WINSTON S.

CHURCHILL
S U LI D E R AZ G O
LAS LECCIONES Y EL LEGADO DE UNO DE LOS HOMBRES MÁS INFLUYENTES EN LA HISTORIA

Mario Escobar

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© 2012 por Mario Escobar Publicado en Nashville, Tennessee, Estados Unidos de América. Grupo Nelson, Inc. es una subsidiaria que pertenece completamente a Thomas Nelson, Inc. Grupo Nelson es una marca registrada de Thomas Nelson, Inc. www.gruponelson.com Todos los derechos reservados. Ninguna porción de este libro podrá ser reproducida, almacenada en algún sistema de recuperación, o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio —mecánicos, fotocopias, grabación u otro— excepto por citas breves en revistas impresas, sin la autorización previa por escrito de la editorial. Editora General: Graciela Lelli Adaptación del diseño al español: Grupo Nivel Uno, Inc. ISBN: 978-1-60255-649-2 Impreso en Estados Unidos de América 12 13 14 15 16 QGF 9 8 7 6 5 4 3 2 1

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«¡Qué criatura tan brillante! Pero, de alguna manera, hay un gran golfo entre él y yo que no creo que jamás cruce. Me gusta. Me gusta su humor y vitalidad. Me gusta su valor... ¡Pero ni por todos los placeres del paraíso sería miembro de su personal! ¡Voluble! Una palabra de la que se ha abusado, pero es la descripción literal de su temperamento».
—Neville Chamberlain

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CONTENIDO

Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . I. Un privilegiado marginado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Los inicios no siempre tienen que ser buenos . . . . . . . . . . . . . . . . . II. Un militar que aprendió la disciplina . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . El valor del respeto a la autoridad y a las reglas . . . . . . . . . . . . . . . . III. Un periodista comprometido . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Las dificultades pueden enseñarnos más que las facilidades . . . . . . . IV. Un gran orador . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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Saber comunicar es fundamental para dirigir a otros hacia la meta . . 56 V. Afrontar nuevos retos y una dolorosa derrota . . . . . . . . . . . . . . . . . 79 Las vidas no son rectilíneas, a veces hay que volver a empezar . . . . . 80 VI. Sin miedo a cambiar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 107 Necesitamos tiempo para pensar y reordenar nuestras prioridades . . 108 VII. La conciencia de un país . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 121 Ver por encima de la mediocridad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 122

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Contenido

VIII. Enfrentarse a los problemas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 147 ¿Quién dijo que ser un líder fuera fácil? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 148 IX. Organizar el futuro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 197 Nadie conoce su destino, pero cada uno debe vivir como si lo supiera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 198 X. Seguir hasta el final . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 213 El verdadero liderazgo se termina con la vida . . . . . . . . . . . . . . . . . 214 Cronología . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Bibliografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Notas 217 219

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Acerca del autor . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 227

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INTRODUCCIÓN

Cuando Sir Winston S. Churchill se inclinó y sintió cómo un sudor frío le recorría la frente, tuvo temor. Al otro lado, la Cámara de los Comunes, millones de británicos y todo el mundo libre esperaban escuchar sus palabras. Nadie quería perderse el mensaje del nuevo primer ministro, que apenas unos días antes había formado gobierno a petición del rey Jorge VI. Churchill respiró hondo y pensó por unos instantes el enfoque de su discurso. Podía optar por emplear el tono pesimista y derrotista de su antecesor Neville Chamberlain. Sin duda, la situación era lo suficientemente difícil para sentirse acorralado. La otra opción consistía en mostrar un optimismo infantil, ignorando los peligros que se cernían sobre la isla y el resto del mundo. No le convenció ninguno de los dos planteamientos. El primer ministro inclinó la cabeza y tomó aire por última vez. El público aguardaba en silencio, con el corazón en un puño y deseoso de aferrarse a cualquier esperanza. Churchill levantó el rostro, después carraspeó y acto seguido comenzó a hablar:
Debemos recordar que estamos en las fases preliminares de una de las grandes batallas de la historia, que nosotros estamos actuando en muchos puntos de Noruega y Holanda, que estamos preparados en el Mediterráneo, que la batalla aérea es continua y que muchos preparativos tienen que hacerse aquí y en el exterior. En esta crisis, espero que pueda perdonárseme si no me extiendo mucho al dirigirme a la cámara hoy. Espero que cualquiera

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Introducción

de mis amigos y colegas, o antiguos colegas, que están preocupados por la reconstrucción política, se hagan cargo, y plenamente, de la falta total de ceremonial con la que ha sido necesario actuar. Yo diría a la cámara, como dije a todos los que se han incorporado a este gobierno: «No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor...».1

Todos se quedaron boquiabiertos, ¿quién era aquel hombre? ¿Cómo podía hablar con tal seguridad en uno de los momentos más difíciles de la historia del mundo? Sin duda Winston Churchill, un miembro de la aristocracia británica, era todo menos convencional. George Orwell, el famoso escritor, dijo de él: «Es más parecido a un hombre de la calle que a una figura pública». Uno de los libros que más se ha aproximado a la verdadera personalidad del primer ministro fue el publicado en 1968, con el título: Churchill: Four Faces and the Man [Churchill: Las cuatro caras del hombre]. En el libro se analizaban las cuatro facetas principales del personaje: el líder, el político, el historiador y el hombre, aunque Churchill tenía muchas más caras. No olvidemos que también fue un gran escritor, reportero, militar, pintor, parlamentario, orador y sobre todo un luchador. En la década de los años setenta y ochenta, surgieron las visiones más críticas sobre el personaje. Aparecieron libros como Churchill: A Study in Failure, en el que se destacan los numerosos errores cometidos por el primer ministro, sobre todo en los primeros años como parlamentario y ministro de diferentes gobiernos. Aunque la obra más demoledora contra Winston Churchill fue Churchill: The End of Glory, el libro de John Charmley que intentó destruir el mito de «el hombre que salvó a Europa». La obra de Lord Jenkins, publicada hace algunos años, ha intentado rehabilitar una figura que para el gran público sigue siendo una de las más importantes de la historia. Churchill fue ante todo fiel a sí mismo, un hombre valiente, decidido, persistente y con una capacidad de mando excepcional. Pero sigamos escuchando su discurso ante la Cámara de los Comunes, antes de que abramos el telón de la historia:

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Introducción

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Tenemos ante nosotros una prueba de la más penosa naturaleza. Tenemos ante nosotros muchos, muchos, largos meses de combate y sufrimiento. Me preguntan: «¿Cuál es nuestra política?» Se lo diré: Hacer la guerra por mar, por tierra y por aire, con toda nuestra potencia y con toda la fuerza que Dios nos pueda dar; hacer la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en el oscuro y lamentable catálogo de crímenes humanos. Esta es nuestra política.2

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El éxito es apr ender a ir de fr acaso en fr acaso sin desesper arse.

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Capítulo I

UN PRIVILEGIADO MARGINADO

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Los inicios no siempre tienen que ser buenos
El año 1874 fue relativamente tranquilo. Cuatro años antes habían terminado las guerras en el continente, se había culminado el proceso de la unificación de Italia y Alemania y, en Gran Bretaña, las revoluciones sociales parecían apaciguarse mientras Europa entraba en un largo periodo de estabilidad. Benjamín Disraeli acababa de comenzar su segundo mandato como primer ministro y el Imperio Británico seguía extendiéndose por el mundo entero. La Época Victoriana estaba en pleno apogeo. Fue un periodo caracterizado por un estilo de vida particular y una concepción del hombre y del mundo, que iba a desaparecer por completo en el siglo XX. El propio Winston Churchill, en su libro Mi juventud, definió muy bien los cambios que se iban a producir en el mundo en el último cuarto del siglo XIX:
Cuando analizo este libro como un todo, me doy cuenta de que he descrito una época que ya ha desaparecido. El carácter de la sociedad, los fundamentos políticos, las tácticas de guerra, la actitud de los jóvenes, la escala de valores, todo ha cambiado, y lo ha hecho hasta un punto que nunca hubiera imaginado que pudiera producirse en tan breve periodo de tiempo sin una revolución social violenta. Y no creo que todo haya cambiado para mejor. Yo fui un niño de la época victoriana, cuando los cimientos de nuestro país parecían estar sólidamente asentados...1

¿Cómo era el mundo en el que nació Winston Churchill? ¿Cuáles fueron los principios básicos de su educación? ¿Qué oportunidades le ofrecía la vida?
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Un privilegiado marginado

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Noble cuNa
Si analizamos superficialmente su vida, podríamos pensar que el nieto de George Spencer-Churchill, duque de Marlborough, el hijo de Lord Randolph Churchill, varias veces ministro y presidente de la Cámara de los Comunes, iba a tener una vida fácil y llena de comodidades. Nada más lejos de la realidad. Sir Winston Leonard Spencer-Churchill, ciertamente nació el 30 de noviembre de 1874 en el Palacio de Bleheim, Woodstock, Oxfordshire, la suntuosa casa familiar, aunque sus primeros años los pasó en Irlanda. Su padre era el secretario personal de su abuelo, recién nombrado Lord Gobernador de la isla, pero fue un niño solitario, apartado del afecto de sus padres. Su madre, Lady Randolph Churchill, norteamericana, hija de un rico hombre de negocios y una de las damas más distinguidas de la sociedad, pasaba más tiempo organizando fiestas, montando a caballo o viviendo aventuras con sus numerosos amantes, en compañía de su hijo Winston. Por eso, una de las personas que más le influyó en aquellos años fue su niñera, la señora Everest. Esta humilde mujer marcó algunos de los rasgos más característicos de Churchill. Él mismo lo declara en su autobiografía: «Mi confidente era mi niñera Everest. La señora Everest me cuidaba y entendía todas mis necesidades».2 La niñera, una mujer de fe sencilla, le instruyó en sus primeros pasos cristianos. La señora Everest era simpatizante de la Baja Iglesia Anglicana, muy próxima a las ideas de los no conformistas, por ello Churchill siempre mantuvo una fría relación con la Alta Iglesia Anglicana, mucho más ceremoniosa y ritualista.3 Winston Churchill pasa casi de puntillas a la hora de relatar su infancia en su autobiografía, pero sin duda sus relaciones con sus padres no eran buenas. La madre de Churchill pasó muy poco tiempo con él, aunque en su etapa juvenil le apoyó en algunos proyectos profesionales y le mandó fielmente la asignación que le correspondía. De ella diría Churchill que era como un lucero vespertino, a la vez distante y anhelado. En su etapa adolescente, su trato epistolar era cercano, aunque en la época castrense de Churchill, cuando el dinero de la familia comenzó a escasear, surgió cierta tensión entre ambos. La relación de Churchill con su padre fue prácticamente nula. Lord Randolph era un hombre extremadamente ocupado, que dedicaba más tiempo a su

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vida pública y su carrera política que a la familia. En los últimos años, Lord Randolph estuvo enfermo, lo que le mantuvo deprimido y alejado de la gente que le rodeaba. A pesar de la poca relación paterno-filial, Churchill imitó a su padre en muchos aspectos. De él heredó su carácter difícil y su ambición política, también su sencilla pero contundente oratoria. La única charla en la que Winston Churchill sintió por primera vez que se conectaba con su padre fue en Chartwell, cuando su progenitor charló con él después de haber tomado unas copas de más. El joven Winston comentó acerca de aquella velada: «Esta noche hemos hablado más de lo que jamás conversé con mi padre en toda su vida».4 Churchill admiraba profundamente a su progenitor, como lo pone de manifiesto en su autobiografía al reconocerle como un gran hombre de Estado. La opinión de sus contemporáneos hacia su padre no era tan favorable. A pesar de que la mayoría reconocía las habilidades oratorias de Lord Randolph, tenía el don de la insolencia, era desmedidamente ambicioso y podía llegar a ser cruel. Su humor ácido, su encanto personal y la fama de su apellido, le convirtieron en uno de los políticos más populares del momento. Lord Randolph logró ser ministro en varias ocasiones y era uno de los miembros más destacados del partido conservador. El padre de Churchill era independiente y no dudó en criticar a su propio partido cuando pensó que lo merecía. Sus ideas eran conservadoras, pero con algunos matices progresistas, hasta cierto punto en la línea que Winston Churchill iba a desarrollar durante su carrera política. Los padres de Churchill no eran muy religiosos y su moral dejaba mucho que desear. Ambos cónyuges habían sido infieles el uno al otro en varias ocasiones, una actitud que repudió Churchill toda su vida, al considerarla hipócrita e inmoral. Tras la muerte de su marido Lady Randolph volvió a casarse en dos ocasiones, primero con George Cornwallis-West y más tarde con Montague Phippen Porche, un joven tres años menor que su hijo Winston. Entre sus numerosos amantes se cree que se encontraba el rey Eduardo VII. Su hermano, John Spencer Churchill, era seis años menor que Winston. Churchill no habla mucho de él en sus memorias, tal vez porque permanecieron

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gran parte de su vida separados por colegios y academias. El único periodo que pasaron juntos fue en la Guerra de los Boers, en Sudáfrica. John era oficial del ejército y Winston ejercía como corresponsal de guerra en aquel momento.

uN mal estudiaNte
La educación de Churchill no fue sencilla. Después de vivir los primeros años como un niño mimado, sin muchas obligaciones, la llegada de una institutriz a la casa y la obligación de aprender a leer y escribir en unos meses le traumatizaron. Su niñera le había enseñado algunos rudimentos, pero tuvo que aprender rápidamente a leer, para ingresar en uno de los colegios privados en los que se criaba la élite del país. Winston dice acerca de esta experiencia:
Cuando llegó la fatídica hora de la incorporación de la institutriz, en modo alguno había completado mi preparación. Hice lo que han hecho muchas personas oprimidas en situaciones parecidas: hui al bosque [...] Transcurrieron varias horas antes que dieran conmigo y me entregasen a la institutriz.5

La indisciplina y rebeldía del pequeño Churchill era manifiesta y se agravó más tras su llegada a la escuela. A los siete años fue enviado a Saint James, uno de los centros más modernos de la época. En las aulas apenas había diez alumnos y estaban dotadas de modernidades como piscinas y luz eléctrica. Winston Churchill tuvo su primer choque a los pocos minutos de llegar a la escuela. Un profesor le sentó enfrente y le pidió que declinara un verbo en latín. Cuando el niño le dijo que no entendía para que servía todo aquello, el profesor le amenazó con castigarle por insolente. El niño tuvo que enfrentarse a un mundo hostil, muy alejado de las comodidades y cuidados de su niñera. Además, su tartamudez no le proporcionaba mucha seguridad en un ambiente tan opresivo y disciplinado. Muchos de los profesores y sus propios padres pensaron que su atraso se debía a algún tipo de disfunción o incapacidad intelectual, aunque, con toda probabilidad, Churchill era un niño superdotado, que no encontraba en el rígido sistema de educación victoriano el apoyo necesario.

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Churchill aprovechó su estancia en la escuela para leer todo lo que caía en sus manos. Su aversión a las lenguas clásicas fue algo que le persiguió de por vida. Él mismo cuenta que, en los doce años que estuvo en la escuela, no aprendió nada de latín. Tras una grave enfermedad, Churchill logró salir del colegio St. James. En 1883 fue trasladado a un nuevo colegio en Brighton. El centro era más humilde, pero su adaptación fue mucho mejor. Allí aprendió francés, historia, literatura, podía montar a caballo y nadar. El único inconveniente de la nueva escuela era su rechazo al ritualismo de la Alta Iglesia Anglicana y su formalismo.6 En los primeros años de la vida de Winston Churchill vemos algunos rasgos de su carácter, pero también algunas de las pautas básicas que se han dado a lo largo de la historia en muchos líderes. La primera condición para la formación del carácter de líder son las dificultades y cómo se enfrenta a ellas. En el caso de Churchill logró superar muchos de esos obstáculos como: su tartamudeo, sus traumas personales y su falta de adaptación a los modelos autoritarios. El mismo Churchill dice de esta etapa de su vida:
Fue muy ingeniosa la delicada forma en que aquellas dos señoras trataron mis escrúpulos. Los resultados correspondieron a sus atenciones. Nunca jamás he vuelto a causar problemas o a sentirme turbado hasta tal extremo. Como no había violencia ni malos tratos, poco a poco fui adoptando una actitud tolerante y una mentalidad amplia.7

La segunda condición es tener una opinión propia de las cosas aunque esta entre en conflicto con la de la mayoría. La tercera condición es el amor al conocimiento. Churchill nunca aborreció el aprendizaje, pero sí que nadie se molestara en enseñarle las utilidades de las materias que tenía que estudiar. La cuarta de las condiciones que formaron el carácter de líder de este niño solitario fue la fidelidad a sus convicciones, sobre todo a las adquiridas a través de la señora Everest.

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Por último, la quinta condición fue el tener un modelo a seguir y una vocación. El modelo era su padre que, a pesar de ser distante, constituía para Churchill un ejemplo del hombre en el que quería convertirse. La vocación fue la carrera militar. Winston Churchill fue un niño difícil, solitario y lleno de complejos, pero supo transformar todo eso positivamente, reforzar su personalidad, reaccionar favorablemente cuando intuía que la gente quería ayudarle y convertir sus ideas rígidas en otras más tolerantes. En definitiva, había aprendido a negociar. La vida se compone de muchos acuerdos, en los que unas veces salimos mejor peor parados unos y otras veces otros. Winston Churchill jamás olvidó este principio y se convirtió en uno de los mejores negociadores de la historia. Mientras cruzaba la verja de su nuevo centro de enseñanza, Harrow, ya no era el mismo niño asustado al que le había costado separarse de las faldas de su niñera, ahora era un adolescente que empezaba poco a poco a confiar en sí mismo.

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El éxito no es definitivo, el fr acaso no es fatídico. Lo que cuenta es el valor par a continuar.

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