You are on page 1of 5

María Inés Barbero – Fernando Rocchi (2004) CULTURA, SOCIEDAD, ECONOMÍA Y NUEVOS SUJETOS DE LA HISTORIA: EMPRESAS Y CONSUMIDORES Introducción

: La crisis de paradigmas y las nuevas formas de hacer historia
Los años setenta fueron el escenario de cambios profundos en las formas de hacer historia. Dicho proceso fue multifacético y complejo. Implicó, en primer lugar, cuestionar los modelos de historia científica que se habían ido conformando desde la segunda mitad del siglo XIX y los paradigmas macrosociales en los cuales se encarnaron. Las visiones estructurales fueron reemplazadas por lecturas del pasado en las que se revalorizó el papel de los actores en los procesos históricos y se cuestionó todo sesgo determinista. En segundo lugar, se produjo un retroceso de la historia económica y un avance de la historia cultural y política, lo cual implicó también un cambio en las relaciones con las otras ciencias sociales, ya que la economía y la sociología se vieron desplazadas por la antropología, la psicología, la ciencia política y otras disciplinas. Finalmente, los agentes del mercado que motorizaban el cambio en la historia económica emergieron como objeto de estudio cruciales. Si la historia estuvo dominada hasta los setenta por los enfoques macroeconómicos en los que se buscaban las grandes variables agregadas, a partir de los ochenta estaría cada vez más centrada en los actores de la microeconomía que se encontraban en el mercado con sus curvas de oferta y demanda: las empresas y los consumidores.

La historia de empresas: del modelo chandleriano al paradigma alternativo
Si bien la historia de empresas (business history) nació como disciplina académica a mediados de la década de 1920, experimentó una fuerte expansión desde los años setenta. Al mismo tiempo, dentro de la business history se fueron generando debates que reflejaron los que tenían lugar en la historia en su conjunto, a partir de los cuales se fueron redefiniendo los temas a investigar y los enfoques desde los cuales elaborar preguntas y jerarquizar problemas. La business history tiene como objeto recuperar la centralidad de la empresa como organización y ofrecer nuevas claves para la comprensión del cambio económico y social. Implica en primer lugar el reconocimiento de la empresa y de los empresarios como sujetos históricos, rescatando no sólo el papel de los agentes en los procesos de cambio económico y social sino también la creciente importancia que fue asumiendo la empresa en sus distintas modalidades en las economías industriales contemporáneas. En el momento de su nacimiento fue muy influenciada por las ideas de Josef Schumpeter, que personalmente impulsó su desarrollo. Entre mediados de los veinte y fines de los cincuenta el eje articulador de una parte sustantiva de las investigaciones fue el estudio de los empresarios en una perspectiva histórica, de su capacidad innovadora y de su contribución (o no) al desarrollo económico. Desde la década de 1920 fue incorporándose también otra línea de investigación, cuyo eje fue la reconstrucción de la historia de empresas individuales a partir de sus archivos. En general estos estudios de caso tenían un sesgo fuertemente descriptivo y escasa o nula pretensión de incorporar una dimensión analítica o conceptual. Una nueva etapa se abrió en los sesenta, gracias a la creciente difusión de la historia de empresas en algunos países europeos y a las transformaciones que experimentó la business history norteamericana con los trabajos de Alfred Chandler, que ofreció por primera vez una visión de conjunto sobre la trayectoria de las empresas en los Estados Unidos y propuso la construcción de un marco conceptual desde la historia. Más allá de la diversidad de enfoques, pueden reconocerse dos grandes líneas: la síntesis chandleriana y los enfoques alternativos. Chandler ha enfocado su análisis en la evolución histórica de la gran empresa moderna destacando su centralidad como una de las instituciones clave del capitalismo industrial y buscando explicar por qué surgen las grandes empresas, qué formas de organización asumen y cómo influyen en el funcionamiento y en el desempeño general de las economías. Su método consiste en la reconstrucción de la evolución de las firmas a partir de la formulación de una serie de preguntas, en el análisis comparativo y en al construcción de conceptos a partir de un camino inductivo. Entre sus principales contribuciones pueden citarse el modelo estrategiaestructura; el concepto de “mano visible”; el de la “triple inversión” en producción, distribución y capacidades organizativas y la propuesta de construir una tipología del capitalismo a partir de las diversas formas asumidas por la gran empresa (capitalismo gerencial competitivo, capitalismo gerencial cooperativo, capitalismo personal). A partir de los años sesenta el paradigma chandleriano se fue afirmando como hegemónico dentro de la historia de empresas norteamericana. En Europa la historia de empresas comenzó a alcanzar un status académico desde los años cincuenta, recogiendo en parte las líneas propuestas por la escuela norteamericana, pero integrando a la vez diversas tradiciones historiográficas, nuevos modelos teóricos y las particularidades de las formas de organización empresaria de los distintos países. Desde siempre hubo una tensión entre el modelo chandleriano y un modelo alternativo, que fue explicitada por diversos autores como confrontación entre un modelo norteamericano y uno europeo. Pero desde comienzos de los noventa la controversia se amplió y profundizó, al punto de que de allí en más la discusión teórico-metodológica ha pasado por debatir la utilidad y la pertinencia del paradigma chandleriano. El debatea comenzó a hacerse más intenso desde la publicación, en 1990, de Scale and Scope, obra en la que Chandler elaboró una tipología del capitalismo en la que consideraba a la gran empresa gerencial norteamericana como la forma más eficiente de organización. Leslie Hannah propuso un enfoque diverso, centrado en la relación entre las firmas y los contextos en que se desempeñaban y en la constatación de la existencia de modelos alternativos de crecimiento económico. La confrontación quedó plasmada en una publicación compilada por el mismo Chandler junto con Franco Amatori y Takashi Hikino en la que la perspectiva chandleriana fue puesta a prueba en trabajos sobre casos nacionales y sobre cuestiones teóricas. Si bien diversos autores tienden a enfatizar la diferenciación entre tradición norteamericana y europea, es importante destacar que en la business history estadounidense existió siempre una corriente alternativa al paradigma chandleriano, que tiene entre sus principales representantes a Louis Galambos, Philip Scranton, Charles Sabel y Jonathan Zeitlin. Con distintos ejes temáticos indagaron sobre

1

campos ajenos a los propuestos por Chandler, rescatando el estudio de las empresas familiares y de las firmas pequeñas y medianas, de las formas alternativas de producción en serie, etc. En forma paralela a los resultados de la investigación, la mayor parte de ellos publicó trabajos de índole más teórica, que sirvieron de referentes a las posiciones revisionistas. Por su parte, la competitividad de los conglomerados japoneses o coreanos o de los distritos industriales alemanes e italianos no hizo sino confirmar la no existencia de un modelo universal de empresa eficiente y la complejidad de la interrelación entre empresas y contextos. El revisionismo dentro de la business history tuvo también otras raíces. Por una parte, la economía mundial fue sufriendo profundas modificaciones desde la década mediados de los años setenta. Al mismo tiempo, las nuevas orientaciones historiográficas y al avance de la historia cultural en detrimento de la historia económica y social tuvieron su impacto en la historia de empresas, proponiendo nuevos temas, antes ausentes o relegados, y privilegiando los enfoques antropológicos. A principios del siglo XXI continúa la confrontación entre la ortodoxia chandleriana y los enfoques alternativos, que incluyen a su vez múltiples variantes. El paradigma chandleriano sigue reivindicando el papel central de la gran empresa en las economías contemporáneas y centra su análisis en la estrategia y estructura de las firmas. Las propuestas del paradigma alternativo son difíciles de sintetizar, ya que engloban a una amplia gama de aproximaciones. Enfatizan el enfoque histórico, apuntando a lo particular más que a la modelización; rescatan la variedad de las formas de organización de la firma y su articulación con el ambiente, considerando que no existen formas superiores a otras; ponen el acento en la heterogeneidad de las conductas de los actores sociales, subrayan la dimensión social e histórica en la construcción de los mercados e introducen como elementos centrales del análisis la interacción social, las relaciones de poder y los factores culturales. Charles Sabel y Jonathan Zeitlin han explicitado algunos de los ejes sobre los que construir un nuevo paradigma. A partir de la constatación de que los agentes económicos desplegaron estrategias conscientes a la hora de optar por la producción en serie o por formas de organización alternativas, proponen repensar el lugar de la empresa en la historia económica, rescatando el protagonismo de los actores. Consideran que los agentes económicos construyen su entorno tanto como son formados por él y que la recombinación y reelaboración de instituciones existentes es más común en los procesos de adaptación que la introducción de instituciones totalmente nuevas. El nuevo enfoque se basa en la investigación histórica empírica pero propone a la vez un espacio de debate teórico, jerarquizando el papel de los actores y sus estrategias así como la variedad de respuestas posibles. Zeitlin concibe a los mercados como construcciones históricas, y propone evitar las distinciones rígidas entre épocas y períodos, sugiriendo periodizar a partir de las ideas y políticas económicas percibidas como normales o paradigmáticas por los actores. Algunas de las objeciones de los historiadores de empresas europeos fueron sintetizadas por Pierangelo Toninelli en un artículo en el que opone una perspectiva europea frente a la síntesis organizacional chandleriana, se basan en la constatación de la singularidad de la experiencia norteamericana y de la no adecuación del modelo de Chandler a otros casos nacionales. En una postura más radicalizada, Giulio Sapelli propone una refundación de la historia de empresas desde una perspectiva socio-cultural, que conecte el patrimonio de las ciencias sociales con la teoría de la empresa. Estudiar la cultura de la empresa implica, según Sapelli, responder a la pregunta acerca de los caracteres distintivos de una empresa con respecto a otra, entender su especificidad. La polémica sobre la pertinencia del paradigma chandleriano se ha expresado también en los intentos llevados a cabo dentro de la historiografía norteamericana, por elaborar una síntesis alternativa a la de Chandler, cuya expresión más acabada son los trabajos de Naomí Lamoreaux, Daniel Raff y Peter Temin. Los autores proponen una metodología alternativa que evite la tendencia al teleologismo y que se base en una propuesta teórica que integre la nueva economía institucional, la economía de los costos de transacción, la teoría del comportamiento de la firma y la economía evolutiva. Este enfoque ha sido a su vez cuestionado por otros autores, que discuten el valor explicativo de los costos de transacción como vectores del cambio organizacional, enfatizando, desde la teoría evolutiva, el papel de la construcción de capacidades por parte de las firmas. De esta recorrida se pueden identificar en primer lugar las etapas por las que atravesó la disciplina desde su nacimiento hasta el presente. En un primer momento, la etapa fundacional de mediados de los veinte, la business history, se inscribió en la renovación de la historia que encarnó en su apertura a las ciencias sociales. Puede establecerse una línea “schumpeteriana”, signada por las investigaciones y los debates sobre el espíritu de empresa, muy abierta a la historia social. En forma paralela se fue desarrollando una segunda veta, enfocada en los estudios de casos de firmas, realizados en general en forma desarticulada y con una orientación descriptiva, cuyo principal aporte fue una nutrida evidencia empírica que sirvió de insumo a la síntesis chandleriana. Desde comienzos de los sesenta comenzó la etapa chandleriana, centrada en el estudio de la gran empresa en una perspectiva organizacional. Ofrece en gran medida, aunque no exclusivamente, una mirada estructural sobre la historia de empresas, en la medida en que formula preguntas generales acerca del alcance global y busca respuestas de iguales dimensiones. Pero al mismo tiempo rescata el papel protagónico de las empresas y sus administradores, dando a los actores un rol más destacado que el que le asignaban las perspectivas estructuralistas. El paradigma poschandleriano incorpora distintos enfoques alternativos. En primer lugar, jerarquiza el papel de los actores frente a los condicionamientos del contexto, valorizando no sólo sus decisiones sino también sus percepciones. En segundo término incorpora la tendencia general de la historiografía reciente a acercarse a la antropología y a la sociología, así como a privilegiar a la historia cultural frente a la historia económica y social. En tercer lugar, retoma en parte el enfoque social de la etapa schumpeteriana que había estado siempre presente en la historia de empresas “heterodoxa” norteamericana y en las diversas vertientes europeas.

De la oferta a la demanda: la historia del consumo
A partir de la década de 1980, la demanda iba a tomar una dimensión inusitada como objeto de los estudios históricos y como explicación de las transformaciones más importantes en el devenir de la historia universal. El acontecimiento que revolucionó el área de estudios sobre la demanda fue la publicación en 1982 del libro de Neil McKendrick (escrito en forma conjunta con Brewer y Plumb) sobre el nacimiento de la sociedad de consumo en la Inglaterra del siglo XVIII, una obra en la que los fenómenos económicos esenciales se explicaban por cambios en el consumo. Los estudios sobre el consumo arribaron al campo académico en un momento en que la historia económica estaba signada por un estilo críptico en la presentación de sus resultados, lo que hacía imposible la lectura de los mismos salvo para los especialistas. Esta inclemencia hacia los lectores se remontaba a una de las transformaciones más importantes

2

dentro de este campo de análisis que se produjo en la década del 60: la cliometria; un movimiento lo suficientemente radical como para transformar toda un área de la historiografía, que pasó a llamarse la “nueva historia económica” ( New Economic History). El resultado fue el surgimiento de un nuevo paradigma. En resumen, la nueva historia se convirtió en un conjunto de nichos aislados y ha dejado de utilizar los antes tan estimados vasos comunicantes. Mc Kendrick no fue el único, y ni siquiera el primero, en darle a la demanda un lugar importante en la historia. Antes que él Fernand Braudel, Carlo Cipolla, Eric Hobsbawm y David Landes le habían dedicado páginas memorables a su estudio. El nuevo esquema presentado por Mc Kendrick, sin embargo, difería de todos ellos porque no sólo incluía a la demanda como uno de los aspectos cruciales de la vida económica y social sino que lo convertía en el más importante de la misma. Para Mc Kendrick el consumo era mucho más que la mecha y la estopa en los orígenes de la revolución industrial: era el lugar de donde provenían los cambios con dinámica propia, era el propio combustible. Llegó a plantear una explicación sobre los orígenes de la revolución industrial que dio vuelta la causalidad imperante, afirmando que una larga revolución en la demanda había originado la revolución industrial. La revolución en el consumo se habría producido por varias razones: una estructura social fluida, salarios en alza, una burguesía dispuesta a emular a la aristocracia, la ciudad de Londres que aparecía como una vitrina para el resto del país y una atmósfera intelectual cada vez más favorable a aceptar los beneficios públicos que traían los vicios privados del gasto excesivo y ostentoso. La nueva explicación fue lo suficientemente revolucionaria como para dar lugar a toda una escuela que terminó llamándose consumerism. La historia del consumo comenzó a desarrollarse por donde tenía que comenzar: un análisis fenomenológico que otorgaba importancia crucial a relatos que en la “nueva historia económica” sólo podían considerarse como impresionistas. Las crónicas de viajeros que comentaban el comportamiento de la población de Londres se mezclaban con hipótesis tan sugerentes como imposibles de probar con métodos cuantitativos. La visión fenomenológica inicial comenzó a dar lugar en la década de 1990 a los números, a la teoría, a las ecuaciones. Con el modelo de los incentivos que podía recibir una unidad económica doméstica para comenzar a consumir bienes en el mercado, Jan de Vries dio vuelta al esquema de análisis thompsoniano para explicar las razones del aumento en las horas de trabajo de los obreros durante la primera revolución industrial. En vez de ser el resultado de la aplicación de una disciplina marcada por el reloj, ideada e implementada por los patrones en su beneficio (la tesis de E. P. Thompson), esta ampliación del horario laboral habría sido causada por el deseo de los trabajadores por ampliar su participación en el mundo del consumo vía un aumento de salarios. La posibilidad de realizar estudios cuantitativos con objetivos ambiciosos se hizo evidente a partir del uso de los libros de comercio y de los inventarios familiares, fuentes de las cuales brotaba un caudal de información que se tornaba sólo manejable a partir de la aplicación de los métodos cliométricos. La medición fue disparándose, sin embargo, en una dirección imprevista, que la acercaba a la cliometría por los métodos pero la alejaba de la misma por su entramado explicativo. En un trabajo que marcó una divisoria de aguas Carole Shammas concluía que el nivel de vida de aquellos que entraban en la sociedad de consumo no mejoraba sino que se deterioraba. Cada vez más integrados a esta sociedad durante el siglo XVIII los pobres parecían vivir cada vez peor; tomaban más té para obtener el excedente energético de una dieta que se empobrecía en su nivel de proteínas y vivían en condiciones de hacinamiento creciente. Para entonces, la historia del consumo había abierto frentes los suficientemente numerosos e interesantes que la llevaron a expandirse por el espacio que se mostraba como un nuevo paradigma en la década de 1990: los estudios culturales. Simon Schama en The Enbarrassment of Riches (1987) mostraba una cultura burguesa que había permeado a Holanda en los siglos XVI y XVII y que se encontraba presa de una “perturbación” que se ha vuelto desde entonces una característica de la sociedad de consumo: el confl icto entre el deseo y la satisfacción. Inspirado en el consumerism de Mc Kendrick, pero encontrando en el mismo una explicación insatisfactoria, Colin Campbell escribió otro de los hitos en la historia del consumo: The Romanthic Ethic and the Spirit of Modern Consumerism (1987). Allí, el autor señalaba que el trabajo fundacional de la corriente sólo agrupaba como síntomas aquello que estaba en las causas de la transformación como la moda y el cambio; en suma, tomaba como ejes la rapidez y amplitud con que las necesidades surgían e iban muriendo. La década del noventa fue testigo de una explosión en los estudios sobre la historia del consumo. En ellos no podía faltar el vendaval de la posmodernidad al afirmar que la identidad social e individual había pasado de estar ligada al trabajo a hacerlo con el consumo. Junto con este fenómeno, se produjo un acercamiento con los conceptos brindados por las ciencias sociales que habían descubierto las maravillas del consumo mucho tiempo atrás. Había llegado la hora de los antropólogos, que le daban vida social a los objetos, como Mary Douglas, que realizó junto con Baron Isherwood un original trabajo de síntesis entre la teoría económica u la antropología. Los economistas han experimentado, por su parte, un amor hacia los estudios psicológicos que han dado lugar al surgimiento de un nuevo enfoque (behavioral economics) y al primer cambio en los supuestos del individuo completamente racional que se mantenían en la teoría microeconómica desde la revolución marginalista de 1870 de Stanley Jevons, Karl Menger y Leon Walras. El análisis cultural del posmodernismo irrumpió con una propuesta novedosa, aunque más superficial. Para Gilles Lipovetsky la aparición de la moda en la Europa occidental durante el siglo XIV es la causa del surgimiento de las instituciones que llevaron a esa parte del mundo al desarrollo ulterior. La mano salvadora de los excesos de la posmodernidad en el mundo de la historia del consumo vendría más de la recuperación de los autores clásicos que de los ataques emprendidos contra ella. Reaparecieron Gabriel de Tarde, Thornstein Veblen y Georg Simmel, un grupo de pensadores que habían intentado encontrar en los aspectos más triviales del comportamiento humano las claves para entender el mundo social hacia el 1900. Norbert Elias, por su parte, demostró que era posible encontrar en el pasado las claves para interpretar el inconsciente social. Pierre Bourdieu analizó la distinción como parte constitutiva del proceso de consumo; la copia iba de la mano de la diferenciación mientras la conducta inicialmente armoniosa daba paso a otra francamente conflictiva. Pero como la diferenciación era imposible de mantener, sólo a través de ciertos patrones culturales de consumo era posible la delimitación de grupos donde operara la distinción. Se formaba así un conjunto de clases sociales, entendidas ahora como poseedoras (o desposeídas) de capital económico y capital cultural.

La historia de empresas en la Argentina: tendencias recientes
El nacimiento de la historia de empresas en la Argentina fue tardío, ya que recién en la década de 1960 se publicaron una serie de trabajos que pueden ser considerados como el punto de partida de la disciplina en el campo académico local. Desde entonces, se fue desarrollando a un ritmo muy lento, con una inflexión importante a fines de los ochenta, momento en que empezó a distinguirse como

3

una especialización dentro de la historia económica y social. Actualmente, el ritmo de producción se ha acelerado, tanto en lo relativo a cantidad de publicaciones como a la elaboración de tesis y a la presentación de ponencias. Además, en los últimos años la historia de empresas se ha ido delimitando cada vez más como un campo específico dentro de los estudios históricos, lo que ha ideo acompañado de una creciente institucionalización.

Los debates entre los sesenta y los ochenta: en busca de los empresarios schumpeterianos
En el contexto de los debates sobre las estrategias de desarrollo que podrían conducir al despegue económico se llevaron a cabo una serie de investigaciones destinadas a estudiar al empresariado local, en particular a los industriales, a quienes se adjudicaba un rol protagónico en el proceso de cambio y modernización del país. Una línea de dichas investigaciones se orientó a medir la disposición hacia la innovación de los empresarios industriales y su capacidad para conformar una elite alternativa que liderara la transformación económica del país. Otros publicaciones de los sesenta buscaban en el pasado claves para comprender el papel de los empresarios en la evolución económica de la Argentina. O. Cornblit atribuía al carácter predominantemente extranjero de los industriales en las primeras décadas de desarrollo del sector manufacturero local su debilidad como grupo de presión y la ausencia de políticas públicas que lo favorecieran. Dardo Cúneo responsabilizaba a los grandes empresarios rurales e industriales de no haber sido capaces de motorizar un crecimiento sostenido de la economía. Otra línea de discusión se desarrollo en el seno de la izquierda argentina. El debate pivoteó sobre la existencia o no de una burguesía industrial nativa, en términos de clase y de intereses de clase, y en cómo ello se plasmaba no sólo en la posibilidad de un desarrollo del capitalismo local sino también en la conveniencia de motorizar alianzas sociales y políticas. La visión más innovadora fue la de Milcíades Peña, en cuya interpretación cobró forma la idea del empresario multiimplantado que, al poseer intereses en diversas actividades económicas, no respondía a ninguna lógica sectorial. Esta visión fue luego aplicada al análisis histórico con el objetivo de encontrar en el comportamiento del empresariado las raíces de la decadencia económica argentina. De allí surgió, ya a fines de la década de 1970, la interpretación de Jorge Federico Sábato, quien señalaba que, desde el propio despliegue del capitalismo en el país durante el siglo XIX, se podía identificar una “clase dominante” diversificada en varias actividades, que se comportaba con una mentalidad más comercial y financiera que productiva, procurando conservar el mayor capital líquido posible y manteniendo bajos niveles de inversión. Para Sábato, la hipótesis de la preeminencia de un ethos comercial y especulativo en el empresariado local ofrecería la clave del frustrado desarrollo nacional.

Los años noventa: los empresarios y la declinación argentina
La discusión sobre la obra de Sábato ha ocupado un lugar central en la historia de empresarios a lo largo de la última década, y se ha enfocado sobre una serie de ejes problemáticos. En primer lugar, sobre los rasgos estructurales de los sectores dominantes en la Argentina moderna y sobre cómo definirlos. En segundo lugar, sobre la mentalidad, la cultura y la acción empresarial en el largo plazo. Entre quienes adhieren a los postulados de Sábato se destaca Jorge Schvarzer, que en años recientes ha publicado dos obras de síntesis sobre los empresarios industriales y sobre la industria argentina en una perspectiva secular, en la que retoma la visión acerca del carácter predominantemente especulativo de los empresarios locales y del impacto negativo que ello habría tenido sobre las posibilidades de un desarrollo industrial sostenido y, por ende, de un desempeño exitoso de la economía argentina. En la confrontación entre Sábato y Schvarzer –por una parte– y los diversos autores que han polemizado con ellos pueden identificarse tres ejes. La principal objeción es su falta de sustento empírico en lo referente tanto a la composición de la elite económica argentina como a sus valores y prácticas. En esta vertiente de la polémica pueden a su vez distinguirse tres núcleos temáticos. El primero, la discusión sobre la relevancia de la diversificación de inversiones dentro de la elite económica de la Argentina agroexportadora y a partir de allí el cuestionamiento a la noción de clase multiimplantada. El segundo, la controversia acerca del supuesto ethos comercial y especulativo de los empresarios argentinos. El tercero, el cuestionamiento a la falta de una visión histórica comparada, a partir de la cual el caso argentino es presentado como único en cuanto a la presencia de empresarios con inversiones diversificadas. Un segundo eje pasa por el papel que se otorga a los empresarios a la hora de evaluar el desempeño de la economía en el largo plazo. Por último, los trabajos que se enfocan en el análisis de las raíces del pensamiento de Sábato y Schvarzer contextualizan sus afirmaciones, que pueden ser leídas desde las diversas tradiciones de la izquierda argentina como desde las visiones críticas a los empresarios en la teoría de la empresa. La historia de empresarios no se agota de ninguna manera en los trabajos que polemizan con la obra de Sábato y Schvarzer. En los últimos quince años se ha incrementado sensiblemente el número de publicaciones. Todas ellas han contribuido a reconstruir los empresarios de carne y hueso, sus orígenes, sus estrategias, sus redes de relaciones y sus negocios, ofreciendo abundante evidencia empírica para poder caracterizar a los hombres de negocios en una perspectiva histórica.

Las empresas en una perspectiva histórica
Los estudios de casos de empresas constituyen una de las herramientas esenciales para reconstruir la trayectoria y los rasgos distintivos de las firmas locales. Hasta fines de la década de 1980 los estudios de caso producidos por los historiadores se contaban con los dedos de las manos, y las historias disponibles provenían mayoritariamente de investigaciones económicas y sociológicas. Quince años después la situación es radicalmente distinta, y, si bien todavía el panorama es muy fragmentario, se ha avanzado sensiblemente. En primer lugar, se han publicado tres libros que se suman al ya clásico de Cochran y Reina sobre SIAM editado en los sesenta. En segundo término, se han editado numerosos artículos que pueden ser agrupados de acuerdo a un criterio temático. Un primer grupo está integrado por trabajos sobre trayectorias de firmas industriales, nacionales y extranjeras, centrados en las estrategias de las empresas y su evolución económica. Un segundo grupo se ha enfocado en las diversas áreas del sector servicios. En ellos predominan los estudios sobre transportes y sobre el sector financiero.

4

Uno de los campos más fructíferos en los últimos años ha sido el de la historia de grupos económicos, que refleja sin duda la importancia que tuvo esta forma de organización entre las grandes empresas nacionales y también el interés que presenta desde una perspectiva teórica. Por último, es posible identificar otra línea de estudios sobre las empresas, enfocada ya no sobre aspectos económicos de la firma sino sobre dimensiones sociales y culturales, a veces combinando varias aproximaciones complementarias. El enfoque socio-cultural se ha ideo desarrollando en forma paralela a los estudios económicos sobre la firma, pero su peso en la historia de empresas local es todavía muy limitado. La mayor parte de los trabajos publicados han sido estudios de casos, lo cual ubica a la historiografía argentina de empresas en una situación de relativo atraso con respecto a la de países más desarrollados, aunque a la par de otras naciones latinoamericanas. A partir de ellos es posible comenzar a repensar grandes temas de la historia económica y social. En primer lugar, el de la capacidad innovadora de los empresarios locales medida por su accionar concreto al frente de sus empresas. Los resultados de las investigaciones citadas llevan una vez más a discutir las tesis que sostenían la preeminencia de un ethos comercial y especulativo y muestran una imagen mucho más homogénea del empresariado.

Los estudios del consumo en América Latina y la Argentina
La publicación en 2001 del libro de Arnold Bauer, Goods, Power abd History: Latin American Material Culture, ha resultado un evento revolucionario. Resultó un disparador para las discusiones sobre la historia del consumo en América Latina. En la actual historiografía sobre América Latina se están desplegando todas las variantes historiográficas a la vez. Si bien la historia de América comenzó a tallar tarde en este proceso, los avances han sido más rápidos que en otros lugares del mundo. Los trabajos recientes sobre la Argentina se despliegan en varias perspectivas. La investigación liderada por Carlos Mayo ha puesto su acento en el análisis de los inventarios de las pulperías. Como resultado ha encontrado una serie de bienes que resultaban difíciles de imaginar como elementos de comercialización en zonas apartadas de la frontera pampeana. Los análisis realizados por Andrea Lluch sobre almacenes de ramos generales a fines del siglo XIX y principios del siglo XX han brindado una nueva forma de comprender el proceso de comercialización en el espacio urbano- rural argentino. El consumo ha sido el objeto de estudio de Fernando Rocchi bajo diferentes aspectos. Un primer acercamiento llegó a la conclusión que la Argentina ya había formado una sociedad de consumo entre fines del siglo XIX y principios del XX. Otra perspectiva ha sido el estudio de la publicidad y la formación de un espacio publicitario desde la década de 1920 que terminó popularizando el concepto de “soberanía del consumidor” a través de una alianza entre empresas y amas de casa. Todavía falta mucho camino por recorrer en Argentina y en América Latina; los trabajos son escasos y se debaten entre la generalización y el de los estudios más específicos sobre bienes o regiones.

Reflexiones finales
La historia de empresas my la historia del consumo coincidieron no sólo en el tiempo en que se desarrolló su evolución historiográfica sino en el reemplazo de una manera de interpretar el pasado basada en los comportamientos agregados por otra que resaltaba el de los agentes, fueran ellos firmas o consumidores. En su desarrollo temporal coincidieron con el fin del modelo iniciado por Keynes, que le otorgaba al comportamiento agregado de los agentes una interpretación diferente del que tenían de manera individual y que sólo podía ser analizado por lo que denominó la macroeconomía. Con la crisis del modelo keynesiano, el pensamiento neoclásico volvió a liderar las discusiones en la teoría económica. Empresas y consumidores son, para l teoría neoclásica, agentes sin características peculiares que se comportan todos de la misma manera, que además se supone siguen ciertas pautas de racionalidad. La discusión de este supuesto fue el primer movimiento de las historias de empresas y consumidores. Se intentó estudiar una racionalidad que no necesariamente era la supuesta por la teoría neoclásica, y que incluyó las nociones de racionalidad limitada e información imperfecta. El espacio que se abría para la historia de empresas y del consumo no sólo se articulaba con la crisis del paradigma keynesiano en la economía sino con un proceso más general que afectaba al conjunto de las ciencias sociales, y que puede resumirse en la idea del retorno del actor. Esta nueva propuesta sostenía que la reducción en la escala de análisis permitía estudiar aspectos que no eran perceptibles en una visión agregada, obteniendo como resultado una imagen más realista del comportamiento social. Al entrar en esta nueva perspectiva, la historia de empresas y la del consumo pronto constataron que muchas de sus preguntas sobre un fenómeno que aparecía como exclusivamente económico encontrarían sus respuestas fuera de la economía. Los valores sociales y los culturales resultaron así las claves para entender el cómo y el porqué del pasado. El resultado de este proceso fue sin duda una ampliación del campo de acción de ambas disciplinas a través de la renovación temática y metodológica, acompañada de un mejor posicionamiento y una mayor visibilidad dentro de la historiografía. La contracara de este proceso fue, al igual que en la historia en su conjunto, la fragmentación y la pérdida de centralidad de las grandes preguntas. Pero este dilema no parece tener, hasta ahora, una respuesta satisfactoria, salvo la búsqueda de paradigmas eclécticos que combinen los distintos enfoques que se presentan como alternativos.

[María Inés Barbero – Fernando Rocchi, “Cultura, sociedad, economía y nuevos sujetos de la historia: empresas y consumidores”, en Beatriz Bragoni (editora) Microanálisis: ensayos de historiografía argentina; Prometeo; Buenos Aires; 2004; pp. 103-143.]

5