PURO INCENDIO

¡Cuánto más evolucionados que nosotros fueron los inventores del fuego! (Adolfo Bioy Casares)
fuego imparable de mil acorazados del infierno le corría rapazmente por la carne del cuerpo. En su caluroso interior, un motor autosuficiente rugía silenciosamente con los simples y característicos sonidos de un hombre refulgente. Y ese horno interior, en el que se cocinaban día tras día las hormonas de un tipo súper caliente, la cocción de a poquito lo doraba, lo dejaba al dente, casi listo.
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El semblante de este tipo flamígero, a pesar de padecer en carne viva una anómala abstinencia sexual mutiladora, era tan real y tangible, tan verídico y suave como cualquier otro pétalo delicado. Inclusive sus ojos le brillaban corrientes y anegados cuando la tristeza de mil huracanes muertos lo invadía. Sin embargo cuando se enfrentaba cara a cara con mujer cualquiera, sus dedos se contraían punzantes en la palma, porque él llevaba a un Peter Pan misógino por dentro, porque más allá de tener el rostro de un hombre maduro, él se estaba retrayendo hacia una vejez infantil. La historia de este desdichado comienza cuando él era joven, es decir, cuando fue anciano. Porque contraria e inexplicablemente a todo el mundo, a todo humano, él había nacido con ochenta y dos años de genética edad, llenito de arrugas y diálisis y suero. Hijo de una inverosímil madre de quince meses y de un padre que nunca existió, él, al ser escupido por su vientre progenitor, había espantado a los doctores con sus cicatrices profundas y sus órganos vetustos, con sus salivas que chorreaban y sus ojos que no observaban correctamente: ¡Niagaras!. En lo que podría decirse su infancia, el vivió enchufado a maquinarias que lo mantuvieron vivo, que le limpiaron los riñones, y que le dieron aire para sus pulmones. Este hijo inverso de la naturaleza nunca pudo, claramente, llevar una vida ordinaria, con lo que se entiende que sus hormonas hayan recorrido el camino contrario al de cualquiera. Es así, que hoy día, él tiene acumulado en el cuerpo la energía atragantada capaz de destrozarle la

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piel a cualquier mujer, ya que sus caricias no son del todo caricias, son más bien zarpazos bestiales que pueden lacerar hasta el olvido. Luego de pasar años en el puro cautiverio personal, él, no hace mucho tiempo que se ha atrevido a recorrer los rincones que el viento olvida limpiar. Y posteriormente a atravesar una tercera y una segunda edad oprimidas por el temor de electrocutar con apenas el sutil tacto, él, hoy, con veinticuatro añitos de puro incendio, y sabiendo que dentro de unos años su vida va a tragarse a sí misma, ha salido a desagotar su caudal de vida tormentoso. Sin embargo sus visitas al mundo exterior no son del todo alentadoras, ya que su corazón cruento se agita por la sola presencia femenina, haciéndolo temblar como a una fogata de espejismo. Con lo que, y sumándolo a su apariencia insólita de choto incurable, no le es muy agradable andar por ahí. Pero para sorpresa suya, e incluso mía, él, en estos días, ha salido a caminar en la lluvia jugando a esquivar los truenos y ha conocido a una dama que, sin embargo, no lo ha conocido a él. Porque él la vio desde todo lo lejos que puede estar el suelo hasta un octavo piso. Y ahí estaba ella, deseando salir a caminar durante la noche, cuando el negro reina prepotente, cuando el mar refleja diez mil millones de lunas en su acunamiento de madre de las mareas, cuando las flores emanan su aroma de fruto primaveral, cuando el cielo obsequia sus destellos difusos. ¿Por qué lo hacía?, ¿por qué salir desprotegida a las fauces de la penumbra glotona? Porque creía fehacientemente que el hombre, que su hombre habitaría en las sombras, en los ecos nocturnos donde la maldad no existe, donde uno verdaderamente camina solo, sin nada ni nadie le interrumpa sus deseos más recónditos y arcanos. Ella estaba convencida de que hallaría la felicidad eterna de su vida en medio de las sombras, en el oscuro lapso que sostiene a los literarios despiertos creando, y que aviva a los pequeños a crecer, o en este caso en particular, a los ancianos a rejuvenecer. Y en ese verano corriente, lleno de sus habituales y clarificantes albas y sus majestuosos ocasos, él caminaba ya entrado el crepúsculo, cuando los ojos disfrutan de cautivar el horizonte donde el astro se esconde y pinta todo de acuarelas nuevas y preciosas. Entonces, escondiéndose a si mismo la dirección de esta mujer que había aparecido, salió a caminar, y haciéndose el distraído pasó por su puerta, bajo su ventana y allí se ancló, allí respiró profundo y enfrentó su terrible miedo hasta que desde la altura so oyó que la ventana se abría. En aquella oportunidad, por inquietud se detuvo a observar a aquel alto edificio que era sostenido por titanes de ocre concreto. Detenido, lo estudiaba con especial atención, como demencial detallista.

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Pétreamente observaba a la ventana del octavo piso. Y de ella se asomaron unas manos delicadas, que se movían como tejiendo un maleficio para quien las había lastimado. Como brujas rencorosas perras arrancaban los miembros coloridos de una margarita desarraigada brutalmente. Uno tras otro caían zarandeándose en el aire tranquilo. Y los ojos de él se detenían en los bellos dedos de esta hembra esperanzada en el amor, que juvenilmente liquidaba desde semejante altura, sentenciando a los pétalos al golpe suave que recibirían. Ahí está ella, decía él para el interior de caverna ígnea, ahí esta, tan preciosa, tan inquieta y sabrosa, pero no me ve, no me ha visto y no me verá. Mientras tanto, más y muchos pétalos llovían desde el alto y lejano octavo piso. Pero el deseo de la mujer lastimada, de que la flor poseyera más miembros descartables para desquitarse, pronto se vino al piso, junto con el largo y cercenado tallo verde. Entonces sus manos se quedaron mudas de movimientos, sin bailar con el aire, como si la fuerza apresante de algún titiritero los manejara a su quieto antojo. Él se mantenía en pie, con los ojos hacia arriba cuando las manos se inquietaron, quizás por recuerdos equivocados o por una gota de melancolía, y la ventana se cerró bruscamente ocultando a las apuestas tejedoras, que lo dejaron casi comatoso, con un susurro en sus labios, con un adiós que se perdía en la vereda y que viajaba hasta los oídos de la mujer equivocada. El súbito desaliento le llenó la carne de trémulos, y su sonrisa estuvo a punto de convertirse en una falsa mueca capaz de convencer a una tonta. ¿Qué podría hacer para remediar esa detestable sensación que lo volvería impotente ante el espejo?… nada, más que esperar a que la portadora de aquellas manos, de aquellas perfectas caricias saliera. Entonces se clavó al suelo sediento y allí permaneció sólido. Y las nubes fueron y vinieron y su agua empantanada le corrió por el rostro inflexible, y la sequedad de las siestas le castigaron la piel tornándosela de bronce e infinita como el desierto. Los días y las estaciones siguieron su rumbo invisible hacia el mañana, y hacia el pasado mañana. Hasta que en una madrugada, en una de esas en que la piel sabe que el vespertino momento es insuperable, las manos aparecieron en lo alto, en el octavo piso la ventana se abrió, y él comenzó a sentir la impotencia contra semejante altura. - Pero… ¡¿qué es esto?! – inquirió él al mundo con un tono de dolor de muelas -. Otra flor para flagelar. Esta mujer está desorientada, su pecho debe de arder con calor de brazas. La dueña de los miembros asomó una nueva víctima de su desamor, otra inocente violácea que pagaría las incesantes dudas por los sentimientos de 3

algún pibe anónimo que era amado u odiado. Y sin más, los pequeños pétalos, de piel de semilla nueva, volaron en la mañana y planearon destripados hasta dar secamente con el suelo que aguardaba por absorberles su sabor dulce de licor de azúcar de frutilla de miel. Todos se acumularon cercanos a él, desparramándose hacia aquí y allá, llenándole el respirar de incesantes baches. Por primera vez en días y noches él se movió de aquella vereda que lo mantenía tenazmente arraigado. Comenzó a recoger todos los miembros que alguna vez constituyeron una flor. Pétalos de todos colores se acumulaban en sus manos, y las secuelas de unos veranos calientes y unos otoños eléctricos sin truenos se les marcaban en la piel, las cicatrices de primaveras verdes e inviernos insufribles aún lloraban en ellos. Ahora las manos que ansiaban acariciar a quien los había degollado se pusieron trepidantes como una gota de terremoto. ¿Qué es esto que me aletea en el estomago, esto que me llueve en las piernas?, se preguntó él. ¿Qué será esta preciosa situación que me hace sentir inseguro? … Era claramente consciente de que se había enamorado de la mujer que se lamentaba y arrojaba sus lágrimas disfrazadas. Decidido afrontar tu temor más dañino; así que juntó sus manos resguardando el contenido, y se adentró en aquel edificio de cuevas de coral. Se paró junto al ascensor y oprimió el botón. Subió hasta el octavo piso y golpeó la puerta quedamente. Una mujer con ojos río y cejas matorral le abrió. - Hola ¿En qué puedo ayudarte? - dijo ella con una voz triste y decaída, suficiente para dormir a cualquier oyente interesado en el letargo prolongado y profundo. - Te traigo buenas noticias, he encontrado tus pertenencias, afuera en la calle, en el frío que arde en la piel, en el calor que irrita la excitación, en el frescor que alimenta las praderas, en el ocaso dorado. Te traigo tus lágrimas vegetales para que juntos las arrojemos al fuego estentóreo. Ella observó disimuladamente las largas manos del joven que enfrente se le paraba sonriente, y reconoció los frutos de su duda, de su incesante tristeza. - ¿Puede pasar? – le preguntó él. - No creerás que voy a dejarte entrar en mi casa. Él la miró profundamente, con sus ojos sinceros sin maldad le sacó aquellas lagañas antiguas que se habían juntado bajo la fuente salina y con una gesticulación irresistible, que hasta a mí me sedujo, le contempló en lo más profundo de los ojos.

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- ¡No voy a responderte! – le contestó y pasó junto a su cuerpo entrando en su departamento. Se sentó en una silla y dejó que los bastardos pétalos cayeran sobre la mesa que recibía el reflejo de la noche temprana. Ella supo que algo no era común, que ese muchacho no era común… sin detenerse ante la intriga accedió a tenerlo como huésped, a aceptarlo en su hogar solitario de fragancias masculinas. - ¿Qué vas a hacer con ellos? ¿Pensás dejarlos ahí para que se me revuelvan las tripas?. - Claro que no, no te anticipés - le dijo sonriendo, mostrando un raro humor digno de no ser cómico -. Los he traído para que los destruyamos. Ya fue suficiente daño el que has padecido criatura hermosa. Pero qué clase de ser humano haría tal cosa, se preguntaba ella, intimidada y atacada. Por supuesto, este ser no tan humano, era el único apto para hacer tal propuesta, ya que los años más infantiles de su vejez lo habían dotado de un encanto abrumador. Ella, asaltada por una súbita sorpresa se sonrojó en sus mejillas ahora de tomate deshidratado, se humedeció los labios con apenas una seca saliva de lengua muerta y garganta árida, y simuló no haber sido afectada por el elogio magistral que era perpetrado por una mente que le llevaba años y años en esto, que sin embargo era tan elocuente como la mejor, como una que nace de una placenta de poeta lisonjero. - Recuerdo cuando te vi por primera vez, tus cabellos mecidos por una mano suave de estío, danzando como nubes pardas que disfrutan del sutil empellón… la memorable imagen de una diosa presa en la torre de vidrio, resguardada de los peligros del bigote, me resulta gratificante por las noches. - Agradezco que tu fisgoneo sea tan dulce a mis oídos – respondió sorpresivamente ella, sin pensarlo; claro, quién diría esto a quien la observa incansable en la acera. - Te agradezco yo a vos por asomarte a la ventana. La noche era ya oscura y profunda; ella estaba cómoda, sincera consigo misma, entonces sabía que la tan deseada penumbra por fin daría su fruto. Y así se percibió algo denso en la habitación, algo como una melosa marea iba y venía con rapidez y agitación, con dulce aroma de mujer. Y sus miradas comenzaban a golpearse como truenos, emitiendo los sonidos de una bestial tormenta. - ¿Qué hacemos con tantos recuerdos y propagandas de expectativa? ¿Qué hacemos con ellos, los quemamos, o preferís recordar tu dolor en su color?. 5

- ¡Al horno… urgente!… a la hoguera, que ardan y chillen agudo para no poder detectarlos. Pero quiero ser valiente y hacerlo yo misma, quiero que junto con ellos, todos esos peores momentos, se incineren sin pedir perdón – manifestó ella sonriéndole escondidamente. - Así se hará entonces, apresurémonos a dejar atrás aquello que nos convulsiona los deberes, todo aquello que suprime nuestras ansias, todo aquello que atenta contra lo deseado. Ambos se pusieron de pie, se tomaron de la mano y se movieron como tiernos embobados hasta la cocina. Ella tomo unos fósforos en sus manos delicadas y él encendió el horno. Entonces el gas estalló en una pequeña llama para calentar pasteles de aniversarios futuros. Y todos los pétalos de una pasada desilusión se arrojaron dentro, y el castigo que los convertiría en sahumerio de pasadas pesadillas se acomodó en sus cuerpos avejentados por las estaciones. El calor que despedían iba acompañado de una leve sombra de primavera verde, de una tenue lluvia de invierno, de una seca cáscara de otoño y de una ardiente corriente de verano. Sin llorar, los pétalos se disolvían ante el poderoso horno, sus días se eliminaban para siempre en aquella oportunidad y sus vestigios se escapaban por la misma ventana que los había catapultado al suelo estéril. Mientras tanto ellos se observaban fijamente seducidos por una fuerza atrayente, se cautivaban sin distracciones y sus miradas jugaban a desvestirse, a despojarse de sus ataduras. - Podrías ser el latido de mi corazón, hasta que muera – dijo él en el oído de la mujer que pretendía ser nuevamente agraciada -. No voy a defraudarte, sinceramente. La mujer alejó su oído deslumbrado de aquella boca grandilocuente y generosa y se puso frente a los ojos que no le mentían. Entonces sus gestos se endulzaron y tomó las manos heladas que de aquel ruiseñor de jaula, las apretó fuertemente y arrimó sus labios trepidantes hasta los de aquel hombre ruborizado. Un beso comenzó a ser inolvidable, fue sabroso y apasionado como la más pura sencillez: sus bocas se acariciaron las lenguas. Pero el joven que había aguardado años por este momento, se olvidaba de su fuego interno, de esa bestia devoradora, que tiene el estomago de magma, y que consume oxigeno sin detenerse. No había tenido en cuenta la posibilidad de vaciarle los pulmones a aquella preciosa dama que se prestaba inocentemente para un beso especial.

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La situación se transformó en el peor de los sueños y ahora la pequeña hembra sentía pesado el cuerpo, pesado como si un viento siniestro le hubiera hecho probar la más pesada gravedad, y sin saberlo, sin siquiera sospecharlo, sus pulmones comenzaban a dejar de brindarle ese aire vital, que era absorbido sin la intención homicida. Ella se separó bruscamente de aquella boca de enfrente, su peso se multiplicó por algo insostenible y se derrumbó. Yacía en el piso, sin respirar, sin inhalar ni exhalar. Mientras, el del corazón de fuego asesino se avivaba con nuevo aire y aroma de mujer, con un nuevo combustible delicado y preciado. - Pero… ¿qué he hecho? – se preguntaba él, el de los sentimientos de calcinación, el de las intenciones de bosque en llamas, mientras comenzaba a llorar. En su adentro, en su interior de volcán, todo se convulsionó y una tormenta de incendio excitado se inició para salir y alimentarse de más oxigeno delicioso. Y las maquinarias que le calentaban la vida comenzaron a apoderarse de su cerebro distraído - por una asfixia accidental - y se ambicionaron con un mundo de oxigeno para ellas. Súbitamente, sin haberlo hecho antes, anhelaban despedirse de ese cuerpo que las apresaba para derretir los bosques y evaporar los mares. No obstante, como anteriormente ocurrió, olvidaron algo crucial: que las lágrimas del joven salían de donde ellas se generaban, de esa lava bruta y carmesí que corría intrépida dentro del cuerpo.

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