La niña desnuda salió corriendo del cobertizo de cuero hacia la playa rocosa en el recodo del riachuelo.

Había aprendido a nadar antes de andar y a los cinco años de edad se encontraba a gusto en el agua. La niña jugó un buen rato, nadando de un lado a otro, y después dejó q la corriente la arrastrara río abajo; cuando éste se ensanchó y empezó a hacer borbotones sobre las piedras se puso en pie y regresó a la orilla donde se dedicó a escoger piedrecillas. El riachuelo, que momentos antes corría suavemente, se había vuelto turbulento, con olas agitadas que salpicaban las orillas mientras su lecho se alzaba contra la corriente, sacando lodo del fondo. La niña dio un brinco al oír la caída de un árbol; el estómago se le revolvió y se hizo un nudo cuando el temor pasó por su mente. Trató de ponerse en pie, consiguió enderezarse y se quedó de pie, insegura, sin atreverse a dar un paso. Al echar andar hacia el cobertizo de cuero, sintió un rumor sordo, que se convirtió en estrepitoso rugido aterrador. El cobertizo, encaramado en la orilla más lejana del abismo, se inclinó al retirarse la mitad de la tierra firme que tenía abajo; el esbelto poste se balanceó como indeciso antes de desplomarse y desaparecer en el profundo orificio, llevándose su cubierta de cuero y todo su contenido. -¡Madre! ¡Madre!- gritó cuando la abrumó el entendimiento. No sabía si el grito que resonaba en sus oídos era el suyo en medio del rugido aterrador de las rocas hendidas. Se aferró a la tierra, tratando de agarrarse a algo sobre el suelo que se alzaba y se escurría. El suelo volvió a estremecerse, asentándose, y la niña oyó in gruñido de las profundidades, como si la tierra estuviera haciendo la digestión de una comida tragada sin masticar. Un instinto profundo le decía que debería permanecer cerca del agua, pero las enmarañadas zarzas parecían impenetrables. La selva umbrosa carecía casi por completo de maleza, pero muchos de aquellos árboles no se erguían ya. Un temblor bajo sus pies mientras miraba río abajo la puso en movimiento. Estimulada por algún gruñido casual mientras la tierra se asentaba, la niña siguió el curso del agua corriente, deteniéndose sólo para beber en su prisa por alejarse. Finalmente no pudo dominarse más y, con un sollozo convulsivo, lloró de angustia y su desahogo sirvió para adormecerla. La luz del día llegó lentamente a la profundidad de la selva, la sed le ayudó a reconocer el sonido de agua gorgoteante. Siguió el ruido y sintió un gran alivio al ver de nuevo el riachuelo. Su sensación de pérdida era tan dolorosa que empezó a bloquear el recuerdo del terremoto y de su vida anterior a él; y pensar en el futuro la puso al borde del pánico, de manera que luchó por apartar también esos temores de su mente. Cuando llovía, se encogía bajo un tronco caído o una roca grande o ramas extendidas o simplemente se dejaba lavar por la lluvia sin dejar de avanzar pesadamente por el barro.

El cielo azul y el sol brillante eran un consuelo después de la lluvia del día anterior. Empezó a bajar cuidadosamente, pero perdió pie y cayó rodando hasta abajo. Se quedó tendida, raspada y dolorida en el barro junto al agua y empezó a llorar de tanto dolor, después de un rato, la corriente, que ya estaba alta debido a inundaciones de principios de la primavera, había aumentado hasta más del doble de su tamaño gracias a sus fluentes. La rugiente catarata saltaba desde el borde de la alta orilla formando una amplia capa de agua blanca. Caía salpicando una poza llena de espuma que había sido horadada en la base de la roca, creando una pulverización constante de rocío y torbellinos de corrientes contrarias allí donde se unían los ríos. La niña se acercó y miró cuidadosamente el túnel mojado, y después echó andar detrás de la movediza cortina de agua, avanzó cautelosa y lentamente, cuando llegó a su punto de partida, miró el torrente que surgía por encima del borde y meneó la cabeza: no había otro camino. Nadó hasta el medio, dejó que la fuerza del agua la llevara rotando por las cataratas, y después se volvió hacia la orilla del ancho río que se había orinado más abajo. La niña miró un orificio cerca del suelo, en el muro junto a ella, pero la insignificante gruta no le causó menor impresión. En su ciega precipitación por seguir un espejismo la niña no se había fijado en el ganado salvaje, de un rojo moreno y un metro ochenta de altura en la cerviz con inmensos cuernos curvos. El grupo de viajeros atravesó el río un poco más allá de la cascada, donde el río se ensanchaba y hacía espuma alrededor de las rocas, que salían del agua poco profunda eran veinte, jóvenes y viejos. Dos hombres habrían el paso, muy delante de un núcleo de mujeres y niños flanqueados por un par de hombres mayores. Una mujer, más o menos a mediados de su primer embarazo, avanzaba delante de las demás mujeres. Medía poco más de un metro treinta de estatura; era de huesos fuertes, robustos y patizambos, pero caminaba erecta sobre fuertes piernas musculosas y pies planos descalzos. La mujer en mayor para ser su primer embarazo; tenía veinte años, y el Clan le había creído estéril, hasta que comenzó a verse la vida que se iniciaba dentro de ella. Una bolsa se distinguía especialmente de las que cargaba: estaba hecha con piel de nutria, lo que resultaba obvio porque se había curtido dejando intactas las patas, la cola y la cabeza. Cuando la mujer vio a una criatura que los hombres habían dejado atrás, se quejó intrigada por lo que parecía un animal sin pelo. Pero al acercarse, se quedó boquiabierta y retrocedió un paso, aferrando la pequeña bolsa de cuero que llevaba colgada del cuello en un gesto inconsciente para apartar los espíritus desconocidos. El hombre que iba a la cabeza de la tribu miró hacia atrás y al ver a la mujer arrodillada junto a la niña, volvió sobre sus pasos.

-¡Iza!- Ordenó-. ¡Ven! Hay huellas del león cavernario y de su huída más adelante - ¡Es una niña Brun! Está lastimada pero no muerta- replicó. -No es del Clan-Brun es una niña y está herida, morirá si la dejamos aquí. Pues que recoja a la niña- se dijo-. Pronto se cansará de llevar a cuestas esa carga adicional, y la niña se encuentra tan mal que ni siquiera la magia de mi hermana será lo suficientemente fuerte para salvarla . Iza metió la mano en su canasta y sacó un manto de cuero; cubrió con él a la niña, la envolvió bien, la alzó en vilo y la aseguró a su cadera con la piel flexible, sorprendida al sentir qué poco pesaba para su estatura. La niña gimió al sentirse alzada, entonces Iza la acarició para tranquilizarla antes de echar a andar detrás de los hombres. Los cazadores no eran el único recurso de que se disponía el Clan para su alimento. Con frecuencia las mujeres aportaban la mayor parte, y ésta era la más segura. Iza alzó la mirada cuando un anciano, de más de treinta años, llegó cojeando hasta ella una vez que hubieron reanudado la marcha. Era Mog-Ur, el mago más imponente, y el hombre santo más reverenciado de todos los clanes. Llevaba un manto de cuero como el de los demás hombres con su piel peluda por fuera sobre sus espaldas como los demás hombres. Grod, el hombre que caminaba delante de Brun, descubrió un ascua encendida envuelta en musgo y sumida en el extremo vacío de un asta de bisonte. Podían prender fuego, pero mientras viajaban por territorio desconocido era más fácil llevar un carbón desde un campamento y mantenerlo encendido para iniciar el siguiente en vez de dedicarse noche tras noche a encender uno nuevo con materiales posiblemente inadecuados. La gente del Clan no podía articular suficientemente bien para un lenguaje verbal completo; se comunicaba más bien mediante gestos y movimientos, pero su lenguaje mímico era plenamente comprensible y abunda en matices. Cuando los hombres hacían sus rituales, eran prerrogativas estas y deber masculinos. En muy raras ocasiones se permitía que las mujeres tomaran parte en la vida religiosa ddel Clan, y estaban pro totalmente de estas ceremonias, no podía haber desastre tan grande como que una mujer viera los ritos secretos de los hombres. No solo traería mala suerte sino que alejaría a los espíritus protectores. El Clan entero moriría. Las mujeres confiaban en sus hombres para dirigir, asumir responsabilidades y tomar decisiones importantes. El Clan había cambiado tan poco en casi cien mil años que ahora todos se sentían incapaces de cambiar. Tanto hombres como mujeres aceptaban sus papeles sin discutir; eran inflexiblemente capaces de asumir cualesquiera otros.

Mog-Ur se mantuvo aparte mientras cada uno de los hombres llegaba y ocupaba su lugar detrás de las piedras que habían sido ordenadas en un pequeño círculo de antorchas más amplio. Se quedó muy erguido sobre su pierna buena en medio del círculo y miró por encima de las cabezas de los hombres sentados, a lo lejos, con una mirada soñadora y desenfocada, como si estuviera viendo con su ojo un mundo para el que los demás eran ciegos. De repente con un gesto ceremonioso, presentó una calavera. La tuvo por encima de su cabeza con su fuerte brazo izquierdo y la hizo girar lentamente formando un círculo completo, para que cada uno de los hombres pudiera ver la forma grande, característica, abombada. Los hombres se quedaron mirando la calavera del oso cavernario que brillaba, blanca, a la luz vacilante de las antorchas la puso enfrente de la pequeña antorcha que había en el suelo y se agachó detrás de ella, cerrando el círculo. Ursus era algo más que el tótem de Mog-Ur; era el tótem de todos y más que tótem. Era Ursus el que hacía de ellos un Clan. Era el espíritu supremo, el protector supremo. La veneración de que era objeto el Oso Cavernario en el factor común que los unía, la fuerza que soldaba a todos los clanes autónomos separados en un solo pueblo, el Clan del Oso Cavernario. La niña se volvió y empezó a agitarse. -¡Madre! gimió. Sacudiendo alocadamente sus bracitos volvió a llamar, más fuerte esta vez-: ¡Madre! Iza la tomó en sus brazos murmurando suavemente. La cercanía cálida del cuerpo de la mujer y sus sonidos apaciguadores penetraron en el cerebro calenturiento de la niña y la calmaron. Iza adivinó que se trataría de un nombre para alguien próximo a la niña, y cuando vio que su presencia la reconfortaba, intuyó quien sería ese alguien. Parte de la herencia de cada una de las mujeres era el saber cómo probar plantas desconocidas y cómo las demás Iza las experimentaba personalmente en base a su similitud con plantas conocidas, situaba a las nuevas categorías, pero ella sabía el peligro que implicaba suponer que características tales implicaban propiedades similares. Cuando la curandera examinó la pierna de Ayla a la mañana siguiente pudo comprobar la mejoría. Bajo sus expertos cuidados, la infección había desaparecido casi por completo, y los cuatro arañazos paralelos estaban cerrados y en vías de sanar aún cuando siempre ostentaría esas cicatrices. El Clan se detuvo a descansar después de alcanzar la cumbre de un escarpada pendiente. Más abajo terminaba abruptamente el panorama de colinas boscosas ante la estepa que se extendía hasta el horizonte. Avanzaron paso a paso a lo largo de la áspera roca en busca de orificios que pudieran conducir a profundidades mayores. Cerca del fondo surgía otro manantial de la pared, formando una poza pequeña y oscura que se desvanecía en el suelo terroso y seco poco más allá.

Grod sostenía la luz muy por encima de su cabeza, y Brun lo seguía con el mazo dispuesto: así entraron los dos en la negra fisura. Avanzaron lentamente por un corredor angosto que formaba ángulo abrupto al cabo de unos cuantos pasos, hacia el fondo de la cueva y, justo después del ángulo, se abría en una segunda cueva. La cueva tenía una ubicación ideal; disponía de lo mejor de dos mundos. Las temperaturas eran más altas que las prevalecían en las áreas circundantes, y había madera abundante para abastecer de combustible durante los meses del helado invierno. Todos los niños nacidos de la misma mujer eran hermanos, pero sólo los hermanos de un mismo sexo se hablaban empleando ese término íntimo de hermano o hermana, y sólo los jóvenes o en momentos poco frecuentes de intimidad especial. El Clan había acampado junto al río al pie de la suave pendiente que subía hasta la cueva. Sólo cuando ésta fuera consagrada por el ritual correspondiente pasarían a vivir en ella. Aún cuando no sería propicio mostrase demasiado ansioso, cada uno de los miembros del Clan encontró algún pretexto para acercarse lo suficiente y mirar hacia adentro. En la nueva caverna tendría espacio para mayor cantidad y una diversidad más grande. Pero nunca iba más lejos sin su bolsa de medicinas; constituía parte de su mano. Iza sabía que las mujeres de su edad podían tener problemas, y comía alimentos y medicinas que eran buenos para las mujeres embarazadas. Aún cuando nunca había procreado, la curandera sabía más acerca del embarazo, el parto y la lactancia que la mayoría de las mujeres. Iza nunca mencionó la magia que había aprendido de su madre, pero la había estado usando. Esta magia impedía la concepción, impedía que el espíritu del tótem de un hombre entrara en la boca de la mujer para dar inicio a un niño. El sol del atardecer era cálido en el aire inmóvil. Ni una leve brisa agitaba una sola hoja. El silencio expectante estaba perturbado únicamente por el zumbido de las moscas, que se saciaban con los restos de comida, y el ruido de las mujeres que cavaban en fosa para asar. Mog-Ur, generalmente después de haber consultado con Brun, decidía como se desarrollarían las diferentes partes para constituir la celebración total, pero era cosa orgánica que dependía de cómo se sintieran. Con asombro del Clan, los gestos del mago fueron diferentes cuando invocó a los espíritus para que asistieran al ritual. Eran los gestos que hacía cuando nombraba a un recién nacido a los siete día de su vida. La niña extraña no sólo iba a saber cuál iba a ser su tótem: ¡iba a ser miembro del Clan!. Metiendo el dedo en la pasta, Mog-Ur trazó una línea desde el medio de la frente, el lugar donde la gente del Clan tenía la unión de los arcos óseos de las cejas, hasta la punta de su naricilla. -Espíritu del León Cavernario, la niña Ayla, queda bajo tu protección. El movimiento oficial de la mano apartó la última duda.

El manto de Iza había cubierto en parte la razón de sus prolongadas ausencias aquél día. Cuando la curandera se puso nuevamente en pie frente al mago, estaba completamente desnuda; sólo llevaba su amuleto y pintura roja sobre su cuerpo. La tierra era de una riqueza increíble, y el hombre sólo una fracción de la vida múltiple que vivía y moría en aquél Edén frío y antiguo. Los cazadores capaces y experimentados del Clan eran tan hábiles para la defensa como para el ataque, y cuando se veían amenazadas la seguridad o estabilidad del Clan, o si codiciaban un abrigo caliente para el invierno decorado por la naturaleza, acechaban al confiado cazador. Al principio sólo Ayla seguía a Iza por donde iba y observaba cuando desollaban a los animales, curtían pieles, trenzaban canastos, estiraban correas sacadas en espiral de un solo pellejo, recogían alimentos silvestres, preparaban comidas, etc. El corto y cálido invierno transcurrió, y ligeras heladas matutinas del otoño enfriaban el aire y agregaban un destello escarlata y ambarino muy vivo al verdor de la selva. Unas cuantas nieves prematuras, derretidas por fuertes lluvias de temporada que arrebataban sus mantos llenos de colorido a los árboles, anunciaban el frío por venir

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