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SIETE MOMENTOS DE ORACIÓN

PARA EL TIEMPO DE ADVIENTO

Mario Iceta Gavicagogeascoa.


Obispo Auxiliar de Bilbao

ADVIENTO

Tiempo de desear
Tiempo de esperanza
Tiempo de vela y vigilancia
Tiempo de oración con María y la Iglesia
Tiempo de preparación para acoger la Palabra
Tiempo para vivir la comunión en la Iglesia que espera
Tiempo para estar con María, Madre de Dios y nuestra

Bilbao, Diciembre 2008

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I.- TIEMPO DE DESEAR
Ojalá rasgases el cielo y bajases. (Isaías 63, 19).

“Quédate con nosotros, Señor, porque ha anochecido y se hace tarde”.

El tiempo de Adviento es tiempo de desear.

Sí, desear a Dios, desear el ansia de felicidad infinita, de amor pleno, de


vida eterna que está inscrito en nuestro corazón. Es este deseo la realidad
última, el secreto que se esconde en nuestro ser, la huella que nos descubre
que hemos sido creados para conocer y amar a Dios, porque tenemos deseo
infinito de Él.

El profeta Isaías describe este deseo con estas hermosas palabras en forma
de invocación: “Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes
con tu presencia” (Is 63, 19)

Y San Agustín, de modo magistral expresa este deseo en sus Confesiones


diciendo: “Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y
resplandeciste e hiciste desaparecer mi ceguera; exhalaste tu perfume y
respiré, y suspiro por ti; gusté de ti y siento hambre y sed; me tocaste y ardí
en tu paz” (Conf. 10, 27, 38).

Señor, en este Adviento, despliega en mí todo mi deseo de Ti. Que


deseándote, pueda amarte y amándote me disponga a recibirte con mayor
plenitud. Ayudame a enseñar a la humanidad que no sabe que te desea, a
desearte con un corazón limpio, convertido y ensanchado por tu gracia.

Oramos en comunión con toda la Iglesia que espera y decimos: “Oh


Sabiduría del Altísimo, que lo ordenas todo con firmeza y suavidad, ven y
muéstranos el camino de la prudencia”

Ven, Señor Jesús.

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II.- TIEMPO DE ESPERANZA
Yo esperaba con ansia al Señor y Él se inclinó. (Sal 39, 2).

“Quédate con nosotros, Señor, porque ha anochecido y se hace tarde”.

El tiempo de Adviento es tiempo de espera y esperanza.

Nos dice la Escritura: “Yo esperaba con ansia al Señor. Él se inclinó y


escucho mi grito, me sacó del pozo de la miseria, del fango cenagoso.
Asentó mis pies sobre roca y puso en mi boca un cántico nuevo”. (Cfr. Sal
39, 2-3)

La famosa oración de San Claudio de la Colombier, sobre la confianza en


Dios, una de las oraciones más hermosas sobre la esperanza, concluye del
modo siguiente: “Estoy seguro de que no puedo esperar con exceso de Vos
y de que conseguiré todo lo que hubiere esperado de Vos. Así, espero que
me sostendréis en las más rápidas y resbaladizas pendientes, que me
fortaleceréis contra los más violentos asaltos y que haréis triunfar mi
flaqueza sobre mis más formidables enemigos. Espero que me amaréis
siempre y que yo os amaré sin interrupción ; y para llevar de una vez toda
mi esperanza tan lejos como puedo llevarla, os espero a Vos mismo de Vos
mismo ¡oh Creador mío! Para el tiempo y para la eternidad. Así sea.”

Señor, en este tiempo de Adviento, enséñame a esperar en Ti y a no fiarme


de mí. Como un niño vive en paz y confianza ante el amor de sus Padres,
sabiendo que el futuro está en ay amor providente, que Yo también espere
que por tu Encarnación, me has dado parte en tu Vida eterna. Enséñame a
sembrar esperanza en el abismo de la soledad donde hace tiempo se perdió.

Oramos en comunión con toda la Iglesia que espera y decimos: “Oh Pastor
de la casa de Israel, que en el Sinaí diste a Moisés tu ley, ven a librarnos
con el poder de tu santo brazo”.

Ven, Señor Jesús.

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III.- TIEMPO DE VELA Y VIGILANCIA.
Estad en vela, porque no sabéis el día. (Mt 24, 42).

“Quédate con nosotros, Señor, porque ha anochecido y se hace tarde”.

El tiempo de Adviento es tiempo de vela y vigilancia.

“Dijo Jesús a sus discípulos: “Estad en vela, porque no sabéis qué día
vendrá vuestro Señor. Estad preparados, porque a la hora que menos
penséis viene el hijo del hombre” (Cfr. Mt 24, 42.44).

El Señor nos invita a permanecer en vela. Que la modorra de la rutina y de


la falta de amor, que la anestesia de las cosas y los tiempos no nos lleven a
descuidar la espera amorosa de Quien viene a nuestro encuentro en la
humildad de la carne.

Nos dice San Agustín: “Vela con el corazón, vela con la fe, con la caridad y
con las buenas obras; prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen,
alimentándolas con el aceite interior de una recta conciencia; permanece
unido al Esposo por el Amor, para que Él te introduzca en la sala del
banquete, donde tu lámpara nunca se extinguirá” (San Agustín, Sermón
93).

Dame, Señor, un corazón vigilante. Que no se apague mi amor, que no me


vuelva ciego a tu imagen que has dejado impresa en el hombre y a tu huella
que resplandece en la creación. Que no me duerma en el sueño de la
muerte, sino que viva vigilante a los signos que anuncian tu venida. Que
pueda anunciar tu venida donde la conciencia ha sido adormecida por el
pecado, la soberbia, el egoísmo y la injusticia.

Oramos en comunión con toda la Iglesia que espera y decimos: “Oh


renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos,
ven a librarnos, no tardes más”.

Ven, Señor Jesús.

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IV.- TIEMPO DE ORAR.
“Señor enséñanos a orar” (Lc 11, 1).

“Quédate con nosotros, Señor, porque ha anochecido y se hace tarde”.

El tiempo de Adviento es tiempo de oración con María y con la Iglesia.

“Estaba Jesús haciendo oración en cierto lugar. Y cuando terminó, le dijo


uno de sus discípulos: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus
discípulos”. (Lc 11, 1).

Es la oración la que mantiene la corriente mística que vivifica el mundo.


Como nos dice Santa Edith Stein: “Cuanto más profundamente esté
sumergida una época en la noche del pecado y en la lejanía de Dios, tanto
más necesita de almas que estén íntimamente unidas con Él. Aun en esas
situaciones Dios no permite que falten tales almas. En la noche oscura
surgen los grandes profetas y los santos. Sin embargo, la corriente
vivificante de la vida mística permanece invisible. Seguramente, los
acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente
influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y
cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos
decisivos de nuestra vida personal, es algo que sólo experimentaremos en
el día en que todo lo oculto será revelado”. (Santa Edith Stein, meditación
sobre la epifanía, 6 de agosto de 1940)

Señor, dame el Espíritu de oración. Enséñame a orar como discípulo tuyo.


Pon en mi alma y en mis labios el amor y las palabras que dignamente
puedan alabarte con el amor de tu Madre y el corazón de tu Esposa.
Concede a todos tus hijos el don de la oración.

Oramos en comunión con toda la Iglesia que espera y decimos: “Oh llave
de David, que abres las puertas del reino eterno, ven y libra a los cautivos
que viven en tinieblas”.

Ven, Señor Jesús.

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V.- TIEMPO DE PREPARACIÓN PARA ACOGER LA PALABRA
“Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos” (Mt 3, 2).
“Estoy a la puerta y llamo” (Ap 3, 20)

“Quédate con nosotros, Señor, porque ha anochecido y se hace tarde”.

El tiempo de Adviento es tiempo que nos enseña a acoger la Palabra que se


hace carne.

Nos dice la Escritura que “Por aquél tiempo, Juan el Bautista se presentó en
el desierto de Judea predicando: Convertíos, porque está cerca el Reino de
los cielos. Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: Una voz grita
en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”. (Mt 3,
2-3).

Como afirma San Cromacio de Aquileya: “Prepara estos caminos en tu


corazón, en tu mente, en tu interior. Allana en ti el camino de la pureza, el
camino de la fe, el camino de la santidad. Compón las rutas de la justicia,
quita de tu corazón todas las piedras de tropiezo que hacen de obstáculos.
Y entonces verdaderamente, por los pensamientos de tu corazón y por los
mismos movimientos de tu alma, a modo de sendas, entrará Cristo como
Rey” (Cromacio de Aquileya, Comentario al Evangelio de Mateo 8, 1).

El Señor llega para invitarnos a una comunión de vida: “Mira que estoy a la
puerta y llamo: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos”. (Ap
3, 20).

Prepara, Señor, mi corazón a tu venida. Quita todo estorbo y limpia toda


impureza. Espero con ansia que llames a mi puerta y que me invites a tu
Banquete Sagrado, para mí, del todo inmerecido. Enséñame a acogerte en
los rostros dolientes de nuestra humanidad sin esperanza y a invitar a los
desheredados de la tierra al banquete de tantos bienes que dispusiste para
nosotros.

Oramos en comunión con toda la Iglesia que espera y decimos: “Oh


Emmanuel, rey y legislador nuestro, ven a salvarnos, Señor, Dios nuestro”.

Ven, Señor Jesús.

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VI.- TIEMPO PARA VIVIR LA COMUNIÓN EN LA IGLESIA QUE
ESPERA
“Sucederá que aquél día me llamarás “Marido mío” y no me llamarás
más “Baal mío” (Os 2, 18).

“Quédate con nosotros, Señor, porque ha anochecido y se hace tarde”.

El tiempo de Adviento es tiempo para vivir intensamente la comunión de la


Iglesia que espera.

El Señor se dirige a su Iglesia por medio del profeta Oseas con estas
palabras: “Sucederá que aquél día me llamarás Marido mío y no me
llamarás más Baal mío. Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré
conmigo en justicia y derecho, en amor y misericordia. Te desposaré
conmigo en fidelidad, y quedarás penetrada del Señor” (Os 2, 18.21-22).

Afirma San Pedro Crisólogo: “Era necesaria una esposa para que, desde
entonces, la Iglesia fuese señalada como esposa de Cristo, según dice el
profeta Oseas: “Te desposaré conmigo en justicia y equidad; te desposaré
conmigo en misericordia y compasión; te desposaré conmigo en fidelidad”.
A esto añade Juan: “Quien tiene esposa es el esposo”. Y el bienaventurado
Pablo: “Os he desposado con un solo esposo para presentaros como una
virgen casta a Cristo”. Es verdaderamente esposa la que regenera la nueva
infancia de Cristo mediante un parto virginal” (San Pedro Crisólogo,
Sermones, 146).

Señor, que en el misterio de la Iglesia saliste a mi encuentro y en ella me


engendraste a la vida nueva. Que en comunión con ella pueda esperar
paciente tu venida. Configúrame como piedra viva e instrumento de
comunión y de paz, para que tu Esposa sea verdadero anuncio y sacramento
de salvación para todos los pueblos de la Tierra.

Oramos en comunión con toda la Iglesia que espera y decimos: “Oh Rey de
las naciones y Piedra angular de la Iglesia, ven y salva al hombre que
formaste del barro de la tierra”.

Ven, Señor Jesús.

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VII.- TIEMPO PARA ESTAR CON MARÍA, MADRE DE DIOS Y
MADRE NUESTRA
“Mirad, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por
nombre Enmanuel” (Mt 1, 23).

“Quédate con nosotros, Señor, porque ha anochecido y se hace tarde”.

El tiempo de Adviento es tiempo de María, es tiempo para acompañar a


María, Madre de Dios y Madre nuestra.

El ángel dirige estas palabras a San José, Esposo de la Virgen Madre:


“José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María tu mujer, porque
la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú
le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los
pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el
Señor por el profeta: “Mirad, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le
pondrán por nombre Enmanuel, que significa Dios con nosotros” (Mt, 1 20-
23).

Afirma San Bernardo: “Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un


hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo.
Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva
al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a
muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de
misericordia. Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación” (San
Bernardo, Homilía 4, 8).

Ojalá, Señor, pueda ser admitido en la compañía de María y José en este


tiempo de espera y de gracia. Que contemplando a María, en el silencio de
la noche, y la obediencia en la fe de José, aprenda a acoger la voluntad de
Dios sobre mi vida. Y que, acogiéndola, pueda hacer presente el Reino de
Dios, en que consiste la luz y la vida, la esperanza cierta de la humanidad
entera.

Oramos en comunión con toda la Iglesia que espera y decimos: “Oh Sol
que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de Justicia, ven ahora
a iluminar a los que viven en tinieblas y en sobra de muerte”.

Ven, Señor Jesús.