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I

Miró a la víctima sin pasión, como hace el tirador olímpico con el


blanco. Enfocó a los ojos no para ver su brillo o su expresión sino sólo para
poner el punto de mira en el espacio que los separaba. No vio el
desconcierto primero que asomó a la mirada inquieta ni el pavor que
prendió después en las enormes pupilas que se habían convertido en un
abismo sin fondo, cuando a la víctima le asaltó la seguridad de que iba a
disparar. Y justo un segundo antes de que intentase articular la primera
palabra, la que pedía explicaciones, nunca clemencia ni piedad, el asesino
disparó. Fue un mal tiro que desgarró el hombro izquierdo y arrojó con
violencia el cuerpo sobre la cercana mesa. Ni el ruido del disparo ni el de la
falsa crátera ática que reposaba sobre la mesa y cayó al suelo haciéndose
añicos asustaron al asesino ni descompusieron su figura. Dio cuatro pasos y
se detuvo sobre el cuerpo encogido de dolor de la víctima. Disparó una vez
más, ahora con precisión, abriendo un agujero entre los ojos y se fue. No se
molestó en registrar la casa, en simular un robo, en hacer que pareciese que
alguien hubiese tenido una pelea. Simplemente se fue. Sobre el suelo de
madera vieja quedó como quedan los cadáveres asesinados, inmóvil y
nadando en sangre, el cadáver de la víctima.
A Froilán Losantos lo mataron una noche de otoño. Acababa de salir
del baño y, aún desnudo, con la toalla en la mano, lo último que oyó fue el
ruido del asesino cerrando la puerta de su casa. Cuando el verdugo se fue,
dibujaban un bello cadáver las gotas de agua de la ducha mezclándose con
la sangre que manaba de su cabeza. ¡Lástima que el tiempo estropease tan
bella estampa!

Al mismo tiempo que mataban a Froilán Losantos, a cientos de


kilómetros del asesinato, la pequeña muerte abandonaba a Carmen
Martínez. El cuerpo sudoroso de Ángel López se escurrió entre sus brazos
y un grito ahogado, un gemido incompleto, un susurro que no llegaba casi a
tal se oyó entre los otros mil ruidos de la noche urbana. Aquel gemido,
aquel susurro ahogado sonó a música celestial en los oídos de Ángel López.
Cada vez que ella, o cualquier otra mujer, se deshacía en agua aprisionada
entre sus brazos, se le erizaban todas las neuronas del cerebro y una
sensación de deleitación extrema le abría la espalda. Aquel placer, el de
verla con la mirada perdida y la respiración levemente acelerada,
cabalgando sobre su propio corazón totalmente desenfrenado, le producía
la sensación perfecta de plenitud. Era un placer que no duraba más de unos
segundos, hasta que ella lo abrazaba y se unía a él en un largo y tierno
beso, pero no necesitaba más en aquel momento para alcanzar el sumo
arrobamiento, sólo deseaba que se volviese a repetir lo más pronto posible.

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-Me da miedo marchar y dejarte solo-dijo Carmen tras el beso, aún
jadeante.
Hubo un largo silencio, él no respondió. Qué podía decir. Nada
podría amortiguar el dolor que presumía en la mujer que yacía a su lado y
que, al mismo tiempo, era también su dolor. Los sonidos de la noche les
dieron una pequeña tregua y, uno al lado del otro, pudieron escucharse
respirar, ahora, tras la breve tempestad, a un ritmo cansino que se volvía
pesado poco a poco.
-Me da miedo marchar- repitió Carmen con voz susurrante, pero
angustiada.
Ángel permaneció en silencio nuevamente. Era un silencio agobiante
para los dos. Una motocicleta que subía veloz por la calle lo rompió.
-Háblame, por favor. Dime algo. No sé, lo que sea. Pero por favor no
te quedes así, tan callado. Me das miedo. Me da miedo tu silencio.
-Qué quieres que te diga, ¿adiós? No, no quiero. No puedo, Carmen.
Ahora calló ella. Un último beso y la respiración de él se volvió cada
vez más lenta y pesada hasta que quedó profundamente dormido. Ella,
prisionera de un insomnio inclemente, lo miró durante horas, las que sabía
que serían las últimas en su compañía en mucho tiempo. Ángel estaba
quieto, tan quieto como el cadáver de Froilán Losantos que, inmóvil, a
cientos de kilómetros de ella, comenzaba a pudrirse sobre el suelo de
madera vieja de su casa.

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A la mañana siguiente, pasado ya el mediodía, Carmen Martínez se


sentó con cuidado de no arrugar la ropa sobre el ajado asiento del tren; le
quedaba un largo trecho y no quería descomponer su figura. Pero tenia
sueño y dejó caer la cabeza sobre el cristal de la ventanilla y, aunque lo
notó helado y húmedo sobre la frente, el adormecimiento que sentía pudo
con el frío y así, recostada sobre el cristal, con la mirada triste, dejó su casa
y su ciudad. Poco a poco fue cayendo en un dulce letargo del que de pronto
despertaba con la amarga imagen de la ausencia de Ángel. La sonrisa
bendita que tenía y el brillo pícaro de los ojos se le cruzaron mil veces
impidiéndole dormir. Al cabo de una hora de traqueteo, desistió. Había
pasado toda la noche dando vueltas en la cama sin conseguir apenas dormir
y el largo, aburrido y odioso viaje, para el que había albergado la esperanza
de recuperar las horas de insomnio se le presentaba como otra página más
en blanco en el libro de los sueños. Miró aburrida el paisaje hasta que el
recuerdo de Ángel le cubrió nuevamente la vista. Se cambió de postura en
el asiento y Ángel seguía allí. Se llamó tonta. Ya eres demasiado mayor
para esto. No eres ninguna adolescente para que te quedes colgada como
una tonta con un hombre. Es sólo un hombre. Tienes que continuar con la
vida. La vida, ¡qué gracia¡ él era el hombre de su vida y se alejaba de él al
ritmo traqueteante del tren.
-No llores. En una semana nos volveremos a ver- la voz de Ángel era
grave, dulce y armoniosa.
-No, no es eso. No quiero verte de semana en semana, quiero estar
contigo día a día. No es justo lo que me está pasando.
La reciente despedida se le antojaba ahora muy lejana, como si
hubiera sido un sueño. No, como una pesadilla. La peor de su vida. Le
parecía imposible que le estuviera pasando aquello. De un momento a otro
despertaría y Ángel la abrazaría y la estrecharía contra él con fuerza. Con
mucha fuerza.
El tren se detuvo en alguna parte de la llanura castellana. La brusca
parada la sacó de sus pensamientos. Hurgó en el bolso de mano hasta
conseguir un libro: guía de Orense. Lo abrió por una página al azar, pero no
leyó siquiera el primer párrafo. Cerró el libro y el tren reanudó la marcha.
Todas las ciudades del mundo parecen feas vistas desde el tren, es
como si trazasen las vías por la parte de atrás de la metrópoli, por lugares
que se hubiese construido para que nadie la viese y luego los exhibieran
colocando allí las vías para que todos los viajeros pudiesen fisgonear en la
cara más deslucida de la urbe. Carmen miró las fachadas agrietadas y
descascarilladas, las ventanas llenas de ropa tendida y pensó que nunca
podría vivir en un lugar así en el que parecía que lo oculto, lo que estaba

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tras las fachadas, sería aún peor que lo que se veía. Estaría lleno de
habitaciones de paredes desconchadas y sucias, de cocinas grasientas y
desordenadas, de portales fríos y oscuros. Todo le pareció espantosamente
sórdido. Cuando ya el tren abandonaba la ciudad y se adentraba en el
campo abierto, los ojos se le llenaron de agua y una lágrima estuvo a punto
de desbordar los párpados. Los ojos se le llenaron de agua y hubo de
realizar un gran esfuerzo para no romper a llorar. ¡Dios mío! ¡Dónde iré yo
a vivir! Se le pasó por la cabeza que en la nueva ciudad habría un lugar así,
toda la ciudad sería un lugar como ese, gris, triste, mísero. Cualquier lugar
fuera de su casa en Madrid lo sería. La culpa de aquel pensamiento que no
había dejado de obsesionarle desde hacía varios días era de Marta.
-Yo no podría dejar mi casa- había dicho cuando le contó que tenía
que dejar Madrid. No le había preguntado la razón del traslado ni cómo se
sentía ni lo que pensaba, sólo había dicho: yo no podría dejar mi casa.
Había llegado a la cafetería casi despeinada, sin retocar el maquillaje,
con un brillo en los ojos que era el reflejo de las lágrimas de ira y
desesperación y una expresión en el rostro de enfado y fiereza, de cólera a
punto de estallar y le había contado a Marta que se tenía que ir de Madrid,
Marta la había mirado con una sonrisa estúpida y todo lo que le había dicho
era eso: yo no podría dejar mi casa. Y a ella que le importaba que Marta
pudiese o no dejar su casa. Ella tampoco podía y lo había hecho. Allí
estaba, en un tren camino de su infierno personal: la ausencia de Ángel.
-¡Qué putada, chica! Y cuándo te vas- Marta la había mirado como si
le preguntase la hora, sin borrar la tonta sonrisa de la cara.
-Ya- contestó y rompió a llorar.
Ahora, con la distancia de los días y la tierra que había puesto el tren
entre ella y su pasado más reciente, sentía vergüenza por haber llorado de
aquel modo delante de Marta. No se merecía ver sus lágrimas. Yo no
podría dejar mi casa. Y desde aquel momento no había hecho más que
pensar en dónde iría a vivir y en que se iba a separar de Ángel. Su casa
había quedado vacía y triste con Ángel llorando su ausencia. Ángel estaba
tan destrozado como ella, no tenía ninguna duda.
-No llores, mujer-. Las palabras de consuelo de Marta no habían sido
más que esas: no llores, mujer. A duras penas logró controlarse y secar las
lágrimas del rostro. Compuso el maquillaje como pudo e intentó sonreír.
Miró a Marta que se encontraba visiblemente incómoda con su llanto.
-Así está mejor- le oyó decir.
Hipó un poco y, con disimulo sorbió las lágrimas que habían ido a
dar a la nariz. Marta esbozó una risita histérica.
-Vaya faena que haces. Ya me dirás con quien voy a tomar café
ahora los jueves y con quien voy a ir a gimnasio-dijo sin dejar de sonreír.
Recordaba haberla mirado con odio. Qué culpa tendría Marta de que
ella tuviera que irse. De todos modos, la recordaba con un odio que, en el

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fondo, era envidia. Marta en Madrid, a aquella hora, estaría de regreso a
casa del gimnasio, recién duchada, joven, guapa y elegante. Ángel siempre
le había dicho que ella era más guapa que Marta. Y más elegante. Y en
verdad que lo era. Pero ahora Marta estaría volviendo del gimnasio y ella
iba camino del infierno en aquel maldito talgo viejo y decadente.
El atardecer la sorprendió entre sus pensamientos. Miró el reloj y se
alegró de que ya estuviesen a punto de llegar. Se sentía mal en el tren.
Orense la recibió con una tromba de agua que comenzó a caer
cuando el tren alcanzaba las primeras casas del extrarradio. Acaso en otras
circunstancias habría mirado con curiosidad la puerta de atrás, eso es lo que
era siempre la entrada del ferrocarril, de la ciudad a la que llegaba, pero
aquel día no se preocupó ni de mirar a la ventanilla para ver su rostro
reflejado sobre el fondo oscuro del paisaje.
Su único equipaje era una maleta pequeña, lo imprescindible, casi
hasta la tacañería, para los mínimos días de estancia, así que bajó ligera del
tren. Como llovía tanto, hubo de esperar un buen rato hasta conseguir un
taxi y desde la puerta de la estación observó la que en adelante sería su
nueva ciudad y luego la continuó contemplando durante la carrera del taxi.
Las calles estaban brillantes por el agua y reflejaban las luces de las farolas
y de los semáforos, el tráfico era muy pesado, poco menos que atascado por
la repentina lluvia, pero daba a la pequeña villa un aire cosmopolita que
casi la hacía aparecer a los ojos de Carmen hermosa y viva.
No cenó. Pasó la noche en una pensión no muy lejana a su nuevo
trabajo, pero tampoco durmió; dio mil vueltas en la cama, lloró, sollozó y
gimió lamentando su mala suerte hasta que los ojos estuvieron tan secos y
rojos que ya no pudo llorar más. A esa hora, cuando se le secaron los ojos,
ya hacía tiempo que había asomado el sol y se colaba por la ventana entre
las ajadas láminas de la persiana mal cerrada. Se levantó con cierto alivio
por dejar el lecho, había sido una noche interminable y espantosa en la que
la rabia y la impotencia se habían hartado de nadar entre sus lágrimas, pero
sentía también una visible inquietud pensando en lo que le depararía el día
que iniciaba.
Desde que había hablado con el tío Antonio tenía el convencimiento
de que su vida marchaba por una pendiente engrasada camino del pozo de
los detritus. El tío Antonio la había recibido en el despacho. Era la primera
vez que lo veía allí ya que pese a trabajar tan cerca el uno del otro, nunca
antes había tenido necesidad de visitarlo, siempre había sido la tía Ramona
la que se encargaba de invitarla a las comidas familiares y esos habían sido
sus únicos encuentros con el tío Antonio desde que su padre muriese.
-No te dejes engañar por el despacho- dijo el tío Antonio cuando
entre lloros le contó que tenía que dejar Madrid-. Yo ya no pinto nada aquí-
continuó tras un breve descanso-, soy un cero a la izquierda, no tengo
ninguna atribución ni competencia, lo único que me han dejado ha sido el

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despacho y resulta muy cómodo para leer la prensa. A estas alturas es lo
único que hago. No soy más que un viejo inútil- la mirada del tío Antonio
se perdió en el infinito, acaso añorando los viejos tiempos, pero Carmen,
agobiada por sus propios problemas no se dio cuenta.
-Pero tío...
-Carmencita, no puedo ayudarte, de verdad. No sé quien es ese
Andrade del que hablas ni sé porqué te trasladan. Mira, en otras
circunstancias incluso te diría que eso podría ser una venganza, que te
estuvieran utilizando para hacerme daño, pero tal y como están las cosas
ahora, no pienso ni en eso. No soy nadie, Carmencita, en unos meses me
jubilo y ese Andrade seguro que no sabe nada de tu relación conmigo,
bueno, por no saber, seguro que no sabe ni que existo. Yo fui alguien, tú lo
sabes, pero ahora...-el tío Antonio de dejó la frase en el aire, más
preocupado por su perdida carrera profesional que por el traslado de la
sobrina.
Carmen recordaba perfectamente la conversación, el tío Antonio,
protector como siempre lo había sido, se interesó por todo el proceso del
traslado y le dio unos cuantos consejos que debería haber recibido, y
seguido, unos meses antes; pero esos mismos consejos ya se los había dado
Andrade, aunque también con retraso.
El agua de la ducha estaba demasiado fría, no había valido de nada
esperar a que calentase, y con el cuerpo aún tibio de la noche pasada le
resultó lo bastante desagradable como para que el baño fuese muy breve.
Después permaneció sentada un largo rato sobre la cama con la toalla en la
mano hasta que, casi helada, al fin decidió a vestirse. Luego, en pie frente
al espejo, tardó más de media hora en disimular como pudo las huellas de
la plañidera noche en el rostro.
Cuando dejó la pensión un reloj no muy lejano daba las diez. Era
demasiado temprano y aquel sería, sin duda, un día muy largo. Pese a que
nunca había tenido un apetito muy voraz, aquella mañana tenía hambre. Lo
cierto era que el día anterior apenas si había probado bocado. Desayunó
café y una tostada en una cafetería cercana, intentó leer la prensa para hacer
tiempo o, más bien, para postergar la hora del encuentro con su nueva
realidad. Pero cuando daban las diez y media en el reloj, pudo más la
ansiedad que el miedo y se encaminó a su nuevo lugar de trabajo. No fue
un paseo muy largo y sólo hubo de preguntar una vez para encontrar la
dirección. A aquella hora la ciudad estaba animada, apenas quedaban
rastros de la tormenta del día anterior y el sol otoñal brillaba con fuerza.
Acaso fuese uno de los últimos días agradables del año antes de que
llegasen el frío y las nieblas. Se alegró de poder ponerse las gafas de sol
que taparían lo que de las ojeras el maquillaje dejaba aún al descubierto.
Su punto de destino era un edificio extraño que no se correspondía en
mudo alguno con lo que cualquiera hubiera tomado por una comisaría de

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policía; era una mole de hormigón de forma cuadrada y grandes columnas
que más bien parecía un colegio. Antes de entrar se detuvo cinco minutos
para componer la figura e intentar relajarse. Cuando se convenció de que su
aspecto era el adecuado, reanudó la marcha. Como siempre en todas las
comisarías del país una larga cola esperaba frente al cartel que decía D.N.I.
Bordeó la cola y se acercó a preguntar a un agente uniformado. Después de
identificarse la recibió con cordialidad y le dio una bienvenida casi efusiva.
Era lo bastante bella como para provocar esa conducta en los futuros
compañeros de trabajo. Luego la condujeron amablemente a una sala no
muy grande en la primera planta del edificio y se sentó a esperar. El jefe en
persona quería hablar con ella. El jefe. No sabía si esa era una buena o mala
noticia. Su última conversación con un comisario había sido realmente
desastrosa.
El comisario era un hombre de no más de cincuenta años, moreno, ni
muy alto ni muy gordo, pero de complexión fuerte. Tenía los ojos negros y
vivaces y un bigote también muy negro y poblado. En la cabeza no le
faltaba ni un pelo y todo él era negro y rizado, muy rizado. Se incorporó al
verla entrar en el despacho y la saludó con la mano extendida. Carmen notó
el fuerte apretón en su mano lánguida.
-Siéntese-dijo el comisario-. Soy Manuel Pombal. Aunque me
imagino que ya lo sabrá.
Al sentarse, con cuidado pasó las manos por la falda para evitar que
se arrugara. De alguna manera tenía que disimular su nerviosismo y
mientras las llevaba a la falda sabía que hacer con ellas.
-Gracias-farfulló ya sentada.
El comisario hizo un breve silencio que a ella le pareció enorme. La
miró un par de veces a la cara, pero enseguida apartó la mirada. Carmen
también rehuyó los vivarachos ojos que la escudriñaban.
-Bueno, la verdad es que lamento su situación pero no por ello voy a
dejar de darle la bienvenida-dijo al fin el comisario-. No vamos a decir que
nos alegramos de tenerla entre nosotros porque es evidente que usted no se
alegra de estar aquí, pero de todos modos le deseo una feliz estancia. Nunca
se sabe donde está lo mejor...-hizo una pequeña pausa y continuó-: Yo no
voy a ser juez de nadie, así que no quiero juzgar ni la actuación de ningún
compañero mío ni la suya en el pasado...
-Creo que no se debe de dejar guiar por las apariencias-interrumpió
Carmen con voz temblorosa-. Todo esto es una gran injusticia-titubeó-, una
venganza.
Después de pronunciar la frase se sintió estúpida. Era exactamente lo
mismo que le había dicho al comisario Andrade en su última jornada de
trabajo en Madrid. Andrade la había mandado llamar al despacho. Era la
cuarta vez en lo que iba de mes y aún no había llegado el día veinte. En las
otras tres ocasiones, el comisario había sido, como siempre grosero y mal

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educado, no la había mandado sentar ni la había saludado, simplemente se
había limitado a gritarle y a llamarla incompetente. Pero en aquella
ocasión, en la última, Andrade la había recibido con un buenos días,
Martínez, siéntese que la asustó más que los gritos. Al sentarse había
pasado las manos por la falda cuidando que no se arrugase y notó que le
sudaban.
-El suyo ha sido el caso más impresionante de incompetencia e
indolencia que he visto en mi vida-había dicho Andrade con el gesto muy
serio.
Carmen enrojeció al oír aquello.
-Es un caso tan grave-continuó el comisario Andrade- que no se ha
molestado en hacer un recurso contra el expediente sancionador. Me
imagino que recurrir era demasiado trabajo- daba la impresión de que en
aquel momento el comisario sentía más que ella que no hubiera hecho el
recurso.
El tono de voz del comisario se fue elevando poco a poco. Era
evidente que se encontraba incómodo, pero Carmen lo percibió como
agresividad y rechazo hacia ella.
-Lamento mucho comunicarle que desde hoy ya no es usted
funcionaria de esta comisaría. Siempre pensé que era una sanción excesiva,
pero viendo que no se ha molestado siquiera en hacer una alegación, en
presentar un puñetero escrito, creo que no se merece otra cosa que el
traslado que acaba de firmar el ministro. En secretaría le comunicarán su
nuevo destino. Puede retirarse.
Carmen se quedó blanca. No acertó a mover un solo músculo más
que para balbucear:
-Todo esto es una gran injusticia, una venganza.
Al oír aquella frase, el comisario Pombal se pasó la mano por el pelo
haciendo desaparecer los dedos entre los rizos. Aspiró profundamente y
resopló. En el despacho olía a tabaco y el comisario hizo ademán de
llevarse la mano al bolsillo de la chaqueta, pero se contuvo.
-Mire, agente Martínez, no creo que sea buena idea escarbar en el
pasado. Digamos que lo mejor es hacer borrón y cuenta nueva. Su
expediente no es de los mejores que he visto, lo reconozco, pero nunca es
tarde para convertirse en un buen policía. No sé si esto es una venganza,
aunque no lo creo, o si es un caso de incompetencia suprema, que tampoco
lo creo, un error o un malentendido me parecen más probables y creo que
es mejor considerarlo como esto último.
Carmen calló. Qué podía contestar al discurso del comisario. Ella
sabía que de ninguna manera aquel traslado le traería nada nuevo ni
positivo a su vida, sólo infelicidad. La última semana había sido la peor de
su vida y aún no había hecho más que empezar su viacrucix.

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-Cumpla los formalismos en secretaría y vállase a casa, descanse y
mañana a la mañana nos veremos y sus nuevos compañeros la pondrán al
día de todo. Borrón y cuenta nueva, ya le digo-dijo el comisario, luego se
incorporó, le tendió la mano y la acompaño hasta la puerta del despacho.

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Salvador Montaña se despertó treinta minutos antes de la hora


pactada la noche anterior con el despertador electrónico. Miró los números
fosforescentes que reposaban sobre la mesilla de noche con los ojos aún
entornados y se giró en la cama para continuar durmiendo, pero tras quince
minutos sin haberlo conseguido y con la vejiga llena y pujando por vaciarse
se levantó. Sentado en la cama se pasó la mano por la barbilla y aunque
notó el tacto duro de la barba, decidió que aún no era necesario afeitarse.
Luego se estiró y aún tardó varios minutos en incorporarse. En el espejo se
vio con ojeras y despeinado, la barba de dos días y los ojos legañosos. Aún
así sonrió a la imagen que formaba en el espejo. La imagen, amablemente,
le devolvió la sonrisa. No tenía tos ni tampoco la boca pastosa, no le dolía
la cabeza y se encontraba descansado y hasta casi alegre. Decididamente no
era necesario afeitarse.
La mañana era lozana y luminosa, casi virgen aún a aquella hora y le
recibió con un golpe de frescura en la cara. Se llevó la mano a la barbilla y
pensó que, después de todo, quizá hubiera sido mejor haberse afeitado,
pero no le importó demasiado. Hacía tanto tiempo que no pisaba la calle a
aquella hora que se demoró un buen rato oteando el pedazo de cielo que se
asomaba entre los edificios e inspirando profundamente antes de entrar en
la cafetería Luna a tomar el café y los churros del desayuno. ¡Cómo había
echado de menos sus desayunos! La cafetería se encontraba en el bajo del
mismo edificio en que vivía. Era un local apaisado con una larga barra
situada a la derecha de la entrada y llena de expositores atestados de
comida que inundaban la cafetería con olor a fritanga. El dueño era Manuel
Lama, un hombre enjuto y alto de barba recia y mentón afilado a quien
todo el mundo llamaba Manolo.
Manolo Lama, al verlo, dibujó una amplia sonrisa en el rostro y
saludó a Salvador Montaña efusivamente:
-¡Coño, un fantasma! Salvador, me alegro de verte-extendió la mano
sobre el mostrador y se dieron un buen apretón-. Parece que el día empieza
con buenas noticias. Me alegro de verte, de verdad- la voz del tabernero era
grave y armoniosa.
-Más me alegro yo, te lo prometo-respondió Salvador.
-Me imagino que esto significa que te acabas de dar el alta médica.
-Ni más ni menos.
-Entonces, un café con leche y tres churritos.
Salvador saboreó café y disfruto de él como si bebiese el mismo
elixir de la vida y después de apurar la última gota inició un gesto
automático con su mano derecha, un gesto un gesto mil veces repetido tras
cada taza de café, la llevó al bolsillo de la cazadora como si recorriese un

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camino trazado en el aire, pero se detuvo antes de que la mano llegase a su
destino y la dejo suspendida en una postura estúpida.
Sintió un profundo deseo de fumar como no había sentido en las tres
semanas que llevaba sin hacerlo. Inspiró profundamente y, sin pensarlo,
pidió otro café, con algo tenía que rellenar el hueco que dejaba el tabaco en
su interior. Consiguió olvidarse de los cigarrillos mientras tomaba el
segundo café, pero en cuanto lo hubo terminado el deseo de fumar lo asaltó
nuevamente. Pagó y se fue con urgencia de la cafetería. Irse de allí era la
única solución para no fumar. Caminó rápidamente por la calle levemente
empinada hasta sentir fatiga, entonces aminoró la marcha. El deseo del
tabaco había disminuido y se encontraba un poco mejor, lo suficiente como
para intentar meditar y pensar en qué consistía aquel prurito, aquella ansia
que lo abrasaba, en intentar racionalizar su deseo. Fue incapaz de hacerlo y
se sintió molesto.
En la comisaría todo estaba exactamente igual que aquel día, tres
semanas atrás, cuando tuvo que marchar pálido y sudoroso, tosiendo sin
cesar y con un fuego que le bajaba desde la garganta y le quemaba las
entrañas. De pronto fue como si aquellas tres semanas no hubiesen existido,
como si llegase aún con la despedida del día anterior resonando en la
cabeza. Pero aunque nada hubiese cambiado en la comisaría, él si había
cambiado, se sentía nuevo. No renovado, nuevo. De pies a cabeza.
Después de los saludos de los compañeros y parabienes por la pronta
recuperación recibió un recado del jefe. El comisario, que a buen seguro
había recibido pronta noticia de su incorporación cinco minutos después de
que hubiera atravesado la puerta, cruzó como por casualidad y acompañado
por el inspector Carreiro la sala donde Salvador, sin nada que hacer ni
ganas de hacer nada, charlaba, lo miró con una sonrisa y cierta expresión de
sorpresa en el rostro.
-Me alegro de verte, Salvador- dijo-. Espero que te hayas recuperado
ya del todo.
Salvador Montaña interrumpió la conversación y se dirigió al
comisario Pombal
-Gracias, pero ya no estoy en edad de recuperar ciertas cosas.
Pero el comisario apenas lo escuchó, esbozó una leve sonrisa y
dirigió su atención al inspector Carreiro.
-No me habías dicho que se incorporaba hoy Montaña-dijo.
El inspector Carreiro, un hombre gordo y no muy alto, calvo y con
cara de luna llena, jefe de la brigada judicial y superior inmediato de
Salvador Montaña, contestó:
-No estaba previsto. Salvador se ha recuperado rápidamente- la voz
sonaba un poco aflautada.
-Esto está bien.

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Como por casualidad, como si lo que ya llevaba pensando toda la
mañana se le hubiera acabado de ocurrir en aquel momento, dijo.
-Me vienes como anillo al dedo, Salvador. Siempre has sido un
hombre oportuno y tu incorporación no puede ser más conveniente. Ahora
tengo que irme, pero a las doce más o menos estaré de vuelta. Pásate a
verme por el despacho a esa hora- luego calló un momento se dirigió al
inspector Carreiro-: haz un hueco y pasa a verme junto a Montaña. Ahora
os dejo, he de irme.

Carmen Martínez se despertó en su nuevo hogar, miró el techo de la


habitación, la lámpara, y la luz mortecina que se colaba por la persiana
semiabierta. Luego miiró el reloj y vio que ya era tarde. Había pasado
demasiadas noches sin casi dormir y el día anterior había sido
especialmente cansado e intenso, así que cuando cayó en la cama quedó
profundamente dormida y no se había despertado hasta que la luz de la
mañana había comenzado a ser molesta. El día anterior su nuevo jefe, que
le había parecido al menos agradable, la había despedido y dejado libre
muy temprano y se había encontrado a las once de la mañana sin nada que
hacer en una ciudad desconocida y sin ningún sitio a donde ir. Tuvo ganas
de buscar un lugar apartado en cualquier parque y sentarse a llorar en un
banco, era lo único que le resultaba mínimamente tentador, pero el azar no
quería que eso ocurriera y le mantuvo la cabeza ocupada todo el día. Se
sentó en una terraza no muy lejana a la comisaría y tomó un café sin prisa.
Era una mañana agradable, el sol le calentaba amablemente la espalda y le
parecía mejor plan quedarse allí sin hacer nada que volver al hostal donde
había pasado la noche. Allí quedó hasta el filo del mediodía. Cuando pagó
al camarero y se disponía a marchar, vio pegado en el cristal de la cafetería
el anuncio de un apartamento en alquiler. No se le había ocurrido que tenía
que buscar una vivienda porque ni siquiera había pensado en ello, pero al
ver el cartel se dio cuenta de que la necesitaba. No se podía pasar la vida en
un hostal. Las habitaciones de viajeros son buenas cuando se es un viajero,
pero por mucho que lo intentase, no podía olvidar que ella no lo era, que
había llegado a aquella ciudad para quedarse por bastante tiempo.
El cartel estaba impreso sin demasiado cuidado: apartamento
amueblado casi nuevo, bien situado a muy buen precio. Llamó desde una
cabina al dejar la cafetería y le contestó una mujer de voz cantarina y que
hablaba gallego. Le costó entenderse, pero se citaron en la puerta del
edificio una hora después. No le supuso demasiado esfuerzo encontrar el
lugar porque no estaba muy lejos de donde se encontraba. Tampoco estaba
lejos de la comisaría, no más de cinco o diez minutos caminando, calculó.
-Ten que perdoar, por falarlle galego. ¡Ay que tonta son, xa estou
outra vez!-dijo la mujer que la esperaba en el portal-. Es que se me va la
cabeza. Pase por aquí, es el tercer piso.

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Era una mujer de unos cincuenta años, vestida de negro, con cara
redonda y colorada muy quemada por el sol. Se notaba que había pasado
muchas horas sembrando y recogiendo cosechas. Carmen la miró con cierta
pena por el mal aspecto que presentaba. La mujer la guió por el portal hasta
el ascensor mientras decía con una entonación tal que casi parecía que
cantase:
-El portal es muy elegante como puede ver.
El apartamento era pequeño, con una cocina estrecha y alargada, el
salón y un dormitorio en el que a duras penas entraba una cama, pero
suficiente para ella. Los muebles eran ordinarios, baratos, pero estaban
prácticamente nuevos. Carmen recorrió el apartamento con gesto serio sin
decir ni una palabra, la mujer que se lo enseñaba no calló ni un momento:
le vendió la luz y el sol del mediodía que recibía, el silencio del que
disfrutaría porque no daba a la calle principal sino a un patio interior, pero
grande y soleado como se podía ver, lo nuevo que estaba todo, casi sin usar
y lo buena que era la relación calidad precio. No encontraría nada mejor en
Ourense por mucho que buscara.
-Bueno, podría interesarme-dijo al fin Carmen.
No lo había pensado, pero al ver aquel lugar que era un espacio
agradable para vivir se le pasó por la cabeza la idea de que Ángel podría
compartirlo con ella. Aquella idea, Ángel sentado en el sofá que tenía
frente a ella hizo que el apartamento le pareciese mucho más bello a partir
de entonces.
La mujer la miró por primera vez con aire de vacilación.
-Bueno, plaza de garaje no tiene-dijo.
A Carmen le sorprendió la frase. Iba a decir que no le importaba en
absoluto porque no tenía coche, pero la mujer habló primero:
-Bueno, tener si tiene, pero la ocupa mi hijo. Es que en casa
guardamos el coche de mi marido. Usarlo no lo usa, porque a la aldea nos
lleva siempre Manoliño, o neno, pero, filliña, si se queda sin coche…
Carmen sonrió. La mujer la acompañó en la sonrisa.
-Por eso está a tan buen precio. La gente ahora quiere garaje, ya sabe.
No, no lo sabía, ni le importaba, así que tomo una decisión rápida.
-Ya. Me lo quedo.
Fue como si hubiera decidido alguien por ella, como todo lo que le
pasaba en aquellos días.
-Bueno-dijo la mujer que ahora parecía titubear, como si ya no
quisiese alquilar el apartamento-, antes que nada me gustaría hablar algunas
cosas, ahora lo tengo sin alquilar porque el último inquilino se marchó
dejándome a deber seis meses. Yo no quería alquilarlo, pero mi marido se
empeñó. Antes de hacer nada me gustaría- la mujer vacilaba-tener alguna
garantía.

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Carmen nunca había tenido ninguna experiencia de ese tipo, nunca
había tenido que negociar nada en su vida.
-Bueno, si le vale como garantía de honradez que soy policía
podríamos llegar a algún acuerdo.
El rostro de la mujer cambió completamente de expresión. A partir
de aquel momento los problemas desaparecieron completamente. Incluso
cuando le contó que acababa de llegar a Orense y dormía en una pensión la
convenció para quedarse en el apartamento a dormir aquella misma noche.
Luego pasó la tarde comprando todo lo necesario para iniciar una
nueva vida en una ciudad nueva y limpiando lo que en adelante sería su
nuevo hogar. Y al anochecer, cuando ya todo estaba limpio y en orden,
habló diez minutos con Ángel y lloró largamente echada en su nuevo sofá.
Así que cuando se despertó aquella mañana aún estaba cansada, no
había dormido lo suficiente. Le costó trabajo levantarse y comenzar el
nuevo día. Mientras se vestía pensó que ni siquiera sabía a qué hora tenía
que estar en la comisaría. Bueno, nadie le diría nada, después de todo era su
primer día.
En la comisaría recibió un recado: el jefe quería verla a las doce en
su despacho. Hasta esa hora y sin saber qué hacer, tomó café, saludó a un
par de nuevos compañeros y leyó el periódico.
Salvador Montaña leyó el mismo periódico, la Opinión de Orense, un
buen rato antes de que Carmen lo hiciera, luego salió a tomar el café de
media mañana. A la vuelta, rápida para aguantar las ganas de fumar, se
sentó frente su mesa de trabajo y comenzó a revisar lo que había dejado sin
resolver la mañana en la que había enfermado. Tenía pendiente el asunto
del Chino, un traficante de poca monta que estaba ascendiendo en el
escalafón local demasiado rápido. Entretenido en los papeles, perdió la
noción del tiempo. El agente Fernando Andrés que trabajaba no lejos de él
le advirtió de la hora.
-Salvador-dijo-son casi las doce, no hagas esperar al jefe.
-Fernandito, no sé cómo lo haces, pero te enteras de todo.
-Soy policía, ¿no lo sabías?
Ya se había olvidado por completo de su cita. Dejó la mesa con
todos los papeles desordenados que era tal y como la tenía habitualmente y
se encaminó con desgana al despacho del comisario.
Cuando abrió la puerta vio que el comisario Pombal y el inspector
Carreiro mantenían una animada conversación que se interrumpió con su
presencia. No le quedó la menor duda de que estaban hablando de él. Eran
ya las doce y el comisario miró el reloj y descolgó el teléfono al tiempo que
lo mandaba sentarse en una de las sillas frente a la mesa del despacho.
-Lola, dile a la nueva que pase a mi despacho. Carmen Martínez se
llama, sí- dijo a través del teléfono. Luego continuó dirigiéndose a

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Salvador-: voy a encargarte una misión peligrosa-sonrió con picardía-, es
justo lo que necesitas para recuperarte de tu enfermedad.
-Me vas a joder, lo veo-interrumpió Salvador.
El comisario sonrió como si nadie hubiese dicho nada:
-Vas a conocer a una nueva compañera a la que, de momento, vas a
guiar en la ardua tarea de ser policía- afirmó son cierta sorna y luego
continuó-: porque me parece que no tiene ni puta idea detrás de lo que
anda.
-Jefe, no me jodas-protestó nuevamente Salvador.
-No te quejes antes de tiempo, primero espera a conocerla. Es una
compañera que viene de Madrid.
-Novata…
-No, peor, ocho años de experiencia y un pequeño problema
disciplinario.
Eso no estaba mal, pensó. La chica comenzaba a caerle bien antes de
conocerla, pero aún así dijo:
-Lo siento jefe, yo no estoy para aguantar a nadie, mira, digamos que
mi vida en este momento está dando un giro y no estoy para andarme
sutilezas con nadie-sonrió con picardía e hizo un pequeño descanso. Luego
continuó-: Eso se lo encargas a otro. Mira, Fernando no tiene nada que
hacer.
-Tú tampoco estás demasiado ocupado.
Pillado. Necesitaba una respuesta rápida y no se le ocurrió nada más
que lo del Chino que no era mucho, así que era mejor no nombrarlo. Si lo
hacía sabía cual sería la respuesta del comisario: estupendo, es un asunto
ideal para que lo lleves con esa nueva compañera.
-Ya, pero yo soy yo, ya me conoces-dijo antes de que Pombal
pudiese hablar-, y llevo tres semanas sin fumar y sin tomar una puta gota
de alcohol. Si quieres que le parta la cara, adelante.
El comisario esbozo una sonrisa e iba a decir algo, pero le
interrumpió una llamada a la puerta.
-Pase-dijo nada más escuchar los tres golpecitos que sonaron. Era
evidente que se alegraba de que le interrumpieran las explicaciones.
Carmen llamó y al oír la voz del comisario, abrió la puerta y
temerosa se encontró con que había otros dos hombres en el despacho a los
que nunca había visto. El comisario le hizo un gesto con la mano.
-Pase, Martínez. Siéntese- dijo señalando la silla que quedaba vacía
entre los dos hombres que lo acompañaban.
Nunca había sido Salvador Montaña un hombre creyente; ni dioses ni
espíritus habían, desde hacía muchos años, figurado entre las ideas que
ocupaban su mente. Tampoco creía en magos ni pensaba que hubiese
ángeles de la guarda que cuidasen de los policías buenos. Pero si algún día
alguien, como por arte de magia ,le hubiese presentado un dios, un espíritu,

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un mago, un hechicero, un ángel de la guarda para policías o cualquier otra
clase de genio a quien pedir un deseo, no le cabía la menor duda de que el
deseo que pediría sería que su compañero fuese exactamente igual que la
mujer que en aquel preciso instante cruzaba el despacho del comisario
Pombal y que, con una elegancia sublime, con la presencia de una estatua
griega cuyo mármol se hubiese mudado en carne, con los movimientos y el
porte de una diosa, se sentaba a su lado. Era una beldad, una mujer muy
hermosa de pelo castaño y ondulado, una sedosa media melena que le caía
sobre los hombros y enmarcaba un rostro armonioso en el que destacaban
los ojos verdes. La boca era grande y rasgada de labios gruesos, pero no
excesivos. Bajo el rostro, el cuello largo y los hombros anchos remarcados
por las hombreras de la chaqueta. El talle estrecho, pero no ridículo,
reposaba sobre unas caderas que Salvador no dudó en calificar para si
mismo como potentes y sostenía un pecho para el que sería imposible
encontrar calificativos. Tendría treinta o treinticinco años y en aquel
momento se encontraba sin lugar a dudas en su mejor sazón. Quizás
hubiese sido una adolescente delgaducha, bonita o no, un pimpollo o una
gordita sin gracia; quizás el tiempo la convertiría en una mujer madura y
elegante que conservase todo su atractivo o la ajaría como a una muñeca
maltratada; quizás llegase a ser una vieja sublime o acaso un manojo de
piel enferma y arrugada, pero en aquel momento, en aquel justo momento,
independientemente de lo que hubiese sido o lo que llegase a ser, era la
mujer más hermosa, elegante y atractiva que Salvador Montaña podía
imaginar que un día se sentase a su lado.
-Martínez, le presento al inspector jefe Carreiro, es el responsable de
la brigada de información y a partir de ahora su jefe directo-dijo el
comisario cuando Carmen se hubo acomodado en la silla.
Se dieron la mano. Carmen notó que la piel del inspector era
sudorosa y no le gustó su tacto húmedo.
-Y este es el subinspector Montaña. Por el momento será su
compañero de trabajo. Él la introducirá en los secretos de Orense.
Al oír su nombre, Salvador salió del trance en que había caído.
Durante un segundo pensó si habría hecho el estúpido mirando a la beldad
que descansaba a su lado. Un segundo después decidió que si lo había
hecho, el motivo merecía la pena.
-Encantada-dijo ella.
-Es un placer-respondió Salvador mirándola a los ojos.
Carmen sonrió con amabilidad al hombre que le tendía la mano. Era
una mano lánguida, desmayada, como si estuviera exangüe, exactamente
igual que la suya propia. El hombre que sería su compañero parecía
caminar en la frontera de los cuarenta. Era delgado, casi enjuto, pero
musculoso, de rostro alargado con las facciones muy marcadas y nariz
aguileña; una somera barba tiznaba las mejillas y le daban el aspecto de un

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hombre duro, muy duro; los ojos negros parecían realmente inquisidores,
como los ojos de un policía; la frente era amplia, ensanchada por una
incipiente calvicie. No estaba muy bien vestido, pantalón gris mal
planchado, camisa azul y cazadora beige, y además de un cambio de ropa le
haría falta un afeitado y un buen corte de pelo para parecer presentable. Los
ojos negros que la escudriñaban sin cesar, el pelo entrecano demasiado
largo y las mejillas pobladas de la barba incipiente desagradaron
profundamente a Carmen. No pudo imaginarse a sí misma acompañando a
un hombre como aquel.
-Bien-comenzó a decir el comisario-, ahora que ya nos conocemos...-
pero la frase quedó en el aire, interrumpida por el sonido del teléfono que
comenzó a sonar en aquel momento- perdón- continúo diciendo después de
un breve silencio. Descolgó el auricular-. Sí, dime- dijo luego dirigiéndose
a su interlocutor telefónico y escuchó en silencio durante unos instantes
para luego exclamar-: ¡hostias!- y permanecer a la escucha con el rostro
concentrado durante un buen rato. Antes de colgar, concluyó-: gracias Lola,
de momento no hagas nada, ya te aviso yo.
Dejó el auricular a un lado, tosió dos veces y revolvió en uno de los
cajones de la mesa en busca de un cigarrillo que encendió sin pedir permiso
ni ofrecer a nadie. Mientras exhalaba el humo se repantingó en el asiento y
dijo:
-Supongo que no os molestará demasiado el humo. Por lo menos a ti
no, Salvador, que eres fumador. Pero algún privilegio tiene que tener el ser
jefe, y ahora necesito fumar para pensar. La nicotina activa las neuronas.
Nadie protestó. El comisario quedó como ausente, arrellanado en su
sillón de piel negra y se dedicó a mirar las volutas de la fumarola que salía
de su boca. El inspector jefe Carreiro y el subinspector Montaña lo
conocían lo suficiente como para guardar silencio y esperar, aunque ambos
se morían de ganas de saber que era lo que había ocurrido, porque debía de
ser algo importante para que el comisario Pombal se comportarse de aquel
modo. Hasta Salvador llegó el aroma del tabaco y sintió un vacío en el
pecho, un deseo enorme de fumar que estuvo a punto de no poder controlar.
Se alegró de que el comisario no fumase ducados porque si hubiese llegado
hasta él el maravilloso aroma del tabaco negro no podría haberse resistido.
Cambió, para hacerse el fuerte, en su mente el deseo de fumar por el de
saber qué era lo que estaba ocurriendo, pero por mucho que le hubiesen
preguntado, en aquel momento a Manuel Pombal no habría respondido a
nadie, así que calló y aguantó la curiosidad y las ganas de fumar; la mente
del comisario trabajaba a toda prisa y no haría otra cosa hasta que decidiese
que había encontrado la solución que buscaba, que sin duda sería la ideal
para el problema que acababa de surgir. Carmen asistía a la escena como
ausente, como si ella no se encontrase allí y no comprendía nada de lo que
estaba ocurriendo. Salvador y el inspector Carreiro se miraban de vez en

17
vez con una mueca de resignación. Es lo que hay, parecía decir el gesto de
hombros que el inspector jefe había hecho al tiempo que enarcaba las cejas
y redondeaba aún más su cara de luna llena. Cuando ya la espera había
dejado de ser molesta y comenzaba a hacerse insoportable, Pombal se
incorporó en su asiento y dijo:
-Acaban de encontrar muerto a Froilán Losantos- apagó el cigarrillo
aplastándolo contra el cenicero y continuó-: Asesinado.
-¡Hostias!-exclamó el inspector jefe Carreiro.
Salvador sonrió.
-Era sólo cuestión de tiempo-dijo.
-No seas burro Salvador-contestó Pombal y esbozó también una
sonrisa entre cómplice y liberadora como si en aquel momento ya hubiese
resuelto todos sus problemas.
Carmen, que no sabía quien era Froilán Losantos y era algo que
realmente no le importaba, los miraba a todos desorientada. Su único
interés se centraba en el comportamiento de aquel policía de aspecto duro
que sería su compañero de trabajo y que ante la noticia de un asesinato se
había limitado a sonreír y decir que era sólo cuestión de tiempo.
El comisario Pombal descolgó el teléfono.
-Lola, voy a salir- informó a su secretaria-. Como llamará la prensa,
dices que estoy en el asunto, que esta tarde informaremos.
El inspector Jefe Carreiro se incorporó en su asiento.
-Creo que será mejor que me ocupe...
Pombal lo interrumpió como si en aquel momento se le acabase de
ocurrir una idea:
-Mejor nos vamos los cuatro, ya que hemos sido los primeros en
enterarnos, vamos a ver que ha pasado.
Cuando acabó la frase se levantó de su asiento y abandonó el primero
el despacho dando por sentado que los demás lo seguirían.
Froilán Losantos vivía en lo que había sido un viejo caserón rural de
muros consistentes y madera vieja al que el tiempo había incorporado a la
ciudad. Se encontraba en una ladera en la que se mezclaban de un modo un
tanto caótico las nuevas construcciones y las viejas viviendas casi todas
ellas remozadas y bien cuidadas y que subía suavemente hasta una zona
rocosa que empinaba más la pendiente y en la que desaparecían las casas
cambiándose la ciudad por el campo abierto. El caserón de Froilán
Losantos estaba al final de una costanilla, bastante apartado de las demás
construcciones. Era de una sola planta con paredes de piedra y ventanales
de madera vieja pintados de verde como la puerta principal. Desde fuera
parecía grande y acogedor.
Carmen bajó del coche y miró a su alrededor. Vio árboles y espacios
sin construir muy amplios entre las casas y tuvo la sensación de encontrarse
en pleno campo, aunque aquello fuese ya una zona urbana. Hacía mucho

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tiempo que no salía del asfalto de Madrid y pisaba el suelo del campo de
tierra y piedras y le pareció que allí se encontraba de visita, sin ninguna
sensación de estar trabajando. Salvador Montaña bajó del coche por la otra
puerta, lo rodeó y se le acercó de frente. Ella observó que se movía con
cierta chulería.
-Bonita vista- dijo él mientras la miraba.
Carmen se volvió y vio que a su espalda se extendía la ciudad. Desde
allí se la veía desplegarse sobre el valle como una alfombra hasta el río y
luego subir por las laderas opuestas en busca de las crestas de las colinas
que la rodeaban. Le pareció que era más grande de lo que había imaginado,
pero al contemplarla desde aquella altura pensó en su propia ciudad y sintió
una tristeza infinita. Miró el reloj en un acto reflejo y pensó en lo que
podría estar haciendo a aquella hora si el destino no la hubiese maltratado
de aquel modo tan cruel y en lo que estaría haciendo Ángel. La voz de
Salvador Montaña la sacó de sus pensamientos:
-Vamos, no sea que el muerto se canse de esperar. De vivo siempre
fue muy impaciente.
Habían dejado el coche lejos de la casa porque no había mucho
espacio y la ambulancia, el coche de la morgue, la policía municipal y
seguramente los curiosos ocupaban los sitios cercanos a la vivienda donde
se podía aparcar. El comisario Pombal y el inspector Jefe Carreiro
caminaban delante de ellos a una distancia considerable. Carmen
emprendió la marcha sin saber a dónde iba ni qué iba a hacer. Se limitó a
marchar al lado de su compañero. Tuvo una sensación extraña al cruzar el
umbral de la casa y verse como protagonista de una historia en la que lo
desconocía todo.
El cadáver se encontraba en mitad de un salón bastante grande. A su
lado había una mesa caída y los restos de cerámica de algo que parecía
haberse roto al tiempo que la vida de Froilán Losantos. El agua de la ducha
que se había escurrido por el cuerpo y mezclado con la sangre ya se había
evaporado y sólo quedaba la sangre oscura y seca en el suelo. Dos
personas, un hombre y una mujer que más tarde supo que eran policías de
la brigada científica, manipulaban el cadáver ante la mirada de un hombre
de unos cuarenta años vestido con un traje azulado impecable. El inspector
jefe y el comisario saludaron ceremoniosamente al cuarentón del traje azul
y luego se dirigieron a los dos policías de la brigada científica. Salvador,
con las manos en los bolsillos y tras una rápida mirada al cadáver, se separó
del grupo y comenzó a curiosear por el salón. Carmen, que no sabía qué
hacer ni cómo comportarse, caminó tras él para no sentirse completamente
perdida. Al darse cuenta, Salvador se detuvo.
-Mira, hoy se han dado prisa en venir, no nos han tenido horas
esperando.
-A quien te refieres-preguntó Carmen.

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-A los del juzgado. Al juez. Míralo, como éste es importante, no se lo
pierde.
-¿Quién es el muerto?-volvió a preguntar Carmen.
Salvador sonrió y cuando iba contestar, ella lo interrumpió:
-No me digas que es Froilán Losantos, eso ya lo sé.
La sonrisa de Salvador se hizo más franca. Joder con la niña, pensó,
pero dijo:
-Es un periodista, un redactor de la Opinión.
La Opinión. Carmen recordó que era el diario que había leído aquella
mañana en la comisaría.
-¿Importante?- preguntó.
-Mucho, la cosa va a traer cola-. Respondió Salvador comenzando a
caminar-. Ven, vamos a ver la casa. Aquí no pintamos nada y el tipo debía
de tener dinero e igual merece la pena ver esto. Los nidos de los pájaros
siempre son interesantes para los ornitólogos.
Comenzó a caminar y ella, que no sabía que hacer, lo siguió. La casa
no era tan grande como parecía desde el exterior, cocina, un par de
dormitorios amplios y otra sala atestada de libros, y no tardaron mucho en
volver al salón. Cuando lo hicieron, los dos policías de la científica habían
abandonado el cadáver y se dedicaban a la mesa que había caído a su lado y
a los pedazos de cerámica. El comisario se despidió del juez con un efusivo
apretón de manos y se dirigió hacia Salvador Montaña y Carmen Martínez
que, tras la inspección de la casa, esperaban con aspecto aburrido y un poco
apartados del grupo.
-Vamos fuera-dijo- aquí no estaría bien visto que me pusiera a fumar.
-Al muerto seguro que no le importa- afirmó Salvador en voz baja y
comenzó a caminar tras él.
Ya en la calle, el comisario encendió un cigarrillo lo sostuvo en alto
y mirándolo dijo:
-A veces me siento como un adolescente fumando a escondidas.
Mientras hablaba salió de la boca del comisario el humo que acababa
de inhalar. El viento se llevó el aroma del winston, pero la imagen del
humo y el gesto de placer atravesaron el pecho de Salvador. Respiró muy
hondo y suspiró.
-Suspiras-dijo el comisario al tiempo que guardaba el encendedor en
el bolsillo.
-Reflexiones sobre la futilidad de la existencia, jefe. Me pasa siempre
que veo un muerto. Es que soy muy sensible.
Carmen hizo ademán como para apartarse un poco; se sentía allí
como una intrusa, pero el comisario la llamó:
-No se vaya, he de hablar con los dos.
-Malo, malo-dijo Salvador.

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-Nada malo, al contrario. Necesito un par de buenos policías y los
tengo delante de mí, por eso hemos de hablar- a veces el comisario era
retórico en exceso.
Dos buenos policías. Salvador miró hacia sí mismo y hacia la mujer
que tenía al lado y no vio ninguno. Estaba seguro de que el comisario le
estaba buscando problemas. Tenía que andarse con ojo.
-Empezamos con piropos y requiebros-interrumpió al comisario-,
esto es mucho peor de lo que me imaginaba. A alguien le va a caer un
muerto encima. Te llamas Carmen, ¿no? Pues prepárate.
El comisario chupó el cigarrillo con ganas e inhaló el humo. Movió
la cabeza con gesto negativo, hizo un pequeño silencio y dijo:
-Sí, acertaste Salvador. El muerto te ha caído encima, pero eso es una
buena noticia. Es tú caso. Ella te ayudará, es tu compañera.
-Espera, espera-protestó Salvador que de ningún modo se esperaba
aquello. Era un caso demasiado grande para él que le obligaría a mucho
más de lo que estaba dispuesto a hacer y, sobre todo, a moverse por lugares
en los que no quería pisar.
El comisario miró a Carmen y, sonriendo dijo:
-Como puede ver, a su nuevo compañero no le gusta el trabajo.
-Éste particularmente, no.
El comisario pareció enfadado. Casi perdió el control cuando dijo:
-Pues es tuyo, ya lo tengo decidido. Y no hay más que hablar. Bueno,
sí, una sola cosa, quiero resultados. Y pronto.
-Y yo quiero una mulata que me la chupe, no te jode.
-Salvador, no me toques los cojones y por una vez y para variar
ponte a trabajar.
Carmen siguió la conversación con los ojos abiertos como platos y
las pupilas tan dilatadas que la volvían peligrosamente bella. Estaba
aterrada.
El comisario tiró el cigarrillo y los dejó frente a la puerta de la casa
al mismo tiempo que dos operarios de la funeraria sacaban en cuerpo de
Froilán Losantos. Tras ellos marchaban el juez y el secretario hablando
animadamente y el comisario se encaminó hacia ellos.
El pecho de Carmen apenas podía contener el corazón que latía tan
aceleradamente que parecía que se le iba a salir por la boca. El de salvador
hervía de ganas de fumar y el cerebro le pedía urgentemente una dosis de
nicotina.
-Tú no fumas, claro-dijo.
Ella lo miró con miedo, el corazón se le aceleró aún más y tuvo que
abrir un poco la boca par respirar. Después de la conversación que había
tenido con el comisario los temores que aquel hombre había despertado en
ella se habían multiplicado por diez.

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-No, no fumo-respondió con la voz un poco entrecortada y al hablar
se mostró aún más bella.
-No sé por qué, pero ya me lo imaginaba-. Salvador Montaña la miró
y la vio en todo su esplendor y continuó diciendo-: vamos, aquí ya no hay
nada que hacer.
Si fumara ya sería la hostia, pensó Salvador mientras marchaban
silenciosos hacia el coche.

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4

Carmen tuvo pesadillas durante las pocas horas en las que durmió en
las que se cruzaban un muerto desconocido que le chillaba con una voz que
era la de su nuevo compañero de trabajo. Aquella noche durmió poco y mal
y cuando despertó se encontró envuelta en una maraña de ropa blanca.
Aunque no le disgustaba su nuevo y esperaba que transitorio hogar, aquella
mañana se alegró de verse sentada en una de las mesas de la cafetería Luna
y lejos de la cama de sus insomnios. Nada más salir del portal había visto
el rótulo que anunciaba la cafetería que junto al aroma de café que llegaba
hasta ella formaba una combinación de lo más sugerente. Era aún temprano
y no le apetecía ir a perder el tiempo en la comisaría. Prefería perderlo en
cualquier otro lugar. Tomó café y se hizo con el periódico local: la
Opinión. La portada y las tres primeras páginas estaban dedicadas a la
muerte de Froilán Losantos, así que lo leyó con interés. Pero, a la postre, no
encontró nada realmente interesante a parte del último artículo del muerto
que leyó con morbo. El resto sólo era el panegírico del periodista, una
breve biografía en la que quedaba claro que nunca había roto un plato y
unas cuantas obviedades sobre la libertad de expresión, la afirmación de
que nadie los callaría nunca y una soflama sobre la independencia del
diario la Opinión; pero nada sobre las circunstancias que habían rodeado la
muerte del periodista. Aunque, claro, eso era algo que ella misma tenía que
averiguar. Al pensarlo se sintió extraña y tuvo la seguridad de que nunca se
sabría nada. En el fondo lo lamentó porque sentía cierta curiosidad y, ya
que había visto el cadáver de Froilán Losantos tendido en el suelo de su
propia casa la mañana anterior, le hubiera gustado también saber quien lo
había matado. Cuando hubo leído el periódico, dejó la cafetería y se fue,
con paso lento, a la comisaría.
Salvador no usó el ascensor, bajó por las escaleras saltando los
peldaños de dos en dos como si se quisiera demostrar a sí mismo que era
capaz de hacerlo. Ahora que no fumo, pensó, he de hacer ejercicio. Al salir
a la calle, además de la animación de la primera hora de la mañana, vio
como su nueva compañera Carmen salía de la cafetería Luna. Durante un
segundo dudó en llamarla, pero, pese a su maravillosa presencia, prefirió
tomar en paz y tranquilidad su cotidiano café con churros. Además quería
leer la prensa y era preferible leerla con el murmullo de la cafetería que en
la comisaría bajo la mirada escudriñadora de Fernando que no le quitaría
ojo de encima. No le gustó lo que leyó. No le gustó nada. Las páginas de la
Opinión no dejaban ver rastro alguno de indignación por el asesinato,
auque sí, por supuesto, gran consternación; ni exigían, como era de esperar,
la pronta resolución del caso y el justo castigo del culpable. Parecía que

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pretendían no ofender ni enfadar al asesino. Todo eran parabienes para con
el muerto, un sinvergüenza de tomo y lomo a quien de pronto convertían en
un santo, y lugares comunes sobre la libertad de expresión. En la Opinión
estaban de acuerdo con él sobre el nombre del asesino. Aquello no le
gustaba nada.
Cuando llegó a comisaría lo primero que hizo fue intentar hablar
nuevamente con el comisario y convencerle de que aquel no era un caso
adecuado para él, pero Pombal no quiso siquiera verlo.
-Me ha dicho que no va a hablar con nadie esta mañana- respondió
Lola la secretaria con voz neutra y profesional. Luego, en tono confidente,
añadió-: Creo que espera al Subdelegado.
Así que no va recibir a nadie. Eso lo veremos. A mí me recibe antes
que al Subdelegado, pensó Salvador que estaba seguro que ni el
Subdelegado del Gobierno ni ninguna otra autoridad aparecería aquella
mañana por la comisaría, pero que se imaginaba a Pombal diciéndoselo a
Lola como en un desliz y con gesto de preocupación, como si esa fuese la
razón por la que no podía hablar con nadie. Qué se traería entre manos.
Que se trajese entre manos lo que quisiera, en realidad, eso no le importaba
demasiado. Lo que le preocupaba era que él estaba en mitad del asunto y el
comisario parecía tener interés en que le salpicara. Y mientras le salpicaba
a él no salpicaba a Pombal. Querían utilizarlo como paraguas.
Carmen había llegado a la comisaría un buen rato antes que su nuevo
compañero. Lo esperó aburriéndose hasta que un tal Fernando, un
cincuentón alto y desgarbado, de cara muy alargada y pelo cano, se empeñó
en someterla a un duro interrogatorio. Mientras aquel Fernando intentaba
averiguarlo todo sobre su vida, Salvador Montaña había cruzado la sala sin
siquiera mirarla. Al cabo de un par de minutos volvió para liberarla de su
interrogador. Parecía muy enfadado.
-¿Has tomado café?- dijo Salvador casi gritando.
Carmen lo miró asustada. Se preguntó si aquel hombre siempre
utilizaba el mismo tono agresivo para dirigirse a las personas. No sabía
bien qué prefería, si al pesado que la examinaba o la ira de su compañero.
El subcomisario Montaña de daba miedo y se sentía intimidada en su
presencia. Tardó un poco en responder:
-Sí, ya lo he….
-Pues vamos a tomar otro- la interrumpió Salvador-. Los policías
tienen que tomar mucho café para estar bien despiertos.
Carmen tomó el bolso que había depositado sobre la mesa y se
apresuró a seguir al subinspector que había comenzado a caminar sin
esperarla.
La llevó a una cafetería cercana a paso rápido y sin pronunciar ni una
sola palabra. Salvador se acomodó en la barra sin reparar en que ella lo
acompañaba y llamó al camarero con un gesto. Pidió café. Luego, como si

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se hubiese dado cuenta en aquel momento que Carmen estaba allí, se volvió
a ella y dijo:
-¿Café?
Carmen no se atrevió a decir que no.
-Con leche- susurró.
Salvador tomó su café rápidamente y cuando apenas Carmen había
comenzado a revolver el azúcar del suyo, se llevó la mano al bolsillo de la
cazadora y al no encontrar lo que buscaba ahogó un juramento:
-Cago en dios - masculló con los dientes apretados.
Se levantó y caminó con decisión tres pasos hacia la máquina
expendedora de tabaco, pero se giró violentamente antes de llegar y volvió
a su asiento en la barra. Carmen, que no se atrevía a dirigirle la palabra,
bajó la vista y se concentró en mezclar el azúcar en el café con leche.
-Cago en dios- volvió a decir Salvador, esta vez un poco más alto.
Luego la miró-. No entiendes nada, ¿verdad?- continuó con un esbozo de
sonrisa en la boca-. Bueno, no te preocupes. Te advierto que no soy
siempre así, a veces soy incluso peor y más estúpido.
Carmen lo miró sonriendo. Que al menos mantuviese el sentido del
humor cuando estaba tan enfadado como parecía estar la tranquilizó un
poco. Pero sólo un poco.
-Todos tenemos derecho a un mal día-dijo.
Salvador la miró a los ojos y de pronto comprendió que era un
completo mentecato si seguía con aquel malhumor delante de una diosa
como la que el destino le había puesto enfrente. Apartó la mirada para no
quedar pasmado ante ella y se concentró en la taza de café vacía. Acaso en
los posos del café encontraría la solución a sus quebraderos de cabeza y
malhumores. Se incorporó y la volvió a mirar al cabo de un buen rato. Dijo:
-Mira, aunque no te hayas dado cuenta, estamos ante un problema
serio y, perdona la expresión, pero si no andamos listos, nos van a joder. A
ti y a mí. A los dos
A mí ya me han jodido bien, pensó Carmen. Iba a abrir la boca para
preguntar cual era el lío en el que estaban, pero Salvador no la dejó hablar.
-Se me acaba de ocurrir una idea- dijo de pronto-. A grandes males…
Ven, vamos a hacer una visita.
Carmen lo siguió por toda la ciudad durante más de media hora sin
atreverse a preguntar a donde iban, y sin darse cuenta y sin saber porqué ni
para qué se encontró en una sala amplia y luminosa frente a una mujer aún
joven, pero no demasiado, pulcramente vestida con el aspecto de una
eficiente secretaria.
-El Senador les recibirá en un instante- dijo la mujer tras colgar el
teléfono por el que acababa de hablar-. Siéntense si quieren, ya les aviso
yo.

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Salvador se recostó en un sillón de cuero negro, dejó la mirada
perdida en el techo de la sala y cruzó las piernas dispuesto a esperar un
buen rato. Carmen prefirió perder el tiempo mirando por un amplio
ventanal a través del que se podía ver una buena parte de rivera del Miño.
La secretaria los hizo pasar al despacho mucho antes de lo que
Salvador había imaginado. El senador, cincuenta años, no más, no muy
alto, calvo, moreno y un poco pasado de peso, se incorporó y rodeó la
amplia mesa de nogal para recibirlos. Salvador caminó hacia él con paso
decidido. Carmen se escudó en su compañero y caminó tímidamente tras él.
No es que le importara demasiado, pero le hubiera gustado saber qué era lo
que hacía allí.
-Senador Zurcidó- se presentó Salvador-. Subinspector Montaña.
Ella es mi compañera la agente Martínez.
Se dieron la mano ceremoniosamente. El apretón del senador fue,
como era de esperar, fuerte y enérgico.
-Por favor, siéntense- dijo Zurcidó al tiempo que se dejaba caer
pesadamente en su butaca.
Salvador notó como se le iba la mirada hacía Carmen.
-Gracias por recibirnos- dijo-. Ya sé que no hemos seguido un
procedimiento muy ortodoxo para concertar la visita y que usted es un
hombre muy ocupado…
-No se preocupe, no es problema, es de dominio público que yo no
soy hombre dado a las formalidades.
Salvador carraspeó. No sabía cómo empezar aquella conversación.
Había acudido a la entrevista tan resuelto, enfadado y decidido que no
había pensado lo que iba a hacer cuando estuviese frente al senador. Era
casi la historia de su vida, una decisión repentina tomada sin tiempo para
planear nada.
-Supongo que imaginará a qué se debe mi visita-dijo tras un corto
silencio y se aclaró nuevamente la garganta.
Zurcidó sonrió antes de responder.
-Bueno, digamos que me hago una idea, inspector.
-Subinspector-Corrigió Salvador Montaña-. Sólo subinspector.
-Bien, subinspector, imagino que está aquí por la muerte de Froilán
Losantos. Aunque me supongo que no estaré en su lista de sospechosos- el
senador no dejaba de sonreír.
Aunque no lo había planificado, las cosas no le iban mal. Salvador
pensó en una respuesta rápida que enfadase al senador. En el fondo esa era
la razón de aquella entrevista: enfadarlo.
-El primero-respondió Salvador secamente y muy serio.
No había ningún atisbo de broma ni el tono de su voz ni en su gesto
adusto. Al oír aquello, Carmen lo miró como si fuera un orate. No tenía
mucha experiencia en tratar con gente de tan altos vuelos, pero le pareció

26
que aquella no era la mejor manera de hacerlo. Tampoco le pareció muy
inteligente dirigirse de aquel modo a un sospechoso importante y poderoso.
Si es que aquel hombre era realmente un sospechoso. El senador no perdió
la sonrisa.
-Acaba de asustar a su compañera-dijo mirando el rostro sorprendido
de Carmen. Luego continuó-: espero que su investigación tenga algún otro
sospechoso más firme que yo.
-Francamente, no- respondió el subinspector. Intencionadamente
hablaba con frases cortas que dieran lugar a silencios molestos. Las cosas le
salían estupendamente.
-La acusación que está haciendo es muy grave, no sé si dará cuenta.
Salvador dudó entre una respuesta rápida o un largo silencio, entre
un lacónico sí, me doy cuenta o un silencio acusador. Al fin decidió que el
silencio sería más irritante para el senador. Zurcidó apartó la mirada de
Carmen y lo miró a los ojos esperando una respuesta. Como el subinspector
no respondía, visiblemente irritado, se levantó de su asiento con la
intención de dar por terminada la entrevista.
-Veo que no tiene más que decir-dijo a la vez que se incorporaba.
Carmen y Salvador se levantaron casi al tiempo que el senador.
-Lo realmente importante ya está dicho-casi gritó Salvador para
disimular el temblor que tenía en la garganta.
Frente a frente, los tres en pie formaban un triángulo extraño. El
senador irritado, muy irritado; Carmen ignorante, pero asustada y salvador
satisfecho, pero, en el fondo, también un poco asustado. No esperaba que
Zurcidó se enfadase tanto. Empezó a pensar que se había pasado.
-En ese caso-dijo el senador- lo mejor será que demos la entrevista
por finalizada.
-Buenos días, senador- se despidió Salvador y se volvió sin más.
Carmen, que no podía creer lo que estaba viendo, esbozó una sonrisa
a modo de disculpa y se giró para caminar tras su compañero. Zurcidó se
sentó y descolgó airadamente el teléfono.

El comisario Pombal descolgó el auricular y comenzó la


conversación con una sonrisa y colgó al cabo de poco más de un minuto
con el gesto preocupado. Luego chasqueó la lengua y dibujó una nueva
sonrisa con aire de pícaro. Este Salvador, dijo para sí, encendió un
cigarrillo y descolgó nuevamente el teléfono. Fue escueto.
-Lola, está a punto de llegar Salvador Montaña. Cuando llegue
quiero verlo. A él y a su compañera.

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Hasta que no se encontraron en plena calle, rodeados por el ruido del
tráfico, ninguno de los dos dijo una palabra. Salvador fue el primero en
hablar:
-Ha sido breve pero intenso ¿no?- dijo.
-¿Tratas así a todo el mundo?
El subinspector no contestó, se limitó a decir:
-Vamos, el comisario querrá hablar con nosotros.
A Carmen no le quedaba ninguna duda de ello. Tampoco tenía dudas
de que la entrevista con el comisario no sería nada agradable. ¡Vaya
manera de empezar en su nuevo trabajo! La primera bronca y sin haber
hecho nada. La única ventaja era que no había nada peor que aquello a lo
que la pudieran castigar.
Cuando llegaron a la comisaría, Salvador se dirigió directamente a la
secretaria del comisario. La saludó con una sonrisa y dijo:
-Qué tal, Lola. El jefe nos está esperando, supongo.
Lola lo miró sorprendido.
-Ha dicho que pasareis a verlo en cuanto llegarais.
-Pues aquí estamos.
El comisario no se levantó al verlos entrar. Carmen imaginaba que ya
habría recibido una llamada del senador y estaba esperando una bronca
como las que su antiguo jefe el comisario Andrade solía echarle encima,
pero lo que vio fue al comisario Pombal que fumaba tranquilamente
mientras hojeaba unos papeles. Aquel mundo no dejaba de sorprenderle.
-Sentaos-dijo Pombal.
Mientras se sentaba, Carmen miró a Salvador escrutando su rostro
para adivinar que era lo que ocurriría a continuación. Lo que vio fue al
subinspector con el gesto sonriente que hablaba al comisario con entera
confianza y tranquilidad. Como si no hubiese pasado nada. Era un loco, un
imbécil o actor consumado.
-Tú dirás.
-Ha sido un buen intento, pero no te ha servido de nada.
Salvador puso cara de sorpresa.
-No te comprendo.
-No me decepciones. Di lo que quieras menos eso, no está a tu altura,
Salvador. Sabes perfectamente a lo que me refiero y me comprendes muy
bien- hubo un corto silencio y una calada al cigarrillo-. Digo que lo has
intentado, pero no te ha servido de nada. El caso sigue siendo tuyo. Ha sido
una tontería que a mí me ha supuesto el pequeño esfuerzo de una disculpa y
nada más. Tu fama te precede y no he tenido más que achacarlo a tu mal
carácter.
Salvador frunció primero la frente y luego los labios. Se sentía como
el cazador cazado. Había pensado que si montaba el numerito con el
senador el comisario se enfadaría lo suficiente como para quitarlo de en

28
medio, lástima que no hubiese salido bien. De acuerdo, lo habían pillado,
pero lo que no podía consentir era que Pombal quedase por encima de él.
-No ha sido lo que tú piensas-dijo-. Simplemente quería que me
recibieras. Esta mañana parecías demasiado ocupado para hablar con nadie
pero, como puedes ver, ya lo hemos solucionado.
Pombal estalló en una sonora carcajada.
-Eres como el aceite, siempre has de quedar por encima. Bueno, y
ahora que te he recibido, dime, para qué querías verme.
-Lo sabes muy bien…
-Claro que lo sé- interrumpió el comisario-, y no hay nada que
hablar. Es tú caso, así que déjate de historias, no me montes más numeritos
y ponte a trabajar.
Salvador no dijo nada. Se levantó y se fue. Carmen, indecisa, camino
tras él.

29
5

Ella había llegado antes que él a la comisaría y lo esperaba sentada


frente a su mesa. Salvador traía con él un puñado de folios que arrugaba en
la mano derecha, se sentó y tras un breve saludo, comenzó a leerlos.
Carmen lo observó durante un buen rato. Se había afeitado y vestía un traje
de pana ancha con una camisa rosada sin corbata. El pelo entrecano parecía
bien peinado, aunque seguía estando demasiado largo. Tenía mucho mejor
aspecto que el día anterior. Observó cómo los ojos negros de Salvador
escudriñaban los folios que tenía ante sí y que supuso relacionados con la
muerte de Froilán Losantos. Al cabo de un buen rato, cuando se cansó de
verlo leer, preguntó:
-Y ahora qué vamos a hacer.
Salvador levantó la mirada y la vio frente a él, tan cercana y bella
que casi se asustó.
-Después de lo de ayer con el senador, lo que tenemos que hacer es
andar con cuidado- respondió fijando la mirada en sus ojos para que no
iniciasen un recorrido por todo su cuerpo.
-¿Es peligroso?
-¿El senador? No te lo puedes ni imaginar.
-Entonces ayer metiste las patas- aún no había acabado la frase y ya
se estaba arrepintiendo. No estaba segura de que esa fuese la forma más
adecuada de hablar a aquel hombre.
-Hasta la ingle- afirmó él con una sonrisa-. La verdad es que me salió
mal. Pensaba que me libraría de esto, pero…
Carmen, relajada por la expresión del compañero, aprovechó el
comentario para enterarse de algo.
-Pero cuál es el problema- interrumpió.
Antes de responder, Salvador se echó hacia atrás en la silla y llevó
las manos a la nuca y aprovechando el gesto la miró de arriba abajo. Cada
vez que la veía le parecía mas hermosa.
-El problema-dijo al fin- es que si no lo ha matado el senador ha sido
un suicidio y, la verdad, un suicidio no parece.
Carmen calló. Eso significaba que nunca se sabría oficialmente quien
había matado a Froilán Losantos. No hacer nada era, pues, una buena
conducta. Aunque su obligación fuese hacer algo.
-Si no acusamos al senador, no habrá problema- dijo después de un
rato en un tono más interrogativo que afirmativo.
-Ya, pero el problema es que cualquier cosa que descubramos
acusará al senador, estoy seguro. Evidentemente no ha sido él
personalmente, pero ha sido cosa suya.
Carmen sonrió.

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-Entonces no hagamos nada.
El gesto cómplice, la sonrisa en su boca y el brillo de los ojos
sedujeron a Salvador. Quién podría pensar en no hacer nada a su lado.
-Mujer, algo tendremos que hacer. Después de todo, somos policías.
O, aunque no hagamos nada, por lo menos tiene que parecer que lo
hacemos.
Carmen volvió a sonreír. Al final resultaría que su compañero no era
tan malo como parecía.
-Y ¿por dónde empezamos?
Salvador le tendió los papeles que había leído.
-Puedes empezar leyendo esto, es el informe preliminar de la
autopsia.
Carmen tomó los papeles en sus manos y los ojeó. Era un texto muy
breve y no comprendía cómo Salvador había estado tanto tiempo
leyéndolo. Evidentemente no solo leía. Debía de estar meditando. Ella, sin
saber qué hacer, también estuvo un buen rato mirando el informe. No sabía
exactamente qué información interesante había allí, pero no quería dar la
imagen de estúpida devolviéndoselo demasiado pronto a Salvador.
-Tampoco hace falta que te lo aprendas.
-No, es que…-Balbució.
Salvador la miró esperando que acabase la frase.
-Es que…
-No, nada. Bueno, en realidad ya sabíamos que le habían dado un tiro
en la cabeza…
Salvador sonrió.
-Un tiro, no. Dos, uno en el hombro izquierdo y otro en la cabeza.
Mortal de necesidad. Ahí lo pone. Entre las 9 y las once de la noche del
sábado, además. Eso no lo sabíamos.
-No es mucho.
-No, la verdad es que no. Ven, vamos a la planta baja-dijo Salvador,
se levantó y comenzó a caminar.
Carmen lo siguió como ya estaba acostumbrada a hacer. Siempre iba
tras él. Era como su sombra cuando el sol da de cara.
En un despacho similar al suyo pero una planta más abajo, Salvador
presentó a Carmen a dos nuevos compañeros.
-Laura y Antonio-dijo.
Carmen los reconoció como a los que había visto inspeccionar el
cadáver de Froilán Losantos en su primera mañana de trabajo. La mujer era
más o menos de su misma edad, pero aparentaba más. De pelo rizoso, un
poco gordita y cara redonda y sonriente, su sonrisa se acentuó cuando la
saludó con un par de besos. El hombre, de edad indefinida entre cincuenta
y sesenta, recio, alto, canoso y atractivo, la recibió con un apretón de
manos. Luego se volvió y caminó hacia la mesa en la que estaba sentado

31
antes de que ellos llegaran sin prestarles más atención y sin saludar siquiera
a Salvador.
-Muy amable-dijo éste en voz bien alta y dirigiéndose a la mesa en la
que se encontraba.
El otro, sin mirar siquiera, hizo un corte de mangas.
La mujer se mordió el labio inferior, juntó las manos en actitud de
plegaría, meneó la cabeza y llevó la vista al cielo.
-No te preocupes-dijo luego dirigiéndose a Carmen-. Son hombres.
Carmen sonrió.
-Bueno-dijo Salvador-, me imagino que ya sabrás que andamos con
lo de Froilán Losantos.
Laura cambió la sonrisa por una risa franca.
-Lo sabe toda la comisaría.
-No sé de qué te ríes, a mí no me hace ni puta gracia. Pero, bueno,
qué le vamos a hacer. ¿Qué sabemos?
Laura se volvió muy seria cuando comenzó el relato. Era evidente
que para ella el trabajo era algo sagrado.
-Sabemos que le dispararon con una star de nueve milímetros.
-Eso es como no saber nada. Sólo debe de haber un par de millones
circulando por ahí- interrumpió Salvador.
-Limpia, sin antecedentes, por lo menos que hayamos encontrado.
-Eso es saber menos- volvió a interrumpir-. Aunque seguro que en
Portugal tiene un historial que no cabe en un folio.
La mujer continuó como si no hubiera oído nada.
-El primer tiro fue desde unos diez metros, es decir, desde la puerta.
Me da la sensación de que Losantos sorprendió al asesino cuando entraba.
Debió de caer al suelo con el primer disparo y luego el asesino lo remató de
pie a su lado- hizo un gesto con ambas manos representando lo que
contaba.
Hubo un silencio. Salvador frunció el ceño. Parecía pensar, como si
en su mente estuviera reproduciendo la escena.
-Me hago una idea-dijo-. Y ¿cómo entró? No me digas que tenía
llave.
Antes de que Laura contestara, el otro policía se volvió desde la
mesa en la que se encontraba y dijo con voz firme y segura:
-La puerta la abrió un chapuzas. Sabía lo que tenía que hacer para
forzar la cerradura, pero no era muy hábil, dejó el pasador hecho mierda.
Es posible que hiciese bastante ruido, pero el otro debía estar en la ducha y
no lo oyó o sí lo oyó y al salir se encontró con él. Eso último es lo que
Laura supone que pasó. Y ya sabes que no suele equivocarse.
-Vaya, si sabe hablar-dijo Salvador.
El policía se volvió e hizo un nuevo corte de mangas. Laura y
Carmen se miraron con complicidad y se sonrieron. Desde que se había

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despedido de Ángel, no sabía cuántos días hacía ya, no había mirado a
ningún otro ser humano con afecto, como hacía en aquel momento.
Media hora más tarde, sentada frente a Salvador en la bulliciosa
cafetería Nevada y dando vueltas estúpidamente a una cucharilla, recordaba
la mirada que había intercambiado con aquella mujer que acababa de
conocer y miraba al hombre que tenía ante ella. Dudaba que fuesen
animales de la misma especie.
-Se me ocurre-dijo Salvador sacándola de sus pensamientos- que
nuestro hombre nos puede estar engañando.
Carmen lo miró extrañada.
-Qué hombre-preguntó.
Sólo le falta ser rubia para ser la tonta guapa perfecta, pensó
Salvador, pero dijo:
-El malo, ¡coño!
-Ah, claro.
-Dispara dos tiros porque el primero falla, fuerza la cerradura con
poca habilidad, todo como si fuera un aficionado, pero luego no deja ni una
huella, ni una pista…
Se miraron en silencio. Carmen asintió sin saber muy bien a qué.
-A ti esto te importa un pito, ¿verdad?
Carmen lo miró con una sonrisa un tanto estúpida. Para qué iba a
responder.

33
6

Era viernes, todo lo demás resultaba secundario. Durante años había oído a
los compañeros de trabajo hablar sobre la bendición de los viernes, pero a
ella nunca le había importado; es más, se había reído de ellos. Nunca le
había importado que fuese viernes o cualquier otro día de la semana. En su
vida los días transcurrían como un río tranquilo, sin saltos ni corrientes, si
acaso algún meandro para alegrar un poco el paisaje; sabía que fuese el día
que fuese, al acabar la jornada volvería a casa, a su casa y estaría con él,
con su Ángel particular. Pero aquella mañana, todo era diferente. Jamás se
había imaginado que llegase un tiempo como aquel, en el que suspirase por
un viernes, por el fin de la jornada de un viernes para volver a casa, pero
allí estaba, caminando en aquella empinada cuesta y pensando en las horas
que faltaban para que llegasen las tres de la tarde de aquel maldito y
bendito viernes.
Habían dejado el coche aparcado lejos de donde había vivido Froilán
Losantos y llevaban un buen rato caminando entre las casas de la vecindad
mirando aquí y allá. Salvador parecía no tener ninguna prisa y se movía
muy despacio.
-Vamos a recorrer el barrio caminando-Había dicho un poco después
de detener el motor-. A lo mejor vemos algo que se le haya escapado a todo
el mundo y resolvemos el asunto esta mañana.
Carmen caminó, como ya era su costumbre, tras él sin decir nada. En
el breve paseo que dieron, Salvador no dejó de mirar a un lado y otro,
observando el paisaje, las casas aisladas, la parada no muy lejana del
autobús y, al final de la cuesta, la casa de Froilán Losantos. Carmen miró
tres veces el reloj. No vio nada más. Cuando llegaron a la casa, se
detuvieron un momento. Carmen recordó el movimiento que había en aquel
mismo lugar unos días antes, cuando descubrieron el cadáver, y notó más
intensamente la quietud del lugar. Salvador inspiró profundamente antes de
empezar a caminar. No conseguía olvidarse del tabaco. Rodearon la casa
pisando el césped bastante mal cortado que la cercaba. Carmen se había
vestido como pensaba que gustaría más a Ángel cuando la encontrase
aquella misma noche en la estación donde seguro que la iría a buscar, así
que vestía chaqueta y pantalón rojos a juego con una blusa blanca y zapatos
de tacón alto. Mientras pisaba la hierba pensó que más le habría valido
cambiarse de ropa en el tren, aquello se estaba convirtiendo en un desastre.
Cuando acabaron de rodear la casa, los zapatos estaban sucios y ella
disgustada.
-¿Era necesario dar esta vuelta?-preguntó airada.
-Imprescindible-contestó Salvador que observaba con detenimiento
una ventana.

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La pradera estaba húmeda y se fijó que el agua había llegado hasta
los pantalones. Miró los zapatos de Salvador y también estaban sucios,
aunque no supo bien si ya vendrían así desde la comisaría, desde antes o se
lo habría manchado allí caminando por aquellos andurriales. Sacudió el
bajo de los pantalones y dijo:
-Bien, si ya hicimos lo imprescindible, podemos irnos ¿no?
Tenía ganas de volver a la comisaría, temía que dependiendo para el
transporte de aquel hombre y dando vueltas por aquel suburbio llegase
tarde a coger el tren.
Salvador la miró extrañado. Tuvo la sensación de que se encontraba
malhumorada, como si no le gustase estar allí. No comprendió que le
ocurriera eso un viernes, acertadamente suponía que se iría de fin de
semana a donde quiera que la estuviera esperando el hombre más
afortunado del mundo.
-No, no podemos-respondió- hemos hecho lo imprescindible, pero lo
imprescindible no es suficiente. Ahora vamos a hacer relaciones sociales.
¿A qué se referiría? No le importaba, lo que quería era saber a qué
hora acabarían con aquello. Miró el reloj, las once. Le apetecía tomar un
café, mejor si podía ser en la cafetería de la estación y sentarse allí a
esperar a que llegasen las dos de la tarde. No veía la hora de montarse en el
talgo a Madrid. Salvador comenzó a caminar rodeando nuevamente la casa,
lo miró y resopló antes de marchar tras él. Luego comprendió que lo que
pretendía su compañero era desandar el camino, no ir a ningún nuevo lugar,
de modo que dio la vuelta y cruzó el pequeño jardín que había frente a la
entrada. Llegó antes que Salvador a la pequeña travesía que llevaba a la
casa y lo esperó impacientemente. Al menos no había vuelto a manchar los
zapatos.
-¿Viste algo por ese lado?- preguntó Salvador cuando la alcanzó.
Lo miró con sorpresa. ¿Algo de qué? pensó. Contestó para no
parecer una estúpida.
-No, nada- respondió sin saber a qué respondía.
-Lógico. Bueno, vamos a hablar con el vecindario.
Carmen comenzó a caminar a su altura, empezaba a hartarse de ir
tras él sin saber a dónde se dirigía. Ah, pensó mientras caminaba, se refería
a si había visto algo que pudiera ser una pista. No, no había visto nada.
Miró el reloj. Las once y cuatro. ¿Qué le estaba pasando? Era la primera
vez en su vida que se mostraba impaciente de aquel modo. Ella era una
persona tranquila que sabía del valor del tiempo, que sabía que el tiempo
era la vida y que no se podía despreciar; y ahora no hacía más que desear
que volasen las agujas en la esfera del reloj. Sin que se diera cuenta,
llegaron a una de las casas, la más cercana a la vivienda de Froilán
Losantos. Salvador se detuvo cerca de la entrada y miró a su alrededor
antes de llamar. No respondió nadie. Con un poco de suerte no están y nos

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vamos, pensó Carmen. Salvador insistió y un momento después se abrió la
puerta y apareció ante ellos una mujer ya mayor, sesenta años acaso, que se
secaba las manos con el mandil azul y floreado que vestía.
-Buenos días-saludó Salvador-. Soy el subinspector Montaña, de la
policía-dijo y mostró la documentación-. Ésta es mi compañera la agente
Martínez.
La mujer los miró con una leve sonrisa en la boca y los invitó a
entrar como si los estuviese hubiese estado esperando durante mucho
tiempo y ahora llegasen con retraso.
-Me tienen que disculpar, estaba arreglando el jardín- dijo mientras
se quitaba el mandil y lo depositaba sobre una pequeña mesita que había en
la entrada y coquetamente se atusaba un poco el pelo.
La mujer los sentó en un salón lleno de objetos decorativos, fotos y
miniaturas de todo tipo y los miró con impaciencia. Carmen no dijo ni hizo
nada. Salvador la miró convencido de que aquella mujer sabía quien era el
asesino de Froilán Losantos y se lo iba a contar en aquel mismo momento
con pelos y señales. Bueno, qué se le iba a hacer, el trabajo es el trabajo.
-Nos gustaría saber si notó o vio algo raro la tarde del sábado en el
barrio, fundamentalmente de las ocho en adelante-dijo al fin.
-Lo preguntan por lo del periodista ¿no?
-Si, señora, estamos investigando su muerte.
-Claro. No, esa tarde no vi nada raro- respondió la mujer con cierto
pesar-, pero otras muchas sí que he visto cosas raras.
Lo sabía, pensó Salvador. Esta nos va a contar quien fue el asesino,
queramos o no. Miró a Carmen buscando complicidad en los pensamientos,
pero ella no estaba allí. Sólo su majestuoso cuerpo.
-Muy bien- Salvador tomó la libreta en su mano izquierda-. Me
podría explicar a qué cosas raras se refiere- dijo sabiendo que no sólo
podría explicárselo, sino que seguro que estaba deseando hacerlo.
-Era gay-dijo la mujer en un susurro, como si temiese que alguien
más que ellos dos estuviera escuchando.
-¿Gay?
-Si, gay- insistió la mujer moviendo la cabeza afirmativamente y
cerrando los ojos, y como si no la hubieran comprendido, añadió-: ya
sabe… gay.
Eso no se lo esperaba. No había oído nada al respecto. Froilán
Losantos gay. Afirmar eso en vida del finado habría sido la comidilla de la
ciudad.
-¿Me podría explicar porque dice eso?- preguntó Salvador. Era
evidente que en el tono que empleó había algo de incredulidad.
La mujer sonrió con picardía, había captado la duda en la voz del
policía, pero se sentía segura de sí misma. Ahora te vas a enterar de lo que
sé, dijo su sonrisa y su voz continuó:

36
-Esas cosas se notan, no hay más que verlo, pero no lo digo por eso,
no señor, sino por las cosas que vi muchas tardes y muchas noches- la
palabra noches quedó perfectamente marcada-. Mire, ese hombre recibía
visitas que llegaban a su casa como a escondidas, no sé si me entiende.
Quiero decir que nadie va de visita a ningún sitio y al bajarse del coche
mira a un lado y a otro para ver si le pueden ver. Bueno, nadie que no tenga
nada que ocultar. Eso era que eran, bueno, ya sabe lo que quiero decir que
era, sino de qué se iban a esconder.
A Salvador se le ocurrieron cientos de razones más para esconderse,
pero no citó ninguna.
-Y ¿hay alguna otra razón que le incline a pensar que era gay?
-El hombre del pelo largo y cano-dijo la mujer con un tono que
indicaba que ese era el dato definitivo.
Ah, claro. El hombre del perlo largo y cano. Eso lo explica todo.
Hasta Carmen salió de sus pensamientos y miró detenidamente a la mujer
que también los miró a ellos con cara de ahora sí que os lo he dejado claro,
¿qué os habíais pensado?
-Francamente no la comprendo- dijo Salvador un tanto despistado.
La mujer chasqueó la lengua y el chasqueo decía: parece mentira que
seas policía. Así vais a encontrar bien al asesino.
-El hombre que le digo, el del pelo cano, venía casi todas las
semanas por lo menos una vez y siempre por la noche-contestó la mujer-. Y
vestía como viste esa gente, vamos que no ocultaba a nadie lo que era.
Salvador inspiró profundamente y asintió. Hizo una anotación en la
libreta y luego dijo:
-Dígame cómo vestía exactamente.
La mujer meneó un poco la cabeza. Era evidente que no le gustaba la
pregunta; ya lo había dejado claro, pero aquel hombre parecía no querer
enterarse de nada. Hizo un esfuerzo de concentración y respondió:
-Siempre con chaquetas de colores, rojo y verde, muy llamativas y
muchos collares en el cuello. Además, con pendientes.
¡Santo dios! Esta mujer lo espiaba con prismáticos.
-¿Está segura de que llevaba pendientes?
La respuesta fue un sí rotundo.
-Y siempre venía por la noche…-dijo Salvador dejando el final de la
frase en el aire.
-Siempre- sentenció la mujer.
-¿Qué edad cree que tendría ese hombre?
-No sé… unos cuarenta o puede que más.
Salvador tomaba notas tras cada respuesta.
-¿Alto?
-No, no mucho, como usted-. La mujer se sentía encantada de que el
policía le hiciese esas preguntas.

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-Y sabe en qué venía. Me refiero al coche.
-Sí, venía en un coche negro muy grande, pero siempre lo dejaba en
el lado de la calle que no veo y no sé la marca.
-Siempre venía solo…
-Sí, sí, siempre.
Hubo un breve silencio.
-¿Y había alguna otra persona que viniera habitualmente?- preguntó
al fin Salvador.
-No, que viniese todas las semanas, no. Ya sabe que esta gente tiene
muchas…- la mujer dejó la frase en el aire.
-Parejas.
-Bueno, eso es, parejas. Pero ya le digo que recibía muchas vistas
nocturnas.
La mujer no les informó de nada más. Se despidieron amablemente
agradeciendo la colaboración prestada. Cuando estuvieron lo bastante lejos
de la casa como nadie les pudiera oír, Salvador se detuvo.
-Bueno-dijo- este es el momento en el que debería encender un
cigarrillo y meditar sobre lo que esa mujer nos ha contado, pero como he
dejado de fumar, mejor nos olvidamos de todo, es lo bueno que tiene dejar
el tabaco. Joder, con la señora, le ve las orejas a cien metros de distancia y
de noche. Esa no tiene unos prismáticos, tiene un telescopio. Y con
iluminación. Seguro que me está leyendo los labios. Bueno, vamos con el
siguiente vecino a ver si hay más suerte.
Carmen miró el reloj. Salvador la miró a ella e interrumpió el paso
que estaba comenzando a dar. Dijo:
-Es la décima vez que miras el reloj esta mañana. Qué te pasa…
Carmen no supo qué contestar. Se sentía intimidada ante aquel
hombre. Se armó de valor:
-Es que quería coger el ALGO de las tres a Madrid. Hoy es
viernes.
-Ya, claro, viernes.
Salvador miró también el reloj.
-¿Sabes? El trabajo es bueno, pero en exceso seguro que mata. Te
llevo a la estación y me invitas a un café.

38
7

Anocheció en el camino. Poco después de que Salvador la dejase en la


estación, comenzó a llover y el tren salió de Orense en mitad de un gran
aguacero. Luego, la lluvia cesó con el atardecer, en las inmensas llanuras
de Castilla. Todo lo interminable que se le hizo el viaje no le importó nada
cuando, poco después de bajarse del tren, lo vio parado en el andén y
mirando a un lado y otro tratando de encontrarla. El rostro de Carmen
cambió en cuanto vio a Ángel, y en su cara se dibujó una sonrisa que borró
todas las lágrimas que la habían surcado durante toda la semana. Estaba
tremendamente seductor, tan guapo con el jersey de cuello alto, y,
mezclado entre la gente que iba y venía en el ajetreo propio de una
estación, como ignorante de su propia presencia, su atractivo era aún
mayor, su aspecto mejoraba aún más. Era una virtud que tenía, su presencia
parecía realzarse siempre entre los demás, cuanta más gente había, más se
le veía a él. Era una de esas personas que llaman la atención desde la
primera vez que las ves y que genera una fuerza que te atrae sin remedio.
Justo lo contrario al compañero que le habían asignado en Orense. Aquel
también llamaba la atención, pero era por una razón bien diferente, en vez
de generar atracción, generaba rechazo. Al menos, eso era lo que a Carmen
le parecía.
Pero en el momento que lo vio, lo sintió, lo abrazó, lo besó y se dejó
besar y abrazar por él, todo lo demás dejó de importarle. Ya no había una
pequeña ciudad de provincias, un periodista muerto y un policía grosero y
malhumorado. Sólo estaban ellos dos.
Después, el tiempo despareció bruscamente, no hubo sucesión de
segundos y minutos, sino que se lo bebió todo de un solo trago y, sin saber
cómo, se encontró adormilada en un vagón de tren en mitad de la noche y
de la llanura castellana. Todo lo que había vivido no era ya más que un
recuerdo y poco a poco iba desapareciendo hasta el tibio y salado sabor de
la piel de Ángel. Ya no estaba aquella cálida sensación de paz que sentía
cada vez que cerraba la puerta de casa al anochecer, ya no había casa, ni
quedaba resto alguno de la calle por la que sólo unas horas antes había
paseado cogida de su brazo. Despertó en aquel tren y le pareció que todo lo
que había vivido no era más que un sueño. Ya estaba otra vez de vuelta a
Orense, no lo podía creer. Miró por la ventanilla y vio que llovía, las gotas
corrían presurosas por el cristal de la ventanilla como si tuviesen algún
lugar al que ir. Igualmente llovía cuando se apeó en la ciudad y hubo de
esperar por un taxi que la llevara a casa. Le sorprendió no ser la única
persona que bajó del tren en la pequeña estación y pensó que seguramente
coincidiría muchos más lunes con algunos de los otros viajeros. Acabarían

39
saludándose, en Orense o en Chamartín. Pensó que aquello sería la rutina
de su vida en los próximos meses y hubo de contener las lágrimas.
Era muy temprano cuando llegó a casa, aún no había amanecido y
para no llorar, se echó sobre la cama e intentó dormir, pero no lo consiguió.
En vez de dormir, no pudo más que pensar con odio y desesperación en el
maldito Andrade. Seguro que a aquella hora estaría dormido plácidamente
en una cama confortable. Y ella allí. Si se le hubiera ocurrido cómo, habría
planeado una venganza, pero la desesperación y el odio no le permitían ver
más que su propia miseria.
Cuando llegó a la comisaría, Salvador le vio en los ojos el rastro de
la noche en blanco y acaso, aún, el brillo de las últimas lágrimas. Había
llegado a la comisaría un poco antes que ella y la esperaba tranquilamente
fumando un cigarrillo que sujetaba entre sus labios y leyendo el periódico.
Nunca había odiado Salvador especialmente los lunes, ni los había amado
con la devoción del poeta, tampoco le había molestado el regreso a la
monotonía del trabajo; se reía, sobre todo de Fernando, el estirado y
metomentodo Fernando Andrés, que llegaba cada mañana de lunes
quejándose y refunfuñando a voz en cuello para que todos pudieran oírle.
Pero a él, a través de los años la vida se le había ido pegando al quehacer
diario y en las horas de descanso no le quedaba más que una partida de
cartas con los amigos y alguna que otra lectura, y nunca se le hizo bueno
que los descansos fueran demasiado largos. Y aquel fin de semana, su
tiempo de ocio había tenido treinta horas de más. En las ocho primeras
horas de holganza tuvo tiempo suficiente para estropear el trabajo de cuatro
semanas de esfuerzo y sacrificio.
A las diez de la noche, como cualquier viernes, se sentó en la misma
mesa de todos los viernes del café Luna con los compañeros de siempre a
jugar su sempiterna partida de cartas. Su voluntad llegó hasta la tercera
mano, entre un envite a la chica y un pase a pares. Lo que no había podido
vencer el malhumor por el recado cargado de veneno que el comisario le
había encomendado en su primera semana en la comisaría tras la
enfermedad, ni la monotonía de las noches solitarias en casa, ni las horas de
trabajo, lo había podido una escasa media hora sentado con una baraja en la
mano. Jorge Cosme y Miguel Pino, dos de sus compañeros de cartas eran
fumadores empedernidos. Cuando el primero de ellos encendió un
cigarrillo, su fuerza de voluntad flaqueó, y, aunque a duras penas, pudo
dominar el deseo de fumar, quedó muy dañada en la batalla y el aroma del
segundo ducados de Miguel lo hizo sucumbir. Tomó la cajetilla del amigo
con un movimiento rápido al tiempo que lanzaba al aire un juramento y
encendió un cigarrillo. Nadie le dijo nada. No hubo ningún comentario.
Todos sabían que habría sido inútil. Dio una profunda bocanada y un
acceso de tos casi lo dobló por la mitad. Le ardió el pecho y la cabeza
comenzó a darle vueltas, pero no tiró el cigarrillo, dio una segunda

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bocanada. Luego ya no tardó en fumar la primera cajetilla y el lunes en su
diario desayuno de café y churros fumó y tosió lo mismo que había hecho
durante los últimos años.
Carmen miró extrañada a su compañero al verlo sentado y con el
Ducados en la mano; no recordaba haberlo visto fumando antes. Cuando
Salvador levantó la mirada y la vio sentarse frente a él en la mesa que le
habían asignado retiró el cigarrillo de la boca y lo apagó. Ella lo saludó con
una sonrisa forzada y él se interesó por el fin de semana:
-Espero que te haya ido bien por Madrid y que hayas repuesto
energías para enfrentarte a una dura semana de trabajo-dijo.
Una dura semana. Energías. No, no había repuesto energías, no había
hecho más que gastar y con una generosidad que ni ella misma podía
haberse imaginado antes, pero eso era algo que él no entendería nunca.
-Bueno- contestó con voz afectada- hice lo que pude.
-Eso está bien. ¿Has tomado café?
Carmen se dio cuenta de que ni siquiera había desayunado. Después
de intentar infructuosamente dormir y no llorar, se despertó sobresaltada.
Estaba vestida y abrazada a la almohada. Al fin había conseguido quedarse
dormida. Era ya tarde, se duchó lo más aprisa que pudo y se encaminó a la
comisaría.
-No- dijo y se alegró de que su compañero se lo preguntase. Lo
mejor que podría hacer en aquel momento sería tomar un café. Se sentía
completamente destemplada y tenía la cabeza cargada.
Tomaron café en la cercana cafetería Nevada. Salvador fumó dos
cigarrillos, uno tras otro. Estuvieron mucho tiempo en silencio, el
reconcentrado en el tabaco, ella como ausente.
-Antes no fumabas, ¿no?- preguntó Carmen cuando lo vio encender
el segundo cigarrillo.
-Sí- afirmó Salvador con seriedad, como si cualquier otra respuesta
fuera imposible.
-Pues…
-¿Pues?-. Ahora, Salvador sonreía.
-Pues no recuerdo verte fumar la semana pasada.
La sonrisa de Salvador se hizo más amplia. Levantó la mano
izquierda en la que humeaba el tabaco y la dejó como suspendida en el aire
al hablar.
-La semana pasada no es antes, es sólo un apéndice trasero del
presente; antes es el tiempo que nos hizo lo que ahora parecemos, antes es
cuando aún no éramos lo que somos.
Salvador parecía reírse de ella. Carmen lo miró con los ojos abiertos
como platos y dijo:
-Ya, pero la semana pasada no fumabas.
-No-dijo Salvador y rió en voz alta.

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La cafetería estaba bastante llena y el murmullo de los clientes se
extendió entre ellos. Salvador fumaba distraído mirando las espirales de
humo mientras Carmen lo observaba con atención. Notó que le parecía
menos antipático de lo que recordaba. Cuando apagó el cigarrillo, la miró
fijamente y dijo:
-Vamos.
Ella le devolvió la mirada con aire interrogativo y se demoró unos
instantes antes de seguirlo preguntándose a dónde tendrían que ir ahora.
Salvador se volvió y, como si le hubiese leído el pensamiento, dijo:
-Tenemos que dar con un hombre malo. Alguien mató a Froilán
Losantos, ¿recuerdas?
A decir verdad, lo había olvidado por completo. Aquel muerto
formaba parte de una porción de su vida que quería olvidar a cada instante.
Pero aquella parte olvidada volvió a ella con toda su intensidad cuando se
bajó del coche y se encontró nuevamente en la costanilla que conducía a la
casa del periodista asesinado. Todo lo que había ocurrido la semana
anterior le asaltó de pronto y se agolpó en su mente todo lo que ya había
olvidado de su amarga existencia en aquella pequeña ciudad y que
recuperaba de repente. Era como si fuese en aquel momento cuando llegaba
de verdad a Orense.
Cuando se apeó del coche, Salvador encendió un cigarrillo, miró
alrededor y cada una de las casas que colindaban con la de Froilán
Losantos. Eligió una al azar, caminó hacia allí y llamó a la puerta. Carmen,
como siempre anduvo tras él. Lo hizo despacio y con cuidado para manchar
lo menos que pudiera los zapatos. No hubo suerte, nadie abrió la puerta y
los zapatos acabaron cubiertos de barro, la lluvia de la noche anterior aún
no se había evaporado. Salvador arrojó el cigarrillo en el pequeño jardín
que había frente a la vivienda y se encaminó a otra puerta. Esta vez una
mujer les recibió con cara de pocos amigos que no mejoró cuando dijeron
que eran policías. Contestó a todas sus preguntas escuetamente y no se
extendió en explicaciones que fueran más allá de no, no he visto nada que
me llame la atención. Cuando Salvador preguntó a la mujer por un hombre
de pelo largo y gris y ropa llamativa, la mujer, hizo un gesto afirmativo con
la cabeza y fue la única vez que se extendió en una exposición.
-Todas las noches salgo a dar un paseo con mi marido y con el perro
y alguna vez nos hemos encontrado un hombre de pelo largo y gris, sí. Nos
fijamos en él porque llevaba siempre unas chaquetas de colores muy
llamativas- dijo.
Ya fuera de la casa, encendió un nuevo cigarrillo. Tras exhalar el
humo, miró a Carmen.
-Cómo lo ves- preguntó.

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Ella no sabía qué contestar. Lo cierto era que no lo veía de ninguna
manera. Bueno, había un hombre de pelo largo y gris que tenía mal gusto
con la ropa. Eso era todo.
-Pues que ese hombre podía ser su primo, por ejemplo.
-O un amigo que viniera a jugar una partida con el a las cartas todos
los viernes. Aún así creo que sería interesante encontrarlo.
En la siguiente puerta que llamaron el inquilino, un viejo alto y recio
como un roble, los recibió un poco asustado por tener en su casa a la
policía. El hombre amablemente les contó que no sabía nada de nada,
incluido un hombre de melena gris.
Cuando se sentó en el asiento del copiloto del coche, de vuelta al
centro de la ciudad, Carmen se dio cuenta de que tenía los pies empapados
y el barro le salpicaba hasta las medias. Se dio cuenta, además, de que ya
era muy tarde; habían pasado la mañana de casa en casa preguntando y
preguntando para descubrir que puede que algunos días, puede que sí o
puede que no, un hombre de gris y larga cabellera visitaba a Froilán
Losantos. La verdad, pensó, que aquello no era mucho saber y no estaba
segura de que hubiese merecido la pena el estropicio que había hecho en
los zapatos para averiguar tan poco. El interior del coche apestaba a tabaco,
un olor rancio que le desagradó profundamente. Abrió la ventanilla.
Comenzaron a moverse y Salvador la miró.
-Te prometo no fumar más en el coche- dijo.
Carmen lo observó mientras conducía y tuvo la sensación de que
aquel hombre le leía el pensamiento. O era eso o se había vuelto
transparente. En cambio ella no era capaz de ver o intuir nada en el
comportamiento del compañero. No comprendía bien qué hacían dando
vueltas entre los vecinos del muerto si Salvador estaba convencido de que
había sido el senador el responsable de la muerte.
-¿Puedo hacerte una pregunta?-dijo al cabo de un buen rato de
silencio.
-Claro.
Habían ganado velocidad y el aire le molestaba en la cara. Subió el
cristal de la ventanilla.
-Si piensas que el responsable de la muerte es el senador al que
fuimos a visitar…
-Zurcidó- la interrumpió.
-Eso es, Zurcidó o como se llame, pues si piensas que él es el
responsable, ¿qué hacemos preguntando a los vecinos? Me parece una
pérdida de tiempo.
Salvador sonrió y se mantuvo callado un buen rato antes de
contestar.
-Si ha sido Zurcidó, y ha sido Zurcidó, de eso estoy casi seguro,
nunca encontraremos al malo de esta historia, pero nos han mandado a

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investigar, así que investigaremos como si no tuviésemos ningún
sospechoso y al final presentaremos un informe, se archivará
temporalmente el caso y punto que es lo que pasa siempre cuando se
involucran los poderosos. Tenemos que hacer como que hacemos. Para eso
nos pagan y para eso nos ha elegido el comisario Pombal, sino ¿crees que
le habría encargado el asunto a una agente recién llegada y a un
subinspector con fama de borracho? Se trata de salvar el culo. Tú ya tienes
un expediente disciplinario, ¿quieres otro?
Carmen calló. ¿Quería otro? Bueno, no le importaría demasiado. A
dónde la podrían mandar esta vez. Ya estaba en el infierno.

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8

El edificio principal del diario la Opinión se encontraba a las afueras de la


ciudad en una zona urbanizada como polígono industrial. Era una
construcción moderna de tres plantas, rodeada de jardines muy bien
cuidados que cercaban un gran cartel que pregonaba en nombre del diario.
El interior era funcional, aunque de decoración un tanto abigarrada por la
repetición de antiguas portadas del diario enmarcadas en las paredes. Antes
de llegar a ver a su interlocutor, tuvieron que encontrarse con dos
secretarias, lo que hizo que Salvador se pusiera un poco tenso e impaciente.
Había concertado la cita la tarde anterior, y le hubiese gustado comenzar
entrevistándose con el director o al menos con el redactor jefe, pero lo
remitieron a D. Arnoldo Fernández, director de marketing. Se sintió un
poco menospreciado, después de todo, lo que investigaba era la muerte de
un trabajador del diario y le dio la sensación de que el diario no le prestaba
la atención que merecía. Aunque, por otra parte, no le extrañó demasiado
que en la Opinión quisieran pasar sobre las aquellas ascuas sin quemarse.
Arnoldo Fernández era un hombre de unos cincuenta años, delgado,
calvo, con el pelo muy corto y cano. Vestía un traje negro que le estilizaba
aún más la figura y unas gafas de montura de pasta, negra también, que le
daban un aire juvenil pese a la edad que aparentaba. Los recibió
afablemente a la puerta del despacho, les dio un fuerte apretón de manos y
los acompañó hasta un pequeño sofá en forma de ele que tenía en una
esquina del despacho al lado de una mesilla auxiliar cubierta
completamente con los periódicos del día.
-Siéntense, por favor.
Los movimientos de Arnoldo Fernández eran elegantes, calculados, a
un tiempo delicados y mundanos y siempre adecuados y precisos. Sólo en
un instante, Salvador se dio cuenta de que de la belleza de Carmen, que
vestía un traje chaqueta gris perla no había pasado desapercibida a sus ojos.
Hasta ese momento, había pensado que su orientación sexual era muy
distinta.
-¿Les apetece tomar algo?
Carmen negó con la cabeza.
-No, gracias- dijo.
Salvador, que no había respondido a la invitación, iba a presentarse y
a explicar el motivo de la visita, aunque daba por sentado que el otro ya lo
conocía, pero se vio interrumpió por el directivo del periódico.
-Lamento profundamente recibirles en esta situación, comprenderá
que estamos todos un poco alterados por lo que ha pasado. Cuenten con
toda nuestra colaboración para lo que haga falta. Como es lógico estamos
muy interesados en que el asunto se resuelva lo antes posible.

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El hombre empezaba a parecerle ceremonioso por demás. Un poco
alterados era demasiado poco alterados, toda la colaboración era
colaboración en exceso y lo antes posible era excesivamente rápido.
-Gracias-dijo Salvador y tomó en su mano la libreta de notas. Con el
rabillo del ojo vio como Carmen abría el bolso y sacaba una libreta y un
lápiz. La tarde anterior la había comprado durante un paseo por la ciudad.
Al verla con la libreta en la mano y en actitud de escuchar y tomar notas,
perdió el hilo y hubo un momento de silencio.
-Ustedes dirán…- Arnoldo Fernández invitó al dialogo.
-Bien-, comenzó a decir Salvador saltándose la presentación
habitual-, lo primero que nos gustaría hacer sería poder disponer de todos
los artículos de Froilán Losantos, no sé si eso será posible.
-Ningún problema- respondió el hombre de la Opinión mientras
tomaba notas en una agenda que tenía con él- ahora hablo con la archivera
y mañana mismo tendrán un dossier con todos sus trabajos de los últimos…
¿cinco años?
-Si, cinco años será suficiente, creo. Se lo agradeceremos mucho,
hemos de investigar todo lo relativo a su pasado, esto bien podría ser una
venganza- dijo Salvador sin dejar de observar a su interlocutor. No quería
perderse ni uno de sus gestos en aquel momento.
-Podría ser. Froilán era un hombre valiente en su trabajo y sincero y
se había ganado algunos enemigos.
-Algunos- apostilló Salvador-. Incluso entre la policía.
Arnoldo Fernández no respondió a la observación, ni siguiera con un
gesto. Cambió de tema como si no hubiese oído nada.
-¿Hay alguna otra cosa que pudiera interesarles?
Salvador calló un momento y miró de reojo a Carmen que anotaba
algo en su libreta. Había observado el comportamiento del director de
marketing del periódico y había sacado ya sus conclusiones y la primera de
ellas era que continuar con aquella entrevista era inútil y permanecer allí no
era más que una pérdida de tiempo. No conseguiría más datos de los que ya
tenía. Le resultaba evidente que aquel hombre era el encargado de frenar su
acceso a la información. Se la estaba jugando con periodistas y los
periodistas eran mucho más listos que los policías. No quiso acabar la
entrevista bruscamente y dar qué pensar, por una vez quería ser más listo
que un gacetillero cincuentón con delirios juveniles.
-Bien…- dijo haciendo tiempo para pensar-, ¿Cómo eran las
relaciones que tenía con el resto de los trabajadores del diario?
Sabía que aquella era una pregunta molesta, pero notó que el hombre
la encajó con una sonrisa y casi satisfecho como si hubiese estado seguro
de que se la iba a hacer y ya hubiese preparado la respuesta.
-No le voy a contestar que eran buenas, Froilán era un hombre de
carácter, ya me entiende, pero tampoco tenía malas relaciones con nadie en

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especial. Si me permite un consejo, creo que esa es una vía muerta para su
investigación.
La observación de aquel hombre no le gustó nada. Salvador fue
tajante en la respuesta.
-Si me lo permite, eso lo decidiré yo.
Arnoldo no se inmutó, se limitó a responder sonriendo.
-Por supuesto.
-Así que no tenía enemigos en el diario.
-Enemigos, no.
-Digamos que tampoco tenía amigos.
-Puede ser una definición aceptable.
-Y ¿enemigos fuera del diario?
Ahora no hubo sonrisa.
-Es del dominio público que tenía algunas malas relaciones, pero yo
no diría que fuesen enemigos.
Salvador notó que Arnoldo Fernández se revolvió un poco
incómodo. Era evidente que estaba pensando en el senador. Seguro que
había recibido órdenes de obviar ese aspecto del problema. Prefirió no
insistir. Si lo hacía, estaba seguro de que el hombre se cerraría en banda.
-Ya-dijo con cierta sorna y calló un momento-. También me gustaría
poder hablar con alguno de sus compañeros.
-Por supuesto, pero ya sabe que esto es un periódico y a esta hora tan
temprana- el hombre señaló un reloj deportivo en su muñeca- apenas hay
nadie en la redacción. Creo que esta tarde sería mejor momento.
-Claro-. Salvador hizo ademán de incorporarse, pero en el último
momento interrumpió el gesto-. Una última cosa, ¿qué tipo de relación
mantenía con Froilán Losantos?
Fue una pregunta sorprendente que no se esperaba y Arnoldo
Fernández que ya había comenzado a levantarse tardó un momento en
responder.
-Ninguna relación, en realidad. Aunque estamos en la misma
empresa, yo trabajo en un área que no tiene mucha relación con la suya. Sí,
apenas nos relacionábamos más allá de… no sé, lo normal en una mediana
empresa como esta.
No tenían relación y le encargaban lidiar con la policía. Salvador
sonrió satisfecho intentando ocultar la mueca haciéndola pasar por
cortesía. Se incorporó para despedirse.
-Bien, entonces, con su permiso esta tarde volveremos por aquí.
Hasta entonces…-dijo y le tendió la mano.
En el jardín que rodeaba el edificio encendió un cigarrillo. Miró al
cielo encapotado y volvió a sonreír, esta vez abiertamente. Carmen se
mostraba un poco desconcertada, no consiguió entender lo que había

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pasado en la entrevista. Incluso a ella le hubiera gustado preguntar algunas
cosas más a aquel hombre.
-Por qué sonríes tanto- preguntó al fin, intrigada.
Salvador no respondió, calló primero, la miró y luego preguntó él por
algo que le tenía intrigado desde que se había sentado en el despacho de
Arnoldo Fernández.
-Qué has anotado en la libreta.
Ahora sonrió ella.
-Nada-dijo.
-¿Nada?
-Bueno, ayer te vi tomar notas y me pareció que yo estaba de más sin
hacer nada. Además esta mañana has dicho que tiene que parecer que
investigamos, pues eso hago, disimulo para que parezca que tomo interés.
Salvador estalló en una carcajada. Eso sí que no se lo imaginaba.
-Eso está bien- decía entre risotada y risotada-, eso está muy bien.
Cuando dejó de reír, tomó el teléfono móvil he hizo una llamada.
Carmen lo escucho hablar sorprendida de sí misma y de cómo se estaba
comportando. Sólo hacía unos días que aquel hombre la asustaba y ahora
había estado riendo con él. Sin embargo no creía que nada hubiese
cambiado en ella, era él quien se mostraba distinto, parecía mucho más
amable. Salvador colgó el teléfono y la sacó de sus pensamientos cuando se
dirigió a ella.
-Vamos a tomar un café con un amigo- dijo y comenzó a caminar
hacia el coche-. Allí no hace falta que saques la libreta para tomar notas, es
de confianza, además, tampoco hace falta que disimules, ya le cuento yo
que tomas mucho interés por el tema.
Salvador pareció reiniciar la risotada, pero luego la miró y se
contuvo. Condujo durante algunos minutos alejándose de la ciudad y luego
se detuvo frente a un restaurante de carretera, un edificio de dos plantas que
también ofrecía habitaciones. En el bar no había nadie, ni el camarero, y
sólo sonaba un enorme televisor colocado en una de las esquinas. Al entrar,
Salvador miró el reloj.
-Pensé que ya estaría aquí- dijo para sí.
Le respondió una voz que venía de uno de los laterales, donde se
encontraba la entrada a los retretes.
-Y aquí estoy. Siempre seré más rápido que tú.
Un hombre gordo y no muy alto de cara redonda que se alargaba
levemente en una barba muy negra y poblada cruzó el bar en dirección a
ellos dos con una sonrisa franca en la boca.
-¡Señor Marqués!- gritó Salvador y abrió los brazos con gesto
acogedor.

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-¡Cuánto tiempo sin verte! Ya tenía yo ganas de tomar un par de
cervezas contigo. A ver, ¡camarero!- dijo el hombre gordo y dio tres golpes
con la mano sobre la barra.
De una puerta a un lado de la misma apareció una joven vestida con
falda negra y camisa blanca.
-Buenos días, señores- los saludo.
-Dos cervezas- grito el gordo.
-No-dijo Salvador-, para mí un café. Solo- luego se volvió hacia
Carmen que estaba tras él a su derecha-. ¿Tú qué quieres? ¿Otro café?
-Con leche- asintió ella.
Salvador se dirigió a su amigo.
-Te presento a Carmen Martínez, ni compañera-. Se volvió a
Carmen:- Juan Marqués, un buen amigo a pesar de que es periodista de la
Opinión.
El hombre gordo extendió la mano con un gesto de extrañeza.
-Es un placer- afirmó muy serio.
-Igualmente- respondió Carmen con la fórmula de cortesía.
El gordo se desentendió de ella y miró a Salvador. Dijo:
-Así que ahora tienes una compañera y a las once y media de la
mañana aún no tomas cerveza…
-No sólo a las once y media. Simplemente ya no tomo cerveza. Hace
un mes que no pruebo nada más que agua y café. Ni Cocacola siquiera.
Juan Marqués estalló en una carcajada.
-La hostia- dijo-, tú no eres mi Salvador, eres un marciano.
-La vida es muy dura, amigo. Vamos a sentarnos.
Se acomodaron los tres en torno a una de las mesas y el gordo sacó
una cajetilla de tabaco del bolsillo y lo ofreció.
-Por lo menos fumarás.
-Eso sí
-¿Tú?- dijo a Carmen-. Ella negó con la cabeza-. Bueno- continuó el
hombre-, me permitirás que te tutee, siendo amiga de Salvador ya casi
somos íntimos.
La camarera les sirvió. Salvador comenzó a agitar el café con la
cucharilla.
-Me imagino que te figurarás la razón de la llamada. Además de
disfrutar de tu compañía, claro está.
-Me hago una idea.
-Juan es periodista, como te dije, aunque parezca un ser humano, es
periodista, no te dejes llevar por las apariencias- dijo Salvador mirando a
Carmen y sonriendo con picardía-. Trabaja en la Opinión y es un buen
amigo, así que no nos va a engañar- se volvió hacia él- ¿verdad, Juan?
El gordo sonrió también.

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-Pero que cabrón eres. Bueno, déjate de historias y dime qué te traes
entre manos.
Salvador frunció los labios y resopló antes de responder.
-Un marrón de cuidado- dijo ahora muy serio-. Estoy con lo de
Froilán Losantos.
El otro asintió moviendo la cabeza atrás y adelante.
-Tú personalmente… no sé porqué me había imaginado que querías
hablar conmigo para hacerle un favor a alguien. De modo que te han
empitonado con lo de Froilán. Dime cuándo detienes al senador que quiero
estar presente. Siendo amigo tuyo, supongo que tendré asegurada la
exclusiva de la detención.
-Tócame los cojones.
-Es una noticia bomba, chico, y yo soy periodista. Ya me dirás,
senador detenido por policía de dudosa fama. Por cierto, ¿tienes plan de
pensiones? Te va a hacer falta, porque tú la pensión de policía no la cobras,
eso seguro-. Juan Marqués no reprimió la risotada que le asomó a la boca.
Salvador no se inmutó. Tomó la libreta del bolsillo y la abrió por una
página en blanco. Carmen lo miró y sonrió. Sintió la tentación de sacar
también su libreta y hacer ostentación de ella, pero se contuvo.
-Necesito saberlo todo sobre Froilán Losantos y sobre la Opinión.
Haz cuenta de que voy a hacer la tesis doctoral sobre ello.
Juan Marqués apagó el cigarrillo, apuró la cerveza y dijo:
-Será una tesis corta: Froilán Losantos era un hijo de puta y la
Opinión, la casa donde trabajaba su madre. Eso es todo.
-Vas a asustar a mi compañera.
-No tiene cara de asustada.
Carmen comenzaba a asustarse realmente. Parecía que ella y
Salvador estaban ante un asunto peligroso. Maldito el día que la sacaron de
Madrid. Maldita suerte. Maldito comisario Andrade.
Salvador adoptó un gesto formal.
-Vale, era un hijo de puta al que odiaba todo el mundo. No dejaba
títere con cabeza y no lo querían ni los unos ni los otros, pero eso era en
cuanto a los artículos. Quiero saber como era en las relaciones personales,
se dice así ¿no?
-Un hijo de puta, ya te lo he dicho. Era un bicho malo y en lo único
que pensaba era en medrar, no le importaba a costa de quien, y eso fue lo
que hizo toda su vida, medrar a costa de los demás. En la redacción no lo
aguantaba nadie, pero todos lo temían.
-¿Tú también?
-Yo, el primero. Era malo, Salvador-dijo el periodista muy serio.
Hubo un largo silencio, Salvador se llevó la mano a la boca y se
mesó la incipiente barba con gesto pensativo.

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-Tanto como para que alguien se le haya llevado por delante- dijo al
cabo de un buen rato.
-No lo creo, pero no por falta de ganas, por falta de huevos. En la
Opinión no trabaja ningún asesino, creo. El único que sería capaz de
llevarse a alguien por delante sería el propio Losantos. Oye, a lo mejor fue
un suicidio.
-¿Estaba casado?
-No, no sigas por ahí. Tenía pareja, pero no se le conocen veleidades
sexuales ni eróticas- dijo el Juan marcando mucho la palabra eróticas-. Por
lo que sé, era en lo único que era más o menos honrado. Tiene pareja y
aunque creo que no vivían juntos es exquisitamente fiel. Con los enemigos
que tiene, que tenía, quiero decir, no podía ser de otro modo. Si le hubieran
pillado en una… bueno, sabes a qué me refiero.
Salvador inspiró profundamente. Sintió un dolor en el pecho que le
distrajo. Maldito tabaco, con lo bien que estaba yo sin fumar.
-Ya- dijo-. Hay algo que no entiendo. Tu jefe, Lameiro, quiero decir,
el jefe, feje, no el director, no puede ser enemigo del senador. Es más,
tienen que ser amigos.
-No, ahí te equivocas, nunca se llevaron bien. No de ahora, ya antes
de que Froilán la tomase con él las relaciones eran un poco frías. Digamos
que eran de dos ramas diferentes del partido, aunque el jefe no esté afiliado.
Lo gracioso es que se calentaron desde que Froilán publicó el famoso
artículo de las posaderas del senador, no sé si lo recuerdas. Supongo que
no. Bueno, pues fue la gota que colmó el vaso, y no era para tanto, pero el
senador estaba muy harto. Se presentó aquella misma mañana en la
redacción hecho un energúmeno.
-El senador perdió los papeles…-interrumpió Salvador.
-Como lo oyes, perdió los papeles.
-No es su estilo.
-Eso pensaba yo, pero ya ves, no supo aguantar el tipo. Pero lo
gracioso no es eso, escucha. Lo gracioso es que entró en el despacho de
Lameiro dando voces y ladrando como un perro y salió de él maullando
como un gato. Se dieron la mano y el senador no volvió a quejarse nunca
más, publicase lo que publicase.
Salvador repitió la frase de su amigo en voz muy baja:
-Se dieron la mano y no volvió a quejarse nunca más…- luego subió
el tono de voz-: eso no tiene sentido.
-No, ya sé que no lo tiene, pero fue lo que pasó.
Hubo otro largo silencio para meditar. Fue de nuevo Salvador quien
lo rompió:
-¿Qué relaciones tenían Froilán y Lameiro?
Juan Marqués no respondió inmediatamente. También pareció
meditar antes de responder.

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-No sabría qué decirte, pero Froilán tenía una relación pésima con
Carballo, el director, no sé si lo conoces- Salvador asintió- y Carballo y
Lameiro son íntimos; si aplicamos la propiedad transitiva, se llamaba así,
¿no?
-Juan, no divagues y continúa.
-Se me seca la boca, me estás haciendo hablar demasiado. ¿Otro
café? ¿No? Yo tomaré otra cerveza.
Llamó a la camarera y pidió su cerveza.
-Así vas a llegar mal a la noche.
-Cómo si tú no lo supieras.
-Bueno, continúa que ya me estás despistando a mí también. Me
contabas lo de la relación de Losantos y Carballo.
-Bueno, a sí. Decía que Carballo y Lameiro son uña y carne, por lo
que Lameiro y Froilán no deberían haberse llevado muy bien.
-¿Seguro?
-Bueno, seguro, seguro, no. Pero hay cosas… no sé. Froilán era el
periodista estrella, todo el mundo lo conocía, sin embargo nunca recibió
una atención de Lameiro. Me inclino a pensar que, como mucho, se
toleraban.
-Pero eso no tiene sentido- dijo Salvador.
-¿No? Ya me dirás porqué.
-Yo no mantendría al enemigo en casa. Joder, si yo soy el jefe y no te
trago, te vas de la empresa y punto.
El periodista sonrió.
-No todo el mundo es como tú- dijo-. Algunos ponen el negocio por
delante de todo lo demás.
-¿Quieres decir que Losantos vendía periódicos?
-Vendía. A la gente le gusta el tipo de cosas que hacía.
Salvador seguía sin encontrarle sentido. Movió la cabeza de un lado
a otro con gesto negativo y preguntó:
-¿Tanto como para enemistarse con uno de los hombres más
poderosos de la provincia? Supongo que para el editor de un periódico
llevarse bien con un hombre como el senador es importante.
Juan marqués no respondió, sólo hizo una mueca elevando los
parpados y los hombros para señalar lo incomprensible que era el mundo.
-No tiene sentido- repitió Salvador. Calló un momento y pasando
página en el pensamiento continuó-: me dijiste antes que tenía pareja
estable, ¿No?
-Si- respondió el periodista-. Una tipa atractiva como pocas. Se juntó
con él hace ya cuatro o cinco años, puede que más. Nunca han dado que
hablar.
-Froilán no era gay, ¿verdad?

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-¿Gay? No, ¡Coño! De ninguna manera. Ya te he dicho que era un
maricón de mucho cuidado, pero homosexual no.
-Ya me lo parecía- dijo Salvador y sonrió mirando a Carmen quien le
devolvió una leve sonrisa.
-Antes de liarse con esa mujer era un conocido mujeriego. Desde que
está con ella, ya te digo que ha sido muy formal, al menos muy discreto.
No le queda más remedio, ya sabes.
La conversación con el periodista no dio para más. Se despidieron
amigablemente y quedaron en verse pronto para tomar algo por ahí.
Aunque sea un vaso de agua, bromeó Juan Marqués. Salvador y Carmen se
encaminaron a la comisaría.
-Por esta mañana ya hemos tenido suficiente. Hay que descansar que
a la tarde nos las habremos de ver con un montón de periodistas-dijo
Salvador y arrancó el coche.
Al cabo de algún tiempo Carmen preguntó:
-¿Por qué nos hemos visto aquí? ¿Era peligroso para él y no querías
que nadie nos viera?
-No- respondió Salvador-, es que Juan vive aquí al lado. Encima de
que nos hacía el favor no íbamos a llevarlo al Luna, que queda al lado de
mi casa.
Carmen hizo un gesto de sorpresa.
-Ah-dijo-. Y ¿quien es Lameiro?
-¿Lameiro? El dueño del periódico, el editor, creo que lo llaman en
ese mundillo. Además, como puedes imaginarte, un caciquillo.
Carmen calló. Durante un buen rato circularon camino a Orense sin
decirse una palabra. Aunque a Salvador le apetecía fumar, se contuvo,
prefirió no molestar. Ya llegaban casi a la comisaría y Carmen se volvió a
Salvador y dijo muy seria:
-Le hacía chantaje.
El coche se detuvo en el aparcamiento de la comisaría y Salvador se
apeó mirándola con extrañeza. No comprendía bien de qué le hablaba.
-¿Chantaje?- dijo-. ¿Quién hacía chantaje a quien?
-El muerto al tal Lameiro.
Estaban frente a frene, cada uno a un lado del coche y con las puertas
aún abiertas. Salvador encendió entonces un cigarrillo, exhaló el humo y la
miró muy serio.
-Explícate- dijo.
-Bueno-Carmen hizo un silencio-. Tú dirías que lo tenía cogido por
los huevos y por eso lo toleraba en el periódico, no le quedaba más
remedio.
Salvador dio una larga calada al cigarrillo.
-Sabía algo comprometedor de él, quieres decir.

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-Y eso fue lo que el tal Lameiro le contó al senador cuando fue a
quejarse al periódico.
-No quería enemistarse con el senador, al fin y al cabo los dos están
en el mismo bando y le contó la verdad-continuó la frase Salvador-, y la
verdad era que tenía que aguantar a Froilán Losantos porque no tenía más
remedio.
Callaron los dos. Salvador cerró la puerta del coche y rompió el
silencio:
-Además el senador aceptó la explicación de Lameiro porque nunca
más volvió a quejarse. Me da la mala espina de que el cabrón de Froilán
Losantos sabía algo del senador a lo que le sacó más rendimiento
callándolo que publicándolo. Cada vez estamos más jodidos. Lo ha matado
el senador, seguro que lo ha matado por que le estaba haciendo chantaje-
dijo Salvador hablando como para sí mismo. Luego miró a Carmen y
continuó-: eres muy lista.
Ella no respondió. No, no era muy lista. Lista hubiera sido si también
hubiera sabido algo comprometedor de Andrade con lo que poderlo
chantajear y ahora no estuviera en aquella maldita ciudad a quinientos
quilómetros de Ángel.

54
9

Al salir del portal, Carmen advirtió que Salvador dejaba la cafetería y


comenzaba a caminar lentamente con las manos en los bolsillos, casi con
pereza, rumbo a la comisaría. Pensó en llamarlo, pero prefirió tomar un
café a solas, ya lo tendría que aguantar después toda la mañana. Saboreó el
café despacio y leyó las mismas páginas de la Opinión que unos minutos
antes había leído él demorándose en artículos que no le interesaban
demasiado. Le daba cierta pereza acudir a la comisaría y comenzar la
jornada. Se estaba bien allí, le gustaba más aquel lugar que la oficina de la
comisaría. Con tanto leer el periódico, llegó un poco tarde al trabajo,
incluso para su opinión, aunque no pareció importar a nadie. Se acomodó
frente a la mesa y buscó a Salvador. Suponía que había llegado antes que
ella, pero no lo veía por ninguna parte.
-Salvador está en el archivo- le dijo Fernando Andrés, el policía alto
y de pelo cano que lo cotilleaba todo.
Le respondió con un gesto de hastío. No le gustaba nada aquel
hombre, siempre con las narices a su espalda o en su escote.
-Ya no estoy en el archivo, Juanillo, estoy aquí, ya he vuelto- dijo
Salvador que había aparecido silencioso tras ella.
-Ya te veo, Salvadorcillo.
Fernando Andrés se fue y Salvador se sentó frente a Carmen. Dejó
sobre la mesa un dossier encuadernado en canutillo.
-Estoy seguro de que te gusta leer. Tienes cara de ser una buena
lectora. Sí, definitivamente te gusta leer.
Cada vez que Salvador hablaba la sorprendía. No sabía a qué venía
aquello.
-¿Me tiene que gustar?
-Más te vale
Salvador le acercó el dossier que había traído con él.
-El señor director de marketing de la Opinión he mostrado una
efectividad pasmosa y ya nos ha pasado la colección completa de los
trabajos de Froilán Losantos. Ahora que ha muerto, yo lo publicaría como
su colección completa de insultos. Sería un libro interesante. Lo podríamos
titular, no sé, algo así como las lindezas de un muerto. Bueno, da igual, el
caso es que alguien lo tiene que leer y hacerme un extracto y te ha tocado a
ti. Además así te vas familiarizando con el personaje. Eso es muy
importante.
Dicho eso, Salvador se fue sin dar más explicaciones. A veces le
resultaba realmente grosero. Además parecía no tomarla en serio. Y eso le
molestaba. Intentó olvidarse de su compañero, se acerco el dossier y lo
miró sin abrirlo. Así estuvo durante un buen rato. Aunque siempre había

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sido una buena lectora, de hecho había leído muchas horas en su oficina de
Madrid, ahora no le apetecía pasar la mañana leyendo aquello. Le producía
hastío sólo el pensarlo.
-Ese Salvador es un poco caradura, ¿no te parece?- oyó decir
mientras miraba el dossier sin decidirse a abrirlo.
Fernando Andrés estaba nuevamente a su lado. No entendía cuales
eran las obligaciones de aquel hombre, siempre lo veía sin hacer nada
dando vueltas de un lado a otro. Además escuchaba conversaciones ajenas,
sabía lo que Salvador le había dicho. Sintió un deseo de defender a su
compañero, aunque hubiese sido grosero con ella, después de todo, le debía
un favor, la tarde anterior se había ido él solo a entrevistar a los
compañeros del periódico y la había liberado de la tarea.
-Cada uno es como es.
-Ya, pero eso de que te mande leer eso y hacerle un resumen…
Pensó que si se dedicaba a hacerlo se libaría de él. Sonrió:
-Y no debo de entretenerme, si me lo permites- dijo y abrió el dossier
por la primera página.
Se enfrascó en la lectura y Fernando Andrés la dejó en paz. Leyó
durante un buen rato y cuando se cansó, cerca del mediodía, salió a tomar
un café. Se entretuvo todo lo que pudo en la cafetería, primero ojeando El
PAIS que halló sobre la barra y luego mirando el televisor. Cuando ya no
tuvo más remedio, volvió a la comisaría y un poco después de las dos de la
tarde ya había acabado con todo. Se había saltado algunas partes que no le
parecieron interesantes, pero se había hecho una idea global del tipo de
persona que era Froilán Losantos. Al acabar el dossier permaneció largo
rato mirándolo fijamente y no pudo menos que pensar que tenía entre sus
manos todo el trabajo que había realizado un desconocido en los últimos
cinco años y que ahora eso era todo lo que quedaba de él. Se sintió mal con
aquel pensamiento, no estaba su cabeza ni su vida para sutilezas metafísica,
y lo intentó apartar de la mente. Se concentró en lo que se suponía que era
su trabajo y acaso fue la primera vez en su vida que halló refugio en él. Su
primer pensamiento fue entonces que además de la mitad de la población
de la provincia de Orense, el senador era sin duda alguna el principal
sospechoso. Sonrió para sí misma recordando lo que había dicho y hecho
Salvador cuando les encomendaron el caso y se distrajo un poco. Luego
volvió de nuevo la atención al periodista. Parecía que aquel hombre había
tenido una obsesión morbosa con el senador y le había acusado de todas las
maldades que un hombre puede cometer. No comprendía como no habían
acabado en los juzgados. Bueno, sí lo comprendía si aceptaba que el
periodista sabía algo terrible del senador y le hacía chantaje. No había otra
explicación.

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Salvador llegó entonces a la comisaría, cruzó la oficina con pasos
cortos y cansinos, se sentó frente a ella y la sacó de sus pensamientos. Olía
fuertemente a tabaco.
-¿Has terminado?-Pregunto.
Carmen asintió.
-¿Y? ¿Qué opinas?
No respondió enseguida, se lo pensó un poco.
-Que lo ha matado el senador. O sino, cualquier otro. No ha
respetado a nadie, era un hostigador y un extremista. Además, no se
dedicaba a criticar, lo suyo era el insulto. Le había puesto mote a todo el
mundo. ¿Viste? Al senador le llamaba Remendado, senador Remendado.
Carmen sonrió levemente, como si le diera vergüenza reírse del
chiste de un muerto.
-Se debía de creer muy gracioso. Bueno, y a parte del senador ¿hay
algún pringado que veas como candidato a cargarle el muerto y nos pueda
sacar del lío en que nos ha metido Pombal?
Antes de responder a la pregunta, Carmen iba a comentar algo sobre
el apodo que el periodista había puesto al comisario, a quien tampoco había
tratado con dulzura precisamente, pero le interrumpió una voz tras ella.
-Pombal no os ha metido en ningún lío- dijo el comisario Pombal que
estaba a su lado, justo de espaldas a ella. Era evidente que Salvador lo
había visto y había dicho la frase para que lo oyera.
Carmen pensó que de buena se había librado no citando el mote del
comisario, hasta se le había acelerado el pulso al girarse y verlo en pie
junto a ella.
-Bueno, pues ya de me dirás cómo llamas tú a esto- dijo Salvador
señalando el dossier que reposaba sobre la mesa.
-¿Investigación? ¿Trabajo?-contestó el comisario sonriendo con
sorna.
Salvador también sonrió.
-¿Marrón?
Carmen los miraba un poco asustada. Sus recuerdos del comisario
Andrade y la familiaridad que Salvador tenía con Pombal rechinaban
cuando los ponía juntos.
-Marrón, no. Trabajo, Salvador, trabajo. A propósito de trabajo, ya
que estoy aquí, contadme lo que habéis averiguado, hasta ahora no me
habéis dicho nada.
-Que lo mató el senador-respondió Salvador como si el comisario
hubiese accionado en el un resorte-, eso es lo que hemos averiguado; el
senador Remendado, para mas señas.
-Senador Zurcidó, Salvador, no me toques los cojones con los
motecitos.
-Ah, perdón, comisario Palomilla.

57
-Salvador, no me toques los cojones-Advirtió el comisario con gesto
agrio.
Carmen no podía creer lo que estaba viendo. Salvador le llamaba a la
cara al comisario el insultante apodo que había utilizado contra él el
periodista muerto. Pese al gesto adusto del comisario, Salvador no retiró la
sonrisa de la cara y dijo:
-A que te alegras de que lo a hayan matado.
-Me alegraré el día que te jubiles. ¿Qué habéis averiguado?
Salvador cambió el gesto, borró la sonrisa, sacó la libreta del bolsillo
y miró algunas notas. Sabía que el juego había terminado.
-Prácticamente nada- respondió con voz neutral y pasó a hacer un
breve informe de lo que habían hecho-: de los vecinos, nadie vio nada,
nadie oyó nada; hemos hablado con todos sin resultados. En el periódico
tampoco hemos conseguido nada más que saber que en la plantilla caía
como un tiro y, bueno- el rostro de Salvador de transformó-, de la
conversación con el senador Remendado ya te has enterado, creo.
-Salvador, no me toques los cojones y sigue trabajando- dijo el
comisario y se fue sin despedirse.
Salvador lo vio marchar sonriendo. Carmen, con cara de incrédula.
-Ves como es necesario hacer que trabajamos… es lo que el jefe
quiere, que parezca que se investiga. Aunque nuestras investigaciones no
valgan para mucho.
Carmen lo miró con desconcierto.
-Bueno- dijo Salvador dibujando en el semblante el esfuerzo que
hacía por recordar-, ¿En qué estábamos cuando nos interrumpió el jefe?-
frunció el ceño-. Ah, sí, te preguntaba por tu opinión sobre lo que has leído.
Qué, ¿algún candidato?
-¿Además del senador?
-Además del Remendado, sí.
Carmen sonrió e inspiró profundamente antes de responder:
-A lo mejor no fue el senador. Vale, tenían una enemistad manifiesta,
pero eso no lo convierte en un asesino.
-Tú no conoces al senador.
No, no lo conocía, pero empezaba a asustarse.
-Si es tan peligroso como dices, ¿por qué lo provocaste del modo que
lo hiciste la otra semana?- dijo
Salvador le guiñó.
-Me gusta el peligro- respondió sonriendo y luego muy serio
continuó-: yo no puedo resultarle peligroso al senador, si acaso un poco
molesto, nada más, como a una mosca cojonera.
-Pues eso no me gusta, a las moscas se las mata de un manotazo.
-Eso si la pillas, las moscas son muy escurridizas. No te preocupes, si
no agitamos el avispero, no hay problema. Pero, claro, ese es el problema,

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que no vamos a descubrir al malo si no es metiendo las manos y a lo mejor
entonces se agita. Y yo no las quiero meter, así que dame una buena noticia
y dime que has encontrado en ese dossier al candidato perfecto.
Carmen lo miró y negó con la cabeza. Salvador encendió un
cigarrillo. Tenía el gesto serio. Ella se sintió culpable por no haber
encontrado nada. Así la hacía sentir el semblante de su compañero.
-¿Qué descubriste ayer en el periódico?- preguntó para aliviar su
sentimiento de culpa. Luego pensó que era estúpida por haberse sentido
culpable.
-Poca cosa, aunque algo es algo. Hablé con mucha gente, pero nadie
me dijo nada interesante. Son gente curiosa estos periodistas, se pasan la
vida contándonos la de los demás y no saben nada de la propia. ¿Quieres
creer que Froilán era un desconocido para sus compañeros? No sabían de él
más que un montón de cotilleos que, eso sí, resultaron interesantes, o
pueden resultarlo, vamos. ¿Recuerdas que mi amigo Juan, el periodista, nos
dijo que el muerto tenía un lío con una mujer?
Lo recordaba, pero no había entendido que fuese un lío precisamente,
sino una relación estable.
-Bueno, tu amigo dijo que tenía pareja.
-Eso, un lío. Pues me he enterado de que estaba casada y dejó al
marido por él- Salvador sonrió pícaramente-. Y si fue un crimen pasional…
-A eso me refería yo antes. Quiero decir que pudo haber sido el
senador, vale, pero también pudo haber sido un ladrón o un marido celoso.
Salvador apagó el cigarrillo y asintiendo con la cabeza dijo:
-También, sólo que no robaron nada y que el asunto del marido fue
ya hace cuatro o cinco años. ¿Tú crees que se puede dilatar una venganza
tanto tiempo?
Carmen no respondió a la pregunta. Sabía que Salvador no esperaba
respuesta.
-Sí, es posible- se contestó a sí mismo-. Hay gente muy rara en el
mundo, pero no tendremos esa suerte. De todos modos, habrá que averiguar
quien era el marido.
Carmen sonrió pícaramente, por su cabeza pasó el recuerdo de la
mujer que habían entrevistado el último viernes y dijo:
-A lo mejor es el gay de melena gris y chaquetas llamativas de
colores, el gay al que veía la vecina chismosa.
Salvador continuó:
-Seguro. Y habían montado un tinglado entre los tres. Por el día con
la mujer y las noches, con el hombre-. Salvador inspiró-. ¡Ojala fuese todo
tan sencillo!
El tono de su compañero que paso de la broma a una cierta
melancolía la animó a hacer una pregunta:
-¿Por qué no le contaste al comisario lo del hombre de melena gris?

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La pillería ocupó de nuevo el semblante de Salvador.
-No es conveniente que el jefe lo sepa todo, sino ya no nos quedará
nada que contarle.
Luego guiñó un ojo y se despidió de Carmen.
-Hasta mañana.

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No sabía cómo se tomaría Salvador lo que había hecho la tarde anterior ni


los planes que había urdido para sí misma. Durante aquella semana le había
parecido menos antipático y desagradable que cuando lo había conocido, le
había producido una mejor impresión que los primeros días, así que
pensaba que acaso podría contar con él. Lo necesitaba. Antes de acudir al
trabajo, entró en la cafetería Luna con la idea de tomar un café y hablar con
él, había visto a Salvador salir de allí alguna vez y a aquella hora y tenía la
esperanza de encontrarlo antes de ir a la comisaría. Pensaba que era mejor
tratar aquello fuera del trabajo. Pero Salvador no estaba allí. Desayunaba
todos los días un café con leche y tres churros en la cafetería Luna, pero
había sido más madrugador que Carmen y cuado ella llegó él ya caminaba
lentamente, con las manos en los bolsillos y un cigarrillo en la boca rumbo
al trabajo. Carmen un poco decepcionada tomó café sin prisa y ojeo la
prensa local. Desde que había visitado la redacción la Opinión le gustaba
leer lo que se escribía en aquel lugar.
En la comisaría Salvador la esperaba sentado frente a su mesa y
fumando pacientemente. Tenía el aspecto de ser el hombre menos atareado
del mundo y de disponer de todo el tiempo del universo para sí. La saludó
con una sonrisa sin decir una palabra y cuando ella se sentó a su lado, se
incorporó y dijo:
-Vamos o llegaremos tarde.
Carmen se incorporó sin decir nada y lo siguió.
Tras su llegada aquella mañana a la comisaría quince minutos antes
que ella y encender el tercer cigarrillo del día, Salvador había descolgado
el teléfono y concertado una cita. Había sido una conversación breve:
-A qué hora te viene bien.
-Cuando quieras- había dicho su interlocutor-, estaré aquí hasta las
tres y, si quieres, por la tarde. Yo estoy aquí de servicio permanente.
-Bien, entonces, en una hora te veo.
Dejaron la comisaría y salieron rumbo a la zona universitaria.
Salvador condujo el coche por una carretera que subía una ladera no muy
empinada entre matas pobladas de mimosas y restos de fragas calcinadas el
último verano.
-¿Vamos muy lejos?- Preguntó Carmen cuando comenzaban a dejar
las últimas casas de la ciudad.
-No, quince minutos, no más.
No la había informado del destino al que se dirigían y por lo poco
que lo iba conociendo no lo haría por mucho que se lo preguntara. Por
alguna extraña razón que Carmen no alcanzaba a comprender había
decidido darle una sorpresa, así que resolvió no preguntar nada. Sin
embargo pensó que aquel era un buen momento para contarle lo que

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pensaba hacer, lo que había hecho la tarde anterior. Estaba un poco
nerviosa.
-Ayer por la tarde hice algo…- comenzó de decir, no sabía cómo
exponerlo del modo más convincente posible- algo irreflexivo- concluyó la
frase.
-Ya.
Salvador no la miraba, se concentraba silencioso en la carretera.
Carmen calló un buen rato. No sabía cómo continuar. Cruzaron un pequeño
embalse que estaba casi vacío y lo miró distraídamente.
-¿Me lo vas a contar?- dijo al cabo de un tiempo Salvador.
-Sí, claro. Te decía que fue algo irreflexivo- dijo Carmen he hizo otra
pausa.
Cuando iba a continuar Salvador la interrumpió.
-Si me lo estás contando, bueno, eso es un decir, si me lo vas a
contar, será porque eso tan irreflexivo que has hecho me atañe de algún
modo.
Esta vez no se demoró en responder.
-En cierto modo, sí.
-Y fue algo irreflexivo, dijiste.
-Si… cuando salí a pasear…
-No me digas más, si fue algo irreflexivo- la interrumpió Salvador-,
cuenta conmigo. Sea lo que sea.
-Pero.
-Lo que sea, mujer.
Luego no se dijeron una palabra más hasta que Salvador detuvo el
coche en el aparcamiento de la prisión provincial.
La prisión era un conjunto de edificios todos pintados de blanco de
dos y tres plantas que ocupaban una gran extensión y todo ello rodeado de
un muro blanco también, aunque con algún que otro desconchado.
Al edificio de oficinas se accedía por una puerta casi toda ella
acristalada. Salvador llamó a un timbre y esperaron un buen rato sin
respuesta. Por el cristal de la puerta podían ver al otro lado la figura de un
hombre sentado que no hacía nada. Impaciente, Salvador insistió en el
timbre y aún hubieron de esperar otro buen rato antes de que la puerta
automática se abriese. Tras un mostrador rematado y defendido por un
cristal les recibió un funcionario, el mismo que los había hecho esperar tras
la puerta, vestido con lo que debería haber sido un uniforme de pantalón
gris y chaqueta azul, pero que en aquel hombre tomaba el aspecto que
tendría la ropa de un conserje tras un incendio. El hombre tenía el rostro
alargado y feo, la barba de tres días y un amargo rictus en la expresión.
Parecía que había pasado tal cantidad de años cerrando puertas que se le
había quedado pegado el malhumor y la tristeza de tanta reclusión.

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Los saludó con cierta hostilidad. La voz era tan desagradable como
su presencia
-¿Deseaban algo?
-No, hemos venido a pasear.
No sabía muy bien porqué, pero esa era la respuesta que Carmen
había imaginado que Salvador daría. Sonrió para sí misma con cierta
maldad.
El funcionario los miró confuso y un poco azorado. Con cierto
esfuerzo compuso una sonrisa forzada. Antes de que dijese nada, comenzó
a hablar Salvador.
-Estoy citado con D. Carlos Arias- dijo identificándose.
El funcionario no contestó, se volvió con presteza a coger el teléfono
que tenía a su lado, pero Salvador no lo dejó llamar.
-No es necesario que llame a nadie. Ya me sé yo solito el camino-
dijo y comenzó a caminar hacía una escalera rumbo a la primera planta.
Carmen lo siguió mientras miraba con el rabillo del ojo el rostro del
funcionario que aún tenía el auricular del teléfono en la mano. Al tiempo
que caminaba escalera arriba tras Salvador pensaba en lo mucho que le
hubiese gustado haber podido tratar de ese modo a algunas de las personas
que había conocido en su vida. Sobre todo al comisario Andrade.
El despacho del Carlos Arias era un poco oscuro, no muy grande y
achicado aún más por la enorme cantidad de objetos que había en él, sobre
todo ficheros, pero también varias cajas en el suelo. Tenía la puerta abierta
y en su interior un hombre de entre cuarenta y cincuenta años, sentado tras
la mesa, mostraba la coronilla mientras leía con atención. Salvador golpeó
la puerta con los nudillos y el hombre levantó la cabeza.
-Salvador- casi gritó a la vez que se incorporaba-. Pasa. Pasad- dijo
al fijarse en Carmen.
Se dieron la mano con efusión. Se notaba que había entre ellos una
vía directa de comunicación. Salvador presentó a Carmen y se sentaron.
-Carmen Martínez, mi nueva compañera.
Carlos Arias la miró con una sonrisa bonachona. Era un hombre
corpulento, con el poco pelo y el poco que tenía, peinado hacia delante
intentando cubrir lo que el tiempo había descubierto. El rostro era redondo
y grande. Vestía un traje azul impecable y nadie habría dicho de él que era
el subdirector de seguridad de una prisión. Más parecía el director de una
sucursal bancaria.
-Cuando me has llamado esta mañana me has dado una alegría, en
aquel momento eras el hombre en quien estaba pensando, justo el hombre
que necesitaba.
-Eres un hombre de suerte. A mí nunca me pasa. Así que vengo a
pedir tus servicios y tú te haces con los míos.
Carlos Arias sonrió

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-Eso es- dijo y descolgó el teléfono-. Localízame a Pascual, que
venga a mi despacho- dijo a su interlocutor en un tono autoritario que no
admitía discusión y sin identificarse, dando por sentado que sabía quien
era, luego continúo dirigiéndose a Salvador-: me tienes que hacer un
pequeño favor.
Carmen desconocía a qué habían ido allí, pero se había imaginado
que sería por algo relacionado con Froilán Losantos, aunque tal y como se
desarrollaba la entrevista comenzó a pensar que había sido aquel hombre
quien la había concertado para sus propios intereses, fuesen los que fuesen.
-Para el carro un momento, que yo he venido por asuntos de trabajo-
dijo Salvador.
-Por supuesto, ya sabes que aquí siempre se tratará como a un
príncipe. Eres nuestro policía preferido-. La voz del hombre ahora era
intencionadamente meliflua.
-Eso se lo dirás a todos, además, no es cierto, el animal que tienes en
la puerta nos han tratado de puta pena.
Carlos Arias no dejó que acabase la frase, se levantó de su asiento y
salió disparado del despacho y se asomó a la escalera. Volvió al cabo de un
instante y telefoneó. Había una disparidad manifiesta entre su rostro y su
voz. El enfado de la voz no había trastocado para nada su amable mirada.
-¿Quién ha puesto al impresentable de Miranda en la puerta? Que se
vaya de ahí ahora mismo- dijo. Luego hubo un silencio y continuó-: pues
mientras Marta toma café te quedas tú ahí si es preciso, pero a ese no lo
quiero ver en la puerta, os lo he dicho mil veces-. Colgó el teléfono y se
volvió a Salvador-: Es un caso perdido, cada vez que entra de servicio
tengo un problema para colocarlo. Pero, bueno, vamos a lo nuestro. Qué te
trae por aquí.
Salvador casi lamentó haber comentado nada sobre el funcionario de
la puerta. Antes de hablar se incorporó un poco en el asiento.
-Pues, verás. Estoy con lo de Froilán Losantos
Carlos Arias resopló y agitó la mano derecha.
-No me digas. Y qué quieres, ¿que le prepare una celda VIP al
senador?
-Que cabrón eres.
-Pues mira, yo se la preparo. Simpático no cae Zurcidó, pero si lo
mato, bien muerto está.
Carmen recordó que entre lo que había leído del periodista había
bastantes artículos sobre la prisión. Pensó que cuando volviera a la
comisaría debería buscar en el dossier del periódico el apodo que le había
asignado a aquel hombre. Porque no tenía ninguna duda de que algún
apodo tendría.
-Bueno-dijo Salvador-, de momento no tenemos ninguna prueba que
apunte a Zurcidó- esbozó una sonrisa.

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-Ya, claro-sonrió Carlos Arias-, menos el motivo, la ocasión y los
medios.
-Nada significativo, ya ves. Naderías. Bueno, en serio, necesito que
me digas qué cacos tenías de permiso el sábado que lo mataron.
-Ya, por supuesto. El sábado fue doce- dijo ojeando un calendario
sobre la mesa-, veamos- hizo un breve silencio contemplando el techo de la
habitación y como si lo hubiese leído allí recitó de memoria-: estaba Prada
Ramos, un narco de la costa, Alonso Jiménez, ya sabes quien, Carlos el
Perico y Domingo López, el Carpanta, creo que no lo conoces, no es de los
locales, es asturiano.
-¿Ninguno más? ¿No te fallará la memoria?- preguntó Salvador.
Carmen lo miró y vio cierta envidia en el rostro de su compañero.
-Creo que no, pero por ti haré una comprobación-. Tecleó en el
teclado del ordenador-. Ahí están, esos cuatro, nada más. No me olvidaba
de nadie. Sinceramente, no creo que ninguno sea tu hombre.
A Salvador, en el fondo, le hubiese gustado que el ordenador hubiese
contradicho al subdirector. Con una pequeña mueca de decepción, dijo:
-Personalmente descarto al Perico y a Alonso Jiménez, qué me dices
de los otros dos.
-Ramos, el narco, es un segundón del clan de los Servandos. Un
mandado que trabajaba de correo y que cantó hasta gregoriano cuando lo
detuvieron, colaboración con la justicia, reducción de pena y por eso está
de permiso, por supuesto que no ha sido él, olvídalo. No tiene ni huevos ni
razones. El otro, el Carpanta, es un pobre hombre- Carlos Arias sonrió
astutamente- con un cociente intelectual que no debe de llegar ni a la mitad
del tuyo, que ya es decir, tiene un montón de condenas por robo, pero su
práctica habitual era entrar a chalets de la sierra a comer, literalmente,
quiero decir que no entraba a robar nada que no fuese comida; luego, para
regar la comida, se bebía toda la bodega y se quedaba dormido, como es
natural. Siempre lo pillaban dentro. Tiene más de diez detenciones como
esa. Por eso le llaman Carpanta.
-Tampoco es mi hombre- dijo Salvador entre preguntando y
afirmando.
-Pues creo que tampoco. A ese le falta cerebro para hacer algo así.
De todos modos, rebusca en la despensa del muerto y mira a ver si falta
algo de comida.
-Ya. ¿Y Algún liberado que encaje en esa semana?
Carlos Arias volvió a mirar al techo, luego negó con la cabeza antes
de decir:
-Tampoco, esa semana no hubo libertades pero si quieres te hago una
consulta en el ordenador.
-Me fío de ti. - dijo Salvador sonriendo levemente
-Pues es lo que hay.

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-Qué se le va a hacer. Bueno, había que intentarlo.
Salvador iba a iniciar la despedida, pero en ese momento llamaron a
la puerta y entró un hombre de unos cuarenta años, alto, fuerte y bien
parecido con el pelo castaño y rizado. Vestía el uniforme con estudiada
elegancia.
-Me mandaste llamar- dijo con seriedad y sin dar los buenos días.
Carlos Arias se incorporó un poco y presentó a Carmen y Salvador.
-Este es Pascual Marcos, jefe de servicios del centro. Siéntate
Pascual. Estamos de suerte, Salvador es el hombre que necesitamos.
Cuéntale lo que me has dicho esta mañana.
Se sentaron todos. El jefe de servicios se revolvió un poco incómodo
en su silla.
-Bueno- comenzó a decir-, no sé si molestar a la policía, a lo mejor
no tiene importancia.
Salvador notó que el hombre estaba tenso, había perdido gran parte
de la prestancia que había mostrado al entrar. Decidió echarle una mano.
-Si viene de Carlos, tiene importancia.
Carlos Arias sentenció:
-La tiene.
-Creo que me siguen- dijo el jefe de servicios.
-Entonces tiene importancia, cojones. Cuéntamelo todo.
-Es poco lo que hay que contar. Hace unos días, al salir de trabajar
por la noche pensé que me seguía un coche, pero no le di importancia.
Luego he vuelto a ver el coche varias veces, siempre circulando detrás de
mí. Esta noche pasada estuvo delante de casa un buen rato. Había alguien
dentro, pero no lo vi. Esta mañana he llegado un poco nervioso y se lo he
dicho a Carlos, pero a lo mejor es sólo un vecino o algo así.
-O no, eso no se sabe si no se investiga y sería una imprudencia no
hacerlo- dijo Salvador-. Cómo te dedicas a este negocio estoy seguro que
tienes la matrícula del coche.
El jefe de servicios extendió un papel arrugado. Estaba plegado
varias veces y se notaba que antes de mostrarlo lo había doblado y
extendido repetidamente. El aspecto del papel llevaba dibujadas las dudas
de aquel hombre.
-La tomé anoche. La verdad, me asusté. Hasta entonces pensé que
era casualidad, pero anoche… ahora creo que a lo mejor…
-No te preocupes. Dame un par de días y saldremos de dudas, será
suficiente.
El jefe de servicios dejó el despacho con la prestancia recuperada y
se despidieron de Carlos Arias que los acompañó un par de metros y desde
la puerta dijo dirigiéndose a Salvador:

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-Hasta la vista. Cuando sepas algo de eso me llamas, no hace falta
que vengas, aunque, bueno… es igual, de todos modos tendrás que volver
pronto.
-Hombre, no me seas gafe…
El subdirector sonrió y se volvió diciendo:
-Te espero en el despacho, ya sabes donde está.
Dejaron la prisión cerca del mediodía. Desde el mostrador de la
puerta una mujer de pelo rizado y canoso los despidió con una agradable
sonrisa. La mañana había amanecido soleada, pero ahora comenzaba a
nublarse, soplaba viento y casi hacía frío. Caminaron aprisa hasta el coche
porque caían algunas gotas de agua. Salvador hizo ademán de encender un
cigarrillo antes de arrancar el motor, pero se contuvo.
-Si me invitas a un café, no te ahumo aquí- dijo sonriendo con gesto
pícaro y mirando a Carmen que aquella mañana estaba particularmente
hermosa con un traje sastre oscuro que perfilaba maravillosamente su
figura. Además notaba algo distinto en el pelo que lo hacía parecer más
ahuecado y sedoso.
A ella le pareció una idea estupenda. Necesitaba un espacio
adecuado para explicarle los planes que tenía. Miró el reloj y dijo:
-Sí, me apetece un café.
Carmen sonrió al hablar y con la sonrisa, los ojos tomaron un brillo
especial. Salvador dejó de mirarla y arrancó el coche.
Se detuvieron en un bar cercano a la ciudad. Era un merendero
decorado rústicamente con madera oscura y que a aquella hora estaba
vacío. Tras el primer sorbo al café y encender un cigarrillo, Salvador miró
pensativo a Carmen y dijo:
-Tenía la estúpida idea de que hubiera salido de permiso o en libertad
algún psicópata, una tontería…
-Pero había que intentarlo
Salvador sonrió y dijo:
-Veo que lo vas cogiendo-. Luego la miró muy serio y continuó-:
bueno, ahora cuéntame eso que hiciste ayer por la tarde tan repentinamente,
ah, no, tan irreflexivamente y que llevas queriéndome decir desde que nos
vimos esta mañana.

67
11

El avión despegó de Vigo en mitad de un tremendo aguacero. Mientras


corría por la pista a toda velocidad antes de comenzar a elevarse, Carmen
pensó que Galicia siempre la despedía o la recibía con agua. Así había sido
desde su primer viaje hacía un par de semanas. Dos semanas nada más y
parecía que había sido toda una vida. Con ese pensamiento intentó apartar
de la cabeza el leve miedo que sentía por volar. Se intentó imaginar las
ruedas girando velozmente y salpicando agua por todas partes. Cuando
miró por la ventanilla, ya no había suelo en que apoyarse, sólo una tenue
alfombra de nubes y un sol que brillaba con una intensidad inusitada.
Sentía que la cabeza le flotaba de excitación y alegría y le gustó ver
aquellas nubes que simbolizaron su estado de absoluta felicidad. En aquel
momento, vivía como en una nube. En unas pocas horas estaría de nuevo
con él. Ya sólo le quedaba felicidad y excitación ahora que había disipado
el temor que había sentido a que Salvador no le permitiese marchar o que,
por lo menos, no le gustase, pero cuando se lo contó aquella mañana en el
merendero al dejar la prisión, se rió y se ofreció a acercarla a la estación de
autobuses.
-Mira, me viene bien-dijo cuando Carmen le contó que había
comprado un billete a Madrid, ida y vuelta en una oferta que era un
autentico chollo, pero que sólo podía ser el jueves-, así me dedico mañana a
averiguar si alguien está siguiendo de verdad al jefe de servicios y el lunes
continuamos con lo nuestro.
Recordó la tarde del miércoles, el paseo, la agencia de viajes, la
decisión, la peluquería y la zozobra por tener que contárselo a Salvador,
pero luego, allí sentada a diez mil metros de altura lo olvidó todo. Sólo
quedaba que iba a encontrarse con él.
En Madrid no hacía frío, aunque el sol comenzaba a ponerse al dejar
el aeropuerto y ya era completamente de noche cuando llegó a casa.
Durante todo el trayecto no dejó de sentir una excitación infantil,
adolescente. No hizo más que imaginarse la cara que pondría Ángel cuando
la viera y en la suya propia no se borró la sonrisa ni un minuto. Quería estar
más guapa que nunca, quería que la sorpresa fuese lo más grande y
agradable posible. La tarde anterior, después de comprar el billete, había
ido a la peluquería y aquella mañana había elegido el traje sastre oscuro
que le gustaba a Ángel. Lo había tenido que llevar puesto todo el día, pero
no se había desaliñado demasiado. Ella sabía siempre cómo mantener su
buen aspecto. Llegó a casa antes que él. Eso le gustó, aunque hubieran
resultado inútiles sus precauciones con la indumentaria, así sería mucho
mejor, tendría tiempo de preparar un buen escenario. Al abrir la puerta
cerró los ojos y disfrutó de la felicidad de sentirse en casa, luego dejó la

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bolsa de viaje, se descalzó y corrió como una adolescente a su cuarto. Vio
que la cama estaba hecha y sonrió. Era jueves, Ángel no la esperaba y le
sorprendió gratamente que la hubiera hecho. Se dejó caer sobre la cama e
inspiró profundamente y le sonrió abiertamente a la lámpara del techo.
Sintió una extraña sensación que no sabía definir. Agitó la cabeza y se
incorporó de un salto, miró el reloj-Ángel se retrasaba-se desnudó
rápidamente y se fue corriendo a la ducha. En el baño se sorprendió al verlo
todo ordenado y limpio. Pensó que su ausencia por lo menos había tenido
algo positivo, Ángel se estaba convirtiendo en un amo de casa ejemplar.
Acababa de secarse cuando oyó el sonido de la puerta al cerrarse. Durante
un segundo dudó entre correr desnuda hacia él o cubrirse con el albornoz
para que así se lo pudiera quitar. Pero no pudo contenerse, caminó desnuda
hacia Ángel y cuando dejó el dormitorio lo vio mirando con el rostro
sorprendido la bolsa de viaje que había dejado olvidada en la puerta. Tras
él, una mujer joven le ponía una mano sobre el hombro. La miró a los ojos.
¡La conocía! Allí estaba Marta López en su casa, un jueves por la noche en
el que ella no tendría que haber estado allí.
Luego, sin saber cómo, se vio sentada en una cafetería. La rodeaba
mucha gente, gente que hablaba, fumaba y reía levantando una algarabía
que le resonaba en la cabeza. Miró a su alrededor buscando alguna cara
conocida, pero no vio ninguna. Cerró los ojos, se llevó las manos a la
cabeza y la hundió en ellas como si así la protegiese del ruido e intentó
comprender qué hacía allí. De pronto le asaltó la imagen de los ojos de
Marta López que la miraban fijamente y como en una avalancha
comenzaron a llegar al pensamiento cada uno de los instantes que había
olvidado desde que los ojos de Marta López se habían clavado en los
suyos. Lo recordó todo y se vio incapaz de soportarlo. Comenzó a llorar,
sintió vergüenza y se cubrió la cara con las manos. No quería que nadie se
diese cuenta de que estaba llorando. Al cabo de un buen rato decidió
pasear. Se estaba ahogando y necesitaba respirar. La noche la recibió con
un viento fresco que agradeció. Caminó sin dejar de llorar hasta que ya no
pudo más. La brisa le secaba las lágrimas en la cara y los ojos comenzaron
a dolerle. No sabía qué hora era ni dónde estaba y se sentía agotada. Pensó
que debía de encontrar un lugar donde dormir, donde refugiarse. No podía
volver a casa y tampoco podía pasarse la noche deambulando sin rumbo.
Pensó en la tía Ramona y el tío Antonio. Giró la muñeca buscando el reloj,
pero se dio cuenta que lo había olvidado en casa. Se había vestido tan
aprisa entre las frases entrecortadas de Ángel que acordarse del reloj habría
sido un milagro. Pero debía de ser muy tarde ya, las calles estaban desiertas
y sólo de vez en cuando circulaba algún coche. No podía ir a casa de los
tíos a aquella hora, mejor buscaría un hotel. El bolso, de pronto se acordó
del bolso. Se miró al hombro izquierdo y vio que lo tenía colgado. Al
menos había recordado cogerlo al salir de casa. No tardó en encontrar un

69
hotel y cuando se vio encerrada en la habitación sintió cierto alivio. Era
como si se hubiera escondido del mundo, como si hubiera huido de él y
allí no pudiera alcanzarla. Si el mundo no la alcanzaba, nada de lo ocurrido
sería cierto. Tenía que escapar de la realidad como fuese porque no podía
soportarla. Se hecho sobre la cama cansada y somnolienta. Agradeció el
cansancio que sentía, se sentía capaz de dormir. Inspiró profundamente y
sintió el olor de la habitación. Se recordó a sí mismo echada en la cama de
su propia habitación esperando a Ángel y la extraña sensación que había
sentido al hacer el mismo gesto que acababa de realizar. Y de pronto lo
comprendió. Era el perfume de otra mujer en su cama lo que le había
resultado extraño.
Despertó muy tarde. No había corrido las cortinas la noche anterior y
el sol le daba en los ojos. Se incorporó y notó que le dolía la cabeza. No
quiso pensar. Se duchó y se vistió sin detenerse un momento. Tenía la
necesidad de hacer algo que le tuviese ocupada la mente y no le permitiese
cavilar. Sin desayunar se echó a la calle a caminar. Entonces recordó cada
uno de los segundos de la tarde anterior, uno por uno. Luego pensó, pensó
y pensó. Contra su voluntad pensó, no quería hacerlo, pero no podía
dominar los caminos de su mente. El sol comenzaba a declinar cuando
tomó una decisión. Volvió a casa. Y lo hizo sin temor a encontrarse con él.
Ya había tomado una determinación que era firme, inamovible. Recogió
todas sus cosas, todas las que consideró suyas. Una por una, con una
frialdad y una sangre fía que nunca hubiera imaginado que pudiese llegar a
tener. Ni la patética figura de Ángel corriendo tras ella a cada instante e
implorando que la escuchase la alteró. Salió de casa con tres maletas bien
cargadas y volvió a dormir al hotel en el que había pasado la noche
anterior.
El sábado se despertó en una casa extraña en una ciudad extraña en
un mundo extraño. Ella ya no tenía casa, ciudad o mundo en el que vivir.
Se sentía tan vacía que ya no le quedaba siquiera vida que vivir.
A las tres de la tarde, sentada en un tren que para ella arrancaba con
destino a Orense, se encontró como una tonta mirando un billete de avión
Madrid Vigo que nunca iba a utilizar. Aunque no le importaba el destino
del viaje; lo que buscaba era sólo alejarse de allí. Lo había decidido de
repente, tenía que dejar Madrid, tenía que irse. Durante la mañana del
sábado, en la habitación del hotel había desecho las maletas y tirado todo lo
que le recordara a Ángel. Al final quedó con una sola maleta, la más
pequeña y con ella, ligera de equipaje, como aquel primer día en un tiempo
que ahora le parecía tan lejano, tomó el Talgo a Orense. Luego hizo todo el
viaje con las mandíbulas apretadas hasta que dejó de sentirlas y sin
derramar una sola lágrima.
Orense la recibió con un aguacero y no encontró ningún taxi en la
estación que la llevase a casa. Estuvo esperando un buen rato inútilmente.

70
Ya era completamente de noche, llovía a cántaros y la parada continuaba
vacía. Entonces comenzó a llorar. Lloraba porque no encontraba un taxi
que la llevase a casa. No pudo esperar más y se lanzó a caminar arrastrando
la maleta sobre las aceras inundadas. No tenía paraguas y las lágrimas se le
mezclaron con el agua que chorreaba por las mejillas. Los ojos
enrojecieron y le comenzaron a doler como si llorase alfileres. Cuando
llegó frene al portal de casa se detuvo hipando, soltó la maleta de la mano
que se le había agarrotado por el frío y el agua y se quedó quieta mirándose
la mano dolorida y llorando.
Ya habían pasado las diez de la noche y Salvador volvía a casa tras
pasar la tarde en el cine. Llevaba el cuello de la gabardina subido, los
hombros encogidos y la cabeza un poco gacha para mantener la cara seca.
Se había suspendido la tradicional partida de los sábados porque Jorge
Cosme, su sempiterno compañero de juego, tuvo que asistir al bautizo de
un sobrino y como llovía, la perspectiva de pasar la tarde en casa no le
resultó muy atractiva. Miguel Pino, su también perpetuo rival, soltero,
fumador y solitario como él, lo acompañó en la tarde de cine y en una
frugal cena en el centro comercial. Sin vino. Como Salvador nunca usaba
paraguas caminaba pegado a las paredes buscando la protección de los
balcones y los aleros de los tejados. Con cabeza gacha para proteger la
cara, sólo de vez en vez alzaba la vista para asegurarse de que tenía el
camino despejado. Ya cerca de casa, pensando en tomar un café y fumar un
cigarrillo en el Luna, dobló la última esquina y levantó la vista un
momento.
La vio en pie, parada al lado de un cartel que indicaba la dirección al
centro de la ciudad, un poco pegada a la pared en la penumbra entre dos
farolas. Se detuvo y la miró fijamente hasta que el agua comenzó a llenarle
los ojos. Estaba a unos diez metros de ella, no más, entre los dos una
cortina de lluvia difuminaba la luz pálida de las farolas y apenas podía
verle el rostro, pero tuvo la impresión de que estaba llorando. Cuando
decidió caminar hacia ella, tenía la gabardina completamente empapada y
ya el agua comenzaba a calar. Sentía la humedad que le pegaba la ropa a
piel. Se le acercó y se detuvo a sólo unos pasos de distancia. Ella parecía
como ausente y él estaba convencido de que no lo había visto. Se dio
cuenta de que a su lado había una maleta. La observó palmo a palmo, el
pelo chorreante caía lacio sobre la cara, los ojos hinchados de tanto llorar y
brillantes, el rostro desencajado, la ropa completamente calada por el agua
se le pegaba al cuerpo y dibujaba con extremada precisión su fantástica
geografía. Luego la miró fijamente a los ojos y, pese a la hinchazón del
llanto y la mirada perdida, tenían un brillo especial. La vio tan hermosa que
se sintió asustado. Aquella imagen de Carmen frente a él lo perturbó. Al
cabo de un rato, cerró los ojos y lo que vio fue una persona completamente
derrotada y hundida. En cierto modo se vio a sí mismo en otro tiempo e

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incluso en aquel mismo tiempo y el miedo que había sentido casi se volvió
pánico. Abrió los ojos y allí estaba, tras aquella mirada tan hermosa,
brillante y cegadora, la mirada de la derrota, de la desesperanza y el
fracaso. Y en el fondo, la mirada del miedo.
No supo qué hacer. Notó que se estaba quedando helado y pensó en
el frío que ella tendría. Se le acercó, cogió la maleta con su mano izquierda
y con la derecha la tomó por el brazo y la condujo a casa. Ella lo siguió
como un autómata. Noto que tiritaba de frío. No se dirigieron la palabra
durante el trayecto al apartamento de Salvador. Cuando cerró la puerta tras
ellos, se arrepintió de haberla llevado allí, no porque se avergonzase de su
casa que era un lugar sencillo donde el orden y la limpieza no eran vicio sin
llegar tampoco a ser virtud. Era que no sabía qué hacer. Ella ya no lloraba,
sólo, de vez en cuando hipaba como una niña. Al fin Salvador dijo:
-¿Qué te ha pasado?
Carmen calló un momento, luego contestó con voz temblorosa:
-No había ningún taxi en la estación y tuve que venir andando.

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12

Carmen dejó que se cerrase la puerta del zaguán y salió a la calle un


poco aturdida. Había dormido mal y pese a la temprana hora se sentía
cansada y sin ganas de hacer nada, y menos que nada ir a la comisaría y
encontrarse con Salvador; sólo ya pensar en él hacía que sintiese
vergüenza. Vio el letrero de la Cafetería Luna al otro lado de la calle y le
apeteció entrar a tomar un café y esperar a que pasase el tiempo. Era una
buena manera de retrasar lo inevitable. Cruzó la calle y se encaminó a la
cafetería, pero cuando ya iba a tirar de la manija y abrir la puerta, la imagen
de Salvador se le dibujó difuminada tras la luna. Se giró y como si fuera de
goma y hubiese rebotado contra el cristal, volvió a cruzar la calle, casi
imprudentemente. Un coche lanzó un pitido estridente a su paso. Miró el
reloj. Aquella mañana había madrugado más de la cuenta y Salvador aún
tomaba su habitual desayuno en el Luna. Caminó rumbo a la comisaría
pensando que llegaría antes que él y no le gustó no podía hacerse a la idea
de esperarlo sentada frente a su mesa, y se detuvo a tomar café en una
cafetería cercana que no conocía. Al cabo de un rato, se sintió bien allí,
rodeada de desconocidos y se demoró con el café todo lo que pudo, y luego
hizo lo mismo en el camino hasta que calculó que ya sería imprudente
retrasarse más.
Salvador llegó a la comisaría con la esperanza de que ella no
estuviera allí. Con un poco de suerte, habría tomado un tren y ya estaría en
Madrid con un parte de baja por depresión aguda, embarazo repentino o lo
que fuera que le hubiera pasado, pero lo mejor sería no encontrársela. Se
sentía incómodo, violento con sólo pensar en ella. El domingo había
despertado tarde, la noche había sido horrible, tan horrible como aquellas
otras que casi había ya olvidado. Menos mal que había recaído con el
tabaco el fin de semana anterior, sino habría salido aquella misma noche a
comprarlo donde fuera. Además hacía un mes que no probaba el alcohol y
aquella noche, a fuerza de no dormir, estuvo tentado a tomar una copa. No
se podía apartar de la cabeza la imagen de Carmen llorando
desconsoladamente, con el pelo empapado sobre la cara y la ropa
completamente calada por el agua. Y cuando conseguía olvidarse de ella,
era porque le venía a la mente la imagen de Laura, de su Laura, llorando
como una desconsolada y acurrucada en un extremo del sofá con las manos
cubriéndose la cara. No podía dormir y cuando intentó leer, tampoco pudo.
Ni ver la tele. Le fue imposible concentrarse en algo. Caminó de la cocina a
la cama de la cama al salón y del salón a la cama una y otra vez. Al fin,
cerca del alba, consiguió quedarse dormido, aunque despertó con la
sensación de haber pasado la noche en blanco. Era ya muy tarde.
Afortunadamente, ella no estaba en casa, se había ido con su maleta. Se

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sintió un poco aliviado y procuró olvidarlo todo. Y lo olvidó con la rutina
agradable de los domingos de charla, partida y fútbol en televisión, pero
cuando al acabar el día volvió a la cama, la misma imagen de la noche
anterior y el recuerdo de Laura volvieron a acosarlo. Durmió poco y mal,
con un sueño agitado. Cuando llegó a la comisaría y no la vio, pensó que
con un poco de suerte no la vería en unos días o, mejor aún, en unas
semanas y a medida que pasaba la mañana y no aparecía se fue
convenciendo de ello, pero cuando ya había decidido iniciar la jornada
laboral él solo, la vio cruzar la oficina. Vestía un pantalón ajado y viejo,
pero que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel y un suéter naranja
de cuello vuelto y aunque iba sin maquillaje, no le quedaban ya huellas del
llanto en la cara. Ni ojeras siquiera. Estaba hermosa y radiante como si
nada hubiese sucedido. Sólo había cambiado la indumentaria que parecía
menos formal que la de días anteriores. Se sentó a su lado sin decir nada,
como único saludo le dedicó una sonrisa un tanto forzada. Pensó que se
encontraba tan violenta como él. La miró, le devolvió la sonrisa y notó que
en las mejillas se le dibujaban dos simpáticas chapetas.
Como ya era tarde, Carmen pensó que acaso Salvador ya se habría
ido a dónde diablos pensara ir aquel lunes, que maldito le importaba donde
fuera, y con esa esperanza abrió la puerta de la oficina. Pero lo primero que
vio fue su imagen. Estaba reclinado sobre la mesa con los codos apoyados
en ella y el gesto aburrido. Se llevó una pequeña decepción, pero se armó
de valor, inspiró profundamente y se sentó a su lado. Notó que se ponía
colorada y le sonrió. No dijo nada porque estaba segura de que le iba a
temblar la voz. Él tampoco la saludó con palabras, sonrió y arqueó
levemente las cejas. Notó que tenía unas ojeras espantosas. Procuró no
mirarlo y buscó algo sobre la mesa que le sirviese de escudo. Encontró el
dossier del periódico sobre Froilán Losantos y lo manoseó sin decidirse a
abrirlo. Cerca de ellos vio como Fernando Andrés, el agente cotilla, los
observaba con detenimiento y se sintió más molesta aún.
Salvador encendió un cigarrillo. Vio como ella tenía en sus manos la
carpeta con los trabajos del periodista y no dejaba de darle vueltas de un
lado a otro y Fernandito no dejaba de mirarles. Decidió que allí estaban de
más y que tarde o temprano tendrían que decirse algo. Dio una profunda
calada y expulsando el humo por la boca dijo:
-Tenemos que arreglar hoy lo de Carlos.
Carmen apartó los ojos del dossier y lo miró despistada. No tenía la
menor idea de qué estaba hablando. Salvador apreció su despiste.
-Carlos Arias, el subdirector de la cárcel, nos pidió un favor,
¿recuerdas? Había un jefe de servicios que pensaba que alguien le seguía.
Carmen recordó y estuvo a punto de comenzar a llorar. Recordó
aquella mañana de jueves cuando visitaron la prisión, su estado de ánimo,
tan diferente al de ahora, su alegría y la maldita estupidez de marchar un

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día antes y sin avisar. ¡Qué felicidad vivir en la ignorancia! Pero intentó
apartarlo todo de la cabeza.
-Ya, ya me acuerdo.
-El viernes no pude… quiero decir que no tuve tiempo de rematar la
faena. La matrícula que nos dio es de un individuo de Verín. Tendremos
que ir a visitarlo. Verín no está muy lejos, una hora escasa.
Salvador se incorporó. Hablando de cuestiones laborales se sentía
mejor, menos violento. Ella no dijo nada y lo siguió cuando comenzó a
caminar. Se sintió aterrorizada al pensar que tenía que pasar una hora con
él encerrada en un coche.
La radio era una buena solución para romper el silencio, pensó
Salvador. Circularon a toda velocidad por la autovía camino de Verín,
cuanto antes llegasen, mejor que mejor. La música de los cuarenta
principales sonaba bastante alto cubriendo el rumor del motor. Cruzaron la
llanura de lo que antaño fuera la laguna de Antela y que en tiempos de
posguerra y hambre desecaron para sembrar patatas. Carmen miraba por la
ventanilla el paisaje llano cubierto completamente de campos cultivados
sobre los que de vez e cuando se levantaba un pequeño otero con una torre
en ruinas. Salvador, con gesto distraído, golpeaba con los dedos el volante
martilleando al ritmo de la música. No se dijeron una palabra durante el
viaje y ambos se sintieron aliviados cuando pusieron el pie a tierra. Eran
cerca de la once de la mañana y a Salvador le hubiera gustado tomar un
café y fumar un cigarrillo, pero una cafetería era un lugar en el que no le
apetecía estar con ella, siempre es menos aséptico que todo lo que sea
ambiente laboral, de modo que encendió el cigarrillo en la calle.
-Por lo que me han dicho, debe de ser por aquí- dijo y comenzó a
caminar tras haber dejado el coche mal aparcado sobre la acera.
Al cabo de un rato llegaron a una tienda de regalos, una especie de
bazar donde vendían de todo. Salvador entró decididamente, Carmen lo
siguió sin saber qué era lo que hacía en aquel lugar. Era un local oscuro con
gran cantidad de productos a un lado y otro de una especie de pasillo
central, pero pulcramente ordenados. A pesar de todo lo que había, nada
parecía estar fuera de sitio. No había clientes, sólo una mujer joven tras el
mostrador dejaba pasar el tiempo con cara aburrida. Cuando los vio
acercarse los recibió con una sonrisa.
-Buenos días.
-Buenos días-. Salvador fue muy seco en la respuesta.
-¿Qué deseaban?
-Deseábamos hablar con D. Marcelino Pérez.
El rostro de la dependienta mostró un gesto de pequeña decepción.
-D. Marcelino no está la tienda en este momento. Si yo puedo
ayudarles en algo…

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-Claro que puedes, dinos dónde está D. Marcelino-. La voz de
Salvador sonó muy dura y la dependienta se asustó un poco. Carmen
comenzaba a sentirse tensa y a disgusto. Quiso decir algo, pero no se
atrevió.
-No sé si…-comenzó a decir la dependienta y se calló.
-Yo creo que sí sabes- replicó Salvador-. De modo que dinos dónde
podemos localizar a D. Marcelino Pérez.
La dependienta lo miró con evidente sorpresa, no se imaginaba para
qué podía querer aquel hombre tan mal encarado y con gesto tan agresivo
al bueno de D. Marcelino, el hombre más inofensivo del mundo, pero la
actitud de Salvador la amedrentó.
-Ahora está en la cafetería de enfrente- dijo asustada y señalando la
calle-, a estas hora siempre toma café allí.
-¿Tardará mucho?
-Bueno, un ratito, acaba de irse ahora mismo- dijo la joven-. Si
quieren…- titubeaba un poco- pueden esperar aquí.
Salvador miró el reloj.
-No, mejor vamos a buscarlo.
La dependienta los vio salir entre aliviada y decepcionada. Era
evidente que no le gustaba tener allí alguien tan brusco como aquel
hombre, aunque la mujer que lo acompañaba tenía aspecto de ser
agradable, pero por otro lado le hubiera gustado saber para qué querían a D.
Marcelino.
En la cafetería había diez o doce clientes. Tres de ellos charlaban
juntos acodados sobre la barra, otros dos leían la prensa solitarios en sendas
mesas y el resto se repartía por el mostrador de uno en uno. Salvador echó
una rápida ojeada buscando a su hombre. Los tres que charlaban juntos
vestían funda azul, de modo que los descartó. Miró a los de las mesas. Uno
era un viejo con aspecto de pensionista aburrido al que también descartó.
Luego ignoró a los que ocupaban la barra y se encaminó directamente hacia
un cincuentón de fino bigotito y pelo engominado que leía el periódico en
una de las mesas al lado de la cristalera.
-¿Marcelino Pérez?- preguntó cuado estuvo a su altura.
El hombre lo miró sin incorporarse y dobló el periódico con
pulcritud.
-Sí, señor- contestó. Luego se incorporó y continuó-: supongo que
vienen de la tienda.
-De la tienda, sí señor. De allí mismo venimos.
Carmen notó que en la voz de Salvador había cierto tono de burla.
Pero el hombre o no lo apreció o no le importó. Se comportó con mucha
seriedad.
-Esta Paquita… Es muy buena chica, pero no me soluciona ni un
problema, de todos modos, no se preocupen que yo les atenderé en lo que

76
necesiten- dijo al tiempo que hacía un ademán con las manos indicando el
camino a la tienda.
-No somos clientes, no queremos comprar nada-. La voz de Salvador
había perdido ahora cualquier rastro de mofa y era muy seria.
La actitud del hombre cambió radicalmente. Todo el interés que se
había tomado por ellos desapareció. Si no querían comprar, seguro que
querían vender, así que los haría esperar.
-En ese caso me van a permitir que termine mi café.
El hombre se sentó y abrió el periódico doblado ignorando su
presencia. Salvador se sentó frente a él y acercó una silla a Carmen que,
sorprendida, también se sentó.
-Este señor nos invita a café-dijo.
El hombre levantó la vista evidentemente incómodo.
-Si me lo permiten voy a tomar el café y luego hablo con ustedes y
me cuentan lo que hayan venido a decirme, pero ahora les rogaría que me
dejaran solo.
-No, vamos a hablar ahora.
Marcelino Pérez sonrió inquieto, sin embargo, se encontraba seguro
pese a la molestia que le ocasionaban.
-Que yo sepa no tengo deudas.
-Ni lo sé ni me importa.
Los dos hombres se miraron a los ojos y Carmen, la más asustada de
los tres, miró a ambos. El cincuentón sostuvo la mirada. Jugaba en casa y
eso le daba confianza.
-Me está molestando- dijo apartando la mirada de Salvador.
-Eso me parece muy bien. Me hace pensar que sabe perfectamente
que no se debe de molestar a la gente ¿verdad que no?
-No sé que quiere decir
-Claro que lo sabe…
Quedaron en silencio. El hombre bajó la cabeza como si hubiera
comprendido de qué le estaban hablando. Su actitud cambió radicalmente,
fue como si de pronto se desmoronara. Salvador sonrió antes de hablar.
-Bueno, veo que nos vamos entendiendo y ya sabe de qué le estoy
hablando.
El cincuentón asintió con la cabeza. Comenzó a sudar profusamente
y se secó la cara con un pañuelo que sacó del bolsillo de la americana.
-En ese caso, le voy a decir algo muy importante y esté bien atento a
mis palabras porque lo que voy a decir es realmente importante para su
salud: si se vuelve a repetir, no habrá advertencias, pasaré directamente a
los hechos ¿Entendido?
No hubo respuesta. El hombre bajó la cabeza. Parecía más humillado
y avergonzado que asustado.
-¿Entendido?- repitió Salvador.

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-Sí-. La voz sonó como un susurro.
-Así me gusta.
Salvador se incorporó y Carmen con el rostro casi desencajado
permaneció un momento sentada hasta que reaccionó. Salieron de la
cafetería sin decir más. En la calle, salvador encendió un cigarrillo.
-Bueno, a casa, que aquí ya está todo hecho.
Carmen lo miró desconcertada.
-Pareces asustada.
-¿Me quieres explicar qué ha pasado?
-Vamos, te lo cuento por el caminó- dijo Salvador pensando que ya
se sentía más cómodo a su lado. Hablar de aquello les relajaría. Se daba
cuenta de que también ella se sentía tensa junto a él. No les vendría nada
mal un tema de conversación para el viaje de vuelta.
El coche había quedado aparcado al sol y cuando se acomodó en su
asiento Carmen agradeció el calor que había acumulado. Era una mañana
fría y ahora comenzaba a nublarse. Amenazaba lluvia. Se sintió cómoda
reclinada en el asiento y se repantigó para el resto del viaje. Aquella
mañana había tenido que elegir para vestirse entre lo poco que tenía y había
elegido el vaquero y el suéter pensando más en el confort que en la
elegancia. En realidad no le había quedado más remedio, pues la mañana
que dedicó a preparar el equipaje para volver a Orense se había deshecho
de todo lo que le pudiera recordar a Ángel, y entre todo lo que había dejado
en Madrid figuraban sus mejores trajes. Ahora, sentada al lado de Salvador
que conducía el coche de vuelta a la ciudad se arrepentía un poco, bueno,
mejor así, pensó para consolarse, vida nueva, ropa nueva.
El coche entró en la autopista y aumentó la velocidad notablemente.
No había mucho tráfico. Volvieron a quedar los dos en silencio, esta vez
con la radio apagada. Carmen se incorporó en su asiento. Comenzaba a no
estar tan cómoda. El silencio comenzaba ya a resultarle molesto cuando se
decidió a hablar.
-Espero que me expliques lo que ha ocurrido.
Salvador no la miró, permaneció con la vista fija en la carretera.
Tarareaba suavemente cuando ella habló y calló antes de responder:
-Es viernes comprobé la matrícula que nos había dado el jefe de
servicios y era de ese hombre que acabamos de visitar, Marcelino Pérez.
-Me había imaginado que era él quien lo seguía, pero ¿por qué? No
parece… no sé… es raro.
Salvador sonrió con picardía.
-No, no es raro, es homosexual y estaba ligando o acosando o yo que
sé. Seguro que lo había hecho muchas veces antes, pero en esta ocasión
tuvo la mala suerte de ir a dar con un funcionario de prisiones que se
mosqueó.

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Carmen lo miró un tanto sorprendida. No se esperaba eso, esperaba
algo más complicado, una venganza o algo así.
-¿Cómo supiste que se trataba de eso, que era homosexual?
-Hice un par de llamadas, alguna averiguación ya sabes.
No, no sabía. No tenía ni idea.
-Pero ¿te lo contó alguien?
Salvador volvió a sonreír, ahora con resignación.
-No, mujer. Simple deducción.
Carmen abrió los ojos como platos y dijo:
-Pero no estabas seguro.
-Seguro, seguro, no. Era una deducción. Soltero, sin novias ni líos
con mujeres, no va nunca a misa, así que no era de ninguna de esas sectas
católicas que no se casan. Y por supuesto, no tenía vinculación con ningún
delincuente ni ningún familiar en la cárcel.
-O sea, que no estabas seguro.
-No, ya te digo que no.
-Y has montado ese número en el bar. ¿Y si te hubieras equivocado?
Salvador chasqueó la lengua.
-No he montado ningún lío ni ningún número. Mira, el hombre se ha
delatado a sí mismo. Yo no le he dicho nada. Qué le he dicho, que está feo
molestar a la gente, nada más. Él comprendió en seguida.
Carmen calló y meditó un momento. En realidad tenía razón.
Recordaba que Salvador había sido un poco maleducado y que cuando el
otro le recriminó la molestia le dijo que estaba feo molestar a la gente, aún
así sintió el deseo de contrariar a su compañero.
-Ya. Entonces entra de lo posible que no fuera homosexual, a lo
mejor era un mirón.
-A lo mejor- apostilló Salvador.
Carmen rió. Sintió la cara un poco tirante. Hacía tanto tiempo que no
reía que la piel y los músculos se le habían acomodado ya en el rictus de la
pena. Entonces se sintió muy triste y tuvo la necesidad de continuar
hablando.
-¿Por qué no le dijiste que éramos policías?
Salvador disfrutaba con aquella conversación. Le hacía olvidar el
mal trago que aquella mujer le había hecho pasar la noche del sábado.
-Tú ¿a quien temes más a un policía o a un matón?
A ella también le gustaba hablar con él en aquel momento. Tenía la
necesidad de hablar con alguien, de lo que fuera.
-Si el policía no es Andrade, al matón, claro.
-Pues eso. Se trataba de asustarlo para que deje de perseguir a la
gente, y los malos asustan más que nosotros. Por cierto, ¿Quién es
Andrade?

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Carmen tardó en responder. Lo último que deseaba en aquel
momento era recordar nada de su pasado. No comprendía porqué había
nombrado a Andrade.
-Nadie, al menos nadie que importe ahora-respondió-. Otra cosa
¿Habías visto alguna foto de aquel hombre?
-¿De nuestro amigo Marcelino? No, nunca.
-Ni lo conocías.
-De nada.
-Me estás engañando. Cuando entramos en la cafetería fuiste
directamente hacia él. Lo conocías- dijo Carmen con gesto pícaro y un
esbozo de sonrisa.
Salvador volvió a sonreír al oírla, pero esta vez era diferente, de
plena satisfacción.
-No, no te engaño. No fui directamente hacia él. Primero miré, y
además de mirar, vi, que es lo importante. De todos los clientes Marcelino
era el único que tenía una taza de café aún llena, todos los demás habían
consumido ya sus bebidas. Y la dependienta nos dijo que acababa de salir a
tomar su café. Además estaba sentado al lado de la cristalera para vigilar la
tienda. Era evidente que aquel era nuestro hombre.
Carmen lo miró pensativa y él comenzó a tararear una canción, pero
ahora un poco más alto que antes de que mantuvieran aquella conversación.
Cuando llegaron a la comisaría Salvador telefoneó a Carlos Arias
para informarle que el asunto estaba resuelto.
-No esperaba menos de ti.
-Ni tú te mereces menos.
Ambos se oyeron reír mutuamente cada lado de la línea.
-Bueno- Salvador inició la despedida-, hasta la próxima.
-Hasta mañana o pasado-respondió el subdirector.
-Hombre, no será tan pronto.
-Seguro que sí, mañana o pasado vienes por aquí, ya lo verás.
-Si tú lo dices….

80
13

La mujer vivía en la tercera planta de un céntrico edificio. En la


puerta blindada, pero de madera noble, rezaba un cartel con su nombre:
Clara Fanjul. Salvador hizo un rápido cálculo del precio del piso y se le
salió de presupuesto. O ella o el muerto tenían mucho dinero. Los recibió
vestida con un traje negro impecable. Tenía ojeras y estaba un poco pálida
y demacrada, sin embargo lo ocultaba bien con un maquillaje
perfectamente aplicado. Los últimos rastros de las ojeras remarcaban más
su belleza. Al mirarla, Carmen tuvo la seguridad de que no las había
borrado por completo intencionadamente. Además, la palidez del rostro le
daba un aire de misterio que se remarcaba más por el aroma a lila que
emanaba.
Salvador llevó en todo momento la voz cantante. Se presentó muy
circunspecto.
-Soy el inspector Montaña, ella es mi compañera la agente Martínez.
La he llamado esta mañana por teléfono.
Carmen notó que la mujer los examinaba con ojo profesional. Se
miró a sí misma y se vio vestida con el pantalón negro de micropana que le
había regalado la tía Antonia y la chaqueta de color tabaco que había
salvado de la quema de Madrid porque era cálida como un abrazo y calculó
la pobre impresión que estaba causando en aquella mujer. Decidió que
había hecho una estupidez dejando la ropa en aquel hotel y que debía de
comprar ropa nueva en Orense. Saludó a la mujer con un gesto cuando su
compañero la presentó y ésta los condujo a un salón amplio y luminoso
decorado con mucha sobriedad. Desde la calle llegaba muy lejano el ruido
del tráfico y de unas cercanas obras. Los sentó en una esquinera de piel,
grande y blanca, se acomodó a su lado y adoptó una actitud de espera.
Parecía la mujer más segura de sí misma de todo el universo.
-Sentimos molestarla- comenzó diciendo Salvador-, pero como
comprenderá es absolutamente necesario.
Carmen notó que el tono de Salvador era bien diferente al que usaba
habitualmente con los demás. Aquella mujer le gustaba. O, acaso, le
imponía, como le ocurría a ella. Era una mujer tan resuelta que de alguna
manera la asustaba. Aunque seguramente a su compañero le gustaba más
que le asustaba. Era lo más probable, le resultó difícil imaginar que alguien
amedrentase a Salvador.
-Me hago cargo. Estoy a su entera disposición-. La voz de la mujer
era grave y en cierto modo rota, pero atractiva. Exactamente como
cualquiera que la viera esperaría que fuera.
Carmen observó sus movimientos. Todos eran precisos y elegantes.
Aquella era exactamente el tipo de mujer que a ella le gustaría ser. Parecía
un poco mayor que ella y acaso también un poco más baja y delgada, pero

81
tenía un atractivo especial y unos ojos que incluso aquel día de marcadas
ojeras se notaban vivos y de mirada profunda. La voz de Salvador la sacó
de sus pensamientos.
-Voy a serle franco. En este momento no tenemos ninguna hipótesis
sobre la que trabajar, así que voy a tener que indagar en muchos sentidos
sin descartar ninguna hipótesis.
La mujer asintió.
-Comprendo.
Carmen notó que Salvador no se encontraba a gusto. Dudó antes de
comenzar la siguiente frase. Carraspeó un poco.
-¿Qué clase de relación tenía con Froilán?
El rostro de la mujer no se alteró, no mostró ningún sentimiento
cuando respondió.
-Éramos pareja. No vivíamos juntos, pero compartíamos mucho y
teníamos planes de futuro.
-¿Cuánto tiempo hace que mantenían esa relación de pareja?
Clara no necesitó pensar la respuesta.
-Hace cuatro años.
Salvador hizo una anotación en la libreta y se fijó en que Carmen no
había sacado la suya del bolso.
-Bien-dijo-, me imagino que en ese caso tendrá un conocimiento
bastante preciso de los problemas que Froilán pudiera tener.
-Sé que no era un hombre muy querido, si se refiere a eso, pero tenía
amigos.
Eso sí que era una sorpresa, aunque bien pensado, dios los cría y
ellos se juntan.
-Me podría decir a qué amigos se refiere- pregunto Salvador con el
lápiz tocando la hoja casi en blanco de su libreta.
Fue la primera vez que la mujer se mostró un poco dubitativa y no
completamente segura de sí misma. Parecía arrepentida de haber nombrado
a los amigos.
-Bueno- contestó Clara Fanjul-. Froilán y yo no nos veíamos nunca
los jueves. Ese día era para él. Lo dedicaba a una partida en casa, en su
casa. Donde lo encontraron…
La mujer quedó en silencio. Salvador, que había esperado que
continuase hablando y terminara la frase, se vio obligado a preguntar:
-¿Conocía a los amigos de esa partida?
-No-. La respuesta de la mujer fue clara y seca. El rostro se le crispó
levemente, pero en un segundo recompuso la expresión neutra con la que
los había recibido.
-Ni siquiera de nombre…
Clara dudó antes de contestar:

82
-Froilán era muy reservado con ciertas cosas. No le gustaba hablar de
esos amigos- hizo un breve silencio-. Si le soy sincera, creo que más que
amigos eran confidentes.
-Confidentes…
-Bueno, ya sabe que Froilán se enteraba de todo.
Salvador asintió. Y hasta de lo que no era cierto, pensó.
-Eso dicen.
-Yo creo-continuó la mujer- que los jueves se reunía con sus
confidentes y a mí me decía lo de los amigos porque pensaba que era mejor
que no supiese nada. Me engañaba para que no preocupase diciéndome que
jugaba a las cartas-. Calló un momento y casi comenzó a llorar, pero se
contuvo-. Y ya ve- hipó levemente y, con elegancia, se llevó se llevó la
mano derecha al ojo para enjuagar una lágrima-, tenía razón en ser
prudente.
Salvador esperó a que la mujer recuperara la compostura. No tardó
mucho. Me miente, pensó. Mientras esperaba miró al frente y desde donde
se encontraba podía ver a las dos mujeres que tenía frente a él. Intentando
que ellas no se apercibieran pasó la mirada de una a otra y en íntima
conversación discutió cual de las dos era más bella. Tras breve debate,
ganó Carmen por unanimidad.
-Además de los amigos de los jueves ¿se relacionaba con alguien
más?
El rostro de la mujer había ya recuperado la expresión de
impasibilidad que había mostrado durante toda la entrevista.
-Sí, tenía muchas relaciones. Froilán conocía a todo el mundo. Ya
sabe, Orense no es muy grande.
-Me refiero a alguna relación en particular más íntima que las demás.
-No, a parte de lo profesional, no. Era un hombre muy reservado.
Salvador no había conseguido anotar una sola línea en su libreta,
únicamente un solitario cuatro ondeaba en la hoja cuadriculada. Tuvo la
sensación de estar perdiendo el día. Se encogió mentalmente de hombros.
En realidad toda aquella investigación era una pérdida de tiempo. Al final
nadie se atrevería a ponerle el cascabel al gato. Miró a la mujer y volvió sus
pensamientos a lo que estaba haciendo.
-Tenía muchos enemigos…-dijo al cabo de un momento esperando
que Clara continuase la frase.
Ella arrugó un poco la frente con un mohín de disgusto.
-Es cierto, pero no era un mal hombre.
Malo, no. Era el peor, pensó Salvador.
-No he querido decir eso- se excusó.
-Se había ganado muchas enemistades por decir la verdad, pero era
un hombre íntegro, eso se lo aseguro. No se habría callado por nada del
mundo. Era valiente y no consentía la corrupción o la manipulación donde

83
él estuviese-. El rostro de la mujer volvió a congestionarse-. Y ya ve a lo
que le condujo.
Volvía a pensar que le estaba mintiendo.
-¿Quiere decir que lo han matado por algo que escribió?
-No, no lo sé…, pero. No sé por qué lo mataron, no lo sé… -estuvo a
punto de comenzar a llorar.
Salvador guardó silencio un momento y esperó a que Clara se
recuperase.
-¿Recibió alguna amenaza?
La mujer afirmó con la cabeza antes de responder. Ya había
recuperado el control sobre sí misma y el conato de llanto había
desaparecido de su semblante.
-Recibió alguna amenaza, pero eso fue hace mucho tiempo. Yo me
asusté mucho y creo que por eso si recibió alguna más después, no me lo
dijo.
-¿Sabe de quien era la amenaza?
La mujer lo miró a los ojos antes de responder, inspiró
profundamente y dijo:
-¿Le importa que fume?
Salvador casi pudo ver su rostro reflejado en las pupilas dilatadas de
la mujer y se estremeció un poco.
-No, en absoluto-contestó complacientemente.
Clara extrajo un cigarrillo de una cajita metálica que hacía las veces
de tabaquera y ofreció a ambos. Carmen negó con la cabeza.
-Si me lo permite, yo fumaré de los míos-dijo Salvador y encendió
un Ducados. Luego exhaló el humo y continuó-: me iba a decir quien había
amenazado a su… a Froilán Losantos.
Clara, envuelta en el humo del cigarrillo, pareció volver de un lugar
muy lejano antes contestar:
-No, no sé quien fue. Durante un tiempo recibimos varios anónimos
y alguna llamada de teléfono. Duró poco. Luego cambiamos el número y
ya no nos llamaron más. Después también dejamos de recibir también los
anónimos. Si le digo la verdad, creo que el que te amenaza con esas cosas
es que no se atreve a más. Era lo que decía siempre Froilán.
Carmen observó cómo hablaba la mujer con el cigarrillo en la mano,
el gesto al aspirar el humo, la luz en sus labios al exhalarlo y pensó que era
una lástima que ella no fumase.
-Cómo los recibían.
-Aquí aparecían en el buzón, sin sello de Correos.
Era muy lógico. Él habría hecho lo mismo. De hecho lo había
pensado cuando escribió el artículo sobre los sobornos. Era una bazofia que
contaminaba a todos, escrita sólo para atacar al Subdelegado del Gobierno.

84
En un sobre cerrado un texto simple y claro: te voy a joder, cabrón.
Cualquiera podría haber hecho aquello y no indicaba que lo quisiera matar.
-Ha dicho que aquí los recibían en el buzón, ¿es que los recibían en
algún otro lugar?
-Sí, en la otra casa. Donde… donde lo mataron. Me contó que un par
de veces encontró notas bajo la puerta.
-¿Nada más?
-Nada más.
Por ese lado no tenía nada que pudiera resultarle útil. Cambió de
banda, aunque el camino que tomaba ahora era delicado y peligroso.
-¿Conocía al senador?
Clara meditó un momento, luego dijo:
-Supongo que se referirá a…
-Sí, me refiero a Zurcidó.
-No, no lo conocía personalmente. Imaginará que no era la persona
ideal para invitar a cenar un sábado. Aunque un par de veces coincidimos
en algún acto, Froilán siempre lo evitaba.
-Comprendo, pero me interesaría saber…-Salvador dudaba-, me
gustaría saber cual es el origen del problema con el senador. Supongo que
usted sabrá algo.
La mujer volvió a demorarse al contestar. Carmen la observó
mientras pensaba la respuesta. Luego miró a Salvador. Lo notaba extraño,
un tanto inquieto y demasiado amable, como si estuviera subyugado por
aquella mujer. Definitivamente, le gusta, pensó y no le extrañó nada que así
fuera.
-Todo el mundo sabe que Zurcidó es…- respondió al fin Clara Fanjul
y dejó la última palabra en el aire.
-Un cacique corrupto, dicen sus enemigos- continuó la frase Salvador
con una sonrisa en la boca-. Sin embargo, el mundo está lleno de corruptos
y caciques y con ninguno tenía Froilán una relación tan estrecha de odio, si
me permite la expresión.
-Ya, pero, bueno el senador es más próximo…
Vamos que no tiene ni idea o no me lo quiere decir. No, idea sí tiene.
No me lo quiere contar. Un último intento:
-No se ofenda por lo que voy a decir, pero cualquier observador
imparcial pensaría que Froilán tenía algo personal contra el senador. Sus
críticas iban más allá de lo profesional…
-No hubo nunca nada personal que yo supiese-dijo ella con
rotundidad casi excesiva.
Definitivamente le mentía. Decidió lanzarse:
-Sinceramente, cree que podría estar detrás de todo…
-¿Zurcido?
-Zurcidó- asintió Salvador.

85
En aquel momento la mujer rompió a llorar. La miró un poco
sorprendido sin saber muy bien qué hacer. Carmen lo sacó del apuro. Se
acercó a ella un poco y la consoló con una mano sobre el hombro. Luego,
amorosamente, se le acercó más, casi la abrazó y le recogió una lágrima de
la mejilla con el índice. Clara hipó un par de veces y luego compuso el
gesto como pudo. No tardó demasiado tiempo en mostrar el rostro sereno.
Sólo los ojos rojos y brillantes revelaban las lágrimas.
-No puedo contestarle a esa pregunta. No sería justa con el senador-
contestó ya bastante serena.
Carmen retiró la mano del hombro, se separó de Clara y no pudo
menos que recordar que ella misma se había pasado tantas horas llorando
que casi se le habían secado las lágrimas. Le maravillaba la capacidad de
aquella mujer para recuperarse.
-Bien- dijo Salvador al cabo de un buen rato-. Lamento que le
causemos tanta molestia, pero…es necesario. Ya le digo que no tenemos
ninguna pista. Si lo desea, continuamos la conversación más tarde.
-No será necesario, gracias. Estoy bien.
Era evidente que Clara pensaba que Zurcidó había matado a su
hombre. Bueno, pensó, a lo mejor tenemos suerte y ha sido el exmarido. No
sabía muy bien como enfocar la pregunta sobre él.
-Bien- dijo titubeando-, usted está separada…
Ella lo miró un tanto sorprendida. El recuerdo de su marido era tan
lejano que ya casi lo había olvidado. Que se lo nombraran en aquel
momento era casi una autentica sorpresa.
-Sí.
-No quiero entrometerme en su vida privada, pero cuando conoció a
Froilán…
La mujer comprendió, sonrió y lo interrumpió.
-Cuando Froilán y yo nos conocimos acababa de divorciarme-. De
pronto la sonrisa se borró de su boca, pareció que el recuerdo que afloraba
era doloroso-. Fue una época muy mala para mí. Froilán fue una gran ayuda
en aquel momento.
Carmen la miró con comprensión y estuvo a punto de comenzar a
llorar. Hubo de emplearse a fondo para no manifestar sus sentimientos.
Agachó la cabeza para que no la vieran, tragó saliva y se llevó las manos a
los ojos como si le doliera la cabeza.
-¿Era violento?
-¿Mi marido? No, de ningún modo.
Decepción. El comentario sobre lo mal que lo había pasado había
creado en él cierta esperanza.
-Se lo preguntaré directamente. ¿Pudo haberlo matado él?
El rostro de Clara volvió a recibir una sonrisa. Sus labios rojos se
arquearon antes de contestar:

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-¿Antonio? Imposible. Sería incapaz de matar una mosca-. Luego
miró a Salvador un poco sorprendida y continuó-: fue una separación
amistosa. Antonio jamás dijo a nada que no, en realidad, no sabe decir que
no. Ese es su problema, pero, bueno, creo que eso no es importante.
Salvador intentó ocultar la desilusión que le producían aquellas
palabras.
-De todos modos nos gustaría hablar con él. Tengo que comprobar
todas las posibilidades. ¿Tiene algún contacto con él?
-Hace años que no nos vemos. No tuvimos hijos y ya no nos queda
nada en común- negó con la cabeza-. Absolutamente nada.
-¿Vive aquí?, quiero decir en Orense.
-No, no sé dónde vive, pero les resultará muy fácil localizarlo, es
funcionario de prisiones. Si no ha pedido traslado, trabajará aquí, en la
prisión provincial.
Eso lo convertía en fácilmente localizable y muy asequible. De
pronto recordó la conversación con Carlos Arias. Hijo de puta. Él sabía que
el exmarido trabajaba en la prisión, por eso le había dicho que se verían en
un par de días. Hijo de puta, repitió para sí mismo. Luego pensó que
aquella conversación no daba más de sí y que era mejor que se fueran ya.
En realidad de lo que tenía ganas en aquel momento era de ver cara a cara a
Carlos Arias.
-No queremos molestarla más- dijo y se incorporó-. Gracias por su
colaboración. Si recuerda algo que pueda sernos útil…
-Les llamaré, no se preocupe- continuó Clara que también se había
levantado de su asiento y se alisaba la falda.
Se despidieron con un apretón de manos y al bajar la escalera notó
que el perfume a lila de la mujer se le había quedado pegado.
-La hija de puta nos ha mentido- dijo a Carmen cuando ya se
encontraban en la calle.
Ella lo miró muy sorprendida. Salvador le hablaba de aquella mujer
de un modo que jamás hubiera esperado. Y yo que pensaba que le gustaba,
pensó. Pero su compañero se equivocaba. Clara no mentía.
-No- negó muy seria.
-Bueno, no nos ha querido contar nada, eso es como mentir. Aunque
con más finura.
-No sabe nada. No tenía ni idea de la vida que llevaba el tal Froilán.
-Vamos, eso no es posible.
Carmen pensó en sí misma. Claro que lo era. A ella se lo iban a
contar. A ella que se lo habían revelado una tarde de otoño, completamente
desnuda en mitad de un pasillo y con una brutalidad aterradora.
-Claro que es posible. No te imaginas lo posible que es- dijo con
amargura-. Esa mujer no tenía ni idea de lo que hacía su marido o lo que

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fuera y ha pasado un mal rato. Se sentía violenta porque no podía responder
a nuestras preguntas, no porque no quisiera hacerlo.
-Entonces, eso de los confidentes de los jueves- dijo Salvador
sonriendo con malicia.
-Amigotes en el mejor de los casos. O mujeres- afirmó Carmen
sabiendo que quizá su respuesta estaba un poco mediada por su propia
experiencia.
-O un hombre con el pelo canoso, chaquetas de colores chillones y
muchos collares y pendientes.

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14

En la puerta no los retuvieron apenas. Tras el cristal blindado había


una mujer de mediana edad y rostro sonriente y agradable, aunque vestía el
uniforme como si fuera una condena.
-Ahora mismo llamo a alguien que les acompañe- dijo en cuanto
supo que la pareja que tenía frente a ella eran un par de policías que querían
ver al subdirector.
-No se preocupe, ya sé el camino-respondió Salvador con una amplia
sonrisa y se encaminó directamente a la escalera que conducía al despacho
del Carlos Arias. Carmen también sonrió a la funcionaria con un gesto que
era algo parecido a una disculpa y lo siguió. Cuando se giraron mujer tomó
el teléfono e informó al subdirector de la visita.
La puerta del despacho estaba abierta. Salvador golpeó con los
nudillos y entró. En el interior había un hombre sentado frente al
subdirector que en aquel momento hablaba por teléfono. Cuando colgó vio
a Salvador esperando en la puerta y se incorporó.
-¡Hombre Salvador! Esto sí es una sorpresa. Últimamente vienes
mucho por aquí, voy a mandar que te hagan un pase permanente. Mira te
voy a presentar. Éste es Luís, nuestro médico, probablemente tu próximo
médico de cabecera- dijo y sonrió malévolamente. Luego se dirigió al otro
hombre-: Salvador Montaña. Cuando necesites un policía ya sabes dónde
no acudir.
Salvador contuvo un improperio y sonrió.
-Si viene recomendado por ti, mejor que no lo haga. Mi compañera
Carmen.
El médico, un cuarentón bajo, regordete y con una incipiente calvicie
tendió la mano y los saludó con una despedida.
-Encantado. De todos modos, casi prefiero no precisar del servicio de
ninguno de los dos. Bueno, como supongo que venís a hablar de negocios,
me voy a mis ocupaciones y os dejo con las vuestras.
Salvador se dejó caer en una de las sillas y esperó pacientemente a
que el subdirector se sentara también. Cuando lo vio ya acomodado en su
sillón comenzó a hablar:
-¿No dijiste el otro día que no querías ver más al funcionario que nos
recibió en la puerta?- preguntó con sarcasmo-. Pues hoy estaba otra vez ahí.
Parece que no te hacen mucho caso…
Carlos Arias se levantó como si le hubieran picado con un alfiler y
dijo casi gritando:
-¡Miranda? No me jodas. Voy a matar a alguien.
Luego salió del despacho a toda velocidad y se encaminó a la
escalera. Salvador lo siguió divertido con la mirada. Carmen, que aún no se
había sentado, no sabía que hacer y espero en pie mirando sorprendida a su

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compañero. Al cabo de un momento el subdirector regresó todavía con el
rostro congestionado. Se sentó tras la mesa. Carmen, ajena a todo, aún
permanecía en pie y lo imitó.
-Eres un cabrón- Carlos Arias hizo una pequeña pausa-. Y yo un
idiota. Miranda hoy no está ni de servicio.
-No voy a decir que estés completamente equivocado, porque tú un
idiota sí eres, pero yo no soy ningún cabrón, eso lo eres tú. Y no digo más
cosas porque está mi compañera delante- respondió Salvador. Luego
cambió el tono y lo convirtió en burlón para continuar-: Así que nos vemos
en un par de días, así que mañana o pasado vendrás por aquí…
El subdirector estalló en una carcajada.
-¿Ves como tenía razón? Aquí estás y sólo han pasado dos días.
-Sabías que el exmarido de la mujer del periodista era funcionario de
prisiones y trabajaba aquí.
-Claro que lo sabía. Aquí lo sabe mucha gente. No es ningún secreto.
Lo que me sorprende es que tú- remarcó mucho la palabra tú- no lo
supieras.
-Y no me dijiste nada, cabrón.
-No imaginaba que tenías interés en él. Además pensé que también lo
sabías. Para ser sincero, he de decir que te creía más competente- el
subdirector no dejaba de reír.
-Cabronazo…
-De todos modos, no creo que tenga relación con tu caso. No creo
que Antonio Mata, el exmarido, conozca al senador Zurcidó.
-Bueno, en serio. Dejémonos de coñas. Ya te has divertido bastante
¿no? Ahora me gustaría tener una conversación con él.
El subdirector recobró la seriedad y descolgó el teléfono; marcó y
espero la contestación al otro lado de la línea. Sin identificarse, dijo:
-Busca a Mata y que venga a mi despacho.
Luego, sin esperar respuesta, colgó. Carmen se preguntó cómo sabría
el receptor del mensaje a qué despacho enviar al tal Mata, pero prefirió no
preguntar nada.
Salvador abrió la libreta y consultó sus notas.
-Por lo que sé, se llama Antonio Mata y lleva aquí en torno a diez
años…
-Más o menos… Ya trabajaba aquí cuando yo me incorporé.
-Y no es mi hombre.
Carlos Arias se repantigo en el asiento, se rascó la cabeza con la
mano derecha y luego señalando con el índice al cielo dijo:
-Yo no pongo la mano en el fuego por nadie- estiró el brazo en un
gesto que quería abarcar toda la prisión-. Como comprenderás en esta casa
he visto de todo.
-Pero…

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Con el mismo índice que había señalado al cielo hizo un gesto
negativo.
-Sin peros. Quién conoce el corazón humano- afirmó muy serio el
subdirector.
-Sin ir tan lejos, Carlos-Salvador sonrió-. Bueno, qué sabes de él, qué
clase de hombre es.
-Es un hombre muy extraño. No se trata con nadie. Desde que le
pasó lo que le pasó no ha levantado cabeza.
-Te refieres al divorcio.
-No, me refiero a lo del motín de Daroca- dijo el subdirector y calló
como si ya Salvador supiese a lo que se refería.
-Ya, claro, lo de Daroca ¿Se puede saber de qué coño me hablas?
Arias sonrió con picardía.
-Te contaré. Antonio Mata era un joven jefe de servicios con un
futuro de lo más prometedor. Recién ascendido y recién casado lo
destinaron a Daroca. Allí demostró que los que habían confiado en él tenían
toda la razón. Fue un jefe de servicios excelente y todo el mundo daba ya
por sentado que muy pronto ocuparía un cargo directivo, no tardaría mucho
en ser subdirector. Además de valer, él quería un cargo de responsabilidad.
Bueno, a lo mejor quien quería el cargo era su mujer, pero eso es otra
historia. Bueno, el caso es que entonces ocurrió lo del motín. Fue una
mañana en la que él no estaba de servicio, pero vivía allí mismo, en los
pabellones destinados a los funcionarios, así que la noticia del motín llegó a
su casa antes que al cuartel de la guardia civil. Como no podía ser de otra
manera, se presentó en la prisión para ponerse a las órdenes del director.
Los presos que habían organizado el motín no eran gente de muchas luces y
no les llevó a los funcionarios más de un par de horas soltar a dos
enfermeras que habían secuestrado y encerrarlos a todos. Y ahí empezó el
problema. Los funcionarios estaban muy cabreados y siete internos
acabaron en el hospital. Hubo una investigación interna y a todos los que
no estaban de servicio, como Antonio Mata, se les calló el pelo. Un
expediente, bueno, ya sabes. Allí acabó su carrera. Como su mujer era de
aquí, se vino con un puesto de funcionario genérico de interior. Digamos
que vino a que lo enterraran en vida. Las cosas le empezaron a ir mal en el
matrimonio, además creo que no puede tener hijos, o eso dicen, que yo, la
verdad, no sé. Bueno, el caso es que hace unos cuantos años, no sé, cuatro
o cinco, se separó y su mujer se lió con ese periodista. Como me lo vas a
preguntar luego, te diré que no sé si la separación le afectó o no. Es un
hombre completamente impasible. Lo que pasa por su cabeza es un
auténtico misterio
Carlos Arias acabó su exposición y calló mirando a Salvador. El
silencio se extendió entre ellos por un buen rato. Carmen pensó en la

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elegantísima mujer a la que habían interrogado al día anterior y se intentó
formar una idea de cómo sería el hombre del que hablaban.
-¡Hostias!- exclamó Salvador rompiendo el silencio-. ¡Coño! Carlos,
podría ser nuestro hombre.
-Creo que no. Cuando lo conozcas cambiarás de opinión.
Salvador sabía muy bien que el aspecto de un hombre no tenía nada
que vera con las maldades de las que podía ser capaz. Era una de las
primeras cosas que había aprendido en su carrera como policía.
-¿Seguro? ¿Qué hace ahora?
-Ahora trabaja en mantenimiento. Lo tuvimos que retirar de
vigilancia porque era un problema. Se volvía neurótico a la mínima
complicación. Había días que me llamaba hasta doce y trece veces. Te lo
juro. Si el jefe de servicios le decía: Antonio, vigílame a fulano y fulano
desparecía de su vista un minuto estaba ya llamando a todo el mundo como
un loco. Y a mí el primero. ¡Bendito el día que lo puse a trabajar en
mantenimiento! Ahora anda con una cuadrilla de seis o siete internos
haciendo chapuzas y todo va de maravilla. Que se estropea algo, los
hombres de Mata lo arreglan en un santiamén. No falta de nada, toda la
herramienta está limpia y en su sitio. Una maravilla, ya te digo.
De nuevo el silencio se extendió por el despacho. De fuera llegaba a
través de la puerta semientornada el murmullo de la mañana, el sonido de
una radio lejana que sonaba en una de las oficinas, el ir y venir de los
funcionarios y de vez e cuando, el chasquido metálico del portón principal
de la cárcel que se cerraba. Salvador se incorporó en su asiento y comenzó
a caminar por el poco espacio que quedaba en el cuarto. La cabeza le
trabajaba a toda prisa. Pese a que Carlos Arias pensaba que el exmarido
tenía pocas posibilidades de ser el asesino, lo que le había contado encajaba
en un perfil muy definido: cien años tragando bilis y luego un vómito
inesperado. ¿Por qué no podía ser él el asesino? A lo mejor se había
obsesionado con el senador y estaba cerrando otras posibilidades. Formuló
su pregunta en voz alta:
-¿Por qué no puede ser él?
-Por que no tiene huevos- respondió categórico el subdirector.
Volvió a sentarse y se acomodó con las manos en la nuca meditando.
Si aquel fuese su hombre, conseguiría una salida airosa del problema en el
que lo habían metido. Sonaron unos golpecitos en la puerta que lo sacaron
de su abstracción.
-Buenos días, Don Carlos, ¿Me llamaba?
-Pase, Pase, Antonio.
Salvador se volvió inpaciente a mirar y vio un hombre que acaso aún
no hubiese cumplido los cuarenta años, pero que aparentaba cincuenta al
menos. Tenía la cerviz doblada y el pelo cano y escaso. Vestía de uniforme,
pero era demasiado gordo para una ropa que le resultaba escasa por todos

92
los lados. La cara era redonda y en los ojos, hundidos a despecho de la
carnosidad del rostro, tenía una expresión de profundísima tristeza. El
hombre presentaba un mal aspecto general a pesar de ir impecablemente
afeitado y aseado y con la ropa limpia y planchada. Sin embargo lo que
más llamó la atención de Salvador fue la voz. Era una voz un tanto
aflautada, pero de una flauta desafinada que hiciese que las notas se
arrastrasen al sonar.
El subdirector se incorporó y Carmen y Salvador lo siguieron.
Carmen no podía creer lo que estaba viendo. Se había hecho una imagen
del tipo de hombre por lo que había visto de la que fuera su mujer y por lo
que Carlos Arias les había contado y su imagen no correspondía para nada
con lo que tenía delante. Le era imposible comprender cómo aquellas dos
personas habían seguido caminos tan diferentes. Daba por sentado que en
alguna época, todo el tiempo atrás que hiciera falta, aquel hombre y aquella
mujer habían sido almas gemelas. ¿Cómo había podido la vida darles un
trato tan desigual? Por un instante pensó en ella y en Ángel. ¿Cuál de los
dos haría el papel de aquel hombre en su propia comedia? Entonces sintió
pánico. Estaba claro que ése era su papel.
-Estos señores quieren hablar contigo-. La voz del subdirector Arias
la sacó de sus pensamientos.
Salvador se adelantó un poco y le extendió la mano.
-Subinspector Montaña. Ella es mi compañera la agente Martínez.
Cuando se saludaron, Carmen notó la mano del hombre fría como un
témpano de hielo.
El rostro de Antonio Mata se transfiguró al saber que eran policías.
En sus ojos brilló el pánico y le comenzó a temblar la barbilla. Salvador se
dio cuenta en seguida.
-Es pura rutina- dijo guiado por una necesidad de tranquilizarlo que
no comprendía bien-, nada importante.
Carlos Arias dejó la parte posterior de la mesa y abrió los brazos para
abarcar a todos, aunque sólo fuese de modo imaginario, e hizo ademán de
sacarlos del despacho comenzando a caminar él mismo. Era evidente que
consideraba que su papel ya había terminado.
-Vamos a la sala de visitas- dijo mientras marchaba hacia la puerta
del despacho-. Allí estaréis mucho mejor y podréis hablar tranquilamente.
La sala estaba en la planta baja del edificio de oficinas. Era amplia y
luminosa. Tenía un par de sofás grisáceos y cuatro sillas negras. En una de
las paredes, escrito en gallego y castellano, el artículo de la constitución
que hablaba del sentido de las penas de prisión era el único adorno. En el
centro de la sala había una mesilla con revistas. Cuando se vieron los tres
sentados en el interior Salvador, pensó que en cualquier momento
aparecería la enfermera para llamar a siguiente paciente. Le apetecía fumar,

93
pero se contuvo. Al mirar al hombre que tenía frente a él, le asaltó la
seguridad de que no era fumador. No se planteó siquiera preguntarle.
-Quiero explicarle- comenzó a decir- que no estamos aquí para
acusarle de nada. Estamos investigando el asesinato de Froilán Losantos.
Supongo que estará enterado…
El hombre asintió y guardó silencio. Salvador miró a Carmen
pidiéndole auxilio. Era la primera vez que lo hacía desde que la conocía.
Pero Carmen parecía no estar allí. Antonio Mata le parecía un ser tan
insignificante que casi le incomodaba interrogarlo. Se sentía mal. Tuvo la
sensación de estar preguntando a la hormiga si sabía quien había molestado
al elefante.
-Me imagino que sabe que su exmujer mantenía una relación con el
periodista muerto- dijo al fin tras un largo silencio intentando
autoconvencerse que la imagen de aquel daba de sí mismo hombre tenía
que ser una pose. Nadie podía ser realmente así. Seguro que era uno de
esos que van de víctimas por la vida, peor aprovechándose de los demás.
Antonio agachó más aún la cabeza, lo que parecía imposible.
-Sí-. No dijo más. No dio ninguna otra explicación.
Aquello no iba a ser nada fácil. Volvió a mirar a Carmen. Esta vez
ella le devolvió la mirada con complicidad. Los ojos de Salvador
suplicaron por segunda vez: échame una mano.
-¿Cuánto tiempo hace que no ve a Clara?- Preguntó Carmen
respondiendo a la petición de su compañero.
-No…no…- el hombre titubeó con un trémolo en la mandíbula- no
nos vemos hace mucho tiempo. Desde que nos divorciamos.
-¿Cómo sabía entonces que ella tenía pareja? ¿Cómo sabía que
estaba con otro hombre?- volvió a preguntar Carmen con seguridad.
Buena pregunta, pensó Salvador que rió malévolamente.
Antes de contestar Antonio ladeó un poco la cabeza y su mirada se
entristeció aún más. Si estaba actuando, era el mejor comediante del
mundo.
-No hizo falta que preguntase a nadie. Hubo mucha gente que se
encargo de que lo supiera desde el primer día.
La sonrisa se borró en seguida del rostro de Salvador. Era evidente
que eso había ocurrido. De pronto se sintió mal. No lo soportaba. No
soportaba a ese tipo de personas que buscaban al más débil de cada grupo
para clavarle los dientes como un lobo. Y donde estuviera Antonio Mata
nadie tendría dudas de quien había sido el blanco de todas las burlas. Con
más motivo si su exmujer se liaba con un personaje famoso como Froilán
Losantos.
-Me imagino que le habrán gastado muchas bromas-. Salvador tiró la
caña. En el fondo, le estaba doliendo, pero tenía que pescar.

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-Bueno, ya sabe cómo es la gente. Les gusta reírse de estas cosas.
También se rieron del pobre Manolo. Un verano se fue de vacaciones a
Murcia y su mujer se quedó allí-. El hombre acabó la frase con una sonrisa
bobalicona.
-Así que le han gastado bromas-. Salvador insistía con el mismo
cebo.
-Alguna sí, pero sin mala intención.
No podía ser. Aquel hombre le engañaba. Era imposible que una
persona se hubiese convertido algo así. Empezaba a cambiar su estado de
ánimo. De apesadumbrado por molestar a un pobre hombre pasaba a estar
enfadado por sentirse engañado.
-¿Qué opinaba usted de que su mujer- empleó la palabra mujer
intencionadamente- tuviera una relación con otro?
-No me pareció mal. Nosotros no estábamos bien. Yo fui más feliz
cuando se fue, se lo juro. Nuestra vida se había convertido en un infierno.
Además no me engañó nunca con él, ella nunca haría algo así. Ya nos
habíamos divorciado.
Era el pobre hombre más pobre hombre e infeliz que había visto en
su vida o era un genio de la actuación. Pero ¿por qué iba a querer engañar
al mundo de aquel modo? ¿Qué motivo tenía? Ninguno. Durante un buen
rato estuvo callado y pensativo. Luego tomó la cajetilla de tabaco en su
mano y le ofreció.
-No gracias.
Salvador miró a Carmen como disculpándose y encendió un
cigarrillo.
-¿Conocía personalmente a Froilán Losantos?- Preguntó exhalando
el humo intencionadamente cerca de él.
Antonio entornó levemente los ojos antes de contestar:
-No, no lo conocía.
-¿Y no sentía curiosidad por conocerlo?
El hombre negó con la cabeza. Salvador exhaló nuevamente el humo
del cigarrillo. Esta vez más cerca aún de su cara. Antonio carraspeó
primero y tosió después. Era evidente que le molestaba, pero no dijo nada.
Sólo, con mucho cuidado para no parecer maleducado, se separó un poco
de Salvador.
-Lo siento. A lo mejor le estoy molestando.
-No... no…- balbució el hombre y se retiró un poco más.
Carmen miró al Salvador con ojos inquisidores. El gesto también
censuraba su conducta. Él eludió la mirada.
-Si quiere lo apago- dijo con cierto descaro.
-No… no es necesario- contestó Antonio que ya no podía separarse
más sin levantarse del sofá.

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-Sí, mejor lo apago- dijo Salvador con evidente enfado en la voz. Se
sentía francamente mal. Tenía la sensación de haber estado torturando a
Calimero.
Se incorporó bruscamente y se desentendió de los otros dos
comenzando a caminar hacia la salida. Debería haberle preguntado muchas
cosas más entre las que se encontraba dónde y con quien había estado la
noche del sábado, pero estaba seguro que aquella noche como todas las
demás noches de su vida aquel hombre había estado solo y en casa. Que no
tendría ninguna coartada ni ningún testigo. Por eso no preguntó más.
Simplemente se fue. Carmen se incorporó tras él.
-Nos ha sido de mucha ayuda- dijo un poco azorada cuando ya
Salvador cruzaba la puerta de la sala-. Esperamos no haberle causado
ninguna molestia.
-No se preocupe, no ha sido molestia.
Carmen tendió la mano y volvió a sentir la del hombre fría y
húmeda. No comprendía cómo un hombre tan gordo podía tener las manos
tan frías. Luego corrió tras Salvador. Iba tan enfadada cuando lo alcanzó
que se atrevió a recriminarlo:
-¿Se puede saber qué te pasa?
-No. No se puede saber.
No se dijeron una palabra en el viaje de vuelta. El rostro de Salvador
que estaba crispado cuando arrancó el motor fue relajándose poco a poco.
El gesto de Carmen era mohíno. No le había gustado la conducta de su
compañero, pero lo apartó pronto del pensamiento. Toda su atención se
centraba en el hombre que acababan de entrevistar. A partir de aquel
momento cuando le hablasen de fracaso, el rostro de Antonio Mata sería sin
duda para ella su imagen.
Salvador condujo con agresividad, al menos en los primeros
kilómetros. Cuando se le pasó el malhumor por haber forzado de aquel
modo a aquel hombre y comenzó a reconciliarse consigo mismo, pensó en
las putadas que podía hacer la vida. Si el día que ocurrió el motín a Antonio
le hubiesen tenido que operar urgentemente por una apendicitis,
probablemente se lo hubieran presentado como director de la prisión o algo
parecido. Y sería un hombre mucho más alto, delgado y con el rostro altivo
y armonioso.
En cuanto puso el pie en tierra, encendió un cigarrillo. Se moría de
ganas de fumar. Había salido con tanta prisa de la prisión que no había
tenido ni tiempo de encender uno de camino al coche. Y durante el viaje no
quiso romper el tácito acuerdo que tenía con Carmen. Ella lo miró
encenderlo y parecía recriminarle aún algo con la mirada.
-Lo siento- dijo Salvador- A lo mejor he sido un poco grosero.
-A lo mejor.
-Bueno… es que ese hombre me ha sacado de quicio.

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¡Pobre hombre! ¡Qué culpa tendría! Pero si es un bendito. Y te has
pasado con él.
Salvador, a su modo, se sinceró:
-En realidad eso ha sido lo que me ha cabreado. Y eso que no me
quedaba más remedio que hacer lo que hice.
Carmen lo miró sorprendido. Iba a preguntar por qué decía aquello,
pero Salvador se le adelantó.
-Algún día te lo explicaré- dijo y dio una gran calada al cigarrillo que
tenía en la mano izquierda.
Ella lo miró mientras se alejaba del coche. Durante un segundo,
durante un segundo nada más, tuvo la sensación de que quien se alejaba de
ella era Antonio Mata. Luego se le fue la idea de la cabeza. No sabía
siquiera cómo se le había ocurrido, no tenía ningún sentido.

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15

Carmen despertó en un lugar extraño y se preguntó qué hacía fuera de casa.


Miró la mesita de noche que no era la suya, la lámpara del techo, fea y
anticuada, las cortinas que caían al suelo en una pura arruga. Todo era
diferente a lo que había se había encontrado día tras día al despertar. No
reconocía nada de lo que veía como suyo y tardó un buen rato en darse
cuenta de que en realidad sí estaba en casa. Ese era su nuevo hogar. El
único que tenía. Entonces se acurrucó, abrazó la almohada y comenzó a
llorar. Le invadió una tristeza tan grande que no cabía en su interior y
desbordaba por toda la habitación que también pareció volverse lúgubre y
sombría pese a la fría luz de la lámpara que le molestaba en los ojos
llorosos. Intentó calmarse, pero no pudo. Se dio cuenta de que estaba
perdiendo el control. El llanto había tomado vida, salía de sí misma sin que
lo pudiese evitar. Intentó levantarse, pero sólo consiguió quedar sentada en
la cama. Después se dobló sobre si misma con los brazos cruzados sobre el
pecho y se dejó ir. No hizo ningún esfuerzo por reprimirse y perdió la
noción de todo lo que le rodeaba. En aquel instante, desapareció ella y
desapareció el mundo exterior. Todo se diluyó en su padecer. Luego,
mucho tiempo después, tuvo conciencia de sí misma por el dolor que
comenzó a sentir en la espalda doblada. Había dejado de llorar. Tenía los
ojos hinchados y le dolía la cabeza además de la espalda. Hipando aún miró
el reloj. Hacía ya mucho tiempo que debería haber estado ya en la
comisaría. Intentó apresurarse, pero luego pensó que ya era imposible
recuperar el tiempo perdido, de modo que intentó calmarse antes de
preparar su salida de casa.
Cuando se miró al espejo no se reconoció. Aquella mujer que le
miraba desde el otro lado del cristal no era ella. Era una mujer envejecida,
fea y derrotada. Parecía que hubiesen pasado por ella veinte años entre
aquella noche y las pocas horas que llevaba vividas aquella mañana.
Además era como si el tiempo hubiera pasado por ella sin piedad,
maltratándola y la hubiese vuelto fea. Tenía los ojos rojos y los párpados
hinchados; los labios casi amoratados y el rostro pálido. Unas ojeras que
hundían sus ojos en un abismo dibujan el rostro perfecto de la
desesperación y de la derrota.
Se apartó del espejo y comenzó a llorar de nuevo. La tristeza que
sentía se mudó en compasión por sí misma. Y lloró más. No podía haber
nadie más desgraciado que ella, pensó y con aquel pensamiento el rostro de
Antonio Mata le cruzó ante los ojos cerrados. El rostro redondo y sin otra
expresión que la de la derrota que había visto el día anterior. Y le invadió el
pánico. En eso se iba a convertir. Ella era él. Estaba al borde de un abismo
sin fondo e iba a dar el primera paso.

98
Se sorbió los mocos. Se lavó la cara y miró al espejo. La mujer vieja
y fea seguía allí, pero se le habían borrado todas las huellas de la derrota.
En un instante había comprendido que si se dejaba deslizar por
aquella pendiente, llegaría un momento en el que no podría parar. El de
cuesta abajo era el camino fácil y tentador, pero también el peligroso.
A fin de cuentas ¿qué le había pasado? Que había perdido su casa y
su pareja… bueno, le quedaba la vida. No tenía un cáncer ni ninguna otra
enfermedad criminal que la estuviera matando y sí tenía mucho tiempo por
delante.
Había sido sólo un instante, un fogonazo en el cerebro, pero lo había
visto claro. Qué estúpida, haber estado a punto de tirar la vida por la borda.
Tardo casi una hora en volver a mirarse al espejo. Para entonces al
otro lado ya había una mujer hermosa y joven. Como ella había sido
siempre, como siempre se había visto. La tarde anterior la había dedicado a
recorrer la ciudad buscando ropa con la que reponer su armario y había
comprado en Verino un traje negro que le pareció precioso. Qué mejor
ocasión que aquella, que estrenaba vida, para estrenar también el traje.
Juró por lo más sagrado que nunca más volvería a llorar por Ángel.
Ni a acordarse de él. Ni siquiera para odiarlo. Luego se dio cuenta de que
no cumpliría el juramento, pero no le importó. En aquel momento estaba
ganándose de nuevo para sí misma.

Mientras en pie, frente al mostrador del Luna, miraba estúpidamente


la taza que acababa da vaciar y daba la primera calada al cigarrillo,
Salvador pensó que, bueno, vale, la vida es corta, pero a veces tiene una
intensidad tal que compensa la brevedad. Aquella era una de esas
ocasiones. Desconocía el motivo, pero se sentía intensamente feliz por estar
vivo, por haber pisado la calle aquella mañana, haber sentido el frío en la
cara y hasta por el acceso de tos que tuvo al levantarse. Miró el cigarrillo al
recordar la tos y pensó que maldito el día que había fumado el primero.
Ahora no podía comprender la vida sin tabaco. Recordaba los días que
había pasado sin fumar como muy malos días, pésimos días. Pero hasta
aquella sensación de vacío que le producía la abstinencia del tabaco le
pareció digna de ser vivida; como las ganas que de vez en cuando le
asaltaban de beber una cerveza. Luego dejó de lado sus pensamientos y se
enfrascó en la lectura del periódico antes de encaminarse a la comisaría. No
había novedades en la ciudad. Sólo el asunto de la urbanización del
Polígono Sur que se trataría la semana siguiente en el pleno y creaba
controversia. Se imaginó lo que daría de sí el pleno en manos de Froilán
Losantos. Otro artículo memorable en el libro de los mejores insultos. En
un asunto polémico como ése, y en el que estaba implicado el senador
Zurcidó, se movería como pez en el agua. Al recordar al periodista se dio

99
cuenta de que era ya tarde. Miró el reloj, pagó y se fue caminando calle
arriba con las manos en los bolsillos y otro cigarrillo en la boca.
No le extrañó, pese a la hora que era, que Carmen aún no hubiese
llegado. En el poco tiempo que habían trabajado juntos se había dado
cuenta de que no era muy amante de la puntualidad. Ni del trabajo. En eso
se parecía a él. Pero él se consideraba más moderado en el ejercicio de
aquellas dos virtudes. En espera de su compañera dedicó el tiempo a hacer
relaciones sociales. Era la mejor manera de tomarle el pulso a la comisaría.
Y de paso al estado de ánimo del comisario. Cuando ya se cansó, o los
demás se cansaron de él, decidió salir a tomar algo. Además era mejor que
no le vieran demasiado tiempo en la comisaría. Se demoró
intencionadamente en la cafetería Nevada. Ahora leyendo la prensa
nacional. Llevo toda la mañana esperándola, pues ahora que me espere ella
a mí.
De vuelta en la oficia, se encontró con su asiento vacío. Miró el reloj.
Se dirigió a Fernando Andrés para preguntar por ella. Si el no la había
visto, era que no había llegado aún.
-No, no la he visto. Pensé que ya andaríais por ahí los dos-respondió
Fernando.
-Pues ya ves que no.
Lo dejó y se fue a su mesa. Se sentó y se limitó a esperar, pero
mientras esperaba, le asaltó la imagen de Carmen empapada en mitad de la
calle y llorando como una desconsolada. No habrá hecho ninguna tontería,
pensó. En seguida desechó la idea por estúpida. Encendió un cigarrillo y
antes de apagarlo miró el reloj tres veces. No podía dejar de pensar en ella
llorando aquella maldita noche. Se la veía mal, se decía a sí mismo. Se
lamentó de no ser más hábil en sus relaciones personales y haberse
interesado un poco por sus problemas. Pero eso no tenía solución. Siempre
había sido así.
A lo mejor había telefoneado para decir que estaba en cama y no
podía venir. No, si así fuera, ya se lo habría dicho Fernando. Bueno, lo
mejor era cerciorarse.
Lola con la espalda tiesa como si se hubiera tragado el palo de una
escoba consultaba un ordenador cuando se le acercó.
-Mi compañera, Carmen, la nueva, no habrá dejado ningún recado.
-No- respondió la quebrada voz de la secretaria.
Lo sabía. Fernandito no falla.
Tomó una decisión repentina.
-Tú tienes su dirección ¿no?
-Claro.
Dejó la comisaría con el ánimo un poco encogido. Sabía que no le
había ocurrido nada y que no había hecho ninguna tontería, pero no
conseguía que la lógica se impusiese en su pensamiento. Descubrió que

100
eran vecinos, ella vivía un par de números más abajo frente a su portal. Por
eso la encontré la otra noche al lado de casa, pensó.
Llamó al timbre. No hubo respuesta. Insistió. Luego, llamó al azar a
un timbre cualquiera y le respondió una voz femenina.
-Policía-dijo y milagrosamente la puerta se abrió.
A la llamada del timbre de la puerta del apartamento también
respondió el silencio. Comenzaba a preocuparse. Y ahora parecía tener
motivos. Se apagó la luz del pasillo y quedó a oscuras. Dio la luz y volvió a
insistir con el timbre. En el momento en que llamaba, se abrió la puerta que
estaba justo a su espalda, la del apartamento que había frente al de Carmen.
Salvador se volvió y vio una mujer ya mayor y muy bien vestida.
-Acaba de salir- dijo la mujer-. Me la he encontrado al volver a casa
con la compra.
-Gracias.
-Buenos días- se despidió la mujer y lo dejó mirando la puerta del
apartamento.
Su primer pensamiento fue que había sido un idiota. El segundo salir
de allí inmediatamente. Mientras bajaba la escalera a grandes saltos
pensaba en la cara que se le habría quedado si llega a llamar un momento
antes y Carmen le hubiese abierto la puerta. ¿Qué le habría dicho? Estaba
preocupado por ti, como el otro día te vi tan deprimida. Sentía que había
hecho el ridículo. Menos mal que nadie más que él lo sabía.
Cuando llegó a la comisaría le sorprendió no encontrarla sentada
frente a la mesa. A quien sí vio fue a Fernando Andrés.
-¿No ha venido Carmen?- preguntó.
-No.
-Que raro.
Se queda dormida y tiene la santa cara de entretenerse. Seguro que
está tomando un café tranquilamente, pensó.
Se sentó y fumó un cigarrillo. Al cabo de un buen rato apareció por
la puerta. La miró y se sintió completamente imbécil. Llevaba un traje
negro que dejaba ver la magnífica estructura de sus piernas vestidas por
medias negras también. Pese a lo enfadado que estaba no pudo dejar de
dedicar un instante a disfrutar de su belleza.
Ella se sentó a su lado y le dedicó una sonrisa. Estaba muy
maquillada y tenía un brillo en los ojos que hacía que su mirada fuese
diferente.
-Es un poco tarde ¿no?
Carmen miró el reloj. Era realmente tarde.
-Tenía jaqueca
-Jaqueca.
-Sí, jaqueca. Dolor de cabeza.
Salvador estaba de un humor de perros.

101
-Pues, ¡ala! Vamos a la calle que el aire fresco te sentará bien- dijo y
se levantó sin esperarla.
Salvador habitualmente caminaba despacio y con las manos en los
bolsillos, pero aquella mañana lo hacía realmente rápido. A carmen casi le
costaba seguirle. Dejaron la comisaría, él delante y ella tras él, y se
adentraron en las calles del centro de la ciudad que a aquella hora estaban
llenas de gente. Cruzaron el parque de San Lázaro y cuando llegaron a la
zona peatonal, Salvador disminuyó un poco el ritmo. Jaqueca, pensaba, y
yo preocupado como un gilipollas. Se queda dormida y dice que tiene
jaqueca. Carmen aprovechó el cambio en la marcha para recuperar el
aliento y caminar un poco más cerca de él. Lo miró de perfil vio las arrugas
marcadas en la frente y el gesto huraño y pensó: Pero qué le pasa a éste
hoy. Vaya día que tiene. Cómo se pone por un par de horas de retraso.
Llegaron a la Plaza Mayor y en el reloj de la catedral sonó la
campanada de la una. Salvador se detuvo y miró el suyo. Era buena hora
para buscar a Jalid. Ya se habría levantado.
-Siento haberte tenido esperando-dijo Carmen aprovechando la
parada. No se habían dirigido la palabra durante todo el paseo y prefería no
seguir así.
La miró. Pese al maquillaje aquella mañana tenía el rostro pálido
cuando llegó a la comisaría. Con la carrera que había echado tras Salvador
había cogido algo de color. Al hablar vahaba y parecía una estrella de cine
de los años cincuenta exhalando el humo de un cigarrillo. A lo mejor le
dolía la cabeza de verdad. De todos modos, es igual, no es culpa suya que
yo me preocupe sin sentido.
-No te preocupes.
-Prometo que no volverá a pasar. Seré puntual.
Salvador sonrió.
-Volverá a pasar, pero no tiene importancia.
Carmen le devolvió la sonrisa. Salvador encendió un cigarrillo, lo
colgó de los labios, metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar
lentamente. No comprendía bien cómo, pero estaba de un humor excelente.
La Plaza Mayor, toda ella rodeada de soportales, estaba construida
sobre una pequeña pendiente. El ayuntamiento parecía presidirla pese a
estar en la parte más baja de la pendiente. Hacia allí comenzó a dirigirse
Salvador. Carmen caminó a su lado.
-¿Dónde vamos?
Antes de responder, con la mano izquierda retiró el cigarrillo de la
boca.
-Vamos a dar una vuelta por ahí- dijo y extendió la mano abarcando
todo el barrio viejo que se extendía frente a ellos-. Tenemos que encontrar
a un amigo.

102
No hubo más explicaciones. Caminaron por calles estrechas con
pisos de piedra y musgo viejo en las esquinas. Entraron en una zona llena
de bares, añejos todos, que comenzaban a abrir a aquella hora. Salvador
caminaba despacio mirando pacientemente en el interior de cada uno.
Carmen con su traje impecable estaba ten fuera de lugar allí como un
maniquí que alguien hubiera depositado en aquellas calles. Al cabo de un
buen rato Salvador aumentó un poco el ritmo y se giró deshaciendo el
camino.
-Tenemos que ir a misa- indicó.
Carmen no respondió. Lo siguió en silencio, pero un tiempo después,
y cansada de caminar, dijo:
-Si me dices qué buscamos, a lo mejor puedo ayudarte.
-Va a ser difícil. Buscamos a un individuo que no conoces.
Cruzaron de nuevo la Plaza Mayor y llegaron a una plazoleta que se
extendía entre una de las esquinas de la catedral y otra iglesia. Se dirigieron
a la iglesia, a la que se accedía por una pequeña escalinata. En ella se
sentaba un joven que pedía limosna. Salvador le hizo un gesto con la
cabeza y el joven se levantó y se les acercó arrastrando la pierna izquierda
y caminando muy lentamente.
-La semana pasada arrastrabas la otra pierna, Jalid.
El joven sonrió y enseñó un montón de dientes sucios y podridos.
-Muntaña-dijo casi riendo-. Sólo tú te fijas en eso. Los otros no lo
saben.
-Jalid, te presento a mi compañera. También es policía.
El joven rió de nuevo y negó con la cabeza. Vestía una gabardina tan
sucia que era imposible adivinar el color original y un gorro de lana tan
calado que casi cubría las cejas.
-No, Muntaña. Mujer no policía.
-Sí, Jalid. Aquí mujer también policía. Llevas ya muchos años aquí
para saber eso- replicó Salvador. Luego se volvió a Carmen y continuó-:
este es Jalid. Jalid y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo. Para ser
exactos llegamos juntos a Orense. Yo fui el primer policía que lo detuvo,
¿verdad Jalid?
Jalid asintió. Carmen notó que olía a orines.
-Además- continuó Salvador- fue mi primer delincuente en Orense,
mi primera detención. Jalid y yo somos almas gemelas.
Carmen estuvo a punto de decir que eso era evidente, pero se
contuvo. Se limitó a sonreír y a separarse un poco del pedigüeño. Apestaba.
-Además Jalid se entera de todo lo que pasa, ¿verdad?
-Hay que estar atentos a todo, Muntaña.
-Y luego me lo cuenta a mí. Qué sabes de una star de nueve
milímetros. ¿Ha habido alguna venta últimamente?

103
-Nada nuevo. Muntaña, tu sabes que esos hierros se mueven mucho.
no me puedo enterar de todo.
-¿Seguro?
-Seguro. Jalid no te engaña.
No poco.
-Y lo del periodista… ¿Sabes algo?
-No fue nadie de aquí.
-¿Seguro?
-Seguro seguro. La gente ha hablado mucho. Nadie sabe nada. Fue
gente de fuera. Seguro seguro, Muntaña.
-De todos modos…-dijo Salvador
-Aguza el oído- interrumpió Jalid como si le hubieran repetido la
frase mil veces.
-Pues eso- finalizó la conversación Salvador al tiempo que entregaba
un billete.
El joven los dejó y se volvió a la escalinata de la iglesia caminando
muy despacio. Carmen se fijó en que arrastraba la pierna derecha.
-No es cojo- dijo.
-No- respondió Salvador divertido.
-Lleva una ropa suicísima.
-Tú también estarías así si vivieras donde él.
-Y apesta.
-Es que hace mucho tiempo que no lo detienen.
Acabaron la mañana sentados frente a frente en la oficia de la
comisaría. Después de un largo silencio, Salvador levantó la cabeza miró a
Carmen y dijo:
-Bueno, creo que ya lo hemos hecho todo. Poco nos queda más.
Carmen le devolvió la mirada con gesto inquisidor.
-Me refiero al caso- explicó Salvador-. Si te doy mi opinión, ha sido
un encargo. Un profesional portugués, tres tiros y de vuelta a Lisboa. No
aparecerá nunca. Si te parece mañana mismo, le preparamos un informe a
Pombal a correr.
-Bueno-respondió Carmen. Realmente no sabía qué decir.
-Pero eso será trabajo para la próxima semana que hoy es viernes.
Tengo que prepararme para mis partidas en el Luna; me juego el honor.
Además ¿Tú no tienes prisa hoy para coger un ten o un avión o lo que sea
para salir de aquí volando de aquí?

104
16

Carmen abrió la puerta y se encontró con un ambiente que no esperaba.


Había estado en varias ocasiones en la cafetería Luna, pero siempre
temprano, en las primeras horas de la mañana. Entonces la cafetería estaba
llena de trabajadores de todo tipo y especie, funcionarios, empleados de
banca, profesores de una cercana academia, algún que otro alumno y un par
de obreros de los de funda azul que ya la llevaban puesta a tan temprana
hora. Sin embargo, aquel sábado a las cuatro de la tarde, el ambiente era
completamente diferente. En vez de llenar la barra del bar, como ocurría
cada mañana, los clientes ocupaban las mesas que se extendían por todo el
local. Casi todos sentados en grupos de cuarto alrededor de un tapete verde
y con un par de mirones a la espalda. Cada mañana, casi la mitad de los
clientes eran mujeres; aquella tarde, hasta que ella entró, no había ninguna
en la cafetería. Lo que sí había era una neblina azulada que se elevaba hasta
pegar con el techo. Y en lugar del silencio comedido que permitía escuchar
las noticias de la mañana en el televisor u ojear la prensa con tranquilidad,
había una algarabía que la alteró. De modo que cuando la puerta se cerró
tras ella, pensó que se había equivocado de lugar. Lanzó una mirada la
local para ubicarse y cuando se cercioró de donde estaba, dio media vuelta
y se fue. Había sido un error entrar allí.
El aire de la calle le sentó bien. Sólo había estado un instante en la
cafetería, pero el ruido y el humo la habían aturdido. Soplaba viento y
algunas de las gotas de lluvia que habían comenzado a caer le mojaron la
cara. ¡Qué estúpida! ¿Por qué no entraba y se dirigía directamente a
Salvador? ¿Por qué se asustaba por aquel ambiente? Sólo era extraño, nada
más. No había visto a Salvador, pero estaba segura de que estaba dentro. Él
mismo se lo había contado la mañana del viernes poco antes de despedirse.
Los fines de semana por la tarde, partida de cartas en la cafetería Luna. El
Luna, como él decía.
Pensó en dejarlo y caminó unos metros calle arriba, pero se detuvo
en seguida e hizo ademán de girar. Volvió a detenerse. Había pasado la
mañana dándole vueltas a la cabeza y al fin se había decidido, era una
tontería volverse a atrás justamente ahora. Tenía que ser valiente. Se trataba
de entrar en una cafetería y hablar con Salvador, no de tirarse en
paracaídas. Desde que la tarde anterior se había encontrado con Clara
Fanjul, la desconsolada pareja de Froilán Losantos, no hacía más que darle
vueltas a una idea en su cabeza. Dos veces la había visto y notó que las dos
veces la mujer se encontraba tensa. Era evidente que no le había gustado
nada ninguno de los dos encuentros.

105
La tarde del viernes, adormecida en casa y sin saber qué hacer, le
había asaltado una duda. No estaba pensando en Ángel ni en nada relativo a
su pasado reciente, era demasiado pronto para romper la promesa que se
había hecho a sí misma, pero era evidente que su subconsciente trabajaba.
El pensamiento le llegó viendo un programa de televisión de cotilleo y no
alcanzó a comprender la asociación de ideas que le había llevado a ello.
Pero lo cierto fue que comenzó a pensar que si con ella no usaba condón
quién le decía que con la otra lo usaba. Hijo de puta. Y si le había engañado
con una, bien podía haberle engañado con más. Podía haberle contagiado
cualquier cosa. Bueno, intentó tranquilizarse, era poco probable. ¡Pero era
posible!
A las cinco, tras tres llamadas infructuosas, había conseguido una
cita con un ginecólogo a las siete de la tarde. Por primera vez en su vida
había comenzado a insultar a alguien de aquel modo. Hijo de puta, hijo de
puta e hijo de puta. En voz alta y sin importarle que los vecinos pudieran
oírla. Pensó que acaso se le estaban pegando los modales de su nuevo
compañero de trabajo. O acaso resultaba que era la primera vez que alguien
la había engañado de aquel modo.
Estaba tan ansiosa que llegó a la consulta del médico con media hora
de antelación. En la sala de espera había cuatro personas. Entre ellas, Clara
Fanjul. Se miraron, se saludaron y, por la sonrisita social que Clara le
dedicó, se dio cuenta de que no le había gustado nada que la encontrase
allí. Bueno, pensó, hay gente para todo, pero tampoco hay motivo para
avergonzarse por una revisión ginecológica. Decidió que lo mejor era no
dirigirle la palabra, así que se sentó donde no resultase fácil ni necesario
dialogar. Durante un rato la observó discretamente y le pareció tan elegante
como el día en que la había conocido, pero parecía como si sus
movimientos fuesen un poco más torpes y tensos. Pensó que se debía a que
se sentía incómoda por su presencia allí. Eso la convenció de que el día de
la entrevista en su casa no les había mentido. Aquel día, a diferencia de esa
tarde, estaba completamente relajada. Luego, agobiada por sus propios
problemas, se olvidó de ella.
Cuando llegó su turno, el médico la escuchó, la exploró y la
tranquilizó. Sí, había que hacer unos análisis, pero en principio no había
que preocuparse. A las ocho de la tarde sabía exactamente lo mismo que
cuando entró en la consulta, pero como se lo había dicho un extraño con
fama de sabio y aspecto de serlo realmente, salió relajada y, eso sí, con una
receta en la mano.
Tranquila ya y exhalando confianza había optado por dejarse llevar
por la noche que desde hacía ya un buen rato reinaba sobre la ciudad y
había paseado sin rumbo por las calles peatonales llenas de tiendas y de
gente que iba de una a otra. A aquella hora y un viernes, todo, la calle, las
tiendas, estaba atestado. Caminando por aquellas calles tenía una sensación

106
de irrealidad. Veía parejas cogidas de la mano, pandillas de adolescentes,
viejos, niños que se movían a su alrededor y le pareció que todo, las calles,
las tiendas, era un decorado. Que las personas que veía eran figurantes y
ella misma un figurante más, una pieza de la tramoya de no sabía qué
historia. Pero al detenerse y observarlo todo, notó que era un decorado
hermoso. Ojala la historia que ambientaba pudiera ser tan hermosa como el
decorado.
Perdida en sus pensamientos había llegado frente a una farmacia. Las
calles ya comenzaban a vaciarse y decidió comprar los óvulos que le
habían recetado e irse a casa. Era una de esas farmacias que tienen servicio
permanente, de modo que, como ya las demás habían cerrado a aquella
hora, estaba llena de gente. Parecía que había habido una catástrofe natural
que hubiese destruido todos los biberones de Orense porque vio a tres
hombres jóvenes, uno tras otro, salir con un biberón en la mano. Esperó a
que la atendieran dejando vagar la mirada entre las imitaciones de vasijas
antiguas con la que estaba decorada y al cabo de dos biberones más
despachados por la dependienta vio a Clara Fanjul esperando. Clara no la
había visto a ella. La observó y era la misma que había conocido el primer
día. Ya no le quedaba nada de la inquietud que había mostrado en la
consulta del médico. Clara no la vio a ella hasta que la manceba le
despachaba la receta que había tendido. Carmen se adelantó en el saludo
con una sonrisa:
-Parece que hoy nos encontramos en todos los sitios.
Clara le devolvió una sonrisita forzada y falsa. La misma que le
había dedicado en la sala de espera.
-Bueno, ésta no es una gran ciudad…-dijo y recogió rápidamente la
cajita que la dependienta comenzaba a empaquetar-. Deje, no hace falta que
lo envuelva, ya lo llevo en el bolso.
Aquel gesto un tanto brusco hizo que Carmen se fijara en el
medicamento que le habían despachado. Grabo su nombre. Wartec. Vaya
nombrecito, pensó.
Clara se despidió de ella casi precipitadamente y un tanto azorada.
Luego Carmen pasó parte de la mañana del sábado dándole vueltas a
aquel nombre y a la extraña conducta de Clara Fanjul hasta que tomó una
decisión.
Y por eso estaba allí. Parada como una tonta a diez metros de la
puerta de la cafetería la Luna y mojándose con la lluvia que comenzaba a
caer. Tenía que hablar con Salvador. Para eso había ido allí. De modo que
entraría en el local, lo buscaría y… Bueno, lo que fuera.
Abrió la puerta con una decisión que le duró tres segundos al cabo de
los cuales se vio parada al lado de la máquina expendedora de tabaco sin
saber muy bien qué hacer. Seguro que todo el mundo la estaba mirando. Al
fin caminó a la barra del bar y se acomodó en uno de los taburetes. El

107
camarero se le acercó en seguida. Fue el único que se percató de su
presencia. Todos los demás permanecían absortos en sus charlas y sobre
todo en sus juegos.
-Un café con leche, por favor.
Salvador estaba sentado de espaldas a ella, un poco girado a la
izquierda y no podía verla. Tomó el café lo observó un buen rato mientras
se decidía a abordarlo. No estaba muy lejos de él y pudo estudiarlo bien.
Pese a no verle la cara podía imaginar cada una de sus expresiones por los
movimientos que hacía y por lo que podía escuchar de su voz sobre la
algarabía del local. Sabía que tenía un cigarrillo en la boca, aunque no lo
veía y lo imaginaba guiñando el ojo izquierdo que era el lado hacia el que
inclinaba siempre el cigarrillo cuando fumaba con él en la boca. Vio que
sobre la mesa había tres copas, dos con hielo y una ya vacía, pero ninguna
al lado de Salvador. Intuía que entre él y el alcohol había una vieja relación
que presumía tempestuosa. Luego se fijó en los compañeros de juego y
concluyó que todos eran clones de un mismo patrón. Cualquiera de ellos
podía haber sido su compañero. Todos eran diferentes, no se parecían en
nada, sin embargo, a ella le resultaban exactamente iguales en todo. Estaba
segura de que compartían lenguaje, pasiones, fobias y filias.
Después esperó sentada junto a la barra con la esperanza de él la
viese. Pero Salvador estaba completamente absorto con el juego y no
prestaba atención a nada más. Al cabo de un buen rato y con la taza de café
vacía a su lado, se decidió al fin a dar el primer paso. Dejó su atalaya y
caminó lentamente hacia él. Se colocó a su espalda y lo observó unos
instantes. Luego dijo:
-Buenas tardes.
Salvador se volvió y la miró. A su expresión asomó inmediatamente
la sorpresa. Dos segundos después, el fastidio. Había comprendido que algo
no estaba en su lugar y que aquella tarde no podría finalizar su partida.
-¡Carmen!
Dejó el mazo de cartas que tenía en la mano sobre la mesa y se
incorporó.
-¿Ocurre algo?
Carmen hizo un gesto con las manos para tranquilizarlo.
-No, nada-respondió-. Bueno, sí, pero no es nada grave.
Salvador se separó un poco de la mesa y se situó a su lado
volviéndose hacia los compañeros de partida.
-Esta es mi nueva compañera en el trabajo, Carmen. Carmen, estos
son mis compañeros de partida y, bueno, si no fuera porque ahora mismo se
están muriendo de envidia, se podría decir que mis amigos-. Sonrió, hizo
una pequeña pausa y luego comenzó a citarlos por su nombre-: Jorge,
Miguel, Anselmo.
Los tres devolvieron el saludo.

108
-Lo siento, chicos, el deber me llama…-continuó Salvador.
-¡No! No, por favor- intervino rápidamente Carmen-. Yo no tengo
prisa, puedo esperar
Jorge Cosme, el que parecía el mayor de los cuatro se incorporó y
dijo:
-Por favor, por una mujer como tú disculpamos a Salvador el tiempo
que haga falta.
En las mejillas de Carmen se formaron dos chapetas que además de
bella la convirtieron en deliciosamente atractiva.
Salvador dedicó una mirada asesina al compañero de juego. Luego se
giró hacia ella y dijo:
-Vamos, aquí hay demasiado ruido para hablar. ¿Has tomado algo?
-Sí, un café.
-¿Pagaste?
-No, pero no te molestes ya pago yo.
-No es molestia. Pagan ellos-. Se volvió a los compañeros de partida-
Ella tiene un café y yo otro. Os salimos baratos. Muchas gracias-. Comenzó
a caminar-. Vamos
En el corto espacio que los separaba de la calle pensó en todas la
bromas que le caerían encima en la partida el día siguiente. A lo mejor
dedicaba la tarde del domingo a una monumental siesta en vez de jugar a
las cartas.
-Ven, vamos a cruzar. Ahí al lado está el Café de Viena. Un lugar
silencioso y elegante donde podemos hablar tranquilamente.
-De verdad que siento haber interrumpido tu partida. No era mi
intención- dijo Carmen ya sentada en uno de los sillones de mimbre del
Café de Viena.
Joder, entonces, haberte quedado en casa.
-No te preocupes, no tiene importancia. Pero ¿qué ocurre?- replicó
Salvador anhelante. En el fondo podía más en él la curiosidad que el enfado
por tener que suspender la partida.
-Ayer fui al ginecólogo- comenzó a decir Carmen.
¡No te digo! ¡Por eso lloraba el otro día! Ésta está embarazada. ¡Y yo
de paño de lágrimas! ¡Lo que me faltaba! ¡Joder! Quién la preñó que la
aguante ahora. La miró con los ojos tan abiertos que parecía que se le iban
a salir de las órbitas.
-Bueno- continuó Carmen-, mis problemas personales no vienen a al
caso. Lo que quería decirte es que me encontré con Clara Fanjul.
-Ya- los ojos de Salvador ya habían vuelto a su sitio en una
expresión de alivio.
-Y luego me la encontré en la farmacia.
Salvador no se pudo reprimir:
-¿Te la encontraste en algún sitio más?

109
Carmen respondió con toda naturalidad:
-No- un segundo después se dio cuenta de la maldad que incorporaba
la pregunta de su compañero. Se ruborizó un poco-. No, espera. Me parece
que no me estoy explicando bien- dijo completamente azorada.
-Yo hasta ahora he entendido que te encontraste dos veces con Clara
Fanjul, una vez en la consulta del ginecólogo y otra en la farmacia. No es
muy complicado- la voz de Salvador era todo sarcasmo.
Carmen hizo un esfuerzo de concentración.
-Por favor, deja que me explique. Sólo un par de minutos.
-Los que haga falta.
-Me encontré con Clara Fanjul en la consulta del ginecólogo y
cuando me vio se puso nerviosa, como si no le gustase que yo la viese allí.
Luego, cuando la vi en la farmacia, se puso más tensa aún, sobre todo
cuando recogió e medicamento que le despacharon. Por eso me fijé en lo
que compraba. Se llamaba wartec.
-Realmente interesante.
-Por favor…
Salvador se llevó el índice de la mano derecha a la boca en señal de
que se iba a callar.
-El wartec es el nombre comercial de un producto que se llama…-
Carmen sacó una libreta del bolso y la consultó- podofilinotoxina.
-Hostias. No me lo podía haber imaginado nunca.
Carmen intentó no perder la paciencia.
-Espera. La podofilinotoxina se usa para el tratamiento de…- volvió
a consultar la libreta- una infección que se llama… condilomas
acuminados.
Salvador iba a hablar, pero Carmen lo interrumpió.
-Espera. Los condilomas acumi…, bueno, los condilomas son una
enfermedad de transmisión sexual.
-Oye- otra vez el tono de Salvador era completamente irónico-
¿Cómo sabes tanto de enfermedades de transmisión sexual y de los
medicamentos que se usan para tratarlas?
Carmen se puso muy seria. Y un poco colorada.
-Me he pasado la mañana en Internet. Lo he buscado todo en un
cibercafé. No tengo experiencia-. Al acabar de decir la frase no pudo
menos que acordarse de Ángel. A lo peor ahora adquiría conocimientos de
primera mano, por propia experiencia.
-Vale, vale. Veo que te has tomado muchas molestias, pero no
comprendo adonde quieres llegar.
-Espera. He aprendido más cosas. Los condilomas están muy
relacionados con la falta de higiene y, atención, con la prostitución.
Hubo un largo silencio. Salvador se arrellanó en el sillón y encendió
un cigarrillo.

110
-¿Deducimos que fue Froilán quien la contagio?- dijo al fin.
-A mí me parece que ella no es de las que se dedican a engañar.
Además siempre son los hombres…
-Hombre, siempre, siempre… para mí que eso es mitad y mitad.
Carmen reconoció que no era el mejor momento de su vida para
hablar de aquello.
-En este caso, sí.
-Pero si Froilán andaba de putas, alguien tendría que haberse
enterado. Estoy seguro de que el senador hubiera pagado cualquier cosa por
esa información.
-Pues si no se enteró nadie, lo hizo muy bien, pero yo apostaría a que
engañaba a Clara y que la contagió de condilomas.
Salvador dio una larga calada al cigarrillo y miró pensativo el humo
que salía de su boca.
-Pues sí que le dejó una buena herencia… Así que mister perfección
y mister moral echaba canitas al aire. No me imagino cómo, pero puede ser
interesante.
Carmen dejó que su boca formase una sonrisa de satisfacción plena.
En aquel momento se sintió compensada por el mal trago que había pasado
toda la tarde. Él se dio cuenta y sonrió a su vez sin rastro ya de ironía.
-Por cierto- dijo- ¿Qué haces hoy aquí? Es sábado. ¿No tenías que
haber salido disparada de Orense hasta el lunes por la mañana?
La sonrisa se borró del rostro de Carmen.
-Bueno, esa es otra historia.
Salvador la miró muerto de ganas por saber si estaría embarazada o
no.

111
17

La mañana del lunes amaneció gélida, anticipo del invierno próximo.


Cuando abrió la puerta, Carmen recibió una bofetada de aire frío en la cara.
Un segundo antes de salir a la calle había dudado entre ir directamente a la
comisaría o acabar de despertar al nuevo día con una taza de café. El frío
golpe del aire en la cara tomó la decisión por ella. Al entrar en la cafetería
Luna no pudo dejar de pensar en su última visita a aquel lugar el sábado
por la tarde. El murmullo suave sobre el que se alzaba el locutor del
noticiario de la televisión le trajo a la memoria la algarabía de la última
visita. Parecían dos mundos tan diferentes que le resultaba imposible que
cupieran en el mismo espacio, aunque eso era lo que sin lugar a dudas
ocurría. Ojeó la prensa local y comenzó a pensar que aquello se iba a
convertir en una rutina agradable. Cuando miró el reloj y decidió que ya era
hora de salir para la comisaría se le llenó el ánimo de dudas. Durante toda
la tarde del domingo había estado impaciente por encontrarse con Salvador
y planear una estrategia que les permitiese aprovechar lo que ella había
descubierto el sábado. Pero ahora, camino al trabajo, no tenía claro que
hubiese averiguado algo realmente importante. Bueno, sí, Froilán había
tenido relaciones fuera de la pareja y es posible que con prostitutas, pero
eso ¿qué significaba? No lo iban a haber matado por no pagar la cuenta de
un puticlub. Ese era un mundo truculento, pero no en ese sentido. Aunque
lo que realmente le preocupaba era lo que su compañero pensara de ello.
En realidad el sábado por la tarde no le había dicho nada. Le gustaría saber
si lo consideraba importante o no.
Salvador la esperaba fumando. No le dio ni los buenos días.
-Vamos- dijo a modo de saludo- el jefe nos espera.
Había llegado a la comisaría un cuarto de hora antes que ella y sin
tiempo siquiera para acomodarse, lo habían recibido con el mensaje del
comisario.
-Salvador- le había dicho Lola, la secretaria-, que paséis tú y tu
compañera por el despacho de Pombal antes de salir.
Se sorprendió. Era muy temprano para un recado de ese tipo. Pombal
solía dedicar las primeras horas de la mañana a los asuntos burocráticos.
Pocas veces recibía a alguien en su despacho antes de las once. Aquello no
le gustaba nada. Maldito el día que le había encargado el asunto del
periodista. No le iba a dar más que disgustos.
-Vale- respondió a la secretaria.
-Sin falta, dijo. Tú y tu compañera. Y cito literalmente: que no se
ande con historias, que lo conozco.
-Vale, vale. En cuanto venga Carmen, vamos a verlo.
La voz de Lola bajó un poco el volumen y adoptó un tono
confidencial:

112
-¿Qué has hecho? Estaba muy enfadado.
Salvador imitó el sonsonete de la secretaria en su respuesta.
-Le robé los cromos del capitán Trueno.
Ella chasqueó la lengua.
-Este Salvador. Bueno, no falles que luego la que se lleva las broncas
soy yo.
Carmen tardaba en llegar y como no tenía nada que hacer, encendió
un cigarrillo para disipar el aburrimiento. Mientras miraba las volutas de
humo dejó vagar el pensamiento. Seguro que Pombal les había preparado
alguna putada. Un recado envenenado, seguro. Así que dedicó el tiempo de
espera a preparar las respuestas y los argumentos. Pese al descubrimiento
de las infidelidades de Froilán Losantos no pensaba que el asunto diera
para mucho. No había nada que averiguar. Un profesional de Lisboa, doce
mil euros y se acabó el cuento. Ponte a buscar quien pagó la cuenta, esto no
es como en los restaurantes, no se hace factura. Además el tipo era bueno.
Ni una huella, ni una pista interesante. Las dos que dejó eran falsas: la
puerta abierta de modo chapucero, como si no supiera lo que hacía, y un
tiro en el hombro que simulaba mala puntería o algo así. Estaba claro que
lo había hecho a propósito. Había sido un profesional; por encargo de
quien, el misterio del año. Qué importaba que Losantos se fuese de putas.
Era raro, sí, un tipo con tantos enemigos no puede tener secretos, pero…
Cuando Carmen llegó a la comisaría se debatía entre el sentimiento
de satisfacción por haber descubierto la infidelidad de Losantos y la
ansiedad por saber lo que Salvador pensaría de ello. El debate acabó de
repente cuando lo escuchó decir que el comisario quería hablar con ellos,
entonces le recorrió un escalofrío que le heló primero la espalda y luego el
resto del cuerpo. La imagen de Andrade le nubló la vista. Pero se repuso
enseguida. Había vivido demasiado en los últimos días para que ningún
jefe le amargase la vida. Aún así caminó un tanto inquieta hasta el
despacho de Pombal.
Salvador estuvo tentado de saludar al comisario con un “yo no he
hecho nada”, pero el rostro malhumorado que exhibía lo contuvo. Se sentó
sin que lo invitara. Carmen lo imitó.
-¿Se puede saber qué te traes entre manos?- fue todo el saludo del
comisario.
-Yo he hecho nada- respondió Salvador pensando que ya sabía que lo
acabaría diciendo.
-Lo intentaste en una ocasión y te salió mal. Me has decepcionado,
Salvador, no esperaba eso de ti.
Salvador no comprendía nada y Carmen menos.
-¿Se puede saber de qué me hablas?
El comisario resopló.
-No seas hipócrita.

113
-¡Coño! Te aseguro que por una vez en la vida no lo estoy siendo. No
tengo ni puta idea de lo que me hablas.
Al rostro de Pombal asomó un atisbo de duda, auque sólo fue un
instante.
-Eres muy bueno si quieres, Salvador, pero yo soy mejor que tú,
tenlo siempre presente, y te veo venir, ¿vale?- El labio superior le temblaba
un poco y transmitía al bigote una simpática vibración-. Además yo soy el
que manda. Esto es un ultimátum, el caso de Froilán Losantos es tuyo y
punto. Así venga el ministro a decirme que te lo quite. Si vuelves a intentar
algo, te jodo y te empapelo- se volvió a Carmen-. Y tú ya sabes de qué va
eso, así que por la cuenta que te trae, me lo metes en cintura. ¿Entendido?
Ya sabes a lo qué sabe un expediente disciplinario y no creo que te guste su
sabor.
Carmen, pese a no comprender nada, no se atrevía a responder. Sólo
asintió con la cabeza muy seria. Salvador dijo:
-Me lo dices a mi o a ella.
-Salvador no me toques los cojones. ¿Te has enterado de que este es
tu caso?
-Hace unos cuantos días.
-Pues si lo has entendido, no hace falta que te lo vuelva a repetir.
Ahora, fuera de aquí y a trabajar.
Carmen se levantó primero, dispuesta a salir de allí corriendo.
Salvador frunció un poco los labios y se entretuvo antes de incorporarse
muy despacio apoyando las manos en los brazos de la silla. El tiempo que
su compañero tardó en levantarse se le hizo eterno. No veía el momento de
alejarse de aquel despacho.
-Ni aunque venga el ministro a decirme que te retire del caso…-grito
el comisario a modo de despedida-. Antes dimito ¿lo entiendes?
Al salir, Salvador cerró teatralmente muy despacio la puerta para no
hacer ruido poniendo especial interés en que Pombal se diera cuenta.
Luego, lo primero que hizo de vuelta a su oficina fue encender un
cigarrillo. Carmen lo miró preocupada preguntó:
-¿Qué ha ocurrido?
-No tengo ni puta idea. Te juro que yo no he hecho nada que no
sepas.
-¿Entonces?
-Entonces ha ocurrido algo serio que se supone que debemos de
saber, pero que no sabemos… Pombal no se enfada por tonterías.
Durante un buen rato permanecieron los dos en silencio. Al fin
Salvador apagó el cigarrillo y se levantó.
-Tenemos que hablar con Carreiro. El jefe, ¿recuerdas? Lo conociste
el día que comenzaste a trabajar aquí.

114
El inspector jefe Carreiro tenía el despacho puerta con puerta con el
del comisario Pombal y Salvador no quería encontrarse allí con él. Miró el
reloj. Bueno, en poco más de media hora saldría a tomar el primer café de
la mañana. Carreiro era un fumador muy disciplinado y no fumaba nunca
en el trabajo. No le parecía correcto. Lo único que le disgustaba del
comisario Pombal era el apestoso olor a tabaco que había siempre en su
despacho. Por eso, cada mañana salía tres veces de la comisaría. Tres tazas
de café y tres cigarrillos en la cafetería Nevada.
-Vamos a tomar un café- dijo Salvador ya en pie.
Carmen aceptó encantada la sugerencia. Estaba aún temblando y
envidiaba la sangre fría de su compañero, pero le desorientaba su aparente
despreocupación. Les caía una bronca tremenda del jefe sin saber la razón y
lo primero que se le ocurría era tomar un café.
Cuando tomó la taza en sus manos aún le temblaban y estuvo a punto
de derramar el contenido. Carmen la depositó sobre la mesa y estuvo a
punto de comenzar a llorar. Los ojos se le llenaron de agua y le costó
trabajo contener las lágrimas. Sintió una rabia tremenda que le crispó el
gesto.
-Bueno, mujer, no te preocupes- dijo Salvador al ver que había
dejado la taza de aquel modo sobre la mesa y al mirarla a la cara-. No pasa
nada porque nos chille, en el fondo… bueno, quiero decir que no vamos a
llegar a las manos, vamos-. Se sentía tremendamente violento ante la
posibilidad de comenzase a llorar en su presencia.
Ella reconoció el esfuerzo por consolarla y lo miró con una sonrisa
de agradecimiento.
-Es que estoy muy sensible últimamente-dijo pasando las manos por
el borde de los párpados.
Está embarazada. Seguro. Por eso tiene el llanto tan fácil.
-Pues toma el café y despreocúpate.
El inspector jefe Carreiro apareció en la cafetería un instante
después. Salvador lo agradeció enormemente. No le apetecía nada estar a
solas con ella en aquellas circunstancias. Temía que en cualquier momento
comenzase a llorar. Carreiro no los vio y se situó en pie frente a la barra.
No tenía ninguna intención de sentarse. Era un café rápido. El tiempo justo
para un cigarrillo. Salvador se le acercó y le pidió que les acompañara.
Cuando se sentó junto a ellos, Carmen ya estaba completamente
recuperada.
-Quería hablar contigo fuera de la comisaría-dijo Salvador cuando
Carreiro se hubo sentado a su lado.
-No creo que…
-No, no es por nada, pero después de la bronca de esta mañana no
quería que habláramos al lado del despacho de Pombal- interrumpió
Salvador la frase que intentaba articular el inspector jefe-. No te preocupes,

115
no te voy a meter en ningún compromiso. Se que eres un hombre leal al
mando y lo respeto.
La expresión no le gusto mucho, pero respondió:
-Bien. Tú dirás…
El camarero se acercó con el café de Carreiro. Salvador calló un
momento.
-Bueno, pues ha ocurrido algo que me atañe directamente y
desconozco y espero que tú me informes. Hablar con Pombal en este
momento es poco menos que imposible para mí.
-Vamos, Salvador…- era evidente que el inspector jefe Carreiro se
había enterado de la bronca de Pombal.
-Haz el favor, no presupongas nada. Dime qué ha pasado para que
Pombal se ponga de ese modo conmigo. Te juro que no he hecho nada.
Conscientemente, al menos.
El inspector jefe miró a Salvador con gesto de incredulidad, pero vio
en su rostro una expresión de franqueza que le hizo cambiar de actitud. Dio
un sorbo al café y preguntó:
-¿Os importa que fume?
Carmen negó con la cabeza. Salvador, por toda respuesta encendió
un cigarrillo.
-Entonces supongo que lo que no sabes es que esta mañana el
senador Zurcidó telefoneó a Pombal para informarse sobre la marcha de la
investigación y de paso decirle que no estaba satisfecho de cómo la estabas
llevando.
Salvador calló y miró a Carmen con gesto de sorpresa.
-Era eso…- dijo al cabo de un rato.
-No, no sólo eso. El motivo de la llamada era sugerir que te apartara
del caso.
-¿Zurcidó quería que me apartara del caso?- Repitió Salvador.
-Así es.
-Pero ¿por qué?
-Eso tú sabrás…
-¡Joder! Pero si no hemos hecho nada. Ni hemos vuelto a hablar con
él. Esto es la hostia.
Carreiro se incorporó.
-Bueno, ya sabes lo que ha ocurrido. Ahora creo que es mejor que
vuelva a mi trabajo. Si quieres saber algo más, se lo preguntas directamente
a Pombal- dijo a modo de despedida.
Salvador le agradeció la información y esperó un poco antes de
volver a la comisaría. Quince minutos después, sentado frente a la mesa de
trabajo, encendió un nuevo cigarrillo. Así que el senador había llamado a
Pombal y Pombal había pensado que era una nueva maniobra suya para que
lo apartaran del caso. Se sintió ofendido y sintió ganas de irrumpir en el

116
despacho del comisario a explicarle que el nunca se repetiría de ese modo.
Si quería dejar el caso, lo dejaba y encima le darían las gracias. Pombal lo
había subestimado. Miró a Carmen para evitar cabrearse.
-¿Cómo lo ves?
Ella le daba vueltas en la cabeza a todo lo que había ocurrido aquella
mañana. Había olvidado ya todo el miedo que había sentido tras hablar con
el comisario e intentaba comprender
-¿Hemos descubierto algo?
-Efectivamente. Hemos descubierto algo importante, pero no
sabemos lo que es. La cuestión es: qué sabemos que el senador no quiere
que sepamos.
-Podríamos empezar por ordenar lo que sabemos.
Salvador apagó el cigarrillo que se consumía entre sus dedos y miró
al agente Fernando Andrés que los observaba desde el otro lado de la sala.
-¡Pero si no sabemos nada!-dijo-. Vamos a ver, nadie vio nada, nadie
ha oído nada, sólo hemos descubierto que puede que Losantos anduviera de
putas y que un tipo de pelo cano y chaquetas…
La frase quedó en el aire, Carmen lo miró esperando que la
terminase, pero él ya no estaba allí en aquel momento. De pronto, como si
alguien hubiese accionado un interruptor en su cerebro, sintió un fogonazo
que lo iluminó todo. Fue como una revelación. Sacó la libreta de notas del
bolsillo y buscó con urgencia una página, la leyó y se quedó mirando al
techo. Tenía que ordenar en su cabeza todas las ideas que le envolvían
como un torbellino. Carmen lo miraba desconcertada.
-¡Hostias!- exclamó al cabo de un buen rato, se puso en pie como si
le hubiese saltado un resorte y continuó-: vamos a tomar un café.
-¡Pero si acabamos de venir!
-Pues tomamos otro. La cafeína es muy buena. Despeja la mente y a
nosotros nos hace mucha falta.
Carmen intuyó que no debía de preguntar nada y mantuvo silencio
hasta que estuvieron en la calle.
-¿Qué pasa?
-Que soy gilipollas. Cómo no había caído antes. El hombre de pelo
cano es Selmo el Cabezapera.
-Ya- el gesto de Carmen fue muy expresivo.
-Ven, vamos al Nevada. Te lo cuento y así ordeno mis pensamientos.
Con un nuevo café frente él y un cigarrillo en la mano, Salvador
comenzó a hablar:
-La vecina del muerto confundió a un macarra con un gay. Anselmo
Alija, cocido por sus amigos como Selmo y por sus enemigos como el
Cabezapera, es un empresario del sexo que tiene un puticlub en la carretera
de Vigo a ocho o diez kilómetros de aquí. Es muy famoso en según que
ambientes. Además tiene otro club aquí, al otro lado del río. En un tiempo

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debió de andar en asuntos de cocaína, pero creo que descubrió que el
comercio del sexo también da mucho dinero y es legal.
-O sea, que es el dueño de los condilomas.
Salvador rió con ganas.
-Es muy posible ¿no? Si, como dijiste, tienen relación con la
prostitución…
-Vale, pero ¿qué tiene que ver eso con el senador? ¿Por qué quiere
separarnos del caso? Y sobre todo ¿cómo se ha enterado de sabíamos lo
que ni nosotros sabíamos que sabíamos?
Salvador se dio cuenta de que había empleado el plural. Apartarnos
del caso. Calló un momento y luego respondió:
-Primero la última pregunta: Fernando es el chivato del senador en la
comisaría.
-¿Lo sabías?
-No. Lo acabo de descubrir. Espera, no digas nada. Ha sido un flash.
Cuando estábamos hace un rato en la comisaría se juntaron en mi cabeza
tres cosas: yo estaba mirando a Fernando que nos miraba a nosotros al
tiempo que repasaba lo que sabíamos y dije lo de irse de putas y el hombre
de pelo cano. Se me vino a la cabeza el Cabezapera, que hablamos de lo
mismo el viernes y que Fernando estaba, como siempre, a la escucha.
Nosotros no sabíamos quien era el hombre del pelo cano, pero cuando
Fernando informó a su patrón de que teníamos ese dato, el senador sí sabía
de quien hablábamos. ¿Entiendes?
Era todo muy lógico.
-Entiendo- dijo Carmen-, pero ¿qué relación puede tener el senador
con el tal Cabezaloquesea?
-La mejor manera de encontrar un matón para encargar un asesinato
es a través de un macarra- afirmó Salvador muy serio.
-Ya, claro-respondió Carmen-, por eso el macarra va a visitar a la
víctima casi todas las semanas. ¿No fue eso lo que dijo la vecina? Lo había
visto ir a su casa repetidamente. A lo mejor le iba a preguntar por sus
preferencias en materia de asesinos. Hay gente muy escogida para esas
cosas y no les gusta que les mate cualquiera.
Salvador calló. Joder con la niña. Apuró el café e hizo el gesto de
encender otro cigarrillo, pero se contuvo.
-Bueno, eso nos lo tendrá que explicar el propio Selmo Cabezapera.
De momento vamos a asegurarnos de que efectivamente el individuo de las
chaquetas de colores es él.
En la comisaría tardaron un buen rato en encontrar en el archivo una
foto de Anselmo Alija sin que Fernando Andrés se enterase. Mientras
Salvador buscaba, Carmen, muy a su pesar, le dio conversación. Luego
volvieron al barrio donde tenía su casa el muerto. Salvador condujo el
coche sin dejar de silbar en ningún momento. Parecía exultante. Era la

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primera pista significativa que tenían y le había molestado realmente el
reproche del comisario. Se iba a enterar Pombal de quien era Salvador
Montaña. Ahora por lo menos sabían por donde mirar, aunque no supiesen
aún lo que buscaban.
-¿Recuerdas qué casa era?- preguntó al bajar del coche.
Carmen señaló con la mano.
-Espero que tengamos suerte y esté nuestra amiga.
-Seguro que está y además ya nos ha visto con el telescopio que debe
de tener.
La mujer que le había dado la precisa información sobre el visitante
nocturno los recibió encantada.
-Ese, ése es. Ese es el hombre de quien les hablé. Lo mato él
¿verdad? Ya les dije yo que era gay. Seguro que fue un crimen pasional.
Yo tengo mucha intuición para estas cosas.
Además de sentirse importante, la mujer se sentía realmente
agradecida a aquellos policías que la habían creído y se habían tomado en
serio sus palabras.
Les costó despedirse de la colaboradora ciudadana y cuando subieron
de nuevo al coche ya era muy tarde.
-Tengo un hambre de muerte- exclamó Salvador al arrancar el coche.
Un segundo después de haberlo dicho se había arrepentido. Por nada del
mundo querría quedarse a solas con aquella mujer durante una hora o más y
sin nada profesional que hacer. Era mucho más de el tiempo que podría
mantener una conversación insulsa con nadie. Y estaba seguro de que
cuando agotaran los temas banales, Carmen comenzaría a hablar del
problema de su embarazo. Porque Salvador no tenía dudas de que el
embarazo que presumía era un problema para su compañera.
Carmen temió que aquello fuera una invitación. Francamente,
también se sentía hambrienta, pero la idea de comer con él la aterró.
-Yo, la verdad, no tengo hambre- dijo.
Salvador recibió la noticia con tranquilidad y en lo más íntimo de sí
confirmó la sospecha de que estaba embarazada.
-¿Tienes nauseas?- la pregunta se le escapó sin pensar.
Carmen lo miró extrañado.
-No, no. Es sólo que no tengo apetito.
-Mejor. Bueno, mañana no hace falta que madrugues. Los chulos
tienen una jornada laboral diferente a la del resto de los mortales. Vamos a
vernos a las doce, a esa hora a lo mejor ya tenemos disponible al
Cabezapera. A las doce o doce y media en el Luna. ¿De acuerdo?
-De acuerdo- dijo Carmen mientras se preguntaba si tendría cara de
enferma.

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La mañana era fresca y agradable. El cielo había amanecido


completamente despejado, no soplaba viento y el sol otoñal calentaba aún
con cierta fuerza. Carmen se levantó temprano pese a no tener prisa. Hacía
ya muchos días que las madrugadas se habían convertido en un verdadero
suplicio y no hacía más que mirar el reloj en la penumbra del dormitorio
hasta que llegaba la hora de levantarse. Cada noche caía en la cama muerta
de cansancio y no le costaba dormirse, pero se despertaba antes de que
amaneciese y ya no conseguía volver a conciliar el sueño. No quería darle
importancia. Sabía que era lógico y normal lo que le ocurría, que tendrían
que pasar muchos días más antes de que recuperase su ritmo habitual de
vida. Eran demasiadas cosas las que le habían ocurrido en muy poco
tiempo y tenía que ser paciente.
Como no tenía nada que hacer y la mañana era agradable, la dedicó a
pasear sin rumbo por el centro de la ciudad y a mirar escaparates. En el de
Antonio Pernas vio una falda que le suplicaba que la comprase y no pudo
reprimir el impulso. La compró. Treinta minutos después, cuando llegó a
casa, tampoco pudo reprimirse y decidió estrenarla. ¿Quién podía
asegurarle que llegaría viva a aquella noche? Entraba dentro de lo posible
que aquel fuera su último día en la tierra y sería una pena que una falda tan
elegante quedase sin estrenar. Bueno, a lo mejor parecía un poco más corta
que cuando la lucía el maniquí, pero la caída era perfecta y el día, un
fantástico día de otoño como aquel, se lo merecía.
A las doce, puntual, con su nueva falda y un jersey de cuello alto que
se ceñía lo justo, se presentó en la cafetería Luna. El local estaba casi vacío
a aquella hora, sólo tres jóvenes opositoras de la cercana academia
charlaban y fumaban en una de las mesas. Salvador se retrasó, así que tuvo
tiempo de leer el periódico tranquilamente. Se estaba aficionando a la
prensa local. Las tres primeras páginas de la Opinión estaban dedicadas al
proyecto del polígono Sur y se enfrascó en la lectura de los pros y los
contras de un proyecto que en realidad no le importaba en absoluto.
Cuando Salvador llegó a la cafetería hacía ya más de media hora que
había sonado el Ángelus. La vio sentada en uno de los taburetes que
rodeaban la barra concentrada en la lectura. Al cerrarse la puerta, el sonido
la distrajo, se volvió hacia él y se incorporó suavemente. Al verla su rostro
dibujó una sonrisa involuntaria que se reflejó en el de ella. Luego, aunque
al principio intentó evitarlo, la observó de pies a cabeza y caminó hacia ella
disfrutando de la maravillosa vista. Aquella mañana estaba realmente
impresionante. La saludó lacónicamente.

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-Qué tal.- dijo. Le hubiera gustado añadir: hoy estás preciosa.
Realmente sería un piropo sin ninguna oculta intención, pero calló. Estaba
seguro de que sería malinterpretado.
Carmen cerró el periódico y devolvió el saludo con una sonrisa
interior. No le cabía ninguna duda de que había causado un gran efecto en
su compañero. Con disimulo se miró a los pies. A lo mejor se había pasado
con la falda y era excesivamente corta. Miró a Salvador y vio que él le
devolvía la mirada a los ojos. Bueno, la falda no era tan corta, entonces.
-Tomo un cafelito, fumo un cigarro y nos vamos.
Carmen observó como se sentaba a su lado y abría el periódico sin
prisas. Miró el reloj. Podía haberse disculpado por el retraso, pensó. La
simpatía que el impacto de su aspecto había causado en él se desvaneció
por completo al ver como se desentendía de ella y leía el diario mientras la
atufaba con el humo del cigarrillo. Se separó un poco. Le apetecía
interrumpirle en la lectura.
-¿Lo conoces?- preguntó.
-¿Al Cabezapera?- respondió con otra pregunta sin levantar la
cabeza. Luego calló y continuó enfrascado en la lectura.
El humo del cigarrillo la perseguía. Se movió hasta sentarse al otro
lado de Salvador. Él ni se inmutó.
-Sí, al macarra.
Salvador la miró sorprendido al ver que ahora estaba a su lado
derecho.
-No, no lo conozco personalmente. Para según qué cosas soy muy
escogido- respondió y cerró el periódico- ¿Qué haces a ese lado?
Carmen miró al cigarrillo que sostenía con la mano izquierda.
-Lo siento. Vamos. Supongo que a estas horas ya estará en el club.
Tiene fama de ser un hombre de negocios muy responsable.
Se acercaron al club caminando.
-No merece la pena coger el coche. Está ahí al lado- dijo Salvador
cuando dejaron la cafetería.
El local se llamaba Scorpio y estaba en un sótano en una calle
estrecha y oscura incluso aquella soleada mañana. La calle estaba al otro
lado del río y el paseo hasta allí fue muy agradable. Cruzaron
pausadamente por el puente viejo. Las orillas del río estaban a aquella hora
llenas de grupos de mujeres ya mayores que caminaban por el paseo fluvial
a ritmo de marcha. Casi todas vestían chándal y punteaban de colores el
verde de las orillas. Vieron también a derecha e izquierda los nuevos
puentes que parecían escoltar al viejo. Hicieron casi todo el recorrido en
silencio. Cerca ya del local Carmen preguntó:
-¿Crees que este hombre nos dirá algo?
-Por las buenas, no- respondió Salvador.

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Durante un instante ella pensó que lo iba a torturar. Él pareció leerle
el pensamiento.
-Habrá que engañarle, porque yo pegarle no pienso. No sé qué idea
tendrás tú.
Carmen lo miró sorprendida. Tardó un segundo en comprender.
-Bueno, si sabe algo…
-Saber, seguro que sabe hasta latín. La cuestión está en si nos
interesa lo que sabe.
Para entrar en el local había que bajar tres peldaños y recorrer un
pequeño pasillo decorado con fotografías de supuestas artistas muy ligeras
de ropa. La puerta estaba abierta y las luces del local casi todas apagadas.
Salvador entró primero. Aún olía al tabaco, al alcohol y al sudor de la
noche anterior. Tras la barra un hombre joven secaba y colocaba el menaje
en su sitio. Al verlos se detuvo con un vaso en la mano.
-Estamos cerrados. Abrimos a las siete.
Carmen se detuvo un instante. Salvador continuó caminando
impasible. Ella lo siguió inmediatamente.
-Pues la puerta estaba abierta.
El joven se dio cuenta de que no eran clientes.
-¿Qué quieren?- preguntó.
-Hablar con el dueño.
-El dueño no está.
-Pues lo vas a buscar- dijo Salvador con una brusquedad y firmeza
que amedrentó al camarero.
El joven dejó el vaso sobre la barra y salió por una puerta en la que
lucía un letrero con el texto de “privado”. Un instante después se abrió la
puerta nuevamente y apareció un hombre no muy alto, de pelo cano que
vestía una chaqueta amarilla con rayas verdes. Su presencia llamaba la
atención poderosamente. Carmen lo miró con detenimiento buscando el
pendiente del que le había hablado la vecina de Froilán Losantos, pero no
lo vio.
-¿Anselmo Alija?-Preguntó Salvador.
-Sí, señor. Y usted es…- respondió el hombre.
Se miraron a los ojos. El dueño del local no parecía sorprendido por
la visita. Sonreía con suficiencia y con un leve pestañeo transmitía cierta
impaciencia, como si fuese un hombre muy ocupado y su tiempo lo más
valioso del mundo. Era evidente que estaba esperando a los dos policías.
-Subinspector Montaña. Mi compañera, la agente Martínez.
-¿A qué se debe el honor?
Salvador tardó en responder. Se encontraban los tres en pie en la
penumbra del local y así permanecieron un instante. Anselmo Alija desvió
la mirada a Carmen. Justo cuando Salvador iba a hablar lo interrumpió.
-Carlos, enciende la luz- gritó al camarero.

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En la oscuridad el club tenía algo de misterioso y perverso y hasta
cierto encanto, pero al recibir toda la luz lo perdió todo y se mostró como
un lugar feo, sórdido, frío y ajado.
-Investigamos la muerte de Froilán Losantos- dijo al fin Salvador-, a
eso se debe el honor de nuestra visita.
Anselmo miró a Carmen con descaro. Ella notó la mirada del
proxeneta pasear sobre su cuerpo y casi tuvo una sensación física, como si
la mirada la tocara. Fue repugnante. Se sintió mal. Primero avergonzada y
luego, poco a poco, cada vez más enfadada.
-Pues se la podían haber evitado. Yo no tengo nada que ver con eso-
contestó el dueño del club mirando fijamente a Carmen.
Ella sintió la mirada del tratante de ganado tasar el animal que va a
comprar o, mejor, el que ve por la calle y no le pertenece, pero le calcula el
beneficio. No era la mirada de deseo de un hombre. Esa hasta le podría
haber alagado, era la mirada del traficante de esclavos. La estaba tasando
como mercancía. No le quedó ninguna duda. Lo miró a los ojos con
desprecio. Hubo algo en ella que la empujó a hablar.
-Ah ¿Sí?- dijo-. Pues es curioso que no sepa nada porque nuestra
información lo sitúa en el lugar adecuado justo el día y la hora adecuados-.
Mientras hablaba tuvo la sensación de que era otra persona la que decía
aquello, no era ella. Además no era cierto lo que decía, pero sentía tanto
odio en aquel momento que tuvo que hacer lo que una fuerza desconocida
le empujaba a hacer.
Salvador giró la cabeza tan rápido que se podía haber roto el cuello.
No podía creer lo que estaba oyendo y viendo. Carmen miraba impasible a
los ojos de Anselmo Alija sosteniendo la mirada con descaro. Salvador
desvió la atención hacia el y notó que no fue capaz de sostener la mirada de
Carmen. Desvió los ojos al contestar.
-No me diga…
Pero la voz le tembló. Fue un trémolo casi imperceptible, pero los
sentidos de Salvador estaban tan alerta que no pudo dejar de sentirlo.
¡Hostias!, pensó, éste estuvo el sábado por la tarde en la casa.
-Te lo dice ella y lo corroboro yo. Te vieron y además la casa está
completamente decorada con tus huellas. Tenemos tantas que estamos
pensando en montar una exposición.
Anselmo Alija se estaba poniendo pálido, su cara iba tornando al
color de la chaqueta.
-Yo no he tenido nada que ver con esa muerte.
-Puede que sí y puede que no. Nosotros sólo hemos venido a decirte
que estamos detrás de ti.
-No me importa. No tengo nada que ocultar
-Me alegro, eso significa que facilitará nuestro trabajo. Buenos días-
dijo Salvador. Luego se volvió a Carmen-. Vamos.

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Dicho esto, se giró y se encaminó a la puerta. Carmen no comprendía
por qué había terminado tan rápido la conversación, pero lo siguió
inmediatamente.
Cuando de encontraron en la calle, ella notó que le sudaban las
manos y el corazón le latía desbocado. Comenzaron a caminar en silencio.
-Has estado bien- dijo Salvador al cabo de un buen rato-, pero la
próxima vez me avisas. No me esperaba lo que has dicho ¿cómo se te
ocurrió?
Esa era una pregunta sin respuesta. No se le había ocurrido de
ninguna manera y no le podía explicar todo lo que había pasado por su
cabeza. No lo entendería. Inspiró un par de veces profundamente y se
detuvo un momento. Otra inspiración y tuvo la sensación de que ya había
sacado de su pecho todo el viciado aire del local. Salvador caminó un par
de pasos antes de ella lo detuviera con sus palabras.
-No sé por qué no le has presionado. ¡Ese hombre estaba allí cuando
lo mataron!
-Podías haberlo presionado tú. Por mi no habría habido problema. No
soy celoso.
Ella calló. Salvador se sintió un poco cruel.
-Bueno…- Carmen intentó decir algo.
-Era broma- interrumpió Salvador-. Necesito pensar. Esto no nos lo
esperábamos. Dame quince minutos, ordeno los pensamientos y hablamos.
Caminaron en silencio un buen trecho. Carmen estaba convencida de
que aquel chulo sabía algo de la muerte de Losantos. Si no era él el
responsable. Se le notaba en la voz. Mentía.
Volvieron a cruzar el puente viejo. Carmen mirando el paisaje,
Salvador reconcentrado en sus pensamientos. Cerca de la comisaría, se
detuvo un momento, la miró y dijo:
-Ahora me tomaría una cerveza.
-Bueno- asintió Carmen. Era una mañana agradable para tomarse una
cervecita. Incluso en una terraza.
-Pero no me la voy a tomar.
-Bueno- repitió Carmen con una sonrisa en la boca-. Todo lo dices
tú. ¿Ya has pensado bastante?
-He pensado.
-¿Y…?
-Y, bueno, sabemos bastantes cosas. La primera. ¿Te fijaste que no le
sorprendió nuestra visita?
¿Se había fijado? La verdad era que no. Sólo se había fijado en la
repugnante mirada que le había dirigido.
-Sinceramente, no.
-Pues nos estaba esperando. Sabía que íbamos a ir. Y además de ti y
de mi ¿Quién más lo sabía?

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Carmen lo miró pensativa.
-¡El senador!- grito.
-Exacto. Nuestro amigo Fernando le informó de que sabíamos que el
Cabezapera había visitado al muerto y él, además de llamar al comisario
para que nos apartara del caso, le avisó de nuestra posible visita. Por eso
hoy no se ha sorprendido al vernos.
Carmen asintió con la cabeza.
-Es la única explicación-dijo.
-Por ahora. Pero, bueno ¿qué más sabemos?
-¿Que el sábado por la noche estuvo en casa del periodista?
-Exacto, pero estoy seguro de que no tuvo nada que ver con su
muerte. ¿Sabes? Lo noté nervioso, pero me da la sensación de que no es
por que lo pilláramos sino por que le colgáramos el muerto. Por eso no
quise seguir la conversación con él. Por un lado tenemos que dejar que se
vaya asustando él solito e intente defenderse. A lo mejor mete las patas. Por
otro lado, la próxima vez que lo veamos, tenemos que saber muchas cosas
sobre su vida. Aquí está pasando algo muy raro y me da en la nariz que
nada es lo que parece.
Carmen lo miró pensativa, asimilando lo que había dicho. Tuvo la
sensación de que Salvador había elaborado un plan.
-Y ahora ¿qué hacemos?- preguntó.
Él miró el reloj antes de contestar.
-De momento vamos a comer. Y a las cinco nos vemos en la
comisaría. Pero no comas mucho que la tarde va a ser reposada y aburrida.

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En cierto modo sintió que estaba traicionando a su compañera,


aunque no tardó demasiado tiempo en justificarse. Por un lado, lo que iba a
hacer no era una auténtica traición, no le ocultaría nada; por otro, si le
fallaba Eduardo, se quedaría comiendo a solas con ella y eso era algo que
no le apetecía nada. En realidad, no era sólo que no le apeteciera, era que lo
temía. Se imaginó frente a ella con un plato de lentejas de por medio y todo
el silencio del mundo y casi se echó a temblar. Día a día compartían
muchas horas, pero siempre estaba cubierto por una capa de trabajo que lo
protegía. Si buscaban a Eduardo para comer con él y no lo encontraban,
quedaría al descubierto durante un par de horas. No podía apartar de la
cabeza la imagen de Carmen aquel sábado por la noche, empapada y
llorando como una desconsolada y la idea de que aquella escena volviera a
repetirse le angustiaba. No, de ningún modo podía arriesgarse a quedar a
solas con ella sin que el trabajo mediase entre ellos.
Tuvo suerte y no le constó trabajo localizar a Eduardo. Bueno,
lástima que ella se haya ido ya, pensó, ahora la comida será completamente
profesional. Hubiera preferido que ella estuviera también. Cuando se sentía
protegido por el trabajo, su presencia no le disgustaba. Además, con la
presencia de otra persona, todo lo íntimo y personal desaparecería.
Eduardo Gutiérrez era bastante mayor que Salvador y un poco más
alto que él. Completamente calvo, pero con el poco pelo que le quedaba
cortado demasiado largo y de un color blanco amarillento que le daba un
aspecto pajizo. Tenía la cara redonda, completamente acorde con lo que se
esperaba de la barriga que exhibía, y un bigotito recto del mismo color que
el pelo, pero si acaso un poco oscurecido por el humo de los cigarrillos que
fumaba. Era el policía más antiguo de la comisaría y se había pasado la
mayor parte de la vida profesional en Orense donde también había nacido.
Lo sabía casi todo de casi todo el mundo. Al menos de casi todo el mundo
que no fuese todo lo bueno y honrado que había que ser. Como Salvador
quería enterarse de todo lo que fuera posible sobre los secretos que pudiera
tener Anselmo Alija la mejor opción era sin lugar a dudas Eduardo
Gutierrez.
Lo encontró en la cafetería Nevada. Por la hora que era, supuso que
si no pasaba nada extraordinario, estaría allí despachando una cerveza o un
par de ellas. Y allí estaba. Grande, gordo, con su cuerpazo reclinado sobre
el mostrador. A su lado otro policía, Carlos Suárez, gesticulaba
aparatosamente y hablaba a voz en cuello carcajeándose a la vez.
-Debe de ser algo muy divertido- dijo Salvador a modo de saludo
cuando estuvo frente a ellos.
Carlos cesó en sus gestos y lo miró aún con la sonrisa en la boca.

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-¡Hostia! El subinspector Montaña. El policía más jodido de todo el
noroeste- respondió Eduardo-. Tómate una cervecita con nosotros. ¿Otra,
Carlos?
El aludido miró el reloj y lo señaló al responder.
-No, se me hace tarde. Yo tengo obligaciones, no soy como tú que no
tienes que rendir cuentas a nadie. Cuéntale a Salvador lo del jefe. Le va a
hacer gracia.
Carlos apuró el vaso de cerveza y se fue, aún riendo.
-¿Qué pasa con el jefe?- preguntó Salvador.
-Nada, gilipolleces de Carlos. Pero, bueno, qué es de tu vida. Desde
que volviste de la baja no hemos coincidido. No te he visto ni en la
comisaría, pero sí me he enterado de que tienes un bombón de compañero.
Seguro que por lo menos te alivia de los disgustos del trabajo. Un par de
cervecitas ¿no?
Aliviarme. Si tú supieras…, pensó. Lo único que hacía era
complicarle la vida con sus llantos. Se olvidó de Carmen y respondió:
-No. Yo no quiero nada.
-¡Salvador, no me jodas!
-De verdad.
-Esta sí que es buena, Salvador Montaña rechazando una cerveza. Si
se entera Carlos se ríe más de ti que de los cabreos de Pombal.
Así que por eso eran tantas risas.
-¿Esta muy enfadado el jefe?
-Inaguantable.
Salvador tuvo la seguridad de que aquel malhumor tenía relación con
él. Seguro que el senador había insistido en que abandonara el caso y como
Pombal era terco como una mula…
-Habrá que mantenerse lejos de la comisaría, más vale no provocar a
la bestia.
-Más vale.
Eduardo encendió un cigarrillo y le ofreció el paquete al tiempo que
decía:
-No me digas que no fumas…
Si me llegas a ver hace quince días…
-Hay cosas que no cambian- dijo Salvador y tomó un cigarrillo de los
que le ofrecía. Luego continuó-: Bueno, ¿dónde comes hoy que ya es hora?
-Hoy como donde siempre, Salvador. El único día que cambio es el
sábado que Federico me cierra por descanso.
-Ah. Pues te acompaño. Hoy se me ha pegado el arroz y no tengo
otra cosa.
Eduardo lo condujo a un bar situado en una calleja estrecha, húmeda
e inclinada. En una fachada de piedra se abría una puerta metálica con
cristales cubiertos de carteles que anunciaban de todo, desde el menú del

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día hasta el partido de fútbol del próximo domingo. Sobre la puerta lucía un
cartel que anunciaba la taberna de Federico. El local estaba completamente
abarrotado de humo y clientes. La única mesa libre estaba al fondo del
salón y era una con un solo servicio. Eduardo saludó a un par de
comensales y se dirigió directamente hacia ella.
-Bueno, pues hoy comeré en compañía. La verdad es que no estoy
muy acostumbrado- dijo tras acomodarse en su silla.
-Aunque no estés acostumbrado me pedirás cubiertos y plato para mí
¿no? Supongo que no tendré que compartirlos contigo.
-Bueno, eso depende de si te portas bien y me cuentas a qué debo tu
compañía.
Salvador encendió un cigarrillo y dejó la cajetilla sobre la mesa y en
actitud de oferta la acercó a su compañero.
-Si es por eso, no te preocupes- dijo-. No te estoy preparando
ninguna putada.
Eduardo tomó el cigarro que le ofrecía.
-No. Si no me preocupo. A mi edad ya no me prepara putadas nadie.
Es sólo curiosidad.
Un camarero casi adolescente interrumpió la conversación. Se acercó
a la mesa con un par de platos y una servilleta que colocó delante de
Salvador. Luego, con un lápiz y una libreta en la mano, cantó el menú de
memoria. Era tan joven que parecía recitar una lección en la escuela. Los
dos pidieron la sopa y el filete.
-Para beber, vino para los dos ¿no?- dijo el joven camarero tras
anotar la comanda.
-Para mí, agua- dijo Salvador.
Eduardo lo miró con sorpresa, era la segunda vez en menos de una
hora que rechazaba tomar alcohol. Pero no dijo nada, sólo asintió
levemente con la cabeza como si pensara: me alegro, ya era hora de que
tomases esa buena decisión.
Durante un momento permanecieron los dos en silencio. Ambos
dieron una calada el cigarrillo al mismo tiempo. Parecían meditar sobre lo
mismo.
-Bueno- dijo al fin Salvador tras la calada-, me imagino que te
estarás preguntando qué hago aquí, porque supongo que guapo no te crees
y en edad de merecer ya no estás-. El otro asintió con una sonrisa que le
estiraba el bigote-. Pues el motivo de que disfrutes de mi agradable
compañía es que necesito saberlo todo sobre el Cabezapera. Principalmente
si hay algo comprometedor.
-Anselmo Alija, alias Selmo el Cabezapera…-dijo Eduardo apurando
su cigarrillo-. Poco hay que saber: un hijo de puta chulo y tonto que para
colmo de males se cree listo.

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-Ya veo que te gusta. Pero eso es lo mismo que yo sé y que es de
dominio público. Dime cosas nuevas. He oído que tuvo una historia con
doña perica.
-Bueno, vamos a ver, déjame que haga memoria. Hace años- se
señaló el ombligo-, aún no me había salido esto, bueno, si me había salido,
pero era más pequeña
-Eduardo…
-Bueno, el caso es que estuvo relacionado con el asunto de la
Rotonda. Aún no estabas en Orense, supongo que no te sonará. Sería hace
quince años.
El camarero se acercó a la mesa con una botella de vino y otra de
agua e interrumpió la conversación. Las dos botellas estaban abiertas. Las
dejó sin mucha elegancia sobre la mesa.
-Me haría falta un vaso- dijo Salvador al muchacho que lo miró
asintiendo. Cuando se fue, continuó-: No me suena nada de eso, no
conozco ningún asunto de ninguna Rotonda.
-La cafetería del Paseo, la que hace esquina. El antiguo dueño murió
en el talego. Lo pillaron con un alijo de coca y estuvo preso no sé si tres o
cuatro meses. Luego tuvo un infarto o algo en la cabeza, no sé muy bien, y
la palmó. Al final quedó como único culpable, pero el Cabezapera estaba
en el ajo. Eso seguro
-¿Lo detuvieron?
-Creo que no- Eduardo dudó un momento-, o puede que sí, pero no
lo sé, la verdad. Yo no llevé el caso.
-¿Quién lo llevó?
-Antonio Ares. Un tío cojonudo. La palmó también. Era de tu edad
más o menos. Cuando murió, digo. Un infarto, chico. Fulminante.
Salvador hizo un cuerno con los dedos índice y meñique sobre la
mesa. Calló un momento.
-¿Eso es todo?
-Prácticamente todo. Luego debió de descubrir que el sexo daba casi
tanto dinero como la cocaína y sin correr riesgos.
-Qué putada….- dijo Salvador pensativo.
-Pero ¿qué quieres saber?- preguntó Eduardo. En realidad quería
decir: pero ¿por qué lo quieres saber?
Así lo entendió Salvador. Respondió:
-Lo quiero saber todo. Principalmente lo que le pueda joder. Ya te
contaré porqué. Ahora dime: antes de que apareciera con ese asunto de la
rotonda, ¿se sabe algo de él?
Eduardo rascó la cabeza y se pasó la mano por la calva brillante y
luego por el pelo que le caía sobre el cuello. Tomó la cajetilla de tabaco
que había quedado sobre la mesa y encendió un cigarrillo.

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-Creo que la primera noticia que recuerdo de él es como dueño del
Lord. Era una discoteca que tuvo cierto éxito hará unos veinte años. Él
debía de tener unos veinticinco o así entonces y yo, joder, lo joven que era
yo entonces.
-Eduardo…
-Vale, vale. La discoteca la tuvo abierta unos años, pero luego le
debió ir mal el negocio y cerró. Entonces fue el asunto de la Rotonda, el
que te conté. Se ve que tenía deudas y las quiso pagar rápidamente. El caso
es que después empezó con el Scorpio. Al principio se dijo que en el club
además de chicas despachaba coca. Sé que anduvimos tras él, pero lo único
que descubrimos fue que compraba perica para sí mismo y no demasiado,
no es muy vicioso. Creo que con lo de las fulanas ha tenido bastante y se ha
olvidado de la cocaína.
-No fue tan tonto- Apuntó Salvador
-Tanto, no. Más. Te juro que no comprendo cómo alguna gente
consigue hacer lo que hace.
El camarero les sirvió la sopa y dejó un vaso sobre la mesa para
Salvador. Los dos lo observaron en silencio. Eduardo se sirvió un poco de
vino antes de comenzar a comer. Dio un pequeño sorbo y al levantar la
cabeza se fijó en su compañero que vertía su agua en el vaso. Pensó que si
de verdad estaba decidido a no beber, acaso le molestaría ver a otra persona
hacerlo delante de él.
-No me importa comer con agua- dijo. Luego se sintió un poco tenso.
Salvador podía molestarse.
Pero Salvador no se molestó, sólo sintió cierta vergüenza.
-A mi tampoco me importa. Puedes comer con agua, pero creo que es
mucho más cómodo usar la cuchara. Sobre todo para la sopa.
Eduardo se notó aliviado y sonrió. Las bobadas de Salvador solían
servir como bálsamo para algunos momentos delicados.
-¿Qué querías decir con lo de que no comprendes lo que consigue
hacer cierta gente?
Había probado la sopa y dejó la cuchara sobre el plato.
-Quiero decir que está forrado y que es un estúpido integral. Te lo
garantizo. Pero además de inteligencia, le faltan escrúpulos. Debe de tener
diez o doce chicas con él. Todas extranjeras y sin papeles…
Salvador también había probado la sopa. No estaba mal. A lo mejor
se animaba algún día más a comer con Eduardo. Había días que no le
apetecía prepararse nada. Aunque, claro, del menú del día se cansaría en
tres semanas…
-…Como eso no se persigue…- dijo volviendo a su conversación
tras sorber una cucharada-. Pero aún no me has dicho porque es tonto.
-Joder, porque nació así. A parte de eso, siempre ha tenido aires de
gran señor o, mejor, de gran empresario. Hubo un tiempo que presumía de

130
haber levantado un negocio de la nada y quería que se le tuviera en cuenta
en la cámara de comercio. Ahora todas las mañanas se pasa por el Scorpio
a inspeccionar el local.
-Lo he visto esta mañana allí- interrumpió Salvador.
-Ya te digo, todas las mañanas al Scorpio. Luego, entre la tarde y la
noche, da dos o tres viajes entre el Scorpio y el puticlub que tiene en la
carretera de Vigo, el palacio de Luxor que tan bien conoces.
-Sí, con tu hermana lo he visitado mucho. Y ¿qué me dices de
relaciones? Me refiero a gente importante.
Eduardo no pudo reprimir la risa.
-Es lo que te iba a contar. Hace unos cuantos años, cuando abrió el
palacio de Luxor, no se le ocurrió otra cosa que patrocinar las fiestas de
Santiago. Fue la hostia. Tenías que haber visto al senador Zurcidó, que
entonces sólo era concejal de fiestas, en qué lío se metió.
Salvador dejó caer la cuchara en el plato. La sopa salpicó el mantel y
su camisa no se libró de alguna de las gotas más pequeñas.
-Espera, espera- exclamó-. Dime todo lo de esa fiesta.
Eduardo volvió a reír. Ya había terminado la sopa, separó un poco el
plato y encendió un nuevo cigarrillo.
-Estuvieron a punto de cerrarle el local-continuó con el humo de la
primera calada en la boca-. Es más, creo que estuvo cerrado un tiempo. Eso
demuestra la inteligencia de los dos, la del senador y la del Cabezapera.
-Ahora, por favor, cuéntame que los dos han seguido relacionándose
durante todos estos años.
-No. Qué dices. Ya le gustaría al Cabezapera. Zurcidó ha progresado
mucho en estos últimos tiempos y él se ha quedado en un macarra de
provincias. Durante un tiempo se moría de ganas por que lo reconocieran
como empresario, ya te digo. Luego le dio por lo de las chaquetas de
colores y se ha dedicado a pasearlas por todas partes. Que yo sepa, a parte
de un par de rayas de perica de vez en cuando, no hace nada peor que
dedicarse a la trata de blancas. Pero ahora me vas a contar tú por qué tienes
tanto interés en un tipo como ese. Que yo sepa, estabas con lo de Losantos.
Salvador calló, tomó uno de los cigarrillos del paquete que había
dejado sobre la mesa y lo encendió.
-¿Puedo llevármelos ya?- el camarero se había acercado a ellos y
comenzó a recoger los platos vacíos ante el silencio de los dos.
Cuando el joven se fue, tardó en responder a la pregunta. No quería
contar lo poco que sabía, aunque tampoco podía callar.
-Creo- dijo al fin- que está implicado de alguna manera en la muerte
de Losantos.
Eduardo hizo una negación con la cabeza.
-Te equivocas. Por ese camino no vas a ninguna parte. Chulo sí, pero
asesino…

131
-No digo que haya sido él. Además de chulo a asesino no va nada. O
sino, cómo te crees que se mueven en ese mundo. Bueno, no te crees nada,
ya sé que lo sabes.

132
20

En el coche, con las ventanillas cerradas y aparcado al sol a aquella hora,


comenzaba a hacer calor. Para que no les viera nadie tuvieron que
esconderse en un recodo de la carretera, tras un frondoso árbol que nacía
donde comenzaba a elevarse una pequeña colina. Pero la sombra del árbol
se inclinaba justo al lado en el que serían visibles desde el otro lado de la
carretera, donde se encontraba el club que habían ido a vigilar, así que eran
ellos los que daban la sombra al árbol. Salvador abrió un poco la ventanilla
y corrió un poco de aire fresco que agradeció. Había comido demasiadas
patatas con el filete y además el postre, flan con nata, había sido demasiado
pesado y ahora todo junto hacía que él se sintiera pesado también. Y
somnoliento. Quizá se habían adelantado un poco, podían haber esperado
algún tiempo más, el justo para una cabezada, pero prefería no correr
riesgos y asegurarse de que llegaba al club antes que la primera remesa de
chicas.
Habían llegado al palacio de Luxor, el club que Anselmo Alija tenía
en la carretera de Vigo un poco después de las cinco de la tarde. Unos
minutos antes había recogido a Carmen frente al portal de su casa. Hasta
aquel momento había extendido la sobremesa con Eduardo Gutiérrez
fumando y charlando. En otro tiempo habría tomado un par de copas al
menos y ahora seguro que estaría ya dormido profundamente. De todos
modos, pensaba que había comido demasiadas patatas. Y estaban
demasiado grasientas.
-¿Qué tenemos que hacer esta tarde?- había preguntado ella al subir
al coche.
Él se había demorado un poco al contestar. Lo hizo cuando ya
enfilaban la calle por que la que cruzarían el río hacia el barrio del puente.
-Tenemos que averiguar más cosas del Cabezapera- respondió a la
pregunta. Luego, como conversando sólo consigo mismo, continuó-: No
me cuadran las cosas, no me cuadran…
Recorrieron un largo trecho en silencio y ya lejos de la ciudad, en la
carretera de Vigo, Carmen, como si hubiera pasado todo el tiempo
meditando las palabras de Salvador, preguntó:
-¿Qué es lo que no te cuadra?
Pero él no respondió inmediatamente. Esperó un poco, accionó el
intermitente de la derecha y comenzó a detener el coche al tiempo que
decía:
-Ese edificio de la izquierda es el palacio de Luxor. Vamos a parar
por aquí en cuanto vea un sitio discreto.
No tardó en encontrarlo donde la carretera comenzaba a girar a la
derecha. Se salió de la vía y dejó el coche tras un árbol que los cubría

133
bastante bien de cualquier mirada indiscreta. Al quitar la llave del contacto
se apagó la radio y ambos quedaron en un silencio total. Apenas si había
tráfico a aquella hora y el único sonido que les llegaba a parte de algún que
otro coche, era el rumor de la autovía que corría doscientos metros por
encima de sus cabezas. El silencio, el sol y la comida comenzaron a hacer
estragos en la consciencia de Salvador y tuvo que hacer grandes esfuerzos
para no quedarse dormido.
El edificio del palacio de Luxor era feo, casi repelente, y no se
parecía en nada a un palacio. Ni siguiera la horrible decoración del enorme
luminoso que lo anunciaba podía hacerlo levemente atractivo, salvo para
quien buscase exactamente lo que en el palacio se vendía. Era una
construcción rectangular de dos plantas levantada con ladrillo visto, salvo
en los laterales, construidos sin ventanas y revocados con cemento sin
pintar. El luminoso ocupaba todo el frontal y era un conjunto de palmeras y
pirámides que formaban dos flechas que señalaban la entrada principal
sobre la que había un arco con lo que pretendía ser la efigie de Nefertiti.
Frente a ella había un amplio aparcamiento, pero en el lado derecho del
edificio salía un camino que lo bordeaba hacia otro situado en la parte
posterior y mucho más discreto.
Cuando Salvador bajó la ventanilla del coche, Carmen dijo:
-Hace calor. No sé lo que estamos esperando, pero ojalá que llegue
pronto.
Salvador se dio cuenta de que no le había dicho nada. Y eso que ella
ya se lo había preguntado. Sonrió exageradamente y levantó las cejas a
modo de disculpa.
-Mientras te fuiste a comer, yo estuve trabajando…- comenzó a
decir.
Ahora la que sonrió fue ella. La sonrisa interrumpió la frase de
Salvador. Aprovechando el silencio, dijo:
-Y te quedaste sin comer. Se nota, no hay más que ver como te pesan
los párpados.
Salvador resopló.
-Bufff. Me pasé con las patatas fritas. No estoy acostumbrado, en
casa nunca las hago, son muy grasientas. Además, ya se sabe, comida sin
siesta es como campana sin badajo. Pero, bueno, estamos divagando. El
caso es que mientras tú comías en casa yo tuve una comida de trabajo-
interrumpió la frase y sonrió de nuevo-. Intenté enterarme de los secretos
más íntimos del Cabezapera, pero me enteré de poco. Así que ahora vamos
a intentar conseguir que alguna de las chicas hable y nos cuente esos
secretos.
-Por eso estamos aquí afuera. Pero supongo que las chicas estarán
dentro y bien vigiladas.

134
-Por eso, por eso nos escondemos. Déjame que te explique. Mira,
aquí trabajaran por los menos ocho o diez chicas, a juzgar por el tamaño del
edificio. Supongo que no vivirán aquí. Eso espero y eso es lo que me ha
contado Eduardo. Si viven en Orense, que es lo más lógico, y lo que
Eduardo me contó, las traerá algún empleado del Cabezapera o él mismo.
Me imagino que hará un par de viajes porque aquí deben de trabajar
bastantes chicas, espero que no usen dos coches. Cuando vengan a
descargar del primero, seguiremos al coche que venga y así sabremos
donde viven las chicas. Luego, ya veremos cómo hacemos.
Carmen calló un momento meditando lo que Salvador había dicho.
-Brillante. No esperaba menos de ti.
Volvieron a permanecer en silencio. Pese a haber bajado la ventanilla
del coche, cada vez hacía más calor. El sol les daba de lleno sobre el cristal
delantero. A Salvador le pesaban los párpados tanto que ya casi no podía
con ellos.
-Salgo a fumar un cigarro. Fíjate bien si llega algún coche. Yo me
quedo detrás del árbol para que no me vea nadie.
El aire en la cara le sentó bien y en un par de minutos se sintió más
despierto. Además, la nicotina también le ayudó a despejar la modorra.
Cuando volvió al coche y se sentó con las manos en el volante ya no notó
tanto calor y tenía la mente lúcida. Miró hacia el edificio del club y no vio
movimiento alguno. Estuvo un buen rato callado.
-Esto se va a hacer largo- comentó después de un largo silencio por
decir algo-. Da tú un paseo si quieres.
-No, prefiero esperar aquí.
Volvieron a quedar callados. Al cabo de un tiempo tanto mutismo
comenzó a resultar demasiado tenso. Ambos miraban al frente sin atreverse
a girar la cabeza. Vigilar el palacio de Luxor se convirtió en un recurso
para no mirarse ya que no sabían qué decirse. Carmen carraspeó un par de
veces y Salvador la imitó y cuando el silencio se le comenzó a hacer
insoportable dijo sin dejar de mirar al frente:
-Ahora estaría bien tomar una cervecita…
-Pero no la vamos a tomar - acabó Carmen la frase.
-Eso es. Además, yo no puedo y tú no debes.
Carmen giró la cabeza y lo miró.
-¿Por qué no puedo?-preguntó sorprendida.
Salvador no la miró, siguió con la vista fija en el palacio de Luxor.
Por el rabillo del ojo había visto como ella se giraba y si él volvía la cabeza
se encontraría con la cara casi pegada a la suya y la mirada clavada en él. Y
no quería que eso ocurriera porque en aquel momento tenía la sensación de
haber metido la pata.
-Bueno…-balbució-. Por lo del embarazo… - mientras lo decía ya se
estaba arrepintiendo, pero prefería hablar de una vez con Carmen de lo que

135
había ocurrido aquel sábado y evitar una situación incómoda siempre que
se quedaba a solas con ella.
Carmen abrió los ojos como platos.
-¿Qué embarazo?- exclamó.
Salvador no dijo nada durante un buen rato. Ahora sí se giró hacia
ella y la miró un tanto sonrojado. En ese momento era ella quien mantenía
al mirada fija al frente. Soltó la mano derecha del volante y negó con el
dedo índice al tiempo que decía con tono interrogante:
-No estás embarazada…
Carmen se giró hacia él.
-No- respondió sorprendida.
Se encontraron frente a frente y muy cerca el uno del otro.
-Bueno, yo pensaba…- Salvador se rascó la nuca-. Como el otro día,
el que te encontré en la calle- sonrió como si quisiera ocultar su timidez-,
ya sabes. Bueno, como llorabas de aquel modo y luego un par de veces te
he visto, no sé, muy sensible, pues yo pensé…
Carmen sintió unas terribles ganas de reírse, pero se contuvo. No
podía creerse lo que estaba viviendo. Todas sus desgracias se habían
convertido en un embarazo. Se sentía realmente divertida y lo que más le
divertía era el mal trago que su compañero estaba pasando. Hacía que
olvidadse su propia vergüenza.
-¿Qué pensaste?- preguntó con malicia.
-¡Coño! Pues eso, lo que te he dicho. ¡Yo qué sabía! Además, la otra
tarde me contaste que habías ido al ginecólogo…
No pudo reprimirse. Al oír aquello con el tono que Salvador había
empleado, Carmen comenzó a reírse descaradamente. Lo hizo tan
estrepitosamente que un par de lágrimas comenzaron a resbalar por sus
mejillas. Se llevó las manos a los ojos intentando sujetarlas, pero fue inútil.
Rió durante un buen rato, hasta que se dio cuenta de que la carcajada se
había convertido en llanto. Salvador se enteró antes que ella misma de que
había dejado de reír y estaba llorando. Resopló y dijo:
-¡Hostias!- era incapaz de comprender lo que pasaba.
Carmen lloró hasta que recordó su promesa de no derramar una
lágrima más por Ángel. Entonces hizo un esfuerzo por recomponerse, dejó
de sollozar y tomó el pañuelo de papel que Salvador le ofreció. Se enjugó
como pudo las lágrimas y se cubrió avergonzada la cara con ambas manos.
Entonces, allí arrellanada, en el asiento delantero de un coche, con una
persona a la que apenas conocía y con la que no compartía absolutamente
nada, se dio cuenta de que no había podido contar a nadie lo que le estaba
ocurriendo, lo que le había ocurrido, que no había tenido ningún confidente
en quien confiar, y comenzó a hablar con Salvador.
-No. No estoy embarazada- dijo-. Ojalá fuera ese mi problema.
-Yo pensé que…

136
-Ya, claro. Suele pasar. Hacemos cábalas, nos hacemos ilusiones…-
Carmen tenía una necesidad imperiosa de continuar hablando-… y luego la
vida nos lo cambia todo. ¿Te acuerdas del día que me fui a Madrid un
jueves? El día que me fui a Vigo, al aeropuerto…
Salvador no recordaba, pero asintió. Tenía la sensación de que su
compañera estaba confiando en él como si fuera un amigo.
-Pues aquel día- continuó Carmen- llegué a casa- sintió una punzada
en el corazón al decir la palabra casa- cuando mi…-calló un momento-
…Ángel, mi novio, no me esperaba y…-comenzó a gimotear e interrumpió
la narración.
Salvador le ofreció otro pañuelo de papel, pero ella lo rechazó. No
tenía intención de derramar una lágrima más. Era una promesa que no
podía incumplir.
-Llevábamos un año viviendo juntos, ¿sabes? y estábamos planeando
dejar el apartamento de alquiler y comprar uno. Eso fue fusto antes de que
me trasladasen aquí. Llegué a casa y comencé a prepararme para él. Quería
estar mejor que nunca. Me duché y antes de que terminase de vestirme oí la
puerta- continuó diciendo Carmen. Las palabras eran un torbellino en su
mente y afloraban a su boca sin que las pudiese detener. Su censura íntima
estaba completamente bloqueada. Su pudor había desaparecido-. Dude-
continuó- entre vestirme o mostrarme desnuda ante él. Pero dudé muy
poco. Salí al pasillo sin ropa y me lo encontré con… con otra. No hacía ni
quince días que nos habíamos separado y ya me estaba engañando. De
verdad que me parece imposible que me haya pasado algo así. Y yo que
había llorado lo indecible a solas en Orense por estar lejos de él…
Así que era eso. Nunca se lo habría imaginado. Mientras ella estaba
en Orense, el muy cabrón del novio se estaba tirando a otra. Salvador calló.
Qué podía decirle. Permanecieron los dos en silencio un buen rato, pero
ahora el silencio ya no era tan tenso. No pudo dejar de imaginarse la
escena, ella desnuda, mostrando todos sus encantos y él con otra en la casa.
Gilipollas. Esbozó una sonrisa y dijo:
-Bueno, mujer, no llores por que se haya acabado, sonríe porque te
sucedió.
Carmen se volvió hacia él y también sonrió.
-Me refiero a lo del pasillo- dijo Salvador.
La sonrisa de Carmen se convirtió en una risita histérica primero y en
franca risa después. Tenía que reconocer que el sentido del humor de su
compañero era peculiar.
-Jamás me he sentido peor que aquel día- dijo Carmen cuando dejó
de reírse.
-Puedo imaginarlo.
-No, no puedes. Te lo aseguro. No puedes.

137
-¿El qué no puedo imaginar? ¿A ti desnuda? ¿Tan terrible es?
Francamente no lo creo.
Carmen volvió a sonreír y una lágrima volvió a asomar a los
párpados. Salvador aún tenía el pañuelo de papel en la mano y se lo tendió.
-Había prometido no llorar más por él.
-No voy a decir la tontería esa de que no se lo merece. Puedes llorar
todo lo que quieras. Yo he prometido mil veces dejar de fumar y nunca lo
cumplo. Las promesas se hacen par romperlas.
Carmen lo miró. Eran las primeras palabras de consuelo que recibía
después de todo lo que le había ocurrido. Sintió un deseo de abrazarlo, de
que la abrazara, pero se contuvo de hacer nada porque sabía que si lo hacía
sería mal interpretada. Salvador permaneció mirando al frente pensando
que a lo mejor a ella le gustaría que la abrazase y le ofreciese su pecho para
llorar tranquila, pero no hizo nada, a lo peor ella lo interpretaría como un
gesto de conquistador. Mientras pensaba en ello, vio un coche llegar al
aparcamiento del club, un BMW negro, antiguo y con alerones añadidos en
la parte posterior. Se dio cuenta de que durante un buen rato habían dejado
de vigilar el club.
-¡Hostias!- gritó-. Espero que no hayan llegado ya las chicas.
Del coche bajaron cuatro mujeres a las que la ropa que llevaban
delataba en su condición de venales. Dos era muy rubias y altas, una de
ellas mulata y la otra, morena y un poco regordeta. Carmen se enjugó la
última lágrima y las siguió con la mirada hasta que desaparecieron en el
interior del edificio. No pudo dejar de pensar que la vida de aquellas
mujeres era mucho más triste que la suya. Salvador arrancó el motor y la
distrajo de sus pensamientos. Permanecieron a la espera. El coche no se
detuvo mucho tiempo, cuando las mujeres desaparecieron en el palacio de
Luxor maniobró y se incorporó a la carretera en dirección a Orense. Lo
siguieron a unos trescientos o cuatrocientos metros. No había apenas tráfico
y era muy fácil no perderlo. Cuando comenzaron a adentrarse en la ciudad,
Salvador se acercó. Se fijó en el conductor y se dio cuenta de que no era el
Cabezapera. Era un hombre calvo, la coronilla asomaba brillante través de
la ventanilla trasera, con la cabeza grande y redonda. También parecía
gordo por el tremendo cuello que sujetaba la cabeza. Tras entrar en la
ciudad, dirigió el coche al barrio del Puente y se detuvo en una plazoleta no
muy grande cerca de las vías del tren. Dejó el coche en doble fila. Salvador
no se detuvo, pasó a su lado observando como el conductor hacía sonar la
bocina. Estacionó su coche unos metros delante, también en doble fila, y
observó por el retrovisor. El conductor seguía esperando en el coche.
-Baja y vigila con disimulo desde la acera, quiero ver bien de qué
edificio salen las chicas. No conozco al tipo del coche, pero nunca se
sabe… a lo mejor él sí me conoce a mí, pero a ti seguro que no.

138
Carmen obedeció y se plantó en la acera al lado del escaparate de
una tintorería. Salvador bajó la ventanilla del coche para comunicarse con
ella. El conductor arrojó una colilla a la calle e hizo sonar de nuevo la
bocina.
-¿Ves algo?- preguntó Salvador que observaba la escena con
dificultad a través del espejo retrovisor.
Carmen negó con la cabeza.
-No hace nada. Espera.
Un momento después se abrió la portezuela del coche y bajó de él un
hombre grande y gordo y caminó pesadamente hacia la acera.
-Síguelo- gritó Salvador-. Seguro que va al piso de las chicas.
Carmen comenzó a caminar con ligereza y no le costó alcanzar al
hombre. Llegó hasta él cuando cruzaba por delante del portal del que se
suponía que bajarían las mujeres. El gordo llamó al timbre y Carmen cruzó
de acera. Luego, con disimulo, se giró y volvió a cruzar en dirección a
Salvador. Abrió la puerta y se sentó a su lado. Él la miraba con gesto
interrogante. Parecía decir: ¿Qué ha pasado? ¿Por qué has dado la vuelta?
-Número ocho tercero izquierda. Tengo muy buena vista.
-¡Genial!
Esperaron y al cabo de un buen rato aún bajaron cuatro mujeres. Esta
vez las cuatro eran muy rubias, subieron al coche entre las voces del gordo
que no dejaba de gritar y de señalar el reloj de la muñeca y se fueron.
Salvador y Carmen los observaron marchar sin moverse de su sitio.
-Bueno, creo que por hoy ya está todo el pescado vendido- dijo
Salvador y arrancó el coche.
Cruzaron el Miño por el puente nuevo. A su derecha podían ver el río
que partía en dos la ciudad roto a su vez el cauce por el puente viejo y el
novísimo puente del Milenio que al fondo parecía un barco que cruzase el
cauce del río. En el corto espacio que los separaba dos mil años se miraban
cara a cara, puente a puente y el Sol que comenzaba a ponerse miraba a
ambos reflejándose en el agua. Carmen observaba el paisaje como
hipnotizada. El tráfico era lento y el semáforo los detuvo sobre el puente.
-Bonito ¿eh?
-Muy bonito
Se abrió el semáforo al final del puente.
-Supongo que no tendrás nada importante que hacer…- dijo Salvador
al tiempo que reiniciaban la marcha.
-La verdad es que no.
-¿Hace una cerveza?
-¿Una cerveza? No sé ¿no habíamos quedado en que yo no debo y tu
no puedes?-Respondió Carmen sonriendo.
En el Luna no había muchos clientes a aquella hora. De todas las
partidas de la sobremesa sólo quedaban dos, el resto ya había terminado. Se

139
acomodaron en los taburetes que rodeaban la barra. Salvador encendió un
cigarrillo y Carmen observó a su alrededor, luego se acercó el periódico
que descansaba sobre la barra y lo ojeó sin prestarle atención. Manolo, el
dueño, se les aproximó al cabo de un rato.
-Una tónica- pidió Salvador.
-Yo, con tu permiso, voy a tomar una caña- dijo Carmen mirando
hacia él-. No creo que le haga daño al niño.
-Si sólo es una.
Carmen se fijó que Salvador la miraba con deseo en los ojos cuando
la vio beber la cerveza y en cierto modo sintió una punzada de celos. Supo
que no la miraba a ella, estaba segura de que lo que miraba era la espuma
de la cerveza en sus labios. Después de los celos, sintió pena ¡Quién sabía
qué historia habría tenido su compañero con el alcohol! Cerró el periódico
que tenía ante sí y lo dejó descuidadamente entre ambos. En la portada, con
letras capitulares, destacaba un titular: Los socialistas votarán no.
-Vaya rollo que se traen con el polígono sur. Seguro que nuestro
amigo Losantos se retuerce en la tumba. ¡Cómo se habría puesto insultando
a todos con la disculpa del proyecto! Con eso de que la hayan pegado un
tiro se va a perder lo mejor del año.
-No lo creo. Me parece que ese era un asunto que no le interesaba en
absoluto- afirmó Carmen dejando el vaso de cerveza sobre el mostrador.
-¡Anda! ¿Cómo lo sabes? Tú no sabes quien es el principal promotor
del proyecto. Si lo supieras no dirías eso.
-Sea quien sea, da igual. La cosa viene de lejos ¿no? Quiero decir
que eso del polígono no es nuevo.
-¡Qué va! Llevan un año o más ya dándole vueltas al asunto. La
oposición no quiere saber nada del proyecto y en el propio equipo de
gobierno están divididos.
-Pues si llevan un año con ello, Losantos tuvo todo el tiempo del
mundo para haber dicho lo que le pareciera sobre el asunto y no escribió
nunca nada.
Salvador dio una calada al cigarrillo y la miró a los ojos sorprendido
e intrigado.
-Para, para. Espera un momento ¿Cómo lo sabes?
-Hombre, por el dossier que nos pasó el periódico. No había ningún
artículo que hablase del polígono sur. Al menos, yo no lo recuerdo.
Una nueva calada y arrojó el cigarrillo al suelo. Lo pisó retorciendo
el pie.
-¿Estás segura?
-Completamente. Ni una palabra- afirmó Carmen con rotundidad.
Salvador se rascó la barbilla, miró al suelo pensativo y dijo:

140
-No te imaginas quien es el principal promotor del proyecto: el
senador Zurcidó. Y Froilán Losantos no escribe una palabra contra ello.
Hostias, hostias, hostias.

141
21

Salvador desayunó en el Luna sin entretenerse. Tenía prisa por llegar


a la comisaría y leer el dossier. No podía comprender cómo Losantos no
había escrito una sola línea sobre el asunto del polígono sur. No era que
desconfiase de Carmen, pero tenía que verlo por sí mismo. Cuando alguien
le contaba un imposible tendía a no creerlo. Y sí, la verdad, para qué
negarlo: desconfiaba; carmen tenía que haberlo pasado por alto. La mujer
tenía otras cosas en la cabeza y era probable que hubiese leído página sí y
página no. Resultaba imposible que Froilán Losantos no hubiese
aprovechado una ocasión como esa. Un asunto que no estaba muy claro y
en el que Zurcidó estaba imponiendo su santa voluntad. Ninguna iniciativa
del senador Zurcidó había quedado a salvo de sus ácidas críticas e
insinuaciones de corrupción, ésta no iba a ser menos. Y siendo como era un
asunto urbanístico. Nadie dudaba de que pudiera haber corrupción. Ni en
Zurcidó ni en quienes se le oponían. Porque incluso dentro del propio
partido, no todos estaban de acuerdo con él y tenía cierta oposición, débil,
eso sí. Quien le apoyaba sin reservas era el alcalde. Su mano derecha y que
a la vez sería el responsable de la ejecución del proyecto.
Tardó más de lo que le hubiese gustado en leer el dossier y mientras
lo hacía, se arrepentía de no haberlo leído antes. Si era cierto que Losantos
no nombraba el polígono, y conforme avanzaba le parecía a cada momento
más cierto, tenía en sus manos una buena pista.
Cuando acabó con el dossier tenía frente a él un cenicero con cinco
colillas y una losa sobre la cabeza. En la cafetería Nevada tomó un café con
una aspirina, ojeó el periódico, que continuaba hablando del polígono, y se
fue a buscar a Carmen.
Ella, obediente, estaba donde Salvador le había dicho. La tarde
anterior habían convenido que antes de las once de la mañana era inútil
intentar nada con las chicas del Cabezapera. Aunque no era ni viernes ni fin
de semana, el palacio de Luxor cerraría tarde, de modo que ninguna de
ellas madrugaría. Antes de despedirse la tarde anterior, le había dicho que
apareciese por la plaza sobre las once de la mañana, no antes, que no
llamase la atención y que vigilase el portal.
Carmen pensó que sería un día largo. Como la mañana había
amanecido soleada y no hacía demasiado frío, se puso un vaquero y los
zapatos de cuña. Feos y de punta redonda, pero muy confortables. Cuanta
más comodidad, mejor. Fue caminando hasta la plaza, lo que le llevo un
buen rato, pero le resultó un paseo muy agradable. Estaba descubriendo que
vivía en una ciudad bonita. Cuando llegó, estudió el lugar y eligió cuatro
puntos desde los que acechar, todos ellos fuera de la plaza, en las calles
contiguas. Desde sus puntos de observación veía perfectamente el portal

142
número ocho y estaba lo bastante lejos como para que nadie pensase que lo
vigilaba.
Salvador llegó pasadas las doce y media. Cruzó la plaza, miró a un
lado y otro y no la vio. Masculló un juramento y se plantó con los brazos en
jarras frente al portal.
-Si te quedas ahí, te verán antes de tú veas nada- oyó decir a su
espalda.
Al girarse se encontró con Carmen.
-¿Dónde estabas?
Ella señaló con la mano hacia el otro lado de la plaza, donde se
iniciaba una de las calles que había elegido como observatorio.
-Vamos hacia allí- dijo-. Se ve bien el portal, pero es difícil que nos
vean.
Mientras caminaba a su lado, pensaba que debía de fiarse más de
ella. Había recordado perfectamente que en el dossier no se nombraba para
nada el polígono sur y ahora parecía que estaba haciendo una impecable
vigilancia. Cuando tuviera ocasión la interrogaría sobre el expediente
disciplinario que la había llevado a Orense. No alcanzaba a ver qué pudiera
haber hecho tan mal para que la castigaran de ese modo.
Se detuvieron en el puesto de observación que Carmen había
elegido. Salvador miró hacia el portal. Efectivamente, nadie podría salir sin
que él lo viera desde allí. Encendió un cigarrillo y dijo:
-Bueno, descansa un rato. Ya me quedo yo.
Ella lo agradeció. Estaba un poco harta de aquellos paseos de diez
metros. Sentía pesadas ya las pantorrillas. Menos mal que se había puesto
los zapatos de cuña.
-Sí, voy a tomar un café. No hay ni un bar en la plaza ni en otro lugar
que me permitiera controlar el portal. Al otro lado de la plaza, en la calle de
enfrente hay otro sitio discreto que puedes usar y en la calle perpendicular,
otro.
-Tómate tu tiempo, yo estoy cansado de estar sentado y me vendrá
bien pasear por aquí.
Salvador la observó alejarse disfrutando secretamente de las curvas y
los movimientos de su cuerpo y luego esperó fumando a que apareciese
alguna de las chicas en el portal. No dejaba de pensar en falta de artículos
de Losantos sobre el polígono. Ni una sola palabra. Tenía que tener un
sentido, auque él no se lo encontraba. Mientras le daba vueltas a la cabeza
caminó entre puesto y puesto de vigilancia. La verdad es que están bien
elegidos, pensó.
Carmen no tardó en volver y su presencia lo distrajo de sus
pensamientos. La observó acercarse a él desde la plaza que vigilaba.
Cuando se movía era aún más hermosa.
-Tenía ganas de tomar un café- dijo cuando llegó.

143
-Y eso que no fumas. No hay nada como un café a media mañana
con un cigarrito. Además, ahora con tanta prohibición da más morbo,
¿sabes? Lo prohibido se disfruta el doble.
-Hay una cosa que se llama enfisema que creo que también da mucho
morbo.
-Bueno, bueno…
Se miraron a los ojos sonriendo.
-¿Qué vamos a hacer ahora?- preguntó Carmen apartando la mirada.
Salvador miró al portal y carraspeó.
-Creo que lo mejor es esperar- dijo-. Si tenemos suerte aparecerá
alguna de las chicas. Si no, habrá que ir hasta su puerta, pero eso podría
llamar la atención y es mejor que seamos discretos, nos armaremos de
paciencia y esperaremos.
-Y si aparece alguna, ¿qué haremos?
-Bueno, entonces….
Carmen lo interrumpió:
-Estamos de suerte. Mira-dijo señalando el portal-. Esa parece una de
las chicas que vimos ayer bajar del coche en el palacio de Luxor.
Salvador fijó la mirada en el portal y vio como una mujer morena y
algo regordeta vestida con una malla negra y un chaquetón de piel cruzaba
la plaza contoneándose.
-Vamos. Es una de ellas. Seguro.
La siguieron sin acercarse a ella durante trescientos metros. La mujer
caminaba despacio y tuvieron que pararse un par de veces para no
acercarse demasiado. En una de las paradas, Carmen preguntó:
-¿Hasta cuando vamos a seguirla?
-Sólo un poco más. Enseguida la alcanzamos.
Reiniciaron la marcha cuando vieron que la mujer giraba en una
esquina. Cuando ellos la doblaron tras ella, Salvador aceleró la marcha.
-Ya estamos lo bastante lejos de su casa. Aquí no nos verá ningún
conocido. Cuando yo la adelante tú te quedas tras ella. No se la ve muy
atlética, pero no tengo ganas de echar ninguna carrera.
Se separaron. Carmen aceleró levemente el ritmo y se colocó a la
derecha de la mujer y a su espalda.
-Hola, guapa- la abordó Salvador-. Para un momento que tenemos
que hablar.
La mujer se detuvo y lo miró con más desdén que prevención. No
contestó y reinició la marcha con un gesto despectivo. Salvador la tomó por
el brazo.
-He dicho que tenemos que hablar, guapa. Así que no tengas tanta
prisa.
Carmen, parada tras la mujer que ahora mostraba recelo y
desasosiego en el rostro, lo fulminó con la mirada.

144
-Tranquila- dijo-. Somos policías.
-No creo que eso la tranquilice, precisamente- afirmó Salvador
soltando el brazo de la mujer.
-Yo no he hecho nada- clamó ahora realmente asustada.
-Nada bueno.
-Señores policías, de verdad, les juro que soy inocente- la voz de la
mujer tenía, además del trémulo del temor, el aire del otro lado del mar. Al
acabar de hablar sus gruesos labios temblaban y los ojos rasgados se le
comenzaban a llenar de agua.
Salvador la miró muy serio.
-Documentación.
La mujer no respondió, bajó la mirada.
-Ilegal. Y prostituta. Lo tienes jodido.
Carmen se movió hacia la derecha buscando el rostro asustado y
abatido de la mujer. Deseaba lanzarle una mirada amiga y tranquilizadora.
Salvador la miró con severidad y le ordenó con los ojos que volviese a
colocarse tras ella. Obedeció sin decir nada.
-¿Tienes documentación o no?
A pesar del ajetreo del tráfico entre los tres se derramó un silencio
tenso que los bañó. El corazón de Carmen y el de la mujer quedaron
empapados de silencio.
-¡Responde!
-No. ¿Me van a expulsar?
No hubo respuesta a la ansiosa pregunta.
-¿Tienes libertad de movimientos? ¿Puedes salir y entrar cuando
quieres del piso?
La pregunta sorprendió a la mujer que tardó en contestar.
-¡Habla!
-Sí…
-¿A qué hora os recoge el gordo del BMW?
-Sobre las seis… a veces más tarde, no tiene hora fija.
-A las cuatro quiero verte en la cafetería Honoris Causa. Está en la
zona de la universidad. Te inventas cualquier disculpa y no cuentes nada de
esto. Si no vas, ya sabes lo que te espera- dijo Salvador e hizo un claro
gesto con ambas manos que significaba claramente la expulsión-. Ahora
vete.
Tardó un buen rato en asimilar lo que le habían dicho, pero cuando lo
hizo comenzó a caminar rápidamente bamboleando su anatomía enfundada
en las mallas negras. Carmen la observó marchar hasta que desapareció de
su vista. Estaba enfadada con su compañero por el modo en que había
tratado a aquella pobre mujer. No era más que una desgraciada que
trabajaba de puta en un país extranjero y él se había mostrado con una
prepotencia y una chulería que le parecía cruel e innecesaria

145
-Le has hecho pasar un mal rato. ¿Hacía falta?- dijo con voz que
delataba el evidente malhumor.
-No. Si te parece se lo pedimos por favor. ¿A ti que te hace pensar
que ahora no le está yendo con el cuento al Cabezapera? No le des vueltas.
Lo sabes tan bien como yo: se trataba de asustarla y que nos temiera más
que al Cabezapera. Ahora nos tiene más miedo que a él. Si no, ya le estaría
diciendo que la han parado dos policías en la calle y que quieren hablar con
ella esta tarde. No sea ilusa. Si no, de qué nos va a contar algo ¿Por amor la
justicia? La justicia le importa un pito. Es lo que me importa a mí,
imagínate a ella.
Salvador comenzó a caminar. Carmen lo miró antes de comenzar a
moverse a su lado. ¿Por qué siempre la derrotaba? ¿Qué podía argumentar?
En el fondo, él tenía razón. El malhumor se esfumó y lo sustituyó cierta
frustración que la enfureció consigo misma. Luego, cuando se tranquilizó
comenzó a preguntarse por qué la había citado para la tarde, por qué se
había arriesgado a que no fuera a la cita o a que se lo contara a su jefe.
-¿Estás seguro de que vendrá a las cuatro?
-No. ¿Estás segura de que irás tú?
-Claro…
Claro, tan segura como estabas de la fidelidad del tipo ese que te la
jugó en Madrid, pensó Salvador.
-Y si te rompes una pierna…
-Pues voy con escayola- contestó Carmen y sonrió-. Pero ¿qué
ganamos hablando con ella por la tarde?- continuó-. Podríamos haberlo
acabado ahora, ¿no?
Salvador titubeó un momento. En el fondo, tampoco estaba muy
seguro de haber obrado bien. Había hecho una apuesta y hasta que no
supiera el resultado no sabría la opción era la correcta. La mujer podría
haberse asustado demasiado y desaparecer.
-Bueno… por un lado, no podíamos correr riesgos. Era necesario que
no nos viera nadie hablar con ella. Nadie de su mundo, claro. Y cuanto más
tiempo estuviéramos con ella en la calle, más posibilidades había. Pero lo
más importante es que quiero que madure el miedo. Si va por la tarde a
vernos, y yo creo que irá, estará tan asustada que no se le ocurrirá decir una
sola mentira ni aunque se lo pidamos por favor.

Quedaron de encontrarse en la cafetería de la cita quince minutos


antes. El primero en llegar fue Salvador. Buscó una mesa discreta al fondo
del local y esperó a Carmen con un café y un cigarrillo en la mano. Ella
llegó justo a la hora y buscó a su compañero entre la clientela. Era una
cafetería grande, con muchas mesas y llena de carpetas, humo y jóvenes,
los más, sentados en grupos de cuatro o cinco, aunque había algunos que
charlaban íntimamente emparejados.

146
Tardó en ver a Salvador que fumaba distraído y no se había fijado en
ella. Se sentó a su lado sin decir nada más que un hola apagado por el
murmullo del ambiente. Él le devolvió el saludo con una sonrisa.
-Estaba pensando-dijo después de un buen rato- en lo que sabemos.
-Sobre…
-Sobre todo esto. Sabemos que el Cabezapera tenía una relación
estrecha con Losantos, sabemos incluso que estuvo en su casa la tarde que
lo mataron. Sabemos que al senador no le hizo ninguna gracia que
descubriéramos esa relación porque telefoneó a Pombal ¿recuerdas?
Carmen asintió.
-Y luego está lo de que Losantos no haya dicho ni una palabra del
polígono sur. La verdad es que no es mucho…
-También sabemos que han matado a Losantos- dijo Carmen-. Lo
que no sé es lo que nos puede contar la mujer del club.
-Tengo una sospecha y quiero confirmarla. Además, nos puede
contar los secretos del Cabezapera. Y eso nunca está de más.
Mientras hablaban de ella, la mujer se les acercó caminando entre las
mesas llenas de estudiantes. Era un elemento discordante en aquel
ambiente. Salvador la invitó a sentarse con un gesto de su mano. A pesar de
su aspecto, nadie se fijó en ellos, pero si alguien lo hubiera hecho, no le
habría quedado ninguna duda de que estaban tramando algo.
-Supongo que no habrás contado nada a nadie.
Negó con la cabeza.
-A nadie.
-Está bien. Ahora dime, ¿Quién lleva la cocaína que se consume en
el palacio de Luxor?
Los ojos de la mujer parecieron caer en un abismo, sus pupilas se
dilataron hasta hacer desaparecer el iris marrón. El labio superior comenzó
a temblar, aunque casi imperceptiblemente, al mismo tiempo que sudaba
pequeñas gotas brillantes. Tragó saliva antes de contestar:
-El gordo Lucas.
-¿El mismo que os lleva en el BMW negro?
No respondió. Asintió con la cabeza. Salvador estaba seguro que
aquella mujer también consumía cocaína. Había lanzado la pregunta al azar
aprovechando lo poco que sabía del Cabezapera y se encontró con que las
chicas también consumían. Lo había visto en sus ojos.
-Tú, ¿Cuánto consumes?
Cerró los ojos, cuando los abrió estaba a punto de comenzar a llorar.
Volvió a tragar saliva antes de responder:
-Casi nunca. ¿Me van a llevar presa?
Estaba muy nerviosa y asustada. Carmen intervino para
tranquilizarla.
-No, no te vamos a llevar presa.

147
-Siempre que respondas a nuestras preguntas- interrumpió Salvador-
. Y el Cabezapera, ¿Cuánto consume?
La mujer lo miró sorprendida. No sabía qué responder.
-No sabes quien es el Cabezapera.
-No.
-Hijo de puta. Se guarda el nombre. Anselmo, tu jefe. ¿Cómo le
llamáis?
-Don Anselmo.
-Don Anselmo…- Carmen rió con una risa falsa. No podía olvidar
sus ojos clavados en ella.
-A partir de ahora lo llamaremos don Cabezapera. No le negaremos
el título- dijo Salvador-. Bueno, pues cómo ya sabes de quien hablamos,
ahora contesta, ¿cómo va de perica don Anselmo?
-No, él no…
-Él sí. No mientas.
La mujer calló de nuevo. Pese a lo asustaba que estaba no se atrevía
a responder. Salvador la miró con los ojos entornados y solucionó todas sus
dudas.
-Creo que sólo algún tiro en las fiestas.
-¿Qué fiestas?
-Las que hacía con los otros dos señores. Entonces llegaba siempre el
gordo Lucas que era el que los llevaba al club y el que les conseguía la
coca.
Salvador encendió un cigarrillo y dejó la cajetilla sobre la mesa.
Observó si la mujer la miraba y vio que bajó los ojos hacia ella. Iba a
ofrecerle, pero Carmen se le adelantó. Tomó la cajetilla y se la acercó al
tiempo que preguntaba:
-¿Cómo te llamas?
Ella tomó un cigarrillo.
-Gladis.
Salvador entregó el encendedor a Carmen. Se miraron, ella lo tomó
sin dejar de mirarlo y se lo entregó a la mujer con gesto desafiante. No le
gustaba lo que estaba haciendo.
-Bien, Gladis- dijo Salvador-. Has dicho que había unas fiestas a las
que iban dos señores con Don Anselmo. No sabrás quienes eran…
La mujer fumaba nerviosamente.
-No- respondió.
-Ya, me lo imaginaba. ¿Siempre eran los mismos dos señores los que
iban a las fiestas o variaban?
-Había dos señores que iban casi siempre. Eran los fijos. Algunas
veces había otros más, pero pocos.
-Cada cuanto hacían esas fiestas.
-No tenían día fijo, pero iban casi todas las semanas.

148
-Y dónde…
Parecía que con el tabaco la lengua de la mujer se había soltado
completamente. Respondía a las preguntas sin pensar.
-En el sótano del club. Allí tiene Don Anselmo una sala especial para
sus fiestas. Las hacían casi siempre los viernes, pero otras veces cambiaban
el día.
Hubo un pequeño silencio. Salvador iba a continuar con una
pregunta, pero Carmen lo interrumpió:
-Espera un momento- dijo y Lugo se volvió a Gladis-¿Por qué hablas
de las fiestas en pasado? ¿Ya no hay fiestas?
La mujer negó con la cabeza al tiempo que contestaba:
-Hace tres o cuatro semanas que ya no hay fiestas.
-Tres o cuatro semanas…- repitió Salvador.
Permanecieron nuevamente en silencio. Ahora, más tiempo.
-¿Qué pasaba en esas fiestas?- Preguntó Carmen.
-Eso no hace falta que nos lo diga ella. Si quieres te lo cuento yo-
dijo Salvador con tono impertinente.
-Yo nunca fui a las fiestas. Siempre iban las rusas.
-Las rusas…- repitió Salvador. Luego llevó la mano a un bolso
interior de la cazadora, sacó una fotografía y se la mostró a la mujer-.
Supongo que este era uno de ellos.
Ella miró la foto, asintió en silencio y la dejó sobre la mesa. Carmen
la tomó y vio con sorpresa el rostro del periodista muerto.
-Así que Losantos y el Cabezapera intercambiaban visitas- dijo como
si pensase en alto. Luego miró a Gladis y continuó-: descríbeme al otro
hombre, al otro señor- en la palabra señor puso tanto desprecio que casi se
atragantó.
-No lo vi nunca muy bien.
-Voy a ayudarte yo- dijo Salvador-. Era un hombre moreno y calvo
de unos cincuenta años y siempre vestido con traje.
-Sí. Y un poco gordo- dijo la mujer.
Salvador dejó sobre la mesa una fotografía del senador Zurcidó
recortada de un periódico. La mujer lo reconoció.
-Ese era el otro señor.
-Está bien, Gladis. Ahora vete. Si dices a alguien una sola palabra de
esto, te regalo un billete de avión en clase turista ¿entendido?
-Entendido ¿Puedo irme?
Carmen le respondió con un gesto con la cabeza y una sonrisa.
Salvador no la miró ni le prestó más atención. Permaneció largo rato
jugueteando con el paquete de cigarrillos.
-Así que el Cabezapera, Losantos y el senador se iban de orgía los
viernes por la noche con un montón de putas rusas.

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Carmen lo miró sorprendida de que hubiese llegado a esa conclusión
con los pocos datos que tenían.
-¿Por qué imaginaste que uno era el muerto y el otro era el senador?
La miró en silencio.
-Por que si el muerto no hablaba para nada del asunto del polígono
sur era que estaban conchabados de algún modo. Era la única explicación
lógica. Además, habíamos quedado en que el senador había advertido al
Cabezapera de nuestra visita. Blanco y en botella, ya se sabe, horchata.
-Hostias, hostias, hostias- dijo Carmen sonriendo.

150
22

-Vamos- dijo Salvador.


Carmen acababa de dejar el bolso sobre la mesa y estaba a punto de
de sentarse. Un minuto antes había colgado el abrigo en el perchero negro
que había al lado de la puerta. Después de un par de días soleados, había
amanecido una mañana fría y húmeda envuelta con una niebla densa que
helaba los huesos y era la ocasión ideal para estrenar abrigo.
-Pero si acabo de llegar- respondió Carmen y se sentó frente a él-.
Déjame, al menos que caliente un poco. Me he quedado helada.
Había tomado un café en el Luna antes de acudir a la comisaría y en
el camino la niebla le había calado hasta los huesos pese a que vestía el
abrigo camell que había comprado sólo una semana antes de que iniciase su
maldito destierro. En la cafetería había esperado encontrase con Salvador.
Sabía que desayunaba allí todos los días y le sorprendió no verlo. Tomó
café tranquilamente y luego, a paso rápido para no helarse completamente,
caminó hasta la comisaría. Se había apagado ya la iluminación nocturna y
la luz de la mañana era lechosa y parecía dar aún más frío a aquel gélido
día.
-Es mejor que salgas a la calle y te acostumbres. Esto no es más que
el principio. Desde hoy hasta que acabe marzo, no verás otra cosa por las
mañanas que lo que te deje la niebla. Así que vamos allá- dijo Salvador y
se incorporó.
Ella lo miró con gesto de fastidio, pero a él no pareció importarle.
Aquella mañana se había levantado con una idea en la cabeza, la misma
que le había rondado toda la noche causándole un sueño inquieto. Antes de
acostarse, cuando encendió el último cigarrillo del día y cerró el libro que
leía como hacía cada noche antes de dormir, se le ocurrió pensar cual sería
la razón de la sanción de Carmen. Hasta aquel momento, no había dedicado
ni un minuto a pensarlo, pero aquella noche casi se obsesionó con ello.
Realmente no podía decir que era un mal policía. Le había costado entrar
en el trabajo y al principio era un problema más que un compañero,
aunque, claro, con lo que le había pasado, lo comprendía. Pero con el
tiempo, se había mostrado como una persona inteligente y competente.
Incluso comenzaba a tener iniciativas.
Mientras se afeitaba, ahora lo hacía todos los días, tomó la decisión.
Necesitaba saber por qué la habían sancionado. Aquella mañana no
desayunó en el Luna. Se dirigió directamente a la comisaría. Tenía que
resolverlo antes de que ella llegara al trabajo. Lola, la secretaria del
comisario, era casi siempre la primera en llegar cada mañana y la encontró
como había imaginado ordenando los papeles para el despacho diario de

151
primera hora. Antes de que Salvador dijese nada, Lola lo saludó con algo
que más parecía una despedida que un saludo.
-No sé si darte los buenos días. Verte por aquí tan temprano no me
gusta nada. Seguro que me vas a complicar la vida.
Le dedicó una sonrisa irónica y calló un momento. Luego le miró a
los ojos y dijo con voz falsamente quejumbrosa:
-Eres injusta conmigo.
-Seguro.
-Necesito que me hagas un favor.
-Lo sabía. Dime lo que quieres, pero no te hagas ilusiones. Tus
favores no son… bueno, vamos a dejarlo.
Sin hacer caso de las quejas de la secretaria, Salvador fue al grano.
Prefirió no andarse con rodeos.
-Tengo que ver el expediente de mi compañera.
Lola rió burlonamente.
-Claro- dijo.
-¿Dónde está la gracia? No la veo- respondió muy serio.
La secretaria agachó la cabeza y volvió a dedicarse a ordenar los
papeles que tenía sobre la mesa, como si diera por terminada la
conversación.
-Sabes que no puedo- dijo a modo de despedida.
-Vale. Si ya lo sé no hace falta que me lo digas, pero eso no es cierto.
En todo caso, será que no debes.
Lola levantó la cabeza y lo miró a los ojos.
-Pues eso. No debo.
Salvador chasqueó la lengua y se le acercó. Colocó su cara más cerca
de lo que debía de la de la secretaria. Le invadió un perfume penetrante a
jazmín.
-No me jodas, Lola. Antes de desayunar tú y yo hemos hecho ya por
lo menos tres cosas que no debemos. Después del desayuno, ya ni te
cuento. Si no, esta casa de putas no funcionaría.
Ella intentó no moverse y mantener la cara erguida frente a él, pero
retrocedió un poco.
-No. Esta casa de putas no funcionaría si todos hiciésemos las cosas
como tú quieres- dijo.
Salvador se incorporó un poco y se alejó de ella. El perfume a jazmín
quedó, penetrante, en su nariz.
-Lola- mintió-, es mi compañera y tengo que saber con quien me la
juego. Puede que me vaya la vida en ello. Ha venido aquí por una sanción y
creo que es justo que yo sepa lo que ha hecho. No castigan a nadie con un
traslado por que sí.
-Pregúntaselo a ella.

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Era una respuesta razonable. Era lo que él habría contestado. Aunque
no le parecía oportuno hacer la pregunta a Carmen.
-Te pareceré desconfiado, pero en estos casos no me fío del
interesado. Prefiero los datos objetivos.
La secretaria se encogió de hombros y cerró los ojos.
-Pues si lo quieres saber, tendrás que ser menos desconfiado y fiarte
de ella.
-Eso significa que no me vas a ayudar, supongo. Que me vas a dejar
tirado.
La secretaria lo miró con disgusto. Le pedía un imposible y luego le
hacía quedar como la mala del juego.
-No es que no quiera ayudarte. Entiéndelo- se justificó-.
Simplemente no puedo. ¿Te gustaría que anduviera enseñando tu
expediente por ahí?
Salvador pareció no escucharla.
-En ese caso, esperaré a Pombal.
-Él tampoco puede. Lo sabes.
-Eso lo veremos- dijo Salvador y se sentó frente a ella cruzando los
brazos con gesto de niño enfadado.
Lola sabía que se quedaría allí hasta que llegase el comisario y que
aquella sería cualquier cosa menos una mañana tranquila. Salvador
conseguiría que el comisario se pusiera de un humor de perros y a ella le
levantaría dolor de cabeza. Lo miró y él le sonrió con afectación. La sonrisa
decía: ya ves, aquí estoy. Esperando.
-Te hago un trato- dijo la secretaria mirando el reloj. El comisario
estaba a punto de llegar.
Victoria.
-Habla- Salvador se incorporó.
-Te digo lo que quieres saber y me guardas el secreto.
-Soy una tumba- se llevó las dos manos a la boca haciendo el gesto
de cerrarla.
Lola calló. Parecía no estar segura de lo que iba a hacer. Lo miró
fijamente. Pese al empeño y la resolución que había mostrado para
conseguirlo, ahora no parecía impaciente por saber la causa de la sanción.
Simplemente esperaba impasible a que ella hablara.
-Falta de rendimiento.
-¡Qué dices!
-Lo que oyes. Falta de rendimiento en el trabajo. Según el inspector
que llevó el asunto, fue el caso de incompetencia más impresionante con el
que se había encontrado nunca
-No me lo creo.
-Te doy mi palabra. No hay ninguna otra falta más. Si dices algo te
mato.

153
Salvador meditó antes de responder.
-Silencio absoluto- dijo, se llevó un dedo a la boca y se fue.
Se sentó a esperarla desconcertado. No había conseguido imaginar lo
que habría hecho para que la castigaran con un traslado de destino, pero lo
que en modo alguno se le había pasado por la cabeza era eso. Apestaba a
venganza. Alguien se la había querido jugar. ¿Quién habría sido? Parecía
tener enemigos peligrosos. A lo mejor resultaba peligroso ser su
compañero.
Desde que había roto su matrimonio con Laura, Salvador nunca
había desayunado en casa. Nunca, ni una sola vez. Cada mañana, lo
primero que hacía al salir de casa era buscar un café caliente y si era
posible una ración de churros. El Luna no cerraba nunca, salvo quince días
en agosto, de modo que no le resultaba difícil. Aquella mañana, no lo había
hecho y esperaba impaciente a que llegase Carmen para tomar su primer
café y fumar un cigarrillo. Era incapaz de fumar con el estómago vacío. Por
eso no hizo ningún caso cuando ella le pidió que quedaran un poco más en
la comisaría.
-A mí no me importa acostumbrarme a la niebla desde aquí. Miró por
la ventana y ya está- se quejó Carmen cuando él insistió en irse.
Salvador se acercó al perchero y cogió el abrigo que ella acababa de
colgar y se lo acercó a la vez que dijo:
-Tenemos dos razones para irnos. La primera es que esta mañana,
por motivos que ahora no vienen al caso, no he desayunado y necesito
urgentemente tomar un café.
Carmen tomó el abrigo.
-Bueno, si es por eso- dijo-. ¿Y la segunda?
-La segunda te la cuento tomando el café.
No lejos de la comisaría había un colegio y la cafetería Nevada que
era la más cercana a ambos estaba atestada a aquella hora de madres que se
acababan de liberar de los niños y charlaban y fumaban en grupos de cuatro
o cinco. Carmen y Salvador se acomodaron el la barra cerca de la entrada.
-Bueno, ya conozco la primera razón, y supongo que la más
importante, para no quedar en la comisaría. Ahora me tienes que contar la
segunda- dijo Carmen al tiempo que Salvador encendía el primer cigarrillo
de la mañana.
-La segunda razón- respondió exhalando el humo con placer- es que
hemos de hacer planes y no podemos hablar cerca de Fernando y ya has
visto que se pasa la vida husmeando como un sabueso. Siempre pensé que
era un cotilla, pero nunca imaginé que fuera el espía de Zurcidó. Bueno, a
decir verdad, nunca imaginé que Zurcidó tuviese un espía en la comisaría.
Siempre pensé que estábamos en el mismo bando, aunque me parece que
en el bando de Zurcidó sólo está Zurcidó. Me imagino la cara que pondrá

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Pombal el día que se lo contemos… Le van a reventar las venas del cuello,
ya lo verás.
-Y ¿Cuándo se lo vamos a decir? Es el comisario. Yo creo que
deberíamos decírselo ya. Porque él sí está en nuestro bando, ¿no?
Salvador sonrió.
-Supongo que sí, pero cada día tiene su afán- dijo-. Y el de hoy no es
contarle nada al comisario. Tenemos otras prioridades.
-Ya, pero no está bien que no se lo digamos. Imagino que no le
gustará saber que se lo hemos ocultado.
-Lo que no le gustará será saberlo. Punto. Que se lo ocultemos o no
es secundario. De todos modos, Fernando nos puede ser útil. Puede que
necesitemos filtrar algo para que el Senador se entere.
-Bueno, eso es cierto.
-Y estoy convencido de que el senador y Losantos se traían algo
entre manos… bueno- Salvador dio la última calada al cigarrillo- voy al
servicio un momento y nos vamos.
Carmen esperó apoyada en el mostrador. Dejó que la mente vagara
sin rumbo y mientras miraba distraída la pantalla del televisor sin volumen
le pareció oír la voz de Ángel a su espalda. Sabía que no era él, que no
podía ser él porque Ángel estaba a quinientos kilómetros de allí, pero
instintivamente se volvió. Y allí estaba. En pie, frente a ella.
-Carmen- oyó decir en un susurro.
Lo miró sin responder. El corazón le dio un vuelco. Un latido le
subió hasta la garganta y casi la ahogó. Lo vio sonreír con su sonrisa
angelical y durante un segundo no supo que hacer. La mitad de su cuerpo
quería abalanzarse sobre él y golpearlo y patearlo sin piedad y la otra mitad
anhelaba fundirse con él en un abrazo. Un segundo después tomó el control
sobre sí misma y supo que no haría ninguna de las dos cosas. Optó por
preguntar sobre algo práctico
-¿Cómo me has encontrado?
-Pregunté en la comisaría y me dijeron que estabas aquí.
Pese al bullicio que había en la cafetería, entre los dos se extendió el
silencio. Lo rompió Ángel mirándola a los ojos:
-He llegado esta mañana. No he dormido en toda la noche. Ha sido
un viaje horrible.
Realmente no lo parecía. Estaba fresco como si acabase de salir de la
ducha con las mejillas recién afeitadas y aroma a sándalo. Carmen
agradeció que hubiera tardado tanto en ir a buscarla. Si no hubiera tenido
tiempo de meditar, si sólo tuviese el enfado y nada más, sucumbiría ante él.
-¿De veras?- dijo con sorna-. Es el viaje que yo hacía para
encontrarme contigo. Y mira cómo me lo pagaste.
Ángel tragó saliva. No aceptó el reproche y cambió la conversación:

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-Estuve toda la noche buscándote. Y todo el día siguiente. Creí que te
había pasado algo… no sé… pensé que me iba a volver loco. Intenté hablar
contigo, pero fue imposible, no querías escucharme, estabas completamente
fuera de ti.
Le parecía imposible, la estaba culpabilizando a ella.
-Comprenderás que estuviera un poco alterada- interrumpió con
sorna. En un instante comprendió que pese al dolor que sentía y que aún le
atenazaba la garganta, estaba disfrutando de aquel momento.
Ángel no la escuchó. Continuó su discurso como si ella no hubiera
dicho nada:
-Cuando volviste a casa a buscar la ropa intenté explicártelo todo y
tampoco me escuchaste.
Ella volvió a interrumpirlo
-Ya te he dicho que estaba un poco enfadada.
Ángel no dialogaba. Su expresión era un monólogo. No le importaba
más que lo que él decía.
-Tienes que escucharme ahora, por favor. Escúchame. Aunque sólo
sea un momento. Me he pasado la noche en el tren, he hecho quinientos
quilómetros sólo para hablar contigo.
Salvador supo desde el primer momento que aquel hombre era el que
se la había jugado en Madrid. Volvía del servicio para reunirse con ella y la
vio hablando con un hombre joven, unos cuatro o cinco años menos que él
y cuatro a cinco centímetros más alto, moreno con el pelo muy negro bien
arreglado y vestido con una gabardina marrón. Se detuvo a unos metros de
ellos. Suficientes como para permitirles intimidad, pero no tantos que le
impidieran acercarse en un instante si era necesario.
Carmen esperó en silencio a que Ángel hablase.
-Tienes que entenderme- dijo-. Me quedé solo en Madrid. No podía
con tu ausencia…
Estaba dispuesta a dejarlo hablar y no exaltarse, pero al oír aquello
no pudo permanecer callada.
-¿Y por eso me engañas?- exclamó- ¿Porque no puedes con mi
ausencia?
-No significa nada, de verdad.
Aquello era más de lo que podía soportar. Y no estaba dispuesta a
escucharlo ni un segundo más.
-Vete, por favor. Ya he escuchado bastante.
Ángel hizo un gesto implorante con las manos. Cerró los ojos con
fuerza y dijo:
-Espera, espera. Dime que he de hacer. Por favor, no me dejes así.
Dime que de hacer y lo haré.

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Carmen lo miró con tristeza. De pronto notó que ya no sentía odio ni
disfrutaba viéndolo suplicar ante ella. Sintió una pena profunda, pero no
por él sino por ella misma.
-Realmente tenías pocas posibilidades- dijo- y las pocas que tenías
podrían haberse realizado si hubieras empezado por pedirme perdón, pero
aún estoy esperando que lo digas.
-Perdóname, por favor. Perdón, Carmen, perdón- interrumpió.
-Ya es tarde. Déjame. Vete.
-No puedes hacerme esto. No puedes dejarme así. Te prometo que
nunca más… te lo prometo.
-Por favor vete. No quiero hablar más. No quiero verte más. No
quiero saber nada de ti nunca más.
-No puedes dejarme así. No puedes dejarme tirado como un papel.
Yo te quiero- dijo Ángel suplicando y acercándose a ella.
Salvador dio tres pasos y se colocó a su lado.
-Le ha dicho que se vaya- dijo en un tono que no admitía discusión.
-Déjalo, Salvador. No es necesario- intervino Carmen.
Los dos hombres se miraron a los ojos sosteniendo la mirada. El
primero en apartarla fue Ángel.
-El TALGO sale a las dos y media. Catorce treinta que pone en el
billete. ¿de acuerdo?
Ángel no respondió. Miró a Carmen con una mezcla de rabia e
imploración, se giró y se fue.
-Si yo estuviera en tu lugar me tomaría una copa de aguardiente. Del
más fuerte- dijo Salvador cuando quedaron solos mirándola a los ojos que
se le comenzaban a llenar de lágrimas.
Ella sonrió esforzándose para no comenzar a llorar.
-No será necesario- respondió.
Permanecieron en silencio mucho tiempo. Salvador intentaba buscar
algo que decir, pero no encontraba ninguna palabra apropiada. Se
encontraba violento en aquella situación. Si volviese a aparecer aquel tipo
en la cafetería le partiría la cara. No era que le importase demasiado el
engaño a Carmen, al fin y al cabo no eran más que compañeros de trabajo,
pero con todo aquello, él lo estaba pasando casi tan mal como ella. No era
una persona que tuviera habilidad para resolver ese tipo de situaciones,
hacía ya varios años que no tenía una conversación cara a cara con una
mujer y había perdido la práctica. Encendió un cigarrillo. La miró y
observó con alivio que no lloraba. Bueno, algo es algo.
-Si no te encuentras en condiciones, lo dejamos por hoy.
Carmen enjugó la lágrima que asomaba en su ojo izquierdo y
respondió:
-No será necesario. Estoy bien. Me das cinco minutos para
arreglarme y nos vamos.

157
Salvador la miró alejarse hacia los lavabos y la esperó fumando un
nuevo cigarrillo. Joder, los disgustos de esta mujer van a acabar con mi
salud. Cuando regresó su rostro estaba radiante. Parecía que no hubiese
ocurrido nada.
La niebla aún no había levantado y continuaba haciendo frío.
Salvador se subió el cuello del chaquetón y tiró el cigarrillo. Carmen no
sintió el frío. Ya estaba helada.
-¿A dónde vamos?- preguntó.
-Me gustaría ver el polígono sur. Si la muerte de Losantos tiene algo
que ver con él, es conveniente que lo conozcamos ¿no te parece?-
respondió Salvador.
Ella asintió y comenzó a caminar sin responder. Al cabo de un rato
dijo:
-No os entiendo. A los hombres, quiero decir.
-Sí, somos complicados, aunque unos más que otros. Yo,
particularmente, soy muy simple, lo cual no deja de ser una ventaja.
Carmen lo miró y sonrió. Sabía que no hablaba en serio y se lo
agradecía. Continuó con su discurso:
-Sois incapaces de conservar lo que tenéis y cuando lo perdéis sois
incapaces de vivir sin ello.
-A lo mejor eso lo dices porque ese novio tuyo ha viajado quinientos
quilómetros para intentar recuperarte. En qué poca estima te tienes. Por una
mujer como tú, yo viajaría los quilómetros que hiciera falta…. Aunque,
claro, a lo mejor tienes razón. Puede que cuando tuve que viajar de verdad
y puede que no tantos quilómetros, me quedara sentado en casa sin hacer
nada- dijo Salvador pensando en su propia historia.

158
23

Después de bajar del coche tuvieron que caminar un buen trecho por
caminos de tierra embarrados y resbaladizos por la humedad de la niebla.
Salvador había oído, como el resto de los habitantes de Orense, hablar
repetidamente del polígono sur, pero para él no era un lugar exacto sino
una idea difusa en una hoja de papel de periódico. No tenía una idea muy
clara de dónde se encontraba exactamente ni de cuales eran sus límites.
-¿Qué piensas encontrar allí?- le había preguntado Carmen poco
tiempo después de subir al coche.
-Supongo que nada. De momento me conformo con encontrar el
sitio. Que yo sepa aún no se ha iniciado ninguna obra allí, así que lo que
veremos será… no sé, un solar vacío.
En realidad, no sabía exactamente a qué iban al polígono. Sólo tenía
la idea de que era necesario que fuera a aquel lugar.
-Pues, si no es muy necesario, lo podíamos haber dejado para otro
día. La verdad es que hoy no está la mañana para muchos paseos por el
campo- dijo Carmen después de un largo silencio.
La niebla no levantaba aún y el relente y el frío dominaban el día.
Circulaban sobre el asfalto humedecido de la quinientos veinticinco con las
luces de cruce encendidas. Apenas había tráfico. El cristal se empañaba
poco a poco y Salvador pasaba de vez en cuando su mano por él para
despejar la vista. De vez en cuando, también, tenía que accionar el
limpiaparabrisas. La niebla mojaba casi como si lloviese. El interior del
coche era agradable y confortable con el aire caliente que salía por las
toberas del salpicadero, pero con sólo mirar al exterior se congelaban los
huesos. Realmente no era una mañana apropiada para pasear por el campo.
La niebla y el frío se habían enseñoreado definitivamente del día.
-Después del encuentro de esta mañana te conviene un paseo, así
podrás despejarte y aclarar tus pensamientos- contestó Salvador a la queja
de Carmen.
Ella respondió como si le hubieran accionado un resorte.
-No necesito aclarar nada. Tengo los pensamientos muy claros.
Salvador notó que había cierto resquemor en la respuesta. Pensó que
sería mejor mostrarse prudente aquella mañana y evitar comentarios
sarcásticos. Optó por callar durante el resto del viaje. Al bajar del coche
encendió un cigarrillo y comenzó a caminar dejando a su espalda la
carretera y unos cuantos metros por encima, al otro lado del asfalto, en una
ladera que miraba hacia el este, las últimas casas de la ciudad, una fila de
chalets adosados. Carmen caminó tras él en silencio acurrucada por el frío
y mirando cuidadosamente al suelo para no resbalar. Supusieron que se
encontraban en el polígono sur cuando llegaron a un enorme erial donde

159
crecían malas hierbas y montones de mimosas. Alrededor había varios
campos de maíz y alguna viña mal cuidada. No había mucho que ver en
aquel lugar. Salvador arrojó el cigarrillo al suelo y lo pisó. La última
bocanada de humo se perdió en la niebla.
-Este debe de ser el famoso polígono- dijo.
Carmen se detuvo a su lado y subió el cuello del abrigo.
-Menos mal que está en el sur, si llega a estar en el norte nos
helamos.
Salvador no hizo caso del comentario y comenzó a caminar por un
pequeño sendero que separaba el terreno cultivado del baldío que ocupaba
el polígono.
-Pero ¿qué buscas?
Qué buscaba. En realidad no lo sabía. Dejó vagar el pensamiento en
voz alta:
-Tiene que haber una relación entre la muerte de Losantos y esta
tierra- señaló con la mano hacia el espacio del polígono-. No puedo
hacerme una idea de cómo, pero tiene que haber una relación.
Dejó la última palabra en el aire y permanecieron en silencio. La
niebla era tan espesa que Carmen notó que tenía el pelo húmedo.
-No dudo que haya alguna relación, pero si ya has visto lo que
querías podíamos continuar los razonamientos en algún lugar más cálido-
dijo al tiempo que cruzaba los brazos intentando darse calor a sí misma.
Salvador respondió con un movimiento de la cabeza indicando hacia
la dirección del coche. El camino de vuelta lo hicieron a paso rápido sin
poner excesiva atención en el resbaladizo suelo. Como no habían estado
demasiado tiempo fuera, el interior del coche aún no se había enfriado y les
resultó reconfortante acomodarse nuevamente en los asientos. Al arrancar
el motor, la tobera comenzó a soplar agradablemente aire tibio.
-¿De quién es el polígono?- preguntó Carmen antes de iniciar la
marcha.
Salvador iba a engranar la marcha atrás y a girar la cabeza, pero se
detuvo para contestar:
-Bueno, no estoy muy seguro, pero creo que es propiedad municipal.
-Ya- dijo Carmen e hizo una pequeña pausa-, eso quiere decir que no
hay especulación posible.
-Bueno, bueno. Eso es mucho afirmar. La especulación siempre es
posible. ¿Qué me dices de todo el terreno que rodea el polígono? Ahora no
vale apenas nada, mira, la mitad de las viñas sin cuidar, pero si se construye
aquí, todo esto puede pasar de terreno rural a urbano…o edificable o como
se llame. El caso es que seguro que lo llenan de cemento. Esto puede pasar
de no valer nada a hacer millonario a más de uno.
-Entonces cambio la pregunta, ¿Quién es el dueño de todo esto? Lo
que rodea al polígono.

160
Salvador engranó la marcha atrás y volvió la cabeza.
-Eso es lo que vamos a averiguar ahora- dijo girando el volante del
coche e iniciando la marcha.
-Vale, pero primero nos tomamos un café bien calentito. Tengo los
pies helados.
-¿Qué quieres? ¿Meterlos en la taza?
Carmen lo miró sin decir nada con aire displicente, aunque en el
fondo agradecía aquellas salidas de tono de su compañero. Y más en un día
como aquel. Todo lo que le alejase de Ángel, aunque fuese el mismo
diablo, sería bienvenido.
Dejaron el coche cerca de la comisaría y tomaron un café en la
cafetería Nevada. Luego caminaron tranquilamente hacia el catastro.
-¿Por quién apuestas como propietario?- preguntó Salvador cuando
enfilaron la calle de Santo Domingo camino del casco viejo.
-¿De las fincas que rodean el polígono? No sé. Sería muy evidente
que fueran del senador- respondió Carmen-. Aunque es el principal
promotor del proyecto ¿no? Yo apostaría por el senador y el muerto. Lo
tenían a medias y por eso no tocó el tema.
-Tienes razón. Sería muy evidente que fueran sólo del senador.
Además, si Losantos no sacaba tajada en el asunto, debería haberse
opuesto. Y no lo hizo. Pero, bueno, es una tontería especular. En un par de
horas estaremos al cabo de la calle.
El catastro se encontraba en la parte vieja de la ciudad. Rodearon la
hermosa fuente de la plaza del hierro, caminaron hacia la catedral por las
calles piedra húmeda y fría y enfilaron al fin la calle donde se encontraba el
catastro. Antes de cruzar la puerta, Carmen preguntó:
-¿A quién conoces aquí?
Salvador rió y negó con la cabeza.
-A nadie. La propiedad no es lo mío.
Los recibió una funcionaria agradable sin mucho qué hacer y que
miraba pasar la mañana con gesto aburrido. Agradeció la visita de aquellos
dos policías que le dieron charla y trabajo hasta la hora en que la jornada
finalizaba.
-Me haría falta el número de las parcelas o del polígono al que os
referís para buscar el propietario- dijo la funcionaria ante la petición que le
habían hecho.
Se miraron un tanto desconcertados. Con eso no contaban. Antes de
que dijeran nada, la funcionaria les informó:
-A no ser que me lo indiquéis en el plano.
-Bueno, lo que nosotros queremos averiguar está alrededor del
famoso polígono sur.
-Entonces, manos a la obra- dijo la mujer.

161
Sobre una mesa desplegaron planos y planos de la ciudad de Orense
y con el asesoramiento de la funcionaria fueron anotando el número de
cada una de las parcelas que rodeaban el polígono.
-Creo que deberíamos investigar no sólo las colindantes- la palabra la
había empleado por primera vez la funcionaria del catastro y a Salvador le
había hecho gracia-. También sería bueno averiguar quienes son los
propietarios de las parcelas colindantes con las colindantes.
Durante más de dos horas se enfrascaron en la tarea y no pararon
hasta que tuvieron en sus manos un par de folios con la lista completa de
los propietarios de todas las parcelas que de algún modo podrían
beneficiarse con la urbanización del polígono sur. No les extrañó que entre
los nombres de los propietarios no aparecieran ni el senador ni el periodista
muerto. Parecía acertado pensar que utilizarían algún testaferro. Averiguar
si era así era la labor que les quedaba para aquella tarde.
-¡Qué ganas tenía de fumar¡- dijo Salvador encendiendo un cigarrillo
en cuanto pisaron la calle.
En el reloj de la catedral sonaron tres campanadas.
-No me había dado cuenta. Pero si has estado casi toda la mañana sin
fumar.
-¿Viste?- dijo Salvador mirando el reloj-. No tenían ni ceniceros ahí
dentro. Esta gente que trabaja con la propiedad son unos depravados.
-Completamente.
Salvador volvió a mirar el reloj. Era la hora de comer y se sentía
hambriento. Miró a Carmen con disimulo al tiempo que comenzaban a
caminar. Podían comer juntos, pensó. Con la visita que había recibido
aquella mañana a lo mejor no le apetecía quedarse sola.
-¿Dónde sueles comer?- preguntó cuando habían dado diez o doce
pasos.
Carmen no imaginó ni por asomo que aquello fuera el inicio de una
invitación a comer juntos.
-Habitualmente en casa- respondió sin pensarlo.
Desde que habían aclarado las cosas y hablado sobre el problema que
había causado sus llantos, Salvador ya no se encontraba tan violento a su
lado sin la cobertura del trabajo y se sentía con fuerzas para comer con ella
y mantener una conversación agradable.
-Cerca de aquí está la taberna de Federico- dijo-. El otro día comí allí
con Eduardo. Creo que no lo conoces. Es un compañero. Bueno, es un sitio
muy agradable. Y se come bien. Y barato. ¿Qué te parece si nos vamos
allí? Luego tenemos que seguir trabajando toda la tarde.
Ella lo miró convencida de que la invitación a comer con él tenía
relación con la visita de Ángel aquella mañana. Realmente se lo agradecía.
Aquella mañana no había sentido ya ganas de llorar como había temido en
un principio tras el encuentro con Ángel, sin embargo, desde que lo había

162
visto frente a ella en la cafetería no había sentido más que una tristeza
profunda y una especie de desesperación y lástima por si misma. Nunca
antes en su vida se había sentido así de triste. Aunque no le apetecía
conversar con nadie, tampoco quería quedarse a solas consigo misma. Era
demasiado pronto.
-Bueno- contestó sin dar demasiada importancia a la invitación.
En la plazuela que había frente a la catedral giraron a la izquierda y
bajaron a la plaza Mayor. La niebla ya había levantado y lo único que
quedaba de ella era la humedad pegada al suelo y a las paredes de piedra
del casco antiguo. El sol calentaba con cierta fuerza y la temperatura era
agradable, lo mismo que el paseo hasta la taberna de Federico. Cruzaron la
calle de Progreso y en un pequeño callejón en pendiente que desembocaba
en ella se encontraron con la taberna. No estaba tan llena de comensales
como el último día que Salvador había comido allí. Dos o tres mesas
estaban vacías, aunque aún conservaban los restos sin recoger de una
comida. Eduardo tomaba el postre solitario en su mesa. Los saludó con un
gesto levantando la cucharilla con la que comía el flan casero.
Con una habilidad pasmosa la joven que los atendía retiraba el
mantel de papel y recitaba el menú de memoria. La ensalada mixta y las
lentejas se habían acabado, quedaba la sopa de cocido y macarrones. De
segundo, salmón, filete y la carne guisada. Los dos pidieron la sopa y el
salmón.
-¿De beber?- preguntó la joven antes de irse con el atillo que había
formado con el mantel viejo y los restos que habían dejado los anteriores
comensales.
-¿Agua?- dijo Salvador mirando a Carmen.
Ella asintió.
-Agua para los dos.
Carmen miró a Salvador con curiosidad. No pudo reprimir la
pregunta.
-¿No tomas vino con la comida?
Salvador sonrió e hizo un gesto de resignación.
-No. No puedo.
Carmen lo miró fijamente a los ojos
-¿Qué historia tienes tú con el alcohol?- preguntó. Nada más hacer la
pregunta ya se estaba arrepintiendo. En el fondo, no tenía ningún derecho a
entrometerse en la vida privada de su compañero.
Salvador tomó un cigarrillo del paquete que había depositado sobre
la mesa.
-¿Te molesta que fume?
Ella negó con la cabeza. Él encendió el cigarrillo parsimoniosamente
y dijo:
-Algún día te lo contaré. Pero es algo parecido a lo de tu embarazo.

163
Carmen sonrió sin poder evitar que su rostro se ruborizase.
-Lo siento. Me parece que no debí preguntártelo.
-No te preocupes. No es ningún secreto. Solo que…
La joven interrumpió la conversación depositando sobre la mesa dos
platos y una sopera.
-Ahora traigo el agua y el pan- dijo y se fue.
La sopa era sabrosa y Salvador comió con apetito. No levantó la
cabeza del plato hasta que casi lo había vaciado y cuando lo hizo vio que
Carmen no había probado bocado. Tenía el codo izquierdo sobre la mesa y
apoyaba el mentón en la palma de la mano. Con la mirada perdida en el
fondo del plato, jugueteaba con la cuchara dándole vueltas lentamente.
Parecía la encarnación de la tristeza. Después de un instante notó que su
compañero la miraba. Levantó la vista y sonrió. Se miraron sonriendo
durante un buen rato, pero ambas fueron las sonrisas más tristes de aquella
mañana. Salvador intentó decir algo, pero fue incapaz de encontrar una
frase apropiada. Fue ella quien rompió el silencio.
-¿Siempre has vivido solo?- preguntó.
-No, mujer. Yo también tuve papá y mamá- respondió. No se
encontraba a gusto con tanta tristeza y prefirió responder así.
-No. En serio- dijo ella.
En serio. Le preguntaba en serio si siempre había vivido solo. No se
atrevía siquiera a pensar en ello y quería que le contestara en serio.
-Estoy divorciado, si es eso lo que preguntas- al hablar, las palabras
le dolían en la garganta.
El rostro de Carmen no dejó ver tras la tristeza ninguna otra
emoción.
-¿Cómo te sentiste?
Vaya pregunta. Eso si que era difícil de contestar. ¿Cómo se había
sentido? Dejó la cuchara que aún tenía en la mano sobre la mesa y
encendió un cigarrillo.
-No sabría decirte, no encuentro ninguna palabra que…
-¿Sabes cómo me siento yo?- interrumpió Carmen. Luego, sin
esperar respuesta continuó-: ¿Has visto alguna vez una de esas fotos del
mar de Aral en la que se ve un barco que parece perdido en mitad del
desierto? El mar se ha secado y el barco se ha quedado sin agua para
navegar. Así me siento yo.
Salvador sintió tal congoja al oírla que fue como si se le encogiera el
pecho. Apenas si pudo contener las ganas de llorar que le asaltaron. Cerró
los ojos y notó que los tenía llenos de agua.
-Me gustaría poder consolarte, pero…- dejó la frase en el aire. ¡cómo
iba a consolarla si él era como el puerto que se hubiera quedado sin agua y
sin barcos!

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-¿No está buena la sopa?- la joven camarera interrumpió el silencio
en que se miraban.
-Sí, sí. Es que no tengo mucho apetito.
-¿Traigo ya el salmón?
-Sí, sí. El salmón está bien.
La camarera se llevó los platos y la sopera.
Carmen se enjugó una lágrima que comenzaba a desbordar el
parpado.
-Vaya comida que te estoy dando.
-No te preocupes…- ¿qué otra cosa podía decir?
Carmen inspiró profundamente.
-Te prometo que me lo voy a comer todo y no voy volverte loco con
mis malos rollos- dijo intentando esbozar una sonrisa.
Acabaron la comida prácticamente es silencio. Ninguno de los dos
comió mucho y sin esperar siquiera a una breve sobremesa, salieron
disparados hacia la comisaría. Partieron la lista de propietarios de las
parcelas a la mitad y cada uno se aplicó con auténtico entusiasmo a buscar
en los datos del servicio de documentación. En aquel momento, ambos
sentían la necesidad de trabajar, de ocupar la mente con algo que librara de
ser lo que eran. Aunque fuera sólo por una horas.
Y estuvieron comprobando propietario a propietario hasta que cayó
la noche. Acabaron, cada uno con su parte, prácticamente al mismo tiempo.
-¿Encontraste algo?- preguntó Carmen cuando se encontraron.
Salvador con gesto serio negó con la cabeza.
-Nada de nada. Ninguno de los propietarios tiene relación ni con el
senador ni con Losantos.
Se miraron en silencio.
-A lo mejor el polígono sur no tiene nada que ver.
Salvador seguía moviendo la cabeza con gesto negativo.
-Claro que tiene que ver. Estoy seguro. Si no, no tiene sentido.
Analiza las cosas. El senador y Losantos juntos en el club del Cabezapera.
De cara al público, enemigos irreconciliables. En privado, amigos íntimos,
o, por lo menos, compañeros de juerga. Y de lo único que Losantos no
escribe es del proyecto del polígono. Tiene que haber algo. Y por eso lo
mataron. Estoy seguro.
-Bueno, ¿Y qué hacemos?
Salvador miró el reloj.
-De momento nos vamos a casa. Ya es tarde. Mañana intentaremos
hablar con la oposición. A lo mejor nos explican de un modo que podamos
entender lo que pasa con el polígono.
En la calle, con el sol ya puesto, hacía frío y la niebla comenzaba a
envolver de nuevo la ciudad. Con un gesto automático, ambos subieron el
cuello del abrigo y se detuvieron un momento frente a la comisaría. Debían

165
de caminar juntos casi todo el trecho hasta sus casas y Salvador no se sintió
con fuerzas para hacerlo.
-Bueno- dijo a modo de despedida-, yo voy a dar una vuelta por ahí.
Aún es muy pronto para encerrarme en casa, así que hasta mañana.
-Hasta mañana- se despidió Carmen.
Salvador vagó por el centro hasta que calculó que podría volver a
casa tranquilamente. Mientras caminaba no podía dejar de pensar en Laura,
en su vida y en su propia soledad.
Carmen cerró la puerta de casa y se tiró en el sofá. Aunque estuviera
sola y seca como el barco en el desierto, tenía un refugio donde encerrarse.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba en casa.

166
24

Salvador dejó la cafetería, subió el cuello del chaquetón azul, se


embozó como pudo frente a la fría niebla y caminó a paso lento hasta la
comisaría con las manos en los bolsillos. Sólo de vez en cuando sacaba
izquierda a la intemperie para retirar el cigarrillo de la boca cuando el
humo le irritaba demasiado los ojos. La mañana había amanecido
nuevamente brumosa y fría. Las luces que habían iluminado la pasada
noche aún no se habían apagado y entre las farolas vagaban las miles de
pequeñas gotas que le calaban hasta los huesos y hasta nublaban la vista.
Pase al frío, caminó despacio. Con el cuello del chaquetón levantado y
cubriéndole la nuca, la única parte del cuerpo que sentía helada eran las
mejillas. Recién afeitadas, el frío se colaba entre los poros de la piel aún
abiertos. No había sido buena idea afeitarse a diario. Mejor sería volver a
las viejas costumbres de policía duro y aspecto de mal aseado. Aunque
quizá no fuese tan buena idea. Aquel pasado aún cercano le parecía
neblinoso como aquella mañana. Aquel policía mal aseado era un borracho.
Pese a que le costara reconocerlo.
Ya cerca de la comisaría se dio cuenta de que estaba aminorando el
paso, como si quisiera retrasar la llegada al trabajo. Tras la conversación
que había mantenido con su compañera el día anterior durante la comida, se
volvía a sentir violento en su presencia. Le había costado tiempo, y creía
que a ella también, encontrase relajado a su lado. Tenía la sensación de que
Carmen se sentía también avergonzada por todo lo ocurrido entre ellos
aquel lluvioso sábado cuando la había encontrado llorando en mitad de la
calle. Y de algún modo, él también sentía cierta vergüenza, aunque
realmente no sabía de qué. Lo que sí sabía era que le había costado mucho
relajarse cuando ella estaba cerca y encontrarse bien a su lado. Y ahora que
comenzaba a distenderse y a disfrutar de su compañía más allá de lo
estrictamente profesional, la conversación del día anterior volvía a
distanciarlo de ella, auque, si lo pensaba bien, se habían dicho cosas que en
realidad hacían que se acercasen más íntimamente. Pero él siempre había
tenido algunos problemas con las relaciones personales. Sobre todo con ese
tipo de relaciones. En realidad muchos problemas y casi con cualquier tipo
de relaciones. Acaso llevaba demasiado tiempo durmiendo solo.
La comisaría lo saludó con un agradable golpe de calor. Al bajar el
cuello del chaquetón azul notó que estaba mojado como su hubiese llovido.
Se pasó la mano por el pelo y lo notó húmedo como al salir de la ducha.
Mientras subía la escalera hasta la segunda planta en la que se encontraba
su oficina notó que le alcanzaba un aroma a vainilla. Se volvió y vio que
Carmen subía sólo unos escaños tras él. Tan ensimismado estaba en sus
pensamientos que no se había dado cuenta de que lo estaban siguiendo.

167
¡Vaya policía¡ Ella fue la primera en sonreír. Tenía el cabello también
húmedo por la niebla y brillaba a la luz pálida de los fluorescentes. La
mirada también le brillaba y con la sonrisa pareció como si lo hiciera aún
más. Salvador devolvió el gesto y antes de saludarla notó que todos sus
temores a encontrarse con ella habían desaparecido. Aquella sensación de
tensión y vergüenza que había sentido en otras ocasiones no había
aparecido.
Camino a la comisaría Carmen lo había visto marchar unos metros
delante de ella con paso cansino y como acurrucado por el frío. Pensó que
con acelerar el paso sólo un poco lo alcanzaría, pero no lo hizo. Le causaba
una sensación parecida al pudor la sola idea de verlo. El día anterior, sin
que supiera muy bien por qué había hablado con él como si fuera un amigo
íntimo. Y eso le pesaba en el ánimo. No comprendía muy bien qué veía en
aquel hombre para sincerarse con él. No era precisamente el tipo de
persona que incitaba al diálogo. Parecía más un perro de presa que uno de
compañía. Acaso fuese por eso. Hablar con el parecía como hablar consigo
misma nada más. O quizá no. Puede que estuviese tan sola que hasta
contaría sus penas al primer mendigo que le pidiera limosna.
Conforme se acercaba a la comisaría notó que Salvador aminoraba
la marcha y casi se detuvo. Lo alcanzó cuando comenzaba a subir la
escalera. Él se volvió cuando puso el pie en el primer escalón. Se sonrieron.
Y la sensación de temor, pudor y vergüenza que tenía antes de encontrarse
con él desapareció.
-Y ahora ¿qué hacemos?- preguntó Carmen cuando estuvieron
acomodados frente a frente en la oficina.
Antes de contestar, Salvador miró con disimulo buscando la mirada
indiscreta de Fernando Andrés. Como no lo vio, dijo:
-Parece que hoy no tenemos espía. De momento, al menos. Así que
es buen momento para hacer unas llamadas. He pensado que necesitamos
información de primera mano sobre el proyecto del polígono sur.
-Pero…- interrumpió Carmen.
-Ya, ya sé que nadie sospechoso ni conocido tiene ninguna propiedad
en el polígono ni en los alrededores, pero estoy seguro de que hay algo feo
ahí. No puede ser de otra manera.
Carmen se encogió de hombros.
-Tú sabrás.
-Fíate de mí. Mira, he pensado que para saber otra verdad sobre el
polígono lo mejor es preguntar a la oposición- dijo Salvador como si fuese
una idea genial.
Carmen calló un momento con aire despiadado y lo miró como si no
comprendiera.
-¿Qué oposición?- preguntó.
Salvador sonrió con suficiencia.

168
-Vamos a ver- dijo-. El senador a través de su mano derecha que es
el alcalde quiere urbanizar el polígono y construir no sé cuantas mil
viviendas y un centro comercial. Al menos eso es lo que yo he entendido en
el periódico. Los socialistas se oponen. Por algo será ¿no? Pues lo mejor
será hablar con ellos y que nos cuenten su versión.
Ella asintió con la cabeza
-No es mala idea.
Salvador se hinchó un poco y pareció crecer medio palmo.
-Te dije que te fiaras de mí. Pues manos a la obra- dijo tomando el
teléfono y mirando alrededor buscando nuevamente la presencia de
Fernando Andrés antes de marcar. Presionó el cero para coger línea y
colgó-. ¡Joder! No sé el número del ayuntamiento.
Carmen tenía en la cara una sonrisa y en la mano la guía telefónica.
Se la tendió.
-¿Estás seguro de que me tengo que fiar de ti?
Salvador tomó la guía sin responder e inició un calvario de casi una
hora hasta que consiguió concertar una cita con el concejal Fuentes Candal.
Carmen lo observó atenta y cuando al fin dejaron la comisaría se dio cuenta
de que hacía varias semanas que no se divertía tanto. Telefoneó seis veces
al ayuntamiento para conseguir averiguar que el concejal no estaba allí y
que no sabían su iría aquella mañana. Y en el caso de que fuera, no, no
sabían la hora. En realidad quien lo averiguó todo fue Carmen. Tras cinco
llamadas infructuosas de departamento en departamento durante las que
Salvador elevaba cada vez más el tono de voz, Carmen le pidió el teléfono.
-Será posible…- se quejó Salvador-. Nadie sabe si está o si no está.
Que si no llegó aún, que si ya se fue…
-¿Me permites?- dijo ella.
La miró con rabia y encendió un cigarrillo.
-Todo para ti.
Carmen marcó y tras la respuesta al otro lado de la línea, dijo:
-Buenos días. Don Eduardo Fuentes, por favor.
-No se encuentra aquí en este momento. Tiene que llamar al
despacho de su grupo- contestó la voz femenina al otro lado de la línea.
-Pero eso no es posible. Hace menos de cinco minutos hemos
recibido una llamada de don Eduardo Fuentes desde ese teléfono. Acaba de
hacer un pedido y yo ahora llamo para confirmarlo.
-Pues aquí no está.
-Mire- dijo Carmen-, llamo desde la compañía erótica a distancia,
hace unos minutos hemos recibido un pedido a nombre de Don Eduardo
Fuentes y sólo quiero confirmar que no se trata de una broma. ¿Podría
hablar con Don Eduardo? por favor.
Al otro lado del teléfono sonó una risita y un cuchicheo.
-Espere un momento…

169
-Espero.
Salvador la miró con los ojos abiertos como platos.
-Oiga- dijo la voz metálica al otro lado de la línea después de un par
de minutos de espera.
-Sí, sígame- respondió Carmen con voz seria y profesional.
-Mire, creo que le han gastado una broma. Don Eduardo nunca viene
al ayuntamiento los miércoles por la mañana.
-Ya. Y no sabrá dónde está.
-Me dicen que seguro que ahora está en la sede del partido, pero…-
respondió la voz telefónica dándose cuenta demasiado tarde de que si todo
había sido una broma, no era necesario dar ninguna información sobre el
paradero de Eduardo Fuentes.
-Muchas gracias- dijo Carmen y colgó sin dar tiempo a más. Miró a
Salvador con suficiencia-. Los miércoles por la mañana está en la sede del
partido. Tú sabrás donde es eso.
Salvador no acababa de creer lo que estaba viendo. Negaba con la
cabeza como un tonto.
-La mente humana es realmente perversa- dijo.
Carmen le tendió el teléfono.
-¿Quieres que llame yo?- preguntó.
-No. No es necesario- el tonó de Salvador fue seco y cortante.
Para concertar la cita con el concejal no tuvo que hacer más que dos
llamadas. Fuentes Candal se reuniría con ellos en una hora. Después de
colgar el teléfono miró el reloj.
-Media hora para llegar a la sede caminando y otra media para tomar
un café. ¿Hace?
Carmen asintió. Quince minutos más tarde, mientras encendía un
cigarrillo y revolvía el azúcar en el café, Salvador dijo:
-¿Cómo se te ocurrió lo de la compañía erótica distancia?
Ella sonrió antes de contestar.
-No se me ocurrió a mí. Lo he visto hacer en un par de ocasiones y
nunca falla. Todo el mundo colabora con la esperanza de que no sea una
broma y pillar al que ha hecho el encargo con las manos en la masa.
Cuando salieron de la cafetería, comenzaba a despejarse el día. La
niebla ya había levantado y antes de irse hasta la mañana siguiente
jugueteaba con los últimos pisos de los edificios más altos. El sol
comenzaba a dejarse ver e iluminaba la ciudad con una luz espectral. El
frío de la mañana parecía menos húmedo e intenso y el paseo hasta la sede
del partido socialista fue agradable. Sólo cuando cruzaron el puente, la
brisa que comenzaba a llevarse la niebla hizo que acelerasen el paso.
El concejal Fuentes Candal no los hizo esperar.
-Se ve que no es aún nadie importante- dijo Salvador después de que
les hubiesen indicado que el concejal estaba de camino.

170
Los recibió en una pequeña sala de juntas con una mesa redonda no
excesivamente grande. En la sala olía fuertemente a tabaco. Antes de
acomodarse en torno a la mesa, fue Salvador quien hizo las presentaciones.
-Subinspector Montaña. Mi compañera la agente Martínez.
Se dieron la mano. El apretón del concejal fue exactamente igual de
firme y enérgico que el que les había dado el senador Zurcidó.
-Espero que no les haya mandado el alcalde a detenerme.
Fuentes Candal era un hombre de aspecto agradable de no más de
cuarenta años, delgado y no muy alto. Vestía una chaqueta beige con un
jersey negro de cuello alto y tenía el pelo largo y muy bien peinado y
cortado. Parecía encantado consigo mismo por ser tan guapo.
-Bueno. Ustedes dirán. Estoy a su entera disposición.
Salvador tenía en su mano la libreta de notas y el bolígrafo que había
sacado del bolsillo al sentarse y jugueteó con ambos antes de hablar.
-Bueno- dijo al fin-, estamos investigando la muerte de Froilán
Losantos y…
-Losantos no era santo de mi devoción precisamente- interrumpió el
concejal sonriendo satisfecho por el juego de palabras-, pero no creo que
me encuentre entre los sospechosos.
Salvador lo miró con el rostro serio y frío como una estatua. Vaya,
salio graciosillo el conejal.
-En fin- continuó Fuentes Candal tras carraspear-, de todos modos ha
sido una gran pérdida para la ciudad. Pero continúe, por favor.
-Decía que investigamos la muerte de Froilán Losantos y para llevar
la investigación a buen puerto nos gustaría saber todo lo posible sobre el
proyecto del polígono sur. Es posible que haya alguna relación.
El concejal se hinchó un poco antes de responder. Hacía seis meses
que se había encargado personalmente de la oposición al proyecto y lo
había convertido casi en algo personal.
-Pues díganme exactamente qué es lo que quieren saber.
-Bueno, para empezar- dijo Salvador-, nos gustaría saber cómo es
que el polígono es propiedad municipal.
-Claro. Se trata de una donación. Fue hecha a principios de los años
ochenta por un emigrante para la construcción de un espacio polideportivo
para la ciudad.
-¿Polideportivo?
-Polideportivo, sí- el concejal afirmaba con la cabeza-. Pero no fue
muy listo. El alcalde que había entonces, Pombal Laso, tío de su jefe,
según creo y un gran alcalde y compañero de partido; pues bien, Pombal
Laso le coló una cláusula en la cesión por la que el polígono podría usarse
para otro fin siempre que fuese de interés social. Y ya ven, lo que son las
cosas, aprovechando esa cláusula, ahora estos quieren convertirlo en un
centro comercial y en zona residencial.

171
-Es decir, que el proyecto es completamente legal- intervino Carmen.
-Completamente- afirmó el concejal.
-¿Quién lo va a llevar a cabo?
Fuentes Candal antes de responder se pasó la mano por el pelo para
apartar el que le caía sobre la frente. Mientras lo hacía miraba
descaradamente a Carmen.
-El proyecto contempla la constitución de una empresa pública que
se llamará Auria Sur. La empresa será la que realizará la urbanización del
polígono y la que dispondrá de las diferentes parcelas que se usarán, unas
para viviendas y otras para el centro comercial.
-Ya…- Salvador se pasó la mano por el mentón con gesto pensativo-
¿Y qué ocurrirá con las parcelas que rodean al polígono?
El concejal sonrió. Su expresión parecía decir: ya sabía yo que me
ibas a preguntar eso.
-Pues no pasará nada. En el plan que se aprobará antes de un par de
meses, se contempla que todas las parcelas circundantes serán zona verde.
No piensen que es inmodestia, pero es a propuesta mía, bueno, quiero decir
nuestra, de nuestro grupo- el concejal volvió a retirar el flequillo que caía
sobre la frente.
-Eso significa que nadie puede especular con la urbanización del
polígono.
Fuentes Candal asintió.
-De ninguna manera.
Salvador inspiró profundamente. Le hubiera gustado encender un
cigarrillo y meditar unos instantes mirando las volutas de humo, pero
estaba seguro de que el concejal no fumaba. Además, pese al olor a tabaco,
no veía ceniceros por ningún lado.
-Entonces ¿por qué razón su compañero el senador Zurcidó tiene
tanto interés en llevar a cabo el proyecto?-Preguntó Salvador remarcando
intencionadamente la palabra compañero.
-Bueno, Julián y yo- respondió el concejal llamando al senador por
su nombre de pila- no somos compañeros…
-En la política, quiero decir- interrumpió Salvador con sarcasmo.
-En política somos rivales- el concejal sonrió-. En fin. ¿Por qué tiene
tanto empeño Zurcidó en que se lleve a cabo? Hombre, eso no se pregunta
porque no se puede responder.
-Of the record- intervino Carmen sonriendo.
El concejal le devolvió la sonrisa antes de contestar.
-Es una cuestión… bueno, ya se sabe que habrá amigos que sacarán
muchos beneficios construyendo.
-Pero los beneficios se producirían igual si se construyera en
cualquier otro lugar ¿no es cierto?- volvió a preguntar Salvador.

172
-Sí, claro. El polígono no será un lugar especialmente productivo. De
hecho, es un secreto a voces que algún que otro constructor invertirá allí
por puro compromiso. Hay incluso quien piensa que no será un negocio
muy rentable.
-Lo que nos lleva al principio- volvió a intervenir Salvador como si
hablara consigo mismo en vez de conversar- ¿Por qué tiene tanto interés el
senador en el proyecto?
El concejal hizo un gesto levantando las cejas.
-Eso se lo tendrá que preguntar a él.
Guardaron silencio. Salvador decepcionado, Fuentes Candal
intrigado. Tenía la impresión de que en aquella entrevista conseguiría algo
interesante contra el senador. Aquellos policías sabían o intuían alguna
cosa y él tenía que enterarse de lo que era. Iba a iniciar de nuevo la
conversación buscando lo que le interesaba, pero Carmen se le adelantó.
-Si no es posible la especulación en la urbanización del polígono y si
nadie va a hacer el negocio del siglo a costa de suelo público ¿cuál es la
razón para que ustedes se opongan?
El concejal abrió las manos con aire de un profesor que fuese a
comenzar una clase magistral y se las pasó después por ambos lados de la
cabeza colocando el pelo que se le salía por encimas de las orejas. Luego
dijo:
-El proyecto del polígono es un error urbanístico. Va a resultar
costoso y con un acceso difícil. No sé si lo conocen- Carmen asintió-. La
entrada y la salida se convertirán en un autentico cuello de botella. Ya lo
verán. Todos estamos de acuerdo en que hay que utilizar el polígono. Ha
estado demasiados años parado y hay que darle utilidad. Pues lo mejor es
que se use para lo que fue donado. Un espacio deportivo es lo que la ciudad
necesita y no más viviendas para que se queden vacías. Por otra parte, eso
permitiría reutilizar el estadio viejo. Nosotros proponemos que sea allí
donde se construya el centro comercial y no el polígono.
Callaron de nuevo. Carmen volvió a preguntar.
-¿Qué perdería el senador si no se realizara el proyecto?
El concejal reflexionó y sonrió pícaramente antes de responder.
-A estas alturas lo principal que perdería Zurcidó sería el prestigio.
Pero no se preocupen. Eso no ocurrirá. El proyecto se realizará tal y como
él tiene previsto.
Salvador tenía realmente ganas de fumar. La información que el
concejal les había dado era todo lo contrario a lo que esperaba oír. Seguía
sin encontrarle sentido a todo lo que sabía. Se incorporó, tendió la mano y
dijo:
-Hemos de darle las gracias. Nos ha sido de mucha utilidad.
El concejal estrechó la mano con fuerza, como si lo intentase retener.
Y eso fue lo que intentó.

173
-Ha sido un placer. Pero no entiendo bien la relación entre el
homicidio y el polígono.
-Nosotros tampoco- respondió Salvador con brusquedad.
-Probablemente no haya ninguna relación- añadió Carmen-. Cabía la
posibilidad de que alguien estuviese especulando con el polígono y
Losantos lo hubiese descubierto- mintió a continuación.
El concejal los despidió de mala gana. La calle los recibió con un sol
radiante que les hizo entornar los ojos.
-Nosotros nos hemos quedado en blanco con los que nos ha contado,
pero él se ha quedado jodido- dijo Salvador encendiendo un cigarrillo-. Se
va a pasar toda la semana dándole vueltas al polígono. Oye, por cierto, ha
estado muy bien esa mentira de la especulación y tal, pero me parece que
no se la ha creído.
Caminaron en silencio hacia el puente. Salvador iba pensativo sin
dejar de darle vueltas al polígono sur en su cabeza. El sol en lo alto se
reflejaba en el agua y hacía brillar las piedras húmedas de la orilla. Por la
pista que bordeaba el cauce caminaban grupos de mujeres principalmente a
ritmo de marcha. Se detuvieron a mirar el paisaje. Salvador miró el reloj.
-¿Comemos juntos?- preguntó Carmen a modo de invitación.
Antes de responder la miró un poco sorprendido.
-No sé qué decirte. Te tengo un poco de miedo.
Reiniciaron la marcha.
-¿Miedo?
-Sí. Me da miedo que te pongas melancólica y me empieces a contar
penas.
Carmen sonrió. Lo último que esperaba escuchar de aquel hombre
era que le daba miedo. Ella que se había asustado desde el primer momento
en que lo vio y que casi no se atrevió a hablarle durante una semana.
-Te propongo una cosa. Comemos en Macdonalds y no me pongo
melancólica.
-¿En Macdonalds?
-Y sólo hablo del trabajo. Nada más. Te lo prometo.

174
25

Tenía las manos sucias de grasa y eso le producía una sensación que
no le gustaba nada. Por mucho que se las pasase una y otra vez por la
servilleta de papel, el pringue no se le iba completamente de la piel y el
olor a fritanga se le quedaba pegado como si fuese una colonia cara y
persistente, pero con un aroma mucho menos seductor. La comida no le
disgustaba, aunque estaba seguro de que otra vez había comido demasiadas
patatas fritas y que le pesarían toda la tarde en el estómago. Carmen frente
a él comía encantada su hamburguesa. La miró a las manos y tuvo la
seguridad de que si las oliese, aun conservarían el perfume a vainilla. Ella
lo sorprendió mirándola ensimismado y le sonrió. Ni en los labios ni en
ninguna otra parte de su rostro había el menor rastro de grasa. Salvador
notaba que tenía el bigote y el mentón completamente engrasados.
Inconscientemente se pasó la mano por ellos.
-¿En qué piensas?- preguntó ella al verlo tan ensimismado y con la
mirada perdida.
No contestó inmediatamente. Dejó lo que le quedaba de
hamburguesa en el plato y se limpió las manos nuevamente.
-Pensaba que hasta para comer esto hay que tener experiencia. Me
estoy pringando completamente y tú estás impecable.
Carmen esbozó una sonrisa.
-Deduzco que en tu matrimonio no tuviste hijos. Si los hubieras
tenido serías cliente habitual.
Salvador sonrió también al responder, la palabra matrimonio le trajo
malos recuerdos e intentó conjurarlos sonriendo:
-Deduces bien. No tuvimos hijos- en la voz de Salvador vibró un
tono de tristeza.
Carmen depositó también su hamburguesa en el plato y se chupó los
dedos con delicadeza. El tono de su compañero parecía invitarla a
conversar.
-¿Hace mucho que te divorciaste?- preguntó pensando en sí misma.
No sabía muy bien por qué, pero tenía la sensación de que las penas de otro
aliviarían las suyas.
Parecía que habían pasado ya mil años, pero Salvador no podía
contárselo. Se limitó a asentir con una lacónica respuesta.
-Bastante.
-¿La engañaste?- Carmen se mordió la lengua. ¿Qué le estaba
pasando? ¿Por qué había dicho aquello? No tenía derecho a hacer una
pregunta como esa.
Salvador sonrió con mirada triste.

175
-Perdona- continuó ella azorada-. No tenía que habértelo preguntado,
lo siento, pero es que…
-No te preocupes. Me hago cargo. No, no nos engañamos, ni yo a
ella ni ella a mí. Que yo sepa. Pero a veces hay cosas peores que la traición.
Carmen no podía imaginar ninguna, pero prefirió callar.
-Una noche- la mirada de Salvador se perdió en el infinito- le di una
hostia- calló un momento. Carmen lo miró con la boca abierta. Luego él
continuó hablando y contando algo que jamás había dicho a nadie y que de
vez en cuando aún se le atravesaba en al garganta-. Estaba borracho. No, no
es una disculpa, nunca he pretendido justificarme. Me fui de casa. Te juro
que no me sentí capaz de volverla a mirar a la cara.
Carmen cerró la boca. Miró a fijamente a Salvador y vio que sus ojos
siempre vivarachos eran ahora un pozo de tristeza. Estaba visto que no
podían comer juntos.
Acabaron la comida en silencio y tras limpiarse las manos con la
servilleta por última vez, Salvador extrajo el paquete de cigarrillos del
bolsillo del chaquetón.
-No puedes- dijo Carmen-. Aquí no se puede fumar. Nos hemos
sentado en la zona de no fumadores.
Levantó la cabeza buscando los carteles que le prohibían ahumar el
ambiente y devolvió el cigarrillo a la cajetilla.
-¡Hombre! Eso se advierte antes de empezar- exclamó intentando
sacudirse la melancolía.
-No- Carmen sonrió-. Cada uno se ocupa de lo suyo. Y yo no fumo.
-Vale. Pues ahora me lavo las manos y nos vamos a tomar un café a
una cafetería de verdad, una que sea para fumadores.
Dejaron el centro comercial y les saludo la tarde con un sol que la
volvía agradable. Entraron en el primer local que encontraron, una cafetería
decorada como si fuese un barco que se hallaba a pocos metros del centro
comercial. Se acomodaron en la barra y antes de que el camarero les
hubiese servido ya humeaba el cigarrillo en la boca de Salvador. Tomaron
café en silencio y así permanecieron un buen rato. Ella paseando la mirada
entre los asientos de madera y los cuadros con motivos marineros y él
fumando pensativamente.
-Y ahora ¿qué hacemos?- preguntó Carmen después de que Salvador
apagase el cigarrillo.
Antes de responder, inspiró profundamente e inhaló el aire como en
un suspiro. Intentó aferrarse al trabajo para salir de sí mismo.
-Y yo qué sé…
Se miraron en silencio. Salvador con el ceño fruncido.
-¿En qué piensas?- volvió a preguntar Carmen.
-Pienso que…- chasqueó la lengua- que se nos va a escapar y va a ser
por nuestra culpa.

176
-Hombre… por nuestra culpa.
-Sí ¡coño!- exclamó Salvador-. Puede hayamos tenido suerte para
llegar hasta aquí, puede que lo hayan planeado todo tan bien que nunca se
hubiera descubierto nada, pero el caso es que, por casualidad o por lo que
sea, sabemos lo que sabemos y no nos sirve para nada.
Carmen se encogió de hombros.
-A lo mejor no sabemos tanto como pensamos. Puede que estés
obsesionado con el polígono y no tenga nada que ver…
-¡No me jodas! Eso no puede ser. Hace poco que has venido y no
conoces esto. Mira, aquí no amanece sin que Zurcidó dé permiso. Hasta
para ser basurero municipal hay que tener enchufe de Zurcidó. Déjame que
te explique. Lo controla todo, el ayuntamiento y la diputación. El alcalde y
el presidente son su mano derecha e izquierda. Y él, Dios Padre. Si se mete
en un asunto como el del polígono es porque tiene intereses. Ese hombre no
hace nada por que sí.
-Bueno, vale, pero no tiene por qué tener relación con la muerte del
periodista.
-¡Pues claro que la tiene!- dijo Salvador casi gritando-. Zurcidó es un
cacique sin escrúpulos y Losantos, un canalla que tampoco sabe lo que eso
significa y que ha ascendido gracias a dedicarse al insulto y a la mentira sin
importarle las consecuencias para nadie que no fuese él mismo. Luego
resulta que aparenta ser el enemigo acérrimo del senador y descubrimos
que se corre juergas con él. Se lo deben de haber pasado estupendamente
riéndose de todos. Porque eso es lo que han hecho: reírse de todo el mundo.
Y para rematarlo, se relacionan con un proxeneta cocainómano que les
organiza las fiestecitas. Pero cometieron un error. Fueron demasiado
prudentes al no hablar del polígono en los artículos de Losantos. Ese
silencio los delata. Es evidente que hay algo. Especulación, no sé, lo que
sea…
Carmen había escuchado atentamente y lo miró en silencio. Callaron
ambos. Salvador aprovechó el momento y encendió un nuevo cigarrillo.
-Y eso es lo que no ves- rompió el silencio Carmen.
-Que no veo qué…
-Digo que lo que no acabas de ver es dónde está la especulación.
-Exacto. Y estoy seguro que ahí está la solución. Se traían algo entre
manos y si lo descubriéramos…
A Carmen se le iluminó la mente y sonrió con picardía. Al mirarla,
durante un instante, Salvador se olvido del polígono sur y de todos los
demás polígonos del mundo.
-¿Y ese es todo el problema? Si me invitas al café, te cuento dónde
está la especulación- dijo ella devolviéndolo al mundo de los polígonos.
-No me digas.
La respuesta de Carmen fue seca.

177
-Vamos- dijo mientras se incorporaba del taburete en el que estaba
sentada y comenzaba a caminar hacia la calle.
Salvador la miró desconcertado. Pagó y la siguió hasta alcanzarla.
Ella caminó rumbo al Paseo, la calle peatonal que cruza el centro de la
ciudad.
-¿Adonde vamos?- preguntó Salvador cuando estuvo a su altura.
-A hacer una visita- respondió ella con gesto enigmático.
-¡A quien!
-Lo verás cuando lleguemos.
Salvador rió. Era su ciudad. Ella era una novata allí. Él era el
superior jerárquico. Eso no podía estar pasando.
-¡No me digas!- exclamó-. Te diviertes ¿no?
Carmen no dijo nada, respondió con una sonrisa y caminó mostrando
toda la seguridad que pudo en sus gestos, aunque no estaba muy segura de
encontrar sin dudar el lugar al que quería ir. Salvador se dio cuenta de que
miraba a un lado y otro de la calle como si buscase referencias.
-Si me dijeses adonde me llevas, igual podía ayudarte.
-No es necesario.
En la mitad del Paseo giraron a la derecha y bajaron por una pequeña
escalera que daba una plazoleta rodeada casi toda ella de soportales llenos
de las mesas de varias cafeterías. Al salir de la plaza, Carmen se detuvo un
momento para orientarse. Miró a un lado y a otro y giró a la derecha
nuevamente. Comenzó a caminar subiendo calle arriba hasta que se detuvo
frente a un portal.
-Aquí vive Clara Fanjul- exclamo Salvador con sorpresa.
-¡Muy bien!
Carmen sonrió divertida
-Pues hemos dado un buen rodeo. Si me lo hubieras dicho antes nos
habríamos ahorrado la caminata- dijo Salvador aparentando suficiencia.
-Pasear es bueno. Sobre todo después de comer- Carmen miró el
reloj-. Con un poco de suerte estará en casa.
-Puede que esté en casa, pero no entiendo qué podemos averiguar
aquí. ¿No habíamos quedado en que no sabía nada de los asuntos de
Losantos?
-No seas impaciente.
Clara Fanjul los recibió con cierta sorpresa. Carmen tuvo la
sensación de que en sus gestos había también cierto desagrado.
-Me encuentran en casa por casualidad- dijo como bienvenida-.
Estaba a punto de salir.
-No la entretendremos mucho. Será sólo un momento- se disculpó
Carmen.
Clara los condujo al salón en que habían mantenido la primera
entrevista. Vestía un traje marrón claro y estaba perfectamente maquillada.

178
Olía a lilas. Tenía el rostro menos demacrado y las ojeras habían
desaparecido. Parecía más bella, pero menos enigmática que en el primer
encuentro. Cuando se sentaron, Clara miró a Salvador expectante, segura
de que sería él quien iniciaría la conversación. Pero Salvador no dijo ni una
palabra, se limitó a dirigir la mirada hacia Carmen con una leve sonrisa en
la boca y un gesto de su mano derecha que la señalaba. Bueno, es tu idea,
decía. Tú verás lo que haces.
Hubo un pequeño silencio. Luego, Carmen carraspeó antes de hablar.
-Tenemos la sospecha- dijo- de que la muerte de…- iba a decir su
marido, pero prefrió usar el nombre de pila del periodista- de Froilán tiene
algo que ver con las fincas que compraron.
¡Hija de puta! ¡Qué lista es! Pensó Salvador mirándola con sorpresa
y luego volvió la mirada con atención a Clara Fanjul esperando la
respuesta.
Pero Clara frunció el ceño sin comprender lo que le decían.
-No… no compramos ninguna finca. No comprendo…
La frase fue como un mazazo en la cabeza de los dos policías.
Carmen intentó ocultar la decepción. Se había mostrado tan segura ante
Salvador sin contarle nada que si ahora no conseguía algo…
-¿No hicieron ninguna compra de terreno últimamente?
Clara negó con la cabeza. Luego se detuvo y les mostró las palmas
de las manos como si le mandase esperar al tiempo que abría la boca y
decía:
-Ah. A no ser que se refiera a lo de la fundición, han pasado tantas
cosas que ya lo había olvidado- se quedó pensativa y chasqueó la lengua
antes de continuar-. Cosas de Froilán. Se creía tan listo…
¡Bingo! Al fin salía a la luz el misterio. Salvador hizo ademán de
hablar, pero se contuvo al ver que se le adelantaba Carmen.
-Con lo de la fundición se refiere al solar…- dijo y dejó la palabra en
el aire. No tenía una idea ni siquiera aproximada de qué podía ser lo de la
fundición, pero se comportó como si lo supiera.
Clara continuó la frase que había quedado sin terminar.
-Sí, el solar de la vieja fundición- hizo una pequeña pausa-. Un
desastre. Se empeñó en invertir en él diciendo que iba a ser el negocio del
siglo. Y ya ve, el solar no vale nada. Fue barato, pero aunque lo quisiera
vender ahora, no me daría por él ni lo que pagamos.
-¿Lo compraron solos?- intervino Salvador antes de que Carmen
dijese nada-. Quiero decir, si tenían algún socio.
Negó con la cabeza antes de responder:
-Si le digo la verdad, no lo sé. Lo único que les puedo decir es que un
día Froilán dijo que íbamos a invertir en un solar, que sería un negocio
redondo, al negocio del siglo. Yo sólo participé en la firma en el notario, de
lo demás se encargó él, hasta del dinero. Yo casi no aporté nada. Y lo puso

179
a nombre de los dos- Clara Fanjul dijo la última frase con cierta emoción y
luego calló.
Salvador insistió:
-Entonces no sabe si había más socios en la compra.
-No que yo sepa. Pero no compramos todo el solar, sólo una parte.
Ya sabe que es enorme, ocupa todo el espacio de la vieja fundición y el
patio. Así que puede que más gente hiciera también compras. Hay tontos en
todas partes.
-Claro- dijo Carmen con sorna.
-¿Me podría decir cuando hicieron la compra?
Clara pareció pensar en la respuesta. Calló unos segundos mirando al
suelo reconcentrada y luego levantó la cabeza con el gesto serio y contestó:
-Eso fue hace ya algún tiempo. Lo que no entiendo es la relación que
pueda tener con la muerte de Froilán…- dejó la frase en el aire como si no
le gustara que le estuvieran haciendo aquellas preguntas y no fuese a
contestar a más.
Carmen captó sus recelos al instante.
-¿Podría precisar un poco más lo de algún tiempo?- volvió a
preguntar Salvador.
Carmen lo miró pidiéndole silencio con los ojos y con un leve gesto
de la mano derecha. Estaba segura de que si continuaban preguntando
sobre la compra sin dar ninguna información Clara Fanjul se cerraría en
banda. Tenía la sensación de que la mujer desconfiaba de ellos.
-Creemos que la muerte de Froilán…- comenzó a decir sin saber
cómo acabaría la frase. Tenía que pensar con rapidez y decir algo coherente
que disipase los recelos de aquella mujer-. Creemos- continuó diciendo tras
un pequeño silencio- que lo mataron…
-Alguno de los gitanos- acabó la frase Salvador que se había dado
cuenta de lo que intentaba Carmen-. Ya sabe. Los gitanos que ocupan el
edificio. ¿Sabe si Losantos tenía pensado desalojarlos?- acabó la frase con
la mayor naturalidad del mundo, como si fuese eso lo que los había llevado
hasta allí aquella tarde.
Carmen lo miró con una sonrisa de complicidad y alivio. El rostro de
Clara Fanjul se congestionó un poco y estuvo a punto de llorar, pero se
contuvo.
-No- respondió casi con rabia-. Nunca me dijo nada de eso. Además,
nosotros no compramos la parte construida, la parte del edificio. Nuestro
solar era uno de los patios ¿De verdad piensan que lo han matado por eso?
-Es una sospecha- respondió Salvador muy serio-. Pero dígame
¿Cuándo lo compraron? Puede ser interesante saberlo para relacionarlo con
el crimen.
La mujer, con gesto apesadumbrado, hizo un pequeño cálculo
mental antes de responder:

180
-Hace año y medio más o menos. El año pasado, sí, a finales del
invierno- hizo un breve silencio y cambió el tono-. ¡Dios mío! Se empeñó
en comprarlo pensando que iba a hacerse rico y lo que le trajo fue la
muerte. ¡Cómo se lo iba a imaginar! ¡Qué estúpida es la vida!
-En esta vida no hay dicha cumplida- dijo Salvador con aire
circunspecto-. Es la historia del mundo, la gente íntegra y leal se mata a
trabajar honradamente sin conseguir nada. Y cuando piensan que van a
tener un golpe de suerte, ya ve…
Carmen no podía creer lo que estaba oyendo. Lo miró con los ojos
abiertos como platos y esforzándose para reprimir la risa que acudía a su
boca. Él permaneció impasible mirando a Clara Fanjul con interés.
-En fin- replicó ella-, es la vida….
Salvador se incorporó y le tendió la mano. Con ese gesto retomaba el
mando que había cedido por unos momentos a Carmen.
-Muchas gracias por su colaboración. Le tendremos informada de
cualquier novedad que se produzca- dijo. Luego miró a Carmen y continuó
dirigiéndose a ella-: Eso es todo ¿no?
-Creo que sí-respondió muy seria, se incorporó también y lo miró
con gesto triunfante y ufano como diciendo: ya tienes lo que querías.
En la calle, Salvador estaba realmente contento. La sonrisa de
satisfacción le cruzaba la cara de lado a lado. Sin decir nada ni prestar
atención a Carmen, comenzó a caminar sonriente, pensativo y sin rumbo
con las manos en los bolsillos. Tarareaba una canción y daba vueltas en la
cabeza a lo que habían descubierto. Dos números calle abajo cruzaron
delante de una cafetería. Salvador se detuvo frente a la puerta.
-Vamos a tomar un café que te lo has ganado- dijo.
-Gracias, generoso.
Era un local estrecho y largo con mesas las colocadas en fila y
pegadas a la pared de la derecha. No había mucha gente. Se sentaron en la
segunda mesa al lado de una pareja de adolescentes que hacía manitas y se
besuqueaba con sumo interés.
-Bueno. Ya sabes donde puede estar la especulación- dijo Carmen.
Salvador encendió un cigarrillo.
-Sí y no. Si Losantos compró un solar, es que le pensaba sacar
beneficio, vale. Pero lo que no veo es la relación entre la fundición y el
polígono sur.
-Y dale con el polígono. A lo mejor no tiene nada que ver.
-Seguro que sí. Ni una palabra, Carmen, no escribió ni una palabra.
Tiene que haber una relación, aunque no la veamos.
-¿Dónde está esa fundición?
-No lejos de aquí. Luego damos una vuelta por allí para… bueno, no
sé para qué, pero no nos vendrá mal dar una vuelta por allí.
-¿Y quienes son esos gitanos?

181
Salvador rió con ganas al recordar como había mentido a Clara
Fanjul.
-Son los actuales habitantes de la fundición. Hace unos cuantos años,
la ocuparon como campamento provisional y lo han convertido en
definitivo.
-Pues me han sacado de un lío- dijo Carmen-. ¿Te diste cuenta de
que estaba recelosa con nosotros? No sé, como si no se fiara.
No, no se había dado cuenta. Se le había escapado y no había notado
nada hasta que vio la conducta de su compañera. Entonces se fijó y observó
que Clara Fanjul estaba tensa y dispuesta a no decir ni una palabra más.
-Sí, ya me di cuenta- mintió.
-Es curioso ¿no?
El camarero se les acercó y pidieron café los dos. Sólo para él, con
leche para ella.
-No tan curioso- dijo Salvador cuando el camarero se alejó-. Aunque
no tiene ni idea de lo que sabemos, Zurcidó se huele algo y seguro que la
ha prevenido.
-No sé cómo. Oficialmente Zurcidó y Losantos se odiaban y damos
por sentado que Clara no sabía nada de lo otro.
-Ya, pero los brazos de Zurcidó son muy largos. Habrá utilizado a
cualquiera para que le vaya con el cuento de que, yo qué sé, que queremos
desacreditar a Losantos o algo así y ya está, ya la tenemos en contra
nuestra. Para Zurcidó eso es muy fácil.
-Ya, claro- dijo Carmen-, hasta puede que fuera nuestro compañero
Fernando.
-Por ejemplo.
Salvador apagó el cigarrillo aplastándolo contra el cenicero de cristal
que reposaba sobre la mesa y mientras exhalaba el humo de la última
calada la miró pensativo. Ella se dio cuenta y le devolvió la mirada
sonriente e intrigada al mismo tiempo.
-¿Qué pasa?- preguntó.
-Hace un par de días miré tu expediente y sé por qué te sancionaron-
mintió. Prefería decir que lo había visto, aunque en realidad se lo hubiese
contado Lola. Le hacía parecer más importante.
Carmen bajó los ojos.
-¿Y?
-Que no lo entiendo. Eres competente y lista. Tiene menos sentido
acusarte de falta de rendimiento que todo este asunto de Losantos. Lo de la
sanción fue una venganza ¿no?
El camarero depositó en la mesa los cafés. Carmen vertió el azúcar
en el suyo y agitó la cucharilla sin levantar la cabeza ¿Qué podía decir?
Podía mentir y decir que sí, que todo había sido una venganza o podía decir
la verdad. A Salvador y a ella misma. Y eso sí que era difícil.

182
-No- dijo al fin levantando la vista-. No fue una venganza. Aunque a
Andrade nunca le caí simpática, no lo hizo por venganza.
Salvador la miró sorprendido.
-Me parece que he metido las patas preguntando- dijo.
-No, no. Si he de ser sincera te diré que es la primera vez en mi vida
que trabajo de este modo y la primera vez que disfruto con el trabajo. Te lo
juro. Ahora que lo pienso, nunca fui muy buena funcionaria. Digamos que
estaba un poco ofuscada con otras cosas. Y qué gracia. Tuve que venir a
Orense para darme cuenta-. Carmen hablaba para sí misma como si no
hubiera nadie que la escuchase-. Centré toda mi vida en algo que resultó ser
falso- quedó un tiempo ausente y luego, de repente, pareció volver a la
realidad-. Y, bueno, ya sabes lo que me pasó.
Salvador la miró en silencio.
-Sí- dijo-, que se secó el mar.
Carmen sonrió.
-Exactamente. Se secó el mar. Será cuestión de hacer que vuelva a
llover.
-Si fumaras te ofrecería un cigarrillo- Salvador se sentía mal por
haberle hecho pasar el mal trago. Le hubiese gustado decir alguna tontería,
peo en aquel momento no se lo ocurrió ninguna.
-Mejor que no. Ya fumas tú bastante por los dos. Bueno, tomamos el
café y nos vamos a ver la fundición ¿te parece?

183
26

Caminar por el casco viejo entre la niebla producía una sensación de


irrealidad. Las calles estaban vacías y húmedas y el sonido de los pasos
resonaba en un eco mortecino apagado por la propia niebla. Hasta llegar al
catastro de vez en cuando se encontraron con algún transeúnte que iba tan
abrigado como ellos y sólo al cruzar la catedral vieron un grupo de más de
dos personas. Viudas de ropas oscuras y abrigos negros. En el catastro les
atendió la misma funcionaria que ya lo había hecho en su anterior visita. Se
mostró tan encantada como el primer día, aunque un poco más curiosa.
-Es que estamos haciendo un estudio sobre la distribución de las
propiedades en las diferentes capas sociales para valorar la repercusión en
las multas de tráfico- respondió Salvador cuando quiso saber para qué
querían tantos datos del catastro.
La mujer le devolvió una risita histérica y ya no volvió a dirigirse
más a él. A partir de aquel momento sólo habló con Carmen. Las dos rieron
un par de veces juntas a lo largo de la mañana, pero tampoco le preguntó
qué era lo que estaban investigando.
Cuando dejaron la oficina del catastro ya la niebla había levantado y
el cielo era azul y terso y el sol comenzaba a secar las calles húmedas. La
luz sentó bien a ambos. Salvador llevaba bajo el brazo una carpetilla de
cartón con folios en los que había anotado los nombres de los nuevos
propietarios de los terrenos donde se ubicaba la antigua fundición. No les
había causado sorpresa alguna descubrir que junto a Clara Fanjul y Froilán
Losantos, Anselmo Alija y Julián Zurcidó figuraban en la lista de
propietarios. Además había un tal Mariano Pérez Zurcidó a quien no
conocían, aunque no les costó demasiado vincularlo con alguien y un tal
Eduardo Aceves a quien sí que no podían relacionar de ninguna manera.
-Bueno, la cosa está clara- dijo Carmen ya en la calle-. Tramaban
algo, pero sigo sin ver la relación con el polígono.
-Pues la hay. Estoy seguro…- replicó Salvador encendiendo un
cigarrillo.
-Si te empeñas… Pero lo que me llama la atención es algo que nos
dijo Clara Fanjul.
-Que los terrenos fueron muy baratos.
-Eso es. Y están situados en una zona que no puede ser barata- dijo
Carmen pensativa-. Después de todo, desalojar a los gitanos es una tontería
si hay que construir…
-Se construye. Creo que podíamos visitar de nuevo al concejal
Fuentes Candal. Seguro que estará encantado de decirnos por qué fueron
tan baratos los terrenos de la fundición.

184
-¿Quieres que te concierta una cita por teléfono o lo haces tú
mismo?- preguntó Carmen con sorna.
Salvador no respondió. La mordió con la mirada y comenzó a
camninar.
La Plaza Mayor estaba completamente iluminada por el sol que a
aquella hora del día sólo dejaba a la sombra las zonas que cubrían los
soportales. El suelo de piedra comenzaba a secarse y parecía una plaza
completamente diferente a la que sólo poco más de un par de horas antes
habían cruzado apresurados y encogidos por el frío. Ahora caminaban
despacio, disfrutando del día.
-Vamos directamente al ayuntamiento a preguntar por Fuentes
Candal. No estoy dispuesto a perder un minuto con el teléfono- dijo
Salvador girando en la plaza hacia al edificio que la presidía: la sede del
consistorio.
-Si quieres llamo yo…
Salvador iba a responder, pero la figura del concejal Fuentes bajó la
escalera del edificio municipal, se volvió hacia la izquierda y dejó la Plaza
Mayor.
-Mira quien nos va a invitar a un café.
Apresuraron el paso y lo alcanzaron cuando iba a girar en dirección
al paso elevado sobre la fuente de las Burgas. Llevaba en la mano una
cartera de piel que balanceaba graciosamente al caminar.
-Concejal Fuentes- dijo Salvador un poco fatigado.
El concejal se detuvo y les tendió la mano con una sonrisa que
parecía franca.
-Supongo que nos recordará- Salvador recuperaba el aliento-. El
subinspector Montaña y la agente Martínez.
-Claro.
Les estrechó la mano con energía.
-Necesitaríamos que nos dedicara cinco minutos. Hay algunas cosas
que nos gustaría saber y seguro que usted puede ayudarnos.
Fuentes Candal miró primero el reloj y luego a Carmen.
-Creo que podemos tomar un café.
Estaban cerca de la Alameda, se encaminaron hacia allí y se sentaron
en la terraza. Pese al sol, la mañana era fresca y Carmen sintió frío. Habría
preferido sentarse en el interior.
-Supongo que no querrán más información sobre el polígono sur…-
dijo el concejal con cierto retintín.
-No- respondió Salvador y calló. Pensó en continuar diciendo: ahora
queremos información sobre el solar de la fundición, pero se contuvo.
-Ni sobre los planes de Julián Zurcidó.

185
Salvador sintió unas terribles ganas de partirle la cara. Era evidente
que esta vez el concejal no soltaría prenda sin sacar tajada. Carmen sonrió
y dijo:
-No. Esto no tiene que ver ni con el polígono ni con el senador-. Hizo
un silencio para pensar lo que diría a continuación-. Resulta que entre los
papeles de Froilán Losantos encontramos alguna referencia a los terrenos
de la fundición- Carmen dejó la frase en el aire esperando que el concejal
dijese algo, pero Fuentes Candal permaneció en silencio.
Salvador encendió un cigarrillo. La mentira de Carmen le parecía
aceptable y estaría bien seguir por ahí. Tras un breve silencio dijo:
-En los papeles a los que se refiere mi compañera se quejaba de que
el ayuntamiento no hubiese urbanizado una zona tan bien situada…- dejó la
frase en el aire y como el concejal no decía nada continuó-: ¿Qué hay de
eso?
Fuentes Candal hizo caso omiso de las palabras de los policías.
-¿Me permite que coja uno?- preguntó señalando la cajetilla que
Salvador había dejado sobre la mesa y sin esperar respuesta tomó un
cigarrillo-. Estoy dejando de fumar- continuó diciendo-, pero hasta ahora lo
único que he conseguido ha sido dejar de comprar tabaco.
-Es un avance. Si no funciona para la salud, funciona para el bolsillo-
dijo Salvador acercándole el encendedor-. Aunque a veces- añadió
mirándolo directamente a los ojos- hace que se pierdan algunos amigos.
El concejal exhaló el humo de la primera calada con gesto placentero
y sin apartar la mirada dijo:
-Menos mal que es una droga legal, sino no habría bastantes policías
para perseguir a todos los delincuentes.
Carmen miró a los dos gallitos sosteniéndose la mirada sin
comprender bien lo que le parecía un diálogo de besugos. Carraspeó para
llamar su atención antes de hablar.
-¿Había algo de cierto en la queja de Losantos?- preguntó cuando
consiguió captar su interés.
-¿Por qué me pregunta a mí eso?- era evidente que el concejal no
quería responder ni dar información gratuita.
Carmen lo miró sonriendo. Sus ojos brillaron seductores cuando dijo:
-Porque usted está en la oposición. Si he de serle sincera, le diré que
me fío más de la oposición que del poder…- dejó la frase en el aire sin
retirar la sonrisa de su boca.
Fuentes Candal dio una calada al cigarrillo y lo miró como si sintiese
pena de que se consumiese. Luego levantó la vista y miró a Carmen a los
ojos.
-Losantos era un autentico sinvergüenza, eso ya lo sabía. Lo que no
me imaginaba era que fuese un incompetente- dijo exhalando el humo.

186
Carmen y Salvador se miraron sin comprender lo que les quería
decir. El concejal se dio cuenta y continuó hablando dirigiéndose a
Carmen:
-Le habría bastado con repasar el plan de urbanismo, el que elaboró
el anterior equipo de gobierno. Los terrenos de la fundición sólo son
edificables en un diez por ciento. El resto ha de ser destinado a zona verde.
Así que era eso. Por eso resultaban tan baratos. Con el poder de
Zurcidó cambiar el plan de urbanismo no sería difícil.
-Siempre se pude cambiar el plan y recalificar los terrenos- dijo
Salvador.
El concejal sonrió con superioridad antes de responder.
-Imposible. El plan fue aprobado por unanimidad.
-Aún así, puede cambiarse.
Fuentes Candal volvió a sonreír.
-Hombre, por poder se puede, pero sería un suicidio político. Eso no
se lo perdonarían ni a Zurcidó. En esa parte de la ciudad no hay una
puñetera zona verde. El destino de la fundición es convertirse en su
mayoría en un parque, no hay otra posibilidad. Pero veo que tienen mucho
interés por las cuestiones urbanísticas, ¿a qué se debe?- preguntó el
concejal al final de su explicación esperando una respuesta como
compensación.
Salvador apagó el cigarrillo en el cenicero y se dispuso a responder.
Antes de que lo hiciera, Carmen se le adelantó:
-Damos palos de ciego.
Fuentes Candal hizo un gesto displicente y chasqueó la lengua.
-Si me dijeran lo que buscan, yo les ayudaría a encontrarlo. Les
aseguro que conozco como nadie los intríngulis de esta ciudad.
Antes de que Carmen pudiese hablar, se adelantó Salvador:
-No lo dudamos- afirmo con gesto grave.
Carmen lo miró muy seria, comenzó a hablar antes de que él pudiese
decir algo más.
-Ya le digo que damos palos de ciego. No estamos buscando nada en
particular. Seguimos todas las pistas posibles y le aseguro que en un caso
como éste son muchas.
El concejal se convenció de que aquellos dos policías no iban a soltar
prenda. Y sabían algo, estaba seguro. Decidió que él tampoco diría una
palabra de más si no recibía nada a cambio.
-Si puedo ayudarles en algo más…-dijo.
Bien, eso significaba que podían finalizar la entrevista. Salvador
miró a Carmen.
-No, solamente… si se le ocurre alguien que pudiera estar interesado
en que Losantos no publicase algo sobre la fundición y hubiese tratado de
impedirlo- dijo ella.

187
Salvador la miró forzando los músculos del rostro para no reírse.
El concejal Fuentes la miró extrañado.
-No…-dijo-. No, francamente se me hace difícil pensar algo así-
negó con la cabeza, pensativo y despistado-. Si no me necesitan más, tengo
algo de prisa- dijo y se incorporó.
Salvador se levantó también y le tendió la mano.
-Permita que le invitemos al café. Ha sido muy amable
atendiéndonos- dijo.
Fuentes Candal ignoró amablemente a Salvador se despidió
cortésmente de Carmen.
Cuando estuvo lo bastante alejado de ellos como para que no
pudiera oírles Salvador comenzó a reír y dijo:
-De modo que si se le ocurre alguien que estuviera interesado en que
Losantos no publicase nada sobre la fundición. Has estado genial. Dime
una cosa ¿Sabes jugar al mus?
Carmen rió también y lo miró sorprendida
-¿Al mus? No, ni idea.
Salvador torció el labio.
-¡Lástima!
Quedaron cara a cara mirándose durante unos instantes.
La mañana, después del frío y de la niebla, era soleada y, aunque
fresca, resultaba agradable e incitaba a disfrutarla sin hacer nada más. La
alameda que veían desde la terraza estaba llena de jubilados que la
paseaban solitarios con aire pensativo o en grupos que formaban corrillos
para charlar. El ajetreo del tráfico que corría a su izquierda quedaba
demasiado lejos y se había convertido en un ronroneo. El único sonido
disonante que les llegaba era un golpeteo metálico desde el otro lado de la
alameda donde un grupo de jubilados que jugaba a la llave.
Carmen cruzó los brazos y se encogió subiendo los hombros. Estaba
un poco aterida por el frío.
-Y si nos levantamos- dijo-. No creo que tengas intención de
enseñarme a jugar al mus ahora. Me estoy quedando helada.
-Vamos
Comenzaron a caminar y sin darse cuenta se dirigieron al interior de
la alameda en lugar de volver a la zona del casco viejo de donde venían.
Con el movimiento, Carmen comenzó a entrar en calor.
-Bueno- dijo cuando habían caminado ya un buen trecho-, cada vez
que descubrimos algo, le veo menos sentido a todo esto…
-Y lo peor de todo es que tiene que tener sentido. Tiene sentido,
cojones, aunque no se lo veamos…
Volvieron a caminar en silencio, pensativos ambos, ensimismados,
con el rostro serio, como una pareja que hubiese tenido una discusión y
ninguno de los dos quisiese dar el primer paso.

188
-Vamos a ver- Carmen rompió el mutismo cuando alcanzaron el final
de la alameda y se asomaban al mirador sobre el Barbaña, el pequeño
riachuelo que cruzaba aquella parte de la ciudad horadándola y formando
un pequeño parque en sus orillas-. Esto es como un puzzle. Tengo la
sensación de que tenemos todas las piezas y si nos falta alguna no es la más
importante. Lo que no sabemos es cómo colocarlas. Por eso no podemos
ver la figura.
Se detuvieron apoyados en la barandilla del mirador y volvieron a
permanecer en silencio hasta que Salvador dijo:
-Vale. Es posible que tengamos todas las piezas, pero la figura que
nos sale es surrealista. El Polígono sur y el empeño de Zurcidó en
urbanizarlo. Losantos, falso enemigo de Zurcidó que no cita en ningún
momento el polígono. Compra de terrenos en el solar de la fundición que
no se puede edificar apenas y sin posibilidad ni, y esto es lo más
importante, intentos de hacerlo. Nadie ha dado un paso en esa dirección…
-Te olvidas de la muerte del periodista. También hay que hacerla
encajar en el puzzle- dijo Carmen.
Salvador encendió un cigarrillo y se pasó la mano por la mandíbula.
Luego se quedó mirando al fondo del riachuelo que aquel otoño bajaba casi
seco. Fumó una calada, inspiró profundamente, chasqueó la lengua y
comenzó a hablar:
-También entra dentro de lo posible que estemos equivocados de
cabo a rabo- dijo y se pasó la mano nuevamente por la mandíbula-. Puede
que hayamos mezclado las piezas de dos o tres puzzles y así no hay quien
resuelva nada. Yo qué sé…
Carmen negó con la cabeza.
-No lo creo. Te he dicho varias veces que era posible que el polígono
no tuviera nada que ver en esto, pero cada minuto que pasa, estoy más
convencida de que hay una trama y mataron a Losantos por algún asunto
relativo a esa trama.
Salvador volvió a inspirar profundamente, resopló, miró el reloj y
haciendo un gesto con la cabeza, comenzó a caminar. Dio la última calada
al cigarrillo, lo arrojó y lo aplastó con un paso. Se llevó las manos a los
bolsillos y dijo:
-Muy bien. Entonces lo que nos queda por hacer es pensar. Y te voy
a decir una cosa. Por lo que he visto, me pareces muy lista. Así que quiero
verte dándole vueltas a la cabeza.
Carmen marchaba su derecha a su mismo ritmo cansino. Deshacían
el camino andado por la alameda, rumbo al casco viejo.
-¿Sabes una cosa?- dijo-. A lo mejor en lo que estamos equivocados
es en creer que tenemos todas las piezas. A lo mejor éste es uno de esos
puzzles tridimensionales y lo que nos falta precisamente es la pieza clave.
La que une a todas las demás.

189
-Es muy posible, pero ya me dirás dónde la venden
-Hombre, par empezar podíamos saber quien es ese Eduardo Aceves
que ha comprado parte de los terrenos de la fundición. Por que al tal Pérez
Zurcidó creo que lo tenemos más o menos filiado.
-Y el otro será un primo de la mujer del senador. No creo que la
clave esté precisamente en los compradores del solar…- Salvador se detuvo
de pronto-. Espera. Ya lo tengo- exclamo y la miró a los ojos con el rostro
transformado- ¿Cómo se te da la extorsión?
Carmen no quiso ni pensarlo
-No me asustes…
-Prepárate para todo. Ahora nos vamos a comer y a las cinco nos
vemos en la comisaría. O mejor, en el Luna. Nos queda cerca de los dos.
-¿Adónde iremos?- preguntó Carmen cándidamente.
-Cuando lleguemos te enterarás- dijo Salvador que no podía olvidar
el paseo que había hecho tras ella hasta la casa de Clara Fanjul.

190
28

Carmen se dejó caer sobre el sofá y poco a poco permitió que su


cuerpo se fuese deslizando hasta que quedó arrellanada con las rodillas
pegadas a la mesilla que ocupaba el centro del pequeño salón. Aun era
demasiado pronto para sentarse a comer y dejó que el pensamiento vagase
recordando las últimas palabras que Salvador le había dicho aquella
mañana. ¿Cómo se te da la extorsión? No se lo ocurría a dónde la quería
llevar su compañero y esperó que no tuviese nada que ver con Clara Fanjul.
Cada vez que se encontraba con ella sentía que era una mujer muy
desgraciada a la que el mundo y la vida habían tratado muy mal. Le parecía
además que, con gran maldad, la vida le había dado ese aspecto de mujer
elegante y resuelta para que todo el mundo pensase que aquella pobre
mujer era una afortunada. Aunque no quisiera confesarlo, en el fondo la
veía como un reflejo de sí misma.
Cuando lleguemos te enterarás. Recordaba haber hecho lo mismo
con él, llevarlo a ver a Clara Fanjul sin decirle adonde iban, y estaba segura
de que ahora era la hora de la venganza. Tenía la impresión de que
Salvador era de esa clase de gente que son como el aceite, siempre tienen
que quedar encima. Bueno, le seguiría el juego. En el fondo, le gustaba
hacerlo. Así estuvo un buen rato, dándole vueltas en la cabeza a los planes
de aquella tarde hasta que la espalda y el cuello comenzaron a quejarse por
la postura que había adoptado. Se incorporó, miró la hora y prefirió
olvidarse de Salvador y, aunque no tenía hambre, se decidió por comer
algo.
La idea le asaltó mientras acababa de recoger lo poco que había
manchado con la parca comida. ¡Claro! ¡Cómo no se le había ocurrido
antes! Eso era lo que había pensado Salvador. Le dio un poco de rabia que
no se le hubiera ocurrido a ella. Se preparó un café y se sentó a disfrutarlo
tranquilamente y a meditar. Después de quince minutos de reposo y
silencio decidió lo que tenía que hacer. Miró el reloj, tenía tiempo
suficiente, se levantó con decisión y hurgó en su mermado armario. Quería
mostrarse lo más atractiva que fuese posible. Era un impulso casi primario
e irresistible. Se cambió de ropa, se maquilló y al filo de las cinco de la
tarde salió de casa rumbo a la cafetería Luna donde había quedado citada
con su compañero de trabajo.
Salvador la esperaba sentado en la mesa que habitualmente solía
ocupar con sus partidas de fin de semana. Estaba de espaldas a la puerta y
no la vio entrar. Charlaba animadamente con un hombre que se desentendió
de la conversación al ver a una mujer sorprendentemente hermosa que oteó
la cafetería en pie junto a la puerta y comenzó a cruzar la sala caminando

191
majestuosamente hacia donde se encontraban mientras parecía mirarlo
directamente a él.
-¡Joder!- dijo el hombre e hizo un gesto con la cabeza.
Salvador se volvió y vio a Carmen caminar hacia ellos. Desde su
primer encuentro en el despacho de Pombal le había parecido la mujer más
bella y atractiva que había conocido jamás, pero aquella tarde la encontró
aún más bella. Nunca la había visto así de deslumbrante. Vestía un traje
chaqueta negro de falda muy corta, medias también negras sin dibujos, que
maldita la falta que le hacían para adornar aquellas piernas, pensó Salvador,
y una blusa blanca cruzada sujeta por un broche que Carmen había situado
intencionadamente diez centímetros más abajo de lo que su abuela habría
considerado decente. El pelo sujeto en un bonito recogido parecía más
sedoso que nunca y en los ojos tenía un brillo especial. Tuvo que hacer un
esfuerzo para no abrir la boca y mirarla durante un buen rato como un
estúpido. Se incorporó al tiempo que ella llegaba hasta él y le acercó una
silla. El hombre que charlaba con él se puso también en pie. Él sí tenía la
boca abierta.
-Siéntate- dijo Salvador-. Este es Carlos, un funcionario de los de
ocho a tres, además de compañero esporádico de partidas- luego se dirigió
al hombre que acababa de presentar-. Carmen, mi compañera- dijo.
Carmen sonrió y extendió la mano.
-Encantado- dijo el hombre y cerró la boca.
-¿Un café?- preguntó Salvador.
-No- respondió ella con un gesto de disgusto en la cara mezclado con
una sonrisa.
El hombre que Salvador había presentado como Carlos miró el reloj.
-Me quedaría con gusto a haceros compañía, pero se me hace tarde.
Tengo que recoger a Carlitos- se volvió a ella y matizó-. Es el crío
pequeño.
Salvador miró con descaro primero a Carmen y luego al otro y dijo:
-No pongo en duda que te gustaría hacernos compañía.
Quedaron los dos en silencio. La cafetería no estaba muy llena a
aquella y tampoco era muy ruidosa. Incluso se podían oír las palabras de la
joven que corría en la pantalla del televisor con un micrófono en la mano
tras una pareja que huía de ella haciéndoles preguntas sobre su vida sexual.
Carmen miraba distraída el programa y Salvador de vez en cuando la
miraba a ella casi furtivamente. Le hubiera gustado preguntarle por qué se
había vestido de aquel modo, a qué se debía la causa de tanta elegancia,
pero no se atrevió. Viéndola así, se sentía cohibido ante ella. También le
hubiera gustado que aquel atuendo tan especial se debiese a él. Pero eso era
algo que pertenecía al mundo de los imposibles. Estaba seguro de que él no
tenía nada que ver, de que el motivo sería otro. Porque no tenía ninguna
duda de que había un motivo. Aunque no llevaban demasiado tiempo

192
trabajando juntos, la conocía lo suficiente como para saber que su
comportamiento era siempre bastante lógico.
-¿De veras que no te apetece un café?- volvió a preguntar.
Ella negó con la cabeza sonriendo. Salvador miró el reloj.
-Aún es un poco pronto- dijo-. Tenemos que esperar un poco para
hacer nuestra visita de la tarde.
Carmen sonrió.
-A la que tenemos que extorsionar…
-Esa misma- asintió él con una sonrisa pícara. Hablando con ella se
sentía menos intimidado que cuando la miraba en silencio. Era como si con
las palabras se bajase de su pedestal de diosa-. Pero dije extorsionar, no
seducir.
El rostro de Carmen cambió la expresión. Inclinó la cabeza y se miró
a sí misma.
-¿Eso es un piropo?- preguntó.
¿Lo era? Quizá sí. Salvador arqueó las cejas como respuesta. Miró el
cigarrillo que sujetaba con la mano izquierda y le dio una calada deseando
haber sabido fumar como Humphrey Bogart
-¿No te lo mereces?- dijo exhalando el humo y pensando en lo que
Bogart le habría dicho a la Flaca.
-Por supuesto.
Se miraron a los ojos sonriéndose el uno al otro. Salvador volvió a
mirar el reloj para apartar la mirada de ella.
-Es pronto, pero si no quieres tomar un café nos iremos, ¿te parece?
-Bueno, pero ¿no me vas a decir a quien vamos a extorsionar?-
preguntó ella sabiendo dos cosas. Una, que Salvador no se lo diría. Dos, a
quien quería Salvador extorsionar aquella tarde.
-Cuando lleguemos te enterarás. ¿Vamos?- se incorporó y arrojó el
cigarrillo al suelo.
Carmen sonrió con picardía. Te vas a enterar tú, pensó. Se puso en
pie lentamente, lo miró con suficiencia y dijo muy seria pero con cierto
retintín:
-Y ¿dónde vamos a verlo? Al club de aquí, ¿cómo se llamaba? Ah,
sí, Scorpio. Eso es, al Scorpio o al Palacio de Luxor…
Los ojos de Salvador estuvieron a punto de salirse de las órbitas. Hija
de puta, pensó y sin ser muy consciente de lo que hacía lo dijo, aunque con
la voz muy baja.
-Te he oído- replicó Carmen.
Entonces él fue consciente de que no había sido sólo un pensamiento,
de que lo había dicho en voz alta. Sonrió un poco avergonzado.
-Te aseguro que eso no ha sido un insulto. Ahora sí ha sido un
piropo- dijo remarcando el sí y la sonrisa.

193
Carmen estaba segura de que era así. Se dio cuenta de que la primera
reacción de Salvador había sido de admiración hacia ella en vez de rabia
porque le hubiera estropeado el juego y la sorpresa. Sabía que la expresión
había sido un piropo y se sintió mejor que si le hubiera alabado el aspecto y
la elegancia durante una hora.
-Entonces ¿te doy las gracias?- dijo con cierto orgullo
-¿Por el piropo? No será necesario. Bueno, al palacio o al club, ¿qué
opinas?
Carmen se encogió de hombros.
-Pues al palacio- exclamó Salvador.
Antes de llegar al destino que habían programado decidieron detener
el coche tras el árbol que los había cobijado en su primera visita y observar
primero el ambiente, pero cuando comenzaban a girar a al derecha para
parar en el descampado, vieron como el Cabezapera salía del edificio del
Palacio y subía a un BMW negro que había aparcado al lado de la puerta.
Salvador rectificó la dirección y siguió sin detenerse alejándose de él.
Carmen se volvió y observó que el BMW tomaba el camino de Orense.
-No hará falta que lo sigamos. Seguro que va al club. Vamos allá
directamente y ya está. No tenemos que complicarnos la vida- dijo
Salvador mientras buscaba un lugar para dar la vuelta y desandar el
camino.
Encontraron el BMW negro aparcado en la línea amarilla que había
frente a la puerta del club. Habían dejado su coche a unos cien metros y
tuvieron que caminar hasta allí. La puerta estaba cerrada y se detuvieron un
instante. Carmen sentía tanta repulsión por aquel individuo que casi se
sentía excitada con la idea de que le pudieran presionar y hacérselo pasar
mal de algún modo. Le hubiera encantado acusar al Cabezapera
formalmente del asesinato, aunque estuviera segura de que él no había sido.
No podía olvidar las miradas que le había dirigido la mañana que lo había
conocido en aquel mismo club, el modo en que la miraba sopesando su
valor como si fuera mercancía. También se le venía a la cabeza el gordo
conduciendo el coche cargado de chicas hacia el palacio de Luxor. Por eso
se había vestido de aquel modo. No sabía lo que Salvador había planeado
exactamente, pero estaba segura de que no sería nada agradable para el
Cabezapera y la idea de mostrarse ante el proxeneta todo lo bella y
apetecible que sabía que era y a la vez completamente inalcanzable para él
le resultaba secretamente placentera.
-El coche está a la puerta… supongo que estará dentro- dijo para
calmar la excitación que sentía-. Aunque la puerta parece cerrada.
Salvador miró hacia arriba. El cartel con el nombre del club Scorpio
en rojo y negro estaba ya encendido sobre la entrada.
-Mira la luz- dijo.

194
Bajó los tres peldaños que daban a la acera y caminó por el pasillo
que conducía al puerta y la empujó. La puerta cedió e hizo un gesto con
la cabeza a Carmen para que lo siguiera. El interior del club estaba casi
completamente iluminado y olía a ambientador, había desaparecido el
repulsivo olor a alcohol, tabaco y sudor que recordaba de su primera visita.
Sentadas al lado de la barra charlaban cuatro chicas vestidas con ropas que
delataban su condición. Al otro lado de la barra un joven manipulaba las
bebidas con un trasiego pausado de botella a botella. El gordo que habían
visto conducir los coches con las chicas de un lado a otro dormitaba en uno
de los asientos que se pegaban a la pared. Sonaba música de salsa. Al
verlos entrar una de las chicas se levantó y se dirigió hacia ellos con el
índice levantado que se movía de un lado a otro con el gesto de una
evidente negación.
-Estamos cerrados- dijo con un inconfundible acento centro
americano y sin dejar de mover el dedo-. Abrimos dentro de un rato.
Salvador alzó su mano derecha y balanceó también su índice
sincronizado con la cabeza al tiempo que chasqueaba la lengua.
-No. Hoy estamos abiertos- dijo en un tono imperativo que no
admitía ninguna duda-. Llama al jefe.
El gordo pareció despertar al oír la voz de Salvador. Se incorporó y
los observó atentamente sin hacer ni decir nada. La chica miró sorprendida
a Salvador sin saber que hacer y se giró buscando alguna referencia en las
compañeras, pero se encontró con el rostro del Cabezapera que caminaba
hacia ellos. El joven que trajinaba con las botellas los había reconocido y
había acudido al despacho del dueño que estaba al lado de la barra tras un
cartel que decía privado y el dueño, avisado por él, acudía a recibir a los
policías. Vestía una chaqueta anaranjada y parecía que el pelo cano estaba
un poco más corto. Llevaba en su mano izquierda un cigarrillo y lo llevó a
la boca para dar una calada antes de decir:
-¡Cuánto honor! La policía en mi casa. Veo que les ha gustado mi
club- levantó la mirada y recorrió con ella el local abriendo a la vez ambos
brazos como si lo quisiera abarcar todo-. El Scorpio es mágico, el que viene
siempre repite.
-No pudimos resistir la tentación- respondió Salvador con sarcasmo.
-Y ¿a qué se debe la visita en esta ocasión?- el Cabezapera hablaba
en voz alta, quería que sus empleados lo oyeran bien y fueran testigos de
cómo trataba a aquellos pobres policías.
Salvador notó que se sentía muy seguro de sí mismo. Tenía el
convencimiento de que el senador lo había aleccionado asegurándole que
no había nada que temer, que todo estaba bajo control, que un senador
siempre será un senador.
-Es que te queremos mucho y no podemos vivir sin ti…-dijo.
-No me digan…

195
-Y como te queremos tanto nos hemos dedicado a hacer algunas
averiguaciones sobre tu vida y milagros.
-Entonces habrán averiguado que soy un ciudadano ejemplar y que
estoy muy ocupado. Así que si me lo permiten, voy a seguir con mis
asuntos- Anselmo Alija señaló con la mano hacia la puerta invitándoles a
salir.
Salvador no se inmuto.
-No-dijo-. Lo que hemos averiguado es otra cosa. Lo sabemos todo
sobre ti, todo- Salvador acercó la cara a la de su interlocutor y recibió en la
nariz un golpe de agua de colonia con aroma a sándalo- ¿entiendes? Todo,
de modo que lo mejor sería que pasásemos a un sitio más cómodo donde
poder mantener una larga conversación. Tenemos que hacerte una oferta
muy interesante.
El Cabezapera se apartó de él y dio una nueva calada al cigarrillo,
luego miró a Carmen de arriba a abajo y dijo:
-Yo sí que podría hacer una oferta realmente interesante.
Aunque el volumen de la música era bastante alto, el golpe del dorso
de la mano de Salvador sobre la cara del Anselmo Alija, alias el
Cabezapera, se oyó en toda la sala. Salvador no lo pensó siquiera una vez,
no tuvo tiempo. Su mano fue más rápida que su pensamiento. La forma en
que lo dijo y el modo de mirarla hicieron que un resorte soltara la mano
derecha contra la cara. El Cabezapera estuvo a punto de caer hacia atrás al
recibir el golpe y reculó un paso para no hacerlo. Carmen aún estaba
analizando lo que Anselmo Alija decía cuando vio la mano de Salvador
volando delante de ella y golpearlo. El hombre gordo se dirigió
pesadamente hacia ellos con gesto amenazante. Se movía lentamente y
parecía respirar con dificultad.
-Quieto ahí- gritó Salvador.
El gordo se detuvo un momento y miró a su jefe. El cabezapera tenía
la mano sobre labio que comenzaba a sangrar y lo miró ordenándole
detenerse. Salvador se acercó a una de las mesas, tiró del mantel que la
cubría haciendo que el cenicero cayese y se destrozase contra el suelo y se
lo entregó al Cabezapera.
-Toma- dijo-. Límpiate la sangre o vas a manchar la chaqueta.
Anselmo Alija tomó el mantel sin mirarlo y se lo llevó a la boca.
Estaba un poco doblado sobre sí mismo y había perdido toda la altivez con
la que los había recibido. En aquella postura y con la música de salsa
sonando a todo volumen formaba una figura un poco ridícula. Miró a
Salvador a los ojos. El brillo del odio parecía encenderlos. Luego volvió la
mirada a Carmen. Ella lo observó con satisfacción. El corazón no le podía
caminar más rápido, la excitación brillaba en sus ojos y respiraba
agitadamente con la boca entreabierta levantando el pecho sudoroso una y
otra vez a través del escote de la blusa. Era la imagen femenina más

196
excitante que hubiera pisado nunca el Scorpio, pero en aquel momento no
había nadie dispuesto a apreciarlo.
-¡Quita la puta música!- gritó el Cabezapera.
Como si el joven camarero hubiese tenido la mano sobre el
interruptor, la música cesó al instante.
-Ahora qué me dices, ¿pasamos a tu despacho o seguimos hablando
aquí para que nos oigan todos?- la voz de Salvador resonó en la sala ahora
silenciosa como un camposanto en invierno.
No hubo respuesta. Anselmo Alija comenzó a caminar hacia la
puerta que lucía el cartel de privado. Carmen y Salvador se miraron y lo
siguieron en silencio. Al pasar delante de la barra el camarero tendió al
Cabezapera una servilleta en la que había envuelto un cubito de hielo y éste
se la aplicó inmediatamente dejando caer el mantel que usaba como
compresa.
El despacho era grande y hacía también las veces de almacén. Tenía
sólo una mesa y dos asientos, una silla de madera frente a la mesa y un
sillón de cuero negro tras ella. Había más botellas y cajas vacías que
papeles. Era evidente que no se usaba mucho. Antes de que Anselmo Alija
se sentara en el sillón de cuero negro, Salvador le indicó la silla de madera
y él se sentó sobre la mesa. Carmen prefirió permanecer en pie al lado de la
puerta que ella misma acababa de cerrar.
-Me las vais a pagar- clamó el Cabezapera separando el hielo del
labio y mirando el corrillo rosáceo que la sangre había dejado sobre la
servilleta.
-No me digas- Salvador encendió un cigarrillo-. ¡Pobre imbécil! Me
da la sensación de que no tienes ni puta idea del lío en el que te has metido.
-No estoy en ningún lío. No he hecho nada ¡maldita sea!
Salvador miró a Carmen antes de hablar. Estaba apoyada contra la
puerta y miraba fijamente a Anselmo Alija. En sus ojos brillaba una mezcla
de odio y satisfacción. Al sentirse observada volvió la cara, vio a su
compañero y se le relajó el rostro. Se sonrieron con complicidad.
-Mi compañera y yo tenemos una discusión y no logramos ponernos
de acuerdo- dijo Salvador y lo miró fijamente a los ojos-. Yo creo que eres
un hijo de puta y ella, que es muy buena, piensa que sólo eres
completamente imbécil. Y como no hacíamos más que discutir, hemos
venido a que nos saques de dudas. ¿Entiendes? ¿No?- hizo un silencio- Ya
veo que no. Bueno, pues háblanos de Froilán Losantos…
Anselmo Alija inspiró profundamente y se retiró la piedra de hielo de
la boca.
-¡Cómo queréis que os lo diga! Yo no tengo nada que ver en eso. ¡Yo
no he hecho nada!
Salvador dio una calada al cigarrillo y sonrió.

197
-Mira por donde te creo. Viéndote ahí con esa cara de imbécil tengo
que darle la razón a ella- levantó la vista y miró a Carmen-. Lo admito,
compañera, has ganado. Él no ha matado al periodista.
Carmen lo miró sorprendida, sin saber qué estaba pasando, pero le
siguió el juego.
-Ya te lo había dicho.
-¿Ves? Ya me lo había dicho. Es muy lista. Bueno, quedas detenido
por el asesinato de Froilán Losantos.
El Cabezapera se sujetaba la cara con la misma mano en la que tenía
el hielo. Lo dejó caer al suelo y levantó la vista sorprendido.
-¡Qué dices! ¡Pero si acabas de admitir que yo no lo he matado!
Además era mi amigo ¡Por qué lo iba a matar! ¡Eres idiota o qué!
Salvador arrojó el cigarrillo al suelo con rabia, saltó de la mesa y se
situó frente a él.
-Si me vuelves a llamar idiota te mato a hostias ¿lo has entendido?
Anselmo Alija lo miró asustado. El tono que había empleado era tan
convincente que no dejaba lugar a la duda. Salvador volvió hacia atrás y se
sentó en la mesa nuevamente. Como si no lo hubiera amenazado de muerte
sólo un instante antes, continuó hablando con tono neutro.
-Que fuera tu amigo o que no tuvieras motivos para matarlo es algo
que me importa un carajo. Puede que seas inocente como dice mi
compañera, pero el caso es que tenemos cientos de pruebas que indican que
eres el culpable- Salvador sonrió con suficiencia-. Por tener, tenemos hasta
un testigo…
Carmen lo miró con sorpresa. Le parecía que estaba viviendo una
escena irreal, que aquello era un sueño y que ella no estaba allí. Estaba
tremendamente nerviosa y comenzaba a sudar más de lo que le hubiera
gustado. Meditó un poco sobre lo que oía y le pareció que no era muy
acertado decir algo que luego no podría mantener. Si aquel hombre no se
venía abajo, se quedarían como estaban y harían además el ridículo. No le
pareció buena idea hablar de un testigo que no existía.
-¿Qué testigo? No puede haber ningún testigo porque yo no lo maté.
Quien lo diga miente.
-Que sí, hombre, que te creo. Tú no lo mataste- salvador se incorporó
y se movió en la mesa hasta el otro lado, más cerca de donde se sentaba
Anselmo Alija. Dobló el cuerpo apoyando las manos en las rodillas y se
acercó a él-. Mira, eres un pringao, un autentico pringao. Tanto que casi me
das pena. Dime una cosa ¿Quién piensas que mató a Losantos?
El cabezapera se revolvió incómodo.
-¡No lo sé! Ya te he dicho que yo no fui y eso es lo único que me
importa.
Salvador sonrió abiertamente y se acercó aún más a él.

198
-Claro, claro… y ¿no se te ha ocurrido pensar que a lo mejor si te
importa? Que a lo mejor quien lo mató fue tu amiguito el senador
El cuerpo del Cabezapera dio un respingo que no pasó desapercibido
a Carmen.
-Lo sabemos todo sobre ti- dijo-. Ya te lo habíamos advertido. No
vamos de farol.
Aún permanecía apoyada en la pared y acababa de comprender lo
que su compañero pretendía con todas aquellas mentiras.
-¿Lo has oído? Todo.
Quedaron los tres en silencio. Salvador altivo sobre la mesa y el
dueño del club abatido con la cabeza gacha. Carmen los miraba a los dos
como si fuese una mera espectadora de la escena, pero dando vueltas a la
cabeza sin cesar.
-¿Por qué lo iba a matar el senador?- preguntó al fin el Cabezapera
rompiendo el silencio.
-Eres más tonto de lo que pensaba- dijo Carmen para sorpresa de los
dos que casi habían olvidado que estaba con ellos-. ¿Y tú querías hacerme
una oferta interesante a mí? Lo único interesante en ti es tu capacidad para
la estupidez. Mira, te voy a dar una idea que sí es muy interesante. Un
senador muy listo engaña a dos idiotas para hacer un gran negocio, luego
mata a uno, lo arregla todo para que el otro parezca culpable y se queda con
todo el negocio. ¿A que no sabes quien está comprando a precio de saldo la
parte de Losantos a la desconsolada viuda? ¿Te parece bastante
interesante? Seguro que cuando te condenen también te hará una buena
oferta a ti.
El Cabezapera la miró como si en aquel momento le hubiesen
revelado todas las verdades del universo y las hubiese comprendido todas
en un instante. No dijo nada, pero su silencio fue más expresivo que
cualquier palabra.
Salvador miró a su compañera sonriente y satisfecho, se levantó de la
mesa y caminó muy despacio alrededor del Cabezapera, puso las manos en
el respaldo de la silla de madera, acercó su cara a la del otro y dijo:
-¿Ves como estás metido en un lío?
No hubo respuesta. No había más que mirarlo para apreciar que
estaba completamente abatido. Carmen se dio perfecta cuenta.
-Así las cosas, nos quedan dos soluciones- dijo-. Una es que te
acusamos formalmente con las pruebas que tenemos.
-Y esa solución no nos gusta nada- intervino Salvador que había
vuelto a ocupar su sitio en la mesa-. Es mejor que nos digas lo que
necesitamos para detener al verdadero culpable. Pero que te quede bien
claro que nosotros sin culpable no nos quedamos. Sea el que sea. Si eres tú,
mala suerte.

199
El Cabezapera asintió sin decir nada. Salvador encendió un nuevo
cigarrillo y le ofreció la cajetilla que aceptó silencioso. Después,
lentamente, le pasó el encendedor.
-Sabemos que el negocio está en los terrenos de la fundación…-
comenzó a decir Carmen mientras los dos hombres fumaban. Luego
disparó con una suposición-. Iban a recalificar los terrenos como
edificables, levantando lo de la obligatoriedad de la zona verde…
-Sí- la voz de Anselmo Alija sonó muy bajo.
-¿Desde cuando?- preguntó Carmen-. Quiero decir que cuándo
hicisteis los planes para recalificar la finca de la fundición.
-Desde lo del informe del campo de fútbol- el Cabezapera hablaba
con voz apagada y monótona.
Carmen y Salvador se miraron intrigados.
-¿Qué informe?
Anselmo Alija levantó la cabeza pensando que había dicho algo que
no debía. Si no sabían lo del informe del estadio, a lo mejor no sabían tanto
como presumían.
-No te estamos engañando- dijo Carmen antes de que el Cabezapera
tuviera tiempo para meditar-. Lo sabemos todo. Sólo nos faltan algunos
detalles. Y más te vale que nos los cuentes tú, por que si no….
Cayó un momento antes de responder. Parecía meditar sobre las
palabras de Carmen.
-Hay un informe que dice que el estadio está en ruinas…
-…Y hay que derribarlo- continuó la frase Salvador-. Con lo que ya
tenemos la zona verde que hacía falta…
Anselmo Alija asintió.
-Me queda una última duda- dijo Carmen-. ¿Por qué tanto interés por
el polígono sur?
El Cabezapera levantó la vista y la clavó en ella. No podía
comprender cómo aquella mujer lo había podido joder así. Ella lo notó en
la mirada y se sintió tremendamente satisfecha.
-No me has contestado- volvió a decir.
-Tenían que hacer el centro comercial en el polígono- respondió al
fin-. Si no habría que hacerlo en el terreno del estadio.
De pronto todo adquirió sentido. Era una encadenación de sucesos
lógicos que acababan en una trama urbanística, pero sin ninguna relación
con la muerte de Froilán Losantos. Carmen ya no necesitaba más. Caminó
hasta colocarse de espaldas al Cabezapera e hizo un gesto con la cabeza
para indicar que podían irse. Salvador la miró muy serio y levantó una
mano para indicar que aún no habían acabado. Carmen alzó los hombros y
arqueó las cejas. Parecía decir: ya lo sabemos todo, qué más quieres.
Salvador sonrió y volvió a levantar la mano.

200
-Muy bien, Cabezapera- dijo son socarronería-. Te has portado muy
bien. Ahora me das las fotos y nos vamos.
-¿Qué fotos?
Carmen lo miró como si ella también se lo quisiera preguntar ¿De
qué fotos estaba hablando?
-Las fotos del senador, Cabezapera. O es que me vas a decir que
montas un montón de fiestecitas con el senador y tus putillas y no le haces
ni una foto comprometedora. Mira, aquí el tonto no soy yo. Quedamos en
que eras tú.
Anselmo Alija estalló:
-¡Dejadme en paz ya! No tengo ninguna foto
Carmen sorprendida nuevamente volvió al lugar que ocupaba al lado
de la puerta. Que el Cabezapera tuviese fotos comprometedoras para el
senador era algo muy lógico, aunque estaba segura de que nunca se le
habría ocurrido. Salvador se levantó de la mesa en la que se sentaba y se le
acercó.
-Vale- dijo-. Entonces si no tienes fotos, te quedas tú con las fotos
que no tienes e intentas hacer chantaje a tu amigo el senador para que
reconozca que fue él quien mató a Losantos y no tú. Aunque no sé por qué,
pero me parece que va a preferir pasar por putero que por asesino- se
volvió a Carmen-. Haz los honores. Detenlo tú.
El cabezapera se levantó de la silla y colocó las manos como si
fueran un parachoques. Permaneció un momento en esa postura. Salvador
sabía que había decidido entregar las fotografías y que se estaba
autoconvenciendo.
-No hace falta que me entregues todas. No soy ningún egoísta.
Puedes quedarte los originales y todas las copias que quieras para tu álbum
personal o para enmarcarlas. A mí eso no me importa-. El Cabezapera
parecía continuar pensándolo. Quedaron en silencio un buen rato-. Se
acabó el tiempo- exclamó al fin Salvador.
Carmen hizo ademán de comenzar a moverse.
-Vale, vale- el Cabezapera se levantó, rodeo la mesa y abrió un cajón
del que extrajo un CD. Se acercó a Salvador y se lo entregó.
-Hoy te has comportado inteligentemente- dijo éste al tiempo que
guardaba en CD en el bolsillo de la cazadora y pensaba que en realidad se
había comportado exactamente como el estúpido que le habían contado que
era.
Cuando salieron del despacho en el local sonaba nuevamente la
música y la iluminación era la tenue de las bombillas rojas. El gordo
esperaba acodado en la barra al lado de la puerta del despacho. Los miró
con recelo.
-No te preocupes- dijo Salvador-. No le hemos hecho nada a tú jefe,
ha sido una conversación de lo más amistosa.

201
La calle los recibió con una brisa fresca. El sol ya comenzaba a
ponerse y la tarde que habían sido agradable se volvía fría. En el cielo azul
oscuro se dibujaban algunas nubes negras y ya las farolas comenzaban a
iluminar las calles. A carmen se le había pegado el sudor de la tensión y la
excitación en la ropa y se quedó helada en el trayecto desde el club al
coche. Temblaba cuando se sentó junto a Salvador. Él la miró tiritar y dijo:
-Eso te pasa por vestirte como te vistes- sonrió-. Anda, te llevo a casa
que si no mañana te veo con neumonía.
-Y las fotos…
-¿Tienes ordenador?
-No
-Yo tampoco. Bueno, eso lo arreglaremos mañana. Ahora nos toca
reflexionar.
Circularon por la ciudad que a aquella hora se había convertido en un
enjambre sin dirigirse la palabra. Cuando detuvo el coche frente al portal de
Carmen Salvador dijo antes de despedirse:
-Mañana no desayunes antes de ir a trabajar. Nos vemos en la
comisaría y desayunamos juntos.
-¿Y eso?
-Mañana hablamos.
Carmen había dejado de temblar y se bajó lentamente del coche. Su
esplendida figura se dibujó a la tenue luz de las farolas y Salvador
permaneció mirándola como un tonto hasta que despareció en el portal.

202
29

Salvador la esperaba con una mezcla en el rostro de impaciencia y


aburrimiento. Cuando la vio entrar, no le dejó que se quitase la gabardina
que vestía, se incorporó, tomó un maletín que había depositado al lado de la
mesa y se dirigió directamente hacia ella.
-Vamos- dijo antes de saludarla.
Ella lo miró sorprendida al ver que no la esperaba fumando. Había
dormido mal aquella noche y la mañana le había sorprendido con el sueño
aún pegado al cuerpo. Ahora llegaba a la comisaría un poco más tarde de lo
que le hubiera gustado. Habría ido a trabajar sin desayunar aunque no
hubiese quedado para hacerlo con Salvador. El tiempo se le había echado
encima y tras levantarse de la cama no se demoró más que lo justo para
ducharse y vestirse apresuradamente.
-Buenos días ¿no?- dijo sorprendida al ver a su compañero con un
maletín de ejecutivo en la mano y tan apresurado.
-Buenos días- respondió él dejando el maletín en el suelo y
poniéndose el chaquetón que tenía en el perchero-. Vamos.
Al salir se cruzaron con Fernando Andrés que miró sin disimulo el
maletín que llevaba Salvador. Éste se detuvo un momento, lo alzó y
señalándolo dijo:
-Es por la declaración de hacienda. Me toca hacer el segundo pago
aplazado y lo llevo en metálico.
Fernando Andrés volvió la cabeza y caminó hacia la oficina sin
responder.
En la calle lloviznaba levemente. Se habían acabado los días de
mañanas neblinosas y frías y tardes soleadas y templadas y comenzaban los
días oscuros de lluvia. En un gesto automático, Carmen se detuvo a subir el
cuello de la gabardina.
-Venga- la apresuró Salvador sin detenerse.
Ella aceleró el paso hasta alcanzarlo.
-¿A que se debe tanta prisa?- preguntó cuando estuvo a su altura-
¿Qué tenemos que hacer que sea tan urgente?
-Lo más importante de la mañana ¿Sabes qué es?
Ella negó con la cabeza
-Ni idea.
-¿Sabes qué es lo más importante que hago cada mañana?- volvió a
preguntar Salvador y sin esperar respuesta continuó hablando-. Lo más
importante que hago es tomar un café, comer algo y luego fumar un
cigarrillo, el primero, el más importante del día y esta mañana aún no he
probado bocado y no he podido fumar. No puedo fumar hasta que tomo
café. Así que estoy sin fumar desde que me he levantado.

203
-Es una razón muy convincente. Puedo caminar más rápido si lo
precisas- dijo ella muy seria.
-No será necesario. Mantengo un autocontrol total sobre mis
pulsiones- respondió él más serio aún.
-De todos modos, hay una cosa que no comprendo. Si es tan
importante ese cigarrillo ¿por qué hemos quedado para desayunar? Nos lo
podíamos haber ahorrado.
-El deber, amiga. Tenemos que hablar largo y tendido lejos de
Fernando Andrés.
Al entrar en la cafetería Nevada en vez de dirigirse a la barra como
hacía habitualmente, Salvador se detuvo a observar la sala y luego caminó
hacia una mesa situada discretamente al lado de la pared al fondo de la
cafetería.
-¿Por qué aquí?- preguntó Carmen al sentarse.
-Lugo te lo explico ¿Café y churros?
Lo miró intrigado.
-Café y churros- asintió.
Cuando con la taza aún mediada, Salvador encendió un cigarrillo y
exhaló el humo con gesto placentero, Carmen lo miró divertida.
-Viéndote así dan ganas de empezar a fumar.
-Ni lo intentes. Yo lo dejé un par de semanas y es horrible al
empezar. Te da la tos, te rasca en la garganta y hasta te mareas.
-¡Cualquiera lo diría!
-Como te lo cuento. Pero bueno, vamos a dejar eso y vamos a lo
nuestro ¿Qué piensas de lo de ayer?
Esa sí que era una pregunta difícil de responder. La tarde anterior al
llegar a casa lo primero que había hecho había sido darse un largo y
relajante baño que se llevó de su piel el sudor, los nervios y el miedo y
luego, relajada y limpia y con el amoroso tacto del pijama en la piel, le dio
vueltas y vueltas en la cabeza al maquiavélico plan del senador y sus
amigos.
-Pienso que… Vamos a ver- respondió-. Hay dos cosas que no
entiendo. Una es por qué el senador y Losantos se asociaron con un tipo
como el Cabezapera.
-Porque son los tres de la misma calaña. Bueno, eran. Losantos ha
cambiado de división. No se puede fiar uno de las apariencias. Estar en el
lado de los buenos no te convierte en bueno ni te convierte en malo estar en
el lado de los malos. Se es lo que se es y punto. Mira, el senador luchado
por el orden y las normas y el Cabezapera saltándoselas todo lo que puede,
pero sólo en apariencia, en realidad cumple todas las reglas del senador,
pero las auténticas, las que cumple también el propio senador: hazte rico
como puedas y luego… pero, bueno, esa es otra historia ¿cuál es la otra
cosa que no comprendes?

204
Carmen lo miró muy seria. Parecía meditar lo que Salvador acababa
de decir.
-No entiendo por qué mataron a Losantos. Bueno, si la muerte de
Losantos tiene algo que ver con todo este asunto…
-Tiene que tener relación. Yo no creo que existan las casualidades-
afirmó Salvador.
-Vale, pero por qué lo mataron.
-¡Vete tú a saber lo que ocurriría entre ellos! A lo mejor discutieron
por dinero o se fue de la lengua o yo qué sé. El caso es que lo mataron.
-Y no tenemos ni una sola pista de quien ha sido. Lo único que
tenemos es una trama de especulación urbanística.
Salvador dio la última calada al cigarrillo y lo apagó aplastándolo
contra el cenicero.
-Me tomaría otro café- dijo-. ¿Quieres?
Después de que ella negase con la cabeza, levantó la mano señalando
la taza vacía y haciendo un gesto al camarero que atendía la barra. El joven
asintió y se volvió hacia la cafetera.
-El trabajo que se han tomado- dijo Carmen- para llevarse el centro
comercial fuera de la ciudad y poder destinar el campo de fútbol a espacio
verde. ¿Va mucha gente al fútbol los domingos?
Salvador torció la boca.
-No-dijo-. No demasiada. No se puede decir que la situación del
equipo sea muy boyante. Pero va la suficiente como para que se hubiera
liado una muy gorda.
-¿Te imaginas que se hubiera hundido una grada? Si hay un informe
que dice que estaba en situación de ruina, podía haber ocurrido cualquier
día. Habría sido tremendo.
-Si el informe es cierto, sí. Y supongo que lo será. He estado
pensando y se me ha ocurrido que quien firmó el informe a lo mejor se
llama Eduardo Aceves ¿te suena el nombre?
Eduardo Aceves. Claro que le sonaba, era uno de los propietarios de
la fundición.
-Claro. ¿Lo firma él?
-No lo sé, pero lo podría firmar. Por lo menos es arquitecto. De eso sí
me he enterado.
-Hijos de puta- exclamó Carmen.
-De todos modos es un riesgo calculado. Especulas, no vas al fútbol
y te conformas con la televisión.
-Está muy bien. Arriesgas la vida de los demás y te forras tú.
-Tan viejo como el mundo, ya lo ves- dijo Salvador-. Lo tenían todo
pensado. Era un plan perfecto, pero cometieron un gran error. No tenían
que haber matado a Losantos.
Carmen negó con la cabeza.

205
-En realidad no han cometido ningún error- dijo-. Si acaso, lo
cometió Losantos por hacerse o dejarse matar. Sobre el culpable no
tenemos ni una pista y sobre la trama urbanística no podemos hacer nada…
Ahora quien movió la cabeza negativamente fue Salvador. Iba a
decir algo, pero el camarero se acercó a servir el café y calló. Volcó el
azúcar en la taza y removió lentamente. Luego dejó la cucharilla sobre el
plato, dio el primer sorbo y dijo:
-Está caliente. Siéntate a mi lado que esto puede ser divertido.
Se agachó, tomó el maletín que había llevado con él y lo depositó
sobre la mesa. Dio nuevo sorbo al café y extrajo un ordenador portátil del
maletín.
-¿Te acuerdas del disco que nos dio ayer el Cabezapera? Seguro que
tiene fotos muy interesantes.
Estaban sentados frente a frente. Carmen se levantó rápidamente y se
sentó a su lado. Lo que vieron en el ordenador no era lo más escandaloso
del mundo, pero alcanzaba el nivel suficiente como para que la ciudad no
nombrara nunca al senador Zurcidó hijo predilecto. Anselmo Alija no se
había quedado corto con la cámara. Eran unas cincuenta fotos, alguna de
ellas de muy mala calidad, en las que se veía al senador y a Losantos con
un par de individuos a quienes no conocían y un montón de mujeres. Entre
todas las fotos no había lencería suficiente para vestir tres maniquís.
-¿Ves?- dijo Salvador después de haber visto un montón de
fotografías-, esto es deporte y no lo del fútbol.
-Cierra eso- respondió Carmen muy seria-. Ya hemos visto bastante.
Él la miró y plegó el portátil. Notó que en su cara se reflejaba el
disgusto. Luego hubo un largo silencio que rompió ella.
-Y ahora ¿qué hacemos?
-Lo primero que tenemos que hacer es una copia y luego… bueno,
luego ya veremos.
Dejaron la cafetería Nevada, compraron un CD virgen y volvieron a
la cafetería a tomar otro café y realizar la copia.
-Bueno, estamos como al principio- dijo Carmen una vez que
tuvieron las dos copias de las fotos-. Y ahora ¿qué hacemos?
Salvador calló, encendió un cigarrillo y la miró con gesto pensativo.
-¿Sabes lo que me pide el cuerpo? Regalarle uno de estos al senador-
dijo señalando a los CDs, pero no sé si… - hizo un gesto dubitativo- no sé
se me atrevería, para que me entiendas.
-¿Te imaginas que se hubiera caído una grada?- preguntó Carmen.
En el despacho del senador los recibió la misma eficiente secretaria
que los había recibido en su primera visita.
-Si no han concertado una cita no sé si el senador podrá recibirles.
Está muy ocupado- dijo.

206
-Estoy seguro de que encontrará un hueco- replicó Salvador que
estaba casi seguro que el Cabezapera se había puesto en contacto ya con él.
La secretaria telefoneó y Carmen y Salvador esperaron observando
en silencio las gotas de lluvia estrellarse contra la amplia cristalera.
Ninguno de los dos estaba seguro de que no estuvieran anudándose una
cuerda alrededor del cuello.
-Pueden pasar- la secretaria los llamó tras colgar el teléfono.
El senador los recibió con gesto sonriente y afable. Vestía un traje
azul eléctrico y olía a la misma agua de colonia que Anselmo Alija.
Salvador lo miró fijamente intentando adivinar si el Cabezapera le había
contado algo, pero no llegó a ninguna conclusión definitiva.
-Inspector… Montaña, creo recordar-dijo Zurcidó tendiendo la
mano.
-Subinspector Montaña.
-Ah, sí. Subinspector Montaña y la agente…
-Martínez- dijo Carmen y tendió la mano lánguida y un poco
temblorosa para que se la estrechara con fuerza.
El senador bordeó la mesa y se dejó caer sobre la butaca
arrellanándose un poco para mostrar seguridad en sí mismo. Guardó un
momento de silencio y lo dedicó a exhibir que controlaba perfectamente la
situación.
-Supongo que en esta ocasión no habrán venido a acusarme de
ningún asesinato- dijo al fin adelantando el cuerpo y apoyando los codos
sobre la mesa.
Respondió Salvador.
-No. Realmente hemos venido a decirle que mi compañera y yo
hemos resuelto el caso de la muerte de Froilán Losantos y nos imaginamos
que usted querría saber a qué conclusiones hemos llegado.
Zurcidó inspiró profundamente como si sintiera un gran alivio.
-Esa es una gran noticia. Su jefe, el comisario Pombal tenía un
empeño especial en que fueran ustedes los que llevaran el caso, y, se lo voy
a decir, contra mi opinión, pero ya veo que no le faltaba razón. ¿Han
detenido ya al culpable?
-No señor- respondió Salvador secamente.
-Ha huido.
-Tampoco. Simplemente no tenemos ni idea de quien pudo haber
matado a Losantos.
El senador que se había relajado volvió a tensarse levemente. Los
miró despistado sin saber qué decir. Tenía la sensación de que le estaban
tomando el pelo.
-Quiere decir que cierran el caso sin resolverlo.

207
-No, señor- Salvador lo miró directamente a los ojos-. Lo que quiero
decir es que no tenemos ni idea de quien lo ha matado y que además no nos
importa nada quien haya podido ser.
Zurcidó se incorporó bruscamente.
-¡Cómo se atreven!- exclamo-. Hagan el favor de abandonar mi
despacho inmediatamente- señaló con el dedo-. Subinspector está
cometiendo un gran error y pagará por ello.
Salvador no se movió. Con su mano izquierda sujetó el brazo
derecho de Carmen que se sentaba a su lado para que tampoco se moviese.
Sintió la presión del cuerpo que pujaba por levantarse. Luego la presión
cedió, pero notó que el brazo seguía tenso. Miró la mano y la vio crispada y
exangüe. Exactamente igual que la suya propia.
-Ayer hicimos una visita de cortesía a un amigo suyo, uno que
llaman Cabezapera- dijo mirando el rostro iracundo de Zurcidó.
El senador cambió el gesto. Moviéndose muy despacio se sentó
nuevamente en la butaca.
-Veo que sabe a quien nos referimos- afirmó Salvador-. Aunque
probablemente lo conozca mejor como Anselmo Alija. O Selmo. Entre
amigos íntimos, ya se sabe.
-¿Qué es lo que quieren?
Ninguno de los dos respondió. Salvador soltó el brazo de Carmen
que aún sujetaba con fuerza y se incorporó un poco. Ella notó el frescor que
dejaba la humedad del sudor cuando él separó la mano. El senador se
revolvió incómodo en su asiento. Aquel silencio no le gustaba.
-Yo no he tenido nada que ver con la muerte de Losantos, si es eso
lo que piensan.
-Ya le he dicho antes que ni sabemos ni nos importa quien lo mató.
No hemos venido por eso.
Zurcidó estaba tan asustado que había perdido completamente el
control de la situación. Resultaba evidente que nunca había imaginado que
lo pudiesen relacionar nunca con Anselmo Alija. Eso era algo de su vida B.
algo que nunca debería haber salido a la luz.
-¿Entonces…?- preguntó.
-Entonces lo sabemos todo. Lo del polígono sur, lo del estado
ruinoso del campo de fútbol, lo del solar de la fundición. Todo.
Así que era eso, pensó Zurcidó. La única copia del informe sobre el
estado del campo estaba en su poder, de modo que poco había que pudieran
tener en su contra. Y Eduardo Aceves comía en su mano. Nunca se iría de
la lengua. Lo demás era política. Sólo política. Se echó hacia atrás relajado.
-No sé lo que se creen que saben, pero todo eso que han nombrado
son cosas de dominio público y en modo alguno ilegales. Salvo lo del
estado ruinoso del campo de fútbol que es totalmente falso. Ya les digo, lo
demás es todo legal.

208
-O inmoral- dijo Carmen-. Como llenar de espectadores una grada
que se puede caer en cualquier momento.
-Está diciendo tonterías. No sé de qué me habla, ya se lo he dicho-
aseveró Zurcidó con seguridad.
-Por eso no se preocupe. Mañana mismo se enterará por los
periódicos. Pero por respeto a su posición, le voy a entregar un adelanto de
unos datos que nos ha dado ese amigo suyo del que hablamos- replicó
Salvador al tiempo que le ofrecía el CD con las fotos-. Sabe a qué amigo
me refiero ¿no?
El senador tomó el CD con gesto sorprendido y lo miró
comprendiendo que fuera lo fuera lo que contuviese era algo que le
comprometía.
-Puede verlo ahora mismo- dijo Carmen.
-Sí. Por nosotros no se preocupe. No tenemos prisa.
El rostro de Zurcidó se transfiguró mientras miraba la pantalla.
Comenzó a sudar profusamente y la calva se le llenó de gotitas que
brillaban y comenzaban a deslizarse hacia la cara congestionada. Apartó la
vista de la pantalla y miró a Salvador. Él le devolvió a mirada con una
sonrisa sarcástica y dijo:
-Por favor, no diga que es un montaje. Me decepcionaría.
-Hijo de puta- dijo el senador con rabia.
-Pero qué se creía, que iba a jugar con una víbora sin que le
mordiera. Morder es la condición de la víbora ¿no lo sabía?
El sudor empapaba ya la camisa del senador. Con un movimiento
violento se aflojó en nudo de la corbata.
-¿Qué quieren?- preguntó con ira.
Antes de responder Salvador miró a Carmen. Parecía pedir permiso
para hablar. Ella se lo dio con un leve movimiento de la cabeza.
-Poca cosa- dijo al fin-. La paralización del proyecto del polígono,
que el informe del campo de fútbol se haga público y, por supuesto, su
dimisión
-Se ha vuelto loco- Zurcidó no se daba por vencido.
-¿Sí? Yo creo que no. El que está loco es usted si se cree que sus
conciudadanos van a apreciar esas fotos en los carteles de la próxima
campaña electoral.
No respondió. Los miró en silencio durante un buen rato intentando
comprender cómo había llegado a aquella situación. Estaba acabado y no
había nada que hacer.
-Anselmo tiene más copias.
-Supongo- asintió Salvador.
-Y todo lo esto es por la muerte de Losantos. Les juro que yo no he
tenido nada que ver con esa muerte.
-No lo dudo- dijo Salvador.

209
La calle los recibió con un tímido rayo de sol que se colaba por un
hueco entre las nubes. Había dejado de llover, pero aún soplaba el viento y
hacía frío.
-Ahora sí me tomaría una cervecita- dijo Carmen que estaba
exultante de felicidad. Hacía tanto tiempo que no se sentía así que ya casi
había olvidado la sensación de plenitud que tenía en el pecho.
-Un agua mineral. Sin gas- replicó Salvador.
-Vale. Sin gas- admitió y calló un momento. Estaba tan feliz que
tenía la necesidad de decírselo a alguien-. ¿Sabes cómo me siento?- era una
pregunta retórica. No esperó respuesta-. ¿Te acuerdas de cuando te dije que
me sentía como una de esos barcos embarrancados en el mar de Aral?-
continuó- Pues hoy me siento como si el mar se hubiese vuelto a llenar de
agua y mi barco pudiese volver a navegar- luego hizo un breve silencio-.
Sólo me queda un resquemor- sonrió- ¿No te gustaría saber quien mató a
Froilán Losantos?
Salvador la miró a los ojos. Le brillaban de un modo especial y
mantenía la sonrisa en la boca.
-¿La verdad? Me importa un carajo.

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Antonio Mata bajó del autobús y se mezcló con la marea de


funcionarios vestidos con camisa azul y pantalón gris que acudían a iniciar
la jornada laboral en el centro penitenciario y fue respondiendo
tímidamente a los saludos de algunos de sus compañeros. Dos de ellos lo
saludaron con un fuerte golpe en la espalda simulando una confianza que
no existía y un tercero le pasó la mano por el hombro al tiempo que le
decía:
-Antoñito, estírate, hombre que ya es viernes.
A aquella misma hora, Salvador Montaña despertaba por el zumbido
molesto del despertador. Le dolía la cabeza y tenía la boca pastosa y la
sensación de que la noche anterior había bebido y fumado más de la cuenta,
aunque no más de lo habitual. Se incorporó muy despacio y hundió la
cabeza entre las manos. Así esperó un buen rato hasta que consiguió reunir
fuerzas para incorporarse. Cuando se puso en pie, el dolor de cabeza se
acentuó. Caminó como un zombi hasta el cuarto de baño y cuando estuvo
frente al espejo tosió. Aquel primer espasmo desencadenó un ataque de tos
que acabó en un vómito de moco y bilis. Cuando al fin pudo incorporarse y
ver al hombre que había al otro lado del espejo, no lo reconoció, pero sintió
por él un desprecio infinito. Para no liarse a golpes con aquel hombre
apartó la mirada del espejo, se mojó la cara y limpió los restos de bilis que
habían quedado en el lavabo. Quince minutos más tarde, después de una
larga ducha y con el rostro afeitado, el hombre que lo miraba a través del
espejo continuaba siendo un completo desconocido. Y continuaba
despreciándolo de igual modo.
-¿Cómo has llegado hasta aquí?- se preguntó en voz alta sin hallar
ninguna respuesta que le satisficiera.
Era una mañana de finales de verano y aquella hora era la única
fresca y agradable del día. Carlos Arias, el subdirector del centro
penitenciario, recibió con gesto risueño el saludo circunspecto de Antonio
Mata. Se fijó que él y Antonio eran los únicos que vestían chaqueta. Él, la
chaqueta de lino del traje para mantener las formas; Antonio, una de
algodón para no enfriarse.
-Buenos días, Don Carlos.
-Buenos días, Antonio ¿Qué tal estás?
-Regular. Llevo unos días con un poco malo. Es por el aire
acondicionado. Con tanto cambio de temperatura.
Carmen Martínez viajaba aquella misma hora un tanto adormilada en
el vagón del metro rumbo a la comisaría. Aun llevaba en la boca el sabor
del último beso que Ángel López había depositado en sus labios y en los
ojos el brillo de la alegría. Mientras el vagón traqueteaba entre estación y

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estación pensaba en cómo pasar el fin de semana con Ángel sin quedarse en
Madrid en unos días tan calurosos. Lo mejor sería no salir de casa. ¿Para
qué querían nada ni a nadie? En casa se tan estaba bien a su lado.
Cuando tragó el primer bocado del churro que masticaba acodado
sobre el mostrador de la cafetería Luna, Salvador sintió un dolor agudo en
la boca del estómago. Dejó a un lado el churro y tomó un sorbo de café
buscando alivio, pero el café le quemó las entrañas. Inspiró profundamente
con gesto de dolor y encendió un cigarrillo que le rascó en la garganta y le
provocó un nuevo acceso de tos. Te estás matando, chaval, pensó y no se
prometió dejar de beber porque no quería mentirse a sí mismo una vez más.
Aquel día a aquella hora, Salvador Montaña no sabía que no faltaba mucho
tiempo para que tomara la última gota de alcohol y que sin hacerse ninguna
promesa, se convertiría en un sobrio permanente.
Después de salir de la estación de metro Carmen caminó lentamente,
saboreando la mañana, hasta la comisaría. Seguro que Ángel quería ir a
alguna parte. Bueno, pues irían. Qué más le daba donde estuvieran si estaba
con él. Lo mejor sería que quedaran con Marta para ir a la sierra. Sí, eso
sería lo mejor. Aquel día a aquella hora, Carmen Martínez no sabía que no
faltaba mucho para que tuviera que dejar a Ángel y marcharse a otra ciudad
y Ángel López, su Ángel, aprovechando su ausencia, explorase los
misterios que su amiga Marta ocultaba.
Aquel día Froilán Losantos despertó temprano. No había dormido
bien por culpa de Julián, el Senador Julián Zurcidó. Lo había llamado par
encargarle un artículo sobre Trebejo Castaño, el presidente de la
diputación, compañero de partido, antiguo amigo del senador y ahora
enemigo feroz. Pasó toda la noche dando vueltas a la idea primera que se le
había ocurrido y el sueño fue agitado. Se volvió y pensó que era mejor que
durmiese aún algo. La jornada sería larga y dura. Aquel día a aquella hora,
Froilán Losantos no sabía que apenas le quedaban un par de meses de vida,
que casi en aquel mismo instante una bala comenzaba a caminar buscando
su entrecejo.
Antonio Mata recogió como cada mañana los encargos del día y
pesadamente, con la cerviz doblada, se encaminó a la puerta de acceso al
interior de la prisión. La funcionaria que controlaba el acceso lo llamó por
el nombre y señaló hacia el despacho de Carlos Arias.
-Antonio, Sube- dijo éste que lo miraba desde lo alto de la escalera.
-Ahora mismo, Don Carlos.
Pese a la cerviz doblada y la barriga prominente se apresuró para no
hacer esperara al subdirector. Cuando llegó a su despacho estaba un poco
fatigado.
-En la junta de ayer se aprobó el permiso de Domingo, tu ayudante.
Cuatro días. Como le tienes tanto cariño me imaginé que querrías decírselo
personalmente.

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-Gracias, Don Carlos- respondió Antonio.
Domingo López, alias el Carpanta, llevaba preso en el centro
penitenciario dos años y seis meses. Desde hacía ya más de dos años
ganaba un sueldo mensual como miembro del equipo de mantenimiento,
escaso sueldo, pero sueldo al fin y al cabo. Era la primera vez en su vida
que tenía dinero para gastar, comida para llenar el estómago y un techo
donde cobijarse. Todo ello sin que tuviera que forzar una puerta y
acomodarse en un chalet vacío. La prisión había sido un mal lugar al
principio, duro y siniestro, pero luego, y sobre todo gracias a Don Antonio,
había encontrado su lugar en el mundo. Don Antonio había sido la primera
persona que lo había tratado como a un ser humano. Le había dado trabajo
y responsabilidad. El trabajo le gustaba, pero por encima de todo lo que de
verdad le gustaba era ser responsable de algo. Sin embargo, lo realmente
importante había sido que don Antonio le había hablado como si no fuese
un preso. Nunca olvidaría la mañana que le había contado que vivía solo
porque estaba divorciado ni el dolor y la tristeza que había en sus palabras.
-Domingo, amigo- le había dicho tras una larga conversación-.
Tienes que buscar una buena mujer y luego cuidarla. No permitas que se
vaya de tu lado como hice yo.
Aquella mañana de finales de verano, como todas las demás, fuera
agosto o enero, sábado, lunes o domingo, el Carpanta se vistió con la bata
azul de encargado de material. La bata era el distintivo que lo señalaba
como un individuo útil que tenía un quehacer en la vida, por eso la llevaba
la mayor parte del día, fuese necesario o no. Desde que trabajaba al lado de
Don Antonio había aprendido lo importante que eran la limpieza y el orden,
así que se aseó pulcramente y con la cara limpia, el pelo aplastado con
gomina y recién afeitado esperó a que el funcionario abriese la celda para
bajar al comedor a desayunar. Estaba impaciente por comenzar la jornada.
Le gustaba ordenar las herramientas, revisar las defectuosas, hacer, aunque
con caligrafía torpe, las anotaciones pertinentes y charlar con don Antonio.
Sobre todo, charlar con don Antonio, el hombre más bueno del mundo.
¡Lastima que sólo fuese encargado de mantenimiento! Si don Antonio
quisiese sería director por lo menos ¡Sabía tantas cosas! No había nada de
la cárcel ni de leyes que se le escapase. Estaba seguro de que gracias a él le
darían el permiso que había solicitado. Don Antonio había hablado hasta
con el director para recomendar el permiso. Y si se lo daban, él sabría
agradecérselo.
Cuando Domingo López, alias el Carpanta, llegó al almacén de
mantenimiento ya Antonio Mata había puesto al día los partes de averías,
había dispuesto el programa que seguirían aquel día los operarios y leía
cuidadosamente el periódico. Domingo lo saludó con el respeto que se
merecía.

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-Tengo muy buenas noticias para ti- respondió Antonio Mata al
saludo.
-¿Qué buenas noticias, don Antonio?
-He hablado con don Carlos, el subdirector y me ha dicho que en la
junta de ayer tu permiso ha salido favorable.
Domingo lo miró emocionado. No lo podía creer. Podría salir a la
calle, comer en un restaurante y pagar la cuenta y no preocuparse de dónde
dormiría porque podría alojarse en un hotel como cualquiera y no tener que
huir de nadie.
-Gracias, don Antonio. Sé que usted me ha ayudado mucho. No le
defraudaré.
-Bueno, vamos a trabajar- dijo Antonio Mata, dejó el periódico que
leía plegado sobre la mesa y salió de la oficina.
Domingo López, alias el Carpanta, preso encargado del material del
servicio de mantenimiento, miró el periódico y vio entre los titulares uno
que rezaba: ¿A quien quiere engañar el senador? Por Froilán Losantos.
Leyó el titular no sin dificultad y luego golpeó el periódico con furia. Te
vas a enterar de que no se puede ir por ahí robando mujeres y menos la de
don Antonio, pensó sin dejar de mirar el periódico. Aprovecha lo que te
queda que es el tiempo que tarden en llegar los papeles del permiso. Luego
dejó la oficia y se fue al almacén. Aquel mal nacido que le había robado la
mujer a don Antonio se iba a enterar. ¡Lastima que no se lo pudiera contar!
Don Antonio era tan buena persona y tan cumplidor que si se enteraba de
lo que iba a hacer, no le dejaría salir de permiso. Luego, cuando volviera,
lo mejor sería no decirle nada tampoco. Al él le bastaría con saber que
quien había hecho sufrir tanto a don Antonio lo pagaba bien caro.

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