-1

-

Prolegómenos de la guerra civil 1934 Primer asesinato de un falangista- 11 de enero—, por las milicias socialistas. 90 muertos y 163 heridos en los disturbios de diciembre y enero. 9 de febrero: asesinato de un segundo falangista, el estudiante Matías Montero. Estado desastroso del orden público y ocupación de fincas en Andalucía. Huelga general de Artes Gráficas y de la Construcción. Huelga general de Madrid, el 22-4. Huelga general en Zaragoza. Huelga de campesinos, que durará diez días. Negociaciones sobre sindicalismo, entre José Antonio Primo de Rivera, jefe de la Falange, y Ángel Pestaña, dirigente del partido sindicalista (junio). Comienza el ambiente de guerra civil. Desfile por Madrid de 40.000 milicianos socialistas uniformados, el 14 de septiembre. 6 de octubre: revolución socialista y comunista contra la República. Huelga general revolucionaria en toda España, y acción separatista en Barcelona, dominada por el Ejército. Fuerzas de África dominan la sublevación socialista en Asturias. Los mineros se apoderan de 20.000 fusiles del Ejército. Asalto y saqueo del Banco de España en Oviedo. 1.372 muertos, 3.000 heridos, 750 edificios destruidos, 58 iglesias y 22 fábricas. Sólo dos penas de muerte. Creación del sindicalismo falangista o C. N. S. 1935 Febrero: Nueva huelga minera en Asturias. Marzo : acusación contra los dirigentes republicanos culpables de la revolución de octubre de 1934. Indulto de los principales dirigentes. Nuevo Gobierno, del que son eliminados los católicos. Fracasa el intento de una República moderada, y los socialistas se niegan a toda colaboración con la democracia-cristiana. Junio: reunión de la Junta Política de la Falange, en Gredos. Se extiende el nuevo sindicalismo falangista, y se crean filiales de la C. N. S., «Central Nacional Sindicalista». VII Congreso de la Internacional Comunista, y acuerdo de creación de los «Frentes Populares». Dimitroff, encargado de la Secretaría de la Internacional para España. «Straperlo» y corrupción de los partidos «republicanos históricos». 10 de diciembre: Gobierno de Pórtela y preparación de nuevas elecciones. Suspensión del Parlamento. 1936 Largo Caballero proclama los ideales del «socialismo revolucionario». 15 de enero: programa del Frente Popular español. Alianza del sindicalismo socialista (U. G. T.), con el anarquista de la C. N. T. y el comunismo. 16 de febrero: elecciones generales, con 3.912.000 votos para la izquierda, 4.187.571 para la derecha y 466.334 para el centro. Gobierno del Frente Popular y rápida adulteración del sufragio: 265 diputados de la izquierda, 133 de la derecha, 54 del centro y 21 vacantes. Huelgas, incendios y desórdenes en todo el país. Desde el 16 de febrero al 2 de abril—sólo catorce días—, 11 huelgas, 100 asaltos e incendios de iglesias y domicilios, 345 heridos, 74 muertos. Destitución del presidente de la República. El partido socialista se proclama partidario de la dictadura del proletariado. El «Komintern» acelera la preparación de la guerra civil. Detención de los directivos de la Falange. Incendio de iglesias en Madrid, el 3 de mayo. Gobierno de Casares Ouiroga, y agitación social y revolucionaria en todo la nación. En cuatro meses, 1.277 heridos, 269 muertos, 341 huelgas, 160 templos destruidos. 13 de julio: asesinato de Calvo Sotelo, jefe de la oposición monárquica en el Parlamento. 18 de julio: Movimiento Nacional español.

CAMBIOS, REVUELTAS Y MOTINES «En poco más de un siglo, desde la muerte de Fernando VII a julio de 1936—describió el señor Carrero Blanco—, se produjeron en España: 11 Cambios de régimen. 3 Destronamientos de reyes. 4 Atentados contra monarcas. 2 Destierros de regentes. 2 Repúblicas (la primera de once meses, con cuatro presidentes). 2 Dictaduras. 8 Constituciones. 109 Gobiernos (uno cada once meses). 4 Presidentes del Consejo de ministros, asesinados. Más de veinticinco revoluciones serias, aparte de un sinfín de revueltas, incendios, represalias sociales a tiro limpio, incendios de iglesias y crueles persecuciones, y en los últimos años un terrorismo casi permanente, que culminó con el asesinato de Calvo Sotelo.» Dijo luego que el Gobierno de Primo de Rivera constituyó un paréntesis en esta situación, si bien con el advenimiento de la República los graves trastornos políticos y el prurito de adoptar una política diametralmente opuesta a la seguida por el general Primo de Rivera se tradujo en una paralización radical de las obras públicas e hicieron imposible llevar a la práctica una política económica de largo alcance.
-2-

(LUIS CARRERO BLANCO : Del discurso pronunciado ante el Pleno de las Cortes Españolas el 27 de diciembre de 1963.)

SUCESOS DURANTE EL GOBIERNO DEL FRENTE POPULAR Desde el 16 de febrero hasta el 15 de junio de 1936, fueron cometidos los siguientes desmanes: 160 251 269 1.287 215 138 23 69 312 113 228 10 33 146 78 Iglesias totalmente destruidas. Asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos e intentos de asalto. Muertos. Heridos de diferente gravedad. Agresiones personales frustradas o cuyas consecuencias no constan. Atracos consumados. Tentativas de atraco. Centros particulares y políticos destruidos. Centros particulares y políticos asaltados. Huelgas generales. Huelgas parciales. Periódicos totalmente destruidos. Asaltos a periódicos, intentos de asalto y destrozos. Bombas y petardos explotados. Bombas recogidas sin explotar.

En el período de Gobierno del señor Casares Qüiroga, desde el 13 de mayo al 15 de junio de 1936, se registró el siguiente balance: 36 34 65 230 24 9 46 79 92 7 47 1936) Iglesias totalmente destruidas. Asaltos de iglesias, incendios sofocados, destrozos e intento de asaltos. Muertos. Heridos de diferente gravedad. Atracos consumados. Centros políticos, públicos y particulares destruidos. Asaltos, invasiones e incautaciones. Huelgas generales. Huelgas parciales. Clausuras ilegales. Bombas halladas y explotadas.

(Del discurso pronunciado por don José María Gil Robles, en la sesión de Cortes del II de junio de

-3-

POR EL CAMINO DE LA CRÍTICA Hemos querido completar este esquema con textos del Jefe del Estado, general don Francisco Franco Bahamonde, que ratifica todo lo anterior con un exactísimo rigor histórico. La hazaña de Franco al encabezar primero el Alzamiento y después un Movimiento de integración nacional está muy lejos de todos los pronunciamientos decimonónicos—a veces, eso sí, tan enérgicos, resueltos y patrióticos—, que no eran sino intentos sin popularidad ni base doctrinal de detener la bancarrota. Está muy lejos también de los delirios nacionalistas y de todas las manifestaciones del totalitarismo de entreguerras. El gesto y la conducta de Franco se basan en una crítica precisamente de toda la decadencia española y de todos los fracasos de la democracia liberal en España, tras de haber vivido personalmente muchos de ellos, tras de haber meditado en los texto más preocupados y solventes de los hombres del pensamiento tradicional y de los pensadores heridos en el tuétano del alma por la derrota noventayochista; tras de haber recogido también el espíritu, la terminología y la crítica misma del Movimiento nacionalsindicalista de José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo y de todos aquellos hombres que en los días de la República, como Maeztu, Pradera y Calvo Sotelo, proclamaban la necesidad de salvar las esencias nacionales puestas en trance de disolución. Las «Rectificaciones a la República» de uno de los padres de ella, Ortega y Gasset, habían dejado al descubierto la impotencia de los últimos cabos del liberalismo para sustentar un Estado y una posibilidad de realizar bajo sus banderas aun proyecto de vida en común». Ya no quedaba otro dilema que el de revolución comunista o revolución nacional Franco acaudilló esta última, y desde ella solamente es de donde hay que partir hacia la cimentación de unas bases estables, firmes y convincentes de una democracia donde estén garantizadas la unidad nacional, el desarrollo económico, social y político del país.

-4-

EL SISTEMA LIBERAL PARLAMENTARIO DESDE LAS CORTES DE CÁDIZ La vida de la nación española ha sido tan intensa y pródiga en acontecimientos que vale la pena el que, aunque sea ligeramente, recordemos los frutos que recogió España bajo el sistema liberal parlamentario de partidos políticos desde las Cortes de Cádiz, que elaboraron aquella Constitución inspirada en las ideas de la Revolución francesa hasta el advenimiento de Movimiento Nacional. En el primer período, que va de las Cortes de Cádiz, en septiembre del año 1810, a la vuelta de Fernando VII, en marzo de 1814, España pasa por una guerra de la Independencia y tres regencias, y durante él se promulga nuestra primera Constitución. Del regreso de Fernando VII a su muerte, marzo de 1814 a septiembre de 1833, algo más de diecinueve años, vivimos en constante lucha de absolutistas y liberales; seis años de absolutismo con una represión antiliberal, tres de liberalismo con una brutal persecución de absolutistas, diez de absolutismo moderado hasta la reina gobernadora, pleno de rebeliones y de continuos alzamientos; una guerra civil que termina con una intervención armada del extranjero y se pierden la casi totalidad de nuestras posesiones en el mundo y se acharon los cimientos de la guerra carlista. En la siguiente etapa, de la muerte de Fernando VII al destronamiento de Isabel II (septiembre de 1833 a septiembre de 1868), la vida española no puede ser más agitada. En treinta y cinco años cuarenta y un Gobiernos, dos guerras civiles (la primera de seis años), dos regencias y una reina destronada, tres nuevas Constituciones, quince sublevaciones militares, innumerables disturbios, repetidas matanzas de frailes, saqueos, represalias, persecuciones, un atentado contra la reina y dos levantamientos en Cuba. ¡Un verdadero paraíso! Del destronamiento de Isabel II a don Alfonso XIII, algo menos de treinta y cuatro años, veintisiete Gobiernos, un rey extranjero que dura dos años, una República que en once meses tiene cuatro presidentes, una guerra civil de siete años (última guerra carlista), diversas revoluciones de carácter republicano, sublevaciones y cantonales, una guerra exterior con los Estados Unidos y la pérdida de los últimos restos de nuestro imperio colonial, dos presidentes del Gobierno asesinados y dos nuevas Constituciones. De la coronación de Alfonso XIII al 14 de abril de 1931, período en que España, arruinada y desarmada, arrastra una vida más tranquila, en los primeros veintiocho años, veintinueve Gobiernos, dos presidentes asesinados, tres atentados contra el rey, varios movimientos revolucionarios, un descalabro militar y proclamación de la Dictadura. Esta dura siete años, único paréntesis, con término de la guerra de Marruecos, de paz, de orden y de progreso. En el año que le sucede, dos Gobiernos que terminan en el destronamiento del Rey y el hundimiento de nuestra Monarquía secular.

La República, compendio de todas las alteraciones y revueltas La República, que va de abril de 1931 a julio de 1936, comprendía todas las alteraciones, revoluciones y anarquía de todas las épocas anteriores. En poco más de cinco años hubo dos presidentes, doce Gobiernos, una Constitución constantemente suspendida, repetidos incendios de conventos, iglesias y persecuciones religiosas; siete intensos movimientos de perturbación del orden público, una revolución comunista, el intento de separación de dos regiones y el asesinato, por orden del Gobierno, del jefe de la oposición. El balance no puede ser más desdichado. Si para otros puede constituir el régimen democrático, inorgánico y de partidos una felicidad, o al menos un sistema llevadero, ya se ve lo que para España constituyó y lo que ha representado a través de la Historia lo que hoy sin derecho y con torpeza se le ofrece. (FRANCISCO FRANCO: Discurso pronunciado en las Cortes Españolas el 4 de mayo de 1946.)

-5-

INESTABILIDAD POLÍTICA Y DECADENCIA HISTÓRICA DE ESPAÑA ANTOLOGÍA DE TEXTOS DE FRANCISCO FRANCO INESTABILIDAD POLÍTICA ESPAÑOLA DE 1900 A 1931 El conocía bien lo que todo esto significó en el destino histórico de España, que se acusa a través de toda la historia política del siglo XIX, que nos ofrece: la España chata y chabacana de espíritu decadente, incapaz de continuar siendo cabeza de un imperio ni sostener sobre sus hombros el peso de su gloria. Cuando los pueblos quieren hacer algo serio y proyectarse al exterior, necesitan unir sus espaldas, levantar la vista de las miserias internas, buscar dilatados horizontes sin nautralizarse en divisiones y luchas intestinas que acaban destruyendo mutuamente a sus hombres y haciendo naufragar los mejores propósitos. Si abandonando la historia pasada queremos extraer las lecciones de la era contemporánea en que Calvo Sotelo vivió, los hechos nos abruman. Unos solos datos formales nos darán una clara idea de la incapacidad de aquel régimen para que por él pudiera regirse nuestro pueblo: ¿Sabéis cuántas crisis políticas hubo bajo la monarquía liberal, constitucional y parlamentaria en los años que van de 1900 a 1923? Cincuenta y tres, que representó una media de dos o tres Gobiernos por año. ¿Qué acción cabe con esa discontinuidad? Mas si nos trasladamos a los años de la República, el período que va de febrero de 1931 al Movimiento Nacional, o sea un total de cinco años, vemos sucederse veintidós Gobiernos, que representan un poco más de cuatro por año. Aquel régimen entrañaba en sí mismo la incapacidad. ¿Qué rendimiento podríamos asignar a cualquier empresa, por modesta que fuera, que cada cuatro meses hubiese de cambiar de dirección? ¿Qué no habráa representado en las grandes empresas nacionales, que requieren estudios prolongados y años para desarrollarse? Pues si pasamos al campo formal de las libertades políticas, de la vigencia de las garantías constitucionales, en los mismos períodos, nos encontramos que en los años del 1900 a 1931, años en que todavía no habían tomado estado las maquinaciones internacionales de la guerra fría, estuvieron suspendidas las garantías durante tres mil trescientos veinticuatro días, que equivalen a una media de ciento cuarenta y cuatro días al año, y durante la República, ochocientos cuarenta y dos días, con una media de ciento sesenta y ocho días al año. Datos éstos que creo bastarán para demostrar a las generaciones nuevas que no conocieron aquellos tiempos cuáles eran las realidades españolas en la etapa que le tocó vivir a nuestro mártir y las características de aquella desdichada República que padecimos, que al cabo de veinte años algunos de sus seguidores pretenden presentárnosla como dechado de virtudes cívicas. (FRANCISCO FRANCO: Del discurso pronunciado en Madrid el 13 de julio de 1960 con motivo de la inauguración del monumento erigido a don José Calvo Sotelo.)

-6-

SIETE REVOLUCIONES EN TREINTA AÑOS En menos de treinta años sufrimos: Siete movimientos revolucionarios: el de 1909, en Cataluña, con su Semana Sangrienta; en 1917 en toda España, con la huelga general revolucionaria. El advenimiento de la Dictadura en 1923, que puso un paréntesis de paz y orden, con una revolución constructiva deshecha por la intriga de los partidos, que en 1931 nos trajo la implantación de la República. En 1932 tuvo lugar el movimiento frustrado del 10 de agosto, y dos años después, en 1934, la revolución comunista y separatista de Asturias y Cataluña. Y en 1936, por fin, el Movimiento Nacional, con el que se puso término al anterior desenfreno. (FRANCISCO FRANCO: Mensaje a los españoles con motivo del Año Nuevo, 31 de diciembre de 1959.)

-7-

EL OCASO DE ESPAÑA (SIGLO XIX Y PRINCIPIOS DEL XX) Hemos buscado una solución en la cooperación de las clases sociales y no en su divorcio; en su progresivo acercamiento mediante una existencia continuamente mejorada por todos y no en la desproporcionada supremacía en una falsa minoría. Hemos rechazado la farsa de los partidos y el reinado del materialismo. Somos un pueblo que se deja guiar por el espíritu. Lo hemos demostrado en nuestra guerra civil, en que, a la postre, muchos españoles han muerto por sus ideas. Nuestro Régimen actual tiene exclusivamente sus fuentes y su fundamento en la historia española, en nuestras tradiciones, nuestras instituciones, nuestra alma. Son éstas fuentes que habían sido perdidas o contaminadas por el liberalismo. La consecuencia del liberalismo fue el ocaso de España. El olvido de las necesidades del alma española, que nos fue minando durante el siglo xix y una parte demasiado grande del xx, nos ha costado la pérdida de nuestro imperio y un desastroso ocaso. Mientras las demás potencias mundiales de aquellos tiempos lograban forjar sus fuerzas nos hemos sepultado en un sueño de más de cien años.

DECLIVE HISTÓRICO De ninguna manera. Una buena política nos hubiese per-mitido luchar con armas iguales, pues todo se crea o todo se reemplaza. No había más que un problema político desde el año 1830 hasta la restauración de la Monarquía en el año 1870, por causa de las guerras civiles, que nos apartaron de Europa y de la revolución industrial. Cuando la restauración intentó recuperar el tiempo perdido cincuenta años habían transcurrido ya, y poco después, en el momento de la pérdida de los últimos vestigios del imperio, nuestra economía se basaba en la agricultura y en los intercambios comerciales importantes con lo que nos quedaba aún de nuestras colonias. La pérdida de dichas colonias ha tenido consecuencias económicas de una incalculable importancia. Nuestra neutralidad durante la primera guerra mundial contribuyó para mejorar la situación— España tenía entonces menos habitantes—, pero una agravación se produjo entre las dos guerras por causa del desequilibrio permanente de nuestros intercambios comerciales, lo que trajo consigo la desvalorización progresiva de nuestra moneda. Los hombres de la República se mostraron incapaces de considerar objetivamente estos problemas; sus sectarismos les empujaban a dar al problema político, enfocado según criterios de clases, más importancia que a los intereses nacionales. Nuestra victoria hizo posible la unificación del poder, necesaria para la renovación económica urgente y para el progreso social de la nación. A la generación llamada del año 98—pensadores y «diletantes»—se ha opuesto la generación de los hombres de acción surgidos desde 1935, cuyas realizaciones se han traducido en el desarrollo económico de España. En general, el conjunto de los hombres políticos españoles que han gobernado y que yo he conocido, directa o indirectamente, antes del Movimiento Nacional, no supo colocarse a la altura de las circunstancias. No se trata de que no haya habido hombres extraordinarios en España; lo que ocurría era que el sistema político les destruía o les condenaba al ostracismo. Esto es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con Antonio Maura, apartado por las conspiraciones de los partidos. Canalejas y Dato, ambos presidentes del Consejo de ministros y prestigiosos estadistas, fueron asesinados. Lo mismo ocurrió en 1936 con Calvo Sotelo, el principal colaborador de la obra de Primo de Rivera, «suprimido» por la policía del Gobierno de la República porque era el jefe de la oposición monárquica. Es de todos conocido que esta afrenta provocó el Levantamiento liberador. Ya durante el transcurso de la guerra civil figuras como las de José Antonio Primo de Rivera y Víctor Pradera, tan ricas en promesas, fueron fusiladas por los rojos. (FRANCISCO FRANCO: Declaraciones a “Le Fígaro”, de París, el 13 de junio de 1958.)

-8-

SOBRE EL DILEMA MONARQUÍA-REPÚBLICA EN ESPAÑA El dilema que a otros pueblos podía presentarse para la constitución de una nación en régimen de República o Monarquía para nosotros no puede admitir duda. La dolorosa experiencia de lo que nuestro presidente de las Cortes, con visión certera, calificó de los grandes e inolvidables escarmientos, el escarmiento de las Repúblicas anárquicas y el escarmiento de las Monarquías liberales y parlamentarias está en el ánimo de todo el país. La República, por ser lo que fue en dos ocasiones en España; por haber caído como cayó, enfangada en crímenes, checas y expoliaciones, por venir patrocinada por la anti-España y la masonería, está totalmente deshonrada a los ojos de los españoles y del mundo. Lo que perdió España bajo el signo liberal y parlamentario, lo que nos costó aquella política desdichada de divisiones, de sectas y traiciones, lo podemos percibir hoy a través de nuestras necesidades en la pérdida total de nuestro imperio. En este orden a los españoles no nos cabe opción. Si renunciásemos a nuestras tradiciones y a cuanto representan las etapas más gloriosas de nuestra historia, trocaríamos lo que es orgullo y prestigio de la nación por las traiciones, deslealtades v vergüenzas que los otros regímenes representaron y abandonaríamos a la oposición la bandera más gloriosa y lucida. Por ello, la Ley de Sucesión, atendiendo a aquellos imperativos históricos y de conveniencia para la nación, ha recogido lo que cree ha de servir mejor a su grandeza y al bienestar moral y material de los españoles, garantizando de una manera firme la permanencia de las esencias religiosas, patrióticas y sociales e inspirándose en las etapas más gloriosas de nuestra historia; crea unas instituciones más fuertes que las propias personas, que, respaldadas por este refrendo popular, garanticen en todas las sucesiones que quien asuma la jefatura del Estado reúna las condiciones debidas y sea fiel y leal a lo que constituye las esencias básicas de la nación. (FRANCISCO FRANCO: Alocución con motivo del referéndum de la Ley de Sucesión, el 4 de julio de 1947.)

-9-

"LOS DEMONIOS FAMILIARES": NUESTROS DEFECTOS TEMPERAMENTALES Y SOCIALES Recuerden los españoles que a cada pueblo le rondan siempre sus demonios familiares, que son diferentes para cada uno. Los de España se llaman: espíritu anárquico, crítica negativa, insolidaridad entre los hombres, extremismo y enemistad mutua. Cualquier sistema político que lleve en su seno el fomento de esos defectos, la liberación de esos demonios familiares, dará al traste, a la larga o a la corta, mucho más probablemente a la corta que a la larga, con todo progreso material y con todo mejoramiento de la vida de nuestros compatriotas. (FRANCISCO FRANCO, 22-XI-1966: Presentación de la Ley Orgánica del Estado. Cortes Españolas.)

- 10 -

CONTRASTE DE PARECERES SIN PARTIDOS POLÍTICOS Esta es nuestra realidad. Se habla mucho hoy del contraste de pareceres, pero ¿qué más contraste de pareceres que el que tiene lugar en los pueblos, en los Ayuntamientos, en las Asociaciones, en las Hermandades, en las Corporaciones provinciales y locales, en los Sindicatos? ¿Y en escala superior, en el Consejo Nacional y en las Cortes? ¿Es que alguna vez ha habido en algún país del mundo una realización como la de los Consejos Económicos Sindicales, que se va a buscar en el pueblo sus anhelos, sus aspiraciones, para convertirlos en realidades? ¿Es que cabe más extenso contraste de pareceres? Pero si a disculpa del contraste de pareceres lo que se busca son los partidos políticos, sepan en absoluto que eso jamás vendrá. Y no podrán venir porque significaría la destrucción y la desmembración de la Patria; volver otra vez a la base de partida, perder todo lo conquistado. Implicaría la traición a nuestros muertos y a nuestros héroes. Por eso la apertura al contraste de pareceres está perfectamente definida y clara, sin que haga falta ninguna clase de rectificaciones. Quiero decirlo de manera clara y concluyente para cortar esa campaña de grupos de presión que están siempre queriendo volver a las andadas. (FRANCISCO FRANCO: Discurso en los Reales Alcázares de Sevilla, el 27 de abril de 1967.)

- 11 -

DEMOCRACIA Y ESTABILIDAD POLÍTICA Nada hay más peligroso para una comunidad humana, políticamente organizada, que confundir el sentido profundo, trascendente, de cada término político que la historia de las ideas va suscitando a lo largo del tiempo. Ocurre que los conceptos políticos se diferencian de los filosóficos en un rasgo esencial: en que, mientras los filosóficos pueden aceptarse en su valor absoluto, aunque sólo sea como hipótesis teórica de trabajo, los políticos, en cambio, se proyectan de forma inmediata sobre la realidad social produciendo efectos. De ahí que sea siempre arriesgado tomar las ideas políticas como factores que pudieran ser autosuficientes y absolutos sin contrastarse con la realidad. Por el contrario, las ideas políticas, para ser reales, han de ser históricas, han de encarnarse en formas de convivencia, han de producir frutos perceptibles y estimables, positivos, en suma, en los pueblos y en los hombres. Desde este punto de vista hay que contemplar el pensamiento político, evitando cualquier maximalismo que no se ajuste a esas leyes decisivas de la historia que son la posibilidad y la capacidad de realización. Un ejemplo muy claro de lo que queremos decir lo tenemos en la idea de democracia. Evidentemente se trata de una idea universal, que, como decía José Antonio, está en el fondo de las permanentes aspiraciones humanas. Ahora bien, la democracia es una idea válida en tanto se proyecta sobre la realidad de cada país y de cada comunidad histórica. Tratar de identificar, sin más, la democracia con un tipo determinado de democracia, no es sino renunciar de antemano a unas formas posibles de convivencia democrática real, haciéndolas "a priori" inviables. Este es, desde luego, el gran pecado histórico del liberalismo español. El liberalismo español fue siempre maximalista, utópico, creyente en que la realidad histórica podía ser modelada y forzada desde esquemas abstractos, sin que fuera necesario transformar profundamente, antes, las condiciones económicas, sociales y culturales de un pueblo. De ahí su fracaso irreparable. Y de ahí, también, la profunda inestabilidad política que caracterizó todo nuestro siglo xix y el primer tercio del XX. Porque ocurre que los errores históricos nunca quedan impunes, y suelen conducir a los países a zonas de decadencia que son siempre muy difíciles de remontar y superar. Se ha mostrado, con suficiencia y rigor, cómo la inestabilidad y la decadencia española corre emparejada con la presencia del liberalismo. No cabe confundirse en este extremo. No cabe achacar a otras causas el desorden histórico, político, económico y moral de nuestro país a lo largo de más de un siglo de utopías destructivas, que se planteaban exclusivamente a nivel de conceptos ideológicos y que desconocían, hasta la raíz, la realidad palpable, dolorosa y profunda en que el pueblo español desarrollaba su vida. El efecto más directo del liberalismo, causa inmediata de todos los demás, fue el de disminuir y quebrar la unidad nacional, el de comenzar, por tanto, un camino a través del que España estuvo a punto de perecer como nación, a punto de dejar de ser una entidad histórica con personalidad y carácter propios. Consecuentemente, era menester iniciar una terapéutica histórica, cuyo primer deber consistía en rehacer la unidad, pero no como una coyuntura pasajera, que permitiese más tarde reemprender las mismas rutas disolventes ya conocidas. La evidencia del fracaso liberal era tan palmaria que obligaba a replantearse, de arriba abajo, el problema de las formas políticas. El liberalismo no había fracasado por casualidad, sino por defectos que se contenían en su misma raíz ideológica y práctica. Liberalismo e injusticia, liberalismo y disgregación, liberalismo y decadencia, eran, claramente, términos equivalentes, conceptos sinónimos. Pero, al mismo tiempo, era preciso evitar una tentación totalitaria y monolítica. Era preciso, en suma, construir en la convivencia, en la realidad histórica, la democracia post-liberal. Este es el empeño del Movimiento; éste el sentido último del 18 de Julio; ésta, también, la originalidad específica del régimen español instaurado por Franco. Habíamos conocido una democracia cuyo resultado era la destrucción. Se trataba de sustituirla por una democracia con metas y con caminos con firmes bases de solidaridad nacional y con propósitos de justicia social. Con vías nuevas por las que lograr, irreversiblemente, una auténtica participación del pueblo español en el protagonismo político y en las responsabilidades públicas. El problema, a partir del 18 de Julio de 1936, se planteó con toda claridad: o destruir democráticamente a España, tal y como estuvo a punto de lograr la República, o construir una democracia nueva por caminos de solidaridad. Por eso ahora, cuando estamos en un nivel del camino que nos permite todas las esperanzas y nos abre posibilidades inusitadas de desarrollo, ascenso y afirmación de la comunidad española, no nos es lícito olvidar la lección de la Historia, y volver a situaciones propicias a la decadencia. Ello sería tanto como retroceder históricamente y abrir las puertas a una dilapidación de los valores, energías y fuerzas atesoradas por el pueblo español a lo largo de más de treinta años. En estos seis lustros se ha construido el perfil de una democracia en la unidad. Hay que seguir por ese camino, hay que perfeccionarlo y amplificarlo, pero sin abandonar su orientación y el destino

- 12 -

- 13 -

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful