Michael Mann Las fuentes del poder social, 1 Una historia del poder desde los comienzos hasta

1760 d.C.
Versión española de Fernando Santos Fontenla

Capítulo 1 LAS SOCIEDADES COMO REDES ORGANIZADAS DE PODER Los tres volúmenes proyectados de este libro constituyen una historia y una teoría de las relaciones de poder en las sociedades humanas. Ya esto es bastante difícil. Pero si se reflexiona un momento parece todavía más imponente. Porque, ¿no es probable que una historia y una teoría de las relaciones de poder sea virtualmente sinónimo de una historia y una teoría de la propia sociedad humana? A fines del siglo XX no está de moda escribir una relación general, por voluminosa que sea, de algunas de las principales pautas que cabe hallar en la historia de las sociedades humanas. Esas magníficas empresas generalizadoras victorianas -basadas en un saqueo imperial de fuentes secundarias- se han visto aplastadas en el siglo XX bajo el peso de una masa de volúmenes eruditos y del cierre de filas de los especialistas académicos. Mi justificación básica es que he llegado a una forma distinta y general de contemplar las sociedades humanas que se enfrenta con los modelos de sociedad predominantes en los escritos sobre sociología o historia. En este capítulo se explica mi enfoque. Es posible que a los no iniciados en la teoría de las ciencias sociales les resulte algo denso. En tal caso, existe otra forma posible de leer este volumen: saltarse este capítulo, ir directamente al capítulo 2 o, de hecho, a cualquiera de los capítulos narrativos y seguir adelante hasta que no se comprendan o se encuentren criticables los términos utilizados a la corriente teórica básica. Entonces se puede volver a esta introducción para orientarse. Mi enfoque se puede resumir en dos afirmaciones, de las que se desprende una metodología clara. La primera es: Las sociedades están constituidas por múltiples redes socio espaciales de poder que se superponen y se intersectan. Se percibirá rápidamente la peculiaridad de mí enfoque si destino tres párrafos a decir qué no son las sociedades. Las sociedades no son unitarias. No son sistemas sociales (cerrados ni abiertos); no son totalidades. Nunca se puede hallar una sola sociedad delimitada en el espacio geográfico o social. Como no existe un sistema, una totalidad, no pueden existir «subsistemas», «dimensiones» ni «niveles» de esa totalidad. Como no existe un todo, las relaciones sociales no pueden reducirse «a fin de cuentas», «en última instancia», a alguna propiedad sistémica en ese todo, como el «modo de producción material», o el «sistema cultural» o el «normativo», o la «forma de organización militar». Como no existe una totalidad delimitada, no sirve de nada el dividir el cambio o el conflicto sociales en variedades «endógenas» o «exógenas». Como no existe sistema social, no existe proceso «de evolución» en su interior. Como la humanidad no está dividida en una serie de totalidades delimitadas, no se produce una «difusión» de la organización social entre ellas. Como no existe una totalidad, los individuos no se ven constreñidos en su conducta por la «estructura social como un todo», así que no sirve de nada distinguir entre «acción social» y «estructura social». En el párrafo anterior he exagerado mi posición para enfatizarla. No voy a descartar totalmente esas formas de contemplar las sociedades. Pero casi todas las ortodoxias sociológicas -como la teoría de los sistemas, el marxismo, el estructuralismo, el funcionalismo estructural, el funcionalismo normativo, la teoría multidimensional, el evolucionismo, el difusionismo y la teoría de la acción- enturbian sus percepciones al concebir la «sociedad» como una totalidad unitaria y aproblemática. En la práctica, la mayor parte de las relaciones influidas por esas teorías toman las comunidades políticas, o Estados, como sus «sociedades», sus unidades totales para el análisis. Pero los Estados no constituyen sino uno de los cuatro grandes tipos de redes de poder de los que me voy a ocupar. La enorme influencia encubierta del Estado nacional de fines del siglo XIX y principios del XX en las ciencias humanas significa que el modelo del Estado nacional domina por igual la sociología y la historia. Cuando no ocurre así, tanto los arqueólogos como los antropólogos atribuyen el primer lugar a la «cultura», pero incluso ésta suele concebirse como algo individual y delimitado, como una especie de «cultura nacional». Es cierto que algunos sociólogos e historiadores modernos rechazan el modelo del Estado nacional. Equiparan la «sociedad» con las relaciones económicas transnacionales, utilizando el capitalismo o el industrialismo

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como concepto maestro. Eso es ir demasiado lejos en la dirección opuesta. Tanto el Estado como la cultura y la economía son redes importantes de estructuración, pero casi nunca coinciden. No existe un concepto maestro ni una unidad básica de la «sociedad». Es posible que parezca una actitud extraña para un sociólogo, pero si yo pudiera, aboliría totalmente el concepto de «sociedad». La segunda afirmación se desprende de la primera. El concebir a las sociedades como múltiples redes de poder, superpuestas e intersectantes, nos permite el mejor acceso posible a la cuestión de qué es finalmente «primordial» o «determinante» en las sociedades. La mejor forma de hacer una relación general de las sociedades, su estructura y suhistoria es en términos de las interrelaciones de lo que denominaré las cuatro fuentes del poder social: las relaciones ideológicas, económicas, militares y políticas (IEMP). Son: 1) redes superpuestas de interacción social, no dimensiones, niveles ni factores de una sola totalidad social. Eso se desprende de mi primera afirmación. Son también: 2) organizaciones, medios institucionales de alcanzar objetivos humanos. Su primacía no procede de la intensidad de los deseos humanos de satisfacción ideológica, económica, militar o política, sino de los medios de organización concretos que posea cada una para alcanzar los objetivos humanos, cualesquiera que sean éstos. En este capítulo avanzaré gradualmente hacia la especificación de los cuatro modelos de organización y de mi modelo IEMP de poder organizado. De ello surgirá una metodología distintiva. Se suele hablar de las relaciones de poder en términos bastante abstractos, acerca de la interrelación de «factores», o «niveles» o «dimensiones» económicos, ideológicos y políticos de la vida social. Yo actúo a un nivel de análisis más concreto, socio espacial y de organización. Los problemas centrales se refieren a la organización, el control, la logística y la comunicación: la capacidad para organizar y controlar a personas, materiales y territorios, y él desarrollo dé ésa capacidad a lo largo dé la historia. Las cuatro fuentes dé poder social brindan distintos medios posibles de organizar el control social. En diversos momentos y lugares, cada una de ellas ha brindado una mayor capacidad dé organización que ha permitido que la forma de su organización dictara durante un tiempo la forma dé las sociedades en general. Mi historia del poder sé basa en a medición dé la capacidad socio espacial dé organización y en la explicación dé su desarrollo. La tarea se ve un tanto facilitada por el carácter discontinuo del desarrollo del poder. Nos encontramos con diversos momentos de impulsión, atribuibles a la invención de nuevas técnicas de organización que aumentaron mucho la capacidad para controlar pueblos y territorios. En el capítulo 16 figura una lista de algunas de las técnicas más importantes. Cuando me encuentro con uno de esos momentos, detengo la narración, trato de medir el aumento de la capacidad de poder y después trato de explicarlo. Esa visión del desarrollo social es la que Ernest Gellner (1964) califica de «neoepisódica». El cambio social fundamental ocurre y las capacidades humanas se amplían mediante una serie dé «episodios» de gran transformación estructural. Los episodios no forman parte de un solo proceso inmanente (como en las «Historias del crecimiento dé la Humanidad» del siglo XIX), sino que pueden tener un efecto acumulativo en la sociedad. Así podemos aventurarnos en la cuestión dé la primacía última. La primacía última De todas las cuestiones planteadas por la teoría sociológica en los dos últimos siglos, la más básica y más huidiza es la de la primacía o la determinación final. ¿Hay uno o más elementos, o claves, nucleares, decisivos, determinantes en último término, de la sociedad? ¿O son las sociedades humanas túnicas inconsútiles tejidas con inacabables interacciones multicausales en las qué no existen pautas generales? ¿Cuáles son las dimensiones más importantes dé la estratificación social? ¿Cuáles son los determinantes más importantes del cambio social? Estas son las preguntas más tradicionales y más difíciles de todas las preguntas sociológicas. Incluso en la forma flexible en que las he formulado, no constituyen la misma pregunta. Sin embargo, todas ellas plantean la misma cuestión central: ¿Cómo se puede aislar el elemento o los elementos «más importantes» dé las sociedades humanas? Muchos consideran que no es posible encontrar una respuesta. Afirman que la sociología no puede hallar leyes generales, ni siquiera conceptos abstractos, aplicables por igual a las sociedades en todos los momentos y en todos los lugares. Este empirismo escéptico sugiere que empecemos con más modestia, analizando situaciones específicas con la comprensión intuitiva y empática que nos aporta nuestra propia experiencia social, para ir avanzando hacia una explicación multicausal. Sin embargo, ésta no es una posición epistemológica segura. El análisis no puede limitarse a reflejar los «hechos»; nuestra percepción de los hechos está ordenada por conceptos y teorías mentales. El estudio histórico empírico medio contiene muchos supuestos implícitos acerca dé la naturaleza humana y la sociedad, además de conceptos generales derivados de nuestra propia experiencia social, como «la nación», «la clase social», «la condición social», «el poder político» o «la economía». Los historiadores pueden prescindir dé examinar esos supuestos si todos utilizan los mismos, pero en cuanto aparecen estilos distintos de hacer la historia -liberal, nacionalista, materialista, neoclásico, etc.- se encuentran en el terreno de las teorías generales enfrentadas acerca de «cómo funcionan las sociedades». Pero surgen dificultades incluso cuando no existen supuestos enfrentados. La multicausalidad dice que los fenómenos o las tendencias sociales tienen múltiples causas. Por eso deformamos la complejidad social si abstraemos un determinante social principal o incluso varios de ellos. Pero no podemos evitar el hacerlo. Todo análisis selecciona algunos acontecimientos anteriores, aunque no todos, porque han tenido algún efecto en los ulteriores. En consecuencia, todo el mundo actúa con algún criterio dé importancia, aunque raras veces se explicite. Puede convenir que de vez en cuando explicitemos esos criterios y nos dediquemos a edificar una teoría. Sin embargo, yo me tomo en serio el empirismo escéptico. Su principal objeción está bien fundamentada. Las sociedades son mucho más complicadas que nuestras teorías de ellas. Eso era algo que reconocían sistematizadores como Marx y Durkheim en sus momentos más sinceros; mientras que Max Weber, el más grande de los sociólogos, ideó

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una metodología (de «tipos ideales») para hacer frente a la complejidad. Yo sigo el ejemplo de Weber. Podemos alcanzar una metodología aproximada -y quizá incluso con una respuesta aproximada- en cuanto a la cuestión de la primacía final, pero únicamente si ideamos conceptos adecuados para enfrentarnos con la complejidad. A mi entender, esa es la virtud de un modelo socio espacial y de organización de las fuentes del poder social. Naturaleza humana y poder social Empecemos por la naturaleza humana. Los seres humanos son inquietos, racionales y voluntariosos, tratan de intensificar su disfrute de las cosas agradables de la vida y tienen capacidad para escoger y aplicar los medios adecuados de lograrlo. O, por lo menos, tienen esa capacidad una cantidad suficiente de ellos para establecer el dinamismo que caracteriza la vida humana y que le da a ésta una historia de la que carecen las demás especies. Esas características humanas constituyen la fuente de todo lo que se describe en el presente libro. Son la fuente original del poder. Debido a ello, los teóricos sociales se han sentido siempre tentados de avanzar un poco más allá con un modelo de motivación de la sociedad humana, de tratar de basar una teoría de la estructura social en la «importancia» de los diversos impulsos que motivan a los seres humanos. Eso era algo más popular a principios de siglo que ahora. Autores como Sumner y Ward procedían en primer lugar a establecer listas de impulsos humanos básicos, como los de satisfacción sexual, afectividad, salud, ejercicio físico y creatividad, creatividad intelectual y significación, riqueza, prestigio, «el poder por el poder» y muchos más. Después trataban de establecer su importancia relativa como impulsos y de ahí deducían el rango respectivo en la importancia social de la familia, la economía, el gobierno, etc. Y si bien es posible que esa práctica concreta esté anticuada, un modelo general de la sociedad basado en la motivación subyace en varias de las teorías modernas, comprendidas distintas versiones de teorías materialistas e idealistas. Por ejemplo, muchos marxistas afirman derivar la importancia de los modos de la producción económica en la sociedad del presunto vigor del esfuerzo humano por asegurarse la subsistencia material. En el volumen III se comentarán más a fondo las teorías basadas en la motivación. Mi conclusión será que si bien las cuestiones de motivación son Importantes e interesantes, no son estrictamente pertinentes para la cuestión de la primacía última. Permítaseme resumir brevemente mi argumento. La persecución de casi todos nuestros impulsos de motivación, de nuestras necesidades y nuestros objetivos, implica a los seres humanos en relaciones exteriores con la naturaleza y con otros seres humanos. Los objetivos humanos exigen tanto una intervención en la naturaleza -una vida material en el sentido más amplio- como la cooperación social. Resulta difícil imaginar que ninguna de nuestras aspiraciones o nuestras satisfacciones ocurra sin ambas cosas. Así, las características de la naturaleza y las de las relaciones sociales son pertinentes para las motivaciones y de hecho es posible que las estructuren. Tienen propiedades emergentes peculiares a ellas. Es algo que resulta evidente en la naturaleza. Por ejemplo, la mayor parte de las primeras civilizaciones surgieron donde existía una agricultura aluvial. Podemos dar por establecido el impulso de motivación de los seres humanos de tratar de aumentar sus medios de subsistencia. Esa es una constante. Lo que explica, más bien, el origen de la civilización es la oportunidad que brindaron a algunos seres humanos las inundaciones, que les aportaron suelos aluviales ya fertilizados (véanse los capítulos 3 y 4). Nadie ha aducido seriamente que los habitantes de los valles del Eufrates y del Nilo tuvieran impulsos económicos más fuertes que, por ejemplo, los habitantes prehistóricos del continente europeo, que no inventaron la civilización. Lo que ocurrió fue que los impulsos que todos compartían recibieron más ayuda ambiental de los valles fluviales (y de sus contextos regionales), lo cual provocó una respuesta social concreta por su parte. La motivación humana no es pertinente salvo en el sentido de que aportó el impulso hacia adelante que poseen suficientes seres humanos como para darles un cierto dinamismo donde quiera que residan. La aparición de relaciones sociales de poder es algo que siempre se ha reconocido en la teoría social. Desde Aristóteles hasta Marx lo que se ha venido diciendo es que «el hombre» (por desgracia, raras veces también la mujer) es un anima social que no puede alcanzar objetivos, comprendido el dominio de la naturaleza, mas que mediante la cooperación. Como hay muchos objetivos humanos, también son muchas las formas de las relaciones sociales y de redes grandes y pequeñas de personas que interactúan, que van desde el amor hasta las que implican a la familia, la economía y el Estado. Los teóricos de la «interacción simbólica», como Shibutani (1955), han señalado que todos vivimos en una variedad asombrosa de «mundos sociales» que participan de muchas culturas: laboral, de clase, de vecindad, de género, de generación, de aficiones y muchas más. La teoría sociológica simplifica heroicamente al seleccionar unas relaciones que son más «poderosas» que otras, que influyen en la forma y el carácter de las estructuras sociales en general. Ello no se debe a que las necesidades específicas que satisfacen sean más «poderosas» que otras desde el punto de vista de la motivación, sino a que son más eficaces como medio de alcanzar unos objetivos. Lo que nos permite un acceso a la cuestión de la primacía no son los fines, sino los medios. En toda sociedad caracterizada por la división del trabajo surgen relaciones sociales especializadas que satisfacen diferentes bloques de necesidades humanas. Y esas relaciones difieren en sus capacidades de organización. Así nos salimos totalmente de la esfera de los objetivos y las necesidades. Porque es posible que una forma de poder no sea en absoluto un objetivo humano inicial. Si es un medio muy útil para alcanzar otros objetivos, se tratará de obtenerlo por sí mismo. Es una necesidad emergente. Emerge en el transcurso de la satisfacción de necesidades. Es posible que el ejemplo más obvio sea la fuerza militar. Probablemente no se trate de un impulso ni de una necesidad humana inicial (trataré de esto en el volumen III), pero es un medio eficaz de organización para satisfacer otros impulsos. Por utilizar la expresión de Talcott Parsons, el poder es un «medio generalizado» de alcanzar los objetivos que uno

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desea lograr (1968: 1, 263). Por consiguiente, yo no me ocupo de las motivaciones y los objetivos iniciales, sino que me centro en las fuentes de poder de organización emergentes. Si a veces hablo de «seres humanos que persiguen sus objetivos», no debe interpretarse como una afirmación voluntarista ni psicológica, sino como un dato, una constante en la que no voy a profundizar porque no tiene mayor fuerza social. También dejo de lado el gran número de obras conceptuales sobre «el poder en si» y prácticamente no menciono «las dos (o tres) caras del poder», «poder contra autoridad» (salvo en el capítulo 2), «decisiones contra indecisiones» y controversias parecidas (que se comentan detalladamente en los primeros capítulos de Wrong, 1979). Se trata de cuestiones importantes, pero aquí yo sigo un rumbo diferente. Al igual que Giddens (1979: 91), no trato del «poder en sí como un recurso. Los recursos son medios por conducto de los cuales se ejerce el poder». Tengo dos misiones conceptuales limita das: 1) identificar los principales «medios», «medios generalizados» posibles o, como prefiero decir yo, fuentes de poder, y 2) idear una metodología para estudiar el poder de organización. Poder de organización Poder colectivo y poder distributivo En su sentido más general, el poder es la capacidad para perseguir y alcanzar objetivos mediante el dominio del medio en el que habita uno. El poder social comporta dos sentidos más específicos. El primero limita su significado al dominio que se ejerce sobre otras personas. Véase un ejemplo: el poder es la probabilidad de que un actor en una relación social se halle en condiciones de realizar sus deseos, aunque tropiece con resistencia (Weber, 1968: 1, 53). Pero, como señalaba Parsons, esas definiciones limitan el poder a su aspecto distributivo, al poder de A sobre B. Para que B obtenga un poder, A tiene que perder algo del suyo: su relación es un «juego de suma cero» en el cual una cantidad fija de poder puede distribuirse entre los participantes. Parsons señalaba con razón un segundo aspecto colectivo del poder, mediante el cual varias personas en cooperación pueden aumentar su poder conjunto sobre terceros o sobre la naturaleza (Parsons, 1960: 199 a 225). En casi todas las relaciones sociales, ambos aspectos del poder, el distributivo y el colectivo, el explotador y el funcional, actúan simultáneamente y están entrelazados. De hecho, la relación entre ambos es dialéctica. En la persecución de sus objetivos, los seres humanos establecen relaciones cooperativas y colectivas entre sí. Pero en la persecución de objetivos colectivos se establece una organización social y una división del trabajo. La organización y la división de funciones comportan una tendencia inherente en el poder distributivo, derivado de la supervisión y la coordinación. Porque la división del trabajo es engañosa: aunque entraña la especialización de funciones a todos los niveles, el nivel más alto supervisa y dirige el todo. Quienes ocupan puestos de supervisión y coordinación tienen una superioridad de organización inmensa sobre los demás. Las redes de interacción y de comunicación se centran, de hecho, en las funciones de esas personas, como cabe apreciar con bastante facilidad en el diagrama de organización de cualquier empresa moderna. El diagrama permite a los supervisores controlar toda la organización e impide a quienes están abajo del todo participar en ese control. Permite a quienes están en la cima poner en marcha el mecanismo para perseguir objetivos colectivos. Aunque cualquiera puede negarse a obedecer, probablemente faltan oportunidades de establecer otro mecanismo para perseguir sus objetivos. Como señalaba Mosca, «el poder de cada minoría es irresistible frente a cada individuo aislado de la mayoría, que se encuentra solo frente a la totalidad de la minoría organizada». (1939: 53). La minoría que se halla en la cumbre puede mantener obedientes a las masas que están abajo, siempre que su poder este institucionalizado en las leyes y las normas del grupo social en el que actúan ambas. La institucionalización es necesaria para alcanzar objetivos colectivos rutinarios, y así el poder distributivo, es decir, la estratificación social, se convierte también en una característica institucionalizada de la vida social. Así, existe una respuesta sencilla a la pregunta de por que no se rebelan las masas —problema perenne para la estratificación social—, y esa respuesta no se refiere al consenso de valares a la fuerza ni al intercambio en el sentido habitual de esas aplicaciones sociologicas convencionales. Las masas obedecen porque carecen de organización colectiva para hacer lo contrario porque están incrustadas en organizaciones de poder colectivo y distributivo controladas por otros. Están rebasadas desde el punto de vista de la organización, aspecto que desarrollo mas adelante en relación con diversas sociedades históricas y contemporáneas (capítulos 5, 7, 9, 13, 14 y 16). Eso significa que la distinción conceptual entre poder y autoridad (es decir, el poder que consideran legitimo todos os afectados por el) no ocupara mucho lugar en este libro. Es raro encontrar un poder que sea básicamente legítimo o básicamente ilegítimo, porque su ejercicio normalmente tiene dos caras. Poder extensivo e intensivo y autoritario y difuso El poder extensivo significa la capacidad para organizar a grandes cantidades de personas en territorios muy distantes a fin de actuar en cooperación con un mínimo de estabilidad. El poder intensivo significa la capacidad para organizar bien y obtener un alto grado de cooperación o de compromiso de los participantes, tanto si la superficie o la cantidad de personas son grandes como si son pequeñas. Las estructuras primarias de la sociedad cambian el poder extensivo con el intensivo y así ayudan a los seres humanos en cooperación extensiva e intensiva a alcanzar sus objetivos, cualesquiera sean éstos. Pero al hablar del poder como organización puede dar una impresión errónea, como si las sociedades fueran meras colecciones de grandes organizaciones autoritarias de poder. Muchos de los que usan el poder están bastante menos «organizados»; por ejemplo, el intercambio en el mercado incorpora el poder colectivo, porque mediante el intercambio

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hay gente que alcanza sus diversos objetivos. Asimismo, incorpora el poder distributivo, en virtud del cual sólo algunas personas poseen derechos de propiedad sobre bienes y servicios. Pero puede poseer muy poca organización autoritaria que ayude a ese poder y lo imponga. Por utilizar la famosa frase de Adam Smith, el principal instrumento de poder en un mercado es una «Mano Invisible» que obliga a todos, pero no está controlada por ninguna agencia humana individual. Es una forma de poder humano, pero no está organizada de forma autoritaria. Por tanto, yo distingo dos clases más de poder, el autoritario y el difuso. El poder autoritario es al que aspiran efectivamente grupos e instituciones. Comprende unas órdenes definidas y una obediencia consciente. Sin embargo, el poder difuso se extiende de forma más espontánea, inconsciente, descentralizada, por toda una población, lo cual tiene por resultado unas prácticas sociales similares que incorporan relaciones de poder, pero no órdenes explícitas. Lo más frecuente es que no comporte órdenes y obediencia, sino el entendimiento de que esas prácticas son naturales y morales, o son resultado de un, interés común evidente. El poder político como un todo incorpora una proporción mayor de poder colectivo que de poder distribuido, pero no de forma invariable. También puede desembocar en un «rebasamiento» tal de las clases subordinadas que éstas consideren absurda toda resistencia. Así es, por ejemplo, cómo el poder difuso del mercado capitalista mundial contemporáneo desborda a los movimientos organizados y autorizados de la clase obrera en los Estados nacionales de hoy, aspecto que desarrollaré en el volumen II. Otros ejemplos de poder difuso son los que aporta la extensión de solidaridades como las de clase o nación, que constituyen una parte importante del desarrollo del poder social. Si se aúnan esas dos distinciones se obtienen cuatro formas ideales típicas del ámbito de organización, especificadas con ejemplos relativamente extremos en la figura 1.1. El poder militar brinda ejemplos de organización autoritaria. El poder del alto mando sobre sus tropas es coercitivo, está concentrado y muy movilizado. Es intensivo, más bien que extensivo, al contrario de lo que ocurre con un imperio militarista, que puede abarcar un gran territorio con sus órdenes, pero que tropieza con dificultades para movilizar un compromiso positivo de su población o para penetrar en sus vidas cotidianas. Una huelga general es un ejemplo de poder relativamente difuso, pero intensivo. Los obreros sacrifican el bienestar individual por una causa, hasta cierto punto «espontáneamente». Por último, como ya se ha mencionado, el intercambio en el mercado puede implicar transacciones voluntarias, instrumentales y estrictamente limitadas en una superficie enorme y por eso es difuso y extensivo. La organización más eficaz posible abarcaría las cuatro formas de ámbito de organización. Autoritario Intensivo Extensivo Estructura militar de mando. . Imperio militarista Difuso Huelga general. Intercambio en el mercado.

FIGURA 1.1. Formas de ámbito de organización. Tanto los sociólogos como los politólogos han estudiado mucho la intensividad, y yo no tengo nada que añadir. El poder es intensivo si gran parte de la vida del sujeto está controlada o si le puede presionar mucho (hasta la muerte) sin que disminuya su obediencia. Se trata de algo que se comprende claramente, aunque no es fácilmente cuantificable en las sociedades de las que trata este volumen. La extensividad no ha ocupado mucho lugar en teorías anteriores. Es una pena, porque es más fácil de medir. Casi todos los teóricos prefieren ideas abstractas de estructura social, así que hacen caso omiso de los aspectos geográficos y socio espaciales de las sociedades. Si tenemos presente que las «sociedades» son redes, con unos contornos espaciales definidos, nos será posible remediar ese problema. Podemos empezar con Owen Lattimore. Tras toda una vida de estudiar las relaciones entre China y las tribus mongoles, distinguió tres radios de integración social extensiva que, según él, se mantuvieron relativamente invariables en la historia mundial hasta el siglo XV europeo. La acción más extensiva geográficamente es la acción militar. Esta se puede dividir en dos, interior y exterior. La interior se extiende sobre territorios que, tras la conquista, podrían añadirse al Estado; la exterior se extiende más allá de esas fronteras en incursiones punitivas o en busca de tributos. En consecuencia, el segundo radio, la administración civil (es decir, el Estado) es menos extensivo, pues como máximo es el radio interior de la acción militar y suele ser mucho menos extensivo que ésta. A su vez, este radio es más extensivo que la integración económica, que comprende como máximo la región y como mínimo la célula del mercado local de la aldea, dado el débil desarrollo de la interacción entre las unidades de producción. El comercio no era totalmente inexistente y la influencia de los comerciantes chinos se hacía sentir más allá del alcance efectivo de los ejércitos del imperio. Pero la tecnología de las comunicaciones significaba que las mercaderías con una alta relación valor/peso -artículos verdaderamente suntuarios y animales y esclavos humanos «autopropulsados»- eran las únicas que se intercambiaban a grandes distancias. Eso tenía unos efectos integradores inapreciables. Así, a lo largo de un período considerable de la historia de la humanidad, la integración extensiva dependió de factores militares, y no económicos (Lattimore, 1962: 480 a 491, 542 a 551). Lattimore tiende a equiparar la integración únicamente con el ámbito extensivo y también separa de manera demasiado tajante los diversos «factores» -militar, económico, político- necesarios para la vida social. Sin embargo, su argumento nos lleva a analizar la «infraestructura» del poder: cómo pueden las organizaciones de poder conquistar y

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controlar efectivamente espacios geográficos y sociales. Yo mido el ámbito del poder autoritario mediante un préstamo tomado de la logística, la ciencia militar de desplazar hombres y material durante una campaña. ¿Cómo se transmiten físicamente y se ejecutan efectivamente las órdenes? ¿Qué control, por qué grupo de poder, de qué tipo es errática o sistemáticamente posible dadas las infraestructuras logísticas existentes? Varios capítulos lo cuantifican mediante la formulación de preguntas como cuántos días se tarda en transportar mensajes, materiales y personal por determinados espacios terrestres, marítimos y fluviales y cuánto control se puede ejercer así. Tomo prestado mucho de la esfera más avanzada de esa investigación, la logística militar propiamente dicha. La logística militar aporta directrices relativamente claras a los ámbitos externos de las redes de poder, que desembocan en importantes conclusiones acerca del carácter esencialmente federal de las sociedades preindustriales extensivas. La sociedad imperial unitaria y muy centralizada de autores como Wittfogel o Eisenstadt es mítica, como lo es la afirmación del propio Lattimore de que la integración militar fue algo históricamente decisivo. Cuando el control militar rutinario a lo largo de una ruta de marcha superior a unos 90 kilómetros es logísticamente imposible (como lo ha sido durante la mayor parte de la historia), el control sobre una superficie mayor no se puede centralizar en la práctica y tampoco puede penetrar intensivamente en la vida cotidiana de la población. El poder difuso tiende a variar junto con el poder autoritario y se ve afectado por su logística. Pero también se extiende con relativa lentitud, espontánea y «universalmente» por todas las poblaciones, sin pasar por organizaciones autoritarias concretas. Ese universalismo también tiene un desarrollo tecnológico mensurable. Depende de servicios capacitadores, como mercados, alfabetización, acuñación de moneda o el desarrollo de una cultura de clase y nacional (en lugar de local o de linaje). Los mercados y las conciencias nacional y de clase fueron surgiendo lentamente a lo largo de la historia, conforme a sus propias infraestructuras difusas. La sociología histórica general puede centrarse, pues, en el desarrollo del poder colectivo y distributivo, medido por el desarrollo de la infraestructura. El poder autoritario exige una infraestructura logística; el poder difuso exige una infraestructura universal. Ambos nos permiten centrarnos en un análisis de la organización del poder y de la sociedad y examinar sus lineamientos socio espaciales. Teoría actual de la estratificación ¿Cuáles son, pues, las principales organizaciones de poder? Los dos enfoques principales en la teoría actual de la estratificación son el marxista y el neoweberiano. Yo acepto muy satisfecho su premisa inicial común: la estratificación social consiste en la creación y la distribución globales del poder en la sociedad. Es la estructura central de las sociedades porque en su doble aspecto colectivo y distributivo es el medio por conducto del cual los seres humanos alcanzan sus objetivos en la sociedad. De hecho, el acuerdo entre los dos enfoques llega más lejos, pues tienden a considerar predominantes los mismos tres tipos de organización del poder. Entre los marxistas (por ejemplo, Wesolowski, 1967; Anderson, 1974a y b; Althusser y Balibar, 1970; Poulantzas, 1972; Hindess y Hirst, 1975), entre los weberianos (por ejemplo, Bendix y Lipset, 1966; Barber, 1968; Heller, 1970; Runciman, 1968, 1982, 1983a, b y c), son clase, condición y partido. Los dos conjuntos de términos tienen una cobertura aproximadamente equivalente, así que en la sociología contemporánea los tres tipos se han convertido en la ortodoxia descriptiva dominante. En general, los dos primeros: economía/clase e ideología/condición social me parecen satisfactorios. Mi primera desviación de la ortodoxia consiste en sugerir que no hay tres, sino cuatro tipos fundamentales de poder. El tipo «política/partido» contiene de hecho dos formas separadas de poder: poder político y poder militar; por una parte, la comunidad política central, que comprende el aparato estatal y (cuando existen) los partidos políticos; por otra parte, la fuerza física o militar. Marx, Weber y sus seguidores no distinguen entre los dos, porque en general consideran al Estado como el depositario de la fuerza física en la sociedad. El equiparar la fuerza física con el Estado suele tener sentido en el caso de los Estados modernos que monopolizan la fuerza militar. Sin embargo, conceptualmente, las dos cosas deben considerarse distintas, al objeto de estar preparados para cuatro posibilidades: 1. En la historia, la mayor parte de los Estados no han poseído un monopolio de la fuerza militar y muchos ni siquiera lo han reivindicado. En algunos países europeos, durante la Edad Media el Estado feudal dependía de las levas militares o las mesnadas controladas por señores descentralizados. Por lo general, los Estados islámicos carecían de poderes monopólicos: por ejemplo, no se consideraban dotados de poderes para intervenir en los enfrentamientos tribuales. Podemos distinguir los poderes políticos de los militares, tanto de los Estados como de otros grupos. Los poderes políticos son los de regulación centralizada, institucionalizada, territorial; los poderes militares son los de la fuerza física organizada donde quiera que estén organizados. 2. La conquista la realizan grupos que pueden ser independientes de sus Estados de origen. En muchos casos feudales, cualquier guerrero nacido libre o noble podía reunir una banda armada para realizar incursiones y conquistar territorios. Si el grupo militar efectuaba la conquista, eso aumentaba su poderío contra su propio Estado. En los casos de los bárbaros que atacaban a civilizaciones, esa organización militar solía llevar a la primera aparición de un Estado entre los bárbaros. 3. En el plano interno, la organización militar suele estar institucionalmente separada de otros órganos del Estado, incluso cuando se halla controlada por éste. Como es frecuente que los militares derroquen a la élite política del Estado en un golpe de Estado, necesitamos distinguir entre las dos cosas. 4. Si las relaciones internacionales entre los Estados son pacíficas, pero están estratificadas, preferiremos hablar de una «estructuración del poder político» de la sociedad internacional más amplia que no está determinada por el poder militar. Así ocurre hoy día, por ejemplo, por lo que respecta a los Estados poderosos, pero en gran medida

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desmilitarizados, del Japón y Alemania Occidental. Por eso trataremos por separado de cuatro fuentes de poder: la economía, la ideología, la militar y la política 1. «Niveles, dimensiones» de la «sociedad» Las cuatro fuentes de poder se enumerarán más adelante en este mismo capítulo. Pero, en primer lugar, ¿qué son exactamente? La teoría ortodoxa de la estratificación es clara. En la teoría marxista se las califica generalmente de «niveles de una formación social»; en la teoría neoweberiana son «dimensiones» de la sociedad. Ambas presuponen una visión abstracta, casi geométrica, de la sociedad. Los niveles o las dimensiones son elementos de un todo mayor, que de hecho está formado por ellos. Muchos autores representan esto en forma de diagramas. La sociedad se convierte en un gran recuadro o círculo de un espacio n-dimensional, que se subdivide en cuadrados, sectores, niveles, vectores o dimensiones más pequeños. Donde más claramente se ve esto es en el término dimensiones. Se deriva de las matemáticas y tiene dos significados especiales: 1) Las dimensiones son análogas e independientes, al guardar la misma forma de relación con alguna propiedad estructural básica. 2) Las dimensiones habitan el mismo espacio global, en este caso una «sociedad». El esquema marxista difiere en algunos detalles. Sus «niveles» no son independientes los unos de los otros, pues el de la economía tiene la primacía última sobre los demás. De hecho, es más complicado y ambiguo, porque la economía marxista tiene un doble papel, como «nivel» autónomo de la «formación social» (la sociedad) y como totalidad última determinante en sí misma, a la que se denomina «modo de producción». Los modos de producción imprimen su carácter general a las formaciones sociales y, en consecuencia, a los distintos niveles. Así, las dos teorías difieren: los weberianos elaboran una teoría de factores múltiples en la cual la totalidad social está determinada por la interrelación compleja de las dimensiones; los marxistas perciben la totalidad como determinada «finalmente» por la producción económica. Sin embargo, comparten una visión simétrica de la sociedad como un solo todo unitario. La impresión de simetría queda reforzada si estudiamos el interior de cada dimensión/nivel. Cada una/uno combina tres características simétricamente. Se trata, en primer lugar, de instituciones, como «iglesias», «modos de producción», «mercados», «ejércitos», «Estados», etc. Pero también son funciones. A veces, éstas son, en segundo lugar, fines funcionales que persiguen los seres humanos. Por ejemplo, los marxistas justifican la primacía de la economía aduciendo que los seres humanos deben perseguir ante todo la subsistencia económica. Los weberianos justifican la importancia del poder de la ideología en términos de la necesidad humana de encontrarle un significado al mundo. Más frecuente es que se los considere, en tercer lugar, como medios funcionales. Los marxistas consideran los niveles político e ideológico como medios para extraer trabajo excedente de los productores directos; los weberianos argumentan que todos son medios de poder. Pero organizaciones, funciones como fines y funciones como medios son términos homólogos. Son análogos y habitan el mismo espacio. Cada nivel o dimensión tiene el mismo contenido interno. Es el de organización, función como fin y función como medio, todo ello envuelto en el mismo paquete. Si continuamos hasta el análisis empírico, la simetría persiste. Cada dimensión/nivel puede desenvolverse en varios «factores». Los argumentos ponderan la importancia de, digamos, varios «Factores económicos» frente a varios «factores ideológicos». Aquí el debate dominante se ha desarrollado entre un enfoque de «factores múltiples», que extrae sus factores más importantes de diferentes dimensiones/niveles, y un enfoque de «factor único», que extrae su factor más importante de uno solo. En el bando de los factores múltiples debe de haber literalmente centenares de libros y artículos que contienen la afirmación de que las ideas, o los factores culturales, o ideológicos, o simbólicos, son autónomos, tienen una vida propia, no pueden reducirse a factores materiales o económicos (por ejemplo, Sahlins, 1976; Bendix, 1978: 271 y 272, 630; Geertz, 1980: 13, 135 y 136). En el bando del factor único existe una polémica marxista tradicional contra esa posición. En 1908 Labriola publicó sus Ensayos sobre la Concepción Materialista de la Historia. En ellos aducía que el enfoque de factores múltiples dejaba de lado la totalidad de la sociedad, caracterizada por la praxis del hombre, su actividad como productor material. Es algo que desde entonces han repetido mucho los marxistas (por ejemplo, Petrovic, 1967: 67 a 114). Pese a la polémica, son dos caras de la misma hipótesis: los «factores» son partes de dimensiones o niveles funcionales de organización que son subsistemas análogos e independientes de un todo social general. Los weberianos hacen hincapié en los aspectos inferiores, más empíricos de éste; los marxistas lo hacen en el aspecto superior de la totalidad. Pero se trata de la misma visión básica, simétrica y unitaria. Estas teorías rivales tienen virtualmente el mismo concepto maestro: la «sociedad» (o la «formación social» en una parte de la teoría marxista). El uso más frecuente del término «sociedad» es flexible y vago, e indica cualquier grupo humano estable, sin añadir nada a términos como grupo social o agregado social o asociación. Así es como utilizaré yo el término. Pero en un uso más riguroso o ambicioso, «sociedad» añade el concepto de un sistema social unitario. En este sentido empleaba el término el propio Comte (que acuñó la palabra «sociología»). Y también Spencer, Marx, Durkheim, los antropólogos clásicos y casi todos sus discípulos y críticos. De los grandes teóricos, sólo Weber mostró cautela ante ese enfoque y sólo Parsons se ha opuesto a él explícitamente. La definición del último es el siguiente: «Una sociedad es un tipo de sistema social, en cualquier universo de sistemas sociales que alcance el máximo nivel de

1Giddens

(1981) también distingue cuatro tipos de institución de poder: órdenes/modos simbólicos de discurso, instituciones económicas, derecho/modos de sanción/represión e instituciones políticas.

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autosuficiencia como sistema en relación con su entorno» (1966: 9). Si renunciamos al uso excesivo de la palabra «sistema», pero conservamos el sentido esencial de Parsons, podemos llegar a una definición mejor: Una sociedad es una red de interacción social en cuyos límites existe un cierto grado de discontinuidad en la interacción entre ella y su entorno. Una sociedad es una unidad con fronteras y contiene una interacción que es relativamente densa y estable; es decir, presenta unas pautas internas cuando se compara con la interacción que cruza sus límites. Pocos historiadores, sociólogos o antropólogos tendrían algo que objetar a esta definición (véase, por ejemplo, Giddens, 1981: 45 y 46). La definición de Parsons es admirable. Pero sólo se refiere al grado de unidad y de ajuste a las pautas. Esto se suele olvidar con excesiva frecuencia y se supone que la presencia invariable de la unidad y las pautas. Eso es lo que yo califico de concepción sistémica o unitaria de la sociedad. Sociedad y sistema aparecían como intercambiables en Comte y sus sucesores, que los consideraban requisitos para una ciencia de la sociedad: la formulación de afirmaciones sociológicas en general exige que aislemos una sociedad y observemos regularidades en las relaciones entre sus partes. Las sociedades en el sentido de sistemas, delimitadas y con pautas internas, aparecen en prácticamente todas las obras de sociología y antropología y en casi todas las obras teóricamente informadas de ciencia política, economía, arqueología, geografía e historia. También existen implícitamente en obras menos teóricas de esas disciplinas. Examinemos la etimología de la palabra «sociedad». Se deriva del latín societas. De ahí se elaboró socius, en el sentido de un aliado no romano, un grupo dispuesto a seguir a Roma en las guerras. Se trata de un término común en los idiomas indoeuropeos, derivado de raíz sekw, que significa «seguir». Denota una alianza asimétrica, una sociedad como confederación flexible de aliados estratificados. Ya veremos que esta concepción, y no la unitaria, es la correcta. Utilicemos el término «sociedad» en su sentido latino, no romance. Pero continúo con dos argumentos más generales contra la concepción unitaria de la sociedad. Críticas Los seres humanos son sociales, no societales En la base de la concepción unitaria se halla una hipótesis teórica: como las personas son animales sociales, tienen la necesidad de crear una sociedad, una totalidad social delimitada y con pautas. Pero eso es falso. Los seres humanos necesitan entablar relaciones sociales de poder, pero no necesitan totalidades sociales. Son animales sociales, pero no societales. Veamos una vez más algunas de sus necesidades. Como desean satisfacción sexual, buscan relaciones sociales, habitualmente con sólo unos cuantos miembros del sexo opuesto; como desean reproducirse, esas relaciones sexuales suelen combinarse con relaciones entre adultos y niños. Para eso (y otros fines) surge una familia, que disfruta de una interacción pautada con otras unidades familiares en las cuales se pueden encontrar compañeros sexuales. Como los seres humanos necesitan subsistencia material, establecen relaciones económicas y cooperan con otros en la producción y el intercambio. No hay ninguna necesidad de que esas redes económicas sean idénticas a las redes familiares o sexuales, y en la mayor parte de los casos no lo son. Como los seres humanos exploran el significado final del universo, debaten sobre ideas y quizá participan con otros de parecidas inclinaciones en los ritos y el culto en las iglesias. Como los seres humanos defienden lo que han conseguido, y como despojan a otros, forman bandas armadas, probablemente integradas por los hombres más jóvenes, y necesitan tener relaciones con no combatientes que los alimenten y los equipen. Como los seres humanos solucionan disputas sin recurrir constantemente a la fuerza, establecen organizaciones judiciales con esferas específicas de competencia. ¿Dónde está la necesidad de que todos esos requisitos sociales generen redes idénticas de interacción socioespacial y formen una sociedad unitaria? Las tendencias a la formación de una sola red obedecen a la aparición de la necesidad de institucionalizar las relaciones sociales. Las cuestiones de producción económica, de significado, de defensa armada y de solución judicial no son del todo independientes las unas de las otras. Es probable que el carácter de cada una de ellas esté influido por el carácter de todas, y todas son necesarias para cada una. Un conjunto dado de relaciones de producción exigirá unos supuestos ideológicos y normativos comunes, así como la defensa y una regulación judicial. Cuanto más institucionalizadas se hallen esas relaciones, más irán convergiendo las diversas redes de poder hacia una sociedad unitaria. Pero debemos recordar la dinámica inicial. La fuerza impulsora de la sociedad humana no es la institucionalización. La historia obedece a impulsos inconstantes que generan las diversas redes de relaciones extensivas e intensivas de poder. Esas redes guardan una relación más directa que la institucionalización con el logro de objetivos. En la persecución de sus objetivos, los seres humanos siguen desarrollando esas redes y superando el nivel existente de institucionalización. Esto puede ocurrir como desafío directo a las instituciones existentes o sin intención e «intersticialmente» -entre sus intersticios y en torno a sus márgenes- y crear nuevas relaciones e instituciones que tienen consecuencias imprevistas para las antiguas. Esto se ve reforzado por el aspecto más permanente de la institucionalización, la división del trabajo. Los que tienen actividades relacionadas con la subsistencia económica, la ideología, la defensa y la agresión militares y la regulación política poseen un cierto control autónomo sobre sus medios de poder, que siguen desarrollándose con relativa autonomía. Marx observó que las fuerzas de producción económica se adelantan siempre a las relaciones de clase institucionalizadas y hacen salir a la superficie nuevas clases sociales. El modelo lo ampliaron autores como Pareto y Mosca: el poder de las «élites» podía también basarse en recursos no económicos de poder. Mosca resumió el resultado:

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“Sí en una sociedad surge una nueva fuente de riqueza, sí aumenta la importancia práctica del conocimiento, si entra en decadencia una religión antigua o nace una nueva, si se difunde una nueva corriente de ideas, entonces, simultáneamente, se producen grandes dislocaciones en la clase dominante. Cabría decir, de hecho, que toda la historia de la humanidad civilizada se resume en el conflicto entre la tendencia de los elementos dominantes a monopolizar el poder político y transmitir la posesión de éste por herencia, y la tendencia hacia la dislocación de las viejas fuerzas y la insurgencia de otras nuevas; y ese conflicto produce un fermento interminable ele endósmosis y exósmosis entre las clases altas y determinados sectores de las bajas.”[1939: 65. ]

El modelo de Mosca, al igual que el de Marx, comparte ostensiblemente la visión unitaria de la sociedad: las élites surgen y caen en el interior del mismo espacio social. Pero cuando Marx describió efectivamente el auge de la burguesía (su caso paradigmático de una revolución en las fuerzas de producción), no era así. La burguesía surgió «intersticialmente», surgió entre los «poros» de la sociedad feudal, decía él. La burguesía, centrada en las ciudades, estableció vínculos con terratenientes, agricultores arrendatarios y campesinos ricos, tratando sus recursos económicos como mercaderías a fin de crear nuevas redes de interacción económica, redes capitalistas. De hecho, como veremos en los capítulos 14 y 15, ayudó a crear dos redes superpuestas diferentes: una delimitada por el territorio del Estado de tamaño intermedio y otra mucho más extensiva, calificada por Wallerstein (1974) de «sistema mundial». La revolución burguesa no cambió el carácter de una sociedad existente; creó sociedades nuevas. Yo califico esos procesos de surgimientos intersticiales. Son resultado del traslado de objetivos humanos a medios de organización. Las sociedades nunca han estado lo bastante organizadas como para impedir la emergencia intersticial. Los seres humanos no crean sociedades unitarias, sino una diversidad de redes de interacción social que se intersectan entre sí. Las más importantes de esas redes se forman de manera relativamente estable en torno a las cuatro fuentes de poder en cualquier espacio social dado. Pero, por debajo, los seres humanos siguen excavando para alcanzar sus objetivos, formando nuevas redes, ampliando las antiguas y emergiendo con toda claridad ante nosotros con las configuraciones rivales de una o más de las principales redes de poder. ¿En qué sociedad vive usted? Cabe ver una prueba empírica en la respuesta a una pregunta sencilla: ¿En qué sociedad vive usted? Es probable que las respuestas empiecen a dos niveles. Uno de ellos se refiere a los Estados nacionales: Mi sociedad es «el Reino Unido», los «Estados Unidos», «Francia», etc. El otro es más amplio: Soy ciudadano de la «sociedad industrial» o de la «sociedad capitalista», o quizá del «Occidente» o de «la Alianza occidental». Nos encontramos con un dilema básico: una sociedad de Estado nacional o una «sociedad económica» más amplia. Para algunos fines importantes, el Estado nacional representa una red real de interacción con una cierta discontinuidad en sus fronteras. Para otros fines importantes, el capitalismo une a los tres países mencionados antes en una red más amplia de interacción, con división en sus márgenes. Ambas son «sociedades». Cuanto más indagamos, mayores son las complejidades. Tanto las alianzas militares como las iglesias, un idioma común, etc., añaden poderosas redes de interacción que son socio espacialmente diferentes. No podríamos responder hasta después de elaborar una minuciosa descripción de las complejas interacciones y facultades de estas diversas redes transversales de interacción. Sin duda, la respuesta implicaría una sociedad confederal y no unitaria. El mundo contemporáneo no es excepcional. Las redes de interacción superpuestas son la norma histórica. En la prehistoria, la interacción comercial y cultural tenía una extensión mucho mayor de lo que pudiera controlar cualquier Estado u otra red autoritaria (véase el capítulo 2). La aparición de la civilización es explicable en términos de la inserción de la agricultura aluvial en varias redes regionales superpuestas (capítulos 3 y 4). En casi todos los imperios antiguos, la masa del pueblo participaba abrumadoramente en pequeñas redes locales de interacción, pero también intervenía en otras dos redes, establecidas por los poderes desiguales de un Estado remoto y por el poder bastante más coherente, pero todavía superficial, de notables locales semiautónomos (capítulos 5, 8 y 9). Cada vez fueron surgiendo, dentro, fuera y por encima de las fronteras de esos imperios, otras redes comerciales y culturales más amplias y cosmopolitas, que generaron diversas «religiones universales» (capítulos 6, 7, 10 y 11). Eberhard (1965: 16) ha calificado a esos imperios de «multiniveles», por contener muchos niveles superpuestos y muchas pequeñas «sociedades» que existen unas al lado de otras. Concluye que no se trata de sistemas sociales. Raras veces se han fundido las relaciones sociales en sociedades unitarias, aunque en ocasiones los Estados han tenido pretensiones unitarias. La pregunta de «¿en qué sociedad vive usted?» hubiera sido igual de difícil de contestar para el campesino del norte de África o de la Inglaterra del siglo XII (esos dos casos se examinan en los capítulos 10 y 12), Además, ha habido muchas civilizaciones «culturalmente federales», como la antigua Mesopotamia (capítulo 3), la Grecia clásica (capítulo 7) o la Europa feudal y de principios de la Edad Moderna (capítulos 12 y 13), donde pequeños Estados coexistían en una red más amplia, flexiblemente «cultural». Las formas de superposición e interacción han variado considerablemente, pero siempre han estado ahí. La promiscuidad de organizaciones y funciones La concepción de las sociedades como redes confederadas, superpuestas e intersectantes y no como simples totalidades, complica la teoría. Pero todavía hemos de introducir más complejidades. Las verdaderas redes institucionalizadas de interacción no tiene una relación sencilla igualitaria con las fuentes ideales-típicas del poder social que fueron mi punto de partida. Esto nos llevará a desglosar la ecuación de funciones y organizaciones y a reconocer su

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«promiscuidad». Veamos, por ejemplo, la relación entre el modo capitalista de producción y el Estado. Los weberianos aducen que Marx y sus seguidores pasan por alto el poder estructural del Estado y se concentran exclusivamente en el poder del capitalismo. También aducen que esta crítica equivale a decir que los marxistas pasan por alto el poder autónomo de los factores políticos en una sociedad, en comparación con los económicos. Los marxistas replican con un bloque parecido de respuestas, rechazando ambas acusaciones o, si no, justificando su olvido tanto de los Estados como de la política, con el criterio de que a fin de cuentas lo primordial es el capitalismo y el poder económico. Pero es preciso estudiar más atentamente las respuestas de ambos bandos. Los Estados capitalistas avanzados no son fenómenos políticos en lugar de económicos. Son ambas cosas simultáneamente. ¿Cómo podrían ser otra cosa cuando redistribuyen aproximadamente la mitad del producto nacional bruto (PNB) detenido en sus territorios y cuando sus monedas, aranceles, sistemas educativo y sanitario, etc., son importantes recursos de poder económico? No es que los marxistas olviden los factores políticos. Es que olvidan el hecho de que los Estados son actores económicos, además de políticos. Son «funcionalmente promiscuos». Así, el modo capitalista avanzado de producción contiene por lo menos dos actores organizados: las clases y los Estados nacionales. Uno de los temas principales del volumen II será la distinción entre ambos. Pero no todos los Estados han sido tan promiscuos. Por ejemplo, los Estados medievales europeos redistribuían muy poco del PNB contemporáneo. Sus funciones eran abrumadora y estrictamente políticas. La separación entre funciones/organizaciones económicas y políticas era clara y simétrica: los Estados eran políticos, las clases eran económicas. Pero la asimetría entre la situación medieval y la moderna agrava nuestro problema teórico. Las organizaciones y las funciones se entrecruzan en el proceso histórico, unas veces separándose claramente, otras uniéndose de diversas formas. Los Estados, los ejércitos y las iglesias, así como las organizaciones especializadas que solemos calificar de «económicas» pueden desempeñar papeles económicos (y normalmente lo hacen). Las clases económicas, los Estados y las élites militares esgrimen ideologías, igual que las iglesias, etc. No existen relaciones igualitarias entre funciones y organizaciones. Sigue siendo cierto que existe una división general y ubicua de funciones entre las organizaciones ideológicas, económicas, militares y políticas, división que reaparece una y otra vez por los intersticios de organizaciones de poder más fusionadas. Lo mantendremos en mente, pues será un instrumento simplificador de nuestro análisis en términos de las interrelaciones de una serie de funciones/organizaciones dimensionales autónomas o de la primacía final de una de ellas. En este sentido, tanto la ortodoxia marxista como la neoweberiana son falsas. La vida social no consiste en una serie de territorios -compuesto cada uno de un bloque de organizaciones y funciones, de medios y de fines- cuyas relaciones entre sí son las de objetos externos. Organizaciones de poder Si el problema es tan difícil, ¿cuál es la solución? En esta sección doy dos ejemplos empíricos del predominio relativo de una fuente concreta de poder. Estos ejemplos indican una solución en términos de organización de poder. El primero es el del poder militar. Muchas veces es fácil ver la aparición de un nuevo poder militar porque la suerte de la guerra puede tener una salida así de rápida y tajante. Uno de esos casos fue el auge de la falange de piqueros europea. Ejemplo 1: El auge de la falange de piqueros europea Inmediatamente después del año 1300 d.C. los acontecimientos militares precipitaron importantes cambios sociales en Europa. En una serie de batallas la vieja mesnada feudal, cuyo núcleo estaba integrado por grupos semiindependientes de caballeros con armadura rodeados de sus vasallos, se vio derrotada por ejércitos (sobre todo suizos y flamencos) que se apoyaban más en compactas masas de piqueros de infantería (véase Verbruggen, 1977). El repentino cambio de la suerte de la guerra llevó a importantes cambios del poder social. Aceleró la decadencia de las potencias que no se ajustaron a lo que enseñaba la guerra, por ejemplo, el gran Ducado de Borgoña. Pero a la larga reforzó el poder de los Estados centralizados. A éstos les resultaba más fácil aportar los recursos necesarios para mantener los ejércitos combinados de infantería-caballería-artillería que constituían la respuesta a la falange de piqueros. Eso acelera la desaparición del feudalismo clásico en general, porque reforzó el Estado central y debilitó al señor feudal autónomo. Empecemos por estudiar este caso a la luz de los «factores». Si se considera estrictamente, parece tratarse de una pauta causal simple: los cambios en la tecnología de las relaciones del poder político y económico. En este modelo tenemos un caso aparente de determinismo militar. Pero de esa manera ignoramos la existencia de muchos otros factores que contribuyen a la victoria militar. Probablemente, el más crucial fue la clase de moral que poseían los vencedores: la confianza en el piquero de la derecha, el de la izquierda y el de atrás. Esto, a su vez, probablemente obedecía a la vida relativamente igualitaria y comunitaria de los burgueses flamencos y suizos y de los agricultores libres. Podríamos seguir buscando hasta hallar una explicación de múltiples factores, o quizá pudiéramos aducir que el aspecto decisivo era el modo de producción económica de los dos grupos. El escenario está montado para el tipo de discusión entre los factores económicos, militares, ideológicos y de otro tipo que se cierne sobre prácticamente todas las esferas de la investigación histórica y sociológica. Es un ritual sin esperanza y sin final. Porque el poder militar, al igual que todas las fuentes de poder, es en sí promiscuo. Exige un superávit moral y económico -es decir, apoyos ideológicos y económicos-, además de recurrir a las tradiciones y avances más estrictamente militares. Todos ellos son factores necesarios para el ejercicio del poder militar, así que ¿cómo podemos clasificarlos por orden de importancia?

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Pero tratemos de observar las innovaciones militares bajo un prisma diferente, el de la organización. Naturalmente, esas innovaciones tuvieron condiciones previas económicas, ideológicas y de otro tipo. Pero también tuvieron un poder de reorganización intrínsecamente militar, emergente, intersticial: una capacidad mediante la superioridad concreta en el campo de batalla, para reestructurar redes sociales generales distintas de las que brindaban las instituciones dominantes existentes. Califiquemos a éstas de «feudalismo», lo que comprende un modo de producción (extracción de un excedente a un campesinado dependiente, interrelación de las parcelas de los campesinos con las posesiones de los señores, entrega de excedentes en forma de mercadería a las ciudades, etc.), instituciones políticas (la jerarquía de los tribunales de vasallo a señor, a monarca), instituciones militares (la mesnada feudal) y una ideología común a toda Europa: el cristianismo. El término «feudalismo» es una forma amplia de describir la forma dominante en que estaban organizadas e institucionalizadas en toda la Europa occidental medieval las miríadas de factores de la vida social y, en el núcleo, las cuatro fuentes de poder social. Pero otras esferas de la vida social eran menos centrales para el feudalismo y estaban menos controladas por éste. La vida social siempre es más compleja que sus instituciones dominantes porque, como ya he subrayado, la dinámica de la sociedad procede de la miríada de redes sociales que establecen los seres humanos para perseguir sus objetivos. Entre las redes sociales que no se hallaban en el núcleo del feudalismo figuraban las ciudades y las comunidades de campesinos libres. Su desarrollo era relativamente intersticial al feudalismo. Y, en un aspecto crucial, dos de ellas, Flandes y Suiza, advirtieron que su organización social aportaba una forma especialmente eficaz de «coerción concentrada» (que es, como más adelante definiré, la organización militar) al campo de batalla. Era algo que no sospechaba nadie, ni siquiera ellos mismos. A veces se aduce que la primera victoria fue accidental. En la batalla de Courtrai los caballeros franceses habían cercado a los burgueses flamencos contra el río. No podían aplicar su táctica habitual contra las cargas de caballería: ¡a correr! Como no estaban dispuestos a someterse a una matanza, clavaron las picas en tierra, decidieron resistir y descabalgaron a la primera oleada de caballeros. Se trata de un buen ejemplo de sorpresa intersticial, y lo fue para todos los interesados. Pero éste no es un ejemplo de factores «militares» contra factores «económicos». Por el contrario, se trata de un ejemplo de la competencia entre dos formas de vida, una dominante y feudal, la otra, hasta entonces menos importante, de ciudadanos o de campesinos libres, que dio un giro decisivo en el campo de batalla. Una forma de vida generó la mesnada feudal, la otra la falange de piqueros. Ambas formas exigían la miríada de «factores» y las funciones de las cuatro fuentes de poder necesarias para la existencia social. Hasta entonces, una configuración de organización dominante, la feudal, había predominado e incorporado parcialmente a la otra en sus redes. Ahora, no obstante, el desarrollo intersticial de aspectos de la vida flamenca y de la suiza encontró una organización militar rival capaz de descabalgar ese predominio. El poder militar reorganizó la vida social existente, mediante la eficacia de una forma concreta de «coerción concentrada» en el campo de batalla. De hecho, la reorganización continuó. La falange de piqueros se vendió (literalmente) a Estados ricos cuyo poder sobre las redes feudales y las ciudades y los campesinos independientes se vio incrementado (al igual que sobre la religión). Una esfera de la vida social -sin duda parte del feudalismo europeo, pero que no estaba en su núcleo, o sea, que estaba escasamente institucionalizada- desarrolló inesperada e intersticialmente una organización militar muy concentrada y coercitiva que primero amenazó al núcleo, pero después indujo una reestructuración de éste. La aparición de una organización militar autónoma fue efímera en este caso. Tanto sus orígenes como su destino eran promiscuos, y no por accidente, sino por su propia índole. El poder militar permitió una racha de reorganizaciones, una reagrupación tanto de la miríada de redes de la sociedad como de sus configuraciones dominantes de poder. Ejemplo 2: La aparición de culturas y religiones de civilización En muchos momentos y lugares, las ideologías se han difundido por un espacio social mucho más extenso que el cubierto por los Estados, los ejércitos o los modos de producción económica. Por ejemplo, las seis civilizaciones prístinas mejor conocidas: Mesopotamia, Egipto, el Valle del Indo, la China del río Amarillo, Meso América y la América andina (con la posible excepción de Egipto) surgieron como una serie de pequeños Estados situados en el interior de una unidad cultural de civilización, con estilos monumentales y artísticos, formas de representación simbólica y panteones religiosos comunes. En la historia ulterior, en muchos casos también se hallan federaciones de Estados en el interior de una unidad cultural más amplia (por ejemplo, la Grecia clásica o la Europa medieval). Las religiones salvacionistas universales se difundieron por regiones del globo mucho más extensas que ninguna otra organización de poder. Desde entonces, también ha habido ideologías seculares como el liberalismo y el socialismo que se han difundido extensivamente por encima de las fronteras de otras redes de poder. O sea, que las religiones y otras ideologías son fenómenos históricos importantísimos. Cuando los estudiosos señalan esto a nuestra atención argumentan en términos factoriales: según ellos, demuestra la autonomía de los factores «ideales» con respecto a los «materiales» (por ejemplo, Coe, 1982, y Keatinge, 1982, en relación con antiguas civilizaciones americanas, y Bendix, 1978, en relación con la difusión del liberalismo a principios del mundo moderno). Una vez más llega la contra andanada materialista: esas ideologías no están «meramente flotando en el aire», sino que son producto de circunstancias sociales reales. Es cierto que la ideología no «flota sobre» la vida social. Salvo que la ideología se derive de la intervención divina en la vida social, debe explicar y reflejar la experiencia de la vida real. Pero -y en esto reside su autonomía- explica y refleja aspectos de la vida social que las instituciones dominantes de poder ya existentes (modos de producción económica, Estados, fuerzas armadas, otras ideologías) no explican ni organizan eficazmente. Una ideología surge como movimiento vigoroso y autónomo cuando puede ensamblar en una explicación y una organización única varios aspectos de la existencia que hasta entonces han sido marginales, intersticiales, respecto de las instituciones dominantes del poder. Se trata siempre de una evolución potencial de las sociedades, porque existen

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muchos aspectos intersticiales de la experiencia y muchas fuentes de contacto entre los seres humanos distintas de las que forman las redes nucleares de las instituciones dominantes. Permítaseme citar el ejemplo de la unidad cultural de las civilizaciones prístinas (que se trata con detenimiento en los capítulos 3 y 4). Observamos un panteón de dioses, fiestas, calendarios, estilos de escritura, decoración y edificación de monumentos. Advertimos las funciones «materiales» más generales que desempeñaron las instituciones religiosas: fundamentalmente la función económica de almacenar y redistribuir los productos agrícolas y regular el comercio y la función político/militar de idear las normas de la guerra y la diplomacia. Y examinamos el contenido de la ideología: la preocupación por la genealogía y los orígenes de la sociedad, por las transiciones del ciclo vital, por la influencia sobre la fertilidad de la naturaleza y el control de la reproducción humana, por la justificación y la regulación de la violencia, por el establecimiento de fuentes de autoridad legítima más allá del grupo de parentesco, la aldea o el Estado a los que pertenece cada uno. Así, una cultura centrada en la religión aportaba a la gente que vivía en condiciones parecidas en una región extensa una identidad colectiva normativa y una capacidad para cooperar que no era intensa en su capacidad de movilización, pero que era más extensiva y difusa de lo que aportaban al Estado, el ejército o el modo de producción. Una cultura centrada en la religión brindaba una forma particular de organizar las relaciones sociales. Fusionaba en una forma coherente de organización varias necesidades sociales, hasta entonces intersticiales respecto a la instituciones dominantes de las pequeñas sociedades familiares/aldeanas/estatales de la región. Después, la organización de poder de templos, sacerdotes, escribas, etc., reaccionó y reorganizó esas instituciones, en particular mediante el establecimiento de formas de regulación económica y política de largo alcance. ¿Fue esto resultado de su contenido ideológico? No, si con eso nos referimos a sus respuestas ideológicas. Después de todo, las respuestas que dan las ideologías a la preguntas sobre el «significado de la vida» no son tan diversas. Tampoco son especialmente impresionantes, tanto en el sentido de que su veracidad nunca se puede comprobar, como en el sentido de que las contradicciones que deberían resolver (por ejemplo, la cuestión de la teodicea: ¿por qué coexisten un orden y un significado aparentes con el caos y el mal?) persiste después de haber recibido respuesta. ¿Por qué, entonces, algunos movimientos ideológicos conquistan su región, e incluso gran parte del mundo, mientras que la mayor parte no lo logra? Es posible que la explicación de la diferencia se halle menos en las respuestas que aportan las ideologías que en la forma en que organizan esas respuestas. Los movimientos ideológicos aducen que los problemas humanos se pueden resolver con la ayuda de una autoridad sagrada y trascendental, una autoridad que penetre horizontal y verticalmente en el ámbito «secular» de las autoridades de los poderes económico, militar y político. El poder ideológico se convierte en una forma distinta de organización social, que persigue una diversidad de objetivos, «seculares» y «materiales» (por ejemplo, la legitimación de determinadas formas de autoridad), además de los considerados convencionalmente religiosos e ideales (por ejemplo, la búsqueda de significado). Si los movimientos ideológicos están claramente delimitados en cuanto organizaciones, podemos analizar las situaciones en que su forma parece responder a las necesidades humanas. Deberían existir determinadas condiciones de la capacidad de la autoridad social trascendental, que vayan más allá del ámbito de las autoridades establecidas de poder para resolver problemas humanos. Una de las conclusiones de mi estudio histórico es aducir que, efectivamente, así ocurre. En consecuencia, las fuentes del poder no están integradas Internamente por una serie de «factores» estables que muestren todos la misma coloración. Cuando surge una fuente independiente de poder, es promiscua en relación con los «factores», que acopia de todos los rincones de la vida social y a los que no da sino una configuración distinta de organización. Ahora podemos pasar a las cuatro fuentes y los medios de organización que implican. Las cuatro fuentes y organizaciones del poder El poder ideológico se deriva de tres argumentos interrelacionados en la tradición sociológica. En primer lugar, no podemos comprender el mundo meramente mediante la percepción directa de los sentidos (ni, en consecuencia, actuar conforme a esa comprensión). Necesitamos que se impongan conceptos y categorías de significados a esas percepciones de los sentidos. La organización social del conocimiento y del significado últimos es algo necesario para la vida social, como aducía Weber. Así, quienes monopolizan una reivindicación del significado pueden ejercer el poder colectivo y distributivo. En segundo lugar, hacen falta normas, supuestos comunes de cómo deben actuar las personas moralmente en sus relaciones mutuas, para que exista una cooperación social sostenida. Durkheim demostró que hacen falta unos supuestos normativos comunes para que exista una cooperación social estable y eficaz y que a menudo sus portadores son movimientos ideológicos, como las religiones. Un movimiento ideológico que aumente la confianza mutua y la moral colectiva de un grupo puede incrementar las facultades colectivas de éste y verse recompensado por el mayor celo de sus seguidores. Así, el monopolio de las normas constituye una vía hacia el poder. La tercera fuente de poder ideológico es la que constituyen las prácticas estéticas/rituales. Estas no se pueden reducir a una ciencia racional. Como lo ha expresado Bloch (1974), al tratar del poder del mito religioso: «No se puede discutir con una canción.» Hay un poder distintivo que se comunica a través de la canción, la danza, las formas artísticas visuales y los ritos. Como reconoce todo el mundo, salvo los materialistas más fervientes, cuando el significado, las normas y las prácticas estéticas y rituales son monopolio de un grupo distintivo, éste puede poseer un considerable poder intensivo y extensivo. Puede explotar su funcionalidad y añadir un poder distributivo al poder colectivo. En capítulos ulteriores analizaré las circunstancias en las que un movimiento ideológico puede obtener tal poder, así como su ámbito global. Los movimientos religiosos aportan los ejemplos más obvios de poder ideológico, pero en este volumen se citan los ejemplos más seculares de las culturas de la primera Mesopotamia y de la Grecia clásica. Las ideologías predominantemente seculares son características de nuestra propia época: por ejemplo, el marxismo.

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En algunas formulaciones, los términos «ideología» y «poder ideológico» contienen dos elementos adicionales: que el conocimiento impartido es falso y/o que es una mera máscara para la dominación material. Yo no implico ninguna de esas dos cosas. El conocimiento impartido por un movimiento de poder ideológico forzosamente «supera la experiencia» (como dice Parsons). No se puede someter totalmente a prueba mediante la experiencia y en ello reside su capacidad distintiva para persuadir y dominar. Pero no tiene por qué ser falso; si lo es, tiene menos probabilidades de difundirse. El pueblo no es una masa de idiotas manipulables. Y aunque efectivamente las ideologías contienen legitimaciones de intereses privados y de dominación material, es poco probable que lleguen a influir en las personas si no son más que eso. Las ideologías vigorosas son, como mínimo, muy plausibles en las circunstancias de cada momento y crean una adhesión auténtica. Esas son las funciones del poder ideológico, pero, ¿qué lineamientos característicos de organización crean? La organización ideológica se presenta en dos tipos principales. En la primera forma, más autónoma, es socio espacialmente trascendente. Transciende las instituciones existentes de poder ideológico, económico, militar y político y genera una forma «sagrada» de autoridad (en el sentido de Durkheim), separada y por encima de estructuras de autoridad más seculares. Desarrolla una función autónoma muy poderosa cuando las propiedades emergentes de la vida social crean la posibilidad de una cooperación o una explotación mayor que transcienden el ámbito de organización de las autoridades seculares. Técnicamente, pues, las organizaciones ideológicas pueden depender más de lo habitual de las que yo he denominado técnicas difusas de poder y, en consecuencia, son propagadas por la extensión de «infraestructuras universales» como la alfabetización, la acuñación de moneda y los mercados. Como aducía Durkheim, la religión surge por la utilidad de la integración normativa (y del significado y de la estética y del ritual), y es sagrada», está separada de las relaciones laicas de poder. Pero no se limita a integrar y reflejar una «sociedad» ya establecida; de hecho, puede crear efectivamente una red del tipo de una sociedad, una comunidad religiosa o cultural, a partir de necesidades y relaciones sociales intersticiales y emergentes. Eso es el modelo que aplico en los capítulos 3 y 4 a las primeras civilizaciones extensivas y en los capítulos 10 y 11 a las religiones salvacionistas universales. El poder ideológico brinda un método socioespacial distintivo de hacer frente a problemas sociales emergentes. La segunda configuración es la ideología como moral inmanente, que intensifica la cohesión, la confianza y, en consecuencia, el poder de un grupo social ya establecido. La ideología inmanente tiene un impacto menos visiblemente autónomo, pues en gran medida refuerza algo que ya existe. Sin embargo, las ideologías de clase o de nación (que son los principales ejemplos), con sus infraestructuras distintivas, por lo general extensivas y difusas, han contribuido mucho al ejercicio del poder, desde los tiempos de los antiguos imperios asirio y persa en adelante. El poder económico se deriva de la satisfacción de las necesidades de subsistencia mediante la organización social de la extracción, la transformación, la distribución y el consumo de los objetos de la naturaleza. A una agrupación formada en torno a esas tareas se la denomina clase, y, en consecuencia, en esta obra es un concepto puramente económico. Normalmente, las relaciones económicas de producción, distribución, intercambio y consumo combinan un alto grado de poder intensivo y extensivo y han constituido una gran parte del desarrollo social. Así, las clases forman una gran parte de las relaciones generales de estratificación social. Quienes pueden monopolizar el control de la producción, la distribución, el intercambio y el consumo, es decir, la clase dominante, pueden obtener el poder general colectivo y distributivo en las sociedades. También analizaré las circunstancias en las que surge ese poder. No me referiré aquí a los múltiples debates sobre el papel de las clases en la historia. Prefiero el contexto de los problemas históricos reales, empezando en el capítulo 7 por la lucha de clases en la antigua Grecia (la primera época histórica sobre la que disponernos de datos adecuados). En ese caso, distingo cuatro fases en la evolución de las relaciones de clase y de la lucha de clases: estructuras de clase latentes, extensivas, simétricas y políticas. Las utilizo en los capítulos sucesivos. Mis conclusiones se indican en el último capítulo. Veremos que, si bien las clases son importantes, no son «el motor de la historia», como creía, por ejemplo, Marx. Hay una cuestión importante en torno a la cual difieren las dos principales tradiciones teóricas. Los marxistas destacan el control sobre la fuerza de trabajo como fuente del poder económico y por eso se concentran en los «modos de producción». Los neoweberianos (y otros, como la escuela sustantivista de Karl Polanyi) destacan la organización del intercambio económico. No podemos elevar lo uno por encima de lo otro sobre bases teóricas apriorísticas. Debemos dejar que los datos históricos decidan la cuestión. El afirmar, como hacen muchos marxistas, que las relaciones de producción deben ser decisivas porque «la producción es lo primero» (es decir, precede a la distribución, el intercambio y el consumo) es olvidar el aspecto de «emergencia». Una vez que emerge una forma de intercambio, es un hecho social, potencialmente vigoroso. Los comerciantes pueden reaccionar a la oportunidad de su extremo de la cadena económica y después actuar sobre la organización de producción de la que surgieron inicialmente. Un imperio mercantil como el fenicio es un ejemplo de un grupo comercial cuyos actos modificaron decisivamente las vidas de los grupos productores cuyas necesidades crearon inicialmente el poder de ese grupo (por ejemplo, el desarrollo del alfabeto; véase el capítulo 7). Las relaciones entre la producción y el intercambio son complejas y a menudo atenuadas: mientras que la producción tiene mucho poder intensivo, pues moviliza una cooperación social local intensa para explotar la naturaleza, el intercambio puede realizarse de forma muy extensiva. En sus márgenes, el intercambio puede tropezar con influencias y oportunidades muy distantes de las relaciones de producción que generaron inicialmente las actividades de venta. El poder económico suele ser difuso, no controlable desde un centro. Eso significa que la estructura de clases puede no ser unitaria, una sola jerarquía de poder económico. Si se atenúan las relaciones de producción y de intercambio, pueden fragmentar la estructura de clases. Así, las clases son grupos con un poder social diferencial sobre la organización social de la extracción, la transformación, la distribución y el consumo de los objetos de la naturaleza. Repito que utilizo el término clase para

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denotar una agrupación de poder puramente económico y el término estratificación social para denotar cualquier tipo de distribución del poder. El término clase gobernante denotará una clase económica que ha logrado monopolizar otras fuentes de poder a fin de dominar en general a una sociedad centrada en un Estado. Dejo para el análisis histórico las cuestiones relativas a las interrelaciones de las clases con otras agrupaciones de estratificación. La organización económica comprende circuitos de producción, distribución, intercambio y consumo. Su principal peculiaridad socioespacial es que, si bien esos circuitos son extensivos, también entrañan el trabajo cotidiano, intensivo y práctico -lo que Marx llamaba la praxis- de la masa de la población. De este modo, la organización económica presenta una mezcla socioespacial distintivamente estable de poder extensivo e intensivo y de poder difuso y autoritario. Por eso denominaré circuitos de praxis a la organización económica. El objetivo de ese término, más bien pomposo, es avanzar a partir de dos de las percepciones de Marx. En primer lugar, a un «extremo» de un modo de producción razonablemente desarrollado se halla una masa de obreros que trabajan y se expresan mediante la conquista de la naturaleza. En segundo lugar, al otro «extremo» del modo existen circuitos complejos y extensivos de intercambio en los que millones de personas pueden hallarse encerradas por fuerzas impersonales, aparentemente «naturales». El contraste es particularmente agudo en el caso del capitalismo, pero está presente en todos los tipos de organización del poder económico. Los grupos definidos en relación con los circuitos de praxis son clases. La medida en la que éstas sean «extensivas», «simétricas» y «políticas» en todo el circuito de la praxis de un modo de producción 2 determinará la capacidad de organización de las clases y la lucha de clases. Y ello a su vez girará en torno a la estrechez del vínculo entre la producción local intensiva y los circuitos extensivos de intercambio. El poder militar ya se ha definido en parte. Se deriva de la necesidad de una defensa física organizada y de su utilidad para la agresión. Tiene aspectos tanto intensivos como extensivos, pues afecta a cuestiones de vida y muerte, así como a la organización de la defensa y del ataque en grandes espacios geográficos y sociales. Quienes lo monopolizan, como las élites militares, pueden obtener poder colectivo y distributivo. Ese poder se ha olvidado últimamente en la teoría social, y en mi caso regreso a autores del siglo XIX y principios del XX como Spencer, Gumplowicz y Oppenheimer (aunque en general éstos exageraron su capacidad). La organización militar es esencialmente concentrada-coercitiva. Moviliza la violencia, el instrumento más concentrado, si no el más contundente, del poder humano. Es algo evidente en tiempo de guerra. La concentración de la fuerza constituye la clave de casi todos los comentarios clásicos sobre la táctica militar. Pero como veremos en varios capítulos históricos (especialmente del 5 al 9), puede continuar más allá del campo de batalla y de la campaña. Las formas militaristas de control social que se aplican en tiempo de paz también están muy concentradas. Por ejemplo, es frecuente que sea una mano de obra directamente coercionada, esclava o forzosa, la que construye las fortificaciones, los monumentos o las grandes carreteras o canales de comunicación. La mano de obra coercionada también aparece en las minas, las plantaciones y otras grandes explotaciones agrícolas y en la casas de los poderosos. Pero es menos adecuada para la agricultura dispersa normal, para la industria, donde se necesita tener criterio y conocimientos técnicos, y para las actividades dispersas del comercio. Los costes de imponer eficazmente la coerción directa en esas esferas han excedido los recursos de todos los regímenes conocidos históricamente. Así, el militarismo ha resultado útil en los casos en que el poder concentrado, intensivo y autoritario ha dado resultados desproporcionados. En segundo lugar, el poder militar también tiene un ámbito más extensivo, de aspecto negativo, terrorista. Como ha señalado Lattimore, a lo largo de la mayor parte de la historia el alcance del ataque militar ha sido mayor que el ámbito de control estatal o de las relaciones económicas y de distribución. Pero se trata de un control mínimo. La logística es abrumadora. En el capítulo 5 calculo que a lo largo de la historia antigua la distancia de marcha máxima sin apoyo que podía recorrer un ejército era de unos 90 kilómetros, o sea una base insuficiente para un control intensivo sobre grandes superficies. Al enfrentarse con una fuerza militar poderosa a 300 kilómetros de distancia, por ejemplo, la población local podría obedecer externamente sus dictados: pagar un tributo anual, reconocer la soberanía de su líder, enviar a sus jóvenes a «educarse» en su corte, etc., pero el comportamiento cotidiano podría ser más libre en otros aspectos. Así, el poder militar es dual socio espacialmente: un núcleo concentrado en el cual se pueden ejercer controles coercitivos positivos, rodeado por una penumbra extensiva en la cual unas poblaciones aterrorizadas no irán normalmente más allá de unos mínimos de obediencia, pero cuyo comportamiento no se puede controlar totalmente. El poder político (también definido en parte anteriormente) se deriva de la utilidad de una regulación centralizada, institucionalizada y territorializada de muchos aspectos de las relaciones sociales. No lo defino en términos puramente funcionales», en términos de regulación judicial respaldada por la coerción. Esas funciones las puede poseer cualquier organización de poder: tanto ideológica como económica y militar, además de los Estados. Yo lo limito a las regulaciones y la coerción centralizadas dentro de unos límites territoriales, es decir, el poder del Estado. Al concentrarnos en el Estado, podemos analizar su contribución distintiva a la vida social. Tal como se define en esta obra, el poder político refuerza las fronteras, mientras que las otras fuentes del poder pueden transcenderlas. En segundo lugar, el poder militar, económico o ideológico puede participar en cualesquiera relaciones sociales, dondequiera que se hallen. Cualquier A o grupo de Aes puede ejercer esas formas de poder contra cualquier B o grupo de Bes. En cambio, las relaciones políticas se refieren a una esfera concreta, el «centro». El poder político se halla situado en ese centro y se ejerce hacia fuera. El poder político es necesariamente centralizado y territorial y en esos respectos difiere de las demás fuentes del poder (véanse más comentarios en Mann, 1984; en el próximo capítulo también se da una definición formal

2En

adelante, utilizaré el término modo de producción como abreviatura de «modo de producción, distribución, intercambio y consumo. Con ello no implico que la producción tenga primacía sobre otras esferas.

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del Estado). Quienes controlan el Estado, la élite del Estado, pueden obtener tanto el poder colectivo como el distributivo y atrapar a otros en su «diagrama de organización» distintivo. La organización política también es dual socioespacialmente, aunque en un sentido diferente. En este caso hemos de distinguir la organización interna de la «internacional». En su interior, el Estado está territorialmente centralizado y territorialmente delimitado. Así, los Estados pueden alcanzar mayor poder autónomo cuando la vida social genera posibilidades emergentes de mayor cooperación y explotación en forma centralizada sobre una zona restringida (explicado en Mann, 1984). Se apoya sobre todo en técnicas de poder autoritario, por estar centralizado, aunque no tanto como la organización militar. Cuando tratemos de los poderes reales de las élites estatales, consideremos útil distinguir entre los poderes «despóticos» formales y los poderes -infraestructurales» reales. Eso se explica en el capítulo 5, en la sección titulada «Estudio Comparado de los Imperios Antiguos». Pero los límites territoriales de los Estados -en un mundo que todavía no ha estado dominado nunca por un solo Estado- dan también origen a una esfera de relaciones interestatales reguladas. La diplomacia geopolítica es una segunda forma importante de organización del poder político. En este volumen desempeñarán un papel considerable dos tipos geopolíticos: el imperio hegemónico que domina los clientes de las marcas y vecinos y diversas formas de civilización multiestatal. Evidentemente, la organización geopolítica tiene una forma muy diferente de las otras organizaciones del poder mencionadas hasta ahora. De hecho, se trata de algo que la teoría sociológica pasa generalmente por alto. Pero forma parte esencial de la vida social y no es reducible a las configuraciones -internas» de poder de sus Estados componentes. Por ejemplo, las pretensiones hegemónicas y despóticas sucesivas del Emperador Enrique IV de Alemania, Felipe II de España y Bonaparte de Francia no se vieron humilladas sino superficialmente por la fuerza de los Estados y de otros que se opusieron a ellos; en realidad, se vieron humilladas por la arraigada civilización diplomática multiestatal de Europa. O sea, que la organización geopolítica del poder es una parte esencial de la estratificación social general. En resumen, cuando los seres humanos persiguen muchos objetivos, establecen muchas redes de interacción social. Los límites y las capacidades de esas redes no coinciden. Algunas redes tienen más capacidad que otras para organizar la cooperación social intensiva y extensiva, autoritaria y difusa. Las redes mayores son las de poder ideológico, económico, militar y político: las cuatro fuentes de poder social. Cada una de ellas implica, pues, formas distintivas de organización socioespacial mediante las cuales los seres humanos alcanzan una gama muy amplia, pero no exhaustiva, de su miríada de objetivos. La importancia de esas cuatro redes reside en su combinación de poder intensivo y extensivo. Pero ello se refleja en la realidad histórica a través de los diversos medios de organización que imponen su forma general a una gran parte de la vida social general. Las principales formas que he identificado son las transcendentes o inmanentes (del poder ideológico), los circuitos de praxis (económico), las concentradas-coercitivas (militar) y las centralizadas territoriales y la organización geopolítica-diplomática (político). Esas configuraciones se convierten en lo que yo califico de promiscuas, pues extraen y estructuran elementos de muchas esferas de la vida social. En el ejemplo 2, ya citado, la organización trascendente de la cultura de las primeras civilizaciones absorbía aspectos de redistribución económica, de normas de la guerra y de regulación política y geopolítica. Así pues, no estamos tratando de las relaciones externas entre diferentes fuentes, dimensiones o niveles de poder social, sino más bien de: 1) las fuentes como tipos ideales que 2) alcanzan una existencia intermitente como organizaciones concretas en la división del trabajo y que 3) pueden ejercer una configuración más general y promiscua de la vida social. En 3) uno o más de esos medios de organización surgirá intersticialmente como la fuerza reorganizadora primordial a corto plazo, como en el ejemplo militar, o a largo plazo, como en el ejemplo ideológico. Es el modelo IEMP de poder organizado. Max Weber utilizó una vez una metáfora basada en los ferrocarriles de su época cuando estaba tratando de explicar la importancia de la ideología: hablaba del poder de las religiones salvacionistas. Escribió que esas ideas eran como los «guardagujas» que determinaban por qué vías avanzaría el desarrollo social. Quizá cupiera modificar la metáfora. Las fuentes de poder social son «vehículos tendedores de vías» -porque no existen vías hasta que se escoge la direcciónque van tendiendo vías de diferente ancho por el terreno social e histórico. Los «momentos» de tendido de vías y de paso a un nuevo ancho son lo más cerca que podemos llegar a la cuestión de la primacía. En esos momentos, encontramos una autonomía de concentración, organización y dirección sociales que no existe en momentos más institucionalizados. Esa es la clave de la importancia de las fuentes del poder. Aportan organización colectiva y unidad a la infinita variedad de la existencia social. Aportan el encuadramiento significativo que existe en una estructura social en gran escala (que puede ser muy grande o no) porque pueden generar la acción colectiva. Son los «medios generalizados» por conducto de los cuales los seres humanos hacen su propia historia. El modelo IEMP general, su ámbito y sus omisiones El modelo general se expone de forma gráfica resumida en la figura 1.2. El predominio de líneas discontinuas en el diagrama indica lo complicadas que son las sociedades humanas. Nuestras teorías no pueden abarcar sino algunos de sus lineamientos más generales. Empezamos con unos seres humanos que persiguen sus objetivos. Con esto no quiero decir que sus objetivos sean "presociales», sino más bien que lo que son los objetivos y cómo se crean éstos, no tiene pertinencia para lo que sigue después. Las personas orientadas hacia el logro de unos objetivos forman una multiplicidad de relaciones sociales demasiado compleja para ninguna teoría general. Sin embargo, las relaciones en torno a los medios de organización más fuertes se fusionan y forman extensas redes institucionales de forma determinada y estable, que combinan tanto el poder intensivo y el extensivo como el poder autoritario y el difuso. A mi entender, existen cuatro de esas fuentes

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principales de poder social, cada una de las cuales se centra en un medio diferente de organización. Las presiones en pro de la institucionalización tienden a fusionarlas parcialmente, a su vez, en una o más redes de poder dominante. Esas redes aportan el grado más elevado de delimitación que encontramos en la vida social, aunque sea delimitación dista de ser total. Muchas redes siguen siendo intersticiales, tanto respecto de las cuatro fuentes del poder como respecto a las configuraciones dominantes; análogamente, hay aspectos importantes de las cuatro fuentes del poder que también permanecen poco institucionalizados con respecto a las configuraciones dominantes. Esas dos fuentes de interacción intersticial acaban por producir una red emergente más fuerte, centrada en una o más de las cuatro fuentes del poder, e inducen una reorganización de la vida social y una nueva configuración dominante. Y así continúa el proceso histórico.

Todo esto constituye un enfoque de la cuestión de la primacía final, pero no una respuesta. Ni siquiera he hecho ningún comentario sobre el principal punto de desacuerdo entre la teoría marxista y la weberiana: el de si podemos aislar el poder económico como el aspecto totalmente decisivo que determina la forma de las sociedades. Se trata de una cuestión empírica, de forma que primero paso revista a los datos, antes de intentar una respuesta provisional en el capítulo 16 y una respuesta más completa en el volumen III. Hay tres motivos por los que la prueba empírica ha de ser histórica. En primer lugar, el modelo se ocupa esencialmente de los procesos de cambio social. En segundo lugar, mi rechazo de la concepción unitaria de la sociedad hace que resulte más difícil otro modo posible (le investigación, el de la «sociología comparada». Las sociedades no son unidades independientes que se puedan comparar simplemente de un tiempo y un espacio a otro. Existen en contextos determinados de interacción regional que son únicos incluso en algunas de sus características centrales. Las posibilidades de la sociología comparada son muy limitadas al existir tan pocos casos comparables. En tercer lugar, mi metodología consiste en «cuantificar» el poder, establecer cuáles son exactamente sus infraestructuras y en seguida es evidente que las cantidades de poder se han desarrollado enormemente a lo largo de la historia. Las capacidades de poder de las sociedades prehistóricas (sobre la naturaleza y sobre los seres humanos) eran considerablemente inferiores, por ejemplo, a las de la antigua Mesopotamia, que eran inferiores a las de la Roma republicana, que a su vez eran mucho menores que las de la España del siglo XVIl, después que las de la Inglaterra del siglo XIX, y así sucesivamente. Es más importante aprehender esa historia que hacer comparaciones de un lado a otro del mundo. Este es un estudio del «tiempo mundial», por utilizar la expresión de Eberhard (1965: 16), en el cual cada proceso de desarrollo del poder afecta al mundo que lo rodea. La historia más adecuada es la de la sociedad humana más poderosa: la de la civilización occidental moderna (comprendida la Unión Soviética), cuya historia ha sido prácticamente continua desde los orígenes de la civilización del Cercano Oriente en torno al año 3000 a.C. hasta la época actual. Se trata de una historia de desarrollo, aunque no evolucionista ni teológica. No tiene nada de «necesario»; sencillamente ocurrió así (y casi concluyó en varias ocasiones). No es la historia de un espacio social o geográfico concreto. Como suele ocurrir con estas empresas, la mía comienza con las circunstancias generales de las sociedades neolíticas, después se centra en el Cercano Oriente, luego va desplazándose gradualmente hacia el Oeste y el Norte por Anatolia, el Asia Menor y el Levante hacia el Mediterráneo oriental. Después pasa a Europa y termina en el siglo XVIII en el Estado más occidental de Europa, Gran Bretaña.

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Cada capítulo trata de la «punta de lanza» del poder, donde la capacidad para integrar pueblos y espacios en configuraciones dominantes está más desarrollada infraestructuralmente. Ese método es, en cierto sentido, antihistórico, pero los saltos que representa también contienen una ventaja. Las capacidades de poder se han desarrollado desigualmente, a saltos. Por eso, al estudiar esos saltos y tratar de explicarlos nos brinda el mejor acceso empírico a la cuestión de la primacía. ¿Qué es lo que he eliminado de esa historia? Naturalmente, una cantidad enorme de detalles y complejidades, pero, aparte de eso, todo modelo coloca algunos fenómenos en el centro del escenario y deja a otros entre bambalinas. Si estos últimos logran pasar al centro del escenario, el modelo no se ocupa efectivamente de ellos. En este volumen existe una ausencia conspicua: las relaciones entre los sexos. En el volumen II trato de justificar ese trato desigual en términos de su desigualdad efectiva en la historia. Aduciré que las relaciones entre los sexos fueron en gran medida constantes, en la forma general del patriarcado, a lo largo de gran parte de la historia, hasta los siglos XVIII y XIX en Europa, cuando empezaron a producirse rápidos cambios. Pero esos comentarios han de esperar al volumen II. En el presente volumen, las relaciones de poder de las que se trata son normalmente las de la «esfera pública», entre cabezas de familia del sexo masculino. Al historiador especializado le ruego generosidad y amplitud de espíritu. Al abarcar un gran sector de la historia registrada, sin duda he cometido errores de hecho, algunos probablemente considerables. Me pregunto si el corregirlos anularía los argumentos globales. También me pregunto más agresivamente si el estudio de la historia, especialmente en la tradición anglo estadounidense, no saldría beneficiado si contara con una reflexión más explícita sobre el carácter de las sociedades. También al sociólogo me dirijo en tonos acerbos. Gran parte de la sociología contemporánea es ahistórica, pero incluso gran parte de la sociología histórica se ocupa exclusivamente del desarrollo de las sociedades «modernas» y -de la aparición del capitalismo industrial. Eso es algo tan decisivo en la tradición sociológica que, como ha demostrado Nisbet (1967), produjo las dicotomías centrales de la teoría moderna. De la condición social al contrato, de Gemeinschaft a Gesellschaft, de la solidaridad mecánica a la orgánica, de lo sacro a lo secular: estas dicotomías y otras sitúan la línea divisoria de la historia al final del siglo XVIII. Los teóricos del siglo XVIII como Vico, Montesquieu o Ferguson no consideraban la historia así. Al contrario que los sociólogos modernos, que sólo conocen la historia reciente de su propio Estado nacional, más algo de antropología, sabían que desde hacía por lo menos dos mil años habían existido sociedades complejas, diferenciadas y estratificadas: seculares, contractuales, orgánicas, Gesellschaft, pero no industriales. A lo largo del siglo XIX y de comienzos del XX, ese conocimiento fue decayendo entre los sociólogos. Paradójicamente, la decadencia ha continuado durante la misma época en que los historiadores, los arqueólogos y los antropólogos han estado utilizando técnicas nuevas, muchas de ellas tomadas de la sociología, para hacer descubrimientos asombrosos acerca de la estructura social de esas sociedades complejas. Pero su análisis se ve debilitado por su relativa ignorancia de la teoría sociológica. Weber es un notable ejemplo de esta limitación. Mi deuda para con él es inmensa, no tanto en el sentido de haber adoptado sus teorías concretas, sino más bien en el de adherirme a su visión general de la relación entre sociedad, historia y acción social. Mi exigencia de una teoría sociológica basada en las dimensiones de la historia no se debe solamente a la conveniencia intrínseca de comprender la rica diversidad de la experiencia humana, aunque ya eso sería bastante valioso. Además, sostengo que algunas de las características más importantes de nuestro mundo actual se pueden apreciar con más claridad mediante la comparación histórica. No es que la historia se repita. Precisamente lo contrario, la historia universal se desarrolla. Mediante la comparación histórica podemos advertir que los problemas más considerables de nuestra propia época son nuevos. Por eso resulta difícil resolverlos: son intersticiales a las instituciones que se ocupan de hecho de los problemas más tradicionales para los que fueron creadas. Pero, como sugeriré más adelante, todas las sociedades se han enfrentado con crisis repentinas e intersticiales y en algunos casos la humanidad ha salido mejorada. Al final de una larga desviación histórica, espero demostrar la pertinencia de este modelo para la actualidad en el volumen II. Bibliografía Althusser, L., y E. Balibar. 1970: Reading Capital. Londres: New Left Books. [Ed. castellana: Para leer el Capital.1985]. Anderson, P. 1974a: Passages from Antiquity to Feudalism. Londres: New Left Books. [Ed. castellana: Transiciones de la antigüedad al feudalismo. 1986]. — 1974b: Lineages of the Absolutist State. Londres: New Left Books. Barber, L. B. 1968: Introducción en "Stratification, social". En International Encyclopaedia of the Social Sciences, ed. D. Sills. Nueva York: MacMillan and Free Press. Bendinx R. 1978: Kings or People. Berkeley: University of California Press. - y S. M. Lipset. 1986: Class, Status and Power. 2ºed. rev. (pub. orig.1953). Nueva York: Free Press. 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Capítulo 2 EL FIN DE LA EVOLUCION SOCIAL GENERAL: COMO ELUDIERON EL PODER LOS PUEBLOS PREHISTORICOS Introducción. El relato evolucionista convencional Una historia del poder debe empezar por el principio. Pero, ¿dónde debemos situar ese principio? Como especie, los seres humanos aparecieron hace millones de años. Durante la mayor parte de esos millones de años, vivieron sobre todo corno recolectores nómadas de frutos silvestres, bayas, frutos secos y hierbas, y como carroñeros de las presas de animales mayores que ellos. Después fueron elaborando su propio sistema de caza. Pero por lo que podemos suponer de esos recolectores-carroñeros y recolectores-cazadores, su estructura social era sumamente flexible, adaptable y variable. No institucionalizaron de forma estable unas relaciones de poder; no conocían clases, Estados, ni siquiera élites; es posible que incluso sus distinciones entre sexos y grupos de edades (dentro de la edad adulta) no indicaran diferencias permanentes de poder (tema de grandes debates en la actualidad). Y, naturalmente, no tenían escritura y no tenían una «historia» en el sentido actual del término. O sea que en los verdaderos comienzos no había ni poder ni historia. Los conceptos elaborados en el capítulo 1 no tienen prácticamente pertinencia para el 99 por 100 de la vida de la humanidad hasta la fecha. ¡Así que no voy a empezar por el principio! Después -aparentemente, en todo el mundo- se produjo una serie de transiciones: a la agricultura, a la domesticación de animales y al sedentarismo, que acercaron mucho más a la humanidad a las relaciones de poder. Surgieron sociedades estables, delimitadas, presuntamente «complejas», que incorporaban la división del trabajo, la desigualdad social y el centralismo político. Ahora quizá podamos empezar a hablar de poder, aunque nuestro comentario tendría que incluir muchas matizaciones. Pero esta segunda fase, que representaría aproximadamente al 0,6 por 100 de la experiencia humana hasta ahora, tampoco tenía escritura. Su «historia» es prácticamente desconocida y nuestro relato ha de ser sumamente cauteloso. Por fin, hacia el 3000 a.C. se inició una serie de transformaciones conexas que llevaron a una parte de la humanidad al 0,4 por 100 restante de su vida hasta ahora: la era de la civilización, de relaciones permanentes de poder encarnadas en Estados, sistemas de estratificación y patriarcado y de historia escrita. Esa era se generalizó en el mundo, pero se inició en un reducido número de lugares. Esa diminuta tercera fase es el tema de este libro. Pero, al contar esa historia, ¿cuánto nos tenemos que remontar al decidir cuáles fueron sus orígenes? Se plantean dos preguntas obvias: dada esa clara discontinuidad, ¿es el conjunto de la experiencia humana una sola historia? Y, dada nuestra ignorancia casi total del 99 o el 99,6 por 100 de esa experiencia, ¿cómo se puede saber si lo es o no? Sin embargo, la historia como un todo tiene un firme anclaje. A partir del Pleistoceno (hace aproximadamente un millón de años) no hay muestras de ninguna «especiación» o diferenciación biológica entre las poblaciones humanas. De hecho, sólo existe un caso anterior conocido de especiación a lo largo de los diez millones de años de vida de los homínido: la coexistencia de dos tipos de homínido a principios del Pleistoceno en África (uno de los cuales se extinguió). Es algo que puede parecer curioso, pues otros mamíferos que aparecieron al mismo tiempo que la humanidad, como los elefantes o el ganado vacuno, han dado muestras de considerable especiación después. Piénsese, por ejemplo, en la diferencia entre los elefantes indios y los africanos y compárese con las minúsculas diferencias fenotípicas de pigmentación, etc., entre los seres humanos. Por tanto, en toda la gama de la humanidad ha existido una cierta unidad de experiencia (argumento aducido vigorosamente por Sherratt, 1980: 405). ¿Qué tipo de historia unificada podemos narrar? Casi todas las narraciones son evolucionistas. Primero explican cómo los seres humanos fueron desarrollando sus capacidades innatas de cooperación social; después, cómo fueron surgiendo inmanentemente cada forma sucesiva de cooperación social a partir del potencial de su predecesora para una organización social «superior» o, por lo menos, más compleja y poderosa. Esas teorías fueron las predominantes en el siglo XIX. Ahora, desprovistas de los conceptos de progreso desde formas inferiores hacia formas superiores, pero conservando todavía el concepto de evolución de la capacidad y la complejidad del poder, siguen siendo las dominantes. Sin embargo, existe una peculiaridad en esta narración que sus partidarios reconocen. La evolución humana ha diferido de la evolución de otras especies por el hecho mismo de que ha mantenido su unidad. No se ha producido una especiación. Cuando una población humana ha ido desarrollando una forma particular de actividad, muy a menudo ésta se ha difundido prácticamente entre toda la humanidad, por todo el mundo. El fuego, el vestuario y el refugio, junto con una colección más variable de estructuras sociales se han difundido, a veces a partir de un solo epicentro, a veces a partir de varios, desde el Ecuador hasta los polos. Los estilos de cabezas de hacha y de cerámica, los Estados y la producción de mercaderías se han difundido muy ampliamente a lo largo de la historia y de la prehistoria que conocemos. De modo que este relato se refiere a la evolución cultural. Presupone un contacto cultural continuo entre grupos, basado en una conciencia de que, pese a las diferencias locales, todos los seres humanos forman una sola especie, se enfrentan con determinados problemas comunes y pueden aprender soluciones los unos de los otros. Un grupo local crea una nueva forma, quizá estimulada por sus propias necesidades ambientales, pero resulta que esa forma tiene una utilidad general para grupos de medios completamente diferentes, y éstos la adoptan, quizá con modificaciones. Dentro del relato general, cabe destacar algunos temas diferentes. Podemos subrayar el número de casos de invención independiente, porque si todos los seres humanos son culturalmente similares, pueden ser similarmente capaces de dar el siguiente paso en la evolución. Esta es la escuela que cree en la «evolución local». 0 podemos

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subrayar el proceso de difusión y propugnar unos pocos epicentros de la evolución. Esta es la escuela «difusionista». Es frecuente contrastar la una con la otra, que a veces se enfrentan en una acerba polémica. Pero fundamentalmente son análogas y narran el mismo relato general de una evolución cultural continua. De modo que casi todos los relatos actuales responden a mi pregunta inicial: «¿Forma toda la experiencia humana una sola historia?» con un sí tajante. Así se revela en los relatos de casi todos los historiadores, reforzados por su actual predilección (especialmente en las tradiciones históricas angloamericanas) por el estilo de narración continua atento al «qué ocurrió después». Este método deja de lado las discontinuidades. Por ejemplo, Roberts, en su Pelican History of the World (1980: 45 a 55) califica a las discontinuidades entre las tres fases de meras «aceleraciones del ritmo del cambio» y de un cambio de foco geográfico en un desarrollo esencialmente «acumulativo» de las capacidades humanas y sociales, «arraigado en eras dominadas por el lento ritmo de la evolución genética». En las tradiciones más teóricas y orientada hacía las ciencias de la arqueología y la antropología estadounidenses, el relato evolucionista se ha narrado en el idioma de la cibernética, con diagramas de corrientes de la aparición de la civilización a lo largo de diversas fases a partir de los cazadores-recolectores, junto con retroalimentaciones positivas y negativas, modelos alternativos «en escalera» y «en rampa» de desarrollo incremental, etc. (por ejemplo, Redman, 1978: 8 a 11; Cf. Sahlins y Service, 1960). El evolucionismo predomina, a veces de forma explícita y otras de forma encubierta, como explicación de los orígenes de la civilización, la estratificación y el Estado. Todas las teorías rivales de la aparición de la estratificación y del Estado presuponen un proceso esencialmente natural de desarrollo social general. Se los considera resultado del desarrollo dialéctico de las estructuras nucleares de las sociedades prehistóricas. Esta narración concreta tiene su origen en la teoría política normativa: hemos de aceptar el Estado y la estratificación (Hobbes, Locke), o hemos de derrocarlo (Rousseau, Marx), debido a acontecimientos prehistóricos reconstruidos o hipotéticos. Los antropólogos y los arqueólogos contemporáneos, aliados, narran un relato de la continuidad de todas las formas conocidas de la sociedad humana (y, en consecuencia, también de la pertinencia de sus propias disciplinas académicas para el mundo de hoy). Su ortodoxia central sigue siendo un relato de fases: desde unas sociedades relativamente igualitarias y sin Estado hacia sociedades por rangos con autoridad política y, más tarde, a sociedades civilizadas y estratificadas con Estados (ortodoxia admirablemente resumida por Fried, 1967; véanse en Redman, 1978: 201 a 205, otras posibles secuencias de fases y véanse asimismo en Steward, 1963, la secuencia más moderna influyente de fases arqueológicas/antropológicas). Friedman y Rowlands (1978) han ampliado la lógica de este enfoque al señalar un defecto en las narraciones de la evolución. Aunque se identifique una secuencia de fases. las transiciones entre ellas se ven precipitadas por las fuerzas un tanto aleatorias de la presión demográfica y el cambio tecnológico. Friedman y Rowlands colman esa laguna al elaborar un modelo detallado y complejo, «epigenético», de un «proceso de transformación» de la organización social. Concluyen diciendo: «Así, cabe esperar que podamos predecir las formas dominantes de reproducción social en la fase siguiente en términos de las propiedades de la fase actual. Ello es posible gracias a que el propio proceso reproductivo es direccional y transformativo» (1978: 267 y 268). El método de estos modelos es idéntico. En primer lugar, se comentan las características de las sociedades de cazadores-recolectores en general. Después se expone una teoría de una transición general hacia el sedentarismo agrícola y el pastoralismo. Después, las características generales de esas sociedades llevan a la aparición de unas cuantas sociedades concretas: Mesopotamia, Egipto y China septentrional, a veces con la adición del Valle del Indo, Meso América, el Perú y la Creta minoica. Examinemos las fases habituales y definamos sus términos cruciales: 1. Una sociedad igualitaria es algo que se explica por sí solo. Las diferencias jerárquicas entre persona y entre el desempeño de papeles en función de las edades y (quizá) del sexo no están institucionalizadas. Quienes ocupan las posiciones más altas no pueden hacerse con los instrumentos colectivos de poder. 2. Las sociedades por rangos no son igualitarias. Quienes se hallan en los rangos superiores pueden utilizar los instrumentos generales colectivos de poder. Ello se puede institucionalizar e incluso transmitir por vía hereditaria en un linaje aristocrático. Pero el rango depende casi totalmente del poder colectivo o de la autoridad, es decir, del poder legítimo utilizado únicamente para fines colectivos, libremente conferido y libremente retirado por los participantes. Así, quienes ocupan los rangos más altos tiene una condición social, formulan decisiones y utilizan recursos materiales en nombre de todo el grupo, pero no disponen de un poder coercitivo sobre los miembros recalcitrantes del grupo y no pueden desviar los recursos materiales del grupo para su propio uso privado y convertirlos así en su «propiedad privada». Pero hay dos subgrupos de sociedades de rangos que también se pueden colocar en una escala evolucionista: 2a. En las sociedades de rangos relativos cabe calificar a las personas y los grupos de linaje en posiciones mutuamente relativas, pero no existe un punto que sea el más alto de la escala de manera absoluta. Sin embargo, en casi todos los grupos existen una incertidumbre y una polémica insuficientes para que, finalmente, las relatividades sean incoherentes entre sí. El rango será cuestionado. 2b. En las sociedades de rangos absolutos, surge un punto superior absoluto. Al jefe o jefe supremo se le acredita el rango más alto sin polémica y los linajes de todos los demás rangos se miden en términos de su distancia respecto de ese jefe. Ello suele expresarse ideológicamente en términos de su descendencia de los primeros antepasados, quizá incluso de los dioses, del grupo. Así aparece una institución característica: un centro ceremonial, consagrado a la religión, controlado por el linaje del jefe. De esta institución centralizada al Estado no dista más que un paso. 3. Las definiciones del Estado se comentarán con más detalle en el volumen III de esta obra. Mi definición provisional se deriva de Weber: El Estado es un conjunto diferenciado de instituciones y de personal que incorporan la centralidad, en el sentido de que las relaciones políticas irradian hacia afuera para abarcar una zona territorialmente demarcada,

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sobre la cual reivindica el monopolio de la formulación vinculante y permanente de normas, respaldado por la violencia física. En la prehistoria, la introducción del Estado convierte a la autoridad política provisional y a un centro ceremonial permanente en un poder político permanente, institucionalizado en su capacidad para utilizar la coacción sobre los miembros sociales recalcitrantes cuando sea necesario, de forma sistemática. 4. La estratificación comporta el poder permanente e institucionalizado de algunos sobre las oportunidades vitales materiales de otros. Su poder puede consistir en la fuerza física o en la capacidad para privar a otros de los elementos necesarios para la vida. En la bibliografía sobre los orígenes, suele ser un sinónimo de las diferenciales de propiedad privada y de las clases económicas, y por eso yo lo trato como un forma centralizada de poder, separada del Estado centralizado. 5. En términos de civilización es el más problemático, debido a la carga axiológica que comporta. No existe una sola definición que baste para todos los fines. Trato con más detalle de la cuestión al comienzo del capítulo siguiente. Una vez más, basta con una definición provisional. Según Renfrew (1972: 13), la civilización combina tres instituciones sociales: el centro ceremonial, la escritura y la ciudad. Cuando las tres se combinan, inauguran un salto en el poder humano colectivo sobre la naturaleza y sobre otros seres humanos que, cualesquiera sean la variabilidad y la disparidad del registro prehistórico e histórico, constituyen el comienzo de algo nuevo. Renfrew califica a esto de un salto en el «aislamiento», la contención de seres humanos tras unas fronteras sociales y territoriales, claras, fijas y delimitadas. Yo utilizo la metáfora de una jaula social. Con estos términos, podemos advertir la existencia de estrechos vínculos entre las partes de la narración evolucionista. El rango, el Estado, la estratificación y la civilización guardaban estrechas relaciones entre sí porque su aparición puso fin, lenta pero inexorablemente, a un tipo primitivo de libertad y señaló el comienzo de las presiones y de las oportunidades representadas por un poder colectivo, distributivo, delimitado, permanente e institucionalizado. Yo deseo disentir de esa narración, aunque fundamentalmente lo que hago es sumar las dudas de otros. Uno de los puntos de desacuerdo se debe a que se observa algo extraño: mientras que la Revolución Neolítica y la aparición de sociedades de rangos ocurrieron independientemente en muchos lugares (en todos los continentes, por lo general en varios lugares aparentemente no relacionados entre sí), la transición hacia la civilización, la estratificación y el Estado fue relativamente rara. El prehistoriador europeo Piggott ha declarado: «Todo mi estudio del pasado me convence de que la aparición de lo que denominamos civilización es un acontecimiento de lo más anormal e impredecible, cuyas manifestaciones en el Viejo Mundo quizá se deban a fin de cuentas a una sola serie de circunstancias en una zona limitada de Asia occidental, hace cinco mil años» (1965: 20). En este capítulo y en el siguiente sostendré que Piggott no hace sino exagerar levemente lo ocurrido: es posible que en Eurasia hubiera hasta cuatro conjuntos peculiares de circunstancias que generasen la civilización. En otras partes del mundo deberíamos añadir por lo menos dos más. Aunque nunca podemos ser precisos en cuanto al total absoluto, probablemente sea inferior a diez. Otros puntos de desacuerdo se centran en la secuencia de fases y toman nota de la aparición de un movimiento involutivo o cíclico, en lugar de una secuencia puramente evolutiva. Algunos antropólogos se basan en los puntos de desacuerdo en el seno de la biología, que es la ciudadela del evolucionismo y sugieren que el desarrollo social es raro, repentino e impredecible, como resultado de «bifurcaciones» y «catástrofes» y no de un crecimiento acumulativo y evolutivo. Priedman y Rowlands (1982) llevan tiempo manifestando dudas acerca de su propio evolucionismo anterior. Yo utilizo sus dudas, aunque me desvío de su modelo. Efectivamente, la civilización, en los pocos casos de su evolución independiente, fue un largo proceso gradual y acumulativo y no una respuesta repentina a una catástrofe. Sin embargo, en el mundo como un todo, el cambio conforme una pauta fue cíclico -como dicen ellos-, y no acumulativo y evolucionista. En el presente capítulo, me baso en esos desacuerdos en dos formas principales, las cuales se irán desarrollando a lo largo de los siguientes capítulos. En primer lugar, es posible aplicar la teoría evolucionista general a la Revolución Neolítica, pero después su importancia disminuye. Es cierto que, más tarde, podemos discernir tina evolución general ulterior hasta llegar a las «sociedades de rangos» y después, en algunos casos, hasta estructuras provisionales del Estado y de la estratificación. Pero después, la evolución social general cesó. Hasta ahí ha llegado también Webb (1975). Pero yo voy más allá y sugiero que los procesos generales ulteriores fueron de «devolución» -una vuelta atrás hacia sociedades de rangos e igualitarias- y de un proceso cíclico de desplazamiento en torno a esas estructuras, que no llegaron a constituir estructuras permanentes de estratificación y estatales. De hecho, los seres humanos consagraron una parte considerable de sus capacidades culturales y de organización a asegurar que la evolución no continuara. Parece que no querían aumentar sus poderes colectivos, debido a los poderes distributivos que intervenían. Como la estratificación y el Estado eran componentes esenciales (le la civilización, la evolución social general cesó antes de que apareciese la civilización. En el próximo capítulo veremos lo que efectivamente causó la civilización; en capítulos ulteriores veremos que las relaciones entre las civilizaciones y sus vecinos no civilizados diferían según el momento del ciclo al que hubieran llegado estos últimos cuando tropezaron con la influencia de las primeras. Este argumento se ve reforzado por otros más. Este nos hace regresar al concepto, ya comentado en el capítulo 1, de «sociedad» en sí. En esa idea se hace hincapié en la delimitación, la estrechez y la presión: los miembros de una sociedad interactúan entre sí, pero no en ninguna medida comparable, con los extraños a ella. Las sociedades son limitadas y exclusivas en su cobertura social y territorial. Sin embargo, hallamos una discontinuidad entre las agrupaciones sociales civilizadas y no civilizadas. Prácticamente ninguna de las agrupaciones no civilizadas comentadas en el presente capítulo ha tenido o tiene esa exclusividad. Pocas familias pertenecían durante más de unas cuantas generaciones a la misma «sociedad», o si seguían perteneciendo a ella, ésta estaba incluida en unas fronteras tan flexibles que era muy distinta de las sociedades históricas. Casi todas disponían de opciones de lealtad. La flexibilidad de

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los vínculos sociales y la capacidad para estar libres de cualquier red concreta de poder, era el mecanismo mediante el cual se desencadenaba la devolución mencionada más arriba. En las sociedades no civilizadas era posible escaparse de la jaula social. La autoridad se confería libremente, pero era recuperable; el poder, permanente y coercitivo, era inalcanzable. Ello tuvo una consecuencia especial cuando aparecieron las jaulas civilizadas. Estas eran pequeñas -lo típico era la ciudad -Estado—, pero existían en medio de las redes más imprecisas, más amplias, pero sin embargo identificables, a las que se suele calificar de «culturas». No comprenderemos esas culturas: «Sumeria»; «Egipto», «China», etc., más que si recordamos que combinaban unas relaciones anteriores y más flexibles con la nuevas sociedades enjauladas. También esa tarea corresponde a capítulos ulteriores. Por eso, en el presente capítulo establezco el escenario para una ulterior historia del poder. Siempre será una historia de lugares concretos, pues ése ha sido el carácter de la evolución del poder. Las capacidades generales de los seres humanos enfrentados con su medio terrenal dieron origen a las primeras sociedades -a la agricultura, la aldea, el clan, el linaje y la jefatura-, pero no a la civilización, la estratificación ni el Estado. Ello, para bien o para mal, se debe a circunstancias históricas más concretas. Como esas circunstancias constituyen el tema principal de este volumen, trataré superficialmente de los procesos de evolución social general que precedieron a la historia. De hecho, se trata de una narración diferente. Yo me limito a relatar el esquema general de las últimas fases de la evolución y después a demostrar con más detalle que efectivamente ese esquema tuvo un final. Adopto una metodología distintiva. Por ánimo de generosidad hacia el evolucionismo, asumo en primer lugar que es correcto, que la narración evolucionista puede continuarse. Después veremos con total claridad el punto exacto de la narración en el que empieza a tambalearse. La evolución de las primeras sociedades sedentarias Durante el Neolítico y a principios de la Edad del Bronce, fueron surgiendo gradualmente, a partir de la base inicial de recolectores-cazadores, formas más extensivas, sedentarias y complejas de la sociedad. Se trató de un proceso largísimo que duró en términos de la historia universal desde aproximadamente el 10000 a.C., o antes, hasta justo antes del 3000 a.C., cuando podemos discernir sociedades civilizadas. Nuestros conocimientos están sometidos a los tanteos aleatorios de la pala del arqueólogo y a los márgenes variables de error de la datación por carbono y otras técnicas científicas modernas. Los acontecimientos abarcan como mínimo siete mil años, más tiempo que la historia registrada. Por eso, la narración que se hace en los tres párrafos siguientes es, por fuerza, apresurada. En fechas totalmente desconocidas, surgieron por todo el mundo unos cuantos asentamientos limitados y semipermanentes. Existen suficientes casos independientes probables para que podamos interpretarlos como una tendencia general de la evolución. Es posible que muchos de los primeros asentamientos fueran de comunidades de pescadores y de mineros de sílex, para los cuales el sedentarismo no fuera, después de todo, una investigación extraordinaria. Después, podrían haberlos copiado otros que lo consideraran ventajoso. La fase siguiente ocurrió en torno al 10000 a.C., quizá en primer lugar en el Turkestán o en Asia sudoriental, probablemente de forma independiente. Se invirtió fuerza de trabajo en el cultivo y la cosecha de plantas a partir de semillas y esquejes plantados. En el Oriente Medio, la agricultura se desarrolló a partir de la recolección de cebada y trigo silvestres. Los autores modernos han reconstruido las fases de este «descubrimiento» de la agricultura (Farb, 1978: 108 a 122; Moore, 1982). Que efectivamente ocurriera así es otra cosa. Pero esta etapa parece ser el producto de una lenta suma de inteligencia, mayores compensaciones, oportunidades y el impulso de lograr tanteos y retrocesos: los componentes normales de la evolución. En casi todos los sitios en donde surgió la agricultura, se utilizaban azadas de mano hechas de madera para trabajar huertos pequeños de cultivo intensivo, agrupados en aldeas. En su mayor parte no eran permanentes. Cuando la tierra se agotaba, la aldea se desplazaba a otra parte. Quizá al mismo tiempo fue apareciendo la ganadería. En Irak y en Jordania se domesticó a las ovejas y las cabras en torno al 9000 a.C., y después a otros animales. Por toda Eurasia se desarrollaron grupos especializados y mixtos de agricultores y ganaderos, que intercambiaban sus productos en rutas comerciales de gran extensión. Cuando coincidían varias rutas comerciales, la proximidad a fuentes de sílex y de obsidiana y tierras fértiles, podía producirse un asentamiento sedentario. Antes del 8000 a.C., en Jericó, una aldea agrícola anterior se había convertido en un asentamiento de 2,5 hectáreas de casas de adobe rodeadas de fortificaciones. Para el 6000 a.C., esas fortificaciones eran de piedra. También existían grandes depósitos de agua, que sugieren el riego artificial, otro paso en la vía de la evolución. El riego pudo originarse a partir de la observación y del mejoramiento gradual de los ejemplos de la naturaleza: se puede mejorar artificialmente los depósitos naturales después de las lluvias y las inundaciones antes de que se desarrollen los depósitos de agua y las presas y las ventajas del Iodo (como suelo fertilizado) producido por las inundaciones pueden apartarse mucho antes de llegar a los grandes logros realizados en ese material por las civilizaciones de los valles fluviales. Las ruinas de Jericó y de Catal Hayuk, en Anatolia, sugieren una organización social bastante extensiva y permanente, con indicios de centros ceremoniales y de grandes redes comerciales. Pero todavía no había escritura y la densidad demográfica (que podría indicar si eran lo que los arqueólogos califican de ciudad») sigue siendo insegura. No tenemos noticia alguna de ningún «Estado», pero los restos de enterramientos sugieren pocas desigualdades entre los habitantes. Apareció el arado de madera, quizá poco después del 5000 a.C., seguido de la carretilla y de la rueda de alfarero. Con el arado de tracción animal aumentaron la extensión y la permanencia de los campos cultivados. Podían removerse nutrientes de la tierra a mayor profundidad. Podían dejarse en barbecho campos para removerlos quizá dos veces al año. Ya en el quinto milenio se explotaban como artículos suntuarios el cobre, el oro y la plata. Los hallamos en cámaras mortuorias muy complicadas y de ahí deducimos que existía la diferenciación social y el comercio a gran distancia. Los

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asombrosos restos «megalíticos» de Gran Bretaña, Bretaña, España y Malta indican una organización social compleja, una administración a gran escala de la mano de obra, el conocimiento de la astronomía y probablemente la existencia de rituales religiosos durante el período del 3000 al 2000 a.C., que probablemente se desarrollaron con independencia de las tendencias del Cercano Oriente. Pero durante ese período se produjeron adelantos cruciales en el Cercano Oriente. Probablemente como resultado de las técnicas de regadío, aparecieron en Mesopotamia asentamientos permanentes más densos, que surgieron en la historia en torno al 3000 a.C. junto con la escritura, las ciudades-Estado, los templos y los sistemas de estratificación, o sea la civilización. Ese es el terreno general que paso a examinar ahora con más detalle. La teoría evolucionista es plausible a comienzos de la historia porque los adelantos eran diseminados, en apariencia independientes y en suficientes casos, acumulativos. Cuando apareció la agricultura, siguió siendo la pionera de nuevas técnicas y formas de organización. Es posible que algunas zonas regresaran a la recolección-caza, pero fueron suficientes las que no lo hicieron como para dar la impresión de un desarrollo irreversible. A lo largo de toda esa época existió una tendencia hacia una mayor estabilidad del sedentarismo y la organización, que es el meollo de la hitoria evolucionista. El asentamiento fijo atrapa a las gentes para que vivan las unas con las otras, cooperen e ideen formas más complejas de organización social. La metáfora de la jaula resulta idónea. Pasemos, pues, a estudiar el menos enjaulado de los animales humanos, el recolector-cazador. Su libertad tenía dos aspectos principales. En primer lugar, por extraño que parezca a las mentes modernas, los antropólogos han aducido que los cazadores-recolectores contemporáneos llevan una vida muy cómoda. Sahlins (1974) ha definido a la fase de cazadores-recolectores como -la primera sociedad de la abundancia». Los cazadores-recolectores satisfacen sus necesidades económicas y caloríficas mediante el trabajo intermitente, por término medio de tres a cinco horas al día. Frente a nuestra imagen del hombre como cazador», su dieta puede derivarse en sólo un 35 por 100 de la caza, mientras que el 65 por 100'procede de la recolección, si bien es probable que el primer porcentaje fuera más alto en los climas más fríos. Sigue tratándose de un tema polémico, especialmente desde que en el decenio de 1970 las feministas se lanzaron encantadas sobre esas conclusiones para formular una etiqueta prehistórica alternativa, la de la mujer recolectora. Yo me satisfago con el término de «cazador-recolector ». Pero es posible que la combinación de caza y recolección produzca una dieta más equilibrada y nutritiva que la de los agricultores o los pastores especializados. Así, es posible que la transición a la agricultura y al pastoreo no haya producido una mayor prosperidad. Y algunos arqueólogos (por ejemplo, Flannery, 1974; Clarke, 1979) apoyan en general la visión de la abundancia que sugieren los antropólogos. En segundo lugar, su estructura social era y sigue siendo flexible, de forma que permite una mayor libertad de elección en los vínculos sociales. No dependen de otras gentes concretas para su subsistencia. Cooperan en pequeñas bandas y en unidades mayores, pero, en general, pueden elegir en cuáles. Y pueden separarse cuando lo deseen. Es posible que los linajes, los clanes y otros grupos de parentesco den una sensación de identidad, pero no confieren grandes deberes ni derechos. Tampoco existen fuertes precisiones territoriales. Pese a ciertos relatos antropológicos anteriores basados en algunos aborígenes australianos, la mayor parte de los cazadores-recolectores no poseen territorios fijos. Dada su flexibilidad social, resultaría difícil en todo caso que se desarrollaran derechos colectivos de propiedad de ese tipo (Woodburn, 1980). Dentro de esa flexibilidad general, podemos distinguir tres o quizá cuatro unidades sociales. La primera es la familia nuclear de los padres con los hijos a su cargo. A lo largo de una vida de duración normal, las personas son miembros de dos familias, una vez como y otra vez como padres. Se trata de un vínculo estrecho, pero transitorio. La segunda unidad es la banda, a veces calificada de «banda mínima», un grupo que se desplaza en estrecha unión y satisface sus necesidades de subsistencia mediante la recolección y la caza cooperativas. Se trata de una unidad más o menos permanente en la que intervienen personas de todas las edades, aunque su cohesión varía según las estaciones. Su dimensión normal oscila entre las 20 y las 70 personas 3. Pero la banda no es autónoma. Sobre todo, sus necesidades de reproducción no se ven satisfechas por un fondo común potencial demasiado pequeño como para encontrar jóvenes adultos fértiles como parejas. Necesita formas reguladas de matrimonio con otros grupos adyacentes. La banda no constituye un grupo cerrado, sino una agrupación flexible de familias nucleares, que a veces logran una vida colectiva general. Sus dimensiones fluctúan. A menudo llegan forasteros que ingresan en un grupo con capacidad excedente. También se puede producir un intercambio de productos como regalos (o como mera forma de regulación social), si en una zona determinada existe diversidad ecológica. La población dentro de la cual se producen esos contactos es la tercera unidad, diversamente denominada «tribu», «tribu dialéctica» (¡en el sentido lingüístico, no hegeliano!), o «banda máxima». Se trata de una confederación flexible, de 175 a 475 personas, que comprende varias bandas. Según Wobst (1974), esa confederación fluctúa básicamente entre las 7 y las 19 bandas. Un medio favorable puede impulsar a .a población por encima de esos niveles, pero entonces la «tribu» se divide en dos unidades, cada una de las cuales sigue su propio camino. La comunicación directa, cara a cara, entre seres humanos puede tener unos límites máximos prácticos. ¡Cuando se pasa de unas 500 personas, perdemos nuestra capacidad para comunicarnos! Los cazadores-recolectores no tienen escritura y dependen de la comunicación cara a cara. No pueden utilizar las funciones que desempeñan como comunicación abreviada, pues no tienen

3Véanse comentarios sobre esas cifras en Steward, 1963: 122 a 150; Fried, 1967: 154a 174; Lee y De Vore, 1968, y Wobst, 1874. 24

prácticamente medios de especialización aparte del sexo y la edad. Se relacionan como seres humanos completos diferenciados únicamente por la edad, el sexo, sus rasgos físicos y su pertenencia a una banda. Sus poderes extensivos seguirían siendo inapreciables hasta que se abandonara esa situación. ¿Existió una cuarta unidad «cultural» más amplia y por encima de ésa, tal como existió después, tras la sedentarización agrícola? Lo sospechamos porque estamos hablando de un proceso humano. El intercambio de mercancías, personas e ideas no ocurrió intensiva, sino extensivamente, y vinculó de forma tenue a los cazadoresrecolectores en grandes superficies terrestres. La estructura social inicial es abierta y flexible. Wobst (1978) afirma que los moderados de cazadores-recolectores siguen siendo territorialmente reducidos. Pese a las pruebas de que los cazadores-recolectores estaban vinculados en matrices culturales a nivel continental, se han estudiado muy poco los procesos regionales e interregionales. El «territorio» del etnógrafo es un artefacto de la especialización académica y de la influencia antropológica, dice Wobst, pero en los informes sobre investigaciones realizadas se convierte en una «sociedad» efectiva, en una unidad social delimitada con su propia «cultura». Los tipos de «sociedades» que existían en la prehistoria no se parecían en nada a lo que pueda haber visto cualquier antropólogo actual. Todavía no habían llenado continentes; no se veían presionadas por sociedades más avanzadas. Esas peculiaridades aseguraban que los grupos prehistóricos en gran medida no estuvieran enjaulados. La "humanidad» no ha vagabundeado en grupos por todas partes», pese a la famosa afirmación de Ferguson. La etimología de la palabra «etnografía» revela la trampa. Se trata del estudio de ethne, de pueblos. Sin embargo, inicialmente no existían pueblos, grupos relacionados y delimitados de parentesco, sino que los creó la historia. La cuestión de cómo se produjeron las transiciones a la agricultura y a la ganadería es demasiado polémica para debatirla aquí. Ningunos autores destacan los factores de atracción del aumento de los rendimientos agrícolas; otros, los factores de impulsión de la presión demográfica (por ejemplo, Boserup, 1965; Binford, 1968). No trataré de juzgar. Me limito a señalar que los argumentos opuestos no son sino variantes de un solo relato evolucionista. Las capacidades generales de los seres humanos, ocupados en formas mínimas de cooperación social y enfrentados con entornos generalmente parecidos, llevaron en todo el mundo a las transformaciones agrícola y pastoral que denominamos Revolución Neolítica. Se inició un aumento del sedentarismo de poblaciones mayores, social y territorialmente atrapadas. Creció el tamaño y la densidad de las agrupaciones. Desapareció la pequeña banda. La «tribu», mayor y más flexible, se vio afectada de dos formas. O bien la unidad más bien débil, con un máximo de 500 miembros, se condenaba ahora en una aldea de asentamiento permanente y absorbía a la unidad más pequeña de 20 a 70 miembros, o el proceso de intercambio establecía una especialización de papeles extensiva pero más flexible, basada en la red del parentesco ampliado: clanes, grupos de linaje y tribus. La localidad o el parentesco -o una combinación de ambas cosas- podía ofrecer marcos de organización para redes sociales más densas y especializadas por funciones. En la Europa prehistórica, los asentamientos de aldeas igualitarias y en gran parte no especializadas comprendían de 50 a 500 personas, que por lo general vivían en chozas de familias nucleares que labraban como máximo unas 200 hectáreas (Piggott, 1965: 41 a 47). En el Cercano Oriente es posible que los límites máximos fueran los más frecuentes. También existen abundantes datos acerca de unidades tribales grandes y más flexibles en la prehistoria. Entre los pueblos neolíticos de la Nueva Guinea actual, según Forge (1972), una vez que se alcanza el límite de 400 a 500 personas o se dividen los asentamientos o se produce una especialización de funciones y (le condición social. Ello coincide con la teoría evolucionista de Steward acerca de cómo unos grupos en crecimiento hallaron la «integración sociocultural» a un nivel más alto y más mezclado mediante el desarrollo de las aldeas de múltiples linajes y de clanes flexibles (1963: 151 a 172). Las divisiones horizontales y verticales permitieron que los grupos sociales ampliaran sus efectivos. La explotación intensiva de la naturaleza permitió la sedentarización permanente y la interacción primaria densa de 500 personas, en lugar de 50; la especialización de funciones y la aparición de la autoridad permitió una interacción secundaria entre números de personas que en principio eran ilimitados. Entonces iniciaron su prehistoria humana las sociedades extensivas, la división del trabajo y la autoridad social. La aparición de relaciones estabilizadas de poder económico colectivo ¿Hasta qué punto se destacaban esas primeras sociedades en el panorama general? Eso depende de lo fijas que fueran, de lo atrapadas que estuvieran las personas que contenían. Woodburn (1980-1981) ha aducido que la permanencia en las sociedades primitivas está garantizada si se trata de «sistemas de inversión de fuerza de trabajo» de «rendimiento aplazado», y no de «rendimiento inmediato». Cuando un grupo invierte fuerza de trabajo en la creación de herramientas, almacenes, campos cultivables, presas, etc., cuyos rendimientos económicos son aplazados, es necesaria una organización a largo plazo y, en algunos aspectos, centralizada para administrar la fuerza de trabajo, proteger la inversión y distribuir sus rendimientos. Veamos las consecuencias de tres tipos diferentes de inversión de fuerza de trabajo con rendimiento aplazado. El primer tipo es en la naturaleza, es decir, en tierras y ganado: cultivos, acequias, animales domesticados, etc.; todo eso implica una fijación territorial. Los terrenos donde pastan los animales pueden variar y los cultivos, mientras sean todavía semillas, son móviles, pero con esas excepciones, cuanto más se alargue el plazo del rendimiento de la naturaleza, mayor será la fijación territorial de la producción. La horticultura de plantas fijas estabiliza a un grupo o por lo menos a sus miembros nucleares. El sistema de «roza» estabiliza a un grupo a lo largo de varios años sí se dedica a fertilizar el suelo mediante la quema periódica de tochos de árboles y se alimenta al ganado con rastrojos. Después disminuye la fecundidad del suelo. Algunos se desplazan a otra parte, sea para repetir el proceso mediante la deforestación o para encontrar tierras con suelos más livianos. Es raro que todo un grupo se desplace como unidad,

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pues su organización está en sintonía con la ecología antigua, no con el desplazamiento ni con la nueva ecología. Los grupos más pequeños de familias o de vecinos, en los cuales es probable que estén sobre representados los jóvenes, tienden a separarse. Ello no produce una organización social permanente, como veremos en este mismo capítulo, más adelante. Los ganaderos trashumantes, especialmente en terrenos esteparios, son más móviles. Sin embargo, los pastores adquieren mercaderías, equipo y diversos animales que no son fácilmente transportables y establecen relaciones con los agricultores para obtener piensos y derechos de pastos en las rastrojeras, intercambiar productos agropecuarios, etc. Como ya señaló Lattimore, el único nómada en estado puro es el nómada pobre. Sin embargo, la sujeción al territorio no es tan grande como en el caso de los agricultores. Tanto los agricultores como los pastores pueden estar delimitados territorialmente por otros motivos. La proximidad a materias primas como el agua, la madera o los animales de otros grupos, o la ubicación estratégica en redes de intercambio entre diferentes nichos ecológicos, también vinculan a la gente. Lo que más vincula es la tierra naturalmente fertilizada y que puede sustentar la agricultura o el pastoreo permanentes: en valles fluviales, costas de lagos y deltas sometidos a inundaciones y entarquinamientos. Allí, las poblaciones están extraordinariamente sujetas al territorio. En otras partes, las pautas varían más, pero con algunas tendencias hacia una mayor fijación que entre los cazadoresrecolectores. En el segundo tipo, la inversión puede hacerse en las relaciones sociales de producción y de intercambio, en forma de cuadrillas de trabajo, división del trabajo, mercados, etc. Todos ellos tienden a tener una fijación más bien social que territorial. Las relaciones laborales regulares (sin fuerza militar) exigen un impulso normativo, que se halla entre las personas que forman parte del mismo grupo: familia, vecindario, clan, linaje, aldea, clase, nación, Estado, o lo que sea. Ello es más aplicable a las relaciones de producción que a las de intercambio, porque su cooperación es más intensa. La solidaridad normativa es necesaria para la cooperación y tiende a fijar las redes de interacción y a fomentar una identidad ideológica común. La inversión durante un período prolongado significa una cultura compartida más estrechamente entre las generaciones, incluso entre los vivos y los todavía no nacidos. Estrecha los vínculos de las aldeas y de los grupos de parentesco, como los clanes, en sociedades con una continuidad temporal. Pero, ¿hasta qué punto? En comparación con los cazadores-recolectores, los agricultores y los pastores son más sedentarios. Pero también en este caso existe una variabilidad entre ecologías y épocas. Las variaciones según las estaciones, a lo largo del ciclo de la roza (más cooperación en la fase de tala que después) y de otros ciclos agrícolas, apoyan una cooperación bastante flexible. Una vez más, el extremo de enjaulamiento es la llanura aluvial de los valles fluviales, siempre que sea posible el regadío. Ello exige un esfuerzo laboral cooperativo muy superior a la norma agrícola, aspecto del que volveré a ocuparme en el siguiente capítulo. La tercera inversión es en los instrumentos de trabajo, herramientas o maquinaria que no forman parte de la naturaleza y que en principio son transportables. A lo largo de varios milenios, las herramientas tendieron a ser pequeñas y portátiles. No fijaron a la gente social ni territorialmente en grandes sociedades, sino en el hogar o grupo de hogares que rotaban las herramientas. En la Edad del Hierro, de la cual se trata en el capítulo 6, una revolución en la fabricación de herramientas tendió a reducir las dimensiones de las sociedades existentes. Así, los efectos de la inversión social fueron variados, pero la tendencia general iba en el sentido de un mayor sedentarismo social y territorial, debido a la explotación cada vez mayor de la tierra. El éxito agrícola era inseparable de la delimitación. Pero si añadimos otras dos tendencias importantes, la presión demográfica y una cierta especialización ecológica, la imagen resulta más compleja. Son pocos los agricultores o los pastores que han elaborado la panoplia completa de medidas drásticas de control permanente de la natalidad que se advierten entre los cazadores-recolectores. Sus superávit de subsistencia se han visto periódicamente amenazados por los «ciclos malthusianos» de excedente demográfico y erosión de los suelos/enfermedad. Las respuestas consistieron en fisiones dentro de los grupos, emigraciones de pueblos enteros y quizá en una violencia más organizada. Todo ello tiene efectos contradictorios para la cohesión social: lo primero la debilita, lo segundo y lo tercero pueden reforzarla. Los efectos de la especialización ecológica en una agricultura en desarrollo son todavía más complejos. Algunos creen que la especialización fomentó una mayor división del trabajo en el seno de una sociedad (ejemplificada por la teoría de la «jefatura redistributiva» que veremos más adelante). Si los productos se intercambian en una estructura aldeana o de parentesco, aumenta la vinculación a una organización fija de mercados, almacenes, etc. Proliferan las funciones especializadas y las condiciones sociales jerárquicas y se intensifican la división del trabajo y la jerarquización por rangos. Pero a medida que iban aumentando el tamaño, la especialización, la difusión y el intercambio, el mundo contactable era siempre mayor de lo que se podía organizar factíblemente en un solo grupo. A medida que se estabilizaba el grupo, también se estabilizaban las relaciones intergrupales. La dificultad de integrar la tierra arada con la utilizada para el pastoreo fomentó la aparición de grupos relativamente especializados agrícolas y pastoriles. De ahí el crecimiento de dos redes de interacción social, el «grupo» o la «sociedad» y la red más amplia de intercambio y de difusión. La aparición del poder colectivo ideológico, militar y político La misma dualidad surge en la aparición del poder ideológico: de religiones más estabilizadas y extensivas y de lo que los arqueólogos y algunos antropólogos denominan cultura. La arqueología nos enseña muy poco acerca de la religión y la antropología algo más, aunque de una pertinencia histórica incierta.

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Bellah (1970: 2 a 52) ejemplifica el enfoque del enjaulamiento evolucionista. Este esboza las principales fases de la evolución religiosa. Las dos primeras tienen pertinencia para nuestro caso. En controlar la vida y el medio ambiente, para hacer algo más que sufrir pasivamente, depende del desarrollo del pensamiento simbólico. Este separa sujeto y objeto y lleva a la capacidad para manipular en entorno. La religión primitiva lo hacía de forma rudimentaria. El mundo simbólico mítico no estaba separado claramente del mundo natural ni de los seres humanos. Algunas religiones fusionaban un clan humano, fenómenos naturales como las piedras y los pájaros y personas míticas ancestrales en una clasificación totémica, distinguiéndola de configuraciones parecidas. De ahí que la acción religiosa fuera la participación en este mundo, no la intervención sobre él. Sin embargo, a medida que iba surgiendo el grupo social delimitado, apareció una segunda fase. Se concibieron las regularidades emergentes de cooperación económica, militar y política como nomos como sentimiento del orden y el significado ultimo del cosmos. Ahora los dioses estaban ubicados el dentro, en una relación privilegiada con el clan, el linaje, la aldea o la tribu. La sociedad domesticó a la divinidad. Ahora podría aplicarse la teoría de la religión de Durkheim, que se examinará en capítulos ulteriores: la religión era meramente la sociedad alargada idealmente hasta las estrellas». A medida que la sociedad se iba enjaulando, lo mismo hacía la religión. Pero este argumento adolece de dos defectos. En primer lugar, el registro antropológico indica que efectivamente lo divino se puede hacer más social. Pero no más unitario. Los dioses del grupo A no están claramente separados de los del grupo B vecino. Existe una superposición y muchas veces un panteón flexible y cambiante en el cual los espíritus, los dioses y los antepasados de aldeas y grupos de parentesco adyacentes coexisten en una jerarquía competitiva de categorías. Por ejemplo, en África occidental, si un grupo determinado de aldeas o de parentesco incrementa su autoridad sobre sus vecinos sus antepasados pueden ser adoptados rápidamente como personajes importantes en el panteón de esos vecinos. Esto sugiere una mayor flexibilidad ideológica y una dialéctica entre el grupo pequeño y la «cultura» mayor. En segundo lugar, el registro arqueológico revela que, por lo general, los estilos artísticos comunes eran mucho más extensos que cualquier grupo de aldeas o de parentesco. El que las decoraciones conservadas de cerámica piedras o metal se pareciesen en grandes regiones no significa gran cosa. Pero el mismo estilo de representar figuras divinas o figuras que simbolizan a la humanidad, la vida o la muerte, indica una cultura común en una superficie muy superior a las de las organizaciones sociales autoritarias. La difusión del estilo del «vaso campaniforme por casi toda Europa o del estilo Dongson» en el Asía sudoriental o del Hopewell» en Norteamérica indican extensos vínculos de., ¿qué? Probablemente comerciales; quizá de intercambio de población en migraciones cruzadas y la existencia de artesanos especializados nómadas; quizá de analogías religiosas e ideológicas; pero no puede haber entrañado ninguna organización autoritaria considerable, formal, limitadora. Fue una de las primeras expresiones del poder difuso. En el próximo capítulo veremos que las primeras civilizaciones comprendían dos niveles: una pequeña autoridad política, normalmente una ciudad-Estado y la unidad «cultural» mayor, por ejemplo, de Sumerja o de Egipto. La misma dialéctica aparece entre dos redes de interacción social, una pequeña y autoritaria y la otra grande y difusa. Ambas eran partes importantes de lo que desearíamos denominar «la sociedad» de la época. Así, las pautas de poder ideológico eran menos unitarias, estaban menos enjauladas, de lo que implica la teoría evolucionista. Sin embargo, el enjaulamiento se vio incrementado por nuestra tercera fuente de poder, el poder militar, que también fue apareciendo en este período. Cuanto mayor era el excedente generado, más deseable aparecía a los forasteros rapaces. Y cuanto más fijas eran las inversiones, mayor era la tendencia a defenderlas, en lugar de huir de los ataques. Gilman (1981) aduce que en la Europa de la Edad del Bronce, las técnicas de subsistencia con densidad de capital (el arado, el policultivo mediterráneo de olivos y cereales, los regadíos y la pesca de bajura) precedieron y causaron la aparición de una «clase de élite hereditaria». Sus activos necesitaban una defensa y un liderazgo permanentes. No es éste el momento para tratar de explicar la guerra. Me limito a señalar dos aspectos. En primer lugar, la guerra es omnipresente en la vida social organizada, aunque no sea universal. Podemos hallar grupos sociales aparentemente pacíficos -y en consecuencia no puede apoyar una teoría que considere la guerra como parte de la naturaleza humana invariable-, pero, por lo general, están aislados y obsesionados con una batalla contra la naturaleza en sus aspectos más duros (como los esquimales), o son refugiados de la guerra en otras partes. En un estudio cuantitativo, sólo cuatro de cincuenta pueblos primitivos no hacían habitualmente la guerra. En segundo lugar, la antropología comparada demuestra que la frecuencia de las guerras, su organización y la intensidad de la mortandad aumenten considerablemente con la sedentarización y vuelven a aumentar con la civilización. Los estudios cuantitativos revelan que la mitad de las guerras de los pueblos primitivos son relativamente esporádicas, desorganizadas, rituales e incruentas (Brock y Galtung, 1966; Otterbein, 1970: 20 y 21; Divale y Harris, 1976: 532; Moore, 1972: 14 a 19; Harris, 1978: 33). Pero todas las civilizaciones de la historia registrada han hecho constantemente guerras muy organizadas y cruentas. La hostilidad armada entre grupos refuerza su sensación de «grupo del interior» y de «grupo del exterior». También intensifica las distinciones objetivas: los grupos especializados económicamente elaboran formas especializadas de guerra. El armamento y la organización de los primeros combatientes se derivaron de sus técnicas económicas: los cazadores lanzaban proyectiles y disparaban flechas; los agricultores blandían azadas aguzadas y modificadas; los pastores pasaron a cabalgar en caballos y camellos. Todos ellos utilizaron técnicas adecuadas a sus formas de organización económica. A su vez, estas diferencias militares intensificaron su sensación de distintividad cultural general. Las diferentes formas de inversión en actividades militares tuvieron consecuencias en general parecidas para la economía. La inversión militar en la naturaleza, por ejemplo en fortificaciones, aumentó la territorialidad. Una diferencia fue que la inversión militar en ganado (caballería) aumentó en general la movilidad en lugar de la fijación. La inversión militar en relaciones sociales, es decir, en la organización de los suministros y la coordinación de los desplazamientos y de la táctica, aumentó mucho la solidaridad social. También exigió una moral normativa. La inversión militar en los instrumentos de la guerra, las armas, tendió al principio a fomentar el combate individual y a descentralizar la autoridad

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militar. En general, el aumento del poder militar reforzó el enjaulamiento de la vida social. Así, la historia evolucionista tiende a centrarse en determinadas relaciones de poder económico y en el poder militar en general. Esas relaciones culminan con la aparición del Estado, la cuarta parte del poder social. Tal como lo he definido yo -centralizado, territorializado, permanente y coercitivo- el Estado no existía en los orígenes. No se halla entre los cazadores-recolectores. Los elementos componentes del Estado se ven favorecidos por la inversión fija social y territorial, económica y militar. Ello completaría la historia evolucionista, al vincular la prehistoria y la historia en una sola secuencia de evolución. A partir de la caza-recolección hasta llegar al Estado permanente, civilizado, una serie continua de fases incorpora una sedentarización social y territorial mayor como «precio» de un aumento del poder humano sobre la naturaleza. Examinemos las teorías evolucionistas enfrentadas en los orígenes de la estratificación y del Estado. Teorías evolucionistas de los orígenes de la estratificación y del Estado La estratificación no fue una forma social original, ni tampoco lo fue el Estado. Los cazadores-recolectores eran igualitarios y no tenían Estado. Los evolucionistas aducen que la transición a la agricultura y la ganadería sedentarias anunció el crecimiento lento, prolongado y vinculado de la estratificación y del Estado. Aquí se estudian cuatro tipos de teoría evolucionista: la liberal, la funcionalista, la marxista y la militarista. Consideran, con razón, que las dos cuestiones más importantes y enigmáticas están relacionadas: 1) ¿Cómo fue que algunos adquirieron algún tipo de poder permanente sobre las oportunidades materiales de vida de otros, lo cual les dio la capacidad para adquirir propiedades que potencialmente negaban la subsistencia a otros? 2) ¿Cómo fue la que la autoridad social pasó a residir permanentemente en unos poderes centralizados, monopolíticos, coercitivos, en Estados definidos territorialmente? La clave de estas cuestiones es la distinción entre autoridad y poder. Las teorías evolucionistas brindan teorías plausibles del crecimiento de la autoridad. Pero no pueden explicar satisfactoriamente cómo se convirtió la autoridad en un poder que se podía utilizar tanto coercitivamente contra el pueblo que concedió la autoridad en primer lugar como para privar al pueblo de los derechos de subsistencia material. De hecho, veremos que esas conversiones no sucedieron en la prehistoria. No existe ningún origen general del Estado y de la estratificación. Se trata de una cuestión falsa. Las teorías liberales y las funcionales aducen que la estratificación y los Estados incorporan una cooperación social racional y que, en consecuencia, se instituyeron inicialmente en una especie de «contrato social». La teoría liberal interpreta que esos grupos de intereses eran individuos con medios de vida y derechos de propiedad privada. Así, la propiedad privada precedió a la formación del Estado y la determinó. Las teorías funcionales son más variadas. Yo examino sólo el funcionalismo de los antropólogos económicos, que hacen hincapié en la «jefatura redistributiva. Los marxistas aducen que los Estados refuerzan la explotación de clases y, en consecuencia, fueron las primeras clases propietarias quienes los instituyeron. Al igual que la teoría liberal, la marxista aduce que el poder de la propiedad privada precedió a la formación del Estado y la determinó, pero el marxismo ortodoxo retrocede más todavía y afirma que, a su vez, la propiedad privada surgió a partir de una propiedad inicialmente comunista, Por último, la teoría militarista aduce que los Estados y la estratificación social pronunciada se originaron en la conquista y en las necesidades del ataque y de la defensa militares. Las cuatro escuelas exponen sus argumentos con vigor, por no decir dogmáticamente. La confianza de esas escuelas contiene tres aspectos que nos confunden. En primer lugar, ¿por qué los teóricos que desean afirmar algo acerca del Estado actual deben apoyarlo con una incursión relámpago en los accidentados terrenos de la prehistoria? ¿Por qué han de importarle al marxismo los orígenes de los Estados para justificar una actitud determinada respecto del capitalismo y del socialismo? Para una teoría de los Estados ulteriores no es necesario demostrar que los primeros Estados se originaron de tal o cual forma. En segundo lugar, las teorías son reduccionistas, pues limitan en el Estado a aspectos preexistentes de la sociedad civil. Al mantener una continuidad entre los orígenes y el desarrollo, niegan que el Estado posea propiedades emergentes peculiares a él. Y sin embargo, los grupos de interés de la -sociedad civil», como las clases sociales y los ejércitos, figuran en las páginas de la historia junto con los Estados: jefes, monarcas, oligarcas, demagogos y sus empleados y burocracia. ¿Podemos negarles a éstos su autonomía? En tercer lugar, cualquiera que examine los datos empíricos relativos a los primeros Estados advierte que las explicaciones basadas en un solo factor pertenecen a la (ase de jardín de infancia de la teoría del Estado, porque los orígenes son sumamente diversos. Claro que las teorías se expusieron inicialmente cuando los autores tenían muy pocos datos empíricos. Actualmente disponemos de gran abundancia de estudios arqueológicos y antropológicos sobre los Estados iniciales y primitivos, antiguos y modernos, de todo el mundo. Esos datos nos obligan a ocuparnos de forma muy crítica de las confiadas afirmaciones de las teorías, especialmente de las del liberalismo y el marxismo. Así ocurre, en especial, por lo que respecta a su confianza en la supuesta importancia de la propiedad individual de las primeras sociedades. Yo comienzo por la parte más débil de la teoría liberal: su tendencia a situar la desigualdad social en las diferencias entre individuos. Cualesquiera sean los orígenes exactos de la estratificación, se trata de procesos sociales. La estratificación inicial tenía poco que ver con la dotación genética de los individuos. Y lo mismo ocurrió con todas las estratificaciones sociales siguientes. La gama de diferencias en los atributos genéricos de los individuos no es muy grande y no se hereda acumulativamente. Si las sociedades estuvieran regidas por las facultades humanas de razonamiento, tendrían una estructura cuasi igualitaria. Desigualdades mucho mayores se encuentran en la naturaleza, por ejemplo, entre tierras fértiles y estériles. La posesión de esos recursos diferenciales llevará a mayores diferencias de poder. Si combinamos la ocupación aleatoria de tierras de diversas calidades con diferentes capacidades para el trabajo duro y especializado, llegamos a la teoría

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liberal tradicional de los orígenes de la estratificación, que se halla especialmente en la obra de Locke. En el próximo capítulo vemos que en Mesopotamia es posible que la ocupación fortuita de tierras relativamente fértiles tuviera mucha importancia. Además, también es posible que a partir de los datos sobre cazadores-recolectores pudiera inferirse algo de apoyo para la importancia que atribuye Locke a la diferencias de diligencia, industriosidad y capacidad de ahorro. Después de todo, si algunos de ellos trabajasen ocho horas en lugar de cuatro, habrían sido ricos en excedentes (¡o habrían duplicado su población!). Pero las cosas no son tan sencillas. Como demuestran los estudios sobre los cazadores-recolectores, todos los miembros del grupo tienen derecho a participar en los excedentes imprevistos, independientemente de cómo se hayan producido. ¡El ahorro no tiene su recompensa burguesa! Es uno de los motivos por los que suelen fracasar generalmente los proyectos empresariales de desarrollo entre los cazadores-recolectores actuales: no existen incentivos al esfuerzo individual. Para mantener un excedente, aunque sea producido de forma individual, hace falta una organización social. Hacen falta normas sobre la posesión. Como éstas se cumplen de forma imperfecta, también hace falta una defensa armada. Además, normalmente la producción no es individual, sino social. Así, la posesión, el uso y la defensa de los recursos naturales se ven muy afectados incluso por las prácticas más sencillas de organización social. Tres hombres (o tres mujeres) que combaten o trabajen en equipo pueden normal mente matar o producir mucho más que tres hombres que actúen individualmente, por muy fuerte que sea cada uno de ellos. Cualquiera que sea el poder de que se trate -económico, militar, político o ideológico-, lo confiere abrumadoramente la organización social. Lo que importa es la desigualdad social, no la natural, como ya observó Rousseau. Pero Rousseau seguía concluyendo que la estratificación era resultado de la propiedad privada. Eso es lo que dice su famosa frase: "El primer hombre que cercó una tierra y dijo "esto es mío" y encontró a gente lo bastante simple como para creerlo, fue el auténtico fundador de la sociedad civil.» Ello no elimina las objeciones que acabo de presentar. Pero por raro que parezca, es algo aceptado por la presunta oposición principal al liberalismo, que es el socialismo. Marx y Engels consagraron una antítesis entre la propiedad privada y la comunitaria. La estratificación apareció a medida que fueron surgiendo relaciones de propiedad privada a partir de un comunismo primitivo inicial. Hoy día, casi todos los antropólogos los niegan (por ejemplo, Malinowski, 1926: 18 a 21, 28 a 32; Herskovits, 1960). Los estudios sobre la propiedad, como los de Firth sobre los tikopia (1965), revelan una miríada de diferentes derechos de propiedad: individual, familiar, de grupos de edad, aldeas y clanes. ¿En qué circunstancias se desarrolla más la propiedad privada? Los grupos varían en cuanto a sus derechos de propiedad según sus formas de inversión de trabajo con rendimiento aplazado. La aparición de la propiedad privada desigual se acelera si la inversión es portátil. El individuo puede poseerla físicamente sin tener que excluir a otros por la fuerza. Si la inversión con rendimiento aplazado se hace en aperos portátiles (quizá utilizados para cultivar intensivamente pequeñas parcelas), pueden surgir formas de pequeña propiedad basadas en la propiedad individual, o quizá de los hogares. Al otro extremo se halla la cooperación laboral extensiva. En este caso, a los individuos o los hogares del grupo cooperante les resulta inherentemente difícil lograr derechos exclusivos contra otros miembros del grupo. La tierra tiene consecuencias variables. Si se trabaja en pequeñas parcelas, quizá con una gran inversión en aperos, puede llevar a la propiedad individual o de los hogares, aunque no resulta fácil ver como van surgiendo desigualdades enormes, en lugar de un grupo de pequeños propietarios aproximadamente iguales. Si se trabaja extensivamente mediante la cooperación social, no es probable que aparezca la propiedad excluyente. Pero la especialización ecológica puede acercar a los pastores a la propiedad privada. Su inversión en la naturaleza se hace fundamentalmente en animales transportables, cercados en un terreno determinado, rodeados por límites, normalmente no fijados de forma territorial, pero sí protegidos. Los derechos excluyentes son la norma entre los pastores nómadas. Esos derechos se ven reforzados por las pautas de la presión demográfica. Si los agricultores se ven amenazados por la presión, entonces basta con controles malthusianos sencillos. Algunos se mueren de hambre y la tasa de mortalidad aumenta hasta que se establece un nuevo equilibrio entre los recursos y la población. Ello no causa un daño permanente a las formas principales de inversión en tierras, edificios, herramientas y cooperación social. Pero como ha demostrado Barth, los pastores deben ser sensibles a los desequilibrios ecológicos entre ganado y pastos. Su inversión productiva se realiza en animales que no deben destinarse totalmente a la alimentación en tiempos difíciles. Si se comen todos los animales, más adelante perecerá prácticamente todo el grupo. Hay que aplicar controles demográficos efectivos antes de que pueda ocurrir el ciclo malthusiano. Barth aduce que la propiedad privada del ganado es el mejor mecanismo de supervivencia: las presiones ecológicas se aplican de forma diferencial y eliminan a algunas familias, sin afectar a las otras. Eso sería imposible si imperase la igualdad colectiva y si la autoridad estuviera centralizada (1961: 124). Así, entre los pastores, al contrario que lo que ocurre en otros grupos, existe una antítesis entre la propiedad privada y el control comunitario. Las presiones demográficas diferenciales pueden fomentar las desigualdades y la expropiación de fuerza de trabajo. Una familia que sobreviva con prosperidad en medio de las dificultades de otras puede absorber trabajadores libres o siervos de las familias más afectadas. Incluso esta propiedad no suele ser individual, sino familiar y organizada en una estructura de varios niveles, «el clan genealógico». El clan y la familia poseen propiedad: los poderes de cada individuo dependen de su poder en el seno de esas colectividades. En consecuencia, en ninguna parte hallamos propiedad individual ni propiedad totalmente comunitaria. El poder en los grupos sociales no es un simple producto de la suma de los individuos multiplicarla por sus diferentes poderes. Las sociedades son, de hecho, federaciones de organizaciones. En los grupos sin Estado, invariablemente los individuos poderosos representan alguna colectividad cuasi autónoma en un campo mayor de acción: un hogar, una familia extendida, un linaje, un clan genealógico, una aldea, una tribu. Sus poderes se derivan de su capacidad para movilizar los recursos de esa colectividad. Lo dice muy bien Firrh:

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Existe en Tíkopía una institución de propiedad apoyada por convenciones sociales claras. Se expresa en gran medida en términos de la propiedad de bienes por grupos de parentesco, pero deja margen para la posesión individual de artículos menores, así como para los derechos de los jefes sobre determinados tipos de bienes, como tierras y canoas, y también derechos por otros miembros de la comunidad como un todo. En la práctica, las decisiones acerca del uso de esos bienes para otros usos las adoptan los jefes de los grupos de parentesco-jefes, ancianos, cabezas de familia, miembros importantes de una casa"- en combinación con otros miembros del grupo, de forma que en el caso de los bienes más importantes, como la tierra y las canoas, la «propiedad individual» sólo se puede expresar en grados de responsabilidad por la propiedad del grupo y por el disfrute de esa propiedad [1965:277 y 278.] La fuente de toda jerarquía se halla en una autoridad representativa que no es unitaria. Pero todavía nos hace falta recorrer algo de camino hasta llegar al final de la vía evolucionista por la que se nos suele guiar. Porque este tipo de autoridad es sumamente débil. Los jefes -pues suele haber varios de ellos bajo la autoridad nominal de uno solo- solían gozar de poderes insignificantes. El término de sociedad de rangos abarca toda la fase de la evolución social general (¡de hecho, la última!) en la cual el poder estaba casi totalmente limitado al uso de la «autoridad» en nombre de la colectividad. Lo único que confería era posición social, prestigio. Los ancianos, los hombres grandes»o los jefes no podían privar a otros de unos recursos escasos y valiosos, sino con grandes dificultades y nunca podían privar a otros arbitrariamente de los medios de subsistencia. Tampoco poseían gran riqueza» Podían distribuir riqueza en el grupo, pero no podían quedársela. Como comenta Fried, «esas personas eran ricas por lo que repartían, no por lo que acumulaban» (1967:118). Clastres, al estudiar a los amerindios, niega al jefe poderes autoritarios de adopción de decisiones. Sólo posee prestigio y elocuencia para resolver conflictos «La palabra del jefe no tiene fuerza de ley.» El jefe está «preso» en ese papel limitado (1977: 175). Ejerce un poder colectivo, no distributivo. El jefe es su portavoz. Se trata de un argumento funcionalista. De esta forma se supera un posible obstáculo a la ulterior aparición de desigualdades pronunciadas: el de la permanencia de la autoridad. Si es meramente un poder colectivo, no hay problema en cuanto a quién lo ejerce. El papel de la autoridad se limitará a reflejar las características de la estructura social que se halla por debajo de ella. Si se valoran la edad y la experiencia en la adopción de decisiones, puede ser un anciano el que asuma el papel; si se trata de la adquisición material por la familia nuclear, lo hará un «hombre grande» definido por sus capacidades adquisitivas; si predominan los linajes, será un jefe hereditario. El poder colectivo fue anterior al distributivo. Las sociedades de rangos precedieron a las estratificadas y duraron un período largísimo de tiempo. Sin embargo, esto sólo es una forma de proyectar en el tiempo nuestra dificultad para explicar cómo se convirtieron en desiguales las sociedades igualitarias en la distribución de recursos escasos y apreciados, especialmente recursos materiales. En las sociedades de rangos ulteriores, según las teorías, ¿cómo se convirtió el consentimiento en la igualdad en un consentimiento en la desigualdad o, dicho de otros términos, cómo se eliminó ese consentimiento? Como señala Clastres (1977: 172) existe una respuesta que parece sencilla y plausible: la desigualdad se impone desde fuera mediante la violencia física. Este es el argumento militarista. El grupo A somete al grupo B y le arrebata sus propiedades. A cambio ofrece al grupo B una retribución por su trabajo, quizá derechos de arriendo o de servidumbre, quizá nada más que la esclavitud. A fines del XIX y principios del XX esta teoría de los orígenes de la estratificación era muy popular. Gumplowicz y Oppenheimer figuraron entre quienes aducían que la conquista de un grupo étnico por otro era la única forma de mejora económica que entrañaba una cooperación laboral complicada. Los métodos intensivos de producción entrañaban la expropiación de los derechos de propiedad de la fuerza de trabajo, que sólo se podía imponer a forasteros, y no a los «prójimos» (término que para Gumplowicz tenía una base de parentesco -1899: 116 a 124-; véase asimismo Oppenheimer, 1975). Actualmente modificaríamos esa teoría racista del siglo XIX y entenderíamos que la etnicidad es tanto resultado como causa de esos procesos: la conquista y la esclavización por medio de la fuerza produjeron sentimientos étnicos. La etnicidad sólo ofrece una explicación del dominio de todo un «pueblo» o toda una «sociedad» sobre otro pueblo u otra sociedad enteros. Este es sólo un tipo de estratificación, no la totalidad de ésta; es relativamente raro entre los grupos primitivos y quizá no se diera en la prehistoria, cuando no existían los «pueblos». Por lo general, las formas más extremas de dominación -la expropiación total de los derechos a la tierra, el ganado y los cultivos y la pérdida del control sobre la propia fuerza de trabajo (es decir, la esclavitud)- han seguido a la conquista. Los incrementos considerables en la adquisición de excedente han solido darse en las sociedades históricas a partir del aumento de la intensidad del trabajo, que por lo general exige un aumento de la fuerza física. Pero no se trata de algo universal. Por ejemplo, los avances en los riegos que se comentan en el capítulo siguiente no parecen haberse basado en un aumento de la coacción mediante la conquista, sino en medios más -voluntarios». Necesitamos una explicación de cómo podría el poderío militar tener efectos «voluntarios». La teoría militarista lo demuestra de dos formas. Ambas explican los orígenes del Estado: la primera su facultad para organizar a los conquistados; la segunda, a los conquistadores. Las teorías militaristas parten de una proposición muy osada: el Estado se originó invariablemente en la guerra. Así dice Oppenheimer: El Estado, completamente en su génesis, y casi completamente durante las primeras fases de su existencia, es una institución social impuesta por un grupo victorioso de hombres a otro grupo derrotado, con el único objetivo de regular la dominación del grupo victorioso sobre el vencido, y de defenderse de las revueltas interiores y de los ataques exteriores. (1975: 8.)

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Una asociación flexible de merodeadores se transformó en un «Estado» permanente y centralizado con el monopolio de la coacción física, «la primera vez que el conquistador dejó viva a su víctima cito objeto de explotarla permanentemente en un trabajo productivo- (1975: 27). Oppenheimer creía que las primeras etapas estuvieron dominadas por un tipo de conquista, la de los agricultores sedentarios por los nómadas pastoriles. Cabe distinguir varias etapas en la historia del Estado: desde los robos y las incursiones hasta la conquista y la fundación del Estado, y de ahí a un medio permanente de apoderarse del excedente de los conquistados, a la fusión gradual de conquistadores y conquistados en un solo «pueblo» bajo un conjunto de leyes estatales. Ese pueblo y ese Estado se amplían o se reducen constantemente por la victoria o la derrota en la guerra a lo largo de la historia. Ese proceso no cesará hasta que un pueblo y un Estado controlen el mundo. Pero entonces se disolverá en una «ciudadanía de hombres libres» anarquista. Sin guerra no hace falta el Estado. Algunas de estas ideas revelan las preocupaciones distintivas de fines del siglo XIX. Otras reflejan el anarquismo del propio Oppenheimer. Pero la teoría general ha ido resucitando periódicamente. Por ejemplo, el sociólogo Nisbet afirma convencido que «no existe ningún caso histórico conocido de un Estado político no fundado en circunstancias de guerra, no arraigado en las disciplinas distintivas de la guerra. De hecho, el Estado es poco más que la institucionalización del aparato bélico» (1976: 101). Nisbet, al igual que Oppenheimer, considera que el Estado diversifica después sus actividades, adquiriendo funciones pacíficas anteriormente establecidas en otras instituciones, como la familia o la organización religiosa. Pero en su origen el Estado consiste en la violencia contra los de fuera. El historiador alemán Ritter sostiene opiniones análogas: Cuando quiera que el Estado aparece en la historia, es en primer lugar en forma de una concentración de la capacidad de combate. La política nacional gira en torno a la lucha por el poder: la virtud política suprema es una disposición incesante a hacer la guerra con todas sus consecuencias de enfrentamiento irreconciliable, que culminan en la destrucción del enemigo, en caso necesario. Desde este punto de vista, la virtud política y la militar son sinónimas. Pero la capacídad de combate no es todo el Estado... Es esencial para la idea del Estado que sea el custodio de la paz, la ley y el orden públíco. De hecho, éste es el objetivo más elevado y correcto de la política: armonízar pacíficamente los intereses conflictívos, concílíar las diferencias nacíonales y sociales. [1969: 7 y 8.1] Todos estos autores expresan variantes de la misma opinión: el Estado se originó en la guerra, pero la evolución humana lo hizo avanzar hacia otras funciones pacíficas. En este modelo perfeccionado, la conquista militar se asienta en un Estado centralizado. La fuerza militar se disfraza en forma de leyes y normas monopolistas administradas por un Estado. Aunque los orígenes del Estado se hallan meramente en la fuerza militar, ulteriormente va desarrollando sus propios poderes. El segundo perfeccionamiento se refiere al poder entre los conquistadores. Hasta ahora el aspecto más débil se refiere a la organización de la fuerza conquistadora: ¿No presupone ésta ya una desigualdad de poder y un Estado? Spencer se ocupó directamente de esta cuestión, al aducir que tanto la desigualdad material como el Estado centralizado se originaron en la necesidad de una organización militar. Es muy claro acerca de los orígenes del Estado: EI control centralizado es el rasgo primordial que adquiere cada cuerpo de combatientes... Y este control centralizado, imprescindible durante la guerra, caracteriza al gobierno durante la paz. Entre los no civilizados existe una clara tendencia a que el jefe militar se convierta también en el jefe político (su único competidor es el shamán) y, en una raza conquistadora de salvajes, su jefatura política pasa a ser fija. En las sociedades semicivilizadas, el comandante conquistador y el rey déspota son una sola persona, y siguen siéndolo en las sociedades civilizadas hasta tiempos recientes...; hay pocos casos, sí es que hay alguno, en los que las sociedades se hayan convertido en sociedades más amplías sin pasar por el tipo militante. (1969:117, 125.1) La centralización es una necesidad funcional de la guerra, entre todas los combatientes: conquistadores, conquistados y los que intervienen en combates sin un vencedor claro. Eso es una exageración. No todos los tipos de enfrentamiento militar exigen un mando centralizado: por ejemplo, la guerra de guerrillas no lo exige. Pero si el objetivo es la conquista sistemática o la defensa de territorios enteros, la centralización resulta útil. La estructura de mando de esos ejércitos es más centralizada y autoritaria de lo que se suele hallar generalmente en otras formas de organización. Y eso ayuda a lograr la victoria. Cuando la victoria o la derrota pueden producirse en cuestión de horas, es indispensable la adopción de decisiones rápidas y sin obstáculos, así como la transmisión indiscutida de las órdenes hacia abajo (Andreski, 1971: 29, 92 a 101). Spencer, como auténtico evolucionista, infiere una tendencia empírica, no una ley universal. En una lucha competitiva entre sociedades, las que adopten el Estado militante» tienen un valor de supervivencia más alto. En ocasiones, Spencer lleva este argumento más allá y aduce que la estratificación en sí tiene sus orígenes en la guerra. En todo caso, en esas sociedades la estratificación y el modo de producción están subordinados a lo militar: «La parte industrial tic la sociedad sigue siendo en lo esencial una intendencia permanente que sólo existe para satisfacer las necesidades de las estructuras gubernamentales-militares y a la que no le queda para sí misma sino lo suficiente para la mera subsistencia(1969: 111). Esta sociedad militante se rige por la cooperación obligatoria». Gobernada central y despóticamente, fue la que dominó a las sociedades complejas hasta que apareció la sociedad industrial. Las opiniones de Spencer son valiosas, aunque su etnografía parezca ser claramente victoriana y sus argumentos excesivamente generalizados. Las sociedades históricas no tenían una unidad militante global, aunque en los capítulos 5 y 9 utilizo el concepto de la cooperación obligatoria al analizar determinadas sociedades antiguas. Pero, como explicación de los orígenes del Estado, no se puede dejar pasar sin más el argumento de Spencer. Un

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aspecto concreto es bastante superficial: el de cómo se hace permanente el poderío militar. De aceptar su argumento de que la coordinación en el campo de batalla y durante la campaña exige un poder central, ¿cómo logra el mando militar mantener su poder después? Los antropólogos nos dicen que, de hecho, las sociedades primitivas tienen plena conciencia de lo que puede ocurrir después y adoptar medidas deliberadas para evitarlo. Son tajantemente igualitarias», como dice Woodburn (1982). Los poderes de los jefes de guerra tienen limitaciones en el tiempo y en el espacio; precisamente con el objeto de que la autoridad militar no se institucionalice. Clastres (1977: 177 a 180) describe las tragedias de dos jefes de guerra, uno el famoso apache Jerónimo y el otro el mazoniense Fousive. Ninguno de esos dos guerreros, pese a lo valerosos, astutos y atrevidos que eran, pudo mantener su preeminencia de los tiempos de guerra durante los tiempos de paz. Podrían haber ejercitado una autoridad permanente si hubieran encabezado grupos belicosos perpetuos, pero sus pueblos pronto se cansaron de la guerra y los abandonaron: Fousive murió en combate, Jerónimo se dedicó a escribir sus memorias. El modelo de Spencer sólo puede funcionar respecto de un grupo militar que obtenga extraordinarios éxitos. Además, la conquista es para lo que está mejor adaptado, porque entonces el mando militar puede apropiarse la tierra conquistada, sus habitantes y sus excedentes y distribuirlos a las tropas como recompensa. En este caso, se ha logrado la transferencia vital de la autonomía de la sociedad del conquistador. El reparto del botín exige la cooperación entre la soldadesca, pero se puede hacer caso omiso de a sociedad de origen. Los despojos de la guerra han sustituido al excedente de aquélla como infraestructura del poder militar. En este caso, el poder militar se deriva de la ocupación del espacio de poder entre dos sociedades, la conquistadora y la conquistada, incitando el enfrentamiento entre la una y la otra. Esta es también la oportunidad que se presenta en determinados tipos de defensa militar. Mientras persiste la amenaza exterior y cuando la fijación social exige la defensa de todo un territorio, puede hacer falta una soldadesca especializada. Su poder es permanente y mantiene su autonomía a base de jugar con el miedo a los atacantes que tiene la sociedad de origen. Pero, por lo general, entre los pueblos primitivos no se encuentran la conquista ni la defensa territorial especializada. Ambas cosas presuponen una organización social considerable, tanto por parte de los conquistadores como, en general, de los conquistados. La conquista entraña la explotación de una comunidad sedentaria y estable que utiliza sus propias estructuras de organización o las de los conquistadores. Así, el modelo de Spencer aparece apropiado después de la aparición inicial del Estado y de la estratificación social, con muchos más recursos de organización de los que disponían jefes de guerra como Jerónimo o Pousive. Veamos las pruebas empíricas. Comienzo con un compendio de veintiún estudios monográficos de Estado «primitivos», algunos basados en la antropología y otros en la arqueología, compilados por Claessen y Skalnik (1978). Ningún estudio cuantitativo de los orígenes de los Estados puede ni debe ser estadístico. No existe una población general conocida de Estados originales o «prístinos» --los que surgieron autónomamente de todos los demás Estados-. Así, no se puede hacer una muestra de esa población. Sin embargo, tal población sería muy reducida, probablemente inferior a diez personas, cifra difícilmente sometible a un análisis estadístico. En consecuencia, cualquier muestra mayor de «Estados primitivos», como la de Claessen y Skalnik, es una muestra de una población heterogénea e interactiva: unos cuantos Estados «prístinos» y una gran variedad de otros implicados en relaciones de poder con ellos y entre sí. No hay casos independientes. Todo análisis estadísticamente correcto debe comprender el carácter de sus interacciones como una variable, cosa que no han hecho ni esos autores ni otros. Habida cuenta de esas considerables limitaciones, pasemos a los datos. De los veintiún casos de Claessen y Skalnik, sólo dos (Escitia y Mongolia) adoptaron la forma especificada por Oppenheimer, la conquista de los agricultores por los pastores. En otros tres, la formación del Estado estuvo causada por una coordinación militar especializada contra el ataque del exterior. En ocho más, un factor importante en la formación del Estado fueron otros tipos de conquista. Y las asociaciones voluntarias ron fines bélicos reforzaron la formación del Estado en cinco de los casos de conquista mencionados anteriormente. El sentido general de esos resultados se ve confirmado por otro estudio cuantitativo (menos detallado en aspectos vitales, aunque con métodos más estadísticos) realizado por Otterbein (1970) sobre cincuenta casos antropológicos. Así, al matizar la teoría militarista para abarcar los efectos sobre conquistadores y/o defensores relativamente organizados, llegamos a una explicación que en gran medida es de un solo factor en una minoría de casos (en torno a una cuarta parte) y de un factor importante en una mayoría de los casos. Pero esa ruta presupone un grado elevado de poderes colectivos «cuasi estatales», a los que la conquista o la defensa a largo plazo no añade sino un toque final. ¿Cómo fue que llegaron hasta ahí? Resulta difícil profundizar a partir meramente de los datos de una serie de casos que se exponen como si fueran independientes, cuando sabemos que entrañaban procesos a largo plazo de interacción del poder. Más prometedor resulta el estudio regional de instituciones gubernamentales del África oriental realizado por Mair (1977). Cuando ésta examina unos grupos relativamente centralizados y relativamente descentralizados que existían cerca los unos de los otros, logra trazar mejor la transición. Naturalmente, un solo estudio regional no constituye una muestra de todos los tipos de transición. Ninguno de ellos era un Estado «prístino»; todos ellos estaban influidos por los Estados islámicos del Mediterráneo, así como por los europeos. En África oriental, también eran primordiales las características de pueblos pastoriles relativamente prósperos. Además, en este caso, todas las transiciones estudiadas entrañaban muchas guerras. De hecho, la única mejoría que ofrecían los grupos centralizados respecto de los no centralizados parece haber consistido en mejores perspectivas de defensa y de ataque. Pero la forma de la guerra nos desvía de la sencilla dicotomía de conquistadores contra conquistados (que implica el concepto de dos sociedades unitarias) que ofrece la teoría militarista. Mair muestra cómo surgieron dos autoridades relativamente centralizarlas a partir de un maremagum de relaciones federales entre cruzadas de aldea, linajes, clanes y tribus, característico de los grupos humanos

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preestatales. A medida que aumentaba el excedente de los pastores y que sus inversiones se iban concentrando más en el ganado, también aumentaba su vulnerabilidad a las federaciones flexibles de merodeadores. Así, se solía producir una sumisión más o menos voluntaria a quienes podían ofrecer la mayor protección. No se trataba de una sumisión a un conquistador extranjero ni a un grupo especializado de guerreros de las sociedades propias, sino a la figura autoritaria de una colectividad con la cual el grupo sumiso ya tenía relaciones de parentesco o territoriales. Se trataba de un gigantesco negocio gangsteril de «protección», que incorpora la misma combinación peculiar de coacción y comunidad que brindaban, por ejemplo, los señores feudales de la Edad Media europea o la mafia neoyorquina. Por lo general, no llevaba a la esclavitud ni a ninguna otra expropiación extrema, sino a la exacción de un tributo que era justo el suficiente para aportar al protector militar, un rey emergente, recursos con los que compensar a su séquito armado, establecer una corte, mejorar las comunicaciones y (sólo en los casos más desarrollados) iniciar proyectos rudimentarios ele obras públicas. Quizá fuera ésta la vía militarista inicial formal hacia el Estado. Probablemente, tanto la conquista organizada como la defensa territorial sistemática fueron vías muy ulteriores, que presuponían esa fase de consolidación. Seguimos necesitando una explicación de la «fase intermedia» y de la aparición efectiva de los Estados prístinos. Pasemos a las relaciones de poder económico y regresemos a la teoría liberal y la marxista. El liberalismo reduce el Estado a su función de mantener el orden dentro de una sociedad civil cuya naturaleza es fundamentalmente económica. Hobbes y Locke aportaron una teoría hipotética del Estado en la cual unas asociaciones flexibles de personas constituían voluntariamente un Estado para su protección mutua. Las principales funciones de su Estado eran judiciales y represivas, el mantenimiento del orden interno; pero ellos interpretaban esto en términos más bien económicos. Los principales objetivos del Estado eran la protección de la vida y la propiedad privada individual. El principal peligro para la vida y la propiedad procedía del seno de la sociedad. En el caso de Hobbes, el peligro era la anarquía potencial, la guerra de todos contra todos, mientras que para Locke, existía una doble amenaza planteada por la posibilidad de un despotismo y por el resentimiento de quienes carecíande propiedades. Como ha observado Wolin (1961: cap. 9), la tendencia a reducir el Estado a sus funciones al servicio de una sociedad civil preexistente penetró incluso hasta los críticos más severos del liberalismo: autores como Rousseau o Marx. Así, tanto las teorías liberales como las marxistas de los orígenes del Estado son unitarias e internacionalistas, y hacen caso omiso de los aspectos federal e internacional de la formación del Estado. Ambas destacan los factores económicos y la propiedad privada. La diferencia consiste en que la una habla en el idioma de la funcionalidad y la otra en el de la explotación. Engels, en El origen de la familia, la Propiedad privada y el Estado aduce que la producción y la reproducción iniciales de la vida real contienen dos tipos de relaciones: las económicas y las familiares. A medida que aumentan la productividad de la fuerza de trabajo, también aumentan «la propiedad privada y el intercambio, las diferencias de riqueza, la posibilidad de utilizar la fuerza de trabajo de otros y, en consecuencia, la base de los antagonismos de clase». Esto hace que «salte al aire» la antigua estructura familiar y la sociedad antigua, cuyo «lugar... ocupa una nueva sociedad, organizada en Estado y cuyas unidades inferiores no son ya gentilicias, sino unidades territoriales». Concluye que la fuerza cohesiva de la sociedad civilizada es el Estado, que «es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante.., que adquiere nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida» (5. a.: 167 y 315). Los criterios liberales y los marcianos exageran mucho el predominio de la propiedad privada en las primeras sociedades. Pero ambas pueden modificarse para tener eso en cuenta. La esencia del marxismo no se halla en la propiedad privada; sino en la propiedad descentralizada: el Estado aparece a fin de institucionalizar formas de extraer la fuerza de trabajo excedente ya presentes en la sociedad civil. Esta se puede trasladar fácilmente a formas de apropiación basadas en el clan y el linaje, mediante las cuales un clan o un linaje, o los ancianos o la aristocracia de ellos, se apropian del trabajo de otros. Fried (1967), Terray (1972) y Friedman y Rowlands (1978) han argumentado en ese sentido. Ese modelo data las diferencias importantes de poder económico (lo que denomina «estratificación» o «clases») mucho antes de la aparición del Estado y explica este último en términos de las necesidades del primero. Ahora bien, es cierto que existe un lapso de tiempo entre la aparición de las diferencias de autoridad y el Estado territorial y centralizado. Los Estados surgieron a partir de asociaciones de clases y linajes, en las cuales era evidente una división de autoridad entre el clan, el linaje, la élite de la aldea y el resto. Sin embargo, yo las he calificado de sociedades de rangos, y no estratificadas, porque no implicaban derechos claramente coercitivos ni la capacidad para expropiar. En particular, sus rangos más altos eran productivos. Incluso los jefes producían o pastoreaban y combinaban funciones económicas manuales y administrativas. Tropezaban con dificultades especiales para persuadir o coaccionar a otros para que trabajaran para ellos. En ese momento, la narración evolucionista marxiana ha dado preeminencia a la esclavitud, fuese la esclavitud por deudas o por conquista. Friedman y Rowlands parecen aceptar el argumento militarista de Vumplowicz de que no se puede expropiar el trabajo de los parientes, y esos autores se apoyan en los factores de conquista-con todos los defectos que ya he comentado- para explicar la aparición de la explotación material. El liberalismo da una explicación funcional en términos de los beneficios económicos comunes que introduce el Estado. Si abandonamos el concepto de la propiedad privada, pero mantenemos los principios funcional y economicista, llegamos a la explicación dominante de la antropología moderna, la jefatura redistributiva, teoría claramente funcional. Veamos lo que dice Malinowski: En todo el mundo vemos que las relaciones entre la economía y la política son del mismo tipo. El jefe, en todas partes, actúa como banquero tribual que reúne alimentos, los almacena y los protege y después los utiliza en beneficio de toda la comunidad. Sus funciones son el prototipo del sistema de hacienda pública y de la organización de los erarios estatales actuales. Sí se priva al jefe ele sus privilegios y sus beneficios financieros, ¿quién sufre más, sino toda la tribu? (1926: 232 y 233.]

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Quizá no debiéramos relacionar esto en absoluto con el liberalismo. Pues quien principalmente desarrolló el concepto de Malinowski del Estado redistributivo fue Polanyi, que polemizó durante largo tiempo en contra de la dominación ejercida por la teoría liberal del mercado en nuestra comprensión de las economías precapitalistas. La ideología liberal nos ha legado el concepto de la universalidad del intercambio en el mercado. Sin embargo, Polanyi aducía que los mercados (al igual que la propiedad privada) son recientes. El intercambio en las sociedades primitivas adopta fundamentalmente la forma de reciprocidad «de dar algo por algo igual», de la circulación «viceversa» de bienes entre dos grupos de personas. Si ese intercambio simple fuera evolucionando hacia el intercambio generalizado característico de los mercados, tendría que aparecer una medida de »valoro. Entonces se podría comerciar con bienes por su «valor», que podría realizarse en forma de cualquier otro tipo de bienes o en forma de crédito (véanse varios de los ensayos publicados póstumamente en Polanyi, 1977, especialmente el capítulo 3). Pero lo característico -aduce la «escuela sustantivista» de Polanyi- de las sociedades primitivas es que no se llega a este punto de transición mediante el desarrollo de mecanismos comerciales «espontáneos», sino por la autoridad del rango de parentesco. O bien el poderoso jefe del grupo de parentesco establece normas que rigen el intercambio o bien hace regalos que crean obligaciones recíprocas, atraen seguidores y así se crea un gran almacén en su morada. Es en ese almacén donde hallan la jefatura redistributiva y el Estado. Shalins observa que la redistribución no es más que una forma muy organizada de reciprocidad entre rangos de parentesco (1974: 209). Como ha revelado este comentario, casi todas las versiones del Estado redistributivo están penetradas por una hipótesis liberal: la dominación del intercambio sobre la producción, a la cual se deja relativamente de lado. Sin embargo, resulta fácil corregir esto, pues en las jefaturas redistributivas el jefe participa tanto en la coordinación de la producción como en el intercambio. Así, el jefe aparece como el organizador de la producción y del intercambio cuando existe un alto nivel de inversión en el trabajo colectivo, factor cuya importancia he destacado reiteradamente. Añadamos la especialización ecológica. No sólo ayuda a los pecialistas adyacentes a intercambiar, sino también a coordinar volúmenes de producción. Cuando existen por lo menos tres de esos grupos, la coordinación se puede centrar en una asignación autoritaria de valor a sus productos. Service (1975) lleva esto hasta una explicación de los Estados primitivos. Aduce que coordinaban territorios que contenían diferentes «nichos ecológicos». El jefe organizaba la redistribución de los diversos alimentos producidos en cada uno de ellos. El Estado era un almacén, aunque el centro redistributivo, a su vez, actuaba sobre la cadena de distribución para influir en las relaciones de producción. La vía hacia el intercambio generalizado y, en consecuencia, hacia la «propiedad» extensiva pasaba por un Estado incipiente. A medida que la redistribución aumentaba el excedente, también incrementaba el poder del Estado centralizado. Se trata de una teoría economicista, internalista y funcional del Estado. EI clan, la aldea, la tribu y las élites de linaje impusieron gradualmente medidas de valor a las transacciones económicas. La autoridad pasó a estar necesariamente centralizada. Si bien afectaba a pueblos arraigados ecológicamente, estaba territorialmente fijada. Para ser aceptada como medida justa de valor, tenía que independizarse de los grupos particulares de intereses, estar .por encima» de la sociedad. Service brinda muchos materiales monográficos, pero asistemáticos, en apoyo de su argumento. En la arqueología, Renfrew (1972, 1973) ha propugnado la pertinencia de la jefatura redistributiva en la Europa prehistórica en la Grecia micénica inicial y en la Malta megalítica. En Malta se basa en el tamaño y la distribución de los templos monumentales, junto con las capacidades conocidas de las tierras cultivables, para defender la existencia de muchas jefaturas redistributivas vecinas, cada una de las cuales coordinaba las actividades (le 500 a 2.000 personas. También encuentra casos así en informes antropológicos sobre muchas islas de la Polinesia. Por último, aduce que la civilización surgió mediante el aumento de los poderes del jefe hacia el complejo redistributivo palacio-templo, como en la Grecia micénica y en la Creta minoica. Parecería que esta documentación es impresionante, pero en realidad no lo es. El principal problema es que el concepto de la redistribución está muy influido por la experiencia de nuestra propia economía moderna. ¡Resulta irónico, dado que la misión principal de Polanyi era liberarnos de la mentalidad moderna del mercado! Pero la economía moderna entrañaba el intercambio sistemático de bienes especializados de subsistencia, lo cual no ocurría en la mayor parte de las economías primitivas. Si el Reino Unido o los Estados Unidos actuales no importasen ni exportasen toda una gama de alimentos, materias primas y bienes manufacturados, su economía y sus niveles de vida se derrumbarían inmediatamente de manera catastrófica. En Polinesia, o en la Europa prehistórica, los intercambios se producían entre grupos que no estaban muy especializados. Por lo general, producían bienes parecidos. El intercambio no era fundamental para su economía. A veces intercambiaban bienes parecidos con fines rituales. Cuando intercambiaban bienes diferentes y especializados, por lo general no eran indispensables para la subsistencia, ni se redistribuían para el consumo individual entre los pueblos de los jefes que hacían el intercambio. Lo más frecuente era que se utilizaran para el adorno personal de los jefes o que se almacenaran y se consumieran colectivamente en ocasiones festivas y rituales. Se trataba de bienes más bien de -prestigio» que de subsistencia: su exhibición daba prestigio al distribuidor. Los jefes, los ancianos y los hombres grandes rivalizaban en cuanto a exhibición personal y fiestas públicas y •gastaban» sus recursos, en lugar de invertirlos para producir más recursos de poder y más concentración de poder. Resulta difícil entender cómo se desarrollaría una concentración de poder a largo plazo a partir de esto, en lugar de breves rachas cíclicas de concentración, seguidas de la emulación y dispersión del poder entre rivales, antes de que se iniciara otro ciclo. Después de todo, el pueblo disponía de una ruta de escape. Si un jefe se hacía demasiado dominante, podía traspasar su lealtad a otros. Y así ocurre incluso en los pocos en que hallamos nichos ecológicos auténticos y especializados e intercambios de productos agrícolas de subsistencia. Si la forma de «sociedad» que precede al Estado no es unitaria, ¿por qué iba el pueblo a establecer sólo un almacén, en lugar de varios almacenes competitivos? ¿Cómo pierde su control el pueblo?

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Esas dudas se ven reforzadas por los datos arqueológicos. También los arqueólogos se encuentran con que los nichos ecológicos son la excepción y no la regla (los ejemplos del Egeo que da Renfrew son algunas de las principales excepciones). Por ejemplo, en la zona continental de la Europa prehistórica encontramos pocas huellas de almacenes. Encontramos muchas cámaras mortuorias que indican un rango de jefe, porque están llenas de bienes costosos de prestigio: por ejemplo, ámbar, cobre y hachas de batalla de mediados del cuarto milenio. En las mismas sociedades excavamos indicios de grandes festivales, por ejemplo, los huesos de un gran número de cerdos aparentemente sacrificados al mismo tiempo. Esos datos corren paralelos a los antropológicos. La jefatura redistributiva era más débil de lo que sugerían quienes primero la propusieron y era característica de sociedades de rangos, no estratificadas. Ninguna de las cuatro teorías evolucionistas llena la laguna que enuncié al principio de esta sección. Existe un vacío no explicado entre las sociedades de rangos y las estratificadas y entre la autoridad política y el Estado coercitivo. Lo mismo cabe decir de las teorías mixtas. Es probable que las de Fried (1967), Friedman y Rowlands (1978) y Haas (1982) sean las mejores teorías evolucionistas eclécticas. Reúnen todos los factores comentados hasta ahora para construir una historia compleja y muy plausible. Introducen la distinción entre «rango relativo» y «rango absoluto». El rango absoluto se puede medir en términos de distancia (habitualmente distancia genealógica) respecto de puntos absolutos y fijos, del jefe central y, por conducto de él, de los dioses. Cuando aparecen centros ceremoniales, también aparece el rango absoluto, dicen. Pero no presentan argumentos sólidos acerca de cómo pasan a ser permanentes los centros ceremoniales, de cómo el rango relativo puede convertirse permanentemente en rango absoluto y a partir de ahí permanentemente, venciendo las resistencias, en la estratificación y el Estado. Ese vacío inexplicado persiste en la actualidad. Pasemos a la arqueología, para ver que el vacío existía en la prehistoria. Todas las teorías se equivocan, porque presuponen una evolución social general que, de hecho, se había detenido. Ahora predominaba la historia local. Veremos, no obstante, que tras una pausa que nos introduce en el terreno de la historia, todas esas teorías empezaban a tener urea aplicabilidad local y específica. Las consideraremos útiles en capítulos ulteriores, aunque no en su forma más ambiciosa. De la evolución a la devolución: eludir el Estado y la estratificación Lo que nos ha intrigado es cómo se obligó al pueblo a someterse al poder estatal coercitivo. Confirió libremente una autoridad colectiva, representativa, a los jefes, a los ancianos y los hombres grandes con fines que iban desde la regulación judicial hasta la guerra, pasando por la organización de festivales. Eso podía servir a los jefes para obtener un considerable prestigio de rango. Pero no podían convertirlo en un poder permanente y coercitivo. La arqueología nos permite ver que así ocurrió, efectivamente. No se produjo una evolución rápida ni constante de la autoridad de rangos al poder estatal. Esa transición fue rara y se limitó a unos cuantos casos extraordinarios. El dato arqueológico crucial es el del tiempo. Considérese, por ejemplo, la prehistoria de Europa nordoccidental. Los arqueólogos pueden trazar un vago esbozo de las estructuras sociales desde poco después del 4000 a.C. hasta poco antes del 500 a.C. (cuando la Edad del Hierro introdujo enormes cambios). Se trata de un plazo largísimo, más largo que toda la historia ulterior de Europa. Durante este período, con una o dos excepciones, los pueblos de Europa occidental vivieron en sociedades relativamente igualitarias o de rangos, no en sociedades estratificadas. Sus «Estados» no han dejado huellas de poderes permanentes y coercitivos. En Europa podemos discernir la dinámica de su desarrollo. Trataré de dos aspectos de esa dinámica, uno en la Inglaterra meridional y otro en Dinamarca. He elegido casos occidentales porque estaban relativamente aislados de la influencia del Cercano Oriente. Tengo plena conciencia de que de haber escogido, por ejemplo, los Balcanes, describiría unas jefaturas y unas aristocracias más poderosas y casi permanentes. Pero esos casos estaban muy influidos por las primeras civilizaciones del Cercano Oriente (véase Clarke, 1979b). Wessex era uno de los centros principales de una tradición regionalmente variada de construcción colectiva de tumbas que se extendió a partir del 4000 a.C. para abarcar gran parte de las islas británicas, la costa atlántica de Europa y el Mediterráneo occidental. Sabemos de esta tradición porque algunos de sus asombrosos logros tardíos sobreviven todavía. Aún nos maravillamos ante Stonehenge. Entrañó el arrastre por tierra -pues no había rueda- de enormes piedras de 50 toneladas a lo largo de 30 kilómetros como mínimo y de piedras de cinco toneladas por tierra y por mar a lo largo de 240 kilómetros. Para elevar las piedras mayores debe de haber hecho falta la fuerza de trabajo de 600 personas. El que el propósito del monumento fuera igual de complejo -en términos religiosos o de calendario- será un tema eterno de debate. Pero la coordinación de la fuerza de trabajo y la distribución de excedentes para alimentar a esa fuerza de trabajo tiene que haber entrañado una autoridad considerablemente centralizada, un «cuasi Estado» de ciertas dimensiones y complejidad. Aunque Stonehenge fue el logro más monumental de esa tradición, no está aislado, ni siquiera hoy. Avebury, Silbury Hill (el mayor terraplenado de Europa) y una multitud de otros monumentos que van desde Irlanda hasta Malta son testimonios de poderes de organización social. Pero era una «vía muerta» de la evolución. Los monumentos no se siguieron desarrollando, sino que cesaron. No tenemos datos de hazañas comparables ulteriores de organización social centralizada en ninguna de las zonas principales -Wessex, Bretaña, España, Malta- hasta la llegada de los romanos, tres milenios después. Es posible que esa vía muerta tuviera un paralelo en otras partes entre los pueblos neolíticos de todo el mundo. Los monumentos de la Isla de Pascua son parecidos a los de Malta. Norteamérica está punteada de grandes terraplenes comparables a Silbury Hill. Renfrew especula que fueron resultado de jefaturas supremas parecidas a las halladas entre los indios cherokees, que comprendían 11.000 personas repartidas en 60 unidades aldeanas, cada una de las cuales tenía un jefe y que

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podían movilizarse para la cooperación a corto plazo (1973: 147 a 166, 214 a 247). Pero había algo dentro de esta estructura que impedía que se estabilizara. En el caso de Stonehenge, tenemos algunos conocimientos de la prehistoria. Me baso agradecido en las obras recientes de Shennan (1982, 1983) y de Thorpe y Richards (1983). Estas revelan un proceso cíclico. Stonehenge estaba ocupado antes del 3000 a.C., pero su mayor período monumental se inició hacia el 2400. Este período se estabilizó y volvió a empezar hacia el 2000. Una vez más se estabilizó, para reanudarse, aunque con menos vigor, antes del 1800 a.C. Tras esa fecha, los monumentos fueron quedando progresivamente abandonados y para el 1500 a.C. parece que no desempeñaban ningún papel social importante. Pero la organización basada en los monumentos no era la única de la zona. La cultura .del vaso campaniforme» se difundió a partir del continente poco antes del 2000 a.C. (véanse detalles en Clarke, 1979c). Sus restos revelan una estructura social menos centralizada y enterramientos aristocráticos» que contienen bienes de prestigio», como cerámica de buena calidad, dagas de cobre y muñequeras de piedra. Esos enterramientos afectaron a la actividad monumental, pero acabaron por socavarla y sobrevivirla. Pocos sugieren hoy día que se tratara de dos pueblos diferentes; más bien, dos principios de organización social coexistieron en medio de la misma agrupación flexible. Los arqueólogos interpretan la organización monumental como la dominación absoluta de rangos por una élite de linaje centralizada que monopolizaba el ritual religioso y la organización del vaso campaniforme como la dominación relativa de rangos por élites imbricadas de linaje y de hombres grandes con una autoridad menor basada en la distribución de bienes de prestigio. Naturalmente, el hablar ele linajes y de hombres grandes es una mera suposición basada en razonamientos analógicos a partir ele pueblos neolíticos modernos. Es posible que la cultura monumental no estuviera centrada en absoluto en el linaje. Igualmente plausible resulta considerarla como una forma centralizada de democracia primitiva en la cual eran los ancianos de las aldeas quienes ostentaban la autoridad ritual. Pero esas discusiones no pueden oscurecer el aspecto central. En la competencia entre una autoridad relativamente centralizada y otra descentralizada, fue la última la que ganó, pese a los asombrosos poderes de organización colectiva de la primera. La autoridad nunca se consolidó en un Estado coercitivo. Por el contrario, se fragmentó en grupos de linajes y de aldeas, cuyas élites poseían una autoridad precaria. Esto no se vio acompañado de una decadencia social. La gente fue prosperando algo. Shennan (1982) sugiere que la descentralización entre los pueblos europeos como un todo fue una respuesta al crecimiento del comercio a gran distancia. Y a la circulación de bienes de prestigio. Su distribución aumentó la desigualdad y la autoridad, pero no de un tipo permanente, coercitivo, centralizado. En otras regiones se pueden encontrar ciclos prehistóricos incluso en ausencia de grandes monumentos. Pero, curiosamente, los comentarios que más cosas aclaran aparecen en la obra de autores que están divididos en su actitud hacia el evolucionismo. Por una parte, se proponen atacar los conceptos unilineales de la evolución. Por la otra, están influidos por los relatos evolucionistas marxianos centrados en «modos de producción». Yo expongo su modelo antes de criticarlo. Friedman y Rowlands han esbozado en varios artículos la evolución prehistórica en general, mientras que Kristiansen (1982) la ha aplicado a una parte del registro arqueológico europeo, la Zelandia nordoccidental (en la Dinamarca moderna). Friedman comienza a partir de la ortodoxia actual: las estructuras sociales entre los pueblos sedentarios fueron inicialmente igualitarias y los ancianos y los hombres grandes no ejercían sino una pequeña autoridad consensuada. A medida que se intensificaba la producción agrícola, fueron adquiriendo derechos distributivos sobre más excedentes. Los institucionalizaron mediante festejos, exhibiciones personales y contactos rituales con lo sobrenatural, hasta convertirlos en una autoridad con el rango de jefatura. Entonces organizaron el consumo de gran parte del excedente. Las alianzas por matrimonio ampliaron la autoridad de algunos jefes sobre un espacio mayor. Ahí Friedman añade un elemento malthusiano: cuando la expansión territorial se vio bloqueada por las fronteras naturales o por otros jefes, la población creció a mayor velocidad que la producción. Ello aumentó la densidad demográfica y las jerarquías sedentarias. Pero a la larga, el proceso se vio socavado tanto por el éxito como por el fracaso económicos. El desarrollo del comercio interregional podía romper el ciclo malthusiano. Pero el jefe no lo podía controlar. Los asentamientos secundarios adquirieron más autonomía y sus aristocracias pasaron a ser rivales del antiguo jefe supremo. Por ejemplo, el fracaso económico debido a la erosión de los suelos también fragmentó la autoridad. El fracaso llevó a ciclos, el éxito al desarrollo. Los asentamientos competitivos pasaron a ser más urbanizados y monetarizados: aparecieron ciudadesEstado y civilizaciones y, con ellas, relaciones de propiedad privada. En su artículo de 1978, Friedman y Rowlands destacaron el proceso de desarrollo. Ulteriormente, han interpretado que éste era más raro que el ciclo. Pero su solución es que «en último caso» (como dice Engels) el desarrollo penetra gracias a los procesos cíclicos, quizá de forma repentina e inesperada, pero, sin embargo, corno proceso epigenético (Friedman, 1975, 1979; Rowlands, 1982). Los pantanos de Zelandia ofrecen un suelo muy fértil al arqueólogo. Kristiansen analiza sus resultados en términos del modelo mencionado. Aproximadamente desde el 4100-3800 a.C., los agricultores de roza talaron los bosques, cultivaron cereales y cercaron el ganado. Realizaban poco comercio y sus enterramientos no revelan sino diferencias limitadas de rango. Pero el éxito llevó al crecimiento demográfico y a la tala de bosques en gran escala. Entre el 3800 y el 3400 a.C. surgieron asentamientos más permanentes y extensos, que dependían de los adelantos agrícolas y de una organización social y territorial más compleja. Entonces aparecen los restos ya conocidos de las sociedades de rangos: festejos rituales y enterramientos de élite con bienes de prestigio. Esto se fue intensificando hasta el 3200 a.C. Se edificaron megalitos y campamentos con calzadas, centrados en la autoridad de los jefes. La productividad de los terrenos de bosques talados era muy alta y las variedades de trigo relativamente puras. El ámbar, el pedernal, el cobre y las hachas de batalla (bienes de prestigio) circulaban mucho más. En Europa septentrional aparecieron por primera vez jefaturas estables. Parecía haberse iniciado el Estado. Pero entre el 3200 y el 2300 a.C. se desintegraron las jefaturas territoriales. Los megalitos, los rituales comunitarios, la cerámica fina y los bienes de prestigio fueron decayendo y el intercambio interregional cesó. Las tumbas son

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enterramientos de un solo hombre o una sola mujer en montículos de linajes o familias locales. Predominan las hachas de combate, cuya amplia dispersión indica el final del control de los jefes sobre la violencia. Probablemente predominaba una estructura de clanes segmentados. Kristiansen explica esta decadencia en términos materiales. Los sueños que antes eran de bosques se fueron agotando y mucha gente pasó de la agricultura sedentaria al pastoralismo, la pesca y la caza. Establecieron una forma de vida más móvil y menos controlable. El aumento de la competencia por la tierra fértil restante destruyó las jefaturas territoriales más extensas. Muchas familias migraron a tierras vírgenes más fértiles en las llanuras de la Jutlandia central y en otras partes y establecieron formas de vida extensivas, pero de baja densidad demográfica. Se introdujeron la rueda y la carreta, lo cual permitió una comunicación básica y un cierto grado de comercio, pero los poderes de las jefaturas eran insuficientes para controlar esas superficies. Hacia el 1900 a.C. se produjo una recuperación económica dentro de esa estructura igualitaria. Una economía mixta de suelos livianos y densos y de la agricultura, pastoralismo y pesca, hizo que aumentara el excedente y estimuló el comercio interregional. Pero nadie podía monopolizar ese comercio y los bienes de prestigio circulaban mucho. Hacia el 1900 a.C. empezó una segunda ascensión de las jefaturas, que se vuelve a revelar en restos de festivales, tumbas de jefes y trabajo artesanal en bienes de prestigio. Hacia el 1200 a.C. se ampliaron las jerarquías. Unos asentamientos centrales de jefaturas de considerable extensión controlaban la producción artesanal, el intercambio local y los rituales. Kristiansen lo atribuye a la introducción de artefactos de metal: los jefes podían monopolizar el bronce, relativamente raro y de alto valor. Era algo parecido al monopolio de los jefes sobre los bienes de prestigio en Polinesia, dice. Pero hacia el 1000 a.C. se produjo un parón, debido quizá a la escasez de metales. La producción agrícola siguió intensificándose, pero se redujo la exhibición de riqueza en los enterramientos, al igual que la jerarquía de los asentamientos. Entonces, en la transición a la Edad del Hierro, la sociedad de rangos con jefaturas se derrumbó, de modo más total que la primera vez. Los asentamientos se extendieron hacia suelos más arcillosos y hasta entonces vírgenes y la autoridad de los jefes no pudo seguirlos. Surgió una estructura más igualitaria, organizada en asentamientos locales autónomos. Predominaba la aldea y no la tribu. En esta zona (al contrario que, por ejemplo, en Mesopotamia) la aldea se fue introduciendo en los procesos cíclicos y transformó todo el sistema en el sentido del desarrollo social sostenido de la Edad del Hierro. Volveremos a encontrarnos con esos pueblos, en ese momento, en cl capítulo 6. No cabe duda de que un resumen tan breve de generalizaciones históricas atrevidas contiene errores y simplificaciones. ¡Se acaban de resumir dos milenios y medio! Sin embargo, esta historia reconstruida no se refiere a la evolución de la estratificación social ni al Estado. El desarrollo no se produjo desde las sociedades igualitarias hacia las estratificadas pasando por las de rangos, ni desde la igualdad hacia el poder estatal coercitivo pasando por la autoridad política. El paso -atrás» de la segunda -fase» a la primera fue tan frecuente corno de la primera a la segunda y, de hecho, la tercera fase, si es que se llegaba a ella, no estuvo mucho tiempo estabilizada e institucionalizada antes de derrumbarse. Una segunda conclusión más provisional arroja dudas incluso sobre el evolucionismo económico residual de Kristiansen. Evidentemente, sus propios cálculos acerca de la productividad económica de cada período, en términos de hectáreas por barril de cereal duro, deben de ser burdos y aproximados. Pero revelan un aumento a lo largo de todo el período de aproximadamente un 10 por 100, lo cual no es muy impresionante. Evidenternente, la Edad del Hierro sí condujo a un desarrollo sostenido. Pero no fue fundamentalmente autóctono de Europa. En el capítulo 6 aduzco que el hierro fue apareciendo sobre todo en respuesta a la influencia de las civilizaciones del Cercano Oriente. Para Europa, supuso tanto un deus ex machina como una parte de una epigénesis. Europa percibió más del ciclo que de su dialéctica. Y, para ser justos, ésa es la dirección general en la que han llevado sus argumentos Friedman y otros. Friedman (1982) señaló que Oceanía no puede haber pasado por las etapas tradicionales igualitaria-de rangos-estratificación. Dentro de Oceanía, Melanesia es la región más antigua y productiva, pero -retrocedió» de los jefes a los hombres grandes. Polinesia oriental es económicamente la más pobre y la que más carece de comercio a larga distancia, pero fue la que más se acercó a los Estados coercitivos. Friedman formula modelos esencialmente cíclicos de las diversas regiones de Oceanía, centrándose en las -bifurcaciones», umbrales que producen una rápida transformación de todo el sistema al tropezar con las consecuencias imprevistas de sus propias tendencias de desarrollo. Ejemplos de ello serían esos cambios de orientación ya descritos en la Europa prehistórica. Concluye que la evolución es esencialmente ciega y «catas trófica»: es el resultado de bifurcaciones repentinas e imprevistas. Quizá fueron sólo unas cuantas bifurcaciones accidentales donde aparecieron el Estado, la estratificación y la civilización. De hecho, hemos encontrado muchos datos en apoyo de esta teoría. Durante la mayor parte de la prehistoria de la sociedad no se presenció ningún avance sostenido hacia la estratificación ni hacia el Estado. El avance hacia los rangos y hacia la autoridad política parece endémico, pero reversible. Más allá de eso, no había ninguna continuidad. Pero podemos seguir adelante en la identificación de la causa del bloqueo. Si la mayor parte de las sociedades han sido jaulas, han quedado abiertas puertas para dos factores principales. En primer lugar, el pueblo ha poseído libertades. Raras veces ha cedido a las élites poderes que no pudiese recuperar y, cuando lo ha hecho, ha tenido oportunidad o se ha visto presionado para desplazarse físicamente de esa esfera del poder. En segundo lugar, las élites raras veces han sido unitarias: los ancianos, los jefes de linaje, los hombres grandes y los jefes han poseído autoridades superpuestas y competitivas, se han contemplado suspicazmente los unos a los otros y han ejercido esas mismas dos libertades. O sea que ha habido dos ciclos. Los pueblos igualitarios pueden aumentar la intensidad de la interacción y la densidad de la población para formar grandes aldeas con una autoridad centralizada y permanente. Pero siguen siendo generalmente democráticos. Si las figuras de autoridad llegan a ser demasiado poderosas, se las depone. Si han adquirido tantos recursos que no se las puede deponer, el pueblo les da la espalda, encuentra otras autoridades o se descentraliza en asentamientos familiares más pequeños. Después puede volver a iniciarse la centralización, con los mismos resultados. La segunda pauta implica una cooperación más extensiva, pero menos intensiva, en estructuras

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extendidas de linaje, que característicamente producen la jefatura y no la aldea. Pero también en este caso la lealtad es voluntaria y, si el jefe abusa de ella, el pueblo y los jefes rivales le oponen resistencia. Ambas patitas presuponen una forma de vida social menos unitaria de lo que han creído en general los teóricos. Es importante que nos liberemos de las ideas modernas acerca de la sociedad. Si bien es cierto que la prehistoria efectivamente demostró una tendencia hacia unidades sociales más fijas territorial y socialmente, el medio prehistórico no consistió en una serie de sociedades inconexas y delimitadas. Las unidades sociales se superponían y en las zonas de superposición, las figuras de autoridad y otros podían elegir la pertenencia a distintas unidades sociales posibles. La jaula todavía no estaba cerrada. Así, no aparecieron de forma generalizada Estados y sistemas de estratificación estabilizados, permanentes y coercitivos. Permítaseme explicar esto un poco más detalladamente, pues parecería estar en contradicción, por ejemplo, con los regímenes de África oriental de Mair, que ella califica de Estado. Es cierto que los cabezas de aldea y los jefes desempeñan papeles descentralizados útiles. Si son eficientes, pueden adquirir una autoridad considerable. Así ocurrió en toda África, como demuestra Cohen en su contribución, al volumen de Claessen y Skalnik (1978). Cohen señala los poderes coercitivos mínimos que poseían y aduce que eran meramente versiones más centralizadas de autoridades de linaje preestatales. La obediencia era en gran medida voluntaria y se basaba en el deseo de lograr una mayor eficiencia en la solución de las disputas, los acuerdos de matrimonio, la organización colectiva del trabajo, la distribución y la redistribución de los bienes y la defensa común. Las disputas y la regulación de los matrimonios pueden ser actividades más importantes para los jefes que las economías redistributivas o las funciones militares coordinadas, que normalmente exigen un nivel más alto de organización social. Los jefes pueden explotar su funcionalidad. Los que tengan más éxito pueden formular reivindicaciones despóticas. Pueden incluso adquirir excedente para pagar un séquito armado. Así ocurrió en África oriental y debe de haber ocurrido en incontables ocasiones en la prehistoria de la sociedad en todos los continentes. Pero lo que no es general es la capacidad del déspota para institucionalizar el poder coercitivo, para hacerlo permanente, rutinario e independiente de su personalidad. El eslabón más débil es el que existe entre, por una parte, el rey con su séquito y sus parientes y, por la otra, el resto de la sociedad. El vínculo depende de la fuerza personal del monarca. No existen instituciones estabilizadas que lo transfieran rutinariamente a un sucesor. Esa sucesión se produce raras veces y casi nunca dura más de un par de generaciones. Disponemos de buena información sobre la realeza zulú (aunque ésta estuvo influirla por Estados europeos más avanzados). Un hombre notable de la rama mtetwa del pueblo ngoni, Dingiswayo, quedó elegido jefe tras haber aprendido técnicas militares europeas más avanzadas. Creó regimientos disciplinados y adquirió la jefatura suprema en todo el nordeste de Natal. Su jefe militar era Shaka, del pueblo zulú. A la muerte de Dingiswayo, Shaka se hizo elegir jefe supremo, infligió repetidas derrotas a los pueblos circundantes y recibió la sumisión de los que se quedaron. Después topó con el imperio Británico, que lo aplastó. Pero su imperio no podría haber durado. Siguió siendo una estructura federal en la cual el centro carecía de recursos autónomos de poder sobre sus clientes. En las zonas donde los imperios coloniales modernos encontraron grandes jefes como Shaka, hallaron dos niveles de autoridad. Por debajo de cada Shaka había jefes menores. En África oriental, Fallers (1956) y Mair (1977: 141 a 160) han documentado ampliamente esos jefes «clientes». Cada jefe cliente era una réplica de sus superiores. Cuando los británicos entraron en Uganda, delegaron la autoridad adminitrativa primero en 783 y después en 1.000 jefes. Ahora bien, por una parte, esto equivale a un espacio de poder para el enérgico aspirante a monarca: se pueden enfrentar a una localidad contra otra, a un cliente contra otro, a un clan contra una aldea, a jefes, ancianos, hombres grandes, etc., contra el pueblo. En estas luchas multisectoriales y descentralizadas es donde el jefe puede explotar su centralidad. Pero, por otra parte, los jefes clientes pueden hacer el mismo juego. El monarca ha de llevarlos a la corte, ha de ejercer el control personal sobre ellos. Pero entonces también ellos adquieren la ventaja de la centralización. No es una forma de avanzar hacia las instituciones del Estado, sino hacia un ciclo inacabable de intrigantes aspirantes a jefes, a la aparición de un déspota formidable y al derrumbamiento de su «imperio» o el de su hijo frente a una rebelión de jefes intrigantes. La elección entre redes de autoridad socavó la aparición de la jaula social representada por la civilización, la estratificación y el Estado. Este ciclo constituye un ejemplo de la variante de parentesco extendido de la sociedad de rangos. Un segundo ciclo sería característico de la variante de la aldea: hacia una autoridad central mayor con la capacidad de administrar, en su momento cumbre, estructuras del tipo de Stonehenge, después de una sobreextensión y una fragmentación hacia unidades familiares más descentralizadas. Quizá lo más frecuente fuera un tipo mixto, donde se mezclaban la aldea y el parentesco y donde la dinámica de su mezcla se sumara a la dinámica jerárquica. Un ejemplo de ello serían los sistemas políticos de Birmania, descritos por Leach (1954), en los cuales coexisten y oscilan sistemas políticos locales jerárquicos e igualitarios, cuya presencia e influencia impide que un solo tipo de estratificación pase a quedar totalmente institucionalizado. Es posible que los Shaka y los Jerónimo fueran las personalidades dominantes de la prehistoria. Pero no fundaron Estados ni sistemas de estratificación. Carecían de recursos suficientes para enjaular. En el próximo capítulo veremos que donde aparecieron esos recursos, fue resultado de conjuntos de circunstancias locales. No se produjo ninguna evolución social general más allá de las sociedades de rangos de las primeras sociedades neolíticas sedentarias. Ahora debemos pasar a la historia local. 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