REFLEXIONES

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En 1968 la protesta juvenil estalló en más de sesenta países y en casi cuatrocientas ciudades en todo el mundo. El movimiento se produjo en los países comunistas y en los países capitalistas; en América Latina, en Japón, en África, en el sur de Asia, en Estados Unidos y en Europa; desde Ciudad de México, Buenos Aires, Calcuta, París, Barcelona y Bangkok hasta Berlín, Roma, Turín, Londres y Chicago. Ciertamente, las expresiones locales y las causas que la originaron fueron diferentes, y no hubo entre ellas un concierto orquestado, pero varias cuestiones fundamentales planteadas por esta multiplicidad de rebeldías habrían de tener efectos duraderos en el escenario mundial y en las mentalidades de las personas. Entre las cuestiones más significativas podemos retener el cuestionamiento de todas las estructuras de dominación (culturales, políticas, ideológicas, sociales y económicas) apuntaladas por los Estados y por el imperialismo, así como la introducción de ideas de cambios radicales y revolucionarios.

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I

Para Wallerstein lo que sucedió en 1968 fue una revolución mundial, cuyo significado cardinal consistió en la desorganización del consenso liberal a escala mundial. El movimiento erosionó la fe en la ideología desarrollista al cuestionar los logros fraudulentos de la promesa liberal centrada en el desarrollo nacional y “minó todo el consenso ideológico que Estados Unidos había construido” después de la segunda guerra mundial. La revolución mundial de 1968, afirma Wallerstein, introdujo la primera nota de realismo, a saber, “que durante más de un siglo la historia del sistema mundial había sido la historia del triunfo de la ideología liberal y que los movimientos antisistémicos de la izquierda histórica habían pasado a ser [...] ‘liberal-socialistas’. Los revolucionarios de 1968 presentaron el primer desafío intelectual serio al modelo trimodal de ideologías – conservadora, liberal y socialista– al insistir en que lo que se predicaba era solamente el liberalismo, y en que era el liberalismo lo que constituía el ‘problema’.”1 En tanto acontecimiento político, concluye el autor, la revolución de 1968 fue reprimida o había perdido fuerza en todas partes en 1970, pero su efecto “se prolongó dos decenios y culminó con el derrumbe de los comunismos en 1989. En el escenario histórico mundial, 1968 y 1989 constituyen un gran acontecimiento. El significado de este acontecimiento es la desintegración de la ideología liberal, el fin de una época que duró dos siglos.”2 En realidad, el liberalismo había entrado en una fuerte crisis antes de 1968 –por la fuerte penetración de las ideas socialistas– y el radicalismo estudiantil agudizó su declive, pero no logró eliminarlo. De hecho, lo que se produjo después fue

una restauración neoconservadora o contrarrevolución liberal. El resurgimiento del liberalismo fue posible porque, como nos recuerda Díaz-Polanco, desde los años cuarenta “la intelectualidad neoconservadora se aplicó a una frenética actividad de revisión de sus enfoques, que concluyó en un conjunto notable de ajustes y correcciones a su doctrina o fundamento común: el liberalismo”, al tiempo que atacaba “sin piedad los pilares del socialismo.” De suerte que en los años setenta y en especial en los ochenta, cuando las condiciones sociopolíticas resultaron favorables para un regreso de las concepciones liberales renovadas, éstas entraron en escena y orientaron las prácticas llamadas neoliberales. El vigor político e ideológico del neoliberalismo (sumado a la crisis política y teórica de la izquierda) hizo que éste se convirtiera en hegemónico.3 Más aún, la hegemonía liberal-capitalista adquirió una dimensión planetaria sin precedentes. Esta se impuso en varios países por la fuerza militar o financiera –como sucedió en la mayoría de los países del llamado Tercer Mundo, los que quedaron atrapados “por las nuevas formas de subordinación internacional, incapaces de escapar a las constricciones de los mercados financieros globales y sus instituciones de supervisión.”4 Sin embargo, como dice David Harvey, el giro neoliberal requería de cierto consentimiento popular para legitimarse. En su opinión, en la construcción de este consentimiento fue clave la captura, por parte de los fundadores del pensamiento neoliberal, de la idea de la dignidad y de la libertad individual, que habían planteado los movimientos estudiantiles de 1968. Sin embargo, la idea de libertad que éstos sostenían era muy diferente a la de los neoliberales. El ideal de libertad de aquellos jóvenes estaba asociado a

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la justicia, a la fraternidad y la solidaridad social, como argumentaremos adelante, mientras que en el pensamiento neoliberal las libertades individuales se coligaban con la libertad de mercado y de comercio, lo que implicaba la disolución de todas las formas de solidaridad social en favor del individualismo. En esta batalla de ideas, que es la expresión de una guerra de clases, los neoliberales alcanzaron la victoria. Lo lograron en gran medida por el reajuste de sus ideas y por el impresionante despliegue de las mismas a través de los medios de comunicación, de las universidades, escuelas, iglesias y asociaciones profesionales, “que Hayek ya había vaticinado en 1947, así como a la organización de think-tanks (con el respaldo y la financiación de las corporaciones), a la captura de ciertos segmentos de los medios de comunicación y a la conversión de muchos intelectuales a modos de pensar neoliberales, [con lo cual] se creó un clima de opinión que apoyaba el neoliberalismo como el exclusivo garante de la libertad. Estos movimientos se consolidaron con posterioridad mediante la captura de partidos políticos y, por fin, del poder estatal.”5 Y desde el poder estatal se llevó a cabo la reestructuración del Estado, de la economía y de la sociedad en sintonía con las concepciones neoliberales. El resultado de todo ello ha sido un impresionante proceso de individualización y primacía de las “libertades” de los propietarios privados, de las empresas, de las compañías multinacionales, del capital financiero y, desde luego, de los consumidores.

EL “CONSENSO” NEOLIBERAL NUNCA HA SIDO GENERAL. LAS MUESTRAS MÁS VISIBLES DEL DISENSO HAN SIDO LAS MOVILIZACIONES DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS EN TODO EL MUNDO Y LAS MANIFESTACIONES EN CONTRA DE LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL EN SEATTLE, GÉNOVA, PORTO ALEGRE, FLORENCIA, ASÍ COMO LA FORMACIÓN DEL FORO SOCIAL MUNDIAL

Sin embargo, el “consenso” neoliberal nunca ha sido general. Las muestras más visibles del disenso han sido las movilizaciones de los pueblos indígenas en todo el mundo y las manifestaciones en contra de la globalización neoliberal en Seattle, Génova, Porto Alegre, Florencia, así como la formación del Foro Social Mundial que aglutina a organizaciones sociales de todo el planeta. Este movimiento altermundista ha revivido el fantasma anticapitalista. Al mismo tiempo, el agravamiento de las desigualdades e injusticias sociales, como consecuencia de las políticas neoliberales, han extendido el rechazo popular a las mismas. Este descontento se ha ido expresando políticamente en los procesos electorales de varios países de América Latina, la mayoría de los cuales se ha inclinado por alternativas de izquierda. En algunos de estos países, como Venezuela, Bolivia y Ecuador, se están intentando cambios con grados variables de radicalidad, empezando con el distanciamiento del modelo neoliberal. Aunque no está muy claro aún en qué consistiría hoy un proyecto socialista, lo cierto es que muchas de las ideas que se están discutiendo, y que señalan la necesidad de “reinventar el socialismo”, se enlazan con varias de las ideas presentes en los movimientos de 1968, como, por ejemplo, la exigencia de un modelo de democracia socialista que apunte hacia la organización del poder popular en todos los niveles de toma de decisiones, la eliminación de la identificación del Estado con el socialismo o socialización y el rechazo a la adopción de esquemas fijos y a favor de la imaginación e innovación en la construcción de los socialismos.6 La inconformidad social también alcanzó a Estados Unidos, precisamente cuarenta años después de 1968: Barak Obama, un afroestadounidense, pero sobre todo, con un discurso de cambio, obtuvo el triunfo electoral en 2008 para ocupar la presidencia de esa nación. Esto fue considerado un hecho insólito en el escenario político de este país. Sin embargo, los cambios prometidos en campaña han sido vanos y, en esa medida, la popularidad de Obama desciende.

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II

En el seno del movimiento estudiantil de 1968 emergió una izquierda distinta a las existentes hasta aquel momento. Aunque muchos de los dirigentes y participantes en los movimientos estudiantiles provenían de las juventudes comunistas y de agrupaciones maoístas y trotskistas, estaba emergiendo una izquierda que tendía a distanciarse de los partidos comunistas, socialdemócratas y de la democracia cristiana internacional. Era una izquierda juvenil en gran medida nueva, con una conciencia democrática de izquierda y que era crítica tanto de los regímenes de los países capitalistas como de los países socialistas. Todos ellos, se oponían tanto a la escalada militar de Estados Unidos en Vietnam como a la intervención de las tropas del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia. Incluían en la iconografía de su movimiento las imágenes del Che, Mao, Ho Chi Min y otros iconos revolucionarios, lo que revelaba la simpatía de los jóvenes hacia la revolución cubana, china y vietnamita, pero particularmente hacia las ideas y las acciones rebeldes del Che Guevara, quien en 1967 fue capturado y asesinado en Bolivia. Los textos del revolucionario y poeta africano Amílcar Cabral, así como los del antillano Frantz Fanon, quien militó en las filas del movimiento de independencia de Argelia, eran leídos con gran interés en los años sesenta. Ambos señalaban el papel de la cultura y de la identidad en la lucha política de liberación, e insistían en que había que liquidar la cultura colonialista junto con el dominio colonial, al tiempo que proponían la creación de una cultura nueva basada en las tradiciones de cada pueblo.7 En varios países de Latinoamérica, como en Nicaragua, Guatemala, Venezuela, Colombia y México (en Chihuahua y Guerrero, especialmente), se habían formado grupos guerrilleros desde principios de la década de 1960 y muchos jóvenes estudiantes se habían integrado a ellos. Así, pues, las revueltas estudiantiles de 1968 se produjeron en medio de una marea revolucionaria cuyos orígenes, como dice Gilman, provenían del Tercer Mundo. Era una época atravesada por “la valorización de la política y la expectativa revolucionaria”.8 En ella estaban comprometidos gran parte de los pensadores, artistas y escritores. En América Latina había surgido un movimiento de intelectuales (principalmente de escritores) influidos por la Revolución Cubana (1959). Desde principios de los años sesenta, los protagonistas de este movimiento intelectual estaban interesados en la politización de la cultura y en la construcción de una nueva cultura revolucionaria latinoamericana. Era una época en la que predominaba el lenguaje de la izquierda y la idea acerca de la inminencia de la revolución mundial; se debatía la función de la

cultura en el cambio social, la relación entre la cultura y la política, las mujeres y la política, el arte y la literatura, y, en fin, sobre los nuevos actores sociales que llevarían a cabo la transformación social, entre los que se incluían los intelectuales, los estudiantes, los jóvenes, las feministas y, según las características de cada país, el proletariado urbano y rural, el campesinado, los indígenas y los negros. Éste era el ambiente intelectual y político revolucionario en 1968. Es, pues, en este contexto en el que emergen las revueltas estudiantiles, y, en esa atmósfera, los jóvenes introdujeron nuevas ideas, así como problemáticas audaces y creativas que apuntaban hacia una reflexión y revisión de las tradiciones socialistas y marxistas. Los movimientos estudiantiles tomaron las calles, mezclando la política y la cultura. Abarcaron el antimperialismo y el anticolonialismo, el feminismo y las declaraciones por los derechos y las libertades, la libertad sexual y el amor libre, la camaradería y la solidaridad, el rock y las canciones de protesta, el cine político y la crítica comercial. Se oponían a las normas patriarcales y a las imposiciones paternas, a las jerarquías educativas y al elitismo cultural, y, en suma, a los aparatos represivos e ideológicos de Estado, teorizados por Althusser. Las consignas antiautoridad y antiautoritarismo eran comunes. El hartazgo ante el autoritarismo y toda forma de opresión parecía resumirse en una de las consignas surgidas en el mayo parisino: “Prohibido prohibir”, y que se repetía igualmente en la Ciudad de México. Había también una profunda rebeldía social contra la pobreza, la guerra y la injusticia social. Ello se expresaba en parte de la música que escuchaban los jóvenes de varios países en los años sesenta. El cuestionamiento de la cultura política autoritaria y los intentos de cambiar las estructuras caducas llevó a los movimientos a plantear como uno de sus objetivos políticos fundamentales la cuestión de las libertades. En México, por ejemplo, el movimiento estudiantil fue la expresión de los anhelos de una sociedad oprimida por el férreo control del Estado y del

LOS MOVIMIENTOS ESTUDIANTILES TOMARON LAS CALLES, MEZCLANDO LA POLÍTICA Y LA CULTURA. ABARCARON EL ANTIIMPERIALISMO Y EL ANTICOLONIALISMO, EL FEMINISMO Y LAS DECLARACIONES POR LOS DERECHOS Y LAS LIBERTADES, LA LIBERTAD SEXUAL Y EL AMOR LIBRE, LA CAMARADERÍA Y LA SOLIDARIDAD, EL ROCK Y LAS CANCIONES DE PROTESTA, EL CINE POLÍTICO Y LA CRÍTICA COMERCIAL

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partido oficial (PRI). Es un movimiento que incorpora y levanta las viejas luchas y demandas del país por las libertades: por la libre organización de los estudiantes y de los trabajadores, por las libertades de reunión y de manifestación dentro de los planteles universitarios, por la libertad de los presos políticos, por la garantía de libre tránsito, de petición y manifestación, y, en fin, contra el partido de Estado y el sistema de dominación y de control autoritario impuesto en el país. La lucha que representaba el movimiento trascendía el contenido de su pliego petitorio, el cual se centraba básicamente en demandas contra la represión y el uso de la fuerza pública. En el proceso se fueron incorporando otras demandas políticas que, al igual que las otras, tenían un contenido democrático e iban dirigidas a modificar la cultura y el régimen político dominante. Entre ellas, las más significativas fueron las demandas de diálogo público con el gobierno, aunadas al derecho a la información y la libertad de expresión en los medios masivos de comunicación. El diálogo público se planteó como una condición para buscar la solución al conflicto. Cabe recordar que en México, los dirigentes de muchos movimientos sociales habían sido cooptados por el gobierno a través de la corrupción y de la transacción. El diálogo público expresaba la desconfianza del movimiento estudiantil en un gobierno antidemocrático y su rechazo a la simulación. Lo que buscaban era la transparencia. El gobierno llegó a plantear que el diálogo podía ser por escrito, y el Consejo Nacional de Huelga (CNH) respondió que aceptaba con la condición de que la relación epistolar fuera a través de todos los medios de comunicación. Los estudiantes también aspiraban a que sus puntos de vista, sus aspiraciones y sus propósitos fueran escuchados por todo el país, así como la de los críticos y las de los opositores. Protestaban porque la prensa, la radio y la televisión solamente transmitían la versión oficial de los acontecimientos y repetían las descalificaciones, mentiras y calumnias que el gobierno profería contra los estudiantes. El movimiento estudiantil fue el primer movimiento contemporáneo en exigir la cancelación del monopolio de la información y el derecho a la libertad de expresión en los medios de comunicación. La respuesta del gobierno a estos anhelos de democracia fue ignominiosa. El 2 de octubre de 1968, la rebelión fue disuelta por la fuerza de las bayonetas y el encarcelamiento de sus jóvenes dirigentes. Con ello se inició el gradual deterioro del presidencialismo, del PRI, de las organizaciones oficialistas y de las instituciones del Estado que mostraron complicidad en los hechos sangrientos de Tlatelolco.

III

Podría decirse que las revueltas estudiantiles y las expectativas revolucionarias generales provocaron una crisis de hegemonía (política, cultural y ética) de los viejos modos de dominación liberal-capitalista. Sin embargo, después de 1968, los jóvenes rebeldes tomaron rumbos diferentes según los países. En Estados Unidos y Europa Occidental, los movimientos estudiantiles se disolvieron y quedaron atrapados en la ideología del “fin de las ideologías”, anunciada en aquellos años por la reacción intelectual conservadora, y la desaprobación posmoderna de los “grandes relatos”. Anderson concuerda con Callinicos y Eagleton en que “los orígenes inmediatos de la posmodernidad se hallaban en la experiencia de la derrota” de los movimientos de 1968.9 Para Jameson, la posmodernidad inaugura un tipo de sociedad completamente nuevo, que corresponde “a una fase del capitalismo más pura que cualquiera de los momentos precedentes” y que él denomina capitalismo multinacional avanzado.10 Sitúa el surgimiento de lo posmoderno a principios de los años setenta. Sin embargo, este “momento de verdad’ del posmodernismo” llegaría tiempo después al Tercer Mundo, cuando el capitalismo avanzado alcanzó las dimensiones mundiales de finales del siglo XX. Por ello, la experiencia de los jóvenes de esta parte del mundo fue otra después de 1968. En América Latina un gran número de estudiantes, maestros y militantes de izquierda, de distintas corrientes (comunistas, trotskistas, maoístas, marxistas-leninistas y guevaristas), se dirigieron a los sectores rurales y urbanos marginados y explotados, con el propósito de apoyarlos en sus luchas. Los diversos grupos de izquierda coincidían básicamente en la necesidad de organizar a los obreros, campesinos, estudiantes y demás sectores populares para la lucha por el cambio revolucionario. Sin embargo, tenían posiciones diversas en cuanto a la forma y los ritmos de la lucha por el cambio. Algunos planteaban que debía ser armada; otros por las vías legales. A éstos se agregaban los que pensaban que primero había que “concientizar” a las masas por medio de la educación política. De manera que en América Latina las rebeliones estudiantiles y las expectativas revolucionarias influyeron en el ascenso de los movimientos obrero, campesino y de sectores populares urbanos. Hicieron contribuciones significativas: como en el Cordobazo de 1969, en Argentina; el triunfo de la presidencia de Salvador Allende en Chile, en 1970; la reforma agraria en Perú y la construcción de la Asamblea Popular en Bolivia, en 1970. La reacción contrarrevolucionaria se impuso enseguida mediante una serie de golpes militares, acompañados de una represión

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salvaje, empezando precisamente en aquellos países en los que se estaban produciendo cambios progresistas (Bolivia, Chile, Perú, Argentina). En los demás países en los que las dictaduras militares se habían impuesto años atrás –como en los países centroamericanos–, se recrudecieron las acciones contrainsurgentes. Las dictaduras cancelaron la vía pacífica y legal del cambio social, lo que hizo que gran parte de la izquierda revolucionaria se inclinara por la vía armada. Las acciones guerrilleras se intensificaron en la década de 1970 y, después del triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua, en 1979, se reanimó la confianza en el cambio revolucionario.

LAS IDEAS DE LIBERTAD, DIGNIDAD, IGUALDAD Y FRATERNIDAD QUE EMERGIERON EN 1968 SE ENLAZAN CON EL SISTEMA DE CREENCIAS DE LOS SOCIALISTAS REVOLUCIONARIOS; LAS CUALES TIENEN UN SIGNIFICADO DIFERENTE A LAS DE LOS LIBERALES

Con todo, paralelamente, en esas fechas iniciaba la gran ofensiva neoliberal global, comandada por los gobiernos de Margaret Thatcher y de Ronald Reagan. Con esta ofensiva se da inicio a una nueva fase histórica del capitalismo (el capitalismo multinacional avanzado o globalización capitalista neoliberal). Esta fase va acompañada de una restauración neoconservadora, la que, como dice Bourdieu, reviste una forma inédita, el de presentarse como el horizonte acabado de la historia (el “fin de la historia”) y del pensamiento (el fin de las utopías críticas), intentando “desplazar al pensamiento y la acción progresista hacia el arcaísmo”.11 El triunfo del capitalismo mundial, junto con el derrumbe de los “comunismos” o “socialismos reales” en 1989, significó un duro golpe para las fuerzas de izquierda que se le habían opuesto. En este contexto, se inicia el “consenso” en torno a la democracia liberal y la institucionalización de algunos partidos políticos antes clandestinos o prohibidos, con la evidente intención de asimilar a las izquierdas –por lo demás seriamente debilitadas– y encauzar todo conflicto y descontento social por los causes de la legalidad y de la institucionalidad liberal dominante. Es entonces cuando en Latinoamérica se inicia la disolución de los regímenes dictatoriales y la desmovilización de las fuerzas revolucionarias en casi todas partes. En 1992, el FMLN (Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional) firma los acuerdos de paz con el gobierno salvadoreño y la URNG (Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca) hace lo mismo en 1996 con el gobierno guatemalteco. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional –considerado por algunos como la primera guerrilla posmoderna– se dio a conocer públicamente en enero de 1994, y en 1996 firmó con el gobierno mexicano los primeros acuerdos. Las fuerzas sociales y políticas que no se integraran en el “gran consenso” serían en adelante tachadas de terroristas, extremistas, fundamentalistas, antidemocráticas o, lo menos, de provocadoras. Todo disenso sería censurado y criminalizado. Todo el peso de la ley y de las fuerzas del orden caería sobre los opositores reales. Las ideas y el lenguaje de la izquierda marxista y socialista fueron también enjuiciadas y desacreditadas, lo que provocó en

muchos la autocensura. Pero esto se hizo a través de mecanismos más penetrantes: mediante el predominio de las ideas y el lenguaje posmoderno y neoliberal en los espacios de comunicación de masas, académicos y culturales; al tiempo que se instaló en esos espacios la “violencia de la opresión simbólica” señalada por Bourdieu: por ejemplo, “la censura larvada que golpea cada vez más a la prensa crítica y, en los grandes diarios oficiales, al pensamiento crítico”12; la censura que ejerce los medios de comunicación contra el pensamiento y las manifestaciones críticas, y, en suma, la exclusión de cualquier posibilidad de que se expresen puntos de vista diferentes a los dominantes. Se trata de una violencia por medio del dominio simbólico contra el que luchaban los jóvenes en 1968, con la diferencia de que hoy la “vida política e intelectual están cada vez más sometidas a la presión de los medios.” Los años ochenta y noventa fueron tiempos particularmente difíciles para el pensamiento marxista. Como dice Eagleton, “desde el punto de vista del propio marxismo la ironía estaba clara. Los cambios que parecían consignarlo al olvido eran aquellos que se había dedicado a explicar. El marxismo no era superfluo porque el sistema hubiera alterado su papel; cayó en desgracia porque el sistema era más intensivo que nunca. Quedó sumido en la crisis; y era el marxismo sobre todo el que había dado una explicación de cómo estas crisis se producían y desaparecían. De modo que desde el punto de vista del propio marxismo lo que lo hacía parecer redundante era precisamente lo que confirmaba su relevancia. No le habían enseñado la puerta porque el sistema se hubiera reformado haciendo que la crítica socialista fuera superflua. Le habían puesto de patitas en la calle justamente por la razón contraria, porque el sistema parecía demasiado imbatible, y no porque hubiera cambiado su forma de proceder, lo cual hizo que muchos perdieran la esperanza en el cambio radical.”13 Sin embargo, una vez asimilado el golpe, se produjo un renacimiento intelectual de la izquierda y de los “marxismos”, como los llama Bensaïd, paralelo al surgimiento de los movimientos anticapitalistas.14 La resurrección de Marx se revela en el incremento de los tirajes y de la venta de sus libros. A ello han contribuido en gran medida los pensadores marxistas que han sorteando las tempestades antimarxistas y la sensación generalizada de derrota. Éstos han sostenido una distancia crítica y han realizado importantes análisis sobre la nueva realidad (espacial, cultural, social, política, etc.) del sistema mundial del capitalismo avanzado o multinacional. También están retoñando las reflexiones de la izquierda sobre “la condición de posibilidad de un socialismo nuevo y de mayores alcances”, y propuestas de nuevas formas de política cultural radical, “adaptadas a nuestras actuales circunstancias.”15 Quizá este renacimiento explique el hecho curioso de que los intelectuales neoliberales han tratado de influir en la izquierda latinoamericana (en la que se incluye a la mexicana), a través de la televisión, de las revistas y de la prensa, en la orientación que deben asumir; le dicen que deben modernizarse y modernizarse significa para ellos liberalizarse, volverse liberales. En otras palabras, persuaden a la izquierda de que se asuma como izquierda liberal. Mucha gente de la izquierda política que se decía revo-

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lucionaria en otros años ha caído en la jugada y se ufana de ser una izquierda liberal y “moderna”; pero esto no es nada nuevo. Siempre ha existido una izquierda y unos partidos que representan la izquierda liberal (los socialdemócratas), los que, en tiempos de neoliberalismo, también se han neoliberalizado. El primer intento de asimilación de la izquierda no-liberal, e incluso de la izquierda liberal, por los causes de un neoliberalismo “moderado” fue la propuesta de la llamada “Tercera vía”, que obtuvo un gran despliegue mediático y político, con Bill Clinton y Tony Blair a la cabeza, y el auxilio teórico del sociólogo Anthony Giddens.16 Es importante tener presente que la izquierda juvenil que emergió en 1968 no era liberal; y que surgió –como dice atinadamente Wallerstein– en contra de la izquierda liberal o liberalizada. Habría que recordar que el pensamiento de Marx surge en oposición al liberalismo originario, por la sencilla razón de que el liberalismo es el sustento filosófico, ideológico, moral y político del capitalismo. En este tenor, las rebeliones de 1968 develaron y expusieron el meollo de las diferencias: que la izquierda liberal o liberalizada no era anticapitalista ni antisistémica, y que el compromiso de la izquierda revolucionaria con las libertades –rejuvenecidas por esta izquierda juvenil– debía ser un rasgo clave, junto con la igualdad, en la construcción de una nueva sociedad. En los socialistas revolucionarios, la idea de libertad tenía un doble significado: por un lado, la libertad en tanto proceso de liberación de los hombres y de las mujeres de la opresión, de la explotación y de la enajenación, y, por otro, la libertad en tanto autorrealización personal y colectiva en la nueva sociedad. En ese sentido, el Che –que había influido en los jóvenes de la generación de los años sesenta– concluía en un texto publicado en 1965: “Nosotros, socialistas, somos más libres porque somos plenos; somos más plenos por ser más libres.”17 En una perspectiva histórica renovada, nos parece que las ideas de libertad, dignidad, igualdad y fraternidad que emergieron en 1968 se enlazan con el sistema de creencias de los socialistas revolucionarios; las cuales tienen un significado diferente a las de los liberales. Eagleton ha señalado algunas diferencias entre el modelo liberal de sociedad y el de la sociedad socialista, que conviene recordar: “El modelo liberal de sociedad quiere que los individuos crezcan cada uno en su propio espacio, sin interferencia mutua. El espacio político en cuestión, es por tanto, un espacio neutral: está realmente allí para mantener a las personas separadas de forma que la realización personal de una no coarte la de la otra.” En cambio, la “sociedad socialista es aquella en la que cada uno conquista su libertad y su autonomía en y mediante la realización personal de los demás”. Por ello, en esta tradición el sentido de libertad es más positivo, es más afirmación del destino común de los humanos; en la tradición liberal, sintomáticamente, el mayor valor se asigna a la llamada “libertad negativa” (frente a los otros y frente al Estado). Eagleton asocia el modelo de sociedad socialista con el paradigma del amor, el cual “significa crear para el otro un tipo de espacio en el que pueda crecer, al tiempo que él hace esto mismo para uno mismo.” También la igualdad es un concepto clave en el pensamiento socialista, “puesto que uno no puede alcanzar realmente este proceso de realización personal recíproca salvo entre iguales [...] Sólo una relación de igualdad puede crear

autonomía individual.”18 Pero, tratar a las personas (mujeres y hombres de distintas edades, culturas y preferencias sexuales) “de forma igualitaria no significa tratarlos como si todos fueran lo mismo, significa atender con ecuanimidad a la situación única de cada individuo” y colectividad. Igualdad significa dar peso a la particularidad de un individuo y colectividad como a la de otro.19 En suma, “una razón para considerar que el socialismo es superior al liberalismo es la creencia en que los seres humanos son animales políticos no solo en el sentido de que tienen que tener en cuenta la necesidad de satisfacción de los demás, sino que de hecho alcanzan su satisfacción más profunda sólo en términos de reciprocidad.”20 En mi opinión, éste era el sentido profundo de las ideas que estaban en la base de las rebeliones estudiantiles de 1968, lo que hace que este episodio de la historia mundial, que es a la vez en cada caso muy nacional, sea tan significativo y entrañable. Si las ideas y las metas que surgieron entonces siguen siendo vigentes, la tarea del presente es volver a la acción teórica y política colectiva, con renovado vigor, de modo que sea posible otra rebelión mundial como la de 1968.
NOTAS
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Immanuel Wallerstein, Después del liberalismo, Siglo XXI, México, 1996, p. 107. Ib., p. 107. 3 Héctor Díaz-Polanco, Elogio de la diversidad. Globalización, multiculturalismo y etnofagia, Siglo XXI Editores, México, 2006, pp. 193-196. 4 Perry Anderson, Los orígenes de la posmodernidad, Anagrama, Barcelona, 2000, p. 126. 5 David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid, 2007, p. 48. 6 Waldo Fernández Cuenca, “El impredecible final del laberinto cubano”, entrevista Aurelio Alonso, en La Ventana, Casa de las Américas, La Habana, 2008. 7 Véase la compilación de textos de Amílcar Cabral y Frantz Fanon, en Hilda Varela Barraza, Cultura y resistencia cultural: una lectura política, SEP, México, 1985. 8 Claudia Gilman, Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina, Siglo XXI, Argentina, 2003, p. 38. 9 Anderson, o. c., p. 125. 10 Fredric Jameson, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Paidós, Barcelona, 1995, p. 14. 11 Pierre Bourdieu, Pensamiento y acción, Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2005, p. 29. 12 Ib., p. 49. 13 Terry Eagleton, Después de la teoría, Debate, Barcelona, 2005, pp. 53-54. 14 Daniel Bensaïd, Marx intempestivo. Grandezas y miserias de una aventura crítica, Ediciones Herramienta, Buenos Aires, 2003. 15 Jameson, o. c., p. 111 y subsiguientes. 16 Véase, Héctor Díaz-Polanco, “La Tercera Vía. El centro político de la discordia”, en Memoria, núm. 126, cemos, México, agosto, 1999. 17 Ernesto Che Guevara, “El socialismo y el hombre en Cuba”, en Guillermo Almeyra y Enzo Satarelli, Che Guevara. El pensamiento rebelde, Ediciones Continente, Buenos Aires, 2007, p. 85. 18 Eagleton, o. c., pp. 177-178. 19 Ib., p. 156. 20 Ib., p. 132. La autora es etnóloga y profesora-investigadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH-INAH). Participó en la Comisión Especial del Caso 68, que rescató y organizó para el Congreso de la Unión los materiales gubernamentales sobre el movimiento de 1968, que fueron depositados en el Archivo General de la Nación. Es autora de artículos y libros; entre otros: Los pueblos indígenas. Del indigenismo a la autonomía, Siglo XXI Editores, México, 1999, y Ciudad de pueblos. La macrocomunidad de Milpa Alta, Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal, México, 2006 (Premio de Ensayo de la Ciudad de México, 2006).

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