RELIGIÓN Y ESTADO Joaquín Córdova Rivas “Con un homenaje solemne en Domrémy-la-Pucelle, la comuna francesa donde nació Juana

de Arco hace 600 años, el presidente Nicolas Sarkozy en nombre de Francia rendirá homenaje a la figura mítica de su historia militar y religiosa, quemada en 1431 y cuya existencia siempre inspiró al cine, la literatura, el arte y la política.” Agencia EFE. La “historia” de la humanidad está llena de mitos religiosos que, curiosamente, las iglesias son las más reacias a reconocer, aunque, a final de cuentas, son las primeras en sacarles jugo. Dicen los historiadores franceses que Juana de Arco es el único mito fundacional con que cuenta su país que se convirtió en mundial, de allí su aparición profusa en la literatura, la escultura, la arquitectura ―existen miles de plazas y calles llamadas Jeanne d'Arc―, la ópera, el teatro y el cine. Además ese mismo mito de la doncella que guía ejércitos hasta la victoria aparece en otras culturas, como la canadiense y la coreana. A pesar de su raigambre popular fue, según la tradición, quemada por graves acusaciones en su contra, decir que la iglesia católica tuvo un papel importante en esta historia es decir lo menos, basta advertir que tuvo que rectificar y ser rehabilitada por la misma iglesia 25 años después de su muerte, hasta que en 1920 ―a 486 años de esa fecha― fue canonizada por Benedicto XV. Aún así, la historia y el mito se confunden, a grado tal que el mismo filósofo francés Voltaire “la resucitó no muy positivamente en un poema épico con episodios cómicos, donde narraba como se esforzó por salvar su virginidad y luego, en sus escritos históricos, en los que consideró que su existencia fue fruto de una intriga". Pero estamos ejemplificando con Francia, un país que teniendo un presidente católico ―Giscard D’Estaing― despenalizó el aborto porque, argumentó, una cosa eran las creencias personales y otra las políticas de Estado. Por eso el primer mandatario Sarkozy se puede dar el lujo de participar en un evento que recuerda a la doncella de Orleans. Pero la historia de la Nueva España no es igual, la conquista comenzó con un genocidio y con la imposición violenta de un nuevo dios a cargo de órdenes religiosas con una larguísima experiencia en el disfrute desmedido del reino terrenal,

con sus escasas y notabilísimas excepciones. Aquí, el papel de la iglesia católica es, por lo menos, muy polémico, siempre se ha asociado a causas impopulares, del lado de los poderosos en turno, olvidándose de su función supuestamente liberadora y a favor de los desposeídos, para que salgan de su situación, no para que se eternicen mansamente en ella. En este contexto, la visita de ―¿Estado, religiosa?― del papa Benedicto XVI tiene como antecedente inmediato la propuesta de reforma al artículo 24 constitucional, ya aprobada por los diputados federales y pendiente de dictamen en la de senadores. El proceso de cambio, si es que se logra, no será terso ni carente de discusiones; el día primero de febrero, en la prensa escrita nacional, apareció un desplegado, a página completa, firmado por personalidades y organizaciones no gubernamentales, su posición puede resumirse en los puntos 2 y 5: “La reforma al 24 constitucional es una meta acariciada por la jerarquía católica interesada en recuperar privilegios que le reportarían beneficios inmensos en los campos de la educación pública y la posesión y control de los medios masivos de comunicación, y en perjuicio de otras creencias religiosas, de la población católica que no comparte la visión dogmática de la jerarquía eclesial y de quienes no profesan ninguna religión… La mejor manera de garantizar no sólo la libertad religiosa sino la igualdad entre todos los creyentes es un Estado laico, que regule los actos sociales emanados de las creencias religiosas y no privilegie a ninguna religión ni se oponga a ella. El Estado laico, que va más allá de la separación entre el Estado y las iglesias, establece la igualdad real y la no discriminación a partir de la autonomía de lo político frente a lo religioso”. También son cinco el número de exhortos que hacen, rechazando la reforma del artículo 24 y pidiendo “la laicidad como garantía esencial de la República Mexicana” a incluirse plenamente en el artículo 40 de la misma Constitución. Vamos a ver en qué termina el estira y afloja, porque en plena época electoral todos los partidos saben que declararse a favor de la visita papal, por inoportuna que sea, les garantiza la simpatía de buen número de votantes, aunque se empate con el capricho calderonista de “regalarle” la reforma al 24 a Benedicto XVI, sin importarle las consecuencias, total, ya se va.