OLMEDO TOVAR LOPEZ

EL SOSPECHOSO

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NOTA PRELIMINAR
En el camino al trabajo, en un callejón convertido en basurero por el que pasaba para acortar distancias, en todas las mañanas me encontraba con un hombre de aspecto indefinible. A veces lo veía bastante aseado, como acabado de salir de la ducha, afectado y con ropas nuevas y limpias; otras lo miraba

andrajoso, con huelas de haber sido golpeado, pero siempre tenía en sus manos un cuaderno en el que parecía escribir. Él no se daba cuenta de mi curiosidad y seguía inmutable en su labor. En las tardes, este hombre acudía a la puerta lateral de un templo ubicado en el centro de la ciudad y allí permanecía en constante movimiento. Hace poco llegó a mis manos la sección judicial de un periódico local en el que se informaba que un 2

grupo de desconocidos, que la prensa llama de limpieza social, había asesinado a varios mendigos y sospechosos criminales de la ciudad. Y cuando en la siguiente mañana no encontré al extraño hombre supe, no sé porqué, que aquel hombre fue una de las víctimas. Busqué en medio de la basura el cuaderno y lo que a continuación escribo es la fiel copia de lo que allí encontré. OTL

LA PUERTA

Mi piel es oscura. No recuerdo haber visto el mar. No sé si tengo casa, pero vivo en dos sitios diferentes: en el día es mi lugar la puerta lateral de un templo, en la noche es una calle

abandonada mi guarida. Hace tiempo que no puedo diferenciar el frío del calor. Debo tener amigos o familia porque es distinta siempre la ropa que me cubre; es frecuente sorprender a alguien llevándose mis ropas o a otros vistiéndome y

calzándome. En la puerta del templo, a veces, no me dejan estar. Hay un 3

hombre que recoge las monedas que la gente deja

a mi lado;

con el tiempo me he podido dar cuenta que este hombre pertenece al templo. Encuentro cada día mi sitio aseado, será porque es un lugar bastante frecuentado por la gente; es constante el paso de seres de todos los tamaños. Los niños me huyen; a ellos los miro a los ojos; son los únicos que no pueden dominarme con la mirada. No sé porqué ciertas personas me llevan cosas de comer pues nunca siento hambre; tampoco manifiesto otro tipo de

apetencias. Hay algo que me trastorna: es la forma minuciosa en que un muchacho me observa todos los días que pasa; furtivamente he observado sus ojos y lo que he visto en ellos me hace temer por mi secreto. Los primeros días que hice de la puerta del templo mi lugar unos hombres me obligaron a acompañarlos; me hicieron preguntas y como no respondí me ofendieron; luego me encerraron en un espacio limitado con cuatro muros, oscuro, bastante agradable. Al día siguiente me sacaron de nuevo a las calles de la ciudad. Yo quise decirles que me dejaran allí, quería darles las gracias; entonces supe que no podía hablar. No me extrañó, porque no recuerdo haber hablado antes de esto, pero pienso en palabras. Nunca he tenido necesidad de comunicarme con ningún ser por 4

los medios convencionales. He dialogado con otros por medio de la escritura. Hace tiempo prescindí también de ésta porque considero limitada mi capacidad de aprendizaje y comunicación por intermedio de los libros. Decidí desde entonces ser mi propio experimento en la búsqueda de algo que hoy he olvidado. Este olvido, lo sé con certeza, era la meta inicial en los logros del experimento. Debo aclarar que tengo momentos en que recuerdo situaciones y sentimientos de una vida que puede ser pasada; esto pasa cuando miro algo que no sé porqué me afecta. Pueden ser los ojos de aquel muchacho que pasa por aquí todos los días, ciertos estados de la atmósfera, algunos sonidos que salen de las casas, palabras que escucho a la gente, gestos como el del hombre del templo que recoge las monedas con prisa. Paso la mayor parte del día sentado. No controlo mis ojos totalmente; estos siempre están mirando el suelo de piedra. A veces estoy de pie y mis ojos miran horizontalmente, fijamente, pero sin ningún objetivo. Esta posición de mi cuerpo es la que aleja a la gente; dan un rodeo para no pasar cerca a mí. Algunos hombres lo hacen, y lo que veo en sus rostros me afecta. Cuando ocurre esto me inclino y el efecto pasa. De pronto mi cuerpo quiere movimiento, 5

recorro entonces, despacio o rápido, los escasos cinco pasos de la puerta, una y otra vez. Cuando lo hago la gente se junta, sonríen y hablan. Casi nunca entiendo sus palabras. No recuerdo haber visto mi rostro. Sé con seguridad que ahora todo mi color es negro: toda mi piel, mi largo pelo... A veces tengo la intención de cambiar de lugar. Enfrente hay un parque con su pasto verde y sus árboles viejos, y cuando el sol está deseo recostarme en la suavidad que adivino en la hierba, pero no sé porqué no lo hago. Siento con fruición que algo me detiene y me ata a esta puerta. Minuciosamente repaso a toda hora lo que el sol o la lluvia hacen a la gente. A mi no me afectan. Disfruto con una emoción antigua el agua que me baña en los días grises; es entonces cuando me siento solo. Por unos leves momentos estoy en una calma tan absoluta que pierdo la noción de todo lo que me rodea, parece que lo que en mí piensa se duerme o sale de mi cuerpo para dejarme vacío; la

continuidad de las ideas se detiene en un punto en donde nada existe; me es difícil explicar con palabras lo que ven mis ojos, definir lo que escucho o lo que mi piel y todo mi cuerpo sienten. Sin saber cómo, en estos instantes, mi boca emite palabras. Algo debo pronunciar porque mis labios se mueven; y la escasa gente que pasa de detiene y escucha; y uno que otro rostro se 6

trasforma con un gesto de admiración y luego de miedo. Sé que no soy yo el que habla; y comprendo sin temor una parte mínima de mi secreto olvidado. Hay un día en que esta parte del mundo parece deshabitada y se repite esta situación cada siete u ocho días, es especial porque los hombres que habitan en el templo salen

abiertamente y con fuerza me obligan a seguirlos; entramos a un lugar amplio y vacío, iluminado con luz artificial; debe ser un sótano por que tenemos que descender muchos escalones. Allá me sientan en algo muy suave, que he aprendido a odiar porque fatiga mi cuerpo, me lavan cuidadosamente, me arreglan el pelo, me visten, me obligan a beber un liquido que al principio es amargo y luego se hace dulce y que transforma mi conciencia en algo que se manifiesta con sonidos y voces que emito y que no sé qué significan. Mis ojos han captado imágenes que se presentan cuando evoco como ahora aquellos instantes largos y pesados. Los veo arrodillados a mis pies; entonan cantos y exclaman a gritos palabras incomprensibles para mí. Entonces les hablo. Me escucho hablar y me admira mi voz, conozco en estos instantes el modo como formar en mi boca vocales y consonantes y un saber que debe estar en mí se 7

derrama hasta el cansancio. Ellos me escuchan en silencio, inmóviles; nunca me miran a los ojos. He captado terror en los rostros de los más jóvenes y Cuando entristecerse. Me ofrecen comida y bebida para luego retornarme de nuevo a la puerta lateral del templo cuando la tarde ya está mutando. La oscuridad se hace cada vez más espesa y la ansiedad oprime mi pecho. Es miedo a la noche en esta puerta cerrada, no hay nadie observándome, tranquilo, silencioso, nadie sabe que existo. por ruidos El lugar de es callo ellos parecen

interrumpido

motores

esporádicos o por algún grito que no sé si es humano. Sin embargo, algo en mí teme. Entonces me desprendo de la puerta; indeciso opto por una dirección cualquiera, que luego sería la misma de todas las noches.

EL CALLEJÓN

Un fuego interior me guía. Imágenes de una hoguera y sombras inmóviles alrededor, silenciosas y con temor, pasan por mis ojos cuando los cierro. Un aroma conocido desde tiempos antiguos 8

me sirve de huella, de vez en cuando un grito feroz, una sirena violenta, pero un contacto físico me conduce por las orillas de las calles que no conozco y que ando en pos de un sitio en la noche. Sonidos rítmicos que sales de algunas casas me quieren recordar algo, mis labios resecos me indican que alguna vez allí, en paredes iluminadas, estuve harto de calor y líquido. Quiero escupir y no puedo; palabras que no comprendo llegan a mover mi boca. La noche debe ser mi aliada y me siento poderoso. Lo

compruebo porque todos los seres que encuentro se apartan asustados, con temor afanan su paso y ya lejos me miran con respeto. El lugar que cada noche me atrae, obligándome a atravesar todo el valle, es oscuro. Un olor muy penetrante que poco a poco ha ido gustándome se desprende de montones de objetos de

tersuras suaves y de pequeños seres en movimiento constante. Mi cuerpo manifiesta su gusto por estar aquí; un calor especial penetra mi piel y nunca es difícil encontrar deliciosos objetos que mi boca acepta como queriendo saciar un hambre que nunca siento. No sé porqué este lugar no es transitado por

autos o gente; sé que está situado no muy lejos del centro de la 9

ciudad, pues el camino no me cansa. El viento no se siente en ninguna noche y cuando llueve es fácil cubrirse con cartones y se es alegre. Es cuando me envuelve una sensación de

vacuidad, a mi alrededor no hay nadie y esto me aterra. De pronto un dialogo interior me sorprende. Llegan sin

quererlas imágenes, palabras que puedo fácilmente relacionar y obtener un sentido y elaborar conceptos; pero no quiero, o no tengo la suficiente capacidad de voluntad y vuelvo a mi inmovilidad y soy testigo indiferente de algo que dentro de mí reflexiona y planea. Sólo sé que estoy obrando en respuesta a un proceso que sigue adelante, y comprendo que es lento pero irreversible. Una noche extraña, clara y liviana una mujer se acostó a mi lado y me insinúo movimientos y caricias que ya había olvidado y mi cuerpo frío y en quietud no supo reaccionar a la súplica de esa hembra solitaria y desconocida. Un calor agradable rodea mi cuerpo y un vacío se forma junto a mí, por mi mente ya no pasan diálogos y sensaciones que no pueden ser definidas con palabras conocidas hacen a mi boca reír violentamente. Entonces grito de tal forma que los perros que duermen a mi lado huyen. Después duermo tranquilamente y jamás sueño. 10

Ciertas

noches y

llegan

al

callejón en sus

hombres gestos

uniformados, me examinan

silenciosos

con

respeto

minuciosamente. Al irse siempre pronuncian las mismas frases: "el proceso no se interrumpe, no hay signos externos del mal, avanza muy lentamente su cambio, es una rara manifestación esquizofrénica". No sé si despierto o dormido puedo, si lo deseo, alzar mi cuerpo y dirigirlo a lo alto; veo casas y sombras y un miedo leve me hace descender a mi lugar por temor a golpearme con ciertos árboles que son demasiado frondosos. Esto no es frecuente, pero se presenta de repente un deseo y luego una sensación de volar y tiene que ser en este lugar y en la noche. De algo estoy seguro: en las noches de luna clara desde este lugar hay un camino al espacio arriba; me es fácil remontarme y rápidamente me traslado a algo macizo y negro y penetro allí y pierdo toda noción de mí mismo. No sé cuanto tiempo dura este viaje. No logro recordar con

exactitud las imágenes y las sensaciones que me acompañan. Estoy seguro que son instantes reales y regreso pronto a mi improvisado lecho y después pasan largos momentos en que espero sin ansiedad el amanecer. Conozco bastante bien la posición de las estrellas en cada 11

noche. No sé cuando, ni en donde aprendí a viajar a través de sus mapas, pronuncio sus nombres y sé porqué los hombres dan a cada estrella su nombre. Desde aquí tengo ante mis ojos una parte de la vía láctea, sin embargo en mi mente se forma todo el cielo con todas sus estrellas. Siento profundamente que soy parte esencial de su luz. Un ruido que crece poco a poco haciéndose enorme me indica que viene un nuevo día. Una lejana emoción me sacude de nuevo y tengo visiones de amaneceres hermosos que alguna vez debí observar. Esta breve nostalgia se olvida pronto ante la llegada casi violenta de la luz solar, es el momento en que el miedo me penetra porque la luz del sol le da forma real a los objetos que me rodean: montones de papeles en los cuales se destaca el color blanco; es lo que es mi lecho en la noche, suave y ahora en esta hora frío. El sentimiento de una pasada dignidad hace que me levante. Yo, el que soy adorado en el templo no puedo pasar entre basuras el tiempo entre dos lunas. Un ave negra, muy cerca a mí, me observa y noto un gesto de burla en su movimiento, y creo entender lo que dice: "yo soy un rey y para serlo busco para mis súbditos la carroña más vieja y somos felices 12

consumiéndola y cumplimos el acto sagrado encomendado a nosotros". Por primera vez me pregunto cuál es mi acto y si es sagrado. He notado con el paso de los días que el hambre le da nitidez a mi pensamiento, y una leve capacidad de reflexión me hace entender y sobretodo a recordar quién soy y que hago aquí. El comienzo del día mi cuerpo lo enfrenta en completa quietud, de pie, apoyado en la pared recibo el calor de este sol que me quema y ciega mis ojos cuando lo miro. Van llegando con el paso de los momentos otros seres al callejón; todos me observan cuidadosamente y veo nítido el miedo en sus ojos; uno a uno se acercan y depositan a mis pies alimentos y monedas. - Es él - susurran, el hombre que es sólo apariencia, dicen que adentro de su cuerpo hay muchos seres, pero que ninguno es él; otros que lo conocieron hace tiempo afirman que su piel no era negra, que ha sufrido una

transformación y que fue un señor muy poderoso. No pueden las voces que escucho y las palabras silenciosas que me llegan despertar mucho interés, a pesar de que algo oscuro se hace menos denso en un lugar dentro de mí. Noto, al mirar una sombra que se mueve entre la pared y la calle, a un hombre que sostiene una hoja de papel en su mano, 13

se acerca y extiende su mano ofreciéndome el papel; lo miro a los ojos y se aparta, oculta el rostro detrás del papel y lentamente me observa de nuevo y otra vez me extiende la hoja. Llevo el papel muy cerca de mis ojos, observo signos de un idioma que no sé descifrar; cuando quiero decirle al hombre que no sé leer esas posibles palabras, encuentro que no puedo emitir ningún sonido articulado y estallo en una carcajada violenta. Con temor, con rapidez el hombre se marcha al otro lado del callejón. Después de un lento momento llevo de nuevo, con algo de temblor, con un temor desconocido, el papel a mis ojos, y algo o alguien en mi lee y descifra y sé que son parte de un idioma que en un tiempo hablé con precisión. Al mirar al ser que me dio la hoja lo encuentro de nuevo cercano a mi pero con los ojos desorbitados y presa de un terror que lo tiene inmovilizado; se con certeza que lo que yo leo en el sucio y amarillo papel, él lo entiende, que él lee a través de mis ojos y comprende con su cuerpo lo que yo apenas considero una sucesión de signos conocidos por mí en otro tiempo, que no sé definir si es pasado. Cuando termino de mirar los signos en el papel arrogo éste al piso, él inmediatamente lo alza, y cuando se levanta posa su mano en mi hombro y miro su rostro cubierto por las lágrimas y 14

una infinita sensación de dolor me recorre por primera vez toda la piel hasta hacerme un nudo en la garganta y ahogar la impetuosa carcajada con que iba a terminar este suceso. No sé que edad tengo; sé que este hombre es joven porque su piel es fresca y tersa; soy alto, lo sé porque siempre miro a los otros hacia abajo; este hombre, sin embargo, me mira a mi hacia abajo; sé que si él quiere puede destruirme con sus grandes manos, pero me teme y ahora él sabe que yo sé su secreto. Ahora está solo y su última esperanza soy yo. El existe desde el momento en que me entregó los signos escritos por su mano aunque él nunca aprendió a escribirlos. El sabe quien se los dictó, eso habrá de delatarlo. El tiene contra mí la única arma: mi debilidad por los signos extraños, él sabe que yo no entiendo sus palabras, pero me necesita para leérselas, porque el si las entiende. El sol calienta todo lo que hay en el callejón. El hombre sigue a mi lado; sentados uno al lado del otro contemplamos cómo los otros buscan en la basura, los oímos pelearse, reírse; se callan cuando me miran. Me obsequian alimentos encontrados en la

basura, en las botellas, en los recipientes desechados por los que viven del otro lado de este callejón, ahora caliente y

tranquilo. Sin ninguna insinuación, el hombre de la carta me 15

habla directamente; se refiere a su contenido, al porqué y cómo le llegó. Recuerdo con claridad sus palabras; es raro porque pocas palabras guarda mi memoria; acompaña al recuerdo el nítido reflejo del sol en un vidrio en el suelo del callejón, me parecía que una estrella se encontraba allí y que ella me hablaba a través del hombre a mi lado: “Ayer cuando la tarde ya era débil, aprovechando la última luz en una esquina, como de costumbre, extendía mi mano y alguien, a veces, colocaba monedas en ella. No sé de donde, de que parte de la calle, apareció ante mi un hombre aún joven y me miró como reconociéndome, es decir, minuciosamente; sostuve su mirada por un tiempo, que me pareció muy largo. Entonces buscó en sus bolsillos y extrajo un papel

cuidadosamente doblado y lo puso en mi mano apretándolo contra ella, en una segunda sensación sentí que de su mano salían varias monedas que al no aprisionarlas inmediatamente cayeron al piso y rodaron en todas las direcciones. Mi mirada siguió la moneda más lejana, al acercarla al hombre, este había desaparecido; guardé con rapidez el papel en mi bolsillo, después miré a todas partes para asegurarme de que nadie me vio hacer tal gesto. La oscuridad que se aproximaba fue vencida por miles de 16

pequeñas luces que se disparaban hacia todas partes; mi preocupación era encontrar la suficiente luz concentrada en un único sitio para mirar el extraño papel que parecía quemar mi bolsillo. Caminé hacia un punto de luz blanca, al acercarme un auto pasó rozándome, tanto que miré con horror la sonrisa de una muchacha en su interior y escuché el ruido atroz de los frenos aplicados a profundidad y sentí mi cuerpo golpeando el vehículo. Oí insultos y voces pidiendo orden, un pito, un ruido de botas; pero en ese momento yo sólo quería mirar qué contenía el papel. Como sea llegué a un gran ventanal de un almacén. Con infinito placer saqué de mi bolsillo aquel tesoro de papel, sabía que era un mensaje que alguien conocido me enviaba por intermedio de aquel hombre. Esto me alegraba

tanto que parecía que tocaba algo sagrado destinado sólo para mí; para mí que no soy nada, que no conozco a nadie cercano, que hace largo tiempo no he cruzado el más elemental dialogo con otros. Me acerqué lo más que pude a la fuente de luz blanca y con toda mi atención fija quise leer pero no logré hacerlo; estaba escrito en un idioma desconocido. Supe sí que estaba dirigido a mí porque aquel escrito lo encabezaba una palabra, la única que me fue dado leer en todo el texto, mi nombre. Deseé con fuerza 17

que el desconcierto ante la escritura del papel fuera producto de mi constante debilidad en los últimos días. Mis piernas temblaron y me obligaron a sentarme a pesar de que sabía que los hombres armados custodiaban estos lugares. En poco tiempo la ciudad fue quedando desierta, escasos seres deambulaban presurosos hacia sus casas, a su lugar propicio, a morir un momento anochecido; mientras yo, a medida que la

noche era más densa me despertaba a la vida, entonces pensé en ti”. Una nube robó el sol en el vidrio, el encanto de la estrella terminó y volví la cara hacia mi lado sombrío. El estaba allí

esperando ver en mi rostro un gesto que le indique mi comprensión hacia sus palabras, como respuesta a sus ojos brillantes a punto de llorar le golpeé la espalda afectuosamente. Callado, el hombre a mi lado come algo de lo que los otros me traen; siento, como se siente el calor del sol, que algo, tal vez un débil sentimiento de compasión, me obliga a estar con él, cuando, por lo habitual de mi comportamiento desearía estar en camino al templo, al espacio entre dos puertas; por un leve momento, una gran ansiedad me obliga a ponerme de pie y corro en dirección a la salida del callejón, pero vuelvo a mi sitio y encuentro a mi compañero ocasional con el papel ante sus 18

ojos,

sonriendo

extrañamente;

me

siento

a

su

lado

y

sacudiéndolo le digo con señas que me explique su estado actual de manifiesta alegría; gritando dice: "gracias a ti sé quién soy, he recuperado mi pasado y la claridad de mi mente, éste es un mensaje, una clave para abrir mi me mira largamente y casi

conocimiento que voluntariamente perdí cuando me sometí a un grandioso experimento. No sé qué apariencia tengo ahora pero desde muy joven comencé la búsqueda del conocimiento, empecé formulándome elementales preguntas a las cuales debería encontrarles respuestas adecuadas a un interés común a todos los hombres, pues consideraba que yo debía ser un espejo para agrandar la realidad y no para reflejarla; en un principio seguí los caminos convencionales existentes para adentrarme en los secretos y misterios de la sabiduría, debía conocerlo todo, llené mi casa con todos los libros posibles de leer en una vida, imagine que yo viviría para leer, soñar, escribir, sentí una gran felicidad cuando comencé a entender las preguntas que planteaban los textos más difíciles y con

facilidad encontré respuestas que muchas veces contradecían las de los propios autores, formulé entonces mis propias preguntas. 19

Busqué las fuentes originales del pensamiento, recorrí con los antiguos los siglos iniciales, comprendí mi propia antigüedad, supe entonces que las preguntas eran las mismas en todas las épocas pero las respuestas no eran en ningún caso las

apropiadas, todas se derrumban como ruinas olvidadas; creí con ciega fe que el conocimiento era una especie de vacío que se iba poco a poco llenando; una forma de hacerlo era considerar que se llegaba a la sabiduría mediante un proceso, una etapa de ese proceso debería ser el conocimiento de los antiguos, luego el estudio del pensamiento de la generación anterior inmediata a nosotros y por último estaba la discusión con los

contemporáneos. Pero un día, no sé si por azar, descubrí que estaba en un error: la sabiduría no es la acumulación de conocimientos. Por lo tanto la gran pregunta que se me planteó fue: ¿qué es la sabiduría? Y de esta gran pregunta se desprendió la inevitable: llegar a ella?. ¿y cómo

LA MUERTE

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Las palabras del hombre me iban penetrando todo el cuerpo, todo mi ser reaccionaba a ellas, incluso oriné largamente, sentado como estaba sin darme cuenta exacta, sintiendo sí el agradable calor en la mañana de sol abundante; algo por dentro me limpiaba, me lavaba; aparecía entonces, lentamente, propia historia idéntica a la que acababa de escuchar. “En una habitación con el predominio de la luz azul la mañana comienza, es la cortina azul la que tamiza la luz; está la noche aún en mis ojos cerrados, sé que son las seis y que la dureza del día me espera en el agua fría de la ducha. Mi intuición me dice con precisión como será cada momento de mi inmediata jornada: la calle desolada, el auto que no arranca, el olvido de algo necesario, la prisa por llegar donde otros esperan que no llegue pronto. Mi oficio diario es repetir a mis alumnos lo que encuentro en mi investigación sobre las mi

palabras, esperar comprensión de mentes similares, y encontrar siempre la confirmación de mi convicción de que hay un modelo de hombre. La sucesión de momentos inútiles en cada tarde, en cada lenta noche, siempre buscando en los otros la pregunta adecuada, contando los mismos árboles, mirando cada mañana en los ojos del gato la ventana alta; sintiendo con apremio como pasan los 21

días dejando en mi rostro líneas cada vez más nítidas; se va la vida, y con horror siento que tampoco yo he formulado la pregunta esencial. Soy un maestro para los demás, creen que yo los puedo guiar cada vez más lejos de sus abismos; sin embargo yo he perdido el rumbo, pienso ahora que nunca tuve uno; no pueden los hombres que inventaron los modelos formar uno para mí; sé que nadie es tan simple como una ecuación y que un verso apenas define una pequeña parte de lo que se agita en mi interior. La lucha nunca se hizo presente en mi campo, pues me basta crecer y salir del laberinto que sólo es una ausencia de dirección. Hoy hay algo raro en el cielo si lo miro: un pedazo de luna en un azul intenso es un augurio nuevo para mí; en la rutina diaria encontrar la luna en el día, con el pleno sol disputándose el cielo, tentando mi agradecida mirada; y de pronto entendí, era una metáfora la que escribían los dos astros juntos ante los ojos de los hombres diurnos, sólo me falta comprobar la respuesta del sol a la luna. Intuyo que en la

noche, en alguna noche, el sol debe estar del mismo lado de la luna; esa noche es la que espero, porque es la muerte del sol la que debe coincidir con la mía, necesarias las dos para hacer la respuesta. Entonces ya lo entiendo, la pregunta esencial, la 22

primaria, soy yo. Todo lo que soy, lo que puedo ser, lo imposible de mi ser; mi cuerpo es parte de la pregunta, el mismo me da la mitad de la respuesta. Relativamente estoy solo, no tengo a mi lado compañías constantes; por varias razones no he querido hacer hijos: la principal es que reproducir seres que se asemejen a mí me parece abominable, porque los hijos terminan por ser y

continuar como sus padres; otra es que considero que en mí terminan varias generaciones que sólo existieron para que yo fuera como soy, para que llegara a ser lo que soy. Las mujeres

siempre fueron esquivas a mi abrazo y terminé, con algo de dolor y tristeza, por tener hacia ellas una especial lastima y una grandiosa e involuntaria indiferencia. Aún soy joven y conservo la belleza de un hombre de tierras cálidas; soy vanidoso, pero cierto al afirmar que en mí se superó mi raza. Es necesaria tal afirmación para que hasta yo mismo descarte la lógica

presunción de que mi falta de mujeres esté determinada por mi aspecto físico; no, es otro el determinante, puesto allí para que hiciese uso de él. La soledad buscada y ominosa por momentos, no me hace fácil encontrar en mis alumnos a alguien en quién depositar la

confianza necesaria para intentar un diálogo y tratar que éste 23

no sea trivial. Ernesto, muchacho joven y apuesto, es uno de los pocos que aportan discusión y conceptos a las monótonas clases; algo en él me ha hecho observar que, de algún modo, intuye lo mismo que mediante un largo trabajo yo he

descubierto; a pesar de que Ernesto se ubica siempre en los primeros puestos del salón de clase, nunca lo siento cercano como discípulo; se interesa por lo que hablo, y son las palabras nuestro único vínculo; he querido encontrarlo en la cafetería o en otra parte pero no sé dónde se mete después de mis clases; he observado que sus compañeros se reúnen siempre en un

prado cercano a una fuente de agua, pero él nunca lo frecuenta. Siento que Ernesto es el único que podría ayudar a encontrar las preguntas y las respuestas; creo adivinar que él conoce cómo plantear la pregunta inicial, pero tal vez sólo sean suposiciones mías. Esta mañana dicto clases al grupo de Ernesto; me esfuerzo por trasmitir interés a lo que estoy tratando, esperando que algún alumno de estos abra su mente y aporte a nuestros temas, pero nada pasa; y de pronto me encuentro en un inmenso salón, frente a un tablero lleno de signos y símbolos que sólo yo entiendo. Una frase escrita como al descuido me llama la

atención e impide que la borre; está en su forma interrogativa y 24

dice: ¿es el cerebro la única parte del cuerpo con posibilidad de conocimiento?. Tal pregunta debieron planteársela los hombres en alguna época, pero yo no conocía si habían llegado a una respuesta; entendí que debía dedicarme a buscar libros y más libros, devorar páginas y páginas; trabajo éste que se adivinaba muy largo y poco prometedor. Una posible respuesta se presentó sola; contemplé atentamente mis manos y pensé que no eran únicamente herramientas de mi cerebro, que todo mi cuerpo no estaba bajo el dominio del cerebro, que éste no es el único que tiene que ver con el conocimiento; con su búsqueda, acumulación y transmisión. Salí al encuentro del sol para que la energía de la mañana disipara mi confusión. Hace poco había descubierto la forma para calmar mi mente y mi cuerpo: no apetecer nada interna o externamente, sentir o dejar de sentir, dejarse envolver por el calor acostado en el pasto, mirar y no mirar las nubes, dejar que vengan a la mente las imágenes que de niño me inspiraban las nubes: monstruos, caballos, aves, barcos; una calma espesa me invade en estos momentos; es cuando surge o se forma lentamente una manera de sentir y pensar no definibles en palabras, o para lo cual no hay aún palabras exactas; es como si todo lo que soy quisiera dejar de serlo; es una fuerza que se 25

comunica o busca comunicarse; la siento con todo mi cuerpo, con los ojos cerrados, desatento, relajado. Hoy he pasado largo tiempo así, hasta que intuí de una forma rara que algo o alguien estaba demasiado cerca y me

observaba. Con lentitud abrí los ojos, me incorporé lentamente y enfrenté al que creí era mi observador: vi a Ernesto, que

estaba a unos cinco metros acostado en la hierba, con los ojos cerrados; parecía dormido o lejano, se adivinaba en su rostro rastros de una paz incompleta, un abandono que podía ser tristeza; casi inmediatamente Ernesto se incorporó hasta

quedar sentado y fijó su mirada en mí. Podría asegurar que me saludó de una forma menos conocida, pues escuché o leí en mi interior sus palabras a pesar de que la distancia espacial no permitía captar el sonido de su voz si hubiera articulado palabras dirigidas a mí. Extraño a su comportamiento habitual fue el hecho de acercarse a mí, caminando sobre el pasto tratando de encender un

cigarrillo; cuando lo tuve cerca, tanto que si quería podía tocarlo, una sensación de algo que subía a mi rostro, una especie de calor agradable me hizo sentir confuso y debí

sonrojarme; Ernesto me miró tranquilamente y por primera vez fuera de clase me habló: 26

- Siento que lo molesto, profesor - dijo- pero tengo necesidad de hablar con usted, algo superior a nosotros nos impone el diálogo. Tarde en serenarme ante la presencia del alumno, pero sus palabras nítidas me ensombrecieron; sentí un gran peso

sobre mis espaldas y cerré los ojos y me estiré cuan largo era sobre el pasto esperando las siguientes palabras de Ernesto. Pasó un largo momento y no volví a escuchar su voz; cuando abrí los ojos no lo encontré, pues esperé verlo hacia arriba, al buscarlo lo encontré a mi izquierda, recostado y con los ojos cerrados: entonces habló, inmóvil, apenas con un leve

movimiento de sus labios, - Cuando estoy en su clase no pienso en nada, dijo, me basta mirar su cuerpo para saber qué necesito aprender de usted; el color de su piel, la entonación de su voz, su forma de caminar, el aroma que expide su cuerpo me bastan para saber qué es lo que usted sabe y qué es lo que puede enseñarme; nunca pongo atención a sus ideas y conceptos; sus teorías me parecen

ridículas y sin ninguna posibilidad de asimilación por parte mía, pues nada nuevo me dicen, nunca podrán superar el

conocimiento de los antiguos que no conocían o no habían inventado el idioma; un gesto de su rostro, profesor, es más puro que un conjunto de frases que pretenden simular la poesía. 27

Lo escuché hablar midiendo la exactitud de sus palabras; entendí lo que me quería decir, porque de alguna forma no eran sus palabras las que encerraban todo su significado; eran su quietud y serenidad, sus bellos ojos semicerrados, la palidez de su rostro lo que completaba los conceptos de Ernesto;

comprendí sin emoción que hay cosas más imperiosas y más profundas que el pensamiento. - El lenguaje humano, le contesté, está en constante evolución, sin embargo, no avanza lo suficiente para poder manifestar por intermedio de él todo lo que somos, lo que sentimos; hay en nosotros muchas regiones más fecundas, más profundas y más interesantes que las de la razón o de la inteligencia. Me callé algo avergonzado, pues ya sabía que mis conceptos a él le parecían ridículos; esperé atento sus próximas palabras; nada dijo en un largo tiempo, ni siquiera se movió. - Podemos hablar el resto de este día, dijo sentándose, pero no llegaremos a comunicarnos nada importante; entiendo que estamos en la misma búsqueda; esto me da un poco de satisfacción, yo comencé hace poco a tratar de plantear preguntas sobre las verdaderas posibilidades de conocimiento con base en las palabras, ya sean como literatura o ciencia; no sé a que punto ha llegado usted, pero presiento que se ha 28

detenido porque siguen las palabras siendo su principal fuente; lo digo por sus clases totalmente literarias y casi nunca pragmáticas. Absortos en el ya propuesto diálogos no nos dimos cuenta que otros alumnos habían llegado al prado en que estábamos; aunque estaban callados y atentos al juego de palabras, no pude evitar sentirme incómodo, miré a Ernesto y noté algo de confusión en sus gestos. A pesar que trataba de mostrar lo contrario, Ernesto era muy tímido y sabía como huir de las reuniones de todo tipo, no supe en que momento tomó su mochila y se marchó. Me vi en la necesidad de entablar un diálogo con los recién llegados hasta que mirando mi reloj me alejé con el propósito de dictar mi siguiente clase. Sentí que algo cambió desde aquel momento, creí mirar de otra forma las mismas cosas; la universidad tiene largos espacios que los miré vacíos y blancos; son abundantes las consignas y las frases poéticas pero no pude leerlas. Ya cerca del aula en

que me esperaban para dictar mi clase, llegó a mí el leve pero nítido rumor del pequeño río que corre a unos escasos

quinientos metros; me extrañé al oírlo porque nunca antes de ese instante lo escuche; algo insólito en mi comportamiento tuvo lugar; rompamos la rutina, me dije, y resuelto me dirigí al 29

río. Los árboles sembrados en la orilla del cause aún eran jóvenes; el pasto marchito, seco, despedía un olor a muerte; al siguiente momento supe que el río era el muerto y todo a su lado fallecía lentamente; quise como otras veces llevar al lenguaje lo que sentía ante la desolación pero rechace inmediatamente la formulación de una idea que podría ser poética, pero no definía lo que la tierra, el planeta azul herido en este lugar, sentía o quería significar ante mi completa ignorancia que tan sólo

formaba imágenes sentimentales, ideas modeladas por siglos de concepciones falsas sobre todo y entendí con fruición a

Ernesto: las palabras no son suficientes; yo era también algo podrido como la hierba, como el árbol que nunca pudo crecer y al mismo tiempo parte integrante, órgano vital de la existencia. El movimiento del río era muy lento; el prolongado verano le había agotado su caudal; eran así más evidentes la basura y la podredumbre que contenía su cause. A pesar del olor nauseabundo no quise dejar de percibir que algo me acercaba a sus aguas y me ordenaba meterme en ellas; sentí con violencia que el río era mi hermano, que mi olor era inmundo y por lo tanto igual al del río, que el río era un espejo ante mí; absorto en mi monólogo interior pisé en falso y caí a un 30

lugar profundo del río que me absorbió por completo; no sentí miedo a pesar que sabía que me ahogaría. La sensación de sumergirme en el agua era nueva; habitante de los montes en mi niñez y parte de mi juventud nunca tuve oportunidad de aprender a nadar y jamás entre a un río; cuando llegué al fondo me quedé inmóvil, no de miedo, como sería natural, sino para disfrutar de mi liviandad; me obligaba entonces a moverme y recordé que esa sensación era algo semejante a lo que me ocurría cuando en mis sueños nocturnos volaba; no duró mucho este momento, involuntariamente mi cuerpo se alzó, voló a la superficie; al emerger miré una gran roca a mi lado, con un impulso llegué a ella y me aferré con tanta fuerza que mis manos sangraron; así permanecí largo tiempo; después trate de encaramarme a la roca, pero no pude hacerlo debido al intenso frío que entumecía mis manos y lo resbaladiza que era la superficie de la piedra. Una hora, dos, no sé con exactitud cuanto tiempo permanecí en esta situación; comencé a desesperarme, pero no quise gritar pidiendo ayuda. Ya la noche devoraba el horizonte que mi vista alcanzaba; no tardó la transformación de los seres verdes en oscuros cuerpos que me rodeaban más allá del agua. Consideré mi situación con la calma que me quedaba, intuí que la 31

desesperación me obligaría a optar por la única posibilidad de llegar a la orilla. Miré la orilla próxima, me separaban de ella

unos escasos diez metros; cuando quise lanzarme a aprender a nadar un objeto rozó mi cuerpo y me detuve, era uno de mis cuadernos que se aproximó a mi costado, como acariciándome; lo miré largamente, hasta alcancé a leer en la semioscuridad el titulo que le había puesto: notas. Sentí tristeza, porque aún rescatándolo sabía ya que el agua haría su labor de borrar y destruir lo que durante tanto tiempo seleccioné en sus hojas; me dije que no importaba, que si salía de ésta volvería a rehacerlo con notas nuevas, sacadas de mis pacientes

investigaciones; después de un momento pensé que no valía la pena anotar ideas ajenas y que jamás volvería a usar un lápiz. Recordé a Ernesto y asimilé a sus palabras mi pensamiento: el conocimiento que procesa todo el cuerpo humano no se puede expresar en su totalidad con nuestras palabras conocidas; mis piernas cansadas sentían ya lo que era mi muerte; terco mi pensamiento guardaba una esperanza. Esta llegó en medio de voces y gritos: dos muchachos me llamaban por mi nombre; confusos y nerviosos me dijeron que aguantara, conseguir una soga. Las sombras impidieron iban a que mis

salvadores miraran con detenimiento mi condición de naufrago; 32

mire mis manos sangrando cuando uno de ellos prendió un fósforo para encender un cigarrillo hecho a mano; agradecí la afición de estos hombres a la hierba milenaria y a su búsqueda de lugares apartados para disfrutarla con tranquilidad. En silencio ellos esperaban a que yo les contase lo que pasó, pero nada dije. Sumido en mi pensamiento trataba de entender lo que mi cuerpo ya asimilaba; mi piel fría quería deshacerse de sus vestidos mojados e impregnados de inmundicia; mis manos ya no apretaban libros ni cuadernos y sentía ganas de aferrar algo más sólido que me diera certeza de seguridad, algo como la roca propicia que había impedido la destrucción de todo mi ser. Fueron mis pies los que comenzaron a sentir la muerte; hasta mi último cabello quería yacer inmóvil en la sustancia en

movimiento, pero mi cerebro pugnaba por vivir; era este órgano mío el que se aferraba a las posibilidades más inmediatas para salvarme. Ya en la firmeza cálida de la tierra no sabía en qué pensar; aturdido por las necesidades físicas de mi cuerpo, mi cerebro no hizo mas que extasiarse ante el viento que secaba mi ropa, estimularse por la trivial conversación de mis preciosos conocidos, que olvidados de mí alzaban sus rostros al cielo cada vez más nítido en su noche joven. 33

Entonces deseé con toda mi voluntad estar muerto; el azar me llevó a esta situación, él hizo que estos dos muchachos extraviaran su tarde para llegar a mí en el último momento; volví al río y en un acto de hermandad con la muerte me

despojé de mi ropa y la arrojé a sus aguas; quise que lo que había sido hasta allí muriera en el líquido impuro y sombrío; no habrían mas cuadernos en mis manos, cambiaría mis ropas; ya mi piel se acostumbraba al viento y no sentía frío, el hombre que cayó al río podrido no era el mismo que salió de esas aguas ya viejas y muertas. La noche generosamente negra me ayudó a perderme de mis ocasionales amigos, que no sé porqué reían sin parar; a medida que avanzaba el camino ascendía, y no me hacían daño los seres oscuros que me tocaban. Perdí por completo el sentido de

orientación; me extrañó cuando mis pies desnudos sintieron algo duro y cálido; luego las luces que venían hacia mí atravesándome me hicieron comprender que estaba en una carretera asfaltada; avancé hacia el centro de las luces que observaba a lo lejos, no tardó mucho cuando un coche con su sirena encendida se detuvo a mi lado y una voz fuerte me ordenó inmovilidad; yo alcancé a explicarle que había sufrido un accidente en el cual acababa de morir un profesor universitario, 34

luego me desvanecí; cuando reaccioné me encontré en lo que supuse una celda, sentí un dolor agudo en mi espalda al incorporarme, las ropas que estaba puesto me impedían todo movimiento.

LA PRISION

Mis ojos no se adaptan a esta total oscuridad; los cierro y los abro de nuevo, por un momento me creo ciego pero una luz que se enciende cerca calma mi naciente angustia; un rostro de hombre viejo aparece ante la luz del fósforo, luego una mano grande, sucia, en donde se destacan unas uñas largas y afiladas; la mano sostiene un cigarrillo que se enciende y antes de que pueda observar los ojos de aquella cara el fósforo es apagado con un débil soplo. Entonces comienza el juego de la luz y el rostro; cada vez que la boca fuma son visibles pedazos de labios, de mejillas, de dedos; el humo forma una pared entre el rostro y mis ojos; cuando el cigarrillo era apagado yo ya

conocía totalmente el rostro del viejo, sólo sus ojos me eran extraños; fue agradable el olor del tabaco que penetraba por mi nariz despertando una sensación de placer; cuando se disipó el 35

humo yo recordaba la noche pasada en un monte junto a una hoguera. Hacia lo alto descubro un tenue rayo de luz; la puerta de la celda no cerraba herméticamente y el paso de la luz era posible, mas no el del aire que empezó a ser pesado y mi respiración se hizo difícil y el carecer de libertad para moverme llenó de desesperación mi situación. No recuerdo en qué momento me vistieron con una camisa de las que usan para tener quietos a los locos peligrosos; para aminorar el tiempo recuerdo paisajes vistos en épocas pasadas cuando era caminante asiduo de las montañas lejanas, pero únicamente una mezcla de azul y blanco en un vacío con fondo negro guarda mi memoria. Entonces mi cuerpo fatigado por la posición adoptada siente lo mismo que cuando se agotaba después de caminar largos trechos, y me estiraba en la hierba de alguna llanura alta alcanzada con gran esfuerzo; el sudor que baja hasta mi boca me trae la nítida sensación de que volvía a andar cargando una mochila, solo, por las tierras duras y bellas que mis pies y mis manos tocaron y mancillaron. Alguien a mi lado se queja de frío, pero yo escucho el grito de un animal montañés que anuncia mi presencia a los suyos y como actitud de defensa, grito más fuerte. 36

El hombre que fumó enciende otro fósforo y lo acerca a mi cara, tanto, que siento el agradable calor que expide, me mira hasta que se consume la cerilla, la apaga cuando ya casi quema sus dedos y puedo mirar sus ojos azules con un brillo extraño, no me habla pero siento que algo sale de él y me calma; siento placer cuando su mano pesada se posa en mi cabeza y acaricia mis cabellos ligeramente, y comprendí en forma elemental que los dos éramos conocidos y afines cuando pude apreciar su olor a hombre perdido. Después de este momento todo cambio; mi cuerpo ya se acostumbra a su situación, el frío se hace suave a medida que avanza la noche tornándose agradable para mi piel sudorosa. Las sombras se mueven ahora formando extrañas figuras que juegan ante mis ojos ofreciéndome entretenimiento para llenar mis horas de insomnio. El cansancio de mis párpados me

asegura el sueño, pero de pronto se enciende una luz tan blanca que mi impide mirarla; siento dolor al ser levantado con gran fuerza por varias manos y las voces a mí alrededor ensordecen mis oídos que apenas captan una palabra obscena e insultante; bañando mi cara con agua me obligan a abrir los ojos, me encuentro ante hombres vestidos de negro, dos me sujetan firmemente a una silla, enfrente, otros dos sentados en sitios 37

altos me observan con furia en sus ojos. - Este es, dice uno de los hombres que me sujetan, el loco que mató a los muchachos. “Los dos hombres caminan adelante, fuman despacio, andan despreocupados el camino, por lo que intuyo que siempre rondan la noche sin importarles donde posan sus pies en estos lados de la ciudad. Yo quiero saber de qué hablan y me acerco a ellos sin que lo noten, pero se dan cuenta y me dejan pasar de largo; ahora yo camino adelante y crece mi interés por sus palabras. Uno de ellos me llama; al mirar su rostro, tal vez la oscuridad influye, veo algo horrible: su rostro deformado que ríe sin emitir sonido alguno; es el valor que da el miedo intenso el que hace que recoja una piedra para golpear ese rostro que amenaza paralizarme. Lo miro caer, y ahora si emite un pequeño grito; el otro hombre dice palabras que no entiendo, pero que tienen el sonido de una cifra numérica; sigo por la maleza tropezando y varias veces caigo, corro como puedo y ya falto de aliento me siento a descansar detrás de unos arbustos y trato de ocultarme; no tardan en aparecer los hombres, coinciden con mi cansancio y se sientan muy cerca de mí y por primera vez los miro con atención: sus rostros se alzan hacia el cielo como

buscando algo; sus caras son otra vez las de los mismos 38

muchachos que me ayudaron a salir del río, estoy a punto de salir a su encuentro cuando la voz de uno de ellos rompe el silencio del lugar diciendo: - El maestro nos descubrió, miró nuestro verdadero rostro, como estuvo a punto de morir se despertó en él la otra conciencia, te habrás dado cuenta de que casi no habla, ha perdido todo interés por las palabras, es demasiado peligroso para dejarlo vivir libre. La distancia entre ellos y yo era de unos cinco metros, por lo que no me engañaron mis oídos al hacerme creer que la contestación del otro a las palabras pronunciadas fue un sonido de varios tonos cortos y precisos. - Vamos, dijo el que habló, busquémoslo, tu eres el encargado de silenciarlo para siempre. Pronto se perdieron en la maleza dejando en el pasto una colilla de cigarrillo hecho a mano; la inmovilidad de mi cuerpo me hizo sentir el frío de la noche, avancé siguiendo la dirección que ellos tomaron, me incliné al pasar y recogí la colilla que alcanzó a

llenar mi boca de un humo fuerte y con intenso sabor a madera. La arrogué lejos y la oscuridad fue completa; un brillo en mis pies me asombra, toco algo metálico y me inclino para alzarlo, mi mano se acerca a mis ojos y mi boca sonríe: es un puñal. Nunca antes había tenido en mis manos un arma. Su frío 39

intenso penetra

a mi sangre

nutriéndola de seguridad

y

confianza; siento su fuerza al empuñarlo firmemente, lo miro largamente y creo que es una continuación de mi brazo; mi mano esperó mucho tiempo este puñal, ahora, al tenerlo dispuesto como parte de mi cuerpo siento que una misión me ha sido encomendada; avanzo ahora rápido y sin cuidarme de no hacer ruido. Debieron oírme cuando me acercaba porque los encuentro esperándome atentos y sin ninguna prevención; fue tarde cuando uno de ellos descubrió el puñal en mi mano; con tanta suavidad penetra la hoja metálica en sus pechos que me sorprendo, pues creía que el tórax era duro y macizo; fueron muchas las veces que el puñal entro y salió de sus cuerpos; uno de ellos corre lanzando gritos, pero lo alcanzo y con una agilidad desconocida en mi, salto sobre él y perforo su cuello con una certera puñalada; me agrada sentir la sangre caliente que baña mi torso desnudo. Contemplé en medio de las sombras espesas la cara del hombre que emitió los extraños sonidos; algo en mí me ordena abrir su boca y buscar la lengua, pero no encuentro este órgano ni tampoco señales de que hubiera sido mutilado; las palabras que pienso no pueden formar frases y por lo tanto no hay texto en 40

mi mente que explique lo sucedido. Siento calma, pero es todo mi cuerpo el que tiembla; en la mitad de mi cuerpo algo palpita rítmicamente, son mis manos las alegres que limpian la sangre y la tierra de mi piel. Entonces mi boca entona un himno que nunca estuvo en mi memoria y que es imposible trasmitir aquí por lo terribles que es pronunciar silbidos, números, gritos en diversos tonos, como un canto de triunfo después de una batalla y de agradecimiento hacia alguien que me observa todo el tiempo”. - Escucha con atención - me grita en la cara el hombre que parecía de más jerarquía, quiero saber tu nombre exacto y si tienes algún modo de identificarte. Se quedó mirándome a los ojos en espera de mi respuesta. Tardé mucho en hablar, era

difícil unir vocablos para formar mi nombre, pero al fin dije: Tt sss zzz 6699, mi nombre les provocó una fuerte conmoción, cuando recobraron la calma después de la risa me miraron con un gesto que pude interpretar como de asco, uno de ellos me escupió, otro me empujó con su pie y fui a caer al lado de una mesa en donde había una jarra con agua; me levanté y al hacerlo tumbé la jarra y me bebí toda el agua derramada en el piso. - Es un loco, dijeron en coro, o es muy astuto el maldito, dijo el 41

que me interrogaba. La luz intensa dirigida exactamente a mi rostro no me permitía mirar con claridad a los hombres que me hablaban, únicamente miraba sus ropas negras y sus movimientos rápidos y precisos; un largo momento se callaron y como sombras se juntaron junto a una mesa; escuché entonces voces en murmullo y en una maquina escribían lentamente pero sin detenerse y recordé de repente mi trabajo diario como algo a lo que no volvería jamás. Mi boca y mi lengua se movieron para formar las palabras que por toda mi vida anterior me habían acompañado. - Escuchen, gritó mi boca, no puedo decirles quien soy porque es innecesario, fui un maestro hasta hace algunas horas, antes de que me ahogara en el río, he vuelto y he cumplido mi misión, les exijo que cumplan ustedes la vuestra, no utilicen palabras para juzgarme, ellas jamás podrán condenarme, pues son totalmente inútiles para explicar los actos humanos. Detrás de mí una puerta se abrió; un frío intermitente me recorrió la espalda, alguien o algo respiraba casi pegado a mi piel; sólo en ese momento sentí temor. Un miedo no conocido por mí se alzó por mis piernas hasta mi pelo, inmóvil esperé que se desarrollara un suceso espantoso. Los hombres adoptaron una actitud de sumisión ante el ser que 42

debía estar a mis espaldas; el silencio se hizo total, levemente sólo escuchaba el sonido de la energía en las pantallas de la luz. Un golpe me indicó que la puerta se cerraba; fue tan rápida la salida del ser con respiración helada que a pesar del brusco movimiento que hice no logré mirar qué era; descubrí si, una pequeña puerta de tal vez medio metro de altura,

perfectamente disimulada en el decorado de la pared. Los hombres de negro me sorprendieron con su actuación después de ese momento; sin violencia me llevaron a otra estancia en donde me permitieron bañarme, con ropas nuevas y normales vistieron mi cuerpo, con delicadeza fui conducido al lugar inicial, abrieron la pequeña puerta entrar por ella. El espacio más allá de la entrada es infinito; tal vez la falta de luz ilimitaba el lugar y me sentí incómodo ante la falta de dimensiones. No había muros o no alcanzaba a mirarlos, no había nadie pero no me sentía solo; me quedé quieto con la sensación de que si daba un paso caería a un abismo, todo lo que me rodeaba me daba la certeza de que estaba en algo vacío pero parte de un organismo; me sentí como dentro de una matriz. Retrocedí y me senté hasta quedar con mi espalda contra la 43 y me obligaron a

puerta; el roce con el material me dio seguridad y sentí lo que debería ser el piso. El silencio era pleno, nunca antes en mi vida experimenté la ausencia absoluta de sonidos; si movía mis pies no emitían ni un sonido, ni un ruido de roce; si golpeaba con mi puño el piso tampoco se propagaba un sonido hacia mis oídos; creí estar sordo, no escuchaba mi respiración, intenté hablar, pero mi boca formaba las vocales y las consonantes sin emitir sonidos. Nunca me hizo falta llenar mi capacidad afectiva con

sentimientos de tristeza o añoranza; siempre me sentí pleno, lleno de energía y poseedor de todo lo posible, nada me hacía falta; el azar o el destino me colmaron de paciencia para esperar mi tiempo, consideré que lo que era para mí debería llegarme fácilmente, tuve lo que creí merecer; la envidia y la ambición jamás recorrieron mis venas. Perdí la noción del tiempo y no sé con exactitud si fue ayer o hace unas horas en que fui introducido en este espacio sin dimensiones; no sentí ni sed ni hambre, mi cuerpo estaba cálido y cómodo. La ausencia de luz directa, el juego de las sombras me hacían sentir flotando en algo vacío, no sabía decir con certeza donde era arriba o abajo. La experiencia humana dice que en situaciones extrañas, en 44

donde se presiente la muerte o la locura, la conciencia se refugia en los recuerdos más intensos; mi mente o lo que en mí recordaba estaba en blanco; de pronto una sombra azul en algún lugar de mi cuerpo o la luz blanca en una alta montaña, pero nada más acudía a mí en esos momentos. Después de asimilar la situación, cuando la causa de mi miedo se hizo leve porque no encontré ningún motivo para sentirlo, una fuerza poderosa penetró en mi cuerpo o salió de algún espacio de mi organismo y pobló toda vena y todo poro de mi piel; era consiente de que volvía a ser lo que antes fui, que todo mi ser por fin, únicamente ahora, era uno solo y sentí el verdadero amor y lloré sin sonido y probé por primera vez el sabor salado de las lágrimas. La soledad luminosa a la que había sido condenado era el encuentro, deseé vivir siempre así: sin testigos, sin sonidos, sin valores y sobre todo sin tiempo ni espacio. Siento la mano en mi cabeza con la fuerza necesaria para querer ser un gesto de amistad o de compasión, levanto el rostro para mirar al dueño de aquella mano grande y pesada; un rostro de viejo hermoso me sonríe y cuando habla aquella boca exhala un aliento a vino barato. - Debes tener calma, me dice, ya llega la mañana y para los 45

hombres la mañana es un principio. La voz fuerte y cálida del viejo trae a mi memoria la cara en la luz de la cerilla. No sé cómo el día invade este espacio cerrado, no se manifiesta convencionalmente, pero en cada uno de nosotros hay la firme convicción de que afuera las cosas vuelven a ser cosas por que son tocadas por la simple magia de la luz del sol. Yo sé que empieza para mí otra jornada, no sé en que parte queda detenida o rota mi rutina diaria; los libros, las

conferencias aburridas o absurdas, la investigación sin rumbos fijos, las clases académicas, todo ese mundo alrededor de la palabra en el que yo subsistía monótonamente. - Cómo llegaste aquí, me pregunta el viejo, tu no pareces hombre que comete errores fáciles. La pregunta me obliga a buscar frases racionales para explicarme a mí mismo lo que pasa, pero no es posible, el conocimiento que creo tener es incapaz de determinar cual dimensión es la real: la que viví en el espacio ausente de sonido o ésta que me aprisiona al lado de este viejo que me mira esperando su respuesta. - Les quite la vida a dos muchachos, le dije susurrando en su oído, porque impidieron que me suicidara. El viejo no dice nada, parece estar de acuerdo con mi acción; entonces me recuesto 46

contra la fría pared para penetrar en mí, y el viejo se olvida de que estoy a su lado. Después de un momento sonrió y cerró los ojos. Paso la mirada por mi entorno y descubro que está lleno de hombres, unos aún duermen recostados o sentados, arrimados unos a otros; uno de ellos me mira fijamente y hay burla en su gesto de sonrisa. La puerta se abre y un hombre vestido de negro, con un arma en su cintura, entra, se acerca a nosotros y toma al viejo del brazo obligándolo a salir. -Vamos profesor, le dice, es hora de su clase. Poco a poco los presos despiertan e inician diálogos; parecía que había un vínculo entre ellos o eran conocidos, pero es tal el bullicio que no se entiende lo que hablan; fuman, escupen, manotean. Nadie hacia caso al otro, entonces me pongo de pie y todos me miran y se callan, hay temor en sus ojos; yo los miro como queriendo hablar, levanto mis manos y ellos presienten la sangre y ven una mancha oscura; retroceden con intenso miedo y uno golpea con desesperación la puerta, nadie abrió. Me siento en el suelo y coloco la cabeza en medio de las piernas, ellos alrededor de mí hablan muy quedo, temerosos, -Es él, dice uno, el profesor universitario que enloqueció y mató a varios estudiantes; maldito, dice otro, que se ahogue en su mar. 47

“Yo olía al sol furioso dominando aquel principio de día, sabía que a mis espaldas estaba el mar golpeando rítmicamente las rocas pero no podía voltear mi rostro y mirarlo, mi cuerpo todo se negaba a tener contacto físico con él; las montañas se alzaban verticales e imposibles de escalar, sin embargo me dirigí a ellas para evitar el mar, me daba miedo su ruido, me sentía pequeño y él sin límites y corrí para no enloquecer. No conozco como es el mar, si es azul o blanco, pero tengo la

imagen de un monstruo que desea devorarme en su canto monótono e infinito; la complicidad de sus rocas gigantescas que no le sirven de orilla, su lecho blanco suave que llega a mis pies, invitándome, seduciéndome, la voz de agua me horroriza y huyo de su dominio y no hay nada capaz de detenerme”. El sol se mete en la celda a las espaldas del hombre vestido de negro; yo capto una gota de agua en su frente y me da sed; todos nos ponemos de pie y esperamos algo; nuestro guardián lee en una hoja nombres, los presos contestan a la voz del hombre pero mi nombre no lo pronuncia. - Tu, me grita el hombre, sus ojos, su boca, ciertas partes de su cuello tiemblan, ¿cómo te llamas? - Ernesto, contesto sin pensarlo, mi nombre es Ernesto Ríos. El nombre es mágico, tiene el poder de formarme y siento por 48

fin que soy; los miro con la convicción de que ellos no saben quién es Ernesto Ríos y esto me da una ventaja, pequeña y fugaz, pero suficiente para que me dejen tranquilo unas horas. Necesito saber como ser Ernesto Ríos. Yo, Ernesto, he sido conducido a una celda independiente, estrecha, húmeda, con escasa luz, sin ningún ruido humano y esto es agradable; mi piel oscura entra en la penumbra sin herirla; si alguien mirara hacia este sitio no miraría nada. Mi sombra no respira y pasa desapercibida; la cama de la celda me recuerda la rutina del amor y del hambre, la realidad que miro me da alivio, la rutina se ha roto, ya no me espera el reloj, tampoco las campanas llaman a mostrar la apariencia, sin embargo algo falta para completar esta paz casi perfecta: no ser Ernesto Ríos. Las horas deben pasar formando los días y las noches. No sé cómo medir el tiempo, cómo controlar sus pasos y saber que es un mes, o un año lo que he pasado en este lugar que es cada vez menos oscuro. Mi cuerpo envejece. Es difícil hacer mis anteriores ejercicios habituales; el tacto me indica que mi cara ha comenzado a desaparecer. Nada extraño y nada me hace falta; hasta hace poco sufría por 49

no tener algo que leer; acostumbrado a devorar letras impresas en todos los momentos posibles de mi vida memoria ubica ante mi los poemas amados: “no era posible el triunfo de la luz, sin buscarla una sombra débil en el último momento prefirió seguirme, hemos llegado”. Estos versos vuelven siempre a mis labios sin desearlos; he querido pensar que son un enigma que se abre ante mí para indicarme la salida hacia algo que no está afuera. Repito los mismos versos en todas las horas pero nada pasa; no sé que espero de las palabras; de algo estoy cada vez más seguro: no son mágicas las frases de este conjuro, como no lo son, tal vez, todas las palabras de todos los idiomas del planeta azul. Los hechos son decisivos y concluyentes. En el puñal que se clava en el pecho la sangre es la que habla; eso salvaje que puede ser belleza en la destrucción, la mano que no tiembla ante el grito, todo eso dice lo suficiente para explicar el destino 50 ahora sólo la

de los hombres. Las palabras forman la apariencia. Cuando ellos vengan por mi no hablaré; no oiré sus acusaciones ni sus inútiles explicaciones de mi conducta; un gesto de mi mano sabe más de mi verdad que un libro; no puedo decirles que soy un experimento, que me estoy formando para ser algo que no indica ninguna frase. He de morir por ello. Otros ya lo hicieron bajo la fuerza de su piel para sentirse libres. Si, yo soy Ernesto. Son fijos sus recuerdos por cantidad de instantes que se pierden en el agua que orino, en el agua que bebo para morir en un muro blanco. Mi cuerpo se ha acostumbrado a la inmovilidad; ya no recorro los pasos contando los latidos de mi corazón; cierro los ojos y sueño pero no duermo. Me es fácil ahora detener mi diálogo interno y penetrar a un espacio gris pero lleno de calma y que nutre mi falta de pensamientos. Si dirijo el vuelo de mi cuerpo puedo visitar los lugares amados y extasiarme al ser arrastrado por una fuerte tormenta. En los últimos esfuerzos por salir de mi cuerpo he notado que es difícil volver porque encuentro a este cansado o casi

desfalleciendo; pero no me atrevo a abandonarlo, todavía necesito conocer las rutas que me pueden enseñar el sueño de mi cuerpo. 51

Las mañanas que inundan mi celda de un sol no deseado me hacen odiar el hueco en la pared; el espacio que lo sé circular cuando no lo miro ahora es rectangular; queriendo formar una tormenta nubes que giran hacen moverse a las sombras de mi celda y de pronto me quedo sin cómplices para planear mi viaje sin retorno. Los dedos de mis pies quieren movimiento pero el peso del cuerpo permanece bajo el dominio de la inercia que impide acercarme a la puerta que está abierta y que me invita a ser hombre que busca su libertad para defecar, comer y amar. No estoy seguro de cuando fue que me dejaron en la calle en un andén con toda la luz posible en mis ojos, con los otros que esquivan mi bulto de piel oscura que cambia para adaptarse a este viento y a esta ausencia de sombras que me mata; en la calle no se puede soñar.

LA PURIFICACION

Como todo hombre vivo de acuerdo a los dictados, que son órdenes, de la costumbre. Para llenar el tiempo y para poblar de palabras mi pensamiento hago del diálogo interno la fuente de mis acciones. Estimulado por la teoría, según la cual la lectura es una fuente 52

de felicidad, hago de ésta un vicio y una pasión. Arrastro en mi utópica búsqueda largas y pesadas horas que van grabando mi piel de sutiles líneas y de sombras violeta. La fortuna siempre elude tercamente mi encuentro. Desde que me di cuenta de la importancia del dinero vivo condicionado a su búsqueda,

dejando a un lado luchas más propicias y fructíferas. El dinero poco a poco mina mi pasión, dejando sólo la necesaria para poder satisfacer lo elemental de la existencia. La sucesión de los días, inútil para mi propósito fundamental, está cauterizando mi vida, haciéndola leve, sin sentido y llenándome de un peligroso aburrimiento que amenaza de muerte todas mis búsquedas. Qué no hago para poder cambiar o quebrar la rutina;

acostumbrado a trabajar durante el día me despierto muy temprano y siempre acudo a un libro para iniciar mis horas difíciles. Los otros piensan por mí, quieren, y a veces lo logran, que sea como ellos. Visten mi cuerpo con ropas incómodas, costosas,

grises y nutren mi pensamiento con imágenes impuestas cada día con mucha frecuencia. La búsqueda de lo distinto aparece como el único reto posible de aceptar para doblegar el creciente aburrimiento. Cualquier 53

cosa, hasta una mancha en el piso, es el objeto buscado para a partir de él crear una nueva forma de enfrentar la sucesión de los días; sentir de otra forma, recibir el peso de aire y no sentir fatiga, saberse sin necesidades y por lo tanto independiente, igual a un perro callejero, igual a los demás y no dependiendo ya nunca de ellos. ¿Pero cómo lograrlo?, ¿Cómo llegar a no desear?. Hay un abismo esperándome, pero presiento que este abismo es el camino. No logro abstraerme del juego de poder. Aunque intenté, a

veces con éxito, apartarme por un tiempo de las relaciones entre los seres jamás hasta ahora pude dejar de sentir que algo me rodea obligándome siempre a claudicar ante los hombres. Siempre tengo que adaptarme a las exigencias impuestas por los otros bajo formas siempre sutiles, hasta a aquellos que un arma en la cintura les basta una mirada para doblegarme a su antojo. Así mismo, nunca pude evitar sentir un extraño placer cuando ejerzo a mi vez alguna forma de poder sobre otros hombres. Cuando califico un examen de un alumno vulgar mi mano tiembla al anotar en mi libreta una calificación baja e inmerecida; y una sensación de raro placer siento al mirar el rostro del alumno, pálido y ansioso por suplicarme, su

peligrosa furia y la decepción al acatar mi dictamen. 54

Las formas que reviste el poder cuando actúa sobre mí a partir de mí mismo son tan disimuladas y sutiles que sólo hasta hoy las advierto. Debió comenzar cuando aprendí desde muy niño lo que costaba querer ser autónomo; desde cuando en mis juegos imitaba acciones adultas o cuando seguía apasionadamente las fantasías inventadas por mis compañeros o hermanos mayores. Quiero parar, hacer un alto, buscar otra senda, perfeccionar en lo posible mi existencia. Debo ya recoger los frutos que deben estar maduros; aplicar el conocimiento, que me ha costado años de estudio y de vida, comprender y evolucionar; ser mi propio experimento de algo completamente distinto. He comenzado. Lo inmediato es convencerme de que debo vivir el instante, de que no hay pasado ni futuro, que todo es originado por el instante. Sé que todo está en todas partes. Con esto debo entender que hay que buscar lo que necesite en los lugares por donde creo están las bases y los principios para construir mi obra y que estos lugares son todos los lugares. Todos los sentimientos he experimentado en mi vida. Mi cuerpo ha buscado satisfacerse de todas sus necesidades elementales y de las impuestas por otros cuerpos, por otros seres. En esto ha ayudado mi mente, y juntos, cuerpo y mente han creado otra cosa. 55

La sensibilidad, la capacidad de mi ser para ser incidido por todo lo humano, es la fase identificable como primaria para comenzar el proceso que ha de llevarme a cierto grado de perfección. En este campo, el de la sensibilidad, es en donde radican algunas de mis debilidades más simples. Sé que son debilidades más físicas que mentales. Son poderosas porque provienen de un cuerpo sano y fuerte, joven y vital. Lo primero es romper de alguna manera aquellos vínculos del cuerpo con la mente, que son el resultado de una actitud ebria y lujuriosa por parte de los sentidos y que engañan a la mente apareciendo como emociones nuevas y nutritivas. Debo partir del hecho de que soy un hombre necesitado de los nexos de la sociedad. Estos nexos son imprescindibles si quiero sobrevivir. Por lo tanto el dinero es el problema inmediato que hay que solucionar; por lo pronto he conseguido un trabajo remunerado con un salario suficiente. De aquí surge una básica necesidad que me impone mi ambición de perfección: depender cada día menos del dinero; para conseguir esto hay dos alternativas: tenerlo en exceso o carecer de él en absoluto. En el curso de este experimento llegará el momento de elegir. En este momento, con las concepciones que posee mi mente, la segunda me parece horrorosa. 56

Desde hace cuatro meses he comenzado a tener treinta y tres años. El exterior de mi cuerpo es el de un hombre normal en el contexto de la sociedad en donde habito; normal de estatura, normal de peso. En mi juventud primera las mujeres me atribuían encantos masculinos. No soy modesto, me gusta que las mujeres me observen con admiración; algunos homosexuales me han hecho propuestas prometedoras. Escribiendo esto me doy cuenta de que mis debilidades son muchas y profundas. Algo estúpido me consuela: que soy hombre inferior como la mayoría y que nada de lo que narro es extraño para el resto del mundo humano. El modelo mental del hombre que soy me hace pensar que la perfección me debe llevar a un estrato más bajo o más arriba de lo que se considera humano. Esta definición llegara por sí sola. Vivir como vive un gato: el instante eterno; mientras viva será el método preciso para determinar cada acción como positiva o negativa para alcanzar el fin propuesto. No podré evitar el comparar cada acción nueva con las ya experimentadas; esto es necesario para su clasificación. Hace algunas semanas impuse una tarea para que la cumpla mi cuerpo. Es comenzar a fortalecer mis músculos, y para esto me levantó con el sol a correr por las calles casi desiertas de mi 57

ciudad; esto obedece a que considero que es la mejor forma para empezar a disciplinarme, también trae consecuencias positivas para mi salud, pues me obliga a alejarme de los

cigarrillos y de toda clase de humo. El deporte es una forma de fuga, es la droga hecha de aire, de sal y de agua. Los días transcurren lentos y sin nada que mi impida esperar el alba para empapar mi cuerpo de sudor y gozar físicamente del cansancio que vacía mi mente y borra los recuerdos. Ahora me detengo en el bosque y no me importa que sea hora de ir a mis clases y me digo que si quiero, puedo romper con la rutina que me han impuesto los enemigos del sudor y la sed. He comenzado a faltar a mi contrato con la universidad y han comenzado a llegar llamados de atención que cada vez son más amenazantes. Ayer tuve la primera sensación placentera desde que comencé a correr; salí cuando la noche aún enmudecía la ciudad y me asombró ver las calles desoladas y oscuras e invisibles las casas; sentí una extraña felicidad; un mundo sin hombres, sin movimiento, casi sin luz, frío y listo para tomarlo sin ser visto y correr y correr una calle y otra y otra hasta caer de cansancio y entonces pensar y darse cuenta de que nada acude a la mente para llenarla o que ya está sólo llena de negro, de rojo, del verde que domina, del azul tan débil y sobre todo de 58

la

ausencia

de

palabras

invasoras

que

expliquen

que

el

amanecer, que el tiempo, que la jornada me esperan para hacerme hombre que sueña solamente. El éxtasis del cansancio es lo que busco en el deporte y soy ya un adicto del correr por las calles de la ciudad dormida. Nada me importa demasiado; decidí hace unas horas terminar mi contrato como profesor para dedicarme a correr a todas horas. He notado que mi familia piensa abandonarme. Nada podría ser mejor. Lo que al comienzo fortalecía mis músculos hoy me causa dolor si exagero las horas de ejercicio. La causa es que he abandonado el hábito de alimentarme cada ciertas horas. Después de correr varias calles me detengo en cualquier anden totalmente agotado, pero el vacío que busco llega pleno y disfruto contra el frío y la soledad el olvido de lo que soy o lo que los otros, todos, quieren que sea. Me he dado cuenta que entre menos me alimento más rápido llego a lo que quiero, y esto me lleva cada vez más lejos y por más tiempo. Cuando otra vez vuelven las palabras para hacerme hombre me encuentro rodeado de personas, casi siempre jóvenes, que hacen gestos de alivio cuando les hablo. Estas casas que tanto he visto, estas calles que tanto he caminado están muy lejos del mar. Los hombres que las habitan 59

son de diversos colores menos el oscuro; por eso me extraña que los muchachos que me despiertan sean negros como

sombras delgadas que se ocultan del sol frío y cortante de esta montaña. Me he hecho dueño de mi tiempo. Por fin sólo obedezco a un tirano: mi cuerpo que siente hambre, mi cuerpo que siente frío. Los límites son el día y la noche que son ya un solo día y una sola noche. Pronto la gente con sus gritos llena la calle. Yo los miro sin prisa, pero su afán de llegar a alguna parte me hace daño; los veo tan confiados de sus pasos que tiemblo aun recostado en la pared de este bloque de cemento que pronto será habitado. Orgullo, veo orgullo en los gestos de los hombres que van a sus lugares que ellos llaman de trabajo; su pelo mojado, su vestido impecable y la maleta que forma parte de su atuendo. Con que desprecio me mira éste que casi me pisa, percibo su olor a loción que deja en mi nariz cierta repugnancia y que me obliga a escupir, pero no puedo hacerlo y siento con placer salvaje la llamada de la sed. Entonces vuelvo al ayer. Encuentro que mi familia está contra mí, me imponen la rutina, las horas y los momentos para cada cosa, me ofrecen llenar las horas de libros, me prometen dinero 60

y su reino y que yo a cambio debo ser el que siempre fui. Pero yo no acepto y ellos concluyen que estoy loco. Ya no me aferro a ningún sonido; pasan desapercibidos los mágicos susurros del amor y la amistad; no me son necesarios como hasta ayer. Es que creo que comienzo a morir, que es la mejor forma de vivir. Sin tiranos ni esclavos. He decidido vivir en el mundo; basta de cuatro muros y cuatro direcciones. La puerta se abre, la puerta se cierra; no más puertas. La hora más bella dora la ciudad. En pocos minutos para nosotros estará la noche, con ella llenaremos la calle que hoy me acoge como un hijo nuevo y pequeño, débil pero ansioso de pureza, vacío de explicaciones pero lleno de interrogantes. La tarde que otra vez termina deja para mí un halo de añoranza que llena mi cabeza de palabras para significarme el miedo a lo que enfrento: la larga noche sin techo ni cobija, sin mujer que me reproche mi falta de atención, sin hijos que me cuenten historias para disfrutar. Pero la hora mutante ya llegó con su sombra espesa para llenarme de negro el pensamiento, para que haga un alto con ese otro que me contesta y me pregunta. El primer minuto lo vivo intensamente. Tomo posesión del lugar como si fuera mío el andén en que me recuesto cuan largo soy. Desde hoy todo el espacio que ocupa 61

mi cuerpo será usurpado por mí. Esta noche la calle que me acoge es muy transitada; los miro llegar sin darse cuenta de mi cuerpo acostado, cuando están cerca se detienen de pronto y describen una curva para alejarse. La luz que me cubre enrojece mis manos y miro absorto su parpadeo que mueve la sombra del muro y siento frío cuando la gente deja de pasar al lado mío. Los últimos que pasan no se detienen; pasan sobre mí y ríen y creen que como ellos estoy borracho. Uno se detiene junto a mis piernas y no hago nada cuando siento que saca los zapatos. Otro me hurga los bolsillos pero no encuentra lo que busca porque se va maldiciendo. El silencio no es total en la calle; por momentos cierro los ojos para traer el sueño pero el olvido no llega y creo escuchar mi nombre en la boca de una mujer que solloza. Abro mis ojos y un grito de dolor me asusta; a escasos metros hay lucha, pero breve, varios hombres se disputan una mujer. Uno a uno van quedando quietos, los veo recogerse y dormir, sólo la mujer está sentada y me mira y desde esta noche renuncio al contacto asqueroso de su piel. No me hace falta el sueño. Cada momento que pasa siento que despierto a otra realidad donde no importa quién soy ni qué hago y es agradable la ausencia de deseo carnal, de suavidad de 62

lecho y de muros que limitan la caricia del aire de la noche. Como un reto al dominio del deseo me desvisto y desnudo sobre el cemento llega con alegría el sueño que me trae el olvido. Golpes fuertes me despiertan. Ya la luz solar rompe muy lejos la noche. Me obligan a pararme, me acosan por respuestas, pero yo los dejo hacer lo que quieran pues no me comprenderían si hablara; es entonces que empleando mi fuerza los aparto y me lanzo en carrera y nadie puede seguirme. Me detengo cuando llego a un callejón donde hay basura amontonada y como estoy cansado me recuesto en ella y eso me satisface. Los perros no me disputan territorio ni tampoco lo que como, sólo la sed me atormenta, pero pronto descubro botellas con líquidos extraños y los bebo. El paso de las horas no me atormenta, tampoco necesito llenar el tiempo; no pienso en la jornada, los conceptos sobre la realidad los quiero olvidar, no me importa la muerte que busca mi cuerpo ni la falta de los otros para decirme cómo debo vivir, no hay castigos ni recompensas. Soy puro conocimiento y piel, por fin he probado la libertad total. Nunca había recibido la centelleante luz del sol en una mañana de invierno con todo el tiempo posible para hartarme de él y que mi piel se alimente hasta la llaga con su calor que purifica. 63

Insistentes mis pensamientos quieren llevarme al día de ayer para traerme las desdichas con máscara de éxito y una engañosa comodidad. Comprendo que debo sustraerme al poder de evocación de las palabras, no sentir compasión y ternura por los seres que abandono, sólo seré instinto y lucha por vivir de otra manera: sin poder y sin tiranos. Por la entrada del lado del sol, lentamente, mirando bajo, llegan los dueños del espacio que hoy ocupo. Se acercan, me huelen y les repugno, pero no se atreven a morderme; se echan a mi lado y esperan que yo los acaricie o los espante. Nada pasa y la mañana avanza en silencio. Los perros quietos reciben el sol, como si durmieran, sé que disfrutan de mi compañía y yo me siento seguro y tranquilo pues en mucho tiempo no hace falta hablar para estar con alguien. No es obligación ofrecer algo, como apretar las manos o sonreír sin gusto; estoy desnudo y eso ellos no lo entienden y no les importa. Soy real en este basurero y estoy completo pues la brecha con el mundo está cerrada. La soledad no me desespera como ayer y el completo aislamiento es el objetivo que busco experimentar. Lo que miro a partir de aquí es lo que forma mi relación con el mundo. Desde hoy soy un hombre y el mundo una cosa; no tengo mucho que elegir para buscar la relación para mí más 64

conveniente; entonces ya no parto de los otros para saber que soy y lo que quiero, por lo tanto ya no me afectan los deseos, las esperanzas, los temores de los otros hombres; quiero ser suficiente para mí y solamente entonces seré libre e igual a todos. Sé que mi cuerpo necesita enraizarse en el tiempo y en un lugar pero su ubicación yo la deberé elegir. Miro enfrente la pequeña montaña de basura, allí están los otros después de haber devorado lo mejor; sólo quedan materias que la lluvia a destruido y el brillo de un frasco rojo me forma la cara de una mujer bebiendo mientras posee a un hombre con una mirada envolvente. Soy parte del mismo cuerpo físico; los ladrillos sucios que me soportan, el manto de niebla que me envuelve, el papel que suaviza mi descanso; pero cuando quiero soy una isla y nada me ata a los objetos. La pared vacía y mi mente que no dialoga se comunican, soy irreal ante ella y para mí es un ente que se mueve si yo lo quiero; sin poder ni dominio, sólo con mis ojos que la pueden pintar de azul o de negro; esto es lo que quiero: ser cemento que forma y no cambia la realidad que despierta y sin palabra para sentirla, un contacto construir un diálogo 65

alguna

profundo y cierto en completa libertad para callar.

EL OLVIDO

La decisión suprema se impuso sola. Será la ausencia de dinero la libertad posible para vivir en completa renuncia y hacer lo que yo quiero: ejecutar lo elemental para subsistir y dedicar todo el resto del tiempo para conocer. He abandonado todos los vínculos afectivos con los otros hombres: familia, amigos, los conocidos que perturban. Rompí los nexos con ellos: el poder, la derrota, la fama y el éxito. La calle me ha aceptado como su parte: un ladrillo o un poste cuando estoy quieto, o papel basura que lo mueve el viento y el agua. No sé porqué me atrae siempre la puerta lateral de un templo. Está cerrada desde que la conozco, es amplia, es un punto de donde miro sin ser mirado, pues he notado que la gente no mira nunca hacia el templo. Noto con alegría que mi mente ya no vive en el pasado. Es poco el tiempo en que paso triste por lo que he dejado. Para mitigar este sentimiento con frecuencia grito y esto me descansa del pasado la conciencia y es cuando la gente me mira y veo temor en sus ojos. No estoy loco, pero ellos creen que algo me hicieron 66

pues muchos de ellos fueron mis conocidos. Ellos no saben que todo esto es voluntario: una vida única y espantosa sin necesidad alguna que satisfacer. Sólo una cosa necesito: el olvido. El día dominado por el sol me ofrece un gran momento cuando me envuelve su luz. Visiones pasadas me perturban cuando está en el cenit; pero sé que si no pruebo alimento alguno me es fácil deshacer cualquier imagen que altere mi nueva calma. Débil, pero ausente, mi cuerpo ya no me responde; sin deseos ni pensamientos mi cuerpo ya no existe. Un color azul se

superpone, los otros se mueven a su antojo, pero mis ojos no los siguen; entonces me muevo: uno, dos, son cinco pasos. Ida y vuelta. Este camino me purifica. No sé en que dirección me muevo. Cuando llego al borde de esta línea bajo una puerta cerrada, en el quinto paso, no sé quién soy. Pero vuelvo al cuarto y una leve sacudida en mi pecho me anuncia la tristeza. He intentado quedarme inmóvil en el quinto paso, que es el último, pero algo enfrente de mí me empuja a que comience a caminar y debo volver hacia atrás. Intento que el cuarto paso sea el segundo, cambiar el quinto con el primero, y no puedo. Jamás el último paso será el primero en el regreso. Sigo con atención el paso de la sombra proyectada por el muro. 67

Deja brillos diminutos que mis ojos perciben y que permanecen en mi mente como luces que me alimentan; pienso en ellos y lo demás me abandona; un nuevo paso de sombra y encuentro otro detalle que se destaca únicamente para que yo lo reciba. Sé con exactitud todo lo que existe en el día en la línea de la sombra. He visto otras cosas que escapan a mi comprensión y no hallo palabras para narrarlo. Mas allá del posible verbo está lo que es vedado; como un muro se alza entre mi pensamiento y mi lenguaje y siento con emoción que una forma de comunicación se me está

manifestando y toco la pared extendiendo la mano y un mapa dibuja su recorrido: la ruta al lugar nuevo que deberé

emprender y para el que no necesitaré desplazarme demasiado. Lo mismo entienden mis pies en cada paso; entienden lo abominable de la existencia; y una y dos y cien veces se repite la voz en el piso de madera, pero las palabras no dicen nada de lo que entiende el tacto de mi pie desnudo al contacto de la madera. La niebla que se alza es la imagen cercana y me cubre apartándome de los demás que pueden tocarme, pero no los siento por que ya nada me dicen sus cuerpos. Alrededor no hay nadie dibujándome en sus ojos y me son incomprensibles sus gestos. 68

El cambio que sufre mi cuerpo es lento pero avanza. Mi rostro está totalmente cubierto de pelo, mis manos y mis pies se han tornado negros; pero siempre me veo limpio. Al principio me extrañó encontrarme en ciertos amaneceres con ropas distintas y limpias. Hay alguien al que le pertenezco y cuida de mí. Esta comprensión, débil pero certera, me vuelve por momentos hacia el pasado que creo lejano, pero sé que pronto terminara esta relación de pertenencia: esto me conforta pero frena mi ascensión hacia el vacío que me espera y que no es la locura. Aseguro que conozco más viviendo en el borde de esta realidad soñada; sólo que de mí no sale mensaje alguno. Por fin soy un individuo: único y libre, poseedor de su tiempo, sin poder ni dominio, limitado al contorno de su cuerpo, sin líneas de unión con los otros y pleno de conocimientos que no son transmisibles aún, pues los medios que poseo son insuficientes para

comunicarlos. Desde hace poco tiempo la llegada de la noche ya no me asusta. Con temor me apartaba del templo y como guiado por alguien buscaba el camino al callejón. La tarde que estoy viviendo está demorando en morir. La luz mutante se detiene más de lo acostumbrado. La casi sombra se 69

dilata absorbiendo mi tarde que sé es la última. Recorro por última vez mis amados cinco pasos y encuentro en el quinto lo que siempre busqué: el otro que no es nadie porque es sólo olvido. Me demoro observando los mismos detalles tan minuciosamente aprendidos, pero por fin ya no me dicen nada. La noche llega y me sorprendo sonriendo, no sé porqué, entonces corro hacia el callejón y siento que allí está lo que busqué durante todo este proceso vivido con horror pero que me ha hecho conocer lo maravilloso. El fin se aproxima. Desde lejos observo las sombras que se ocultan, la hoguera que han iniciado es más grande que nunca; su fuego me llama, me habla y son inútiles mis instintos que me dicen que huya de su luz, de su llama que devora. Y mi cuerpo responde desnudándose y miro como las sombras se

materializan y avanzan hacia mí... FIN

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