Currícula de la Universidad Libre para Cristo Cristianismo y educación

UNIDAD EN LA DIVERSIDAD:
Las Sagradas Escrituras como promotoras de la educación integral del hombre
Psic. Armando H. Toledo

Filosofía: principio y fin de la búsqueda de la unidad de la diversidad En las facultades de filosofía, a veces se pregunta a los alumnos de nuevo ingreso si saben qué fue lo que existió después del 585 a.C., pero no antes, y comenzó a la ridícula hora de las 6:13 p.m. Casi nadie podría saberlo, pero parte de la respuesta es que en ese momento se produjo un eclipse solar. Todos sabemos que los eclipses han ocurrido desde antes del 585 a.C.; la diferencia con este, es que un hombre llamado Tales de Mileto predijo que sucedería, y nadie antes lo había logrado. Acababa de nacer la filosofía. Fueron las especulaciones y los cálculos de Tales, así como su apasionada búsqueda por un sistema ordenado de conocimientos, lo que dio origen a la filosofía. Tales sabía que el mundo estaba constituido de cosas rocas, plantas, animales, etc. ¿Cuál se preguntaba el milesio, es el elemento básico y común que las unifica? ¿De dónde había surgido semejante diversidad? Con los datos que contaba supuso que tal elemento unificante debía ser el agua. Desde entonces hasta hace poco, la labor de los filósofos había sido hallar la unidad de la diversidad. En todos los sistemas de pensamiento propuestos por los filósofos a lo largo de la historia de la razón, el rasgo común es una tendencia a explicar la totalidad de las cosas. La filosofía está, por definición, inclinada a la búsqueda de la universalidad, en tanto que lo que llamamos ciencias especiales o particulares son sólo una visión artificialmente fragmentada de la realidad única, puesto que estudian sólo sectores del universo. La filosofía humanístico-racional tiende a llegar después de la pluralidad y diversidad de los fenómenos a una concepción unificada del mundo. La aspiración principalísima de la filosofía occidental consiste, pues, en llegar a una última unidad, a una sola esencia del todo, a un discurso o sistema unificado de conocimientos.

La muerte de la filosofía La filosofía occidental humanista inició impulsada por una actitud optimista de encontrar, mediante el trabajo de la razón, la unidad y el orden detrás del flujo aparentemente caótico del mundo. Los filósofos desde entonces asumieron que el hombre sería capaz, mediante el uso de la sola razón, de establecer un conocimiento unificado y verdadero de lo que era la realidad, y que cuando esto

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sucediera obtendrían satisfactorias respuestas para todo lo que hay en el universo y para todo lo que la gente piensa y es. La historia de este tren de filosofías puede ser ilustrada de la siguiente manera: un día vino un hombre, trazó un círculo y dijo: “He aquí el círculo que nos dará una perspectiva unificada de lo que realmente es la vida.” Después vino otro y dijo: “¡No, no es ese!”; tachó el círculo y dijo entonces: “He aquí el verdadero círculo”: Vino después un tercero que dijo: “No, tampoco es ese”, y tachando el círculo, al igual que el anterior, dijo: “He aquí el verdadero círculo:” . Se continuó así durante varios siglos. Cada filósofo daba pruebas de que el anterior se había equivocado y construía su propio sistema de respuestas, que futuros filósofos desecharían eventualmente para poner otro nuevo que, supuestamente, contendría, finalmente, la tan anhelada verdad absoluta. Así pues, vista en su pasado histórico, la filosofía no ha sido más que la historia de los tanteos intelectuales, de los edificios de ideas, fácilmente derrumbables por haberse venido contradiciendo mutuamente, y esto debido a la ausencia de un terreno firme, o sea, de principios sólidamente establecidos. Al no haber bases firmes, los edificios tienden a derrumbarse bajo su propio peso. Los filósofos del pasado no encontraron el círculo final, pero creían optimistamente que alguien lo haría. Vendría entonces el tiempo en que este continuum histórico experimentaría una verdadera ruptura: la búsqueda por un campo unificado de conocimientos cesó. Fue en este punto que los filósofos llegaron a la conclusión de que no iban a poder encontrar un círculo unificante que contuviera todo el saber y en el cual se pudiera vivir con las certezas que el espíritu humano exige. Fue así que el filósofo racionalista llegó a quedar atrapado en un oscuro calabozo, sin puertas ni ventanas, sumido en una profunda “oscuridad” intelectual y sin posibilidad de salir. Al final, abandonando una tradición de siglos, los intelectuales humanistas hicieron a un lado el concepto de Verdad absoluta o Unidad. La filosofía había muerto y acababa de nacer el hombre postmoderno. Ya en las postrimerías del pasado siglo XX, los pensadores más importantes estaban de acuerdo en que la filosofía no disponía de ningún acceso a la Verdad y que, por lo anto, no le quedaba más que desaparecer. Ejemplo de ello son lo que podríamos llamar los “epitafios” que estos intelectuales pusieron sobre la “tumba” de la filosofía: • Ludwig Wittgenstein (1889−1951) dijo: “Los problemas filosóficos deben enteramente desaparecer” (Wittgenstein, 1975:13). • Theodor Adorno (1903−1969) afirmó que “para el intelectual que se propone realizar lo que en un tiempo se llamó filosofía, nada hay tan inadecuado en la discusión, y casi quisiera uno decir, en la demostración, como el querer tener razón” (Adorno, 1976). • Richard Rorty (1931−2007) dijo: “El objetivo [de esta obra] es acabar con la confianza que el lector pueda tener en ‘la mente’, [...] en el ‘conocimiento’ [...] y en la ‘filosofía’ como se viene entendiendo desde Kant” (Rorty, 1983). • Jürgen Habermas (n. 1929) dijo: “Esos conceptos fuertes de teoría, verdad y sistema [...] desde hace por lo menos 150 años pertenecen al pasado” (Habermas, 1989).

¿Universidad o pluriversidad? En una época histórica, la teología cristiana fue considerada la poseedora del verdadero discurso universal y, en honor a la verdad e independientemente de las manipulaciones de las que fue objeto, la teología realmente ofrecía una perspectiva unificada de la diversidad del mundo. Tal era la confianza en la unidad y coherencia del conocimiento que proporcionaba la teología, que a partir del siglo XIII comenzaron a fundarse instituciones educativas que tenían como fin formar pensadores y académicos

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de pensamiento integral: hombres universales sobre la base del conocimiento teológico. Acababan de nacer las universidades. La misma palabra “universidad” se deriva del latín “universitas”, que implica la idea de unidad en la diversidad, es decir, la unidad-a-pesar-de la multitud variada de todas las cosas.1 Más tarde, con el desarrollo de la corriente humanista al interior de la cultura occidental y la consecuente “expulsión” de Dios de las universidades, la unidad fue expulsada al mismo tiempo, de modo que sobrevino un lamentable estado de desintegración o desarticulación del saber y de la vida; una situación que prevalece aún hasta el día de hoy. En la educación de hoy ya no hay coherencia. La “universidad” ya no lo es más; es ahora sólo “pluriversidad”, donde las disciplinas no hayan conexión unas con otras, y donde se verifica aquella mordaz observación de Klark Kerr, quien decía que las universidades son solo “un conjunto heterogéneo de facultades vagamente relacionadas con la educación superior, aunque fuertemente unidas por problemas comunes de estacionamiento” (Kerr, 1963). Desde un punto de vista pedagógico, se ha vuelto prácticamente imposible defender los modernos sistemas de educación superior como instrumentos de educación integral. Según el genio católico Iván Illich, la universidad como espacio de creación y recreación del conocimiento y centro de difusión del saber y la cultura, ya no existe, es un mito del pasado (Illich, 1985). La universidad y su lenguaje original han sido sustituidos por el lenguaje de la cultura empresarial de mayor difusión, o bien por el saber sofisticado y exclusivo de los institutos de investigación y de las escuelas estilizadas y refinadas. Además, la estratificación social que la universidad fomenta la han vuelto un expendio legítimo de títulos de nobleza académica.

El alma de la universidad Desde hace por lo menos ciento cincuenta años, el mundo ha sido testigo de un acelerado proceso de secularización de la cultura occidental en general, y de la educación superior en particular. George Marsden, extrapolando aquella sentencia de Jesús sobre la inutilidad de ganar el mundo entero, ha llegado al extremo de sugerir que las universidades han perdido su alma (Marsden, 1994). Desde el mismo inicio de la filosofía, y aun desde antes, hasta hoy, los seres humanos hemos sido remitidos por nuestro espíritu a la búsqueda de la razón que hace coherente el flujo de los eventos y las cosas. Recordemos que la filosofía occidental surgió como una búsqueda de este logos o razón. Las universidades se fundaron con la convicción de que era completamente posible el descubrimiento de la unidad en la diversidad mediante un estudio sistemático y cuidadoso del mundo guiado por la revelación de Dios en las Sagradas Escrituras. Lamentablemente, Dios ya ha sido “expulsado” de la universidad bajo el cargo de no ser más que “una idea retrógrada y anticuada” no apta para mentalidades “científicas”, racionales y objetivas. La persona de Dios se ha transformado en la palabra “dios”, cuyo significado según las autoridades “sacerdotales” de las modernas “catedrales” del ateísmo habrá de encontrarse en otro campo que no sea el racional. Desde que el estudio de las Escrituras fue abandonado, lo único con lo que se quedó la universidad secular es con una cultura fragmentada, incoherente e inanimada. Aquella universidad que debió haber permanecido fiel a su cargo, se ha convertido en uno de los principales agentes y promotores de la desintegración, de la sin-razón, de las sin-respuestas. “Nos hemos educado a nosotros mismos en la imbecilidad”, decía aquel notable periodista inglés Malcolm Muggeridge al lamentar las dañinas filosofías y sistemas de pensamiento que están conformando la mentalidad del individuo postmoderno. Expresando una idéntica desilusión en su comentario sobre la cultura universitaria, George Hill afirma que, no queda nada demasiado vulgar en nuestra experiencia para lo cual no hayamos podido traer algún profesor desde cualquier parte para que
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http://personal.us.es/alporu/historia/universitas_termino.htm

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nos lo justifique intelectualmente. El escritor cristiano de origen hindú Ravi Zacharias, ha puntualizado que “si mentes jóvenes y fértiles pueden ser programadas para que crean que la verdad como una categoría no existe y que el escepticismo es algo sofisticado, entonces es solo cuestión de tiempo antes que toda institución social sea puesta en ventaja en la lucha contra lo absoluto” (Zacharias, 1995: xv). No obstante este patente estado de desintegración, no todo está perdido. A pesar de los variados, espontáneos o sistemáticos intentos hechos por el antiteísmo de socavar lo espiritual y relegarlo al terreno de lo irracional o, cuando mucho, considerarlo un asunto privado, el hambre por la Unidad y lo trascendente aun permanece en pie. Después de más de dos décadas de trabajo con jóvenes univesitarios y preuniversitarios, aun estoy convencido de que el ardiente deseo por lo espiritual nunca podrá morir. Casi en cada escenario se nos ha dado una muestra de aprecio y reconocimiento por nuestro trabajo de difusión de la inteligencia cristiana, aun entre personas pensantes que no han estado de acuerdo con nuestro punto de vista sobre las cosas. En términos más amplios, no hay demostración más elocuente de esta insaciable hambre por lo espiritual que las experiencias que han tenido la Ex Unión Soviética y China en sus esfuerzos por extirpar la idea de Dios de su ambiente cultural, solo para ver que Él se levanta para sobrevivir a sus portaféretros.

Educación universal vs. Educación especializada Nuestras universidades nos dicen una historia similar. Aunque el escepticismo orgulloso campea en las aulas y pasillos de las facultades, el espíritu humano aún espera algo más. Esta tensión debe ser considerada sobre todo en este tiempo en que se tambalean los fundamentos mismos de la civilización, y es imperativo que las respuestas que expongamos satisfagan no solo las intimidades del corazón, sino también las demandas del intelecto. Hoy, esta búsqueda de unidad en la diversidad es aún más importante porque en la medida que se multiplican las especializaciones, hay una mayor fragmentación del conocimiento. Y sin unidad de esencia, la diversidad de sustancia y conocimiento solo seguirá alienándonos a unos de otros. Al respecto, el sabio historiador británico Arnold J. Toynbee (1889−1975), reconoció que: “Por desgracia, la respuesta moderna al enorme aumento de la cantidad de información, de conocimiento potencial, ha sido la especialización, que ha dividido en compartimentos el conocimiento del universo, de la misma manera que nosotros hemos dividido la biosfera entre estados soberanos [...] Ahora bien, la división del conocimiento en compartimentos es muy desfavorable para la educación, para adaptar al hombre a la vida o para ahorrar vida humana en este mundo en que nos movemos, pues para ambos fines necesitamos inculcar un concepto integral de la realidad [...] El obstáculo es que la forma de educación admitida y más extendida es ahora la especialización. La generalización se deja a los aficionados, aun a los charlatanes” (énfasis mío). Toynbee no deja ahí su argumentación en contra de la fragmentación del saber y de la vida social. Enseguida expone la necesidad de recapturar la educación universal no fragmentada: “Lo que necesitamos es que lo mejor de nuestra gente se haga generalista, […] personas inteligentes no especializadas en ninguna materia. Y son estas personas quienes mueven al mundo, quienes pueden cambiarlo. No se les debe obligar a encontrar su educación en la especialización humanística o científica. Lo que

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debemos hacer es capacitarlas para que adquieran una educación que lleve a entender el mundo como lo que realmente es: el universo en que hemos de vivir” (Toynbee, 1975:46, 47. Énfasis mío). Por su parte, el pensador cristiano más importante de la segunda mitad del siglo XX, fundador de L’Abri Fellowship2, quien se consideraba a sí mismo un simple pastor rural de jóvenes inquietos pero con genuinos intereses intelectuales y artísticos, el Dr. Francis A. Schaeffer (1912−1984), dijo que: “En nuestras formas modernas de educación especializada existe una tendencia a perder el todo en sus partes, y en este sentido podemos decir que nuestra generación produce poca gente verdaderamente educada. La verdadera educación significa pensar por asociación a través de varias disciplinas, y no sólo estar altamente calificado en un campo, como un técnico podría estarlo” (Schaeffer, 1968:19. Énfasis mío). En otra ocasión, el Dr. Schaeffer había dicho que: “Hoy tenemos una debilidad en nuestro proceso educativo al fallar en entender las asociaciones naturales entre las disciplinas. Tendemos a estudiar todas nuestras disciplinas en líneas paralelas sin relación. Esto suele ser verdad tanto para la educación cristiana como para la secular” (Schaeffer, 1968:12). Por todo lo anterior, pienso que una verdadera educación, es decir una educación integradora, universal y cosmovisual basada en el sistema de pensamiento cristiano, es lo que necesitamos como antídoto contra las funestas consecuencias de la fragmentación del saber y la vida con que los especialistas nos han atado las manos. Lo que plantearé enseguida es una propuesta de lo que entiendo debe ser un movimiento educativo que promueva la mejor educación, la educación universal en el sentido más estricto de la palabra, un tipo de educación que, además de proporcionar conocimientos útiles, impulse también la participación del individuo en su propio aprendizaje, amplíe y actualice sus conocimientos para comprender el mundo que lo rodea, y, sobre todo, le de importancia a las sanas normas de moralidad que le muestren el camino a una mejor calidad de vida y le proporcionen los valores éticos y espirituales que transformen su vida y le ofrezcan una esperanza verdaderamente sólida para el futuro. La Biblia como instrumento de educación universal Nadie puede decir que está verdaderamente educado si desconoce la perspectiva que la Biblia ofrece sobre los diferentes aspectos de la realidad. La Biblia ha sido aclamada como la obra más importante que jamás se haya escrito porque arroja luz sobre los más variados y controvertidos temas de la vida y el mundo. El prestigiado erudito norteamericano William Lyon Phelps (1865–1943) decía:

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http://www.labri.org/

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“A todo el que conozca bien la Biblia puede considerársele verdaderamente culto. No hay ninguna otra clase de saber o cultura, por extensa o elegante que sea, capaz de sustituirla […] Nuestras ideas, nuestra sabiduría, nuestra filosofía, nuestra literatura, nuestro arte y nuestros ideales se basan más en la Biblia que en todos los demás libros juntos. [...] Creo totalmente en la educación universitaria, [no obstante] también creo que el conocimiento de la Biblia sin estudios universitarios es aun más valioso que todos los estudios universitarios sin un conocimiento de la Biblia”. Por su parte, el Dr. Robert Milikan (1868–1953), profesor y Premio Nóbel de Física 1923, ex director del prestigiado Caltech (Instituto Tecnológico de California, EE.UU.), consideaba que “un conocimiento íntimo de la Biblia es una cualidad indispensable de una persona bien educada”. El genial escritor aleman Johann Wolfgang von Goethe (1749–1832), declaró: “Cuanto más progresa un pueblo intelectualmente, mayor es la posibilidad de emplear la Biblia como fundamento e instrumento de la educación”. Y aquel activista que luchó contra la esclavitud en el siglo XIX, William H. Seward (1801–1872) opinaba francamente que “toda esperanza de progreso humano depende de que aumente la influencia de la Biblia”. Me suscribo completamente a la opinión de Arthur F. Holmes, quien dijo: “Necesitamos reclamar para nuestro tiempo […] los fundamentos teológicos de la educación [superior] cristiana” (Holmes, 2001:2). Y si es verdad que es posible una educación universal e integradora basada en las Sagradas Escrituras, solo resta preguntarnos si de algún modo es posible recapturar la Universidad para Jesucristo, y cómo. Tal vez nadie mejor ha expresado antes esta urgente necesidad de una verdadera cruzada por la universidad, que el Dr. Charles Malik (1906−1987), quien alguna vez fuera presidente de la Asamblea General de la ONU. El Dr. Malik dijo: “Nada se compara con la urgencia de buscar recapturar las universidades para Jesucristo […] Para alcanzar el mundo en el cual vivimos, esta secularización de las universidades, este desvío o alejamiento o casi absoluta enemistad entre Cristo y las grandes universidades, no puede continuar sin ocasionar desastrosos resultados sobre la civilización occidental […] La universidad es la palanca con la que se puede mover el mundo, con más potencia que cualquier otro medio. Rescatando la universidad rescataremos al mundo” (Malik, 1982). Es urgente recapturar la universidad para Jesucristo, pues por años hemos sido tristes testigos de un “éxodo juvenil”, en el que lo mejor de nuestras mentes jóvenes ininterrumpidamente han estado matriculándose en las universidades seculares en busca de un sueño que no es el sueño de Dios. Esta “fuga de cerebros cristianos” hacia las instituciones seculares y secularizadoras de educación superior ha terminado en la contaminación de su cosmovisión cristiana por las filosofías oficiales del humanismo y del materialismo ateos. Incluso los universitarios cristianos con un genuino llamado a la obra del ministerio, se ven atrapados en una dialéctica ridícula, en la que por un lado son parte de una universidad secular que año con año genera más profesionistas para cada vez menos trabajos y, por el otro, un campo ministerial con cada vez más trabajo para cada vez menos obreros. Alvin Toffler ha rematado la triste realidad de la superproducción de graduados de las universidades de la era industrial tipo fábrica, diciendo: “La educación es más que la formación profesional, pero sin duda engañará a los estudiantes si se propone prepararles para unos empleos que no existirán” (Toffler, 2006:321). La Iglesia local ha tenido parte de la responsabilidad en la conformación de este lamentable estado de cosas al no atender debidamente las necesidades educativas de ese importante sector de jóvenes intelectualmente inquietos y de los nuevos creyentes que tienen dudas sobre la consistencia e

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integridad intelectual de la cosmovisión cristiana. Nuestra negligencia y falta de capacitación para ayudarles, hace de ese gremio juvenil con genuinos intereses culturales, intelectuales y artísticos un sector casi olvidado. Los jóvenes que no hallan adecuados escenarios de libre discusión de los temas de la fe ni respuestas consistentes a sus dudas más secretas, de algún modo llegan a asumir con el tiempo que el mensaje del Evangelio carece de la integridad intelectual y de las evidencias que demanda la mente. Al final, para muchos, el cristianismo se convierte en “la religión de los no pensantes”. En 1977, el doctor en filosofía educativa Samuel Escobar, en una impactante monografía titulada “Irrupción juvenil”, hacía la siguiente declaración: “La verdad es que mientras [las congregaciones evangélicas latinoamericanas] abren las puertas delanteras de sus templos a los millares que van entrando mediante la evangelización, por la puerta trasera se van saliendo algunos de los más prominentes elementos jóvenes” (Escobar, 1977:46). Y aquí surge una pregunta interesante: ¿Ha sido importante la juventud en la historia de las revoluciones científicas y culturales, y en los avivamientos espirituales? Todo parece indicar que sí. El profesor Paul Davies ha dicho que, al menos en el terreno de la ciencia, “la historia nos demuestra que la mayoría de los grandes avances en este campo ha sido conseguida por científicos jóvenes, cuyas edades rondan los treinta años.” Por su parte, Clarence P. Shedd, en su obra titulada Dos siglos de movimientos cristianos estudiantiles, ha dicho que: “En todas las épocas, las más grandes y creativas ideas religiosas han sido el logro de la visión intelectual y espiritual de gente joven. Evidencia de esto son nombres como los de Jesús, San Francisco de Asís, Savonarola, Loyola, Huss, Lutero, Wesley y Mott […] Muchas de las ideas más revolucionarias han sido realizadas por jóvenes menores de 30 años y más frecuentemente por jóvenes entre los 18 y los 25” (Shedd, 1934:1). Esto nos muestra que es erróneo pensar que las revoluciones culturales y los grandes avivamientos espirituales que renuevan el mundo tienen como prerrequisito que quienes las producen tengan las paredes de su oficina saturadas de títulos, certificados y demás reconocimientos. No es verdad que solo los doctores en algo son los que logran producir los impactos más profundos, duraderos y significativos en una sociedad. Según David Bornstein, los verdaderos revolucionarios son: “…individuos extraordinarios que lideran procesos de cambio […] con ideas convincentes para mejorar la vida de las personas, […que] tienen un profundo efecto sobre la sociedad, […] gente con nuevas ideas para abordar problemas importantes y que son incansables en la consecución de sus ideas; gente que sencillamente no aceptará un ‘no’ por respuesta, que no abandonará hasta que haya difundido sus ideas todo lo posible [. Son personas que] poseen ideas llenas de fuerza para abordar problemas, y no están dispuestos a, o son incapaces de, descansar hasta haber extendido sus ideas en el conjunto de la sociedad. […Son] individuos creativos con una determinación clara y una voluntad indomable que impulsa la innovación que la sociedad requiere. [Un revolucionario es] un individuo obsesivo que detecta un problema e imagina una nueva solución, que toma la iniciativa para actuar de acuerdo con esa idea, que reúne recursos y

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construye organizaciones para proteger [su] idea, que surte de energía y de un enfoque sostenido para superar las inevitables resistencias, y que ―década tras década― continúa mejorando, fortaleciendo y engrosando esa idea hasta que lo que en otro momento era una idea marginal se ha convertido en una norma nueva” (Bornstein, 2007: 19-22). En resumen, los verdaderos revolucionarios son quienes dominan su cosmovisión, los que están perfectamente persuadidos de que su visión del mundo es la correcta, sin importar que los demás los menosprecien incluso por ser demasiado jóvenes. La escritora y ensayista británica Virginia Wolf, lo dijo en estas sencillas pero contundentes palabras: “Aparentemente el éxito de las obras maestras no reside tanto en su falta de errores ―de hecho, toleramos los más crasos errores en todas ellas― sino en la poderosa capacidad de persuasión de una mente que domina por completo su perspectiva.” Lamentablemente, los jóvenes de hoy no solo no están dominando su perspectiva, sino que ni siquiera están siendo educados con perspectiva. Si preguntamos al estudiante promedio cuál es el propósito de su vida, es probable que nos diga que es “estudiar para obtener un grado para conseguir un buen empleo para ganar mucho dinero para ser alguien en la vida; comprar una casa, tener una esposa y un hijo”. Y si le preguntáramos cuál es su propósito después de eso, quizá nos diga que es tener un empleo mejor pagado o un negocio propio, para ganar más dinero, para ser más importante, para tener acceso a más privlegios, para comprar una casa más grande para que quepan más hijos...” Y bajo esta perspectiva secular de la vida ya se ha perdido al menos una generación.

Universidad cristiana y educación cosmovisual Nuestra juventud, hoy más que nunca antes, se encuentra a merced del engaño. Los valores y la verdad están siendo cuestionados desde sus fundamentos, y el sector joven, con poca experiencia y capacitación, está casi desarmado ante las ideologías y cosmovisiones no cristianas que oferta el mundo escolarizado secular. Cuando recientemente se le preguntó a una joven cuál era su filosofía de la vida, contestó: “Hace unos meses hubiera respondido que era cristiana; pero he tenido cinco profesores ateos. Ellos me han insistido para que abandone mis convicciones. Ahora me encuentro confundida. ¡Ya no estoy segura de quién soy ni qué creer!” Estoy convencido de que la clave para alcanzar (y tal vez para no perder) a los jóvenes adultos en edad universitaria o preuniversitaria, es hacer una labor educativa seria, sólida, profesional y con un enfoque cosmovisual cristiano. Al respecto, el Dr. Ronald H. Nash ha dicho: “El más importante paso para los cristianos es llegar a estar informados acerca de la cosmovisión cristiana y obtener una visión comprehensiva y sistemática de la vida y el mundo como un todo. En la actualidad, ningún creyente puede ser verdaderamente efectivo en el campo de las ideas hasta que él o ella hayan sido entrenados para pensar en términos cosmovisuales [...] Una de las cosas más importantes que podemos hacer por otros cristianos es ayudarles a lograr una mejor comprensión de su cosmovisión. Podemos ayudarles también a mejorarla,

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lo cual significa eliminar las inconsistencias y proveer nueva información que les ayudará a llenar los baches en su sistema conceptual” (Nash, 1992:14, 16-17). Y es precisamente para ayudar a los creyentes pensantes a “eliminar las inconsistencias y proveer nueva información” que les permita estar mejor preparados para enfrentar un mundo cada vez más secularizado, que en 1997 fue creada en Cuernavaca la comunidad educativa de La Universidad Libre para Cristo. Por casi una década y media, en La UCLi hemos ayudado a una gran cantidad de personas a conseguir lo que incluso varias autoridades considerarían la mejor educación: la educación basada en las Sagradas Escrituras. De acuerdo con el mandato de Jesucristo de ‘ir y hacer discípulos de todos los países, enseñándoles a obedecer todo lo que él nos ha mandado’ (Mateo 28:18-20), mediante un programa universitario de estudios libres basados enteramente en la Biblia, estamos ayudando, tanto a jóvenes como a adultos, a obtener una visión abarcadora del mundo basada en la Palabra revelada e inerrable de Dios. Nuestro programa educativo ha estado produciendo muy buenos resultados en todas las personas que han tomado nuestras clases, cursos y seminarios, porque provee de lo mejor de la investigación e instrucción cristianas al estar basados estrictamente en nuestro libro de texto por excelencia: la Biblia. En La UCLi creemos que tener una visión integradora de la realidad basada en las Sagradas Escrituras, es una necesidad vital para la gente en general y para los creyentes en particular, sobre todo en estos tiempos en los que se derrumban las bases mismas de la civilización. De modo que, ayudar a la gente a ‘ya no amoldarse al mundo actual, sino a transformarse mediante la renovación de su mente’ (Romanos 12:2), no solo es un gran privilegio sino que se ha convertido en algo así como una gran obligación. En La UCLi contamos con una Currícula o programa de estudios con interesantes temas que resumen cientos de horas de lo mejor de la investigación cristiana en las más variadas áreas del conocimiento. La Currícula de la Universidad Libre para Cristo, aunque tiene un nivel universitario es, sin embargo, el programa abierto de un ministerio no denominacional cristiano de investigación y educación superior, continua y libre. Nuestra labor está centrada en diez áreas de investigación académica: I. II. III. IV. V. VI. VII. VIII. IX. X. Divinidades y Teología Filosofía y Apologética Cristianas Ciencias de la Creación Bibliología Cristianismo y educación Historia y singularidades Cristianas Mente Cristiana y mundo Contemporáneo Psicología y naturaleza humana Problemas políticos y sociales Estética y creatividad

Nuestro programa de estudios está dirigido a: 1) Todas las personas preferentemente mayores de 20 años que, habiendo realizado estudios de bachillerato, desean completar su formación académica conociendo la perspectiva cristiana sobre los más diversos temas y problemas socioculturales en debate (1ª Timoteo 1:3-6).

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2) Los profesores que desean equiparse para explicar con más efectividad la manera en que los hechos bíblicos arrojan luz sobre los más diversos asuntos académicos (2ª Timoteo 1:7-12). 3) Cualquier persona que actualmente curse estudios de licenciatura en alguna universidad secular y que desee complementar su educación adquiriendo los recursos de pensamiento de la inteligencia cristiana que le ayuden en su cotidiano diálogo y debate con las diversas corrientes del pensamiento no cristiano (1ª Pedro 3:15). 4) Los líderes de movimientos juveniles cristianos que desarrollan su ministerio en la difícil área de los campus universitarios (Efesios 6:19-20). 5) Todos aquellos que, en general, conocen los puntos de tensión entre la cosmovisión cristiana y las filosofías seculares, y que desean estar preparados para ‘dar razón de la esperanza que hay en ellos’ (2ª Corintios 10:5). Comentario final La mayoría de nosotros no logra comprender que la lucha de ideas que se libra en el mundo posmoderno —eufemísticamente conocida como “guerra de la cultura”— es un mero síntoma de un mal más profundo. Los cristianos gastamos grandes cantidades de energía corriendo para sostener una batalla aquí y otra allá. Pero jamás podremos ganar la guerra de la cultura en esa forma. Lo que debemos hacer es atacar las causas más profundas del actual conflicto cultural. Debemos excavar hasta las raíces filosóficas de las batallas que estamos librando. Si los creyentes hemos de ser oídos por la mentalidad esquizofrénica (fragmentada) del mundo posmoderno y hacer cabeceras de puente efectivas en nuestra cultura, deberemos ante todo desarrollar lo que Francis Schaeffer llamó una “apologética cultural”: Debemos levantarnos como academia cristiana y defender desde nuestros bastiones los conceptos mismos de la verdad y la unidad. La Biblia nos recuerda con firmeza: “No teman lo que ellos temen ni se dejen asustar […] Más bien […] estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes…” (1ª Pedro 3:15). Creo que si no aprendemos a cumplir con este deber, nos daremos cuenta que será cada vez más difícil presentar el Evangelio, y perderemos aquellas oportunidades para influenciar a este mundo tambaleante con las Buenas Noticias que con urgencia necesita conocer. Lo que se ha planteado aquí es la necesidad de crear una nueva cultura académica con un fuerte énfasis bíblico, a fin de que cualquier creyente esté equipado con el tipo de lógica y análisis que proceden del trabajo de la inteligencia cristiana. Luego, debemos sentarnos con nuestros vecinos inconversos para demostrarles que solo en Jesucristo está la unidad, la Verdad y las respuestas que su espíritu exige. La guerra por la mente humana es una que no queremos perder. ¿Qué haremos? ¿Cómo lo vamos a hacer? Lo haremos utilizando ‘armas que no son de este mundo, y que tienen el poder divino para derribar fortalezas; destruyendo argumentos y toda altivez que se levante contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo’ (2ª Corintios 10:5). La cultura secular en que vivimos está casi perdida. Pero con frecuencia, en los momentos más oscuros, Dios ha levantado personas y grupos, verdaderos profetas, que son capaces de hablar a nuestra edad en un lenguaje que permite a los elegidos reconocer la voz del Pastor que les llama. La Universidad Libre para Cristo es una voz para este tiempo, y tiene la vocación ineludible de hacer una defensa apologética de las bases culturales, intelectuales y éticas sobre las que descansa la fe cristiana, porque “si los fundamentos son destruidos, ¿qué va a hacer el justo?” (Salmo 11:3). Unámonos en este propósito. Eduquemos a otros y eduquémonos a nosotros mismos sobre la base de una perspectiva unificada de la realidad a fin de detener en alguna medida este proceso de descomposición social que está llevando a este mundo que ya no conoce ni teme a Dios a un terrible desenlace.

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Currícula de la Universidad Libre para Cristo
I. Divinidades y Teología 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10. II. Dios: esencia y existencia Pluralidad en la Divinidad Teoría de la personalidad divina Teoría de la encarnación del Verbo Angelología bíblica Escatología bíblica Los dones del Espíritu Enfoques sobre sectarismo Teoría crítica del infierno Teoría general del bautismo, Etc. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 8. 9. En busca del Jesús histórico Entre los 12 y los 30: la vida oculta de Jesús La dignidad de la mujer en las Sagradas Escrituras judeocristianas Cristianismo primitivo Filosofía de la historia Historia eclesiástica y teológica Estudios en el Antiguo Testamento Estudios en el Nuevo Testamento

VII. Mente Cristiana y mundo Contemporáneo 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. 10. Cómo pensar sobre la pena de muerte Cómo pensar sobre la eutanasia Cómo pensar sobre el aborto Cómo pensar sobre la clonación Cómo pensar sobre Estado y política Cómo pensar sobre la guerra Como pensar sobre la libertad Cómo pensar sobre el pecado sexual Cómo pensar sobre el divorcio Cómo pensar sobre el ocultismo y lo paranormal

Filosofía y Apologética Cristianas 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. Teoría general del conocimiento Introducción a la filosofía cristiana Introducción a la apologética Cosmovisiones en conflicto Epistemología reformada Enfoques sobre los milagros Teorías y sistemas filosóficos

III.

Ciencias de la Creación 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. Estudios en Génesis Creatiología básica Controversias sobre los orígenes Tecnatura: teoría del diseño previo Introducción a la teoría del diseño inteligente Crítica del paradigma científico vigente Teoría cuántica de la creación Naturaleza y problemas ecológicos

VIII. Psicología y naturaleza humana 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. IX. Modelos de la naturaleza humana Enfoques cristianos sobre desviaciones sexuales Psicopatología del espíritu Enfoque psico-espiritual sobre las adicciones Educación sexual Bases bíblicas del bienestar Salud espiritual y bienestar integral

IV.

Bibliología 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. La Biblia y la Palabra de Dios Teoría de la inspiración bíblica La singularidad de la Biblia Historia de la supervivencia de la BIblia Arqueología y geografía bíblicas Personajes bíblicos Metodología del estudio bíblico

Problemas políticos y sociales 1. 2. 3. 4. 5. 6. 7. 8. 9. Hombre y sociedad El origen del Estado El cristiano y la política Sistemas políticos y sociales Introducción a la Teocracia Familia y bienestar espiritual Teoría sobre libertad y enajenación Temas generales sobre matrimonio Biblia y derechos humanos

V.

Cristianismo y educación 1. 2. 3. 4. 5. Educación en la Biblia Enfoques cristianos sobre educación Padres y educación Educación sexual Ética y valores

X.

Estética y creatividad 1. 2. 3. 4. 5. Dios y el arte Creación divina y creatividad humana Historia crítica del arte El cristiano y el arte Filosofía del arte

VI.

Historia y singularidades Cristianas 1. 2. La singularidad de Jesucristo La resurrección de Cristo

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BIBLIOGRAFÍA: Adorno, Theodor (1976): Minima Moralia, Nº 4; Frankfurt: Suhrkamp. Bornstein, D. (2007): Cómo cambiar el mundo; Random House Mondadori: México, D.F. Escobar, Samuel (1977): Irrupción Juvenil; Editorial Caribe: Miami. Hayes, D. (1983): Fireseeds of Spiritual Awakenin: Igniting the Flame of Spiritual Renewal; Here’s LifePublishers, Inc.: San Bernardino. Habermas, Jürgen (1989): El discurso filosófico de la modernidad; Manuel Jiménez Redondo(Trad.); Buenos Aires: Taurus; Nº 74. Holmes, Arthur F. (2001): Building the Christian Academy; William B. Eerdmans Publishing Company: Michigan. Illich, Ivan (1985): La sociedad desescolarizada; Joaquín Mortiz: México. Kerr, Clark (1963): The Uses of the University; 5th edition; Harvard University Press. Malik, Charles H. (1982): A Christian Critic of the University (Pascal Lectures on Christianity and the University); InterVarsity Press: Illinois. Marsden, G. (1994): The Soul of the American University: From Protestant Establishment to Established Nonbelief ; New York: Oxford Univ. Press. Ver también: Marsden G., y Bradley Longfield, eds. (1992): The Secularization of the Academy; New York: Oxford Univ. Press. Nash, Ronald (1992): Worldviews in Conflict; Zondervan Publishig House: Michigan. Rorty, Richard (1983): La filosofía y el espejo de la naturaleza; Jesús Fernández Zulaica (Trad.); Madrid: Cátedra; p. 16. Schaeffer, Francis A. (1968): The God who is there; InterVarsity Press: Illinois. Schaeffer, Francis A. (1968): Escape from Reason; InterVarsity Press: Illinois. Shedd, Clarence P. (1934): Two Centuries of Student Christian Movements; New York: Association Press. Toffler, Alvin y Heidi (2006): La revolución de la riqueza; Random House Mondadori: Barcelona. Toynbee, Arnold, et. al. (1975): Debate sobre el crecimiento; Fondo de Cultura Económica: México, D.F. Wittgenstein, Ludwig (1975): Philosophische Untersuchungen. Num. 133; Frankfurt: Suhrkamp. Zacharias, Ravi (1994): Can Man Live Without God?; Word Publishing. Hay traducción al español: Zacharias, Ravi (1995): ¿Puede el hombre vivir sin Dios?; Editorial Caribe, Inc: Nashville.

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