Liquidaridad y espacios preocupados

Reflexiones sobre la inmigración en la ciudad posmoderna

Pedro Fernández Álvarez
Puertollano, enero de 2007

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INDICE

Géneros mestizos………………………………………………………………………..3 Posmodernidad, sobremodernidad, modernidad líquida……………………………... 5 El miedo ambiente y la inseguridad social……………………………………………10 ¿Quién no es inmigrante? ……………………………………………………………13 Del campo a la ciudad… ¿y viceversa? ……………………………………………...16 Espacios preocupados…………………………………………………………………19 Liquidaridad …………………………………………………………………………...24 BIBLIOGRAFÍA……………………………………………………………………...26

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Géneros mestizos

La repatriación de los antropólogos y su replegamiento al estudio de sus propias culturas –en el seno de las cuales se ve obligado a disputar su territorio de caza a sociólogos, politólogos, historiadores, filósofos, pedagogos, comunicólogos, psicólogos sociales e incluso a comentaristas de temas de actualidad–, la aparición de la figura inédita del etnólogo indígena y la metástasis occidentalizadora son factores que han hecho de la diversidad cultural un inacabable almacén de supervivencias, configurando un paisaje del todo nuevo, que ha obligado a una reformulación total de los presupuestos en que se basaba la profesión de antropólogo. Manuel Delgado Ruiz: “Antropología y posmodernidad”1

Con estas palabras de Manuel Delgado quisiera introducir lo que viene siendo un problema recurrente en nuestra disciplina: el carácter interminable de la crítica epistemológica. El caso es que nuestra disciplina lleva bregando en estas lides casi desde sus inicios, lo cual es, en principio, saludable; a la larga, no obstante, viene a ser sintomático. ¿De qué? Una de las respuestas más tópicas a esta cuestión es alegar el carácter interdisciplinar de la antropología, que la obliga a estar constantemente demarcando su campo de estudio frente a, por ejemplo, la sociología, o la historia, o la filosofía. Cuestión, como nos muestra Delgado, que se agudiza en nuestros días con la babélica confusión –o mestizaje- de los géneros de la que habla Geertz2, y que los posmodernos asumen de mil amores, hasta el punto de reducir la identidad del antropólogo a su manera artesanal de trabajar –con lápiz y libreta, o, a lo sumo, grabadora-, y a su sociabilidad como instrumento de aproximación al objeto 3. Quisiera ser un punto más crítico –tal vez tendría que decir metacrítico- y señalar que más que interdisciplinariedad -que desde luego caracteriza a la vocación antropológica-, yo diagnosticaría, en muchos casos, liminalidad -por utilizar un concepto turneriano 4- en el quehacer antropológico: betwixt and between, ni lo uno ni lo otro, ni aquí ni allá…Tal vez, incluso cabría decir que el antropólogo, en su labor, se halla siempre en una situación de doble ausencia, que diría Abdelmalek Sayad 5, pues ni tiene residencia en

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En la revista Trama y fondo, nº 9, 2º semestre de 2000, p. 1 Véase Geertz, C. 1991 [1980]: “Géneros confusos. La reconfiguración del pensamiento social”, en Carlos Reynoso (compilador): El surgimiento de la antropología posmoderna, México, Gedisa. 3 Véase Delgado, op. cit. p. 2 4 Vése Turner, Victor 20054 [1967]: La selva de los símbolos, Madrid, Siglo XXI 5 Véase Sayad, A. 2004: The suffering of inmigrant (The double absence). U. K. Blackwell Publishers
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su propia perspectiva –ha de luchar contra el etnocentrismo-, ni puede instalarse de lleno en la perspectiva de su informante –pues ha de ser, irremediablemente, otro-. Confusión o mestizaje, liminalidad, doble ausencia: características de la antropología, en especial la posmoderna, que empatizan muy bien con los protagonistas de nuestra disertación, a saber, la ciudad y el inmigrante. En esta tierra de nadie, que es a la vez un lugar de muchedumbre, he querido adentrarme deliberada e irremediablemente para buscar si es posible, un horizonte de comprensión, un espacio preocupado. Y lo es en varios sentidos: por ser el ámbito de esta reflexión, que, tal y como están los tiempos –y los espacios-, tiene mucho de preocupación; por ser un lugar muy frecuentado, una verdadera aglomeración de monografías 6, y, por tanto, ya ha sido muy tratado u ocupado previamente; y, en fin, por dedicarse a analizar las características de la ocupación, por parte del inmigrante, de un espacio pre-ocupado: la ciudad. La cuestión que nos ocupa es poliédrica y su abordaje, por tanto, difícilmente podría ser frontal. Por ello he intentado dibujar algunos cuadros y reflejar algunas perspectivas que, desde la mía, resultan especialmente interesantes. En este mestizaje de los géneros recabaremos la opinión de antropólogos, sociólogos, psicólogos, filósofos y hasta poetas. Incluso de algunos que lo son todo a la vez, como Gaston Bachelard. Tal vez el resultado –este trabajo- resulte más bien ser liminal: ni fu, ni fa. En todo caso, lo que se pretende es mostrar que la interdisciplinariedad no sólo es posible, sino habitual en nuestro ámbito, y, en mi opinión, muy enriquecedora. Lo deseable sería que en el ámbito social tales mezclas se tradujeran en interculturalidad, en esa mixofilia de la que habla Bauman, y que luego tendremos tiempo de comentar. Pero antes de ocuparnos de las aventuras y -sobre todo- desventuras del inmigrante en la ciudad, nos detendremos en ciertas consideraciones terminológicas sobre el mundo actual, donde se ubican la ciudad y –al menos eso intenta- el inmigrante.

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“Entre las pocas cosas que se pueden afirmar con suficiente certeza a la hora de abordar un tema tan complejo como es el fenómeno de la inmigración actual desde los países subdesarrollados a la Europa occidental, es que se trata del proceso social que más literatura ha generado en los últimos años” (Débora Ávila Cantos, El encuentro con (nos)otros. Trabajo inédito)

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Posmodernidad, sobremodernidad, modernidad líquida

Algo le está sucediendo al modo en que pensamos sobre el modo en que pensamos. Clifford Geertz: “Géneros confusos”

Coincido con Delgado en pensar que la posmodernidad es, más que una corriente ideológica, “un cierto estado de ánimo” 7, un desencanto de todas las certezas y entusiasmos que traía consigo la modernidad. Para algunos muy críticos, como Carlos Reynoso, se trata, en realidad, de un ánimo pusilánime: “esa suprema cobardía epistemológica que ha dado en llamarse pensamiento débil”8. También Delgado denuncia “además de su más que relativa originalidad, una cierta tendencia al narcisismo y una inmodestia más bien fastidiosa” 9. Sea como fuere, la posmodernidad es la contemporaneidad, un embrollo de soluciones a plazos en todos los niveles, donde lo sustantivo ha dejado paso a lo adjetivo. Con un lenguaje cada vez más vaciado de sentido y degradado, sobre todo en su uso público, ya no se puede confiar en las palabras. Esta actitud antiteórica, oculta detrás una derrota mucho mayor: la de la herencia completa de la racionalidad ilustrada, de la modernidad. La “incredulidad hacia las metanarraciones”, que dirá Lyotard, ha hecho que todas las pretensiones de verdad hayan llegado a su fin, reemplazadas por una pluralidad de "juegos del lenguaje", la noción wittgensteiniana de "verdad" en cuanto algo que se comparte y circula con carácter provisional, sin ninguna clase de garantía epistemológica o fundamento filosófico. Por otro lado, se percibe una crisis de la representación. Baudrillard sostiene que la diferencia entre realidad y representación se ha derrumbado, arrojándonos a una "hiperrealidad" que es siempre y solamente un simulacro. Curiosamente, parece no sólo reconocer la inevitabilidad de este desarrollo, sino también celebrarlo. Incoherencia, fragmentación, relativismo, deconstrucción; en cualquier caso esta asunción de la posmodernidad conlleva cierta celebración de la impotencia y complacencia en lo decadente. Una postura un tanto cínica, como la de aquél que critica la televisión…sin dejar de mirarla compulsivamente.
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Op. cit., p. 1 Reynoso, 1995: 14 9 Op. cit., p. 15

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“Antes de que nos diera tiempo –dice Fernando Savater- a acostumbrarnos a la suavidad posmoderna, comprendimos que el pensamiento débil debería hacer gimnasia si quería subsistir”10. Afortunadamente, otras visiones de la contemporaneidad algo menos lánguidas han surgido en los últimos tiempos, de la mano de pensadores más dados al compromiso que al cinismo, como son Marc Augé y Zygmunt Bauman. Me refiero a los conceptos de sobremodernidad y modernidad líquida. Marc Augé, autor de la célebre noción de no-lugares, que luego tendremos tiempo de desarrollar, en un artículo titulado precisamente “Sobremodernidad”11, describe su visión del mundo actual, partiendo, cómo no, de la superación de la modernidad. Para ello recurre, en primer lugar, a Max Weber, para quien modernidad implica desencanto del mundo. Un desencanto triple: por la desaparición de los mitos fundacionales en los que buscaban su sentido todas las creencias; por la desaparición de todas esas creencias y representaciones; por la ruptura de los lazos supersticiosos con los dioses, el terruño, la familia, ruptura que convierte al hombre ilustrado en individuo dueño de sí mismo. Ahora bien, la modernidad trajo consigo nuevos mitos, pero esta vez no del pasado, sino del futuro, escatológicos: las utopías sociales, el mito del progreso, sostenido por las conquistas de la ciencia y la técnica hasta, más o menos, los años ’50 del pasado siglo. Hoy estamos experimentando, según Augé, un segundo desencanto, manifiesto de formas diferentes. La primera es la constatación de que los mitos del futuro también son ilusiones: el “fin de los grandes relatos” de Lyotard, que ya comentamos. La segunda es el tema de la “aldea global” de MacLuhan, que ha tenido su traducción política en el “fin de la historia” de Fukuyama, noción que, obviamente, no defiende el final definitivo de los acontecimientos, sino que se ha llegado a un acuerdo general –y, este sí, parece definitivo- en la fórmula que cifra el bienestar humano en la asociación de democracia representativa y economía de mercado. Ahora bien, esta teoría, como señala Augé, “condenaba a pensar la historia actual de una gran parte del planeta como signos de excepción o de retraso” 12. Por ello, en vez de fin de la historia, fin de las ideologías o fin de la modernidad, Augé piensa que “tal vez sea al revés, y hoy suframos un exceso de modernidad”13. De ahí que proponga el término sobremodernidad, que incluye la paradoja de la coexistencia en el mundo actual de las
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Savater, Fernado:“La tormenta de las ideas”, en El País, suplemento Babelia del sábado 4 de noviembre de 2006 11 Augé, Marc: “Sobremodernidad. Del mundo de hoy al mundo de mañana”, en Memoria. Revista cultural de política y cultura, México, 1999, nº 129 12 Op. cit., p. 3 13 Ibíd..

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corrientes de globalización, uniformación y hasta homogeneización con esas otras tendencias particularistas, de reivindicación nacionalista o de la identidad local. Sobremodernidad hace referencia a una lógica del exceso, de un triple exceso: de información, de imágenes y de individualidad. Los tres excesos están vinculados entre sí, lo cual queda particularmente claro en el caso del tercero, la individualización pasiva, “una individualización de consumidores cuya aparición tiene que ver sin duda alguna con el desarrollo de los medios de comunicación”14. Hoy tales medios sustituyen a lo que Durkheim llamaba “cuerpos intermediarios”, es decir, las mediaciones institucionales o nexos sociales, como escuela, sindicato, familia, etc. La relación del individuo con los medios de comunicación puede generar pasividad, soledad e ilusión. Pasividad, ante el espectáculo cotidiano de una realidad que se le escapa; soledad, en tanto que se sustituye con la imagen y el sonido la relación con el otro cuerpo a cuerpo; ilusión, en el sentido de crear la apariencia de dejar al criterio propio la elaboración de las opiniones que, en realidad, son bastante inducidas. “El mercado ideológico –dice Augé- se equipara entonces a un selfservice, en el cual cada individuo puede aprovisionarse con piezas sueltas para ensamblar su propia cosmología y tener la sensación de pensar por sí mismo” 15. Más adelante, tras dedicar un apartado a los no-lugares, el autor desarrolla la cuestión del exceso de imágenes bajo el epígrafe De lo real a lo virtual. Enumera una serie de ambigüedades, cuando no efectos directamente perniciosos, de nuestra relación con la imagen, sobre todo la televisiva: iguala acontecimientos –los muertos en una explosión seguidos de los resultados de un partido de fútbol-, iguala personas –políticos con estrellas del espectáculo, deportistas con personajes de ficción-, y hace que se difumine la distinción entre lo real y la ficción –la guerra del Golfo parecía un videojuego-. Otro efecto sería la adicción. Esta adicción, como hemos visto, puede aislar al individuo proponiéndole simulacros del prójimo. En esta sustitución de la realidad por la imagen, Augé nos ofrece un ejemplo revelador, que viene muy bien al caso que nos ocupa. “El mundo es recorrido hoy –nos dice- por flujos de población que esencialmente van en sentidos contrarios: los inmigrantes a los que sus dificultades económicas precipitan hacia un mundo occidental, que tienden a mitificar; los turistas, con el ojo pegado a sus cámaras y encandilados, recorren los países que a menudo son

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Ibíd., p. 4. Ibíd., p. 5.

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aquellos de donde parten los inmigrantes”16. Unos y otros, pues, van persiguiendo imágenes y sueños. Me permito añadir que, si bien en el caso del turista le es relativamente fácil encontrárselas allí –entre otras cosas, porque lleva las imágenes consigo-, al emigrante se le suele acabar pronto el espejismo…Sea como fuere, Augé no pretende ser alarmista y, frente a los malos augurios, nos dice que la historia continúa. Es más, tal vez en esta coyuntura comience de verdad, pues es ahora cuando su horizonte es el planeta global. “Y –concluye- tanto si se confirma el sentimiento de déficit simbólico, de debilidad social que nos invade a veces (…), podemos estar seguros de que unas recomposiciones simbólicas y sociales se operarán por vías múltiples e invisibles”17. Pero será Zygmunt Bauman quien, inaugurando este siglo, acuñará el concepto, en mi opinión, más atinado y fértil en connotaciones: modernidad líquida18. Tras recurrir a la Encyclopædia Britannica para “explicar la fluidez como una metáfora regente de la etapa actual de la era moderna” 19, Bauman nos recuerda que en el Manifiesto comunista ya se hablaba de “derretir los sólidos”. Ahora bien, ese espíritu moderno no trataba entonces de liberar al mundo definitivamente de los sólidos premodernos –una sociedad estancada, reacia a los cambios, con pautas congeladas-, sino de reemplazarlos por otros nuevos y, en el fondo, más sólidos y duraderos. Lo que se disolvió, primordialmente, fue toda la trama de relaciones sociales, todos los vínculos de reciprocidad y responsabilidad mutua. “Esa fatal desaparición –dice Bauman- dejó el campo libre a la invasión y al dominio de (como dijo Weber) la racionalidad instrumental, o (como lo articuló Marx) del rol determinante de la economía” 20. Emergió así un nuevo orden, más sólido que los anteriores por su inmunidad a los ataques de cualquier acción que no fuese económica. En la agenda actual, sin embargo, no figura el reemplazar el viejo orden por uno nuevo –añadamos que a pesar de que algunos se aferren a un Nuevo(viejo) orden mundial-. La disolución ahora adquiere un nuevo significado. “Los sólidos que han sido sometidos a la disolución –dice Bauman-, y que se están derritiendo en este momento, el momento de la modernidad fluida, son los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y las acciones colectivas –las estructuras de comunicación y coordinación
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Ibíd., p. 9. Ibíd. 18 Bauman, Zygmunt 2003 [2000]: Modernidad líquida, Madrid, F.C.E. 19 Op. cit., p. 8 20 Ibíd., p. 10

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entre las políticas de vida individuales y las acciones políticas colectivas-”21. Utilizando los conceptos acuñados por Ulrich Beck de “categorías zombies” e “instituciones zombies” –como familia, clase, vecindario, que siguen vivas estando muertas-, Bauman se pregunta si hoy es factible su resurrección, o bien cómo haremos para darles funeral y sepultura decentes. Si hoy hablamos de “fin de la historia”, posmodernidad o sobremodernidad es, según Bauman, porque la relación espacio-tiempo, cuyo cambio es el atributo esencial de la modernidad, parece haber alcanzado su límite. “El poder –dicepuede moverse a la velocidad de la señal electrónica; así, el tiempo requerido para el movimiento de sus ingredientes esenciales se ha reducido a la instantaneidad” 22, lo cual implica que “la mayoría sedentaria es gobernada por una élite nómada y extraterritorial”23. Escurridizo, móvil, portátil, evasivo, fugitivo, líquido, son rasgos actuales del poder, mientras que los que están abajo luchan por conservar y hacer más duraderas sus frágiles posesiones, sus precarios empleos, sus vulnerables vidas. Por ello dice Bauman: “El privilegio de los poderosos de hoy, y lo que los hace poderosos, es la capacidad –al estilo Bill Gates- de acortar el lapso de la durabilidad, de olvidar el largo plazo, de centrarse en la manipulación de lo transitorio y no de lo durable, de deshacerse de las cosas con ligereza para dejar espacio a otras cosas igualmente transitorias y destinadas a consumirse”24. Y más adelante: “Cuerpos delgados y con capacidad de movimiento, ropas livianas y zapatillas, teléfonos celulares (…), pertenencias portátiles y desechables, son los símbolos principales de la época de la instantaneidad. El peso y el tamaño, y especialmente lo gordo (literal o metafórico), culpable de la expansión de los dos anteriores, comparten el destino de la durabilidad. Son los peligros que hay que combatir o, mejor aun, evitar”25.

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Ibíd., p. 12 Ibíd., p. 16 23 Ibíd., p. 18 24 Ibid., pp. 134-135 25 Ibid., p. 137

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El miedo ambiente y la inseguridad social

Un concepto de comunidad definida por sus límites estrechamente vigilados y no por sus contenidos; la “defensa de la comunidad” traducida a la contratación de guardianes armados para custodiar la entrada; los merodeadores y vagabundos promovidos al rango de enemigos públicos número uno; el recorte de las áreas públicas a los enclaves “defendibles” de acceso selectivo; la separación y no negociación de la vida en común y la criminalización de las diferencias residuales: éstas son las principales dimensiones de la evolución actual de la vida urbana. Zygmunt Bauman: Modernidad Líquida, p. 102.

En esa topofílica narración que justamente lleva por título La poética del espacio, Gaston Bachelard aspiraba a “determinar el valor humano de los espacios de posesión, de los espacios defendidos contra fuerzas adversas, de los espacios amados”26, en definitiva, de la casa como espacio feliz. Pues bien: el contrapunto actual de esa entrañable y poética descripción serían las palabras de la cita de Bauman, que enseguida comentaremos. O bien, más atinadamente incluso, el artículo de Hernán Neira titulado La urbe como espacio infeliz, donde el autor, después de esbozar la imagen del espacio infeliz, nos invita a realizar “aquello que Bachelard no vislumbró: la integración de la imagen del espacio doméstico feliz con el espacio común, colectivo y libre”27. Por el momento, tal integración parece bien lejana, en vistas del miedo ambiente que nos acosa. Más concretamente, el miedo a los merodeadores, al mobile vulgus. La ciudad es, en palabras de Richard Sennet, “un asentamiento humano en el que los extraños tienen probabilidades de conocerse”28. Lo hacen en su calidad de extraños, y muy posiblemente, sin dejar de serlo. Por ello en la vida urbana se precisa una rara habilidad, que Sennet denominó “civilidad”, cuyo propósito es, básicamente, “proteger a los demás de la carga de uno mismo” 29. Ahora bien, para que los ciudadanos puedan desarrollar esta destreza, el entorno urbano tiene que ser “civil”, esto es, tiene que ofrecer espacios que pueda la gente compartir en calidad de personæ publica. Eso, como veremos más adelante, es precisamente lo que está en crisis, a saber, los espacios
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Bachelard, Gaston 20003 [1957]: La poética del espacio, Madrid, F.C.E., p. 28 Neira, Hernán : “La urbe como espacio infeliz”, en Cuadernos Salmantinos de Filosofía, Universidad de Salamanca, vol. XXIV, p. 9, 1997 28 Senté, Richard 1978: The Fall of Public Man; citado en Bauman 2003:102-103 29 Ibíd.

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públicos, que en la mayoría de los casos se apartan del modelo ideal del espacio “civil”. “Los esfuerzos por mantener a distancia al otro –dice Bauman-, el diferente, el extraño, el extranjero, la decisión de excluir la necesidad de comunicación, negociación y compromiso mutuo, no sólo son concebibles sino que aparecen como la respuesta esperable a la incertidumbre existencial a la que han dado lugar la nueva fragilidad y la fluidez de los vínculos sociales” 30. “Vivimos sin duda –según Robert Castel31- en algunas de las sociedades más seguras que han existido jamás”. Sin embargo, somos los que más amenazados nos sentimos, los más miedosos. Según este autor, tal inseguridad social se debe a dos novedades: la “sobrevaloración” del individuo al estar liberado de las redes de vínculos sociales, y la consiguiente fragilidad y vulnerabilidad resultantes de carecer de tales redes. Por otro lado, siguiendo con Castel, vivimos el regreso de las clases peligrosas. Pero esta vez no se trata de población excluida temporalmente debido a los ajustes del progreso económico, sino que son aquellos considerados inasimilables, es decir, excedentes y superfluos. Así, el desempleado de hoy, en vez de hallarse en una situación transitoria, da la sensación de que está de sobra, “está a un paso de caer en el agujero negro de los desclasados [underclass]”; éstos y los delincuentes “no son más que dos subconjuntos de los elementos antisociales”, considerados como “marginados a perpetuidad”32. En todo caso, como nos recuerda Bauman, “las ciudades son lugares repletos de desconocidos que conviven en estrecha proximidad”33. Esto acarrea mucha incertidumbre y miedo a lo desconocido, una ansiedad que suele descargarse con aquellos forasteros que encarnan lo imprevisible y, por ello, lo inquietante. Sin embargo, compartir el espacio con ellos, por el hecho de vivir en una ciudad, es una necesidad dada y no negociable; sólo lo es el modo en que se decida satisfacerla. “Cada nueva cerradura que instalamos en la puerta principal –avisa Bauman- (…) no hace sino agudizar nuestra creencia de que el mundo es cada vez más peligroso y temible, y nos induce a adoptar más medidas defensivas” 34. Se trata de un círculo vicioso que genera buenos dividendos, tanto de índole comercial como política. En las campañas electorales la seguridad y el orden público cobran creciente protagonismo. En palabras
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Ibíd., p. 117 Castel, Robert 2003: L’insécurité sociale; Citado en Bauman, 2006:7. 32 Ibíd., pp. 16-17 33 Ibíd., p. 26 34 Ibíd., pp. 42-43

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de Ray Surette, “el mundo, tal y como aparece en televisión, se parece a un rebaño de «ciudadanos borregos» protegido de los «delincuentes lobos» por «policías perros pastores»”35. Enseguida veremos cómo tanto la figura del inmigrante como la del delincuente son en gran medida productos cognitivos, construcciones imaginarias fruto de nuestros miedos e incertidumbres.

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Surette, Ray 1992: Media, Crime and Criminal Justice; citado en Bauman, 2006:44.

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¿Quién no es inmigrante?

Hay Otros que son más Otro que Otros, los extranjeros. Excluir a las personas como extranjeros porque ya no somos capaces de concebir al Otro da testimonio de una patología social. Georges Benko, “Introduction, modernity, postmodernity and social sciences”36

“En la ciudad –dice Manuel Delgado- nadie debería ser considerado intruso, básicamente porque no existe nadie que no lo sea. Todo el mundo es inmigrante, o hijo o nieto de inmigrantes, todos vinieron de fuera alguna vez” 37. Esto es así porque la ciudad no está ni puede estar hecha de otra cosa que de gente de todo tipo, llegada de cualquier lugar. En la ciudad se da, por tanto, un “colosal mecanismo caníbal” 38 que se mantiene con inmigrantes. Son éstos, por tanto, la única solución para asegurar la supervivencia de la ciudad. ¿Por qué, entonces, ver en ellos un problema? Si nos atenemos a estas consideraciones de Delgado -muy cabales, por cierto-, tan sólo deberíamos considerar inmigrante al que “justo acaba de descender al andén, una figura por fuerza efímera, destinada a ser reconocida, examinada y, más pronto o más tarde, digerida por un orden urbano del que constituye el alimento básico, al mismo tiempo que una garantía de renovación y continuidad” 39. ¿Por qué, sin embargo, las cosas no funcionan así? De hecho, insólitamente, para nosotros inmigrante viene a ser “aquél que, como todo el mundo, ha recalado en la ciudad después de un viaje, pero que, al hacerlo, no ha perdido su condición de viajero en tránsito, sino que ha sido obligado a conservarla a perpetuidad” 40. No sólo él, hasta sus descendientes han de llevar ese estigma, siendo llamados, contradictoriamente, “inmigrantes de segunda o tercera generación”. ¿Cómo tal atropello a la razón ha llegado a convertirse en denominación consensuada? El caso es que tal atributo no se aplica a todos los que una vez llegaron de fuera. Sólo es aplicable al individuo al que se le suponen una serie de características

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Citado en Bauman, 2003:117. Delgado, Manuel 2002: “¿Quién puede ser «inmigrante» en la ciudad?, en Mugak nº 18, p. 2 38 Ibíd. 39 Ibíd. 40 Ibíd.

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claramente negativas. Para empezar, se le considera extranjero. Pero además es un intruso, pues nadie le ha invitado. Se olvida así que es nuestro sistema económico el que necesita trabajadores poco cualificados que acepten cualquier condición laboral, por precaria que sea. Por ello, también ha de ser pobre. De hecho, no aplicamos el término, v.g., a los ingenieros argentinos de Repsol que trabajan y viven en nuestro país, ni, por supuesto, a los muchos jubilados europeos que habitan nuestras costas. Pero no sólo es inferior en el sentido económico, sino que el inmigrante también lo es en el plano cultural: es un atrasado. Acabamos de ver que los procedentes de países ricos nunca son considerados inmigrantes, y si se agrupan en comunidades se consideran colonias y no minorías étnicas. Descubrimos así, de la mano del fino análisis de Delgado, cómo el calificativo étnico -cultismo que ha cuajado en el lenguaje común y aparentemente neutro en sus connotaciones- “sirve para ser asignado únicamente a producciones culturales pre- o extra-modernas”41 –los gitanos son una etnia, los catalanes no-, con lo que conlleva una cierta minusvalía cultural. Añadamos que el inmigrante suele ser excesivo en número, por lo tanto, alguien está de sobra. Por último, el inmigrante ha de ser peligroso, tanto para la seguridad de las personas como incluso para la integridad de la cultura receptora. “En resumen –dice Delgado-, el llamado inmigrante va a reeditar la imagen legendaria del bárbaro: el extraño que se ve llegar a las playas de la ciudad y en el que se han reconocido los perfiles intercambiables del náufrago y del invasor” 42. La figura del inmigrante esta revestida de ambigüedad, pues, siendo un extraño, vive a nuestro lado, está aquí sin dejar de estar allí. Peor aun, no está ni aquí ni allí. Se trata de la “doble ausencia” de la que habla Abdelmalek Sayad 43. O bien de la liminalidad a la que Turner se refiere cuando describe esa fase de los ritos de paso en las que se han perdido las señas de identidad, pero aun no se es un iniciado 44. “Conceptualmente –dice Delgado- aparece emparentado con las imágenes análogas del traidor, del espía o, en la metáfora organicista, del cuerpo extraño que hay que extraer, del virus, del germen nocivo, o, por su crecimiento desmesurado y sin control, de la lesión cancerígena”45. Ahora bien, no todos los inmigrantes son iguales; existen grados de inmigridad. En el límite inferior estarían los inmigrantes totales, los “sin papeles”, un colectivo
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Ibíd., p. 4 Ibíd. 43 Véase nota 5 44 Véase nota 4 45 Op. cit., p. 7

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siempre a mano para cargar con toda clase de culpabilizaciones, los chivos expiatorios. También hay otros que, pese a estar integrados, sufren algún tipo de inadaptación cultural. Suelen ser personas que proceden de zonas rurales y deprimidas dentro del propio Estado. Son los paletos o pueblerinos, los xarnegos en Cataluña o maketos en el País Vasco. Se les puede llegar a ver como perturbadores de la identidad cultural de la comunidad que les acoge, bien sea por sus costumbres, lengua o temperamento distintos.

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Del campo a la ciudad… ¿y viceversa?

El progreso (…) una especie de juego de las sillas en el que la más pequeña distracción comporta una derrota irreversible y la exclusión sin concesiones. Zygmunt Bauman, Confianza y temor en la ciudad46

Decía Caro Baroja, en un artículo en el que analizaba los diferentes tópicos que se han manejado en la valoración del mundo rural, que “no cabe duda de que la ciudad triunfa, la ciudad reina, la ciudad impera como el Ángel Exterminador. Pese a los tópicos y alabanzas de aldeas, más o menos idealizadas” 47. Como bien saben los demógrafos, el crecimiento urbano en la Europa del siglo XIX está directamente relacionado con la migración interna de cada país. Se habla así de “«gigantescas migraciones» desde las áreas rurales hacia los nuevos núcleos mineros, las áreas portuarias y las fábricas textiles y metalúrgicas de las ciudades británicas, francesas, holandesas o alemanas durante el siglo XIX”48. Hoy las cosas han cambiado, y no porque haya cesado el éxodo rural que, si cabe, se ha acelerado hasta el punto de que en dos décadas, dos de cada tres personas vivirán en ciudades. El cambio del que hablamos es que ya no quedan prácticamente minas y fábricas para acoger a los migrados, de manera que, como dice Jeremy Seabrook, “las ciudades se han convertido en campos de refugiados para los desahuciados de la vida rural” 49. Desahuciados no ya por la sequía o una mala cosecha, sino por la presión que sobre el campo, como sobre cualquier ámbito, ejerce la globalización. No obstante, parece vislumbrarse una esperanzadora luz al final del túnel en ciertas nuevas corrientes que proponen el retorno al mundo rural. No me refiero solamente a las políticas de desarrollo rural, algunas tan acertadas como la de Cuba, donde en cada minúscula aldea, en contraste con las restricciones materiales que impone el embargo, se dispone de todo lo necesario en cuanto a sanidad y educación –en

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Bauman, 2006:41 Caro Baroja, Julio: “En torno al mundo rural”, en Política y Sociedad, 8, Madrid 1991, p. 12 48 Capel, Horacio 1997: «Los inmigrantes en la ciudad: crecimiento económico, innovación y conflicto social», en Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, Universidad de Barcelona, nº 3, p. 2 49 Seabrook, Jeremy 2004: Consuming Cultures; citado en Bauman, 2006, p. 48

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algunos casos, incluso universitaria-. Por lo demás, hoy parte del problema está resuelto con la comunicación vía Internet, que hace que hasta la más remota aldea pueda estar intercomunicada, aunque, como dice Bauman, “a nuestro planeta todavía le falta mucho para llegar a ser la «aldea global» de la que habla Marshall MacLuhan”50. Las corrientes a las que me refiero son los llamados neo-rurales. “Este movimiento neo-rural –dice Laliena51- está cuestionando el modo de utilización social de los recursos y modelos culturales. Como un movimiento de carácter societario, defiende un modo de empleo social de valores morales opuesto al modo que defiende y trata de imponer su adversario social, en este caso el avance del mundo urbano frente a lo rural o la vida en el campo”. En general puede decirse que “tienen sus referentes en ideas ecologistas, gandhianas… todas ellas de acuerdo con valores de naturaleza posmaterialista: de ahí las opciones por el desarrollo sostenible y mayor énfasis en la problemática medioambientalista, frente a un modelo productivista de gestión del territorio”52. En otro informe53 se estudian los rasgos comunes de mayor relevancia a la hora de dibujar un perfil del neo-rural. Cambio de vida con respecto a la urbana que abandonan; defensa de valores medioambientales y deseos de una vida más sencilla y “natural”, centrada en el desarrollo personal y nuevas formas de convivencia; valoración del tiempo libre, conjugado con el carácter emprendedor en actividades laborales; deseos de levantar o reformar su propia casa, que es parte relevante del imaginario neo-rural, etc. La cuestión es si todos estos buenos y hippies deseos se extienden más allá de esa pequeña burbuja que con su aliento los neo-rurales consiguen inflar, pues, por desgracia, hay un poderoso enemigo siempre dispuesto a pincharla. Como dice Bauman, “el único contexto a partir del cual debe estudiarse todo lo rural, para poder ser descrito y explicado correctamente, es el contexto del planeta”54. Incluso cuando las cosas parecen marchar bien, como cuando, por ejemplo, se incrementa la producción agrícola, algo no cuadra. Como concluye Elbert van Donkersgoed, “los beneficios que produce la agricultura se están acumulando en otros sectores de la economía. ¿Por qué? Por obra de la globalización”55. En España tenemos el caso de la agricultura ecológica, actividad en progresivo crecimiento a la que se dedican muchos neo-rurales, y cuyos beneficios rara
50 51

Bauman, 2006:45 Laliena, Ana Carmen 2004: « El movimiento neo-rural en el Pirineo Aragonés. Un estudio de caso: la asociación Artiborain”, en Informes 4, C.E.D.D.A.R., Zaragoza; p. 15 52 Ibíd., p. 16 53 VV. AA.2004: “Neorrurales: dificultades durante el proceso de asentamiento en el medio rural aragonés. Una visión a través de sus experiencias”, en Informes 3, C.E.D.D.A.R., Zaragoza 54 Bauman, 2006:45 55 Citado en Bauman, 2006:46

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vez revierten en el desarrollo rural del entorno regional; cabría decir que ni siquiera en el nacional, pues prácticamente toda la producción se exporta –sobre todo a Alemania- o se la benefician las grandes superficies. Otro tanto puede decirse de los cultivos transgénicos, que invaden y colonizan mediante la polinización espontánea los espacios circundantes, cruzándose con los cultivos autóctonos, y acabando con la biodiversidad. Triste metáfora agrícola del poder homogeneizante de la globalización. El mercado global, inevitablemente, impone sus reglas sin fronteras.

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Espacios preocupados

Las fronteras no se trazan para separar diferencias, sino que, por el contrario, cuando se trazan las fronteras es precisamente cuando surgen de improviso las diferencias, cuando nos damos cuenta y tomamos conciencia de su existencia. Zygmunt Bauman, Confianza y temor en la ciudad56

De vuelta a la ciudad, ese lugar donde los extraños se encuentran con extraños, observamos con Bauman que las nuevas tendencias urbanísticas no van precisamente en la línea de fomentar los espacios públicos lo suficientemente hospitalarios como para permitir la práctica de esa difícil destreza que Richard Sennet había denominado civilidad. Por el contrario, proliferan en nuestras urbes espacios públicos no civiles de diversa índole. Bauman nos describe hasta cuatro categorías diferentes de lugares que permiten que uno se desentienda de los extraños que le rodean. En primer término estarían los lugares émicos (de e)/metoj, “vómito”). El término está tomado de la distinción que hacía Lévi-Strauss en Tristes trópicos entre antropoemia y antropofagia como dos estrategias para enfrentar la otredad, dicotomía que le inspiró la comparación de nuestro sistema judicial con el canibalismo practicado por ciertas culturas 57. Como ejemplo de lugar émico nos indica el monumento construido por François Miterrand denominado La Defénse, en la ribera derecha del Sena. Un lugar especialmente inhóspito donde “todo lo que está a la vista inspira respeto pero desalienta la permanencia”58. Edificios enfundados en cristal espejado que devuelve la mirada, impenetrables, en una plaza sin bancos ni árboles que den sombra. Como variantes extremas de la estrategia émica tendríamos los “espacios vedados”, innovaciones arquitectónicas y urbanísticas de las ciudades estadounidenses, que describe Steven
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Bauman, 2006:61 “Estudiándolas desde afuera, uno se siente tentado a oponer dos tipos de sociedades: las que practican la antropofagia, es decir, que ven en la absorción de ciertos individuos poseedores de fuerzas temibles el único medio de neutralizarlas y aun de aprovecharlas, y las que, como la nuestra, adoptan lo que se podría llamar la antropoemia (del griego emeín, 'vomitar'). Ubicadas ante el mismo problema han elegido la solución inversa que consiste en expulsar a esos seres temibles fuera del cuerpo social manteniéndolos temporaria o definitivamente aislados, sin contacto con la humanidad, en establecimientos destinados a ese uso. Esta costumbre inspiraría profundo horror a la mayor parte de las sociedades que llamamos primitivas; nos verían con la misma barbarie que nosotros estaríamos tentados de imputarles en razón de sus costumbres simétricas”, Lévi-Strauss, Claude 1988 [1955]: Tristes trópicos, Barcelona, Paidós; pp. 441-442 58 Bauman, 2003:104

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Flusty, “destinados a interceptar, repeler o filtrar a los posibles intrusos” 59. Son los sustitutos modernos de los fosos y murallas medievales. Algunos de los inventos mencionados por Flusty son el “espacio resbaladizo”, “lugar que no puede alcanzarse porque le faltan las vías de acceso o éstas son demasiado largas o deformes”; el “espacio espinoso”, “donde no puedes instalarte cómodamente, pues lo defienden artilugios tales como aspersores montados en las paredes que se activan para echar a los merodeadores, o alféizares inclinados para evitar que la gente se siente”; o el “espacio del miedo”, “donde no puedes entrar sin pasar desapercibido a causa de la vigilancia continua de patrullas, alarmas conectadas a comisarías, o ambas cosas a la vez” 60. Pero prosigamos con la categorización que hace Bauman de los espacios públicos no civiles. Una segunda categoría, que desarrollaría la estrategia fágica, son los llamados “templos del consumo”, espacios que invitan a la acción pero no a la interacción. Paradójicamente, son lugares que suelen estar atestados de gente, pero no hay nada en ellos de colectivo, pues, como dice Bauman, “el consumo es un pasatiempo absoluta e irredimiblemente individual”61. Los encuentros que inevitablemente se den en tal espacio han de ser breves y superficiales. Cuando se entra en un lugar así da la sensación de estar en otro mundo. Es algo similar al barco del que habla Michel Foucault, “un pedazo de espacio flotante, un lugar sin lugar, que existe por sí mismo, que está cerrado sobre sí mismo y entregado al mismo tiempo a la infinitud del mar”62. Tras este “lugar sin lugar”, Bauman, siguiendo a Marc Augé, nos describe los “no-lugares”. “Si un lugar –dice Augé- puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no-lugar”63. Para este autor, la sobremodernidad es productora de no-lugares64. Ejemplos serían los aeropuertos, autopistas, el transporte público… Similares en cierto modo a La Defénse, los no59 60

Flusty, Steven: “Building Paranoia”; citado en Bauman, 2006:31 Ibíd., p. 32 61 Bauman, 2003:105 62 Foucault, Michel 1986: “Of other spaces”; citado en Bauman, 2003:107 63 Augé, Marc 20005 [1992] Los no lugares. Espacios del anonimato, Barcelona, Gedisa; p. 83 64 “Un mundo donde se nace en la clínica y se muere en el hospital, donde se multiplican, en modalidades lujosas o inhumanas, los puntos de tránsito y las ocupaciones provisionales (las cadenas de hoteles y las habitaciones ocupadas ilegalmente, los clubes de vacaciones, los campos de refugiados, las barracas miserables destinadas a desaparecer o a degradarse progresivamente), donde se desarrolla una apretada red de medios de transporte que son también espacios habitados, donde el habitué de los supermercados, de los distribuidores automáticos y de las tarjetas de crédito renueva con los gestos del comercio «de oficio mudo», un mundo así prometido a la individualidad solitaria, a lo provisional y a lo efímero, al pasaje, propone al antropólogo y también a los demás un objeto nuevo cuyas dimensiones inéditas conviene medir antes de preguntarse desde qué punto de vista se lo puede juzgar” (Augé, 2000:83-84)

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lugares se distinguen porque “aceptan la inevitabilidad de una permanencia prolongada de extraños”, cuya presencia, por otro lado, se diferencia muy poco de la ausencia; allí “todo el mundo debe sentirse como en su casa –dice Bauman-, aunque nadie debe comportarse como si estuviera en su casa”65. Hemos visto, pues, lugares especializados en vomitar, devorar o alejar las diferencias; pero también pueden ser borradas de la vista. Son los “espacios vacíos”, que describen Jerzy Kociatkiewicz y Monika Kostera. Vacíos sobre todo de sentido. Son los lugares no colonizados, aquellos que quedan fuera del mapeado que nos hacemos de la ciudad, porque, como dice Bauman, “para que un mapa «tenga sentido», algunas de las áreas de la ciudad deben ser descartadas, ser carentes de sentido y –en lo que al significado se refiere- poco prometedoras. Recortar estos lugares permite que los demás brillen y estén colmados de sentido”66. En los espacios descritos hasta ahora, realmente preocupados y preocupantes, se pone en evidencia “una patología del espacio público que da como resultado una patología de la política: la decadencia del arte del diálogo y la negociación, la sustitución del enfrentamiento y el compromiso mutuo por las técnicas de escape” 67. Otra patología relacionada directamente con la anterior es la que Bauman bautiza con el nombre de mixofobia. “La mixofobia –dice- se manifiesta por la tendencia a buscar islas de semejanza e igualdad en medio del mar de la diversidad y la diferencia”68. También Augé da cuenta de ello, y de las contradicciones que encierra: “la aparición en algunos continentes de barrios privados, hasta ciudades privadas, y en todas las grandes ciudades del mundo de edificios superprotegidos con sus puentes levadizos electrónicos, demuestra que para muchos, lo que llamamos planetarización, corresponde a un intento contradictorio, y en ciertos aspectos un poco irrisorio, de conciliar el repliegue del cuerpo al abrigo de fronteras estrechas y el vagabundeo de la mirada a través de las imágenes del mundo o el mundo de las imágenes”69 De todos modos, lo que aparece claro y distinto en los planteamientos teóricos, por agudos que sean –como, en mi opinión, lo son los precedentes-, tiende a ser más confuso en la praxis cotidiana. Si aterrizamos ahora en alguno de los espacios que ocupan y preocupan a los inmigrantes, veremos hasta qué punto resultan desencajados
65 66

Bauman, 2003:110-111 Bauman, 2003:113 67 Ibíd., p. 119 68 Bauman, 2006:33 69 Augé, 1999:7

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los intentos de categorización. Por poner un ejemplo emblemático, examinemos por un momento los conflictos que actualmente se viven y se gestan en un lugar de larga tradición conflictiva: el Chicano Park de la ciudad de San Diego. Pongámonos en antecedentes. El Logan Heights o Barrio de Logan de la ciudad de San Diego se ha ido poblando con inmigrantes mexicanos ya desde 1890. Los conflictos entre la comunidad chicana y el gobierno de la ciudad pueden remontarse a los comienzos de la segunda guerra mundial, cuando la armada estadounidense estableció una base que bloqueaba el acceso que el barrio tenía a la costa. En los años ‘50 fue designado “zona para el uso mezclado” de residencias e industria (no deja de ser un sarcasmo que una medida claramente mixofóbica haga referencia al “uso mezclado”). Llegaron así al barrio mecánicos y “yonqueros” (chatarreros dedicados a los desguaces), y lo llenaron de ruido y polución, poco compatibles con un barrio residencial. En 1963 se construyó una autopista que partió el barrio en dos. Por entonces había surgido el Movimiento Chicano, inspirado en los movimientos por los derechos civiles de negros y mujeres, que surgieron en los años ’60. Consiguieron la promesa del ayuntamiento de construir un parque público bajo el puente de la autopista para compensar los daños. Pero el 22 de abril de 1970, un vecino vio un bulldozer en ese lugar que estaba iniciando la construcción de un estacionamiento para la policía de carretera. En ese día, más de 250 personas tomaron el lugar, unos haciendo cadenas humanas alrededor del bulldozer, otros plantando árboles y cactus. Tras doce días de ocupación, los manifestantes se organizaron en el llamado Chicano Park Steering Committe y llegaron a un acuerdo por el cual, por fin, se construiría el desde entonces llamado Chicano Park, que fue terminado el 1 de julio. La fecha del 22 de abril es recordada con una fiesta que conmemora el día de la reivindicación. A partir de 1973, el puente se llenó de murales, que han dado fama internacional al parque. Pero desde finales de los ’90, y a pesar de que ciertos grupos intentan mantener su presencia organizando la fiesta anual, el parque ha sido progresivamente abandonado por los vecinos, debido a la inseguridad que produce la llegada de gangsters y desahuciados de la ciudad. Hoy, como era de esperar en estos tiempos, el Chicano Park “fait l’objet de l’interêt des promoteurs immobiliers qui voient dans ce quartier, situé aux côtés du centre financier de la ville, un fort potentiel d’investissement”70. Por ello se han organizado debates con los residentes con

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Le Texier, Emmanuelle 2005: “Minorités et espace public dans la ville: Le "Chicano Park" à San Diego (California)”, en Les Cahiers du C.E.D.E.M., Université de Liège ; pp. 4-5

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la finalidad de revitalizar el Barrio Logan, lo cual, en última instancia, implica “l’arrivé de nouveaux habitants (gentrification) et la privatisation du parc” 71. Analicemos la trama de sucesos de acuerdo con las categorías que venimos manejando. Parece claro que tras varios intentos por parte de las autoridades de aplicar estrategias de tipo émico, en la actualidad han dado un giro hacia una estrategia de tipo fágico. Pero, ¿qué puede decirse de las estrategias empleadas por los residentes? Nos hallamos ante una compleja situación. Los que en principio podíamos considerar como inmigrantes, han sido, como tales, víctimas de la mixofobia que Bauman describe. Mas enseguida ellos mismos se transforman de algún modo en agentes de la misma mixofobia, cuando bautizan al parque como Chicano, llegando, en un gesto evidentemente reconquistador, a erigir la bandera de Aztlán. El embrollo es tal que así: se han apropiado de un espacio público, al cual consiguieron hacer público frente a los intentos de privatización por parte de las autoridades. Para rizar el rizo, mientras las autoridades adoptan una estrategia fágica hacia ellos, los residentes han optado por una estrategia émica72 tanto, primero, con los “yonqueros” (en las manifestaciones había pancartas de Barrio sí, Yonques no), como, en los últimos tiempos, con los

desahuciados que pueblan el parque. Esto me recuerda a la que ha sido premiada -¿es una señal esperanzadora?- como película del año 2006, Crash, donde se muestran los múltiples pliegues del racismo, que nos afecta a todos, pues siempre hay un otro que vomitar para el otro que nosotros vomitamos.

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Ibíd., p. 5 Aunque es el término al uso, sería preferible decir emética, para no confundir con la cuestión de la diferencia de perspectivas emic/ etic

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Liquidaridad

La ciudad de Leonia se rehace a si misma todos los días: cada mañana la población se despierta entre sábanas frescas, se lava con jabones apenas salidos de su envoltorio, se pone batas flamantes, extrae del refrigerador más perfeccionado latas aún sin abrir, escuchando las últimas retahílas del último modelo de radio. En los umbrales, envueltos en tersas bolsas de plástico, los restos de la Leonia de ayer esperan el carro del basurero. No solo tubos de dentífrico aplastados, bombillas quemadas, periódicos, envases, materiales de embalaje, sino también calentadores, enciclopedias, pianos, juegos de porcelana: más que por las cosas que cada día se fabrican, venden, compran, la opulencia de Leonia se mide por las cosas que cada día se tiran para ceder lugar a las nuevas. Tanto que uno se pregunta si la verdadera pasión de Leonia es en realidad, como dicen, gozar de las cosas nuevas y diferentes, y no más bien el expeler, alejar de sí, purgarse de una recurrente impureza. Cierto es que los basureros son acogidos como ángeles, y su tarea de remover los restos de la existencia de ayer se rodea de un respeto silencioso, como un rito que inspira devoción, o tal vez sólo porque una vez desechadas las cosas nadie quiere tener que pensar mas en ellas. Italo Calvino, Las ciudades invisibles73

De la mano de Bauman hemos recorrido los espacios del miedo, la inseguridad y la mixofobia, y con él hemos llegado a este final, por fuerza inconclusivo, para esbozar siquiera un apunte que se asome al que estimo que es el corazón del asunto -o mejor, su falta de corazón-. Tanto Bauman como Augé nos han señalado al individualismo extremo como origen de los miedos modernos, daños colaterales de la ruptura de los lazos de parentesco y vecindad. En la modernidad sólida para vencer el miedo se intentaron sustituir esos vínculos por otros artificiales, como asociaciones, sindicatos, etc. “La solidaridad –dice Bauman- ocupó el lugar de la pertenencia, erigiéndose en la principal defensa contra los avatares de una existencia cada vez más azarosa”74. Pero ahora estamos en la modernidad líquida, y “ha llegado la hora de aflojar, desmantelar o romper los mecanismos de protección artificiales y dirigidos” 75. Vivimos, pues, la disolución de la solidaridad, que se está convirtiendo también en una “categoría zombie”. Neologismo por neologismo, digamos que ha llegado la hora de la
73 74

Calvino, Italo 1998: Las ciudades invisibles, Buenos Aires, Minotauro; pp. 40-41 Bauman, 2006:13 75 Ibíd.

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liquidaridad. Un neologismo, evidentemente, deudor de los de Bauman. Con este término me refiero, en el orden social, a la paulatina liquidación del Estado de bienestar y de la solidaridad, y en el orden personal a la llegada del hombre suelto, el que ha disuelto y liquidado todos los vínculos, el que ha desatado todos los lazos. Precisamente este es el héroe de otro atinado libro de Bauman, Amor líquido, al que él bautiza Der Mann ohne Verwandtschaften, el hombre sin vínculos. Se trata de un hombre que, en vez de “relaciones”, establece “conexiones”. “A diferencia –dice Bauman- de las «relaciones», el «parentesco», la «pareja» e ideas semejantes que resaltan el compromiso mutuo y excluyen o soslayan a su opuesto, el descompromiso, la «red» representa una matriz que conecta y desconecta a la vez (…) En una red, las conexiones se establecen a demanda, y pueden cortarse a voluntad”76 Relaciones en las que “uno siempre puede oprimir la tecla delete”77. Tan sensato e higiénico como un kleenex: de usar y tirar. Tanto, que uno se pregunta, como en el caso de los habitantes de Leonia, si la verdadera pasión está en gozar de relaciones nuevas y diferentes, “y no más bien el expeler, alejar de sí, purgarse de una recurrente impureza”. La paradoja está, como en Leonia, en la compulsión circular del usar y tirar. El hombre suelto quiere estar suelto…para poder liarse con soltura, liarse sin ataduras. ¡Vaya oxímoron! Este ambiguo tira y afloja es ingrediente esencial de la vida urbana. La ciudad, a la vez, atrae y repele. “La concentración masiva de desconocidos –dice Bauman- es un repelente y, a la vez, un imán potentísimo que atrae a legiones de hombres y mujeres cansados de la monotonía de la vida rural o provinciana, hartos de la uniformidad cotidiana, y aburridos de la escasez de expectativas que conlleva” 78. En la ciudad, como en el interior de las personas que la habitan, conviven la mixofilia y la mixofobia. Queremos estar sueltos y puros… pero así nos aburrimos. Y buscamos el enredo y la mezcla, el cóctel que nos da marcha… pero también nos contamina y nos asusta. Bauman piensa que los espacios públicos “son los únicos donde la atracción tiene la posibilidad de desbancar a la repulsión y hasta neutralizarla” 79. Tal vez tengamos que rescatar el ágora de la polis griega, ese lugar de encuentro y fusión de horizontes, ese crisol de diferencias que, no lo olvidemos, constituye la matriz de nuestra civilización. “El trato con la diferencia –sostiene Bauman- se convierte con el
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Bauman, Zygmunt 2005 [2003]: Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Madrid, F.C.E.; prólogo. 77 Ibíd. 78 Bauman, 2006:36 79 Ibíd., p. 57

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tiempo en el factor primordial para una coexistencia agradable, puesto que hace languidecer y suprime las raíces urbanas del miedo”80.

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Ibíd., p. 57

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