Análisis | orígenes de la actual situación económica

Crisis y endeudamiento
En este artículo se aborda en el exceso de endeudamiento como factor relevante en la actual crisis, al tiempo que se analizan cuáles han sido sus causas y las respuestas ofrecidas por los dirigentes políticos, que optaron en su día por dilatar el problema en el tiempo.

ORAIKER - EKAI Group Resulta hasta cierto punto sorprendente cómo, en el análisis y debate de las políticas públicas anti-crisis, se prescinde de la referencia que, en nuestra opinión, es central para entender el origen, evolución y perspectivas de esta crisis económica: el endeudamiento o, si se prefiere, el sobreendeudamiento. La situación de sobreendeudamiento se encuentra en todas las crisis financieras y es precisamente el factor que, llegado un determinado límite, hace imposible que la burbuja financiera continúe creciendo y provoca su estallido, de una u otra forma. Cuestión distinta es, lógicamente, cuál es el origen de esta situación de sobreendeudamiento, tanto desde el punto de vista económico como político. El endeudamiento no es, en este sentido, el origen de la crisis, sino, más bien, la variable fundamental que subyace en su desencadenamiento, evolución y desenlace. Diversos factores confluyen en los periódicos ciclos de sobreendeudamiento. Los más importantes son, sin duda, los tipos de interés excesivamente bajos y la inflación financiera generada por unas políticas de riesgo excesivo del sector financiero y también, muy especialmente en la crisis actual, la aceleración de los niveles de riesgo asumidos a través de la expansión de los instrumentos financieros derivados. Como consecuencia de unos tipos de interés excesivamente bajos y de un mercado de derivados financieros que alentó de forma artificial el riesgo asumido por el sistema bancario y por el conjunto de la economía occidental, nuestras familias, nuestras empresas y nuestros gobiernos fueron endeudándose de forma creciente y sistemática, incrementando también de forma artificial el consumo y distorsionando

la inversión financiera y empresarial. El endeudamiento tiene, inicialmente, efectos muy positivos sobre las variables macroeconómicas a largo plazo. Gracias a él, las familias consumen más, incrementando la demanda global sin incrementar los costes de las empresas a través de las subidas salariales. Esto facilita, evidentemente, la paz social, al hacer compatible el incremento del consumo familiar con la contención salarial. Los beneficios empresariales se mantienen elevados y las facilidades de endeudamiento de las empresas provocan también que se invierta de forma excesiva y errónea. A nivel macroeconómico, la demanda global aumenta y con ella el Producto Nacional Bruto. Los economistas universitarios y los políticos quedan satisfechos, y también la ciudadanía, que interioriza esta interpretación sobre las bondades de la evolución de la economía. En este contexto de optimismo, sólo hay un pequeño problema. Que, por debajo de todas estas variables, los niveles de endeudamiento se elevan de forma paralela -o sensiblemente superior- al PNB, acreditando que el crecimiento de la economía se debe a este incremento del endeudamiento. Esto, por supuesto, no figura ni en las grandes declaraciones políticas ni en los informes macroeconómicos. ¿Para qué, si todo va sobre ruedas? Pero los sensacionales efectos del endeudamiento sobre la evolución macroeconómica tienen un inconveniente; que las deudas son deudas precisamente porque hay obligación de pagarlas a su vencimiento. Igual que el incremento del endeudamiento genera un efecto extraordinario sobre el consumo de las familias y la inversión empresarial, en el momento en que las deudas se reembolsan hay que detraerlas de los salarios de los trabajadores o de los recursos de las empresas y, en la misma medida, reducen la demanda familiar y la inversión. Si el endeudamiento evoluciona de forma natural, proporcional al crecimiento real de la economía, este ciclo no es problemático porque el endeudamiento puede estar correctamente orientado hacia actividades que mejoren a largo plazo la capacidad de pago de familias y empresas. Un crédito vivienda, por ejemplo, puede permitir a las familias evitar a largo plazo el coste del alquiler. Un crédito empresarial puede permitir mejorar la capacidad tecnológica o productiva en la medida necesaria para generar una riqueza superior al importe del crédito a reembolsar. El problema surge cuando el endeudamiento crece de forma manifiestamente superior al crecimiento real de la economía. Cuando el sobreendeudamiento se manifiesta en las variables macroeconómicas, caben distintas opciones políticas. La más habitual es, lisa y llanamente, la de

ocultarlo. Es lo que han estado haciendo de forma sistemática durante las últimas décadas. La estrategia más correcta, sin embargo, es la de iniciar cuanto antes el ajuste, que puede afectar tanto a las políticas de los bancos centrales, a las políticas regulatorias o de supervisión del sector financiero, o a los procesos de inflación de activos financieros o inmobiliarios. Desgraciadamente, esta estrategia no es la seguida durante las últimas décadas, en las que las situaciones de sobreendeudamiento se han solucionado a través de unas políticas económicas generalizadas en los países occidentales y basadas en... más endeudamiento. Si como consecuencia del sobreendeudamiento la economía empieza a generar síntomas de estancamiento, todos sabemos lo que los manuales de la economía oficial nos dicen: reduzcamos los tipos de interés, flexibilicemos los requisitos de supervisión bancaria, impulsemos el crédito... ¿Es esto una solución para el problema de fondo? Evidentemente no, pero conseguimos que los problemas de corto plazo se transformen en problemas de largo plazo y que, en todo caso, sean otros futuros gobiernos los que hagan frente al problema, o lo vuelvan a agravar y dilatar en el tiempo. Con el tiempo, cada vez es más difícil que estas políticas cortoplacistas produzcan el efecto deseado. ¿Por qué? Porque los importes de los intereses a pagar y los vencimientos de la deuda son cada vez mayores y cada vez son mayores también los esfuerzos que deben realizar las políticas públicas expansivas para retrasar el problema. Finalmente, las crisis financieras acaban por estallar. Y en ese momento, otra vez, las tentaciones a favor de políticas financieras expansivas -e intentar así otra vez alargar el problema- son muy grandes. Lo contrario, atacar directamente el sobreendeudamiento, requiere situar a ciudadanos, empresas y gobiernos ante la realidad y, sobre todo, requiere asumir el coste político de la reestructuración del sector financiero. Y ello no es nada fácil para los dirigentes de nuestros países. Al final, el sobreendeudamiento masivo se enmarca en un entorno macroeconómico en el que la economía financiera está sobredimensionada, frente a una economía real incapaz de hacer frente a los compromisos teóricamente asumidos con el sector financiero. Llegada esta situación, se plantea la necesidad de adoptar decisiones estratégicas. Esto debería suponer, básicamente, ser consciente de la necesidad de dar prioridad a

la supervivencia de la economía real -familias, empresas y estados- frente al sector financiero. Este concepto, por sí mismo, podría ser más que suficiente para una reorientación de muchas de las políticas anticrisis desarrolladas en algunos de nuestros países durante los últimos años. A partir de este criterio, son dos las decisiones a adoptar. Primero, en qué medida vamos a abordar el problema de fondo y asegurar la reducción del sobreendeudamiento o vamos a intentar una vez más retrasar el problema. Y segundo, si optamos por resolverlo, en qué medida su reducción se va a conseguir mediante el pago de las deudas asumidas y en qué medida a través de la reestructuración del sector financiero.

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