FOMENTO Madrid, 11 de enero de 2012

PAUTAS METODOLÓGICAS PARA EL COMENTARIO CRÍTICO-IDEOLÓGICO DE TEXTOS ENSAYÍSTICOS

Dr. Fernando Carratalá Teruel fcarratala@gmail.com

El comentario crítico ideológico: Juicio valorativo y madurez personal. Propuesta de un método para el comentario crítico. Aun cuando el tipo de texto más adecuado para ejercer la capacidad crítica sea el de carácter ensayístico, no resulta fácil diseñar un método de comentario crítico-ideológico, dado que los textos ensayísticos ofrecen no sólo una diferente naturaleza y estructura -pueden ser humanísticos, periodísticos...; y también expositivos, argumentativos...-, sino que, además, afrontan una amplísima variedad de contenidos. Y, por otra parte, la mayor o menor “habilidad” para analizarlos, comentarlos y enjuiciarlos guarda estrecha relación con el nivel cultural de la persona y con su capacidad para relacionar la información que dichos textos presenta con sus conocimientos, con su mundo afectivo, con su escala de valores... No obstante, y con carácter meramente orientador, vamos a diseñar unas pautas metodológicas desde las que abordar el comentario crítico-ideológico de textos ensayísticos; pautas metodológicas que, a título de ejemplo, y con un amplísimo marco de libertad, aplicaremos al análisis de textos de Melchor Gaspar de Jovellanos, José Ortega y Gasset, Camilo José Cela y Juan José Millás. [Por el momento, sólo queremos insistir en que, a la hora de ejercer la capacidad crítica, cuanto se exponga habrá de hacerse desde una óptica personal, para lo cual habrá que recurrir a la propia formación cultural y apoyarse en aquella escala de valores que refleja una personalidad autónoma; con objeto de evitar, así, incongruencias, ambigüedades y contradicciones. Y, en cualquier caso, ha de procurarse fundamentar razonadamente las ideas, de forma clara y ordenada]. Nuestro “método de trabajo” parte de la consideración del texto como una unidad total de comunicación; y, en este sentido, creemos necesario emitir un juicio valorativo acerca de los aspectos más relevantes del contenido -tanto en lo relativo a la invención (asunto), como a la disposición (eje temático y estructura)-, y de la forma expresiva del texto (elocución), así como de la relación existente entre el plano del contenido (invención/disposición) y plano de la expresión lingüística (elocución). El comentario puede iniciarse con un breve encuadre que sirva para precisar el contexto del texto; y rematarse con una valoración final del conjunto, en la que se efectuará la correspondiente toma de posición personal. Sólo a efectos didácticos, comentamos seguidamente, con las sugerencias de actuación oportunas, los diferentes apartados de este “método de trabajo”. 1. Encuadre: El contexto del texto. Por “contexto del texto” entendemos su “entorno de situación”, es decir, el marco histórico, cultural o de cualquier otra índole en el que se inserta el texto. Y, en este sentido, puede resultar de interés hacer alusión a todos o a algunos de los siguientes aspectos: • Autor y obra. Localización del texto en relación con su autor y con el lugar que ocupa en el conjunto de su obra. • Marco espacio-temporal. Determinación de dónde y cuándo fue escrito el texto. [Conviene insistir en el hecho de que, en muchas ocasiones, y para valorar adecuadamente la trascendencia, actualidad y vigencia de las ideas de un texto, hay que considerar la “distancia espacio-temporal” que separa al autor del lector]. • Naturaleza y características del texto. Habrá que determinar la clase de texto -periodístico, científico-divulgativo, etc.-, ya que ciertos tipos de textos suelen presentar -y reiterar- algunas peculiaridades estructurales y formales que pueden facilitar su análisis e interpretación. • Establecimiento -en su caso- de las oportunas relaciones entre los elementos de la comunicación y las funciones del lenguaje, aplicadas al texto. A tal fin, puede seguirse el conocido esquema de Roman Jakobson [emisor/función expresiva (emotiva), receptor/función conativa (apelativa), mensaje/función poética (estética), contexto/función representativa, código-lengua/función metalingüística, canal/función fática].

2. Contenido y forma expresiva del texto. Consideraciones generales. Antes de proceder a una valoración crítica -propiamente dicha- del texto, convendría, en plan muy genérico, prestar atención a los siguientes aspectos: • Plan ideológico del texto y del pensamiento de su autor. • Referencias culturales que emergen del texto: información histórica, artística, literaria, científica, filosófica, política, religiosa, moral o de cualquier otra índole. • Conocimientos, experiencias e ideas asociadas al texto, y que sirven para poner de manifiesto la formación y personalidad de cada cual. • Forma de expresión dominante: exposición, argumentación, elementos narrativos y descriptivos, etc. • Relación entre las ideas y la forma en que están expresadas. • Conocimiento y dominio lingüístico del autor, a través del léxico empleado, así como de la corrección y variedad sintáctica exhibida. 3. Guía para el comentario crítico del contenido del texto. Análisis de la invención (asunto). Exponer un juicio crítico acerca del asunto de un texto supone manifestar, desde una perspectiva personal, el grado de asentimiento o disconformidad respecto de las afirmaciones expresadas por su autor. Y, para ello, es necesario recurrir a la propia formación cultural -con vivencias intransferibles- para establecer las oportunas relaciones con la información que el texto proporciona. Considerado el texto en sí mismo y, en consecuencia, desde una perspectiva objetiva, pueden detectarse en él las posibles incoherencias, ambigüedades contradicciones...; y, en su caso, subrayarse falacias conscientemente vertidas, poniendo de manifiesto la inexactitud o falta de objetividad de la información suministrada. En los antípodas de esta clase de escritos se encontraría el texto en el que las ideas se fundamentan razonadamente, y se exponen y defienden de forma clara y ordenada. Considerado el texto en relación con el lector, es decir, desde una óptica subjetiva, podrían enjuiciarse las ideas del autor a la luz de las corrientes o movimientos culturales o ideológicos de su época, y en relación con otros autores y/o épocas; la originalidad de las mismas, incluso en la forma de presentarlas; la trascendencia, actualidad y vigencia de tales ideas, con independencia de la distancia espacio-temporal que separa al autor del lector; etc., etc. Igualmente, se podrían analizar los principales valores presentes en el texto, a fin de confrontarlos con la propia escala de valores. [Y puesto que los valores abarcan todo los ámbitos de la vida humana -y para poderlos clasificar con facilidad-, proponemos cuatro grandes grupos en los que cualquier valor puede ser incluido: valores que favorecen las relaciones humanas -respeto mutuo, tolerancia...-; valores que nos ayudan a ser responsables -solidaridad, ayuda desinteresada...-; valores que enriquecen nuestra vida interior -fuerza de voluntad, sinceridad...-; y valores que nos permiten pensar y vivir de forma libre, original y creativa -iniciativa, búsqueda de soluciones para afrontar problemas...]. En cualquier caso, las propias ideas deberán exponerse con precisión -o sea, sin vaguedades ni digresiones retóricas-; recalcando la “carga ideológica” del mensaje cuando resulte procedente, pero sin adoptar posturas dogmáticas; buscando ofrecer planteamientos originales -dentro de ciertos límites-, tanto en la selección de las ideas como en la manera de presentarlas; y procurando que dichas ideas tengan cierta actualidad, con objeto de recalcar la conexión de quien emite juicios valorativos con el “entorno” en que se desenvuelve. Análisis de la disposición (eje temático y estructura). El comentario valorativo del “entramado ideológico” del texto, es decir, de su estructura organizativa, exige tener claro no sólo el grado de jerarquía de las ideas -diferenciando las principales de las secundarias y estableciendo las oportunas relaciones entre ellas-, sino también las partes en las que el texto se divide o puede dividirse

-recuérdese que el parágrafo es la unidad estructural del texto-, así como la relación de solidaridad que entre ellas existe. En relación a cómo está organizada la estructura interna de un texto, pueden analizarse y comentarse, entre otros, los siguientes aspectos: • Oportunidad-o inoportunidad- del tipo de estructura empleada. • Marcas de adecuación del texto al contexto, atendiendo a su intención comunicativa, a las características de la situación de comunicación y a sus elementos formales. • Empleo de procedimientos de cohesión: usos anafóricos de los pronombres, repeticiones, sustituciones, elipsis, etc. • Empleo de elementos de conexión: conjunciones, adverbios, locuciones adverbiales, etc. • Empleo de construcciones sintácticas simples y compuestas: predominio de la construcción paratáctica (sencillez de estilo) o de la construcción hipotáctica (estilo retórico). 4. Guía para el comentario crítico de la relación entre asunto y estructura. En cuanto a la relación entre el asunto y la estructura del texto, se pueden valorar de forma positiva aspectos como los siguientes: • La claridad del pensamiento. • La continuidad del pensamiento: orden de las ideas; ausencia de repeticiones, ideas superfluas y lagunas, etc. • La concatenación lógica del conjunto: sistematización de las ideas -todos los parágrafos están ligados por una idea de conjunto-; división en parágrafos dentro de la unidad general; etc. Y, por el contrario, merecerán una valoración negativa el desorden en la exposición de las ideas, las repeticiones innecesarias, la abundancia de ideas superfluas, el “irse por las ramas”, etc., etc. 5. Guía para el comentario crítico de la elocución: lenguaje empleado y modo en que se acomoda al contenido del texto. De entre los muchos aspectos que conforman el entramado lingüístico de un texto, hay dos que pueden ayudar a caracterizar la forma de emplear el lenguaje y, en consecuencia, el estilo propio de su autor -o, dicho de otra manera, ese “carácter especial” que, en cuanto al modo de expresar las ideas, da un autor a sus escritos-: el léxico y la estructura sintáctica. • Con respecto al léxico, y siempre con ejemplos extraídos del propio texto, se podrían tomar en consideración algunos de los siguientes aspectos que, desde luego, sirven para poner de manifiesto el conocimiento y dominio que de las palabras y “usos idiomáticos” tiene el autor: riqueza y variedad, propiedad, precisión, corrección (o, por el contrario, pobreza y monotonía, impropiedad e incorrección); predominio del valor denotativo o connotativo del significado de los vocablos (y, en especial, de los adjetivos): objetividad y rigor, frente a subjetivismo y afectividad. • Y en relación con la estructura sintáctica, la valoración crítica puede referirse, entre otros, a los siguientes aspectos: corrección sintáctica, frente a incorrecciones en la construcción de las oraciones (tales como desajustes en las concordancias -anacolutos-, frases inconclusas, vulgarismos morfosintácticos...); variedad de nexos y frases -lo que implica viveza expresiva-, frente a monotonía; tipo de construcciones sintácticas dominantes: predominio de la construcción “paratáctica” (abundancia de oraciones coordinadas y yuxtapuestas, que contribuyen a la sencillez del estilo); o de la construcción “hipotáctica” (con oraciones dependientes las unas de las otras, en cuyo caso el estilo se vuelve retórico).

Y con respecto a la adecuación de la sintaxis al contenido expresado, podría determinarse la presencia de una sintaxis ágil y rápida, con predominio de elementos autónomos -sustantivos y verbos, oraciones independientes-; o de una sintaxis lenta y “retardataria”, con predominio de elementos no autónomos -adjetivos y adverbios, subordinación-, de reiteraciones constantes, de comparaciones, etc. 6. Valoración final. Toma de posición personal. El comentario debe rematarse con una toma de posición personal en relación con los elementos más relevantes que configuran el texto; y no sólo desde el plano del contenido y de la expresión, sino también respecto del mayor o menor ajuste entre uno y otro. Convendría, no obstante, que esta valoración subjetiva se efectuara con un cierto grado de eclecticismo, sin adoptar posturas dogmáticas; y, en cualquier caso, habrá de estar fundamentada con lógica y coherencia, y poner de manifiesto el nivel de madurez intelectual y humana alcanzado. Porque sólo de esta manera el ejercicio de la capacidad crítica se convierte en un factor de enriquecimiento personal. Téngase presente, por lo demás, que estos son, entre otros, algunos de los aspectos que suelen ser tenidos en consideración para valorar cómo se defienden, argumentalmente, los propios puntos de vista: • Si la defensa de una determinada postura se hace de forma razonada y coherente, basándose en la propia cultura. • Si los razonamientos son estrictamente subjetivos o se apoyan en fuentes solventes y dignas de crédito. [Para que los razonamientos personales adquieran la mayor objetividad posible, puede uno apoyarse en datos fehacientes, fechas, opiniones -que coinciden con las propias o difieren de ellas- de personas con cierto prestigio intelectual...]. • Si la refutación -en el caso de que resulte necesario rebatir ideas- cuenta con una adecuada argumentación. • Si las ideas que se presentan repiten tópicos, más o menos manidos, o encierran cierta dosis de originalidad, cuanto menos en los planteamientos.

EJEMPLO DE TEXTOS ENSAYÍSTICOS COMENTADOS DESDE UNA PERSPECTIVA CRÍTICO-IDEOLÓGICA Textos de Jovellanos, de Ortega y Gasset, y de Cela. Seguidamente se presentan los comentarios críticos de tres texto: el primero pertenece a Gaspar Melchor de Jovellanos, y está tomado de la obra Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas, y sobre su origen en España (editada por Cátedra, en la colección Letras Hispánicas, con el número 61); el segundo, de José Ortega y Gasset, incluido en El espectador (obra editada por Espasa-Calpe, en la colección Austral, en tres volúmenes), y titulado “Marco, traje y adorno” y “La isla del arte” (epígrafes 2 y 3 del ensayo “Meditación del marco”; en el tomo III, núm. 1407); y el tercero texto, de Camilo José Cela, titulado “El hábito de la lectura”, aparecido en la sección El color de la mañana, del diario ABC. El texto de Ortega y Gasset exige una atenta lectura, dado su contenido filosófico; y el de Cela requiere un cierto conocimiento del contexto sociocultural en que se escribió -allá por el mes de marzo de 1993-, pues subyace en él un trasfondo de crítica política totalmente subjetiva. Por otra parte, los textos de Jovellanos y de Cela van acompañados de los correspondientes resúmenes; dos resúmenes, con diferentes niveles de objetividad, en el caso del texto de Cela, y que pueden facilitar su comprensión, ante su innegable complejidad. Y en cuanto a la explicación de la estructura de los tres textos -es decir, de la forma en que se dispone su contenido y de cómo se organiza-, se explicita con amplitud en el desarrollo de los comentarios críticos. Téngase presente, finalmente, que en el comentario del texto de Jovellanos se han acentuado los condicionamientos políticos que lo inspiran, y que son propios de la época de la Ilustración; mientras que en el comentario del texto de Cela se han procurado eliminar, en la medida de lo posible, las referencias políticas que, por la posible actualidad de su contenido, pueden estar sujetas a interpretaciones varias y partidistas. El texto de Ortega y Gasset, en cambio, se queda en la pura abstracción filosófica, ajena a cualquier intencionalidad política. Texto de Gaspar Melchor de Jovellanos: “Toros”. Así corrió la suerte de este espectáculo, más o menos asistido o celebrado según su aparato, y también según el gusto y genio de las provincias que le adoptaron, sin que los mayores aplausos bastasen a librarle de alguna censura eclesiástica, y menos de aquella con que la razón y la humanidad se reunieron para condenarle. Pero el clamor de sus censores, lejos de templar, irritó la afición de sus apasionados, y parecía empeñarlos más y más en sostenerle, cuando el celo ilustrado del piadoso Carlos III lo proscribió generalmente, con tanto consuelo de los buenos espíritus como sentimiento de los que juzgan las cosas por meras apariencias. Es por cierto muy digno de admiración que este punto se haya presentado a la discusión como un problema difícil de resolver. La lucha de toros no ha sido jamás una diversión, ni cotidiana, ni muy frecuentada, ni de todos los pueblos de España, ni generalmente buscada y aplaudida. En muchas provincias no se conoció jamás; en otras se circunscribió a las capitales, y dondequiera que fueron celebrados lo fue solamente a largos periodos y concurriendo a verla el pueblo de las capitales y tal cual aldea circunvecina. Se puede,por tanto, calcular que de todo el pueblo de España, apenas la centésima parte habrá visto alguna vez este espectáculo. ¿Cómo, pues, se ha pretendido darle el título de diversión nacional? Pero si tal quiere llamarse porque se conoce entre nosotros desde muy antiguo, porque siempre se ha concurrido a ella y celebrado con grande aplauso, porque ya no se conserva en otro país alguno de la culta Europa, ¿quién podrá negar esta gloria a los españoles que la apetezcan? Sin embargo, creer que el arrojo y destreza de una docena de hombres, criados desde su niñez en este oficio, familiarizados con sus riesgos y que al cabo perecen o salen estropeados de él, se puede presentar a la misma Europa como un argumento de valor y bizarría española, es un absurdo. Y sostener que en la proscripción de estas fiestas, que por

otra parte puede producir grandes bienes políticos, hay el riesgo de que la nación sufra alguna pérdida real, ni en el orden moral ni en el civil, es ciertamente una ilusión, un delirio de la preocupación. Es, pues, claro que el Gobierno ha prohibido justamente este espectáculo y que cuando acabe de perfeccionar tan saludable designio, aboliendo las excepciones que aún se toleran, será muy acreedor a la estimación y a los elogios de los buenos y sensatos patricios. Apoyo léxico. Aparato. Pompa, ostentación. Ilustrado. En el siglo XVIII se decía de quien tiene extremada confianza en la capacidad de la razón natural para resolver todos los problemas de la vida humana. Circunscribirse. Ceñirse, concretarse a un lugar. Circunvecino. Se dice de los lugares que se hallan próximos y alrededor de otro. Al cabo. Al fin, por último. Bizarría. Gallardía, valor. Patricio. Individuo que por su nacimiento, riqueza o virtudes descuella entre sus conciudadanos. Resumen del texto. Las disputas entre los detractores del espectáculo taurino y sus aficionados determinaron que el monarca Carlos III lo proscribiera, haciendo suyas las razones de cultura y humanidad que éstos argüían. Jovellanos rechaza la consideración de diversión nacional que se ha otorgado a la lucha de toros, entre otras razones porque son muy pocas las ciudades españolas en las que se ha celebrado el espectáculo taurino, y muy de tarde en tarde, y con asistencia de escaso público. Entiende Jovellanos, además, que haya españoles que quieran presumir de contar con una fiesta taurina única en Europa; pero niega rotundamente que la valentía que exhiben unos poquísimos toreros represente la encarnación de la gallardía española. Aplaude, por tanto, Jovellanos la decisión gubernamental -avalada por el criterio del monarca- de prohibir el espectáculo taurino, convencido de que dicha proscripción no producirá quebranto alguno a los intereses nacionales. Comentario crítico-ideológico del texto. El “contexto del texto”. La Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas, y sobre su origen en España le fue confiada a Jovellanos por la Academia de la Historia que, a su vez, había recibido del Consejo de Castilla el encargo de un informe que sirviera de base para la reforma de la legislación correspondiente. Tras una primera versión -de 1790-, Jovellanos presentó la obra definitiva en 1796. El texto elegido pertenece a la primera parte, dedicada al estudio del origen y desarrollo de las diversiones públicas en España. (Véase: II. Historia particular de los espectáculos. Toros). La Pragmática Sanción que prohíbe el espectáculo taurino es de 1785, y está reproducida exactamente en la Ley VI de la Novísima Recopilación. Se excluía de la prohibición “a los pueblos del Reyno en que hubiere concesión perpetua o temporal con destino público de sus productos, útil o piadoso”. Por esta razón añade Jovellanos, rematando el texto, que “cuando el gobierno acabe de perfeccionar tan saludable designio, aboliendo las excepciones que hoy se toleran, será muy acreedor a la estimación y a los elogios de los buenos y sensatos patricios”. Invención (asunto) y disposición (eje temático y estructura). El texto es un claro ejemplo de argumentación dialéctica de carácter inductivo. Tras un parágrafo inicial de tipo expositivo -en el que se da cuenta de la decisión de Carlos III de prohibir el espectáculo taurino, considerado poco racional e inhumano-, Jovellanos sitúa en los dos parágrafos siguientes el cuerpo de la argumentación, con la que pretende justificar la decisión gubernamental de suprimir la fiesta de los toros, tesis con la que concluye el texto. Pero el texto es, asimismo, un ejemplo superlativo de falta de objetividad; y esa falta de objetividad con que Jovellanos combate la fiesta de los toros y defiende con argumentos -sin duda “demagógicos”- su prohibición por Carlos III es debida al hecho de que juzga el espectáculo taurino de acuerdo con la fórmula ilustrada de “Luz para las ideas y humanidad para las costumbres”. Y, en este contexto histórico no tienen por qué resultar sorprendentes muchos de los argumentos empleados por Jovellanos, a veces contradictorios entre sí, cuando no incoherentes.

Elocución y “estilo narrativo”. Seguidamente vamos a “desenmascarar”, por medio de un somero análisis de los recursos lingüísticos manejados por Jovellanos, la profunda “carga demagógica” que el autor exhibe a lo largo del texto, y que -insistimos- ha de inscribirse en el contexto socio-político en el que está inmerso. • Con un par de interrogaciones retóricas -hábilmente ubicadas en el desarrollo de la argumentación-, Jovellanos va preparando al lector para que, de manera más o menos consciente, asuma los planteamientos que él mismo defiende, influyendo, así, en su manera de pensar, para que rechace abiertamente los toros: ¿Cómo, pues, se ha pretendido darle el título de diversión nacional? (final del segundo parágrafo). No puede ser considera “diversión nacional” una fiesta desconocida en la mayor parte de las ciudades españolas y sin una tradición de continuidad en su celebración. [...] ¿quién podrá negar esta gloria a los españoles que la apetezcan? (Líneas iniciales del tercer parágrafo). La antigüedad de la fiesta de los toros, la estimación que ha merecido por parte de las gentes, el hecho de que no se celebre en ningún otro país europeo -literalmente: “de la culta Europa”-, todo ello puede constituir para algunos españoles un motivo de orgullo; pero no porque una docena de toreros muestren su arrojo ante el toro -añade a continuación Jovellanos- se prueba ante Europa la valentía hispana. • Son frecuentes las afirmaciones “gratuitas” que no cuentan con el menor respaldo argumental, y situadas también estratégicamente a lo largo del texto: Es, por cierto, muy digno de admiración que este punto se haya presentado a la discusión como un problema difícil de resolver. (Comienzo del segundo parágrafo). Jovellanos “se extraña” de que asunto tan trivial -enfrentamiento entre los enemigos de la fiesta de los toros y sus defensores y aficionados- se convierta en un problema de tipo “político” que va a requerir nada menos que la intervención del gobierno). Se puede, por tanto, calcular que de todo el pueblo de España, apenas la centésima parte habrá visto alguna vez este espectáculo. (Líneas finales del segundo parágrafo). Con los argumentos hasta aquí aducidos por Jovellanos no se puede sostener -porque la inferencia es absolutamente falsa- que de cada cien españoles sólo uno ha asistido alguna vez a presenciar el espectáculo taurino. Y sostener que en la proscripción de estas fiestas, que por otra parte puede producir grandes bienes políticos, [...] (Parte central del tercer parágrafo). ¿Cuáles son los “grandes bienes políticos” de los que Jovellanos habla y que la abolición de la fiesta de los toros va a generar? Desde luego, en el texto no se explicitan. • Más graves son las contradicciones en que incurre Jovellanos. Y así, por ejemplo, los argumentos con que se inicia el tercer parágrafo (Pero si tal quiere llamarse -diversión nacional- porque se conoce entre nosotros desde muy antiguo, porque siempre se ha concurrido a ella y celebrado con grande aplauso, [...]) chocan frontalmente con algunos de los presentados en el segundo parágrafo (La lucha de toros no ha sido jamás una diversión, ni cotidiana, ni muy frecuentada, ni de todos los pueblos de España, ni generalmente buscada y aplaudida). • Y, desde luego, la presencia de ciertos vocablos -en los que los valores connotativos adquieren una especial relevancia- ayudan a recalcar la línea de pensamiento de quien fue ocasional Ministro de Gracia y Justicia de Carlos IV: [...] el celo ilustrado del piadoso Carlos III [...] [...] ya no se conserva en otro país alguno de la culta Europa, [...] [...] se puede presentar a la misma Europa como un argumento de valor y bizarría española, es un absurdo.

[...] hay el riesgo de que la nación sufra alguna pérdida real, ni en el orden moral ni en el civil, es ciertamente una ilusión, un delirio de la preocupación. [...] y que cuando <el Gobierno> acabe de perfeccionar tan saludable designio, [...] [...] [el Gobierno] será muy acreedor a la estimación y a los elogios de los buenos y sensatos patricios. Valoración final. La argumentación ofrecida por Jovellanos, en definitiva, responde al contexto histórico de la España de la Ilustración; y, por lo tanto -insistimos una vez más-, el juicio negativo que le merecen los toros está en la línea de la máxima ilustrada “Luz para las ideas y humanidad para las costumbres”: el celo ilustrado del piadoso Carlos III se ha puesto, una vez más, al servicio de su pueblo, prohibiendo un espectáculo tan irracional e inhumano como la fiesta de los toros; y Jovellanos aplaude esa decisión real con argumentos poco sólidos, pero “efectivos”, manipulando en todo momento al lector para que haga suyo su propio pensamiento y rechace abiertamente el espectáculo taurino.

Textos de José Ortega y Gasset Se reproducen a continuación los epígrafes 2 y 3 del ensayo 'Meditación del marco', incluido en el tomo III de El espectador (Madrid, editorial Espasa-Calpe, 1996. Colección Austral, número 1407), así como sus correspondientes comentarios explicativos. [Recomendamos vivamente la lectura del ensayo completo (páginas 113-118), escrito en abril de 1921: placer estético y dialéctica rigurosa y armónicamente aunados; género éste -el del ensayo- en el que Ortega y Gasset fue un maestro excepcional. Y se podrá disfrutar de una prosa caracterizada por el rigor en el empleo del léxico, el perfecto ajuste de las estructuras sintácticas al ritmo narrativo, la trabada vertebración de las ideas que ayuda a la coherencia interna de los diferentes epígrafes, el lenguaje metafórico de altísimo valor estético y gran eficacia didáctica, etc., etc.]. “Marco, traje y adorno” Viven los cuadros alojados en los marcos. Esa asociación de marco y cuadro no es accidental. E1 uno necesita del otro. Un cuadro sin marco tiene el aire de un hombre expoliado y desnudo. Su contenido parece derramarse por los cuatro lados del lienzo y deshacerse en la atmósfera. Viceversa, el marco postula constantemente un cuadro para su interior, hasta el punto de que, cuando le falta, tiende a convertir en cuadro cuanto se ve a su través. La relación entre uno y otro es, pues, esencial y no fortuita; tiene el carácter de una exigencia fisiológica, como el sistema nervioso exige el sanguíneo, y viceversa; como el tronco aspira a culminar en una cabeza y la cabeza a asentarse en un tronco. La convivencia de marco y cuadro no es, sin embargo, pareja a la que primero ocurriría comparársele: la del traje y el cuerpo. No es el marco el traje del cuadro, porque el traje tapa el cuerpo, y el marco, por el contrario, ostenta el cuadro. Es cierto que a menudo deja el traje al descubierto una parte del cuerpo; pero esto nos parece siempre una pequeña locura que el vestido comete, una negación de su deber, un pecado. Siempre la cantidad de superficie corporal que el traje descubre guarda relaciones con la que oculta, de suerte que al hacerse aquélla mayor que ésta, deja el traje de ser traje y se convierte en adorno. Así, el cinturón del salvaje desnudo tiene carácter ornamental y no indumentario. Pero tampoco es el marco un adorno. La primera acción artística que el hombre ejecutó fue adornar, y ante todo, adornar su propio cuerpo. En el adorno, arte primigenio, hallamos el germen de todas las demás. Y esa primera obra de arte consistió sencillamente en la unión de dos obras de la naturaleza que la naturaleza no habla unido. Sobre su cabeza puso el hombre una pluma de ave, o sobre su pecho ensartó los dientes de una fiera, o en torno a la muñeca se ciñó un brazalete de piedras vistosas. He ahí el primer balbuceo de ese tan complejo y divino discurso del arte. ¿Qué misterioso instinto indujo al indio a poner sobre su cabeza una lucida pluma de ave? Sin duda, el instinto de llamar la atención, de marcar su diferencia y superioridad sobre los demás. La biología va mostrando cómo es aún más profundo que el instinto de conservación el instinto de superación y predominio. Aquel indio genial sentía en su pecho una confusa idea de que valía más que los otros, de que era más hombre que los otros; su flecha silbante era en el tupido bosque la más certera e iba rauda a buscar bajo el ala la vida del ave con plumas preciosas. Esta conciencia de superioridad yacía muda en su interior. Al poner sobre su cabeza la pluma, creó el indio la expresión de esa íntima idea que de sí mismo tenía. La pluma sobre él, ¿era tan sólo para que los demás la mirasen? No; la pluma vistosa era más bien un pararrayos con que atraer las miradas de los otros y verterlas luego sobre su persona. La pluma fue un acento, y el acento no se acentúa a sí mismo, sino a la letra bajo él. La pluma acentúa, destaca la cabeza y el cuerpo del indio, va sobre él como un grito de color lanzado a los cuatro vientos.

Todo adorno conserva ese sentido, que se hace patente en el trazo oblicuo e indicativo de la pluma sobre la frente del salvaje: atrae sobre sí la mirada, pero es con ánimo de hincarla sobre lo adornado. Ahora bien: el marco no atrae sobre sí la mirada. La prueba es sencilla. Repase cada cual sus recuerdos de los cuadros que mejor conoce, y advertirá que no se acuerda de los marcos donde viven alojados. No solemos ver un marco más que cuando los vemos sin cuadro en casa del ebanista; esto es, cuando el marco no ejerce su función, cuando es un marco cesante. Apoyo léxico. Fortuito. Que sucede casualmente o sin esperarlo. Culminar. Llegar al punto más alto. Parejo. Igual o semejante. Ostentar. Mostrar o hacer patente una cosa. Ornamental. Perteneciente o relativo al adorno. Indumentario. Perteneciente o relativo al vestido. Primigenio. Primitivo, originario. Germen. Principio u origen de algo. Ensartar. Pasar un hilo, cuerda, alambre, etc. por el agujero de varias cosas; como perlas, cuentas, etc. Balbuceo. Comienzo de algo que aún no está muy definido. Inducir. Provocar o mover a alguien a realizar una acción. Tupido. Espeso, que tiene sus elementos muy juntos apretados. Raudo. Rápido, veloz. Yacer. Existir o estar real o figuradamente una persona o cosa en algún lugar. Patente. Visible; claro, perceptible. Cesante. Que deja de desempeñar una función. Comentario explicativo -y esquema- del texto. El texto está compuesto por siete parágrafos de desigual extensión: dos iniciales, de carácter expositivo, y otros cinco -a partir del tercero- en los que se desarrolla una argumentación hábilmente construida. Ortega y Gasset parte de un hecho constatable: los cuadros están alojados en marcos; y la convivencia entre ambos es absolutamente necesaria (líneas 1-8, parágrafos 1 y 2). El segundo parágrafo no hace sino subrayar -por medio de dos símiles de enorme eficacia expresiva- el carácter esencial de la asociación entre marco y cuadro. A partir del parágrafo 3 se inicia una argumentación destinada a demostrar lo que no es un marco: ni lo que viste ni lo que adorna el cuadro; argumentación dialéctica de tipo deductivo organizada en dos partes (parágrafo 3 y parágrafos 4-7). El parágrafo 3 lo dedica Ortega a establecer una comparación entre el marco con respecto al cuadro y el traje con respecto al cuerpo; comparación que le permite afirmar que e1 marco no es e1 traje del cuadro (primera parte de la tesis); ya que mientras que el traje cubre el cuerpo -y se convierte en adorno si descubre más que tapa-, el marco, por el contrario, exhibe el cuadro (cuerpo de la argumentación; muy breve, ya que resulta sencillo definir el concepto de traje y poner de manifiesto que su función “no es aplicable” al marco. La segunda parte de la argumentación (parágrafos 4 al 7) arranca con la afirmación de que e1 marco tampoco es un adorno (segunda parte de la tesis); puesto que el adorno, por su propia hermosura, atrae sobre sí las miradas de los otros -y, de hecho, el hombre que adorna su cuerpo pretende captar la atención de los demás para luego proyectarla sobre su propia persona-; y, en cambio, el marco no atrae sobre sí la mirada, razón por la cual no solemos recordar los marcos que ostentan los cuadros que nos resultan mis conocidos (cuerpo de la argumentación; bastante más amplio, porque la definición del concepto de adorno es algo compleja, y resulta necesario clarificarla para poder negarle al marco un carácter ornamental). El texto de Ortega y Gasset alcanza, por momentos, cotas de altísima calidad literaria, especialmente en el parágrafo 6, donde figuran sugestivas aliteraciones (su flecha silbante <...> iba rauda a buscar bajo el ala la vida del ave con plumas preciosas.); metáforas que combinan el carácter didáctico con una expresiva originalidad (La pluma fue un acento, y el acento no se acentúa a sí mismo, sino a la letra bajo él.); etc.

Esquema del texto El marco ni viste ni adorna el cuadro * Cuadro y marco se implican recíprocamente. - El cuadro sin marco parece prolongar su contenido más allá de sus propios límites. - El marco sin cuadro parece transformar en cuadro la realidad que enmarca. * El marco no es el traje del cuadro. - La función principal del traje es la de cubrir el cuerpo. · Si el traje descubre el cuerpo en exceso, pasa a tener entonces la consideración de adorno. - El marco, por el contrario, exhibe abiertamente el cuadro. * El marco tampoco es un elemento ornamental del cuadro. - La función de un adorno es la de concentrar la atención y desplazarla después sobre lo adornado. · El hombre primitivo adornaba su cuerpo para resaltar su propia persona. - El marco, en cambio, no atrae la atención sobre sí mismo. · Porque no recordamos los marcos que albergan los cuadros que nos resultan más conocidos. · Porque solo reparamos en el marco cuando, al no ejercer como tal, no aloja cuadro alguno.

“La isla del arte” En vez de atraer sobre sí la mirada, el marco se limita a condensarla y verterla desde luego en el cuadro. Pero no es ésta su principal eficacia. La pared donde cuelga la obra de Regoyos no tiene más de seis metros. El cuadro desplaza una mínima parte de ella, y, sin embargo, me presenta un amplio trozo de la región bidasotarra: un río y un puente, un ferrocarril, un pueblo y el curvo lomo de una larga montaña. ¿Cómo puede estar todo esto en tan exiguo espacio? Evidentemente, esta sin estar. E1paisaje pintado no me permite comportarme ante él como ante una realidad; el puente no es, en verdad, un puente, ni humo el humo, ni campo la campiña. Todo en él es pura metáfora, todo en él goza de una existencia meramente virtual. El cuadro, como la poesía o como la música, como toda obra de arte, es una abertura de irrealidad que se abre mágicamente en nuestro contorno real. Cuando miro esta gris pared doméstica, mi actitud es forzosamente de un utilitarismo vital. Cuando miro el cuadro, ingreso en un recinto imaginario y adopto una actitud de pura contemplación. Son, pues, pared y cuadro, dos mundos antagónicos y sin comunicación. De lo real a 1o irreal, el espíritu da un brinco como de la vigilia al sueño. Es la obra de arte una isla imaginaria que flota rodeada de realidad por todas partes. Para que se produzca es, pues, necesario que el cuerpo estético quede aislado del contorno vital. De la tierra que pisamos a la tierra pintada no podemos transitar paso a paso. Es más: la indecisión de confines entre lo artístico y lo vital perturba nuestro goce estético. De aquí que el cuadro sin marco, al confundir sus límites con los objetos útiles, extraartísticos, que le rodean, pierda garbo y sugestión. Hace falta que la pared real concluya de pronto, radicalmente, y que súbitamente, sin titubeos, nos encontremos en el territorio irreal del cuadro. Hace falta un aislador. Esto es el marco. Para aislar una cosa de otra se necesita una tercera que no sea como la una ni como la otra: un objeto neutro. E1 marco no es ya la pared, trozo meramente útil de mi contorno; pero aún no es la superficie encantada del cuadro. Frontera de ambas regiones, sirve para neutralizar una breve faja de muro y actúa de trampolín, que lanza nuestra atención a la dimensión legendaria de la isla estética [1]. Tiene, pues, el marco algo de ventana, como la ventana mucho de marco. Los lienzos pintados son agujeros de idealidad perforados en la muda realidad de las paredes, boquetes de inverosimilitud a que nos asomamos por la ventana benéfica del marco. Por otra parte, un rincón de ciudad o paisaje, visto al través del recuadro de la ventana, parece desintegrarse de la realidad y adquirir una extraña palpitación de ideal. Lo propio acontece con las cosas lejanas que recorta la inequívoca curva de un arco [2].

__________ [1] Recuérdese la etimología de isla, vocablo que viene de insula. La raíz sul significa -como sal- la idea de brincar, saltar. Así ín-sula es el trozo de tierra, el peñasco que ha saltado en medio del mar. [2] Nótese que este tinte de irrealidad aumenta cuanto mayor es la distancia entre el arco o ventana y lo visto a su través, de manera que no percibimos los planos intermedios y quedan ocultos los caminos reales por los que podríamos llegar hasta lo visto.

Apoyo léxico. Darío Regoyos. (Ribadesella, 1857-Barcelona, 1913). Fue el pintor español más en contacto directo con el Impresionismo, tendencia a la que se halla adscrita gran parte de su obra. Región bidasotarra. Toma su nombre del río Bidasoa, cuyo tramo final separa España de Francia. Está atravesado por los puentes internacionales y su rada forma los puertos de Hendaya y Fuenterrabía. Exiguo. Insuficiente, escaso. Virtual. Que tiene existencia aparente y no real. Utilitarismo. Actitud que valora exageradamente la utilidad y antepone a todo su consecución. Vigilia. Acción de permanecer despierto. Confín. Señalamiento de los límites de dos territorios. Radicalmente. De manera tajante. Legendario. En el contexto es sinónimo de maravilloso. Palpitación.Manifestación vehemente de un sentimiento. Comentario crítico-ideológico del texto. El texto de Ortega y Gasset “La isla del arte” se compone de seis parágrafos, el primero de los cuales no pasa de ser un simple “engarce” con el epígrafe anterior, titulado “Marco, traje y adorno”; epígrafe en el que demuestra que el marco ni viste ni adorna el cuadro, ya que no lo cubre -lo que es propio del vestido respecto del cuerpo-, ni atrae sobre sí la mirada -lo que es esencial en todo adorno-. Puede, pues, afirmarse, que el epígrafe “La isla del arte” comienza en el epígrafe 2, con la breve descripción del cuadro del pintor Regoyos que cuelga de una de las paredes del despacho de trabajo de Ortega y Gasset, y ya evocado en el epígrafe -“Buscando un tema”- que encabeza el magnífico ensayo “Meditación del marco” [y que, por su hondura poética, transcribimos a continuación: “Se trata de un rincón del Bidasoa: un área mansa de verdes hortalizas, vagos al fondo los montes plomizos de Francia, nubes ingrávidas en lo alto, curvas del río sinuoso, un pueblo refulgente que el sol orifica con su último rayo, y el puente internacional sobre el que corre, única nerviosidad en medio de la vaporosa calma, un trenecito apresurado. El humo de la locomotora se desvanece en el aire y cuando ya va a borrarse le vemos renacer de sí mismo, y así indefinidamente. Este continuado ritmo de la muerte y resurrección del humito dota al cuadro de una como vital pulsación que lo mantiene en inmarcesible actualidad”]. Ortega y Gasset se propone demostrar en este nuevo texto lo que es un marco, definición ya contenida en el propio título -“La isla del arte”, título inicialmente más expresivo que puramente informativo, pero que, en realidad, soporta toda la carga conceptual del texto-: el marco es el elemento aislador entre cuadro y pared, que permite deslindar con nitidez el mundo artístico -representado por el cuadro- del extraartístico -representado por la pared-, y que hace posible el goce estético sin ningún tipo de perturbaciones procedentes del mundo real. Y para poder presentar el marco como aislador estético, Ortega y Gasset empieza por definir los conceptos de cuadro y de pared; definiciones contrapuestas que alcanzarán, progresivamente, a todos los parágrafos del texto -confiriéndole, así, una profunda unidad estructural-, y que permitirán, a finales del parágrafo 4 -una vez establecida la contraposición entre “cuadro = mundo irreal, estético” y “pared = mundo real, extraartístico”, introducir el concepto de marco como “elemento de ruptura entre dos mundos antagónicos”. Compruébese, pues, parágrafo a parágrafo -y a partir del 2-, esa contraposición existente entre cuadro y pared, y que exige del marco como “objeto neutro” capaz de aislar dos mundos enfrentados:

Parágrafo Cuadro Pared ___________________________________________________________________ Segundo. Pura metáfora. Contorno real. Existencia meramente virtual. Abertura de irrealidad. Tercero. Cuarto. Recinto imaginario. Lo irreal. Isla imaginaria. Cuerpo estético. Lo artístico. Territorio irreal. Superficie encantada. Isla estética. Agujero de idealidad. Boquete de inverosimilitud. Lo real. Realidad. Contorno vital. Lo vital. Objeto útil, extraartístico. Trozo meramente útil del contorno. Breve faja de muro. Muda realidad.

Quinto. Sexto.

Y es al final del parágrafo 4, una vez que ha quedado claro que es necesario que el cuerpo estético -cuadro- “quede aislado” del contorno vital -pared-, donde Ortega y Gasset se decide a introducir el concepto de marco como aislador, que es, precisamente, la tesis del texto: “[...] la indecisión de confines entre lo artístico y lo vital perturba nuestro goce estético. [...] Hace falta que la pared real concluya de pronto, radicalmente, y que súbitamente, sin titubeos, nos encontremos en el territorio irreal del cuadro. Hace falta un aislador. Esto es el marco”. Y, a partir de este momento -y en los dos parágrafos que siguen hasta concluir el texto, notas al margen-, Ortega y Gasset sigue insistiendo, con diferente lenguaje metafórico, en la identificación de ese “objeto neutro” -porque no es ni pared ni cuadro- con un marco que, interpuesto entre ambos, los aísla. Y así, en el parágrafo 5, el marco es “frontera” -entre ambas regiones: pared y cuadro-, elemento “que neutraliza” una breve faja de muro y que, a modo de “trampolín”, nos permite zambullirnos en el mundo artístico del cuadro; y en el parágrafo 6, el marco, por su capacidad para recuadrar, se nos presenta como “ventana”, una “ventana benéfica” desde la que asomarnos a ese mundo artístico e ideal, tan alejado del utilitarismo vital que caracteriza a nuestro mundo real y extraartístico. Llama poderosamente la atención la perfecta trazabón interna del texto, que Ortega y Gasset logra por medio, también, de una acertada selección léxica de nombres y adjetivos, que le sirve para caracterizar y enfrentar los conceptos de cuadro y de pared, así como para perfilar el concepto de marco como elemento que delimita a ambos, y que subraya, además, su antagonismo. En la definición del concepto de cuadro confluyen varios ejes semánticos:

Un primer eje formado por los vocablos abertura -“que se abre mágicamente en nuestro contorno real”- (parágrafo 2), agujero -“perforado en la muda realidad de la pared”(parágrafo 6), y boquete -“a que nos asomamos por la ventana benéfica del marco” (parágrafo 6). Y cada uno de estos tres vocablos sinónimos, que inciden en la idea de brecha realizada en la pared, va acompañado de otro nombre precedido por la preposición de -que tiene, por tanto, valor adjetivo-; tres construcciones, igualmente sinónimas, formadas por “de + nombre (= adjetivo)”, que añaden la idea de falta de realidad: “abertura de irrealidad” (parágrafo 2), “agujero de idealidad” (parágrafo 6), y “boquete de inverosimilitud” (parágrafo 6). De esta manera, el lienzo pintado se perfila como algo que rompe la inexpresividad de la pared, abriendo en ella un espacio mágico. De ahí que el

cuadro sea, por lo tanto, “pura metáfora” (parágrafo 2), que todo en él goce de “una existencia meramente virtual” (parágrafo 2), y que se constituya en algo tan “irreal” como el sueño (parágrafo 3).

El segundo eje semántico está integrado por tres vocablos de significado muy próximo: recinto (parágrafo 3) -“espacio comprendido dentro de ciertos límites”-, territorio (parágrafo 4) -“porción de terreno que corresponde a una división establecida”- y superficie (parágrafo 5) -“límite o término de un cuerpo, que lo separa y distingue de lo que no es él”; vocablos que recalcan la idea de determinación precisa de los límites de algo, y a cada uno de los cuales acompaña un adjetivo morfológico de similar contenido significativo que, nuevamente, añade al correspondiente nombre la idea de falta de realidad: “recinto imaginario” (parágrafo 3), “territorio irreal” (parágrafo 4), y “superficie encantada” (parágrafo 5). De esta forma, Ortega y Gasset insiste en que el espacio que ocupa el cuadro está perfectamente delimitado, para que su contenido no parezca que se derrama por los cuatro lados del lienzo y que se deshace en la atmósfera; y que ese contenido, en tanto que obra de arte, nos introduce en un mundo completamente distinto -por su carácter ideal, irreal, mágico- al de la realidad que lo circunda. “De la tierra que pisamos a la tierra pintada -dice Ortega y Gasset- no podemos transitar paso a paso. Es más: la indecisión de confines entre lo artístico y lo vital perturba nuestro goce estético”. Y, por fin, un tercer eje semántico identifica el cuadro -a cuya belleza se alude en el parágrafo 4, denominándolo “cuerpo estético” y “lo artístico”- con una isla: “isla imaginaria” (parágrafo 4), “isla estética” (parágrafo 5). Y es el propio Ortega y Gasset quien, recordándonos la etimología de este vocablo -del latín insula; raíz sul, que encierra la idea de saltar-, nos ayuda a entender el porqué de dicha identificación: la isla es la porción de tierra que “brinca” en medio del mar, rodeada de agua por todas partes; de igual manera que el cuadro es el ámbito estético que “emerge”, que “salta” en medio de ese otro ámbito real que es la pared. De ahí los calificativos que acompañan a isla (= cuadro): imaginaria (parágrafo 3) y estética (parágrafo 5); y de ahí, en definitiva, el apropiado título del texto para referirse al marco: “La isla del arte”.

El concepto de pared se expresa mediante cuatro líneas de sentido convergentes:

Con el vocablo contorno -que presenta la acepción de “lo que rodea o limita un lugar”, repetido tres veces: en el parágrafo 2 (“el cuadro [...] es una abertura de irrealidad que se abre mágicamente en nuestro contorno real”), en el parágrafo 4 (“Para que se produzca [la obra de arte] es, pues, necesario que el cuerpo estético quede aislado del contorno vital”) y en el parágrafo 5 (“El marco no es ya la pared, trozo meramente útil de mi contorno”). Con el nombre realidad: “Es la obra de arte una isla imaginaria que flota rodeada de realidad por todas partes” (parágrafo 4), “Los lienzos pintados son agujeros de idealidad perforados en la muda realidad de las paredes” (parágrafo 6); y con el adjetivo sustantivado lo real: “De lo real a lo irreal, el espíritu da un brinco como de la vigilia al sueño” (parágrafo 3). El calificativo real acompaña, además, al vocablo contorno en el parágrafo 2 (“el cuadro [...] es una abertura de irrealidad que se abre mágicamente en nuestro contorno real”) y al vocablo pared en el parágrafo 4 (“Hace falta que la pared real concluya de pronto”). Con el adjetivo sustantivado lo vital: “la indecisión de confines entre lo artístico y lo vital perturba nuestro goce estético” (parágrafo 4). El calificativo vital acompaña, igualmente, al vocablo contorno en el parágrafo 4 (“Para que se produzca [la obra de arte] es, pues, necesario que el cuerpo estético quede aislado del contorno vital”).

Con el adjetivo útil -la idea de utilidad-: “el cuadro sin marco, al confundir sus límites con los objetos útiles, extraartísticos, que le rodean, pierde garbo y sugestión” (parágrafo 4); “El marco no es la la pared, trozo meramente útil de mi contorno” (parágrafo 6). La identificación de lo útil con lo extraartístico ya está anticipada en el parágrafo 3, en el que se subraya el antagonismo y la incomunicación entre pared y cuadro: “Cuando miro esta gris pared doméstica, mi actitud es forzosamente de un utilitarismo vital. Cuando miro el cuadro, ingreso en un recinto imaginario y adopto una actitud de pura contemplación”.

El marco no aparece en el texto hasta el final del parágrafo 4, cuando Ortega y Gasset ya ha puesto de manifiesto que, dado el antagonismo entre pared y cuadro, se impone la separación de ambos mundos: “es necesario -puntualiza el autor- que el cuerpo estético quede aislado del contorno vital”. Por eso, el marco es:
• •

Un aislador (parágrafo 4), es decir, lo que separa algo. Un objeto neutro (parágrafo 5), neutral -más bien-, ya que no participa de ninguna de las dos opciones en conflicto, pues “no es ya la pared [...], pero aún no es la superficie encantada del cuadro”. Una frontera entre ambas regiones -pared y cuadro- (parágrafo 5), tomado el vocablo frontera con el sentido de “límite o fin de algo”; y una frontera que “sirve para neutralizar una breve faja de muro” -pues, como dice Ortega y Gasset, “Para aislar una cosa de otra se necesita una tercera que no sea ni como la una ni como la otra; un objeto neutro”-; y que, como si de un trampolín se tratara, catapulta la atención hacia el lienzo pintado, facilitando, así nuestra inmersión en esa isla estética que constituye cada cuadro colgado de una pared. Una ventana -calificada de benéfica, por la ayuda desinteresada que presta- desde la que asomarse al mundo del arte. Cuando Ortega y Gasset afirma que “tiene, pues, el marco algo de ventana, como la ventana mucho de marco”, es consciente de que el concepto ventana incluye en su definición las característica “abertura que se deja en una pared”, “que delimita un espacio”, “que lo recuadra”. Y, por tal razón, puede escribir: “un rincón de una ciudad o paisaje, visto al través del recuadro de la ventana, parece desintegrarse de la realidad y adquirir una extraña palpitación de ideal” (parágrafo 6); idea que amplifica en una nota que cierra el texto: “Nótese que este tinte de irrealidad aumenta cuanto mayor es la distancia entre la ventana y lo visto a su través”.

Valoración final. El ensayo “Meditación del marco” -cuya lectura completa recomendamos vívamente- fue escrito en abril de 1921. Este epígrafe -“La isla del arte”- constituye un brillante ejemplo de rigor intelectual en el razonamiento y sorprendente habilidad expresiva.

Texto de Camilo José Cela: “El hábito de la lectura”. Se admite como un hecho probado el que la gente, no sólo en España sino en el mundo entero, lee menos cada día que pasa y, cuando lo hace, lo hace mal y sin demasiado deleite ni aprovechamiento. Es probable que sean varias y muy complejas las causas de esta situación no buena para nadie y se me antoja demasiado elemental e ingenuo el echarle la culpa, toda la culpa, a la televisión. Yo creo que esto no es así porque los aficionados a la televisión, antes, cuando aún no estaba inventada, tampoco leían sino que mataban el tiempo que les quedaba libre, que era mucho, jugando a las cartas o al dominó o discutiendo en la tertulia del café de todo lo humano y gran parte de lo divino. La televisión incluso puede animar al espectador a que pruebe a leer; bastaría con que se ofreciese algún programa capaz de interesar a la gente por alguna de las muchas cuestiones que tiene planteado el pensamiento, en lugar de probar a anestesiarla o a entontecerla. Los gobiernos, con manifiesta abdicación de sus funciones, agradecen y aplauden y premian el que la masa se entontezca aplicadamente para así poder manejarla con mayor facilidad: por eso le merman y desvirtúan el lenguaje con el mal ejemplo de los discursos políticos; le fomentan el gusto por las inútiles y engañadoras manifestaciones y los ripios de los eslóganes; le aficionan a la música estridente, a los concursos millonarios y a las loterías; le animan a gastar el dinero y a no ahorrar; le cantan las excelencias del Estado benéfico y providencial; le consienten el uso de la droga asegurándole el amparo en la caída, y le sirven una televisión que le borra cualquier capacidad de discernimiento. El hábito de la lectura entre los ciudadanos no es cómodo para el gobernante porque, en cuanto razonan, se resisten a dejarse manejar. A mí me reconfortaría poder pregonar a los cuatro vientos la idea de Descartes de que la lectura de los grandes libros nos lleva a conversar con los mejores hombres de los siglos pasados, y la otra idea, esta de Montesquieu y más doméstica, pero no menos cierta, de que el amor por la lectura lleva al cambio de las horas aburridas por las deleitosas. La afición a la lectura no es difícil de sembrar entre el paisanaje; bastaría con servirle, a precios asequibles, buenas ediciones de buena literatura, que en España la hubo en abundancia. Este menester incumbiría al Estado, claro es, pero no necesariamente a través de cualquier angosto y poco flexible organismo oficial, sino pactando las campañas con las editoriales privadas. La culpa de que se haya perdido en proporciones ya preocupadoras el hábito de la lectura y no sólo en España, repito, es culpa de los gobernantes del mundo entero, con frecuencia y salvo excepciones reclutados entre advenedizos, picarillos y funcionarios. Echarle la culpa del desastre a la televisión es demasiado cómodo, sí, pero no es cierto. Resúmenes del texto de Cela. Se ofrecen, seguidamente, dos resúmenes del texto de Cela, efectuados en diferentes tiempos y lugares, y en los que se ha procurado soslayar la carga de crítica política encubierta -meramente “coyuntural”- que inspira la redacción del citado texto. Si bien el nivel de objetividad es distinto en uno y otro resumen, en ambos casos se ha pretendido dotar a los resúmenes de una estructura coherente y cohesionada. Primera propuesta de resumen. Puestos a buscar culpables de la falta de interés por la lectura, tan habitual en nuestros días en que la televisión suscita una mayor atención, éstos serían los gobernantes, que se valen precisamente de la televisión para reprimir culturalmente a sus espectadores habituales, a través de una programación que, por su vacuidad, atenta contra la inteligencia; pero no la televisión en sí misma, que, bien empleada, podría fomentar el espíritu lector y convertirse, además, en el mejor aliado de la cultura. Segunda propuesta de resumen. El texto muestra el poco aprecio que Cela siente hacia la clase política gobernante, a la que acusa de intentar eliminar en los ciudadanos el espíritu crítico -que nunca es cómodo para el poder-, apartándolos de la actividad lectora que realmente los enriquece

cultural y espiritualmente, y encaminándolos hacia una televisión cuya programación carece del menor valor educativo y parece pensada para disminuir -cuando no para anular- la capacidad intelectual de sus espectadores habituales. Comentario crítico-ideológico del texto. El “contexto del texto”. Áspero artículo el de Cela -publicado en el diario "ABC", el 29 de marzo de 1993-, y no solo “de fondo”, sino también “en las formas”; artículo escrito cuando aún no había recibido el Premio Cervantes, cuya concesión “se retrasó”, todavía, hasta 1995, seis años después de haberle sido concedido el Nobel. Pero artículo, igualmente, rico en ideas y con una sólida organización interna que confiere una mayor fuerza al mensaje explícito: una despiadada crítica a la clase política gobernante -en el momento en que Cela firma su artículo- que, a través de la televisión, y por medio de una programación que ofende a la inteligencia, “maneja” a sus espectadores habituales: éstos, anulada la capacidad crítica que la lectura potencia, quedan sometidos a los oportunistas intereses de los políticos "de turno". Invención (asunto) y disposición (eje temático y estructura). Cela monta un texto de altísimo contenido reprobatorio hacía la “clase política”, para defender la tesis de que los gobernantes, reprimiendo culturalmente a las masas por medio de una televisión carente de cualquier capacidad para instruir, son los verdaderos responsables de que se haya perdido la afición por la lectura y que, en consecuencia, la gente tenga cada vez menos sentido crítico. Este eje conceptual -que exculpa de semejante “desastre” a la televisión, para responsabilizar únicamente a los gobernantes y a la manipulación que hacen de ella, en favor de sus intereses egoístas- recorre todo el texto y va aflorando puntualmente, otorgándole una profunda cohesión: promediado el primer parágrafo y al final del mismo, así como al término del segundo parágrafo con el que concluye el texto. Reproducimos a continuación dicho eje conceptual: Texto Eje temático _________________________________________________________________________ "Los gobiernos, con manifiesta abdicación de sus Los gobernantes aprovechan en su funciones, agradecen y aplauden y premian el que propio beneficio la vacuidad de la la masa se entontezca aplicadamente [con la programación televisiva. televisión] para así poder manejarla con mayor facilidad”. “[...] la televisión le borra a la masa cualquier capacidad de discernimiento. El hábito de la lectura entre los ciudadanos no es cómodo para el gobernante porque, en cuanto razonan, se resisten a dejarse manejar”. “La culpa de que se haya perdido en proporciones ya preocupadoras el hábito de la lectura y no sólo en España, repito, es culpa de los gobernantes del del mundo entero, con frecuencia y salvo excepciones, reclutados entre advenedizos, picarillos y funcionarios. Echarle la culpa del desastre a la televisión es demasiado cómodo, sí, pero no es cierto”. Los gobernantes apartan a los ciudadanos de la lectura intentando eliminar, así, su espíritu crítico, y les empujan hacia una televisión inane. Son los gobernantes oportunistas los responsables de la falta de interés por la lectura de los ciudadanos, entretenidos por una televisión poco aliada con la cultura.

Pero junto al eje temático reseñado, el texto de Cela contiene muchas ideas de diferente relevancia conceptual, que -sin entrar en trasfondos ideológicos de crítica política- entresacamos a continuación. Primer parágrafo Ideas fundamentales Ideas secundarias ___________________________________________________________________________ 1. Cada día se lee menos y peor. Quienes leen no suelen obtener de la lectura un excesivo placer espiritual ni un enriquecimiento intelectual. 2. La televisión no es la única y máxima Un país no puede permitirse contar con un responsable de la pérdida de la afición amplio sector de la población iletrado. por la lectura. 3. El invento de la televisión no ha Un sector de la población que se sienta detraído lectores: quienes no leían habitualmente delante de un televisor, sin televisión, siguen sin leer con cuando la televisión aún no existía, no televisión. llenaba con lecturas el mucho tiempo dedicado al ocio con lecturas. 4. Bien usada, la televisión podría Son muchos los asuntos culturalmente convertirse en el mejor aliado de la atractivos a los que poder aplicar el cultura y fomentar el espíritu lector. entendimiento, y que la televisión debería impulsar y difundir. Colofón El entontecimiento del espectador que la televisión se esfuerza en lograr es estimulado y aprovechado por los gobernantes: al rebajarse, así, la capacidad intelectual de los ciudadanos, alejados de la lectura, se les hace fácilmente manipulables por esos mismos gobernantes, en aras de su propio beneficio personal. Segundo parágrafo Ideas fundamentales Ideas secundarias __________________________________________________________________________ 1. La lectura enriquece culturalmente. Los libros permiten entrar en contacto con sus autores, alejados del lector en el espacio y en el tiempo. 2. La lectura es fuente de entretenimiento. El leer por el puro placer de leer cierra el de entretenimiento. paso al aburrimiento. 3. La reducción del precio de los libros España ha contado con buenos escritores. -que el Estado debe favorecerEs la iniciativa privada, favorecida por el puede contribuir a impulsar la afición favorecida por el Estado, la que debe por la lectura. editar, a precios asequibles, las mejores obras de nuestra literatura, y no los organismos oficiales. Colofón Los gobernantes, con su impericia, y no la televisión, son los auténticos responsables de la falta de afición por la lectura, aquí en España y en cualquier parte del mundo.

Elocución y “estilo narrativo” El léxico y su valor connotativo. El contenido crítico del texto se ve realzado por el empleo de un léxico contundente y tajante. Y así: • La televisión anestesia o entontece a la gente; es decir, la insensibiliza o la vuelve tonta. • Los gobiernos, “con manifiesta abdicación de sus funciones”, permiten que la masa “se entontezca aplicadamente” por medio de la televisión, “para así poder manejarla con mayor facilidad”; es decir, que renunciando abiertamente y con claridad a las actuaciones que les son propias, los gobiernos consienten que la televisión se esmere en anular la capacidad de raciocinio de la gente, porque así la pueden manejar, sin gran esfuerzo, al servicio de sus propios intereses. • Aún más: no es ya que los gobiernos consientan, sino que “agradecen y aplauden y premian” ese entontecimiento de la masa logrado con la televisión. La polisíndeton ayuda aquí a intensificar el significado de cada uno de estos verbos, que van subiendo el diapasón: del agradecimiento se pasa al aplauso, y de éste, al premio. No les duelen prendas a los gobernantes con tal de salvaguardar sus intereses personales, aunque ello suponga mantener a la ciudadanía en la incultura: esto es lo que Cela viene a decir. • Y ¿qué ofrece la televisión? Discursos políticos que “merman y desvirtúan el lenguaje” (mermar: menoscabar; desvirtuar: anular) -clara alusión a esos alambicados y hasta grotescos eufemismos a los que suelen recurrir los políticos para encubrir sus fracasos en el ejercicio del poder-; anuncios publicitarios “inútiles y engañadores”, cuyos eslóganes son puros “ripios” -si “inútiles” son para Cela los anuncios televisivos, y, además, poco veraces, no lo son menos las insustanciales palabras que componen sus eslóganes-; música “estridente” -que por su excesivo o violento sonido resulta molesta-; etc., etc. Por este camino -que Cela amplía con otros ejemplos que entran de lleno en el ámbito político- va quedando anulada la capacidad intelectual de los ciudadanos, apartados de la lectura -“la televisión les borra cualquier capacidad de discernimiento”-; y, en la medida en que se dejan por ello manejar, resulta más cómodo para el poder ejercer el gobierno; siempre según la opinión de Cela. • Por otra parte, y como sistema para despertar la afición por la lectura, el Estado debe poner en manos de la iniciativa privada la edición de las mejores obras de la literatura española, sin acudir para ello a “cualquier angosto y poco flexible organismo oficial”. Cela manifiesta, así, no sólo la total independencia que, a su juicio, debe existir entre la cultura y el poder político, sino también la desconfianza que le merecen los organismos oficiales “metidos a mecenas” y subvencionando con aportaciones económicas las manifestaciones culturales -en este caso, la edición de libros a precios asequibles-, ante el riesgo de manipulación ideológica que ello conlleva. Al tildar de “angostos y poco flexibles” a los organismos que deben difundir la cultura, Cela denuncia su cortedad de miras y el “sesgo” político de sus actuaciones (angosto: estrecho o reducido; poco flexible: poco tolerante). • Finalmente, los gobernantes -salvo excepciones, puntualiza Cela- están reclutados frecuentemente “entre advenedizos, picarillos y funcionarios”; es decir, que parece como si se hubiera efectuado una “leva” de aprovechados y trepas sin escrúpulos para su dedicación a las labores de gobierno. Solo la expresión “salvo excepciones” atenúa el tremendo varapalo de Cela a la clase política en su conjunto. Lenguaje, por tanto, no exento de acidez, y que golpea la interioridad del lector, por insensible que éste sea; y que es, precisamente, lo que Cela persigue. La ironía malévola y sarcástica. El carácter irónico con que estas líneas están escritas es manifiesto. Pero no es precisamente una ironía socarrona la que Cela exhibe, sino cruel y mordaz, que en ocasiones traspasa incluso los

límites del sarcasmo. Esta es una de las razones por las que el artículo no deja indiferente al lector: según quien lo lea, se pueden producir reacciones de indignación o de hilaridad, lo que, por otra parte, es evidente que Cela pretende y que, desde luego, consigue. Centrémonos, al respecto, en algunos detalles puntuales. • Afirma Cela, al comienzo del texto, que el que cada día se lea menos y menos y peor no es hecho que afecte exclusivamente a España, sino que es algo que sucede “en el mundo entero”; y que -continúa afirmando Cela- la televisión no es la única responsable de este desaguisado, pues quien no lee ahora, que hay televisión, tampoco leía antes, cuando la televisión no existía. Sin embargo, la generalización “no sólo en España sino en el mundo entero” queda algo difuminada, y parece como si Cela estuviera hablando de hechos que ocurren, precisamente y sobre todo, en España. ¿O es que acaso puede ubicarse en otro lugar, fuera de España, una frase que encierra tanta mordacidad como la que sigue?: “Los aficionados a la televisión, antes, cuando aún no estaba inventada, tampoco leían, sino que mataban el tiempo que les quedaba libre, que era mucho, jugando a las cartas o al dominó o discutiendo en la tertulia del café de todo lo humano y gran parte de lo divino”. Es costumbre arraigada en muchos españoles echar la partida de cartas, o jugar al dominó, o participar en una “tertulia de café” dedicándose a poner tibio al mismísimo sursuncorda. Por otra parte, hay mucho español aficionado a perder el tiempo, que convierte el ocio en virtud; y de todos es conocida la fama de vago que el “español medio” tiene a los ojos de Cela. [Léase, al respecto, el artículo publicado en la sección “El color de la mañana”, del diario ABC, con el título “Inhibiciones y pronunciamientos”, publicado el 6 de enero de 1995]. • Antes de terminar el primer parágrafo -y en unas líneas que se convierten en una exacerbada diatriba contra la clase política-, Cela responsabiliza a los gobiernos de entontecer a las masas por medio de la televisión, cuya programación embota la inteligencia. ¿Realmente se refiere Cela, cuando habla de “los gobiernos”, no sólo al de España, sino a los del mundo entero? Podría ser. Pero al pasar revista a unos cuentos ejemplos que prueban cómo los gobernantes ponen la televisión al servicio de sus propios intereses manejando con habilidad masas entontecidas, Cela se las ingenia para que el lector reconozca que la televisión a la que alude es la española -sea la televisión pública o las cadenas privadas-. Por tanto -y con sutil ironía-, Cela está señalando a nuestros gobernantes como responsables de servirle a la masa “una televisión que le borra cualquier capacidad de discernimiento”; y los responsabiliza directamente de no fomentar el hábito de la lectura entre las gentes, porque el desarrollo de la capacidad crítica que con ese hábito se alcanza la haría difícilmente manipulable y despertaría de su entontecimiento. • Pero donde la ironía de Cela adopta ribetes de puro sarcasmo es en las líneas finales del texto. Cuando culpa a los gobernantes de que se haya perdido el hábito lector entre la ciudadanía, vuelve a insistir Cela en que semejante situación no afecta únicamente a España, sino que se repite en cualquier parte del mundo. Da, sin embargo, la sensación de que Cela arremete contra gobernantes que le resultan demasiado familiares: la frase “reclutados con frecuencia y salvo excepciones -dice Cela- entre advenedizos, picarillos y funcionarios”, por el tipo de léxico empleado, parece destinada a zaherir precisamente a algunos de nuestros gobernantes, los responsables últimos -según Cela- de que la lectura haya entrado en crisis y los programas de las televisiones vayan ganando espectadores cuanto más intrascendentes son. [El significado de advenedizo es claro: que llega a una posición que no le corresponde por su condición o por sus méritos; picarillo -diminutivo cargado de maliciosa intencionalidadequivaldría a aprovechado y granuja; y, en este contexto, el vocablo funcionario, como si pesara sobre su valor semántico el estigma de “clientelismo político”, en alguna medida se contagia del significado de los otros dos que le acompañan -advenedizo y picarillo-, y tal vez -insistimos, tal vez- podría significar “trepa”). Cela conoce, pues, bastante bien a los políticos a los que está criticando demoledoramente; y la vía irónica adoptada para esta crítica, que debería haber atenuado su mordacidad, en realidad no ha hecho sino acrecentarla.

La ironía sutil: El tono informal de ciertas “aparentes” ingenuidades e incongruencias. Sin entrar en consideraciones políticas -que no son objeto de este comentario-, dos afirmaciones de Cela parecen encerrar una cierta dosis de ingenuidad (aunque también de buena voluntad, al apuntar soluciones para paliar el desastre que supone un país con pocos lectores efectivos y demasiados telespectadores incultos). Primera afirmación: “La televisión incluso puede animar al espectador a que pruebe a leer; bastaría con que se ofreciera algún programa capaz de interesar a la gente por alguna de las muchas cuestiones que tiene planteado el pensamiento”. Y segunda afirmación: “La afición a la lectura no es difícil de sembrar entre el paisanaje; bastaría con servirle, a precios asequibles, buenas ediciones de buena literatura”. En primer lugar, el telespectador al que Cela se está refiriendo -entontecido y sin la menor capacidad crítica- no es, precisamente, el que sabe apreciar los valores educativos de determinados programas culturales; y es de suponer que si tal televidente se topara con uno de estos programas, se dedicaría a ir cambiando de canal televisivo -utilizando el mando a distancia-, hasta dar con un programa “menos aburrido” y más en consonancia con su nivel de inteligencia. Cela sabe bien que por esta vía es difícil que pueda despertarse el placer de leer en quienes, de antemano, renuncian a interesarse por cuestiones culturales. Y, en segundo lugar, el abaratamiento del coste de los libros y la difusión de la buena literatura a precios asequibles no suele repercutir en un aumento del número de lectores. Aquellos que no sienten inquietudes culturales dirigen su economía hacia otros frentes, sin importarles que “las buenas ediciones de buena literatura” tengan precios razonables; [de igual manera, por ejemplo, que el entusiasta del fútbol no repara excesivamente en el precio de una localidad -más o menos alto en función de los equipos que juegan- con tal de poder presenciar en el estadio un determinado partido de su interés.]. Tampoco parece que se le escape a Cela que este otro camino que apunta -y algunos editores lo saben muy bien- sea el más idóneo para convertir en legión el número de posibles lectores. Otras afirmaciones de Cela podrían parecer incongruentes, y tal vez necesiten o ciertas matizaciones. Por ejemplo ésta, a principios del texto: “La gente lee menos cada día que pasa, [...] y se me antoja demasiado elemental e ingenuo el echarle la culpa, toda la culpa, a la televisión. Yo creo que esto no es así porque los aficionados a la televisión, antes, cuando aún no estaba inventada, tampoco leían [...]”. O esta otra, al final del, texto, cuando responsabiliza a los gobernantes de que se haya perdido “en proporciones ya preocupadoras” el hábito de la lectura: “Echarle la culpa del desastre a la televisión es demasiado cómodo, sí, pero no es cierto”. Es evidente que la irrupción de la televisión en el mundo de la comunicación no ha cambiado los hábitos de quienes no han leído nunca; es decir, que quienes no leían sin televisión, siguen sin leer con televisión. Pero, ¿qué ha sucedido con aquellos que sí que leían antes de que se inventara la televisión? ¿Leen tanto como antes, más, o menos? Es posible que la televisión haya reducido aún más el poco tiempo del que dispone el individuo actual para dedicarlo a la lectura. Y en cuanto a que la televisión está exenta de responsabilidad en la pérdida del hábito lector entre los ciudadanos y que, en cambio, toda la culpa deba recaer sobre los gobernantes, es opinión harto discutible. La televisión que se pliega a las exigencias de los políticos o de una audiencia hábilmente manipulada por éstos y siempre en beneficio de sus propios intereses, tiene altas cotas de responsabilidad en el deterioro cultural de un país si, como afirma Cela, se deja manejar contribuyendo al entontecimiento de las masas. Recordemos las palabras de Cela en otro momento de su artículo: “Los gobiernos [...] agradecen y aplauden y premian el que la masa se entontezca aplicadamente para así poder manejarla con mayor facilidad”. En el peor de los casos, gobernantes y televisión serán responsables del desaguisado actual, en cuanto que aquellos se valen de ésta para borrar en los ciudadanos “cualquier capacidad de discernimiento”. Queda una tercera afirmación de Cela que tal vez habría que descifrar; y es, precisamente, ésta: “La afición a la lectura no es difícil de sembrar entre el paisanaje; bastaría con servirle, a precios,

asequibles, buenas ediciones de buena literatura, que en España, la hubo en abundancia”. ¿Por qué emplea Cela el pasado “hubo” (pretérito perfecto simple, que indica acción pasada y perfectiva que no guarda relación alguna con el presente). ¿Sibilina crítica de Cela a la “política oficial” de premios? Suponemos que sí, en unos momentos en que el Premio Cervantes no figura entre los galardones recibidos por un escritor que está en posesión del Nobel desde 1989. Parecería más “acertado” haber escrito -permítasenos la rectificación amable, aunque desvirtuaría el trasfondo de todo el artículo- “hubo, ha habido y hay”. Y el mejor ejemplo de que en España hay -en presentebuena literatura lo constituyen las obras del propio Cela, que con el Nobel o sin el Nobel, con el Cervantes o sin el Cervantes, fue, ha sido, es y seguirá siendo -ahora ya, después de muerto- uno de nuestros más grandes escritores. Los valores estilísticos de la prosa empleada por Cela. La densidad de contenido de este artículo no es obstáculo para reconocer en él una magnífica prosa. Y uno de los recursos estilísticos dominantes es la repetición de esquemas regulares binarios de gran relieve rítmico, constituidos fundamentalmente por adjetivos; tal y como demuestran los siguientes ejemplos: “Es probable que sean varias y muy complejas las causas de esta situación [..]"; "[...] se me antoja demasiado elemental e ingenuo el echarle la culpa, toda la culpa, a la televisión”; “le fomentan el gusto por las inútiles y engañadoras manifestaciones y los ripios de los eslóganes”; “Este menester incumbiría al Estado, claro es, pero no necesariamente a través de cualquier angosto y poco flexible organismo oficial”. En ocasiones, estos esquemas binarios descansan sobre verbos: "[...] en lugar de probar [la televisión] a anestesiarla o a entontecerla [a la gente]”; “por eso [los gobiernos] le merman y desvirtúan [a la masa] el lenguaje con el mal ejemplo de los discursos políticos”. E incluso el balanceo paralelístico se apoya en la concatenación de tres elementos especialmente vinculados entre sí: “[Los gobiernos] agradecen y aplauden y premian el que la masa se entontezca aplicadamente para así poder manejarla con mayor facilidad.”; “[...] los gobernantes del mundo entero, con frecuencia y salvo excepciones reclutados entre advenedizos, picarillos y funcionarios. Y donde, sin duda, Cela nos descubre toda la sonoridad que puede alcanzar la lengua castellana es en las líneas finales del texto, donde las palabras están engastadas con suprema habilidad, y donde se concentra la posición personal de Cela sobre el hábito de la lectura, asunto al que ha dedicado su artículo: “La culpa de que se haya perdido...”. Valoración final. Escribiendo así, con este tipo de prosa -tan escueta, tersa y aparentemente sencilla- y haciendo gala de esa ironía que combina socarronería y mordacidad a partes igualespueden disculpársele a Cela ciertos exabruptos manifestados con tanta viveza y a los que, por otra parte, quizá tenga derecho, con permiso de los aludidos a quienes dirige sus diatribas.

LAS COLUMNAS DE OPINIÓN DE JUAN JOSÉ MILLÁS Juan José Millas, articulista. Es en el género periodístico de la columna de opinión donde Millás -que obtuvo el prestigioso Premio Mariano de Cavia de periodismo en 1999- viene logrando el favor de sus incondicionales lectores. Sus colecciones de artículos se han reunido, hasta la fecha, en dos obras: Algo que te concierne (Madrid, Aguilar, 1995. Colección El viaje interior), y Cuerpo y prótesis (Madrid, Aguilar, 2000). En el ámbito del artículo periodístico de opinión, los lectores del diario “El País” vienen encontrando con cierta periodicidad, en la última página, una columna escrita con innegable garbo literario que lleva el sello inconfundible de Juan José Millas. En cada una de sus columnas se ponen de manifiesto una serie de rasgos que reflejan el talento del escritor, tales como un indiscutible conocimiento de la Lingüística, y más concretamente del plano léxico-semántico de la Lengua, que suele asomar a lo largo del texto a manera de urdimbre que ayuda a su mayor vertebración, y que en modo alguno obstaculiza su comprensión, ya que la posible erudición se sacrifica en aras de la claridad expositiva, como corresponde a un artículo más o menos intrascendente; un registro lingüístico culto, que el autor mantiene de principio a fin, sin que ello afecte a la inteligibilidad del mensaje, perfectamente comprensible para un lector de cultura media -y de ahí la eficacia expresiva de una forma de escribir que convierte la expresión correcta y atildada, aunque sin afectación, en la norma suprema del estilo-; una sólida estructura interna que garantiza la continuidad del pensamiento -las ideas están siempre ordenadas y los diferentes parágrafos están concatenados por un eje temático que evita las digresiones innecesarias-; y, sobre todo, una sutil ironía, más socarrona que mordaz, ante la que no queda indiferente el lector, a menudo gratamente sorprendido por unas reacciones de hilaridad que Millás sabe provocar con habilidad extrema. Y todo ello, enmarcado en los difíciles límites de la columna periodística, de la que Juan José Millás es maestro excepcional. Como muestra de cuanto acabamos de afirmar, recogemos aquí dos columnas, aparecidas en el diario “El País” el 28 de mayo del 2004 y el 5 de mayo del 2006, tituladas, respectivamente, “Oraciones” y “Matrimonios”; columnas que acompañamos de sendos comentarios interpretativos. Y dejamos al lector que rastree esas otras columnas tremendamente duras hacia los fundamentalismos religiosos, el conservadurismo recalcitrante, el militarismo trasnochado, el imperialismo expansionista, las desigualdades sociales, etc., en las que Millás toma una clara posición política, defendida con la mejor de las expresiones lingüísticas y sin perder la pizca de ironía necesaria para que su crítica no entre en el terreno de lo despiadado.

Oraciones Ahora mismo estoy escribiendo una oración compuesta que tendrá dos o tres subordinadas en función de lo que quiera decir o de lo que desee alargarme. Punto y seguido. Ahí está la oración, que ha quedado de este modo: “Ahora mismo estoy escribiendo una oración compuesta que tendrá dos o tres subordinadas en función de lo que quiera decir o de lo que desee alargarme”. Para pronunciar o escribir una frase tan tonta es necesario, sin embargo, una competencia lingüística notable. No somos conscientes de la cantidad de recursos gramaticales que utilizamos al cabo del día en la comunicación con nosotros mismos o con los demás. Para pedir a nuestros hijos que estudien o que no vuelvan tarde a casa el sábado por la noche, ponemos en pie todo un edificio verbal con más complejidades arquitectónicas y emocionales que un rascacielos. No sé mucho de fútbol, pero me parece que llevar el balón desde una portería a la contraria e introducirlo entre sus palos se parece mucho al proceso de construcción de una oración compleja. Cuanto más larga es la frase (o la jugada), más necesarias son las emociones y las reglas sintácticas. No basta con elegir bien los sustantivos y los adjetivos. Las conjunciones y las preposiciones, pese a su aparente modestia, son piezas tan esenciales como la rótula en la pierna o el codo en el brazo. Una oración bien construida es un cuerpo lleno de huesecillos gramaticales que el hablante no necesita conocer para que funcionen como Dios manda. Tampoco estamos pendientes de la concordancia, pero nadie, excepto un entrenador de fútbol extranjero, diría que “las jugador está enfada porque no cobraría el nómina de la mes”. El problema del Real Madrid es que ha perdido competencia lingüística. Tiene excelentes sustantivos y adjetivos, sí, pero le faltan conjunciones y preposiciones, que es lo mismo que poseer una hermosa puerta con su quicio, pero carecer de bisagras para su articulación. Los jugadores del Madrid saben dar puntapiés, es decir, saben pronunciar palabras aisladas, pero no logran que los puntapiés de unos concuerden con los de los otros para hilar una frase. No necesitan un entrenador, necesitan un gramático, y quizá un logopeda. Comentario crítico-ideológico del texto Aclaraciones referidas al “contexto del texto”. El Real Madrid ocupó la cuarta posición en la tabla de clasificación de la Liga Española de Fútbol de la temporada 2003-2004 (por detrás del Valencia, del Barcelona y del Deportivo -de La Coruña-), a pesar de contar con extraordinarios jugadores en su plantilla y de disponer del mayor presupuesto económico; y fue derrotado en los cinco últimos encuentros de liga jugados, circunstancia desconocida en la historia deportiva del club. La columna de Juan José Millas tiene, en su origen, estos hechos; y de ahí su profundo tono irónico -y festivoque le permite comparar la gramática -y la interrelación de los elementos sintácticos- con el fútbol y el funcionamiento de un equipo como conjunto estructurado. Una lección magistral de estructuralismo lingüístico. Millás aborda en el primer párrafo el concepto de competencia lingüística. Como es sabido, la competencia lingüística de una persona viene conformada por aquel conocimiento teórico y práctico de la lengua que se manifiesta a través de un uso correcto y apropiado de sus estructuras básicas, lo que facilita una mejor relación social. Y como no es el estudio teórico de la Gramática la única vía para acceder al conocimiento de una lengua -a los gramáticos es a quienes corresponde realizar el esfuerzo intelectual para entender y reducir a esquemas lógicos los fenómenos lingüísticos-, debe contemplarse también su aprendizaje práctico, ya que una lengua es algo así como un ser vivo en continua ebullición, con estructuras inestables y cambiantes, que son las que deben emplear con corrección los hablantes. De ahí que para el aumento de la propia competencia lingüística sea preferible, antes que memorizar nociones teóricas, acerca de la Lengua, promover su uso para ir perfeccionando gradualmente la expresión oral y escrita. Y será, precisamente, este conocimiento intuitivo y práctico que se tiene de Gramática

-adquirido por la experiencia y la ejercitación espontánea a lo largo de los diferentes momentos y situaciones de la existencia- el que habrá de permitir, paulatinamente, un aumento de la propia competencia lingüística. De entre los diferentes elementos gramaticales existentes, hay dos que funcionan como nexos, esto es, como lazos de unión: las conjunciones, que unen vocablos o secuencias sintácticas equivalentes; y las preposiciones, que introducen elementos nominales haciéndolos depender de palabras anteriores. Esta “capacidad de relación” de dichos elementos gramaticales le permite a Millás -en el segúndo párrafo del texto- compararlos con ciertos huesos del cuerpo humano que tienen una función articulatoria (las articulaciones unen unos huesos con otros facilitando el movimiento). Tal es el caso de la rótula en la pierna (hueso en la parte anterior de la articulación de la tibia con el fémur) y del codo en el brazo (parte posterior y prominente de la articulación del brazo con el antebrazo). La comparación resulta tan eficaz como expresiva, y resulta altamente didáctica, porque concreta el pensamiento de Millás y lo hace fácilmente comprensible. ¿Y a qué se debe que los jugadores del Real Madrid, según el criterio socarrón de Millas, necesiten, más que un entrenador, un gramático? El gramático es la persona que conoce los elementos de una lengua y sus combinaciones, esto es, todo aquello que permite hablar y escribir correctamente. Por su parte, el logopeda está versado en técnicas que ayudan a superar las dificultades de pronunciación de quienes no tienen una fonación normal. Saussure sostenía que la lengua es un sistema de signos interdependientes, hasta el extremo de que el valor de cada uno de ellos no depende tanto de sí mismo cuanto de las relaciones -sintagmáticas y paradigmáticas- que contrae con todos los demás; y que este carácter sistemático afecta por igual a los diferentes planos lingüísticos (fonético-fonológico, morfosintáctico y léxico- semántico). Cuando Millás proclama irónicamente -en las líneas finales del texto- que el Real Madrid, más que un entrenador, lo que necesita es un gramático -e incluso un logopeda- está subrayando lo que a su juicio ha sido el fallo estrepitoso que ha cometido: su desorganización estructural, su falta de vertebración interna como un todo orgánico; o, dicho de otra manera: las individualidades del Madrid no han funcionado sistemáticamente, no han constituido un conjunto organizado; y la falta de coordinación entre ellas ha originado el hundimiento del equipo; del mismo modo que la descoordinación de las estructuras lingüísticas entre sí hundiría cualquier tipo de comunicación verbal. Afirma Millás que “Una oración bien construida es un cuerpo lleno de huesecillos gramaticales que el hablante no necesita conocer para que funcionen como Dios manda”. Y no le falta razón. Se ha afirmado hasta la saciedad que se enseña la Gramática por la Lengua, y no la Lengua por la Gramática; más aún, es obvio que durante siglos los hombres han hablado y escrito sin haber aprendido Gramática. Porque no es necesario aprender nociones teóricas de una lengua para utilizarla con la debida propiedad y corrección, entendiendo y haciéndose entender, oralmente y por escrito en situaciones normales de comunicación. Ello quiere decir que en los actos de habla existe siempre una Gramática implícita de tipo práctico que permite utilizar correctamente las estructuras básicas del idioma, aprendidas por imitación espontánea de modelos de referencia. Otra cosa bien distinta es, en lo que concierne a la educación en el lenguaje, que deba promoverse la reflexión sistemática -a la que vez que funcional- sobre los mecanismos de la lengua, al servicio de una mayor comprensión y una mejor expresión. Por otra parte, una frase está bien construida cuando los signos que la integran son semánticamente compatibles y, además, no sólo se respetan entre ellos las concordancias morfosintácticas, sino que también se ordenan adecuadamente; y, todo ello, en la forma que preceptúa la Gramática. Decía Antoine Meillet que “chaque langue est un systeme riguoreusement agencé, ou tout se tient”; y, por lo tanto, una frase, por simple que sea, posee una organización sistemática de sus elementos, perfecta y rigurosamente trazada, para que, como mensaje, pueda tener sentido para los interlocutores. La similitud metafórica -de la que habla Millás- que existe entre una frase bien construida y una jugada de fútbol bien articulada es, pues, evidente: de la conveniente interrelación de los jugadores -cada uno con unas determinadas funciones en el equipo y sobre el terreno de juego, en razón de las funciones de los demás jugadores- dependerá el éxito de una jugada, que será tanto mayor cuanto más estrecha sea dicha interrelación.

El componente irónico. De los tres párrafos de que se compone el texto, dos están dedicados a divulgar uno de los principios básicos del estructuralismo: el carácter sistemático de los elementos lingüísticos. Pero al llegar al tercer párrafo, Millás abandona el magisterio lingüístico para pasar a diagnosticar los males que han aquejado al equipo de fútbol del Real Madrid; y que pueden resumirse en una sola frase: no ha funcionado como equipo. No puede pedirse mayor ironía que la de hacer una crítica deportiva desde la Lingüística; y con una capacidad didáctica sorprendente, lo que acrecienta el sentido irónico del texto y provoca reacciones de hilaridad en el lector, gratamente sorprendido por un Juan José Millas que ha preferido la ironía socarrona a la crítica mordaz el Real Madrid, que tanto se prodigó, en su momento, en los medios de comunicación especializados en temas deportivos. Matrimonios Los matrimonios entre las palabras son más sólidos que los del Hollywood actual. Echas un vistazo al periódico y ahí están, envejeciendo juntos, términos como uranio enriquecido, despliegue militar, memoria frágil, asignatura pendiente, banda armada, seguridad privada, gas natural, guardia civil, páginas amarillas, realidad nacional, inyección moral, consejero delegado, comunicado oficial, inflación anual... Inflación, por cierto, es bígama, pues se la ve mucho también con subyacente. No es el único caso, pero sí uno de los más activos: hay días en los que aparece copulando con anual en la primera página y con subyacente en la segunda, es que no para. En cualquier caso, sería muy de agradecer que todos estos matrimonios hicieran un intercambio de parejas para alumbrar uniones más estimulantes: militar frágil, guardia amarillo, uranio moral, memoria enriquecida, seguridad civil... Aunque no todos los matrimonios entre palabras son tan convencionales. Ayer encontré un trío: “Proyecto Gran Simio”. Estos enlaces de tres palabras, sin ayuda de preposición o artículo que les ayude a articularse, constituyen rarezas muy interesantes. Proyecto Gran Simio. Sorprende la naturalidad con la que se pronuncia, la sencillez con la que sale de la boca, lo que quiere decir que los tres vocablos se llevan bien. Tal vez no se trate de un trío sexual, sino de una familia. Posiblemente, proyecto sea hijo de simio, que es a su vez cónyuge de gran. Ello explicaría la ausencia de conflicto. He aquí, en cualquier caso, un ejemplo de convivencia verbal del que, con la que está cayendo, deberíamos tomar nota. Pero no es la única rareza con la que he tropezado esta semana. Así, entre los matrimonios convencionales, de sólo dos palabras, descubrí uno completamente nuevo, al menos para mí. Se trata de “inteligencia seductora”. Di con él en la contraportada de La Vanguardia. Inteligencia venía metiéndose en la cama hasta ahora con voces tales como diabólica, emocional, aguda, incluso con militar, pese a la incompatibilidad aparente, pero jamás con seductora. Me gusta este nuevo maridaje, inteligencia seductora. Lo que hace falta es que pase de la gramática a la realidad. Y que sea para bien. Comentario crítico-ideológico del texto. El artículo “Matrimonios” tiene su origen en un texto que el propio Millás lee en el periódico “La Vanguardia”, y en el que al nombre “inteligencia” se le agrega el adjetivo “seductora”, lo que genera la infrecuente expresión “inteligencia seductora”. A partir de esta novedosa unión, y tras pasar revista a otras combinaciones “fijas” de dos elementos lingüísticos (parágrafo 1) e incluso de tres -sin ayuda de nexos- (parágrafo 2), Millás querría que esa flamante composición -“inteligencia seductora”- no se quedara en un afortunado hallazgo gramatical, sino que tuviera de inmediato una feliz repercusión en la vida diaria (parágrafo 3). Pero este esquema conceptual es simplemente un pretexto del que se vale Millás para pasar revista a ciertas expresiones pluriverbales -composiciones de “nombre + adjetivo” que designan un concepto unitario- que acontecimientos de diversa índole incorporan con cierta frecuencia al

lenguaje coloquial. Millás, que aduce ejemplos nada casuales, y seleccionados con clarísima intencionalidad irónica, pretende que algunas de estas combinaciones “fijas” de “nombre + adjetivo”, tan estables como matrimonios convencionales, intercambiaran sus componentes -sobre todo el adjetivo- para formar otras uniones que quizá designaran realidades más alentadoras -“estimulantes” es la palabra empleada por Millás-. Y así, en un saludable “intercambio de parejas”, podría pasarse de “uranio enriquecido”, “inyección moral”, “memoria frágil”, “seguridad privada”... a “uranio moral” -es decir, uso de la energía nuclear con fines pacíficos-, “memoria enriquecida” -es decir, recuerdo del pasado, con sus grandezas y miserias, sin partidismos excluyentes-, “seguridad civil” -es decir, una sociedad lo suficientemente madura en la que el militarismo no tiene cabida-... Desde luego, Millás es de los que, cuando escribe, “no da puntada sin hilo”, y estos nuevos “maridajes léxicos” apuntados -y otros más donde la ironía raya en la mordacidad- no son meros juegos verbales, sino que suponen una innegable toma de posición personal ante determinadas situaciones sociales que el escritor no comparte y que denuncia con innegable ingenio. (El antimilitarismo de Millás, por ejemplo, quizá se vislumbre ya en el primer parágrafo, cuando el “intercambio de parejas” entre “despliegue militar”, “memoria frágil” “guardia civil” y “páginas amarillas” alumbra “matrimonios” tan sorprendentes como “militar frágil” -el adjetivo ha pasado ahora a nombre- y “guardia amarillo”; pero donde, sin duda, alcanza ribetes de sarcasmo mordaz es en el último parágrafo, cuando, de pasada, apunta la posible incompatibilidad de los términos “inteligencia” y “militar” formando la expresión pluriverbal estable “inteligencia militar”). El título del artículo -“Matrimonios”- está sobradamente justificado, ya que el sistema léxico relacionado con este vocablo sale de su ámbito significativo propio y se traslada, en sentido figurado, a la convivencia estable entre grupos de palabras que designan conceptos unitarios. Y así, en el texto se habla de la poca solidez de los “matrimonios” de Hollywood, frente a la consistencia de la unión entre ciertas parejas de palabras, llamadas a envejecer juntas; de la bigamia de la palabra “inflación”, que unas veces copula abiertamente con “anual” y otras con mayor discreción con “subyacente” -aun cuando la “inflación subyacente” sea la que más afecta al bolsillo de los consumidores, porque es la responsable de los precios de la energía y de los productos frescos-; del intercambio de parejas entre matrimonios sólidos de palabras, que alumbraría uniones más estimulantes (parágrafo 1). E incluso en el parágrafo 2, frente al “matrimonio convencional” de dos palabras, subraya Millás que existen tríos bien articulados -como es el caso de “Proyecto Gran Simio”-, aunque más que “tríos sexuales” -puntualiza Millás- designan familias nada conflictivas -y así, “Proyecto” es hijo de “Simio”, que a su vez es cónyuge de “Gran”-. (La “convivencia verbal” de tres palabras, “sin preposición o artículo que les ayude a articularse” no es un fenómeno tan infrecuente como cree Millás, y puede rastrearse en lenguajes especializados: “responsabilidad civil subsidiaria”, “gramática generativo-transformacional”, etc.). Y si el parágrafo 1 terminaba de manera irónica -con esos intercambios de parejas entre matrimonios estables de palabras, de los que surgen uniones más estimulantes-, Millás acude nuevamente a la ironía para rematar el segundo parágrafo: una familia convencional de palabras -“Proyecto” y “Gran” son los progenitores de “Simio”- es buen ejemplo de convivencia verbal, del que, con la que está cayendo, debe tomarse buena nota. En el tercer párrafo prosigue Millás con el sistema de selección léxica que articula el texto: el vocablo “inteligencia”, que hasta ahora se metía en la cama con voces tales como “diabólica”, “emocional”, “aguda” y hasta “militar” -originando, así, otros tantos matrimonios convencionales-, contrae nuevo maridaje con “seductora”, y Millás, con irónica elegancia, concluye el artículo celebrando un maridaje que le gusta, y deseando que sea para bien. Texto, pues, coherentemente estructurado, con un sólido eje temático que el propio título refleja, y en el que cuenta más el trasfondo ideológico -que hay que saber interpretar leyendo entre líneas-, que el contenido expreso, aparentemente intrascendente; y escrito desde una óptica irónica que ha encontrado en la Semántica un inagotable banco de recursos léxicos, explotados con tal claridad y habilidad expositivas que la lectura del texto se convierte en saludable recreo para la inteligencia del lector, que puede descubrir en cada frase de Millás todo un mundo de sugerencias.

DOS TEXTOS DE PEDRO LAÍN ENTRALGO PARA EL COMENTARIO Los textos están tomados de la obra La Generación del Noventa y Ocho. Madrid, editorial EspasaCalpe, 1947. Colección Austral, núm. 784. Texto 1. [Fragmento del capítulo 1, “El paisaje y sus inventores”; pág. 15]. Cuenta el biólogo Jacobo von Uexküll la historia de una criadita berlinesa que vio hacer una tina de lavar. Todo lo encontraba la chica muy comprensible; todo, excepto la procedencia de la madera. “¿Cómo hacen la madera?” -preguntaba cavilosa a su dueña. “La madera -respondía ésta- se coge de árboles como los que hay en el Tiergarten.” “¿Y dónde hacen los árboles?” -sigue inquiriendo la muchacha. “No los hace nadie, crecen ellos solos.” “¡Vamos! -concluye la incrédula y civilizada marizápalos-. ¡En alguna parte tendrán que hacerlos!” ¿Si seremos un poco como esta criadita berlinesa todos los habitantes de una gran ciudad? ¿Tendremos un alma tan mecanizada y seca, casi incapaz ya de concebir la vida del árbol, el color de la tierra, el perfil del alcor, el vuelo rumoroso del insecto? Vivimos entre muros casi desheredados del sol, nos movemos hollando piedras ensambladas o compactamente embutidos en cajas mecánicas, holgamos congregándonos en locales oscuros, llenos de ficciones absorbentes. Ya no sabemos lo que es la naturaleza, ni recordamos el sabor del milagro. A veces cruzamos tal o cual plaza urbana, merecedora de unas manchas de césped o poblada por unos cuantos árboles, y nos sentimos traspasados por un desusado, casi desconocido deleite elemental. Otras veces, más raras, nos asomamos a un parque municipal, paseamos bajo los tilos verdes o cobrizos, y nos parece descubrir una nueva luz, un nuevo temple del alma, un mundo inédito. Muy de tarde en tarde nos decidimos a transponer esa orla de miseria, suciedad y dolor que circunda la ciudad, mas casi nunca para ver el rostro viejo y materno de la tierra. ¿Quién, entre cuantos transitan por la verbeneante acera, sospecha el color del pino cuando le hiere el sol rasante del atardecer, o la íntima, confidencial tristeza que rezuma la tierra cuando en el crepúsculo se hace oscura y violada, o el mudable gesto de la nube peregrina y difluyente? Apoyo léxico. Tina. Vasija de madera con forma de media cuba. Caviloso. Pensativo y muy preocupado, especialmente por excesiva desconfianza o suspicacia. Inquirir. Indagar o investigar para conseguir una información. Marizápalos. Por Maritornes, en alusión a la moza de venta del Quijote. Moza de servicio, ordinaria, fea y hombruna. Alcor. Colina o elevación poco pronunciada del terreno, menor que un monte. Hollar. Pisar. Holgar. Divertirse, entretenerse con gusto en una cosa. Ficciones absorbentes. Las que constituyen el argumento de una película y mantienen tensa la atención del espectador. Deleite. Placer o gozo del ánimo o de los sentidos. Tilo. Árbol de tronco recto y grueso, copa amplia, hojas acorazonadas, puntiagudas y con los bordes dentados, y flores blanquecinas y olorosas que se usan con fines medicinales. Temple. Disposición apacible o alterada del cuerpo o del humor de una persona. Orla. Adorno que rodea algo. (El vocablo está usado metafóricamente: “orla de miseria, suciedad y dolor que circunda la ciudad”). Circundar. Cercar o rodear dando la vuelta. Verbeneante. Vocablo acuñado a partir del verbo verbenear (abundar, multiplicarse en un paraje personas o cosas), con el significado de “bullicioso”. La íntima, confidencial tristeza que rezuma la tierra. La tierra desprende la tristeza que parece contener en su seno. Peregrino. Adornado de singular hermosura. Difluyente [vocablo no incluido en el DRAE]. Que se esparce o derrama por todas partes.

Texto 2. [Fragmento del capítulo 3 “-El sabor de la Historia”-; págs. 47-48]. Algunos españoles esclarecidos sintieron al menos la impresión de vacío, de flaccidez, que traía a sus almas su propia situación histórica de españoles. Esa impresión será expresada con distintos nombres: es la “abulia” que Ganivet diagnostica, el “marasmo” que angustia a Unamuno, la “depresión enorme de la vida” que Azorín advierte, la visión de una España vieja y tahúr, zaragatera y triste, que asquea a Machado, el inconsciente y alegre “suicidio lento” que con tan enorme tristeza -una tristeza de gigante vencido- delata Menéndez Pelayo. ¿Qué tiene que ver el necio contento de aquellos españoles -1885, 1890, 1895- con la ilusión grave y creadora de los pueblos acordes con su historia y con el tiempo en que viven? Porque, no lo olvidemos, el problema íntimo de la España ochocentista, desde 1812, es la irreductible discrepancia entre unos ardorosos tradicionalistas que no saben ser actuales y unos progresistas fervientes que no aciertan a hacerse españoles. Los españoles acordes con la historia de España no aciertan a vivir en su tiempo; los que pretenden vivir en su tiempo no saben afirmar la ambición ni la historia de España. A la hora de la Restauración, Cánovas y Sagasta dan menguado cumplimiento al programa de Sandhurst y pretenden resolver aquella medular discordia mediante un artificio casero, construido de tres piezas: los partidos políticos turnantes -se hace del “turno” un sucedáneo barato de la “unidad”-; un sufragio universal canalizado con habilidad y campechanería por medio del “pucherazo” y la institución del cacicato rural -¡qué envilecimiento, hasta desde el punto de vista lingüístico, depender históricamente de algo llamado “pucherazo”!-; y, en fin, una laxa libertad para la expresión literaria y política, a fin de que la gente española “se desahogue por el pico”, como ella misma dice. Y la paz, la anhelada paz, antes calma chicha que paz verdadera y fecunda, sólo alterada por leves algaradas políticas y por los primeros síntomas visibles de la llamada “cuestión social”: la cuestión social, dicen los guardias urbanos en los sainetes y zarzuelas chicas que por entonces solazaban el fácil humor del público burgués. Apoyo léxico. Esclarecido. Ilustre, insigne. Flaccidez. Falta de fuerza y vigor anímico. Abulia. Falta de voluntad. Marasmo. Suspensión o paralización absoluta de la actividad; inmovilismo. “Esa España inferior que ora y bosteza, / vieja y tahúr, zaragatera y triste;”. Versos de Antonio Machado, que forman parte del poema “El mañana efímero”, incluido en Campos de Castilla. [Tahúr. Jugador tramposo. Zaragatero. Bullicioso]. Delatar. Poner de manifiesto algo oculto y generalmente reprobable. Acorde. En consonancia Restauración. Periodo histórico que comienza con la reposición en el trono de Alfonso XII, tras el paréntesis republicano que siguió al destronamiento de Isabel II, en la Revolución de Septiembre de 1868. Alfonso XII muere en 1885; y hasta 1902 no accederá al trono Alfonso XIII. Menguado. Escaso. Manifiesto de Sandhurst. Firmado en esta ciudad británica por el futuro Alfonso XII, fue, de hecho, el programa de gobierno del Partido Conservador durante los primeros años de la Restauración. Medular. Importante. Discordia. Oposición, desavenencia de voluntades u opiniones. Artificio. Invento. Sucedáneo. Sustituto, que reemplaza. Campechanería. Comportamiento llano y cordial que no impone distancia en el trato. Pucherazo. Fraude electoral que consiste en alterar el resultado del escrutinio de votos. Cacicato. Autoridad o poder del cacique de un pueblo o comarca. El cacique ejerce en una colectividad o grupo un poder abusivo; o tiene excesiva influencia en asuntos políticos o administrativos. Envilecimiento. Adopción de un carácter vil y despreciable. Laxo. Relajado. Calma chicha. Completa quietud. [En especial en la mar, ausencia total de viento u oleaje]. Algarada. Tumulto causado por algún tropel de gente. Sainete. Obra teatral de ambiente y personajes populares, en uno o más actos, que se representa como función independiente. Zarzuela. Obra dramática y musical en la que alternativamente se declama y se canta. Solazar. Proporcionar esparcimiento y alivio de los trabajos.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS Una bibliografía “coyuntural”. En las dos últimas décadas del pasado siglo proliferaron los libros dedicados al comentario crítico de textos, publicados por editoriales más o menos vinculadas al ámbito escolar (Anaya, AKAL, Arco/Libros, Coloquio, EDINUMEN, La Muralla, SM, Octaedro, Teide, etc.); libros cuya redacción ha estado motivada -en casi todos los casos- por la necesidad de contar con materiales didácticos para la preparación del examen de “Comentario de texto” en la Selectividad, y a cuyas directrices oficiales han venido circunscribiendo, con mayor o menor fortuna, sus enfoques metodológicos. Las sucesivas modificaciones de la estructura de las Pruebas de Acceso a la Universidad, así como la desaparición del Curso de Orientación Universitaria, están en el origen de la escasez actual de bibliografía referida al comentario crítico de textos que, no obstante, es uno de los procedimientos más idóneos para afrontar el estudio de ciertos aspectos de la Literatura -en particular, del ensayo-, y que los nuevos currículos contemplan para la Educación Secundaria en sus diferentes etapas. Por citar algunos de aquellos libros -más de una veintena-, recordamos aquí tan solo tres, sin que ello suponga el menor desdoro hacia los demás; libros de fácil localización y de los que pueden extraerse fructíferas ideas. Son estos: • Hernández, Guillermo; y José María Marín y Antonio Rey: Análisis de textos de Selectividad. Madrid, AKAL, 1990. Colección El mochuelo pensativo. • Alonso, F.; y A. Cano e I. Fernández: El comentario de textos en la Prueba de Selectividad. Método y ejercicios. Madrid, Coloquio, 1991. • Fernández, M.: El comentario de textos. Asimilación y sentido crítico. Madrid, EDINUMEN, 1992. Bibliografía sobre textos expositivos y argumentativos. Mientras que sobre la interpretación de textos poéticos y de textos narrativos existe una amplísima bibliografía, son pocos los libros con intencionalidad didáctica que abordan el comentario de los textos ensayísticos de tipo expositivo y argumentativo, si descontamos los que se adentran en el terreno específicamente periodístico. Los dos que reseñamos a continuación no están exentos de interés: • Sánchez Miguel, Emilio: Los textos expositivos. Estrategias para mejorar su comprensión. Madrid, Santillana, 1993. Aula XXI, núm. 54. (Incluye amplia bibliografía; págs. 307-320). • Álvarez, Miriam: Tipos de escrito. Exposición y argumentación. Madrid, Arco/Libros, 1994. Colección Cuadernos de Lenguas Española. Recopilación de artículos periodísticos. Los grandes periódicos de implantación nacional (El País, El Mundo, ABC, La Razón...) proporcionan abundantes artículos de opinión que pueden servir para, con su comentario, ejercer la capacidad crítica. Determinados escritores de prestigio reconocido cuentan incluso con secciones fijas. Tal es el caso -por poner ejemplos significativos- de Francisco Umbral que, desde 1990, cuenta en el diario El Mundo con una sección titulada “Los placeres y los días”, venero de artículos de lo más variopintos, y que le proporcionaron el Premio de Periodismo Mariano de Cavia; o de Manuel Vicent, colaborador habitual del diario El País, y cuyos artículos periodísticos se han recopilado en obras como Las horas paganas (Alfaguara, 1998) o Espectros (El País-Aguilar, 2000).

También Camilo José Cela dispuso de una sección en el diario ABC, titulada “El color de la mañana”, en la que vieron la luz memorables artículos. La editorial Espasa-Calpe -en la colección Espasa Selección- ha recogido los publicados entre el 21 de noviembre de 1993 y el 13 de enero de 1995, en volumen del mismo título que la aludida sección -El color de la mañana-, prologado por Luis Racionero (Madrid, 1996). Pero, sin duda, el gran éxito editorial lo han logrado dos libros del ilustre académico Fernando Lázaro Carreter: El dardo en la palabra (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 1997) -obra en la que se recogen artículos publicados desde 1975 hasta 1996 en varios periódicos españoles, fundamentalmente en el diario ABC, y en los que quedan al descubierto “las tundas que está recibiendo el idioma” y la responsabilidad directa que los medios de comunicación tienen en su permanente degradación-; y El nuevo dardo en la palabra (Aguilar, 2003) -obra que incluye artículos publicados en el diario El País desde 1999-. El profesor Lázaro Carreter ha encontrado en el "pueblo llano" al lector de esos artículos periodísticos, convertido en entusiasta seguidor de unas apasionantes reflexiones acerca del uso correcto y apropiado de las palabras, en unos momentos en que la vulgaridad se adueña del lenguaje; unas reflexiones más cercanas a la benevolencia que a la admonición, y que sirven de irónica censura a los modos expresivos de muchos periodistas y políticos, y a la vez reflejan el trasfondo profundamente humano de la personalidad del escritor. Y ya, en plan didáctico, merece nuestra atención la recopilación de artículos publicados en el diario El País entre 1975 y 1996, y que edita Rosa Martínez Montón con el título de Textos periodísticos de opinión (Barcelona, Grupo Hermes Editora General, 1977; distribuido por editorial Almadraba. Biblioteca Hermes-Clásicos Castellanos, núm. 20). Los artículos van convenientemente anotados y se incluyen referencias a sus autores, así como pautas de trabajo para garantizar la cabal compresión de aquéllos.