LAS BARBAS DE LAS

ESTATUAS Y OTROS CUENTOS

Jorge Jolmash

LAS BARBAS DE LAS ESTATUAS Y OTROS
CUENTOS

Jorge Jolmash

Las barbas de las estatuas y otros cuentos. De esta digitalización: Diseño de portada: Froy-Balam. Imagen de portada: Fotografía tomada de Solución Política: < http://www.solucionpolitica.com/deporte-yseguridad-la-mayor-prioridad-para-jovenesxalapenos/ >. Digitalizado en Estridentópolis, la vieja. ¿Cómo citar este documento? JOLMASH, Jorge. Las barbas de las estatuas y otros cuentos. «colec. Simionterio» [en línea] Estridentópolis, la vieja. AL FIN LIEBRE EDICIONES DIGITALES «Nueva época» 2011. 60 pp. [ref. –aquí se pone la fecha de consulta: día del mes de año-]. Disponible en Web: <www.alfinliebre.blogspot.com> AL FIN LIEBRE EDICIONES DIGITALES 2 0 1 1

ÍNDICE
01. ESTA CASA ESTÁ LLENA DE FANTASMAS .........................................5 02. LA VECINA MÁS HERMOSA DEL MUNDO .........................................10 03. HOSPEDERA ..............................................................................................12 04. TÍO LACHO ................................................................................................16 05. RAQUEL Y EL CABALLO ........................................................................19 06. MAGDALENA ............................................................................................23 07. UN PIONERITO ..........................................................................................27 08. LAS BARBAS DE LAS ESTATUAS O CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO ACERCA DE LA VIDA COTIDIANA .........................................................30 09. LA CASERA................................................................................................35 10. EL SORPRENDENTE CREDO DEL DOCTOR EFRAÍN ARRIAGA .....40 11. BEBÉS .........................................................................................................46 12. EL HOMBRE DE LAS OREJAS CALIENTES .........................................50 13. SIETE AÑOS DE MALA SUERTE ............................................................53 14. EL DÍA DE SU ÚLTIMO CUMPLEAÑOS ................................................56

ESTA CASA ESTÁ LLENA DE FANTASMAS

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Los lunes, que eran nuestro día de descanso, nos levantábamos después del mediodía y nos íbamos al súper por cerveza, arrachera marinada y tortillas de harina gigantes para almorzar. Luego, mientras hacíamos la digestión, nos gustaba caminar por la playa, pero nunca nos metíamos al agua porque a mí me daba asco sentir la piel pegajosa por la sal. Valeria, para engañar al calor, vestía camisetitas sin mangas, sandalias y unos shorts diminutos que siempre la hacían quejarse de que tenía las piernas muy flacas. De cualquier forma, a mí me parecía que se veía bien. Más tarde, un poco antes de que llegara la hora de los mosquitos, regresábamos a la casa y nos sentábamos en el balcón a tomar el fresco y a beber vodka con jugo de arándanos. A veces, con la brisa nos daban ganas de hacer el amor, pero otras veces nada más nos quedábamos sentados platicando y nos emborrachábamos hasta que la noche parecía estar cubierta por una gasa benigna y nos quedábamos dormidos. No hacía mucho que habíamos abandonado nuestras vidas anteriores por estar juntos, estábamos en plena temporada alta, nos iba bien y se podría decir que éramos felices. Lo mejor de todo era saber que nos teníamos el uno al otro y que no teníamos a nadie más. Todos nuestros conocidos y familiares se habían quedado a varios cientos de kilómetros de distancia y, si todo salía bien, no teníamos por qué volverlos a ver en lo que nos quedara de vida. Con todo y todo, Valeria a veces hablaba a casa de sus papás para pedir dinero, no porque en verdad lo necesitáramos —como ya dije nos iba aceptablemente bien— sino, creo yo, por hacer la maldad. Los días que recibía un giro de su casa, que de todos modos no eran muchos, lo utilizaba para comprar globos de colores y portavasos con estampados cómicos o para hacerse nuevos tatuajes. Vivíamos en un departamento bastante amplio y sin muebles, en el tercer piso de un edificio viejo y comido por el salitre. Como las paredes tenían menos de dos centímetros de espesor, podíamos escuchar ruidos provenientes de todos los domicilios vecinos y así, poco a poco nos habíamos dado cuenta de que el inquilino de abajo era un cubano ilegal que le pegaba a su esposa y que arriba de nosotros vivía una pareja de lesbianas que hacían temblar los cimientos del edificio con sus noches de pasión. Del resto del inmueble apenas nos llegaban ecos sordos que decían poco sobre quienes los producían, pero que podían resultar muy perturbadores, especialmente a altas horas de la madrugada cuando llegábamos del trabajo. En ese edificio también vivía Clau, pero a ella la conocimos hasta después. Valeria y yo trabajamos en un bar en la parte nueva de la ciudad. Ella era mesera y sabía bien como sacar buenas propinas meneando las caderas mientras les servía sus tragos a los cuarentones rabo verde que constituían el ochenta por 6

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ciento de la clientela. Yo, por mi parte, aprovechando mi estatura trabajaba como seguridad. La verdad es que odiaba el trabajo, pero por lo menos daba para comer y pagar la renta. De nuestros vicios se encargaban las propinas de Valeria y ahí la íbamos pasando lo mejor que podíamos, que después de todo no era tan mal. Enfrente del bar donde trabajábamos había una discoteca cuyo nombre no voy a mencionar para no hacerle publicidad (buena o mala, según el gusto de cada quién), y de la que todas las noches veíamos salir a cualquier cantidad de borrachos de distintas categorías; desde jovencitos con el pelo ridículamente corto y auto último modelo a la puerta, hasta trasvestidos tuberculosos y putillas gastadas por el uso. Y de ahí veíamos salir siempre a una muchacha en la que yo por lo menos no hubiese reparado jamás, de no ser porque un día Valeria me hizo notar que vivía en el mismo edificio que nosotros. Clau era más o menos de nuestra edad, tenía el pelo pintado de güero y cuando estaba arreglada era bastante atractiva, aunque de un modo más bien vulgar. El día que nos hicimos amigos (un lunes, por supuesto) Valeria se la encontró en la puerta del edificio y le empezó a hacer plática con esa facilidad que tiene ella para entablar conversación con perfectos desconocidos. Al cabo de un rato ya la había invitado a comer y tomarse unos tragos en nuestro departamento. — Ven a mi casa —le había dicho muerta de risa— está llena de fantasmas. Y es que por aquel entonces acabábamos de inventar al Vaquero Pelón y a la Señorita Bruna y esa era nuestra broma favorita. Como en nuestra casa había ruidos imposibles de identificar a todas horas, un día se nos ocurrió que eran producidos por fantasmas que vivían con nosotros. Obviamente, ni Valeria ni yo creíamos en espantos ni nada por el estilo, pero nos divertíamos mucho imaginándonos a los autores de nuestros estrépitos domésticos. Así, poco a poco, habíamos acordado que los golpes secos que se escuchaban a veces en el pasillo eran los pasos del Vaquero Pelón que buscaba su sombrero y que los rechinidos de las puertas eran las carcajadas de la anciana Señorita Bruna. Con el tiempo nos fuimos construyendo una complicadísima mitología privada y para cuando tuvimos que mudarnos ya teníamos identificadas otras tres apariciones con los sugestivos nombres de Changa Patona, Paquito el Lechero y Tío Peluchín. Total que el día que invitamos por primera vez a Clau a comer arrachera marinada y a tomar con nosotros, estuvimos toda la tarde y parte de la noche riéndonos de nuestro chiste de los fantasmas. La verdad es que nos divertimos bastante, Clau y Vale congeniaron a la primera y entre los tres nos acabamos dos botellas de vodka. Clau nos contó que trabajaba en la discoteca, pero en ningún momento nos dijo qué era exactamente lo que hacía. Aunque ahora que lo pienso nunca lo platicamos, desde el principio Vale y yo asumimos que no sería ningún oficio decente. De cualquier forma lo cierto es que no era nuestro problema. Lo que sí

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noté es que, a pesar de que era más delgada que Valeria (y por supuesto que yo) y bebía vodka a la par que nosotros, todo el tiempo se veía mucho más entera. Finalmente, a eso de las cuatro y media de la madrugada o cosa así, Valeria se quedó noqueada y tuve que cargarla hasta la cama. Tengo que reconocer que a esa hora y con esa cantidad de alcohol me costó trabajo llegar hasta el cuarto y más trabajo aún regresar a la sala, pero como me precio de ser buen anfitrión me ofrecí a acompañar a Clau hasta su puerta. Ella soltó una risita ebria y dijo que no me preocupara, que conocía bien el camino. Después se despidió de mí con un beso que de ninguna manera correspondía a alguien que acabas de conocer y se fue. Para no sobreactuarme, decidí no darle mayor importancia al asunto y me acosté a dormir. A partir de ese día, Clau se convirtió en una presencia tan constante en nuestra casa como el mismísimo Vaquero Pelón. Se dejaba caer un poco antes de la hora del almuerzo con un six pack de cervezas o con algo de comida, y se quedaba con nosotros hasta que los tres nos íbamos al trabajo. La nueva compañía femenina no me molestaba y a Valeria parecía sentarle bastante bien. Se podían pasar horas enteras acicalándose la una a la otra y hablando de cosas que a mí no me interesaban en lo absoluto. En ese sentido, supongo que Clau llenaba un vacío en Valeria que yo jamás hubiera sido capaz de colmar y eso estaba bien. Más de seis meses estuvimos así y ya me estaba acostumbrando a vivir con dos mujeres, pero como siempre, los buenos arreglos no pueden durar eternamente. Una noche en el bar donde trabajábamos, uno de los parroquianos borrachines trató de agarrarle una nalga a Valeria. Cuando me di cuenta, me enojé tanto que en lugar darle un primer aviso con voz firme —como era la política de la empresa— me abalancé sobre él a golpes. Al fulano, que no se esperaba mi reacción, lo tuvieron que sacar con la mandíbula dislocada y a mí, por supuesto, me corrieron. La verdad es que el trabajo no era ninguna maravilla y ya me hacían falta unas vacaciones, así que en el fondo no fue tan malo tener que dejar el bar. De todos modos, si nos apretábamos un poquito, con lo que teníamos ahorrado y las propinas de Vale nos bastaba y sobraba para vivir en lo que encontraba algo más. Para reponerme de la emoción, decidí darme unos tres o cuatro días de gracia antes de empezar con mi búsqueda de empleo. Todavía no se me habían terminado de curar los nudillos después de la pelea en el bar, cuando una tarde, Clau se demoró en la casa luego de que Valeria se fue al trabajo. Le pregunté si no tenía que irse a ganar el pan y ella me contestó que ese día no tenía ganas de cumplir con sus obligaciones, por lo que la invité a que pasáramos de la cerveza de la comida al vodka de la tarde y ella accedió gustosa. Estuvimos platicando y bebiendo un rato todavía largo. Me da un poco de pena hablar de ello, pero los acontecimientos se sucedieron con una facilidad que entonces me pareció natural. Su cuerpo olía diferente, se sentía diferente y sabía diferente al de Valeria, y supongo que esa era precisamente la gracia. Esa 8

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noche quise decirle toda la verdad a Vale, pero en cambio mentí, lo cual sólo podía significar que las cosas se me estaban saliendo de control. Al día siguiente, a modo de penitencia, salí a buscar trabajo a primera hora de la mañana. Después de un par de días caminando en vano, lo mejor que pude encontrar fue un puesto de vigilante de supermercado, el problema es que el único turno disponible era el matutino. A pesar de que eso significaba que no nos veríamos más que en nuestro día de descanso, Valeria me animó a tomar el empleo y yo —estúpido— obedecí. Por las tardes, mientras mi mujer trabajaba, Clau seguía llegando y yo nunca encontré argumentos para negármele. Finalmente, luego de un par de meses, junté todo mi coraje y me atreví a confesarle todo a Valeria. La escena resultó aún peor de lo que yo me esperaba. Tras cuatro horas de discusión durante las que intenté en vano comportarme como un caballero, decidimos que sí valía la pena intentar rescatar a nuestra relación. Esto implicaba que Valeria y yo no volveríamos a trabajar en turnos separados, pero además que debíamos mudarnos urgentemente a algún lugar donde no tuviéramos que volver a ver a Clau jamás. Mientras empacábamos nuestras cosas, Valeria me contó que en el fondo le daba gusto irse del departamento, pues no aguantaba vivir rodeada de tantos fantasmas. Mientras hablaba tenía los dientes apretados y yo entendí que lo decía por despecho. El caso es que a pesar de nuestros esfuerzos, cuando intentamos reparar lo que se nos había quebrado, nos dimos cuenta de que ni ella ni yo éramos capaces de creer ya en fantasmas. A las pocas semanas rompimos definitivamente.

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LA VECINA MÁS HERMOSA DEL MUNDO

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Ella era la vecina más hermosa del mundo y yo el baboso del departamento de al lado. Vivir en el edificio era por supuesto un privilegio, ya que de otra forma me hubiera sido imposible acercarme a una mujer como ella. Alta, delgada, de senos firmes y labios carnosos, era tan inalcanzable para alguien como yo que bien hubiéramos podido pertenecer a especies distintas. Sin embargo, la conciencia de mi total falta de oportunidades no me impedía de cuando en cuando jugar con la idea de que algún día la invitaría a tomar una taza de café a mi departamento. Después de todo, su casa y la mía compartían una pared (que mi morbo hubiese deseado transparente) y eso ya era cuando menos algo en común. Por las noches, cuando la sentía llegar, pegaba el oído al muro y me deleitaba imaginándomela mientras veía la tele o lavaba la vajilla, de preferencia en ropa interior. Tengo que confesar que, durante esa época oscura, las fantasías con mi suculenta vecina eran lo más parecido a una relación sentimental que había en mi vida. La ilusión se completaba con el hecho de que ella, al igual que yo, vivía absolutamente sola y rara vez recibía visitas. Una noche, la escuché suspirar con más fuerza de lo acostumbrado mientras abría la puerta. Aunque ahora no sabría decirlo, por un momento me pareció que alguien la acompañaba. Por otra parte, el ruido arrítmico de sus tacones en el pasillo delataba que había bebido. Instintivamente me acerque a nuestra pared, pero no tuve ni siquiera que molestarme en espiarla, pues casi de inmediato comencé a escuchar unos gemidos apagados que lentamente fueron subiendo de intensidad. Imaginarla haciendo el amor era demasiado fácil y no pude evitar masturbarme brutalmente mientras la oía. Cuando el ruido cesó, apagué todas las luces y me fui a dormir agotado y satisfecho. Al día siguiente, al volver del trabajo, me encontré el pasillo atestado de policías y curiosos. Otro de los vecinos me contó después que la casera había entrado a su departamento y la había encontrado colgada, sacándole la lengua a la pared, nuestro único vínculo.

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HOSPEDERA

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Ese día, como tantos otros, la primer reacción de Luisa al salir de la escuela fue buscar a Alberto con mirada ansiosa. A sus espaldas se escuchaba el bullicio de sus compañeras festejando la chicharra de salida, pero ella prefería no prestarle atención. En ese momento el único pensamiento que cabía en su cuerpo era encontrar a Alberto y alejarse lo antes posible de ahí. Luego de varios segundos de incertidumbre, sus ojos se posaron sobre un rostro conocido entre la multitud de padres de familia que esperaban a sus hijas. Con el corazón a punto de escapársele por la boca, Luisa ensayó un guiño de reconocimiento que fue inmediatamente correspondido y comenzó a caminar rumbo a un lugar más seguro donde encontrarse con él. Tan pronto como se sintieron libres de miradas ajenas, Luisa y Alberto se tomaron de las manos. Ya nada más importaba; estaban los dos juntos. Luisa dejó escapar un suspiro de satisfacción y las mejillas se le llenaron de rojo. La calle bajo sus pies era una cuchilla ardiente, pero ella hubiera podido jurar que se deslizaba sobre hielo seco. ¿Era posible que tanta felicidad le fuera concedida a una sola persona? ¿Cómo era que Alberto se había fijado en ella? — Te amo —exclamó Luisa paladeando la ilusión escondida tras el sonido de su propia voz. — Sí —respondió Alberto sin darle mayor importancia— Yo también. Luisa no se sorprendió por la brusquedad de la respuesta, el carácter de Alberto hubiera podido parecerle rudo a cualquiera menos a ella. Era la única persona capaz de comprender la dulzura que cabía bajo cada uno de sus gestos. Eso sí, Alberto era un poco reservado, pero eso seguramente se debía a que había pasado una infancia particularmente difícil, como lo atestiguaba la profunda cicatriz que le atravesaba el maxilar derecho, desde la barbilla hasta la oreja. Pero Luisa jamás habría permitido que una tontería como esa arruinara su idilio. Aparte de tan notoria imperfección, Alberto podía considerarse bastante guapo, quizás no en el sentido de una estrella de cine, pero sí definitivamente poseedor de un atractivo animal poco común. Luisa, en cambio, estaba consciente de su propia fealdad. Se sabía a sí misma gorda, de piernas chuecas y con la cara pavimentada de espinillas. Tal vez por eso, su noviazgo con Alberto se le hacía tan increíble como un sueño. Por otro lado, a él en vez de molestarle, parecía atraerle la gordura de Luisa. Constantemente le obsequiaba grandes cantidades de golosinas que ella comía para no despreciarlo, a pesar de que su dermatólogo se las tenía 13

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terminantemente prohibidas. Y es que si era capaz de despertar el deseo de un hombre como él, qué le importaba cualquier otra consideración estética. Todavía recordaba con un estremecimiento de todo el cuerpo, el día en que había visto a Alberto por primera vez. Acababa de salir de clases y se había demorado con unas amigas en la puerta de la escuela. En mitad de una frase cualquiera había sentido como una mirada viscosa y caliente le acariciaba el cuerpo de arriba abajo, dejándole una sensación de escozor en la piel. Sin poder resistir la tentación, Luisa giró su cabeza, y lo que vio transformó su vida para siempre. Ahí, parado frente a ella estaba Alberto, alto, moreno, con su cicatriz de bandolero y sus ojos intensos que amenazaban con incendiarla. Durante los días siguientes, la mirada hipnótica de Alberto permaneció incrustada en el cerebro de Luisa, impidiéndole concentrarse en cualquier otra cosa. Todas las tardes, a la hora de salir de la escuela, se topaba frente a frente con esos ojos misteriosos, que lentamente fueron encontrando la manera de acercarse a ella y decirle lo que tanto quería oír. De tal forma que para cuando Luisa se dio cuenta, ya Alberto y ella eran novios. Habían pasado casi tres meses desde entonces y Luisa no sabía qué pensar al respecto. Aunque cada vez sentía una mayor necesidad física y emocional de estar cerca de Alberto, uno de los tantos prejuicios irracionales con los que había crecido, le repetía todo el tiempo que aún no era prudente mencionarle a nadie la naturaleza de su relación con aquel hombre que, después de todo, difícilmente sería aceptado por su círculo de amigos y familiares. Él, por su parte, parecía bastante conforme con la idea de que se trataba de un noviazgo secreto, cuya prohibición no hacía más que encender el placer de Luisa por la trasgresión.

— Ya llegamos —dijo Alberto, sacando a Luisa de su agradable ensoñación. — ¿A dónde? —preguntó ella, sorprendida de no encontrarse frente a una de las bancas del parque donde acostumbraban reunirse. — A mi cuarto —y luego agregó a modo de explicación—. Te acuerdas que ayer quedamos en que te traería a conocerlo. Frente a ellos se levantaba un portón metálico de color café roñoso. Alberto sacó un llavero de su bolsillo y lo abrió. Sin decir una palabra, los dos atravesaron un pasillo húmedo y angosto, flanqueado por dos hileras de cuartuchos de block y lámina de zinc. Finalmente entraron en uno de los de aspecto más descuidado, que se encontraba hasta el final del pasillo. Tan pronto como estuvieron adentro, Alberto encendió un foco para iluminar el cuarto que carecía de ventanas. El único mueble a la vista era un 14

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catre de campaña polvoriento, en el cual tuvo que sentarse Luisa para que el temblor de sus piernas no evidenciara su excitación. — Alberto, hay algo que tengo que decirte —explotó por fin, sintiendo como todo el cuerpo se le hacía agua. — Si, dime. — Yo… Nunca he estado con nadie —Las manos de Luisa sudaban copiosamente. — Me lo imaginaba —contestó Alberto tranquilamente y procedió a besarla como todo un experto, mientras Luisa se perdía en un confuso tamborileo de latidos de corazón, un dolor punzante y un placer que trepaba por sus venas hasta arrancarle la poca consciencia que todavía le quedaba de sí misma. Durante el día siguiente, Luisa fue incapaz de borrar el rubor de sus mejillas. Se sentía extraña, como presa de una melancolía que aún no se atrevía a estallar completamente. El aire que llegaba a su nariz proveniente de cualquier dirección, le traía malos presagios que no tardaron en cumplirse. A la hora de la salida, mientras sus demás compañeras se marchaban a sus casas a comer, ella se quedó esperando la llegada del hombre que apenas el día anterior le cumpliera un deseo que ni ella sabía que tenía. Un par de horas después, emprendió el camino de regreso a casa de sus padres, sola por primera vez en casi tres meses, y dolorosamente convencida de que jamás volvería a ver a Alberto. Varias veces en los meses que siguieron trató de buscarlo, pero nadie parecía saber nada de su existencia, ni siquiera la dueña de la vecindad donde se habían visto por última vez. Entonces fue cuando perdió por completo las esperanzas. Aunque casi no dormía por las noches y su piel adquirió un tinte amarillento, su talle comenzó a crecer de manera alarmante. Había sido usada y ahora temía lo peor, pero ni ella misma imaginaba que tan peor sería lo que le esperaba. Finalmente un día, cuando ya todos en su casa y en la escuela estaban preocupados por su evidente falta de vitalidad, Luisa sintió un fuerte dolor que partía de lo más profundo de su vientre. Apenas tuvo tiempo de soltar un quejido y cerrar los ojos con mansedumbre bovina, antes de que su cuerpo reventara como un globo que ha sido inflado más de la cuenta. De entre el revoltijo de vísceras que quedara en su lugar, comenzó a surgir una multitud de pequeños seductores morenos, con ojos de serpiente y una cicatriz profunda marcándoles el rostro entre la oreja y la barbilla derechas.

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TÍO LACHO

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A mi papá no le gustaba que Tío Lacho fuera a la casa. Decía que era una mala influencia para nosotros y que no era posible que una casa decente como la suya fuera visitada por criminales. Yo pienso que en el fondo le daba vergüenza que la gente del pueblo supiera que Tío Lacho era de nuestra familia, pero lo cierto es que eso todos lo sabían y a nadie le importaba. Los días que papá estaba en casa, no sólo se prohibía la entrada a Tío Lacho, sino que teníamos que sentarnos todos juntos a comer y a cenar en la mesa grande, y a mi hermano Álvaro y a mí nos obligaban a dormir con las manos afuera de las cobijas para evitar que nos estuviéramos tocando dormidos. Pero luego papá tenía que irse a trabajar a la plataforma, a veces hasta por tres meses, y mi mamá —que era mucho menos estricta— comenzaba a relajar la disciplina hasta que todos volvíamos a dormir como se nos daba la gana y a comer parados en la cocina a la hora que nos dictaba el hambre. Durante esas ausencias largas, el tío Lacho aprovechaba para visitarnos casi todos los días y siempre se quedaba a comer. La verdad es que la antipatía que mi papá sentía hacia él parecía no importarle en lo más mínimo. Era el hermano menor de mi mamá y aunque mucha gente en el pueblo decía que era un hombre malo, todos lo respetaban por que trabajaba para don Abundio. Pero no era cierto que fuera malo, por lo menos no como los que salen en la tele, pues seguido se estaba riendo y cuando venía a la casa nos daba dinero y dulces al Álvaro y a mí. El que sí era malo era don Abundio, pero nadie le decía nada por que traía pistola. Mi tío Lacho también cargaba siempre su pistola, pero yo sólo lo vi usándola una vez que —estando muy tomado— le dio por cazar a las ratas del callejón que daba a la cocina, y cuando disparaba al aire los fines de año. Claro que, como son todos de chismosos en el pueblo, no faltaba quien dijera que ya debía varias vidas, pero que yo sepa eso era mentira. Lo que sí que era medio broncudo y que le gustaban las chamaquitas, pero si eso fuera delito la mitad del pueblo estuviera en la cárcel. Por lo menos al tío Lacho nunca lo cacharon robando gallinas como al hijo de don Juvenal y todos los domingos iba a misa, o sea que tan malo no ha de haber sido. Además le tenía mucha ley a mi mamá, porque ella se había encargado de criarlo, y a nosotros nos quería mucho. Cuando iba a la casa llegaba un poco antes de la hora de la comida. Mamá ya lo sabía y le tenía siempre un lugar en la mesa. Después de comer el tío Lacho sacaba unas sillas al patio, y él y mamá se sentaban a tomar su café con leche y a platicar de los chismes del pueblo, mientras el tío prendía un tabaco grueso y oloroso para ahuyentar a los zancudos. A veces pienso que nunca vi a ninguno de los dos más feliz que entonces, como si toda su vida girara 17

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alrededor de esos momentos. Pero luego, cuando llegaba mi papá, los dos tenían que poner a dormir esa parte de sus vidas hasta que volvía a irse. Así fueron las cosas durante varios años, hasta un día en que el Pataseca, el que vende los periódicos, pasó voceando por las calles del pueblo que habían matado a don Abundio. Parece ser que don Negro el de la carnicería se había enterado que don Abundio tenía algo que ver con Flor su hija más chica, así que se quedó de ver con él con el pretexto de comprarle unas reses y en cuanto lo vio le clavó su cuchillo de matarife. Total que cuando pasó el Pataseca gritando la noticia enfrente de la casa, mi papá —que a todo esto estaba de permiso— le dijo a mi mamá que quería ver que iba a hacer el inútil de Horacio ahora que ya no tenía quien lo protegiera y que por eso no le gustaba que se juntara con nosotros. Como si el tío Lacho hubiese escuchado lo que dijo mi papá, a partir de ese día nadie lo volvió a ver. Al principio, mi mamá hizo como si no estuviera preocupada, porque no quería que mi papá le anduviera diciendo cosas feas de su familia, pero luego, cuando papá tuvo que regresar a la plataforma, se sintió libre de darle rienda suelta a su angustia. Se pasaba los días sentada en el patio, viendo pasar a la gente por la calle como si esperara que alguno de ellos le trajera noticias de Tío Lacho. Luego, como nadie le decía nada, se ponía a llorar a moco tendido, gritando que este pinche pueblo estaba lleno de maleantes y traicioneros y que uno de ellos le había matado a su hermanito, pero que eran tan coyones que no se habrían atrevido a buscarle pleito si don Abundio estuviera vivo. Y aunque gritaba bien fuerte como para que todos la oyeran, la gente del pueblo se hacía la desentendida, yo creo que por que reconocían que tenía algo de razón. Había pasado si acaso un mes y medio de la desaparición del tío Lacho y ya comenzábamos a creer que a lo mejor se había largado por su propio pie para huir de sus enemigos, cuando las noticias que tanto temía llegaron por fin a oídos de mi mamá. Alguien había encontrado su cuerpo colgado de un palo en medio del monte. Quien sabe cuánto tiempo pasó desde que se ahorcó hasta que lo hallaron, pero para cuando lo trajeron al pueblo, la peste de su carne podrida traspasaba el féretro y atraía a las aves carroñeras. Mi mamá no quería que el Álvaro y yo fuéramos al velorio, en parte porque decía que el olor nos iba a hacer daño y en parte porque quería evitarse problemas con mi papá. Pero nosotros igual fuimos a escondidas. Era lo menos que podíamos hacer para despedirnos de nuestro tío. Ha pasado ya algún tiempo desde entonces, y todavía hay noches en que me despierta el recuerdo del olor a podredumbre de mi tío Lacho. Tal vez por eso no quería mi papá que nos juntáramos con él, porque tenía miedo de que quedáramos impregnados por ese olor y luego ya no pudiéramos quitárnoslo de encima por más que nos laváramos con jabón y nos echáramos perfume. A lo mejor debimos haberle hecho caso. Por lo menos en eso tenía razón.

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RAQUEL Y EL CABALLO

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Fue muy poco lo que Sergio pudo sacar en limpio durante las primeras horas. Una increíble confusión de los sentidos. Formas oscuras bailoteando frente a sus ojos, como siluetas recortadas en la negrura de la noche. Sombras sobre sombras. Presagios de que las tinieblas adquirirían mayor espesor. Y ese molesto dolorcillo entre las cejas que de cuando en cuando arreciaba, opacando la omnipresencia de las lágrimas. Todavía el día anterior a esa misma hora, el mundo tenía aún un sentido y una nitidez aceptables. Pero ahora no, como si de pronto todas las cosas desdibujaran sus contornos y se confundieran en una masa informe, en donde lo único reconocible era la pena. El autobús, mientras tanto, no dejaba de avanzar. Sergio secó el llanto de sus mejillas y descubrió que su mandíbula estaba apretada de una manera antinatural y le dolía. Trató de poner su mente en blanco para descansar, pero la encontró llena de Raquel quien, paradójicamente, había dejado de existir. Una nueva oleada de sollozos le humedeció la mirada al reconocer la profundidad de su pérdida. Recordaba la última vez que la había visto, haría unos cinco o seis años cuando mucho. Ella e Ignacio habían ido a despedirlo a la estación de autobuses cuando Sergio se fue, según él para estudiar. La verdad es que hacía mucho tiempo que Ignacio y él se llevaban francamente mal, y el viaje de estudios no era más que un excelente pretexto para salir de su casa sin pelearse con ellos. Ignacio había estado todo el tiempo muy serio y apenas se había permitido darle una palmadita en la espalda, poco antes de que saliera el camión. Raquel en cambio, no paraba de llorar, como si supiera —aunque por supuesto que no podía haberlo sabido— que esa sería la última vez en que su hijo la vería con vida. Ahora, Sergio emprendía el tantas veces pospuesto viaje de regreso, pero no por gusto, sino a asistir al velorio de Raquel, su madre. Con diabólica eficiencia, el autobús cumplió con su misión de abatir las distancias, como si le urgiera llegar a la ciudad que Sergio temía volver a encontrar. A pesar de todos sus esfuerzos, permanecía en trance con los ojos torpemente abiertos, sin prestar apenas atención a lo qué ocurría frente a ellos; insomne y aturdido como espectador de una película inverosímil, esperando a que de un momento a otro encendieran las luces. Sólo que las luces no se encendían y Sergio no acertaba a despertar al dulce sueño de la inconsciencia que le hubiera permitido reconciliarse con la vida. Apenas reconoció, resonando en su cabeza, los ecos de las voces que unas cuantas horas antes le sumieran en ese estado de pesadilla.

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— Ingeniero, tiene una llamada urgente por cobrar. Al parecer es acerca de su mamá que está muy grave en el hospital. ¿Quiere que se la pase a su despacho, o la toma desde el celular? Y luego ese vacío en el estómago, el dolor entre las cejas y el insomnio poblado de lágrimas.

Cuando Sergio bajó del autobús, Ignacio lo estaba esperando. Su semblante severo era como el de un jugador de ajedrez. Sergio pensó que al verlo nadie advertiría lo que estaba pasando. Apenas una mueca de rabia en la comisura izquierda de sus labios. Y él en cambio, con esas ganas insoportables de soltarse a llorar. Después de un saludo más bien seco, Ignacio y Sergio tomaron un taxi rumbo a la funeraria donde los esperaban el cadáver de Raquel y la peor noche de sus vidas. Palabras. Simples palabras que llegaban huecas a los oídos de Sergio, sin sentido más allá del evidente de callar al silencio. Abrazos importunantes de parientes que no creía haber visto jamás. Chistes en voz baja que le parecieron de pésimo gusto. Cuchicheos. Tazas y más tazas de un café negro al que ni el azúcar le quitaba lo amargo. Y sobre todo, esa indiferencia insoportable por parte de Ignacio. Mientras el cuerpo de Raquel pasaba frente a sus ojos rumbo al crematorio, la atención de Sergio rehuía la escena, sumergiéndose en la parte más profunda de sí mismo. De golpe recordaba un momento de su infancia, uno de esos que a fuerza de creer perdidos para siempre, se habían vuelto determinantes en el desarrollo de su personalidad.

Sergio era un niño pequeño, quizás de cinco años de edad, y lo único que quería de la vida era tener un caballo. Todas las noches veía a los vaqueros de la televisión, soñando con el día en que podría unírseles en sus cabalgatas. — Pero hijo —trataba de hacerlo entender Raquel— ¿En dónde vamos a poner nosotros un caballo? — Ay mamá —contestaba Sergio con su tono más convincente— No te preocupes. Le hacemos un corralito en mi cuarto, entre el librero y la cama, y ahí lo metemos. Al principio Ignacio y Raquel no le dieron mucha importancia al capricho de su hijo, pero tras varias semanas de espera infructuosa, Sergio amenazó con 21

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no volver a comer hasta que el caballo estuviera en su posesión. Raquel e Ignacio se ablandaron ante el ultimátum y lo discutieron largamente. Finalmente, le hicieron saber a Sergio que al día siguiente le comprarían su caballo, siempre y cuando prometiera hacerse cargo de él y portarse bien. Sergio se mostró emocionadísimo por la buena nueva, hasta el punto de que durante esa noche no logró conciliar el sueño. Al fin su deseo estaba a punto de convertirse en realidad. A la mañana siguiente, los tres se prepararon para salir a dar un paseo. Sergio estaba tan impaciente que incluso ayudó a recoger los trastes del desayuno, con tal de acortar lo más posible el lapso que tendría que esperar por su caballo. — ¿Adónde vamos a comprar mi caballo? —preguntó Sergio desde el asiento trasero del coche. — A la tienda de caballos —le respondió Raquel, mientras Ignacio conducía con rumbo al zoológico. Cuando llegaron al zoológico inspeccionaron cuidadosamente cada una de las jaulas donde había animales. Vieron al tigre, al orangután, a los pingüinitos en su casa de hielo y a la jirafa estirando su cuello para alcanzar las hojas de un árbol, pero ni un sólo caballo. Después de un rato, Sergio empezó a perder la esperanza. — ¿Y mi caballo? —preguntó a punto de llorar. — No lo sé —mintió Raquel— me imagino que ya se han de haber acabado todos. Debimos haber venido más temprano.

Una sonrisa que más parecía un puchero se dibujó en los labios de Sergio mientras Ignacio lo llevaba a desayunar. Llevaban las cenizas de Raquel, guardadas en una caja de madera, bajo el brazo. Ignacio se quedó mirando su plato de sopa de pollo con los ojos a punto de reventar y apenas alcanzó a decirle a su hijo. — Era una excelente mujer, ¿verdad? — Sí, papá —contestó Sergio, y los dos se echaron a llorar hasta que sus lágrimas y mocos se confundieron entre sí, como si pertenecieran a la misma persona.

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MAGDALENA

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Después de varios años de estudios en el extranjero, el doctor Hipólito Montalvo volvió al pueblo donde sus padres lo engendraron para establecerse con su familia. Aunque encontró que muchas cosas habían cambiado durante su ausencia, la sensación de que en el fondo seguía siendo el mismo pueblo de cuando era muchacho, reconfortó bastante la nostalgia que cultivara durante su estancia en Europa. Sin embargo, él mismo era bien distinto de cuando salió a estudiar, primero medicina a la ciudad de México y luego una especialidad en oncología fuera del país. Por principio de cuentas, ya no era el bachiller de otros días, sino todo un hombre y el profesionista más renombrado que produjera su pueblo en quién sabe cuántas generaciones. Además venía muy bien acompañado por su esposa Inken, una mujer extremadamente alta y rubia a quien todos en el pueblo llamaban “la gringa” a pesar de haberse criado en Munich, y por Jürgen, el hijo de ambos. Desde un principio, Inken fue tratada con una cierta ambigüedad por los viejos amigos y conocidos de Hipólito. Por un lado, una serie de prejuicios muy arraigados les hacía considerar a cualquier caucásico como gente muy hermosa y distinguida, especialmente si se trataba de extranjeros, pero por otra parte su forma golpeada de expresarse en un castellano difícil cuyos modismos daban la impresión de haber sido aprendidos en la Península Ibérica, les hacía desconfiar de ella. Lo cierto es que ni a Inken ni a Hipólito les molestaba en lo más mínimo lo que los otros pudieran pensar, y la incomodidad de la gente del pueblo frente a ella no hacía más que unirlos en una especie de amistosa complicidad, no exenta de un cierto orgullo por sentirse distintos a los demás. La vida en casa de los Montalvo, transcurría siempre en forma más o menos parecida. Hipólito pasaba la mayor parte del tiempo en su consultorio, rodeado de pacientes con cáncer que venían a verlo de todas partes del estado, atraídos por su bien ganada fama de salvar desahuciados. Luego, al terminar la jornada, iba a beberse una cerveza al bar de Franco, uno de sus amigos de la infancia al que todavía frecuentaba. Inken, quien había dejado olvidada en Alemania una prometedora carrera como botánica, se pasaba los días cuidando su jardín y dando largas caminatas por la zona en busca de plantas exóticas. En cuanto al pequeño Jürgen, dedicaba toda la curiosidad de sus cuatro años a beberse la novedad del español de labios de su nana. Una noche, cuando ya parecía que el pueblo no le deparaba más sorpresas a la familia, una jaqueca de taladro indispuso a Inken. Como era tarde y la gente del servicio se había ido a sus casas, Hipólito tuvo que levantarse de la cama para ir a comprarle un analgésico a su esposa. Pero cuando estaba a punto de

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entrar a la farmacia, reconoció a la encargada y el corazón le dio un brinco. Era, ni más ni menos, Magdalena Conde. Después de todo ese tiempo. Hacía un poco más de quince años, Hipólito había estado perdidamente enamorado de Magdalena con la turbadora pasión de la que sólo se es capaz durante la adolescencia. Ambos iban a la misma escuela y, a pesar de todos los esfuerzos del ahora doctor, nunca había logrado conquistarla. Tal vez por eso, en cuanto la vio se dio cuenta de que el paso del tiempo no había hecho más que volverla más atractiva. Reprimiendo a duras penas una oleada de calor en sus mejillas, Hipólito Montalvo dio un paso atrás y se alejó del establecimiento a toda prisa. Después, tuvo que ir hasta el pueblo vecino para encontrar una farmacia abierta donde comprar el remedio de Inken, y así poder regresar a la paz de su hogar. Una semana más tarde, Hipólito casi había conseguido olvidar el incidente cuando, en el bar, Franco inspirado por la cerveza, comenzó a hacer una relación de memoria de sus excondiscípulos. Picado por la curiosidad, Hipólito le pregunto como si no tuviera mayor importancia, si se acordaba de aquella muchachita Magdalena, la hija de don Felipe, la que se sentaba en el pupitre de al lado. Franco la recordó de inmediato, no tanto por su belleza cuando estudiante, sino porque no hacía ni un año que su esposo había muerto dejándola viuda en plena juventud. El hecho de enterarse que su viejo amor estaba disponible, impresionó tanto a Hipólito, que esa misma noche soñó que iba a verlo a su consultorio. En el sueño, Magdalena le decía que un tumor maligno le estaba creciendo en un seno, y que si él no la curaba muy pronto moriría. A cambio, le ofrecía su cuerpo por gratitud, pues sabía cuánto la deseaba, y para sellar el pacto le había dado un beso enorme y húmedo. Al despertar, el doctor Hipólito Montalvo tenía una erección dolorosa y la sensación de haber engañado alevosamente a su mujer. Durante el resto del día, apenas pudo pensar en otra cosa. En vano intentó refugiarse en las responsabilidades de su oficio y, al volver a casa, se desvivió por mantener una conversación banal en alemán con su esposa. Cuando llegó la hora de dormir, tenía miedo de que al cerrar los ojos se le apareciera de nuevo la perturbadora imagen de Magdalena, pero tras varias vueltas en la cama, terminó por despeñarse en un sueño de barbitúrico casi sin reposo. Poco a poco, el paso de las semanas le fue enseñando a controlar su deseo, pero una mañana, cuando ya parecía haber logrado apartarla de sus pensamientos descubrió su impenitente nombre perdido entre la lista de espera de su consultorio. Por unos momentos, jugó entre aterrado y satisfecho con la idea de que su sueño estaba a punto de hacerse realidad, pero inmediatamente recordó a su Inken, que había sido capaz de abandonar hasta su nacionalidad primermundista por seguirlo a él, y se dejó caer en el sillón de su escritorio sintiéndose la peor persona del mundo. Casi sin pensarlo, llamó a su secretaria con un hilo de voz y le ordenó que cancelara todas sus citas para ese día, pues se sentía demasiado fatigado para 25

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dar consulta, y se largó a beber cerveza a lo de Franco. Al día siguiente lo primero que hizo fue mirar su agenda, y al encontrar que la cita de Magdalena había sido transferida a la semana próxima, decidió tomar el toro por los cuernos. La señorita Justina, su secretaria, no podía creerlo cuando su jefe le pidió que por ningún motivo admitiera de nuevo a Magdalena Conde en su consultorio. Qué pretexto usar o cómo decírselo era problema de ella, pero el doctor Montalvo no quería verla en consulta jamás. A pesar de que hacía casi tres años que había dejado de fumar, Hipólito Montalvo encendió un cigarrillo mientras pensaba que la felicidad de Inken y Jürgen bien valía condenar a Magdalena a morir de cáncer.

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UN PIONERITO

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Debe haber sido allá por el año ochenta u ochenta y uno, Pavel ya no se acuerda muy bien. Por aquel entonces Felipe acababa de recibirse y estaba dando clases de filosofía en una preparatoria privada, pero le pagaban una miseria. Luz por su parte trabajaba medio tiempo como secretaria en un consultorio dental y además se dedicaba a cuidar de Pavel. Felipe y Luz eran los papás de Pavel, pero preferían que él les hablara por sus nombres de pila. Llamarles mamá y papá hubiera sido un anacronismo pequeñoburgués inaceptable. En el minúsculo departamento en el que vivían no había tele para no fomentar la penetración del imperialismo yanqui, pero en cambio los estantes estaban llenos de libros de la editorial Mir Moscú, en los que Pavel aprendía a deletrear sus primeras palabras. Claro que había muchas cosas que todavía no entendía, pero igual se aprendía de memoria algunas frases que resonaban con un dejo sobrenatural en sus oídos infantiles como “capitalismo monopolista de estado” o “dictadura del proletariado”. Por otra parte, cuando en verdad tenía ganas de ver caricaturas, siempre podía pedir permiso de ir a jugar a casa de algún vecinito. Cuando estaba en casa, Luz se amarraba un paliacate en la cabeza y se ponía a hacer su quehacer. A Pavel le gustaba arrimarse una sillita a la cocina cuando Luz lavaba los platos para que le contara historias como la de la toma de la Bastilla, el asalto al cuartel Moncada o la huelga de Río Blanco. Las historias de Luz le recordaban un poco a la guerra de las galaxias —que Pavel acababa de ver en casa de uno de sus vecinos— y lo llenaban de emoción. Luz decía que algún día iba a haber otra revolución y que Pavel debía estar preparado para ella, pero que ese era un secreto del que no tenía que hablar nunca, porque si no les iban a pasar cosas malas a él y a sus papás. Pavel entonces se sentía muy orgulloso y al mismo tiempo con muchas ganas de llorar. Felipe llegaba a la casa hasta muy tarde y casi siempre encontraba a su hijo durmiendo. A veces a Pavel lo despertaba una pesadilla en mitad de la noche y entonces aquel hombrezote barbudo y malencarado lo cargaba con la ternura de un oso. Sus camisas gastadas olían a una mezcla entre tabaco y sudor que había terminado por ser algo así como el indicador más confiable de su presencia. Luego, para que el niño se durmiera otra vez, Felipe le leía unos versos muy bonitos que estaban en un libro negro y que decían cosas como “nana niño, nana, del caballo blanco que no quiso el agua” o “mi verso es un surtidor que da un agua de coral” y cosas así, hasta que se le volvían a cerrar los ojitos. Y luego estaban los otros niños que vivían en el edificio y con los que Pavel jugaba por las tardes. Podía notar que eran distintos a él, pero no estaba muy seguro por qué, aparte de que la mayoría de ellos sí tenía tele. Un día, a 28

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uno de los vecinitos se le ocurrió preguntarle si creía en dios. Pavel no tuvo que pensarlo ni dos segundos, la sola idea de que hubiera un señor más barbudo que su papá viviendo en el cielo se le hacía tan ridícula que era obvio que su amiguito bromeaba. Por eso se sorprendió cuando luego todos los niños de la cuadra, que hasta antes de eso se llevaban tan bien con él, comenzaron a corretearlo a pedradas y durante varias semanas no pudo bajar a jugar a la guerra de las galaxias. Durante el periodo que tuvo que quedarse encerrado en su casa por el repudio de sus compañeritos, Pavel tuvo tiempo de observar a sus papás. A veces, cuando Felipe no se iba todo el día a trabajar, invitaba a señores con cara de tristeza y bigotes manchados de amarillo a la casa y Luz preparaba café cargado. Se podían estar horas discutiendo en voz baja sobre el partido y los compas y si Pavel trataba de quedarse a escuchar, Felipe le decía que fuera con su mamá a pedirle diez centavos de tenmeacá y tenía que irse. Después Luz le explicaba que todos los señores que iban eran gente muy buena y trabajadora que estaba tratando de arreglar el mundo, pero que no podía contarle a nadie que habían estado ahí porque había gente mala que quería que se murieran. Un día, en una de esas reuniones, apareció la compañera Silvia como salida de la nada. La compañera Silvia era muy delgada y hablaba con acento raro. A Pavel le daba un poco de desconfianza su forma golpeada de pedir el azúcar para el café, pero Felipe y Luz estaban demasiado interesados en seguirle la plática como para darse cuenta. De repente, en mitad de la conversación bajaba la voz y se le nublaba la mirada, luego soltaba un par de palabrotas al aire, encendía un cigarro y seguía hablando de lugares en los que Pavel no había estado jamás, pero que por su nombre debían ser muy cálidos y llenos de plantas. Lo malo es que, fueran como fueran los lugares que mencionaba la compañera Silvia, no podía regresar allá, por lo que había tenido que quedarse una temporada en casa de Pavel y sus papás. Como el departamento era muy chiquito, la compañera Silvia había tenido que acomodarse en un catre de campaña en mitad de la sala. Pavel, que dormía en el único cuarto con sus papás, se preguntaba si no le daría miedo estar sola en lo oscuro. A veces, cuando Felipe y Luz creían que Pavel estaba dormido se ponían a discutir. Felipe hablaba siempre del deber y Luz terminaba llorando quedito para no despertar al niño. Pavel se quedaba con los ojos cerrados para que creyeran que seguía durmiendo y trataba de pensar en batallas fantásticas y sables de luz. Finalmente un día, mientras Luz estaba en el trabajo, Felipe se decidió a hablar con su hijo. Le dijo que tenía que irse a la selva con la compañera Silvia a luchar, pero que no podían acompañarlo. También le dijo que ahora él era el hombre de la casa y que tendría que portarse como todo un pionerito, como un soldado pues, y cuidar a su mamá. Luego, le dio un beso y un abrazo que le lastimó las costillas, tomó sus cosas y se fue. Pavel se quedó pensando que nunca se había fijado que la compañera Silvia era más bonita que Luz.

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LAS BARBAS DE LAS ESTATUAS O CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO ACERCA DE LA VIDA COTIDIANA

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Escribir un cuento acerca de la vida cotidiana es, como veremos a continuación, una actividad tremendamente delicada y llena de dificultades. Espero no echar a perder el suspenso si te digo que el problema principal — aunque ciertamente no el único— estriba en que un relato, al igual que la vida cotidiana que intenta reflejar, está hecho de pequeñas decisiones una detrás de la otra y que un simple error de cálculo al tomar cualquiera de ellas puede estropear definitivamente el resultado final. El cuento comienza cuando me despierto. No sabes la fecha ni qué día de la semana es, el autor todavía no lo ha dicho. Tampoco sabes cómo me llamo, sólo sabes que el texto está escrito en primera persona del singular, por lo que asumes que se trata de otro de esos cuentos en donde el autor —tal vez para que cualquiera pueda identificarse con el personaje principal, o quizás para disimular que no se le ocurrió ningún nombre creíble— llama simplemente “yo” a su protagonista. A lo mejor más adelante, algún personaje secundario mencione como de pasada mi nombre. O tal vez no. Ya veremos, por ahora es muy pronto para saberlo. La causa inmediata de que interrumpiera mi plácido sueño, fue el ruido estridente del despertador que está junto a mi cama y que me indica que, aunque afuera aún está oscuro, se hace tarde para ir al trabajo. De la frase anterior infieres que la acción no ocurre ni el sábado ni el domingo. Oh lector perspicaz (“mon semblable, mon frère”, piensa el autor que, como todos los de su calaña, se cree muy listo), tal parece que la narración te ha atrapado. Todavía amodorrado, me levanto y salgo de mi habitación para entrar al baño. El autor dedica un par de párrafos muy cargados de adjetivos para describir el lugar donde vivo y a ti se te ocurre que hubiera bastado con decir que es un cuartucho de azotea con las paredes descascaradas. El baño es compartido y el calentador no es de gas sino de leña. Como tú nunca has vivido en un cuartito de lámina, ni has usado un calentador de leña supones que mi situación económica es verdaderamente precaria. Lamento decirte que estás en lo cierto. En lo que se calienta el agua con la que me voy a bañar, tomo un rastrillo y me afeito con excesivo cuidado. El autor hace hincapié en lo mucho que disfruto el ritual del rasurado. Y lo que es más, me hace explicar que si hace unos meses no me hubiera obsesionado con eso, ahora no viviría así ni habría roto con Brenda, a quien hasta entonces consideraba el amor de mi vida. Esa última oración te desconcierta un poco, el estilo del texto te había hecho creer que se trataba de un relato costumbrista sobre la pobreza y ahora resulta que es una historia de amor fracasado. Esta impresión se ve confirmada por el hecho de que mientras me baño no dejo de pensar en cuánto extraño a Brenda y 31

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cuánto me hubiese gustado casarme finalmente con ella. Sin embargo, ella tomó su decisión y yo también. Termino de bañarme y regreso a mi cuarto a desayunar. El texto no especifica qué desayuno ni si en mi casa hay platos y cucharas, pero tu sentido común de lector experto te hace decidir que sin duda no comí steak and lobster, sino probablemente un huevo o unos corn flakes y seguramente para hacerlo me senté frente a una mesa (que te imaginas de pino rústico) y usé platos y cubiertos en lugar de mancharme las manos. Me doy cuenta de que eres un lector aplicado y te felicito por ello. Con sólo echarle un vistazo al reloj confirmo mi sospecha de que se me está haciendo tarde, ya casi van a dar las cuatro de la mañana. “¿Las cuatro de la mañana?” piensas extrañado, “¿qué no era de día?”. Pues verás, no. Si te fijas bien en lo que dice el tercer párrafo (anda, regresa a leerlo por ti mismo) el despertador sonó cuando todavía estaba oscuro. Ese es otro de los problemas de escribir un cuento sobre la vida cotidiana, resulta difícil precisar qué se entiende por vida cotidiana. Tanto tú como el autor tienden a imaginarse sus propias vidas, pero debo informarles que este cuento habla sobre mí, y yo me despierto cotidianamente a las tres y cuarto de la mañana. Por cierto que no es por gusto, sino por motivos de trabajo. Y de un trabajo que yo mismo elegí, más para mal que para bien. Apurado, salgo al fresco de la madrugada. Como no se menciona una sola palabra sobre el clima, te imaginas uno de esos amaneceres polvorientos y llenos de humo de la ciudad donde vives en lugar de la eterna llovizna de la ciudad que utilizó como modelo el autor. Supongo que estás en tu derecho. En cambio, la descripción del autobús que me lleva al trabajo es tan larga que hace que la lectura resulte fatigosa. Tú ya has leído otros cuentos del mismo autor y sabes que ese es uno de sus puntos débiles; para pasar por literato de primera, retaca los textos de citas indigestas y descripciones que no llevan a ningún lado. Pero lo cierto es que no consigue engañar a nadie y, si no fuera porque no tienes nada mejor que hacer, ni siquiera lo estarías leyendo. Ahogando un bostezo te saltas algunas páginas y lees el párrafo final que dice “yo por mi parte, como protagonista de la historia, no sé qué pensar”, pero luego te remuerde la conciencia y te regresas a la parte donde habías interrumpido la lectura. De vuelta al relato, el autobús en el que viajo, pasa enfrente de una plaza dominada por la estatua del Benemérito, desencadenando una analepsis (o flash back, para quienes prefieren los anglicismos) que finalmente te permite entender de qué trata el cuento. Hace un par de meses yo era un estudiante del octavo semestre de ingeniería industrial y Brenda —mi entonces novia— estaba a punto de graduarse en letras españolas. Ya teníamos todo planeado, tan pronto como concluyéramos con las formalidades de la escuela conseguiríamos un trabajo, rentaríamos una casita y nos casaríamos por todas las leyes. O por lo menos eso era lo que pensábamos.

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Total que, como a muchas otras parejas sin presupuesto para el motel, a Brenda y a mí nos gustaba vernos en una banca del parque, precisamente a la sombra de la estatua del Benemérito. En ese lugar podíamos estarnos horas enteras platicando de banalidades o simplemente dándonos besitos de aspiradora. Brenda era una muchacha muy estudiosa y estaba haciendo su tesis sobre el papel de la teoría de la recepción de Iser en la narrativa contemporánea, así que constantemente me comentaba sus puntos de vista al respecto. Tal vez tú, como lector asiduo, entiendas de qué te estoy hablando, pero debo confesar que yo no le entendía gran cosa y si le contestaba era sólo para continuar con la charla y no quedar como maleducado ante mi chamaca. Un mal día —para beneplácito del autor— a Brenda se le ocurrió contarme sus ideas sobre cómo debería estar escrito un relato “artístico” acerca de un tema cualquiera, pongamos por ejemplo, sobre la vida cotidiana. Fue justamente durante esa conversación, llevada a cabo por compromiso y de la que entendí menos de la mitad, donde quedaría atrapado por una idea que cambiaría para siempre mi propia vida cotidiana. El principio de la charla de Brenda ni siquiera se me quedó grabado, pero en determinado momento, mi noviecita santa dijo algo así como que la obra literaria —al igual que cualquier obra de arte— requería para estar completa de la colaboración del lector y que hasta entonces, sólo existía a medias. Yo le dije que eso era probablemente cierto en la literatura, pero que no veía como se aplicaba a otras formas de expresión artística. Por ejemplo, aquella estatua del Benemérito, era obvio que el escultor la había terminado y nosotros no hacíamos más que verla. Ella me dijo que no era verdad, que la estatua cuando no la veíamos era como si envejeciera y al Benemérito le salieran arrugas y le creciera la barba, pero que nosotros al interpretarla hacíamos que se pareciera la imagen del Benemérito que todos recordábamos. El texto no dice cómo terminó la discusión, pero tu experiencia personal con las damas te hace suponer que no acabó bien. Lo que sí dice es que me quedé tan impresionado con las palabras de Brenda, que esa noche soñé con estatuas a las que les salían barbas y había que estar afeitando constantemente para que se parecieran a sí mismas. Durante las semanas siguientes, no pude pensar en otra cosa. No me malinterpretes, querido lector, probablemente no soy un literato como tú, pero tampoco soy un idiota que no reconoce una metáfora. Entiendo perfectamente que a las estatuas no les crecen las barbas, pero también entiendo que sin duda sufren de las inclemencias del clima y de las ansias expresivas de los grafiteros. Después de un par de noches de insomnio pensando en eso, me di cuenta de que debería de haber alguien encargado de darles su manita de gato cotidiana o de lo contrario, viviríamos en una horrible ciudad sin estatuas. A lo mejor fue que no había dormido bien, pero me pareció que ese era uno de los trabajos más hermosos que cualquiera podría desear y decidí dejar la escuela para dedicarme a la noble tarea de proteger a las estatuas del rigor de la intemperie, en un intento por hacer de esta ciudad un lugar aunque sea un poquito menos feo. Eso es lo que hacen los artistas ¿no? 33

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Mientras me bajo del autobús frente a las oficinas de limpia municipal y checo mi tarjeta de entrada, el autor explica que cuando Brenda se enteró de que había cambiado un brillante futuro como profesionista por uno como barrendero, decidió cancelar la boda y no volvió a dirigirme la palabra. Mucho me temo que ese es el efecto que tiene la certeza del salario mínimo en las futuras esposas, aunque se dediquen a una cosa tan elevada como el estudio de la teoría de la recepción de Iser en la narrativa contemporánea. Cierras por un momento el cuento y te pones a reflexionar. La ruptura final con mi ex te parece un poco excesiva, pero necesaria para el desarrollo de la trama, en cuanto al tema del personaje que cambia su vida cotidiana por un anhelo estético te parece un poco trillado, pero puedes tragártelo haciendo un poco de esfuerzo. Con lo único que tienes que lidiar es con los constantes plagios (el autor, que presume de posmoderno, habría dicho citas) a Ítalo Calvino. Te preguntas en dónde comenzó a fallar la narración. Probablemente pienses que, ya que la vida cotidiana —al igual que los relatos que hablan de ella— está hecha de pequeñas decisiones una detrás de la otra, yo debo de haber cometido un gran error en algún punto para acabar como acabé. Sin embargo, el autor no está de acuerdo (claro, si yo hubiera seguido estudiando ingeniería industrial no habría cuento y él tendría que escribir sobre otra cosa). Yo por mi parte, como protagonista de la historia, no sé qué pensar. Sólo espero que, la torpeza del autor, no te haya impedido disfrutar de este cuento acerca de la vida cotidiana. Mi vida cotidiana.

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LA CASERA

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El día que Freddy y Laurita llegaron a la ciudad por vez primera, el sol caía a plomo sobre los edificios, destiñendo la ropa colgada en sus azoteas, mientras que el viento del sur cubría las calles con una fina capa de polvo y cenizas. El viaje había sido muy cansado, no tanto por la distancia de por sí considerable que los alejaba de su pueblo, sino porque una falla del autobús en el que venían, les había obligado a permanecer varias horas detenidos en mitad del calor sofocante de la carretera. Al verlos apearse en la estación, con sus minúsculas maletas y sus infantiles caras de estupefacción, cualquiera los habría tomado por una pareja de estudiantes de pinta, de no ser porque la chica estaba evidentemente embarazada. Moviendo lentamente las piernas entumidas por el viaje, los dos jóvenes comenzaron a andar en busca de un lugar donde pasar la noche. Freddy miró a su nueva mujer, acariciándose pensativamente el bozo que empezaba a crecer tímidamente sobre su labio superior, y que él llamaba pomposamente bigote. Ella le parecía realmente hermosa. Su rostro, muy blanco y aún mofletudo, estaba cubierto por una gruesa máscara de maquillaje para aparentar más edad. Sin embargo, su forma juguetona de entornar los párpados delataba que no hacía mucho que había abandonado a sus últimas muñecas. “¿No tienes hambre?”, preguntó Freddy mientras palpaba instintivamente la bolsa secreta de su mochila donde tenía guardados todos sus ahorros. “No”, mintió ella recordando que a partir de ahora tendrían que hacer rendir su dinero al máximo, “ahorita estoy bien”. Se habían conocido hacía poco más de un año en una noche disco que organizaba la escuela de Laurita para recaudar fondos y se habían gustado de inmediato. Era la primera vez que a ella le daban permiso para ir a un baile sola, y traía las copas de su sostén cuidadosamente abultadas con estopa. Apenas la vio, Freddy se alejó del grupo de amigos con el que había llegado. Se acercó a su silla aparentando una seguridad en sí mismo que no sentía y la invitó a bailar. Para su sorpresa, Laurita accedió de muy buena gana y ahí mismo entablaron una relación que desde un principio fue planeada para durar eternamente. Aunque las intenciones de ambos fueron siempre de lo más serias, desde la segunda cita acordaron mantener sus planes dentro del mayor secreto posible, para no atormentar a la familia de Laurita que era muy conservadora. A partir de entonces, Freddy dejó de frecuentar los billares y las salas de videojuegos, y

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comenzó a juntar todo el dinero que le daban en su casa, con vistas en su futuro matrimonio. Semejante previsión demostró no ser excesiva cuando unos cuantos meses más tarde, Laurita, contrariando sus costumbres reservadas, se presentó de improviso en casa de Freddy para avisarle que esperaba un hijo suyo. Aunque ninguno de los dos lo había planeado de esa manera, su nueva responsabilidad les pareció de lo más natural y, tras el previsible shock inicial, decidieron casarse cuanto antes. Sin embargo, tan pronto se enteró la familia de Laurita del proyecto de los muchachos, se opuso terminantemente al prematuro casamiento de su hija, y le prohibió volver a ver al desdichado que le había arruinado de una vez y para siempre la juventud. Laurita soportó con estoicismo espartano los regaños paternos e incluso pretendió estar convencida de que lo que más le convenía era alejarse de Freddy y tener a su hijo como a un hermanito, pero en realidad sólo intentaba ganar tiempo en lo que se le presentaba una oportunidad para escapar. Y efectivamente, tras cuatro meses de espera, la oportunidad se presentó. Una mañana, Laurita, que ya había recuperado la confianza de sus padres, se ausentó de su casa con el pretexto de ir al centro de salud para hacerse un chequeo rutinario, pero en realidad tomó sus escasas pertenencias personales y se dirigió a la estación de autobuses, donde la esperaba Freddy, quien ya estaba al tanto del plan. Ahora, perdidos en la gran ciudad, eran finalmente libres de llevar su vida —y la de su hijo nonato— de la manera que juzgaran más conveniente. Por otro lado, la elección de su nuevo lugar de residencia no era del todo aleatoria, pues Freddy recordaba tener un tío lejano ingeniero que vivía en esa ciudad y esperaba acudir a él en busca de trabajo y, por qué no, tal vez un poco de apoyo moral. Levemente aturdidos por la irreversibilidad de sus decisiones, Freddy y Laurita entraron en un sórdido edificio en cuya entrada estaba escrito con caligrafía escolar: “Se rentan cuartos por mes”. Luego de tocar durante un rato más bien largo el timbre principal, los atendió una señora como de sesenta años, que traía puesto un delantal de flores arrugado y chancletas de hule, y que dijo ser la dueña del inmueble. En un principio, la señora no pareció estar muy satisfecha con el aspecto indefenso de la pareja y puso muchas objeciones para rentarles, pero luego, Freddy, que había estado durante todo el viaje preparando una historia verosímil, le dijo que acababa de egresar de ingeniería civil y que había venido a la ciudad con su esposa, por que la compañía donde trabajaba su tío le ofrecía un puesto de cierta responsabilidad. La casera entonces hizo como si no se hubiera percatado del tartamudeo de Freddy y accedió a albergarlos encogiendo los hombros con gesto resignado.

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El único problema era que, descontando lo poco que pensaban utilizar para comer durante los siguientes dos o tres días, el dinero que traían apenas alcanzaba para cubrir un mes de alquiler y la dueña exigía siempre el pago de un depósito antes de rentar, como previsión contra los daños que los inquilinos pudieran causarle. Tras una discusión larga y tediosa en la que Freddy se vio obligado más de una vez a suplicar, la señora aceptó que se quedaran, alegando que lo hacía sólo porque se trataba de una pareja de jóvenes profesionistas, cuya preparación les permitiría saldar pronto su deuda. La doña tomó el dinero que los muchachos le ofrecían y se retiró recordándoles que al día siguiente volvería sin falta a cobrar lo que restaba y a traerles el contrato de arrendamiento. El cuarto era bastante oscuro pues no tenía ventanas y las paredes, pintadas de color rojo chillante, estaban llenas de peladuras y manchas de humedad, pero Freddy y Laurita estaban tan cansados por el viaje que esas pequeñeces parecían no importarles. A la mañana siguiente, tan pronto despertaron, Freddy salió a buscar a su famoso tío ingeniero, dispuesto a arrodillarse si era preciso con tal de obtener un pequeño adelanto por el trabajo que seguramente conseguiría, y Laurita se quedó en casa tratando de arreglar los seis metros cuadrados de que disponían de tal forma que parecieran un hogar. Como a eso de las cinco y media de la tarde, Freddy volvió al cuarto — que ciertamente estaba un poco más acogedor gracias a la laboriosidad de Laurita— derrotado y sudoroso, pues las direcciones que tenía de la casa y la oficina de su tío resultaron estar mal copiadas. Laurita tomó aquel fracaso inicial con toda la entereza que pudo, pero por más que lo intentó, no logró evitar que la preocupación se reflejara en su cara. Entonces Freddy, esforzándose visiblemente en sonreír, la abrazó con fuerza y le dijo que no se preocupara, que ya encontrarían la forma de salir adelante. El resto de la tarde estuvieron tratando de inventar una mentira que les permitiera retrasar aunque fuera un poco el pago del depósito del cuarto. Después de pensarlo un buen rato, lo único que se les ocurrió fue apagar todas las luces y no abrir la puerta cuando se presentara la casera a cobrarles. Tratando de no hacer ruido, se acostaron en el montón de ropa que les servía de cama y se quedaron abrazados, aguzando al máximo los oídos, pendientes de lo que ocurría del otro lado de la puerta, pero la casera no se acercó al cuarto en toda la noche. Al día siguiente, Freddy volvió a salir en busca de cualquier trabajo, y Laurita estuvo todo el día encerrada, decidida a no abrirle a la casera aunque tumbara la puerta. Ese día, Freddy regresó al cuarto casi al anochecer y mucho más desesperanzado que el día anterior, pues por ningún lado encontraba empleo. Laurita, a quien el encierro estaba volviendo suspicaz, le dijo que la casera no había dado señales de vida en todo el día y que empezaba a dudar que la señora que los había atendido cuando llegaron fuera en realidad la dueña del cuarto. Freddy se sorprendió por la sospecha de su mujer, pero ésta le recordó 38

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que la señora en ningún momento se había identificado y tan sólo se limitó a recibir el dinero y a entregarles una llave del candado del cuarto, por demás bastante fácil de falsificar. Enojado, Freddy le ordenó a Laurita que no lo molestara más con esas estupideces y cambió de tema, pero por la noche no pudo dormir pensando en ello. A pesar de que era una verdadera locura, la idea no dejaba de darle vueltas en la cabeza. Y si de veras se habían topado con una estafadora profesional, o peor aún, con una ex inquilina sin escrúpulos aprovechándose de la oportunidad, entonces ¿qué iban a hacer? Cuando llegó la mañana los dos estaban de pésimo humor. Freddy volvió a salir refunfuñando a buscar un empleo y Laurita dejó todo el día la puerta abierta, dispuesta a encarar finalmente a la supuesta casera, pero ese día tampoco se presentó. A las diez y cuarto de la noche Laurita, bastante preocupada porque Freddy todavía no regresaba, decidió que sin importar lo que pasara, no volvería a casa de sus padres y nunca dejaría que nada le hiciera falta a su bebé.

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EL SORPRENDENTE CREDO DEL DOCTOR EFRAÍN ARRIAGA

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Al doctor Efraín Arriaga me lo presentó una tarde de principios de primavera, mi maestro José Luis Herrador. Ahora que lo pienso, Herrador me presentó a una buena cantidad de las personas más extravagantes que conocí en Xalapa por esas fechas. Claro que en cuanto a rarezas, el doctor Arriaga se los llevaba a todos de calle. Estábamos a fines de marzo o comienzos de abril del noventa y seis, y yo cursaba el segundo semestre de biología en la U.V. Una de las cosas que más me exasperaban en ese entonces, era la casi completa ignorancia que mostraba la gran mayoría de mis maestros y compañeros en todos los temas que se apartaban un poco de sus respectivas especialidades. Todos —o mejor dicho— casi todos, se incomodaban bastante cuando la conversación dejaba de ser el ciclo de vida de los licopodios, y rara vez manifestaban cualquier tipo de preocupación filosófica o social. El famoso efecto de las dos culturas del que se quejaba Snow. Entre las excepciones más honrosas a esta regla, se encontraba precisamente José Luis Herrador, un etnobotánico barbudo y correoso como quijote, que me daba una clase llamada “Taller del Ámbito del Biólogo”, y que con el tiempo llegó a ser buen amigo mío. Como en esa época yo vivía solo en un departamento cerca de los Berros y me daba mucha flojera guisar, casi todos los días me ponía de acuerdo con José Luis y los dos nos íbamos a comer una comida corrida a La Sopa. Fue precisamente durante una de esas comidas que me encontré por vez primera con el doctor Arriaga. En esa ocasión en particular, Herrador y yo estábamos conversando acaloradamente sobre la filosofía de la complejidad de Edgar Morin, tema que era una especie de leitmotiv para mi comensal. Aunque yo jamás había leído un libro completo de Morin, lo conocía más o menos por las fotocopias que Herrador nos daba regularmente en clase. Era un tipo extraño, Herrador, no Morin. Como el programa de su materia le parecía impertinente —cosa que, en mi opinión, era bien cierta— había decidido simplemente dejarlo a un lado y dar en su lugar una cátedra sobre la complejidad. Por supuesto, la mayor parte de mis compañeros no entendían ni jota de lo que él decía, y por consiguiente lo odiaban más que al efecto invernadero. Sin embargo, curiosamente por las mismas razones por las que los demás no lo soportaban, a mí me caía muy bien. Decía pues, que el día que conocí a Arriaga, estaba con Herrador, platicando acerca de Morin como de costumbre. En determinado momento, mientras trataba de explicarme una parte del pensamiento ecologizado especialmente esotérica, un destello de sorpresa brilló brevemente en su mirada, interrumpiendo su monólogo. 41

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— Mira —fue todo lo que dijo— Ahí va un gran bioquímico. Un poco sorprendido por el giro de la conversación, volteé rápidamente hacia la puerta, justo a tiempo para ver como entraba al restaurante un hombrecillo menudo de tez pálida y barba canosa, que llevaba un anillo con un pequeño diamante engarzado en el índice derecho. Para cuando me quise dar cuenta, ya mi maestro se había levantado a saludarlo y lo había invitado a nuestra mesa, presentándolo como el doctor Efraín Arriaga, bioquímico especialista en estudios teóricos acerca del comienzo de la vida en la Tierra. Aunque entonces ni siquiera lo imaginaba, ese encuentro tendría serías implicaciones sobre mi idea del mundo durante lo que me queda de vida. Por principio, el doctor Arriaga me cayó bastante bien. Tenía cerca de cincuenta años y, a pesar de su abultado currículum, aún conservaba una timidez casi adolescente en el trato. A diferencia de todos los especialistas que había conocido antes, Arriaga no se desvivía por contarnos cada pormenor de sus investigaciones y apenas respondía por compromiso a las preguntas que Herrador le formulaba sobre su trabajo reciente. Esa evidente falta de afectación, aunada a las referencias de Herrador respecto a su gusto por el ajedrez, hicieron que antes de que terminara la comida, me prometiera a mí mismo intentar frecuentar a tan agradable caballero. Fue necesario bien poco tiempo antes de que la casualidad me volviera a poner frente a frente con el doctor Arriaga, una vez más en La Sopa. En esa ocasión había ido a comer yo solo, y el mismo Arriaga me pidió permiso para acompañarme tan pronto me reconoció. Yo por supuesto accedí encantado, y para antes de que llegara el guisado ya habíamos concertado una cita para jugar ajedrez. De esa manera comenzó la que fue probablemente la más extraña de mis amistades. Nos reuníamos una vez por semana a jugar una partida de ajedrez y conversar acerca de los temas más variados. Al principio, nuestro único interés en común era el juego, pero con el paso del tiempo, ciertos comentarios dejados caer por Arriaga en el transcurso de nuestras charlas, me convencieron de que mi interlocutor era un hombre excepcional. Para empezar se trataba de una persona profundamente religiosa, pero en un modo totalmente nuevo para mí. No era el típico creyente que se contentaba con tener fe en las revelaciones. Por el contrario, pues aunque había consagrado su vida entera a la búsqueda de Dios, su formación como científico materialista le había hecho concebir una idea de Dios muy distinta de la tradicional. Un Dios material, ni más ni menos. Al principio, la sola idea de un Dios material se me antojaba francamente grotesca, una de esas curiosidades monstruosas que sólo existen en nuestra mente, como un papagayo con esmoquin o una hormiga con cabeza de reloj de pared; sin embargo, conforme el transcurso de nuestra amistad fue revelándome la idiosincrasia de Arriaga, comencé a comprender la lógica que había detrás de ese credo.

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Arriaga era hijo de un pastor protestante, quien le había inculcado desde su primera infancia un amor al misticismo y un deseo de piedad que lo acompañarían durante el resto de su vida. Siendo muy joven, su afición por los temas divinos lo puso en contacto con una gran cantidad de lecturas procedentes de muy distintas creencias religiosas. Uno de los libros que más le impresionó durante esta época fue “La doctrina secreta” de Madame Blavatsky, en el cual se enteró por vez primera de la existencia de la teosofía, un sistema filosófico religioso, cuyo objetivo primordial consiste en facilitar el conocimiento de Dios mediante la intuición directa y la investigación filosófica. Impactado por la posibilidad de conocer a Dios, Arriaga decidió consagrar el resto de su vida al estudio de la divinidad. Lo original en él era que, a diferencia de tantos otros, prefirió no enfocar su aprendizaje religioso en lo que decían las sagradas escrituras acerca de Dios, sino en su propia obra: la naturaleza. Así, según él, tenía más oportunidades de comprender el verdadero significado del trabajo del Creador. Animado por este pensamiento, Arriaga se matriculó en el Politécnico para estudiar ciencias químicas, sin saber que de esta forma le daría un giro importante a su profesión de fe. No resulta extraño que, al ser la vida la parte más milagrosa de toda la creación, fuera precisamente su estudio desde el punto de vista de la bioquímica lo que más le interesara, en especial todo lo que estuviera relacionado con su origen. Y es que si lograba comprender cómo había surgido la vida, estaría a sólo un paso de saber en qué estaba pensando Dios al crearla. Por lo menos eso era lo que él creía. Toda la fe de Arriaga se tambaleó cuando, en algún momento entre el segundo y el tercer año de la carrera, se topó con los trabajos de Oparin. Ahí, se enfrentaba a una explicación concisa y prácticamente irrefutable sobre el origen de la vida, que prescindía por completo de cualquier principio no material, Dios incluido. Todavía en la época en que yo solía frecuentarlo —varias décadas después de su encuentro con esas teorías— Arriaga podía citar de memoria algunos pasajes del libro del pensador soviético. — “Toda la historia de la ciencia de la vida” —recitaba como quien expone el catecismo— “nos muestra lo fecundo que es el camino materialista en el estudio de la naturaleza viva sobre la base de la observación objetiva, de la experiencia y de la práctica social histórica”. Ante semejante disyuntiva filosófica, Arriaga hubiera podido desconocer la validez de las tesis de Oparin como tantos otros, pero no lo hizo. Hubiera podido también renegar de sus antiguas creencias y convertirse a una nueva fe, pero tampoco fue esa su decisión. Lo que Arriaga hizo en cambio, fue reinterpretar ambas creencias, una a la luz de la otra, llegando a una conclusión hasta donde yo sé totalmente inédita; Dios existe, pero no es un ser espiritual sino un ente material. Arriaga sostenía que la esencia de la materia viva, es decir, lo que podríamos considerar como su alma material, estaba representada por la totalidad de átomos de carbono del universo. En efecto, por definición, la 43

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principal característica que distingue a las sustancias orgánicas de las inorgánicas es la presencia de átomos de carbono en sus moléculas. De hecho, sin este elemento, la vida misma resulta inconcebible, por lo que Arriaga terminó por identificarlo como el principio vital de la naturaleza. Según Arriaga, el Espíritu-carbono, no siempre había estado en contacto con formas inferiores de materia como ocurre actualmente en los seres vivos, sino que en un principio, se encontraba en estado puro formando parte del fuego nuclear de las estrellas. Poco a poco, conforme las estrellas fueron desarrollando sistemas planetarios a través de las edades, una porción de este carbono cayó en una infinidad de mundos, entre ellos la Tierra. Ahí, las reacciones producidas por el contacto con otros elementos habían dado origen a la vida tal y como nosotros la conocemos, la cual, después de todo, no es una manifestación privilegiada del Espíritu-carbono sino una enajenación demiúrgica de su naturaleza inmanente. De acuerdo con esta idea, cuando un organismo se muere sus átomos de carbono no permanecen para siempre con él, sino que son absorbidos por otros organismos, reiniciando así un ciclo ecológico más, en una especie de reencarnación material. Con el paso del tiempo, el carbono va perdiendo los vínculos que lo unen a los demás tipos de átomos y tiende a formar depósitos en el subsuelo, los cuales —con un poco de suerte— sufrirán eventualmente la acción de altas presiones, producto de la actividad geológica, y se transformarán en diamantes. Llegado a este punto el carbono vuelve a encontrarse libre de impurezas y con una estructura molecular perfectamente ordenada, como cuando formaba parte de las estrellas. Entonces, finalmente habrá alcanzado su destino, trascendiendo el absurdo de los sufrimientos de la vida y la reencarnación sin fin. Obviamente, Arriaga no me explicó toda esta cosmovisión de un día para otro, sino que yo mismo tuve que irla reconstruyendo a partir de las pláticas que sostuvimos durante casi cuatro años. Debo confesar que en un principio, cuando nuestras charlas sobre ajedrez comenzaron a desviarse rumbo a la teología, estuve varias veces tentado a cambiar definitivamente de tema. La verdad es que desde niño he sido teofóbico, más que simple y llanamente ateo, por lo que esas cuestiones no hacían más que ponerme nervioso. Sin embargo, el recuerdo de mis propias quejas respecto a la cerrazón filosófica de mis colegas, siempre me hizo contenerme cuando ya estaba a punto de despedirme de Arriaga y dar por terminada nuestra peculiar amistad. Al final, si bien no me convertí a tan extraña fe, tengo que admitir que sí me hizo pensar bastante. Poco a poco, los lazos amistosos que me unían al doctor Arriaga se fueron estrechando de tal manera que, cuando hacia finales del noventa y nueve le diagnosticaron un tumor maligno en el hígado, yo era la persona más allegada a él. Para entonces, yo acababa de salir de la facultad y ya no era un atolondrado estudiante de biología, sino todo un pasante, aunque igual de atolondrado. Durante sus últimas semanas de vida, me dediqué a visitarlo diariamente a su 44

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cama de hospital, tratando de animarlo un poco sin el menor éxito. Finalmente, recordando sus palabras, descubrí como hacerlo feliz por última vez. Una tarde, me presenté frente a su cama de hospital y le pregunté con la voz más decidida que pude si tenía en su poder algún diamante. Evidentemente, yo sabía de antemano que la respuesta sería afirmativa, pues recordaba la sortija que tanto me había llamado la atención cuando nos conocimos, y que más tarde tuve muchas oportunidades de volver a ver en nuestras reuniones para jugar ajedrez. Sin decir una palabra, aunque visiblemente sorprendido, Arriaga me entregó la joya, quizás pensando que lo que yo le pedía era una especie de herencia adelantada. Haciendo mi mejor esfuerzo por controlar el nudo que se me estaba formando en la garganta, le dije que sabía cómo ahorrarle las futuras reencarnaciones a los átomos de carbono de su cuerpo; transformando sus cenizas en duro diamante. Halagado, aunque escéptico, Arriaga me dijo que ya había pensado en algo así, pero que para que eso fuera posible hacía falta someter los compuestos carbonados producidos por su incineración a una temperatura de 2760 grados Celsius y a presiones de 56 toneladas por centímetro cúbico, que no podría alcanzar en su laboratorio. Sin embargo, yo no me iba a rendir tan fácilmente y le recordé que eso era cierto sólo si intentaba sintetizar un diamante únicamente a partir del carbono de su cuerpo, pero que según había estado investigando, a finales de la década de 1960 se había desarrollado un método para el “cultivo” de los diamantes, calentando una pequeña muestra como la de su sortija y sometiéndola a la presencia de gas metano, que en este caso obtendríamos de sus cenizas. De esta forma, el gas se descompone en átomos de carbono que se adhieren al cristal de diamante, agrandándolo. No sé si Efraín se sintió reconfortado por mi propuesta, o si solamente accedió para no ofenderme, pero poco antes de morir dispuso que cuando lo incineraran yo me hiciera cargo de sus cenizas. De cualquier forma, aparte del consuelo —fingido o no— su última voluntad no tuvo mayores consecuencias, pues en el laboratorio donde él solía trabajar se sintieron tan horrorizados por la sola idea de experimentar con el maestro muerto, que no me permitieron ni volver a entrar siquiera. Al poco tiempo me casé con mi novia de toda la vida y lentamente todo el asunto fue pasando a segundo término. Hoy en la mañana, mientras hacía la limpieza, me encontré arrumbada la urna con las cenizas y la sortija, que aún guardo en espera del día en que encuentre un laboratorio donde cumplir mi promesa. Lo único que evita que los remordimientos por mi desidia terminen de enloquecerme, es que, en el fondo, soy perfectamente consciente de que el concepto en sí mismo de un alma material que sólo descansa en el diamante o las estrellas, corresponde al poco común credo del doctor Efraín Arriaga, no al mío propio. Y hasta donde yo entiendo, a él no debe importarle mucho en estos momentos.

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BEBÉS

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Cuando, tras varias separaciones temporales, Esteban y Sara rompieron definitivamente, se encontraron con que no solamente habían terminado con una larga relación, sino también con la mitad de su juventud. Sara por lo menos estaba destrozada. La causa misma de su desavenencia le parecía tan estúpida que aún meses después no podía convencerse del todo de que fuera verdad. Pero lo era. Como luego de cinco años de intentos no había podido quedar embarazada, Esteban había decidido abandonarla y largarse en busca de alguien con quien tener todos los bebés que se le diera la gana. A pesar de que nunca había considerado a la maternidad como su meta principal en la vida y siempre había sido capaz de bastarse a sí misma, Sara no podía reprimir la sensación de desamparo y frustración que la embargaba. Se sentía fuera de lugar en esa ciudad inmensa que ya no le decía nada sin la presencia del hombre por el que lo había dejado todo. Por las noches soñaba que Esteban regresaba a pedirle perdón, pues había descubierto que en realidad era él quien no podía fertilizarla, pero al despertar seguía estando sola y tenía las mejillas curtidas por las lágrimas. Un día, su depresión fue tan abrumadora que no volvió al trabajo, y con tal de no caer en la tentación fácil de la autodestrucción, malbarató lo poco que tenía y se regresó al pueblo a vivir con su familia. La idea era tomar unas vacaciones largas para aclarar su cabeza sin tantas presiones, y después volver a trabajar y a hacer su vida normal con bríos renovados, como si hubiese vuelto a nacer. La familia de Sara aceptó su regreso a la casa paterna con la misma naturalidad con la que año tras año recibían la temporada de lluvias. Probablemente cada uno por su cuenta tenía alguna opinión sobre el hecho, pero por una costumbre familiar de la que en el fondo se sentían orgullosos, nadie dijo nada y todo siguió no como si la hija acabara de regresar, sino como si jamás se hubiera ido. Al fin y al cabo, había tanta gente viviendo en la casa que una boca más no hacía ninguna diferencia. Además del papá y la mamá de Sara, la familia estaba compuesta por la abuela, un primo estudiante, dos hermanas pequeñas, una mayor casada, su esposo y dos hijos; que con la recién llegada sumaban diez almas bajo el mismo techo y haciendo uso del mismo drenaje. Como las habitaciones eran un recurso escaso, Sara llegó a instalarse con todo y su equipaje al cuarto que compartían sus dos hermanas menores, y por un tiempo el murmullo constante causado por la gente y la televisión siempre encendida, mantuvo su pena agradablemente anestesiada. El papá de Sara era un cincuentón de bigote amarillento que había trabajado toda su vida de empleado municipal y ahora consagraba las horas 47

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perdidas de su jubilación a jugar billar con otros señores de guayabera y pantalón de dril. Casi nunca estaba en la casa y en el pueblo se rumoraba que tenía otra señora, pero entre la familia el sólo pensar en eso era considerado como un acto de alta traición. Llegaba siempre tarde por la noche y tenía el derecho absoluto de elegir el canal de televisión que se vería en su presencia, pero apenas se sentaba en su sillón y caía infaliblemente dormido hasta que alguien —por lo general su esposa— lo despertaba para que se fuera a acostar. La mamá de Sara era una mujer correosa que a base de sacrificios había montado una tienda de abarrotes en su cochera y se dedicaba a administrarla con mano de hierro. Aunque con trabajos había pasado de tercero de primaria, no había quien hiciera las cuentas más rápido que ella, incluyendo a su sobrino el estudiante y a su hija Sara que se había recibido como contadora. Su único pasatiempo eran las telenovelas de la noche y podía pasarse horas hablando de sus personajes con el mismo tono que usaba para hablar con las vecinas de sus propios nietos. La casa en la que vivían todos, había sido originalmente de la familia del papá de Sara y, de hecho, aún estaba a nombre de la abuela Basilia, pero con el paso del tiempo, la anciana había ido perdiendo paulatinamente su papel de cabeza del clan para convertirse en apenas algo más que una parte prescindible del mobiliario. Cuando la entonces novia de su hijo se había embarazado de Mónica —la hermana mayor de Sara— Doña Basilia había invitado a la joven pareja a vivir con ella en lo que conseguían una vivienda propia. Casi treinta años después, el hijo de Basilia y su esposa no sólo no se habían ido, sino que ahora además albergaban bajo su techo a sus cuatro hijas y sus dos nietos. Desde que eran muy pequeñas, Mónica y Sara habían demostrado tener personalidades muy distintas. Mientras que la primera fue siempre una niña muy traviesa e inquieta, la segunda había volcado todas sus energías a los estudios a partir de la primaria. En el fondo el motivo no era que Sara fuese particularmente responsable, sino que de algún modo había comprendido intuitivamente que su única oportunidad de alejarse de su familia y de su pueblo era convirtiéndose en una profesionista. Sin embargo, a raíz del rompimiento con Esteban y su obsesión con los bebés, la misma independencia que tanto trabajo le había costado ganar, comenzó a parecerle una pesada carga, y aunque no se lo confesaba ni a ella misma, su regreso tenía un penetrante sabor a fracaso. Mónica por su parte, había pasado por todas las escuelas de paga de la zona, antes de poder terminar el bachillerato de mala gana. Unos cuantos días después de concluir las clases, se había huido con su novio de la escuela, un muchachito lampiño que, al sentir la responsabilidad de su nueva familia, se volvió aprendiz de electricista. Su primer hijo, Brian nació apenas transcurrido un año de matrimonio y Ricky, el segundo, dos años después, mientras Sara se iba a vivir con Esteban fuera de la ciudad. Luego de su segundo parto, Mónica estuvo lista para volver a vivir en casa de sus padres, pero trajo a sus hijos y a su marido consigo.

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La verdad sea dicha, el padre de Mónica y Sara nunca tuvo mucho aprecio por su yerno Ricardo, pero desde que se habían ido a vivir con ellos estaba convencido de que se trataba de un auténtico retrasado mental. Sin embargo, como quería mucho a sus nietos, no decía nada así que, para quien no estuviese enterado, casi hubiera parecido que estimaba al muchacho. Ricardo pasaba la mayor parte del día ayudando a su jefe a reparar instalaciones eléctricas, Mónica se quedaba en casa a limpiar y preparaba la comida de todos y los niños —cuando no estaban en el kínder— se dedicaban a molestar a sus tías Sonia, Jessica y, tan pronto llegó, Sara. Por otra parte, no había nada mejor para el estado de ánimo de Sara que servir de niñera a esos dos críos que se pasaban el día gritando, peleándose por naderías y sacando de quicio a sus hermanas adolescentes. Mientras estaba con Brian y Ricky podía imaginarse que era una mujer normal capaz de engendrar niños como ellos, y sobre todo, que Esteban la había repudiado sin razón y tarde o temprano se arrepentiría. Lo cierto es que, debido a sus ya largos años conviviendo casi exclusivamente con adultos, en un principio le costó trabajo acostumbrarse a sus sobrinos, pero conforme el paso de las semanas la iba ablandando se fue sintiendo cada vez más y más cómoda con sus juegos hasta que, cuando se dio cuenta, ya era una más entre los niños. Todas las mañanas se levantaba tarde y se ponía a ver caricaturas en la tele en lo que Brian y Ricky volvían del jardín de infantes, luego comía con desgana cualquier cosa —o mejor aún, muchas veces ni siquiera comía a menos que Mónica o su mamá se lo rogaran durante un rato— y se pasaba el resto del día jugando con los niños al cabezón, al escondite, a la agarrada o a los cayucos. Mientras tanto, en su familia nadie pensaba que Sara debía de volver a trabajar, o si lo pensaban, nunca lo dijeron. Sólo Mónica se acordaba de cuando en cuando de que su hermana se pasaba la vida dentro de la casa, aliviada por no tener que hacerse cargo personalmente de cuidar a sus dos hijos. Poco a poco, el deprimido régimen de vida de Sara, comenzó a hacerle perder peso. De hecho, ella se sentía como si se estuviese encogiendo, pero no le importaba gran cosa y por momentos casi hasta estaba bien. Después de un tiempo, los juegos con sus sobrinos empezaron a parecerle demasiado complicados. A partir de entonces su único refugio era la televisión que, afortunadamente, jamás se eclipsaba en la casa. Llegó un momento en que solamente interrumpía su atenta observación de las lucecitas parpadeantes del aparato para dormir largas siestas y beber sorbitos de leche. No pasó mucho tiempo antes de que cedieran sus últimas reservas y se dejara cambiar amorosamente el pañal por su hermana mayor, transformada finalmente en el bebé que nunca pudo tener.

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EL HOMBRE DE LAS OREJAS CALIENTES

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Respiró profundamente y la bocanada de aire le supo a vidrio. El autobús era un cráneo de platino, una barra de hielo caliente que se desplazaba con lentitud por las calles del centro. Trató de mirar a través de la ventanilla y lo deslumbró la blancura de un foco que brillaba en la acera de enfrente. Tenía las orejas calientes. Afuera, el frío helaba el aliento, pero dentro del camión la sangre se le había vuelto viscosa por el calor. Los cuerpos, flácidos, se balanceaban a cada sacudida del autobús, detenidos entre sí tan sólo por su cercanía. Un viejo tocaba la guitarra y cantaba con la voz más triste del mundo. “No pretendo ser tu dueño, no soy nada, yo no tengo vanidad”. La dignidad de los vencidos se ocultaba entre las grietas de su canción. El hombre de las orejas calientes tuvo un mareo súbito. La canción del viejo lo envolvía como telaraña, adormeciéndolo. Se sentía francamente mal, tenía el cuello rígido y un poco de nauseas. Le asqueaba estar dentro del camión, el olor de los pasajeros y la guitarra del viejo. Así era siempre, cuando se sentía bien podía ser muy tolerante, pero cuando estaba enfermo no soportaba tener a nadie cerca. Era una actitud bastante antipática y lo sabía, pero no podía hacer nada por evitarla. Así era y ya. Quedó mirando al viejo durante un instante que le pareció larguísimo. Su bigote canoso le caía chorreando sobre la boca, tapándole unos cuantos dientes chuecos y amarillos al cantar. No se podía negar que el viejo era aceptablemente bueno con la guitarra, pero el hombre de las orejas calientes no estaba para boleros. Finalmente, el viejo calló, volvió los ojos nublados a los pasajeros que lo miraban sin verlo y pidió una limosna. El hombre de las orejas calientes metió una mano al bolsillo de su chamarra y le aventó unas cuantas monedas como quien apedrea a un gato para que se calle. El viejo agradeció a nadie en especial y se bajó del camión mientras el chofer volvía a encender la chunchaca de su radio. El hombre de las orejas calientes sintió otra oleada de mareo y le frunció el ceño a las luces de los autos que se colaban por la ventanilla. A las dos cuadras pidió la parada y salió del autobús, ansioso por respirar aire limpio. El viento helado cargado de llovizna le azotó la cara al bajar. Con el frío sus orejas se habían puesto coloradas, pero no por eso estaban menos calientes. Se agarró a su chamarra como a un cordón umbilical y abrió el paraguas. Las luces de la calle eran demasiado para sus ojos. Un dolor punzante que partía de su hombro izquierdo le recorrió el cuello hasta llegar a la sien. Se sentía aturdido.

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Caminó lentamente entre el protoplasma de gente que pasaba por ahí. Todos se parecían a él, pero ninguno tenía las orejas calientes. Tal vez por eso lo odiaban tanto, aún antes de conocerlo, Hubiera preferido caminar solo. Un nuevo acceso de migraña le partió la cabeza de un golpe. Levantó la vista y a través del resplandor alcanzó a ver el despacho del notario. Disminuyó el paso y entró. La luz de halógeno del despacho era insoportable pero hacía menos frío que afuera. Dudó un momento antes de apagar la sombrilla, sus orejas debían de parecer dos focos rojos pues le ardían. Tenía sed. Una secretaria bastante atractiva le ofreció asiento entre un grupo de personas distantes que también esperaban ser atendidas. — Sí señorita, me manda el licenciado a pagar lo de las escrituras —dijo. La secretaria le pidió su nombre completo y el de su jefe y él se los dio, luchando contra la sed quemante y unas repentinas ganas de orinar. Un escalofrío recorrió su columna al darse cuenta de que a pesar de la jaqueca no dejaba de observar con gula los senos de la secretaria. Su boca se puso un poco más pastosa. — Espéreme un momentito, señor —dijo la muchacha— en un segundito le traigo el recibo. — Está bien —concedió él— mientras tanto, ¿puedo pasar a su baño? La secretaria lo dudo un segundo y luego señaló una puerta al fondo del pasillo, haciendo una mueca de fastidio. El hombre de las orejas calientes caminó hacia el baño manteniendo apenas el equilibrio, tan pronto cerró la puerta comenzó a orinar. Su orina era demasiado amarilla y le ardía al salir, estrellándose contra un mar de espuma hirviente. El dolor de cabeza disminuyó apenas su intensidad, pero la sed quemante redobló su ataque al salir del baño. Seguía mareado. La secretaria lo esperaba en el despacho con una mirada que le pareció hiriente. Sus piernas torneadas se apoyaban en el filo inverosímil de los zapatos de tacón y el hombre de las orejas calientes temió por su vida. — Tome —le dijo a la muchacha mientras le extendía un fajo de billetes que había mantenido escondido con sumo cuidado durante el viaje en camión. Ella le entregó mecánicamente el recibo y le dedicó unas cuantas palabras que él no pudo rescatar de entre el movimiento de sus atractivos labios. El hombre de las orejas calientes asintió con la cabeza y salió del despacho abriendo su paraguas por mera costumbre. Cuatro cuadras más adelante se dio cuenta de que ya no estaba lloviendo y lo cerró. El dolor al fin había comenzado a ceder.

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SIETE AÑOS DE MALA SUERTE

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Aunque no me considero una persona supersticiosa, siempre le he tenido un poco de miedo a los gatos. Nada muy grave, claro, sino más bien una cierta ansiedad asociada a su presencia, como si presagiaran una desgracia inminente. Sin embargo, como a mi hija Tina le encantan y ella es la persona que más quiero en el mundo, me aguanto y convivo con ellos, y a veces hasta finjo que sí me gustan. El caso es que cuando a Piloto, nuestro gato, lo envenenó un vecino resentido por no sé qué fechorías en su cocina, en honor a la verdad no lo sentí mucho. De todos modos, el espectáculo no fue agradable. El infeliz animal alcanzó a llegar nuestra casa con sus últimas fuerzas y tras vomitar un líquido amarillento y viscoso se dejó caer sobre el tocador de mi esposa, rompiendo la luna del espejo con su cabeza. Después de eso, ya no volvió a moverse. Preocupada por la impresión que semejante escena pudiera causar en Tina, mi mujer me pidió que me deshiciera del cadáver, antes de que la niña lo viera. Haciendo un esfuerzo por reprimir el asco, tomé al bicho muerto con un periódico y lo aventé a una bolsa de basura, mientras mi esposa y la criada limpiaban el charco de vómito. Luego, no se me ocurrió nada mejor que poner la bolsa en la cajuela de mi carro, para ir a enterrarlo más tarde. Apenas habíamos terminado de medio limpiar el desorden cuando llegó Tina, que se acababa de despertar de su siesta. Al ver el espejo roto me preguntó que había pasado y yo le mentí que lo había quebrado la criada sin querer. “Yautzi tonta” dijo Tina con toda la inocencia de sus cinco años, “ahora vamos a tener siete años de mala suerte”. Yo le dije que no había sido culpa de nadie y que no creyera en esas supersticiones, y luego para distraerla, me ofrecí a llevarla a tomar un helado antes de su clase de ballet. El helado nos lo tomamos, pero a mí me cayó francamente mal y justo cuando dejaba a Tina en la puerta de la academia de baile, empecé a estornudar sin poderme controlar. Hubiese querido ir a la casa y tomarme un antigripal, pero todavía tenía que deshacerme del gato muerto antes de que mi niña terminara su clase, así que me dirigí hacia las afueras de la ciudad. Cuando encontré un lugar suficientemente solitario, me bajé del auto y me puse a hacer un hueco tan grande como pude. Ahora pienso que hubiera bastado con arrojar por la ventana la bolsa de basura a una cuneta, pero en ese momento me pareció que era mi deber moral enterrar al extinto miembro de nuestra familia. Apenas había empezado a escarbar, cuando se soltó un fuerte aguacero de primavera. Después de terminar con mi labor volví a subirme al carro. Los mocos mezclados con agua se me escurrían por la nariz y estaba seguro de que tenía 54

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fiebre pues no dejaban de estremecerme los escalofríos. Maldiciendo a mi vecino envenenador, volví a tomar la autopista, ansioso por darme una friega de alcohol y echarme a dormir. Afuera del auto la lluvia había arreciado y dificultaba la visibilidad. No sé si debido a las nubes o a la hora, el cielo se había oscurecido como si fuera noche cerrada. Por la carretera no pasaba ningún otro coche. De pronto, tuve que frenar y escuché un golpe seco contra el cofre. Toda la sangre huyó de mi rostro cuando bajé del auto y vi a un niño con la cabeza destrozada. Quién sabe qué estaba haciendo bajo la lluvia pero ya no lo haría más. Con una frialdad que me espantó, busqué con la mirada algún testigo del incidente y no pude evitar un suspiro de alivio al no encontrar a nadie. Volví a subir al auto y me alejé del lugar a toda velocidad. El agua de la lluvia lavaba los rastros de sangre del cofre. Después fui a recoger a Tina de su clase de ballet. Aunque estaba seguro de que nadie hubiera podido relacionarme con el accidente, me sentía completamente desasosegado. Acababa de romper un espejo bien grande y no había helado que me distrajera de los próximos siete años de mala suerte.

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EL DÍA DE SU ÚLTIMO CUMPLEAÑOS

Las barbas de las estatuas y otros cuentos

Jorge Jolmash

El día de su último cumpleaños, Herón se despertó chapoteando en un charco enorme y oloroso de orines. El líquido que mojaba sus calzoncillos guangos se había ido enfriando poco a poco después de estar deliciosamente tibio y le había obligado a levantarse aunque aún faltaba un buen rato para que saliera el sol. “A la vejez, viruelas”, pensó tratando de recordar cuánto tiempo hacía que no le pasaba algo así. Ni una sola vez en cuando menos sesenta y dos años, es decir, desde que era niño. Aún amodorrado, pero ya sin ninguna posibilidad de volverse a dormir, Herón bajó a encender el boiler para darse un baño y así deshacerse de las huellas de su desagradable accidente. Con el frío de la mañana le dolían las rodillas, por lo que descender por las escaleras se le antojó un verdadero triunfo de la voluntad. Sin molestarse en oprimir el interruptor de la luz, frotó un fósforo contra el borde de su cajita e incendió el gas que salía del piloto del calentador. (Más por manía que por devoción al orden, utilizaba solamente cerillos de madera para el boiler y dejaba los de papel encerado para la estufa). Después, lentamente, pero con el paso liviano de quien ya no pertenece a este mundo, volvió a subir las escaleras y entró al baño. El asiento del escusado estaba helado, pero soportarlo valía la pena si así podía descansar su intestino. Los pantalones debajo de las rodillas mostraron unas piernas pálidas y flacas que le recordaron los palitos de papel de las paletas Mimí. ¿Existían todavía las paletas Mimí? Herón no hubiera podido decirlo, pues tenía casi medio siglo que no veía una. Luego de esperar durante veinte minutos en vano cualquier señal alivio en sus tripas, se levantó, lavó sus manos cuatro veces y con un suspiro se despojó de lo que le quedaba de ropa. El chorro de agua en la regadera quemaba, pero era casi preferible al frío en su espalda. A veces, cuando se bañaba, se preguntaba cómo era posible que al frotarse no se le fuera gastando lentamente la piel, como si su cuerpo estuviera hecho de jabón. O lodo. No siempre había sido así, cuando muchacho en lugar de esas tetas arrugadas de anciano, tenía unos pectorales firmes y llenos de vigor. De hecho, en el cincuenta y uno había sido reconocido por sus condiscípulos como el joven más hermoso de su generación. Todo esto, claro, antes de que se dedicara a cultivar la panza y la joroba durante la madurez. En ese entonces estaba orgulloso de la maquinaria de su organismo, pero con el tiempo su salud de bucanero había ido cediendo ante la presión de la edad hasta naufragar en un mar de cólicos. Ahora, el chorro de orines justo en el día de su cumpleaños, venía a ser una especie de clímax de los últimos años de decadencia de su cuerpo.

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Cuando terminó de enjuagarse, cerró la llave de la regadera (el agua sabía a fierro) y secó su cuerpo con una toalla mugrienta. Después de la muerte de su esposa Estefanía hacía ya casi cuatro años, todas las toallas, cortinas y manteles de la casa se habían ido percudiendo hasta alcanzar un tono café de humedad, presagiando así el deterioro del resto de la propiedad. Sólo que a Herón habían dejado de importarle esos detalles, atento apenas a la esperanza de pasar un día entero sin cualquiera de los omnipresentes malestares que no lo dejaban vivir en paz. Herón conoció a Estefanía a los diecinueve años, cuando ella tenía apenas quince, y comenzó a cortejarla de inmediato. Más de un malintencionado vecino había sugerido entonces que el verdadero interés de Herón no era la muchacha, sino el dinero de su futuro suegro. Fuera como fuera, el indudable atractivo físico del pretendiente acabó por conquistarla, y después de un largo noviazgo sostenido con todas las de la ley por ambas partes, finalmente la joven pareja terminó casándose. Dos días después de regresar de la luna de miel, Herón, usando un dinero que le había prestado el papá de su esposa, montó un restaurante fino que a partir de aquel momento administró con cada vez mayor éxito, hasta que la tristeza le obligó a rematarlo cuando un cáncer de mamas se llevó a su mujer. Desde entonces vivía consagrado a sus achaques, casi sin salir de casa y comiéndose los ahorros que había alcanzado a juntar durante toda una vida de próspero restaurantero. El mismo día que vendió el restaurante donde había transcurrido su vida, Herón comenzó a sentirse preocupado por su porvenir económico. No es que el dinero fuese un verdadero problema, de hecho, cuatro años después de la venta aún conservaba debajo del colchón una buena parte de su capital, más bien era una especie de ansiedad indefinida por el futuro que le obligaba a calcular constantemente cuánto le quedaba, hasta cuándo le alcanzaría y cómo podía reducir aún más sus gastos diarios. Y es que, si sus cálculos eran correctos, todavía tenía suficiente dinero para sobrevivir otros cinco o seis años, siete si se apretaba mucho el cinturón, sin embargo bien podría seguir con vida (si es que a esa sucesión de retortijones se le podía llamar vida) otros quince o veinte años más. Después de vestirse, bajó a la cocina a preparar un huevo tibio y una taza de nescafé para desayunar. Aunque había pasado poco menos de la mitad de un siglo metido en la cocina de un restaurante, Herón no sabía cocinar. En otros tiempos ese tipo de cosas las habría hecho Estefanía, o en su defecto alguno de sus empleados, pero poco a poco la necesidad le había ido obligando a hacerse cada vez más responsable de los menesteres hogareños o de plano resignarse a no comer. De todos modos, se sentía fuera de lugar en su papel de amo de casa y se limitaba apenas a hacer lo indispensable para medio irla pasando. Mientras el agua comenzaba a hervir, Herón prendió la tele. Para ser sinceros, no es que en realidad le importara la programación, pero siempre era un alivio escuchar una voz en casa, aunque perteneciera a alguien a quien jamás 58

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vería frente a frente y que no tenía ni la menor idea de su existencia. Sin embargo, ese día había un noticiero transmitiendo un pequeño reportaje que le llamó la atención. Se trataba de una tribu entera de aborígenes polinesios que, sin ninguna razón aparente, había decidido suicidarse. Tras varios intentos, el último de sus miembros —una mujer de menos de veintiún años— había muerto finalmente ante los sorprendidos ojos de la comunidad antropológica mundial, que se empeñaba en frustrar sus propósitos. Tratando de dominar un escalofrío de horror, Herón cambió el canal y se concentró en el hervor de su huevo. Cuando estaba a punto de sentarse a desayunar sonó el teléfono. Era Fernanda, su hija que hablaba para felicitarlo por su cumpleaños, y aunque en honor a la verdad nunca se habían llevado muy bien, a Herón le dio gusto oír su voz. Fernanda había nacido fuera de matrimonio. En un principio ni él ni Estafanía querían tener hijos, pero luego cuando lo intentaron no pudieron. En el fondo, Herón se sentía aliviado por todas las molestias que se evitaba al no ser papá. Después de algunos años tranquilos que a la distancia parecían de felicidad, descubrió que se había aburrido de Estefanía y comenzó a aprovechar cualquier pretexto para frecuentar a otras mujeres. A Celia, la mamá de Fernanda, la había conocido cuando trabajaba como mesera en el restaurante y la había seducido con la facilidad de ser su jefe. Al poco tiempo, cuando resultó evidente que su aventura había dado frutos y Celia tuvo que dejar de trabajar, Herón se ofreció a ponerle un departamento y a pasarle una buena pensión para ella y para la niña, pero casi nunca las iba a ver, pues estaba demasiado ocupado con el restaurante y con sus otras conquistas. Sin embargo las quería y todas las navidades le llevaba ropa y juguetes a Fernanda que cada año se parecía más a él. Estefanía por su parte, estaba al tanto de ese y de todos los lances de su marido, pero actuaba como si todo fuera producto de su imaginación, con la esperanza de que al ignorarlos, los amoríos de Herón se desvanecieran. A pesar de todo, Estefanía y Herón seguían siendo un matrimonio sólido y él no volvió a tener más descendencia. La plática entre Herón y su hija fue más bien breve. Cuando él pregunto cuándo pensaba visitarlo y traerle a sus nietos, Fernanda le respondió que, aunque se moría de ganas de estar con él, casi no contaba con nada de tiempo libre. Era una mentira cínica y Herón lo sabía, pero en el fondo le agradecía el tacto con el que evitaba el enfrentamiento. Después, Fernanda balbuceo una despedida bastante forzada y colgó el auricular, mientras Herón se quedaba pensando que de todas maneras no tenían gran cosa de que hablar. Después de desayunar en medio de un silencio solamente roto por el parloteo estúpido de la televisión, Herón aventó los trastes sucios al fregadero y salió a tomar el sol de la mañana sin molestarse en apagar el aparato. Sabía muy bien que tenía cosas que hacer; lavar su ropa, limpiar la casa y reparar algunos desperfectos, sin embargo prefirió quedarse tumbado en el patio, disfrutando de

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un reconfortante calor en todo el cuerpo. Por más que lo intentó no pudo sacarse de la cabeza el rostro de la muchacha polinesia del noticiario. Las sombras del patio se hicieron más cortas conforme se iba acercando el mediodía y los pensamientos de Herón fueron agarrando vuelo hasta que ya no hubo manera de detenerlos. Estaba harto de vivir en una casa en ruinas, harto de preguntarse hasta cuándo le alcanzarían sus ahorros para medio comer, y harto, sobre todo, de extrañar a Estefanía. Sentía que en algún momento de su vida había perdido el camino y se arrepentía con cada una de sus vísceras por el tiempo desperdiciado. Casi sin darse cuenta, comenzó a sentirse como si fuera otra persona, alguien completamente distinto al viejito que se había despertado esa mañana bañado en orines. Después de un rato se levantó. No hubiera sido capaz de explicárselo a nadie, pero había decidido que ese sería su último cumpleaños, así que por la noche saldría a cenar fuera y se gastaría todos sus ahorros. Hasta entonces pudo finalmente ir al baño.

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Esta obra se terminó de digitalizar el 22 de junio de 2011 bajo la supervisión, formación y cuidado editorial de AL FIN LIEBRE EDICIONES DIGITALES.

«Por una libre redistribución de textos.» Lugar de la culminación de la digitalización. 2 0 1 1

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orge jolmash (México D.F., 1977). Polígrafo e incrédulo de tiempo completo, ha incursionado de manera (des)profesional en diversas expresiones (in)culturales, entre las que destacan el video (Más de lo que podíamos soportar, 1998; Cinco de sesos, 2001); la música (Camama Brothers Música medio ambiental, 2009; Vodevil Internacional Avant garage, 2006 y Chintopía, 2011) y la literatura (Virutas de madera, 1999; Manifiestos y canciones del Pusyá, 2000; Teoría de la banda, 2001; Variaciones sobre un tema infernal, 2003 y El Libro de mermelada, 2007). Fundador del pusyaísmo como retaguardia artística, ha sido además colaborador habitual de las revistas JuSto aHí, El Túrgido Globo, Otario Público, Flor de Izote y EL Hijo del Papá del Ahuizote. Su primer libro publicado por la editorial Al Fin Liebre: Las barbas de las estatuas y otros cuentos, inaugura la colección El Simionterio. Junio de 2011.

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