El “encantamiento” entre los “hopis”

Oscar Freire

“…La canción resuena en nuestro Dador de la vida con regocijo Y los de la Tierra la repetimos ante nuestro Creador, Al aparecer la luz amarilla, El eco gozoso se repite y vuelve a repetir, Suena y resuena a través de todos los tiempos…” (El Canto de la manifestación) Tradición hopi

Sobre este tema, que no es privativo de la nación de referencia, como tampoco de otra (cualquiera sea), resultan notables las pertinentes analogías por el lado esencial con otras tradiciones. Los ejemplos son inagotables, y entre tantos, podríamos reiterar aquello concerniente al Dikr del esoterismo islámico, las modulaciones reservadas de algunas escuelas hebreas o las resguardadas letanías de determinados monacatos cristianos. Del mismo modo, las pronunciaciones rimadas de los denominados “arcaicos” como también de ciertos cantos aborígenes de todas las latitudes (en tanto sean soportes de rituales verdaderamente operativos) [1]. Tal es así, que podríamos ejemplificar aquel motivo que relaciona el sonido primordial con la Vía Láctea (en su relación simbólica con el rayo o la vibración) considerada generalmente en todas las latitudes de América como la Gran Vía o Eje que une el corazón del cielo con el corazón del mundo (a veces también denominado como alma del mundo); pero, también partícipe en múltiples expresiones simbólicas de toda índole (por caso, aquellas análogas, además del rayo, con la vía regia, el camino, el río, el cetro, etc.). Numerosos son los mitos cantados y los ritos aún vigentes por caso aquellos de Bolivia, análogos a los de algunas parcialidades de Baja California (sólo para referirnos de un extremo al otro del Continente) combinados con cierto modo preciso de la respiración alternante que expresan el método operativo a fines de que cada ser humano (técnicamente considerado como alma-aliento) acceda, se integre o haga efectiva su natural y original participación (mediante las modulaciones y encantaciones apropiadas que le correspondan por su “cualificación”) con la Gran Vía - considerada técnicamente, en una primera instancia o etapa de realización como alma-aliento del mundo, es decir, con el principiocentro del cual es partícipe el constitutivo humano en su estado primordial. Tal como fácilmente se habrá de comprender las expresiones de “corazón del mundo”, “alma del mundo” o “aliento del mundo” son algunas de las tantas designaciones tradicionales que remiten al verdadero Centro del mundo. Del mismo modo, la expresión “alma-aliento” (análoga al de “palabra-alma” de los guaraníes y de tantas sociedades aborígenes) se la debe considerar, tal como aludíamos, relacionada al sonido primordial (cuyas asimilaciones con aquello que encierran nociones tales como, ritmo, vibración o respiración surgen notablemente) y asimismo, con todo lo que le concierne dentro del simbolismo del corazón en el constitutivo humano.

El canto de la manifestación A fin de ejemplificar o “redondear” lo dicho precedentemente, podríamos consignar que entre los denominados hopis [2] aún se ofician algunos ritos de encantamiento [3] de los cuales, en el más importante, intervienen ciertas modulaciones precisas de aquello que se ha traducido popularmente como canción de la creación, debiéndoselo entender más apropiadamente como canto o mandato de la manifestación, y que comporta una verdadera “acción ritual” de orden iniciático. Debemos decir (al margen de toda traducción, trascripción o vulgarización) que la eficacia de dicha “acción ritual” conlleva ciertas circunstancias y elementos precisos que sólo son administrados por algunos verdaderos conocedores o ancianos sobrevivientes, los únicos en aptitud de prescribirlos a quien corresponda [4]. Los hopis (como tantos otros pueblos) consideran al mundo y a cada parte de su contenido (en uno de los aspectos centrales de su doctrina) como “un instrumento de sonido” a fin de fungir como resonador del mandato divino, cuya función de loar y glorificar [al supremo Ser] revela la naturaleza de sus razones profundas mediante los principios hilados al origen y entrevistos en el orden y armonía de todas las cosas que han sido iluminadas y cantadas. Para dar una idea (señalemos resumidamente parte de esta doctrina) digamos que el Infinito o aquello más allá de toda distinción [“suprapersonal” en Sí-mismo] es denominado como Taiowa a fin de adquirir en las narraciones y mitos cantados una “concepción personal” sin que suponga confundirle con una “individualidad” y mucho menos revestirle con un carácter antropomórfico [5]. Esto mismo (tal como sucede análogamente en la mayoría de las sociedades aborígenes más o menos completas) es el principio de una serie de atributos y cualidades igualmente “personificados” con objeto de dar un sostén de meditación y concentración en la “acción ritual” mediante cualquiera de sus “aspectos divinos”.

Así, Taiowa, el Infinito [el Principio impersonal] no puede tener actividad, por lo cual surge de El, Sótuknang, el Sol, la “personalidad divina” con relación a la manifestación universal y de donde procede todo lo finito y el nacimiento del “primer mundo” (Tokpela). De Sótuknang surge Kokyangwúti (Mujer Araña) con relación al “primer mundo” a fin de cualificarle con la luz del Padre Sol e insuflarle el sonido primordial mediante su “progenie divina”. De la mezcla de un puñado de tierra y de la saliva de Mujer Araña cantando el mandato divino (el canto de la manifestación) surgieron Los Gemelos (Pöqánghoya y Palöngauhoya) que adornaron y formaron la Tierra haciéndola estable y equilibrada en función de resonadores del sonido primordial. Tales Gemelos, son además los custodios de los extremos del Eje del Mundo. Pöqánghoya en el Polo norte a cargo de la estabilidad y la solidez, y Palöngauhoya (también denominado como “Eco”) administrando las palabras armónicas, las oscilaciones y las vibraciones en el Polo sur [6] Asimismo, Mujer Araña [7] con la misma índole axial que fue constituido el mundo (en este caso análoga a la espina dorsal) y disposición vibratoria formó con tierra de cuatro colores [y su saliva] las primeras cuatro parejas del género humano transmitiéndoles, del mismo modo, el iluminador mandato divino [8] (“encantatorio” = ”luminoso”) para que [una vez “escuchado” en origen] nunca lo olviden.

Notas
[1] A propósito de ciertos cantos aborígenes (acentuamos que nos referimos sobre aquellos ritos iniciáticos de encantamiento) podríamos ampliar las referencias dadas en otras ocasiones, y ello a título de volver a constatar que en los lugares comunes proyectados por la antropología (salvo las excepciones que correspondan), el etnocentrismo y la mentalidad contemporánea (idem) sobre los mitos, rituales e ideas aborígenes subyace en realidad algo muy distinto e inesperado; y que, en el fondo (más allá de sus legítimas diferencias formales) obedece en realidad a una misma doctrina y a un mismo objetivo, idénticos por ese mismo lado esencial, a los de una mayoría de pueblos tradicionales de la humanidad que pueden tomar y acentuar distintas cosas o apariencias, diversos motivos, figuras o fenómenos para referirse a la misma idea. [2] Para algunas referencias tradicionales de esta nación véase nuestra anotación “La Kiva tradicional”

[3] Para una definición tradicional de “encantamiento” y de su diferencia con la plegaria véase el capítulo “La plegaria y el encantamiento” de René Guénon en “Apreciaciones sobre la Iniciación” [4] Señalemos que es suficientemente conocida la circunstancia de desilusión de muchos investigadores que han abordado a estos pueblos por no recibir respuestas concretas y determinantes a fin de satisfacer sus métodos esquemáticos y afanes de conceptuación. De la misma manera, es que circulan muchas monografías etnográficas confeccionadas en base de informantes no verdaderamente conocedores ni cualificados. Si a esto le sumamos (salvo las excepciones que correspondan que señalaremos al final, en una bibliografía recomendada) los preconceptos y el producto imaginativo que surge del choque de dos mentalidades no asimilables (sobre todo por el lado esencial de las cuestiones) podremos obtener un cuadro de situación general de los asuntos aborígenes tanto en lo que concierne a su herencia como de su verdadera intelectualidad. [5] Para estas tradiciones el sentido antropomórfico o aquello relativo al reino animal, vegetal o cualquier otra especie y elementos que se consideren (de los que se han derivado tantas confusiones interpretativas, por caso el famoso totemismo) obedecen a transposiciones analógicas relacionadas al ritmo y a las raíces verbales de su propia lengua para operar en diversos niveles de referencia, y por lo cual no denotan ni connotan nada específico en sí mismo. En realidad, son designaciones de principios y de funciones que pueden servir para aludir al Infinito, referirse a la “inteligencia cósmica”, a los “seres producidos” o al “orden social”. [6] Obsérvese la relación de esto mismo con lo que decíamos en otras anotaciones, respecto al desequilibrio de los soportes sensibles de nuestro mundo debido a la negligencia del verdadero nombre de las cosas o de la Palabra primordial y de la consecuente ininteligibilidad del ritmo universal en tanto la incapacidad de ver a la naturaleza en su unidad (Véase p.ej.:“El Dato tradicional y la cuantificación moderna”). . [7] Apelando a Sótuknang para dotarles de habla, poder y sabiduría constituyendo subsiguientemente la fase de aquello correspondiente a la Tradición primordial, la cual paulatinamente ha sido afectada de olvido por parte de la mayoría del género humano en el devenir de los ciclos. [8] Como se sabrá observar, además del sentido de “canto de la manifestación” que hemos dado, el término tiene correspondencias con el de “Ley” (en el sentido de “Ley armónica universal”), “Pacto”, “esquema universal de manifestación” o el “Dharma” de la tradición hindú, según el significado estudiado por René Guénon y Ananda k. Coomaraswamy.