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Génesis de un coloquio: La diversidad de las

prácticas filosóficas
OSCAR BRENIFIER

Presentación de la práctica filosófica en el pleno inaugural del coloquio sobre las nuevas
prácticas filosóficas en la UNESCO - noviembre del 2006.

En el transcurso histórico de la filosofía parece haberse dado un giro desde hace unos
años. Se podría describir este recorrido como occidental, si no fuera que las tendencias
sociológicas e intelectuales de nuestra época nos conducen a una mundialización del
pensamiento, igual que existe una mundialización económica y cultural para bien o para
mal, tanto en el pensamiento como en la economía y las finanzas. Y como otros filósofos
de múltiples horizontes geográficos presentes en esta conferencia, me lancé hace varios
años, por iniciativa propia en el arduo camino de la práctica, vía que consideraba original
y singular ya que resolvía lo que se me presentaba generalmente en la universidad como
la “verdadera filosofía”. Pero con el paso del tiempo tuve que desencantarme a propósito
de mi originalidad: no era más que el heredero de mi época, el producto de una reacción,
la expresión de un fenómeno social. Me quedaba por examinar en que medida soy, como
otros, el servidor ciego y condicionado de un tiempo y un lugar.

Los éxitos editoriales

Con la finalidad de tomar una fecha, escogeremos el año 1991, año de la publicación de
la obra del noruego Jostein Gaarder: “El mundo de Sofía”, traducida a numerosas lenguas
y vendidos 12 millones de ejemplares. Elegimos esta fecha no cómo una especie de
absoluto o de gesto fundador, sino más bien como un momento particular, revelador de
una tendencia subterránea y vasta, allí donde se expresa de una manera tan poderosa y
extendida, como inesperada, el amplio deseo de filosofar. Un filosofar no pensado ya
como actividad elitista y recóndita reservada a una élite dirigente, la panacea de un poder
intelectual y académico bien situado, sino más bien como despliegue natural de un
pensamiento popular, y desearía casi decir para remachar el clavo, el de un pensamiento
vulgar. Algunos podríamos invocar la potencia mediática en este asunto, motivada entre
otras cosas por la potencia comercial del mundo editorial, pero partamos del principio,
que vale lo que vale, que una mediación a menudo no hace más que exagerar un
fenómeno ya existente: se trataría, pues, más bien de una distorsión, que de una
invención. Y en este caso preciso, la distorsión fue aquella típica de magnificar el árbol
proverbial al punto que puede llegar a esconder el bosque a la mirada de cualquiera.

Como anécdota, se cuenta que Deleuze escribió, descubriendo este libro y su éxito:” Eh
aquí, el libro que tendría que haber escrito”. Que esta anécdota sea o no cierta no cambia
nada el asunto, expresa la puesta en juego del objeto filosófico.: su naturaleza, su poder,
su contenido y su realidad. Deleuze habría podido o no escribir una obra tal. Se puede
dudar, pero tuvo,- si nos remitimos a esta anécdota- la honestidad de reconocer la
naturaleza plástica o poliforme del filosofar, lo que convendría totalmente a su obra. La
institución filosófica, si se nos permite el término informe que remite a la masa anónima de
los filósofos y profesores de filosofía patentados, reconoció también a su manera la fuerza
de esta obra consagrándola a la hegemonía de manera que rozaba a veces la histeria,
reacción casi patológica que volveremos a encontrar, por otra parte de manera creciente,
en la reacción a la emergencia de otro fenómeno filosófico, el de los cafés filosóficos. Por
otro lado, para confirmar la coherencia de este asunto, hemos de subrayar que el país del
que emana la obra en cuestión no es ciertamente uno en el cual la filosofía formal oficial
sea solvente. No más que en los esquemas culturales o intelectuales noruegos, la filosofía
y el filósofo no tienen el estatuto e importancia que se encontrará en un pais como Francia
o Alemania. Habiendo trabajado en varias ocasiones en este país, diría incluso que existe
en estos lugares una sospecha natural hacia esta función. Lo que no ha impedido, otra
ironía de la historia, que Noruega sea uno de los primeros países en tomar la decisión
reciente de instaurar de manera oficial la enseñanza de la filosofía desde la escuela
primaria. Mientras que en Francia dos propuestas cruciales han sido rechazadas: la de
enseñar filosofía en la formación profesional, única sección de la secundaria donde la
filosofía no es enseñada, y la de arrancar la filosofía desde un año antes, y no
únicamente en Terminal, el año del bachillerato.

En estos dos casos simbólicos el argumento del rechazo fue más o menos el mismo: la
enseñanza de la filosofía es la coronación de los estudios secundarios y los alumnos no
están preparados todavía.

Ahora bien la expresión “coronación” no es aquí una broma, un término forzado o una
caricatura, se trata de una expresión consagrada y referida al país de la República y de la
diosa Razón. Y para mostrar la aberración de tal decisión, los mismos que la rechazaron,
se quejan de la falta de interés por la filosofía, de la desafección de las secciones
literarias y de la falta de lugares de empleo para los profesores de filosofía. Pero que
quede claro que la concepción de la filosofía que opera aquí no es la misma que preside
las innovaciones nórdicas, oposición que se halla en el centro de nuestra cuestión.

Pero de todas formas digamos , con el fin de no radicalizar las posiciones y a fin de
mantener una posición dialéctica y no demasiado rígida, que algunos autores franceses,
tales como Ferry, Onfray o Comte-Sponville, a quien no se les podría negar el calificativo
de filósofo, incluso si no se aprecian mucho sus tesis, así como Sabater en España o De
Botton en Inglaterra, se lanzaron también al ejercicio editorial de” la filosofía para todos”
con cierto éxito, tanto en su país como en el extranjero. Y evidentemente si han sido en
diversos grados elogiados por los medios, también han sido muy criticados por sus
colegas filósofos. De una parte por su esfuerzo de vulgarización, empresa con adversas
connotaciones, aunque también porque este tipo de obra procura naturalmente vehicular
un estilo de sabiduría accesible a todos y subjetiva, más que una erudición
pretendidamente objetiva, áspera y científica, o incluso una manera de ser o una actitud,
más que un conocimiento, lo que explica sin duda el éxito de estas obras.
Así el espiritualismo ateo de Comte–Sponville o el hedonismo materialista de Onfray
encontrarán naturalmente sus partidarios entre los lectores, tanto como sus detractores.

El café filosófico

Tomemos también otra fecha: 1992, el año del primer café filosófico y para la pequeña
historia una anécdota contada por Marc Sautet, su iniciador. Había simplemente
mencionado a raíz de una emisión en la radio pública, que se encontraba regularmente
con algunos amigos el domingo por la mañana en el café “Des Phares”, para filosofar.
Ahora bien cual fue su sorpresa al ver llegar numerosas personas el domingo siguiente,
deseando participar en esas discusiones informales, situación inesperada que le obligó a
organizar la conversación para integrar esos “nuevos amigos”. Pero si la ocasión fue algo
accidental, el deseo de Sautet por una actividad filosófica democrática, le permitió
aprovechar la situación y crear esta nueva institución informal, con el éxito que se le
conoce y si la mediatización jugó entonces también un efecto no despreciable tanto en
Francia como en el extranjero, es también porque esta iniciativa encontró inmediatamente
un cierto entusiasmo. Por otra parte un periodista “oficial” de la filosofía: Roger-Pol Droit,
después de haber vilipendiado durante mucho tiempo el café filosófico como un puro
efecto de moda, reconoció varios años después que se había equivocado y que esta
actividad estaba bien inscrita en el tiempo como un fenómeno duradero. Pero mientras
nos situamos en este tema, permitámonos sin embargo un pequeño análisis que nos
parece aclarar la problemática de la práctica filosófica en general. La reacción de la
institución filosófica fue virulenta. La posición oficial fue a groso modo la siguiente: “Los
cafés “filo”no son filosóficos, no pueden ser filosóficos, por otro lado no he estado nunca
en uno, y no pondré nunca los pies allí”. Tengo el recuerdo de un universitario de
provincia que decidió crear un lugar semejante en su ciudad, pero confesándome su
“delito” me hizo prometer no difundir una información semejante. Al estilo de un burgués
que no quiere que se sepa su asiduidad al burdel.

Dicho esto, es verdad que un cierto número de lugares llamándose así, podrían
difícilmente merecer la etiqueta de ”filosófico” ya que se parecen más a una conversación
que a un trabajo sobre el pensamiento. Pero así como puede decirse que los pintores
domingueros pintan. ¿Por qué no sería lo mismo con la filosofía? ¿Tendrá ella en su
esencia algo de sagrado? Puede ser… Pero sea como fuere, podríamos preguntarnos por
qué los filósofos no se apoderan de esta nueva herramienta, por qué no invierten en este
nuevo lugar, por qué no responden a esta demanda en vez de negarle de entrada la
legitimidad, como se hizo de manera totalmente desconsiderada. Entre numerosas
razones que no tenemos tiempo de tratar, veremos dos principales: en primer lugar la
visión ascética, formal y erudita de la filosofía es lo que la hace ya tan poco popular entre
los alumnos obligados a estudiarla, por otra parte el sentimiento de impotencia
característico de la profesión, impotencia psicológica ligada a una negación o
menosprecio del sujeto pensante “ordinario” frente a las vacas sagradas del pensamiento.
La ausencia de respuesta de personas formadas en filosofía deja un vacío que fue llenado
por aficionados a menudo poco claros. Aunque si esta observación es válida para Francia,
donde pululan estos lugares en los que cualquiera se cree filósofo, no es el caso de un
buen número de países, en los que los cafés filosóficos son animados fundamentalmente
por filósofos. Así pues se puede comprender que la figura de Sócrates con su simplicidad
e interpelación viva a todos, se convierte en la figura emblemática del movimiento, contra
el elitismo de los sofistas defendiendo un estatus y un coto cerrado. Una consecuencia de
esta oposición, que tuvo como efecto polarizar y radicalizar los espíritus, fue un cierto
populismo rechazando la cultura filosófica, con el poder y la ascesis que ella encarna,
tendiendo así a deshacerse de algo importante. (j’ai pas trouve une expression
espagnole familiaire de l’expression française “jeter le bébé avec l’eau du bain”, donc j’ai
ecris son sens réel, il y a une expression en espagnol mais elle est pas trop conue c’est
pourquoi j’ai decide de pas l’ecrire: “echar la soga tras el caldero”, donc si tu veux tu peux
dire: “tendiendo así a echar la soga tras el caldero”)

La filosofía con los niños

Tercer ángulo de ataque del fenómeno de la práctica filosófica: la filosofía con niños. En
1969 Matthew Lipman, profesor de filosofía, un poco decepcionado de la enseñanza
universitaria, observando las grandes lagunas de sus estudiantes en el plano del
pensamiento, decidió crear un programa de filosofía especialmente para los alumnos del
colegio “Harry Stottlemeier’s Discovery”.

Contrariamente a la manera más clásica de enseñar filosofía en secundaria, a menudo


calcada del modelo universitario, acomete una importante innovación pedagógica:
propone una narración permitiendo suscitar una reflexión en el alumno, con el fin de
descubrir por él mismo y colectivamente los grandes conceptos y problemáticas del
procedimiento filosófico. Se podría decir que las ”novelas lipmanianas“ son muy
pedagógicas en el sentido en que el contenido es un tanto teleguiado pero hace falta aun
con todo constatar que las situaciones presentadas provocan la reflexión, y que una
reflexión es necesaria para descodificar lo narrativo, y pasar a lo meta-narrativo. Si
Lipman encontró relativamente poco eco en su propio país, no fue lo mismo en el
extranjero, ya que numerosos centros de filosofía para niños se crearon por el mundo a
través del IAPC (International association of philosophy for Children). Algunos centros
continuaron directamente en la línea del fundador, algunos tomaron sus distancias y otros
especialistas fundaron su propia metodología o escuela de pensar, reencontrando
iniciativas del mismo género dispersas por los cuatro rincones del globo, pero sea como
sea un nuevo movimiento pedagógico había nacido, creando poco a poco sus propias
cartas de nobleza.

Igual que con los cafés filosóficos , los especialistas de la filosofía criticaron la idea de un
filosofar practicado por todos, sobre todo a una edad tan joven, ya que hoy es incluso en
educación infantil donde se aplica a veces esta pedagogía. Y la ausencia de filósofos
provocó el mismo fenómeno: favoreció la falta de exigencia de la práctica, hasta el punto
que un buen número de maestros pretendiendo animar al niño a filosofar, no hacen más
que invitarlo a un debate de opinión. Pero añadiremos aquí que sobre el plano puramente
pedagógico, para algunos países donde solo el maestro tiene en teoría y en la práctica
derecho a la palabra, el simple hecho de establecer un lugar para el pensamiento del
alumno, es un logro pedagógico. Solo hace falta ver el Japón, donde se dieron cuenta que
al llegar a la Universidad, los alumnos no sabían expresar sus ideas, y desde hace algún
tiempo unos “talleres de discusión” han sido impuestos a los recién llegados.

Pero en ciertos países, tales como Brasil, Québec o Australia, un apoyo de las
instituciones gubernamentales y universitarias se puso en marcha con los años, con un
cierto número de resultados tangibles en contrapartida de la relativa novedad de estas
prácticas. Se observará, no obstante, que existen varias tendencias en el seno de la
filosofía para niños, con motivaciones y procedimientos que difieren según las
orientaciones. Ellas se articulan tras las líneas de fuerzas siguientes determinadas por su
primer anhelo: ético, cognitivo, lingüístico, político, social, psicológico, ecológico o
existencial. Pero para algunos se trata principalmente de pertenecer a un movimiento
pedagógico, que como todos los movimientos se cree maravilloso, visión ingenua pero
característica de todo movimiento, en particular cuando se preocupa ante todo de
mantener la agilidad, de expandirse y de ser eficaz, sin preocuparse demasiado de la
cualidad y de la naturaleza de las acciones emprendidas y del trabajo efectuado.

Más allá de la filosofía propiamente dicha, estas innovaciones pedagógicas reencuentran


la tendencia general articulada desde hace algunos años por la UNESCO: enseñar no
consiste únicamente en transmitir un saber, sino también un saber ser, un saber hacer, un
saber vivir juntos. Esta transformación de los paradigmas educativos tiene consecuencias
diversas, conoce altos y bajos, esta crítica del “contenido” puede ser también el pretexto
para el vacío, pero al menos el debate está abierto, incluso si a veces da rabia. Un
problema clave sobre el plan de la formación, es saber si para enseñar a filosofar hace
falta ser un especialista, a lo que se tiende en la actualidad, o de la misma manera que las
matemáticas y la literatura, se puede enseñar en tanto que pedagogo generalista. Para
ejemplificar el problema que esto crea, tomemos la enseñanza del “pensamiento crítico”,
práctica de origen principalmente anglosajón que florece a través del mundo, oficializada
por ciertos gobiernos como el de California. Se encuentra de todo y si ciertos programas
son muy interesantes, otros parecen en efecto desprovistos de todo potencial reflexivo.

Sobre la vertiente ética, muy recientemente Luxemburgo ha adoptado el plan de estudios


alemán (NRW) llamado “filosofía práctica” como base del curso de ética en la enseñanza
secundaria, pero falta ver como se pondrán en marcha tales talleres, ya que es más difícil
determinar y poner en práctica exigencias de pensamiento, que exigencias de
conocimiento. Por otro lado, es una de las razones por lo que la mayoría de los
programas de formación puestos en marcha por todo el mundo observan que una parte
ínfima de los profesores intentan integrar a su pedagogía la dimensión reflexiva, más
peligrosa e incierta, que “hacer el programa” y “seguir el manual”. El programa francés “la
main à la pâte” (las manos en la masa), de inspiración americana, que consiste en
enseñar a través de experiencias el método experimental, es una prueba. Si numerosos
profesores reciben una formación y una maleta pedagógica, no quiere decir por ello que
se lanzarán a una aventura semejante. Porque después de todo, los problemas
pedagógicos se remontan a los problemas existenciales y sociales: existir es una empresa
de riesgo que no siempre deseamos asumir y preferimos seguir los senderos marcados,
las vías establecidas y no intentar cualquier cosa que pondría crudamente al día nuestras
lagunas y nos reenviaría penosamente a nuestra propia finitud.

La consulta filosófica

Cuarto ángulo de ataque a la práctica filosófica: la consulta filosófica, bajo sus diferentes
denominaciones. En 1981 Gerd Achenbach abre el primer gabinete oficial de consulta
filosófica, donde recibe a lo que él denomina “un invitado”, una persona que desea
establecer un diálogo filosófico sobre un tema o un problema que le preocupa. Para eso
viene a ver a un filósofo para una discusión que le permitirá tratar, aclarar o resolver el
problema que tiene. El filósofo ocupa desde ese momento la plaza reservada
tradicionalmente al consejero espiritual, y más recientemente al psicólogo, incluso al
coach. Aunque teóricamente la marca de comercio de la filosofía es trabajar el
pensamiento y la existencia por la vía de la racionalidad, incluso de la lógica u otros
instrumentos de pensamiento crítico, es decir, manipulando todo aquello que la filosofía
proporciona como herramientas para escapar de uno mismo y constituirse como ser
singular, movilizando todo cuanto le permita efectuar un cuestionamiento del ser. Aun así,
en la vasta y vaga nebulosa de la práctica filosófica, si algunos filósofos prácticos tienden
a intentar posicionarse en el rol de lo que se puede llamar un filósofo, otros no dudan en
deslizarse alegremente hacia una función que correspondería más bien a la de un guía
espiritual o religioso, a la de un psicólogo o un psicoanalista, o a la de un consejero de
orientación. Digamos que si la línea roja entre la filosofía y las diversas actividades con
ella relacionadas puede ser floja, algunos se adentran en este pantano como en una
autopista sin aun ser conscientes de determinar la naturaleza de la actividad que
conducen. Para Achenbach, el filósofo es un tipo de “maestro de la vida”, que a través de
la entrevista que conduce con su invitado añade profundidad a su discurso, le ayuda a
clarificar lo que se pone en juego en su existencia, proponiéndole varias interpretaciones
de sus palabras y de los momentos de su vida que él evoca. No duda, como con un
“amigo”, en evocar su propia existencia, para aclarar a su interlocutor. En este ámbito, Lou
Marinoff, aunque haya divergido de Achenbach o gracias a ello, es sin duda el práctico
más célebre, que tuvo un gran éxito gracias a su obra “Más Platón menos Prozac” best-
seller en varios países. Americano y muy pragmático, pretende tratar los problemas de
sus “clientes”, proponiéndoles un esclarecimiento de un autor específico susceptible de
“resolver” su problema. Así varios prácticos propondrán entonces la sabiduría, el arte de
vivir, la consciencia de uno mismo y de los otros, el consuelo, la expresión de sí mismo, la
ética u otros, según las tendencias personales y culturales que les animan. Desde hace
unos años, los prácticos se encuentran en varios coloquios internacionales por todo el
mundo, y varias apuestas de tendencias y poder fracturan este movimiento por las
razones habituales, algunas ideológicas, pero sobretodo y como siempre teñidas de
egotismo intelectual y de preocupación financiera. El idealismo “practicista” reencuentra
en ello la realidad algo sórdida de la tradición profesoral, entre dogmatismo y poder. Citaré
como ejemplo un debate muy interesante al que tuve el honor de asistir, en el seno de una
escuela que se llama “Diálogo socrático”, fundada por el filósofo alemán, Leonard Nelsen,
donde se discutían aquellos que pensaban que se tendría que mantener el respeto a las
reglas establecidas del procedimiento, y aquellos que querían adaptarlas al mundo de la
empresa para venderlas mejor, debate eterno entre el fundamentalismo de los antiguos y
el pragmatismo de los modernos.

Lugares comunes de la práctica filosófica

Como cierto número de prácticos, estoy implicado desde hace varias décadas en la
práctica filosófica, lo que me permite como a otros intentar establecer un balance de estos
años de compromiso y de observación. Intentaré en primer lugar discernir lo que hay de
común en todas estas actividades, por lo que podrían caracterizarse de práctica y de
filosófica. Son filosóficas en tanto que intentan en varias proporciones y en diversos
grados, producir sentido a partir de fenómenos observados, en que invitan a expresar
ideas, a compararlas, y analizarlas, admitiendo la relatividad, la imperfección o
subjetividad de esas ideas, y de los esquemas que ellas encarnan, en lo que ellas
cuestionan la realidad de lo que se sabe y se piensa, en que profundizan la causalidad, en
tanto que experimentan lo que podría pensarse diferentemente, en que trabajan las
condiciones de legitimidad de este pensamiento. Falta por ver si un trabajo tal,
considerado como ideal regulador, está realmente llevado a cabo; pero esto podría ser
dicho de la filosofía en general, y no se ve en qué habría aquí una forma distinta de
filosofía, salvo sin duda la importancia netamente menor acordada a la historia de la
filosofía. Es justamente en este punto donde los “guardianes del templo” hacen recaer
toda la tensión y el reproche. Llegamos pues a lo que es característico de la práctica
misma, en lo que son sus orientaciones, sus perspectivas, sus sensibilidades y sus
lugares comunes.

El punto más extendido de todas estas prácticas queda en un claro primer lugar el
ejercicio del diálogo, la presencia efectiva del otro, sea bajo la forma de una discusión, de
un intercambio, de una confrontación o de un cuestionamiento. Esto se opone a una
visión más monológica de la filosofía, la del pensador meditando en la soledad, o la del
maestro discurriendo frente a un auditorio.

El segundo punto: derivado un poco del primero, es la importancia del cuestionamiento,


ya que se trata teóricamente de descubrir lo que piensa el otro o de convertirse en otro el
uno-mismo, es decir, de problematizar más que intentar sostener o apuntalar una tesis.
Tercer punto: siempre ligado al diálogo, la presencia de una subjetividad, de un sujeto
real y confesado, en oposición a la articulación de un discurso que se fundamenta sobre
una realidad objetiva y desencarnada.

Cuarto punto: la defensa de un “pensar por uno mismo” y un rechazo marcado del
argumento de autoridad, en particular en lo que concierne a los autores consagrados, los
que la filosofía académica considera como las vías y referencias incuestionables del
pensamiento.

Quinto punto: ligado al precedente, un ideal democrático, una crítica al elitismo,


rechazando el principio, que algunos tendrían más que otros, la legitimidad o la
capacidad de pensamiento cuestionando a menudo el principio tradicional del maestro.
Ello favorece evidentemente esquemas constructivistas más que unas formas de
pensamiento a priori.

Sexto punto: una defensa de la ética en oposición a la moral, la dimensión convencional


y arbitraria de todo imperativo de pensamiento, de palabra y de acción, determinación
colectiva más que singular o universal, negando en este ámbito todo recurso a una
trascendencia o revelación cualquiera.

Séptimo punto: un gran valor acordado a la determinación subjetiva , la de los


sentimientos u opiniones, considerada como no reducible a una razón universal, a la
lógica o a una verdad a priori, lo que podríamos llamar una visión psicológica del
pensamiento. Asistimos así a un rechazo muy corriente y casi sistemático de los
conceptos transcendentales clásicos, tales como lo verdadero, lo bello y el bien,
prefiriendo dar valor a la emoción y la sensibilidad, consideradas más personales, más
reales, y más sinceras.

Octavo punto: una crítica del conocimiento principalmente al de la tradición pero también
a veces al de la experiencia, acordando una primacía epistemológica y ontológica al sentir
y a las intenciones a modo de conclusión, si se quisiera caracterizar de manera general
esta matriz filosófica podríamos calificarla como una mezcla de pragmatismo y de
postmodernismo. Está claro que hemos pasado del reino de la trascendencia al de la
inmanencia, incluso a la explosión y a la fragmentación. Al mismo tiempo el “yo pienso”
se ha vuelto un “nosotros pensamos”, tan incoativo como sea este nuevo conjunto. Pero
el análisis de los cambios de paradigma no es necesariamente reductible a una crítica ya
que a fin de cuentas estas elecciones filosóficas son aceptables, pueden ser admitidas,
aunque no sean necesariamente las del lector o las del autor.

Críticas y patologías

Se puede estar de acuerdo o no con los presupuestos o preferencias de la práctica


filosófica, o de esta o aquella práctica específica. Pero vayamos ahora a los problemas,
incluso a las patologías de la práctica filosófica. Ya que si nos parece que este movimiento
está inclinado a percibir y denunciar los daños, aberraciones y absurdos de la filosofía
académica, es bien evidente que está menos dispuesta a percibir y enunciar los suyos.
Lo primero es que con la excusa de aceptar la pluralidad de perspectivas, sufre una
cierta tendencia a la glorificación de la opinión individual, y por este hecho, de una falta
de espíritu crítico. Esto último es válido principalmente dentro de la relación que cada uno
establece con sus propias ideas, aunque también en relación a las del otro, corolario
natural de un pacto implícito de no agresión. Podríamos denominar subjetivismo a esta
falta de capacidad crítica frente a la opinión individual, alimentando a veces incluso un
cierto narcisismo o egotismo.

Lo segundo es que de este hecho, todo diálogo tiende a tomar a menudo la forma de un
intercambio de opiniones, muy parecido al clásico debate actual televisado donde cada
uno ”va a su rollo”, con muy poco rigor en la argumentación, la objeción y el análisis y
muy poca problematización.

Lo tercero es la ausencia, el rechazo, el temor e incluso la denuncia del juicio,


considerado como una amenaza a la integridad individual, ocultando la actividad por
excelencia del intelecto: su facultad de discriminación. Esta prohibición del juicio favorece
ciertamente una facilidad del intercambio, pero también envalentona la facilidad en el
sentido negativo de la complacencia. Está claro, percibimos aquí una contradicción entre
la idea de “pensamiento crítico” y la prohibición del juicio. Esto se manifiesta claramente
por la ausencia de análisis crítico sobre la metodología en la mayoría de las prácticas
filosóficas.

En cuarto lugar, los debates se basan más en las diferencias de opinión, que en la
coherencia de los pensamientos enunciados o las condiciones de su articulación, faltando
en este sentido profundidad de análisis y de trabajo a nivel meta. Y demasiado a menudo
lo que cuenta es hablar, expresarse, compartir y se oscila aquí entre el pedagogismo, el
psicologismo, el consumismo y el populismo.

En quinto lugar, bajo el pretexto de favorecer la empatía y las buenas relaciones, una
preocupación más importante se otorga, a menudo, a las intenciones del discurso, que al
discurso mismo, a sus propuestas y a su encadenamiento, con todo el abuso
interpretativo y la falta de rigor y autenticidad que esto pueda conllevar.

En sexto lugar, se hace patente a menudo una prohibición de pensar, a través de la


prohibición de interpretar, en el momento que esta interpretación es susceptible de
engendrar un conflicto o una tensión. En efecto, está muy mal visto comprometer un
análisis crítico a todo discurso de otro, con el argumento o el contra-argumento terrible de
que “no se está nunca seguro” o puede que “nos equivoquemos”. Se convierte en
prohibido avanzar hipótesis osadas y asumir riesgos.

En séptimo lugar, un deseo importante de estar en el “lado bueno”, de ser amable, de


tener buenas intenciones y una buena conciencia, tiende a ocultar la apuesta importante
de un debate o la fragilidad de un discurso, llegando incluso al punto de prohibir
implícitamente toda proposición realmente singular, susceptible de romper el consenso en
curso o la moral establecida.

Se percibe en ciertos medios, bajo formas diversas, una fuerte tendencia a lo


políticamente correcto, sea en naturaleza, ética, psicología, ecología, política, u otros.
En octavo lugar, una actitud antiintelectual, más o menos anunciada, manifestada por el
rechazo del concepto y de la abstracción, a favor de una preocupación más trivial,
concreta y cotidiana encubierta sobre el supuesto de ser más próximo a lo” vivido”.

En noveno lugar, una actitud anticultural en razón de una primacía del individuo y del
grupo restringido frente a la humanidad, la tradición o la universalidad, acompañándose
de un rechazo del conocimiento y la objetividad. Pues si se puede apreciar la idea de que
cada uno piense por él mismo, se puede dudar que cada uno reencuentre, por la potencia
de su pensamiento personal, la amplitud y la riqueza de lo que ha producido la historia del
pensamiento humano, lo que llamamos los clásicos, tesis que defiende la enseñanza de
las humanidades. Aunque se pueda sostener también la idea – que se puede discutir- de
definir así una visión más popular de la cultura, redefinición postmoderna de una cultura
no clásica.

En décimo lugar, la crítica de la élite lleva a un cierto populismo demagogo bajo el


pretexto de no dejar confiscado el poder a una minoría. Esto induce por otro lado a una
cierta nivelación, y a que todo lo que amenace al grupo o a los valores establecidos sea
considerado peligroso, comenzando por la palabra radicalmente singular.

En undécimo lugar, una cierta complacencia intelectual, por razones psicológicas o


psicologismo, ya que se trata de no soliviantar al individuo en su quietud y no poner en
peligro su identidad.

En duodécimo lugar, como buen número de prácticos en este ámbito, han conocido la
filosofía no a través de una cultura general de la filosofía, sino por un teórico dado, o un
iniciador particular, así como en un contexto específico, descubrimos una tendencia a
cerrar el espíritu, observamos a veces un espíritu de grupo relativamente estúpido y
hasta un cierto sectarismo, aunque desde hace pocos años, gracias a los forums de
Internet y a los numerosos coloquios internacionales, esta ignorancia o este rechazo del
“otro” parece poco a poco esfumarse. Es preciso decir que en este sentido ciertos teóricos
o “maestros” han fomentado esta ignorancia incluido este temor de la diversidad. Me
acordaré siempre de un especialista comentando públicamente que su “maestro” contenía
toda la filosofía.

Por otro lado algunos “totalizadores” de la filosofía práctica se ignoran totalmente, se


miran de lejos o no se tienen confianza el uno al otro. Así ciertos especialistas de la
consulta piensan que los prácticos de la filosofía para niños, solo son pedagogos, no
filósofos, y estos últimos piensan que los consultores solo son psicólogos o coachs. La
idea de nuestro coloquio era mostrar la transversalidad de las prácticas, pero esto suscitó
un buen número de resistencias e incomprensiones en algunos de los participantes.

Por último, se observa regularmente una cierta tendencia ”new age”, en la que todo el
mundo es maravilloso, niños y adultos, en particular si los adeptos están de “nuestro lado”
o son de “nuestra escuela de pensamiento”. No se duda entonces en producir un discurso
impregnado de hipérboles, de expresiones elogiosas, de superlativos, que acompañan en
general un cierto rechazo de lo real, del análisis, de la crítica, frecuentemente
acompañada de una negación de la dimensión trágica de la existencia. En ocasiones esto
está ligado a la venta de un producto, de un maestro o de una escuela, cuando la etiqueta
o la identidad de un proyecto acaba importando más que su propio contenido.

Competencias filosóficas

Pero en fin, más allá de la identificación de los problemas y del análisis crítico, estamos
también en una perspectiva práctica y sin tomar necesariamente la perspectiva del
pragmatismo, en tanto que escuela del pensamiento, nada nos impide esbozar una
resolución de los problemas, herramientas, a la vez, pedagógicas, existenciales y
conceptuales. Y la filosofía clásica, aunque a menudo no sea percibida bajo este ángulo,
nos ofrece un cierto número de instrumentos completamente útiles, de hecho, para operar
en nuestra obra. Eso nos permitirá quizás mostrar como reconciliar la historia del
pensamiento y el pensamiento por sí mismo. Esta lista está lejos de ser exhaustiva, ya
que se reduce a cuatro pequeños ejemplos, que aunque cruciales, representan solo
algunas muestras de lo que nos ofrecen nuestros ilustres predecesores. Por otra parte
debemos recordar a los poseedores del clasicismo y de las humanidades que el trabajo
metodológico desarrollado por varios filósofos a través de la historia, sea Platón,
Aristóteles, Descartes, Hegel o Russell, nos invitan a hacer el duelo de nuestros
predecesores, para concebir la filosofía a través de unas competencias y un camino, más
bien que a través de una erudición y de unas referencias librescas de las que son
bastante críticos.

Estos autores nos ofrecen, por otro lado, el mejor fundamento teórico para una práctica
filosófica, y en este sentido el cambio de paradigma al que asistimos no lo es
verdaderamente. Recordemos al menos que si hacer “tábula rasa” del pasado, es una
tradición muy filosófica, siempre hay que apostar por el rigor del ejercicio, no se trata
nunca de caer en la complacencia. Veamos pues algunas sugerencias en este ámbito.

Primeramente el trabajo sobre la negatividad que recomienda Hegel. Parte integrante del
proceso dialéctico, es la condición de acceso a lo real y a un pensamiento digno de su
nombre. Ya que una cosa, una idea, una realidad, es tanto lo que no es, como lo que es.
La realidad del mundo y del pensamiento es una dinámica, una superación que reposa
sobre el hecho que nosotros podemos considerar y afirmar la negación de lo que hemos
sostenido. Todo se construye a través de una multiplicidad de relaciones que son a la vez
transformaciones, negando así toda identidad rígida. Esto llega hasta a afirmar de la
esencia del ser que es idéntico a la nada. Se admitan o no los fundamentos del
pensamiento hegeliano, pasar por la exigencia de la negatividad, es un excelente ejercicio
que nos permite escapar a nuestros presupuestos, condición misma de un trabajo del
pensamiento, como experiencia de pensamiento. Nos permite escapar al dogma rígido de
nuestra propia opinión o de nuestra propia subjetividad, aceptando o produciendo nuestra
propia alteridad.

En segundo lugar, la relación de necesidad entre intuición y concepto que recomienda


Kant.No hay concepto sin intuición, ni intuición sin concepto. Ya que muy a menudo
producimos ejemplos sin pensar en el contenido, sin traspasar la singularidad de un
hecho particular para pensar la universalidad o transversalidad de éste. Nos aferramos a
lo concreto sin osar pensar la unidad de la multiplicidad que determina y significa la
abstracción. Numerosos discursos o conversaciones caen así en el mal infinito de la lista
de ejemplos, sin poder ir nunca más allá, por imposibilidad de unificar la experiencia a
través de la producción de hipótesis. Pero a la inversa es igualmente verdad, en particular
en los filósofos, aunque también en el discurso cotidiano. Producimos unos conceptos,
convocamos unos términos, y pretendemos definirlos para determinar la realidad, siendo
incapaces de dar ejemplos para asegurar la realidad de su contenido. Este movimiento
permanente entre concreto y abstracto, universal y particular, nos permite concienciarnos
del contenido de nuestro discurso y de lo que escuchamos.

En tercer lugar el rechazo de la evidencia preconizado por Sócrates, Lao-Tsé y muchos


otros.Cuando Platón hace decir a alguien que algo es evidente indica una trampa que
Sócrates va a tender a su interlocutor y al pobre lector ingenuo que somos nosotros. En
oposición, por otro lado, a lo que hará Aristóteles, como buen padre de la ciencia, para
quien la comunidad de aceptación es un criterio de validez. El padre del taoísmo nos
afirma también que “cuando todos dicen eso es el bien, eso es el mal. Cuando todos
dicen eso es bello, eso es feo.” Ya que la verdad, lo bello, o el bien, se encuentran
siempre en otra parte, nunca donde se cree establecido y es así en esta alteridad radical
donde ellos encuentran todo su interés. Este “en otra parte” no es nunca uno de los dos
términos de la alternativa, afirma Nagarjuna el gran filósofo budista, ni su afirmación
común, ni incluso su negación común, sino otra cosa. Esto nos protegerá quizás, igual de
lo filosóficamente correcto, de la terrible sinceridad que nos hace afirmar las cosas más
enormes con la mejor conciencia del mundo.

En cuarto lugar, la razón común, la cosa del mundo mejor repartida, según Descartes.
¿Cómo proteger nuestro pensamiento del monólogo, del solipsismo, sino enfrentándose a
algo que lo supere, a lo que tenemos acceso, pero que muy a menudo no lo ponemos en
práctica? Ya que por qué este buen sentido, esta razón, que nos vanagloriamos de
poseer, que ciertamente es la facultad que nos permite que nos comprendamos cuando
nos hablamos, que nos permite también discernir las incoherencias y las inconsistencias
de un discurso, no nos impide cometer los peores errores del pensamiento, cómo no nos
damos cuenta de ello al momento que hablamos o escuchamos, más tarde o nunca. El
camino científico que nos propone Descartes a través de su método científico, sus
diversas reglas de pensamiento, nos permiten trabajar sobre nuestras opiniones y
examinar en qué tienen ellas alguna validez. Ya que permitimos muy a menudo mantener
un discurso fundado sobre una pura intención, sin saber ni osar valorar el contenido hacia
alguna universalidad, permitiéndonos arrancarnos de nosotros mismos, alinearnos, con la
finalidad de comenzar a pensar. En efecto, la lógica permite escapar de uno mismo, de
reemplazar la subjetividad por la racionalidad, lo personal, por lo universal, y es su crítica
del deseo y de la familiaridad, lo que la hace tan impopular.

¿Es filosófica?

Más allá de las proposiciones de resolución sacadas de la historia del pensamiento, las
críticas que hemos formulado pueden parecer duras, pero al mismo tiempo nada de todo
esonos parece irremediable. La vida intelectual se habrá visto en peores. Podemos
preguntarnos si la práctica filosófica es muy filosófica, pero podemos también poner la
cuestión a muchas otras formas de filosofar, como sería el academicismo estéril, heredero
de la escolástica. Y en lo concerniente a la práctica, una parte importante de la
responsabilidad, incumbe, por otra parte, a los filósofos mismos, que rechazan llenar
estos campos, desde ese momento abandonados a los pedagogos, a los psicólogos, o a
cualquiera, a quien no se sabría reprochar el interesarse por la filosofía y aventurarse en
ella, ya que es un asunto de todos y no pertenece a nadie. Es una tecnicidad del filosofar,
que se trabaja y se aprende, y, en el peor de los casos, se podría tachar a nuestros
entusiastas de un cierto romanticismo, sospechosos de buscarse un suplemento de alma
a través del ejercicio filosófico, pero no se sabría en qué medida deslegitimar su proceso,
solo queda educarlo, a despecho de las dificultades puestas y de las resistencias
manifestadas. Y no estamos seguros que la práctica filosófica sea tanto más generosa
que la filosofía tradicional, contrariamente a nuestras pretensiones: encontramos las
mismas inquietudes personales que priman sobre la autenticidad, las mismas agendas
particulares que ocultan o disfrazan el interés general, las mismas defensas exacerbadas
de coto restringido, las mismas angustias de ser olvidado y de no existir más, etc.

Pero pararemos aquí esta lista de cargos porque los excesos de la postura que
intentamos criticar y sacar a la luz deben estar más o menos claros. Digamos también que
las maneras de ser dadas conllevan las aberraciones que les afectan, igual que ciertas
cualidades conllevan ciertos defectos. Por otra parte, porque se trata de una alerta y no
de una condena. Aunque algunos argumentos evocados, soy consciente, que son los de
los oponentes de la práctica filosófica, aquellos por ejemplo de los filósofos patentados
que en Francia nos tratan de pedagólatras, o de sofistas en busca de fortuna, sin
embargo me parece útil percibir como estas acusaciones, como la mayor parte de
acusaciones, contienen una cierta parte de verdad, aunque claro, nos obliguen a enfocar
una perspectiva que no es la nuestra y hay el riesgo de desconcertarnos. Trabajo de
negatividad, diría Hegel. Me parece que el desafío para nuestro movimiento, ya que en
este sentido filosófico o sociológico, se trata claramente de un movimiento, es justamente
no caer en el dogmatismo que denunciamos. Porque más allá de las posiciones que
podemos criticar, la de una vana erudición o un elitismo forzado, es el dogmatismo, el que
se encuentra en el centro del problema, el que siempre encorseta e impide pensar, esta
rigidez de espíritu que impide oír y problematizar. Además las patologías o excesos que
hemos mencionado no son sistemáticas ni propiasde cada uno, no es necesario
defenderse o protestar por ello, sino únicamente ser consciente. Por añadidura, algunos
de estos problemas pueden entrar en contradicción los unos con los otros, según los
prácticos, las escuelas de pensamiento, pero también según las culturas donde se
desarrollan y operan, las aberraciones y las dificultades no serán las mismas. Si en
Francia la tendencia es fuertemente la del maestro que conoce de antemano las
respuestas correctas y la discusión se convierte en una cosa sospechosa, en Noruega
nos encontraremos más bien con un maestro que no se concede el derecho de obligar a
los alumnos a pensar y los alumnos no osan distinguirse del grupo. Si en Estados Unidos
el pensamiento hipotético deja mucho que desear, en Bélgica se encuentra una fuerte
tendencia al moralismo. Si en Bulgaria los otros no pueden estar nunca de acuerdo con
nosotros, en España es necesario aceptar todas las opiniones y no criticarlas; ya que
según las culturas, a la manera de las corrientes filosóficas, el individuo y el grupo, la
teoría y la práctica, el pluralismo y la verdad, no se articulan de la misma manera, las
fuerzas y las lagunas no son idénticas. Sea como sea, algunas de estas observaciones
son las de un partidario que desea que nos conduzcamos de la mejor manera, pero
incluso si fueran las de un enemigo, más aun quizás deberíamos oírlas. Porque nos
parece que vivimos un momento histórico, en el plano del pensamiento y de la historia de
la filosofía, y que no debemos merecer la crítica de Friedrich Schiller, cuando decía sobre
la Revolución Francesa:”Un gran momento ha encontrado un pequeño pueblo”.

Y a modo de conclusión, para justificar nuestro coloquio, avancemos la idea que la muerte
de la filosofía, si es que tal muerte puede ser considerada, reside en su ausencia de vida
y de pluralidad, ya que la esencia de la filosofía reposa sobre la alteridad, en un
cuestionamiento tan radical, como insoportable. Y ya que Sócrates está de moda,
recordemos que el gesto inaugural del filosofar es el asesinato de Sócrates, que ya no
aceptaba los dioses constituidos, los esquemas rígidos o las ideas establecidas.