Tratamientos para los trastornos de la conducta

Existen tratamientos para estos trastornos desde diferentes enfoques, por lo que a continuación se van a describir y explicar algunos de las intervenciones o tratamientos que proponen algunos autores. Javoloyes y Redondo (2005) proponen una intervención de tipo preventiva, pues lo ideal es corregir aquellos aspectos que pueden intervenir como factores de riesgo de manera que el trastorno como tal no llegue a desarrollarse. Es decir, la idea es dirigirse al manejo de aquellos aspectos que pueden incidir en el desarrollo futuro de uno de estos trastornos con el propósito de evitarlo. Para ello la atención primaria debe ir dirigida a la familia, al niño o adolescentes y a su entorno. A nivel familiar los autores recomiendan: ayudar a los padres a modificar el estilo de crianza si este es inadecuando; si los padres poseen alguna sintomatología psiquiátrica o psicológica ayudarle a buscar la ayuda necesaria; transmitir la importancia de desarrollar un vínculo afectivo padre-hijo durante el primer año; remitir a la pareja a terapia si es necesario para que aprendan manejar conflictos; y detectar tempranamente la posibilidad de abuso. A nivel personal los autores recomiendan brindar apoyo psicoeducativo y vocacional; fortalecer las habilidades sociales; detectar de forma temprana problemas de aprendizaje o retraso mental; ayudar a los padres a que aprendan a potenciar las habilidades del niño; detectar de forma temprana otras trastornos o padecimientos mentales. En cuanto a la prevención social, los autores proponen que es fundamental incentivar que el niño forme parte de un grupo no conflictivo, con actividades positivas; involucrar al centro educativo para que presten especial atención al progreso académico del niño y a una adecuada integración con los demás. Obrero (2009) también propone algunas medidas o intervenciones que pueden ser utilizadas para prevenir o reducir la aparición de conductas disruptivas. Algunas de estas son: •Escuela para padres: esto consiste en enseñar a los padres el manejo de límites con sus hijos basado en el mejor estilo de crianza, comunicación asertiva, premios, castigos, entre otras cosas. El objetivo es que los padres puedan disciplinar a los niños de la manera más adecuada, así como fortalecer el vínculo entre ellos, la comunicación, el afecto y el respeto mutuo. •Terapia multisistémica: “Involucra tratamiento de tipo biológico, psicosociales y psicoeducativos con una ambientación ecológica” (2009: 91). Este tipo de terapia trabaja tanto con el niño, como con la familia y el entorno, por consiguiente, los padres trabajan directamente en la intervención. •Las intervenciones pueden ser diarias o tres veces por semana durante unos tres o cuatro meses y un equipo multidisciplinario compuesto por psiquiatra, trabajador social, psicólogo, pediatra,

pedagogo, neurólogo y psicoterapeuta son los encargados de brindar el apoyo y proveer porque se cumplan los objetivos. •Terapia comunitaria: Esta terapia se basa en promover conductas prosociales y así reducir las disruptivas por medios de los juegos, la música, deportes y demás. Se pretende que el niño pueda canalizar sus energías en el desarrollo de estas otras actividades, al mismo tiempo que se le enseña sobre la resolución de conflictos y habilidades sociales. •Terapia de grupo: estas se realizan al interior de las escuela con los compañeros, pues estos pueden contribuir a que el niño mejore sus habilidades de socialización. •Terapia famacológica: No existen medicamentos específicos para estos trastorno, sin embargo, se ha visto que algunos fármacos junto con la terapia dan mejor resultado. Algunos de ellos son: los antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptura de serotonina y la clonidina que ayudan a disminuir las conductas agresivas. Rigau y otros (2006) proponen una intervención desde la perspectiva conductista y otra desde la perspectiva cognitiva. La perspectiva conductista parte de que estos trastornos se desarrollan gracias a un mal manejo disciplinario por parte de los padres. Como consecuencia, “el niño ha aprendido que la conducta oposicionista es eficaz para manipular a los adultos con el fin de que recapitulen ante sus deseos” (2006:84). La terapia, por lo tanto, está dirigida al trabajo con la familia, la escuela y el niño, y se basa en el análisis de la conducta desde el enfoque ABC (antecedentes, conductas, consecuencias). Un ejemplo de este tipo de terapia es el programa Defiant Children desarrollado por Barkley, el cual se utiliza principalmente para el trastorno negativista desafiante. Este programa está desarrollado en 8 pasos, cada uno a intervalos de una semana, los cuales están pensados para que el niño deba aplicar determinados principios los cuales irán modificando su conducta para alcanzar el éxito tanto en la escuela como en la casa. La modificación del comportamiento del niño se realiza por medio de: una lista de conductas que el niño debe llevar a cabo, premios y castigos, y un sistema de fichas. Las perspectivas cognitivas, por otro lado, parten de que las conductas disruptivas del niño se deben “un retraso en el desarrollo de habilidades cognitivas concretas” (2006:85) o la dificultad para llevarlas a cabo cuando es necesario. Es decir, sus dificultades cognitivas son las que provocan las dificultades en su conducta, por lo que esta terapia esta dirigida a estimular las áreas cognitivas que

estén implicadas y así modificar su conducta. Esta forma de percibir la problemática puede ayudar a que el adulto comprenda que la conducta del niño no es intencional y a raíz de esto puede ser más fácil el identificar las habilidades específicas que necesitan de entrenamiento. Además, según este modelo “el resultado de la conducta depende del grado de compatibilidad entre las características del niño y las del adulto” (2006:85), de manera que las conductas negativistas se dan como consecuencia de la incompatibilidad entre el niño y el adulto, pues las conductas del niño van a ser valoradas negativamente por el padre generando conductas desadaptativas. A raíz de esto, el primero objetivo de la terapia consiste en identificar y resolver aquellos puntos en los cuales hay una incompatibilidad. Para ello es necesario conocer cuales son las situaciones en las cuales el niño presenta las conductas negativistas, pues ahí se encuentra la clave acerca de cuales son las funciones cognitivas de las que carece. Como lo explican Rigau y otros: “La conducta explosiva se da cuando las demandas cognitivas superan las capacidades del niño para responder de forma adaptativa” (2006:86). Una vez que se han identificado todas las conductas y los momentos en los cuales se presentan, se pasa a ubicarlas en alguna de las siguientes tres categorías: AIncluye aquellas conductas que implican un riesgo de hacerse daño o hacer daño a los demás o a la propiedad privada de otra persona. BConductas que no generan riesgo pero que causan grandes problemas a nivel familiar. CConductas que se consideran inadecuadas pero que no generan ni riesgos ni problemas graves a nivel familiar. Las intervenciones en cada conducta dependen de su categoría, pues aquellas que se ubiquen en la categoría A simplemente deben ser reprimidas. No se debe caer en la discusión, en el argumento o en la pelea pues el adulto debe imponer su autoridad en esos momentos. Las conductas de la categoría B son las que dan paso a que se un mayor cambio, pues ahí es cuando el niño pueden aprender a controlar su conducta y sus emociones. En cuanto a las conductas de la categoría C, lo mejor es no intervenir pues se presentan en la vida diaria y si son intervenidas se puede generar resentimiento obstaculizando el verdadero aprendizaje. Para lograr un cambio verdadero y prolongado, el adulto debe mostrarse empático y darle la oportunidad al niño para que juntos encuentren una solución aceptable en la cual ambos deberán ceder. Esto permite que el niño tome responsabilidad de sus actos y que sienta que se le toma en consideración, al mismo tiempo que se le estimula su capacidad para tomar decisiones, para reflexionar sobre sus actos, entre otras cosas.

En el aula: Dado que gran parte del tiempo del día del niño o adolescente transcurre durante horas de escuela, es importante que la intervención del comportamiento se haga también desde el ámbito educativo. Javaloyes y Redondo (2005), especifican que una vez identificado el trastorno de conducta, la escuela debe de determinar si el grupo de iguales son postivas y no conflictivas, y tratar de ayudar al estudiante a incurrir en actividades de ocio positivas y beneficiosas. Además, se debe de intentar de mejorar la integración del estudiante con sus compañeros y el buen progreso académico. Woolfenden, Williams y Peat (2008), explican de una investigación en la cual se encuentra que en casos de delincuencia juvenil, frecuentemente producto del mal manejo de trastornos de la conducta, hay una tendencia preocupante hacia una reducción en las matriculas escolares. Esto puede ser determinado por factores como poco apoyo de pares, malas relaciones entre estudiantes y profesores y problemas de aprendizaje desatendidos. Por lo tanto, se le debe de poner un cuidado especial a estas áreas para evitar la deserción escolar departe de los niños y adolescentes con estos trastornos. Bragado, Bersabé y Carrasco (1999), definen una serie de factores de riesgo para los trastornos de conducta que pueden ser interferidos desde el área educativa. Bajos niveles intelectuales y dificultades académicas se han encontrado relacionados con los trastornos de la conducta, específicamente, cuando el niño se ve obligado a repetir un curso. Por lo tanto, puede ser buena estrategia preventiva evitando este tipo de situaciones, dandoles el apoyo académico necesario. Si esta situación llegara a ocurrir, seria importante hacer un acompañamiento y una supervisión cercana de las actitudes del niño y trabajar con este las habilidades adaptativas y sociales que va a requerir dentro de su nuevo grupo.

De acuerdo con Obrero (2009), es importante eliminar o disminuir las situaciones conflictivas que se puedan presentar en el centro educativo y ayudarle al niño a que aprenda a controlar sus emociones de ira o enojo, por ejemplo, enseñarle a darse un tiempo cuando sienta que no va a poder manejar una situación de la mejor manera en ese momento o enseñarle técnicas de relajación para que pueda manejar y disminuir su estrés. También, se debe recompensar al niño por sus actos positivos, como cuando demuestra flexibilidad o cooperación con sus compañeros. Otro aspecto es que se deben establecer prioridades para que el niño sepa que se espera que haga y así evitar enfrentamientos, y establecer límites claros junto con las consecuencias que se aplicarían en el caso de que el niño decida no respetarlos.

Graciano, (2001), propone una serie de alternativas para controlar conductas agresivas en los niños y adolescentes dentro del aula. Primero, se deben de reconocer las causas específicas que provocan las conductas agresivas, para luego eliminar los factores desencadenantes o enseñarle al niño como manejar esas situaciones específicas. Es muy importante, que en el momento en que el niño se ponga agresivo, se le haga un time out o tiempo fuera, en el cual se aisla al niño para que esta agresividad no lastime a nadie mas, y preferiblemente a el mismo tampoco. Además, como técnicas de corrección se deben de emplear el moldeamiento, reforzando comportamientos tranquilos y pacíficos, y preferiblemente situar al niño cerca de los alumnos más tranquilos para que por medio de imitación se logre la conducta más fácilmente. Como otra estrategia, se puede utiliza la economía de fichas. Desde un estudio comparativo, involucrando estudios previos, Rojas, Espinoza y Ugalde (2004), declaran que en programas educativos para la corrección de trastornos de conducta y actividades delictivas, se pueden utilizar la economía de fichas, contratos conductuales, sensibilización sitemática y condicionamiento de evitación. Esto disminuye la tasa de violación de reglas y la mala conducta. Además, comprueban mediante estudios que los programas de tratamiento educativos que se implementan en niños antes de los ocho años permite hacerlos más resistentes a la emisión de conductas antisociales, y de lo contrario, una vez manifestadas estas conductas, es dificil modificar el comportamiento. Además, hay otros factores que deben de ser controlados y modificados para evitar la aparición y ayudar a la eliminación de trastornos de conducta. Esta aparición y dificultades para extinguir las conductas son: variables motivacionales ( ruido ambiental en las clases, dificultades previas ocurridas en contexto extraescolar, instrucciones confusas y defectuosas), falta de claridad (ausencia de conocimiento en las reglas y políticas al interior de los establecimientos), bajo apoyo del staff directivo para establecer una disciplina clara de conducta (inconsistencias administrativas y ausentismo laboral), diferencias entre los estudiantes (habilidades sociales, habilidades académicas e inconsistencia en premios y castigos administrados por las conductas). Estas carencias y confusiones deben de ser evitadas, puesto que la educación escolar es importante para la preparación laboral futura y la formación del individuo. El National Resource Center on AD/HD ( 2005), propone una serie de intervenciones que se pueden y deben hacer con niños con conductas perturbadoras dentro del ámbito escolar. En general, debe de existir un apoyo conductual positivo para toda la escuela. Esta va a tener un impacto significativo sobre los patrones de conducta del niño, y por lo tanto se deben de implementar programas que ofrecen apoyo conductual positivo para toda la escuela. Tienen como objetivo fomentar comportamientos sociales y logros académicos exitosos

para todos los estudiantes. Van a estar compuestos por consecuencias claras y consistentes para las conductas inapropiadas, contingencias positivas para conductas apropiadas y servicios basados en un equipo para estudiantes con necesidades conductales más extremas. Dentro del aula, se propone que se debe de luchar porque exista un ambiente de aceptación y apoyo, en el cual se promuevan destrezas sociales y emocionales, con reglas y procedimientos claros. La conducta del niño debe de estar siempre supervisada, para de esta manera poder recompensar las conductas prosociales y responder de manera consistence a conductas problemáticas y determinar cuando y porque el niño incurre en comportamientos agresivos para poder prevenir y manejar estas situaciones más adecuadamente.

Conclusión

Como se ha examinado en las páginas posteriores, los trastornos de la conducta y las conductas desadaptadas y disruptivas tienen ciertas complejidades que dificultan la identificación y por lo tanto tratamientos adecuados para estas poblaciónes. Además, una vez identificados, son trastornos que ofrecen cierta dificultan en el manejo, características de la resistencia que definen estos trastornos.

Sin embargo, es de necesidad imperativa corregir estos trastornos a pesar de que tienen altos costos y requieren de mucho esfuerzo de todas las partes involucradas en la vida del niño o adolescente. Se logra identificar que, los trastornos representan oposiciones fuertes a los intentos

de modificar y corregir estas conductas, y por lo tanto se puede considerar que los programas más efectivos van a ser los de prevención a nivel global. Se les debe de enseñar a los padres como poner límites claros y consistentes, y hacerlo de la misma manera en las escuelas, para evitar la aparición de estos trastornos. Estas intervenciones tempranas van a facilitar la recepción de límites y reglas, así como la aceptación de las consecuencias negativas y postivas por parte de los niños y adolescentes. Además, esta claro que para minimizar los efectos sociales que pueden tener estos

individuos más adelante en sus vidas, como el desempleo y pobreza que los pueden llevar a incurrir en actos delictivos, es imperativo ayudarles con los procesos educativos. Si bien es una

población característica de la deserción escolar, se ha demostrado que se puede prevenir con las atenciones necesarias que van a requerir de manera individual, tal como los problemas de aprendizaje específicos y el énfasis que se debe de tener con respecto a las habilidades sociales y la aceptación en su grupo de pares. En estos procesos, se debe de incluir además, la correcta educación y el entendi-

miento por parte de los padres, brindandoles herramientas y programas que les ayuden a manejar las situaciones dificiles que van a enfrentar a partir de la aparición de estos trastornos. En muchos casos, estos pueden ser eventos disparadores para las conductas agresivas y desadaptadas que van a presentar los niños, y que probablemente los padres no sepan darle un manejo y un enfrentamiento adecuado. Con el niño de manera individual, se le puede hacer una marcada importancia en procesos terapéuticos, a las habilidades sociales y el control y manejo del enojo y estrés. Si bien se ha reconocido en terapias como la mencionada cognitiva-conductual, el reconocimiento de los factores desencadenantes por parte de los niños y adolescentes puede ser clave para el mejor desempeño. Deben de aprender, que aunque no pueden cambiar las situaciones a las que se enfrentan y los problemas que van a tener, hay maneras adecuadas de reaccionar y actuar, y así no incurrir en agresividad y violencia para manejarlas.

Investigar sobre temas con complejidades en su origen, diagnóstico y tratamiento,como lo son los trastornos de la conducta, son lo que permite a profesionales y profesionales en formación mejorar en su abordaje y tratamiento de estos trastornos, y aconsejar mejor a padres y profesionales en educación para darles a estos niños y adolescentes mejores pronósticos a pesar de sus condiciones adversas.

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Revisado: 28 de marzo Hora: 5:25 pm.

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