Cursilería política Por Hiram Guadalupe Pérez Sociólogo y Periodista Para tener ganancias de un evento electoral, es necesario más

pragmatismo y menos sueños. No es que se destronen los anhelos por un mejor porvenir, sino que, simplemente, ya no basta navegar entre quimeras. Nadie niega el valor de contagiar al país con la ilusión de construir un futuro más justo, equitativo y democrático, pero hagámoslo con los pies en tierra, en cercana comunicación con toda la ciudadanía, sin fingimientos ni entelequias publicitarias que falsean discursos para mercadear mentiras. De farsas y delirios demagógicos estamos hartos. Es lo que presenciamos todos los años cuando, elección tras elección, nos atosigan de ideas huecas y promesas celadas tras la magia de algún publicista que intenta conmover al electorado con representaciones engañosas que, por regla general, recurren a las mismas imágenes de niños, viejos, trabajadores y empobrecidos. Y ni hablar de consignas y discursos. De eso parece haber aprendido algo los asesores del presidente estadounidense Barack Obama, a juzgar por los rasgos que comienzan a perfilarse en sus últimas comparecencias públicas de cara a su reelección. El discurso del Estado de la Nación que pronunció hace unas semanas, por ejemplo, es seña de un cambio de enfoque. A un lado ha quedado el emblema de “esperanza” con el que logró arrimar a un número sustancial de electores tras su candidatura, muchos de ellos novicios en esas lides. Aquella hueca “esperanza” no tardó en desmembrarse. Más allá de la poca sustancia y las frases pegajosas que zurcían sus lemas publicitarios, la expectativa que creó el entonces candidato presidencial al comenzar su contienda, vendiendo sueños y dibujando el futuro de un país inimaginable, se hizo sal y agua tan pronto éste arribó a su Casa Blanca. Obama no tardó en defraudar a la mayoría de sus electores con sus primeras políticas públicas. Peor aún, escamoteó la confianza de quienes le seguían desde otras partes del globo. Se convirtió, en poco tiempo, en la antítesis de su propio discurso. Ahora, en cambio, parece moverse en una línea discursiva más ponderada y menos indigesta. Va por una frontera centrista y más conservadora de lo que pretendió ser, porque intenta proyectar su presidencia más allá del próximo cuatrienio en complacencia con muchos intereses a la vez. La historia en Puerto Rico es igual. Basta escuchar cómo se acomodan los discursos de los políticos en la víspera de las elecciones. Todos alegan tener grandes sueños, pero carecen de sustancia y, en muchos casos, de honradez para validar sus argumentos. A esta fecha todo político se transforma en un ser misericordioso y solidario. Nadie, nunca antes, se habría preocupado más por las comunidades, la educación, la salud, la violencia y el desarrollo económico que aquel o aquella que aspira una silla en alguna cámara legislativa, alcaldía o palacio presidencial. Escuchamos hablar, por ejemplo, a la senadora del gubernamental Partido Nuevo Progresista Norma Burgos de su amor por Caguas y nos desorienta. Su intento de articular un verbo romántico y coherente en torno a su preocupación por la ciudad criolla raya en la cursilería. Con su voz fanfarrona y un donaire artificioso de mujer de Estado –lo que siempre ha

### . tristemente. Pero no es la única. con los males sociales de sus constituyentes. Esperar ideas de ellos es como fantasear. Ese desgarro de verbo estridente nos provoca preguntar qué han hecho en estos años como funcionarios públicos recibiendo un salario para lidiar con los problemas del País.soñado ser–. En esa misma región de la Isla hay legisladores del opositor Partido Popular Democrático a quienes hemos escuchado prometer acabar. sean del Norte o de la Isla. no hacen más que mercadear fantasías. se pavonea entre estaciones noticiosas vendiendo sueños de oropel. La respuesta es simple: nada. Los políticos. sólo de salir reelectos.