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GUITTON, Jean, Justification du temps, Presses Universitaires de France, Paris, 1961.

(Traducción y resumen y por Bárbara Díaz) CAPÍTULO I: DE LO INTEMPORAL El problema del tiempo vivido por el hombre y su relación con la eternidad está presente en todos los problemas de la metafísica y de la moral. ¿Cuál es el sentido y el valor de esos estados de conciencia que nos parecen contener un elemento de eternidad? ¿Qué es la felicidad? El ideal al que tendemos ¿subsiste después del tiempo? Pero ¿qué es el tiempo, y sobre todo, qué es el presente, ese momento que siempre se escapa, y que, sin embargo es el único que nos es dado? ¿Cómo podemos remediar su pasaje, detener su flujo, obtener en él la eterna presencia? Tratemos de aplicar nuestra atención a ese punto móvil que es nuestro presente. Ninguna experiencia está más a la mano, porque cada instante que pasa nos la propone. Ninguna es más difícil, porque nada se nos escapa más que nuestro presente, pero si fuéramos capaces de penetrarlo, conoceríamos sin duda un aspecto fundamental del ser. Todo presente se descompone en dos partes, que precisamente tienen la característica de no estar presentes. La primera está compuesta de aquello que viene de ser y que pasa. El segundo es un impulso de nuestro ser hacia un punto virtual propuesto por el deseo o por la voluntad y del cual procede la acción: es una invención de lo que será, y al mismo tiempo una espera pasiva de lo que va a ser. Son dos aspectos y algo así como dos pendientes del ser que dividen un acto en movimiento. La sustancia de este acto se disipa sin cesar: o bien no está aún, o bien ya no está. Por haber hecho la experiencia de esa huida podemos preguntarnos si la palabra SER tiene entonces sentido. Sin embargo, al reflexionar más, vemos que el análisis que tiende a disolver el presente, si bien no tiene reproches desde el punto de vista de la inteligencia, no parece corresponder a la verdad profunda. Yo puedo recobrar el pasado por el recuerdo; y, con respecto al futuro, me parece poseer oscuramente la sustancia de lo que busco. A primera vista sucesión y permanencia parecen contradecirse y nos es necesario oscilar entre una y otra. Pero ellas están sustancialmente unidas. Cada vez que una realidad exterior se modifica, desarrollamos en el tiempo la sucesión de esos estados. Cuando hablamos de un estado de conciencia, nos parece más sometido al tiempo que la naturaleza misma. Pero si el tiempo es como la forma de la existencia sensible y también de la vida espiritual, la eternidad es la forma del pensamiento. ¿No hay acaso, en todo ejercicio intelectual, un esfuerzo por suspender, y hasta por suprimir el tiempo? Es lo que habían entrevisto los antiguos, que confundían lo inteligible con lo eterno: de ahí la obligación de reducir a la nada el elemento individual, sensible, movible, y que dura de los seres, y concebir la vida eterna como una vida absorbida en la contemplación intelectual de la unidad. La memoria humana nunca recobra el presente del pasado. La memoria detiene el pasado, lo extiende en un cuadro, nos lo presenta todo a la vez, a tal punto, que se lo puede poseer por medio del pensamiento del mismo modo que uno recorre el espacio con la mirada. En esas condiciones, la memoria no recobra jamás el pasado tal cual fue: el recuerdo de cada momento está impregnado de recuerdos confusos de lo que ha precedido y sobre todo de lo que ha seguido. Eso basta para ver que es lo contrario al presente de antaño, en el que el futuro era inexplorable. El recuerdo transfigura la materia y cada uno de nosotros es el artista y como el profeta de su pasado. Discierne las semejanzas de los fenómenos y de las personas, y las coincidencias. Recompone su historia ordenándola hacia el momento presente, que él explica por ella. Ninguna sensación presente tendría valor si no tuviera esa posibilidad de reaparecer en la luz inteligible del recuerdo. Hay pues, bastante de intemporal en el acto de la memoria. Si nos vamos ahora a analizar el lugar donde se ejercita la voluntad, diremos que el tiempo es el lugar de las opciones mientras que la eternidad es el lugar de los destinos. Durante el tiempo de nuestra vida tenemos la ocasión de comprometernos y romper nuestros

donde el curso de la historia se fijará en un cierto momento de perfección y de justicia. el espíritu. la venida del Mesías los introduciría en una era de triunfo. La nostalgia nace de la detención del futuro. Hegel. como no puede suceder ningún otro acontecimiento. hace retornar el pasado a lo eterno. no pueden concebirlo más que eterno. a veces canonizan el movimiento entero de la historia. Pero esa venida ¿no desencadenaría al mismo tiempo su consumación? O bien a la llegada del Mesías se entrará en otra clase de duración. sin ansiedad. ¿Podremos decir que una ilusión similar existe también para el pasado. pero no ve que después de la revolución haya una evolución posible. por ejemplo. en una verdad que se destruiría al sobrepasarse. La ilusión es más notable cuando hablamos de la esperanza social. y que nos lo imaginamos bajo una luz perfecta? Es verdad que hay mucha ilusión en la percepción del pasado. la percepción del pasado es infinitamente más inteligente que la del futuro. Pero las lecciones de la experiencia. La historia habría debido hacerles comprender lo absurdo de un estado a la vez temporal y eterno. para los judíos. o mejor aún. por una suerte de compensación. nos da una forma inalterable. un presente sin flujo. Y si se piensa en que esa estabilidad en la perfección es imposible. Contaminación del pasado: En la vejez. o bien se inmovilizará el tiempo y será la eternidad. aparece otra ilusión: dar carácter de eternidad al perfeccionamiento mismo Es entonces la historia y su devenir los que serán elevados a la categoría de realidad primera. Por ejemplo. No obstante. Mientras que uno vive es posible modificar la dirección de las intenciones. con el tema del mesianismo. el futuro se acaba. sin que pueda asignársele un término a ese movimiento. por fuertes que sean. CAPÍTULO II: DE LA CONTAMINACIÓN La contaminación del futuro: El futuro es el lugar de la ilusión. . y eso sin fin: ¿sería algo pensable? Los pensadores de este tipo no han pensado en una verdad “en movimiento”. O apoyarse sobre instituciones de tipo imperial (Eusebio hablaba del Imperio de los Santos en el Imperio de Constantino). En todo caso. no tienen poder sobre las ilusiones vitales: cada día nos vemos morir y sin embargo no vivimos como seres que van a morir algún día. la existencia se convierte en una obra de arte contemplada por el espíritu. Pero a veces considera que ese progreso ha hecho su obra y que su propia filosofía es el término al que tendía el esfuerzo de siglos. que tenían tantas razones para pensar en la verdadera eternidad. Sólo ese estado sería capaz de detener el tiempo.compromisos. sin espera. la idea de un tiempo finalmente detenido. Lo que resulta falaz es imaginar el después bajo la forma de un siempre. O sea. cambiable. a “pensarnos”. Marx. Cuando los hombres se representan un estado político perfecto. Incluso a los cristianos. cuando llega la muerte. que lo eterno está representado por Prusia. Y les hemos visto oscilar entre una y otra noción. La experiencia de la precariedad de los imperios debió haber llevado a los hombres a preservarlos de esas ilusiones. se les ve a menudo soñar en una eternidad temporal. porque lo desprecia. En los sistemas socialistas del XIX se retoma. Y. presenta la verdad como una historia jamás acabada y que se engendra a sí misma. . donde la idea de futuro se hace incierta. al forzar a los otros. buenas o malas. La edad de oro original no ha sido inventada por pueblos felices. nuestra muerte. por su parte. Si la fidelidad tiene mérito es porque es una victoria continua sobre la inconstancia. ve en la historia un movimiento necesario. Aunque no hubiera una vida más allá. sino que han conservado la idea de una verdad sólida e inmutable. a veces tal momento privilegiado del futuro o del presente que consideran como fijo. Y es esa imagen mentirosa la que nos impide reposar en el momento presente. Esa postura disuelve la idea de verdad en un devenir que no tiene otro fin que devenir.

en la que el espíritu en lugar de distenderse se concentra. y cuando ésta es intensa. porque se hace sin reservas y sin esperanza. bajo Luis XVIII. los otros momentos del pasado son pues despreciados. Todo pasa como en un teatro. y que nos lleva a oscilar entre momentos de disipación de sí mismo o de plenitud vacía. donde el espectador gusta la sensación del sufrimiento sin estar obligado a sufrir. En este caso. lo que queda es la alegría. participa de una realidad más alta. Pero el espíritu se inclina fácilmente a creer que es “el” pasado que vuelve y que se conserva. de la intención (intentio). luego lo adora. los usos y las leyes de un período pasado. Tentativa vana. Esto significa que nuestra vida psíquica está constituida por la mezcla de dos movimientos. A sus ojos. se contrae en altura: es la dimensión de la atención (attentio). y el otro. y su error se convierte en su dios. por así decirlo. se recoge. Una es. erigido en absoluto merced a un recorte totalmente artificial. se restaura un ideal próximo pero separado por la gran brecha de la Revolución. el goce es tratar de agotar el presente al mismo tiempo que se lo carga de una densidad ficticia. Gozar es intentar dar a un momento cualquiera del tiempo una suerte de tercera dimensión sensible: hacer que esa dimensión momentánea tenga una permanencia absoluta. que estaba en el riesgo a correr. Es curioso constatar que en la vida de los ancianos. En la vida social. A fin de compensar el vacío interior. ¡Si se pudieran disociar esas dos corrientes! ¡Si se pudiera guardar solo la que nos lleva hacia lo alto! . en vez de tratar de reencontrar el espíritu y de imaginar formas nuevas acomodadas al tiempo presente: cuando ese esfuerzo no se realiza los Estados se corrompen. Y lo que oscurece el problema de la tradición. Cuando se contempla en el mismo recuerdo que uno se ha arriesgado y que ha ganado. no es “el” pasado. porque ha perdido el elemento esencial del peligro presente. siempre que entre ella y el presente exista el intervalo de un momento contrario: así. vertical. los pensadores políticos consideran que el ideal está realizado en un momento definitivo. No es necesario que la edad de oro esté muy lejana en el tiempo. CAPÍTULO IV: DE LA ESTRUCTURA DEL TIEMPO Concepción de San Agustín: En la unidad indivisible del presente. el lleva el objeto sensible al infinito. el período que se ilumina es el más cargado de peligros. y cuando se intensifica al punto de convertirse en sufrimiento para el sujeto. El hombre entonces es una viva contradicción. distingue muchas direcciones espirituales. Pero hay otra dimensión. él la llama extensio. es que uno se cree fácilmente que la fidelidad consiste en mantener a rajatabla las formas. Las restauraciones de ese género son bastante menos fieles de lo que manifiestan. porque las formas nuevas participan de lo que ha pasado entre ambos momentos. El pecador (peccator) intenta hacer una síntesis entre lo eterno y lo temporal. en el momento que sigue al goce el ser está como alienado de sí mismo encerrado sobre sí mismo y a veces extraño a sí mismo. puede escapar a sí mismo a fuerza de distenderse o extenderse. el espíritu se extiende en el pasado y en el futuro.Esta contaminación consiste en elegir en el pasado un período que será erigido en período “normal” [de norma] y en nombre del cual todo el resto será juzgado. Puede ser cercana. que para él es un intervalo durable (mora) y no un punto matemático (nunc). sino tal o tal fragmento de éste. y de evitar que se escurra lo que ama. Contaminación del presente: Es el goce. longitudinal. aunque esté en el tiempo. El goce agota en nosotros cierta raíz: y en ese sentido es un sacrificio: se podría incluso decir que es el sacrificio más absoluto. el triunfo. En verdad. Pero el peligro pasado no es más que un falso peligro. de los cuales uno constituye lo que llamamos tiempo. la corriente que lleva a lo alto hay que derivarla hacia lo sensible. la denomina distensio. se disipa. Según esta dimensión. en algún momento de fundación y de perfección que se trata de restaurar y reproducir.

La profundidad que el gozo da al presente es falaz. Es preciso que la atención se dirija al acto global. necesario. pues uno no sabe nunca si el acontecimiento es semilla o polvo. Uno se interesa en la promesa.No se puede. Esa separación de corrientes no puede hacerse más que en la muerte. Pero las grandes obras de historia han sido figurativas. como en el sufrimiento. al vivir en el futuro. CONCLUSIÓN El tiempo es una mezcla y no hay equivocación en discernir un elemento intemporal junto con otro de pura movilidad. El tiempo humano no puede subsistir sin una tensión hacia la eternidad que lo fundamente. Uno no se interesa sino en lo que no está. la aspiración hacia lo eterno. Pero la realidad del futuro es ambigua. Todo nos lleva a darle consistencia: la estructura de nuestro espíritu y la precipitación misma de nuestro ser. es una falsa profundidad. y. por eso entre la extensio (futuro) que es el deseo que nos impulsa hacia el futuro y la intentio (eternidad) que es el deseo que nos eleva hacia la eternidad. ¿Podremos captar la significación del momento presente? No se conoce lo que se ha querido hacer más que cuando ya se ha hecho. y por sustancia lo que no es más que un símbolo. Cuando por azar sentimos su densidad. al desear lo que todavía no es. del cual ese objeto es el signo. Podría creerse que el historiador se interesa por el pasado como tal. Por eso es que todo lo eterno nos parece futuro y todo futuro eterno. Esta es la dirección de pensamiento que querríamos seguir: la única. La acción cotidiana no sería posible si mantuviera al ser en un tiempo cerrado. Todo pasa como si la naturaleza quisiera a la vez mantenernos en el presente y quitarnos su posesión. creemos. Escuchar las palabras que uno pronuncia es exponerse a farfullar. No prestamos verdadera atención más que al futuro: la espera es el alma de la atención. Se trata de escoger entre el deseo que nos lleva hacia el objeto futuro y la aspiración que nos eleva hacia lo eterno. en lo que se debe adivinar y no saber. que procede de un malestar del cuerpo. sin embargo. que permite enjuiciar el tiempo actual y calcular el valor de lo desconocido. que puede justificar el tiempo. al remitirnos al mañana. Por eso es siempre más fácil soportar un mal presente que uno imaginario. Nada puede aclararnos más este análisis que considerar ese más allá del presente que llamamos futuro: es el elemento más oscuro del tiempo humano. desequilibra. el alma se evade sin tener ningún otro fundamento que una pobre imagen para sostenerse. es porque en ella se ven los resortes de los acontecimientos en una simplicidad más manejable. Aunque todos nuestros aparatos nos hagan adherir al momento presente. del que nos lleva al futuro. El futuro es entonces. ¿Por qué el gozo es tan raro y tan precario sino porque no estamos destinados a la presencia en el presente? Éste se nos esconde. mejor dicho. La atención no se dirige al presente. Se ha elegido en el pasado la explicación de lo profundo del presente. en la mezcla que nos presenta. la imagen todavía oscura y la analogía del futuro. mejor aún. Pero ¿de qué modo se componen entre sí ambos elementos? El tiempo pertenece a ese tipo de realidades potenciales que la naturaleza nos ofrece tan constantemente y que es difícil traducir por expresiones apropiadas. Y cuando queremos designar los seres . La idea misma de pasado no toma vida más que en aquellos que tienen cierta pasión por el futuro. en esa presencia de lo que no está aún ante los sentidos. La equivocación de los “eternismos” es tomar por realidad lo que no es más que una tendencia. completo o perfecto. Y si la historia llamada antigua es más educativa que ninguna otra. disociar el movimiento que nos conduce a lo alto. pero también el más rico para instruirnos. por la mediación de la imagen deseada. la profundidad normal del presente es la que le viene del futuro. Lo actual es siempre el punto más confuso de la historia. San Agustín distinguía. el aburrimiento o la espera. o. se encuentra sin cesar confundida con el impulso [élan] del tiempo vital. Una crítica se impone. Si lo hace. Pero es siempre ambiguo y. No nos equivocamos al poner nuestra atención en el extremo del presente. El pensamiento es atraído preferentemente por lo que es fijo.

el tiempo es el lugar del crecimiento espiritual. o de desvanecerse en el acto. Es por eso que parece venir de fuera. su esencia. por una rectificación secreta que constituye el fondo de la crítica. su desarrollo. lo deberíamos corregir definiendo el desarrollo temporal como una in-formación [en el sentido de dar forma] laboriosa y siempre precaria. el tiempo conserva lo que ha sido en lo que es. El desarrollo es la toma de posesión de sí mismo a través de una serie de circunstancias indiferentes en sí mismas y que pueden o bien nutrir o bien corromper nuestra esencia: de ahí la función necesaria de la libertad. La vida espiritual parece aclarársenos con una luz nueva cuando. tienen como fin simbolizar. y su decadencia al no tener sustancia. pero que entrarán en acción en cuanto les sea ofrecida una esfera propicia. se habla el lenguaje de la lógica. Podría ser que un día se los reconcilie: entonces.que no presentan ese acabamiento. Así como el ritmo biológico no es abolido en la vida espiritual. en el otro se habla de la vida. diríamos que la obra propia de la persona es aceptar y purificar un impulso e instinto primarios. como un trabajo de la persona sobre sí misma. En el primer caso. En la vida espiritual. se ve al mismo tiempo la convergencia y la imperfección de ese doble símbolo. el tiempo debe ser concebido como la preparación a un tercer género de vida. no disponemos de términos adecuados. que tiende necesariamente a la contaminación de las nociones. dejan de percibir o por lo menos de expresar la identidad que el ser cambiante es capaz de conservar consigo mismo. lo cual es necesario para llegar a lo que será. La significación del tiempo es la de permitirle resolverlo. componen la tela de esos órganos espirituales de eternidad. En el orden animal. La realidad temporal. ser lo que uno tiene. de prueba y mérito. otro el flujo. porque no está prohibido concebir un progreso sustancial y puro que agregue eternamente el bien al bien y lo mejor a lo mejor. se reencuentra la esencia del tiempo. ¿Diremos que para adaptarse a un medio eterno ningún instrumento es necesario. que se expresa bajo los nombres de historia y recuerdo. otro es el tiempo espiritual donde el ser puede corromperse pero también mantenerse y desarrollarse. ¿Podemos decir que Aristóteles nos da un auxilio con su noción de potencia? Aristóteles vio en la potencia solo una fase preparatoria . los individuos son servidores de la vida que los utiliza para mantener su forma. El supremo oficio del tiempo es preparar para cada ser consciente los órganos de visión y de vida que no pueden desarrollarse en la vida presente. tampoco es un desarrollo natural y necesario del ser. La filosofía de Bergson ha padecido de esa triste necesidad de lenguaje: uno es el tiempo vital donde todo evoluciona. otro la maduración. por el contrario. El desarrollo temporal no es la sustitución de una materia por una forma ni la invasión de un acto en una potencia. No. Y. Si tuviéramos que hablar en el lenguaje de las formas. Yo diré incluso que si despojamos al tiempo de toda idea de huida. conservar. Llegar a ser lo que uno es. que no tenía otro fin que la de desarrollarse. tener lo que uno es. El tiempo biológico es una figura del tiempo histórico. de lo cual el futuro no es sino la imagen. Pero como lo que será en definitiva es lo eterno. El músico en acto no conserva nada del músico en potencia: una vez advenida la forma. porque análogamente a lo que pasa con el . al prestar atención al cambio. ella reemplaza todo. Su accidente es el transcurrir. el desenvolvimiento de las fases: ella lo completa y ella se sustituye a lo anterior. y las críticas que éste ha efectuado son la regla general en un país en el que el pensamiento ha tomado conciencia de sí mismo en oposición al aristotelismo. Por eso el tiempo nos parece necesario para edificar una persona espiritual eterna. debe estar separado a la vez de la eternidad y del tiempo vital. nos daríamos cuanta que ambos habían querido atraer la atención sobre el mismo punto: la oposición a las concepciones que tenían por imposible el cambio. para ser aprehendido en su verdad. a la manera de los gérmenes de los vivientes. tampoco la conciencia y la memoria pueden desaparecer en esa tercera forma de existencia. Aristóteles pone el acento en el logos y Bergson en el bios. Ella dirige el desarrollo. o mejor aún. ése es el problema planteado a cada uno. y que toda interposición debe ser desechada como inútil?. habiéndola traducido a la vez en el lenguaje de la lógica y en el de la vida. Los unos reducen el tiempo al desenvolvimiento de una realidad recogida sobre sí misma y los otros. él puede continuar o persistir. que están sin uso en lo que llamamos vida. El tiempo del hombre. que es siempre virtualmente disociante. a pesar de los esfuerzos que puedan hacerse para purificarla. No tenemos palabras para designarlos. en el lenguaje de la vida. Entonces. porque su comienzo. En suma. No hay oposición radical entre la visión de Aristóteles y la de Bergson.

debe de corresponder en la conciencia a un sentimiento de presencia absoluta ante sí mismo. mejor dicho. A la inversa de lo que ocurría en la contaminación. Ese paso a otro modo de existencia. Eso es la muerte. que no es concebible para nosotros. la conciencia debe persistir en nuestra existencia eterna. pero que no eran él mismo.cuerpo que es necesario para la existencia espiritual. que llega a su fin. ella se eterniza. ¿cómo el ser finito podría presentar al ser infinito esa oposición sin resistencia que le sería necesaria para gozar de su presencia sin ser absorbido por ella? La maduración temporal prosigue hasta el momento en que el espíritu se desliga del cuerpo viviente y del cuerpo social. Es ahí que el tiempo desaparece o. doble materia a través de la cual ha tomado conciencia de sí en el cosmos. Entonces deja escapar el cuerpo viviente y el personaje: las dos envolturas con las que marcó su carácter. . En el mismo momento en que el ser biológico y el ser social escapan a la persona espiritual. la corriente de eternidad que era impotente en la vida temporal debe absorber la sucesión. De lo contrario.