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Dos cartas a Antenor Orrego

Víctor Raúl Haya de la Torre

Mi querido Antenor: Te escribo en una noche rara. Mañana son las elecciones y Lima tiene en estas horas álgidas un aspecto raro. Sus calles están llenas de grupos de gente fea y que huele mal. Todos gritan con voces destempladas y mezclan a los nombres de los candidatos palabras procaces. Me voy haciendo a esta vida tan distinta de la de allá, mansa, ingenua pero más sana, menos artificial. Casi todas las noches estoy con Abraham Valdelomar y Alberto Hidalgo, bonísimos amigos míos que han dado en quererme mucho. En el mismo despacho en donde escribía Yerovi, que es hoy el de Lemos, estamos hasta más de media noche, charlando de cosas simpáticas. Esos son los momentos deliciosos de mi vida limeña. Allí Valdelomar e Hidalgo echan a un lado sus teatros y sus poses y tórnanse dos chiquillos reidores y a las veces necios. Y desde allí te escribo, mientras éstos dos niños cometen la indiscreción de mirar lo que esta mala máquina va haciendo en el papel (les he prometido leerles la carta después y el chico Hidalgo y el grande Valdelomar han ido a hundirse en un amplio sofá gris. El uno ha cogido El elogio de la locura de Erasmo, y el otro acaricia una mascarilla en yeso que de Valdelomar, ha hecho un pobre escultor alemán).

Yo en este momento pienso en las noches de sábado de allá. Quizá si toda la bohemia está reunida en torno de Garridote que va leyendo gravemente, sonoramente, un cuento del Marquesito de Hoyos. Después han de salir todos juntos en busca de algún destartalado cafetín… ¡cuánto estraño todo eso! Hay noches en que me pongo triste, muy triste. Va a Uds. mi pensamiento, mi ‘yo’ todo. Me parece muy lejana toda nuestra vida tan libre y tan simpática en que yo no tenía que preocuparme de la “raya” del pantalón ni del lazo de la corbata. ¡Cuánto tiempo tiene uno que perder en eso aquí! Todavía tengo la cabeza como un torbellino. Créeme que este ir y venir de gente rara, que me parece mala, me da miedo. He aprendido a hacer escapes a coches, autos y tranvías, pero todavía no puedo escapar a las gentes que llenan las veredas y que caminan automáticamente ni ligero ni despacio cuidando de choques y pisotones. A veces, en las tardes, cuando las calles centrales rebosan de hombres acicalados y mujeres pintarrajeadas y bien olientes, pasa un chico vestido de gris, con las manos atrás, y dando grandes pasos. Tiene una cara huesosa, pálida, unos ojillos negros y fijos; va dando encontronazos a quien se le presenta al paso: ese chico es mi amigo Alberto Hidalgo… (aquí se ha puesto furioso) Frente al Palais, lleno de luces, de espejos, de gente chic, hay que pasar mirando al través de los cristales cortados de las puertas de entrada para distinguir a un hombrecito gordo, vestido de obscuro, con sombrero chicago y quevedos con larga cinta negra. Este hombre tiene un tipo de moro, está afeitado y sus manos cuidadas tienen uñas que brillan… Es mi querido amigo don Abraham Valdelomar. ¿¡¡Esa mano, esa mano que ha escrito tantas

bellezas inimitables” (párrafo de la dedicatoria del retrato del Conde de Lemos a Hidalgo) Alcides viene a veces a la Prensa. Valdelomar le quiere y me ha dicho que le apoyará decididamente. Debía marcharse a Estados Unidos hoy, pero ha postergado su viaje para el miércoles. El día que vino Domingo fui a buscarle. Le encontré a la salida de su casa en la plaza Bolognesi. Fuimos juntos al Barranco a ver a la hermana Teresa y al regreso buscamos a Alcides y tuvimos horas de gratísima espansión. ¡El grito trágico de Sigüenza se dejó oir muchas veces en las calles de Lima! Yo literariamente no hago nada todavía. Espero estar mas tranquilo para comenzar. Valdelomar e Hidalgo me han dado ya carta de ciudadanía como artista. Estos señores que están aquí leyendo indiscretamente lo que escribo me “consagran artista”, ni más ni menos que un buen señor obispo. Ya les voy a desengañar. (Se alejan riéndose. Vuelve Valdelomar a su sofá mientras Hidalgo da largos paseos taconeando.) Aquí voy a pedirte un gran favor. Quiero que mis amigos de Trujillo trabajen porque sea yo representante de la Universidad de Trujillo ante la Federación de estudiantes que estará toda compuesta por prestigiosos elementos. Aun por el periódico puedes hacer campaña. Sé que Dileo por instrucciones especiales no desea mucho mi designación. Quezada, en nombre de los estudiantes trujillanos aquí ha pedido hoy por telégrafo mi elección. Leí tu artículo de Rodó y le ha gustado muchísimo a mis amigos. Necesito algo más tuyo y de ese hombre, peludo y holgazán que se llama Vallejo. No te olvides esos encargos y que Vallejo no olvide mi Iliada y mi Odisea…

¿Qué dice La Reforma? Cucho no me escribe. Mi carta para él parece que no hubiera llegado. Federico Esquerre tampoco quiere nada conmigo. ¿Por qué? Todo el cotarro intelectual está alborotado con la Pavlowa. Es el magno suceso artístico del día. Ya verás por los periódicos el gran crac. Mañana iremos a recibirla. Valdelomar. Este posseur que me fue tan antipático antes de que mi insolente burla acabara con sus teatros respecto a mí (cosa que duró 30 minutos) escribe una tragedia nacional VERDOLAGA. Todas las tardes la ponemos en limpio en el Ministerio de Relaciones. Sin adular a este señor te diré que es lindísima. Alberto Hidalgo prepara el Epitalamio a Valdelomar. Hoy ha hecho un soneto “maravilloso” al mar. ¿Se publicó el soneto as los “ojos de Lola” de Vallejo? Hidalgo ha escrito o mejor dicho ha comenzado a escribir a otros ojos. Sólo ha hecho esto hasta este instante. ¿Por qué? Por la dulzura de tus ojos tristes. Nada más. Hoy dice que está madrigalesco, sentimental como una niña romántica. ¿¡Este chico es muy divertido! Afirma que desde hoy, no haya más posse. Esto me parece una niñada, aunque su primera demostración ha sido notable: El retrato que el mismo se había dedicado como un “homenaje a su talento” lo ha estrujado y ha descendido de su sitio de honor (estaba junto a Goethe, Shakespeare, Beethoven etc… ¡Este chico es muy divertido). Y aquí acabo, Valdelomar e Hidalgo están lejos de mí. Muchos les interesan unos versos de Lugones. Aprovecho para ponerte estas líneas de despedida. No me olviden. En las noches de bohemia, acuérdense el Príncipe de la Desventura entre lectura y lectura, o entre pisco y pisco en el cafetín de Mendieta.

Y escríbeme largo, muy largo. Mándame cosas tuyas y de todas. Uno a uno abraza a Garrido, Vallejo, Esquerre y Diógenes. Que no me olviden, tampoco Lola, Marina, María, Martina, etc. Mil abrazos de tu hermano Víctor Raúl Valdelomar ha puesto como brevete sus geométricas iniciales. Lima, 19 de mayo de 1917

Abraham Valdelomar

Antenor Orrego Roma, noviembre 26/59 Mi querido Antenor: Muy interesante y grata tu carta del 16 que me llegó esta mañana. Por La Tribuna sabía de tu viaje a Trujillo, y aunque las crónicas del diario apenas reflejan la magnitud de tan buen suceso, lo presentí. Porque sigo creyendo que nuestra tierra y la de todo el país es tierra de sembrar, y sólo hace falta que nosotros los responsables de la dirección del gran movimiento, trabajemos tenazmente por cumplir nuestra misión dondequiera. Tu viaje a Córdoba y Buenos aires ha sido de mucha resonancia. Estoy seguro de la efectividad de tu mensaje. Y ahora el que has llevado a Trujillo, con tanta oportunidad y buen resultado, te señala un buen camino; el de todo el país, comenzando por el norte a donde creo que debes ir, pascana por pascana, llevando a los más jóvenes el recado aún vigente de nuestro Grupo, sin duda auroral. Pienso que Lambayeque y Piura podrían ser tus siguientes objetivos de acción. Debemos dar a conocer a las nuevas promociones peruanas los orígenes espirituales e idealistas de nuestra gran cruzada. Y hace bien en reivindicar a Vallejo como parte inseparable de nuestra

obra precursora. ¿Qué hay de tu libro sobre él? Importa mucho ganar al tiempo. Publícalo ya. Este libro será un buen guión de juventud. A ésta hay que darle la noción exacta de la continuidad —que es condición de legitimidad— de la hora que comienza en Trujillo y se extiende al país y al Continente. ¿Mencionaste la iniciación de las Universidades Populares que, acuérdate, comenzaron en Trujillo, en un primer intento que yo inicié en el Centro Universitario? Algo que importa remarcar es que nuestro grupo estuvo siempre en contacto con el pueblo; que a Vallejo lo incomprendían los “de arriba” perro lo sentían los de abajo. La vinculación entre nosotros y los trabajadores, entre nosotros y el Trujillo y sus valles populares es un hecho que nos separa de las élites o capillas ajenas a las palpitaciones de los más humildes. No fuimos nunca altaneros “incomprendidos” encerrados en torre de marfil. Y algo más: la invocación americanista concreta, precisa, creadora comienza con nosotros y es entendida prontamente por el pueblo. Vallejo es la voz poética de ese nuevo credo. Y su figura americanísima un símbolo continental. Tú en tu profético prólogo lo saludas así. (Prólogo que hay que divulgar, reproducir, popularizar con tenacidad sin cansancio). Comprendo tu “íntimo gozo” y participo de él. Tu labor misionera es de una significación extraordinaria. Y hay que proseguirla con entusiasmo para demostrar que en nosotros vive fresca y garrida la juventud del espíritu hoy como ayer. Debemos demostrar con testimonios de incenescente lozanía que somos unos viejos diferentes de los que declinan y claudican. Debemos enseñar a los más

jóvenes que procedemos de una generación vencedora de os calendarios. Y que no importan ni los años ni las canas, porque en nosotros vive siempre remozada la energía juvenil de quienes se adelantaron mucho a su tiempo. Pienso que en tus artículos de La Tribuna podrías insistir siempre en ese tema: Nuestra anticipación al mundo de hoy en todos los aspectos. Pues como Vallejo en su poesía, nosotros en la acción hicimos obra para el futuro. Para un futuro que aún sigue siendo futuro, que por tanto, no permite el envejecimiento de nuestra obra. Y este es para mí el más alto significado de ella. Que no solamente no ha perdido su vigencia actual, sino que mantiene su línea adelantada. Si nuestra juventud se penetrara de esta verdad —por obligante labor nuestra— continuaremos ante su conciencia en la vanguardia. Deber de nosotros es demostrarle que los grandes ideales que nos animaron están aún por realizarse y que nadie los ha superado ni en avance ni en acierto. Lo cual es absolutamente cierto. Te abraza fraternalmente con el cariño de siempre Víctor Raúl

Fuente: ORREGO, Antenor. Mi encuentro con César Vallejo. Luis Alva Castro (editor), Tercer Mundo Editores, Colombia, febrero de 1989, pp. 191-200.