorras" o criaderos donde crecen y se multiplican estos animales cuyas pieles, vendidas en Nueva York, también contribuyeron y contribuyen a hinchar un poco más la bolsa. Tras las zorras vino el transporte y el escocés fabricó un barco remolcador que tira de una cadena de balsas flotantes en las que se coloca la mercancía de los grandes barcos que se quedan a 50 kilómetros de la costa rasa y arenosa. Los aeroplanos necesitan un mecánico con carta de examen. El escocés levantó un edificio monumental en el que caben los aeroplanos y donde el mecánico los remienda y retoca hasta que están listos para emprender otro vuelo. Deseoso de atraer sobre sí toda la atención posible, el escocés trajo a Kotzebue primero una vaca, luego un toro, y últimamente una cerda con camada de cerdines remonísimos. Los eskimales, que jamás habían visto semejantes animales, se apretaban en grupos compactos alrededor del cuchitril y 112

chapurreaban en su lengua, mientras tenían clavada la mirada en la camada inquieta y bulliciosa. Jornaleros y ¡aguardiente! Todos estos negocios requerían muchos jornaleros. Docenas de eskimales trabajaban para el escocés. Trabajaban como negros. Trabajaban en las balsas, mojados hasta los huesos. Trabajaban en los almacenes, cargando pesos que les doblaban la espina dorsal. Trabajaban en la nieve, hundidos hasta la rodilla y soportando una brisa norteña poco menos que mortífera. Trabajaban siempre y cuando el escocés tenía algo que hacer, fuera donde fuese. Y esos trabajadores eran casados, con hijos famélicos y mal arropados. Muchos de esos trabajadores conservarán mientras viven las cicatrices que recibieron en reyertas nocturnas mientras estaban borrachos como uvas. El escocés no pagaba en dinero. A lo sumo pagaba con ropa —no mucha— o con alimentos, cuyo precio era el que al escocés le venía a la lengua, mientras lo empaquetaba y lo ponía en el mostrador. El escocés pagaba a sus obreros con aguardiente. Él lo compraba al por mayor y muy barato y lo vendía a 5 duros la botella "y si no lo quieres, déjalo". No, de sobra sabía el escocés que el eskimal no lo dejaba. ¡Déjalo! ¿Acaso el perro hambriento deja el hueso carnoso que le pasan por el hocico? La bolsa del escocés se iba hinchando en términos no soñados. Había descubierto el secreto del aguardiente, y a él se había agarrado el escocés como el ahogado a un clavo ardiendo. ¡Pobre Kotzebue! Los sábados por la noche, que era cuando los obreros cobraban, apenas se podía andar por la calle sin topar borrachos que tiritaban de frío. Dando un paso más, el escocés había adquirido un motor eléctrico potentísimo, que iluminaba el escaparate de licores y convertía en ascuas las letras de su nombre sobre le puerta de entrada. Aquel almacén era el centro sobre el cual giraba la vida de Kotzebue.

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Pública subasta Murió un minero sin hijos Y se vendieron sus bienes en pública subasta. Como había tenido una tienda hacía algún tiempo, la casa estaba llena de objetos muy apreciables con un ajuar bastante decente. Todos fuimos allá a echar nuestro cuarto a espadas. Todos esperaban comprar alguna cosilla que vendría de perlas en la cocina, en el dormitorio, en el corral; sabe Dios donde. Yo metí diez duros en el bolso, y fui dispuesto a volver con algo que me fuera de provecho, pero no había contado con el escocés. Este se sentó junto el pregonero. —¿Hay quien dé más? —preguntó el buen hombre con voz ya ronca; y el escocés le compró casi todo ofrecido diez céntimos más por cada objeto. Yo compré cerillas, una lata de turpeutina y un metro. Por la noche el escocés tomó el camión y en varios viajes trasladó la tienda subastada y la acomodó en su almacén. Hasta este año no tenía más que un camión. Este año trajo dos tractores orugas que se ríen del barro y de la nieve. Todos los días le veía yo por mi ventana, que da al campo de aviación. El escocés, risueño y rechoncho y rodeado de eskimales, daba órdenes acá y allá, y se movía, y volvía a dar órdenes, y estaba al mismo tiempo en cien sitios; siempre sin gorro, a pesar del frío, sin guantes, con unos zapatos remendados y llena la cabeza de planes y negocios. Aquel hombre no comía, ni dormía, ni descansaba. Su vida era moverse, y trabajar, y calcular, y reventarse. No leía ni menos escribía aunque sabía hacerlo. No entendía de música, ni de política, ni de ciencias. No creía en Dios ni se preocupaba de si existía o dejaba de existir. Su dios era el dinero. Digo mal; su Dios era hacer dinero. Parece que le abrasaba interiormente una fiebre activísima de hacer dinero a toda costa, Casado por lo civil con una mujer no bautizada, era padre de tres niños varones majísimos, pero no bautizados. El verano fatídico Este verano el escocés tuvo mala suerte. Todo le salió mal. La 114

mejor balsa se le hundió. El remolcador quedó aprisionado en el hielo, antes de que pudiera ser puesto a salvo. El Gobierno tasó los aeroplanos privados por las nubes. Centenares de toneladas de mercancías quedaron a 200 leguas de su destino por la rapidez con que vinieron las heladas que asfaltaron las bahías, etc., etc. Sin embargo, estos contratiempos pecuniarios obraban en el escocés de manera original. En vez de enseñarle a resignarse con lo inevitable, le espoleaban a desquitarse cuanto antes y a seguir sacando ganancia costase lo que costase. Menos sueño, más actividad, más aguardiente a los obreros y una vida en fin más perra que la de los mismos perros. El domingo pasado me sentí yo un Savonarola resucitado y prediqué un sermón contra la borrachera y sus causantes que levantaron ampollas. Una familia, a raíz del sermón, apostató. Es una familia formada por borrachos, ladrones, embusteros y tramposos, todo en uno. Con esa poda creo hemos ganado un poco. Otras familias quedaron atónitas un par de días y luego reaccionaron favorablemente. Otras, las buenas, me dijeron que ese sermón debía imprimirse y clavarse en las puertas de las casas. El escocés se enteró despacio del contenido del sermón. ¡Dios santo, qué cosas le dirían algunos de estos eskimales y mestizos embrutecidos! Luego se sentó por primera vez en su vida, y recapacitó. Al poco rato se levantó y dijo entre dientes que yo era un embaucador y un fanático y ya en voz alta aseveró que él seguiría pagando jornales con aguardiente, venga lo que venga. Esto era el lunes. Catástrofe en el hielo El jueves tomó el camión lleno de obreros y los llevó sobre el hielo a trabajar en el remolcador. Trabajaron todo el día los obreros y volvieron a pie por la noche. Al día siguiente, viernes, muy de mañana, el escocés tomó a un eskimal en el camión y se dirigió a ver la obra del día anterior. Por el camino, encontró a un blanco, católico, y le invitó e dar un paseo en el pescante. El blanco subió, se sentó en el pescante junto al escocés, que guiaba, y se metieron hielo adentro por la 115

bahía. El eskimal iba atrás, el aire libre. De pronto, ¡plas!, se quebró el hielo y el camión se hundió con la rapidez de una flecha. El eskimal dio un salto y cayó sano y salvo sobre el hielo. Del boquerón abierto por el carro sumergido salían a borbotones burbujas funestas que le llenaron al eskimal de pavor. Reaccionó luego y corrió al remolcador, donde encontró una piqueta con la cual volvió al lugar de la catástrofe. El católico blanco era un nadador de fama. A pesar de los abrigos de pieles nadó lo mejor que pudo, después de haber descerrajado la puerta del camión y subió a la superficie, donde respiró con ansia; pero al agarrar el borde del hielo, se le resbalo la mano y la corriente de pleamar le metió debajo del hielo. Nadó al azar en busca del agujero, que no lo podía encontrar. Cuantas veces intentaba salir a flote, tantas se levantaba un chichón en la frente contra el hielo. Entonces, viendo que le había llegado la hora, hizo un acto de contrición en menos de un segundo y, exhausto de fuerzas, se iba a dejar hundir; pero el amor a la vida le hizo sacar fuerzas de donde no las había y le conservó tapada aquella boca que ya no podía estarlo más sin estallar, hasta que llegó el eskimal con la piqueta y empezó a huronearlo todo con ojos que reventaban de ansiedad. A más de veinte pasos del agujero vio unos brazos que rozaban al hielo. Abrió un agujero en menos que se tarda en contarlo, y por ese agujero metió el blanco una mano, que agarró el eskimal. Sin embargo el agujero no era lo suficientemente ancho para los hombros. Mientras le sujetaba con la mano derecha, cavaba los bordes con la izquierda. El blanco se agarró a un pie del eskimal y entonces éste pudo sacarle con solo gatear. Cuando el blanco se vio sobre el hielo cayó desplomado. Una hora más tarde, bien tapado con mantas en la cama, me contaba con todos los pormenores le historia del suceso. Cuando el hielo se resquebrajó, el escocés dijo con voz de pánico: —¡Ay, abre la ventana!— La abrió, claro está, el blanco, o mejor, la descerrajó; pero era la ventana de su lado. El escocés aprisionado entre el volante, el asiento y la ventana, no tuvo tiempo de salir. 116

En busca del náufrago Dos horas más tarde, todo Kotzebue se trasladó al agujero y yo con la multitud. A eso del anochecer lograron que los garfios prendiesen en el carro y lo sacaron a flote; pero el escocés no estaba dentro. Estudiando a curso de las mareas, conjeturaron el paradero del cadáver, y con sierras, hachas, palas y otros instrumentos cortantes cruzaron de redes y alambrados todas las entradas y salidas de la bahía. Muchas personas abrían agujeros y metían y sacaban anzuelos lo mismo que hacen para pescar peces. Todos se reían y se divertían en la búsqueda, como si se tratase de una cacería de liebres o estuviesen acorralando alguna ballena gigante. Yo no podía estar más taciturno. De vez en cuando me daban escalofríos. Dios aguanta con una paciencia verdaderamente divina; pero cuando le llega la hora de dar el palo, ¡ay, entonces! lo da con un tino que no le puede fallar. Aquella noche fui a consolar a la viuda. Al verme rompió a llorar desconsoladamente y me dijo entre lágrimas y suspiros: —¡Ay, qué horror, Padre! ¡Ay, qué horror! ¿Verdad que ya está en el cielo? A mí no me cabe la menor dude. ¡Con lo bueno que era! No tenía más que un defecto, y es que era demasiado bueno, ¿Verdad, Padre, que ye está en el cielo? En mi vida de estudiante me preguntaron con frecuencia los profesores preguntas capciosas que me dejaron boquiabierto; pero nunca me vi en tales apreturas para responder como aquella noche en la cocina de la viuda del escocés. Consecuencias del suceso La visita, con todo, no pudo ser más provechosa, La viuda me rogó bautizase a los niños. Ella quiere venir a instruirse y luego la bautizaré. Mientas el escocés vivía y amontonaba dinero, nadie pensaba en Dios ni en instruirse y menos en bautizarse. Ahora, al ver cómo todo se lo llevó la trampa; al ver el almacén revuelto y en desorden; los aeroplanos con las alas cubiertas, como si estuvieran durmiendo la siesta; los ranchos de zorra en manos de arrendatarios, que robarán todo lo que puedan; 117

los negocios paralizados; los niños huérfanos y ella viuda; al ver todo esto, se convenció de que esta vida es un sueño; que hasta hoy había estado viviendo de comedia y que lo único que al escocés le valdrá ahora es lo bueno que hizo, mientras que lo malo le perseguirá hasta que pague el último cuadrante. El menor de los niños no tiene más que cuatro meses. Voy a esperar a que la madre esté dispuesta, para bautizarlos luego a todos el mismo día. Entretanto el cuerpo del escocés es llevado y traído por las mareas debajo del hielo. Me parece estarle viendo flotar perezosamente, rodeado de pececillos curiosos y hambrientos que tendrán que habérselas primero con las pieles antes de llegar a la piel, ¡Qué visión tan cruel y horripilante! ¡Pobre escocés; iba e continuar pagando jornales con aguardiente, a pesar de todos los pesares! Ayer di un paseo por la baída sobre la cual hormigueaban hombres y mujeres, niños y viejos, todos abriendo agujeros en el hielo y sondeando con anzuelos en busca del cadáver. No lejos del remolcador había una fogata donde asaron un reno que devoraron entre carcajadas y chistes para continuar luego la pesca del cadáver. Un eskimal que parecía estar muy fatigado con la sierra, me la cedió y también yo arrimé el hombro. Toda la bahía está surcada por canales a lo largo de los cuales se extienden redes de las que prenden anzuelos dispuestos a hincarse en una oreja del escocés y sujetarle hasta que den con él los centinelas. Cuando ahora miro por la ventana que da al campo de aviación, ya no veo al escocés, risueño y rechoncho, rodeado de eskimales que le obedezcan a sola una señal. Lo que sí veo es el camión en que se ahogó, con una ventana destrozada y todo él cargado de carámbanos, mudo y quieto, como una guillotina que acaba de funcionar y yace ahora en un rincón de le cárcel. La rapacería no las tiene todas consigo. Por la noche no se atreven a pasar por delante de la bahía. Temen que de los abismos del mar y a través del hielo, salga la voz del escocés implorando auxilio, con lamentos y suspiros lastimeros, o que salga vivo por alguno de los agujeros y corra tras ellos con los ojos muy abiertos y los brazos extendidos. Estoy viendo que este invierno van a circular los rumores más curiosos y extravagantes. 118

Apuesto la cabeza a que al escocés le ven por la bahía en las noches oscuras de invierno por lo menos veinte personas cada noche.

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XIII

LUIS, EL BALLENERO

Los barcos del verano Estaba yo ayer sumamente deprimido. Todos los veranos se nos envían de los EE. UU. las provisiones necesarias para el invierno de nueve meses que pasamos aislados del mundo civilizado. A Kotzebue no arriban más que dos barcos. El barco de agosto no trajo nada para la Misión católica. El de septiembre llegó a fines de mes y tampoco trajo nada. Ya no hay más barcos hasta el verano del año que viene. Dentro de un mes llegarán cartas llenas de excusas y repletas de perdones asegurándome que las provisiones —por equivocación— se pusieron en un barco que no hacia este recorrido, y me sugerirán cien medios para que me las arregle en los almacenes locales aunque el precio sea el triple. Las cartas terminarán con las frases obligadas de que semejante desconcierto no volverá acaecer. Todo esto es cosa que sabemos de corrida los Misioneros de Alaska donde no se puede esperar otra cosa. Los Misioneros de fin de siglo dieron la definición más perfecta de Alaska que se puede desear. “Alaska —dijo el P. Yetté— es una case de locos sin guardas”. Todos hemos venido riendo esta definición y declarando que le encaja como anillo al dedo. A falta de provisiones para el invierno llegaron nada menos que 70.000 botellas grandes de cerveza y barriles de aguardiente por valor de 15.000 dólares. Todo esto para una aldea de 350 eskimales. Las dos tabernas y los dos almacenes de la playa me aseguran que para el verano próximo no quedará ni una gota. Y, sin embargo, Dios no envía otro diluvio. Tal vez no es el mundo tan malo como nos lo imaginamos. El barco también trajo cartas de los pueblos costeros, 120

En una carta se me dice que el vaporcito de Jorge volcó junto a la playa. Todos nadaron y se salvaron menos Farruco, que estaba hinchado de aguardiente y se ahogó riéndose y diciendo majaderías. Todos estaban un poco tomados, pero el susto les hizo avisparse y salir a flote. Los rapaces de Farruco quedan a merced del que los quiera recoger. La borrachera va a acabar con esta región ártica en menos de dos generaciones. Las aventuras de Luis Pues cuando estaba yo rumiando estos percances, entró en mi casa el bueno de Luis, que perdió una pierna hace dos años y anda en muletas. Nació en Prusia hace 65 años y lleva más de 40 en el norte de Alaska. Se hizo católico cuando se levantó esta iglesia y me visita por las mañanas cuando hace buen tiempo. Mi depresión le hizo reír. Cree que yo vivo como un príncipe. Tengo buena salud, casa bien retejada, dos estufas, ropa, estoy a dos pasos del almacén, ¿qué más quiero? Yo no he visto penalidades y sufrimientos. En la primavera de 1912 iba él con su gasolinera camino de Teller, a 100 km de aquí. De la playa salían quejidos apenas audibles que por la repetición incesante mostraban venir de personas y no de aves o pajarracos raros. Hizo alto, miró detenidamente y divisó algo que le llamó la atención. Los quejidos cesaron. Como la playa estaba cubierta de una sábana de mosquitos, se arredró y decidió seguir. Los quejidos se reanudaron. Llevado del instinto de protección que tanto predomina aquí en Alaska, viró en redondo y encalló en la arena. Entre los arbustos, medio comidos de mosquitos, había tres hombres. Uno acababa de fallecer; los otros dos eran esqueletos vivientes. Habían salido de casa hacía un mes con un mollete de pan cada uno. Les cogió el deshielo en un islote y allí se habían pasado 30 días comiendo brotes de arbustos como cervatillos silvestres. Ya en la gasolinera los dos supervivientes se arrojaron sobre el pan y el azúcar con toda la furia del instinto animal represado durante un mes de agonía. No comían como hombres; parecían perros. Y aun este caso no es de mucha importancia que digamos. 121

Luis ha visto casos mucho peores. Flotilla ballenera En 1897 trabajaba él en una ballenera que daba le vuelta a las costas del mar glacial. Antes de llegar a Point Barrow vieron venir del Polo Norte bloques y más bloques de hielo, tan grandes como cerros, que crecían y crecían hasta que toda la superficie visible quedó apresada en una cordillera de hielo, que se movía en direcciones desconocidas. Las 15 balleneras, que componían la flotilla, se vieron aprisionadas de esta manera imprevista y, aunque algunas fueron aplastadas por bloques que se movían en direcciones encontradas, otras se solidificaron con el hielo sin sufrir desperfectos de mucha monta. Marineros antiguos aseguraron que habían oído cien veces de vapores desaparecidos en circunstancias similares y pronto cundió el pánico por la tripulación. La costa estaba a unos 50 kilómetros. Lo mejor sería cargar con las más provisiones posibles y caminar sobre el hielo camino de tierra, antes que el hielo en movimiento los apartara demasiado. Así lo hicieron. Eran 35 marineros. Al caminar hacia tierra, cargados de provisiones, se rajó el hielo y ellos, aturdidos, se desparramaron en todas direcciones. La raja se alargó indefinidamente y aisló un bloque de un kilómetro cuadrado, en el que había 19 marinos. Este bloque empezó a moverse hacia el norte camino del Polo. El otro bloque se movía hacia la costa. Cuando ye estaban cerca de tierra firme oyeron unos disparos que venían de alta mar. Requirieron los prismáticos y pudieron ver que todos y cada uno de los 19 infelices se habían suicidado, desesperanzados de salvación en su forzada ruta camino del Polo. Allí quedaron para pasto de osos polares y de morsas de colmillos gigantescos. Reveses de la expedición Las dotaciones de otras balleneras corrieron suertes parecidas y a fin de cuentas vinieron a reunirse en aquellas playas 122

solitarias cerca de 100 hombres. No había entonces telegrafía sin hilos ni con hilos. El mar se había helado, y el único medio de comunicación era el trineo. Andando, andando, llegaron exhaustos a una aldea donde requisaron los perros necesarios para dos trineos. Media docena de voluntarios se pusieron en marcha hacia el sur y allá por las Navidades llegaron al Yukón y más tarde a Bethel en el río Kuskakwim. La expedición sufrió reveses que llenarían una enciclopedia, pero lo mejor del caso es que lograron pintar la situación con colores tan vivos, que del interior llevaron un rebaño de renos a los miserables desterrados en la costa polar. Los renos llegaron cuando ya apuntaba la primavera y cuando ya no quedaba nada que comer. Aquel invierno fue el peor que Luis pasó en los 45 años que lleva en Alaska. Varios marinos murieron, mitad de hambre, mitad de tristeza, con una buena dosis de frío entre las dos mitades. Al llegar el verano arribaron del sur embarcaciones de refresco y se hicieron de nuevo a la mar en busca de ballenas. Fue un año malo. Tuvieron que adentrarse hasta la Bahía de la Demarcación, en la frontera alasko-canadiense y, por mucho que atizaron las calderas, les volvió a coger el hielo antes de doblar Point Barrow y quedaron allí otro invierno de nueve meses. Menos mal que eran casi todos jóvenes aturdidos y alocados; una persona sensata hubiera muerto de desesperación. Este segundo invierno les fue mejor. Las hembras del rebaño de renos habían dado crías y esto les salvó la vida. Para defenderse contra la escasez de alimentos decidieron dividirse en tres grupos separados no más de 25 kilómetros. Así podían cazar en un territorio más extenso que debía de dar para todos. Huracán ultraterreno En el grupo de Luis había 32 marinos. Los días que hacía bueno, jugaban al balón sobre la nieve. Una tarde, mientras se divertían los dos equipos, el sol se oscureció y vino sobre ellos una nube negra, impelida por un huracán ultra terreno. Luis vio la nube 123

y sin pararse a contemplarla puso pies en polvorosa y logró llegar al barco, que estaba apresado entre el hielo y el acantilado. Otros cinco jugadores hicieron lo mismo y también llegaron a tiempo. De pronto se vieron envueltos en una oscuridad de media noche, azotados por torbellinos frigidísimos que se sucedían con una regularidad irritante. Pasaron más de tres horas. El huracán amainó y, aunque no lució más el sol, sin embargo tenían luz más que suficiente para distinguir los objetos. Salidos de los antros del barco se pusieron a buscar a los jugadores. Anocheció y no pudieron encontrar a ninguno. Al día siguiente los fueron encontrando uno a uno tendidos en les posturas más grotescas, todos en cueros, todos helados. Es une regla sin excepción. Los extremos se tocan. Al helarse la víctima siente una sensación de fuego abrasador, e inconscientemente se despoja de sus vestidos o los rasga enloquecido. Aquellos 17 infelices estaban tiesos como hierro. Habían corrido alocados camino del barco, pero la nube negra los envolvió, y ellos, hartos de correr a bulto, tomaron las direcciones más inesperadas y corrieron, corrieron ¿quién sabe cuánto corrieron? hasta que se les entumecieron las coyunturas de los huesos y cayeron para no volverse a levantar. Faltaban otros dos. Después de tres horas de pesquisas inútiles llegaron a una caseta destartalada y allí los encontraron. Uno estaba helado. El otro yacía tendido con una costra de hielo en el chaquetón alrededor de las narices. Sonrió a los visitantes y les aseguró que se encontraba sin novedad. —Pues, levántate y vemos —le dijeron. Hizo por levantarse, pero no pudo. Le trasladaron penosamente al barco y allí le desnudaron en un cuarto tibio. Todas las extremidades del tronco heladas. A los diez minutos la gangrena llegó al corazón y se les murió en los brazos sin saber él que se moría. La chimenea humeante Tantas muertes y tanto desastre le impresionaron a Luis lo 124

suficiente para que propusiera allí mismo en aquel cuarto tibio darse de baja en las expediciones balleneras sucesivas. Un día de verano vieron en el horizonte una chimenea humeante que se acercaba. Reconocieron el barco y se llenaron de alegría. Esperando hallar en él ropas de refresco hicieron un montón de las ropas sucias que tenían y las prendieron fuego. Cuando llegó el horco, que les enviaba la Compañía pesquero, hallaron que el capitán había traficado con las ropas y había adquirido pieles finas a lo largo de la costa. Hubo un conato de motín que no llegó a madurar, porque el capitán en cuestión, buen conocedor del paño, se llevó el revólver a las sienes y se suicidó. El buen hombre creyó que era más honorable suicidarse que morir descuartizado por los airados marineros. Luis se encaminó a las minas de oro del Klondike y no volvió a poner el pie en ninguna ballenera. Camino de las minas se enteró vagamente de que había habido una guerra entre los EE. UU. y España y de que ya se habían firmado las paces en Paris, A él, prusiano de nación, le importaba un bledo quién se quedaba con Puerto Rico y las Filipinas de las que apenas había oído hablar. Cuando terminó esta serie de historias me pareció en efecto que yo vivía como un rey. ¡A todo hay quien gane! Mis eskimales y la religión Pregunto a Luis si cree que los eskimales entienden las explicaciones catequísticas y me responde que lo duda mucho. ¡Qué cuesta arriba se les hace la religión católica! El protestantismo es fácil. Los protestantes creen lo que se les antoja y dejan de creer lo que no les viene bien. Y nadie los molesta por ello. Tampoco ayunan ni se abstienen de carne. Tampoco se confiesan; y, cuando van a la iglesia, van a las tres de la tarde. Nada de madrugar para ir a Misa ni de ayunar antes de comulgar. No comulgan. En muchas sectas ni siquiera se bautizan. Y sin embargo el mundo los tiene por personas cristianas y tal vez en un nivel más elevado que a los católicos. El eskimal va de pasmo en pasmo cuando escucha el Evangelio. El vocabulario es abstracto y por demás exótico: "absolución, consagración, penitencia, eucaristía, comunión, 125

Ascensión, Corpus Christi" y tantas otras. El misterio de la Encarnación es de tal calibre que los deja atolondrados. Insistir en que San José no es el padre de Jesús es quererles hacer comulgar con ruedas de molino., Le eucaristía es para ellos cosa tan nueva que duda uno mucho si realmente se hacen pleno cargo de lo que reciben cuando comulgan. Y aunque ellos responden que sí, esa respuesta afirmativa no prueba nada, pues a todo responden que sí, cuando no responden “quién sabe”. De la Trinidad no hablemos. Y ¿qué decir del misterio de la redención en el que radica el santo sacrificio de la Misa? El pecado original les trae sin cuidado; allá Adán se las apañe; ellos no estaban allí; además les importa un comino venir de Adán o no venir. Al comparar esta actitud con las disquisiciones metafísicas de los teólogos no puede uno menos de reírse con una bondad exagerada. Verdaderamente que la mitad del mando se ríe de la otra mitad. Muchas veces me asalta el temor de que estos indígenas vienen a la iglesia porque en ella hay buena luz, buenos bancos, una estufa casi al rojo y gente conocida a quien mirar. Pero Dios les tiene paciencia y los ama y quiere estarse aquí con ellos; y si Dios obra así, él tendrá sus razones. Lo lógico para nosotros es imitar a un DIOS tan bueno y tener paciencia recordando que el Catolicismo no lleva aquí más que nueve años de existencia y que ha tenido que dispersar tinieblas espesísimas que se habían venido espesando en el rodar de los siglos paganos.

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XIV

JORGE, Y SU FE DE BAUTISMO

En busca de aventuras Los que hablan de la encantada India no han puesto jamás los pies en Alaska, el país tal vez más encantado del globo. Todo aquí está encantado: el suelo nevado, la mar helada, las fieras descomunales y los hombres originalísimos que encuentra uno al volver de cada esquina. Jorge, por ejemplo, puede aventajadamente compararse con el más majo y envalentonado que nos han dejado en sus páginas humorísticas los costumbristas de profesión. Ayer me habló toda la tarde. Su relación puede abreviarse lo suficiente para que la contengan con desahogo las reducidas páginas de un artículo. Cuando apenas había cumplido quince abriles, Jorge se marchó de casa una noche lluviosa y no volvió a saber ni de su padre ni de su madre. Se marchó porque en casa le hacían trabajar y levantarse temprano, y no le daban permiso para juntarse con quien quisiese, cuando y como quisiese. Llegó al puerto marítimo de Seatle, y allí se metió en las bodegas de un barco mercante que, al día siguiente, zarpó para Australia con escalas en Japón y Nueva Zelanda. Ya en alta mar le descubrieron y le pusieron una pala en las manos. Un oficial le condujo a las máquinas y Jorge se vio frente con un montón enorme de carbón. Pero le daban tres comidas al día y dormía por lo menos ocho horas. En Australia le gustó el puerto de Brisbane y saltó a tierra. Se paseó por las calles céntricas hasta que no se tenla de hambre, y, como acertase a pasar por los escaparates de una fonda, se paró ante los cristales y clavó los ojos en un mazapán recién hecho. Tanto tiempo estuvo mirando al mazapán que el fondista salió y le 127

preguntó si quería trabajo. Respondió que sí, y el fondista le llevó a la cocina donde había una torre altísima de platos por lavar. Jorge lavó y secó platos dos meses arreo, hasta que al verse con traje y zapatos nuevos, se marchó de la fonda sin decir nada y se dirigió al muelle donde halló un barco mercante a punto de levar anclas. No supo ni de dónde era el barco ni a dónde iba; pero eso a él ¿qué le importaba? Se escabulló como pudo y se metió en las bodegas del barco. Resultó ser un barco belga que iba para Ostende por el Estrecho de Magallanes. Descubierto Jorge en las bodegas, cuando ya estaban en alta mar, le preguntaron en francés qué hacía allí. Jorge era yanki y no entendió. Había en la dotación un canadiense que sabía una letanía enorme de palabrotas inglesas, y con él se entendió. Jorge tuvo que empuñar de nuevo la pala y desarrollar los bíceps en las máquinas. En Ostende se echó a la calle y en menos de una semana vio las ciudades de Lieja y Antuerpia. Volvió a Ostende y logró meterse a escondidas en un barco mercante canadiense, donde tuvo que ganar el pan con el sudor de su frente y los callos de sus manos echando carbón en el horno de las máquinas. A través de los Estados Unidos En el Canadá no se detuvo mucho. Cruzó la frontera por Detroit y se vio de nuevo en los Estados Unidos. Estaba a 2.000 kms, de Seatle, a donde pensaba dirigirse y no tenía un céntimo. En la estación observó que cada hora salía un tren para el oeste. —Facilísimo— se dijo, y se subió a un vagón cargado de maderos. Al anochecer, paró el tren no sé dónde y fue descubierto por un guarda-agujas que le prometió dejarle continuar si le daba dos pesos para aguardiente, Como nadie da lo que no tiene, el guardaagujas se malhumoró y le echó de entre los maderos, dejándole con las manos en los bolsos sobre un suelo mojado y en una estación raquítica, donde no podía moverse sin que viese todo el mundo. Cenó mondas de naranjas que abundaban en un basurero y al amanecer logró subirse a un vagón para ganado, que iba vacío. Es 128

decir, iba vacío de ganado, pero acurrucados en las esquinas iban siete vagabundos de profesión. Viajó con ellos todo el día y toda la noche. Al amanecer los descubrió un empleado y les conminó pistola en mano a que escogiesen entre darle una peseta cada uno o bajar del tren inmediatamente, Por fortuna parece que todos llevaban una peseta, pues accedieron a pagarla y ser dejados en libertad de seguir sin ser molestados en adelante. Jorge no tenía ni un céntimo, pero se calló y, como si nunca hubiera roto un plato, se fue descuidadamente colocando hacia el fin de la cola. El empleado iba cobrando uno por uno y contando escrupulosamente los centavos, mientras los vagabundos renegaban y se revolvían como tigres hostigados en una jaula. Al llegar el turno a Jorge, éste abrió unos ojos escrutadores y airados y le dijo secamente al empleado: —¡Cómo! ¿Pagarle yo dos veces? El empleado volvió a contar lo cobrado y allí no había más que siete pesetas. Faltaba una. Los demás juraban que ya hablan pagado; pero, como el empleado insistiese en que o le pagaban o los mataba, el grupo se abalanzó sobre el empleado y le tiraron por la puerta del vagón con pistola y todo. Por si acaso, se bajaron en la próxima estación y tomaron otro tren que se bifurcaba y parecía pertenecer a otra Compañía, como así era en efecto. Al cabo de tres semanas de subir y bajar trenes mercancías, cuando ya estaba a las puertas de Seattle le descubrió un empleado en un vagón de carneros. Respondió Jorge que iba de guardián del rebaño, pero no le valió. Como no tenía dinero (cosa que el empleado averiguó registrándole minuciosamente) tuvo que dar la navaja y un cinto bastante bueno y con estas prendas de menos llegó a Seattle. Camino de Alaska Allí oyó que se había descubierto oro en Alaska. Tuvo la buena suerte de hallar empleo en un barco alaskeño, cuidando de una docena de caballos que llevaban en los sótanos, y en menos de dos semanas se vio en Seward, puerto del sur de Alaska. Ya estaba en Alaska. Primero ganó 100 pesos, rachando 129

cepos con un hacha que no cortaba muy bien, y luego se internó en el corazón de la península, camino del arroyo Kougurak, donde asentó plaza con un amo que le daba el 25 por ciento del oro cribado. Cuando se pudo tener en pie, compró herramienta adecuada y ropa fuerte y elevó su tienda de lona en un arenal aislado, donde cavaba y cribaba mineral por propia cuenta. Siguieron varios años de suerte y fortunas varias y un día se vio dueño de 22.000 pesos, que depositó en el Banco de Nome. En vez de trabajar, ahora se dio a descansar y a instruirse. Junto a su casita de madera bien amueblada crecían y se desperezaban nueve cachorros siberianos, en los plúteos de una biblioteca incipiente descansaban hileras de libros de todos los matices y colores, desde la Biblia hasta el Corán, desde un tratado de Astronomía hasta las obras de Shakespeare, con un montón enorme de novelas policíacas que se codeaban con las revistas más variadas del mercado literario. Por entonces tenía muchos amigos. El predilecto entre todos era Pablo Briggs y gustaban de visitarse con alguna frecuencia aunque vivían en arroyos muy distantes. Por las Navidades de 1907, enganchó Jorge los perros y se dirigió al arroyo de Pablo. Era una mañana frigidísima de 50º bajo cero, brumosa y cargada de recelos. Todo era hielo. Muerte de un amigo A los tres cuartos de hora de marcha rápida por la superficie helada y resbaladiza del arroyo, llegó a la caseta de Pablo de la que no salía humo. No era aquella buena señal, ni mucho menos, pero ¿quién sabe? Abrió la puerta sin llamar, como de costumbre, y... ¡pobre Jorge! perdió el color y cayó desmayado. Cuando volvió en sí abrió la puerta de par en par para ver mejor, y, recobrando el brío perdido, se puso a examinar la figura exánime de Pablo. Yacía éste tendido sobre el suelo boca arriba, los brazos extendidos en forma de cruz, la boca abierta y los ojos abiertos y desencajados. La mirada de terror de aquellos ojos muertos fue lo que desarmó a Jorge en los primeros instantes. Quiso cerrarlos, pero no pudo. ¿Cómo iba a poder? Quiso doblar los brazos al cadáver, pero aquellos brazos estaban tiesos 130

como barras de acero, y las barras de acero no se doblan. El techo de la choza estaba cubierto de una costra de escarcha en la que empezaban o formarse carámbanos en forma de estalactitas. La estufa estaba helada, los muebles todos desordenados, afuera soplaba una brisa rumorosa, casi imperceptible, pero que se oía bien merced a aquel silencio sepulcral, y, en medio de aquel cuadro macabro si los hay, Pablo, su amigo Pablo, yacía inerte boca arriba, rígido, helado, muerto. Como Jorge no había llorado en su vida quiso llorar ahora, pero no supo hacerlo y se contentó con limpiar con las bocamangas unas lagrimotas, que cayeron sin que él supiera de dónde. Habló solo frases entrecortadas y después de meditar largo rato decidió encender una fogata que calentase la estancia y reblandeciese los brazos de Pablo para que se dejasen doblar y pudiesen entrar con el resto del cadáver en un ataúd que él mismo fabricaría el día siguiente. El calor de le choza subió hasta lo insoportable, pero los brazos de Pablo seguían tan tiesos. Ye estaba hecho el ataúd con tablas toscas que quedaban de cuando Pablo levantó su casita seis años había, y el calor había llegado al máximum de rendimiento, Pero no, los brazos de Pablo seguían tan tiesos. ¿Qué hacer? Pues lo, único que entonces cabía hacer. Jorge tomó un serrote y con impulsos rítmicos aserró los brazos que luego colocó reverentemente sobre el cadáver en él ataúd. Años más tarde, cada vez que pasaba por la choza destartalada de Pablo y veía la cruz sobre le sepultura que él habla cavado allí a dos pasos, sin poderse contener exclamaba: —¡Pablo, Pablo, qué duro eras de serrar! Un mensaje original Aunque Jorge ya tenía 42 años, un día se sorprendió mirándose al espejo y peinándose aquellas crenchas rebeldes al peine. En la canasta de huevos, que habla comprado en un almacén cercano, halló un huevo singular. Escrito borrosamente a lápiz en la cáscara había un mensaje, que decía más o menos: “Soy soltera, de 25 años. Si algún minero del Yukón u otra parte de Alaska desea una esposa honesta y honrada, mi dirección epistolar 131

es como sigue... etc." Jorge tenía 42 años y había atravesado mares procelosos, y horas amargas, y días llenos de preocupaciones que le habían hecho apuntar algunas canas; pero todo él era un amasijo de juventud y robustez; por eso se miró al espejo y se peinó las crenchas. Total, que encomendó los perros y la llave a un minero próximo, y se dirigió a los Estados Unidos en busca de la esposa honesta y honrada. Pronto se vio en la ciudad. No era muy grande, por eso dio pronto con la calle y con el número de la casa. Le temblaban las piernas y le latía el corazón de una manera alarmante, pero, después de carraspear mucho y de limpiarse muchas veces la nariz con el pañuelo, hizo fuerzas de flaqueza y con gentil continente llamó a la puerta. Salió a abrirla una señorita muy bien trajeada, cortés en extremo, ya algo llena de carnes, y con una sonrisa muy afable le invitó pasar y le preguntó qué deseaba. ¡Que qué deseaba! Deseaba echar a correr y casi lo hizo, pero no lo hizo. Tartamudeaba penosísimamente y se las arregló para indicar a la joven que él era un minero de Alaska y que en una canasta de huevos que había comprado, halló uno con un mensaje escrito a lápiz... Aquí la joven se ruborizó hasta el rojo vivo y quedó con la mirada perdida en un pasado remoto. Vuelta ya de sus pensamientos miró complacidamente a Jorge y le preguntó si en Alaska comían huevos de tres años. Jorge respondió que no podía asegurar con exactitud la edad de los huevos, pero que los comían de todas las maneras, aunque fuesen más viejos que Matusalén. Entonces la joven confesó que, en efecto, ella era la que escribió a lápiz aquel mensaje peregrino, pero añadió que Dios la había escuchado en el entretanto y, allí donde la veía, ya estaba casada. Como Jorge quedase algo así como petrificado, la joven honesta y honrada le asió del brazo y le reanimó con estas palabras que Jorge no olvidará jamás: —¡Ah, pero no lo tome tan en serio; entre y vea los gemelitos que tengo!

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Perdido en la nieve Al invierno siguiente Jorge estaba de vuelta en su casita del arroyo, soltero como siempre, desconfiado, pero con dos cajones de libros nuevos que le ayudaron a olvidar el episodio de los gemelitos. Pero, como dice el refrán, la hacienda es más señora que el amo, y Jorge vio que, con tanto descansar y tanto leer, el capital iba mermando a marchas forzadas. No tuvo más remedio que echar mano de la piqueta y la criba y cavar y revolver el mineral en busca de pepitas o por lo menos de polvo de oro, que luego se vendía a 30 pesos la onza. Un día se dirigió en trineo a un almacén no muy lejano, con tan mala suerte que le cogió una tormenta de esas que hacen época. Los perros perdieron el rumbo y se extraviaron, llevándole en direcciones opuestas, donde no encontró campamentos ni siquiera puestos de refugio. A los tres días de vida errante por aquellos ventisqueros nunca vistos ni oídos, sacudidos por un huracán que no amainaba, Jorge vio con espanto que se le morían de hambre y fatiga los perros, hasta que no le quedó más que uno. Cuando el vendaval cesó y lució el sol, se orientó y llegó arrastrándose al almacén. Siguieron varias semanas de convalecencia al cabo de las cuates había perdido media nariz (que aún le falta) y cinco dedos de los pies, mas las extremidades de casi todos los dedos de las manos. A falta de médico, el almacenista y otros mineros que holgazaneaban en el almacén pusieron manos a la obra con un cuchillo que afilaron lo mejor que supieron y cortaron las partes heladas antes de que la gangrena se esparciera y diera al traste con todo. De anestesia hacia un puñetazo seco en las narices cada vez que Jorge volvía en sí. La fe de bautismo Hoy Jorge tiene más de 70 años y, por tanto, tiene derecho a la pensión de la vejez, con que el Territorio de Alaska endulza los últimos días de los bravos aventureros que la colonizaron y trabajaron tan a costa de su vida. 133

Pero para ello hay que presentar un documento oficial o certificado de nacimiento, en el que conste la edad. Jorge se acuerda de que nació en un caserío sito entre varios pueblecitos y que en uno de ellos le bautizaron, y por cierto, en la iglesia católica. Se ha enterado de que en Kotzebue hay un Misionero católico, y ha hecho un viaje con el único fin de verme y consultarme sobre el caso. Seguramente que, escribiendo a los párrocos de los diversos pueblos, daremos con la fe de bautismo, y ese documento basta y sobra para lo que se pretende. Alaska está llena de estos Jorges originales, aventureros curtidos a fríos y calores, católicos, apostólicos y romanos que allá, en los aposentos de la memoria, guardan recuerdos vagos de haber asistido a Misa de niños y de haber hecho la primera Comunión, pero ya no saben por qué iban a Misa ni qué era la Sagrada Comunión. Su madre les castigaba si no iban a Misa. Desde que echaron a volar por esos mundos de Dios, no han vuelto o ponerse en contacto con sacerdotes católicos ni han puesto los pies en una iglesia. Cuando empiezan a contar historias junto a la estufa, aquello es cosa de nunca acabar. Lo único que necesitan es un alma paciente que les escuche. A mí se me ocurre que estos Jorges, al fin y al cabo, son muy excusables. Si con ayudas de costa es uno bueno a duras penas, ayúdeme usted a pensar qué tiene por fuerza que suceder cuando un hombre ha de ganarse la vida cribando arena los veranos por arroyos remotísimos y matando en el invierno el tiempo con la pipa y unos libros junto a la estufa en una caseta aislada de todo poblado. Y eso por espacio de 30 años seguidos., Cuando vienen y los introduzco en la iglesia y nos arrodillamos y les digo que allí en el sagrario está Jesucristo, el mismo Jesucristo que recibieron en la Sagrada Comunión hace tantos años, los viejos ponen un semblante muy reflexivo y exclaman con variedades que se pueden reducir a esta frase de un tal Ricardo: —Pues, nada; que Dios me coja en su gracia; que trabajo le va e costar. 134

CONCLUSIÓN

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XV

EL MISIONERO DE KOTZEBUE

Mi vida en Kotzebue El primer libro que escribí, "EN EL PAÍS DE LOS ETERNOS HIELOS", describe le vida del Misionero de Alaska en sus correrías apostólicas por la tundra nevada. El Misionero engancha los perros al trineo y no vuelve hasta el fin de la semana. Cuando vuelve trae una lista de bautizados y de adultos que han recibido los Sacramentos. Asimismo vimos en aquel libro cómo funcionen las escuelas católicas de Alaska y el fruto mayor o menor que producen mirándolo de tejas abajo. En este libro y en el anterior, "EN LAS LOMAS DEL POLO NORTE", vemos la vida de un Misionero confinado a un lugar diminuto, remotísimo, pagano, esterilizado por sectas de un Credo tan falso como fanático, maleado por la influencia desdichada de mineros embrutecidos; un lugar simbolizado por la aldea de Kotzebue, en las playas del Mar Glacial, donde llevo ya tres años de residencia diaria codeándome con sus habitantes, con sus costumbres y con sus problemas religiosos y sociales. Los Misioneros, que viven en nuestras escuelas, llevan una vida ocupadísima, parecida a la de los Padres que viven en los grandes Colegios. Como no son más que dos sacerdotes y tienen que atender a la escuela y al distrito, los días se les pasan volando. Los Misioneros que viven solos, tienen un distrito inmenso, pero todo él está habitado por católicos, sin interferencias de ministros protestantes mercenarios. Viajen mucho en trineo llevando una vida que se diferencia poco de la de los perros en lo que toca a comodidades; pero pisan siempre en terreno propio y se sienten dueños absolutos de la situación. Kotzebue es una excepción en la vida del Misionero de Alaska. No se necesita trineo, porque no hay distritos que visitar. 136

No hay escuela católica que le robe a uno las horas y le haga la vida fugaz. Tampoco pisa uno en terreno propio. Las parcelas de terreno propias fueron arrebatadas a las sectas en lucha encarnizada sin treguas ni cuartel, rectificando posiciones y fronteras a cada paso y sufriendo los vaivenes imprevistos de una guerra a muerte en la que ambos enemigos están seguros de la victoria. El Misionero de Kotzebue tiene que resignarse a vivir como un solitario de la Tebaida, sin posibilidad de recrearse en nada que halague los sentidos. No puede salir a dar un paseo, porque nadie le acompaña, y además la nieve o está blanda o muy profunda o muy desigual, o la brisa traspasa los huesos y paraliza al organismo, o ruge una tormenta desatada, o en el verano todos son charcos cenagosos y lagunas encharcadas sin vestigio alguno de camino seco y ambulable. Expansiones difíciles Tampoco hay posibilidad de expansiones con amigos. Los eskimales son seres primitivos, zafios, incultos, sin ideas ni ideales. Cuando conversan entre sí emiten pensamientos tan superlativamente baladíes, que no vale la pena escucharlos. En cuanto a los blancos de Kotzebue hay que hacer notar, entre otras cosas, que son aventureros y gente de bajísima estofa. Hay entre ellos tantas facciones como individuos. Todo se vuelve rivalidades y chismes, hasta el punto de saber cada cual cuántas veces estornuda el vecino. El Misionero tiene que hacer esfuerzos titánicos por medirlos a todos por el mismo rasero y evitar parcialidades que originarían disgustos y desavenencias sin fin. En sus camarillas y comentarios de comadres se hace anatomía del proceder del Misionero católico y se le guisa y fríe por los cuatro costados, hasta que no queda partícula sana; todo ello en una farsa de conversación condimentada con chistes soeces, frases de doble significado y guiños de ojos que prohijarían los truhanes y malandrines más pícaros. 137

Todo llega a conocimiento del Misionero por diversos conductos. Una chica mestiza venía pasando por hija de un Padre Misionero, hasta que se me atufaron las narices y demostré, con los registros oficiales en la mano, que la tal chica nació exactamente dos meses después de haber llegado a Kotzebue el tal Misionero. Ya lo dijo Voltaire: "Calumnia, calumnia, que algo queda". El día del Juicio se van a ver maravillas gratis, de balde y sin; pagar, como dicen los yankis de buen humor. Queda, pues, probado que al Misionero de Kotzebue se le deriva poco recreo de la conversación con amigos del mismo tono y parecidas ideas. Los niños y la correspondencia Por el método de eliminación hemos llegado a quedarnos con tres cosas que pudiéramos llamar fuentes de consuelo para el Misionero. Estas son, yendo de menos a más, los niños, la correspondencia y el sagrario. Los niños vienen a mi casa y me llenan la cocina que convierten en nido de canarios y ruiseñores. Juego con ellos, les enseño la doctrina, les cuento historias inverosímiles, me parten leña, barren la iglesia, me traen agua del pozo en el verano, cantamos todo lo cantable, desde cantos sagrados hasta el himno "Cara al Sol"; prefieren mi casa a la suya y con sus voces y trastadas me hacen creer que vivo en este mundo. La correspondencia quincenal me ocupa provechosamente dos o tres horas diarias y me hace vivir una vida imaginaria muy saludable. Hay cartas anónimas y las hay que se olvidan de poner sus propias señas. Las hay kilométricas y que terminan exonerándome de contestarlas, y las hay cortísimas como ésta: "Reverendo Padre: Le escribo para que me conteste a vuelta de correo y me cuente muchas cosas de por ahí. No se olvide de contestarme, pues lo deseo mucho. A ver si no se olvida, Padre. Quiero tener carta suya lo más pronto posible para gozar mucho con ella. Conque a ver si me escribe pronto, y no se olvide. Yo tengo 13 años y me encantan las Misiones. Pero lo principal ahora es que usted me escriba a ser posible a vuelta de correo. ¿Verdad 138

que si lo hará? Yo así lo espero. Su amigo..., etc." Cada carta se me antoja una cucharadita de postre que me envía el cielo. El sagrario de Kotzebue El sagrario de Kotzebue, que es el más norteño de la norteña Alaska, es por eso mismo el más frío, pues en ninguna otra estación católica baja el termómetro a 63º bajo cero. Ni digo Misa en la iglesia más que los domingos y días festivos, cuando viene la gente por obligación, y entonces, con la estufa al rojo, da gusto sentarse en los bancos de la iglesia y rezar o cantar himnos sagrados. Durante la semana digo Misa en una capillita diminuta que se calienta con sólo abrir la puerta de la cocina. La iglesia durante la semana tiene una temperatura media de 15º bajo cero. El que quiera arrodillarse delante del altar y hacer oración larga y tendida, conviene que se prevenga contra un constipado. Es costumbre aprobada y muy conforme con las circunstancias de lugar y tiempo cubrirse y arroparse bien cuando quiere uno meditar delante del altar de Kotzebue durante la semana. Para cubrir el rostro uso yo una bufanda de lana que no deja nada al descubierto. El aliento se congela y forma una capa de hielo en la parte externa de la bufanda enfrente de las narices. Este fenómeno pasa desapercibido al poco tiempo por su cotidiana ordinariez. Si no hay tormenta que sacuda al edificio, el silencio y la paz del lugar lo hacen tan amable que nunca se podrá ponderar debidamente con palabras. Con una fe inquebrantable en la presencia real de Jesucristo Sacramentado, el Misionero de Kotzebue se considera feliz al poder vivir con Jesús bajo el mismo techo nevado. E santo profeta David, pastor de profesión, decía que estaba ante Dios con ´la humildad y mansedumbre de un jumento delante de su dueño. Aquí, en Alaska, donde no se han visto nunca jumentos reales —aunque sí metafóricos—, parafraseamos al Profeta rey diciéndole 139

a Dios que estamos ente él con la fidelidad y lealtad de un perro mastín a los pies de su amo. Como el mastín, ladramos a los rateros que rondan de noche la cerca del jardín y mordemos al ladrón que se atreva a asaltar las tapias del aprisco donde duermen las ovejas del Buen Pastor. Nadie puede presumir de entrar impunemente en la majada del Amo y robar, matar o destruir sin tenérselas que haber antes con los caninos afilados del mastín, que expone su vida por salvar la herencia de su dueño, Preciosa imagen ésta del mastín. Nunca está el mastín tan satisfecho como cuando aparenta dormir acurrucado a los pies de su señor, que conversa o lee sentado en una silla patriarcal. Nunca descansa tan placenteramente el Misionero de Kotzebue, como cuando se arrodilla o se sienta en las gradas del altar a unos palmos del sagrario, con botas de piel de foca que cubren toda la pierna y se sujetan al cinto, con un capote de piel de reno que cubre todo el cuerpo y cabeza, con un gorro de piel de nutria y una bufanda de lana ante el rostro en el silencio sepulcral de una noche que no sabe amanecer. Maneras de ganar almas Se salvan almas predicando, confesando, escribiendo, administrando los Sacramentos, conversando espiritualmente y dando buen ejemplo. Pero también se salvan meditando en esa postura silenciosa ante el sagrario. Por eso la iglesia nuestra Madre, maestra infalible de la verdad en la ciencia del espíritu, nos enseñó una lección importante cuando declaró Patrona universal de las Misiones a santa Teresa del Niño Jesús, monja de clausura, que murió tísica, como lo había hecho ya con el inmortal San Francisco Javier, que evangelizó a pie la encantada India y el imperio del Sol Naciente y murió en el campo de batalla mientras se preparaba a ganar para Cristo nada menos que el Celeste Imperio. A. M. D. G.

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