CUENTOS PA’ KEMARSE

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GONZALO DEL ROSARIO

Estudia Lengua y Literatura en la Universidad Nacional de Trujillo. Integrante del grupo literario "Pluma de Carne". Algunos de sus cuentos han sido publicados en las revistas literarias: "Scienciales" (Universidad La Cantuta – Lima), "Remolinos" (Lima), "Revista Voces" (Madrid – España), "Fracturas" (Chile). Para contactos con el escritor: gonzalodelrosario@hotmail.com http://web-ad-ass.blogspot.com

Gonzalo Del Rosario (Trujillo - Perú, 1986)

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“Nadie los iba a entender, y no esperaban que lo hicieran. Pasaban leyendo las horas, los días o el tiempo que fuese, al final de cuentas, éste no existía. Tampoco dormían o sentían cansancio, lo cual es formidable para cualquier bibliófilo. Quienes sí estaban cansados y desesperados eran los demás, los hombres y las mujeres adultas, los cuales seguían ideando planes de fuga, y sentían los estragos de todo este sin sentido.”

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Gonzalo Del Rosario

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GONZALO DEL ROSARIO

Primera Edición: Julio – 2008

© Gonzalo Del Rosario Cuentos pa’ kemarse Trujillo 2008

Imagen de Portada: John Tenniel Diseño y Cuidado de la Edición: Oscar Ramirez
Queda terminantemente prohibida, sin la autorización escrita del editor y/o el autor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento electrónico. EDITORIAL ALTERNATIVA Contactos para edición y publicación:

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Impreso en Perú

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ÍNDICE

11 / 17 / 25 / 29 / 35 / 39 / 45 / 51 / 61 /

sentado dimensión crístal banco la cabaña taxi súcubo la muralla del edén la isla

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A Nata

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SENTADO

Ellos seguían lateando sin destino a la universidad. Él no tenía clases, ella sí, pero Arturo debía hacer hora hasta recogerla. Cuando se vio solo, optó por caminar un rato. Lamentablemente no tenía libro alguno a la mano para aprovechar y perder el tiempo en la espera. Se fue a sentar en una de las bancas de aquella plazuela entre la facultad de Económicas y Derecho, cerca de unos árboles donde la leyenda cuenta que una chica se colgó. Entonces se inclinó por aquella banca libre, y le gustó no solo porque lo estuviese, sino porque la de enfrente compartía la misma cualidad. Descansó un rato, quedándose mirándolas y pensando de igual manera, como cuando se está tan cansado que ni la siesta nos cierra los ojos. Lo que más le gustaba de aquella vista, era que nunca antes había podido apreciarla. La banca estaba situada entre dos tipos de plantas: un arbolito de flores lilas (detrás) y una verde, media marchita (al lado). Seguía contemplando a la banca y sus dos amigas plantas cuando unos compañeros de su antiguo salón quisieron devolverle al apestoso mundo real. Esperaban que les saludase, sin embargo ni se inmutó mientras se alejaban.
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Ellos no eran los únicos que pasaban: una multitud de mujeres, hombres, adolescentes, profesores, colegiales, pre-universitarios, personal de servicio caminaban por ahí. Ninguno se percataba que estaba sentado frente a su camino. Él solo quería seguir con sus pupilas dilatadas observando aquella banca con sus dos amigas plantas; y habría de permanecer allí cuanto tiempo fuese posible. Arturo pasó la noche entera frente a la banca y sus dos amigas plantas. A la mañana siguiente, seguía moviéndose sin hacer nada. Eran las siete. La muchedumbre volvió a pasar por su delante, sin reparar en aquel tipo de casaca azul y pantalón más azul que había pernoctado sentado a la intemperie con los ojos abiertos. Los estudiantes seguían su camino. Nadie había percibido al joven de la mirada clavada en su desinterés. Ellos tenían mucho que hacer antes de preocuparse por aquel -vago que no sabe que el tiempo es valioso como para perderlo sentado mirando sabe Dios quéA media mañana, se le acercó una chica. Había realizado una apuesta con sus amigas y no paraba de reírse. Esta consistía en joder a ese huevón que estaba sentado allí sin inmutarse -debe de estar drogado- Arturo hacía caso omiso a la bulla que emitían las cuatro chicas peruanas. Entonces, la seleccionada, se le acercó entre risas -amigo ¿te puedo hacer una pregunta?- Arturo no volteó -te pregunto que ¿qué tienes ahhh? . . . ¿amigo? . . . ¿no me escu . . .?- cuando las vio, sus ojos irradiaron una luz orgásmica, no tardó en caer sentada, mirando aquella banca y sus dos amigas plantas.

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Lo mismo sucedió con su grupo de amigas, quienes no necesitaron más que ver aquello señalado por la pareja en su perplejidad para comprender lo que jamás habían estado esperando. Los siguieron en la contemplación. La gente empezó a sentir mucha curiosidad por aquel grupo de jóvenes que miraban hacia algo que ellos no podían comprender. En un comienzo únicamente echaban un vistazo y seguían su camino; luego vinieron más y más sapos ¡Croac! llamados por la muchedumbre. Un profesor trajo a un guachimán para disiparlos. Empero, nadie se movió de donde estaba Arturo y las muchachas. El profesor y el guachimán no sabían cómo actuar al respecto -hijo ¿qué sucede?, ¿por qué no te vas a tu casa?, ¿tienes problemas?- no necesitó más que voltear la mirada para poner su trasero en el sucio y plomo piso. La gente sintió miedo, así que algunos prefirieron largarse. Otros se quedaron para tratar de descifrar el enigma. Solo unos lo lograron, entre ellos el guachimán. Al otro día, ya eran como quince personas las que estaban sentadas sin contar a Arturo. Las madres de las chicas acompañaban absortas a sus hijas. Era algo sin precedentes, todos con caras idas, observando la banca y sus dos amigas plantas. Se acercaban conjuntos con guitarras a interpretar temas alusivos, porque pensaban que existía mucho misticismo en aquel grupo de personas de ojos imparpadeantes sentadas en la mitad de la plaza de su universidad. -¿Ése de allí fue el primero?, ¿quién es, ah?-, -los Beatlemaniacos le llaman Nowhere Man-, -los trovadores, El hombre que quería ser un árbol-, -¿y cómo le dicen los demás?-, -pobre y triste huevón- como había mucha gente y
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obviamente música en rededor, tampoco escasearon los vendedores de papitas, golosinas, chicles, cigarrillos, caramelos, toffee, menta y fósforos. La infaltable prensa dijo presente, y en plena transmisión en vivo para todo el país, no se explicaron por qué el camarógrafo empezó a enfocar a la banca y sus amigas las plantas. A pesar de aquel tan obvio suceso, los espectadores no daban con la causa de tanta contemplación. Así que de a pocos los dejaron tranquilos y se retiraron, incluyendo a quienes, si bien se sentaron voluntariamente y lo intentaron, no lograron nada más que un doloroso adormecimiento de nalgas. Nunca hablaban ni se movían, siempre observaban a la banca y a sus dos amigas plantas. A las 3 semanas eran treinta y cuatro personas, sin contar a Arturo. Había de todo tipo: rico, pobres, enfermos, sano, profesionales, estudiantes, hombres, mujeres, homosexual, comunistas, empleada del hogar, poeta, matemáticos e historiador. Unidos frente a su goce estático. La única diferencia era que para aquel entonces, ya a nadie les interesaba, los tomaban como una noticia pasada y aburrida. Se había tornado tedioso verlos todos los días paralizados frente a lo incomprensible -¿y qué te parece?-, -la vida continúa, si te llama, anda, sino, bueno, siempre hay otras cosas para hacer ¿no?-, -¿como vivir?-, -sí, eso mismo, y estudiar y trabajar-, -ah, tú también vives en el mundo realLlegado el momento, ninguno de los cuarenta sentados volteó la vista hacia Arturo cuando éste se iba desvaneciendo, pero de a pocos, como si demorase en cargar, hasta que únicamente quedó la banca en donde

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solo él y nadie más que él, se había sentado durante aquel lapso. Ellos seguían admirando a la banca y sus dos amigas plantas . . .

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DIMENSIÓN

Karen subió al micro, hacía rato que quería largarse a casa, a alguna casa, para encontrar . . . bueno, no encontraría nada interesante, salvo que tenía trabajos por terminar y ver cómo haría para descansar un poco entre la diskemúsica-punk (emo) puesta por su hermana menor en la computadora y los gemidos de su otra hermana haciéndolo con el arriola de su enamorado. ¿Quería realmente retornar a esa casa? Sus padres trabajaban en el extranjero, ellas tres vivían solas desde hacía tres años. No se hablaban a menos que fuera para gritarse y empezar una bronca más; se odiaban o sea nada fuera de lo común ¿Qué le quedaba? Seguirían siendo hermanas para siempre, a menos que su deseo más preciado se cumpliera: Largarse pronto de allí. Karen continuaba en el micro apestoso donde no habían puesto música tan mala, felizmente el cobrador o el chofer no estaban tan ubicados dentro del común-denominador cultural de su gremio y habían sintonizado Z, de este modo, en el micro de regreso, podría pasear sus oídos con alguno de esos veintiúnicos temas ochenteros de la única radio pasable (y esto es) que sonaba en Trujillo. Sweetness, sweetness I was only jokin’ When I said I'd like to smash
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every tooth in your head1 . . . ¿Por qué me habré colocado tan detrás? ya empieza a subir más gente . . . ta mare, no, cómo me llega eso de frotarme con todos para escapar de este sitio de mierda, aunque la música no está tan mala, pucha ¿cuál es el afán de subir más gente, si todavía estamos en la ciudad?, ¿habla vas?, ¿habla vas?, ¿Acaso te ha dicho que quiere ir?, ¿te ha hecho alguna seña? o ¿es que piensas que al ver tu asqueroso rostro, todas van a querer subir al micro así las lleve al otro extremo de la ciudad solo por la dicha de pasar el rato contigo? ¿Y este pata?, ¿qué está leyendo? . . . Mario Bunge . . . debe de ser cachimbo, siempre les hacen leer eso ¿qué estará estudiando? se nota chancón, debe de ser de esos tipos que memorizan, hablan y no entienden ni lo que exponen ¿en dónde bajará?, ¿y a mí qué me importa donde baje? Quiero sentarme, aunque he estado sentada toda la mañana, y en la tarde también, entonces quiero dormir ¿qué tanta bulla hacen este par? -oe sí tío, te digo que ése won hace dos semanas que sigue sentado-, -¿en el mismo lugar?, ¿y no va al baño?Karen llevaba su mochila en la espalda. No le importaba si le llegaban a abrir algún cierre ya que nunca cargaba nada importante, al menos eso creía: una botella de agua sin gas, una bolsa de bizcochos y un libro de Steinbeck. Ella trataba de aislarse de la bulla, los malos olores y las miradas indiscretas que sabía se dirigían a su jean al cuete (y no solo las miradas). Cerró los ojos unos segundos ¿por qué no se podrán cerrar los oídos cuando uno no quiere escuchar nada?, ¿y la nariz a los malos olores? Como si

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The Smiths. Bigmouth strikes again. The queen is dead. 1986

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cerrando los ojos se solucionara, no creo que pudiera cerrar mis fosas nasales sin morir ¿y si lo intento? La gente subiendo y bajando alteraba sus nervios, junto con la puerta abierta de golpe, el micro acelerando, los colegiales rozándola intencionalmente, el cobrador y sus sabias exhortaciones -a ver apéguese bien . . . al fondo hay sitio . . . pie de derecho . . . dale que no hay tombo . . . a ver pasaje, pasaje pe conchesumare . . .- hasta que en el mismo instante que el micro iba volteando de la avenida España hacia Unión y se acercaba a la Iglesia, previa recargada de gente, y Karen reabría sus párpados, durante esos segundos, todo pareció cambiar. Nadie se percató hasta que el chofer detuvo el micro de golpe sacando de su estupor a los pasajeros, quienes centraron su mirada en el exterior -pero esto no es Trujillo ¿di?-, -¿en dónde estamos, ah?-, -tranquilos, debe de ser un momento-, -¡Qué momento mierda!, ¡No ves que esto no es Trujillo!- en realidad, podría serlo, nada comprobaba lo contrario. Los niños entraron en pánico, nadie comprendía lo que había pasado. Por qué la ciudad había desaparecido y por qué ahora transitaban en aquel terreno descampado. Sin árboles, agua u otros seres humanos; ni siquiera luna o sol. No era de noche ni de día, pero todo el lugar estaba iluminado por una claridad vespertina. Sabían que caminaban sobre tierra, o mas bien parecía que pisaban el suelo de tartán de una pista atlética -debemos de organizarnos-, -no, no, primero quiero saber ¡En dónde estamos!-, -eso mismo quisiera preguntarte-, -pero, pero, no es posible, voy a hacer una llamada . . . a ver, a ver, no, NO ¡NO!- el hombre presionó todos los botones -¡¿Alguien tiene crédito?!19

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Karen los miraba en completo mutismo -tengo que avisar a mi familia, debo de comunicarles dónde estoy-, -¿pero cómo?-, -yo también tengo familia-, -yo tengo una reunión de trabajo muy importante-, -mi flaca debe de estar esperándome, putamare, ahora sí que se va a asar- abrió su mochila y se sentó a leer alejada del resto y sus problemas. La gente seguía discutiendo, los niños llorando, los jóvenes buscaban las posibles causas de lo sucedido, pero Karen seguía entretenida con la clásica ironía moral Stenbeckiana -señorita ¿qué está haciendo?- Karen levantó la mirada -¿estoy leyendo?-, -venga que estamos discutiendo sobre cómo hacer para salir de aquí- pero yo no quiero salir, me gusta este sitio, si no fuera porque tengo que compartirlo con ustedes, seres humanos desesperantes, sería perfecto, pero en fin -apóyenosIntrodujo la novela en su mochila y se vio obligada a atenderlos -hagamos una expedición para encontrar una salida ¿no creen?-, -sí, quizás hayan más personas a la redonda-, -¿y si no hay nadie?-, -¿y la comida?, ¿el agua?, ¿alguien tiene un poco?- Karen odiaba cuando eso sucedía, le llegaba prestar sus cosas y sobre todo que la gente sea tan conchuda de no estar preparada para cuando su micro atravesara un portal hacia otra dimensión. Sacó su botella de agua, bebió un poco y se lo pasó a la señora que preguntaba por la comida -flakita, luego me pasas a mí pe-, -no, yo primero-, -no ¡Yo!-, -¡Calla huevonazo!-, -¡A quién chucha callas conchatumare que por tu culpa estamos acá!-, -¡Por mi culpa! Mierda, yo solo conducía, si tú . . . -, -¿Conducía? si te hubieses ganado, si tan solo-, -¡CÁLMENSE! no es momento para discusiones sin sentido, debemos hacer algo y rápido-, -¿y los niños? ellos van a sufrir la falta de alimentos y comida- Karen
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metió instintivamente la mano en su mochila y sacó otra botella -¿flakita tendrás otra?-, -sí, toma- mentía -pero flakita ¿no te quedarás sin nada?-, -para nada mi mochila es la despensa de la tercera dimensión- lo dijo con su natural sarcasmo, pero cada vez que metía la mano en su mochila, sacaba otra botella, y toda la gente empezó a pedirle agua hasta írsele encima. Entonces Karen dejó la mochila donde estaba y se alejó porque odiaba cualquier contacto con desconocidos -¡CALMA!, ¡CALMA!, ¡Más respeto con la muchacha, Carajo!- uno de los tipos, el que tenía ahora la mochila, metió su mano y no encontró nada -esto está vacío-, -seguro que funciona con la mano de la flaca-, -a ver señorita ¿podría hacernos el favor?- sacó otra botella y de paso los bizcochos que había comprado -gracias señorita-, -pero díganos ¿cuál es su nombre?-, -flor-, -¿flor?-, -Flor a Secas- Karen recordó cuando su enamorado le dijo que aquella fue la parte que más le había gustado de esa novela de Bryce. No dudó en llamarse así en su memoria. Al final de cuentas, qué importaba un nombre en aquel lugar. -Yastá, hemos preparado la expedición, nos iremos a investigar si hay agua, comida, animales, civilización-, -o estamos realmente jodidos-, -eso mismoAl menos no tendría problemas, solo quería leer un poco y descansar. Cuando quiso ver la hora, las manecillas no se movían -lo mismo me pasó, y a los demás también con sus relojes y celulares- era el chico que había estado leyendo a Bunge en el micro -este sitio es bien raro, pero al menos tenemos comida y fruta, no sé hasta cuando pero de mi mochila salen manzanas-, -¿cómo te llamas?-, -Juan Manuel Carpio-

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A ella no le importó si era o no su verdadero nombre. La pasaron platicando sobre literatura, música, cine -no sé en dónde nos encontramos, pero no puede ser más jodido que el otro mundo, ése de donde venimos- por fin tenía con quien conversar, alguien que no viviera para preguntar: ¡Cómo carajo vamos a salir de aquí! -Flor ¿no te ha pasado esto? Hace un rato terminé de leer a Bunge, en realidad me aburrió y lo guardé en mi mochila pensando en ¿por qué no había traído ese libro de Capote que estaba leyendo en casa?-, -¿cuál de todos?-, -A sangre fría-, -ah, chévere ¿viste la película?-, -no, todavía, quiero leer el libro y de allí comprarla-, -¿y qué pasa con Capote?-, -que en cuanto me hice de la idea que no pasaba nada, veo mi mochila, saco un libro-, -¿A sangre fría?-, -¡Sí!-, -Manya, a ver voy a sacar un libro que nunca haya podido leer, bueno conseguir . . .-, -¿Ulises?- El grito de alegría que lanzó la pareja, llamó la atención de las señoras y sus hijos, quienes pensaron que ya se habían vuelto locos. Nadie los iba a entender, y no esperaban que lo hicieran. Pasaban leyendo las horas, los días o el tiempo que fuese, al final de cuentas, éste no existía. Tampoco dormían o sentían cansancio, lo cual es formidable para cualquier bibliófilo. Quienes sí estaban cansados y desesperados eran los demás, los hombres y las mujeres adultas, los cuales seguían ideando planes de fuga, y sentían los estragos de todo este sin sentido. Luego comprobaron que no necesitaban comer o beber porque tampoco tenían ni hambre ni sed. Los niños jugaban entre ellos y al terminar, iban donde Flor a Secas (Karen) y Juan Manuel Carpio (¿…?) a curiosear -¿qué leen?- La pareja se mandaba con historias de Saramago,

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Kundera, Hesse o Camus, entonces los niños llamaban a sus madres y se sentaban en círculo. Los hombres seguían yendo, viniendo y nunca encontraban la salida; menos comunicación, civilización, vegetación, nada. Andaban exasperados ideando la manera de escapar para no alocarse. Otros pensaban en sus empresas, sus trabajos, sus estudios, todo lo que habían dejado atrás, los demás se lamentaban por haber subido a ese micro maldito -¡Yo sabía que estaba muy lleno!Los que no contaban, o sea los niños, continuaban escuchando a la pareja Bryce. Hasta que quisieron leer por cuenta propia, y ésta les pareció la propuesta más interesante que habían escuchado durante su estadía en aquella extraña dimensión. Uno de los realizadores de la primera expedición (habían sido más de cincuenta) optó por cortarse las venas con su navaja suiza, pero no logró nada, solo se abrió la piel e instantáneamente cicatrizó -es inútil, el chofer intentó romperse la cabeza contra las lunas del bus-, -¿y qué pasó?-, -lo mismo que a ti, se cortó, sangró, pero rápidamente los vidrios regresaron a formar la luna y sus heridas se cerraron-, -debe haber una forma-, -no lo creo-, -quisiera ver televisión, tomar cerveza, fumar-, -eso es imposible-, -¿cómo?-, -ya intentamos que la chica-, -Flor a secas-, -sí, ella, le pedimos que lo hiciera, pero solo salía jugo de frutas o chicha morada, nada de alcohol-, -sin huevadas esto debe ser peor que el infierno-, -o quizás lo es . . . y nosotros no nos queremos dar cuenta-

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. . . And now I know how Joan of Arc felt, Now I know how Joan of Arc felt, as the flames rose to her roman nose and her hearing aid started to melt . . .2

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Idem.

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CRÍSTAL

Esa noche, Pedro e Ingrid se habían excitado tanto que se fueron. No es que la fiesta hubiese estado aburrida, sino que ellos, ya no querían continuar allí. Sus impulsos juveniles los estaban matando. Un par de salsas bien pegaditas los pusieron como la música manda. Cerca había un hostal, no dejaban de tocarse durante el camino. Subieron al cuarto, y a penas ingresaron, Ingrid se prendió de Pedro, quien a su vez la tumbó contra la cama con la ropa todavía puesta. Ella empezó a subirle el polo, mientras él introducía sus manos dentro de la parte trasera del jean. No podía resistirlo más, se desnudaron, tiraron la ropa por allí, y hartos de tanto juego de saliva, se los bajaron con un poco de esfuerzo pero rápidamente para que el momento no se perdiese. Le desabrochó el brassier con un solo dedo, como solía hacerlo en su casa, y dejó al descubierto esos pequeños senos que tanto le alucinaban. Ella se echó, él permaneció encima, besando entre sus senos, bordeándolos, mordiendo exquisitamente sus pezones; ella cerrando los ojos y sonriendo, mientras sus bragas seguían mojándose de conjunción labial. Se las bajó, rozaba sus caderas con aquellas yemas que siempre trataban de buscar el camino hacia la húmeda entrepierna.
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Lamía su ombligo intentando no alocarse al percibir el delicioso aroma del sexo de su niña. Con sus dedos descendía el calzoncito, mientras introducía su lengua, entre sus muslos e iba subiendo hasta su clítoris, pasando por sus labios, los besaba, mordía y succionaba mientras ella pedía, con ligeras groserías, que no se detuviese jamás, sobre todo cuando sus dientes la atrapaban y ella movía sus caderas hacia la muerte, dando saltos alocados que mojaban su rostro por completo. Cómo adoraba permanecer allí, podría haberse quedado toda la vida lamiendo su sexo, pero sabía que si continuaba, ella ya no tendría cabida para lo que le estaba pidiendo a gritos: que se le introdujese. Explotaban de excitación. Él estaba arrodillado entre sus piernas, bien erecto, ella mejor lubricada y con ansias de sentirse llena, lo acomodó atenazándolo con sus piernas, y él pudo bucear a fondo en su laguna vaginal preferida. Ella cerraba los ojos gimiendo entrecortada, él bajaba su cabeza. Ahora le tocaba a sus senos. Iba descendiendo hasta ir jugando entre ambos, con la mano derecha daba suaves masajes a la hermosa, suave y firme defensa de su flaca, y un dedito que se escapaba por allí; ella que subía su nivel de alucinación y se movía desesperada, mientras gritaba y gemía. Apoyó su cabeza en la pared y ahora a dos manos, las cuales bajaron por toda su espalda hasta sus nalgas conforme la penetraba, ella lo ahorcaba, y no iba dejarlo salir, lo quería de por vida en ese mismo lugar, al menos eso le gritaba en aquellos momento en que sus manos le masajeaban por detrás. Ella mordiendo lo que pudiese, gritando mucho, llorando más, cerrando los ojos, abriéndolos en blanco, deseándolo, pero sobre todo amándolo.

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Y es que solo en aquella posición sentía amor. Si bien le producía demasiado placer, por la profundidad la hacía sentir suya. No era acariciar sus nalgas mientras la penetraba, sino dibujar una especie de abrazo en pleno acto, y eso aumentaba su excitación, ya que internamente se sentía protegida, que nada malo le podía pasar, que sus constantes peleas eran una tontería, que ni sabía por qué ocurrían, simplemente la penetración, los buenos orgasmos, la explosión que sentía cada vez que apretaba con su vagina ese amado pene que se anclaba hasta el fondo, su agotamiento, todo el cuerpo de ese niño-hombre que la protegía y la alimentaba. Ella dejó de moverse, se puso fría, ya se había embriagado de su liquidez. La eyaculación de su semental llegó conjuntamente a su vigésimo tercer orgasmo, no es que los contara, pero eso suponía, porque sentía su cuerpo como en un limbo. No sabía si estaba echada en su cama o flotando sobre los dos, quizás había muerto sin siquiera percatarse, por lo menos habría muerto más de veinte veces. Ambos estaban agotados, respirando muy rápido producto del susto post-orgásmico. Ella se volteó, levantó su pierna y lo envolvió, él extendió su brazo para retenerla. Se volvió a echar con las piernas cerradas, siempre mirándolo, ahora él la estaba cubriendo con las suyas -ámame una hora aunque me jodas el resto del díaesas palabras le hicieron recordar cuántos comentarios hirientes le propiciaba a diario -a veces pienso que solo somos sexo y nada más- Pedro no respondía. Ingrid se aferró a su pecho -las mujeres aunque a veces no lo parezcamos somos más delicadas que un cristalPedro despertó de golpe. Se había quedado dormido, no

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sabe cuánto, sólo que cuando abrió los ojos toda la habitación mostraba una espesa neblina caliente. Se levantó de la cama y desnudo se dirigió al baño donde esperaba encontrarla. El denso vapor dificultaba su visión. Para cuando Pedro giró la llave, ya se había disipado un poco. Allí permanecía Ingrid, pero no exactamente ella, lo que vio fue una brillante estatua de cristal que aún conservaba las gotas del agua provenientes de la ducha. Pedro no podía creer lo que sus ojos estaban observando, era una estatua de Ingrid, perfectamente flaca, como era, con sus pequeños senos erectos, su cabeza tirada hacia atrás mirando la regadera, y sus manos agarrando sus cabellos como si los hubiera estado masajeando con shampoo. En su rostro se podía vislumbrar una sonrisa placentera. Al ir bajando, su pequeño pero quebrado trasero lucía firme y parado, sus piernas, una delante de la otra, sus muslos y pantorrillas flacas sostenían su frágil y transparente monumento que irradiaba una luminosidad plateada. Pedro estaba mudo de la impresión, miraba absorto aquella hermosa estatua de cristal en la que se había convertido su enamorada. Permaneció inmóvil frente a ella durante un rato muy prolongado. Lo único que había empezado a moverse de manera involuntaria era su miembro, el cual se fue erectando lentamente hasta rozar el tibio cristal.

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BANCO

Una noche de esas donde el sueño se convierte en caída, Juan se levantó hinchado, con la entrepierna izada y palpitando. Aunque la micción le devolvió la tranquilidad; volteando hacia el lavatorio, se dio cuenta que algo faltaba. En la ducha encontró una batea llena de agua con la pasta dental flotando sobre la superficie. Se pegó observándola hasta que un escalofrío lo devolvió en sí. Se dirigió al cuarto, el sueño le cerraba los ojos y su somnolencia le derivaba pensamientos morbosos. Se miró al espejo, sus ojos seguían reventados, pero estáticos por la misma razón. A él le gustaba verse antes de dormir, era el único momento del día en que podía sentirse deseable. Juan se dirigió al banco, sacó su ticket y se sentó, tenía que pagar las tarjetas de crédito de sus padres. Luego de un rato su número sonó un par de veces pero al no encontrar respuesta, siguió de largo, Juan continuaba ensimismado con su novela. Cuando levantó la mirada, fue a pedirle al cajero que por favor le dejara pagar, solamente se le había pasado un número -espere su turno-, -es que tengo clase-, -no es mi problema-, -pero es que yo-, -saque otro ticket- dijo señalando la máquina, Juan debía

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sentarse a esperar otra media hora. Logró ver al cajero sonreír maliciosamente. Terminados sus quehaceres bancarios, caminó casi corriendo a la universidad. En la calle le sorprendieron un millón de cláxones que pugnaban por atravesar el tráfico del medio día. Escapó de aquella zona con las manos en los oídos. Después de una cuadra de transitar sosegado, pasó un carro dando fuertes bocinazos y carcajadas malditas. Cuando quiso cruzar la pista, otro aceleró en plena luz roja asfixiándole con su nube de smog; y un tercero, contra el tráfico, aplastó su pie derecho. Luego de recordar a la madre de todos los chóferes, siguió su camino cojeando, no podía perder aquella clase. -A ver carné a la mano señores, carné a la mano- Juan la había olvidado en la mesa -no señor, no puede pasar sin su carné universitario ¿tiene algún otro documento?- su DNI le acompañaba, desayunaban junto al pasaporte -me los olvidé en la mesa, pero tengo clase-, -ése es tu problema ¿cómo sé que es cierto? nadie puede pasar sin identificación- mientras que por el otro carril, discurrían tranquilamente: un par de barbones con relojes amarrados al cuerpo; unos tipos con boinas y polos con la hoz y el martillo; un par de arios, vestidos de militares, portando maletines llenos de armas; un hombre con un sobretodo, y al parecer nada debajo -¿acaso crees que voy a vestir tan formal, pudiendo estar más cómodo en tremendo sol, si no fuera porque estudio aquí?, ¿y cargando esta mochila llena de libros junto a mi informe recién impreso? Y . . .- el guachimán no lo escuchaba, había divisado a otro a quien joder. Ahora había perdido más minutos, encontró la puerta del salón cerrada, tocó y escuchó lo que temía desde que se le
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pasó el ticket -dígale que no puede entrar, es una falta de respeto hacia ustedes y sobre todo a mi persona, deberían llegar temprano para escucharme con admiración, como su autoridad intelectual-, -profesor, él es parte del grupo-, -ése es SU problema ¿para qué no viene más temprano? Según Teun Van Dijk3 . . . Luego de romperse la nariz debido al portonazo, arrojó furioso su informe y lo destruyó con los pies mientras profería groserías que inspirarían a cualquier barra-brava. El pobre Juan odiaba a todos y al mundo entero, recogió lo que le quedaba de trabajo y lo echó al basurero francés. Con el sol que le quemaba la ropa, su informe destruido y su mochila cargada de libros pesados, el día no podía estar peor. Se detuvo frente a una Iglesia. Observó palomas tragando piedras con migajas, luego como la cruz que estaba en la cúpula fue tambaleándose hasta caer, y conforme iba descendiendo se dividía en réplicas pequeñas como saetas que terminaron por ensartar a todas las aves, tiñendo el suelo de sangre y cadáveres. Un potente claxon le indicó que allí continuaban la cruz y las palomas tragando muy tranquilas. Juan volteó furioso. El automóvil detuvo su curso en la esquina, se acercó a la ventana -¿taxi?- y gritó en su oído lo más fuerte que pudo, tanto que llegó a emitir sonidos entre cláxones, alarmas, cuetones, disparos, trompetas, platillos, sin ritmo ni melodía, junto a ruidos de gente agonizante y choque de metales los cuales terminaron reventando los tímpanos del sujeto. Juan lo dejó convulsionando con los oídos sangrando, sus manos tapándole las orejas, manchando los asientos de su taxi.
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Lingüista a quien los docentes universitarios suelen citar para aparentar sapiencia. 31

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Siguió caminando. Otro taxista repitió el bocinazo cerca del banco. Como pasó tan rápido no tuvo tiempo de gritarle nada, no obstante detuvo el auto de golpe, el ruido de las llantas llamó la atención de los peatones. En ese mismo instante algo estalló dentro del carro. Los mirones empezaron una carrera de vómito al distinguir el olor a sangre que emanaba del vehículo. Ingresó nuevamente al banco pero ahora no venía a pagar sino a retirar. Se acercó al mismo tipo que lo había choteado -disculpe, pero debe de esperar su turno, estoy aten . . .- de la boca del cajero empezó a salir papel, sin nada escrito, el cajero no comprendía qué estaba pasándole, el señor a quien atendía tampoco, aunque éste último miraba su reloj con fastidio. El papel comenzó a envolver el rostro del cajero, sus colegas se quedaron paralizados, sin embargo debían seguir trabajando porque los clientes apuraban; los demás se limitaban a observar mientras esperaban la llegada de su número en la pantalla. Los papeles iban cubriendo de manera integral el rostro del cajero, lo estaban asfixiando, parecía como si le hubiesen enyesado la cabeza, no tardó en desplomarse sobre la computadora de donde brotó más papel. Juan tomó un taxi con dirección a la universidad, el señor conductor fue muy amable, al bajar le deseó buen día. No ocurrió lo mismo en la puerta -a ver carné a la mano señores- Juan hizo caso omiso a las exigencias del guachimán -documentos señor, sino no podrá . . .- Juan ni siquiera tuvo que mirarlo para que el hombre junto a sus dos compañeros trogloditas salieran disparados contra la pared donde se quedaron pegados, como si un viento muy fuerte los apretara, el mismo que terminó por aplastarlos
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como cucarachas y chorrear todas sus vísceras bajo ellos, quienes se mantuvieron adheridos a la pared. Los estudiantes le agradecieron jubilosos ya que no habían traído ni carné universitario, DNI o pasaporte y tenían examen o exposición. Para esto, Juan ya estaba camino a su salón, donde seguro que el profesor continuaba pavoneándose, algo que sumado a su insoportable soberbia, había logrado que los alumnos le tuviesen miedo y odiasen el curso. Juan tocó la puerta, como era de esperarse nadie respondió, así que se introdujo por una ventana. Todos voltearon y rieron, el profesor incluido, luego callaron al presenciar cómo el magíster iba encogiéndose, y su risa agudizándose, hasta que quedó del tamaño de una polilla. Un leve movimiento telúrico arrojó el libro de Teun Van Dijk sobre éste, aplastándolo por completo. El lugar entero había enmudecido. Al cerrar la puerta, aún podía escuchar a sus compañeros celebrando con gritos la proeza. Los que estaban exponiendo lanzaban con estruendo vivas a Juan por haberlos liberado de la Bestia. Ahora quería descansar un poco. Intentó salir de la universidad, pero aún faltaba más. Un guachimán pidió -a ver mochilas señores4-, -no, ya tengo, gracias- respuesta de una chica que arrancó las risas de la larga cola, el guachimán del mismo modo le arranchó el cierre de la mochila -¡Qué te pasa, imbécil!- Juan no necesitó más, abrió la suya, vació su contenido y la colocó sobre el rostro del guachimán cual si fuese una máscara.
El cacheo de mochilas es una atribución estipulada en el Capítulo Tercero, Título Uno, del Manifiesto del CIG (Consejo Internacional de Guachimanes), Guachimanes del mundo uníos . . . 33
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El guachimán pugnaba por sacársela, era inútil, dio unos pasos, tropezó, cayó al suelo y postrado como estaba, la mochila fue creciendo rápidamente hasta terminar por cubrirlo del todo, como un sleeping gigante. Los universitarios patearon, saltaron y escupieron la bolsa de morir hasta que dejó de moverse. Cuando los estudiantes lo buscaron para agradecerle, Juan había desaparecido. Retornó a su casa en taxi. Quería echarse a dormir un poco y no volver a pensar en nada. En la cama le vinieron unas ganas inmensas de orinar. Subió la tapa del wáter y mientras sonreía de placer, volteó el rostro, la pasta dental continuaba flotando sobre el agua de la batea.

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LA CABAÑA

A ellos dos les encantaba hacer el amor. Cada fin de semana, en que ella no estuviese con la ruler, salían desesperados rumbo al hotel de siempre. Salían a las siete de la noche para encontrar cuartos. Los jóvenes que atendían, ya los conocían -¿por horas?pregunta de mero trámite. Subían y hacían de las suyas allí dentro (del cuarto y de ella), y durante ese par de horas se olvidaban de todo al escapar a un mundo apaciblemente más excitante. Luego de gastar energías mutuamente, venía la hora del desquite, y si salían temprano al y del telo, no era solo por conseguir un cuarto vacío, sino para encontrar mesa. Y de esta manera degustar, saborear, masticar y deglutir la rica porción de chicharrón de pollo que cada sábado inhastiablemente pedían a las señoras de La Cabaña. Todo había comenzado con sus primeros roces masturbatorios en el mueble de la casa. Como ella quedaba agotada, salía con sus locuras antojosas -tengo hambre . . . pero ¿sabes qué quiero? . . . una porción de Nuggets- lo malo era que no estaban en Lima, y aún faltaba mucho para que llegaran tales establecimientos. Así que pensó un poco . . . quizás demasiado . . . tanta ganya a veces afecta . . . hasta inferir que lo más parecido eran los chicharrones de pollo.
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Entonces salió de la casa y se perdió durante casi una hora entre avenidas kilométricas y pollerías negativas, salteando choros y taxistas con el propósito de satisfacer los deseos de su enamorada. El resultado, una vez comparado con los que actualmente comían cada fin de semana, era frustrante. Cierto día, regresando de la casa de unas amigas, él se percató de la existencia de La Cabaña -¿qué local es éste?-, -aquí venía con mi mejor amiga, a comer luego del gimnasio-, -y si iban al gimnasio ¿para qué comían luego?-, -es que da hambre pues-, -pero no es lo mismo que tirar tu plata al agua-, -es que acá hacen unos chicharrones de pollo . . . mmm, buenazos-, -¡Y por qué no me dijiste que acá los preparaban!, ¡Ya no hubiera tenido que hacer tremendos viajezotes!-, -es que no quería hacerte sentir malEmpezaron a asistir cada fin de semana, habiendo hecho o no el amor, a comer chicharrón de pollo en La Cabaña. Es que eran tan deliciosos, tenían ese no se qué adictivo el cual propiciaba que siempre se llenara el local. En otras ocasiones, como ella no tenía ganas de caminar, él iba y pedía para llevar, pero no se podía conformar con comprar nada más que el chicharrón; tenía que pedir algún postre de la vitrina mientras esperaba. El que más le gustaba era el pie de limón, otro era el flan de coco, o sino la torta de chocolate, la cual tenía ese puntito exacto entre dulce, amargo y saladito que no sabía cómo lograban y producía una sensación diferente a todo cuanto había probado antes. Cuando viajaron a Lima, se dieron cuenta que por más KFC que pidieron, jamás se podría comparar a La Cabaña y a esas dos viejas solteronas, malhumoradas y con rostro de bulldog estreñido que atendían. Tampoco se encontraría
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meseras mamacitas vistiendo minifalda-cinturón, pero de la comida, de eso nadie podía quejarse jamás. La noche del sábado, luego de una gran y apasionada jornada de sexo. La pareja llegó un poco más tarde de lo previsto, lo bueno era que todavía quedaba su plato preferido -puedo estar llena, puedo no tener hambre, puedo dejar de comer todo, pero del chicharrón de pollo de La Cabaña no me cansaré jamásEl ansiado plato no venía solo, lo acompañaban unas empatadas papazas fritas junto a una ensalada que haría delirar a cualquier carnívoro -yo creo que es el aderezoAl término de la empujada, observaron a su alrededor y se ganaron que eran los últimos que faltaban para cerrar -pucha gracias amor, ha estado delicioso-, -sí-, -el problema es que durante estos últimos años hemos engordado demasiado-, -sí, eso dicen todos-, -mejor hay que venir cada vez con menor frecuencia, de paso que ahorramos-, -¿tú podrás?-, -difícil-, -entonces pa' que hablas, si después que lo hacemos te da un hambre feroz-, -es que es tan rico-, -sí-, -acá cocinan tan ricoSe dirigió a la barra y pagó -¿puedo usar el baño por favor?-, -pase- Como era una casa, para llegar a éste, había primero que franquear un pasadizo enorme y oscuro. Luego de lavarse las manos, salir del baño y cerrar la puerta, su nariz le indicó un aroma riquísimo. Caminó con cuidado, siguiendo el olor hasta dar con el patio donde habían instalado la cocina. Había dos jóvenes mujeres vestidas de blanco. El olor en efecto era a chicharrón de pollo, pero aquella carne que la chica estaba fileteando, era algo parecido a una pierna rosada. Mirando con mayor detenimiento, había cuerpos de
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bebés decapitados, colgados en gachos de carnicero, las cabezas estaban amontonadas a un lado en el lavadero, y solo los cadáveres sangrantes se balanceaban con los brazos colgándoles, cada uno enganchado de los talones, manchando de sangre el suelo. Una de ellas desenganchó a un niño, lo colocó sobre un trozo de madera, de un machetazo le separó las piernas del cuerpo y cortó los muslos en trozos los cuales fue echando en un recipiente, mitad pan rayado y maní, para luego verterlos al aceite hirviendo. La otra fue a abrir el refrigerador y sacó un pomo lleno de agua turbia; en éste había un feto, lo extrajo y con un cuchillo le abrió el pecho, le arrancó las vísceras y las colocó en otra bandeja. Recogieron su sangre y la vaciaron en el depósito de la batidora, junto con el chocolate y el aceite. Él no podía más, estaba a punto de vomitar, trató de alejarse lo más rápido posible. Sintió que una mano le agarraba el hombro. Asustado, corrió a través del sombrío pasadizo. En el comedor, la puerta de salida estaba cerrada y su flaca había desaparecido. Escuchó unos pasos, volteó su rostro, era la señora furiosa que llevaba puesto un mandil blanco impregnado de sangre; agarraba un cuchillo en su mano derecha. Bajó la mirada, su flaca yacía en el piso con los ojos abiertos. La sangre que emanaba de su cuello se iba coagulando lentamente.
Sintió como de un certero tajo, la señora había cortado su yugular. Todavía podía vislumbrar que ahora era su sangre la que iba manchando todo el piso. Para cuando sus ojos se nublaron, intentaba vanamente dar sus últimas inspiraciones.

-¡Qué suerte la nuestra! Con estos gorditos tenemos para toda la semana-

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TAXI5

Pamela estaba llegando a la universidad en micro cuando se dio cuenta que había olvidado su informe en la pensión. Bajó en la esquina más cercana y como el trayecto que había cubierto era demasiado para esperar otro, y no podía entrar a clase sin el debido informe final, tomó el primer taxi que encontró -¿A dónde la llevo señorita?-, -rápido a La Noria, por el reservorioPero yo de cojuda carajo, por qué chucha . . . yo sabía, yo sabía, YO SABÍA que algo me tenía que olvidar, y esta vez me tocó el informe de mierda, puta y encima si llego tarde ese viejo conchasumare me va a cagar -¿bonito el día señorita?-, -¿ah?-, -le digo que si no le parece bonito el día-, -ah, sí- puta mare, qué acaso no me está viendo la cara de poto que he puesto, o ese viejo de mierda vive en la nubes o qué chucha, con este informe final me juego el año y el viejo me pregunta que cómo me parece el día -qué bueno que el sol haya salido, hacía como tres días que andaba todo nublado y triste- señor le pago por conducir no para hablar, si quiere hablar pague su quina en el chat y no joda -en mis tiempos solíamos irnos a la playa todos los días, pero ahora está contaminada, recuerdo que iba a
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Publicado en las revistas "Scienciales" (Universidad La Cantuta - Lima) y "Remolinos" (Lima) 39

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Buenos Aires-, -Ah sí que bien- me llega a la punta de la teta lo que haya hecho -acá voltee a la derechaEn realidad el día sí que estaba bonito, pero Pamela no podía pensar en nada más que en presentar su informe. No reparaba en el radiante sol de primavera, las flores amarillas que caían anunciando la navidad, o la polifonía en el apareamiento de las aves. A ella le llegaba si el día era claro u oscuro, si el otoño se retrasaba o si las aves estaban arrechas -en estos momentos mi mente está muy ocupada con la universidad y le pediría silencio porque aparte estoy muy, pero muy estresada, o sea, no tengo ganas de hablar ¿comprende? y tampoco quiero ver como está el día ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni nunca ¿Entendido?-, -como guste señorita- cuando el semáforo estuvo en rojo, dirigió su mirada hacia un árbol cuyo verdor era hermoso, pero como estaba rodeado de bolsas de basura, era imperceptible. El taxi se detuvo en la puerta de su pensión -señor horita un momento, salgo y para que sean dos carreras, o sea me regresa a la universidad ¿ya?-, -señorita me gustaría que pague por adelantado-, -¿las dos carreras?-, -no, solo unacuando Pamela cacheó sus bolsillos, se dio con la sorpresa -¡¡¡PU-TA-MA-RE!!! ME ROBARON- en efecto, en el micro le habían sacado la billetera -pero por la PUTA MARE, qué cojuda que soy, mierda ¿y ahora? ahí taban mis documentos, MI PLATA ¡¡¡CARAJO!!! ya no se puede confiar en nadie, y ya solo quedan diez minutos, puta que ya fui-, -no quiero ser descortés, pero quisiera que me pagase, así como usted ha aprendido a no confiar en nadie, yo tampoco puedo hacerlo-, -está bien señor, pero ahora no podré, quizás si me busca luego de clases. . . -, -¿perdón?-, -usted sabe-, -no, no señorita, yo no-, -no te hagas el sano viejo huevón-, -no, usted está tergiversando
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mis intensiones-, -entonces ¡¿Qué chucha quieres?!-, -quisiera sus dos ojos-, -¿qué?-, -que deseo que usted me pague con sus dos ojos-, -bueno, pero si era eso lo que quería, hubiera dicho desde un inicio- Pamela sacó su navaja, la cual nunca antes había usado, y no esperaba que le sirviese para lo que iba a hacer -pero señorita, tenga mucho cuidado, no quiero que sus lindos ojos se dañen-, -¿lindos ojos? ponga el espejo hacia acá que no veoPamela levantó sus párpados y los fue cortando con el propósito que facilitara sacarlos de sus cuencas -¿le ayudo?-, -puedo sola- una vez fuera, procedió a extraerse los globos oculares con las uñas -con cuidado señorita- y mientras intentaba quitarse el ojo derecho, chorreando sangre por sus mejillas, pudo ver su reflejo en el espejo retrovisor del taxi: En verdad eran bellos, un par de ojos café los cuales brillaban gracias a la luz solar y a la sangrienta navaja. Solo le importaba llegar a la universidad y presentar su trabajo a cualquier precio -yastá ¿tiene un poco de hielo?-, -sí señorita, siempre traigo una bolsa para cuando los clientes no tengan dinero- mientras cortaba las venas que la unían a su ojo, se acordó del tiempo que estaba perdiendo en esta carnícera paga -ya señor, espere-, -aquí voy a estar señoritaCamino a la universidad, el señor puso música en su radio. Era una emisora chicha -pucha señor, cambie esa huevada no se malee pe-, -está bien señorita- el señor sintonizó algo romántico -no pe ¿acaso quiere que me ponga a llorar? ni ojos tengo- buscó en el dial hasta dar con algo interesante -pucha odio el rock peruano, no hay nada nuevo, todo lo que hacen es copiar a los gringos y se creen lo máximo- el señor prosiguió en la búsqueda -aaaggghhh, reggaeton ¡Puta qué asco! esa música de cholos y chuscos,
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encima de esos boricuas atorrantes que se la tiran de raperos gansta, quien quiera creerse negro o centroamericano debe de estar recontra mal del cheko, si son una sarta de machistas ignorantes y haraganes- sin más remedio, el señor puso noticias -uff no, en esa porquería solo aparece como todo se está yendo a la mierda, cómo el Perú se hunde cada día más en su miseria, que la pobreza, la desnutrición, la delincuencia, la drogadicción, la prostitución, la trata de . . . ¡y-a-mí-quéCHU-CHA! con tal de estar bien YO, para qué me voy a preocupar del resto- tomó un respiro y continuó -como esos huevones de la universidad que se creen socialistas, comunistas, marxistas, sarta de poco floros y poseros, esa huevada ya fue, tú crees que yo estoy estudiando como huevona para que venga uno de esos drogadictos que suben a los micros y vayan a ganar lo mismo que YO, no jodas, señor mejor apague su radio- ¿he dicho todo eso en voz alta? Antes de bajar, Pamela se dio cuenta que había olvidado nuevamente algo -a ver, ahora ¿qué desea de mi cuerpo?-, -sus oídos-, -ya lléveselos, pero rápido que estoy sobre la hora-, -¿podría hacerlo usted?-, -aiccchhh . . . YA, está bien- se miró en el espejo -están muy duras- quién me manda a olvidarme todo, ahh mierda ya entró la navaja, seguiré cortando, todo por la universidad, por forjarme un futuro -aquí está la derecha- introdujo su navaja en la otra y como carne de res fue fileteando despacito todo su cartílago sonoro. -Yastá-, -pero esto es solo lo externo, yo le dije claramente que quería sus oídos-, -¿Qué?, ¿Cómo?-, -¡Los oídos!-, -estoy sangrando un poco, pero a ver- o a escuchar -meto la punta por aquí ¿es esto el tímpano?-, -sí-, -y te lo doy con todas las herramientas, yunque, martillo, serrucho,
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zambo, wanka, weso, pellejo-, -señorita creo que está perdiendo la noción de las cosas-, -Carajo ¡Yo sé lo que hago! Ahora me retiro porque tengo clase-, -puedo esperarla si quiere-, -ve túPamela entregó el trabajo a tiempo. Si bien, carecía de ojos y orejas, y en sus nuevos orificios se iba formando una horrible costra, al profesor poco le importó. Con solo haber puesto el informe sobre el pupitre, ya estaría aprobada -tanta huevada para que ni lo revise- más que felicidad, sentía un vacío infranqueable. Se había matado durante un mes, solamente por presentar su trabajo: Investigando, copiando-pegando, analizando, copiando-pegando, sintetizando, copiando-pegando, pero por sobre todas las cosas memorizando. No había salido a ningún sitio, había choteado a su enamorado, y a éste poco o nada le importó, empezó a salir con otra, y Pamela seguía con su informe. Llegó el cumple de su mejor amiga, la llamó gastando con el dolor de su alma: 50 céntimos, el resto lo tenía que ahorrar en sus pasajes y entregar puntual el informe. Todo el stress causado le había hecho olvidar demasiadas cosas, hasta la misma razón de ser de aquel mes. A la salida, el señor taxista, quien permaneciera esperándola, guió a Pamela hacia él. Ella no lo vio, ni lo escuchó, ni siquiera le habló durante el trayecto. El taxista tampoco intentó entablar conversación. Pamela sabía que no podría pagar este nuevo servicio, pero por lo menos, viajaría más cómoda que en un micro. Como no tenía nada que comentarle, gritó algo que únicamente pudo escuchar en su pensamiento -¡Señor, le doy mi lengua, no tengo pa' pagarle!-, -eso mismo le iba a pedir señorita- Pamela procedió a sacarla lo más que pudo
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y empezó a seccionarla con su navaja, como si estuviese cortando un filete. Al señor no le importaba que la sangre siguiese manchando los forros de los asientos. Cuando faltaba un poco de carne, procedió a arrancarse la lengua y se la entregó -gracias señorita ¡Qué pase un lindo fin de semana!Pamela regresó a su cuarto, se desnudó frente al espejo y recordó un árbol que a partir de aquel día solo vería en sueños o en la memoria.

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SÚCUBO

Chihiro solía caminar sobre mi estrés. Pensaba que era un alma en pena descubriéndose muerta a mi lado o flotando azulado; golpeándome los muslos hasta sangrar y mordiendo mis dedos mientras los besaba. Recuerdo cuando se reía al arrancarme el cuero cabelludo gritando que no duraría mucho, que fuese paciente al succionar. Apretaba los botones de mi negación como la humareda de mi verde plastilina. Sus tijeras me absorbían el sexo. La imaginación de su pálida belleza posterior, un triángulo negro, altos tacones, lado b, estigmatizados por una pluma degolladora de peces sonrisa, debilitaba mi elección. Te voy a ahorcar hasta devorar tu yugular, pateando tus pies y aplastándolos con clavos en la guerra de tus bolsillos. Ahora mismo me golpeo con tus sesos que van directo a mis besos. Mi alergia a tus vellos me quemaba las arterias, resaltabas tus pezones con mis lapiceros, en ruegos, al pisar los enchufes y tus aretes a la corriente.

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Mordía mi mierda, reía a martillazos, el miedo de decir lo indeseable Te estás viniendo, te estás viniendo a golpes sobre mi cama. Mientras todos se divierten, yo estaba triste. La madrugada solía terminar nuestro idilio. Sin embargo, aparecías en mis dibujos, en mis sueños, en mi cena. La fantasía de mi pared con tu cabellera. Tus párpados simbiosis de dientes en cadenas. Rogaba por respirar tras tus oídos. Y mis papeles arrugados dimitieron por hacerle el amor a cada ojo de mis libros. Te encontré en la niebla esperando a Godot. Caíste como Alicia, leías como Matilda, implorabas como Araceli. Mis opiniones de payaso en el almuerzo desnudo buscaban la verdad, mientras tu retrato envejecía y tu cadáver quería orinar. Durante veinte años hablaron sobre nosotros alrededor del mundo, que me había convertido en un insecto y tú, en la mujer del médico que me guiaba. Saborearte. Zambulléndote en helado. Esperaba que se derritiera para absorber la disolución de la azúcar sobre tu cuerpo. Solíamos platicar sobre helarte. Aguardabas con un diminuto vestido deshojado, mientras mordía tus hombros. Luego te levantabas, te despedías, te vestías y yo bajo el pavimento, inundaba sabanas. Ya no fumes, no me lances, usa mi pubis como horno y apacigua tus antepasadas ansias de can. O no me volverás a ver jamás. Cuando me dejaste una pluma fragante sobre el monumento, la llevé morada y la celé en nuestro cofre
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atemporal. Mas por las noches, dormía en mi nariz, intentando percibir aquel aroma de tu sexo previo al dolor. Te sentía cercada mediante aquélla, como si en realidad fenecieras en el suplicio más que en nuestra madrugada. Extrañaba mi descalcificar. ¿Dónde andas Chihiro? Ya no apareces ni en la quimera de mi cama. Es difícil recordar cada uno de tus dientes en las heridas de mis dedos. La neurosis me abrasa la nostalgia. No quiero leer, no quiero dibujar, mi mano plagada de espinas ama tus plumas. Así cada golpe proyectado a tus pestañas sollozantes, simbolizara una décima de mi amor. Aquella noche, fue la única vez donde la tregua por inocularte, nos sació la cacería. Me arrodillé, como siempre. Besé sus pies, adoré sus tobillos, lamí sus pantorrillas, necesitaba grabarme su sabor, su esencia, mi delicia, mis mejillas entre sus muslos, mis labios junto a su lengua; mis manos, ella respirando, mis dedos, muy lento, mis yemas, completo mutismo, su piel, exhalaba sobre mi piel. Acerqué mi boca al lugar odiado. Conforme gateaba con la cima de mi lengua la sima de sus rosas, ella emitió las primeras espinas. Continué hasta que mis rodillas contuvieron la evolución. Coloqué mis oídos sobre su llanura y dancé hasta colocarla entre sus senos y trepé serpenteando por las pequeñas. Las lamí con mis dientes. Extenderlas, rozar, jugar con el sonido de nuestras viscosidades. Guiaba mi sexo al cardinal, lo implanté,
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Chihiro, amé tus siete gritos secos en círculos. Sentir la muerte cubriendo la delicia de nuestra esquizofrenia coital. Seguíamos adheridos, emergiendo por la acogida; ninguno de los dos quería evaporarse. Clavó violenta sus uñas en mi espalda, para recordarme que me amó más de lo que demoró mi retorno. Sus garras me intoxicaban de sueño, sueño, sueños de sublime blanco, dulces de leche, manjar blanco, acciones doradas, paraíso estanco, sutilezas, venganzas, bancos . . . cielo, purgatorio, infierno . . . eres la prometida infernal, invernal, sideral, irreal . . . One, two, three, four, five, six, seven, all good children go to heaven . . . 6 Aparte de mi punzante insomnio, mis ojos se habían soldado. Mi hermosa Chihiro desnuda, y yo, sabiendo que no era cierto, que solo su rostro era mío, que la mutación es real hasta para la ficción. La despedida bostezaría al estirar sus cabellos. Chihiro extendió sus temibles alas. Me abrazó. El patio era celeste e iluminado. Deseché la mirada, era demasiada luz para unos ojos acostumbrados a las tinieblas. El viento parafraseaba su cuerpo y desaparecía entre las nubes junto a su genuino perfil. Mis párpados llagaban mi memoria y la convertían en golpes blanquecinos de una delicada mano estrujando fuertemente vidrios reventados. Gustavo despertó de golpe, no sabía por qué estaba desnudo, sudoroso, cansado y magullado; tampoco lo que hacía una pluma blanca, y de olor muy agradable, sobre su almohada. Solo hasta que subió la mirada, y vio colgado en
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The Beatles. You never give me your money. Abbey Road. 1969.

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la cabecera un cuadro de la Virgen María con el Niño en brazos, pudo comprender las imágenes de aquel sueño tan confuso del que acababa de salir. Sonrió como si estuviese apreciando el retrato de alguien conocido, y sin saber por qué, muchas lágrimas cayeron sobre las innumerables plumas esparcidas sobre su cama.

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LA MURALLA DEL EDÉN

Cada vez que de niño pasaba por allí, me daban muchas ganas de ingresar. Quizás detrás de aquellos árboles y arbustos podría encontrar conejos o ardillas, por ahí alguna tortuga o un armadillo como en el Bebé Zoo del Parque de las Leyendas. Conforme fui creciendo, dejé de alucinar con la muralla y su hermoso jardín, para pensar en asuntos más serios como los estudios o el trabajo. Esa mañana regresé donde la muralla para contemplar aquella vegetación de mi niñez impenetrable. Me coloqué tras los barrotes y admiré su esplendor. Interrumpió mi concentración el movimiento de los arbustos. Eran un par de brazos que se estiraban como si despertaran del sueño; de pronto vi una cabellera, no sabía si de hombre o mujer. Salió un hombre de cabello negro completamente desnudo y de piel bronceada. Me quedó mirando, movía la cabeza como tratando de entender qué o quién era yo, pronunció unas palabras en un extraño idioma y le tendió la mano a alguien, como para ayudar a levantarlo. Apareció ante mis ojos la mujer más perfecta que en mi vida había visto. Estaba desnuda y hermosa, su piel también bronceada, sus cabellos castaños, sus ojos café;
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sonrió al verme, ambos lo hicieron, pensaba que alucinaba pero aquella mañana no había sacado mis joints. Ella tenía los senos no muy grandes pero tampoco pequeños y la cintura que ya codiciaría cualquier modelo, sus caderas pronunciadas, muslos y piernas derechas, cuando se volvió para conversar con el hombre, los segundos pasaron en cámara lenta al apreciar el dulce y curvado perfil que dibujaba su parte trasera, hasta que me dio la espalda por completo. Bajé la mirada, una erección alucinante estiraba mi pantalón, más aun cuando ella comenzó a mover su cabello, y éste brilló con los rayos de un sol ganadazo, tan calenturiento que se sentía. Me percaté que no alucinaba cuando unos niños comenzaron a reírse -¡Mira esos calatos mamá!- y la señora -¡Ay Dios mío!, ¡Impúdicos!- se persignó y cubrió los ojos de sus pequeños. La pareja les sonreía y saludaba moviendo la cabeza, y con ella sus cabellos -voy a llamar a la policía ¿cómo es posible?Mirando a mí alrededor, un gran número de personas, entre adolescentes jeropas, chicas arrechas y viejos verdes me acompañaban. Hasta que llegó la policía -a ver señores, no hay nada que ver aquí, no hay nada, vayan retirándose-, -¿cómo no va a haber nada?, ¡Si la flaca está buenísima!-, -¿a o sea tú eres sapo?- afirmó comiendo una mosca. La pareja optó por introducirse a su pequeña laguna, ya que el sol estaba quemando. La gente no se movió hasta que aparecieron más policías -a ver para atrás, no queremos problemas señores-, -a ver circulando por favor-, -no hay nada que ver aquí- yo no iba a moverme, quería seguir viéndolos, sobre todo a ella.

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La prensa no se hizo esperar, no solo la gente los estaba guardando para la posteridad con sus celulares, todos los diarios del país llegaron a fotografiar a “Adán y Eva”. Las cámaras de televisión comenzaron a transmitir en vivo para todo el mundo -Nos encontramos en la avenida España de Trujillo con una noticia de último minuto: la Biblia tenía razón, Adán y Eva existen ¿dónde? Aquí, en un jardín del Edén artificial, formado a los pies de la antigua muralla de Trujillo . . . Los policías no dejaban acercárseles demasiado. Día y noche se relevaban por el bien y el cuidado de la pareja, no vaya a ser que algún sapazo intentara hacerles daño, lo cual era innecesario porque la gente empezó a tomarles un cariño especial. La noticia ya estaba en Internet y había concitado la atención de los medios de comunicación a nivel mundial. Diversos especialistas en la materia como antropólogos, historiadores y teólogos, intentaban dar una explicación a lo ocurrido -primero que todo debemos demostrar que no se trata de algún engaño para distraernos de algún problema mayor, porque casi siempre, cuando el gobierno está metido en asuntos turbios, inventan una cortina de humo y como la gente quiere pan y circo . . .Para contrarrestar este juicio, el mismo presidente de la república convocó a los mejores especialistas en la materia con el propósito de realizarles las respectivas pruebas -de ADN, pero les aseguro que a esos seres humanos nadie les hará dañoY la sangre ambulante no se hizo esperar. En los alrededores se vendía comida, recuerdos y los fotógrafos abundaban. Los mismos que hicieron los polos del chico
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que se quedó sentado en un banco de la UNT, ahora vendían souvenirs de “Adán y Eva”, todo un negociazo. Para cuando los especialistas llegaron, los policías tenían la orden de dejar pasar a los doctores. La bulla no dejó entenderlos pero aseguraban que no les harían daño. En efecto, iba a ser el primer contacto que la pareja tendría con otros seres humanos. Eran muy pacíficos porque se dejaron analizar a la vista y paciencia de la gente, quienes sufrían cada vez que los doctores los tocaban. La televisión seguía paso a paso cada incidente, para asegurar la veracidad de los exámenes. Mandaron las muestras a los laboratorios de la Universidad de Yale, y aseguraron que en menos de cuarenta y ocho horas estarían los resultados. La gente se mordía las uñas y se reunía en sus huecos. Se emborrachaban hasta la inconciencia por saber si en verdad ellos eran nuestros primeros padres . . . La pruebas dieron positivo. La pareja era efectivamente “Adán y Eva”. Y como se esperaba, en Trujillo se inició una fiesta descomunal. La ciudad se vio adornada con niñas, adolescentes y jóvenes quienes se colocaron flores en los cabellos y andaban mismo Woodstock, expresando su felicidad, arrojando pétalos por las calles. Esto alegró a todos menos a los barrenderos. Aparecieron bandas tocando para las academias de marinera que exhibían a sus campeones bailando en las calles. Trujillo era una bomba total, incluso un grupo de jóvenes diske artistas, bohemios, poetas y demás adefesios, salieron corriendo desde la Chaska desnudos y con el rostro pintado por toda la avenida España, moción que felizmente compartieron muchas adolescentes hermosas quienes también se
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unieron a la causa nudista para beneplácito de los transeúntes drogados de felicidad. Yo iba cada día a verlos. Así estuviese muy ocupado, me daba mi escapada. Creo que ellos ya me conocían. Mientras el mundo entero celebraba, “Adán y Eva”, ni se inmutaban, seguían con su vida cotidiana, comiendo frutas, bañándose, haciendo el amor, una existencia tan sosegada que provocaba emularla. Claro, no todo sería felicidad.

LA MASACRE
Muchas empresas extranjeras querían comprar los derechos de “Adán y Eva”. Pensaban construir un parque de diversiones, o un casino, y transformar a la ciudad en el nuevo prostíbulo del universo. Poseer a los padres de la humanidad no era poca cosa. El turismo había incrementado significativamente en Trujillo. El congreso aprobó un gran porcentaje del presupuesto anual en favor de la protección y cuidados de nuestro más grande patrimonio: “Adán y Eva: La humanidad nació en el Perú” (ése era su slogan). Se ofrecían sumas cuantísimas para obtener los derechos, la custodia y la posesión de la pareja. Las empresas transnacionales decían que si aceptaban, construirían un mejor vivero para los padres de la humanidad y le darían trabajo a nuestra gente, pero eso sí, la pareja les
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pertenecería y ellos serían los dueños absolutos, no solo de ambos, sino de todo el terreno, y por consiguiente, tendrían libre potestad para utilizar lo que quisieran. Nunca antes el Perú había sido tan bien visto por el mundo entero. Estados Unidos e Inglaterra, La unión europea, China, el dueño del Chelsea, Bill Gates prometían millones. El FMI aseguraba nos condonaría la deuda externa si les cedían la vida de la pareja. Entonces entró a tallar el imperio: Estados Unidos reclamaba el tratado que habían firmado, y por ende su derecho como principal comprador sobre todas las demás potencias. La población trujillana estaba indignada, no dejarían que compraran a sus engreídos. Niños, jóvenes, adultos y ancianos acordaron formar una cadena humana que las veinticuatro horas del día permaneciera alrededor de la muralla. A todo esto, la pareja continuaba bañándose con serenidad en su laguna, como sabiendo que por más huelgas de hambre y tomas que hicieran, jamás lograrían cambiar nada. A los pocos días, la población Trujillana despertó consternada: los noticiarios informaron que se había concretado la venta de los derechos de “Adán y Eva” a una empresa norteamericana, la cual iba a transformar a Trujillo en una súper metrópoli, con edificios, malls y metro; solamente tendrían que bajarse unos cuantos árboles, contaminar las aguas que todavía permanecieran puras, y sobre todo sacar a “Adán y Eva” de aquel paupérrimo lugar para colocarlos en un vivero especial con todas las comodidades que los padres de la humanidad demandan -queremos formar un verdadero jardín del Edén en su ciudad y con ello, atraer más turismo y progreso para su región y el país entero56

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La gente optó entonces por encadenarse directamente a las rejas. Los policías se sentían en un dilema. Ellos, que habían resguardado durante todo ese tiempo a la pareja, no podían dejar que los llevaran tan fácilmente, pero tampoco desobedecer órdenes de sus superiores. Y los manifestantes seguían llegando del Perú y balnearios, del continente y del planeta entero (hasta se divisaron ovnis en el cielo). En Nueva York, San Francisco, Londres, París, Munich, Berlín, Barcelona, Madrid, Johannesburg, Tokio, Buenos Aires, Río, Sao Paulo, México, Santiago, la gente organizó marchas en rechazo a la venta de la pareja. En Europa Bono y Bob Geldof prepararon su “Adam & Eve Aid”. Un concierto masivo donde tocaron bandas legendarias como The Beatles (los dos que quedaban), The Rolling Stones, Pink Floyd y Led Zeppelin, aparte de un sin número de artistas de moda. Como era de esperarse ningún grupo peruano o latinoamericano estuvo presente. Dijeron que el dinero recaudado sería enviado a las víctimas de la pobreza en nuestro país, sin embargo seguimos esperando. A pesar de aquellos sucesos, era poca la cabida que otorgaban los medios de señal abierta. Estos entretenían a la población con calatas, ampays y muchos escándalos faranduleros que mantenían a parte del país sin reparar en el discurso del presidente de -disparar a matar a quienes se opusieran al progreso ¡Así sean niños!- Nadie puede competir contra el dinero. La mañana de la masacre llegó sucedió un día de semana. Sabían que la multitud enardecida no se movería, entonces se hizo presente el ejército. Los estudiantes universitarios habían preparado bombas molotov (su
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especialidad) y las lanzaron contra la infantería quienes no dudaron en acribillaros. La sangre perseguía a la muerte por las calles de Trujillo. Para los militares fue demasiado fácil reducirlos. Los manifestantes no tenían muchas armas, ni estrategia, menos experiencia, y con ímpetu no se logra nada. La desorganización terminó con ellos (y los tanques los aplastaron). Ni la Iglesia, ni la ONU, ni la FIFA se pronunciaban y la masacre proseguía. La televisión mundial transmitía cómo los peruanos se mataban entre sí -el ejército está intentando pacíficamente detener las protestas, las mismas que se están tornando cada vez más violentas, ya que según información de inteligencia, se trataría de terroristas encubiertos mas no de (. . .) tras la pausa mayor información (. . .) seguimos desde Trujillo-Perú, adelante Andrea-, -gracias Silvia, en este momento nos encontramos con el presidente de la empresa multinacional (. . .)-, -nosotros no queremos dañar a nadie son los peruanos quienes se están asesinando entre ellos, la empresa a la cual represento, solamente quiere contribuir al mejoramiento de su nivel de vida, sé que las autoridades peruanas solucionarán de buena manera estos pequeños percancesBastaron cuatro horas de cruda batalla para impregnar de sangre y cadáveres las calles de Trujillo. Porque hasta aquellos que huían, se rendían, o iban a su trabajo, eran baleados sin compasión. Entre el humo de las llantas quemándose, los automóviles volcados y los cuerpos destrozados, volteé la mirada hacia la muralla, Adán tenía en brazos a Eva, una bala había
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acabado con su vida. Y como si una pizca de respeto hubiera sido rociada, ambos bandos cayeron de rodillas vencidos por el cansancio y la vergüenza. Entre toda la locura nos habíamos olvidado de lo más importante, protegerlos. Adán no tardó en acompañarla: una bala, disparada desde sabe Dios dónde, terminó por dar el tiro de gracia al más sangriento cese al fuego de nuestra historia. El silencio era tal que solamente se podían escuchar los gemidos de los sobrevivientes. Aquellas lamentaciones infernales que nunca podré olvidar. Era espantoso, daba ganas de dispararles y dispararse. Dicen que el llanto fue tal que se podía escuchar en el país entero. Es curioso, pero yo no lloré su muerte, no lloré por la muerte de nadie, creo que ni siquiera me hirieron, o no lo recuerdo. A veces el silencio responde ante la carencia de soluciones. Al día siguiente del entierro de “Adán y Eva” (junto a sus mártires) todo se olvidó por completo. Nadie volvió a recordar la masacre, ni a mencionarla siquiera; sino ve a ver los libros de historia, no se encontrará nada al respecto, como si nunca hubiese pasado -Acá no hay nada que ver señores, no hay nada que ver- y esta vez sí que nadie más volvería a ver, escuchar, ni reclamar . . . nada. Y eso es lo único que puedo decirte. Lo que me acuerdo. Aunque mi opinión poco importa . . . la gente dice que estoy loco.

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LA ISLA7

Hasta que al fin el sueño se había cumplido: Se encontraba varado en una isla paradisíaca con las dos flacas a las cuales siempre imaginaba comiéndoselas mientras se masturbaba cada noche. Dolly y Pretty no se conocían entre sí, mas Sergio fan de ambas, quienes no hacían nada más que ser hermosas, desde antes de salvarles la vida, ni siquiera se tomó la molestia de presentarlas. Acababa de protegerlas de una muerte inminente, de quedarse perdidas y ahogarse en el Pacífico o ser comidas por los tiburones que rondaban aquellas aguas. Las subió a su balsa inflable, las amarró como sea y tan pronto acabó la tormenta, o por lo menos sintió que la mar les había devuelto a tierra firme, se dispuso a despertarlas. Como no reaccionaban, Sergio pensó lo peor, sin embargo al escucharlas toser hasta vomitar una fusión de agua, saliva y fétidos jugos gástricos, se dio cuenta que aún se podía ilusionar.

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Publicado en la “Revista Voces” de Madrid – España. Nº LXIX – 10/2007 61

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La primera en resucitar fue Dolly, una bella adolescente de unos 16 años, flaca, cabello lacio y castaño claro, además de unos ojos brillantes como su sonrisa, hermosa por donde se le viera. Al cabo de un rato, Pretty reaccionó de su sueño circunstancial; otra niña pero esta vez de 15, flaca, relativamente alta, cabello negro y con ligeros rasgos orientales. -¿Dónde estamos?- esa pregunta ni siquiera yo podría responderla -no lo sé-, -¿vendrán a buscarnos?-, -si hacemos una gran fogata, puede ser-, -tengo mucha sed-, -toma, bebe-, -¿quién eres?-, -soy un pata que así como ustedes se encuentra recontra perdido en esta isla-, -¿desde hace mucho?-, -venía con ustedes-, -ah, disculpa-, -¿nos salvaste?-, -no, sólo hice lo que mi corazón me dictó-, -qué tierno, y nos salvaste-, -yo no soy salvador de nadie, solo las ayudé y bueno, creo que no sirvió de nada, porque igual estamos varados en esta isla-, -no, pero oye gracias-, -sí, muchas gracias-, -miren, si logramos sobrevivir para salir de acá, allí recién agradézcanme, ahora descansen mientras voy a investigar por las zonas aledañas-, -no, no te vayas-, -no te vayas por favor-, -pero, es que voy a ver si podemos conseguir algo más que cocos para la cenaSergio habría muerto si aquel “notevayas” se lo hubieran dicho en otras latitudes -seguro que todavía no termina de salirse el agua salada de sus orejas y por eso están todas desorbitadas, no saben lo que dicen, mierda no puedo ni cuidarme a mí y . . . ¿hasta cuándo durará esta pantalla de líder de inteligencia emocional? Otra vez estoy hablando solo- Sergio no sabía por qué se las estaba dando de marido con ese par de adolescentes que en el área continental no le habrían hecho el mínimo caso.
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La isla era todo un sueño hecho realidad, muy similar a aquellas que las películas reproducen: la playa poseía una arena blanca y suave que llamaba al sosiego, sus aguas transparentes permitían observar toda la flora y fauna del arrecife; adentrándose, la frondosa vegetación y las aves matizaban el ambiente con sus vivos colores. No podía faltar la cascada que desembocaba en una laguna cristalina y ésta, en un río no muy caudaloso con agua apta para tomar, y otros placeres . . . Frutas en abundancia, y cocos también, era un paraíso terrenal, ahora solo necesitaría carne de lo que fuese para no alocarse demasiado. Cuando regresó, tanto Dolly como Pretty continuaban en el mismo sitio esperándolo y conversando, un poco más tranquilas. Sergio se había quitado el polo para usarlo a manera de bolsa por la gran cantidad de frutas que les había traído -hay un montón no muy lejos de aquí, por lo menos no tendremos sed-, -gracias-, -sí, gracias-, -no se preocupen, no es nada, ahora tengo que buscar más ramas secas, por la noche debemos intentar cubrirnos porque sino-, -pero si hace calor-, -¿a cuánto estaremos?-, -a unos treinta y ocho, no sé, pero puede que de noche bajeSergio pasó la tarde entera construyendo (intentando) un refugio digno para aquel par de bellezas de Ripley Joven y Eisha, mientras sus nínfulas jugaban y se vacilaban en la orilla -¡Ven a jugar!-, ¡Sí, acompáñanos!- Sergio hacía lo imposible para ocultar sus erecciones. Al rato, se quedó estático, dejó por un momento de juntar y acomodar ramas secas, cuando tanto Dolly como Pretty se quitaron sus polos, luego consiguió apreciar sus hermosos senos de niñas-agrandadas ricas, más aun cuando ambas le sonrieron y le hicieron unos gestos para
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que se acercara a zambullir un rato, sin embargo prosiguió en su afán por construir una humilde casita, no sin antes apreciar las bellas curvas que describían las caderas y la perfecta parte trasera de sus musas, solo cubiertas hipócritamente por unas tangas de colores pasteles, propicias para la torta. Estando próximo a ocultarse el sol, Sergio prendió la fogata, de algo le habían servido todos sus sábados de webin’ como lobato, boy-scout y rover. Puso a cocinar unas aves que había cazado entre el término de su faena de Bob y la recolección de ramas secas -eres muy bueno con nosotras-, -nos has salvado la vida-, -y nosotras la hemos pasado de lo lindo-, -sin ayudarte en nada de nada-, -¿no te molesta?-, -eso no es problema, si las salvé era para que disfrutaran de la vida ¿no?- y sonrieron -aparte son unas niñas muy hermosas como para morir, y eso no lo voy a permitir- los tres se ruborizaron. Llegada la noche, se echaron en la arena bajo el refugio. El tiempo era próspero en esa isla de ensueño. El mar se había calentado tanto que emanaba unos vapores que hacían sudar a los tres nuevos inquilinos. Conforme fue penetrando la noche, la temperatura también iba descendiendo (aunque no llegó a sentirse frío). Se acercaron instintivamente, el uno con las otras y viceversa, es por ello que al voltearse Pretty para acomodarse, rozó por casualidad el pantalón de Sergio donde se erguía su miembro erecto, con la salvedad que éste no sintió nada porque dormía plácidamente, no obstante aquel hecho, sumado a la tibieza del clima nocturno, auspició una noche contacto total por parte del trío.

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Sergio se despertó de golpe sintiéndose manoseado hasta el ultraje, las dos muchachas le habían desnudado, como ya lo estaban ellas, y habían acomodado sus ropas como almohadas; mientras Dolly le besaba y lamía, Pretty se disponía a sentarse sobre su boca para estimularse, su lengua reaccionó al instante. Las niñas reían, Sergio no lo podía creer. Se turnaron la cabalgata y no dudaron gemir exageradamente para provocar a su único semental, al tiempo en que éste les acariciaba y besaba por todas partes como solo en sueños y fantasías de clase aburrida lo había hecho. Ellas apuraban el ritmo, casi saltaban y caían con furia, ayudadas por sus manos que las masajeaban, al tiempo que besaba, lamía y mordía sus senos. Sergio gemía, Sergio gozaba, Sergio aguantaba reciamente la venida hasta que ya no pudiese más (y no solo él) para soltar sin roche aquel demonio encadenado por años de opresión manual. Así se sucedieron noche tras noche, madrugada tras madrugada, mañana tras mañana, día tras día, tarde tras tarde. Ya no podían calcular el tiempo, a veces no sabían ni en dónde estaban (eso jamás lograrían saberlo), y su único medio de escape consistía en dormir plácidamente luego de ardientes jornadas de sexo, las cuales fueron creciendo en situaciones tan bizarras como ni en las más pornos se habían visto jamás. Todo iba correctamente, si no estaban durmiendo, se relajaban en unas fuentes de aguas termales situadas un poco más lejos del refugio, pasando la cascada y el río, que Sergio había descubierto por casualidad; sino nadaban en el río y practicaban clavados desde la cascada. La vida estaba hecha para disfrutarla, los tres lo sabían y respetaban tal postulado. Si tenían hambre o sed, la cena
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siempre estaba servida, bastaba con asomarse a cualquier árbol. Los problemas empezaron cuando lo poco de papel higiénico que Sergio llevaba en su bolsillo, se terminó -¿y ahora qué hacemos?-, -bueno, no vayan a cometer la insensatez de limpiarse con cualquier hoja que encuentren por ahí, vayan y lávense en el río, pero no para nuestro lado, sino para la parte que va a la marA los días de esto, sintieron que era sumamente asqueroso no tener jabón ni para lavarse las manos. Sus cabellos estaban resecos, maltratados por el sol y llenos de tierra; sus axilas no podían soportar el inclemente calor y sus uñas se estaban convirtiendo en unas garras cada vez más largas, negras y dolorosas, sin mencionar los pelos en todo el cuerpo. Después, Dolly amaneció sangrando. Al despertarse, su pantalón estaba manchado en la entre-pierna. Y así como si fuese una epidemia Pretty también reinició su ciclo menstrual. Le daba pena verlas en aquella situación, porque sabía que en la isla no podrían meter cincuenta céntimos en una máquina y sacar una toalla higiénica. Esto suponía que ambas estuviesen de un humor endemoniado, puesto que hubo días en los cuales los cólicos no las dejaban descansar, aparte de tener las piernas irritadas de tanta sangre coagulada. En un comienzo, las observaba con miedo y vergüenza, pero después, seguía aguantándose las ganas, hasta que recordó que podía satisfacerse como en los viejos tiempos. Por otro lado, Sergio estaba cada día más loco porque como ya se conocía el cuerpo de ambas de izquierda a derecha y de arriba a abajo, ya no le llamaba la atención
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mantener relaciones todo el día con el mismo par de seres humanos. Una vez obtenido su deseo, no sabía qué más hacer con ellas, y rápidamente se aburría. Aun así, cuando les entraba la excitación, los 3 armaban sus clásicas orgías con introducción de cualquier tipo, y es que cuando no hay televisión, no queda otra cosa que copular hasta el hartazgo, eso también lo sabían muy bien los tres, sin embargo temían que algún avezado espermatozoide fecundara sus jóvenes óvulos y malograran la fiesta colando otro intruso en su paraíso privado, ya que no tenían condones, perdían la cuenta fácilmente y contra todo pronóstico a las dos les fascinaba que Sergio se viniese dentro, tanto como a él. Era una manera de comprobar si en realidad éstas le estimulaban tanto como él les gritaba mientras las penetraba. Y como no solo de sexo puede vivir el hombre, la mujer tampoco, para un melómano como Sergio los días que transcurrían sin una radio le cagaban la paciencia, Dolly tampoco podía seguir viviendo con esas mismas ropas de mierda, necesitaba ir de shopping; y la sensible piel de Pretty estaba infestada de horribles manchas, ya que sin sus cremas, las reacciones afloraban libremente. Lo que más le jodía a Sergio era que por esas épocas se estaba jugando el mundial de fútbol y el pobre no tenía televisión, mucho menos una radio para aunque sea imaginar que veía el partido, aparte que necesitaba enterarse de lo que estaba pasando en el mundo, y se enfurecía cada día más al recordar que no vería los desenlaces de sus programas favoritos, y de cómo estaría reventando su e-mail con las cadenas e invitaciones a páginas de fotos que no entendía; lo mismo sucedía con Dolly y Pretty, aunque éstas morían por volver a reventar la
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tarjeta de crédito de sus padres haciendo shopping durante días enteros y por las noches asistir a sus fiestas exclusivas en Eisha. El sexo ya no les era tan indispensable, entonces el aburrimiento, la ociosidad y el mal humor se fueron apoderando del trío. Ya no hablaban, mucho menos se saludaban, no les importaba la existencia del otro, ni siquiera la propia; y justo cuando estaban a punto de matarse porque no había nada mejor que hacer, descubrieron en una recolección matutina, un extraño fruto muy parecido a una mandarina, jugoso y excesivamente ácido, que al ingerirlo les relajaba los músculos faciales, luego todas las extremidades . . . caían en la arena y empezaban a cagarse de risa -es como Kanypero era más fuerte todavía, porque al rato Sergio con el control remoto que tenía en su mano prendió su televisor y puso un partido de cuartos de final del mundial, mientras Dolly frente a un espejo se probaba unos jeans y polos con la marca en ellos y Pretty se metió en una tina de mármol para darse un baño relajante con sales y aceites que iba rociando de unas botellas. A los tres les gustó tanto esa mandarina que pasaban días enteros embutiéndose cantidades extremas por escapar, por disfrutar, por extasiar. Se habían olvidado hasta de mantener relaciones coitales porque las alucinaciones eran tales que incluso no percibían si las consumaban, ya que por ratos se ponían a gritar desesperadamente (de eso sí se acordaban) y muchas veces Sergio despertaba de tales viajes con su agujereado pantalón lleno de manchas amarillas resecas y al voltear, las apreciaba desnudas y pegadas con medio plátano atracado entre sus piernas.

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Bailaban todas las noches alrededor de la fogata. Su existencia se limitaba a adorar aquella mandarina que les transportaba a otros mundos. Podían viajar durante días enteros, dejar de comer, beber, dormir e incluso tirar sin detenerse. Veían televisión, escuchaban música, tocaban guitarra, cantaban, bailaban con orquestas, asistían a conciertos de sus bandas favoritas, conversaban con íconos de la cultura popular y la historia universal. No necesitaban preocuparse por ningún bien material, a veces se cagaban encima o simplemente no se vestían y andaban gritando y convulsionando de placer. Las bellezas de vitrina que habían sido Dolly y Pretty se habían convertido en un par de chibolas flacuchentas y ojerosas de cabellos resecos y desgreñados que andaban desnudas, y llenas de pelos por cada rincón de su cuerpo (sobre todo en las piernas), exhibiendo su ingle atiborrada de costras y pequeños insectos saltarines que con el correr de las horas se hacían más grandes. Lo mismo sucedía con un barbudo y pelucón Sergio que todo el día comía sus mandarinas, incluyendo pepas y cáscara, para terminar cagando y masturbándose hasta gritar en pleno clímax evacuador-eyaculador mientras se arrastraba desesperadamente entre los excrementos secos o recientes que dejaban por doquier. A pesar de todo, Sergio todavía estaba enamorado de ambas, y ellas de él, así que de vez en cuando, o por lo menos si se daban cuenta, recordaban sus orgías y tiraban hasta desfallecer adoloridos, ya que el sexo se había vuelto muy doloroso y la comezón, acompañada por el ardor que les invadía, no les dejaba tranquilos ni cuando intentaban copular, y mucho menos miccionar o defecar, así que recurrían a sus mandarinas y tenían uno, dos, tres, cuatro

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millones de orgasmos seguidos de paz, mucha paz, de esa que sabían jamás volverían a disfrutar. -¡Capitán! mire lo que hemos encontrado- unos marineros guiaron al capitán del Lovely Rita hacia una caleta a la salida de la tupida vegetación -pobre, debe de haberse vuelto loco de la soledad-, -¿pero tanto como para follar con esos cadáveres?-, -¿cuánto tiempo cree que tendrán de fallecidas?-, -estas niñas han muerto ahogadas, no creo que hayan sobrevivido para llegar a tierra firme-, -seguro que la mar las habrá varado-, -miren, ni siquiera tienen ojos-, -es lo más asqueroso que he visto en mi vida-, -¿y qué hacemos con él, Capitán?-, -déjenlo tranquilo y no lo toquen porque les puede contaminar ¿Qué no ven esas llagas? los mosquitos, sus larvas y el sol, ya se encargarán-, -morirá, está muy deshidratado-, -pero no puedo creer cómo alguien en su sano juicio pudiera haber comido esos frutos venenosos-

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