Marta Traba en línea: Crítica de Arte Latinoamericano Reproducción digital con autorización Museo de Arte Moderno de Bogotá - MamBo

Álvaro Herrán, un pintor frente al mural El arte moderno en Bogotá no se desarrolla precisamente en una progresión de éxitos. Su implantación en la sociedad contemporánea colombiana es dura y difícil. Hay que defenderlo como si se tratara de una infiltración ilícita y salvarlo de las agresiones en broma y en serio que lo salpican sin cesar. Muchas veces me he preguntado por qué y he preguntado también por qué a los demás. ¿En dónde está la dificultad de admitir que el hombre contemporáneo tiene un lenguaje peculiar para expresarse, del mismo modo que tiene pensamientos, actitudes, conductas y políticas que son peculiares de su siglo? ¿Y cómo no entender que si el siglo se presenta como una tierra permanentemente conmovida y convulsionada por problemas, derrotas, alteraciones, ese constante deterioro no puede dar como resultante artística ni el equilibrio renacentista ni la diáfana belleza de los prerrafaelistas ingleses? ¿Y por qué no estudiar siquiera el problema, por qué no hacer un buceo a fondo en los estilos actuales para tratar de justificarlos o de impugnarlos (no importa la consecuencia) de acuerdo con la única actitud racional posible, como es la de conocer previamente lo que se va a admitir o rechazar? Pero no. Al estado de investigación se prefiere el estado de guerra. Las obras contemporáneas entran de incógnito y ganan una posición hasta que alguien las descubre, sea para silenciarlas piadosamente, sea para denigrarlas con el chiste inevitable del “transistorizado”, nuevo ejemplar humano de la enajenación universal. Es claro que mi posición siempre, invariablemente, es la de quitarle a la nueva obra su aspecto subrepticio, arrojar plena luz sobre ella y atenerse a las consecuencias, con el valor que dan las convicciones intelectuales y la seguridad de contribuir por las buenas o por las malas, a la única forma de conocimiento estético válido para nuestro tiempo. Por eso quiero referirme al mural de tubos metálicos ejecutado por Álvaro Herrán para el Banco Comercial Antioqueño, y que, desgraciadamente confinado en el salón de juntas, no es de acceso público, pese a constituir el primer experimento serio e importante en la composición de un muro de metales. El mural de Álvaro Herrán se ajusta, en primer lugar, a un contexto general, el del arte contemporáneo, y más particularmente el del trabajo sobre metales y la utilización, no de la chatarra y el metal presentado “a lo vivo”, con manifiestas irregularidades y anarquías agresivas, si no disciplinado, “refinado” ya por una forma regular y dócil como es el tubo de bronce. La ubicación de una obra con referencia a otras no le resta nada de grandeza. Por el contrario, la única pretensión verdaderamente insignificante parece ser hoy día la de alcanzar una originalidad a ultranza y es por ese camino que se consiguen los peores desastres

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y que se llega a las más decididas improvisaciones. Quiero aclarar esto, porque cuando he citado a Kemeny en relación con Álvaro Herrán, dentro de un parentesco que salta a la vista, mi opinión es que Herrán está utilizando un lenguaje que ya pertenece a un patrimonio común, como es el de servirse de tubos de metal, así como “La familia” de Rauschenberg utiliza sus collages, sus letras, sus retratos de Kennedy en la misma forma en que se usa un idioma general para expresar diversos pensamientos. Herrán no ha inventado, pues, la técnica, pero sí el modo de emplear esa técnica y de conducirla a un resultado estético determinado, es decir, de convertir la técnica en expresión. ¿Cuál es esa intención expresiva? Cuando yo vi por primera vez ese estupendo mural del Banco Comercial Antioqueño –y pude prescindir del hecho apabullante de estar en una sala de juntas oyendo el imaginario murmullo de una discusión infinita sobre el artículo dos del encaje bancario– el mural me pareció un mapa sin nombre, una fascinante y atrabiliaria geografía que se expandía lentamente, dinamizada por el movimiento conjunto de los tubos, o la ilusión del movimiento, más fuerte y seductora aún que el movimiento en sí, que el gesto explícito. Vi una superficie dorada, deslumbrante, en un permanente discurrir. Algo que fluctuaba entre ser tierra y agua, que no había definido su consistencia. Una especie de tierra otra, o de tierra inicial, o de reinvento de la tierra y la geografía. De pronto el dorado intenso se licuaba, se desvanecía. Las aleaciones de distintos metales proponían lagos, bahías, archipiélagos. Alguien dijo: ¿Esto qué es? ¡No entiendo nada! (una frase que sin dificultad podía haber pronunciado el mismo astronauta que vio por primera vez el espacio y dijo, en cambio: "El espacio es negro. ¡Qué maravilla!". Y tuve que acabar el viaje y anclar en el punto X del crédito deficitario). ¿Es un argumento de valor el hecho de que una obra desarrolle un mundo propio y que tal mundo sea percibido y sentido como algo que se añade a nuestro conocimiento de la realidad? Sí, en la estética contemporánea, esto es una motivación de valor, a la cual, indefectiblemente, hay que agregar la eficacia formal, el poder de comunicación de los elementos empleados, tanto por separado como en conjunto, los aciertos de composición, de espacio, de línea, de ritmo, y ya desprendiéndose de la magia de esa gran geografía se verifican estas condiciones, sin falla alguna, en el mural de Álvaro Herrán. El mural que está realizando Herrán en Armenia amplifica y da nuevas sonoridades a esa costa de oro. La exposición de relieves del Museo de Arte Moderno parcelará la costa y será más visible el poder erizado, rítmico o violento de sus asociaciones de tubos.

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Todo lo ha inventado el artista contemporáneo: huesos, sangre, piel, cosas. ¿Por qué rechazaríamos tierras o lunas inventadas? ¿Por qué rechazaríamos una materia fría y conocida, el metal, solo por disponerse a acaparar una vida orgánica? El Tiempo, Bogotá-Colombia, 1966.

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