Medusas

Serpientes cascabeles con ojos tiernos, con escamas de piel de bebe. (Franko Pallestriano)
RECUERDO aquella convención anual de brujos y gitanos. Cómo no acordarme de las calles repletas de cenizas como talco de antaño y flores y semillas de café de una Colombia espectral que les confería a sus portadores unos ojos rojos y dedos ágiles de prestidigitador insaciable. Aquellos practicantes de la quiromancia, pródigos de la charla con los muertos y maestros de la astrología, deambulaban por la ciudad como espectros de primavera, eclosionaban de todos los oscuros rincones donde las sombras vaporosas emanaban su aroma a tugurio practicando el siniestro arte de adivinar el futuro y de regalar maldiciones. Sus pasos inaudibles de arañas mudas estaban por doquier, amenazándonos a todos. Y los trashumantes que durante la noche buscábamos consuelos para el día de ayer y mañana, éramos apenas un suave ensayo de tímidos espantapájaros que, lejos de servir para tal propósito, nos prestábamos a los cuervos amaestrados de los hechiceros, que nos sobrevolaban, que espiaban nuestras mentes y les transmitían nuestros sueños y pesadillas a sus señores dueños. No había luna, no había sol de noche y por ende la luz era apenas una grieta minúscula en la penumbra en la que yo caminaba bostezando el hambre que tenía y el sueño que esto me traería. La presencia de estos hombres le daba a ciudad el aspecto de un festival macabro, ataviada con guirnaldas de piel de murciélagos, con farolas de luz de corazón latiendo aterrado. Cuando estaba a punto de cruzar la calle, una señora estalla desde la oscuridad de la ochava, se materializa desde la niebla arcana y se detiene junto a mí con su rostro cíngaro, me estudia

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los bolsillos y dispara una mirada obteniendo la radiografía monetaria del interior de mis pantalones, sin yo dejar de observarla. Sin darle mucha importancia continúo con mi viaje y ella también lo hace, casualmente su camino revivía el mismo sendero que yo había elegido, era el eco de mis pasos. Al llegar a la plaza ella me mira y con una mueca de ojos dislocados de alguien que no puede centrar la vista porque tiene muchas cosas para ver, se queda helada sin decir palabra. Entonces ante tan insólito acontecimiento me percato de que esta señora con ojos de musaraña cruda comienza a abanicar sus manos, palpando al viento, seduciendo al aire con sus dedos de ramas secas y ajadas, al mismo tiempo que prorrumpía acertijos en una extraña lengua mezcla de vampiros y Balcanes. Su rostro de arena y grietas se movía difuso ante mí y sus palabras penetraban mis oídos llegando a lo más profundo, donde nunca son escuchadas y mucho menos recordadas. Entonces ella toma mis manos con su fuerza de árbol y comienza a hablar: - Una moneda – exige, no deja lugar a la negación. Yo, tenía algunos chelines insignificantes, y temeroso de que lanzara sobre mí alguna maldición, accedí a dárselos. En ese preciso instante, como una máquina maldita programada para escupir la mano que le da, ella vocifera, como desquitándose conmigo: ¡Ojos pequeños no tan gigantes, piernitas de arcilla inclemente, dos cascabeles tramposas que engatusan con trinos de halcón! - sin yo entender nada, ella continua: ¡Son marionetas, todos ustedes, todo tu hogar, todos mosquitos que se estampan ante cuatro cuevas subterráneas del fondo más marítimo del mar, son pequeñas piedras brutas en las que estos escultores trabajaran hasta dejarlos de mármol!. No dejes de prestar atención – asustado por las palabras malditas de la mujer árbol salí corriendo, lejos de sus pies de humo y sus manos de enredadera, más lejos aún de todas aquellas locuras que no alcancé a oir, turbado por el temor.

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Mientras escapaba despavorido de aquella todopoderosa bruja, imaginaba un monstruo de plastilina con ojos de agujero de ozono, con dedos de cincel, manos picudas y una mente tan retorcida que podría transformarme en cualquier truco de circo amorfo de jaula de payaso vil. Con el correr de los días fui olvidando a esa dama oscura de piel cascaruda, y todas sus palabras se fueron disolviendo de mi mente cada vez menos azorada, sobretodo en la víspera del cumpleaños de los pequeños hijos de la hija de mi mamá, la hermana de mis hermanos e hija de mi padre. Aquel era un día de sol de eucaliptos, de una luz lúgubre y cotillón de caramelos que más tarde niños desconocidos comerían desaforados. La casa estaba convertida en una pequeña gran piñata, repleta de confeti y globos hijos que volaban libres una vez que alguien los golpeaba duro y lejos, queriendo que se fueran para no pegarse a los pelos. La mesa estaba servida para quinientas personas, una cornucopia para treinta estómagos que comerían cual lobos después de una dieta de mil doscientos años de antigüedad, y una María Elena Walsh que con su voz estéreo despeinaba las brisas de tabaco con historias de vacas estudiosas y un país del no me acuerdo, que aguardaban por lanzarse sobre la comida. Una vez que toda la gente había llegado con sus generaciones de hijos e hijos de hijos, la casa se transformó en una gran ensalada de edades que viajaban desde una segunda guerra hasta una batalla de pendejos que se lanzaban con lo que se atravesaba ante sus ojos curiosos, ya fueran cactus o cuchillos, vidrios o tornillos, desatando un pandemonio privado que, a decir verdad, en nada se asemeja al de más abajo: era mucho peor. Entonces llegó el momento más importante: la luz se extinguió, la oscuridad se apoderó de la casa sumiéndola en penumbras impalpables justo cuando los hijos de mi hermana, vitoreados, hacían aparición como los pequeños anfitriones que eran. Un par de velas los acompañaba, flotando en la ingravidez que la profusa negrura le otorgaba al chocolate de la torta. Se trasladaban en el
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aire y sus llamas se torcían mareadas mientras se acercaban a la mesa sobre la que fueron servidas. Todos los invitados entonces se acercaron a la misma para cantarles su feliz cumpleaños, con palmas y gritos a destiempo que remedaban un desastre. Los dos pequeños niños, Ignacio, el varón con cabello de sol suelto, mercenario de galletas, y Guadalupe, la nena con ojos de ojo de mar y dueña del universo, intentaban soplar el fuego para cumplir deseos que más de uno aprovechó para pedirse, ya que esos dos mozuelos cumplían apenas un año. Así, una vorágine de alientos disimulados hizo que las velas se fueran agotando hasta que la casa estalló en alaridos de algarabía que hicieron que mis ojos se contrajeran en un profundo mundo.... un silencio preocupante se adueñó de la fiesta, abrí mis ojos. Nunca imagine que algo pudiera ocurrir… no en un cumpleaños de niños sobrinos preciosos… no, la verdad es que nunca lo esperé. Sin embargo por alguna extraña razón, recordé las palabras de la señora de piel de árbol en ese mismo instante… y ahí estaban todos los invitados en silencio, ni una palabra más que los maullidos de niños que aún no hablan, nada más que unas manitos que golpeaban la mesa, que aplaudían chuecas al compás de unas sonrisitas agudas y unos dientes fosforescentes que a cada carcajada se extendían más y más como raíces alimentadas por nutrientes macabros, por tierra negra como el más profundo paladar. Alterado, manteniendo la calma con el silencio de mis movimientos, busqué a mi alrededor a quienes tanto habían vociferado anteriormente. Hallé primero a un niñito esfinge de piedra que reptaba junto a mis pies. Luego a una abuela felizmente convertida en momia de horror; un poco más allá a una hermana menor de mármol que llevaba la boca abierta; también a un primo de Rodas custodiando de reojo a sus niños de Pompeya paridos por su mujer de erupción volcánica. ¡No, no, podía ser!. Nada de carne y hueso, todos arena, todos cemento, hormigón con incrustes de vida. Rocas de Vesubio que
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albergaban a mis familiares en su interior Herculano, como en pequeños alhajeros, y yo paralizado, apenas respirando al volumen del silencio más mudo de todos, y junto a mí, aquellas dos pequeñas medusas que continuaban riendo mientras manoteaban la torta que tal vez había realizado sus deseos, quién sabe. Sigiloso, intenté escapar sin llamar a la terrible atención de aquellos dos ruidosos monstruetes, y al alejarme de ellos comencé a tropezarme con mi familia paleolítica y sus manos en alto, con sus piernas de sillón en la oscuridad, aun con sus gestos casi vividos, con sus ojos abiertos de la emoción. ¡Ja!, con sus ojos abiertos me dije en aquel momento de clarividencia, por supuesto, pues todos estuvieron prestos a absorber, aún en una tenue luz de las velas, las figuras imperdibles de los más bellos niños que vieron. Arrastrando como botas de reptil, me alejé de aquel mausoleo gigante, de aquella tumba cuya lápida sellarían esos dos pequeños que, aunque tristemente me apene nunca volver a ver, terminarán por convertirse en piedras porque crecerán, y crecerán tanto como para estar justo a la altura del primer espejo que encuentren, y justo allí, llenos de ansias y curiosidad de niño, pasaran a revestirse con linos de piedra, a jugar con Tutankamón, con Ramses II y Nefertari, para finalmente completar ese gran cuadro familiar, que tuve. Ahora que ya ha pasado un tiempo desde aquella momificación gigante, hay tristes días en los que me pregunto cuántas monedas debería de haberle dado a aquella gitana señora verdugo para que esto no ocurriera. ¿Cuántas?.

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