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Putnam (2004) EL DESPLOME DE LA DICOTOMÍA HECHO/VALOR Y OTROS ENSAYOS CAPÍTULO 1 LOS ANTECEDENTES EMPIRISTAS
La concepción de que los juicios de valor no son afirmaciones fácticas y la inferencia de que, dado que no lo son, entonces deben ser subjetivos, tiene una larga historia. Resulta útil observar una distinción diferente, que también se ha exagerado hasta alcanzar el rango de dicotomía, la distinción entre lo analítico y lo sintético. Para los positivistas, ambas distinciones, la distinción entre hechos y valores y la distinción entre analítico y sintético, contraponen “hechos” a otra cosa: la primera distinción contrapone los “hechos” a los “valores” y la segunda contrapone los “hechos” a las “tautologías”. Una versión de cada una de estas dicotomías, la dicotomía hecho/valor (“es” frente a “debe”) y la dicotomía analítico/sintético (“cuestiones de hecho” frente a “relaciones de ideas”), tuvo carácter fundacional para el empirismo clásico, así como para su heredero del siglo XX, el positivismo lógico UNA DISTINCIÓN NO ES UNA DICOTOMÍA: LO ANALÍTICO Y LO SINTÉTICO El punto de vista respecto a la relación entre “hechos” y “valores” que Putnam defiende es el que John Dewey defendió a lo largo de su carrera. Lo que atacaba Dewey era el “dualismo” hechos/valores, uno de los muchos dualismo filosóficos que estaba interesado en identificar, diagnosticar y exorcizar de nuestro pensamiento. Los positivistas lógicos introdujeron una celebre clasificación tripartita de nuestros presuntos juicios dividiéndolos en “sintéticos” (verificables o falsables empíricamente), “analíticos” (“verdaderos” con arreglo a sólo a las reglas lógicas) y “carentes de valor cognitivo”. Lo dicho sobre la dicotomía hecho/valor, que se concebía como “un abismo omnipresente y fundamental”, se podría decir también de la dicotomía analítico/sintético tal como la concebían los positivistas lógicos. Decir que es “omnipresente” es decir que esta distinción se concibe como aplicable absolutamente a todos los juicios significativos y absolutamente en todas las áreas. Para Putnam este “dualismo” de lo analítico y lo sintético es una ilusión metafísica. Esta transición de una inocente distinción a un dualismo metafísico puede ya observarse en la manera en que Kant concebía la distinción entre los juicios analíticos y juicios sintéticos. Una vez que la categoría kantiana de lo sintético a priori deja de estar disponible pasa a ser importante considerar la posibilidad de que los principios de las matemáticas sean distintos de los ejemplos paradigmáticos de las verdades analíticas y también de los de verdades puramente descriptivas. Quine criticó a los positivistas, en primer lugar, por su “fracaso en apreciar que este rasgo legislativo [en otras palabras, el elemento de convención] es un rasgo de las hipótesis científicas de una manera muy general” (más que una propiedad de ciertas proposiciones científicas particulares y no de otras) y, en segundo lugar, por su “fracaso en apreciar que es un rasgo del acontecimiento pasajero más que la verdad por él instituida”. Puede aceptarse la intuición de Quine de que hay amplias categorías de proposiciones que no pueden clasificarse simplemente como verdades analíticas o enunciados de hechos observables y a la vez no abandonar la modesta idea de que hay también casos que caen en uno u otro lado de la siguiente distinción especificable: enunciados de un cierto lenguaje que son trivialmente verdaderos en virtud del significado de sus palabras y enunciados que no lo son. Domesticada de este modo, la noción de enunciado analítico resulta ser una noción modesta y en ocasiones útil, pero ya no esa poderosa arma filosófica capaz de funciones tan maravillosas como la de explicar por qué las verdades matemáticas no representan ningún problema en absoluto para el empirismo. LA HISTORIA DE LA DICOTOMÍA HECHO/VALOR La historia de la dicotomía hecho/valor es en ciertos aspectos paralela a la de la dicotomía analítico/sintético. Al igual que esta última es anticipada por una dicotomía humeana la implícita en la famosa doctrina de Hume de que no se puede inferir un “debe” a partir de un “es” (Ley de Hume). Una pista de que la afirmación “no se puede inferir un “debe” de un “es”” presupone una metafísica sustancial es que nadie la ha tomado nunca como una mera afirmación sobre la validez de ciertas formas de inferencia. Lo que Hume quería decir era que cuando un juicio con “es” describe una cuestión de hecho, no puede derivarse de él ningún juicio con “debe”. La doctrina de que “no puede inferirse un “debe” a partir de un “es”” posee una característica ya observada en relación con la dicotomía analítico/sintético: un lado de la distinción designa una clase con una característica más o menos distintiva. En el caso de la filosofía moral de Hume, la clase en cuestión es la de los juicios que contienen “la idea” del debe. El papel de Kant en la evolución subsiguiente de lo que había de llegar a ser la dicotomía hecho/valor contemporánea es demasiado complejo para abordarlo con detalle, porque su filosofía misma es demasiado compleja. Todos los interpretes de Kant piensan que éste sostenía que los enunciados morales pueden ser justificados racionalmente; de hecho, la totalidad de la filosofía moral de Kant es una explicación de cómo puede ser éste el caso. Y del mismo modo que el desplome de la credibilidad filosófica de la noción kantiana de “verdad sintética a priori” llevó a los positivistas lógicos a volver a una versión exagerada de la idea de Hume de que un juicio o es analítico (trata de “relaciones de ideas”) o sintético a posteriori (trata de “cuestiones de hecho”), y también a ampliar lo analítico, así el desplome de la credibilidad filosófica de la noción de Kant de una “razón pura práctica” llevó a los positivistas

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lógicos a volver a una versión enormemente exagerada de la idea de Hume de que los juicios éticos no son enunciados de hecho, sino expresiones de sentimiento o imperativos disfrazados. Tanto en la distinción analítico/sintético como en la de hecho/valor puede observarse que cada uno de sus miembros designa una clase con una característica más o menos distintiva. La distinción o dicotomía hecho/valor nació de manera algo distinta, en tanto que Hume no introdujo ningún término único para lo que hoy llamamos “juicios de valor”. En lugar de ello, examina términos valorativos particulares, como “crimen”, “debe”, “virtud” y similares. Pero el contexto es siempre el contexto de la ética. Desde Hume, el hecho de que haya muchos tipos de juicio de valor que no pertenecen a una variedad ética (o “moral”) tiende a ser obviado en las discusiones filosóficas sobre la relación entre los (llamados) valores y los (llamados) hechos. Si desinflamos la dicotomía hecho/valor, lo que se obtiene es que hay que trazar una distinción entre juicios éticos y otros tipos de juicios. EL LADO “FÁCTICO” DE LA DICOTOMÍA Una manera de resumir la conclusión precedente podría ser que la dicotomía hecho/valor es, en el fondo, no una distinción sino una tesis, a saber, la tesis de que la “ética” no trata de “cuestiones de hecho”. La ciencia cambió radicalmente desde los días de Hume, y los positivistas se vieron cada vez más forzados a abandonar su noción inicial de hecho, en cierto modo similar a la de Hume, con el fin de hacer justicia a la revolución científica de la primera mitad del siglo XX. En tiempos de Hume era razonable mantener que no había predicados científicamente indispensables referidos a entidades no observables por los sentidos humanos. En efecto, la noción humeana de “hecho” es simplemente la de algo de lo que puede haber una “impresión” sensorial. La situación era sin embargo muy distinta en la época en que se constituyó el Círculo de Viena. Se sabía que existían cosas tales como las bacterias, “no observables” en el sentido de los positivistas lógicos, pero sí con la ayuda de un microscopio. La idea de que un “hecho” es sólo una “impresión” sensorial parecía difícilmente sostenible por más tiempo. Pero los positivistas lógicos aún se opusieron a aceptarlo durante más de una década. La obra de Carnap, La construcción lógica del mundo, publicada en 1928, sostenía que todos los enunciados fácticos son transformables en enunciados acerca de las experiencias sensoriales, propias del sujeto. En 1936, Carnap liberalizó ligeramente el requisito de que todos los predicados fácticos debían poder definirse mediante términos observacionales. Peor aún seguía siendo el caso que 1) una condición necesaria que un enunciado tenía que cumplir para valer como “cognitivamente significativo” era ser expresable en “el lenguaje de la ciencia”, y 2) los predicados admitidos en la parte “fáctica” del lenguaje de la ciencia tenían que ser “términos observacionales o reductibles a términos observacionales”. Finalmente, una revisión radical implicó abandonar por completo el requisito de que un predicado fáctico significativo tuviera que ser o bien un predicado observacional o bien “reductible” a predicados observacionales. LA POBREZA DE LA CONCEPCIÓN DEL LENGUAJE DE LOS POSITIVISTAS LÓGICOS Carnap pretendía que el lenguaje cognitivamente significativo se pareciera al lenguaje de la física. Aunque muy pocos filósofos suscribirían hoy criterios de inteligibilidad verificacionistas del tipo de los presupuestos por Carnap, muchos filósofos analíticos angloamericanos continúan pensando que el lenguaje significativo debe entenderse tomando como modelo el lenguaje de la física.

CAPÍTULO 2 LA IMBRICACIÓN ENTRE HECHO Y VALOR
En el capítulo precedente se ha repasado la historia de la dicotomía hecho/valor de los empiristas, empezando por la que ha sido llamada “Ley de Hume”: “Ningún debe a partir de un es”. La noción de “hecho” que subyace a la distinción de Hume es una noción estrecha según la cual un hecho es algo que corresponde a una impresión sensorial. A continuación se ha centrado e los positivistas lógicos cuyas concepciones influyeron enormemente en la conversión, primero del mundo de las ciencias sociales y del mundo culto en general, a la tesis de la validez e indispensabilidad de una separación tajante entre “hechos” y “valores”, mostrando que sus primeras concepciones acerca de qué es un hecho eran, en el fondo, muy cercanas a la de Hume. A partir de 1939, sin embargo, los positivistas lógicos empezaron a liberalizar su famoso “criterio de significatividad cognitiva”, afirmando que el lenguaje cognitivamente significativo puede contener no sólo términos observacionales sino también los llamados “términos teóricos”, términos referidos a inobservables e introducidos por sistemas de postulados, los postulados de las diversas teorías científicas. En 1950 Quine derribó la noción de lo “analítico”, para satisfacción de la mayoría de los filósofos. Quine no sugirió, sin embargo, que todo enunciado del lenguaje de la ciencia deba ser considerado un enunciado de “hecho” (esto es, “sintético”); más bien observó que la idea entera de clasificar todo enunciado, incluidos los de las matemáticas puras, o bien como “fácticos” o bien como “convencionales” (lo que para los positivistas lógicos equivalía a “analíticos”) era un embrollo insoluble. Pero si la idea de que hay una noción clara de lo que es un hecho se derrumba junto con la irremediablemente restrictiva imagen empirista que le dio lugar, ¿qué ocurre con la dicotomía hecho/valor? Tras la crítica de Quine a la concepción positivista lógica de un lenguaje de la ciencia claramente dividido en una parte “fáctica” y otra “analítica”, el argumento en pro de la dicotomía clásica hecho/valor se venía abajo. Así, la ciencia podría presuponer valores además de experiencias y convenciones. De hecho, la ciencia sí presupone valores: presupone valores epistémicos. LOS VALORES EPISTÉMICOS TAMBIÉN SON VALORES

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La selección de teorías siempre presupone valores. Del mismo modo que los filósofos empiristas estaban determinados a mantener los ojos cerrados ante el hecho de que la ciencia física presupone juicios sobre coherencia, simplicidad, belleza, naturalidad y demás, muchos autores contemporáneos que se refieren a los valores como “subjetivos”, y a la ciencia como “objetiva”, siguen con los ojos cerrados ante el mismo hecho. Y, sin embargo, la coherencia, la simplicidad y similares son valores. LA DIFERENCIA ENTRE VALORES EPISTÉMICOS Y VALORES ÉTICOS (Y POR QUÉ SU SIGNIFICACIÓN NO DEBE SER MAL INTERPRETADA) Afirmar que los valores epistémicos son también valores no equivale a negar que haya diferencias entre los valores epistémicos y los éticos. La preocupación que está conectada con los valores que nos guían al escoger entre diferentes hipótesis (coherencia, simplicidad, preservación de las doctrinas anteriores, etc.) es la preocupación por la “descripción correcta del mundo” que para muchos ha resultado ser lo mismo que “la objetividad”. ¿Qué ocurre con la idea de que la descripción correcta del mundo es la misma cosa que “la objetividad”? Esta idea descansa en la presuposición de que “objetividad” significa correspondencia con los objetos. Ya es hora de dejar de equiparar objetividad con descripción. Hay muchos tipos de enunciados que no son descripciones pero están bajo control racional, regidos por estándares apropiados a sus funciones y contextos particulares. CONCEPTOS ÉTICOS “DENSOS” La imbricación de hechos y valores no se limita, por un lado, a los tipos de hechos que los positivistas lógicos reconocen como tales y, por otro, a los valores epistémicos. Si observamos el vocabulario de nuestro lenguaje en su totalidad, y no la parte diminuta que los positivistas lógicos consideraban suficientes para la descripción de los “hechos”, nos encontramos con una imbricación mucho más profunda de hechos y valores, incluso en el nivel de los predicados individuales. El tipo de imbricación mencionado resulta obvio cuando se analizan palabras como “cruel”. “Cruel” simplemente ignora la presunta dicotomía hecho/ valor y se permite el lujo de ser empleado unas veces para propósitos normativos y otras como término descriptivo. En la literatura filosófica, tales conceptos son llamados a menudo “conceptos éticos densos”. Que éstos son contraejemplos de la idea de que existe una dicotomía absoluta hecho/valor es algo que se ha señalado hace mucho tiempo. Las respuestas más usuales de los no cognitivistas contemporáneos son las siguientes: 1. Simplemente insistir en que los conceptos éticos densos son meros conceptos fácticos y en absoluto conceptos éticos o normativos (R. M. Hare, J. Mackie) 2. Afirmar que los conceptos éticos densos son “analizables” en un componente puramente descriptivo y un componente de actitud. El intento de los no cognitivistas de dividir los conceptos éticos densos en un “componente descriptivo del significado” y un “componente prescriptivo del significado” se fundamenta en la imposibilidad de decir cuál es el “significado descriptivo” de, digamos, “cruel” sin usar la palabra “cruel” o un sinónimo. Lo característico de descripciones “negativas” como “cruel” y también de descripciones “positivas” como “valiente”, “moderado” y “justo” es que para usarlas con algo de discernimiento hay que ser capaces de identificarlas por medio de la imaginación, con un punto de vista valorativo. Pero el desplome de los diversos fundamentos en que se sustentaban las primeras defensas de la dicotomía hecho/valor no ha llevado a descartar la dicotomía. A lo que este desplome ha conducido es a un cambio en la naturaleza de los argumentos ofrecidos a favor de la dicotomía. Hoy se la defiende cada vez más desde fundamentos metafísicos. El fundamento metafísico más común es simplemente el fisicalismo. Las versiones más elaboradas, por ejemplo la de Bernard Williams, no afirman que en la práctica podamos funcionar con un vocabulario consistente en los tipos de términos que figuran en nuestra ciencia más fundamental (que, según los defensores de esas versiones, es la física). No obstante, según Williams, el mundo tal y como es en sí mismo, independientemente de todo observador, puede describirse usando tan sólo esos términos científicos. Así, la posición que defiende Williams ha sido recalificada. En lugar de “no cognitivismo”, se le llama “relativismo”. El eslogan es que las oraciones éticas pueden ser verdaderas, pero no “absolutamente” verdaderas, sino sólo en relación con “un mundo social u otro”. La cuestión es que, para Williams, los enunciados fácticos de un lenguaje natural no se tratan como poseedores del más elevado género de verdad. Si digo que la hierba es verde, por ejemplo, estoy ciertamente diciendo la verdad, pero no lo que Williams llama la verdad absoluta. Mackie intentó aprovechar una propiedad que según él poseen los juicios éticos: la de que no podemos hacer un juicio ético, y pretender que sea un juicio ético sincero, sin expresar con él un deseo o preferencias reales. Adoptó su “teoría del error”, según la cual “bueno” significa una propiedad tal que el conocimiento de algo que la tiene motiva necesariamente a la persona en posesión de este conocimiento a desear o preferir ese algo. En tanto que, según Mackie, no puede haber una propiedad semejante, cada vez que decimos que algo es “bueno” estamos cometiendo un error. Sin embargo, pocos filósofos han aceptado la “teoría del error”. El no cognitivismo se desmorona en cuanto nos apercibimos de la imbricación entre hecho y valor, mientras que el relativismo derivado del cientificismo contemporáneo amenaza con meter muchas más cosas, además de los juicios éticos, e el saco de las verdades válidas sólo desde una u otra “perspectiva local”. ¿POR QUÉ ES TAN TENTADORA LA DICOTOMÍA HECHO/VALOR? Hay varias razones por la que nos sentimos tentados a trazar una línea de separación entre “hechos” y “valores”, y a trazarla de tal modo que los “valores” queden completamente fuera del reino de la argumentación racional. En primer lugar, es mucho más fácil

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decir “esto es un juicio de valor”, en el sentido de que “no es más que una cuestión de preferencia subjetiva”, qué indagar quiénes somos y cuáles son nuestras convicciones más profundas y someter estas convicciones a la exigente prueba de un examen reflexivo. Lo peor de la dicotomía hecho/valor es que en la práctica funciona como freno de la discusión, y no sólo de la discusión, sino del pensamiento. Pero hay razones menos criticables para sentirse atraído `por el relativismo, el no cognitivismo y similares, así como por las otras versiones contemporáneas de la dicotomía. Una razón, la de B. Williams, es que él no ve cómo proporcionarnos una explicación metafísica de la posibilidad del conocimiento ético. Otro atractivo es el que encuentran aquellos que temen que la alternativa al relativismo cultural sea el imperialismo cultural. La solución no es ni abandonar la posibilidad misma de discusión racional ni buscar un punto arquimédico, una “concepción absoluta” ajena a todo contexto y situación problemática, sino investigar, discutir y tantear las cosas de una manera cooperativa, democrática y, por encima de todo, falibilista.

[Hilary Putnam, El desplome de la dicotomía hecho/valor y otros ensayos, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2004, pp. 21-61.]

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