CosmoCaixa Barcelona, 3, 4 y 5 de junio de 2009

Mesa redonda VI Prevenir, ¿qué? Redefiniendo el trabajo con jóvenes

Criticando estereotipos. Jóvenes, drogas y riesgos
Oriol Romaní Alfonso

Introducción
En esta intervención voy a hacer unas reflexiones en voz alta sobre algunos estreotipos alrededor de los jóvenes y las drogas, centradas sobre todo en un aspecto del tema, como es el de sus relaciones con el riesgo. Para ello, lo primero que debemos precisar es que ya no estamos ante aquel «problema de la droga» de los años 80 y 90 del pasado siglo, basado en la alarma y la moralina sino que, a pesar de que por parte de algunos sectores sociales todavía no se hayan abandonado algunas formulaciones heredadas de aquél, parece haber un cierto acuerdo entre profesionales, usuarios, familiares, gestores, políticos y otros ciudadanos acerca de que nos encontramos ante un problema que nos remite a dos elementos básicos de la vida social, que se habían visto negativamente afectados por como se habían planteado «el problema de la droga»: la salud pública y la cohesión social. Aunque el desacuerdo sobre lo que significa esto forma una parte central de la vida sociopolítica de cualquier sociedad, creo que lo interesante es que el problema queda formulado de tal manera que facilita plantear de una forma más coherente que en el pasado inmediato —y más allá de los grandes discursos—, objetivos, prioridades y, en definitiva, programas concretos de intervención social en este campo. Dos aspectos básicos de esta nueva situación serían, por un lado, que los consumos se han ido «normalizando», en el sentido de que han pasado de contextos marginales a pautas de uso en contextos de vida cotidiana y, mas en concreto, se identifican con espacios de ocio juvenil, en los que circulan junto a la oferta de muchos otros consumos; de este modo, para amplios sectores sociales, han perdido su virulencia como problema, pues forman parte del modelo cultural hegemónico que insiste en que para existir en este mundo, y para ser «normal» en él, debes consumir, lo que sea, pero sobre todo consumir. Por otro lado, a partir de un replanteamiento que ya se venía dando en sectores profesionales, pero que fue ampliamente dinamizado por la expansión del sida, las políticas sobre drogas fueron abandonando la vía única de «la lucha contra la droga» y la abstinencia total; no sólo por su manifiesta inutilidad respecto a los objetivos teóricamente propuestos, sino también por su gran cantidad de efectos perversos respecto a la intervención sociosanitaria. Así se fueron desarrollando las políticas de reducción de daños o riesgos que conviven, de forma un tanto contradictoria, con orientaciones políticas anteriores (ver Trujols & Marco, 1999; Romaní & Ilundáin, 2009). En este marco, pues, voy a presentar unas breves reflexiones sobre algunos estereotipos que emanan de las instituciones, y de otros que circulan en el mundo de los padres/ adultos y de los propios jóvenes, que espero puedan tener alguna utilidad para las conversaciones sobre drogas y prevención entre familias y jóvenes. 1

Criticando estereotipos
Oriol Romaní Alfonso
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1. Los estereotipos institucionales
El primer gran estereotipo de las instituciones1, que presentaré de forma muy esquemática, ha sido fruto, de alguna manera, de aquel nefasto «La droga mata», el gran eslógan, en su momento, del prohibicionismo reinante. De las drogas sólo se subrayan sus efectos negativos, mientras que, por otro lado, se suman los muy distintos tipos de consumo en un «totum revolutum» estadístico que sirve para afirmar la alarma ante el nivel de drogadicción de la juventud; todo lo cual lleva a la contradicción de que si los efectos de las drogas son siempre e invariablemente tan malos, ¿cómo es que no tenemos a media juventud perdida y enferma a causa de «la droga»? Desde hace unos años se ha señalado en algún estudio que la no valoración, de hecho, de las diferencias entre los distintos tipos de consumidores de drogas lleva a la invisibilización de todos aquellos y aquellas que hacen un uso recreativo, esporádico, etc. de las mismas —o de alguna de ellas— que redunda, finalmente, en que las amplias mayorías que hacen uso de distintas drogas parecen identificarse con toda la juventud (Ver Comas, 2005) . Aunque ya se admite la existencia de distintos tipos y grados de usos teóricamente (y diría que con la boca pequeña), en la práctica de los discursos institucionales, vehiculizados por los medios de comunicación, estas matizaciones desaparecen; se puede decir que los medios distorsionan dichos discursos, que es culpa suya, pero desde las instituciones se supone que ya deberían saber que tienen que contar con su mediación para hacerlos llegar a la sociedad, y mientras este sesgo un tanto simplista y alarmista (por mas que sea con sordina) esté presente, la tendencia simplificadora y estereotipante de los medios hará el resto. Todo ello no es sólo un problema estético o de corrección analítica, sino que sobre todo supone graves dificultades para la efectividad de las intervenciones que se pretenden, supone consolidar la falta de credibilidad de los discursos institucionales que, si de por sí podemos considerar que es ya una característica inherente en las relaciones que con ellas tienen los adolescentes en nuestra sociedad, se ven acrecentadas en este caso por lo que podríamos llamar la disonancia cognitiva que tales discursos les provocan respecto a su experiencia de la realidad cotidiana. Un segundo estereotipo, aunque relacionado con el anterior, que estos últimos años se ha repetido mucho, es el de la «baja percepción del riesgo» de los jóvenes ante las drogas. Partiendo de una concepción del riesgo que prácticamente equivale a peligro —eliminando así el umbral de posibilidades de que aquello que se considera riesgoso acabe concretándose en una u otra dirección (o acabe aportando tanto elementos que se consideren positivos como negativos)—, la necesidad de prevenir a los jóvenes de ciertos daños acaba confundiéndose con la obligación de protegerlos de ciertos riesgos (Duff, 2003; Hunt et alt., 2007; Sepúlveda et alt., 2009). De ese modo, se aúnan el quimérico intento de anular las experiencias que van configurando la vida de las personas (eso sí, sólo en determinadas áreas de la misma, pero a la postre tan importantes como otras), con la renuncia a crear las mejores condiciones para que estas experiencias puedan realizarse minimi1 Sé que soy injusto con las instituciones, como lo seré con los adultos y los propios jóvenes, pues también entre ellas hay grandes diferencias. Pero en un texto breve como éste por fuerza debo esquematizar a partir de lo que considero como tendencias principales o especialmente significativas en cada caso.

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zando los daños que algunas de ellas puedan conllevar. Si la prevención fuera algo parecido a esto último, como creo, las acciones basadas en el discurso que estoy criticando son completamente contraproducentes, por el bloqueo y los desequilibrios que podrían introducir en los procesos de emancipación a la vida adulta, y por la manifiesta ineficacia respecto a los objetivos propuestos. Un ejemplo de ello es el de la supuesta «baja percepción del riesgo» del cannabis. Dejando aparte la banalización generalizada —conexa a la serialización— con la que el mercado nos presenta cualquier mercancía (dato que no se puede olvidar si queremos actuar sobre la realidad), lo que nos encontramos durante el primer lustro de este siglo es que desde las instituciones se insistía en este estereotipo mientras la realidad lo desmentía. En la línea que hemos visto, el discurso institucional no admite fisuras, las drogas son malas, y todo lo que se aparte de esto es «baja percepción del riesgo»; mientras que las respuestas de los jóvenes a distintos estudios se muestran mucho más sutiles y matizadas, y con una percepción del riesgo que no puede ser tildada de baja: si bien el 36,9% de los escolares dicen que ve riesgos en el consumo ocasional de cannabis, cuando se pregunta por el habitual este porcentaje se eleva al 83,6% (OED, 2004), lo que está cerca de otras encuestas como la de la «... Agencia de Salud Pública de Barcelona (2005), donde encontramos que el 71,1% de los jóvenes entrevistados encuentra más riesgos que ventajas en fumar cannabis (...) Es decir, los jóvenes tienen una elevada percepción del riesgo, pero distinguen las diferentes substancias y, sobre todo, son conscientes de la diferencia entre consumo esporádico y habitual» (Barriuso, 2006: 3.4). Me atrevería a decir que si la curva ligeramente descendente de determinados consumos de cannabis entre ciertos grupos de edad juveniles que se detecta estos dos últimos años tuviera algo que ver con las intervenciones institucionales (cosa muy difícil de afirmar), esta relación deberíamos buscarla más en la fuerza de la normalización que ha permitido el despliegue de programas de proximidad de reducción de daños y similares, que no en otro lugar; aunque esto habría que comprobarlo2.

2. Los estereotipos de padres y adultos
Hace unos años, Megías et al. (2005: 278—279) planteaban que «...si hay un «problema de valores» debe ser por causa de los demás, de una sociedad que «me impone sus criterios», sin que quepa concebir que, en el caso de cada cual, no se tenga claro cuáles son y cuáles deben ser esos valores asumibles, ni que estos valores asumibles no se transmitan a los propios hijos (…) Parece muy característico de la situación actual ese movimiento tensional en padres y madres, que fluctúan entre la conciencia culposa de no haber hecho las cosas suficientemente bien y la desculpabilización de creer que, hagan lo que hagan, la influencia exterior es infinitamente más poderosa. No es extraño que, acuciados por la ansiedad que supone esta tensión, se observe en estos padres y madres un movimiento de delegación de los compromisos en otras instancias exteriores; por ejemplo, un movimiento de traslado de la exigencia de control, a través de mecanismos soft (campañas informativas, educación escolar...) o hard (leyes y policías). Sea como sea, una consecuencia de
2. Este tema lo desarrollo más ampliamente en Romaní (2005)

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estas posturas paternas es la desresponsabilización de los hijos, que parecen asumir con comodidad su parte complementaria del estereotipo». Este texto creo que es útil para reflexionar sobre los estereotipos adultos, sobre todo si tenemos en cuenta que los valores no existen en el vacío, sino que emanan de y están plenamente articulados con las condiciones materiales y simbólicas, estructurales, de existencia en cualquier sociedad (Gledhill, 2000). El desconcierto que manifiestan los adultos lo podemos relacionar con las incoherencias entre el discurso estigmatizante de «la droga» —que todavía «goza de buena salud» por su apoyo institucional y mediático, básicamente—, y que genera casi la obligación moral de mirar hacia cierto lado cuando hablamos de drogas refiriéndonos a valores generales, y las realidades «más normales» que ellos perciben en su entorno, aquello que nos afecta a nosotros y a nuestros hijos, «a los nuestros», en definitiva. Parece que la obligación paterna de orientar la vida de nuestros hijos queda bloqueada por el conjunto de presiones contradictorias a los que estos mismos adultos están sometidos: los discursos moralistas, las presiones hacia el consumo de todo tipo —que a veces tienden a confundir el ciudadano con el buen cliente—, la concepción de la familia como el reino de la bondad respecto a los males del exterior, la «falta de tiempo» para dedicarlo precisamente a los tuyos, fruto de las muchas horas de trabajo, etc. etc. Cualquier tipo de intervención que hubiera que hacer respecto a los adultos no se podría basar sólo en los discursos «buenistas» sobre lo que hay y lo que no hay que hacer: creo que la clarificación de los nexos estructurales entre consumismo, desigualdades sociales y problemas de salud (Benach & Muntaner, 2005; OMS, 2008) sería un primer paso para superar esta sensación de impotencia personal de «porqué me pasa a mi esto», situándo también el tema drogas en el contexto de procesos sociales que imbrican a gran parte de la población y en el seno de los cuales debemos tomar nuestras opciones: un mejor conocimiento de lo que tenemos entre manos, una mayor capacidad relacional (real, no sólo voluntarista), una mejor distribución del tiempo, una reorientación de ciertos objetivos de manera distinta a la que impone la hegemonía cultural... quizás permitirían ir más allá de ciertos estereotipos.

3. Los estereotipos de los jóvenes.
Veamos, finalmente, algunos estereotipos que atañen a los jóvenes. El primero de ellos, siguiendo en la línea del punto anterior, sería aquel que se mueve entre la repetición acrítica del discurso más hegemónico cuando se refiere a «la droga» en general, y el «yo controlo» cuando se refiere a él o a su grupo primario de relación. Creo que, en este caso, los mismos elementos que hemos señalado respecto a los adultos se podrían aplicar (¿quizás especularmente?) a los jóvenes. Puede tener más interés referirnos a los ambiguos resultados que produce entre los jóvenes el insistente bombardeo institucional sobre el riesgo de las drogas. Es cierto que los jóvenes, así como la población en general, suelen partir de una concepción del riesgo bastante distinta de la de los expertos; mientras éstos se basan en una «ciencia de la prevención» supuestamente objetiva, aquellos se

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basan en sus experiencias socialmente situadas, en un proceso de construcción social del riesgo, que incluye una valoración de los balances de beneficios/ daños que todo riesgo comporta, que queda bastante lejos de los discursos expertos (Tulloch & Lupton, 203; Rodríguez San Julián et alt., 2008). Pero a pesar de esto, en un reciente estudio cualitativo, Sepúlveda (2009) ponía de relieve la existencia entre los jóvenes de una «ideología del aguante» que, a pesar de que puede tener también aspectos de impugnación del discurso hegemónico, por otro lado reproduce —como no podía ser de otra manera, teniendo en cuenta su situación de subalternidad respecto a éste— algunos de sus elementos cruciales, muchos de los cuales tienen ya una expresión estereotipada en nuestra sociedad. Esta «ideología del aguante» tendría cuatro significados básicos. El primero haría referencia a la experiencia corporal, encarnada, de la resistencia, sea física —que remitiría a los contextos festivos y laborales—, sea mental —más referida a la intensidad y/o extensión de su capacidad de sociabilidad. El segundo se centraría en una tecnología del yo ligada al control de sí mismo, la cual requiere, tanto si es para consumir como si es para lo contrario, una cierta capacidad de sacrificio. Un tercer significado, éste más público, y que permitiría establecer una jerarquía comparando quien tiene más o menos aguante, sería la puesta a prueba de ciertos atributos relacionados con la «capacidad para soportar». Finalmente, y de manera casi inexorable, el aguante remite a la propia condición de ser joven, que supone «poder aguantar», en una versión actualizada del «vivere pericolosamente» que existencialismos de diverso signo ya habían atribuido a la condición juvenil. De este modo, «...el análisis del discurso del aguante nos revela de forma elocuente la colonización ejercida por el discurso dominante en la producción de su propia narrativa. De hecho, la presencia de la ecuación «riesgo/ peligro/ daño» de forma espectral atraviesa el corazón de su microrelato. ¿De qué otra forma podemos entender sino en esta relación de dominación la posición casi épica del consumidor dispuesto a aguantar los embates del riesgo/ daño como consecuencia de su accionar? ¿De qué otra forma podemos entender la consagración del consumidor en el «todo o nada» sino en el marco de la idealización de la abstención?» (Sepúlveda, 2009: 34). Toda ideología hegemónica, por definición, impone a la mayoría de la población unas determinadas «orejeras» para ver el mundo, que se traduce en lo que muchas veces denominamos el «sentido común», aquello que es tan elemental no admite discusión. También en el campo de las drogas esto funciona así; pero, igual que en otros campos de la vida social, las prácticas que ejercen en su vida cotidiana distintos grupos sociales —en este caso las prácticas de consumo juvenil de drogas en contextos festivos— también pueden llevar el germen de visiones alternativas de las cosas. Más allá de simplismos facilones, el conocimiento de esta complejidad existente en las relaciones entre prácticas sociales e ideologías de muy distinto signo que van configurando los procesos de vida cotidiana de los jóvenes, seguramente podrán ayudar a ir superando estereotipos; y el hecho de tener en cuenta este punto de vista, quizás permita, sobre todo si se hace desde metodologías coherentes con él, ajustar mejor las distintas formas de colaboración que se pueden dar entre sociedad civil e instituciones públicas en el campo de las drogas y sus riesgos.

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Referencias bibliográficas
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Hunt, G.P., Evans, K. & Kares, F. (2007). Drug use and meanings of risk and pleasure . Journal
of Youth Studies, 10(1): 73-96. Megías, E. (dir.), E.Rodriguez, I.Megías y J.Navarro (2005). La percepción social de los problemas de drogas en España, 2004. Madrid, FAD. OED (2004) Encuesta Escolares Enseñanzas Medias. Madrid, PNSD. OMS (2008) Comisión de Determinantes Sociales sobre la Salud. Ginebra, O.M.S. On-line: www. who.int/social_determinants. Rodríguez San Julián et alt. (2008) La lectura juvenil de los riesgos de las drogas: del estereotipo a la complejidad. Madrid, FAD. Romaní, O. (2005) «La normalización del cannabis desde una perspectiva global. Percepciones sociales y políticas públicas», Eguzkilore Cuaderno del Instituto Vasco de Criminología, 19: 107–120. Romaní, O. & Ilundáin, E. (2009) «Profesar en drogodependencias» en Comelles et alt. Antropología y enfermería. Tarragona, Publicacions de la URV. Sepúlveda, M. (2009) Los discursos de los jóvenes sobre los riesgos asociados a los consumos de drogas. Barcelona, Grup Igia (mimeo) Sepúlveda, M.; Latorre, A. & Trujols, J. (2009) Los estudios sobre percepción de riesgos en jóvenes usuarios de sustancias psicoactivas. Barcelona, Grup Igia– PNSD (mimeo) 6

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Trujols, J. & Marco, A. (1999) «Los programas de reducción de daños en el medio penitenciario (I): encuadre a partir del análisis de su desarrollo en el contexto extrapenitenciario», Revista Española de Sanidad Penitenciaria, 2: 32– 46. Tulloch J. & Lupton D. (2003) Risk and everyday life. Londres, Sage.

Oriol Romaní Alfonso
Profesor de la Universidad Rovira i Virgili

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