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Autobiografía

Jesús Martín-Barbero

(en: Comunicaçao, cultura, mediações. O percurso intelectual de Jesús Martín-Barbero, J. Marques de Melo y P. da Rocha Dias, Brasil, 1999)

« (…) quisimos hacer un plan de estudios que asumiera, sin ningún chauvinismo ni provincianismo, la posibilidad de trabajar creativamente en la producción de una teoría de comunicación que tuviera como ejes las culturas y las prácticas comunicativas propias de América Latina, la historia de su dominación y, por lo tanto, los conflictos sociales, los desequilibrios de la información propios de nuestras sociedades (…). Fue desde ahí que intentamos construir una concepción de comunicación que –en lugar de la tendencia que nos venía del Norte para convertir el estudio de la comunicación en una “disciplina propia” cuya base científica se hallaba en la psicología– nos exigía trabajar interdisciplinariamente con sociólogos y antropólogos, con historiadores y economistas. En efecto, necesitábamos de todos ellos para comprender la envergadura de los procesos de comunicación e incomunicación que vivían nuestros países lo mismo que el sentido y alcance de la presencia de los medios en esos procesos, las muy diversas modalidades de censura y los desequilibrios en la libertad de expresión, la precariedad de nuestras sociedades civiles, y la falta de comunicación de nuestras instituciones políticas con los ciudadanos. »

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Lo que este acto académico tiene de reconocimiento, más que a mí, lo es a la creatividad del pensamiento latinoame- ricano. Y me siento contento sobre todo porque en gran parte mi trabajo ha estado dedicado a eso: a recoger, reco- nocer y dar a conocer el trabajo latinoamericano. En este sentido le estoy muy agradecido a José Marques de Melo y a los que le han ayudado a preparar este evento. Es real- mente un regalo muy grande poder compartir con ustedes, poder escucharlos, poder debatir. Porque es en el debate donde uno realmente aprende y avanza. Cuando yo estaba terminando de preparar mi libro De los medios a las mediacio- nes: comunicación, cultura y hegemonía, dediqué casi todo un año sabático a recorrer América Latina recogiendo los tra- bajos no sólo de los autores consagrados sino de mucha gente joven (como se puede constatar en la bibliografía que concierne a los brasileños) que estaba comenzando a crear un acercamiento a los procesos de comunicación desde nuestros países, desde nuestras conflictivas situaciones, desde nuestra capacidad de cuestionar ciertas ideas hege- mónicas que –como diría Luis Ramiro Beltrán– eran una especie de anteojeras que nos impedían mirar la compleji- dad, pero también la riqueza de nuestro propio mundo latinoamericano.

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Las figuras que moldearon mi formación

Para comenzar por el principio empezaré por mi madre. No sólo en el sentido biológico, también en aquel otro que situó a mi madre –una mujer de un pequeño pueblo de Ávila– el inicio de mi formación, pues fue ella quien me enseñó a leer. Y lo hizo a través de los poemas de un poeta popular y expresivo de la Castilla de los años cuarenta, José María Gabriel y Galán, cuyas obras completas era el libro más precioso que había en mi casa. Y fue desde ese tiempo y esa iniciación a la lectura que mi madre me enseñó de qué estaba hecho y qué significaba lo popular, aunque yo tarda- ra muchos, muchos años en descifrar ese significado. Lo haría sólo en el año 82, en el primer gran encuentro organi- zado en Lima por FELAFACS, el I Foro Internacional sobre Comunicación y Poder, que reunió por primera vez a inves- tigadores de toda América Latina y España, con una notable presencia, por primera vez, de investigadores brasi- leños. Todo el tema de fondo del evento era el poder de la comunicación y el referente básico de la mayoría de las ponencias fueron las “nuevas tecnologías”. Yo acababa de llegar de un año en Europa recogiendo documentación para la investigación sobre “las matrices populares de lo masi- vo”, que unos años después se convertiría en el libro De los medios a las mediaciones, y comencé planteando la no con- temporaneidad entre las tecnologías de comunicación y sus modos de uso en América Latina, incluida la asimetría entre el discurso de los medios y el discurso desde el cual la gente los lee, los oye o los ve. Con ello estaba introduciendo un giro de ciento ochenta grados en la reflexión dominante en ese congreso, ya que lo que buscaba enfocar eran nues- tros propios modelos de análisis del poder, desde los cuales, a mi ver, no eran pensables los modos en que las clases populares, o sea las mayorías, se apropian de los medios. Para esto remití a lo que el brasileño Hugo Assmann había llamado “las formas populares de la esperanza”, esto es, a

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la relación entre las formas de sufrimiento y las formas de rebelión popular, a sus voluntarismos y sus furias, a su religiosidad y su melodramatismo, en una palabra, a su cotidiana cultura, y con ella, a sus movimientos de resisten- cia y de protesta y las expresiones religiosas y estéticas, es decir, no directamente políticas, de sus movimientos. Pero para eso necesitábamos tomar en serio el espacio del recep- tor, esto es, del dominado y de su actividad: la de com- plicidad pero también la de resistencia. Pues en América Latina, a diferencia de Europa y los Estados Unidos, la cultura de masa opera no sólo entre un proletariado –mi- noritario en estos países– sino entre unas clases populares y medias a cuya desposesión económica y desarraigo cultural corresponden una memoria que circula y se expresa en movimientos de protesta que guardan no poca semejanza con los movimientos de la Inglaterra de fines del siglo XVIII y la España del siglo XIX. Y terminé aludiendo a ese largo proceso de gestación del Estado-nación que en Europa toma desde mediados del siglo XVII hasta el XIX, el proceso de inculturación de las masas que destruye las culturas locales y convierte a la bruja en el blanco predilecto de la Inquisición. Y hablé de cómo los anarquistas fueron los únicos de izquierda que entendieron la cultura popular y supieron apoyarse en el saber y las creencias populares para generar conciencia revolucionaria. Al finalizar mi interven- ción un joven levantó la mano y enfática mente me preguntó:

Si todos los otros conferencistas están hablando del poder de los medios que viene de la tecnología, ¿qué hace usted hablándonos de las brujas y los anarquistas? ¿Me quiere explicar de dónde viene esa obsesión suya con lo popular?

Mi respuesta espontánea, impensada, tanto que me toma- ría tiempo entender yo mismo lo que quise decir, fue:

“Quizás lo que estoy haciendo cuando, desde la investiga- ción, valoro tan intensamente lo popular es rendir un

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secreto homenaje a mi madre”. Y ha sido con el tiempo que he ido comprendiendo el sentido de esa respuesta en la línea en que Gramsci escribió: “Sólo investigamos de verdad lo que nos afecta”, y afectar viene de afecto. La relación de la investigación con mi madre reside en que ella ha sintetizado en mi memoria lo más rico y profundo de la cultura popu- lar: su solidaridad en los duros tiempos de la postguerra, su capacidad de aglutinar a la gente para defender sus dere- chos, su generosidad quitándonos parte de lo que nos correspondía por la cartilla de racionamiento para dárselo a los más pobres, y también su profunda religiosidad, de la cual según ella misma, sacaba su fuerza, su energía.

Mi familia tenía un pequeño almacén de alimentos, cuya

distribución se hallaba regulada por la “cartilla de raciona- miento” –cada ciudadano tenía derecho mensualmente a un poco de aceite, de azúcar, de arroz, de harina, de huevos, de pescado en conserva?–, y en más de una ocasión mi madre regalaba lo que nos correspondía como familia para dárselo a gente que lo necesitaba mucho más que nosotros. Ella sabía organizar, especialmente a las mujeres, para que supieran sobrevivir con lo que podían obtener. Y se hacía cargo –como sólo las mujeres saben hacerlo– de una eco- nomía que no era la de su casa, sino, en buena medida, la de la mayoría de la gente, la más pobre del pueblito. Ese fue el primer rasgo que para mí definió lo popular. Una enorme capacidad de solidaridad, no sólo de practicarla, sino de multiplicarla entre la gente; y es que sólo conviviendo muy intensamente era posible sobrevivir en aquellos años de la más feroz postguerra en una España destruida y aislada.

El segundo rasgo fue una profunda fe llena de alegría.

Tan estresados y tensionados como vivimos en las ciudades actuales, casi todos parecemos enfermos de desdicha y de tedio, enfermos de competitividad y agresividad. Cuando pienso en mi madre recuerdo una mujer pobre que, con

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apenas una educación primaria, y en un pueblito que en invierno llegaba a veinte grados bajo cero, se iba sola todos los días a la iglesia después de trabajar de la mañana a la noche. Y frente a los reproches de mi padre ella respondía:

“De dónde voy a sacar fuerzas para vivir esta situación sino es de la oración?”. Era de su fe de donde sacaba su coraje y su alegría. Y esto me marcó para toda la vida: yo conocí una fe que no evadía del mundo, ni se alienaba de los ver- daderos y más terrestres problemas, sino todo lo contrario, generaba generosidad y alegría.

Hay en mi juventud otra figura que yo quiero, necesito recordar hoy. Fue mi primer profesor de Historia de la filosofía y de la cultura, en la educación secundaria: don Alfonso Querejazu. Él fue quien me enseñó a pensar desde la cultura. Era un vasco, que había sido representante de España en Naciones Unidas cuando aún tenían su sede en Ginebra, y a sus cincuenta años dejó la carrera diplomática y se hizo profesor en Ávila, la capital de la provincia a la que pertenece el pueblito en que nací. Pues bien, don Alfon- so, de alto casi dos metros de estatura, y que dictaba sus clases de pie tras un atril, comenzó su primera clase de Historia de la Cultura con una frase más o menos como ésta:

Amigos míos, quizás algunos de ustedes, o muchos, van a ser intelectuales, gente que va a trabajar con la cabeza. Pero no se crean mejores que nadie, pues en medio de sus sabe- res ustedes van ignorar muchas cosas que otros menos cultos que ustedes sí saben. Por ejemplo, las prostitutas sa- ben quién las va a llorar el día que se mueran.

Por esa frase pueden ustedes imaginar que las concepcio- nes y prácticas de cultura en que nos inició no fueron sólo las de la cultura que pasa por los libros o las artes, sino también por la plaza y la fiesta. Mi formación quedó así marcada por esas dos figuras que, desde los extremos de la

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cultura más popular a la más culta, convergieron sobre la articulación del proyecto de vida con el de trabajo.

Después, mi formación estuvo marcada por el encuentro, en mi propio pueblo, con un intelectual republicano que “se ocultaba” tras la gerencia de una fábrica de embutidos, pero que poseía una biblioteca extraordinaria de pensamiento y literatura contemporánea, imposible de conseguir en Espa- ña. A través de él supe que en un camerino del Teatro La Zarzuela, en plena calle Alcalá, en el centro de Madrid, era posible contactar una gente que clandestinamente importa- ba libros de Argentina y México, y te los proporcionaban además con descuento. Es mucho lo que debo a la bibliote- ca de mi amigo y a los extraños personajes del camerino de La Zarzuela.

La aventura comienza en Colombia

En octubre del año 63 yo salí de España con un grupo de amigos, estábamos a decididos escapar a aquella dictadura no sólo autoritaria sino empobrecedora en extremo, torpe y aburrida como pocas. De manera que la venida a Latinoa- mérica estuvo empeñada menos por la atracción de América que por la imperiosa necesidad de salir de una España terriblemente sombría, dominada por una iglesia reaccionaria, moralista y dogmática. Y en esa situación América significaba ante todo libertad y aventura.

De esta primera estadía en Colombia –entre 1963 y 1968– quisiera resaltar sobre todo –aparte de mi trabajo como profesor de filosofía– el tiempo que pasé dirigiendo un cen- tro de estudios universitarios, al que yo puse el nombre de Emanuel Mounier, el famoso filósofo francés, pionero del personalismo y creador de la revista Esprit . Fue un centro de debate y diálogo entre cristianos y marxistas que logramos

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convertir en una casa por la que pasaban los conflictos y movimientos universitarios de la época, sus utopías revolu- cionarias y sus figuras: Camilo Torres, el famoso primer cura guerrillero de América Latina, el grupo Gonconda, que fue el representante de la Teología de la Liberación en Colombia, los líderes del movimiento universitario, no pocos de los cuales acabaron en la guerrilla, y cuanto inte- lectual latinoamericano pasaba por Bogotá. Fueron unos años espléndidos, en los que creíamos tocar la revolución con las manos. Una revolución que iba realmente, como diría el Che, a crear un hombre nuevo.

Yo participé en la traducción de uno de los primeros tex- tos de Althusser que se leyeron en Colombia, publicado en mimeógrafo por la Facultad de Sociología de la Universi- dad Nacional, en Bogotá. Y publicábamos una revista cuyo nombre suena aún mejor hoy, Universidad y Mundo, desde la que hicimos un trabajo muy conflictivo, como era todo lo que pasaba en el centro: no pocos universitarios de los que participaban en estos debates y publicaciones abandonaban sus familias para irse a vivir y trabajar en barrios populares, y varios terminaron en la guerrilla. En más de una ocasión tuvimos serios problemas con los padres de esos jóvenes que venían a reclamarnos por las decisiones asumidas por sus hijos. Y participé también en asambleas de seis y siete horas, en la Universidad Nacional, en las que, a través de una serie de “conexiones” clandestinas y llenas de ruidos e interferencias, nos llegaba la voz del primer guerrillero de América Latina, “Tiro Fijo”, “desde algún lugar en las montañas de Colombia”. Y fueron los años más apasionan- tes y apasionados de mi vida, porque en aquellos años sesenta parecía abrirse al fin en América Latina la posibili- dad de una transformación que iba a sacar a estos pueblos de la injusticia, de la exclusión social, económica, política y cultural en que vivía la mayoría de nuestra gente.

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La vuelta de Europa: entre estudiante y comunicador latinoamericano

Retorné a Europa a fines del 68, en barco –un largo viaje en barco–, y a comienzos del 69 entré a trabajar con una organización de latinoamericanos en el exilio, cuyo secreta- rio general era un brasileño de Fortaleza. No podía ser de otra manera, porque los mejores diplomáticos latinoameri- canos que había en Europa eran los brasileños. Y conste que esto no es un piropo por estar acá, sino la constatación de que José Abreu Vale era capaz de sacarle plata lo mismo al partido comunista francés que al Vaticano para propiciar encuentros de los latinoamericanos en Italia o de los brasi- leños desde Estocolmo hasta Lisboa reuniéndolos en Bonn. Yo tenía una beca-salario que me permitió hacer el docto- rado en filosofía entre Lovaina –pues la Secretaría del SEUL estaba en Bruselas– y París. Pero Bélgica era país muy “os- curo” –era de noche cuando a las siete de la mañana iba de Lovaina a Bruselas a la oficina del SEUL y era de noche a las cinco de la tarde cuando regresaba a Lovaina– y lluvioso. Así que al terminar la convalidación de mi licenciatura española en filosofía e iniciar los cursos de doctorado, mi director de tesis, Jean Ladrière, uno de los profesores más lúcidos y progresistas de Lovaina, se hizo mi cómplice para que me fuera a vivir a París siguiendo matriculado en Lo- vaina.

En verdad durante los cuatro años que pasé en Europa dediqué la mayoría del tiempo a dirigir el boletín del SEUL (Servicio Europeo de Universitarios Latinoamericanos) y a participar en unos doce encuentros. Teníamos encuentros de brasileños, de bolivianos etc., residentes de toda Europa en una ciudad, y al revés, encuentros de los latinoamerica- nos de cualquier país que estuvieran viviendo en un mismo país como España, Francia o Italia. Doy mucha importan-

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cia a esto porque si yo volví a América Latina, si no me quedé en París, fue porque esta experiencia latinoamericana me marcó tanto o más que los estudios que yo estaba haciendo. De hecho, cuando terminé mi tesis de doctorado y la defendí, yo ya sentía que mi espacio vital era América Latina. Porque los países que yo no conocía, especialmente Brasil, los descubrí durante estos años en Europa. Tuve la enorme suerte de trabajar con este amigo de Fortaleza, que me puso a leer desde los “cuadrinhos” brasileños y las his- torietas, hasta Gilberto Freyre, y descubrir las Ciencias Sociales brasileñas en su propio idioma.

Le pedí a Jean Ladrière que me dirigiera en la tesis, por- que era un hombre profundamente interesado en América Latina, en lo que estaba pasando en América Latina, tanto

en el terreno político (estaba Cuba, estaba la experiencia de

la Unidad Popular en Chile), como en el literario y de pen-

samiento, que descubrió a Europa la verdadera América Latina. Pero pronto el conflicto surgió: yo quería hacer una tesis en la que los grandes filósofos contemporáneos, como Merleau-Ponty, Paul Ricoeur, los sociólogos como Alain Touraine, Luden Goldman, estuvieran mezclados con Mar- ti y Mariátegui, Borges y Carpentier, Paulo Freire y Octavio

¡Durante siete, ocho meses, yo iba

Paz, Rulfo y Neruda

cada mes a Bruselas para dirigir el Boletín del SEUL y me entrevistaba con Ladrière, que repetidamente cuestionaba

mi

mezcolanza y me sugería separar mi proyecto de tesis de

mi

proyecto de libro latinoamericano. Al fin pudimos “ne-

gociar” un proyecto que nos dejó insatisfechos a los dos pero que era lo único viable en la muy tradicional Lovaina, donde una tesis de filosofía consistía en estudiar exhausti-

vamente una idea de un autor, un libro, o a lo sumo un

tema en la obra de un autor. Y yo intentaba “pensar nuestro proyecto de liberación”… algo que al menos quedó refleja-

do en el título: La palabra y la acción. Por una dialéctica de la

liberación.

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Finalmente Ladrière aceptó el texto haciéndose cómplice de que mi tesis fuera en castellano. Si en Lovaina había tesis en inglés, en alemán e incluso en italiano, ¿por qué – habiendo cuatro mil latinoamericanos– no teníamos dere- cho a hacer la tesis en castellano? Yo había probado que sabía francés porque mi tesis de homologación de la licen- ciatura española a la belga había sido en francés, y hasta había recibido felicitaciones por mi “buen francés”. Enton- ces Ladrière estuvo de acuerdo y buscó cinco jurados –de sociología, de lingüística, de economía, de semiótica y de filosofía– que leyeran castellano. Cuando faltaban ocho días para ir a defender la tesis, Ladrière me llamó por teléfono a París y me dijo: “Yo te lo había anunciado. El jurado dice que lo tuyo no es una tesis de filosofía sino un panfleto político. Pero como yo reconozco, sin embargo, que es un trabajo profundo, te van a dar la mínima calificación. De manera que ven preparado, porque esto ya está enjuiciado”. Ante ese hecho yo hice desistir de acompañarme a la defen- sa de la tesis a varios de mis amigos latinoamericanos en París: ¿para qué, si todo estaba decidido de antemano? Y llegó el día de la defensa. Yo comencé tratando de congra- ciar al jurado diciendo: “Hay tesis que son el punto de llegada de veinte años de trabajo y hay tesis que son el pun- to de partida para veinte años de trabajo. La mía es de las segundas”. No sabía yo cuánto de verdad contenían esas palabras. El hecho es que sucedió algo extrañamente aca- démico pero maravilloso, pues los jurados se equivocaron, y en lugar de cuestionar la validez filosófica de mi tesis, se pusieron a cuestionar la imagen que yo elaboraba de Amé- rica Latina. Y aquí fue la debacle para ellos, pues yo pude contrastar la visión esquemática y simplista, sesgada y de- formada que tenían de América Latina. Por ejemplo, yo decía en la tesis que en América Latina había millones de hombres que para ser ciudadanos de primera tenían que renunciar a su idioma. El lingüista me llamó demagogo. A

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lo que respondí: “¿Sabe usted cuantos millones de indígenas con otros idiomas tienen países como Guatemala, Hondu- ras, Bolivia, Perú y Ecuador?”. La visión puramente folklórica y exótica de nuestros países se reflejaba en su imposibilidad de pensar a los indígenas como hecho social y político. Y así con otras cuestiones, como el modelo de desarrollo con que ellos nos pensaban, un modelo concebi- do solamente en términos de crecimiento económico cuan- titativo y que soslayaba por completo el hecho de que nues- tro subdesarrollo no era mero atraso sino en gran medida contraparte de su propio desarrollo. O lo que había sucedi- do con los “obstáculos al desarrollo” que oponían los campesinos con sus modos de pensar la relación con la tierra no como “propiedad” individual sino como territorio comunitario. Frente a esto los “extensionistas” norteameri- canos de los años sesenta concluían que había que acabar con esas “supersticiones campesinas” si nuestros países querían ser modernos. Cuando los jurados miraron el reloj se dieron cuenta de que llevábamos más de dos horas deba- tiendo. Entonces se retiraron a deliberar, y cuando volvie- ron para comunicar su deliberación, resulta que me otorga- ron ¡“gran distinción”! Los amigos latinoamericanos que vivían en Lovaina y que asistieron a la defensa de la tesis querían sacarme en hombros, pues lo que los jurados habí- an pensado que sería un acto de mera rutina se convirtió en un precioso debate sobre la imagen profundamente deforme que, incluso los más progresistas de ellos, tenían de Améri- ca Latina.

Fue en la tesis que hice mi primera aproximación al cam- po de comunicación. Dividida en tres partes, la primera reflexionaba sobre la objetivación de la acción en el lengua- je y de cómo la creatividad del lenguaje se objetiva en la acción. La segunda parte abordaba la Comunicación, y a partir de la filosofía del lenguaje elaborada por los ingleses Austin y Searle, y los franceses Benveniste y Paul Ricoeur,

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trabajaba el espacio de interacción, esto es, de la comunica- ción como lenguaje y como acción social. Y la tercera parte versaba sobre la autoimplicación: la emergencia del sujeto humano en la acción, en el trabajo, y en el lenguaje. No publiqué nunca esa tesis porque, de todas maneras, para que fuera aceptada por el jurado tuve que retirar dos capítu- los –lo que hizo parte de la “negociación” con Ladrière–, y después ya no tuve tiempo ni humor para reescribirla en el contexto de mi vuelta.

De regreso a Colombia: la apuesta docente de la comunicación

Regreso a Colombia a comienzos del año 73, y encuentro que la enseñanza de la filosofía está atrapada entre dos escolásticas: la católica y la marxista, y yo no cabía en nin- guna de ellas. Además habían cerrado en ese tiempo todas las facultades de sociología en Bogotá, por problemas polí- ticos. Pero me encontré con que la recién estrenada Facultad de Comunicación Social de la Universidad Tadeo Lozano en Bogotá –que aún no había sacado su primera promoción de egresados– me ofrecía la posibilidad de abrir un área de investigación. Me embarqué así en una expe- riencia arriesgada pero preciosa: la de plantearle a los estudios de comunicación la tarea de ligar la incipiente profesionalización de un oficio con la de la construcción de un campo de problemas de investigación, esto es, con la tarea de convertir esos estudios en Colombia en un área específica de producción de conocimiento. La experiencia fue tan intensa como breve: por problemas internos de la universidad, año y medio después el proceso fue interrum- pido y la mayoría de los profesores de la facultad debimos abandonar esa universidad. En el plano personal, sin em- bargo, la experiencia cuajó al reubicar mi proyecto in- vestigativo y docente en el ámbito académico de la comuni-

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cación. Ese año y medio habían sido suficientes para con- vencerme de que la comunicación era un espacio estratégico para comprender algunas de las transformaciones más de fondo de nuestras sociedades; y a la vez que permitía el aprovechamiento de mis estudios filosóficos, semió-ticos y antropológicos, me proporcionaba un peculiar anclaje polí- tico en la realidad sociocultural del país. Estaba entonces listo para iniciar la aventura más larga y densa de mi vida:

la creación, y el acompañamiento por más de veinte años, del Departamento de Ciencias de la Comunicación en la Universidad del Valle.

Estas eran las cosas que los amigos europeos no podían entender, cuando en mis últimos días en París me pregun- taban por qué me empeñaba en regresar a Colombia. ¿Como era posible que aceptara los ofrecimientos que tenía para que me quedara de profesor o director de la casa de estudiantes latinoamericanos en París? Y la razón que yo les daba les dejaba todavía más desconcertados: en Colombia yo siento que lo que hago es importante, por que uno siente que hace cosas por el país. Si yo me quedo aquí, voy a ser uno de los diez mil profesores de filosofía que hay en París; yo no sé si en Colombia voy a hacer algo importante, pero sé que al menos voy a tener la sensación de hacer algo im- portante. Y fue verdad, porque mientras en Europa no se pueden cambiar dos materias sin pasar por un larguísimo proceso en el Ministerio de la Educación, yo tuve la opor- tunidad que poca gente tiene en Europa, de crear una Facultad de Ciencias de la Comunicación.

A los pocos meses de salir de la Universidad Tadeo Lo- zano me llegó una invitación de la Universidad del Valle en Cali: tenían la intención de abrir una escuela de comunica- ción y periodismo y me invitaban a ponerme en contacto con la gente que estaba fraguando esta idea. Viajé a Cali y me entregaron un documento que había hecho la CIESPAL

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de Quito –una propuesta de escuela de comunicación– y me dijeron: “Haz una lectura de esta propuesta y preséntanos alternativas”. En dos meses yo regresé con mi propuesta, y en un seminario de dos días en el que participaron la mayo- ría de los profesores de la Facultad de Humanidades, se llegó a una serie de acuerdos para armar el plan de estudios. Se conformó un equipo y organizamos un plan de estudios que entregamos al Consejo Directivo. Y aquí empieza lo interesante: por primera vez en la historia de la Universidad del Valle un plan fue vetado en el Consejo Directivo. Esto llevó a que el Rector me llamara a Bogotá y me dijera: “Je- sús, vente, tenemos que defender este plan”. Y por primera y creo que única vez en la Universidad del Valle, durante tres días, el Consejo Directivo, en un cabildo abierto, escu- chó a los profesores de todas las facultades, que cuestio- naron, defendieron, corrigieron ese plan de estudios. La polémica que desató fue tan fuerte, que al final de esos tres días, agotado, pero muy sostenido por el Rector y algunos decanos, decidimos que la gente que tenía impugnaciones contra el plan las pusiera por escrito. Nosotros esperábamos que surgieran un montón, sin embargo, a un seminario que habíamos preparado para dos días, sólo llegaron dos cartas.

Pero los problemas siguieron, pues la polémica llegó has- ta el ICFES, el Instituto Colombiano para la Educación Superior, cuyo director me llamó para que le enviara textos de Roland Barthes y de Umberto Eco, porque él quería entender de qué se trataba, ya que intuía que allí estaba pasando algo importante, pero no estaba en condiciones de comprender el experimento que estábamos proponiendo. De tal manera que me pidió que estuviera presente en el ICFES, fuera de la sala, el día que se reuniera el Consejo Directivo del ICFES para debatir el plan de estudios, por si me necesitaban para defenderlo. Afortunadamente él lo supo defender y se aprobó. Y si dentro hubo un debate larguísimo y una polémica muy grande, afuera no fue me-

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nos. Hubo muchos artículos en la prensa que descalificaron el plan, lo macartizaron, hicieron desinformación sistemáti- ca e incluso en varios artículos intentaron sacarme de la dirección del plan y del país, porque ningún medio de co- municación podía estar bajo dirección de un extranjero y, alegaban, mucho menos una escuela de formación de co- municadores. Pero la verdad es que ese programa de estudios de Comunicación contó con la gente más valiosa de la universidad; tengo realmente el orgullo de decir que los mejores profesores de historia, de epistemología, de economía, de psicología, quisieron dar clases en nuestro Plan de Comunicación Social.

¿Qué fue lo que hizo tan polémico ese plan de estudios? Yo diría que fue el intento de repensar tanto el cuadro de saberes desde los que adquirían relevancia los medios y procesos de comunicación, como los rasgos del oficio mis- mo del comunicador. En un momento en el que las Escuelas de Periodismo habían comenzado a llamarse Fa- cultades de Comunicación Social –cambio que, dicho sea de paso, y contra lo que muchos pensaron entonces, no se debió a ninguna conjura de izquierdas sino a una propuesta de la CIESPAL, en Quito, inspirada desde los Estados Uni- dos, y apoyada por la UNESCO y la OEA– pero en las que predominaba aún el aprendizaje de destrezas periodísticas aderezadas con algunos complementos humanísticos, en la Universidad del Valle intentamos repensar el oficio del periodista a la luz de las nuevas sensibilidades de los jóve- nes caleños ya en el año 75 inmersos en la cultura au- diovisual y del rock. De manera que el primer reto que nosotros nos planteamos fue el de diseñar un oficio con- temporáneo de la sensibilidad configurada por el cine, la música y la televisión, es decir, por la cultura de la nueva generación; y ello nos pareció decisivo dado el papel estra- tégico que los medios audiovisuales empezaban a jugar en

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los procesos políticos y culturales de modernización del país.

El segundo ingrediente de configuración del oficio del comunicador fueron las nuevas demandas de comunicación que venían de los sectores populares, y que no cabían ni en las lógicas de los grandes medios ni en las propuestas de un Estado clientelista y caciquil. Nos sentíamos ante el reto de dar forma a las demandas e iniciativas de lo que en ese tiempo se llamó “comunicación y educación popular” o “comunicación alternativa”, que es lo que, andando el tiem- po, se convertiría en las radios y televisiones comunitarias.

Del lado del plan curricular, lo más polémico fue atreve- mos a ubicar de pleno el estudio de la comunicación en el ámbito explícito de las ciencias sociales y en el del análisis cultural, inspirado en ese entonces en la semiótica. En un tiempo en el que la Teoría de la Dependencia estaba posibi- litando la apropiación latinoamericana de la sociología, de la historia y la economía, nosotros quisimos hacer un plan de estudios que asumiera, sin ningún chauvinismo ni pro- vincianismo, la posibilidad de trabajar creativamente en la producción de una teoría de comunicación que tuviera como ejes las culturas y las prácticas comunicativas propias de América Latina, la historia de su dominación y, por lo tanto, los conflictos sociales, los desequilibrios de la infor- mación propios de nuestras sociedades, que estaban confi- gurados tanto por los intereses privados de los medios como por las injerencias de las instituciones políticas. Fue desde ahí que intentamos construir una concepción de comunica- ción que –en lugar de la tendencia que nos venía del Norte para convertir el estudio de la comunicación en una “disci- plina propia” cuya base científica se hallaba en la psico- logía– nos exigía trabajar interdisciplinariamente con soció- logos y antropólogos, con historiadores y economistas. En efecto, necesitábamos de todos ellos para comprender la

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envergadura de los procesos de comunicación e incomuni- cación que vivían nuestros países, lo mismo que el sentido y alcance de la presencia de los medios en esos procesos, las muy diversas modalidades de censura y los desequilibrios en la libertad de expresión, la precariedad de nuestras so- ciedades civiles, y la falta de comunicación de nuestras ins- tituciones políticas con los ciudadanos.

La propuesta tenía elementos de sobra para generar resis- tencias, tanto de derechas como de izquierdas; de ahí que no alcanzara a tener legitimidad sino cuando se vio avalada por un intenso diálogo con otros países de América Latina como Perú y México inicialmente. Habíamos creado el Departamento de Ciencias de la Comunicación en 1975 y ya a fines de 1977 me invitaron como ponente al primer Encuentro de Facultades de Comunicación Social, que tuvo lugar en México, en la UAM Xochimilco, y pocos meses después se realizó en Lima el Encuentro de Facultades del que nacería FELAFACS. Lo curioso es que a ambos encuen- tros fui invitado –con todos los gastos pagados por las instituciones convocantes– no como representante oficial de las facultades de comunicación de Colombia sino como un outsider , como coordinador de una experiencia académica heterodoxa cuya existencia sólo podía haber sido conocida por el correo de las brujas. Pronto los interlocutores se mul- tiplicaron de Lima y México a Santiago, Buenos Aires y São Paulo, y poco después a Barcelona.

Lo que más fuertemente creó una convergencia con expe- riencias académicas nacientes en otros países, fue el pro- yecto de dejar de identificar el proceso y las prácticas de comunicación únicamente con el fenómeno de los medios, y ello nos permitió empezar a estudiar y valorar cultural- mente la multiplicidad de modos y formas de comunicación de la gente –desde el mundo de lo religioso hasta la plaza de mercado, pasando por el estadio y la esquina del barrio–,

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pues es desde esos modos cotidianos de comunicar desde donde la gente ve la televisión u oye la radio. Cuando leía- mos a Eco y a Barthes lo que investigábamos con los alum- nos era cómo se mueve, cómo habla, a qué huele, qué hace la gente al comprar y vender en una plaza de mercado po- pular como Paloquemao en Bogotá, y a describir las dife- rencias con lo que hace la gente en un supermercado como Carulla; o al comparar las vitrinas del almacén popular con las del Centro Comercial del Norte, en Cali, y adónde van o cómo se visten los sectores populares el domingo, a diferen- cia de los de la clase media y alta. Nosotros nos dijimos: si en América Latina las mayorías viven de la cultura oral, nosotros tenemos que asumir esa cultura oral como algo más que analfabetismo, tenemos que asumirlo como la expresión de sus modos de concebir el mundo, de sentir, de pensar, de querer; y, por tanto, tenemos que estudiar cómo se inserta esa cultura oral en los procesos de modernización. De ahí que la otra constante de nuestras indagaciones fuera el estudio de los procesos de transformación urbana de nuestras sociedades para pensar desde ahí el papel que esta- ban cumpliendo los medios de comunicación.

Al mismo tiempo que delimitamos unos ámbitos y líneas de estudio prioritarios, enfrentamos el nudo gordiano de cómo vincular la crítica a la producción de comunicación, esto es, a las posibilidades de innovación. Lo que casi siem- pre veíamos a nuestro alrededor era que por un lado iba la denuncia del imperialismo cultural, de la masificación y la desinformación, y, por otro, puramente reproductivos y re- petidores, iban los productos que realizaban los alumnos en sus prácticas y la mayoría de los egresados en sus trabajos. ¿Cómo hacer entonces para que la crítica no convirtiera a los comunicadores en parásitos denunciadores, que se escu- dan en la crítica para no intervenir, convirtiéndose en unos profesionales esquizofrénicos que durante la semana toma- ban como modelo de trabajo al periódico más de moda, y

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los fines de semana se iban a los barrios a hacer periodiqui- tos de protesta? ¿Cómo hacer para que esa crítica, que era necesaria, fuera a su vez un insumo básico de los talleres de producción, de innovación, de diseño y renovación de los géneros y lenguajes periodísticos? Y creo que algo logra- mos, creo que la presencia de nuestra Escuela de comuni- cación en el canal regional de televisión, Telepacífico, a través de programas como “Rostros y Rastros”, demostra- ron que sí se podía articular la crítica a la innovación de un género como el documental, que llevaba años estancado en Colombia. “Rostros y Rastros” sirvió tanto para narrar una historia de la ciudad de Cali desde los personajes y el mun- do de la calle, desde los de abajo, como para romper las costuras del género documental al permitir su cruce con el argumental y el video de experimentación estética. La otra experiencia de producción innovadora se halla en la red de radios comunitarias del Pacífico, en la que han jugado un papel importante profesores y egresados de la Escuela de Comunicación de Univalle.

Todo el proceso nos probó que se podía (y se debía) plu- ralizar las figuras del comunicador; que el comunicador no tenía por qué ser solamente un informador. Pues en el cam- po de la educación había un terreno fértil, abierto, urgido de la presencia de un tipo de comunicador nuevo; y lo mismo sucedía en el campo de la cultura. La clave quizá estuvo en que, mientras en la mayoría de las facultades de comunica- ción cuando los alumnos iban a hacer su trabajo de grado la pregunta que delimitaba los oficios era ¿en qué medio –prensa, radio, televisión– quieres trabajar?, nosotros lo- gramos cambiar esa pregunta, y hacerles otra: ¿dónde que- rrías trabajar: en un barrio de Aguablanca, en una institu- ción pública, en una empresa de periodismo, en una empresa editorial, en una ONG? ¿en una institución de la comunidad o una gran empresa industrial? Con lo cual lo que se ponía en primer plano era el ámbito o contexto so-

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cio-cultural, y a partir de ahí, de las demandas y problemas que planteaba ese ámbito, se escogería el medio. Es decir, la pregunta por el objetivo del comunicar, por los fines o la finalidad de la comunicación, era lo que debía regir la selec- ción del medio, en su doble sentido, el de la relación me- dios/fines y el del tipo de medio de comunicación a elegir. Quizá esto suene hoy a demasiado romántico, la impregna- ción neoliberal no sólo de la economía sino de la sociedad pareciera sacar de la discusión todo lo que no sea formar comunicadores para la competencia a muerte por los nichos laborales del mercado. Y, sin embargo, incluso en términos laborales nuestra propuesta tuvo eco, pues ni el fetiche del medio de moda, ni la fascinación adolescente por los me- dios más “vistosos” asegura ninguna opción laboral.

A los seis años de puesta en marcha, se hizo evidente que aquella primera propuesta era demasiado racionalista –tenía no poco que ver con mi formación y talante filosóficos– y habíamos ido descubriendo con los compañeros profesores que el talante, la manera de ser, de la mayoría de los alum- nos de comunicación, era un talante de artistas, pues había una dimensión estética muy marcada en la vocación de los comunicadores. Pero estética no significaba sólo destrezas artísticas sino una enorme sensibilidad para los cruces de lenguajes, para la percepción de las trasformaciones en las sensibilidades contemporáneas de la sociedad. Este descu- brimiento nos llevó a hacer un profundo cambio en nuestro plan de estudios, que validara mucho más esta dimensión estética en términos de dimensión creativa, de desarrollo creativo, de la capacidad de crear con la escritura, con la cámara, con el audio etc. Son esos cambios los que han orientado la maduración de nuestra escuela de comunica- ción en el surgimiento de sus dos postgrados: una espe- cialización en producción audiovisual, y una maestría en comunicación y diseño cultural.

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La aventura de la investigación latinoamericana en comunicación

Si del lado de la docencia en comunicación la fuente de

mi experiencia estuvo en Cali, en la Universidad del Valle,

el eje de mi otra aventura, la de la investigación, se halla en ALAIC, la Asociación Latinoamericana de Investigadores de Comunicación, que el año pasado cumplió veinte años. Y aunque el tango nos diga que “veinte años no es nada”, la verdad es que aquellos últimos años de la década del setenta nos quedan bien lejos, demasiado lejos. Por eso es con no poca nostalgia (de la buena) que los recuerdo: aquella mez- cla de utopía democrática y solidaridad militante con los exiliados de Argentina, Brasil, Chile, Uruguay; aquel afán por lograr el encuentro de los latinoamericanos en un proyecto común que hiciera verdad eso que constituía nuestro objeto de estudio: la comunicación; aquella visión a la vez ancha y comprometida de la tarea del investigador. ALAIC nació pobre en recursos –lo que nos obligó a poner a trabajar la imaginación ya fuera para reunirnos, aprovechando congresos y seminarios sobre temas vecinos, o para financiar proyectos como las bibliografías nacionales

de investigación en comunicación que publicamos en los

años ochenta– pero con una enorme riqueza de pensamien- to.

Fue en aquellos primeros seminarios de ALAIC que mi extraviado filósofo encontró su lugar y su tarea en pensar la comunicación desde la cultura y las mediaciones. Y en el constante trasiego de encuentros, congresos y seminarios de esos años fue tomando cuerpo mi identidad de latinoameri- cano. Y que esto último no es una cuestión retórica sino un auténtico cambio de piel –¿quién fue el que dijo “lo más

profundo es la piel”?– lo prueba la polémica que suele susci-

tar

mi respuesta a la pregunta de si, después de tantos años

en

Colombia, me siento español o colombiano: “No dejé de

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ser español para hacerme colom-biano, si puedes entender-

latinoamericano”. En cuanto al des-cubrimiento

de mi lugar y mi tarea, se halla marcado por la arriesgada búsqueda compartida con Patricia Anzola, nuestra inolvi- dable pionera colombiana en estudiar las políticas de comunicación junto con Elisabet Fox, los argentinos Hector Schmucler, Alcira Argumedo y Heriberto Muraro, el brasi-

leño Luis Gonzaga Motta, el boliviano Luis Ramiro Beltrán, los peruanos Rafo Roncagliolo y Lucho Peirano, los venezolanos Elisabeth Safar, Atonio Pascuali y Oswaldo Capriles, las mexicanas Fátima Fernández y Beatriz Solís, y los chilenos Fernando Reyes Matta, Giselle Munizaga,

–que conste que esto no es un llamado a

lista de los “fundadores” sino el tejido de nombres que emergen a mi memoria cuando recuerdo los años del arran- que–. Y cómo no meter en el mapa de los inicios las reuniones en el ILET (México), en la CIESPAL (Quito) en el CIID (Bogotá), en la CLACSO (Buenos Aires)? Pero como no se trata aquí de hacer tampoco una historia resumida de ALAIC, de sus luchas por sobrevivir, de sus tiempos de exis- tencia subterránea y sus renacimientos, hasta aquí llega la nostalgia.

Diego Portales

lo, soy

Y comienza el recuerdo de que lo más importante de esas redes, que se crean a fines de los setenta, va a ser una auto- conciencia de la propia creatividad. Es decir, que a dife- rencia de la inmensa mayoría de los trabajos que se produ- cían en ese momento y que tenían como elemento legiti- mador textos norteamericanos y europeos, nosotros comen- zamos a citarnos entre latinoamericanos. Si de algo me he preciado alguna vez en la vida es de haber escrito un libro, De los Medios a las Mediaciones, publicado en Barcelona en 1987, en cuya bibliografía de cerca de cuatrocientos títulos, casi la mitad son de latinoamericanos. Y ello era fundamen- tal, porque era reconocer y demostrar que aquí también se estaba creando pensamiento, y que a pesar de las dificulta-

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des para su circulación y de los recelos que nos habían ais- lado, era posible ver cómo convergían trabajos de diferentes disciplinas, de diferentes horizontes ideológicos y, por su- puesto, de diferentes espacios geográficos. Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que estábamos dejando de ser invi- tados a Europa o los Estados Unidos como “informantes nativos” de las exóticas prácticas de comunica-ción lati- noamericanas, para pasar a ser colegas que debaten con los del “primer mundo” como contemporáneos, aunque cada cual desde su territorio. La mejor prueba de lo que acabo de afirmar es el encuentro organizado por Philip Schilesinger en Sterling, Escocia, en noviembre de 1996, cuyo objetivo fue el debate de los trabajos sobre comunicación y cultura de Néstor García Canclini, Renato Ortiz y los míos, a partir de un documento previamente elaborado por él y donde tuvimos como comentaristas de nuestras tres ponencias a un grupo espléndido de investigadores ingleses y norteame- ricanos de la talla de Stuart Hall, Marjorie Ferguson y Helge Roning.

Otro hito: a mediados de los años ochenta lideré, frente al escándalo de no pocos colegas, la primera investigación latinoamericana sobre la telenovela. Investigadores de Mé- xico, Perú, Colombia, Brasil, Argentina y Chile, reunidos en Cali con apoyo de ALAIC y de FELAFACS, nos dimos a la tarea de investigar la densidad cultural, los conflictos que moviliza la relación entre televisión y cultura popular, y la necesidad, entonces, de una crítica capaz de distinguir la necesaria denuncia de la complicidad de la televisión con las manipulaciones del poder y los intereses mercantiles, del lugar estratégico que la televisión ocupa en las dinámicas de la cultura cotidiana de las mayorías, en la transformación de las memorias y las sensibilidades y en la construcción de imaginarios colectivos desde los que las gentes se reconocen y representan lo que tienen derecho a esperar y desear. Pues, nos encante o nos de asco, la televisión constituye

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hoy, a la vez, el más sofisticado dispositivo de moldeamien- to y cooptación de los gustos populares, y una de las mediaciones históricas más expresiva de matrices narrati- vas, gestuales, escenográficas del mundo cultural popular –entendiendo por este no las tradiciones específicas de un pueblo, sino la hibridación de ciertas formas de enuncia- ción, de ciertos saberes narrativos, de ciertos géneros dra- máticos y novelescos de las culturas de Occidente y de las mestizas culturas de nuestros países–.

En mi larga y personal indagación sobre la telenovela y sus usos sociales, he tratado sobre todo de comprender la profunda compenetración –la complicidad y complejidad de relaciones– que hoy se producen en América Latina entre la oralidad que perdura como experiencia cultural primaria de las mayorías y la visualidad tecnológica, esa forma de “ora- lidad secundaria” (W. Ong) que tejen y organizan las gra- máticas tecnoperceptivas de la radio y el cine, del video y la televisión. Pues, por más escandaloso que nos suene, es un hecho cultural insoslayable que las mayorías en América Latina se están incorporando a, y apropiándose de, la mo- dernidad sin dejar su cultura oral; esto es, no de la mano del libro sino desde los géneros y las narrativas, los lenguajes y los saberes, de la industria y la experiencia audiovisual. Estudiar los medios de comunicación en América Latina se ha vuelto, entonces, una cuestión de envergadura antropo- lógica. En efecto, lo que ahí está en juego son hondas trans- formaciones en la cultura cotidiana de las mayorías, y espe- cialmente en unas nuevas generaciones que saben leer, pero cuya lectura está atravesada por la pluralidad de textos y escrituras que hoy circulan. La complicidad entre oralidad y visualidad no remite entonces a los exotismos de un analfa- betismo tercermundista, sino a “la persistencia de estratos profundos de la memoria y la mentalidad colectiva sacados a la superficie por las bruscas alteraciones del tejido tradi- cional que la propia aceleración modernizadora comporta”

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(G. Marramao). Y es que, como en las plazas populares de mercado, en el melodrama telenovelesco está todo revuelto:

las estructuras sociales y las del sentimiento, mucho de lo que somos –machistas, fatalistas, supersticiosos– y de lo que soñamos ser, la nostalgia y la rabia. En forma de tango o de telenovela, de cine mexicano o de crónica roja, el melodra- ma trabaja en estas tierras una veta profunda del imaginario colectivo, y no hay acceso a la memoria ni proyección al futuro que no pasen por el imaginario.

Tercer hito. Desde inicios de los años noventa la configu- ración de los estudios de comunicación muestra cambios de fondo, que provienen no sólo ni principalmente de desliza- mientos internos al propio campo, sino de un movimiento general en las ciencias sociales. Los procesos impulsados por la globalización económica y tecnológica desbordan por entero los alcances de la teoría de la dependencia o del imperialismo, y obligan a pensar una trama nueva de terri- torios y de actores, de contradicciones y conflictos. Los desplazamientos con que se buscó rehacer conceptual y metodológicamente el campo de la comunicación procedían de la experiencia de los movimientos sociales y de la re- flexividad que articulaban los estudios culturales. Se inició entonces un corrimiento de los linderos que demarcaban el campo de la comunicación: las fronteras, las vecindades y las topografías no eran las mismas de hace apenas diez años, ni estaban tan claras. La idea de información –aso- ciada a la innovación tecnológica– ganó legitimidad cientí- fica y operatividad mientras la de comunicación se desplazó y alojó en campos aledaños: la filosofía, la hermenéutica. La brecha entre el optimismo tecnológico y el escepticismo político se agrandó emborronando el sentido de la crítica.

Se abre paso entonces la conciencia creciente del estatuto transdisciplinar del estudio de la Comunicación, hecha evi- dente por la multidimensionalidad de los procesos comuni-

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cativos y su gravitación cada día más fuerte sobre los mo- vimientos de desterritorialización e hibridaciones que la modernidad latinoamericana produce. En esa nueva pers- pectiva, “industria cultural” y “comunicación masiva” son los nombres que designan los nuevos procesos de produc- ción y circulación de la cultura, que responden no solo a innovaciones tecnológicas sino a nuevas formas de la sensi- bilidad; y que tienen, si no su origen, al menos su correlato más decisivo en las nuevas formas de sociabilidad con que la gente enfrenta la heterogeneidad simbólica y el estallido de la ciudad. Es desde las nuevas maneras de juntarse y excluirse, de des-conocer y re-conocerse, como adquiere espesor social y relevancia cognitiva lo que pasa en y por los medios y las nuevas tecnologías de comunicación. Pues es desde ahí que los medios han entrado a constituir lo públi- co, es decir, a mediar en la producción de imaginarios que en algún modo integran la desgarrada experiencia urbana de los ciudadanos: sustituyendo la teatralidad callejera de la política por su espectacularización televisiva, o bien desma- terializando la cultura y descargándola de su espesor his- tórico mediante tecnologías que, como las redes telemáticas o los videojuegos, proponen la hiperrealidad y la disconti- nuidad como hábitos perceptivos dominantes.

Reubicando el futuro entre la experiencia y el relato

Después de veintidós años en Cali, me jubilé a finales del año 95, y a mediados del 96 volví a residir en Bogotá. ¿En qué estoy ahora?

La docencia ha sido quizás la dimensión más rica de mi vida. Creo de veras tener vocación docente; primero, por- que tanto yo como mis alumnos “lo pasábamos muy bien” en los cursos; y, segundo, porque fue allí donde más apren- dí, donde se producían las conexiones entre ideas, entre las

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dimensiones de lo real y los saberes, donde las preguntas de los alumnos dejaban a la vista mis carencias o alentaban mis búsquedas. Pero después de haber vivido apasionada- mente y durante treinta años la docencia, llegó el momento en que sentí que la universidad estaba recortando mi vuelo, estaba limitando mi propio encuentro con Colombia. Dicho en pocas palabras: mi abordaje del terreno de la Comu- nicación –desde la filosofía y las ciencias sociales– descon- certaba a las Escuelas de periodismo/comunicación en Colombia, que no entendían ni lo que representaba la Es- cuela de Comunicación de la Universidad del Valle ni mis investigaciones. Eso hizo que durante muchos años yo contara con más interlocutores fuera de Colombia que entre los colombianos. Pero poco a poco mi trabajo ha ido encon- trando eco entre los cientistas sociales de una Colombia rota, desgarrada, adolorida; en la que la guerra está obli- gándonos a dejar las anteojeras académicas –que frecuente- mente nos permiten mirar sin arriesgar, asomarnos sin ex- ponernos– para meternos por entero en la situación, en una relación mucho más intensa y directa con lo que está vi- viendo y muriendo el país. Entonces renuncié a la acade- mia, renuncié a una preciosa propuesta de la Universidad Nacional para que organizara y dirigiera un instituto de investigación sobre Comunicación y Cultura. Hice un pro- yecto y me retiré, conservando únicamente la Coordinación del Grupo de Estudios Culturales en el CES (Centro de Es- tudios Sociales) de la Universidad Nacional, y algunas relaciones puntuales con la Javeriana y otras universidades. El único trabajo que he aceptado formalmente es con la Fundación Social; se trata de una extraña fundación que no es una dependencia de una gran empresa sino la dueña de grandes empresas, y cuyo proyecto no es de “beneficencia” sino de intervención social en áreas estratégicas del desarro- llo regional y nacional, de posición política que busca la renovación de las instituciones democráticas, y de produc-

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ción de pensamiento en la relación estratégica entre cultura, empresa y comunicación.

Digo que la Fundación Social es un lugar extraño pues junto al vicepresidente corporativo, al vicepresidente de desarrollo, hay una vicepresidencia de Axiología que elabo- ra la política de la Fundación desde una perspectiva ética. Es en ella que estoy trabajando en la formación de un equi- po de investigación sobre comunicación y política, y en la creación de un Observatorio de Medios. El equipo de inves- tigación se ha iniciado con una investigación sobre “Medios de comunicación y cultura democrática en México y Co- lombia” que estamos adelantando con apoyo de la OEA, coordinada por Néstor García Canclini en México y por mí en Colombia. El Observatorio de Medios se inició en la última campaña electoral, a la que siguió, semana a sema- na, no sólo en la cantidad de tiempo o espacios que los periódicos dedican a los candidatos, sino también –dentro de una novedosa metodología de análisis– del tratamiento negativo y positivo que les otorga el medio, del tipo de ideas desarrolladas por cada candidato. El observatorio continua- rá investigando los grandes temas de la agenda del país, como la mujer, la juventud, el proceso de paz, los desplaza- dos (hay más de un millón en este momento, desplazados por la guerrilla y los paramilitares).

Por otra parte, la Fundación Social acaba de inaugurar una revista de Estudios Sociales, que hacemos en conjunto con la universidad privada local más importante, la Univer- sidad de los Andes, y hemos iniciado una colección de libros que recogen las charlas en la fundación y los diálogos con John Marcos, Marc Augé, Nancy Fraser, Renato Ortiz, Adela Cortina, Fernando Savater. Además, la fundación tiene una programadora y productora de televisión en los canales comerciales, que ha realizado algunos de los drama- tizados semanales con mayor audiencia y con mayor ca-

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lidad de contenido y de experimentación audiovisual. Y también en canales regionales, por ejemplo, hace un pro- grama que ha sido muy premiado, Muchachos a lo bien, que va por la tercera serie, sobre la vida cotidiana de los jóvenes de Medellín.

Finalmente, estoy trabajando muy de cerca lo que consi- dero el tercer elemento clave para nuestra perspectiva de investigación, que es la relación, cada día políticamente más estratégica para nuestros países, entre comunicación y educación. Estamos necesitados de hacer que los sistemas educativos de nuestros países, desde los ministerios hasta las Facultades de Educación, comiencen a entender que una cosa es pseudomodernizar la escuela introduciendo aparati- tos –que lo único que hacen es amenizar la rutinaria tarea cotidiana mientras dejan intacto el carácter autoritario, lineal y repetitivo de la escuela–; y otra muy distinta es asumir la transformación del modelo de comunicación que subyace a la escuela a partir de las posibilidades cognitivas y expresivas de las tecnologías de comunicación e informa- ción. Para el futuro –el futuro de producción latinoame- ricana, en todos los sentidos, producción intelectual, cientí- fica y tecnológica– América Latina necesita desde ya transformar radicalmente su sistema educativo, y ahí tene- mos un campo espléndido, políticamente estratégico, para ayudar desde el ámbito de la comunicación, a que nuestros países se inserten hoy laboral y culturalmente en el mundo.

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