Los caminos que llevan al despegue Diego Arguedas Ortiz El 25 de noviembre pasado, la Universidad de Costa Rica publicó los

resultados de la prueba de admisión para el curso lectivo 2012. En dos secundarias de Concepción, separadas por apenas tres kilómetros pero con realidades dramáticamente diferentes, poco menos de un centenar de jóvenes esperaba el reporte que decidiría sus próximos años. En el Liceo Nuevo de San Diego emerge victoriosa y cruel la teoría del sobreviviente. A inicios de 2007, 180 chiquillos se matricularon en sétimo; cuando llegaron al último año del colegio apenas quedaban 39. De esos, casi todos superaron el curso lectivo, pero solo 12 aprobaron los examenes de bachillerato del Ministerio de Educación y únicamente 7 resultaron elegibles tras la prueba de admisión de la Universidad de Costa Rica. Por cada uno de los que lograron mantenerse a flote, 24 de sus compañeros de 2007 han quedado en el camino. Daneska Loaiziga Matamoros es una de esas selectas. Se enteró el lunes 28 de noviembre, minutos después de que el orientador del Liceo abriera el sobre enviado por la Universidad. Cuando ella regresó a su casa con la noticia, su mamá no soltó el teléfono en diez minutos mientras le avisaba a sus familiares. La joven no encontró cómo hacerle entender que una nota de 456,62 sobre 800 prometía realmente poco, pero decidió dejarla ser. Tres días antes, el grueso de los estudiantes del Colegio Angloamericano accedió desde sus casas al sitio web de la UCR, que había prometido poner los resultados en línea el 25 de noviembre. Así, Daniel Johanning Cordero descubrió que él había obtenido el decimosétimo mejor promedio del país y que, junto al de cuatro de sus compañeros, su nombre saldría publicado cuando la Universidad hiciera el reconocimiento a los primeros cien promedios. De los 67 estudiantes de quinto año del Angloamericano, ninguno perdió el examen de bachillerato y solamente uno no resultó elegible tras la prueba de admisión, pero es improbable que no pueda acceder al educación superior. Ubicados a menos de tres kilómetros de distancia, encallados al borde de las verdes montañas del cantón de La Unión, el Liceo Nuevo de San Diego y el Colegio Angloamericano retratan la distancia más allá de la geografía. Así como Daneska y Daniel, miles de colegiales viven en carne propia cada año las inequidades entre la educación pública y la privada. La preparación. Es tradición que los estudiantes de quinto año del Angloamericano se inscriban en un curso preparatorio para el examen. Las opciones

tradicionales son la Academia AMP, el instituto CEMED y los programas que el actor Marco Martín imparte en la sala de su casa. Estos trámites preparativs tienen un costo promedio de ¢50.000, que si se ponen en perspectiva para los alumnos del Angloamericano, es una inversión inmejorable. Por una cuarta parte de su mensualidad en el colegio, se aseguran una preparación impecable para poder acceder a la educación pública superior. Los estudiantes del Liceo Nuevo, la mayoría beneficiarios de los programas del Instituto Mixto de Ayuda Social, ni siquiera contemplan la posibilidad del curso. Sin embargo, por primera vez en la historia del Liceo, este año recibieron donaciones externas y 20 de ellos recibieron una beca para recibir el programa del CEMED. Las ayudas económicas se enmarcaron en un plan llamado “Tan Cerca” que el departamento de Psicopedagogía del Angloamericano está impulsando para compartir buenas prácticas educativas entre ambas instituciones. Así, los muchachos de San Diego asistieron a las charlas vocacionales que anualmente prepara el colegio privado (aunque entre risas y un poco de resentimiento reclamaron que parte del conversatorio de arquitectura fuese en inglés), utilizarán de prestado el enorme gimnasio para su graduación y recibieron la misma preparación que el grueso de los alumnos del Angloamericano. “Sin ese curso que nos dieron, aquí nadie pasa el examen. Aquí a nosotros no nos dan preparación, lo único es información”, explica Rafael Chaverri Tobar, el mejor promedio de San Diego. Chaverri parece demasiado ansioso con la oportunidad, inquieto mientras va desdoblando sus planes: quiere estudiar informática y administración de empresas, de ser posible ambas en la UCR. Después montarse un negocio, pero “una empresa donde el producto no se venza. Si usted pone una verdulería, carnicería o panadería y a la semana tiene que botar todo”, con una razonamiento tremendo para sus 17 años. El joven encabezó el listado de los siete sobrevivientes, a pesar de tener una de las notas de presentación más bajas; pero se le nota en sus escasas carnes que se quiere apropiar de su futuro. Dijo que ya había hecho la matemática de la escuela de pilotos y la había descartado (“Son como 15 millones para poder cumplir con las horas de vuelo que piden”) y es el único que hizo el examen de la UCR, el Instituto Tecnológico y de la Universidad Nacional. Aun con el curso, la lista es muy corta. Siete nombres. Si se toma la misma cantidad en el Angloamericano, el sétimo estudiante corta en 735.72., casi doscientos puntos arriba de Chaverri. Los demás 32 del Liceo Nuevo que no lograron entrar a las universidades estatales, tendrán que buscar cómo ocuparse para aportarle a la familia. Ana Montero tiene clara que su única senda pasa por las universidades públicas e, incluso si fuese aceptada, su padre le dijo que sin una beca él no podría pagarle sus estudios. Es una tradición familiar:

de sus primos mayores, solamente una llegó a una institución de enseñanza superior. “Eso de estudiar no corre en mi familia”, explica la muchacha. “Ese es un gran problema, la mentalidad que hay en cada casa, que también es producto de las mismas necesidades de las familias. Los papás creen muchas veces que el ciclo termina con el bachillerato y mandan al chico a trabajar”, explica Glaeson Joseph, el orientador de quintos años. Además, dice, está la droga. Después Raquel Garro lo confirma con naturalidad, como anunciando que en San Diego hay taxistas piratas o graffiteros. Ya a ella dejó de sorprenderla el olor a marihuana en media acera a las once de la mañana o las compras repentinas y sospechosas de sus vecinos, y recuerda varios compañeros que han quedado de camino. Finalmente, está el mismo colegio. Mientras que el Angloamericano se jacta de su grupo de Matemática Elemental para Universidad y Cálculo I, los muchachos de San Diego tuvieron que recurrir a una profesora de otro año para rescatar la materia ante la inminencia de las pruebas del MEP. Durante varias semanas llegaron sábado y domingo al colegio a desenredar el nudo que tenían entre funciones, logaritmos y trigonometría. Mientras ellos intentan arrebatarle al mundo su destino para conducir el carro de sus vidas, deben arrastrar decenas de anclas que se proponen dejarlos estáticos. Las opciones. El principal dilema para los estudiantes de Angloamericano, al menos antes del 4 de enero cuando deben entregar sus formularios de ingreso a la Universidad, es cuál carrera quieres estudiar. Marisel Corrales, con 675, eligió matricularse con comodidad en Ingeniería Industrial y aunque muchos no puedan entrar en la Universidad de Costa Rica, siempre está la opción de una institución privada. De todas maneras, comparada con el colegio, la matrícula es incluso más barata. Los alumnos del Liceo Nuevo generalmente tienen clara su aspiración vocacional. Daneska quiere ser médica o administradora de empresas, Henry Espinoza apunta por la Ingeniería Industrial, Ana también se suma a la Dirección de Negocios, mientras que Raquel prefiere la Educación Preescolar. El problema es que de los siete elegibles, solo Rafael y otra compañera superan los 500 puntos; ingresar en primer intento parece improbable. ¿Y una privada? “No me lo podría pagar, del todo no. Si no entro a la UCR, voy a buscar trabajo. Yo no tengo más opciones que la U”, rumia con amargura Ana. Incluso, ella tiene más puertas abiertas que muchos de sus compañeros, que probablemente terminarán en las fábricas de los alrededores o atendiendo clientes en Terramall. Glaeson lo suelta sin

anestesia, porque es real: quienes no logren tomar todas las metas volantes (bachillerato, MEP, prueba de admisión) terminarán de engranaje elemental en el sistema. Mientras, los del colegio privado habrán sacado su carrera y serán los clientes previsibles de estos vendedores sin nombre. Por ahora, Rafael, Henry y Raquel aplicaron a una beca de un año que les ofreció la Universidad Juan Pablo II para obtener un título de técnico en software o telecomunicaciones. Después verán adónde logran acomodarse. Rafael encuentra este primer paso un excelente comienzo para su plan de vida, el escalón lógico para entrar después a Informática e incluso fantasea con una maestría. Pero no todos se dan el lujo de planificar con tanta calma. “Yo en cinco o diez años me veo trabajando, como administradora de empresas. Adónde no me importa, pero que sea una compañía grande y me pague bien”, sentencia Ana, moviendo su mano blanquísima entre sus colochos. Mientras tanto, Tatiana Ugalde, estudiante ejemplar del Angloamericano, prepara un minucioso plan para sobrevivir los próximos diez años de medicina. Ella, como todos los estudiantes de ese colegio, tienen el espaldarazo económico de sus padres durante el tiempo que se tomen para estudiar: nunca les faltará techo, comida, ropa y cuadernos. Desde su casa sobre la calle vieja hacia Tres Ríos puede tomarse el tiempo de completar su vida universitaria despacio y con buena letra. Al otro lado de la Interamericana, apretados contra las faldas de los cerros de la Carpintera, los recién egresados del Liceo Nuevo de Barrio Nuevo no pueden permitirse tanta paciencia. Los siete estudiantes elegibles para ingresar a la Universidad de Costa Rica tienen un margen de maniobra minúsculo. Del cupo en la Universidad y lograr soportar los cuatro años que tarda cualquier bachillerato pende su futuro. Estos meses, antes de que reciban la carta informándoles si lograron la admisión, serán cruciales para despegar. Si no, correrán la suerte de sus 173 compañeros del 2007, ahora demasiado anónimos con sus trajes de cuello azul.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful