Youkali: revista crítica de las artes y el pensamiento nº 12, enero de 2012

revista semestral en formato electrónico para encontrarla: www.youkali.net
edita: tierradenadie ediciones, S.L. I.S.S.N.: 1885-477X
las afirmaciones, las opiniones y los análisis que se encontrarán en el presente número de Youkali, son responsabilidad de sus autores. © los autores (copyleft, salvo indicación en otro sentido) coordinación: Montserrat Galcerán Huguet y Matías Escalera Cordero participan en el número: Matías Escalera Cordero, Maite Aldaz, Aurelio Sainz Pezonaga, Germán Cano, Montserrat Galcerán Huguet, Juan Domingo Sánchez Estop, José Luis Moreno Pestaña, Eduard Ibáñez Jofre, Cristopher Morales Bonilla, J. S. de Monfort, Raúl Parra, Juan Pedro García del Campo, Víktor Gómez, Arturo Borra, Marta Sanz Pastor, Eva Fernández, Antonio Orihuela, Antonio Martínez i Ferrer y David Becerra Mayor. maquetación: tallerV portada y contraportada: Maite Aldaz Las imágenes que salpican las páginas de este número de Youkali han sido obtenidas en internet, donde circula una gran cantidad de información y documentación sobre el 15M.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 2

Í N D I C E
Breve editorial . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 15-M
- Aurelio Sainz Pezonaga: Complejidad y hegemonía en la política de movimientos. El caso 15M . . . . . . . . . . . . . . . - Germán Cano: Dar cuerpo al espectro. Materiales sobre el 15-M como campo de fuerzas . . . . . . . . . . . . - Montserrat Galcerán Huguet: Presencia del feminismo en la Puerta del Sol madrileña . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - Juan Domingo Sánchez Estop: Spinoza perroflauta. Sobre los “significantes spinozistas” en el contexto del 15-M . . . . . . - José Luis Moreno Pestaña: Social y “liberal”, generacional y asambleario: el movimiento del 15-M . . . . . . . . . . . . . . . - Eduard Ibáñez Jofre: 15M: un acercamiento táctico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - Cristopher Morales Bonilla: ¡Indignados, un esfuerzo más si queréis ser subversivos! Límites ideológicos y tácticos del 15M . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - J. S. de Montfort: La poética de los mínimos gestos (o sobre la imposible literatura del 15-M) . . . . . . . . . .

pág.
4

5 13 31 37 41 45

53 61

Miscelánea
- Raúl Parra: Be water my friend! Del Tao del Jeet Kune Do a la Ética de Spinoza. Un camino para la liberación . . . . . . . . . - Juan Pedro García del Campo: La institución de lo común . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - Inter(w)express... Víktor Gómez (Asociación Poética Caudal): Tres (3) respuestas rápidas para tres (3) preguntas clave (cuestionario de la redacción) . . . . . . . 67 73 83

Elementos de producción crítica
- Arturo Borra: El espacio literario como madriguera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - Una novela crítica para un presente crítico (Presentación) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - Marta Sanz Pastor: Razones para la novela hoy . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - Eva Fernández: Al acecho calmado o una murmuración con dinamita (sobre una novela crítica hoy) 87 103 104 110

Análisis de efectos / Reseñas
- Antonio Martínez i Ferrer: Reseña de Elegía en Portbou, de Antonio Crespo Massieu . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - Antonio Orihuela: Reseña de Historias de este mundo de Matías Escalera Cordero . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - David Becerra Mayor: Reseña de Acceso no autorizado, de Belén Gopegui y de La mano invisible de Isaac Rosa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . - Acuse de Recibo: noticias sobre la publicación de Cult Movies. Películas para llevarse al infierno, de Vicente Muñoz Álvarez, de Maremágnum 44, de David Benedicte y de los primeros libros de la colección “Voces del extremo” de la editorial Germanía (entrevista con el editor Toni Martínez) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 115 121 122

127

Un clásico, un regalo
- ¿Por qué cosa se bate el LEF?, de Vladimir Mayakovski . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 3

BREVE EDITORIAL
El 15 de mayo de 2011 nos sorprendió a todo el equipo de Youkali en plena faena, preparando el número del primer semestre del año. No había tiempo material para dar cuenta de los acontecimientos que todos está‐ bamos viviendo tan intensamente. Pero, como no podía ser de otro modo, el tema central de este número, el número 12 de nuestra revista, es justamente el 15M, y creemos que es ahora cuando realmente tiene sen‐ tido, pues tenemos ya la perspectiva de la que entonces lógicamente carecíamos. Así, pues, Youkali, con es‐ te número que ahora presentamos, quiere participar, desde una perspectiva crítica, como siempre lo hemos hecho, en la gran asamblea del movimiento. Para ello, presentamos ocho intervenciones teórico‐políticas que, analizando con miradas diversas ver‐ tientes distintas del movimiento, constituyen un prisma tan plural como la propia realidad con la que pre‐ tenden debatir. Así, Aurelio Sainz Pezonaga aborda el problema de la complejidad y la hegemonía de los movimientos en diálogo con M. Hardt y A. Negri y proyecta sus conclusiones sobre el 15M. Germán Cano realiza un exhaustivo recorrido por las reacciones que el movimiento 15M ha despertado en las diferentes sensibilidades políticas existentes, esbozando el mapa del campo de fuerzas generado por su irrupción. Montserrat Galcerán da cuenta de la participación de las feministas en la acampada de la Puerta de Sol y de la importancia de entender los movimientos sociales en tanto que necesariamente entrelazados. El modo en que las nociones del pensamiento de Spinoza operan en estado práctico en las acciones del 15M es defendi‐ do por Juan Domingo Sánchez Estop en su “Spinoza perroflauta”. Y José Luis Moreno Pestaña enmarca el movimiento en la lucha contra el neoliberalismo, en la reafirmación generacional y en la práctica asamble‐ aria. Por medio del concepto de táctica en tanto que opuesto al de estrategia, Eduard Ibáñez Jofre busca ex‐ poner la novedad del 15M y su fuerza inmanente. Por su parte, Cristopher Morales Pinilla realiza una crí‐ tica incisiva a los aspectos más reformistas del movimiento cuando, atacando a las consecuencias, parece ol‐ vidarse de las causas sistémicas de la situación actual. En fin, J. S. De Montfort subraya el aspecto más in‐ forme del 15M, aquel que podríamos comparar metafóricamente con un grito, desde la perspectiva de la producción literaria. En nuestra sección “Miscelánea”, además, hemos reunido para este número dos textos y una entrevista. En el primer texto, escrito por Raúl Parra, el pensamiento de Bruce Lee se encuentra con el de Spinoza en busca de las condiciones subjetivas de la liberación social. El segundo, que firma Juan Pedro García del Campo, insiste en la necesidad de entender el Comunismo no como idea, sino como transformación de la realidad social conducente a un mundo sin dominación. Este texto recoge su intervención en el Congreso “¿Qué es Comunismo?” celebrado a comienzos de diciembre de 2011 en la Universidad Complutense de Madrid y anticipa nuestro propósito de publicar otras ponencias del mismo en próximos números. A continuación, en nuestra tradicional entrevista “Inter(w)express...”, Víktor Gómez, de la Asociación Poética Caudal responde a nuestras preguntas; y en “Elementos de producción crítica”, destacan tres artí‐ culos de crítica literaria excelentes; uno de Arturo Borra, en la que la postrer obra de Kafka se convierte en metáfora del entero espacio literario; y dos artículos sobre la posibilidad de una novela crítica para este nuestro crítico presente firmados por dos excelente novelistas de hoy, Marta Sanz y Eva Fernández. Para finalizar, nuestras también clásicas secciones de “Reseñas y “Acuses de recibo”, esta vez dan cuen‐ ta de las obras más recientes de Antonio Crespo Massieu, Matías Escalera Cordero, Belén Gopegui, Isaac Rosa, Vicente Muñoz Álvarez, David Benedicte; así como de la aparición de la nueva colección de poesía “Voces del Extremo”, de la editorial Germanía, con una entrevista con su editor, Toni Martínez. Sin olvidarnos de nuestro regalo semestral, un texto clásico, para aquellos que gustan de lo exquisito; en esta ocasión se trata del opúsculo ¿Por qué cosa se bate el LEF?, del genial y necesario Vladimir Mayakovski. Que disfruten. Tierradenadie ediciones Ciempozuelos Enero de 2012

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 4

COMPLEJIDAD Y HEGEMONÍA EN LA POLÍTICA DE MOVIMIENTOS. El caso 15M
por Aurelio Sainz Pezonaga

Si [los átomos] no se desviaran así, todos caerían rectos, Como gotas de lluvia, en el vacío sin fondo: No se darían entre ellos ni encuentros ni choques; Y la naturaleza nunca habría podido crear nada. (Lucrecio, De rerum natura)

hombres. Niklas Luhman o la teoría como escándalo, Anthropos, Barcelona, 1990, págs. 60‐67. 2 En este concepto se encuentran el Althusser de la sobredeterminación (La revolución teórica de Marx, Siglo XXI, México D. F., 1999), el Deleuze lector de Nietzsche (Gilles Deleuze, Nietzsche y la filosofía, Anagrama, Barcelona, 1986, págs. 14‐16) y el Derrida de la diffé‐ rance (Jacques Derrida, “La différance”, en Márgenes de la filosofía, Cátedra, Madrid, 1989, págs. 52‐3). 3 Cito y remito a la edición de tapa blanda de Harvard University Press, Cambridge (Mass.), de 2011, en adelante CW. En este mismo 2011 ha visto la luz la traducción española a cargo de Raúl Sánchez Cedillo, publicada por Akal en su colección “Cuestiones de an‐ tagonismo”.

ISBN: 1885-477X

1 Por ejemplo, en la noción “onto‐sociológica” de complejidad que propuso Niklas Luhman, véase Ignacio Izuzquiza, La sociedad sin

YOUKALI, 12

Uno de los problemas fundamentales a los que se han enfrentado y se enfrentan las políticas de libera‐ ción en los últimos tiempos es la complejidad de los actores, fuerzas o posiciones sociales con los que ne‐ cesitan contar para ser al menos viables. En esto el 15M no ha sido una excepción. De hecho, buena par‐ te de su efectividad como movimiento se debe a los modos de operar que ha puesto en práctica para abordar la complejidad del descontento. De igual manera, cualquier desarrollo del 15M –tanto las mi‐ graciones que sus modos de hacer experimenten, así la marea verde, como los mestizajes en los que se im‐ plique, así su relación con otros movimientos y orga‐ nizaciones– está suponiendo y va a suponer que esa complejidad aumente. Pero, ¿qué estamos entendiendo aquí por “com‐ plejidad”? La complejidad a la que nos referimos no es ni una mera diversidad o multiplicidad indiferen‐ te de posiciones o tendencias, ni un exceso de dife‐ rencias que es necesario reducir1 para quedarnos con lo que nos une. La multiplicidad indiferente y el ex‐ ceso reducible de diferencias son los dos extremos con los que queremos polemizar: consideramos que no son, en último término, sino formas de evacuar imaginariamente el problema del conflicto. Son pro‐ puestas que pretenden haber resuelto el problema antes de afrontarlo. La resolución que ofrecen es, por

supuesto, normativa: la multiplicidad indiferente y la reducción del exceso de diferencias quieren funcio‐ nar como ideales regulativos. La complejidad es, por el contrario, la correlación de diferentes fuerzas de fuerza diferente2. Este modo de plantear la cuestión nos sitúa en un terreno com‐ pletamente distinto. La complejidad no es ni lo que une ni lo que separa, sino la condición de toda uni‐ dad y de toda división. La complejidad no es lo que divide: lo que divide es la incapacidad para extraer de la complejidad una potencia común. La compleji‐ dad no es lo que une: lo que une es que una determi‐ nada concurrencia de diferentes fuerzas de fuerza di‐ ferente logra producir un efecto de intensificación re‐ cíproca de la capacidad de actuar. Es más, en la com‐ plejidad, la unidad o la división nunca son absolutas. En consecuencia, por sí misma, la complejidad es am‐ bivalente, es amoral, es prenormativa: constituye to‐ da coyuntura política; la complejidad no es buena o mala por sí misma, sino una cosa u otra, en cada ca‐ so, en relación con el deseo de aumentar nuestra ca‐ pacidad de actuar. Quisiera proyectar esta perspectiva de la comple‐ jidad sobre la reflexión que Antonio Negri y Michael Hardt realizan en la Parte 6 de su libro Common‐ wealth3 titulada “Revolución”. Una de las novedades de Commonwealth respecto a Imperio y Multitud es que

página 5

15 - M

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

en él Hardt y Negri han asumido ampliamente la crí‐ tica que Paolo Virno hizo al concepto de multitud. Precisamente, lo que Virno planteaba es que la multi‐ tud contemporánea no podía entenderse únicamente en términos positivos de resistencia al nuevo orden mundial o imperio, tal como Hardt y Negri caracteri‐ zaron en un primer momento a esta figura política. Sino que era necesario entender que la multitud de las metrópolis actuales es el entramado por el que discu‐ rren igualmente las microtácticas neoliberales4. Si es‐ to no fuera así, si la multitud no tuviera esta doble ca‐ ra ¿sobre qué se sostendrían, entonces, todas las transformaciones del dominio capitalista de las últi‐ mas décadas? De esta forma, Virno retornaba al uso que Spinoza había hecho originalmente del concepto de multitud. Efectivamente, Spinoza diferenciaba ya entre multitud libre y multitud esclava, entre una multitud que “procura cultivar la vida” y aquella otra que busca “evitar simplemente la muerte”5. La críti‐ ca, pues, era de calado y la aceptación de la misma por parte de Hardt y Negri ha supuesto una muta‐ ción profunda de todo su planteamiento. En efecto, en Commonwealth la ambivalencia ya no sólo afecta al concepto de multitud, sino igualmente al de lo común y a lo que Hardt y Negri llaman “amor”. Ahora bien, pensamos que esa autocrítica no ha sido completa y que el tratamiento de la pluralidad constitutiva de la lucha social que Hardt y Negri des‐ arrollan en la Parte 6 de Commonwealth, siendo como es muy instructivo, no termina de recoger el proble‐ ma del carácter prenormativo o ambivalente de la complejidad. Consideraremos, entonces, ese texto desde tres de las cuestiones que lo recorren. La pri‐ mera es la complejidad interna de los movimientos sociales, que Hardt y Negri analizan a través de la distinción entre emancipación y liberación. La segun‐ da cuestión es la complejidad de la relación entre los diferentes movimientos, que tratan ayudándose de los conceptos de paralelismo e intersección. Y la ter‐ cera problemática, no separada de las anteriores, es la de la hegemonía, ambiguamente tratada por Hardt y Negri, que será necesario discutir a la luz de la revisión de las cuestiones anteriores. Para acabar, volveremos sobre el 15M para analizar su irrupción en el espacio político español como una pugna por la hegemonía (y por la forma de la hegemonía) de los movimientos.

15 - M

La complejidad interna a los movimientos sociales Hardt y Negri abordan la complejidad interna de los movimientos sociales en términos de política de la identidad. La elección de esta perspectiva no es ca‐ sual. La producción de subjetividad es considerada por ellos como el “terreno principal (primary) de la lucha política”6. Sea esta aseveración acertada o no, optar por las políticas de identidad como criterio pa‐ ra examinar las diferencias internas en los movimien‐ tos ofrece un resultado interesante porque, entre otras cosas, permite señalar estructuras comunes a los diferentes movimientos. Más en concreto, lo que Hardt y Negri encuentran son tres tareas comunes, tres modos de hacer antagonismo, que mantienen entre sí una cierta relación de jerarquía, desde el gra‐ do más bajo de resistencia de la primera hasta el más alto grado de transformación de la tercera. La primera tarea consiste en hacer visibles y de‐ nunciar los mecanismos y regímenes de la subordi‐ nación social. Estas formas de dominación son conti‐ nuamente recubiertas, disimuladas, minimizadas o justificadas por el trabajo ideológico que los poderes dominantes ponen en marcha y es necesario, por tan‐ to, hacer un trabajo de resistencia en la dirección con‐ traria. Esta tarea es, entonces, fundamental ya que se enfrenta al discurso dominante, cuestiona el discurso del orden y la naturalidad del sometimiento y ofrece un punto de vista contrario de la realidad. Encierra, sin embargo, un peligro porque se suele realizar atri‐ buyendo una identidad fija al colectivo subordinado, como si esa identidad, resultado al fin y al cabo de la

página 6

4 Véase “General Intellect, éxodo, multitud”, entrevista a Paolo Virno por el Colectivo Situaciones en P. Virno, Gramática de la multitud, Traficantes de sueños, Madrid, págs. 130‐131. 5 B. Spinoza, Tratado Político, Alianza Ed., Madrid, 2004, cap. 5, §6, 6 CW, pág. 172.

relación de poder, le perteneciera esencialmente. Al mismo tiempo, esa identidad se construye a menudo desde la posición de la víctima, es decir, de la impo‐ tencia. Es por ello que tiende a ser una posición más ética que política: más que transformación social, de‐ manda compasión hacia quien sufre el agravio y cas‐ tigo para quien lo comete. Las figuras del obrero ex‐ plotado, la mujer oprimida, los gays y lesbianas dis‐ criminados, los negros sometidos pertenecen a esta primera tarea7. La segunda tarea consiste en convertir la identi‐ dad victimal en una identidad rebelde. Esa misma identidad que ha servido para denunciar la iniqui‐ dad de la dominación, se transforma en bandera des‐ de la que construir la unidad de la lucha y el proyec‐ to emancipatorio. No obstante, este segundo modo de hacer antagonismo ofrece también un peligro. La identidad puede terminar reduciendo la multiplici‐ dad del colectivo rebelde a una unidad simple y ce‐ rrada. Se presenta, entonces, como una forma de so‐ beranía en cuyo nombre actúan los interpretes o re‐ presentantes que suplen a los demás en las tomas de decisiones. Hardt y Negri hacen referencia en este punto al nacionalismo como modelo adoptado, a ra‐ íz de las luchas anticoloniales, sobre todo dentro de los movimientos negros o queer –nación negra, na‐ ción queer–, por los grupos que se han deslizado por la pendiente de la identidad soberana. Pero, el movi‐ miento obrero revolucionario o el feminista han co‐ nocido igualmente tendencias fuertemente esencia‐ listas que responden a este mismo diagrama. Hardt y Negri proponen calificar las dos primeras tareas de emancipatorias y hablar de liberación úni‐

camente con respecto a la tercera. Esta tercera tarea la conciben dotada de dos vertientes. Una vertiente ne‐ gativa que describen como una auto‐abolición de la identidad. Y otra positiva presentada como produc‐ ción libre de subjetividad o metamorfosis. Tres son los ejemplos que proponen para esta tercera tarea: la liberación respecto del trabajo y la abolición de las clases de la tradición comunista revolucionaria, las políticas queer que ponen en primer plano la crítica a la identidad y los planteamientos del radicalismo ne‐ gro que, como el de Paul Gilroy, abogan por la aboli‐ ción no sólo del racismo, sino de la raza en tanto que categoría y en tanto que estructura social. De las dos vertientes, sin embargo, la principal es la metamorfosis. La metamorfosis supone un cambio completo de perspectiva. Supone desplazarse hacia una nueva problemática que gira en torno de la cate‐ goría de singularidad. Así, según Hardt y Negri, la singularidad se definiría por tres rasgos:
En primer lugar, toda singularidad apunta hacia una multiplicidad externa y se define por ella. Ninguna singularidad puede existir o concebirse por sí misma, sino que tanto su existencia como su definición deriva necesariamente de sus rela‐ ciones con las otras singularidades que constitu‐ yen la sociedad. Segundo, toda singularidad apunta a una multiplicidad interna. Las innume‐ rables divisiones que atraviesan cada singulari‐ dad no impiden sino que constituyen su defini‐ ción. Tercero, toda singularidad está inmersa en el proceso de convertirse en algo diferente –mul‐ tiplicidad temporal.8

Respecto a estos tres rasgos, quiero empezar reali‐ zando dos apreciaciones. La primera es el uso mu‐ chas veces formal y normativo que Hardt y Negri ha‐ cen del carácter dinámico de la singularidad, por ejemplo cuando oponen la singularidad a la identi‐ dad a partir del criterio de movimiento versus inmo‐ vilidad. De esta forma, parecen excluir la posibilidad de una identidad que se sostenga sobre el cambio continuo. Ahora bien, no otra es la identidad del con‐ sumidor de banalidades, obligado a renovar conti‐ nuamente su objeto de deseo para mantenerse en su ser‐a‐la‐última. La segunda es que tan importante como señalar que la singularidad está constituida por una multipli‐ cidad (de singularidades) es insistir en que una mul‐

7 Aunque en otros lugares del libro, sí que Hardt y Negri hacen referencia al movimiento ecologista, su ausencia en esta última parte no puede dejar de llamar la atención. Otra ausencia importante, pero en un sentido diferente, sobre la que volveremos más adelan‐ te es la del movimiento democrático. 8 CW, págs. 338‐9.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 7

15 - M

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

tiplicidad constituye a su vez una singularidad. Esto es, aunque la singularidad esté siempre abierta, no deja de ser determinación9. Ahora bien, lo más cuestionable en el plantea‐ miento de Hardt y Negri es que tratan la singularidad de la misma manera en la que antes habían abordado la multitud, ya que la entienden como directamente revolucionaria. Y, sin embargo, la singularidad no puede ser menos ambivalente que la multitud. La sin‐ gularidad tiene que considerarse igualmente como una categoría prenormativa. Y no puede suponer simplemente un nuevo punto de vista, distinto del punto de vista de la identidad. Sino que este nuevo punto de vista es también un nuevo punto de vista sobre la identidad. Es una explicación de la identidad. Usando su terminología, habría que considerar la identidad como una singularidad corrupta. Aunque aquí quizás la pareja generación / corrupción no sea tan útil como la distinción spinoziana entre pasiones y acciones, entre pasiones tristes y alegres, y entre pa‐ siones tristes circunstancialmente útiles y pasiones tristes completamente destructivas. La identidad vic‐ timal sería una pasión triste, pero útil. La identidad rebelde sería una pasión alegre que puede tener exce‐ so. Y la singularidad libre, que correspondería a la ter‐ cera tarea que analizan, sería una acción en el sentido spinoziano, esto es, una combatividad racional. La identidad (victimal o rebelde) desconoce su condición de cosa singular. Y al mismo tiempo se re‐ conoce en tanto que realidad simple y completa, exis‐ tente y concebible por sí misma. En el lenguaje de Spinoza, podemos decir que se imagina como sus‐ tancial, cuando no es sino un modo finito. Hoy diría‐ mos también que se desconoce/reconoce como una esencia transhistórica, cuando sus condiciones de existencia son enteramente coyunturales. En cual‐ quier caso, entenderemos que el desconocimiento/re‐ conocimiento se produce socialmente en aparatos singulares cuyo funcionamiento es necesario conocer para conocer el modo efectivo en que se constituye y opera la identidad social, ya sea una identidad sub‐ ordinada, victimal o rebelde. El concepto de multiplicidad, que en el pasaje que hemos citado acompaña de forma inseparable al de singularidad, no es menos problemático que éste. Tal como se presenta en estas páginas de Commonwealth, la multiplicidad podría pensarse como una coexis‐ tencia angelical de singularidades, sin roces ni con‐

flictos. Ahora bien, el concepto de complejidad que al comienzo hemos definido como correlación de dife‐ rentes fuerzas de fuerza diferente, al tiempo que con‐ cibe la singularidad como fuerza o potencia y exige determinar de qué fuerzas o potencias hablamos, conduce a entender la diversidad como tensional manteniendo siempre la ambivalencia. Estos problemas en la concepción que Hardt y Negri sostienen de la singularidad y de la multiplici‐ dad se ponen especialmente a prueba en las dos obje‐ ciones dirigidas contra la tercera tarea –la auto‐aboli‐ ción de la identidad o metamorfosis– a las que los propios autores consideran necesario responder unas páginas más adelante10. En efecto, Hardt y Negri ex‐ ponen un primer peligro por el que, al esforzarnos por abolir las identidades victimal y rebelde, podría‐ mos, por un lado, reforzar la estrategia reaccionaria de hacer invisibles la opresión y el conflicto y, por otro, obstaculizar la capacidad de sumar fuerzas de los rebeldes. A esta objeción responden que las tres ta‐ reas son inseparables. Sin las dos primeras, perseguir la tercera es ingenuo y corre el peligro de hacer más difícil el desafío a las jerarquías existentes. Pero, sin la tercera, las dos primeras permanecen atadas a las for‐ maciones de identidad, incapaces de tomar distancia respecto de la construcción social y material de las mismas, incapaces, por tanto, de abordar la tarea de producir una subjetividad libre. Es más, las tres tare‐ as deben perseguirse simultáneamente, sin posponer la tercera a un futuro indefinido11. La respuesta es, sin duda, interesante, principal‐ mente desde la perspectiva de la complejidad a la que apunta. Sin embargo, esa misma respuesta abre otra

página 8

15 - M

9 Invirtiendo la expresión de Spinoza que Hegel hizo famosa, “toda determinación es negación”, y de modo más acorde con el pensa‐ miento del primero, podríamos decir que toda afirmación es determinación. 10 CW, págs. 336‐40. 11 Véase CW, pág. 337

serie de problemas que quedan en suspenso. El prime‐ ro y principal es el de la relación entre las tres tareas. No podemos pensar que esa relación sea armónica y esté exenta de todo conflicto y de toda diferencia de fuerza. Hasta tal punto este es un problema no abor‐ dado por Hardt y Negri que, en lo que resta de la Parte 6, se olvidan por completo de la primera y la segunda tarea, como si la revolución que supone la tercera tarea pudiera pensarse sin la relación con las otras dos. Las consecuencias, sin embargo, van más allá y salpican a la segunda objeción contra la tercera tarea. Esta segunda objeción plantearía que al abolir la identidad quedarían abolidas igualmente las diferen‐ cias y una indiferencia general recorrería el campo social. La respuesta de Hardt y Negri es que, muy al contrario, la abolición de la identidad libera la proli‐ feración de diferencias que no marcan jerarquías so‐ ciales. Ahora bien, la determinación de esas diferen‐ cias proliferantes flota enteramente en el aire. Son di‐ ferencias sin consistencia, sin peso, sin resistencia, sin tensión, sin efectividad. Hardt y Negri las piensan al margen de su relación con las identidades de las dos primeras tareas y, en consecuencia, en una situación completamente irreal de acuerdo con el horizonte que ellos mismos acaban de trazar en el párrafo ante‐ rior. De este modo, las diferencias proliferantes fun‐ cionan en el discurso de Hardt y Negri de nuevo co‐ mo ideal regulativo, en lugar de hacerlo como cate‐ goría prenormativa, ambivalente, propia de la diná‐ mica de la singularidad. La complejidad entre movimientos sociales De la complejidad interna a los movimientos pasan, entonces, Hardt y Negri a la complejidad entre movi‐ mientos. Esta segunda complejidad la intentan abor‐ dar a partir de los concepto de interseccionalidad y paralelismo. De los dos, este último es quizás el que más problemas genera. El término proviene del mo‐ do en que Leibniz nombraba la relación entre los mo‐ dos de los infinitos atributos que constituyen la sus‐ tancia en la filosofía de Spinoza. Ya en ese uso, el tér‐ mino es cuestionable. El propio Spinoza no lo utiliza y cuando habla de la relación entre las ideas y los cuerpos, explica que son la misma cosa considerados

12 La anterioridad que propone Zizek en el texto al que remiten Hardt y Negri (The Parallax View, MIT press, Cambridge (Mass.), págs. 361‐2) descansa en dos cuestiones. La primera es de carácter explicativo. Según Zizek mientras que la lucha de clases puede explicar los desajustes entre movimientos, no ocurre lo mismos con los restantes conflictos. Así, el clasismo de cierto feminismo o el racismo de la clase obrera blanca se explican, ambos, por la lucha de clases. Pero, al menos en este texto, Zizek no atiende a ningún contrae‐ jemplo posible. Así, la lucha de clases no basta para explicar el modo en que el capital explota la división de genero, como ocurrió, por ejemplo, al comienzo sobre todo de la implantación de las llamadas “maquilas” en la frontera mexicana con los Estados Unidos. La segunda cuestión que plantea Zizek es que, mientras el movimiento obrero tiene como objetivo revolucionario la abolición de las relaciones de clase y, por tanto, de las clases, los demás movimientos buscarían más bien un reconocimiento simétrico de las diferentes identidades. Hardt y Negri, por el contrario, como hemos visto, consideran que el proyecto de la abolición de la identi‐ dad está presente como tarea revolucionaria en todos los movimientos.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

desde atributos distintos. En Spinoza, las mentes y los cuerpos no se afectan entre sí y, por tanto, ningu‐ no de los dos gobierna sobre el otro, no hay ninguna jerarquía entre ellos, sino que son simultáneos. Esta ausencia de jerarquía es la que parece atraer a Hardt y Negri de la noción de paralelismo. O, al menos, se‐ ría muy discutible plantear que las diferentes formas de dominación y las diferentes respuestas que reci‐ ben son lo mismo considerado desde diferentes pers‐ pectivas. Así pues, de la misma manera que no hay jerarquía alguna entre los atributos de la sustancia en la filosofía de Spinoza, tampoco debería haberla en‐ tre los diferentes movimientos políticos de emanci‐ pación y liberación. Frente a quienes como Slavoj Zizek defienden la anterioridad de la lucha de clases respecto de cualquier otra lucha12, Hardt y Negri en‐ tienden que es necesario construir una autonomía re‐ lativa entre movimientos a través de la traducción y la articulación y a esa autonomía relativa es a la que llaman “paralelismo”. Ocurre, sin embargo, que la relación entre el para‐ lelismo y la interseccionalidad o entrelazamiento de los movimientos no termina de resultar convincente. Por un lado, la interseccionalidad describe un nuevo aspecto de la complejidad interna a los movimientos. Presenta el hecho de que ninguna forma de domina‐ ción existe aislada o se expresa desde una única ins‐ tancia (económica, política o ideológica) y, por tanto, lo mismo les sucede necesariamente a las formas de resistencia que se alzan contra ellas. Toda domina‐ ción está compuesta de dominaciones y todo movi‐ miento social es un movimiento de movimientos. O dicho de otro modo, hay un entrelazamiento interno a los propios movimientos. Pero, por otro lado, el pa‐

página 9

15 - M

ralelismo es para Hardt y Negri la forma adecuada de interseccionalidad externa o entre movimientos, una forma adecuada que se materializa en la toma democrática de decisiones. Ahora bien, la complejidad de la interseccionali‐ dad interna es inseparable de la complejidad del en‐ trelazamiento externo. La complejidad interna se ex‐ plica por el modo en que la externa repercute en el in‐ terior de cada movimiento. Y la intersección externa no es sino el efecto de conjunto de la determinación mutua, aunque desigual entre las complejidades in‐ ternas. No está, por todo ello, nada claro que la rela‐ ción más adecuada entre los movimientos sociales sea la del paralelismo. O, dicho de otra manera, el paralelismo es incom‐ patible con la complejidad entendida como la correla‐ ción de diferentes fuerzas de fuerza diferente, ya que la complejidad ni atribuye a ningún movimiento social una hegemonía a priori ni deja espacio para la armonía. Esto es, no cabe defender una jerarquía a priori entre movimientos, pero la idea de una simetría perfecta en‐ tre ellos no pasa de ser un sueño vago de homogenei‐ dad que se asienta en un criterio ajeno a las dinámicas de la práctica política. La complejidad es, en esto, igual para todos. No es desde ella desde donde puede esta‐ blecerse criterio alguno para defender un liderazgo, pero ella indica que no puede dejar de haber lideraz‐ gos. Será necesario, entonces, no confundir liderazgo con suplencia o representación13, no confundirlo con dominación o soberanía, sino intentar pensar una for‐ ma de liderazgo o hegemonía como expresión. El problema de la hegemonía La multitud o, mejor, la multitud libre es un movi‐ miento de movimientos y cada movimiento es una multitud libre. Por ello, en la multitud libre no puede haber un núcleo íntimo donde se concentre su esen‐ cia ni puede señalarse un contorno que la cierre y la totalice. No puede haber punto de vista privilegiado a priori a partir del cual fundar un liderazgo. Para la multitud libre, para la política de movimientos, el es‐ quema tradicional del partido o de una vanguardia

esclarecida que dirige desde arriba a unas masas in‐ capaces de organizar su propia lucha es completa‐ mente inútil. Pero, ¿quiere decir eso que la multitud libre no admite ningún tipo de hegemonía? En Commonwealth, la respuesta de Hardt y Negri a esta pregunta es ambigua, una ambigüedad que se en‐ cuentra en el mismo uso del término “hegemonía”. Por un lado, identifican “hegemonía” con “sobera‐ nía”, esto es, la hegemonía o soberanía consistiría en la reducción de la multitud a una unidad simple y cerra‐ da que la convertiría en algo representable y supli‐ ble14. En este sentido, rechazan cualquier hegemonía. Por otro lado, sin embargo, consideran que la pro‐ ducción biopolítica es hegemónica respecto de los res‐ tantes sectores de la producción y que esta hegemo‐ nía de la producción biopolítica “hace posible un pro‐ ceso de composición política definido por la toma de‐ mocrática de decisiones”15, esto es, hace posible una hegemonía política no separada. Según aclaraban en Multitud, la producción biopolítica es hegemónica porque “ha impuesto una tendencia sobre todas las otras formas de trabajo, transformándolas de acuerdo con sus propias características”16. Si esto es así, en‐ tonces habrá que entender el posible trasvase de las capacidades “técnicas” de la producción biopolítica a la acción política como un efecto de esa “imposición de la tendencia” en la que consiste la hegemonía de la producción biopolítica. “Autonomía, comunicación, cooperación y creatividad”17 son capacidades activas en la producción biopolítica y potenciales para la to‐ ma democrática de decisiones. Son formas comunes que, como tendencia, emergen y ejercen su hegemo‐ nía18. Son formas comunes, aunque en la producción biopolítica lo que encontramos es una forma ya dada, una forma cuya hegemonía el investigador encuentra ya desarrollada, mientras que en la toma de decisio‐ nes se trata de una forma a construir, una forma que el político propone como forma hegemónica desea‐ ble, una forma únicamente potencial19. Ahora bien, esa forma hegemónica deseable se presenta como la articulación del encuentro de todos los movimientos sociales por medio de la toma democrática de decisio‐ nes. Esto es, de la hegemonía activa en la producción

YOUKALI, 12

página 10

15 - M

13 Sobre la representación como suplencia, véase Juan Pedro García del Campo, “Contra la gestión de la suplencia. El 15M y la políti‐ ca”, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=136110. 14 Véase CW, págs. 165‐178, en concreto 175. 15 CW, pág. 352. 16 M. Hardt y A. Negri, Multitude, Penguin Books, Londres, 2004, pág. 141. 17 CW, pág. 354 18 Multitude, op. cit., págs. 142‐3. 19 CW, pág. 365.

ISBN: 1885-477X

dados y somos cómplices de la identidades, jerarquías y corrupciones de las forma actuales de poder”. Por ello, las solución será: “explorar la composición técnica de la multitud productiva para descubrir su composición política potencial”. 21 Efectivamente, hubiera sido muy interesante ver el modo en que las tres tareas, victimal, rebelde, revolucionaria, se concretan en el movimiento democrático. Tendríamos por ejemplo, la denuncia de las violaciones de los derechos humanos como primera tarea (construida sobre la identidad del hombre), la defensa de una representatividad auténtica como segunda (en la que el hombre pa‐ sa a ser ciudadano) y las formas del asambleísmo abierto (que producen subjetividades en relación, subjetividades sin sujeto o sin‐ gularidades).

ISBN: 1885-477X

20 Véase CW, págs. 361 y siguientes: “pero la naturaleza humana tal como existe actualmente está lejos de ser perfecta. Estamos enre‐

YOUKALI, 12

se pasa a la hegemonía posible de todas las luchas. No entraremos todavía a analizar este resultado. Lo que queremos, por ahora, es preguntarnos si, una vez que hemos reconocido la ambivalencia de la mul‐ titud, de lo común, de la singularidad, de la comple‐ jidad, es posible mantener la idea de una tendencia que funda el liderazgo deseable. Tal y como la presentan Hardt y Negri, la relación entre la producción biopolítica y el liderazgo demo‐ crático es circular. Son las capacidades generadas por la producción biopolítica las que hacen que el lide‐ razgo democrático sea posible. Pero, esas capacida‐ des sólo pueden destacarse sobre el fondo de la vida productiva capitalista a partir de un proyecto políti‐ co democrático20. La tendencia se construye, por tan‐ to, ya siempre desde la política de liberación del mo‐ vimiento democrático, seleccionando aquellas carac‐ terísticas que puedan ser útiles para la lucha contra las nuevas formas de dominación. La hegemonía económica de la producción biopolítica respalda la hegemonía política deseable de la toma democrática de decisiones porque no es otra cosa que este deseo proyectado sobre el análisis de la vida económica. Pero, si esto es cierto, entonces, el criterio de lo de‐ seable para un movimiento, que se convierte en el cri‐ terio de lo deseable para todos los movimientos, es un a priori no muy distinto del que, páginas atrás, Hardt y Negri han criticado a Zizek. La diferencia es que Zizek atribuye la hegemonía a priori al movimiento obrero, mientras que ellos, por mucho que se apoyen en el aná‐ lisis de la producción, se la atribuyen a un movimiento que no están tematizando como tal. Se la atribuyen al movimiento democrático desde su tarea revoluciona‐ ria21. La hegemonía de la toma democrática de deci‐ siones que Hardt y Negri proponen es tan a priori como la de Zizek porque plantea que, al margen de los pro‐ cesos de lucha coyunturalmente determinados, uno de los movimientos posee el privilegio de proporcionar la unidad y el liderazgo de todos los demás, incluso si ese liderazgo se realiza por medio de la articulación. Pues, no conviene olvidar que todo liderazgo conlleva unos líderes, un discurso y una iniciativa de liderazgo, con‐ lleva en fin una diferencia de fuerzas. En consecuencia, si la complejidad, esto es, la mul‐ titud, la singularidad, la tendencia es ambivalente, só‐

lo hay una forma de establecer la diferencia entre la li‐ bertad y la servidumbre. La libertad es la lucha histó‐ rica de cada movimiento, entendiendo que esa lucha implica no una tendencia, sino múltiples tendencias no armónicamente articuladas al modo en que Hardt y Negri nos muestran en sus análisis de las tres tare‐ as. Y la tendencia que logre la hegemonía dentro de cada movimiento y sobre todos los movimientos no será aquella que está dotada de una propiedad (o una potencialidad) a priori, sino aquella que, dentro de una determinada coyuntura, es capaz de configurar una sobredeterminación que aumente la fuerza de ac‐ ción de cada una de las otras y del conjunto. La liber‐ tad común no está en uno de los movimientos ni en una de las tareas, tampoco en las características que puedan compartir abstractamente uno y otro movi‐ miento. La libertad común está en la mutua determi‐ nación con hegemonía, en la configuración de fuerzas diferentes de diferente fuerza. Esa configuración, no sólo la fuerza hegemónica, es la expresión de la poten‐ cia de todos los movimientos y todas las tendencias. Y es la que determina el crecimiento de la libertad tan‐ to en cada uno de ellos como en el conjunto. A diferencia de lo que plantean Hardt y Negri, en‐ tonces, lo común, la libertad común no está en la pro‐ ducción biopolítica, o al menos no está en ella en ma‐ yor medida de lo que lo está, de forma activa y no po‐ tencial, en los movimientos sociales o en la produc‐ ción cultural independiente. Es más, la selección que realizan de ese rasgo de la producción postfordista se explica, mejor que por el mero desarrollo del capita‐

página 11

15 - M

lismo, por el propio proceso de encuentros y desen‐ cuentros entre los distintos movimientos sociales a lo largo de las últimas décadas y en la necesidad de re‐ conocer su propia complejidad interna a la hora de continuar cada uno de ellos en su lucha. Es la multi‐ tud libre de los movimientos sociales la que está aprendiendo de sus propias experiencias, de sus lo‐ gros y fracasos parciales, la que se ha encontrado con la urgencia de construir una libertad común potente que haga frente y derrote a un neoconservadurismo y un neoliberalismo cuya fuerza se nutre de las divisio‐ nes, elitistas, burocráticas, sectaristas, excluyentes o iluminadas, que atraviesan los propios movimientos. El caso 15M La hegemonía de la multitud libre es, entonces, una correlación diferencial entre movimientos y tenden‐ cias diversos que acrecienta la capacidad de actuar de todas ellas y del conjunto. Es por eso que la hege‐ monía libre sólo puede considerarse como resultado de un proceso concreto de concurrencia que implica una pugna entre tendencias por establecer una deter‐ minada correlación. Es más, sólo tiene sentido hablar de hegemonía si la correlación diferencial es eficaz, esto es, si es capaz de hacer experimentar la fuerza de los movimientos como alternativa social real. La he‐ gemonía libre supone, por tanto, la intervención en la coyuntura general buscando que los movimientos tengan opción real de llevar la iniciativa en la consti‐ tución material de la sociedad. Visto desde esta perspectiva, el 15M supone la irrupción en España de una nueva opción hegemóni‐ ca para los movimientos. Después del giro a la dere‐ cha del gobierno de Zapatero y de la incapacidad de los sindicatos mayoritarios para liderar una resisten‐ cia a las políticas neoliberales contra la crisis neolibe‐ ral, el 15M estalla como propuesta exitosa de movili‐ zación horizontal. El 15M es, principalmente, un mo‐ vimiento democrático que ha sabido articular de‐ mandas de carácter reformista de la estructura políti‐ ca y de la política económica de los estados con prác‐ ticas revolucionarias de asamblea abierta. Esta com‐ binación le ha permitido atraer a gentes de muy di‐ versas procedencias políticas y lograr un poder de convocatoria de impacto global superior al de los partidos y sindicatos. Se ha convertido, en fin, en una fuerza social reconocida como tal. El 15M es ahora un horizonte de encuentro para múltiples sensibilidades, unas reacias a las formas de organización de las izquierdas, otras desencantadas con éstas u ocupando posiciones de menor capaci‐ dad de acción social, otras más, en fin, que ven posi‐ ble compaginar militancias. Ha creado, por tanto, una nueva forma de hegemonía posible. Desde nues‐ tro punto de vista, ha creado la forma de hegemonía

de los movimientos más potente en la nueva coyun‐ tura abierta por la crisis neoliberal. Es más potente, sobre todo, porque ha conseguido reactivar una lu‐ cha social que ni la hegemonía de los partidos y sin‐ dicatos mayores ni la radicalidad y pureza de los me‐ nores estaba logrando despertar en las mismas con‐ diciones sociales. Este hecho es incontrovertible y no es casual. Y cualquier crítica al 15M o cualquier inten‐ to de aprovechar la reactivación a costa del 15M tie‐ nen que vérselas con él o desistir. Es un hecho no casual porque responde a unos modos de hacer particulares. Así el 15M es mucho más incluyente que las formas de partido y sindica‐ to, abre redes de comunicación y aprendizaje mucho más independientes de los grandes poderes mediáti‐ cos, da mucha mayor posibilidad a las diferentes ten‐ dencias de exponer sus visiones de la realidad, está más pegado a lo cotidiano y genera un entusiasmo mucho más enriquecedor y constructivo. Y a ello hay que unir, por supuesto, su proyección global. En de‐ finitiva, el 15M reúne perfectamente las condiciones para liderar un nuevo ciclo de luchas porque es ca‐ paz de crear un nuevo horizonte de acción transfor‐ madora, un nuevo diagrama político que exprese una potencia común más potente. Ahora bien, como hemos dicho, la hegemonía no deja de ser nunca una pugna por la hegemonía, una lucha por una determinada configuración diferen‐ cial. En España, la pugna más clara en estos momen‐ tos por la hegemonía de los movimientos se encuen‐ tra entre el 15M y los sindicatos y partidos mayores de las izquierdas. Aunque la pugna no se entabla en‐ tre dos bandos. Hay mucha gente, como hemos di‐ cho, que se mueve entre el 15M y estas organizacio‐ nes sin demasiados problemas y hay otras propues‐ tas que también se esfuerzan por entrar en la liza. La disputa más clara, que es tanto interior como exterior al 15M, parece desarrollarse entre dos lógicas políti‐ cas: la lógica de la participación abierta y la de la su‐ plencia. En el modo en que esa pugna se vaya definiendo y resolviendo se juega el futuro del poder de los mo‐ vimientos. En el proceso puede ocurrir cualquier co‐ sa. Ambas propuestas pueden quedar bloqueadas, lo que supondría un fracaso para las dos, o pueden en‐ contrar la manera de articular un esfuerzo de trans‐ formación social exitoso. Pero, es demasiado pronto para abordar todas las dificultades de la situación. Por ahora, sólo podemos estar seguros de dos cosas: 1] de que no hay una fórmula mágica para encauzar el proceso de la mejor manera, por lo que no se trata de imponer verdad alguna a nadie y 2] de que nues‐ tra tarea es configurar entre todos el diferencial más potente para luchar contra las políticas neoconserva‐ doras y neoliberales que, como viejas parcas, hilan en estos momentos las fibras del planeta.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 12

15 - M

DAR CUERPO AL ESPECTRO. Materiales sobre el 15‐M como campo de fuerzas
por Germán Cano1
“Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: ‘No hay pasión más noble que el amor al sacrificio’ […]. Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiro‐ so se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triun‐ fo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. […]. Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran des‐ gracia es que no conocen la verdad”. Bertolt Brecht, “Las cinco dificultades para decir la verdad”

I ¿Qué nos ha pasado? Pocas veces en los últimos tiem‐ pos se ha manifestado de forma tan rotunda la di‐ mensión “espectral” de un movimiento político como con ocasión del 15‐M. Tan pronto apareció el fantas‐ ma, los medios no tardaron en mostrar su perplejidad y dar testimonio en cómodas categorías de aquello que estaba ocurriendo. Pero cuanto más se resistía el incipiente “movimiento” a utilizar las viejas consig‐ nas, más incertidumbre y ansiedad se generaban en el campo social normalizado. En lo concerniente a los grandes medios de comu‐ nicación, el 15‐M no ha tenido, como norma, quien le escuche adecuadamente. La cobertura del aconteci‐ miento (y no sólo en los medios de derechas) ha pues‐ to de manifiesto en qué medida cualquier mensaje crí‐ tico queda banalizado y desactivado por falsos clichés y esquemas preconcebidos. Sintomática ha sido la re‐ acción histérica de algunos grupos de presión que,

1 Bajo la forma de “materiales”, presento con toda modestia estas impresiones teóricas y personales, subrayo, muy tentativas, solo con ánimo de contribuir a la discusión o a la construcción provisional de una cartografía del campo de fuerzas del 15‐M; es decir, sin nin‐ gún ánimo expositivo, científico o sistemático. Necesitamos tiempo para comprender qué ha pasado, qué está pasando, y, aunque es imperativo escuchar este latido, cuidarlo y acompañarlo –esa atención a la “cólera de los hechos” de la que hablaba Foucault‐, nada me parece más perjudicial que el intento apresurado de dar lecciones o perorar sobre un acontecimiento que está aún tan “caliente”.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 13

15 - M

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

ante la falta de definición del movimiento, no tarda‐ ron sintomáticamente en proyectar sus miedos y an‐ gustias más profundos (“Tercera República”, “chus‐ ma juvenil”, “rebelión de esclavos adocenados”, “po‐ pulismo demagógico”, “resentimiento de masas”). Desde este ángulo resulta interesante analizar la lista de espectros del 15‐M como proyección de diferentes imaginarios sociales. A través de ellos, muchas coor‐ denadas ideológicas hasta ahora “durmientes” que‐ daban retratadas con una claridad hasta ahora insos‐ pechada. Asimismo, la cobertura informativa de las primeras semanas puso de manifiesto hasta qué pun‐ to el carácter espectral del 15‐M sirvió como un cata‐ lizador catártico capaz de desnudar y llevar a la su‐ perficie las opciones legitimatorias que permanecían latentes. Irónicamente, en estas tentativas de suturar esa herida difusa abierta por el 15‐M, muchas cosas se han aclarado indirectamente a través de las reaccio‐ nes provocadas. Entre otras cosas, el paisaje pos‐15‐ M, es cuando menos, políticamente distinto: con áni‐ mo polémico de simplificar, da la impresión de que en un futuro no muy lejano puede recortar de forma inquietante el campo de juego en, básicamente, tres grandes bloques: una democracia liberal formal insti‐ tucional, denominada por algunos “sistémica”, en parte sustentada por la indiferencia y apatía de la ma‐ yoría; una derecha xenófoba y nostálgica de las viejas identidades –previsiblemente, por causa de la crisis económica, cada vez más radicalizada en el plano po‐ pular cuando el PP busque “centrarse” y permanecer en el poder en busca de las clases medias–; y una iz‐ quierda muy fragmentada y debilitada, consciente de las promesas incumplidas de la democracia y de la paulatina desintegración del espacio público, condi‐ ción necesaria de una ciudadanía politizada. En esta constelación de fuerzas, en un contexto de crisis económica acentuada, el 15‐M no sólo ha repre‐ sentado de entrada, lo que no es poco, la opción con‐ trapuesta a la, siempre deficitaria, servidumbre vo‐ luntaria del miedo y del repliegue individualista a lo íntimo: la de la construcción a tientas, experimental, de una práctica política. “Más allá de las consignas (‘lo llaman democracia y no lo es’, ‘que no nos repre‐ sentan’), cargadas de sentidos necesariamente polisé‐ micos, la práctica del 15M y sus ‘instituciones’ (las asambleas, siempre abiertas y horizontales y la exi‐ gencia autoimpuesta de la búsqueda del consenso,

sin prisas, sin más urgencia que el análisis común y la decisión compartida) inauguran un nuevo modo de entender la política y, también, un nuevo modo de po‐ nerla en práctica: sin que las diferencias y el conflicto puedan ser ‘resueltas’ por ‘los que saben’; sin caer en la tentación de la representación ni siquiera como ele‐ mento organizativo”2. Desde este desafío, el 15‐M, como laboratorio de acciones y reacciones privilegia‐ do, también ha discriminado diferentes actitudes in‐ telectuales ante el presente, sirviendo de piedra de to‐ que y midiendo el compromiso de las teorías sobre la situación social. En este sentido, el balance, aunque previsible, no ha podido ser peor: hoy un gran sector intelectual que se define como “izquierda” sigue en sus torres de marfil, melancólicamente blindado ante los puntos de fuga y los vectores de fuerza de su ac‐ tualidad. II “Para los marxistas está plenamente establecido des‐ de el punto de vista teórico […] que el pequeño pro‐ pietario, el pequeño patrón (tipo social que en mu‐ chos países europeos está muy difundido y tiene ca‐ rácter de masas), que sufre bajo el capitalismo una presión continua y muy a menudo un empeoramien‐ to increíblemente brusco y rápido de sus condiciones de existencia y la ruina, cae con facilidad en el ultra‐ rrevolucionarismo, pero es incapaz de manifestar se‐ renidad, espíritu de organización, disciplina y firme‐ za. El pequeño‐burgués ‘enfurecido’ por los horrores del capitalismo es, como el anarquismo, un fenómeno social propio de todos los países capitalistas. Son del dominio público la inconstancia de estas veleidades revolucionarias, su esterilidad y la facilidad con que se transforman rápidamente en sumisión, en apatía, en fantasías, incluso en un entusiasmo ‘furioso’ por tal o cual corriente burguesa ‘de moda’”3. Como es conocido, a inicios del siglo veinte, tras escribir ¿Qué hacer?, un panfleto sobre la revolución y su principal instrumento, el partido de cuadros polí‐ ticos profesionales surgidos del medio intelectual destinados a dirigir a la clase obrera hacia la toma del poder, Lenin redactó en 1920 otro opúsculo para ra‐ diografiar, con bisturí de cirujano, uno de sus posibles trastornos de atención: “El izquierdismo, la enferme‐ dad infantil del comunismo”. Es también sabido có‐ mo, recogiendo esta argumentación, en el 68, los her‐

página 14

15 - M

2 Juan Pedro García del Campo, “Para pensar el 15‐M. Contra la gestión de la suplencia: El 15‐M y la política” ( http://www.rebelion.org/noticia.php?id=136110). 3 Lenin, V. I., “El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”, cit. En Negri, T., La fábrica de la estrategia. 33 lecciones sobre Lenin, Madrid, Akal, 2004, p. 264.

manos Cohn‐Bendit, esgrimieron positivamente la patología diagnosticada contra los comunistas france‐ ses: El comunismo, la enfermedad senil del izquierdismo. ¿Encarna el 15‐M ese entusiasmo “furioso” bur‐ gués diagnosticado por Lenin como una mera patolo‐ gía izquierdista? ¿Constituye –salvando, por supues‐ to, las indiscutibles distancias– ese ejemplo de indisci‐ plina y de falta de entrenamiento que para los comu‐ nistas franceses representaba el 68? Hemos escuchado esto mismo en los últimos meses: el 15‐M necesita me‐ jorar, no progresa adecuadamente. Sin embargo, aunque este debate sobre su mayoría o minoría de edad polí‐ tica, su supuesta madurez o infantilismo, ha vuelto a ser recurrente durante estos meses, ¿hasta qué punto se pierde en él justamente lo más importante: el aná‐ lisis del movimiento, una autoclarificación más concre‐ ta de su valor y sentido? En este punto es donde a ve‐

ces se tiene la sensación de que una excesiva carga melancólica respecto a los viejos ideales perdidos im‐ pide a antiguos izquierdistas acercarse de forma em‐ pática o, si acaso, más desprejuiciada a su actuali‐ dad4. Sea como fuere, el 15‐M nos plantea interesantes preguntas sobre la posibilidad de un movimiento5 emancipador. ¿Qué espacio político ha emergido aquí en el caso de hacerlo? ¿Debemos entender el movi‐ miento como una actualización de un potencial, por así decirlo, latente, un producto endógeno de los anta‐ gonismos de nuestra sociedad en crisis o hemos más bien de comprenderlo como una oposición puramen‐ te exógena, desde afuera, una experiencia que perfila un antagonismo en cierta medida puro entre el poder y las masas populares, entre un pueblo totalmente ge‐ latinoso en su protesta y un poder estatal excesivo? ¿Cabe cifrar la novedad del movimiento en una reali‐ zación (inmanente) del potencial de lo viejo o en una separación radical de lo viejo? ¿Debe la política cen‐ trarse en la concentración de las contradicciones econó‐ micas existentes o en suturar el desfase que existe de hecho entre el ser social empírico y el político? Vamos a tratar de dar una respuesta provisional a estos inte‐ rrogantes planteando los límites de las interpretacio‐ nes exógenas y endógenas. III A tenor de la lucha semántica que se libró por inter‐ pretar el acontecimiento a través de determinadas for‐ mas hegemónicas neoliberales, se entiende el esfuer‐ zo de muchos medios por rearticularlo exclusivamente en términos de indignación para que así fuera compa‐ tible con las relaciones de poder existentes (ejemplo: neutralizando en un segundo momento el filo políti‐ co mostrando que esa indignación moral no era exclu‐ siva del movimiento, sino de sus presuntos damnifi‐ cados inmediatos: comerciantes, policías o políticos).

4 Me parece aquí útil volver al concepto “melancolía de izquierdas”, acuñado por Walter Benjamin durante la crisis de Weimar, en su oportuna actualización por Wendy Brown: “But left melancholy is Benjamin’s unambivalent epithet for the revolutionary hack who is, finally, attached more to a particular political analysis or ideal—even to the failure of that ideal—than to seizing possibilities for radical change in the present. In Benjamin’s enigmatic insistence on the political value of a dialectical historical grasp of ‘the time of the Now’, left melancholy represents not only a refusal to come to terms with the particular character of the present, that is, a fail‐ ure to understand history in terms other than ‘empty time’ or ‘progress’. It signifies, as well, a certain narcissism with regard to one’s past political attachments and identity that exceeds any contemporary investment in political mobilization, alliance, or transforma‐ tion” (“Resisting Left Melancholy”, en Boundary 2 26. 3, 1999, 19‐27). 5 Para plantear una discusión acerca de la idea de movimiento, es inevitable acudir a la reflexión de Marx: “Para nosotros, el comunis‐ mo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimien‐ to real que anula y supera el estado de cosas actual. Las condiciones de este movimiento se desprenden de la premisa actualmente existente” (Marx, K., y Engels, F., La ideología alemana, Pueblos Unidos, Buenos Aires, 1975, p. 37). En un plano de discusión más es‐ pecializado, puede ser útil confrontar esta posición con esta intervención “impolítica” de Agamben (http://www.egs.edu/faculty/‐ giorgio‐agamben/articles/movimiento/), quien, haciendo apología de la espectralidad derrideana y desdeñando toda realización de la potencia, todo pasaje al acto, sostiene que “el movimiento deviene el concepto político decisivo cuando el concepto democrático del pueblo, como cuerpo político, está en decadencia […] la democracia termina cuando el movimiento emerge”.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 15

15 - M

De este modo, también se aplicaba un cordón sanita‐ rio: toda protesta de desobediencia civil legítima no articulada bajo las buenas formas “democráticas” de‐ venía inmediata e intrínsecamente totalitaria, violen‐ ta, objeto de criminalización. Ajenas por principio a escuchar la negatividad del presente (abogando por un presente naturalizado), estas formas hegemónicas renunciaron de entrada, dada su interpretación de la presunta irracionalidad y materialidad informe del movimiento, a pensar su posible tensión política. Es llamativo cómo el 15‐M desde el principio se convirtió en un campo de fuer‐ zas en el que el significante “indignación” se convir‐ tió en objeto de lucha: era preciso monopolizar su sentido. Un mantra recorrió el espacio mediático los primeros días de protesta: la indignación ha salido a la calle. De repente, una palabra parecía haber tenido suerte a la hora de aglutinar todo los malestares, to‐ das las frustraciones. Todos coincidían: la gente está indignada. Y lo estaban, ciertamente. Pero, ¿por qué el éxito de la palabra? Una hipótesis: vista desde la apoteosis neoliberal de los últimos años, toda negatividad ha‐ bía estado bajo sospecha. En el marco de una situa‐ ción en la que toda expresión del malestar estaba ‐y sigue estando‐ mal vista, en donde había que tragar‐ se la frustración cotidiana o interpretarla como culpa individual, se había perdido todo horizonte de des‐ compresión colectivo. Si la palabra “indignación” sir‐ vió como el mínimo común afectivo capaz de actuar como provisional cemento del movimiento 15‐M fue porque, en un primer momento, brindaba una articu‐ lación simple y afectiva de algo que había sido escon‐ dido durante demasiado tiempo, como se comentará luego, bajo la alfombra de esa ideología autoafirmati‐ va y emotivamente blindada llamada el “empresario de sí”. Aunque es cierto que la inicial simplificación del discurso6 actuó como cemento y mínimo común de‐ nominador, también lo es que, una vez dado este pa‐ so, el movimiento empezó a cobrar un espesor y una articulación institucional más complejos. En este sentido también la sencillez del mensaje y la dimen‐ sión emocional, desgraciadamente descuidados por otras organizaciones de izquierda, fueron decisivos para aglutinar voluntades y configurar un espacio colectivo. De ahí que, en este campo de fuerzas, la palabra “indignación”, aun cuando canalizara y sirviera co‐

15 - M

mo encadenamiento de un malestar común en un principio, fuera también objeto de neutralización po‐ lítica por parte de determinados sectores mediáticos. Sin embargo, como ya se ha sugerido, no deberíamos tampoco despreciar una palabra, no precisamente va‐ lorada, salvo contadas y valiosas excepciones como la tradición aristotélica, por la historia filosófica. Para re‐ sumir este descrédito filosófico, por ejemplo, se suele utilizar –y no sin razones‐ la frase de Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos “Nadie miente tanto como el in‐ dignado”. Sin embargo, también cabe matizar que aquí éste se refiere a una indignación puramente mo‐ ral que solo interioriza su malestar para justamente evitar todo paso o ejercicio en el ámbito la praxis. En esta línea, siguiendo el hilo conductor del resenti‐ miento, Wendy Brown en su obra States of Injury7 ha tratado de explicar cómo el hecho de aferrarse a la he‐ rida provocada por una determinada ofensa subjetiva –y, por tanto, a un determinado modo de entender la indignación de forma victimista y apolítica–, constitu‐ ye una reacción interna al marco estructural del dis‐ curso liberal y, de este modo, un modo de desarticu‐ lar la práctica social o emancipadora en juego. En todo caso, a pesar de estos primeros intentos de apoderarse del sentido de la categoría, sería tal vez interesante abordar críticamente si la expresión “in‐ dignado” ha adquirido cada vez más un sentido pa‐ recido al de “proletario”. Lo decimos al menos en la lectura no sociológica que J. Rancière realiza del caso

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 16

6 En este momento Democracia Real Ya tuvo cierto protagonismo, aunque también posibilitado por la labor previa de muchas acciones cívicas, vecinales y políticas anteriores en toda España. 7 Cfr. States of Injury. Power and freedom in late Modernity, Princeton, Princeton UP, 1995.

8 Rancière, J., El desacuerdo, Buenos Aires, Nueva Visión, 2007, p. 55.

10 Cfr. Cano, G., Adoquines bajo la playa. Escenografías biopolíticas del 68, Buenos Aires, Grama, 2011.

ISBN: 1885-477X

9 En este contexto, y dado que en algunos medios estos nuevos aires reivindicativos se enfocaban interesadamente en los términos de una libertad negativa, del decisionismo o de una valiente actitud disidente (recordemos las manifestaciones a favor de la libertad de objeción fomentadas por la derecha en los últimos tiempos), puede entenderse que el presidente del Círculo de Empresarios, Claudio Boada, no sorprendido por las manifestaciones “juveniles” (sic) ante el “descontento” por la crisis, aprovechara la ocasión para cri‐ ticar a los políticos, dado que “no siempre” defienden los intereses de los ciudadanos. “No me sorprende que haya manifestaciones de descontento ante la actual situación”, aseguró, para después recordar que el Círculo de Empresarios se ha “quejado de forma di‐ ferente” (cursiva mía, G. C.). Ahora bien, “somos el Círculo de Empresarios y no vamos a la Puerta del Sol”, concluyó.

YOUKALI, 12

de Blanqui; a saber, como una subjetivación “drama‐ túrgica” no victimista ni limitada al pathos, como un significante que excede su dimensión semántica literal y expone una cierta subjetivación por “distorsión”. “La subjetivación ‘proletaria’ define, como sobreim‐ presión en relación con la multitud de los trabajado‐ res, un sujeto de la distorsión. La subjetividad no es ni el trabajo ni la miseria, sino la mera cuenta de los in‐ contados, la diferencia entre la distribución desiguali‐ taria de los cuerpos sociales y la igualdad de los seres parlantes. Es también por eso que la distorsión que expone el nombre de proletario no se identifica de ninguna forma con la figura históricamente fechada de la ‘víctima universal’ y con su pathos específico”8. Sea como fuere, la interpretación despolitizada del acontecimiento fue justamente la que más se esgrimió entre las filas conservadoras cuando en términos co‐ yunturales cifraron la indignación popular en un “comprensible” gesto individual de resistencia frente al poder excesivo del Estado socialista y las mediacio‐ nes políticas. Lo que quisiera sobre todo subrayar es cómo, bajo esta lectura, el escenario del 15‐M queda‐ ba de antemano reducido a una confrontación que oponía sin matices la indignación quejumbrosa de unas masas, presuntamente informes y ajenas a la po‐ lítica, y la forma excesiva del Estado, para ciertos sec‐ tores demasiado intervencionista9. Esta moralización del acontecimiento, intensifica‐ da por los medios, tiene precedentes no muy lejanos. No olvidemos la función que esta idea de pueblo co‐ mo “plebe” tuvo en la lucha hermenéutica por el sig‐ nificado de Mayo del 68 por parte de los llamados “Nuevos Filósofos” (Glucksmann, Bernard‐Henri Lévy). Es conocido cómo, bajo el efecto de las derro‐ tas y el desencanto, algunos participantes sesentayo‐ chistas desilusionados emprendieron el camino in‐ verso, a saber, el del populismo maoísta al sufrido di‐ sidente silencioso y resistente al Poder. Bajo la mediá‐ tica etiqueta de los “Nuevos Filósofos”, estos intelec‐ tuales llevaron a cabo una lectura revisionista triun‐ fante desde la década de los setenta bajo la que el acontecimiento de Mayo se vio caricaturizado –desde una rejilla marcadamente naturalista– como una me‐ ra revuelta juvenil que, en el fondo, sólo dejaba el ca‐

mino expedito al nuevo individualismo hedonista y consumista. El nuevo énfasis ético en la indignación que se ha proyectado desde ciertos ámbitos sobre el 15‐M pue‐ de así conectarse con la neutralización del discurso po‐ lítico del 68 que ha tenido lugar en las últimas déca‐ das10. Bajo la imagen de esta “plebe” indignada, apa‐ recen, por una parte, las instituciones esclerosadas, el Estado, los partidos políticos; por otro, esa “gente de la calle” humilde, sin poder, simple e “inteligente‐ mente” apolítica. Un conflicto, en pocas palabras, en‐ tre la facción del poder y la del no‐poder. Un mundo en el que no reinan ya clases ni desajustes estructura‐ les, sino polaridades éticas absolutas: poder y resis‐ tencia, Estado y sociedad civil, bien y mal. Bajo este registro, el concepto patético de “indig‐ nados” sirvió también en un primer momento para garantizar un discurso mediático sin fricciones con la realidad y así silenciar, hablando en su nombre, los discursos de la gente de carne y hueso que aprendía a organizarse, con muchos contratiempos, bajo estruc‐ turas políticas propias. En realidad, cuanto más ha‐ blaban los medios, más se silenciaba y moralizaba el acontecimiento y, por tanto, menos análisis empírico sobre el terreno se realizaba. Los oportunistas aboga‐ dos mediáticos podían así hablar de un “pueblo” tan‐ to más “indignado” –éste es el matiz decisivo– cuanto más idealizado, cuanto más pasivo y políticamente impotente, cuanto más reducido a una simple “queja” naturalizada, más privado de discurso y menos nece‐ sitado de explicaciones teóricas respecto a su situa‐ ción. En el contexto previo a las elecciones autonómi‐ cas y municipales, este escenario “melodramático”, estaba así servido. Esta visión exógena describe una oposición tajan‐ te y pura entre pueblo y poder, el Amo y el Esclavo, masas y Estado. Pero eliminar la tensión política en este punto significa caer en el melodrama de la “ley del corazón”, el antagonismo entre buenos y malos; reducir el complejo campo de fuerzas y la fuerza es‐ cénica de la política a la grosera oposición entre la ge‐ nerosidad mítica de la plebe y un sistema opresivo monolítico, la maldad intrínsecamente fascistoide del poder y el deseo popular de esquivar el sometimien‐

página 17

15 - M

to. Althusser llamaba la atención sobre esta estructu‐ ra melodramática, siguiendo al Marx crítico de las obras de Eugene Sue: “Uno [el intelectual] se hace ‘uno más del pueblo’ poniéndose coquetamente por encima de sus métodos; por ello es esencial jugar a ser (no ser) el pueblo que uno pretende forzosamente que sea el pueblo, el pueblo del mito popular, el pue‐ blo con un saborcillo a melodrama”11. Bajo esta óptica, la interpretación moralizante del 15‐M, ¿no ha tratado de silenciar mediante el estruen‐ do mediático los múltiples discursos populares acti‐ vos que se han desplegado en las plazas? Significa‐ tivamente, este diagnóstico de la indignación no solo fue realizado desde las filas conservadoras. En la me‐ dida en que el 15‐M no se presentaba explícitamente dentro de los parámetros categoriales de la lucha de clases, sus acciones “indignadas” también fueron ob‐ jeto de crítica desde las filas de la izquierda. En este contexto habría que preguntarse lo si‐ guiente: ¿emergen los posibles brotes emancipatorios, en una situación de crisis, automáticamente de un es‐

cenario de necesidad o acompañados de un proceso de construcción y articulación políticos? Bajo una expec‐ tativa contraria a la de un proceso hegemónico en sentido gramsciano, puede entenderse la impaciencia de algunos sectores respecto al movimiento: si la al‐ ternativa a lo existente se plantea como una situación de espera a que las leyes del desarrollo capitalista con‐ centren y simplifiquen el escenario social antagónico, creando objetiva y necesariamente las condiciones pa‐ ra una desaparición del desajuste entre ‘masas’ y “cla‐ ses’ y, por tanto, más allá de esto, una coincidencia ar‐ mónica entre vanguardia y pueblo, el 15‐M ha de ver‐ se necesariamente, en efecto, como una “distracción”, cuando no un serio obstáculo revolucionario12. Volviendo al concepto de “plebe”, sin embargo, esta lectura interesada del campo de fuerzas político como una pura y simple oposición entre el poder y un “pueblo” reducido a pura afectividad y desprovisto de cualquier subjetividad política no sólo subestima‐ ba de antemano el esfuerzo analítico de estudiar la posible novedad emergente y comprender el escena‐ rio social que la producía, sino que se limitaba a iden‐ tificar el acontecimiento como un simple reflejo reacti‐ vo13 por parte de individuos decepcionados por un universo de valores, el liberal, en el que en el fondo se‐ guían creyendo firmemente (desde aquí cabe com‐ prender tal vez la acusación de “mastuerzos” por par‐ te de Fernando Savater14). ¿Pero es justo reducir el 15‐M a un movimiento re‐ activo de consumidores estafados, eso es, de “indigna‐ dos” de clase media, incapaces de politizarse de for‐ ma activa, tal y como insisten algunas interpretacio‐ nes procedentes tanto de la izquierda como de la de‐ recha? En el ilustrativo estudio La crisis que viene del Observatorio Metropolitano15, se analiza el decisivo efecto ilusorio que la vivienda en propiedad ha teni‐ do en la autoimagen de “clase media” que la sociedad

página 18

15 - M

11 El ‘Piccolo’, Bertolazzi y Brecht”, en La revolución teórica de Marx, México, Siglo XXI, 2004 , p. 114. 12 Me parece representativa de ello la posición del PCPE, cuyo comunicado respecto al movimiento “[…] lo que venía a decir es que el 15M no es el movimiento de respuesta de la clase obrera a la crisis capitalista, y que no había que confundirse. Eso lo hicimos de una manera contundente porque el movimiento, por diversas razones, se prestaba a confusión, y corría el riesgo de distraer energí‐ as que había que colocar en otro lugar. La cuestión es que hoy seguimos esperando esa respuesta de la clase obrera, y el PCPE tra‐ baja con todas sus fuerzas para conseguirlo. […] Esa posición distrae la cuestión de fondo y viene a constituirse en un aval de la Constitución de 1978, cuando –no hay que olvidarlo‐ ese texto fue resultado de la derrota de la clase obrera en la llamada ‘transición política’” (http://www.forocomunista.com/t13963‐el‐15m‐no‐es‐el‐movimiento‐de‐respuesta‐de‐la‐clase‐obrera‐a‐la‐crisis‐capital‐ ista). 13 Como “Izquierda reactiva” calificó Fernando Vallespín el 15‐M en un texto (El País, 8‐7‐2011) realmente muy significativo para es‐ tudiar los tópicos con los que la “izquierda” madura y gestora del ámbito de lo posible se acercó al movimiento. Por otro lado, aun‐ que no es mi intención desarrollar aquí este punto, podría ser interesante discutir la concepción que del sujeto reactivo tiene Badiou en contraposición al “sujeto oscuro” y al “fiel”. 14 Cfr. para una de las cumbres del “tontímetro” intelectual, cfr. este artículo del actual Ministro J. I. Wert: http://www.elpais.com/arti‐ culo/opinion/Descifrando/indignacion/elpepiopi/20110630elpepiopi_11/Tes 15 Cfr. La crisis que viene. Algunas notas para afrontar esta década, Madrid, Traficantes de sueños, Madrid, 2010.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

española ha cultivado en las últimas décadas. Ciertamente, con la crisis no solo se ha pinchado la burbuja ilusoria de esta “sociedad de propietarios” que servía de consenso tácito mayoritario para esta‐ blecer la línea roja entre las clases medias y el resto de la población –un consenso, dicho sea de paso, cuestio‐ nado por distintas asociaciones como, por ejemplo, “V” de vivienda‐, sino que ha terminado de dar fin de‐ finitivamente a este sueño. Dicho esto, no parece jus‐ to identificar sin más el 15‐M con un movimiento de propietarios o inversores en el sueño liberal desenga‐ ñados por su bancarrota o el pinchazo de su burbuja de clase media. Es más, en realidad cabe preguntar si esta rápida identificación, que no quiere “contaminar‐ se” con las clases medias precarizadas, no busca en el fondo recuperar el clásico escenario político de los “dos mundos” –decisivo, por ejemplo, en el paisaje de la crisis de Weimar– y eliminar la posibilidad de cons‐ truir puentes hegemónicos entre estos grupos de an‐ tiguos propietarios en declive y la cultura política de la izquierda. Es cierto que no es posible construir me‐ diaciones a cualquier precio, pero renunciar a esta ta‐ rea pedagógica –el gran error de la socialdemocracia alemana en Weimar–, solo puede allanar el camino al fascismo populista. ¿No podría decirse que el 15 M ha abierto de tal forma la fisura de nuestro presente que sólo estarán a su altura los que dejen de encapsularse de forma narcisista en sus “mundos” y tracen peda‐ gógica y políticamente puentes?

17 Domínguez, M., “Trabajo material e inmaterial. Polémicas y conceptos inestables. Marco teórico y estado de la cuestión”, en Youkali, nº 5, p. 22 (http://www.youkali.net/index5.htm). 18 Íbid. p. 22

ISBN: 1885-477X

16 Como es sabido, la red del movimiento y su carácter viral, dinámico, descentrado, horizontal, como de “enjambre”, tiene en la pla‐ taforma N‐1 del 15‐M uno de sus espacios más significativos. Es conocido cómo Deleuze y Guattari construyen su modelo rizomá‐ tico en oposición a toda estructura arborescente: “Lo múltiple hay que hacerlo, pero no añadiendo constantemente una dimensión su‐ perior, sino, al contrario, de la forma más simple a fuerza de sobriedad, al nivel de las dimensiones de que se dispone, siempre n‐1 (sólo así, sustrayéndolo, lo Uno forma parte de lo múltiple). Sustraer lo único de la multiplicidad a constituir: escribir a n‐1. Este ti‐ po de sistema podría denominarse rizoma” (Mil mesetas, Valencia, Pre‐Textos, 2002, p. 22).

YOUKALI, 12

Abandonemos la perspectiva exógena. En la medida en que el 15‐M plantea el problema central de la con‐ formación de la nueva subjetividad trabajadora en tiempos neoliberales, un capítulo imprescindible para su comprensión tiene que hacer referencia, aunque sea aquí de forma muy grosera, al planteamiento de Negri y Hardt, desde cuya óptica no es difícil ver el movimiento como una encarnación en cierto sentido triunfante de su multitud biopolítica. Uno de los pro‐ blemas de esta interpretación esperanzada y optimis‐ ta, interesada por el protagonismo de las nuevas tec‐ nologías y su rendimiento cognitivo16, consiste en que en esta situación alcanzada de “autoidentifica‐ ción del trabajo consigo mismo” no se termina de dis‐ criminar en qué sentido la extensión del trabajo inma‐ terial es, por un lado, susceptible de reapropiación por la dinámica capitalista y, por otro, puede ser neu‐ tralizada políticamente, toda vez que el nuevo prole‐ tariado, dividido, segmentado y precarizado, parece en principio más debilitado en sus energías críticas que el antiguo proletariado fordista. Parece evidente que las transformaciones técnicas acontecidas en el mercado de trabajo han provocado mutaciones profundas en la composición política de la clase trabajadora y modificado los hábitos de resis‐ tencia y movilización. No es difícil aventurar que el nuevo paisaje que ha emergido con el 15‐M tiene que ver con todas estas nuevas dinámicas objetivas y sub‐ jetivas. Sin embargo, ¿hasta qué punto el diagnóstico de Hardt y Negri logra aprehender lo que está en liza en este complejo campo de fuerzas? ¿Se deja acaso es‐ capar el momento genuinamente político‐hegemóni‐ co? Como escribe Mario Domínguez, la apuesta teóri‐ ca que Negri realiza es un peligroso “salto mortal” de no pocas consecuencias17. Su posición supone, en primer lugar, una redefinición completa del proyecto de la “autonomía”, toda vez que pasa “de entender la autonomía como anhelo de liberación (respecto del capital y respecto de cualquier tipo de mediación ja‐ cobina de las vanguardias) a entenderla como afirma‐ ción fáctica del carácter fundante del proletariado”18. Desde este diagnóstico de cuño realista, el proletaria‐

página 19

15 - M

IV

do entendido como sujeto de la historia se define “co‐ mo entidad primordial, como la nueva natura natu‐ rans frente a la que el capital es puro momento reacti‐ vo, simple parásito del que habría que librarse”19. Por último, en esta lectura de la inmanencia habría que introducir una caución histórica. “Habría que te‐ ner cuidado –señala Mario Domínguez– cuando, sin más explicaciones, se dice que hoy el obrero social es el sujeto revolucionario por el que circula el flujo del General Intellect que modula afectos e inmaterializa los ciclos (re)productivos. Hay que tener cuidado porque cualquiera podría pensar que al comunismo ‘sólo’ le falta la materialización política, algo así como tomar el poder o ganar unas elecciones: que el mundo ‘ya ha’ cambiado y que sólo hay que cambiar el gobierno”20. En esta coyuntura, puede plantearse, sin ningún ánimo de profetismo, si el protagonismo político del 15‐M debe resistir a ambas tentaciones; si ha de esca‐ par de la decisión de decidir entre autodefinirse como un sepulturero inmanente a las contradicciones de la lógica capitalista o como una masa informe por prin‐ cipio indiferente a pautas organizacionales de cual‐ quier tipo y proclive a enamorarse de sí misma. No parece que la energía ciudadana del 15‐M haya emer‐ gido espontánea, naturalmente de la crisis y la impo‐ tencia del capital, sino de un ejercicio de empodera‐ miento colectivo. “Las reformas sociales –solía decir Marx– nunca se logran por la debilidad de los fuertes, sino que siempre son el resultado de la fuerza de los débiles”21. En este angosto espacio, el reto pasa por cómo dar cuerpo al movimiento como un hecho ma‐ terial de masa sin sectas o vanguardias; cómo, partien‐ do de esta horizontalidad descentrada, reacia a estruc‐ turarse en los marcos de poder tradicionales, construir una opción capaz de construir un espacio político‐cul‐ tural y democrático con fuerza suficiente para contra‐ rrestar los violentos embates del shock neoliberal. Como pueden dar a entender estas aproximacio‐ nes, uno de los puntos de interés del 15‐M radica en

que vuelve a poner sobre el tapete, entre otros proble‐ mas, no sólo el ya clásico debate entre el programa iz‐ quierdista “infantil” y el “maduro”, sino también el propio futuro de un horizonte hegemónico de iz‐ quierda, un punto al que solo aludiré sucintamente. La cuestión de si el 15‐M constituye un movimiento social orientado a la hegemonía o pos‐hegemónico es, en efecto, objeto de interés porque, entre otras posi‐ bles conexiones, nos retrotrae a la discusión actual so‐ bre los límites del concepto de multitud o la necesi‐ dad política de conformar un “pueblo” a través de ca‐ denas equivalenciales susceptibles de articular las de‐ mandas. Para E. Laclau y Ch. Mouffe22, distintas luchas, grupos o demandas entran en una relación de “equi‐ valencia” cuando expresan su propia particularidad —por mejores salarios, igualdad de género, el dere‐ cho de asilo, etc.— y al mismo tiempo manifiestan de forma contrahegemónica un suplemento excesivo metafórico o significado común como lo sería el anhe‐ lo de una democracia más real o la impugnación de una clase política oligárquica. De este modo, esta teo‐ ría de la hegemonía construye la equivalencia a partir de un significado suplementario compartido –“por ejemplo, 15‐M”– que pasa por alto pero no tiende a cancelar la singularidad de cada elemento que entra en la relación. Esta articulación contrastaría, sin em‐ bargo, con la idea de una multitud autopoiética en‐ tendida como una agrupación de singularidades y “unidas” en una relación de variación continua, de, como escribe Paolo Virno, “muchos en tanto que mu‐ chos”23. V La democracia –escribe Cicerón en Sobre la República– es “locura y libertinaje pestífero”. Conocido es el in‐ memorial desprecio elitista hacia las clases trabajado‐ ras subalternas, compulsivamente necesitadas de adu‐

YOUKALI, 12

página 20

15 - M

19 Íbid. p. 22. 20 Íbid. p. 24. 21 Cit. en García Linera, A., La potencia plebeya, Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia, Siglo del Hombre Editores, 2009, p. 87 22 Cfr. Hegemonía y estructura socialista, Buenos Aires, FCE, 2008; Laclau, L., La razón populista, Buenos Aires, FCE, 2010. 23 A pesar de las diferencias sobre las que podría arrojar luz una perspectiva sociológica adecuada, sería interesante realizar un análi‐ sis comparativo entre el 15‐M y las movilizaciones argentinas que tuvieron lugar en diciembre de 2001 bajo el gobierno del presi‐ dente Fernando de la Rúa. Espoleado por la crisis económica, medidas como el “corralito y la insensibilidad del gobierno hacia la miseria de parte de la población, el malestar, articulado bajo el eslogan que se vayan todos, que no quede uno solo, sacó espontáneamen‐ te a la calle a sectores sociológicamente muy distintos ‐gente desempleada y muy pobre de la periferia urbana bonaerense, clases medias indignadas o, mejor dicho, enfurecidas por la falta de expectativas tras una década de políticas económicas neoliberales, asambleas vecinales, piqueteros, peronistas de movimiento sindical y partidos ideológicos de la izquierda extraparlamentaria‐, uni‐ dos en un primer momento no por un proyecto compartido susceptible de conformar una cadena de equivalencia entre las demandas individuales, sino más bien por su rechazo –en una clara visibilización del antagonismo‐ a la clase política profesional.

ISBN: 1885-477X

24 Cfr. Andrés de Francisco, Ciudadanía y democracia. Un enfoque republicano, Madrid, La Catarata, 2007, pp. 124 y ss. 25 Entender el 15‐M al margen de cualquier estructura organizativa y por utilizar la reciente definición de Amador Fernández Savater como un nuevo “clima social” (http://blogs.publico.es/fueradelugar/1438/%C2%BFcomo‐se‐organiza‐un‐clima), ¿no significa recaer en esta misma lógica? 26 Costumbres en común, Barcelona, Crítica, 1995, pp. 213 y ss. 27 Rancière, J., El desacuerdo, op. cit., p. 72. 28 En defensa de las causas perdidas, Madrid, Akal, 2011, p. 290. 29 El desacuerdo, op. cit., p. 72. 30 Cfr., entre otras noticias, el ABC del 26 de mayo de 2011: “Puerta del Sol, punto de riesgo”.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

lación demagógica, incapaces para la enkrateia24. Lo que destaca aquí es cómo este desprecio de los privi‐ legiados, que busca definirse a sí mismo desde el principio en oposición a una naturaleza esencial infe‐ rior –la de la muchedumbre animal– no quiere com‐ prender que esta necesidad no es tan necesaria, que es‐ ta dependencia es efecto de relaciones de poder contin‐ gentes, sociales. Por ello necesita interpretar todo in‐ tento por parte del pueblo de sacudirse su condena a la animalidad natural, esto es, de subjetivarse política‐ mente, como un movimiento epiléptico, casi volcánico. Bajo las etiquetas naturales asociadas al 15‐M, ¿no se ha puesto de manifiesto de nuevo este desprecio, de fuerte contenido ideológico, hacia demandas legíti‐ mamente democráticas? ¿No resulta sintomático así que estos intentos de subjetivación política hayan sido sistemáticamente silenciados bajo clichés o imágenes naturalistas?25 ¿Puede la simple necesidad explicar la revuelta social? En un magnífico trabajo sobre los “motines de subsistencia” en la Inglaterra del siglo XVIII rescrito en 197126, E. P. Thompson introduce la noción de “economía moral” para cuestionar el uso habitual de la categoría de “motín”, un concepto que, según él, “oculta más de lo que muestra”, al “no considerar al pueblo como agente histórico”. Thompson no trata de eliminar la existencia de condicionantes materiales, pero considera que, en ausencia de una aproximación más matizada, las acciones se analizan como “ocasio‐ nales, espasmódicas, interrupciones compulsivas más que autoconscientes o autoactivadas, simples respues‐ tas a estímulos económicos” o como “rebeliones del es‐ tomago”. ¿No plantea la reivindicación de dignidad del 15‐ M, difuminada en su versión más moral, este cuestio‐ namiento de la interpretación epiléptica, espasmódi‐ ca, compulsiva? ¿No se movilizan aquí “nociones co‐ munes”, de una vida digna? Subestimado como “una revuelta, un ruido de cuerpos irritados”27, el 15‐M ha sido condenado a la minoría de edad desde el princi‐ pio y a ser un fenómeno epiléptico, una respuesta pu‐ ramente emocional, como ha destacado, ejerciendo de paracaidista teórico del acontecimiento, Zygmunt Bauman, sin conocimiento. ¿Es legítimo identificar el

15‐M como un gesto populista, exasperado ante la complejidad estructural del mundo, reacio a saber y que, en última instancia, “siempre está sostenido por la frustrada exasperación de la gente común, por el grito de ‘yo no sé lo que pasa, ¡pero ya he tenido bas‐ tante! ¡No puedo más, esto debe parar!’”?28. Como ha puesto de relieve J. Rancière en su análi‐ sis histórico de las huelgas obreras, no pocas veces el momento emancipador y la construcción de su esce‐ nario político han de combatir también la reducción caricaturizada de la protesta como mero grito animal o ruido. “Las huelgas de esos tiempos deben su es‐ tructura discursiva singular a la exasperación de esa paradoja: se empeñan en mostrar que los obreros ha‐ cen la huelga indudablemente en cuanto seres parlan‐ tes, que el acto que los hace interrumpir juntos el tra‐ bajo no es un ruido, una reacción violenta a una situa‐ ción penosa, sino que expresa un logos, el cual no es únicamente el estado de una relación de fuerzas sino que constituye una demostración de su derecho, una manifestación de lo justo que puede ser comprendida por la otra parte”29. No hace falta acudir al canto del “cuerpo eléctri‐ co” de Walt Whitman para saber que la democracia también suele habitar en entornos sucios, altamente contagiosos, susceptibles de alojar la promiscuidad de la carne, sus temblores y sudores, espacios donde las burbujas inmunitarias y los cordones sanitarios se resquebrajan. El olor y sabor de la gente de las calles es cosa conocida. Sabemos también lo desagradable que siempre ha resultado “la chusma” ‐así nos llaman ellos cuando se indignan‐ a la gente de bien, esos con‐ tribuyentes y clientes que nunca cuestionan la asigna‐ ción natural de los lugares que nos son asignados ‐ “cada uno en su casa y Dios en la de todos”. Pero es revelador que muchos de los hombres y mujeres ase‐ ados y “de orden” que votaron cínicamente el 22‐M y el 20‐N a muchos de sus líderes tapándose la nariz se mostraran tan exquisitos respecto a la presunta “insa‐ lubridad” de sus plazas públicas ocupadas. La “repugnancia” que han sentido muchos honra‐ dos ciudadanos, políticos y comerciantes ante el es‐ pectáculo “hediondo” y “gitano” de estas “jaimas”30 no sólo recuerda a esa “moral del pedo” de la que ha‐

página 21

15 - M

blaba Sánchez Ferlosio –la egocéntrica complacencia con el aroma de nuestros propios vientos anales y la aversión hacia los que soplan desde el culo ajeno‐, si‐ no que pone de manifiesto algo más importante: có‐ mo el valor “salud pública” aparece como la última y definitiva ideología despolitizadora de nuestro tiem‐ po. En este sentido, sólo desde la mala fe puede Esperanza Aguirre recusar las reivindicaciones del 15‐M a favor de una democracia “real” como un mo‐ do redundante y autoritario de adjetivar la democra‐ cia de verdad, la que no necesita ninguna modifica‐ ción, puesto que ya existiría en su plenitud, según ella, en la práctica normal de todos los días. Las sintomáticas declaraciones de su secretario ge‐ neral, Francisco Granados, comparando la situación de Sol con un “asentamiento chabolista”, ¿no supo‐ nen ya una adjetivación impositiva sobre la democra‐ cia real, la adjetivación técnico‐sanitaria y excepcional de una reivindicación democrática genuina? En este punto, la impactante escena en la Plaza de Catalunya de los camiones de limpieza irrumpiendo como van‐ guardia de los mossos antidisturbios sintetizó a la per‐ fección la cara oscura de nuestro régimen biopolítico: en una sociedad donde la discusión política se neutra‐ liza administrativa y espectacularmente o “blanquea” sus tensiones de forma aséptica bajo etiquetas morali‐ zantes, la represión termina alcanzando incuestiona‐ ble carta de legitimidad como asunto sanitario. Una “sana” caricatura humorística se repitió estos días en los medios: la del sucio perroflauta de fiesta entre car‐ tones. Esta recurrente imagen retrata probablemente mejor a los enemigos del movimiento 15‐M que sus discursos más reaccionarios. La oportuna identifica‐ ción que se realizó en el 15‐M catalán del Conseller Felix Puig con “Don Limpio” (Mr. Proper” para los de más edad) recorta el inquietante horizonte de los peligros futuros. VI

15 - M

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

“‘¡A la puta calle!’, nos dijeron. Y eso hicimos”. Aun‐ que este soberbio chiste del maestro El Roto condensa como pocos lo ocurrido estos días, quizá sea necesa‐ rio plantear alguna reflexión más sobre el tipo de es‐ pacio público que aquí, de repente, se visibilizó. Porque, más que “tomar la calle”, da la impresión de que la calle, las plazas –el espacio público, en suma–

nos “desarmaron” a nosotros. No se puede dejar de ver Sol como un laboratorio de desmovilización co‐ lectiva en el que determinados blindajes subjetivos quedaron por un tiempo entre paréntesis. En este experimento, de gran “intensidad” afecti‐ va, “contracción” y “localización”31, los habituales recelos respecto a la alteridad, pero también las obli‐ gaciones y deberes de la vida cotidiana empezaron a aparecer a muchos como insustanciales. Posiblemen‐ te, por ello, si hay algo del todo incomprensible para los detractores del 15‐M es el fenómeno de la alegría pública. Quien acostumbra a concebir lo político co‐ mo un asunto de sacrificio individual o desinterés (un asunto de “servicio”, dicen algunos políticos con ca‐ risma), no logran entender que pueda existir un com‐ promiso con lo común desde el goce singular, un go‐ ce festivo responsable y, ¿por qué no?, también disci‐ plinado, que nada tiene que ver con esa otra forma de productividad que es la obsesión autista por la felici‐ dad del consumo o el rendimiento del “capital huma‐ no”. La extraordinaria infraestructura de la que se do‐ tó en escaso tiempo la Acampada Sol hasta construir una pequeña microciudad, ¿no ponía de relieve que trabajar aquí era también un placer? Llegados aquí, demos un rodeo. En un interesan‐ te comentario sobre las comunidades obreras france‐ sas en los Manuscritos, Marx observa cómo los medios de asociación colectivos orientados a un objetivo pue‐ den convertirse ellos mismos en un fin. “Cuando los obreros comunistas se asocian, su finalidad es inicial‐ mente la doctrina, la propaganda, etc. Pero al mismo tiempo adquieren con ello una nueva necesidad, la necesidad de la sociedad, y lo que parecía medio se ha convertido en un fin. Se puede contemplar este

página 22

31 Badiou define una “verdad política” como “el producto organizado de un acontecimiento popular masivo en el cual la intensifi‐ cación, la contracción y la localización sustituyen a un objeto identitario, y a los nombres separadores que lo acompañan, por una presentación real de la potencia genérica de lo múltiple” (http://blogs.publico.es/fueradelugar/636/alain‐badiou‐y‐el‐15‐m‐una‐mod‐ ificacion‐brutal‐de‐la‐relacion‐entre‐lo‐posible‐y‐lo‐imposible). Tal vez una de las causas que impidieron a muchos acampados aban‐ donar Sol residiera en esta intensidad emocional. Ahora bien, resulta muy problemático trazar una línea radical entre dos mundos de experiencia. ¿Entender la plaza como un espacio extraordinario al margen de la “gris cotidianidad” no significa empezar a per‐ der lo ganado en la plaza? ¿Conservar la plaza a toda costa no era un modo de introducir en el movimiento una vanguardia y pri‐ vilegiar un tipo de compromiso, juvenil, sacrificado a tiempo completo, en detrimento de otras posibilidades y conexiones políticas?

33 Desde aquí, creo, puede entenderse la insatisfacción –y la falta de matices‐ del leninista Slavoj Zizek respecto a los “indignados” del 15‐M. Cfr. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=134886. 34 op. cit., p. 22. Las cursiva son mías [G. C.]

ISBN: 1885-477X

32 Marx, K. Manuscritos económico‐filosóficos, Madrid, Alianza, 1973, p. 165. En la línea de este materialismo social y sensualista de la Ilustración francesa, en carta a Feuerbach del 11‐8‐1844 Marx destaca cómo “[…] la irreligiosidad del hombre que se siente como hombre […] ha descendido hasta el proletariado francés. Tendría usted que haber vivido una de las asambleas de los ouvriers fran‐ ceses para poder creer en la frescura virginal, en la nobleza que se desprende de estos hombres agotados por el trabajo [..] en todo caso […] la historia prepara entre estos ‘bárbaros’ de nuestra civilizada sociedad los elementos para la emancipación del hombre” (en Schmidt, A., Feuerbach o la sensualidad emnacipada, Madrid, Taurus, 1975, pp. 127‐128)

YOUKALI, 12

movimiento práctico en sus más brillantes resultados cuando se ven reunidos a los obreros socialistas fran‐ ceses. No necesitan ya medios de unión o pretextos de reunión como el fumar, el beber, el comer, etc. La so‐ ciedad, la asociación, la charla, que a su vez tienen la sociedad como fin, les basta”32. Rescatando a la llamada “bestia horizontal” de la basura de la patologización social ‐la barbarie popu‐ lar‐, y dotándola de un sentido emancipatorio, Marx hace mucho más que dotar de dignidad a ese tejido social construido de afectos, solidaridad y mutua de‐ pendencia; se opone a la “economía social” impuesta por el mundo capitalista del “dulce comercio”. En es‐ te mundo impulsado por el afán de lucro no hay es‐ pacio ni tiempo para la formación de sociabilidad. Puede ser interesante acudir aquí a la sugerente reconstrucción que realiza Michael Hardt de la con‐ fiada posición jeffersoniana respecto al potencial de‐ mocrático popular en un hipotético debate con la po‐ sición, digamos, más “realista” de Lenin. La pregunta a la que se trataría de dar respuesta sería esta: ¿es ca‐ paz la masa de transformarse espontánea o inmedia‐ tamente en virtud del acontecimiento liberador o, da‐ da su dominación y sujeción anteriores, necesita ser guiada a causa de su tendencia inercial a la servidum‐ bre voluntaria? Según Hardt, la posición de Lenin tra‐ ta de desmarcarse tanto de los socialdemócratas, que dan por hecho de que las masas no están preparadas para la democracia y nunca lo estarán, como de los anarquistas, quienes, en el extremo opuesto, asumen que las masas ya son competentes de hecho y que el único impedimento radica en la estructura represiva de la clase dominante. Consciente de que la naturale‐ za humana hasta la fecha sólo ha conocido la servi‐ dumbre y, por ello, “debe rehacerse por completo”, así como sensible a “los vestigios de lo viejo en lo nue‐ vo”, Lenin no tiene más remedio que realizar una di‐ visión radical entre medios y fines, el “gobierno tran‐ sicional” y los “objetivos revolucionarios”, la “masa inerte” y el “cuerpo revolucionario”. Allí donde esta‐ ba la masa sometida, debe advenir por tanto una transformación, pero –y este es el punto– desde arriba, desde fuera del pueblo, por ejemplo, desde los cuadros competentes de un partido33. Frente a esta opción he‐ gemónica por encima del campo social, Hardt recu‐

perará a Jefferson: “aunque (éste) también reconoce que las masas tal como existen en ese momento deben ser transformadas, concibe el proceso que conduce a la democracia a través de algo parecido a una educación democrática”34. No es complicado adivinar por qué, pese a sus di‐ ficultades, este modelo antropológico optimista de autotransformación resulta interesante para evaluar los supuestos procesos pedagógicos relacionados con el 15‐M, dinámicas en las que se observan cambios subjetivos muy interesantes. Por otro lado, hay que subrayar, como insiste Hardt, que el “modelo Jefferson” no se identifica con el anarquista criticado por Lenin: aquí el pueblo se transforma, en efecto, pe‐ ro se transforma, por así decirlo, endógenamente a través de un experimentalismo con cada vez mayor capacidad de institucionalización, mas no desde me‐ canismos exógenos. En ocasiones, en suma, como comentaba Marx no solo en el texto citado, sino acerca de la Comuna de París, el medio ya es un fin, la asociación para conse‐ guir un objetivo nos “enseña” que los pasos para con‐ seguirlo ya son algo extremadamente importante. De

página 23

15 - M

YOUKALI, 12

página 24

ahí que, en el 15‐M, la búsqueda de mayor igualdad y libertad nos ha descubierto un valor desacreditado in‐ cluso por cierta tradición izquierdista (también apre‐ ciada por la anarquista, todo sea dicho): el valor de la fraternidad. Improvisando a tientas el guión (el fin prescrito) y abandonando el que hasta ahora solo se nos dictaba, se descubre el placer de escribir relatos en común. Y esta experiencia subjetiva de comunidad política es tan potente que tal vez sirva a partir de ahora para comprender qué gregario era uno en su aislamiento confortable. Dicho esto, y valorando positivamente la confian‐ za en el pueblo aquí depositada, ¿bastaría este mode‐ lo de aprendizaje de competencias democráticas en situaciones de democracia efectiva para eliminar las tentaciones hacia la servidumbre voluntaria? ¿Bastaría este modelo para contrarrestar con garantí‐ as la avalancha neoliberal que se nos viene encima? Dejemos las preguntas abiertas. Volviendo al asunto de la fraternidad, no parece exagerado pensar esta disposición y generosidad pú‐ blicas, ejemplificada en las experiencias de espacio y tiempo en las asambleas, en los términos de una vir‐ tud erótica genuinamente ciudadana. Si, como ha se‐ ñalado T. Domènech, el verdadero problema filosófi‐ co‐político que se le planteó a la fraternidad republi‐ cana en 1792 –y en cuya solución fracasaron los revo‐ lucionarios– era si era posible “una fraternidad vir‐ tuosa, no fundada en un ágape filosóficamente proble‐ mático, y en cualquier caso, terrenalmente impracti‐ cable, ni en una no menos amorfa y problemática dis‐ posición humana natural hacia la sociabilidad, sino en la amistad erótica entre los hombres”35, ¿no evi‐ dencia el 15‐M algunos rasgos de esta virtud frater‐ nal, provista de fuerza ética motivacional propia? Esta disposición afectiva endógena no forzada exógena‐ mente por ningún representante o vanguardia conve‐ nientemente autorizados debería ser objeto de un análisis detallado en el ámbito psicoanalítico por cuanto además puede arrojar luz sobre las dinámicas de grupo existentes en las asambleas y reuniones. No deberíamos olvidar –y me limito meramente a

señalar la cuestión– cómo este escenario virtuoso de fraternidad erótica contrasta con las dinámicas de in‐ teriorización pastoral de la militancia tradicional o profesional, donde la obsesiva búsqueda de un yo ideal ensimisma al sujeto y le anestesia de cualquier posible experiencia somático‐política. ¿No provoca la desertización del espacio virtuoso de la palabra públi‐ ca y su consecuente atomización el factor patológico‐ social que termina produciendo construcciones pas‐ torales en el sentido foucaultiano o demandas de un Führer, como deducía Adorno de la utilización de la propaganda fascista36? Así parecía pensarlo mucho antes, por ejemplo, Jefferson: “Ahí donde cada hom‐ bre tome parte en la dirección de su república de dis‐ trito, o de algunas de las de nivel superior, y sienta que es partícipe del gobierno de las cosas no solamen‐ te un día de elecciones al año, sino cada día; cuando no haya ni un hombre en el Estado que no sea un miembro de sus consejos, mayores o menores, antes se dejará arrancar el corazón del cuerpo que dejarse arrebatar el poder por un César o un Bonaparte”37. Esta dimensión autoformativa del 15‐M como campo de entrenamiento democrático y de gestos corporales no inmunitarios ha sido justo la dimensión incomprendida por las actitudes vanguardistas o las tradicionalmente despreciativas de la naturaleza pasi‐ va de las masas, posiciones elitistas que, tachando el acontecimiento bajo los fetiches conceptuales de la “fiesta”, el “populismo” o la “rabia juvenil”, han per‐ dido una oportunidad inmejorable de dar forma a ese impulso político que tanto añoraban poco tiempo an‐ tes de la emergencia del movimiento y de paso cues‐ tionar el perímetro de su ombligo intelectual. Otros teóricos, cómodamente instalados en sus prejuicios académicos y reacios a toda curiosidad empírica por lo que estaba ocurriendo en calles y plazas, no duda‐ ron ni un segundo en diagnosticar cínicamente el acontecimiento como un acto espasmódico o de servi‐ dumbre voluntaria posibilitado por las nuevas tecno‐ logías38. Lo difícil era quizá tener la confianza antropológi‐ ca para observar que el 15‐M se constituía como un la‐

15 - M

35 Domènech, T., “… y fraternidad”, en Isegoría, nº 7, 1993, p. 63. 36 El líder, desde el punto de vista psicoanalítico de Adorno, cumpliría esta función exógena. En lenguaje frankfurtiano se diría que son justo los individuos heridos en su narcisismo, que fracasan en su subjetivación ideal y se agotan en la dinámica ascética imposible del neoliberalismo –y que, por tanto, no acceden a un buen cuidado de sí‐, los que reclaman un sentido al menos narcisista de su frustra‐ ción (sacrificio masoquista). El pastor, como advertía Nietzsche, dota de sentido al dolor, pero al precio de infectar la herida psíquica. 37 Hardt, M., “Introducción. Thomas Jefferson o la transición de la democracia”, en Thomas Jefferson. La declaración de la independencia, Madrid, Akal, 2007, p. 24. 38 Ha sido llamativa la proliferación discursiva en nombre del acontecimiento y la sordera ante las manifestaciones en las que el 15‐M habla de sí mismo. Quizá confundido por la descripción jovial del asamblearismo que los presenta en un anuncio televisivo una co‐ nocida marca de móviles, Antonio Valdecantos da su visión del acontecimiento: “En gran medida, se trata de una protesta por la mala prestación de los servicios que se tenían contratados, y así se exigirá una solución como quien pide el libro de reclamaciones para demandar más eficiencia. El ciudadano advierte una violación de su derecho a no variar de hábitos de consumo, y reacciona

ISBN: 1885-477X

boratorio de subjetivación política en el que la con‐ quista de medios democráticos redundaba en una transformación y en un proceso de autoeducación que prescindía de las lecciones de la vanguardia teó‐ rica. Asimismo, en la medida en que se trata de un movimiento desde abajo, en el que la lucha misma en‐ seña ‐y que no aspira a tomar el poder, sino a crear es‐ pacios de poder‐, las prácticas del 15‐M tienen un cier‐ to aire “luxemburguista”. No, desde luego, por la po‐ sible influencia directa de estas estrategias, sino por‐ que en el movimiento no parece que ninguna con‐ ciencia, programa o ideario precedan a la acción. La relación entre las ideas y las formas de acción política es coyuntural y dependiente de la situación. En este ambiente de igualdad se rechaza cualquier profesio‐ nalización, delegación, representación política o justi‐ ficación de jerarquías. Este proceso de aprendizaje orientado a los me‐ dios, evidentemente, prioriza una política somática concreta, una cierta corporalidad situada respecto al tiempo presente39 con potencial para denunciar las falsedades e hipocresías que a nivel formal bloquean en el plano empírico una práctica democrática más re‐ al. Me atrevo a sugerir que las posibles enseñanzas a extraer de la lectura foucaultiana acerca de la “mili‐ tancia” cínica en su última fase intelectual pueden ra‐ dicar en este punto: una cierta urgencia –“¡Democra‐ cia Real, ya!”– por cuestionar los desniveles existentes entre la autoimagen institucional y la situación con‐ creta, pero sin recaer –esto es decisivo– en ningún vo‐ luntarismo bélico o decisionismo aristocratizantes. Las múltiples expresiones de sentido del humor y la falta de gravedad desenfadada del 15‐M son elocuen‐ tes de esta actitud que con buen criterio se ha desmar‐ cado de la petulancia viril y el heroísmo masoquista de cierta militancia tradicional40.

Probablemente, a la luz de este diagnóstico, que in‐ tenta entender el movimiento no como un grito des‐ nudo o una simple respuesta reactiva –en sus vertien‐ tes de derecha e izquierda–, sino más bien como un proceso de subjetivación de pulso colectivo (¿acaso de cuño republicano?), tenga sentido afirmar que el 15‐ M ha puesto de manifiesto básicamente el fracaso de la nueva interpelación neoliberal, las fisuras del im‐ pulso movilizador de la libertad negativa. A diferencia de los frágiles horizontes de experien‐ cia de los que cuida el 15‐M, el nuevo espíritu o, me‐ jor dicho, cuerpo, del capitalismo presume sin comple‐ jos de ser vigoréxico. ¿Motivos? Básicamente, esta en‐ tronización del fitness competitivo como valor indis‐ cutible se ajusta como un guante a la fabricación del nuevo homo oeconomicus. Pero éste, a diferencia del empresario moralmente autocontenido en el trabajo que describía Max Weber, es hoy, como muestra Richard Sennett41, un competidor corroído por la in‐

39 La propuesta de “fenomenologización” de la crítica propuesta por Negri y Hardt (cfr. Commonwealth, Madrid, Akal, 2011) al hilo del Kant menor de Was ist Aufklärung? también podría ser utilizada en este sentido materialista. 40 ¿Imagen idílica? En absoluto. En las plazas hay y hubo tensiones, fricciones, a veces emerge una atmósfera trágica. Por otra parte, los malos hábitos adquiridos durante mucho tiempo (machismo, prepotencia, narcisismo, intolerancia) también tienden a reprodu‐ cirse inercialmente. De ahí que no haya peor espectáculo para un “alma bella” que una asamblea. Sin embargo, lo interesante de to‐ do este aprendizaje, este campo de entrenamiento de valores comunes, por así decirlo, es su situación de encrucijada entre las de‐ mandas individuales y las políticas. No ha sido raro en este sentido comprobar cómo activistas izquierdistas curtidos ideológica‐ mente han renunciado a enquistarse en sus posiciones a la hora de buscar consensos. ¿Se anudará el eslabón individual del males‐ tar con el resto de los eslabones para conformar algún tipo de cadena común hegemónica? ¿Y qué tipo de cuerpo colectivo alumbra‐ rá esta experiencia en ese caso cuando la represión de las fuerzas policiales se intensifique una vez el PP en el poder? 41 “Enrico tenía una idea algo fatalista y anticuada de la gente que nace en el seno de una clase con unas condiciones de vida determi‐ nadas y hacen todo lo que pueden dentro de esos límites. A él le ocurrieron cosas que estaban más allá de su control —como el des‐ pido— y tuvo que hacerles frente. Como puede dejar claro este ejemplo de sparring que he citado, el sentido de responsabilidad de

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

de la manera en que había sido adiestrado: utilizando sus redes sociales y sacando todo el partido posible del Internet y del teléfo‐ no móvil (‘mi teléfono es un arma’, decía un indignado estos días de atrás). El acampado es un usuario modelo de las nuevas tecno‐ logías, y el aumento de la indignación será un factor de recuperación económica si se sabe canalizar con inteligencia: ‘Indignaos y marcad’ podría ser un eslogan perfecto en la temporada próxima para cualquier compañía de telecomunicaciones” (http://www.el‐ pais.com/articulo/opinion/subdito/adulado/elpepuopi/20110621elpepiopi_12/Tes.)

página 25

15 - M

VII

definición gimnástica de la flexibilidad y desnortado por la levedad de su presente. Si el modelo del fitness lubrica la maquinaria capitalista es sencillamente por‐ que esta interpelación subjetiva encaja dentro de los moldes de la libertad negativa: el individuo que en‐ trena su condición de liberado en esta distinguida es‐ tilización no puede ser más que un individuo despo‐ litizado, desligado de cualquier común y que, por tanto, en su ímpetu movilizador naturaliza su tras‐ fondo estructural capitalista. En razón de su atención a los espacios comunes y a las condiciones materiales y no simplemente forma‐ les de la existencia digna –en este punto la sensibili‐ dad del movimiento hacia fenómenos como los des‐ ahucios y, concretamente, de la PAH es fundamental–, el 15‐M representa una oposición al tipo de subjetivi‐ dad activamente fomentado por la gobernanza neoli‐ beral. Esta tiene un claro objetivo: transformar al indi‐ viduo socialmente dependiente de estos espacios –y, por tanto, posible “perdedor” en el juego competiti‐ vo‐, e inserto en el tejido institucional, en el deportista, ese emprendedor nato, “liberalizado”, ganador en cuanto amante del riesgo y único responsable de su inversión formativa y “capital humano”. Desde estas coordenadas se entiende que el nuevo fitness neolibe‐ ral no busque tanto interpelar al parado como al des‐ empleado poco motivado, un ser perezoso a la hora de devenir empresario de sí mismo y maximizar competitivamente su marca personal. Para este neoli‐ beralismo, parafraseando el famoso eslogan de Margaret Thatcher, “no existe eso que se llama la so‐ ciedad, sino solo deportistas”. Allí donde existía el ciudadano necesitado de cuidados, para el neolibera‐ lismo debe advenir una voluntad de hierro42. Oponiéndose a hacer de la necesidad de la flexibi‐ lidad, virtud (siempre individual), el 15‐M ha denun‐ ciado las maniobras neoliberales que buscan desnu‐ dar hasta el esqueleto ese mínimo marco antropológi‐ co comunitario humano, bloqueando toda experien‐

15 - M

cia política y anestesiando formas comunes de sensi‐ bilidad. Aquí solo se conforma un individuo tan in‐ mune al lazo social fraternal como necesitado de pla‐ cebos terapéuticos que aplaquen su sentimiento de precariedad y mitiguen sus inevitables fracasos a la hora de autorresponsabilizarse. Ante este telón de fondo, resultaría muy interesante estudiar en qué me‐ dida y bajo qué prácticas el 15‐M trata de responder a este gobierno liberal sofisticado no solo en cuanto a su modelo de subjetivación, sino por su activa promo‐ ción de la distinción individual frente a la sempiterna “masa”. Sobre todo cuando, como cabe recordar, este neoliberalismo no solo se apoya en estas prácticas “atléticas” para formar competidores aptos, sino que además aprovecha, en un segundo movimiento per‐ verso, toda crisis de expectativas como “una oportu‐ nidad para cultivar el ethos empresarial, movilizar las energías de la sociedad, crecer interiormente, poten‐ ciar la responsabilidad de los individuos, abrir nue‐ vos mercados y posibilidades para la creación de ri‐ queza y la multiplicación de los estilos de vida perso‐ nalizados”43. Ciertamente, aunque es aventurado realizar afir‐ maciones tajantes al respecto, no parece que el 15‐M

página 26

ISBN: 1885-477X

Rico es, por decirlo de alguna manera, más absoluto. Él quiere llamar la atención sobre su férrea disposición a que se le considere responsable, sobre ese aspecto del carácter, más que sobre un particular curso de los acontecimientos. La flexibilidad lo ha empuja‐ do a afirmar que la auténtica fuerza de voluntad es la esencia de su ética. Asumir la responsabilidad por los hechos que escapan a nuestro control puede parecerse a una vieja amiga, la culpa, si bien esto no caracterizaría correctamente a Rico, al menos según me pareció a mí. […] Rico se concentra en su pura determinación de resistir: no perderá el rumbo. Quiere resistir, y en especial a la áci‐ da erosión de esas cualidades del carácter, como la lealtad, el compromiso, los objetivos y la resolución, cualidades que, por natura‐ leza, son ‘a largo plazo’. Rico afirma los valores intemporales que caracterizan a la persona que él es, para siempre y de una mane‐ ra permanente y esencial. Su voluntad se ha vuelto estática; está atrapado en la mera afirmación de los valores” (Sennett, R., La co‐ rrosión del carácter, Barcelona, Anagrama, 1998, pp. 28‐29). 42 Sobre los motivos de la renuencia neoliberal a un sentimiento social y compartido de “dependencia” de vulnerabilidad aporta al‐ gunas indicaciones valiosas el análisis de Judith Butler en Dar cuenta de sí mismo (Amorrortu, Buenos Aires, 2010). Desde una óptica materialista cercana al psicoanálisis lacaniano, Terry Eagleton también da posibles claves de esta idea del cuerpo dependiente como espacio de resistencia. Cfr. Dulce violencia, Madrid, Trotta, 2011, pp. 358 y ss. 43 Francisco Vázquez, “‘Empresarios de nosotros mismos’. Biopolítica, mercado y soberanía en la gubernamentalidad neoliberal”, en La administración de la vida (J. Ugarte, ed.), Barcelona, Anthropos, 2005, p. 97.

YOUKALI, 12

personal, ayudando a compartir y gestionar en el es‐ pacio público la honda insatisfacción popular, no po‐ cas veces replegada psicológicamente sobre sí misma, ¿no ha neutralizado parcialmente el movimiento la enorme producción de resentimiento que termina produciendo la gubernamentalidad neoliberal? VIII Preguntándose por qué el proverbio latino Senatores boni viri senatus mala bestia se había convertido en un lugar común, Gramsci señala que este cliché despec‐ tivo de la masa arraiga cuando se considera que “una muchedumbre de personas dominadas por los intere‐ ses inmediatos o víctimas de la pasión producida por las impresiones del momento acríticamente transmi‐ tidas de boca en boca se unifica en torno a la decisión colectiva peor, la que corresponde a los más bajos ins‐ tintos bestiales”45. La observación –prosigue Grams‐ ci– es acertada y realista, pero solo cuando se refiere a las muchedumbres casuales, reunidas como “un gen‐ tío bajo techado durante un aguacero”, es decir com‐ puestas por hombres no atados por vínculos de res‐ ponsabilidad para con otros hombres o “respecto de una realidad económica concreta cuya disgregación redundara en un desastre para los individuos”. En es‐ tas “muchedumbres”, subraya, en efecto, no sólo no se supera el individualismo, sino que éste “se exaspe‐ ra por la certidumbre de la impunidad y de la irres‐ ponsabilidad”46. Ahora bien, no todas las acciones populares si‐ guen este esquema: “también es observación común que una asamblea ‘bien ordenada’ de individuos agi‐ tados e indisciplinados se unifica en torno a decisio‐ nes colectivas superiores a la media individual; la can‐ tidad se hace en estos casos cualidad”. Gramsci consi‐ dera que de no ser así, no serían posibles institucio‐ nes, por ejemplo, como el ejército ni esos “sacrificios inauditos que saben realizar grupos humanos bien disciplinados en ocasiones determinadas, cuando su sentido de responsabilidad social se despierta lúcida‐ mente por la percepción inmediata del peligro co‐ mún, y el porvenir se presenta como más importante que el presente”47. Siguiendo este ejemplo, cabría afirmar que el error ha consistido en interpretar uni‐ lateralmente el abierto campo de fuerza político sur‐ gido en el 15‐M como “un gentío bajo techado duran‐ te un aguacero”: una simple forma puramente reacti‐

44 Boltanski, L, “¿Un individualismo sin libertad?” (http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/?x=3063) 45 Gramsci, A., Antología, Siglo XXI, Madrid, 1970, pp. 281 y ss. 46 Íbid. 47 Íbid.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

sea un movimiento orientado a buscar, en el contexto social de la crisis, este tipo de subjetivación por distin‐ ción, una práctica que, a causa de su acento autista, determina el sentido común objetivo de nuestro tiem‐ po, reproduciendo “la teoría de dos mundos” bajo la clave de ganadores y perdedores. Este “modo de do‐ minación […] –como escribe L. Boltanski– no sólo deshace colectivos existentes portadores de críticas; además, pone trabas a la formación, en el seno de los dominados, de colectivos nuevos, particularmente in‐ tentando suscitar expectativas cuya realización, con‐ forme a un ideal meritocrático, dependería únicamen‐ te de las posibilidades dadas a los individuos de ex‐ plotar los filones de capacidades que duermen en sí mismos: ‘si se quiere, se puede’. Pero como, incluso si se quiere, se ve con bastante rapidez que no se puede mucho, entonces es preciso que cada cual se vuelva contra los demás, habitualmente los más cercanos: ca‐ da cual ‘podría’ si los demás (los compañeros de cla‐ se, los de la oficina, los colegas del taller, o de la Universidad, etc.) no le lastraran con el peso de sus propias ‘incapacidades’. Lo que se ha llamado desde hace treinta años, ‘el ascenso del individualismo’ –el último gran relato en el que la filosofía social parece haberse dignado creer tiene aparentemente que ver con estos nuevos efectos de dominación […]”44. Este rasgo popular y material del 15‐M, estigmati‐ zado por sus detractores bajo el intelectualmente pe‐ rezoso término de “populista”, pone el dedo en las heridas neoliberales. Es más, en la medida en que el 15‐M intenta desplegar lo que podríamos denominar un tanto difusamente “gramáticas del malestar”, alumbrando formas para la balbuciente frustración

página 27

15 - M

YOUKALI, 12

va, afectiva o moral sin atender al material utópico susceptible de politizarse. Siguiendo a Étienne Balibar, Slavoj Žižek comenta que cualquier universalidad que pretenda ser hege‐ mónica debe incorporar al menos dos componentes es‐ pecíficos: un “contenido popular” genuino y la “de‐ formación” que del mismo producen las relaciones de dominación y explotación existentes. En este senti‐ do, no puede negarse que la “indignación” respondía desde el principio a un contenido real susceptible de ser formado de modos muy diversos. Como mantiene Žižek, la ideología fascista tiende a “deformar” la ne‐ gatividad utópica popular y su anhelo de solidaridad social con el propósito de legitimar y preservar las re‐ laciones sociales ya existentes de dominación y explo‐ tación. “Sin embargo, para poder alcanzar ese objeti‐ vo, debe incorporar en su discurso ese anhelo popu‐ lar auténtico. La hegemonía ideológica, por consi‐ guiente, no es tanto el que un contenido particular venga a colmar el vacío del universal, como que la for‐ ma misma de la universalidad ideológica recoja el conflicto entre (al menos) dos contenidos particulares: el ‘popular’, que expresa los anhelos íntimos de la mayoría dominada, y el específico, que expresa los in‐ tereses de las fuerzas dominantes”48. Me interesa este diagnóstico porque, de un modo muy afín a las reflexiones sobre este punto de Fredric Jameson y Ernst Bloch, señala la necesidad teórica de apreciar el contenido utópico presente en cualquier ideología. Hacer el esfuerzo de discriminar el grano utópico en la paja discursiva es justo lo que ha brilla‐ do por su ausencia en muchos análisis del 15‐M. Creo que desde aquí también se entiende la urgencia por pensar de otro modo el momento “populista”,

desdeñado sistemáticamente por parte de cierta iz‐ quierda. Si hay que participar del esfuerzo de articu‐ lar y dar forma al contenido utópico es porque, dada su ambivalencia, este se encuentra abierto y puede ser neutralizado por las relaciones de dominación. En este plano, siguiendo los análisis de Ernst Bloch en la época de Weimar, considero un error dejar en manos del populismo fascista toda cólera populista contra el presente. Parte de la izquierda no entiende que no debe dejarse la gestión de la indignación en manos del enemigo. ¿No es justo este trabajo el que está haciendo el 15‐M? En este sentido parece muy pertinente compren‐ der el 15‐M como un muro de contención o un “cor‐ tafuegos” para las posibles regresiones fascistas incu‐ badas dentro del horizonte de expectativas neolibe‐ rales incumplidas. A este respecto tal vez baste una comparación con fenómenos de indignación colecti‐ va como el Tea‐party norteamericano para apreciar hasta qué punto las líneas de fuerza del 15‐M desple‐ garon desde el principio una orientación política que, si bien no estaba definida, se resistió a codificar en términos tan simples el antagonismo como una opo‐ sición pura entre el sencillo “hombre de la calle” y las elites políticas49. Es de lamentar, sin embargo, que se acusara des‐ de algunos ámbitos sindicales o formaciones de iz‐ quierda al 15‐M de no cuajar rápidamente como mo‐ vimiento político organizado cuando ellos mismos renunciaron desde hace tiempo a acercarse a estas de‐ mandas concretas, despachadas perezosamente mu‐ chas veces como “populistas”, y a hacer pedagogía política en virtud de sus alicortos intereses estratégi‐ cos50. Significativamente, y salvando las distancias, este es un problema que en la República de Weimar ya habían detectado sismólogos del momento históri‐ co como Brecht, Benjamin, Kracauer o E. Bloch. Este último, por ejemplo, insistía en la necesidad de que los partidos de izquierda trataran de dar forma polí‐ tica a la frustración para no dejar camino expedito al populismo fascista. En pocas palabras, la indignación era demasiado importante para dejársela al enemigo. Una vez que se abandonó esta tarea por la hegemo‐ nía, como escribe Franz Neumann, “[...] el alemán medio no veía ni podía ver que los intermediarios ju‐

página 28

15 - M

48 En defensa de la intolerancia, Madrid, Sequitur, 2007, p. 19.

ISBN: 1885-477X

49 Resulta extraordinariamente iluminador a estos efectos comparar el 15‐M con el diagnóstico que del movimiento conservador nor‐ teamericano realiza Thomas Frank en ¿Qué pasa con Kansas? Cómo los ultraconservadores conquistaron el corazón de Estados Unidos, Madrid, Acuarela, 2008. 50 En tanto que movimiento no espasmódico, una de las posibles opciones del 15‐M podría pasar, por decirlo en terminología grams‐ ciana, por desplegar una “guerra de posiciones” contrahegemónica de la ideología neoliberal; es decir, ubicada en la dimensión so‐ brestructural de la sociedad civil, intentando conquistar en la medida de la posible una posición capaz de levantar puentes entre las numerosas estructuras populares y democráticas emergentes, asociaciones de vecinos, sindicatos minoritarios u otros marcos des‐ centralizados de deliberación, decisión y acción.

51 Neumann, F., Behemoth, FCE, México, 1976, pp. 149‐50. 52 “Las teorías de la conspiración legitiman el orden establecido al criticar sus perversiones explicables en términos de intenciones sub‐ jetivas, pero dejando libre de toda crítica sus estructuras. […] La idea de una gran conspiración omnipotente es, en conclusión, una representación generadora de tristeza y de impotencia, pues hace que nos contemplemos como una nada frente a un poder omní‐ modo; por el contrario, la consideración del poder como relación hace posible modificar la relación, actuar sobre ella mediante nuevas combinaciones de la potencia de los individuos, nuevas formas de hegemonía que liquidan la fama de omnipotencia de los supuestos ‘amos del mundo’, sean estos los representantes políticos ‘legítimos’ o las oscuras fuerzas de una conjura. Sólo una con‐ cepción relacional del poder como la de Maquiavelo, o Marx aleja y disipa los fantasmas tristes del poder absoluto capaz de dar sen‐ tido a toda la realidad social y a toda la historia humana. Sólo un poder entendido como relación da cabida a la política” (Johannes Maurus, “Bilderberg y otras tramas ocultas: la teoría de la conspiración como apología del capitalismo”, en: http://iohannesmaurus.blogspot.com/2011/06/bilderberg‐y‐otr).

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

díos eran, en realidad, meros intermediarios, repre‐ sentantes de un poder impersonal y anónimo, que dictaba sus actividades económicas. El reconocimien‐ to de que los intermediarios actuaban como represen‐ tantes del capitalismo financiero e industrial no‐judío habría llevado a los pequeños agricultores, comer‐ ciantes al por menor y artesanos al campo socialista, paso que no podían dar sin abandonar sus propias tradiciones. [Pero] Además el programa socialista no tomaba en cuenta los intereses de esos grupos [...]”51. La cita de Neumann muestra cómo el resentimien‐ to hacia el poder de la clase política puede también al‐ bergar una negatividad autorreferencial y parasitaria respecto a estructuras ya dadas. Del mismo modo que el antisemitismo fue un tipo de colérica indignación que terminó legitimando las relaciones de poder exis‐ tentes y propiciando la alianza entre Hitler y la gran industria alemana, quien solo se satisface expresando su odio a la clase política “no ve ni puede ver” que su objeto de desprecio le ciega para penetrar en el marco realmente importante. Esta falta de cartografía políti‐ ca no sólo sirve para neutralizar toda explicación po‐ lítica, sino para desplegar cómodos mecanismos pa‐ ranoicos52. No abogando por el “cuanto peor, mejor”, sino por visibilizar el entorno de lo común paulatinamen‐ te desolado por unas prácticas neoliberales tanto más envalentonadas cuanto más responsables de la crisis, el 15‐M no solo ha abierto una gran fisura en el hori‐ zonte hegemónico del capitalismo actual, sino que, le‐ jos de fomentar el señoritismo del precarizado herido en sus antiguos privilegios y el culto a los líderes, se ha instalado en esta desertización y fragilización de lo social con el propósito de cuidar y colonizar en térmi‐ nos materiales el espacio público opacado. Haciendo pedagogía política. Frente al incesante desnudamien‐ to neoliberal que extrae fuerza viva de trabajo al pre‐ cio de desgarrar el tejido social, el 15‐M ha tratado de empoderar y revestir los cuerpos, llamando la aten‐ ción sobre los espacios públicos secuestrados. Dicho de otro modo: caricaturizaríamos el 15‐M si lo definiéramos simplemente como una reacción en masa frente al malestar producido por un horizonte de demandas o expectativas individuales no cumpli‐

das y no acertáramos a ver en él un cierto “suplemen‐ to” político desde el que se denuncian como ficciones las posibles soluciones neoliberales de la crisis con las que los mismos pirómanos tratan ahora de legitimar‐ se como bomberos. Entender el 15‐M como una reacción puramente interior a la crisis y descuidar el análisis acerca de los cambios subjetivos en liza significa pasar por alto có‐ mo el 15‐M por activa y por pasiva ha denunciado las falsas soluciones presentadas por la hegemonía neoli‐ beral. Soluciones, por decirlo en los términos de Naomi Klein, que solo tratan de aprovecharse del shock que estas mismas fuerzas han desencadenado para terminar de desmantelar todo tejido social. De ahí que lo que está en juego en este malestar sea un nuevo proceso de subjetivación más orientado a la fraternidad y un cambio del modelo de aprendizaje político, dos dinámicas emergentes opuestas al mode‐ lo individualista neoliberal del “empresario de uno mismo”.

IX Mucho queda por hacer, pues, para seguir dando cuerpo político a lo que empezó siendo un espectro. Como escribe J. L. Moreno Pestaña: “El movimiento del 15‐M puede, es su virtud, ampliar las formas de participación política si reactiva e inventa nuevos di‐
página 29

15 - M

seños institucionales, si insiste en las condiciones ma‐ teriales y sociales de la participación o, por el contra‐ rio, puede degradarse inadvertidamente en un crítica elitista de la política, con argumentos herrumbrosos que combatieron la democracia desde sus comien‐ zos”53. ¿Qué hacer? Entre otros retos, a pesar de las críti‐ cas a los banqueros, el paro y al sistema económico en general, es preciso articular una mayor reflexión so‐ bre el valor estructural del trabajo y su dinámica ex‐ plotadora, así como generar espacios y encuentros con otras asociaciones o colectivos. En este sentido, debe analizarse la falta de asistencia de los inmigran‐ tes a las asambleas y las causas de la desafección de la clase obrera más sindicada54. A veces parece como si las importantes, pese a todo, nuevas dinámicas acti‐ vas de subjetivación que están teniendo lugar dejaran

poco a poco en un segundo plano nuestro papel co‐ mo “objetos” dentro la maquinaria abstracta del siste‐ ma económico‐laboral. En este sentido, ¿hasta qué punto la inicial resistencia de algunos sectores impor‐ tantes del movimiento a utilizar la palabra “política” –secuestrada y prostituida, en efecto, por la mezquina lógica administrativa de los grandes partidos– no fue síntoma inercial de un cierto estoicismo individualis‐ ta? ¿El acto reflejo de un gesto afectivamente más in‐ teresado en cambiar mi “yo” y mis relaciones próxi‐ mas antes que en modificar colectivamente el espacio institucional y el medio social que me rodea? En un contexto como el español, muy debilitado en cuanto sociedad civil, observar lo ocurrido con el 15‐M ha sido sencillamente emocionante. Para seguir avan‐ zando, ha llegado, sin embargo, la hora de recopilar y analizar en detalle todas estas experiencias apasiona‐ das de aprendizaje político en el espacio público y de plantear sus déficits, pero resultará difícil olvidar el cli‐ ma de intensidad afectiva y de autoexigencia a la hora de tomar la palabra que, desbordándonos, no ha deja‐ do de transformarnos desde entonces: “Si no aspiramos a dotarnos de una línea política con‐ creta es porque sabemos que en nuestra heterogenei‐ dad toma pie una fuerza descomunal. No ofrecemos recetas porque nos hemos emancipado de esa con‐ cepción de la política que la reduce a la gestión de las vidas y de las cosas. Queremos, en definitiva, consti‐ tuir cuerpos libres. Cuerpos libres son cuerpos políti‐ cos, cuerpos que se emancipan de la experiencia de comprar en un centro comercial como algo que, pre‐ suntamente, los hace libres porque allí pueden ejerci‐ tar su capacidad para elegir entre muy variados pro‐ ductos; cuerpos libres que no pueden soportar la ex‐ periencia de ser desahuciados sin llegar a la conclu‐ sión de que, en ese preciso momento, no sólo son mermadas sus condiciones materiales, sino también sus libertades más básicas”55.

YOUKALI, 12

página 30

15 - M

53 “El ágora griega y el 15‐M”, en http://www.lavozdigital.es/cadiz/prensa/20110708/opinion/agora‐griega‐20110708.html 54 Según K. Ross (Mayo del 68 y sus vidas posteriores, Madrid, Acuarela, 2008), el “desplazamiento físico” que tuvo lugar en mayo del 68 generó un “desplazamiento mental e identitario” al ampliar la acción política más allá de sus tableros habituales, rompiendo con las lógicas e inercias que impedían una interacción entre personas y colectivos pertenecientes a sectores sociales diferentes. Así, por ejemplo, obreros y estudiantes tuvieron que hacer un esfuerzo de traducción, propiciando la emergencia de nuevas formas de con‐ cebir el lazo social. Por otro lado, ¿cómo explicar la paradoja de que un gran porcentaje de la población española –en torno al 80%– simpatice con el 15‐M y, tras las últimas elecciones del 20‐N, haya votado mayoritariamente al partido menos afín al movimiento? ¿Esquizofrenia, cinismo o miedo? ¿No muestra este hecho hasta qué punto el campo de fuerzas político está más abierto de lo que parece? ¿Miedo a la po‐ litización concreta en una situación poco proclive a experimentos? ¿Qué lección ha de extraerse de estos datos para el 15‐M? 55 “¿De qué hablamos cuando hablamos de libertad?”, documento del Grupo de Análisis Madrid, integrado desde el principio en AcampadaSol y movimientos 15‐M, utilizado en el Debate del Pueblo paralelo al Debate del Estado de la Nación que tuvo lugar el 30‐6‐2011.

ISBN: 1885-477X

PRESENCIA DE LOS FEMINISMOS EN LA PUERTA DEL SOL MADRILEÑA
por Montserrat Galcerán Huguet

Desde hace algún tiempo nos hemos acostumbrado a pensar en los feminismos como movimientos o co‐ rrientes que traviesan otros movimientos sociales, co‐ mo por ejemplo en las ocupaciones, en el movimien‐ to ecologista, en las federaciones de vecinos y, aun‐ que en menor escala, en algunos sindicatos y parti‐ dos políticos. En todos ellos suelen actuar colectivos de mujeres que intervienen en las acciones conjuntas aportando una perspectiva propia, desarrollando ini‐ ciativas específicas o alertando continuamente sobre el descuido de las temáticas que interesan a las muje‐ res. Por ello nos habíamos acostumbrado a pensar en los feminismos como elementos constituyentes en las dinámicas actuales de movimiento. También en eso el 15M aportó novedades reseña‐ bles, en lo positivo y en lo negativo. Un material des‐ tacable sobre ello lo encontramos en el Dossier de la Comisión de feminismos del 15M en el que me voy a apoyar para hilar algunas reflexiones al respecto. Los feminismos no son bienvenidos. No deja de ser chocante que en un movimiento tan heterogéneo como el 15M la presencia de la Comi‐ sión de feminismos fuera vista al principio como una comisión extemporánea que, más que unir, dividía. Surgió la pregunta de por qué instalar una comisión de feminismo, qué pintaba el feminismo en un movi‐ miento unitario, por qué los/las feministas tenían que reunirse por su cuenta e introducir esa cuestión en un movimiento que “es de todos”. Ante todo, y tal vez como introducción, hay que recordar que el 15M es un movimiento difuso que desde los núcleos más visibles como puede ser la acampada y las comisiones de los barrios o todo el es‐ pacio virtual, hasta las áreas de influencia más leja‐ nas, supuso una irrupción en la continuidad de una política vivida como expropiación de cualquier posi‐ bilidad de intervención política, a no ser dentro del área restringida y fuertemente controlada de los par‐ tidos políticos y de la participación efímera en las elecciones. Fuera de esto y, aunque desde hace tiem‐ po, estuvieran surgiendo realidades reducidas en los centros sociales, la red de librerías y editoriales, las redes ecologistas, Internet y tal vez otros, a pesar de

ello no había espacios abiertos para el ciudadano co‐ mún que en una situación de aguda crisis como la que estamos viviendo, carece de herramientas para la intervención política. En esa situación el movimiento 15M irrumpe como una ola de experimentación polí‐ tica continua, abierta a toda la ciudadanía y empeña‐ da activamente en introducir la política en la vida co‐ tidiana construyendo poder para poder defender nuestra vida. Ahí, como es obvio, no podían faltar los feminismos. Empecemos pues por la presencia de las feminis‐ tas en la Asamblea de la Puerta del Sol. El dossier compilado por la Comisión recoge con bastante fide‐ lidad los sucesos en la acampada Sol, desde su inicio, la noche del 16 al 17 de mayo hasta su levantamiento el 12 de junio. En un principio entre las compañeras que se quedaron a dormir en las tiendas improvisa‐ das juntamente con los compañeros varones, había algunas activistas de un colectivo queer pero, al ir constituyendo las Comisiones en un plazo más o me‐ nos de una semana, se puso de relieve que los temas aportados por los feminismos brillaban por su ausen‐ cia. Eso motivó la decisión de constituir una Comisión de feminismos propiamente dicha. En ella desde el principio participaron activamente las integrantes de los grupos marica‐bollo. Como ya he anticipado esa decisión fue cuestiona‐ da. Semejante cuestionamiento revela, a mi modo de ver, que el/los feminismo(s) siguen percibiéndose co‐ mo algo específico de las mujeres, algo que éstas in‐ troducen en un movimiento común dividiéndolo, sin

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 31

15 - M

YOUKALI, 12

percibir que “lo común” tiene que ser resultado de la conjunción de las partes, por lo que no pueda darse por anticipado. No puede adoptarse como punto de partida que ahí donde no se visibiliza el discurso “fe‐ minista” o no se percibe la clave de género es porque ésta no está, es porque el masculino en tanto que gé‐ nero supuestamente neutro reúne en sí los géneros particulares y se manifiesta ya como género compar‐ tido. Más bien lo que ocurre es que la pretendida na‐ turalidad universalizada del masculino tomado como neutro no ha sido todavía puesta en cuestión, ya que sólo ese cuestionamiento hace aparecer su vertiente de género particular masculino y permite abrir la vía a un uso no sexista e inclusivo del lenguaje. Esta batalla tuvo que darse en las Asambleas de la Puerta del Sol. En absoluto era claro para muchas personas que el lenguaje tuviera un sesgo de género, que el uso exclusivo del masculino resultara discri‐ minatorio y que era preferible usar paráfrasis del ti‐ po “las personas que estamos aquí concentradas” o bien “nosotros y nosotras” en vez del masculino re‐ glamentario. Pero eso demuestra también que, a pesar de nues‐ tros esfuerzos, los feminismos siguen percibiéndose como una fuerza disgregadora sin comprender de nuevo que la unidad debe forjarse y que no está pre‐ supuesta, mucho menos en sociedades realmente in‐ dividualizadas y disgregadas, como las actuales, ya no por cuestiones de género sino por todo tipo de di‐ ferencias exageradamente infladas por la competitivi‐ dad del sistema económico contemporáneo. Tal vez algunos vieron enturbiada la nueva sensación de uni‐ dad que se respiraba en la Puerta del Sol por la pre‐ sencia de un grupo contestatario en clave de género, como si éste no fuera el momento de trazar una línea de quiebra en el tejido de la nueva unidad cívica cons‐ tituida por la muchedumbre arremolinada en la pla‐ za, pero creo que esa actitud encierra la dificultad pa‐ ra enfrentar la heterogeneidad de un movimiento que emerge de la composición social de las nuevas ciuda‐ des, en las que la diversidad de las personas, de su origen, hábitos, lengua, costumbres, procedencia,…y género es elemento irrenunciable de la multiplicidad. Como prueba el dossier, la Comisión de feminis‐ mos tomó nota de la necesidad de hacer visibles es‐ tas diferencias, de simbolizarlas, presentarlas y expli‐ carlas, por lo que no sólo no estaba de más, sino que era imprescindible. La revolución será feminista o no será. “La revolución será feminista o no será” – he ahí un nuevo grito de guerra. Eso no significa que sólo deba ser feminista, además debe ser ecologista, anti‐capi‐ talista, des‐colonial, democrática y otros ítems, pero es imprescindible que sea feminista.

ISBN: 1885-477X

página 32

Cabe preguntarse por qué: ¿qué significa esa frase?, ¿acaso las mujeres y en especial las feministas debe‐ mos ocupar un lugar preponderante en esa revolu‐ ción?, ¿es incluso una revolución lo que está agitan‐ do los países del mundo?, ¿qué aporta el feminismo a todo ello? A mi modo de ver esa exigencia se fundamenta cuando menos en dos condiciones: en el hecho de que los varones sean sólo una parte de la población que, por lo general, ocupan los espacios de domina‐ ción, y en la cuestión, tanto o más importante, de que los temas y preocupaciones aportadas por los femi‐ nismos atacan directamente las raíces del vivir que es justamente aquello que está siendo colocado como objetivo por el capitalismo contemporáneo. Pero veamos en primer lugar la primera cuestión. Tradicionalmente se ha dado por bueno que “lo mas‐ culino” es a su vez “lo general”, aquello que interesa a todos/as, por lo que se ha invisibilizado la clave de género de muchos movimientos sociales que, en su defensa de una “transformación social general”, de una “lucha por el interés de todos”, descuidaba la participación y la intervención de las mujeres. ¿Por qué durante decenios se impidió la participación de las mujeres en los Sindicatos obreros, si no fuera por‐ que las mujeres que accedían a trabajar en las fábri‐ cas no eran bienvenidas en los círculos obreros y se las consideraba una competencia indeseada?, ¿por qué, cuando los primeros movimientos de mujeres empezaron a plantear la necesidad de intervenir po‐ líticamente, muchos varones políticamente activos consideraron que esa intrusión era indeseable, ya que introducía un elemento que se escapaba del con‐ trol que deseaban tener sobre “sus” mujeres?, ¿ por qué introdujeron entonces una prioridad temporal en las transformaciones sociales, estableciendo que primero debía darse una transformación social y eco‐ nómica y luego habría tiempo para dedicarse a esas otras transformaciones personales, sin comprender que las primeras son imposibles sin las segundas y que ambas deben hacerse “al tiempo”?

15 - M

En el 15M esas cuestiones volvieron al orden del día. Muchos compañeros y algunas compañeras no en‐ tendían que los feminismos no son adornos “política‐ mente correctos” de una acción política que podría pasarse tranquilamente sin ellos, sino que la atención a estas cuestiones forma parte de la transformación “personal y política” que acompaña necesariamente a todo movimiento de cambio social. Si no vamos a cambiar nuestras condiciones de vida, si no vamos a poder vivir de otra manera más libre, más digna, más solidaria, no tiene sentido una revolución. No vamos a intervenir para que otros decidan de nuevo sobre nosotras, sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas. Si intervenimos es para ganar el espacio de acción nece‐ sario en el que pelear contra la opresión, pero no va‐ mos a aceptar una nueva constricción en el lugar de la vieja o una continuación de las constricciones habi‐ tuales ahora con un nuevo ropaje. ¿Cómo responder a la incomprensión?: los talleres para principiantes. Cuando, al inicio de la acampada, alguien arrancó el cartel que se había colgado sobre una valla publicita‐ ria en la Puerta del Sol – adviértase que fue el único cartel arrancado durante aquellos días – la respuesta no se hizo esperar. ¿Qué hacer?, ¿cómo interpretar aquel acto?: indignarse, responder con iguales medi‐ das, atemorizarse,…no, la respuesta fue pedagógica: se necesitaban talleres para principiantes. Lo que aquel acto demostraba era una profunda ignorancia de los planteamientos feministas, un desconocimien‐ to supino de cómo las cuestiones de género constru‐ yen nuestra subjetividad, de cómo están profunda‐ mente enraizadas en los comportamientos habituales. La reacción fue incrementar el debate: se organi‐ zó una sesión de “feminismo para principiantes”, se leyó un comunicado en la asamblea general, se habló con todas las comisiones para insistir en la importan‐ cia del lenguaje inclusivo y de introducir los temas del feminismo,…En el Manifiesto leído en la Asamblea se insiste: “El feminismo no entiende de colores, ni de partidos, no es excluyente, sino que es un modo de lucha social y política, que defiende la igualdad, la corresponsabilidad, que apuesta por la diversidad sexual, por el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos”1. Ni qué decir tiene que uno de los problemas a de‐ batir y en el cual hubo oposición por parte de una persona –varón – fue el tema del aborto. Eso no im‐ pidió que al final se sacara una resolución explicando

“el derecho al aborto libre y gratuito” ligándolo jus‐ tamente al establecimiento de una “democracia real” puesto que la defensa de una democracia real inclu‐ siva y la perpetuación de una legislación que priva a las mujeres de la capacidad de decidir sobre su pro‐ pio cuerpo es claramente contradictoria. Los talleres para principiantes eran muy sencillos, en especial los talleres sobre micromachismos. Plantea‐ ban poner sobre la mesa esos comportamientos natu‐ ralizados y discutirlos abiertamente, no para abochor‐ nar, sino para aprender y corregir. Cosas tan sencillas como el uso del lenguaje inclusivo, la atención a los pe‐ queños gestos de menosprecio –como por ejemplo cuando los varones aprovechan que habla una mujer para hablar entre ellos o echar un cigarro ‐, el estar al tanto del sexismo de muchas mujeres que se alinean rápidamente con lo expuesto por un varón aunque sea lo mismo que acaba de decir una mujer a la que no se presta atención, el cuidado en las tareas de supervi‐ vencia, cuestiones de intendencia tales como la limpie‐ za, la comida, la escucha de la palabra…, en suma, ges‐ tos, comportamientos, actitudes que conforman un cli‐ ma de discriminación y silenciamiento de las mujeres y que exigen por nuestra parte un esfuerzo redoblado por conquistar un nivel de igualdad real. Eso talleres dieron paso, a su vez, a la convocatoria de una reunión de hombres que sacó un listado de acti‐ tudes micromachistas y un documento “indignados con‐ tra el machismo”. En él, a partir de la atención puesta

1 Dossier, p. 30

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 33

15 - M

en los gestos y actitudes, los hombres empiezan a des‐ cubrir el machismo soterrado de su comportamiento y a reconstruir su conducta, planteándose conformar una subjetividad no sexista. Se trata de una tarea larga y difícil pero imprescindible para devenir algo distinto. En el documento se dice: “Es evidente que los hombres somos una parte esencial del problema, por lo tanto, también somos una parte esencial de la solución”2. Sin duda eso es algo no exclusivo de los varones. También las mujeres somos socializadas en entornos que nos construyen una subjetividad modelada en clave de género, por lo que albergamos posiciones discriminadoras con otras mujeres, atravesadas ya no sólo por las variables de género sino por las de raza, etnia o posición social. Se introducen así nuevas va‐ riantes en la discusión: el tema del trabajo doméstico, donde unas mujeres en mejor posición social y econó‐ mica explotan a otras; las tareas de cuidado; el des‐ precio por interiorización del menosprecio étnico, cultural o religioso de otras poblaciones, en especial las poblaciones migrantes. Los feminismos se amplí‐ an y se enriquecen con todas esas nuevas cuestiones y favorecen la intersección mutua con otras comisiones. El morbo de la violencia sexista Ocupar un espacio público en una ciudad como Madrid conlleva que toda la miseria humana de la ciudad, que es mucha, te salte a la cara. La Asamblea convive, en la calle, con todos/as aquellos/as que han hecho de las plazas y calles de la ciudad su lugar pa‐ ra vivir; éstos plantan sus tiendas o cachivaches al la‐ do de las tiendas de los ocupantes, comparten su co‐ mida y, en ocasiones, participan de las asambleas y de las discusiones. Las noches se hacen difíciles: la tensión ante un posible desalojo, la estrechez de los espacios, los murmullos de las discusiones, el peligro ante la precariedad de las instalaciones,…algún gol‐ pe, algún grito, alguna palabra de más,… En un momento determinado la Comisión deci‐ dió que sus integrantes dejarían de dormir en Sol, se‐ guirían atendiendo a la información y con los talleres y otras actividades, no suspendían ni mucho menos su participación en el movimiento pero querían aho‐ rrarse las noches… Los rumores se dispararon. Los medios, siempre a la búsqueda de la noticia sensacional, difundieron que había habido “violaciones” en el espacio de la acampada. La Comisión lo desmintió pero de nuevo irrumpió la polémica sobre el significado de las pala‐ bras: si por “violación” se entiende lo que la define

15 - M

YOUKALI, 12

en el espacio jurídico‐legal, no se había producido tal, pero sí había actitudes y gestos sexistas, falta de igualdad y reciprocidad en el trato entre las personas que ahí estaban, manifestaciones de violencia. Terreno abonado: ¡qué se puede esperar de una acampada en plena plaza por parte de personas de todo género y condición!, clamaban los periódicos de la derecha. ¡Eso desprestigia el movimiento!, advertí‐ an los más cercanos como si un movimiento popular debiera distinguirse por las buenas maneras. También este episodio es una enseñanza: en una sociedad en la que el sexo parece gozar de las más absoluta de las libertades cuando es mercenario y consumista, sigue imperando una moral puritana que pretende que las capas populares y plebeyas de‐ ban hacer de la abstención su santo y seña. El discur‐ so es doblemente gazmoño: la permisividad de la que se hace gala en los espacios protegidos del sexo de consumo, se niega a las prácticas sexuales de las poblaciones pobres. Eso no significa que no pueda darse violencia sexista en ellas, pero no implica que deba darse. Como muestran las informaciones dispo‐ nibles la violencia sexista se manifiesta en todas las capas de la población, incluidas las capas cultas de profesores, juristas, políticos, ejecutivos, etc. y no es privativa de las capas más pobres. El punto de vista de clase se mezcla así en la evaluación de los hechos desvirtuando su alcance. La Comisión respondió con normalidad atajando los rumores pero esos seguían flotando en el ambien‐ te alimentando las suspicacias. La estrechez del género, pensar desde el trans. Con todo, los trabajos continúan y cada vez se hace más evidente que el género deviene una clave dema‐

ISBN: 1885-477X

página 34

2 Dossier, p. 37

El cuidado del vivir Casi desde el principio en las Asambleas se impone un nuevo estilo del hacer político, como un nuevo

ISBN: 1885-477X

siado estrecha para pensar los cambios que están ocurriendo. Los colectivos queer, que ya desde el prin‐ cipio eran muy activos, crean una comisión específi‐ ca transmaricabollo. Su objetivo es poner sobre la me‐ sa la radicalidad de un pensar del género en clave no dicotómica, pensar desde el trans, desde el rechazo de la normatividad de género y plantear con ello las cuestiones que afectan a las personas trans y/o homo‐ sexuales, a las prácticas sexuales no normativas, de‐ fender el derecho de las personas a no ser obligatoria‐ mente identificadas en clave de varón/mujer así co‐ mo la eliminación de los protocolos de tratamiento binario para las personas trans. Surgen así nuevas cuestiones pues la Comisión se enfrenta al modo como los poderes públicos tratan esas cuestiones: las vejaciones en las cárceles y cen‐ tros de detención de estas personas; las discrimina‐ ciones, humillaciones y malos tratos que padecen; las redadas de la policía, las dificultades para el cambio de sexo, los controles médicos, el tratamiento puniti‐ vo de la prostitución en especial cuando está ligada a la inmigración ilegal, etc.,etc.; pareciera que tuviéra‐ mos que vérnoslas con cuestiones que afectan a cada quien en su más pura particularidad y resulta que nos damos de bruces con los interminables controles y dispositivos que rodean las prácticas sexuales cuando éstas escapan de la heterosexualidad norma‐ tiva. De nuevo la clase y el status invaden las cuestio‐ nes referidas a la sexualidad: a la libertad sin límites del comercio gay típico del capitalismo rosa, se opone el disciplinamiento del cuerpo marica‐bollo; los/as homosexuales pobres no disfrutan de aquellos bene‐ ficios y constituyen de nuevo una capa socialmente marginada en relación a los homosexuales pudientes del barrio de Chueca. De esta comisión surgió la ini‐ ciativa de la caravana alternativa del día del orgullo que inundó Madrid con sus mensajes.

cuidado del cuerpo y del estar juntos. Son muchas las mujeres jóvenes que se ocupan de dirigir las asam‐ bleas, que forman parte de las comisiones, que se ocupan de la comunicación y la difusión del movi‐ miento. Estamos en Madrid al inicio del verano y aparecen las sombrillas y paraguas para protegernos del sol, las cremas protectoras, los cartones para po‐ ner sobre el asfalto ardiente, las botellas de agua, las rociadas cuando aprieta el calor,…detalles que expre‐ san el cuidado puesto en protegernos, en cuidarnos unas a otras y cada cual a sí misma, la preocupación por estar bien. Éste es un modo de estar absolutamente diverso de la política al uso, incluida la que es habitual en los movimientos alternativos que siguen manteniendo un estilo masculino relativamente bélico: un lenguaje incisivo, largos parlamentos, imprecaciones, poco cui‐ dado del cuerpo, de los gestos y de las posiciones,… A mi modo de ver esas cuestiones van más allá y apuntan a una revalorización y cuidado del vivir que es pieza clave del discurso feminista sobre el vivir hu‐ mano. Como pone de relieve la economía feminista, las tareas que producen, reproducen y mantienen el vivir humano han sido silenciadas y expulsadas del discurso de la economía política ya desde el inicio de la Modernidad. Económicamente esas tareas, reclui‐ das en el espacio doméstico y llevadas a cabo mayori‐ tariamente por las mujeres, quedan despojadas de va‐ lor económico. Lo que ahí se produce no tiene valor ni produce rendimientos mercantiles, aunque, si lo mi‐ ramos bien, resulta ser la base que permite el desple‐ garse de toda la actividad económica. Si los trabajado‐ res pueden acudir todos los días repuestos a su traba‐ jo, es porque en casa encuentran los alimentos, el des‐ canso, la limpieza, los recursos afectivos y de todo ti‐ po que les permiten reponerse. Sin ese trabajo, abso‐ lutamente necesario en toda sociedad, el trabajo eco‐ nómicamente remunerado sería imposible. Pues bien, el capitalismo contemporáneo, aunque comparte con las otras formas de capitalismo el des‐ crédito de algunas de esas tareas, selecciona otras co‐ mo fuente de riqueza mercantil. Servicios de limpie‐ za, de comida a domicilio, de lavandería, de cuidado de ancianos, enfermos y niños, empresas que se de‐ dican a ofertar esos servicios bajo pago proliferan en las sociedades actuales. El vivir de las poblaciones se convierte en nicho de negocio para empresas espe‐ cializadas, ya sea que trabajen por cuenta propia co‐ mo auténticas empresas privadas, ya sea que gocen de subvenciones estatales y operen como delegadas de los poderes públicos. Pero es más, en el momento en que el vivir se con‐ vierte en materia económica, la dimensión capitalista de los negocios se traslada a esas otras facetas del ha‐ cer humano. Las residencias para ancianos pueden convertirse en un buen negocio exprimiendo los ho‐

YOUKALI, 12

página 35

15 - M

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

rarios y los salarios de las cuidadoras, pero expri‐ miendo a su vez las pagas de los ancianos allí reclui‐ dos. Eso urge a plantearse socialmente el hacer de esos trabajos, su especificidad, el control sobre su ejercicio en condiciones dignas tanto para los trabaja‐ dores como para las personas a su cargo. Por otra parte la precarización incesante de las condiciones de vida de la población hace que estas cuestiones pasen al primer plano. Las economistas feministas insisten en que todo ese trabajo, que recae fundamentalmente sobre mujeres, constituye una es‐ pecie de colchón que hace subir o bajar la línea de de‐ marcación entre el trabajo formal e informal. A más recursos aportados por el Estado, el bienestar au‐ menta y el volumen de trabajo de cuidados aportado en condiciones informales tiende a descender; por el contrario un recorte en esos recursos aumentará el volumen de trabajo de cuidado a cargo de los miem‐ bros más próximos de la familia, a cargo de volunta‐ rios o en su defecto aumentarán las condiciones de pauperización de las personas dependientes. Los re‐ cortes sociales empeoran las condiciones de vida pues detraen recursos necesarios para el manteni‐ miento del vivir y los hacen revertir sobre activida‐ des económicas de producción industrial o de mera especulación. Resultan de ello dos movimientos específicos de las sociedades capitalistas de alta gama: por una par‐ te las tareas que sostienen el vivir de las poblaciones se convierten en asunto económico, se mercantilizan y operan como empresas de negocio, lo que trae con‐ sigo no sólo la necesidad de pago de esas tareas, sino también los efectos, en ocasiones negativos, de un trabajo de cuidados en condiciones asalariadas. Cualquier aumento en la exigencia de rentabilidad redundará en la calidad del servicio y/o conllevará un aumento del precio que a su vez lo hará inaccesi‐ ble para las capas más pobres de la sociedad. Por otra parte la entrada de las finanzas en la esfe‐ ra pública, que sostiene una parte nada despreciable de esas tareas, supone que un recrudecimiento de las condiciones de financiación repercuta directamente en su sostenibilidad. Ante una vuelta de tuerca en las condiciones financieras, los gobiernos recortan y des‐ mantelan los servicios públicos que mantenían las ac‐ tividades de cuidado del vivir, tales como sanidad,

educación, dependencia, pensiones, etc. Eso precariza a su vez esos trabajos y hace más difícil la superviven‐ cia misma de las poblaciones afectadas. Por eso la ac‐ tual coyuntura tiene que poner en primer término el mantenimiento de las condiciones de vida de la po‐ blación. Y eso a su vez exige tomarse en serio toda la problemática de los cuidados puesta en discusión por la economía feminista y darle toda su importancia. Desde esta perspectiva se advierte claramente como el capitalismo altamente financiarizado de nuestros dí‐ as supone una amenaza mayúscula para la supervi‐ vencia y el bienestar de grandes capas de la pobla‐ ción, especialmente de la población más pobre. No es la nuda vida lo que está en juego en estos momentos ni sólo un grito lo que estalla en las plazas del mundo, es la defensa de condiciones dignas para el vivir humano lo que nos empuja a una lucha glo‐ bal contra el mortífero capitalismo contemporáneo. Y en esa lucha los feminismos con todo lo que aportan no pueden estar de más.

página 36

15 - M

SPINOZA PERROFLAUTA Sobre los “significantes spinozistas” en el contexto del 15M
por Juan Domingo Sánchez Estop

1 El movimiento popular que viene desarrollándose en España desde el 15 de mayo es una realidad comple‐ ja y multiforme. Para el poder, este movimiento es una “hidra de muchas cabezas”, una multitud difícil de clasificar e imposible de representar; para una po‐ blación agobiada por la crisis e insultada por la arro‐ gancia de los poderosos, es un monstruo democráti‐ co prometedor. Por ello mismo, en los medios de co‐ municación de todas las derechas, incluida, por su‐ puesto, la izquierda de la derecha, lo primero que se ha hecho ha sido descalificarlo e intentar insultar a sus integrantes valiéndose, entre otros, del apelativo “perroflauta”. Con este extravagante término se identificaba a los jóvenes y menos jóvenes congrega‐ dos en la Puerta del Sol de Madrid con los jóvenes sin domicilio fijo que, acompañados de un perro, tocan la flauta u otros instrumentos en la calle para obtener algún dinero. Esta comparación malévola y clasista no responde, sin embargo, a la realidad de esta “ju‐ ventud sin futuro”. Una juventud, a veces no tan jo‐ ven, caracterizada a menudo por una excelente for‐ mación y una situación laboral harto precaria. La fi‐ gura dominante no es la del “marginal” sino la del trabajador inmaterial precario postfordista. No obs‐ tante, parte del movimiento, haciéndose eco de otros procesos históricos de insurrección democrática, re‐ cogió el insulto del poder como seña de identidad, elevando el término “perroflauta” a la dignidad polí‐ tica de otros apelativos históricos de la plebe insu‐ rrecta: los sans‐culotte de la revolución francesa, los descamisados argentinos o los lazzaroni de la revolu‐ ción de Nápoles de 1647 dirigida por Masaniello. El 15M adopta así las señas de identidad de un movi‐ miento plebeyo dentro del cual la igualdad en un plano de rigurosa horizontalidad entre individuos muy diversos es la norma que les permite unirse pa‐ ra ejercer una crítica eficaz del poder. La plebe, la multitud, es una realidad plural, multicolor, que se niega obstinadamente a asumir la forma representa‐ da de un pueblo y, aún menos, la de una clase repre‐ sentable por una organización política o sindical. Es también, por el mismo motivo, una realidad abierta:

ISBN: 1885-477X

la democracia del 15M no tiene un censo de ciudada‐ nos ni de electores; es un espacio abierto para el de‐ bate entre iguales, entre distintos iguales de todo ti‐ po. No es una representación ‐“presencia de una au‐ sencia” según Carl Schmitt‐ sino una expresión polí‐ tica de la multitud, o lo que es lo mismo, una expre‐ sión de la política sin más, pues no hay más política que la de la multitud. Cuando se prescinde de la mul‐ titud se sale de la democracia y de la propia política y se entra en la administración de las poblaciones. Entre los variopintos perroflautas que vienen ocu‐ pando las plazas españolas y sacudiendo los cimien‐ tos del orden establecido desde aquel inesperado 15 de mayo de 2011 figura un curioso personaje que, disfrazado de Masaniello, con su red de pescador y su sonrisa de incredulidad y amable desafío frente a los poderosos y sus imitadores, participa en elocuen‐ te silencio en todas las asambleas. Baruj Spinoza, el fi‐ lósofo anómalo del materialismo moderno, el pensa‐ dor político de la multitud, contempla cómo en las asambleas abiertas se reinventa la democracia radical

YOUKALI, 12

página 37

15 - M

que no tuvo tiempo de describir en el Tratado Político cuya escritura interrumpiera una muerte ‐como to‐ das‐ inoportuna. Reliqua desiderantur: falta el resto. Eso dice el último renglón de lo que nos llegó del Tratado Político editado después de su muerte por los amigos del filósofo; indicando un hueco que el pen‐ samiento y la acción posteriores han ido rellenando mediante la invención moderna de la democracia. En la democracia, única forma de gobierno plenamente acorde con la multitud y, por ello, omnino absoluta (to‐ talmente absoluta, capaz de actuar por virtud pro‐ pia), la multitud genera una inteligencia y una nor‐ matividad colectivas independientes de cualquier ór‐ gano de coacción. El concepto central de la política ‐ y de la desconstrucción de la metafísica‐ spinozista, la multitud, se encuentra hoy más vivo que nunca en la Puerta del Sol y en los demás espacios abiertos e intersticiales donde toma cuerpo la nueva revolución europea y mundial. No sólo aparece reiteradamente el término (el significante) “multitud” en el discurso del 15M, sino que las propias formas organizativas, la propia textura ontológica del movimiento corres‐ ponde con bastante exactitud al concepto de una multitud libre. Otro gran concepto político spinozis‐ ta, la “indignación” (indignatio) también está presen‐ te, pero no en el sentido vulgar que da la prensa a es‐ te término, ni siquiera en el del panfleto de Hessel, si‐ no en el sentido muy preciso ‐e inmediatamente po‐ lítico‐ que le da Spinoza en la Ética. 2 Curioso spinozismo espontáneo el de la Puerta del Sol, o quizá no tan curioso. Lo que se ha quebrado y ha hecho salir a la gente a la calle es lo que constitu‐ ye para Spinoza el mecanismo básico de la domina‐ ción: la articulación e interdefinición del temor y la esperanza. Enseña el perroflauta de Amsterdam que la apelación humanista y cristiana a la esperanza co‐ mo valor fundamental (virtud cardinal) oculta, en efecto, el hecho de que toda esperanza se basa en un temor y todo temor en una esperanza (Etica III, defi‐ niciones XII y XIII de los afectos). No hay temor que no esconda tras de sí la esperanza de librarse de un mal futuro que se teme, ni existe tampoco esperanza que no suponga el temor de no obtener un bien in‐ cierto que se ansía. El temor y la esperanza son los principios de funcionamiento de todo poder sobera‐ no, del poder que se constituye, según Hobbes, a tra‐ vés del intercambio de protección por obediencia. El poder del soberano está, así, basado en la reciproci‐ dad esencial de la esperanza y el temor: el soberano protege de los males y limita el temor de los súbditos mediante su protección. El soberano puede también establecer una jerarquía de los males y proteger al

ISBN: 1885-477X

súbdito frente a un “mal menor”. El resultado es que, de mal menor en mal menor, el mal inicialmen‐ te temido acaba convirtiéndose en realidad y la pro‐ tección del soberano en una forma vacía. Esto es lo que estamos viendo ante nuestros propios ojos: una liquidación de los derechos sociales en nombre de su mantenimiento, que viene a suceder a la liquidación de las libertades promovida por la política antiterro‐ rista en nombre de la protección de las libertades. Llega siempre el momento en que el soberano que juega al mal menor pierde su capacidad de aterrori‐ zar y de suscitar por ende esperanzas, pues se ha he‐ cho más temible que cualquier mal contra el que pu‐ diera defender a sus súbditos. Un poder abiertamen‐ te caníbal, como el del neoliberalismo extremista que hoy pugna por imponerse, deja de generar obedien‐ cia. Lo que genera es indignación: no cólera por mo‐ tivos morales, sino incapacidad para un número cre‐ ciente de individuos de observar sin tristeza y sin odio la suerte de otros que son como ellos. Una vez desaparecida la obediencia, la indignación corre co‐ mo la pólvora y se dirige contra el poder que ya no se ve como “protector” en el marco del dispositivo te‐ mor‐esperanza, sino como agresor de ese otro que puedo ser yo. El movimiento del 15M ha expresado esto en una de sus consignas más conocidas, coreada reiteradamente en sus manifestaciones, que ya se oyó en el movimiento contra la guerra y en las manifesta‐ ciones posteriores a los atentados de Atocha contra los intentos de intoxicación informativa del gobierno de Aznar: “¡Qué no nos representan!” Traducido a términos spinozistas: no les tenemos miedo ni espe‐ ramos nada de Ellos. “Le llaman democracia y no lo es” es el otro gran lema del 15M. Apunta a una falsificación y a un en‐ gaño. El nombre democracia se aplica a una cosa que no lo es. Y el movimiento sabe, perfectamente, qué no es democracia: no es el absolutismo con base elec‐ toral en el que se que confiere a los gobiernos autori‐ zación para actuar en nombre de la población y en cuyo marco la propia ciudadanía renuncia a toda vi‐ da política. Este segundo lema guarda relación estre‐ cha con el anterior, pues el régimen pretende repre‐ sentar a la ciudadanía según el principio democráti‐ co, o, para ser más exactos, el de la representación de‐ mocrática. El problema es que la lógica de la repre‐ sentación ‐que debe distinguirse de la delegación‐ no es nunca democrática. Democracia representativa ‐ poco importa que sea una democracia directa o indi‐ recta‐ es un oxímoro. La forma inicial de representa‐ ción en la época moderna la constituye el poder ab‐ solutista donde el rey, como soberano, unifica y re‐ presenta en su figura a la multitud haciéndola deve‐ nir “pueblo”. Sea electoral o no la representación, siempre conserva ésta cierto carácter absolutista,

YOUKALI, 12

página 38

15 - M

Hay, por lo tanto, un espacio ‐que Kant denomina “privado”‐ que corresponde al funcionamiento me‐ cánico de los sujetos en la maquinaria del Estado y de otras instituciones sociales, entre las que puede in‐ cluirse el mercado, y otro espacio ‐el espacio público‐ que corresponde al libre uso de la razón. La ilustra‐

ISBN: 1885-477X

pues sólo puede basarse en la subsunción jurídica de la multitud bajo la forma del Uno soberano y en su sumisión mediante la esperanza y el temor. El plura‐ lismo aparente de las cámaras parlamentarias en nuestras democracias no impide que la multitud es‐ té, como tal, definitivamente apartada del gobierno, subsumida y sometida. De este modo, los gobiernos pueden, haciendo uso de esa autorización absoluta que se les confiere, tomar las medidas que deseen en contra de la voluntad y de los intereses de las mayo‐ rías sociales. El movimiento del 15M surge de la indignación, pero también del muy justificado sentimiento de im‐ potencia de los ciudadanos de las democracias repre‐ sentativas ante unas medidas gubernamentales, so‐ bre todo en materia económica, que benefician abier‐ tamente a los más ricos, a los gestores del capital fi‐ nanciero y grupos afines, en detrimento de la inmen‐ sa mayoría de los ciudadanos. De nuevo el spinozis‐ mo práctico del movimiento se pone en marcha co‐ mo dispositivo discursivo y como método de organi‐ zación. Frente a lo que “llaman democracia y no lo es”, el 15M responde a la urgencia de definir una or‐ ganización política que sea democracia, una demo‐ cracia “real”. Lo hace a través de debates en asamble‐ as abiertas en los que cualquiera puede tomar la pa‐ labra ateniéndose a unas reglas que integran un ya famoso código de signos destinado a que los reuni‐ dos puedan expresar su opinión sin interrumpir ni abrumar a quien habla. Se empezó en el 15M hablan‐ do de reformas de la representación, de una modifi‐ cación de la ley electoral, de formas de democracia directa, etc. Se termina, sin embargo, descubriendo que la democracia real es la propia asamblea. La asamblea abierta constituye un modelo de espacio público y de intercambio que no necesita ser unifica‐ do por un elemento exterior, al modo en que un pue‐ blo es unificado ‐y constituido‐ como tal por el sobe‐ rano. No hay ninguna trascendencia de la soberanía: la asamblea es omnino absoluta, no depende de nada exterior para existir, legitimarse y tomar decisiones. Sólo los comunes inmediatamente disponibles del lenguaje y de los afectos y las “nociones comunes” que a través de estos se crean unifican internamente, inmanentemente a la multitud. Existen, en efecto, dos formas de unidad para una multitud: o bien la representación, en la que la multitud desaparece en favor de la relación pueblo/soberano, o bien, el reco‐ nocimiento del suelo común en que arraigan nues‐ tras singularidades, del carácter no plenamente indi‐ viduado y propiamente transindividual de cada sin‐ gularidad efectiva. La democracia no representativa de las asambleas abiertas y de las redes es ya una de‐ mocracia basada en el comunismo, en el comunismo de los comunes. Esa es la democracia...que sí lo es.

Esencial en esa democracia real que se perfila es la modificación del concepto de espacio público. El es‐ pacio público, en el liberalismo, se presentaba como contrapunto del espacio privado: por un lado, estaban los intereses del individuo que se definían en su esfe‐ ra privada y, por otro, el interés general que se definía con los demás en la esfera pública, en la plaza públi‐ ca. Ambos espacios aparecen, en la época moderna claramente diferenciados, hasta el punto de que, en una democracia representativa, el ciudadano no par‐ ticipa nunca activamente en el espacio público y deja esa tarea a sus representantes. Decía Benjamin Constant de esa “libertad de los modernos” que con‐ siste en dedicarse a sus “gozos privados”, dejando la política en manos de los representantes del pueblo. El espacio público se convierte así en el espacio privado de una casta de representantes. Como bien recordaba Hobbes, el Leviatán no sólo puede encarnarse en la persona de un monarca; también lo puede hacer en una asamblea. Un parlamento puede ser tan absolu‐ tista como un monarca, pues ambos, en el régimen re‐ presentativo excluyen a la multitud de la política y se arrogan el monopolio del espacio público. El espacio público puede también considerarse desde otro punto de vista, a la manera ilustrada. Kant describe en ¿Qué es Ilustración? dos usos de la razón:
“Entiendo por uso público de la propia razón el que alguien hace de ella, en cuanto docto, y ante la tota‐ lidad del público del mundo de lectores. Llamo uso privado al empleo de la razón que se le permite al hombre dentro de un puesto civil o de una función que se le confía. Ahora bien, en muchas ocupacio‐ nes concernientes al interés de la comunidad son necesarios ciertos mecanismos, por medio de los cuales algunos de sus miembros se tienen que com‐ portar de modo meramente pasivo, para que, me‐ diante cierta unanimidad artificial, el gobierno los dirija hacia fines públicos, o al menos, para que se limite la destrucción de los mismos. Como es natu‐ ral, en este caso no es permitido razonar, sino que se necesita obedecer. Pero en cuanto a esta parte de la máquina, se la considera miembro de una comu‐ nidad íntegra o, incluso, de la sociedad cosmopoli‐ ta; en cuanto se la estima en su calidad de docto que, mediante escritos, se dirige a un público en sentido propio, puede razonar sobre todo, sin que por ello padezcan las ocupaciones que en parte le son asignadas en cuanto miembro pasivo.”

YOUKALI, 12

página 39

15 - M

3

ción, el acceso a la mayoría de edad en el pensamien‐ to se convierte en un fenómeno casi necesario cuan‐ do se dispone de un espacio público libre:
“es posible que el público se ilustre a sí mismo, siempre que se le deje en libertad; incluso, casi es inevitable. En efecto, siempre se encontrarán algu‐ nos hombres que piensen por sí mismos, hasta en‐ tre los tutores instituidos por la confusa masa. Ellos, después de haber rechazado el yugo de la mi‐ noría de edad, ensancharán el espíritu de una esti‐ mación racional del propio valor y de la vocación que todo hombre tiene: la de pensar por sí mismo.”

Lo que Kant considera como la condición para un progreso del espíritu y de la razón limitado a un mar‐ co muy preciso de la vida social, el de los doctos que ponen en común sus ideas a través de sus escritos y constituyen una “república de los sabios” (République des savants), se convierte en la tradición materialista de la que Spinoza es un claro exponente, en un prin‐ cipio político de primer orden. Para Spinoza, en efec‐ to, la distinción entre los usos público y privado de la razón no es pertinente. Todo uso de la razón es direc‐ tamente un uso social y tiene efectos en la esfera polí‐ tica fulminando así toda autonomía de la esfera de la obediencia, de la esfera “privada”. El pensamiento es una fuerza material, una fuerza que produce inme‐ diatamente efectos sociales. Todo uso de la razón está política y socialmente determinado y es también de‐ terminante en estos ámbitos. Esto no quiere decir que, para Spinoza, no deban obedecerse las leyes del sobe‐ rano, sino que la obediencia puede basarse en la ra‐ zón y ser perfectamente compatible con la libertad. La oposición mecanismo/libertad, que subyace a la con‐ traposición kantiana entre espacio público y privado no tiene en Spinoza ninguna pertinencia ontológica ni política. El espacio público spinozista no admite, pues la rígida distinción entre un espacio privado de poder constituido donde debe obedecerse ciega y mecánica‐ mente a las normas y un espacio público donde todo puede debatirse sin ningún efecto político inmediato ( que representaría en el planteamiento kantiano una forma abstracta del poder constituyente). El poder constituyente, para Spinoza no es otra cosa que la ma‐ terialidad misma de la multitud y de sus relaciones, la realidad permanente de la obediencia y de la resisten‐ cia de la multitud a todo poder instituido. La perma‐ nencia del poder constituyente determina la fluidez de todo poder, su carácter estrictamente relacional. El poder no es una sustancia, sino una relación, una co‐ rrelación de fuerzas entre soberano y multitud en per‐ manente variación. Por ese mismo motivo, carece de sentido para Spinoza la distinción kantiana entre uso público y uso privado de la razón y todo espacio pú‐ blico es directamente político.

Sólo la relación con los demás, la colaboración pro‐ ductiva, permite al individuo humano responder a sus necesidades materiales, pero también desplegar las nociones comunes que permiten salir del conoci‐ miento imaginario. La asociación con otros aumenta la potencia del individuo al dotarle de un entorno propicio y estable. Ese aumento de potencia tiene efectos también en el terreno del conocimiento, pues las nociones comunes son la base de un conocimien‐ to racional y de nuestro acceso a las ideas adecuadas. Para Spinoza, racionalidad y fundamento democráti‐ co del orden político son sinónimos, pues la demo‐ cracia es el régimen que, al aproximarse más a un go‐ bierno directo de la multitud, amplía más el espacio público:
“En un Estado democrático ‐sostendrá Spinoza‐ no hay que temer las órdenes absurdas, pues es casi imposible que la mayoría de una gran asamblea se ponga de acuerdo sobre un mismo absurdo. Esto se debe, en segundo lugar, a su fundamento y a su fin que, como también hemos establecido, no es sino evitar los absurdos del apetito y contener a los hombres, en la medida de lo posible, dentro de los límites de la razón, a fin de que vivan en paz y con‐ cordia.” (Spinoza, Tratado Teológico‐Político, capítulo XVI).

15 - M

4 Es sorprendente que una filosofía del siglo XVII pue‐ da producir efectos políticos en pleno siglo XXI. Ciertamente, estos efectos son más resultado de un spinozismo latente, “en estado práctico” según la fór‐ mula cara a Louis Althusser, que de una reflexión multitudinaria sobre una filosofía tan compleja como la de Spinoza. De lo que se trata más bien es de los “significantes spinozistas”, del lado material de las ideas de Spinoza. Los significantes spinozistas, en el contexto de la reinvención de la democracia que está teniendo lugar en esta segunda década del siglo XXI, producen efectos muy particulares y adquieren con‐ tenidos nuevos y adecuados. Aun reinterpretados con mucha libertad respecto al texto de donde proce‐ den, los significantes spinozistas siguen teniendo el carácter de máquinas de guerra materialistas contra el aparato teológico‐político en que se fundamenta‐ ban la dominación y la obediencia al Estado del capi‐ tal. En Sol y en las distintas plazas del planeta en que la multitud se hace libre produciendo una democra‐ cia real, las palabras de Spinoza, que generaciones de estudiosos universitarios tergiversaron o rescataron, vuelven a estar en su sitio.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 40

SOCIAL Y “LIBERAL”, GENERACIONAL Y ASAMBLEARIO: EL MOVIMIENTO DEL 15‐M
por José Luis Moreno Pestaña

Preámbulo El 22 de mayo estaban convocadas elecciones muni‐ cipales en toda España y elecciones a los parlamentos de muchas comunidades autónomas (todas con la excepción de las nacionalidades históricas: Cataluña, País Vasco, Galicia y Andalucía). La campaña electo‐ ral conducía hacia una victoria arrolladora del Partido Popular. Los ciudadanos culpaban de la cri‐ sis al gobierno y muchos votantes de izquierda pasa‐ ron a la abstención con alguna fuga hacia la derecha o hacia la izquierda. El 29 de septiembre de 2010, los sindicatos UGT y CC.OO convocaron una huelga general que tuvo un seguimiento importante entre los obreros y uno mu‐ cho más reducido en el sector servicios. El éxito de la huelga, muy precario, disuadió a los sindicatos de continuar por el camino de la movilización, si bien mantenían un discurso muy crítico con las reformas neoliberales emprendidas por el gobierno de Zapatero. Éste, tras cuatro años de gobierno de cen‐ tro izquierda, sorprendido por la crisis económica, había aceptado las exigencias de la Unión Europea e impuesto un ajuste económico severo. Dos tipos de reacciones se produjeron entre sus votantes desenga‐ ñados. Algunos pensaban que Zapatero había trai‐ cionado sus compromisos con la izquierda. Otros, además, consideraban su cambio de política, un ejemplo de la dictadura económica neoliberal y de la impotencia de los gobiernos democráticos para re‐ presentar a sus electores. Esta última lectura es muy importante para comprender el 15‐M. Tras la huelga general, algunos grupos, impulsa‐ dos por militantes de izquierda, intentaron mantener la movilización, con resultados muy limitados. De hecho, las manifestaciones del 1 de mayo de 2011 no estuvieron especialmente concurridas, pese a que la sombra de Grecia y Portugal angustiaba al gobierno

* Este artículo fue publicado en la revista francesa Savoir‐agir, nº 17. Se terminó de redactar el 10 de julio de 2011: la caracterización del movimiento solo tiene valor, si la tiene, hasta esas fechas.

ISBN: 1885-477X

y a muchos ciudadanos. Entre un acontecimiento y otro, la ministra de cultura del gobierno Ángeles González‐Sinde propuso una ley para penalizar las descargas en Internet que provocó la furia de muchos internautas y promovieron la consigna de “No les votes” dirigidas contra el Partido Popular y el PSOE. Las revoluciones de Egipto y Túnez mostraron el po‐ der de las redes sociales para movilizarse y propusie‐ ron un repertorio de actuación, la ocupación de las plazas públicas, que se convertiría en un símbolo. Uno de los grupos surgidos en las redes de Inter‐ net, Democracia Real Ya convocó una manifestación pa‐ ra el día 15 de mayo en todas las ciudades españolas. La exigencia “Democracia Real Ya. No somos mer‐ cancía en manos de políticos y banqueros” era preci‐ sa y poco ideológica. Precisa pues sintetizaba la expe‐ riencia de muchos ciudadanos convertidos en rehe‐ nes de los bancos y decepcionados por la impotencia de los políticos para hacer frente a la crisis. Poco ide‐ ológica porque semejante sentimiento reunía a los ciudadanos por encima de las adscripciones políticas cotidianas (Partido Socialista o Partido Popular).

YOUKALI, 12

página 41

15 - M

Las manifestaciones, sin referencias políticas, permi‐ tieron identificarse a muchas personas, que no hu‐ bieran acudido a convocatorias de sindicatos u orga‐ nizaciones políticas, pero que tenían ganas de mos‐ trar su descontento. Además, dieron la sensación, muy importante, de la posibilidad de movilizar a la población sin pasar por las organizaciones políticas o sindicales, frente a las que se oponían reproches de conjunto. ¿Contra qué se movilizaban los partici‐ pantes? Al menos contra el modelo de capitalismo dominante y con la profesionalización de la política, con sus secuelas de corrupción y concentración en disputas mediáticas percibidas como absurdas. Tras la manifestación, grupos reducidos de personas de‐ cidieron acampar en la plaza del Sol de Madrid y, poco a poco, en todas las ciudades españolas. El mo‐ delo de la Plaza Tahir de El Cairo se difundía en España y una enorme bandera de Egipto apareció en la Puerta del Sol. Era, la egipcia, una revuelta de jó‐ venes, cultos, organizada por redes de Internet, y en‐ frentada a políticos corruptos y a la miseria econó‐ mica impuesta por los organizaciones internaciona‐ les, escasamente hipotecada por discursos políticos a derecha o a izquierda y que permitía identificacio‐ nes múltiples y no siempre convergentes entre sí: re‐ vueltas democráticas (y, en ese sentido, “occidenta‐ les”), generacionales y, como no, sociales, contra lo que se percibía como latrocinio de los políticos y de las organizaciones económicas internacionales. Ese marco: democracia, lucha generacional y defensa del bienestar configurará un triángulo con el cual se articula el movimiento. Este triángulo permite varias combinaciones posibles y, por tanto, la diferencia‐ ción, pero también proporciona identidad comparti‐ da. Comenzaré por el final. Un movimiento contra el neoliberalismo La crisis económica ha provocado la ruina de mu‐ chos pequeños empresarios y el endeudamiento de muchos particulares. La ira contra los bancos, perci‐ bidos como causantes de la crisis, permite discursos más liberales o más socialistas. Uno de los impulso‐ res del movimiento, Pablo Gallego, estudiante de Ciencias Empresariales en una institución universita‐ ria de elite, insiste, por ejemplo, en la defensa de los pequeños empresarios, evitando los reflotes de los bancos con dinero público y manteniendo públicas la educación y la sanidad y, muy importante, la banca pública. Su liberalismo, explícitamente defendido, se diferencia del “neoliberalismo”, consistente según él

YOUKALI, 12

en “la privatización de los beneficios y la socializa‐ ción de las pérdidas”1. Ese discurso puede coexistir con otro de crítica ra‐ dical al neoliberalismo, impulsado por militantes y por intelectuales procedentes de la izquierda y en el cual la connotación liberal no recibe valores positi‐ vos. En cualquier caso, las referencias al socialismo o a experiencias reivindicadas por la izquierda antica‐ pitalista (Venezuela, Bolivia, Cuba) han estado au‐ sentes del discurso público del movimiento. No en vano, Stéphane Hessel, cuyo libro Indignaos se consi‐ dera un referente común del 15‐M, aúna su compro‐ miso de izquierda con credenciales democráticas (re‐ sistente antinazi, redactor de la declaración de los de‐ rechos humanos) y libertarias (miembro del ecologis‐ mo francés). La única “revolución” mencionada co‐ mo referencia es Islandia, ejemplo de cómo el poder del parlamento democrático puede imponerse a la oligarquía financiera internacional. La incapacidad de la izquierda radical para de‐ fender modelos económicos propios muestra el des‐ crédito de la experiencia socialista y comunista y es una lección importante del 15‐M. El descrédito de la cultura de izquierda se manifiesta también en el ca‐ rácter nacional del movimiento. La izquierda espa‐ ñola, muy obsequiosa simbólicamente del naciona‐ lismo, se ha visto desbordada por un movimiento que ha reivindicado reformas de la ley electoral que perjudicarían a las organizaciones nacionalistas y que no ha tenido vergüenza en hablar de España (y no de “Estado Español”, término fetiche de la iz‐ quierda) como espacio compartido. Un nuevo espacio intelectual puede abrirse en la lucha contra el neoliberalismo: la confluencia del libe‐ ralismo de primera generación (el término liberal, acuñado durante la Revolución española de 1812 se refiere a valores prepolíticos de generosidad y tole‐ rancia, de enfrentamiento con el servilismo) y del li‐ beralismo “anticapitalista” de Thomas Jefferson con el republicanismo político y filosófico, representado a nivel internacional por el filósofo australiano Philippe Petit o, en España, por el filósofo español Antoni Do‐ mènech, referente de un sector del movimiento. Ese republicanismo puede renovar intelectualmente la tradición del socialismo democrático y proporcionar‐ le una herencia operativa al marxismo. Un movimiento de reafirmación generacional A la vez que se rechaza el menú político disponible, el movimiento ha conformado prácticamente a una

ISBN: 1885-477X

página 42

15 - M

1 P. Gallego, “El cambio comienza en ti”, AA.VV, Nosotros, los indignados. Las voces comprometidas del 15‐M , Barcelona, Destino, 2011, p. 31.

2 AAVV, Las voces del 15‐M, Barcelona, Los libros del Lince, 2011, p. 47.

ISBN: 1885-477X

generación: la generación del 15‐M. Por un lado, do‐ tados de ciertos instrumentos de movilización pro‐ pios, como Twitter o Facebook, algo que separa fuer‐ temente la experiencia de las clases de edad. Por otro lado, capaces de un lenguaje de movilización propio, basado en la no‐violencia —popularizada en los años 1990 por el movimiento antimilitarista español— y apoyado en técnicas de gestión de conflictos adquiri‐ das en la cultura terapéutica. Todas las asambleas del 15‐M contaban con “comisiones de respeto”, y en al‐ gunas había talleres de espiritualidad new age. En ninguna, que yo sepa, había un taller de marxismo, (aunque sí de Spinoza, referente de una parte de la iz‐ quierda académica: pero es significativo que se recu‐ rra a él). Dos de los desafíos más importantes del mo‐ vimiento fueron resueltos con recursos procedentes de esa cultura no‐violenta. La víspera de las eleccio‐ nes municipales (jornada de reflexión), el día 21 de mayo, el movimiento convocó una jornada de refle‐ xión activa pese a la prohibición gubernamental de manifestarse. Yo asistí a una manifestación de más de 3.000 personas en la que se respetaban los pasos de cebra y se marchaba en fila por las aceras. Poco antes de la movilización convocada para el 19 de junio, los disturbios ante el parlamento catalán provocaron una masiva tensión pacifista, concretada en moviliza‐ ciones mayores y en llamadas a la denuncia de los violentos (ante la impotencia de la izquierda radical, alérgica a denunciar a quienes luchan contra los apa‐ ratos represivos). En tercer lugar, la competencia con jóvenes de otros países formaba parte de los estímu‐ los del movimiento: “Hemos conseguido levantar la autoestima y quitarnos de encima un montón de eti‐ quetas y estigmas [...] ¡Cuántos jóvenes no se habían visto en Nochevieja o Navidad teniendo que escu‐ char a sus tíos diciendo que nosotros no hacemos na‐ da y que sólo levantamos el cubata! Hasta hace poco, nosotros mismos, cuando veíamos las protestas en Inglaterra, Grecia y Francia, mirabas al que tenías al lado y pensaba que no estaba despierto para hacer eso”2. La creación de un referente juvenil europeo e internacional, consolidado por la movilidad estu‐ diantil y las migraciones, convirtió la movilización en un signo de distinción no solo contra los más viejos, sino también frente a los jóvenes de otros países. Un amigo me cuenta que, al final de una movilización de apoyo al 15‐M en París, una chica cogió el megáfono para decir: “Hay que moverse, no vamos a dejar a los españoles que nos ganen por primera vez”. Esta identidad generacional tiene visos de fortale‐ cerse. Los partidos políticos, desde la derecha a la iz‐

quierda radical, permiten escasas posibilidades a quienes no se encuentran socializados en su univer‐ so de intrigas y sumisión jerárquica. El desprestigio de los mismos es mayúsculo y no es pensable que puedan absorber a muchos de los participantes del movimiento. La cultura hiperideológica de la iz‐ quierda intelectual no atrae demasiado, entre otras cosas, porque no se entiende en absoluto (he presen‐ ciado experiencias de confusión muy cómicas al res‐ pecto). Por lo demás, la crisis económica seguirá pro‐ duciendo jóvenes muy titulados y con sensación de enorme maltrato. En fin, la afluencia de personas de edad a las manifestaciones y a las asambleas, muy nutrida, se hace reconociendo las virtudes de un mo‐ vimiento de jóvenes, “apolítico y asindical” y por en‐ de fortaleciendo la identidad generacional del 15M. Un movimiento asambleario Las acampadas permitieron un lugar de coexistencia y de debate. Mucho más allá de la Asamblea de la Puerta del Sol. Durante la primera semana del movi‐ miento, sin duda, la más intensa, reuniones diarias, en ocasiones de más de cinco horas, congregaban un número de ciudadanos que, en la ciudad donde par‐ ticipé, podía oscilar entre las 500 y las 1.000 personas. Evidentemente, no todas intervenían: había oradores constantes, otros que participaban de manera episó‐ dica pero que seguían las discusiones, otros que in‐ tervenían y se marchaban y otros, quizá los más inte‐ resantes sociológicamente que, sin intervenir, escu‐ chaban las discusiones con interés y paciencia, cele‐ brando con aplausos (o movimientos silenciosos de manos) y, en ocasiones, breves comentarios, la suce‐ sión de intervenciones. Posteriormente, la asistencia a las asambleas descendió, aunque reuniones muy

YOUKALI, 12

página 43

15 - M

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 44

largas seguían acaparando la atención de entre 200 y 600 personas, congregadas en un espacio a la vista de todos, a veces equipados con sillas, y, a primera vis‐ ta, pertenecientes a estratos sociales y a edades varia‐ dos. Cualquier comparación histórica debe realizarse con muchas precauciones, pero dicho deleite por la discusión pública recuerda la pasión y la curiosidad que desataba el trabajo de los jurados populares en la Atenas de Pericles y, sin duda, las palabras de John Adams, recogidas por Hannah Arendt3, según las cuales “el deseo de ser visto, oído, aprobado y respe‐ tado» y, cabría completar, “el deseo de ver, oír, apro‐ bar y respetar” constituyen una impulso central de las movilizaciones públicas. Pese a que apareció, no podía ser de otro modo, el discurso que aúna activi‐ dad pública y sacrificio, cualquiera que haya perma‐ necido, aunque sea con muchas reservas, implicado en el movimiento, ha podido contemplar el disgusto

con el que muchos abandonaban las asambleas, a las 10 de la noche, tras tres horas de discusión, la mayo‐ ría de las veces contemplada de pie y en silencio. Paradójicamente, al menos en las primeras semanas, las asambleas se hacían más irritantes a quienes dis‐ ponían de mayor socialización política (entre ellos, yo), que con impaciencia, contemplaban la sucesión de intervenciones, el caos discursivo y la incapacidad para resolver en puntos definitivos. Queríamos asambleas instrumentales para una causa mientras que lo que motivaba a la mayoría era la asamblea en sí misma4. El 10 de julio aún hay asambleas. Tras el levanta‐ miento de las acampadas, las asambleas se han des‐ centralizado a los barrios. La semana que viene debo asistir a dos, una de ellas para debatir en una plaza sobre problemas de la democracia participativa. La emoción compartida por debatir, por hacerlo con unas ciertas pautas, en medio de la calle, es tan inten‐ sa que puedo prever que no se vaciarán fácilmente. El capital cultural impone sus normas y coarta la par‐ ticipación: una cierta cultura anti‐intelectual, con sus luces y sus sombras, lo impide. En las asambleas pri‐ ma lo organizativo (el “capital militante”, consisten‐ te en realizar actividades), lo que desactiva las jerar‐ quías culturales que dominarían en discusiones ide‐ ológicas, discusiones que serían por lo demás impo‐ sibles dada la escasa cultura teórico‐política de los participantes. La protección contra las maniobras partidistas impide que las asambleas sean coloniza‐ das por grupos organizados que las distorsionen. La rotación de los cargos y el control a los representan‐ tes es obsesivo y en ocasiones provocan irritaciones. La asamblea comienza a impacientarse, tras una ho‐ ra de discusión sobre si se cambia el orden del día, y alguien dice: “Esto no es fácil, pero esto es la verda‐ dera democracia”. Se continúa la discusión con la im‐ presión compartida, ilusoria o no, de profundizar la Spanish revolution. Mientras esa creencia se manten‐ ga, el movimiento se consolidará y se ampliará.

15 - M

3 H. Arendt, Sobre la revolución, Madrid, Alianza, 2009, p. 158. 4 He realizado una etnografía del primer mes de asambleas en J. L. Moreno Pestaña, “Pensar la palabra libre con Michel Foucault. Una etnografía de las asambleas del 15‐M”, Pasajes de pensamiento contemporáneo, nº 36. .

15M: UN ACERCAMIENTO TÁCTICO
por Eduard Ibáñez Jofre

1 Es un hecho. No falla. Con el esplendor de cualquier nuevo proyecto aparece su sombra. La ilusión por la puesta en marcha de un nuevo proceso queda inde‐ fectiblemente dañada por el fantasma de su fracaso. Es como una maldición. O una expresión de la pul‐ sión de muerte, una recaída en el estado amorfo, co‐ mo si el brillo que destilara un proyecto no tuviera otro acompañante que el temor a su pérdida. O qui‐ zás simplemente es la forma de funcionar de la men‐ te, que, al tiempo que crea expectativas, abre las in‐ certidumbres sobre su realización, una forma de cu‐ rarse en salud, una actitud prudente, basada en la ex‐ periencia del fiasco de proyectos anteriores. Pero del mismo modo que la experiencia no auto‐ riza juicios definitivos, tampoco los temores puede tomarse como hechos probados. Pues tanto la expe‐ riencia del pasado como el temor (o la ilusión) del fu‐ turo pertenecen al ámbito de la perspectiva, en la que todo se aprecia desde otro tiempo, desde otro lugar, desde el pasado o desde el futuro, en cualquier caso, fuera y lejos del proceso observado 2 El movimiento 15M sufre especialmente al agobio de la perspectiva, tanto por parte de sus amigos como de sus enemigos. Recién aparecido, ya se especulaba con su muerte o agotamiento; no bien nacido, ya se temía por su desaparición o dilución. Y para evitar esta desaparición o disgregación, se le propone que adopte una estrategia. La estrategia pretende asegurar la solidez y conti‐ nuidad de un movimiento, de una rebeldía, de unas acciones de protesta… Está convencida de que las ac‐ ciones conflictivas de las “clases subalternas” gene‐ ran tensiones en el cuerpo social y traen consecuen‐ cias, pero también que estos efectos son limitados y de corto recorrido, permanecen circunscritos a un es‐ pacio y un tiempo muy determinados, y acaban sien‐ do engullidos por los acontecimientos posteriores. Asegura, una y otra vez, que las acciones se quedan normalmente en actitudes negativas de protesta o có‐ lera y que son incapaces de traducirse en una pro‐

La estrategia se presenta pues como garantía de con‐ sistencia de la acción y, por consiguiente, de éxito en la lucha. Y desde esta condición reclama que el 15M adopte una perspectiva, formule un programa, des‐ peje la incógnita de sus objetivos.

ISBN: 1885-477X

3

YOUKALI, 12

puesta positiva de cambio. Cree imprescindible, en consecuencia, que a fin de que una acción no se ago‐ te en la inmediatez, la incoherencia o la inconcreción tiene que englobarse en un proyecto de largo alcan‐ ce, un proyecto estratégico. Pues, en definitiva, las garantías de éxito de una acción no dependen de la magnitud del objetivo, sino de su incorporación a un objetivo fuera de ella. Así, en la estrategia las acciones se ordenan de acuerdo con una dirección, de modo que no quedan aisladas ni resultan insignificantes, sino que se inser‐ tan en una cadena significativa de relaciones causales que tiene como meta los objetivos asignados. Cons‐ tituida por una serie de procedimientos que forman una secuencia lógica de pasos, la estrategia integra las acciones en una trayectoria y las convierte en “ac‐ ciones estratégicas”. Arrancadas de su natural condi‐ ción irregular y discontinua, la estrategia las integra en un proceso estable que perdure en el tiempo y en el que puedan producir la influencia esperada, un impacto permanente.

página 45

15 - M

deferencia solo les servirá para ser seleccionadas, je‐ rarquizadas y asignadas a las correspondientes posi‐ ciones “avanzadas” o “retrasadas”, según se encuen‐ tren más cerca o lejos del objetivo final. Promociona‐ das hasta lo más alto, se les privará paradójicamente del valor en sí mismas y se las condenará a devorar‐ se entre sí, ya que cada una de ellas solo encontrará su razón de ser en la siguiente. Prepotente en sus propósitos y declaraciones, al bajar a la realidad la es‐ trategia se limitará a crear las “condiciones de posibi‐ lidad” de las acciones, remachando la separación en‐ tre “posibilidad” y “facticidad”, entre “preparación” de los hechos y los hechos en sí, entre las “exhortacio‐ nes a la acción” y la acción misma. Y, sin embargo, la estrategia no es la mejor solución para asegurar la solidez y continuidad de la lucha, pues ella misma nace de la discontinuidad y la des‐ orientación: un imprevisto, un accidente, una cir‐ cunstancia adversa, una realidad hostil, un desgarro o herida en el conflicto social (y que se identifica fácil‐ mente como derrota); un contratiempo o una situa‐ ción incomprensible que, justamente, provocan des‐ orientación, perplejidad, indecisión…, y que, bajo el efecto de la conmoción, se manifiestan como replie‐ gue, introspección, vuelta a sí mismo, “vuelta a pen‐ sar”, la idea que se separa de la acción para ponerla en perspectiva, enfocarla hacia un objetivo, orientar‐ la en una dirección, situarla ante un horizonte más amplio. Pero, separada de la acción, la idea estratégica, y especialmente la idea estratégica en la lucha social, no acertará a encontrar la medida exacta de su rela‐ ción con ella, que será desequilibrada, a menudo, contradictoria. Ante todo, en su forma de tratarla. Por un lado, a la acción le exige todo; por otro, des‐ confía de sus capacidades. No dudará en dictarle su orientación y sentido, conminándole a dirigirse al ob‐ jetivo final estratégico, y dirigirse hacia él, pero, al mismo tiempo, no tendrá ningún reparo en cambiar ella misma de objetivo, en modificar su orientación, en dar un “giro estratégico”. La llena de responsabi‐ lidades, pero al mismo tiempo la tiene en muy poca consideración. Por un lado, se presenta ante la acción con la férrea determinación de la ley, con el apremio de la necesidad, cuestión casi de la supervivencia, pe‐ ro, por otro, no tiene ningún problema en corregirse, enmendarse, demorarse o quedar en mero enuncia‐ do, como un buen propósito a realizar algún día. De una parte, obligación, coacción, ningún complejo en exhibir su cara más resolutiva y autoritaria; de otra, simple opción, desinterés, falta de compromiso con la acción, frialdad. Presume la estrategia de otorgar una importancia capital a las acciones, a las que les concede el título de “acciones estratégicas”, pero esta 4 Instalada en la separación, la estrategia política o so‐ cial tiene una opinión completamente formada de la acción: es débil, incapaz de llegar muy lejos, menes‐ terosa, necesitada de ayuda, de una mano firme que la guíe, de una dirección fuerte y segura. En el mejor de los casos es una semilla que hay que regar y cui‐ dar constantemente. En ausencia de una teoría deci‐ dida, la acción está a un tris de sucumbir y perderse en la nada. Falto de estrategia, el 15M vive con el constante temor a su extinción. En el tiempo y en el espacio. En el tiempo es el miedo a que las acciones que‐ den descolgadas, retrasadas, superadas; a que sus reivindicaciones permanezcan aletargadas y sean ol‐ vidadas; a que la fase de reflujo se convierta en defi‐ nitiva; a que se interrumpa, desfallezca y muera. En el espacio es el temor a la dilución, a la fragmenta‐ ción, a la disgregación de fuerzas, a la dispersión de objetivos, a la pérdida de referentes; a que las accio‐ nes, en su particularismo, sean incapaces de unirse, se mantengan erráticas e inconexas, y se ahoguen en el mar de la indiferencia general. Desde una aproximación táctica es inconcebible la debilidad, el atraso o la dilución de la acción, pues todos los combatientes se presentan en el conflicto y comparecen en el mismo terreno. Y al encontrarse los combatientes (en este caso, el 15M y los poderes ins‐ tituidos) en el mismo lugar y momento lo harán ne‐ cesariamente con toda la potencia posible, con toda la fuerza de sus acciones. En la táctica todos los combatientes están a la al‐ tura de las circunstancias. Lo expresó con claridad, en los inicios del movimiento, la inscripción en la pancarta de la convocatoria del 7 de abril: “esto es so‐ lo el principio” (Juventud Sin Futuro, Icaria Editorial, p. 80). No es solo cuestión de determinación. Al compa‐ recer en el mismo escenario, los combatientes se mi‐ den entre sí de igual a igual, directamente. No es co‐

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 46

15 - M

mo en la estrategia, en la que el combatiente observa con admiración los movimientos del adversario mientras contempla con suspicacia los propios, siem‐ pre en dificultades para responder adecuadamente a sus ataques. En la aproximación táctica, los comba‐ tientes se sitúan siempre en la posición conveniente, la necesaria no solo para identificar al enemigo, sino también para reconocer su disposición, formación, etc. Y así lo ha hecho el 15M, mostrando la composi‐ ción de las fuerzas enemigas: más que el estado y el capital, su imbricación, la perversa simbiosis de polí‐ ticos y banqueros, las “élites político‐económicas”. 5 Con todo, la estrategia puede aceptar que las accio‐ nes tengan resonancia y conceder así crédito y larga vida al 15M. Para ello, sin embargo, deberá escindir el movimiento en dos niveles, situando en uno, la tendencia, la estructura, lo que permanece, lo subya‐ cente; y en el otro, el momento, la coyuntura, lo pun‐ tual, lo que se manifiesta, el epifenómeno, con la cla‐ ra función de que el primero asegure la continuidad del segundo y mantenga encendida la llama de la fe. Son, por ejemplo, las “razones estructurales” que pretenden explicar la previsible permanencia del movimiento a pesar de sus derrotas y limitaciones; las causas subyacentes que tejen la sólida trama sobre la que se apuntalan las acciones; el razonamiento de que “el movimiento ha venido para quedarse”; la misma constitución del movimiento como sujeto que garantice su proyección; o las expresiones del tipo: “aunque los objetivos fracasen o no se logren, las cau‐ sas que los originaron permanecen” y “aunque los indignados no tienen las soluciones, ya influyen en cómo las buscamos… las acciones son un desastre, pero su discurso ha calado” (Ricardo de Queral); “no importa si al final triunfan o fracasan…; lo importan‐ te no será el final, sino el principio y el proceso segui‐ do” (Rodríguez Ibarra), ambos en El País, 20/7/2011. Esta escisión es la que sostiene una segunda mo‐ dalidad de visión estratégica sobre el 15M. Los dos niveles corresponden a la misma división entre los positivo y lo negativo, pero ahora la oposición no es entre “idea completa” y “acciones limitadas”, entre objetivo ideal a realizar y acciones que la realizan, si‐ no entre fondo y forma, entre un fondo negativo de malestar (o “un malestar de fondo”) y una forma po‐ sitiva de estímulo. Desde esta perspectiva, al 15M se le atribuyen propiedades curativas, regenerativas, es‐ timulantes… Es el 15M como regenerador de la de‐ mocracia, elemento oxigenante, de expresión simbó‐ lica y ejemplarizante, creador de una “nueva con‐ ciencia de participación”, movimiento que interviene en la esfera pública, que alienta, que impulsa decisio‐ nes, que estimula el debate, que genera discusio‐

nes… Es la estrategia que funciona por influencia, por aliento, por delegación, y que caracteriza al 15M como un movimiento que delega su fuerza y la pone a disposición de otra, concretamente, la política ofi‐ cial. Cierto que en una de sus caras, el 15M se presen‐ ta como agente que interviene en la política oficial, “irrumpiendo en la agenda política y mediática” (Editorial de JSF, en JSF, pág. 85), con “capacidad de introducir en la agenda cuestiones antes vividas co‐ mo ‘naturales’ y ahora politizadas en el sentido de vi‐ vidas como un problema, con responsables, víctimas y una solución potencial que pasa por la moviliza‐ ción” (JSF, pág. 68). Es decir, la intervención es con‐ flictiva, el 15M introduce en la agenda, no tanto el arreglo, como el conflicto. “El 15M es más un movi‐ miento de reinvención de la democracia que de su mera regeneración” (Emmanuel Rodríguez, El País, 29/6/2011). Y así como la dimensión estratégica abre la dife‐ rencia entre fondo y forma, la aproximación táctica la reduce. Lo que implica, por ejemplo, que el 15M no se constituye en un fondo de reserva de sentido, no

se limita a suministrar sentido a la política oficial. Por el contrario, en el acercamiento táctico se aprecia el alto grado de “conciencia” del movimiento. Uno de los aspectos más llamativos del 15M es, en efecto, el papel que desempeña en él la “conciencia colectiva”. Se ridiculiza la “falsa” conciencia colectiva que argumenta la imposibilidad de movilizaciones “y que ha sido derribada por el movimiento” (Las vo‐ ces del 15‐M, Los libros del lince, p. 47), y se exalta la “gran conciencia colectiva que nos ha servido para hacer las cosas bien” (id, p. 47), la “mucha conciencia social de las personas de cuyo grupo formamos par‐ te” (p. 49) o la preocupación por “mantener y aumen‐ tar la conciencia colectiva” (p. 95). En cualquier caso, generada o generadora, causa o efecto del movimien‐ to, la conciencia colectiva en el 15M destaca tanto por el alto nivel alcanzado como por su carácter acabado,

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 47

15 - M

como Palas Atenea saliendo armada de la cabeza de Zeus. La misma expresión del “despertar”, del “he‐ mos despertado” (Voces, p. 75) habla de la generosi‐ dad con la que se ha dado la “conciencia colectiva”. En el 15M no hay reservas de conciencia a utilizar posteriormente. Del mismo modo que los comba‐ tientes comparecen con toda su fuerza, también lo hacen con toda su conciencia, tanto el capital y el es‐ tado como sus opositores. No es una particularidad de la época actual, ni del 15M: en el acercamiento tác‐ tico, el combatiente, en cualquier momento histórico, pone en juego toda su conciencia. 6 El tema de la conciencia nos lleva a la cuestión del tiempo, al “momento” de aparición del movimiento que, por imprevisto, se erige como un verdadero acontecimiento. El 15M aparece, en efecto, como un misterio, surgiendo de la “nada”, en recurrente ex‐ presión de unos y otros. Es la paradoja a la que apun‐ ta Amador Fernández‐Savater, precisamente para desentrañarla: “Se dice que ‘hemos despertado’. Lo entiendo bien, pero lo comparto solo a medias. ¿Estábamos completamente dormidos? ¿Dónde se ha cocinado entonces el 15M?” (Voces, p.75). En casos como estos, en los que el surgimiento del fenómeno es tan brusco, como brotando de la “na‐ da”, la cuestión se desplaza del tiempo al espacio. “¿Dónde estábamos”?, se preguntaban insistente‐ mente los protagonistas del 15M en los primeros dí‐ as. “¿Dónde estaban?”, repetían los simpatizantes, es‐ pectadores y adversarios del movimiento. Pues el problema no es tanto la irrupción del movimiento, del que pueden rastrearse sus antecedentes, sino es‐ te surgimiento como paso de la “nada” (“letargo”, “apatía”…) al “todo”, la transmutación del “letargo” y la “apatía” en plenitud de conciencia, de inteligen‐ cia, de determinación… Y es justamente este paso de la “nada” al “todo”, sin solución de continuidad, sin apenas transición, el que indica que el movimiento no venía de lejos o de fuera, sino que estaba aquí, que “estábamos aquí”, y que lo que se ha producido es un “reagrupamiento de fuerzas”, o, en palabras de sus protagonistas, unas “prácticas ya establecidas” (JSF, p. 22), unos “meses de trabajo” (Voces, p. 13), unas fuerzas (colectivos, movimientos, protestas…), por lo demás, que ya estaban presentes desde hacía tiempo en el terreno, más o menos organizadas, más o menos dispersas. No será pues por su “exclusión” o “desafiliación social” y consecuente deseo de “par‐ ticipación” que se levantan los “jóvenes” del 15M, co‐ mo pretende una determinada sociología, sino preci‐ samente por su “inclusión”. Y es en el “reagrupamiento” cuando las fuerzas se hacen visibles, en una operación de la que ha sido

plenamente consciente el movimiento: la visibilidad, como motor del 15M, la visibilidad de la indignación, la visibilidad del conflicto (JSF, p. 23 y 28). Y una vez reagrupadas las fuerzas y haberse hecho visibles no hay que esperar ninguna señal para atacar, como ha‐ ría la estrategia, pues es el propio reagrupamiento de fuerzas, su visibilidad, la señal del ataque. El “rea‐ grupamiento de fuerzas” es “descubrimiento” de la capacidad de actuar. ¿El momento del ataque, entonces? Sorpresivo, sin duda, por el hecho de reunirse, de reagruparse ‐y “con cierto retraso en relación a los inicios ‘oficiales’ de la crisis”, como se acepta desde el movimiento (JSF, pág. 13)‐, pero en el despliegue táctico, en el que todas las piezas están en tensión, el acontecimiento es más súbito que imprevisto, más repentino que im‐ pensable, como una carga de caballería o una descar‐ ga de fusilería, que despiertan el asombro en los mis‐ mos que las han generado. 7 Ahora bien, solo se procede a una reagrupación de fuerzas cuando se está convencido de que la misma ofrece una respuesta eficaz en el combate, o como mínimo, que puede garantizar, si no la victoria, sí al menos una oposición tenaz. Pues en una situación de total desequilibrio entre combatientes, resulta incon‐ cebible intentar esta operación. Y es justamente una situación de total desequilibrio la que percibe la es‐ trategia, que ve en la acción de los mercados, del po‐ der económico, una declaración de guerra. Es la últi‐ ma razón sobre la que justifica la debilidad de las ac‐ ciones, el raquitismo de cualquier movimiento: una guerra, una declaración unilateral de hostilidades. Pues en tanto declaración unilateral de hostilidades, la guerra desequilibra las fuerzas y las concentra en un lado, empequeñeciendo o anulando cualquier in‐ tento de respuesta del otro lado. Y así, visto desde esta perspectiva, el 15M apare‐ ce efectivamente como una reacción venida de no se sabe dónde. Cierto que para la táctica es también di‐ fícil comprender el desarrollo del levantamiento. También en una batalla es complicado apreciar el conjunto del proceso. Pero lo que en la táctica son las limitaciones propias de las evoluciones pegadas al te‐ rreno, en la estrategia es la impotencia de quien se siente aplastado por la guerra. Si el 15M puede situarse frente a los banqueros y los políticos con la determinación y la plenitud de fuerzas y conciencia con que lo hace es porque está firmemente asentado en el mismo terreno que ellos. Pero no es suficiente con emplazarse en el mismo terreno para asegurar el choque. Para que el enfren‐ tamiento no se quede en una mera acción de guerra, una andanada de los “poderosos”, una “ofensiva to‐

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 48

15 - M

tal”, este terreno debe ser independiente y ajeno a los combatientes, puesto que solamente un terreno así les ofrece a ambos la misma capacidad de acción. La determinación y disponibilidad de lucha de los com‐ batientes ‐y a ninguno de ellos, ni al 15M, ni a los po‐ líticos/mercados, les falta‐ no puede concebirse más que en un espacio que les garantice capacidad de ma‐ niobra, libertad de movimientos. Pero este terreno no son casillas en blanco que de‐ ben ser rellenadas, no es un espacio vacío a la espera de que se produzca el conflicto, sino que ya está con‐ taminado por la posición de los combatientes. Para el combatiente el terreno es la posición en el terreno, pues allí se concentra todo el combate. La posición es, a la vez, de ataque y defensa. Es también estática y móvil. Es elegida, pero en una elección condicionada por la otra posición. Y es asimismo el punto en el que se cruzan la abstracción de la estructura y la acción concreta de los agentes, el cambio estructural y la con‐ ciencia, las determinaciones objetivas y las decisiones subjetivas. La posición es, en definitiva, sagrada, por‐ que de ella extrae sus fuerzas el combatiente, es lo que sostiene y alimenta su capacidad combativa. 8 Así se encuentran las posiciones del 15M y del capi‐ tal y el estado en el terreno compartido de la “totali‐ dad de vida y de organización productiva”, y que pa‐ ra una posición es objeto de precarización y deuda (ese perverso mecanismo de “exclusión en la inclu‐ sión”) y para otra es condición de existencia, lo que el Manifiesto Democracia Real Ya enuncia como “dere‐ cho al consumo de los bienes necesarios para una vi‐ da sana y feliz” (Voces, pág. 76), Luis Fernández, co‐ ordinador de la Asociación Nacional de Desem‐ pleados, explica como un “nivel de bienestar de tran‐ quilidad, de poder vivir” (Voces, pág. 51), Juventud Sin Futuro defiende como “el derecho a una vida digna para todas y todos” y Marcelo Expósito, Tomás Herreros, Emmanuel Rodríguez, en universidadno‐

ISBN: 1885-477X

mada.net, pormenorizan como “el acceso a la vivien‐ da, el derecho a la salud y el cuidado, el reconoci‐ miento de los comunes, el derecho al estudio o a la movilidad”, así como, en cuanto “totalidad de orga‐ nización productiva”, la actividad productiva que se genera desde todos y cada uno de los ángulos, el ac‐ ceso de cada individuo a la “totalidad productiva”, “la riqueza generada entre todos y todas” (JSF, pág. 34), “el obsoleto y antinatural modelo económico vi‐ gente (que) bloquea la maquinaria social, que se con‐ sume a sí misma, enriqueciendo a unos pocos y su‐ miendo en la pobreza y escasez al resto” (Manifiesto Democracia Real Ya). Así se presenta el espacio de conflicto en la tácti‐ ca, un conflicto que no se libra dentro del capital, ni dentro de los trabajadores, sino en el terreno en el que unos y otros están emplazados. La táctica es afirma‐ tiva: no se bate tanto contra el enemigo como contra su posición en el terreno; y más que contra esta posi‐ ción, es expansión, circulación de la posición propia. Los “ataques” de los mercados son, ciertamente, con‐ tra las poblaciones, pero en el mismo terreno que ellas, más exactamente, contra sus posiciones en este terreno. El combate del 15M es contra los mercados y los políticos, pero no dentro de su ámbito, sino en la “totalidad de vida y de organización productiva”, allí donde el movimiento también ha plantado su po‐ sición. De ahí que las preguntas “¿dónde estábamos?”, “¿dónde estaban?”, no pueden tener más que una respuesta: en el espacio al que las luchas de hace tiempo llevaron a estado y ciudadanos, a capital y trabajadores, el lugar al que unos y otros fueron arrastrados, la “totalidad de vida y de vínculos pro‐ ductivos” a la que el capital ha debido confiar la rea‐ lización de sus beneficios y las gentes el cumplimien‐ to de sus afanes. Y es también en virtud de su emplazamiento que una posición nunca es solamente defensiva, nunca constituye une mera reacción a un ataque, sino que también es ofensiva, también plantea la acometida. Es, por tanto, miope ver en el 15M un movimiento meramente reactivo, de respuesta a una agresión o a la crisis. Pues si ha podido responder a la crisis es porque mantenía su posición en el objeto de disputa, en el espacio de conflicto, en el terreno de combate. Hubo un primer “reagrupamiento de fuerzas” con el “pueblo de Seattle”, centrado en el campo de la “totalidad productiva”, en las conexiones mundia‐ les de las capacidades productivas, y que fue disper‐ sado tras el 11‐S por la guerra y la escalada financie‐ ra. Ahora hay un segundo “reagrupamiento de fuer‐ zas”, focalizado en el campo de la “totalidad de vi‐ da”, de los presupuestos y condiciones de existencia.

YOUKALI, 12

página 49

15 - M

15 - M

9 Por lo demás, estas “totalidades productivas” y de vi‐ da no son cerradas; al contrario, son “totalidades” a las que se accede desde cualquier lugar, pues cual‐ quier individuo (o grupo, o segmento…) está en con‐ dición de convocarlas: de requerir la “totalidad de vi‐ da” (las condiciones de “una vida digna”, individual y colectiva, biológica y cultural, de presente y de futu‐ ro…), de invocar la “totalidad productiva” (las condi‐ ciones generales, comunicativas, organizativas, de la actividad productiva). Es desde estas posiciones sin‐ gulares, que no admiten síntesis, ni cierres, sino que invitan a cada individuo (o grupo, segmento…) a asumir la “totalidad” que se ha desplegado y se mue‐ ve el 15M. De otra manera no se entendería su modo de funcionamiento, que no es tanto democrático o asambleario como necesariamente respetuoso con ca‐ da individuo, pues cada individuo (o grupo, o seg‐ mento…) es portador de la “totalidad”. “Yo no soy anti‐sistema; el sistema es anti‐yo”. Basta con asistir a cualquier asamblea o convocatoria del 15M para ver que allí nadie se representa más que a sí mismo o a un nosotros que no anula ese sí mismo. “Si te preguntan, ¿quién está detrás de esto? Respóndeles, yo”. Pero es igualmente esa capacidad de cada indivi‐ duo de aglutinar la “totalidad de vida” la que permi‐ te al capital y al estado llevar a cabo sus operaciones de captura y regulación, ya que es a través del indi‐ viduo (o de un grupo, una empresa, un conjunto de consumidores, un país…) que se gestiona y captura esa “totalidad”. 10 En suma, si el movimiento 15M (cualquier movimien‐ to social) puede plantar cara y no está infectado por el virus de una supuesta debilidad intrínseca, si no teme a su dilución en el espacio y a su olvido en el tiempo, si el enfrentamiento que desencadena es en presente ‐ y no para el futuro‐, y lo resuelve por sí mismo y no por delegación, es porque: 1) está en el mismo terre‐ no que su adversario; 2) ha tomado posición en él. Y es en este terreno extraño, una tierra de nadie, de la que ninguno puede considerarse propietario o responsable exclusivo, y que cada uno, a su modo, lo ha hecho suyo, que los combatientes se sienten en disposición de manifestar su poder, el poder comba‐ tiente, su capacidad de maniobra. En la maniobra, en efecto, el combatiente decide su suerte. Se trata de un movimiento ajustado, pero decisivo; denso y compacto, pero ágil; amplio y pre‐ ciso; condicionado por el movimiento contrario, pero letal; una combinación de ímpetu y finura, de ener‐ gía y filigrana. No implica grandes desplazamientos, ni largos recorridos, sino un desplazamiento de fuer‐

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 50

za. Más que un despliegue de libertad, es un ejercicio de poder. La maniobra funciona como un conjunto: todo el peso del combatiente cae sobre su antagonista. Pero lo hace como conjunto articulado. Cada elemento y posición del combatiente, desde su particular ubica‐ ción y mediante su propia traslación, se integra en el conjunto de la maniobra y se acopla en el mismo ata‐ que. El conjunto oscila por medio de las luchas par‐ ciales (parlamentarias, directas, pacíficas, violentas, generales, de un solo tema…), parciales pues no en el sentido de insuficientes, sino de formar parte del conjunto. Es a través de sus desplazamientos inter‐ nos que los efectivos se articulan y se agrupan en tor‐ no a una directriz, una trayectoria de ataque. Es me‐ diante las diferencias y las separaciones, incluso las rivalidades, que el contingente actúa como un con‐ junto. La eficacia de esa articulación del combatiente re‐ side en su tipo de funcionamiento. Es una articula‐ ción que no depende de acuerdos o de alianzas, más propios de la estrategia y siempre tributarios de la “buena voluntad”, y que se basan en la separación entre la idea y la acción, en la distancia entre la “fir‐ ma” del acuerdo y su realización, entre una señal y su ejecución. La articulación táctica obedece a la fuer‐ za gravitacional que ejerce el combate, al poder de arrastre que impulsa al conjunto de los efectivos combatientes hacia las líneas de fricción del combate. La maniobra posee una lógica en virtud de la cual los distintos contingentes, como conjunto, basculan ha‐ cia el conjunto del adversario. Es así cómo la táctica entiende las relaciones inter‐ nas entre las partes combatientes y, en lo que respec‐ ta al 15M, y más allá de la heterogeneidad de agen‐ tes, la relación entre el movimiento y lo que Amador Fernández‐Savater denomina la “parte quieta del movimiento”. Desde la estrategia, es decir, desde la concepción que mide las distancias y establece las jerarquías, se

11 A despecho de su aparente aire resolutivo, la estrate‐ gia vive acosada por la insuficiencia: insuficiencia de fuerzas para cumplir con la tarea asignada, insufi‐ ciencia de la acción con respecto a la idea, insuficien‐ cia de medios para alcanzar los objetivos… Desde la perspectiva estratégica, el combatiente se encuentra con su enemigo en el infinito. Y por ello debe cargar con un sinnúmero de esfuerzos: para sobreponerse a la situación, para adecuar la acción a la idea, para persuadir a las mentes y empujar a los cuerpos, para negar y superar. La táctica no necesita practicar forcejeos consigo misma, porque no pretende perseguir, sino persistir.

de sujeción. Al afirmar su posición en la “totalidad de vida como condición de existencia”, como “derecho de cada individuo (o grupo, o segmento…) a la tota‐ lidad de vida”, a la “vida digna”, y conseguir ‐me‐ diante la renta de ciudadanía universal o cualquier otras garantías de “vida digna”‐ la libertad de movi‐ mientos, la libertad de circulación (entre trabajos, ac‐ tividades, países…) y dominar así el espacio de lu‐ cha, las gentes expulsan al capital y al estado de su posición de “captura por deuda” y se liberan de su sujeción. Lo mismo hacen los trabajadores precariza‐ dos en sus movimientos de “acceso de cada indivi‐ duo (o grupo, o segmento…) a la totalidad producti‐ va” (a sus espacios de comunicación, de circulación, a sus cadenas productivas mundiales…), que desalo‐ jan al capital y al estado de sus posiciones de cerco y bloqueo de esa “totalidad”.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 51

ha juzgado siempre muy duramente la “parte quie‐ ta” de los movimientos sociales. Si la idea estratégica ya recela de la acción, cómo no va desconfiar de la “no acción”, que es lo que, en definitiva, significa la “parte quieta”. Siguiendo con su tónica del temor, la estrategia cree que el vínculo que liga la parte “acti‐ va” a la “pasiva” está siempre a punto de romperse. No sólo eso. Acusa además a la “parte quieta” de ser una carga para la parte “activa”, un lastre que esta debe arrastrar y que, llegado el caso, le impide el lo‐ gro de los objetivos. En cuanto parte “atrasada” y que actúa de freno, la hace responsable de las derro‐ tas y la desdeña y ataca por ello. Ciertamente, existe un contraste entre la vanguar‐ dia, la “parte activa”, que vive en el “fragor de la ba‐ talla”, y la parte pasiva, la retaguardia, en la que me‐ nudean ‐no sin expectativas‐ las indecisiones, los re‐ celos, las retiradas e incluso las hostilidades internas. Estas diferencias existen, sin duda, pero forman par‐ te de la maniobra y no constituyen un impedimento en su despliegue. De hecho, la maniobra táctica ya cuenta con una parte “dinámica” y otra “estática”, una que sirve de punta de lanza y otra, de conten‐ ción; una parte ofensiva, que se enfrenta al oponente, y una parte defensiva, que lo deslegitima. Es más. En cuanto movimiento que bascula, la maniobra arras‐ tra a todos sus componentes como eslabones de una cadena. Y así, por ejemplo, vemos cómo los inmi‐ grantes, si bien no se han hecho presentes en el 15M, también están ahí, como parte “pasiva”, quizás como el último eslabón, pero suelo firme, sobre el que se apoya el movimiento para avanzar contra uno de los puntos neurálgicos enemigos: la deuda hipotecaria. Si son los combatientes en su conjunto los que acometen el choque, no hay zonas o tiempos muer‐ tos. En la maniobra no hay interrupciones, como en la estrategia; solamente fases. Y los efectos de las ac‐ ciones son inmediatos, no se saldan al cabo del tiem‐ po. No hay golpes dados al vacío. Nada se pierde en la maniobra.

No se pregunta si la maniobra produce efectos, sino qué efectos produce; no a quién le afecta, sino en qué le afecta; no cuándo afecta, sino dónde y cómo. La maniobra no influye, no se limita a resistir, sino que empuja, siempre. Frente al asfixiante ambiente de los movimientos estratégicos, en el que se promete una salida al final, la maniobra es un claro en el que todo está a mano. Pues en la maniobra, en el mantenimiento y avance de una formación, en la defensa y expansión de una posición, en la apropiación y control del terreno de combate, en la capacidad para imponerse y circular libremente en el campo de lucha, el combatiente en‐ cuentra tanto su objetivo como el proceso para alcan‐ zarlo, tanto el medio como el fin. La ocupación, el control de la totalidad del campo de combate, del es‐ pacio de conflicto, es el medio y el fin de la maniobra. Así, al desplegar sus posiciones en el terreno de la “totalidad de vida como endeudamiento” y adquirir sus formaciones libertad de movimientos (mediante desregulaciones, privatizaciones…), el capital y el es‐ tado amplían el control del terreno, en el que inmovi‐ lizan y fijan a las gentes y les agravan sus condiciones

15 - M

En la maniobra tiene lugar un combate efectivo, ni aplazado, ni sublimado, en el que se realiza la unidad combatiente, esto es, en el que el combatiente asume la unidad de idea y acción, de objetivo y proceso, de ra‐ zón y voluntad. La táctica carece de la concepción ins‐ trumental de la acción que le asigna la estrategia: las acciones no están al servicio de un objetivo, no son me‐ dio de un fin, todas valen por sí mismas, porque todas están en el terreno, aunque no afecten de igual mane‐ ra al adversario, ni contribuyan de la misma forma al conjunto de la maniobra, ni tengan el mismo éxito. Frente al conocimiento estratégico, cuyo sentido sólo se revela al final del proceso, una vez concluida la acción, el conocimiento táctico se elabora a ras de suelo, en la unidad combatiente, al compás del si‐ multáneo desarrollo de idea y acción, de teoría y práctica. De ahí que la táctica no tenga necesidad de acudir a la división del trabajo como hace la estrate‐ gia, en que la insuficiencia de la práctica ejecutora re‐ clama la autosuficiencia de la teoría decisoria. 12 La unidad combatiente no es un principio o una hi‐ pótesis, sino la condición de todo combate, de cual‐ quier conflicto. No es concebible un combate en el que esté ausente cualquiera de los elementos que lo constituyen: la idea y la acción, la teoría y la práctica, la razón y la voluntad. En mayor o menor medida, de una forma u otra, todos ellos entran en él, todos con‐ curren en el conflicto. Pero dentro de la maniobra táctica surgen los so‐ bresaltos, los imprevistos, una parte de los contin‐ gentes queda bloqueada o es masacrada o puesta en fuga, y la acción se interrumpe, el avance se retarda, el objetivo se demora. Cuando el combatiente sufre un grave contratiempo, un impacto especialmente duro, una herida sangrante, que lo desconcierta y des‐ orienta, su unidad se deshace y sus elementos cons‐ tituyentes saltan por los aires: teoría insatisfecha con la práctica; práctica huérfana de teoría. Desarticulada la unidad de idea y acción, de teoría y práctica, el combatiente no puede apreciar la continuidad del combate y solo ve su impotencia, su acabamiento, la derrota…, por un lado, y por otro, la agresión unila‐ teral, sin freno ni ataduras, de su oponente, como ocurre, por ejemplo, en el caso de una brutal agresión de las fuerzas capitalistas o mercantiles que, a su jui‐ cio, crea un páramo resistente, en el que solo subsis‐ ten acciones aisladas e inconexas, y una idea hipoté‐ tica que busca su encarnación práctica. El combatien‐ te se instala así en la estrategia: acciones defensivas y desesperadas, proceso ciego y emocional que no en‐ cuentra objetivo; alternativa que permanece suspen‐ dida en al aire, en la indefinición, objetivo ideal que no encuentra su proceso adecuado de construcción.

Seguramente tan inevitable es el impacto de una he‐ rida en el transcurso del combate como ineludible es la aparición de la estrategia en el discurrir de la tácti‐ ca. Pero ambos extremos, herida y combate, estrategia y táctica, no son equivalentes, ni complementarios, pues aunque en estrecha relación, son distintos y no se necesitan mutuamente, sino que uno vive dentro del otro. “Hay que diferenciar entre tener objetivos y tener un programa” (Voces, pág. 57), se dice en el mo‐ vimiento, que obliga al programa, al “marco ideoló‐ gico”, a subordinarse a la “experimentación de la de‐ mocracia directa, la puesta en práctica de todas las cosas que nos preocupan…”. Y así, al igual que la herida se remite al combate, así también la estrategia se inclina ante la táctica. Si la es‐ trategia es perplejidad y aislamiento, si el programa es desconcierto y pausa, la táctica es perseverancia en el conflicto. El acercamiento táctico está ahí para re‐ mediar los desajustes del distanciamiento estratégico, para resolver las carencias de la separación idea/ac‐ ción; para superar la turbación causada por la herida y restituir el ánimo combatiente. Pues la táctica le re‐ cuerda a la estrategia que no es posible mantener la separación idea/acción, sino que debe recomponer la unidad del proceso y subordinarse a él. La estrategia es una herida en la refriega, una adversidad en la lucha, un revés en el fragor del combate. Es exposición de la herida y prueba de la dureza del combate. Lo que en ella es dolor y extravío, lamento por la fractura y bús‐ queda de una solución, en la táctica es exigencia de continuidad, vuelta de la unidad combatiente. Frente al carácter brusco de la estrategia, a la ex‐ cepcionalidad y estruendo con que se presenta, la táctica aparece ordenada, concienzuda y discreta. Pues la constancia y tenacidad de la táctica templan la exuberancia e irracionalidad de la estrategia, de‐ masiado dada a los excesos y a los defectos, a la eu‐ foria y a la desesperación. La táctica aporta serenidad y firmeza. 13 Para alcanzar sus objetivos, el movimiento estratégi‐ co necesita acudir al tiempo, gracias a cuyo crédito puede alimentar las esperanzas y promesas. Pero es un crédito que nunca devuelve, porque los venci‐ mientos los salda con el mismo préstamo, en forma de más promesas, más esperanzas, más aplazamien‐ tos. El movimiento táctico, del capital y el estado o de las gentes y el 15M, no precisa contraer ninguna deu‐ da con el tiempo, porque no necesita préstamos o adelantos para conseguir sus objetivos. Pues no per‐ sigue más objetivo que su propio despliegue, el des‐ pliegue de la maniobra, el ejercicio de su poder. La táctica tiene todo el tiempo del mundo.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 52

15 - M

¡INDIGNADOS, UN ESFUERZO MÁS SI QUERÉIS SER SUBVERSIVOS! Límites ideológicos y tácticos del 15M
por Cristopher Morales Bonilla

1 VV.AA; Las voces del 15‐M. Los libros del lince, Barcelona, 2011, p. 12. 2 Para consultar el “consenso de mínimos” que se alcanzó las primeras semanas del 15M, v. http://f.cl.ly/items/0F3U293F253H2s1R3k3d/‐ Consenso_15demayo_info.pdf

ISBN: 1885-477X

Durante el pasado mes de mayo de 2011 todo un mo‐ vimiento de protesta vino a visibilizar socialmente la crisis económica que surgió en 2008 en Estados Unidos y que, en poco tiempo, asoló a todo el plane‐ ta hasta nuestros días. Esta oleada de protestas fueron saludadas por grandes sectores de la población como la respuesta ciudadana a la situación política, social y económica. Por fin, se pensaba, la ciudadanía era ca‐ paz de decir “no” a la asunción de responsabilidades de la mayor crisis económica desde el crack del 29. Sin embargo, ya con unos meses de distancia, po‐ demos ver qué límites tuvo esa protesta, si estos lími‐ tes estaban ya en las reivindicaciones del movimien‐ to así como en sus formas de actuar. Hoy, podemos ver por qué el movimiento 15M nació ya en la impo‐ sibilidad de transformar las causas de la crisis econó‐ mica. Este examen crítico no niega las potencialidades de un movimiento absolutamente inesperado. La transformación en las formas de comunicación, de organización y la heterogeneidad de todo lo que ocu‐ rrió durante ese mes y los siguientes dicen más de las nuevas formas de protesta que se desarrollarán en el futuro de lo que nos puede decir hoy cualquier ma‐ nual teórico de marxismo. Sin embargo, creemos necesario poner el énfasis en los aspectos superables, cuando no directamente criticables, de unas protestas que han abierto un flu‐ jo de luchas, de expresiones, de comunicación, de po‐ sibilidades, que sólo con su radicalización, con la adopción de estrategias más efectivas, podrá conver‐ tirse en la mediación con la que atacar las causas principales de la crisis económica. Si durante las movilizaciones, y ya después, se han alabado desde multitud de lugares y puntos de vista la aparición de un movimiento semejante, aho‐ ra se hace necesaria la tarea de criticar sus conceptos y sus métodos para ir más allá de ellos, para poder proseguir aquello que ha sido inaugurado.

Las reivindicaciones del 15M las podemos resumir en los siguientes puntos: ‐ Democracia participativa ‐ Reforma de la ley electoral ‐ Garantía de los servicios públicos de calidad y los derechos básicos (sanidad y educación) ‐ Rechazo a la presencia de imputados por corrup‐ ción en las listas electorales ‐ Derecho a una vivienda digna (acabar con la bur‐ buja inmobiliaria que ha llegado a situar el pre‐ cio de la vivienda en unos niveles absolutamen‐ te prohibitivos para el ciudadano medio) ‐ Participación de la ciudadanía en las decisiones políticas (democracia participativa o “democra‐ cia real”) ‐ Trabajo digno ‐ Control sobre los poderes económicos y financie‐ ros para eliminar sus excesos especulativos1

Para cualquier ciudadano de una democracia repre‐ sentativa occidental, todos estos puntos pueden pa‐ recer básicos en una sociedad democrática, es decir, resumen todos aquellos derechos que el Estado ten‐ dría que garantizar para que cada ciudadano pueda tener una vida digna. Ahora bien, ¿es este programa, este “consenso de mínimos”2, lo que podríamos en‐ tender como una “#spanishrevolution”? ¿Ha sido el in‐ cumplimiento de estos puntos la causa de la gran cri‐ sis económica y social en la que estamos insertos? ¿No será que, en parte, estas reivindicaciones, allí donde se han desarrollado de una forma más clara, han formado parte, ellas también, en la producción de esta crisis? ¿Qué responsabilidad tiene este pro‐ grama en nuestras condiciones de vida actuales? Todas estas preguntas son aquellas que nos hacen ir más allá de todo lo que ocurrió durante mayo del 2011 para saber, en nuestro presente, si luchar por su‐

YOUKALI, 12

página 53

15 - M

perar la crisis económica actual es abrazar ese con‐ senso de mínimos, o si supone ir mucho más allá de él para ir a las auténticas razones de la misma. Lo que defenderemos aquí es que el 15M tuvo, y continúa teniendo, una serie de límites tanto ideoló‐ gicos como organizativos que, desde el principio, marcaron su impotencia para constituirse como ame‐ naza real al poder establecido, ya sea éste el gobierno de la nación, las entidades financieras, la banca o cualquier institución responsable de alguna manera en la crisis económica.

I. Límites conceptuales Si examinamos algunos de los puntos que acabamos de enunciar como los ejes de lucha del 15M veremos que estas luchas no se enmarcan dentro de una rup‐ tura total con la realidad actual, sino que se sitúan en la lógica del Estado del bienestar (Welfare State), esto es, el tipo de organización política y económica que, después de la II Guerra Mundial, quiso nivelar la protesta social a través del reparto relativamente equitativo de la riqueza entre los trabajadores de las democracias occidentales, no sólo como una forma de superar la “tentación” socialista y comunista que provenía del otro lado del telón de acero, sino como el medio más eficaz de insertar al trabajador dentro de la esfera productiva a través de la aparición de la sociedad de consumo. Examinando dos de los ejes fundamentales del 15M, como han sido el de la lucha por la vivienda digna y la denuncia de la especulación desatada de aquello que se ha denominado como “los mercados”, podremos concretar la identificación de las reivindi‐ caciones básicas del 15M con las del Estado del bien‐ estar. En lo que respecta al primero, la actual organiza‐ ción social no niega el derecho de cada ciudadano a

una vivienda digna. Afirmar lo contrario sería un dis‐ parate para cualquier sociedad basada en la compra‐ venta de bienes, siendo la vivienda uno de los “bien‐ es estrella” de los últimos años en el Estado español. Sin embargo, lo que sí ha hecho esta organización so‐ cial es privatizar este derecho. Cuando la Constitución española afirma el derecho de todo ciudadano a una vivienda digna lo formula en un ámbito abstracto que no tiene en cuenta el medio en el que ese derecho se ejerce, esto es, el medio de vida capitalista, la vida ca‐ pitalista. La vivienda, entendida siempre como una vi‐ vienda digna, queda inscrita en la posibilidad de que el ciudadano que quiera adquirir una vivienda pueda pagar el precio que ésta tiene en el mercado. Este pre‐ cio, sujeto a múltiples vaivenes y variables, designa la marca de corte de lo que es una vida digna de lo que no lo es: sólo a través de la aceptación de la lógica que ha mercantilizado el derecho a la vivienda, al igual que casi todos los derechos básicos, el ciudadano pue‐ de garantizarse una vivienda digna. El derecho a és‐ ta, y a la vida digna en general, sólo se efectúa a tra‐ vés de la aceptación de una lógica que, necesariamen‐ te, limita la posibilidad de que esa dignidad sea uni‐ versalizable, esto es, de que, efectivamente, pueda ser considerada un derecho básico. La denuncia del 15M se sitúa no en el origen de es‐ ta lógica privatizadora de los derechos, sino en la im‐ posibilidad de la ciudadanía en hacer frente a la ad‐ quisición de una vivienda digna. Antes del estallido de la crisis, la “burbuja inmobiliaria” elevó los precios de una forma desorbitada, de tal forma que el único modo de adquirir una vivienda era, en muchos casos, el endeudamiento para toda la vida. Sin embargo, en ese contexto no se produjeron contestaciones sociales equiparables a las del 15M. Entonces, el problema no era visible porque el acceso a la vivienda podía ser fi‐ nanciado por el sueldo de cada ciudadano, aún cuan‐ do eso significara el endeudamiento de por vida. ¿No hubiera sido más necesario una protesta contra la causa del problema más que contra la consecuencia? La burbuja inmobiliaria ya era una realidad antes de 2008. Sin embargo, esa burbuja, aún cuando tenía que estallar necesariamente, no era concebida por la ciu‐ dadanía como una situación peligrosa, indignante, como una situación que mereciera la lucha y la pro‐ testa. Mientras la burbuja no estallase, no existía el problema. Si hoy la situación es mucho más obvia es porque se ha cumplido lo que, tarde o temprano, te‐ nía que ocurrir. Por tanto, poner el foco de atención en la consecuencia, como es la imposibilidad de acceder hoy, en general, a una vivienda digna, es el resultado de un proceso que comenzó justo cuando no existía la crisis económica, la cual, sin embargo, tenía que des‐ encadenarse tarde o temprano. Otro de los ejes de las protestas del 15M es la de‐ nuncia de los “mercados” como poderes anónimos

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 54

15 - M

que controlan la economía de todos los países occi‐ dentales y cuya avaricia ha sido, en gran parte, la cau‐ sante de una crisis que ahora tiene que pagar el ciuda‐ dano medio. Los mercados, sin embargo, no han lle‐ gado a ser especuladores por un exceso propio. La di‐ námica esencial de los mercados financieros es, preci‐ samente, la especulación. Antes de 2008 los mercados han tenido como principal tarea la de especular con valores, con acciones de bolsa y con todo tipo de pro‐ ductos financieros con la “simple” meta de ganar más dinero. Si antes de 2008 los mercados tenían la misma dinámica, ¿por qué acusarles ahora de la crisis econó‐ mica? Pareciera como si su acción hubiera sido tolera‐ da, incluso aplaudida, mientras el sistema financiero pudo aguantar la especulación de los mercados. Por el contrario, cuando estalla la crisis se descubre su ló‐ gica esencialmente especulativa, la cual ya está, desde siempre, inserta en su propia tarea. Del mismo modo que ocurre con el problema de la vivienda, la protesta contra el exceso especulativo de los mercados no es más que la protesta por la con‐ secuencia de su acción, no por la causa del problema. Mientras la economía no había entrado en crisis su afán especulativo era el mismo, siendo, efectivamen‐ te, su desbocamiento una de las causas principales del desmoronamiento de la economía mundial. Por tanto, nos podríamos preguntar si los mercados tie‐ nen que aceptar su responsabilidad únicamente cuando el resto de la sociedad no puede disfrutar de una cierta comodidad económica o si deberían de es‐ tar bajo vigilancia por aquellos organismos interna‐ cionales que, aunque existentes, parecen no haber cumplido en absoluto su papel regulador de la eco‐ nomía financiera internacional. Del mismo modo que con respecto a la cuestión de la vivienda digna, el 15M no ha puesto el acento

en la verdadera causa del problema. Ha tomado la consecuencia como la causa, pareciendo aceptar im‐ plícitamente que no es la existencia de los mercados la que tiene que ser puesta en cuestión sino sólo su celo especulativo. No sólo se han expresado los límites del 15M en es‐ tos ámbitos. El concepto de “política” que se ha ma‐ nejado durante las protestas también ha revelado una serie de carencias a la hora de incidir en las ver‐ daderas causas de la situación social. Este concepto se ha cristalizado en la reivindica‐ ción de una clase política honesta, que, de verdad, re‐ presente a los ciudadanos. Más concretamente, se ha pedido que los partidos políticos no llevasen en sus listas a candidatos imputados por delitos de corrup‐ ción. En definitiva, lo que se ha pedido a la clase po‐ lítica es honradez para poder ejercer su función con legitimidad. Sin embargo, cabría preguntarse si el problema es la corrupción de cierta parte de la clase política o si el problema no será la delegación de la representación misma del ciudadano en sus repre‐ sentantes. Tal vez este sea uno de los elementos más intere‐ santes del 15M, el haber puesto en entredicho la cues‐ tión de la representación política. Aunque la crítica muchas veces ha quedado circunscrita a la denuncia de ciertos casos particulares (Generalitat Valenciana, caso Gürtel, etc.), lo cierto es que el alcance de la crí‐ tica se sitúa en términos de la representación política en cuanto tal. La generalización de la corrupción po‐ lítica, transversal a todos los partidos políticos, ha en‐ treabierto la cuestión de si la esfera política represen‐ ta realmente a la ciudadanía que la ha votado. Aun‐ que el 15M no ha llegado a las últimas consecuencia de esta pregunta, lo cierto es que su planteamiento ha sido ya uno de sus máximos logros. Sin embargo, si la democracia representativa se ha puesto en cuestión, esto no ha afectado al concep‐ to de “política” que se ha manejado durante el 15M. Han sido numerosas las manifestaciones públicas por parte de portavoces, textos producidos y colga‐ dos en la red, pancartas en diferentes manifestacio‐ nes y acampadas, las que han puesto de relieve el he‐ cho de que el 15M no es un acto político3, en el senti‐ do de no suponer una campaña a favor de un parti‐ do político determinado. Esta afirmación, sin embargo, reduce la política a una actividad separada de la ciudadanía que perte‐ nece exclusivamente a la clase política, justo la misma clase que se denuncia por corrupta y por no saber re‐

3 Un ejemplo de esto lo podemos encontrar aquí: http://www.elmundo.es/elmundo/2011/11/19/galicia/1321727998.html

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 55

15 - M

YOUKALI, 12

presentar los intereses verdaderos de la ciudadanía. Si el 15M hubiera querido ir a la raíz del problema, hubiera podido abrir otras preguntas: ¿no será el problema la propia representación de la ciudadanía y no quiénes realicen esa representación? ¿no será más político el acto de ocupar una plaza o de mani‐ festación por una vida digna que el voto democráti‐ co cada cuatro años? ¿no será que una vida digna, por definición, no puede ser representada por ser única, por ser propia? Este límite que se esquematiza en el “consenso de mínimos” que hemos visto más arriba encuentra su expresión más acabada en el proyecto político del Estado del bienestar4. El consenso de mínimos po‐ dría ser, perfectamente, el suelo en el que se organi‐ zara el programa político de cualquier partido social‐ demócrata, los cuales, tradicionalmente, han sido la fuerza política que ha defendido este tipo de organi‐ zación social. Es en este marco donde situamos, de un modo general, los límites conceptuales del 15M, donde podemos ver el recorrido que podía llegar a tener y en qué límites tenía que pararse. El Estado del bienestar ha tenido tradicionalmen‐ te una serie de límites teóricos y prácticos que son los que se han manifestado a una escala “micro” duran‐ te el 15M. Uno de estos límites, tal vez el que se ha demostrado de una forma más clara en la segunda mitad del siglo XX, es la desactivación de la conflicti‐ vidad social. La redistribución de la riqueza entre los productores ha tenido siempre como consecuencia la disminución de la conflictividad social en tanto que el trabajador ha visto cómo el Estado se ha converti‐ do en garante de la gestión de la economía, esto es, en el asegurador de que la explotación dentro del tra‐ bajo asalariado fuera compensada por una universa‐ lización de ciertos derechos sociales. Por otra parte, el aumento de los salarios, la universalización de cier‐ tos servicios públicos como la sanidad o la educación ha servido para crear una sensación de seguridad que ha eliminado, en gran medida, las razones para la lucha social y política. De este modo, el Estado del bienestar introdujo una cierta seguridad en la vida de los trabajadores a costa de eliminar las razones pa‐ ra la lucha política5. Sin embargo, en su práctica el Estado del bienes‐ tar ha revelado toda una serie de características más

15 - M

allá de su tarea “distributiva”. Una de estas caracterís‐ ticas es que es un modelo que no puede ser universa‐ lizable. La redistribución de la riqueza acumulada por cualquier Estado nunca ha provenido solamente de su propia producción. Históricamente, y contem‐ poráneamente, la riqueza de los países que han podi‐ do implantar un sistema del bienestar han tenido que expoliar la riqueza a otros países menos desarrollados industrial y políticamente y que, por este motivo, han permanecido en la pobreza más absoluta. A través de mecanismos económicos internacionales como el co‐ lonialismo, el imperialismo, la deuda externa; a través de tratados económicos internacionales, avalados por organismos como el FMI o el Banco Mundial, cuando no directamente a través de la fuerza y la ocupación (Afganistán, Irak, Libia), el primer mundo ha podido establecer un sistema de Estado del bienestar. Las grandes compañías capitalistas, aquellas que siempre han dinamizado la economía mundial, han empleado el capital obtenido de esta forma poco “de‐ mocrática” en realizar inversiones en sus países de origen, esto es, en el Primer Mundo, generando em‐ pleo y riqueza. Esta dinamización ha hecho posible que el Estado pueda subir los impuestos a estas gran‐ des empresas, de tal forma que pueda obtener más fondos para redistribuirlos posteriormente entre la población con el fin de garantizar la paz social. Este proceso convierte al Estado del bienestar ade‐ más en un sistema antidemocrático: si la democracia se define por el sistema político en el que cada sujeto puede participar libre y directamente en la decisión de aquellas cuestiones que le afectan directamente a

página 56

ISBN: 1885-477X

4 La relación entre el 15M y el Estado del bienestar como ámbito en el que se pueden resumir todas sus reivindicaciones no es casual. Ya en el libro que ha servido de inspiración para el movimiento, “Indignez‐vous” de Sthéphane Hessel, se conecta tanto los valores que animaron la Resistencia contra los nazis en Francia durante la Segunda Guerra Mundial con la Declaración de los Derechos del Hombre en un mismo proyecto, el cual desembocaría hoy en la defensa de los derechos y libertades de las sociedades democráti‐ cas occidentales, esto es, las sociedades en las que ha existido un Estado del bienestar más o menos desarrollado. V. HESSEL, Sthéphane; Indignez‐vous. Indigène, Montpellier, 2011. 5 Es curioso cómo en el Estado español el Estado del bienestar ha sido introducido contemporáneamente por el gobierno franquista, a través de la Ley de Desempleo de 1961 o la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963.

su vida, parece claro que tanto la expoliación, por par‐ te de los países expoliados, y la decisión de participar o no en esa expoliación, por parte de los países expo‐ liadores, nunca ha estado entre las cuestiones que ha‐ brían de estar sujetas a un control democrático. Además, el Estado del bienestar es antiecológico por el consumismo atroz en el que está basado y que promueve. Conceptos tales como “desarrollo” o “pro‐ greso” implican un consumo y explotación de las ma‐ terias primas que no sólo hace inviable su exportación a otros lugares del planeta, sino que lo hace inviable aquí y ahora en las sociedades en las que ya existe6. Como vemos, existen toda una serie de razones para cuestionar seriamente la reivindicación de un Estado del bienestar, que es el marco ideológico en el que se insertan las reivindicaciones del 15M. En el fondo, en un sistema económico como el actual, las medidas propuestas por la socialdemocracia, esto es, las medidas del Estado del bienestar son, sencilla‐ mente, imposibles de adoptar sin que generen, tarde o temprano, algún tipo de crisis social, ya sea econó‐ mica, política o ecológica. Como hemos visto, ele‐ mentos básicos del bienestar como el control de la banca por parte del Estado, incluyendo la idea de una “banca pública”, la cuestión de la vivienda dig‐

na o la cuestión de la representación política son ele‐ mentos que sólo funcionan de una forma aparente, esto es, sólo parecen funcionar cuando las conse‐ cuencias del despliegue de todos estos elementos no estalla en una crisis que, tarde o temprano, todo Estado del bienestar produce7. Obviamente, esto no significa abrazar las solucio‐ nes neoliberales a la crisis, tales como el abaratamien‐ to del despido, la subida de los impuestos indirectos, la flexibilización del mercado laboral, etc8. Lo que tendría que quedar claro es que tanto el modelo neo‐ liberal como el del Estado del bienestar no son dos al‐ ternativas reales. Ambos modelos se insertan en la gestión de un marco capitalista de vida, en una vida capitalista que opta entre dos alternativas: o por la “li‐ bre” competencia de los mercados como garantía de producción de riqueza social, o por el control del Estado de los excesos especulativos de la economía para asegurar la justicia social y la cohesión social. El 15M se ha situado, con toda razón, en la segun‐ da alternativa: frente a una época de absoluta incerti‐ dumbre, de absoluta catástrofe, de un futuro más que incierto, se ha buscado la seguridad de un Estado que sirva para limitar esa inseguridad. Con esta opción, sin embargo, no estamos incidiendo en los verdaderos motivos de la crisis ni en los modos de salir de ella que, realmente, garanticen una vida dig‐ na fuera de una sociedad que, tarde o temprano, tie‐ ne que explotar y ser destruida. Por eso, es necesario luchar contra los recortes que hacen de nuestra vida privada una vida cada vez menos digna, pero eso no significa defender el Estado del bienestar, puesto que es un tipo de organización estatal determinada que no es, en absoluto, la garantía de una sociedad que no esté abocada a su autodestrucción9. Otro de los límites manifiestos del 15M tiene que ver con los referentes que se han tomado para las mo‐ vilizaciones. Entre ellos, es necesario destacar dos

6 Para que el consumo de los habitantes de Estados Unidos y Europa fuera generalizable a todo el planeta, harían falta 5’3 y 3 plane‐ tas respectivamente. Uno de los mejores estudios sobre este tema lo podemos encontrar aquí: http://www.footprintnetwork.‐ org/images/uploads/LPR2006_Spanish.pdf 7 En un sistema capitalista, las medidas socialdemócratas no pueden darse de una forma estricta: por poner un ejemplo claro, si se cre‐ ase una banca pública o se implantase algún tipo de alternativa como la Tasa Tobin, las agencias de calificación de deuda rebajan el rating de la deuda de cada país soberano, con lo cual ésta se incrementaría automáticamente y muchas empresas se deslocalizarí‐ an buscando economías más estables. Por eso, los reformistas son más utópicos que los revolucionarios: una salida de izquierdas para la crisis es imposible desde un punto de vista estrictamente técnico y sin abandonar el sistema económico capitalista. 8 Para un estudio de las posibles salidas liberales para la crisis enfocadas para la situación del Estado español, ver el “Informe Recarte”, que consta de tres partes, siendo las dos primeras el análisis específico de la economía española y sus problemas específicos, mien‐ tras que las propuestas a adoptar para salir de la crisis se encuentran en la tercera parte. V. http://s.libertaddigital.com/doc/alberto‐ recarte‐entre‐la‐segunda‐recesion‐y‐las‐reformas‐41912375.pdf 9 No se puede dejar de reseñar un problema fundamental en este punto en concreto: la defensa de un cierto bienestar social, que im‐ plica la lucha contra los recortes sociales de ciertos derechos y servicios públicos garantizados por el Estado, se enfrenta con la ne‐ cesidad de un pensamiento radical que tiene que poner en cuestión, necesariamente, el papel del Estado como instancia de autori‐ dad absolutizada y la crítica de la esfera económica como fuerza ciega que ha llegado a dominar a la democracia representativa. ¿Cómo conjugar la crítica radical de nuestras condiciones de vida con la defensa de ciertos derechos universales que, aparentemen‐ te, sólo pueden ser defendidos, paradójicamente, por el objeto de la crítica?

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 57

15 - M

principalmente. Por un lado, las movilizaciones en Grecia contra las medidas de austeridad implantadas tanto por el gobierno griego como por los organismos internacionales para intentar salir de la crisis econó‐ mica (lo que se conoce como la “troika europea”, esto es, Unión Europea, FMI y BCE), especialmente grave en el sistema griego); y por otro las protestas en Egipto, simbolizadas en la plaza Tahrir que acabaron con el derrocamiento del gobierno de Mubarak. En lo que respecta a la comparación con Grecia, las movilizaciones han estado, desde el principio, marca‐ das por graves enfrentamientos entre policía y mani‐ festantes, destacándose en éstos una actitud abierta‐ mente hostil hacia toda figura de representación del Estado. El proceso de politización que en el Estado es‐ pañol ha llegado a desarrollarse hasta producir el 15M, en Grecia ha llegado a desencadenar un tipo de protesta mucho más radical y hostil hacia los organis‐ mos económicos internacionales y hacia el Estado griego en general. La proliferación de asambleas es‐ pontáneas en muchas ciudades griegas, en las que han participado ciudadanos de todo tipo es sólo una prue‐ ba de la concienciación política a la que ha llegado la población griega, además de servir de contra‐modelo a la centralización del modelo asambleario del 15M. Por el contrario, en el 15M nada de eso ocurre. Siendo la situación española más grave en muchos sentidos en comparación con la situación griega, sin embargo las protestas del 15M se han mantenido dentro de unos límites que, hace tiempo, han sido su‐ perados por la población griega. Si en Grecia existe una serie de demandas explícitas y unitarias que son transversales a toda la ciudadanía, que son fruto de lo que podríamos llamar una “unidad inmanente”, esto es, la unidad de las reivindicaciones generada por la socialización masiva de unas determinadas condiciones de vida y de sus efectos perversos, en el Estado español, y en el 15M, las reivindicaciones se quedan en un marasmo heterogéneo en el que no existe esa unidad no forzada en la protesta, fruto de una vida común dañada. En cuanto a la comparación con los sucesos de la Plaza Tahrir, también existen elementos diferencia‐ dos entre ambos tipos de protesta. En Egipto, lo que se ha pedido es el derrocamiento del gobierno de Mubarak y la convocatoria de elecciones libres, lo cual no es una reivindicación de la población egipcia, sino que es transversal a muchos otros países del mundo árabe (Túnez, Argelia). Aquellos que se han concentrado en la plaza Tahrir se han tenido que en‐ frentar contra la policía, el ejército, contra toda la vio‐ lencia de un Estado que se ha querido defender has‐ ta sus últimas consecuencias. Por el contrario, en el 15M no se ha señalado tampo‐ co a ningún responsable directo de la situación. Ni si‐ quiera el presidente Zapatero ha servido como eje

ISBN: 1885-477X

vertebrador de las protestas. Éstas no han identifica‐ do a ningún responsable, del mismo modo que no han explicitado un conjunto absolutamente unitario de reivindicaciones, no pudiendo ser fruto de ningún tipo de imposición exterior, sino fruto de esa “unidad inmanente” de la que venimos hablando. En definiti‐ va, hablar de “#spanishrevolution” no deja de ser una forma de entender todo el movimiento del 15M como un conjunto de protestas que han querido ser más amenazantes de lo que, realmente, han podido ser. El 15M es la última gran protesta formulada des‐ de una de las ideologías que siempre han vertebrado el Estado del bienestar: el ciudadanismo. Igual que las protestas contra la guerra de Irak de 2003, o las protestas del 13 de marzo de 2004 después de los atentados del día 11, el 15M es una nueva etapa, tal vez la última, dentro de la historia de protesta de la ciudadanía occidental. El ciudadano, en general, to‐ davía cree en la legitimidad de la democracia repre‐ sentativa; en los partidos políticos como el medio de participación en la vida política; cree en el papel re‐ gulador del Estado para frenar los excesos de la eco‐ nomía; cree en la posibilidad de reformar el sistema para acercarlo al ciudadano y, sobretodo, cree en sí mismo como el agente responsable de cambio en la vida social. Es el resurgimiento de la ciudadanía lo que sirve de marco sociológico para entender las pro‐ testas del 15M, y para entender, también, sus límites. El problema con el concepto teórico y práctico de “ciudadanía” es que en las sociedades occidentales se ha ido eliminando su papel activo dentro de la vida so‐ cial. La pasividad a la que se le ha arrinconado intenta ahora resurgir pero sin saber qué medios usar para ello. El hartazgo, el asco, el malestar general ante la si‐ tuación social, económica y política ha llevado a que la ciudadanía despierte para reclamar lo que piensa que siempre ha sido suyo: el control de la economía, a tra‐ vés del Estado, y el control de éste por la ciudadanía a través del sistema de representación democrática. Sin embargo, como estamos viendo, desde el mar‐ co del ciudadanismo es complicado llegar a las verda‐ deras causas de la crisis económica, apuntar a los ver‐ daderos motivos que nos han llevado a esta catástro‐ fe. El ciudadano sólo puede protestar desde las pro‐ mesas que siempre se le han hecho en cuanto ciuda‐ dano. Son esas mismas promesas, resumidas y esque‐ matizadas en el Estado del bienestar y en la social‐de‐ mocracia, aquellas que no sólo no han servido para poner freno a la crisis actual, sino que, en muchos ca‐ sos, han servido para acrecentarla y para agudizarla. II. Límites organizativos Desde el punto de vista organizativo, también el 15M ha revelado toda una serie de insuficiencias que han ido minando su capacidad para conformarse como

YOUKALI, 12

página 58

15 - M

10 http://espai‐en‐blanc.blogspot.com/2011/06/desbordar‐las‐plazas‐una‐estrategia‐de.html

ISBN: 1885-477X

una verdadera fuerza de presión frente al Estado y frente a los poderes financieros. Uno de estos límites ha consistido en la concep‐ ción de las acampadas como fines en sí mismos y no como medios para una protesta más generalizada y no limitada a un espacio determinado. Tanto en la acampada de plaza del Sol en Madrid, como en la acampada de Plaça Catalunya la propia plaza llegó a convertirse, al poco de su constitución, en el centro de toda la lucha, una especie de fortaleza, una resis‐ tencia que, aunque funcionaba ciertamente como un espacio liberado, acabó por concentrar todas las fuerzas de la protesta. El mantenimiento de las ocu‐ paciones se concibió como la visibilización del con‐ flicto: mientras existían las acampadas, la protesta estaba presente en la vida cotidiana. Además, las acampadas sirvieron para llevar a cabo pequeños ensayos de vida liberada, para poder debatir sobre todo aquello que no se le deja debatir a la ciudada‐ nía, en definitiva, para poder expresar una rabia, una indignación, un malestar producido por la crisis económica. La reducción de la acampada a un fin en sí mismo se visibilizó de una forma mucho más evidente en la jornada del 27 de Mayo. Tras las cargas policiales de los Mossos d´Esquadra y la “limpieza” de la plaza por parte de los servicios del Ajuntament de Barcelona, la “reconquista” de la plaza se tomó como una victoria importantísima del movimiento. Días después se supo que la retirada de la policía fue vo‐ luntaria, ordenada por las propias autoridades muni‐ cipales, de tal forma que la victoria no fue tal, siendo más bien una pequeña victoria “permitida” por las autoridades. La continuación de la acampada, tanto en Barcelona como en Madrid, vivieron un nuevo impulso gracias a este acontecimiento. Sin embargo, no pudieron dejar de plantearse al poco tiempo la pregunta por su finalidad: ¿para qué la plaza? ¿es és‐ ta toda la forma de protesta? Además de este límite concreto, se sucedieron otros que podríamos llamar de “estrategia”. Entre es‐ tos destacan varios: la negativa a convocar una mani‐ festación el día de la jornada de reflexión previo a las elecciones generales, aceptando la prohibición de la Junta electoral central, chocaba con la denuncia de un sistema político que “no nos representa”. Aceptando, igualmente, el retraso de cualquier toma de decisio‐ nes vinculantes sobre la acampada y las siguiente ac‐ ciones de protesta hasta el lunes después de las elec‐ ciones, la #acampadasol no hizo más que plegarse a una lógica que, paradójicamente, no había hecho más que denunciar sistemáticamente, aceptando, ade‐

III. Más allá de las fronteras de la acampada ¿Qué podría surgir del 15M? ¿Qué elementos pue‐ den vislumbrarse a partir de estas protestas? ¿Cómo sería posible ir más allá de todos estos límites que he‐ mos venido explicando para hacer de la experiencia del 15M una verdadera amenaza, una verdadera fuerza de choque contra la vida capitalista en la que estamos completamente identificados? El primer paso lógico fue el de abandonar la pla‐ za para desbordarla. El movimiento dejó de quedar

YOUKALI, 12

página 59

más, los tiempos marcados por las instituciones de gestión de la democracia representativa. Otro de los errores estratégicos, que también po‐ drían ser considerados desde una cierta incoherencia fue la posición que se tomó con respecto a las eleccio‐ nes municipales. Si la denuncia de la representación política había sido firme y decidida los días anterio‐ res, justo en el momento en el que aparece el horizon‐ te de las elecciones municipales tanto la #acampada‐ sol como la #acampadabcn no se posicionan firme‐ mente contra ella. ¿No hubiera sido más coherente, más consecuente, denunciar el modelo de democra‐ cia representativa justo en ese momento con más fuerza que nunca? Más allá de la consigna general de no votar a los partidos mayoritarios, el movimiento no supo articular una crítica efectiva y general contra la pregunta, y el problema, de la representación. ¿Se podía solucionar entonces este problema votando a los partidos minoritarios? ¿Se estaba apoyando la su‐ peración del bipartidismo a favor de partidos mino‐ ritarios que pudiesen servir de contrapeso a los dos grandes centros de poder? ¿Se podía reducir el pro‐ blema de la representación a la demanda de unos po‐ líticos que “representen mejor a los ciudadanos”? Desde el punto estrictamente organizativo las acampadas también expresaron la impotencia de unos métodos que, cuando se toman en su absoluti‐ zación, acaban por dificultar aquello que parecían prometer. Lo que en principio había dotado de un modo de funcionamiento a las acampadas se convir‐ tió en el freno para articular una verdadera lucha. Por un lado, la subdivisión en comisiones introdujo “una dispersión creciente, una pérdida de los contenidos esenciales, y sobretodo, una profunda arbitrariedad que acaba por ser paralizante”. Por otro lado, el con‐ senso como método de resolución de propuestas y debates acabó por convertirse en un objetivo en sí mismo, lo cual llevó a que algunas decisiones, que pudieron haber cambiado la dirección del movi‐ miento no fueran tomadas en el momento justo10.

15 - M

centralizado, representado, simbolizado en la plaza, en la acampada, para expandirse víricamente por los barrios y por la ciudad, llegando a todos aquellos lu‐ gares a través de la disposición a continuar aquello que se había comenzado. El problema, que es justo en donde nos situamos ahora, no fue el abandono o no de la plaza. El proble‐ ma fue cómo continuar con un movimiento que ha si‐ do el más importante de los últimos años y que, segu‐ ramente, abrirá nuevas perspectivas teóricas y prácti‐ cas. El problema fue, también, cómo superar todos es‐ tos límites que venimos explicitando, los cuales han reducido la capacidad amenazante del 15M. Superar estos límites en la misma superación de la acampada como centro y símbolo de lucha es la forma de ir más allá de las reivindicaciones del Estado del bienestar, de ir más allá de la ideología ciudadanista, ir más allá de los límites de la civilidad, y, sobretodo, tomarse en serio todo aquello que se ha gritado, que se ha escrito y que se ha sentido como una rabia digna. Por eso, el 15M ha entrado, desde principios de verano, en el proceso de convertirse en algo diferente. De lo contrario, se hubiera quedado en una burbuja autocomplaciente construida por las opiniones perso‐ nales, por la lucha individual dentro de la vida coti‐ diana, por los recuerdos de lo que pudo ser y no fue. Ahora, el movimiento tendría que convertirse en una máquina de guerra11 de ataque a toda la realidad, a la identificación absoluta entre capitalismo y vida, justo esa identificación de la que ha nacido la protes‐ ta. Dar ese salto cuantitativo y cualitativo es, también y no menos importante, redefinir qué significa atacar la realidad, volver a darle contenido a la palabra “re‐ volución”, tan vaciada, viciada, manipulada, despres‐ tigiada por tantos acontecimientos contemporáneos. Lo que se juega en esta transformación va más allá de las protestas del 15M. Está situado en el centro de la pregunta de cómo podemos volver a plantear el pro‐ yecto radical de una crítica de la vida cotidiana, esto

es, cómo podemos pensar la superación de nuestras miserables condiciones de vida más allá de los cate‐ cismos, ideologías y retóricas muertas con la que lo hemos venido haciendo en el último siglo. Por tanto, el desbordamiento de la plaza no es una metáfora. Tiene que ser la infiltración en la socie‐ dad como un virus, como saboteadores subversivos de la realidad. Saboteadores que saben lo que hacen y que saben cómo hacerlo. La plaza, la acampada, ya sólo podrá permanecer como una referencia política, como la base desde la que expander el virus. La organización que surja de este desbordamien‐ to tiene que ser compleja, recogiendo la heterogenei‐ dad del movimiento, todas sus caras. Sin embargo, esto no significa que intente adoptar viejas formas de organización para intentar resumir esta heterogenei‐ dad. Si algo nos ha enseñado el 15M es que las viejas formas de protesta y de organización ya no sirven, son cosa del pasado. Y con ellas, todo el lenguaje con el que nos hemos intentado explicar ese mundo anti‐ guo. Los modelos identitarios y sectoriales han de dejar paso a una fuerza del anonimato12, a un comité invisible que sirva de marco organizativo en el que se pueda expresar la heterogeneidad de un movimien‐ to que, justo en esa explosión desordenada, ha en‐ contrado su mayor valor13. Infiltrarse en la sociedad implica, en definitiva, un cuestionamiento radical de todo lo que se impone co‐ mo obvio. Para que la lucha pueda ser efectiva será necesario redefinir los objetivos, superar las limita‐ ciones iniciales y, sobretodo, no tener miedo a ser ra‐ dicales, a llevar la protesta hasta sus últimas conse‐ cuencias, llegar hasta el fondo de los problemas, has‐ ta el fondo de la realidad. De lo contrario, el 15M no habrá servido más que para certificar el último cole‐ tazo de una ciudadanía que todavía siente orgullo en la indignación, pero a la que el poder, su conquista o su transformación, le quedan demasiado lejos.

página 60

15 - M

11 ¿No podríamos entender el 15M desde el análisis que han llevado a cabo Gilles Deleuze y Felix Guattari en Mille Plateaux sobre la “la machine de guerre” frente a la territorialización que supone en la historia la aparición del Estado? Frente al sistema de la representación política, frente a la “presencia absoluta” del poder económico/financiero, la máquina de guerra‐15M aparecería como un contra‐mode‐ lo, capaz no sólo de enfrentarse al Estado, sino de producir nuevos paradigmas en el campo del conocimiento o de la práctica social que ponen en cuestión la unicidad de lo estatal como el único eje desde el que construir el todo social. La “nomadología” como ciencia que estudia todo aquello que, necesariamente, está marcado por el devenir, por el movimiento permanente, podría servirnos para entender no sólo la esencia dinámica del 15M sino sus posibilidades víricas, esto es, sus múltiples direcciones de producción, todas sus líneas de fuga, tanto reales como posibles. V. DELEUZE, Gilles; GUATTARI, Félix; Mille Plateaux. Les Editions de Minuit, Paris, 1980, pp. 434 y ss. 12 Entiendo el concepto de “fuerza del anonimato” en el sentido en el que lo ha desarrollado el colectivo Espai en Blanc. Ver, VV.AA.; La fuerza del anonimato. Bellaterra Ediciones, Barcelona, 2009, n. 5‐6. 13 Durante las movilizaciones no han faltado las interpretaciones sectoriales e identitarias del 15M, en la pretensión de que todo lo que ocurría durante las acampadas fuera modificado por todo lo que venía a ella, por las identidades que se adherían a ella, por los inten‐ tos de llevar la plaza al terreno propio, en vez de llevarlo a ella y dejarse influenciar por ella. Estas interpretaciones no han sabido apro‐ vechar la mayor riqueza del movimiento, como ha sido la posibilidad de una crítica práctica de formas e ideas antiguas de pensamien‐ to crítico y de organización subversiva. Pese al enfoque crítico de este trabajo, no dejamos de reconocer esta aportación fundamental, sin la cual el 15M no hubiera tenido la impronta que ha tenido. Para un ejemplo de esta interpretación desde la identidad definida y militante, v. http://www.nodo50.org/codoacodo/losanarquistasyel15M.pdf

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

LA POÉTICA DE LOS MÍNIMOS GESTOS (o sobre la imposible literatura del 15‐M)
por J. S. de Monfort*

Llamando a la realidad: El reclamo canoro de la Voz El grito se justifica en la pura supervivencia de la ani‐ malidad de quien lo profiere; y no hay en ella propó‐ sito, en el sentido de voluntad, pues, al tratarse de un acto enmarcado en la lucha por la selección natural, sencillamente se da regido por unas circunstancias particulares, a la manera de la ciencia mecanicista. Caben dos vertientes: que sea amenazante o defensi‐ vo. En cualquiera de ambos casos constituye un acto súbito, engendrado por el más atroz instinto. Y aquí se halla la clave de la contingencia del “despertar” de los Indignados españoles: en ese que‐ rer seguir siendo, en esa pugna por mantener su rique‐ za biocultural contra la que atentaba de manera mor‐ tal la farsa del (post)capitalismo. Tal lucha por la vi‐ da que dice Nietzsche se produce siempre como ex‐ cepción, se manifiesta aquí en razón del cuestiona‐ miento de la vida de ser viviente con que la política del estado soberano ha venido amenazando al hom‐ bre moderno1. Se trata de la confrontación con la burbuja ilusoria (la realidad falsificada por el capita‐ lismo) cuya base se cimenta en la idea sloterdijkiana del éxtasis que Heidegger consideraba una “apertu‐ ra al mundo” y que, en resumidas cuentas, tiene que ver con la prodigalidad extrema del ser humano (cre‐ encia multiplicada por la hiper‐realidad del capitalis‐ mo): la idea del ser humano como un animal de lujo. La gran astucia del símbolo que los Indignados escogieron para (auto)representarse en un primerísi‐ mo momento (el grito) no es, sin embargo, ni fonema ni palabra sino mera voz, y así “fundamento indeci‐ ble”2, voz incapacitada para pensar o hablar; es el re‐ verso negativo que solo quedándose oculto posibili‐ ta(ría) la aparición del logos. Dicho de otro modo: es

* jsdemontfort@gmail.com; http://lasoledaddeldeseo.wordpress.com 1 Agamben, Giorgio. Homo Sacer, el poder soberano y la nuda vida I. Ed. Pre‐Textos, Valencia, 2003, p. 11. Y Lazzarato, Maurizio. “Del bio‐ poder a la biopolítica”. Nº 1. Revista Multitudes. París, Marzo, 2000. http://sindominio.net/arkitzean/otrascosas/lazzarato.htm 2 Agamben, G. El lenguaje y la muerte. Un seminario sobre el lugar de la negatividad. Ed. Pre‐Textos. Valencia. 1982. Pág 148. 3 Manuel Delgado. 15M: El peligro ciudadanista. El cor de les aparences ‐ Bloc de Manuel Delgado. 21‐Mayo‐2011. http://manueldel‐ gadoruiz.blogspot.com/2011/05/el‐peligro‐ciudadanista‐intervencion‐en.html

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

inapresable y ahí radica su gran fuerza. En esto difie‐ re del mero “juicio moral de condena o aprobación”3 del ciudadanismo. Porque los Indignados, quizá sin saberlo, en esta compleja operación restitutoria de la animalidad hu‐ mana que han significado sus ocupaciones de las pla‐ zas públicas, han sido capaces de consumar el deseo hegeliano de la superación de la metafísica, (re)incor‐ porándole al hombre su vida biológica, escogiendo por un instante la zoé aristotélica (la vida animal) y se‐ parándola así del bios (la vida política). Con ello, los Indignados se resisten a ser considerados zoon politi‐ kon, o sea, rechazan su pertenencia a la política que gobierna hoy la polis. Quieren volver a figurar como meros seres vivientes de los que no sea posible sepa‐ rar su animalidad, suspendiendo –por un momento; ínfimo, también es cierto– su condición de ciudada‐ nos (en los términos en los que las formas políticas ac‐ tuales les han venido obligando). Y es que la sobera‐ nía del estado, además de ser una figura político‐jurí‐

página 61

15 - M

dica de la modernidad, fue la que vino a provocar ori‐ ginariamente la separación entre la zoé (la vida) y el bios (su forma‐de‐vida), forzando la primacía de esta última. Los Indignados, en su momento inaugural de insurrección pacífica, han invalidado tal separación, tomando –en ese momento único– partido exclusiva‐ mente por la primera (y negando la validez del bios). En cualquier caso, podríamos resumir la actitud espontánea y creativa de reunión pública de los Indignados siguiendo a Deleuze cuando considera la vida como “pura contemplación sin conocimiento”, una vida “más allá de cualquier sujeto y objeto de co‐ nocimiento; pura potencia que se preserva sin ac‐ tuar”4. El primer hipotético paso, pues, para refun‐ dar la experimentación de una nueva ética. O sea, un gesto de sedición poética que se niega a claudicar an‐ te la estética del significado al que se le fuerza desde los estamentos gubernamentales y, sobre todo, desde esas continuaciones del arte de la guerra que son los medios de comunicación. Quede dicho, no obstante, que este instante maravilloso de pura potencialidad duró muy poco, poquísimo en realidad: hasta que la primera tienda de campaña hizo morada en la pri‐ mera plaza pública y los cuerpos rescatados de la po‐ lis se reunieron en asamblea. El último Gran Relato: el capitalismo de ficción Explica Denis Dutton en su libro El instinto del arte que cualquier falsificación artística cuyo resultado sea bello nos produce igualmente placer estético, que no nos importa –a priori– que su autor no sea quien dice ser en verdad. Ahora bien, cuando descubrimos que se trata de una falsificación y, consecuentemente, de un fraude (bien por plagio, imitación o usura esti‐ lística) el hecho nos produce asombro en un primer momento y, pronto, indignación; así, rechazamos la obra que antes nos había producido placer estético, y no por razones de índole artístico, sino morales. La realidad del capitalismo ficcional tal como la hemos conocido hasta hoy no ha sido ni más ni me‐ nos que el ultimísimo gran relato (post)postmoder‐ no, una muestra de que todavía quedaba uno de esos grandes relatos a los que Lyotard daba por muertos y enterrados. Así, igual que toda buena historia –y aquí sigo a Dutton– el (post)capitalismo –o capitalis‐ mo de ficción– nos vino a gratificar con tres –supues‐ tas– ventajas adaptativas: a) nos ha ofrecido un suce‐ dáneo de experiencia, b) ha tenido valor como fuen‐

15 - M

te didáctica de información fáctica y c) nos ha pro‐ porcionado una regulación de la conducta social5. De un lado, la experiencia del crédito ha supues‐ to la posibilidad de fantasear con una vida muy por encima de las posibilidades de cada cual, accediendo el ciudadano a unos niveles de renta (hinchados de manera ficticia) que le estaban anteriormente veta‐ dos, así el ser humano se ha soñado por trece años (1995‐2008) habitando un paraíso de ricas viandas siempre disponibles. Por otro lado, el fatal capitalis‐ mo especulativo ha sido especialmente útil para ha‐ cernos creer que lo otro, ese otro sinuoso y, de común, impenetrable, ese micro‐caos de la pobreza y la nece‐ sidad no solo era inviable, sino impensable en Occi‐ dente. Pues el gran constructo irreal de la Felicidad (en mayúsculas), máximo logro del post‐keynesia‐ nismo, borró de la existencia el desorden y la crisis (en Occidente), los tornó, pues, innombrables. El gran aprendizaje (aunque se trate de un aprendizaje de valores negativos y sesgados) del (post)capitalis‐ mo es que la brillantez del dinero es capaz de opacar la desdicha de la sinrazón. Dicho de otro modo, que el dinero sí podía dar la felicidad, tal como durante cientos de años sospecharon, desearon o presintieron las clases trabajadoras. En último lugar, el gran relato (post)postmoderno ha servido como balanza para mitigar las diferencias de clase asociadas al nivel de renta y/o diferencias so‐ cio‐culturales. La gran mayoría de la población espa‐ ñola se ha convertido en nouveau riches, gracias al cre‐ cimiento propulsado por la vía del crédito, es decir, en base a las importaciones, no a las exportaciones, y al consumo interno; en un nivel porcentual mayor o menor todos hemos vivido la fantasía de un compor‐

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 62

4 Giorgi Agamben, “Absolute Inmanence”. Potentialities. Collected Essays. California. Stanford University Press, 1999, pág 233‐234. Traducción de Rodrigo Karmy‐Bolton. 5 Denis Dutton. El instinto del arte. Belleza, placer y evolución humana. Ed. Paidós. Madrid. 2010. [p. 158]

6 Rose Elizabeth Smith. “Ninety and nine”. De Machinist Monthly Journal (Noviembre de 1931). Publicado en Tidal (occupy theory, occupy strategy). December 2011. Issue I. “Y uno que posee las ciudades y las casas / y las tierras / y los noventa y nueve que tienen vacías / las manos” [Traducción del autor] http://www.occupytheory.org/TIDAL_occupytheory.pdf

ISBN: 1885-477X

tamiento social vinculado a la prosperidad, el des‐ ahogo y la despreocupación (la prodigalidad extre‐ ma a la que nos referíamos antes). La conclusión más evidente es que hoy todo el mundo es, quiere o cree ser clase media. Habíamos llegado al punto de que la clase trabajadora en España –como constructo e ide‐ ología– hubo de desaparecer. Sólo existían (hasta que la burbuja no aguantó más) los ricos y los que se pen‐ saban ricos, matizados en distintos grado de riqueza –real–, claro. Ahora no quedan más que un sinnúme‐ ro de pobres y apenas unos pocos multimillonarios (ambos reales). Perdido su falso equilibrio, la armo‐ nía social se ha polarizado salvajemente. Y, de ahí, la masiva respuesta de pura supervivencia de ese tan recurrente 99% de la población, que se ha visto enga‐ ñada por una ficción que parecía (o queríamos que pareciese) tan real. Ese 99% de la población no ha te‐ nido más remedio que desentenderse de su zoon poli‐ tikon exigiendo su derecho a la supervivencia biológi‐ ca. Hay un poema de Rose Elizabeth Smith titulado “Ninety and nine” que lo expresa con mayor clari‐ dad: “And the one who owns the cities and houses / and lands, / and the ninety and nine have empty / hands”6. Y hete aquí que entró en escena la subsiguiente trampa del (post)capitalismo: como ente mimético que es y sabedor de su pérdida del estatus de ficción, en un último burdo engaño, ha querido pretenderse conocimiento proposicional de orden gnoseológico, trampeando así sus falencias y haciéndolas pasar (sus desmanes funestos y criminales) por una suerte de inevitabilidad de la naturaleza caprichosa del di‐ nero y del mundo. En otras palabras, nos dicen que la perversa razón de la capacidad (auto)reguladora

del libre mercado es la que es y, por lo tanto, resulta inevitable e incluso necesaria y deseable. Lo flagran‐ te es que tal mutación narrativa se ha producido a la vista de todos. Y no sólo eso, sino que sus voceros (los políticos, banqueros, dirigentes gubernamentales, pero, especialmente, los periodistas, y casi la entera mayoría de filósofos e intelectuales) han contribuido a seguir perpetuando la mentira. Quizá no con mala fe, pues no con ningún ánimo pernicioso cree el niño que son verdad las aventuras submarinas de Julio Verne o los viajes inter‐espaciales. Así lo mismo con la creencia naïve del crecimiento ad eternum. El grito de los Indignados, así las cosas, cuando muda a gesto de manos giratorias en el aire y en mantra asambleario, se ha convertido ya en otra cosa y no puede ser su ideario sino una proclama ecológi‐ ca, en el sentido del individualismo comunitarista, es decir, en la exigencia de un capitalismo ético y res‐ ponsable, no de su derrumbe. En este momento es cuando el movimiento indignado pierde su intrínse‐ ca capacidad subversiva y se convierte en happening, un juego cuyo verdadero objetivo no es más que la ordenación y configuración de ese mismo juego: un fin en sí mismo; puro hedonismo, la experiencia más radicalmente no‐política a la que puede aspirar el ser humano. Por ello, tal juego no produce modificacio‐ nes sino en aquellos que lo experimentan de manera individual. Es decir, no sirve para la acción comunal y menos para la acción política o el decurso de la ima‐ ginación colectiva o acaso como propulsor de una nueva ideología alternativa al capitalismo. En suma, ese primer momento de explosión in‐ dignada finaliza con su propia exposición pública y su, por así decirlo, presentación publicitaria en los medios, y acaba siendo una acción poética de natura‐ leza efímera, de gran contenido emocional e intuiti‐ vo, eso sí, pero de nulas consecuencias exógenas. Y esto por una razón, porque sus pretensiones son in‐ existentes, ya que se basa su génesis en una emoción pura, en una suerte de malestar ontológico al que ellos mismos rehúyen identificar con palabras, pues la primigenia Voz (eso que no es fonema ni palabra) que los sacó a la calle no ha sido apartada para favo‐ recer el logos, sino que tal proceso ha sido aplazado –tal vez para siempre– para el disfrute de ese juego performático que son las interminables sesiones asam‐ blearias en las que ni se discute ni se acuerda nada, sino que, más bien, sirven para la consolación de esa potencialidad de la existencia siempre en hipótesis.

YOUKALI, 12

página 63

15 - M

Una falsa revolución Después de ese primer instante de sedición poética sucedido el 15 de Mayo de 2011, tal acto de valentía desacorde con el sistema –o paso adelante– se (re)produce en cada una de las adhesiones e incorpo‐ raciones espontáneas de los españoles anónimos en su deseo de igualarse entre sí (negando el super‐indi‐ vidualismo que es el ideal del (post)postmodernismo y, por tanto, del capitalismo de ficción), y que se su‐ man así bien de manera presencial, bien de manera testimonial o virtual (alentado lo que se conoció al modo del pleonasmo en las redes como #spanishre‐ volution), mandando sms, llamando a la TV o la ra‐ dio, o escribiendo comentarios en diversas páginas web. Su recuperación personal de la animalidad per‐ dida se produjo únicamente con la sencilla convic‐ ción subjetiva (de pura supervivencia emocional) de que “la primera década del XXI ha sido un periodo de retroceso”7 y de que algo había en la conciencia que debía despertarse. En ese despertar de la con‐ ciencia, en ese descubrir algo “no previamente pen‐ sable, algo no alcanzable, algo del orden del aconte‐ cer”8, como decía Gadamer, y que se hizo evidente –y se visibilizó– gracias a las acampadas de las dife‐ rentes ciudades españolas; se consigna ese mínimo gesto en el que la poética de la realidad se vislumbra con el objeto de su (re)conquista, produciéndose una “recia y resuelta reivindicación de lo real –del refe‐

YOUKALI, 12

rente, en los signos–”9. Y con ello, en ese gesto, pero sólo en ese gesto, en ese vislumbrar infinitesimal, se produce aquello que dice Antonio Orihuela de que “la poesía recompone la vida [y] se transforma en un arma revolucionaria”10. Ahora bien, lo que sucedió es que la Voz esgrimi‐ da por los indignados (en su indeterminación) entró en conflicto con los poderes fácticos. El argumento fue la jornada de reflexión del día 20 de Mayo, día previo a las elecciones municipales del día 21. Los Indignados ya habían dejado clara su filiación (a)po‐ lítica y su deseo de no interferir en las elecciones, pi‐ diendo, sugiriendo o acaso vetando el voto para nin‐ guna de las formaciones políticas que se presentaban a los comicios. Sin embargo, se les acusó justamente de esto: de interferir en las elecciones al exigir una democracia real y esgrimir la queja contra el biparti‐ dismo imperante. La consecuencia fue que se les amenazó con desalojarlos de la Puerta del Sol. El es‐ tado les estaba exigiendo que tomaran posiciones: ya que no querían ser identificados como zoon politikon, se les exigió que mudasen a zoon lógon ekhon, o sea, seres vivos humanos con la facultad de hablar. En otras palabras: interlocutores válidos para el diálogo. El error de los Indignados, o su genialidad, quién sa‐ be, fue su indeterminación, el no cejar en su empeño de seguir siendo Voz y nada más que Voz, que ni es fonema ni es palabra, ni phoné ni logos. Y es que la Voz, como se sabe, es el presupuesto del lenguaje, pe‐ ro no es lenguaje todavía. Decía Hanna Arendt que una vida auténtica es aquella que sólo puede vivirse en la acción y en la pa‐ labra. Los Indignados determinaron ya consciente‐ mente quedarse en la zoé, lo que Agamben llamaba la nuda vida, una vida que no puede vivirse en la acción, justo en el punto en el que le interesaba al poder po‐ lítico, quien habiendo separado la nuda vida de las formas de vida (las que permiten la construcción de una biografía), “le inflinge [al individuo] una mutila‐ ción permanente de sus posibilidades humanas y obstaculiza su acceso a la felicidad”11. En otras pala‐ bras, los Indignados estaban exactamente en el mis‐ mo punto en el que se encontraban antes de que to‐ do su proceso emancipatorio comenzara. Con un

página 64

15 - M

7 Stéphane Hessel. ¡Indignaos! Ed. Destino. Barcelona. 2011. [pág 46] 8 Citado por Jean Grondin en Hans Georg Gadamer, Una biografía. Ed. Herder. Barcelona. 2000. [p. 379] 9 Matías Escalera Cordero, “El vacío abisal de una literatura sin realidad presente (ni pasada)”, incluido en La (re)conquista de la realidad. La novela, la poesía y el teatro del siglo presente. Tierradenadie Ediciones. Madrid. 2007. [pág 7] 10 Antonio Orihuela. “La falsa palabra: encantamiento, hipnoimágen, alienación… El triunfo de lo irreal y la guerra que vamos per‐ diendo”, incluido en La (re)conquista de la realidad. La novela, la poesía y el teatro del siglo presente. Tierradenadie Ediciones. Madrid. 2007. [pág 33] 11 Graciela Brunet. Giorgio Agamben, lector de Hannah Arendt. Revista Konvergencias. Año V, nº 16 Tercer cuatrimestre. 2007. http://www.konvergencias.net/brunet147.pdf

ISBN: 1885-477X

matiz. Y es que, como dice Bauman, “todos esta[ban] de acuerdo en lo que rechaza[ba]n”12, pero no así en lo que deseaban (tal como demostraron las intermi‐ nables e incontables asambleas). El gobierno central era consciente de esto y así decidió que las fuerzas re‐ presoras del estado no interviniesen aquel 21 de Mayo, aunque sí se aseguraron de que hiciesen acto de presencia. Tal presencia permitió dos cosas: que se representase el simulacro del –ilusorio– triunfo Indignado y, al mismo tiempo, con la renuncia a la acción, que se les negase a los Indignados cualquier atisbo de posibilidad real de (re)conquista de la reali‐ dad. Dicho de otro modo, sin fuerza opositora a la que confrontar, los Indignados perdieron todo su sentido como agente activo de cambio o protesta y su ocupación de las plazas, tal como dijimos antes, se acabó catalogando como puro juego hedonista. Pero detengámonos un momento en las cero ho‐ ras del día 21 de Mayo. En ese momento decenas de miles de personas abarrotaban la Puerta del Sol. Frente a ellos, decenas de furgones de la policía, con sus ocupantes en formación, con órdenes de no inter‐ venir. Tras las campanadas que daban aviso de la lle‐ gada del día 21 y haciéndose evidente la negativa del estado a tomar acciones contra los Indignados, éstos –creyéndose vencedores de no se sabe bien qué– ex‐ plotaron en una suerte de convenido happening que ilustraba el grito silencioso instrumentalizado por decenas de miles de manos alzadas al aire, bambole‐ ándose en contagioso júbilo. Lo que Zizek llamaría “un vacío cargado de contenido”13. Lo que Alba Rico denominaría como un gag‐visual. Y lo que nos‐ otros llamamos un signo lingüístico (auto)referen‐ cial. En cualquier caso se trata de un gesto, un gesto poético, que comienza y termina en sí mismo. Así, el grito inicial se había convertido en imagen y, de in‐ mediato, la imagen se había (re)convertido en signo lingüístico que remitía a sí mismo, a esa misma inde‐ terminación de la Voz que lo había creado. Conclusión Resumiendo, podríamos decir que, aun cuando sig‐ nificó una hermosa promesa de emancipación, el mo‐

12 Zygmunt Bauman en entrevista con Vicente Verdú. El 15‐M es emocional, le falta pensamiento. El País. 17‐Octubre‐2011. http://politica.elpais.com/politica/2011/10/17/actualidad/1318808156_278372.html 13 Slavoj Zizek. El violento silencio de un nuevo comienzo. El País. 17‐Noviembre‐2011. http://www.elpais.com/articulo/opinion/‐ violento/silencio/nuevo/comienzo/elpepiopi/20111117elpepiopi_11/Tes

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

vimiento de los Indignados está incapacitado para generar ningún tipo de manifestación literaria (ni por supuesto tampoco política, pues no ha conseguido del Estado ningún tipo de reconocimiento), puesto que rehúye el lenguaje y trabaja con unos códigos que no son traducibles sino solo experimentables. Así, se hace imposible que surja ninguna síntesis cul‐ tural (ni política) de lo sucedido, dada la polivalencia y polisemia de los significados atribuibles al signifi‐ cante 15‐M. Además, en lo que respecta a su devenir ulterior, se diría que el movimiento Indignado (o más bien ese signo lingüístico que se esgrime y sirve para defender casi cualquier causa social) habita ahora ese espacio virtual que Manuel Castells llama “space of flows”, un espacio de (hiper)realidad en el que la in‐ formación fluye de una manera constante, sin dete‐ nerse, una red electrónica repleta de múltiples geo‐ grafías sociales en la que el intercambio y la interac‐ ción se producen entre sujetos cuyas realidades físi‐ cas no guardan contigüidades espaciales reales. Tal fragmentación, en mi opinión, torna bastante dificul‐ toso el trabajo de la articulación de esa emoción pri‐ migenia en sentimiento que perviva en el tiempo y, más aún, en razón que quiera –y sea capaz de– inci‐ dir efectivamente en la realidad real, física, de los indi‐ viduos que habitan un país, el nuestro, con gober‐ nantes bastante reales, aunque a veces no nos lo pa‐ rezcan.

página 65

15 - M

15 - M

TÍTULOS PUBLICADOS EN TIERRADENADIE EDICIONES: Alicia B. Gutiérrez, Las prácticas sociales: una introducción a Pierre Bourdieu Raoul Vaneigem, Aviso a los vivos sobre la muerte que los gobierna y la oportunidad de deshacerse de ella José Antonio Fortes, La guerra literaria Jaime Baquero, Privatización y negocio sanitario: la salud del capital Antonio Orihuela, La voz común Warren Montag, Cuerpos, masas, poder. Spinoza y sus contemporáneos Laboratorio Feminista, Transformaciones del trabajo desde una perspectiva feminista (anónimo), Tratado de los tres impostores (Moisés, Jesucristo, Mahoma) Juan Pedro García del Campo, Construir lo común, construir comunismo Aurelio Sainz Pezonaga, Contra la Ética: por una ideología de la igualdad social Coordinado por Matías Escalera, La (re)conquista de la realidad (la novela, la poesía y el teatro del siglo presente) Juan Pedro García del Campo y Manuel Montalbán García, Atlas histórico de filosofía (del mundo griego al inicio de la Ilustración) Montserrat Galcerán Huguet y Mario Espinoza Pino (editores), Spinoza contemporáneo John Brown, La dominación liberal. Ensayo sobre el liberalismo como dispositivo de poder Laurent Bove, La estrategia del conatus: afirmación y resistencia en Spinoza Eduard Ibáñez Jofre, Campos de batalla Mario Domínguez, Miguel Ángel Martínez y Elísabeth Lorenzi, Okupaciones en movimiento Louis Althusser, Étienne Balibar, Pierre Macherey, Warren Montag, Escritos sobre el arte Aurelio Sainz Pezonaga, Rupturas situacionistas. Superación del arte y revolución cultural José Luis Moreno Pestaña, Foucault y la política PRÓXIMAS PUBLICACIONES: Miguel Benasayag y Angélique del Rey Elogio del conflicto Frigga Haug Rosa Luxemburgo y el arte de la política

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 66

BE WATER MY FRIEND! Del Tao del Jeet Kune Do a la Ética de Spinoza. Un camino para la liberación
por Raúl Parra

La vida y sus secretos Bruce Lee no fue únicamente un actor de artes mar‐ ciales mundialmente conocido, Bruce Lee fue un pensador, un gran pensador, que valiéndose de las artes marciales como herramienta de pensamiento, se convirtió además en uno de los mayores artistas marciales de todos los tiempos. Bruce Lee ha inspira‐ do y sigue inspirando a multitud de jóvenes asom‐ brados por sus películas, por la gracilidad de sus mo‐ vimientos, la fluidez y contundencia de sus comba‐ tes, la determinación de su rostro y su presencia ca‐ rismática. A su vez este hombre deslumbraba (y des‐ lumbra) por sus entrevistas, en las que revelaba el ge‐ nio que subyacía a aquél personaje cinematográfico. Mostraba la lucidez de un hombre inspirado, en ple‐ na posesión de sus cualidades, lleno de sabiduría. Este era el Bruce Lee pensador, el estudiante de filo‐ sofía, el autor de una tesis sobre Hegel y un libro lla‐ mado El Tao del Jeet Kune Do. Sus pensamientos revo‐ lucionaron para siempre el mundo de las artes mar‐ ciales y ayudaron a difundir un nuevo concepto de las mismas. Pero el carácter revolucionario de su pensamiento tocaba muchos más ámbitos que el de las artes marciales. Al fin y al cabo, éstas no eran na‐ da más que “uno de los infinitos caminos por los que la vida nos muestra sus secretos”. Veamos de qué manera. Duro y fluido Si alguna frase de Bruce Lee ha sido popularizada ha sido esa en la que nos invitaba, misteriosa y sugeren‐ temente, a convertirnos en agua. Be water my friend!, frase llena de profundidad. El agua puede golpear, se transforma, se adapta a su continente, fluye, y nunca se la atrapa. De todas sus cualidades, es esta la que le interesa resaltar, la fluidez. Una barra de hierro sin embargo, es dura y puede destruir muchas cosas si se la emplea con fuerza, por ejemplo, una barra de madera. Pero hay algo que ni el más macizo bloque de cemento puede destruir, y eso es el agua. Lancemos un bloque de cemento a una piscina, y és‐

te se hundirá. Golpeemos con todas nuestras fuerzas un estanque, ya sea con una barra de hierro o con nuestros propios brazos, nuestros golpes difumina‐ rán su fuerza en el vacío. El agua resulta así, no sola‐ mente invencible por no oponer resistencia, sino que envuelve y atrapa a su oponente, fluye por sus hue‐ cos y poros erosionándolo, abriéndolo y destruyén‐ dolo desde dentro. El agua expresa metafóricamente a la perfección esa cualidad plástica del universo que mas allá de toda oposición coagulada, desborda y transforma cualquier congelación. El agua no es du‐ ra ni es blanda, fluye. Y fluye eternamente transfor‐ mando lo duro en blando y lo blando en duro, jugan‐ do con todos los que intentan atraparla y son atrapa‐ dos por ella. Lao Tzu, primer pensador del taoísmo, definía así la esencia del universo:
Lo mas delicado del mundo puede con lo más duro del mundo Lo que no tiene sustancia penetra donde no hay espacio Esto muestra el valor de la no‐acción (Wu‐wei)

Darwin definía como el elemento clave de la super‐ vivencia de las especies su adaptación al medio, adaptación que se producía por medio de la selec‐ ción de los individuos más aptos con respecto a su entorno. De esta manera los individuos/especies que no lograsen adaptarse a las condiciones siempre

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 67

MISCELÁNEA

MISCELÁNEA

ISBN: 1885-477X

cambiantes del medio desaparecerían irremediable‐ mente. La adaptación al medio, mecanismo de super‐ vivencia de las especies, podía resultar un obstáculo siempre que estas adaptaciones impidiesen ulterio‐ res re‐adaptaciones al entorno, fruto del enquista‐ miento en formas de supervivencia fosilizadas, no aptas para el nuevo entorno. De esta manera, espe‐ cies demasiado especializadas, demasiado adapta‐ das a unas variables ambientales concretas, podían desaparecer ante el mas mínimo cambio ecológico frente a otras menos especializadas pero más versáti‐ les. La excesiva especialización y enquistamiento de‐ terminó que multitud de especies de homínidos per‐ maneciesen sin evolucionar en ecosistemas cerrados y otras desapareciesen allí donde el clima era más va‐ riable. El hombre es en parte fruto de esa selección de homínidos a partir de la cual especies demasiado es‐ pecializadas para la supervivencia en su entorno fue‐ ron desplazadas por otras con mayor capacidad adaptativa. La versatilidad de una especie llegó a su máxima expresión cuando el género homo fue capaz de crear cultura, permitiendo que las determinacio‐ nes favorables a la adaptación que no habían sido aportadas por la selección genética las aportasen los conocimientos generados y heredados por el grupo, fruto de su capacidad de acción y transformación so‐ bre el entorno natural. De este modo la capacidad plástica de adaptación a su entorno aumentó consi‐ derablemente para las especies englobadas bajo el género homo y sus sucesivas evoluciones. Bruce Lee igualaba a los viejos maestros obsesio‐ nados con la tradición, y a todos esos aprendices me‐ cánicos de “katas”, a las especies demasiado especia‐ lizadas, fosilizadas en formas de adaptación que, a la más mínima variación del entorno, resultaban inúti‐ les. Bruce Lee heredó toda la riqueza de las artes mar‐ ciales y las transformó, no se aferró a éste o aquél es‐ tilo, seleccionó lo mas apto, lo más auténtico de cada uno de ellos, e inició su propio camino. A Bruce Lee no le interesaba la pureza de un estilo que servía más para intereses secundarios (como formar una con‐ ciencia nacional, o crear una falsa seguridad a partir de la creencia en un estilo definitivo) que a los pro‐ pios intereses de las artes marciales y del artista mar‐ cial. Bruce Lee no paró de decir y practicar: “la verda‐ dera observación empieza cuando uno se desembaraza de los patrones establecidos, y la verdadera libertad de expre‐ sión tiene lugar cuando uno está más allá de los siste‐ mas”1. De este modo, un individuo formado en toda la ortodoxia de un sistema reglado por katas milena‐ rias, adaptado desde muchas generaciones a las re‐

glas particulares de las tradiciones nacionales o a las reglas de la competición del estilo, resultaba inútil fuera de su entorno, fuera de su ring y de sus conoci‐ dos oponentes, en las calles de cualquier otro país, donde la pelea no obedece a reglas. Es más, las katas son totalmente inútiles allí donde tiene lugar un com‐ bate cualquiera, son un molde obstaculizador, una fi‐ jación que impide el libre movimiento, la rápida adaptación, la verdadera y auténtica expresión pro‐ pia en el combate. No son sino un alejamiento de nuestra propia verdad, una pantalla que se interpone entre nosotros y nuestro conocimiento:
“Es concebible que hace mucho tiempo un cierto artista marcial descubriera alguna verdad parcial. Durante su vida, el hombre resistió la tentación a organizar esta ver‐ dad parcial, a pesar de que esta es una tendencia común en la búsqueda del hombre de seguridad y certeza en la vi‐ da. Tras su muerte, sus estudiantes tomaron “sus” hipó‐ tesis, “sus” postulados, “su” inclinación y “su” método y los convirtieron en ley. Credos impresionantes fueron entonces inventados, solemnes ceremonias de refuerzo prescritas, filosofía y patrones rígidos formulados, y así sucesivamente, hasta que finalmente una institución fue erigida. Así pues lo que se originó con la intuición de un hombre de algún tipo de fluidez personal, fue transforma‐ do en conocimiento solidificado, fijo, completo con res‐ puestas organizadas, clasificadas, presentadas en un or‐ den lógico. Al hacerlo así, los bienintencionados, seguido‐ res leales no sólo hicieron de este conocimiento un altar sagrado, sino también una tumba en la cual enterraron la sabiduría del fundador.” (op cit)

Entendemos ahora más claramente lo que Bruce Lee quería mostrarnos con su metáfora del agua. El agua expresa mejor que ningún otro elemento esa capaci‐ dad trasformadora y adaptativa del ser humano que le viene dada por el conocimiento. Pero el conoci‐ miento no es aquí concebido bajo la representación tradicional occidental del conocimiento, como siste‐ ma de reglas organizado que nos permite una com‐ prensión puramente teórica o contemplativa. Aquí conocimiento es concebido como la suprema virtud de la mente para percibir muchas cosas, para ser afec‐ tado y afectar a su entorno de las más variadas for‐ mas posibles, siendo así una expresión directa e in‐ mediata de lo que ésta puede. Aquí conocimiento, le‐ jos de señalar una actitud pasiva o contemplativa, se‐ ñala la capacidad de acción de lo que el hombre pue‐ de. Siguiendo con nuestro ejemplo citado, frente a la robustez tosca del que se entrena en un gimnasio a base de ejercicios físicos repetitivos, o el que se obse‐ siona incansablemente con repetir katas cuyo uso no

YOUKALI, 12

página 68

1.‐ Bruce Lee, Libérate del karate clásico, http://www.deibe.es/web/articulos7.htm

comprende, la verdadera expresión de conocimiento se realiza en la capacidad de percepción en el comba‐ te, la velocidad de reacción, la fluidez inmediata en los ataques y defensas. De nada sirven los músculos si tus miembros son lentos, y de nada sirven las ka‐ tas mecanizadas en un combate vivo donde lo que prima es la capacidad de percepción y reacción. Nada tiene que ver este conocimiento aquí aludido con aquél que se nos enseña en escuelas de distinta índole que más tienen que ver con el aprendizaje de reglas, normas, y hábitos que nos adaptan a las nece‐ sidades de determinadas instituciones y a sus deter‐ minados fines. El conocimiento verdadero expresa la verdadera potencia del hombre, su expresión ade‐ cuada en su unión inmanente con el mundo. La ima‐ gen del conocimiento como contemplación no es más que la expresión en imágenes de una vida que se des‐ arrolla contemplativamente ante procesos producti‐ vos que no controla, desde la escuela a la fábrica. No es sino la imagen falsa del conocimiento en un mun‐ do construido en sus cimientos sobre la falsedad. Blando y fluido Creo que es el momento de pasar a hablar ya de otro gran filósofo que sin duda influyó mucho a Bruce Lee, Baruch Spinoza. Superficialmente podríamos pensar que toda la filosofía práctica del taoísmo, ba‐ sada en el principio del Wu‐wei (no‐hacer), o que la imagen del agua con la que en definitiva nos invita a practicar este Wu‐wei Bruce Lee, suponen una acti‐ tud pasiva ante la vida, una vida frente a la cual de‐ beríamos, en definitiva, abandonar cualquier preten‐ sión de acción deleitándonos en una contemplación pasiva a la par que reconciliadora con el orden del universo, apagando nuestros deseos en este senti‐ miento místico de comunión universal. Creo que en este punto Spinoza puede servir para deshacer ese error, pues la filosofía taoísta, tal como la toma Bruce Lee, es todo lo contrario de una expresión de pensa‐ miento pasivo. Es sin embargo, la más radical y su‐ prema afirmación de vida activa, es decir, afirmativa, que pueda hacerse. Pero para ello tenemos que aban‐ donar nuestra metáfora inicial. Lo fluido ahora no se opone simplemente a lo duro, ahora es necesario oponerlo a lo blando. Pretendo expresar así que lo fundamental de la metáfora del agua no es la expre‐ sión de su cualidad adaptativa con respecto a su con‐ tinente (el agua puede adoptar la forma de una bote‐ lla, o de una taza), sino fundamentalmente, su prin‐ cipio fluido, plástico, activo (el agua puede golpear, penetrar, pulir). Se opone así el agua, en tanto que elemento fluido, más que a lo duro, a lo blando, a lo gelatinoso, a lo blandengue. En efecto, lo que preten‐ do señalar ahora es que, si hay dureza, verdadera du‐

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 69

reza, ésta es la dureza del agua. Se dice que el dia‐ mante es el mineral más duro sobre la tierra. Que yo sepa, nadie tiene conocimiento de diamante alguno que haya sido capaz de partir por la mitad montañas enteras. En el fondo, las cosas aparentemente más du‐ ras son las que más fácilmente quiebran (y esto vale tanto para las torres más altas y robustas como para los tipos que “van de duros”). Más que duros son blandengues. Por encima de todo, lo que caracteriza a estas cosas sólidas es su incapacidad para cambiar de forma, su fijeza en estructuras impuestas desde el exterior que los conforman y los determinan como siervos fieles de esas fuerzas externas. La cualidad que mejor describe este estado de cosas es el de blan‐ do o blandengue. En efecto, el agua puede recibir cualquier forma pero no por ello queda fijada a ella. Al contrario ocurre con la cera. La cera se adapta pa‐ sivamente a su entorno y queda conformada por él, sin ser capaz de adoptar otra forma que la que le vie‐ ne determinada por causas externas. Lo propio de la cera es “obsesionarse” con las formas, no ser capaz de otra cosa que las formas que quedan fijadas a ella y la memoria constante de éstas. Lo que caracteriza, digamos, a un ser definido cualitativamente por “lo blandengue” es su incapacidad de olvido. Permane‐ ce como fijado a esas formas externas que lo obsesio‐ nan, ya se trate de katas, de algún deber supremo contraído con Dios, un trauma de la infancia, o una manía persecutoria. Además es incapaz de actuar so‐ bre las fuerzas externas que lo conforman, adoptan‐ do pasivamente la forma requerida por ellas. El mo‐ do de existencia definido por lo blando no puede ser otro que el de la servidumbre, la pasividad adaptati‐ va a las causas externas que gobiernan completa‐ mente al individuo. Spinoza tenía un nombre para esto: estar dominado por las pasiones. Y aquí pasión ha de entenderse en el sentido de padecimiento, de sufrimiento; en efecto, el que padece es el paciente, el débil, el enfermo... Es decir, pasión aquí no hace refe‐ rencia más que a un tipo de sentimientos, los senti‐

MISCELÁNEA

MISCELÁNEA

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 70

mientos de decadencia, de tristeza y debilidad. Fuera de aquí quedan todo otro tipo de sentimientos que tienen que ver con la afirmación, la alegría y la salud. Digamos de pasada dónde queda en este esque‐ ma toda la filosofía de las formas o de las esencias. El agua (en nuestra metáfora) no tiene esencia, o mejor dicho, como dice Bruce Lee, adopta la no‐forma co‐ mo forma. Esto no quiere decir que el agua, metáfo‐ ra del ser, sea la verdad profunda y oculta de todo, cuyas solidificaciones no serían más que apariencias. El agua no representa aquí el fondo infinito en que se disuelven todas las determinaciones, es al contrario, el principio que rige cada determinación concreta. El agua tiene forma, tiene determinación, pero su forma y su determinación es la no‐forma. El anti‐esencialis‐ mo cambia la cuestión de la esencia, la cuestión de la sustancia, por la cuestión de la relación, y de los mo‐ dos en relación. Las cosas se definen por y en una re‐ lación que las constituye y dentro de la cual pueden o no pueden ciertas cosas, pero jamás por referencia a una forma fija eterna e inmutable con respecto a la cual se hallarían en relación de mérito o falta, perfec‐ ción o imperfección. Lo que define a la cosa es lo que puede dentro de la relación, nada más. El agua reve‐ la a la perfección esta cualidad de determinación de una cosa a partir de la relación, pues siempre adopta la forma del continente en que se encuentra, sin que por ello pierda su esencia, que es ser agua. Pero su ca‐ pacidad plástica y transformadora le permite siem‐ pre ir más allá de la fijación de la forma recibida por la fuerza externa. Puede penetrar y destruir, siempre renovadamente, sea cual sea su entorno. En cambio, la cera blanda permanece inmóvil, totalmente plega‐ da a la causa externa, y si se reseca, su fijación la ha‐ ce inepta para otra cosa que no sea esa causa externa. Una vez desaparecida esta, su forma no vale de nada. Vemos aquí que metafóricamente se nos están reve‐ lando como dos aptitudes o cualidades vitales funda‐ mentales; la del ser libre, y la del ser esclavo. La pri‐ mera expresa una capacidad plástica constante de

adaptación, un olvido de las trazas que vienen fijadas por las fuerzas externas, de tal manera que en cada situación, en cada relación, el ser libre expresa más bien su propia naturaleza que la de la cosa externa que actúa sobre ella. En el segundo caso tenemos una incapacidad para el cambio, una traza que no se bo‐ rra, que no se olvida, que obsesiona, un cuerpo, en definitiva, cuya constitución revela más la naturaleza de cuerpos externos que la suya propia. El ser libre se muestra como ser activo en la relación, el ser esclavo reacciona, es reactivo. Acción‐reacción, aquí está la clave. La acción implica que mi poder se expresa so‐ bre las causas externas y las domina, mi esencia (aquí el término esencia toma un nuevo sentido, distinto del de esencia como forma o como sustancia) expre‐ sa adecuadamente su poder dominando los influjos externos y disponiéndolos a su favor. La reacción ex‐ presa la impotencia de un ser que se ve desbordado y fijado por causas externas, determinado por ellas. Este ser es función de otro ser que lo domina, que lo mueve a su antojo, que lo subordina a él. La reacción es la definición misma de la enfermedad, en el límite, cuando todas las causas externas han superado el po‐ der de la cosa en cuestión, ésta muere. El Wu‐wei, o del tercer género de conocimiento Queda más claro ahora qué quería decir Bruce Lee con aquello de “be water my friend!”. Pretendía darnos la imagen exacta de una actitud vital libre. Esta acti‐ tud vital libre se despoja de todo prejuicio, de toda interferencia intelectual que medie entre nosotros y nuestra experiencia vital inmediata. “¡Vacía tu men‐ te, conviértete en agua!” quiere decir ante todo, “¡li‐ bérate de tus prejuicios!”. La mente está siempre so‐ brecargada de información, nuestro cuerpo mismo está repleto de reacciones mecanizadas, aprendidas, fijaciones de fuerzas externas. Nosotros no lo domi‐ namos, ellas nos dominan a nosotros. Cuando se nos pregunta sobre algo reaccionamos inmediatamente con nuestra opinión inconsciente, siempre dispuesta a parlotear. Nos creemos muy libres cada vez que opinamos, cada vez que nos movemos, e incluso en cada uno de nuestros sentimientos. Ignoramos la ma‐ yoría de las veces de donde proceden todos esos mo‐ vimientos inconscientes. Una educación bien forjada a través de los años bajo la presión omnipresente de instituciones incuestionables como la escuela, la fa‐ milia, o los medios de comunicación. No es extraño encontrar gente que se cree muy libre y crítica parlo‐ teando las banalidades prefabricadas de cualquier periódico de masas. De la misma manera asistimos cotidianamente al autoengaño colectivo de una socie‐ dad de consumo que quiere creer a toda costa (por salud mental) en la felicidad pre‐fabricada que le

venden las grandes empresas comerciantes de ocio. Ya nadie se atreve a admitir que la llegada de ese mo‐ mento tan esperado de las vacaciones no es más que la repetición continuada de un mismo viaje al super‐ mercado organizado por las agencias de viajes, don‐ de únicamente cambia el color de la piel y el acento de los miserables que nos sirven. Tenemos en todos estos casos, las respuestas serviles de nuestros cuer‐ pos a las necesidades marcadas por otras instancias. Todo ese macizo incuestionable e inconsciente de evidencias que nos mueven y nos determinan en vir‐ tud de intereses ajenos es lo que los marxistas llama‐ ban ideología. La ideología expresa ese mundo de “evidencias” que no lo son tales porque posean la fuerza y la virtud de la certeza (es decir, de una idea que sabemos verdadera), sino simplemente porque

ISBN: 1885-477X

por su fuerza se nos presentan como incuestionables. Esa fuerza está construida por la potencia de causas externas que nos fijan a un orden, a un hábito, a unos sentimientos, que explican nuestra adaptación y fija‐ ción a causas externas que nos desbordan, al son de las cuales bailamos. Vivimos así obsesionados con es‐ tudiar, con trabajar, con ser los mejores... es decir, con todas esas cualidades que son necesarias para que es‐ te mundo de competitividad y de empresas en busca de beneficio funcione gracias a la rueda que nosotros ponemos a girar. Cuanto más nos esforzamos por so‐ brevivir en este sistema, más padecemos. Nuestra adaptación en estas condiciones no puede ser sino la adaptación servil del hombre que reacciona pasiva‐ mente a los cambios de un mercado de trabajo y fi‐ nanciero siempre desbocado. ¿Qué es el Wu‐wei? Es la recuperación de la ver‐ dad inmediata de tu existencia. El no‐hacer hace re‐ ferencia aquí a la simplificación por medio de la cual adquieres una experiencia práctica e inmediata de la libertad. La libertad, contrariamente a lo que supone la cháchara ideológica, no es algo poseído ya y siem‐ pre de antemano. La libertad es ese esfuerzo constan‐ te contra las pasiones, contra la vida pasiva y reacti‐ va que existe coagulada en nosotros en forma de ide‐

ología. La libertad se alcanza tras un esfuerzo cons‐ tante por expulsar los influjos externos que nos bam‐ bolean y nos dominan. Somos libres cuando somos capaces de pelear libremente, sin mediación de katas o planes prefijados, cuando ejecutamos una obra mu‐ sical con total independencia, cuando, aquí y ahora, sin mediaciones de ningún tipo, nuestro cuerpo y nuestra mente se expresan conjuntamente y en uni‐ dad, de una manera totalmente autónoma, derivan‐ do sus movimientos de su sola naturaleza, es decir, cuando actuamos. Conviene aquí diferenciar actuar de obrar. Pues no todo movimiento (obra) es una acción; un movimiento, una obra, puede ser una reacción. De hecho, la mayoría de las veces reaccionamos in‐ conscientemente (cuando opinamos, o luchamos sin saber lo que hacemos), y nos creemos libres porque ignoramos las causas, los hábitos, las fuerzas que nos han determinado a obrar así. En cambio, quien lucha por la libertad, quien se esfuerza por construir su au‐ téntica y verdadera expresión, la expresión de su na‐ turaleza, sabe por experiencia cuán difícil es alcanzar la libertad y cuánto esfuerzo requiere construirla. El ignorante, en cambio, por ello mismo, porque ignora, ignora fácilmente su servidumbre. Spinoza dio un nombre a este tipo de conocimien‐ to inmediato por el cual el hombre expresa su poten‐ cia en tanto que ejecuta movimientos y pensamientos que solo se siguen de su naturaleza; tercer género de conocimiento o ciencia intuitiva. También lo llamó virtud o felicidad. Con él expresaba la suprema capa‐ cidad de acción del hombre, capacidad plástica y re‐ novadora, conquistadora, activa, alegre y afirmativa. A partir de este poder el hombre puede seleccionar las mejores pasiones, elegir las que más le convienen, eliminar las nocivas, y soportar con fortaleza las in‐ evitables. En este estado el hombre deja de ser movi‐ do por reacciones a influjos externos, pasa de pade‐ cer a actuar, es el dueño de sus pasiones y determina su entorno según más le conviene. Pero esta expe‐ riencia del tercer género de conocimiento (que tene‐ mos necesariamente, aunque constituya una parte mínima de nuestra naturaleza) no necesariamente domina nuestras vidas. Su realización es fugaz, ape‐ nas un brillo momentáneo que no obstante nos sirve de referencia y faro en la oscuridad de las pasiones. El hombre no puede luchar sólo contra los embates del mar, para luchar contra él es preciso construir barcos, puertos, presas, etc. Y eso requiere de una fuerza social, de una cooperación, de una potencia común que no se define solamente por la potencia de un solo individuo. Nuestro mar, nuestro amo, es el capitalismo, con sus estructuras estatales, militares, mercantiles y financieras totalmente fuera de control. El nos serializa, nos separa, nos educa y nos controla para poder sacar el máximo provecho de nuestras vi‐

YOUKALI, 12

página 71

MISCELÁNEA

MISCELÁNEA

das poniéndolas a su servicio. Inscribe en nosotros, por medio de mil mecanismos, las fuerzas que cons‐ tituyen nuestro padecimiento y nuestro bailar al son de la productividad y del beneficio ajeno. Pero de vez en cuando ocurre, como en la noche estrellada, que una certeza iluminadora, minúscula, nos despierta del sueño de la pasividad aquí o allá. Y de este modo el cielo negro parece como un gran manto agujerea‐ do por la luz, una luz incontenible formada por una infinidad de individuos, todavía separados, todavía pequeños, pero, con todo, brillantes y amenazantes para la inestable noche. Epílogo: a modo de lección política Los hombres, pese a todo el avance que supone su ca‐ pacidad cultural en comparación con el resto de ani‐ males en lo que respecta a su capacidad de adapta‐ ción a la naturaleza, se ven limitados por su propia cultura, que muy a menudo les impone nuevos lími‐ tes. La cultura y todos sus sofisticados aparatos tien‐ den a neutralizar, las más de las veces, su potencia cognoscitiva limitándolos a formas pretendidamente absolutas y definitivas de conocimiento. Toda fijación de sistemas, de reglas, de normas, marcados por la cultura, son desesperados intentos por alcanzar la Verdad revelada, definitiva, estable, eterna y final, a la que se aferran los hombres por miedo. Son formas, en realidad, de renunciar a la realidad, de evitar afrontar ésta cara a cara. En la vida no hay un cono‐ cimiento definitivo a alcanzar, ni una libertad funda‐ mental que uno pueda conquistar y poseer. Más bien, la vida es un proceso constante de conocimiento, un proceso sin fin ni límite, que nosotros podemos asu‐ mir o no, frente al cual podemos abrirnos o cerrarnos,

y de ello depende nuestra verdadera libertad (y no una libertad imaginada o esperada). No estar dis‐ puesto a asumir este postulado nos encadena a la fe y a la servidumbre, a la ceguera y el azar, a la nega‐ ción práctica de nuestra existencia y su sublimación en una vana esperanza. Si el comunismo es, tal como definió Marx, la sociedad libre de hombres y mujeres libres, tenemos que entender ante todo que ésta liber‐ tad se conquista día a día, de manera colectiva, lu‐ chando contra la servidumbre, y que no puede ser ni será jamás el estado final esperado y garantizado por un código cualquiera de normas. Frente a los que postulan recetas y formas de organización que no fueron sino el medio, parcial y limitado, de un mo‐ mento histórico concreto en que los hombres busca‐ ron la libertad, hemos de decir junto a Bruce Lee, en favor de la libertad y de la indisociable potencia co‐ lectiva que a ella va ligada: “la verdadera observación empieza cuando uno se desembaraza de los patrones esta‐ blecidos, y la verdadera libertad de expresión tiene lugar cuando uno está más allá de los sistemas”. Estar más allá de los sistemas significa abandonar la religión, recu‐ perar la potencia creadora y liberadora del pensa‐ miento, conocer las nuevas circunstancias del nuevo mundo cambiante y adaptarnos con éxito a él, de ca‐ ra a la lucha por la liberación colectiva. Significa asu‐ mir que solo una potencia colectiva enteramente li‐ bre, esto es, libre de patrones, reglas y dogmas que obstaculicen su capacidad adecuada de acción, libre de prejuicios, libre de límites para su capacidad de autocrítica y expresión de pensamiento, puede dar‐ nos la clave para superar este sistema de servidum‐ bre generalizada, y otros que estuviesen por venir.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 72

LA INSTITUCIÓN DE LO COMÚN
por Juan Pedro García del Campo*

Quisiera empezar dando las gracias a la Asociación de Estudiantes “La Caverna” no sólo por haberme invitado a participar en este Congreso sino, antes que eso, por haberse atrevido a organizar, con la que está cayendo, un Congreso sobre el comunismo. Algunos, quizá, pensarán que se trata de una cues‐ tión poco filosófica, demasiado manchada del polvo de lo real... pensarán incluso que el mero plantea‐ miento de la temática del congreso ‐por inmediata‐ mente política‐ supone una afrenta para este “templo del saber”. En ese sentido quiero también agradecer vivamente a La Caverna, su apuesta ‐también de fu‐ turo‐ por pensar y practicar la filosofía como disputa en el terreno del sentido: como práctica ‐dicho de otro modo‐ que se desarrolla en la polis y no en el es‐ pacio supuestamente puro de las Ideas. Así entiendo también yo la práctica filosófica y, por eso, sé que la pregunta que articula este Congreso, ¿qué es el co‐ munismo?, no es una pregunta por “el Ser” sino una pregunta por el sentido y también, al menos para mí, una pregunta por la acción. No es una pregunta por el Ser y, además, no puede serlo. Salvo que se trate de una Idea, sólo puede pre‐ guntarse qué es de algo que es o que ha sido. Y el co‐ munismo ni es ni ha sido: ni lo hay ni lo ha habido (y, permítaseme el guiño spinoziano, tampoco tenemos esperanza alguna en su advenimiento). Por lo demás, el comunismo –retomando una expresión de la Ideología Alemana a la que volveré‐ tampoco es una Idea. Podría ser cualquier cosa menos una Idea. El comunismo no es una Idea. Comunismo es un concepto. Quizá –no lo discutiré‐ no sea un concepto perfectamente definido; quizá sea simplemente una noción (común): no estoy seguro… pero lo que es se‐ guro es que no es una Idea. Comunismo es una noción o un concepto. Un sig‐ nificante con un significado. La pregunta es, enton‐ ces, ¿a qué llamamos comunismo?

Intentaré dar un rodeo por esta cuestión –espero que no demasiado introductorio‐ no sólo para aportar mi opinión a la temática general del Congreso sino tam‐ bién para, de algún modo, abordar desde ella la te‐ mática específica propuesta para esta mesa, “expe‐ riencias comunistas sin continuidad institucional”, y justificar también así el título que he dado a mi po‐ nencia: “la institución de lo común”. En mi opinión, si queremos acotar el significado de esta noción o de este concepto, seamos o no seamos marxistas, tenemos que remitirnos al que se fue cons‐ truyendo en la obra de Marx y Engels. No por una cuestión de autoridad (ni mucho menos) ni porque debamos dar prioridad doctrinal a lo que pudieran decir al respecto, sino porque cuando publicaron el Manifiesto Comunista, allá por 1848, en torno a las te‐ sis allí expuestas se fue aglutinando un movimiento internacional, el de los comunistas, sin el que no po‐ dría entenderse nada de lo acontecido en el mundo desde entonces. Quisiera detenerme antes que nada en esta cues‐ tión, para insistir en dos cosas que aunque a primera vista parezcan oponerse son, sin embargo, verdade‐ ras al mismo tiempo. La primera es que Marx y Engels no son los padres del comunismo; la segunda, que ambos provocan en él una importante inflexión a partir de la cual algunos decimos que somos mar‐ xistas. En el texto inicial con el que arranca el Manifiesto Comunista (y en algunos escritos anteriores… aunque para nuestra intención nos bastará citar éste), ambos autores dejan constancia explícita de la existencia previa del comunismo y –dicen‐ de su potencia. Me permitiré hacer la cita:
“Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los ra‐

* El texto es el de la ponencia presentada en el Congreso ¿Qué es el comunismo?, organizado por la Asociación de Estudiantes de Filosofía “La Caverna”, en la Facultad de Filosofía de la UCM durante los últimos días de noviembre y los primeros de diciembre de 2012. El texto se presenta tal y como fue redactado para su presentación como ponencia. Youkali inicia, con este texto, la publicación de una serie de aportaciones a propósito de el comunismo que se prolongará en los siguientesnúmeros de la revista.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 73

MISCELÁNEA

MISCELÁNEA

dicales franceses y los polizontes alemanes. “No hay un solo partido de oposición a quien los adversarios gobernantes no motejen de comunista, ni un solo partido de oposición que no lance al ros‐ tro de las oposiciones más avanzadas, lo mismo que a los enemigos reaccionarios, la acusación es‐ tigmatizante de comunismo. “De este hecho se desprenden dos consecuencias: “La primera es que el comunismo se halla ya reco‐ nocido como una potencia por todas las potencias europeas. “La segunda, que es ya hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro comunista con un manifiesto de su partido.”

Los comunistas existen, el comunismo, existe, pues, ya antes del Manifiesto, como una potencia reconoci‐ da por todas las potencias. El comunismo es, además, un espectro que recorre Europa, una acusación estig‐ matizante que los gobernantes lanzan a los partidos de oposición, y éstos a la oposición más avanzada: lo peor que un gobernante puede decir de quienes se le oponen. Un insulto. Un insulto que, sin embargo, rei‐ vindican nada menos que como identidad propia quienes se oponen a los gobernantes, al poder que és‐ tos ejercen, a las leyes que hacen valer como nor‐ mas… al mundo que representan. Tanto lo reivindi‐ can que deciden hacer público un manifiesto cuya re‐ dacción encargan precisamente a Marx y a Engels y que pronto se traduce a buena parte de las lenguas europeas (Bakunin, por ejemplo –y no es algo que ca‐ rezca de importancia‐, se encarga de hacer la traduc‐ ción al ruso: un acto de militancia comunista, como también la traducción de El Capital). Pero, ¿por qué es un insulto llamarle a alguien comu‐ nista? El término “comunista” alude directamente a lo común: a lo que es de todos y se comparte, a lo que nos une. En este sentido alude a algo evidentemente

ISBN: 1885-477X

positivo y, así, en los idiomas de origen latino, con esa raíz se forman palabras como “comunidad”, “com‐ monwealth”, o “commune” (que es la palabra que los franceses utilizan para referirse a un municipio, un pueblo o un ayuntamiento: un ajuntamiento, po‐ dríamos decir en castellano, un “estar juntos”). Expresiones todas ellas “positivas”, al igual, por cier‐ to que la palabra “comunión”. Sin embargo, a partir del momento en que el do‐ minio de unos sobre otros se articula sobre la figura jurídica de la propiedad, a partir del momento en que la propiedad privada (y la privación de propie‐ dad) es (son) la condición formal del dominio de unos sobre otros, pasa a convertirse en la institución contra la que se dirigen cuantos se enfrentan al po‐ der: no sólo, por tanto, enfrentándose al soberano, si‐ no reivindicando la propiedad común como conditio sine qua non para cualquier liberación posible. Nada de extraño, entonces, que “comunista” sea lo peor que el poder puede decirle a un opositor: “comunis‐ ta”, es decir, irresponsable, perturbador…, y también enemigo del orden y de la tranquilidad pública: un revolucionario o un subversivo (algo todavía peor que simple perroflauta: insulto, al fin y al cabo, “me‐ nor” que sólo denota desprecio). Muy pronto y teñidos muchas veces de elementos religiosos e incluso místicos, encontramos movi‐ mientos de revuelta que reivindican la propiedad co‐ mún como programa mínimo: en diversas frondas tardomedievales, en aquellas gloriosas revueltas campesinas que al grito de “todo es común” (omnia sunt communia) azotaron las tierras alemanas en la primera mitad del XVI, en la ciudad‐comuna de Münster… en la que, según la propaganda de los po‐ derosos, eran comunes todos los bienes y estaba in‐ cluso prohibido cerrar las puertas de las casas. Aparece lejanamente en diversas utopías renacentis‐ tas como la de Moro o la de Campanella; de manera expresa entre los Levellers y los Diggers de la revolu‐ ción inglesa de mediados del XVII y muy claramente en la obra de Gerrard Winstanley. Volvemos a encon‐ trarla en algunas propuestas ilustradas como las de Morelly o Mably (a los que Engels se refiere expresa‐ mente como “comunistas espartanos”) y reaparece con tintes cada vez más abiertamente revolucionarios en los movimientos más radicales de la revolución francesa, como en las proclamas de Babeuf o en ese precioso Manifiesto de los Iguales que Marechal redac‐ tara en 1796 y que, rechazando el reparto de los cam‐ pos reivindicaba (cito) “algo más sublime y más equitativo, el bien común o la comunidad de bienes” como lo único que podría garantizar el “goce comu‐ nal de los productos de la tierra”. Las primeras décadas del siglo XIX están marca‐ das por el proceso de industrialización, por la apari‐

YOUKALI, 12

página 74

ISBN: 1885-477X

ción del movimiento obrero y, consecuentemente, por una conflictividad social y política bien diferente a la de los siglos anteriores. La “cuestión social”, el problema del gobierno de las multitudes, pasó a con‐ vertirse, por eso, en uno de los principales focos de discusión teórica. Para hacer frente a las revueltas o, simplemente, para poner coto a situaciones de insa‐ lubridad generadas por la acumulación de trabajado‐ res en los barrios y zonas industriales, algunos auto‐ res (ya fueran movidos por las buena intenciones o por un puro afán organizativo) quisieron diseñar for‐ mas de organización de la sociedad que promovie‐ ran la armonía paliando las situaciones de extrema pobreza, de extrema insalubridad o de extrema injus‐ ticia. Y es a estos autores a los que se empieza a lla‐ mar “socialistas”. Marx y Engels, tanto en La Ideología alemana como en otros textos de la década de 1840 (La Sagrada familia, La miseria de la filosofía), les dedican páginas bastante directas evidenciando algo que en la práctica era compartido por los sectores más radi‐ calizados del movimiento obrero: que se trata funda‐ mentalmente de proclamas llenas unas de buena in‐ tención y otras de simple estupidez o incluso de afán de protagonismo que en nada solucionan ese “pro‐ blema social” que la mayor parte de las veces no lle‐ gan siquiera a entender y que, en todo caso, perpetú‐ an las condiciones que generan la miseria y la injus‐ ticia que dicen querer superar. En el prólogo que escribe para la edición alemana de 1890 del Manifiesto Comunista, Engels se refiere a esta circunstancia (y habla sobre todo de los owenis‐ tas ingleses y de los fourieristas franceses, pero en otros textos ha hablado también de los saint‐simonia‐ nos) y explica que, precisamente porque esas opcio‐ nes socialistas procedían de sectores ajenos al movi‐ miento obrero, terminaban convirtiéndose en pura charlatanería que aspiraba a terminar con las injusti‐ cias “sin tocar ni al capital ni a la ganancia”, esto es, sin poner en cuestión verdaderamente el origen de la explotación o, simplemente, de la pobreza. En ese mismo prólogo Engels señala que ese motivo bastaba para que en 1847 ni a Marx ni a él se les pasara por la cabeza titular el Manifiesto como “manifiesto socialis‐ ta”. Y dice algo más: en 1847, frente a esos socialistas, “el sector obrero que, convencido de la superficiali‐ dad de las meras convicciones políticas, reclamaba una radical transformación de la sociedad, se apelli‐ daba comunista”. “Comunistas”, pues, porque quie‐ ren acabar con el sistema de explotación acabando con sus causas: no porque quieran paliar las injusti‐ cias. Y a continuación: “era un comunismo toscamen‐ te delineado, instintivo, vago… pero lo bastante pu‐ jante para engendrar dos sistemas utópicos: el del ‘ícaro’ Cabet en Francia y el de Weitling en Ale‐ mania”. Dos sistemas comunistas, por tanto (“utópi‐

cos”, dice Engels), surgidos en el seno del movimien‐ to obrero radicalizado –en el que por otra parte tam‐ bién despuntan otras figuras como Louis Auguste Blanqui, por ejemplo, que no es citado entre los “utó‐ pico” y por el que Marx y Engels parecen mostrar una no siempre clara mezcla de admiración y rechazo‐. Deberíamos considerar en primer lugar que lo que en la fórmula de Engels hace a Cabet y a Weitling “utópicos” es el modelo ideal de sociedad que pro‐ ponen, más o menos místico, más o menos –incluso‐ milenarista; pero lo que les hace “comunistas” (y no socialistas) es su intención de transformación de la sociedad, esto es, que quieren terminar con la socie‐ dad existente y sustituirla por otra, digamos, total‐ mente distinta, no construida sobre “la propiedad privada“. Una transformación radical de la sociedad. Sea como fuere, lo que parece claro –y es lo que en primer lugar quería mostrar aquí‐ es que Marx y Engels no son los padres fundadores del comunis‐ mo: no son los primeros ni los únicos comunistas. Marx y Engels llegaron al comunismo a partir de la relación que ambos establecieron a partir de 1844 con grupos de emigrados alemanes en París, política‐ mente muy radicalizados y, por eso, en relación con las corrientes más radicales de las disidencias france‐ sas, aquellas que desde la Revolución habían reivin‐ dicado la propiedad común frente a la propiedad privada, es decir, frente a esa apropiación de la tierra y de la riqueza producida que priva a la mayoría de la población de los medios que permitirían una vida digna fundando su sometimiento a los poseedores. Precisamente es desde ese contacto y desde esa perspectiva radicalizada (desde esa inmersión en las luchas políticas de las incipientes organizaciones obreras) desde donde Marx y Engels abordan la crí‐ tica de los diversos socialismos en diversos textos de 1844 a 1847 y, también, dicho sea de paso, por eso mismo Marx termina de romper –por entender “en la práctica” su parcialidad y su insuficiencia‐ con la

YOUKALI, 12

página 75

MISCELÁNEA

MISCELÁNEA

YOUKALI, 12

filosofía de Feuerbach y con su materialismo especu‐ lativo. Es también esa inmersión en la actividad de los grupos de emigrados más radicalizados políticamen‐ te –la famosa Liga de los justos‐ lo que lleva por un la‐ do a Engels al análisis de la clase obrera (y, así, en 1845 redacta un imprescindible La situación de la clase obrera en Inglaterra) y a Marx a adentrarse definitiva‐ mente –algo cuya necesidad ya había vislumbrado desde sus artículos sobre la Dieta‐ en el discurso de la Economía Política (y así, en 1844, los Manuscritos de economía y filosofía o Manuscritos de París), en los que encontramos las primeras reivindicaciones del co‐ munismo (cosa que Marx se había cuidado mucho de hacer en sus escritos anteriores). Y es esa apertura temática hacia el discurso de la economía política lo que terminará de dar forma a esa inflexión que hace un momento decía que Marx y Engels introducen. Una inflexión a partir de la cual Engels introduce en textos tardíos la noción de “cien‐ cia”. La cuestión, en último término, en mi opinión, es simple: si queremos cambiar el mundo existente –y queremos hacerlo eficazmente‐ necesitamos saber qué es lo que queremos cambiar. Necesitamos saber qué es lo que caracteriza, qué es lo específico del mundo que queremos cambiar: no vaya a ser que queriendo cambiar el mundo nos empeñemos en al‐ go que en realidad no lo cambia. En último término, esa es la pretensión del Materialismo Histórico: expli‐ car “como lo haría una ciencia” cómo funciona la “fí‐ sica” de lo social. La fórmula, como es sabido, adquiere en 1859 (en el “Prólogo” de la Contribución a la crítica de la Economía Política) su forma definitiva y más conocida, pero puede rastrearse ya en los textos de los años 40 y muy claramente en el Manifiesto Comunista: lo que caracte‐ riza y define una determinada sociedad no es su for‐ ma jurídica ni la racionalidad o irracionalidad de su organización o sus leyes, sino la especificidad de las

ISBN: 1885-477X

relaciones sociales que se articulan en su seno. Y esas relaciones sociales son incomprensibles sin atender al “régimen de producción”, a las “relaciones de pro‐ ducción”, a las relaciones que los seres humanos en‐ tablan en la producción material de su vida. A partir de esos análisis, el mundo que hay que cambiar no es ya sólo el de las relaciones jurídicas de propiedad sino, de manera más precisa, el de las re‐ laciones que se entablan en la producción material de la vida, el de las relaciones sociales que en lo jurídico se presentan como derecho de propiedad. El prólogo de 1859 lo dice así: “en la producción social de su vi‐ da, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relacio‐ nes de producción, que corresponden a una determi‐ nada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de las relaciones de produc‐ ción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determina‐ das formas de conciencia social. El modo de produc‐ ción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”. La propiedad privada es la expresión ju‐ rídica de las relaciones que los individuos entablan en la producción material de su vida, unas relaciones que expresan una cierta forma del dominio: en una cierta forma del dominio de clase. La propiedad pri‐ vada es una relación de poder presentada como rela‐ ción jurídica. Puesto que esto es así, los comunistas deben desmontar las relaciones sociales, que se arti‐ culan, efectivamente, en unas determinadas formas de propiedad, pero cuya consistencia excede el mero ámbito de la propiedad, el mero ámbito –si se quiere‐ de la forma “legal” o “jurídica” que en el capitalismo presentan las relaciones sociales. Hay que revolucio‐ nar, dice Marx ya en los Manuscritos de 1844, la pro‐ ducción misma: las formas, esto es, en que se articu‐ la la producción material de la vida. Hay que revolu‐ cionar las relaciones sociales e instituir otras en las que no se reproduzca el dominio de clase, que termi‐ nen con la existencia misma de las clases sociales. Esta es la cuestión: acabar con el dominio de clase, instituir una sociedad sin clases en la que, por tanto, no haya dominio de unos sobre otros; por utilizar una fórmula más o menos estandarizada, “una socie‐ dad libre de hombres libres”. Algo, dice Marx, que sólo puede ser hecho por el proletariado, por aque‐ llos que son explotados, por aquellos que generan la riqueza y la complejidad social e incluso vital que otros se apropian. A mediados del XIX, efectivamen‐ te, Marx pensaba en el proletariado industrial como ese sujeto revolucionario capaz de cambiar el mun‐

página 76

do. Sabemos hoy, porque el mundo ha cambiado, que no sólo es explotado el proletariado industrial y que la clase obrera no puede pensarse desde ese pa‐ radigma exclusivamente “obrerista”, que –por utili‐ zar una fórmula de actualidad‐ vive explotado (en variadas e incluso contradictorias formas, pero some‐ tido y explotado) el 99%. Si fuéramos spinozistas, di‐ ríamos, “la multitud”. Desmontar, revolucionar, las relaciones sociales que reproducen la existencia como ocasión para el domi‐ nio y para el sometimiento. Y construir una sociedad libre de hombres libres. Instituir lo común. Ese es el asunto Vuelvo en un momento sobre ello, pero antes qui‐ siera volver a ese relato con el que pretendía abordar nuestra pregunta inicial. A partir de 1844, 1845 y más claramente en 1846, tras la expulsión de Marx de Francia, esa nueva pers‐ pectiva va ganando peso entre los conspiradores que se reúnen para planificar la revolución y, poco a po‐ co (en un proceso que puede seguirse muy bien le‐ yendo un texto que redactó Engels en 1885, la Contribución a la historia de la liga de los comunistas), po‐ co a poco –digo‐ la Liga de los Justos empieza a orga‐ nizarse como Liga de los Comunistas (y el cambio de nombre me parece más que una metáfora) con la pre‐ tensión de movilizar y organizar a la clase obrera pa‐ ra hacer una revolución que terminara con las rela‐ ciones sociales capitalistas. Pero en el fondo –quisie‐ ra insistir en ello‐ en ese reposicionamiento que exi‐ ge la inflexión teórica que Marx y Engels están reali‐ zando, no se añade a la apuesta inicial ningún conte‐ nido teórico o práctico realmente diferente o nuevo. Tampoco en los textos posteriores (una vez materia‐ lizada “la explicación”), donde podemos encontrar prácticamente las mismas expresiones con diferen‐ cias que casi sólo afectan al grado de bondades que se le atribuyen a la sociedad nueva. Se añade sólo la idea de que el conocimiento del funcionamiento del universo capitalista es un arma que permite una actuación más eficaz, más efectiva‐ mente revolucionadora. No han cambiado los objeti‐ vos. No se entiende por comunismo algo distinto de lo que se venía entendiendo. Lo podemos leer de pri‐ mera mano en una carta del 23 de octubre del 46 que Engels dirige al comité comunista de corresponden‐ cia de Bruselas. Engels les da cuenta de las discusio‐ nes que se están produciendo en un grupo de activis‐ tas parisinos y cómo consiguió atraerse a los segui‐ dores de Straub y que rompieran con el grupo proudhoniano de Eisermann. Para forzar las cosas, en esa reunión Engels pide un pronunciamiento so‐ bre una cuestión clara: ¿nos estamos reuniendo sim‐ plemente para hablar cada cual de lo que se le ocurra

ISBN: 1885-477X

o lo hacemos como comunistas? La contrapregunta inmediata es evidente: antes de pronunciarnos que‐ remos saber qué es el comunismo. Y Engels, enton‐ ces, cuenta al comité belga: no me dejé atrapar por esa petición de contar lo que es el comunismo en dos o tres palabras y les di una definición extremada‐ mente simple del comunismo que se refería sólo a lo que estaba en discusión. Los fines del comunismo son: 1) hacer triunfar los intereses del proletariado en oposición a los de la burguesía; 2) hacerlo mediante la supresión de la propiedad privada y su sustitución por la comunidad de bienes; 3) no reconocer otro me‐ dio de lograr esos objetivos que una revolución de‐ mocrática por la fuerza. Ninguna doctrina. Ningún contenido –por así de‐ cir‐ (pro)positivo. Cambiar mediante una revolución la sociedad; hacer triunfar los intereses del proleta‐ riado sobre los de la burguesía sustituyendo la pro‐ piedad privada por la comunidad de bienes. La in‐ corporación del conocimiento a la revolución (la práctica de un comunismo “científico”, por utilizar de nuevo la fórmula del viejo Engels) no aporta nin‐ gún contenido doctrinal sino una pretensión de efica‐ cia. Ni más ni menos o, por ser más precisos, no me‐ nos… pero tampoco más. En mi opinión, hay tres lugares privilegiados en los que comprobar esto mismo. Documentos “oficia‐ les” esta vez, no ya correspondencia más o menos pri‐ vada. Me refiero en primer lugar a los Principios del co‐ munismo, de Engels, de 1847, en segundo lugar al pro‐ pio Manifiesto Comunista, de 1848, y finalmente al Mensaje del Comité central a la Liga de los comunis‐ tas, de 1850, redactado también por Marx y Engels. En los tres textos, aunque con distinto tono y dis‐ tinta redacción, el comunismo es caracterizado, úni‐ camente, por oposición a la sociedad existente, fren‐ te a la que se afirma como fin de los antagonismos so‐ ciales y como territorio –básicamente idílico‐ de la co‐ operación que satisface las necesidades de todos. Así, cuando en los Principios del comunismo Engels quiere describir cómo sería ese nuevo orden social se limita a decir que las ramas de la producción serán admi‐ nistradas en beneficio de toda la sociedad, con arre‐ glo a un plan general y con la participación de todos los miembros de la sociedad, suprimiendo la propie‐ dad privada y sustituyéndola por el usufructo colec‐ tivo de todos los instrumentos de producción y el re‐ parto de los productos de común acuerdo, señalando que eso tendría como consecuencias (cito): “el fo‐ mento de la producción en proporciones suficientes para cubrir las necesidades de todos; la liquidación del estado de cosas en el que las necesidades de unos se satisfacen a costa de otros; la supresión completa de las clases y del antagonismo de clases; el desarro‐ llo universal de las facultades de todos los miembros

YOUKALI, 12

página 77

MISCELÁNEA

MISCELÁNEA

sustituya “una forma de asociación en la que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos” y para conseguirlo “el primer paso de la re‐ volución obrera será la exaltación del proletariado al Poder, la conquista de la democracia”. Es conocida (en su impactante simpleza) la defini‐ ción de Lenin: “el comunismo son los soviets más la electrificación”. Vale decir: la satisfacción de las nece‐ sidades de todos y la más absoluta democracia. El fin de todos los sometimientos: a la precariedad de la vi‐ da material y al poder de otros. El fin de todas las in‐ iquidades… porque se ha eliminado su causa. No más. Pero no menos. Y de eso hablan también Marx y Engels en los textos de los años 40: “la abolición de toda la sociedad anterior y de toda dominación en general”, se decía en La ideología alemana; o, también, “el comunismo no es una idea, es el movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual”. Si se trata de sustituir una articulación social por otra, una física por otra… debe decirse que la física nueva no tiene definidas –ni mucho ni poco‐ sus le‐ yes de funcionamiento: sólo caracterizaciones bási‐ cas. Muy básicas. Aunque muy importantes: necesi‐ dad de cubrir las necesidades y eliminar todas las pe‐ nurias y todos los sometimientos; construir la liber‐ tad posible. Y me parece que debe decirse claro: no estamos aquí ante un déficit que deba ser resuelto, ante una carencia que se deba subsanar. No se trata de una carencia. Antes al contrario: es un dato que conviene tomar en serio: el comunismo no es un modelo de sociedad. No es un construible con manual de instrucciones. Ni hay unos planos que seguir ni hay una fotografía del edificio a partir de la cual trazarlos. No digo con eso que en Marx y en Engels no ha‐ ya propuestas de medidas a adoptar en cuanto la re‐ volución sea hecha. Las hay, sin duda. En los Principios del comunismo hay un “programa” con 12 medidas concretas bastante contundentes e impor‐ tantes. En el Manifiesto Comunista el “programa” tie‐ ne 10 medidas. 17 eran las medidas que exigía la Liga de los comunistas en la revolución del 48. Medidas de actuación, dicen ambos, que no son válidas para cualquier situación o para cualquier tiempo, que de‐ ben adecuarse a las situaciones o que deben modifi‐ carse si se encuentran erróneas (como, por ejemplo –y no es un asunto menor‐, la idea de que el proleta‐ riado debe tomar en sus manos la máquina del Estado para ponerla contra la burguesía; lo dice el prólogo –de Marx y Engels‐ a la edición alemana de 1872 sintetizando una argumentación desplegada con más amplitud en La guerra civil en Francia: “la co‐ muna de París ha demostrado principalmente que la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de

ISBN: 1885-477X

de la sociedad merced a la eliminación de la anterior división del trabajo, mediante la educación universal, merced al cambio de actividad, a la participación de todos en el usufructo de los bienes creados por todos y, finalmente, mediante la fusión de la ciudad con el campo”. La sociedad comunista, esto es, será el para‐ íso prometido (o poco menos). Algo parecido en el Mensaje de 1850: “nuestros in‐ tereses y nuestras tareas consisten en hacer perma‐ nentemente la revolución hasta que sea descartada la dominación de las clases más o menos poderosas […], hasta que la asociación de los proletarios se des‐ arrolle […] en tales proporciones que cese la compe‐ tencia entre ellos […], Para nosotros no se trata de pa‐ liar los antagonismos de clase, sino de abolir las cla‐ ses, no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”. Y algo bastante cercano en el Manifiesto comunista, aunque con una afirmación expresa que en mi opinión debe tomarse en serio: los comunistas “no profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario”. Así, a lo que aspiran los comunistas, dicen Marx y Engels, es “a convertir el capital en propiedad colec‐ tiva, común a todos los miembros de la sociedad”, a “despojar a la propiedad de su carácter de clase”, a “destruir el carácter oprobioso de este régimen de apropiación en que el obrero sólo vive para multipli‐ car el capital”. Los comunistas quieren, pues, lo mis‐ mo que todos los explotados: acabar con la sociedad basada en el dominio de unos sobre otros, en el do‐ minio de clases: algo que sólo puede lograrse acaban‐ do de raíz con la organización social existente, no in‐ tentando aplacar las lucha de clases, no morigerando los conflictos, sino llevándolos hasta sus últimas con‐ secuencias. Eliminando las condiciones que produ‐ cen y reproducen el dominio de clase. El comunismo, dicen Marx y Engels, “no admite el poder de usurpar el trabajo ajeno por medio de la apropiación” y por eso quiere que “a la vieja socie‐ dad, con sus clases y sus antagonismos de clase” la

YOUKALI, 12

página 78

ISBN: 1885-477X

la máquina del Estado poniéndola en marcha para sus propios fines”). Se debe destruir la maquinaria del Estado, que es la maquinaria del dominio de cla‐ se: no ‐como alguien ha dicho‐ por un resto saint‐si‐ moniano del que Marx se haya quedado prendido, sino porque lo hemos aprendido de la experiencia de la Comuna. Lo que digo es que el comunismo no se define por ser una determinada y concreta forma de articula‐ ción de las relaciones sociales (un “esto” o un “aque‐ llo”). Si se quiere más precisión: que el comunismo no es –como sí lo es el capitalismo‐ un modo de pro‐ ducción. Por eso mismo, no puede despacharse el co‐ munismo diciendo que se trata de una organización social que se basa en la economía planificada (aun‐ que, sin duda, deban producirse y distribuirse de manera eficaz los productos que satisfarán las más diversas necesidades). Ni que sea un determinado modelo de gestión política del Estado (pues el Estado es la forma del poder de clase y el comunismo debe‐ ría haberlo eliminado). Mucho menos que sea una forma de organización Racional (aunque una socie‐ dad deba organizarse lo más racionalmente posible), ni que sea un Estado‐de‐Derecho (por mucho que las sociedades tengan y deban tener más o menos esta‐ blecidas ciertas leyes y normas que codifiquen las conductas admitidas y las rechazadas y por más que esas leyes y normas tengan que establecerse demo‐ cráticamente: ¡sólo faltaba! No porque otra cosa ofen‐ dería al Derecho, sino porque ofendería a las con‐ quistas de la lucha de clases). El comunismo no es un modelo. No es una Idea. Es el movimiento real que destruye el actual estado de cosas. El viejo Marx lo decía a su manera en una conoci‐ da expresión de la Crítica al programa de Gotha: ha‐ blando de la sociedad comunista: “cuando haya des‐ aparecido la subordinación esclavizadora de los indi‐ viduos a la división del trabajo, y con ella, la oposi‐ ción entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, cuando el trabajo no sea solamente un medio de vi‐ da, sino la primera necesidad vital, cuando con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡de cada cual, según sus capa‐ cidades; a cada cual, según sus necesidades!”. No se trata de una utopía: mucho menos de una utopía de la igualdad (eso ya lo es el capitalismo, ese es el sueño del Derecho): de cada cual según sus ca‐ pacidades, a cada cual según sus necesidades: una so‐ ciedad de la desigualdad en el dar y en el recibir (aje‐ na, por tanto, a cualquier igualación –ya sea contable,

ya jurídica‐); desigualdad que es la más acabada for‐ ma de reivindicación de la libertad, una libertad que es aumento de potencia individual y colectiva. Comunismo es el nombre que damos (si se prefiere: uno de los nombres que damos) al deseo concreto de liberación de las dinámicas sociales. Al deseo concre‐ to de vida social (o de vida, sin más adjetivos) sin so‐ metimientos, sin explotación, sin dominio de unos sobre otros. Y por extensión es el nombre que daría‐ mos a aquella sociedad en la que esa liberación fuera efectiva. Si fuéramos spinozistas lo llamaríamos “de‐ mocracia”. Anhelo de liberación: individual y colectiva. Sociedad libre de hombres libres o –para que nadie se enfade conmigo‐ sociedad formada por seres hu‐ manos libres, por seres humanos que no se someten al dominio de ningún otro, que no reconocen autori‐ dad ajena a la que se deba obedecer, y que establecen unas relaciones sociales que garanticen la satisfac‐ ción de las necesidades de todos sin someter al poder de unos las de cualesquiera otros. Anhelo de liberación y actividad que busca cons‐ truirla… manchándose con el barro de la historia; manchándose incluso con el barro de los estercoleros de la historia. Por perseguir ese anhelo, efectivamente, los comunistas se han manchado con todos los barros posibles y han muerto y han dado muerte (muchas ve‐ ces a otros comunistas) para construir una sociedad “otra”. Es la constatación de un hecho. Forma parte de nuestra historia: de la historia de los comunistas. Y puestos a constatar… se pueden constatar otras co‐ sas. Entre ellas, una muy concreta: que nunca ha exis‐ tido una sociedad como esa a la que llamaríamos “comunista”. Muchas experiencias comunistas. Millones de ellas. Pequeñas unas, y otras grandes... pero ninguna que haya cuajado como una “sociedad libre”, instituyendo lo común, instituyendo la demo‐ cracia. Dicho de forma más directa: la URSS no fue

YOUKALI, 12

página 79

MISCELÁNEA

MISCELÁNEA

–nunca lo fue‐ comunismo, China no es –nunca lo ha sido‐ comunismo. Sí, ciertamente, formas de colecti‐ vización de la propiedad y formas de economía pla‐ nificada, pero ni individuos libres ni liberación del la‐ zo que constituye la relación social. Más bien, en mi opinión, ejemplos monstruosos de todo lo contrario (y eso bastaría, dicho sea de paso, para poner inme‐ diatamente en cuestión el carácter “socialista” de aquellas otras organizaciones estatales que se cons‐ truyen sobre su modelo, y el carácter “comunista” de aquellas prácticas organizativas que lo emulan). Ninguna experiencia comunista ha tenido conti‐ nuidad institucional, ninguna ha cuajado en la insti‐ tución de lo común. Por eso, para preguntarme por el tema propuesto para esta mesa, “experiencias comunistas sin conti‐ nuidad institucional”, daré un nuevo rodeo (puesto que la respuesta directa sería muy simple: bastaría con decir “todas”). Intentaré brevemente preguntar‐ me en virtud de qué extraña distorsión alguien ha podido pensar que lo fueran. El triunfo de la revolución de octubre en Rusia llenó de alegría a cuantos participaban en movimientos contra el capitalismo y, en general, a todos cuantos la contemplaron con la esperanza de que fuera el pri‐ mero de los estallidos que terminarían con el capita‐ lismo. No sólo a los comunistas, efectivamente. La re‐ volución se convirtió en la “patria del proletariado” para muchos otros: por ejemplo, para los anarquistas españoles que, pese a la tradicional disputa entre ellos y los comunistas, acogieron la revolución con bastantes esperanzas (la CNT participó en el 2ª Congreso de la 3ª Internacional y en las sesiones pre‐ liminares de la Internacional Sindical Roja, de cuyo secretariado formaría parte Andreu Nin). Independientemente de las críticas –ya de fondo, ya puntuales‐ que se hicieron al proceso revoluciona‐ rio (por ejemplo, el cenetista Ángel Pestaña, a su re‐ greso del Congreso aludido, criticó lo que llamó el

ISBN: 1885-477X

“ejecutivismo” de los bolcheviques, una crítica que se hizo distanciamiento feroz cuando se conocieron los sucesos de Kronstadt y tras el aplastamiento de la re‐ volución anarquista ucraniana encabezada por Nestor Majnó; pero hay críticas también muy claras y definidas en Rosa Luxemburgo, o en Aleksandra Kollontai y los integrantes de la “oposición obrera” o de la “oposición de izquierdas”), independientemen‐ te de las críticas –digo‐, en los partidos comunistas agrupados en torno a la 3ª Internacional se consideró inicialmente que las posibles “disfunciones”, “erro‐ res” o “efectos no deseados” del proceso revolucio‐ nario eran atribuibles a necesidades del período de guerra contra los Blancos o del inevitable período de transición, y por tanto debían ser defendidas. Más tarde, con la eliminación física de los críticos del proceso y otros avatares históricos de todos cono‐ cidos, esos “errores” asumidos y justificados por la necesidad pasaron a convertirse en virtudes prácti‐ cas, en necesidades absolutas, en dogmas. Y sobre ellos se montó incluso una verdadera teoría del co‐ munismo que venía a sacralizar a la URSS como mo‐ delo y al “padrecito Stalin” como encarnación (más incluso que “representación”) del proletariado. Después se produjo otra nueva encarnación, en la fi‐ gura del “gran timonel”, Mao, que –según rezaba la propaganda‐ actualizó el modelo para su aplicación exitosa en sociedades agrarias. Lo cierto, en todo caso, es que el curso de los acontecimientos históricos, entre purgas y guerras, convirtió a la URSS en modelo para el comunismo… y para los partidos comunistas. Y los supuestos teóri‐ cos que articulaban esa práctica se convirtieron tam‐ bién en una ortodoxia que se llamó “marxismo” o “marxismo‐leninismo” o incluso, para algunos, “marxismo‐leninismo/pensamiento‐Mao‐Tse‐Tung). Hubo otras alternativas, pero fueron derrotadas. Esa es también nuestra historia, la historia de los co‐ munistas. Pero no quiero referirme a ella: ni siquiera para llorarla. Lo que me interesa señalar es que si esa forma monstruosa de relación social y de organización po‐ lítica que se desarrolló en los países del llamado “so‐ cialismo real” no tiene nada que ver con el comunis‐ mo no es sólo porque algunos individuos o grupos se extralimitaran en sus funciones… o porque fueran unos criminales (aunque algunos lo fueron), sino porque se sustenta en la afirmación de unos princi‐ pios, de unos supuestos teóricos, que hacen imposi‐ ble y en buena medida son incompatibles con la ins‐ titución de una sociedad libre de hombres libres, con la institución de lo común. No en los textos de los años 40, sino bastante des‐ pués: en el transcurso de una investigación que se ini‐

YOUKALI, 12

página 80

ISBN: 1885-477X

Simplifico: por motivos que ahora no es el caso dis‐ cutir, pero que apuntan a una incomprensión del sentido de la metáfora base/superestructura y que tienen su desarrollo en los avatares de la historia del marxismo, en la URSS se dio por hecho que bastaba con intervenir en la “esfera de lo económico” para que de forma más o menos inmediata se produjera una modificación en todos las demás ámbitos que componen la realidad social. Y así pensaron que bas‐ taba con suprimir la propiedad privada para des‐

YOUKALI, 12

ció en los Manuscritos del 44 y que con importantísi‐ mas modificaciones en su curso se desarrolló hasta El Capital –pero ese es otro asunto‐, Marx había explica‐ do que las sociedades capitalistas, a las que agrupó el concepto de “Modo de producción capitalista”, por su propio funcionamiento, por la “física” que las re‐ gula, son sociedades en las que se produce necesaria‐ mente la explotación del hombre por el hombre; que el funcionamiento del Modo de producción capitalis‐ ta produce y reproduce continuamente esa explota‐ ción y que todas las sociedades capitalistas son, nece‐ sariamente, sociedades en las que se produce el do‐ minio del hombre por el hombre: no son, en ese sen‐ tido, “sociedades libres” ni pueden serlo. Por eso in‐ sistió –y ese es en el fondo el sentido de la inflexión que introduce en la noción de “comunismo”‐ en que no se acaba con esa situación mejorando el sistema capitalista, ni haciéndolo más racional, ni haciéndolo más justo… sino eliminándolo y sustituyéndolo por otro totalmente distinto. Por eso insistía en que no basta con modificar las leyes ni con que se haga jus‐ ticia o se haga triunfar el Derecho, que es preciso cambiar de raíz la “física” de la articulación social. En ese sentido, por ejemplo, no basta con declarar supri‐ mida la propiedad privada y transformarla jurídica‐ mente en propiedad del Estado… porque lo determi‐ nante es que el tipo de relaciones que se dan entre los individuos que forman la sociedad, las relaciones que los individuos entablan entre sí en la producción material de su vida; vale decir: si se produce y repro‐ duce la explotación, si se produce y reproduce el do‐ minio. En el Modo de producción capitalista, esas re‐ laciones son posibles porque en él se produce socie‐ dad a partir de la imposición de una relación de po‐ der, porque hay unos individuos que son propieta‐ rios de los medios de producción (y eso significa que otros carecen de ellos, que les han sido arrebatados) y porque se reproduce continuamente esa relación de dominio del hombre por el hombre: por el curso normal de las leyes o por la fuerza cuando es preciso. Un asunto que, para cualquiera que tenga enten‐ dederas, no es en absoluto “económico” o, si se quie‐ re, no es exclusivamente económico… sino que apunta al poder de clase.

montar la “física” que articula el dominio de unos so‐ bre otros, sin considerar que la propiedad es una re‐ lación jurídica (tanto si es privada como si es colecti‐ va) y que si esa transformación jurídica no viene acompañada de la transformación de las relaciones sociales que tienen adherida esa forma jurídica, se habrán cambiado las leyes pero no la relación social. Por motivos que no es el caso discutir, pero que derivan de una lectura simple de algunos textos de Marx y de Engels y que tienen su desarrollo en los avatares de la historia del marxismo, en la URSS se pensó que la planificación de la economía, por su so‐ la instauración, suprimía el orden de la producción para el beneficio privado. Como si en el capitalismo no hubiera planificación económica y como si la pla‐ nificación de la economía, el funcionamiento “racio‐ nal” de lo económico, no fuera precisamente el obje‐ to y el objetivo de la Economía Política, esa disciplina que el propio Marx criticó hasta la saciedad en prác‐ ticamente todos sus textos de madurez. Por motivos que no es el caso discutir, pero que derivan de una incomprensión del funcionamiento y del papel del Estado como “forma del poder de clase” y que tiene su desarrollo en los avatares de la historia del marxismo, en la URSS –desoyendo incluso las evi‐ dencias que Marx y Engels extraen de la experiencia de la Comuna de París‐ se pensó que el aparato del Estado (y cabría decir lo mismo del Derecho –pero no es el tema de esta mesa‐) podía ser utilizado por el proletariado hasta que fuera innecesario… para pasar luego a convertirse –conservado‐ en mero “adminis‐ trador” o “planificador” de una actividad económica entendida como ajena en su funcionamiento a toda relación social. Se pensó que la producción material de la vida… era una cuestión de mera “racionalidad” totalmente independiente de las relaciones de poder que en ella puedan articularse, ajena a ellas, y que por eso las decisiones sobre la producción material de la vida debían encomendarse “a los que saben”, sin per‐ catarse de que esa opción reintroduce por la puerta grande el discurso del amo, eso que Lacan ha llama‐ do “el discurso de la universidad” (y ¡qué curioso que le haya dado ese nombre!). Por motivos que no es el caso discutir, pero que derivan de una incomprensión de la función y del papel de la organización de los comunistas, del “par‐ tido”, y que también tienen que ver con los avatares de la lucha política en los que se desenvuelve la his‐ toria del marxismo, en la URSS se pensó que el parti‐ do, la vanguardia consciente, los que de verdad sa‐ ben cómo son y cómo funcionan las cosas, debían or‐ ganizar la sociedad y gobernar el Estado, reprodu‐ ciendo así, en la práctica, todos los modelos de la so‐ beranía que precisamente hacen imposible una socie‐ dad libre, haciendo así, en la práctica, imposible la

página 81

MISCELÁNEA

MISCELÁNEA

democracia. Haciendo así imposible, en una palabra, el comunismo. Por motivos que no es el caso discutir y que tienen que ver con la historia de los avatares del marxismo, además, pensaron que todas esas cosas que pensa‐ ron… constituyen una ciencia y, por tanto, son una verdad indiscutible. Y pensaron además que el curso de la historia llevaría necesariamente al triunfo de esa aberración. En mi opinión, frente a todas y cada una de esas afir‐ maciones, es imprescindible volver a decir, alto y cla‐ ro, que llamamos comunismo al movimiento real que destruye y anula el actual estado de cosas. Que llamamos comunismo a una sociedad libre de hom‐ bres libres. Que llamamos comunismo, en spinozista, a la democracia. Que llamamos comunismo a la ins‐ titución de lo común. Institución de lo común. Y eso quiere decir: nece‐ sidad de construir en común un común que no sea ya el común reactivo y pasivo de la mera convivencia dominada; y quiere decir hacer lo común institución; y quiere decir también hacer que no haya otra insti‐ tución que lo común y sus instituciones: en la más ab‐ soluta inmanencia. De ello ha habido y hay experiencias. Algunas po‐ co duraderas. Derrotadas: no lo bastante potentes co‐ mo para imponer su continuidad en el tiempo; pien‐ so en la propia Comuna, pienso en los soviets de la revolución rusa, en los organismos del poder popu‐ lar de la revolución cubana… o pienso en las comu‐ nas organizadas en tierras aragonesas o en Catalunya durante la revolución que acompañó a la guerra civil española. Parciales otras: pienso ahora en ese empe‐ ño zapatista en mandar obedeciendo… y podría pen‐ sar también en las asambleas que desde hace más de

6 meses se vienen desarrollando en nuestras plazas; experiencias de democracia que, ciertamente, ni tie‐ nen el poder de hacer cumplir sus decisiones ni tie‐ nen capacidad para extender su actividad a la pro‐ ducción material de las condiciones de vida. Pero quizá todo se andará. Y quizá surjan también otras. Quizá, porque nada es seguro: todo depende de las coyunturas. No se trata de conquistar el poder, ni de planificar la Economía… ni de hacer que triunfe el Derecho. Se trata de cambiar el mundo, de hacer un mundo nue‐ vo. Quisiera terminar con una cita. En honor a los estu‐ diantes de filosofía que han organizado este Con‐ greso. Se trata de una cita de un filósofo del que en este edificio apenas se habla. Del que apenas se habla bien, al menos. Epicuro. Y el texto es de su famosa Carta a Pitocles: “Para la creación de un nuevo mundo no basta sólo, como asegura alguno de los llamados físicos, con que se produzca una acumulación de áto‐ mos ni tampoco un remolino de ellos en el vacío [...] se necesita que fluyan semillas adecuadas de átomos [...] que vayan produciendo paulatinamente agrupa‐ mientos, interrelaciones y transmutaciones del con‐ junto de estos átomos [...] y que lleven a cabo también irrigaciones procedentes de los átomos adecuados para este cometido, hasta que el nuevo mundo fruto de esas semillas alcance su pleno desarrollo y fortale‐ za…” (Diógenes Laercio, X, 89 y 90). Dejadme, por favor, que me ponga otra vez spino‐ zista: ¡Multitudes del mundo uníos! Y habría que añadir: ¡Liberaos, y haced esa liberación constitu‐ yente! Muchas gracias.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 82

INTER(W)EXPRESS Tres (3) respuestas rápidas para Tres (3) preguntas clave
una entrevista con Viktor Gómez [Asociación Poética Caudal]

1. Viktor, ¿qué es la Asociación Poética Caudal?, ¿qué hacéis?, ¿quiénes sois y qué os mueve? La APC es una comunidad de órganos sin cuerpo, un fantasma, un paraguas que reúne por momentos puntuales y proyectos concre‐ tos a personas con afinidades selectivas que colaboran en una pro‐ puesta de acción cultural singular y luego cada uno se vuelve a sus cosas. Funcionamos, pues, de manera intermitente, discontinua, ri‐ zomática. Nuestros campos de actuación están principalmente re‐ lacionados con la poesía y el pensamiento crítico, están atravesados por el deseo de visibilizar “las prácticas literarias del conflicto” y suelen tener como protagonistas a gente dispuesta a escuchar a po‐ etas o escritores cuya vocación y prioridad es la historia del daño, es “leer lo que no ha sido escrito”, siguiendo a Benjamin. Cuando cualquiera de nosotros tiene interés sobre un libro, sobre una poé‐ tica, sobre un problema social o político, propone a uno o varios au‐ tores y entorno a ellos se presenta una lectura, una mesa redonda, una acción callejera o popular, la presentación de un libro, un de‐ bate urbano, una crítica cultural. Somos poetas, escritores y perso‐ nas relacionadas con la cultura escrita de diferentes ciudades, ma‐ yoritariamente de Valencia, pero con órganos por Gijón, León, Madrid, Logroño, Castellón, Jerez de la Frontera y Tenerife. Los grados de intervención de los miembros están en consonancia con la situación personal de cada uno y a su grado de vinculación a cada una de las propuestas… Nos mueve principalmente el disenso desde el que compartimos la voluntad de desenmascarar este sistema criminal ca‐ pitalista y sus mil agresiones a la vida colectiva e individual de todos nosotros; la usurpación, en lo político y en lo cultural, de las herramientas humanas de convivencia y regulación de la justicia, los bienes comunes y la palabra dada, esa “palabra de honor” que decía José Viñals. Nos mueve, en suma, una voluntad liberta‐ ria, además de anticapitalista, que nos lleva a proponer prácticas heterotópicas y a desmarcarnos de todas las falacias dogmáticas y ortodoxas, reaccionarias y patriarcales, que sirven de marco al actual sistema socio‐cul‐ tural. Nos mueve también una compasión natural hacia los privados de dignidad y un rechazo frontal de los que con mayor descaro o más camaleónica actitud tratan de perpetuar las relaciones de verticalidad, des‐ igualdad y abusos del poder y control de los enriquecidos sobre los desposeídos. Y en el terreno de la escri‐ tura nos mueve la defensa de la pluralidad y de la convivencia de las poéticas, lejos del pensamiento único y de cualquier canon que pretenda ser hegemónico y ninguneador de la multiculturalidad; por eso procuramos ejercer la autocrítica hacia nuestras propias maneras de estar en el mundo, de mirar y de escribir el mundo, así como de participar viva y activamente en lo político. Ello supone que estemos permanentemente cuestio‐ nándonos el cómo hacer, cuánto hacer y dónde hacer lo que hacemos o pretendemos hacer. 2. ¿Qué es la antología Por donde pasa la poesía, uno de vuestros últimos proyectos? Por donde pasa la poesía es un libro coral que reúne en torno a un no‐lugar, a un espacio utópico, como en una instantánea imposible, a gran parte –que no todos– de los poetas y escritores que han pasado por Valencia, por iniciativa de Miguel Morata, acompañado y apoyado por la Asociación Poética Caudal, para exponer otras maneras de escribir y de vivir “con los otros” la resistencia al poder; la voluntad de ser comunidad, el discurso político, la praxis literaria, la heterogeneidad, el disenso, la creatividad artística, las bases de una crí‐

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 83

MISCELÁNEA

MISCELÁNEA ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 84

tica cultural crítica, etc.; teniendo como puntos de referencia La librería Primado, librería de barrio, fronteri‐ za entre dos segmentos de la sociedad, uno de clase media y otro de clase obrera y universitaria, en continúo diálogo... Es difícil de explicar acaso, pero Por donde pasa la poesía no es una antología, ni un florilegio ni una propuesta siquiera de “los mejores”, reunidos por una supuesta ¿autoridad crítica? Por eso hablamos de una comunidad imposible, discordante, crítica y autocrítica; de vecinos de un hospedaje; de un sucesivo nomadeo que atraviesa, en diferentes momentos del último lustro, una ciudad saturada en lo político, en lo social y en lo puramente gerencial, por facciones y grupos económicos que legitiman la Formula1 y la America’s Cup co‐ mo “propuestas culturales” y que han destruido teatros y auténticos espacios culturales alternativos de una comunidad con una larga tradición creativa e intelectual. Por donde pasa la poesía es un libro que nace para que, dentro de unos años, no se pueda negar que hubo una resistencia a la culturilla oficial del PP, de los empre‐ sarios del ladrillo y del azulejo, a esa cultura espectacular de las familias altoburguesas del cava, yate y ópera incluida. Es un libro, además, que trata de exponer ante el lector una parte significativa de esa fortaleza plu‐ ral, solvente e inencasillable que caracteriza a la poesía de América Latina y de España, hoy. Merece la pena es‐ cuchar muchas voces que, por su origen o voluntad de pasear los márgenes, de descentrarse y no someterse a la doma del marketing y la rentabilidad de la industria masiva, quedan alejados de los grandes grupos edi‐ toriales, de la prensa nacional, de los medios de distribución y visibilización mayoritarios… La clave del libro podría resumirse así: “la forma de vivir condiciona la forma de pensar”. El desde dónde se vive determina có‐ mo se ve la vida. Y si, con Miguel Casado, entendemos que escribir y hacer poesía es “una manera de estar en el mundo”, Por donde pasa la poesía y la APC tienen entonces una radicalidad estrictamente subversiva del or‐ den basado en la representación. No delegamos, intervenimos; y no separamos el vivir de la praxis poética, y esta, de nuestra manera de establecer los vínculos con los otros. Y más allá de la individualidad lo que se pone en juego es el sujeto como ser social, y la sociedad como comunidad a constituir en toda su compleji‐ dad, sus diferencias y disensos, su pluralidad y sus minorías… El libro tiene como cinco secciones; la prime‐ ra tiene que ver con autores (escritores, docentes, periodistas, etc.) ligados a una actividad política y cultural o a librerías y espacios culturales de base, como La Fuga, en Sevilla, o Traficantes de Sueños, en Madrid. La segunda parte es la Carta Abierta en defensa de la pluralidad y convivencia de poéticas, elaborada colectivamente por escritores disconformes con las imposiciones mercantilistas y hegemónicas de una industria cultural apa‐

bullantemente conservadora y restrictiva de las libertades. La tercera parte, el grueso del libro, serían los po‐ emas de los 70 poetas, en su gran mayoría inéditos. La cuarta parte obedece al carácter social del libro, pues un 10% de los derechos de autor van para una ONGD de Burkina Faso que trabaja principalmente en la for‐ mación de niñas y mujeres, con el fin de posibilitarles autonomía personal y dignidad. El proyecto que acom‐ pañan Lucila Aragó y otras compañeras se detalla en esa sección del libro. La quinta parte, y sustantiva, co‐ rresponde a los lectores que, con su morosa o apresurada lectura, propicien discusiones, cuestionen y delibe‐ ren acerca de la situación cultural en España, hoy… El CD con diez poemas musicalizados e interpretados por Lucho Roa, la contra‐portada escrita por Víctor Silva Echeto, el archivo fotográfico y otras cuestiones no menores configuran esa cartografía de lo por venir, antes que de lo vivido, y de lo indecible, antes que de lo prefijado o previsible. 3. ¿Es posible editar hoy contra eso que llaman el mercado? ¿Cuáles son los costes de un reto así, a partir de vuestra experiencia concreta? La poesía es pérdida, ¿te atreves a perder?, nos dijo hace ya un tiempo Eduardo Milán. Por otro lado, el poeta ar‐ gentino Cristian Aliaga insiste parafraseando a un poeta de una generación anterior: “la poesía no se vende, porque no se vende”. Nosotros asumimos esas dos premisas. Entonces, ¿quién paga todo esto? Bueno, los platos rotos los paga el que sirve la comida. Es decir, hay un “fondo común”, al que las personas que nos apo‐ yan, o que forman parte del proyecto, aportan su dinero, y con eso funcionamos… El mercado exige rentabi‐ lidad y produce mercancías que se venden para generar un beneficio que permita dos cosas: reinvertir en el propio negocio y aportar dinero a los socios para vivir y, a ser posible, vivir bien. No es ese nuestro caso. La suerte es que cada uno de los que participamos en esto tenemos nuestros modos particulares “de subsisten‐ cia”, por lo que la apuesta en APC es conscientemente “a pérdida” segura. Nuestra motivación primera es hacer llegar las poéticas que nos interesan directamente a la gente, sin coste, desde la acomercialidad más rigu‐ rosa, o, cuando no es posible, a un coste mínimo y asumible por las economías más débiles… La rotación de libros, pliegos, cuadernos caudales, etc., propicia también la entrada de algunos fondos para no tener, cada vez, que aportar todo el dinero de una publicación o una acción cultural. Y, en la medida que la gente apoya, que valoran las aportaciones y los textos difundidos, esto va siendo posible… Seguimos palmando dinero, pe‐ ro, aun así, hemos podido ampliar la cantidad y mejorar la calidad de lo divulgado. Muchos poquitos apoyos, por ejemplo, el que 150 personas compren un libro como el de Olga Muñoz, La caja de música, a 7 euros; o que, cuando reciben gratuitamente un Cuaderno Caudal y un pliego de poesía mapuche o antihaikus, ofrezcan una aportación voluntaria a la Asociación Poética Caudal, está permitiendo unas dinámicas muy interesan‐ tes, ya que, además de lo ya expuesto, permite la conexión entre escritores y poetas que, antes de ello, no se conocían y que ahora pasan por Valencia e intercambian impresiones, o generan vínculos nuevos y constatan que existe más gente de la que cabría imaginarse tratando de aportar a la vida social –local, nacional y glo‐ bal–, su granito de arena… Todo esto requiere saber perder, y nosotros sabemos perder… En estos tiempos, aprender a leer no tiene precio y todo lo que hagamos en ese sentido será poco. Me crean o no, esa es la clave de todo arte, del arte de vivir o del arte de escribir (poesía). Y es una de las claves para que el mañana no nos aplaste.

ISBN: 1885-477X

/ tp:/ ht

c

dald au

oeti ep

YOUKALI, 12

logs b cas.

o ot.c p

m

página 85

MISCELÁNEA

MISCELÁNEA

Tierradenadie ediciones publica libros que no son mer‐ cancías. Es un instrumento editorial que, en su organi‐ zación misma, impide su conversión en maquinaria de producción de capital: en tierradenadie ediciones no hay beneficios privados. Los libros que publica construyen una crítica de la dominación y son herramientas para la transformación social.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 86

EL ESPACIO LITERARIO COMO MADRIGUERA
por Arturo Borra
“Toda escritura nace de una herida que nunca cicatriza porque su abertura es la posibilidad de la escritura”. Eduardo Milán

I Recurrir a Kafka suele ser una forma de olvido, de suprimir la extrañeza que contiene y borrar lo que tiene de más perturbador, reduciéndolo a “oficina de información de la situación del hombre” (eterna o ac‐ tual) como decía Adorno. Contra el nombre como re‐ curso de autoridad, cabe contraponer una reincidencia crítica que no nos exime del riesgo de pensar en los límites de lo conocido. Lo «extraño», en este punto, es una de las recurrencias en Kafka, esto es, aquello que horada cualquier vestigio de familiaridad, enfatizada por ese narrador que aun cuando accede a la «interio‐ ridad» de sus personajes –lo que no deja de resultar excepcional– no sólo no detenta sus claves, sino que además los devuelve con estupefacción, como si dios hubiera muerto desde mucho antes de que ellos naz‐ can, como si su nacimiento ya nada tuviera que ver con el padre fundador y no quedara más que orfan‐ dad. Extrañeza radical que impide, precisamente, la «identificación»1 y más si este recurrir es también una revuelta contra un cierto «interiorismo» –en par‐ ticular, el que se quiere omnisciente– y una protesta contra las sirenas –que ya no cantan, que quizás nun‐ ca cantaron2–. Anticipemos que no se trata de arriesgar una nue‐ va interpretación de Kafka, incluso admitiendo que “(…) la interpretación no es otra cosa que la posibili‐

1 Existe un contrapunto entre este tipo de “protagonista” y el “héroe” de la cultura masiva, en la que la identificación es planteada co‐ mo técnica de validación de mercado: el nivel de consumo aparece como productor del «valor estético». Por el contrario, los prota‐ gonistas de Kafka, al encarnar lo repudiado, permiten explorar zonas de opacidad que producen más bien distanciamiento. El de‐ rrumbe de los diques morales permite ahondar en la verdad (reprimida) de lo humano. 2 “(…) las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio” (Kafka, 2001: 98). Ulises se tapó los oídos y por eso no pudo escuchar el silencio de las sirenas, que quizás era lo único que podía herirlo. Toda esa belleza imaginada es la que no fue. La promesa de belleza es lo que se silencia, ante las fábulas que ocultan el abismo del ser humano. 3 En otras traducciones, también “La obra”, “La guarida” o “La madriguera”. Quizás la traducción más atinada sea esta última, entre otras cuestiones, por el contexto en el que se mueve el protagonista y por la negativa de Kafka a apelar a grandes simbolismos. 4 Señalo este hecho no para reafirmar la condición presuntamente inconclusa del relato, sino para indicar el carácter elaborado de su reflexión subyacente. No se trata de una historia interrumpida por la muerte de su autor (que hubiera tenido un desenlace en la lu‐ cha contra un enemigo identificable y en la muerte del héroe) sino, como luego intentaré mostrar, de una interrupción necesaria, producto de una aporía.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 87

dad de equivocarse (…) (De Man, 1990: 216), más to‐ davía si se considera la saturación que existe al res‐ pecto. Quisiera, en cambio, proponer una analogía, basada en “La construcción” [2001]3, relato elabora‐ do por el autor el último año de su vida4. En térmi‐ nos generales, este texto puede ayudarnos a pensar el «espacio literario» no sólo como «campo social» es‐ pecífico (en tanto trama relacional de sentido y po‐ der), sino en su condición más íntima, que es la del antagonismo del sujeto consigo mismo. La referencia a los otros y a lo otro resulta ineludible, aún si nos confiná‐ ramos a un subsuelo donde guarecernos. El estatuto de este relato dista de ser meramente

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

YOUKALI, 12

ejemplificador o ilustrativo. Su valor cognoscitivo es, por así decirlo, más general: no concreta una teoría preexistente, elaborada por otros medios, sino que contribuye de forma decisiva a su producción. Y aun‐ que no se trata de atribuir a Kafka unos propósitos que, sin serle ajenos, estaban desplazados en relación con una problemática más general, tampoco deberí‐ amos olvidar que Kafka se presentó a sí mismo como «literatura». Así, más que disociar campos que para este autor estaban estrechamente ligados5, mi propó‐ sito es trazar una comparación que puede resultar fe‐ cunda en varios sentidos, una vez reconstruyamos el relato mencionado y nos cuidemos de no perder de vista las especificidades respectivas. Para avanzar de forma elíptica, indiquemos algu‐ nos rasgos de extrañeza presentes en esta construc‐ ción. En primer lugar, el protagonista, lejos de pre‐ sentarse como una suerte de «héroe» de la historia, está más bien dominado por una imposibilidad épica: no obstante su libertad relativa de movimiento, en él no sobrevive ninguna «humanidad» elevada. Su con‐ dición animal ni siquiera nos remite a una «identi‐ dad» más o menos reconocible. No sabemos, en efec‐ to, de qué animal se trata. Si no fuera porque vuela y porque devora ratas podría ser un roedor –un «gran topo», tal como titula Kafka otro de sus relatos–. Podría tratarse, por el contrario, de un murciélago, pero es dudoso que un animal semejante pudiera ca‐ var una madriguera tan extensa como complicada y escogiera un ámbito subterráneo para subsistir. El punto crucial, sin embargo, no es determinar de qué animal se trata como de intentar saber por qué el pro‐ tagonista –único sujeto del relato, a excepción de una fauna menor que lo alimenta– no es humano (como ocurre habitualmente en sus cuentos). No hay más que un animal carnívoro que dedica sus horas a mejorar una obra que, en principio, juzga “bien lograda”, tras numerosos intentos de construc‐ ción malogrados. Esa satisfacción inicial, sin embar‐ go, apenas si puede sostenerse, a pesar de haber des‐ arrollado un modo de defensa elaborado que incluye pistas falsas ante predadores que “podrían destruir‐ lo todo para siempre”. Nuestro personaje sabe que su obra, incluso en su momento culminante, no es del todo segura: siempre puede asomar un “hocico voraz”. El sujeto en este espacio hostil no sólo no puede descansar; está instalado en el desasosiego:
Vivo pacíficamente en lo más profundo de mi ca‐ sa, y mientras el enemigo se me aproxima sigilo‐ samente (2001: 114).

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

Vivir tranquila, pacíficamente, no sería sino olvidar una verdad más rotunda, que es la posibilidad de aniquilación en garras del enemigo. Cualquiera sea la dimensión de los túneles en los que se mueve este animal, su enemigo acecha. Si bien dentro de la ma‐ driguera reina una desigualdad reveladora (mientras el protagonista conoce todos los caminos y direccio‐ nes, el “bandido” o posible intruso podría convertir‐ se en una “dulce víctima”), su constructor envejece y los enemigos diversos e innumerables se hacen cada vez más fuertes. No sólo son enemigos externos: “los hay también en lo profundo de la tierra” (2001: 114).
No los he visto jamás, pero las leyendas hablan de ellos y creo firmemente en su existencia. Son se‐ res del interior, ni siquiera las leyendas logran describirlos; ni los que se convirtieron en sus víc‐ timas alcanzan a verlos bien; se acercan, se oye el arañar de sus garras bajo la tierra, que es su ele‐ mento, y ya se está perdido. Entonces ya se está en la propia casa, más bien se está en su casa (2001: 114).

ISBN: 1885-477X

A pesar de un típico discurso racionalista que reniega de lo «imaginario» –como tejido significativo consti‐ tutivo de lo humano–, lo central aquí es que por más que se trate de seres legendarios (“enemigos invisi‐ bles”), eso no resta un ápice del efecto perturbador que produce sobre el protagonista. Ante esos seres –ligados a una «significación imaginaria» y no a un «conocimiento racional o empírico»– ni siquiera sirve la salida construida como esperanza para subsistir. No hay salvación en absoluto para este sujeto ase‐ diado, no obstante haber construido un espacio que, sin ser autosuficiente (el protagonista se permite eventualmente algunas excursiones al exterior, reco‐ nociéndolas como “imprescindibles”), apenas nece‐ sita abandonar. Notemos, de paso, que lo mejor de esa construcción es su silencio, engañoso en tanto puede interrumpirse, pero existente aún. Hay asi‐ mismo plazas circulares en algunos intervalos de las galerías, en los que todavía duerme “el dulce sueño de la paz, del deseo satisfecho, de la alcanzada meta del dueño de casa” (2001: 115), hasta conducir a una plaza principal, dispuesta para resistir el asedio. Sin embargo, imposible sustraerse al sobresalto. Que el personaje se compadezca de los “pobres via‐ jeros sin morada” apenas si parece un irónico con‐ suelo, un sostén para la fantasía de habitar una “for‐ taleza”. Pero precisamente porque sabe de su vulne‐ rabilidad, el protagonista modifica los planes hasta el agotamiento. Explora nuevas formas defensivas, re‐

página 88

5 “No soy más que literatura y no puedo y no quiero ser otra cosa” (citado en Blanchot, 1992: 58). Oponer «vida» y «escritura» en Kafka es desconocer que para este autor la segunda no constituye un refugio, sino una línea de fuga vital.

distribuye periódicamente sus provisiones, oscila en sus decisiones, acechado por la convicción de su de‐ bilidad: la idea del “gran ataque” mortifica, pues, cualquier goce duradero. Esa conciencia del límite, con todo, también coexiste con un cierto “juego arriesgado”: lanzarse al bosque, recuperar fuerzas, “(…) fuerzas para las que en cierto modo no hay es‐ pacio en la obra, ni siquiera en la plaza fuerte aunque fuera diez veces más grande” (2001: 122). De hecho, salir de la madriguera trae al protago‐ nista una cierta “serenidad de juicio”, una reevalua‐ ción de la situación, que entiende “no tan desespera‐ da”, donde es posible sentir que la hostilidad mo‐ mentáneamente ha mermado. El peligro, sin embar‐ go, es real. Regresar a casa le resulta especialmente difícil, expuesto al ataque. A pesar del temor, no viene nadie. Está solo, con‐ sigo mismo. No hay en quién confiar para el descen‐ so; si lo hubiera, reclamaría algo a cambio. Una trans‐ acción: conocer la obra, pero eso sería ya dar lugar a un visitante no deseado. La confianza sin la posibili‐ dad de vigilancia le resulta imposible, más cuando se trata de “alguien a distancia”, desde otro mundo. La confianza en sí mismo –bastante dudosa por lo de‐ más– es la única garantía de hacer de la construcción un “agujero destinado a salvarme la vida”. La protec‐ ción, sin embargo, nunca es suficiente. La preocupa‐ ción no cesa: “La obra no es precisamente un agujero de salvación” (2001: 129). A lo sumo, es una especie de recinto propio, laberíntico, intransferible, receptá‐ culo en el que podría “aceptar las heridas mortales de mis enemigos, porque mi sangre empaparía aquí mi propio suelo y no se perdería” (2001: 129).

Avanzar en la analogía entre esa madriguera y la lite‐ ratura dista de ser una reducción a la «identidad»; se trata más bien de la búsqueda de unas semejanzas en‐

6 Al respecto, Blanchot señala: “No podría haber combate decisivo: en ese combate, no hay decisión, ni siquiera hay combate, sino só‐ lo la espera, la cercanía, la sospecha, las vicisitudes de una amenaza cada vez más amenazante, pero infinita, indecisa, contenida to‐ talmente en su misma indecisión. Lo que la bestia presiente en la lejanía, esa cosa monstruosa que va a su encuentro eternamente, que trabaja allí eternamente, es ella misma, y si alguna vez pudiese encontrarse en su presencia, encontraría su propia ausencia; es ella misma, pero convertida en la otra, a la que no reconocería ni encontraría” (1992: 159).

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

II

página 89

Entonces, ¿por qué la vacilación? Quizás por no ha‐ ber camino sino aporía. Cualquier decisión implica (un grado de) insatisfacción; cualquier respuesta se mues‐ tra insuficiente. Y no es que no se encuentre nada; se encuentra demasiado. Tanto mejor sería la paz, el de‐ leite, pero toda esa belleza no existe. Podría uno for‐ jarse un autoengaño como pequeño consuelo, pero una amenaza difusa e insistente lo impide. Obra y protagonista se pertenecen mutuamente: la primera transforma el agotamiento del segundo en entusias‐ mo, hasta la irrupción de una nueva disonancia, un siseo, un silbido lejano, que desmonta el consuelo de las fábulas. La grandeza no protege de nada. “Precisamente, como propietario de esta obra grande y delicada, estoy inerme frente a cualquier ataque se‐ rio” (2001: 149), admite finalmente el protagonista. La desprotección de la obra es también indefen‐ sión del sujeto. El momento de la decisión, pues, está marcado por la imposibilidad de huir o quedarse. Tanto la huida como el asentamiento muestran su ra‐ dical vulnerabilidad. Llega ese punto entonces en que ya no se desea la certidumbre. El enfrentamiento con estos antagonistas invisibles, a pesar de su mor‐ tificante posibilidad, no sobreviene. A lo sumo, anti‐ cipación de una lucha a muerte por una madriguera propia, sin intrusos. “… Pero todo permaneció sin al‐ teración…” (2001: 149). Tal es la frase final. A pesar de esa amenaza recurrente, no hay resolución posible: todo permaneció sin alteración, sin momento culminan‐ te del conflicto y, por tanto, sin desenlace. Aunque su contenido refiera a una inconclusivi‐ dad radical del sujeto –una irresolución fundante de su desplazamiento–, el relato no está inconcluso, no obstante las indicaciones en sentido contrario que en algunas ediciones se hacen constar6. Lo que está en juego, en última instancia, es el carácter auto‐obsta‐ culizante del sujeto, su condición estructuralmente auto‐imposibilitadora (Zîzêk, 2000: 258‐262). Lo deci‐ sivo es esa indecisión del protagonista. Lo indecidi‐ ble podría dar lugar a decisiones diferentes, pero en todas sobrevivirá un resto injustificable, un punto de imposible satisfacción.

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

tre elementos diferenciados. Esta construcción, enton‐ ces, ni siquiera constituye una «alegoría del arte»7; a lo sumo, en un sentido que hay que elucidar, podría tratarse de una alegoría del sujeto. En esa alegoría no sobrevive ninguna historia legendaria: más que ema‐ nación de una divinidad o de una suprahumanidad en lo humano, su protagonista remite a una animali‐ dad no identificable. Y puesto que no hay heroización tampoco hay lugar para la gran obra. En vez de un su‐ jeto excepcional, lo único que sabemos de ese sujeto es su imposibilidad de dar por buena su construcción. No es preciso llegar al punto de rechazar la problemá‐ tica misma del sujeto, tal como hacen Deleuze y Guattari, a condición que lo sustraigamos de cual‐ quier concepción fundacional8. Vale lo dicho por Hall refiriéndose a Foucault: el descentramiento del sujeto no equivale a su destrucción; el centramiento de la práctica discursiva [del «dispositivo»] no podría fun‐ cionar sin su constitución (Hall, 1996: 32).

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

nocidas sus disputas con la hermenéutica. Con todo, las interpretaciones no sólo juegan un papel central en la transformación social; son cruciales en la propia dinámica del capitalismo. Así, según la lectura fou‐ caultiana, El Capital nos pone en presencia de concre‐ tas “técnicas interpretativas” sin las cuales no nos se‐ ría comprensible el proceso social e histórico:
El efecto de choque, la especie de herida provoca‐ da en el pensamiento occidental por estas obras, viene de que ellas han reconstituido ante nuestros ojos algo que Marx llamaba hieroglifos. Esto nos ha puesto en una situación incómoda puesto que es‐ tas técnicas de interpretación nos conciernen a nosotros mismos, puesto que nosotros, intérpre‐ tes, nos hemos puesto a interpretarnos mediante técnicas. Y es con estas técnicas de interpretación, a su vez, que debemos interrogar a esos intérpre‐ tes que fueron Freud, Nietzsche y Marx; en forma tal que somos perpetuamente reenviados en un perpetuo juego de espejos (Foucault, 2000: 37).

YOUKALI, 12

Sin embargo, para avanzar en una interpretación es‐ pecífica, es preciso especificar la validez misma de una política de la interpretación. En este sentido, con‐ sidero denegatorio el rechazo de Deleuze [y, por exten‐ sión, de Guattari] de todo principio interpretativo. No resulta casual que, en la lectura que hace de Fou‐ cault9, este autor soslaye una dimensión relevante de su producción teórica: la que remarca el valor perfor‐ mativo de las interpretaciones (tomando como puntos basales a Marx, Nietzsche y Freud), aunque sean co‐

A pesar de lo dicho, se dirá, las reservas de este fun‐ cionalismo antihermenéutico parecen justificadas por el típico secuestro de Kafka por parte de un “ejér‐ cito de intérpretes” que formulan todo tipo de alego‐ rías psicoanalíticas, religiosas y sociales. La conse‐ cuencia más evidente: se enriquece la «interpreta‐ ción», pero en detrimento del texto y su inquietante indeterminación (Grüner, 2000: 10). En ese sentido, una de las estrategias plausibles para rehabilitar la in‐ terpretación –y la problemática de la significación que implica– consiste en la reformulación de la no‐ ción de «alegoría», no ya como referencia al ser, sino como aquello que impide precisamente su fijación. Por otra parte, puesto que las interpretaciones –como campos de batalla en los que se estructuran las prác‐ ticas sociales– son socialmente eficaces, prescindir de ellas constituye, de mínima, una ingenuidad teórica. Más que apostar por domesticar el texto a partir de la interpretación, la apuesta es crear nuevos sentidos al respecto. Si la interpretación ya es una intervención, prescindir de ella no deja de ser otro modo de interve‐ nir, más o menos espontaneísta. En síntesis, renunciar a una «interpretación críti‐ ca» es desistir de una participación efectiva en las lu‐

página 90

7 A propósito de la «alegoría», decía Kafka: “(…) sólo quieren significar que lo inasequible es inasequible, lo que ya sabíamos” (2001: 52). Incluso aceptando la tautología enunciada, habría que agregar que ese saber lo que no se sabe ‐“lo inasequible”‐ dista de ser su‐ perfluo. Más adelante, procuraré mostrar que la alegoría permite cuestionar ciertos discursos que se instalan en la plenitud de un saber (más o menos completo y estable). Así, confirma un no saber sabido y desmonta saberes que omiten su propia precariedad (lo que no saben). 8 En su “encuentro” tan provocativo como polémico con Deleuze, Zîzêk no duda en atribuirle, a pesar de su aborrecimiento explícito, un hegelianismo irreconocido. Tras esa atribución, Zîzêk dice: “Lo que Deleuze ataca, desde su perspectiva hegeliana, como hege‐ lianismo, ¿no es precisamente la concepción del sujeto como (todavía) sustancia, el fundamento/base idéntico a sí mismo, de un pro‐ ceso, y no aún $, el sujeto vacío, no sustancial?” (2006: 92). 9 Esta omisión se transforma en sentencia: “El método de Foucault siempre se opuso a los métodos de interpretación” (Deleuze, 2006: 141).

ISBN: 1885-477X

10 En este conflicto de interpretaciones lo que se juega es tanto la lucha por la hegemonía como una lógica de producción de subjetividades. 11 El rechazo a la categoría de «discurso» como «cadena significante» conduce a la reintroducción de categorías como «contenido» y «expresión», marcadas por un formalismo que pierde de vista lo formacional (Williams, 1997). Ahora bien, los términos «conteni‐ do» y «expresión» difícilmente pueden eludir la problemática del sujeto que Deleuze y Guattari querían excluir (al respecto, Voloshinov, 1993). 12 Conviene recordar que el propio Kafka no desconocía el discurso freudiano, al que consideraba una descripción aproximada de los conflictos (inter)humanos.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

chas simbólicas: además de dejar el campo despejado a las interpretaciones más reaccionarias, impide es‐ tructurar una práctica revolucionaria. Si plantear una «política de la interpretación» conduce a una «desto‐ talización» de los «regímenes de verdad» institucio‐ nalizados y a «retotalizar» sobre la base de otras estra‐ tegias interpretativas10, tal como sostiene Grüner, la apuesta no puede ser de forma válida una retirada, si‐ no el ensanchamiento de las grietas que una interpre‐ tación crítica puede operar. Sobre esas grietas creadas por una específica política de la interpretación preten‐ do, precisamente, avanzar. Por lo demás, sustraer un «dispositivo de enunciación» de la significación (una axiomática que rechaza la semioticidad de lo social) es radicalmente problemático desde el momento en que el sentido se produce pragmáticamente, esto es, desde el momento mismo en que la práctica es lo que cons‐ tituye de forma contextual el valor semántico de los discursos. En cuanto asumimos con Wittgenstein que “el significado es el uso”, echamos por tierra el presu‐ puesto de un funcionamiento separado del proceso so‐ cial de producción de significaciones. Desde esta perspectiva, la lectura de la «madri‐ guera» como «rizoma» (1990: 11) implica operacio‐ nes interpretativas irreductibles e inocultables. El funcionalismo de Deleuze y Guattari, que expulsa el sentido de los actos, retorna de forma no controlada, provocando una diseminación semántica que, como máquina funcionalista, tiende a ocultar, cuando no a re‐ primir. Al menos en lo que atañe a este relato, la in‐ terpretación experimentalista de estos autores ape‐ nas si se detiene en la dimensión antagónica que es‐ tructura ese espacio dividido que es la madriguera11. Ahora bien, prescindir de ese enfoque epistemológi‐ co no tiene por qué conducir a un rechazo en bloque de esa interpretación, a condición de una rearticula‐ ción teórica pendiente en buena medida. Volvamos, entonces, al punto de partida. A pesar de una interpretación común que remite al persona‐ je a alguna patología paranoica, considero que la lec‐ tura contraria es la más acertada: se trata de una con‐ dición universal del sujeto. Cuanto más trabaja en la construcción, más encontrará en su interior insufi‐ ciencias, «fallas» tanto en su sentido geológico como en su sentido psicoanalítico12. Lo que Kafka ahonda es esa imposibilidad que no tiene por qué encarnar

en alguna incidencia empírica. El zumbido está ahí, dentro. La percepción de hallarse ante lo intermina‐ ble presiona de forma constante esa soledad en la que el Otro aparece sólo de forma negativa, como ausen‐ cia. Ahora bien, ¿qué es estar‐solo sino pérdida de «morada», lugar de serenidad en el que reposar? No obstante una cierta similitud de los términos, cabe enfatizar la diferencia que hay entre una «mora‐ da» como recinto pleno del ser y una «madriguera» en la que el ser es lo que se fuga, en la que ya no hay lugar para la serenidad o el sosiego. Espacio escindi‐ do por excelencia, en la «madriguera» el único espa‐ cio que queda es para transitar, posibilitar el movi‐ miento continuo, la indecisión que lleva de la agita‐ ción al entusiasmo y del entusiasmo al agotamiento. El descanso apenas basta. Ante la aporía, no queda más que seguir cavando túneles que no portan (ni pueden portar) salvación en absoluto. A ese despla‐ zamiento diferentes autores lo han nombrado de for‐ mas diversas: «errancia», «exilio», «diáspora», «ex‐ tranjería», son modos de referirnos a ese lugar sin lu‐ gar que es la escritura, a la falta de «hogar transcen‐ dental» que constituye lo literario –y no sólo la for‐ ma‐novela como propusiera inicialmente Georg Lukács–. El punto de inicio no es la felicidad sino el desam‐ paro. De la misma manera en que nuestro protago‐ nista no encuentra el reposo, el artista no encuentra nunca su «obra». El trabajo de excavación resulta tan‐ to más apremiante cuanto más conciencia se tiene de

página 91

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

ISBN: 1885-477X

lo inacabado. No puede haber paz. El testimonio de Kafka no hace concesiones al respecto. “Con pocas excepciones, nunca encuentra en lo que escribe la prueba de que verdaderamente escribe. A lo sumo, es un preludio, un trabajo de aproximación, de recono‐ cimiento” (Blanchot, 1992: 53). Incluso si la promesa de la escritura fuera alguna dulzura venidera, no tenemos más que la «verdad del exilio», una verdad que no puede ejercerse, por‐ que ella misma se desplaza, ella misma erra, en la im‐ paciencia de una obra buscada y diferida desde el principio de la búsqueda. Los términos pueden in‐ vertirse: se trata también de un exilio con respecto a la verdad concebida como correspondencia última. Nos falta la verdad: residimos exiliados de certidumbres finales, sin alojo en una estancia continente. La meta‐ morfosis, en una lectura inicial, es ante todo, soledad radical del sujeto (no‐humano) que se arrastra sin con‐ suelo, encerrado en una habitación, hablando un len‐ guaje ilegible. Quizás a esa soledad –que no significa sin más ausencia de otros– pueda ligarse el hecho de moverse en el espacio de la muerte, en el infinitivo morir, ese morir‐se o desfallecer que es vivir. Escribir no es sino esa preparación para la desaparición (in‐ terminable ella misma). De nada sirve asegurarse las defensas de arriba; seguimos indefensos con respec‐ to a nosotros mismos. La referencia selectiva al psicoanálisis no es gratui‐ ta: no es forzar demasiado las cosas si se remite ese subsuelo al «inconsciente», no sólo a lo que descono‐ cemos de nosotros mismos, sino a lo que reprimimos para seguir viviendo (el zumbido que desbarata los planes de la conciencia que se quiere soberana, due‐ ña de sí misma). Referencia selectiva, a condición de arrancar el conflicto psíquico y social del «familiaris‐ mo» (el «triángulo edípico»), cuestionado con razón (Deleuze y Guattari, 1985). Sin embargo, prescindir en bloque de una referencia psicoanalítica, que Lacan distinguió radicalmente de un proyecto de «psicolo‐ gía», es echar por tierra una de las aportaciones teó‐ ricas más relevantes para seguir elaborando una crí‐ tica al antropocentrismo, en especial, para ahondar en la perspectiva de un sujeto descentrado. La «afren‐ ta» al sujeto es clara: ni siquiera controlamos nuestra madriguera. Hay huecos, intrusos que merodean, ca‐ llejones sin salida. Del mismo modo que El castillo o El proceso conectan a una asfixia propia del exilio, no deberíamos omitir esa otra extranjería del sujeto con‐ sigo mismo que el psicoanálisis evoca de forma per‐ sistente (Kristeva, 1999).

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

Para retomar nuestra argumentación:
Cuanto más sólidamente cerrada al afuera parece la madriguera, más grande es el peligro de estar encerrado con el afuera, de estar entregado sin sa‐ lida al peligro, y cuando toda amenaza extraña parece apartada de esta intimidad perfectamente cerrada, la intimidad se convierte en extrañeza amenazante, entonces se anuncia la esencia del peligro (Blanchot, 1992: 158).

Si es cierto que esta «extrañeza amenazante» es cons‐ titutiva de lo literario, no debería sorprendernos que la consecución del erotismo buscado sea también su disolución13. Sin esa promesa de religación, esa reli‐ gión íntima que une lo que está desgarrado (aunque se trate de una religión sin dios ni idolatría, sin Presencia ni institución que la contenga) no habría búsqueda; sin embargo, si la búsqueda pudiera col‐ marse alguna vez no habría, estrictamente, «literatu‐ ra». La paradoja íntima de la literatura es que la pro‐ mesa no es más que prueba de una ausencia –una constatación de la intimidad del desamparo– que sólo podría disiparse con la clausura de lo literario. Esa advertencia no pasa desapercibida a Bataille: “La li‐ teratura no tiene otro sentido que la felicidad, pero esa búsqueda de la felicidad que efectuamos al escri‐ bir literatura o al leerla parece en verdad tener el sen‐ tido contrario de la desgracia” (Bataille, 2001: 84). No tenemos más que una verdad nocturna, que es también “descripción de una lucha” (tal como titu‐ la Kakfa uno de sus relatos). No sirve para dominar los espíritus, para gobernar los cuerpos. Esta verdad está ligada a la verdad de la obra, su imposible térmi‐ no, su vacío, que no es mera ausencia de sentido (de

YOUKALI, 12

página 92

(13) Un trabajo más exhaustivo sobre el erotismo supondría discutir algunas de las implicaciones que Bataille extrae de sus investiga‐ ciones. Parte de lo que este autor atribuye al «erotismo» ‐como por ejemplo, la crueldad o la agresividad‐ bien podría reinterpretarse como constituyente de la dimensión antagónica, incluso si esta fuera inseparable de la práctica erótica. A nuestros fines, alcanza con señalar que en esa sexualidad mediata –distintiva de lo humano‐ la referencia a los otros resulta ineludible.

III Algo ominoso se suelda a la «animalidad» kafkiana, nacida de la estocada infligida por lo social. Cuando el Otro es percibido como enemigo indisoluble, cuan‐ do la exterioridad se convierte en amenaza constan‐ te, la vida se torna mera lucha por la supervivencia. Sin ser el animal necesariamente un ser degradado (eso supondría algún esplendor previo), es producto del taponamiento de una potencialidad. El Otro, sin embargo, no tiene por necesidad que ser enemigo mortal, con el cual no habría posibilidad alguna de negociación simbólica, aun si aceptáramos dimensio‐ nes innegociables, elementos que se sustraen a la eco‐ nomía del intercambio, que caen en aquello que pasa desapercibido o resulta insignificante para una deter‐ minada formación discursiva. Tampoco el sí mismo tiene que convertirse invariablemente en un animal carnívoro, sin más que un cúmulo de miedos y ape‐ tencias. ¿Habría que avanzar más y remitir esa cons‐ titución antagónica de los otros a unas condiciones histórico‐sociales específicas? Eso sería avanzar de‐ masiado rápido. Si el antagonismo es el núcleo trau‐ mático que constituye lo humano, no puede reducir‐ se a sus formas históricas concretas. Nada de ello su‐ pone negar la posibilidad (en términos contrafácti‐ cos) de una pacificación de la existencia social que sub‐ vierta las luchas actuales, sin por ello atisbar en el ho‐ rizonte una reconciliación social final. Dicho lo cual, el pasaje de lo humano a lo no‐hu‐ mano implica el «devenir‐animal» de Deleuze y Guattari. Si ese devenir está ligado a una forma espe‐ cífica de fuga, a un “desmontaje del dispositivo ma‐ quínico”, eso no niega la presión cosificadora del proceso que subhumaniza, preparando las condicio‐ nes de una eliminación. Doble operación entonces. Insistir con Adorno: “La huida a través del hombre hasta lo no‐humano es la trayectoria épica de Kafka” (Adorno, 1984: 161) y al mismo tiempo, remarcar que esta «épica» está más bien invertida: el pasaje de lo humano a lo no‐humano apenas conserva la memo‐ ria de alguna heroicidad. Se trata de “héroes impo‐

14 La negación de una «metafísica de la presencia» no tiene por qué conducir a una «metafísica de la ausencia». El desmontaje del lo‐ gocentrismo implica rebasarlo desde sus márgenes, lo que es decir: no insignificancia absoluta, sino fuga de sentido, el sentido mis‐ mo como fuga. 15 Tomo la noción de «antagonismo» tal como es reformulada por Laclau (2000: 21‐57). En contraposición a la «contradicción» hege‐ liana, el antagonismo es conceptualizado como un exterior radical constitutivo. “Es un «exterior» que bloquea la identidad del «in‐ terior» (y que es a la vez, sin embargo, la condición de su constitución). En el caso del antagonismo la negación no procede del «in‐ terior» de la propia identidad sino que viene, en su sentido más radical, del exterior; en tal sentido es pura facticidad que no puede ser reconducida a ninguna racionalidad subyacente” (Laclau, 2000: 34).

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

lo contrario, no habría nada parecido a un sentido del vacío ni a un sentido de la fuga), sino más bien, encuen‐ tro con lo «Real» –en lo que significa para Lacan–: lo que resiste la simbolización, aquello que desafía cual‐ quier régimen de inteligibilidad y que pone un lími‐ te a la expansión totalizadora del concepto. No se tra‐ ta, pues, de un vacío clausurante, sino de ese vacío que, parafraseando a Sartre, nos condena a la libertad de la búsqueda, a ese movimiento interminable de un lugar que no existe, un sentido que nunca coagu‐ la en presencia absoluta mediante la cual se dirimirí‐ an las equivocaciones, la errancia constitutiva de lo li‐ terario14. Están, seguramente, los otros, aquellos que mien‐ ten una seguridad, unos honores, erigiéndose en «guardianes de la cultura», «profetas del pueblo» e incluso, salvadores del abismo que darían heroica‐ mente la gran batalla final, el “combate decisivo”. Pero la madriguera es, precisamente, ese espacio en el que el «antagonismo» no puede ya suprimirse15 ni tiene término en un final feliz. No da abrigo, no am‐ para: a lo sumo, permite explorar lo desconocido, in‐ ternarse en la «verdad de la noche», por tomar pres‐ tada nuevamente una expresión de Bataille. En esa verdad se interna Kafka, buscando una salida entre puntos ciegos. No es de extrañar que la «identidad humana» se desdibuje y que, en ese mismo proceso, irrumpa lo monstruoso. De lo humano no queda uni‐ dad alguna, menos aún cifrada en un “yo”. Más bien, una pluralidad de pulsiones, un “mero principio de

página 93

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

organización de impulsos somáticos” (Adorno, 1984: 160).

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

tentes”, casi superfluos, tan abstrusos como inútiles. Así entonces, la animalización puede leerse tanto co‐ mo síntoma de un proceso social deshumanizante como una resistencia a esa deshumanización (“si el ser‐humano actúa así, trazo una línea de fuga: me ha‐ go no humano”). Elucidar las implicaciones de estas dos variantes no debería impedirnos reconocer que, en ambos ca‐ sos, la crítica al presente, a nuestra formación social, no puede omitirse de forma válida, como no sea ha‐ ciendo de la alegoría –en la acepción delineada– una mitología. Si en el primer caso, el sujeto es remitido a la animalidad, despojado de su condición, en el se‐ gundo caso se trata de un devenir que posibilita otra forma de subjetivación, en la que se ejerce una resis‐ tencia contra el poder reificante de la formación so‐ cial hegemónica16. Estrictamente, no se trata de dos variantes separadas. La primera opera como condi‐ ción de la segunda. Se deviene animal porque hay rei‐ ficación, pero en vez de resignarse a la pasividad, se apela al gesto subversivo por excelencia que es hacer de la carencia una fortaleza. Se admite el estigma, pe‐ ro para reivindicarse desde ahí, para reafirmarse co‐ mo diferencia negada. El poder de extrañamiento que se pone en juego, producto de la trepanación, es también extrañamien‐ to de nuestra sociedad dividida. Si el mito coincide con una racionalidad del dominio, Kafka muestra sus pozos, no invocando de forma directa la historia pasada, sino centrándose en los estigmas de la actua‐ lidad, sus sobrantes, su miseria. Al no haber salva‐ ción, la historia se hace infierno. El espacio, por su parte, se hace irrespirable y, como en la madriguera, el sujeto termina encerrándose en sí mismo, batallan‐ do con la alteridad. La rotundidad de Adorno nos ayuda otra vez: “Se desdibuja la frontera entre lo hu‐ mano y el mundo cósico” (1984: 177). No es que des‐ aparece la diferencia, pero los sujetos humanos ad‐ quieren un carácter infrahumano. Devienen “anima‐ les” no identificables, atrapados por el temor a ser devorados. El otro como sujeto erótico no parece habitar cer‐ ca, aunque si hay alguna promesa de felicidad no po‐ dría estar más que ahí: en las apariciones de Fiedra besando furtivamente al agrimensor K. (El castillo), en la hermana de Gregor asomándose al cuarto vacío (La metamorfosis), en los besos arrebatados a la señorita

Bürstner, como un “animal sediento” (El proceso). El salto del cuento a la novela no es azaroso, en tanto re‐ clama un rebasamiento del devenir‐animal. Al sin sa‐ lida del animal acorralado lo único que cabe confron‐ tar en esa forma de relato de Kafka es una salida ha‐ cia un dispositivo que ya no es animal (Deleuze y Guattari, 1990: 56‐65): lo erótico sólo puede emerger en esa salida que no carece de violencia, en un devenir sujeto que no entraña ninguna soberanía ni plenitud, sino más bien la inscripción en un orden simbólico abierto en el que el otro es constituyente. El desasosiego de todas esas bestias, el aplaza‐ miento ilimitado al que son lanzados, no conduce más que a la aporía, al sin‐salida que sólo abriéndo‐ nos a la alteridad nos sea dado mitigar. La salida al sin‐salida es el acceso al dispositivo socio‐político que incluye una política del deseo17. No una salida que suprime el antagonismo, sino más bien aquella que permite dar lugar al deseo como actividad subjetiva revolucionaria. No se trata, en el caso de la madriguera, de un tra‐ tado de la desesperación, que relataría la angustia del autor. Ni siquiera hay «nihilismo». La «alegoría» que intento rehabilitar, en este punto, rompe el mito del retorno de lo siempre igual: en esa esperanza incom‐ prensible y loca de un vínculo intersubjetivo que re‐ base el lazo instrumental, más allá de las murallas chinas y de los pasillos interminables en los que al‐ guien intenta protegerse sin conseguirlo. La rarefacción no podría llegar más lejos. Ni des‐ esperanza absoluta ni redención: claroscuro que ha‐ ce insoluble la tensión misma. Alcanza recordar que el protagonista se siente obligado a salir esporádica‐ mente de su guarida, con todas las cautelas del caso. Asediado por el antagonismo, no por ello puede sim‐ plemente entregarse a su reino de sombra. ¿Se abre, entonces, una prefiguración de una sociedad y un su‐ jeto reconciliados? La cuestión no se resuelve en una utopía abstracta; la salida al sin‐salida es, propiamen‐ te, lo político, pero como tal, no tiene resolución tras‐ cendental, sino que conecta a la inmanencia del de‐ seo. Podemos desde luego discutir cómo se sale de la representación política, pero me conformaré con pre‐ guntar en este contexto cómo podríamos acceder a ese deseo saliéndonos de la interpretación. Si contes‐ táramos que el deseo es la práctica, tendríamos todavía que intentar elucidar, a raíz de la multiplicidad de

página 94

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

16 No podríamos estudiar esos funcionamientos de «poder» sin la dimensión semiótica que lo sustenta. Si como señala Foucault (1992) no hay poder sin reconocimiento, leer el poder supone interrogar las investiduras de sentido que posibilitan ese reconocimiento. La ex‐ clusión de las luchas discursivas como parte de las luchas sociales materiales, como si pudiera concebirse algún funcionamiento fue‐ ra de su articulación discursiva y, por tanto, la exclusión de la dimensión simbólica e imaginaria de la vida social, conducen a mi entender a otro callejón sin salida: hacer ininteligibles los dispositivos hegemónicos. 17 “No hay mejor manera de decir que las cargas sociales son a su vez eróticas, y a la inversa, que el deseo más erótico opera toda una carga política y social, persigue todo un campo social” (Deleuze y Guattari, 1990: 94).

agenciamientos posibles (fascistas, burocráticos, ca‐ pitalistas, revolucionarios), qué clase de deseo esta‐ mos poniendo en práctica. Con ello, se derrumba una lectura inmediatista y una vez más somos devueltos al infinito juego de espejos de la interpretación. Ahondar en esa salida que Kafka enuncia a través de su escritura invita a una relectura mucho más de‐ tenida que la que puedo hacer aquí. Me contentaré con señalar que el trabajo de lo negativo está ahí, aun si no quisiera representarse dicha negatividad en tér‐ minos de «crítica» sino de «antagonismo». Como ne‐ gatividad radical no admite síntesis suprema. Nada de ello conduce a una especie de inmovilismo confor‐ mista. Más que una estática del conflicto, en tanto re‐ petición mítica del capitalismo reificante, lo que en‐ contramos cada vez es movimiento insuturable. IV Si el campo social está estructurado alrededor de una imposibilidad central, lo mismo vale para el sujeto: “(…) no es el enemigo externo el que me impide al‐ canzar la identidad conmigo mismo, sino que cada identidad, librada a sí misma, está ya bloqueada, marcada por una imposibilidad, y el enemigo exter‐ no es simplemente la pequeña pieza, el resto de rea‐ lidad sobre el que «proyectamos» o «externalizamos» esta intrínseca, inmanente imposibilidad” (Zizek, 2000: 259‐260). Hay pues un impedimento radical y constitutivo que impide la constitución de una iden‐ tidad plena. Es este «antagonismo puro» que remite a una experiencia traumática al que el relato de Kafka remite. Eso no conduce a una ética de la resignación si‐ no a una ética de la confrontación con un núcleo impo‐ sible en la que la imposibilidad incita al entusiasmo. Como condición trascendental, tan estructurante co‐ mo limitante, el antagonismo puro interroga acerca de los modos que disponemos para gestionar la pro‐ pia imposibilidad. Lo dicho nos permite trazar algunas ideas referi‐ das al espacio literario. Lo más obvio es el carácter ra‐ dicalmente inconcluso de su lugar, ligado al subsue‐ lo. Sus implicaciones, sin embargo, no son triviales. Como «construcción abierta», obra en obras o, si se prefiere, obra sin obra, está plagada de agujeros. La obra, si se prefiere, es un aplazamiento ilimitado. Eso invalida una teoría del arte literario como «morada». Una madriguera siempre está cargada de peligros in‐ visibles, de amenazas de toda índole y, como tal, dis‐ ta de poder constituirse como un lugar estable del su‐

18 Las mitologías acerca de la locura del artista lo recuerdan, de forma similar a la acusación filosófica de «solipsismo» que a menudo se asocia con este hundimiento en sí mismo.

ISBN: 1885-477X

jeto o en términos más amplios, como recinto del ser18. Aunque nos refugiemos ahí, aunque afuera sea tanto peor, no puede cerrase sobre sí misma ni cons‐ tituirse como pura interioridad. Puesto que no hay identidad plena posible, lo que queda es un campo significante marcado por un límite no simbolizable, un límite que interrumpe una comunicación sin res‐ tricciones, una situación de habla ideal. Espacio de un goce diferido, la madriguera es también habitáculo sin serenidad, en suma, desaso‐ siego que no puede soslayarse. No se trata de definir nada. Aproximarse a ese objeto imposible que es la «literatura» es meterse en un agujero o, si se prefiere, inmiscuirse en un proceso, transitar por un devenir, un estar en obras que no se acaba nunca, como no sea cuando adviene la muerte. No hay lugar para dete‐ nerse, alojo permanente, aún si no pudiéramos salir de ahí más que de forma momentánea. Pero se sale, precisamente, porque tampoco es posible quedarse de forma duradera ahí. El tránsito, el de‐morarse es signo de una búsqueda ilimitada, sin resguardo. La madriguera es, simultáneamente, trampa. En cual‐ quier momento podría irrumpir un depredador, del que nada sabemos como no sea su condición amena‐ zante. A cambio, una suerte de inquietud radical, de auto‐exigencia agotadora que no permite el descanso más que en intervalos temporales cada vez más redu‐ cidos, cuando esa pasión insomne de construir cede ante el abandono de las fuerzas. No es evidente que Kafka lo hubiera planteado así, pero en esa madriguera están presentes dos di‐ mensiones insoslayables: 1) la de la subjetivación –no solamente cognoscitiva, sino deseante– y 2) la de la comunicación –en absoluto ligada a un encuentro pa‐ cífico con el otro, a un intercambio simbólico libre de coacciones–. Aunque sean inseparables, estas dimen‐ siones no están secuenciadas en términos temporales. Porque no es primero el (auto)conocimiento y des‐ pués una comunicación con el exterior. El exterior constitutivo –bajo la forma de un antagonismo radi‐ cal– sostiene ese espacio interior que no cierra. Es esa comunicación –enigmática, pero ineludible en tanto se plantea una interrelación fundante entre un sujeto y un entorno donde los otros están ahí, aunque más no sea imaginariamente, trazando una relación de senti‐ do– lo que sostiene no tanto una auto‐conciencia co‐ mo una práctica: la excavación constante en sí mismo. Inclusive si hubiera un deseo de aislamiento, co‐ mo intento de autoprotección, el Otro está ahí, bajo mil rostros: un zumbido, unas pezuñas temidas, un

YOUKALI, 12

página 95

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

hocico que podría arruinarlo todo. Está y no sólo en la superficie: también en esos seres de abajo, presio‐ nando para cavar más hondo, interminablemente, con la esperanza vana de construir un espacio donde descansar. Desde ese momento, aunque más no sea para reafirmarse frente a esos otros, se produce un vínculo elusivo pero no por ello inexistente. Son esos otros, en cierta medida, quienes regulan sin saberlo esta construcción. Desde ese momento, psiquismo y comunicación no son escindibles: se nutren mutua‐ mente. La psiquis, para ser, entabla una relación de tensión y se estructura sobre el sentido de otro como amenaza: no puede operar bajo la forma de la «mó‐ nada». De modo similar, la literatura tampoco podría recluirse en obras de arte que funcionen monádica‐ mente, tal como pretendiera Adorno en su Teoría esté‐ tica (1983). Aun si lo que comunicaran fuera una dis‐ tancia, no podrían dejar de comunicarse, en tanto ra‐ dicalmente insuficientes. Puesto que no logran cons‐ tituirse en espacios cerrados, las obras se reenvían mutuamente, habitualmente bajo la forma de la ne‐ gación mutua. Pero incluso cuando así lo quisieran, no pueden vivir aisladamente. En tanto plagada de agujeros, la madriguera se constituye como una des‐ garradura en la que no hay reconciliación, pero tam‐ poco relación de indiferencia. El Otro modela la obra –llámese subjetividad, llámese literatura–. No se tra‐ ta, una vez más, de una relación amorosa. No lo es en el relato de Kafka. Esos otros no están ahí como pro‐ mesa de redención alguna, sino como aquellos que perturban o interrumpen el goce, como esos que in‐ terfieren con sus planes y sus intentos de edificar una madriguera para sí mismo. Debemos advertir que no parece haber «lenguaje común» entre el protagonista y los antagonistas. Bien podríamos hablar también aquí de una cierta incon‐ mensurabilidad que no se resuelve con la apelación a algún metalenguaje (estético) que permita arribar a un espacio compartido, a una comunidad simbólica sin fisuras. Falta un entendimiento recíproco y no hay pistas siquiera para sospechar que podría haber‐ lo alguna vez. Si así fuera, no habría amenaza o la amenaza no sería constitutiva sino históricamente superable. El diálogo resolvería en una unidad de las diferencias el antagonismo, haciendo imaginable una comunidad plena, no dividida, la reducción de la guerra al encuentro pacificado: erotismo puro, cerca‐ nía con respecto a sí mismo, desaparición de lo in‐ consciente. La inexistencia de un lenguaje común presentifi‐ ca ese estado no‐humano que, en Kafka, deviene monstruoso. Quizás ahí pueda comprenderse por qué este sujeto, no enteramente privado de palabra, ni del simbolismo que posibilita, está erradicado de cualquier transparencia, lanzado al subsuelo, ama‐ rrado al malentendido. Y puesto que no se puede

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 96

sencillamente hablar pero tampoco callar, no queda más que la vacilación, la indecisión radical, incluyen‐ do la del discurso. No es forzar las cosas si recorda‐ mos el «tartamudeo» de Deleuze, el «balbuceo» de Celan o Beckett. Ni siquiera en lo referente al «desti‐ natario» que desde esa madriguera se forja –por más fantasmático que fuera–, podríamos suponer que se trata de un «otro» que podría entender sin resto lo que formulamos (un graznido, un canto sin canto, un silencio de sirena). La desaparición de lo ilegible no sería más que reintroducir un Otro mayúsculo, no barrado: la tesis de un gran Otro que en su omnipo‐ tencia transferiría de forma unilateral la falta al suje‐ to (reintroduciendo como principio explicativo la “culpabilidad”). Al discurso de Kafka, más bien, hay que remitir‐ lo al “A todos y a nadie” de Nietzsche. Como si la promesa de una comprensión trascendental a la par de estar vedada no impidiera el deseo de un otro en el que hallar alojo, por más “imaginario” que fuera. A nadie, porque se escribe en un espacio al que no vie‐ ne nadie como no sea un posible intruso, una espec‐ tralidad inquietante del otro –tan omnipresente co‐ mo invisible–. A todos, aún, en cuanto ese espacio no puede cerrarse sobre sí mismo, en tanto se sostiene en relación a esos otros no identificados que dan sen‐ tido a la madriguera (aunque más no sea como deseo de protegerse). Ese sentido –que ya no puede concebir‐ se como una presencia plena del concepto– nada tie‐ ne en común con una instancia transparente en el que la intimidad ha deshecho el secreto. No se trata, en ningún caso, de una hospitalidad absoluta, que no es más que un oxímoron. La propia etimología de lo ab‐ soluto remite a lo que está separado, no a lo que se constituye de forma relacional sino a lo que existe en sí. No puede haber sino una hospitalidad relativa al otro, esto es, una apertura finita a quien es condición de nuestra existencia. Por lo mismo, si hay antagonismo, faltará el arribo a un consenso universal, la conversión de la soledad en lazo pleno, la conquista de una comunidad sin fi‐

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

suras. Persistirá un «secreto absoluto», “(…) aquello que está escindido del lazo, aquello que está desliga‐ do y no puede atarse; es la condición del lazo social, pero no se lo puede atar: si hay absoluto, es secreto” (Derrida, 2009: 79). En este punto, se trata de una puesta en común de aquello que no se comparte. Ahora bien, si la «mónada» permanece en la inco‐ municación, si la «morada» anuncia un punto de re‐ sidencia hospitalaria en el lenguaje, la «madriguera» es ese lugar en el que la plenitud del cierre queda cancelada. Ese lugar cerrado está arruinado desde su principio. La «literatura», por tanto, es espacio incon‐ cluso que, a pesar de un trabajo escritural, nunca nos pone a resguardo. Se escribe por el desasosiego de no tener más que un espacio asechado. Se puede des‐ cender, querer ir tan lejos como se pueda, fugándose de una exterioridad que interrumpiría la soledad. Se puede querer acabar todo ese interminable laberinto de pasillos. Pero la inadecuación seguirá ahí. El zum‐ bido persistirá, instando al que excava a seguir en un incesante acto de trepanación. Se puede desde luego renunciar a esa tarea interminable; eso ocurre conti‐ nuamente, pero entonces el Otro nos alcanza: el ase‐ dio se convierte en caza o en captura (el que se anqui‐ losa en un estilo, el que ha convertido su escritura en patria, espacio de lo previsible). También la «consa‐ gración» puede transfigurar ese territorio vulnerable en un presunto castillo o reinado: sin trazados para arriesgar ni túneles por los que seguir circulando. La repetición de la singladura celebrada, de una hospi‐ talidad rendida al otro, termina agotando hasta esa libertad de movimiento (de sentido) que es la experi‐ mentación. Se puede, efectivamente, desconocer el asedio. Descansar en una de esas plazas en la que lo acopia‐ do abunda. Pero también ese acopio se acaba termi‐ nando. Se puede perecer entonces: de aburrimiento, de hastío, de reconocimiento. El asedio, sin embargo, no tiene término. El antagonismo seguirá aguijone‐ ando el deseo –aún el deseo de una morada al fin en la que ser el que se es, o de una mónada que se cierra sobre sí misma y prescinde finalmente de cualquier comunicación con lo exterior–. Habida cuenta de la inconsistencia del recito, el sujeto es arrojado al des‐ plazamiento. Necesita asomarse a la superficie, hur‐ gar otros planes, nutrirse o buscar nuevos acopios, medirse o medir sus fuerzas, evaluar la magnitud de las amenazas internas y externas, salirse de sí mismo para mirar las presuntas fortalezas desde la perspec‐

tiva de su vulnerabilidad. Por necesidad volverá a su madriguera, a la escritura como recinto inconcluso donde no se puede reposar, donde concluir o desistir del trabajo (de la escritura) es morir. ¿Qué queda, entonces, del sujeto, de las mitologí‐ as asociadas a la literatura? Una «alegoría» quizás, a condición que por ella no entendamos nada similar a una referencia directa al «ser». Más bien, lo alegórico, como instauración de una distancia, aproxima al “no ser” de lo representado. Como «negación en proce‐ so» –siguiendo a De Man (1996, 1998)– no conduce a una comprensión trascendental sino a mortificar esta posibilidad. No tenemos, pues, comprensión trascen‐ dental del sujeto ni de la literatura; en cambio, sí al‐ guna referencia al «no ser», a lo que ya no podemos aceptar válidamente como aproximación a la literatu‐ ra y al sujeto, al mito del Hombre como fundamento de la escritura. El sujeto literario, así pensado, es no‐identidad consigo mismo: por eso la escritura está ligada a un «devenir» en el que la subjetividad ya no puede co‐ municarse de forma diáfana con los otros, pero tam‐ poco puede acceder a una soledad absoluta. Por eso se trata de un sujeto escindido en un espacio inacaba‐ do, siempre‐por‐construir. Un sujeto sin identidad úl‐ tima es, esencialmente, inestable. Aunque pueda con‐ cebirse un «sujeto en falta» como irreductible a sus posiciones, la práctica (estética, ética, política) adquie‐ re aquí un valor constitutivo. Los otros, incluyendo ese otro que es el sí mismo, están ahí, irreductible‐ mente. Y en esa interrelación constitutiva, por más desesperación que exista, por más lucha por la super‐ vivencia que domine, la promesa de erotismo tampo‐ co puede soslayarse sin más, aunque no sea sino para mitigar la división, el desasosiego, el repliegue19. V ¿No es el sacrificio, como gasto sin finalidad, lo que se le exige al sujeto de la literatura, especialmente en la poesía? ¿No es el protagonista de Kafka un sujeto oneroso, que derrocha su energía? No creo que la res‐ puesta pueda ser taxativa. Sí, pero no solamente. La respuesta quizás sea doble: «esto y aquello». Gasto sin finalidad: el reposo, la dulzura, la felicidad no advie‐ nen en la escritura. Sin embargo, su laboriosidad co‐ bra su energía en la búsqueda de otra vida y de otro sujeto, más allá del sacrificio. Se objetará que esto es introducir otra vez el «ideal regulativo» en el cual lo

19 Es legítimo preguntar: ¿cuál es la línea de fuga que traza la madriguera? El protagonista vive en su peculiar encierro incluso cuan‐ do se asoma para espiar la superficie. La salida por la que escapar es simultáneamente su trampa. Como señalan Deleuze y Guattari, ese es el límite del devenir‐animal: oscila entre una “salida esquizo” y un “callejón sin salida edípico” (1990: 27).

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 97

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

deseado se posterga indefinidamente. Pero no es «ideal» sino «sentido estructurante», condición de la práctica literaria. La pura «intransitividad» –tesis que proviene del romanticismo y que prosigue su curso hasta la actualidad–, el arte como finalidad sin finali‐ dad, no alcanza. Uno de los legados centrales de las vanguardias históricas es precisamente la inconformi‐ dad con respecto a la separación institucionalizada entre «vida» y «literatura» (Bürger, 1987). Kafka mis‐ mo lo señala, insistiendo que él no es más que litera‐ tura. El reclamo de una reintegración de lo literario a la praxis vital está ahí, aunque dicha reintegración nunca logre suprimir toda distancia. Anuncia, sin em‐ bargo, la posibilidad de un espacio en el que el sujeto hurga un secreto subterráneo con la promesa de cons‐ truir una salida para el desasosiego. La «literatura», entonces, no se reduce a un legado de obras indepen‐ dientes a las que se les asigna un valor estético. Remite, de forma primaria, al deseo de cambiar la vida. Ahora bien, si la institución artística nunca es una objetividad petrificada sino un tejido significante –un «campo de discursividad»–, eso implica que encarna en unos sujetos que no sólo son herederos de unas tra‐ diciones sino también sus puntos de dislocación. Precisamente, en lo que hay de singular en ese sujeto –en un secreto no publicable, ni siquiera sabido– se anuncia un ámbito de lo «sagrado», aunque sea una sacralidad laica que la sobreexposición (pública) ter‐ mina profanando. Dicho en otros términos, la luz prolongada vela esa singularidad; sólo puede ser di‐ cha en la oscuridad que constituye lo humano. Si hemos de entender la literatura como «lujo» –tal como hace Bataille– habrá que apresurarse a se‐ ñalar que ese lujo está ligado no a una exhibición de poder sino a una práctica de libertad que hace posi‐ ble la experiencia de lo gratuito. Nunca estamos obli‐ gados a cavar; fuera de esa obligatoriedad, sin em‐ bargo, necesitamos esa libertad (lujo irrenunciable que nada tiene de suntuario o superfluo). Esa libertad que nace o se continúa en la madriguera, como he‐ mos visto, implica momentos de soledad. Y si bien nunca se está absolutamente solo, cuando se escapa de ahí, cuando se quiere estar absolutamente acompañado, se termina asumiendo el discurso de la tribu, limitán‐ dose al rol del portavoz de un discurso previsible, a sacar un rendimiento o una utilidad política, econó‐ mica o simbólica al discurso literario. En ese instante, quizás, no se hace sino ratificar el momento totalita‐ rio de la “comunidad”: el punto en que el sujeto acepta la autoridad del todo, en que entra –(in)volunta‐ riamente– en la servidumbre. El «compromiso» en ese contexto no es ya con la autonomía humana sino con la sumisión a la autoridad (del Pueblo, de la Tribu, de la Cultura). Lejos nos hallamos de una resolución de la tensión esencial. Si el sujeto se constituye en relación con una

exterioridad, será ineludible referirse a ella. Por eso la literatura es irreductible a una experiencia interior. El conocimiento de sí mismo resulta imposible sin una referencia a lo que no es de ese orden. La alteridad radical, en última instancia, no sólo contribuye al au‐ toconocimiento sino que impide, simultáneamente, todo cierre cognoscitivo. Como momento perturba‐ dor, nos expone a la experiencia del desconocimien‐ to. De forma inversa, nunca somos ese afuera. Hablar en su nombre es advenir como Sujeto mítico, lo que no es más que una trampa mortal: se termina hacien‐ do de la madriguera un tabú, convirtiendo sus reco‐ dos más o menos secretos en el gran misterio, en una zona prohibida en que el silencio se llena de culpabi‐ lidad. Rechazar el servilismo, incluyendo aquel que liga a la multitud, es aprender a estar solo, aun cuando esa soledad es enteramente social. Ese aprendizaje es crítica de la heteronomía, reivindicación de lo que no se deja sujetar. Eso supone perderse de una tierra co‐ nocida. La atopía literaria es entrometerse en lo des‐ conocido, en esa vulnerabilidad presentida, ese forjar un mundo en un trozo de tierra, aunque sea un mun‐ do en penumbra. Como el personaje de Kafka, uno aprende a moverse en esa oscuridad. La salida a la superficie, en ese sentido, es un doloroso ejercicio de encandilamiento, un intento de adaptarse a una luz que daña la retina habituada a la noche. En el vacío de lo Real hay un exceso de deseo: ser morada o mónada, según la apuesta sea por una hos‐ pitalidad del ser o por un refugio en sí mismo. Pero ese deseo excedente tiene que habérselas con la ma‐ driguera, con su desasosiego en el que la soledad ab‐ soluta y el encuentro pleno con el otro son dos pola‐ ridades nunca dadas. Por eso, aunque tras lo literario se asome una «voluntad de lo imposible», no es del todo acertado decir –como hace Bataille– que la lite‐ ratura no cambia el mundo. No puede hacerlo al mo‐ do soberano, pero eso no equivale a conferirle una impotencia política desmentida por su poder de con‐ moción, por su capacidad de perturbar el buen senti‐ do, de sacudir las conciencias y, en el límite, de movi‐ lizar los pies. No efectuará esa tarea por sí misma; pe‐ ro contribuye a hacerlo cada vez que abre una habi‐ tación clausurada, un recodo inerme que no sabía‐ mos, una nueva ruta que conduce a la parte ignora‐ da de nosotros mismos. Si hay una subjetivación en la escritura, eso ya supone que el sujeto deviene otro en el proceso; nada impide suponer que ese devenir no incite a otros también a hacerlo. Y si las palabras tienen el poder de “hacernos abrir los ojos” en la ex‐ periencia de la noche, entonces, esa apertura no pue‐ de no tener efecto en la subjetividad. En términos generales, del hecho de que la litera‐ tura desborda la sociedad utilitaria no se deriva ne‐ cesariamente que sólo sea pensable una literatura in‐

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 98

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

VI Podría utilizar una analogía inversa: la «literatura» es una suerte de fortaleza (del sentido) a la que nunca se accede, como K. al castillo. Se topará con centinelas, traspasará antesalas sin dar jamás con la instancia fi‐ nal, será perseguido por aquellos que pretenden ser sus más fervientes defensores. Como espacio de tran‐ sitividad, no hay forma de acceso a una autoridad mística siempre elusiva, sea para que revele su man‐ dato (es el caso de El castillo) sea para que revele los motivos de una culpabilidad enigmática (como ocu‐ rre en El proceso). Ni Joseph K. ni K. podrán llegar a esa instancia en la que la Ley se autoexplica, en la que el Fundamento se revela. Más bien se trata de la ins‐ tancia aplazada, de una búsqueda incesante de aque‐ llo que destierra de toda calma. De umbral en umbral, el sujeto se mueve tras la huella de lo ineluctable. La madriguera no se deja conceptualizar como «medio» o «fin»: es condición de cierta subjetivación. La extrañeza perturbadora de la mejor literatura está ligada a ese umbral en el que el mundo subterráneo, invisible, tiembla en la superficie que se comunica con los demás a través de un secreto intraducible. Pedir a ese mundo un entendimiento universal es, sencillamente, disolver esa intraducibilidad. En este punto, se adivina que lo literario es el acontecimien‐

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 99

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

dependiente de su situación, regida por el principio del “arte por el arte”. Antes bien, literatura para la vi‐ da, que parte de una distancia y, simultáneamente, no se deja reducir a medio. En el límite, la poesía como caso especial de literatura discute su mismo estatuto: ya no acepta ser confinada en una categoría estética ni recluirse en la pura ficcionalidad (aunque la presu‐ ponga en diversos puntos). Quiere ser éxtasis –habi‐ tar fuera de sí–, horadar su ensimismamiento de ma‐ driguera, aunque salir de forma permanente acentúe el riesgo de no poder regresar ya, de fallecer fuera de esos subsuelos en los que su vida se nutre.

to del fracaso. Un fracaso respecto a la “obra logra‐ da”. Es casi redundante recordar que Kafka pide a Max Brod que queme sus escritos, quizás con la año‐ ranza de que su amigo no lo haga. La petición, sin embargo, es simultáneamente la admisión de un fracaso y la esperanza de un peque‐ ño fulgor. La escritura de Kafka es de esos fracasos fulgurantes, que merecen rescatarse entre tantas ten‐ tativas que ni siquiera fracasan porque nunca han iniciado un trabajo de trepanación que termina cho‐ cando contra un lecho de piedra. Por lo demás, esa conciencia del fracaso es una ventaja; quien lo presien‐ te trabajará con fuerza por postergar ese límite, aun‐ que no pueda evitarlo. No es que haya certeza de an‐ temano acerca de este fracaso, del momento o el lugar en el que –por usar una expresión de Wittgenstein– la pala se doblará en un lecho de roca. Si así fuera, quizás nunca se intentaría. Pero que no sepamos dónde nos toparemos con ese lecho de roca no significa que ese momento no advenga como parte colindante al acto de escribir. Entretanto: ser otro, entregarse a la necesidad de rebasarse, responder al inconformismo que está liga‐ do a un fracaso que reenvía al antagonismo, a una in‐ congruencia que solicita ir más allá. Podría alegarse: si literatura es el nombre de un campo en el que la subje‐ tividad (se) interroga de forma ilimitada, ¿por qué debe‐ ría querer‐desbordarse, por qué no morar sencilla‐ mente ahí? A esa pregunta habría que confrontarla con otra: ¿quién puede querer‐morar sólo subterrá‐ neamente, escapar a toda forma de reconocimiento intersubjetivo, conformarse con una madriguera pa‐ ra morir? Se advertirá entonces, en este punto, un po‐ sible límite de la analogía antes trazada. El protago‐ nista de Kafka sale por necesidad, pero su deseo está anclado al subsuelo. Puede que el deseo del sujeto (li‐ terario) se ligue de otra forma a la superficie: no ya como medio para recuperar fuerzas, sino como una posibilidad de encuentro –por más furtivo e incom‐ pleto que fuera–. Sin embargo, con ello se corre el riesgo de confun‐ dir al sujeto con los enunciados. La salida literaria me‐ diante la publicación es radicalmente diferente a la salida social mediante la literatura. El riesgo de salida fundamental, quizás, esté ligado a esa confusión de enunciador y enunciado. Salir a la superficie median‐ te una escritura marcada por el antagonismo, irre‐ ductible a una identidad, debe distinguirse rigurosa‐ mente de una salida del escritor ligada a un cierto go‐ ce identitario que restaura la autoridad, el privilegio de los nombres propios, el prestigio de la propiedad o la excelencia intelectual que habilitaría a la distin‐ ción social. Ahora bien, decir que no hay nada mejor que que‐ darse en casa sólo vale en el mejor de los casos para los gozan de un castillo o, en el peor, para los que asedia‐

dos por una hostilidad infinita, no quieren ya expo‐ nerse a la luz de la superficie, optando por arrastrar‐ se por unos pasillos interminables. Quedarse en casa sólo puede ser deseable para los que tienen una casa. El problema es que no hay casa ni dueño, incluso si el “yo” se considerara “dueño de su propia casa”. Con Freud no tenemos más remedio que sobrellevar esa herida narcisista (que él llama «afrenta psicológi‐ ca» [Freud, 1999]). En última instancia, elaborar esa herida implica la admisión de un no‐dominio: el yo como huésped. No tiene más camino que el descen‐ tramiento que conduce a una errancia sin término. ¿No es precisamente este no‐dominio una de las lecciones centrales de Kafka? Lo extraño no sólo no puede ser erradicado: ni siquiera es susceptible de domesticación. De ahí se deriva una apuesta radical: hacerse imperceptible, no al punto de desaparecer, sino de no tener más que apariciones furtivas, efímeras, imprevisibles. Sabiéndonos huéspedes de la tierra, lo que nos queda es esa madriguera que una panoplia discursiva puede disimular pero no suprimir. En sin‐ tonía con Nietzsche, lo que está en juego no es la con‐ quista de una gran obra: así como la mejor índole de seres humanos está ligada a una aspiración a la pe‐ queñez, la mejor índole de poetas y escritores está li‐ gado a la aspiración a una literatura menor. Esa litera‐ tura puede caracterizarse como la literatura que una minoría hace en una lengua mayor (desterritorializa‐ da), en la que todo es político y todo adquiere valor colectivo (Deleuze y Guattari, 1990: 29‐30). La “esca‐ sez de talento” conduce no a una maestría sino a una enunciación colectiva que emplaza cualquier enuncia‐ do en lo político:
(…) es la literatura la que produce una solidaridad activa, a pesar del escepticismo; y si el escritor es‐ tá al margen o separado de su frágil comunidad, esta misma situación lo coloca aún más en la posi‐ bilidad de expresar otra comunidad potencial, de forjar los medios de otra conciencia y de otra sen‐ sibilidad (…) (Deleuze y Guattari, 1990: 30).

página 100

califica un tipo de literatura: traza las “condiciones re‐ volucionarias” de cualquier literatura (Deleuze y Guattari, 1990: 31). En resumen, retornar a la obra en curso, una obra que no cristaliza y que en último término niega la ló‐ gica de la «obra» –como unidad suturada de senti‐ do–, no es regresar a una construcción segura, sino a la intemperie de lo imprevisto, llevando la lengua al desierto (o a lo subterráneo). Ningún trazado coinci‐ de con lo que se halla. Lo imprevisible, ligado a lo que se construye, es aquello que se provoca cuando el sujeto se mueve. No es lo contrario al antagonis‐ mo, sino aquello que produce más o menos involun‐ tariamente. El hallazgo imprevisible –minúsculo– es como una presa diminuta que se escabulle, que sólo se captura a fuerza de una búsqueda laboriosa. No hay una relación causal, pero la casualidad implica un trabajo angustiante, un movimiento en el que el antagonismo del instante arroja más allá de sí mismo. Hablar de una estructura antagónica, ligada tan‐ to al mundo histórico‐social como a la condición hu‐ mana, nada dice sobre la forma en que esta estructu‐ ra encarna. Por eso las formas concretas del antago‐ nismo (llámese lucha de clases, luchas raciales y étni‐ cas, de género, de edad, de orientación sexual, por mencionar algunas) no implica ninguna clase de re‐ signación. Como distancia estructural ante lo que es, anuncia un querer‐ser, una añoranza que puja por darse otras posibilidades. Ninguna parálisis, enton‐ ces, cabe en este mundo. Sólo el miedo, como “deseo de ceguera”, puede hacernos cerrar los ojos. Ningún tributo, así, a la desdicha. El antagonismo radical es también enfrentamiento con el sufrimiento históricamente evitable, así como lucha contra un go‐ ce que extrae su fuerza del desconocimiento, de los ojos cerrados. Si la conciencia desdichada no basta y la literatura busca claves para excederla, ello no pue‐ de hacerse de forma válida mediante una fuga hacia la intimidad, entre otras cuestiones, porque esa inti‐ midad también está desgarrada. Bien se puede ape‐ lar al subterfugio intimista, que concibe al sujeto con

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12

En este sentido, también hay una producción que agencia en el deseo de una literatura mayor, que en‐ cumbra lo individual y lo desconecta de lo político. En nuestros términos, esa literatura está marcada por el heroísmo de sus protagonistas, la grandeza de sus acciones individualizadas, la altura de sus ideales o sus valores, su capacidad de encarnar el Bien, de ha‐ cer Justicia, de erradicar el mal del mundo, de hablar una lengua normalizada. Y si bien no deja de ser otra forma de producir el espacio literario, es claro que esa literatura mayor no tiene lugar en la madriguera. Del mismo modo que producir líneas de fuga es cen‐ tral en una literatura menor, construir sistemas más o menos perfectos, más o menos paranoicos, es central en la literatura mayor. Sin embargo, lo “menor” no

independencia a su historia. Pero eso es sustraer a di‐ cho sujeto de las condiciones de existencia en las que se constituye: una especie de esencialismo que hace del ser humano una «naturaleza» transhistórica en la que su biografía situada no sería más que un acciden‐ te. Precisamente porque no se trata de celebrar la tris‐ teza, la literatura hurga en ese recodo donde el dolor no es destino sino efecto de unas relaciones sociales marcadas por la injusticia histórica. En todo caso, «antagonismo» y «erotismo» no re‐ sultan disociables sino discernibles: si los distinguimos es sólo a los fines de enfatizar la incongruencia de ese espacio en el que la escritura literaria tiene lugar, in‐ clusive si su apuesta fuera la construcción de una co‐ munidad. Su punto de partida es una inquietud que no parece mitigarse como no sea mediante un traba‐ jo incesante de la palabra que acaricia algunos mo‐ mentos de dulzura. Lo que está en juego no es en primer lugar una cuestión de «contenidos» sino de sus condiciones de posibilidad. La «literatura», aún aquella que persigue la destrucción de la institución artística como tal, aquella que no quiere coagular en canon, ni alzarse en templo, reenvía a una subjetividad en la que la es‐ cisión es inerradicable: entre antagonismo y erotis‐ mo. El entre no alude, sin embargo, a una coexisten‐ cia simétrica. Si hay voluntad erótica ello sólo puede responder a una actualidad del antagonismo, a una lejanía presente que puja por lo que no está nunca da‐ do ni asegurado. Si se parte de esa desgarradura, no resulta sorprendente la experimentación formal en la que se emplazaron las vanguardias estéticas de las primeras décadas del S.XX: nada de lo hallado puede bastar, como si la huella de lo no vivido –la promesa de felicidad– persistiera instándonos al movimiento. VII El espacio literario, en tanto «madriguera», no es só‐ lo un asunto de superficie, aunque la implique. En el relato que tomé como matriz productiva, la preocu‐ pación constante por disimular la entrada bajo el musgo remite precisamente a ese punto de inicio de lo subterráneo. No se trata, pues, de una profundi‐ dad mística, de una presunta inefabilidad de la con‐ dición humana que algunos exégetas privilegiados podrían revelarnos. En cambio, esa superficie sostie‐ ne un espacio invisible, unas galerías que se internan en los subsuelos. Una jornada en el infierno, de Rimbaud, parece insistir en ese punto. Se puede estar en la superficie, pero permanecer ahí por demasiado tiempo impediría el trabajo de excavación. Contentarse con las formas actuales de la madrigue‐ ra equivaldría a aceptar la multiplicación de los peli‐ gros. La exposición en la superficie –no digamos ya la exhibición– implica la inminencia de la captura por

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 101

parte de esos enemigos mortales, que también moran dentro de la tierra. Es cierto que se sale, en primer lugar, para reco‐ brar fuerzas. Pero la batalla que cuenta, la batalla que no puede contarse porque no se parece a ningún Gran Combate sino a la erosión continua del suelo, la única batalla que no está perdida de antemano (aun si fuéramos capaces de anticipar el fracaso final) está en el subsuelo. Las fuerzas se necesitan para seguir cavando, reestructurar sin término un recinto transi‐ torio (que aquí ligamos al espacio literario). Salir permite, asimismo, mirar de otra manera el recinto, evitándonos una excesiva familiarización, ha‐ ciéndonos especialmente sensibles a sus vulnerabili‐ dades. Se sale porque no hay mónada, se retorna por‐ que no hay morada, porque necesitamos seguir cons‐ truyendo un cobijo que nos falta. Somos extraños en nuestra presunta casa. La escritura así entendida es “creación de un mundo desértico” (Kafka). Sólo atra‐ vesándolo podemos, quizás, soñar con algún bálsamo en el que el otro tiene un valor fundante. Lo antedicho tiene ramificaciones de índole for‐ mal. La «estilística», en este sentido, está ya rebasa‐ da por sucesivas estilizaciones que no cristalizan en un sistema retórico cerrado. Si hay desplazamiento, el «estilo» será necesariamente desestabilizado en una búsqueda que implica (y rebasa) la exploración formal. En la herida, la estilización de un material no del todo informe («preformado» diría Adorno) per‐ sigue una promesa de reparación que no hacemos si‐ no diferir. Sin embargo, reducir esa búsqueda a una proble‐ mática estilística pasa de largo lo central: el trabajo de trepanación, producto de la insatisfacción radical con respecto a un espacio de existencia que amenaza la vi‐ da misma. Dicho de otra manera, lo decisivo aquí es esa tensión insoluble que estructura todo movimien‐ to, que impide una forma definitiva de la madrigue‐ ra y que, sin embargo, está ligada a una práctica (de escritura). El espacio literario es esa tierra extraña en la que no puede haber seguridad como no sea auto‐

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

engañándose. Se regresa cada vez para reiniciar la obra, esa imposibilidad que estructura lo literario. Y se regresa con temblor de ser, no el que siente Ulises retornando a su Ítaca, que consagra el héroe a su pa‐ tria, sino aquel otro en el que tiembla nuestro ser mis‐ mo, al punto de no quedar más que tartamudeo. Como retorno a lo inédito, quien escribe se hace ex‐ tranjero en la propia lengua. En la aporía entre la so‐ ledad y el otro, la creación literaria fecunda su propia (im)posibilidad de ser.

Bibliografía citada ADORNO, Theodor (1984): Crítica cultural y sociedad, Sarpe, Madrid. ____ (1983): Teoría estética, Orbis, Barcelona. BATAILLE, George (2001): La felicidad, el erotismo y la literatura, Adriana Hidalgo Editora, Argentina. BLANCHOT, Maurice (1992): El espacio literario, Paidós, Barcelona. BÜRGUER, Peter (1987): Teoría de la vanguardia, Península, Barcelona. DERRIDA, Jaques (2009): El gusto del secreto, Amorrortu, Buenos aires. DELEUZE, Gilles y GUATTARI, Félix (1985): El antie‐ dipo: capitalismo y esquizofrenia (trad. de Francisco Monge), Paidós, Buenos Aires. ____ (1990): Kafka. Por una literatura menor (trad. Jorge Aguilar Mora), Era, México. ____ (2006): Conversaciones (trad. Jorge Luis Pardo Torío), Pretextos, Valencia.

DE MAN, Paul (1998): La ideología estética, Cátedra, Madrid. ____ (1996): Ensayos críticos, Visor, Madrid. FREUD, Sigmund (1999): “Una dificultad en el psico‐ análisis”, en Versión electrónica completa de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Enciclopedia Infobase, Buenos Aires, 1999. FOUCAULT, Michel (2000): Nietzsche, Freud, Marx, Pretextos, Valencia. HALL, Stuart y DU GAY, Paul [comps.] (2003): Cuestiones de identidad cultural, Amorrortu, Buenos Aires. KAFKA, Franz (2001): La muralla china, Edicomunicación, Barcelona. KRISTEVA, Julia (1999): Extranjeros para nosotros mis‐ mos, Gedisa, Barcelona. LACLAU, Ernesto (2000): Nuevas reflexiones sobre la revolución en nuestro tiempo, Nueva Visión, Buenos Aires. VV.AA. (1990): Teoría literaria y deconstrucción, Arco, Madrid. VOLOSHINOV, Valentín (1993): El marxismo y la filo‐ sofía del lenguaje, Alianza Editorial, Madrid. WILLIAMS, Raymond (1997): Políticas del modernis‐ mo, Manantial, Buenos Aires. ZIZEK, Slavoj (2006): Órganos sin cuerpo, Pretextos, Valencia. ____ (2000): “Más allá del análisis del discurso”, en LACLAU, Ernesto (2000): Nuevas reflexiones so‐ bre la revolución en nuestro tiempo, Nueva Visión, Buenos Aires.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 102

UNA NOVELA CRÍTICA PARA UN PRESENTE CRÍTICO

A mediados de marzo de 2011, se celebró, en la desaparecida libre‐ ría Eléctrico Ardor, de Madrid, una mesa redonda bajo el lema “Una novela crítica para un presen‐ te crítico”, en la que participaron Belén Gopegui, Marta Sanz, Eva Fernández y Matías Escalera Cordero. Los dos textos de Marta Sanz y de Eva Fernández, que presentamos aquí: “Razones pa‐ ra la novela hoy” y “Al acecho calmado o una murmuración con dinamita”, respectivamente, es‐ tuvieron en la base de la discu‐ sión, ese día, y la continúan, de alguna manera, ahora para todos nuestros lectores. De cualquier forma, a los más interesados por estas cuestiones, les recomendamos, además, en‐ tre otros muchos materiales posi‐ bles –y sólo para empezar–, la consulta en la Web de los núme‐ ros 2 y 3 de la Revista de Crítica Li‐ teraria Marxista, dirigida por Da‐ vid Becerra y editada por la FIM ( h t t p : / / w w w. f i m . o r g . e s / ‐ 02_01.php?id_categoria=17), en cuyos índices hay algunos artículos directamente relacio‐ nados con la cuestión; así como la lectura de una buena parte de los artículos contenidos en uno de nuestros libros La (re)conquista de la realidad (Tierradenadie Ediciones, 2008), co‐ ordinado, precisamente, por Matías Escalera Cordero. De David Becerra, también, se puede consultar, en este mismo número de Youkali, la re‐ seña conjunta de las últimas novelas de Belén Gopegui e Isaac Rosa, en la que se plantean una buena parte de las cuestiones que afectan al tema suscitado.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 103

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

RAZONES PARA LA NOVELA HOY
por Marta Sanz Pastor1

página 104

Los tiempos han cambiado mucho en muy pocas décadas y las transformaciones son tan profundas que uno tiene la obligación intelectual de interrogar‐ se sobre muchos temas que han pasado a formar parte de nuestra visión del mundo, de la masa sumergida de un iceberg ideológico que se tiene tan profundamente asumido que ya ni siquiera se siente como ideología. Esos temas sobre los que ya ni siquiera se discute configuran el espacio de lo que el filósofo esloveno Slavoj Zizek2 llama “la ideología invisible”. Dentro de ella, se integrarían algunos leit‐ motivs como los que enumeramos a continuación: el capitalismo como sinónimo perfecto de la democra‐ cia; la competitividad como actitud positiva; la salud y el cuidado del cuerpo –cirugías, aparatos para hacer flexiones, implantes, herbolarios, dietas, ten‐ siómetros domésticos– como objetivo prioritarios de la especie humana; el entretenimiento como función principal de la cultura. También podríamos meter en este cajón de sastre la idea de que las novelas, o cuen‐ tan historias, o no son novelas. En esta ponencia se van a abordar cuatro aspectos para matizar alguno de los postulados de esta ideología invisible relativa a la cultura y a la novelística en la actualidad. A saber: la relación entre tiempo libre y literatura; qué signifi‐ ca contar y leer una historia; cómo han afectado los nuevos soportes tecnológicos a las narraciones; y, por último, cuáles serían las narraciones posibles en un mundo imposible o las narraciones imposibles en un mundo posible. Que, como diría Silvio Rodríguez, no es lo mismo pero es igual. 1. Literatura y tiempo libre La literatura, y muy especialmente las novelas, son mercancías en las sociedades de consumo: objetos de entretenimiento como la wi o el deuvedé de la última película de Angelina Jolie, como un yo‐yo o un tele‐

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

filme, como un graciosísimo vídeo de you tube. El tiempo libre, identificado con el ocio, es la reserva –y hablo de reserva en el sentido de las reservas de apa‐ ches o semínolas en Estados Unidos–, el espacio aco‐ tado para el consumo de este tipo de bienes cultura‐ les. En esta reserva de tranquilidad, diversión, mon‐ tañas rusas y esparcimiento, el lector asume el papel de consumidor cultural, de cliente que debe quedar satisfecho con su compra. De modo que no es el lec‐ tor quien se debe alzar a la altura de un texto, sino el texto –y, por ende, su autor– el que debe prever las expectativas de sus compradores potenciales. Partiendo de esta premisa, el empobrecimiento de las propuestas culturales es ostensible y se produ‐ ce la paradoja de que en los tiempos de la libertad –una libertad que se confunde con el liberalismo y que es esgrimida, cada vez más como enseña de gru‐ pos de ultraderecha– se ejercen sofisticadísimas estrategias de censura basadas en palabras como comercialidad, rentabilidad, legibilidad e, incluso, en expresiones complejas como “corrección política.” Los escritores –sobre todo, los novelistas–renuncian

1 El presente artículo es el texto de una conferencia pronunciada en el seno de FUNGLODE el mes de noviembre de 2010. Marta Sanz es doctora en Filología. Ha escrito los poemarios Perra mentirosa y Hardcore, y las novelas El frío, Lenguas muertas, Los mejores tiempos (Premio Ojo Crítico), Animales domésticos, Susana y los viejos (finalista del Nadal), La lección de anatomía y Black, black, black. Metalingüísticos y sentimentales es su antología de poesía española contemporánea. Premio Vargas Llosa NH de relatos. Colabora con la Escuela de Letras. Escribe en El cultural, en El viajero y en las revistas Mercurio y Quimera. 2 Zizek, Slavoj. Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona, Paidós, 2009.

a los rasgos que los han definido y les han dado un lugar a lo largo de la Historia de la literatura –luci‐ dez, sentido crítico, intrepidez, riesgo– y ejercen la autocensura porque saben muy bien lo que deben o no deben escribir para ser acogidos en el seno del mercado: novelas negras con tintes aceptables de crí‐ tica social; historias sentimentales que rescatan el pasado con benevolencia; aventuras metaliterarias con leves toques del género fantástico y de la ciencia‐ ficción; por no hablar de esos exóticos vampiros ena‐ morados, guapos, pero con cara de no tener muy buena salud. Eso por poner unos pocos ejemplos. No creo que, en los tiempos que corren, ni siquie‐ ra los famosísimos novelistas del boom tuvieran cabi‐ da en los catálogos de las editoriales: su experimen‐ talismo, su margen de ilegibilidad, la resistencia que el texto pueda ofrecer al lector, los dejarían en la peri‐ feria, incluso quizá en el limbo, de un núcleo literario y editorial copado por autores de una narrativa vam‐ pírica o “templaria”, concebida en muchos casos para un lector peter‐pan con mentalidad de eterno adolescente. En la época de esta libertad liberalista nos encon‐ tramos que, ante la pérdida progresiva del sentido crítico en los lectores, desde los ministerios se plantea incluso la posibilidad de eliminar ciertos cuentos infantiles para sustituirlos por otros que respondan a un modelo de género más igualitario. Cortar por lo sano. Eliminar del imaginario los cuentos de hadas. Hace no mucho, yo misma –y les ruego que me per‐ donen por el autoplagio– comenté en un acto organi‐ zado por la Cátedra Leonor de Guzmán de la Universidad de Córdoba: “La cultura –la literatura–, como ya se ha dicho, no es inofensiva y sirve para conformar una visión

3 Jappe, Anselm. “El gato, el ratón, la cultura y la economía”, en Viejo Topo, diciembre de 2006, nº263, págs. 89‐97.

ISBN: 1885-477X

del mundo que después utilizaremos para empren‐ der y valorar distintos tipos de acciones propias y aje‐ nas. Sin embargo, yo no querría que nadie me hurta‐ se el derecho de leer Blancanieves o La bella durmiente o la incestuosa Piel de asno. No querría que nadie me borrase de la memoria las huellas de estos libros, sus impregnaciones, lo que de ellos se ha quedado en mí. Lo que soy y lo que me queda por aprender. No se trata de eliminar textos del acervo cultural o de empobrecer el imaginario, sino de desarrollar estra‐ tegias de lectura que sirvan para conformar una con‐ ciencia crítica a partir de la que podamos enfrentar‐ nos a la pluralidad de los textos (...) Los textos no son modelos, no deben ser recopilados en crestomatías, no deberían erigirse en fuente del fanatismo ortodo‐ xo, sino en estímulos para el pensamiento. Los textos no son, por definición, sagrados, y por eso mismo no es necesario lanzarlos a la hoguera.” Una sociedad cada vez más infantilizada está indefensa ante el paradigma discriminatorio de La bella durmiente, pero no ante el modelo belicista de las historietas de los video‐juegos. Vivimos en una pece‐ ra llena de contradicciones. Anselm Jappe3, en su artículo “El gato, el ratón, la cultura y la economía” lo expresa con claridad meri‐ diana: “Ya no hay muchas obras capaces de contribuir al nacimiento de sujetos críticos. Sólo hay clientes”. Jappe se plantea hasta qué punto el arte y/o las narra‐ ciones pueden permanecer al margen de la lógica de la inversión y la ganancia; hasta qué punto pueden constituir una “excepción cultural” como reclamaban los intelectuales franceses; habla de la “industria del entretenimiento” y denuncia que la cultura se ha con‐ vertido en una herramienta de “pacificación social y de creación de consenso”: un falso consenso que nada tiene que ver con los conflictos y las contradicciones del mundo, con la desigualdad, la explotación, la alie‐ nación, la soledad, la imposibilidad de crecer, la des‐ humanización de las relaciones afectivas, la edulcora‐ ción de las pasiones, las utopías muertas. La cultura del consenso, filtrada por la túrmix del mercado, camufla la realidad manteniendo un dis‐ curso único, que a menudo coincide con la corrección política. Es una cultura que no incomoda a nadie –lejos quedaron esos espectadores burgueses a los que Buñuel mostró cómo se rebanaba una pupila con una navaja de barbero– y que se reduce a su acepción espectacular, sentimental o anestésica: la cultura constituye el placebo, el elixir del olvido, la fast food cultura –lo uso y lo tiro, lo como y lo...– que necesitan hombres y mujeres atenazados por una vida cotidia‐

YOUKALI, 12

página 105

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

na que prefieren no ver y de la que necesitan descan‐ sar a través de las ficciones. En este sentido, la litera‐ tura –y especialmente, las narraciones– no sería muy distinta del pan y circo, del pan y toros, del pan y fút‐ bol o del pan y telenovelas que caracterizó a multitud de regímenes totalitarios y que, hoy, caracteriza a democracias liberales que fomentan el concepto de una cultura de prestigio donde la cantidad –el núme‐ ro de ventas– es el criterio para establecer la calidad de una obra. En definitiva, el concepto de democracia en el ámbito cultural –un tema sobre el que habría mucho que pensar y que decir– se rompe en los añicos de una demagogia que banaliza la idea misma de cultura y repercute negativamente en la enseñanza y en la edu‐ cación de unos niños que, cuando les preguntas qué quieren ser de mayores, asumen muy bien la ley del mínimo esfuerzo, la idea de que el que no roba es tonto y el eslogan del todo vale –tres de las consignas más populares de nuestra ideología invisible– y res‐ ponden que su sueño es convertirse en personaje de las revistas del cotilleo o en estrellas de un reality show. 2. Contar una historia y leer una historia En el contexto que se acaba de describir, es lógico que a menudo las razones que los lectores tienen para leer un texto no sean las mismas que los escritores tienen para escribirlo. O lo que es igual: que las razo‐ nes que los escritores tiene para escribir no son las mismas que mueven a un lector a la hora de comprar e incluso de leer un libro. Cuando los dos mundos coinciden –las razones del escribe son las mismas que las razones del que lee– se producen fenómenos tan sobrenaturales para el mercado editorial como la saga de Harry Potter o la eclosión de la Nueva Narrativa española: Eduardo Mendoza con La verdad sobre el caso Savolta (1975); Javier Marías con Todas las almas (1989); o Jesús Ferrero con Belver Yin (1981) con‐ siguieron, tal como apunta el crítico y editor Constantino Bértolo, gratificar, complacer y recon‐ fortar a toda una generación lectora que reconoció en sus libros el primitivo arte de contar historias y pudo decir “Esto sí es una novela.” Novelas, caracterizadas por su virtuosismo sobre todo en lo que se refiere a la articulación de las tramas, pero que propician con el lector un tipo de relación fácil, poco conflictiva, en la que nada cambia de lugar, porque se supone que ésa no es la función de la literatura en el mejor de los mundos posibles.

En ese “mejor de los mundos posibles”, las narracio‐ nes se mueven bajo el estribillo posmoderno de la ironía, el entretenimiento y la amenidad. Como si la llegada de la democracia en España hubiera supues‐ to un punto y final, la llegada a un destino perfecto en el que no caben las correcciones; y como si la buena literatura de todos los tiempos y lugares no se hubiera definido, como tal, por su capacidad para ampliar la visión del mundo, replantear el significa‐ do de las frases hechas, sacar la porquería de debajo de las alfombras, darle la vuelta a las tortillas a partir de una reflexión sobre el lenguaje y sobre los géneros literarios que es indisoluble de un posicionamiento ético y, a menudo, también político. Sin embargo, esta providencial colocación de los astros en el cielo –esa simbiosis entre la creatividad y la expectativa de lectura, entre lo que unos están dis‐ puestos a vender y otros a comprar– no se produce muy a menudo. En el campo literario de la narrativa más contemporánea se suelen producir dos fenóme‐ nos que se describen a continuación: 1) Un lector puede decidirse a emprender la lectura de una novela porque está aburrido, porque quie‐ re pasar el rato, porque necesita entretenerse, divertirse, hacer volar su imaginación, soñar, reír‐ se un rato, olvidarse de la presión de la hipoteca, de la cara de su jefe y de lo que cuesta un kilo de pimientos rojos... En estas circunstancias –las más habituales– el autor está condenado al papel de bufón. 2) Si el autor –palabra, por lo demás, ya muy despres‐ tigiada– aspira a mirar desde otro sitio, a producir inquietud, a colocar a sus lectores en un brete cog‐ noscitivo y/o ideológico, a propiciar una acción, a renombrar lo real para compartir con nosotros su comprensión –parcial, pero única– de la misma, a intervenir en la sociedad o a transformarla; si un autor aspira a todo eso, necesita de un lector exi‐ gente, esforzado, participativo: un lector con el que entablar una conversación. La primera situación descrita responde a lo que sucede; la segunda sucede a pequeña escala, pero cada vez es más exótica porque vivimos en un siste‐ ma que no facilita este tipo de vínculo entre el lector y el autor a través de texto. Constantino Bértolo4 ana‐ liza esta realidad admirablemente bien en su ensayo La cena de los notables (2008) donde se subraya no sólo la condición bufonesca de muchos narradores con‐

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 106

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

4 Bértolo, Constantino. La cena de los notables. Cáceres, Periférica, 2008.

“... la seducción irrumpe como estrategia dominante de la legitimidad posmoderna (...) Si hasta fechas recientes la seducción aparecía como una cara ambivalente (por una parte remitía a lo que tiene de engaño, por otro, a la admiración que provoca), asistimos ahora a su legiti‐ mación como forma deseable de la comunicación social. Ya no se trata de que alguien quiera seducir, sino de que todos quieren ser seducidos, sin que la base falsa o tramposa sobre lo que puede estar construida la seducción origine reparo alguno.”

5 Tabarovsky, Damián. Literatura de izquierda. Cáceres, Periférica, 2010.

ISBN: 1885-477X

Bértolo reflexiona sobre una narrativa que es el fruto de comunidades, en el fondo, autoritarias, por mucho que se autocalifiquen de democráticas; comunidades donde el ejercicio de una violencia sistémica –el des‐ pido es una forma de violencia, la reforma laboral que se ha implantado actualmente en España es una forma de violencia– cristaliza en formas narrativas penetradas por las leyes del mercado y por esa visión de la literatura que venimos describiendo. Damián Tabarovsky5, escritor argentino, en su ensayo Literatura de izquierda (2010), desde una perspectiva en la que, como ya declaró taxativamente el huevo Humpty Dumpty ante una Alicia atónita: “Lo impor‐ tante no es saber lo que las palabras significan, lo importante es saber quién es el que manda. Eso es todo”; es decir, desde una perspectiva en la que resul‐ ta imposible deslindar en la literatura el qué del cómo, el fondo de la forma, la ética de la estética, la ideolo‐ gía de los géneros, los contextual e histórico de lo dis‐ cursivo y lingüístico, clasifica y comenta a distintos autores de la contemporaneidad –desde Flaubert a Bolaño– y los valora en función de su capacidad para interrogar a la literatura desde dentro, desde el riesgo de plantear una propuesta lingüística y genérica novedosa donde el concepto de “novedad” no sea sólo un acicate, un catalizador de la rueda del merca‐ do, sino un modo de enfrentarse con otra mirada –encarnada en el texto– a la realidad y al mundo. Esa literatura inevitablemente ideológica –como toda– no es necesariamente política –si toda la literatura fuera política ninguna lo sería– en el sentido de que no ha de centrarse en un tema que el lector pueda reconocer dentro del campo semántico de “lo político”. Sin embargo, yo creo que el error de Tabarovsky es haber utilizado el marbete “literatura de izquierda”, una

YOUKALI, 12

página 107

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

temporáneos, sino también la violencia que se ejerce contra unos lectores que, “sadomasoquistamente” –es curioso–, están encantados de que se ejerza dicha violencia contra ellos:

nomenclatura políticamente marcada, una nomencla‐ tura que no se circunscribe al espacio genérico de lo ideológico, para referirse a autores como Céline, César Aira o el propio Flaubert: una literatura con voluntad política –no sólo ideológica en su pretensión de fracturar los géneros dominantes de comunicación social cuestionando con ello el sistema que ha propi‐ ciado la aparición y desarrollo de dichos géneros– debe interrogar a la literatura desde dentro e indagar sobre sus límites, pero también hablar del precio de las patatas, de Wall Street, de las hambrunas, la preca‐ riedad, la especulación, la emigración, las guerras, las catástrofes naturales, la ayuda humanitaria, los estig‐ mas de los vencidos y de los huérfanos, la traumática disolución de las utopías, la condición femenina, la destrucción del espacio íntimo, etc. etc., etc... De todos los temas que han alimentado tradicionalmente la inquietud y la literatura política. Con su propuesta, Tabarovsky cae en el vicio, un tanto soberbio, de la endoliteratura y no se sustrae a la tentación de colocar en primer plano la revolución del lenguaje frente al lenguaje de la revolución. El mayor mérito del ensayo de Damián Tabarovs‐ ky –en términos generales un texto muy interesante y que se atreve a arriesgar ideas más allá de la músi‐ ca ambiente, fuera de los límites de la ideología invi‐ sible– es proponer una relectura de autores sobre los que ya no se discute, sobre los que se ha corrido el tupido velo de la unanimidad a cuenta de su incues‐ tionable calidad literaria: una calidad literaria que no subvierte el orden establecido dentro de la propia literatura, que es complaciente con el lector, que no le coloca en una posición interactiva, sino en la asun‐ ción de lo establecido. Así pues, Tabarovsky revolu‐

ciona esa unanimidad, corrige el adjetivo “incuestio‐ nable” y se pregunta por las razones –y todas son razones de corte ideológico– que convierten a Antonio Tabucchi, Bret Easton Ellis, Claudio Magris o Roberto Bolaño en autores indiscutibles. Les reco‐ miendo la lectura de este ensayo con el que no hay que estar necesariamente de acuerdo, pero que nos da que pensar y, sobre todo, nos abre un horizonte para entender cuáles podrían ser las razones para no seguir escribiendo novelas –incluso para no seguir escribiendo en general– de hoy en adelante. Y, al otro lado del espejo del no, de nuevo “lewiscarrolliana‐ mente”, bien podríamos encontrar las razones del sí. Aunque no fuera la palabra preferida del escritor portugués José Saramago.

3. Internáutica y narrativa Hace ya algún tiempo venimos oyendo campanas y voceros que dicen: “Las nuevas tecnologías van a revolucionar la literatura.” Es muy posible que las nuevas tecnologías vayan a revolucionar la literatura, pero quizá ante ese tipo de revolución debamos opo‐ ner cierta resistencia, porque, según mi modesto parecer, ese tipo de revolución es una revolución de orden comercial. Me explico: las nuevas tecnologías van a revolucionar el modo de distribución y consu‐ mo de la literatura y, con ello, la propia concepción de lo literario, así como sus estrategias de creatividad. La democratización del acceso al conocimiento pasa por la creación de nuevas necesidades de consumo: desde el ordenador, al e‐book, desde el ipad hasta la conexión a internet. Y soy consciente de que el cajón de sastre anterior estoy incluyendo conceptos de per‐ tenecen a categorías diferentes: si bien internet, igual que en su momento el teléfono o la penicilina, hace posible un nuevo modo de circulación de la informa‐ ción, una nueva vía de comunicación, ingenios como el e‐book no aportan nada nuevo porque el libro ya

ISBN: 1885-477X

está inventado. El e‐book no responde a una necesi‐ dad real o a una necesidad futura que debería ser cubierta como podrían ser la necesidad de hablar a distancia en el caso del teléfono o de recorrer grandes distancias en tiempos cada vez más inverosímiles como en el desarrollo de los distintos medios de loco‐ moción y transporte. Además, el e‐book es un objeto de consumo sujeto a ese fenómeno, de nombre casi paranormal, llamado “obsolescencia electrodomésti‐ ca”: es decir, las lavadoras con el paso del tiempo se rompen. El e‐book, también y habrá que reemplazarlo porque una vez que lo compremos ya no podremos vivir sin él. Pero, más allá de la parodia, es posible que los nuevos soportes de la literatura incidan en el procesa‐ miento lector, en la manera de leer y de aproximarse hacia los textos literarios –no leemos igual un libro encuadernado en tapas de oro, que un libro de bolsi‐ llo, que una página de internet: nuestra actitud y nuestras expectativas respecto al texto cambian y eso incide en la interpretación– y, también, cómo no, en la manera de escribirlos. El soporte “internáutico” pro‐ picia una sintaxis diferente; se trabaja bajo el manda‐ to de la brevedad, de la sorpresa, de la posibilidad de profundizar a través del vínculo y del hipertexto... En este sentido, creo que los autores del futuro deberían escribir de forma diferente, condicionados por el soporte elegido: un tipo de textos para internet, some‐ tidos al nerviosismo del clic, a la velocidad y al impac‐ to visual; y otro tipo de textos destinados al formato tradicional del libro, a ese obsoleto sistema de lectura –tan maravilloso– que tiene que ver con la soledad, con tomarse todo el tiempo del mundo, con el lápiz para plantar enredaderas de notas en los márgenes de un volumen, con la paz de las bibliotecas, con el silen‐ cio, con la concentración, la meditación y la distancia necesarias para desarrollar una mirada crítica y cons‐ truir un conocimiento no efímero... En los dos casos –literatura hecha ex profeso para internet, literatura hecha ex profeso para el soporte libro–, los autores competentes producirán textos efi‐ caces que se ciñan a las expectativas del lector o ten‐ gan la virtud de sacarlo de sus casillas. Lo que pare‐ ce un tanto ridículo es la impostura: me refiero a esos autores –no sólo de novelas o cuentos, sino también de materiales escolares– que trasladan a sus historias librescas formas importadas de internet, a fin de pro‐ ducir un efecto de modernidad que encaja perfecta‐ mente con esa acepción de lo nuevo como cataliza‐ dor del mercado que se comentaba unos párrafos más arriba. En el caso de los materiales educativos el asunto es más grave: desde las editoriales se propicia un tipo de diseño, visualmente impactante para el discente, que conecte con modos de procesamiento de la información heredados del consumo de inter‐

YOUKALI, 12

página 108

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

net. Es decir, en lugar de hacer de los libros un lugar de contrapeso y resistencia para conservar un modo de leer y de pensar que quizá lamentablemente se extinga –y con ello una forma de memoria y de sen‐ timentalidad–, se convierte a los libros en un simula‐ cro de internet. Lo demagógicamente mayoritario, las cantidades y la “pseudomodernidad”, también pesan más en el terreno de la educación que la cali‐ dad y el enriquecimiento que supondría desarrollar simultáneamente dos posibilidades distintas de pro‐ cesar la información y de mirar el mundo. Las dos ideologías, las dos cosmovisiones, estrechamente relacionadas a una manera de leer, tendrían la posi‐ bilidad de complementarse si no nos obcecáramos en el canto de sirena de lo nuevo y si no pusiéramos lo realmente existente –el statu quo– por delante de un posible deber ser de lo real. En resumen, si nos atre‐ viésemos a no renunciar a la utopía. Por último, quiero ofrecer una reflexión sobre el tema de los blogs, la crítica y la impunidad del anoni‐ mato. El hecho –de nuevo esencialmente demagógi‐ co– de colocar todos los discursos al mismo nivel –incluso los anónimos e insultantes– implica que cada vez es más necesario establecer criterios firmes para elegir un discurso entre la maraña de discursos, para distinguir entre el ruido, la música. Por ello, se hace urgente la reivindicación de la crítica como ins‐ titución capaz de imponer límites a la demagogia del mercado, al todo vale y a la entronización de la opi‐ nión, de la doxa, –en el sentido platónico y de la

4. Narraciones posibles en un mundo imposible o narraciones imposibles en un mundo posible Para acabar, pensemos durante un instante, en el juego de palabras que sirve de título a este último epígrafe: “Narraciones posibles en un mundo impo‐ sible” quiere aludir a que, en la conciencia de un mundo imposible, de un mundo injusto y desboca‐ do, son muchas las narraciones no sólo posibles, sino urgentes. Ese es un espacio legítimo para la escritura del que deberían apropiarse los escritores de novelas. Con la segunda parte del título “Narraciones imposi‐ bles en un mundo posible” se hace referencia a la capacidad de la literatura para romper la luna del escaparate de lo real, para hacerlo añicos, para cues‐ tionar el canon de normalidad, para, con nuestras narraciones imposibles –inadaptadas, excluidas, invisibilizadas, contestonas, agrias, incómodas, resis‐ tentes, subversivas e intrépidas– desvelemos las fra‐ ses hechas de nuestra ideología invisible cuestionan‐ do un “deber ser” que nos venden como ser sin más y que se impone sobre nuestra vida privada, nuestras acciones en la esfera de lo público, sobre la realidad y sobre la propia literatura. Marguerite Yourcenar, en mitad de un cuento legendario –La leche de la muerte– sobre una madre emparedada que es capaz de amamantar a su hijo después de muerta porque, de sus pechos, brota la leche a través de dos agujeritos, nos brinda una refle‐ xión imprescindible: “Créame, Philippe, lo que nos falta de verdad son realidades.” Porque de verdad nos faltan realidades es necesario seguir escribiendo fábulas, leyendas, novelas, cuentos, nouvelles, experi‐ mentos de ficción que revelen otra vez la esencia mutante, metamórfica y omnívora de los géneros narrativos... Porque el mundo no está hecho sólo de textos y de verdad nos faltan realidades es necesario contar historias y volver, en definitiva, a la literatura como forma de conciencia de la vida y como capaci‐ dad de nombrar y de intervenir en el mundo.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 109

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

Escuela de Frankfurt– frente al conocimiento. La rehabilitación de la crítica –con mayúscula– es una de las maneras posibles de contrarrestar la uniformiza‐ ción espuria de la opinión y la creencia falsa de que todos los testimonios valen lo mismo.

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

AL ACECHO CALMADO O UNA MURMURACIÓN CON DINAMITA (SOBRE UNA NOVELA CRÍTICA HOY)
por Eva Fernández

ISBN: 1885-477X

Hace casi un año en una librería bonita “Eléctrico Ardor” (ya cerrada), cerca del Metro Tribunal, hubo una mesa redonda bajo título: “Una novela crítica pa‐ ra un presente crítico”. La organizaba Matías Escalera Cordero, y participamos Belén Gopegui, Marta Sanz, él mismo y yo. Ahora para la Revista Youkali, Matías me invita a reescribirla y acepto. Recojo pues unas notas que sí subí al blog días des‐ pués, porque ante mi exposición hubo aceptación, pero también rechazo y acusaciones. Sí sé que rompí un consenso y atiendo a ciertas inconsistencias en mi discurso, que pretendería ser un diálogo como tantas veces lento, difícil en estas vidas que tenemos. Mi planteamiento de partida, desde una coherencia na‐ da compleja —simple, incluso, me dijo Marta Sanz— , es que me negaba a ser una creadora —trabajado‐ ra— cultural. No renunciaba a escribir, sino a ser es‐ critora al uso capitalista. No negaba mi necesidad de intentar novelas y cambiar el mundo con ellas —que hasta ese punto confío yo en las novelas—, pero pa‐ ra eso, para cambiar el mundo, debía no respetar las reglas de producción y distribución de las novelas que norma el mundo que quiero cambiar. Para em‐ pezar como autora he procurado escapar del jodido paño de confusión, individualidades, narcisismo, culpabilidades, obediencias, resignación e hipocresí‐ as y dineros con que pringa a los escritores y escrito‐ ras el modelo de producción y distribución capitalis‐ ta de las novelas. Conté allí lo que he vivido tras publicar mi prime‐ ra novela y procurar una segunda. No significa por ello que deba tener razón convincente. Lo que me ha pasado ha sido lo que yo he podido interpretar y ha‐ cer: un desaliento, un rechazo, una renuncia que en el último tiempo he pretendido al menos nombrar, al que he querido dar entidad, convertir en revulsivo, en provocación. Pues sí, me digo, yo no quiero escri‐ bir desde ese sometimiento. Me mato, que me maten; naceré en otro lugar. En este tiempo he habitado el te‐ rritorio de la sinautoría y de la derivada creación co‐ lectiva (a través de Cine Sin Autor), y también he buscado en mí, para desgarrarme y romperme antes de conformarme con ser una escritora (de izquierda consentida) que aprovecha el ninguneado margen e

inevitablemente, cada dos por tres, se desliza del la‐ do más ancho. También opté por no tener prisa en es‐ cribir para los malos, conteniéndome en textos para hacerme tolerable, y poder ponerme a la venta en tantas librerías del Estado. Ahora bien yo necesito escribir, y sigo creyendo en el valor inmenso de habitar nuestra lengua, y de crear imaginario, relatos. Por eso me devano la cabe‐ za y la vida, pensando y procurando otras realidades en el poco tiempo que la vida me deja. No escondo que está por ver que se pueda escribir una novela no capitalista en el capitalismo, queda por confirmar si sigue teniendo interés mi voluntad de ser escritora, de crear para comunicar, y más aún, si podemos ser una lectora o lectores co‐creadores, que produzcan en común con una autora para que ese diálogo, des‐ habitado del mercado, se dé en un territorio distinto que tendríamos que crear y habitar. ¿Estás intentan‐ do una novela dialógica, performativa? —me pre‐ guntaron—. Aún no lo sé. Copio mis notas para la charla —nueve meses después— y confío en abrir una conversación, como siempre: En mis apuestas sobre desde dónde escribir he ido cam‐ biando. La primera novela publicada, aunque la escribí desde un yo —me di cuenta luego cuánto mis propios fan‐ tasmas la habitaban—, la quise escribir —y publicarla— porque pretendía un nosotros/as. Desvencijado, roto, en‐

YOUKALI, 12

página 110

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 111

fermo pero ahí había una voz colectiva que yo creé por mu‐ chos motivos. No me sentía tanto yo misma, como yo de mi barrio, reivindicaba mi mirada de clase, saberla distin‐ ta, quería además mostrar un antagonismo que también sentía en más gente frente al desenvolvimiento de nuestras biografías. El resultado de la novela, fue que gustó a la po‐ ca gente que alcanzó a leerla. Así me lo dijeron. Otra gen‐ te además me devolvió más cosas. Justo treinta y seis per‐ sonas dialogaron conmigo sobre la novela. Amistades y nuevas amistades que ampliaron en algo ese nosotros/as escaso, pero real y bueno que busco sobre todas las cosas, y que es además mi razón fundamental para escribir. Conocí, a propósito de la novela, a muchos poetas, poetas críticos. Luego he pensado que yo practico esa indagación que permite la poesía y también cierta manera enunciati‐ va. Les busqué y me buscaron. Cinco años después me percato de que “Inmediata‐ mente después” la escupí. Se condensó dentro de mí y un día empecé a sacarla. No tengo adiestramiento de novelis‐ ta ni siquiera lo deseo, tampoco me parece un oficio en na‐ da noble, puro, inocente ni inocuo. Habría que juzgar las ficciones y condenar a sus autores, tanto como a los ladro‐ nes, pero los autores, como los políticos y los banqueros, se salvan, nadie les encausa por el efecto de sus obras, por la ideología que alimenta sus ficciones, y los efectos que éstas causan. Yo creo en la comunicación y en los acuerdos entre per‐ sonas diversas pero iguales. Escribo para quienes quieren construir una vida buena, responsable, coherente. Busco cómplices, alianzas para una batalla. Busco a quienes dese‐ an, necesitan hacerse cargo de sus vidas y con ellas de su mundo y para eso creo que esas personas necesitan recon‐ quistar su imaginario que lo tienen colonizado. Vivimos in‐ mersos en los relatos que construye aquella gente a la que el poder paga, consiente para poder hacerlo. Gente que el poder valora como pertinente para narrar, hacer películas. Ellos nos cuentan y nos vemos, nos miramos como nos cuentan. Lo que más me preocupa de todo eso, es que estoy convencida que sólo seremos capaces de ser lo que hayamos llegado a imaginar ser. Y si nos conquistaron la imagina‐ ción, pues nos conquistaron la vida.

Y sí, desconfío de las novelas que triunfan dado que delimi‐ tan el territorio de la imaginación, y de lo razonable a lo que al poder le interesa. No es que no aporten temas interesan‐ tes, es que callan. Silencian lo que suponen que el poder no permitiría. Tantas novelas de diagnóstico de los males del capitalismo y cuántas pocas, o ninguna, de estrategias pa‐ ra combatirlo, de gestos del afuera, de clara condena a los malos que existir existen (por solo hablar de los temas). Cierto que existen otras ficciones en las que confío, sé que hay novelas que permiten ver y las valoro, porque no ciegan, no ocultan. Sé que hay creadores que todo el tiem‐ po tensan la cuerda y emprenden un diálogo honesto sobre aquello que es la verdad de cada quien. Sin embargo ese diá‐ logo, en la novela, hoy, tal como es producida y publicada, apenas se expresa. La verdad de cada quien pocas veces la procura si quiera quien escribe (tanta gente partiendo del canon, tanta de esa connotación de estar más allá del bien y del mal que tiene la literatura), y menos aún quien lee, que no se expresa nunca, tal y como leemos. Constantino Bértolo, decía en la presentación de un li‐ bro de Quique Falcón, Las prácticas literarias del conflicto, que hay que cambiar la forma de producción de la lectura; pues sí, totalmente de acuerdo. A lo que añadió que sería interesante dejar de hablar del compromiso del escritor; el compromiso debería serlo de la sociedad, que traba un con‐ trato con quien escribe para que produzca de la forma en que esa sociedad cree que se debe producir. Y esta sociedad, compartimos que parecería que no per‐ mite comprometerse con otra cosa que no sea el capital. La relación de fuerzas está como está. Pues sí. Aun así, aun‐ que no podamos ganar la batalla, debemos darla. Peleamos, no para ganar —decía Armando López Salinas— si no porque no queda otra. Por esperanza que diría Quique, por dignidad pensamos tantas antes del 15M. A mí, López Salinas me enseñó que, quienes venimos de perder, rara‐ mente elegimos el campo de batalla. El campo está dado, es éste lugar asfixiante donde apenas ninguna alternativa pa‐ rece tener sentido. En cualquier caso, soporto la vida desde la posibilidad permanente que he tenido de subvertirla, de disentir. Como yo hay mucha gente. Y mi manera de ejercer ahora esa disi‐ dencia es renunciar, negar. Si la realidad se ha vuelto una con el capitalismo, quiero ser irreal, existir en lo que no exis‐ te, lo que no es. Y con esto no pretendo ninguna metáfora. Escribiré sin ser escritora, sin esa consideración... Será un principio. Por supuesto, como en todo recorrido hasta que no andas no hay camino, ni acompañantes, ni guías... Por eso me he echado a caminar y mientras pueda, aunque sea apenas, escribiré novelas desde ahí, poniendo en jaque la for‐ ma de editar, la forma de escribir, la forma de leer. Mi tarea es vivir desvelando, revelándonos y rebelándo‐ nos, rompiendo la normalidad y sobre todo creando otra y dándole espacio y tiempo. Combatiendo esa obviedad que tiene ahora la realidad que habitamos, que se ha vuelto ca‐ si indiscutible. Me quedo en cualquier caso en el casi. Casi pero aún creamos grietas, las abrimos, las agrandamos... y

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

página 112

mantengo que necesitamos fuerza material, lugares habita‐ bles en los márgenes, los alrededores o el centro de esta re‐ alidad, que operen de otra forma1 . Así, pues, como escritora —única y simplemente por‐ que escribo— quiero intentar textos, libros que subvierten la lógica del capitalismo. Al principio pensé que con cam‐ biar de tema me bastaría, y no. No me sirvió una novela de okupas que intenté después de la que me publicaron; tam‐ poco una que escribí antes de pobres. Hoy por hoy no en‐ cuentro potencia en escribir sobre otras y otros. Siento que el único lugar desde el que tengo algo que aportar es el yo, y lo tomo como lugar de partida, como gran crisol de todos las carencias y de todas las potencias. Confío en la explo‐ sión honesta del yo destruido que nos deja el capitalismo como una bomba de efecto imponderable. Y no sólo no quie‐ ro escribir sobre otros/as y tampoco quiero escribir para cualquiera, de hecho para esta novela en la que estoy em‐ barcada estoy escogiendo para quién escribo y si puedo, le introduzco en ella. Aun así hay méritos de la novela que recupero, y hay novelas en las que he creído profundamente. Sí, soy una le‐ traherida. De ahí lo que detesto las palabras vendidas, me aburren, me gastan y por eso las desatiendo y las quiero — yo a ellas sí— obviar. Ya que no puedo exterminarlas, al menos puedo desvincularme del panorama cultural. A la creación del mercado y otras noticias... me fuerzo a no de‐ dicarles ni mi enfado. Por supuesto me gano la vida con otro asalariamiento, aunque no me resigno a renunciar a un sistema cultural que nos consintiera tiempo de creación para mí y tanta gente. Realmente desearía, necesitaría que no sea sólo contra el sueño y casi exhausta que procuro es‐ ta nueva novela en la que deseo forzar la autoridad del au‐ tor, ser verdad, atravesar la frontera realidad‐ficción, violar el momento de su publicación, y moderarlo a varias voces y... sobre todo, procurar producir desde la verdad que soy, que espero que vaya haciéndome inatrapable, pero sólida, suficientemente consistente como para soportar el ser en este capitalismo ineludible que, para tragárnoslo o rebelar‐ nos, habitamos todo el mundo. Estas son las notas con las que armé mi intervención de entonces; ahora, antes de concluir, querría hacer una especie de recapitulación de mis grandes nudos de reflexión: La verdad. Decía Kafka —y recogía Echevarría en un artículo a propósito de Levrero— que lo que hace al

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

escritor “no es ver la verdad, sino serlo”. Yo añado que no se trata de tener la verdad, sino de serlo. Prestigio la máxima honestidad. Seamos verdad, que mi obra sea verdad. ¿Puede ser verdad la obra de un artista falso? Quizá. La materialidad de cada quien. En cuanto a la ver‐ dad: si es lo que atiende a lo real, y lo real es lo mate‐ rial que nos sucede. Yo creo que nadie puede contar la materialidad de nadie, ni de nadies. Lo único que podemos hacer es contar nuestra realidad, y desde ésa, nuestra realidad, vemos. Y el problema es que un chaval de Humanes —cuyo nombre prefiero no es‐ cribir— al que contratan en oficinas que cambian de sede cada dos días, no puede contar la realidad de Eva Fernández y viceversa. Y lo cierto es que mayo‐ ritariamente este muchacho no ocupa el espacio del contar. Y por tanto no es contado, ni se cuenta. En es‐ tos días sus padres van a perder su casa y él se hará policía porque desde su sentido de la ética, no ve otra posibilidad y al menos ahí cree poder hacer el bien, —más que en el telemárketing, no lo duda—. Du‐ rante los últimos años he estado, desde el proyecto de Cine sin autor en el que colaboro procurando que este muchacho se vea, se muestre y se cuente. Los re‐ sultados de la película que hicimos en común2 son tan decepcionantes como muchas novelas, pero al menos se han dado. Hemos producido con gente ex‐ cluida del contar de forma colectiva y eso me digni‐ fica en extremo dado que me permitió entrar en co‐ munión con mi gente. Yo también fui, ¿sigo siendo? una excluida. ¿Podría haber novelas así, como han si‐ do y son nuestras películas? ¿Serían necesarias?

1 Esas semanas —de marzo de 2011— pensé muchísimo en Ramón Fernández Durán. Él me inspiró un personaje de mi única novela editada, “Inmediatamente Después”, Alfredo Durán. Luego en cómo encaró su muerte, me devolvió toda la novela y me dio la ma‐ no para la siguiente porque en una carta de despedida que mandó a mucha gente nos devolvió su vida, y ahí leímos, inmensa, su fuerza material inatrapable en cientos de gestos por el capital. Su final renuncia a la hipertecnología que demoraría su muerte tam‐ bién mostraba el dolor y las contradicciones de quien se rebela contra su propio espesor. Sobre esto volveré en otro momento segu‐ ro o a saber dónde. Gracias Ramón y cierro paréntesis. 2 Ver en la página de Cine sin autor. Estudio Abierto Humanes: “¿De qué?”

¿Lograré una novela en correspondencia con la de al‐ guna otra gente? ¿Una novela común? Comprender la realidad. El asunto es que la realidad —lo que nos pasa— necesitamos comprenderlo y pa‐ ra eso necesitamos ver, interpretar y contarlo y mucha gente no tiene tiempo, ni se cree con el derecho, ni la capacidad de hacerlo y se traga los discursos de los in‐ telectuales que son mantenidos por quienes detentan la hegemonía. Basta leer la producción —incluso de la izquierda consentida de este país— para constatar hasta qué punto lo mayoritario de las ficciones ha procurado conservar el estado de cosas. Por eso es tan importante permitir, potenciar incluso, la com‐ prensión de la gente corriente, que la enuncien, y en‐ trar en diálogo para que las distintas realidades pue‐ dan ser entendidas. Salir de nuestro monólogo embe‐ bido de élites, pringarnos de realidad. Transformarla. ¿Qué hacer por tanto cuando escri‐ bimos desde la voluntad de transformar la realidad, cuando la realidad se ha vuelto una con el capitalis‐ mo y lo que no es capitalismo no puede ser contado? Pues hay que desplazarse fuera, o sustraerse adentro. Hay que restarse, pervertirse, pasar al purgatorio... y producir ahí en ese limbo, en ese filo de la navaja que puede cortar, en ese hueco, en esos agujeros y hay que hacerlo buscando aliados, cómplices. El espacio de la comunidad, y el de lo colectivo. Mi es‐ caso tiempo liberado ha supuesto buscar ese espacio de lo común. La apuesta de Cine sin Autor en la que me encuentro metida nos está suponiendo poner en cuestión toda la producción cultural. Para crear nos quedamos sin normas, sin canon, construimos el caos, pero me ha permitido reconciliarme con la gen‐ te que me interesa, que es mi gente, y no me los en‐

contraría dentro de lo que denominamos el panora‐ ma cultural. Atender a lo que rompe. En medio de lo previsto pa‐ san imprevistos, desde terremotos a pequeños hurtos e irreverencias. Permanentemente la hegemonía se desatiende, y mi atención se fija todo el rato ahí, en lo que rompe. Y lo cierto es que lo que no atiende a la ganancia sucede todo el rato y volviendo al mundo del libro, me alientan sobremanera y apoyo cuanto puedo esfuerzos editoriales —como los que se mos‐ trarán en el espacio web www.contrabandos.org— que suponen un esfuerzo insólito, como fuerza real operando desde su autoexplotación, desde su resen‐ timiento con el sistema de cosas, desde su capacidad para crear y querer otra vida, otros libros, desde otras comunidades. Pues sí. Y vivan. La cuestión es no de‐ tenernos. Jamás. En los últimos años he producido películas y en los últimos meses ya al fin me intercambio relatos con una mujer —excluida, obrera, acultural, como mi madre—. Es lo que me interesa. Esa gente de mi ex‐ tracto social, que somos quienes estamos condena‐ dos a ser público o malearnos. Entre mi clase —ábra‐ se el término lo que sea necesario para no excluir— se me ha colado algún creador, algún intelectual, pe‐ ro no me desclasa. También se me coló un libro, El llamamiento, de Tiqqun, escrito sin la pretensión de con‐ vencer a nadie. La comparto. No quiero convencer. Quien me interesa, reconoce ya muchas de mis evi‐ dencias o al menos las suficientes para advertirme de las que no compartimos y así poder seguir, que mu‐ cho me falta, lo sé. Así pues aquí me quedo, en esta revista, al acecho calmado3.

ISBN: 1885-477X

3 He pedido a Matías si me dejaba volcar algunos comentarios que me han mandado a última hora algunas personas a las que pedí opinión: (primera) “Yo no lo veo mal como explicación de tu posición como escritora. Tal vez estaría bien poder dar un paso más y hacer una trasla‐ ción del Cine Sin Autor a la literatura porque te apoyas mucho en el Cine Sin Autor para explicar tu posición como escritora pero lo veo un po‐ co cojo porque no se acaba de explicar cómo se transfiere esa creación colectiva y esa voz de los otros que se da en el Cine Sin Autor a la escritu‐ ra... bueno no sé si me he explicado... mañana lo hablamos. Sólo he introducido dos o tres correcciones en amarillo y una frase con interrogacio‐ nes que creo que está incompleta.” (segunda) “Me parece un texto inatrapable que creo es el sitio desde donde estás reflexionando la literatura. Es un vómito, es impuro, es es‐ tridente. No te sabría repetir lo que dices. Quizá no se sabe ni lo que dices a no ser mientras uno lo lee. Es como una escritura en presente que no se acumula como saber. Hay que leerla y volverla a leer. Es tu lengua privada. Un autismo rebelde que cautiva e irrita. Son ensayos. Es mucho ya para un artículo. Está muy bien ese diccionario final. No es fácil de hacer. En otro tiempo lo hubieses pensado más. Ahora arriesgas. Piensa en el título, por si sale algún otro: no sé si es un acecho calmado, parece más una rara trinchera, una extraña conspiración, el relato paciente de un asalto, una murmuración con dinamita.” (tercero) “Se ve un lugar donde apuntas cuando hablas de la figura social del escritor, pero luego, en positivo, arremangada ya delante de un texto, no termino de verlo... ¿Qué es una novela no capitalista? porque no se me ocurren muchas respuestas y entonces o será imposible o ya son muchas. Por otro lado creo que a veces fuerzas el simplismo del que te acusan al juzgar a otros escritores. Sobre lo de no querer convencer, ya te he dicho alguna vez que me parece dudoso, extraño de entrada para cualquier ser social y no muy compatible con la voluntad de transformar. Y también está en aparente contradicción con ese nosotros el no querer convencer a nadie, en el sentido de que compartir sólo parecería más una extensión del “yo” y una zona de verdades compartidas donde se está siempre calentito.”

YOUKALI, 12

página 113

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

ELEMENTOS DE PRODUCCIÓN CRÍTICA

TÍTULOS PUBLICADOS EN TIERRADENADIE EDICIONES: Alicia B. Gutiérrez, Las prácticas sociales: una introducción a Pierre Bourdieu Raoul Vaneigem, Aviso a los vivos sobre la muerte que los gobierna y la oportunidad de deshacerse de ella José Antonio Fortes, La guerra literaria Jaime Baquero, Privatización y negocio sanitario: la salud del capital Antonio Orihuela, La voz común Warren Montag, Cuerpos, masas, poder. Spinoza y sus contemporáneos Laboratorio Feminista, Transformaciones del trabajo desde una perspectiva feminista (anónimo), Tratado de los tres impostores (Moisés, Jesucristo, Mahoma) Juan Pedro García del Campo, Construir lo común, construir comunismo Aurelio Sainz Pezonaga, Contra la Ética: por una ideología de la igualdad social Coordinado por Matías Escalera, La (re)conquista de la realidad (la novela, la poesía y el teatro del siglo presente) Juan Pedro García del Campo y Manuel Montalbán García, Atlas histórico de filosofía (del mundo griego al inicio de la Ilustración) Montserrat Galcerán Huguet y Mario Espinoza Pino (editores), Spinoza contemporáneo John Brown, La dominación liberal. Ensayo sobre el liberalismo como dispositivo de poder Laurent Bove, La estrategia del conatus: afirmación y resistencia en Spinoza Eduard Ibáñez Jofre, Campos de batalla Mario Domínguez, Miguel Ángel Martínez y Elísabeth Lorenzi, Okupaciones en movimiento Louis Althusser, Étienne Balibar, Pierre Macherey, Warren Montag, Escritos sobre el arte Aurelio Sainz Pezonaga, Rupturas situacionistas. Superación del arte y revolución cultural José Luis Moreno Pestaña, Foucault y la política PRÓXIMAS PUBLICACIONES: Miguel Benasayag y Angélique del Rey Elogio del conflicto Frigga Haug Rosa Luxemburgo y el arte de la política

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 114

[RESEÑA]
Sobre Elegía en Portbou, de Antonio Crespo Massieu (Bartleby Editores, 2011)

Una lectura vivida de Elegía en Portbou
por Antonio Martínez i Ferrer (desde la Barraca de Aguas Vivas)

Nota inicial*: La magnitud de esta obra ha sobrepasado mi capaci‐ dad de identificar y valorar todas las claves de la mis‐ ma, reconozco que estoy aturdido aún y que sólo desde el reconocimiento de mis limitaciones me atre‐ vo a permitir su publicación; la grandeza de Elegía en Portbou dará, en el futuro, con otros que, con más ta‐ lento y tino, tomen en sus manos la tarea de penetrar en todos los significados y valores de esta singular disección de todas las derrotas, las persecuciones, cautiverios y muertes que jalonaron el pasado siglo. Por mi parte, sólo cabe dar las gracias por este gran libro‐poema a mi querido amigo y compañero, y per‐ geñar esta especie de decir acerca de su lectura, desde mi retiro en la Barraca. Decir (de los cantos) La lectura de Elegía en Portbou, de Antonio Crespo Massieu, me ha devuelto el recuerdo de innumera‐ bles viejas experiencias familiares, las de mi padre, Antonio Martínez García, y las de mi tío, Marcial Martínez García; así como las mías propias y las de otros compañeros perdidos en el camino. Mi padre fue asesinado por el ejército franquista el 31 de octubre de 1940 en Paterna, Valencia, sin un juicio que garantizará su defensa, y allí, en el cemen‐ terio de Paterna, durante las visitas que hacía de la mano de mi madre a las fosas comunes, a esas pequeñas plazoletas (pues eso es lo que veía mi mirada de niño) llenas de azulejos con nombres pintados y que, por la festividad de todos los santos, se llenaban de ramos de flores y de personas con la mirada triste y en profun‐ do recogimiento; allí me familiaricé con la dignidad de los que no olvidan. Mi tío Marcial, que sufre la enfermedad de Parkinson, acaba de cumplir 90 años y vive en Francia, se alis‐ tó cuando tenía 17 años como voluntario del Ejercito Republicano y después de realizar la etapa de instruc‐ ción en Valencia pasó al ejercito de Cataluña participando en la Batalla del Ebro. En el mes de febrero de 1939, pasó la frontera por el paso de Portbou, yendo a parar al campo de internamiento de Barcarés, de Saint Cyprien y, a continuación, pasó al campo de trabajo de la ciudad de Setfons, Campo de Judes. De él tengo la

* Escrita después de haber terminado este decir acerca del libro Elegía en Portbou, de Antonio Crespo Massieu.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 115

ANÁLISIS / RESEÑAS

ANÁLISIS / RESEÑAS

imágenes de su paso por Portbou, en ese frio mes de febrero, y la vida en el campo de Barcarés, en donde so‐ brevivían sin barracones para resguardarse del terrible frío invernal de la playa, sin agua y sin apenas comi‐ da; algunos días les daban un pan para seis u ocho refugiados, hacían agujeros en la arena y dormían abra‐ zados unos a otros para combatir el frío, lo que no impedía que, cada mañana, apareciesen camaradas muer‐ tos de hambre y frío. Cuando pasaron a Setfons, se construyeron ellos mismos los barracones y fueron utili‐ zados como mano de obra para realizar trabajos en la zona, y así, al menos, pudieron mal comer y mal dor‐ mir en barracones. Yo también crucé Portbou, el 24 de diciembre de 1975, huyendo de la represión franquista, pues sobre mí pesaba una orden de búsqueda y captura, a causa de mi militancia política y sindical; por lo que viví en Francia como refugiado político hasta marzo de 1977. El regreso a España estuvo rodeado de una gran tensión pues la orden de búsqueda y captura seguía ac‐ tiva, pero, dado que había comenzado el proceso de Transición, pensé que ya no me detendrían, de modo que decidí volver a mi antiguo trabajo en Cartonajes Suñer, de Alzira; en donde la misma empresa de la que había sido despedido cinco años antes, junto a otros dos compañeros, acusados de comunistas, se vio forza‐ da por las acciones de mis compañeros a readmitirme de nuevo. Y digo todo esto, pues es, con este bagaje de experiencias familiares y personales, como he recorrido el ex‐ cepcional poemario Elegía en Portbou. Y es que este poemario provoca, desde sus primeros poemas, el senti‐ miento de estar ante una profunda y emocionante disección, como he dicho, de la trágica realidad de las per‐ secuciones, de los exilios, de los olvidos, del hambre, el frío y las soledades de los derrotados de todo un si‐ glo terrible, pero también de su solidaridad y de su capacidad de sacrificio, que nos permiten seguir miran‐ do con algo de esperanza el futuro. Dividido en diez cantos, distribuidos, a su vez, en varias secciones, el libro guarda, sin embargo, una íntima unidad temática y emocional, que lo convierte en un solo y extenso e intensísimo poema elegíaco. Canto I. Sobre la mar su canto y su ausencia Viajero de esferas ingrávidas…, así comienza y emprende su vuelo la voz que nos hará mirar con atención emo‐ cionada y contenida todo aquello –presencias, sobre todo– cuanto en el camino que recorreremos juntos se nos

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 116

ofrecerá para nuestra conmoción y acogimiento; todo lo que la memoria y el olvido dejó gravado en el cami‐ no, en las piedras, en los muros o en el viento… ¿dónde? donde el canto, donde el vuelo, lo no visto lo presentido, lo indecible… en lo vertical y en lo horizontal, dentro y fuera… allá siempre hay una línea inasible que es surco, pro‐ puesto horizonte, promesa… Y las palabras descienden al mar desde los grandes ojos y las manos de arena, co‐ bijos de tanto dolor, de tanto olvido; huellas, al fin y al cabo, de los que peregrinaron por esas piedras hacia sus respectivos desencuentros y sufrieron (y sufrimos)… Y, así, el canto, como la mirada, sobrevuela alto y reconoce, y nos devuelve, los lugares del sufrimiento común de aquellos a los que la barbarie multiplicada y repetida obligó a huir o a confluir en ese Portbou, ya metáfora y símbolo: Portbou‐puerto de Alicante, Portbou‐orillas del Tajo, Portbou‐Auschwitz… Y siempre las olas inacabables como el dolor del perseguido, del hambriento, del arrecido, del muerto entre tantos muertos; pues como dice mi querido Antonio en los úl‐ timos versos de este primer canto de mar, viento, grito, horizontes y pájaros de lagrima y de viento: Este teji‐ do de fracasos/ entretejido de derrotas, vacilaciones,/ este límite que nunca se alcanza/ es también el mar. Canto II. Esta extraña fidelidad tan perruna y nuestra Quienes conocemos a Antonio y a Carmen, su compañera, y, además, tenemos el privilegio de su amistad, conocemos el profundo amor que a todo lo vivo profesan y en especial a su hermosa y pacifica perra, que siempre llevan consigo, compartiendo tiempo y techo con ellos; por ello, no nos sorprende este segundo can‐ to de fidelidad perruna (tan humana), en el que la voz alzada nos obliga a mirar el dolor de la naturaleza y en particular de todo lo vivo que nos rodea. Es amor y respeto profundo y verdadero. Y las palabras van des‐ granando los gestos, la mirada, las caricias de esa fidelidad y dolor tan imposiblemente humanos: …imposi‐ ble fidelidad,/ recibe piedras, desprecio, cuerdas, llagas/ migajas y se aleja o acompasa el paso/ mendigando pan, cariño… Y pienso yo, entonces, en ese andar del perseguido y del hambriento que deambulaba por Portbou en esos fatídicos días del exilio, en los que la huella del perro y la del hombre son tan iguales, tan solas, tan hambrien‐ tas. La mirada de Antonio logra llevarnos al centro de ese dolor y condición compartidos …Allí un aullido ca‐ si humano/ y una palabra casi aullido… Voz única, estremecedora y trágica …¿dónde lo no decible/ si jadeo y pala‐ bra/ se llaman en silencio?... Que nos ayuda a comprender el tiempo y la agonía de la memoria a través del re‐ cuerdo de otro perro abandonado y vapuleado, Walter Benjamin …por las calles derruidas de Portbou para habi‐ tar/ el tiempo de la morfina, el olvido del ángel, para ser sólo/ hueso de perro muerto roído por otro famélico perro/ que llegó una mañana a esta luz, a esta extraña fidelidad/ (tan perruna, tan callejera, tan nuestra y olvidada) de la memoria. Canto III. Para llegar a un banquete sin orillas Los pasos y las palabras de Antonio, tan ricas y diversas y tan repletas de realidad, nos llevan, contra todo y a pesar de todo, a la esperanza …lo despiezado, cuarteado, lo disperso, lo desprendido,/ todo lo reuniera o convocara con el vendaval de su aliento/ como si juntáramos manos, palabras, gestos/ y le hiciéramos respirar hacia dentro… Muy adentro, en donde germina siempre una semilla de vida renovada, el dolor se suspende por un instante, an‐ tes de cruzar esa esquina de luz y sentir de nuevo la profunda soledad del perseguido, del que llaga en las palabras, del que se acurruca en los rincones, acosado como una alimaña… ¿o acaso llegaste tú como huérfano o peregrino/ de un siglo roto?.../ …el hijo del horror, el inocente, el nacido/ sin otro mundo que la ausencia de mundo… Y los recuerdos se hacen piedra, nombres, esquina, cuartilla o lápiz, o grito, bajo la pesada carga de lo pre‐ senciado y rememorado… un esfuerzo herido,/ absurdo, desproporcionado, torpe/ mente heroico, sin claridad, todo ba‐ rro,/ letrina, deforme cuerpo enano patizambo,/ escondida carne persistente y tenaz… Para el rescate, por la palabra y la enunciación, de todos los inocentes …los que marchan entre aullidos,/ la niña que escribe cartas y la que pinta en un cuaderno/ escolar su belleza condenada, la sonrisa del muchacho/ tras el alambre de espino, todos nombrados, res‐ catados…. Pues les espera el regreso, por la nieve acaso que conoció la huella a todos …a un banquete sin ori‐ llas,/ al instante del cumplimiento. Canto IV. Y regresan las cosas al origen primero del lenguaje Y es que como Antonio sabe cuán sordos somos a la historia y lo taimados que son los recuerdos, convoca, una y otra vez, a las palabras, a los protagonistas y a los hechos justos, para que regresen, para que sean, para que digan, para que no se pierdan en el silencio …la que se hace carne o rescoldo, lo dejado,/ lo que estuvo y fue,… cami‐ na y rebusca en todos rincones, donde se acumula el polvo y donde el sentido espera la mano y la mirada que libere todas las cosas del olvido …Allí donde está escondido el nombre, el instante/ en que todas las cosas regresen y asciendan… Todo lo que sólo está contenido, acaso, en la abierta mirada de un niño …Así como los niños juegan

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 117

ANÁLISIS / RESEÑAS

ANÁLISIS / RESEÑAS página 118 ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12

a hacerse con la semejanza,/ imitan mundo, apren‐ den las horas, los disfraces,/ lo oculto, lo imprevisto y se visten con el miedo/ para habitarlo, hacerlo su‐ yo… En cuya claridad se recoge Antonio y nos obliga a deslizarnos como en un carrusel de vi‐ da y de esperanza recuperadas. Canto V. En la frontera de la luz y la historia Desde el frío invierno contemplado, desde la distancia insalvable y salvada, a la vez, Antonio se reconoce con Benjamin y penetra con esa singular sensibilidad en sus tiempos más íntimos y camina con él, aprehendiendo su gesto, viendo por sus ojos y sintiendo con su estupor y dolor; haciendo real su presencia, rememorando las últimas horas del reencon‐ trado, del perseguido, del ignorado, que recorría gozoso, en otros días, sin embargo, los mundos de la belleza y del pensamiento… Cómo olvidar lo que viste en Venecia,/ la majestuosa quietud de la plaza,/ la noche, los canales, el misterio del agua,/ el húmedo verdín de la belleza… Como si todos los perseguidos fuesen, en realidad, uno, el mis‐ mo perseguido… ¿Acaso es posible entenderte a ti,/ el ausente, el sólo palabra interrumpida,/ sin aquella acuarela don‐ de color y forma/ anticipan el desgarro, la meditación, la analogía,/ el curso del pensamiento, la última reflexión,/ la con‐ dena y esperanza de la historia?... / …Ahora, en este azul perfecto que al mar se precipita,/ en este viento que parte en dos el siglo,/ en esta loma que lo corona,/ en este cementerio de luz y ausencia/ en que a ti te busco entre muertos sin nombre,/ desterrados, enterrados en tierra extranjera… Cuánta belleza en estos versos, cuánto amor y cuánta ternura en el recuerdo, pero también cuánta soledad la que retornará a Portbou, cuando su mirada y sus pasos, y los de su perro, siempre al lado, dejen de sonar entre esas viejas piedras del enclave fronterizo; como sucedió con la otra mirada y los otros pasos …¿Es esta la misma bahía?/ ¿la misma que antes fuera lienzo, acuarela,/ vida? ¿acaso es siem‐ pre el mismo ángel,/ el mismo mar? ¿regresa o sólo nos espera?.../ …¿Son los mismos días? ¿el refugio/ de una belleza que siempre vuelve?/ ¿la nostalgia limpia de lo vivido?/ ¿esta destartalada pensión de Portbou,/ esta fonda hotel de Francia es la misma/ de Colliure? ¿acaso abrir la ventana,/ ver la vista sobre la bahía, el mar/ insinuado o no más que oscuridad/ es el mismo gesto?… Y me viene entonces el recuerdo de mi tío Marcial Martínez, con sus apenas diecinueve años, hambriento, en aquel helado mes de febrero del 39, hecho la imagen misma del frío frente a ese mismo mar que ahora contemplamos. ¿Qué belleza habría en esas olas, si la había, para aquellos seres hundidos y vejados por la derrota? …Estoy aquí con los que lloraron/ arena en los campos, los que fueron ceniza,/ los que siguieron viajan‐ do como fuga sin sentido… / … aquí en Portbou,/ en la frontera de la luz y la historia. Canto VI. Está la llaga y la luz y la luz prevalece y salva La luz, lo cercano, lo no perdido, lo que recorre los fogones de la esperanza llenando el espacio de ese calor que prevalece contra el frío del olvido y la llaga del amor; cuánta ternura hay en sus versos y cuántos cami‐ nos y encuentros, en su mirada… Antonio no ceja nunca en la búsqueda de la luz y en ese trayecto encuen‐ tra el amor, esto es, la búsqueda compartida de la luz …Éramos como nuestros cuerpos: una insolente certeza,/ el desnudo afán de una belleza nuestra y desconocida…/ …y fuimos vergüenza/ cuando al alba era la muerte y su decreta‐ do silencio… / … Y sin embargo nada, ni la noche, el horror, el miedo,/ nada/ abolía la sonrisa … / … Éramos certeza, una luz, un cuerpo esperando otro cuerpo… E, insaciable, Antonio insiste, una y otra vez, en el renacer de lo úni‐ co, de lo irrepetible, creando y recreando sin desmayo, como hacen con el mar aquellas olas; como una con‐ vencida resistencia contra la muerte… Está la herida y está la luz,/ están los cuerpos, su tenaz resistencia,/ la pasión, lo vivo elemental,/ está la carne/ está la llaga y la luz/ y la luz prevalece, ilumina y salva. Canto VII. En este terco suburbio de la esperanza Pero ahí está la agonía y el cansancio de ese compendiado universo de huidas y llegadas que fue Portbou; pa‐ ra muchos, la estación final… Es tanto el cansancio, la pesadumbre, el ajeno envilecimiento,/ tan trabajoso el camino, tan angosta la jornada del desamparo,/ tan inútil la palabra, los pesados pasos de un futuro inexistente…. Su lápiz recibe y acoge entonces toda esa carne condenada… en este/ caminar despacio, sin fuerzas, hacia el desastre/ o la aniquila‐

ción…/ …un bulto entre los bultos… Todos están en el lápiz de Antonio, y su dolor reescrito. Antonio, herido por las imágenes, se desangra en las palabras de relator fiel y deja que se des‐ garren sus versos… Y aún así, de camino/ la vis‐ ta siempre atrás, amando/ lo que queda lejos…/ …caminas mientras cae lluvia o gotas de sangre/ resbalando, ungiendo de todo lo perdido…/ …Fugitivo pasar de un hombre cada día más viejo, cansado/ por el peso de los días, por esta patria ex‐ traña, huraña, por esta/ repetida ignominia que cala hasta las entrañas…/ …Al exilio se encaminan los restos de la luz y la palabra… Y, con su afán, Antonio rescata incluso la piedra, el aire y los nombres de los muertos, y los dignifica, como a sus huesos amontonados; todo lo recupera su palabra para dar fe del paso y del final reposo de cada uno de ellos… y así hasta sesenta/ y nueve en esta piedra, en este cementerio dicho,/ llamado, conocido, de los es‐ pañoles, aquí reposan,/ en la traspasada luz de la memoria, en este terco/ suburbio de la esperanza,/ aquí aguardan. Canto VIII. Miraba el blanco cementerio como un presagio La mirada de Antonio se convierte entonces en la patria de todas las voces, de todas las miradas, de todos los asombros, de todas las vidas y de todas las muertes de aquella multitud de huidos entregada al destierro, a la arena, al hambre y al olvido; y acogida finalmente en ese pequeño cementerio blanco… Todo aquí descien‐ de como vértigo, impulso/ ciego entre escombros y un vacío de muerte…/ …contemplas la herida muchedumbre que ca‐ mina al amanecer/ entre raíles, roídos rieles del desamparo…/ …Los ves surgiendo del vientre oscuro/ de la montaña… / …Por aquí pasaron (y hoy espanta lo oscuro,/ imprevisible, la gravidez de la roca… Y en ese blanco que se resiste a ser sombra, se reordenan los tiempos y recomienza la tenaz andadura de la mano de cada uno de ellos… ellos que nada llevan, nada anuncian, nada esperan… / …Ellas, los doloridos, los viejos, las madres,/ los que dejaron el fusil en la frontera…/ …Y serán desperdigados, contados, ordenados, / despreciados y por el mar cercados entre alambradas…/ …Así dibuja Filomena Torroello que tiene catorce años…/ …Margareta Zimmerová,/ que tiene doce años dibuja un jar‐ dín…/ …y también leemos pequeño/ jardín, la senda es estrecha y un niño camina por ella/ esto dice Franta Bass que na‐ ció en el treinta y murió/ en el cuarenta y cuatro… Niños que siguen siendo niños, que dibujan como niños, que escriben como niños, y dejan sus miradas de niño y sus miedos de niños y su hambre de niños y el frío y el azul, la arena, el patio, la escuela, el árbol; todo lo recoge Antonio con la diligencia de quien ha llegado de mañana para ser hoy entre ellos… Frantisek Bass escribe/ en Terezin su pequeño poema … / … Ruth Heinová que vivió/ diez años pinta una feria … / … o Marta Kendeová que vivió/ catorce dibuja un barco entre montañas negras … / … y José Collados García/ barcos y aviones y un pueblo con su castillo … / … y Miroslav Kosek … / …, Eva Meitner … / … y Eva Picková … / … Eva de Nymburk que dice Queremos hacer un mundo/ mejor –no debemos morir… Y tan‐ tas y tantas otras historias que Antonio nos enuncia y que nosotros recorreremos de su mano, más allá de las alambradas, del hambre y de la muerte en la playa; del pequeño cementerio blanco a los días de Auschwitz. Es cuando Antonio nos emplaza a ser, a levantarnos contra la ignominia. Canto IX. Zarza ardiente de la piedad y la restitución Antonio, a estas alturas, está a punto de culminar el milagro de la resurrección; el de un tiempo y unas vidas que no formaban parte de la memoria y que él nos restituye cabalmente, para que lo completemos… Ahora, en este último descenso, alguien encajaría piezas,/ explicaría lo inexplicable, llamaría designio o cumplimiento/ a tantos azares… Reconstruye y ordena lo amontonado, lo disperso, lo apartado, en el hogar cálido de sus palabras, para que una huella persistente cruce nuestra conciencia y restablezca el discurso de los hechos y siembre la conciencia del imponente exterminio; una huella de los niños, de los hombres, de las flores, de los nombres, de las plazas, del mar, y de ese cementerio y de sus silencios. Ha dado cumplimiento a su relato del dolor… a un dolor excesivo, a una dilatada agonía, el recuerdo/ de cada instante de luz, la restitución de todas, cada una/ de las heridas, las palabras pronunciadas, los nombres/ perdidos… y se pregunta, una y otra vez, ¿por qué?, y recuerda a Walter Benjamin… un hombre que nunca dijo sí/ a la infamia, ni calló, ni aceptó, aunque amó el bosque,/ la lengua, la

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 119

ANÁLISIS / RESEÑAS

ANÁLISIS / RESEÑAS

tierra, la herencia de lo vivo, lo noble, lo abierto,/ y fue mirada melancólica mas nunca corrupta… Y en él cifra todo el dolor acumulado, pero también la seguridad de la redención… Y al fin/ el ángel de la historia descansó, abrió sus alas para musitar/ uno a uno los nombres del imposible olvido como consuelo,/ hueco, margen, como encendida memo‐ ria del libro quemado,/ zarza ardiente de la piedad y la restitución. Canto X. Mira, descansa, descansad al fin hemos llegado Y no queda más… Hijo de la medianoche, llegas, cumplido el siglo de la infamia a este precipicio de aterradora belleza, a este límite donde todo confluye, a este exceso de luz, cerrado horizonte donde todo es descenso, un encuentro con lo que espera y acompaña, pues conmigo bajan hacia la bahía, hacia la playa de guijarros y barcas, hacia el mar, su infinita oscuridad, vienen los apenas nombrados, los caídos del libro, los tiernos habitantes de los márgenes, los maldecidos, los ejecutados el último día y los que lo fueron en las cunetas, en las tapias, en los recodos nocturnos, los deslumbrados por los faros, los que temblaron al alba, los que nunca fueron honrados, los que aguardan la resurrección de la memoria, los que no olvidan. Una última mirada a todo, a los hombres y hombres niños, a los hechos, a los paisajes, a los pájaros, a los pe‐ rros, a las playas, al frío y al hambre, a la soledad y a ese resto que es y el otro que fue, el tiempo vivido y el enterrado entre las paredes del pequeño cementerio llamado “de los españoles”, y lo dicho y lo callado, lo que se ha visto y lo que se ignora, y todo desde ese lirismo tan denso, bello y exigente, al tiempo que frugal y armónico, todo nos deja y no es un adiós, sino retorno Todo lo que ilumina, retorna, se pierde, se nace, se hace, palpita, gime, desciende en trino, en hilo, en luz, en canto y se inscribe en papel arena, arco frotado, en claridad llegada, llagada, en piedra, en canto rodado.

YOUKALI, 12

Se escriben como tiempo. Una multitud de actos detenidos en sílaba, en nota, letra, hecho, morada, techo, pan, hogaza, ladrillo, cal, todo lo que colma, transfigura, lo que salva (sencillo milagro de lo sencillo, piedrecitas de redención, qué cercano lo absoluto, qué tangible) ¿A partir de cuándo?... … Ahora has dado la mano al tiempo, lo has encerrado en un puño, en unas alas rotas, en un silencio, lo has guardado en caja de cartón, de latón, de papel, de palabras. Mira, nos aguarda. Escucha, hay una luz que canta, un instante que calla, mira, descansa, descansad, al fin hemos llegado. ¿A partir de cuándo? Gracias, Antonio, por este monumento de la palabra y de los encuentros.

ISBN: 1885-477X

página 120

[RESEÑA]
Sobre Historias de este mundo, de Matías Escalera Cordero (Baile del Sol, 2011) por Antonio Orihuela

ISBN: 1885-477X

La última obra de Matías Escalera, His‐ torias de este mundo, se nos presenta como un conjunto de relatos sorprendentes por la amplia gama de estilos y técnicas na‐ rrativas que contiene, si bien, todos ellos quedan unidos por un deseo de contar y mostrar el dolor y el sufrimiento de los de abajo; de los apaleados, de los asesina‐ dos, los explotados, los marginados, los extrañados, los esclavizados, los manipu‐ lados, los vigilados... por si fuera nuestro deseo, el del lector, reconocernos en algu‐ nos de estos papeles, que, bien a menu‐ do, encarnamos, unas veces, como vícti‐ mas, y, otras, las más, como verdugos o como cómplices de todas esas historias del mundo que habitamos; historias que conocemos de sobra, que incluso prota‐ gonizamos, pero que nos negamos a fir‐ mar como nuestras. Todas ellas, desde HISTORIA DE UNA FOTOGRAFÍA pasando por SI SA‐ BEMOS TANTO (que fue publicado por primera vez en el “número cero” de esta revista y analizado por Andrés Recio, luego, en el “número 2”: (http://www.youkali.net/2d2AReciosobreMEscalera.pdf) o EL FINAL DEL LIMBO, o EL NUDO DE SIEMPRE, o LA CAJERA GENEROSA, y ese relato absolutamen‐ te deslumbrante que es LA MUJER (NEGRA) QUE FUE (HOMBRE) BLANCA, nos ponen delante del fantasma de nuestra constante delegación de responsabilidades, de nuestra forma irracional de vivir, de nuestra soledad y nuestro desamor, pero, sobre todo, de nues‐ tro aburrimiento mortal y de nuestra infelicidad sin fin bajo el Capitalismo.

YOUKALI, 12

página 121

ANÁLISIS / RESEÑAS

ANÁLISIS / RESEÑAS

[RESEÑA]
Sobre Acceso no autorizado, de Belén Gopegui (Mondadori, 2011) y Sobre La mano invisible, de Isaac Rosa (Seix‐Barral, 2011)

Dos novelas para la revolución que ha de llegar
por David Becerra Mayor

Difícilmente una novela pueda desencadenar una revo‐ lución. Lejos de poseer el poder de cambiar el curso de los ríos, a la manera de los dioses de la mitología clási‐ ca, la literatura no tiene la capacidad de transformar la realidad. Sin embargo, puede hacer algo no menos im‐ portante como es legitimar un proceso revolucionario. Durante el pasado año, y a remolque –según algu‐ nos analistas políticos– de la llamada primavera árabe, en nuestro país se ha producido una suerte de revuelta popular bajo el nombre de #spanishrevolution o movi‐ miento 15M. A la vez que los denominados “indigna‐ dos” se reunían en asamblea en las plazas de las ciuda‐ des con el fin de articular políticamente su discurso, se publicaban en España dos novelas que bien podrían til‐ darse como novelas de la #spanishrevolution: Acceso no autorizado de Belén Gopegui1 y La mano invisible de Isaac Rosa2. No deben sin embargo catalogarse como nove‐ las del 15M porque en ellas se localice el germen que ha‐ bría de provocar de forma directa el movimiento, ni tampoco porque sean novelas que se hayan escrito tras la ocupación de las plazas y en consecuencia su conte‐ nido verse sobre el tema en cuestión, como tantos textos que se han publicado tras el acontecimiento –algunos oportunos, otros oportunistas–, sino porque tanto estas novelas como el movimiento en sí son producto de unas mismas condiciones históricas y asimismo comparten una misma preocupación sobre el mundo que parece estar fracturándose. Se trata de dos novelas que, como quieren quienes han salido a las calles con voz contesta‐ taria, pretenden objetivar un mundo reificado donde el poder reside no en la política –y mucho menos en los ciudadanos– sino en lo que de un tiempo a esta parte se ha venido a llamar, con cierta abstracción, los mercados, i.e., el capital.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 122

1 Belén Gopegui, Acceso no autorizado, Barcelona, Mondadori, 2011. 2 Isaac Rosa, La mano invisible, Barcelona, Seix‐Barral, 2011.

3 Fredric Jameson, El posmodernismo o la lógica del capitalismo avanzado, Barcelona, Paidós, 1991, p. 43. 4 Para un análisis más amplio de Acceso no autorizado, vid. mi reseña publicada en Rebelión el 21‐07‐2011 http://rebelion.org‐ /noticia.php?id=132703

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

La novela de Belén Gopegui, Acceso no autorizado, legitima el discurso del movimiento indignado al desen‐ mascara un sistema democrático que, lejos de servir a los ciudadanos que representa o debiera representar, se pone al servicio de esos “amos sin rostro”, que diría Jameson, que “siguen produciendo las estrategias eco‐ nómicas que constituyen nuestras vidas”3. La novela de Gopegui no sólo pone rostro –nombres, apellidos e incluso sentimientos– a los dueños del mundo sino que visibiliza las relaciones entre la ellos y la política. Las proclamas del 15M de “No nos representan” y “Lo llaman democracia y no lo es” quedan en la novela legi‐ timadas al mostrar esta una clase política incapaz de intervenir en el curso de la historia. Porque lo que ha‐ brá que suceder está previamente escrito por los poderosos. Llama la atención el hecho de que en múltiples ocasiones los personajes de Acceso no autorizado hagan referencia al destino y muestren su convencimiento de que nada –ni sus propios actos– depende de ellos mismos. En el ámbito político los personajes tienen la con‐ vicción de que sus decisiones no sirven para nada o, en el mejor de los casos, sólo sirven para poner “frenos milimétricos” (p. 178) o “corregir” el rumbo marcado (p. 265), conscientes de que son otros los hilos que mue‐ ven el mundo. En este sentido, la política queda reducida a una “máquina movida por los designio de los otros” (p. 211). Bien parece que el capitalismo avanzando nos ha devuelto a la epopeya clásica, aunque con un matiz inédito: ahora el destino del mundo de la epopeya ha sido sustituido por la “mano invisible” –que diría Smith y que retomará críticamente, como se verá, Isaac Rosa– del capital. No es posible enderezar el rumbo, tomar decisiones, elegir el camino, porque este ya está trazado de antemano por una nueva construc‐ ción ideológica del destino denominada mercado. Nada depende de nosotros sino del designio de los nue‐ vos dioses. Por ello, el gobierno no puede prohibir –se dice en la novela– los anuncios de prostitución en los periódicos, debido a que esta medida les ocasionaría a los dueños de la opinión pública unas pérdidas eco‐ nómicas que sabrían acompañar de una buena venganza contra el gobierno si impulsaran dicha medida (pp. 127‐128). Es mejor no jugar con fuego. Lo mismo sucede con el proceso de nacionalización de las cajas de aho‐ rros, que se vuelve inviable debido a presiones externas: el presidente no está “dispuesto a desafiar el poder de unos bancos que, entre otras cosas, habían negociado operaciones de crédito al partido” (p. 230). El poder de un gobierno se vuelve limitado cuando necesita la aprobación de quienes les avalan. El gobierno no tiene el poder y ni siquiera lo gestiona. Una cosa queda clara tras la lectura de Acceso no autorizado: y es que una cosa es el gobierno o la política y otra bien distinta el poder. En este sentido “la polí‐ tica” se convierte “en el escenario donde se libran las batallas que vienen de otros lugares. Nuestra batalla la han ganado otros”. Y esos otros son los que le marcan la agenda al gobierno. Ante este panorama, se pregun‐ ta un personaje: “¿Para qué hemos trabajado durante años? Si estamos en manos del destino, por lo menos trataremos de comprender lo que hace con nosotros” (p. 240). O como se pregunta la vicepresidenta Julia Montes: “¿He dedicado mi vida a la política para esto? ¿Para qué nos retraigamos sin haber siquiera asoma‐ do la cabeza: nada sabemos, nada podemos, qué miedo, qué miedo que vienen los mercados” (p. 279). Pero esta falta de capacidad para enderezar las cosas no hace inocentes a los políticos, sino todo lo contrario: los convierte en culpables por haber permitido que los mercados se entrometieran en el ámbito de la decisión política y por permitir que la soberanía resida en los mercados y no en la ciudadanía, como debiera corres‐ ponder en un sistema verdaderamente democrático (p. 264); son culpables, sobre todo, porque detrás de ca‐ da decisión que se toma para complacer a los amos del mundo “había personas que verían afectada su vida” (p. 109). La política, en efecto, y en su posición de sumisión a los mercados, tiene consecuencias y en tanto que sus consecuencias caen directamente sobre la ciudadanía, empeorando sus condiciones de vida, cada vez más cerca de la precariedad, se les debe exigir responsabilidades a los políticos que dicen representar a la ciu‐ dadanía y que en realidad trabajan al servicio del capital. Y tras la exigencia de la responsabilidad deben asu‐ mir su culpa, porque “un hombre puede matar a cien mil con indiferencia por omisión o aprobando una ley” (p. 198)4. Por su lado, Isaac Rosa con La mano invisible nos presenta una novela sobre el mundo del trabajo. En un momento en el que España se sitúa en los índices de paro más altos de su historia, con más de cinco millo‐ nes de parados, esto es, el 20% de la población activa en desempleo, Isaac Rosa se reinvienta literariamente con una novela en la que focaliza e indaga en la noción de sentido del trabajo en el capitalismo; o mejor sería

página 123

ANÁLISIS / RESEÑAS

ANÁLISIS / RESEÑAS

decir: en la falta de sentido del trabajo en un sistema productivo como es el capitalista. La mano invisible, cu‐ yo título toma Rosa de la célebre frase de Smith, nos traslada al escenario de un teatro –situado en una aban‐ donada nave industrial a las afueras de la ciudad– donde unos trabajadores realizan sus labores bajo la mi‐ rada atenta de los espectadores que, como quien mira un reality show por televisión, acuden a observar con fascinación y extrañamiento cómo los distintos empleados trabajan. Por la novela desfilan obreros de distin‐ ta índole: un albañil, un carnicero, un mecánico, una teleoperadora, una empleada de una cadena de monta‐ je, una administrativa, un camarero, una prostituta, una limpiadora, entre otros. Parece que ninguno de los que se encuentra encima del escenario trabaja verdaderamente y que se trataría más bien de una representa‐ ción del trabajo, debido a que su trabajo no es productivo ni tiene consecuencias sobre la realidad. El albañil construye una pared y, una vez terminada, debe derrumbarla para poder reiniciar el trabajo de nuevo; el car‐ nicero despieza carne en mal estado que no va a ser comercializada; la empleada de la cadena de montaje lle‐ na cajas de piezas metálicas y una vez concluido el proceso debe vaciarlas de nuevo para volver a empezar, etc. Pero hay excepciones, en los márgenes del escenario: los desayunos que sirve el camarero son verdade‐ ramente consumidos por sus clientes; la limpiadora se las lidia con mierda de verdad; la prostituta no repre‐ senta ningún papel y sus felaciones son reales. Pero, independientemente de si su trabajo es productivo o no, de que este pueda ser considerado como trabajo real o como representación del mismo, todos los trabajadores de la novela no participan del debate y, sin dejar lugar a la duda, entienden que lo que ellos hacen es ciertamente trabajar y nada quieren oír de su‐ puestos simulacros. Los motivos que exponen son básicamente dos. En primer lugar, porque su trabajo “aquí”, como así aparece continuamente denominado el lugar en la novela, tiene sobre su cuerpo las mismas consecuencias que el trabajo productivo del mundo real. Es decir, a la teleoperadora le duele igualmente “la cabeza, las cervicales y la cintura como en los demás trabajos” (p. 138), a la empleada de la cadena de mon‐ taje “le duelen las manos al final del día por tener que cogerlas [piezas] siempre de dos en dos” (p. 189), a la administrativa “le duele la cabeza tras tantas horas pendiente de la pantalla” (189). En síntesis, como se dice por medio de la administradora:
...claro que no están fingiendo, ella al menos no llamaría fingir a estar ocho horas sentada frente al ordenador transcribiendo cientos de páginas. Es cierto que no se trata de nada productivo, no hay resultado, pero ése es un debate que reaparece una y otra vez en periódicos y televisiones desde que abrieron la nave, y ella se abu‐ rre ya con esas disquisiciones sobre si en verdad están trabajando o no. Ella está convencida de que sí, está tra‐ bajando, pues el efecto es el mismo que durante los años que ha sido administrativa en un par de empresas: ocho horas de su vida entregadas, lumbalgia por las horas sentada, dolor de cervicales y de muñecas, enrojeci‐ miento de ojos, y al final del mes un sueldo. Todo eso lo hay aquí, como en cualquier trabajo hay también can‐ sancio, molestias y sueldos (p. 290).

YOUKALI, 12

El dolor es lo que, para los empleados, define el trabajo, no los resultados del mismo o su beneficio produc‐ tivo. Y “aquí” el dolor hace acto de presencia. Y, en consecuencia, circulan por la novela, para paliarlo, “ibu‐ profeno” (p.128), “nolotil” (p. 134), etc. El dolor es consustancial al trabajo, es lo que termina por definirlo, y, de este modo, el trabajador, cuando acude a la consulta médica, se atreve a preguntar con sospecha: “doctor, tengo una pregunta: todo esto que me está enseñando es para curarme y para que viva mejor, o para que pue‐ da seguir trabajando como un animal sin que el dolor me lo impida” (p. 29). En segundo lugar, se hace referencia continuamente a que el trabajo que realizan es un trabajo sin senti‐ do –sin finalidad, sin producción–, lo que conduce a los espectadores y a los tertulianos de la televisión a in‐ terpretarlo como un simulacro. Para los trabajadores que protagonizan la novela, sin embargo, ese matiz –el del sentido– no es fundamental, porque para ellos todo tipo de trabajo –también el realizado fuera del tea‐ tro– adolece siempre de sentido. De este modo lo piensa la empleada de la cadena de montaje al escuchar el comentario de unos espectadores que tildan de absurda su tarea de llenar y vaciar cajas de objetos geométri‐ cos sin utilidad:
Tal vez sea absurdo para quienes miran, pero lo importante para ella, el descubrimiento de estas semanas, es que para ella no lo es, o al menos no es más absurdo que trabajos anteriores, no le resulta más inútil ni más ex‐ traño llenar cajas con piezas metálicas de formas geométricas que no tienen ninguna utilidad ni destino, y lue‐ go tener que vaciarlas de nuevo en un ciclo sin fin, no es más extraño que llenar bandejas con retrovisores si‐ guiendo una secuencia facilitada por un ordenador, o colocar una pieza de chapa en una máquina para que la taladre (...) Si algo aprendió durante años de repetir movimientos es que lo de menos era lo que hubiera en el palé cuando se lo llevase el camión, no sentía que construyera nada, no se sentía parte de ningún resultado, de

ISBN: 1885-477X

página 124

ninguna obra final, no se conmovía con los coches cuando los veía por la calle pues no los sentía propios, ella no los había fabricado, ella sólo ordenó retrovisores o agujereó chapas como podía haber llenado cajas con trián‐ gulos y rectángulos (pp. 74‐75)

Rosa nos está hablando, por medio de una de sus protagonistas, de la alienación. Porque en efecto, el objeto acabado, una vez convertido en mercancía, borra todas las huellas de explotación y hace irreconocible los dis‐ tintos operarios que han intervenido en las diversas fases del montaje en la construcción del todo. El objeto acabado borra el sentido del trabajo al promover la destrucción de la relación de pertenencia entre los pro‐ ductores y el producto final, presentándose este como originalmente independiente de los hombres, como si estos no lo hubiesen creado. La operaria, reificada o cosificada, reducida a engranaje de una cadena de mon‐ taje, no se reconoce como autora de los coches que ve circular por la ciudad, aunque ella haya sido parte im‐ prescindible de su montaje, colocando en cajas los espejos retrovisores, debido a que el producto final se pre‐ senta ante sus ojos como “algo completamente distinto”5. Lo mismo le sucede al albañil, que no se reconoce en el edificio construido, debido a que “durante años no pensó [en las casas que había hecho], terminaba una obra y se mudaba a otra, allá donde contratasen a su cuadrilla, y no volvía a saber de aquel edificio que ni si‐ quiera venía acabado” (p. 34). Hasta que el albañil toma conciencia y se pregunta lo que sigue:
...si alguna vez [la gente] al mirar las paredes de su salón tendrán un recuerdo para los que las le‐ vantaron ladrillo a ladrillo, quienes las enlucie‐ ron, los que después las pintaron; si alguna vez al llegar desde la calle levantarán la vista y al ver el edificio se preguntarán cómo fue su construcción, cómo aguataron el frío y la lluvia hombres subi‐ dos a un andamio para enfoscar la fachada; si al‐ guna vez han dedicado un solo pensamiento por pequeño que sea a quienes se esforzaron, se fati‐ garon, sudaron, se dolieron y desgastaron sus cuerpos para hacer posibles esas paredes, ese te‐ cho, esa escalera, ese hueco del ascensor por el que alguna vez cae un albañil que nunca será re‐ cordado con una placa de agradecimiento en la entrada a la casa; incluso si se les ha ocurrido pen‐ sar que ese edificio lo hicieron hombres, no se hi‐ zo solo… (pp. 31‐32).

5 Karl Marx, “El fetichismo de la mercancía y su secreto”, El capital, Madrid, EDAF, 1972, pág. 74.

ISBN: 1885-477X

El producto acabado borra las huellas del trabajo mostrando el objeto como si siempre hubiera estado allí. Y, en efecto, como concluye el albañil, tampoco “cuando él se come un bocadillo de fiambre no pien‐ sa en panaderos amasando de madrugada ni en mu‐ jeres rellenando tripas de plástico en una fábrica de embutidos” (p. 32). El trabajo se invisibiliza, se en‐ mascara, una vez su producto se ha convertido en mercancía. Isaac Rosa con su novela La mano invisible denuncia la falta de sentido en el ámbito laboral por medio de la construcción de un simulacro en el que el trabajo no produce resultado. Pero por medio de esta represen‐ tación Rosa no busca sino acentuar que en el capitalismo la falta de sentido es inherente al sistema: los traba‐ jadores, alienados y reificados, no encuentran el sentido a su trabajo y ni siquiera les interesa encontrarlo (co‐ mo se muestra en las páginas finales de la novela, que no es nuestro propósito desvelar aquí). No saben, co‐

YOUKALI, 12

página 125

ANÁLISIS / RESEÑAS

ANÁLISIS / RESEÑAS ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 126

mo tampoco sabrá el lector, cuál es la finalidad de su trabajo; pero como nos invita a preguntarnos Rosa: ¿aca‐ so sabemos cuál es la finalidad del nuestro?, ¿tiene nuestro trabajo, realizado en el mundo real, más sentido que el de los protagonistas de la novela? Y, por último, el lector se pregunta: ¿quién se encuentra detrás de este “espectáculo de la explotación” que nos muestra la novela? No lo sabremos, pero tal vez sí podemos des‐ velar –y la literatura es útil para este propósito– quién se encuentra detrás de nuestra explotación. La repre‐ sentación absurda que la novela de Rosa nos trae no cumple otra función que la de mostrar que el mundo del trabajo en la realidad no es menos absurdo, ni tiene mayor carga simbólica, que el que nos describe en ese retablo laboral de La mano invisible. Ellos no saben cuál es la mano invisible que mueve su mundo, pero tal vez nosotros todavía estemos a tiempo de descubrir quién mueve los hilos del nuestro. De este modo, la novela de Isaac Rosa junto con la de Belén Gopegui funcionan como instrumentos fun‐ damentales –además de ser extraordinarias novelas– para la legitimación de la revolución que ha de llegar. La una porque pone el acento en el divorcio que existe, en la actualidad, entre el poder y la política, y por consiguiente en la necesidad de que la ciudadanía tome conciencia de la necesidad de tomar las riendas de su destino; la otra porque nos invita a reflexionar sobre la alienación y la falta de sentido en el trabajo en la economía capitalista –en un momento histórico de gran precariedad del trabajo. En ambos casos nos señalan que es preciso apuntar con el dedo a esos amos sin rostro que, con mano invisible, siguen produciendo las estrategias económicas que constituyen nuestras vidas. Porque, como se dice en Acceso no autorizado: “Detrás de los mercados hay personas y tendrán que enfrentarse a la oposición con otras personas”. El problema es localizar a esas personas escondidas bajo la abstracción del mercado. John Ford, en las Las uvas de la ira, des‐ cribió de forma muy acertada esta problemática en una de las escenas iniciales de su película. La escena muestra el diálogo entre el campesino que va a ser desahuciado de su casa y el empleado de cuello blanco que cumple órdenes de la multinacional propietaria de la tierra que va a demoler su casa. El empleado le pi‐ de al campesino que no se enfade con él, que él no tiene la culpa. El campesino, entonces, le pregunta quién la tiene. El empleado le responde que el propietario de la tierra es la compañía Sonvilland pero que tampo‐ co ellos tienen la culpa, sino el banco que es quien ordena lo que tienen que hacer. Pero les aconseja que no pierdan el tiempo acudiendo al banco, pues allí sólo se encuentra el apoderado que, del mismo modo, sólo trata de cumplir las órdenes que llegan de Nueva York. Entonces el campesino, lúcida e inocentemente a la vez, pregunta: “Entonces, ¿a quién hay que matar?”. En la novela de Belén Gopegui esta pregunta crucial, fundamental para emprender la lucha revolucionaria, se responde –si bien sólo en el plano de la ficción–, mientras que en la de Isaac Rosa se apunta, si bien no se visibiliza, su existencia. Tanto Acceso no autorizado como La mano invisible persiguen resolver este interrogante. Cuando logremos dar respuesta a esta pregun‐ ta, cuando logremos identificar quiénes son esos amos sin rostro de los que nos hablaba Jameson y logremos darle visibilidad a la mano que se autoproclama invisible, entonces la mitad del camino estará recorrido y la revolución socialista estará más cerca.

ACUSE DE RECIBO

Cult Movies. Películas para llevarse al infierno de Vicente Muñoz Álvarez (Editorial Eutelequia, 2011)
Nos ha llegado también Cult Movies. Películas para llevarse al infierno (Editorial Eutelequia, 2011), el nuevo libro de Vicente Muñoz Álvarez, poeta, novelista, rockero y una de las almas de Vinalia Trippers, fanzine y revista gráfica de referencia, que en julio de 2011, sacó su decimo primer número, “Trippers from the Crypt”; y también coordinador de varios signifi‐ cativos proyectos colectivos, entre los que sobresale Hank Over (Caballo de Troya, 2008), una de las antologías más dignas que sobresale de entre esa este‐ la –bastante despistada, a veces– que forma la cohorte bukowskiana española. Cult Movies es una recopilación de las reseñas de películas que el autor ha ido colgando, lo largo de los últimos años, en el blog “HankOver: hijos de Satanás”. Desde la Nouvelle Vague francesa, al hipismo más desaforado, desde el terror fantástico foráneo, al nacional; desde el Western clásico, al spaguetti; o desde auténticos clásicos olvidados, como ‘Los amantes de Montparnasse’, de Jacques Becker, o ‘Drugstore Cowboy’, de Gus Van Sant; a rarezas tan reconfortantes como la de ‘Un hombre sin pasado’, del finlandés Aki Kaurismäki, o ‘Man on Wire’, de James Marsh; todas pasan ante nuestra memoria o ante nuestra mirada en bre‐ ves pero vivos y apasionados comenta‐ rios. Filmes todos que le han impactado al autor por alguna razón y que no tratan de establecer ningún canon, ni ranking alguno; sólo se trata de si te gusta el cine y si te fías de un buen catador de películas, que además es un buen escritor; combinación que siempre se agradece. Aunque eso no es todo lo que nos ofrece este diario personal de un auténtico cinéfilo, pues en Cult Movies. Películas para llevarse al infierno, el centenar de reseñas va acompañado –en una magnífica edición, cuidadísi‐ ma y exquisita– de 32 valiosos pictogramas de Julia D. Velázquez, que se relacionan con algunas de las pelí‐ culas reseñadas, y un breve epílogo de José Ángel Berrueco; así como de una copia de Gritos en el pasillo, una divertida cinta de animación de Juanjo Ramírez. Esto es, la palabra, la imagen fija y la imagen en movimien‐ to en un solo libro estupendamente editado.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 127

ANÁLISIS / RESEÑAS

ANÁLISIS / RESEÑAS ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12 página 128

He aquí dos de las reseñas: [pág. 89] TENIENTE CORRUPTO Abel Ferrara (1992) Despiadado retrato de la corrupción policial, alucinante descenso a los submundos de la prostitución y las drogas y corrosiva crítica a Babilonia, Bad Lieutenant (Teniente Corrupto), de Abel Ferrara, es uno de esos films que te revuelven como pocos por dentro, te estremecen y nunca se olvidan. Un insuperable Harvey Keitel colocándose a muerte de principio a fin, una salvaje violación a una monja en su iglesia y una sórdida trama de persecución y búsqueda, de abyección y ascesis, convierten esta pelícu‐ la, llena de epatantes y estremecedoras secuencias, en una pieza de culto dentro de la ya de por sí escabrosa filmografía de Abel Ferrara. Si el Infierno existe, qué duda cabe, no debe de ser muy distinto al que Teniente corrupto retrata, una socie‐ dad decadente y podrida, deshumanizada y feroz, que aliena al individuo empujándole inexorablemente a la drogadicción y al crimen. Dura como el acero, hiperrealista e imprescindible.

[pág. 99] UN HOMBRE SIN PASADO Aki Kaurismäki (2002) Como casi todo el cine del finlandés Aki Kaurismäki, Un hombre sin pasado (The man without a past) es una cau‐ tivadora metáfora de la contradictoria naturaleza humana, tierna y cruel a partes iguales, imprevisible, ines‐ table y frágil. Mágica en su sencillez, deslumbrante en sus conclusiones y profunda en sus planteamientos, Un hombre sin pasado narra una historia de amnesia, catarsis y autosuperación personal que va ganándose lentamente y con sutileza al espectador, reconciliándole con el cine, la vida y el mundo. Personajes y situaciones entrañables y emotividad a flor de piel, junto a una fe en la humanidad a prue‐ ba de bombas, es lo que Kaurismäki nos regala en generosas dosis en este largometraje para el recuerdo. Otra de esas películas que nadie debería perderse, recomendada especialmente para iluminar los días oscuros.

ACUSE DE RECIBO

Maremágnum 44 de David Benedicte (IslaVaria, 2011)
David Benedicte es, sin duda, una de las voces con mayor fuerza y personalidad de la poesía crítica española actual. Y, una vez más, con este nuevo poemario, Maremág‐ num 44 –como ya lo hizo con el primero, La Biblia ilustrada para becarios (IslaVaria, 2009)–, demuestra que su obra es el fruto de una poética meditada, en la que cada libro es un todo orgánico y unitario, y no una mera amalgama o adosamiento de poemas, sin unidad ni hilo conductor que los explique; y en la que el objeto y el moti‐ vo poético es todo lo que somos, lo que nos constituye y lo que nos construye, absolu‐ tamente todo, cada elemento de la realidad dada, observada o vivida, sin límite algu‐ no; sea un espacio en blanco o el tamaño tipográfico de las fuentes utilizadas, o la repetición seriada y el juego con esos mis‐ mos tipos o letras; o un día cualquiera de playa –en cualquier mar–, o la palabra ‘gili‐ pollas’, o la disposición gráfica de los ele‐ mentos; o la íntima sospecha de que la vida entera puede carecer de sentido, o la ternu‐ ra que despierta en nosotros la inocencia de nuestros hijos, o esa misma inocencia despedazada, o la presencia de la muerte, o su inminencia, o la irrenunciable inclina‐ ción hacia el ridículo o hacia el enamora‐ miento –que viene a ser lo mismo–; o la fealdad, o la belleza, o la estupidez, o la inquietante maldad de los criminales que nos gobiernan, o la inquietante maldad de los imbéciles que somos gobernados, o el sufrimiento de todos, o el efecto mágico de la poesía en un hortera redomado como Flavio Briattore, y en sus Ray‐Ban, o la pro‐ pia palabra ‘Ray‐Ban’, o el entero mercado de las marcas falsas, pirateadas por los chinos; o un chulito de piscina, o la verdad, o la mentira, o la mentira impostada de verdad, o la verdad impostada de mentira, o un buen cubata, o un mal chiste, o un genial juego de palabras, o el sudor pegajoso típicamente playero, o esa adolescente abrasada en top‐ less, o Gloria Fuertes convertida en la niña de El Exorcista, o el verso, o la prosa, o la salmonella de los chiringuitos, o los propios infectos chiringuitos, o las arrugas de las abuelas ilustradas que se bañan y luego leen Le Monde Diplomatique, o el origen de un tango mítico, o tratar de hija de puta a la poesía, pero

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 129

ANÁLISIS / RESEÑAS

ANÁLISIS / RESEÑAS

escribir mal ‘hija de puta’ acaso por respeto, o resucitar al ‘hijo de puta’ de Pla, a pela el minuto; o las putas moscas y el baygón, o poner a Hamlet su “Speedo®/ de secado/ ultrarrápido”, o maltraer a la momia de Alberti, o dar la vuelta a unas coplas escritas en la infancia sobre viejos y guitarras, o acriso‐ lar los versos más exquisitos en haikus que ganan premios en Cádiz, cuando los haikus, como todo el mundo sabe, los escriben los japoneses y luego se hacen el harakiri; o emparejar a unos gatos hambrien‐ tos con el Capitalismo, o escribir ‘acongojado’ por no escribir ‘acojonado’ y que, aun así, la mirada sádi‐ ca del niño y la mirada acojonada –esto es, acongojada– del insecto mantengan en su cruce instantáneo el “secreto de la existencia”; o la vejez mal llevada, o la juventud peor llevada, o la culture jamming y Bob Marley –sea lo que sea al final la culture jamming o fuese quien fuese al final Bob Marley–; o el infarto que espera al surfista cachas, o el infarto que espera al veraneante barrigón, o un hatajo de pijos tragal‐ dabas dando cuenta de una dorada; o la Sirenita, sea como putón viciosillo de las profundidades o como víctima inocente de la insensible brutalidad masculina; o unos rescoldos en una cala cualquiera a media‐ noche, o el amor, o una parrillada, o una siesta, o septiembre y el fin del verano, o el apocalipsis… David Benedicte demuestra que todo es objeto y motivo poético, cada elemento de la realidad dada, observa‐ da o vivida, sin límite alguno. El único límite es nuestra mirada (o nuestra ceguera). He aquí tres poemas: riego por aspersión la guiri más gorda del Mundo Libre lleva tatuado en el coxis un campo de amapolas color amapola y engulle a velocidad de vértigo latas de 33 cl de cerveza San Miguel es de Portsmouth Inglaterra y se llama Rose.

página 130 YOUKALI, 12

negros de la sabana la sabana ay, negros de la sabana que recorréis nuestras costas porteando guccis falsos pradas falsos icebergs falsos loewes falsos celines falsos moschinos falsos miumius falsos versaces falsos

ISBN: 1885-477X

robertocavallis falsos louisvuittones falsos falsos chaneles bolsos joyas zapatos collares corbatas sombreros complementos para los complementos todo reluciente falsos falsos falsos falsos falsos falsos falsos falsos todo muy barato la sabana ay, tristes y oscuros negros de la sabana que recorréis nuestras costas en caravana.

exceso de equipaje dos botellas de ron Varadero pulverizadas por un bebedor poco amigo de los últimos tragos y cuatro pilas de escombros y restos de cuscús adheridos al compartimento secreto de la maleta y palomitas para microondas y unas bragas negras y cuatro bolsas de basura con las tripas fuera y una bombona de buta‐ no y los muelles de un tresillo desvencijado y apósitos quirúrgicos con la sangre fresca de un vecino sin carisma y barritas de maná apto para diabéticos y las patas de una mesa camilla y la carcasa vacía de un televisor Loewe y el esqueleto de una bicicleta estática y las doscientas diecisiete hojas en piltrafas del último libro de Paulo Coelho y material de posoperatorio y un tetrabrik con manchas de labios de car‐ mín y quince amapolas replantadas en dos macetas blancas y un bote de diflucortolona y una alfombra persa y maquinillas de afeitar y una caja de herramientas con dos herramientas oxidadas en su interior y papel higiénico y un taco de billar y una lata de Pepsi light y la lanza del rey Herodes que, mandada forjar por el profeta Fineas, ha sido empuñada por todos los monarcas de Israel y una pierna ortopédi‐ ca y seis fotos tamaño carné de un equilibrista gay que, antes de morir electrocutado, soñó alguna vez con casarse y zurcir calcetines.
página 131 ISBN: 1885-477X YOUKALI, 12

ANÁLISIS / RESEÑAS

ANÁLISIS / RESEÑAS YOUKALI, 12 ISBN: 1885-477X página 132

ACUSE DE RECIBO

VOCES DEL EXTREMO UNA NUEVA COLECCIÓN DE POESÍA CRÍTICA EN GERMANÍA
Entrevista a Toni Martínez (editor)
En estas semanas, han salido y se están empe‐ zando a distribuir los primeros ejemplares de la nueva colección de Germanía, “Voces del Extremo”, que, no por casualidad, lleva el mismo título de los encuentros que, desde hace más de una década, se vienen desarro‐ llando en Moguer, auspiciados por Antonio Orihuela y la Fundación Juan Ramón Gimé‐ nez; y, en los últimos años también, por el Ateneo Riojano, en Logroño. Nos han llegado los tres primeros magnífi‐ cos títulos: El cangrejo violinista, de Eladio Orta, Libro de la servidumbre, de David Franco Monthiel, y Crisis Sistémica, de Pedro L. Ver‐ dejo. Libros que, por su entidad, tomados uno a uno, auguran una gran colección. En esta breve entrevista, Toni Martínez, el editor, responde a algunas preguntas que le hemos formulado en relación con este proyecto.
Toni, por qué, después de este largo paréntesis tras la mítica colección “Hoja por Ojo”, ahora esta nueva aventura con la colección “Voces del Extremo”, de la que acaban de ver la luz los primeros tres títulos… ¿Merece la pena, hoy, seguir apos‐ tando por la poesía crítica? ¿Qué mueve a un editor como tú a hacerlo? Te diré que no sólo es necesario, sino imprescindible, reivindicar esta poesía que es como una respues‐ ta, como un vehículo que va hacia el mundo, desde las entrañas mismas del poeta; y que es una de las más honestas manifestaciones del sujeto contemporáneo… Es casi un deber… En estos tiempos tan agi‐ tados, donde nada es lo que parece y la maquinaria del poder nos intenta confundir con sus sicarios del miedo este tipo de poetas, y de poesía, se convierte en un sólido referente, que crea espacios, no sé si inexpugnables, pero bien defendidos, contra la desesperanza y la salvación del espíritu humano, preser‐ vando algo de lo mejor de nuestra condición. ¿Qué es “Voces del Extremo” y cómo se gestó la colección? “Voces del extremo”, como colección de poesía, igual que los encuentros homónimos que, desde hace tanto tiempo, en Moguer, y luego también en Béjar y Logroño, la han posibilitado, nace de la fraterni‐

dad, creo que esa es la palabra justa, fraternidad; y se alimenta de la inquietud y de la desinteresada voluntad de un importante grupo de compañeros poetas, algunos de los cuales son precisamente el alma de esos encuentros, encabezados por su fun‐ dador, Antonio Orihuela… La idea fue tomando forma, desde la intimidad de los afectos, en suce‐ sivos encuentros y conversaciones, hasta que final‐ mente dio paso a este proyecto editorial que por fin se ha materializado en estos tres primeros títu‐ los, que me parece que abarcan una parte muy sig‐ nificativa de los universos poéticos que conviven en Voces del Extremo; y que tienen como denomi‐ nador común, y transversal, su enorme belleza, en el más primordial y menos sobado de los senti‐ dos… Si lo pienso bien, este proyecto se gestó con un abrazo, entre los arroces de mi madre, los naranjos de La Barraca de mis padres, unas bue‐ nas copas de vino, entrañables lecturas y unos amables atardeceres inolvidables; sí, esta colec‐ ción, no podía ser de otro modo, se ha gestado desde el encuentro y el abrazo. ¿Pero es posible editar hoy así, de ese modo fra‐ ternal y emocionante, contra eso que llaman el mercado; algo tan frío y desalmado? Es posible hacerlo, creo, siempre que no te dejes embaucar por los “voceros del éxito y de las ven‐ tas”; y, en este caso, es posible por la desinteresa‐ da colaboración de todos los implicados en el pro‐ yecto, desde el grupo de extraordinarios poetas y escritores que seleccionan las obras, hasta los mis‐ mos autores, pasando por los ilustradores, los diseñadores, correctores, etcétera… Y, luego, desde la editorial, con la prudencia de los pasos cortos y la mirada lejana, aprendiendo de los erro‐ res y siendo conscientes de las limitaciones inter‐ nas y externas; pero confiando en la energía des‐ plegada por tantos; porque esta colección es la suma de muchos esfuerzos e ilusiones; y la enor‐ me calidad de estos tres primeros títulos, las obras de Eladio Orta, Pedro Luis Verdejo y David Franco Monthiel, así como de los poemarios que ya están seleccionados, son la mejor prueba de lo que digo.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 133

ANÁLISIS / RESEÑAS

ANÁLISIS / RESEÑAS

TÍTULOS PUBLICADOS EN TIERRADENADIE EDICIONES: Alicia B. Gutiérrez, Las prácticas sociales: una introducción a Pierre Bourdieu Raoul Vaneigem, Aviso a los vivos sobre la muerte que los gobierna y la oportunidad de deshacerse de ella José Antonio Fortes, La guerra literaria Jaime Baquero, Privatización y negocio sanitario: la salud del capital Antonio Orihuela, La voz común Warren Montag, Cuerpos, masas, poder. Spinoza y sus contemporáneos Laboratorio Feminista, Transformaciones del trabajo desde una perspectiva feminista (anónimo), Tratado de los tres impostores (Moisés, Jesucristo, Mahoma) Juan Pedro García del Campo, Construir lo común, construir comunismo Aurelio Sainz Pezonaga, Contra la Ética: por una ideología de la igualdad social Coordinado por Matías Escalera, La (re)conquista de la realidad (la novela, la poesía y el teatro del siglo presente) Juan Pedro García del Campo y Manuel Montalbán García, Atlas histórico de filosofía (del mundo griego al inicio de la Ilustración) Montserrat Galcerán Huguet y Mario Espinoza Pino (editores), Spinoza contemporáneo John Brown, La dominación liberal. Ensayo sobre el liberalismo como dispositivo de poder Laurent Bove, La estrategia del conatus: afirmación y resistencia en Spinoza Eduard Ibáñez Jofre, Campos de batalla Mario Domínguez, Miguel Ángel Martínez y Elísabeth Lorenzi, Okupaciones en movimiento Louis Althusser, Étienne Balibar, Pierre Macherey, Warren Montag, Escritos sobre el arte Aurelio Sainz Pezonaga, Rupturas situacionistas. Superación del arte y revolución cultural José Luis Moreno Pestaña, Foucault y la política PRÓXIMAS PUBLICACIONES: Miguel Benasayag y Angélique del Rey Elogio del conflicto Frigga Haug Rosa Luxemburgo y el arte de la política

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 134

¿POR QUÉ COSA SE BATE EL LEF?
por Vladimir Mayakovski

El manifiesto del LEF (Frente de Izquierda de las Artes) apareció en 1923 en el número 1 de la revista del mismo nombre redactado por el poeta futuris‐ ta y comunista Vladimir Mayakovski (1893‐1930). El manifiesto ofrece una visión unilateral y rápida, pero muy esclarecedora, del desarrollo del campo del arte en la Rusia pre y post‐revolucionaria. Termina con dos con‐ signas de gran importancia para entender este singular encuentro entre arte y revolución: la apuesta por conquistar una nueva cultura y la idea de que, en esa nueva cultura, el arte tiene que ser construcción de la vida*.

1905. Después, la reacción. La reacción está garantizada por la autocracia y por el doble yugo del mercader y del industrial. La reacción ha creado un arte y un hábito de vida según su propia imagen, su gusto. El arte de los simbolistas (Biely, Balmont), de los místicos (Chiulkov, Hippius) y de los psicópatas sexuales (Rozanov) corresponde a la vida de los filisteos pequeñoburgueses. Los partidos revolucionarios chocaron contra la vida, el arte se sublevó para batirse contra el gusto.

* Presentamos la traducción del manifiesto aparecida en Mario de Micheli, Las vanguardias artísticas del siglo XX, Ed. Unión, La Habana, 1967, págs. 457‐462, contrastada con la versión del mismo libro realizada por Ángel Sánchez Gijón y publicada por Alianza Editorial en 1979.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 135

UN CLÁSICO, UN REGALO

UN CLÁSICO, UN REGALO

La primera llamarada impresionista la tuvimos en 1909 (El criadero de los jueces). La llamarada ha sido reanimada durante tres años. La han reanimado en el futurismo. Primer libro de la unión de los futuristas: Bofetada al gusto del público, 1914: D. Burliuk, Kamenski, Kruchionich, Mayakovski, Jlebnikov. El viejo régimen valoró exactamente la actividad de laboratorio de los futuros dinamiteros. Se contestó a los futuristas con cortes de censura, con la prohibición de hablar, con el ladrido y el aullido de toda la prensa. Por supuesto, el capitalista nunca ha sostenido nuestras líneas‐latigazos, nuestras líneas‐esquir‐ las. El cerco impuesto por la vida diocesana obligó a los futuristas al escarnio de los blusones ama‐ rillos y la cara pintada. Estos métodos poco “académicos” de lucha y el presentimiento del impulso futuro rechazaron de golpe a aquellos estetizantes que se habían adherido al movimiento (Kandinsky, los seguidores de la “Sota de Diamante”, etc.). En cambio, quien no tenía nada que perder se ha aliado al futurismo o bien se ha aprovechado de su nombre (Scerscenevic, Igor Severianin, el “Rabo de Asno”, etc.) El movimiento futurista, conducido por artistas poco expertos en política, a veces se ha teñido de los colores del anarquismo. Al lado de los hombres del porvenir estaban los rejuvenecidos que ocultaban la podredumbre estética bajo la bandera de la izquierda. La guerra de 1914 fue la primera prueba social. Los futuristas rusos rompieron definitivamente con el imperialismo de Marinetti, a quien ya ha‐ bían abucheado durante su estancia en Moscú (1913). Los futuristas fueron los primeros y los únicos que, en el arte ruso, ahogando las voces de los celebradores de la guerra (Gorodecki, Gumilev y otros), la maldijeron batiéndose contra ella con to‐ das las armas del arte (La guerra y El universo de Mayakovski). La guerra marcó el inicio de la depuración futurista (Severianin se ha ido a Berlín). La guerra ha ordenado que se mirara hacia la revolución del mañana (La nube en pantalones). La revolución de febrero ha agudizado la depuración, escindiendo el futurismo en “derecha” e “izquierda”. Los derechistas se han transformado en un eco de las seducciones democráticas (sus apellidos se encuentran en Todo Moscú). Los izquierdistas que esperaban a octubre han sido bautizados con el nombre de “bolcheviques del arte” (Mayakovski, Kamensky, Burliuk, Kruchionich). A este grupo futurista se habían unido los primeros “productores” futuristas (Brik, Arvatov) y los constructivistas (Rodchenko, Lavinski). Los futuristas, ya desde los primeros pasos, ya desde la época del palacio Kscesinskaia, habían tratado de ponerse de acuerdo con los grupos de los escritores obreros (ex‐Proletkult); pero estos escritores creían (a juzgar por sus obras) que el espíritu revolucionario se agotaba en un contenido propagandístico y han seguido siendo, en el campo de la forma, unos reaccionarios puros, incapa‐ ces de cohesión. Octubre ha despertado, reordenado, reorganizado. El futurismo se ha transformado en el Frente de Izquierda de las Artes (LEF), o sea “nosotros”. Octubre nos ha enseñado a trabajar.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 136

Ya desde el 25 de octubre nos hemos puesto a trabajar. Claro está, ante las huidas de los intelectuales, no se nos ha interrogado mucho sobre nuestras creencias estéticas. Nosotros hemos fundado las secciones figurativas, teatral y musical, que eran entonces revolu‐ cionarias y hemos guiado a los estudiantes al asalto de las academias. Además de desarrollar un trabajo de organización, hemos realizado las primeras obras de arte de octubre (el monumento de Tatlin a la Tercera Internacional; Misterio y bufonada, dirigido por Meyerhold; Stenka Razin de Kamenski). No hemos adoptado poses de estetas; no hemos producido por amor a nosotros mismos. Hemos aplicado nuestros métodos de trabajo a la actividad artística‐propagandística que la revolución so‐ licitaba (los manifiestos de ROSTA, los folletines, etc.). Con el fin de hacer propaganda a nuestras ideas, hemos organizado un periódico, Iskusstvo Kommuny (El arte de la comuna), así como discusiones y lectura de versos en las fábricas y talleres. Nuestras ideas han conquistado al público obrero. El barrio de Viborg ha organizado un grupo de “comunistas‐futuristas”. El movimiento de nuestro arte ha revelado nuestra fuerza mediante la creación de ciudadelas del Frente de Izquierda en toda la URSS. Al propio tiempo, se ha desarrollado el trabajo de los camaradas del Lejano Oriente (revista Tvorshestvo) quienes han afirmado teóricamente la ineluctabilidad social de nuestra corriente, nues‐ tra fusión completa con octubre (Ciugiak, Aseiev, Palmov). Tvorshestvo, sometida a toda clase de atropellos, asumió la tarea de luchar por una nueva cultura de la República del Lejano Oriente y en Siberia. Una vez comprobado con desilusión progresiva que el poder soviético seguía existiendo, los aca‐ démicos, en solitario o en grupitos, empezaron a tocar a las puertas de los comisarios del pueblo. Sin exponerse al riesgo de ocuparlos en un trabajo de responsabilidad, el poder soviético les ha ofrecido, o mejor dicho ha ofrecido a sus nombres europeos, la posibilidad de trabajar en institucio‐ nes educativas y culturales. De allí ha partido la campaña de calumnias contra el arte de izquierda que ha concluido brillan‐ temente en la supresión de Iskusstvo Kommuny.

Hoy existe una tregua en la guerra y en la carestía. El LEF tiene que presentar el panorama del arte en la URSS, indicar la perspectiva y ocupar el puesto que le compete. El arte de la URSS, el 1 de febrero de 1923: 1] El arte proletario. Una parte de los escritores proletarios se ha oficializado y oprime con un lenguaje burocrático y, además, con la repetición del ABC político. Otros han caído ba‐ jo el influjo del academicismo y recuerdan octubre únicamente con la etiqueta de las or‐ ganizaciones. Una tercera parte de ellos, la mejor, se reeduca, después de los Biely rosa‐ dos, estudiando nuestras obras y, creemos, marchará con nosotros. 2] La literatura oficial. En la teoría del arte cada uno profesa su opinión personal; en la prác‐ tica, en las revistas abundan todos los nombres con gancho. 3] La literatura “nueva” (los hermanos Serapión), una vez que nuestros métodos han sido asimilados y vivificados, los condimenta con los métodos simbolistas y, con gran presun‐ ción, los adapta al público “NEP”.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 137

El gobierno enfrascado en los frentes y en la crisis, se ha interesado muy poco por las discusio‐ nes estéticas; solamente ha cuidado de que las retaguardias no hicieran demasiado alboroto y nos ha invitado a respetar los nombres “más ilustres”.

UN CLÁSICO, UN REGALO

UN CLÁSICO, UN REGALO

4] El gran viraje. Desde el occidente llega una invasión de maestros célebres. Alexei Tolstoi ya cepilla el caballo blanco de las obras completas para entrar triunfalmente en Moscú. 5] En fin, violando toda perspectiva decorosa, en varios puntos intervienen, solitarios, los de la izquierda: hombres y organismos (el Instituto de Cultura Artística, los estudios técnico‐ artísticos, el Instituto de Arte Teatral, la Sociedad para el estudio de la lengua poética, etc.). Algunos se esfuerzan heroicamente por roturar en la soledad un terreno muy duro; otros ya liman con sus versos las cadenas de la antigualla. El LEF debe reunir las fuerzas de la izquierda. El LEF debe pasar revista a sus batallones, repu‐ diando el pasado. El LEF debe unificar el frente para minar todo lo viejo, para conquistar una cul‐ tura nueva. No resolvemos las cuestiones del arte con la mayoría de los votos de un frente de izquierda, mí‐ tico, todavía inexistente; lo haremos con la acción, con la energía de nuestro grupo de iniciativa, que dirige año tras año el trabajo de los artistas de izquierda y los orienta ideológicamente. La revolución nos ha enseñado muchas cosas. El LEF sabe muy bien que para consolidar las conquistas de la revolución de octubre reforzan‐ do el arte de izquierda, introducirá en el arte las ideas de la Comuna y le abrirá el camino del por‐ venir. El LEF agitará con nuestro arte a las masas, extrayendo de ellas su propia fuerza organizadora. El LEF confirmará nuestras teorías con la creación artística efectiva, elevando su calificación. El LEF combatirá por un arte que sea construcción de la vida. No pretendemos tener el monopolio del espíritu revolucionario en el arte. Nos revelaremos en la emulación. Creemos en la justicia de nuestra propaganda y demostraremos, con la fuerza de las obras cum‐ plidas, que estamos en el justo camino del porvenir.

ISBN: 1885-477X

YOUKALI, 12

página 138

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful