“La fragmentación del poder europeo” José Ignacio Torreblanca Madrid 2011

Estamos ante un libro que transmite la voz del poder pues su autor está vinculado a los altos organismos de la política exterior de España y de la UE. El contenido es la decadencia de Europa, en lo político, diplomático, cultural y militar tanto como en lo económico, geoestratégico y tecnológico. El texto reproduce unas declaraciones del primer ministro turco, R. Erdogan, en enero de 2011, que lo expresan con particular vigor, “la UE está en estado geriátrico y casi comatoso”. Tal coincide con la formulación de G. Rachman sobre que “Occidente ha entrado en una era de ansiedad”. El autor hace un repaso a algunas de las dolencias de Europa: crisis económica, la banca una y otra vez rescatada por los diversos Estados y por el Banco Central Europeo, desastre demográfico, insostenibilidad del Estado de bienestar, costes y salarios a la baja, desplazamiento hacia Oriente de la producción y la acumulación de capital, pérdida constante de poder y prestigio internacional, incapacidad de hacer frente a la competencia de los nuevos países emergentes, nulidad cultural y así sucesivamente. Con todo, el texto no considera varias de las peores calamidades, por ejemplo, la increíble degradación física y espiritual de las poblaciones europeas, subhumanizadas de manera asombrosa por medio siglo de prosperidad económica y por la presión atroz de los aparatos estatales en esa dirección. Señala que tratar del “declive europeo” y de la “irrelevancia de Europa” como materia de análisis son ya un tópico. Quien ha sido el centro del mundo desde hace 500 años ahora va en camino de reducirse a “una pequeña península de Asia”. En esa dirección, como expone el politólogo e historiador Paul Kennedy, “hemos cruzado una línea divisoria histórica”. Analiza el ascenso meteórico de las nuevas potencias, en particular China, India, Rusia y Brasil, pero también Indonesia, Turquía, Méjico, Arabia Saudí, Sudáfrica y otras, que están paso a paso arrebatando a los europeos las fuentes de materias primas, los mercados a escala planetaria, los lugares donde invertir más lucrativamente capital e incluso la supremacía tecnológica en cada vez más ramas y sectores. Ofrece datos interesantes sobre el rearme de China, la más agresiva de las nuevas potencias, sin olvidar el poder militar de Rusia, con 1.600 cabezas nucleares, o los avances en la militarización de Brasil. Apunta Torreblanca que el auge económico de los emergentes ha sido bastante mayor del que se calculó, lo que explica en buena medida el fulgurante derrumbe económico de Europa. Reflexiona en términos globales, no sólo económicos y militares, y aduce que la India, con una

población muy joven (24 años de media), es un competidor formidable de Europa, cuya población está asombrosamente envejecida por la prohibición de facto de la maternidad por el feminismo. Finalmente, examina las debilidades de las potencias competidoras, a veces con parcial acierto y otras sin él. Ese intento de ser optimista naufraga por cuanto dichas debilidades existen desde siempre y hasta el momento no les han impedido ascender meteóricamente, venciendo a Europa en muchos frentes. El autor, como buen europeo, está maleado por el hedonismo y el epicureísmo, siendo incapaz de mirar de frente la realidad. Su propuesta, como expone el título del libro, es que la UE de los 27 tiene que unificar su actuación global para llegar a ser una potencia planetaria en lo político, diplomático y económico, sin olvidar lo militar, asunto por el que Torreblanca pasa de puntillas. Eso equivale a decir que el futuro de Europa será de centralismo extremo, rebaja sustantiva del nivel de vida, Estado policial y militarismo. Los “buenos tiempos” de consumo, asistencialismo, viajes nihilistas y pereza tocan a su fin. Las conclusiones a extraer de los contenidos del texto son varias. Primero, el pasado inmediato de abundancia material ha sido una edad de pesadilla en la que los pueblos de Europa han sido degradados de manera superlativa por la prosperidad, el bienestar y “la buena vida” tanto como el atroz despotismo político e ideológico que campeaba por encima de todo ello. El mito de la prosperidad como precondición de la “liberación” de las clases trabajadoras ha quedado refutado en la práctica. Segundo, la adecuación de Europa a las nuevas condiciones planetarias será un proceso largo, difícil y traumático. Ese cambio está removiendo los cimientos de los pueblos de Europa y lo hará aún más en el futuro; por tanto, nos adentramos en un tiempo nuevo en que las condiciones objetivas y subjetivas para la concienciación revolucionaria de las personas están mejorando de manera muy notable. Aquí se enfrentan dos estrategias. Una, la de la izquierda en todas sus variantes, que desea meramente salvar todo lo salvable de la sociedad de consumo y del Estado de bienestar, en una ciega y sin pudor añoranza por un pasado de consumo feroz a costa de los pueblos del Tercer Mundo y del medio ambiente. La otra valerse de los cambios en curso para avanzar hacia un futuro con revolución en Europa, lo que tiene como primer paso la formulación de las bases programáticas de una nueva idea de Occidente, que subvierta lo ahora existente y sirva para crear un orden europeo sin Estados ni capitalismo ni horripilancias como la UE. En tercer lugar, no se puede olvidar que el capitalismo está dejando de ser blanco y europeo. Eso, en contra de lo que preconizan los teóricos del “antiimperialismo”, no es ningún avance. China, o la India, no son mejores que Europa, como anteriormente no lo fue el imperialismo japonés. Nos

adentramos en una aún más enconada lucha entre superpotencias en que todas ellas, y no sólo Europa, son funestas y rechazables, todas. Una cuarta reflexión es que el problema del militarismo y los preparativos para una IV guerra mundial progresan cada vez más aceleradamente. Por tanto, quedarse atrapados en los pequeños proyectos de “cambio social” mínimo, como están haciendo tantos, está cada día más en contradicción con la notable cantidad y gravedad de los problemas que se van acumulando. Quienes lo hacen se condenan a la marginalidad en el mundo convulso e hiper-problematizado que se está constituyendo. Lo cierto es que la realidad ha cambiado pero los constructores de paraísos a precio de saldo no. Si en dos o tres años no lo hacen quedarán ya completamente fuera de lugar y fuera de juego. Félix Rodrigo Mora.

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