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Lunes I de Cuaresma Obras son amores y no buenas razones Lecturas: Lev 19, 1-2.

11-18; Sal 18; Mt 25, 31-46 “Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”, Jesús dirá: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. De nuevo la Palabra de Dios nos recuerda que la medida de la vida del hombre es Dios y no nosotros, con nuestras mezquindades y miserias, pues el hombre fue creado para el paraíso, para ser santo, para compartir la grandeza y la santidad de Dios, y no para vivir en la mediocridad del pecado. La Cuaresma nos recuerda que no podemos conformanos con lo que somos, hemos de llegar a ser lo máximo que un hombre puede ser: un santo, pues la santidad es la humanidad en plenitud, eso sí, por participación en la de Dios y por su gracia. La importancia de esto es tal que Jesús hará residir el criterio sobre la validez de nuestra vida precisamente en lo que nos hayamos esforzado en ser santos, en realizar determinadas acciones y obras que nos alejen de la imagen deformada del hombre pecador. La tradición católica en seguida identificó y resumió el pecado en siete “pecados capitales” (en latín) o “pensamientos malos” (en griego) “llamados así porque generan otros pecados, otros vicios” (CEC 1866), como una concreción del dragón de siete cabezas del Apocalipsis, que es derrotado en el combate final. Contra ese dragón hay que luchar en esta vida, y para ello recibimos el mismo número de armas que de cabezas (capites) que éste tiene: “Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.” Como no podía ser de otra manera, las armas de esta lucha son tanto corporales como espirituales, pues el hombre no es sólo cuerpo o sólo espíritu, sino una totalidad armónica, y por eso el destino final es, como dice el Credo y esta Palabra, “la resurrección de la carne”. De este modo se engloba a todo el hombre, pues es al hombre en su totalidad al que quiere salvar Cristo: espíritu, alma y cuerpo. Si mi espíritu está en paz pero mis obras no le acompañan recibiré el reproche del Señor, pues el Señor quiere obras, amores, y no meras razones o intenciones. Es el mismo Cristo quien define y determina cuales van a ser nuestras armas en esta lucha. La principal es el Espíritu Santo, Espíritu defensor. Pero teniendo en cuenta sus palabras en esta narración del Juicio Final, la tradición las ha ordenado con el nombre de “obras de misericordia”, que no está mal recordar en su formulación tradicional: Corporales: “Visitar y cuidar a los enfermos. Dar de comer al hambriento. Dar de beber al sediento. Dar posada al peregrino. Vestir al desnudo. Redimir al cautivo. Enterrar a los muertos.” Y las espirituales: “Enseñar al que no sabe. Dar buen consejo al que lo necesita. Corregir al que yerra. Perdonar las injurias. Consolar al triste. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Rogar a Dios por los vivos y difuntos.” San Juan de la cruz resumió este último discurso de Cristo, diciendo: “A la tarde te examinarán del amor”. Las obras de misericordia son ese examen que todo cristiano debe aprobar, “acertando” en todas las preguntas, no sólo algunas, porque será la señal de que hemos cortado las cabezas del dragón devorador y formamos parte del “Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. Los que suspendan, dice el Señor con solemnidad, irán “al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”, pues no estaba previsto para nosotros, pero si hemos sucumbido al Reino del mal, a la presencia habitual del pecado en nuestra vida, en él permaneceremos, endurecidos, para siempre.