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¿Él, un buscador de errores? Una de las almas más grandes de nuestro siglo ha
¿Él, un buscador de errores?
Una de las almas más grandes de nuestro siglo
ha venido a este plano, allá en el Oriente legendario,
en donde han nacido los más grandes hombres de la humanidad,
los que se han distinguido por su gran espíritu,
los que han puesto en el pináculo de la gloria,
las causas de lo más noble del hombre: Paramahansa Yogananda,
se dirige así a Swami Shankara en la plegaria 27 de Susurros de Eternidad:
“Tú has dicho que Dios no es un sombrío y vengativo buscador de errores,
sino que Su rostro esta aureolado por las sonrisas de la condescendencia”.
¡Cuántos mortales han trazado caricaturas grotescas de Él,
precisamente de Él que es luz, pureza, amor,
sabiduría, bondad, grandeza, dulzura inefable, infinita.
De Él en quien no hay ni siquiera
una leve sombra de imperfección, de negatividad!
Sin embargo muchos, sí,
muchísimos mortales le han convertido en un vulgar empedernido,
sombrío y vengativo escudriñador de errores.
Nuestra autodefensa, nuestro natural amor al bien
nos hace repugnante y repulsiva
así sea la sombra del criticón, del murmurador,
del que quiere medir con su mirada,
así fuera moral y espiritual de alguno de sus hermanos,
internamente sentimos asco, repugnancia, tedio, rechazo
y profunda tristeza hacia el “buscador de errores”
al que con una lupa grande, pero bien grande
ve la pajita en el ojo ajeno
pero no la viga en el suyo propio.
Sobre éste lanzó un día el Señor,
el látigo de su anatema:
¡Hipócritas, hipócritas, hipócritas!
No obstante muchos mortales, -¡Qué horror!- quieren hacerle a Él uno de estos. Uno de
No obstante muchos mortales, -¡Qué horror!-
quieren hacerle a Él uno de estos.
Uno de los que con una lupa grande pero muy grande,
ve sólo defectos y peros en sus pobres criaturas,
como que si Él no supiera que somos muy pequeñitos
pero que seguimos siendo siempre Su propia obra.
Como que si Él ignorara que somos Sus propios hijos.
Como que si Él desconociera que somos Su propia imagen,
amor de Su amor, vida de Su vida,
espíritu de Su Espíritu, gozo de Su gozo,
por quienes y para quienes envió a Su propio Hijo.
Me pregunto, y te pregunto hermano mío:
¿Vendría Él, el Cristo, el Verbo de Dios, el Dios encarnado
en pos de una piltrafa despreciable?
¿Vendría tras el estiércol, para estercolizarse?
¿Tras del pecado, para contaminarse?
¿Tras del repugnante leproso del alma,
para Él también tomar la lepra?
¡No! El Padre Bendito no mandó a Su Hijo
para que escudriñara a sus hijos, los hombres:
la miseria, faltas, errores, pecados,
deficiencias que le hagan repugnante,
sino para decirnos lo que somos: hijos suyos.
Sí, hijos suyos llamados al banquete eterno.
Vino a decirnos que tenemos un Padre, no un juez,
un amante, no un enemigo,
un Dios, no un verdugo,
una madre, no un tirano,
una luz, no un rayo que hiere, que mata.
¡Padre Bendito!
Permite que día a día,
comprendamos más y más
el gran secreto que encierra Tu amorosa Esencia.
Padre CÉSAR A. DÁVILA G.