CASI LA INMORTALIDAD DEL VAMPIRO

CASI LA INMORTALIDAD DEL VAMPIRO Por Carlos Valdés Martín BEBER SANGRE El recién nacido toma su primer alimento de blanca leche diseñada por naturaleza para nutrirlo, pero la imaginación literaria mira en otra dirección. En la orilla opuesta hay un vampiro, parodia de lactante adulto, sometido a una monodieta por destino. El salto imaginario hacia una alimentación exclusiva de sangre, esconde una imagen que nos relaciona con una experiencia primaria y moviliza sentimientos ocultos de lactancia para juntarlos con la herida y su significado. La curiosa dependencia del vampiro hacia un líquido provee una fantasía sobre la lactancia, por tanto indica un simbolismo torcido sobre la infancia1. Como la sangre posee un signo contrario a la sana alimentación, pues proviene de la roja herida, resulta perturbadora y amenazante. ¿La sangre perturba? En efecto, algunos se desmayan ante la simple presencia de una pequeña cantidad, porque la sangre anuncia una irrupción súbita: desde el interior del cuerpo denuncia peligro y señala la herida. Además, resulta revelador que la sangre es una palabra usada para definir la esencia de un animal como el caballo “pura sangre” o para definir la personalidad de quien tiene la “sangre caliente”. La creencia de que este líquido representa una íntima esencia se liga con la noción de una “sangre azul” entre los aristócratas. La bebida fantasiosa de ese líquido rojo nos evoca una perturbación de la alimentación y un daño implicado. Por evidente extensión imaginaria la sangre fluyendo representa su origen en la herida, luego ésta indica una violencia (al menos posible), y lo sanguinario corresponde a un acto agresivo. Con esto ya atrapamos todos los eslabones del alimento crudo y fantasioso: nutrición infantil, fluido vital y agresión. Tras este líquido queda marcada la alteración que va desde la inocencia (lactante) hasta la perversión (vampiro) y se abre la puerta para lo terrible. UNA ESPECIE DEPREDADORA El vampiro se levanta como un símbolo seductor y atemorizante de la época moderna, que combina atractivo y agresión para convertirse en el ícono de una existencia parasitaria, expresando la visión de "sobrevivencia a cambio de rapiña". La depredación los carnívoros cazadores contra sus presas es una cara de la relación natural, que se repite en la devastación del medio ambiente y los conflictos sociales agudos (como guerras, conmociones…) y aparece como un reflejo en la imaginación literaria. El drama entre la especie cazadora y su presa se desdobla imaginariamente entre una aristocracia de (malditos) aspirantes a la eternidad y sus víctimas desangradas. El alimento del vampiro extrae inmediata y directamente la sustancia vital a las víctimas; en ese sentido es un depredador simple o “carnicero”. Al mismo tiempo, su imagen dibuja a un individuo casi ordinario, por eso en la literatura las personas normales pueden convertirse en vampiros y, por lo mismo, no existe la distancia natural entre dos especies agrediéndose; entonces esa alimentación imaginaria no es un verdadero "devorar" entre animales sino un "succionar" entre un parásito y su doble. La atracción repulsiva del vampiro consiste en que encarna a otra modalidad de humano que explota a sus congéneres, aniquilándolos en el acto, y así en el extremo simbólico rompe la solidaridad de la especie y el parasitismo llega al filo del abismo. Si el trasfondo fuera únicamente la lucha entre especies, el tema del vampiro no resultaría muy atractivo, pero ese comportamiento hostil ante la naturaleza (la caza, la destrucción del ecosistema) se repite también al interior de la sociedad; así, por desgracia, los horrores de la
También son signos psicológicos de infancia la súbita fragilidad del vampiro (sol, cruces, estacas), su hibernación en el seno de un catafalco hundido en la tierra y su carencia de racionalidad; como ser dominado por instintos y que pasa de la fortaleza a la fragilidad, el vampiro indica un código infantil. Ellos son los infantes-adolescentes del lado tenebroso, de ahí su gran popularidad en el sector adolescente. Se puede objetar que el vampiro es fuerte y ya un ente sexual, pero recordemos que define una fantasía unificadora de elementos contrarios, donde la infancia no excluye un súbita fuerza o generación, como en las leyendas de los dioses niños. Cf. ELIADE, Mircea, Tratado de historia de las religiones.
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explotación y la injusticia social han ofrecido un modelo real y material para esa alimentación del vampiro. Por lo mismo el Conde Drácula plantea un modelo de aristócrata o burgués explotador que agota la vida a su alrededor, pues lo que efectivamente sucede con la expoliación social encuentra su imaginería, que la expone plásticamente como evento mágico y demoniaco. Las guerras de conquista y las situaciones de opresión extrema se repiten a lo largo de la historia; cuando una élite se cree con derecho a aprovecharse sin piedad de los vencidos. En ese sentido, los nazis malinterpretaron la teoría de la evolución y la alegoría del superhombre de Nietzsche, cuando ellos creyeron que estaban creando una raza superior al género humano. Esos militaristas cuando se idealizaban como arios superiores, pensaban que cristalizaban un eslabón fuerte y vigoroso que se desprendía del conjunto "corrupto" de la humanidad, marcando una superioridad de sangre. El león ha sido un símbolo repetido por las aristocracias, cuando se pretendían levantar como una élite cerrada, con derechos divinos para gobernar sobre los simples mortales, sin embargo, el aspecto depredador queda más claro en el vampiro que se alimenta en exclusiva de humanos, por tanto representa un dramatismo entre personas. En fin, este personaje nocturno encierra las tendencias elitistas y racistas latentes en nuestras sociedades. MORDIENDO CUELLOS La lujuriosa sensualidad manifiesta en el acto de tocar y hundir los colmillos define gran parte del encanto del vampiro como personaje. Esa criatura nocturna tiene un poder de seducción atribuido a un influjo mágico, de tal modo que las víctimas han de entregarse sin mayor resistencia. Simplemente la mirada del vampiro cala hondo, con su conjuro atrapa los deseos recónditos y doblega a la víctima; así, la resistencia es tibia o completamente anulada, pues existe algo desde dentro de las víctimas que las empuja para entregar su cuello desnudo a la lujuria de la sangre. La doncella grita y se resiste, pero casi siempre el relato muestra que dentro de ella hay un imán que la incita hacia la caída, algo como un deseo de pecado para sucumbir. Sin duda ese imán profundo es el deseo, como el fondo de una tensión erótica. Y el contexto de represión sexual2 implica que existe un gran mercado para comercializar ese tipo de sensualismo donde el deseo se une a una situación letal. El vampiro danza en el sentido de una orgía sin fin, porque su apetito por alimento físico es también inclinación sensual, y cada cierto tiempo deberá buscar una nueva doncella sobre la cual saciar su sed. En esta figura está mezclado el apetito seductor del Don Juan con el hambre del león, aunque este tema tiene variaciones según sensibilidades. Está el paradigmático Drácula de Bram Stocker, quien personifica a un romántico sentimental que existe para una sola amada, la elegida entre todas es un modelo virginal de mujercita encantadora, respecto de la cual las andanzas de Drácula entre el demás género femenino son “aventuras” superficiales. CONFLICTOS DE GÉNERO El prototipo del vampiro original es masculino, por su origen y porque en el pasado al hombre le correspondía el papel activo y violento en cualquier situación. Al inicio, la mujer queda como la pareja amada y el motivo pasional del vampiro masculino; así, la persecución de una doncella es para convertirla en la amada del vampiro, jugando entre la dualidad de simple alimento o su conversión en cómplice eterna. Posteriormente, esta situación ha cambiado y también la mujer adquiere ciudadanía en este personaje, conforme esta literatura se extiende ya existen vampiresas activas que son protagonistas de su propias sagas. Además la tendencia heterosexual del vampiro masculino sediento de doncellas deja de ser exclusiva, por ejemplo la versión moderna con el conjunto de personajes de Entrevista con el vampiro (Lestat, Luois, Claudia) más bien trasluce una sensibilidad sin romanticismo, donde el objeto del deseo pasa sin tregua de la homosexualidad al vacío; entonces el motivo sensual del vampiro pierde sentido y, precisamente, se hunde en la niebla de la carencia de sentido, como haciendo una
Este argumento no concuerda con el alto grado de sensualismo de la sociedad moderna, pero hay una paradoja entre mostrar y satisfacer. Cf. MARCUSE, Herbert, El hombre unidimensional y El marxismo soviético. Ha existido un amplio uso de concepto de represión sexual por parte de la crítica freudiana de izquierda.
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alegoría de la falsa liberación sexual posmoderna. LA ESTÉTICA DE LA OSCURIDAD Las historias de vampiros hacen un gran énfasis en sus rasgos hondamente nocturnos y fóbicos al sol. Así, pues, la noche delinea su útero vital, y con ella se mimetizan usando desde sus capas largas y negras como alas hasta sus ojeras cenicientas y profundas. El vampiro debe considerarse como el príncipe del mundo nocturno, en contrapartida del humano quien se declara el soberano diurno. Por lo mismo, al gran murciélago las otras criaturas de la noche lo obedecen y protegen, acompañando sus escapadas con lobos y lechuzas. El paso del día a la noche marca un hito en las narraciones, como la frontera entre el riesgo y el refugio, pues el amanecer se convierte en un puerto de salvación. En ese mundo de la noche legendaria está presente el peligro material, porque la falta de visión o la ceguera ha sido una mortal debilidad para los animales diurnos desde épocas inmemoriales. Y también al anochecer se levanta un peligro indefinido y metafísico, las fuerzas de la vida languidecen, la normalidad se suspende y hasta el halo divino se distancia de la tierra. Además para propiciar lo tenebroso, también aparecen espacios aliados, entre los cuales encontramos los territorios de bosques espesos, pantanos con niebla, cementerios abandonados y viejos castillos con pasajes semejantes a cavernas. Esa geografía representa un espacio “materializando” a la noche y su peligro, que conserva en sus parajes la naturaleza ominosa de la oscuridad. En la estética de la oscuridad el peligro se multiplica, porque la debilidad de la vista ante la oscuridad queda opuesta a la ventaja misteriosa del vampiro que observa entre las tinieblas, y además se une la peligrosidad del deseo invadiendo la conciencia reprimida. Y como expresión literaria el riego salta de una dimensión a otra, salta entre las dimensiones materiales y las metafísicas; en la agonía del relato son las almas asechadas más allá del cuerpo lo que aparece precipitarse al abismo. Y en este terreno volvemos a encontrarnos con la sensualidad, porque de noche despierta el deseo y bajo el relato del miedo hierve un anhelo, que viene desde adentro, por eso el ambiente nocturno también es motivo romántico: ahí está la luz de la luna y la caricia de la bruma. La danza del vampiro pretende la seducción y la transgresión, entones resulta indispensable un ingrediente de belleza, que varía en cada relato desde lo episódico hasta lo crucial. CON UNA ESTACA CLAVADA Por regla general, la pretendida inmortalidad de los vampiros contiene su falla y nunca se cumple en los relatos, pues triunfan los mortales matando a los supuestos inmortales, así, estableciendo una situación casi ilógica. La trama típica incluye a un héroe que mata a un semidemonio, con lo cual se comprueba la superioridad de los seres ordinarios. El contrasentido lógico solamente tiene cabida como desfogue de la envidia (fantasiosa) de los espectadores quienes nos reconocemos atados a la mortalidad. Por eso un personaje que pretende eternidad resulta tan odioso, cuando se trata de una encarnación del mal. De paso esto siempre encierra una lucha religiosa, y por ese camino triunfa la religión cristiana contra una paganismo (o demonismo) material (encarnado). Como lección moralizante, el relato procura demostrar la banalidad de una aspiración inmortal por fuera de la religiosidad constituida. La inmortalidad del vampiro se presenta como una imagen ambivalente, porque la promesa es tan deslumbrante como deprimente el resultado. Con justificación o sin ella, los vampiros en ocasiones se lamentan de su condición de eterna, pues conduce hacia un aburrido repetir siempre lo mismo, en una danza que no se mueve de lugar y pierde su gracia. Curiosamente, por lo mismo el vampiro llega a sentir una oculta atracción por su propia muerte, el descaso final y podría hasta agradecer el acto de su verdugo. EL CAZAVAMPIROS: UN HÉROE BRUMOSO -3-

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Esa contraparte necesaria de un personaje capaz de derrotar al vampiro es indispensable para una trama completa. La peculiaridad en estas tramas consiste en que el paladín del bien queda a la sombra del maligno, pues su trama de representaciones queda bastante limitada. En algunos casos, el cazador de vampiros posee astucia y valentía, pero su mayor mérito es poseer trucos eficaces como botes de agua bendita, crucifijos en el cuello, collares de ajo en las maletas y una amenazadora estaca. Con ese cargamento de recursos se comprende que este héroe no resulte demasiado popular y casi sólo se le recuerda por su triunfo sobre el vampiro. Los esfuerzos por convertir al personaje bienhechor en un héroe de altos vuelos desfallecen, pues sus atributos permanecen faltos de carisma. Sin los atributos de la seducción ni fuerzas animales ni el destino casi inmortal, entonces para quien vence su mejor atributo es mantenerse fiel a la especie humana y su mortalidad, en fin, nada extraordinario. EL GENERO DE LA "LEYEMODE" Al margen de los géneros literarios formales va creciendo como hierba silvestre la narrativa de la mitología de la modernidad, que designa las aspiraciones y temores de una época sin precedentes. Los sueños y terrores se convierten en personajes perversos o heroicos. Una antigua leyenda transilvana de significado local se metamorfosea en el mundo de los vampiros de Bram Stoker; un concurso de poetas aislados en una casona Suiza da a luz al Frankenstein de Mary Shelley; las cuitas del genial Goethe dan la forma al Dr. Fausto; y mucho después la imaginería de los creadores de cómics produce una legión de super-héroes y villanos que ocupan las fantasías de las urbes modernas. En su conjunto, esta serie de relatos organizan una constelación mítica de héroes y villanos típicos de la modernidad, donde existen modelos que se repiten incansablemente. Esta diversidad de leyendas antiguas recuperadas, invenciones de gran literatura y emanaciones undergraund del cómic expresan un común denominador y su papel psico-social se ubica en el mismo sitio donde pervivían las leyendas de las tribus. Hoy es mínima la convicción en este tipo de relatos, y de antemano cualquiera asume que son ficciones. Sin embargo, han generado unos “arquetipos” sin que sean “arque” o antiguos, sino modelos nuevos, es decir, encontramos “neo-tipos”. Por ejemplo, vale argumentar que el super-héroe es diferente del dios o semi-dios, porque su espacio de ficción siempre corresponde a las utilidades realistas (según el código de la ficción). El territorio de ficción para estos “neo-tipos” míticos se coloca sobre un código donde los chispazos mágicos o de religión quedan sometidos a la utilidad final. Esto significa que hay un modelo para leyendas modernas, lo que llamo en síntesis “leyemode”, donde la estructura de fantasía heroica está engarzada con las pautas más materialistas y utilitarias dominantes. En ese sentido, el vampiro es un “neotipo” reelaborado sobre el modelo previo del maligno, diabólico y pecador que adquiere poderes sobrenaturales. Pero el vampiro del relato moderno no busca atravesar el umbral y acomodarse a la diestra de Luzbel, sino que pretende una inmortalidad dentro de la continuidad del reino biológico, y trata de detener para siempre el reloj de la mortalidad. Su maldad criminal es con ese objetivo egoísta de preservar su individualidad, por eso no es el pecador arcaico, sino un moderno egoísta, un perfecto representante del ego psíquico de los multimillonarios de ficción. Su egoísmo de vampiro lo hace amigo de sus apetitos alimenticios y sensuales convirtiéndolo en enemigo temible de la humanidad. El castigo esencial para el vampiro no es el infierno (aunque puede incluirse en el paquete) sino la simple condición mortal. La lucha de este “neotipo” es por alargar eternamente su existencia biológica; en ese sentido es un contradictorio “fantasma materialista” y esa fantasía cobra mayor relevancia sobre la imaginación social con el desarrollo de la medicina y su oculto objetivo máximo: un cuerpo venciendo a la enfermedad y la muerte de modo perpetuo. Debido a que el vampiro no entrega un personaje singular y único, sino que es un prototipo, entonces cambia de rostros y versiones literarias, pero en el fondo siempre reconoceremos al mismo “neotipo”. Bastan unos cuantos rasgos esenciales sobre su condición nocturna, su casi inmortalidad y su alimentación sangrienta para que nos encontremos ante el personaje característico. Al igual que en las viejas leyendas sus rasgos varían, y de hecho las versiones que pretenden ser auténticas (apegadas a la primera narración o el original) cambian los detalles, hasta que con el correr del tiempo sólo -4-

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mantenemos un vago perfil, y sin facciones definidas del personaje nos queda la niebla usual en una leyenda ancestral o moderna.

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