El restaurador y la madonnina della creazione

XXIII.- LOS CUADERNILLOS DE ALT AUSEE
Volvía solo, como todas las noches que dormía en casa. Antes de encender la mortecina luz del recibidor le golpeó en la cara el denso olor del tabaco cuyo humo, una vez frío, parecía haberse condensado hasta en el último rincón de la casa. Arrojó la chaqueta en dirección al pequeño salón y sin mirar dónde caía se metió de cabeza en el cuarto de baño. Mientras se lavaba con agua y jabón se sintió desagradablemente sorprendido al mirarse directamente a los ojos en el espejo y se forzó a recuperar el buen humor y a pensar en el nuevo trabajo del que había hablado a Guillermo. Con un poco de distancia podría haber dicho que había sido una noche interesante, primero el mafioso que les apalea y luego se convierte en su socio, o jefe, y luego el buen rato pasado con Guillermo en el reservado de aquel club. Por un momento se había sentido en compañía de alguien. Lástima que aquel joven genio tuviera tan pocas aspiraciones intelectuales. Si la destreza de su cerebro hubiera sido la mitad que la de sus manos habría comprendido lo que intentaba decirle, y tal vez se hubiera asustado tanto como él lo estaba. Le hubiera gustado hablarle también del segundo gran peligro que corrían pero, en realidad sólo le afectaba a él: si en algún momento aquellos vándalos llegaran a tener conocimiento de los documentos que atesoraba su vida podría perder todo su valor. Únicamente Susana y Guillermo, quienes siempre habían guardado el más profesional de los mutismos al respecto, sabían de la existencia de aquellos documentos pero eso, ahora que el italiano pasaría a ser un socio más, no le tranquilizaba.
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Salvador Bayona

Poco tiempo antes de que muriera su mujer él había encontrado los cuadernillos del registro de las minas de sal de Alt Ausee, casi por casualidad, en una librería de lance de Salzburgo y, durante algún tiempo ambos compartieron la ilusión de devolver a la humanidad grandes obras maestras. Pero entonces sobrevino la enfermedad. En poco más de dos meses ella se consumió en sus brazos y el mundo se convirtió en un infame reino de mezquindad en el que las utopías ya no tenían cabida. Todo aquello que les había ocupado durante toda su vida perdió la razón de ser y el ambiente universitario en el que tan a gusto se sintiera en otra época comenzó a hacerse irrespirable, y él supo que su lugar ya no se encontraba allí. Algunos de sus compañeros, los que casi alcanzaban el estatus de amigos, le rogaron que continuara pero a Eduardo le hubiera resultado imposible seguir un día más en aquella endogamia llena de vanidad llamada universidad. Muchos de ellos conocían la historia reciente de las minas de Alt Ausee, de cómo los nazis trasladaron en los últimos meses de la guerra todos los tesoros artísticos que habían expoliado de Europa desde el castillo de Neuschwanstein, donde habían reunido la mayor colección de arte de Europa, a diversas minas de sal en Austria y Alemania. Algunos de ellos, incluso, habían llegado a visitar el intrincado laberinto de las minas y consultar el fondo documental creado por los americanos tras el fin de la guerra, pero casi nadie sabía que al cuarto libro del registro de Alt Ausee le faltaban los tres últimos cuadernillos, en los que quedó reflejado el movimiento de trescientas setenta y seis pinturas de las más diversas épocas y procedencias, treinta y dos esculturas, veintisiete muebles de época, y seis piezas de orfebrería renacentista y barroca. Los miembros del Art Looting Investigation Unit o ALIU, como se la conocía por sus siglas, la unidad del ejército de los Estados Unidos que indagó los detalles del expolio nazi y que durante algún tiempo fueron los responsables de la devolución de algunas obras de arte a sus legítimos dueños, reseñaron este hecho como una anécdota en sus informes. Algunas de las piezas que figuraban en los tres cuadernillos que faltaban del libro cuarto fueron identificadas sin lugar a dudas, y otras tantas, de las que no se consiguió saber el origen, pasaron directamente a museos americanos. La investigación acabó habiendo localizado un total de cuarenta y dos obras. Los americanos, a falta de que denuncias concretas de los legítimos propietarios les aportaran nuevos datos, prefirieron considerar que sus
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pesquisas habían conseguido reconstruir toda la información que se encontraba en los tres cuadernillos perdidos Sin embargo el movimiento de arte en Europa durante aquellos años fue frenético, y no siempre en la misma dirección. Los miembros del ALIU, al igual que averiguaría Eduardo años después, sabían que muchas obras salieron del depósito de Alt Ausee para acabar en manos de oficiales del ejército alemán, altos cargos del partido nazi, las amantes de éstos, o incluso otros depósitos de seguridad dispersos por todo el territorio. De no contar con el registro era imposible saber qué obras habían salido de las minas y hacia qué destino, ni qué obras habían sido almacenadas allí y nunca encontradas. Eduardo había reelaborado los cuadernillos listando únicamente las piezas que, no habiéndose hallado todavía, no habían sido objeto de ninguna reclamación de propiedad tras la guerra. En total el listado se reducía a ciento treinta y cinco obras de arte. De ellas Eduardo había localizado algunas en manos de propietarios que generalmente desconocían el valor de lo que colgaba sobre su chimenea, y otras ocultas por temor a que se descubriera su posesión ilegítima, pero únicamente había hallado hasta el momento cinco sobre las que se podía afirmar sin ningún género de dudas que habían sido destruidas -cuatro, si se exceptuaba la tabla de la Madonnina della Creazione - y no parecía que pudieran encontrarse muchas más que hubieran compartido el mismo destino. Sabía que tras aquellas páginas se encontraba un negocio aún mayor, y que alguien con menos escrúpulos, como el italiano aquel que había irrumpido en sus vidas aquella noche, no dudaría en hacerse con el botín que encerraban: obras maestras en domicilios particulares sin protección alguna podían ser presa fácil de quien supiera dónde buscar. Los poseedores no hubieran podido demostrar nunca que eran los legítimos propietarios de aquello que les había sido sustraído, y las obras, con toda seguridad, habrían sido fácilmente maquilladas y vueltas a poner en el mercado. Pero la que se le antojaba como la más terrible de las posibilidades era, por otro lado, la más probable, ya que habría resultado mucho más sencillo, contando con la genialidad de Guillermo, duplicar obras de arte cuyos poseedores, conscientes gracias a los cuadernillos de su detestable origen, nunca se atreverían a sacarlas a la luz o bien se verían obligados a venderlas a bajo precio para evitar un sinfín de demandas. Pero él se negaba a aceptar la coexistencia de dos obras de arte idénticas. Por razones que no hubiera sabido explicar aquello se le antojaba infernal, un hecho capaz de
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borrar de este mundo cualquier rastro por el cual le hubiera valido la pena vivir. Su vida, por otra parte, no valía nada en comparación con las magníficas sumas que se podían conseguir con aquello. Por ello únicamente contaba con la discreción de sus dos socios y con la posibilidad que le brindaba el nuevo proyecto de que había hablado a Guillermo en el club. Sorteando columnas de libros que parecían crecer del suelo en equilibrios imposibles, botellas vacías, y algún que otro resto de comida a domicilio descuidado entre ellas Eduardo alcanzó el pasillo, no menos abarrotado, desde donde accedió a una pequeña habitación, cuya puerta hacía casi seis años que nadie había abierto. En ella el perímetro se encontraba perfectamente delimitado por decenas de cajas de cartón, cerradas y apiladas, algunas de ellas incluso con etiquetas, mientras que el caos se hacía cada vez mayor cuanto menor era la distancia al centro, encontrándose, en este punto, todo tipo de objetos apilados uno sobre otro en una pirámide que se alzaba como monumento al abandono. Tras ella, bajo una estantería que tapaba casi toda la ventana, al lado de una vieja talla de madera de un San Ambrosio, Eduardo recordaba que se encontraba lo que andaba buscando. Tres cuartos de hora más tarde, tras haber removido casi todos los objetos de la habitación sin haber disminuido un ápice en nivel de caos de aquel cuarto, Eduardo, sentado en el sofá, se dispuso a romper la cinta adhesiva que precintaba la caja que había estado buscando. En su interior apareció ante sus ojos un grueso legajo de papeles y recortes de prensa, correspondientes al affaire Pétrides, y, bajo él, otros montones de papeles relacionados, entre los que se encontraba una copia de la carta de Utrillo. También había una foto, amarilleada, de Cristina. - Tal vez sí que exista la historia, una historia –pensó mientras la tomaba entre sus manos tan delicadamente como si fuera una flor seca- pero es precisamente ésa la que no quisiera que hubiera existido nunca. ¡Cuánto tiempo hace de esta foto!, y qué pesado se me ha hecho el camino sin ti, querida Cristina. Y lo peor es que aún siento a la muerte muy lejana, demasiado lejana como para que su sola esperanza me permita soportar la vida. Me pesa el aliento. Lo sabes, Cristina ¿verdad?. Me pesa el aliento cada vez que pienso en nosotros, y en lo felices que fuimos, y en lo indigno que me siento ahora de ti, sin ti. No sé si hay algo más allá, pero si hay algo sólo puedes ser tú. Quisiera hacerme merecedor de tu presencia, de
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nuevo, pero no puedo evitar lo que hago. Lo sabes, Cristina ¿verdad?. Si recupero esto ahora es porque estoy en peligro. Sabes que lo estoy, ¿verdad?. Si no lo hago acabarán obligándome a quebrantar el único principio moral que, pudiendo no hacerlo, me he esforzado en respetar. Por ti. Por tu memoria. Tal vez sea un absurdo, lo sé, pero quiero pensar que es nuestro cordón umbilical, y que mientras sea fiel a él, te seré fiel a ti. Lo entiendes, Cristina ¿verdad?. Yo también te quiero. Siempre. Respiró profundamente para contener las lágrimas que trepaban por su garganta y, depositando un rápido beso sobra la fotografía, la colocó boca abajo, sobre la mesa y siguió revisando el interior de la caja. Considerándolo bien, había sido absurdo no pensar en los recuerdos que esto le evocaría, puesto que, al fin y al cabo, habían sido los dos, Cristina y él, quienes habían creado aquella ficción a la que ahora iba a abocar a Susana y a Guillermo. Fue al principio de los años setenta. Él era entonces un humilde y joven profesor asociado en la Sorbona y ella una estudiante de los últimos cursos de historia del arte. Casi por casualidad habían entablado una relación académica que pronto se vio impregnada de afectos y confidencias y antes de que ninguno de los dos pudiera darse cuenta, vivían alquilados en un pequeño apartamento de la Villette, en lo que antaño fueran las afueras del gran París. En aquellos días ellos, como otros muchos, todavía se alimentaban con el recuerdo de las experiencias pasadas en aquel mayo de hacía apenas tres años, incapaces de escapar del aroma como de liberación y justicia que lo impregnaba todo. Cristina tenía grandes ideas acerca de la renovación de las teorías de la historia del arte, y él la seguía, arrastrado por aquel remolino de entusiasmo juvenil que hacía inútil cualquier intento de escapada. Fue por aquel entonces que saltó a la prensa el affaire Pétrides.

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