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COMO UNA NOVELA Daniel Pennac

Esta obra es un verdadero estímulo para la lectura, en el primer capítulo hace una pregunta clara que hoy en día muchos nos podemos sentir aludidos, ¿cómo es posible que a uno no le guste leer?. El autor narra cómo nosotros siendo padres empezamos o nos convertimos en narradores y desde la iniciación en el lenguaje de nuestros hijos, les contamos historias. El placer que siente un hijo favorece la inspiración. Cuando nuestros hijos son pequeños somos sus “novelistas”. Por lo que leer es un acto. El autor explica que dedica quince minutos a leer a su hijo pequeño cuando éste se va a la cama y lo realiza como una rutina diaria. Cuando se crece no damos importancia a la lectura y sin embargo hacemos más caso de la TV o cine y dejamos de lado la lectura. No nos paramos a pensar que en una película como el autor señala “todo está dado”, nada se conquista, todo está masticado, la imagen, el sonido, los decorados, la música de fondo y sin embargo en la lectura hay que imaginar todo eso. Al autor le sorprende y así lo clarifica, el promedio de horas que pasa un niño delante de la TV en comparación con las horas de lengua en la escuela y evidentemente, la escuela no funciona. Pero cabe destacar que la TV no es la única culpable, el autor hace referencia a una gran invasión electrónica; y cuando no es culpa de todo lo anterior se dice que es culpa de la escuela, de la incompetencia de los maestros, la falta de bibliotecas y otros motivos más que siempre nos sirven de excusa para culpar y no sentirnos culpables. El autor se centra en los primeros años de la infancia de su hijo contándole historias, para él fue una época feliz y lo recordaba como algo maravilloso, aunque en ocasiones fuera tarea difícil que delegaba en cualquier otra persona. Pero la escuela llegó muy afortunadamente. Cogió el futuro en su mano, encontrándose dificultades y todas ellas vencidas paso a paso. ¡ Qué bonitos eran todos esos palotes, redondeles, aquellas curvas, aquellos puentecitos formando letras, todo ello formando las primeras palabras, renglones. El autor describe como un viaje que se emprende cuando uno es pequeño.

Durante los primeros años del niño le leían y contaban historias y cuentos, cuando comenzó a ir al colegio seguían muy de cerca sus progresos y explica cómo da importancia a la lectura y les hace ser padres incansables para que por lo menos se lea una página diaria y de una manera incansable le hacen cuestiones en función de la lectura que acaba de leer no siendo conscientes del momento que se ha elegido para leer (posiblemente inadecuado). Los resultados no son los esperados y narra cómo su desilusión y nervios empiezan a florecer. El niño había perdido el interés por la lectura por lo que el

autor no sabía qué hacer para que su hijo recuperara ese gusto por la lectura, cualquier lectura tiene que estar presidida por el placer de leer. Recuerda, cómo años atrás en su infancia podía observar en su cara cuando le contaba esos cuentos en esos minutos a la hora de irse a dormir. Por tanto como padre preocupado y un poco obsesionado por que su hijo recuperara el interés por la lectura, empezó de nuevo a realizar esos encuentros y a leer de forma idéntica a cómo lo hacía en la infancia de su hijo. Por lo que comenzó a observar esa relajación por parte del niño y de nuevo consiguió que el niño tuviera interés por la lectura. Mientras tanto, la escuela prosigue con su enseñanza. “ El culto al libro depende de la tradición oral”. La escuela no puede ser una escuela del placer, es una fábrica necesaria que requiere esfuerzo. Las materias enseñadas en ella son los instrumentos de la conciencia. Los profesores encargados de estas materias son sus indicadores. Hay que leer, hay que leer….¿ y si, en lugar de exigir la lectura, el profesor decidiera compartir su propia dicha de leer? ¿ La lectura acto de comunicación? A los adolescentes no les gusta leer. Demasiado vocabulario en los libros, demasiadas páginas. El profesor del aula de esos adolescentes lanza una pregunta ¿ a quién no le gusta leer? . Por lo que él como padre y profe decide motivar la lectura empezando a leer él los libros, con esa actividad se plantea el problema de la actitud. Comienza su clase leyendo. Los adolescentes se motivan, escuchan, que es muy importante para mostrar interés y terminan deseando saber más y más acerca del libro. Es un gran mérito de éste profesor que recupera en sus alumnos la motivación por la lectura. El placer de leer estaba muy cercano, secuestrado por un miedo secreto: el miedo a no entender. Habían olvidado lo que era un libro. Es verdad que la voz del profesor ha intervenido en esta reconciliación: evitándonos el esfuerzo de desciframiento, dibujando claramente las situaciones, plantando los decorados, encarnando los personajes, subrayando los temas, acentuando los matices. El auténtico placer de la novela reside en el descubrimiento de esta intimidad paradójica: el autor y yo. Además de la obsesión de no entender, otra fobia que hay que vencer para reconciliar a este pequeño mundo con la lectura es la duración y ¿A qué parte de mi distribución del tiempo voy a quitar esa hora de lectura diaria? ¿ A los amigos?, ¿ A la tele?, ¿ A las veladas familiares? ¿ A los deberes? ¿ De dónde sacar tiempo para leer? Desde el momento en que se plantea el problema del tiempo para leer es que tiene una clara explicación, no se tienen ganas. La vida es un obstáculo permanente para la lectura. La lectura no depende de la organización del tiempo social, es, como el amor, siempre se saca tiempo para amar o estar enamorados. Una condición para esta reconciliación con la lectura es no pedir nada a cambio. El secreto consiste en estar preparado. No basta sólo con leer,

también hay que contar ofrecer nuestros tesoros. Vencido el miedo, se lee bajo el impulso del entusiasmo. El maestro ha conseguido el placer por la lectura dejando de lado el programa, por tanto el famoso acto de leer ya no aterroriza a nadie. Sólo el miedo puede convertir en “muermos” los textos del programa, miedo de no entender, miedo de contestar mal, miedo de la lengua entendida como materia opaca. Los alumnos se han reconciliado con lo que se lee y buscan libros para leer. Así pues una vez realizado el esfuerzo de comprensión, el programa será tratado. Un texto bien entendido es un texto inteligentemente negociado. Desde este punto de vista, una escolaridad literaria bien llevada depende tanto de la estrategia usada, como de la buena comprensión del texto. “ La lectura humaniza al hombre” En el fondo el deber de educar consiste, en enseñar a los niños a leer, al iniciarlos a la literatura, en darles los medios de jugar libremente, si sienten o no la “ necesidad de los libros”.