ROMANIZACIÓN SELECTIVIDAD EXTREMADURA I.E.S.

Llerena

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ROMANIZACIÓN La romanización es el proceso mediante el cual los pueblos sometidos por los romanos asimilan el modo de vida y las costumbres de los conquistadores. Los factores de la romanización fueron principalmente los siguientes: • La lengua: es un factor fundamental. El latín se impone en todo el Imperio. En Hispania, desplaza a todas las lenguas (excepto el euskera) y, cuando desaparece el dominio romano, derivará en las lenguas romances de la península. • La organización política y administrativa: los romanos extienden por su Imperio un sistema de control basado en las provincias (Hispania fue subdividida en varias provincias a lo largo de la historia del dominio romano), al frente de las cuales figuraba un gobernador con plenos poderes políticos, militares y judiciales. En época imperial, las provincias fueron subdivididas en conventus, pequeñas demarcaciones con una capital a la que acudían los habitantes de las zonas próximas para juicios, censos, pago de tributos,..., en cuya labor colaboraban con el gobernador otros magistrados. • La sociedad: a las provincias también trasladaron los romanos su propia estructura social. Existían libres y esclavos; y dentro de los libres, los había con el privilegio del derecho de ciudadanía romana (cives) y sin él (peregrini), hasta que el emperador Caracalla convirtió en ciudadanos a todos los habitantes del Imperio (212 d. C.). • El urbanismo: los romanos concebían la civilización en la vida ciudadana. No sólo crearon numerosas ciudades nuevas en asentamientos estratégicos, sino que incluso potenciaron el crecimiento de las ciudades indígenas, otorgando a muchas de ellas el status jurídico de municipium, que suponía en algunos casos la concesión de la ciudadanía romana a sus habitantes. Así, en las ciudades, se hablaba el latín, se practicaban los cultos religiosos oficiales, los habitantes se beneficiaban de los servicios públicos, podían acudir a los espectáculos típicos romanos, podían enviar a sus hijos a las escuelas, participar en las instituciones, etc. • La red de comunicaciones: para extender el Imperio era necesario crear una gran red de carreteras por la que pudiera trasladarse el ejército con rapidez. Además, con esta infraestructura se podía acceder mejor a las zonas más ricas, se desarrollaba el comercio y se establecía un mejor control de la administración política. • El ejército: fue utilizado como el instrumento de control y dominio de las provincias. Los soldados entraron en contacto con la población indígena y transmitieron la lengua, las costumbres, la religión,... No tuvieron reparos en crear nuevas familias uniéndose con los conquistados y dando origen a nuevas poblaciones en torno a los cuarteles. Destaca por su importancia la relación que se establece también con los soldados reclutados entre los indígenas, quienes, una vez licenciados, volvían a sus tierras y llevaban de forma muy eficaz la romanización. • La cultura: los romanos extendieron por todo el Imperio su cultura literaria, arquitectónica, urbanística, etc. Destacan por encima de todo el trazado, los monumentos y los edificios públicos de las ciudades de nueva creación (colonias), a las que dotaron de una impresionante infraestructura que transformó la forma de vida de los pueblos conquistados. • La religión: los romanos respetaron el culto a los dioses locales; pero la 1

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romanización fue extendiendo también el culto a los grandes dioses romanos: Júpiter, Juno, Minerva, Venus, Marte, Diana, Hércules,..., e incluso a divinidades orientales como Mitra, apreciada por los soldados. Promocionado oficialmente, se extendió el culto al emperador. El cristianismo llegó a las provincias durante el Imperio, y alcanzó con el emperador Teodosio la categoría de “religión oficial” (380 d.C.). 1.- Romanización de Extremadura Hispania no fue una excepción a todos los aspectos que influyen en la romanización. El legado de los romanos en Hispania tiene una gran importancia, y para entender su alcance basta con analizar su influencia en Extremadura. 2.- Expansión militar Tras el desembarco de Cneo Cornelio Escipión en Ampurias (218 a. C) para enfrentarse al ejército de Aníbal, los romanos inician su expansión por el centro y sur de la península. Una vez derrotados definitivamente los cartagineses en Hispania (206 a. C.), pasó a ser provincia romana y comenzó el proceso de romanización. La Extremadura actual formó parte del territorio romano a partir del año 197 a. C., aunque encontró una gran resistencia en el sistema de guerrillas utilizado por los lusitanos, al frente de los cuales se encontraba Viriato, quien fue vencido sólo mediante una traición de sus propios colaboradores, instigada por el cónsul Servilio Cepión. Durante el período de la guerra de Sertorio (82-59 a. C.), Extremadura forma parte de la Hispania Ulterior, provincia romana con capital en Córdoba. El emperador Augusto establece la nueva división de Hispania y se constituye la provincia de Lusitania, cuya capital va a ser la nueva ciudad Augusta Emerita. La Lusitania fue dividida en tres conventus jurídicos cuyos núcleos eran Pax Iulia, Scallabis y Augusta Emerita. 3.- Mérida, capital de Lusitania. "Publio Carisio conquistó la ciudad de Lancia, que había sido abandonada, y fueron sometidas muchas otras. Terminada la guerra, Augusto licenció a los más veteranos de sus soldados y les concedió que fundaran una ciudad en Lusitania, llamada AUGUSTA EMERITA". (Dión Casio, Historia de Roma, 53-25-2) En el año 25 a. C. el emperador Augusto licenció a los legionarios que habían pacificado casi totalmente Hispania con la conquista de la zona al norte del Duero. En un lugar estratégico del occidente de la Península, donde el río Anas (Guadiana) se hacía más vadeable, Publio Carisio, legado del emperador, asentó a los veteranos de las legiones V Alaudae y X Gemina. Con este asentamiento se pretendían los siguientes fines: • Premiar a los soldados con un lugar para descansar después de tantos años sirviendo en el ejército y otorgarles tierras fértiles para el cultivo. • Proteger y defender una zona cuyos habitantes se levantaban continuamente contra el poder romano. • Defender el puente sobre el río Anas, fundamental para las comunicaciones Norte-Sur por el Oeste de la Península, la Vía de la Plata, (actual carretera nacional 630 Gijón-Sevilla), que unía las ciudades de Asturica Augusta (actual Astorga, en León) y Onuba (Huelva), ya que la ruta marítima se hacía difícil en ciertas épocas del año. • Cumplir un importante papel político en la administración del Imperio romano. Augusto dividió Hispania en tres provincias para poder administrarla mejor: Bética, Tarraconense y Lusitania. Corduba (Córdoba) fue capital de la primera, 2

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Tarraco (Tarragona) de la segunda, y de la tercera la recién fundada Augusta Ernerita, que tomó el nombre del emperador Augusto y de los legionarios veteranos (emeriti) que se asentaron en ella. Pero mientras la Bética fue provincia senatorial, es decir, administrada por el Senado romano no sólo como consecuencia de una prolongada vinculación a Roma, sino por el arraigo que en ella tuvo la cultura latina, la Tarraconense y la Lusitania fueron administradas directamente por el emperador, bajo el gobierno de un legado propretor con amplios poderes. Mérida, bajo el patronazgo del yerno del emperador, Marco Vipsanio Agripa, se desarrolló con rapidez. Hacia el 60 d. C., en el imperio de Otón, llegaron a la ciudad otras familias romanas, que completarían esa labor de conquista total e irían dejando la impronta de lo que realmente constituía la esencia del mundo romano. Mérida se fue configurando como un centro administrativo, jurídico, económico, militar y cultural. Desde un principio contó con importantes construcciones urbanísticas o de infraestructura (alcantarillado, captaciones y conducciones de agua, trazado urbano, comunicaciones), y también otras dedicadas al culto religioso y al ocio. Muy pronto Mérida emitió monedas en plata y cobre, con diversidad de cuños que se referían a los reinados de Augusto y Tiberio y alusivas también a personajes de la colonia, a su fundación y a sus pobladores. El aforo de sus lugares de esparcimiento (teatro, anfiteatro y circo) indica que no sólo tuvo una población abundante, sino que era un centro de atracción importante. De su trazado urbano se desprende que en los momentos de esplendor pudo alcanzar los 40.000 habitantes, población muy estimable para la época, sin contar la que habitaba en las numerosas villas agrícolas de la comarca. Las inscripciones funerarias y los cultos religiosos demuestran que tuvo una población de origen variado (romanos, aborígenes, orientales y africanos). Se convirtió rápidamente en centro de comunicaciones de Hispania. Su categoría perduró hasta muy entrada la caída del Imperio Romano. Ausonio, poeta romano que vivió entre el 300 y el 374 d. C., otorgó a Mérida el noveno lugar y el primero de la Península entre las diecisiete ciudades más importantes de entonces. RESTOS ROMANOS EN EXTREMADURA EMERITA AUGUSTA A finales del siglo I a.C. Publio Carisio, por orden del emperador Octavio Augusto, decidió asentar a los soldados veteranos en las guerras cántabras, de las Legiones V Alaudae y X Gemina en el año 25 a.C. Para ello fundó Emérita Augusta en el centro de la región extremeña y a orillas del río Guadiana. Dominada la península Ibérica por los romanos, estos la dividieron en tres provincias: Betica su capital fue Italica, Tarraconenses capital Tarraco y Lusitania, siendo capital de esta última Mérida, conocida desde ese momento como Emerita Augusta. El vado del río y el puente marcaron el trazado urbanístico. La prolongación de éste será la calle principal el decumanus maximus, cruzada perpendicularmente por el kardo maximus. En el espacio que ambas vías delimitaban se va diseñando el núcleo poblacional, rodeado de murallas y con cuatro puertas; dado su carácter de capital imperial, la población contó con dos foros, uno municipal y otro provincial. Durante siglos y hasta la caída del Imperio Romano de Occidente, Mérida fue un importantísimo centro jurídico, económico, militar y cultural. Ciudad quizá la más importante de Hispania, a juzgar por los restos monumentales que han llegado hasta 3

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nosotros, aparece citada por Ausonio en el noveno lugar de las urbes del mundo contemporáneo, y ha sido llamada la "Roma de España". TERMAS 1.- Termas de Alange. A 18 kms. De Mérida se sitúa el pueblo de Alange, cuyos orígenes, desde la etapa romana, están relacionados con las aguas termales que de allí manan. El nacimiento del manantial no está localizado, pero es en el terreno próximo de la Mesilla donde se pueden rastrear las primeras aguas termales que luego descienden hasta Alange. El manantial fue explotado en todas sus posibilidades por los romanos, y para aprovechar sus propiedades, se constituiría un pequeño centro termal en las proximidades del gran núcleo de Mérida, del que se conocen sólo y de manera parcial los restos de sus interesantes termas, necesarios para acoger a los enfermos que allí se trataran, pero de su construcción nada se sabe. Las termas de Alange responden pues al concepto de termas terapéuticas, frecuentes en el mundo romano, no al tipo de termas de higiene y de ocio que cualquier ciudad romana poseía como servicio habitual. Las propiedades curativas de las aguas de Alange han seguido aprovechándose hasta la actualidad, y de la misma manera, la primitiva construcción de las termas romanas sigue teniendo vigencia hasta el momento. Pero debido a momentos de abandono y deterioro, así como a las reformas sucesivas, gran parte de la estructura primitiva ha desaparecido y lo que se conserva ha quedado enmascarado de tal manera que su aspecto interno y en fachada debe diferir mucho de lo que sería con sus revestimientos y volúmenes originales. La parte esencial de estas termas la constituyen las cámaras de los baños, concebidas arquitectónicamente con idéntico plan. Las dos tenían la misma función debiéndose esta duplicidad exclusivamente a la separación de sexos. El proyecto se basa en conceptos establecidos en la arquitectura romana para el tipo de edificio termal, de manera que, en cuanto a estructura, cabe relacionar las formas de Alange con salas termales de distintas construcciones desde la etapa republicana, como las termas stabianas (siglo II a.C.) y los de Foro de Pompeya (80 a.C.), hasta ejemplos avanzados de la época adrianea; y por disposición, en lo que se refiere a la unión de las dos cámaras de baños, existe una relación con las termas de “Los Cazadores” de Leptis Magna, cuyas cámaras son también iguales y de planta central, son también iguales y de planta central, las termas norteafricanas de el Hamman y de Djedel-Oust en Túnez y particularmente, con las termas de Baños de Montemayor en la misma Lusitania, que parecen repetir a menor escala el esquema de Alange. La planta de las dos salas es circular, en torno a la piscina central, también circular; la cobertura se realiza mediante una cúpula, como sistema apropiado y numerosas veces repetido en las construcciones romanas de planta central. La cúpula está abierta en la parte superior por un óculo que permite la entrada de luz, y en el interior queda marcada la línea de su base mediante una cornisa moldurada. Al parecer, según las noticias que a principios del siglo XIX nos da Laborde, la superficie de la cúpula iba adornada con pintura de la que llegó a ver algunos elementos de temática vegetal. Las proporciones de estas cámaras resultan considerables, siendo su altura de unos diez metros aproximadamente, y el diámetro de la planta de once metros y medio. El núcleo de la construcción está realizado con sólida mampostería. Las presiones ejercidas por la cúpula se contrarrestan mediante la construcción de muros de gran 4

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grosor (2’45 m.) que, no obstante, al modo de otros edificios romanos, están reducidos por la apertura de cuatro nichos. Las dos cámaras están dispuestas en una construcción de planta rectangular como se aprecia bien en el plano y los nichos se orientan a los ángulos de la misma. Estos nichos (3’20 de diámetro, 1’95 de profundidad y 3’92 de altura) es probable que fueran únicamente un adorno arquitectónico, a pesar de las interpretaciones que se han dado de ellos como recintos para vestuarios o para acoger cámaras de los enfermos que asistan a los baños. Es factible también, a juzgar por el arranque de algunas estructuras, que en torno a las termas existieran galerías abovedadas de doble piso, que sirvieran también como sistema de contrarresto. El descenso a la piscina se realiza mediante tres gradas, alguna de las cuales mantiene parte del antiguo revestimiento de mármol. El fondo de las mismas, hoy de pizarra, debió recubrirse inicialmente de mosaico, del mismo modo que el amplio pasillo que media entre la piscina y los muros. Aparte de las dos cámaras, al oeste de las mismas existen restos de otra estancia en gran parte rellena con escombros, en la que se han llevado a cabo algunos trabajos, pero todavía no está estudiada del todo. Tiene planta rectangular (18’50 por 3 m.) y está cubierta por bóveda de cañón, y su función es imposible de asignar por el momento. Del resto del edificio, por las dificultades que plantea la exploración del conjunto, no se conoce ninguna dependencia más. En el siglo XVIII, después de una etapa de abandono, tuvieron lugar las primeras obras de remodelación, cuando las termas volvieron a recuperar su antiguo funcionamiento; en el siglo XIX hubo una segunda fase de acondicionamiento, de manera que bajo el balneario actual, casi todo del siglo XIX, deben encontrarse las restantes estructuras romanas. Para llegar a las cámaras de las piscinas es necesario descender considerablemente, desde las dependencias altas del balneario, lo cual hace suponer que éstas se encuentran superpuestas a la antigua construcción. Externamente, el núcleo que corresponde a la construcción romana está cubierto en la parte sur por una fachada cerrada e irregular, de la que sobresalen grandes contrafuertes, en la que tampoco se puede considerar la continuidad de la obra romana. Más bien se trata de un adosamiento posterior que de ninguna manera expresa el volumen interno del edificio, ni debe guardar relación con el primitivo sistema de fachada. Como única documentación escrita, en los muros de la ermita cercana del Cristo de los Baños se encontraba una inscripción votiva que luego pasó a formar parte del balneario moderno en cuyo patio fue colocada. Licinio Sereniano y su mujer Varinia Flaccina la dedicaron a la diosa Juno, protectora de las mujeres, como agradecimiento por la curación de su hija Varinia Serena en las aguas de las termas. Tal dedicación data del siglo III, y ésta es la única referencia cronológica existente en relación al conjunto de las termas, de modo que la etapa de su construcción sigue siendo incierta por el momento. Tampoco el estudio comparativo con otros edificios ofrece posibilidad de concretar con más exactitud, dada la reiteración de este tipo de edificaciones desde la etapa Republicana hasta el momento de Adriano, según comentamos antes. 2.- Baños de Montemayor. Su origen más antiguo nos remonta, al menos, a la época romana, cuando se construyen las termas con finalidad terapéutica en el mismo lugar que los baños actuales. Queda el testimonio de la terma romana y a finales del siglo XIX (1894) aparecieron una serie de restos en las proximidades, con motivo de obras en el balneario, que hacen más fehacientes esta afirmación y se conservaron en el propio balneario. Son lápidas votivas en mármol o granito, bastante erosionadas, que han sido 5

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transcritas por Haba Quirós. Están dedicadas a las Ninfas de los Cañarenses, pues estas aguas fueron dedicadas a las Ninphe Caparensium y a la diosa Salud. Se trata de exvotos como agradecimientos a curaciones y beneficios conseguidos. También se encontraron monedas romanas. Baños, situada en la vía romana de la Plata, era camino conocido ya en época de vetones y lusitanos, que probablemente fueran conscientes de la existencia del manantial. Según Roldán Hervás, Baños fue población romanizada, de población romanizada dentro del área vettona. Pascual Madoz describe estas termas y dice: “Estos baños debieron ser muy conocidos de los romanos, y es de creer que se bañarían en ellos sus legiones, pues en las excavaciones hechas se encuentran vestigios de habitaciones subterráneas de gusto antiguo”. Es sabido el gran aprecio de los romanos por los manantiales de aguas termales, con propiedades mineromedicinales, porque favorecían la higiene, la salud y además eran un lugar de conversación y recreo. El manantial de agua termal de Baños es un espacio circular cubierto con bóveda semiesférica y toma de luz cenital. José Ramón Mélida lo describe así: Es una cámara circular de ocho metros de diámetro, cubierta con bóveda semiesférica y con tres nichos a modo de hornacinas ocupadas hoy por otras tantas gradas, ocupa el centro. Los muros están blanqueados y todo ello desfigurado y alterado por las modificaciones y reparaciones introducidas en los tiempos modernos. Pero la forma y disposición de la cámara es la propia para el baño frío (frigidarium) en algunas termas romanas. La sala circular se conserva pero ha pedido algo de su carácter original. Suponemos que en la etapa medieval, los baños no tendrían ya un uso semejante al romano y se vieron abocados a la ruina. PUENTES 1.- Puente con arco y templo honorífico de Alcántara. El puente romano de Alcántara se sitúa a unos 400 m. al norte de la población del mismo nombre, en la carretera que conduce a Portugal, salvando el paso del río Tajo. El puente se encontraba en la antigua vía que comunicaba a Norba con el noroeste de Portugal, enlazando la zona intermedia de la Beira Alta portuguesa con dos importantes arterias, la vía de la Plata y la vía de Lisboa a Braga. Esta vía tuvo un carácter secundario en la trama viaria romana, razón por la que no fue una obra pública patrocinada por el estado, que realizaba las principales arterias que tenían un claro sentido estratégico o administrativo. El puente de Alcántara tuvo como misión poner en contacto a diversos municipios que habitaban en el norte del Tajo con la región del sur, y fueron estos mismos municipios, cuyos nombres constan en una inscripción, los que sufragaran los gastos de obras. Fue, pues, el puente de Alcántara una obra comunal y no estuvo adscrito a ningún núcleo de población. No es hasta el siglo XII que los musulmanes fundan en su aledaño los principios de un poblado, cuando recibe la denominación de Al-Quantarat, El Puente, sin necesidad de más apelativos. Efectivamente, el puente de Alcántara, grandioso y regido, equilibradamente por la técnica y la estética, es el puente por definición, destacado en el conjunto de todos los puentes romanos y admirado por todos los cronistas, viajeros y estudiosos que han dejado su elogioso testimonio desde la Edad Media hasta nuestros días. El puente se elevó en un lugar elegido por sus condiciones, en un trecho en el que el cauce del río Tajo presenta un gran ensanchamiento, y se comprendía entre dos 6

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recodos que aminoraban la fuerza del caudal. En contrapartida, la crecida del agua en este cañón, cuando las avenidas eran grandes, alcanzaba un alto nivel, que debió superarse con la construcción de un puente de elevación poco común. Mide 58’20 m. de altura, siendo su longitud de 194 m. Existen fotografías en las que consta la altura del nivel del agua hasta la zona media de las bóvedas, aparte del testimonio de alcantarinos que recuerdan el desbordamiento del río por encima de los pretiles del puente. Dadas estas condiciones, el puente adquirió la fisionomía adecuada, dentro del marco de una ingeniería avanzada en recursos, como corresponde a la etapa del siglo II en la que se documenta la obra. El puente consta de seis arcos sostenidos por cinco pilas, apoyando los arcos extremos directamente sobre la roca. Los soportes se distribuyen con gran distanciamiento, de manera que solamente dos de ellos penetran en la madre del río, quedando así, durante el estiaje, preservadas del agua las restantes pilas, lo que ha contribuido al buen mantenimiento del puente. Estas dos pilas se cimentaron sin dificultad sobre las formaciones pizarrosas del lecho del río, como se pudo comprobar al desviar el cauce del mismo para construir la presa del pantano de Alcántara, que se encuentra a poca distancia del puente. Las pilas son sólidos basamentos recubiertos con grandes sillares almohadillados, que siguen una distribución a soga y tizón, y se recortan como en todo el paramento del puente con las mismas dimensiones proporcionadas (0’60 m. por 0’60. de tizón y 1’20 m. de longitud). Se produce así un gran efecto de regularidad, destacándose del paramento únicamente una hilada de sillares que marca la línea horizontal de la parte baja de las pilas centrales. En planta, las tres pilas centrales son rectangulares, sobresaliendo notablemente en las vertientes de aguas abajo, y con tajamares triangulares en las de aguas arriba. Las dos restantes son rectangulares, con una pilastra en cada vertiente, que se repite en el paramento junto con la terminación de los arcos extremos. Sobre las pilas cabalgan los arcos, que son de medio punto y con distintas proporciones, y en toda la altura de los tímpanos, en ambas vertientes, se prolonga la sección de la pila con menores dimensiones. Esta continuidad contribuye a marcar el sentido de verticalidad de la fábrica, acentuado por la construcción del arco honorífico de 14 m. de altura que se dispuso en la mita del puente sobre el pilar central. Marca esta línea el eje de composición del puente. Los dos arcos centrales son los mayores, con 20’80 m. y 27’40 m. de luz respectivamente; los colaterales tienen 21’40 m. y los arcos extremos 13’80 m. La simetría de proporciones, por tanto, no es absoluta, de la misma manera que la constitución natural del terreno ha dado distintas proporciones en altura a las pilas, pero esta misma irregularidad hace rigurosa y más atractiva la armonía con la que está concebido todo el conjunto. La apertura de los vanos centrales alcanza la máxima de la luz conocida en los puentes romanos, a excepción del puente de Narni, con 32 m., que actualmente se encuentra desplomado, peligro que presuponía el volteo de arcos de tales dimensiones; no obstante, los arcos de Alcántara han sufrido el daño intencionado del hombre, pero no originados por problemas de estructura o por la fuerza natural. Aquí la relación de la pila con respecto al arco es algo menor que un tercio (3’5), relación que proporciona al puente de Alcántara junto con la altura de los soportes un perfil diáfano y ágil, destacable entre las sólidas obras de la antigua ingeniería de puentes. El puente de Alcántara debió pervivir intacto hasta el siglo XIII, cuando con el avance de la reconquista esta región, sufriera las primeras destrucciones que, sucesivamente, irían incidiendo sobre él hasta el siglo XIX. Cuando Alfonso IX tomó definitivamente Alcántara, el puente al parecer quedó roto, no se sabe si por acción de 7

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los cristianos o de los musulmanes. Posteriormente, en las luchas sucesivas entre Castilla y Portugal, Alcántara fue un importante punto de fricción. Se documenta, como dato que significa la consideración del puente, que estando cercada la villa por los portugueses en tiempos de los Reyes Católicos, el rey Alonso V, sabiendo que Alcántara iba a cortar el puente, levantó el cerco porque ´”no quería el reino de Castilla con aquel edificio menos”. La primera reconstrucción se hizo bajo el gobierno de Carlos V y las obras están bien documentadas. Fueron reparados los destrozos de la fábrica, y el puente que había constituido una auténtica fortaleza en la Edad Media, se limpió de construcciones militares restituyéndosele su función. Las obras se llevaron a cabo por el maestro Martín López entre 1532 y 1543, siendo supervisadas por los grandes arquitectos Pedro de Ibarra y Esteban de Lezcano, aún en el siglo XVI se efectúa una segunda reforma, adjudicada a Diego de Castañeda, que finalizaron Pedro de Villegas y Sebastián de Aguirre en 1577. Como conmemoración de la restauración de Carlos V, se dispusieron en el arco honorífico del puente tres inscripciones, situadas en las jambas, y un escudo imperial en el frente sur del arco bajo las almenas de coronamientos, que son obra también de este momento. De nuevo en el siglo XVIII, cuando estalló la Guerra de Sucesión, Alcántara fue punto fronterizo afectado en las luchas entre España y Portugal. Cuando los portugueses se retiraron de Alcántara, trataron de volar sin éxito el segundo arco de la orilla derecha, afectando la explosión a los paramentos del arco, que en parte cayeron, y a los pretiles, así como al núcleo de la fábrica, que empezó a presentar grietas en el arco honorífico. El puente se volvió a consolidar en tiempos de Carlos III, y el dibujo que recoge Laborde se hizo sobre la obra recién terminada. En la guerra de Independencia, para impedir el paso de las tropas francesas por Alcántara, los aliados destruyeron el segundo arco de la orilla derecha en 1809. Y así pervivió el puente, con un enlace de madera, que además fue quemado ante la amenaza de los carlistas sobre Alcántara (1818), hasta que a mediados del siglo XIX se llevó a cabo la última y definitiva restauración, estudiada recientemente a fondo por la investigadora Rodríguez Pulgar. Partió la propuesta de la Real Academia de la Historia, que encomendó las obras al Cuerpo de Ingenieros de Caminos, siendo director de las mismas D. Alejandro Millán. Fue construido el arco que había sido volado, se consolidó toda la fábrica haciéndose un rejunto de sillares, se dispuso en su sitio el arco honorífico que había sidos desmontado al temerse que la pila central pudiera desplomarse, se pavimentó la calzada y se complementó el puente con las avenidas que hoy existen en sus extremos. La reconstrucción consta en el arco conmemorativo dentro de una lápida situada en la jamba derecha del puente norte, que alude al reinado de Isabel II, disponiéndose además en el remate de este frente un escudo real de este mismo momento. La citada lápida de Isabel II y otra nueva que se hizo sobre la primitiva, que daba constancia de los municipios romanos que participaron en la obra, desplazaron a una de las inscripciones conmemorativas de Carlos V y la única original que allí quedaba que se dispusieron en el interior del arco. El arco, de esta manera, completa su significación recogiendo los documentos memorables de la historia del puente. Originalmente el arco honorífico en el que constaba la dedicación del puente a Trajano y el nombre de los municipios que lo construyeron. La inscripción dedicatoria, que se repite en cada frontispicio del arco, dice: “Al Emperador César, hijo del divo Nerva, Trajano, Augusto, Cerámico, Dácico, pontífice máximo, con la VIII potestad tribunicia, emperador por V vez, cónsul por V vez, padre de la patria”; tiene el valor de fijar la fecha de construcción del puente entre 8

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los años 103 y 104 d.C., en los que coinciden los ordinales de las magistraturas del Emperador que aquí se registra. Sin embargo, en el último estudio de Liz Guiral se adelantan las fechas del inicio de la construcción hasta el año 75. De las inscripciones de los municipios constructores sólo queda la que, ilegible, se sitúa en el interior del arco, que la copiaron en épocas pasadas. En origen se encontraba en el frente de una de las jambas y es posible que se complementara con otras tres inscripciones cuyo contenido, aunque se ignora, tal vez prolongara la lista de los municipios o repitiera el contenido de la que se conoce. Aparte del arco, a la entrada del puente desde Alcátara existe un edificio que tiene también un gran valor documental. Se trata de un templete de planta rectangular, que está hecho totalmente en piedra, incluida la cubierta a dos vertientes. Tiene dos columnas toscazas en la fachada y al interior presenta restos que parecen indicar una división interna de espacios, como una pronaos y una naos. Sobre la puerta del mismo existe una inscripción elaborada en los siglos XVII y XIX, sobre el contenido de la inscripción original, que tiene el interés de transmitirnos el nombre del arquitecto del puente, que dedicó el templete. Se abre esta inscripción con una dedicatoria a Trajano, y a continuación se desarrolla un epigrama, en el que de nuevo se alude a la dedicación del templo al Emperador y también a los dioses Romuelos, que se inicia con la siguiente consideración: “…quizá la curiosidad de los viajeros, cuyo cuidado es saber cosas nuevas, se pregunten quién lo hizo (el puente) y con qué intención. El puente, destinado a durar por siempre en los siglos del mundo, lo hizo Lacer, famoso por su divino arte…”. La frase puede resultar pretenciosa, pero el puente ahí está, realmente magnífico por su concepción de técnica y arte, y vigente hasta la actualidad, a pesar de las reformas que no han alterado la esencia de su primera estructura. De Lacer, sin embargo, nada más se sabe. Al final del epigrama, en una línea independiente, se encuentra su nombre, completo (G)aius I(ulius) Lacer, que no ha vuelto a aparecer en ningún documento. 2.- Puente sobre el Albarregas. Mérida. La salida de la ciudad de Mérida hacia el norte requiere el cruce del río Albarregas, para el que se trazó, ya desde el momento de su fundación como colonia, un pequeño puente. Aquí se iniciaba la importante vía de comunicación ab Emerita Asturicam, llamada “Vía de la Plata”, y también tenía su arranque la otra vía quem con dirección hacia el oeste, comunicaba Mérida con Lisboa por el margen derecha del Guadiana. Actualmente el puente, que se mantiene en buen estado sigue siendo punto de salida hacia Cáceres como en la antigüedad romana. La fábrica, de 125 m. de largo, 7’90 de ancho, y una altura de 6’50 m., es una sencilla estructura que se adecua al régimen poco caudaloso del río Albarregas. Consta de cuatro arcos de medio punto, algo diferentes en sus proporciones aunque aparentemente parecen iguales, que se abren entre sólidas pilas. Los paramentos laterales se presentan planos, y aunque en el siglo XIX Laborde en sus dibujos representa tajamares cilíndricos con remates cónicos en el frente de aguas de arriba, no existe ningún indicio que permita reconstruir esta imagen. Sobre las pilas, los tímpanos son macizos, y carecen de los aliviaderos que se aprecian en el puente mayor del Guadiana. Sin embargo, la fuerza del agua en las crecidas, obligó a disponer dos pequeños arcos más, concebidos como aliviaderos, en el extremo del puente que se une a la ciudad. El paramento está formado por sillares de granito de notable almohadillado, que 9

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se disponen en hiladas regulares, coincidentes con el orden de las dovelas de los arcos. El puente se corona con una cornisa saliente y un pretil, que son realizaciones recientes, debidas a la reconstrucción que se hizo en el siglo XIX para adecuar la antigua vía a la carretera nacional. Originalmente también existió la cornisa, pero debió ser de sección trapezoidal, distinta a la actual, tal como la muestra Laborde en sus dibujos. La última hilada de sillares parece que fue añadido de esta última reconstrucción. A pesar de todo, estas pequeñas reparaciones no han afectado de modo sustancial a la antigua fábrica, que se conserva prácticamente en su totalidad. Su estructura y recubrimiento presentan una evidente relación de semejanza con el puente del río Guadiana, lo cual lleva a considerar que este puente del Albarregas se hiciera también en la etapa de Augusto, rechazándose la suposición de que fuera de época de Trajano, como se ha repetido sin suficientes razones por parte de algunos autores anteriores del siglo XIX. 3.- Puente sobre el Guadiana. Mérida. El puente romano sobre el Guadiana constituye un paso de primera importancia en la red de comunicaciones romanas, y es el elemento que determina la creación de la ciudad de Emerita. En el puente se iniciaba la vía que iba hacia Lisboa, por la margen izquierda del Guadiana, y la vía que ponía en comunicación a Mérida con los principales centros de la Bética, Corduba e Hispalis. De Mérida salían también otras dos vías más hacia Lisboa por la margen derecha del Guadiana, la Vía de la Plata hacia el norte, con prolongación hasta Zaragoza, dos vías más hacia esta misma ciudad, una pasando por Toledo y otra con una primera dirección hacia el este de la Lusitania, y finalmente otras dos vías que también se dirigían al sur, saliendo desde el este de Mérida. Fue por tanto Mérida un nudo de primera importancia en las comunicaciones del norte al sur de la península, y del oeste al centro, que se creó con un claro sentido geopolítico, y el puente fue el primer elemento de la ciudad que fundamentó su razón de ser. Así pues la construcción data de la época de Augusto. Sin embargo, dada la significación que este paso ha mantenido a lo largo de la historia y las grandes avenidas del Guadiana que periódicamente han ido arrasando la fábrica, el puente actualmente se conforma como una conjunción de partes diversas que desvirtúan lo que debió serse primer trazado. Para su construcción se escogió el lugar más conveniente. El río Guadiana al pasar por Mérida no presenta gran profundidad, y al mismo tiempo, su ancho cauce se encuentra dividido en dos brazos por una pequeña isla, circunstancia que no se repite sino a muchos kilómetros de distancia de este punto, y que hicieron que desde la antigüedad remota fuera ya un paso transitado. La isla favoreció el apoyo del puente. Condiciones de topografía semejante se observan en otros puentes romanos, siendo el ejemplo más significativo el de la isla Tiberina de Roma, sobre la que se apoyaron los puentes Fabricio y Cestio, con la que la construcción de Mérida presenta una gran semejanza; además, el suelo presenta en el cauce del Guadiana algunas formaciones dioríticas que constituirían también un sólido fundamente, aunque sólo en parte. La fábrica actual tiene una longitud de 792 m. con una sucesión de 60 arcos – posiblemente en origen fueran sólo 55, como se verá-, constituyendo una obra de envergadura, que se considera como una de las primeras en su género de la península. Minuciosos estudios sobre el puente han llegado a determinar de una manera 10

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muy exacta los distintos momentos de realización y a reconstruir su primera estructura. Se consideran en el análisis del puente tres tramos diferenciados. El primero, desde la ciudad hasta el primer descendedero existente aguas arriba, que se llama del Humilladero; el segundo hasta el descendedero de San Antonio, que se sitúa del mismo modo; y el tercero, hasta la parte final del puente. El primer tramo comprende los diez primeros arcos, y es el que conserva con más pureza su originalidad, de manera que a través de él se pueden definir los rasgos de la construcción romana. El núcleo es de sólido hormigón, realizado con materiales del río, y se cubre con sillar almohadillado muy saliente, como es característico en otras construcciones de la época de Augusto dentro de la misma ciudad, creando un notable efecto de vigorosa sobriedad. Las pilas son cuadradas y tienen aguas arriba un tajamar semicircular que alcanza toda la altura de la pila. Su límite se marca con una hilada de sillares más destacada. A partir de ella arrancan los arcos, que son de medio punto; los tímpanos se encuentran perforados por pequeños arcos, también de medio punto, que sirven como aliviaderos. En todo el tramo, las luces de los arcos decrecen en simetría, sin un absoluto rigor, desde los arcos centrales, con 10’05 m. y 9’85 m., hasta los arcos extremos, con 6’70 m. y 6’0 m. En relación con la luz de los arcos, la anchura de las pilas, que alcanza la mitad y hasta las tres cuartas partes del vano, resulta considerable, y es propia de los puentes del inicio de la época imperial, luego superados por obras más ágiles y de mayor dominio técnico. Sin embargo, se desprende de este trabajo una preocupación estética en la obra de ingeniería, que se basa en la observancia de proporciones, aunque no existe una estricta norma de relaciones modulares, y en la conjunción de las formas. Es el semicírculo asociado al rectángulo, con distintas proporciones y orientación –en el arco, el aliviadero y el tajamar-, el que domina como toda composición. El puente de Mérida así concebido constituye un modelo bien arraigado en la ingeniería de la península. El segundo tramo, situado en el centro del cauce del río, el más necesario para cruzarlo, ha sido el más expuesto a la acción natural del agua y a la destrucción del hombre. Destrucciones y reconstrucciones se documentan ya desde la época visigoda (año 483), sospechándose alguna alteración previa, todavía durante el Imperio. En el siglo IX el emir Muhamad destruyó una pila, y posteriormente se hacen otras reconstrucciones en el siglo XIII, y en cada uno de los siglos XV al XIX. No de todas se sabe ciertamente a qué partes afectaron, pero de las que están documentadas, la mayoría inciden en este tramo. La avenida que tuvo lugar en 1603 debió causar verdaderos destrozos. Moreno de Vargas pudo atestiguarlo, y en sus impresiones sobre las obras de reconstrucción comenta que lo que antiguamente fueron dos puentes quedaron soldados en uno solo; tal comentario hace comprender lo que fue la construcción primitiva. En este segundo tramo, desde el arco 11 al 15, se reconoce una obra unitaria que data del siglo XVI –la reconstrucción se acaba en 1611- y reúne los rasgos de la austera arquitectura de los Austrias, aunque en armonía con el resto del puente. Son cinco arcos de medio punto, con luces mayores que las alcanzadas en el primer tramo, que descansan sobre pilas rectangulares, con un agudo tajamar de remate piramidal en la vertiente de aguas arriba y con un contrafuerte de sujeción, con remate también apiramidado, en la vertiente opuesta. Coincidiendo con la primera pila de este tramo, se inicia el descendedero del Humilladero, que comunicaba el puente con la isla. Este es obra del siglo XVII también, pero construido sobre una plataforma romana de hormigón, que estuvo recubierta de sillares de granito, constituía ésta un gran tajamar que, con una longitud de 150 metros 11

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aguas arriba, bifurcaría el agua en dos brazos con el fin de proteger el centro del puente en las grandes avenidas, sobre todo en esta zona donde el asiento no es muy firme. Apenas se han podido rastrear los restos de esta plataforma, que ya debió sufrir grandes deterioros en la riada de 1603, y que definitivamente destruida en las obras del siglo pasado; pero sus restos evidencian la existencia de dos puentes que estribarían en este macizo intermedio. Se supone que los arcos citados, que se construyeron en el siglo XVII, vendrían a sustituir el arranque de esta plataforma, que tendría por tanto esta misma anchura. A partir del arco 15 y hasta el 36 que abarca todavía este segundo tramo, apenas hay algún arco o pila que conserve completa su antigua fisonomía. Son numerosas las reconstrucciones aquí, sobre todo las que se hicieron en el siglo pasado. Hubo una primera fase en la que se repararon elementos arrasados por la crecida de 1823 (arcos 33, 34 y 35) y los arcos 21 y 22, destruidos en la Guerra de la Independencia, para impedir el paso del ejército francés por Mérida. En la segunda fase, en 1878 se recompusieron los arcos 29-33) afectados por la riada de 1860. En esta última obra se trató de armonizar las formas del siglo XIX con la tradición de la antigua ingeniería romana. Los arcos son de medio punto, con bóvedas d ladrillo y paramentos externos con sillares planos, y descansan sobre pilas rectangulares, con tajamar semicircular rematado con semicono, repitiéndose esta forma en la vertiente opuesta de la pila. El tercer tramo, aunque también ha sufrido algunas restauraciones, mantiene gran parte de la fábrica romana. La construcción aquí se diferencia de la del primer tramo, lo cual no indica un momento diferente de construcción como ha querido ver algún estudioso, sino la adecuación a su utilidad. Este tramo raras veces es alcanzado por el agua del río. Así se prescinde de los aliviaderos que aligeran las pilas en el resto del puente. El paramento aquí vuelve a ser el original, de sillares almohadillados, y los arcos mantienen un sistema de proporciones equiparable a la del primer tramo. En la zona final del puente, los arcos están enterrados por los depósitos del río y el vertido de escombros que allí se ha efectuado, y su rasante marca un declive que no debió de ser así de pronunciado en origen. El inicio del tercer tramo lo marca el descendedero de San Antonio, obra del siglo XVII, y hacia el final del puente se aprecia una plataforma de hormigón romano, que se desarrolla a ambos lados del puente, que bien puede ser base de otro descendedero, o sujeción de algún aditamento del puente, tal vez un arco triunfal. En efecto, el puente, a lo largo de su historia, ha contado con una serie de elementos complementarios que animarían y darían ciertos contenidos a la desnuda fábrica que hoy conocemos. En la época romana debió poseer más de un arco, y una puerta de entrada a la ciudad, y posteriormente en el siglo XVIII, se le añadieron un templete conmemorativo de la restauración de tiempos de Felipe III con su inscripción y la capilla de San Antonio, en el descendedero del Humilladero, que fue oratorio de viajeros y desapareció en la crecida de 1860. Tampoco el perfil del puente sería en su origen como lo vemos actualmente, con varios ascensos y declives, debidos a las sucesivas reconstrucciones. Pese a todo, esta sucesión de puentes y el mantenimiento de partes de la antigua fábrica frente a las continuas destrucciones nos dan idea de la magnitud y categoría de la obra del puente romano de Mérida. 4.- Puente romano de la alcantarilla. Mérida. Se construyó en la misma fecha que los anteriores para salvar un pequeño arroyo. El puente, de un solo arco, tiene 7 metros de longitud y 4’35 metros de ancho. 12

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Está realizado en hormigón romano y recubrió con sillares almohadillados de los que apenas se conservan restos. Ha sufrido numerosas restauraciones y añadidos, entre los que se encuentra el pretil. 5.- Puente de Alconétar. El puente romano de Alcónetar proporcionaba el paso por el Tajo a la importante arteria de la Vía de la Plata en su camino hacia Salamanca. Se trazó el puente aprovechando las mejores condiciones que la topografía del terreno presentaba allí y buscando también las mejores posibilidades de estrategia. La vía de la Plata venía siguiendo el valle del río Almonte, y el puente se dispuso en el punto donde confluía éste con el Tajo. Este lugar, además presentaba en la margen izquierda del último río citado un alto peñón que resultaba conveniente como punto de vigía. El puente, efectivamente, no debió concebirse como elemento aislado, sino que sobre el peñón se levantó un pequeño reducto de defensa que luego sería reedificado como fortaleza en la Edad Media. De este conjunto hoy apenas queda algo, pues cuando se construyó el pantano de Alcántara el lugar quedó inundado. El puente, ya en estado ruinoso, fue trasladado al cauce del arroyo Gaudancil, cerca de su primer enlazamiento, donde el agua del pantano sólo en ocasiones alcanza a tocar sus pilas. El castillo desapareció, quedando como único signo visible la alta torre de Floripes, fuerte y llena de leyendas antiguas, que a veces también se pierde cuando el agua la cubre por completo. El puente tuvo una longitud de 290 metros, medida calculada sobre la extensión que alcanzaban sus pilas ruinosas. Constó de 16 arcos, de los que actualmente apenas se conservan cuatro, los que iniciaban el arranque de la orilla derecha. De ellos, sólo los dos menores se pueden considerar de fábrica romana en su totalidad. A pesar de todo, esta pequeña parte es suficiente para conocer la estructura del puente y su técnica de construcción y para enjuiciar el valor del mismo en el conjunto de la ingeniería romana. Las bóvedas de los dos arcos originales y de los dos arcos mayores son rebajadas. La diferente calidad de construcción hace suponer que estas últimas fueron realizaciones posteriores, quizá del proyecto de reconstrucción que se inició en el siglo XVIII, que seguramente siguieron la forma de los primitivos arcos. El bisel que presentan las pilas en la parte superior para el arranque de las dovelas indica que efectivamente, la traza original consistió en arcos escarzanos. Suponen estos una variación notable en el conjunto de los puentes romanos, usualmente dotados de arcos de medio punto, lo que confiere una particular singularidad al puente de Alconétar. Las pilas reúnen también sus peculiaridades. En planta, se conforman con un agudo tajamar bien marcado en ángulo, en la vertiente de aguas arriba; en la vertiente opuesta reciben una innovación que tampoco es frecuente en otros puentes romanos. En el alzado, la continuidad del paramento almohadillado se ve rota por la sucesión de tres cornisas. Una de ellas limita la altura de los tímpanos y marcaría el inicio del pretil; las dos siguientes, poco más abajo del arranque de los arcos, se desarrollan muy próximas. Están construidas con gran solidez. El recubrimiento de sillares, dispuesto a hueso, conformó el molde en el que se fraguó el hormigón. Internamente, existe además un refuerzo que une un lateral con otro, también en sillar de granito, que constituye una cruz, dando lugar a cuatro huecos prismáticos que se fueron rellenando de hormigón. Este se dispuso en tongadas que abarcaron alternativamente la altura de dos y de cuatro hiladas. El sillar se cortó con una gran regularidad, siendo su frente almohadillado, excepto en las hiladas que lindan con las cornisas. Su disposición fue la de soga y tizón, siguiendo un ritmo general de una hilada a soga y dos a tizón. Los arcos tienen distintas proporciones, oscilando la luz de los mismos entre 13

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6’30 m. y 10’15 m. Consecuentemente, las pilas presentan también variaciones, desde 4’30 m. hasta 4’60 m. en su espesor, siendo notablemente mayor una de ellas que, hacia la zona media, quedaba dentro del cauce regular del río. Alcanza ésta, hasta 8’10 m. de grosor. La rasante del puente, siguiendo la línea que marcan las distintas alturas de los arcos, debió ser incursada. La solidez de la construcción del puente de Alconétar no permite suponer que fuera la acción natural la que causase su ruina. Constituyendo un paso fundamental en la comunicación del norte al sur de la península, se encontró expuesto a la destrucción desde el momento en que la línea del Tajo se puso en juego entre los musulmanes y los cristianos. Tal vez fuera la ofensiva de Alfonso IX, que avanzó considerablemente en la reconquista de la región (siglo XIII), la que provocara un corte definitivo del puente por parte de los musulmanes, causando el principio de su ruina, que sin una concreción exacta data, desde luego, de esta etapa de la reconquista. El arrastre sucesivo de materiales, como atestigua la torre de Florines, construida con sillares romanos, contribuiría progresivamente a este proceso. También es incierta la fecha en que se construyó la obra. No existe ningún documento que pueda atestiguar una cronología. Debe pensarse que el puente de Alconétar se realiza en la etapa de Trajano o de Adriano, cuando la Vía de la Plata llegó a completarse de manera casi definitiva. Al menos, los avances que manifiesta la construcción de la fábrica, así como la innovación que formalmente se plantea en la traza de elementos de Alconétar, frente a una tradición más o menos homogénea, hacen presuponer que el puente fuera ya una obra tardía en España, una más de las espléndidas construcciones que se llevaron a cabo bajo el Imperio de Trajano o Adriano a comienzos del siglo II. 6.- Puente de Cáparra sobre el Ambroz. Antes de llegar a Cáparra desde el norte, la vía de la Plata cruza el río Ambroz mediante un pequeño puente de origen romano. Se conforma éste con cuatro aros, de los cuales sólo los dos centrales pueden considerarse obra plenamente romana. De cualquier manera, el puente entero ha sufrido una importante modificación. Se encontraba bastante deteriorado, aunque mantenía sus servicios hasta el momento en que, debiendo dar paso al camino que conduce al pantano de Gabriel y Galán, se efectuaron en él obras de acondicionamiento. Su plataforma tuvo que ser ensanchada y, para ello, se desplazó el paramento de aguas abajo, mientras que el de aguas arriba permaneció en su lugar. Aparte de este ensanche, el puente se ha restaurado consolidándose los sillares con mortero y completándose para la fábrica que faltaba. Así, el pretil, la cornisa y algunos sillares de las hiladas superiores que completaban los tímpanos son obra de nuestros días. La obra no estaba fijada en el tiempo. Se trata de un puente que no presenta particulares rasgos de definición y que fue realizado sin excesivo esmero. Los arcos son de medio punto y las bóvedas parten de una hilada en saledizo que marca esta diferenciación de elementos. Aguas arriba, uno de los tajamares de las pilas que entran dentro del cauce regular del río es triangular, y el otro, agudo también, es trapezoide, siendo plano el paramento de aguas abajo. La obra se recubre de sillería granítica, dispuesta en hiladas irregulares, debido al recorte desigual de los sillares. Las dovelas igualmente presentan diferencias, siendo notable el entrante de algunas de ellas en el campo de los tímpanos. Sobre todo, los dos arcos extremos, que han debido ser objeto de alguna transformación previa a las últimas obras, manifiestan una peor calidad de construcción. Sin embargo, el puente de Cáparra constituye un elemento más en el interesante 14

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conjunto de restos de Cáparra, todo él declarado como conjunto monumental. 7.- Puente de Guijo de Granadilla. En el camino de Villar de Plasencia a Casar de Palomero se encontraba el puente romano de Guijo de Granadilla, que salvaba el río Alagón. Distaba unos 5 kms. De Cáparra, que fue mansión romana de la Vía de la Plata y dio servicio en la antigüedad a la vía que pasaba por Calzadilla y Coria, según Mélida. Para su traza se aprovechó el estrechamiento que el río Alagón presentaba en este lugar, en donde además el suelo granítico proporcionó un sólido basamento a la construcción. El paso del violento caudal del río había producido en el suelo un profundo tajo con paredes casi verticales, sobre las cuales se alzaba airoso el arco único que constituye en puente. A un lado y a otro del mismo, se continuaban los tímpanos hasta enrasar con la altura del camino. El arco, con 19’10 m. de luz, presentaba una cierta asimetría en sus arranques en el frente de aguas abajo, al haberse aprovechado la altura natural del terreno, descendiendo su construcción hasta completar el arco en el frente opuesto. La fábrica fue cubierta en su totalidad con sillería granítica que se dispuso de manera regular en hiladas horizontales. En general, la conservación del puente era buena, si bien a lo largo del tiempo se llevó a cabo un rejunte de sillares para su mejor consolidación, y la estructura sufrió alguna pequeña modificación, como la disminución de la pendiente en sus dos vertientes. No se fijó una fecha concreta para este puente, aunque, por su técnica avanzada en comparación con otros más primitivos también de un solo ojo, se indicó como probable el siglo II de nuestra era. Se describe el puente en pasado, porque al hacer el pantano de Guijo, desapareció para siempre el lugar donde se hallaba. Fue desmontado y reconstruido de nuevo, hoy tiene su emplazamiento en la orilla del pantano, a unos 4 kms. De Guijo de Granadilla. Las estructuras de hormigón, que sustituyen al alzado del terreno, y su situación de aislamiento dentro del agua son servidumbre de esta segunda vida, que han transformado por completo su imagen. 8.- Puente de Medellín. En las cercanías de la localidad, salvando la corriente que baña las inmediaciones de la población, se alza un puente de unos 400 metros de longitud. Próximo al mismo se conservan restos de una construcción primitiva: se trata de unos pilares en la margen derecha y el estribo y muros de acompañamiento de la margen izquierda. Contó Medellín, poco después de su fundación romana, con un primer puente que García y Bellido supone que debió realizarse en tiempos de Augusto o de los JulioClaudios y que está relacionado constructivamente con los puentes de Mérida y Salamanca. Según el mismo autor, este puente debía tener unos 400 metros de longitud, con 28 ojos de medio punto que apoyarían en pilares de planta rectangular con tajamares apuntados. Fernández Casado advierte que los restos que se conservan del primitivo puente presenta ciertos elementos no muy habituales en estas construcciones romanas, como es la carencia de almohadillados en la labra de los sillares y la gran cohesión que posee el cemento del interior, llegando a formar cuerpo con los propios sillares. No es muy seguro que los restos que hoy se conservan, junto al puente que se mantiene en pie, pertenezcan a esta primera construcción, pues aparte de los elementos ya señalados por Fernández Casado se tienen noticias documentales que nos dicen que 15

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en el siglo XVI se hacen importantísimos trabajos en el puente, por lo que es muy probable que lo que nos ha llegado sea de este segundo momento. Según documentación que nos da a conocer Rodríguez Gordillo, a principios de 1525 se comienza la reparación del puente antiguo, que estaba caído. Estos trabajos duraron medio siglo e intervinieron económicamente en su realización los diez pueblos que formaban el condado de Medellín, a los que se sumaban cantidades facilitadas por el propio Conde, así como las obtenidas a través de los cargos que se impusieron a las dehesas y fincas de los alrededores. Según documentos existentes en la propia localidad intervinieron en la obra varios artífices, entre los que destaca el trujillano Sancho de Cabrera, maestro mayor que trabajará a mediados del siglo XVI. Sin embargo, este nuevo puente no estuvo demasiado tiempo en servicio, pues en el mes de diciembre de 1603 se produjo una enorme crecida del río ocasionando numerosos daños humanos y materiales a la población: entre ellos, la destrucción del puente, que se había acabado hacía unos veinticinco años. Este puente debía seguir en gran medida la distribución de la obra romana, ya que es probable que algunos elementos de la primitiva fábrica se aprovecharan. Tenía 28 ojos formados por arcos de medio punto, los tajamares estaban apuntados y estaba todo forrado por sillares de granito. Pocos años después de tan lamentable suceso se iniciaron de nuevo los trabajos para la construcción de un nuevo puente. En esta ocasión no se emplazó el mismo lugar que el anterior, sino que se desvió unos metros al oeste. Se trata de una magnífica obra que hoy está en uso, aunque algunos ojos han necesitado reformas posteriores. TEATROS 1.- El Teatro. El origen del teatro está íntimamente ligado al culto que los griegos rendían a Dionisos (Baco). La tragedia y la comedia alcanzaron su plenitud con Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes durante el s. V a.C. En Roma también se compusieron y representaron obras de teatro, si bien gustaban menos que otros espectáculos. No obstante, destacaron Plauto y Terencio en la comedia de asunto griego; más tarde, el gusto romano se decantaría por la atelana y el mimo. Los teatros fueron al principio un simple trozo de terreno acotado, al aire libre. Luego, se construyeron de madera, desmontables, imitados de los de la Magna Grecia. Y, finalmente, ya en el año 55 a.C., Pompeyo edificó e inauguró el primer teatro estable, de piedra. Cornelio Balbo, rico gaditano, construyó otro, también en Roma, el año 13 a.C., y por las mismas fechas Augusto inauguró el teatro Marcelo, el único conservado hasta hoy en Roma. Los teatros eran de planta semicircular, con gradas para los espectadores (cáveas) que suelen descansar sobre un sistema de bóvedas de hormigón y de galerías. A las cáveas se accedía por las escaleras y vomitoria. Abajo estaba la orchestra, también semicircular, y coincidiendo con su lado recto pero más alto, el proscenio, con un muro de fondo techado y suntuosamente decorado con estatuas y relieves. Este muro, el frons scaenae, constituye uno de los elementos más característicos de los teatros romanos: simulaba la entrada a un palacio y constituía el único decorado de todas las obras. Sus tres puertas comunican el escenario con los bastidores (postcenio) y su muro proyectaba la voz de los actores hacia el público. Se utilizaba un telón, que a diferencia de los actuales, bajaba al comenzar la obra y bajaba al terminar. Aunque eran edificios descubiertos, en los días de mucho sol se utilizaba un toldo o velum. Había un director de escena (dominus gregis) que compraba la obra al autor y la 16

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montaba, contratando a los actores necesarios. Las obras se representaban durante los días de los juegos, a veces sólo un día. Los actores eran todos hombres, incluso en papeles de mujeres. Para interpretar se colocaban diversas máscaras, según fuese el personaje. Había siempre, además del diálogo, música y danza. 2.- Teatro de Mérida. El teatro romano de Mérida es edificio proyectado en conjunto con el anfiteatro desde el momento de la fundación de la ciudad. Varias lápidas inscritas indican que Agripa fue el patrocinador de la obra, y que ésta se inauguró entre los años 16 y 15 a.C. No podía faltar en una colonia romana, creada además con magnificencia, la presencia de edificios públicos que mantuvieran la extendida costumbre de espectáculos de la sociedad romana, y al mismo tiempo fueran instrumento de romanización. El edificio se concibió para unas 6.000 personas, proporción a propósito para una capital que recibiría espectadores de la provincia, y su traza, así como su orientación entra dentro de las prescripciones vitrubianas, de modo que Mérida cuenta con un ortodoxo ejemplar dentro de la tipología del teatro, equiparable a las obras que se hicieron en Roma, como el teatro de Pompeyo, o el teatro augusteo de Ostia, con el que presenta ciertas afinidades. La ubicación del teatro y anfiteatro de Mérida es excéntrica. Se encuentran en el extremo sudeste de la ciudad, apreciándose el límite de las murallas en la zona posterior de ambos edificios. Nada hay de particular en esta disposición, observada de modo semejante en otras ciudades romanas. Pero más bien en la elección del lugar debieron primar razones de topografía favorables a la hora de construir. Se encuentran ambos edificios sobre una pendiente del Cerro de San Albín, en la que apoyan gran parte de su estructura, economizándose de este modo esfuerzos y materiales constructivos. Efectivamente, más de la mitad de la cavea del teatro de Mérida está asentada sobre el terreno natural, de modo que su fachada externa apenas tiene desarrollo, si bien hay que tener en cuenta también que el nivel de la calzada que lo rodea se elevó sobre la calzada original el tiempos de Constantino, como muestran algunos escalones necesarios para descender a las puertas de entrada. El hemiciclo sobre el que se desarrollan las gradas, la cavea, está dividida en tres sectores que acogían diferenciadamente a las distintas clases sociales. El sector preferente la ima cavea, es el más próximo al espectáculo, y aún delante de este sector, las tres primeras gradas del hemiciclo, cubiertas de mármol y con una anchura suficiente para disponer asientos, estaban reservadas para autoridades de la esfera política, administrativa y religiosa. Se limitaban estas tres gradas de honor con un pretil de mármol del que queda algún resto, detrás del cual corre un estrecho praecinctio, con el que se inicia la ima cavea. Es este el sector más desarrollado del teatro con un total de 23 gradas, y por tanto, con una dotación oportuna de pasillos, escalinatas y puertas, que permitieran una fluida y cómoda instalación y salida de los espectadores. En la parte alta de este cuerpo se abren seis vomitorios, comunicados internamente con un corredor abovedado que sigue el mismo trazado semicircular de las gradas y comunica al exterior mediante dos puertas, una en cada extremo del hemiciclo, después de haber atravesado el cuerpo de gradas por un pasillo escalonado, asimismo abovedado. Más arriba, la ima cavea finaliza con un corte vertical, balteus, en el que se abren otros cinco vomitorios. Son puertas que comunican directamente con el exterior, y al interior del hemiciclo marcan el punto de arranque de pequeñas escalerillas, scalae, que comunican el praecinctio bajo de la ima cavea, ya citado, con otro praecinctio que se desarrolla delante del balteus, como espacio final de la ima cavea. La media cavea y la summa cavea tienen escaso desarrollo, con cinco gradas 17

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respectivamente, separándose ambos cuerpos mediante balteus. Las puertas de acceso a estos dos cuerpos superiores se efectúan mediante una escalinata común que comunicaba con el exterior, no quedando de estas puertas al interior del hemiciclo más que los huecos que ocupó su construcción que dividen la parte superior del teatro en las siete porciones, que popularmente recibieron el nombre de las “siete sillas”, cuando antes de excavar el teatro ésta era la única parte que sobresalía. La orchestra es semicircular, y conserva el pavimento original formado por losas rectangulares de mármol de distintos colores y tamaños. El acceso a la orchestra se realiza por los parodoi, galerías en ángulo con entrada desde los frentes del hemiciclo, que se desarrollan bajo las gradas. Las puertas externas son de medio punto, con un correcto despiece de dovelas que destacan sobre el paramento del fondo, y muestran el esmerado recorte del granito característico de la construcción augustea de Mérida, del mismo modo que los sillares del paramento de la fachada, o las piezas que componen las bóvedas del corredor, donde se conforma además una ornamentada bóveda de rincón de claustro. Sobre estas dos puertas se dispuso una inscripción referente a Agripa, realizada con letras de bronce, como se comprueba por la lápida existente en la puerta oriental en la que reaprecian los orificios que la sujetaban. Las puertas de los parodoi que dan a la orchestra son adinteladas, y sobre ellas también constan inscripciones conmemorativas que aluden a la persona de Agripa. Dicen: “Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez, y ejerciendo la tribunicia potestad por tercera vez”. La scaena se conforma como una plataforma elevada sobre el nivel de la orchestra, pulpitum, de gran amplitud (60 m. de longitud por 7 m. de fondo) cuyo frente, proscaenium, trazado con una movida línea de entrantes semicirculares y rectangulares, está limitado por dos pequeñas escaleras que comunicaban el pulpitum con la orchestra. En el suelo de esta plataforma, que originariamente iría recubierta de madera, se han podido distinguir algunos espacios socavados que serían infraestructuras apropiadas para artificios escénicos. En este mismo sentido, algunas piedras con orificios junto a la puerta central de la scaena, se interpretan como cajas donde se introducirían los periatti, prismas triangulares que evolucionaban con diferentes decorados según la naturaleza de la representación, tragedia, comedia o sátira. Con efectismo propiamente teatral, el cierre de la scaena se conforma como una estructura monumental y de gran riqueza decorativa, el frons scaena. Su planta adquiere un gran dinamismo a base de entrantes que rompen la línea del frente, y combinándose la línea recta con la curva. En el entrante central, que es semicircular, se abre la puerta principal, valva regia, por donde hacían presencia los primeros actores, y simétricamente, a un lado y otro, en dos entrantes rectangulares, se ubicaban las dos entradas secundarias, valvae hospitalium. El alzado, el frons scaenae se ha reconstruido con dos órdenes de columnas superpuestos. Cuando se excavó el teatro, se reconoció perfectamente la línea del podio sobre el que se levantaba toda la estructura y el basamento de alguna de las columnas del primer orden. Agrupando todo el material perteneciente a este cuerpo, y siguiendo la línea de la scaena del teatro norteafricano de Sabratha, muy semejante al de Mérida, se reconstruyó como se ve hoy en día. Las columnas son de orden corintio, y sobre ellas se dispone un entablamiento con arquitrabe, friso y cornisa, profusamente ornamentados y tallados con gran calidad técnica. La combinación de color de los mármoles, gris en los fustes de las columnas y blanco en los capiteles y elementos del entablamiento, contribuyeron a ampliar el efecto ornamental buscado en esta parte del teatro. El conjunto se complementó además con una interesante serie escultórica que se dispuso en los intercolumnios, sin que se sepa con exactitud el orden de disposición original. Parte de estas esculturas entroncan con la mitología, en el pasaje en el que 18

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Cora, raptada por Plutón, se convierte en la infernal Proserpina. Los protagonistas de este mito, Ceres, Plutón, Proserpina y Júpiter, se han identificado en una estatuaria monumental, de valor técnico considerable. Y junto a estas divinidades figuraron retratos humanos de los que restan exclusivamente los cuerpos, dos de ellos vestidos con toga, y otros tres cubiertos con coraza, que hipotéticamente Mélida ha considerado como retratos imperiales, pero que en realidad no están identificados. El mito de Ceres, Plutón y Proserpina, tal vez sólo aludiera a los principios del drama en relación a las representaciones de los misterios de Eleusis, pero tampoco hay que descartar una voluntad estrictamente religiosa en torno a esta imágenes, dado el sentido religioso implícito en muchos teatros romanos, no concebidos exclusivamente como edificios profanos, y el valor que en una región como la de Mérida, de riqueza primordialmente, pudo tener este mito. Detrás del frons scaenae, varias dependencias para los actores constituían el postscaenium. En el paramento del podio de este cuerpo se ha apreciado una cierta falta de unión, debido a que la scaena debió sufrir una reforma sobre la estructura original. Las esculturas toracatas, que se sitúan claramente en el imperio de Domiciano, así como los capiteles del frons scaenae, cuyo estilo se asocia a la etapa Flavia, indican una renovación en este momento. Más adelante, el teatro, según consta en una inscripción, sufrió reformas en la etapa de Constantino (entre los años 333 y 337), junto con el circo cuando Mérida, convertida en la capital de la provincia de Hispania, vivía una etapa de auge. De estos momentos datan algunos restos de relieves que debieron formar parte de la scaena, pero que no se han incluido en su restauración. Más allá del postscaenium, igual que en los teatros de Pompeyo en Roma y el de Ostia, se desarrollaba un peristilo, como zona de esparcimiento ajardinada y acotada en sus cuatro frentes por una doble columnata. Estas, más pobres que las de la scaena, son de granito, que se recubrió de estuco y de pintura. Al fondo del peristilo, y en la línea del eje del teatro, existe otra dependencia, como una pequeña cámara rectangular, donde han tenido lugar hallazgos numerosos y de singulares interés. Inicialmente se interpretó como una biblioteca, pero teniendo en cuenta las imágenes imperiales que de allí proceden, el conocido retrato de Augusto velado, como sumo pontífice, y un retrato de Tiberio, así como varias inscripciones relacionadas con el culto imperial, se considera que la estancia se destinó a este culto, que después radicaría en el templo de Diana. El conocimiento del teatro de Mérida, sorprendentemente, es bastante reciente. A principios del siglo XX, después de siglos de abandono y despojo, todavía todo el edificio se hallaba cubierto, sobresaliendo sólo los muros entrecortados de la summa cavea llamados “las siete sillas”, hasta que en 1910 se iniciaron las excavaciones que dirigió José Ramón Mélida. La estructura del teatro apareció desnuda en gran parte, mostrándose la cavea desprovista del granito que la recubría, los elementos de la scaena tirados, intencionadamente, y la fachada, en la parte superior, más expuesta porque sobresalía, despojada también de sus potentes sillares de granito. Sin embargo, el sólido núcleo de hormigón ha pervivido completo hasta nuestros días, manteniéndose de este modo íntegra la estructura del teatro. La scaena fue objeto de restauración en tres fases, hasta la definitiva y actual llevada a cabo por el arquitecto José Menéndez Pidal desde 1962, y a esta misma fase se debe la reconstrucción en piedra de algunas gradas d la cavea, la reestructuración de algunos vomitorios perdidos y parte de la columnata del peristilo, detalles que muestran parcialmente el aspecto que la construcción debió tener en origen.

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3.- Teatro de Regina Turdulorum. En las cercanías del pueblote Casas de Reina, a unos 1.500 metros al este, y junto a la carretera que conduce a Ahillones, se encuentra el solar sobre el que se extendió la primitiva ciudad de Regina. Son pocas las referencias documentales que se recogen sobre este núcleo, de manera que su historia es prácticamente desconocida. No se sabe con exactitud cuál fue el momento de su fundación, ni cuándo se produjo el abandono que finalmente provocó su ruina. La población de Regina se ubicó de modo conveniente en la vía que comunicaba Mérida con Sevilla, y junto a la desviación que, a través de Azuaga, llegaba a la vía de Mérida a Córdoba, gozando por tanto de buena posición estratégica. Por otra parte, también los recursos agrícolas y mineros de la región condicionarían el emplazamiento de esta población. Hoy toda la ciudad ha desparecido teniéndose sobre su topografía alguna referencia vaga, como el lugar en el que se emplazaba el foro, o la localización del Cardo Maximus, sin embargo, el teatro, con su sólida estructura, ha pervivido hasta nuestros días. Se encontraba éste cubierto casi en su totalidad, hasta que recientemente se iniciaron excavaciones en el lugar, que, en campañas progresivas desde 1978 han puesto al descubierto la estructura completa del edificio. El teatro de Reina es un ejemplar reducido en su género, proyectado para un núcleo de población secundario, con una capacidad aproximada de 800 espectadores, calculada sobre las gradas que se conservan en la cavea, pudiéndose ampliar esta cifra en el caso de que la parte superior del teatro también acogiera espectadores. La estructura se emplazó sobre una pendiente suave, siguiéndose el mismo sistema utilizado en otros teatros de la región, el de Mérida y el de Medellín, con el fin de simplificar la construcción. Todo el cuerpo de gradas se apoya sobre el terreno natural, sobresaliendo en fachada sólo el muro superior del hemiciclo. La cavea se traza en semicírculo y comprende un total de diez gradas. Se inicia este cuerpo con una grada de mayor proporción que era lugar reservado a las sillas de honor, junto a la orchestra y, por detrás de la misma existía un balteus de separación. Cinco scalae, que dividen radialmente el hemiciclo en cuatro cuneus, permitían el paso de los espectadores a las gradas. Más arriba de estas gradas se desarrolla un praecinctio, como pasillo, y detrás de él existe un espacio libre hasta el límite del muro de la fachada. Parece ser que el teatro de Regina constaba de un solo sector de gradas, siendo dudoso el fin al que estuvo destinado este espacio superior. Pudo constituirse aquí una galería, o tal vez una plataforma acogió un graderío de madera que complementase la cavea construida. Ambas son las soluciones que se conocen a través de otros teatros romanos, pero no hay ningún indicio aquí que permita pronunciarse por alguna solución. El muro superior de la cavea presenta externamente grandes contrafuertes de hormigón recubiertos de opus incertum, y en él se abre cuatro puertas de entrada que comunicaban directamente a la calle con el exterior del teatro. La orchestra era semicircular, limitada entre la cavea y la scaena, y tiene entrada mediante los parodoi que se desarrollan entre los frentes del hemiciclo. La scaena presenta un proscenium dinámico, con entrantes rectangulares y semicirculares que quiebran la línea recta del muro. El pulpitum, con 45 m. de longitud por 6 m. de profundidad, tuvo un cubrimiento de madera, algunos de cuyos restos aparecieron en la primera campaña de excavación, y este tablado debió mantenerse mediante pilares existentes bajo él en el hyposcenium. A un lado y a otro, el pulpitum está limitado por el desarrollo de dos parascenia. 20

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De la scaena frons se conserva el podio de algo más de 3 m., sobre el que se elevaron las columnas y entablamentos, estos últimos perdidos de modo completo. Tiene este frente tres entrantes semicirculares que se corresponden con las valvae, de las cuales la central valva regia, es la mayor, y las laterales, valvae hospitalium, tienen medidas diferentes. En el postscaenium se combinan entrantes semicirculares y salientes rectangulares con un gran movimiento de líneas. Probablemente estas hornacinas se hicieron para albergar imágenes escultóricas. En zona próxima a este muro ha aparecido una representación de la diosa Isis en mármol, que cabe pensar que se encontraba aquí ubicada. Detrás del postscaenium, no de descarta la idea de que se desarrollara un pórtico según el modelo vitrubiano, como se ha documentado en otros teatros, por proximidad, en el de Mérida. Pero todavía no se conoce bien el área posterior. Abarcando la anchura del pulpitum, y aprovechando el entrante de la valva regia, existe una construcción de planta octogonal que, por su estructura, ha hecho pensar en un baptisterio paleocristiano. Aunque en este punto se han encontrado restos de cerámica tardía y un mango de pátera paleocristiana, la tosquedad de la construcción y el material de ladrillo y piedra allí utilizado, sitúan la obra factiblemente en la etapa bajomedieval. El material empleado en la construcción del teatro fue el hormigón como núcleo, que tuvo como revestimiento un paramento de opus incertum. Este último se constituye de modo particular, con cintas de mortero entre las uniones de una piedra y la otra, bien resaltada, creando de este modo un notable efecto decorativo. También se utilizó como refuerzo en los vanos, enmarque en las hornacinas del postscaenium, y conformando las gradas de la cavea. Pero éste ha desaparecido en gran parte en el despojo que el teatro ha sufrido progresivamente, la última vez en fecha reciente, cuando el material se utilizó para realizar la carretera de Ahillones, en la década de los años 40. Es sobre todo la técnica constructiva la que puede dar un indicio sobre la etapa en la que se realizó el teatro de Regina. El opus incertum tiene aquí una constitución semejante a la que se detecta en edificios itálicos comprendidos entre mediados del siglo I a.C. y el final de la época Flavia, o edificios galos que datan del siglo I d.C. También es comparable esta técnica con la que se utilizó en “los Columbarios” de Mérida, situados entre los años 60 y 70 d.C. Por tanto, se concreta la fecha de realización de este teatro a finales del siglo I d.C., concretamente en la etapa Flavia, siendo probable su abandono a mediados del siglo IV, como ponen de manifiesto los resultados de las excavaciones allí practicadas. 4.- Teatro de Medellín. No se sabe con precisión la fecha de la fundación romana de Metellinum, también denominada Caecilia Metellina y Colonia Metellinens, pero se acepta generalmente que su nombre está relacionado con Quintus Caecilius Metellus, que fuera cónsul en el año 80 a.C., el cual combatió en Hispania a Sertorius. Si fue fundada por él, se trataría de un de las primeras colonias romanas de la península, pero también se sospecha que el título de Colonia sea posterior, de tiempos de César, como indica García y Bellido. Desde luego, es citada por Plinio, por Claudio Ptolomeo, por el Itinerarium Antonini Augusti y por la Ravennatis Anonymi Cosmographia. Aparte de la riqueza agrícola circundante tiene interés el Medellí romano por estar junto al río Guadiana, en un punto de fácil vado y cómoda defensa, por lo que se construyó un gran puente de veintiocho aros; y por su condición de primera mansio en la calzada que se dirigía desde Emerita hasta Caesaraugusta, así como la que poco 21

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después de Metellinum se dirigía a Corduba. No obstante, es probable que la preeminencia de Mérida determinase cierta disminución en la vida de Medellín, al menos respecto a las previsiones iniciales, pese a lo cual el teatro indica una cierta prosperidad. El teatro metelinense se encuentra en la ladera del cerro cuya cima ocuparía más tarde el castillo, situándose por consiguiente en la zona alta de la ciudad romana. la persistencia del asentamiento hasta nuestros días ha ocasionado un elevado grado de destrucción del teatro, cuyos bloques de sillería constituyeron una fácil cantera para la fábrica posterior del castillo, iglesias, palacios, etc. Por ello, en la actualidad, tan sólo se puede apreciar un triste conjunto de elementos deteriorados de fábrica cementicia, algunos ladrillos, restos de fuste de alguna columna y los indicios de su morfología. En consecuencia, es sólo un yacimiento arqueológico que conocemos por los estudios realizados por Mariano del Amo, a quien seguimos en este breve resumen. Como el teatro aprovecha la topografía de la ladera, su orientación no resulta la conveniente según la normativa vitrubiana, pues la cavea está abierta hacia el sur. Pero el emplazamiento permitiría una economía de medios, así como la utilización pública de un lugar menos apto para la vivienda. Adopta la planta característica de los teatros romanos, con cavea y orchestra formando un semicírculo, así como dos aditus maximi laterales, entre los que se abre la scaena, con un frons scaena conocido en parte por los testimonios arqueológicos. Técnicamente, predomina en las estructuras de la fábrica según opus caementicium. En varios puntos se recubren los muros con opus incertum, de piedras irregulares dispuestas en hiladas horizontales, mostrando al exterior su cara más plana. También se emplea la técnica de opus latericium, pero no automáticamente, sino combinada en opus mixtum, de suerte que aparece en algunos arcos y bóvedas en soporte de estructura superior cementicia. En cuanto a las partes más nobles, como ventanas, puertas, escena, etc., se acudió al opus quadratum. Por el estudio realizado por Del Amo sabemos que tenía el teatro una ima cavea, una media cavea, y quizás también la summa cavea, aunque no se conservan restos de ella. Un detalle interesante es la crypta que circunda el interior de la cavea; estaba cubierta con bóveda de medio cañón, de ladrillo, sobre la que continuaba una estructura cementicia, quizá base de la supuesta summa cavea, por este pasillo, iluminado con ventanas de medio punto, se circulaba hacia los vomitoria que servían en acceso a la media cavea. En cuanto al frons scaenae, algunos restos permiten saber que estaba cubierto de estuco pintado en coloraciones rojas sobre fondo pajizo, apreciándose algún motivo vegetal y de bandas, así como varias molduras. Asimismo tenía una columnatio, de la que solo quedan tambores de algún fuste y dos capiteles, uno dórico y otro jónico, columnas que estaban estucadas y pintadas. Por lo que se refiere a la cronología de la construcción de este teatro. Del Amo valora las referencias que aportan las técnicas constructivas y su paralelismo con otras construcciones públicas de época romana, suponiendo que fue edificado en el último cuarto del siglo I a.C., quizá por los mismos artífices que trabajan para el Teatro de Mérida. ARCOS 1.- Arco de Trajano. Mérida. El arco de Trajano se encuentra en el centro de la ciudad de Mérida, y a pesar de estar enmascarado por las construcciones que a lo largo del tiempo se le han ido 22

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adosando, no ha perdido el carácter de punto de referencia monumental con el que fue dotado en su origen. El propósito de su creación, aunque se exacto sentido fundacional ha sido objeto de diversas interpretaciones, fue el de establecer un hito significativo en la trama de la ciudad romana, aspecto que viene definido a través del contenido de la forma del arco y de la grandiosa escala con la que aquí se proyectó. El arco tiene una altura de unos 15 m. aproximadamente, incluyendo los dos metros de su base que ahora quedan enterrados bajo el pavimento, casi 9 m. de luz en el arco, y una anchura de 13 m. de un extremo al otro de sus contrafuertes. El material empleado para la construcción fue el granito, con el que se recortaron de manera regular los grandes sillares y dovelas 1’40 m. de altura), y se puede suponer que este núcleo fuera enriquecido externamente con mármol, como parece indicar la serie de agujeros que se aprecian en las dovelas y en los sillares. Ya en el siglo XVIII, Villena practicó una excavación en la que pudo apreciar el nivel de los cimientos del arco, reconociendo también el pavimento de una vía debajo del mismo, así como restos de una cloaca que correspondía a una vía de importancia. Según el trazado general de Mérida, desde este punto se puede seguir una alineación hasta el río Albarregas, que marcaría en efecto el trazado del cardo maximus, teniendo en cuenta esta situación, el arco de Trajano fue considerado como límite de esta vía (Fernández y Pérez), puerta monumental de entrada al supuesto primer recinto de la ciudad (Mélida), o posible arco triunfal (Macías), idea esta última que se ha repetido, por la mayor aproximación de este arco a los arcos triunfales que a las puertas monumentales (Richmond). Recientemente, una serie de restos que desde antiguo vienen apareciendo en el área del actual Parador han llevado a Almagro y a Álvarez Martínez a considerar la topografía del terreno y a poner el arco de Trajano en relación con el contexto urbano. Se han encontrado allí algunos bronces, restos de escultura ornamental e inscripciones que hacen suponer la existencia de un segundo espacio forense en Mérida, aparte del foro municipal que se desarrolla en las proximidades del cardo y el decumanus, tendría el carácter de foro provincial, de la Lusitania, con su templo de culto imperial y edificios monumentales, de los que se conoce la planta, dibujada por Laborde, de una probable basílica. El arco de Trajano quedaría inserto en este conjunto. Como en otras planificaciones urbanas de Roma, el arco pudo desempeñar aquí el papel de elemento delimitador entre espacios con distinto significado, marcando una separación, al mismo tiempo que constituiría la entrada monumental de este gran espacio cerrado que sería el segundo foro de Mérida. El arco ha sido conocido tradicionalmente como “arco de Trajano”, sin ningún fundamento. Como antes se comentó, su revestimiento ha desaparecido totalmente, y con él, las inscripciones que pudieran documentarlo. Por tanto, la concreción en el tiempo del momento en que fuera realizado, es problema no resuelto hasta ahora. 2.- El arco triunfal de Capera. Cáparra. El arco cuadriforme es el único elemento superviviente de la antigua ciudad romana de Capera. Estuvo esta ciudad situada en la Vía de la Plata, en el camino de Mérida a Salamanca, constituyendo una de las mansiones de esta calzada según consta en el Itinerario de Antonio Pío. Plinio comenta que fue una de las ciudades estipendiarias de Lusitania y, a juzgar por los resultados de las excavaciones que allí se han practicado y algunos restos que pervivían todavía a principios del siglo XX. Cáparra debió de ser un pequeño núcleo de población. La ciudad estuvo amurallada con sólido recinto de sillares bien recortados que envolvía un perímetro de 14 a 16 has., y tuvo 23

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origen en la etapa republicana, manteniendo vida hasta el siglo III al menos, que es el momento en el que se considera que se efectuó el amurallamiento. Internamente, el edificio más destacado entre los que se conoce después de haber sido excavados, es el templo de Júpiter, y junto a él, otro edificio de planta rectangular que bien pudo ser templo o basílica, pero que se aprecia reutilizado en la Edad Media y aún posteriormente. Constituía ésta el área monumental, seguramente donde estaba emplazado el foro, y junto a estos edificios se alza el arco, que conserva prácticamente toda su estructura. Hacia el este, muy próximo al arco, se mantiene un alto muro en forma angular, que se relaciona con un templo, conocido sólo en parte a través de excavaciones. Y hacia el oeste, se descubrió un muro con tres aperturas, que ha sido interpretado como puerta de entrada al recinto del foro. El arco, pues, se emplaza en el mismo corazón de la ciudad, y debió de ser el punto central en el que se cruzaron las dos vías principales, según la traza romana usual. Se trata de un monumento significativo en el conjunto urbano, con un claro sentido honorífico, parte de cuya historia ha sido posible interpretar a través de algunas inscripciones relacionadas con el mismo. En el frente sur del arco, en el pilar de la derecha, se mantiene una inscripción que alude a los siguientes personajes: a Marcus Fidius Macer y a un segundo Fidius Macer, que debió ser su hijo, y a Golosea, hija de Pellus, que fue su mujer. Y al final de la inscripción se da a entender que Fidius Macer fue el que erigió el arco, haciendo cumplir un mandato testamentario. Independientemente, en otra lápida que se perdió y se conoce por transcripción, de nuevo aparece el nombre de Fidius Macer, donde se le identifica como ciudadano significado de Cáparra, ya que se consigna que fue magistrado tres veces, luego dos veces dunviro y, finalmente, praefectus fabrum o jefe de los obreros del municipio. Una vez más, la aparición de su nombre en otra lápida de Cáparra, con una dedicación a la deidad indígena Trebaruna, indica la relevancia de Marcus Fidius Macer. Se calcula que vivió hacia el año 74 d.C. y ésta es la fecha que puede indicar la cronología del arco, que se sitúa en época Flavia. El arco pertenece al tipo llamado tetrapilon, o arco cuadrifonte, que se impuso como elemento urbano monumental en las ciudades helenísticas y se extendió posteriormente en la urbanística romana. Se eleva la construcción sobre cuatro pilares, entre los cuales, en cada frente, se abre un arco de medio punto. Los pilares se inician con un basamento que remata en cornisa saliente. Más arriba, en los frentes norte y sur, destacados por su mayor ornamentación, arranca del basamento dos columnas que se sitúan en los extremos y se conservan sólo hasta medio fuste. En cada frente los arcos están sostenidos por pilastras talladas en el mismo paramento, con capiteles corintios muy transformados y el arco se adorna con una simple moldura que envuelve el trasdós. La construcción muestra externamente un paramento de sillares recortados con gran regularidad, que probablemente recubren un núcleo de hormigón, pero éste sólo se reconoce en la parte superior del arco, donde el recubrimiento ha desaparecido. En los frentes norte y sur se adosan además dos pedestales que alcanzan mayor altura que el basamento. En uno de los dos del frente sur se conserva la inscripción que alude a Fidius Macer y su familia, y se supone que la otra inscripción que recoge el nombre de Macer y de su mujer se dispusiera simétricamente en el otro pedestal. En relación al contenido de las inscripciones, es lógico pensar que sobre cada pedestal se colocaran esculturas representativas de cada una de las parejas de esta familia. Los pedestales del lado norte, sin embargo, son mucho más salientes y parecen apropiados, por sus dimensiones, para soportar retratos ecuestres. El arco, internamente, se cubre mediante una bóveda de aristas realizada en 24

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piedra, que resulta llamativa pos su técnica. Las aristas están formadas por sillares que se recortan de manera irregular con numerosos planos, y, a pesar de ello, encajan de manera exacta. Tal particularidad no es más que un alarde caprichoso del arquitecto que proyectara el arco, pues no responde a ninguna necesidad de tipo técnico, lo que pone de manifiesto al mismo tiempo una alta especialización en el trabajo de cantería. Tampoco es usual este sistema de recorte en la arquitectura romana, siendo comparable este caso únicamente con el Mausoleo de Teodorico de Ravena, que en una fecha ya tardía (año 523) prosigue ciertos principios de la arquitectura romana. El arco goza en general de buena conservación, pero se desconoce la forma del remate superior, que se ha perdido en parte por deterioro. Sin embargo, García y Bellido ha ideado la reconstrucción del total, partiendo del sistema modular por el que estaba regido el arco. Efectivamente, el proyecto se sometió a un sistema de relaciones proporcionales, deducible de las mediciones que se han llevado a cabo en la parte conservada. En cada frente, la anchura de cada pilar equivale al radio del arco, de manera que la anchura de la fachada comprende cuatro radios, que es la misma proporción que tiene de altura cada arco hasta la línea del intradós. Y más arriba de esta altura siguiendo el ritmo de la modulación, el edificio se reconstruye con una altura de dos radios más. Como coronamiento siguiendo la composición regular de los arcos romanos, probablemente se sucediera un arquitrabe, un friso, una cornisa y un ático. De la población romana de Capera, aparte del arco cuadrifonte, hoy apenas sobrevive más que el nombre de Cáparra o Ventas de Cáparra, que se mantiene en aquel lugar. A principios del siglo XX, Sánchez Albornoz y Antonio Blázquez, en el viaje que hicieron siguiendo la Vía de la Plata, dieron testimonios de la existencia en Cáparra de las murallas y varios restos arqueológicos, confirmados, ya sólo en parte, por Floriano Cimbreño cuando practicó las excavaciones de Cáparra en los años 1929 y 1930. Pero desde entonces, el paso del tiempo y el aprovechamiento de materiales en las localidades vecinas han provocado un deterioro irremediable del conjunto. Posteriormente, las tres campañas de excavación dirigidas por J. M. Blázquez en los años sesenta dieron a conocer nuevos datos sobre la ciudad de la actualidad, en la finca de “Casas Blancas” que abarca el área donde se asentó la ciudad, el único elemento visible es el arco, que se distingue desde la carretera que conduce al pantano de Gabriel y Galán. ACUEDUCTOS 1.- El agua en las ciudades antiguas. El abastecimiento de agua a las ciudades fue un problema de solución prioritaria para los pueblos de la antigüedad. Griegos y romanos idearon soluciones similares: pozos, cisternas y fuentes. Sin embargo, los romanos aportaron una innovación para su transporte: los acueductos sostenidos por arquerías. Los tres primeros sistemas presuponen la existencia de agua en la ciudad o muy cerca de ella, y su extracción con medios manuales o mecánicos. En cambio, el acueducto implica el transporte del agua desde un lugar alejado de la ciudad, generalmente un manantial permanente que garantiza su caudal regular durante todo el año. Su construcción exige el conocimiento y aplicación de técnicas de ingeniería que posibiliten un transporte de agua continuo, y que puedan salvar los obstáculos geográficos que se interponen en su camino. No todas las ciudades antiguas tuvieron acueductos, En muchos núcleos urbanos se encuentra un cierto número de cisternas para recoger el agua de la lluvia, y de pozos, como ocurre en Emporion, por ejemplo. Las villas o casas de campo que no podían empalmar con las 25

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conducciones de agua generales, usaban también el sistema de cisternas y pozos para cubrir sus necesidades. 2.- Los acueductos y embalses. Un acueducto es una conducción que lleva agua desde un manantial hasta la ciudad. A menudo el acueducto partía de una cisterna que recogía directamente el agua de la fuente, y que servia para hacer una primera decantación de impurezas. En aquellos lugares donde el caudal variaba según las estaciones del año, se construía un pantano de retención que permitía conservar un volumen de agua aceptable en época de sequía. Buenos ejemplos de ello tenemos en Mérida. Uno es el pantano que se encuentra a unos cinco kilómetros, llamado "de Proserpina". Es el embalse artificial de época romana más grande del Mediterráneo y en él se recoge el agua procedente de la lluvia, así como la que aportan dos arroyos. El dique, de unos 425 m de largo y 21 de profundidad se organiza en forma de talud escalonado de aguas arriba, con 9 contrafuertes escalonados también y un refuerzo de tierra. En las obras de limpieza se descubrieron una primitiva presa de 6 m de altura de época fundacional y varios conductos de salida realizados con tuberías de plomo. Dos torres se adosan al muro para regular las salidas de agua. El otro magnífico ejemplo es el embalse de Cornalvo, distante unos 15 Km al NE de Mérida. Realizado a finales del s. I a. C., conserva la torre de regulación y el dique (de unos 20 m) en forma de talud que se extiende a lo largo de 220 m, entre dos colinas. Su sistema de construcción es similar al de Proserpina. Por su parte, los griegos hacían llegar el agua bajo tierra, a través de largos túneles excavados en la roca que desembocaban en un depósito común, desde donde era distribuida por la ciudad. Los romanos fueron los primeros en adoptar los arcos como soporte del conducto, confiriéndoles así su aspecto más característico. Para que esta conducción cumpliera su cometido, era necesario que el agua no quedase estancada ni corriera con excesivo impulso. Esto exigía que la cañería describiera una suave inclinación progresiva desde su origen hasta llegar a la ciudad. Para mantener esta pendiente constante y superar los obstáculos del terreno, los ingenieros emplearon arcos, muros de sostén o galerías horadadas en la roca, según las circunstancias. El canal por donde circulaba el agua (specus) consistía en una galería excavada en la roca o construida sobre arcos, que tenia sus paredes interiores recubiertas con una capa de argamasa que las hacía impermeables. Esta galería estaba cubierta por una bóveda de medio punto o por losas planas. De vez en cuando había unos espacios abiertos para facilitar su limpieza y mantenimiento. Los romanos fueron reacios al uso del sifón como solución técnica para atravesar valles, ya que su construcción suponía muchos gastos y sus resultados no se correspondían con el coste de la obra. En general, preferían que el acueducto diera un rodeo en su trazado, porque el principio de la suave inclinación progresiva era mucho más sencillo y seguro. Al proyectarse la ciudad Augusta Emerita, una de las principales cuestiones a resolver fue la relativa al suministro de agua, tanto para abastecer a las industrias como para satisfacer las necesidades de sus pobladores. Dos fórmulas se utilizaron para hacer las captaciones, por una parte se construyeron embalses y por otra, se canalizaron diversos manantiales encauzándose, en ambos casos, sus aguas hacia la ciudad. Todas las conducciones seguían las curvas de nivel de las zonas que atravesaban hasta llegar a Mérida. Una vez en ella, se distribuía el agua desde los castellum aquae o torres de agua, hasta los más diversos puntos del núcleo urbano, mediante una complicada red de canales.

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3.- Acueducto de San Lázaro. Mérida. En las proximidades del circo romano de Mérida se encuentran los restos del acueducto de San Lázaro como un vago recuerdo de lo que fue la parte monumental de una extensa conducción que traía el agua a Mérida desde algo más de 4 kms. La conducción se iniciaba al norte de Mérida, en el lugar llamado “Las Tomas”, donde confluyen las aguas de distintos manantiales. Se puede encontrar el nacimiento de este conducto saliendo desde la carretera de Cáceres, algo más allá del cruce de la carretera de Montijo y la de la circunvalación, hacia lo que fue la Vía de la Plata, que conduce directamente al lugar. Desde allí hasta Mérida, las aguas se encauzaron a través de una galería cubierta de 4.028 m. exactamente, que descendía hasta alcanzar el punto terminal en el depósito que se situaba en el cerro de Rabo de Buey. La galería está construida en mampostería y las bóvedas, que son de medio cañón, se realizaron en sillarejo. No todo el trayecto tiene las mismas dimensiones. Se inicia el canal con una altura de hasta 5 metros y en los puntos más reducidos se eleva poco más de 0’70 m., siendo su anchura más regular, no excediendo de 0’80 m. El agua discurría, bien por el specus, en cuyo fondo había numerosos cortes rectangulares que recogían los sedimentos, bien por el suelo rocoso natural. La conducción en su mayor parte es subterránea, aunque numerosas aperturas como registros, recrecidas desde el siglo XIX, sirven hoy como punto de referencia de su trazado en el campo. Tiene hasta 99 salidas externas, distribuidas sin un ritmo determinado que sirvieron como claraboyas para iluminar y airear este cerrado túnel. Sobresalen de la bóveda de la construcción hasta alcanzar la superficie exterior y se conforman como grandes chimeneas de sección cuadrada con paredes muy regulares de granito bien recortado, que se cierran externamente con grandes losas cuadradas. Estas han sustituido a las más primitivas, que eran redondas, a partir de la reconstrucción que en el siglo XIX se efectuó en el acueducto. Aparte de las claraboyas, existían cuatro registros de mayores proporciones, desde los que se atendían los servicios necesarios de vigilancia y limpieza. Constan estos de escaleras internas abovedadas con ladrillo, que dan acceso directo a la galería y el canal. Ya cerca del término de la Gomina, la galería, camino de la altura de Rabo de Buey, empieza a hacerse más superficial y a salir al descubierto, pudiéndose ver bien su estructura que, a veces, se eleva sobre arcos y muretes. Más adelante, cerca del punto terminal confluye un segundo canal, que es más ancho, y fue más importante por el caudal de sus aguas que el de las Tomas. Recogía éste el agua del arroyo Valhondo, antes que desembocara en el Albarregas, y ha constituido un surtidor constante para el abastecimiento de agua de la ciudad. Efectivamente, la conducción de Rabo de Buey ha tenido vigencia hasta la actualidad. En 1889 se llevaron a cabo obras de limpieza y la restauración y el tramo romano de Valhondo quedó inutilizado, trayéndose sus aguas por una nueva cañería, pero el tramo de las Tomas, sin alteraciones apenas, ha mantenido sus funciones. Desemboca éste en el depósito de Rabo de Buey, que es también obra moderna del siglo XIX y que ha debido sustituir el lugar del depósito romano de decantación o piscina limaria, del que no se conoce ningún resto. Desde esta cota, el agua era conducida en la depresión del río Albarregas sobre las arquerías de un acueducto. Sorprendentemente, éste ha desaparecido casi por completo y sólo tres pilares con sus arcos intermedios dan testimonio de lo que debió ser la estructura. Junto a los arcos, se desarrolla el moderno acueducto de San Lázaro, próximo a la ermita del mismo nombre, que fue construido en el siglo XVI, y es posible que aprovechase algún elemento de la antigua construcción. Así se consideran los 27

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cuatro pilares con tajamares del lecho del río, cuya estructura parece parcialmente romana. El acueducto romano de San Lázaro, a poca distancia al este de los acueductos de los Milagros, era una segunda barrera monumental en el río Albarregas que presenta cierta semejanza de estilo con el anterior. Los tres pilares que llegan son desiguales en proporciones y en planta, siguiendo el esquema común de pilar con contrafuerte en sus frentes. En el pilar más próximo a la ciudad, se aprecia un ángulo que indica el cambio de dirección del acueducto, seguramente para cruzar en línea recta el tramo común de las vías que con dirección a Toledo, Zaragoza y Córdoba, pasaban bajo sus últimos arcos. El núcleo de los pilares es de sólido hormigón y el recubrimiento es diferente en los dos cuerpos que presenta la estructura. En un primer nivel, compuesto por la parte baja de los pilares y por los arcos de medio punto que los unen, el paramento es de sillar almohadillado, con un notable saliente. El contrafuerte del pilar central se corona con una cornisa moldurada que parece continuar por encima de los arcos y marca el límite de este nivel inferior. Más arriba, los pilares se cubren con sillar irregular y plano, que alterna con hiladas de ladrillo, igual que en el acueducto de los Milagros. En el extremo del pilar central, se aprecia el arranque de un segundo orden de arcos de fábrica de ladrillo, que partía de una imposta moldurada que recorre todos los frentes del pilar. En cuanto a las proporciones, la altura de este tramo está acortada por la elevación que el suelo ha tenido hasta nuestros días. La altura máxima de los pilares aquí es de 14’97 m. y se calcula que la parte más alta de la estructura no excedería la proporción del acueducto de los Milagros, aunque su longitud, siendo el valle del Albarregas más extendido aquí, pudo tener una longitud de unos 1.600 m., hasta alcanzar los dos puntos extremos, según cálculos de M. Macías. Más allá de estos tres pilares, el acueducto tendría continuidad hasta sus arcos terminales y el specus seguiría el trayecto hasta el núcleo de la ciudad. Se empiezan a descubrir restos de éste a unos 160 m. de la Casa del Anfiteatro. Al excavarse ésta se descubrió un importante tramo de la galería que aquí se eleva sobre un arco de ladrillo, por lo que se puede suponer que este tipo de estructura fuera corriente en su trazado. Más delante de la Casa del Anfiteatro, se ve claramente la división del canal. Un ramal iba hacia la zona del teatro y el anfiteatro y otro hacia el centro de la ciudad, viéndose su continuidad en el tramo aparecido al hacerse excavaciones en el solar del Museo Nacional de Arte Romano en la dirección que éste tomaba. En la rama que va hacia el anfiteatro, se ha reconocido una piscina limaria, arca de distribución y decantación de aguas. La construcción tiene planta rectangular y estaba cerrada mediante una bóveda de cañón realizada en ladrillo. Tiene este registro entrada y salida conformadas con arco de medio punto, adaptados a la estructura de las galerías que conducían el agua. Al pie de estas entradas se señala el specus como continuación de las galerías, estando el suelo del depósito más profundo, con diferencia de medio metro, para recoger las impurezas que trajera el agua. Se construyó este registro con mampostería y estuvo adornado internamente con pinturas, de las que restan dibujos de frontoncillos realizados en distintos colores. La galería que iba hacia el centro de la ciudad apunta en la dirección de la Calle Baños y es seguro que fuera a alimentar las termas del foro, cuyos restos, según Moreno de Vargas, existían todavía en el siglo XVII en esta área. Es discutida todavía la fecha en la que realizase esta conducción. Es un problema saber si los acueductos de Mérida fueron trazas y realizaciones del primer proyecto urbano o si se fueron construyendo progresivamente a medida que lo requiriese el crecimiento y desarrollo de la ciudad. 28

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En un análisis formal de la obra, la similitud del aparejo del nivel inferior del acueducto con las obras de la etapa de Claudio ha llevado a considerar a A Jiménez que la fase inicial de la obra pudo efectuarse en el tercer cuarto del siglo I. Sin embargo, son también varias las coincidencias que Sáenz de Buruaga encuentra entre la construcción de la galería de la Tomas y las estructuras del anfiteatro, obra de la fundación de la colonia. Al mismo tiempo, las excavaciones realizadas en torno al arco que eleva el specus junto a la Casa del Anfiteatro indican claramente el momento augusteo. Richmond ha planteado la hipótesis de que el acueducto fuera hecho como elemento complementario de las termas y todo el conjunto lo patrocinase Agripa de manera paralela a la actuación que tuvo en Roma. En conjunto son más las razones que inclinan a pensar que esta obra fuera un proyecto de la etapa de la fundación de la colonia, pero ninguna es suficiente para afirmarla como definitivamente. Por otra parte, las evidentes diferencias de construcción entre el primer y segundo orden del acueducto, ya anotadas, hacen presuponer dos fases sucesivas de construcción, tal como ha manifestado Th. Hauschild y A. Jiménez. En tal sentido, éste sitúa la etapa final del acueducto en el período de la Anarquía Militar o de los Severos. 4.- Acueducto de los Milagros. Mérida. El acueducto de los Milagros es edificio que sorprende por su monumentalidad y presencia al viajero que entra en la ciudad desde el norte, por el río Albarregas. Es una importante fábrica que medio ruinosa, atrae por la elegancia de sus altos pilares, la armonía de la combinación de formas, con múltiples arcos hoy quebrados, y su particular sentido colorístico, entre el granito y el ladrillo, que se fijó en Mérida como uno de los rasgos estéticos de su construcción. Tan magnífico edificio, necesario para elevar el agua en la depresión del Albarregas, es parte de un ambicioso proyecto de ingeniería hidráulica, que hay que considerar en conjunto con el embalse de Proserpina y la conducción intermedia que llevaba el agua hasta el acueducto. Partía ésta como una galería abovedada de 2 m. de altura por 1 m. de anchura en las proximidades del embalse, después de haber atravesado el dique y su refuerzo de tierra, y se encaminaba hacia el Oeste, a las faldas de los cerros de la Sierra de Carija, y de aquí tomaba dirección hacia el Sur y el Este, para enfilar, una vez cruzada la Vía de la Plata, la alineación del acueducto. La galería fue subterránea en parte. En los tramos en los que existen restos, se aprecia que estuvo construida de hormigón, revistiéndose el specus con una capa de opus signinum, y cubierta con bóveda de ladrillo. En todo momento se procuró que la línea del canal siguiera las curvas de nivel, de modo que ésta muestra un tortuoso trayecto que prolonga la construcción hasta unos 10 kms. Aunque con este sistema se buscó evitar el salto de las vaguadas, en más de un tramo aparece alguna estructura de arcos de hormigón y mampostería sobre la que se elevaría el canal. A la altura del Cementerio Municipal, se distingue con claridad de la piscina limaria. Se trata de un depósito de 3 m. por 3’50 m. de lado, estructurado con dos cámaras diferentes, que tenían por misión limpiar el agua de sus impurezas. Y desde la piscina limaria, el canal iba tomando altura hasta remontarse sobre las arquerías del acueducto. Se proyectó éste como una alineación quebrada, de modo que se distinguen tres planos entre dos angulaciones, siendo particularmente notable el cambio de dirección que toma el acueducto en el tramo que se introducía en la ciudad. En la actualidad no se conserva ni la mitad de los arcos, pero esta proporción es suficientemente expresiva para hacer un análisis de la fábrica. Tenía el acueducto 827 29

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m. de longitud y una altura máxima de 25 m., a laque habría que añadir todo el coronamiento del specus, que falta, más un probable ático, que, como en otros acueductos romanos, pudo sobrepasar la altura del specus. Tan prolongada estructura se organizó con una secuencia rítmica de pilares, que alcanzan toda la altura del acueducto, y de arcos intermedios que se disponen en tres órdenes. Hasta hace poco tiempo no se tenía certeza de dónde acaba exactamente el acueducto. Después del último pilar existente en el patio de la casa nº 2 de la calle Calvario, no había más referencia la estructura de los últimos arcos. Pero al derribar la ermita del Calvario, a unos 72 m. de distancia del citado pilar en esta misma calle, apreció una interesante construcción romana que ha sido identificada como castellum aquae del acueducto, su punto terminal. Se reconoce en ella una amplia plataforma, bien cimentada con hormigón y una capa de sillares, y el núcleo que construiría la propia torre del agua. Apenas queda el arranque de los muros, pero estos perfilan la estructura de una torre cuadrada de 5’85 m. de lado en su interior, en construcción de hormigón y mampostería, y recubierta internamente de mármol, que tendría como finalidad decantar y distribuir el agua, que proveería a la zona oeste de la ciudad. Los pilares del acueducto son de planta rectangular, con contrafuertes ataludados en sus dos frentes, presentando los pilares que se encuentran en la madre del río la particularidad de arrancar de tajamares en ángulo que les protegerían de la acción del agua. Algunos contrafuertes han desaparecido completamente, debiéndose su desprendimiento a defecto de trabazón con el núcleo. Este es de hormigón, y el revestimiento se hizo mediante sillares mezclados con ladrillos en una sucesión de cinco hiladas de cada material, aunque la totalidad del paramento no ofrece un orden homogéneo. Los arcos son de ladrillo, y excepcionalmente, entre los pilares del río se conserva un arco con dovelas de granito. La aplicación del ladrillo entre los sillares, que vuelve a repetirse en Mérida en el acueducto de San Lázaro, tiene explicaciones técnicas que seguramente fueron su primera fundamentación, aunque indudablemente su alternancia con la piedra incidiera en el aspecto estético. Facilitaba el fraguado del hormigón así dispuesto en tongadas, y permitía mediante el recrecido de las llagas la nivelación defectuosa debida a la irregularidad en el corte de la piedra. Respecto a las irregularidades de orden aludidas en la disposición del paramento, se observa que dos de dos pilares correspondientes al cauce del río, en los que se inserta el arco de piedra antes citado, se recubrieron con sillar almohadillado, del mismo modo que los contrafuertes del resto del acueducto, pero sólo hasta la altura de la segunda arquería, mientras que en el resto de la fábrica el sillar es menor, plano, y se combina con el ladrillo. La observación de esta diversidad técnica, suscita el planteamiento de distintas etapas constructivas del acueducto, y relacionado también con esta cuestión, se considera el problema de la cronología inicial de la obra. De manera general se han supuesto dos momentos diferentes en la construcción, fijándose la primera fase en la época de Augusto (J. M. Álvarez Martínez), en la época de Trajano (A. Jiménez), en la etapa alto imperial sin concretar (Hauschild) o en la época de Adriano (Fernández Casado), y reconociéndose unánimemente que, por características técnicas, la segunda fase pudo tener lugar ya en la etapa tardía del siglo III. Una última revisión, sin embargo, sobre el problema de la cronología del acueducto, de A. Canto, defiende como fase primera y única –excepto alguna pequeña reconstrucción y el recrecido de los pilares, que en inicio llegarían hasta el segundo arco-, el momento fundacional, considerando la obra como una de las más grandes creaciones con las que Mérida fue dotada en el proyecto inicial. 30

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ANFITEATROS 1.- El anfiteatro. Según la tradición, en el año 53-52 a.C. se construyeron dos teatros móviles que, al unirse, formaban un anfiteatro. En el año 46 a.C., César mandó construir un anfiteatro fijo de madera. El más importante de todos fue el anfiteatro Flavio o Coliseo, inaugurado el año 80 d.C., que se ha convertido en el símbolo de la ciudad de Roma. El anfiteatro es una construcción ovalada que recuerda dos teatros unidos por el diámetro de la orquesta. En él se ofrecían cuatro tipos de espectáculos: combates de hombres contra hombres (gladiadores), hombres contra fieras salvajes (venationes), fieras contra fieras, y combates navales. Consta de las siguientes partes: 1. El subterráneo: lo forman las construcciones que se encuentran bajo la arena y que sirven para guardar los decorados, las jaulas de las fieras, etc. Está cubierto por una tablazón de madera para que el público no lo vea. 2. La arena: es el espacio donde se desarrolla el espectáculo. A su alrededor hay una reja metálica que sirve para proteger al público de los ataques de las fieras. 3. La cávea: es el graderío, generalmente construido mediante un sistema de galerías abovedadas que delimitan unos pasillos interiores utilizados como cobijo en caso de lluvia o simplemente para pasear. Las gradas comienzan a unos cuatro metros de altura con respecto a la arena, por encima de una plataforma o podio. Están divididas en tres sectores, separados por un pasillo y un pretil. Se accede a cada sector a través de unas escaleras que desembocan en el interior del anfiteatro por unas amplias puertas, o vomitoria. En caso necesario, se podía tender un gran toldo para proteger de los rayos del sol. En el Coliseo las siete primeras gradas estaban reservadas a los personajes importantes. El emperador se sentaba en un palco construido junto al eje menor de la arena. Los espectadores sabían el asiento que les correspondía porque se les entregaba una especie de entrada de piedra, en la que constaba el número de la puerta de acceso, el sector y la grada de su localidad. De todos los juegos, el preferido por los romanos era la lucha de gladiadores, ludi gladiatori. Era una institución nacional. Su origen se remontaba a tiempos de los etruscos y formaba parte de las ceremonias fúnebres de este pueblo, costumbre que perduró largo tiempo. Los gladiadores luchaban por parejas, en grupos o en formaciones como verdaderos ejércitos. Los participantes eran prisioneros de guerra, esclavos adiestrados o condenados a muerte por homicidio, robo, sacrilegio o motín. En ocasiones, participaban los hombres libres que se inscribían en escuelas de adiestramiento, tras haber jurado dejarse azotar, quemar o apuñalar, atraídos por las excelentes recompensas que se les daban a los vencedores, un cuarto de la suma de las entradas, si era hombre libre, y un quinto si era liberto, y por la gloria que suponía ser vencedor y convertirse en héroe popular a quien cantarían los poetas y levantarían estatuas. La lucha era a muerte; si no vencían tenían la obligación de morir con sonriente indiferencia; si el perdedor caía exhausto o levemente herido, se dejaba al arbitrio del público si debía matarlo o perdonarle la vida. Si se le indultaba, el público agitaba pañuelos al aire; si se bajaba el pulgar, vertere pollicem, era señal de que el vencedor debía rematarlo y se gritaba: iugula! También las venationes o luchas de fieras tuvieron gran aceptación en Roma. Fieras raras y exóticas eran traídas de países lejanos, transportadas en barcos o carros para ser sacrificadas en estos cruentos espectáculos. Las luchas eran terribles y el pueblo seguía con emoción estas peleas de ataque y 31

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defensa, que enfrentaban elefantes con rinocerontes, osos contra toros, tigres contra leones... Para despertar más la fiereza de estos animales se los acuciaba con aguijones y fuego. Al final del espectáculo sólo sobrevivían la mitad de las fieras, la otra mitad había desaparecido devorada. Los juegos de gladiadores los organizaban los flamines; los duunviros y los ediles obligatoriamente debían costear unos juegos por año y podían ser o de gladiadores o de representaciones teatrales. 2.- Anfiteatro. Mérida. El anfiteatro romano de Mérida, concebido unitariamente con el teatro, fue realizado inmediatamente después que éste, y presenta soluciones semejantes en el planteamiento de su construcción. Los juegos gladiatorios y las violentas luchas de animales o de hombres y animales, de más aceptación en Roma que las representaciones teatrales, requirieron desde el principio la presencia de un anfiteatro en Mérida, de modo que sólo ocho años después de la construcción del teatro, se hallaba ya finalizado este segundo edificio. Se constituía así en el término sueste de la ciudad un área pública para espectáculos bien diferenciada del conjunto urbano. Tres inscripciones en el interior del anfiteatro que rememoran los títulos de Augusto, concretan la edad de la obra, y la localización de los ordinales de esos títulos en el tiempo, fijan de manera exacta la fecha del año 8 a.C. Se trata de otro de los grandes edificios públicos con los que Mérida fue dotada en el momento fundacional, que debían distinguir a la ciudad como capital de Lusitania. Separado del teatro sólo por una vía intermedia que todavía se conserva, la topografía del Cerro de San Albín permitió igualmente una construcción apoyada sobre el suelo natural, que en este caso fue aprovechado con más amplitud. En cierto modo el anfiteatro está concebido como una fosa de la que se sale ascendiendo en sus vertientes norte, sur y este. Los cuerpos de la ima cavea, y de la media cavea reposan sobre el terreno, y, siendo la summa cavea exenta, después de las agresiones que el edificio ha sufrido hasta nuestros días, ha desaparecido casi por completo. El anfiteatro de Mérida es de planta elíptica, y su construcción es simple al no poseer apenas estructuras internas o planteamientos de fachadas. La organización interna del anfiteatro se asemeja a la del teatro. El espectáculo tenía lugar en la arena, que es de forma elíptica y está limitada por un alto zócalo de sillería de granito, que debió completarse con un pretil que ampliara su altura, como medida de protección a los espectadores. Este zócalo se recubrió con lastras de mármol, a juzgar por algunos restos aparecidos y a la señal de cajas practicadas en los sillares que servirían para incrustar las grapas de sujeción. Sin embargo, parece que este recubrimiento fue posterior a la obra inicial en una reforma no localizada en el tiempo. Tiene la arena en el centro una excavación cruciforme cuya utilidad no ha sido resuelta. Normalmente los anfiteatros romanos contaban con estas dependencias subterráneas, fossa, necesarias para los servicios de los juegos y tramoyas para las escenas que a veces animaban el espectáculo, y se cerraban con un tablado de madera que permitía una fácil comunicación con la arena. La fosa de Mérida tiene gran parecido con la del anfiteatro de Italica, pero carece de las pilastras que se ven en este último, sobre las cuales cerraba el tablado. Al mismo tiempo, la irregularidad en las paredes de la fosa de Mérida, que parece indicar una obra inacabada, y la acumulación de tierra apreciada en esta zona cuando se excavó el anfiteatro, hacen suponer que este subterráneo sólo fue iniciado y nunca llegó a utilizarse. De cualquier manera, hay que tener en cuenta la compleja red de galerías que parten de la fosa en el lado norte, según descripción de Mélida, así como la galería existente por debajo de la entrada del oeste, 32

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que también parte de la fosa, o la que apenas se inicia en el lado occidental. Marcando los ejes del edificio, al norte, sur y oeste, se abren puertas monumentales, que comunican el exterior con la arena, mediante una alta galería escalonada que se cubre con bóveda. A pocos metros de iniciarse, a un lado y a otro arrancan dos escaleras que salen a la parte superior de la ima cavea, y en el tramo final de las galerías norte y sur, a ambos lados, se abren dos pequeñas habitaciones abovedadas que comunicaron directamente con la arena. Pudieron ser dependencias destinadas a la estancia de los gladiadores antes de salir a luchar, o tal vez también recinto para las fieras. Unas ventanillas que comunican la galería con el interior de estas estancias, parecen ideadas para alimentar sin peligro a los animales. La ima cavea comprende un total de diez gradas, sólo reconocibles en parte, dado el expolio de material que ha sufrido el anfiteatro. Se inicia la ima cavea con un pasillo, praecinctio, que se eleva por encima del podio de la arena y estaría limitado por un pretil, y finaliza de igual modo, comunicándose ambos pasillos mediante la serie de scalae que dividían radialmente a la cavea. Detrás del praecintio superior se desarrolla un balteus de separación respecto a la media cavea, en el que se abren trece vomitorios. Estos están concebidos como galerías abovedadas, y su salida a la cavea marca el punto de arranque de las scalae. En las primeras gradas de la ima cavea, en los lados este y oeste sobre la línea del eje menor, se dispusieron dos tribunas. La del lado oeste, que fue la principal, se situaba encima de la galería de entrada, y se accedía por dos escalerillas que partían de ella. Era la tribuna de las autoridades. Enfrente, la otra tribuna, llamada editoris tribunal, se reservaba al que corría con los gastos de los juegos. Esta última tiene una curiosa estructura, con una habitación inferior, y comunicaba a la arena mediante dos escalerillas que finalizaban en puertas abiertas en el podio. En ambas tribunas, en el muro del frente, había una gran losa de granito inscrita. Las dos inscripciones han llegado fragmentadas pero recogiendo el texto de una y de otra, se ha recompuesto lo siguiente: IMPERATOR CAESAR DIVI FILIUS AUGUSTIS / PONTIF. MAXIMUS CONSUL XI IMPERATOR XIII / TRIBUNICIA POTESTATE XVI También apareció una tercera lápida en la galería norte, con el mismo contenido que las anteriores, aunque expresado con ciertas abreviaturas. Plantea esta lápida la existencia de una cuarta, que formase simétricamente en el lado sur el adintelamiento de la puerta de salida de la galería a la arena, de modo paralelo a las inscripciones del teatro. La media cavea, muy deteriorada, contaba con 11 gradas, hoy perdidas casi por completo. Finalizaba con otro praecintio, del que arrancaba directamente la summa cavea. Este último cuerpo ha sido violentamente destruido en época bastante reciente, pues en el siglo XVIII Corner atestigua haber visto completa la fábrica del anfiteatro y sólo queda de él grandes bloques de hormigón de su estructura despedazada. El cálculo sobre el aforo que pudo tener este edificio, a la vista del estado en que se encuentra, es conflictivo, aunque se baraja una cifra aproximada de unos 14.000 espectadores. El anfiteatro de Mérida fue excavado por J. R. Mélida desde 1915 y, descubierto de todos los sedimentos que lo ocultaban, se conoció su estructura de modo inicial en 1919. Pero la fábrica, construida más pobremente que la del teatro, presentaba lamentables alteraciones, sobre todo a la voladura que debió sufrir, como indican los diversos bloques de hormigón rotos y desplazados de su lugar. Ello es en parte debido a la inconsistencia del núcleo de la cavea, realizado parcialmente con una capa de relleno vertido sobre el suelo natural. Al mismo tiempo, las galerías de algunos vomitorios, así 33

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como las tribunas de una acción reconstructora, que fue dirigida por el arquitecto del Servicio de Patrimonio Artístico Nacional, D. José Menéndez Pidal. Se reforzaron y reconstruyeron algunos de los vomitorios más destruidos y la galería sur, se identificó con exactitud la estructura del palco oriental y se cimentó la base de algunas gradas que fueron rehechas en el área sureste, al mismo tiempo que se restituían los bloques de hormigón a su primitivo emplazamiento. Toda esta labor ha permitido un conocimiento más exacto de la estructura del anfiteatro, y de las líneas generales de su composición arquitectónica. CALZADAS Y VÍAS 1.- La red viaria En Grecia no existía una tradición en el trazado de vías de comunicación por tierra debido a lo accidentado de su relieve. De ahí que, generalmente, para viajar de unas ciudades a otras, se utilizaran vías marítimas. Entre los romanos, el principal motivo para la construcción de una red viaria, que llegó a alcanzar los 85.000 Km de longitud, fue de carácter estratégico-militar. Los romanos construyeron las primeras vías para poder trasladar rápidamente las tropas a los lugares en que surgían rebeliones u otro tipo de problemas. La calzada más famosa es, sin duda, la Vía Appia (312 a. C.). Una vez conquistado todo el Mediterráneo, las calzadas que se construyeron en las provincias tuvieron ya carácter eminentemente económico y comercial, además del estratégico. En Hispania hay muchos ejemplos de vías con finalidades primordialmente militares. El principal objetivo de los romanos, cuando empezaron la conquista de la península ibérica, fue unir la ciudad de Cádiz, entonces la más importante del sur hispánico con los Pirineos, punto ineludible de entrada por el norte. Por otro lado, Agripa, general romano del siglo I a. C., planificó una red viaria pensada especialmente para mantener a raya a los pueblos lusitanos y a los cántabros. Tres regiones de la península fueron muy controladas por la administración romana a causa de su interés económico: el rico valle del Tajo, el nordeste de la península y la zona minera de la Bética. Las principales vías romanas siguieron los fértiles valles de los ríos Ebro, Duero, Tajo, Guadiana y Guadalquivir; y la ruta natural de la costa oriental, que ya tenía gran importancia para las colonias griegas y cartaginesas anteriores a la llegada de los romanos. Si se tiene en cuenta su carácter eminentemente político-militar, se comprende que fuera el ejército el principal encargado de construir las vías. 2.- Construcción de una vía "Lo primero que se debe hacer es cavar unos surcos, borrar las sendas antiguas y cavar profundamente retirando la tierra; después hay que rellenar de nuevo el hueco que se ha excavado y preparar un buen apoyo para la parte superior, a fin de que no ceda el suelo y las piedras apretadas no tengan una base falsa y unos cimientos inseguros. Después hay que trabar el piso de la vía, añadiendo, por ambos lados, bordillos y bloques puntales. (Oh, cuántas manos trabajando a la vez! Unos talan el bosque y dejan expedito el paso por las montañas. Otros levantan las piedras y cubren la obra con la cal en polvo que sale del horno y con toba volcánica. Otros drenan a mano las lagunas cenagosas y desvían los riachuelos". Estacio, Silvas, 4, 3, 40-55 A pesar de la diferencia de técnicas de construcción según las zonas, puede establecerse un arquetipo de vía: 1. Trazaban el recorrido que debía seguir la carretera y excavaban dos pequeños canales que eran recubiertos por dos hiladas de piedras, quedando así delimitada su anchura. 34

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2. Abrían un canal entre las dos hiladas y ponían en el fondo piedras de tamaño mediano sin argamasa (statumen). 3. Cubrían este primer estrato con una gruesa capa de arena o grava, a veces mezclada con mortero (rudus). 4. Finalmente colocaban un revestimiento formado por piedras trituradas (nucleus) o por losas de piedra (stratum). El grosor total de esta construcción oscilaba entre un metro y un metro y medio. Existían distintos tipos de vías, según su finalidad: vías públicas, construidas a expensas del estado; carreteras locales; carreteras privadas, y vías estratégicas realizadas por el ejército (que, con el tiempo, pasaban a ser públicas). El estricto método romano de construcción fue aplicado por los ingenieros romanos con gran flexibilidad. La vía siempre sigue una línea recta, y sólo tiene curvas y desvíos cuando lo exige la morfología del terreno. Una zona pantanosa, una montaña, una pendiente pronunciada, un río, sólo constituían un problema técnico que se solucionaba con los recursos de que disponían... En cuanto era posible, la vía volvía a ser recta y a seguir el paso más fácil. 3.- Recursos técnicos para superar las dificultades del terreno En zonas pantanosas se han descubierto estructuras de maderas sobre las que la vía podía avanzar en línea recta sin que tuviera que desviarse. Si era imprescindible se recurría a los túneles, pero siempre como última posibilidad. Los puentes fueron el recurso que los romanos usaron para cruzar los ríos. En los países donde el clima lo permitía, se construían en época de estiaje, aprovechando el escaso caudal del río. En las provincias más septentrionales, los trabajos de construcción acarreaban más dificultades. En nuestra comunidad destacan dos puentes: el de Alcántara, sobre el Tajo, de 194 metros de largo y una altura, incluido el arco triunfal, de 7 metros (una de las obras de ingeniería mas atrevidas de todo el Imperio romano); y el de Mérida, sobre el Guadiana, de 792 metros, en el que confluían las calzadas del suroeste peninsular (era uno de los más largos e importantes del Imperio). También son destacables el puente sobre el Albarregas, y el de la Alcantarilla, ambos en Mérida. 4.- Los miliarios. En las vías romanas, había cada mil pasos unos monolitos macizos de forma cilíndrica y de unos dos metros de altura denominados miliarios. En ellos estaba expresada la distancia entre aquel punto y el de partida o llegada de la vía. La inscripción grabada en los miliarios acostumbraba a ofrecer las siguientes informaciones: • el nombre del constructor o del restaurador de la vía, con sus títulos o cargos; • la fórmula a + lugar desde donde (ablativo) y/o la fórmula ad + el lugar hasta donde (acusativo) se calcula distancia; • la distancia expresada en millas MP o en leguas L; • fecit / reficit / restituit u otra forma que indique la acción de hacer o restaurar. Estos miliarios, desgraciadamente, no siempre se encuentran en su emplazamiento original, lo cual dificulta la tarea de establecer su primitiva situación. Muchos han sido utilizados como soportes de pilas bautismales, abrevaderos, muelas o trillos, bases de altar, columnas de iglesia, rellenos de murallas, etc. 5.- Calzadas romanas. Mérida. 1º. Iter ab Emerita Asturicam. (De Mérida a Astorga). Es el conocido 35

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popularmente como Ruta de la Plata. Después de salir de Mérida permanece un buen trecho paralelo a la Nacional 630, encaminándose luego al valle del río Aljucén, que pasa por un puente recientemente identificado, dirigiéndose hacia el cruce de “las Herrerías” y la mansio ad Sorores (Santiago de Bencáliz). De aquí, y por el Puerto del Trasquilón, llegaba a Castra Caecilia, dejando a un lado Norba, desde donde se dirige al río Tajo, y después de vadearlo a las mansiones de Turmulos y Rusticiana (¿Galisteo?) y, pasando Cañaveral y el Puerto de los Castaños, a Cáparra y Caecilius Vicus, encaminándose luego hacia la provincia de Salamanca. 2º. Alio itinere ab Emerita Caesaraugustam. (De Mérida a Zaragoza por Toledo). Salía de Mérida con dirección a la nacional V, a la que acompañaba durante un trayecto, dejando constancia de su paso por Trujillanos, San Pedro de Mérida, Venta de la Guía, Miajadas, Escurial, Villamesías, Puerto de Santa Cruz, Turgalium (Trujllo) y posiblemente Augustobriga (Talavera la Vieja). 3º. Per Lusitaniam ab Emerita Caesaraugustam. (De Mérida a Zaragoza por Lusitania). Coincide en un primer tramo con la Emerita a Corduba por Metellinum (Medellín), desde donde, tras cruzar el Ortigas, se encamina a Contosolia (¿Magacela?), pasando cerca de La Haba, más tarde a Mirobriga (Capilla), y después de atravesar el Zujar a Sisapo (Almadén). 4º. Iter ab Corduba Emeritam. (De Córdoba a Mérida). Sale de Emerita por el sur de Trujillanos, y hay vestigios de él por Valverde de Mérida y Metellinum, donde se separa del camino a Caesaraugusta, encaminándose por Don Benito, La Haba y La Guarda a la mansio Artigis, ubicada en las proximidades de Zalamea, y luego a su siguiente mansio, Mellaria, en la provincia de Córdoba. 5º. Iter ab Hispali Emeritam. (De Sevilla a Mérida). Desde su partida de Emerita se puede rastrear su paso por Villafranca de la Barros, Usagre, Villagarcía, Llerena y Casas de Reina, donde se ubicaba la mansio Regiana, partiendo luego en dirección a la provincia de Sevilla. 6º. Iter ab ostio fluminis Anae Emeritam usque. (De la desembocadura del Guadiana a Mérida). Salía de Emerita por la actual carretera de Sevilla, en dirección a Torremegía y a la mansio Pereceiana (Villafranca de los Barros), dirigiéndose luego por Calzadilla de los Barros a la mansio Contributa (Medina de las Torres) y a Curiga (Calera de León). 7º. Iter ab lisipone Emeritam. (De Lisboa a Mérida). Partía por Emerita por su puente sobre el Guadiana, siguiendo una dirección parecida a la de la Nacional V. transcurre por Calamonte, Arroyo de San Serván, Evandriana (Talavera la Real) y Dipo (¿Badajoz?), cruzando luego el Guadiana camino de Portugal. 8º. Alio itinere ab Olisipone Emeritam. (De Lisboa a Mérida). Salía de Emerita por el puente del Albarregas y seguía la orilla derecha del Guadiana hasta la mansio Plagiaria (despoblado de la dehesa de Las Raposeras), continuando por “La Matanza” hasta la siguiente mansio, Budua (Ermita de Nuestra Sra. de Botoa), encaminándose luego a Portugal. 9º. Item alio itinere ab Olisipone Emeritam. (De Lisboa a Mérida). Es en realidad un lazo de unión entre Scallabis y Emerita. Partía de esta misma ciudad por el puente sobre el Albarregas y sigue la carretera de Mérida a Montijo, pasando por Esparragalejo y el Camino de “las Tiendas”, hasta el río Lácara. Atraviesa los ríos Alcazaba y Guerrero y llega a la mansio Plagiaria, dirigiéndose luego al norte, hacia Septem Aras (Portugal). 6.- Calles. Mérida. Las complicaciones surgen a cada paso, cuando nos planteamos la 36

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reconstrucción del recinto urbano intramuros, aunque las últimas investigaciones llevadas a cabo en Mérida van aclarando el panorama en sus líneas fundamentales el trazado de las calles emeritenses pudo fijarse en buena medida a comienzos de siglo, en ocasión de los trabajos de la nueva acometida de aguas y servicios higiénicos. Todo ello fue recogido en las memorias de las excavaciones entonces efectuadas, y con esos datos y los que fue anotando el sobrestante del Ayuntamiento, Sr. Galván, Maximiliano Macías pudo publicar un plano de las clocas que podría aceptarse en líneas muy generales. Según el referido plano, catorce alcantarillas se orientaban perpendicularmente al río, en tanto que nueve eran paralelas a la corriente de agua. Tan sólo una, la correspondiente al kardo maximus, venía a desaguar en el arroyo Albarregas, si bien es probable que no fuera la única. La uniformidad es la que preside la construcción de estos conductos sanitarios, que pueden observarse perfectamente en el dique de contención de aguas del Guadiana. La ciudad romana, al parecer, estaba estructurada en cuadriculas más o menos regulares, que delimitaban insulae o manzanas de 100-110 metros de longitud por 50-60 metros de anchura, aunque algunas son más cortas, de 80 metros por 70-75 metros. De todo el tejido urbano, con los problemas que su estudio encierra, se conoce bien el trazado de varias viae, sobre todo el del decumanus y el kardo y otras halladas en el recinto de la Alcazaba árabe y Anfitearo, además de otras hoy no aparentes. Todas han aparecido pavimentadas con grandes losas de diorita azulada, que procedían de las canteras del vecino pueblo de La Garrovilla. Una particularidad de las calles emeritenses es la disposición de pórticos a lo largo de las más importantes. Los pórticos, a la manera de nuestros actuales soportales, se sustentaban en columnas graníticas. Una vez expuestos los caracteres más sobresalientes de las viae emeritenses, pasamos a considerar algunas zonas que se pueden destacar dentro del tejido urbano colonial. CASAS Y VILLAS El conocimiento de la casa romana emeritense es en la actualidad muy fragmentario. Es verdad que en el conjunto urbano se han podido descubrir restos de mansiones que proporcionaron pavimentos de mosaico, algunos de los cuales se exponen en el Museo, pero no es menos cierto que lo conocido de esas estructuras domésticas es mínimo. No obstante, los ejemplos conservados, sobre todo los de las mansiones suburbanas, nos proporcionan una aceptable panorámica de la evolución de la arquitectura doméstica de la ciudad emeritense desde el siglo I d.C., hasta ya bien entrada la cuarta centuria. En líneas generales, se estructuran en torno a un patio porticado, al que se abrían sus más relevantes estancias. Algunas alcanzan dimensiones ciertamente espectaculares, como es el caso de la existente junto al Anfiteatro. Todas proporcionan considerables muestras de su arquitectura y de las decoraciones que ornaban sus paredes y suelos: pintura al fresco y mosaicos fundamentalmente. Además de la existente en el recinto de la Alcazaba, las descubiertas en la calle de Suárez Somonte y en la Huerta de Otero, hoy no visibles, y la del Teatro, las más importantes son la Casa del Anfiteatro y la Casa del Mitreo. La primera, llamada así por su proximidad al monumento, conserva un peristilo ajardinado y una serie de habitaciones distribuidas en torno a él con interesantes pavimentos musivos, entre ellos uno con figuración de Venus y Cupido y escenas de vendimia y otros con motivos ornamentales y cuadros con especies marinas. Su 37

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cronología corresponde a finales del siglo III d.C. En cuanto a la del Mitreo, resulta un ejemplo interesante de la arquitectura doméstica de fines del siglo I d.C. o comienzos del siglo II d.C., con dos peristilos y un pequeño atrio (atriolum). En torno a ellos se disponen las distintas dependencias de la mansión. Destaca la habitación (oecus?) situada en el atrio, con un pavimento musivo de gran interés, el llamado Mosaico Cósmico, con completa representación de los elementos de la Naturaleza a la manera alegórica: El Tiempo, el Cielo, el Caos, los Vientos, las Nubes, la Aurora, los ríos, el Océano, las Estaciones y la figura de Aion entre otras. Toda la representación ofrece un magnífico colorido. 1.- Insulae. El tipo de casa denominado insulae descubierto en Ostia (localidad portuaria cercana a Roma) es el que realmente habitaría la clase popular en Roma, donde la falta de espacio era cada vez mayor. El contraste entre la casa romana señorial y las insulae (similares a los actuales bloques de pisos y apartamentos, y aún más a las antiguas casas de vecinos) es muy grande: varios pisos (hasta 20 m de altura), multitud de ventanas al exterior, habitaciones multiuso, carencia de agua corriente y alcantarillado,... No obstante, es muy probable que sólo en las ciudades más grandes y populosas de la antigüedad, donde la falta de espacio era acuciante, el problema urbanístico se resolviera de este modo. En los pueblos y ciudades pequeñas, casi todo el Imperio, la mayor parte de la población debía vivir en casas más o menos lujosas, según las posibilidades de las familias. No conocemos ejemplos de este tipo de vivienda en Mérida. 2.-Domus. En la casa señorial romana, conocida como domus, las habitaciones se disponían en torno a dos patios centrales: atrium, el de delante, y peristylium, el de detrás. En la Roma primitiva, la casa itálica estaba organizada sólo alrededor del atrio, una habitación abierta al cielo, en la que estaba el hogar. Esa sala se fue desarrollando como patiocorredor y la casa se articuló con él como centro; en la parte de atrás había a menudo un huerto. Esta segunda parte se fue ampliando y embelleciendo para convertirse en un segundo patio y jardín, distribuidor de otras habitaciones. Las paredes de las estancias solían cubrirse de pinturas al fresco, a menudo para producir efectos ópticos de ampliación del espacio; también se ponían mármoles y estucos. Los techos se decoraban con molduras y estucos; los suelos, con mosaicos alusivos a la finalidad de la sala. Además, atrio y peristilo se adornaban con estatuas. Partes de la domus: • vestibulum y fauces: zaguán y recibidor, respectivamente. Piezas bien decoradas porque en ellas esperaban los clientes para la salutatio. Al lado, podía estar la pequeña habitación del esclavo-portero. • atrium: pieza central de la primera parte de la casa. El techo tenía una abertura (compluvium) por donde entraba el agua de lluvia, que se recogía en un estanque (impluvium) con cisterna subterránea. El atrio podía estar sostenido por columnas y en él solía haber una capillita dedicada a los dioses del hogar. • cubicula: dormitorios, abiertos al atrio, separados de éste por cortinas. No solían tener ventanas al exterior. • tablinum: hermosa estancia que daba al atrio y comunica éste con el peristilo. Servía como despacho al padre de familia. 38

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peristilo: jardín rodeado de un pórtico con columnas. A él se abrían algunos dormitorios, la exhedra y el oecus. • triclinium: comedor. • exhedra: sala con bancos, decorada y amplia, para reuniones. • oecus: salón-comedor, sobre todo para cenas de gala. • cocina: sin lugar fijo, pequeña y poco cuidada. • baño y retrete: para uso particular, sobre todo a partir del s. II d. C. • tabernae: habitaciones que se abrían a la calle, generalmente sin comunicación con la casa; en ellas se vendían productos diversos, del señor de la domus o de sus arrendatarios. Todas las viviendas romanas que conocemos en el interior de Mérida se corresponden con este esquema. La mayor parte de los datos que poseemos sobre ellas se fechan desde finales del s. II d. C. en adelante. Son muy abundantes los llamados restos menores, repartidos por todas las calles de la ciudad antigua: Pizarro, Concordia, Legión X, Sagasta, etc.; parecen viviendas modestas, sin piezas escultóricas ni mosaicos importantes. Sí destacan por su amplitud o por la importancia de los hallazgos la Casa junto al Teatro, la del Anfiteatro, la del Mitreo y las de Morerías (en menor medida, la de Suárez Somonte o la de la Alcazaba). Aunque no son de época fundacional, testimonian la evolución de aquellas primeras construcciones. La Casa junto al Teatro es una domus bajo-imperial (s. IV). La estructura actual ocupa parte del postcenio y aprovecha materiales y parte de un muro de éste; posee unas termas apenas excavadas. La del Anfiteatro se construyó en torno al s. III d. C. y quedaba fuera de las murallas. Tiene amplias y numerosas dependencias, peristilo, anchos pasillos, buenos mosaicos, frescos y muchas dependencias menores. Plantea numerosas incógnitas puesto que no se organiza en torno al eje descrito como general: vestíbulo, atrio, peristilo. La Casa del Mitreo, de fines del s. I d. C., es una magnífica domus señorial con dependencias organizadas simétricamente a partir de tres peristilos. Consta de grandes habitaciones con mosaicos (incluido el excepcional "Mosaico Cosmogónico"), muros decorados con pinturas de diferentes estilos, habitaciones subterráneas, termas, cisterna,... En el amplio conjunto de Morerías destaca la Casa de los Mármoles que ocupa una manzana completa del barrio. Se trata de una domus con gran aparato ornamental, cuyas habitaciones miran a un corredor rectangular central que gira en torno a un patio pavimentado con losetas de mármol blanco y pizarra. Tiene estancias absidales, cubicula y termas.

3.- Villa rustica et urbana. Es la casa de campo romana. Se corresponde con las antiguas haciendas del sur de España: una zona para los trabajadores, aperos, animales y productos, y otra ("señorío") para los dueños del cortijo. La villa rústica suele tener varios corrales, estanque, habitaciones y barracones, con todo lo necesario para las faenas del campo. La villa urbana suele estar en un lugar pintoresco de la finca y se construía con gran lujo para las posibles visitas del señor. A partir del s. IV se acondiciona para un uso constante. Tenía todas las comodidades de la ciudad, incluida la calefacción en invierno, triclinios, baños completos, piscina, pórticos,... Y todo ello adornado con el mayor lujo posible. Hay quien distingue un tercer tipo, la villa suburbana, con las características de 39

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la urbana, pero sin campos de labranza y cercana a las ciudades (parecidos a nuestros chalés). Las villas romanas extremeñas apuntan varias características comunes: origen tardío, perenne explotación agrícola en la que siempre ha residido el señor (sin la necesidad de realizar urgentes tareas de reforma para recibirlo en su abandono de la ciudad), perduración en el tiempo incluso mucho después de las invasiones bárbaras (con o sin cambio de poseedores). Destacan las villas de "Las Tiendas", "Torreáguila", "Pesquero" (cercanas a Mérida), "La Majona", "El Pomar" y "La Cocosa" (cerca de Badajoz). Esta última parece que fue el centro de una gran explotación y su dueño, muy rico, a juzgar por los hallazgos: número y amplitud de las dependencias, almacenes, lagar, prensas, molinos, aperos agrícolas, rejas de arado, toneles, ánforas,... Se trataba de una villa dedicada al cultivo de los cereales, olivo y vid, que prolonga su actividad hasta el s. VII. La villa de "Las Tiendas" contó con magníficos mosaicos, hoy en el M.N.A.R. 4.- Casa del anfiteatro. Mérida. La casa del anfiteatro constituye uno de los escasos ejemplares de la arquitectura doméstica de Mérida, dado el constante desarrollo que la ciudad ha tenido sobre el mismo espacio que el primitivo enclave del núcleo romano. El hecho de que esta casa se construyera en la periferia de la ciudad, próxima al anfiteatro, y fuera de las murallas romanas, la preservó de ser sucedida en el tiempo por otras construcciones, si bien, en una etapa tardía, factiblemente la etapa del siglo IV, una vez que sus habitantes la abandonaron, su solar comenzó a utilizarse como área de necrópolis. En 1947 comenzaron las excavaciones en la casa del anfiteatro, y en la actualidad, después de campañas sucesivas e intermitentes desde entonces, se prosigue la exploración de este espacio, centrada actualmente en el área de necrópolis. Lo que se conoce ahora de esta vivienda, a pesar de su extensión de planta, no es la totalidad, lo cual dificulta la comprensión del conjunto. La casa del anfiteatro, a juzgar por sus dimensiones y planteamiento, fue una mansión señorial, diferente a las viviendas de insulae más comunes que debieron poblar el núcleo urbano. Pero el problema, ante la discontinuidad de la planta y falta del conocimiento total de la misma, es saber si todo lo descubierto pertenece a una misma vivienda con añadidos a lo largo del tiempo, o si por el contrario, este complejo está compuesto por residencias independientes. La parte más coherente de la casa es la que se desarrolla en torno al patio porticado o peristilo, siguiendo el modo común de distribución de la vivienda romana. No obstante, presenta una planta irregular, dada su configuración trapezoidal y la fragmentariedad de espacios en las habitaciones del ala suroeste, al tiempo que estas se desarrollan en distinto nivel como consecuencia del declive que el terreno presenta en la zona. Las habitaciones más espaciosas se sitúan en el ala sureste, particularmente la central que hace eje con el peristilo, y la contigua en el ángulo este, interpretada como un triclinio. Esta última se conoce también como el Salón del Otoño, o de la Vendimia, en relación con el mosaico que la pavimenta. El peristilo, columnado, debió estar ajardinado en el macizo central. En el centro del lado suroeste tenía un ninfeo o fuente, y junto a él un pozo. El agua se extendía por la atarjea que se desarrolla en los tres lados del patio. En este núcleo, se define con claridad la dependencia donde se situaba la cocina, en el ángulo noroeste. En ella se distingue un fogón, y aparecieron objetos de uso culinario así como una reja de hierro. Tangencialmente a la cocina y al noroeste de la misma, existen dependencias de un conjunto termal. Dos de ellas comprenden las típicas arquerías de ladrillo propias de 40

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los hypocausta para mantener el calor en el caldarium, del cual se conserva un baño. La atarjea de desagüe, en dirección a la cocina, al estar cortada por sus muros según observó Balil, induce a pensar que estas tuvieran una independencia de la vivienda que estudiamos. Su situación era ventajosa junto al canal del acueducto de los Milagros que por aquí se encaminaba al centro de la ciudad, de donde tomaría el agua directamente. Ya en otra dirección, al sureste del peristilo, un largo pasillo con dos acodamientos iniciales y otro final, nos introducen en otro ámbito. El primero abraza una habitación que probablemente en inicio fuera libre y ajardinamiento, y el segundo una gran estancia, espectacular por sus dimensiones. Tiene una anchura de 10’20 m., y la composición del mosaico así como su concepción espacial son propias de un lujoso triclinio. Se abría éste con una puerta de 4’55 m. dividida en su centro por un pilar a un ancho vestíbulo, comunicado asimismo por un gran vano a otro espacio no excavado todavía, seguramente un jardín, y contaba además con otras dos puertas menores, a un lado y otro de su fondo. El último codo del pasillo da paso a algunas habitaciones de menor importancia. Gran parte de la superficie que abarcan estas construcciones, ha conservado el pavimento de mosaico hasta la actualidad. Los pasillos, así como el corredor del peristilo presentan composiciones geométricas más o menos complejas (rombos, meandros, diábolos o hachas como denominó Sandoval, peltas), y la geometría es también la base del repertorio de alguna habitación completa al final del pasillo suroeste, o enmarque de representaciones figuradas en otros casos. Las teselas, de piedra, nos dan una policromía natural reducida: blanco, negro y rojo, y más excepcionalmente el amarillo. Los mosaicos figurados se encuentran en la sala de la Vendimia y en el gran triclinio del suroeste. En el primer caso, la superficie central se divide en dos cuadros. El superior comprende una imagen de Venus acompañada por un erote centrando un campo de abundantes roleos entre los que se forman cuatro cuadros cada uno con un ave, y el inferior una escena de vendimia en la que intervienen tres hombres que pisan la uva cuyo caldo cae a tres recipientes, rodeada de un entramado de vides y cuatro cráteras con aves afrontadas en cada ángulo. Esta última escena se repite en otros mosaicos tardoantiguos del norte de África, y de modo concreto tiene una gran similitud con la que se conserva en el mosaico de cubierta del mausoleo de Santa Constanza en Roma, todo lo cual sitúa este pavimento en una etapa tardía de finales del siglo III, inicios del siglo IV. Formalmente la representación acusa el alejamiento de las correctas normas del clasicismo hacia una simplificación, particularmente en el cuadro de la vendimia, acentuada además por la torpe restauración que ya se efectuó en la antigüedad. El triclinio del sureste tiene su amplia superficie compartimentada en un esquema de T como se acostumbraba a disponer el pavimento de habitación en África y oriente. El cuerpo central de la misma se configura como una gran alfombra en la que se sucede una trama de cuadrados secantes que originan medallones octogonales interna y externamente a ellos, en los que se disponen peces marinos de las más variadas especies. El conjunto es de un gran efecto decorativo, a lo cual contribuye el color, que aquí se amplió con la aplicación de teselas vítreas capaces de dar la entonación verde, azul y naranja. Este cuerpo central se halla enmarcado por una composición de cuadrados de distinto tamaño y color, y el asta de la T se compone con otras dos alfombras también geométricas, ambas, con una composición continua de hexágonos y trifolias inscritas en ellos. El vestíbulo que antecede al triclinio también recibió en el pavimento una decoración diferenciada. En él se disponen tres paneles cuadrados con una composición 41

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interna en círculo. El central configura un laberinto con una cinta de cables, acompañado en los ángulos del cuadrado de singulares arquitecturas, como torres circulares con cubierta cónica, y dos laterales con rosetas en círculo, una de rombos y la otra de triángulos, todo de buena factura. La pintura, en la escasa altura de los muros que pervive, ha dado muestras poco valiosas dentro del repertorio geométrico o de imitación de materiales. Las que decoraban la habitación del mosaico de la vendimia nos remiten a un pintor local, Quintosus. Es difícil encuadrar cronológicamente este monumento y llegar a determinar las distintas fases de su historia. Los mosaicos así como las pinturas sitúan los recubrimientos decorativos a finales del s. III, principios del siglo IV, y en este momento final, o siglo V, la casa debió quedar abandonada como prueba la utilización de parte de su superficie para practicar enterramientos. Sin embargo, no está dilucidada la continuidad en el tiempo de esta vivienda a lo largo de estos siglos, ni la conexión de sus distintas partes como pertenecientes a una misma residencia, o las fases y momentos de su ampliación en caso de constituir un núcleo unitario. 5.- Casa de la Torre del Agua. Datada a finales del siglo I d.C. Los restos más interesantes corresponden a dos habitaciones en las que se conservan parte de los pavimentos de mosaicos. Estos representan motivos geométricos en blanco y negro. En las paredes se pueden observar algunos restos de pintura imitando mármol. 6.- Casa del Mitreo. Mérida. Se halla situada en el extremo suroeste de la ciudad de Mérida, junto a lo que fue el emplazamiento del primitivo templo romano de Mitra, bajo la actual plaza de toros. En el núcleo de la Mérida romana, debió constituir una vivienda periférica de considerable extensión, que podemos considerar a tenor de lo que fue su recubrimiento de pintura y mosaico como una vivienda distinguida. Las posibilidades de que tuviera relación con el propio templo del mitreo han surgido a partir del estudio de la iconografía del extraordinario mosaico llamado cósmico, pero nada puede certificar esta suposición. El descubrimiento y excavación de la casa parten de 1964, si bien todavía no se conoce en totalidad, de manera que se plantean problemas como saber donde se ubicaba la entrada de la casa, o la conexión que tuvieron con la misma las termas que se encuentran como un núcleo independiente en el extremo oriental del yacimiento. La superficie excavada está articulada en torno a tres espacios abiertos, un pequeño atrio, un peristilo y un segundo peristilo ajardinado en su interior o viridarium. Es probable que el acceso se efectuase por el norte, siendo el atrio la primera dependencia de la casa después de atravesar una breve entrada y descender varios escalones. Se define éste claramente por la presencia de un impluvium, que es cuadrado, recubierto de mármol, y con cuatro columnas en sus ángulos. De las habitaciones que comunicaban con el atrio, se conoce la espaciosa sala que se abre al oeste, la más valiosa de la vivienda al comprender el citado mosaico cósmico. Al sur del atrio, un pasillo comunicaba con un peristilo con un estanque central, cuyas dependencias se conocen también sólo de manera parcial, y de su ángulo sur parte otro pasillo que da paso al viridarium. El jardín se mantendría con suficiente agua a partir de la amplia cisterna abovedada que comunicaba con el mismo en el lado oeste, al tiempo que serviría también para cubrir las distintas necesidades de la casa. El ala norte está compuesta por tres habitaciones espaciosas trazadas con regularidad, quizá la 42

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central que es mayor fuera un triclinio, y prosigue con dependencias menores hacia el oeste a través de un estrecho pasillo más allá del núcleo del peristilo. En el ala sur se disponen otras dos habitaciones comunicadas por un pasillo acodado, y al este de las mismas, una escalera desciende hasta dos cámaras subterráneas, consideradas como cubícula diurna, a propósito para el descanso en los calurosos días del verano. Con cierto aislamiento, en el este aparecieron restos de estructuras pertenecientes a un conjunto termal, que se considera anejo a la vivienda. Hasta ahora se conocen de estas termas las arquerías de ladrillo del hypocaustum, un baño rectangular, y otro baño semicircular con escalones. A partir de los restos de pintura encontrados en este ámbito que componían un paisaje marino con numerosos peces, se deduce que la cubierta de alguna de las estancias estuvo abovedada. En el aspecto decorativo, esta vivienda ha proporcionado los ejemplos de pintura más destacados de los que se ha podido recoger en Mérida. La generalidad de los muros que perviven están cubiertos con imitaciones de materiales, combinaciones geométricas o representaciones vegetales y animales. De modo particular hay que señalar el conjunto pictórico de la llamada “habitación de las pinturas”, con un zócalo en el que se extienden figuras de pájaros y elementos vegetales, y paneles sobre el mismo con tema de candelabros tratados con gran variedad y cuidada elaboración. Estas pinturas nos remiten a la etapa de la segunda mitad del siglo I principios del siglo II, cuando la temática adquirió una importante expansión por todo el imperio. También son pinturas de consideración las que se han podido reconstruir a partir de los fragmentos que aparecieron en la cisterna aneja al viridarium, con temas legendarios y míticos, que tanto iconográfica como técnicamente, indican el traspaso de modelos de una pintura de calidad. Las imágenes que se han podido recuperar son las de Dionisos acompañado de sátiros, su carro tirado por tigres, la devolución de Brisida por Aquiles, y una victoria alada, todas tratadas con sueltas pinceladas de carácter impresionista. El mosaico es aún más relevante que la pintura. La generalidad de los pavimentos conserva esta labor con decorados geométricos muy variados, en los que domina la coloración reducida del blanco con combinación con el negro, en la línea de los mosaicos de tiempos adrianeos y antoninianos. También hay muestras de introducción del color que indican la fecha antoniniana, destacando el pequeño emblema octogonal de Eros con una paloma en las manos, localizado en una de las habitaciones al sur del viridarium. Pero a todos aventaja el mosaico cósmico, obra maestra de este género que hay que valorar no sólo en el contexto de Mérida sino en el conjunto de la musivaria romana. Comprende este cuadro una representación de los distintos componentes del universo antropormofizados y bien identificados por su leyenda, dispuestos en torno a una figura central. Aeternitas, el tiempo eterno. Con un orden de sucesión desde la esfera celeste hacia la tierra, de arriba abajo se disponen el cielo, el tiempo y el caos presidiendo la composición, el sol y la luna, el polo y el trueno, los vientos y las nubes, la naturaleza y las montañas, las estaciones del año, los ríos y los mares, la navegación, el puerto y el faro, así como la abundancia y el viento en calma que facilita la navegación. Esta magna composición derivada del helenismo, encierra un contenido simbólico, tal vez la exaltación de Roma y de su imperio, equiparados a la universalidad y armonía del cosmos, o quizá la expresión de algún principio filosófico o religioso conectado con el mitraismo. Hay que valorar también en esta obra la participación de artistas especializados, probablemente orientales, que con un acopio múltiple de teselas, naturales y vidriadas, que permitieron las gradaciones de tono, traspasaron una obra pictórica a la piedra con todas sus calidades. La pérdida de más de la mitad del cuadro 43

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no es actual, al igual que la desmañada restauración que afecta a la parte inferior, que ya se realizó en la antigüedad más allá de la segunda mitad del siglo II cuando se realizó la obra. La cronología de esta vivienda, a través del momento en que se sitúan sus mosaicos así como las pinturas, se establece entre los finales del siglo I d.C. y la primera mitad del siglo II, aunque perviviera más allá de estas fechas. 7.- Casa Basílica. Mérida. La llamada “Casa-Basílica” de Mérida se encuentra en la zona posterior del teatro romano, lindando con el extremo occidental de su pórtico. La denominación de “Casa-Basílica” procede de la interpretación que J. R. Mélida dio a este monumento como edificio de culto cristiano en relación a las estructuras absidiadas que presenta en su zona terminal. Después de Mélida esta construcción fue considerada como simple vivienda y actualmente se conoce como “Casa del Teatro”. Efectivamente, lo que resta del edificio permite la reconstrucción de una vivienda romana, en parte con sus dependencias y disposición característica, y en parte con algunas anomalías respecto al plan de conjunto, que tienen explicación. La casa tiene la entrada por la fachada occidental donde se conserva todavía el enlastrado de la vía –a través de un vestíbulo que marca el eje de simetría, en torno al que se disponen gran parte de las estancias del conjunto. El vestíbulo da paso al peristilo, que es de planta rectangular y tenía columnas en cada frente y pilastras en los ángulos. Al peristilo se abren numerosas habitaciones de planta rectangular, conservando su recinto interior un impluvium de cemento rodeado por un canal. En esta zona de la casa, los muros apenas se conservan en sus arranques, pero a través de ellos, en la habitación del ángulo noroeste del peristilo, se aprecia una modificación que dio lugar a la creación de un espacio estrecho a modo de pasillo. Tanto esta transformación como la situación del impluvium en el ángulo del peristilo, en lugar de estar centrado, así como la superposición de mosaicos en el pavimento oriental del peristilo, indican que esta casa se estructuró en momentos diferentes. Y en efecto, las dos habitaciones extremas de la casa vienen a confirmarlo. Se trata de dos estancias de planta rectangular con remates absidiados, existiendo probablemente en esta zona una tercera estancia, que no está totalmente delimitada. De estas dos habitaciones se ha conservado el muro hasta una altura aproximada de tres metros, presentado como material de construcción la mampostería común al resto de las habitaciones, que aquí se halla mezclado con ladrillo. En algunos puntos, tales como los pilares que sobresalen en el interior de la habitación o los contrafuertes externos de la habitación de las pinturas, se aplica la piedra como sistema de refuerzo, y, excepcionalmente, el muro sur de la tercera habitación absidiada se construye con sillar bien recortado. Este fue aprovechado de la construcción próxima del teatro y, del mismo modo, estas estancias se realizaron sobre el solar que debió de pertenecerle, pues se aprecia claramente la proximidad de la casa al pórtico posterior del teatro. Este dato revela que esta reforma debió de realizarse en una etapa tardía, cuando el teatro se encontraba ya en desuso. Estas dos últimas instancias responden a una concepción espacial diferentes a las otras habitaciones de la casa. El remate semicircular iría cubierto en ambos casos con un casquete semiesférico. Así, al menos, parece indicarlo el grosos que alcanzan en esta zona los muros, sin que se pueda afirmar que el resto del espacio, de planta rectangular, se continuase con bóveda de cañón. Es probable que ambos recintos se diferenciaran mediante un arco. Los dos salientes internos de la sala, así como los contrafuerte de la 44

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estancia, son los apropiados para acoger y contrarrestar respectivamente la estructura de un arco. Del mismo modo, el contrafuerte que la estancia de las pinturas presenta a la altura de la puerta es probable indicio de la existencia de otro arco. Internamente, en la sala contigua se conservan también tres nichos socavados que animaría la continuidad del muro. Este, además, queda abierto en la curva del ábside mediante tres ventanales que se disponen igualmente en la otra sala, proporcionando buena luminosidad al interior. La utilidad de estas dos habitaciones, después de haberse rechazado su relación con el culto cristiano, no se ha definido en relación a la actividad doméstica. Son los dos espacios mayores de esta casa y el más pequeño, que sólo tiene apertura a la estancia mayor, al poseer conducciones hidráulicas bajo el pavimento y varios nichos en uno de los muros, ha dado lugar a pensar que se tratara de un ninfeo o fuente. En cuanto al aspecto ornamental, la casa tiene interés al conservar las diversas técnicas romanas: la pintura, el mosaico y el estuco, aunque la conservación es incompleta y la calidad del conjunto no es excepcional. El mosaico se encontró en parte de la galería del peristilo, en zonas del pavimento de la estancia absidiada mayor y en la estancia contigua de la derecha. En todos ellos se desarrolla la temática geométrica. Diversos motivos y composiciones se combinan en cuadrículas o hexágonos, con sobria entonación, en la mayoría domina la combinación de blanco y negro y sólo en algún fragmento la gama se amplía al amarillo y rojizo. Así se ve en el pavimento de la estancia de las pinturas y en el área oeste del corredor del peristilo, donde esta creación es mas colorista, de etapa tardía, se superpone a otro pavimento de mosaico anterior. La primera fase de pavimentación tuvo lugar en el siglo II y la segunda en el siglo IV. De la pintura quedan los restos que cubren el interior de la estancia mayor absidiada y un pequeño fragmento en el paramento externo de lamisca, junto a la puerta de entrada. La pintura, que es de calidad media en cuanto a la técnica, es de interés al constituir una amplia superficie conservada frente al estado fragmentario general del resto de la pintura de Mérida. Tiene un marcado sentido decorativo, a base de una temática arquitectónica complementada con algún ser fantástico, en la que se inserta la representación humana, y un tratamiento amplio de la policromía, aunque actualmente el color está muy perdido. Entre el ábside y la estancia previa se simula una separación mediante la representación de una columna torsa erigida sobre un pedestal en perspectiva. En el ábside, la parte baja está recorrida por un zócalo en el que se reconocen dos animales fantásticos. Más arriba, entre las ventanas, se representan personajes alzados sobre un podio y ricamente ataviados con lujosas túnicas y joyas. Es difícil identificar estas figuras, a las que falta su mitad superior. Las dos centrales, que llevan ajorcas y presentan el tono de piel más claro que las laterales, posiblemente fueron representaciones femeninas. En cualquier caso, destaca la riqueza de la indumentaria, propia de personajes de alta categoría social o criados de las mismas. En la sala, el zócalo se resuelve con imitaciones de placas de mármol y, por encima de él, sobre un fondo azul grisáceo, se disponen recuadros rojos con diversos adornos en su interior. El estuco debió adornar la zona del peristilo, donde apareció. Vario fragmentos indican la existencia de molduras, frisos, cornisas, etc., con distintos ornamentos y restos de policromía, y también hay fragmentos con motivos geométricos que cubrirían los muros. La “Casa-basílica” es uno más de los interesantes ejemplos de la arquitectura doméstica de Mérida, una vivienda modificada a lo largo de los siglos. Los mosaicos 45

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dan una fecha inicial del siglo II y una fecha posterior del siglo IV. Del mismo modo, las estructuras de los ábsides con sus ventanales se comparan con casas tardías de Ostia con las que tienen gran semejanza. También el emplazamiento de la parte ampliada en la última etapa, sobre el área del teatro, indica una cronología tardía. Mérida en la etapa del siglo IV vivió un último momento de esplendor al convertirse en la capital de la Diocesis Hispaniarum, y parece concordante poner en relación con este ambiente de auge la reforma y ampliación de esta casa con estructuras paralelas a las del momento en Italia. 8.- Villa de El Pomar. Jerez de los Caballeros. Cerca de Jerez de la Caballeros se encuentran tramos de la antigua calzada que discurría al noroeste del casco urbano. Se conserva asimismo un puente romano de piedra de un solo arco en el lugar denominado “El Pontón”, que constituía un obligado paso de aquella calzada sobre el arroyo de Brovales. Pero, sin duda alguna, uno de los restos monumentales romanos de mayor interés es la villa romana de “El Pomar”, notable muestra de la arquitectura civil romana. Se encuentra en la actualidad dentro del mismo casco urbano, en la sueva pendiente que hoy forma parte de la barriada del mismo nombre. La villa de “El Pomar” presenta una planta rectangular, y estaba constituida por un peristilo columnado, del que se conservan las hornacinas donde se colocaban las columnas. A partir de dicho corredor se disponían una serie de habitaciones de dimensiones variables, cuyos muros de piedra -que también se conservan en su práctica totalidad- presentaban un considerable grosor. Entre las estancias de la villa, destacan las termas (de las que aún son visibles las canalizaciones de agua), un aposento absidiado, que posiblemente sería el triclinium, así como el amplio oecus. Es esta sala la habitación principal, no sólo por ser la más amplia de todo el recinto, con más de 60 metros cuadrados. Sino porque, estando todo el pavimento de la villa adornado con ricos mosaicos, en el oecus adquieren mayor diversidad, en cuanto a las formas y temáticas representadas. En el interior de la villa de “El Pomar” todavía puede contemplarse el amplio patio, con la fuente, de forma rectangular y rematada por un espacio curvo, pieza de gran refinamiento arquitectónico. Puede que este espacio abierto estuviera ajardinado, otorgando no sólo iluminación, sino también ventilación y mayor belleza a todo el conjunto. Los restos hallados en las excavaciones de este recinto y las formas constructivas, vendrían a situarlo hacia la época bajo imperial romana, posiblemente entre los siglos III y IV d.C., siendo la morada de alguna familia de cierta relevancia social de la zona. CIRCOS 1.- El circo. En el circo se celebraban también espectáculos, las carreras de carros, con dos caballos (bigas), tres (trigas) o cuatro (cuadrigas), los más usuales. La planta de un circo romano (planta) es un rectángulo alargado cuyos arcos menores forman un arco de circunferencia. La pista está dividida por un terraplén alargado, situado en medio, que recibía el nombre de espina. Encima de ésta solían colocarse obeliscos, estatuas de dioses, surtidores, siete huevos o delfines para marcar las vueltas, y en cada extremo una meta. Delante de una meta estaban las cocheras o carceres, donde los aurigas esperaban con carros y caballos para ponerse en la línea de 46

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salida. Los aurigas, casi todos esclavos portaban yelmos metálicos, látigo y machete; con una mano sujetaban las riendas, que estaban atadas a su cuerpo, y con la otra la fusta. Tenían que recorrer siete circuitos en torno a la espina tomando las curvas muy cerradas: era el momento más dramático, pues los carruajes colisionaban con facilidad con las metas, y hombres y caballos rodaban por los suelos y eran aplastados por los que llegaban detrás. Los espectadores, con sus aullidos, espantaban a los animales y colaboraban a estos desastres. Este espectáculo despertaba una rivalidad apasionada entre las cuadras y los espectadores, surgiendo los seguidores de unos y otros, que se identificaban por sus colores: rojos, blancos, verdes y azules. Llegó a ser normal que se corrieran veinticuatro carreras al día. El auriga ganador recibía una recompensa y era coronado con laurel; los caballos tenían nombres y todo un historial de hazañas y proezas: ellos también eran protagonistas del espectáculo. 2.- Circo de Mérida. El circo de Mérida junto con el teatro y el anfiteatro, ofrece una visión completa de la arquitectura de espectáculos de una ciudad romana. Se situó fuera de lo que fue el recinto murado de la ciudad, independiente de su trama urbana y algo alejado del centro. El lugar elegido fue el extremo noreste, junto a la vía de Córdoba a Toledo, y próximo al río Albarregas en donde el declive del terreno facilitó la construcción del edificio. Actualmente, después de varias campañas de excavación y limpieza, llevadas a cabo desde que Mélida a principios del siglo XX iniciara la recuperación de este monumento, se reconoce la planta completa del edificio y una pequeña parte de su alzado, debido a la destrucción que ha sufrido hasta nuestros días. La planta se atiene al modelo generalizado para este tipo de edificios, pudiéndose comparar con el circo Máximo de Roma. Se conforma como un rectángulo de grandes proporciones (403 m por 96’50 m.), cerrado en un extremo por una cabecera semicircular, siendo el otro extremo ligeramente curco. Este último no está exactamente determinado, dadas las circunstancias de que parte del mismo se perdió al realizarse sobre él la antigua carretera de Mérida a Madrid. La arena estaba dividida por la spina en el sentido del eje del edificio, aunque con un manifiesto descentramiento y desviación, en favor de su adecuación al desarrollo de las carreras de carros que allí tenían lugar. El cuerpo de la spina se realizó como una alta plataforma de hormigón, cuyo basamento todavía permite ver bien su estructura. Estaba dividida en el centro, y en los extremos remataba en concavidades. Aparte de su utilidad como eje en torno al que evolucionaban los carros, sobre este cuerpo se dispondrían elementos de ornato, obeliscos y esculturas, como se ha comprado en otros circos romanos. Algunos fragmentos de esculturas de bronce han aparecido también en el circo de Mérida. De la estructura del edificio queda poco. Las gradas de la cavea se alzaban sobre un alto podio que distanciaba a los espectadores de la arena. De ellas se conservan en algún tramo parte de la ima y la media cavea, que permiten conocer el sistema constructivo, si bien la altura debió completarse con un tercer cuerpo que a principios del siglo pasado tal vez viera Laborde, quien describe hasta un total de once gradas, mientras que hoy se conservan solamente un máximo de ocho. La grada lateral sur, y el arranque de la cabecera descansaban en parte sobre la pendiente natural del suelo y en parte sobre una construcción de arcos abovedados, mientras que en el lateral norte fue necesario levantar el graderío sobre pilares y arcos desde su base. En el lateral sur, a la altura del inicio de la spina y sobre el cuerpo de gradas, se 47

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han descubierto los restos del palco presidencial, sin que haya sido posible localizar el palco del tribunal iudicium, que probablemente se situara enfrente. En la cabecera existió otra tribuna que comunicaba mediante dos escaleras con una dependencia baja. Y en el extremo opuesto, donde se encontraba una de las entradas principales, la porta pompae o puerta de entrada ceremonial, se han localizados las carceres o caballerizas, con un total de doce cámaras. La fábrica del edificio, de hormigón y mampostería en general, se ennobleció externamente con una fachada de sillares de granito bien recortados y adornados con pilastras en resalte, de la que apenas se ha descubierto un pequeño tramo de arranque. El circo de Mérida, que constituye un monumento de gran interés en su género, por ser uno de los pocos circos conservados del mundo romano y por se grandiosidad de proporciones –se calcula que tenía cabida para 30.000 espectadores-, sigue siendo actualmente objeto de exploraciones arqueológicas, que con el tiempo darán un mejor conocimiento del mismo y soluciones a diversos problemas que plantea el edificio. Su cronología no está fijada todavía con exactitud. Parece conveniente pensar que su concepción datase del momento augusteo, cuando fue proyectado prácticamente el total del conjunto monumental de Mérida, junto con los otros edificios de espectáculos. Las últimas prospecciones arqueológicas en 1973, proporcionaron fragmentos de cerámica que se pueden situar efectivamente en el siglo I, entre la etapa de Augusto y la etapa de Tiberio. Aparte, una lápida epigráfica que se halló en el área del circo –en las excavaciones efectuadas por Mélida- documenta su reconstrucción y embellecimiento durante el gobierno de los hijos de Constanino (entre los años 337 y 340). En la etapa tardía, Mérida tuvo un notable resurgimiento al convertirse en cabeza administrativa de la Diocesis Hispaniarum, y el circo, abandonado, recuperó su antigua actividad. Tal vez en este momento, por la referencia que se hace en la citada inscripción a que el edificio se cubrió de agua, el circo llegara a utilizarse también como naumaquia, para contiendas navales. TUMBAS, NECRÓPOLIS Y COLUMBARIOS 1.- Columbarios. Mérida. En la necrópolis sudoriental de Mérida, próxima a la Plaza de Toros y a la Casa del Mitreo, se encuentran “los columbarios”. Son dos tumbas que destacan dentro del conjunto de la necrópolis por su carácter monumental. La estructura de estas construcciones no se atiene a una tipología determinada, pero ambas presentan los rasgos comunes de ser edificios de pequeñas proporciones y carecer de cubierta. Se trata de enterramientos de incineración, habiéndose encontrado en ellos las urnas cinerarias correspondientes, con los restos calcinados. Sin embargo, por su concepción, no pueden asimilarse estos enterramientos al tipo de las tumbas comunes de los “columbarios romanos”. Más bien pertenecen al modelo de enterramiento y monumento funerario familiar, cuya estructura se relaciona con los edificios funerarios llamados bustae, en los que se practicaba la incineración y posteriormente el enterramiento, aunque la primera función no se dio con certeza en los mal denominados “columbarios” de Mérida. En ambos, sobre la puerta de entrada, se mantiene la lápida de dedicación, en la que se alude a las personas que allí reposaban. Uno de los columbarios fue erigido por Caio Voconio, que dedicó este monumento a sus familiares. Su inscripción dice exactamente: Gayo Voconio Próculo hizo la tumba para su padre, Gayo Voconio, de la tribu Papiria, su madre, Cecilia Anus, y para su hermana Voconia María”. En el otro caso se guardan los restos de un matrimonio de esclavos, Felix y Muriola, puestos en 48

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libertad por Gayo Julio y Quinta Cecilia, de quienes da noticia su correspondiente inscripción: “Gayo Julio Félix, liberto de Gayo. Quinta Cecilia Mauriola, liberta de su mujer. Séate la tierra leve. Gayo Julio Modesto, de 27 años”. La tumba de los Julios presenta una particular forma trapezoidal, a la que se añadió una habitación triangular en el lado oeste, que por su paramento de sillares bien recortados, y por su altura menor, parece haber sido una parte añadida a la primera estructura, con la que no guarda ninguna relación. Los muros de la tumba se conforman a base de piedra recortada irregularmente, dispuesta en un cuidado opus incertum, y se corona con merlones. La puerta está enmarcada por bloques de granito, y sobre ella descansa la inscripción. Al interior, en los muros, se abren un arcosolium y un nicho. El arcosolium, en el muro izquierdo según se entra, tiene a un lado y a otro dos aperturas cuadrangulres respectivamente donde se hallaron varias urnas con restos de cenizas, y bajo él, un banco de granito que estuvo pintado de rojo, cobijaba en su interior otro conjunto de urnas. El nicho, frente a la puerta de entrada, ahora se encuentra sin revestimiento, pero en el momento de la excavación todavía presentaba algún resto de pintura. Aún se conserva una cenefa en la parte baja con palomas, y no es improbable que en la superficie del mismo se representase a alguno de los difuntos tal como se ve en la tumba de los Voconios. La tumba de los Voconios es de planta cuadrangular, realizada con aparejo de opus incertum de granito, semejante al de la tumba de los Julios, del que destaca el marco de la puerta hecho con grandes bloques. También culmina su fachada con merlones que se disponen en los ángulos y en el centro de cada fachada, menos el de la puerta de entrada, a la que superpone la inscripción. El interior está enlucido con estuco blanco, y en cada uno de los muros, excepto el de la puerta, se abre un nicho rectangular. Bajo ellos se encontraron las urnas cinerarias, dos en el nicho central, que es el mayor, y una en cada nicho lateral. Pero son interesantes sobre todo en este recinto los restos pictóricos que, aunque algo deteriorados dan muestra de la pintura funeraria. El propósito fue perpetuar la imagen de los difuntos. Así, en el nicho mayor, aparecen un hombre y una mujer que manifiestan una unión, a pesar de su actitud convencional, que deben ser Gayo y Cecilia, los padres de la familia de los Voconios. En uno de los nichos menores, otra mujer que responde al mismo estereotipo que la anterior, aunque de edad más joven, hace alusión a Voconia María. Y en el otro, un hombre joven, barbado, más aproximado a una realidad concreta, se identifica con la figura de Gayo Bocono Próculo, que fue el dedicante de la tumba, probablemente una vez que sus familiares hubiera muerto, y por tanto, el único que pudo ser retratado directamente. La técnica de estas pinturas es sumaria. Las figuras, particularmente los cuerpos, se realizan con grandes trazos, cuidándose más el modelado de las cabezas. Es una pintura de calidad media, en la que sin embargo el canon elevado de las figuras y la elegancia de su indumentaria –la túnica y el manto blanco, en contraste con los fondos de color- producen una atractiva visión. La memoria de los méritos pasados quedó plasmada en el relieve que acompaña la entrada. En él figuran dos torques, dos brazaletes en forma de serpiente y un correaje de cuero que servía como soporte de nueva fáleras, todo ello con decoraciones militares de graduaciones bajas del ejército, cuya imagen perpetúa a quien las obtuvo. Estas tumbas a cielo abierto no son ejemplos excepcionales dentro del mundo romano. Sobre todo en Ostia se encontraron modelos comparables, y la cronología de éstas, en el siglo I a.C. y el paso al primer siglo de la Era, constituyen uno de los fundamentos para basar el momento de construcción de las tumbas de Mérida. También 49

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los rasgos epigráficos de las inscripciones apuntan a esta etapa. De manera más concreta la edificación de los “columbarios” viene situándose en la segunda mitad del siglo I d.C., entre los años 60 y 70. 2.- Necrópolis. Se conocen las diferentes áreas de necrópolis que ceñían a la ciudad y que se establecieron con claros criterios urbanísticos y alineados en relación a las calzadas que salían de la ciudad. Eran las siguientes. La gran necrópolis de la salida del Puente, correspondiente a los siglo I y II d.C., con restos de mausoleos, donde con posterioridad se edificaría una basílica en torno ala cual se desarrolló un cementerio cristiano. Otra, muy extensa, ocupaba la zona sudoriental de la ciudad, entre el kardo maximus y la calzada que se dirigía a la Meseta y a Corduba. Era, probablemente, la más importante. Son diversas las sepulturas halladas, que responden a una tipología variada. Entre los ejemplos más notables, los llamados por Moreno de Vargas, Bodegones, con cámara abovedada, en planta rectangular, y arcosolia para la disposición de los sarcófagos, y los mausoleos a cielo abierto conocidos como Columbarios, correspondientes a las familias de los Julios y los Voconios, de incineración y con retratos pintados de la familia enterrada en el caso de los Voconios. Por fin, otro núcleo importante era el dispuesto a lo largo del valle del río Albarregas, cuyos límites habría que fijar entre la calzada antes mencionada y la que se dirigía a Olisipo (Lisboa). Igualmente ha ofrecido una interesante tipología funeraria. El conjunto escultórico emeritense es, en verdad, impresionante. A la ciudad llegaron durante los primeros diversos escultores que establecieron sus talleres para satisfacer las crecientes demandas tanto oficiales como particulares. 3.- Mausoleo. Próximo a las casas del teatro, se ha podido documentar, recientemente, la existencia de un mausoleo, datado en la segunda mitad del siglo III d.C. Su planta rectangular se orienta al este. Dos lechos fúnebres, utilizados para el banquete funerario, flanquean la entrada, además de una pileta circular. En su interior se localizaron un total de ocho enterramientos de inhumación, junto a una mesa destinada al culto funerario. La puerta aparecía coronada por un dintel con la representación de los dos ríos emeritenses, Guadiana, Ana, y Albarregas, Barraeca, y la inscripción del fundador del mausoleo, C. Iulius Sucesianus. 4.- El dístilo funerario de Iulipa. Zalamea de la Serena. Zalamea de la Serena, a unos 65 kilómetros al sueste de Mérida, se enclava sobre el solar del antiguo Municipium Iulipensis. Es probable que la vía Metellinum a Corduba pasara por Iulipa, y a pesar de su proximidad a la capital lusitana, administrativamente dependió de la Bética. La población de Iulipa, de carácter secundario, ha quedado reducida a restos de escasa consideración, entre los cuales no se reconoce como edificio completo más que una cisterna. Pero en contraste con esta parquedad de documentos, en el centro de la villa se mantiene en notable estado de conservación el gran monumento del dístilo. El dístilo pertenece a un tipo de monumento conmemorativo que se inició tempranamente en el mundo griego y tuvo pervivencia durante las etapas helenísticas y romana. Es particularmente en la región de Siria donde se concentran una serie de ejemplos, fechados entre los siglos II y III, que indican la procedencia del dístilo de Zalamea. La población siria tuvo una amplia dispersión entre los siglos I a.C. y I d.C., 50

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siendo diversas las manifestaciones de cultura que registran en la Bética esta introducción. Estas circunstancias hacen explicable la existencia de un monumento genuinamente oriental en el suelo de Hispania. Es ejemplar único en esta provincia, y además se valora como el más monumental en el conjunto de tipos de su especia. Está formado este monumento por un alto basamento sobre el que se disponen dos columnas. Debió medir el dístilo aproximadamente unos 24 metros de altura siendo su base de 5’70 m por 3’49 m. Aunque su estructura se mantiene, debido en parte a que en la Edad Media se utilizó como soporte para construir la torre de la iglesia principal de Zalamea, donde ha estado embutido hasta que se derribó dicha torre hace más de una década, las columnas están mutiladas en la parte superior de manera que faltan los capiteles. El basamento arranca de un alto podio de tres hiladas de sillares, y sobre él se desarrolla una composición arquitectónica de pilastras, cuatro en los frentes mayores y tres en los laterales, que se completaron con un arquitrabe y un friso separados por una cornisilla y finalmente un ático, que se superpone a la cornisa que limita el friso. Las pilastras se elevan sobre plintos, tienen el fuste estriado desde su tercio inferior, y se conocen sólo hasta la altura del collarino, dado que los capiteles han desaparecido. Las dos columnas del dístilo tienen el fuste acanalado y parten de basas áticas. Sus considerables proporciones –alcanzan hasta 14 metros de altura y tienen un diámetro en la base de 1’45 metros- obligaron al despiece de las mismas, de modo que cada tambor se compone de varias secciones. A las columnas les falta su tercio superior, y es probable que sobre los capiteles, por referencia a la construcción de los otros dístilos de Siria, se dispusieran un arquitrabe y un friso como coronamiento. La construcción está realizada enteramente en granito, excepto las molduras de las cornisas y el basamento, que se muestran más gastadas al haberse utilizado para ellas la arenisca. Este material es más fácil de labrar que el granito, pero es de peor calidad. Junto a esta particularidad, la tosquedad de perfiles en las molduras, hacen suponer que estos elementos se recubrieran con estuco y fueran así moldeados con más precisión. Por otra parte, el rehundimiento que presenta el basamento a la altura de los capiteles de las pilastras, hace suponer que esta zona se cubriera con otro tipo de material que el granito. De la misma manera, los agujeros que se aprecian en el paramento del basamento entre las juntas de los sillares, debieron servir para alojar grapas que sujetaran algún tipo de recubrimiento, mármol o estuco. Funcionalmente, el dístilo no era más que un elemento visible y conmemorativo de un enterramiento, pero aún queda por resolver el lugar exacto en el que se ubicaba la cámara funeraria. En uno de los laterales mayores en el paramento del podio de la base, se aprecia el arranque de una hilada de sillares que inician una curvatura, como para completar una bóveda de cañón. Tal vez aquí se encontrara una pequeña cámara en la que se depositaran las urnas cinerarias. Sin embargo, por lo que se conoce de otros dístilos, las estancias funerarias se excavaron en la roca debajo del monumento. El dístilo de Zalamea se asienta directamente sobre una superficie rocosa, pero no se ha investigado sobre la posible existencia bajo él de la cámara funeraria. No existen documentos que posibiliten la fijación cronológica de esta arquitectura. García y Bellido apunta como probable fecha de construcción la etapa final del siglo I d.C. En el siglo XIX, junto al dístilo, se encontró una lápida inscrita que dice: “Tonguilla Maxuma, de Emerita, hija de Titus y esposa de Lucius Granius Sacaevinus, murió a los sesenta años y curó de hacer este monumento con su peculio propio para sí misma y para su marido, Lucius Granius Sacaevinus, hijo de Lucius, de la tribu Papiria, 51

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quien falleció contando ochenta y cinco años. Aquí yacen. Séaos la tierra leve”. El lugar en que se hallaba y el hecho de que pueda encajar en el friso del basamento del dístilo, hacen presuponer la posibilidad de que la inscripción perteneciera al monumento. El análisis de esta lápida, indica que pertenece a la etapa Flavia, a finales del siglo I, posible fecha de construcción del dístilo de Zalamea. ARQUITECTURA HIDRÁULICA 1.- Las torres de distribución de agua Como hemos visto, el acueducto desemboca en una torre de distribución de agua situada en las partes más altas de la ciudad, y través de ella se repartía el caudal según las distintas necesidades urbanas. La pureza del agua estaba asegurada por la instalación de filtros en forma de reja a la llegada del acueducto a la ciudad, y por otro depósito de decantación que facilitaba la sedimentación de posibles impurezas (piscina limaria). Un sistema de compuertas y grifos permitía interrumpir el caudal de agua para limpiar las cisternas y depósitos y quitar el lodo acumulado. Acabamos de ver ejemplos de estas torres de decantación y de las piscinas limarias. El más accesible está en la Casa del Anfiteatro y pertenece al acueducto Rabo de Buey - S. Lázaro: en este recinto se puede ver una gárgola con cabeza de león por donde salía el agua y un depósito de distribución. Para transportar el agua desde los depósitos o desde las torres de distribución a sus diferentes destinos, se utilizaban cañerías de distinto diámetro y de diversos materiales. Las más usuales eran de plomo, por ser maleable y adaptable, pero por su precio, solía sustituirse por cerámica. 2.- Las fuentes públicas La existencia de numerosas fuentes públicas pone de relieve la importancia que daban los antiguos al suministro público de agua. Constaban de salida de agua (por medio de una cañería de plomo insertada en una piedra que le servía de sostén y protección, generalmente decorada con alguna figura) y depósito (servía para recoger el agua al caer, construida con losas clavadas verticalmente y un suelo de piedra y revocada en opus signinum). En Mérida se estudia en la actualidad la posibilidad de que la construcción del cerro del Calvario, siempre interpretada como torre de agua, sea en realidad una fuente monumental. 3.- Dique fluvial. Mérida. A pesar de su importancia, ha sido uno de los monumentos menos divulgados del conjunto arqueológico. Su construcción es una prueba más del conocimiento que los planificadores de la ciudad tenían del río y de sus contingencias. El establecimiento de la colonia en el margen derecha del río Anas, encontraba un inconveniente y este no era otro que el de la posibilidad de que alguno de los barrios sufrieran la acometida del río. Por ello, fue necesario planificar a lo largo de la fachada fluvial unas defensas poderosas, de las que carecían otras ciudades importantes, entre ellas la propia metrópoli, como se encargan de referir antiguas fuentes. Sólo en Londinium creyó observar Richmond restos de una obra parecida en la Bloomfield Street, y quizás en otros lugares pudieron haber existido obras parecidas, probablemente en Toulouse y Le Sarthé. El caso es que Mérida es el único lugar del Imperio donde puede contemplarse con nitidez; de ahí su singularidad.

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4.- Pantano de Cornalvo. Mérida. A 16 kms. al noreste de Mérida se sitúa en pantano de Cornalvo, que recibe su nombre de los montes en que se inserta. Se conserva del pantano de Cornalvo el dique y gran parte de la conducción que llevó el agua hasta Mérida. El dique se atiene a una alineación curva, presentándose convexo frente al agua, y su técnica de construcción resulta peculiar respecto a la generalidad d obras de este tipo conocidas en la Península. La presa está estructurada internamente con tres muros longitudinales siguiendo la alineación del dique y otros más pequeños perpendiculares a los anteriores, siendo el material de relleno de la tierra en la parte baja, y el hormigón en la parte alta. Externamente el muro que es ataludado en toda su altura, unos 18 metros –alcanza algo más de 200 metros de longitud-, se recubre con silería dispuesta con un marcado retranqueo, de manera que se crea un gran escalonamiento. El embalse aquí creado alcanza una longitud de 3.500 metros, con una capacidad de 9.000.000 metros cúbicos. Frente al dique, y dentro del agua del pantano se sitúa la torre de control del agua. Es una torre cuadrada que se unía al duque mediante un arco, como indica la pilastra de arranque que se mantiene en el frente que mira al dique. A poca distancia de su base existe un vano desde el que se puede ver el fondo de la torre, que todavía desciende unos tres o cuatro metros. En esta zona profunda, se inserta una galería que, subterráneamente, procedía del fondo del embalse, y otra que, atravesando el dique, daba salida al agua. Otras conducciones con carácter subterráneo, confluían también hacia la torre del agua. La que sale fuera del embalse después de 25 metros de recorrido bajo tierra, es galería cubierta con bóveda de cañón realizada con sillares. La conducción seguía en dirección hacia Mérida y en el camino recogía las aguas del Valle del Borbollón, también canalizadas, y del río Albarregas, junto al que discurría en buen trecho, que venían a nutrir su caudal. El canal, enterrado en la mayor parte del recorrido, va cubierto con bóveda de cañón. Serpenteaba a través de los campos próximos a Mérida, de manera que se calcula su longitud en unos 25 kms., y en los lugares en los que tenía que salvar algún desnivel, se elevaba sobre pequeñas arquerías. De estas, la más conocida por su proporción, unos veinte arcos, es la que recibe el nombre de “Caño quebrado”, que se encuentra en las proximidades del Hospital Psiquiátrico. Desde aquí, el canal hacía su introducción a la ciudad por el este, hasta la zona del teatro y el anfiteatro, a los que proveía de agua, y luego se remonta hacia la parte alta de la Plaza de Toros. Frente a los Columbarios, se distingue una porción de la muralla con parte del specus, que indica la dirección del acueducto. El castellum aquae se situó en el lugar de la Plaza de Toros, y desde allí se distribuiría el agua a una amplia zona de la ciudad. En la conducción de Cornalvo la más modesta de las tres que abastecieron de agua a Mérida, al carecer de las estructuras monumentales acostumbradas. También fue la primera que se hizo en la colonia. Las semejanzas que presenta el dique con la muralla y el anfiteatro en el aspecto constructivo, aproximan esta obra a la arquitectura de la época de Augusto. De cualquier manera, una inscripción que está relacionada con la conducción de Cornalvo, en la que consta su denominación romana: Aqua Augusta, la avala como obra fundacional. 5.- Pantano de Proserpina. Mérida. A 5 kms. Al noroeste de Mérida, tomando la desviación que desde la carretera de Montijo se dirige a la carretera de Cáceres, se encuentra el embalse romano de Proserpina. Recibe su nombre de una lápida que apareció en el lugar, en el que un 53

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particular invocaba a la diosa Proserpina para que vengase el robo de unas ropas, aunque tradicionalmente se le conocía como la Charca de la Albuela o Charca de Carija. Es embalse de mayor proporción que el de Cornalvo y su obra se concibió grandiosamente, en conjunto con la conducción que llevaba el agua hasta el Norte de la ciudad y el acueducto de los Milagros que posibilitaba su introducción en la misma. En la depresión del pantano de Proserpina confluían agua de los arroyos y aguas de lluvia que discurrían desde los altozanos cercanos, en los que se observan todavía restos de los muros que las encauzaron. El embalse se cerró con un dique que, por su obra y magnitud, es de consideración entre los ejemplares de su género. Tiene de longitud el muro 426 m., a pesar de que en sus extremos está incompleto, y 8 m. de altura desde el nivel medio de las aguas, y se concibió como una estructura quebrada. Dos ángulos que dividen el dique en tres cuerpos, entran en el agua, distribuyéndose de este modo las tensiones. La fábrica del muro es de hormigón, que se recubre de sillería de granito en la vertiente del agua. Esta toma forma ataludada, de modo que los sillares se disponen escalonadamente. Sobresalen por este frente nueve contrafuertes cuadrados que refuerzan la fábrica, y en la vertiente externa, una acumulación de tierra, de unos 60 m. de longitud que desciende en talud, sirve también como elemento de contención. Unidas al muro, sobresalen escasamente de este terraplén de tierra las dos torres en las que se controlaba la salida de las aguas. Estas mantienen su funcionamiento, pero su estructura está reformada en el siglo XVII sobre lo que fueran las torres originales. Una tiene una profundidad de 6 m., y la otra de 20 m., y es posible llegar al fondo de ambas, donde se encuentran las llaves de desagüe, mediante una serie de escalerillas construidas sobre arcos. El agua pasa por debajo del terraplén de tierra, y a poca distancia, se observa la galería que emprendía el camino hacia Mérida. Es incierto el momento en el que se realizara el embalse de Proserpina. Su obra hay que considerarla en relación al acueducto de los Milagros, y este plantea problemas de datación no resueltos todavía de manera definitiva. Sin embargo, los últimos estudios apuntan al momento de la fundación de la Colonia, en el que se proyectarían obras de primera necesidad como el abastecimiento de agua, insuficiente desde el pantano de Cornalvo, que claramente se sitúa en los orígenes de la ciudad. 6.- Red de cloacas. Mérida. La red de alcantarillado de la Mérida romana se conoce con bastante exactitud. Su sólida construcción ha permitido que en parte se haya conservado, e incluso que algunos de sus canales tengan servicio todavía en la actualidad. A principios de siglo, al hacerse el nuevo proyecto de abastecimiento de agua y saneamiento de las redes de Mérida, se pudo comprobar de manera global cuál fue la infraestructura del alcantarillado de la ciudad romana. Entonces, el inspector de obras D. Antonio Galván, reconoció el trazado general y facilitó el plano que por primera vez publicó Maximiliano Macías, que en líneas generales puede considerarse acertado salvo pequeños errores. El material aportado fue de gran importancia porque, mediante la localización de las cloacas, se conoce claramente cuál fue el trazado de las calles romanas, la superficie que tuvieron las insulae o manzanas y la extensión que llegó a alcanzar el núcleo urbano. El plano de Macías presenta 14 líneas perpendiculares al Guadiana, en dirección noroeste suroeste, y otros nueve en sentido paralelo al río, conformando cuadrículas sin un estricto rigor, siendo las insulae de distintas proporciones y presentando algunas de ellas ciertas irregularidades que se explican por la necesidad de adaptación que impuso la desigual topografía de Mérida. 54

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Las bocas de desagüe se han localizado en la orilla del Guadiana mientras que en el río Albarregas solamente se ha descubierto la desembocadura de uno de los canales, el perteneciente al Cardo Maximus, que tiene su salida junto al pequeño puente romano. Parece que el resto comunicó con los canales perpendiculares que desembocan en el Guadiana. Las galerías tienen las paredes construidas de opus incertum, el suelo pavimentado con cemento y las bóvedas, que son de cañón, realizadas en ladrillo. Sus proporciones son variables, de manera que en los distintos tramos se ha registrado una altura entre 1 y 2 metros y una anchura, en general, aproximada de 1 metro. Al norte del teatro y en la Alcazaba, se han reconocido dos bocas de registro que estas alcantarillas debían poseer de trecho en trecho. La del teatro coincide con el cruce de dos galerías y alcanza dos metros de distancia desde su nivel al pavimento de la alcantarilla. La construcción presenta rasgos homogéneos en todo el conjunto, lo que hace suponer que esta red, necesaria como primera obra de la ciudad, se realizara de modo completo en el momento de su fundación. 7.- Torre del Agua. Situada en la casa del Anfiteatro. De planta rectangular, los muros son mixtos, de sillares, mampostería y ladrillo, siendo la cubierta abovedada de ladrillos. La función de esta torre es la decantación de las impurezas que arrastraba el agua. FOROS 1.- El foro. El foro era la principal pública de las ciudades romanas. Dado su carácter de capital de la provincia de Lusitania, la población contó con dos foros: uno municipal que se levantó en las proximidades de la confluencia de las dos vías principales de la ciudad, y otro que reunía los edificios públicos dedicados a la administración provincial, situado en las inmediaciones de la actual Plaza de la Constitución. 2.- Foro Municipal. Mérida. Siempre constituyó un problema la identificación correcta del foro, aunque varios eruditos locales ya lo situaban en el lugar que efectivamente ocupó. Fue en el curso de las excavaciones que efectuamos en el Templo de Diana, cuando pudimos percatarnos de su emplazamiento. Tanto la orientación del edificio, con su fachada principal en el frente meridional, como hallazgos anteriores referidos por los historiadores locales, nos hicieron pensar que el área forense se desarrollaba entre las actuales calles de San José y de Los Maestros, por un lado y el Templo de Diana y la calle Viñeros por otro. Su estructura respondía a un esquema muy repetido en las ciudades romanas de Occidente durante la primera época imperial. Dicho espacio contaba con un templo, el de Diana, claramente dedicado al culto imperial, una basílica, probablemente situad frente al templo, unas posibles termas, cuyas ruinas no alcanzó a ver Moreno de Vargas y un pórtico, entre los edificios conocidos, aunque no debieron faltar otros como la curia y demás dependencias de la administración ciudadana. Lo más significativo del conjunto lo constituyen las ruinas del Templo de Diana y el referido pórtico. El templo, cuyo espacio fue ocupado en el siglo XVI por una singular mansión, la denominada Casa de los Milagros, se ha conservado en excelente estado. Es períptero 55

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y hexástilo, con orientación aproximada de Norte a Sur. Su planta, rectangular, es de 40’75 metros en los lados mayores y 21’90 metros en los frentes. Está construido en su totalidad en piedra de granito procedente de las canteras de Proserpina. La columnata descansa sobre un basamento de 3’23 metros de altura, desde su coronamiento hasta la base del zócalo. Los lados mayores cuentan con un total de 11 columnas sobre basas áticas sin plinto, con superficie estucada, al igual que los tambores que forman los fustes. Los capiteles, de estilo corintio, se componen de una triple corona de acanto y presentan también una excelente decoración estucada. Se conservan bien las piezas del arquitrabe que sustentaban la techumbre. Recientemente se ha restituido su frente principal, con el frontón, en cuyo tímpano existió un arco de descarga, entonces no visible. La entrada principal se abría al frente sur, en la plaza del foro, con una pequeña elevación o meseta, a manera de rostra, en forma de exedra, desde donde partía la escalera de acceso al edificio. En torno al templo se configuró un área sagrada, temenos, parte de cuya planta ha sido posible restituir. Dicho espacio, ajardinado, se cerraba por medio de un pórtico. En cuanto a la fecha de su construcción, los rasgos de su arquitectura, así como los datos ofrecidos por la excavación invitan a situarla a comienzos del período tiberiano. El pórtico, descubierto a finales del pasado siglo, y estudiado recientemente, es una prueba más de la monumentalidad con la que fue concebida Augusta Emerita. Era una gran área ajardinada rodeada de un monumental pórtico, en cuyo ático se fijó una interesante decoración con clípeos o medallones con cabezas de Júpiter Ammón y Medusa, alternativamente, separadas, a manera de metopas, con cariátides, muy en consonancia con otros ejemplos itálicos, entre ellos el del Foro de Augusto. En torno al espacio central se desarrollaban unos ambulacros o pasillos pavimentados con lastras marmóreas. Finalmente, en unos espacios de planta rectangular, distribuidos en la pared interior del recinto se desplegó todo un programa iconográfico, parte del cual fue obra del escultor emeritense Gaius Aulus, en el que figuraron efigies de emperadores y miembros de la casa imperial, entre ellas de la Marco Agrippa, el probable patrono de la colonia, el Genius coloniae, de sacerdotes y de otros personajes conocidos de l época, que hoy figuran en las salas del Museo Nacional de Arte Romano. 3.- Foro Provincial. Mérida. Almagro Basch, en su último trabajo dedicado a la topografía emeritense, llamaba la atención sobre los datos relacionados con templos romanos aparecidos en el noroeste de la ciudad, en las inmediaciones de la Plaza de la Constitución y del cerro de El Calvario, por lo que se inclinaba a considerar la existencia de un gran foro en esta zona. Ya Alejandro de Laborde llegó a dibujar la planta y la reconstrucción ideal de un posible templo, que habría que localizar en el comienzo de la calle Calvario. También, tradicionalmente, se pensó que en el lugar ocupado por el Parador Nacional de Turismo existió un templo dedicado a la Concordia Augusti, de acuerdo con lo expresado por una inscripción aparecida en aquel lugar y que forma parte del Obelisco de Santa Eulalia, donde también figuran unas aras cilíndricas presumiblemente halladas allí también. Sea como fuere, el hecho evidente es que tal cúmulo de hallazgos, y de tal naturaleza, hacía suponer la existencia de un edificio religioso en las inmediaciones. A estos hallazgos se venían a añadir sendas inscripciones dedicadas al culto imperial: una que los lancienses, una de las comunidades que sufragaron la construcción del Puente de Alcántara, dedicaron a Trajano y otra que el gobernador de la provincia de Lusitania, 56

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Gaius Sulpicius Rufus, ofreció a Constantino. Es, pues, clara la existencia de un posible templo, de culto imperial y de ámbito provincial, en el lugar que referimos. Hace unos años, en unas excavaciones que efectuamos en la calle Holguín, pudimos descubrir una imponente construcción, cuya traza respondía a un templo. Comprendía un alto podium, con núcleo de hormigón y paramento de sillares de granito, a su vez revestidos por lastras de mármol, estructurado en dos cuerpos, el delantero más estrecho que el posterior. Las dimensiones del edificio son ciertamente monumentales, con columnas de 1’50 metros de diámetro y su fisonomía, con un frente tetrástilo, recuerda al templo que aparece en las emisiones de la ceca colonial dedicado la Aeternitas Augusti. Recientemente en unas excavaciones practicadas en las inmediaciones se han descubierto restos de la estructura porticada que ceñía el espacio sagrado, cuya entrada la marcaba el anteriormente descrito Arco de Trajano. Con estos importantes descubrimientos, por tanto, se ha podido configurar una nueva área pública en Emerita: su probable foro provincial. La existencia de dos o más foros es algo normal en las grandes ciudades del Imperio y, sobre todo, en las capitales de provincia. TEMPLOS 1.- Templo de Diana. Mérida. El único edificio de la arquitectura religiosa romana que aún queda en pie en Mérida es el templo de Diana. Debió ser éste uno de los principales templos de la ciudad, a juzgar por el sentido de su culto y el lugar preeminente que ocupó en el espacio urbano. El templo de Diana estaba emplazado en lo que fue el foro central de Mérida, próximo al cruce de las dos vías principales de la ciudad, el cardo y el decumanus, cuya línea sigue la calle Santa Eulalia, y sería uno de los edificios monumentales que acotaron este espacio. Orientado de norte a sur, su fachada posterior sería paralela a la línea del decumanus. Dentro del espacio amplio del foro, el templo se concibió con su propio recinto ajardinado, abierto al foro mediante un pórtico de pilastras, y con dos estanques frente a las fachadas mayores. Las circunstancias de que el edificio fuera utilizado en el siglo XVI como base para la construcción del palacio del Conde de los Corbos ha permitido que el templo conserve parte de su primitiva estructura. Por otra parte, las excavaciones que vienen realizándose desde 1972 en torno al templo, así como el progresivo rescata de la construcción romana con el derribo de algunas construcciones parásitas, han proporcionado últimamente una documentación que ha permitido un gran avance en el conocimiento de este monumento. La última restauración, realizada recientemente por el arquitecto Hernández Gil, ha permitido la reconstrucción parcial del edificio a partir de los restos proporcionados por las campañas arqueológicas dirigidas por José María Álvarez Martínez. El templo de Diana pertenece al tipo de templos de planta rectangular, presentando afinidades con varias obras de este género realizadas bajo el imperio de Augusto, como la Maison Carrée d Nimes, el capitolio de Vienne o el templo de Barcelona. Se eleva la construcción sobre un alto podio (3’23) revestido de sillares bien recortados y dispuestos a soga y tizón, que remata con una cornisa moldurada. Sobre el podio se desarrolla la columnata, de la que varias columnas han llegado completas, 57

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permitiéndonos de este modo una visión general del volumen exterior del templo. Se trata de un templo períptero, hexástilo, con once columnas en los laterales mayores, cuyas proporciones en planta son de 32 m por 18’50 m., siendo la altura de las columnas de 8 m. aproximadamente. Las columnas descansan sobre basas áticas y tienen el fuste estriado. Sobre los capiteles, que son corintios, en algunos tramos pervive la viga del arquitrabe, y en parte se reconoce el adorno de la cornisa a través de fragmentos aparecidos en las excavaciones. Más allá del arquitrabe no ha quedado ningún resto de la cubierta o de los frontones, si bien el hallazgo de algunas piezas sueltas hacía supone que el frontón llevara un arco de descarga, semejante al que de modo real se observa en el templo lusitano de Augustobriga (Talavera la Vieja). Todos los elementos se elaboraron en piedra de granito, extraído de diversas canteras de los alrededores de Mérida, pero hay que tener en cuenta la textura que ahora presentan es muy distinta a la original. Irían estos recubiertos de estuco, como se muestra en algunos todavía adosados al granito, disimulándose así su tosquedad y perfilándose con más refinamiento los adornos propios de las columnas y los capiteles. Es posible incluso que el basamento fuera también recubierto de este modo, como hace suponer algún fragmento de estuco localizado en su superficie. El interior del templo por el momento no se puede reconstruir. Apenas algunos basamentos internos permiten entrever la división mediante columnas del espacio interno y la prolongación de este espacio hasta el primer intercolumnio lateral, de modo que existió un pórtico reducido en la parte delantera. La fachada principal, tras el descubrimiento del arranque de la escalinata del templo, una vez despojado de las casas que tenía adosado ha quedado definitivamente determinada en el lado sur. Otros descubrimientos arqueológicos han permitido definir también la dedicación de este templo infundadamente llamado “de Diana”. En torno al mismo y en un área reducida, se han encontrado en momentos diferentes varias imágenes que pueden orientar el sentido de su culto. A finales del siglo XIX salió una escultura de un emperador de la familia Julio-Claudia, probablemente la representación de Claudio o Tiberio. Luego, relacionado también con la persona del emperador, se encontró el “Genius Augusti”. Y completa este conjunto significativo el pequeño bronce de etapa antoniniana que representa el Genio del Senado. Aparte, hay que considerar, en relación a este conjunto, una inscripción que alude a un flamen, sacerdote del culto imperial. Todo lleva a pensar que el templo estuvo dedicado al culto imperial, y como tal, reuniera la imagen del emperador así como la del Senado divinizado, haciéndose extensivo también este culto a la diosa Roma. La situación de estos templos de culto oficial en el área del foro y en un lugar destacado por su elevación, como es el caso de Mérida, corroboran la finalidad del mismo. El momento en el que se realizó esta obra es problema que aún sigue siendo motivo de consideración. Algunos aspectos formales, como los cánones de los capiteles y el desarrollo de la moldura del podio, o la utilización de un material como el granito, son rasgos de la arquitectura que se desarrolla a lo largo del siglo I desde la etapa de Augusto. Y dentro de este período amplio, las últimas conclusiones apuntan al gobierno de Tiberio (14-37 d.C.), al que con gran probabilidad pertenecería la representación escultórica antes aludida, como momento de fundación del templo, existiendo algunos detalles que indican la actividad en el mismo durante la etapa sucesiva de los Flavios. 2.- Templo de Marte. Mérida. El templo de Marte de Mérida es uno de los pocos ejemplos documentados de la 58

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antigua arquitectura religiosa. La estructura del edificio desapareció totalmente, sin que pueda reconocerse dónde pudo estar emplazado; sólo se conservan algunos restos ornamentales y constructivos, que tienen el valor de contener inscripciones. Delante de la iglesia de Santa Eulalia, la capilla que se llama “Hornito de Santa Eulalia”, fue complementada con un pórtico que se realizó con algunos restos procedentes del templo de Marte, y de este modo los conocemos en su actualidad. Los soportes de este pequeño pórtico son dos fragmentos de columnas de mármol que debieron pertenecer a una sola columna de mayores proporciones, a juzgar por las diferencias de diámetro de una y otra, dos capiteles corintios también de mármol sobre ellas, y dos pilastras que pertenecen a la etapa de la construcción del pórtico. Sobre los soportes se encuentran los restos de mayor interés. Son cinco piezas de arquitrabe, algunas fragmentadas, a las que hay que añadir una sexta pieza que formaba escalón en el pórtico y actualmente se recoge en el Museo, y una cornisa, labrada detalladamente, de la que deben considerarse como originales solamente los fragmentos que forman los ángulos del pórtico. El resto de la cornisa se completó en el siglo XVII a imitación de la antigua, y del mismo momento datan las bolas y el frontispicio central que forman el coronamiento del pórtico. Son sobre todo interesantes en este conjunto las piezas del arquitrabe, por su iconografía y su valor artístico. En el frente de las mismas, encima de la moldura lésbica y un contario, se desarrolla un friso ornamentado con cabezas de Medusa en medallones, combinadas con elementos florales y palmetas. Pero más compleja y elaborada resulta la ornamentación de los sofitos, la superficie interior del arquitrabe. En ella se agolpa todo un conjunto de elementos de la indumentaria y el armamento del ejército romano, junto con otros pertenecientes a los gladiadores, a los que se unen enseñas militares y objetos emblemáticos que tuvieran plena significación como ornamentos del templo del dios de la guerra. La talla minuciosa permite el reconocimiento de una diversa tipología de objetos y armas que se entrelazan apretadamente en esta abigarrada composición. No resulta una novedad este tipo de relieve en la arquitectura romana. Con una antigüedad que se remonta al mundo griego, la temática de objetos bélicos se repite en el arte romano, presentando los relieves de Mérida una particular relación con unas pilastras del Aventino que se sitúan en el siglo II d.C., en la etapa Antoniniana. La temática, así como la sensibilidad y la capacidad técnica del artista, nos remiten a la escultura itálica coetánea. Del mismo modo, la confirmación y la talla de los capiteles, así como los distintos aspectos de la técnica escultórica en general, son adscribibles a este momento. Además, el epígrafe que todavía forma el centro del friso interrumpiendo la ornamentación, viene a confirmar también este momento. Dice: “Consagrado a Marte por Vettila (mujer) de Paculo”. Vettila perteneció a la nobleza itálica de la etapa Antoniana. Casada con Paculo, probable gobernador de la Lusitania, residiría en Mérida, desde su posición distinguida, dedicaría un templo al dios Marte. Más debajo de esta antigua inscripción, otra moderna hace constar el cambio de signo de las piezas extraídas del templo de Marte: “Consagrado de nuevo, no ya a Marte, sino a Jesucristo, Dios, Omnipotente, Misericordiosa y a su esposa Eulalia, virgen y mártir”. En el coronamiento otra lápida central conmemora la reedificación del Hornito en 1612. Y un epígrafe más, junto al ángulo izquierdo del pórtico se refiere vagamente a la procedencia de estas piezas: “Estas piedras de mármol se hallaron labradas en las ruinas de esta ciudad”. Aunque no es posible reconstruir el templo de Marte a partir de sus despojos –se puede suponer un templo de pequeñas proporciones; la diversidad de calidades de 59

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mármol y la elaboración refinada de sus relieves revelan una obra de calidad, que siguió, como en otros casos de Mérida, muy de cerca las creaciones de Roma. 3.- Templo de Augustobriga. Talavera la Vieja. En Bohonal de Ibor se encuentran los restos de uno de los edificios que pertenecieron a la antigua ciudad romana de Augustobriga. Se enclavaba esta ciudad bajo el pueblo de Talavera la Vieja, junto al río Tajo, por donde pasaba la vía romana que conducía desde Mérida a Toledo. Pero al construirse el pantano de Valdecañas y ponerse en funcionamiento aproximadamente en 1960, el lugar quedó cubierto de agua desapareciendo para siempre. Únicamente se rescató un templo que, por su estado de conservación y carácter monumental, destacaba en el conjunto de las ruinas. Sin embargo, tenemos un conocimiento bastante preciso del resto de los edificios monumentales de Augustobriga y su disposición a través del informe que Cornide y Hermosilla dieron en el siglo XVIII, cuando todavía se reconocían elementos que no llegaron a nuestro siglo; también puede ayudar a su reconstrucción la exhaustiva descripción de Mélida, en parte basada sobre este documento, así como las excavaciones de urgencia que se practicaron en el lugar antes de su desaparición. La ciudad era un recinto amurallado, cuyo perímetro semicircular, de 4.929 pies de extensión, según Ignacio de Hermosilla, cerraba con la línea del Tajo. Las murallas, en parte conservadas en nuestro siglo, eran obra sólida de hormigón en el núcleo y recubrimiento de granito, alcanzando un espesor de 2’50 m.; de su estructura, en las últimas excavaciones, pudo reconocerse un lienzo de pared con dos torres cuadradas. El centro de la ciudad lo constituía el foro, que se conservaba todavía en el siglo XVIII. Ignacio de Hermosilla presenta una planta de un espacio cuadrangular acotado por columnas en tres lados (18 * 9), con una longitud de 68 m. de este a oeste, al que se adosaban edificios monumentales. En el lado sur, cuatro columnas de la alineación del pórtico eran aprovechadas para conformar la fachada de un pequeño templo, próstilo y tetrástilo, que se elevaba sobre un podio de piedra, y tenía su correspondiente acceso mediante escalinatas frontales. En el mismo foro, en la fachada del norte, se insertaban otros dos edificios religiosos, orientados hacia el primero. De uno de ellos quedaba el basamento completo, rectangular, con escalera frontal, y restos de tres de las columnas del frente; pero el más interesante del área resultaba el que todavía se conserva, y que Mélida pretendió identificar como la curia de la ciudad, aunque más acertadamente puede considerarse como otro de los templos de este conjunto monumental. Se situaba éste en la fachada meridional del foro, a unos veinte metros del primer templo antes aludido. El santuario, elevado sobre un podio, tiene proporción rectangular (20’43 m. por 11’55 m.) y de él se reconoce la estructura del pórtico y la configuración de la planta. Constaba este edificio de un pórtico delantero que daba paso a una cella interna. El pórtico se conformaba con cuatro columnas delanteras y dos laterales, una en cada lado, de tipo corintio algo transformado, sobre las que descansa el arquitrabe. Las columnas no parten directamente del suelo del podio, sino de un alzado que constituye una especie de pretil que se abre en el intercolumnio central que permite la entrada al templo. A esta particularidad se añade el volteo de un arco de piedra que se eleva sobre el arquitrabe y en la anchura del intercolumnio central, construcción que contribuye a realzar el aspecto estético de lo que resta de la fachada. De manera similar este mismo elemento parece que se insertó también en el frontón del templo de Diana de Mérida –según la reconstrucción que se ha llevado a cabo en el mismo- constituyendo 60

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así un elemento repetido en la arquitectura religiosa de la Lusitania. El material empleado para la construcción fue el granito. El podio está realizado sobre sillares bien recortados, y la silería del mismo se cubrió con losas de granito también, de grandes proporciones. Las columnas y el arquitrabe debieron ennoblecerse con recubrimientos de estuco, como atestiguan algunos restos. Aparte de este centro monumental, en la parte oriental de la ciudad existía una conducción de agua, conformada como un canal con su cubierta de medio cañón, a la que denominó “acueducto”. Junto a ella se localizó también una pequeña construcción de sólida fábrica de hormigón, que tal vez tuviera alguna relación con el canal. En cuanto a la arquitectura doméstica, fueron muchos los restos dispersos de materiales que aparecieron en Talavera la Vieja –el pueblo estaba construido sobre gran parte de lo que había sido la ciudad antigua-, y fue llamativa la presencia de unos muros que parecían delimitar una vivienda en la zona posterior del primer templo citado. Efectivamente, cuando se realizaron las últimas excavaciones, se puso al descubierto el peristilo de una vivienda de considerables proporciones. También hay que mencionar la rica colección epigráfica extraída de Augustobriga. Hübner transcribe, a través de las noticias de Hermosilla, unas doce inscripciones, entre las cuales tiene particular interés aquella en la que aparece determinado el nombre del lugar, posteriormente, añadió otras seis pertenecientes también a Augustobriga. A pesar de todo, ninguna alude de modo concreto a la construcción de la ciudad, de manera que resulta impreciso el momento de su fundación –parece ser de época agústea-, al igual que sucede con el proceso constructivo de la misma, o la dedicación de sus templos. En este sentido, el material poco expresivo de las excavaciones tampoco ha posibilitado nuevas interpretaciones. OTROS RESTOS 1.- Las murallas de la ciudad de Caurium (Coria). A partir de una población prerromana anterior debió desarrollarse la ciudad romana de la que tenemos conocimiento por los testimonios documentales de Plinio y Ptolomeo, que le dan el nombre de Caurium. Se localiza junto al río Alagón, dentro de una amplia y rica comarca, pudiendo ser durante la dominación romana un núcleo de suma importancia para el control de toda la zona. Aún se conservan multitud de inscripciones y parte del recinto amurallado que recorría todo el perímetro urbano de Caurium. Estas murallas, de más de un kilómetro de longitud, estaban constituidas por sillares regulares de granito de dimensión variable y tenían cuatro entradas orientadas al noroeste, noreste, oeste y suroeste. Pudiendo ser levantadas entre los siglos IV y V d.C. (época bajo imperial romana). Aunque han sufrido con el tiempo varias restauraciones y muchos tramos han desaparecido o se han integrado dentro de ciertas viviendas, presentan un buen estado de conservación. 2.- Las murallas de Mérida. Su estudio ofrece numerosas lagunas aún sin solución. Lo que conocemos, muy poco, del recinto ofrece inequívocas muestras de ser obra augustea. Baste recordar lo expresado por Richmond, al hablar de su relación con el Anfiteatro y las excavaciones realizadas en diversos puntos de la ciudad que ha ofrecido cronologías muy homogéneas. Sí es posible, por el contrario, gracias a la descripción de Moreno de Vargas, reconstruir el perímetro de la ciudad romana, confirmado por la planimetría de los siglos 61

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XVIII y XIX, anterior a la expansión de la urbe. Moreno le asigna un recorrido válido en líneas generales, cuyo trazado bien establecido, teniendo en cuenta los imperativos topográficos, tenía sus límites septentrionales en el depósito terminal de aguas de la conducción de Los Milagros, los orientales en el conjunto Teatro-Anfiteatro, la necrópolis de Los Columbarios y la Casa del Mitreo los meridionales y el río los occidentales. Los autores de la presente centuria han aceptado sin reservas el recorrido propuesto por el erudito emeritense. No obstante, Mélida llegó a confundir el dique de contención de aguas del Guadiana con la propia muralla, a pesar de que los datos de Moreno de Vargas eran claros a este respecto; por otra parte, nos ofreció interesantes datos técnicos de la construcción, al lado de observaciones que pudo realizar en la calle Augusto, zona nordeste y Anfiteatro. El sistema constructivo de la cerca murada es bastante uniforme: esencialmente comprende un núcleo de piedra y tierras paramentado con losas de diosota bien careadas. Se aprecian, en diversos puntos, refuerzos de sillares de granito. Del recinto se conoce actualmente una sola puerta, la descubierta en la cabecera del Puente, dentro del área de la Alcazaba, cuya estructura responde casi puntualmente, a la representada en las emisiones de la ceca colonial. Se compone de dos vanos, flanqueados por torres redondeadas. Habría que situar puertas similares en el otro extremo del decumanus, la Puerta de la Villa, cuyos restos cita Mélida, en el kardo y algunos portillos, sobre todo en la zona del río. La puerta de la calle Arzobispo Masona es tardía. En cuanto a las torres, no se puede decir otra cosa que la tendencia de la mayoría es a la forma redondeada en planta. En relación a las defensas de la ciudad, preciso es citar, por su singularidad, el dique protector establecido a lo largo de toda la fachada fluvial. Estaba formado por una poderosa fábrica con núcleo de hormigón y paramento de piedras de diorita, similares a las empleadas en la construcción de la muralla, con contrafuertes de sillares de granito. Con él la ciudad quedaba al socaire de las fuertes avenidas del río. Sobre una parte de él se levantó la Alcazaba árabe. Todo lo anteriormente enunciado con relación con el recinto viene a mostrarnos un núcleo intramuros de considerables dimensiones, en torno a las 85 ha., a lo que habría que añadir la superficie que ocupaban los barrios suburbanos, que se han descubierto en la zona comprendida por la Casa del Anfiteatro, el Museo Nacional de Arte Romano y alrededores, uno de ellos y otros en los aledaños de la Casa del Mitreo y estación del ferrocarril. Estas zonas suburbanas, orientadas de acuerdo con la alineación de las calzadas que salían de la ciudad, estaban ocupadas por casas y establecimientos industriales (alfares y hornos vidrieros) en medio de enterramientos. 3.- La colonia Norba Caesarina. La presencia romana en Cáceres se remonta a la época republicana, con la creación de dos campamentos militares en sus inmediaciones, llamados Castra Servilia y Castra Caecilia, cuyas tropas tendrían la misión de asegurar el control del valle medio del Tajo en esta zona de la Lusitania. Hacia el año 35 a.C., igual que sucediera en Emerita Augusta unos años después, fue fundada la colonia Norba Caesarina. Sus primeros pobladores pudieron ser algunos de los militares asentados en los campamentos citados, que se convirtieron en colonos y residentes estables. Del nombre de su fundador, el gobernador Caius Norbanus Flacus, deriva el de esta nueva población. A los primeros habitantes, habría que unir aquellos que fueron llegando desde otros asentamientos próximos. Con el tiempo, esta colonia llegó a adquirir un indudable rango urbano, estando localizada dentro del actual casco 62

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antiguo cacereño. No se cuenta con muchos restos de la colonia Norba Caesarina. Algún pedestal, y varias estatuas del siglo I d.C., un puente situado en la Ribera cacereña, estelas con inscripciones, y, sobre todo, el trazado de las murallas medievales. Puede que estas se construyeran empleando los sillares de las primitivas murallas romanas, en uno de cuyos tramos aún se conserva la puerta de acceso conocida como Puerta del Río o “Arco del Cristo”. El campamento de Castra Caecilia pudo ser fundado hacia el año 79 a.C., por Cecilio Metelo. Estaría situado a menos de 1 kilómetro de distancia del actual recinto urbano. Del mismo hay indicios de la muralla que lo rodeaba. También se asocia este campamento con una mansio existente en la zona, dentro del itinerario de la Vía de la Plata, conocida como Castris. El campamento tiene una planta rectangular casi perfecta, con unas dimensiones de unos 680 * 400 metros. La construcción defensiva se compone de una sólida muralla rodeada por un doble foso excavado en la roca; los fosos distan unos 2 metros uno del otro, existiendo otros 2 metros hasta la muralla. El foso más próximo a ésta tiene una anchura que oscila entre los 3 y los 4 metros, disponiendo de una profundidad de 2’20 metros. Por su parte el foso exterior tiene 2 metros de anchura y 1’30 de profundidad. La muralla posee un grosor de 4 metros y su sistema constructivo muestra dos muros paralelos entre los que se dispone un relleno de tierra y piedras compactado.- las excavaciones realizadas han puesto a la luz cuatro puertas abiertas en los lienzos defensivos, cada una de las cuales dispone de dimensiones y estructura distinta. Destaca la puerta pretoria cuyo ancho supera lo 7 metros. De todas ellas la mejor conservada es, sin duda, la porta principalis sinistra, cuyo umbral aún se encuentra en el lugar. Actualmente la muralla está prácticamente desmantelada, fruto del abandono, de los destrozos causados por las continuas remociones efectuadas sobre el terreno y por el inexorable paso del tiempo, su trazado se intuye siguiendo el alomamiento perceptible en el terreno. El lado norte es el mejor conservado, aún se pueden observar las hiladas de los mampuestos que configuran la esquina noroeste del campamento. Tanto la muralla como las construcciones interiores se erigen con piedra de la zona (pizarras, material cuarcítico, etc.) ligadas con barro y mortero pobre de cal. El Praetorium, excavado en toda su extensión, ocupa el punto central y más alto del campamento, su organización interna se estructura en torno a un patio central, que actúa como distribuidor de dependencias, destacando de entre ellas la destinada al jefe militar. El Quaestorium se sitúa en la parte sur del recinto, siendo parcialmente destruido al hacer la carretera. El edificio, con planta similar al anteriormente indicado, es de grandes dimensiones, en el momento de la excavación conservaba en una de sus habitaciones un pavimento de ladrillos romboidales. El Foro parece haber sido cuadrado y abierto por el flanco meridional. En su lado norte fue identificada la existencia de un templo con suelo de ladrillo y cubierta de plomo; en su vestíbulo se localizó un altar realizado con barro con representaciones de la cabeza de Serapis. En la actualidad, lo que sería el cerro del Foro, está ocupado por una charca, que para algunos investigadores tiene origen romano. El urbanismo del asentamiento está perfectamente regularizado, algunas de sus calles han sido excavadas parcialmente, tal es el caso de la vía quintana y de la vía principalis, esta última con 20 metros de anchura y pavimentación de piedras insertadas de canto, como pudo apreciarse en la excavación de la porta principalis sinistra. Nada se ha documentado arqueológicamente sobre edificios destinados al alojamiento de la tropa, posiblemente porque la soldada debió ocupar tiendas de campaña que no dejan huellas. 63

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4.- Metellinum (Medellín). Citada por autores antiguos, como Plinio y Ptolomeo, Metellinum fue una de las colonias fundadas en la provincia de la Lusitania por el cónsul Quinto Cecilio Metelo hacia el año 75 a.C., personaje del que tomó el nombre. Medellín fue una de las primeras colonias de Hispania. Desde luego, tuvo un emplazamiento más que estratégico. Sobre todo si tenemos presente que desde esta ciudad, fortificada con murallas, se controlaba un extenso territorio y que su puente sobre el río Anas (Guadiana) fue durante siglos el único paso desde tierras lusitanas hasta el centro peninsular. De hecho, en el intenerario de Antonino se le consideraba como la primera estación de descanso (mansio) en la calzada que ponía en comunicación la capital de Lusitania, Emerita Augusta, con Zaragoza y con Córdoba y Almadén. No son muchas las huellas que quedan en Medellín de aquel pasado romano. De las antiguas murallas puede que queden restos en algún torreón, como el del Reloj, que pudo coincidir con una de las puertas del primitivo núcleo romano. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz un importante teatro emplazado en la ladera del cerro del castillo. Mención merece el puente romano que existió junto al que actualmente cruza el Guadiana. Constituyó una monumental obra que nos permite comprender la importancia que pudo tener la colonia. Construido en piedra, fue levantado sobre pilares desde el lecho del río y con casi una treintena de arcos superaría los 400 metros de longitud. Del mismo quedan todavía algunos restos del algún pilar que pudo pertenecer al puente romano original en la orilla izquierda del río. Mejor se conservan los puentes sobre el río Ortigas y el arroyo Cagánchez, situados en las proximidades de Medellín y construidos también en época romana con sillares de granito y con una sola arcada. MNAR La riqueza arqueológica de Mérida ha provisto al museo local de una colección de objetos que, por su cuantía y la significación de algunos de ellos, lo convierte en el primero de España en su género. Ya desde antiguo, en momentos culturales en los que se implantó la valoración del pasado clásico, se inició en Mérida la recolección de objetos de arqueología, que conformarían las colecciones privadas. En el siglo XVI D. Fernando de Vera y Vargas reunió en su casa, el palacio del Duque de la Roca, un conjunto interesante de inscripciones y algunos relieves visigodos, que formaron parte de la estructura y adorno de la fachada. Este palacio se destruyó en el siglo XIX, y los restos pasaron a formar parte de la colección del Museo. Más tarde, en el siglo XVIII, se creó la colección del Jardín de Antigüedades en el Convento de Jesús Nazareno, que hoy sirve como Parador. Agustín Francisco Forner, historiador de Mérida, y el Superior de aquella comunidad, Domingo de Nuestra Señora fueron sus promotores. La colección fue incrementándose, y en 1838, después de la Desamortización de los bienes de la Iglesia, pasó a ser propiedad del Estado, recogiéndose los fondos en la Iglesia del Convento de Santa Clara, del siglo XVII, que tomó las funciones de Museo. Aquí radicó el Museo Arqueológico de Mérida sin condiciones apropiadas e insuficiente espacio para una colección que se ha multiplicado vertiginosamente. En 1910, cuando se hizo el primer inventario del Museo, se recopilaron 557 objetos. En 1942 ascendían a 3.014, y los últimos libros de registro sobrepasan la cifra 64

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de 30.000. Objetos que necesariamente, desde hace años, venían almacenándose en dependencias prefabricadas, creadas dentro del recinto de la Alcazaba, o se exhibían allí mismo a la intemperie. Tal riqueza, y el aumento constante de la misma, ya que en Mérida se producen hallazgos continuamente, había planteado la necesidad de crear un nuevo museo y la conveniencia de dotarlo de acuerdo con el valor de su material. Así, en 1981, con motivo de la celebración del bimilenario de Augusta Emerita, y como consecuencia de las gestiones que venía realizando la Dirección del Museo, la fue concedido a Mérida el Museo Nacional de Arte Romano. El nuevo edificio ha sido proyectado por Rafael Moneo, y es obra que asume el significado que la creación romana tiene en Mérida. Se enclava frente a los edificios romanos más monumentales, el teatro y el anfiteatro, y sus mismos cimientos dejan visibles restos de una vivienda romana y parte de la conducción del acueducto de San Lázaro, en dirección hacia la zona del foro. La estructura se ha concebido a la romana, desde la propia materialidad de los muros, que están elaborados en hormigón recubierto con ladrillo, y la utilización de arcos de medio punto, hasta la escala monumental del espacio interno, o la propia ambientación, con luz cenital y luz indirecta desde los ventanales altos. La obra de Moneo es una original traslación de los conceptos técnicos, estéticos y significativos de la arquitectura romana a la creación actual, en busca de una indentificación de formas y contenido. El nuevo Museo acogió solamente objetos romanos, quedando aparte la colección visigoda que, con más de 400 piezas constituye el conjunto más significativo de España, y que está requiriendo la creación de otro museo más. El material romano abarca todas las facetas de la creación, a veces con objetos excepcionales, que avalan la categoría de este museo. En el campo de la escultura, el teatro y el templo de Mitra han proporcionado dos conjuntos de importancia. En el cerro de San Albín, cuando se construyó la Plaza de Toros a principios del siglo, se removió el terreno donde se ubicó el primitivo templo de Mitra, y aparecieron nueve esculturas de divinidades interesantes por cuanto documentan el sincretismo religioso romano y por su valor artístico e iconográfico. De Mitra hay varias representaciones. Una de ellas se refiere al dios naciente, con una serpiente que le envuelve en espiral, símbolo de la fertilidad. Hay otra más pequeña, también acompañada de la serpiente y con la cabeza de león, y es probable que la estatua de un joven desnudo, apoyado sobre un tronco con un león, sea también otra modalidad dentro de la iconografía de este dios oriental. Una figura en pie y vestida con traje frigio, es uno de los dos dadoforos, que formaban una especie de trinidad con el dios. Tiene interés esta figura porque, aparte de tener buena factura, está firmada por un escultor de nombre griego, Demetrios. En general, la esculturas pertenecientes al Mitreo se mueven estilísticamente en la línea del clasicismo griego del siglo IV, y su técnica es considerable, como para pensar efectivamente en la intervención de artistas de calidad. Las imágenes de Mercurio, Océano, Esculapio, Venus y Serapis completan el cuadro de divinidades orientales y greco-romanas que se reunieron en este santuario. Las dos primeras llevan una inscripción alusiva a Caio Accio Hedychro, el Pater que rigió la comunidad de Mérida en el año 135, fecha que consta en la inscripción de Mercurio. En este momento debieron hacerse el resto de las imágenes. Las esculturas del teatro aparecieron al hacerse las excavaciones de principios de siglo, Júpiter, Ceres, Plutón y Proserpina, son los protagonistas del drama griego eleusino que, con acepciones romanas, se dispuso en la scaena del teatro de Mérida, donde formó parte de su ornamentación. Venus, que incitó el amor de Plutón a Proserpina, forma parte también de este grupo, las esculturas, de corte clasicista, es 65

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probable que pertenezcan a la época flavia, cuando al parecer se realiza el frons scaenae. Al menos, las tres estatuas thoractas que también formaron parte del conjunto de la scaena, así lo confirman. También del área del teatro procede el retrato del emperador Augusto. Se halló en el aula sacra del fondo del peristilo del teatro, que sirvió en principio como recinto de culto imperial. También de allí procede la imagen de un miembro de la familia Claudia, y dos esculturas de togados de calidad mediocre. Es sobre todo la cabeza de Augusto una obra excepcional, seguramente importada de Italia. Representa, con el idealismo imperante en el arte oficial del momento, a Augusto con la cabeza velada, como Sumo Pontífice, a la edad de 51 años, cuando asumió este cargo. El Genio de la Colonia, a veces interpretado como Antinoo, representa la versión plenamente clasicista de la escultura de la etapa de Adriano. La serie de retratos particulares de Mérida ofrece una galería de tipos identificables, de acuerdo con el gusto realista propiamente romano. La cabeza del “Hombre de la verruga”, hallada en zona de necrópolis, asegura la finalidad funeraria que muchos de estos retratos tenían. El estilo de estas imágenes, y las distintas modalidades de peinado las sitúan a lo largo del siglo I, desde el imperio de Augusto hasta la etapa de Nerón. Retratos menos logrados, con una técnica más sumaria y una realización más torpe, pero representativos de la creación local, son los que incluyen las estelas funerarias en forma de nicho, tan características del taller de Mérida. Varias estatuas de togados sin cabeza engrosarían la serie de retratos. Destacan entre ellos los cinco que aparecieron junto a Agripa, también falto de cabeza, en la calle Sagasti. Debieron ser imágenes representativas en el foro, y su calidad está acorde con su sentido. La escultura de Agripa, identificada por la inscripción que consta en el pedestal, está firmada por Gaio Ateio Aulio, artista de taller local, pero de técnica indiscutible. En la misma calle Sagasti, en donde debía ubicarse el extremo oriental del foro, se halló una serie de relieves, clípeos con la cabeza de Júpiter Ammon o de Medusa, y cariátides, que formaron parte de su ornamento. La semejanza de estos relieves con los del foro de Augusto, pone de manifiesto el reflejo de Roma en Mérida. La escultura tardía es bastante reducida. Un puteal adornado con figuraciones báquicas, y un relieve que parece conmemorar la victoria de un emperador bárbaro, ambos lejanos del lenguaje formal clásico, representan la creación escultórica del siglo IV, junto con ciertos relieves ornamentales, algunos de ellos pertenecientes a la reforma que se hizo en el teatro en tiempos de Constantino. Perteneciente también al Bajo Imperio, y como obra destacada, ya dentro del campo de la orfebrería, hay que aludir al missorium de Teodosio. Fue hallado en Almendralejo, y el Museo sólo tiene la copia del original que se encuentra en la Real Academia de la Historia. Es un disco de plata de 74 cms., en el que se representa al emperador Teodosio entronizado, en el ceremonial de un acto administrativo, tal vez relacionado con la persona que recibiera este reglo como conmemoración. La obra está trazada exquisitamente, es un ejemplo de las mejores producciones del arte teodosiano, posiblemente elaborada en algún taller oriental. La pintura y el mosaico también se documentan con amplitud en Mérida. Más de 70 mosaicos ilustran la evolución de los pavimentos desde el siglo I, recogiéndose el testimonio de una creación muy tardía, como es el caso del mosaico firmado por Annius Ponius, localizado en el siglo V. Hay que destacar en todo este conjunto, aunque se encuentra in situ, no en el Museo, el magnífico Mosaico Cósmico de la Casa del Mitreo, representación alegórica del cielo, la naturaleza, los mares y los ríos, encarnados en numerosas personificaciones. La pintura, más escasa por la dificultad de su 66

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conservación, ofrece en Mérida un considerable muestrario. En la vivienda es frecuente encontrar una imitación de diversos materiales, sin gran calidad pictórica, u ornamentaciones vegetales o animales. Pero casos excepcionales son la ornamentación de parte de la casa del Mitreo, con paneles de asunto báquico o la escena de despedida de Aquiles y Briseida, en una pintura que se aproxima a la creación pompeyana, o las pinturas encontradas en una casa de la calle Suárez Somonte, ya tardías, del siglo IV, y con una realización más tosca, y temas más populares de caza y escena circenses. En los Columbarios o en la Casa del Teatro, se encuentran retratos de técnica sumaria, pertenecientes al siglo I y al siglo IV, respectivamente, estos últimos muy deteriorados. La serie epigráfica con más de un millar de inscripciones romanas, cristianas y visigodas, sobre todo funerarias. La epigrafía musulmana es mucho más reducida. Destaca la lápida que recoge el sometimiento y castigo del pueblo de Mérida en tiempos de Abderramán II, con el arrasamiento de uno de los barrios de la ciudad. La colección numismática, guarda monedas de la ceca de Mérida que funcionó en el siglo I, desde la fundación de la colonia hasta la etapa de Tiberio y, posteriormente, en la etapa visigoda, desde Leovigildo a Witiza. Han desaparecido monedas respecto a la catalogación que presenta Mélida, pero el conjunto es valioso, manifestando la riqueza de la ceca de Mérida, con 167 tipos diferentes. El vidrio, con un total de 500 ejemplares y una gran variedad de formas, acredita una amplia producción local, habiéndose podido localizar tres fábricas en Mérida. En el campo de la cerámica la creación sigillata es abundante, sobre todo la sigillata hispánica, producida en talleres locales que están documentados, y existen también ejemplos abundantes de cerámica común. La creación visigoda atestigua la riqueza que los edificios religiosos debieron tener en la Mérida de la segunda mitad del siglo VI y en el siglo VII. Sólo restan de aquellas construcciones algunas piezas arquitectónicas o del mobiliario litúrgico. Pilastras, columnas, capiteles, cimacios, soportes de altar, nichos y canceles, son los tipos característicos. Están tallados en relieve, con una técnica refinada, que manifiesta el valor de la producción de Mérida, posiblemente el mejor taller de la Península. La temática presenta una gran variedad de motivos, algunos de tradición cristiana, y otros extraídos del repertorio vegetal o geométrico, muchas veces cargados de significación religiosa. Como demuestra el estudio comparativo con otras creaciones contemporáneas del Mediterráneo, el arte visigodo de Mérida se formó sobre principios norteafricanos y sobre todo bizantinos, constituyéndose una base que luego repercutiría en la formación del arte visigodo de gran parte de la Península.

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