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Muestra de fotografías en el Subte

La mutación de las flores

Casi tres años le llevó al fotógrafo y artista plástico Federico Rubio (Montevideo, 1966)
la preparación de Botánica, muestra que reúne 86 fotografías, de 50 por 60 centímetros,
impresas en gelatina de plata, en las que aparecen flores, tallos, hojas, zarcillos y cactus
de variadas formas y especies.
Con una mirada que puede parecer casi obsesiva por el cuidado y la minuciosidad del
detalle, Rubio ha incursionado en una suerte de taxonomía poética en la que construye y
deconstruye parte del reino vegetal.
Las fotografías, expuestas actualmente en la sala mayor del Subte Municipal, fueron
sacadas con una cámara de placa y fuelle, cuyos negativos miden de 10 por 12,5
centímetros, comprada "de segunda mano" por el artista, en una de sus visitas a Nueva
York.
Esta cámara, cuya tecnología data del siglo XIX, era hasta hace poco tiempo utilizada
en publicidad para realizar fotografías de planos fijos. Es totalmente mecánica: nada en
ella es digital o automático y los negativos 15 veces más grandes que los actuales, de 35
mm. "Gracias a esto un zarcillo de ocho milímetros puede observarse, luego, en toda su
extraña belleza", contó el artista. Es así que aparecen formas plagadas de texturas,
vellosidades y diversas tonalidades del gris.
Como si esto fuera poco, para tomar una foto con esta cámara es necesario introducir la
cabeza bajo el manto de una capa negra. A la vieja usanza y como en las películas.
Estas particularidades, sumadas a las estrategias de iluminación, la utilización o la
eliminación de los fondos, la recolección, manipulación, descontextualización y en
ocasiones mutilación de tallos, hojas y flores, formó parte de un trabajo de lenta,
dedicada y reflexiva orfebrería.

El laberinto propio

Para reunir su rara colección Rubio -luego de ser editor de fotografía de la revista
Posdata, hacer trabajos free lance en NuevaYork y realizar un posgrado en
Fotoperiodismo en el London College of Printing, de Londres- visitó jardines, viveros,
invernáculos, azoteas, canteros, baldíos, zanjas y veredas, de Montevideo y de otras
ciudades del país. Hasta plantó zapallos en su jardín. "Luego de obtener lo que quería
tuve que arrancarlo porque es una planta tremendamente invasiva", contó.
Pero lo que le interesó fotografiar no fue la planta o el especímen sino el detalle, el
fragmento, aquello que el ojo rescata o delata. No la cosa sino el cómo, al decir del
fotógrafo neoyorkino Garry Winogrand (1928-1984), pionero de la fotografía callejera,
citado por Rubio en su propio catálogo.
Con película en blanco y negro, sobre fondo neutro, pasando por toda la gama de los
grises, el universo vegetal pergeñado ahora no se parece en nada al verde universo
"real" sino que, por el contrario, cada fotografía es una metáfora, un ícono o símbolo de
algo que parece pertenecer a uno o a varios mundos al unísono.
Si bien es verdad que el estilo en que están tomadas las fotos –se trata de retratos
centrados, con predilección por la simetría y la utilización de un solo plano, sin
demasiado uso de la perspectiva- remiten a la tradición de la fotografía botánica
inaugurada por el alemán Karl Blossfeldt (1865-1932), emparentado con la corriente
llamada "Nueva Objetividad", Rubio se ubica un paso más allá.
Se introduce en un mundo altamente poético, en el que se vincula estrechamente con la
metáfora. A juzgar por sus propias palabras lo hace de una manera más inconsciente que
consciente. "Lo que hago es más que nada una composición visual", afirma. "Un tema
de forma, equilibrio y gusto". Se trata de lo que su ojo, tras el lente, de pronto divisa y
rescata. "Eso que aunque no sea nada" le llama poderosamente la atención.
"Lo que los demás -o yo mismo- podamos ver después viene por añadidura", aclara. "En
general, me ha dado más satisfacción aquello por lo que en un primer momento no
hubiera dado un cobre. Me refiero a un fragmento, a algo insignificante. No a una
orquídea, por ejemplo, que puede ser considerada el paroxismo de la flor. Me interesa lo
simple o lo desquiciadamente complejo. No me importa la cosa sino cómo se ve".
Mientras camina por la sala del Subte o muestra las copias que no expuso pero que
mantiene desplegadas en el suelo de su amplia casa-estudio, en Punta Carretas, el artista
observa sus propias creaciones y casi que "reza" -en latín- los nombres "oficiales" de los
especímenes fotografiados.
Aunque ahora los ejemplares sean casi irreconocibles, Rubio insiste en repetir los
nombres en latín. Como si al decir “stapelia grandiflora", explicara lo que ha hecho con
esa flor o ese pedazo de planta que ahora parece una estrella de mar, velluda y
carnívora. Aunque le haya cortado un pistilo o una espina y la haya iluminado de atrás,
de frente o de costado hasta convertirla en otro objeto. "Este retrato lo tomé luego de
varios días, mientras se le iban cayendo cosas", dice, tratando de explicar la extraña
mutación de las flores.

La carnalidad de las plantas

Al entrar a la sala donde se expone Botánica y al tomar hacia la izquierda, cuatro


fotografías de tallos o cuerpos de cactus, centrados y erectos como dólmenes, auguran el
ingreso a un universo simbólico donde la carnalidad de una hoja –suculenta y pilosa- se
alterna con la levedad de un pétalo que más parece una diáfana bailarina, envuelta en
gasas y sedas.
Más allá, siete fotografías con reminiscencias de cuenco o caja, plenamente receptivas y
femeninas, aparecen rodeadas de zarcillos en formas de espiral y de pedúnculos que
semejan penachos o crestas.
Eros/Thanatos, masculino/femenino, yin/yang, shiva/shakti: las dos grandes polaridades
creadoras, descriptas de diversas maneras por diferentes culturas o cosmogonías, vienen
inmediatamente como asociación.
Federico Rubio asiente: "Sí, son muy sensuales. Pero eso vino para mí, después. En el
momento no me dí cuenta".
Los ojos del que mira reconocen que aquello es una planta pero que también remite a
algo conocido o desconocido. Lo que de pronto aparece como "figura" rápidamente se
convierte en "fondo" y la gestalt –"la forma, en el aquí y ahora"- es, de improviso, otra.
Es así que dos cardos [dientes de león] son dos bailarinas en delicado suplé, aquello es
más bien una medusa y lo que está más lejos es una enroscada y filosa cornamenta. O
un rabo de mulita que asoma y escapa de una cueva.
La flor parece -o es- un mandala, una estrella de cinco puntas, un pubis frondoso. El
tallo es un pincel. La hoja una cuchara de modernísimo diseño, un molusco, un hueso.
Hay también plantas que son libélulas, pájaros de alas desplegadas, retazos de piel de
tigre o cebra. Flores negras, palmeras quemadas, animales casi acuáticos.
Hay hasta una hojita con todas sus nervaduras: un toque casi naif que recuerda los
dibujos que hacen los niños en el jardín de infantes.
El artista se ha dado el gusto de mutar a diestra y siniestra un extravagante corpus
vegetal. Ha convertido enredaderas en extrañas piezas de herrería, ha transformado
espinas en pétalos calcáreos, flores en sedas, pistilos en edificios, pedúnculos en
insectos.
Para regocijo del ojo que sabe descubrir el fragmento, el detalle. Aquello que apenas
asoma. Porque una flor es –quizás- aquello que es, que no es o que puede llegar a ser.

Botánica. Muestra de fotografías de Federico Rubio. Sala mayor del Centro Municipal
de Exposiciones Subte. Todos los días de 15:30 a 21 horas; excepto lunes. Hasta el 7 de
setiembre. Catálogo con textos de Alicia Haber y Federico Rubio.

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