Lluís NOLLA PICOS CASTILLOS DE CARTÓN Y EL POLIAMOR

Universidad de Dalarna
Facultad de Humanidades Spanska I, Delkurs 4:Text och litteratur 2011

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Castillos de cartón y el poliamor ¿Qué es el poliamor?

Podemos definir el poliamor como «una práctica consistente en la superposición de varias relaciones íntimas, que incluyen (o no) el sexo, con el pleno consentimiento de todas las personas involucradas» (Barba 2009: 772). Así, los poliamantes son personas «que se obligan a mantener relaciones sexuales sólo con miembros de ese grupo» (Misrahi 2007: 184). Este término fue acuñado en 1964 por el escritor de ciencia ficción Robert Heilein en su novela «Forastero en tierra extraña». Donde se relataba cómo el primer marciono que llegaba a la Tierra, fundaba una religión basada en la comunicación espiritual y sexual de todos sus miembros (Misrahi 2007: 184). Así el «poliamor» es un neologismo, formado por las palabras «poli» –muchos en griego– y «amor», que define lo que se conoce vulgarmente como «uniones múltiples» o «tríos amorosos», es decir, una relación sentimental entre tres personas, en cualquiera de las posibles combinaciones de sexos. Existe una cierta confusión entre las definiciones de «poligamia» y «poliamor». Bien es cierto que una relación «polígama» puede ser considerada como «poliamorosa». Pero en la práctica, la «poligamia» es un mecanismo para producir herederos en Medio Oriente, y disponible sólo para algunos. Así, si la primera esposa es estéril, la poligamia permite que un hombre se case con una segunda esposa con la esperanza de tener herederos, particularmente varones, mientras que el «poliamor» es una relación definida por acuerdos entre los distintos miembros, más que una norma o tradición cultural (Mukhopadhyay y Singh 2007: 190).

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Castillos de Cartón
Por la propia esencia de la relación, no existe un «modelo estándar» de relación poliamorosa, como sí sucede en las relaciones convencionales –como la institución del matrimonio–. En el caso concreto de «Castillos de cartón», el «poliamor» implica prácticas sexuales exclusivamente heterosexuales, ya que hay una pareja de varones –Marcos y Jaime– que se dedican a complacer sexualmente a María José – del sexo contrario–. Desde el particular ménage à trois bíblico entre Adán, Eva y la serpiente, pasando por el relato biblico de Abraham, su esposa Sara y su criada Agar; hasta la Suecia de siglo XVIII, donde el Conde Adolf Fredrik Munck af Fulkila, asistió a Gustavo III en la consumación de su matrimonio con la reina Sofía Magdalena; los triangulos amorosos han jugado una parte muy importante en la historia del amor humano (Wikipedia: Ménage à trois). Esta forma de amar todavía es un tabú en pleno siglo XXI para muchas personas y un sueño irrealizable para muchas otras (Thalmann 2008:8). Cuando hablamos de «castillos», nos imaginamos estructuras fortificadas y sólidas; pero cuando hablamos de cartones; nos viene a la mente la fragilidad y permeabilidad de la pasta de papel. Maria José, Marcos y Jaime quisieron construir precisamente eso, un frágil triángulo amoroso, imposible de sustentar. Y es que la disfunción eréctil de Marcos –una impotencia surgida del temor a fallar–, dio lugar a la entrada de Jaime en escena, lo que compensó durante cierto tiempo la insatisfacción sexual de la pareja original. Pero el triangulo amoroso pronto se desequilibró mediante infidelidades continuas de Maria José con relaciones sexuales indiviudales con cada uno de los varones, lo que dio lugar a rivalidades por parte de los mismos, por el cariño de Maria José:

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«[Marcos] al fin y al cabo, sabía que os iba a encontrar juntos en la cama, poniéndome los cuernos» (Grandes 2011: 166). De hecho, María José no podía experimentar orgasmos, y cuando por fin lo logra, es con Marcos –un tipo sensible, filósofo; soñador y que acaba de superar una disfunción eréctil– para desconcierto del machote de Jaime. Las continuas infidelidades, tanto las de Maria José, como la de los varones con una chica suiza, acaban por destruir esta peculiar relación. Permanecer con uno u otro amante constituye para Maria José, un complicado dilema. Además, el triángulo amoroso acaba por desgastar a cada uno de los implicados. Lo que empezó como un juego; se tornó un drama; y sus vidas se llenaron de dolor; de esperas y de falsas promesas. Así, cada una de esas pequeñas aventuras de los tres protagonistas, en su microcosmos particular, constituye una infidelidad –si atendemos a la definición de poliamor que hemos dado–. Pues en esta novela queda claro que no estamos ante una relación abierta, donde los participantes son libres de tener otros amoríos. Así, en el caso de relaciones poliamorosas, podríamos hablar de una obligación recíproca de «polifidelidad», es decir, cumplir con los compromisos establecidos con cada uno de los integrantes de la relación. Ocultar informaciones en relaciones poliamorosas, hace que las personas difícilmente puedan confiar en sus parejas. Aunque bien es cierto que Maria José, Marcos y Jaime, tienen una visión muy pragmática de su relación: de hecho, Maria José, acepta de bastante buen grado –teniendo en cuenta la gravedad del asunto– la infidelidad de Marcos y de Jaime. Algo que seguramente no hubiera ocurrido si la infidelidad hubiera devenido de una relación convencional –matrimonial o no– con cualquiera de los dos chicos.

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El tres es número impar
La siguiente cita; «el tres es número impar» (Grandes 2011: 15) implica una visión matemática del amor. Es decir, como si sólo se pudiera amar por completo a una sola persona. Así en el caso de ser dos las personas implicadas, el amor de Maria José se tendría que dividir matemáticamente entre dos. Y eso es en definitiva es lo que sucede en la obra, ese amor era imperfecto, y por eso Marcos los empieza a perder poco a poco –especialmente porque a Jaime le resultaba incompleto– «os estaba perdiendo igual [a Maria José y a Jaime], los dos estabais cada vez más solos, más lejos de mí» (Grandes 2011: 165). Así Almudena Grandes concibe el amor como un objeto indivisible. Si tomamos esta premisa como cierta, una madre debería de amar menos a cualquiera de sus hijos por la simple existencia del otro hijo. ¿O es al revés? Una madre con un sólo hijo, ¿tiene una capacidad inferior de amar que aquéllas que tienen más hijos? No lo sabemos, lo que sí que parece evidente, bajo la óptica de la autora, es que las parejas monógamas deberían de poder «construir castillos de piedra», dada la fuerza y confianza que pueden llegar a tener este tipo de relaciones. Ya que una relación requiere de mucha dedicación; tiempo y energía en su construcción, y dedicárselo a más de una persona es algo que parece a priori muy difícil –si no imposible–. Aunque si bien es cierto, estamos juzgando el «poliamor» apoyándonos en el fracaso de una relación en particular. Es como si dejáramos de creer en la institución del matrimonio por el fracaso de una pareja a la que conocemos. Lamentablemnete, carecemos de estudios académicos serios en esta área en particular, así, no tenemos estudios comparativos entre relaciones monógamas y poliamorosas. Bien es cierto que las relaciones monógamas –basadas muchas veces en la aceptación de mandatos sociales y religiosos irracionales– tampoco son una

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panacea; por no hablar del número de divorcios; de las relaciones posesivas; de los celos; matrimonios que son sólo apariencias y de las infidelidades –dada la prohibición cultural de mantener ambas relaciones a la vez–. ¿O quizás no pecamos a veces de ególatras los monógamos creyéndonos que le podemos dar a nuestra pareja todo lo que necesita en cuestiones cariño, sexualidad, pasión, comprensión, comunicación o apoyo emocional? Además, los poliamorosos sostienen que el riesgo de padecer una enfermedad de transmisión sexual es inferior al de una pareja monógama, ya que, cuando mantienen relaciones con otras personas, su pareja o parejas lo saben, lo que no suele ocurrir en las relaciones tradicionales (González: 2007). Esto tampoco quiere decir, como hemos visto durante este análisis, que el poliamor no presente también fisuras. Por todo lo anterior, es difícil juzgar de una forma más científica, y no tan subjetiva, cuál de las dos formas de amar correspondería a un amor más evolucionado. Así pues, lo más correcto parece ser; tomar a todas las formas conocidas de amor entre las personas; como caminos igualmente válidos, donde la elección le concierne a cada uno de los individuos.

Bibliografía

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BARBA, D., 100 españoles y el sexo., PLAZA Y JANES., Madrid., 2009. GONZALEZ, A., El poliamor, uno para todos, y todos para uno., Público Edición Online., 26 de Diciembre de 2007. GRANDES, A., Castillos de Cartón., Maxi Tusquets Editores., 2011. MUKHOPADHYAY, M., SINGH, N., Justicia de género, ciudadanía y desarrollo., IDRC., 2007. MISRAHI, A., En mi casa o en la tuya: confesiones de tuppersex., Ediciones Robinbook., 2007. THALMANN, Y-A., Las virtudes del poliamor., Plataforma Editorial, S.L.., 2008. WIKIPEDIA., Ménage à trois., http://es.wikipedia.org/wiki/Ménage_à_trois.

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