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BIBLIOTECA CONTEMPORÁNEA

LA JAULA DE CRISTAL COLIN WILSON

RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS Título original: The glass cage Traducción: Carmen de Azpiazau © Luis de Caralt, S.A. - ESA ISBN: 84217-2130-5 Impreso en España - Printed in Spain Dep. Legal: 34.294

UNO Al partir de Keswick el día había sido claro y soleado; pero cuando cruzaba el Paso de Styhead, dos horas más tarde, el aire olía a lluvia. Cinco millas más allá, la fría extensión del Wastwater parecía una lámina de metal. Nubes cargadas de lluvia habían cubierto la cima del Scafell, pero por debajo todavía asomaba una línea de nieve. Se sentó sobre un peñasco de granito, apoyando contra la ladera de la colina su mochila de tipo militar. La piel de su espalda exhalaba una cálida humedad. Estiró los brazos por encima de la cabeza y bostezó, dándose cuenta del agradable tirón, lleno de energía, en los músculos de los hombros. De no haber sido por la amenaza de la lluvia, se hubiese quitado la mochila y dormido durante una hora, acunado por el sonido del viento y los balidos de las ovejas en la loma de Green Gable. En este lugar, que mira al norte hacia el Skiddaw y al sur hacia las tierras bajas y el mar de Irlanda, experimentaba siempre una activa sensación de benevolencia en la naturaleza, un deseo de convertirse en una roca que clava su cuña en las colinas. Las primeras gotas de lluvia dieron en su rostro. Se levantó de mala gana y se ajustó bien el bulto. Contenía comestibles y un pesado volumen titulado Un tratado sobre el fuego cósmico, adquirido en Keswick por pocas monedas. A una milla por encima de Wasdale Head salió de la senda hacia las laderas de Longmell, con la cabeza inclinada ahora contra la fina llovizna. Cruzó el arroyo, tras de quitarse los zapatos y calcetines, caminando con cuidado entre las agudas piedras. El agua estaba helada; aunque en el centro no tenía sino seis pulgadas de profundidad, sintió el dolor que le mordía las pantorrillas, obligándole a lanzar una interjección en voz alta. Una vez sentado en la orilla opuesta, mientras se calzaba, notó que alguien le observaba a pocos pasos de distancia. Un joven de cara morena de gitano le sonreía; la sonrisa era tan poco alegre como cuando un perro muestra los colmillos. —Buenos días, Jeff. —¿Fría? —preguntó el joven. —Helada. Un día de éstos tengo que volver a poner las piedras. Había habido piedras que hacían de vado en la corriente, pero ésta se convertía en torrente todos los inviernos y las arrastraba. —¿Qué tal tu mujer? —preguntó poniéndose en pie. —Se murió. Anoche. —Oh, lo siento. El joven se encogió de hombros. Evidentemente le parecía que no había necesidad de más explicaciones. Indicando hacia el arroyo, dijo: —Llámeme. Le echaré una mano. —Gracias. Ya se alejaba por la colina cuando el joven le gritó: —Alguien anda buscándole. —¿Dónde? —volviéndose. —En Correos, hace una hora. —¿Quién era? El joven volvió a encogerse de hombros y se alejó. Quería implicar que no sabía. Pero cuando estaba como a unos cien metros se volvió y gritó algo más. El viento, junto con el ruido del arroyo, se llevó casi todas las palabras, pero la última sonó algo así como "policía". Como a media milla de su propia vivienda una voz de hombre le llamó: —Señor Reade. Era el padre de Jeff. Salió de detrás del muro de piedra. En el campo, al otro lado, no había nada, así que tenía que haber estado esperando. Dijo sin andarse con rodeos:

—Su cabra se ha comido nuestras judías. —Lo siento. La amarré en su cobertizo. La cara morena era tan ruda como la de su hijo, pero más astuta. El ojo izquierdo tenía una sombra que daba a su sonrisa un inquietante aire malicioso. Se mantuvo allí, sonriendo, hasta que Reade dijo: —¿Dónde está? —Atada en mi corral. —¿Ha causado un gran estropicio? —Aún no puedo decirle. Eran retoños. Valdrán algunos chelines, supongo. Buscó en su bolsillo, sacó un monedero de piel y tomó una moneda. —¿Bastará con esto? —Supongo que sí. —La dura mano se cerró sobre la moneda y se la guardó sin ceremonias. Reade no dejó de observar el chispazo humorístico de los ojos. —Lamento saber que ha muerto su nuera. —Por su culpa solo —dijo el viejo encogiéndose de hombros—. Las tomaba porque quería. —Dando media vuelta, añadió, casi de espaldas—: Le traeré la cabra. Creo que habrá que ordeñarla. —Gracias. Hacía frío en la casita. Atizó entre las cenizas, bajo los troncos, volviendo hacia arriba los lados quemados. Vertió parafina sobre la madera y prendió fuego. La llamarada fue bien recibida. Luego salió a mirar la cuerda en el cobertizo abierto, al exterior. Esperaba ver, en parte, que la hubiera cortado, pero los bordes roídos demostraban que había sido mordida. Mientras la miraba oyó balar a la cabra. Bowden cruzó la puerta, conduciendo a la cabra atada con un cordón de electricidad por el cuello. Sin decir palabra la soltó, saludó con la mano y volvió a salir. Se llevó la cabra a la casa para ordeñarla: tenía la ropa húmeda e incómoda. El animal permanecía tranquilo, junto al fuego, mientras de sus flancos brotaba el vapor, en tanto que él la ordeñaba. Mientras lo hacía, la cabra alivió sus intestinos sobre una hoja de papel de estraza que el hombre extendiera detrás de ella para tal fin. Cuando hubo terminado, él dejó el cuenco de leche sobre la mesa y dobló el papel con cuidado, llevándolo a continuación al pozo sanitario que había al fondo del jardín. Cuando regresó, la cabra dormía sobre una alfombrilla de fibra de coco, frente al fuego. La media hora siguiente la pasó ocupado en cocinar. Preparaba un cocido que le duraría una semana. Fuera, el ruido del viento se hacía audible por encima del arroyo que fluía roca abajo, a unos veinte pasos de la casa. Aquello significaba que seguramente llovería durante el resto del día. (En invierno hubiera significado tormenta, probablemente de granizo o nieve; pero entonces el ruido tenía que competir con el tronar de la cascada, desde noviembre a marzo.) Estaba tan embebido cortando zanahorias y cebollas que no oyó que golpeaban en la puerta. El viento que aspiró el humo de la estancia le hizo volverse. El hombre de abrigo oscuro, enmarcado en el umbral, preguntó: —¿Hay alguien? ¿Puedo entrar? —Por favor, entre. —Se apresuró a acercarse a la puerta. —¿El señor Damon Reade? —Sí. Siéntese. Quítese el gabán. ¿Se ha mojado? Al observar la expresión de sorpresa del desconocido, al ver que la cabra se ponía en pie, ordenó: —Hala, "Judy", afuera. Tenemos visita. —A mí no me importa —dijo el hombre.

La cabra salió de mala gana, dirigiéndose al cobertizo abierto, en medio de la lluvia. —No, pero me temo que apesta cuando está mojada. Yo no me doy cuenta, pero otras personas sí. ¿Le importa qu siga haciendo el cocido? Ya está casi listo. —En absoluto. Siga, señor. —No tardaré. —Tomó un cubo—. Voy a buscar un poco de agua. Al salir se puso el sombrero de hule que colgaba junto a la puerta. La lluvia caía con fuerza. Sujetó el cubo bajo la cascada, lo llenó hasta el borde y volvió a la casa sin perder ni gota: El otro hombre contemplaba la tarea con interés. —Supongo que el agua será buena para beber. —Oh, perfectamente. A veces, en invierno, baja con un poco de barro, pero es buena si se la deja reposar como media hora. Allá arriba no hay más que roca. Hizo un gesto vago en dirección a Scagell Pike. El hombre le miraba en tanto que cortaba verduras y carne, echándolas a la olla de hierro y colgando ésta del gancho de hierro que salía del fondo del hogar. —Si quisiera podría desviar con facilidad el agua hacia la casa —comentó Reade por darle conversación—. Pero no merece la pena... más que a veces, en invierno, cuando llueve sin cesar toda la semana. Hay una tubería que lleva agua a la caldera de agua caliente del cuarto de baño.. —Echó otro tronco al fuego y se sentó en una mecedora—. ¿Le gustaría una taza de té? —Es una buena idea, señor. Inclinándose hacia delante empujó la pesada tetera negra sobre las piedras, hasta dejarla encima del fuego. El agua comenzó a hervir inmediatamente. —¿Ha venido antes hoy? —Hace dos horas. Su vecino me ha dicho que volvería usted más tarde. Por cierto, estaba aquí. —¿Dentro? ¿Cuando ha venido usted? —No. Pero le he visto salir por su puerta. Al principio creía que se trataría de usted. —Supongo que estaría echando un vistazo —se encogió Reade de hombros—. No hay nada que robar. —¿No cierra cuando sale? —¿Para qué? Podrían forzar la ventana con facilidad. —Eso no es muy satisfactorio. —El hombre parecía sorprendido—. Ya me he topado antes con ese tipo. Le he visto en un juicio. Creo que es un granuja regular. —Así es. Pero no es malo. Tiene más de estupidez que de maldad. —¿Le importa que fume? Gracias. Mientras llenaba la pipa, Reade tuvo tiempo de estudiar su rostro. Contaría unos treinta y cinco años —la misma edad de Reade— y era rubio, de ojos azules. A primera vista parecía más joven pero, observándole más de cerca, se advertían arrugas de cansancio y preocupación. —Debo presentarme —alzó la cabeza sonriendo—. Mi nombre es Lund, sargento detective. —¿De Kendal? —De Carlisle. El té estaba listo. Mientras lo preparaba, Reade dijo: —Siento haberle hecho venir dos veces. He estado en Keswick. —Ha tenido suerte de volver antes de la lluvia.

—Sí, con lluvia resulta un paseo desagradable. —¿Va siempre a pie? —No se puede ir de otro modo desde aquí. Sólo son quince millas. Por carretera serían cincuenta. Lund aspiró profundamente su pipa y se relajó visiblemente. —¿Le gusta vivir aquí? —En conjunto, sí. A veces resulta inconveniente en invierno... es difícil conseguir madera o carbón y a veces me quedo bloqueado por la nieve. —Sin mencionar a sus vecinos —sonrió Lund. —Oh, Bowden está bien. Mire, lo que le pasa a toda esa familia es que tienen mala pinta, así que todos desconfían de ellos. Pero la verdad es que son buenas personas. —Y muy honrados, seguro —replicó Lund con suave zumba. —Oh, no, honrados no. ¿Por qué iban a serlo? No está en su naturaleza. Son como zorros humanos. Pero no tienen mucha malicia... si uno les cae bien. Sirvió el té en dos grandes tazas de loza que tenían la inscripción: "Regalo de Windermere". —Creo que no querían a la nuera —dijo Lund. —No creo que estén descontentos aquí. —Reade le tendió la taza—. El hijo, Jeff, es un gandul. Se pasa el día entero en la cama. Y la chica amenazó con tomarse todo un frasco de somníferos. —Y él se lo permitió. Y luego la dejó arrastrarse hasta su cama... —Sí. Pero es que no comprende usted lo estúpidos que estos seres pueden ser. Podría haberla salvado, obligándola a vomitar... de hecho, creo que ella misma lo intentó más tarde. Pero él no creía de verdad que iba a pasarle nada. —Hasta que empezó con las convulsiones —repuso Lund asqueado—. E incluso entonces él no se movió de la cama. Su tono cambió a uno de incredulidad sorprendida. Dijo fría y violentamente: —Debiera ser acusado de asesinato. —No intento defenderles. Pero usted no comprende. Usted se pone en lugar de ellos, lo cual es un error. Usted se imagina probablemente cómo reaccionaría usted si su propia esposa se envenenase. Pero estas personas carecen de valores... por lo menos Jeff. La vida carece de sentido para ellos. Todos los meses cobran su limosna —creo que ahora es la ayuda nacional— y luego no hacen nada durante una semana. Por lo menos Jeff no. Es totalmente pasivo. Son como sacados de una novela rusa. No creo que quisiera que muriera su mujer. —Eso es lo que dicen en el pueblo —dijo Lund. —Seguro. Pero es que odian a todos los Bowden. ¿Por qué iba Jeff a querer que ella se muriera? No quiere nada de veras... sino tal vez empezar a vivir. Quizás estuviera aburrido de ella. La mujer quería que fueran a Carlisle para que él trabajara en la construcción. Pero a él no le interesaba. No le importaba nada. Pudo observar que Lund intentaba reprimir su irritación, por lo cual añadió: —Cambiemos de tema. Es decir, a menos que quiera usted hablar de ello. —No, señor, no. —Lund sonrió y Reade advirtió que la irritación era sólo superficial. Pensó con un deje de tristeza: "Tampoco a él le interesa, en realidad. Para él no es una tragedia, sino un crimen". —Debo confesar que no tengo la más remota idea de lo que puede atraer a un inspector detective desde Carlisle para verme —dijo respondiendo a la sonrisa. —Sargento detective. No, supongo que no podrá ni adivinarlo. A decir verdad, sólo es una visita rutinaria. —Sonrió como excusándose—. De otro modo no me hubieran mandado a mí.

—¿No quiere quitarse el abrigo? —Gracias, no me importaría. Esto se está caldeando. —Tiró el gabán sobre un viejo sillón en un rincón de la estancia, volviendo a sentarse. El cocido empezaba a burbujear y un agradable,aroma de cebollas y carne comenzaba a sentirse. —Bueno, señor, yendo al grano. ¿Ha leído algo acerca de esos crímenes del Támesis? —No. —¿No? —Mire, rara vez leo los periódicos. Y aunque tengo un transistor, creo que no lo he oído desde hace un año. Pareció como si Lund quisiera rascarse la cabeza con el cañón de la pipa, pero se contentó con frotarse la barbilla. —No puedo decir que se lo reproche. Y claro está que aquí no hay televisión. Hummm, bueno, tendremos que empezar desde el principio. —Buscó en su bolsillo, fue al abrigo y sacó un cuadernito. —¿Quiere que encienda una luz? —No, señor. Está bien. Me acercaré a la ventana. —Carraspeó—-. Bueno. Hasta ahora ha habido nueve asesinatos. El primero el diez de febrero del año pasado... hace catorce meses. Todos son obra de un loco. —¿Cómo puede saberlo? ¿Lo han cogido? —Desgraciadamente no. Pero nadie más que un loco despedazaría los cadáveres tal como lo hace él. —Mis conocimientos de asuntos criminales no son amplios —le interrumpió Reade con suavidad—, pero creo que son muchos los asesinos que han desmembrado a sus víctimas. —Ya lo sé, señor. Tuvimos un caso en Lancaster... Ruxton. No mató más que a dos mujeres, su esposa y la criada. Pero ¿puede usted imaginarse a alguien que lo haga... por diversión? ¿A nueve? —No. Veo lo que quiere decir. Lund sonrió torcidamente y volvió al cuadernito. —De todos modos, permítame ir a la cuestión. Al principio estos asesinatos no llamaron mucho la atención porque no se recuperaron cuerpos completos. En el primer caso no se halló sino un brazo y una pierna. Ambos en el limo, más allá de Wapping. Pudiera haberse tratado de estudiantes de medicina gastando una broma pesada. Pero en agosto, dejó un cuerpo entero... en varios pedazos... amontonados fuera de una fábrica en Salamanca Place... un callejón que parte del Embarcadero Albert. Y en una pared, como a diez yardas del cuerpo, alguien había escrito con tiza unas palabras. —¿Qué decían? Lund leyó en el cuaderno: —"Hasta que su cerebro en una roca y su corazón en una piel carnosa formaron cuatro ríos oscureciendo la inmensa esfera ígnea." —¡Dios santo! —exclamó Reade levantándose de un salto. —Pensé que le sorprendería —sonrió Lund. —Dios mío, Dios mío, ahora comprendo... Ahora veo por qué ha venido a verme. Pero espere... ¿Cómo sabe que fue el asesino? ¿Me permite verlo? En su agitación arrebató el cuaderno de manos de Lund y miró las palabras; después, según iba recorriendo la página:

—Dios, aquí hay más... —Si me lo permite, señor... Lund recobró su cuaderno. Se sentía visiblemente satisfecho del efecto producido, pero molesto porque le hubieran quitado el cuadernito. Reade se sentía demasiado excitado para preocuparse. Sólo dijo: —Continúe, por favor. —Bueno —con sequedad—, como ya ha visto usted, había más. Una semana más tarde un policía de la patrulla fluvial vio unas líneas escritas en un muro, bajo el puente de Chelsea. Había visto la escritura en Salamanca Place y le pareció que tenía semejanza. Para empezar, eran letras muy gruesas. Quiero decir, que no estaban escritas con un trozo corriente de tiza, sino con un bloque. Decían: "Rabioso y ahogándose en tormento lanzó al norte su brazo derecho y su brazo izquierdo al sur". No había señal de ningún cuerpo, pero tocaba marea alta. Pensó que tal vez hubiera algo en el limo, bajo el puente. Y pocas horas después hallaron partes de un cuerpo en un saco, cerca del Puente de Vauxhall. —¿Se dio cuenta alguien de que se trataba de Blake? —No, señor, creo que no. A decir verdad, nadie relacionó ambas cosas. —Pero alguien tuvo que preguntarse qué significaba todo aquello. —Lo hicieron, señor. —La voz de Lund sonaba con ironía perceptible—. Creyeron que el trozo que hablaba de la esfera ígnea se refería a la bomba de hidrógeno. Lo cual es razonable, si se piensa bien. Y lo de la tiza... así hacen los que andan escribiendo lemas políticos. Y se imaginaron que sería algún chiflado político... uno de esos pacifistas en contra de las bombas, o así. —Pero ¿y la segunda cita... la de lanzar un brazo al norte y otro al sur? —Lo mismo —se encogió de hombros—. Eso es lo que uno espera que sea el resultado de una bomba, ¿no? La cosa es que la tercera les hizo seguir pensando que se hallaban en una buena pista. —¿La tercera? ¿Hubo otra? —En diciembre último. Esta vez en la calle Pinchin, junto a la calle Cable. Es al este, por la zona de Whitechapel. El cuerpo estaba en ocho pedazos, como otras veces... tras un montón bajo el puente. Esta vez había escrito: "Entonces los habitantes de aquellas ciudades sintieron que sus nervios se volvían médula y los duros huesos comenzaron a ablandarse..." Eso es todo. Reade concluyó la cita: —"...en enfermedades y tormentos, en disparos, golpes y aplastamientos por todas las costas; hasta que, debilitados, volvieron los sentidos hacia dentro, encogiéndose bajo la oscura red de la infección." —Creo que tiene razón, señor. La cosa es que se ve que le interrumpieron y no pudo seguir. Luego apareció una mujer diciendo que había visto salir a un hombre de detrás del vallado, a

las cinco de la mañana... —Pero a las cinco en diciembre es de noche —interrumpió Reade. —Exacto. Pero había un farol. No pudo describirle, más que diciendo que era muy alto. Y le pareció que entraba en un coche. —¿No miró detrás de la valla? —No. ¿Por qué? Seguramente pensó que habría ido allí para satisfacer una necesidad física... —Claro. ¿Y qué pasó cuando la cita apareció en los periódicos? —No apareció. El inspector encargado del caso la borró... tras de fotografiarla, claro. Comprenda, pensó que todo eso de los nervios que se vuelven médula seguía refiriéndose a los del comité de desarme nuclear. Pero, por razones obvias, no quería que la prensa se fijara en aquel punto. —¿Por qué? —No estoy seguro. Tal vez creyera que la gente iba a empezar a linchar a los pacifistas. No sé. La cosa es que lo borraron... —De modo que seguían sin descubrir que era Blake —sonrió Reade con divertida malicia. —Oh, sí, por fin. No somos tan tontos como todo eso. —¿Y cómo lo averiguaron, por curiosidad? —Gracias a un profesor de la Universidad de Londres... el doctor Fairclough. Sabía que tenía que tratarse de Blake y al final halló todas las citas. Él nos habló de usted. —Ya veo. ¿Tiene más citas que quiere que yo identique? —No, señor, no se trata de eso. Ya le he dicho que se trataba de una visita rutinaria. Mire, pensamos que un hombre así tiene que ser bastante bien educado. Pero, al mismo tiempo, un tanto, tocado, por decir algo. El doctor Fairclough dice que usted es el mejor conocedor de Blake en Inglaterra. —Muy. amable por su parte. —Y dice también que las personas como usted mantienen mucha correspondencia con otras personas interesadas en Blake. —Ah, bien —dijo Reade levantándose de pronto—. Ahora comprendo... —Comprender, ¿el qué, señor? —Ya sé, ya sé. Sé lo que va a sugerirme. Y si yo tuviera archivadas mis cartas tendría usted razón. La decepción de Lund fue palpable. —¿Quiere decir que no las archiva? Reade se sintió bastante tonto, como deseando disculparse; comprendió que, de algún modo, tenía que ayudar al hombre que había venido de tan lejos con una causa perdida. Cruzó el cuarto, diciendo con nerviosismo: —Por desgracia, no. Al menos, no todas. Mire, casi todo mi trabajo sobre Blake lo hice hace varios años. Desde entonces he pasado a otras cosas. Ahora estoy escribiendo una biografía del filósofo Whitehead, comprende... Oh, aún conservo cartas de expertos en Blake, como Northrop Frye, Foster Damon y Kathleen Raine. Pero casi toda mi correspondencia solía proceder de chiflados y maníacos religiosos. Me temo que Blake es terreno abonado para toda clase de fanáticos y anormales. Es casi tan popular como el libro de la Revelación o Swedenborg... —Por eso pensábamos que podría ayudarnos. —Así es. ¿Pero para qué iba yo a guardar tales cartas o contestarlas? Sencillamente, las echo al fuego.

—Hummm. ¿No tiene ninguna? —No creo. Bueno, supongo que tendré un par o así, que me llamaron la atención como interesantes o divertidas. La verdad es que no lo sé. —¿No podría verificarlo? —preguntó Lund. —Desde luego que sí. Ahora mismo. Déjeme que retire el cocido antes de que se queme. Por cierto, ¿querría compartirlo conmigo? Lund no respondió, y Reade se dio cuenta de lo profundo de su depresión. Mientras levantaba el caldero del fuego con un palo pensaba: "Es una pena, pero yo no tengo la culpa. Después de todo, estaba jugando una carta casi desesperada.. El que yo archivara todas mis cartas. El que entre ellas haya una de algún maníaco homicida..." Dejó la cazuela sobre una placa de amianto, junto al fuego, y dijo: —No tardaré un instante. —¿Le importa que vaya también yo? —En absoluto. Pase. En contraste con la habitación de abajo, la parte superior de la casa resultaba fría y húmeda. La escalera estaba a oscuras por completo. Reade abrió la puerta de su estudio y Lund pasó el primero. Era el cuarto más grande de la casa y desde él se divisaba una impresionante vista sobre Wastwater, hacia Greendale y el bosque de Coperland. En aquel momento el lago era casi invisible por la lluvia, y la aridez y dureza de las colinas parecían acentuarse. En el cuarto se sentía ese olor ligeramente acre y chamuscado de un fuego de parafina que se ha apagado solo. La luz era escasa. Reade encendió una especie de quinqué elevado y lo puso sobre una cómoda, de la que abrió el cajón superior. En tanto que Lund esperaba, le dijo en tono de excusa: —Me temo que la búsqueda va a ser un tanto larga. Es que no tengo secretario y nunca me he preocupado mucho de la correspondencia. Vamos a ver, mis fichas sobre Blake... están en aquel armarito... allí está todo mucho mejor ordenado. Estoy haciendo una concordancia sobre Blake, ¿comprende?, así como un comentario línea por línea... el comentario más exhaustivo que se haya hecho jamás... Hablaba para ocultar su vergüenza ante el caos de las cartas del cajón. Se las veía amontonadas unas sobre otras, sin más concierto que los desechos de una papelera. Parecía inútil querer hallar nada en semejante confusión. Luna preguntó acusador: —¿Eso es todo? —Ejem... no. Hay otras... —Hizo un gesto vago hacia los demás cajones. —¡Cielos! —exclamó Lund, deprimido. —Es... ejem... bastante difícil cuando uno detesta por naturaleza la correspondencia, como me pasa a mí... —Ésa está sin abrir —señaló Lund. —¿Sí? Sí, tal vez lo esté. Mire, muchas veces siento que no merece la pena... sobre todo cuando es obvio que las cartas son de desconocidos. Pareció sorprendido al ver que Lund se animaba. —¿Le importa que la abra? —No, nada. Hágalo. Lund se acercó a la ventana con la carta y la abrió. Reade se alegró de verle al extremo opuesto de la estancia. Rápidamente barajó las demás cartas del cajón, pero sin encontrar nada que pudiera considerarse la carta de un maníaco. Al volverse vio que Lund parecía sorprendido y desilusionado. El policía le tendió la carta. —No dice mucho. Es alguien que quiere saber con qué autoridad da usted algunos datos.

—¿Comprende ahora por qué no me molesto en abrir las cartas? —sonrió Reade. —Me temo que sí. Pero ¿hay más que no haya abierto? —Creo que sí. A veces las guardo aquí... Abrió el cajón inferior y se azaró al ver que aparecía atestado de cartas sin abrir. —¿Todas ésas? —preguntó Lund incrédulo. —Así parece... —No tiene por qué excusarse —sonrió el otro—. Puede que aquí haya algo. ¿Le importaría mucho que bajáramos todas éstas y las repasásemos? —¿Abrirlas todas? —Reade sonaba abrumado. —Pues claro. Es posible que alguna de ellas... —Tal vez quiera usted llevárselas —insinuó Reade esperanzado. —Naturalmente. Si no tiene usted nada que objetar. —Nada. Me hará usted un favor. —Espléndido. —Lund parecía estar más contento que en cualquier otro instante desde que llegara—. Vamos a bajar el cajón. —Ya en la puerta se volvió—: Y si no le importa, acepto su amable ofrecimiento de compartir su cocido con cebolla. —Pues claro. Será un placer. Diez minutos más tarde, sentados a cada lado de la mesa de la cocina, mientras Reade untaba pan fresco con mantequilla sin sal, dijo Lund: —¿Sabe usted?, es increíble lo hambriento que uno puede estar sin darse cuenta. Se me había olvidado que estaba sin comer desde el desayuno. —Probó un poco de cocido con precaución; estaba muy caliente—: Ah, es realmente excelente. —Dejó un momento la cuchara, tomó un trozo de pan y continuó—: ¿Sabe? Pensaba que un hombre como usted sería vegetariano. —Debería serlo —admitió Reade sonriendo con timidez—. Pero es que soy muy mal cocinero y pronto me aburriría de cocidos de verduras. Lund dejó de fingir interés en la conversación y durante diez minutos comió con voracidad. Cuando Reade le ofreció repetir, asintió, sin dejar de masticar. Luego dijo, como excusándose: —Está maravilloso... —¿Le gustaría acompañarlo con un vaso de cerveza? ¿Hecha por mí? —Es usted muy amable. Creo que sí. Cuando Reade abrió el pesado cántaro de piedra, la cocina se llenó del fuerte aroma de levadura fermentada. Lund se echó a reír: —Me recuerda la destilería que había al lado de donde vivíamos cuando yo era un crío. — Probó el líquido pesado y dorado—: Es buena, pero creo que no debo tomar mucho. —Tiene razón. Dos vasos le dormirían. —¿Tan fuerte es? —Bebió sediento y luego—: Perdóneme la pregunta, señor Reade, pero ¿ha estado casado alguna vez? —No, ¿y usted? —Oh, sí, tengo tres chavales, el mayor de once años. —Volvió a empuñar la cuchara y la agitó expansivo; había dejado los modales profesionales y se comportaba de forma abierta y amistosa—. Me permitirá que se lo diga, pero yo hubiera pensado que una esposa es justamente lo que usted necesita aquí. Después de todo, usted es un estudioso. No debería tener que preocuparse de los quehaceres domésticos. Reade sintió que se ruborizaba, pero se alegró de estar de espaldas a la ventana.

—Es cierto. No soy un misógino. Pero no me imagino a ninguna mujer que quiera venir a vivir en este sitio. Como usted ha observado antes, es bastante triste y remoto... —Aun así... —Lund sonrió amistoso; cualquiera con más experiencia que Reade hubiera adivinado que estaba ligeramente bebido—. Aun así, si no le importa que se lo diga, usted me parece que es de los que se casan. Y es sorprendente lo que son capaces de hacer las mujeres. Vivir en cualquier parte... Volvió la atención a su segunda ración; cinco minutos más tarde la había terminado y limpiaba los restos de la salsa, con pan. Reade decidió anticipar más preguntas personales cambiando de tema. —Dígame, sargento detective, ¿por qué le han mandado aquí? ¿Tiene usted alguna conexión con el caso? Lund meneó la cabeza, siempre masticando, luego tragó. —No, pero para ellos no vale la pena enviar a un hombre para verle a usted, ¿no le parece? Reade asintió. Lund terminó la cerveza de un trago y dijo: —Si no le importa, creo que me atreveré con otra gota de esto. Reade sonrió al servirle, disimulando su impaciencia por quedarse a solas. La lluvia era inaudible, pero la veía deslizarse por la ventana tras la cabeza de Lund. Éste pareció leer sus pensamientos. —Si la lluvia parara un instante saldría corriendo. Pero hay mucha caminata hasta el pueblo. —Así es. Pero no se preocupe. No me interrumpe. —Es usted muy amable. ¿No quiere usted trabajar un poco? —Lo haré... tal vez más tarde. —¿Escribe usted a diario o sólo cuando se siente con ganas ? —Casi todos los días... depende. Lund volvió su silla de costado, para quedar frente al fuego, y estiró las piernas. Se le veía claramente cómodo y en plan de charlar y Reade empezó a arrepentirse de haber sacado la cerveza. Supo también cuál sería la pregunta siguiente. —¿Escribe usted un número determinado de horas al día o tiene que esperar a que le venga la inspiración? —Por lo general trabajo mejor por las mañanas —respondió evasivo. —¿Le importa que fume? No debería hacerlo estando de servicio, claro, pero supongo que no tendrá importancia. —Llenó la pipa mientras añadía—: Sí, le envidio esta clase de vida... A veces sueño con retirarme al campo... una casita tranquila en algún sitio, un pequeño jardín, quizás un bote para ir de pesca... —Se interrumpió para encender la pipa, aspirando lentamente hasta que la llama de la cerilla le alcanzó los dedos—. Sin embargo, no estoy seguro de que no me aburriría. Reade no respondió. No tenía nada que decir. Sería una descortesía contestarle: "Claro que se aburriría. Es obvio que no tiene nada dentro de la cabeza". Además, no le disgustaba el fumador de rostro agradable, sólo sentía por él una total indiferencia. Lund se inclinó para tomar una de las cartas del cajón. La abrió con el pulgar y echó un vistazo a la única página mecanografiada. —Vaya, ésta es más interesante. Alguien a quien usted no le gusta en absoluto. —Leyó en voz alta—: "Ya es hora de que alguien haga saltar sus perversas y viciosas pequeñas conspiraciones. Un cerdo como usted no puede pretender que comprenda a Blake. Resulta patente que está usted corrompido hasta los tuétanos. Blake era un poeta, un hombre espiritual..." La firma Alison Waite. ¿La conoce? —Es un hombre, en realidad. Un extraño loco que escribió un libro en el que intentaba demostrar que Blake era un brujo. Yo lo comenté en una revista académica.

—¿Le ha amenazado con anterioridad? —Varias veces. Conozco su letra, por eso no abro las cartas. —Hummm. Tal vez merezca la pena observarle. Veo oue nos vamos a divertir estudiando todo esto. —Bebió medio vaso de cerveza de un largo trago y volvió a inclinarse—. A. veces resulta interesante trabajar en la policía. Algunas veces pienso que la echaría de menos si me retirara. Las personas me interesan, ¿sabe? —Miró a Reade como desafiante—. ¿No le gusta la gente? —No me preocupa —se excusó éste. —¿Pero le gusta? —-No, supongo que no. Al menos, no me interesa mucho. La mayoría de las personas se parecen. —Oh, en eso no estoy de acuerdo. Y no olvide que tropiezo con miles al año. La mayoría tiene algo interesante, si uno se molesta en buscar. Por ejemplo, el otro día charlaba con uno y resultó que su padre había estado en aquella expedición de Scott a la Antártida. —Comprendo lo que quiere decir. Lund sospechó que no estaba de acuerdo con él; siguió: —Pero usted no tiene oportunidad de hacer juicios, ¿no? Quiero decir, como vive en este sitio no ve a mucha gente. ¿Nunca se aburre de hacer lo mismo un día tras otro?... No me entienda mal. —¿Lo mismo? —Sí, por ejemplo, escribiendo acerca de Blake. Si me permite lo que le voy a decir, no es la clase de cosas que me gustarían a mí. Mire, me gusta leer, leo mucho. ¿Ha leído a Neville Shute? Dice mucho... Reade negó con la cabeza y el silencio resultó pesado un instante. Lund estaba ligeramente sofocado. —¿No creerá que intento ser ofensivo? —Claro que no. —Pero... ¿sabe usted?... eso de escribir todo el tiempo sobre libros de otras personas... Tal vez esté equivocado. Quizá sea más interesante de lo que parece. Su sinceridad era patente, por lo que resultaba imposible sentirse ofendido. Reade pensó que diría que tenía que ir al pueblo a comprar algo, para así salir juntos. La idea le animó y el pensamiento de quedar solo de nuevo dentro de media hora le animó a intentar contestar a la pregunta. —No tiene por qué excusarse. Pero mire, siempre he deseado vivir solo en un rincón tranquilo. Hasta cuando era niño soñaba con vivir en una isla... o en el Polo Norte, metido en lo profundo de una montaña de hielo. Supongo que usted lo considerará una evasión. No disfrutaba teniendo que vivir... o, más bien, teniendo que hacer todo cuanto constituye el vivir. Ya entonces no me gustaba mucho la gente... siempre me parecía bastante aburrida y decepcionante. Solía leer muchos libros de aventuras... Rider Haggard, Conan Doyle, etc. No crea, vivía en una ciudad agradable: Lichfield, en Staffordshire. Hubiera sido mil veces peor si hubiera vivido en Liverpool o Birmingham. Pero, sencillamente, sentía con fuerza quenecesitaba otra cosa... algo aparte de las cosas que la gente hace con sus vidas... —Pero la mayoría de las personas sienten de ese modo —comentó Lund encogiéndose de hombros:—. Todos quieren ser ricos. A todos nos gustaría subir a un avión e ir a Calcuta o Hong Kong. —No, ser rico no. Nunca lo he deseado. Ni siquiera de niño soñaba con dinero o viajes. Me gustaba leer Las minas del rey Salomón, pero no deseaba viajar. Y al cabo de media hora de ir en tren me aburría. Pero cuando a eso de los trece años empecé a leer poesía, supe que quería ser poeta. Luego, al salir del colegio, fui durante tres años a la Universidad de Sheffield, pero la detestaba. Se suponía que estaba estudiando literatura para dedicarme a la enseñanza. Entonces murió un tío y me dejó algo de dinero. Dijo que no quería dejarme mucho para no

fomentar mi pereza, pero sí lo bastante para ayudarme a emprender algo en la vida. No contó con mi ingenio. Esta casa me costó treinta libras... y encima los de la localidad decían que me habían estafado. Y puedo vivir con poquísimo... no me creería usted si se lo dijera. Y eso es lo único que he pedido... un sitio que poder llamar mío. —¿Y escribe poesía? —preguntó Lund dubitativo. —No. Lo hice de adolescente. Pero pronto descubrí que carecía de talento. Pero leo poesía... Blake, Wordworth, Shelley. Y no me parece estar malgastando mi vida... Se detuvo. Lund parecía deprimido. Miraba la lluvia a través de la ventana. Por fin vació la pipa, golpeándola contra el hogar, y carraspeó: —Bueno, para ser sincero, a mí no me iría nada bien, señor. Me resultaría excesivamente tranquilo. Su empleo del "señor" indicaba que la conversación había llegado a una especie de punto final. Lund se puso en pie, acercándose a la ventana. —Me gusta la paz y la tranquilidad, pero no en demasía. Creo que usted disfrutaría siendo detective. —Ah, pero es que lo soy... o algo parecido. También lo era Blake. —Rió ante la expresión de incomprensión en la cara del policía—. Por eso he deseado siempre vivir solo. Cuando uno está ocupado en vivir... corriendo para hacer cosas, nunca hay tiempo de saber qué es todo. Pero yo siempre he querido saber qué son las cosas. Entonces uno mira a la gente y se pregunta de qué va mal. Debieran sentirse dichosos sólo con vivir... y, no obstante, algunos se suicidan porque han perdido el dinero, otros asesinan porque sus esposas han sido infieles... No comprendo cómo algunos dan la vida por descontado. Está tan claro que algo marcha mal en algún sitio. Es una especie de novela policíaca en la que nada se sabe... ni la clase de crimen cometido ni quién es el criminal. Sólo se tiene la sensación de que algo no anda bien y de que hay que abrir los ojos y sumar datos. De eso trata la poesía de Blake. Por eso está tan llena de violencia, tortura y gentes que gimen. Sentía instintivamente que algo no marchaba. Ante la mención de tortura el rostro de Lund dejó de parecer incomprensivo; parecía claramente interesado. —¿De modo que usted cree que este loco puede sentirse así? —¿Así? —Reade le devolvió una mirada inexpresiva. —¿Que puede ser una especie de reformista de la sociedad? ¿Un hombre que piensa que algo anda mal en el mundo y quiere cambiarlo? Como esos anarquistas que arrojan bombas... La pregunta había hecho perder el equilibrio a Reade. Repuso inseguro: —No era exactamente eso a lo que me refería. No... —Creí que había dicho usted... algo acerca de un hombre que siente que algo va mal en alguna parte... —Claro. Pero... ¿qué podemos hacer con el pecado original? Al llegar a este punto Lund se puso en pie y empezó a mirar con vaguedad a su alrededor. —Sí, comprendo. Ejem... ¿dónde ha puesto mi abrigo? Reade le ayudó con una sonrisa. Pasaron cinco minutos poniendo las cartas del cajón en una caja de cartón. Reade volvía a ser amistoso; la lluvia aún caía con fuerza y se alegraba de no tener que utilizar su excusa de ir al pueblo. —Si quiere usted mi teoría acerca de este asesinato, se la resumiré en pocas frases. No creo que sea una de esas personas que me escriban cartas. —¿No? ¿Por qué no? —Las personas a quienes gusta Blake tienen una clase de mentalidad particular. No es la mentalidad del asesino. —Pero, ¿y las citas?

—No demuestran que tenga verdadero interés por Blake. Hoy día las personas leen de todo. Seguramente descubrirán ustedes que es rico, aburrido y con un pasado de psicópata. Probablemente está bien educado, pero tiene la cabeza a pájaros. Esa clase de personas no me escriben cartas. Lund se hallaba junto a la mesa, esperando para recoger la caja. Su expresión resultaba a un tiempo aburrida, impaciente e interesada a duras penas. —¿Cómo puede decir todo eso? ¿Cómo lo sabe? ¿Por qué cita y escribe trozos de Blake en los muros si no le interesa el poeta? —Creo que para darse importancia. —Pero eso lo adivina usted. No puede saberlo. —Es cierto. Puede que me equivoque del todo. Puede que entre éstas encuentre cartas escritas por él. —Esperémoslo —sonrió Lund—. Bueno, señor, le agradezco mucho su hospitalidad. Ha sido un placer visitarle. Puede que tenga que volver a hacerlo en otro momento. Se hallaba ya casi en la puerta con la caja en sus manos, cuando se volvió: —Eso me recuerda. ¿Hay en Blake alguna referencia a alguien llamado John Cox de Northampton? —No creo. De hecho, estoy totalmente seguro. ¿Por qué? —El noveno cadáver estaba parcialmente vestido y tenía una tarjeta metida en el bolsillo, con esas palabras. Creímos que sería el nombre de la víctima... —¿Quiere decir que era un hombre? —le interrumpió Reade. —Sí. —Lund le miró con sorpresa—. Seis de los nueve eran hombres. —Contempló el rostro atónito de Reade y añadió—: ¿Por qué? —No... no sé, pero por alguna razón había creído que se trataba sólo de mujeres. Entre un instante. Verificaré lo de John Cox. —Oh, bien. —Lund dejó la caja en el suelo—. No creía que tendría nada que ver con Blake. Si usted está seguro de que no le menciona... —Estoy bien seguro, pero verificaré las biografías, si me espera un minuto. Cuando cinco minutos más tarde bajó con varios libros, Lund se hallaba sentado en el repecho de la ventana. —¿Creía usted que eran crímenes sexuales? —En cierto modo. —Reade miraba el índice de cada libro—. Era una deducción bastante lógica, ¿no cree? ¿Una especie de Jack el Destripador? —Cerró el último de los libros—. No, lo siento. Nada de John Cox. Pero, dígame... ¿cómo iba vestido el hombre? —No tengo aquí las notas, pero creo que llevaba un impermeable y pantalones. —Entonces, ¿no le habían desmembrado? —Le habían sacado las entrañas. —Lund observó la expresión del rostro de Reade y preguntó—: ¿Por qué le interesa? —Es... más raro de lo que creía. —¿En qué sentido? —No es demasiado difícil comprender a un sádico que mata mujeres... —¿No? —No lo creo. Frustración sexual que va acumulándose hasta volverse morbosa. Blake decía: "Cuando el pensamiento se encierra en cuevas El amor echa raíz en el más profundo averno."

"Pero un hombre que mata lo mismo hombres que mujeres... Se detuvo, sintiendo una oleada de cansancio y depresión que le invadía, sorprendiéndole por lo repentina. Quería que se fuera Lund; cada minuto que pasaba con él le absorbía su vitalidad. Lund esperaba que completase la frase. Deliberadamente la dejó sin concluir, dejando que el silencio entre ambos se prolongara, hasta que Lund dijo azarado: —Creo que tiene usted razón. Pero es mejor que me vaya. —Es bastante tarde. *** Contempló cómo Lund cruzaba la puerta exterior y salía al sendero. En aquel momento pasaba Jeff Bowden, con el pelo pegado en finos mechones sobre sus ojos y orejas. Se hizo a un lado para dejar pasar a Lund, aunque había sitio suficiente para ambos; luego le miró fijamente. Lund, que se había vuelto para decir adiós con la mano a Reade, captó la burlona mirada del muchacho y se detuvo un instante, dura la mirada, a punto de dar media vuelta. Pero se encogió de hombros y siguió andando. Este intermedio hizo que Reade se sintiera más deprimido que nunca. Al cerrar la puerta se sorprendió diciendo en voz alta: —Dios, cómo detesto a los tontos. Puso la tetera en el fuego, tras haberla vaciado del té frío. Acercó la silla a la lumbre y se sentó con los ojos cerrados, intentando librarse de la sensación de depresión, reflexionando acerca de ella. Pero, cuando la examinó, comprendió que nada tenía que ver con Lund. Era el pensamiento del asesino, de todo lo que asociaba con él; la idea del hastío, neurosis, materialismo y voluntaria estupidez. Vació su mente de toda idea y pensamiento, pensando en oscuridad y vacío. Luego volvió a pensar en Blake, en un hombre sentado solo en la playa en Felpham, contemplando el sol brillar sobre el mar, consciente de más amplios horizontes de significado, de cierta fuente inmensa y universal de finalidad. Por un instante su fatiga se desvaneció; retornó la fuerza a su cerebro como una corriente eléctrica. Luego volvió a desvanecerse, al pensar en un cuerpo desmembrado, tendido a orillas del Támesis. Se preparó el té pensando: "Es un error estar solo todo el tiempo. Cuando uno está solo los pensamientos que debieran desaparecer en un momento se pegan como sanguijuelas." Se acercó a la ventana. Había dejado de llover y el sol brillaba en la roca lisa que había detrás de la casa. Las escasas nubes oscuras se desviaban hacia levante. Al oeste el cielo estaba claro. Volvió a pensar en regresar a Keswich y se sintió más animado. Aún no eran las cuatro; para las siete estaría allí. Urien Lewis se alegraba siempre de verle y podía ya imaginar el interés en el rostro de Lewis cuando le describiera la visita de Lund. Una vez tomada la decisión sintió necesidad de tomar el té; se sirvió un poco más de leche y bebió a grandes tragos. Los pájaros habían empezado a cantar a la luz del sol y le hacían ansiar aún más el ponerse en marcha. Se calzó un par de botas de caucho y metió los zapatos en la mochila. Luego, con un tardío pensamiento, subió al piso superior y metió en el saco el resto de las cartas. Soltó la cabra y llenó el pesebre de heno. El animal no quería dejarle ir; le siguió a la puerta y con su hocico le empujó la mano, pidiendo caricias como un perro. Cuando él hubo cerrado la puerta exterior tras de sí, la cabra levantó una pata en la barra, mirándole desaparecer sendero abajo. Disfrutó con la primera hora de la caminata; luego volvió la fatiga. Era imposible sentarse; el suelo estaba empapado. La hierba fina y áspera de las tierras altas retenía el agua y chapoteaba bajo los pies. Miró al reloj y recordó que el autobús de la tarde, que venía de Buttermere, llegaba a Rosthwaite a las cinco y cuarto. Cubrió la última milla hasta la carretera a trote rápido, con la mochila saltando entre sus omoplatos. Poco después de las cinco llegaba a la carretera, sentándose en un mojón hasta recobrar el aliento, el cuerpo empapado en sudor. Cinco minutos más tarde se hallaba sentado en el frente del autobús, oliendo la ropa húmeda, empezando a sentir dolor de cabeza. Ahora que estaba relajado, la depresión retornaba. Miró a su alrededor en el autobús y se dio cuenta de que siempre asociaría su olor de cuero y ropa húmeda con la idea de asesinato.

*** La puerta al pie de la estrecha escalera estaba abierta. La placa del exterior decía: "Urien Lewis, Anticuario y Librero". Llamó: —¿Estás ahí, Hugh? Arriba se abrió otra puerta. Asomó una chica rubia. —Hola, Damon. ¿Qué haces aquí? Su sonrisa hizo que el hombre se sintiera mejor. Llevaba un vestido azul a cuadros y tenía un aire fresco. —¿No has estado en casa? —dijo ella. —Sí, he ido andando. ¿Dónde está tu tío? —Arriba, catalogando. ¿Té? —Es una idea maravillosa. —Deja que te ayude a quitarte eso. Fue tras él, quitándole la mochila. —¿Qué diablos llevas aquí? —Cartas... toda clase de cartas. —¿Cartas de amor? —Por desgracia, no. La muchacha le miró de reojo y entró en la cocina; él sintió una oleada de placer ante la mirada. La contempló, intentando condensar su impresión en palabras. Le parecía que, durante las últimas semanas, había dejado de ser la colegiala a la que acariciar o tomar el pelo sin darle importancia. Hacía años que sabía que ella le quería, pero no había importado; sólo suscitaba en él un cariño protector, sin otra intención. Ahora, de pronto, se habían desarrollado en ella nuevos poderes, poderes que brotaban de un instinto profundo, y los empleaba contra él. La joven volvió a salir con una taza de té. —Diré a tío Hugh que has llegado. —Gracias, amor —le sonrió distraído, aceptando el té. Representaba un papel y lo sabía. Por fortuna, ella no. Pensó divertido: "Esto es lo que Lawrence llama la guerra de los sexos." Luego, al pensar en la seguridad instintiva en la mirada de ella, brotó en él la alegría desde alguna profunda fuente. Al propio tiempo se dio cuenta de que su razón para volver a Keswick había tenido tanto que ver con ella como con su tío. Deliberadamente se abstuvo de mirarla cuando entró de nuevo en la habitación. —El tío ha acabado casi de catalogar. Dice que por qué no subes allí con el té. —Gracias, lo haré. Ya me siento mejor. —¿No vas a contarme de qué se trata? —Sube y escucha. No es un secreto. —Bien. Espera un momento. El tío quiere también té. Al subir las escaleras oliendo el familiar olor a polvo y libros viejos, una voz aguardentosa dijo: —Bien, Damon, ¿qué diablos te trae aquí de nuevo? —¿Dónde estás? —Al fondo, junto a la ventana. Urien Lewis estaba sentado en un cajón de embalar; junto a él había otro lleno de libros y

sobre las rodillas tenía un archivador abierto. Sentado, parecía casi tan grueso como alto. Sus dientes eran grandes, irregulares y manchados de tabaco; la boca era asimismo grande y un tanto irregular. Había algo en el rostro que a Reade le recordaba un cocodrilo. Las gafas de montura de oro, sujetas a la solapa por una cadenita del mismo metal, parecían casi tan incogruentes en él como en el reptil. Las manos grandes, de dedos cuadrados, parecían confirmar el deje de poder y violencia que se insinuaba en la cara. La voz era grave y rica; siempre le recordaba a Reade la de un actor que conociera de niño, especializado en obras de Dickens. —Es una sorpresa muy agradable, Damon. Me dicen que has estado en casa y vuelto. —Sí. Ha ocurrido algo muy interesante. —Bien, bien. Necesito un poco de interés en mi pobre, vieja y débil vida... Aunque los libros son una gran compensación. ¿Verdad que éste es hermoso? Era un pequeño volumen finamente encuadernado en becerro; su título: Le moyen de Parvenir. Reade lo tomó con cortesía. Entre ellos era como un juego. Sentía indiferencia por. los libros, a no ser que trataran de temas que le interesaban; Lewis lo sabía. —Es un tesoro. Béroaldo de Verville fue un imitador de Rabelais. El lenguaje es todavía más procaz. Alguien debiera traducirlo... Tosió, se aclaró la garganta y escupió en un pañuelo. —¿Qué diablos hace Sarah con el té? ¡Sarah! —Ya voy. Subió la escalera. Se había cambiado el vestido a cuadros del colegio por un vestido veraniego amarillo y verde, que dejaba sus brazos descubiertos. También subrayaba la línea de sus pequeños senos. Para entregar la taza a su tío, tuvo que pasar junto a Reade, a quien el contacto de aquel brazo alteró. Lewis decía: —Gracias, queridita. ¿Vas a salir? —No —le miró con inocencia. —Está volviéndose preciosa, ¿verdad, Damon? Lewis la rodeó con el brazo y acarició el brazo desnudo. —Mucho. —Crece. —La voz de Lewis tenía un tono de burlona tristeza—. Pronto se comprometerá con alguno... —No digas tonterías —protestó ella. —Y ya se viste como una señorita. Mira. Alzó el borde de la falda para mostrar el bajo de una enagua. Pero cuando intentó subirla un poco más, instintivamente las manos de ella la sujetaron. Lewis dijo, como reprochando: —No tienes que apurarte delante de Damon. Te conoce desde que eras una criatura minúscula. ¿De qué sirve una ropa interior bonita si no hay nadie para verla? —No es para que se vea. Reade se sintió ligeramente repelido y se alegró de que Lewis dejara caer la falda. Sarah se había ruborizado y miraba a otra parte. La acción de Lewis implicaba que aún era una niña que se daba aires de mujer. Por un instante Reade sintió irritación, luego reflexionó que, para Lewis, seguía siendo una niña. —Además, tú me la compraste —dijo Sarah. —Toma asiento, Damon. Sarah, ¿Te quedas o te vas? —Me quedo. Quiero oír lo que Damon va a contar. Reade se sentó en otra caja. Observaba, por vez primera, que la relación entre los otros dos había cambiado sutilmente. Un año antes, Lewis sentía una leve impaciencia por haber sido

nombrado tutor de una colegiala; ella lo había notado y jamás se había sentido cómoda ante él. Un año antes, hubiera comprendido que la pregunta de su tutor era una orden para que se marchara. Ahora sacó una pequeña escalera de mano y se sentó en lo alto, sin mostrar inquietudes, como si tuviera derecho a estar allí. —Bueno —dijo Lewis—, cuéntanos lo que has encontrado al llegar a casa... —Un policía. —Cielos, ¿por qué? —la pregunta era de Sarah. —Es una historia bastante larga. ¿Habéis oído hablar de una serie de crímenes que han ocurrido en Londres? —¿Te refieres a los de las prostitutas? —dijo Sarah. Pero por mucho que intentara parecer desenvuelta no pudo evitar el sonrojarse. —¿Qué diablos sabes tú de eso? —inquirió su tutor. —Se hablaba de ello en el colegio —dijo defendiéndose —No todas eran prostitutas —aclaró Reade—. Algunas de las víctimas eran hombres. La cosa es que parece que el asesino deja citas de Blake escritas en los muros, cerca de los cuerpos... —¿Y creen que puedas ser tú? —sonrió Lewis. —No exactamente. Pero imagino que intentan dar con cualquier chiflado o loco que tenga interés por Blake. Así que querían saber si yo tenía cartas de gente semejante. Y claro, tenía un cajón lleno. Así que se las ha llevado... —¿Y las que has traído contigo? —preguntó ella. —Verás. Le he dicho (al policía) que estaba casi seguro de que no había entre ellas ninguna de locos homicidas. Pero ya no estoy tan seguro. Pensaba que podríamos repasar más tarde... —Yo te ayudaré —ansiosa. —Por cierto, ¿sabes de algún John Cox en literatura? —John Cox... No será el de Cox and Box, ¿verdad? No, supongo que no. Pero es alguien. ¿No es un personaje a que se cita en Mr. Badman, de Bunyan? Sarah, mira en aquel estante de allá... entre los volúmenes de Clásicos Mundiales. Ve a ver si encuentras Mr. Badman. —Eres sorprendente —dijo Reade con una admiración que intentaba halagar—. Debes de ser la persona que más ha leído de cuantas conozco. Lewis sonrió ante el cumplido y preguntó: —Pero ¿qué tiene que ver John Cox con estos crímenes? —Era un nombre escrito en un pedazo de papel en un de los cadáveres. Sarah había encontrado el libro. Lewis pasó las páginas: —Sí. Lo que pensaba. John Cox es un hombre que se suicidó en Northampton. Bunyan lo describe con todo género de detalles. —¿Cómo se suicidó? —Se abrió un agujero en el costado con una navaja barbera y se sacó los intestinos. —Oh, cállate... —Sarah hizo una mueca. —Encaja — afirmó Reade—. El hombre asesinado había sido desventrado. —Es extraordinario. —La voz de Lewis era suave, pero Reade se dio cuenta de lo interesado que se sentía; se le notaba en los ojos—. ¿Quieres decir que ese hombre comete los crímenes de forma que encajen con citas de Blake y Bunyan? —Oh, no... Las demás citas no parecen tan relevantes. —¿Tienes nota de ellas?

—Sí. Brevemente le narró cuanto pudo recordar de lo que Lund le contara. Hubiera preferido que Sarah no estuviera presente, pero, al reflexionar, comprendió que era absurdo. Ella leía los periódicos y discutía los crímenes en el colegio. Al cabo de diez minutos se removía, incómodo, al borde del cajón de madera. Se puso en pie y Lewis, bostezando, hizo lo mismo con pesadez. —Sí, creo que es una idea excelente. Vamos a por sillas más cómodas... Bueno, bueno, sí que es raro todo esto. Un asesino literario. No debería resultar difícil hallarle... A decir verdad, creo que es muy posible que se encuentre entre tus corresponsales. ¿Recibes muchas cartas? —Bastantes... una o dos por semana. —¿Alguna de manicomios? —Oh, no. —¿Cartas de personas que dicen haber estado internadas? —No lo creo. Pero mira, es que no las leo con atención. —¿Contestas? —A veces. No con frecuencia. Me aburre escribir cartas. En la sala de estar, Sarah echó más carbón al fuego. Lewis se puso cómodo en un enorme sillón, cuyos resortes se habían roto bajo su peso. —¿Un poco de whisky? —No, gracias. Aún no me he recobrado de anoche. —Yo sí que tomaré. Saráh sacó una botella de un armario y sirvió una copa, llenando luego el vaso hasta arriba con sifón. —Dime, Damon —prosiguió Lewis—, ¿por qué no vas tú a Londres a ver si puedes seguir la pista al asesino? —¿Cómo podría? —preguntó Sarah. —No creo que iba a resultar un detective muy eficiente —sonrió Damon. —¿Por qué no? Resulta claro que el caso te interesa. —No, realmente... —repuso incómodo. —Pues claro que sí. ¿Por qué ibas a volver hasta aquí si no fuera así? Sarah había ido a la cocina. Su ausencia hizo que Reade se sintiera menos incómodo. —Si quieres saber la verdadera razón te diré que, porque me sentía horriblemente deprimido y en baja forma, cuando se ha marchado el detective. Tenía ganas de charlar contigo... —Hummm. —Lewis bebió un trago largo y dejó el vaso en la mesa, sonriendo amistosamente—: Mira, Damon, muchas veces te he acusado de meter la cabeza en la arena. Bueno, ¿no es éste un buen ejemplo? ¿Por qué te deprimen unos crímenes? Todos los días se cometen, a miles. —Sí, lo sé. Es difícil de explicar. No es solo el hecho del crimen. La mayoría no son premeditados... son golpes que se dan en un momento de ira. Pero hay algo en este hombre... Es obvio que está educado. Lo que es peor, Blake le resulta familiar. Eso es lo que me pasma. ¿No comprendes? Si conoce a Blake no puede ser un alma totalmente perdida, ¿verdad? —¿Por qué no? —Lewis sonreía blandamente. —Pues... porque un materialista total nunca se pone a leer a Blake. Después de todo, no se enseña en los colegios.

—No comprendo tu argumento. Blake es un poeta religioso. Yo no me considero religioso, por lo que no me resulta interesante... Pero el mundo está lleno de gentes que se han vuelto locas de tanto darle vueltas a la religión. —Esa no es la cuestión —insistió Reade—. Los maníacos religiosos estudian el Apocalipsis y el Libro de Daniel y todo eso. Blake es algo totalmente diferente. Al decir aquello se daba cuenta de que contradecía lo que había dicho a Lund: que Blake era un terreno abonado para chiflados. No decía lo que quería decir y ello le deprimía. Por suerte, Lewis cambió la dirección de la charla. —Comprendo lo que intentas decirme. Pero hay cierta falacia en ello. Mírame. Yo no soy lo que llamarías un "alma perdida", ¿no? Vivo lo que se diría una "vida del entendimiento". Se deduce de ahí que soy totalmente incapaz de asesinar? —Así lo espero —sonrió su amigo. —Lo que quieres decir es que esperas que nunca me vea empujado al extremo de tener que cometer un crimen. Soy más capaz de cometer un asesinato que la mayoría de las personas de esta ciudad, porque soy, más inteligente y, por ello, más inclinado a sentir crisis nerviosas. Más frustrado, si quieres. A Reade no le gustaron su sonrisa ni el tono de su voz. Rápidamente dijo: —Pero eso no es sino una forma de hablar. A menudo decimos que nos gustaría matar a alguien... —Te equivocas. No es una forma de hablar. Hablo del impulso de librarnos de una tensión interior mediante un acto violento. Y la razón por la que la mayoría de nosotros no explotamos violentamente es que tenemos miedo. ¿Por qué crees que casi todas las violaciones las cometen hombres que han estado bebiendo? Porque dejan de tener miedo, pierden sus inhibiciones. Cuanto más inteligente eres, más detestas la sociedad moderna y más inhibido te sientes para expresar tus sentimientos. —Jamás he observado inhibiciones en ti —rió Reade. Sarah entró para decir: —El asado está en el horno. Tardará como tres cuartos de hora. ¿Alguno se muere de hambre? —No. —Estaba claro que Lewis se sentía irritado por la interrupción. —Me gustaría colaborar con el vino esta noche —dijo Reade—. ¿Me perdonáis que salga quince minutos? —Iré contigo —dijo Sarah. —¿No tienes deberes? —le preguntó su tío. —No muchos. Damon me ayudará. —Antes de marchar sírveme otro whisky. Reade se sentía violento; hubiera preferido que Sarah no saliera. —No voy a tardar... sólo diez minutos. La sensación desapareció cuando se hallaron en la calle. El cielo había vuelto a aclararse; el sol del ocaso doraba las casas. La brisa venía del lago, oliendo a primavera. En la esquina de la plaza del mercado había un grupo de chicos; miraron a Sarah con interés. Reade esperaba que alguno silbara, pero ninguno lo hizo. —¿Tienes algún acompañante? —preguntó a la muchacha. —Oh, no. —Hizo una mueca.— La mayoría de los chicos de aquí son horribles... Bueno —se corrigió—, no eso, precisamente, pero no son muy listos. Me temo que tú y el tío Hugh me habéis echado a perder para que me gusten las pandillas con chaquetas de cuero. —Pero tiene que haber alguno inteligente.

—Supongo que sí. Pero no muy atractivo. —Debes de sentirte cansada de esta vida pueblerina. —No. En Pascua estuve en Londres, sabes, y tampoco me gustó mucho... Habían llegado a la tienda. Damon compró dos botellas de Beaujplais. Le dieron una bolsa. Al salir, ella dijo: —Vamos a echar un vistazo al lago. Estaba a unos cien metros, al final de la calle. Los botes amarrados aún se veían húmedos de lluvia. No había brisa y la superficie del lago aparecía iluminada, con burbujitas a trechos. Al otro lado del lago, a unas diez millas, él pudo ver la silueta de las colinas que tendría que subir para volver a casa. Se detuvieron y acodaron en la barandilla. El aroma de hojas húmedas se sentía con más fuerza y le invadió con tal ímpetu de gozo que casi dolía. Ella le miró, mientras él contemplaba el agua. —Te encanta esto, ¿verdad? —Sí... supongo que sí. Nunca lo he pensado. —¿No? —No creo que la mayor parte de personas disfruten con vivir. Lo estropean siendo triviales, estúpidas. ¿Recuerdas la frase de Wordsworth acerca de ver las cosas "vestidas de luz celestial"? ¿Cómo pueden verse así si uno está siempre pensando en sí mismo? —¿Por eso no te has casado nunca? ¿Crees que una esposa lo echaría a perder? Se sobresaltó ante la pregunta tan directa. —Ejem... no, exactamente. Supongo que es porque no he encontrado a nadie con quien deseara casarme. Además, ¿quién iba a querer vivir conmigo en una casa húmeda, a dos millas del pueblo más cercano? —No creo que eso importara a alguien que estuviera enamorada de ti. De nuevo se sintió sorprendido por su dominio; al mirar su rostro, tranquilo de perfil, pensó: "Las mujeres crecen tanto más de prisa que los hombres". Decidió cambiar de tema. —A veces me pregunto cuánto tiempo más aguantará tu tío aquí. —Oh, no le importa. Al mencionar el nombre de Lewis ambos volvieron en dirección a la casa. Durante unos minutos ninguno habló. Al fin, Damon dijo: —Sabes, esta tarde me sentía terriblemente deprimido, una vez que se ha ido el detective... casi neurótico. Por eso he venido. Ahora, de pronto, vuelvo a sentirme feliz. Ella le sonrió y él perdió toda inclinación por intentar explicarse. Era demasiado complicado; más fácil era dejar que ella creyera que insinuaba que era porque estaba con ella. Además, no era del todo falso... pero sólo en parte. Al acercarse al portal aceleraron el paso, sintiéndose culpables ante Lewis, preguntándose si estaría molesto por su ausencia. Pero estaba de buen humor; leía a Beroaldo de Verville y reía en voz alta. El vaso a su lado se hallaba vacío. Les miró sonriente y comentó: —¿De vuelta ya? A Lewis le gustaba tomarse las comidas con tranquilidad. Una vez había dicho: —Si un día soy rico iré a Londres y pasaré el resto de mis días cultivando las buenas compañías y la buena mesa. Con frecuencia Reade tenía la incómoda sensación de no ser sino un huésped de poca calidad para la clase de compañía que Lewis hubiese preferido: filósofos de alto copete y catadores de clarete añejo. Durante la cena, que duró una hora, Reade entabló conocimiento con otra faceta de su anfitrión: su interés por los asesinatos. Lewis empezó a hablar de De Quincey y su teoría de

que Kant fue asesinado; de allí pasó a los crímenes de la autopista Ratcliffe. Cuando Sarah objetó que todo asesinato es, por su propia naturaleza, carente de interés, se lo tomó como un desafío, hablando larga y detenidamente del caso de Lizzie Borden, acerca del cual su conocimiento parecía detallado y enciclopédico. Una vez que Sarah salió a hacer café, Reade comentó: —Acepto tu punto de vista, desde luego. Pero mientras hablas del interés del asesinato pareces olvidar que implica la muerte de seres humanos. Hablas de ello como de un juego. Nunca he oído hablar antes de ese Edmund Pearson, al que no cesas de citar, pero parece un idiota. —Seguramente lo era —suspiró Lewis—. Pero tú siempre eres tan intolerante, Damon. Escribía bien, con interés. ¿No basta con eso? —Pues no. Porque además me suena como un mentiroso. Intenta pretender que el crimen es algo que no es. Intenta dárselas de cínico y de estar a la vuelta de todo... Se detuvo al darse cuenta, de pronto, que igual crítica podía aplicarse a Lewis y no deseaba hacerlo. Entró Sarah con el café y Reade esperó que el hilo de la conversación se habría perdido. Pero, una vez servido el café, Lewis prosiguió, cómodamente sentado en la butaca y con los pies en un bajo taburete: —Creo que eres muy injusto. Claro que hay muchos asesinos que son estúpidos. La mayoría de los asesinatos lo son. Mira ese muchacho de Cockermouth que mató a un viejo por tres libras y media. Dio una bocanada a la pipa, agitándola luego rítmicamente atrás y adelante... uno de sus gestos favoritos cuando charlaba de algo que le interesaba: señal de que no quería que le interrumpieran. —Porque, después de todo, Damon, ¿cuál es la esencia del crimen? El materialismo. La torpeza y estupidez de la materia. Todos los auténticos idealistas sienten que la fealdad es un crimen. Sienten que la estupidez es un crimen. Todo cuanto violenta nuestro idealismo es un crimen. ¿No decía Blake eso mismo? El crimen es lo contrario de la poesía, al igual que la materia es lo contrario del espíritu. No me interrumpas... ya llego a mi argumento. Debes admitir que, juzgándolo así, tu asesino del Támesis tiene la chispa del artista. Como vio que Reade negaba con la cabeza, prosiguió: —Pero tendrás que admitir que tiene sentido de lo efectista. Tú mismo has dicho que parece un exhibicionista. ¿Qué es un artista sino un exhibicionista? Los actores, novelistas y poetas, todos quieren conseguir efectos. Los medios, los modos de expresión, lo son todo. Por otro lado, el criminal corriente no busca sino el fin: las cinco libras en la registradora o lo que sea. No le importa utilizar una porra, un revólver o un cuchillo. En resumen, está en el extremo opuesto al artista. Una botella de Beaujolais reposaba en la repisa de la chimenea; se inclinó, llenó su vaso, tomó un sorbo y dijo satisfecho: —Tú y yo no estamos de acuerdo en muchas cosas... de hecho en la mayoría... Pero creo que hay una cosa que, sin duda, poseemos en común: un desprecio por lo feo, lo sórdido y lo estúpido. Es decir, por la materia. Ambos construimos castillos en el aire. ¿Estás de acuerdo? —¿Qué intentas demostrar? —sonrió Reade. —Nada. No discuto. Sencillamente, comento algo que me interesa. Que tu asesino del Támesis se sale de lo corriente... que hay en él un toque de artista. ¿Sabes cómo me lanzaría yo en su búsqueda? Indagaría en las academias de arte acerca de alumnos que no llegaron a obtener el título. Hablaría con los pintores de Soho, para tratar de averiguar si conocen a alguien que tiene talento, pero no éxito... alguien que siempre se haya mostrado retraído, pero volviéndose cada vez más paranoico. Así debería proceder la policía... en lugar de interrogar en masa a cualquier pervertido sexual medio chalado. No comprenden la clase de hombre al que buscan. —Pero es que un hombre así no va por ahí contando a todo el mundo que se está volviendo loco —replicó Reade con lentitud—. Todo sucede dentro... tan en lo profundo que ni siquiera

sus amigos más íntimos lo adivinarían. —No sé por qué dices que Damon debería ir a Londres—rió Sarah—. Creo que debieras ir tú. Tal vez den una recompensa... Lewis se limitó a gruñir. Nunca había sabido aceptar nada que se pareciera al ridículo. Reade decidió cambiar de tema: —Son casi las nueve. Creo que puedo ir andando si hay luna. —No puedes irte esta noche —dijo Sarah con desaliento—. Ya te he preparado una cama. Convéncele de que se quede, tío. —Si quiere irse, no veo por qué no ha de hacerlo. Reade se sorprendió un tanto ante la reacción. Por lo general era Lewis quien insistía en que se quedara. Sarah abrió de par en par la ventana para asomarse. —Bueno, pues no puedes irte. No hay luna y ha empezado a llover otra vez. —Bien, ya está decidido —sonrió Reade. —Estupendo. —¿No va siendo hora de que hagas tus deberes, jovencita? —preguntó su tío con ligero enfado. —Supongo que sí. ¿Puede ayudarme Damon? —No creo que eso sea muy ético. Hala, vete. Baja si tienes problemas. Sarah salió de la estancia con un rebelde encogimiento de hombros. Otra vez volvió Reade a sorprenderse por el cambio en las relaciones entre tío y sobrina en las últimas semanas. Lewis comentó sin alzar la vista. —Me temo que está creciendo de prisa. —Eres menos severo con ella de lo que solías. —Supongo que me vuelvo más viejo. Una hora más tarde Reade se excusó y dejó a Lewis terminando el Beaujolais. Al ponerse en pie se dio cuenta de cuan cansado estaba. El sueño le afectaba como el opio, y casi no sentía las piernas. Se detuvo ante la puerta del dormitorio de Sarah, preguntándose si darle las buenas noches. Decidió no hacerlo y se fue al cuarto de baño. La puerta estaba cerrada; al intentar girar la manecilla la voz de la chiquilla dijo: —Un momentito. —No importa. Fue hacia su cuarto, pero sonó el pestillo y se abrió la puerta tras él. —Puedes pasar. Me estaba lavando el pelo. Iba vestida con una bata de algodón. El cuarto de baño olía a vapor y jabón perfumado. El pelo le caía suelto por la espalda; estaba sentada al borde de la bañera, secándoselo. Él se miró en el espejo. No parecía tan cansado como esperaba. —No creo que el tío quería que te quedases esta noche —dijo ella. —¿Qué? —La miró sobresaltado—. ¿Por qué no? —Creo que empieza a sentirse posesivo respecto a mí —con descuido. —Pero, por Dios —estalló—, si te conozco desde que tienes diez años. —Chist. No grites. Cree que ya estoy en la cama. La miró a través del espejo y pensó que, si Lewis sentía celos, eran comprensibles. Se

trataba de un hombre frustrado, que creía que la vida le había tratado mal. Era un tipo solitario y reservado por naturaleza; en un tiempo Reade llegó incluso a sospechar que se trataba de un homosexual. Pero decididamente no lo era. Y ahora que Sarah se estaba convirtiendo en una mujer atractiva y en una compañera, era natural que quisiera guardarla por cuanto tiempo pudiera. Se lavó la cara con una esponja y la aclaró con agua fría; luego dijo: —Hala, niña, a tu cuarto. Una vez que hubo salido, se desnudó hasta la cintura, lavándose pecho y brazos. Se sorprendió al notar que su cansancio había desaparecido. Del armario del cuarto de baño sacó el pijama que guardaba allí y se lo puso. Fue a su cuarto con la ropa; la luz asomaba bajo la puerta de ella. Pero, al abrir su propio dormitorio, la halló sentada en el hueco de la ventana, secándose el pelo. —Si no tienes cuidado —le dijo—, tu tío me prohibirá venir a esta casa. —Si lo hace, iré a vivir contigo. —No sería legal. Es tu tutor. Se metió en la cama y se sentó mirándola. Tenía la bata abierta. El camisón que se veía debajo era de algodón color de rosa; parecía de nuevo una niña. —Antes siempre te daba las buenas noches... —comentó Sarah—. Y por las mañanas me metía en tu cama, ¿te acuerdas? —Pues claro. —Ahora el tío Hugh habla de trasladarse aquí arriba. Dice que su dormitorio es húmedo. Se cepillaba el pelo y le miraba de reojo; la misma mirada que él sorprendiera antes. —No lo hará —contestó sin convicción—. No le gustan las escaleras. —Yo creo que tal vez sí... Se acercó a sentarse en la cama, pero él le dijo: —Creo que ahora debes irte a tu cuarto. Puede que suba a darte las buenas noches. —No. —Le sonrió, siempre cepillándose el pelo—. Y no me importa si lo hace. —Dejó el cepillo en la cama—. Creo que se está volviendo muy raro. —¿Por qué? —Oh... es posesivo. Nunca se preocupaba si estaba fuera hasta las ocho. Ahora anda siempre queriendo saber dónde he estado. ¿Te acuerdas de Jill Parker, la chica con la que me solía quedar en Millbeck? Quería que me quedara allí este fin de semana. El tío dice que no. —Es comprensible. —¿Por qué? No haría nada que no debo hacer. —Ya lo sé. No me refería a eso. Es que tu tío es un hombre solitario. Yo soy casi su único amigo íntimo y a veces pasan semanas sin verle. —Esa no es una razón para que intente encadenarme. —Lo sé, ya lo sé. Pero tienes que ser paciente... Está claro que quiere demostrarte que te quiere, pero no está acostumbrado a expresar sus sentimientos. Supongo que por eso te compró esa ropa interior. —No, no es por eso. —Volvió a mirarle de reojo—. Le gusta verme con ella. —¿Cómo va a ser? No andas por ahí sin vestido. —A veces sí. Él me lo pide. Dominó su sorpresa, sintiéndose culpable por los pensamientos que se habían suscitado en él.

—Pero... eso no quiere decir nada... Se detuvo, comprendiendo que el comentario era vano. —Y siempre me hace preguntas sobre los chicos del colegio... y si todas las chicas de mi clase son vírgenes. —¿Lo son? —sonrió. —No. —Mirando a la ventana. —Oh... Bueno, en ese caso tiene cierta razón para preocuparse, ¿no crees? Supongo que por eso no quería que fueras a quedarte con esa amiga... No le respondió. Reade sentía una sensación de ser inútil que casi le exasperaba. —¿De qué te preocupas? —Jill Parker dice que el tío es chiflado. —¿Qué? —Chiflado... ya sabes, una especie de morboso sexual. —Parece que sabes más de la cuestión de lo que yo creía —dijo sorprendido. —Pues claro. No soy una niña. Y todos hablan de ello. Los chicos que conozco no piensan en otra cosa. La puerta de abajo metió ruido. Sarah dio un salto y corrió a la puerta. Se oyó la voz de Lewis: —Buenas noches, Sarah. —Buenas noches, tío. —¿Ya estás en la cama? —Sí. Acabo de terminar de secarme el pelo. —Pues a dormir. Mañana tienes que ir al colegio. Se cerró la puerta. Sarah se volvió a Reade. —¿Lo ves? —¿Qué? No quería sino darte las buenas noches. —Antes nunca me molestaba. —Ya lo sé. Pero es que te vas haciendo mayor. Ya no te trata como a una niña. —Oh, sí, lo hace... Volvió a la cama. Él tocó su brazo; estaba frío. —Debes meterte en la cama. Vas a enfriarte. —¿Puedo? —Fue a mover el embozo. —Me refiero a la tuya. —Oh... Al ver su vacilación él se calló; además, el pensamiento de sentirla a su lado le agradaba. —Bueno, hala. Métete. Pero si oyes a tu tío en las escaleras tendrás que esconderte. —Sólo un ratito... Sintió los piececitos de ella fríos contra los suyos. Se sentó a su lado y él le ajustó bien la almohada. El repentino cambio de la situación le hacía sentirse un tanto reservado y como necesitado de demostrar su despego. —Tu amiga Jill me parece un tanto maliciosa. Estoy de acuerdo con que tu tío es un hombre raro y bastante complicado. Pero creo que tiene un fuerte sentido de su deber hacia ti.

—Me pregunto qué diría si supiera que estoy en tu cama —sonrió. -—Esperemos que no lo descubra. —El otro día me preguntó si aún quería casarme contigo. —¿Qué le dijiste? —Le dije que no, claro. —Me parece bien —sonrió el hombre. —Estuve a punto de decirle que sí, sólo para ver cómo le sentaba... Pero sabía que le preocuparía. —No sé por qué. Es una broma desde que tienes diez años. —Supongo que sí... a mí nunca me lo ha parecido. —Ahora creo que debes irte ya a tu cama. Puede que esté escuchando fuera de la puerta. —No. Las escaleras crujen. Además, aún no te lo he contado todo. —¿No? —La miró sorprendido y vio que se había ruborizado. Ella siguió hablando de prisa, como temerosa de que la interrumpiera: —Supongo que no debiera de contarte esto, pero... Mira... la última vez salí con Jill y dos chicos... fuimos a merendar junto al lago. Y Jill se fue con uno de los chicos y yo me quedé con el otro y... quería hacer el sexo conmigo. La palabra hizo contraerse el corazón de Damon. Con una voz que no le pareció la suya preguntó: —¿Lo hiciste? —Oh, no. No me gustaba mucho. Pero le dejé que me besara y... me tocara. —¿Lo sabe tu tío? —Sí. —Ante su sorpresa—. Eso es lo que iba a decirte... Prosiguió apresuradamente, como contenta de librarse de lo peor cuanto antes. —Volví muy tarde y no me dejó acostarme hasta hacerme un montón de preguntas. Sabía que había salido con chicos y vio que tenía manchas de hierba en el vestido. Pero no estaba enfadado, ¿sabes? Dijo que sabía que ya no era una niña y que si era franca con él no se enfadaría. Así que le conté que no le había dejado a Gordon... hacer lo que quería. Pero siguió preguntándome... como si no me creyera. Repetía todo el tiempo que no se enfadaría si le decía la verdad. —¿Dices que parecía como si no te creyera? —Bueno, al principio sí. Y cuando yo repetí que nada había pasado, me preguntó qué otra cosa había hecho Gordon. Así que se lo dije. Entonces quiso saber los detalles... Yo estaba bastante asustada. Pensaba que iba a meterle a Gordon en un lío. Pero no parecía enfadado. Y por fin me dejó irme a la cama. Se calló y ambos permanecieron allí sentados, en silencio. Él la había cogido de la mano mientras hablaba, para darles ánimos. Ambos contemplaron sus manos unidas. Al fin él habló: —¿Dices que quería saber los detalles? ¿Cuántos detalles? —Todo. Cuántas veces me había besado... ya sabes, todo lo demás. —Hum. ¿Y es desde entonces cuando se interesa más por ti? —Sí. Me hizo prometer no volver a salir con Gordon, pero sin mucha seriedad. Y de pronto empezó a besarme cuando salgo de casa. Más tarde me dio diez libras para comprarme un camisón y ropa interior... Y en cuanto volví me hizo ponérmelo. Yo quería ir a mi cuarto, pero dijo que hacía frío y que mejor me quedara delante del fuego. —¿No te importó?

—Bueno, no. Me pareció natural. Él había pagado por las cosas y quería verlas. Pero después de aquello, empecé a preguntarme cosas. Quiero decir que muchas veces me levanta el vestido, como hoy. Y me besa y me acaricia mucho más que antes... —Te acaricia. —No quiero decir nada malo. Me hace mimos... Oh, ya sé que suena estúpido. Pero hay algo más. Hace unas semanas me dio a leer un libro... unos cuentos de hadas escritos por Gogol. El primero era de un padre que quiere dormir con su hija. Son cositas así, todo el tiempo... —Pero ¿por qué no me contaste anoche todo esto? —No... no sé. Me había empezado a preguntar si no me lo estaría imaginando todo. A lo mejor sí. No lo sé. Quizá solo intenta demostrarme que está contento de que vaya creciendo... Y la semana última no lo ha hecho mucho. Tiene mucho trabajo y hasta me ha dicho que por qué no voy al cine. Así que nunca sé... Pero hoy... Me doy cuenta de que cuando bebe quiere acariciarme mucho más... —No sé qué decirte —Empezó despacio—. No hay nada ilegal en el hecho de que un tío bese a su sobrina. —Oh, no, claro que no. No quería decir eso... —Y seguramente es todo cuanto desea hacer. —Entonces, ¿por qué crees que desea dormir aquí arriba? —¿Estás segura de que quiere? Además, no puedo imaginármelo intentando entrar por la fuerza en tu cuarto a medianoche... no es su estilo. Por otro lado, si no te gusta que te bese, siempre hay formas delicadas de disuadirle sin herirle. —No estoy tan segura. Es dificilísimo vivir con él cuando está de mal humor. Ambos callaron para escuchar; abajo se había oído un portazo. —No es sino la puerta del cuarto de baño. Significa que se va a la cama... —Y creo que tú deberías seguir su ejemplo —dijo Reade con dulzura. —Sí, dentro de un momento... Si tío Hugh adivinase que estoy aquí, me haría preguntas durante una hora para averiguar qué había pasado... —¡Oh, no! —se escandalizó—. No creería que yo iba a intentar... seducirte. Ella se echó a reír. Damon la miró con curiosidad, mientras la muchacha decía: —¡No estoy segura de que desconfíe precisamente de ti! —¡Vamos, qué cosas dices! ¡A la cama! No eres más que una chiquilla... —¿De verdad? Echó a un lado la ropa de cama y se sentó al borde del lecho. Por un instante Reade lamentó el verse privado de su calor. Entonces ella se inclinó, haciendo una mueca para besarle. Él colocó su mano en la nuca de la joven, dándose perfecta cuenta de que un calor hipnótico los retenía juntos, creando un deseo de aumentar la corriente mediante el contacto físico.. Los labios de ella eran pasivos bajo los de él. Reade no podía dejar de pensar: "Si Hugh abriese ahora la puerta..." —¿Soy una chiquilla? —Claro que sí. Ahora... Antes de que pudiese continuar fue ella quien le beso. El contacto de aquellos labios no le excitó. La conocía demasiado bien y la había besado muchas veces, sabiendo perfectamente que ella sería toda suya en cuanto se lo pidiera. Sintió como si jugara un juego amable. Ella había vuelto a poner los pies en la cama y apoyaba la cabeza en la almohada. Pero la sensación de su contacto físico trajo consigo un extraño resplandor de dicha, una sensación de libertad. No intentó detenerla cuando ella volvió a meter las piernas en el lecho. Pero en cambio cortó deliberadamente el beso, diciendo:

—Y ahora a tu cama. —No. Déjame dormir aquí. —Sería una tontería. —¿Sabes por qué no le dejé hacer a Gordon lo que quería? Porque pensaba que tú serías el primero. —Pero ahora no. —No, muy bien, ahora no. Pero déjame quedarme unos minutos más. Y apaga la luz. —No. Tienes que irte. —Aún no. Échate y bésame. Tuvo que acostarse al lado de ella y apoyarse en un codo, rodeándola con el otro brazo. Sintió la piel de la cintura desnuda y también sus piernas. Pensó: "Este es exactamente el momento adecuado para que entre Hugh..." Luego le cruzó la imagen mental de Lewis, de rodillas al otro lado de la puerta, mirándoles por la cerradura. —Tienes más control que Gordon —dijo ella al cabo de un momento. —¡Esa es una frase de muy poco tacto! —Pero no te importa que te diga, ¿verdad? Yo no intentaría mentirte. ¿Quieres casarte conmigo? —Eres demasiado joven para casarte. —Ya lo sé. Y tú tienes diecisiete años más que yo. ¿Te casarás conmigo; por favor? ¿Te parezco muy terrible? Se incorporó para mirarla. Los ojos de ella eran abiertos y candidos. Muy despacio y bajo le respondió: —Sí, me casaré contigo si lo deseas de verdad. Ella sonrió de tal forma que, por un instante, Damon se preguntó si se echaría a llorar. Los ojos de la muchacha tenían una expresión extraña, velada. —¿Se lo dirás mañana a tío Hugh? —No sé. —Pero ahora estamos comprometidos, ¿verdad? —Sí, lo estamos. —¿Así que ya eres mi esposo de verdad? —¡Apenas tienes dieciséis años! —¡Tengo casi diecisiete! No te preocupes por mi edad. Nunca cambiaré. Dije que me casaría contigo cuando tenía diez años. Apaga la luz un ratito, por favor. Te prometo que me iré a la cama en seguida. Se incorporó para alcanzar el cordón; la habitación quedó a oscuras, excepto por cierto reflejo de una luz de la calle. Ella también se había incorporado. Se tendió junto a ella, abrazando el cálido cuerpo. Esta vez se dejó sacar de su despego, hundiéndose en el beso. Al besarla sintió el sabor a sal de su nariz. —Ojalá pudiera quedarme toda la noche... El tono de su voz le sorprendió. Lo que quedaba de la chiquilla había desaparecido; era la voz de una mujer. Supo que ahora sería imposible pedirle que se fuera. Si estuviera en el otro cuarto, él tendría que reunirse con ella. Yacía totalmente pasiva. Se sorprendió preguntándose en qué cuarto de la casita dormirían y cuál podría emplearse como cuarto para niños. Pensaba en pintar la fachada cuando se quedó dormido.

Despertó al amanecer, cuando ella se ponía el camisón, de pie junto a la cama. Se inclinó a besarle y salió. Volvió a quedar dormido. Se despertó otra vez a las ocho y la halló colocando la bandeja del desayuno sobre la mesilla de noche. Estaba vestida con el verde uniforme del colegio. Se frotó los ojos y la miró. Ella se sentó en la cama, sonriéndole. —¡Dormilón! Resultaba difícil asociar a aquella colegiala con la noche anterior hasta que ella volvió a inclinarse para besarle. Los labios suaves, ansiosos, eran los mismos. —Me temo que traigo malas noticias. Creo que el tío sabe que hemos dormido juntos. —¡Qué! —Se despertó al instante—. ¿Cómo? —No estoy segura. Dejé encendida mi luz. Si fue a la cocina vería el reflejo en la pared. —¿Parece furioso? —No lo sé. Está raro. Ni siquiera me ha besado esta mañana. Eso significa que está pensando en algo. —Hummm... Damon tomó la taza y bebió un largo sorbo de té. —Pero no importa, ¿verdad? —dijo ella. —No, claro que no. —¿Quieres aún casarte conmigo? —Esta misma mañana, si lo deseas. —No les gustaría en el colegio... ¿Te irás a casa esta mañana? —Supongo. —¿Cuándo volveré a verte? —Depende sobre todo de tu tío. Imagino que tal vez querrá prohibir que nos veamos... —¿Puedo ir a pasar el fin de semana, si te parece? —Claro que sí, si te deja. —Mira, te he dejado escrito el número de la cabina telefónica que hay junto al colegio. Te esperaré allí a las doce y media de hoy, ¿me llamarás? Y ahora es mejor que me vaya... Cuando hubo salido, se comió la tostada con mantequilla y terminó el té, mirando por la ventana. Abajo oía los ruidos normales de la calle. Saldría para la escuela a las ocho y media. Prefería no ver a Lewis hasta que ella se hubiese marchado. Ahora, al pensar en la noche, no lo lamentaba. Era como si le hubiera prometido casarse con ella años antes, como si nada pudiera evitarlo. Para pasar el tiempo empezó a hacer cálculos en un sobre usado. Si se casaban cuando ella cumpliera dieciocho años y él invertía su dinero al ocho por ciento... Parecía un plan razonable. Cuando terminó de hacer planes, lamentó que Sarah no estuviera allí para discutirlos con él. Poco después de las ocho y media oyó el portazo. Fue al cuarto de baño y se lavó, metió de nuevo el pijama en el armario, preguntándose si lo haría por última vez. No se sentía nervioso por ver a Lewis; habría que explicar claramente la situación... Terminó de vestirse con cuidado, se peinó y bajó, llevando la bandeja. Lewis aún tomaba su café; la habitación olía a huevos con tocino. Reade saludó: —Buenos días, Hugh. —Buenos días, Damon. ¿Café? El saludo estaba preñado de amenazas. —Gracias. Pensó que sería una tentación evitar los ojos de Lewis; pero no tuvo dificultad. Nunca le

había tenido miedo y sabía que Lewis le respetaba. Sirvió el café y añadió nata. —¿Quieres huevos con jamón? —No, gracias. Acabo de tomarme una tostada. Comeré cuando vaya a casa. —¿Entonces, te vas? —Pues claro. —Alzó la vista sorprendido. —Sarah va a desilusionarse. Revolvió el café sin comentarios. Lewis continuó: —Creo que debo felicitarte. —¿Qué? —Se le quedó mirando. —Sarah no ha podido resistir el decírmelo antes de marcharse al colegio. —Oh, ya veo. —¿Puedo hacerte una pregunta? ¿Se lo propusiste tú o ella? —Ejem... —con torpeza—. Lo hizo ella. —Ya... comprendo. Y tú dijiste que sí, claro, como chico bien educado y de buen natural. —¿Tienes algo que objetar? —Oh, no. Claro que no. Con alguien tiene que casarse. Prefiero que seas tú que alguno de los chicos de aquí. —Gracias. —¿Supongo que quieres casarte con ella de verdad y que no le dijiste que sí sólo para no entristecerla? —Oh, no. —Perdona que insista, pero, ¿estás enamorado de ella? —No lo había pensado mucho pero... —sonrió—. Supongo que sí. La quiero mucho. Tiene una forma de ser muy dulce. No me cabe duda de que la querré mucho más cuando nos casemos. —¿Y cuándo pensáis casaros? —No sé. ¿A ti qué te parece? La voz de Lewis sonó un tanto acida al contestar: —Oh, mañana, si queréis. Supongo que, si todo está arreglado, es mejor que sea cuanto antes. Reade comprendió su actitud y se sintió aliviado. Empezaba también a sentirlo por Lewis y desconfiaba del sentimiento. Terminó el café y se puso en pie, diciendo: —Creo que es mejor que me vaya. Me siento un tanto culpable por todo. —No lo estés —pero la voz de Lewis no sonaba convencida. —Supongo... que nos verás con frecuencia... si quieres, claro... —¿Así que esperas seguir viviendo en tu casa? —Sí. Al menos por cierto tiempo. Lewis se sirvió más café. Su voz sonaba fría y tranquila, pero Reade observó que aún no le había mirado de frente. Pensó, una vez más, que Lewis debiera haber sido actor. El anticuario revolvió el café con cuidado y tomó un sorbo, antes de decir: —¿Cuánto tiempo crees que querrá una chica de su edad vivir en un sitio así? —No tenía intención de permanecer allí siempre. Pensaba aceptar una oferta de la Universidad de Wisconsin para dar conferencias en invierno. Y también tengo otro ofrecimiento

de la Universidad de Southampton. —¿Quieres convertirte en un peón de universidad? —le preguntó con sarcasmo. Prefirió ignorar el desafío y contestó sin alterarse: —La verdad es que no. Quieren que enseñe literatura y tal vez una especialidad sobre Blake, aunque yo preferiría enseñar filosofía y especializarme en Whitehead. Pero supongo que será pedir demasiado... Sintió cierta leve irritación hacia Lewis, que le hacía las cosas tan difíciles. Eran viejos amigos; siempre se habían tratado en un plano de igualdad. Esta formalidad le parecía absurda. Volvió a sentarse de golpe, sirviéndose más café. —Mira, Hugh, preferiría mucho más que fueras franco. Si crees que soy un marido totalmente inadecuado para Sarah, dilo y yo... yo... Lewis le miró de frente por primera vez; sus ojos estaban apagados e inexpresivos. —¿Tú qué? ¿Renunciarás a ella? Sintió que enrojecía al responder: —Supongo que sí. Después de todo, tú eres su tutor. Se sintió interesado al ver una chispa de alivio en los ojos de Lewis, y pensó: "Claro... se pregunta cuánto me ha contado ella". —No creo que eso solucionara nada —sonreía su amigo—. Me detestaría y tú dejarías de venir aquí. Nada replicó Reade, que bebía café y miraba los dedos de Lewis apoyados en el sillón. Lewis se había recostado y parecía pensar, contemplando su estómago y el botón de arriba, suelto para facilitar la digestión. Cuando habló, dio la impresión de decir algo que ya había considerado: —Deja que te lo aclare; eres un viejo amigo mío... el más antiguo de esta región, supongo... Reade asintió rápidamente con simpatía, pero Lewis no le miraba. —...y me preocupo por ti tanto como por ella. Francamente, os quiero a los dos. Esta vez alzó la mirada, abierta y franca, y por un instante Reade se convenció de que no había preparado el discurso. —Por eso, Damon, estoy ante un problema. Es el siguiente: no creo que estés locamente enamorado de Sarah... no, déjame terminar. Creo que eres una persona de naturaleza dulce y agradable, que diría sí a cualquier mujer que se lo pidiera, aunque tuviera noventa años. No dudo de que quieras a Sarah... Pero piensa de otro modo. Siempre ha sentido por ti una admiración de colegiala, pero ¿crees de verdad que obras bien al ceder a ella? ¿Por cuánto tiempo crees que será feliz en aquella casa, viviendo con un hombre que se pasa los días con la nariz hundida en Proceso y Realidad? No lo ha tenido en cuenta porque, a su edad, una chica no sabe nada de la vida. Pero lo aprenderá cuando tenga veinte años. Descubrirá que quiere distracciones, viajes y tal vez amoríos, ¿quién sabe? Si supiera de verdad lo que quiere, se iría a compartir un piso en Londres, con alguna amiga, para intentar ver un poco de mundo. Reconocerás que suena razonable. Reade asintió gravemente con la cabeza. Lewis siguió de prisa: —En cuanto a ti, ¿estás seguro de que te conviene? Es una chiquilla brillante, pero jamás comprenderá palabra de Blake, Whitehead u otro. Puedes conocer a alguien que pueda de verdad compartir dichas cosas contigo. Mira, me parece que sois un par de inocentes que no sabéis en qué os estáis metiendo. Tú eres tan práctico como un lirón y ella jamás ha tenido experiencia alguna con dinero... —Yo no me describiría como un lirón —interrumpió Reade con suavidad—. Y no carezco tanto de experiencia. Lewis le miró .por debajo de sus pobladas cejas y su rostro asumió una expresión

churchilliana. —No. Entonces, permite que te haga una pregunta que te parecerá impertinente. ¿Has tenido alguna vez una experiencia sexual? —No. —La respuesta sonó baja y sin azaro—. Aunque casi me casé una vez... Creyó por un momento que Lewis iba a echarse a reír; luego su rostro se suavizó y dijo sentenciosamente: —Bien, desde cierto punto de vista puede que sea bueno, pero... —de pronto se encogió de hombros y suspiró—: No sé qué decir... no sé qué decir... Tomó la taza de café y la vació con decisión, como si hubiera dejado de dar vueltas al asunto; luego prosiguió con firmeza: —Mira, Damon, hemos sido amigos el tiempo suficiente como para que te diga lo gue pienso. En muchos aspectos, tenemos poco en común. No estamos de acuerdo en casi nada importante. Pero nos apreciamos y respetamos, así que no importa mucho. Supongo que esta situación me da cierta ventaja injusta... pero debo serte franco. Deja que te lo explique. Puede que aquí no vea mucho mundo, pero sí más que tú. Y creo, sinceramente, que no tienes la menor idea de lo que es el mundo moderno. Vives en aquella casa sin ver un periódico. Te pasas los días estudiando a un filósofo que lleva muerto un cuarto de siglo, y luego te pones a escribir libros sobre la crisis del mundo moderno. ¿Qué demonios sabes tú del mundo moderno? Y aunque estoy de acuerdo en que importa un rábano para escribir libros de filosofía, importa mucho si se tienen esposa y crios. Ahora, escucha un ejemplo. Un policía te visita y te habla de esos crímenes (de los que ni siquiera tenías noticia) y te deprimes tanto que tienes que venir corriendo a hablar conmigo. ¿Es o no cierto? Reade pensó que era el momento de hacer concesiones y asintió. Lewis hizo un gesto vago, como si le fallaran las palabras. Era otro efecto calculado; Reade nunca le había visto sin palabras. Siguió con vehemencia: —Pero ves, Damon, así es el mundo moderno: asesinatos, guerras, bombas atómicas, y Blake y Whitehead nada tienen que ver con él. ¿Comprendes ahora por qué me sentiría más dichoso si Sarah y tú no os hubieseis metido en esto tan a ciegas? —¿Qué sugieres que haga? —le preguntó Reade tras una pausa. —Bueno, si estás de acuerdo conmigo... te sugiero que intentes enfriar un tanto el entusiasmo de Sarah. Tú puedes hacerlo, yo no. No quiero decir que la decepciones y te eches atrás de tu palabra... pero puedes hacerle ver que es mejor dejar que todo quede por ahora en suspenso... tratarlo como algo de lo que volveréis a hablar dentro de un año, cuando haya salido del colegio... Hazle observar que no te lo tomas demasiado en serio. Oh, claro, ya sé que sí te lo tomas, puesto que le has dado tu palabra. Pero ¿no sería mejor... por ella misma, que fingieras que no? Eres mucho mayor que ella, y tienes que pensar por los dos. Permanecieron en silencio unos minutos, contemplando el mantel. Al fin Reade dijo: —Muy bien. Pero deja que te explique mi punto de vista. No me refiero a Sarah. Demos por descontado que deseo casarme con ella... Pero discutamos los demás puntos. Tienes perfecto derecho a llamarme lirón y a pensar que no estoy en contacto con la vida. Pero éste es el punto en que no podemos pensar igual. Nada tenemos en común. No comprendes... no es un accidente lo que me ha llevado de Blake a Whitehead; es cierta línea de pensamiento fundamental para toda mi concepción. Ves, ambos tienen algo... Confiaban en el universo. Dices que no sé cómo es el mundo moderno, pero está claro que no es cierto. Cualquiera que se haya pasado una semana en Londres sabe cómo es la vida... si es que te refieres a neurosis, aburrimiento y todo lo demás. De vez en cuando leo alguna novela moderna, a pesar de lo que digas. He leído a Joyce, a Sartre, a Beckett y todos los demás, y cada átomo de mí rechaza lo que dicen. Me dan la impresión de ser mentirosos y necios. No creo que sean deshonestos, pero sí enormemente cansados y derrotados. Lewis había encendido su pipa, como si Reade hablara con algún otro. Luego sonrió débilmente: —No creo que discutíamos de literatura moderna.

Reade sintió el impulso de acusarle de emplear trucos de polemista, pero lo controló, diciendo despacio: —Discutimos la vida moderna, y has sido tú quien ha sacado el tema. E intento explicarte por qué no creo que los crímenes y guerras prueban tu argumento. Escribo sobre Whitehead porque su intuición fundamental del universo es igual que la mía. Creo, con él, que el universo es un organismo único que, en cierto modo, se ocupa de nosotros. No creo que el hombre moderno sea un fragmento perdido de vida en un universo vacío. Poseo un instinto que me dice que hay una finalidad y que puedo comprender más profundamente dicha finalidad si confío en mi instinto. No puedo creer que el mundo carezca de sentido. No espero que la vida me explote en la cara en cualquier instante. Cuando camino de vuelta a mi casa, no me siento como un fragmento de vida carente de sentido, que camina sobre muertas colinas. Me siento parte del paisaje, como si en cierto modo se diera cuenta de mí y resultara amistoso. —Puedes sentir lo que te plazca —gruñó Lewis. —¿Quieres decir que no es sino romanticismo? —No supone diferencia alguna el que tengas o no razón. Hablábamos de Sarah... —Lo sé. También yo. Tú dices que he aceptado casarme con ella porque soy de naturaleza demasiado dócil para rehusar y demasiado tonto para ver las consecuencias de mi aceptación. No es cierto. He aceptado porque, instintivamente, sabía que resultaría bien. —Bueno —sonrió Lewis—, Sarah tenía una abuela irlandesa. Supongo que entre los dos produciréis algunos hijos con dotes psíquicas. —No se trata de eso... Mis poderes psíquicos están muy poco desarrollados. Es cuestión de un instinto acerca de la vida. —Bien, dime: tu instinto... ¿te ayudaría por ejemplo a solucionar este asesinato? Si no, ¿qué vale en la práctica? —Supongo que no podría —se encogió de hombros—. Los crímenes no me interesan. Creo que la policía no anda por buen camino. Por ejemplo, si tuvieran a alguien como el viejo George Pickingill... Cuando era joven, casi no había delitos en el pueblo, porque los solucionaba sin salir de su casa. Podía decir dónde se habían escondido las cosas robadas y quién las había cogido... Pero eso está fuera del asunto... Se detuvo. De pronto le pareció que la conversación había dado una vuelta completa y no valía la pena de seguir. Lewis también pareció creerlo. Se puso en pie y se dirigió a la chimenea. Su voz sonó cansada al decir: —Oh, no sé. Tú tienes que decidir. Si yo fuera uno de aquellos padrastros de los cuentos de hadas te diría que te marcharas un año a hacer fortuna y volvieras a reclamarla, como Dick Whittington... Los dos sois tan poco prácticos... —Muy bien. Hablaremos de ello más tarde. Lewis pareció agradecer la sugerencia. Interpuso con rapidez: —Sí. Después de todo hay mucho tiempo... Piensa en ello. —De pronto se encogió de hombros y dijo fatigado—: Supongo que lo que ocurra no tiene importancia... —Vendré más tarde —dijo Reade poniéndose la chaqueta—. Gracias por la hospitalidad. —De nada. —En el momento que Reade cruzaba el umbral añadió—: Agradéceselo a Sarah. En lugar de dirigirse al lago, volvió al este, a lo largo de la carretera de Penrith. A dos millas de la ciudad cruzó campo a través al Círculo Druida de piedras. La mañana era tranquila y neblinosa; las laderas oscuras de Brackenthwaite Fell y Skiddaw se divisaban sólo a medias. El silencio total se interrumpía sólo con los balidos de las ovejas y el esporádico ruido de un coche en la ruta. Se sentó, apoyando la espalda en la piedra más grande, dejando que el silencio le tranquilizara. Luego, con cuidado y precisión, apartó su mente del presente inmediato, permitiendo que se intensificara con la impersonalidad de las colinas agrietadas, hasta volver a experimentar la ilusión de que respiraban. Gradualmente le invadió una sensación de total liberación de la tensión, hasta el punto de que apenas parecía necesario respirar y su cuerpo daba la impresión de ser una posesión innecesaria que había abandonado

al pie de un peñasco erguido. La mente entró en un sueño perfectamente consciente de cuanto le rodeaba. De pronto, todo movimiento, toda vida, parecían inútiles, vulgares, tan carente de significado como el balido de las ovejas. Parecía fácil el poder permanecer allí días, años. Poco antes del mediodía volvió a la consciencia ordinaria; su cuerpo, su mente, estaban tan descansados como si hubiera permanecido muerto dos horas. Volvió a Keswick dando grandes zancadas, deleitándose en los movimientos musculares de su cuerpo. Llegó al colegio en el instante en que el primero de los niños salía corriendo al patio de recreo. Ella salió hablando con otras dos chicas. Al verle enrojeció, dijo algo rápido a las otras y corrió hasta él. Le miró ansiosa, como esperando leer malas noticias en su cara. Él le sonrió dándole confianza y la besó en la mejilla. Sarah le cogió de la mano y preguntó: —¿Has cambiado de idea? —No. —¿Ha intentado cambiártela el tío? Mientras caminaban al lago él le contó casi toda la conversación con Lewis. —¡No tiene derecho a decir que me aburriré en tu casa! —se enfureció ella—. Me encanta estar allí. —Ya lo sé. Pero, de todos modos, tiene algo de razón. Podría prohibirme que volviera a verte. —No, no podría. Es demasiado perezoso para andarme vigilando. Sé lo que haría exactamente. Pondría un anuncio para que alguna chica viniese a cuidarle. Para distraer su atención le dijo: —Ha salido con una idea interesante. ¿Recuerdas aquel viejo llamado George Pickingill, que vive cerca de Easthwaite? —Creo que sí... —Frunció el ceño—. Me hablaste algo malo de él. —Malo no. Seguramente te conté cómo había detenido el reloj del bar del pueblo... ¿no? Quería un trago en el momento de cerrar, justo cuando el reloj empezaba a dar la hora. Apuntó con un dedo al reloj y lo hizo pararse. Cuando hubo vaciado su vaso, terminó de dar las campanadas. —Da miedo. —No, es un viejo agradable. Muy solitario. Le llaman brujo, pero no lo es. No es más que un hombre con ciertos poderes extraños que ni él mismo entiende. Bueno, la cosa es que he decidido ir a verle y enseñarle estas cartas. Él podría decirme inmediatamente si alguna ha sido escrita por un asesino. Al menos, creo que podría. De todos modos, vale la pena intentarlo. —¿De verdad crees que podría? —preguntó atónita. —¿Por qué no? Yo también podría, si me sentido. Lo heredé de mi tía abuela Eusapia... dijo a mi madre que yo llegaría a ser alguien nunca me he sentido atraído por fantasmas cuándo voy a recibir una carta importante... hubiese preocupado de desarrollar mi sexto era una médium bastante famosa. Una vez le importante en el mundo del espiritismo, pero y espíritus. Pero muchas veces puedo saber

El reloj de la torre de la iglesia dio las doce y media. —¡Cielos, tengo que correr para comer! —exclamó Sarah—. ¿Cuándo te veré otra vez? ¿Puedo ir el sábado? —Claro que sí. Quédate a pasar la noche si a tu tío no le importa. Te telefonearé esta noche. Corre ahora, o te verás en un lío... La casita se erguía sola en un extremo del campo. Casi todas las ventanas estaban rotas y tapadas con maderas. La rodeaba una verja blanca y limpia. El jardín estaba ahogado de matorrales y ortigas, algunos altos como hasta la cintura. Todo el sitio tenía un triste aire de abandono. No se veía a nadie tras las ventanas, pero según se acercaba, Reade sintió que le

observaban. Al empujar la puerta de la verja, se abrió la de la casa y Pickingill asomó por ella. —Buenas tardes, George —le saludó Reade. Pickingill era un hombre alto. Incluso ahora, con la espalda encorvada y los hombros caídos, medía más de dos metros. —¿Qué le trae por aquí, señor Reade? —dijo el viejo. Su voz no tenía nada de la aspereza del acento de Cumberland; la leyenda local le hacía provenir de Essex. —Me pregunto si podría ayudarme. —Tal vez. Dejó la mochila en el umbral. Pickingill la miró con ojos de pájaro. Se le veía visiblemente enfermo; la delgada figura, envuelta en una chaqueta larga, sucia, parecía temblar. Las manos, nudosas por la artritis, estaban sucísimas. —Aquí traigo algunas cartas. Quiero saber si alguna de ellas es de un asesino. —¿Qué clase de asesino? —Una especie de loco, creo. —Muy bien. ¿Quiere pasar? —No, gracias, tengo que ir al pueblo a hacer unas compras. ¿Puedo traerle algo? —No me importarían unos cigarrillos. Y algunos huevos. —Perfectamente. Volveré dentro de media hora. El pueblo de Strands estaba como a una milla. Caminó despacio. La visión del ermitaño le había entristecido. Se veía claro que el viejo necesitaba que alguien cuidara de él. Pero los de la localidad le tenían miedo y la mayoría se alegraría al saberle muerto. Se contaban de él muchas historias extrañas. Un chico, que le llevó verdura una noche, juraba que cuando el viejo abrió la puerta los muebles revoloteaban por la estancia. Otra leyenda declaraba que había matado a una gitana —otra bruja— hirviendo una gota de la sangre de la mujer en vinagre. Era creencia común entre los escolares que Pickingill tenía un espíritu familiar en un barril del tamaño de un dedal y que, si el espíritu escapara, destruiría a Pickingill y su casa. El propio Pickingill había tenido cuidado de fomentar las leyendas. Ahora, ya nonagenario, sufría las consecuencias de su reputación. Le odiaban y evitaban. Cuando Reade volvió a la media hora, el viejo le esperaba a la puerta. —Entre un momento. Le he preparado una taza de té. Reade le siguió de mala gana. Se imaginaba cómo sería y deseaba evitarlo. Era peor de lo que imaginara. El sitio olía a humedad y orina. En lugar de cortinas se veían en las ventanas viejas mantas hechas tiras. La silla que el viejo le ofreció estaba cubierta de espeso polvo. Aunque el día era cálido, el frío del interior de la casa era helador. La mochila estaba sobre la mesa. Junto a ella dos cartas. —¿Ha habido suerte? El viejo señaló la mesa. —Sí. Es la que está debajo. El que escribió la de encima es un granuja, pero no mataría. Reade tomó la carta de encima; la firma era la de un famoso profesor de literatura. La de debajo estaba escrita a máquina y con papel de membrete. Las palabras impresas decían: Bryce, Furneaux y Lloyd, Agentes del Gobierno. La dirección era en la calle Kensington Church. La firma decía: Oliver Bryce. Sabía que no tenía que preguntar al hombre si estaba seguro de que era de un asesino o cómo lo había averiguado. Se la metió en el bolsillo, diciendo: —Gracias, George. Si hay alguna recompensa le traeré su parte.

—¿Es posible que la haya? —sonrió Pickingill mostrando su único y oscuro colmillo. —Puede ser. Tal vez sea el asesino del Támesis. El rostro de Pickingill demostró que la frase nada le decía. Todo el mundo creía que el hombre no sabía leer. —Bueno, no tarde demasiado. Ya no me queda mucho tiempo. Sirvió té de la tetera de barro; era casi negro. Reade aceptó la taza desportillada, manchada de té, dando las gracias. Sabía mejor de lo que parecía. Pickingill se sentó en una mecedora, junto a la chimenea vacía, y se meció lentamente mientras bebía. No parecía tener gana de hablar. Reade sacó la bolsa de huevos y tabaco y la puso sobre la mesa. El viejo los miró, asintió con la cabeza y siguió meciéndose y bebiendo té. —¿Cuánto le debo, George? —Está bien. Me alegro de poder ayudarle. —Pero permítame que le dé algo... para un trago. Le ofreció una libra. La mano semejante a una garra la aceptó y se la embutió en el bolsillo dé la chaqueta. —Gracias, señor. Ya no bebo mucho. —No me acompañe a la puerta. —No importa. Le despediré. Cuando ya había cruzado la mitad del campo se volvió a mirarle. El viejo seguía en el umbral, mirándole, pero no devolvió el saludo que le hizo Reade con la mano. El bar local abría sus puertas en el momento que llegaba. Pidió una jarra de cerveza y preguntó si podía utilizar el teléfono. Contestó la voz de Lewis. Al preguntar por Sarah, le informó: —Ha ido a comprar verdura. Volverá pronto. ¿Le doy tu recado? —No, creo que debo hablarle yo mismo. Me voy a Londres por la mañana. —¿A Londres? ¿Por cuánto tiempo? —No lo sé. Algunos días. Tal vez semanas. He decidido aceptar tu desafío. Hubo una pausa. Luego Lewis preguntó, incierto: —¿Qué desafío? —El de los crímenes. Voy a intentar resolverlos. —¡Por el cielo, no hablarás en serio! —Sí, muy en serio. —¡Pero yo no! ¡Debes de haberte vuelto loco! No sabrías ni por dónde empezar. —Creo que sí —sonrió. Esta vez la pausa fue larga y al fin Lewis dijo: —Mira, creo que es mejor que vengas y hablemos de ello. Si Sarah cree que yo soy el responsable, se pondrá furiosa. —No, en serio, no puedo ir. He decidido coger un tren por la mañana temprano, así que tengo que levantarme como a las cuatro. Dentro de veinte minutos telefonearé a Sarah y se lo explicaré todo, ¿te parece bien? Hasta la vista. Al entrar en el bar, el patrón le comentó: —Parece usted contento consigo mismo, señor Reade.

DOS Las cabinas telefónicas de la estación de Euston se hallaban ocupadas. Colocó su maleta contra la pared, sentándose sobre ella. A las cinco treinta de la tarde el calor seguía siendo sofocante. El viaje de doce horas le había dejado dolor de cabeza y cierta sensación de estreñimiento. Se acercó un hombre con sombrero hongo, colocándose al otro lado de la cabina y dando golpecitos con una moneda en la cubierta del libro que sujetaba en la otra mano. Abrióse la puerta de la cabina más próxima, de la que salió una mujer; Reade se apresuró a entrar, lamentó luego su grosería y se volvió al hombre, intentando darle preferencia. Se encontró ante una mirada tan virulenta que cambió de idea, dando media vuelta con rapidez. Su sensación de depresión iba en aumento. Marcó el número de los agentes de la calle Kensington Church. Respondió una voz de mujer: —Lo lamento, señor, el señor Bryce ha salido hace cinco minutos. El corazón de Reade se contrajo al oír el nombre. Al responder, su propia voz le sonó distinta en sus oídos. —No tiene importancia. Volveré a telefonearle por la mañana. El calor era intolerable. Se le pegaba el teléfono a la mano; el auricular estaba aún húmedo de la persona que lo usara con anterioridad. Se aflojó el cuello y abrió un tanto la puerta de la cabina. Marcó el otro número. Sonó una docena de veces y ya estaba a punto de colgar cuando una voz de mujer dijo sin aliento y con marcada impaciencia: —¡Diga! ¿Quién es? —Lamento molestarla. ¿Está Kit Butler, por favor? —Me temo que no —dijo la voz aún resentida—. Ya hace dos años que no vive aquí. —¿Es usted su madre? —Sí. —Soy Damon Reade. Tal vez me recuerde. Una vez estuve parando en su casa. —Ah, sí, señor Reade. Claro que le recuerdo. —La voz se suavizó al instante, confirmando el recuerdo de Reade de haberle causado una buena impresión—. No sabía que viviera usted en Londres. La explicó que estaba para pocos días. —Pues yo no veo mucho a Christopher últimamente. No sé qué es de su vida. La última vez me pareció enfermo. Ojalá pudiera convencerle usted de que vuelva a casa una temporadita. —¿Tiene usted su dirección actual? —Sí, en alguna parte. Vive cerca de la calle Portobello. Está por Notting Hill. Espere un instante. Un poco después le leía la dirección, añadiendo: —Me temo que no viene en la guía telefónica. Reade prometió convencer a Kit Butler de que telefoneara a su madre y colgó. El calor le estaba mareando. Antes de salir de la cabina pensó que valdría la pena consultar a la central, a ver si tenían el teléfono. El tiempo le parecía interminable. Quince minutos más tarde, la telefonista le contestó: —Sí, tiene teléfono. El número es Notting Hill 9932. Se felicitó por su perspicacia y marcó el número. Una voz que reconoció le dijo: —¿Quién habla? ¡Cielos, Damon! ¿Qué diablos haces en Londres? ¿Cuándo has llegado? —Hace media hora.

—¿Tienes donde ir? ¿No? Bueno, toma un taxi y vente aquí ahora mismo. No, espera. Es la hora punta, así que mejor que vengas en metro. Ven a Notting Hill Gate. Te esperaré allí. Por cierto ¿quién te ha dado mi número? —He llamado a tu madre. —Oh, no, no me digas que lo tiene. —No. Cree que no estás abonado. —¡Gracias a Dios! —explosivo. —¿Por qué? Creí que te llevabas bien con tu madre. —No importa, te lo explicaré cuando te vea. Vete al metro. Te veré dentro de veinte minutos. Al salir de la cabina ya había recobrado su humor, y el dolor de cabeza iba desapareciendo. Butler era su más viejo amigo en Londres, aunque no se habían visto ni escrito en tres años. Resultaba un alivio oír su voz y saber que no había cambiado. Butler le esperaba a la salida de la estación de metro. —¡Danon! Es maravilloso verte. Su apretón de manos fue tan cálido y fuerte como siempre. Su aspecto había cambiado desde la última vez que le viera Damon. Estaba más delgado de cara, y la barba sin afeitar acentuaba los surcos de las mejillas. El pelo oscuro era abundante y despeinado. El traje de lana que llevaba fue en tiempos un traje caro; ahora parecía gastado y sucio y una de las solapas estaba quemada de cigarrillo. Pese a la mirada cansada de sus ojos, rodeados de azules ojeras, irradiaba amistad y vitalidad, que hicieron que Damon olvidara lo aburrido del viaje y lo poco que le gustaba Londres. —Deja que te lleve esto. Pese a las protestas de Reade, tomó la maleta. —Dios santo, ¿qué han hecho de Notting Hill Gate? —se asombró Damon. —Oh, ha cambiado desde nuestros tiempos. Pero la calle Portobello es como siempre. ¿Qué haces en Londres? —Varias cosas... Iré varios días al Museo Británico. —Bien. También yo iré. Tengo que trabajar. Reade no intentaba ocultar el motivo de su visita, pero podía esperar a más tarde... tal vez hasta después de ver a Bryce. —¿Por qué no quieres ver a tu madre? —Ah, es una historia absurda. ¿Te acuerdas de que está siempre intentando encontrar esposa para mi hermano James? —No, pero lo creo. ¿Sigue enseñando Historia en Cambridge? —Oh, sí. No se irá. Es muy cómodo. Y se está forjando una buena reputación con sus libros sobre diplomacia británica en el siglo xvii... Bueno, la cosa es que mi madre cree que debiera casarse, y siempre anda conspirando con sus amigas para invitar a casa chicas bonitas, cada vez que él viene. Reade sonreía divertido, anticipando el resto; podía adivinar lo que vendría. —Bueno, pues una tía mía trajo una chica deliciosa, llamada Isobel, en Pascua del año pasado. Yo iba a ir a Brighton por entonces, pero me aburrí y me presenté en casa de pronto. E irrumpí en un té hogareño. Y resultó que la chica me encontró claramente más interesante que a James. —Soltó una especie de risa y siguió, disfrutando—: Yo no quería birlarle la chica a James. Me alegraría de que se casara. —Rió otra vez—. Aunque, tengo que decir que no tenía la menor oportunidad, aunque yo no hubiera aparecido... Así que me quedé veinte minutos y me marché. Bueno, la cosa es que ella me telefoneó al día siguiente... había conseguido mi dirección por medio de mi editor, el editor de música, quiero decir. Bueno, ¿qué

podía hacer yo...? Asumió una burlona expresión de víctima inocente sorprendida. —¿Qué excusa te dio para telefonearte? —Oh, dijo que tenía un amigo que escribía música y quería mi opinión. Naturalmente, se la di —lanzó un extraño ruido—. Le dije: "Mi querida Isobel, está claro que eres demasiado ardiente. Sugiero que te quites un tanto de ropa..." —Y volviendo a su expresión candida—: Yo no la quería, claro. Siempre que le hacía el amor pensaba: "Christopher, haces esto para salvar a tu hermano de un matrimonio desgraciado..." Porque claro, si me prefería hasta tal punto, hubiera abandonado a James por mí en cuanto se sintiera aburrida de Cambridge. —¿Cómo lo averiguó tu madre? —Por mi tía Leticia... la que nos la presentó. Vino a visitarme una noche e Isobel abrió la puerta, envuelta en mi batín. La tía Leticia dio media vuelta y se marchó sin decir palabra... es una arpía... y se fue a telefonear a mi madre. —Volvió a reír—. Así que durante unos meses las relaciones familiares fueron tirantes... —Pero, ¿no vas a verla? Parecía preocupada... —Oh, no lo evito —con una mueca—. Pero nunca estoy seguro de cuando el condenado de mi hermano va a estar allí, y por ahora no nos hablamos. Hay cosas que no se pueden olvidar, ni siquiera cuando vienen de un hermano. Me dijo cosas terribles. —¿Qué te dijo? —Puedes adivinarlo. Lo de siempre, que soy un perdido y un maníaco sexual. Cuando le hice observar que mi nombre es aún más famoso que el suyo, empezó a gritar que toda mi música es un tongo. Habían caminado por Portobello, bajo el sol que se ocultaba. A dicha hora, en un jueves por la tarde, la calle parecía extrañamente desierta y tranquila. En la cuneta quedaban algunas carreteras vacías, tapadas con lonas. —Por aquí a la izquierda. Ya hemos llegado casi. Es ese sitio, al otro lado de la calle. Oye, ¿tienes idea de cuanto piensas estar? —Como una semana, supongo. —Maravilloso. Te diré por qué. Hay una habitación libre en el último piso (el inquilino se ha ido esta mañana) y puede que el propietario te la deje usar unas semanas. Se detuvieron frente a una puerta descascarillada y casi sin pintura. Butler sacó una llave. —Es un poco antro, pero es barato. Por cierto, es una especie de burdel. —¿De veras? —Los dos primeros pisos los ocupan unas chicas... Se abrió la puerta en el momento que introducía la llave. Era un hombre bajo, moreno, en mangas de camisa. Sonrió a Butler y se hizo a un lado para dejarles pasar. —¡Hola, Len! —saludó Butler—. Len, me alegro de verle. ¿Sigue la habitación de arriba aún vacía? —¿Por qué? —Este amigo mío necesita una como para un mes. —¡Damon! Es maravilloso verte. El hombrecillo dio un fuerte apretón de manos a Reade. —Encantado de conocerle. Sí, supongo que se la puede quedar por un mes. Dos libras a la semana, ¿le conviene? —Espléndido. —En este momento está un poco sucia. Iba a mandar a una chica por la mañana para que

la arreglara. —No se preocupe —dijo Butler—. Nosotros lo haremos. —Muy bien. Hasta luego. Salió, cerrando la puerta tras él. —Qué suerte —dijo Reade. —No hables hasta que no veas el cuarto. El último inquilino era un criollo bastante puerco. Seguramente tendrás que frotarla con desinfectante y polvos matapulgas. Esta noche es mejor que te quedes en mi cuarto. La escalera era oscura y estrecha. La habitación de Butler estaba en el tercero. Abrió la puerta con otra llave. —Dejaremos aquí tu maleta, por ahora. Vamos a ver tu cuarto. El siguiente tramo era aún más estrecho. A medio camino, en el hueco que hacía la ventana, había un pequeño lavabo. En el repecho se veían un mantelito y varias tazas. Fuera de la ventana había un tejado pequeño y plano, con un cable para la ropa de donde colgaban varias medias y bragas de brillantes colores: rojo, malva, rosa y amarillo. La puerta del final estaba abierta. De ella salía un fuerte olor a desinfectante. Al entrar, se abrió la de al lado y asomó una chica negra de tez clara. —Hola, Sheila. ¿Qué .tal? —No entréis ahí. Está mojado. —¿Quién lo ha hecho? —Yo. He tardado tres cochinas horas. Tenía un fuerte acento londinense. Butler la informó: —Mi amigo acaba de alquilar el cuarto. —¡Oh, no! —con desaliento—. ¡No después de tanto trabajo! —Miró a Reade con resentimiento. —¿Por qué no? —Porque iba a traer a una amiga mía. Se lo había prometido esta tarde. —¿Se lo has dicho a Len? —No, no le he visto. —Lo siento, encanto, pero acabamos de hablar abajo con él. —No importa —dijo Reade con torpeza—. Buscaré otra habitación. —Supongo que da igual —se encogió de hombros la chica. —Si ya se lo ha prometido a usted, no me lo daría a mí. —Creo que tiene razón, Damon. Mira, Sheila, ¿por qué no se lo preguntas a Len cuando lo veas? Si él está dispuesto, tu amiga puede quedarse con el cuarto y Damon compartirá el mío un par de días, hasta que encuentre otra cosa. La amabilidad de ambos la aplacó. Sonrió coqueta y su rostro se volvió muy lindo. Al fondo de la boca rosada Reade divisó muelas de oro. —Bah, no importa. No hay nada que hacer. Espero que tu amigo sea un buen vecino. Lanzó una coqueta mirada de reojo a Reade, quien quedó sorprendido de su parecido con Sarah. Pensó: "Otra vez, está ocurriendo otra vez. El modelo se repite..." Siguió a Butler al cuarto. Era mayor de lo que esperara. El techo descendía hacia la ventana, fuera de la cual quedaba el alero del tejado. El linóleo oscuro brillaba húmedo. Los muebles consistían en una mesa pequeña y desvencijada, un enorme cofre de estaño cubierto con una sucia cortina de terciopelo, dos sillas de asiento de paja y una cama sencilla de

mugriento colchón. Cortinas rotas se movían en las ventanas. El fuego de gas tenía rotos casi todos sus elementos, pero la caldera dentro de la chimenea parecía nueva. Reade se volvió a la chica que estaba detrás de ellos: —¿Puedo pagarle por haberla limpiado para mí? —No, está bien. Olvídelo. Si quiere hacerme un favor, dígale a Len que ya se la he limpiado. —Esté segura de que lo haré. Se lo agradezco mucho. Ya de vuelta en el cuarto de Butler, comentó: —Parece muy agradable. ¿Qué hace para ganarse la vida? —Oh, sobre todo recibe hombres en su cuarto. —Pero si parece que sólo tiene quince años. —No, unos diecisiete, creo. No es una verdadera profesional, como las de abajo. Trabaja en un bar de esta calle y allí recoce a los clientes que le gustan. ¿Quieres una taza de té? ¿O prefieres whisky? —Me sentaría bien un trago. Butler sacó una botella sin etiqueta. —Es bueno, restos del ejército americano. Consigo a libra la botella, por medio de una amiga. Reade se distendió en la cama, apoyada la espalda en la pared, dejando que el líquido áspero, quemante, le abrasara la garganta. Butler se había sentado en una silla de duro respaldo. —Bueno, por nosotros. La verdad es que es estupendo verte otra vez, Damon. Ojalá que te vinieras a Londres. Un timbre sonó tres veces. Butler dijo: —Oh, ¿quién puede ser ahora? ¡Maldición! Ya me acuerdo. Es seguramente una chica que conocí ayer. Se me había olvidado. —¿Quieres que salga? —¿Te importa? y, escucha... no te creas obligado a marcharte durante unos minutos. Pero si te guiño un ojo, esfúmate, ¿te importa? —Encantado. Abrió la puerta de la calle y se encontró con una chica rubia y esbelta, vestida de negro. Tenía esa clase de belleza de pómulos marcados que la identificaba al instante como modelo. —¿El señor Butler? —preguntó. —Sí, está arriba. ¿Quiere usted subir? Ella le precedió en las escaleras. Sus zapatos de charol parecían fuera de lugar en el linóleo roto. Reade explicó: —Soy un viejo amigo de Kit. Hace una hora que he llegado a Londres. He alquilado la habitación que está sobre la de él. —¿Es usted músico? —No, una especie de escritor. Entraron en el cuarto de Butler, quien se hallaba de pie frente al espejo, en mangas de camisa, afeitándose con una máquina eléctrica. La dejó sobre la cama, asió a la joven y le dio un caluroso beso en la mejilla. —¡Mirabelle! ¡No creí que te acordarías! —¿Pensabas que tenía mala memoria? —Se sentó en la cama, cruzando las largas piernas y recostándose. Era la clase de postura que serviría para anunciar cigarrillos caros o un vestido

de pura lana. Resultaba fuera de lugar en la raída habitación. —Sirve un trago a Mirabelle, ¿quieres, Damon? ¿Os habéis presentado? Damon Reade, principal conocedor de Blake en toda Inglaterra... Mirabelle Dixon. Siguió afeitándose, mientras Reade preparaba la bebida. Ella se levantó y fue al tocadiscos. —¿Cuándo ha salido esto? —Oh, hace un par de meses. —Explicó a Reade—: Es mi concierto para piano preparado y cuerda. Lo hicieron los de Louisville. —¿Puedo ponerlo? —preguntó ella. —Sí, adelante. Ya he terminado de afeitarme. Los sonidos apagados, extraños, parecieron brotar de todos los rincones de la habitación. Las cuerdas sonaban distantes, ligeramente desafinadas, como si se escucharan en sueños o bajo la influencia del opio; a continuación entró el piano, recorriendo el teclado. Pero algunas de las notas metían un ruido como un chasquido de madera, otras como un tañido de alambre. Una de ellas fue un largo silbido. —¿Qué ha sido esto? —preguntó ella. —Una válvula de aire comprimido que entra en acción al pulsar la tecla. La puso un amigo mío ingeniero. Pero la idea fue de John Cage... La música tenía un efecto hipnótico. Para Reade, resumió en un instante todo cuanto conocía del aspecto emocional de la personalidad de Kit Butler; una dolorosa nostalgia, un romanticismo acosado, abrumado por la muerte, matizado de esperanza y violencia y cierto don de burlarse de sí mismo. Miró a la joven, recostada en el lecho, con una almohada entre su espalda y la pared. Las piernas largas, cubiertas de finas medias, se cruzaban en los tobillos; bajo el delgado jersey blanco, los senos se dibujaban claramente. Miraba a Kit Butler, que terminaba de recortarse las patillas con una navaja corriente, y Reade pudo observar que estaba atrapada en la telaraña de su personalidad y de la música. La expresión de sus ojos era casi dolorosa. Sin darse cuenta, se estaba entregando por completo. Reade tuvo que apartar la vista, tan total era la expresión; se sentía violento, como si hubiera sorprendido un secreto. La expresión de la mujer decía: "Tómame, pero tómame toda; no dejes nada de mí detrás, que pueda caer presa de mi propio hastío, de mi miedo o mi desilusión." Reade se sintió repentinamente abrumado ante la inocencia de todas las mujeres, su incapacidad de defenderse a sí mismas. Por su mente cruzó el pensamiento del asesino del Támesis, produciéndose un sentido de tragedia tan agudo que halló dificultad en permanecer sentado. De pronto, toda simpatía con la música había desaparecido. Con su romántica nostalgia se evadía de toda la cruda realidad representada en el cuerpo desmembrado de una mujer. Cuando volvió a mirar a la joven, ésta tenía la vista en otro sitio, como para ocultar unas lágrimas. Butler miró a su amigo y le guiñó un ojo, lanzando luego una cómica ojeada hambrienta en dirección a las piernas cubiertas de seda. —Tengo que deshacer la maleta —Reade se puso en pie—. Os veré más tarde. Salió de prisa del cuarto, llevándose la maleta. Al subir las escaleras oyó correrse el cerrojo de la puerta de Butler. Ya en su habitación, el sonido de la música era audible todavía. El suelo se había secado a trechos. El olor a desinfectante le recordó vivamente una escuela a la que fuera de niño. Cerró la puerta y encendió el fuego de gas. Un momento más tarde, alguien llamó a la puerta. Era la muchacha negra. —Oye, escucha. Si yo fuera tú no dormiría en ese colchón. Greg Miller, el que se ha ido esta mañana, no era nada limpio. —¿Qué sugieres que haga? ¿Crees que puedo comprarme otro colchón? —No hay por qué. Mira. Tengo aquí una funda de plástico. Es de las que ponen en los colchones nuevos. Envuelves el tuyo con ella y no podrá salir nada. —Alzó la cabeza, escuchando un momento—. Dios, ¿todavía anda tocando esa cosa tan triste?

—¿No te gusta? —No; me da escalofríos. Salió para regresar un momento después con una gran bolsa de polietileno. La sujetó abierta, mientras él metía el colchón con cuidado. La bolsa era demasiado grande, como de un colchón doble. Ella le hizo dejar el colchón en la cama, metió bien las esquinas sobrantes por debajo y dijo: —Ya está. Ahora estarás bien. Le dio unas palmaditas, apretó con sus manos, se tumbó encima y dio unos brincos, moviendo las caderas. No lo hacía por coquetería; estaba claro que quería comprobar qué tal era el colchón. —Mira, si fuera tú le pegaría los bordes con cinta adhesiva. Volvió a brincar, levantando las rodillas. Él pudo ver un relámpago de ropa interior color rosa brillante, contra los muslos negros. Otra vez se le representó con nitidez la imagen de Sarah. Se volvió y levantó la maleta sobre el baúl. Al mirar atrás de nuevo, ella se hallaba en la puerta. —¿Qué pondrás como mantas? —Más tarde le pediré alguna a Kit. —Bien. ¿Te gustaría ahora una taza de té? ¿O café? —No, gracias. Creo que voy a descansar media hora. —¿Quieres alguna de mis mantas hasta más tarde? —No, gracias, me echaré el abrigo. —¿Cómo te llamas? —preguntó antes de marcharse. —Damon. —Qué nombre tan raro. El mío es Sheila... Abajo, la música había cesado. Sacó el pijama de la maleta y lo metió bajo la almohada. Cubrió el plástico del colchón con su batín de algodón y se echó encima, tirando los zapatos. Se quedó pensando en Sarah, en la chica que estaba abajo. En el cuarto de al lado podía oír la voz de Sheila, que cantaba una canción de moda. Pensó: "Inocencia. La maldición de una joven prostituta." Volvió a pensar en Sarah con aguda nostalgia. El desacostumbrado sonido del tráfico le molestaba. Pasó un grupo de adolescentes con un transistor en el que sonaba alguna música pop; le pareció que su risa era fría, sin verdadera alegría. Por fin se sentó y encendió la luz. El fuego de gas se había apagado, pero la habitación estaba caliente. Cerró la ventana, corrió las cortinas, fue a su maleta y sacó los libros, colocándolos en el repecho de la ventana: Siglos de Meditación, de Traherne, los poemas de Blake, la Teología Germánica, el Bhagayad Gita, Seria Llamada de Law y una antología de Wordsworth y Coleridge. Los había elegido, en parte, por ser ediciones de bolsillo. Volvió al lecho y abrió el volumen de Traherne. Tras de haber leído solo unas frases, una oleada de gozo y bienestar disipó la fatiga y el ligero latir del dolor de cabeza. La habitación se volvió intemporal y luego dejó de existir por completo. De repente se dio cuenta de que, bajo el cansancio físico del día, yacía acumulada aquella profunda fuente de pura energía, que parecía ascender por su cuerpo en ondas imperceptibles, pero rítmicas. Al cerrar los ojos percibió el movimiento de formas oscuras, que no parecían vivas ni muertas; eran enormes y difundían cierta sensación de benevolencia. El ruido del tráfico le despertó varias veces durante la noche, pero al amanecer cayó en un sueño reposado. Cuando dormía con profundidad, percibía como capas de colores; a veces mezcladas, a veces de un color único: amarillo, rojo, a veces púrpura. De vez en cuando se convertían en verde pálido o azul; cuando tal sucedía, experimentaba una sensación eléctrica de puro deleite; era como recibir la vida de un origen primitivo. Ahora, mientras dormía, el

verde se transformó en azul, y respiró profundamente, despojándose del peso de su humanidad. Le despertó el calor de la habitación y se dio cuenta de que era tarde. Mirando al reloj observó que eran las diez y media. Se sentó en la cama, abrió las ventanas; entró el aire frío, bañado de sol; desde la cama veía las motas de polvo en el aire. Se vistió con rapidez y bajó en zapatillas. Le sorprendió el silencio de la casa, hasta que recordó que todos dormían de día. El retrete, en el piso inferior, olía a yeso húmedo. Un linóleo barato cubría los tablones del suelo, pero allí donde se había desgarrado en el rincón, veía la luz que se filtraba entre los maderos. La caja clavada en la puerta no contenía sino unos pedazos de periódico; tomó nota mental de comprar papel higiénico. Al volver a subir se tropezó con una chica delgada, de pelo moreno, que salía del cuarto de baño, vestida con una bata de algodón parcialmente abierta. Tenía en la mano jabón, una toalla y una lavativa de goma. Le dio los buenos días, pero no intentó cruzarse la bata. Su rostro parecía cansado y tenso. Al pensar en aquel cuerpo delgado, yacente bajo una serie de desconocidos, se sintió lleno de piedad pero también, de cierta excitación que no era sexual. La claridad meridiana de su pensamiento fue más allá de la inmediatez del acto sexual, reconociendo en él el impulso de una informe vitalidad a la búsqueda de una forma y un sistema de valores. Su mente volvió a nadar en el azul. Golpeó la puerta de Butler, después intentó darle a la manilla. El pestillo estaba echado. Butler siempre había dormido profundamente y hasta tarde. Bajó a la calle. En la manzana siguiente halló una cabina telefónica. Al meter la moneda de tres peniques, su mano temblaba un poco. La voz de mujer respondió al instante: —Llóyds, Furneaux y Bryce. —¿Está el señor Bryce, si hace el favor? —Un momento, señor. Voy a llamar a su despacho. Un instante después otra voz de mujer joven, grave, atractiva, decía: —Despacho del señor Bryce. —¿Está el señor Bryce, por favor? —Aún no, lo siento. ¿De parte de quién? —Mi nombrb es Reade. No me conoce, pero me escribió una carta. ¿Podría concertar una cita con él? Esperaba que le preguntara acerca de qué asunto. Ante su sorpresa, le dijeron. —No tardará en llegar. ¿Quiere usted verle hoy? —Sí. ¿A qué hora? —¿A las doce? —Muchas gracias. Allí estaré. Colgó de prisa, antes de que ella recordara preguntarle de qué se trataba. Ahora que lo primero estaba hecho, se dio cuenta, encantado, de los olores mañaneros. El sol y los puestos de verdura de la calle Portobello creaban un aire de fiesta. El aire olía a fruta y granos de café. La necesidad de hablar con Butler se había vuelto urgente. Volvió a subir y llamar a su puerta. Al no recibir respuesta, golpeó más fuerte, gritando: —¡Kit! Dentro se escuchó un gemido. Sacudió la puerta y volvió a llamar. En el piso de abajo se abrió una puerta y una voz de mujer gritó: —¡Por Dios, a ver si calla!

—Lo siento —respondió, pero siguió llamando. Pasaron cinco minutos antes de que Butler se levantara de la cama. Abrió una rendija y miró:' —Oh, Damon, ¿ya estás despierto? ¿Qué hora es? —Casi las once. —¿Sólo? —bostezó. —Escucha, Kit, vístete de prisa. Tengo que hablarte al momento. Es importante. —Muy bien —Butler respondió al tono de voz—. Entra. Quiso volver a meterse en la cama, pero Reade le cortó: —Vamos a desayunar. Tengo una cita dentro de una hora y tengo que tomar algo antes. —Tardaré media hora en afeitarme y vestirme —repuso adormilado—. ¿De qué se trata? —De un asesinato. De los asesinatos del Támesis. —¿Y qué? —Es una larga historia, y prefiero contártela tomando café. ¿No puedes ponerte algo de ropa? —Bueno, pero podías haberme despertado antes. Una hora no es mucho... Se sentó al borde de la cama, frotándose la cara. —Mirabelle no se ha ido hasta las siete, así que estoy bastante agotado. ¿Está mi máquina eléctrica en el estante? Reade se la echó, al mismo tiempo que preguntaba: —¿Hay un lugar cercano donde poder desayunar? —Abajo mismo. Por cierto, es uno de los sitios donde el asesino del Támesis eligió a una de sus víctimas. ¿Lo sabías? —¡No!, ¿le vieron? —No, que yo sepa. De todos modos, Damon, baja y vete pidiendo té. En un par de minutos estaré contigo. El café no era sino una estancia larga, pintada de amarillo. Por alguna razón parecía mal que estuviera abierto de día. Todo en él sugería actividades nocturnas. Incluso para la mirada poco experimentada de Reade, las pocas mujeres sentadas allí parecían fulanas. Aunque varios de los hombres estaban en mangas de camisa, no tenían ningún aspecto de obreros. Nadie le prestó atención. Halló una mesa vacía cerca de la ventana. Cuando un muchacho negro de chaqueta blanca se le acercó le encargó dos servicios de huevos con jamón y dos tés. Butler tardó unos diez minutos; cuando llegó, su desayuno ya estaba servido. —Yo no tenia gana de comer nada. ¿Podrías tomarte lo de los dos? —¡No! —Entonces supongo que tendré que intentarlo. Bueno, sigue. —¿Te diste cuenta de que el asesino del Támesis deja citas de Blake escritas cerca de los cadáveres? —¡Cielo santo, no! ¿Estás seguro? —Por completo. Un sargento detective vino a verme hace unos días y me dio los detalles. Quería saber si alguna vez había mantenido correspondencia con algún chiflado que pudiera haberse convertido en homicida. Hasta ahora la policía lo ha tenido todo en secreto, no vaya a ser que resulte una pista importante. Mientras comían, Butler miró las citas de Blake que Lund diera a su amigo. —Es muy posible que le interrumpieran en los otros —dijo Reade con la boca llena de jamón —. De todas formas, creo que no hay duda ninguna de que es el asesino quien deja las citas.

Acabó de comer, tomó un sorbo de té y apartó el plato. El desayuno de Butler seguía casi intacto. Reade miró el reloj; eran las once y media. —Tengo que ser breve. Dejé que el policía se llevara un montón de cartas para verificarlas. Luego pensé que había una forma más simple de averiguar si alguna había sido escrita por un criminal. Hay un viejo clarividente, llamado Pickingill, que vive cerca de nosotros... —¿Te refieres a un médium? —No, no es un médium. Los de su región le llaman brujo. Así que le llevé varias cartas. —Creí que habías dicho que la policía se las llevó todas. —No todas. La cosa es que el viejo eligió una de las cartas como escrita por un asesino... ésta. Puso sobre la mesa la carta de Bryce. Mientras Butler la tomaba con rapidez, prosiguió: —Y esto es lo que me ha traído a Londres. Dentro de media hora estoy citado con el hombre que ha escrito esta carta. Hizo una seña al muchacho y pidió la cuenta. Butler repasaba la carta con rapidez. Por fin la dejó, con gesto decepcionado. —Desde luego, está chalado, pero te apuesto cien libras a que no es un asesino. Lo que parece es un loco de remate. Todas esas tonterías de que Blake deseaba violar a su madre es la habitual basura freudiana. Los dos desayunos no costaban sino cinco chelines. Reade dejó el dinero en la mesa y se puso en pie. —¿Vienes conmigo? —Naturalmente. Tenemos mucho tiempo... sólo es un paseo de veinte minutos. No te olvides de la carta. Mientras se abría paso entre la muchedumbre de Portobello, Butler dijo: —¿Quieres decirme que te has venido a Londres sólo porque el viejo brujo te dijo que la carta era de un asesino? —Supongo que sí... —¿Cuánto le pagaste? —Una libra. —¡Hum! ¿Y qué piensas hacer cuando te encuentres con ese hombre? —Presentarme... hablar con él acerca de Blake. Averiguar dónde vive. Y después... no sé. Era difícil hablar entre tanta gente. Pero ya al otro lado de Chepstow Villas, la calle era más tranquila. —No me interpretes mal. No soy escéptico por no creer en clarividentes. Creo en ellos. He conocido a un viejo agorero que predecía el futuro con tal exactitud que te ponía los pelos de punta. Pero, por alguna razón, no creo que puedas dar tan fácilmente con el asesino del Támesis. Y lo que es más, no puedo imaginarme a dicho asesino como un respetable agente inmobiliario de la calle Kensington Church. —¿No? ¿Cómo te lo imaginas? —Para empezar, es un hombre grande. Si este Bryce mide menos de dos metros, puedes descartarle. La mujer que vive debajo de mí (una chica llamada Rita), cree haberle visto. Una de las víctimas era su mejor amiga... he olvidado su nombre, pero la había visto. La cosa es que Rita dice que vio a su amiga entrar en un taxi con un hombre alto... de más de dos metros. —¿A qué distancia estaba ella? —No sé. No muy cerca. Y, claro, puede que no fuera el asesino. Pero otra mujer lo describió también como un hombre grande, así que creo que lo es.

—Bien, veremos a ver qué pasa —sonrió Reade—. Por alguna razón, confío totalmente en Pickingill. No es de los que mentirían por dinero. —No he insinuado tal cosa, Damon. Pero ello no impide que pueda ser embustero sin querer. —No. Pero, por alguna razón, no puedo creerlo. Atravesaron los semáforos de la calle Kesington Church, al tiempo que daban las doce en un reloj. Reade se alegraba de que Butler estuviera con él. El sentimiento de excitación había alterado el desayuno en su estómago. El edificio que buscaban se hallaba a pocos metros del final de la calle. Dentro de las puertas de cristal, un tablero mostraba la lista de los nombres de las compañías que ocupaban el inmueble. Lloyd, Furneaux y Bryce se hallaban en el primer piso. La joven recepcionísta les indicó que tomaran asiento. —La secretaria del señor Bryce vendrá dentro de un momento. Se abrió la puerta y salió una joven alta. Miró a Reade con curiosidad y luego contempló a Butler, reconociéndole. —¡Hola! ¿Qué haces aquí? —¡Vivian! ¿Cómo estás? Vengo con mi amigo, Damon Reade. ¿Trabajas aquí? —Soy la secretaria del señor Bryce. ¿Venís a verle? —Sí... a no ser que te parezca una mala idea. —A mí no me importa. —Permite que te presente a Damon. Vivian... —Martin —terminó ella—. Subid conmigo. Al salir, Butler la tomó del brazo. —Viv, ¿cómo es ese Bryce? La sonrisa de ella era deslumbrante, con cierta expresión burlona. —Es encantador. Te gustará. Venid. Les precedió en las escaleras. Sus piernas eran delgadas y bien formadas. Butler miró de reojo a Reade y se relamió, parpadeando frenéticamente. Vivian Martin abrió la puerta esmerilada y anunció: —El señor Reade y el señor Butler. Reade se encontró mirando estúpidamente al hombre que se encontraba detrás del escritorio. Tendría unos veinticinco años y era alto y delgado. Su piel aceitunada le denotaba como judío. La sonrisa era amistosa e inteligente. Por un momento, Damon ignoró la mano que se le tendía. —Pero... usted no puede ser el señor Bryce... el señor Bryce que me escribió la carta. —¿Cuándo fue escrita? —Hace tres años. —En ese caso, no. La escribió mi tío Oliver Bryce, quien ya murió. —Ya... comprendo. Estrechó la mano tendida, como en sueños, mirando luego a Butler que sonreía. —Aquí termina tu caza. —¿Cuándo murió su tío? —Vamos a ver... debe de hacer casi tres años. En octubre de 1963. ¿Le importaría decirme de qué trataba la carta? Siéntese...

Reade se alegró de tomar asiento. Buscó en el bolsillo y sacó la carta. De pronto, dijo: —¡Claro, debiéramos habernos dado cuenta! El membrete dice Bryce, Furneaux y Lloyd. Ahora la firma se llama Lloyd, Furneaux y Bryce. —Ahora soy el socio más joven —sonrió Bryce—. Mi tío fundó la compañía. Echó un vistazo a la carta que Reade había puesto sobre el escritorio, luego alzó la vista, sorprendido. —Dispénseme... pero, por alguna razón, había supuesto que se trataría de negocios. Esto parece tratar de poesía. —Así es... lamento que sienta que le hemos hecho perder el tiempo. —Debo explicar que mi amipo escribe libros acerca de Blake —interpuso Butler con tacto—. Es muy conocido por ser el principal especialista en Blake en Inglaterra. Mantuvo correspondencia acerca de dicho poeta con su tío. —¿Y sin embargo no sabía que mi tío había fallecido? —La verdad es que sólo intercambiamos dos cartas —se excusó Damon. —Bueno, lamento muchísimo que haya hecho un viaje en vano; en cierto modo me siento culpable... —Oh, tonterías. Ha sido mi culpa... Bryce miró al reloj. —Bueno, ya habrán abierto. ¿Puedo invitarles a tomar una copa en el bar de enfrente? —Es una idea excelente —intervino Butler con rapidez—. Tengo sed. ¿Y tú, Viv? ¿A qué hora comes? —¿Se conocen ustedes? —se sorprendió Bryce. —Hace mucho tiempo —respondió ella con tranquilidad—. Éste es Christhoper Butler, el compositor. Nos conocimos en una de las fiestas de fin de semana de Gerald Bloom. —¡Cielos! Sí, claro que le conozco. Usted compuso aquello... ¿cómo era...? Móvil para Orquesta de Cuerda. ¡Fui al estreno en el "Festival Hall"! Le vi allí. Bueno, éste sí que es un placer... un distinguido especialista en Blake y un distinguido compositor, ambos a un tiempo... Mientras Bryce tomaba su sombrero, Vivían Martin guiñó el ojo a Butler y luego le hizo un gesto de burla con los labios. La atmósfera del bar era relajada. Sentado en un rincón, junto a Vivian Martin, Kit sentía una corriente de vida, de placer, producida por la mezcla de olores: cerveza, comida, el leve aroma del maquillaje de la joven. Bryce hacía el pedido en la barra. Reade dijo: —Entre paréntesis, Kit, quisiera que dejaras de presentarme como a un especialista en Blake. Me hace parecer algo así como un dinosaurio. —¿Y no lo eres? —preguntó ella. —Pues no... no realmente. En este momento escribo sobre Whitehead. Ella le puso una mano en la rodilla para interrumpirle: —Hablando de escribir, seguramente os invitarán esta noche a una fiesta literaria. ¿Sois capaces de soportarlo? —¿Tú vas a estar allí? —preguntó Kit. —Pues sí. Tengo que servir las bebidas. —¡En ese caso iremos! ¿Quién da la fiesta? —Jeremy... o más bien su esposa. Es muy aficionado a la literatura y la música. Se desvanecerá de placer si consigue teneros a los dos.

—¿Siempre llamas Jeremy a tu jefe? Bryce llegó antes que la respuesta. Colocó una jarra de cerveza ante Reade y whisky frente a Butler y la mujer. —Bien, bebamos por nuestro afortunado encuentro. Una vez que hubieron bebido, comentó: —Por cierto, ¿estarán ustedes libres a primera hora del atardecer? Mi mujer da una fiestecita, un cóctel, para unos amigos literatos. Estará encantada de que vengan. —Ya he preparado el terreno —dijo Vivian. —¿Sí? Excelente. ¿Cuál es la decisión? —Aún no han tenido tiempo de contestar. —A mí me encantaría —dijo Butler. Bryce miró a Reade, quien dijo con torpeza: —Pues, sí, me encantaría aceptar, pero... —¡Vamos, Damon! —le instó su amigo. —...Pero iba a decir,,., bueno creo que primero debiera ser franco con usted. —¿Acerca de qué? —preguntó atónito. —Ejem... suena un tanto absurdo... —¿Se lo explico? —ofreció Butler. —Hum no, mejor será que yo lo haga. Señor Bryce, espero que no le importe que le haga una pregunta impertinente. Usted me ha dicho que seguramente su tío no me habría gustado. ¿Por qué? Bryce intercambió una mirada divertida con su secretaria, una mirada de complicidad. —Es una larga historia. Era... ejem, es difícil de explicar. Se lo explicaré de este modo: muchas personas le encontraban atemorizante. Era un hombre de carácter muy fuerte, con cierta dureza. No era de los que uno esperaría ver interesados por la poesía. ¿Por qué me lo pregunta? Reade sintió que enrojecía y se forzó a continuar, dándose cuenta de que Butler se sentía divertido, aunque lo ocultaba. —Creo que es mejor que le cuente la historia desde el principio. Describió la visita de Lund, las cartas. Bryce le miraba pasmado, hasta que Reade le contó lo de Pickingill; en ese instante su rostro se puso muy serio. —Así que, ve usted, tuve la absurda idea de mostrarle las cartas al viejo, para que me dijera si creía que alguna era de un asesino. Bryce había palidecido. —¿Y eligió la de mi tío? —Sí. El hombre intentó sonreír, pero su sonrisa fue una mueca torcida. Mientras todos le miraban, se volvió a Vivian Martin. —¿Qué te parece? —Es sorprendente. Bryce se volvió a ellos, preguntando con repentina sospecha: —¿Estás seguros de que no es una broma preparada entre ustedes? —Palabra de honor —dijo ella—. Hace un año casi que no he visto a Kit.

—¿Fue su tío un asesino? —preguntó Butler. Como Bryce vacilara, Vivían contestó: —Sí. —No, no es exacto —interrumpió Bryce con rapidez, pero sin resentimiento—. No podemos ser dogmáticos... y, naturalmente, no es algo que yo voy pregonando. Pero debo confesar que lo había sospechado siempre. Como yo he dicho, fue una especie de pirata. Sus primeros años en América del Sur no fueron muy derechos. Y mi esposa dice que está segura de que mató a la suya. —¿Qué le hace pensar eso? —Oh, las circunstancias de la muerte de mi tía. Es casi seguro que mi tío se casó con ella por dinero, cuando la compañía andaba en dificultades. Nunca se llevaron muy bien... ella no era muy inteligente. En 1950 murió en Santa Mónica, mientras se bañaba. Él dice que un tiburón hizo presa en ella cuando se hallaba a casi un centenar de metros de la orilla. Pero cuando se recuperó el cadáver, una semana más tarde, no mostraba señales de tiburones. Y él era mucho mejor nadador que ella. La verdad es que todos sabían que era más bien tímida en el agua. —¿Cree usted que la ahogó deliberadamente? —se estremeció Reade. —Oh, no sé. Tal vez no deliberadamente. Quizás ella tuvo alguna dificultad y él creyó de veras que la había asido un tiburón. Creo que hay muchos en Santa Mónica. Pero no hay pruebas en ningún sentido. Si alguien le hubiese llamado asesino en vida, hubiera pleiteado con él hasta arrancarle el último céntimo. —¿Tenía algún motivo real para desearla muerta? —inquirió Butler, —No podría decírselo. Sé que reñían mucho... a menudo se lo oí decir a mi padre... y ella era notoriamente avara. Él tenía muchos defectos, pero desde luego no era avaro. Un hombre de lo más interesante en muchos aspectos... como seguramente habrá adivinado usted por la carta. —Ejem... sí, —dijo Reade, azarado. Bryce miró al reloj. —Caramba, me temo que debo dejarles. Tengo una cita a la una para comer con un cliente. Pero estaré encantado de verles esta noche, si desean venir. ¿Lo harán? —Es usted muy amable. Iremos. —¡Magnífico! Mi esposa va a concederme una medalla. Estoy deseando verles. No se levanten... Vivian les dará la dirección. Una vez que hubo salido, Butler concedió: —Es un hombre simpático. Al decirlo la observaba de cerca. Ella sonrió levemente: —Sí, encantador. *** Al pasar junto a Correos, en Notting Hill, Reade dijo: —¿Quisiera mandar un telegrama? —¿A quién? —A un amiga, en Keswick. —¿Cuántos años tiene? —rió Butler. —Casi dieciséis. —Demasiado joven. Aléjate de ella. Estuvo tentado de contarle a Butler su compromiso, pero decidió no hacerlo. Tenían ya

mucho de qué hablar. Mandó el telegrama a Sarah, dándole las señas y el teléfono de Kit y añadiendo: "Por favor, envía cartas cuando puedas." Se refería a las que se llevara Lund; le había pedido que las devolviera a la librería de Keswick. La tarde era sumamente calurosa. El casi litro de cerveza que bebiera le había dado sueño. —¿Y ahora, qué? —Me gustaría echar un vistazo a algunos de los sitios donde se cometieron los asesinatos. ¿Puedes telefonear a tu amigo del Express y averiguar dónde están? —Le llamaré en cuanto volvamos. ¿Qué te ha parecido Bryce? —Parece un hombre inteligente. —Es bastante claro que Viv es su amante, ¿no crees? —Parece. —Valiente cerdo... Mira, Damon, tengo que conseguirla. ¿Le has visto las piernas en la escalera? —¿Cómo la conociste? —En una fiestecita, hace un año. Yo andaba detrás de otra chica, así que no la conocí bien. Me dio su número de teléfono, pero lo perdí... Corre, ése es nuestro autobús. Lo cogieron en el semáforo, en el momento en que se ponía en marcha. —La cosa es —musitó Reade—, ¿cómo ir de un sitio a otro? ¿Tienes una bici? —No, pero puedo conseguir algo mejor. Un amigo mío tiene un coche. Por lo general me deja usarlo. —Pero ¿tú quieres venir? —Creo que sí. ¿A qué hora hemos quedado donde Bryce? —A las siete... tenemos cinco horas. Si tuviéramos el coche podríamos ir a un par de los lugares de los crímenes esta tarde. De vuelta en su habitación, Butler abrió de par en par ambas ventanas y se quitó la chaqueta y el jersey. Mientras Reade iba a llenar el cazo para el té, telefoneó a la biblioteca del Daily Express. Cuando Reade volvió, le informó: —Me volverá a llamar dentro de diez minutos. —¿Sabes, Kit? —Reade se había arrodillado para encender el gas—, he estado pensando en lo siguiente. ¿Por qué elige emplazamientos cerca del río, a no ser que tenga un bote para echar los cadáveres? —Pero ¿hace eso? Cierto que los emplazamientos están próximos al río, pero casi todo Londres está próximo a él... Reade se sentó en la cama, recostándose en una almohada. La brisa que entraba por la ventana era fresca y agradable. Pero los ruidos de la calle seguían distrayéndole. —Es curioso. En los Lagos camino durante millas sin cansarme. En cambio, media hora de andar por el pavimento de Londres me deja con dolor de pies... Butler fumaba en silencio, que al fin cortó para decir: —¿Cuál es tu impresión, Damon? Me refiero a todo esto de los asesinatos. No es realmente tu campo, ¿eh? ¿No te sientes tentado de volver a casa? —Aún no. —Pero lo estarás. —No... no lo sé. Me resulta extraño. Tiene el frescor de la variedad. —Pero no esperas verdaderamente dar con ese asesino.

—No, supongo que no. Sin embargo, cuando pienso en ello, no me parece imposible. Si se mira desde un punto de vista es una tarea imposible... un hombre entre los millones de Londres. Pero, por otro lado, estos asesinatos tienen cierta curiosa individualidad. Debe de ser posible obtener resultados utilizando la razón... Me parece como si hubiese estampado su firma en cada crimen. El único problema está en descifrarla. Y si... Sonó el teléfono. Butler contestó. Un instante después tomaba papel y empezaba a escribir notas. Tardó unos diez minutos. Mientras, Reade preparaba el té. —Es un gran tipo —dijo Butler—. Ted nos ha dado la lista de los asesinatos, los lugares donde fueron cometidos y los nombres de las víctimas. Pásame ese mapa de Londres que hay sobre la mesa. Ted dice que seis de los nueve están muy próximos al río. ¿Ves ese lápiz rojo? Una vez que hubo servido el té, Reade acercó su silla junto a Butler, mirando por encima de su hombro. Butler iba haciendo cruces rojas en el mapa, al comienzo del libro. —Sí, que parece ceñirse al río. ¿Te has dado cuenta de otra cosa? Casi todos los sitios están cerca de puentes. —Y hay algo más —añadió Reade—. Cuatro de seis están en la orilla sur. —¿Qué conclusión sacas de ello? —Que el asesino vive al norte. ¿No estás de acuerdo? —Supongo que sí... Me parece un tanto dudoso. Si uno de los emplazamientos estuviera al norte, los números resultarían iguales. —Sin embargo, son dos contra cuatro. Un hombre como éste se sentirá más seguro si dejara los cuerpos en la orilla del río opuesta a donde él vive. —Creo que te pasas de listo. Además, no creo que por ahora suponga ninguna diferencia. Reade tomó el atlas de las rodillas de Butler, mirando el mapa total donde se veían las nueve cruces rojas. Tras de contemplarlas durante unos minutos, dijo: —Hay otra cosa rara. Mira esta zona donde ha repartido los cadáveres... desde Putney a Whitechapel, una distancia de diez millas. -¿Y qué? —¿Por qué tomar una zona tan amplia? Puede ser sencillamente por precaución, miedo de que le vean dos veces por el mismo sitio. En Londres podría tirarlos en cualquier sitio, en un espacio de una milla cuadrada, sin casi probabilidades de que le reconocieran. —No sé, Damon. Puede que sea cierto, pero un hombre que acaba de cometer un asesinato, no desea correr riesgos. —Pero cuanto más lejos vaya, mayor es el riesgo que corre. Suponte que una patrulla de la policía viera su coche a las cinco de la mañana y fuera a indagar. Es más fácil que tal ocurra en Putney que en Charing Cross, donde siempre hay tráfico nocturno. No, me inclino por creer que elige un área extensa por la misma razón que escoge la orilla sur del río: elige sitios bastante alejados de su casa. —En otras palabras —sonrió Butler—, debe de vivir exactamente a mitad de camino entre Putney y Whitechapel... es decir... más o menos por aquí, en Chelsea. —No, en Chelsea no. Está demasiado cerca del río. Digamos que un poco hacia el norte... por Kensington o Notting Hill. —Siguiende ese mismo razonamiento, no sería por Notting Hill. A tres de sus víctimas las eligió aquí. —Muy bien. Entonces, hacia el norte o el sur: en Kensington o Paddington. —¿No creerás de verdad esto, eh? —No... es sólo especulación. Pero, no me parece tan absurda... Butler tiró la colilla y bebió un enorme sorbo de té. Se levantó.

—De todos modos, creo que vale la pena echar un vistazo a los sitios de los crímenes. ¿Qué hora es? Las dos y media. Iré a ver si me prestan el coche. Si no, este lugar, cerca del Puente de Wandsworth, está a solo una hora en autobús... —¿Voy contigo? —¿Para qué? Es aquí a la vuelta. Volveré dentro de cinco minutos. Una vez solo, Reade cerró los ojos y se tumbó. Inmediatamente surgió en él una enorme sensación de felicidad, mientras la cama parecía mecerse como en un colchón de agua. Al mismo tiempo, le sobresaltó lo absurdo de su presencia en Londres. No tenía verdadero motivo para estar allí. En casa se había sentido plenamente dichoso. Los asesinatos no le interesaban de forma morbosa; sólo le hacían sentir cierta piedad, de nuevo el absurdo... Sonó el teléfono. Una voz de mujer preguntó: —¿Eres Kit? —No. ¿Quién es? —Mirabelle. —Hola, soy Damon Reade. Nos conocimos anoche. —Hola. ¿Cuándo volverá Kit? —No estoy seguro. No tardará, pero es posible que tengamos que salir en seguida. —Ya. ¿Estará en casa esta noche? —No. Nos han invitado a una especie de cóctel literario. —Oh, qué bien. ¿Alguien que conozco? —Lo dudo. Un hombre llamado Jeremy Bryce. Le hemos conocido esta mañana... —Comprendo. Bueno, intentaré llamarle otra vez dentro de diez minutos. ¿Le dirás que he telefoneado? —Ciertamente. Volvió a echarse en la cama. Esta vez se quedó adormilado. Le despertó el ruido de la puerta al abrirse. —Ya está, Damon. Lo tengo abajo. ¿Listo? —Sí. —Es una especie de cafetera, pero anda bien. Me lo venderá por diez libras cuando tenga diez libras... El coche era un "Morris" de antes de la guerra. En el momento en que Reade iba a montarse, el teléfono empezó a sonar arriba; su sonido se oía con claridad a través de las ventanas abiertas. —Será esa chica, Mirabelle. Ha llamado mientras estabas fuera. —Oh, Dios. ¿Qué quería? —Venir esta noche, pero le he dicho que salíamos. —¡Buen chico! Tiró del arranque; tras un leve gemido, el motor se puso en marcha. —Creí que te gustaba. —Y me gusta. Es una chica simpática. ¡Pero hay otra caza alrededor! Rió ahogadamente, mientras movía el coche. —Mira, Damon, ojalá te quedaras en Londres. Es divertido tenerte aquí. —Gracias. Por cierto, ¿dónde vamos?

—Primero a Wandsworth. Giraron a la derecha, al final del Puente de Wandsworth, y otra vez a la derecha. —Un sitio lúgubre —comentó Butler—. Me pregunto dónde dejaría el cadáver. —¿No te lo ha dicho tu amigo el bibliotecario? —No. Sólo me ha dado el nombre de la calle. Jew Row era una callejuela estrecha, de casas de aire pobre; al final se veían algunas en trance de demolición, y había obreros entre los montones de escombros. El aire olía a tuberías de gas, que asomaban por los tejados. Butler detuvo el auto junto a un montón de basura. Salieron y se encaminaron al río. —Bueno, desde luego es accesible desde el río —dijo Butler—. Pudo utilizar un bote. Se acercó a un obrero que venía del río con un cubo de agua. —Dispense... Al detenerse el hombre, continuó: —Somos periodistas haciendo un reportaje sobre los asesinatos del Támesis. ¿Sabe usted en qué sitio se encontró el cadáver? —Sí. Allí, junto a las puertas. En la esquina. Todavía se ve la mancha en el asfalto. —Muchas gracias. Las puertas cerraban un embarcadero que hacía frente al Puente de Wandsworth; en el embarcadero, unos hombres manejaban grandes fardos cubiertos de saco gris. Se acercaron al punto indicado por el hombre. La verdad es que había unas manchas oscuras en el suelo, pero eran pequeñas y casi no se distinguían. —Hay algo, que me llama la atención —dijo Reade—. Si iba en un bote, ¿por qué no tiró sencillamente el cuerpo por la borda? ¿Por qué arriesgarse a arrastrarlo, durante veinte metros, por un callejón como éste? Además, puede que hubiera un vigilante nocturno en el embarcadero. —Por otro lado, ¿por qué elegir un sitio como éste, a no ser que viniera en barca? —Tal vez para confundir a la policía. Quería que creyeran que venía por el río. —¿Por qué no tiró entonces el cuerpo más cerca del agua? —Este asesinato es algo de locos —suspiró Reade—. Aún no empiezo a entenderlo. Volvieron al auto, Al ir a subir se acercó un hombre fuerte, de pelo gris, de la brigada de demolición. Butler bajó la ventanilla. El hombre preguntó: —Son periodistas, ¿verdad? —Sí, pero no de plantilla... trabajamos sobre todo para periódicos dominicales. ¿Conoce usted a alguien que oyera un coche o una barca con motor aquella noche? —No. Pero les diré una cosa. Si echó el cuerpo a la hora que lo hizo (a las cinco de la mañana), no pudo venir en bote, porque la marea era baja, y hubiera tenido que caminar sobre veinte pies de barro. —¿Está seguro de ello? —Totalmente seguro. —¿Trabajaba usted aquí cuando se halló al cuerpo? —No. Empezamos esta obra una semana más tarde. El hombre se puso a hablar de los asesinatos, pero de forma tan deshilvanada que se veía que estaba teorizando. Al fin, Butler le cortó: —Me temo que debemos volver. Muchísimas gracias. Puso en marcha el coche y dio la vuelta. Los obreros les miraron marchar.

—Nunca me acostumbro a la idea de que unos obreros corrientes puedan ser tan ignorantes y crédulos. Uno pensaría que tienen que ser mucho más astutos y espabilados. —Sí. Cuando me fui a vivir al campo, tardé en acostumbrarme a la ignorancia de los campesinos acerca de cosas del campo. Una vez cogí una culebra y dos de los cazadores furtivos más habilidosos de la comarca me aseguraron que era una víbora y debiera matarla. Butler enfiló al oeste, hacia Wandsworth High Street. —¿Quieres mirar en el mapa a ver dónde está la calle Osiers, en Putney? La localizó poco después. —No está lejos de aquí... tuerce a la derecha, a la calle del Puente de Putney. A los pocos minutos habían detenido el coche en un callejón sin salida, llamado calle Welfare. Era una hilera de casas modernas y pequeñas, en grupos de a dos y con jardincillos delante; la calle no estaba aún totalmente pavimentada. Al extremo de ella se veía un trozo de terreno baldío, separado de la calle por un alambre de espino. Butler miró el mapa. —El río está justo detrás de esas casas... de hecho, parece como un muelle. Pero no tiene acceso desde el río. Puso en marcha el auto. —¿No quieres bajar y echar un vistazo? —¿Para qué? Ya sabemos lo que queríamos saber. Ha debido utilizar un coche para echar el cadáver. ¿Te has dado cuenta de otra cosa... que no hay paredes en los alrededores donde garrapatear sus mensajes? Ello explicaría el por qué sólo dejaba citas de Blake en algunos casos. —No estoy seguro. Si hubiera querido de verdad dejar una, no tenía más que haberla escrito en el suelo. Butler dio la vuelta al coche. Poco después salían a la calle del Puente de Putney. —¿Y ahora dónde? —Creo que podríamos visitar otro sitio de camino para casa... el de Chelsea. Aquí está en el mapa. Es Salamanca Place. —Está cerca del Embarcadero Albert, ya lo recuerdo —dijo Reade—. El detective me lo describió. Me habló algo de la entrada a una fábrica... Les costó como diez minutos hallar Salamanca Place. —Hasta ahora estos tres sitios están bastante cerca —comentó Butler—. Ello parece desacreditar tu teoría de que quería esparcir los cadáveres tan lejos como fuera posible. —También puede ser que hubiera explorado a fondo la zona, tomando nota de lugares donde disponer de los cuerpos. Todavía queda otro, no muy lejos, al otro lado de la Waterloo. Un embarcadero del ferrocarril corría a todo lo largo de Salamanca Place; haciendo ángulo recto quedaba el muro de una fábrica. —Este es el sitio... Doultons. Podremos encontrar el punto exacto. Butler se apeó, acercándose al controlador que se hallaba a la entrada de la fábrica. El viejo le contestó: —Sí, fue allí mismo, a cinco metros... en la carretera. El punto que mostraba estaba a un pie de la delantera del coche. —¿Lo vio usted? —No, aquella noche no me tocaba servicio... el vigilante de noche fue quien lo halló. Aquí se trabaja toda la noche, ¿sabe...? —No veo ninguna mancha de sangre —observó Butler. —No. Según creo no había mucha. Dicen que los pedazos del cuerpo habían sido hervidos,

asados o algo así, de modo que no creo hubiera mucha sangre; casi como un asado de domingo. —¿Sabe usted si alguien vio al asesino? —No. Debió andar muy callando, porque el tipo que vigila de noche es muy espabilado. Últimamente hemos sufrido algunos robos, ¿sabe? —¿Sabría decirnos dónde encontraron el mensaje escrito con tiza? —¿Mensaje? ¿Qué mensaje? El teléfono del despacho empezó a sonar. —Dispénseme un minuto. Butler volvió al coche, diciendo: —Vamonos mientras podamos. Me da que es otro charlatán, como el de Wandsworth... Al volver por el Embarcadero Albert, Reade preguntó: —¿Echamos un vistazo a este de Lambeth? —¿Lo has encontrado en el mapa? —Sí. —¿Está cerca del río? —Oh, no. Como a un cuarto de milla de distancia. —En ese caso nos lo saltamos. Me estoy empezando a cansar. Si tenemos que estar a las siete donde Jeremy Bryce, me gustaría dormir diez minutos. Al cruzar el Puente de Lambeth, dijo: —¿Qué piensas de eso de que asó el cuerpo? —Suena como para ponerle a uno malo. Tal vez quisiera dificultar la identificación. —Eso pensaba yo... Ojalá conociéramos a alguien enterado de estos crímenes... algún detective encargado del caso. —Yo voy mañana a la hemeroteca de Colindale, para obtener cuantos detalles pueda. —Buena idea. Pero no creo que vamos a dar con nada útil. Quiero decir, con algo que no haya averiguado ya la policía. —No sé... —dijo Reade dubitativo. —¿Lo esperas? —No... no espero pistas auténticas. Pero tengo la extraña "sensación de que tenemos cuanto necesitamos... sólo nos hace falta saber qué significa. —¿De qué manera? —No sabría explicarlo con exactitud... tengo que pensar en ello. Pero no puedo creer que el único modo de encontrar a ese asesino sea empleando mil policías en una búsqueda masiva. Tiene que haber un modo más sencillo. Por ejemplo, mi amigo de Keswick (un librero interesado en crímenes) sugirió que el asesino podría ser de alguna clase de artista frustrado, y que él haría averiguaciones entre los pintores de Soho y Chelsea. —Tiene sentido. Pero tardaríamos semanas, tal vez meses. —Supongo que sí. Tengo que meditarlo. Siento la irritante sensación de que algo se me escapa. Cuando llegaron a casa eran ya las cinco y media. La chica llamada Sheila abría la puerta con su llave. Butler la llamó y ella se volvió sonriendo. —¿Quieres una taza de té? —preguntó Butler. —No me importaría. —Sonrió a Reade.

—Yo me voy a descansar arriba —replicó éste. —No hagas eso, Damon, quédate un momento. Al entrar en el cuarto empezaba a sonar el teléfono. —Sheila, sé un cielo y contesta. Di que no estoy. La chica tomó el auricular y luego puso la mano sobre él: —Es una chica que se llama Mirabelle. —Que no estoy. —Excusadme —dijo Reade—. Volveré en un minuto. No tenía una intención definida al salir de la habitación; tan sólo un deseo súbito e irrefrenable de estar solo. El lazo de unión entre su fuente de energía y el mundo exterior había saltado roto, de pronto, y se sentía exhausto. Todo cuanto ahora exigía su atención se había vuelto irrelevante. Fue a su cuarto y se lavó la cara con agua fría. Le hizo sentirse mejor. Se sentó en la cama, cerrando los ojos. El saber que Butler le llamaría al cabo de unos minutos intensificaba el placer de su descanso. Intentó concentrar el pensamiento en el problema de los asesinatos, identificarse con la mente del asesino; pero su cansancio lo hacía imposible. Entonces, repentinamente, comprendió que estaba cometiendo una equivocación. Su propio y habitual sentido de una finalidad vital sería totalmente ajeno al asesino; su estado de ánimo corriente contendría un elemento de fatiga, de confusión. Intentó concentrarse en la idea de un estado de ánimo así, pero sólo sintió cierta náusea espiritual, la impresión de estarse hundiendo. —Mejor estaría muerto —exclamó en voz alta. —Damon, el té ya está —llamó la voz de Butler. —Bajo en un momento. Pero no tenía gana de hacerlo; por un momento le pareció que había comprendido algo importante. Se concentró en ello y volvió a intentar recobrarlo, pero le eludía. Se oyeron pasos en la escalera y se levantó. En la puerta se encontró con Sheila, que iba a su propio cuarto. Le sonrió. —¿No quieres té? —Sí, ¿y tú? —Claro. En seguida bajo. De nuevo notó su parecido con Sarah y observó, como desde lejos, que también ella le suscitaba ciertas respuestas físicas automáticas. —He tenido una charla interesante con esa chica, Damon —le informó su amigo—. Conocía a dos de las asesinadas... Reade observó divertido cómo Butler se ponía ocho cucharaditas de azúcar en el té. Butler dijo de pronto: —Por cierto, está bastante interesada por ti. —Ah, ¿sí? —se llevó su taza al sillón. —Pero, si yo fuera tú, no le haría caso. Tal vez tenga... Su voz se cortó al oír pisadas en el exterior. Siguió, como si hablara de lo mismo: —Sí, Sheila me decía cosas interesantes. Una chica a la que conoce cree haber visto al asesino. Cuéntaselo, Sheila. —Oh, dijo que era un hombre alto, enorme, como de dos metros doce. —Ya ves, Damon, eso reduce un tanto el campo. —Pero ¿qué haréis si le encontráis? —preguntó la chica.

—No esperamos encontrarle. Por lo menos yo no. Es como un juego... un juego de lógica y deducción. Es sorprendente lo interesante que esto resulta cuando uno está metido en ello. Por ejemplo, hemos ido a ver algunos de los sitios donde se cometieron los crímenes, esta tarde (los que están cerca del río), y hemos descubierto que no pudo utilizar un bote para dejar los cuerpos. Resulta mucho más interesante enterarse de detalles así por uno mismo... —¿Por eso le buscas? —le preguntó a Reade. Por alguna razón, la pregunta le azaró. —No lo sé en verdad... tengo varias razones. No es sólo un juego de lógica... como una novela policíaca. No consigo meterme en la psicología de este hombre. ¿Te ha explicado Kit lo de las citas de Blake? —Sí. —Bueno, yo deseo saber cómo alguien que ha leído a Blake puede convertirse en asesino. No tiene sentido. Oh, no me cabe duda de que habrá miles que hayan leído a Blake y que cierto porcentaje de ellos pueden ser criminales. Pero Blake debe haber significado algo para este hombre... de otra forma ¿por qué anda escribiendo citas suyas en las paredes? —Tal vez no quería aprender a Blake. A lo mejor se lo metieron por la fuerza en el colegio —sonrió Butler. Las palabras produjeron una sensación de frío en el cuero cabelludo de Reade. —Me pregunto... —¿Qué? —Quizá hayas dado con algo. Tal vez no en el colegio. No enseñan los libros profetices de Blake en ningún colegio de los que conozco... —¿En la Universidad? , —No, tampoco. Te dejan elegir lo que te interesa. Si detestara a Blake no lo hubiera elegido. No... hay otra cosa. Puede que su actitud respecto a Blake sea ambigua... —¡Tengo una idea! Supon que su padre fuera fanático de Blake y que le obligara a aprenderlo de niño. —Eso se parece más a lo que pensaba yo. —Pero, en este caso, la policía acabará por encontrarle se investigan a personas que se interesan por el poeta. —No necesariamente. Por ejemplo, América ha producido algunos de los mejores especialistas en Blake. Francia uno, por lo menos. —En otras palabras, no hay ninguna esperanza de seguir esa pista. —No, tampoco es cierto. Pero sería difícil. Conozco casi todos los libros sobre Blake... por lo menos hay veinte de autores americanos. Además hay varios escritos por aficionados... por lo general cosas pequeñas... Valdría la pena revisarlos. Tengo un amigo en la Biblioteca del Congreso. Son... las seis y media... es decir, la una y media allí, en Washington. Creo que sería una buena idea enviarle un telegrama. —¿Crees que merece la pena? —¿Por qué no? No costará mucho. Y a mi amigo no le importará... de todos modos me debe un favor. ¿Te importa? —Adelante. —Butler cogió el teléfono que se hallaba en la mesita, a su lado, y se lo tendió a Reade. Éste pidió que le pusieran con telegramas de ultramar y dictó uno a Elliot Schneider, Biblioteca del Congreso, Washington. El mensaje decía: "¿Puedes telegrafiarme apellidos todos autores americanos hayan escrito obras sobre Blake durante siglo veinte?" Concluyó el mensaje con la dirección y número de teléfono de Butler. Al colgar, éste dijo: —El paso siguiente es verificar en el Museo Británico. Después de todo, es más probable que sea inglés.

—Estoy de acuerdo. Tengo un amigo en la sala de lectura... Le telefonearé por la mañana. —¿De qué va a serviros? —preguntó Sheila—. ¿Qué vais a hacer con una lista de nombres? —Nada, sino usarla para comprobar otras informaciones. —¿Dónde las obtendrás? Butler le puso una mano en el hombro desnudo, acariciándoselo. —¡No seas tan derrotista, Sheila! Hay muchas formas de hacerlo. —Dime una —sonrió ella. —Muy bien. Ahora nos vamos a una fiestecita en Kensington. Vamos a ver: ¿qué sabemos del asesino? Que es alto, que conduce un coche grande, que tiene seguramente ingresos particulares (no me lo imagino como la clase de personas metidas en un despacho de nueve a cinco) y que, probablemente, vive en la zona de Kensington. —¿De dónde deduces eso? —De haber visitado los sitios donde se hallaron los cuerpos. Damon lo ha pensado. Kensington es más o menos el centro de dicha zona. Yo estoy de acuerdo con él, pero también pienso que se trata de conjeturas, muy probablemente falsas. Pero, como iba diciendo: ahora nos vamos a una fiesta. No es nada improbable que alguien conozca a alguien que encaje con la descripción. En cuyo caso, la lista de la biblioteca nos ayudará en la verificación. Hala, Damon, tenemos que irnos. —¿A dónde vais? ¿A algún sitio divertido? —Nada más que un cóctel literario. —¿Quieres venir? —preguntó Reade. —¿Puedo? —sonrió encantada. —No veo por qué no. —Tendré que cambiarme... —No hace falta. Ven como estás. Estás muy bien. —¿De verdad? De todos modos, deja que me peine... Minetras subía corriendo las escaleras, Butler comentó: —¿Crees que es una buena idea, Damon? —¿Por qué no? Se le veía a la legua que se moría por venir. Y si no les gusta, será una excusa para marcharnos en seguida. —Es encantadora. ¿Verdad que tiene una figurita deliciosa? Lástima que sea un riesgo acostarse con ella. —¿Tú crees? ¿Estás seguro que se dedica a la prostitución? Butler pareció escandalizado ante la palabra. —¡Yo no he dicho tal cosa! Pero he visto un par de hombres distintos que salían de su habitación. Por todo lo que sé, podrían ser amigos suyos. Desde luego, no es profesional, como las de abajo... Sheila entró con un bolso. Sonreía como una niña a la que han invitado a una excursión. Delante de la casa, los coches habían aparcado en doble fila. Reade tocó el timbre y un mayordomo de chaqueta blanca abrió la puerta. —Por aquí —dijo conduciéndoles por una escalera amplia y alfombrada. Sheila miraba a todos lados con temor mal disimulado, y al llegar arriba deslizó su mano en la de Reade, musitando: —¡Oye, no me habías dicho que iba a ser así!

—Tampoco nosotros lo sabíamos... Bryce les vio desde el otro lado de la estancia, y se apresuró a acercarse. —Encantado de que hayan podido venir. Les presentaré a mi esposa. —Espero que no le importe que hayamos traído a una amiga —dijo Butler—. Ésta es Sheila. —Claro que no. Encantado. ¿Cómo está usted? Ella le estrechó la mano; la afabilidad era genuina en él. Se les unió una mujer bonita y rubia. Tenía un rostro débil y grandes ojos verdes. —Mi esposa, Millicent. Éstos son Damon Reade, especialista en Blake, Christopher Butler... y Sheila. —Llámeme Kit. La mano era caliente y blanda. Su saludo a Sheila careció de toda cordialidad. —¿Qué queréis beber? —dijo una voz de mujer. Se trataba de Vivian Martin; iba vestida con un traje de fiesta, negro, muy escotado. Reade, que observaba el rostro de Millicent Bryce, vio que su sonrisa se volvía más dura. —¿Le ha contadp su esposo nuestra visita a su despacho, señora Bryce? —Oh, sí. Me he quedado atónita. Siempre había pensado que tío Oliver fue un viejo pirata... —¿Tiene alguna foto suya? —inquirió Butler. —Sí. Iré a buscarla. Vivian Martin había ido a encargar las bebidas. Butler se inclinó hacia Reade y dijo sonriendo: —Tengo la impresión que hemos aterrizado en medio de una batahola doméstica. Tengo que afirmar que creo que Jeremy no tiene tacto al traer aquí a Viv... Y no creo que Sheila va a mejorar mucho la situación. ¿Has visto cómo la miraba Jeremy? Ese tipo es un sátiro. Es peor que nosotros. Vivian Martin regresó trayendo los whiskis en una bandeja. —¿Cuándo voy a verte? —le preguntó Kit—. ¿Te deja Jeremy algún tiempo libre? —Un poco. ¿Cuándo quieres verme? —¡Ahora! Vámonos a casa en seguida. —No puedo. —¿Y más tarde? Millicent Bryce regresó con un álbum. Vivian dio media vuelta, alejándose; captó la mirada de Reade y alzó ligeramente las cejas. Reade bebió un largo trago de licor, sintiéndose mejor al instante. Butler preguntaba a Millicent: —¿Quién es aquel tipo con pinta de calavera? —¿Cuál? ¿El del traje oscuro? Es Harley Fisher. En este momento está bastante alegre. Acaba de vender los derechos de un libro suyo, para hacer una película, por cien mil libras. —¡Dios mío! Ese hombre tiene una suerte que da asco. —Vengan a sentarse allá y les enseñaré las fotografías de tío Oliver. Tomaron asiento a cada lado en la butaca y ella abrió el álbum. La primera fotografía mostraba un hombre un tanto grueso, totalmente calvo, de unos sesenta años. Su nariz era ganchuda y tenía ojos de pez. —¡Caray, qué tipo tan feo! —Pero no era tan feo cuando se hablaba con él. Tenía un encanto fantástico.

—¿A usted le gustaba? —No... no exactamente. Me daba miedo. Pero su encanto era enorme... —¿Dónde vivía? —En esta casa. Se la dejó a Jeremy. —¿Sabía usted que se interesaba por Blake? —Oh, sí. Tiene toda una biblioteca de obras acerca de Blake. Por cierto, tres son de usted. He estado leyendo una esta tarde. —Es un honor. Pero dígame, ¿sabe usted si su tío tendría más amigos en Londres interesados en Blake... sobre todo por esta zona? —¡Ah,- ya sé por qué me lo pregunta! —¿Por qué? —Jeremy me ha contado lo del asesino que deja citas de Blake. Pero me temo que no puedo ayudarles, porque no tengo idea de si tío Oliver conocía a otros admiradores del poeta. —¿Cree usted que su tío mató a su esposa? —la pregunta era de Butler. —No... no lo sé. Pero, desde luego, era capaz de ello. —¿Podría ver su colección de obras sobre Blake? —inquirió Reade. —Pues claro. Están en la biblioteca. ¿Quiere usted venir, señor Butler? —No, gracias, prefiero quedarme aquí. Para entonces, Reade había terminado su bebida. Su cansancio había desaparecido por completo, pero sentía la cabeza ligera. Se alegró de salir de la atestada habitación. —Me gustaría tener la oportunidad de charlar en serio con usted en algún momento, señor Reade —dijo Millicent—. Encuentro su libro de lo más fascinante. Pero esta noche hay aquí demasiada gente... Le condujo a una vasta sala que daba al jardín. Las estanterías llegaban hasta el techo; en un rincón había un piano de cola. —Por cierto, ¿no tiene usted algo de beber? ¿No? Le prepararé algo... whisky, ¿verdad? Los libros sobre Blake están en esa estantería... la que tiene la llave en la puerta... La mayoría de los libros eran los que esperaba, los más conocidos. Pero había un par de pequeños volúmenes que nunca viera antes. Uno de ellos se titulaba Blake el Mago y era de un autor que se autodenominaba comandante Chagworthy; dentro, una dedicatoria decía: "A Oliver, con afecto, de Cecil Chagworthy" —¿Tiene idea de quién es este Chagworty? —Ninguna... Oh, espere. Sí, un anciano que vivía en Surrey. Recuerdo haberle visto una vez. ¿Por qué? —¿Estaba casado? —No. Un viejo solterón. —Ah. Descartado, entonces. Trabajo sobre la teoría de que el asesino puede ser un hombre cuyo padre le obligara a leer Blake, de niño... alguien que expresa su rebeldía contra su padre garabateando citas de Blake cerca de los cuerpos. Conozco algo de las obras clásicas sobre Blake... y creo que ninguna de ellas encaja en mi teoría. Si no le importa, voy a tomar nota de estos títulos. —¿Por qué le interesan tanto estos asesinatos, señor Reade? —Por favor, llámeme Damon... Tan sólo porque no puedo imaginarme la mentalidad de un asesino que admira a Blake. Es una especie de contradicción de términos. —¿Sí? —sonrió—. ¿Cree usted que es tanto como una contradicción que un hombre que amaba sus libros tanto como Oliver matara a su esposa?

—Sí, tan difícil de imaginar me parece eso. Aunque tal vez la explicación esté en el carácter de ella. Si eran realmente incompatibles, puede que llegara a odiarla. Blake dijo: "Mejor matar a un niño en su cuna que albergar un deseo insatisfecho..." —Ella era una bruja horrible... totalmente mezquina y malhumorada. Pero eso no es una explicación. —¿Me dispensa mientras tomo nota de los títulos? En tanto que escribía, ella sacó un libro y lo abrió. Cuando él hubo acabado, le preguntó: —¿Reconoce usted éste? —No, tiene una encuademación muy hermosa. ¿Qué es? ¡Cielos! ¡Mi Blake de Lambethl —Tío Oliver debía estimarlo mucho. Está lleno de acotaciones a lápiz. Quería preguntarle a usted algo sobre una cosa que escribió... ah, aquí está. Usted dice: "Si un hombre comprendiera el poder de su propia mente reconocería inmediatamente que el crimen no es más que otro nombre de la autodestrucción". El tío Oliver la subrayó también... ¿Qué quería usted decir? —No debiera haberme dado tanto whisky si quería que le contestase coherentemente —rió Reade—. No obstante, trataré de contestarle. Quiere decir que el crimen es, por su propia esencia, negativo, como la mezquindad, la hipocondría o los celos crónicos. Hace mucho más daño al criminal que a cualquiera de sus víctimas. Si los hombres pudieran entender sus propios poderes (su capacidad de libertad), se darían cuenta de que la verdadera objeción en contra del crimen no es su maldad sino... sino su absurdo, su irrelevancia... Lo siento, no me expreso con mucha claridad. He bebido demasiado. —Creo que ha sido usted muy claro. Sobre todo en lo que respecta a los celos. —Oh, no quería decir... —Se detuvo avergonzado. Ella rió: —No se preocupe, no me lo he tomado personalmente. Sé que mi esposo es de los que necesitan dos amantes, además de una esposa. Ya me he reconciliado con este tipo de cosas. —Apenas si conozco a su esposo —con torpeza. —Lo siento. Le estoy haciendo sentirse violento. ¿Bajamos otra vez? —Como quiera. No es tanto que me sienta violento cuanto... inútil. ¿Qué puedo hacer? —Nada. Olvídelo. Dígame otra cosa. ¿Cree usted de verdad que ese viejo brujo sabía que tío Oliver era un asesino? —Creo... que sí. —¿Tiene usted pruebas reales de que posee poderes mágicos? —Mágicos quizá no... Al menos, no en el sentido habitual. Es muy difícil de explicarlo... —Qué lástima, siempre había deseado conocer a alguien con poderes mágicos. —Oh, ya lo sé. Todos lo deseamos. Nadie quiere creer que el mundo es tan inflexible como parece. —¿Posee usted algún poder mágico? —Oh, no. Por lo menos, son muy leves. Mire, todos cuentan con lo que usted llama poderes mágicos, pero no los usan. —¿Por qué no? —Por toda clase de razones. En parte porque no sabemos mucho de ellos. En parte porque no sería bueno que lo supiéramos... nos volveríamos perezosos y confiaríamos en ellos demasiado. —¿Qué puede hacer usted con los suyos? —Pues... muy poco. No puedo volar en una escoba, si se refiere a eso. Comprenda, no son

sino una extensión de los poderes corrientes. Cualquiera puede adivinar el futuro, si se concentra en ello, pero algunos ven más allá que otros; entonces decimos que tienen una segunda visión. —Sí, pero es que no podemos ver de verdad el futuro, ¿no? Quiero decir que es cuestión de razonamiento... —No, no lo es. Es cuestión de instinto, de intuición. Uno concentra sus fuerzas, como alguien que quiere ver a través de la niebla. No se razona, se concentra. Y, de la misma forma, alguien que lee con atención un montón de cartas, puede adivinar algo del carácter de las distintas personas que las escribieron. Sólo que George Pickinghill tenía sencillamente la misma capacidad en mucho mayor grado. —¿Por qué no podía saber usted que la carta era de un asesino, si posee poderes mágicos? —Preferiría que no los llamara "poderes mágicos" —sonrió—. No lo son. Mis intuiciones no están tan desarrolladas como las de Pirkinghill. No me servirían de mucho. Yo trato de desarrollar una clase de poder muy distinto... la habilidad de ver la magia que reside bajo la superficie del mundo. O, dicho de otro modo, intento transformarme en un buen receptor de radio, que recoge mensajes de finalidad que provienen de la atmósfera. —¿Quién los envía? —Nadie. Es como preguntar quién envía los rayos cósmicos. El airé está lleno de finalidad, como los rayos cósmicos, pero las personas se hallan demasiado encerradas en sí mismas para captarlos... Temo estar hablando demasiado. El beber siempre me atonta un poco... ¿Bajamos otra vez? —Muy bien, pero otra cosa más. ¿Por qué dice que todos tienen poderes mágicos? —Oh, es obvio. Casi todos podemos hacer que los demás piensen en nosotros concentrándonos muy intensamente. La mayoría puede hacer que otro vuelva la cabeza, mirándole fijamente al cogote... —Bueno, pues yo no. Lo he intentado a menudo. —Seguramente es que protege sus pensamientos, sin querer. Fueron hacia la puerta. Se veía claro que ella no quería dejarle marchar. Reade hallaba que era peligrosamente fácil hablar con ella; la mujer emanaba una comprensión y simpatía que le hacían sentir que eran viejos amigos. Y si bien ello le agradaba, cierto elemento de cautela le instaba a retirarse hasta que la conociera mejor. Sabía, asimismo, que sería demasiado fácil implicarse con ella en un plano emotivo, y el pensamiento de Sarah le frenó. —¿Puede usted demostrarme sus poderes cuando bajemos? Mire a alguien y haga que se dé la vuelta. —Oh, sí, puedo hacerlo. —¿De veras? ¿A cualquiera? —Sí. Si quiere, haré algo más; intentaré que, quien sea, venga y me hable. —Si es capaz de hacerlo —dijo con animación—, me habrá convencido de que cuanto dice es cierto. —Muy bien. Sólo quiero pedirle una cosa. No vaya pregonándolo. Y, sobre todo, no se lo diga a quien me hable. —Bueno. Pero, por curiosidad, ¿por qué no? —Porque no es más que un truco de salón... nada que valga la pena de ser mencionado. No quiero crearme una tonta reputación. Y a la gente le molesta pensar que se ha estado jugando con ella. Habían llegado al pie de la escalera. El salón seguía atestado; parecía que habían acudido más invitados mientras se hallaban arriba. Ella le indicó un hombre con traje oscuro, junto a la ventana, que charlaba con una chica linda y regordeta.

—Pruebe con ése. Es Harley Fisher. —¿Quién es? —¿No lo sabe? Escribe novelas de espionaje que se venden a cientos de millares. Todos están envidiosos de su éxito. El hombre de quien hablaban era fuerte y alto. Diez años atrás habría, sido atlético; ahora se le notaba cierto exceso de peso. El rostro carnoso tenía ese atractivo dudoso y brutal del tiburón. —¿No podría elegir otro? No me gusta mucho su aspecto. —No. Le he elegido a él porque es bastante despegado con los desconocidos. Por eso, si consigue que le hable, será usted muy listo. —Lo intentaré. Empezó a mirar al hombre grueso por encima del hombro de ella, concentrándose en un punto de su cuello. Al cabo de un instante, el hombre le miró a través de la estancia. Reade bajó la vista con rapidez, fingiendo escuchar a Millicent Bryce. —Está mirando hacia aquí. —Ojalá pudiera ver. Déjeme ponerme ahí. Cambió de sitio; ahora que ya no estaba en línea directa con Fisher, Reade se sentía al descubierto, pero siguió mirando con intensidad al perfil del novelista, relajando su mente por completo y telegrafiándole la insinuación de que se acercara a hablarles. De pronto, intuyó que Fisher iba a volver la cara; apartó la vista con rapidez y empezó a hablar a Millicent, quien preguntó: —¿Hay suerte? —No lo sé. Tal vez esté demasiado interesado en la chica a la que Habla. De todos modos, no puedo hacer más. Creo que debería buscar a la chica negra que hemos traído. Tal vez se sienta abandonada. Halló a Sheila en un rincón; escuchaba a un joven gordo, que se inclinaba hacia ella al hablar. Sonrió al verle y el tipo alzó la vista con evidente fastidio. —Lamento interrumpir... ¿Sabes dónde está Kit? Fue lo primero que se le ocurrió; no deseaba entrar en la conversación. —No. Pero quiero hablarle. —Le dijo al hombre—: Dispénseme... El joven pareció perplejo y sorprendido al verla alejarse y Reade se sintió culpable. —Ya es el tercero .que me estaba haciendo proposiciones. —¡Cielos! ¿En tantas palabras? —Bueno... no tanto. Dice que se dedica a la publicidad, que podría conseguirme trabajo como modelo. Otro quería que fuera a ver su colección de huesos de Sudamérica, o algo así. Me estoy hartando de estos hombres. Y algunas mujeres me miraban como para matarme. Es desagradable. —¿Nos vamos? De repente se fijó en que Millicent Bryce se acercaba con Harley Fisher. —Damon, el señor Fisher quiere conocerle. Le miró con una sonrisa de complicidad, apartando en seguida la vista. El apretón de manos de Fisher fue duro y abrupto. —Me dicen que se encuentra en Londres a causa de los asesinatos del Támesis. —Sí. —Es un tema que también a mí me interesa. Tengo todos los recortes de prensa, por si le gustara verlos.

—Espléndido —dijo con sinceridad—. Me encantaría. Así me ahorraría el ir a Colindale mañana. —Excusadme —dijo Millicent Bryce, marchándose. Reade observó que Fisher miraba a Sheila con interés; se la presentó. Ella preguntó al momento: —¿Por qué tiene la oreja partida? Por primera vez Reade notó que al lóbulo de la oreja izquierda le faltaba un trozo en forma de uve. —Recuerdo de un contrabandista de armas en Jamaica. Durante la guerra trabajé en el servicio de inteligencia... Por favor, señorita... Se volvió y chasqueó los dedos en el momento en que Vivian Martin pasaba con una bandeja. —Señorita, ¿puede traerme otro vodka con cinzano seco? Vodka ruso, no esa porquería inglesa. —¿Cómo va a saber la. diferencia si le echa cinzano? —preguntó ella en tono frío. La miró por un instante, como para contestarle; luego, deliberadamente, se volvió a Reade. Vivian Martin enrojeció, alejándose; Reade intentó captar su mirada, pero ella no le miró. —Millicent me dice que ese asesino deja citas de Blake escritas con tiza por las paredes — siguió Fisher—. ¿Es cierto? —Sí. Tengo nota de las citas, por si le interesa. —No llevo conmigo las gafas de ver cerca. ¿Le importaría leérmelas? Reade leyó en alta voz, en tanto que Fisher escuchaba, la cabeza inclinada a un lado. Cuando Vivian regresó con el vodka, Fisher lo tomó de la bandeja, dándole las gracias con la cabeza y mirando cómo se contoneaba al alejarse. Cuando Reade hubo concluido, preguntó: —Dígame, señor Reade, como especialista en Blake, ¿ve usted alguna conexión entre las citas? —Ninguna. No creo que la haya. —Entonces ¿qué significan? —Es demasiado complicado para explicarlo aquí... Se mostraba evasivo porque se sentía irritado por los modales de Fisher. Pero éste persistió: —¿Por qué elegir a Blake? —Sólo puedo intentar adivinarlo... —Hum. ¿Qué va a hacer luego? —Ejem... irme a casa. —¿Le gustaría venir a la mía? Está aquí al lado. Le mostraré los recortes de prensa. —No estoy seguro de poder. He venido con Sheila y otro amigo y... —Que vengan también. Yo espero a otro amigo mío, Royston Meredith. ¿Le conoce? —He oído hablar de él, claro... —También le interesan estos crímenes. Se sentirá fascinado al enterarse de lo de Blake. —Pues gracias, me gustaría. —¡Excelente! Me reuniré con usted dentro de media hora, ¿de acuerdo? Ahora dispénseme un momento; deseo hablar con nuestra anfitriona... Al otro lado de la sala Reade vio a Butler que hablaba con Vivian; intentó llegar hasta ellos, pero fue interceptado por Jeremy Bryce, quien le presentó a una mujer de mediana edad con un vestido de color castaño. Empezó a hablarle de Blake. Cuando le preguntó a qué se

dedicaba, explicó que era novelista, e inmediatamente procedió a contarle anécdotas de los críticos que, sistemáticamente y durante años, atacaban sus obras. Sheila la escuchó durante unos minutos, esfumándose luego. Veinte minutos más tarde Reade seguía escuchando y haciendo comentarios de simpatía. A ellos se unió un americano de gafas de montura de hueso, quien mencionó que era profesor universitario y crítico literario. La mujer le preguntó al instante qué calificaciones poseía para juzgar obras ajenas. Él quedó sorprendido ante la hostilidad de su voz y empezó a explicar sus ideas acerca de la función de los críticos. Mientras discutían, Reade consiguió desaparecer. Butler también lo había hecho; en su lugar, Millicent Bryce daba conversación a una joven delgada, de piel ajada color de oliva y lentes sin montura; inmediatamente le presentó a Reade y les dejó para que challaran. Veinte minutos más tarde, el número de personas en el salón se había reducido. Reade huyó al cuarto de baño y se encontró con Kit, que salía. Parecía animado y contento de sí. —¡Hola, Damon! ¿Te diviertes? Reade miró a su alrededor, para asegurarse de que no había nadie cerca, y dijo: —Es infinitamente peor de lo que esperaba. Empiezo a preguntarme si estoy loco. Yo creo que la gente viene a castigarse a sí misma. —¿Por qué, qué pasa? —Nada. Sólo que el hablar con gente que no conozco y con la que nada tengo en común me recuerda cuando de niño me hacían tomar aceite de ricino. Acabo de charlar con una doctora estúpida, que pretende que lo más importante que hay que conocer de cualquier persona es si fue criada con biberón o al pecho. Dice que causa terribles neurosis, o algo por el estilo... —Eres demasiado antisocial, Damon —Butler le dio una palmada en el hombro—. ¡Deberías esforzarte más en hablar con la gente! —¿Por qué? —indignado—. El fin de la conversación es la comunicación. Y aquí no hay nadie con quien desee comunicarme. —¿Cómo puedes saberlo hasta no haber hablado con todos? —Eso es como pedirme que tome veneno para saber si me sienta mal. —¿Se escapan ustedes dos? —preguntó la voz de Millicent Bryce. Reade sintió que enrojecía. —No... yo iba... ahí dentro. Ella se le acercó. —Bueno, ha resultado. Él ha venido a mí por por su propia voluntad, para pedirme que les presentara. —¿Qué es lo que ha resultado? —dijo Kit. —Nada —cortó Reade con rapidez—. Por cierto, Harley Fisher quiere que vayamos luego a su casa. Tiene un montón de recortes acerca de los crímenes. —¡Maravilloso! ¿Por qué no viene, Millicent? —Porque a mi marido no le gustaría —rió—. No confía en Harley. Fisher salió del salón, mientras hablaban. Saludó a Reade: —¿Listos? —Sí, en un instante. ¿Me dispensan? Resultaba agradable hallarse solo en el cuarto de baño. Se dio cuenta de cómo su estómago subía y bajaba con rapidez al respirar, y deseó poder echarse en una cama y dormir. En su casa, jamás bebía whisky; le hacía sentirse cansado. Le desagradaba la idea de ir a casa de Fisher. Cuando salió, Butler le esperaba. Dijo en voz baja: —¿Crees qué podríamos llevarnos también a Viv?

—Supongo... Dijo que podía invitar a quien quisiera. Pero no creo que vaya. Ha sido bastante grosero con ella, mientras servía las bebidas... ¿dónde está? —Fuera. Le he dicho que vaya por delante. No quería que Jeremy se enterara de que se iba conmigo. Harley Fisher esperaba en el vestíbulo, hablando con Sheila; una de sus manos descansaba ligeramente en el brazo desnudo de la muchacha. La dejó caer al ver a Reade y Butler. Vivian Martin frunció el entrecejo cuando vio a Fisher junto a Butler. Éste le dijo: —Viv, vamos a tomar una copa a casa de Harley. Vente. —No creo que pueda. Tengo que ir a casa. —¿No van a presentarme a su amiga? —preguntó Fisher. —Ya nos hemos conocido dentro —repuso ella con frialdad—. Le he servido un vodka con cinzano. —¡Pues claro! Qué estúpido soy. Por favor, permítame persuadirle de que venga a mi casa y me deje devolverle el servicio. Su sonrisa era encantadora, concentrada en ella como una lupa. La joven vaciló, luego sonrió y dijo al fin: —Gracias, me encantaría. Fisher la tomó del brazo y caminó por delante con ella. Butler dijo al oído de Reade: —Lástima que éste no sea homosexual. La casa de Fisher hacía esquina; era un edificio pequeño, de dos pisos, poco llamativo y caro. El jardín de delante estaba pavimentado a la manera de un patio español, con un estanque de peces y dos acacias. Bajo la ventana se veían rosales. Se abrió la puerta, antes de que llegaran a ella. Un hombrecillo pequeño, de piel dorada, que bien pudiera ser javanés o filipino, tomó el abrigo de Vivian. —El señor Meredith le espera, señor. —¿Ha llegado hace mucho? —Sólo unos minutos, señor. Está con una dama. —Oh, ¿sí? Volvió a coger del brazo a Vivian y fue hacia la puerta, que abrió. Junto a la ventana se veía un hombre menudo, de traje oscuro, con una joven rubia a su lado. Fisher les saludó, rieron y luego Fisher hizo las presentaciones: —Lamento haber llegado tarde, Royston. ¿Puedo presentaros a la señorita Martin? —No llegas tarde. Es que nosotros hemos venido temprano. Nos hemos hartado de la recepción. Ésta es Violet de Merville. Reade y Butler fueron presentados. De nuevo Reade observó el discreto pero decidido interés por Sheila. La mano de Meredith era suave y húmeda. Reade le observó con interés. Había visto fotografías del novelista; en todas se le representaba ceñudo y triste. En la realidad parecía dulce y nervioso. Su voz era aguda, cuidadosamente controlada, como si hablara una conferencia de larga distancia en una línea muy mala. La joven que iba con él tenía la belleza suave, pero estereotipada, de las modelos. Su boca débil, curvada hacia abajo, era igual a la de Millicent Bryce. —El señor Reade escribe libros sobre Blake —explicó Fisher. —Sí, son muy conocidos —asintió Meredith. —Voy a enseñarle los recortes acerca de los asesinatos del Támesis. Tiene cierta información bastante interesante.

Abrió la tapa de una radiogramola y la encendió. —Espero que a nadie le importe, pero voy a poner en marcha la grabadora magnetofónica. Me gustaría recoger en cinta lo que nos diga el señor Reade. ¿Le importa? —No, claro que no —repuso Reade azarado. —Pero bebamos algo antes. ¿Qué tomarán? ¿Whisky? ¿Señorita de Merville? Permítame convencerla de que pruebe este whisky de malta. Me lo ha mandado un amigo mío que tiene una pequeña destilería en la Isla de Mull. Tiene quince años... Mientras Fisher hablaba, Reade se levantó y miró la grabadora. La cinta ya daba vueltas. Aceptó un vaso lleno hasta la mitad de un licor pálido, pajizo, que Fisher le ofreció. El sabor era engañosamente suave. —Tinsingh nos traerá bocadillos dentro de un momento. —Prosiguió el anfitrión—. ¿Cree que podríamos empezar ya a oír su historia? Deje que le ponga cerca el micrófono. Reade se sentía violento al saberse el centro de la atracción y decidió terminar cuanto antes. Sacó el cuadernito de su bolsillo y empezó: —Debo explicar que vivo en el Distrito de los Lagos, cerca de Wastwater. Hace unos días, al volver de Weswick, hallé esperándome un sargento detective... Resumió la información y concluyó: —...Así que, por diversas razones, decidí venir a Londres... —Perdóneme —le interrumpió Fisher—, pero ¿podríamos conocer la historia completa, si no le importa? Jeremy me ha contado lo de su tío... Reade bebió un trago largo para humedecer su seca garganta; luego repitió la historia de su visita a Pickinghill. Meredith le interrumpió de nuevo en este punto, para interponer: —Perdóneme, pero creo comprender que usted dio por descontado que el anciano sería capaz de elegir la carta de un asesino. Fisher alzó las manos, diciendo: —¡Espera a que oigas lo que sigue! Continúe, señor Reade. El escritor resumió su visita a Jeremy Bryce en pocas frases; se había aburrido de hablar y quería irse a casa. —¿Qué hay de los bocadillos, Harley? —preguntó Butler. —Tiene razón. Ya deben de estar. Le he dicho que no los trajera hasta que tocara el timbre. —Pero ¿qué hará ahora, señor Reade? —inquirió Meredith—. ¿Irse a casa? —Supongo que sí —se encogió de hombros. —¿Se lava las manos del caso? —preguntó Violet de Merville. —No del todo. Pero no veo qué puedo hacer... No, no más whisky, gracias. —¿Qué cree usted que será del asesino, señor Reade? ¿Continuará como hasta ahora? —de nuevo era Meredith. —Así lo imagino. Hasta que se suicide. —¿Por qué había de suicidarse? —dijo la joven. —No puedo explicarlo bien... es como un hombre que se encamina a un callejón sin salida. Ha de llegar al final. —Estoy de acuerdo —asintió su anfitrión—. Pero, ¿qué puede impedirle que se limite a dar media vuelta? Reade se sintió aliviado al abrirse la puerta y aparecer el sirviente con una bandeja de bocadillos. De pronto se dio cuenta que no había tomado nada desde el desayuno y comprendió que su depresión y aburrimiento se deberían, con toda probabilidad, al hambre. Esperaba asimismo que, con los bocadillos, la conversación se generalizara; quería que le

dejaran en paz. Pero parecía como si Fisher no tuviera intención de permitirlo. Tendió un plato a Reade, le dejó que se sirviera un bocadillo de carne y un poco de ensalada y luego dijo: —Explíquenos por qué cree usted que el suicidio es inevitable. —¿Por qué yo? —rió Damon—. ¿Por qué no se lo pregunta a Kit? ¿O a Sheila? Conocía a dos de las víctimas... Su intento de distraer la atención de sí no tuvo éxito. —El experto es usted, señor Reade. Así que oigamos su punto de vista. Luego le dejaremos que coma en paz. Reade respiró profundamente. Dijo con resignación: —Muy bien. Intentaré explicarlo. Pero es bastante difícil. Verá... he dedicado mi vida al problema de por qué ciertos hombres ven visiones. Hombres como Blake, Boehme y Thomas Traherne. Un psicólogo sugirió una vez que tienen un producto químico en su sangre... lo mismo que hace que un dipsómano vea elefantes de color rosa. Pero es obvio que yo no puedo aceptar esta versión. He pasado cierto tiempo estudiando la acción de las drogas y he tomado algunas yo mismo. Y he visto claro que lo que llamamos "conciencia ordinaria" no es sino un caso especial, limitado... Pero esto es patente con sólo un vaso de whisky. Produce cambios en el consciente, una especie de agudizamiento, de profundidad. En el consciente ordinario nos damos cuenta sobre todo del mundo que nos rodea y de sus problemas. Es enormemente difícil de explicar... —Hasta ahora es usted muy claro. Siga, por favor. —Tal vez con una analogía lo comprendan mejor... En nuestro estado ordinario de consciencia, miramos desde detrás de nuestros ojos, al igual que un conductor mira desde detrás del parabrisas. El coche es muy pequeño y el mundo exterior enorme. Ahora bebo unos vasos de whisky y el mundo exterior no ha cambiado en realidad... pero el coche da la impresión de haberse vuelto más grande. Cuando miro dentro de mí, me parece hallar espacios mucho mayores de lo que me doy cuenta habitualmente. Y si tomo ciertas drogas, el coche se hace amplio, tan amplio como una catedral. Hay espacios grandes, vacíos... No, vacíos no. Están llenos de toda clase de cosas... recuerdos de mi vida pasada y millones de cosas que jamás hubiera creído haber observado. ¿Me comprenden? El hombre limita su consciencia deliberadamente. Le atemorizaría darse cuenta de tales vastos espacios de consciencia todo el tiempo. Se mantiene cuerdo viviendo en un estrecho y pequeño consciente que parece estar limitado por el mundo exterior. Porque tales espacios no están habitados sólo por recuerdos. Parece haber cosas extrañas, ajenas, otras mentes... Al decir estas palabras vio que Violet de Merville se estremecía. Rió: —No intento ser alarmante. No hay nada fundamentalmente horrible en dichos espacios. Un día los conquistaremos, como conquistaremos el espacio exterior. Son como una selva enorme, poblada de criaturas salvajes. Edificamos alrededor un muro alto para nuestra salvaguardia, pero ello no significa que temamos a la selva. Un día edificaremos ciudades y calles en tales espacios. —¿Pero y del asesino qué? —preguntó Butler, impaciente. —Ah, sí, el asesino. Me había olvidado de él. Miren, las drogas y la bebida son una forma de hacer que nos demos cuenta de la selva al otro lado de la consciencia ordinaria. Otra forma es el asesinato. Cuando la gente enloquece, en realidad ve con más profundidad que nosotros. La locura no se basa en una ilusión engañosa; se basa en la verdad. Y se da cuando la gente, accidentalmente, destruye parte del muro que nos separa de la selva. Vean, ese muro no es sencillamente cuestión de percepciones ordinarias. Es cuestión de convenciones sociales, costumbres emotivas, etcétera. La locura comienza, por lo general, por alteraciones emotivas fuertes. "Pero un hombre que decide cometer un crimen ya ha roto la convención más fuerte que le liga a la cordura y la sociedad. En la guerra, desde luego, es distinto. La sociedad respalda el asesinato. Pero casi todos los asesinos son hombres que han matado en un arrebato de ira, por lo que no son auténticos rebeldes. Después, otro amplio porcentaje de asesinos lo hace como un riesgo calculado para ganar dinero... como en las carreras. No son rebeldes, sino más

bien jugadores profesionales... como todo criminal profesional. Eso nos deja una proporción mínima de asesinos auténticos, los rebeldes verdaderos, los hombres que matan nada más que por su propio placer... sádicos, asesinos sexuales y todos los demás. Saben que están solos por completo. No pertenecen a ninguna fraternidad criminal. En cierto sentido, son como niños mimados, que saben que no debieran hacer ciertas cosas, pero que creen poder engañar a los adultos... Pero calculan mal, como un paracaidista que se tira y acorta la distancia aérea porque quiere mayor libertad. Están abriendo un agujero en el muro que les protege de la selva. No llegan a entender que el quinto mandamiento no es sólo una convención social. Es también una convención de la consciencia. Derribadla y estaréis cortando las amarras que os unen a la cordura. Destruiréis parte de vosotros mismos... —Hay una sola objeción —dijo Meredith—. ¿Por qué, en ese caso, los místicos no se suicidan también? —Porque aspiran a romper el muro. Toda su actitud es diferente. Es como una expedición bien equipada que se encamina a la selva. El asesino, en cambio, es el niño que se interna en ella accidentalmente. Su propio terror le hace más daño que los auténticos peligros. No sabe que la selva existe hasta que no se halla perdido en ella. Fisher dijo con su voz suave, culta: —Es una teoría fascinante, pero apenas si se apoya en hechos. Porque, desgraciadamente, la mayoría de los asesinos múltiples no se suicidan. A la mayoría los capturan por su propia estupidez... como a Christie y a Heath. —No es tan seguro —le contradijo Meredith reflexivo—. Uno tiene la impresión de que la mayoría quería que les cogieran y cometían errores a propósito. ¿No es eso una especie de suicidio? Reade aprovechó la oportunidad de su conversación para comer. Hacía tiempo que no se sentía tan hambriento. Les miró mientras comía, pensando: "Extraño; hablamos de la selva, pero nadie cree de verdad que exista..." Fisher y Meredith discutían sobre la cuestión del suicidio; ambos parecían tener amplios conocimientos sobre casos de asesinato; cada uno citaba ejemplos que confirmaran su teoría. Reade no había oído hablar nunca de casi ninguno de los casos mencionados, si bien Urien Lewis le mencionara algunos. Interrumpió un momento para decir: —Perdonen, pero yo creo que una tercera parte de todos los asesinos se suicidan. —¿Tanto? Pero aunque la cifra sea correcta, ¿no será por temor a que les descubran? —Una forma drástica de evitar que les descubran —se burló Meredith. Damon terminó con la ensalada y vació su vaso de whisky. Sofocó un bostezo y se preguntó si podría despedirse cortésmente. Se puso en pie preguntando: —¿Puedo salir un momento? —La primera a la izquierda —dijo el dueño de la casa. Al salir del cuarto de baño, halló a Butler en el vestíbulo y le dijo: —Temo que dentro de un momento me iré a casa. —¿Cansado? —Horriblemente. —Yo no iré hasta estar seguro de que Viv quiere irse. Reade le miró sin entenderle y Butler se explicó: —Ese bastardo de Fisher quiere meterla en su cama. Y si digo que me voy ahora, estoy seguro de que encontrará alguna excusa para conseguir que se quede. —Pero puede que ella no quiera acostarse con él. —No seas tonto. Es como nosotros... experto en persuasión. De todos modos, yo no la dejo

aquí. Así que me quedaré hasta que quiera irse. Es mejor que tú te lleves a Sheila, si quiere. Me parece que Fisher también espera tener planes con ella. —¿No crees que eso es asunto suyo? Puede que le resulte beneficioso entenderse con él. —No. Se acostará con ella y luego se la quitará de encima... Fisher salió al vestíbulo con una jarra de agua. Reade le dijo: —Espero que no le importe, pero creo que me voy a marchar. Estoy bastante cansado. —¿Ya? Pero, ¿y los recortes? —¿No podría prestármelos hasta mañana? Se los devolvería. —O que los traiga Sheila —dijo Butler—. Pasa por aquí todos los días. Reade observó la sonrisa burlona de su amigo, que se dirigió al cuarto de baño. —Ciertamente. Lléveselos, desde luego. Voy a traérselos. Oh, Tinsingh, lléname esta jarra de agua... Cuando entraron en el salón, Meredith decía con su voz aguda, deliberada: —Pero creo que se pueden adivinar algunos puntos. Es seguro que tiene coche. Debe vivir más o menos solo, o los demás pronto empezarían a sospechar algo. No puede vivir en el centro de Londres, porque tendría demasiados vecinos curiosos. Así que yo diría que vive en las afueras, quizá en alguna vieja vicaría. ¡Puede que sea un vicario loco! Una vez conocí uno que odiaba a toda la humanidad. —Anglicano, de seguro —dijo Fisher. —Oh, sí. Un hombre muy desagradable, con las orejas llenas de pelos y la mirada de un toro enfurecido. Hubiera sido muy capaz de cometer estos asesinatos. —Pero, ¿por qué elige a sus víctimas por la zona de Portobello? —preguntó Violet. —Es fácil comprenderlo. Porque es tan horriblemente sórdida. Yo creo que esa zona se llevaría el premio a la más sucia y oscura... sobre todo desde que están reconstruyendo Whitechapel. Una vez conocí a una prostituta que trabajaba en la calle St. Mark y jamás se lavaba. Era la mujer más sucia que he conocido nunca. Y tenía una cola de clientes que la preferían así. Supongo que todos provendrían de pulidos hogares metodistas donde todo olía a desinfectante, y ella les daba cierta sensación de libertad orgiástica. —Yo no encuentro que Portobello sea nada sórdido —dijo Reade suavemente. —Tal vez no. Es la naturaleza humana lo que yo encuentro sórdida, y me parece que los barrios muy bajos lo reflejan con más honradez que sitios como éste. Hizo un gesto hacia la ventana; en la casa de enfrente un jardinero podaba el césped. Reade se inclinó hacia Sheila: —Me voy a casa. Te dejo aquí con Kit... —No —replicó inmediatamente—. También me voy. —Oh, no van a irse —protestó Meredith. —Me temo que sí. No estoy acostumbrado al whisky... —Creo que usted pasa por aquí a veces —dijo Fisher a Sheila con suavidad—. Tal vez pueda usted venir a devolverme los recortes. Ella pareció sorprendida; Reade intervino con rapidez: —No se preocupe. Yo me encargaré de que los reciba. Seguramente mañana mismo... Siempre le parecía difícil despedirse; estrechó la mano de Violet de Merville y de Vivian Martin, sintiéndose torpe al hacerlo. Fisher le tendió una carpeta grande de cartón, diciendo: —Ha sido de lo más fascinante, señor Reade. Espero que esto le sirva de utilidad. Y espero también verles de nuevo.

—Sí, claro. Reade se sentía, violento al marcharse con Sheila, como si fueran un matrimonio que se despedían. *** En la calle el aire era fresco y de pronto se dio cuenta de cuánto había bebido. Ella le cogió del brazo para cruzar y Damon le preguntó: —¿Hubieras preferido quedarte? —No. Prefiero estar contigo. Se acercó un taxi; Reade lo paró y abrió la puerta para que pasara la joven. La carpeta era más pesada de lo que esperaba y la puso en el suelo. Tocó el brazo de ella; estaba frío. —Me calentaré en cuanto volvamos. Se le acercó más y volvió a tomarle del brazo. El gesto le recordó a Sarah y le causó una punzada de culpabilidad. —Dios, qué cansado estoy. En cuanto me meta en la cama voy a quedarme dormido. —¿Te vas cansado de Londres? —Un poco. La gente me cansa. Cuando estoy en casa, a veces no veo a nadie durante días. —No sé si eso me gustaría. —Seguramente, no. La gente se convierte en un hábito... como fumar o morderse las uñas. Y una vez roto el hábito, es difícil aficionarse de nuevo. Sabe amargo y desagradable, como el primer cigarrillo... Hablaba en parte por defenderse. El sentir en su brazo la mano de la chiquilla le hacía sentirse incómodo. La semana anterior, con Sarah, había aprendido algo acerca de la fuerza, puramente animal, de la atracción, de la comunicación del calor instintivo en el que la mente no tenía papel alguno. Y volvía a suceder con Sheila. De momento no era sino una vibración de simpatía, ligeramente intensificada por sentir el cuerpo caliente bajo el vestido. Pero era Sarah quien había agudizado tal sensación de las fuerzas; y se sentía culpable al sentirse respondiendo a la chica que tenía al lado. —¿No conoces a nadie donde vives? —le preguntó Sheila. —Pocas personas. Y tengo amigos en Keswick, a unas quince millas... un librero y su pupila. —¿Pupila? ¿Qué es eso? —Ejem... quiero decir que él es su tutor. Sus padres murieron. —¿Te gusta? —Pues... sí, estoy prometido a ella, en cierto modo. Sintió cierto alivio al decirlo. Ella le preguntó sonriente: —¿Por qué dices "en cierto modo"? —Porque aún no ha cumplido dieciséis años. —¿Qué diferencia supone? —Puede que cambie de opinión para cuando tenga edad de casarse. —Pero, ¿fue ella o tú quien quiso comprometerse? —Ella... al menos fue ella la que hizo la pregunta. Sheila guardó silencio unos instantes, preguntando después: —¿Y si eres tú quien cambia primero? —No es muy probable. Soy mayor que ella. La conozco desde que tenía diez años... —¿Cómo es? ¿Tienes alguna foto?

Su interés por Sarah le sorprendió. Aún hablaba de ella cuando el taxi se detuvo. En la puerta, ella le dijo: —¿Qué vas a hacer ahora? —Creo que dormirme. —¿Te gustaría una taza de café? Deseaba rehusar, pero sabía que ella se sentiría desilusionada. Además, sentía la garganta seca. —Bueno, quizá... El cuarto estaba frío, poco acogedor; encendió el gas, se sentó en la cama y se quitó los zapatos. Se echó durante cinco minutos cerrando los ojos. Poco a poco, su cansancio se desvaneció; sintió que su mente iba activándose. Se sentó y abrió la carpeta que le dejara Fisher. Contenía un espeso cuaderno, hecho de papel grueso; en sus páginas se veían pegados recortes de periódicos. Hacia el centro del cuaderno, los recortes estaban sueltos. Sheila llamó suavemente a la puerta antes de entrar. Llevaba una cafetera de filtro. —¿Ya está? —preguntó él. —No. Se me acabó el gas. ¿Puedo usar el tuyo? —Sí, claro. Encendió la cocinilla de gas y puso encima la cafetera; un momento después se oyó el gorgoteo suave. —¿Qué leías? —Los recortes que me ha prestado Fisher. —¿Qué es todo eso de que quiere que yo se los lleve? —Kit ha dicho que tú pasas por allí con frecuencia. ¿Es cierto? —¡No! No sé de qué habla. —Creo que está intentando emparejarte —rió—. Es porque Fisher te ha encontrado muy atractiva. —Ya lo sé. Lo ha demostrado claramente. Quería saber si me acostaba contigo. —¡Santo cielo! ¿Cuándo? —Mientras esperábamos en el vestíbulo, en el cóctel. Salió de la habitación regresando con tazas y un azucarero. —¿Lo quieres solo? —No, con leche, por favor. No importa que esté fría. Tenía dificultad en concentrarse en los recortes. La observaba mientras se movía por el cuarto, gozando con los suaves movimientos de su cuerpo, contemplando, al inclinarse para coger la cafetera, la línea en la espalda del vestido donde se notaba la tira del sostén. Sintió un reflejo automático de deseo y apartó la vista con rapidez. Pero aún podía verla moverse por el rabillo del ojo, y pensó: "¿Por qué no? ¿Cómo puede un goce absorber otro? ¿No son los goces diferentes, santos, infinitos, eternos? Sarah es como plata suave; ésta es oro vivo. ¿Le importaría realmente a Sarah?" Cerró los ojos; un momento después oía su voz. —Vamos, despierta. Ya está el café. Tomó la taza y la dejó en el repecho de la ventana. La de ella estaba sobre la mesilla de noche.

—¿Me dejas que vea? Se sentó al borde del lecho y él se acercó para que ella pudiera ver los recortes. Se daba cuenta de que ella jugaba un juego. Se sentía atraída por él; sabía que él lo estaba por ella; ambos sentían placer al jugar con la fuerza que intentaba ponerles en contacto. Él sabía que sólo hacía falta que cualquiera de los dos hiciera un movimiento. No tenía intención de hacerlo él, pero disfrutaba del juego. Bebió el café e intentó esforzarse por leer los recortes. Sentía la alucinación de estar junto a Sarah y una incapacidad, como en un sueño, de concentrarse. Cuando hubo bebido su café, ella se puso en pie: —Te dejo solo, para que leas. No le respondió. La inacción estaba convirtiéndose en costumbre. Pero al oír cerrarse la puerta, lamentó haberla dejado irse; la habitación parecía más fría. La oyó moverse en el cuarto de al lado, luego bajar la escalera. Se sentía perezoso para levantarse y desvestirse; en lugar de hacerlo, dejó la carpeta en el suelo y se tumbó. Al cerrar los ojos sintió que había bebido demasiado. Se hallaba sumido en un ligero sopor cuando ella volvió a entrar. —Lo siento. ¿Dormías? Quería el azúcar. ¿Has terminado con la taza? Al inclinarse sobre la cama, él permitió que su mano le tocara la pierna a través del vestido; era un gesto de excusa. Sheila se sentó al borde del lecho. —¿No vas a desnudarte? —Dentro de un momento. La mano de ella estaba cerca de su rostro; olía a jabón de olor. La acarició. Ella le asió la mano y con la otra le acarició la nuca. Un momento después oyó el ruido de los zapatos, al descalzarse; luego se echó a su lado. La presión del cuerpo contra él era placentera. Pensó en Sarah; pero no sintió como si estuviera separado; era como si Sheila y ella fueran, en una forma extraña, la misma persona. Le pasó el brazo por la cintura. —Vamos a taparnos, tengo frío —dijo ella, moviéndose de pronto. Se levantó y salió. Él permanecía inmóvil, con la mente en blanco. Un instante después retornó Sheila con un edredón de color rosa brillante. Le tapó con él y apagó la luz. Escuchó el ruido de la cremallera al soltarse, antes de que se metiera en la cama. Cuando volvió a rodearla por la cintura, halló la carne desnuda. No sentía gana de hablar. Una burbuja había estallado. De pronto pensó: "Gracias a Dios que Sarah no parece ansiosa de sexo..." —¿Estás despierto? —Mmmm. Los dedos de ella le recorrieron el pelo. Estaba tan mojado como si se lo hubiese acabado de lavar. Luego se inclinó y le besó en la frente. Susurró: —Bueno. Ahora te dejaré dormir. Se deslizó de la cama; un instante después se cerraba la puerta. Quiso decirle que se llevase el edredón, pero temía que quisiera hablar. Permaneció tendido inmóvil unos minutos, hasta oír crujir los muelles del colchón de ella. Con cuidado se quitó los pantalones, sin levantarse de la cama. Hubiera preferido bajar a lavarse, pero hubiera revelado que no dormía. Alisó las sábanas bajo su cuerpo y se metió en la cama. Las sábanas eran frías y secas. Yació, mirando la oscuridad, sintiéndose tranquilo y satisfecho ante la destrucción de una ilusión. Media hora antes había sentido que, en ciertos aspectos, Sheila era mucho mayor que él; parecía poseer profundidades de sabiduría instintiva que se ocultaban a la inteligencia masculina. Ahora sabía que no era cierto. Ella poseía el calor, la simpatía instintiva y la ternura de una mujer madura; pero, aparte de aquello, era un animal joven que gozaba del acto del amor con la misma franqueza con que un niño disfruta de un helado. Supo, con súbita certeza, que jamás volvería a sentir ningún entusiasmo por el acto de placer físico. Aquello, en sí mismo, carecía de importancia; la certeza negativa ponía de agudo relieve sus

otras certezas positivas. El sueño le venció con tal rapidez que no se enteró. Fue la voz de Butler la que le sacó de él. —Damon, ¿estás despierto? Se abrió la puerta y entró luz. —Siento molestarte, Damon. Sarah acaba de telefonear de Keswick. Luchó por incorporarse. —¿Está aún al teléfono? —No. Le he dicho que te habías acostado hacía una hora, pero que te diría que le llamaras si estabas despierto. Ha estado intentado llamar toda la tarde, pero la casa estaba vacía, claro. Le he explicado lo que ha pasado y parecía contenta. Parece una cría encantadora. —¿Qué hora es? —Las doce y media. —Creo que esperaré a mañana para llamarla. —Muy bien. Vuelve a dormirte. —¿Está alguien contigo? —No. Viv tenía que irse. Mañana charlaremos, a no ser que quieras tomar un poco de té. —No, gracias. Creo que voy a dormir. —Buenas noches. Que descanses. Pero se le había pasado el sueño. El pensar en Sarah le producía cierta sensación de culpabilidad; no a causa de su infidelidad, sino por no haber estado abajo cuando sonara el teléfono. Cinco minutos después de que Butler saliera, encendió la luz y se vistió calladamente. Luego se sentó al borde de la cama, frotándose los ojos con el revés de sus dedos índices. Dentro de sí sintió una enorme oscuridad, al tiempo que un gran calor. Bajó las escaleras en calcetines y abrió con cuidado la puerta del cuarto de Butler. Estaba vacío, aunque el fuego estaba encendido. Se alegró de que Butler no estuviera; quería hablar con Sarah a solas. Era la una menos cuarto. Dio el número a la telefonista, sentándose luego en el sillón con los ojos cerrados. Oyó cómo sonaba el timbre al otro lado y la telefonista le dijo: "Intentando comunicarle". Al oír cómo seguía sonando el timbre, empezó a sentirse culpable. Estaba a punto de colgar cuando la voz de Lewis ladró: —¡Dígame! —Hugh, lamento muchísimo molestarte. Soy Damon Reade. Me han dado el recado de que Sarah quería que la llamara otra vez. —Está en la cama. ¿La voy a buscar? —No, por favor, no. Le hablaré mañana. ¿Te he despertado? —No, por suerte. ¿Anda todo bien por ahí? —Sí. —¿Ya has encontrado al asesino? —Pues no. Te lo explicaré en otro momento. Creí tener una pista, pero me he equivocado de hombre. —Sí, estaba seguro —rió Lewis con sequedad. —Es demasiado largo para explicarlo ahora —suprimió su irritación—. Pero no ha sido culpa de Pickinghill... —¿No? Bueno, le diré a Sarah que has llamado. ¿Quieres que le dé algún recado?

—No. Yo la llamaré mañana por la noche. —Muy bien. Más vale que pongas en movimiento tu sexto sentido... Buenas noches. Resistió el impulso de colgarle de golpe. Fue a la puerta y escuchó, preguntándose si Butler estaría abajo, en el baño. No se oía nada. Sacó dos monedas del bolsillo y las dejó junto al teléfono, volviendo a subir luego. En lugar de volver a desnudarse, encendió la estufa de gas. Su deseo de dormir había desaparecido y sentía dentro cierta extraña vitalidad. Cerró los ojos y respiró profundamente, imaginando el círculo de piedras druidas y los rocosos valles de la ladera del Skiddaw. Su cuerpo y su mente se relajaron casi al momento. Se dio cuenta de que tenía un ligero dolor de cabeza, pero no le dio importancia, como si no fuera suyo. Esta vez la habitación resultaba demasiado calurosa, así que apagó la estufa. La brisa que entraba por la ventana le agitaba el cabello. Se concentró deliberdamente, sumergiéndose aún más en su oscuridad interior, alejándose aún más de su cuerpo y su personalidad física. Le sorprendió la facilidad con que lo logró. No le costó esfuerzo y pareció suceder más de prisa que habitualmente. Su respiración se hizo poco profunda; parecía como si los átomos de su cuerpo estuvieran perdiendo su energía, como si fuera sumiéndose en un estado de suspensión animada. Un gozo, más profundo que la felicidad, le iba como envolviendo en oleadas de paz. Tenía la sensación de estar como contemplando su cuerpo, que estaba debajo, contemplando al ser llamado Damon Reade. En su pensamiento estaban presentes los acontecimientos de los dos últimos días y los repasó con una especie de tolerante alegría. Todo parecía absurdo, carente de importancia: su presencia allí, las intrigas de Butler con Vivian Martin, su aventura con Sheila. Con mayor claridad que nunca, vio que todas sus ideas acerca de sí mismo y del mundo eran un completo error. Resultaba tentador alejarse de sí, abandonar su cuerpo sentado en la silla e ir más allá, a un estado de contemplación del inmenso silencio que subyace a la trivialidad humana. Resistió la tentación con el oscuro sentimiento de que había otras cosas por hacer. Por un momento no pudo recordar qué eran. Luego le volvieron: su propósito al hallarse allí, el asesino del Támesis que citaba a Blake. Primero le pareció infinitamente poco interesante; luego ligeramente absurdo, casi divertido. Resistió la tentación de sopesarlo en tales términos morales e intentó considerar los hechos del caso. Entonces, súbitamente, los hechos centrales se destacaron con claridad: culpabilidad, obsesión, necesidad de purificación. Comprendió de pronto que había poseído todas las pistas desde su charla con Lund, pero que no había sabido ver su significado. Ahora resultaba evidente por sí mismo. Se desvaneció su necesidad contemplativa; sintió una emoción de triunfo. El cuarto de Butler seguía vacío. Por un momento se sintió decepcionado, pero pronto se le pasó. Sentóse en la butaca, examinando otra vez los hechos. Su significado aparecia tan claro y patente como siempre lo fuera. Oyó el portazo en la puerta de la calle, las pisadas en la escalera. Butler se sobresaltó al verle: —¿Cuánto tiempo llevas aquí, Damon? —Poco. He llamado a Keswick. —Oh, bien. Yo he ido a comprar cigarrillos. ¿Alguna novedad? —No. Pero he estado pensando en los asesinatos y creo poseer la respuesta. —Sí, sigue —dijo Butler mientras se inclinaba a encender la cocinilla—. Te escucho. Al intentar explicarlo, halló dificultad para empezar. Butler pensó que la pausa se debía a que estaba ocupado con la tetera, así que se sentó en la cama. Reade se rascó la cabeza y dijo: —Estaba pensando en lo que sabemos... y de pronto lo he visto clarísimo. ¿Cuál es el rasgo más llamativo de este caso? Que escribe citas de Blake en las paredes. ¿Por qué? Con ello aumenta la posibilidad de que le cacen...

Se detuvo. No estaba expresando bien lo que quería decir. Butller encendió un cigarrillo mientras esperaba. —Intento formarme un retrato mental del hombre. Antes de nada culpabilidad, obsesión, un poderoso impulso sexual. Pero sabemos que no es una especie de gorila homicida. Sabemos que es inteligente. Vio de repente lo que quería decir. Se inclinó hacia delante y se puso a hablar de prisa, excitado, apuntando con el dedo a Butler, para dar más énfasis a sus palabras. —Todo ello nos habla de un hombre dividido dentro de sí, un hombre en conflicto consigo mismo. Y creo que ahí está la respuesta a las citas de Blake. Sé que es difícil de entenderlo, pero hay cierta clase de temperamentos que quieren creer que nada de cuanto hagan jamás supone una diferencia. Como el Padre José de París (la Eminencia Gris de Huxley), que fue el mayor responsable de la Guerra de los Treinta Años y, no obstante, practicaba la contemplación mística. Ya sabes que Blake escribió: "El alma auténtica de suave delicia no puede ser violada jamás". Bueno, pues creo que este hombre es igual. Quiere nadar y guardar la ropa. Es, si quieres, un Jekyll y Hyde que no puede resistir el hacer cosas horribles, pero que en cuanto las ha hecho, se vuelve a convertir en doctor Jekyll. Y es su Jekyll quien escribe citas de Blake. Quiere afirmar que no ha sido violado... —Seguramente tienes razón. Pero ¿a dónde nos lleva? —Aún no he concluido. Intento explicar cómo he llegado a mi conclusión. Una vez que he comprendido por qué escribe las citas, he visto de pronto lo del río. Es la misma personalidad dividida. El agua representa pureza, se lava de su culpa en él. Por eso, mientras el señor Hyde comete los crímenes, el doctor Jekyll tira los cadáveres cerca del río. Comete los asesinatos para aliviar su tensión mental y entonces intenta disociarse de alguna forma de ellos, para lograr el despego místio. Otra vez el Padre José. —Sigo sin comprender... —Espera, ya llego al punto. ¿Recuerdas que he dicho que terminaría por suicidarse? Es porque, instintivamente, sentía que su Jekyll terminaría por querer destruir a Hyde... Pero, de pronto, he comprendido que hay otra alternativa. Puede que ya haya superado la fase del suicidio. Puede que un intento de suicidio fuera lo que le impulsó a los asesinatos. Lucha durante meses contra sus tendencias de Hyde hasta que no puede más y, totalmente desesperado, intenta matarse. Pero no lo logra, no tiene éxito. Así que se va al extremo opuesto, elige la otra solución: rendirse por completo al señor Hyde. Por eso son tan violentos estos crímenes. Es su violencia suicida vuelta contra los demás. Ahora Butler le escuchaba con intensa concentración. Cuando la tetera empezó a silbar, se inclinó y apagó el gas. —Tengo que hacerte una objeción: los que quieren suicidarse de verdad no fracasan. Son los otros los que fallan, los que quieren parecer dramáticos pero sin querer morir de verdad. Y ese retrato no encaja con tu idea del asesino. —De acuerdo. Pero ¿qué hay de los pocos que quieren morir y no lo logran? Butler denegó con la cabeza. —Rara vez ocurre. Es tan fácil conseguirlo. El horno de gas, la navaja, un cinturón viejo y un gancho de colgar la ropa... —Pero nuestro hombre no utilizaría ninguno de esos métodos. No son lo bastante limpios. Sólo le atraería una forma... ahogarse. —Dios... claro... —Butler le contempló atónito. —Y un hombre que intenta ahogarse y le sacan del agua, es llevado al hospital. Y nosotros podríamos verificarlo en los hospitales que haya a lo largo del Támesis. Butler guardaba silencio. Al fin lo rompió para decir: —No sé si es inspiración o delirio. Reade no le comprendió bien.

—No, no es inspiración. Es algo mucho más corriente. He hablado por teléfono con el tutor de Sarah, que es un escéptico total. Al colgar me ha dicho algo: "Es mejor que pongas en marcha tu sexto sentido". Al principio me he sentido molesto... luego he comprendido que tenía razón. He estado haciendo lo mismo que criticaba a la policía... concentrándome en detalles nimios, dejando de ver el bosque porque me lo tapaban los árboles. Mira, esa era una de las razones por las que vine aquí. Discutimos bastante acerca de Sarah y él me acusó de carecer por completo de experiencia y de ser poco práctico. Y yo deseaba hacerle comprender que lo que pasa es que mi sentido de la vida es totalmente distinto del suyo... que el universo es, de alguna manera, un organismo único, y que todo cuanto acontece está relacionado con todo lo demás, así que hay que intentar ir a la raíz de las cosas para comprenderlas... no limitarse a concretarse en detalles sin importancia... —¿Quieres decir que estas ideas sobre el asesino eran un sexto sentido? —No exactamente. ¿Es eso cuando me pongo a interpretar un pasaje difícil de Whitehead? Tengo que ir más allá de las palabras aisladas. Debo intentar elevarme sobre ellas... verlas en relación al pensamiento de Whitehead y a todas sus otras obras. Bueno, no hay una gran diferencia entre un caso de asesinato y un pasaje de Whitehead; para ambos se requiere la misma clase de visión... De todos modos, esto carece de importancia. Ahora tenemos que averiguar cuántos hospitales o clínicas hay a lo largo del río que reciban a quienes intentan suicidarse ahogándose. —¿Crees tú que habrá alguno? —No lo sé. Pero conozco a alguien que tal vez lo sepa. Un médico en el Hospital de Santo Tomás. ¿Quieres pasarme ese cuaderno de piel? Voy a telefonearle. Tiene muchos servicios nocturnos. ¿Quieres preparar el té mientras le llamo? Marcó el número. Tras un instante, preguntó: —¿Está el doctor Haggerty, por favor?... Sí, esperaré. —Dijo con satisfacción—: Bien, primer golpe de suerte. Está de guardia... Hola, Mike. Aquí Kit Butler. Siento molestarte a estas horas, pero es bastante importante. Necesito con urgencia cierta información. ¿Recibe vuestra clínica casos de intento de suicidio en la sala de accidentados? ¿Sí? ¿De los que intentan ahogarse? ¿Os llevarían todos los casos de este tipo de la zona central de Londres? ¿No? Comprendo... ya... Bueno, es bastante difícil... —Puso la mano en la horquilla y dijo—: Damon, ¿cuándo fue el primer asesinato? —Hum... en febrero del sesenta y cuatro, creo... —Esta es la cuestión, Mike. Intentamos llegar a un hombre que trató de suicidarse, ahogándose, hacia enero del sesenta y cuatro. No, no sabemos por dónde se tiró... No, tampoco su nombre. Pero tenemos su descripción: es un hombre alto, muy fuerte, joven, bien educado. No estamos seguros de su nacionalidad. Puede ser extranjero, tal vez americano. Un verdadero neurótico... Bueno, te lo explicaré en otro momento. ¿Estarás mañana ahí?... Bien, me gustaría ir... Pero antes, otra pregunta. ¿Cuántos hospitales se te ocurren a lo largo del Támesis? Eso es, dónde acepten casos de quienes intentan ahogarse... Espera que coja un lápiz... St. Mary Abbots, San Esteban, Hammersmith, Westminster, Charing Cross, Waterloo... No, no creo que llegara tan lejos como Greenwich. Pienso más bien en el área central de Londres. Guys, Fulham... No, Ealing no... San Lucas... Sí, creo que bastarán. ¿Conoces algún médico en esos sitios?... Espera. Hosmer en Fulham, Everett en San Esteban. ¿Nada más?... Sí, es maravilloso... Mientras, ¿podrías verificar con algunos de tus colegas sobre este suicida? A ver si ellos se acuerdan... Te lo contaré todo mañana... Muy bien. Buenas noches, Mike. Muchísimas gracias... —Colgó, para decir inmediatamente—: Maldición, se me ha olvidado preguntarle si alguno de estos médicos estaría de guardia. No importa. —¿Cuántos tienes? —Nueve. Conoce a médicos en dos de ellos. He prometido ir a verle mañana a casa de su amiga. Tiene una aventura con una chica llamada lady Mary Milne-Roberts. Creo que conseguiré que haga parte del trabajo por nosotros. Puede verificar en algunas de las clínicas...

Reade había colocado la lista en la mesa y miraba los hospitales en la guía telefónica de Londres. Una vez que los encontró, fue marcándolos en rojo. Butler bostezó, estirándose, y dijo: —No sentiré acostarme. He bebido un poco demasiado donde Fisher. ¿Qué te ha parecido? —No he hecho ningún juicio —se encogió de hombros. —¿Qué haces? —Averiguar cuánto se tardaría en visitar todos estos sitios. —Mañana te llevaré. —Creo que iré esta noche. —¡Qué! ¡A estas horas! —Es la hora apropiada. La gente no intenta suicidarse de día... Hay demasiada gente alrededor para pescarles. Lo hacen a estas horas de la noche. Y, en ese caso, los porteros nocturnos lo recordarán. —Pero los porteros nocturnos no están siempre de servicio. Vuelven a los turnos de día. En cuyo caso, tendrás que verificar también eso. —No sé... Pero vale la pena intentarlo. Y creo que sería más fácil hablar con los porteros de noche que de día. Todo está más tranquilo... Mira, en taxi puedo ir a seis de estas clínicas en menos de dos horas. ¿Ves?, cinco de las seis están en la misma área, como a media milla una de otra. Mañana iré a ver las del centro de Londres. —Ojalá lo dejaras para mañana —replicó Butler abatido. —No importa. Tú no tienes por qué venir. Tomaré un taxi de los de radio. Butler encendió un cigarrillo y tiró la cerilla con un movimiento rápido, irritado. —Claro que iré. Dame tiempo a fumarme éste. —No tienes por qué hacerlo. Además, ya has devuelto el coche, ¿no? —Está a la vuelta de la esquina. Puedo cogerlo. Bebieron el té en silencio durante unos instantes. Luego Butler dijo: —No sé si esta idea tuya es una inspiración o una pérdida de tiempo. —Ni yo. Pero creo que vale la pena probar. Todo depende de si estamos en lo cierto sobre la psicología del asesino. Es decir, que no está sencillamente loco del todo, el tipo que se cree Gengis Khan, o alguien así. —No sé por qué, no lo creo. —Yo tampoco. Creo que es un hombre más o menos cuerdo durante casi todo el tiempo, un hombre que mata porque se siente bajo una fortísima tensión. Si es así, creo que estoy en lo cierto al adivinar que es de los que se suicidan. Creo que todos cuantos asesinan sienten un fuerte impulso por suicidarse. La cordura humana depende de que uno se sienta seguro, físicamente seguro, asumiendo que uno seguirá con vida dentro de diez años. Toda la grandeza humana se basa en tal suposición. Y un hombre que destruye a un ser humano cada pocos meses, destruye su propio sentimiento de inmortalidad. Siente que él podría resultar destruido con idéntica facilidad. Ha devaluado su propia vida. —Estoy de acuerdo con cuanto dices. Pero no es tu psicología lo que me preocupa, sino tu geografía. Este hombre puede vivir en Brighton, en St. Albans, venir a Londres una vez al mes o algo así. Puede ser un interno de un psiquiátrico, donde le consideran inocuo y le dejan salir solo. Estamos haciendo demasiadas suposiciones. —No estoy contigo. No creo que pueda estar internado en un manicomio. Serían las primeras personas a las que investigaría la policía. Y el personal pronto sospecharía, si hubiera un crimen cada vez que uno de sus pacientes fuera a Londres a darse una vuelta. Más aún, no creo que haya estado jamás en un psiquiátrico inglés. Para ahora la policía hubiera dado con

él, al verificar a miles de ex pacientes peligrosos en potencia. Esa es otra razón para creer que sea extranjero... si ha estado en algún manicomio, ha tenido que ser fuera. Butler tiró la colilla en la chimenea. Se puso en pie: —Bueno, vamos a acabar con el asunto. Creo que es una idea de locos, pero supongo que bien podemos probar. —¿Por qué no me dejas que vaya solo? —No importa. Ya estoy bien despierto. Vamonos. El coche estaba aparcado a cincuenta metros, en la calle Portobello. Butler buscó en el forro del asiento del conductor y sacó la llave del encendido. —¿A dónde vamos primero? —Al más cercano, supongo... St. Mary Abbots, en la calle Marloes. Luego a San Esteban, San Lucas y Fulham. Butler fumaba mientras conducía. Ninguno de los dos hablaba. Reade se puso a pensar en Sarah, en volver a casa. Sentía la tentación de hablar de Sheila, pero decidió no hacerlo. Resultaba calmante conducir por las calles de Londres de noche. Notting Hill Gate se hallaba desierto. A las luces de neón de la calle Bayswater, los árboles de los Jardines de Kensington parecían de una extraña belleza. Quedó sorprendido al detenerse el coche; apenas habían tardado cinco minutos. Las puertas de la clínica se hallaban cerradas, pero la portezuela lateral, fuera de la garita del portero, estaba abierta. Salieron del auto. No había más que un hombre en la garita, sentado ante la centralita de teléfonos. Butler esperó a que terminara de hablar y luego golpeó suavemente en el cristal. El portero se acercó a abrir. Era bajo, calvo y parecía cansado. —Lamentamos molestarle —dijo Butler—. Soy periodista del Daily Express; estoy haciendo un reportaje sobre suicidios... El hombre le interrumpió de inmediato: —Oiga, mire usted, no puedo hablar con usted. Tengo que pensar en mi trabajo. —No quiero ninguna información general —interrumpió Butler con rapidez—. Esa puede dármela el doctor que esté de guardia. Pero intento averiguar algo sobre un determinado intento de suicidio en enero del sesenta y cuatro... —Lo siento —dijo el hombre con irritación—. No puedo ayudarle. Hable usted con el superintendente. La centralita empezó a funcionar. Cerró la ventana de golpe y se volvió. —Cochino y miserable tipejo —exclamó Butler indignado—. Me gustaría rebanarle el pescuezo... —No te alteres. Siempre podemos llamar al superintendente. O hacer que tu amigo el médico de Santo Tomás llame en nuestro lugar. —No soporto la grosería. Un cerdo como ese hace que simpatice con el asesino. —No importa. Vamonos al sitio siguiente. Tal vez no sea una buena idea citar a la prensa. Reade miró el mapa a la luz del tablero de mandos y dirigió a Butler a San Esteban. Al bajarse, le dijo: —Déjame probar a mí esta vez. Había dos porteros en su garita, uno de uniforme, el otro con un mono azul. El del mono era diminuto y anciano. —¿En qué puedo servirle? —preguntó el último. —No sé si podrá ayudarme, pero intento dar con un amigo mío. Todo lo que sé de él es qué intentó suicidarse ahogándose, a comienzos del mil novecientos sesenta y cuatro. Estoy visitando varios hospitales de Londres, sobre todo por el centro, para ver si en alguno le

recuerdan. El portero uniformado dejó la centralita para acercarse. —¿No es una hora un tanto rara para andar haciendo averiguaciones? —No, porque, verá usted, sé que intentó suicidarse por la noche. Por eso esperaba que alguien que hubiera estado de guardia le recordara. —¿Cómo se llamaba? —inquirió el otro. —Ah, ése es el problema. Estoy casi seguro de que dio un nombre falso. El verdadero es Pierce. Es un hombre enorme... de físico imponente, americano... Ambos negaron con la cabeza. Reade preguntó al de uniforme: —¿Estaba usted de guardia por entonces? —Yo siempre hago la guardia nocturna. Soy portero nocturno permanente, excepto cuatro semanas al año, en septiembre. No recuerdo a su amigo Pierce. —¿Recordaría usted si hubieran traído a un hombre de dicha descripción y que hubiera intentado suicidarse? —Sí. No tenemos muchos casos de gentes que intentan ahogarse. —¿A dónde los llevan, por lo general? —Oh, depende... A Santo Tomás, a Guys. Todo depende de donde los pesquen. —Muchas gracias. Me han sido de gran ayuda. —Siento que no podamos hacer más. Volvió al auto. —No ha habido suerte. Pero han sido muy educados. Creo que esta clínica puede quedar descartada definitivamente. —Y yo pienso que sería más fácil telefonear por la mañana. —Muy bien. Pero ahora que estamos en la calle, bien podemos probar en San Lucas. Sólo está a un par de minutos. Al detenerse frente al hospital, Reade preguntó: —¿Pruebo de nuevo? —No. Espérate aquí. Reade le vio subir las escaleras y acercarse a la portería. Allí había una enfermera que hablaba con el portero. Butler se dirigió a ella. Charlaron durante unos minutos. Butler regresó. —Aquí nada, Damon. Dice que por lo general no tienen casos de ahogados, excepto en circunstancias muy excepcionales. Lleva aquí dos años y no recuerda ninguno. —Bueno, parece como si hubiésemos perdido el tiempo. Vamonos a casa. —Espera. Hay otro que queda cerca, ¿no? —La clínica de Fulham. No está muy cerca. Como a una milla. —Probaremos. —Al poner en marcha el motor, soltó una risita—: Empiezo a sentir cierta satisfacción, como cuando uno da de cabeza contra la pared... —Si vamos a Fulham, bien podemos probar también en Hammersmith. Está camino de casa... más o menos. —Supongo que sí. Sea como sea, en veinte minutos habremos terminado. No está mal. Hubiéramos tardado tres veces más con el tráfico del día. Reade bostezó. Le inundó el cansancio, como una gran oleada. —Apenas puedo creer que sólo llevo un día en Londres. Parece semanas.

Ya ante el hospital Fulham, Butler sugirió: —Esta vez vamos a probar los dos. Se acercaron a la ventanilla de la portería. Un joven de pelo planchado, sentado en una mecedora, leía el periódico. Al otro extremo, una enfermera escribía algo en un cuaderno. Al ver aparecer sus rostros, el hombre se levantó de un salto y abrió la ventanilla. Tenía el rostro agudo y menudo de un típico londinense. Reade observó que había estado leyendo los chistes. —¿En qué puedo servirles? —No sé si podrá. Intentamos encontrar a un amigo que trató de suicidarse —repuso Butler. —¿Cómo se llama? —Ahí está el problema —interpuso Reade con rapidez—. Estamos casi seguros de que dio un nombre falso. Fue en enero del sesenta y cuatro. —¡El sesenta y cuatro! —exclamó el hombre atónito. La enfermera se acercó a preguntara —¿Y cómo esperan hallar a su amigo dos años más tarde. —Si pudiéramos hallar la clínica a la que le llevaron, tal vez allí tendrían alguna dirección. Se trataba de una mujer de mediana edad, con cara de pájaro. Su voz tenía ese tono incisivo de las maestras de escuela. —¿Creen que hubiera dado su dirección correcta si usaba un nombre falso. —Pero es que no sabemos si dio un nombre falso —de nuevo Reade—. Esperamos que alguien reconozca su descripción. Verá, es un joven bastante llamativo... altísimo y muy fuerte. Con ese tipo de personalidad que no se olvida... muy inteligente. El portero se volvió a mirar a la enfermera, quien preguntó: —¿Cómo intentó suicidarse? —Ahogándose. El portero volvió a mirarla, pero ella siguió: —¿Son ustedes periodistas? —No —repuso Butler—. Sólo amigos. Al mirarla, Reade supo, mientras el corazón se le contraía, que habían encontrado algo. El rostro del portero lo demostraba y también lo sentía en el comportamiento de la mujer. Fue él quien preguntó: —Usted recuerda a dicha persona, ¿verdad? —No estoy segura de que tenga autoridad para decírselo. Pero su tono carecía de severidad. Ambos la miraron, conscientes de que sería inútil presionarla. Al fin Butler dijo: —Comprendo lo que siente. Tal vez sería mejor que llamáramos al superintendente del hospital mañana, para explicar nuestra situación. —Creo que sería una gran idea —repuso en el mismo tono de voz controlado, razonable—. De todos modos, las fichas del hospital están cerradas a esta hora. —Muy bien. Muchas gracias. —Butler iba a volverse cuando Reade dijo: —¿Podría usted decirnos el nombre que utilizó? Miró primero al portero, luego a la enfermera. Ambos guardaron silencio un instante. Al fin ella dijo: —Supongo que no importará. Si hablamos de la misma persona, se llamaba Sundheim. Gaylord Sundheim.

Les era imposible contener su gozo. Ella sonrió respondiendo a su excitación. Ambos se inclinaron hacia la ventanilla. —¿Era americano? —preguntó Butler. —Sí. —Otra pregunta, por favor... —Me temo... —Esta es más personal. —Era Reade quien hablaba—. ¿Por qué le recuerda tan bien? —Como ustedes han dicho, no es de la clase de personas que se olvidan con facilidad — sonrió la mujer. —¿Trató usted con él personalmente, enfermera? ¿Estaba en su sala? —No estaba en una sala. Estuvo veinticuatro horas en una habitación privada. Luego se le dejó ir. —Pero ¿le habló usted? —Sí. —Enfermera, no tiene idea de cuánto nos ha ayudado. —Butler hablaba con calor—. ¡Muchísimas gracias! Mañana telefonearemos a la clínica para ver si podemos dar con su dirección. —En cuyo caso, preferiría que no mencionaran que han hablado conmigo. —No, claro que no. Reade le dio las gracias. Al ir a marcharse, se abrió la puerta de la garita y salió la mujer, que se detuvo mirándoles. Preguntó en el mismo tono de voz, firme como antes: —¿Ha hecho algo? Por un momento, ninguno de los dos habló. Como ambos se miraron, ella dijo más bajo: —Ya veo que sí. —No podemos contestar de verdad a su pregunta, porque no lo sabemos —repuso Reade violento—. Tan sólo lo sospechamos. La miraban azarados. Después de tanta ayuda les parecía mal no contestar a su pregunta. Pero Reade se daba cuenta también de la expresión anhelante del portero, que casi sacaba la cabeza por la ventanilla. Butler preguntó: —¿Hubiera dicho usted que era de los que se metían en líos? —Entonces lo estaba —se encogió un tanto de hombros—,...cualquiera que fuese el tipo de lío. Como seguían mirándola, vacilantes, sin saber qué decir, ella concluyó: —Buenas noches. Se alejó. Ambos contestaron: —Buenas noches, enfermera. Los ojos del portero les siguieron hasta el coche. Miró como queriendo ir tras ellos, pero temeroso de hacerlo mientras la enfermera anduviera cerca. Al subir al coche, Butler dijo: —¿Crees que merece la pena preguntarle qué sabe? —No lo creo. Siempre podemos volver mañana. Creo que más bien está ansioso de averiguar lo que sabemos nosotros. —No puedo decidir si ya hemos dado con algo o si es sólo una coincidencia —meditó Butler, poniendo en marcha el vehículo. —Oh, hemos dado con algo.

—¿Tú crees? —Lo sé. Lo he sabido en cuanto ha dicho su nombre... Sundheim. Es el nombre de un americano que escribió un librito sobre Blake. Lo he visto esta noche en la biblioteca de Jeremy Bryce... Cuidado o nos daremos con ese farol. Butler detuvo el coche y apagó las luces. —¿Tú crees que es el mismo Sundheim? —Oh, seguro. Tengo buena memoria para nombres. —Su padre, imagino. Butler sacó un cigarrillo. La mano le temblaba ligeramente al encenderlo. —Dios, y ahora ¿qué hacemos? —Supongo que haríamos bien en mirar a ver si hay algún Sundheim en el listín de teléfonos. ¿Quieres acercarte a ese kiosko? Ya ante la cabina, bajaron los dos del coche. Las guías eran nuevas. Reade miró sobre le hombro de Butler, que volvía las páginas del volumen S-Z. —Sunderland... Sundfelt, Sundius, Sundle... No, aquí no está. Vamos a ver bajo Sondheim... Aquí. Tres Sondheimer, pero ningún Sondheim. —Puede que no esté en Londres, claro. —Quizá —dijo Butler abatido. Volvieron al auto. Reade bostezó. —Vamos a volver. Apenas si puedo seguir despierto. —¿Qué tienes sueño? —atónito. —Estoy exhausto. —Me asombras. ¿Te das cuenta de lo que acabamos de hacer. —Sí. En cierto modo estoy excitado. Pero por ahora no podemos hacer nada más. Y si pierdo más sueño mañana estaré agotado. Así que vamos a casa. Poco después de las tres llegaban a la habitación de Butler. Parecía tan igual a cuando la dejaron, que apenas si podían creer en lo que había pasado. Butler fue inmediatamente al teléfono y marcó un número: —Oiga, ¿información? Siento molestarles a estas horas, pero es urgente. Intento dar con un hombre llamado Sundheim, Gaylord Sundheim, y creo que tiene un número... Oh, tal vez en el del mes pasado. Gracias, señorita. Dejó el teléfono en la rodilla y encendió otro pitillo. —Vale la pena probar... Oiga... Sí. ¿No está en la guía? Comprendo. No lo sabía. Es bastante urgente. ¿No le sería posible darme el número...? No, claro, entiendo. ¿Está segura de que es el verdadero Sundheim? ¿Qué iniciales? ¿G. G.? Sí, ése es, con dirección en Chelsea. ¿En Chelsea no? ¿No puede decirme dónde? Bueno, la zona donde está ahora... No, ya veo. Claro que no... Gracias, Buenas noches. Colgó, sonriendo. —Está en Londres, ¿has oído? Pero no está en el listín. He intentado averiguar por dónde. Debiera haber dicho Kensington. No importa. Sabemos que está en la ciudad. —Creo que me voy a dormir —se estiró Reade, bostezando—. Mañana podré pensar mejor. —Toma primero un trago. Creo que nos lo merecemos. Se sirvió un whisky, pero Reade rehusó. —Para mí no, gracias. No podría beber más. —Yo no dormiré si no me lo tomo. Reade miró al estante de abajo del armario de las bebidas.

—¿Para qué tienes tantas guías telefónicas? —Oh, son viejas. Siempre estoy para tirarlas. Reade se inclinó para ver los cantos. Sacó uno que decía: Abril 1959. —Bien vale mirar. La guía se abrió; comprobó que era la página que buscaba y sintió un escalofrío de tensión, que dominó. Con el dedo repasó la columna: Sunderland, Sundfelt... —Aquí hay un Sundheim. Señora Beatrice M. Sundheim. Berkeley Mews, Plaza Edwardes, W. 8, Teléfono Western 4927. —¡Maravilloso! Puede ser alguna pariente, quizá su madre... —Eso me parece probable. La forma de poner el nombre... Beatrice M. Sundheim... parece americano. Te fijarás que casi todos los nombres de la guía dan sólo las iniciales o el nombre... casi nunca un nombre y una inicial. —Sí, tienes razón. Eso es típico americano. Así que podría ser su madre... ¡De hecho encaja! Seguramente es viuda. El padre murió. Y, lo que es más, apostaría a que ella murió como hace dos años, cuando él trató de suicidarse... Tomó el teléfono. —Voy a probar de nuevo. Y espero no dar con la misma telefonista... Oiga, ¿información? Sonrió a Reade, tapando el teléfono con la mano: —Esta vez es un hombre... Oiga, quisiera saber si podría darme el teléfono de G. G. Sundheim, Berkeley Mews, Plaza Edwardes, W. 8... No lo encuentro en la guía. Puede que sea un número nuevo. ¿Quiere verificarlo, por favor? El mes pasado, o cosa así... Reade se había detenido a la puerta, apoyándose en ella; no quería volver a sentarse. Ahora sólo deseaba meterse en la cama. Un momento después, Butler decía: —Diga, sí... No está en la guía, ¿verdad? Qué lástima. ¿Pero está seguro que es el mismo? Y la dirección es Berkeley Mews, en la Plaza Edwardes? ¿Sí? Muy bien. Muchas gracias. Buenas noches. —Colgó satisfecho—. Deberíamos montar una oficina de detectives privados. Asesinos capturados en veinticuatro horas. Sigue viviendo en el mismo sitio. Así que Beatrice M. Sundheim era su madre, murió y le dejó la casa. E inmediatamente hizo que le borraran del listín... ¿Qué haremos ahora? ¿Llamarle? —Mañana hablaremos de ello. Tengo que dormir. —¡Ya lo tengo, Damon! —exclamó chasqueando los dedos—. Telefonéale y pregúntale si es el Sundheim que escribió el libro acerca de Blake. Dirá que no, que su padre. Le dices a ver si puedes visitarle para discutir las ideas de su padre. ¿Qué te parece? Reade sonrió desde la puerta. —En primer lugar, no conocemos su número de teléfono. En segundo, sólo estamos conjeturando que este Sundheim que escribió sobre Blake era su padre. En tercero, aunque lo sea, puede que no quiera verme para hablar de ello... seguramente odia a su padre. Y cuarto y último, no quiero ir a verle. Podría terminar hecho pedazos, como los otros... Ahora me tengo que acostar. Te veré por la mañana, Kit. Que duermas bien. Echó el pestillo a su puerta antes de meterse en la cama. Nada más tumbarse, el lecho pareció mecerse debajo; se sentía como convertido en una pluma, flotando por el espacio. La idea de Sundheim le parecía entonces absurda, irrelevante. Era algo en lo que no podía creer. A los pocos segundos estaba dormido.

TRES Los nudillos que golpeaban la puerta y la voz de Butler le despertaron de un sueño pesado y sin sueños. Había sido tan profundo que, por un instante, no supo dónde estaba. Se arrastró fuera de la cama, abrió la puerta y volvió a dejarse caer en el lecho. —Ha llegado tu telegrama, Damon... de tu amigo el de la Biblioteca del Congreso. ¿A qué no sabes cuál es el primer nombre de la lista? ¡Sundheim! —Bien —repuso adormilado. —Así que se me ha ocurrido telegrafiar a tu amigo para pedirle que busque cuanta información y detalles biográficos encuentre acerca del tal Sundheim. Luego he recordado que habías dicho que Millicent Bryce tiene un ejemplar del libro, así que he llamado a Jeremy para preguntarle a ver si nos lo presta.. Lo va a traer dentro de media hora. Se sentía demasiado cansado para hacer preguntas. —Bien. Bueno, baja y yo me vestiré e iré a reunirme contigo... —Muy bien —dijo Butler de buen humor—. ¡Pareces un topo ciego! No vuelvas a dormirte. En cuanto se cerró la puerta Reade volvió a dormirse; el globo de calor del que acababa de emerger seguía intacto. —Te he traído café —dijo una voz de mujer. Por un instante, sus sueños la identificaron con Sarah; al abrir los ojos vio que se trataba de Vivian Martin. —Me han mandado a despertarte. ¡No me extraña que estés exhausto después de pasarte la noche visitando clínicas! Sentóse, frotándose los ojos. El café tenía un aroma apetitoso. —Maravilloso. Me vestiré y bajaré en cinco minutos. —No hay prisa. Kit ha salido a comprar leche. ¿Te importa que me siente aquí? —Claro que no. Pero no me mires. Me siento como algo que hubiese reptado fuera de una ciénaga. —Tómate el café. Te sentirás mejor. ¿Crees de veras que hay algo en eso de Sundheim? —Lo creo probable. ¿Y tú? —No sé. Parece demasiado bueno para ser cierto. Todo encaja, pero... parece demasiado fácil. —¿Dónde está Jeremy? —Con Kit. Me ha contado lo de tu truco "mágico" de anoche. Hizo una mueca de embarazo. —No debiera haberlo hecho. —Oh, no te preocupes, no iré pregonándolo. Además, no creo en ello. ¿Tienes de veras poderes telepáticos? Estaba disfrutando del café y sintiéndose mejor por instantes. —Todo el mundo los tiene, al igual que poderes de la razón. Pero la mayoría no los usa. —¿Cómo aprendiste tú a usarlos? —No aprendí. Lo hago instintivamente. Es un café espléndido. ¿Hay más? —La cafetera llena. ¿Te traigo? —Si no te importa... Al quedarse solo sacó un peine del bolsillo de la chaqueta y se peinó. Sentóse sobre la cama y abrió de par en par las ventanas. La habitación se inundó de sol y ruidos callejeros. Al entrar

ella volvió a deslizarse con rapidez entre las sábanas. —Te he traído asimismo unas galletas. La segunda taza sabía más fuerte que la primera. Al beberla, la miró apreciándola; le parecía una de las mujeres más amistosas e inteligentes que conociera nunca; ella le dijo: —Quiero preguntarte algo antes de que vuelvan. ¿Te importa? Sacudió la cabeza, sonriendo. —¿Puedes explicarme cómo utilizas la telepatía? Tragó con cuidado la última galleta, moviendo la cabeza. —No puedo responderte con sencillez. No utilizo la telepatía... a veces la experimento. ¿No has tenido nunca la sensación de saber algo instintivamente antes de que suceda? ¿O algo te ha salido bien, de forma rara, cuando estabas haciendo algo complicado, como si el mundo de la materia colaborara realmente contigo? ¿O te has tropezado con una palabra que jamás habías visto antes y luego te la has encontrado varias veces en pocas horas? —Supongo que sí. Sobre todo lo último. A todos les pasa eso alguna vez. Pero no con frecuencia suficiente como para que resulte importante. —Una vez conocí a una mujer a la que le ocurría todos los días... era un ser extraño, llamado Grace Salmon. Vivía cerca de mí, cuando fui a vivir a los Lagos... ya ha muerto. No era muy lista, y en algunas cosas resultaba bastante atolondrada. Pero desde luego tenía toda clase de poderes extraños. A menudo podía predecir el futuro de una persona con sólo mirarla... así como su pasado. Me dijo cosas acerca de mí que era imposible que hubiese sabido. También podía curar a las gentes, imponiéndoles las manos. Pero, como digo, no era inteligente; la verdad es que era decididamente crédula y tonta en muchos aspectos. Me convenció de que los poderes psíquicos y la telepatía no tienen nada de poco habituales. Pero... ¿qué iba a contar? Ah, sí, muchas veces hablaba de por qué uno escucha una palabra por vez primera y luego sigue escuchándola durante un par de días más... A ella siempre le estaba sucediendo. Si quería saber algo, abría al azar un libro de referencias... y se abría en la página adecuada. Se lo he visto hacer muchas veces. Una vez me pidió que le explicara el principio de la bomba atómica y le contesté que lo desconocía, y me dijo: "—No importa, pronto me toparé con ello. "Una hora más tarde compró una coliflor en el mercado del pueblo (yo estaba aún con ella) ¡estaba envuelta en un periódico que hablaba justo de la bomba atómica! Al principio no hice caso de todo aquello, pensando que serían coincidencias, pero sucedían con demasiada frecuencia para que lo fueran... —Pero y eso de oír palabras... —interrumpió Vivian con suavidad. —Ah, sí, ya intentaba llegar a ello. Verás, me dijo que siempre había poseído esos poderes mágicos rudimentarios. Sólo tenía que desear algo (razonable, se entiende), y lo conseguía. Si quería saber algo, poco después tropezaba con ello. Y creía que tales poderes eran parte del equipaje normal de los seres humanos... como el radar de los murciélagos. Pero la mayor parte de las personas viven en tal tensión nerviosa... y desconfían tanto de sí, que nunca aprenden a emplear sus poderes. Me contó que la mayoría de los antiguos brujos o sabios eran seres excepcionalmente "armoniosos"... afinados en sí mismos, no sé si me comprendes... —¡Vivian! —Era la voz de Kit Butler. —Estoy aquí arriba. —¡Ya lo sé! ¡Sal en seguida de la cama de Damon! —Muy bien. Deja que me vista... Le sonrió; inmediatamente él se dio cuenta de que la simpatía existente entre ambos yacía, por parte de ella, sobre una base sexual. Vivian se levantó: —¿Y tú crees tener idénticos poderes que esa Grace? —Oh, no, ni por asomo. Me interesan demasiado las ideas...

—¡Vivian! —¡Ya voy! —Baja esta carpeta contigo. Son los recortes sobre los asesinatos. Estaré abajo en pocos minutos. Al ponerse en pie se sintió ligeramente mareado y tomó nota mental de evitar el whisky con el estómago vacío. Ya abajo, en el cuarto de baño, se desnudó por completo y se lavó con una esponja de la cabeza a los pies. El espejito para afeitarse estaba colgado del gancho que sujetaba la ventana y tenía que inclinarse sobre la bañera para verse mientras se rasuraba. En el jardincillo de atrás, la ropa se agitaba en los alambres. Recordó el comentario de Royston Meredith de que los barrios bajos son el reflejo exacto de la sordidez de la naturaleza humana. Pensó que los hechos no explicaban nada. "Aquí estoy yo, inclinado sobre una bañera llena de ropa sucia puesta en remojo; el ladrillo de las casas de enfrente está mugriento. Y, sin embargo, me siento totalmente feliz". La oleada de vitalidad se volvió tan poderosa que cerró los ojos, apoyándose contra la pared con una mano. Cuando hubo pasado, se sintió como si le hubiesen quitado toda la energía, pero aun así, totalmente satisfecho. Se sentó en el borde de la bañera, cerrados los ojos. El dorado resplandor de placer dolía. Desde arriba, oyó la voz de Butler que gritaba: —¡Damon! Mientras subía, su energía retornó. Abrió la puerta de Butler, al pasar, para decir: —En seguida vuelvo. Ya en su cuarto, se puso una muda limpia, se vistió y descendió. —Buenos días, Jeremy. Lamento haberos entretenido. No puedo acostumbrarme al horario de Londres. Necesito dormir mucho. —Te lo mereces, por lo que he oído —rió Bryce. —Entonces, ¿crees que hemos dado con algo? —Ciertamente lo parece. —¿Té, Damon? —No, gracias, acabo de tomar café. —Bueno, esto es interesantísimo. Hemos estado charlando de lo que debería hacerse a continuación. —¿Has traído el librito de Sundheim? —Sí, aquí está. —Tiene una nota biográfica —aclaró Butler—. Sundheim está muerto. Murió en 1956, a los sesenta años. Aquí dice que era ingeniero de profesión y que le gustaba mucho la escalada. Pero no menciona que estuviera casado. —¿Puedo verlo? —No hay más que un comentario interesante..., dice que era un tipo de gran fortaleza y resistencia física. Así que pudo transmitírselas a su hijo..., si este Gaylord Sundheim es su hijo. —Perdona, Damon —interrumpió Bryce—. Antes de que empieces a leer, déjame decirte lo que hemos decidido para ver si estás de acuerdo. Creo que sería una buena idea emplear a una agencia de detectives para que vigilen a ese Sundheim. Hemos estado estudiando las fechas de los asesinatos y van aproximándose. Empezaron con un intervalo de seis meses, de febrero a agosto, luego se redujeron a cuatro meses, a tres, a diez semanas, dos meses, cinco semanas y un mes. El último fue hace tres semanas. Así que creemos que cometerá otro en cualquier momento. El problema está en que los detectives privados son bastante caros... por lo menos diez libras y media al día. No es que me importe pagarlas, siempre y cuando estemos relativamente seguros de que no se trata de una pérdida de tiempo...

—Creo que seguramente recuperarías tu dinero si Sundheim es quien buscamos —dijo Butler. —Claro que lo recuperaría. Aparte de todo lo demás, estoy seguro de que algún periódico pagaría mil libras por la historia. Pero deberíamos intentar obtener algo más de información antes de proceder, ¿no crees, Damon? —Por otro lado —intervino de nuevo Butler—, tal vez fuera más simple dejárselo todo a la policía. Es posible que tuvieran pruebas para arrestarle inmediatamente, impidiendo así toda posibilidad de un nuevo asesinato. Reade leía el folleto. Tendría unas noventa páginas y bajo el titular se leía: Edición privada del autor. Su título era: William Blake, Testigo de la Verdad, por Orville Sundheim. La mayoría de las hojas parecían contener citas bíblicas, casi todas de los libros poféticos y de la Revelación de San Juan. —Estoy de acuerdo en que tenemos que verificar quién es este Sundheim antes de hacer nada más. Pero, perdonadme un momento, mientras sigo leyendo esto. Butler fue a sentarse sobre la cama, junto a Vivian Martin, que tenía la carpeta abierta sobre las rodillas. Bryce, de pie, miraba por la ventana y fumaba. —Hasta donde me es posible juzgar —comentó Reade—, este hombre es un auténtico chiflado. Un fanático de la Biblia. —Esto había pensado yo —asintió Bryce—. Parece dedicarse a intentar demostrar que Blake tomó toda su poesía prestada de la Biblia. —En otras palabras —dijo Butler—, justo el tipo de hombre que convertiría a su hijo en un ateo militante. —No lo sé. Habla varias veces de las Nupcias entre Cielo e Infierno. Ningún hombre que apruebe ese libro puede ser un fanático de estrechas miras. Tengo que leer este libro con atención para llegar a una conclusión definitiva. Bryce se volvió de la ventana: —¿Y mientras, qué hacemos de Sundheim junior? —Oid esto —Butler se puso a leer un recorte—: La séptima víctima fue un hombre llamado David Miller, un modelo masculino. Su cadáver se descubrió en el cementerio de Hammersmith. Al parecer había desaparecido el diecisiete de enero. Su cuerpo fue hallado el día diecinueve, dos días más tarde. Uno de sus amigos dijo que se iba a Putney, para encontrarse con alguien en un bar, y que ya no regresó. —Alzó la vista del portafolios—. Supongamos que el hombre con quien iba a encontrarse era el asesino... —Poco probable —observó Bryce—. Los asesinos no concertan citas así... demasiado peligroso. La víctima podría mencionar a quién iba a ver. —De acuerdo. Supongamos que fue al bar de Putney a encontrarse con algún conocido... un amigo nuevo, o algo así. Está claro que se trata de un homosexual... un modelo masculino con dirección en Soho. El amigo no aparece y en cambio conoce a Sundheim, aceptando ir a su casa. Ahora, mi teoría: le hallaron muerto a las nueve de la mañana del diecinueve. El patólogo dijo que llevaba muerto unas treinta horas... lo que da como hora de su muerte, las tres de la madrugada del día anterior. Así que el asesino tuvo que tener el cadáver en casa durante todo el día, sacándolo a la noche siguiente para disponer de él. En resumen: que vive solo. Eso encaja con Sundheim, hasta donde sabemos. —Pero ¿cómo lo sabes? —preguntó Vivian—. También puede vivir con algún amigo... —Podemos averiguarlo. Pero hay otro punto: David Miller pesaba unos ochenta kilos. Y si era un modelo, no podía ser grasa... Sí, aquí tenemos una foto suya. Parece fuerte. El asesino tuvo que ser bastante fuerte y atlético. Y oid esto: El forense dijo que era pura casualidad el que se hubiese descubierto el cadáver en el cementerio, porque se hallaba oculto en un rincón donde no hay tumbas, en la hierba crecida. Me parece recordar... lo mismo que el cuerpo que se halló en Lambeth, en el descampado causado por los bombardeos... había estado allí tres días. ¿Comprendéis lo que quiero decir? Se trata de un hombre que tiene tiempo de andar

buscando buenos escondrijos donde echar los cadáveres... —Dejadme que pruebe otra teoría —saltó Bryce chasqueando los dedos—, que su madre está enterrada en el cementerio de Hammersmith, ¡por eso se fijó en el sitio! —Yo conozco este club llamado Frankie's —dijo la joven. —¿Qué club? —Aquí dice que David Miller frecuentaba un club de Soho llamado Frankie's. Es un club de homosexuales. Una vez fui allí y si las miradas matasen... —Deberíamos darnos una vuelta por allí... a ver si conocen a Sundheim —surgió Butler. —Imposible a esta hora del día —le disuadió Bryce—. Tendremos que ir al anochecer. — Apagó el cigarrillo—. Ya es hora de que nos vayamos a la oficina, encanto. —¿Podríais llevarnos hasta la Plaza Edwardes? —Claro, pero ¿para qué? No pensaréis visitarle, ¿verdad? —No, pero me gustaría ver el sitio... —era Butler quien hablaba—... sólo para ver lo aislado que está. Si se parece en algo a otro donde yo viví en un tiempo, todo el mundo se enteraba de cada vez que iba al excusado. —Ten cuidado. No queremos ponerle sobre aviso, a estas alturas. —¿Vienes, Damon? —Sí, no faltaba más... El "Jaguar" de Bryce estaba aparcado fuera. Al montarse empezaban a caer las primeras gotas de lluvia. El interior del coche olía a cuero nuevo y al perfume de Vivian Martin. Para cuando llegaron a la avenida de Holland Park, llovía con intensidad. —¿Qué piensas, Damon? —preguntó Bryce—. Pareces estar dándole vueltas a algo. —No tanto. —Es decir que sí —contradijo Butler. —Solo es que... vosotros discutíais acerca de si contratar a un detective privado o llamar inmediatamente a la policía. Pero a mí me gustaría tener la ocasión de hablar con él antes de que hagamos algo así... —¡Debes de haberte vuelto loco! ¿No has leído lo que hizo con el cadáver de Salamanca Place... asarlo en pedazos para volverlo irreconocible? ¡Se trata de un maníaco homicida! —Ya lo sé, pero... —Además, cuando anoche te sugerí que le visitaras, me dijiste que no querías. —Sí, ya lo sé. Pero lo he estado pensando desde entonces. Y no puedo creer que alguien que conoce a Blake de memoria no tenga remisión... —¡Remisión! ¿Quién habla de redimir? Este tío es un loco con un hacha. —Ya estamos en la Plaza Edwardes —anunció Bryce—. ¿Ahora qué? —La casa está por allá... hacia la izquierda. ¿Puedes parar junto a ese farol? La entrada a la casa quedaba a su izquierda. Un pequeño arco se abría sobre un patio enlosado, a ambos lados del cual había garajes independientes. Nadie habló por un momento. De pronto, algo que había sido irreal se volvió muy real. Era como contemplar un monumento histórico; pero la sensación estaba teñida de morbosidad. —¿Sabéis el número? —-Cinco. —¿Pensáis acercaros? —¿Por qué no? Es una casa de vecindad, así que habrá gente entrando y saliendo todo el

día. —De todas formas, creo que voy a echar el coche atrás. Aquí pueden vernos. Dio marcha atrás unos metros, volviendo a detenerse. Butler dijo: —Si Viv viniera conmigo resultaría menos sospechoso… una joven pareja que se pasea. —Buena idea —asintió Reade—. Vosotros ir por delante. Yo esperaré. Butler y Vivian salieron del auto; ella le cogió del brazo. Aún llovía, aunque con menos fuerza. Reade bajó la ventana; el aire olía a limpio. Incluso se notaba cierto aroma de flores procedente de los jardines. Bryce encendió un pitillo. Ninguno hablaba. Butler y Vivian regresaron casi al instante. Bryce abrió la puerta para que ella entrara y la joven informó: —Acabamos de verle. —¡Qué! —Ha salido a recoger la leche de la puerta... —¿Estáis seguros de que era él? —Seguros —dijo Butler—. Era un hombre grande, con un jersey amarillo. —¿Os ha visto? —No creo. Un árbol se interponía entre él y nosotros. Tiene un físico poderoso. La casa está justo al final de las demás, pero separada de ellas. —El garaje queda debajo —siguió la mujer—. Así que no le costaría sacar un cuerpo de la casa y meterlo en el auto. —¿Qué deberíamos hacer ahora? —inquirió Reade. —Sugiero que vayamos a mi casa y tomemos un trago. Aquí no hay mucho que hacer —dijo Bryce—. Sería demasiado arriesgado para Damon y para mí si fuéramos a echar otro vistazo. Jeremy puso en marcha el coche. Al pasar bajo el arco, Vivian Martin exclamó excitada: —Mirad, sale. Sigue un poco más. Butler volvió la vista, pero el cristal de atrás estaba cubierto de gotitas de lluvia. Por la ventanilla lateral Reade pudo ver una figura alta, con un jersey amarillo, que surgía de entre las casas, volviendo a la derecha. Preguntó: —¿Podrías dar la vuelta en la próxima esquina? —Creo que sí. —¿Será prudente? —preguntó Butler—. Imagina que nos vea. —Nos arriesgaremos. Dobló la esquina a la derecha, puso marcha atrás y enfiló hacia donde habían salido. Para entonces, la figura de jersey amarillo había desaparecido. Cuando llegaron al siguiente cruce, le vieron como a veinte metros, dirigiéndose a la calle Kensington High. —¿Podemos seguirle a distancia? —preguntó Butler. El hombre había llegado casi a la esquina. Aún a aquella distancia Reade se dio cuenta de su tamaño. Tenía el tipo de un campeón remero o de un futbolista americano y caminaba con el aire del hombre orgulloso de su gracia casi felina. Le observaron doblar a la derecha y cruzar la calzada. Cuando el coche llegó a la esquina, le vieron que iba ya hacia Holland Park. El tráfico era denso en ambas direcciones y hubieron de esperar casi cinco minutos antes de poder continuar. Para entonces el hombre había desaparecido en los jardines de Phillimore. Reade miró el mapa de Londres y localizó con bastante rapidez la posición del coche. —No tenemos prisa. No puede ir muy lejos. No puede doblar a la izquierda porque ahí está el parque... Pero cuando el coche llegó a los jardines, no se veía rastro del individuo. Bryce cruzó despacio, mirando a todas las calles transversales.

—Es mejor que aquí doblemos a la derecha —dijo Reade—. Ha tenido que ir por una de estas calles, a menos que se haya metido en una casa. Volvieron a verle en la calle Campden Hill, dibujado contra el cielo, en lo alto de la cuesta. Caminaba con paso fácil, reposado. Había dejado de llover y el sol se reflejaba en la superficie mojada del suelo. El hombre parecía gozar de su paseo bajo el sol. —Mejor que no te acerques demasiado —dijo Butler al notar que Bryce aceleraba—. Es mejor perderle que sospeche que le siguen. Bryce enfiló la cuesta despacio, deteniéndose luego a un lado, frente a un garaje. La figura de amarillo llegó a la esquina de la avenida Holland Park, doblando a la derecha. Bryce dejó que el coche se deslizara cuesta abajo, sin encender el motor. Vieron al hombre al otro lado de la carretera, acercándose a los semáforos de Notting Hill'Gate. Mientras esperaban para cruzar, dobló a la izquierda. —¿Qué harás ahora, Jeremy? —preguntó Butler—. ¿Y la oficina? —Por ahora me la salto. Además ya es casi hora de comer. —Cuando llegaron al semáforo, dijo —: Me temo que le hemos perdido. No se le ve por ningún lado. Habrá entrado en alguna tienda. Al cambiar las luces, viró a la izquierda. Vivian Martin dijo: —No. Ya le veo. Fuera de aquella tienda. Se detuvieron para que un taxi les adelantara. El hombre estaba a unos veinte metros, mirando un escaparate. —Pásale, Jeremy y dobla a la izquierda en la calle siguiente. Luego intenta aparcar. Me gustaría verle más de cerca —sugirió Butler. Al llegar a la altura del hombre, vieron que estaba parado ante una tienda de antigüedades. Tenía las manos metidas en los bolsillos de un par de elegantes vaqueros grises. Un instante después, Bryce doblaba la esquina y le perdían de vista. Había ya varios coches aparcados y era difícil hallar sitio. En tanto que Bryce vacilaba, Butler dijo: —Sigue adelante. Acaba de dar la vuelta a la esquina. Un momento después, Sundheim pasaba junto al auto, sin mirarlo siquiera. Le observaron dirigirse a Chepstow Villas. —Voy a seguirle —dijo Butler—. ¿Y vosotros? —Por ahora nos quedamos. No podemos renunciar a la caza ahora. —En tal caso, es mejor que nos dividamos. Tal vez me haya visto entre las casas... aunque no creo. Vamos, antes de que le perdamos de vista. El hombre había desaparecido. Vivían exclamó: —¡Parece como si fuéramos de caza! Butler salió del coche y le abrió la puerta. Al salir la joven, los ojos de Reade observaron cómo los de su amigo recorrían las piernas enfundadas en seda. Butler se tropezó con su mirada y sonrió diciendo: —Vamos, Damon. Viv, tú sigue por delante e intenta tenerle a la vista. Si nos perdemos, nos encontraremos en mi piso, ¿de acuerdo? Jeremy, ¿vas con Vivian? —Yo os seguiré. Id por delante mientras cierro el coche. Mientras caminaban, Butler comentaba: —¡Fíjate que chica tan estupenda! ¡No es maravillosa! ¡Qué piernas! —Piensa en Sundheim —sonrió Reade—. Te relajará la tensión. —Se me ocurren mejores maneras de hacerlo. Escucha, Damon, si tienes ocasión de dejarnos a solas ¿lo harás? —Sí, pero será mejor que Jeremy no sospeche que intentas birlarle a su amiga.

—No creo que le importara mucho. Me parece que es una especie de Casanova... Dios, ¿dónde se ha metido Viv? Habían cruzado la calle Portobello y el gentío hacía difícil el poder ver a unos metros de distancia. Con el sol, todo el mundo se había echado a la calle. Tampoco había señal del jersey amarillo. —Tú vete por una acera y yo por la otra. No puede estar lejos... —No hay necesidad —dijo Reade—. Ahí la tienes, en esa tienda. La joven les miraba desde el interior de una tienda de antigüedades, moviendo las manos con gesto cauteloso, contenido. La gente que rodeaba un tenderete de bisutería les cortó la visión; al llegar al escaparate, ya no se la veía. Butler dijo: —Es mejor que nos separemos. Quédate aquí y espera a Jeremy. La tienda de antigüedades contaba con varias estanterías de libros de segunda mano; dentro había aún más. Reade miró los más cercanos a la puerta, intentando observar también la calle para ver, a Jeremy; por fin decidió entrar. Constaba de dos salas, separadas por una alcoba. Vivían Martin se hallaba en un rincón, mirando un estante de libros de bolsillo. Por la puerta de la alcoba vio algo amarillo. Cuando la joven le divisó, le indicó la otra sala con un leve movimiento de cabeza. Él asintió en silencio, poniéndose junto a ella. En la otra sala, una voz de acento americano decía: —¿No tiene idea de lo que ha sido del otro? —Me temo que no, señor, solo compré uno. Miró sorprendido a Vivían. La voz, que esperaba fuera grave y masculina, era extrañamente aguda, como la voz de un cura de comedia. —Es una pena que tenga esta grieta. Estropea el conjunto. ¿Cuánto pide? —Veinticinco libras, señor. —Mm... me parece mucho. —Lo vale, señor. Era imposible habituarse a la voz. Era suave, amable, ligeramente nasal, con la inflexión átona, casi como un relincho, de ciertas mujeres americanas. Si Reade no hubiera sabido que se trataba de un hombre, la hubiera creído de mujer. El levísimo tartamudeo aumentaba la impresión de dulzura y femineidad. —¿Cómo sabe que es auténtico? —proseguía la voz—. Podría tratarse de una de esas imitaciones húngaras. —Oh, no, señor. Mire al fondo. Tiene los auténtico signos chinos... —Oh, sí, no lo niego —repuso la voz con paciencia, con suavidad—. Son del período T'ung Chih, hacia fines del siglo pasado. Así que aunque fuera auténtico, no valdría más de diez libras. El acento londinense del otro empezaba a sonar irritado: —Bueno, si no lo quiere... Le interrumpió el teléfono que sonaba. —Discúlpeme... Reade sa sobresaltó al oír la voz de Butler: —Perdone que se lo diga, pero es un bello trabajo. —Oh, sí —vaciló la voz americana—, es muy bello. Pero no sé si vale lo que pide por él... —Tal vez no pueda decírselo. ¿Le importa que mire las marcas de abajo?... Ah, lo que pensaba. Es Shun Chih, no T'ung Chih. —¿De veras? Temo no ser un experto. Entonces es más antiguo, ¿no?

—Ciertamente. De mediados del siglo diecisiete, dinastía Ch'ing. Pero comprendo que se haya equivocado usted. Los cuatro ideogramas superiores son los mismos que los de T'ung Chih. Pero los cuatro de abajo son muy distintos. —¡De veras! —exclamó la voz con ingenuo asombro—. ¿Y usted cree que vale veinticinco libras? Oyeron el retintín del teléfono al ser colgado. Butler dijo de prisa: —Mucho más, estoy seguro. Si no lo quiere, yo me quedaré con él... Volvió a entrar el dueño de la tienda: —¿Ya se ha decidido, señor? —¡Bájelo a veinte y me lo quedo! La voz era insegura y astuta a un tiempo, como la de una anciana que ha encontrado una verdadera ganga. Reade y Vivian Martin se miraron y sonrieron. —No puedo, señor. ¿Le parece bien veintitrés? —Ejem... ¿Veintidós? Partimos la diferencia y lo dejamos en veintidós. ¿Qué le parece? —Bien. Hecho. Es una ganga. —Vamos a ver... aquí tiene... —Le traeré el cambio, señor. —Y muy buena ganga—dijo la voz de Butler—. ¿Es usted coleccionista, si me perdona la curiosidad? —Bueno, un poco... —También yo. Las antigüedades siempre me han fascinado. ¿Por qué no viene a tomar el té conmigo? Vivo cerca de aquí. —Es usted muy amable, pero en este momento no puedo —repuso la voz—. Espero a una tía para cenar y... oh, gracias... El dueño le había dado el cambio. La voz prosiguió: —Voy a dejarlo aquí un rato mientras salgo a buscar un taxi. Perdóneme... oh, lo siento... En su prisa por salir de la tienda había chocado con fuerza con Vivian. —No importa. Reade mantuvo vuelto el rostro. El hombre pasó a su lado y salió. Un momento después, Butler salía de la otra estancia. —Vamonos. —¿A dónde? —A casa. Vamos, Viv. —Un momento —dijo Reade—. Quiero comprar estos libros... Un instante después, Butler volvía a entrar, diciendo apresuradamente: —Retrásate cuanto puedas, ¿eh? —Bueno... —Y si ves a Jeremy, retrásale también. Salió de prisa. Reade pagó los libros que había adquirido: la autobiografía de Beatrice Webb. Miró con curiosidad el jarrón chino que había sobre la mesa. —Es muy hermoso. —Sí. Acabo de venderlo. —Sí, lo he oído. Dígame, ¿conoce al hombre que lo ha comprado?

—No, señor. Bueno, sólo de vista. Le he visto por aquí un par de veces. Siempre regatea el precio... ¿Le conoce usted? —Me temo que sólo de vista. Ya fuera, se mezcló con la multitud; temía volver a encontrarse con Sundheim y ser reconocido. De pronto se dio cuenta de que tenía hambre. Aún no eran las dos. Entró en una cafetería y se sentó en la barra, tras de pedir un café y un bocadillo de jamón. Un cuarto de hora después se encaminaba despacio hacia su vivienda. La puerta estaba entreabierta. La cerró tras de sí, se quitó los zapatos y subió calladamente. Una vez en su cuarto se tendió en la cama. Aún se sentía cansado; resultaba una tentación cubrirse con las mantas y dormir. Al cerrar los ojos seguía oyendo la voz suave, nasal. Se obligó a permanecer sentado y empezó a leer la autobiografía de Webb. El timbre sonó abajo tres veces... el timbre de Kit Butler. Un instante después oyó unas suaves pisadas en la escalera. Kit Butler asomó la cabeza. —¡Ah, Damon! Gracias al cielo que estás aquí. ¿Quieres abrir la puerta? Debe ser Jeremy. Que no sepa que he estado a solas con Vivian. —¡Tienes todo el aire culpable del gato que ha robado la nata! —rió Reade. —Es estupenda... —se relamió su amigo, sonriendo—. Bueno, vete a abrir la puerta mientras termino con la nata. Mientras bajaban, Reade comentó: —De paso te diré que alguien había dejado la puerta abierta, cuando yo he venido... —¡Dios! —Kit se llevó la mano a la frente—. ¡Si llega a entrar! Al abrir la puerta, Bryce se hallaba apoyado, de espaldas, moviendo el pie con impaciencia. —Perdona la tardanza. —No importa. ¿Hace mucho que habéis venido? Os he buscado por todas partes. —Unos diez minutos. —¿Habéis perdido a Sundheim? —No. Kit ha hablado con él. Entraron en el cuarto de Butler, quien se hallaba ante el espejo, afeitándose con la maquinilla eléctrica. Vivian Martin se hallaba sentada en la cama, cruzadas sus largas piernas. Parecía tan fría y tranquila como si se hallara posando para una foto de modas. —¿Le has contado lo de Sundheim, Damon? —preguntó Kit. —Aún no —repuso Bryce—. ¿Qué ha pasado? —¡Kit ha intentado traerle a tomar el té! —exclamó Vivian. —¡No! ¿Cómo es? —Un grandote afeminado —describió Butler. —Todos hemos llegado a la conclusión de que no puede ser un asesino. No tendría valor de matar a una mosca —comentó Vivian. —¿Estáis seguros? Contádmelo todo. Butler narró lo sucedido en la tienda de antigüedades. —Y lo más divertido es que seguía queriendo que le rebajaran a veinte libras aún después de haberle dicho yo que valía mucho más. —¿Y era cierto? —Oh, sí. Vi un par de jarrones casi idénticos que se subastaron en Christie por casi cuatrocientas libras. Claro que éste era sólo uno, pero por lo menos valdría cincuenta... seguramente el doble.

—¿Dónde aprendiste sobre antigüedades? —Siempre me han interesado. Empecé con bronces chinos. —¿Qué piensas tú, Damon? ¿Puede ser el asesino? —No lo sé. Me inclino a pensar que no... a menos que tenga su personalidad totalmente dividida. Da la impresión dé ser blando como la mantequilla. —Ojalá le hubiera visto. Kit, ¿por qué no intentas cultivar su amistad? —¿Cómo? —Ya sabes dónde vive. Intenta tropezar con él en la calle. Tal vez vaya al bar de la esquina. —No me importa, pero me da la impresión que no le interesan las amistades casuales. —¿Y Damon? —preguntó Vivian—. ¿No podría fingir que ha confundido a este Sundheim con el interesado en Blake? —¿Cómo? ¿Cómo se supone que voy a saber de su existencia? No puedo ir a llamar a su puerta y decir: "¿Es usted el Sundheim que escribió este libro?" —Esperad —dijo Butler—. Tengo una idea. ¿No puedes deciri que tienes una carta de su padre, con esa dirección? —Pero si ni siquiera sabemos si es su padre. —No... supongo que no. —Además, según el libro, murió en 1956. Hace diez años. No es probable que viviera en esa dirección hace diez años. —Eso sería fácil de averiguar. Se llama a información y se pregunta si el número de teléfono estaba a nombre de Sundheim en 1956. —¿Tendrán listines tan atrasados? —Creo que sí. Y ahora que lo pienso, tal vez yo tenga uno. Vamos a mirar. Revolvió el cajón inferior del armario de bebidas, tirando en el suelo las guías viejas. Por fin dijo: —Maldición, hay de la E a la K para 1956, pero no la S. Llamaré a información. —No lo hagas todavía. He visto algunas guías viejas en mi cuarto. Los listines estaban en un armario en el rincón, junto al contador de gas. Algún inquilino anterior los había usado como papel higiénico; a varios les faltaban las cubiertas y tenían páginas desgarradas. Pero todos eran de fecha tardía; el más antiguo de 1959. En el descansillo de la escalera se alzó de puntas a mirar sobre otro viejo armario. Había aún más guías telefónicas; al moverlas el polvo le llenó la nariz. El primero que cogió era de 1955. Era el volumen de la S a la Z. Lo llevó a su cuarto y lo abrió. Allí estaba el nombre: Beatrice M. Sundheim, 5 Berkeley News. —Ya lo tengo. Éste es del cincuenta y cinco y la señora Sundheim vivía ya allí. Pero no nos sirve de mucha avuda. Según el libro, Orville Sundheim murió en Connecticut. —Pero creo recordar que también dice que solía consultar manuscritos de Blake en el Museo Británico —dijo Butler—. ¿Dónde pararía cuando venía a Londres? —Pero ni siquiera sabemos si serían parientes de esta Beatrice Sundheim. —Creo oue nodemos suponerlo. Sundheim es un nombre poco corriente... tan poco corriente que no aparece en la guía de Londres de este año. Sabemos que Orville Sundheim era americano v que Beatrice Sundheim lo era también. Sabemos que Gaylord Sundheim es americano. Yo diría que es casi seguro que sean parientes. Y de todos modos, ¿qué puede impedirte que le escribas preguntándole, sencillamente, si es hijo de Orville Sundheim? —¿Y cómo se supone que he podido localizar su dirección? —En una vieja guía de Londres.

—En ese caso, la carta tendría que ir dirigida a su madre. —Yo me inclino por estar de acuerdo con Kit, Damon —dijo Bryce—. Tienes una excusa bastante buena para acercarte a Sundheim. Escribes sobre Blake, como lo hacía Orville Sundheim. ¿Por qué no te arriesgas y dices que mantuviste correspondencia con aquél y que te dio esta dirección? ¿Qué peligro corres? —Para empezar —se encogió de-hombros—, no me gusta mentir. —A nadie. —Yo tenía una tía que siempre estaba cambiando su número de teléfono porque creía que le perseguían los Testigos de Jehová —contó Vivian—. Cuando queríamos hablar con ella teníamos que pedir al vigilante de la central que llamara a mi tía y le preguntara si aceptaría una llamada de alguno de nosotros. ¿No podrías probar lo mismo con Sundheim? —¡Maravilloso! —aplaudió Butler—. Debiera habérseme ocurrido. Prueba. Damon. ¿Qué puedes perder? Si se niega a verte, es el fin del asunto. Entonces yo seguiré la idea de Jeremy de tropezarme con él por la calle. —¿Por qué no lo haces? —dijo Bryce. —Nunca sé mentir con convicción —repuso Reade de mala gana. —Deja que lo haga yo por ti, Damon. Luego sólo tienes que hablarle. ¿Lo harás? —Bueno.. Supongo que tendré que intentarlo... Butler cogió el aparato y llamó a la telefonista: —¿Puedo hablar con el vigilante, por favor? Gracias... Oigame, no sé si podrá ayudarme. Intento ponerme en contacto con un amigo mío que no tiene número en la guía. Tengo su dirección y el antiguo número de teléfono. Me pregunto si podría llamarle usted y preguntarle si aceptaría una llamada... Es bastante urgente... Su nombre es Sundheim, Gaylord Sundheim. ¿Se lo deletreo?... Mi nombre es Reade, Damon Reade. Todos guardaban completo silencio, escuchándole. Reade deseaba haber bajado al excusado antes de que Butler llamarar de pronto sentía que se le removían las entrañas. La espera parecía interminable. Pasaron cinco minutos, mientras Butler permanecía sentado, el teléfono pegado al oído. El vigilante volvió a hablar para pedir el antiguo número de Sundheim. Hubo una nueva espera. Al cabo, Butler dijo: —Está llamando... Reade se acercó a la butaca y tomó el aparato. Cesaron las llamadas y una voz que reconoció al instante dijo: —Diga: —Un tal señor Reade le llama de... La línea quedó repentinamente muda. Escuchó unos segundos más. Al fin, la voz de la telefonista dijo: —Hable, por favor. Carraspeó antes de decir: —¿La señora Sundheim, por favor? —¿Quién? —¿La señora Beatrice Sundheim? —Mi madre murió —dijo la voz. —Oh, lo lamento mucho. Mi nombre es Damon Reade. Una vez mantuve correspondencia con Orville Sundheim, que supongo sería el padre de usted... Se detuvo; de pronto sentía la garganta terriblemente seca. Al otro lado de la línea no hubo respuesta.

—¿Me oye? —Diga. —Ah... sigue ahí. ¿Era Orville Sundheim su padre? —Sí. La admisión fue hecha a duras penas; con ella Reade sintió que su garganta se aflojaba, que la tensión desaparecía. De pronto se sintió controlando la situación. —En ese caso, usted debe de ser el hijo al que educó siguiendo a Blake. Hubo un cierto ruido, que nada significaba, al otro lado de la línea. Reade prosiguió: —No sé si usted conocerá mi nombre. He escrito libros acerca de Blake. —Eh... sí. —En el Museo Británico me he topado con la obra postuma de su padre. ¿Podría usted decirme ¿qué fue de sus manuscritos y notas? —Sí. Yo los tengo. —¿Están por casualidad en Londres? —Sí. —¿Me sería posible verlos? Un nuevo, silencio. La voz preguntó: —¿Cuándo querría usted venir? —Cuanto antes. He venido a hacer ciertas indagaciones. Me gustaría volver a mi casa dentro de dos o tres días. Vivo en el distrito de los Lagos. Otro silencio. Al fin, Sundheim dijo: —Bueno, supongo que será mejor que venga y les eche un vistazo. ¿Cuándo quiere hacerlo? —Cuando sea. posible. ¿Esta tarde? ¿Mañana? —Me temo que no estaré aquí esta tarde. ¿Puede venir al anochecer? —Desde luego. ¿A qué hora? —¿A las ocho? —Espléndido. Allí estaré. ¿Es la misma dirección que en la guía de 1959? —Sí. —En ese caso tomaré un taxi. Muchísimas gracias. Adiós. Al colgar suspiró profundamente y se dejó caer en la silla que Butler dejara libre. Bryce exclamó: —¡Ha sido maravilloso! —Estupendo. ¿Era su hijo? —Sí. —Lástima que no le hayas preguntado si podría ir contigo un amigo —dijo Vivian—. No me gusta la idea de que vayas solo. —Tampoco a mí me agrada mucho —admitió Reade. —¿Cuándo tienes que ir? —Esta noche a las ocho. —Bien. Así tendré la oportunidad de investigar en ese club del Soho. Butler sirvió cuatro whiskyes largos y tendió uno a Reade.

—Toma. Te lo mereces. —Creo que todos nos lo merecemos —dijo la mujer. Bebieron. Reade tuvo que esforzarse por pasar el primer sorbo, pero se sintió mejor en seguida. —¿Qué te parece ahora? —preguntó Bryce—. ¿Sigues pensando que no es un asesino? Reade bebió otro sorbo antes de contestar: —No lo sé. Es una coincidencia que su padre sea un estudioso de Blake, desde luego. Pero, después de todo, ¿qué más hay que le relacione con los crímenes? —Creo que las coincidencias son demasiadas —afirmó Butler—. Me gustaría apostar mil libras a que es el asesino del Támesis. —¿Qué piensas tú, Vivian? —Yo... no estoy tan segura. Tengo que admitir que no me pareció el tipo de criminal. Ni hablaba como tal. —No sirve de nada andar especulando —se encogió de hombros Reade—. Tendremos que averiguar más cosas de él. Veré lo que descubro esta noche. —Bueno, yo necesito una buena comida —se levantó Bryce—. Ya ha pasado una hora de la mía habitual... ¿Quién quiere venir? —Yo, no, gracias —dijo Reade—. Estoy cansado. Voy a acostarme un par de horas. —Muy bien. ¿Quieres venir con nosotros a "Frankie's" esta noche? Sí, será mejor que lo hagas, por si averiguamos algo que debieras saber. Vendré a buscarte a las seis. *** Cuando despertó, tres horas más tarde, la sensación de fatiga y abatimiento habían desaparecido; también lo que le quedaba de la resaca. Sentía un agradable estremecimiento de vitalidad que volvía, de anticipación. Fue al cuarto de Kit. La puerta no estaba cerrada con llave, pero la habitación se hallaba vacía. Se sentó en la cama y tomó el libro de Orville Sundheim acerca de Blake. Lo leyó despacio; seguido desde el principio parecía menos incoherente y desvariante. Iba por la página treinta cuando volvió Butler con una bolsa blanca de papel. —Bien, me alegro de que hayas bajado. He salido a comprar bocadillos. ¿Tienes hambre? —Mucha. Butler los puso en un plato. Eran de un jamón excelente. —¿Whisky? —No, gracias. Tomaré un vaso de leche, si hay bastante. —Por cierto, he pensado en algo... Butler abrió un cajón y sacó un pequeño revólver de cachas de nácar. Se lo tendió a Reade. —¿Qué demonios... para qué es eso? —He recordado que la chica de abajo tenía uno. Tómalo. Tal vez lo necesites. —¡Cielos, no! Además, no podría disparar contra nadie, aunque me lo propusiera. —Pero te sentirás más seguro si lo tienes en el bolsillo —repuso su amigo con seriedad—. Y es tan pequeño que no se notará. —Pero yo no quiero. Me sentiría culpable de llevarlo. Quiero intentar enfrentarme a este hombre de forma tan abierta como pueda. —¡Puede que no sientas lo mismo cuando te agarre por el cuello! —No, de verdad. Por favor. Prefiero no cogerlo.

Butler se encogió de hombros y volvió a meterlo en el cajón. Reade tomó un bocadillo. Excelente. Para cambiar de tema, dijo: —He estado leyendo el libro de Sundheim padre. Es una obra curiosa. Está claro que conocía de memoria los libros proféticos de la Biblia. Es una especie de apocalíptico... Creo que obtenía mucha satisfacción de los pasajes más agoreros del Antiguo Testamento. —¿Estaba más o menos cuerdo? —Oh, sí. Se ve claro que era un hombre inteligente. Pero terriblemente obsesionado... de ideas fijas. Es obvio que le gustaba Blake porque le complacía su oscuridad y violencia. —No me gusta todo esto, Damon. Tengo la sensación de que jugamos con fuego. ¿Por qué no llamamos ya a Scotland Yard? Si hay pruebas bastantes como para que investiguen a Sundheim... —Escucha. Éste es otro punto del que deseo hablar. Me di cuenta de ello al despertar... ¿No crees que estamos pensando mucho más en los medios que en el fin? —No te entiendo. —Quiero decir... ¿Qué vamos a hacer de Sundheim... suponiendo que sea el asesino? Butler exclamó atónito: —¿Qué crees tú? Entregarlo a la policía. ¿Qué otra cosa podemos hacer? —Sí, ya lo sé... pero no me gusta la idea. Estamos condenando a este hombre a muerte... o al menos a una prisión de por vida. —Naturalmente que sí. Pero es que hay que detenerle. Eso es todo. —¡Exacto! Hay que detenerle. ¿Y suponiendo que ello no implique encerrarle de por vida? Butler le miraba como si delirara. Se había servido un whisky, pero no lo había tocado. —Damon, a veces me inclino a dudar de tu cordura. ¿De qué diablos hablas? ¿Cómo podemos saber si va a volver a matar? ¿Qué vas a hacer, pedirle que te prometa, bajo palabra de honor, que no matará a nadie más? Reade carraspeó azarado: —Ejem... no. No puedo explicarme bien. Verás, me parece que tú y Jeremy os inclináis a creer que esto es una especie de juego... de detectives. Quería deciros esto a la mañana, pero no sabía cómo expresarlo. —Mira, no se trata de lo que sintamos por Sundheim —empezó pacientemente Kik—. Se trata de una cuestión práctica. Si sabemos que es un asesino y no informamos a la policía, nos convertimos en sus cómplices. Aparte de ello, no podemos saber de forma práctica que no volverá a matar, a menos que lo encerremos detrás de unos barrotes. Sonó el timbre tres veces. Butler se levantó. Al acercarse a la puerta, Reade le dijo: —No hablemos de esto delante de Jeremy. Además, todavía no vale la pena de discutirlo. Quiero decir que Sundheim puede ser tan inocente como su aspecto. Pocos momentos después volvía Butler con Bryce y Vivian. Bryce parecía cansado. Dijo: —Bueno, ¿todos listos? —Sí. ¿A qué hora abre ese club? —Ya está abierto. Y he dado con un miembro que nos presentará. —¿Quién es? —No creo que le conozcas: Charles Saunders. El gerente de la editorial Martin Black. He recordado que una vez me invitó a visitar un club de invertidos, así que le he telefoneado. Tenemos que recogerle en South Kensington a las seis y media. Así que mejor que vayamos saliendo. —¿Le has hablado de Sundheim? —preguntó Butler con prontitud.

—No, claro que no. Es el mayor cotilla de Londres. Sólo le he dicho que deseábamos conocer el sitio. *** Un hombre fuerte, vestido con abrigo y sombrero oscuro, les esperaba ante la estación de South Kensington. Contaría unos cincuenta y tantos años y tenía ese rostro pesado y enrojecido del individuo con una fuerte cuenta corriente. Su voz sonaba con un matiz agradable, cortés. Se sentó en la trasera del "Jaguar", saludando: —¿Qué tal? Reade, que esperaba algo mucho más llamativo y obvio, respondió avergonzado. Saunders se recostó en el asiento, sujetando el paraguas entre las rodillas y diciendo: —Bien, esto es de lo más agradable, querido Jeremy. Espero que no estéis decepcionados. —Seguro que no. ¿Conoces a Kit Butler el compositor? —No, pero me encanta tener ahora la oportunidad. Al estrechar Reade su mano, tuvo la repentina conciencia de cierta nota de soledad y desesperación en el hombre. Sólo fue un segundo, entrevisto en la cortesía, y le hizo sentirse aún más azarado. Respiró cuando Kit se lanzó inmediatamente a hablar de una obra americana de gran éxito publicada por Saunders. Un instante después se tropezó con los ojos de Butler y advirtió que compartían idéntica sensación: que la situación tenía mucho de absurda, casi de macabra. Tan sólo el propia Saunders parecía animado y normal. —Por cierto, Charles —dijo Bryce—, ¿no era ese tal David Miller miembro del club? —Ya lo creo. Yo le conocía muy bien. —¿Tienes alguna teoría sobre este asesino? —Ninguna. Sólo sé que David había reñido con su amigo pocos días antes de su muerte y que se había ido a otra habitación. Por desgracia era bastante reservado, así que no dijo a nadie si había encontrado otro amigo... —¿Así que tú crees que su asesino es un homosexual? —Oh, así lo creo, sin ningún género de duda. —¿Por qué está tan seguro? —preguntó Butler. —Para empezar, David debió irse con el individuo... ¿Sabes que llevaba muerto más de un día cuando le hallaron? En segundo lugar, pienso que tuvo que estar dormido cuando fue atacado. Era un hombre muy fuerte... musculoso, espléndido, el tipo del atleta griego. Así que tenían que haber estado en la cama. —¿Cómo era su amigo anterior? —¿Ashley? Un tipo parecido al suyo... grande, fuerte. De paso, si no les importa que les haga una sugerencia, yo no hablaría de David en el club. Pueden pensar que están ustedes relacionados con la policía. Tuvimos mucha, claro. —Oh, no, claro que no. —Por cierto, Charles —dijo Butler—, ¿ha oído usted ese rumor de que el asesino deja citas de Blake cerca de los cuerpos? —¡No! No, parece probable. —Damon, mi amigo, que es un especialista en Blake, sobre el que ha escrito varios libros, ha oído ese rumor. —¿Dónde? —A un policía —dijo Reade. —¿Un policía londinense?

—No... de Carlisle. —¿Cómo podía él saber una cosa así? —¿Sabe si a David Miller le interesaba la poesía? —prosiguió Butler. —No, que yo sepa. No era... bueno, muy intelectual. ¿Piensan que el asesino pudo engañarle llevándole a ver sus escritos sobre Blake? —Era una teoría. Reade miró su reloj cuando Bryce aparcó el coche cerca de la calle Dean. Eran las siete menos cinco. —Tendré que dejaros dentro de media hora. —¿Sí? —lo lamentó Saunders—. Qué lástima. ¿No puede cancelar su cita por esta noche? —Me temo que no... Mientras Saunders abría camino con Bryce y Vivian, Butler le susurró: —No debieras haber mentado al policía. Ahora tiene una idea equivocada de ti. Habían entrado en una callejuela estrecha; como a la mitad había un patio. Saunders les condujo a él. Había una librería dedicada casi por entero a libros sobre sexo y anuncios de aparatos para la hernia. A su lado se abría una puerta, desde la que se divisaba una escalera sin linóleo ni alfombra. Una placa de latón en el exterior decía: "Club Social. Sólo para Socios". La habitación al final de la escalera se hallaba iluminada por lámparas de luz roja; las ventanas estaban cubiertas de pesadas cortinas de terciopelo. Una máquina de discos dejaba oír una música de guitarra acompañada de un pesado y fuerte contrabajo. Dos o tres jóvenes, sentados ante las mesas, les miraron sin interés. En una puerta se veía escrito en tiza: "No se admiten disfraces". Tras la barra, un hombre regordete, calvo, de prominentes dientes irregulares, les sonrió. —Buenas noches, Charles. Buenas noches, señores. —Mirando a Vivian Martin añadió, como si tal cosa—: Buenas noches, señor. Ella sonrió y agitó las pestañas con coquetería; Reade se alegró de que no se mostrara violenta en absoluto. El hombre se inclinó hacia la barra para preguntar: —¿Qué puedo servir a sus agradables amigos? —Ginebra rosa para mí, Tommy. ¿Jeremy? Mientras pedían sus bebidas, Reade echaba un vistazo a la estancia. El disco era ahora un número lento, sentimental, y dos de los jóvenes bailaban juntos. Butler decía al de la barra: —Este sitio es muy agradable. —Gracias, señor. ¿Piensa hacerse socio? —Quizás. Un amigo prometió traerme hace siglos... Gaylord Sundheim. —¿Georgie? ¿Aún le ve? ¿Por dónde anda? —No le veo con frecuencia. Sigue viviendo en Kensington, que yo sepa. —¿Kensington? Eso es nuevo. Solía tener una habitación en Limehouse. Reade seguía observando la sala. Notó que también Bryce fingía que no le interesaba la conversación y que añadía con cuidado sifón a su whisky, luego hielo. Butler seguía: —Creo que murió su madre y él se fue a vivir a su casa. Hace tiempo que no le veo. ¿Cuándo dejó de venir? —Oh, hace siglos... bueno, más de un año. Tal vez fuera a causa de su madre. Si le ve dígale que venga a vernos. Georgie me gustaba. Cuando se empipaba solía recitar poesía... cómo era... el que escribió "Tigre, Tigre"... Wordsworth. Es curioso, ni siquiera sabía que tuviera una madre. Reade se dio cuenta de que Saunders le miraba; bebió su whisky, fingiendo interesarse por

las muñecas alineadas tras la barra. —No debes confundir Wordworth con Blake, Tommy —dijo Saunders—. Este caballero es un especialista en Blake. Escribe libros sobre él. —Ah, bueno, usted ya me conoce —sonrió obsequioso el hombre—. Despistado. —¿Cómo es que yo no conocía a ese hombre... cómo se llamaba? —Georgie Sundheim. Puede que viniera poco antes que usted. ¿Cuánto tiempo ha sido usted miembro? —Más de dos años. —¿Tanto? ¿Verdad que el tiempo vuela? Bueno, supongo que él era un socio regular antes de entonces. Creo que luego ya le he visto alguna vez, pero no con frecuencia. Era un tipo extraño, George; nunca se sabía qué haría en cualquier momento. Había algo cruel en él. —Lo sé —dijo Butler—. Tenía un gesto endiablado. —Oh, no quería decir eso. Al menos, yo no le conocí bajo ese aspecto. Pero supongo que usted le conocerá mucho mejor. Pero le daban venadas. Y se ponía a hablar de su padre... "ese hijo de perra de mi padre?, solía llamarle. —¿Puedo invitar a una,bebida, Charles? —preguntó Bryce. —No, es un club. —Pero con tal de que ninguno sea policía... ¿lo mismo? —dijo el barman. —Me temo que no puedo acompañaros —explicó Reade—. Tengo que ir a un sitio a las ocho. Se puso en pie. Butler también se deslizó de su taburete. —Iré contigo, Damon. Vuelvo en un momento, Charles, Jeremy. Voy a acompañar a Damon hasta un taxi. Reade se despidió con torpeza, evitando los ojos de Saunders, y salió apresuradamente. Butler le siguió escaleras abajo. Ninguno de los dos habló hasta estar en la calle Dean. Entonces Butler le cogió del brazo: —Escucha, Damon, está clarísimo que ese Sundheim es el hombre. No puede ser coincidencia. Su otro nombre es George... y sus iniciales son G. G. Creo que es mejor que te olvides de la visita. Reade denegó con la cabeza. —Porque fuera miembro de ese club, ello no prueba que matara a David Miller. Aumenta la posibilidad, pero no lo prueba. Yo no tengo muchas ganas de ver a Sundheim, pero creo que es mejor hacerlo. —Muy bien. En tal caso es mejor que vaya contigo. No tienes más que decir que me interesa Blake... dile que pensaba poner música a uno de sus libros proféticos. —No. Lo echaría todo a perder, porque te conoce. No creería que era una coincidencia. Además, no te preocupes. Sólo estaré una hora. Si me quedo más tiempo te llamaré. Y le diré que he mencionado a unos amigos que iba a verle... Un taxi con la luz "Libre" se acercaba; Reade alzó la mano y se detuvo. —No te preocupes más. Estoy seguro de que no hay peligro. Ya has oído que Saunders ha dicho que Miller murió mientras dormía... o mientras estaba borracho. Estaré alerta. Subió al auto y dio la dirección. Butler se quedó mirando, mientras el taxi se alejaba. *** Pese a las frases tranquilizadoras que dijera a Butler, se sentía nervioso y tenso. No era tanto temor como esa especie de pánico que se siente antes de salir a escena, un nerviosismo producido por uno mismo. Al mirar el oscuro vacío de Green Park, se sintió profundamente solo... Empezaba a desear haber aceptado el segundo whisky.

El taxi le dejó a la entrada a los bloques de viviendas. Se hallaba iluminada por una única bombilla al extremo opuesto. Recordó que tenía que caminar despacio, mirando los números de los portales, por si Sundheim estaba observando. Al ver la casa comprendió que su precaución había sido innecesaria; estaba tan apartada que desde ella no podían verse más que el garaje y la casa de enfrente. Un pequeño abedul crecía frente a la puerta principal, entre las losas. Era un lugar atrayente, con un farol delante y cuya puerta y ventanas parecían haber sido pintadas recientemente de verde. Como casi todas las casas del grupo, contaba debajo con su garaje, sólo que, en este caso, el garaje nada más ocupaba la mitad de la fachada. En la puerta se veía una aldaba de plata que representaba un sonriente fauno. Al llamar sintió que le invadía el repentino temor de que Sundheim se hubiera fijado en él por la tarde en la tienda de antigüedades y le reconociera nada más abrir la puerta. Calmó su miedo con esfuerzo, volviendo a llamar. La puerta se abrió repentina y silenciosamente. Sundheim parecía más grande de lo que Reade le recordara. La camisa de seda azul que vestía acentuaba la anchura de sus hombros y lo poderoso de su pecho. La boca del hombre era grande, un tanto blanda, y la nariz ancha pero un poco puntiaguda y como aplastada en el puente. Tenía los ojos de color azul pálido y miraba con expresión miope. Hablaba con torpeza, como sintiéndose violento. La tensión de Reade se desvaneció al instante. Era imposible anticipar peligros de un hombre tan grande, tan claramente tímido. El vestíbulo y la escalera estaban cubiertos de una alfombra espesa y cara de color verde, que se extendía de pared a pared. La puerta de la izquierda se hallaba cerrada, pero la alfombra parecía seguir al otro lado. Reade pensó: "Aquí no se puede matar a nadie". —¿Quiere usted subir, señor Reade...? ¿Ha... cenado usted? —Sí, gracias. Hace dos horas. En el hueco de la ventana del descansillo se veía un bronce chino. También el reloj de pared al pie de la escalera era antiguo y muy hermoso. Sundheim le condujo a la habitación de la derecha. La misma moqueta verde se extendía hasta las paredes. El verde parecía ser el color favorito de Sundheim. Las paredes estaban empapeladas en verde y oro y los muebles, . modernos, eran de un tono de verde distinto. Sobre una mesa junto a la ventana había un Buda de marfil y dragones chinos de jade en una repisa. —¿Bebe usted, señor Reade? —Ejem... a veces. ¿Tomará usted algo? —No. Bueno, tomaré un poco de limonada. Pero hay whisky o cerveza, si lo prefiere. Sundheim abrió un aparador y sacó una botella de cerveza y otra de limonada. Al servir dijo con un ligero tartamudeo: —Bue... no, es un gran honor, señor Reade. Conozco algunas de sus obras, claro. De hecho, una vez pensé en escribirle yo mismo. Me interesa muchísimo saber que mi padre se puso en contacto con usted. ¿Acerca de qué? —Ejem... mi cita de la Revelación de San Juan en mi primer libro. Él no estaba de acuerdo con mi interpretación de la plaga de langosta. —Ah, sí. Típico de mi padre. Era un hombre sumamente inteligente, pero la Biblia fue siempre su pasión favorita... y ya sabe cómo a veces la gente se vuelve un poco chiflada con sus pasiones... Tendió el vaso a Reade, sentándose frente a él en otra butaca. Al mirarle, Reade hallaba que le era imposible considerarle un asesino. De pronto resultaba claramente un absurdo error. Tenía todo el aspecto de un universitario americano, alto, tímido, un tanto torpe. —¿Así que vive usted en el Distrito de los Lagos, señor Reade? Tiene suerte. Me encantan los lagos. Fui allí por primera vez cuando tenía diez años... con mi padre. Recuerdo que me llevó a pasear a lo largo del Windermere, mientras me hablaba de Wordsworíh y Coleridge.

Reade hallaba interesante la forma de hablar del otro. Hablaba de prisa, casi con confianza, pero de vez en cuando tartamudeaba y bajaba la vista, como azarado. Reade sintió un súbito impulso de decirle la verdad... que había ido a verle porque sospechaba que fuera un asesino. Una mínima precaución le detuvo, así como el pensamiento de que Sundheim encontraría la idea turbadora y molesta, más que divertida. —Antes de que se vaya —dijo el dueño de la casa— quisiera que me firmara algunos libros. Tengo varios, pero compraré los demás, ahora que le he conocido. —Desde luego. Será un placer. —¿Quiere usted ver inmediatamente los papeles de mi padre o preferiría llevárselos? —¿Podría? —Claro que sí. Yo jamás los consulto. Y sé que usted cuidará de ellos. —Puede estar seguro. Es usted muy amable. Hubo un momento de pesado silencio, que Sundheim rompió al decir: —Si me permite, iré a buscar los libros ahora. Regresó casi al instante, con tres de las obras de Reade: Los símbolos de Blake, La visión mística y Blake de Lambeth. Cuando Reade los hojeó vio que había algunos párrafos subrayados a lápiz, así como frases enteras. —Es muy lisonjero... ¿Qué nombre representan sus iniciales? —George Gaylord. Pero firme sencillamente para George Sundheim, si no le importa. Reade escribió "Con mis mejores deseos" en los libros y se los devolvió. Sundheim los tomó y salió de nuevo del cuarto. Reade miró al reloj. No eran sino las ocho y cuarto. Se preguntó cuánto tiempo tendría que estar antes de poder despedirse con cortesía. Por lo menos otros tres cuartos de hora. Decidió que en ese tiempo tenía que intentar sonsacar a Sundheim. Cuando éste volvió, Reade preguntó: —¿Qué clase de hombre era su padre? —¿Eh? Oh, era ingeniero. —Ya lo sé. Pero... ¿por qué cree usted que le interesaba tanto Blake? ¿Diría usted que era un místico? Sundheim se sentó. Se inclinó hacia delante, las manos sobre las rodillas, el rostro sumamente serio. —No exactamente eso... Era un hombre muy poco satisfecho. Mire, nuestra familia estaba estrechamente unida a la Iglesia... ha habido muchos ministros de la religión. Mi padre era presbiteriano, pero sus antepasados fueron puritanos. Fue educado en las ideas de Jonathan Edwards y William Bradford. Así que hay una fuerte tradición puritana en la familia. Mi abuelo era ministro en New Haven. Discutió con mi padre por causa de Darwin y mi padre acabó volviéndose ateo y dejando su hogar. Bueno, construyó puentes y se hizo rico... pero, en cierto modo, creo que su deseo hubiera sido ser también ministro. Así que le dio por leer la Biblia en sus ratos libres y se convirtió en un swedenborgiano; luego abandonó aquello y descubrió a Blake. Hacia el final, deseaba emplear todo su dinero en organizar una comunidad religiosa en una isla en las costas de Brasil. Madre y él discutían y ya no le vi mucho desde entonces. Por fin ganó mi madre..., bueno, sus abogados. Papá murió y ella obtuvo el dinero. Luego murió mamá hace dos años y así es como he llegado a encontrarse aquí solo... —¿Y usted que piensa? ¿Simpatiza con su padre o con su madre? Sundheim sonrió, extendiendo las manos, —Entonces creía estar más unido con mi madre. Bueno, es natural... no tenía más que veintitrés años cuando mi padre murió. Desde entonces... Se detuvo y volvió a repetir el gesto vago de las manos; era al tiempo impotente e impaciente. Reade esperó a que terminara.

—Desde entonces, desearía haberle conocido mejor. —Pero está claro que usted sigue el interés de su padre por Blake. —Sí, en cierto sentido. Pero, verá... Volvió a interrumpirse; sus frases eran entrecortadas, como si se sintiera perdido. Como viera que Reade aguardaba, prosiguió: —Papá sabía lo que quería. Yo creo que no. —¿Qué le parece la idea de su padre de fundar una comunidad religiosa? —A mí no me serviría —se encogió de hombros—. No me gusta la gente lo bastante. Y no creo ser religioso en el sentido que lo era él. Mire, señor Reade, dígame una cosa: ¿cree usted de verdad que Blake tuvo todas aquellas visiones? ¿Vería de verdad espíritus? ¿O mentía... bueno, mentir no, pero... imaginaba? Reade respiró hondamente para contestar: —No veía visiones ni mentía. Blake sabía lo que quería. Y sabía más o menos cómo alcanzarlo. —Expliqúese. —Intento explicarlo en mis libros. La mayoría de los seres son víctimas de sus sentimientos. Blake sabía cómo controlarlos, de forma que sentía casi lo que quería. Es una simple cuestión de control. Mire. Todos podemos controlar nuestros sentimientos hasta cierto punto. Si estamos deprimidos, podemos ir al teatro, tomarnos un vaso de whisky o pensar deliberadamente en algo que nos traiga recuerdos agradables. O estimular la imaginación sexual... esa es una de las formas más eficaces de transformar un sentimiento muerto. Es cuestión de enderezar la mente en la dirección adecuada, como el girasol se vuelve hacia el sol. Pues bien, los místicos trabajan bajo la presunción de que el sol está siempre ahí, y de que todo es cuestión de volverse en la dirección debida. El problema central de la humanidad es el hastío... —Y bien que puede decirlo... —Pero ¿comprende mi punto de vista? Ser místico es sólo ser capaz de controlar la vitalidad de la mente, evitar que se escape. —¿Sabe lo que yo quisiera ser? —No. —Venga un momento. Sundheim se puso en pie y salió del cuarto. Reade le siguió. Cruzaron el pasillo y fueron a la habitación del fondo. Era una biblioteca. Allí el suelo no estaba alfombrado; la madera de manchas oscuras brillaba. Sobre una mesa, en el rincón, se veía el jarrón chino que reconoció como el adquirido en el anticuario. Cerca de la ventana había otra mesa, cubierta de plástico, y sobre ella una jaula grande. Tres lados de la jaula eran de cristal; dentro estaba llena de hierba como hasta la mitad. Sundheim se la indicó: —Ese es Jerome. ¿Le gustan las serpientes? —No... no me importan. ¿Es venenosa? —No. Es una boa constrictor. ¿Quiere verla? Reade se inclinó sobre la jaula. Contenía un plato ancho lleno de agua, además de la hierba. La serpiente yacía estirada, con la cola escondida bajo el borde del plato y la cabeza apenas visible contra el cristal, al extremo opuesto de la jaula. La cabeza era de color verde pálido, con una línea negra que le cruzaba por los ojos. Sundheim soltó un pestillo y bajó la pared de madera. El ofidio se agitó perezoso al sentirse cogido. —Está adormilada. Esta mañana se ha comido una rata. Dio un tirón a un grueso anillo verde. La serpiente intentó ocultarse bajo la hierba. Sundheim la agarró cerca de la cabeza y la sacó. Se la puso en el cuello; la cola de la serpiente

se enrolló al instante en su brazo. El bulto que hacía la rata medio digerida se notaba con claridad hacia la mitad de su longitud. Reade calculó que mediría unos tres metros. —Vamos —dijo Sundheim—. Tienes que hacer un poco de ejercicio. Volvió a la habitación anterior, seguido de Reade. La cabeza del ofidio, apoyada en el hombro de Sundheim, le miraba sin interés. La lengua salía y entraba rápidamente, por un breve instante. Sundheim dejó caer al animal sobre un sofá, donde se enrolló al momento, ocultando la cabeza debajo de sí. Sundheim dijo: —Esto es lo que envidio. Se pasa el día durmiendo. No tiene problemas. No tiene nervios. —¿No muerde nunca? —Solía, cuando era pequeñita, pero ya no. Las serpientes son muy dulces. La boa constrictor estaba desenrollándose. Su longitud, moviéndose lentamente, se deslizó con suavidad por el borde de la butaca al suelo. Cruzó la alfombra hacia Reade, pasó sobre sus zapatos, sin darse cuenta, al parecer, y desapareció tras un pesado cortinón. —Ahora se quedará allí. No tiene ganas de hacer ejercicio... quiere dormir. Al andar con la serpiente, la tensión de Sundheim parecía haberse desvanecido; se había relajado y estaba más alegre. Se veía claramente que sentía un afecto real por el bicho. Se reclinó en el asiento, cruzó las piernas y tomó un sorbo de limonada. —Mi padre temía a las serpientes... ni siquiera quería acercarse en el zoo a donde estaban los reptiles. Tenía la teoría de que eran una raza superior que había degenerado a causa del pecado. Tampoco mi madre las soportaba. Así que decidí comprar a Jerome y averiguar por mí mismo... A Reade no se le ocurrió nada que decir, sino: —Relaja el tener alrededor esas criaturas... —Bueno, voy a enseñarle los papeles de mi padre. Están en la biblioteca. Y le mostraré también algunos grabados de Blake que coleccionó. Es mejor que cerremos la puerta, por si a Jerome se le ocurre ir a pasear... *** Reconoció el "Jaguar" de Jeremy Bryce en el exterior de la casa. La luz del cuarto de Butler estaba encendida. —¡Gracias a Dios! Empezábamos a preocuparnos. —Siento haber tardado. —Toma algo y cuéntanos cuanto ha ocurrido —dijo Bryce. —Whisky no, gracias, prefiero té. —Iré a llenar el cazo —dijo Vivian—. Pero no empieces hasta que vuelva. La habitación estaba llena del humo de los cigarrillos y hacía un calor excesivo. —Por cierto, Damon, Sheila ha estado preguntando por ti. —¿Sí? —Tenía un aire decisivamente posesivo —sonrió su amigo—. Así que le he dicho que habías ido a cenar con una antigua amiga y que tal vez pasaras fuera toda la noche. —¡No será verdad! Vivian Martin entró. Preguntó: —¿Has averiguado algo? —Apenas nada. Excepto que, definitivamente, no es el asesino del Támesis. —¡Qué! —¿Se lo has preguntado?

—Oh, no. Pero estaba bastante claro. Hasta donde puedo juzgar, casi todas nuestras teorías parecen equivocadas. No odiaba a su padre. No es un psicópata agresivo. Parece una persona suave, tímida. —Cuéntanoslo todo. —Pero es que no hay casi nada que contar. He llegado a tiempo. Me ha ofrecido una bebida, pero él no bebe... se ha pasado la velada con limonada. Había leído mis libros y he tenido que dedicárselos. Tiene una boa constrictor... —¿Una qué? —se admiró Butler. —Una serpiente... inofensiva. Se ha pasado la noche dormida detrás de mi butaca. —¡Que has estado en la misma habitación que una serpiente viva! —se estremeció Vivian. —Pero estaba dormida. —Supon que te hubiese atacado... ¿Esos bichos se enroscan alrededor de uno, no? —No podría haberme hecho daño. Sólo medía tres metros. —¿Cómo lo sabes? Imagínate que la haya adiestrado para que se enrosque al cuello de las personas. —Imposible. No se pueden adiestrar serpientes. Son demasiado estúpidas. —¡A mí me da la impresión de ser un psicópata! —dijo Vivian—. ¡No me digas que un hombre perfectamente normal quiere tener una boa constrictor! —¿Por qué no? Igual que tener un perro. Y da mucho menos trabajo. Su interés por la serpiente le producía una sensación de exasperación, de total imposibilidad de comunicarse. Butler se dio cuenta de su impaciencia. —Bueno, explica por qué no crees que sea nuestro hombre. —No puedo explicarlo bien. Tendrías que pasarte un par de horas con él para entender. Se siente muy confuso y desdichado... pero es dulce y agradable. Me recuerda un poco a su serpiente... de aspecto siniestro, pero inofensivo. —Pero las serpientes no son inofensivas —insistió Vivian—. Una vez una víbora picó a mi hermano y se tuvo que pasar una semana en cama. Si un perro mordiera a alguien habría que eliminarlo. —Creo que Vivian tiene cierta razón —dijo Bryce—. ¿Para qué va a querer un hombre tener una gran serpiente? —Dice que su padre les tenía horror, así que se compró una para ver por sí mismo... —Así que hasta cierto punto rechaza a su padre. —Sí. Pero no le odia, por lo que he podido deducir. Hemos hablado mucho de su padre. Fue swedenborgiano y quiso construir un monasterio en una isla. Sundheim se siente claramente fascinado por su padre. Cree que estaba equivocado... pero no puede dejar de pensar en él. —¿Cómo es la casa? —preguntó Bryce—. ¿Podría emplearse para asesinatos? —No. Casi imposible. He estado en todas las habitaciones y están cubiertas de moqueta de pared a pared. Y muy pálida... las manchas más pequeñas de sangre se notarían. Las únicas habitaciones no alfombradas son la cocina y la biblioteca... y el baño, claro. Y no creo que sirvieran para asesinar. Además, al otro lado de la pared se oía una televisión. Lo que significa que los vecinos oirían cualquier grito. —¿Qué hay del garaje? —Sí, también lo he visto. Me ha traído en coche, dejándome en la esquina. Supongo que podría emplearse el garaje, pero lo dudo. El suelo es de tosco hormigón. Tendería a absorber la sangre y sería difícil de limpiar. Pero todo eso está fuera de cuestión. Sundheim no es el asesino. Lo juraría. No es el tipo, bajo ningún concepto. No creo que uno pueda pasar tres horas en compañía de un asesino (charlando de sus temas más íntimos) sin tener cierta

impresión de que es capaz de cometer violencias. —¿Qué asuntos íntimos? —preguntó Butler. —Oh, no quería decirlo literalmente... aunque ha insinuado lo de su homosexualidad. Me refiero a que hemos hablado de sus problemas, del misticismo y de si viviría mejor lejos de Londres... por ejemplo en los Lagos. —¿Y del intento de suicidio qué? ¿Lo ha mencionado? —No. Pero ha insinuado que tuvo una crisis propensa al suicidio a raíz de la muerte de su madre. Lo cual es bastante normal en cierto tipo de homosexuales, según creo. Sentía una pasión enorme hacia ella, y sin embargo no la admiraba. Creo que no estaba de acuerdo con sus intentos de conseguir que internaran a su esposo. —¡Qué! —Sí, hacia el final, cuando quería emplear todo su dinero en edificar un monasterio. Como es natural, ella no quería que lo derrochara. Comprendo su punto de vista. Bryce se sirvió un nuevo whisky; luego dijo despacio: —Lo que intentas es que creamos que todo este asunto ha sido una equivocación, que Sundheim es completamente inocente... —Ya sé lo que vas a decirme —le interrumpió Reade—: que todo apunta hacia Sundheim: el intento de suicidio, el club de invertidos, su interés por Blake. Pero ¿es cierto? Yo apunté que el asesino podría ser un tipo de suicida. De ahí seguimos la idea hasta que nos condujo a un hombre con tal tendencia... durante un breve período. Ello nada tiene de extraño. Podría habernos conducido a muchos otros hombres. Estoy de acuerdo en que es una coincidencia el que se interese por Blake. —¿Y que conociera a David Miller? —observó Vivian. —Pero ¿le conocía? No lo sabemos. Sabemos que era miembro de un club para homosexuales, pero ello no tiene nada de extraño. ¿No comprendéis mi punto de vista? No hay absolutamente nada que relacione a Sundheim con los asesinatos. Y, tras de haber pasado una velada con él, estoy dispuesto a jurar ante el tribunal que no haría daño a una mosca. —Mas ¿cómo puedes asegurarlo? —dijo Bryce—. Si hubieras conocido a mi tío Oliver, jamás hubieras adivinado que fue un asesino. —Eso no es lo que dijo tu mujer. Dijo que a ella le hacía estremecerse. —Exagera. Se llevaba con él perfectamente. Además, estás ignorando mi pregunta. ¿Cuántos psicópatas has conocido? ¿Cuántas dobles personalidades? —Muy pocos, supongo... —Bueno, pues yo he conocido a varios, y te aseguro que una de sus personalidades no tiene idea de lo que hace la otra. No puedes juzgar a un hombre por una tarde de charla. Fíjate, tú dices que Sundheim bebía limonada. Sin embargo, el barman del club nos ha dicho más tarde que le habían visto borracho con frecuencia. ¿No te suena como si estuviese bebiendo limonada para impresionarte? —¿Quieres decir que sospechaba a lo que había ido? —preguntó atónito Reade. —Oh, no, no creo eso. Quiero decir sencillamente que admira tus libros y que se porta ante ti como un niño bueno. —Sólo se me ocurre decirte que le conozcas por ti mismo —se encogió de hombros—. A mí me parece una persona totalmente normal. No puedo ni empezar a imaginar que sea capaz de un crimen. Además, ¿dónde iba a cometerlo? No en aquella casa. —Pero el barman ha dicho que solía tener un cuarto en el East End —cortó Butler. —Antes de que muriera su madre. ¿Para qué iba a retenerlo cuando tiene su propia casa? No olvides que tenía motivos para ocultarse mientras su madre vivía... no quería que supiera que era homosexual.

Vivian Martin le tendió una taza de té y dijo: —Bien, así que parece que estamos de nuevo en el punto de partida. Lástima. —Entonces ¿tú estás de acuerdo con Damon? —le preguntó Jeremy. —Creo que sí. Me inclino a creer que no se pueden pasar tres horas solo con un asesino psicópata sin entrever algo de su auténtica personalidad. —Pero es que tal vez no sea su auténtica personalidad —replicó Bryce exasperado—. Con estos tipos a lo Jekyll y Hyde ninguna mitad es más real que la otra. —De todos modos la cosa es ¿qué hacemos ahora? —preguntó Butler—. Esa es la siguiente cuestión. Nadie habló. Reade bebía su té. Al fin Bryce rompió el silencio: —Parece que hemos llegado a un punto muerto. —¿Lo crees así? —¿Acaso no es cierto? Si Sundheim no es quien buscamos, tenemos que volver a empezar. Y si lo es... ¿qué podemos hacer ahora? —Esta noche vamos a dormir así, Jeremy —dijo Butler—. Tal vez la noche nos aporte alguna idea. Bryce se encogió de hombros, poniéndose en pie y diciendo: —Por alguna razón, no puedo creer que andemos en una pista falsa. Todo encajaba demasiado bien. —Estoy de acuerdo con Kit —dijo Reade apurado—. Vamos a dormir y mañana echaremos otro vistazo al problema. Vivian Martin se estiró en la butaca, bostezando. —Estoy de acuerdo con vosotros, al menos en lo que respecta a dormir. ¿Nos vamos, Jeremy? —Sí. Entonces ¿te telefoneo mañana, Kit? —Muy bien. Gracias por la velada, Jeremy. Ha sido fascinante... Butler bajó con ellos, dejando la puerta abierta. Reade oyó ruido en el descanso superior y cerró la puerta silenciosamente. Al volver Butler, le dijo: —Jeremy parece decepcionado. Pero yo me siento aliviado. No estoy seguro de que me gustaría capturar a un asesino. —No, no, comprendo tu punto de vista. ¿Cuándo volverás a ver a Sundheim? —No creo que le veré. Quizá me vaya mañana a casa. —¡Cómo! ¿Ya? Pero ¿por qué? —Ya has adivinado una razón —sonrió torcidamente, indicando con la cabeza hacia el techo. —¿Sheila? ¿Qué pasa con ella? ¿La conseguiste? —Ella a mí —con una risita. —¿Anoche? ¿Cuando volviste? ¿Qué pasó? —Pues... ejem... me ofreció café y yo cometí el error de meterme en la cama. Y ella se unió a mí. Butler lanzó un fuerte y agudo relincho divertido, golpeándose la rodilla con la palma de la mano. Reade hallaba la conversación difícil; no porque le resultara violento, sino porque su papel en ella no le gustaba. El de macho que describe su conquista. La alternativa de teñir la anécdota de burla hacia sí mismo le parecía igualmente deshonesta.

—Bueno, la cosa es que, aunque es una chica agradable, no quiero más complicaciones con ella. —Dile lo de... ¿cómo se llama? Sarah. —Ya lo hice. Antes de que ocurriera. —Ah. Sí que es un lío. ¡Pero tengo una idea! Pásasela a Harley Fisher. Pídele que le devuelva los recortes. Saltará sobre ella. Sé que le interesa. —No puedo hacer semejante cosa. No es un saco de serrín... —No sé qué tiene que ver el serrín con lo que hablamos. —Además, pienso que es mejor que me vaya a casa antes de que surjan nuevas complicaciones. Así que creo que mañana pasaré el día en el Museo Británico y tomaré el tren de la noche. —¿Sólo por escaparte de una chica? —En parte. Y en parte porque Londres me aburre. Encuentro que mi interés por la gente se ha desvanecido por completo desde la última vez que estuve aquí. —¿Incluso por Sundheim? —Oh, sí. Es bastante agradable, pero no me interesa mucho. —Suponiendo que Sheila fuera donde Harley Fisher... por su propia voluntad. ¿Te quedarías? —Tal vez... no lo sé. Además, entretanto, tenemos el problema de esta noche. Quisiera evitarla, si pudiera. —Eso es fácil. Duerme aquí. Tengo dos colchones en la cama. Y en el armario hay muchas mantas. —Es una espléndida idea. Pero ¿cuándo piensas acostarte tú? —Casi en seguida. Estoy agotado. Un cuarto de hora más tarde, Reade yacía en un colchón bajo la ventana abierta, sintiendo las mantas contra su piel desnuda. Fuera, había empezado a llover. El ruido le hizo pensar en el arroyo que corría detrás de su casita. Se durmió pensando que estaba en casa. Por primera vez en una semana no pensó acerca del asesino del Támesis. *** El olor familiar de la sala de lectura le resultaba delicioso. Buscó un asiento, dejó sus libros y papeles en la mesa y fue a ver los catálogos. Tras de mirar en "Blake" para verificar adiciones recientes a la biblioteca, buscó la "S" y luego "Sundheim". Había cuatro obras bajo el nombre de Orville Sundheim. Una era el volumen que ya conocía; las otras tres parecían tratar de los libros proféticos de la Biblia. Una se llamaba La Bestia en la Revelación. Pidió las tres. Ya en su asiento empezó a tomar notas en su diario, cuando alguien le puso una mano en el hombro. —¡Hola, Tim! Tenía la intención de visitarte en tu puesto. —¿Cuánto tiempo llevas en Londres? —Sólo un par de días. El hombre sentado junto a él (con alzacuellos) les miró con severidad. Reade se levantó. —Vamos a charlar fuera. —Bajemos a tomar una taza de café —dijo Tim Morrison. —Buena idea. Morrison era un individuo alto, delgado, cuyo traje gris parecía como si se lo acabaran de quitar al maniquí de uno de los sastres de la calle Saville. Hablaba de forma cautelosa, abrupta, como si las palabras le salieran con aire comprimido. Bajaron las escaleras camino de

la cantina. Reade buscó una mesa en un rincón. —Bien, ¿y qué te trae por aquí? Creí que te habías retirado a un monasterio. —No del todo. Pero llevo una vida bastante retraída. Sólo he estado dos días en Londres y ya estoy ansioso por escapar. Creo que éste es el único sitio de Londres que me gusta. —¿Por qué no pasas aquí más tiempo, entonces? —Ojalá pudiera —repuso con sinceridad—. En cuanto he entrado en la sala de lectura ha sido como volver a casa. Si tuvieran celdas de monjes en las catacumbas del museo, tomaría una. Pero Londres me vuelve loco. —Entonces, ¿por qué has venido? Mientras bebía su café, Reade se sintió de pronto expansivo y dichoso: —Es una historia complicada. Pero te diré una de mis razones. Un amigo mío me acusó de ser una especie de avestruz, con la cabeza metida en la arena. Decía que estaba perdiendo mi sentido de la realidad al vivir en el campo. Así que he venido a Londres a descubrir si es más real que el Distrito de los Lagos. —¿Y lo es? —No lo sé. Pero sí sé esto: la única razón por la que prefiero vivir en el campo es porque allí no pierdo tanto el tiempo. Seis meses en Londres destruirían por completo mi sentido de la realidad. —Es que no estás acostumbrado —sonrió Morrison. —No. Es mi temperamento. Me gusta ver la hierba y el agua, si es posible. Por ejemplo, anoche conocí a un hombre que tiene básicamente el mismo temperamento que yo... pero, por desgracia, no se da cuenta de ello. Así que vive tristemente en Londres, con una enorme serpiente como compañía y sin darse cuenta de por qué es desdichado. Sus padres le educaron en las ciudades y dice que en el campo se sentiría incómodo... —¿Cómo se llama? —Sundheim, Gaylord Sundheim. —¿Qué edad tiene? —Como yo, unos treinta, más o menos. —Ah, entonces no es el Sundheim en quien yo pensaba... —¿Conociste a su padre? Creo que solía venir aquí. Escribió un libro acerca de Blake. —El mismo. ¿Qué fue de él? —Murió... hacia 1956. —Espero que el hijo no esté tan chalado como el padre. Estaba loco de remate. —Habíame de él —dijo ansioso Reade—. Cuéntame cuanto sepas. —Pues... desgraciadamente no es mucho. Yo trabajaba entonces en la sección de libros impresos. Deberías hablar con George Britton, de manuscritos. Él le conocía muy bien. —¿Es posible que aparezca por aquí? —No sé. No le suelo ver mucho aquí abajo. Pero si quieres, podemos ir donde él está. ¿Por qué te interesa tanto? —Porque el hijo me intriga. Pero dime, por qué has dicho que el padre estaba loco de remate. ¿Qué clase de locura le poseía? —Ya sabes —Morrison se encogió de hombros—, uno de esos chiflados que estudian cada palabra de la Biblia. —Sí. A decir verdad, he encargado sus tres libros. También escribió otro acerca de Blake. —Ah, ¿sí? No lo sabía. Ahora comprendo por qué te interesaba. Todo lo que sé es que una

vez atacó a un pobre viejo y por poco le estrangula..., habían estado discutiendo sobre el Antiguo Testamento. —¿Estás seguro? —frunció el ceño. —Absolutamente. George podrá contártelo mejor. —En ese caso, se lo preguntaré. ¿Estará aquí hoy? —Creo que sí. Le llamaré en cuanto hayamos terminado. Entretanto, ¿quieres otro café? Cuéntame lo que has estado haciendo desde la última vez que te vi. ¿En qué trabajas ahora? *** Morrison llamó a la enorme puerta de roble y luego la abrió. Una voz dijo: —Adelante. El hombre sentado ante la mesa tenía una cara redonda, sonrosada, escaso cabello blanco y dulces ojos azules que sonreían detrás de sus gafas sin montura. —George, éste es Damon Reade, que está trabajando en este momento sobre una concordancia de Blake. Es todo un especialista en el poeta. —Encantado de conocerle. Conozco su obra, claro está. ¿No se sienta? Observó que los ojos de Reade se dirigían a una pila de oscurecidos manuscritos que había sobre la mesa. —Son muy interesantes... se trata de un tratado árabe de matemáticas, hallado en un monasterio abisinio de una isla del Lago Sana. ¿Le interesan las matemáticas? —Son una de mis distracciones. —Entonces esto puede que le interese. Data del siglo dieciséis y, sin embargo, nuestro experto en árabe me asegura que contiene una tosca forma del cálculo de Newton. Notable, ¿eh? Me dicen que causaría una convulsión en el mundo de las matemáticas. Es muy extraño... Bueno, señor Reade, Tim me dice que le interesa el difunto señor , Sundheim. —Escribió un librito sobre Blake, cómo sabrá. —Sí; lo sabía. Pero no como para que usted se interese, ¿eh? —No realmente. Pero anoche conocí a su hijo, y siento curiosidad. —Hummm. Si el hijo se parece al padre, no le aconsejaría que cultivara su amistad. Claro que puedo equivocarme. Hábleme del hijo. Reade lo hizo. Al terminar, Britton comentó: —Bueno, parece agradable. Pero mire, también el padre sabía serlo. ¿Le ha contado Tim que intentó estrangular a un rabino? —No me ha dicho que fuera un rabino. —Oh, sí. Un viejo encantador, llamado Goldfarb, que escribía un comentario sobre el Talmud. Sundheim y él solían salir a pasear por la terraza para discutir sobre el Antiguo Testamento. Pero un día el rabino dijo que él creía que la Revelación de San Juan era una falsificación... o algo parecido. No recuerdo la causa real de la discusión. Y, al parecer, Sundheim empezó a sufrir alucinaciones sobre aquel hombre... a creer que los judíos le pagaban para que destruyera su trabajo, o algo por el estilo. Y un día tuvimos un incidente de lo más extraordinario. Subió a ver al encargado de la sala de lectura (un tal Angus Wilson), formulando las más extraordinarias acusaciones contra el rabino. Decía que había dejado su chaqueta en el respaldo de la silla y que vio cómo el anciano pasaba junto a ella. Y, cuando más tarde revisó los bolsillos, halló un pedacito de papel con un signo extraño. Decía que era un signo mágico que destruiría su salud, y que hubiera empezado a causar su efecto en cuanto se hubiera puesto la chaqueta. Angus no sabía qué decirle... el papel parecía una esquina de un sobre con parte de una dirección, pero Sundheim insistía en que era un signo cabalístico. Así que intentó calmarle y le aconsejó que trabajara en la Biblioteca del Norte, cosa que Sundheim hizo. Luego hablamos con Goldfarb, advirtiéndole que se mantuviera alejado de

Sundheim. Pero al parecer se sentía terriblemente alterado por el asunto y fue a la Biblioteca del Norte a asegurarle que no intentaba hacerle daño alguno. Sucedió que, cuando el rabino fue a buscarle, Sundheim no estaba en su sitio... y cuando el anciano había decidido no hacer nada y andaba para marcharse, tropezó con Sundheim, quien asumió de inmediato que el rabino había estado echándole más encantamiento en la chaqueta y se lanzó sobre él... se le tiró al cuello y le derribó en el suelo. Por desgracia, aquello no sucedió en la biblioteca misma, sino en el pasillo, al exterior, por lo que,durante unos instantes no hubo nadie. Alguna chica que apareció soltó un alarido e intentó separar a Sundheim... para cuando otros lo lograron, el viejo rabino tenía el rostro negro. Sundheim era fantásticamente fuerte... se necesitaron tres hombres para separarles. —¿Qué hicieron ustedes? —Bueno, pensamos en llamar a la policía, pero luego decidimos que no se le podría juzgar. Estaba claro que era un demente. Así que yo le convencí de que viniera a mi despachó y le hablé, mientras alguien telefoneaba a su esposa. Lo extraño es que conmigo hablaba con toda lucidez. Dijo sencillamente que lamentaba haber causado un alboroto en el museo, pero que había llegado al punto en que se trataba de su vida o la de Goldfarb. Mi ayudante, que estaba escondido al otro lado de la puerta por si volvía a tornarse violento, testificó más tarde que Sundheim había dicho aquello. Su esposa envió a varios hombres del manicomio y se lo llevaron... aquel mismo atardecer. Creo que de nuevo se tornó enormemente violento. Pero cuando salió de aquí iba bastante tranquilo. —¿Cuándo sucedió todo eso? —Sería... a finales de 1955. —Y murió al año siguiente. —Eso supongo. Y creo que seguiría en el manicomio. —¿Está seguro? —Bastante seguro... creo que Angus me lo dijo. Podría usted llamarle con facilidad y verificarlo, si es que es importante. —No... no es importante. ¿Y dice usted que su ayudante testificó que Sundheim dijo que mataría a Goldfarb? ¿Por qué? —Oh, para el certificado de ingreso. Creo que su mujer llevaba intentando hacerle internar por algún tiempo, pero sin éxito. Pero aquel incidente lo puso todo en claro. No sólo había casi matado a un hombre (el rabino pasó varias semanas en cama a raíz de aquello, y murió al año siguiente), sino que, delante de testigos, declaró su intención de intentarlo de nuevo. No sé mucho de esto... sólo tuve que firmar una declaración para el abogado de la esposa. Morrison, que se hallaba de pie junto a la ventana, preguntó: —¿Pero dijo de hecho que intentaría volver a atacar a Goldfarb? —No con exactitud... pero dijo que era su vida o la de Goldfarb, así que presumo que era lo que quería decir. —Pero, ¿había mostrado Sundheim signos de demencia anteriormente? —preguntó Reade. —Depende de lo que quiera usted decir con eso. En ciertos aspectos estaba totalmente cuerdo. Tenía unos modales serios y muy amables y creo que era un ingeniero civil de gran éxito. Así que, a primera vista, no daba la impresión de estar loco. Pero de pronto hacía una declaración completamente en serio... como que había pagado a una compañía de detectives privados para que intentaran dar con el judío errante, en su nombre. —¿Qué? —Sí, dijo eso. Estaba completamente convencido de que el judío errante vivía, porque Jesús le había dicho que no se detuviera hasta su vuelta. Y se pasaba aauí muchas horas consultando manuscritos acerca del judío errante, para averiguar qué había sido de él desde entonces. Por aquel entonces, yo solía verle mucho. Encontró una narración del judío errante en Praga, del siglo catorce, y otra de que había visitado a Cornelio Agrippa, otra de que fue a Wittemberg y Brunskwick, a fines del siglo diecisiete. Por último, logró dar con él en la Ciudad

del Lago Salado, a mediados del siglo diecinueve. Hubo cierta leyenda que decía que el judío errante había salvado a muchos judíos de perecer en las cámaras de gas de Buchenwald... Se lo tomaba todo muy en serio, y pagó miles de libras a unos detectives privados para que averiguaran qué había sido de él después. Incluso fue a estudiar los archivos del campo de Buchenwald, para ver qué judíos habían escapado y cuándo... Oh, sí, estaba completamente loco, pero parecía totalmente inofensivo hasta que atacó al pobre Goldfard. —Le estoy inmensamente agradecido, señor Britton. Todo eso explica mucho. —De nada. No sé qué tiene que ver todo esto con sus estudios sobre Blake, sin embargo. —Su hijo me ha dejado algunos papeles —se encogió de hombros—. Creo que merece que se le mencione como estudioso de Blake. —¿No le ha dicho su hijo que estaba loco? —No. Nada en absoluto. —Hummm. Quizá sea lógico. El padre aborrecía al hijo. Una vez le llamó Judas Iscariote. —¿Se lo dijo a usted? —Oh, sí, un día que hablábamos de su trabajo. Ahora no recuerdo en qué contexto. Yo tenía bastante amistad con él, y con frecuencia me hablaba de su vida pasada Creo que construyó una de las mejores presas de Africa. —Una pregunta más, señor Britton. ¿Tiene alguna idea de lo que fue la causa de su locura? ¿Podría haber sido alguna enfermedad orgánica del cerebro? —Ah, no podría decírselo. Sólo le diré una cosa; era ateo hasta que su padre se suicidó: entonces le picó la manía religiosa. La idea del suicidio de su padre le perseguía. Hablaba del suicidio con frecuencia. Y, si bien no sé cómo murió, no me sorprendería que se hubiera suicidado. —Bueno, me deja usted bastante atónito —dijo Damon poniéndose en pie—. No puedo expresarle mi agradecimiento. Mil gracias. —De nada. Si va a estar varios días por el Museo, ¿podríamos cenar iuntos una noche? —Detesta Londres —explicó Morrison—. Se va corriendo al Distrito de los Lagos esta noche. —Oh, ¿vive usted allí? Qué agradable. —No me iré esta noche, señor Britton. Así que tal vez vuelva a verle por aquí. —Eso espero. De veras que lo espero. Ya fuera del despacho. Morrison le nreguntó: —-Oué te ha impulsado a quedarte? —Varias razones —repuso evasivo—. Tengo que devolver los paneles a Sundheim. —En ese caso, vamos a comer juntos. —Me encantaría. Pero déiame terminar primero con este asunto de Sundheim... Será meior que telefonee. ¿Qué clase de monedas hacen falta para estos teléfonos? Marcó el número de Kit Butler. No hubo respuesta. Colgó con una maldición. Alguien esperaba el turno, así que se fue. Estaba indeciso. De pronto se le hacía imposible ir a trabajar en la sala de lectura. Luego recordó los libros que encargara. Hacía una hora que abandonara su asiento. Entró y halló los libros que le aguardaban. Pasó el cuarto de hora siguiente intentando leer, pero era difícil. Orville Sundheim tenía un estilo malo y torpe. Su sentido era a veces oscuro; cuando estaba claro, tendía a ser trivial y obvio. Los libros no le parecieron más locos que muchos de los panfletos religiosos que leyera, con la excepción de que, de vez en cuando, Sundheim atacaba a algún comentarista bíblico con innecesaria violencia. Era casi mediodía. Sentía hambre. Devolvió los libros y fue al teléfono. De nuevo el número de Butler no dio respuesta.

Al dirigirse a la salida vio a Tim Morrison. —¿Vas a comer? ¿Por qué no esperas media hora y vamos juntos? —No. Me voy a casa. Ha sucedido algo importante. Seguramente vendré mañana. —Bueno. Pero si yo fuera tú, intentaría evitar a se Sundheim. Tal vez se le meta en la cabeza la idea de que estás intentando darle el mal de ojo. *** Butler estaba sentado en la cama, bebiendo té. Llevaba puesta una gastada bata de algodón. —¿De vuelta ya? —¿Dónde diablos has estado metido durante la última hora? —Durmiendo, ¿por qué? —Debes dormir como un muerto. Te he llamado dos veces. —No lo he oído. Me he dormido nada más salir tú. ¿Té? —De todas formas, gracias a Dios que estás aquí. Ha surgido algo importante. Acabo de descubrir que el padre de Sundheim murió en un manicomio... seguramente se suicidó. —¿Cómo? Reade repitió la historia de su conversación con el jefe del departamento de manuscritos. Butler le escuchó, sin interrumpir hasta el final. —¿Así que has cambiado de idea de que Sundheim no es un asesino? —No exactamente... Una cosa no prueba la otra. Pero, ¿por qué no me contó lo de su padre? ¿Por qué me dejó creer que su padre y él eran buenos amigos, cuando al parecer el viejo le consideraba un Judas? ¿Por qué no me dijo que su padre murió loco? —Un momento, Damon, déjame hacer de abogado del diablo. ¿Por qué iba a decirte que su padre murió loco? No es como para estar orgulloso de ello. No te mintió, ¿verdad? Y si creía que tú le visitabas como especialista en Blake, que se interesa por los papeles de su padre, ¿qué cosa más natural que no te dijera que el viejo estaba loco? ¿Iban a interesarte los papeles de un demente? Y, después de todo, ¿qué te ha dicho de nuevo ese Britton? Sencillamente, que el padre de Sundheim estaba loco, que se suicidó, que antes que él se suicidó su padre. ¿Y bien? Así que, seguramente Sundheim es del tipo de los que se suicidan. Eso ya lo sabíamos. Reade negaba violentamente con la cabeza; sólo con dificultad frenó su impulso de interrumpir a Kit. —No comprendes mi punto de vista. Sundheim me mintió, en cierto modo. Se esforzó por confundirme. Todo cuanto me dijo me convencía más y más de que no podía ser un asesino. Su padre era un ser normal, corriente... —¡Creo que admitió que su madre intentó hacerle internar varias veces! —Lo hizo. Pero me dio la impresión de que era a causa de que su padre era auténticamente religioso y quería emplear su dinero en levantar un monasterio. La mujer de Tolstoy quiso hacer que le encerraran, cuando él quiso renunciar a todo su dinero. Sundheim tenía que saber lo del ataque en el Museo Británico y que su madre consiguió por fin que el viejo fuera internado bajo la acusación de ser un lunático homicida. ¿Por qué no me lo dijo? Porque deseaba mantenerme bien alejado del tema de violencia e insania. —Bueno, creo que ahora hemos llegado a donde queríamos llegar —dijo Butler despacio. —¿De qué modo? —Reade no quería comprender su sentido. —¿Por qué no telefoneas a tu amigo el policía de Carlisle? Ya hay pruebas bastantes como para que vigilen a Sundheim como sospechoso número uno. Es un entusiasta de Blake, su padre era un lunático violento. ¿Qué más quieres?

—No puedo hacer eso —denegó con la cabeza. —¿Por qué? —Tú... no lo comprendes. ¿Y si no es el asesino del Támesis? En tal caso, he aceptado su hospitalidad, tomado prestados los manuscritos de su padre, he discutido con él durante horas acerca de poesía, misticismo y filosofía... ¿no ves? Y luego voy y aviso a la policía acusándole de asesinato. —Si no es el asesino... —Pero aunque lo sea. No puedo hacerlo... Por lo menos, todavía no. No, tengo que volver a verle. Intentaré visitarle de nuevo hoy... —¿Y qué harás? Preguntarle: ¿es usted el asesino del Támesis? Por un instante, Reade sintió cierta desesperación de no poder hacer que Butler comprendiera sus sentimientos. Dominando la sensación de derrota, hizo un nuevo esfuerzo. —Kit, se trata de un ser humano... un ser humano inteligente, sumamente inteligente, en ciertos aspectos. —Es aún más que eso. Es condenadamente astuto. —No lo sé. Pero sí sé una cosa. Anoche hablamos de toda clase de cosas... incluso de misticismos. Su interés por el tema es auténtico. Así, ¿cómo puede ser un criminal en el sentido corriente? Un criminal verdadero es un hombre que se ha perdido. Yo sólo he conocido a uno... un profesional, me refiero. Fue cuando era estudiante y durante las vacaciones trabajé en la construcción. Trabajé con un hombre que robaba cualquier cosa y era capaz de estafar a cualquiera. Había estado en la cárcel por robar tantas veces que le habían amenazado con condenarle a veinte años la próxima vez. Intentaba ganarse la vida con honradez. Pero era claramente imposible, porque era un criminal del todo. No creo que tuviera ninguna relación normal con nadie, porque era incapaz de mirar a nadie sin preguntarse qué podría sacarles. Se veía a sí mismo como una especie de zorro y el mundo a su alrededor como una granja avícola. Antes de que yo dejara el trabajo ya le habían detenido por entrar a robar en un bar, donde casi mató al dueño a martillazos cuando le sorprendió. Pues bien, aquel hombre era un mentiroso y fanfarrón patológico. No podía abrir la boca sin mentir. Lo cual significaba que nada podía interesarle en serio, porque no contaba con un átomo de desinterés. Ésa es la esencia del criminal. Es criminal porque no es desinteresado. Siempre anda a conseguir un beneficio, en el sentido más primitivo. Y en este sentido, Sundheim no es un criminal. Hay en él algo del artista... —Por otro lado —le cortó Butler—, si es el asesino del Támesis, causa diez veces más daño que un criminal corriente. Tu ladrón sólo golpeó a un hombre con un martillo. —Lo sé —replicó abatido—. No estoy tratando de defenderle. Sólo te digo que no es un criminal hasta el fondo... y que deberíamos conceder a su parte no criminal la oportunidad de dominar... —¿Crees que es posible? —le preguntó atónito—. ¿Crees que un hombre que ha cometido nueve asesinatos puede dejar de hacerlo, como se renuncia a un hábito pernicioso? —En teoría, sí. Ya sabes lo que dice el Bhagavad Gita: "Aunque un hombre sea el mayor de los pecadores, su sabiduría le llevará como una balsa por encima de su pecado." Bien, pues yo creo eso literalmente. —¡Estás más loco de lo que pensaba! —Oh, no quería decir que se pueden curar criminales regalándoles una copia del Bhagavad Gita... —Ya sé que no —repuso Butler con cierta exasperación—. Sé tan bien como tú que el criminal y el artista caminan en direcciones opuestas. Ya lo dice la ópera de Rimsky Korsakov acerca de Mozart y Salieri. Después de que Salieri ha envenenado el vino de Mozart, éste explica su teoría de que el criminal jamás podrá ser un hombre de genio, porque arte y crimen son términos opuestos. Pero no es exacto. ¿Has oído hablar alguna vez de Gesualdo, que escribió los mejores madrigales pero cometió también un doble asesinato?

—Sí, pero aquello fue un crimen pasional... mató a su esposa y su amante. Y todavía más. Yo te digo que Sundheim es básicamente el mismo tipo que Gesualdo. No es un criminal en el sentido ordinario... —Muy bien —concedió Butler cansado—, no es un criminal corriente. Te lo concedo. Pero anda por ahí matando gente y hay que detenerle. Si llamamos a tu amigo el de Carlisle, puedes tener la absoluta seguridad de que no habrá más asesinatos... no si Sundheim era el asesino. Y Sundheim no tiene por qué saber jamás que has sido tú. Reade se puso en pie, acercándose impaciente a la ventana. —Mira, dame la oportunidad de pensar en ello. De todos modos, tengo que ver a Sundheim una vez más. —¿Por qué? —Oh, porque... porque quiero intentar tomar mi propia decisión acerca de él. Si es el asesino y le arrestan, probablemente no volveré a verle nunca más. —Y si sospecha que sabes lo de su padre, probablemente te matará. —No. No puedo creerlo. No le conoces. —¡Ni tú tampoco, a lo que parece! —rió Butler—. Anoche nos dijiste solemnemente que jurarías que no era el asesino. —Ya lo sé. Sigo sin poderlo creer. Sea como sea, voy a telefonearle y preguntarle si puedo ir allá ahora mismo. —Estoy empezando a desear no haberle hablado en aquella tienda. Así podría ir contigo y aparecer como otro admirador de su padre... —No serviría de nada. Creo que esto tengo que resolverlo yo solo. Buscó el número de Sundheim en su agenda de notas y lo marcó. No hubo respuesta. —Ha salido. Tendré que intentarlo más tarde. —Escucha, Damon, olvídate de Sundheim por un rato. —Butler apartó la ropa de la cama—. Si vas a verle ahora adivinará que algo no marcha. Ven conmigo e iremos a ese bar de la calle Bayswater a tomar una comida fría. Luego pasearemos por el parque e iremos a visitar a un artista amigo mío que vive en la calle West Halkin. *** Butler tenía razón. Sentados en la terraza, contemplando el tráfico que pasaba a la fría luz del sol, sintió que le volvía la serenidad como no lo experimentara desde que salió de Wastwater. Comieron pollo frío y bebieron jarras de cerveza. De pronto, las diferencias que le separaban de Butler aparecían sin importancia. Mientras comían, ninguno de los dos habló. Luego Butler dijo: —Parece estúpido cometer un asesinato en un mundo así. —Pero él no vive en un mundo así. Butler vació su jarra, comentando como asqueado: —Debilidad. Las personas son tan cochinamente débiles... Entraron al parque por la Puerta Malborough, caminando junto al Serpentín. El cielo se había llenado de nubes y un aire frío soplaba del este. En el lago ornamental, dos niños hacían navegar barquitos, mientras una niñera con un cochecito les vigilaba. Reade siguió: —Londres tiene el defecto de que fomenta la debilidad. Uno se siente tentado de mezclarse con imbéciles. —Eso es inevitable —rió Butler—. Pero el defecto del campo es que no le da a uno oportunidad de poner a prueba su propia firmeza. Además, he experimentado que aun los seres humanos más fuertes necesitan cierto estímulo. Aún no somos dioses.

—A mí Londres no me parece estimulante. Desde que llegué me he sentido cansado. —Bueno, la cosa es que el hombre al que vamos a visitar no es ningún débil. Te gustará conocerle. En muchos aspectos se parece a Blake. —¿Quién es? —Oh, un pintor. Se llama Vladimir Weyssenhoff... es medio ruso y medio polaco. Estuvo muy enfermo hace cosa de un mes, así que no sé si podremos verle. Ha tenido una vida muy dura. A los rusos no les gustaba su pintura, de modo que huyó a Inglaterra. Pero los críticos de arte ingleses tampoco le aprecian. —¿Por qué no? —Pinta demasiado bien para ellos. Es un gran admirador de Ticiano y Rembrandt... un dibujante tremendo. Por eso le llaman imitador. Se ha negado a presentar ninguna exposición en los últimos diez años... odia a los críticos. —Jamás he oído hablar de él. —No es fácil. Vende todos sus cuadros en privado. —Pero ¿por qué no gustaba a los rusos? —Lo comprenderás cuando lleguemos. Es una especie de místico. Y detesta toda esa cosa del proletariado. —¿Le ves con frecuencia? —No. No es muy sociable. Tuvo una vida enormemente dura al principio... vio morir de hambre a dos de sus hermanos. Luego murió su madre en algún rincón perdido del campo y él tuvo que vigilar para que las ratas no se comieran el cadáver... el suelo era demasiado duro para enterrarla. Aprendió a dibujar por sí mismo y sus primeros cuadros tuvieron gran éxito. Más tarde pintó temas religiosos y todos los críticos le acusaron de ser un contrarrevolucionario. Entonces, sencillamente, dejó de exponer... vendiendo sólo de vez en cuando a personas que le admiraban. Siempre ha contado con multitud de admiradores, pero está enormemente amargado. Es un tanto paranoico por lo que respecta a los críticos. En su primera exposición en Inglaterra, él mismo escribió el catálogo, que fue, sobre todo, una serie de ataques personales a los críticos... así que, naturalmente, le crucificaron. Se acercaban a la Puerta Albert, del lado sur del parque, y al ver una cabina de teléfonos, Reade se acordó de Sundheim. —¿Te importa que nos paremos para llamar? —Pensaba que ibas a olvidarte de Sundheim por lo que queda de tarde. —No puedo. Debo verle antes de marcharme. Sonó el teléfono como durante un minuto. Ya estaba a punto de colgar cuando la voz de Sundheim respondió de improviso. Sonaba inesperadamente áspera. —Diga. ¿Quién es? —¿George? Soy Damon Reade. —Ah, hola —la voz se suavizó. —Creo que me voy de Londres esta noche o mañana temprano. ¿Puedo verle antes de marchar? La voz de Sundheim se volvió repentinamente precavida. —Seguro. ¿Sobre algo en especial? —Sólo algunos puntos de los papeles de su padre. —Oh, lléveselos consigo. Puede mandármelos más adelante. —Gracias, me gustaría. Pero ¿estará en casa esta tarde? —Supongo que sí. ¿Puede venir a eso de las siete? Tal vez tenga que salir más tarde.

—Bien. Hasta luego entonces. —¿Qué te ha dicho? —preguntó Butler. —Quiere que vaya a las siete —Reade fruncía el entrecejo. —¿Sonaba... normal? —Oh, sí. Pero... me ha dicho que tal vez tuviera que salir más tarde y, por su voz, estoy seguro de que mentía. Al menos, creo que mentía. —¿Eso te preocupa? Así sólo tendrás que estar media hora. Yo iré y te esperaré en el bar de enfrente. —No... Pero anoche parecía tan abierto y amistoso. Me dio la impresión de ser una persona bastante solitaria, contenta de tener alguien con quien hablar. Pero ahora, al contestar al teléfono, parecía malhumorado e hiriente. Cuando ha sabido que era yo ha vuelto a estar muy agradable. Pero... tengo la impresión de que se sentía impaciente. —¿Quieres decir que era como si anoche hubiera representado su número y no quisiera repetirlo de nuevo? —Sí, supongo que así es. —Este es el sitio. Habían doblado a la izquierda de la calle Sloane, deteniéndose frente a una casa de buen aspecto. La puerta estaba abierta. Butler tocó el timbre del último piso, antes de entrar. Los pisos inferiores de la vivienda estaban bien alfombrados. A partir del tercero la moqueta desaparecía y se notaba una total ausencia de mobiliario. El último tramo de escaleras estaba sin pintar y se veía claramente que no lo habían barrido en algún tiempo. Olía fuertemente a gatos. Butler llamó a la puerta, luego intentó abrirla. Estaba cerrada con llave. Reade se sentó en las escaleras. El lugar le deprimía. Cuando Butler volvió a llamar, le dijo: —Parece que ha salido. Vamonos. —Bien. Supongo que estará mejor, si es que ha salido... Al empezar a descender oyeron una llave en la cerradura. Se abrió la puerta. Una mujer vestida de oscuro les miró. —Hola, Camila. ¿Está Vladimir? —Murió anoche. —Oh, Dios. Es terrible. Lo siento muchísimo. Ella permanecía inmóvil, sin decir nada. Su aire de agotamiento nervioso era opresivo. Reade no podía verle la cara, pero parecía joven. Tenía el cabello oscuro, muy largo. Por fin Butler preguntó: —¿Podemos entrar unos minutos? Se hizo a un lado, sin contestar. Entraron, mientras ella cerraba la puerta. Reade se aproximó a la muchacha, sintiéndose repelido por el olor que despedía; parecía compuesto de cansancio, sudor y gatos. Le miró a la cara y apartó la vista con rapidez. Estaba amarilla de fatiga y tenía la mejilla izquierda sucia de negro. Se alegró de que ella no se fijara en él. Butler le preguntaba qué medidas había tomado para el funeral; la joven respondía automáticamente. Se hallaban en una habitación amplia que hacía las veces de estudio y sala de estar. Había un doble diván cama, varias sillas grasientas y una mesa grande, cubierta con cacharros sucios y tubos de pintura. —Esto me deja hecho polvo —decía Butler—. Yo creí que sufría de algún envenenamiento producido por una mala comida. —Era cáncer. Ha sido muy repentino. Dos gatos se frotaban contra una de las perneras de su pantalón. Luego uno de ellos saltó a

la silla, después a la mesa y se puso a lamer uno de los platos. Inmediatamente el otro le siguió. —¿Quieres verle? —preguntó la muchacha. Sin hablar, la siguieron al dormitorio. El hedor producía náuseas. Olía a orines viejos, a gatos, a platos sucios, a olores del cuerpo humano; también se percibía cierto aroma de medicina, que no pudieron identificar. Reade echó un vistazo a la cama, apartando en seguida la vista. El rostro barbudo de la almohada tenía el mismo color de cera de la joven y, de un modo extraño, parecía el responsable del hedor, como si el cadáver aún respirara, exhalando un olor a muerte. Reade salió silencioso, volviendo a la primera sala. Inmediatamente el gato empezó a frotarse contra él. En el caballete había un solo cuadro; otros se amontonaban contra las paredes. Unos pocos, con marco, colgaban de ellas. Nada más mirarlos, la sensación de asco de Reade desapareció. La descripción de Butler no le había dado idea de lo que debía esperar. Su primera sensación al mirar los lienzos fue de claridad. Era obvio que el artista amaba los colores, y los cuadros eran sobre todo composiciones de color, como la música es composición de sonidos. Algunos de los lienzos daban la impresión de haber sido creados por la luz que se proyecta a través de prismas; verdes, azules, rojos transparentes que se difuminaban en púrpuras y amarillos. Nada más verlos, Reade tuvo conciencia de una clara voz de artista que le hablaba, que transformaba sus sentimientos, sus puntos de vista, sustituyendo su visión con una visión propia. Otros aspectos de la personalidad del artista quedaban claros sólo cuando se examinaba su obra más de cerca. Había una evidente obsesión por el dolor, reflejada a veces en rostros agónicos, otras en los árboles o rocas de un paisaje, a veces incluso en los colores de un cielo. Había cierto elemento malicioso en la pintura de algunas figuras, a las que hacía parecerse a árboles retorcidos o flores muertas. Los símbolos religiosos eran frecuentes; parecían formar parte de la obsesión del pintor con el dolor y la miseria. Todos los cuadros parecían ser una visión de la miseria coexistiendo con la belleza de la existencia física. También había un par de retratos. En ellos Reade pudo comprobar lo que Butler había querido decir sobre la influencia de Rembrandt. Como los demás cuadros, eran minuciosamente realistas en cierto sentido. Su realismo parecía dirigido a revelar el dolor de la existencia humana. Cada línea y arruga del rostro de un viejo guardabarreras, había sido dibujada con detalle, como si el artista sintiera placer al decir: "Así es como acabaremos todos". También había un apunte a lápiz de la joven que estaba hablando con Butler; en él aparecía asombrosamente bella, pero sugiriendo también la tristeza que subyacía a tal belleza, la tragedia de la realidad del mundo que la corrompería. Al recordar el rostro de la joven en el momento de abrir la puerta, su olor a agotamiento y sudor, se sintió repentinamente vencido por la presciencia denotada por el artista. Butler entró de nuevo en la estancia, diciendo: —Llámame por la mañana, Camila. Vendré a ayudarte a ponerlo todo en orden. No dejes que esto te deprima. En pocas semanas verás cómo surge un nuevo culto hacia Weyssenhoff. Los cerdos ésos empezarán a escribir artículos sobre él en los suplementos dominicales en color y a escribir libros sobre su obra..., verás. —¿Tú crees que me importa? —preguntó la muchacha con voz átona. —No. Pero no te olvides de una cosa. Él no ha vivido para gozar de ello. Goza tú por él. Es lo que él hubiera querido... —No —se encogió de hombros—. A él no le importaba. Les odiaba. Y seguiría odiándoles aunque le idolatraran. —Tal vez tengas razón —pero la voz de Butler carecía de convicción. En la puerta, Reade estrechó la mano de la muchacha. Era blanda, fría. Se alegró al soltarla; era como tocar una rana. Bajaron la escalera sin hablar. Ya en la, calle, Butler le dijo: —Es un caso triste, Damon. Sólo le había visto pocas veces durante el año pasado, y en una ocasión me tiró un vaso a la cabeza. No obstante, tengo la sensación de que con él ha muerto algo importante. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—Claro que sí. ¿Por qué te tiró un vaso? —Oh, creo que nunca le gusté del todo. Le criticaba por su pesimismo. ¿Has visto sus cuadros? Y nunca he podido perdonarle lo que hizo de Camila. Jamás hubieras creído que una vez fue una de las chicas más bellas de Londres. Fue la más brillante de su promoción en Oxford y la debutante de la temporada en 1959. Pudo haberse casado con quien quisiera. Pero él se apoderó de ella, le inyectó todo su veneno... su odio hacia todos. Y mírala ahora. No he podido mirarla de frente mientras le hablaba. Se ha convertido en la encarnación viviente de la derrota y la muerte. Hasta empieza a oler como un cadáver. ¿Te has fijado? Reade asintió, con una mueca. Cruzaron la esquina de Hyde Park, entrando en el parque. Ninguno de los dos habló hasta no caminar sobre la yerba, dirigiéndose al kiosko de la música. Butler dijo: —Lo que me gustaba de él era su coraje. Tenía más agallas que nadie que he conocido. ¿Qué te han parecido sus cuadros? —Está claro que era un gran pintor. Pero no me han gustado fundamentalmente. No simpatizo en absoluto con su pesimismo y su odio hacia el mundo. Y sin embargo me obliga a responder hacia su pintura con su misma fuerza. —Pobre diablo. —En cierto sentido sí. En otro, no hay que compadecerle en absoluto. Como tú has dicho, tiene coraje. Y eso es algo que admiro. Un hombre así necesita aún más valor que yo, porque yo soy fundamentalmente optimista. No creo que el mundo sea una trampa. —Él sí lo creía. —Lo sé. Resulta claro en sus cuadros. Y, sin embargo, su propia pintura es una tremenda afirmación de vitalidad... Se interrumpió, al darse cuenta del sonido trillado de sus palabras y de la importancia de la comprensión que encerraban. Butler caminaba con las manos metidas en los bolsillos, caído los hombros. Al fin dijo: —Estas cosas me deprimen. Caminaron en silencio hasta la Puerta de Victoria. Butler inquirió: —¿A qué hora vas a ver a Sundheim? —A las siete... —hizo una mueca—. Ahora desearía no haber concertado la cita. —¿Por qué? —Bah... de pronto Sundheim me aburre. Es un mimado. —No decías eso hace un par de horas —sonrió su amigo. —No, ya lo sé, pero ahora... de pronto me parece que no tendría mayor importancia el que se hallara vivo o muerto. —Entonces, ¿para qué ir a verle? Déjame telefonear a tu amigo de Carlisle. Reade negó con la cabeza. —No podría. Tengo que solucionarlo ahora. *** Eran las siete menos cinco cuando se apeó del autobús en la calle Kensington High. El tiempo había cambiado; había empezado a llover. En la Plaza Edwardes el viento sacudía gruesas gotas de las ramas de los árboles, sobre su cabeza. Mientras se acercaba a la casa, analizaba con interés sus sensaciones. El temor y la excitación de la noche anterior habían desaparecido. Experimentaba una especie de vacío emocional, casi de hastío. La leve impresión de opresión parecía deberse más al tono oscuro del cielo gris que a la idea de visitar a Sundheim. Tocó el timbre y esperó. No hubo respuesta. Volvió a llamar; seguía sin haber respuesta.

Miró al reloj; eran las siete y cinco. Empezó a esperar que Sundheim hubiera salido, para poder regresar a casa sin verle. Volvió a apretar el timbre, con más persistencia, para justificar su intención de dar media vuelta. Esta vez se oyó un ruido de fuertes pisadas arriba. Al cabo de cinco minutos Sundheim abrió la puerta. Evidentemente, había estado durmiendo. Los ojos aparecían hinchados, pesados, el cabello despeinado. Los labios parecían más gruesos, más caídos, como si pesaran en la parte inferior del rostro. —Lamento haberle despertado. ¿Prefiere que me vaya y vuelva dentro de una hora? Sundheim vaciló, diciendo al cabo: —No, suba. Encendió la luz de la sala. Reade se sorprendió al contemplar su rostro gris y cansado. —¿No se encuentra bien? —Es que tengo catarro. ¿Quiere servirse un trago mientras me lavo? Una vez solo, Reade se sentó, mirando por la ventana. La habitación estaba helada y parecía desolada. Sundheim estuvo ausente más de diez minutos. Al volver dijo: —Discúlpeme... Tengo propensión a catarros de verano y me dejan hecho polvo. Hablaba despacio, en un murmullo, como sin importarle que Reade le oyera o no. —¿Prefiere que me vaya? —Quédese y tome un trago —se encogió de hombros—. ¿Se ha preparado algo? Abrió el armarito y sacó una botella de cerveza y otra de un coñac muy caro. —Creo que también yo tomaré algo. A ver si me libro del resfriado... Tendió a Reade un vaso alto con la cerveza. Reade se sorprendió al ver la cantidad de coñac que se había servido. Sundheim se sentó, bebiendo un trago largo. Luego cerró los ojos, apoyando la cabeza en el respaldo del sillón. Empezó a toser ligeramente, con los ojos siempre cerrados, el pecho un tanto jadeante; la tos se calmó y su respiración se volvió más fácil. Al fin, dijo: —He heredado varios males de mi padre... como fiebre del heno y catarros de verano. ¿Le importa encender el fuego y correr las cortinas? Reade hizo lo que le pedía. Sentía cierto apuro ante Sundheim que le recordaba la sensación que había experimentado al mirar el rostro del pintor muerto aquella misma tarde. Pero al observar la cara de Sundheim pensó que éste carecía de auténtico valor. Para entablar conversación, preguntó: —¿Cómo va la serpiente? —Oh, bien. Va a mudar de piel. Vaya a verla si quiere. Reade fue a la cocina. La mesa estaba aún puesta con los cacharros del desayuno y en el suelo había media barra de pan. La recogió y la metió en su sitio. La serpiente yacía con la cabeza apoyada en el cristal de la caja. Sus ojos habían adquirido un tono lechoso. Se estremeció ligeramente cuando Reade se inclinó a mirarla, luego quedó inmóvil. Reade abrió la jaula y le pasó con suavidad la mano por el cuerpo frío, diciendo: —Pobrecita; tienes tan mal aspecto como tu amo. Volvió a cerrar la puerta y regresó a la sala. Observó que Sundheim había vaciado su copa. La estancia estaba más caliente, con ambos radiadores eléctricos encendidos. —Mire, creo que es mejor que le deje. Está claro que no se encuentra usted bien. —Estaré bien en diez minutos. ¿Ha comido? —No. Pero lo haré cuando vuelva a casa. Estoy pensando en tomar el tren de medianoche. Sundheim asintió sin hablar. Al cabo de unos minutos se puso en pie con pesadez y se sirvió

más coñac. Esta vez se lo bebió de inmediato, respirando luego despacio. Miró a Reade. —Estos catarros me dejan en baja forma. Hundido. —Tal vez haría mejor en acostarse. —No. Se me pasará. Vamos a comer algo. Ya en la cocina, Sundheim hizo una mueca al ver la mesa sin recoger y luego puso todos los cacharros en la fregadera. Empujó el azúcar, la leche y la mermelada contra la pared. Reade permanecía de pie, incómodo, sin saber si ofrecer ayuda. Sundheim parecía moverse como en sueños. El día anterior a Reade le había sorprendido el tamaño de la nevera; ahora, al abrirla Sundheim, comprendió. Contenía comida como para quince días. Sundheim sacó un pollo frío, un plato de jamón, un cuarto de carne poco hecha, un enorme cuenco de madera con ensalada y una bandeja con varias clases de queso. De la máquina de lavar la vajilla sacó dos platos y cubiertos. —Sírvase. —Ejem... gracias. Deseaba decir que no tenía hambre, pero decidió no hacerlo. Se sentó en la silla y se sirvió ensalada y una rebanada de pan con mantequilla. Sundheim amontonó en su plato una pata de pollo, varias rodajas de jamón, un huevo cocido, un trozo enorme de queso de pruyere, rábanos y apio. Reade observó atónito cómo Sundheim tomaba la pata de pollo y le daba un tremendo bocado. Aún masticando, Sundheim musitó algo entre dientes, dejó la pata en el plato y fue al frigorífico. Del compartimiento de la puerta sacó una botella de champán. Tragó y dijo: —Podemos beber algo. ¿Le gusta el champán? —Pues... sí. Pero no sabía que usted bebiera. —A veces. —Quitó el alambre del cuello de la botella y, con un movimiento de su poderosa mano, la descorchó. El champán empezó a caer espumeante. Sundheim lo ignoró, dejando que le cayera por la mano y brazo, mientras buscaba vasos en la máquina de lavar vajillas. Llenó uno hasta la mitad y se lo tendió a Reade; luego llenó otro, vertiendo con cuidado en la pared del vaso, para impedir que se formara espuma, y lo colocó junto a su plato. Volvió a sentarse y bebió un largo sorbo. Reade probó su vaso: el champán estaba frío y era muy seco. Sundheim comía como si estuviera solo, ignorando a Reade. Comía con voracidad y total concentración; Reade no había visto jamás a nadie devorar tan de prisa y con tanto interés. Al terminar con la pata de pollo, la lanzó en el cubo de la basura, bajo la fregadera, y arrancó la otra pata. Regaba la comida con tragos de champán y llenaba su vaso en cuanto lo vaciaba. Comía el apio con enormes y ruidosos bocados, un tallo cada vez. Una vez vaciado el plato de jamón y pollo, untó de mantequilla dos trozos de pan, cortó gruesas rodajas de la carne medio cruda y las amontonó en su plato con el resto de la ensalada. Reade le dijo sonriendo: —Ahora comprendo lo que quiere decir un apetito de Gargantúa. Sundheim alzó la vista un instante y sonrió, casi con timidez. Luego volvió a la carne, cortándola con breves y potentes movimientos y metiéndosela en la boca, dos trozos cada vez. Al llegar casi al final del champán, empezó a comer más despacio, como un animal saciado. Las venas se destacaban en su frente y en la raíz del cabello se veía una gota de sudor. Se metió en la boca el resto del pan, lo empujó con champán y se sentó de lado en la silla, recostándose, las manos en los muslos, mirando al vacío. Reade terminaba con la ensalada y comentó: —Ha sido excelente. Sundheim le miró. Los ojos eran abultados, pero mortecinos, como si se hubiera retirado por completo a su mundo de alimentos. Reade le devolvió la mirada y se vio contemplando los ojos lechosos de la boa constrictor; sintió que una extraña sospecha le hacía erizarse los pelos del cogote. —¿Volvemos al otro cuarto? —preguntó Sundheim.

Reade le siguió. Le miró inclinarse ante un armarito del rincón y abrir una puerta, dejando al descubierto el cristal de un amplio aparato de televisión. Sundheim lo enchufó y regresó a su butaca. Estiró la mano y encendió una lámpara de pie. Se agitó en su butaca y echó un aire. Se excusó y dijo: —Me gusta ver la televisión para hacer la digestión. ¿No le importa? —En absoluto. Era una comedia ambientada en una ciudad costera. Reade había visto muy poca televisión y contemplaba fascinado. Al cabo de media hora la fascinación empezó a trocarse en agitación. Miró a Sundheim y vio que estaba dormido profundamente. Se levantó, acercándose al hombre, pero éste no se movió. Al inclinarse hacia él notó el olor a coñac. Le tocó suavemente en el hombro y le llamó por su nombre. Sundheim respiró hondo y luego empezó a roncar ligeramente. Reade miró su reloj. Eran casi las nueve. Fue a la puerta y salió callando. En la cocina escribió en una hoja de su diario: "He pensado que era mejor dejarle dormir. Estaré en Bayswater 9932 si me necesita. Damon". Antes de salir de la casa, volvió a echar un vistazo a Sundheim; seguía durmiendo. La televisión mostraba ahora un festival de bandas militares. *** —No has tardado mucho —le dijo Butler—. ¿Qué tal os ha ido? Se levantó y apagó el tocadiscos, donde escuchaba una sinfonía de Shostakovitch. Se hallaba sentado ante la estufa de gas, vestido con el batín. Junto a él se veía un vaso de whisky y un paquete de cigarrillos negros rusos. —Toma un trago. —Tal vez me venga bien, si es que voy a estar viajando toda la noche. —¡Toda la noche! ¿No pensarás irte? —Creo que sí. Ya no tengo nada que hacer aquí. —Si lo que te preocupa es Sheila, no tienes por qué. La he mandado a devolver los recortes de prensa a Harley Fisher. Seguro que ya la ha poseído cinco veces. —No me preocupa. —Reade se sirvió un vaso de sifón y se sentó en la cama—. Estoy ansioso por volver. —¿Qué hay de Sundheim? —Le he dejado durmiendo. No he tenido ocasión de hablar con él. —¿Por qué no? —No sé. No lo comprendo bien. O está enfermo, o borracho, o toma drogas. Parecía cansado y deprimido. Se ha bebido un cuarto de litro de Remy Martin, casi una botella de champán y se ha quedado profundamente dormido ante la televisión. —Creí que habías dicho que no bebía. —Pretendía que el coñac era como medicina. —¿Así que seguimos sin saber nada? —No lo sé. Es claro que se trata de un desdoblamiento de personalidad. Veo que tiene momentos de tensión nerviosa. Ha comido y bebido coñac y champán como para dejar anestesiados a la mayoría de los hombres. Se veía que era una especie de válvula de escape. —No lo entiendo. Anoche se toma tantas molestias para convencerte de que es una persona suave, inofensiva. Sólo tenía que mantener el papel un par de horas más y tú te hubieras vuelto convencido de que no podía ser un asesino... Y ahora te deja ver la otra cara de su persona. ¿Por qué? —Tal vez anoche no representara un papel. Quizás está realmente sometido a una enorme depresión. Tiene un frigorífico lo bastante grande como para que quepa un automóvil pequeño y lo tiene lleno de comida. Así que está claro que periódicamente le dan esa especie de

ataques de comilonas. Ojalá que un buen psiquiatra nos dijera de qué se trata. —¿Y qué hay de la policía? ¿Nos ponemos en contacto con ella? —Aún no... Creo que iré a ver a Lund en Carlisle cuando vuelva. Prefiero explicárselo cara a cara que por teléfono. Iré mañana. —¿Y si comete otro asesinato entretanto? —No creo que lo haga. Sigo sin creer que es el que buscamos. —Mira, ¿por qué no dejar que lo decida la policía? —preguntó Butler con paciencia—. Todo lo que tienes que hacer es hacer saber al policía de Carlisle que has localizado a un hombre que conoce bien a Blake y que no te parece del todo normal. Ellos harán el resto. —Supongo que así será —suspiró. —Y, si me lo preguntas, te diré que me resulta clarísimo que es el hombre que buscamos. Creo que te ha como hipnotizado. Encaja en todos los puntos posibles. —De acuerdo, de acuerdo. Te prometo que iré a ver a Lund mañana. —Creo que debieras telefonear a Scotland Yard esta noche. —No quiero. —Entonces déjame a mí. —Por favor —Reade se puso de pie—, déjame llevar este asunto a mi manera. No creo que veinticuatro horas vayan a suponer ninguna diferencia. —Vació su vaso de whisky—. Creo que subiré a hacer el equipaje. Me gustaría tomar el tren de medianoche. —Muy bien. Tú sabrás lo que haces. Tardó exactamente diez minutos en meter sus pocos efectos en la maleta y doblar cuidadosamente las mantas sobre la cama. En lugar de bajar de nuevo, encendió la estufa y se sentó al borde de la cama, calentándose las manos. En la habitación de abajo el teléfono empezó a sonar. Un momento más tarde se oyeron pasos en la escalera. Se levantó con rapidez cuando Butler abrió la puerta. —Sundheim al teléfono. Me parece borracho. Le he dicho que no sabía si habías vuelto o no. ¿Le digo que has salido? —No —repuso con cansancio—. Será mejor que le hable. —Bien. Dile que estás a punto de salir para coger el tren. Cuando Reade tomó el teléfono, la voz de Sundheirn gritó: —Hola, Damon, ¿dónde estás? —Ya sabes dónde estoy. En casa. —Sí, lo sé, pero ¿cuál es la dirección? —Está en la calle Portobello. ¿Por qué? —Porque quiero ir a recogerte. —No. No lo hagas. Estoy a punto de salir para la estación. —¡Qué! No puedes irte esta noche. Escucha. Lamento haberme quedado dormido así. Y tengo cosas importantes que decirte. Déjame ir a verte. Reade se sentía confuso e irritado; se daba cuenta de que Butler, frente a él, sacudía la cabeza negando con violencia. —Ejem..., ¿dónde estás? —En casa, claro. Miró el reloj. Eran las diez y media. —¿Puedes esperarme en la estación de Notting Hill Gate dentro de unos diez minutos? Tal

vez podamos tomar café o algo antes de que coja el tren. —Muy bien. De acuerdo. Allí estaré. —Estás aviado, si vas —le dijo Butler cuando colgó. —No veo otra alternativa —se alzó de hombros—. Además, dice que quiere hablarme. —Pero parece borracho. —No lo creo. Está algo borracho... no mucho. No me perjudicará el verle. Podríamos ir y tomar café en la estación. —¿Y cómo sabré que has llegado jamás a la estación? Puede llevarte a cualquier sitio solitario por aquí cerca y... —¿Cómo va a hacerlo? Sabe que estás aquí y tú sabes donde he ido... —¡Pero ese tipo está chalado! —Bueno. Después volveré aquí y tomaré el tren de la mañana. A menos que te llame de la estación antes de marcharme, para decirte que estoy bien. Por si acaso me llevaré la maleta. Ahora tengo que irme... le he dicho que estaría en Notting Hill dentro de diez minutos. Subió la escalera presuroso, para tomar la maleta. Butler añadió: —Intenta volver, Damon. Te esperaré. ¿Te acompaño? —No. Tomaré un taxi. Hasta luego. Se dieron la mano brevemente. Butler le miró bajar las escaleras. Al bajarse del taxi vio que Sundheim estaba ya esperándole a la entrada de la estación del metro. El hombre a su vez vio a Reade y le saludó con la mano. —¿Cómo has llegado aquí? —le preguntó Damon. —En coche. Está ahí, a la vuelta. Sus modales parecían bruscos, comparados con la anterior conversación telefónica. Vestía un impermeable oscuro y un sombrero de fieltro. A la luz amarilla de la calle, su rostro parecía cansado. El coche era un amplio "Daimler" negro. Sundheim abrió la puerta y dejó que Reade montara. Dentro olía a cuero nuevo. Los asientos estaban cubiertos de plástico transparente. Sundheim se instaló ante el volante y preguntó: —¿Por qué no querías que viniera a donde vives? Reade ya había previsto la pregunta. —Porque allí no podríamos hablar. Vivo con un amigo. —¿Quién es? Me ha parecido reconocer su voz. —Es posible. Se llama Kit Butler. Es compositor. Sundheim se dirigió a la calle Bayswater. Conducía sin hablar. —No vayamos muy lejos. Tengo que tomar el tren. —Hum... Al llegar a los semáforos de Marble Arch, dijo de pronto: —Escucha. ¿Por qué no te olvidas de ese tren y te vas mañana? —¿Hay... alguna razón particular para que lo quieras? —Sí. Quiero hablar contigo. —Muy bien. No es importante. —Estupendo. Sundheim volvió a guardar silencio mientras recorrían la calle Oxford. Reade le miró; su

cara parecía seria y fatigada. Poco antes de los semáforos de Charing Cross, Sundheim dio la vuelta a la derecha y se metió por una calle lateral, diciendo: —Ya está. Reade salió del coche detrás del otro. —¿Dónde vamos? —Allí. Es un sitio que conozco. El pequeño restaurante italiano quedaba al otro lado de la calle. Cuando Sundheim empujó la puerta, el olor a comida hizo que Reade sintiese hambre. Sundheim indicó: —Abajo. Un camarero de chaqueta blanca saludó: —¿Les importa quedarse arriba, señores? Abajo ya está cerrado. —Queremos ir abajo —repuso Sundheim con aspereza. Ignorando al camarero, empezó a bajar. Reade miró al camarero como disculpándose y le siguió. Los malos modales de Sundheim le habían dejado perplejo. No le gustaba su tono grosero. Sentado ante una de las mesas había un hombre grueso en mangas de camisa. Alzó la vista, frunciendo el ceño, pero luego sonrió al ver a Sundheim. —¡Ah, señor Sundheim! ¡Cómo está! Mucho tiempo sin ver a usted. —Bien, gracias, Tony. No queremos comer. Sólo queremos una botella de chianti. Buen chianti. —Seguro. Mucho buen chianti. Usted sentarse en esquina. —No me importaría un bocadillo —anunció Reade desafiante—. Tengo un poco de apetito. —Pues claro. Cena. ¿Hay buenas chuletas, Tony? ¿Buenas como las que solía preparar? ¿Podemos comer dos? —¿También tú vas a comer? —le preguntó Reade. —Pues claro. —¿Después de esa enorme comida? —Eso fue hace cuatro horas. Tiró el impermeable y el sombrero sobre otra mesa, tomó una silla y se dejó caer en ella. Reade comentó: —Parece que ya te sientes mejor. —¿Mejor? Ah, sí. Voy mejorando. Tony, ese vino en seguida. Mirándole chasquear los dedos en el restaurante, Reade pensó: "Es un hombre con varias personalidades. Todas falsas." De pronto al mirar a su anfitrión, recordó los cuadros de Vladimir Weyssenhoff y el rostro cerúleo sobre la almohada. Una ira extraña se apoderó de él, una violenta impaciencia contra Sundheim. —No puedo estar mucho tiempo. Debo tomar el tren dentro de una hora. —Creí que eso ya estaba solucionado —protestó Sundheim—. ¿No habías dicho que te quedabas? De repente, Reade supo lo que tenía que decir; salió a la superficie de una forma tan natural que debía expresarlo. Miró a Sundheim sosteniendo su mirada y dijo: —Mira, te estás portando como si tuvieras algún derecho sobre mí, aunque casi no te conozco ni tú a mí. Por eso, hemos llegado al punto de poner las cosas en claro. El hecho de que a ambos nos interesa Blake no nos hace tener nada en común. Tú eres inteligente, pero ni

siquiera empiezas a entender todo lo que Blake significa. Porque eres perezoso y estás completamente mimado. Se detuvo para ver el efecto que causaban sus palabras. De forma extraña, Sundheim le escuchaba con gravedad y atención, como si las palabras no se refirieran a él. Reade comprendió de pronto que seguramente los psiquiatras le habrían hablado igual y que escuchaba con la misma atención que hubiera prestado a uno de ellos. El silencio le calmó. Se recostó en su silla y continuó: —Quiero irme a casa porque mi trabajo está allí. Es algo que me causa verdadera satisfacción. El estar aquí contigo no me causa ninguna. Es una pérdida de mi tiempo. Sundheim seguía sin decir palabra. El italiano sirvió el vino; Sundheim se limitó a dar las gracias con la cabeza, se sirvió un poco y luego llenó el vaso de Reade, el cual prosiguió: —No quiero ser brutal. Anoche fui a verte para hablar de tu padre y te portaste de modo razonable. Pero esta noche es como si representaras un papel y esperaras que yo lo acepte con pasividad. Bien, pues no quiero. No me interesa. No me gustan los seres indisciplinados que se regodean en autocompasión, e intento evitarlos, porque no hacen sino perder el tiempo. Tú estás haciéndome perder el mío y no pienso perderlo. Sundheim contemplaba su vaso, pero sin hacer gesto alguno de alzarlo. Cuando habló, su voz había perdido el acusado acento americano con que hablara al camarero; era la misma voz que hablara la noche anterior. —Supongo que te hago perder el tiempo... que se lo hago perder a cualquiera. No tengo mucho que ofrecer a nadie, ¿verdad? Reade reconoció que había vuelto a hundirse en una nueva oleada de compasión hacia sí mismo. Le interrumpió: —No sé lo que tienes que ofrecer. Pareces tener una mente despejada. ¿Por qué no intentas emplearla? Sundheim levantó los ojos; habló con una especie de rabia: —¿En qué? ¿Qué se supone que puedo hacer con ella? Muy bien, anoche hablé de Blake contigo. Pero ¿a dónde me lleva eso? No son más que palabras. Puede que para ti no sean sólo eso, pero para mí sí. —Estás evadiendo el tema —le cortó Reade—. Sabes tan bien como yo que te dejas llevar por la marea. ¿Qué haces de ti mismo todo el día, solo en aquella casa? Puedo adivinarlo. Te pasas el tiempo aburriéndote, preguntándote cómo librarte del hastío. Pierdes días enteros tratando de quitarte de encima el aburrimiento, deseando que desaparezca. —¿Y tú no? —No. El dueño del restaurante volvió con dos grandes .chuletas. Comentó: —No han probado el vino. ¿No está bueno? —Sí, gracias, Tony. Estábamos... hablando. —¿Quieren otra cosa? ¿Patatas fritas? ¿Ensalada? —No, gracias. Tony. Nos basta con esto. Reade cortó su chuleta; estaba medio hecha y no ofrecía resistencia al cuchillo. Sundheim bebió un poco y dijo: —Parece que la has tramado de verdad contra mí. ¿Qué he hecho para merecerlo? Reade contestó con la boca llena: —Me estás haciendo perder el tiempo. —No, no. Estoy de acuerdo en que quisiera aprender algo de ti. Y como no tengo mucho que ofrecer, es claro que tú pierdes el tiempo conmigo.

—Es inevitable. Tú pierdes el tuyo. Estás perdiendo tu vida. ¿Cómo vas a evitar el hacérmela perder a mí? En cuanto Sundheim comenzó a comer, pareció recobrar nueva vitalidad. Una vez más Reade observó fascinado cómo Sundheim iba cortando trozos enormes de carne y metiéndoselos en la boca. La acción de comer y beber parecía suscitar en el hombre una energía parecida a la de una máquina; masticaba como un tigre hambriento. Reade tenía la impresión de que seguramente Sundheim se permitiría gruñir por lo bajo cuando comía solo. No habló mientras comía; se limitó a concentrarse por completo en los alimentos. También llenó por dos veces su vaso con chianti, vaciándolo cada vez de un solo trago. Reade pensó: "Esto debe tener algún significado. Un psiquiatra me diría probablemente lo que significa..." Sundheim terminó la chuleta en pocos minutos. Luego apartó el plato y se recostó en su asiento. Parecía haber recobrado nueva confianza y también nueva seriedad. Dijo: —Escucha, déjame que te explique algo. Mírame. Puedes ver lo grande que soy. Peso más de ciento diez kilos. Y casi todo es músculo. Y de mi madre he heredado muchísima energía. La verdad, mi madre de joven fue una ninfomaníaca. ¿Comprendes lo que esto significa? Tú pareces bastante fuerte y atlético, pero apuesto a que no pesas ni setenta y cinco kilos. Yo llevo a cuestas cien kilos de músculos sanos y de energías. Me gusta hacer deporte. Soy buen esquiador y escalador. Pero también he heredado de mi padre bastante inteligencia. Así que estoy en una extraña tesitura. ¿Puedes comprender lo que significa tener tanta energía física? —Comprendo que puede resultar difícil. —Ya puedes decirlo. ¿Qué se supone que voy a hacer con ella? Contéstame. —Es un problema con el que jamás me había enfrentado —repuso Reade con interés. —Deja que te diga algo más. —Sundheim se inclinó hacia delante—. Al final de uno de tus libros tú tienes una frase tremenda: La civilización no puede sobrevivir sin hombres nuevos. ¿Recuerdas? Bueno, yo la leí hace diez años, cuando apenas contaba veinte, y causó impacto en mí. Supongo que otros te lo habrán dicho ya. Tú escribes sobre hombres nuevos, sobre lo difícil que les resulta sobrevivir en un mundo que aún no está preparado para ellos... Bien, pues yo siempre he creído que era uno de esos hombres nuevos. Antes de leer tu libro. ¿Has oído hablar de Leopold y Loeb? Reade negó con la cabeza, comiendo. —Eran un par de estudiantes universitarios que se creían superhombres y mataron a otro chico para demostrarlo. Todo el mundo creyó que estaban locos. Pero yo les comprendí en cuanto leí el caso. Esos son tus hombres nuevos, pero no saben qué hacer de sí mismos. Tienen energía y nada que hacer con ella. —El cometer un asesinato no es una solución. —De acuerdo, no lo es. ¿Pero es peor que no hacer nada? —Claro que sí... desde el punto de vista de la víctima. —Muy bien. Seguro. El asesinato no es ético. Yo no digo que lo sea. ¿Qué es toda esta charla de perder el tiempo? ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Puedes tú decírmelo? ¿Escalar montañas? —Hay formas peores de librarse de las energías. Yo practico mucho la escalada como ejercicio. Sundheim vació la botella en su vaso y tragó el vino. —Bien, bien. Pero no comprendes a dónde quiero llegar. Tú estás bien. Tienes temperamento de intelectual, vives solo y escribes libros. No tienes nada que ver con la civilización. Llevas pocos días en Londres y no puedes esperar más para volver a casa. Pero ¿qué hay de las personas que no saben escribir libros... personas para las que no hay salida en la civilización? ¿Qué hay de tus hombres nuevos que no saben qué hacer? Reade vació su vaso. —Creo que no comprendiste bien lo que yo quería decir con lo de hombres nuevos. Los

hombres a los que me refería aún no existen. —Oh, claro, ya sé que no existen. —Sundheim hizo un gesto impaciente—. Pero empiezan a existir. Y, lo quieran o no, son rebeldes. No les gusta el mundo como es. Quieren empezar a destrozarlo todo. —¿Serviría de algo? —Tal vez no. De nada le sirve a un animal gritar de dolor. Pero lo hace. Tomó la botella de chianti, la alzó a la luz y la dejó disgustado. —¿Tomamos otra? —Por mí no. —¿A qué hora sale tu tren? —A medianoche. Pero... tomaré el de la mañana. —Gracias. —Sundheim sonrió. Reade se levantó. —Pero vamonos de aquí. Arriba Sundheim pagó la cena con un cheque. Al salir había empezado a llover otra vez. —¿Dónde quieres ir? —A algún sitio donde podamos charlar —repuso Reade. —Muy bien. Sube. Condujo a través de una serie de callejuelas. Por fin salieron a Kingsway. —¿A dónde vamos? —Oh, a un sitio que conozco... Torció hacia la calle Fleet. —¿Vamos hacia el este? —Sí, ¿por qué? —Sundhein le miró. —Oh. por nada. ¿Conoces bien el barrio? —Bastante bien. Solía vivir aquí. Sundheim preguntó de pronto: —¿Dirías tú que soy un tipo de suicida? —Sí. Sundheim rió como un gruñido. —Tienes condenada razón. Esa es otra cosa que heredé de mi padre. Y del suyo. —¿Se suicidaron? Sundheim vaciló y al fin repuso: —Sí. Se veía claro que hubiera preferido ignorar la pregunta. —No sabía aue tu padre se hubiese suicidado. —Bueno... no exactamente. Pero tenía depresiones. Y creo que sufría de alguna enfermedad. —¿Enfermedad? ¿Cuál? —No sé —replicó con vaguedad—. Algo que ver con el cerebro. A veces pienso que el viejo contrajo sífilis, o algo así, y que estuvo en tratamiento.

—¿De verdad? ¿Tienes algún motivo para creerlo? —No. Sólo alguna insinuación de mi madre alguna vez que estuvo realmente furiosa. Mira, cuando estoy cansado algo se queda como muerto en la parte de atrás de mi cabeza... como un fusible que se fundiera. Se queda como inconsciente. Es como cuando se te queda un brazo muerto por haberte dormirlo sobre él... sólo que en el cerebro. —¿Te ocurre con frecuencia? —Me ha pasado cuando has venido esto tarde. Y encuentro que el comer y beber lo revive. Forma una especie de presión en mi cabeza y la sensación muerta desaparece. Creo que el viejo contrajo sífilis, le afectó el cerebro, se curó pero me lo pasó a mí. —Pero ¿qué motivo tienes para creer tal cosa? Tu padre no parece que fuera de los que andarían con prostitutas. —No lo conociste. A veces le daban arrebatos. ¿Por qué te crees que se casó con mi madre? No era su tipo. Él procedía de una familia de ministros de la religión. Ella necesitaba hombres. Creo que por eso se separaron. —¿Cómo sabes todo eso? —¿Que cómo lo sé? Viví con ella diez años. En ese tiempo debió tener como cincuenta amantes. Una vez dijo que le gustaría ser millonaria para tener un harén de hombres. —Tu familia parece ser de apetitos violentos. —Bien puedes decirlo —sonrió Sundheim. Habían cruzado la parte comercial e iban a Eldgate. En Whitechapel doblaron a la derecha. Reade dijo un tanto ansioso: —No quisiera estar fuera hasta muy tarde. Me gustaría descansar bien esta noche. —No te preocupes. Volveremos pronto. Dime una cosa. ¿Crees que debería ir a vivir a esa isla de Brasil? —¿Qué isla? —Ya sabes, la que compró mi padre, Santa Manuela. —No sabía que hubiera llegado a comprarla. —Oh, sí. Al gobierno brasileño, por un cuarto de millón de dólares. El monasterio le hubiese costado otro cuarto de millón. —¿Has estado allí? —No. Nunca la he visto. Me han dicho que resulta agradable en invierno. Sólo viven allí algunos pescadores. —¿Y por qué no has ido nunca? —¿Por qué? Porque siempre he temido que me volvería loco. ¿Qué iba yo a hacer en un sitio semejante? —No sabes si no has estado. —Además, ¿de qué sirve evadirse? —Tal vez no estuvieras evadiéndote. Lo estás haciendo aquí, en Londres. Habían llegado a la calle East India Dock. Por encima de las casas, a la derecha, se veían las siluetas de los barcos. Iban por una calle pavimentada de adoquines y atravesada por una vía férrea. Sundheim redujo la velocidad, entrando en una calle desierta. Las casas estaban unidas en un bloque, sin cortes. La acera no tendría más de un pie de anchura. La calle parecía concluir en un muro, pero al llegar a él, Reade vio que a la derecha se abría otro estrecho callejón. No había luces. Los faros del coche brillaban en el suelo sin pavimentar, justamente amplio como para que pasara el coche. La lluvia había llenado de agua los agujeros. A la izquierda, un edificio parecía ser una especie de fábrica. Al final había un vallado de madera. A la derecha parecía verse un espacio abierto; detrás, contra el cielo pálido, se recortaban unas

grúas. Sundheim detuvo el coche al final del calleión. Frente a ellos había un ferrocarril de los muelles. En algún sitio a la derecha brillaba una luz. —Ya estamos. Mejor será que cierre el coche. Este no es un buen barrio. La lluvia que caía incesante era casi una fina neblina. Cuando Sundheim apagó los faros, quedaron en completa oscuridad. Por un momento Reade se sintió nervioso; luego se dominó. Sundheim juraba por el bajo en la oscuridad; al parecer tenía algún problema con el coche. No se oía otro ruido que el de gabarras distantes en el río y el del tren. Sundheim le tomó por el codo. —Camina con cuidado. Por aquí. Un edificio emergió de las tinieblas. —Por cierto, aquí me conocen como Frazer. No menciones mi verdadero nombre. —Todo esto es de lo más misterioso. —Es una reliquia de los tiempos en que mi madre vivía. Una vez hizo que me siguiera un detective privado. Llegaron a un patio. Al otro lado había un largo edificio de madera, como la cantina de un cuartel, con una luz sobre la puerta. Fuera, a la derecha, se extendía una pared de cemento con una abertura; por el olor que de allí salía se notaba claramente que era un retrete público. Sundheim empujó la puerta de la casa de madera. Entraron en una sala larga que olía a humo de tabaco y a cerveza agria. Habría como una docena de hombres sentados ante las mesas, muchos de ellos vestidos con monos o chaquetas de trabajo, reforzadas de parches de cuero. Dos chicas, visiblemente prostitutas, estaban sentadas junto a la puerta; miraron con interés a Reade y Sundheim cuando éstos entraron. Un hombrecillo con una bandeja de vasos se detuvo a saludar: —¡Vaya, si es el señor Frazer! ¿Qué tal, señor? —Bien, gracias, Bert. —¡Qué sorpresa! ¿Qué puedo servirles, señores? —Ron, creo. —Dijo a Reade—. Aquí el ron es muy bueno. En cambio no puedo recomendar la cerveza o el whisky. ¿Quieres probar? —Muy poco, por favor. Se sentaron en una mesa junto a la barra. Las dos mujeres se habían vuelto en las sillas a mirarles. Reade preguntó: —¿Qué sitio es éste? —Una especie de club. Muchos marineros extranjeros lo usan. Y también los estibadores que trabajan de noche. A Reade el sitio no le pareció atrayente. En un tiempo había sido un café o cantina y aún parecía percibirse el olor de berza mal cocida y de cordero sangriento. En las paredes había muchos calendarios de mujeres desnudas o casi. El que quedaba más cerca mostraba una chica de pechos colgantes y bragas a rayas de color amarillo y morado; guiñaba el ojo y hacía una seña con el dedo. El dueño se acercó a la mesa. Traía dos vasos y una botella de ron bajo el brazo, sin etiqueta. Quitó el corcho y sirvió dos largos. —Gracias, Bert. Toma tú uno. —Gracias, señor. Se inclinó a la mesa y con la cabeza les indicó las dos mujeres. —Cuidado con éstas. La pelirroja es una chivata de la poli.

Cuando se retiró a la barra, Reade preguntó: —¿Por qué nos ha dicho eso? ¿Cree que estamos haciendo algo ilegal? —Sólo quería mostrarse amistoso —repuso Sundheim sin darle importancia—... A tu salud. El ron parecía casi negro y olía a maleza. Reade bebió un buen trago y tragó de prisa para toser. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sundheim bebió su ración como si fuese agua y se sirvió más. Su humor parecía haber cambiado de nuevo. Estaba más taciturno. Reade observó que las aletas de la nariz le temblaban ligeramente, como a los caballos. Los párpados parecían más caídos, pero el efecto no era el de hacerle parecer más cansado, sino como vigilante, concentrado. Reade se preguntó si podría ser efecto del ron. Sus propios párpados se sentían extrañamente pesados, pero con una curiosa y torpe sensación de bienestar. Al volver a mirar a la foto de la chica de las bragas a rayas, ya no le pareció vulgar y ordinaria; le hizo sentir la misma sensación poco limpia que le produjera Sheila dos noches antes. Sundheim encendió un cigarrillo y exhaló despacio el humo por la nariz. Preguntó: —¿Qué te parece el sitio? —Me... resulta extraño. ¿A ti te gusta? —Hum. Un gran perro alsaciano salió de detrás del mostrador y se acercó a olisquearles. Reade le acarició la cabeza. Sundheim comentó: —Nosotros teníamos un perro así. —¿Te gustan los animales? —Hum, sí. Yo lo maté. —¿Tú qué? —Reade notó la sorpresa de su propia voz y se preguntó si sería el ron el que le produciría aquella extraña sensación de sentirse despegado de sí mismo. Sundheim se inclinó hacia él, puso los codos en la mesa y dijo serio y despacio: —Yo tenía entonces quince años. Teníamos un alsaciano llamado "Robber", con el que yo jugaba... a veces revolcándonos por el suelo, luchando. Bueno, pues un día que luchábamos me mordió en el brazo... aquí. Todavía tengo una pequeña cicatriz. Yo le tenía agarrado por el cuello y de pronto no pude dejar de apretar. No es que estuviera enfadado. Es que no podía soltarle. Y seguí hasta que le maté. —Pero ¿por qué? —¿Por qué? Por la misma razón por la que él me había mordido, supongo. No pude contenerme más... —¿Lo sentiste luego? —Oh, sí. Le quería. Lloré al enterrarle. Pero aquello era distinto... Una de las dos mujeres pasó junto a ellos. Se acercó a la máquina de discos del rincón y dejó caer una moneda. El ruido era ensordecedor. Sundheim se volvió para protestar. Ella sonrió, acercándose. —¿No puedes ponerlo más bajo? —Si quieres. Volvió a la máquina y redujo el volumen. Un momento después regresó e hizo una seña hacia la botella de ron. —¿Te queda más? —Claro. Sírvete. Se alejó otra vez. Caminaba con un fuerte contoneo de su pesado trasero. Por debajo de su falda asomaba un trozo de combinación rosa. Sundheim comentó irritado:

—Estas perras no le dejan a uno solo. Siempre quieren entrometerse... ¡oh, no! La mujer volvía con un vaso, seguida de la pelirroja. Reade interpuso con rapidez: —No seas rudo con ellas. Siempre podemos marcharnos. —¿Por qué habíamos de hacerlo? —Las dos chicas se sentaron a la mesa, colocando ante ellas sus vasos vacíos. La morena tomó la botella y sirvió en abundancia. Llamó al dueño del bar. —¿Tienes coca cola? Reade las miraba con curiosidad. La morena tenía un rostro pesado, negroide. Los ojos parecían hinchados y cansados y tenía un cardenal en la mejilla. La pelirroja era delgada, de rostro fatigado. Fumaba un cigarrillo con aire aburrido. Reade miró nervioso a Sundheim, cuya cara se había vuelto inexpresiva. Miraba el cardenal de la cara de la morena. Ésa preguntó: —¿Cómo os llamáis? —Yo soy George Frazer. Este Sidney Reade. Reade hallaba la situación embarazosa. La boca de Sundheim tenía un pliegue cruel. Tomó otro trago de ron y lo lamentó. —¿Os importa que me sirva un poco de vuestra coca cola? —Adelante. —¿Eres maestro? —le preguntó la pelirroja mirándole con curiosidad. —En cierto modo. ¿Por qué? —Hablas como ellos. Al mirar el rostro cansado, Reade recordó a Sarah; sintió una oleada de piedad. Ella siguió: —¿Vivís por este barrio? Sundheim ignoró la pregunta, aunque iba dirigida a él. Reade repuso: —No exactamente. George solía vivir cerca. —¿Por dónde? Sundehim la miró con frialdad. Su boca se contrajo burlona y dijo: —No sabrías dónde. Se abrió la puerta de la calle. Las mujeres se volvieron al tiempo que entraban dos negros. Uno de ellos era aún mayor que Sundheim y tuvo que inclinarse al entrar. Ambos estaban borrachos. El grande dijo en voz alta: —¡Qué manera de llover! —¿Y a quién diablos le importa? —replicó Sundheim en tono reducido pero audible. Los tipos se acercaron a la barra, mirando a las mujeres con la curiosidad de los borrachos. El pequeño sonrió a la pelirroja y le guiñó el ojo. Ella se volvió de espaldas. Un momento más tarde Reade vio que la morena apartaba la vista con indignación. Se volvió a mirar y observó que el negro le sonreía. Sundheim también volvió su silla. Algo en la lentitud de sus movimientos hizo que a Reade le recordara la serpiente en su jaula. Miró a los negros, con el brazo apoyado en el respaldo de la silla. La sonrisa en la cara del grandullón desapareció y se volvió. Sundheim les contempló unos segundos más, luego volvióse a Reade, diciendo en voz alta: —Negros bastardos. —Están borrachos —Reade estaba nervioso—. No vale la pena molestarse. No le gustaba la expresión de la cara de Sundheim. Los ojos eran fríos, malignos y sin embargo, todo él exhalaba cierto aire de tensión, casi de excitación. —¿Queréis quedaros aquí? —preguntó la pelirroja.

—¿Qué sugieres tú? —sonrió Sundheim. —Yo no vivo lejos. —Vamos a tomar otro trago primero. Sundheim tomó la botella y dividió lo que quedaba entre los cuatro vasos. Alzó el suyo y lo vació de un trago largo. La morena dijo admirada: —¡Cómo te gusta el ron! La sonrió y se inclinó hacia ella. Sus dedos casi le tocaron el cardenal pero se apartó. Levantó el brazo e hizo una seña hacia la barra. —Otra botella, Bert. Reade estaba desconcertado. De pronto su acompañante parecía estar mucho más borracho. Los negros se habían sentado en una mesa al otro extremo de la sala; el grande les miraba por el rabillo del ojo. El dueño sacó otra botella llena y la descorchó. Sundheim buscó en su bolsillo de atrás y sacó un billetero. Rebuscó con torpeza y acabó por sacar un puñado de billetes de cinco libras. Los ojos de las chicas se abrieron al ver la suma; habría más de cien libras. Sundheim separó un billete y se lo dio al dueño del bar. Reade miró hacia los negros y vio que ambos apartaban la vista con rapidez. Empezaba a sentirse preocupado. Estaba clarísimo ahora que Sundheim no estaba tan borracho como fingía y que deseaba provocar un conflicto. La morena sugirió: —Vamos a bebernos esto a donde Mabel. —Eso depende de lo lejos que esté —replicó Sundheim. Se puso en pie y las chicas empezaron a imitarle. —No podéis venir a donde yo voy, damiselas. Salió despacio. La morena comentó: —Por su aspecto parece que va bien cargado. El negro preguntó a voz en grito: —¿Dónde está el agujero, jefe? —Fuera y a la derecha —repuso el del bar. Los dos negros se levantaron y miraron a Reade, que sonreía ligeramente. Con aguda certeza olió que habría violencia física. El estómago le dio vueltas. En el momento en que ellos llegaban a la puerta, se levantó para seguirles. Una de las mujeres dijo al del bar: —Bert, préstale el trasto de sacudir el polvo. El dueño se inclinó tras el mostrador y un momento más tarde sacó un breve trozo de tubería de hierro recubierta de cinta aislante. Reade denegó con la cabeza y se apresuró. Abrió la puerta e inmediatamente tropezó con alguien. Un momento más tarde reconocía al negro pequeño. El tipo le dijo: —Cierra esa puerta y ocúpate de tus asuntos. Su aliento olía fuertemente a alcohol. Reade quiso echarle a un lado, pero sintió un relámpago amarillo de dolor entre las piernas. Al propio tiempo el negro le agarró con ambas manos por debajo de la barbilla. Tropezó hacia atrás y fue a dar contra la pared. Oyó cómo el pequeñajo corría y alguien que gritaba dentro del retrete. Mientras se sentaba, escuchó una carcajada. Era la voz de Sundheim. Consiguió levantarse, sujetándose la ingle con las manos y dominando su deseo de vomitar. El negro que le atacara había entrado al excusado. Reade llamó: —George. Dentro estaba oscuro, pero la luz del fondo mostraba un par de pies que asomaban hacia la puerta. Al principio creyó que peleaban; oía ruido de golpes, respiración jadeante. Luego vio

que Sundheim tenía al negro pequeño sujeto contra la pared con su mano y su rodilla izquierda y que le golpeaba en el estómago con tremendos y cortos golpes de su brazo. El negro no hacía ruido alguno. La silueta del grande yacía en el suelo, con la cabeza en la letrina. Reade advirtió: —Ten cuidado. Vas a matarle. —Eso espero —repuso Sundheim con salvajismo—. Estos bastardos querían matarme a mí. Con su mano izquierda acercó al negro y luego le golpeó la cabeza contra la pared. Por último lo tiró lejos de sí. El hombre aterrizó hecho una bola en el otro rinción del urinario. Sundheim dijo con voz áspera: —Vuélvete allá, Damon. Yo puedo entenderme con éstos. —Vamos, George —Reade le tomó del brazo—. Ya has castigado bastante. —Tengo que dar una paliza a estos bastardos. Ayúdame a sacarles fuera. Agarró al grandote por los pies y le arrastró fuera. Reade intentó alzar al otro, pero el dolor de su entrepierna no le dejó. Salieron. Sundheim había arrastrado al individuo por el patio y lo dejó al otro extremo. —¿Dónde está el otro? —No he podido levantarle. Casi me había reventado. —Ah, ¿sí? —amenazador. —Por Dios, no le pegues más. Te verás acusado de homicidio. Sundheim arrastró fuera al otro negro y lo tiró en la sombra, con su compañero. —Ahí pueden dormir hasta que amanezca. Vamonos. Reade le siguió al bar. La habitación parecía asfixiantemente normal. Ninguno de los hombres que jugaban a cartas les miró. Sólo el barman estaba cerca de la puerta, la mano metida en el bolsillo; Reade adivinó que allí tenía el "sacude polvos". Sundheim respiraba con fuerza mientras se dirigía a su asiento. Tomó el vaso lleno de ron y lo vació más despacio. La pelirroja preguntó: —¿Qué ha pasado? —No mucho —replicó Sundheim. Reade estaba asombrado de su calma. Ni siquiera le temblaba la mano al sostener el vaso. La morena miró a Reade. —Sí, has estado bien. De pronto se sintió enfermo, débil; el dolor de sus ingles se le había extendido al bajo vientre. Se sentó con pesadez y alzó su vaso. Lo vació de una sentada, pese a que el líquido le quemaba la garganta. Al dejarlo se sintió mejor. El dolor que sentía ya no le parecía tan importante. —¿Te ha hecho mucho daño? —preguntó Sundheim. —Me ha dado con la rodilla. —¿Habéis estado peleando? —preguntó la pelirroja—. Sabía que eso iba a pasar. En cuanto tú has dejado ver tu billetero. —No ha sido nada —repitió Sundheim. Mientras encendía un cigarrillo, su calma parecía poco natural. La morena le admiró. —Qué bueno que sepas cuidar de ti. —¿Dónde están? —preguntó nervioso el dueño del bar. —Se han ido a casa —repuso Sundheim. —¿Qué tal si nosotros hacemos lo mismo? —preguntó la morena. Sundheim la contempló sin responder. Ella repitió dudosa la pregunta.

—¿Dónde están, de verdad? —Durmiendo. ¿Quieres verles? —¿Los dos? Asintió y se levantó. La pelirroja empezó a levantarse, pero Sundheim le puso otra vez la mano en el hombro. —No tardaremos un momento. Tú charla con Sidney. Miraron salir a la pareja. La chica dijo: —Espero que estén bien. ¿Cómo estás tú? Pareces enfermo. —Pronto se me pasará. —Vámonos a mi casa y te haré un poco de café. —Creo que es mejor que no. —¿Qué hace tu amigo —preguntó mientras encendía un pitillo. —Nada. Tiene ingresos privados. Vive en Kensington. —¿Estás seguro? —le miró con recelo. Su forma de hacerlo le dejó sorprendido. —Sí, claro que lo estoy. ¿Por qué? — Oh, por nada. Yo siempre había creído que viviría por aquí. —Entonces ¿le conoces? —Sólo de vista. Le he visto por estos barrios. —¿Por dónde? —En la calle Piggott... casa de Tower. —Hace unos años vivía en el barrio Este. Pero ya no. —Bueno, seguramente tendrás razón —se encogió de hombros—. Pero le he visto más recientemente que eso. Es un tipo raro... —¿Crees tú que todavía tiene ese cuarto por el Este? —No sé. No me sorprendería. ¿Dónde vas? —Disculpa... creo que es mejor que vaya a ver donde está. —¿Por qué te preocupas? Volverán cuando estén listos. Tiene coche, ¿no? —Sí. —Bueno... puede que no le guste que le interrumpan. —Pero yo creo que de todos modos es mejor que vaya a ver. Se alejó de prisa, para evitar más objeciones, consciente de que ella le miraba asombrada. El dolor de la parte inferior de su abdomen se hizo de pronto más agudo. Se paró al otro lado de la puerta, recostándose en la pared. La llovizna le refrescó la cara. La luz que había sobre la puerta no era fuerte. Llegó hasta los urinarios y llamó: "George". A su izquierda alguien gimió. Mientras escuchaba oyó la puerta de un coche que se cerraba de golpe a lo lejos. Caminó en la oscuridad, con las manos extendidas ante él. Tropezó con algo y al propio tiempo una voz dijo: "¡Ay, ay!" Se volvió, intentando vislumbrar algo en la oscuridad; a la leve luz de la puerta pudo distinguir al negro alto que se arrastraba hacia la puerta a cuatro patas. —¿Te ayudo? El negro gimió de nuevo y siguió arrastrándose. Reade vaciló y luego decidió seguir adelante. Tanteó hasta la puerta exterior y se metió en un charco donde hundió los zapatos. —George, ¿estás ahí?

Sus ojos iban acostumbrándose a la oscuridad y pudo distinguir la línea del coche. Le llegó la voz ahogada de una mujer. Dio media vuelta para volver al bar, sintiéndose torpe e indeciso. Antes de llegar a la puerta, oyó que se abría el coche. Miró hacia atrás y vio a la chica dibujada un instante contra la luz interior del auto. La puerta se cerró con un golpe y la luz se apagó; ella corría hacia él en la oscuridad; al parecer descalza sobre el piso mojado. Un instante después chocó con él, que la sujetó para disminuir el impacto. La chica casi lanzó un alarido. —Dios, ¿quién es? —Solo yo. ¿Estás bien? —¿Dónde está Ruth? —había reconocido su voz—. Dios mío, ese cochino amigo tuyo está loco. Aléjalo de mí... —¿Qué ha pasado? Se apartó de él. —Acabará en la cárcel o en una camisa de fuerza... La oyó lanzar otra exclamación al tropezar con el negro. En el mismo instante, el motor del coche arrancó. Corrió hacia allá y quiso abrir la portezuela. Tenía el seguro echado. —Soy yo. Se oyó un chasquido y la puerta se abrió. Sundheim le dijo por la ventanilla: —Métete atrás. Al dejarse caer pesadamente en el asiento, notó algo bajo él. Al tantear encontró un par de zapatos. Bajó la ventanilla y los dejó caer de prisa, en el momento en que el auto se ponía en marcha. Sundheim dobló a la derecha hacia un espacio abierto, hizo una experta maniobra de retroceso y aceleró al pasar junto al club. A la luz de los faros Reade entrevio al negro que se apoyaba contra la pared. El auto aceleró y se metió de tal manera en un callejón que Reade se vio impelido hacia atrás. La voz de Sundheim sonó en la oscuridad: —Perra estúpida. No quería hacerle daño. Reade cerró los ojos y experimentó una extraña sensación de ligereza, como si su cuerpo se hubiera transformado en un globo. —¿Sabes conducir? —le preguntó Sundheim. —Sí, ¿por qué? El otro se detuvo junto a la cuneta. —Entonces conduce tú. Yo estoy borracho. —Prefiero no hacerlo. También yo me siento borracho. Un policía asomó por la esquina, caminando hacia ellos. Sundheim juró en voz baja y puso el coche en marcha. —Vamos a dejar el coche aquí y a tomar un taxi —sugirió Damon—. Allí se ve uno. —No. Me pondré bien. Reade volvió a cerrar los ojos mientras el coche enfilaba una calle principal. Conducía despacio, sobre los adoquines. Sundheim exclamó, como canturreando: —Dios, me siento eufórico... De pronto empezó a cantar: "Viajé por tierra de hombres, de hombres y también de mujeres Y vi y oí horrores tales jamás sabidos por quienes caminan en tierra desolada."

Se volvió hacia Reade: —¿Conoces esto? —Conozco el poema, pero no la música... Sundheim siguió canturreando: "Y cuando el niño nace varón es entregado a una vieja que le clava en una roca y recoge sus gritos en copas de oro. Le corona con espinas de hierro Le traspasa sus manos y pies abre el corazón en su costado para que sienta frío y calor..." La melodía que cantaba tenía la arrulladora cadencia de una canción popular. Se detuvo para eructar y luego preguntó: —¿Conoces de memoria mucho de Blake? —Bastante. ¿Por qué? —¿Conoces esto? "El fuego rugiente recorrió los cielos en remolinos y cascadas de sangre, y en los oscuros desiertos de Urizen del vacío cayó fuego por doquier sobre los ejércitos autoengendrados de Urizen..." —Eso es del Libro de Urizen —dijo Reade. —Muy bien, ¿y esto? "Y la luz se hizo por vez primera: de los fuegos rayos, dirigidos por tan puro fluido, brotaron en torno al Inmenso. Los contempló sin tardanza, retorciéndose en oscuro vacío, el espinazo de Urizen que aparecía..." —Libro de Los, capítulo cuatro —le interrumpió Reade—. La verdad es que conoces bien a Blake. —El viejo solía darme cinco dólares por cada página que aprendía de memoria. Conseguí que me comprara el primer coche aprendiéndome de memoria todo Jerusalem... —¿Todo? ¿Cuánto tardaste? —Unos dos meses. Me apostó a que jamás lo conseguiría. Nunca pensó que tendría que comprarme el auto... Habían salido de la calle Comercial entrando en otra de menos importancia. Un momento después, Sundheim detuvo el coche. —¿Dónde estamos? —Esta noche no vamos más lejos. Se habían detenido ante dos amplias puertas de madera. En toda la calle no brillaba sino una luz y estaba desierta. Desde el río subía el ruido de los remolcadores. Sundheim buscó en

la guantera del coche y salió. Se acercó a las puertas y metió una llave en una enorme cerradura. Abrió ambas puertas de par en par y regresó al auto. Volvió a poner en marcha el motor y metió el "Daimler" en un edificio amplio, como un cobertizo. Reade abrió la puerta y sintió un desagradable olor a carne muerta. —¿Qué es esto? —Lo que huele. Un matadero. —¿Vives aquí cerca? —Justo encima. Ese es mi piso. Ayúdame a cerrar estas puertas. Reade se sentía demasiado bebido y cansado para objetar. De pronto le había invadido la fatiga y lo único que sentía eran ganas de tumbarse a dormir en el suelo. Sundheim volvió a cerrar las puertas con llave. Luego metió una llave en otra puerta, unos metros más allá, y la abrió de golpe. —Pasa. Reade subió un tramo de escaleras sin alfombrar; aún allí seguía notándose olor a sangre, que le hizo sentirse ligeramente mareado. El cansancio le pesaba tanto que le costaba hasta el pensar. Abrió una puerta al final de la escalera y tanteó en busca de una llave de luz. En la pared de enfrente había un amplio butacón; cruzó hasta él sentándose pesadamente. Sundheim subía la escalera despacio, tambaleándose al hacerlo. —Ojalá tuviéramos algo de beber. Nos hemos dejado el ron allí —dijo en tono vago. —¿No crees que ya hemos bebido bastante? —Tengo sed. Necesito un trago. Su respiración era entrecortada. La amplia habitación estaba fría y olía a humedad. Reade miró su reloj; eran las dos y media. —¿Tienes teléfono? Tengo que llamar a Kit Butler, por si está esperándome. —No. Nunca hice instalar uno. Excúsame. Desapareció por una puerta. Reade se levantó y se acercó a la chimenea, intentando concentrar su atención en el cuarto. Los muebles eran viejos y la alfombra del suelo estaba muy gastada en partes. En la repisa se veía una foto de Sundheim, que rodeaba con su brazo a una mujer menuda, de edad mediana, con gafas de montura de concha en forma de mariposa; totalmente inadecuadas para su tipo de cara, demasiado gruesa y con una boca pequeña y apretada. En una alcoba, al otro lado de la estancia, había unas puertas de cristal; Reade fue hacia ellas y dio la vuelta a la cerradura. Al abrir se vio frente a un estrecho balcón de cemento que daba al río. Oyó la cadena del excusado; Sundheim volvió a entrar, tropezó contra el umbral y se recuperó. Con un dedo apuntado a Reade, dijo en tono acusador: —Tu amigo no puede estar esperándote. Creía que ibas a tomar el tren. —No era seguro. Le había dicho que le llamaría desde la estación si decidía tomarlo. —Ah. Sundheim fue a un armarito del rincón y lo abrió: —Bueno, puedo ofrecerte whisky o vodka. —Nada, gracias. No estoy acostumbrado a beber. —Tampoco yo. Tampoco yo. George sirvió whisky en un vaso y se dejó caer de golpe en una butaca. Olió el vaso y lo vació. Hizo una mueca, como si estuviera tomando medicina. Dijo despacio, pues se le trababa la lengua: —Ahora contemplas a Sundheim en su tercer estadio de degeneración. Ha vuelto al estado

fetal. —¿No crees que debes de dormir un poco? —Ven y siéntate. Quiero hablarte. Reade se instaló en la butaca de enfrente. El aire nocturno le había despejado un tanto y cierto impulso oscuro de su fuerza de voluntad luchaba para contrarrestar el efecto de la bebida. También Sundheim hacía patentes esfuerzos para concentrar su atención, pero sin mucho éxito. —Te estimo, Damon. Lo sabes, ¿verdad? —Gracias. —No me lo agradezcas. Te digo que te estimo y me gustas. ¿Sabes por qué? Porque eres un caballero. No te importe que no hable muy claro porque sé lo que quiero decir. Me voy a dormir en cualquier momento, pero antes quiero decirte una cosa. Y es que eres un caballero. ¿Comprendes a lo que me refiero? —Me alegro de ello. —Sí, también yo. Eres un hombre gentil, comprendes, un gentil hombre. Reade asintió con la cabeza. —Y quiero pedirte una cosa, Damon. No quiero que me juzgues por cómo me has visto esta noche. —Claro que no. —Nada de claro. Has venido a juzgarme, ¿no? Por un momento Reade no le comprendió. Al cabo dijo: —¿Por qué dices eso? —No me vengas con cuentos. Tú habías venido para juzgarme, ¿verdad? —Quizá. —Claro que sí. Bueno, ¿ya has emitido tu juicio? Al mirarle, Reade se preguntó: "¿Es ahora cuando intentará atacarme?" No sentía miedo, sabiendo que podría luchar contra Sundheim. Pero, al ver que los ojos del otro se desviaban hacia la botella, supo que no habría ningún ataque y por un instante se sintió avergonzado. Sundheim tomó la botella y vació todo su contenido en el vaso. —No bebas más —le dijo Damon—. Mira, ponlo otra vez en la botella. —¿Por qué? —le sonrió de pronto. —No puedes beber whisky encima de ron, de chianti, de .champán y de coñac. Te vas a matar. —Oh, no, qué va —pero dejó el vaso en el armarito, derramando unas gotas de paso—. Pero eres muy amable al preocuparte por mi salud. Se acurrucó en la butaca, como sí fuera a dormir, luego estiró las piernas y volvió a incorporarse. —Mira, no debes juzgarme. Porque, ¿sabes lo que me pasa? Tengo demasiado corpachón. Todo esto... Se abrazó a sí mismo, como si fuera a rascarse. —Mira, tú estás bien. Pero, ¿y yo? Toda mi familia tiene demasiado cuerpo. ¿Has visto la foto de mi madre? Ahí está. Tenía demasiado cuerpo. Se interesaba por toda clase de cosas: Ciencias Cristianas, madame Blavatsky y ese, ¿cómo se llama?, ese tipo de los enemas, no, enemas no, engramas. Lo probaba todo. Pero, ¿sabes qué es lo que necesitaba en realidad? Necesitaba un gorila, o un bastardo grandullón, como el negro de esta noche. Ya ves, no intento ocultarte nada. Y mi padre era igual. No sé mucho de su vida sexual, pero la tuvo en

abundancia. Hablaba mucho de la mortificación de la carne. Pero ¿de qué sirve mortificarla? Hay que satisfacerla. Dejó que la cabeza se apoyara en el respaldo del sillón y permaneció mirando al vacío. Luego exclamó: —Bah, qué diablos. Tengo que dormir... —se levantó despacio, bostezando—. Ven y coge unas mantas. Puedes dormir en el diván. Reade le siguió al dormitorio. Estaba ocupado casi por entero por un enorme lecho que ocupaba todo lo ancho de una pared. Parecía estar compuesto de varias camas turcas unidas. —Es la cama más grande que he visto nunca —dijo Reade. Sundheim tiró de la esquina de la enorme colcha que la cubría y sacó de debajo unas mantas. Su tamaño era el corriente. —Es una buena cama. Ha visto mucha acción. Es mi otomana para orgías. ¿Alguna vez has estado en una orgía? —No —Reade no estaba seguro de si bromeaba. —Deberías probar. Puede que te divirtiera. Organizaré una, si quieres. —Ya hablaremos de ello más tarde. —Pues claro. Lástima de no habernos traído a esas chicas. Pero no podía confiar en la pelirroja. Puso las mantas en los brazos de Reade, añadiendo un edredón que sacó de un armario. —Tengo que dormir y tú tienes que tomar el tren. Lástima. Me hubiera gustado hablarte... No tienes que juzgarme por lo de esta noche. —No, claro que no. Reade empezó a salir. Sundheim le puso una mano en el brazo. —Pero deja que te explique lo que quiero decir. Mi madre solía acostarse con el chófer... un gran bastardo japonés... —Creí que me habías dicho que era un negro. —No, éste era otro. Japonés. Cuando yo tenía diecisiete años. Y ella me dijo que la habían invitado para repartir los premios de la escuela dominical, porque había dado la mayor donación. Y yo le dije: "Mamá, explícame una cosa, ¿cómo puedes dar premios en la escuela dominical cuando te acuestas con el chófer?" Y, ¿sabes qué me contesto? Me dijo: "Hijo, lo que haces en la cama no tiene nada que ver con lo que haces fuera de ella." Siempre he recordado eso. —El del sexo es un mundo aparte. —Sí. El del sexo es un mundo aparte. ¿Quién dijo eso? —Yo. —Es verdad. El sexo no tiene nada que ver con ninguna otra cosa... —bostezó—. Vete a dormir. Apaga las luces. El baño queda ahí, a la derecha. Hasta mañana. Buenas noches. —Buenas noches. Reade se hizo la cama en el diván, empleando los cojines como almohadas. Era un diván amplio, pero anticuado e incómodo. Se quitó la camisa y los pantalones y apagó la luz. Al tumbarse, el olor del diván le recordó la salita de una tía suya que muriera cuando aún era un niño. Permaneció despierto, contemplando el techo. La luz de una barcaza que pasaba por el río hizo que el marco de la ventana se moviera con ella. Intentaba con fuerza pensar en algo, algo que se le escapaba. Tenía que ver con la visión de los muslos desnudos de la chica al salir corriendo del coche. Pero la bebida había oscurecido su intuición; no podía poner en claro el sentido de identificación con Sundheim, que intentaba abrirse a través de su consciencia. El

olor del diván le recordó a su tía, luego a su madre. Inmediatamente se quedó dormido. *** Despertó una vez durante la noche, al oír una puerta que se abría. Por un momento no pudo comprender dónde estaba. Sundheim fue al cuarto de baño, orinó con la puerta abierta y volvió a la cama sin tirar de la cadena. Cuando su puerta se cerró, Reade volvió a quedarse dormido de inmediato. Se espabiló con los ruidos de la mañana, con el sol que se deslizaba por el cuarto. Era como despertar de una pesadilla y descubrir que aún duraba. Los ojos le ardían, tenía la boca completamente seca. Le dolía la cabeza de un modo sordo. Se quedó mirando el cuarto, luchando con el fuerte deseo de levantarse para ir a orinar y el más fuerte aún de seguir durmiendo. Por fin se obligó a incorporarse, y puso los pies en el suelo. La habitación empezó a dar vueltas y se sintió mareado. Brotó el sudor en su pecho, su cuello y le cayó por la frente. Respiró rápidamente por la boca, recostándose. A los pocos minutos pudo llegar hasta el cuarto de baño. Se sentó, sujetándose la cara entre las manos. Permaneció sentado cinco minutos, tiró de la cadena y volvió al cuarto. Le brotaba el sudor en oleadas y sentía un anhelo de tumbarse en el suelo boca abajo. Se forzó a ir a la cocina y se inclinó en la fregadera. Abrió el grifo de agua fría y se mojó bien la cara. En un armarito de metal blanco encontró una botella de leche de magnesia. Vertió parte en un vaso de agua, revolvió y lo tragó de golpe. Luego fue otra vez al diván y se tumbó de nuevo. Su reloj marcaba las nueva y media. A las diez fue a la puerta de Sundheim y llamó. No hubo respuesta. La abrió para mirar. La cama estaba deshecha, pero vacía. Su primera sensación fue de alivio. Había esperado dificultades para hacer que se levantara. "George", llamó, sabiendo que no obtendría respuesta. De pronto el piso le pareció más silencioso y vacío. Abrió las puertas de cristal y miró al río. Abajo se veían balsas con el ancla echada. Un hombre con el delantal rayado de los carniceros miraba también al exterior. Un buque cisterna pasó despacio, echando humo. Abrió la puerta principal y se asomó a la escalera. El olor a carne le llegó, obligándole a cerrar la puerta bruscamente. En la pared, formando ángulo recto con la puerta, había otra, cubierta de bayeta verde. La abrió y se halló frente a lo que al principio le pareció un armario ropero. Contenía un impermeable de hule amarillo, un sombrero igual y unas viejas chaquetas. Al apartarlas a un lado advirtió que al fondo del ropero había otra puerta cubierta de bayeta. La llave estaba puesta. La hizo girar y abrió la puerta. Bajo él quedaba el matadero que Sundheim usara como garaje. Una escalera bajaba pegada a la pared. El exterior de la puerta era de chapa. Las puertas al final del matadero daban al río y de un barco, unos hombres descargaban animales muertos. El coche ya no estaba allí. Reade cerró la puerta con la llave. Seguro de hallarse solo, revisó el piso despacio y con atención. El dormitorio de Sundheim no contenía más que la cama y un armario; en un cajón de éste habían camisas limpias y un par de pantalones; la parte superior contenía dos trajes, ambos muy usados y varios jerseys de marino. Repasó la alfombra del suelo, buscando manchas. No se veía ninguna. Pero al apartar las almohadas de la cama y mirar por detrás, vio en el suelo un brillo metálico. Se agachó, recogiendo unas gafas de montura de oro. Las contempló con cuidado en su mano. Podían haber pertenecido a un hombre o a una mujer, pero algo en su diseño las hacía más propias de mujer. Estaba a punto de metérselas en el bolsillo cuándo cambió de opinión y volvió a dejarlas caer tras de la cama. Los cajones de la cocina no revelaron nada interesante; había un pesado cuchillo de trinchar, pero parecía nuevo. Al abrir otro cajón salió volando un papelito azul. Lo recogió y miró; parecía desgarrado como formando parte de un billete, o algo así. Cerró el cajón y colocó de nuevo el papelito al fondo, de donde volvería a caer cuando se abriera el cajón. Miró el reloj; eran más de las diez. Iba sintiéndose mejor, aunque cansado. Se puso los zapatos y salió del piso. Al bajar contuvo la respiración y sólo volvió a tomar aire cuando estuvo ya en la calle. A la derecha de la puerta del piso hacía una carnicería. Un joven deshuesaba un gran trozo de buey. Reade se detuvo a la puerta y preguntó: —¿Ha visto al señor Frazer esta mañana?

—No, señor. Pero creo que está arriba. Le he oído moverse. —Era yo. —Ah, ya. Pues no le he visto desde que he llegado a las ocho. —Gracias. Recorrió la calle y torció a la derecha; a los pocos minutos se encontró en la calle Comercial. A unos cien metros había un teléfono. Fue allí y marcó el número de Butler. El teléfono contestó inmediatamente. —¿Diga? —Hola, Kit. Soy Damon. —¡Gracias a Dios! —fue el grito. —¿Qué pasa? —¿Estás bien? —Pues claro que estoy bien. ¿Pasa algo? —¡Tienes a medio Scotland Yard buscando tu cadáver! —Dios santo, ¿no hablarás en serio? ¿Sólo porque anoche no te llamé? —No sólo por eso. Tienen pruebas concluyentes de que Sundheim es el asesino del Támesis. Andan buscándole. ¿Dónde está? —Pues no sé. He pasado la noche en su piso, cerca de Whítechapel, pero ha salido temprano. Me emborraché terriblemente. Y él también. Dime, ¿qué ha estado ocurriendo? —Pues bien: en cuanto saliste anoche telefoneé a Sarah. Tu amigo Lund estaba con ella... había ido a verles para intentar dar contigo. Yo hablé con Lund y se lo conté todo... cómo encontramos a Sundheim y lo demás. Luego le dije que te habías ido con él y casi se puso loco. Media hora más tarde telefonearon de Scotland Yard. Lund les había llamado y decían que Sundheim era el primero en la lista de sus posibles sospechosos... aunque, francamente, creo que mienten. De todos modos, puedes imaginarte lo sucedido. Sarah ha estado llamando cada diez minutos para saber si habías vuelto. Yo llamé a Jeremy y le mandé a la estación de Euston para que tratara de interceptaros... yo me tenía que quedar por si telefoneabas. Se llevó consigo a dos policías, por si llegabas con Sundheim. Claro, no llegaste, así que la policía ha estado buscando por todos los sitios a donde suele ir Sundheim. Te siguieron la pista hasta el restaurante de Antonelli, donde al parecer habíais cenado, pero de allí no pudieron ir adelante. Desde las siete de la mañana esta casa ha estado llena de policías... ha sido el caos. —¿Qué es eso de que hay pruebas concluyentes en contra de él? —Pues, no estoy seguro. Naturalmente, no me lo quieren decir..Dicen que Sundheim había estado algún tiempo bajo observación. Supongo que hubieran podido dar con él a través del club de maricas. Pero, ¿qué pasó anoche? ¿De verdad que la has pasado con Sundheim? —Sí. Parecía tan borracho que no tenía nada de aspecto peligroso. Pero debe haber estado lo bastante sobrio como para salir antes de que yo despertara... —Será mejor que me des la dirección de ese sitio, por si vuelve la policía. —Bueno. Es el 1574 de la calle Narrow, Limehouse. —Bien. Ahora vuelve aquí en cuanto puedas. Yo telefonearé a Sarah. Está histérica. Sentada junto al teléfono,.. —Oh, Dios mío. Sí, por favor, llámala al momento. Pobre hija. En seguida voy. Tengo que correr... veo un taxi. Colgó de golpe y salió corriendo, haciendo señas al taxi que venía por el lado opuesto. El conductor se detuvo, esperó un instante a que el tráfico aminorara y dio vuelta en la calzada. Reade subió y le dio la dirección. Al cruzar por Aldgate se sorprendió ligeramente al ver a las gentes que iban a sus asuntos; parecía extraño que todo tuviera un aspecto tan normal. Luego su propia excitación se calmó y volvió la fatiga. Al pensar en Sundheim y en lo que acabara de

decirle Butler experimentó una sensación de alivio. Ya estaba fuera de sus manos. *** Butler apareció en la puerta de la calle en el momento en que pagaba al taxista. Asió entre sus manos la de Reade y la estrechó con fuerza. —Dios, no te imaginas la nochecita que me has dado. —Lo siento muchísimo... pero, ¿cómo iba a adivinar lo que pasaría? ¿Has hablado con Sarah? —Sí, naturalmente. Se lo ha tomado con bastante calma, si se tiene en cuenta que ha estado telefoneando cada media hora desde esta mañana. Subamos... he hecho té. Tienes un aspecto horrible. ¿Qué ha pasado? —Cuéntame primero qué ha dicho Sarah. —¡Oh, que ya sabía que no te ocurriría ningún mal! Pero me ha hecho prometer que hoy mismo te pondría en el tren. Parece una gran chica... con la cabeza en los hombros. Quiere que la llames tú. El cuarto de Butler estaba revuelto y frío. Los ceniceros rebosaban de colillas; el suelo estaba cubierto de ellas. Había una botella de ginebra vacía y dos de whisky sobre la mesa, también vacías, además de otra medio llena en la repisa. —¿Quieres un trago? —No, gracias —se estremeció Reade—. Creo que jamás volveré a tocar el whisky. —¿Y un poco de ron en el té? —¡No, por Dios! Eso es peor aún. Me emborraché de ron anoche. Butler sirvió casi medio litro de té; Reade lo bebió sediento. Parte del cansancio empezó a desvanecerse. Sintió de pronto una oleada poderosa de calor y afecto por Kit Butler y se encontró mirando la habitación con pena ante la idea de marcharse. —Date prisa y cuéntame lo de anoche —instó Kit—. La policía llegará en cualquier momento. —¿Les has llamado? —Claro que sí. Por cierto, tu amigo Lund está en la ciudad. —¿En Londres? ¿Cómo puede ser? —Ha estado conduciendo toda la noche. Seguramente vendrá también. Se oyó un coche que se detenía bajo la ventana abierta. —Seguramente será él. —Vaya, maldición. Es Fisher. —¿Harley Fisher? —Quizá haya venido a por Sheila. Por cierto, ella ha pasado la noche allí. Me la he encontrado esta mañana a las siete... Tres timbrazos le interrumpieron. Sacó otra vez la cabeza. —Hola, Harley. ¿Me busca a mí o a Sheila? —A usted. ¿Puedo subir? —Sí. Pocos instantes después entraba Fisher. Al ver a Reade exclamó: —¡Vaya, así que está vivo, después de todo! —Me temo que sí —sonrió Reade. —¿Dónde ha estado?

—Estaba a punto de contármelo —dijo Butler—. Acaba de llegar. —Ah, entonces es mejor que espere a la policía. Están justo detrás de mí. —¿Cómo lo sabe? —He visto a Peterson en Notting Hill Gate... el hombre encargado del caso. Iban en dirección opuesta... —¿Cómo sabía lo de Damon? —Por Sheila. Me ha llamado hace media hora. Abajo se escuchó nuevo ruido de frenos. —Serán ellos... ah, sí, Peterson. No va a estar muy contento con usted. —No puedo evitarlo —se encogió de hombros Damon. El hombre que entró poco después era bajo y muy fuerte; se movía con paso rápido, lleno de decisión. Detrás de él apareció Lund. Dijo a Fisher: —¡Cielos!, ¿qué haces tú aquí? ¿También andas metido en el asunto? —Hasta cierto punto. Pero permíteme que te presente a la víctima en potencia, Damon Reade. Éste es el inspector en jefe Peterson... —Así que es usted el causante del lío —dijo Peterson mirándole agresivamente. De pronto sonrió y le tendió la mano—. Bueno, me alegro de que siga vivo todavía. —No veo por qué no iba a estarlo —replicó con suavidad—. En ningún momento he corrido verdadero peligro. —¡No esté tan seguro! —exclamó Lund—. ¡Por si acaso me han hecho venir desde Carlisle, por su causa! —Lamento haber causado tantos problemas. —Bueno, vamos a escuchar la historia —dijo Peterson—. ¿Les importa que me siente? —Si me perdonan que se lo diga, no comprendo por qué tanto lío —empezó Reade—. Sencillamente, pasé una agradable velada con George Sundheim y acabamos borrachos. —¿Dónde está ahora? —Me temo que no lo sé. Salió cuando todavía yo dormía, esta mañana. —Empiece por el principio —ordenó el inspector. —Muy bien, pero no hay mucho que contar. Como saben, cenamos. Luego me llevó a una especie de club para estibadores, cerca de Silverton, donde bebimos mucho ron. Entabló pelea con dos negros que intentaron robarle en el excusado, pero ganó la pelea. Luego me llevó a su piso de Limehouse. Estaba tan borracho que yo creí que sería incapaz de moverse por una semana. Pero ha salido antes de las ocho de la mañana. Yo me he despertado con una gran resaca a las nueve y he venido aquí. Eso es todo. —Su piso... ¿cómo es? ¿Tiene garaje? —En cierto modo. Está situado sobre una carnicería, junto a un matadero, y parece tener permiso para utilizarlo... —¿Un matadero? ¿Uno que se utiliza? —No sé de seguro. Él me dijo que era un matadero. Estaban descargando carne cuando he salido. —¿Quieres decir que está justo sobre el río? —preguntó Butler con excitación. Peterson le miró con reproche. —Perdone, señor, pero déjeme que por ahora sea yo quien haga las preguntas. —¿No sabían ustedes lo de ese piso? —le preguntó Reade.

Peterson se sentía poco inclinado a contestar, pero al notar que todos le observaban dijo secamente: —No. —Bien, bien, Bob, os han presentado el caso en bandeja —comentó Fisher. —No estés tan seguro —gruñó Peterson—. No hemos estado dormidos. De todos modos, no era su anterior dirección del East End. Dejó aquello cuando fue a su casa de ahora. —Interesante —dijo Fisher—. Si tiene un piso sobre un matadero, es el sitio ideal para cometer asesinatos. —Lo sé —replicó Peterson como enfadado. —¿Ha notado si tenía sumideros subterráneos o simplemente surcos de cemento en el suelo? —preguntó Fisher a Reade. —Sí, los dos. —Así que podía, despedazar un cadáver, limpiar la sangre con una manguera, envolverlo en un saco para carne... —No vayamos tan lejos, si no te importa —interrumpió Peterson—. Veamos, señor Reade, ¿vive alguien en la carnicería, que usted sepa? —Casi seguro que no. Imagino que el piso de arriba solía pertenecer a la tienda. Pero ahora supongo que los alquilan por separado. —Bueno, eso lo sabremos pronto. ¿Sabe usted si Sundheim tiene un bote? —No. Pero sería fácil. Está justo sobre el río. —Tus analistas de sangre se van a divertir en ese matadero para ver si cada gota es de sangre animal o humana —comentó Fisher. Peterson no respondió; miraba al suelo, el ceño fruncido. Por fin alzó la vista hacia Reade y dijo despacio: —¿Le ha dicho Sundheim algo que pueda indicar que sea culpable de asesinato? —Nada en absoluto —denegó moviendo la cabeza con firmeza. —Pero ¿usted cree que lo es? —interrogó rápido. —Yo... supongo que sí. —¿Por qué? —Sencillamente porque hay tantas pruebas... Reinó el silencio durante unos segundos, al cabo de los cuales Fisher preguntó a Peterson: —¿Hay pruebas^ El policía vaciló y luego dijo: —Tenemos a un testigo que vio juntos a Sundheim y David Miller en un bar de Hammersmith la noche en que Miller desapareció. Pero no se ha dado a la publicidad. —En ese caso ¡muchas felicidades! —sonrió Fisher—. Tienes el caso bien completo. —Eso espero... De todos modos... —sonreía a su pesar. Sonó el teléfono. Butler contestó y dijo a Peterson: —Es para usted. —Ah, gracias. Peterson se levantó, cruzó la habitación y dijo: —Hola. Aquí el inspector jefe Peterson... Su expresión cambió mientras escuchaba y se le encendió el rostro. "¿Qué?", exclamó,

mirando a su alrededor, como preguntándose si alguien habría oído lo que le habían comunicado. Escuchó un tiempo más y por fin dijo: —Muy bien. Ahora mismo voy. Todos le miraban con curiosidad, pero él sólo se fijó en Lund. —Tenemos que irnos. —¿Alguna novedad? —preguntó Fisher. —Algo parecido... No puedo hablar ahora. —Miró muy serio a Reade—. Una pregunta más, si no le importa. ¿Le parece cuerdo Sundheim? Reade vaciló. —No... no del todo. ¿Sabe usted que su padre murió en un manicomio? —Lo había oído. —Bien, pues Sundheim no es enteramente normal... extremadamente tenso. Creo que todo va unido a su boa constrictor. —¿Cómo? —Peterson le miró como sospechando que se burlaba de él. —Su serpiente. Es muy grande. Y creo que se identifica en cierto modo con ella. Siempre está hablando de su cuerpo... como si fuese un animal peligroso pero que está en casa y al que hay que alimentar... —Más tarde volveremos sobre eso —repuso impaciente el inspector. Pronunció la palabra "eso" de forma poco amable. Ya en la puerta dijo amenazando a Reade con el dedo: —Y esta vez nada de desaparecer. Tal vez le necesitemos más tarde. Permanezca aquí, si no le importa. —Muy bien. Cuando oyeron el motor que se ponía en marcha abajo, Fisher dijo: —Todo esto es en verdad muy extraño... —Encendió un purito y le dio una chupada. —¿Cómo lo interpreta? —preguntó Butler. —Hum. Es dificilísimo decirlo. Adivino que Bob Peterson no está muy contento de que un mero miembro del público haya dado con un asesino. Ya está preguntándose cómo va a resultar en los periódicos y cuánto puede fingir que ya sabía. Claro que si lo del bar de Hammersmith es cierto, ya tiene un buen argumento... —¿No le cree? —interrogó Reade. —Oh, sí. Pero ya sabe lo que son los testigos. Me pregunto oué les habrá hecho salir tan de prisa. Parece como si hubieran hallado una nueva prueba. —¿Cuánto hace que conoce a Peterson? —Oh, años. Trabajamos juntos en el servicio de Inteligencia naval. —Acabo de recordar —dijo Reade—. Se me había olvidado mencionarlo. He mirado detrás de la cama de Sundheim cuando había salido y he encontrado un par de gafas con montura de oro... creo que de mujer. —¿Las ha traído? —No. He tenido la repentina sospecha de que las había dejado a propósito... para ver si las cogía. Y cuando he abierto un cajón de la cocina, un pedacito ha salido volando... sólo un pedacito pequeño, como si lo hubiese puesto allí para ver si registraba la casa. —¿Cree que por eso le habrá dejado solo? —Lo supongo. Al menos, es posible. —¿Cuándo cree que ha empezado a sospechar de usted?

—No lo sé. Pudo ser desde el principio. Mire, los dos nos encontramos en una tienda de por aquí cerca, y pudo haberse fijado en mí al pasar. Y anoche, cuando me reuní con él, me preguntó por la voz de Kit en el teléfono... Kií le había hablado en la tienda. —Creo que empiezo a comprender —dijo Fisher despacio. —¿Qué? —La psicología de ese hombre. Vamos a reconstruirla. Si es un asesino, espera que sospechen de él antes o después. ¿De acuerdo? Veamos, ¿qué excusa puso usted para conocerle? —Descubrí que su padre era un estudioso de Blake, así que fue sencillo. —¡Soberbio! Debiera usted haber sido detective. Tiene que explicarlo con detalle. De todas formas, supongamos que no le creyó del todo. Tiene que sospechar que le ha enviado la policía. En ese caso, empieza a jugar con usted al escondite. ¿Encaja con los hechos? —Mucho. —¿Crees que mata por diversión? —preguntó Kit—. ¿O por algún sentimiento paranoico hacia sus víctimas? —Ninguna de las dos cosas —repuso despacio—. Hasta conocer a Sundheim jamás comprendí qué era el sadismo. No podía entender por qué nadie querría hacer daño a otra persona... a menos, claro está, que sea un matón nato, que necesite imponerse... —¿Y ahora lo entiendes? —Creo que sí. Al menos, creo que entiendo a Suhdheim. Esto os parecerá difícil de creer, pero es de naturaleza básicamente amable. —¡Qué! —Sí. No es un neurótico corriente. Me recuerda a un chico que conocí en el colegio, que no podía dejar de romper cosas. Era tremendamente fuerte y tenía que romper cosas para expresar su energía. Una vez le vi arrancar un radiador de la pared... Bueno, pues Sundheim es igual. Hablaba mucho de su cuerpo, de lo difícil que es tener un cuerpo con tanta energía. Al parecer su madre era ninfomaníaca y su padre también debió tener impulsos sexuales fortísimos. No hay más que verle cómo come y bebe para comprender... se zampa alimentos con una especie de energía de maníaco, como quien corta un árbol, por puro exceso de vitalidad. Es una especie de Gargantúa. Ha heredado excesiva energía, demasiado dinero y demasiado apetito sexual. E imagino que va tras el sexo igual que come... con cierta especie de furia. —¿Cree que mata accidentalmente, en un frenesí sexual? —interpuso Fisher con rapidez. —No. Es posible, pero no es eso lo que pensaba. No se lo he dicho al inspector, pero anoche se fue con una prostituta... después de dar la paliza a los dos negros... —¿Qué pasó? —Dentro de un momento lo contaré. Como decía, yo estaba preocupado. Le veía echando humo, con una especie de violencia reprimida, y pensé que podría... bueno, hacerle un daño serio. Así que le seguí al coche, y ella salió corriendo en la oscuridad, descalza, y diciendo que era un loco. —¿Qué crees que le había hecho? —No puedo sino intentar adivinarlo. En términos absolutos querría consumirla de alguna forma... comérsela, quizá. Tal vez la estuviera mordiendo o haciéndole daño de alguna otra forma... —Tiene que haber sido bastante anormal para asustar a una prostituta —dijo Butler pensativo—. Están acostumbradas a demandas extrañas. —Y la cama de su piso... es enorme, grande como para seis. Me dijo que la utilizaba para orgías. —¿Dormiste en ella?

—Dios, no, claro que no. Dormí en el diván. —¿Es homosexual? —preguntó Fisher. —Creo que sí. Pero un apetito sexual tan inmenso como el suyo no discriminará mucho, seguramente... A lo que iba, ¿comprenden lo que quiero decir? Todo lo hace con exceso... comer, beber, sexo. Así que puedo comprender muy bien que quiera matar y despedazar a alguien en una tremenda explosión de energía animal. Y luego se sentirá un tanto avergonzado por ello, pero no preocupado de verdad. —¿Piensa entonces que no experimenta sensación de culpabilidad? —No diría tanto. Creo que siente culpabilidad por sus padres... sobre todo su madre. Creo que ahí pudo haber algo anormal... Les interrumpió el teléfono. Lo tomó Butler, que dijo: —Al aparato... Sí, aquí está. —Tendió el aparato a Reade—. Es Peterson. La voz del policía sonaba dura y controlada. —¿Señor Reade? Tal vez necesitemos su ayuda. Su amigo Sundheim se ha vuelto completamente loco. —¿Qué? —aulló Reade. —Está disparando con un revólver. ¿Puede usted venir? Dígale a Harley que le traiga, si aún sigue ahí. —Sí, desde luego. ¿A su casa grande? —Sí. Rápido. Ya se ha aglomerado mucha gente. Creo que usted puede hablarle para que recupere el sentido. —En seguida llegaré. —Dejó el aparato—. Sundheim está disparando a la policía. No sé qué habrá pasado. Peterson dice que se ha vuelto loco. ¿Puede llevarme? —¡No faltaba más! Por eso había salido corriendo Peterson... viejo pirata. ¡Sin decirnos ni una palabra! ¡Quería dejarnos en la sombra! Butler ya estaba poniéndose la chaqueta. —Haz lo que puedas para mantenerte al margen del asunto, Damon. Si ha llegado a ese punto te matará como a cualquier otro. ¿Ha dicho Peterson si había herido ya a alguien? —No. Supongo que no lo habrá hecho, o lo habría mencionado. Salieron. Fisher abrió las portezuelas y Reade montó atrás. Por primera vez sintió una verdadera tensión de miedo en el estómago. De pronto todo había sobrepasado a cuanto esperaba y ya no lo entendía. Contradecía cuanto sabía de Sundheim. Cuando el coche entraba en Ladbroke Groeve, Butler dijo: —Me parece que anoche tuviste mucha suerte. —¿Por qué? —¿Por qué? Ese tío está chalado. Podría haberse vuelto así mientras dormías y haberte cortado la cabeza. —No. No comprendes. Yo no corría ningún peligro. Creo que me estima. —Es usted muy valiente o muy... inocente —dijo Fisher. —Iba usted a decir o muy estúpido. Pero no soy ninguna de esas cosas. No había peligro. Para empezar, sabía que no conseguiría nada con matarme. Kit sabía dónde había ido. Y aunque no fuera así, no me habría matado... Se sumió en sus pensamientos, sintiendo que el miedo le volvía las entrañas como agua. —De todos modos no permitas que Peterson te convenza de que metas la cabeza. Ahora es su problema.

—No —repuso. Comprendió de pronto que no se trataba de un problema de su elección. Lo que tenía que suceder sucedería. Por un instante intentó enfrentarse a la posibilidad de su propia muerte, a la idea de que podría estar muerto dentro de una hora. Su sentido común se rebeló ante la idea. Sin embargo, la sensación de peligro persistía. Al llegar a la plaza Edwardes vieron delante un coche lleno de policías. Cincuenta metros más allá veían que la entrada a las casas resultaba inaccesible. Una multitud de unas cien personas se había reunido allá. Al detenerse Fisher, un policía se acercó corriendo. —Eh, no pueden aparcar aquí. Muévanse. Fisher se sulfuró ante el tono del agente. Sin hacerle caso se bajó del auto. —¿No me ha oído? —El inspector en jefe Peterson nos ha mandado llamar —dijo fríamente. —Oh, lo siento, señor. Les espera. ¿Quién es el señor Reade? —Yo. —Por aquí. ¡Abran paso! La multitud abrió paso de mala gana, mirándoles con intensa curiosidad. Varios policías contenían a la gente bien apartada de la entrada. En el conjunto de casas había más policías, aplastados contra las paredes de la derecha. Reade reconoció a Peterson, resguardado detrás del abedul que crecía cerca de la vivienda. Al ver a Reade hizo un gesto de alivio. Corrió hasta quedar resguardado contra el muro del garaje. Reade se reunió con él. Peterson le dijo jadeante: —Me alegro de que haya venido. Bonita situación. Su tono de voz parecía querer decir que todo era culpa de Reade. Éste preguntó: —¿Qué ha pasado? —Ha empezado a disparar, eso es lo que ha pasado. —Pero ¿cuándo? —Eso no importa. Todo lo que importa es que tenemos que sacarle. —Si quiere que le ayude —dijo Reade conteniendo su fastidio—, creo que debe contarme qué pasa. —Muy bien —gruñó—. Dos de mis hombres han venido a preguntarle si le importaría ir a Scotland Yard con ellos. Ha dicho que sí y luego ha intentado darles con la puerta en las narices. Uno de los hombres ha metido el pie y ha insistido en que sería mejor que les acompañara para aclarar un asunto. Entonces su amigo ha gritado: "¿Es una amenaza?", y le ha pegado. Ha habido una pequeña pelea que ha terminado cerrándoles la puerta. Entonces es cuando me han telefoneado. Para cuando he llegado, había atrancado todas las ventanas. He llamado a la puerta pero ha gritado por la ventana que no intentaba salir ni dejarnos entrar... Bueno, hemos discutido un tanto y ha empezado a disparar. —¿A ustedes? —Al principio no. Ha disparado contra el árbol, para mostrar que tenía un arma. Así que he llamado a dos hombres con pistolas y han disparado un par de veces a través de la ventana. Desde entonces no hace más que tirar, cada vez que ve a alguien. —¿No puede hacerle salir con gases lacrimógenos? —¿Cómo? Ha cerrado los postigos. Tiene postigos en todas las ventanas, incluso por la parte de atrás... Parece como si se hubiera preparado para una contingencia así... Mientras hablaba sonó un ruido como de tapón de una botella de champán que se descorcha y saltaron astillas del tronco del árbol. Sonó un gañido, cuando la bala rebotó en la pared de enfrente. —¿Podría usted ponerse detrás del árbol y hablarle para que salga? —preguntó Peterson—. Pero no se exponga.

—Lo intentaré... ¿Qué sugiere que le diga? —Yo le diré que está usted aquí. Peterson volvió a recorrer el espacio a toda prisa; al hacerlo, se oyó un nuevo chasquido y más astillas saltaron del árbol. Aunque el disparo había surgido tarde para herir a Peterson, iba bien apuntado. Peterson se asomó un tanto, cuidando de no mostrar la cara, y gritó: —Escuche, Sundheim, tenemos a alguien que quiere hablarle. ¿Me oye? No hubo respuesta. Reade se sintió como un necio, al notar que esperaban que hablase a gritos, ante un gentío que escuchaba sin respirar. Miró a Peterson, haciendo con la cabeza un gesto interrogativo. Peterson le indicó que corriera a protegerse tras el árbol. Tras un momento de vacilación así lo hizo. En cuanto quedó oculto, otro disparo dispersó astillas y dio en los ladrillos de la entrada. La gente que se había ido acercando, se echó hacia atrás en masa. Un policía gritó: —¡Atrás, por favor! —Bien, es suyo —indicó Peterson—. Aquí no tenemos nosotros nada que hacer. Cuidado con exponerse... Esta vez se lanzó al muro con tal celeridad que los mirones soltaron la carcajada. Reade se sintió totalmente solo y al descubierto. Se inclinó un tanto y gritó: —George... soy Damon. No le contesto y sintió que su mente quedaba como vacía. Al cabo de un instante volvió a gritar: —¿Puedes oírme? De pronto no pudo seguir. No podía mantener un monólogo con Sundheim en presencia de cien espectadores, ni aconsejarle que saliera y se entregara, sin experimentar que lo que hacía era absurdo y melodramático. Miró vagamente a su alrededor, esperando una idea sobre lo que tenía que hacer. En una ventana de la casa de enfrente una anciana se asomaba con cuidado tras la cortina, fuera del alcance de las balas. En otra ventana pudo entrever a un chiquillo que le miraba atónito. Aquello le decidió. Se volvió a mirar a Peterson y a Lund, que ahora se habían reunido, y movió la cabeza como desvalido. Lund le susurró: —Dígale que de nada va a servirle... que tiene que salir. Dígale que deje de hacer disparates. Reade se volvió; su corazón se contrajo de pensar en lo que intentaba hacer, haciéndole recordar de pronto cuando era niño y había decidido zambullirse en la piscina pese a su pánico. Sin pensar, salió de detrás del árbol, quedando totalmente al descubierto. Peterson le lanzó un grito furioso: —¡Vuelva, loco! Permanecía mirando los postigos cerrados, esperando el ruido del tapón que se descorcha, con su carne estremecida. Luego dio un paso hacia la casa. La voz de Sundheim sonó repentinamente a través de un agujero en uno de los postigos: —¡No! —¡Vuelva! —gritó otra vez Peterson. Corrió al cobijo del árbol. Volvió a sonar el taponazo y saltaron nuevas astillas. Reade observó que, ahora que estaba expuesto directamente, la pistola hacía el mismo ruido que cuando se golpea un palo húmedo. Sabía que podría volver a refugiarse tras el árbol, pero ahora le parecía sin sentido. Deliberadamente se encaminó hacia la puerta. Otra vez Sundheim gritó: —¡No! Le llegó el chasquido y sintió el viento de la bala en la mejilla. Parpadeó, pero siguió andando, consciente de repente de que Sundheim no tiraría a darle. Al llegar ante la puerta llamó:

—Déjame entrar, George, por favor. No hubo respuesta. Alzó el llamador en forma de gárgola y golpeó con fuerza. Pegado allí quedaba fuera de la línea de fuego de las ventanas superiores, aunque le podrían haber disparado de las de abajo. Todos los postigos tenían cortes en forma de rombo en el centro. Reade retrocedió unos pasos de la puerta y luego se lanzó contra ella, apoyándose en el hombro. Se oyó un crujido de madera, pero la puerta resistió. En el mismo instante Peterson gritó: —¡Vuelva, maldito loco! ¡Le he dicho que no se exponga! Reade volvió a retroceder y a lanzarse a la puerta. Dentro se oyó otro taponazo, y en el panel de madera, como a treinta centímetros por encima de su cabeza, apareció un agujero. Peterson aulló: —¡Fuego para cubrirle, idiotas! Detrás de él se oyó el rugido de pistolas, ensordecedor tras los taponazos del silenciador. De la pared saltó yeso que le dio en la cara. Disparaban a las ventanas superiores. Reade se volvió y bramó: —¡Paren, malditos imbéciles, paren! Al hablar retrocedió unos cinco pasos y volvió a tirarse contra la puerta con toda su fuerza. Se abrió con un fuerte chasquido, rebotando contra la pared. Sundheim se hallaba en la escalera, a sólo dos pies de distancia, mirándole, apuntándole con el revólver a un pie de su cabeza. Su expresión era dura y decidida, pero Reade observó en sus ojos la misma excitación de la noche anterior, después de la pelea. Sundheim dijo: —Cierra la puerta. Reade se volvió y la cerró de un puntapié. Volvió a abrirse unas pulgadas; la cerradura se había roto. —Pon la cadena. Damon encontró la cadena y la metió en su ranura. Su cuerpo se encogió al hacerlo, esperando las balas que atravesarían la puerta, no las de Sundheim. Miró a su alrededor. —¿Y ahora qué? —Tú me dirás. —Sugiero que hablemos —se encogió de hombros. —¿Mientras se cuelan? —sonrió Sundheim. —Vamos arriba, de donde podemos verles. No dispararán mientras me encuentre aquí. —Deja de jugar —la sonrisa era vulpina—. Ya no confío más en ti. —¿Por qué no? Yo no he traído aquí a la policía. —¿No? ¿Quién, entonces? —Kit Butler... el amigo con quien estoy. Se preocupó cuando no me puse en contacto con él anoche. Mandó a otro amigo para ver si tomaba el tren. Veía, por la expresión de Sundheim, que deseaba creerle. —Vamos a hablar —repitió. —¿De qué? —De esta situación —se encogió de hombros— ...y de cómo salir de ella. Observó la sorpresa en los ojos de George. —¡Salir de ella! ¿Hablas en serio? —Mira, aquí no podemos hablar —le instó—. En cualquier momento se lanzarán a la puerta y empezarán a disparar. Subamos, de prisa.

Empezó a avanzar. Sundheim vaciló un momento, luego dio la vuelta y subió. El reloj de pared soltaba un tictac lento y la casa parecía exactamente igual a cuando Reade la viera por primera vez. Parecía extraño ver a Sundheim con el revólver "Colt" acabado en un abultado silenciador. Fueron a la habitación donde estaba la biblioteca. En el suelo se veían cristales y agujeros de bala en los postigos. La parte inferior estaba alzada. Sundheim miró por allá. —¿Qué pasa? —preguntó Reade. Buscó un asiento y lo colocó junto a la ventana. —Nada. —Ojalá me explicaras cómo te has metido en esta absurda situación. Sundheim le miró y de pronto pareció irritado por su confianza. —Mejor que tú me expliques a mí primero. ¿Cuánto hace que estás conchabado con la policía? —Exactamente una hora, desde que he vuelto de tu piso de Limehouse. Aunque no es totalmente cierto, porque un policía me visitó en Wastwater para consultarme sobre los asesinatos. —¿Consultarte? —Sundheim se volvió atónito a mirarle. —Sí. Como especialista en Blake. ¿Qué demonios te impulsó a escribir aquellas citas en las paredes? Era la pista más clara que podía haber tenido la policía. Los labios de Sundheim se fruncieron; parecía un chiquillo mimado y testarudo. Al fin dijo: —Pues no era una pista tan clara... ¿Así que has estado trabajando con la policía todo el tiempo? —Nada de eso. Vine a Londres por mi cuenta, sin decírselo a nadie. Quería ver si podría encontrarte. —¿Por qué? —No lo sé bien. Sobre todo porque pensaba que un hombre que sabía de memoria a Blake no podría ser tan malo. —¿Cómo me encontraste? —Adivinando. Sabía que en el fondo serías un tipo suicida... como sé que intentabas pegarte un tiro en cuanto la policía avanzara hacia la casa. Sundheim había dejado de preocuparse por la ventana, aunque aún tenía el cañón de su arma metido por el agujero: se había vuelto a mirar a Reade. —Sigue. —Así que indagué en todos los hospitales a lo largo del Támesis, para encontrar a un hombre de tu descripción que hubiera intentado suicidarse ahogándose, hace como dos años. —¿Por qué dos años? —Sabía que habría sucedido antes de que empezaran los crímenes. Los asesinatos me parecían una extraña forma de suicidio... Te seguí la pista en el hospital de Fulham, donde me dieron tu nombre. A partir de allí resultó fácil. No tenía más que relacionarte con el Orville Sundheim que escribía sobre Blake. —¿Así que mi padre no te escribió nunca? —No. De repente Sundheim se volvió a la ventana, como si sospechara una traición. Era evidente que nada sucedía; volvióse de nuevo a Reade. —¿Cómo sabías lo del intento de ahogarme? ¿Y cómo tenías mi descripción...? Les interrumpió la voz de Peterson que gritaba fuera. Sundheim miró. —Sundheim, ¿está bien Reade? Reade se puso en pie y miró por el agujero del otro postigo, para contestar:

—Sí, estoy bien. —Bueno, dígale que es mejor que salga. —Está bien. Tenga paciencia. La cabeza de Peterson apareció a un lado del árbol; inmediatamente Sundheim abrió fuego; volaron trocitos de madera y el policía se retiró. —Ojalá no hicieras eso —corrigió Reade en tono suave—. Ya estás metido en bastantes líos. Ahora es mejor que hablemos de prisa, antes de que se impacienten. Más tarde te explicaré cómo te encontré. Como Sundheim siguiera mirando por la ventana, listo el revólver, Reade dijo con un deje de impaciencia: —¿Quieres hacer el favor de dejar eso? No entrarán en la casa ahora. Así que siéntate un momento para hablar. Cuéntame, ante todo, cómo te has visto en esta situación. ¿Qué diablos te ha hecho decidir el disparar sobre ellos? —Vuestra policía inglesa es un hatajo de bastardos groseros —repuso con resentimiento—. Matones hinchados. —Oh, no sé. Por lo general les encuentro bastante amables. Pero supongo que no estarán en su mejor momento si creen estar hablando con un asesino. ¿Qué ha pasado? —Les he mandado a la mierda. Conozco la ley. No pueden obligarme a ir al cuartelillo. Y si intentan abrirse paso hasta mí usando sus armas, tengo derecho a protegerme. Así que les he dicho que se j...n. Entonces ese bastardo de ahí ha empezado a gritarme amenazas y le he disparado. Sonreía al recordar. —¿Supongo que habrás pensado que yo te había traicionado? Sundheim se encogió de hombros. Reade prosiguió: —Pero aún así, ¿por qué ponerte en una situación tan falsa? No tienen una prueba real en contra de ti, ¿no? —No lo sé —le miró muy sorprendido—. ¿Lo sabes tú? —No. No pueden tener mucho en que apoyarse porque no creo que supieran mucho antes de hoy mismo... aunque al parecer pretenden que tú eras el primero en la lista de sospechosos. Dicen que cuentan con un testigo que te vio en un bar de Hammersmith con un tipo llamado David Miller. Sundheim volvía a observar por el agujero. Dijo secamente: —Eso es imposible. —¿Por qué? —Porque yo no estuve en Hammersmith con David Miller. —¿Y qué hay de ese sitio de la calle Narrow? ¿Hay pruebas allí? —No. —¿Y las gafas de montura de oro detrás de la cama? Sundheim sonrió sin diversión. —Las has encontrado, ¿eh? —¿De quién son? —De mi madre. —¿Y manchas de sangre? —No. —¿Hay alguien que pueda declarar en contra de ti?

—Que yo sepa no. —¿Hay manchas de sangre en el coche? ¿Cómo lo evitaste? Sundheim le contempló con curiosidad. —Bonito caso tendrías en mi contra si llevaras un magnetófono de bolsillo, ¿eh? —Estás volviendo a portarte como un tonto —replicó irritado Reade, encogiéndose de hombros—. Mira, tendrás que entregarte pronto, y cuanto antes mejor. Así que pongamos en claro lo que vas a admitir. Supongo que negarás todos los asesinatos. —¿No lo harías tú? —Claro que sí. Niégalo todo. No pueden tener pruebas reales, a menos que se te haya pasado por alto alguna cosa en tu piso. De todos modos, siempre puedes alegar que padeces locura. Por primera vez Sundheim pareció librarse de la tensión y reserva demostrada desde que Reade entrara. Había algo feo y aterrador en la expresión de pánico que le cruzó el rostro. Dijo: —¿Y pasarme el resto de mis días en Broadmoor? Prefiero morir ahora. Era como si de pronto se hubiera abierto un agujero en el fondo de un bote; había que taponarlo inmediatamente, pero sin pánico. Reade dijo, fingiendo estar irritado: —Mi querido George, eres mucho más tonto de lo que pensaba. ¿Por qué no intentas emplear tu inteligencia en este asunto? Consiguió su efecto. Sundheim se apartó de la ventana, curioso, ya no asustado. —Bueno, sigue. ¿Cómo? —Está claro. Es casi seguro que no cuentan con pruebas en tu contra. Así que, de momento, sólo pueden acusarte de haber ocasionado un escándalo público e intento de ataque con arma mortífera. Ni siquiera te pueden acusar de resistencia a una detención porque no intentaban detenerte. Consigue, simplemente, que un buen médico explique que padeces manía persecutoria y que insista en que podías haber disparado contra cualquiera de esos hombres o contra mí, pero que no tenías intención alguna de hacerlo... y te enviarán a un examen psiquiátrico. Luego haz que te internen voluntariamente en una clínica mental (una de tu propia elección, donde gozarás de relativa libertad), y en año y medio todo se habrá olvidado. Un buen abogado criticará a la policía por utilizar armas de fuego y subrayará que me dejaste salir sin peligro... Hará ver que intentaste asustarme, disparando muy por encima de mi cabeza. Se referirán a aquella historia de tu padre en el Museo Británico y declararán que es algo hereditario. Dentro de un año, poco más o menos, podrás marcharte a tu isla de Brasil. Sundheim tomó una silla y se sentó. Preguntó luego: —¿Y si encuentran alguna prueba que a mí se me haya pasado? —Sólo tú puedes saberlo. Pero a menos que encuentren algo que perteneciera a una de... tus víctimas... estarás a salvo. Tratarán de hallar testigos que te identifiquen. Sólo tendrás que alegar que es una identificación errónea. Ningún jurado te podría condenar. De hecho, ni la misma policía se atrevería a crear un caso en tales circunstancias. Sundheim se había inclinado hacia delante, sosteniendo el revólver entre las rodillas, por el cañón, y meciéndolo suavemente. De repente parecía tan impertérrito como si se tratara del caso de alguna otra persona. Preguntó: —Dime una cosa. ¿Por qué te preocupas por mí, si soy tan estúpido como dices? —Estoy metido en esto y tengo que tomar partido —se encogió de hombros—. Parece como si ya lo hubiera tomado por ti. —¿No te volverás atrás? —Ya deberías conocerme lo bastante bien como para saber la respuesta.

—¿Cómo puedo saber en quién confiar? Hace una hora pensaba que tú eras el responsable de... todo esto. —No te comprendo —le dijo Reade—. Pareces sufrir de una sensación permanente de... falta de realismo. Sundheim asintió con la cabeza. Sus ojos se habían vuelto mortecinos, indiferentes. —Tal vez. Reade observó que el efecto de sus palabras empezaba a desvanecerse; Sundheim estaba volviendo a hundirse en un estado de irrealidad del que sólo la violencia era un escape. Era necesario volver a suscitar su interés, sacarle del vacío que yacía tan cercano a su sentido de lo que tenía significado. Le dijo: —Dime otra cosa más. ¿Crees que todo esto es culpa de tu padre o de tu madre? Era una pregunta sin sentido, pero la única que se le ocurrió en aquel momento. Se sorprendió al ver que Sundheim alzaba la vista, sonriendo. —Siempre había creído que era culpa de mi padre... sobre todo después de... del incidente del Museo. También su padre había sido loco. Solía echarme en la cama, preocupándome por ello, cuando tenía unos catorce años... parecía que no tendría la menor oportunidad. Pero antes de que mi madre muriera, averigüé toda la verdad... me lo contó un mes antes de morir. No era mi padre... —¿Que no era tu padre? Pero... —Mi padre era un peón de una granja que poseían en Connecticut... Abajo se oyó un repentino y violento estrépito. Sundheim se sobresaltó, se alzó de golpe y levantó el arma. Empezó a mover el postigo. Reade exclamó: —Para, idiota. Es lo mejor que podría haber ocurrido. .. Se repitió el estrépito, seguido de ruido de pasos en la escalera. Al ir Sundheim a dirigirse a la puerta, Reade le asió del brazo. Lo sintió tan musculoso y tenso como el cuerpo de la boa constrictor. —Siéntate, maldito imbécil, y dame tu arma. Siéntate en seguida. La urgencia de su voz causó efecto. Sundheim se sentó; cuando Reade le tendió la mano le dio el revólver. Reade lo metió en el bolsillo. Se levantó, diciendo: —Estáte ahí sentado y no te muevas. Intenta parecer contrito. Es tu mejor oportunidad. Se acercó a la puerta. La policía había irrumpido en la otra estancia y un agente se acercaba ya a la puerta. Reade dijo: —Estamos aquí. Pasen. —¿Sigue armado? —indagó Peterson. —No. Tengo el arma aquí. Sundheim permanecía sentado cuando entró el inspector. Reade captó la expresión decepcionada del policía; no la entendió. Dijo: —Me temo que ha sido culpa mía. Estábamos a punto de bajar cuando ustedes han irrumpido. —Queda usted arrestado —notificó Peterson. —¿Acusado de qué? —dijo Sundheim. Su voz sonaba notablemente controlada. Reade pensó: "Irrealidad; para él esto resulta un juego". —De disparar un arma de fuego con intención de herir gravemente. —¿Y he herido gravemente? —siguió con gran dominio. —Ya sabe usted que no —saltó Peterson. —Claro que lo sé. Porque no tenía esa intención.

—Aquí está el revólver —dijo Reade. —¿Tiene usted licencia de armas? —preguntó el inspector. Sundheim se puso en pie, contestando a la pregunta como si fuera una charla de lo más normal. —Claro que tengo. Practico el tiro al blanco. —Gracias por su ayuda —dijo Peterson en tono tenso, volviéndose a Reade. —De nada. Reconocía la sospecha e ira de los ojos del detective y sabía que estaban justificadas. Peterson dijo a Sundheim: —Puede que más tarde le acusemos de otras cosas. —Ah, ¿de veras? —la frialdad de Sundheim era casi excesiva—. ¿Se refiere a los asesinatos? Peterson se volvió a Lund y soltó: —Sargento, observará usted que hasta el momento yo no he mencionado la palabra asesinato. —Oh, no, pero él sí —replicó Sundheim—. Me ha contado lo de este extraño malentendido. Así que, naturalmente, le he dicho que le llamara a usted... —¿Por qué ha abierto fuego sobre nosotros? Sundheim repuso con dulzura: —Creo que preferiría contárselo a mi abogado, si no le importa. Comprenda, no conozco muy bien las leyes inglesas. —Las comprenderá antes de que hayamos acabado —replicó Peterson muy irritado—. Venga, Vamonos. —Adiós, Damon —dijo Sundheim—. Gracias por todo. —Adiós, George. No quiso encontrarse con los ojos de Sundheim. La situación le violentaba. Sundheim salió entre dos policías, Peterson detrás, llevando todavía el revólver en la mano. Reade no tuvo dificultad en leer sus pensamiento y simpatizó con él. —Bien, señor, ha hecho usted un buen trabajo —le felicitó Lund. —No ha sido difícil —se encogió de hombros—. Con él todo es como una representación teatral. —¿Quiere decirme que no intentaba matar a nadie? —preguntó atónito. —No creo. Ya ha visto cómo ha disparado muy por encima de mí. —Eso ha sido realmente un golpe de suerte. Significa que podremos retenerle hasta haber conseguido pruebas sobre los asesinatos. —¿Tienen alguna hasta el presente? Lund le miró como calculando. —No sabría decirle. Sólo llevo aquí unas horas, y espero regresar hoy mismo. —¿Hoy? —Así lo espero. En cuanto duerma un poco. Estoy bastante destrozado en este momento. —¿Tiene algún sitio donde estar? —Aún no. Supongo que el inspector Peterson me encontrará algo. —No es necesario. Puede utilizar mi cuarto. ¿Puede llevarme? —Bueno... supongo que sí.

Se oyeron pasos en la escalera. Era Butler, acompañado de Harley Fisher. —¡Dios, Damon, me tenías muerto de miedo! ¿Todo ha ido bien? —Oh, sí. Creo que todo era puro teatro. —¿Ha mencionado los crímenes? —preguntó Fisher. Reade denegó con la cabeza, consciente de que Lund le miraba. —Yo los he mencionado. Ha negado saber nada de ellos. —Eso dice él, ¿no? —exclamó Lund indignado—. ¿Por qué disparaba, entonces? —Es un paranoico. Tiene una personalidad anormalmente desconfiada y agresiva. Su padre murió en un manicomio... Lund le miró como sin comprenderle. —¿No irá a decirme que cree que sea inocente? —No. Creo que es culpable. —Hum. Gracias al cielo por ello. Creí que se había usted puesto de su parte. —No tiene importancia de parte de quién esté. Ahora compete a la policía el demostrar su culpabilidad. Yo me retiro por completo. No quiere verme mezclado más. Quiero que todo el crédito vaya a la policía. —Bien —sonrió Lund—, no creo que el inspector tenga nada que objetar a eso. Bueno, es mejor que me vaya a presentar mi informe. Acepto su oferta de una cama, si no le importa. —Desde luego, con mucho gusto. Ya sabe la dirección. Le esperamos dentro de una hora... En cuanto Lund salió, Fisher dijo: —Vamos a ver, ¿qué pasa aquí? —No mucho. He aconsejado a Sundheim que no admita nada y deje que la policía demuestre los crímenes. Es cuanto podía hacer. —Pero ¿por qué? —preguntó Butler—. ¿Quieres que escape? —No puede escapar. Si no pueden acusarle de los asesinatos, pueden hacerle internar por intento de asesinato. Le he sugerido que podría hacer que le internaran, voluntariamente, en una clínica mental, si contaba con un buen abogado. Pero, en ese caso, la policía querría ciertas garantías de que permanecería allí. No puede escapar. —Pero ¿ha llegado a admitir los crímenes? —inquirió Fisher. —No. No los ha admitido porque no confiaba en mí del todo. —No me gusta esto, Damon —dijo Kit—. Tiene dinero. Con un poco de suerte saldrá totalmente libre. Y habrá más asesinatos... —No. Creo que puedo decirte exactamente lo que le ocurrirá. Creo que la policía no podrá acusarle de los crímenes. No encontrarán pruebas. Nada en absoluto que le relacione con las víctimas. Irá a un manicomio. Y, a menos que encuentre un buen psiquiatra, que llegue a la raíz de sus problemas, morirá antes de dos años. —¿Cómo? —Se suicidará. Hoy quería suicidarse aquí... lo he adivinado nada más llegar. —¿Está seguro? Por lo poco que he podido verle ahora, no me ha parecido de los que se suicidan. Demasiado altanero y confiado en sí mismo. Como si estuviera divirtiéndose mucho con tanta atención —comentó Fisher. —Lo sé. Pero en cuanto eso cesa, se siente vacío de sentido. A mí me parece un hombre con un resorte principal que ha saltado. Suena cuando se le sacude, pero de otro modo se para. Esa es la respuesta a tanta violencia. Surge del miedo... el extraño miedo que sentimos todos cuando de pronto toda la vida parece vacía por completo. Él no conoce sino un modo de huir de ello... a través de la violencia, yendo al extremo. Si no se suicida o acaba en una

camisa de fuerza, comerá y beberá hasta convertirse en un inmenso globo. No sabe hacer nada a medias. —La respuesta puede estar en una operación de leucotomía frontal —meditó Fisher—, es decir, si tiene usted razón al decir cual es la causa de su violencia. Si lo que dice es correcto, padece cierta forma de epilepsia... una especie de convulsión debida a un exceso de pura energía física. —¡Exactamente! ¡No podría usted haberlo expuesto con más claridad! —Lo que necesita es que le castren —sonrió Butler. —Bueno, la leucotomía es una especie de castración. Corta uno de los conductos principales de energía. —¿Qué cree que le habrá causado todo eso? —Herencia —dijo Fisher—. Si su padre murió en un manicomio... —Por desgracia, esa teoría no nos sirve. Acaba de contarme que su verdadero padre era un peón de su granja. Su madre era ninfomaníaca. Pero el creía que era hijo de su padre... y de su abuelo. Creía estar destinado a la locura y la muerte. Y ahora no puede obligarse a dejar de creerlo. Fuera brillaba el sol. Sólo dos o tres personas quedaban a la entrada de las casas. Un policía permanecía en la puerta. Un panel aparecía destrozado. —¿Quién reparará la puerta? —preguntó Reade. —Supongo que ya cuidarán de ello, señor —repuso el policía. —¡Dios, se me olvidaba! —exclamó Damon—. ¡La serpiente! —¿Qué pasa con ella? —Tengo que llevármela. No la puedo dejar aquí. El policía dijo: —Me temo que no puedo permitirle sacar nada de la casa, señor. —Pero he de hacerlo. No se puede dejar a una serpiente viva sola en la casa. La S.P.A. protestará. Podría morirse. —Pero ¿qué vas a hacer con ella? —preguntó Butler. —Llevármela a casa. Lund me llevará en su coche esta noche. Pondremos la jaula en el portamaletas. ¿Me ayudáis a bajarla? Pediremos un taxi. El policía no presentó objeción alguna cuando los vio entrar en la casa. La cocina estaba a oscuras, la ventana cubierta con otro postigo. Reade lo abrió, dejando que el sol inundara el cuarto. Fisher se inclinó sobre la caja de cristal. La serpiente había perdido sus brillantes colores de verde y marrón; la piel aparecía apagada y en algunos sitios caía en escamas. Los ojos estaban totalmente velados por una coloración lechosa. Fisher y Butler la contemplaban fascinados. Sólo los lentos movimientos de la respiración del reptil indicaban que vivía. —Tiene muy mala pinta, ¿verdad? —comentó Fisher. Espero que no se escape en el coche. Qué horrible idea... una boa constrictor suelta en un automóvil. Reade abrió la parte delantera de la jaula y quitó el cacharro de agua. La serpiente retrocedió ante la mano, rozándola, pero no se movió más. —Veis... es inofensiva. ¿Recordáis que Lautreamont dijo: "Hasta los piojos son incapaces de la maldad que nuestra imaginación les atribuye"? —No parece inofensiva —dijo Butler—. ¿Por qué tiene la piel tan estropeada? Reade vació el agua en la fregadera.

—Porque está a punto de mudar. La piel nueva está debajo. Dentro de pocos días se quitará la piel vieja como se quita un guante. —Afortunada serpiente —musitó Fisher—. Ojalá yo pudiera. FIN