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Pendiendo de
una promesa

Por Shaka

http://www.shaka-fanfiction.net

El fanfiction no persigue ningún afán lucrativo. Prohibida su venta y/o
alquiler. Todos los derechos de autor sobre los personajes pertenecen a
Masami Kurumada, creador de Saint Seiya.

Ilustración: A noble man in Siberia

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Capítulo 1

El intenso dolor de cabeza le hizo saber que acababa de despertar. Esas
punzadas, continuas e insistentes, eran una constante en el recibiendo del nuevo
día.
Lo último que recordaba es que le administraron más tranquilizantes, por
lo que seguramente había perdido la conciencia durante el proceso.
Últimamente no los toleraba bien y despertaba débil, tanto que el mero hecho
de abrir los ojos al mundo le suponía un esfuerzo.
Pero lo hizo, enfocando lentamente a su izquierda, viendo lo que llevaba
contemplando desde que fuese ingresado en aquel hospital.
Le observó, y una sonrisa se dibujó en su cara. Hyoga dormía apoyado
sobre la mano en el a priori incómodo sillón que había junto a la cama. Le
observó moverse y pestañear en un acto reflejo, lo suficiente como para darse
cuenta de que su amigo ya estaba despierto.
—Buenos días.
Él le contempló; parecía estar comprobando cada uno de sus rasgos en
búsqueda de algún indicio que denotase mejoría.
—¿Cómo te encuentras?
—Cansado.
—Es normal, te han subido la dosis. ¿Tienes fiebre? Espera, llamaré a una
enfermera.
Hyoga salió al pasillo sin perder el buen humor; pasase lo que pasase, el
ruso no se había ido de su lado desde el final de la Guerra Santa. Los meses
habían transcurrido, los cambios sacudieron el Santuario, y cuando ya casi
nadie quería recordar lo ocurrido, él no daba muestras de mostrarle rencor por
el drástico papel que le había tocado representar en batalla.
Aunque su cuerpo ya no servía de cobijo para Hades, las secuelas físicas
habían sido desastrosas.
Se sintió mal, porque después de todo el esfuerzo y empeño, y del apoyo
que Hyoga le había dado, no iba a poder ofrecerle la recompensa de su
recuperación. Había luchado con optimismo, pero estaba agotado, como
ausente, flotando en una nebulosa. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, y

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por egoísta que pudiera parecer, no soportaba la idea de tener que seguir
sufriendo esa lenta tortura cuando el descanso estaba cerca.
La puerta volvió a abrirse, y una de las auxiliares sanitarias entró para
anotar su temperatura, cumpliendo el ritual diario. Le veía mover los labios,
mas sus oídos no eran capaces de captar sonido de mayor intensidad que la de
un murmullo; se le nubló la vista, no regresando en sí hasta que noto aquella
mirada clavada en él, reflejo de la preocupación, y una voz dulce y familiar
retumbando a lo lejos.
—Shun... Shun...
Tenía que hacerlo. Llevaba días evitando ese momento y ya no había
marcha atrás.
—Shun, ¿te encuentras bien? Tienes treinta y nueve grados.
—Sí, estoy bien... —suspiró.
Contempló su propia mano yaciendo entre las de él. Esa sensación de
calidez y protección le reconfortaba.
—No se sabe nada de mi hermano, ¿verdad?
Obtuvo el mismo movimiento negativo de siempre, alentándole el gesto a
dar el paso, empleando en ello sus últimas fuerzas.
—Hyoga, tengo que pedirte algo. Es lo más importante que te he pedido
nunca.
—Dime —respondió él, acercándose.
—No tengo palabras para agradecerte lo que has hecho por mí.
—No tienes por qué darme las gracias... —le instó.
Shun sonrió con melancolía. Cuántas cosas habían vivido juntos, cuántas
situaciones más allá de la imaginación humana, cuántos peligros...
—Estoy débil. Sabes que soy optimista por naturaleza, pero el tiempo y la
experiencia me han hecho saber reconocer la realidad y aceptarla, por muy dura
que sea. Mi corazón lo sabe, y mi cuerpo lo afirma: no resistiré mucho más.
En el fondo deseaba que Hyoga exclamase que no dijera esas tonterías,
que todo saldría bien y que acabaría cuando menos se lo esperaba... pero no fue
así. En vez de eso le vio contener las lágrimas, tratando de no echarse a llorar
ahí mismo. Era como si el caballero del Cisne hubiese cedido, reconociendo que
iba a llevar su condición de Andrómeda hasta el final, sacrificándose en pro de
los demás.

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—Necesito que me ayudes con mi testamento —reiteró.
Se sintió terriblemente humilde tras haber hecho la petición, pues al
solicitar dicha ayuda, no estaba haciendo sino reconocer la propia muerte.
Hyoga asintió; haciendo de tripas corazón buscó dónde y con qué escribir.
Cuando hubo encontrado un block y una pluma, volvió a sentarse a su lado.
—Tranquilo, iré transcribiendo.
Empezó a redactarle el legado que quedaría cuando no estuviera ahí.
Hyoga trabajaba concentrado, no durando en exceso el trámite puesto que Shun
tenía en mente las palabras exactas.
Firmó con mano firme, siendo depositado el documento sobre la mesa.
Shun siguió mirándole: aunque le conocía perfectamente, hubiese dado lo que
fuera por poder descifrar lo que sus azulísimos ojos callaban.
—Mírame, por favor... —rogó.
Él hizo lo pedido, y cuando no hubo nada que pudiera distraerles, le
confesó su última voluntad.
—Hyoga, me gustaría qué... no, mejor dicho, prométeme, júrame por el
descanso de tu madre que vas a seguir adelante, y que serás feliz. Júrame que
algún día lo serás, y que harás lo imposible por conseguirlo.
Hyoga se mordió los labios. Se dominó como pudo, y empleó toda su
voluntad en darle contestación.
—Te lo juro.
Shun sonrió. Ahora sí que tenía la conciencia tranquila.
—Estoy cansado...
—Duerme un poco, te vendrá bien.
—Quédate aquí hasta que me haya dormido, por favor.
—Claro.
Ninguno de los dijo nada al respecto, pero algo les decía que esa era la
última vez que iban a hablar.
Shun cerró los ojos. Su sonrisa no se borró mientras caía en un profundo
sueño, permaneciendo inalterable como Hyoga, el cual no le soltó ni se movió de
ahí.
El aparato que registraba su pulso comenzó a emitir un ruido
horriblemente penetrante; su reacción resultó igual de inalterable cuando una
avalancha de médicos entraron en estampida ante la inminente parada cardiaca.

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—Déjenle descansar en paz —fueron sus directas y sinceras palabras.
Los expertos se miraron, respirándose resignación en el ambiente. Hyoga
se levantó, dejando las manos ya inertes sobre los costados. No miró atrás.
Recogió sus cosas y el testamento, decidiendo salir de la habitación. Una última
frase se le clavó en el alma al oírla de espaldas.
—Hora de la muerte: siete y cuarenta y cinco minutos.
Bajó a la planta baja, buscando algo de tranquilidad.
No hacía falta propagar el mensaje. El cosmos de Shun se había
extinguido; pronto los que habían sido sus compañeros en la Orden de Atenea
quedarían al tanto de la noticia.

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No sabía cuántas horas habían transcurrido desde su muerte, ni cuánto
tiempo hacía que llovía.
Hyoga permaneció de pie tras una de las ventanas del pasillo que daba a
la habitación. Con la frente apoyada en el frío cristal, miraba absorto hacia el
infinito.
Se había prometido no derramar una lágrima, pero en cuanto sintió la
presencia de dos cosmos que se acercaban, le flaquearon las fuerzas.
Supo que ellos habían acudido a la llamada. Siempre el mismo equipo
que, desde la niñez, parecía estar destinado a afrontar en unidad las pruebas
que se les presentaran. Sin embargo, aunque Seiya y Shiryu no le habían
defraudado, se dijo que con la pérdida el grupo estaba más roto que nunca.
Al sentir la mano de Pegaso posándose sobre tu su hombro, se derrumbó.
Todos aquellos meses, la tensión, el sufrimiento, las dudas, el arrojo, y
finalmente el vacío, pujaron por salir de la jaula conformada en su pecho. Ni
siquiera notó cómo las lágrimas ardientes le rodaban por las mejillas.
Hyoga se abandonó a un llanto amargo y desesperado. Seiya no pudo
hacer más que estrecharle entre sus brazos, y evitar las miradas del personal del
hospital que, bien por la influencia de la Fundación, bien por pura compasión,
no les dijeron nada, dejándoles romper la estricta calma del centro. En vistas a
que sus esfuerzos por consolarle eran inútiles, el Dragón decidió romper su
eterna compostura y sumarse a la misiva.

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—Hyoga, cálmate. Tranquilo, tranquilo... —le susurraba incansablemente.
No supieron cuanto más podrían estar así, antes de que el divino
terminara de desmoronarse.

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Los preparativos y procedimientos legales era algo que, tras las debidas
concertaciones, era mejor dejar en manos de expertos. Ellos tres pese a su
juventud estaban curtidos en lo que respectaba al velo del muerte, mas cumplir
con el deseo de Shun de que parte de sus cenizas fueran a parar a la tumba de
sus padres, no era tarea que les concerniese.
Estaban sentados en una de las escaleras que daban al jardín posterior del
complejo hospitalario. Hyoga decidió romper el silencio, dejando clara una
cuestión que de seguro habría saltado en la mente de sus amigos.
—Chicos, no os preocupéis por mí. No pienso suicidarme, ni nada de eso.
El tono irónico de sus palabras le sorprendió hasta a él mismo.
—Lo superaré. Se lo he prometido a alguien.
Seiya y Shiryu asintieron, de alguna forma aliviados.
—Creo que deberías irte y tratar de descansar. Debes estar agotado —dijo
el primero.
—Seiya tiene razón. Nosotros volveremos en cuanto podamos —añadió
Shiryu.
Él no opuso resistencia. Fue acompañado hasta la salida, quedando en
verse al día siguiente.
Una vez inmerso en el trayecto, Hyoga contempló el paso veloz de las
calles desde su perspectiva interior del vehículo. Sólo tenía ganas de tirarse en
su cama y desconectar. De hecho, nada más llegar a la residencia, oscura y
tétricamente silenciosa, se dirigió a su habitación. Cerró la puerta con violencia,
y tras soltar la maleta en donde primero pudo, se dejó caer en la cama.
En cuestión de segundos cayó en un sueño profundo, negro y vacío.

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Ninguno de los tres dijo nada. Seiya y Shiryu se limitaban a observar a
través de los cristales del coche mientras Hyoga conducía. Conocía el camino al
cementerio de memoria, desgraciadamente no era la primera vez que iba.
Llegaron sin incidencias, constatando que, en vida, el homenajeado había
sido lo que se decía popular; muchos de los trabajadores de la Fundación, así
como antiguos compañeros de entrenamiento, estaban presentes.
Se sintió incómodo, limitándose a colocarse junto a Shiryu y Seiya,
entregar la urna con sus cenizas y atender a la ceremonia.
Seiya estaba absorto, y las palabras del encargado del ritual fluían como
un murmullo incomprensible. Contempló los rostros serios de los congregados,
reparando por último en el de Hyoga. Éste tenía la mirada fija en el vacío.
Fue tan rápido el cambio de su expresión que no le dio tiempo a
reaccionar. Sus ojos, hasta hacía unos instantes ausentes, cobraron súbitamente
un violento fulgor, anclándose en un punto concreto. Seiya siguió la dirección y
necesitó unos segundos para asimilar lo que veía.
—Ikki —musitó, estupefacto.
Era él, sin duda. Se encontraba lejos del epicentro del acto, sosteniendo
la cruda mirada de Hyoga. Sin previo aviso, el ruso se salió de la comitiva,
abalanzándose sobre el Fénix.
—¡¿Cómo te atreves?! —bramó.
Sus palabras se elevaron por encima de las del sacerdote para
desconcierto general.
—Me dejé la piel buscándote. Te llamé, te escribí, revolví Cielo y tierra.
¿Sabes que tu hermano preguntó por ti todos los días que pasó postrado en ese
hospital? —gritaba Hyoga, descontrolado y furioso.
Justo cuando estaba a punto de llegar a algo más que los reproches, sintió
que le agarraban de los hombros. Eran sus compañeros, quienes le sujetaban
con firmeza.
Él se resistió, negándose a dejar que aquella rabia quedara grabada en sus
entrañas.

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—Me preguntó por ti todos los días, ¡y ahora tienes la desfachatez de
presentarte aquí! ¡Maldito seas!
—¡Ya basta! —exclamó Shiryu.
Hyoga tiró hasta soltarse, en medio de un corrillo de gente que
murmuraba impresionada.
—Por respeto a Shun lo dejaré estar, pero te juro sobre su tumba que la
próxima vez que te vea, te mato.
Dicho eso, se marchó a paso rápido, sin hacer caso de los que trataban de
hacerle entrar en razón. Cogió las llaves del coche de la fundación y arrancó,
desapareciendo con una rapidez endiablada.
Condujo lo suficientemente cuerdo para no cometer una locura, pero no
lo bastante como para que la idea de tirarse por la primera ladera que viera se le
fuese de la cabeza. Se desvió del camino principal, siendo cuando su cuerpo se
sobrecogió debido a la velocidad, obligándose a parar en un hueco que encontró
a lo largo del arcén.
¿Qué culpa tenían los demás de su enfado como para pagarlo con svidas
inocentes? Se apoyó en el volante y escondió la cara entre los brazos. Aquello
había sido la gota que colmó el vaso. De camino al funeral, hacía apenas
cuarenta minutos, lo había descartado, pero ahora estaba ciego, sólo tenía ojos
para ese plan.
Retomo el camino hacia la residencia. ¿A quién pretendía engañar? Hasta
había dejado preparada su maleta.
Ya en la habitación, tomó su pasaporte y demás documentos que le serían
de utilidad, la pequeña urna con lo que quedaba de Shun y el dinero en efectivo
que había acumulado. Veintiún años de existencia se podían resumir en aquella
maleta, en sus pocas pertenencias.
Miró su cuarto, ahora vacío, y desapareció. Dejó las llaves puestas en el
coche. Salió a la calle y caminó a toda prisa en busca de un taxi. Finalmente
localizó uno. Era una huída cobarde, pero le daba igual.
—Al puerto, por favor.

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Capítulo 2

12 de noviembre de 1990

Seiya:

Supongo que te habrá sorprendido recibir esta carta. Si el correo
funciona igual que el resto de las cosas en este país que se desmorona ante mis
ojos, calculo que ya habrán pasado unas tres semanas desde que me marché
de Tokio.
Lo siento. Soy un indeseable, me largué sin más miramientos. Os he
fallado, seguro que lo estabais pasando igual o peor que yo, debería haberme
quedado ahí para apoyaros, pero no lo hice.
Te preguntarás posiblemente dónde estoy. Ahora mismo, en el
transiberiano. Me metí en el primer barco hacia la Unión Soviética que
encontré. A los tres días llegué a mi destino, y ahí cogí este tren. No es lo más
cómodo del mundo, pero al menos tengo un habitáculo para mí solo.
No sé que contarte. Ni siquiera sé por qué te escribo. Supongo que me
sentía culpable y bastante solo. Así que aquí estoy, debe de ser ridícula la
escena: yo, aquí en este tren, escribiéndote una carta que no sé si te llegará.
Aún no te he dicho exactamente cuáles fueron los motivos de mi marcha.
Créeme, me resulta indescriptiblemente duro. No fue otra de mis huidas, esta
vez no pienso volver, nunca más. Fue parte de un trato que hice con Shun,
cuando acababan de ingresarle. Quería animarle, así que le propuse una
aventura: en cuanto saliera de allí, nos iríamos los dos, a ver mundo, a buscar
nuestras propias vidas, lejos de lo que nos ataba y nos entristecía. Y mostrarle
mi país, pues le hacía mucha ilusión pisar tierras heladas.
Decidí hacer ese viaje yo solo. Shun lo hubiera querido así. Es tan
injusto... de todas las personas que he conocido a lo largo de mi vida, él era
quien menos se merecía ese final. Y yo no pude hacer nada por él. Me siento
impotente, cansado. Hasta en sus últimos momentos se preocupó más por mí

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que por él mismo. Hace tres semanas no sólo fue él el que murió, aquel día
también murió lo poco de mí que quedaba.
No sé donde terminará este viaje, Seiya. Por ahora, el tren llegará a
Moscú dentro de un mes y medio. Quiero conocer mi propio país, pues como la
inmensa mayoría de mis compatriotas, no he pisado la capital. Y quiero verla
con mis ojos antes de que la revuelta sea incontenible y el sistema acabe de
derrumbarse por su propio peso.
Ese es el horizonte más cercano que tengo. Ignoro qué será de mí.
También he pensado en regresar al Santuario. Nos prometieron un veto
indefinido, pero estoy reflexionando acerca de la posibilidad de salir de la
Orden. No estoy seguro, he de madurar mucho esa idea. Sólo sé que hice una
promesa y he de cumplirla. Tengo que reconciliarme conmigo mismo, y me da
igual caer en el intento. No quiero que nadie más sufra por mi culpa.
Aquí termino, amigo mío. Puedes escribirme a esta dirección, si así lo
deseas, hasta mitad de Diciembre, supongo. De cualquiera de las maneras, en
cuanto llegue a la capital volverás a recibir noticias mías.
Por favor, no me guardes rencor. Cuídate, y disculpa que no te escriba
en kanjis, ya sabes que se me da fatal. Espero que Shiryu también esté bien.
Dale recuerdos de mi parte.
Tuyo:
Hyoga

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En aquel tren no se podía hacer mucho. Lo que más echaba de menos era
moverse. Por sus circunstancias, la formación le había convertido prácticamente
en un atleta, y tanto tiempo allí sentado le hacía sentir entumecido.
Procuraba bajar en cada cuidad aunque solo fuera para caminar un rato.
Sentía alivio al poder confundirse con la multitud, pues sus rasgos eslavos ya no
llamaban la atención. Observaba a la gente, y cómo iban cambiando sus
costumbres y apariencia a medida que avanzaban en kilómetros. Muchos
paisajes, dialectos, incluso lenguas completamente diferentes coexistían a lo
largo del inmenso país. Sólo captó algo en común entre las personas a las que se

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tomaba la libertad de analizar: el ligero velo de tristeza que les nublaba. Pobreza
y sometimiento. Pese a todo, era un pueblo que sabía sacar alegría de donde
fuera.
Se preguntó cómo habría sido su vida de haber crecido como un
campesino cualquiera, sin más expectativas que sobrevivir a Siberia, hogar de
desterrados donde la esperanza hacía mucho que no se dejaba ver.
Solía aprovechar el tiempo muerto leyendo los periódicos que llegaban a
sus manos, tanto para ponerse al día de las revueltas como para coger soltura en
su idioma materno, tras tanto sin poder practicarlo. Ó, simplemente, pensaba; a
veces en su futuro, otras en su pasado. Intentaba recordar detalles ocultos en su
memoria, o vislumbrar acontecimientos relevantes.
Aunque durante el comienzo del trayecto dedicaba unos minutos diarios a
calcular el tiempo que llevaba en ruta, ahora que se daba cuenta ya habían
pasado prácticamente dos meses. Por el diario que tenía en el asiento de al lado
lo corroboró.
—Vaya, si hoy es 24 de diciembre... casi Navidad.
¿Cuánta distancia había cubierto? ¿Diez millones de kilómetros? La
cercanía a la capital comenzaba a notarse, se había percatado de la mayor
presencia de comerciantes cuando iba a dar una vuelta entre los vagones. Tal
vez en menos de una semana estaría pisando la Plaza Roja. Se permitió el lujo
de sentir el ligero escalofrío que todo nativo de las lejanías siente al llegar al
centro de su país. Llevaba años viviendo en Tokio, posiblemente la urbe más
descomunal del planeta, pero ni siquiera eso le iba a privar del orgullo de
sentirse parte de una cultura, y de reencontrarse con su propia identidad, casi
extinta.
¿Habría llegado su carta a manos de Seiya? Lo dudaba. Volvería a
escribirle, mejor una vez en Europa, si es que conseguía pasar la frontera
soviética. Por un momento, se dijo que sería irrisorio ver al Santo del Cisne
atrapado ante una mera barrera de inmigración.
—Qué demonios, ¿no querías pasar por una persona corriente? Ahí tienes
la dura realidad —se dijo.
Por megafonía anunciaron que se iba a efectuar una nueva parada para
repostar. El trayecto se reiniciaría a las seis de la mañana del día siguiente. Aún

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quedaban varias horas para que se pusiera el sol, así que podía buscar donde
echarse algo al estómago.
Recogió sus pertenencias, y tras dejar la maleta en consigna guardó cola
para salir del monumental vehículo. Entre el barullo pudo distinguir la placa de
la estación. Kirov. No se había equivocado, ya estaba en la etapa final del
recorrido. Aquella ciudad era conocida más que nada por el grupo de ballet que
llevaba su nombre, y no estaba demasiado lejos de suelo moscovita.
Paseó entre las calles de la pintoresca ciudad. Se respiraban aires festivos.
Habían niños jugueteando, hombres y mujeres en frenética actividad,
comerciando, comprando, hablando animadamente.
Un crío de grandes y claros ojos captó su atención: le recordaba a Jacob,
haciéndole reír para sus adentros.
Pobre chico, no había vuelto a saber de él. Seguramente habría crecido y
no le reconocería. Siguió al niño con la mirada y le vio correr junto con un
grupito hacia lo que parecía un enorme lago helado. Qué extraña sensación de
alegría flotaba en aquel lugar...
De pronto, notó que le tiraban de la manga del abrigo.
—Hey, señor, ¿quiere patinar? Mi padre alquila patines, ¡no le costará
mucho!
Un mocoso le miraba fijamente. Patinar había sido el único juego que
había conocido en su infancia. Cuando Camus se ausentaba por breves periodos
durante la primera etapa de su entrenamiento, se escabullía para deslizarse
sobre el agua helada con los demás niños de la aldea, hasta que cumplió los 11
años y se acabaron los juegos para él.
—¿Señor? —repitió el niño.
Él despertó de sus pensamientos, apoyando una rodilla en el suelo para
ponerse a la altura del chiquillo.
—Claro, me gustaría mucho. Llévame hasta tu padre.
De buen grado alquiló unos viejos pero cómodos patines al susodicho,
acompañándole el crío hasta la pista improvisada.
—¿Cómo te llamas?
—Sâsha, señor.
—Toma, Sâsha, para ti —dijo, dándole tres rublos.
—¡Muchas gracias!

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—Empléalo bien, ¿vale? Cómprale algo bonito a tu madre.
Sâsha asintió, entusiasmando. Hyoga le guiñó un ojo, y se dispuso a
patinar. Hacía una eternidad que no lo hacía, casi había olvidado lo mucho que
le relajaba. Cobró velocidad, dando vueltas alrededor del lago, pasando junto a
las parejas, padres con sus hijos y demás ocupantes.
El hielo, su elemento, parecía celebrar que lo manejara a su antojo con
perfección. Le agradó comprobar que su prodigiosa agilidad no se había visto
mermada.
—Feliz Navidad, Hyoga —dijo resignado, concentrado en la técnica.
Se dejó llevar, jugando a flotar por el cristal con la gracia del cisne que
llevaba dentro.

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Moscú le había impactado mucho más de lo que podría haber llegado a
pensar. Llevaba tres días deambulando por la ciudad, recorriendo sus calles de
perfecta y sobria arquitectura, de estatuas de la revolución y gente metódica y
educada.
Solía sentarse en algún lugar tranquilo a observar el panorama. Si bien se
sentía parte de aquella megalítica ciudad, su corazón seguía vacío. Esos meses
en completa soledad le habían enseñado mucho, y le habían ayudado a meditar,
a buscar qué era realmente lo que deseaba.
Creía haber llegado por fin a una determinación. Se dirigió hacia el lugar
donde había acabado su camino en los dos días anteriores, la Plaza Roja. Le
encantaba, le sobrecogía. Faltaba poco para que anocheciera, y se empezaba a
notar que las gentes se iban retirando a sus hogares. Contempló a lo lejos el
Kremlin y la silueta de la hermosa catedral de San Basilio.
Tragó saliva. Si de verdad pensaba llevar a cabo lo que tenía en mente,
debía ser cuanto antes.
Caminó hacia el edificio. Le maravillaba sus formas y colores, su
imponente figura dominando el horizonte. En aquellos instantes sólo podía
pensar en una persona.
<<Mamá... estoy seguro de que te hubiera encantado estar aquí.>>

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Rezar por su alma en el centro espiritual del imperio era posiblemente la
mejor ofrenda que podría hacerle. El interior era impresionante, la luz se
impregnaba de los dorados de las representaciones que cubrían las paredes, y
había gente rindiendo culto en aquellos días festivos.
Ocupó uno de los tantos bancos que quedaban libres. Dejó la maleta
donde no le molestase y, tras entrelazar las manos, cerró los ojos, dejándose
llevar.
Su madre era la mayor cruz que llevaba en su vida. Las enseñanzas
religiosas que le había legado era prácticamente lo único que le quedaba de ella.
Hacía mucho que había dejado de creer, ¿cómo tener fe después de todo lo que
había vivido, dentro y fuera del campo de batalla? Aún así, quería mantener vivo
su recuerdo, y esa era la única forma. Su antigua obsesión se reducía a algo tan
simple como a la vez casi imposible de conseguir: como toda creyente, su mayor
deseo era poder descansar en tierra santa una vez muerta, para que su alma
pudiera regresar a donde era debido.
Y él no había podido hacer nada por realizar su deseo, siendo incapaz de
llevar su cuerpo hasta la superficie y darle sepultura.
<<Lo siento, mamá, poco más puedo hacer por ti. He llegado hasta aquí
gracias a tu sacrificio, sólo espero que donde quiera que estés, sigas velando
por aquellos a los que amaste... y que me guíes en el nuevo camino que voy a
empezar a recorrer.>>
Hizo la susodicha señal de la cruz sobre sus hombros, y se dispuso a
retomar el camino. Su siguiente destino se encontraba al sur, concretamente en
la milenaria polis griega. Allí pediría cita con el Patriarca, para comunicarle su
decisión.
Deseaba abandonar la Orden de Atenea.

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Se volvió para contemplar la vista de la bahía de Atenas que se
vislumbraba desde la entrada al Santuario. Llegar hasta allí le había costado
varias semanas y algún que otro mal trago para atravesar suelo soviético. Tras
varias horas a pie por caminos que solo los miembros de la Orden conocían, por
fin estaba ante las imponentes ruinas que delimitaban el sagrado recinto.

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Hacía dos años que no pisaba el lugar. A simple vista todo parecía seguir
en el mismo estado. Subió por las endiabladas pendientes y los desgastados
peldaños, oyendo a lo lejos gritos y estruendo proveniente de los
entrenamientos. Algunos jóvenes hicieron ademán de impedirle el paso, mas
fueron interrumpidos por sus superiores.
Pudo captar el murmullo que quedó a sus espaldas.
—Es el caballero del Cisne.
¿Qué significaba ahora ese rango para él?
Al iniciar la ruta de las doce Casas sintió un nudo en la garganta. Nunca
olvidaría la primera vez que las atravesó y tuvo que enfrentarse a sus ahora
preciados compañeros.
Saludó con agrado a cuantos se cruzó, antes de pasar por sus templos.
Mu, Saga, Aioria, Shaka... El tiempo no había causado demasiados estragos en
ellos, pero pudo percibir cierto aire de senectud en sus auras.
Hombres aún en plena juventud, cuyos cuerpos y almas tenían cicatrices
ya arraigadas, dotándoles estas de ciarta apariencia de ancianos. ¿Verían los
demás lo mismo en él? Se sentía viejo y cansado.
Atravesó la oscuridad del templo de Libra, lleno por el eco de sus pasos.
Se detuvo, absorto en aquel espacio que tantos dolorosos recuerdos le traía. Allí
se enfrentó a Camus, allí rozó la muerte dentro del sarcófago de hielo, y allí
volvió a la vida entre los brazos de Shun.
Sacó fuerzas y continuó caminando, no podía dejarse llevar ahora por el
tormento. El paso por la siguiente Casa prometía ser igual de duro, o incluso
más. A los otros dorados les había dirigido un mero saludo cordial, cosa que no
sería posible con Milo del Escorpión. Le vio, con su figura alta e imponente, su
larga cabellera al viento y sus ojos directos, clavados en él.
—Noté tu presencia, que agradable sorpresa tenerte por aquí, Hyoga.
Su tono, entre afectuoso y amable, no parecía encajar con lo voraz de su
ímpetu. La relación entre ellos era bastante peculiar; siempre había sabido que a
su maestro y al hombre que tenía al lado les unía algo más que la amistad, o el
simple compañerismo. El que eran amantes desde hacía años y una de las
parejas más sólidas dentro del Santuario era un secreto a voces. Desde aquella
vez en que estuvo a punto de sucumbir ante su aguja escarlata, se había ganado
el respecto de Milo, pasando éste con el tiempo a tratarle de forma casi paternal.

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—A mí también me alegra verte... —le contestó— Esperaba encontrarte
aquí de camino al templo del Patriarca.
—Hace mucho que no sé de ti. Pasa y descansa un poco.
Aceptó de buen grado. Quién le hubiera dicho, cinco años antes, que el
terrible escorpión le iba a invitar a sentarse en sus aposentos privados...
Se acomodó en las estancias donde Milo residía, localizadas en el ala este
del templo, las cuales eran increíblemente acogedoras con respecto al resto del
conjunto.
El griego se sentó frente a él.
—¿Qué te trae a Santuario?
—He venido a hacer algo que postergué en su momento por no sentirme
preparado —comento, rompiendo un poco el hielo.
Decidió preguntarle algo, aunque le diera vergüenza.
—¿Dónde se encuentra Camus?
Milo sonrió. ¿Es que acaso pensaba que Acuario vivía allí, en su propio
templo?
—Suele dedicar estas horas a entrenar. Si piensas pasar aquí la noche no
tendrás problema alguno para verle.
Hyoga asintió, bajando levemente la mirada, gesto que hizo saber al
anfitrión que algo no iba del todo bien.
—¿Cómo estás en lo personal? Me llegó la noticia de la muerte del
caballero de Andrómeda. Créeme, sé lo que se siente. Yo vi morir a tu maestro
dos veces ante mis ojos.
Agradeció las palabras de apoyo del espartano, así como sus esfuerzos por
comprenderle. No podía pasar más tiempo allí, debía citarse con el Patriarca
cuando antes. Milo insistió en acompañarle, a lo que acabó accediendo. Le puso
al día de lo acontecido en el seno de la institución, desde el mandato de Shion
como nuevo líder hasta los últimos rumores que corrían por todos lados.
Afortunadamente, el templo de Acuario estaba vacío, pues no tenía fuerzas
suficientes para ver a Camus. Había podido ocultarle a Milo cuáles eran sus
intenciones, pero sabía que nada podría hacer ante la autoritaria presencia del
que fuera su mentor.
Finalmente, llegaron a las puertas del templo.
—Gracias.

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—Espero verte después, no olvides mi oferta de pasar la noche aquí,
Camus también estará gustoso de tenerte con nosotros.
Asintió con la cabeza y se despidió. Era surrealista: pasar la noche con
ellos, como si de un encuentro familiar se tratase. Pidió cita con el Patriarca, y a
los pocos minutos le hicieron pasar. Shion, majestuoso como acostumbraba, se
acercó a él posando las manos sobre sus hombros con gesto protector.
—Hyoga, hijo mío, no esperaba tu visita.
Le hizo acompañarle hasta las estancias, insistiendo en que se relajara y
comiera algo. Se permitió el lujo de disfrutar de su hospitalidad y prepararse
para lo que había ido a hacer.
—Y bien, dime, ¿en qué puedo ayudarte?
Hyoga respiró profundamente. Estaba tranquilo, sereno.
—Hace ya dos años que me disteis, al igual que a mis compañeros, el
permiso del veto indefinido. Dejé a vuestro cuidado mi armadura y me dispuse a
vivir al margen de la Orden. Este periodo de tiempo ha sido muy valioso para
mí, he podido reflexionar y explorar un lado de mi vida que hasta entonces me
era desconocido.
Shion escuchaba con atención.
—He servido a esta Orden desde que era niño. Lo he hecho con orgullo y
humildad, con ímpetu y entrega. He tenido vivencias y conocido a personas a las
que admiro y guardo en mi corazón... pero aunque la ame, gran Patriarca, hay
un hecho que no puede obviarse: yo no elegí convertirme en integrante del
batallón, se me fue impuesto como una forma de sobrevivir, y a ella me aferré.
Hyoga levantó el mentón, pronunciando con seguridad sus palabras.
—Lo que intento decir, Shion, es que deseo saber si cuento con alguna
posibilidad de abandonar esta Orden de Atenea. Deseo empezar de nuevo y
retomar mi vida donde la dejé cuando me arrebataron mi infancia y mi mundo.
La mirada grave del Patriarca evidenció su preocupación. Permaneció
varios minutos en silencio, meditabundo. Hyoga esperó, a que su mágica voz se
manifestara.
Al fin, así fue.
—Largos son los años que esta sagrada comunidad lleva en pie, casi
cuatro mil, durante los cuales sus historias han pasado a los líderes de

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generación en generación, manteniendo viva la llama que los Dioses prendieron
en tiempos inmemoriales.
>>Hyoga del Cisne, eres uno de los mejores guerreros que el Santuario
jamás ha tenido, todos tenemos muchas esperanzas puestas en ti. Sin embargo,
como bien has dicho, se te han abierto las puertas a otra vida, y al igual que se te
son reconocidas tus virtudes como caballero, también he de considerar tu
historial personal. Como Patriarca, mi deber es hacer justicia en todo momento
partiendo de los hechos ocurridos en el pasado, analizándolos y aplicándolos de
la mejor de las formas.
>>Hace tres mil años existió un joven caballero que pidió al Patriarca de
aquel entonces lo mismo que tú me pides a mí. Su nombre era Ithoba.
>>En consideración a tu noble persona, y a tu constante entrega para con
esta Orden, si sigues dispuesto a seguir adelante con tu deseo, te aplicaré el
mismo dictado que en su día él recibió.
Hyoga volvió a asentir. Shion se puso de pie, a lo que el ruso respondió
con el mismo gesto.
—Hyoga del Cisne, a partir de este momento quedas libre de cualquier
relación con esta Orden de Atenea, hasta que llegue el momento en que deberás
ejercer tu última misión, la cual deberás cumplir para abandonar plenamente
tus funciones. Serás llamado a entrenar a tu futuro heredero, deberás hacerlo
por el tiempo estipulado de seis años. Al término de los mismos habrás de
someter a tu pupilo a una prueba final. Si la supera, volveréis juntos a este
templo, donde se celebrará la ceremonia en la que él será nombrado nuevo
portador de la armadura que ahora mismo te pertenece, y tus días de caballero
habrán llegado a su fin. Si fracasa, deberás repetir el proceso.
>>Habrás de informar en todo momento de tu paradero hasta que se
escoja a un candidato ideal para que sea tu alumno. La elección es dura y larga,
por lo que puede que no recibas nuestra llamada en mucho tiempo. Durante
este periodo de espera deberás acudir igualmente a nuestra llamada si nos
encontramos en una emergencia. Hasta entonces, tu armadura quedará bajo mi
custodia.
Tras el dictado, se hizo el silencio. Hyoga agradeció las atenciones y se
despidió de Shion. No quería ver a nadie. La noticia de su deserción pronto se
haría pública. Estaba seguro de que Camus se sentiría humillado ante la retirada

19
voluntaria de su alumno, y no quería estar presente para sentir su repulsa. Con
el dolor que llevaba dentro, ya tenía suficiente.
Atravesó el Santuario por el camino secreto que bajaba desde el templo
del Patriarca y evitaba atravesar los templos. Echó una última mirada y, tras
ello, volvió a emprender camino.
Una nueva etapa daba comienzo. Había roto temporalmente con sus
obligaciones con la orden, pero también había perdido ciertos privilegios, por lo
que tendría que buscarse la vida de alguna u otra forma.
Aunque en el fondo de su corazón habitaba el pesar, se sentía reconciliado
consigo mismo, pues había dado el primer paso y había salido airoso. Sonrió,
perdiéndose entre los parajes teñidos de rojo bajo la inminente puesta del sol.
Empezaba una nueva vida para él. Era el veintitrés de enero de mil
novecientos noventa y uno. Aquel día cumplía veintidós años.

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Capítulo 3

La duda había empezado a asaltarle con más frecuencia de lo normal, y
eso le preocupaba. ¿Había hecho lo correcto? ¿No sería más sencillo resignarse a
su destino y tragarse el pesar como le habían enseñado? ¿Para qué resistirse a
sucumbir cuando apenas quedaban esperanzas?
Aunque era pesimista por naturaleza, supo sacar templanza para apartar
esos pensamientos de su mente. Tuvo que tomar la decisión de hacia dónde
partir desde Atenas. Si pretendía establecerse en algún lugar del viejo
continente, ya tenía un serio hándicap en su contra: el idioma. Dado que no le
quedaron muchas opciones, la racionalidad le hizo escoger Francia como
destino final. Fue una de las tantas frases de Camus que tenía grabadas la que
determinó su elección: "ni la mayor de las fuerzas te será útil si no eres capaz
de hacerte entender".
Bajo tal diplomática excusa su maestro había dedicado las gélidas noches
del invierno siberiano a enseñarle su idioma natal, por lo que Hyoga era capaz
de comprender y chapurrear algo de francés.
Los días de viaje se le hicieron eternos, estaba cansado de aquella rutina,
prefería hacer frente a la incertidumbre de una vez. Al menos las
comunicaciones eran infinitamente mejores que en tierras soviéticas.
Recaló, al fin, en el sur del país galo, decidiendo apearse en la
antepenúltima estación de la línea. No supo porqué, simplemente sintió que era
el momento adecuado. Atravesó la estación entre el mar de personas que salían
o entraban al tren. Tras alejarse unos metros, pudo cerciorarse de que el
escogido se trataba de un bello y sencillo pueblo, pues el casco urbano se
encontraba a pocos minutos del lugar. Estaba situado en medio de un gran valle.
El verde brillante lo inundaba todo, y la temperatura, aunque fresca, era
agradable para la época del año en que se encontraban.
No sin cierta dificultad consiguió una habitación en un hostal, donde dejó
a mejor postor sus pertenencias. El dinero que le quedaba no le daría para más
de una semana, así que lo mejor era salir cuanto antes a buscar un trabajo. Se
miró al espejo, con la misma presión en la boca del estómago que hubiera
sentido de tener que enfrentarse al más temible de los adversarios. Se rió para

21
sus adentros. En verdad le gustaba el reto. No podía hacer más que confiar en su
capacidad de improvisación.

-2-

A medida que pasaban las horas, le quedó claro que el motor comercial de
aquella comarca era el sector vinícola. De los sitios en donde había preguntado,
la mitad se dedicaba a dicha actividad.
No había tenido demasiada suerte. "No son buenos tiempos", era la
respuesta que había recibido, o al menos eso le había parecido entender entre
las palabras al viento de los comerciantes. Una mujer le había indicado que creía
que buscaban a alguien en la bodega del final de la calle.
Caminó, desanimado, hasta el lugar señalado. Estaba en el cruce de dos
calles, las cuales daban lugar a un cruce de suelo adoquinado. Las casas, de
madera y grandes ventanales, parecían inmutables. Aparte de las voces de los
niños que correteaban entre juegos, sólo se oía el ruido del viento y su agitar en
las ramas de los árboles.
Entró en el establecimiento. Era un pintoresco lugar repleto de vitrinas y
botellas, con un mostrador al fondo. No vio a nadie. Decidió sobre el mismo,
extrañado.
—¡Buenos días! ¡Enseguida le atiendo!
Una fina voz resonó desde lo que parecía el interior del local. Segundos
más tarde salió por la puerta un curioso hombrecillo algo entrado en años, de
rostro amable y frente prominente. Apoyó las manos en el mostrador,
sonriendo.
—¿En qué puedo servirle?
—Buenos días, monsieur... eh... yo... —titubeó— Quería saber si podría
ofrecerme un trabajo. Lo que sea.
El semblante del viejo cambió. Le miró de arriba a abajo, con aire
desconfiado, haciéndole sentir incómodo.
—Mmm... para ser tan flaco, tienes buenos brazos. Este año habrá buena
cosecha, necesito unos brazos jóvenes para la recolecta. Me sería útil tener a
alguien que se ocupe de eso mientras yo atiendo. Eres extranjero, ¿verdad,
muchacho? —espetó, con cara de póker.

22
—Sí, monsieur... soy ruso.
Aquel gesto amenazador empezaba a ponerle nervioso. Un potente
alarido brotó de la garganta del dueño de la bodega.
—¡Marieeeee!
No obtuvo respuesta.
—¡Marieeee!
—¡Ya voy, padre! —se oyó a lo lejos.
—Mira a ver el nuevo éste, a ver si nos sirve. Yo tengo que preparar un
pedido.
Antes de darse media vuelta, echó una última mirada a Hyoga.
—Te estaré vigilando.
Él tragó saliva mientras asentía. El viejo desapareció, ocupando al
instante su lugar una joven. Iba vestida de faena, y un par de rizos negros se
escapaban del resto de la melena, recogida, encaramada por el sudor que cubría
su frente. Sus ojos verdes ofrecieron al fin algo de amabilidad.
—No le hagas caso a mi padre, es muy huraño cuando se trata de
desconocidos. ¿Entonces buscas trabajo?
—Sí.
—Ven por aquí. Estaba trasladando las últimas cajas de las reservas al
almacén.
Hyoga le siguió. El lugar era mucho más grande de lo que parecía desde
afuera. A lo largo de un pasillo se ramificaban salas de almacenaje y un pequeño
taller. La chica señaló una furgoneta, llena de cajas con el distintivo de la
bodega.
—Hay que llevarlas al almacén. Coge las que puedas y sígueme.
Las cajas eran pesadas, pero no tuvo dificultad para acarrear varias de
una vez. Siguieron con la tarea hasta haberla completado. Ella se secó el sudor
nuevamente y le sonrió.
—Yo sola hubiera tardado el triple. Si sigues interesado en trabajar con
nosotros, hay muchas cosas que hacer, este año no tenemos jornaleros para la
colecta de las viñas. Supongo que a mi padre le interesará contratarte si puedes
desempeñar cualquier tarea...
—Por mi parte no hay problema.
Ella iba a contestar cuando el hombre entró en el almacén.

23
—¿Y bien?
—Servirá, padre —afirmó, con soltura.
—Bien, te daré una oportunidad entonces. Ven mañana, a las ocho en
punto. Si me convencen tus servicios, te pagaré semanalmente, ya hablaremos
del dinero.
—Muchas gracias, monsieur —respondió Hyoga, agradecido.
—Bien, ya puedes irte.
—Gracias. Hasta mañana.
—¡Adiós! —se despidió ella alegremente.
Padre e hija quedaron en silencio unos momentos.
—Padre, ¡pobre chico! Mira que eres agrio a veces...
—Tenía que ponerle a prueba, Marie. nunca se sabe. Ahora con la crisis
hay muchos extranjeros merodeando. ¡Y el negocio es el negocio!
Ella rió con dulzura. Al mismo tiempo, Hyoga emprendía el camino de
vuelta, ilusionado. Todo apuntaba a que finalmente la suerte estaba de su lado.

-3-

Frío. Como si por las venas le corriera nitrógeno líquido, congelando cada
centímetro de su inerte cuerpo. Quería hacerse un ovillo, concentrar el poco
calor que le quedaba, pero no podía.
Su vista nublada enfocó lentamente. Le contempló. Su piel, pálida como
la nieve, había cobrado un extraño tono azulado. Los cabellos, largos,
alborotados, parecían fibras de oro en una eterna suspensión. Su rostro, terso y
rígido cual porcelana, mostraba una serenidad reflejo del dolor y la resignación.
Conocía bien ese rostro. Luchó por recordar, por rescatar de su cerebro la clave
que eliminase la violenta angustia que la ignorancia le producía.
Fue como si de repente alguien arrancara el velo que le cubría los ojos,
mostrándole el camino de la verdad. Claro que sabía quién era aquel al que
observaba.
Soy yo...
Quiso gritar y huir despavorido, mas fue inútil. ¿Dónde estaba? Sacó
valor de la congoja para mirar hacia abajo, y la vista colmó de explicaciones su
insaciable desconcierto.

24
Un sarcófago de hielo, del más puro jamás visto, nítido y sólido como
diamante. Y dentro, su cuerpo, como si de la más preciada pieza de un
coleccionista se tratase.
Pero, ¿cómo era posible? ¿Acaso su alma había quedado presa, ligada al
cuasi cadáver que se resistía a rendirse, condenándole a permanecer ahí hasta el
fin de los días? Por más que lo intentase, no podía escapar, sentía el peso de la
cadena que le mantenía anclado a la tumba de cristal en la que yacía.
Verse a sí mismo era un espectáculo dantesco, pero no fue comparable a
lo que en breve siguió. Se estremeció ante la sensación de familiaridad que ese
cosmos le producía. No, no era sólo uno, eran varios, cada uno totalmente
independiente. Bajó a ras del suelo, vislumbrando con horror cómo un grupo de
personas se le aparecían surgiendo de la nada, reales y fantasmagóricos al
mismo tiempo.
Deseó gritar, dejarse la garganta y suplicar que alguien acabara con
aquella tortura.
Sois vosotros...
Camus. Isaac. Shun.
Ellos no parecían haberse percatado de su presencia. Sus miradas, ahora
fijas en la víctima del cero absoluto, le atravesaban. El finlandés dio un paso
adelante.
—Esto nunca debió ocurrir, Hyoga. No deberías haber llegado hasta aquí,
debiste haber muerto aquel día bajo las aguas de Siberia, llevándote tu
insensatez a donde nadie jamás pudiera recordarla. Debiste haber muerto sin
que nadie lo lamentara. Mi sacrificio fue en vano. Justo castigo recibo ahora por
mi imprudencia.
Desapareció, tal y como había surgido. Cada una de sus palabras le
provocaron el dolor más agudo que había padecido hasta el momento.
El caballero de Acuario pareció abarcar todo el espacio y la materia que
aquella sala ofrecía. Sus ojos inexpresivos no permitían leer la mínima muestra
de emoción.
—Me equivoqué retrasando el momento. Te habría ahorrado estas horas
amargas si te hubiera sepultado bajo los hielos eternos el mismo día en que
quedaste a mi cargo. Nunca tuve dudas sobre ti: siempre supe que no estabas
capacitado. Si has llevado esa armadura, ha sido por pura compasión. Ahí

25
permanecerás para castigar mi error, la culpa me acompañará hasta el
mismísimo Infierno.
Que acaba esta tortura, por favor... no lo soporto.
Shun... te lo suplico. Estoy aquí... sé que puedes sentirme...
Serenidad. Fue lo único que vislumbró en él. Su amigo. Su escudo. Su
apoyo.
—Tu mayor deseo siempre fue morir... —dijo Andrómeda dándole dio la
vuelta— Que así sea.
No me dejes... Maldita sea... no me dejes...
Se debatió, luchando por romper aquello que lo ataba, presa del pánico y
de la nueva dimensión de soledad que le esperaba.
Su propio grito le despertó. En un violento espasmo había quedado
sentado en la cama; el pecho se movía frenéticamente al ritmo de su corazón
desbocado, y un sudor frío le cubría la frente.
Trató de calmarse. "Sólo ha sido una pesadilla", se dijo, mientras
observaba la habitación del hostal.
Se refrescó la cara con agua fría, reflexionando acerca de lo que acababa
de ver en sueños.
No era supersticioso, pero creía en el posible mensaje del subconsciente.
No era la primera vez que tenía un dejavú a partir de lo soñado la noche
anterior. ¿Qué había sentido? Opresión, dolor, obstáculo, ataduras, pasado.
—Eres un hipócrita —musitó.
En una mañana normal los primeros rayos del alba le habrían ayudado a
despertar, pero aquella era gris. Se sentó en el marco de la ventana apoyando la
frente en el cristal, sumido en el sonido de las gotas rompiendo contra la
superficie. Odiaba la lluvia. La atmósfera plomiza le deprimía, pues le recordaba
demasiado a Japón, al insoportable clima de Tokio.
Quería perseguir una nueva vida. Por ello, cada vez que atravesaba el
marco de la puerta de esa habitación, se transformaba. Anhelaba un cambio,
alejarse lo máximo posible de su propia sombra. Y la mejor manera de alejarse
de Hyoga era la sonrisa. Sonreía en todo momento, se esforzaba por hacerlo,
despojándose de la máscara cuando su única compañía quedaba reducida a su
presencia.

26
Llevaba casi un mes trabajando para los Dordogne. Se sentía muy
cómodo entre ellos, y afrontaba las largas jornadas con optimismo. Sin
embargo, algo le preocupaba. Le habían pagado hacía poco, pero el nivel de vida
del suelo francés era elevado. Había consumido sus últimos ahorros hasta el
punto de que le sería imposible pagar otra noche en la posada. Además de ser
muy temprano, no le daría tiempo a buscar algo más barato antes de acudir a las
bodegas, así que tendría que llevar la maleta a cuestas y, tras terminar en el
trabajo, probar suerte o pasar la noche en la calle.
Se apresuró a recoger, no había tiempo de compadecerse de sí mismo. Se
le había hecho tarde, así que tras despedirse de la amable casera apretó el paso
bajo la fina lluvia. Le rugía el estómago. No podía ser, ya se echaría algo a la
boca al mediodía.
Entró, puntual como siempre, a la tienda, dispuesto a olvidarse de su
realidad durante unas horas.

-4-

Estaba cansado; no había parado de trasladar cajas de un lado a otro, de
atender y arreglar goteras en todo el día. La temida hora de marcharse había
llegado. Se despidió de Marie, haciendo ademán de salir por la puerta cuando
percibió la voz de su jefe a las espaldas.
—Hyoga, espera.Ven un momento.
Obedeció, quedando a poca distancia del hombrecillo. Un temor se
apoderó de él. ¿Acaso había hecho algo mal? Por un instante temió quedarse sin
empleo.
—Dígame.
—Sólo quería saber dónde estás residiendo. ¿Tienes un alquiler?
—Oh, no... Me quedo en una posada, cerca de la estación.
El hombre refunfuñó, pensativo. Miró hacia Marie, la cual le instaba con
un gesto. Su padre masculló algo entre dientes, como si le costara soltar prenda.
Finalmente, lo hizo.
—Verás... Marie y yo estábamos comentando anoche que esta casa es
demasiado grande para los dos, y...
—¡Vamos, padre!

27
—Ya voy, ya voy —le recriminó—. Queríamos proponerte que te quedaras
a vivir aquí con nosotros. Si te parece bien.
Al ruso se le iluminó la cara. Por nada del mundo se hubiera imaginado
semejante propuesta.
—Eso sí —retomó el dueño—, te reduciré la paga en compensación. Y
estarás disponible durante las veinticuatro horas. ¿Qué me dices?
—Si no es molestia...
—¡Claro que no! —exclamó Marie.
—Bien. Acepto.
El viejo volvió a lanzarle una mirada grave.
—Confío en tu honradez. No me decepciones, muchacho.
—Prometo no defraudarle, monsieur Dordogne.
—¡Vamos! No te quedes ahí quieto. Marie, ¿por qué no le enseñas la
planta de arriba?
—Por supuesto —sonrió ella—. Ven, sígueme.
Hyoga cogió sus cosas e hizo lo indicado. Casi sin darse cuenta, Marie se
había convertido en una gran amiga. Formaban un buen equipo de trabajo, le
había ayudado a mejorar su pronunciación y le encantaba su humor ácido y
elocuente. No había conocido a muchas mujeres como aquella.
Subieron las escaleras que conducían a la casa. No era una vivienda de
dimensiones descomunales, pero sin duda era amplia y acogedora. Observó los
detalles a medida que atravesaban el salón, para doblar un pasillo que conducía
a los dormitorios. Se detuvieron ante el último de ellos.
—Esta es tu habitación. Ayer estuve arreglándola un poco, estaba segura
de que te quedarías —comentó animadamente.
—¿Y qué te hacía pensar eso?
—No sé, supongo que intuición femenina. ¡Vamos, entra!
Hyoga no se hizo de rogar. La contempló, entre los tonos violáceos del
atardecer. Le encantaba. El mobiliario era sencillo, apenas una cama, un
armario y un escritorio de colores claros, rematado todo por un ventanal a
preciosas vistas: el valle, y al fondo los viñedos.
Marie se acercó hasta quedar a su lado.
—¿Te gusta?
—Es estupenda. Gracias.

28
—No me las des. Dáselas a mi padre, fue idea suya.
—¿De veras? —inquirió, sorprendido.
Ella asintió, encontrando divertida su expresión.
—Al final del pasillo está el baño. Mi habitación está al otro lado del salón,
y la de mi padre es la contigua. Cenamos sobre las ocho, ponte cómodo y ve a la
cocina cuando acabes, voy a preparar la cena.
—De acuerdo.
Cuando se hubo quedado a solas miró a su alrededor. Deshizo la maleta,
organizando la poca ropa que llevaba consigo y sus enseres personales. Sobre el
escritorio dispuso un par de libros y demás objetos.
—C'est la vie... —pensó— Nunca sabes los giros que puede dar el camino...
Ojalá pudiera perder de vista la maleta, porque ello significaría, al fin,
estabilidad. Sin tener que convivir con la incertidumbre de la llamada de
Santuario, siendo consciente de que tendría que volver a desaparecer en
cualquier momento. No supo hasta que punto era bueno quedarse allí, cuanto
más tiempo pasara, más dura le resultaría la marcha.
Decidió dejar de darle vueltas e ir a la cocina a echar una mano. Se sentía
como un niño con zapatos nuevos.

-5-

Los días pasaron veloces, cuales estrellas fugaces en el firmamento.
Hyoga había perdido poco a poco el miedo escénico, y solía despachar
amablemente, con desparpajo. Había sido una gran temporada en lo personal,
se había metido tan de lleno en su cometido que había olvidado parcialmente su
cruda realidad.
Un año atrás, por aquellas mismas fechas, se encontraba en Kirov, al
norte de Moscú, pero el ambiente festivo que se respiraba en el pueblo era
prácticamente el mismo. Ajetreo y bullicio llenaban las calles, adueñándose de
las gentes de forma inconsciente. Las primeras neviscas del invierno no se
hicieron esperar.
Estaban los tres cenando, comentando la actividad del día y las ventas
logradas a lo largo de la semana, cuando el dueño tomó la palabra.

29
—Hyoga, el negocio ha ido viento en popa esta temporada, y en parte te lo
debemos a ti. Te has esforzado mucho. Si así lo quieres, puedes tomarte unos
días de descanso. ¿Tal vez quieras volver a tu país y pasar las fiestas con tu
familia?
Se formó el silencio. Marie le miró, esperando una respuesta por su parte.
Hyoga contestó despacio, sin perder la tenue sonrisa aunque sin mirarle a los
ojos.
—No tengo familia, señor.
—¡Entonces pásalas aquí! Será la primera Navidad en mucho tiempo que
no pasemos solos —señaló ella.
—Sí, Marie tiene razón. Esta es tu casa, ya lo sabes.
Él asintió, en señal de agradecimiento.
—Estupendo. Y ahora si me disculpáis, este anciano se va a la cama,
mañana será otro día.
—¡Pero padre! Esta noche es la inauguración del mercado.
—No, no, no... la juventud con la juventud.
Y dando a Hyoga una palmada en el hombro, marchó camino a su
habitación, dejándoles a ellos a solas.
—¿Te apetece ir a dar una vuelta? Me encanta ver las calles decoradas por
la noche, es como una especie de tradición.
—¡Claro! Vamos, te ayudaré a recoger todo esto.

-6-

Media hora más tarde paseaban entre las callejuelas manchadas del
dorado de las luces y la decoración. La gente se arremolinaba ante los
puestecillos, y a lo lejos, en la plaza, se escuchaban los cánticos de la coral.
Consiguieron un sitio desde donde tenían buena vista y el ruido no era
demasiado molesto, permitiendo la conversación.
Marie contemplaba el espectáculo, abstraída. Decidió formular la
pregunta que tenía desde hacía rato dando vueltas por la cabeza, sin dejar de
mirar al coro.
—¿Te has dado cuenta de que hace casi un año desde que llegaste, y aún
no sé prácticamente nada de ti?

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Él sabía que aquel momento llegaría, tarde o temprano. Quería
responderle, ser sincero, pero sólo podía revelarle una parte de su historia. Aún
así, prefirió hacerlo a mentirle.
—¿Qué quieres sabes?
Ella le miró, deseando leer en su gesto.
—Busquemos un lugar más tranquilo.
Reanudaron la marcha a ritmo pausado, dejando que las piernas se
movieran por inercia.
—Antes dijiste que no tenías familia.
—Exacto.
Marie guardó silencio; no quería incomodarle con preguntas
impertinentes. Se sorprendió cuando Hyoga comenzó su relato.
—Nací en una aldea al norte de Siberia. Mi madre era rusa, y mi padre un
marinero japonés al que no llegué a conocer.
Ella escuchaba con atención, sin apartar la mirada perdida del frente.
—Cuando cumplí los siete años, ella compró con sus ahorros dos pasajes
de barco a Japón. Teníamos la intención de escapar de la miseria y encontrar a
mi padre, pero nos topamos con una tempestad, y sufrimos un naufragio. Yo
pude salvarme, pero ella... murió allí.
Pararon en una de las vallas que daban al lago. No había nadie más, solo
el cántico de los insectos y las estrellas titilantes.
—Tras eso me llevaron a Japón —prosiguió con voz pausada, mientras
ella le prestaba atención—. Me crié en un orfanato de Tokio, en donde viví hasta
el año pasado.
—¿Y cómo llegaste hasta aquí?
Él guardó silencio unos instantes.
—Guardo muy buenos recuerdos de mi estancia allí. Obviamente, yo no
era el único en aquel lugar. Tenía un grupo de amigos, prácticamente crecí con
ellos, les considero más mis hermanos que compañeros. ¿Recuerdas las cartas
que a veces recibo? Las escribe uno de ellos.
Cogió una piedra del suelo y la lanzó, formando ondas por toda la
superficie del agua.
—Entre ellos, estaba mi mejor amigo. Era mi máximo apoyo, la primera
persona que se abrió a mi cuando llegué a Japón, un país donde ser diferente es

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uno de las peores faltas que se pueden cometer contra la sociedad. Ya hace casi
dos años empezó a encontrarse débil. Murió en octubre. A mí se me vino el
mundo encima, no pude soportarlo. Así que decidí empezar desde cero, donde
nadie me conociera, y sin que nada me recordase a lo que dejé atrás. Volví a mi
país, y lo recorrí de un extremo al otro. Al llegar a Europa decidí venirme a
Francia, ya que sabía algo del idioma, y... aquí estoy —le sonrió, como queriendo
romper un poco el hielo que se había formado—. Esa es mi historia. Ahora te
toca a ti.
Ella se llevó uno de los rebeldes mechones de pelo que le cubrían la cara
detrás de la oreja. Le costaba hablar sobre sí misma, y consideraba que al lado
de lo que le había contado Hyoga, su trayectoria era ridícula.
—Vamos... —le animó él dulcemente —Si yo he podido, tú también.
—A ver, por donde empiezo... —suspiró ella, mientras las palabras se
transformaban en finas nubes de vaho— Mi familia lleva dedicándose a las
bodegas desde hace generaciones. Todas las imágenes que recuerdo de mi niñez
transcurren entre viñedos. Por aquél entonces, yo era ajena a las disputas. El
dueño de los campos era mi abuelo, y todos creían que mis tíos heredarían el
negocio, pero no fue así. Mi madre, la hermana menor, fue la que recibió en
herencia las escrituras. Mis padres aceptaron con humildad y respeto, pero no
fue fácil. A la muerte de mi abuelo la familia se dividió. Mis padres sacaron la
bodega adelante, y pudimos vivir con algo de holgura, nunca me ha faltado de
nada, no puedo quejarme... crecí con la conciencia del valor del trabajo y el
ahorro.
Hyoga la miraba; le encantaba esa fluida y melódica voz, su serenidad y
franqueza, y la fragilidad que, creía, se ocultaba tras su fachada.
—Mi adolescencia no fue nada del otro mundo, ya sabes —rió—. El
instituto, los amigos... tuve un novio durante tres años —un velo de tristeza tiñó
repentinamente su hablar—. Yo le quería, era muy feliz con mi pequeño mundo
y mis sueños. Mi ilusión era marchar a la Universidad en París y estudiar
filología, tal vez historia. Los dos soñábamos con la capital, escapar del pueblo y
vivir a nuestras anchas. Todo era tan frenético, tan sencillo... pero la vida me dio
un revés. Estaba a punto de terminar secundaria cuando mi madre murió,
nunca nos dijeron cuál fue la causa exactamente, puede que fuera por alguna
infección antigua y mal curada. Mi padre se quedó destrozado. Le conozco muy

32
bien, y desde entonces no ha vuelto a ser el mismo. Decidí quedarme aquí y
ayudarle con el negocio, pues era consciente de que era la única que podía
sacarle adelante. Así que renuncié a mis sueños... pero no me arrepiento, en
ningún momento lo he hecho.
—¿Y qué fue de de tu novio?
—Me decepcionó. No estuvo ahí cuando más le necesité. Simplemente me
dijo que se iba a París, con o sin mí. Comprendí que nuestros caminos se
separaban. No he vuelto a verle desde entonces.
—Vaya... lo siento.
—No digas eso. Siempre he creído que si estás en un buen momento, y
todo lo que te ha ocurrido ha propiciado a que sea así, bienvenido sea. Me gusta
mi vida, he aprendido a no temer a nada ni nadie.
Él asintió, deseando poder aplicarse esas mismas palabras.
—Será mejor que volvamos, mañana hay que madrugar.
Emprendieron camino de regreso, algo aliviados por haberse quitado el
peso de encima, y felices por saber un poco más del otro.

-7-

El gran alivio que aquella charla y las que siguieron le habían producido
aceleró aún más el paso de los días, pero también el incremento de trabajo.
Precisamente una de esas noches, a vísperas del término de las fiestas,
llegó la hora del cierre. Marie colocó el cartel de "cerrado" en la puerta mientras
él recogía, dejando a punto la tienda para la siguiente jornada.
Acababa de despejar el mostrador cuando reparó en la joven. Sus miradas
quedaron suspendidas en un eterno cruce. Por unos momentos se detuvo el
tiempo, no hubo más en su concepción del mundo que ella y el retumbar de su
propia sangre en los oídos, corriendo a toda presión por las venas.
No se permitió prolongar la sensación. Adoptó una grave expresión a la
par que cargaba un par de cajas al piso superior, con paso tan veloz como sus
pensamientos, los cuales se agolpaban sin cesar, pisándose unos a otros.
No podía ser. ¿Acaso se había enamorado de ella?

33
Capítulo 4

Hyoga contempló la vista nocturna desde la ventana de su habitación.
Qué estúpido había sido. Durante las largas horas que le había llevado su
viaje hacia lo desconocido, había enumerado mentalmente las posibles
situaciones en las que podría verse inmerso. Cientos de variantes recopiló,
haciendo acopio de imaginación con el fin de estar preparado, cualesquiera que
fueran las adversidades. Creyó haberlas sopesado todas, pero no reparó en el
más sencillo y simple evento que se produce durante el transcurso de toda vida
humana.
Se había enamorado.
Golpeó el cristal con rabia contenida. Cuánto egoísmo por su parte. Había
escogido evadirse de su realidad, involucrando a terceras personas,
entrelazando sus vínculos, tejiendo una mentira en busca de un olvido frágil y
quebradizo, inestable. Sin pensar en las consecuencias.
Y ahora se enfrentaba a los hechos. Estaba seguro de haber visto en ella la
misma reacción química.
¿Y ahora, qué?, se preguntó, desesperado. ¿Huir y romper otro corazón?
Mejor dicho, dos. El de ella, y el suyo propio, su maltrecho corazón herido con
los palos que con los años había acumulado.
Se despreció, deseando no haber nacido. No estaba preparado para hacer
frente a la batalla que conciencia y deseo pugnaban por librar.
No la oyó entrar, ciego como estaba, ni cómo quedó a sus espaldas.
—Me has esquivado durante toda la cena. ¿Se puede saber qué demonios
te pasa? —inquirió ella, herida, ávida de respuestas.
Hyoga sintió que le oprimía el pecho. Un cúmulo de nuevas sensaciones le
arrasaban, y haciendo acopio de toda su templanza, brotó de sus labios las
palabras más sinceras y puras que pudo encontrar, concentrando la pena en una
contundente frase.
—Marie, no debes enamorarte de mí.
Ella no dijo nada. Le miraba, pero no se daba la vuelta. Su voz quebrada
no pudo contenerse por más.
—¿Es que no sientes nada por mí?

34
Él cerró los ojos, buscando fuerzas. Al fin se acercó a ella, tratando de no
prendarse aún más de su mirada vidriosa.
—Yo no he dicho eso. Es simplemente qué no soy quién tú crees —dijo,
secando con los dedos la lágrima que recorría su mejilla.
—No me importa tu pasado, Hyoga.
—No quiero que sufras, ni que te ocurra nada. Yo no te convengo. Será
mejor que me marche, así...
Se había girado de nuev, hacia el cristal, cuando quedó sin palabras. Ella
se había abalanzado, rodeando fuertemente con los brazos su estrecha cintura,
escondiendo el rostro en su espalda.
—Quiero compartir tu dolor. Sé que ocultas algo, quiero ayudarte a cargar
el peso que portas sobre los hombros.
Rogó a Dios, a quién fuera o fuese que estuviera ahí, por una respuesta.
Porque él tenía esa maldita cualidad, la de ver morir a todos a los que amaba, y
se negaba en rotundo a volver a presenciarlo. Imploró el perdón de Atenea,
porque iba a traicionar a Santuario poniendo la vida de ella en peligro en otro
acto temerario.
Entrelazó los dedos de las manos con los de ella, y se aventuró a probar
suerte con la rebeldía.
—Si es así y va a haber algo entre nosotros, has de saber que guardo un
secreto. Si te lo revelo, podrías correr una suerte fatal —susurró—. Aún estás a
tiempo de rectificar. Me marcharé, desapareceré de tu vida, y no tendrás de que
preocup...
Ella posó uno de sus dedos sobre sus labios, impidiéndole terminar.
Hyoga desvió ligeramente la mirada, comprendiendo que estaba decidida.
—Vamos afuera pues, donde nadie pueda oírnos.
Bajo el amparo de la noche caminaron por las tierras, hasta llegar a un
descampado al final de las viñas. No se detectaba la más mínima presencia
humana entre la oscuridad.
Hyoga se adelantó unos pasos mientras observaba el brillante
firmamento. Señaló las estrellas.
—Dime, ¿has oído alguna vez hablar de los mitos clásicos? Las
constelaciones llevan sus nombres. Casiopea, Andrómeda, Hydra... leyendas
sobre mortales y dioses.

35
Ella atendía, contemplando los puntos de luz...
—Poseidón, Apolo, Abel. ¿Los conoces?
—Sí, he leído relatos —respondió sin mucho entusiasmo, pues no
comprendía el rumbo que estaba cobrando la conversación.
Hyoga no apartaba la mirada de las estrellas de su constelación. El cisne,
y de la Cruz del Norte, las que habían marcado su destino, y a las que pedía una
oportunidad.
—¿Qué pensarías si te dijera que estos dioses de la antigüedad han
seguido entre nosotros, reencarnándose en cuerpos mortales durante siglos
hasta nuestros días?
Marie le miró, atónita. Un fulgor estalló en los ojos de Hyoga.
—Pertenezco a una Orden milenaria, enterrada en el anonimato desde el
principio de los tiempos. Y desde ese comienzo, nuestra misiva ha sido proteger
a las sucesivas reencarnaciones de la diosa Atenea, y sus principios de justicia y
libertad. Soy un guerrero, y al igual que mis restantes compañeros defiendo la
causa guiándome por la constelación a la que pertenezco de nacimiento.
Calló por unos instantes.
—Te resulta difícil de creer, ¿verdad?
—Un poco... —murmuró ella.
Tenía que hacerlo, darle una prueba. Echó una última mirada a su
alrededor. Nada. No percibía nada. Confió en su suerte.
—Mi poder reside principalmente en el dominio del aguaen su estado más
mortífero: el hielo. Entrené durante años en Siberia para desarrollar mis
habilidades.
Extendió suavemente la mano, dejando la palma hacia arriba. Marie, algo
turbada, observó. Su rostro, al principio desilusionado y ausente, se fue
transformando paulatinamente en la mismísima cara del asombro. Sobre la
mano de él había aparecido una luz azulada. Un ligero viento frío le rodeó, a la
par que algo surgía entre sus dedos.
Él dejó que el cristal de hielo que había forjado cayera sobre las manos de
Marie, la cual contemplaba atónita cómo se derretía. Una vez agua, se mostró
entre asombrada y asustada.
—Sé que te cuesta asimilar lo que digo, pero has de creerme, no te miento.
He estado en la Orden desde que tenía siete años. ¿Recuerdas lo que te conté?

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No era mentira, pero tuve que omitir gran parte de mi historia. Cuando quedé
huérfano me llevaron a Japón. Allí pasé un tiempo en el orfanato hasta que me
asignaron mi lugar de entrenamiento. Caprichos del destino, volví a recalar en
Siberia. Allí pasé seis años, donde me formé como lo que soy... un asesino.
Posó su atención en unas rocas que había a unos treinta metros.
—¿Ves aquel montículo?
—Sí.
Respiró hondo y cerró los ojos. Iba a hacerlo. Tres años habían pasado
desde que empleara su técnica por última vez, por la que había sacrificado
largos y penosos días hasta dominarla. Podían descubrirle, cualquier caballero
de bajo rango que estuviera en las inmediaciones percibiría la perturbación en la
cosmoenergía. Si le advertían le tacharían de traidor, y no habría perdón por su
falta, ni para él ni para la inocente.
Anonimato. Esa era el principal dogma de Santuario.
<<Lo siento... pero esta vez he decidido por mí mismo. Y lucharé por
ello.>>
Marie lanzó un grito ahogado y cayó hacia atrás, al apartarse y tropezar
por la impresión. La misma aura azulada que envolvió la mano de Hyoga hacía
unos instantes le cubría por completo.
El caballero del cisne concentró su potencial en un mismo punto,
haciendo estallar el cosmos, ejecutando la mortífera coreografía que
representaba a su constelación. Lanzó un trueno helado hacia las rocas.
Se sintió despejado tras la descarga de energía. Tendió la mano a Marie
para ayudarle a levantarse, logrando que ella venciera el miedo que por un
instante se había apoderado de su razón. Se acercaron hacia el monolito de
helado cristal y ella lo tocó, retirando los dedos al sentir que el hielo le quemaba.
Lo había hecho. Y de pronto, la culpa se adueñó de él. Porque le había
dicho la verdad. Toda su verdad. Y se sentía miserable.
—Ahora ya sabes lo que soy. Bajo esta técnica han caído muchas vidas,
demasiadas. No soy nada más que escoria...
Ella sostuvo su faz, todavía fría por el uso del polvo de diamantes.
—No eres escoria. Tienes buen corazón: tus ojos son transparentes, veo
pena y dolor en ellos. Pero ya has compartido tu carga conmigo, y quiero
ayudarte a librarte de ella.

37
Acarició una de sus manos con delicadeza. Tenía que hacer un último
esfuerzo.
—Aún hay algo más —le dijo con un hilo de voz, para que sólo ella fuera la
dueña de sus palabras—. Como te conté, me marché de Japón a la muerte de mi
amigo. Él era también guerrero. Tomé una decisión durante mi viaje, decidí
abandonar la Orden. Hablé con el máximo mandatario, y me concedió la
deserción, pero...
Ella aguardaba en vilo a que continuase. Sus pupilas eran apenas
insignificantes puntos negros flotando sobre el mar verde de sus iris, en total
tensión.
—He de cumplir mi último cometido. Tendré que preparar a un sucesor.
¿Comprendes lo que intento decirte? Tendré que pasar seis años en destino
incluso desconocido para mí, entrenando a un discípulo. Pueden llamarme en
cualquier momento. Durante este tiempo que he permanecido aquí he estado
aguardando a la llamada, sin que aún me haya sido comunicada. Seis años,
Marie, sin garantía de que sólo sean esos. Podría morir, podría fracasar, podría
ser destinado a batalla y caer en combate —se le llenaron los ojos de lágrimas—.
¿Entiendes ahora por qué no quiero que te involucres más? No es justo para ti...
yo no...
Y nuevamente ella le interrumpió, no dejándole continuar. Pero esta vez
fueron sus labios los que estorbaron la fluidez de sus palabras. Le besó
dulcemente, para luego dejar su frente unida a la de él, a la par que acariciaba
sus cabellos.
—No me importa renunciar a unos años si puedo tener el resto de tu vida.
Hyoga tembló; su respuesta. La había obtenido. Una luz por la que
arrastrarse en el más duro de los tramos, por la que dedicar las pocas fuerzas
que le quedaban y afrontar su prueba, todo por alcanzar lo que tanto anhelaba,
una vida mortal corriente y tranquila junto a ella, la que había abierto su
corazón no al espejismo, sino al verdadero Hyoga, sin máscaras ni mentiras que
esconder.
La abrazó y lloró en su hombro, pero no por despecho, sino por el
aturdimiento que le producía el sentirse querido por primera vez.

38
-2-

Los rayos del sol le habían despertado hacía un buen rato, pero no le
importaba. Permaneció en la cama contemplándola mientras dormía. Le apartó
uno de sus rizos negros de la cara, dejando que volvieran a caer sobre sus
hombros desnudos. Desde que se sincerara con ella, habían luchado por lo que
les unía, y él sentía que cada día que pasaba su amor se incrementaba. No todo
habían sido buenos momentos. Su estela de muerte le seguía, y hacía ya varios
meses que Marie había perdido a su padre, fulminantemente, como ya ocurriese
con su progenitora.
La apoyó, quiso serlo todo para ella, sostener su mundo ahora que había
cambiado por completo, dedicándose en cuerpo y alma a ayudarla a sostener el
negocio que ahora le pertenecía por herencia, con su sudor, sus palabras de
aliento y, sobre todo, su devoción.
Casi sin darse cuenta, dos años distanciaban al día en que llegó de mano
del destino a aquel pequeño pueblo del sur galo. Sólo deseaba poder disfrutar un
poco más de la hermosa vista que tenía, pero la sombra que oprimía su corazón
desde hacía días no le dejaba. Un pesado presentimiento pesaba sobre él, y
aunque trataba de ocultarlo, cada vez se le hacía más dura la tarea.
La cubrió con las sábanas y se vistió, mostrando intenciones de dejarlo
todo a punto para poder abrir la tienda.
Estaba revisando el estado de las instalaciones exteriores cuando lo
sintió. Dejó caer lo que llevaba en manos y se levantó, sin volverse.
—Ingenuo... —se dijo.
Sí, ingenuo. Lo había sabido perfectamente, pero se había negado a
creerlo, disfrazándolo de presentimiento. Claro que lo sabía, aquello que le
había estado ensombreciendo el corazón los últimos días no era una
premonición: era un cosmos.
Y al alzar la mirada atrás, le vio. Reconoció en aquel joven la apariencia
misteriosa y arcaica, los rasgos duros, la mirada anciana y el cosmos imponente
que compartían los miembros de Santuario.
Dicho joven se despojó de la parte de su capa que le cubría parcialmente
el rostro. Pudo percibir con claridad su voz cuando quedó cerca de él.
—Vos sois Hyoga, Caballero del cisne. ¿Estoy en lo cierto?

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—Sí.
El joven era realmente imponente. Debía pertenecer a la nueva estirpe de
Santuario, a los nuevos guerreros reclutados por Shion.
—Os hago llegar órdenes directas del sumo Patriarca. Ha llegado la hora,
como quedó acordado. A medianoche deberéis esperar en la plaza principal de
este pueblo, allí os esperará un vehículo, el cual os transportará hasta el puerto
de Brest. Os embarcaréis ahí hacia vuestro destino. Recibiréis más indicaciones
cuando sea el momento adecuado.
Hyoga asintió.
—Gracias por vuestro comunicado. Llevad a Shion mis más sinceros
deseos de agradecimiento. Ahora partid de nuevo a Santuario, bajo protección
de Atenea.
Y así, sin más, el joven emprendió el regreso, sin que nadie reparara en él.
Hyoga le contempló mientras se alejaba, convirtiéndose en una mancha difusa
en la lejanía. El viento agitaba su cabello.
Se volvió hacia la casa y allí estaba ella, envuelta en un chal blanco que
resaltaba aún más el contraste entre su piel cremosa y su melena azabache.
No hizo falta que mediaran palabras. Con tal solo ver la expresión de
Hyoga, ella supo lo que había ocurrido. Se la estrechó entre los brazos, con la
mirada perdida al vacío. Marie se refugió en su calor, disfrutando de aquellos
instantes que sabía no volvería a tener en mucho tiempo, afrontando su dolor
como parte del trato. Reuniendo fortaleza por él, debía de ser fuerte y aguardar
a su regreso. Así lo había elegido, y así sería.
La voz cálida y enigmática del guerrero le sacó de sus pensamientos, sin
poder dar crédito a lo que el mensaje decía.
—Cásate conmigo.
Marie no le soltó. Siguió aferrada a su torso, a sus brazos, rogando para
que el dios Crono detuviera el tiempo, aunque solo fueran unas horas.

-3-

No hubo testigos. No hubo sonrisas ni deseos de felicidad. El reloj del
campanario marcó las doce en punto. La noche reinaba, nada deshacía la
tranquilidad de las calles desiertas.

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El vehículo esperaba a lo lejos. Hyoga contempló a la que ahora era su
mujer, guardando para siempre en su memoria su rostro. Ignoraba qué le
deparaba el futuro, pero no se arrepentía de nada de lo que había hecho. Y
estaba decidido a darlo todo por volver allí, a donde pertenecía.
La besó. No quisieron que fuera una despedida, y por ello no hubo
intercambio de palabras. Se habían entregado el uno al otro en el más puro
secreto, violando nuevamente otra de las reglas sagradas que el código de la
Orden exigía a sus miembros.
<<Por su dolor y por el mío, lo conseguiré. Saldré airoso de mi última
batalla.>>
Y tras jurarse a sí mismo aquello, emprendió la marcha. Volvió la vista
atrás, una única vez. Ella le instó con un gesto a que siguiera, tratando de
retener el llanto.
Montó en la destartalada furgoneta que aguardaba. Arrancaron. Dentro
estaba oscuro, no sabía quién la conducía, ni le importaba. Se tumbó entre los
sillones, dejándose mecer por el brusco movimiento de aquel viejo carruaje que
le conducía a puerto. Si nada fallaba, llegaría al mar a primera hora de la
mañana.
Creía estar preparado para afrontarlo, pero no era así, ya no sólo por el
dolor que le producía dejarlo todo nuevamente atrás, sino por pensar en el que
pronto sería su nuevo papel: iba a tener un discípulo.
Por primera vez no sería alumno, sería maestro.
Maestro...
Murmuró la consabida palabra. Era así como antaño llamara a Camus.
Parte del destino de la Orden caía en sus manos, pero también una vida a la que
tendría que modular durante los dos próximos trienios. Un reto por el que tenía
que desvivirse.
Pensó en Camus. Había cumplido los veinticuatro años hacía apenas unas
semanas. ¿Qué edad tenía Acuario cuando quedó bajo su tutela? Posiblemente
era más joven que él. Intentaría estar a su altura y conocimientos, si bien
tendría que idear una metodología.
No supo ni como, pero consiguió dormitar un rato, tal vez para evitar que
los pensamientos le turbaran aún más. Se quedó dormido, viendo de nuevo su

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rostro, recreándose en ella para sacar fuerzas, para poder sonreír y exigirse a sí
mismo más de lo que pensaba podía dar.

-4-

De nuevo el mar. El aroma salado del yodo, el viento fresco, el travieso
graznar de las gaviotas... por muy dispares que fueran los diversos puertos del
mundo, todos tenían algo en común.
Su barco saldría en unos minutos. Embarcó en aquel pequeño navío, con
las otras cinco personas que seguían el mismo camino. Era una embarcación
vieja, pero de aspecto resistente.
Sólo sabía que debía ir ahí. Desconocía aún a dónde le llevaban. Había
recibido instrucciones precisas al abandonar la furgoneta.
<<Cuando lleguéis a vuestro destino final, alguien os estará esperando
para daros nuevas indicaciones.>>
Se alejaron de la costa. Apoyado en la barandilla con sus pocas
pertenencias agolpadas en una maleta a sus pies, vio a la tierra desvanecerse
entre la neblina. Tristeza. Se cuestionó si de verdad llegaría el día en que ésta
terminaría para él. Tal vez estaba destinado desde que nació a conocer una
penuria tras otra.
No era momento para pesimismos.
Un hombre trabajaba con afán en la cubierta. Se acercó a él, preguntando
con cautela:
—Disculpe... ¿podría decirme el destino de este barco?
El hombre le miró, sorprendido. Echó una media sonrisa sarcástica.
Posiblemente le habría tomado por borracho. ¡Mira que preguntar a dónde iba
el barco en que se había metido!
—Haremos escala en el norte de las costas escocesas dentro de tres días, y
de allí partiremos hacia Reykjavik, aunque nuestra última parada será al norte
del país, en Sudureyri. De todos modos ust...
—Gracias... —le dijo, no dejándole continuar.
En su mente, ahora sólo resonaba una palabra.
Reykjavik.

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Muy apropiado. El lugar ideal para cerrar el círculo. Allí iba a pasar los
próximos seis años de su vida, internando a otro pobre desgraciado en el
laberinto del que difícilmente podría escapar.
Su prueba le esperaba, de nuevo entre glaciares.
La pasaría en Islandia, la tierra del hielo.

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Capítulo 5

Observó con cierta curiosidad las labores de las gentes a la llegada a
puerto de los pesqueros. En un pueblo tan pequeño y aislado como aquel, el
recibimiento a marinos y comerciantes era prácticamente un evento a festejar.
Volver a tierras del norte le inspiraba un cierto aire nostálgico, tal vez por
la característica luz mortecina y las bajas temperaturas.
Distinguió en el horizonte la embarcación en la que llegara una semana
antes, la cual constituía el único medio de transporte viable para trasladarse a la
capital, a falta de buenas conexiones por tierra. Poco a poco se fue acumulando
gente a su alrededor, posiblemente esperando a lo mismo que él.
Decidió apartarse de la multitud, apoyando el pie en uno de los muchos
agarres para las amarras de las barcazas. Desde allí contempló con vista
privilegiada la llegada a puerto, la ruidosa bienvenida, el descargue de
mercancías y correo. En cuestión de minutos todo volvió a la calma, quedando
tan sólo una pequeña figura en el muelle.
Le analizó con lentitud. Pese a ser aún un niño, tenía fortaleza, su
estatura era más alta de lo habitual para su edad. Vestía un largo abrigo y una
maleta. De tez clara y cabellos rojizos como el fuego, vio cómo sus ojos buscaban
al vacío, asomando entre el alborotado flequillo.
Era él.
Se acercó, dejando que el chico reparase en su presencia.
—Dime, ¿estás esperando a alguien? —le preguntó, como si de un juego
en clave se tratara.
—¿Y usted, busca a alguien en especial? —contestó no sin cierta reserva,
dejando ver entre líneas que habían dado el uno con el otro.
Hyoga sonrió.
—Bienvenido al confín del mundo. Vamos, emprendamos camino, hay
unas dos horas a pie hasta nuestro refugio.
Comenzó a caminar y el muchacho le siguió, algo intimidado. Guardaron
silencio durante largo rato. No llevaba más de quince minutos salir de la
población. El resto del camino seguía por campo abierto, siguiendo el curso de
una pobre carretera prácticamente sin asfaltar. La baja altitud de la zona

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contrastaba con la cercanía a los glaciares. Estaban en una zona remota, la más
aislada de la Europa occidental.
El chico avanzaba a su izquierda, abstraído. Recordó el día en que vio a
Camus por primera vez. Estaba muerto de miedo, y no quería que para él fuera
así.
—¿Cómo te llamas?
—Alar, señor. Soy irlandés.
—Vaya, Irlanda... entonces la sangre de los celtas corre por tus venas.
Alar esbozó una tenue sonrisa.
—A partir de este momento, si tienes cualquier pregunta que hacerme, no
dudes en consultármela, ¿de acuerdo?
—Sí, señor...
Qué rara sensación le producía aquel trato por su parte. Lo había estado
pensado durante aquellos días, y estaba prácticamente decidido. Quería ser un
buen maestro, estricto y disciplinado, pero a su vez, quería mantener el trato
humano. Darle a su alumno aquello de lo que él careció durante su
entrenamiento.
—Puedes llamarme Hyoga, si así deseas.
Siguieron caminando a paso ligero. A lo lejos el cielo parecía oscurecerse,
posiblemente llovería a lo largo de la tarde.
—Maestro Hyoga... —dijo, dubitativo — Exactamente, ¿cuál es el objetivo
de mi presencia aquí?
—¿Alguien te ha hecho conocedor de lo que acontece en nuestra Orden y
sus propósitos?
—No demasiado... sólo me dijeron que era uno de los elegidos.
Tal y como había supuesto. Él tampoco sabía nada cuando le enviaron a
Siberia. Decidió relatarle todo aquello referente a la existencia de Santuario, las
leyendas y la actualidad, la hegemonía de Atenea, el papel de sus guardianes;
tras terminar con su relato, iba a pronunciar una pregunta, cuando de repente el
corazón le dio un vuelco.
Iba a preguntarle exactamente lo mismo que en su día Camus le hiciera a
él. Había sido un acto inconsciente, pero se sintió viejo, responsable de aquel
chiquillo, como un padre que enseña a su hijo lo mismo que antaño aprendiera
de su propio progenitor.

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—Dime, Alar... tras todo lo que te he contado, ¿por qué quieres ser
caballero?
Su respuesta no se hizo esperar.
—Siempre me he sentido distinto a los demás. Puede que al convertirme
en caballero encuentre la solución a la extraña sensación que llevo dentro de mí,
como si estuviera llamado a algo que no puedo entender.
Hyoga asintió. Casi sin darse cuenta, habían cubierto la mayor parte del
camino. A lo lejos se veía la costa. Señaló a la ladera que se extendía hacia el
este.
—Vamos por aquí, ya estamos cerca.
No tardaron en divisar la pequeña casa de madera que les serviría de
morada durante su convivencia. Tenía un par de habitaciones, con una cama
para cada uno y los utensilios necesarios para poder llevar una vida más o
menos normal, dentro de las circunstancias. No se avistaba presencia alguna a
los alrededores, tan solo el rugir del mar contra las rocas y el viento, que azotaba
con bravura todo aquello que encontraba a su paso.
Alar se instaló, mientras Hyoga observaba que la luz diurna remitía
velozmente. Estaban a finales del mes de febrero, en pleno invierno, así que a
primera hora de la tarde caería la noche cerrada sobre ellos.
Su alumno se acercó a él, y contempló a su vez la inmensidad del océano,
la deslumbrante belleza de la naturaleza en su más puro estado.
—Como has de saber, el cuerpo humano se compone de un setenta por
cierto de agua. A lo largo de tu entrenamiento, te introduciré en las técnicas de
combate propias del signo que te rige. Eres acuario, tu poder residirá en el
elemento líquido y la congelación. Durante los próximos siete días te enseñaré
lo necesario para que aprendas a descomponer la materia en átomos y poder
adquirir la destreza necesaria, pero antes, has de forjar tu resistencia a las
temperaturas extremas.
Le miró a los ojos.
—Tu cuerpo necesita estar en un umbral térmico para poder vivir. Si bajas
de los treinta y cinco grados, morirás. Si sobrepasas los cuarenta y tres, correrás
igual suerte. Sin embargo, ¿sabes a que temperatura se congela el agua?
—A los cero grados centígrados, maestro.

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—Correcto. La base de la técnica de la congelación reside en crear dos
corrientes totalmente opuestas: por un lado, has de concentrar cada partícula de
humedad que haya en el aire, modulando su velocidad atómica hasta conseguir
transmitir tu energía convertida en hielo, y por otro, has de tener cuidado de no
sobrepasar la frontera de los treinta y cinco grados, es decir, has de actuar sobre
tu propia materia para no morir de hipotermia.
El chico asentía, confundido.
—Sé que al principio te resultará duro, pero si te esfuerzas, llegarás a
hacerlo inconscientemente. Lo importante ahora mismo es que tienes que
trabajar tu resistencia a las condiciones climáticas. Pasarás la noche aquí, frente
al mar. La temperatura puede que baje a menos cinco. Busca la energía que
duerme en tu interior, encuéntrala y explótala. Lucha contra las inclemencias.
Con los primeros rayos del sol vendré a buscarte.
Alar asintió, apretando los puños, y se volvió al mar. Hyoga se alejó,
camino a la casa. Recordó lo dura que le resultó esa primera prueba. Si para él,
siberiano de nacimiento, acostumbrado a soportar temperaturas de veinte
grados bajo cero durante todo el año, la primera noche supuso un martirio, para
su alumno podría ser peor.
Pero así debía de ser. El camino a caballero era penoso, no ser inflexible
sería aún más cruel que someterle a las peores penurias, pues no le
acostumbraría al infierno que de seguro le esperaba.
Las horas volaron. Sentado en su cama a la luz de las velas que
constituían la única fuente de iluminación en aquel lugar donde la mano del
hombre estaba prácticamente olvidada, inició un diario de seguimiento en el
que pensaba anotar cualquier detalle referente al proceso de aprendizaje.
Y entre línea y línea, reflexionaba y recordaba. Pensaba en ella. Seis años
de aislamiento, sin recibir ni dar noticias del exterior.
Dejó el pequeño cuaderno sobre la mesa y se echó sobre la cama. Debía
descansar, posiblemente amanecería antes de las seis de la mañana, y la
siguiente jornada se presentaba dura.
Confió en la fortaleza del chico, y en que las estrellas hubieran hecho una
buena elección al escogerle como futuro miembro de la Orden.

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-2-

Tal y como había prometido, el sol empezaba a asomar cuando fue en su
busca. Le encontró con el mismo gesto reacio y rígido, el cuerpo erguido, los
brazos extendidos, el rostro forzado y desencajado por el agotamiento.
—Alar, ¿puedes oírme?
Tardó en reaccionar. Volvió lentamente la cabeza, hasta alcanzarle con la
mirada. Temblaba, su rostro estaba pálido, ligeramente azulado, pero en su
expresión se denotó un aire de victoria antes de caer desfallecido.
Hyoga le tomó entre los brazos y le llevó hasta la cabaña. Una vez
habiéndole tendido en su lecho y tras despojarle de los ropajes, observó los
efectos que las gélidas temperaturas habían producido en él. En sus
extremidades se apreciaban indicios de congelación, pero temía que los daños
hubieran sido mayores.
Procedió a descongelar los dedos de sus manos, los que parecían haber
sufrido más, en vista al tono violáceo de las uñas. Había aprendido la técnica
mucho antes de iniciarse como caballero, si bien su desarrollo del cosmos le
había llevado a perfeccionarla. Poco a poco fue reactivando la circulación
sanguínea, tras lo que le cubrió con las mantas que logró reunir.
Estaba ocupado en otras tareas cuando le oyó hablar con voz débil.
—Maestro, yo... no lo he conseguido...
Se acercó a él, sentándose a su lado en el lecho.
—Todo lo contrario, lo has hecho muy bien. Ya verás que pronto
conseguirás acostumbrarte. Ahora descansa, te traeré algo caliente, has de
recuperar fuerzas.
Y así, la mañana trascurrió apacible. Aprovechando el descanso del chico,
siguió explicándole fenómenos físicos que serían de suma importancia para su
técnica: el comportamiento atómico, la oscilación térmica, pero sobre todo, el
encontrar su propio cosmos.
—¿Cómo es el cosmos, maestro?
Pensó unos instantes acerca de cómo describírselo.
—Es una luz que duerme en tu interior. Cuando solo la oscuridad te
envuelva y vislumbres esa luz, abrázala, explótala, y tu cosmos estallará, sentirás
que tu cuerpo se desvanece para convertirte en pura energía. Todos los

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humanos lo tenemos, pero sólo unos pocos poseen la capacidad de ser
conscientes de ello y elevarlo a su máxima potencia. Y tú tienes esa cualidad,
Alar, sólo que todavía no sabes cómo desarrollarla.

-3-

Y así, pasaron tres días y tres noches bajo el mismo proceso. Largas
noches de lucha y días de recuperación, pero en constante evolutiva. Hyoga solía
observar de madrugada el esfuerzo de su alumno por encontrar aquella luz que
le había descrito. Le veía luchar, contra la inclemencia climática, y contra sus
propias barreras.
Y a la cuarta noche, lo sintió. Estaba observándole desde lejos cuando
percibió una perturbación en la energía. De un brusco movimiento se incorporó,
expectante.
La conmoción era cada vez mayor. Pudo vislumbrar una débil áurea
violácea a su alrededor.
Estaba muy cerca de conseguirlo.
—¡Vamos Alar, puedes hacerlo! —le gritó.
Y el irlandés consiguió, al fin, encontrar su cosmos y hacerlo estallar.
Lanzando un potente grito hacia las estrellas, su energía rebosó a su alrededor,
su áurea era potente, intensa y llena de jovialidad.
Hyoga corrió hacia él. Sólo habían pasado cuatro días, y ya había
alcanzado ese nivel. Estaba, sin duda, frente al que podría llegar a ser un temible
guerrero, las cualidades innatas que poseía eran impresionantes.
El chico cayó de rodillas, extenuado por el esfuerzo. Al quedar su maestro
a su lado, levantó el rostro, mirándole. Obtuvo una gran sonrisa y una mano que
le ofrecía ayuda para incorporarse, a la que respondió con gratitud.
—Lo has conseguido. Al fin has sentido tu cosmos. Recuerda, será la base
de toda técnica, la esencia de tu andadura como caballero. Conocerás cosmos de
todo tipo, desde los más hostiles hasta los más puros, entre los que se encuentra
el de nuestra diosa. Pero no olvides que aquel que te resultará más complicado
de desvelar y comprender, será el tuyo.
Quedaron frente a frente. Le señaló una de las paredes de piedra que les
rodeaban, al borde de los acantilados.

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—Cuando hayas desarrollado completamente esta habilidad, podrás
modular con facilidad la actividad atómica de la materia que te rodea, y emplear
la técnica para múltiples funciones. Observa con atención.
Alar puso todos sus sentidos en su maestro, palideciendo cuando éste
concentró su energía, pudiendo notar cómo su presencia le absorbía, cómo la luz
azulada que emanaba de su cuerpo le envolvía. Hyoga, de un descomunal golpe,
hizo añicos la roca, dejando en ella una abertura de circunferencia perfecta.
Contempló el agujero asombrado. No podría haber imaginado que su
joven mentor poseyera semejante poder.
—Éste será tu próximo objetivo. Esfuérzate y pon en práctica la teoría de
la que te he hecho conocedor. Utiliza la fuerza de tu interior, pues al igual que es
fuente de vida, es fuente de destrucción. De tu propia ética depende el que
emplees tus extraordinarias cualidades para obrar el bien.
Y allí le dejó a solas con su próximo adversario, aquel muro de piedra,
aquel agujero al que tendría que imitar. Golpeó y golpeó hasta destrozarse los
nudillos, mas no desistió, estaba decidido a conseguir imitar tan demoledora
acción.
Hyoga meditó acerca de sus palabras.
Obrar el bien. ¿Qué bien es ese por el cual se han de sesgar vida? Qué
subjetiva es la verdad, no hay mal, sólo diferentes puntos de vista según el
bando al que se pertenece. Pero eso es algo que sólo la vida y la experiencia
pueden enseñarle.
Porque la vida era dura, y cada uno trazaba su camino a base de las
propias vivencias. Y de las personas con las que se cruzara, algunas de las cuáles
le acompañarían durante un gran tramo, mientras que otras se desvían para
nunca volver. Y de cada una de ellas, algo se conserva.
¿Cuántas personas se habían cruzado en su camino? Muchas, de las
cuales, siempre guardaría en su corazón a algunas que ya no estaban ahí, y por
las que deseaba seguir rezando, creyendo y luchando.
Por gratitud y esperanza.

-4-

—Vamos, levántate e inténtalo otra vez.

50
Alar escupió la sangre que le brotaba del labio y volvió a ponerse en pie.
Adoptó la posición de defensa y trató de parar la ofensiva de su maestro.
Llevaban varias horas entrenando la batalla cuerpo a cuerpo, y los golpes
comenzaban a pasarle factura.
Estaba a punto de defenderse de un certero golpe al costado cuando vio
una silueta a lo lejos. Hyoga paró gradualmente al ver su extrañada expresión.
—Maestro, mire. Hay alguien ahí.
Y no era para menos el observar la presencia alarmado, pues desde que
llegasen al lugar, no habían tenido contacto alguno con otras personas.
Contempló esa silueta ya no tan lejana. Al principio no dio crédito a lo
que la percepción del cosmos le decía, pero no tardó mucho en confirmar sus
pensamientos.
—Alar, continúa practicando la secuencia de movimientos y haz tus
flexiones. Me reuniré contigo dentro de unas horas.
El chico asintió y se marchó de allí, dejándole a solas con aquel hombre.
Hyoga aguardó a que su alumno se hubiera alejado para acercarse. El recién
llegado miraba hacia el mar, de espaldas a él. Su profunda voz rompió el
silencio, superando al eterno murmullo de las olas estrellándose contra los
acantilados.
—Vaya... pensé que me matarías nada más verme, como prometiste —dijo
el foráneo.
El cisne se posicionó a su lado, también contemplando la inmensidad del
océano y sus tonos grisáceos.
—Ikki... de nada sirve guardar viejos rencores.
Se giró para mirarle a la cara. En todo aquel tiempo no había pensado en
la posibilidad de volver a encontrarse con él. Aunque se le notaba mucho más
adulto, seguía conservando la fiereza jovial que tanto le caracterizaba.
—Me ha llevado su tiempo conseguir desde Santuario que me revelaran tu
paradero. Tú maestro, quién lo iba a decir... —ironizó el Fénix.
—A veces el destino nos depara las situaciones más insospechadas.
Aquella conversación sin hilo empezaba a ponerle nervioso.
—¿Y qué te trae a Islandia? ¿Turismo? —increpó, irónico.
Guardó silencio durante unos momentos. La seriedad se adueñó de su
rostro. Incluso pudo ver cierto aire de dolor en él.

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—Tenía que verte, o acabaría por volverme loco.
Hyoga no esperaba esa respuesta. Comprendió que tras ese inesperado
encuentro se ocultaba una causa profunda.
—Ven, conozco un camino que lleva a unos parajes realmente hermosos.
Estaremos tranquilos allí.
Sin necesidad de mediar más palabras, caminaron durante un rato. El
sendero conducía a lo alto de una colina escarpada, desde la cual se divisaba el
mar abierto en todo su esplendor. Le gustaba acudir allí cuando tenía necesidad
de meditar. Ikki se sentó en una de las rocas que habían dispersas.
—Recibí cada una de las notas que me mandaste. Las leí todas, pero no
acudí. No lo hice, y no he podido perdonármelo desde entonces.
Él se acomodó a su lado, mirando al suelo mientras las palabras fluían
por su mente.
—De veras que no te guardo ningún tipo de rencor, pero por más que le
dé vueltas, no consigo entender por qué actuaste así.
Le miró a los ojos.
—No tienes ni idea de lo que sentí cuando te vi ahí, en medio del funeral.
Sentí tanta rabia e impotencia... Shun deseaba verte con todas sus ganas. Yo no
sé demasiado de esos temas, pero tal vez si le hubieras dado esa alegría podría
haber mejorado. Los médicos obviamente nunca supieron nada, pero estoy
seguro de que contener a ese maldito dios acabó por anular todas las defensas
de su cuerpo.
El portador de la armadura del Fénix volvió a hablar. Nunca le había visto
tan consternado.
—Siempre he actuado por mi cuenta, lo sabes bien. De hecho, Shun era lo
único que me motivaba a regresar entre vosotros. Pero tras lo que ocurrió en el
Hades, no pude volver a la realidad. Estuve a punto de matarle, no me atrevía a
mirarle a la cara, me remordía la conciencia. Además... —enfatizó, marcando sus
palabras con una profunda tristeza — después de aquello os vi tan unidos a ti y a
él que llegó un momento en que comprendí que Shun ya no me necesitaba, te
tenía a ti.
El ruso le miraba, atónito.
—Tú siempre fuiste mejor hermano para él que yo mismo, Hyoga.
Le hubiera abofeteado en aquel instante, pero se contuvo.

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—¿Cómo puedes decir eso? Shun te adoraba. Te admiraba y te apreciaba,
él nunca dudó de ti. Te respetaba tanto que nunca preguntó por qué
desaparecías, por qué te mostrabas tan esquivo. ¿Cómo puedes decir que te
remplazó por mí?
Cerró los ojos, calmándose.
—Oye... él era mi mejor amigo, le quería con locura, lo hubiera dado todo
por él, pero nunca quise ocupar tu lugar. Tú eras su hermano, tendrías que
haber estado ahí, pero no lo hiciste. Ya no puedes volver atrás para cambiar los
hechos. Sólo puedes estar seguro de dos cosas: que no me separé de su lado ni
un sólo minuto, y que él te quiso hasta el final, con el mismo fervor. Así que deja
de atormentarte.
Pronto anochecería, y la puesta de sol comenzaría de un momento a otro.
Tuvo una idea, proponiéndola de todo corazón.
—Si él pudiera estar aquí, seguramente habría deseado que los dos
superáramos nuestras diferencias. Sé que nuestra relación nunca ha sido buena,
pero creo que podemos hacer un esfuerzo por Shun, por él, que tanto significó
para nosotros. Aún conservo una parte de sus cenizas.
Volvió a incrustarle la mirada, serena y sincera.
—Démosle un último adiós juntos, Ikki.

-5-

Hyoga no tardó en regresar a la colina. Había bajado al refugio, dejándole
a solas mientras. Volvió con la pequeña urna que contenía los restos que no
habían sido enterrados en Japón.
Volvió a su lado, sosteniendo el pequeño recipiente entre sus manos.
Contempló la puesta de sol; la bola de fuego se ahogaba lentamente en las
aguas, tiñendo de rojo lo que tocaba. La voz de Ikki acabó con el silencio.
—¿Cómo va tu alumno?
—Hace ya dos años que le entreno. Dentro de poco cumplirá los trece.
Tiene un potencial increíble, su cosmos será terrible cuando logre desarrollarlo
completamente. Yo a su edad no había alcanzado ni la mitad de logros.
—Hace falta sangre nueva en la Orden, las mismas caras comienzan a
resultar repetitivas.

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Sonrió levemente por el comentario, invadiéndole la nostalgia. El
recuerdo de tiempos pasados, pero también la familiaridad, la necesidad de
hablar y contar sus propias penas, hizo que terminara por confesárselo.
—Me he casado.
Él volvió el rostro, con el ceño fruncido.
—Es el verdadero motivo por el que estoy aquí —prosiguió—. Qué egoísta
he sido siempre, ¿verdad? Anteponiendo mis asuntos personales a los de
Santuario... me estoy esforzando para darle a mi alumno lo mejor, pero las cosas
podrían ser distintas si sólo me moviese el puro afán de formar a otro integrante
de la Orden. Estoy cansado, Ikki. He arriesgado mis cartas por un sueño, por
una mujer. Y no me arrepiento. Vive tu vida como escojas, siendo consecuente
de tus actos... y que nada de lo ya acontecido te lo impida.
Le tendió la urna.
—Enterremos el dolor del pasado que nos tortura a los dos. Shun siempre
estará en nuestros corazones, démosle una última alegría mandándole a los
cuatro vientos nuestra despedida... dondequiera que esté.
Hyoga tomó un puñado de las cenizas, a lo que Ikki respondió con igual
gesto. Y dejaron que la brisa se las llevara lejos, muy lejos, a la bóveda que se
alzaba hacia el infinito para formar parte del más hermoso firmamento, y que su
recuerdo permaneciese brillante y eterno, como las mismísimas estrellas.
Notó como los ojos de su compañero brillaban. Se dio la vuelta y, tras
aferrar con fuerza su hombro, le dijo unas últimas palabras.
—Supongo que querrás estar a solas. Si deseas pasar aquí la noche, Alar y
yo te acogeremos con los brazos abiertos. Mas si no es así, espero que te vaya
bien. Hasta la próxima, si así ha de ser.
Y sin más, se marchó, dejando al noble caballero del Fénix
reconciliándose consigo mismo, y con aquello a lo que más había querido en
vida.

-6-

Alar seguía con sus ejercicios no demasiado lejos de la cabaña. Se detuvo
cuando vio cómo Hyoga se acercaba lentamente hasta quedar a su lado.
—Maestro, ¿estáis bien?

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Él asintió. Aquel día había aprendido algo muy valioso, y deseaba
legárselo.
—Alar, escucha bien lo que voy a decirte. No importa lo que pase, ni a lo
que te enfrentes, o cuanta gente te lo reproche. Nunca, ¿me oyes?, nunca olvides
quién eres, de dónde vienes y lo que amas. No dejes que nadie intente
arrebatarte lo que da calor a tu corazón, por mucho que te aseguren que será
fuente de debilidad.
El chico reflexionó las palabras.
—Vamos, ya está bien por hoy. Mañana será otro día y tenemos que
terminar de perfeccionar esa protección lateral tuya.
Se dirigieron juntos hacia el refugio. Y mientras caminaban, el irlandés
formuló una pregunta, lleno de duda y sana curiosidad.
—Maestro Hyoga... si no es impertinente, ¿quién era ese hombre de
antes?
Hyoga le miró, con una sonrisa.
—Un viejo amigo con el que tenía una deuda pendiente.

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Capítulo 6

Examinó con precisión la colocación de la articulación y los músculos.
—Respira hondo y aguanta.
Sujetó el hombro de Alar y dio un severo tirón hacia atrás, a lo que su
alumno respondió lanzando un grito ahogado de dolor.
—No te muevas.
Comenzó a prensar la zona de las clavículas con vendas.
—Tienes una luxación. En unos días debería estar bien, pero por lo pronto
no lo fuerces. Aplica frío hasta que se baje la inflamación.
Alar asintió. Aunque su técnica en la lucha cuerpo a cuerpo había
mejorado considerablemente, raro era el día en que no sufría las consecuencias
de los golpes.
Hyoga observó el rostro enjuto y ausente del chico. Le miró a los ojos.
—No te desanimes, todos pasamos por esto. Has de acostumbrarte al
dolor y las lesiones. Piensa que al menos te indicarán que no estás muerto.
—Sí, maestro…
Terminó de vendarle el torso, rematando la tela para evitar que la
compresión perdiera fuerza.
—Por hoy no continuaremos, esta noche debemos descansar, mañana a
primera hora emprenderemos camino. Por cierto, hoy han venido los
comerciantes, tenemos que preparar las provisiones y la cena. No todos los días
podemos presumir de tener la despensa llena —medio bromeó.
—Bien… os ayudaré, puesto que aunque tenga el hombro inservible aún
no he quedado manco.
Rieron ante la ocurrencia y se dispusieron a ponerse con la labor. Estaban
sentados a la mesa junto al tenue fuego que constituía la única fuente de
calefacción de toda la casa, cada uno a lo suyo, cuando Alar rompió el silencio.
—Maestro Hyoga, ¿habéis visto mucho mundo?
—Se podría decir que sí, algo que viajado. ¿Por qué lo preguntas?
—Mera curiosidad… —el irlandés siguió con su tarea, sin apartar las
manos de la misma— ¿Y en dónde habéis estado?

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Hyoga sonreía. Le gustaba aquel ambiente sencillo, poder limitarse a
conversar y disfrutar de su compañía, momentos que escasamente se producían,
espaciándose cada vez más a medida que el entrenamiento se intensificaba.
—Pues… —hizo cálculos mentalmente— he viajado por todo mi país, por
Finlandia y Noruega, he vivido en Japón, en Grecia... y en Francia —no pudo
evitar que las dos últimas palabras quedaran ligeramente impregnadas de
tristeza.
—Sois ruso, ¿verdad?
—Sí.
Pudo ver como al muchacho le brillaban los ojos, entusiasmado.
—Mi tío solía viajar mucho. Siempre me traía algo de todos los lugares
donde había estado.
—No es la primera vez que le mencionas…
Alar bajó la mirada, teniendo cuidado de no cortarse con el cuchillo.
—Cuando mis padres murieron él se quedó en nuestro pueblo, allá en
Irlanda, para hacerse cargo de mí. Yo era pequeño, pero aún así fui consciente
del enorme sacrificio que hizo, ya que cambió totalmente su estilo de vida para
sacarme adelante.
Hyoga guardó silencio. Aunque la relación entre ellos siempre había sido
muy cordial, no habían hablado de aspectos personales en profundidad. Era una
de las normas que había aprendido con Camus. No más relación de la
estrictamente necesaria.
Pero si de algo estaba seguro, era que sentía un gran afecto por su
alumno, y que en aquellos años que llevaban juntos le había enseñado de la
forma que había creído más correcta. Ahora, su corazón le decía que lo justo era
escucharle, y que tuviera alguien a quien contarle sus pensamientos y compartir
los propios pesares.
—Cuando se hace algo por amor no es realmente un sacrificio. Seguro que
tu tío pensaba igual que yo.
Alar sonrió; se le notaba pensativo, melancólico.
—Yo nunca fui como los demás niños. Cuando me fui a vivir con él, se
esforzó en decirme una y otra vez que no me aislara ni me sintiera acomplejado,
pues tenía una virtud que algún día descubriría. Cuando llegaron aquellos
hombres para hacerme las pruebas y entrenar con vos, mi tío me dejó marchar

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sin vacilaciones, estaba convencido de que era mi oportunidad de dar aquello
que llevaba en mi interior. En aquellos momentos no lo entendía, es más, me
enfadé con él por dejarme con esos extraños… pero ahora se lo agradezco.
—A veces es muy duro tomar decisiones que en el momento duelen, pero
si sabes que pueden deportar un futuro mejor, así debe de ser. Y tú tienes un
gran destino esperándote. Así que no dejes que la suya caiga en la nada, pues
seguramente tanto dolor como tú o más padeció él.
Y los padres velan por sus hijos, arriesgándolo todo, incluso la vida, si
pueden ver aunque sea la más mínima esperanza para ellos a cambio… —
pensó.
—A mí me hubiera gustado ser como él. Recorrer el mundo, y conocer a
gente distinta.
—Ver mundo está bien, sirve para abrir la mente a los demás y ser más
tolerante. Pero sólo puedo decirte que lo mejor que te puede pasar en la vida, es
tener un lugar al que poder regresar.
Alar pareció reflexionar sobre aquellas palabras. “Un lugar al que
regresar”.
Hyoga le intrigaba. Apenas sabía sobre él, pero no se atrevía a preguntar.
Ciertos límites que por consideración no se debían rebasar, y algo le decía que
su maestro guardaba secretos que no deseaba revivir.
—Pero vamos, no nos retrasemos con esto, o se nos echarán las horas
encima —añadió éste—. Y no es cuestión de irse a la cama con el estómago vacío.
Asintieron animados, y se dieron prisa por terminar con las tareas. Cerca
de una hora y media después, habían acabado de recoger.
Hyoga suspiró, aliviado tras haber concluido. Iba ser una dura travesía, y,
además, había llegado ese momento que llevaba planeando desde hacía
semanas. Aquella velada no había sido la primera en la que le había hablado
acerca de sus ilusiones de recorrer países y conocer culturas. Le gustaba ver en
el muchacho esa sana alegría de la que él careció en su niñez. Era una persona
fuerte, y eso estaría a su favor.
Se había encariñado mucho con él. Quería creer que esa fuente de afecto
no era un peligro para Alar, y que le ayudaría a ser mejor persona, y a afrontar
con mayor ímpetu su dura lucha… A amar aún más si podía la vida.
A conseguir que él no tuviera ese agujero que perforaba su alma.

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—Buenas noches, maestro.
—Buenas noches.
Hyoga se tumbó en su cama, a la luz de la vela que tenía en el mueble
próximo a su lecho. A lo lejos, al otro lado del pasillo, veía la luz dorada de la
habitación de Alar.
El chico estaba dispuesto a meterse entre las sábanas y descansar cuando
vio algo depositado sobre la mesa de noche. Se sentó sobre su cama, y tras
pensárselo dos veces, cogió el misterioso objeto.
Dentro de la bolsa de rudo cuero, encontró una brillante. Parecía antigua,
pero cuidada con esmero. Y acompañándola, una nota, escrita con la letra ágil y
apurada de su maestro.
Espero que te guíe a lo largo de tu camino.
Feliz cumpleaños.
La contempló en silencio sobre la palma de su mano. Con paso quedo se
acercó al otro lado del refugio, donde su mentor escribía en su eterno diario,
como tantas veces le había visto hacer.
—Gracias…
Hyoga le brindó una sonrisa. No eran necesarias las palabras.
—Vamos, ya es tarde, vete a dormir.
Y mientras el chico apagaba su vela, sin dejar de recorrer con las yemas
de los dedos el frío cristal y los relieves de su presente, el ruso se perdía entre las
letras rápidas que caían, suspendidas, de su mano.

Mi alumno ha cumplido hoy quince años.
El ser humano nunca dejará de parecerme fascinante. He sido
espectador privilegiado de la transformación que ha sufrido su cuerpo, del
paso de niño a adolescente, empezando esa etapa en la que pronto llegará a
ser un hombre, pero sin tener conciencia de ello. Su estructura ósea y su masa
muscular se encuentran en condiciones óptimas para resistir a mis últimas
enseñanzas.
Mañana iniciaremos el viaje hacia la etapa final de nuestro
entrenamiento. Pasaremos los dos próximos años en los Glaciares. Allí sufrirá
en sus carnes el terrible poder de la congelación, pues ha llegado el momento

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de legarle el conocimiento milenario, el arma de los Señores de Hielo. Le
entregaré el relevo en forma de Polvo de Diamante.
Esta será la última página que escriba. El que mi relato haya servido de
algo o no, sólo las estrellas lo saben, puesto que son ellas las que designan a
aquellos que son merecedores de representarlas. Y yo espero que mis estrellas
y las suyas se alineen, para prolongar la supremacía de Atenea sobre esta
tierra.
Que mis astros guíen el último tramo de mi destino, expiándome de mis
pecados o anclándome a ellos.
Releyó gravemente la última frase y cerró el que ya era un libreto de
considerable grosor. Confió en sí mismo. Iba a hacerlo; le mostraría a Alar cuán
terrible era el poder de los señores del cero absoluto, los más mortíferos
guerreros de las heladas tierras regidas por los dioses, desafiando a la
naturaleza y sus elementos, partiendo del origen de la vida para sesgarla.

-2-

Islandia era tierra de contrastes. De entre las gélidas temperaturas que
azotaban la zona durante todo el año, manaban lenguas de vapor ardiente, de
las profundas entrañas de la tierra.
Los glaciares constituían un paisaje desierto, plagado de rocas con
extrañas formas cuadrangulares, como huesos acumulados en un desierto de
olas, hielo y fuego.
Y en medio de aquella nada, un joven de cabellos cobrizos volaba,
saltando de piedra en piedra a velocidad de vértigo en medio de una
encarnizada lucha con su mentor.
De él lo había aprendido todo, mas no conseguía imitar su asombrosa
agilidad. Hyoga parecía elevarse por los aires en las más endemoniadas
piruetas, consiguiendo siempre derribarle.
—¡Levántate!
Acató la orden, volviendo a reanudar el mortífero encuentro. Saltó hacia
un saliente de afiliada piedra, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre un
brazo para con el otro descargar un torrente helado, apuntando a su maestro.

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Hyoga le devolvió el ataque con facilidad, cayendo Alar nuevamente al
suelo, con el rostro sobrecogido por el dolor que la congelación suponía.
—¡Concéntrate, Alar! Si hubiera puesto algo de empeño hubiera acabado
contigo.
—Sí, maestro.
Activó su cosmos como ya sabía para acelerar el proceso y eliminar la
película de hielo que recubría su piel, leve, pero intensamente molesta.
—En plena batalla no tendrás más que milésimas de segundo para
reaccionar y administrar tus golpes. Aún no lo dominas, pero te empeñas en
emplearlo bajando tu guardia. Eso podría llevarte a la tumba.
—Sí, maestro —volvió a afirmar, con rabia.
Hyoga suspiró.
—Estalla tu cosmos y concentra tu energía, siéntela alojarse en tu pecho,
rompe la actividad atómica… ¡vamos! Eres un guerrero de los hielos, y por tanto
has de demostrar tu valía.
El irlandés apretó los puños, articulando el brazo herido para comprobar
que estaba de nuevo en condiciones idóneas.
La señal no se hizo esperar, y se reanudó aquel intercambio de golpes que
un ojo normal no habría sido capaz de detectar.
Quedaron separados a cierta distancia el uno del otro. Las miradas, fieras
se encontraron. Y el aprendiz sintió una conmoción en su interior.
Todo se volvió oscuro por unos interminables instantes, para sólo existir
su conciencia y las estrellas. Le invadió la energía, y una luz violácea envolvió su
grito, sobrepasando al bramar furioso del oleaje.
Estalla tu cosmos… concentra tu energía… siéntela alojarse en tu
pecho… rompe la actividad atómica…
Y sus ojos no vieron más que esa luz, su cuerpo se fundió con la materia,
para invocar a la más bella y mortífera técnica de los parajes helados.
En Siberia la gente lo venera, pero le temen. Representa la belleza y la
muerte. Mi pueblo lo llama… Polvo de Diamante.
Las palabras de su tutor resonaron en su cabeza mientras descargaba
contra él un potente trueno helado. Las piernas separadas, los brazos alzados al
frente, las manos unidas, los dedos, entrelazados, comprimiendo el torrente de

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energía en un solo punto, fluyendo de su cuerpo al aire transformando las
moléculas de agua en un arma destructiva.
Hyoga desvió el ataque hacia su izquierda proyectando un escudo de
hielo, como tantas otras veces había hecho en batalla. Cuando hubo cesado,
contempló los efectos del diamont dust sobre la ahora helada roca.
Sonrió, satisfecho.
—Eso ha estado mucho mejor, irlandés.
Alar, de rodillas en el suelo tratando de recobrar el aliento, le miraba con
complicidad, orgulloso de al fin haber recreado la técnica que tanto le había
maravillado desde la primera vez que la presenciara.

-3-

Sosteniendo su peso sobre la palma de la mano, con la cabeza hacia el
suelo y los pies rectos hacia el firmamento, Alar se esforzaba en mantener el
equilibrio y crear un anillo de cristales a su alrededor.
Había demostrado ahínco, desdén, temperamento, y un elegante estilo de
lucha que no paraba de progresar jornada tras jornada.
Casi sin darse cuenta, Hyoga presintió que el momento de la verdad se
avecinaba, ése en que el destino de Alar quedaría definitivamente sellado. El día
en que se decidiría si se cerraba una etapa para él, a la vez que se habría una
para el muchacho.
Y mientras le observaba, rígido, obstinado, le recordó a Isaac.
Físicamente no eran demasiado distintos.
La misma entrega. La convicción.
Isaac, el que debió haber sido el caballero del Cisne. El que tendría que
estar entrenando a Alar en aquellos momentos.
Siempre le admiró como a un hermano mayor, el cual, hasta el último
momento veló por él, aleccionándole a seguir más allá de sus posibilidades.
Y es que aunque los años empezaban a pesarle, se vio a sí mismo en
aquella tierra lejana contemplando la puesta de sol, con su joven pupilo
esforzándose en conseguir una nueva meta, donde nunca pensó que llegaría a
estar.
Debes mucho, Hyoga, pero has tenido una vida privilegiada.

62
El día anterior había contemplado su propio reflejo en uno de los muchos
lagos de agua de mar que se formaban durante la bajada de la marea.
Seguía siendo aquel chico de mirada triste y rostro esculpido en nieve
marcada por el paso de las lunas. Su cabellera, rubia como los rayos del sol,
seguía larga, rozando los hombros. Sus ojos, ahora enmarcados en ligeras
arrugas, detonaban la experiencia que había ido acumulando a lo largo de sus
casi treinta años.
Muchos años para un guerrero. Muchos para un espíritu ancestro
encerrado en un cuerpo todavía joven y su corazón maltrecho, sosteniéndose en
un sueño puro y sincero.
Y es que ahora, todo dependía de él. Era el momento de acatar la última
indicación directa recibida desde Atenas.
Ordenó a Alar que volviera a la postura original.
Pronto caería la noche, y si los dioses así lo querían, el entrenamiento
daría a su fin.
—Vamos, nos espera una dura travesía. Emprendamos camino hacia el
norte.

-4-

A sus pies se alzaba el más famoso y temido geiser de toda la tierra del
hielo. Había sido fuente de numerosos estudios, resultando increíble cómo de
un paraje tan gélido podían manar gases surgidos del mismísimo Infierno.
Un viento cruel y helado les azotaba. La noche era cerrada, pero el
firmamento brillaba con todo su esplendor.
Hyoga alzó un dedo hacia las estrellas.
—La cruz del norte… cuando te sientas perdido, ella te guiará. No lo
olvides.
Y Alar tornó los ojos hacia su constelación. Poco había ya en él que
recordara al niño que recogió en el pueblo pesquero aquel primer día. Ahora era
un joven alto, fornido, lleno de vida, sinceridad y respeto. Con la serenidad y
sabiduría en el rostro que sólo poseían los elegidos.

63
De nuevo posó su mirada sobre la montaña que expulsaba el inmundo
calor, creando una cortina de vapor irrespirable. Sintió la presencia firme del
ruso a sus espaldas.
—Demuéstrame si estos seis años han obtenido su fruto. Acaba con el
geiser, que sucumba bajo la sentencia de tu cero absoluto.
Y aunque al principio pudo percibir ligera inseguridad en él, Hyoga
recibió una silenciosa afirmación por su parte. Analizó cada uno de sus gestos,
sus ojos serios, concentrados, la forma en que se alejó para encarar su objetivo.
Rezó por él. Su corazón le empujaba, dándole la última palabra de ánimo.
Se sobrecogió cuando Alar, tras adoptar a la perfección la pose de la Ejecución
de la Aurora, lanzó su poder contra las inclemencias de la tierra.
Sintió su cosmos. Un cosmos tremendamente cálido, poderoso como
había presagiado. Un cosmos digno de un caballero de Atenea.
Bajo la Ejecución de la Aurora habían caído muchos. Pero aquella vez, lo
que cayó momentáneamente fue el cauce de los elementos. Contempló con el
alma en un puño cómo el pequeño volcán centelleaba, presa de una trampa de
cristal que la propia y sabia naturaleza se encargaría de derretir y borrar, sin
dejar rastro de la misma.
Alar, aturdido, observaba su creación cuando sintió el calor protector del
brazo de su maestro sobre sus hombros, su voz cálida y serena, susurrándole
como un cántico del melódico viento.
—Enhorabuena. Has superado la prueba. Mañana mismo marchamos a
Santuario.

64
Capítulo 7 (final)

La ciudad milenaria de Atenas seguía intacta en su belleza y esplendor.
Un día claro y brillante les dio la más cordial de las bienvenidas al
Santuario, únicamente comparable con la que los integrantes de la Orden les
tenían preparada.
Uno a uno, maestro y alumno atravesaron los templos vacíos para
incredulidad de Alar.
Muéstrate respetuoso. Este es nuestro recinto sagrado, donde nuestra
Atenea vela por el bien de la humanidad, y nosotros velamos por el suyo.
Y al estar en la cima, con las doce Casas a sus pies, Hyoga sintió un
escalofrío. Contempló la vista antes de entrar en el templo del Patriarca, allí
donde cumplió su primera misión como caballero de Atenea, ahora tanto tiempo
atrás.
Su alumno le siguió en respetuoso silencio.
La cámara del Patriarca estaba oscura; la atravesaron, dando con un
torrente de luz que se filtraba a través de las múltiples ventanas. Y allí, en el
centro de la instancia de mármol y columnas, se encontraba Atenea, custodiada
por sus doce caballeros de oro, los cuales, ataviados con sus armaduras,
formaban dos filas marcando un amplio pasillo.
A la derecha de la diosa se hallaba Shion, Patriarca, en cuyo rostro se
podía ver la más profunda felicidad.
Hyoga se acercó con paso solemne, seguido a corta distancia por Alar. Los
caballeros de oro le hicieron una pequeña reverencia con la cabeza;
majestuosos, resurgidos a la vida tras haberla perdido en el Muro de las
Lamentaciones por gracia de la Diosa, en recompensa por haber luchado hasta
el final por su causa.
Mu, Alderaban, Saga, Death Mask, Aioria, Shaka, Dhoko, Milo, Aiolos,
Shura, Afrodita…
Y Camus.
Se arrodilló ante Atenea y el Patriarca, a lo que su alumno respondió con
igual gesto.
Shion bajó del altar, quedando a su altura.

65
—Has cumplido con tu misión. Por tanto, se te concederá aquello que me
pediste, en justo cambio por tu entrega y nobleza. Levanta, hijo mío.
Él se incorporó mirando a Shion a los ojos, hasta que éste comenzó a
entonar la ceremonia, con voz solemne.
—Hyoga, caballero del Cisne, valiente guerrero de los hielos, defensor de
nuestra diosa Atenea, ¿consideras a tu alumno digno de sucederte en tu puesto,
para cumplir con el divino deber que se le confía?
El ruso miró con dulzura al joven, sin salir éste de su asombro.
—Sí, Patriarca.
Shion dio su conformidad.
—Alar, a partir de hoy quedas nombrado caballero del Cisne. Tu nueva
vida como protector de la Diosa empieza aquí, en este templo, donde
desarrollarás tus cometidos para con la Orden.
Atenea bajó al igual que el Patriarca hasta ellos. Primero para dar su
bendición a Hyoga, y segundo para entregar a su nuevo caballero la Caja de
Pandora que contenía su armadura.
—Aquí concluyen oficialmente tus días en Santuario Hyoga. Puedes partir
en paz.
El ruso volvió a agradecer en silencio, y percibió la mirada de Alar,
desconcertada e incrédula.
—Maestro, ¿siempre habéis sido el caballero del Cisne?
—Sí.
Permanecieron cerca el uno del otro, mientras los allí presentes
aguardaban en respetuosa compostura.
—¿Por qué no me lo dijisteis?
—Era lo mejor para ti, Alar. Haberlo sabido tal vez te hubiera aportado
presiones que te hubieran obstaculizado. No pienses en ello ahora, lo
importante es que no podría haber tenido un mejor sucesor que tú.
Los ojos del joven Caballero se vidriaron. Tenía tantas dudas, tanto por
aprender todavía…
—Maestro, ¿volveré a veros alguna vez?
—No lo creo posible, mas no temas. El caballero Camus, que a su vez fue
mi mentor, completará tu preparación.
Miraron a Acuario, asintió el francés lentamente.

66
—No sé si estoy preparado.
—Claro que lo estás. Confía en ti mismo, ha llegado el momento de que le
muestres al mundo la luz que llevas en tu interior.
Suspiró, conteniendo la emoción. Que duras eran siempre las despedidas.
—No olvides lo que te he enseñado. Las estrellas te guiarán, pero sólo tú
tienes la última palabra al escribir tu destino. Dejo a Atenea en tus manos,
sírvele con honor y entrega.
Por el hermoso rostro del muchacho rodaron dos lágrimas. Hyoga le
abrazó con fuerza, cerrando los ojos.
Aquí empieza tu camino, Alar. Sé fuerte, y lo conseguirás.
Le besó en la frente, y le miró una última vez.
Tras ello, se despidió con sendas y sencillas reverencias de Shion y de la
Diosa.
Se dio la vuelta, emprendiendo el camino de salida.
Los doce caballeros de oro se inclinaron a su paso, en señal de respeto.
Reinaba el silencio, que sólo fue roto por un imperceptible murmullo.
Milo acercó sus labios hacia el oído de Camus.
—Si no lo haces ahora, te arrepentirás por el resto de tus días.
Y así, justo cuando Hyoga se disponía a empezar a bajar los peldaños que
descendían hacia la salida del sagrado recinto, el caballero Camus le alcanzó
rompiendo el protocolo de la ceremonia, dejando a sus compañeros, a Atenea, al
Patriarca y al nuevo caballero atrás.
—Hyoga, espera.
Aquella voz…
Él se volvió, sorprendido por ver correr al que fuese su tutor.
El imponente Camus de Acuario quedó a corta distancia. Era como si
hubiese hecho una alianza con el tiempo, pues su belleza, ahora madura, no
había perdido ni un ápice de atractivo.
Su severo rostro, frío, como el más puro glaciar.
—Decidme.
Acuario pareció dudar por un momento para finalmente mirarle a los
ojos, en la expresión más sincera que nunca había visto en él en todos los años
que hacía que se conocían.

67
—Sólo quería decirte que lo siento. Siento no haber sido nunca un padre
para ti. Intenté ser un buen maestro, pero tal vez no lo conseguí.
—No digáis eso… si volviera a nacer bajo el mismo sino, no dudaría en
desear volver a quedar bajo vuestras enseñanzas.
Milo contemplaba la escena a distancia prudencial, lo suficiente como
para ser testigo y a su vez pasar desapercibido.
—Hyoga, antes de que marches en busca de tu nueva vida, quiero que
supieras que siempre he estado orgulloso de ti. Siempre.
Y fue entonces cuando Camus, el hombre al que tanto había querido,
temido, respetado, idolatrado, por el que tanto había sufrido y por el que llevaba
la pena de sentirse siempre por debajo de sus expectativas, le tomó entre los
brazos.
Los ojos de Hyoga quedaron anclados en un punto en el infinito. Su
cuerpo no fue capaz de reaccionar. Cuando fue consciente del mensaje que le
estaba transmitiendo, correspondió estrechándole con fuerza, dejando que las
lágrimas surcaran libremente por su cara al cerrar los párpados.
Al fin sabía que no era una carga para su maestro. Que no era una
vergüenza para aquel al que tanto estimaba.
—Que Atenea vele por ti, Hyoga. Buena suerte.
Camus le vio marchar, alejándose por la escalinata de mármol lejos de
Santuario, a donde ya no volvería.
Sólo Milo pudo sacarle de sus pensamientos.
—Ahora ya puedes estar en paz.
Él le miró, recobrando su habitual porte.
—Sí. Y una vez hecho, lo que me preocupa es comprobar los resultados de
las enseñanzas de mi alumno.
Milo sonrió, pensando en que el orgullo de su amante jamás le permitiría
dar su brazo a torcer.
Y Hyoga, una vez en la entrada al sagrado lugar, lo contempló por última
vez. Miles de sentimientos se atropellaban en su corazón por todos aquellos a
los que dejaba atrás… pero en ese momento, sólo podía pensar en una persona.

68
-2-

El transcurso del tiempo se le hizo angustiosamente lento. Procuraba no
darle demasiadas vueltas, pero al llegar al pueblo, no pudo reprimir decirse a sí
mismo la verdad.
Seis años era mucho tiempo, demasiado.
Las calles tenían el mismo ambiente y color que aquellas que había
guardado en su cerebro. Corrió por ellas, sorteando a la gente que iba y venía de
hacer compras en el mercado matutino.
Su corazón bombeaba a toda velocidad, presa de la duda, el miedo y la
ansiedad.
Había arriesgado cuanto era y poseía. Para el resto de la humanidad él no
tenía pasado, ni identidad alguna. Y si aquello por lo que había sacrificado su
mundo ya no le esperaba, la vida carecería de sentido.
Escuchó murmullos a su paso de gentes que le miraba, a los que hizo caso
omiso.
Llegó al cruce de dos calles adoquinadas, en donde entre pintorescas
casas en medio de un valle del sur galo se alzaba una bodega cualquiera, el lugar
donde se produjo el principio del fin.
Entró, no sin cierto temor. Había clientela dentro. Nadie se percató de su
presencia.
Y entre las personas que se arremolinaban sobre el mostrador para
llevarse lo deseado, la vio.
Tan hermosa como siempre. Con el cabello recogido en una gran trenza,
su sonrisa amable… y su mirada, de la que se había prendado la primera vez que
su brilló le eclipsó.
La observó despachar, quedando por unos momentos ausente, con un
gesto cansino y terriblemente melancólico en su rostro. Los clientes
abandonaron el local. Fue cuando Marie se dispuso a atender a la última
persona que había entrado.
Sus miradas quedaron sostenidas en el tiempo, el cual pareció detenerse.
Por el rostro de ella parecieron desfilar mil y una emociones.

69
No podía ser… pero estaba allí, a pocos pasos de la puerta, al igual que el
primer día en que llegó como un niño perdido, sin saber apenas expresarse.
Hyoga, en el que había creído noche tras noche, por el que había rogado y
arriesgado su cordura.
Era él… había cumplido su promesa.
Antes de que pudieran reaccionar, se habían abalanzado el uno sobre los
brazos del otro, acabando prácticamente arrodillados en el suelo, fundidos, sin
poder creer que aquello real.
Se miraron entre lágrimas.
—Me dijeron que estaba loca por esperarte, que no volverías…
—Pero aquí estoy, y no volveré a dejarte… nunca más. Ya no.
Y mientras la besaba y estrechaba contra su pecho, todos y cada uno
de sus pensamientos se canalizaron en alguien. Sintió que todo su ser ahora
mismo le pertenecía a él.

<< Gracias Shun, gracias… Al fin ya estoy en paz contigo, porque
ahora sé… que soy feliz. >>

70
Epílogo

El bullicio de la multitud era apabullante. Para cuando consiguió apearse del
tren, el mar de gente amenazaba con complicarle aún más la tarea.
El Santuario necesitaba alguien que se encargara de llevar los asuntos con el
exterior. Y él se había ofrecido a desempeñar la tarea, compaginándola con su
deber de caballero.
Iba a pasar una temporada en el país galo, a lo que recibió la invitación de
pasar con ellos unos días nada más notificarle que estaría por suelo francés.
Buscó y buscó, hasta que al fin, le distinguió.
A lo lejos, perdido entre de la multitud, estaba Hyoga, el mismo con el que
había crecido y compartido tantísimos momentos de su vida, y al que hacía la
friolera de once años que no veía.
Cuando sus miradas se cruzaron, una gran sonrisa se dibujó en sus rostros.
Lograron abrirse camino entre la masa para al fin reencontrase.
—Condenado Pegaso, has hecho un pacto con el Diablo, los años no te han
afectado.
—No puedo decir lo mismo de ti…
Rieron, a la par que se abrazaban con tesón y cariño. Hyoga le separó por los
hombros, mirándole a la cara, analizándole.
Qué emocionaba tenerle otra vez a su lado tras todo aquel tiempo, durante el
cual no habían dejado de mantener correspondencia.
Cogió su maleta, agarrándole de la muñeca para sacarle de allí.
—Ven, sígueme. Quiero que conozcas a alguien.
Llegaron a la salida de la estación, donde una hermosa joven les aguardaba.
—Seiya, te presento a Marie, de la que tanto te he hablado.
Ella se acercó a él, dándole dos besos como era costumbre.
Él inclinó ligeramente la cabeza en señal de gratitud, mientras observaba a la
culpable de la profunda transformación que su compañero había sufrido.
—Y ésta… —prosiguió el ruso, agachándose— es Natasha, nuestra princesa.
Cuando se hubo alzado, tenía en brazos a una preciosa niña de unos tres
años que le observaba con sus enormes ojos azules, los mismos que viera en su
padre aquella mañana en que llegó al orfanato de los Niños de las estrellas.

71
Lo único que les diferencia era una notoria salvedad: no había dolor en
ellos, tan sólo inocencia.
—¿Qué se dice, cariño? —le oyó preguntar a la niña en un francés casi
perfecto.
—Bonjour…
Natasha, nada más haber pronunciado la palabra, corrió a esconder la
cara entre los cabellos de Hyoga, vergonzosa, a lo que éste no pudo evitar
sonreír.
Seiya le observaba, profundamente emocionado. Nunca había visto esa
sonrisa en él, ni esa sensación de paz que se transmitía. Pareciese que el antaño
guerrero del cisne había encontrado al fin poco de sosiego tras tantos años de
penuria y soledad.
Pero no pudo sumirse en sus pensamientos durante demasiado tiempo,
puesto que Hyoga, después de subirse a la niña a los hombros, y Marie, tras
coger personalmente su maleta, emprendieron camino, a lo que les siguió.
—¿Cuántos días te quedarás? ¿Tres, no? Suficientes para que me pongas
al corriente.
—Tres días y tres noches darán de sí… ¡para ello, y para recordar viejos
tiempos! —rió Pegaso.
Los cuatro emprendieron tranquilamente camino hacia casa. El día era
cálido, los rayos del sol brillaban, inundándolo todo de luz.
Y celebraron el hecho de volver a estar juntos, ya no por una batalla o
misión que cumplir, sino por un simple capricho de los designios divinos.

.: Fin :.

72
1
Pendiendo de
una promesa

Por Shaka

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El fanfiction no persigue ningún afán lucrativo. Prohibida su venta y/o
alquiler. Todos los derechos de autor sobre los personajes pertenecen a
Masami Kurumada, creador de Saint Seiya.

Ilustración: A noble man in Siberia

2
Capítulo 1

El intenso dolor de cabeza le hizo saber que acababa de despertar. Esas
punzadas, continuas e insistentes, eran una constante en el recibiendo del nuevo
día.
Lo último que recordaba es que le administraron más tranquilizantes, por
lo que seguramente había perdido la conciencia durante el proceso.
Últimamente no los toleraba bien y despertaba débil, tanto que el mero hecho
de abrir los ojos al mundo le suponía un esfuerzo.
Pero lo hizo, enfocando lentamente a su izquierda, viendo lo que llevaba
contemplando desde que fuese ingresado en aquel hospital.
Le observó, y una sonrisa se dibujó en su cara. Hyoga dormía apoyado
sobre la mano en el a priori incómodo sillón que había junto a la cama. Le
observó moverse y pestañear en un acto reflejo, lo suficiente como para darse
cuenta de que su amigo ya estaba despierto.
—Buenos días.
Él le contempló; parecía estar comprobando cada uno de sus rasgos en
búsqueda de algún indicio que denotase mejoría.
—¿Cómo te encuentras?
—Cansado.
—Es normal, te han subido la dosis. ¿Tienes fiebre? Espera, llamaré a una
enfermera.
Hyoga salió al pasillo sin perder el buen humor; pasase lo que pasase, el
ruso no se había ido de su lado desde el final de la Guerra Santa. Los meses
habían transcurrido, los cambios sacudieron el Santuario, y cuando ya casi
nadie quería recordar lo ocurrido, él no daba muestras de mostrarle rencor por
el drástico papel que le había tocado representar en batalla.
Aunque su cuerpo ya no servía de cobijo para Hades, las secuelas físicas
habían sido desastrosas.
Se sintió mal, porque después de todo el esfuerzo y empeño, y del apoyo
que Hyoga le había dado, no iba a poder ofrecerle la recompensa de su
recuperación. Había luchado con optimismo, pero estaba agotado, como
ausente, flotando en una nebulosa. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, y

3
por egoísta que pudiera parecer, no soportaba la idea de tener que seguir
sufriendo esa lenta tortura cuando el descanso estaba cerca.
La puerta volvió a abrirse, y una de las auxiliares sanitarias entró para
anotar su temperatura, cumpliendo el ritual diario. Le veía mover los labios,
mas sus oídos no eran capaces de captar sonido de mayor intensidad que la de
un murmullo; se le nubló la vista, no regresando en sí hasta que noto aquella
mirada clavada en él, reflejo de la preocupación, y una voz dulce y familiar
retumbando a lo lejos.
—Shun... Shun...
Tenía que hacerlo. Llevaba días evitando ese momento y ya no había
marcha atrás.
—Shun, ¿te encuentras bien? Tienes treinta y nueve grados.
—Sí, estoy bien... —suspiró.
Contempló su propia mano yaciendo entre las de él. Esa sensación de
calidez y protección le reconfortaba.
—No se sabe nada de mi hermano, ¿verdad?
Obtuvo el mismo movimiento negativo de siempre, alentándole el gesto a
dar el paso, empleando en ello sus últimas fuerzas.
—Hyoga, tengo que pedirte algo. Es lo más importante que te he pedido
nunca.
—Dime —respondió él, acercándose.
—No tengo palabras para agradecerte lo que has hecho por mí.
—No tienes por qué darme las gracias... —le instó.
Shun sonrió con melancolía. Cuántas cosas habían vivido juntos, cuántas
situaciones más allá de la imaginación humana, cuántos peligros...
—Estoy débil. Sabes que soy optimista por naturaleza, pero el tiempo y la
experiencia me han hecho saber reconocer la realidad y aceptarla, por muy dura
que sea. Mi corazón lo sabe, y mi cuerpo lo afirma: no resistiré mucho más.
En el fondo deseaba que Hyoga exclamase que no dijera esas tonterías,
que todo saldría bien y que acabaría cuando menos se lo esperaba... pero no fue
así. En vez de eso le vio contener las lágrimas, tratando de no echarse a llorar
ahí mismo. Era como si el caballero del Cisne hubiese cedido, reconociendo que
iba a llevar su condición de Andrómeda hasta el final, sacrificándose en pro de
los demás.

4
—Necesito que me ayudes con mi testamento —reiteró.
Se sintió terriblemente humilde tras haber hecho la petición, pues al
solicitar dicha ayuda, no estaba haciendo sino reconocer la propia muerte.
Hyoga asintió; haciendo de tripas corazón buscó dónde y con qué escribir.
Cuando hubo encontrado un block y una pluma, volvió a sentarse a su lado.
—Tranquilo, iré transcribiendo.
Empezó a redactarle el legado que quedaría cuando no estuviera ahí.
Hyoga trabajaba concentrado, no durando en exceso el trámite puesto que Shun
tenía en mente las palabras exactas.
Firmó con mano firme, siendo depositado el documento sobre la mesa.
Shun siguió mirándole: aunque le conocía perfectamente, hubiese dado lo que
fuera por poder descifrar lo que sus azulísimos ojos callaban.
—Mírame, por favor... —rogó.
Él hizo lo pedido, y cuando no hubo nada que pudiera distraerles, le
confesó su última voluntad.
—Hyoga, me gustaría qué... no, mejor dicho, prométeme, júrame por el
descanso de tu madre que vas a seguir adelante, y que serás feliz. Júrame que
algún día lo serás, y que harás lo imposible por conseguirlo.
Hyoga se mordió los labios. Se dominó como pudo, y empleó toda su
voluntad en darle contestación.
—Te lo juro.
Shun sonrió. Ahora sí que tenía la conciencia tranquila.
—Estoy cansado...
—Duerme un poco, te vendrá bien.
—Quédate aquí hasta que me haya dormido, por favor.
—Claro.
Ninguno de los dijo nada al respecto, pero algo les decía que esa era la
última vez que iban a hablar.
Shun cerró los ojos. Su sonrisa no se borró mientras caía en un profundo
sueño, permaneciendo inalterable como Hyoga, el cual no le soltó ni se movió de
ahí.
El aparato que registraba su pulso comenzó a emitir un ruido
horriblemente penetrante; su reacción resultó igual de inalterable cuando una
avalancha de médicos entraron en estampida ante la inminente parada cardiaca.

5
—Déjenle descansar en paz —fueron sus directas y sinceras palabras.
Los expertos se miraron, respirándose resignación en el ambiente. Hyoga
se levantó, dejando las manos ya inertes sobre los costados. No miró atrás.
Recogió sus cosas y el testamento, decidiendo salir de la habitación. Una última
frase se le clavó en el alma al oírla de espaldas.
—Hora de la muerte: siete y cuarenta y cinco minutos.
Bajó a la planta baja, buscando algo de tranquilidad.
No hacía falta propagar el mensaje. El cosmos de Shun se había
extinguido; pronto los que habían sido sus compañeros en la Orden de Atenea
quedarían al tanto de la noticia.

-2-

No sabía cuántas horas habían transcurrido desde su muerte, ni cuánto
tiempo hacía que llovía.
Hyoga permaneció de pie tras una de las ventanas del pasillo que daba a
la habitación. Con la frente apoyada en el frío cristal, miraba absorto hacia el
infinito.
Se había prometido no derramar una lágrima, pero en cuanto sintió la
presencia de dos cosmos que se acercaban, le flaquearon las fuerzas.
Supo que ellos habían acudido a la llamada. Siempre el mismo equipo
que, desde la niñez, parecía estar destinado a afrontar en unidad las pruebas
que se les presentaran. Sin embargo, aunque Seiya y Shiryu no le habían
defraudado, se dijo que con la pérdida el grupo estaba más roto que nunca.
Al sentir la mano de Pegaso posándose sobre tu su hombro, se derrumbó.
Todos aquellos meses, la tensión, el sufrimiento, las dudas, el arrojo, y
finalmente el vacío, pujaron por salir de la jaula conformada en su pecho. Ni
siquiera notó cómo las lágrimas ardientes le rodaban por las mejillas.
Hyoga se abandonó a un llanto amargo y desesperado. Seiya no pudo
hacer más que estrecharle entre sus brazos, y evitar las miradas del personal del
hospital que, bien por la influencia de la Fundación, bien por pura compasión,
no les dijeron nada, dejándoles romper la estricta calma del centro. En vistas a
que sus esfuerzos por consolarle eran inútiles, el Dragón decidió romper su
eterna compostura y sumarse a la misiva.

6
—Hyoga, cálmate. Tranquilo, tranquilo... —le susurraba incansablemente.
No supieron cuanto más podrían estar así, antes de que el divino
terminara de desmoronarse.

-3-

Los preparativos y procedimientos legales era algo que, tras las debidas
concertaciones, era mejor dejar en manos de expertos. Ellos tres pese a su
juventud estaban curtidos en lo que respectaba al velo del muerte, mas cumplir
con el deseo de Shun de que parte de sus cenizas fueran a parar a la tumba de
sus padres, no era tarea que les concerniese.
Estaban sentados en una de las escaleras que daban al jardín posterior del
complejo hospitalario. Hyoga decidió romper el silencio, dejando clara una
cuestión que de seguro habría saltado en la mente de sus amigos.
—Chicos, no os preocupéis por mí. No pienso suicidarme, ni nada de eso.
El tono irónico de sus palabras le sorprendió hasta a él mismo.
—Lo superaré. Se lo he prometido a alguien.
Seiya y Shiryu asintieron, de alguna forma aliviados.
—Creo que deberías irte y tratar de descansar. Debes estar agotado —dijo
el primero.
—Seiya tiene razón. Nosotros volveremos en cuanto podamos —añadió
Shiryu.
Él no opuso resistencia. Fue acompañado hasta la salida, quedando en
verse al día siguiente.
Una vez inmerso en el trayecto, Hyoga contempló el paso veloz de las
calles desde su perspectiva interior del vehículo. Sólo tenía ganas de tirarse en
su cama y desconectar. De hecho, nada más llegar a la residencia, oscura y
tétricamente silenciosa, se dirigió a su habitación. Cerró la puerta con violencia,
y tras soltar la maleta en donde primero pudo, se dejó caer en la cama.
En cuestión de segundos cayó en un sueño profundo, negro y vacío.

7
-4-

Ninguno de los tres dijo nada. Seiya y Shiryu se limitaban a observar a
través de los cristales del coche mientras Hyoga conducía. Conocía el camino al
cementerio de memoria, desgraciadamente no era la primera vez que iba.
Llegaron sin incidencias, constatando que, en vida, el homenajeado había
sido lo que se decía popular; muchos de los trabajadores de la Fundación, así
como antiguos compañeros de entrenamiento, estaban presentes.
Se sintió incómodo, limitándose a colocarse junto a Shiryu y Seiya,
entregar la urna con sus cenizas y atender a la ceremonia.
Seiya estaba absorto, y las palabras del encargado del ritual fluían como
un murmullo incomprensible. Contempló los rostros serios de los congregados,
reparando por último en el de Hyoga. Éste tenía la mirada fija en el vacío.
Fue tan rápido el cambio de su expresión que no le dio tiempo a
reaccionar. Sus ojos, hasta hacía unos instantes ausentes, cobraron súbitamente
un violento fulgor, anclándose en un punto concreto. Seiya siguió la dirección y
necesitó unos segundos para asimilar lo que veía.
—Ikki —musitó, estupefacto.
Era él, sin duda. Se encontraba lejos del epicentro del acto, sosteniendo
la cruda mirada de Hyoga. Sin previo aviso, el ruso se salió de la comitiva,
abalanzándose sobre el Fénix.
—¡¿Cómo te atreves?! —bramó.
Sus palabras se elevaron por encima de las del sacerdote para
desconcierto general.
—Me dejé la piel buscándote. Te llamé, te escribí, revolví Cielo y tierra.
¿Sabes que tu hermano preguntó por ti todos los días que pasó postrado en ese
hospital? —gritaba Hyoga, descontrolado y furioso.
Justo cuando estaba a punto de llegar a algo más que los reproches, sintió
que le agarraban de los hombros. Eran sus compañeros, quienes le sujetaban
con firmeza.
Él se resistió, negándose a dejar que aquella rabia quedara grabada en sus
entrañas.

8
—Me preguntó por ti todos los días, ¡y ahora tienes la desfachatez de
presentarte aquí! ¡Maldito seas!
—¡Ya basta! —exclamó Shiryu.
Hyoga tiró hasta soltarse, en medio de un corrillo de gente que
murmuraba impresionada.
—Por respeto a Shun lo dejaré estar, pero te juro sobre su tumba que la
próxima vez que te vea, te mato.
Dicho eso, se marchó a paso rápido, sin hacer caso de los que trataban de
hacerle entrar en razón. Cogió las llaves del coche de la fundación y arrancó,
desapareciendo con una rapidez endiablada.
Condujo lo suficientemente cuerdo para no cometer una locura, pero no
lo bastante como para que la idea de tirarse por la primera ladera que viera se le
fuese de la cabeza. Se desvió del camino principal, siendo cuando su cuerpo se
sobrecogió debido a la velocidad, obligándose a parar en un hueco que encontró
a lo largo del arcén.
¿Qué culpa tenían los demás de su enfado como para pagarlo con svidas
inocentes? Se apoyó en el volante y escondió la cara entre los brazos. Aquello
había sido la gota que colmó el vaso. De camino al funeral, hacía apenas
cuarenta minutos, lo había descartado, pero ahora estaba ciego, sólo tenía ojos
para ese plan.
Retomo el camino hacia la residencia. ¿A quién pretendía engañar? Hasta
había dejado preparada su maleta.
Ya en la habitación, tomó su pasaporte y demás documentos que le serían
de utilidad, la pequeña urna con lo que quedaba de Shun y el dinero en efectivo
que había acumulado. Veintiún años de existencia se podían resumir en aquella
maleta, en sus pocas pertenencias.
Miró su cuarto, ahora vacío, y desapareció. Dejó las llaves puestas en el
coche. Salió a la calle y caminó a toda prisa en busca de un taxi. Finalmente
localizó uno. Era una huída cobarde, pero le daba igual.
—Al puerto, por favor.

9
Capítulo 2

12 de noviembre de 1990

Seiya:

Supongo que te habrá sorprendido recibir esta carta. Si el correo
funciona igual que el resto de las cosas en este país que se desmorona ante mis
ojos, calculo que ya habrán pasado unas tres semanas desde que me marché
de Tokio.
Lo siento. Soy un indeseable, me largué sin más miramientos. Os he
fallado, seguro que lo estabais pasando igual o peor que yo, debería haberme
quedado ahí para apoyaros, pero no lo hice.
Te preguntarás posiblemente dónde estoy. Ahora mismo, en el
transiberiano. Me metí en el primer barco hacia la Unión Soviética que
encontré. A los tres días llegué a mi destino, y ahí cogí este tren. No es lo más
cómodo del mundo, pero al menos tengo un habitáculo para mí solo.
No sé que contarte. Ni siquiera sé por qué te escribo. Supongo que me
sentía culpable y bastante solo. Así que aquí estoy, debe de ser ridícula la
escena: yo, aquí en este tren, escribiéndote una carta que no sé si te llegará.
Aún no te he dicho exactamente cuáles fueron los motivos de mi marcha.
Créeme, me resulta indescriptiblemente duro. No fue otra de mis huidas, esta
vez no pienso volver, nunca más. Fue parte de un trato que hice con Shun,
cuando acababan de ingresarle. Quería animarle, así que le propuse una
aventura: en cuanto saliera de allí, nos iríamos los dos, a ver mundo, a buscar
nuestras propias vidas, lejos de lo que nos ataba y nos entristecía. Y mostrarle
mi país, pues le hacía mucha ilusión pisar tierras heladas.
Decidí hacer ese viaje yo solo. Shun lo hubiera querido así. Es tan
injusto... de todas las personas que he conocido a lo largo de mi vida, él era
quien menos se merecía ese final. Y yo no pude hacer nada por él. Me siento
impotente, cansado. Hasta en sus últimos momentos se preocupó más por mí

10
que por él mismo. Hace tres semanas no sólo fue él el que murió, aquel día
también murió lo poco de mí que quedaba.
No sé donde terminará este viaje, Seiya. Por ahora, el tren llegará a
Moscú dentro de un mes y medio. Quiero conocer mi propio país, pues como la
inmensa mayoría de mis compatriotas, no he pisado la capital. Y quiero verla
con mis ojos antes de que la revuelta sea incontenible y el sistema acabe de
derrumbarse por su propio peso.
Ese es el horizonte más cercano que tengo. Ignoro qué será de mí.
También he pensado en regresar al Santuario. Nos prometieron un veto
indefinido, pero estoy reflexionando acerca de la posibilidad de salir de la
Orden. No estoy seguro, he de madurar mucho esa idea. Sólo sé que hice una
promesa y he de cumplirla. Tengo que reconciliarme conmigo mismo, y me da
igual caer en el intento. No quiero que nadie más sufra por mi culpa.
Aquí termino, amigo mío. Puedes escribirme a esta dirección, si así lo
deseas, hasta mitad de Diciembre, supongo. De cualquiera de las maneras, en
cuanto llegue a la capital volverás a recibir noticias mías.
Por favor, no me guardes rencor. Cuídate, y disculpa que no te escriba
en kanjis, ya sabes que se me da fatal. Espero que Shiryu también esté bien.
Dale recuerdos de mi parte.
Tuyo:
Hyoga

-2-

En aquel tren no se podía hacer mucho. Lo que más echaba de menos era
moverse. Por sus circunstancias, la formación le había convertido prácticamente
en un atleta, y tanto tiempo allí sentado le hacía sentir entumecido.
Procuraba bajar en cada cuidad aunque solo fuera para caminar un rato.
Sentía alivio al poder confundirse con la multitud, pues sus rasgos eslavos ya no
llamaban la atención. Observaba a la gente, y cómo iban cambiando sus
costumbres y apariencia a medida que avanzaban en kilómetros. Muchos
paisajes, dialectos, incluso lenguas completamente diferentes coexistían a lo
largo del inmenso país. Sólo captó algo en común entre las personas a las que se

11
tomaba la libertad de analizar: el ligero velo de tristeza que les nublaba. Pobreza
y sometimiento. Pese a todo, era un pueblo que sabía sacar alegría de donde
fuera.
Se preguntó cómo habría sido su vida de haber crecido como un
campesino cualquiera, sin más expectativas que sobrevivir a Siberia, hogar de
desterrados donde la esperanza hacía mucho que no se dejaba ver.
Solía aprovechar el tiempo muerto leyendo los periódicos que llegaban a
sus manos, tanto para ponerse al día de las revueltas como para coger soltura en
su idioma materno, tras tanto sin poder practicarlo. Ó, simplemente, pensaba; a
veces en su futuro, otras en su pasado. Intentaba recordar detalles ocultos en su
memoria, o vislumbrar acontecimientos relevantes.
Aunque durante el comienzo del trayecto dedicaba unos minutos diarios a
calcular el tiempo que llevaba en ruta, ahora que se daba cuenta ya habían
pasado prácticamente dos meses. Por el diario que tenía en el asiento de al lado
lo corroboró.
—Vaya, si hoy es 24 de diciembre... casi Navidad.
¿Cuánta distancia había cubierto? ¿Diez millones de kilómetros? La
cercanía a la capital comenzaba a notarse, se había percatado de la mayor
presencia de comerciantes cuando iba a dar una vuelta entre los vagones. Tal
vez en menos de una semana estaría pisando la Plaza Roja. Se permitió el lujo
de sentir el ligero escalofrío que todo nativo de las lejanías siente al llegar al
centro de su país. Llevaba años viviendo en Tokio, posiblemente la urbe más
descomunal del planeta, pero ni siquiera eso le iba a privar del orgullo de
sentirse parte de una cultura, y de reencontrarse con su propia identidad, casi
extinta.
¿Habría llegado su carta a manos de Seiya? Lo dudaba. Volvería a
escribirle, mejor una vez en Europa, si es que conseguía pasar la frontera
soviética. Por un momento, se dijo que sería irrisorio ver al Santo del Cisne
atrapado ante una mera barrera de inmigración.
—Qué demonios, ¿no querías pasar por una persona corriente? Ahí tienes
la dura realidad —se dijo.
Por megafonía anunciaron que se iba a efectuar una nueva parada para
repostar. El trayecto se reiniciaría a las seis de la mañana del día siguiente. Aún

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quedaban varias horas para que se pusiera el sol, así que podía buscar donde
echarse algo al estómago.
Recogió sus pertenencias, y tras dejar la maleta en consigna guardó cola
para salir del monumental vehículo. Entre el barullo pudo distinguir la placa de
la estación. Kirov. No se había equivocado, ya estaba en la etapa final del
recorrido. Aquella ciudad era conocida más que nada por el grupo de ballet que
llevaba su nombre, y no estaba demasiado lejos de suelo moscovita.
Paseó entre las calles de la pintoresca ciudad. Se respiraban aires festivos.
Habían niños jugueteando, hombres y mujeres en frenética actividad,
comerciando, comprando, hablando animadamente.
Un crío de grandes y claros ojos captó su atención: le recordaba a Jacob,
haciéndole reír para sus adentros.
Pobre chico, no había vuelto a saber de él. Seguramente habría crecido y
no le reconocería. Siguió al niño con la mirada y le vio correr junto con un
grupito hacia lo que parecía un enorme lago helado. Qué extraña sensación de
alegría flotaba en aquel lugar...
De pronto, notó que le tiraban de la manga del abrigo.
—Hey, señor, ¿quiere patinar? Mi padre alquila patines, ¡no le costará
mucho!
Un mocoso le miraba fijamente. Patinar había sido el único juego que
había conocido en su infancia. Cuando Camus se ausentaba por breves periodos
durante la primera etapa de su entrenamiento, se escabullía para deslizarse
sobre el agua helada con los demás niños de la aldea, hasta que cumplió los 11
años y se acabaron los juegos para él.
—¿Señor? —repitió el niño.
Él despertó de sus pensamientos, apoyando una rodilla en el suelo para
ponerse a la altura del chiquillo.
—Claro, me gustaría mucho. Llévame hasta tu padre.
De buen grado alquiló unos viejos pero cómodos patines al susodicho,
acompañándole el crío hasta la pista improvisada.
—¿Cómo te llamas?
—Sâsha, señor.
—Toma, Sâsha, para ti —dijo, dándole tres rublos.
—¡Muchas gracias!

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—Empléalo bien, ¿vale? Cómprale algo bonito a tu madre.
Sâsha asintió, entusiasmando. Hyoga le guiñó un ojo, y se dispuso a
patinar. Hacía una eternidad que no lo hacía, casi había olvidado lo mucho que
le relajaba. Cobró velocidad, dando vueltas alrededor del lago, pasando junto a
las parejas, padres con sus hijos y demás ocupantes.
El hielo, su elemento, parecía celebrar que lo manejara a su antojo con
perfección. Le agradó comprobar que su prodigiosa agilidad no se había visto
mermada.
—Feliz Navidad, Hyoga —dijo resignado, concentrado en la técnica.
Se dejó llevar, jugando a flotar por el cristal con la gracia del cisne que
llevaba dentro.

-3-

Moscú le había impactado mucho más de lo que podría haber llegado a
pensar. Llevaba tres días deambulando por la ciudad, recorriendo sus calles de
perfecta y sobria arquitectura, de estatuas de la revolución y gente metódica y
educada.
Solía sentarse en algún lugar tranquilo a observar el panorama. Si bien se
sentía parte de aquella megalítica ciudad, su corazón seguía vacío. Esos meses
en completa soledad le habían enseñado mucho, y le habían ayudado a meditar,
a buscar qué era realmente lo que deseaba.
Creía haber llegado por fin a una determinación. Se dirigió hacia el lugar
donde había acabado su camino en los dos días anteriores, la Plaza Roja. Le
encantaba, le sobrecogía. Faltaba poco para que anocheciera, y se empezaba a
notar que las gentes se iban retirando a sus hogares. Contempló a lo lejos el
Kremlin y la silueta de la hermosa catedral de San Basilio.
Tragó saliva. Si de verdad pensaba llevar a cabo lo que tenía en mente,
debía ser cuanto antes.
Caminó hacia el edificio. Le maravillaba sus formas y colores, su
imponente figura dominando el horizonte. En aquellos instantes sólo podía
pensar en una persona.
<<Mamá... estoy seguro de que te hubiera encantado estar aquí.>>

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Rezar por su alma en el centro espiritual del imperio era posiblemente la
mejor ofrenda que podría hacerle. El interior era impresionante, la luz se
impregnaba de los dorados de las representaciones que cubrían las paredes, y
había gente rindiendo culto en aquellos días festivos.
Ocupó uno de los tantos bancos que quedaban libres. Dejó la maleta
donde no le molestase y, tras entrelazar las manos, cerró los ojos, dejándose
llevar.
Su madre era la mayor cruz que llevaba en su vida. Las enseñanzas
religiosas que le había legado era prácticamente lo único que le quedaba de ella.
Hacía mucho que había dejado de creer, ¿cómo tener fe después de todo lo que
había vivido, dentro y fuera del campo de batalla? Aún así, quería mantener vivo
su recuerdo, y esa era la única forma. Su antigua obsesión se reducía a algo tan
simple como a la vez casi imposible de conseguir: como toda creyente, su mayor
deseo era poder descansar en tierra santa una vez muerta, para que su alma
pudiera regresar a donde era debido.
Y él no había podido hacer nada por realizar su deseo, siendo incapaz de
llevar su cuerpo hasta la superficie y darle sepultura.
<<Lo siento, mamá, poco más puedo hacer por ti. He llegado hasta aquí
gracias a tu sacrificio, sólo espero que donde quiera que estés, sigas velando
por aquellos a los que amaste... y que me guíes en el nuevo camino que voy a
empezar a recorrer.>>
Hizo la susodicha señal de la cruz sobre sus hombros, y se dispuso a
retomar el camino. Su siguiente destino se encontraba al sur, concretamente en
la milenaria polis griega. Allí pediría cita con el Patriarca, para comunicarle su
decisión.
Deseaba abandonar la Orden de Atenea.

-4-

Se volvió para contemplar la vista de la bahía de Atenas que se
vislumbraba desde la entrada al Santuario. Llegar hasta allí le había costado
varias semanas y algún que otro mal trago para atravesar suelo soviético. Tras
varias horas a pie por caminos que solo los miembros de la Orden conocían, por
fin estaba ante las imponentes ruinas que delimitaban el sagrado recinto.

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Hacía dos años que no pisaba el lugar. A simple vista todo parecía seguir
en el mismo estado. Subió por las endiabladas pendientes y los desgastados
peldaños, oyendo a lo lejos gritos y estruendo proveniente de los
entrenamientos. Algunos jóvenes hicieron ademán de impedirle el paso, mas
fueron interrumpidos por sus superiores.
Pudo captar el murmullo que quedó a sus espaldas.
—Es el caballero del Cisne.
¿Qué significaba ahora ese rango para él?
Al iniciar la ruta de las doce Casas sintió un nudo en la garganta. Nunca
olvidaría la primera vez que las atravesó y tuvo que enfrentarse a sus ahora
preciados compañeros.
Saludó con agrado a cuantos se cruzó, antes de pasar por sus templos.
Mu, Saga, Aioria, Shaka... El tiempo no había causado demasiados estragos en
ellos, pero pudo percibir cierto aire de senectud en sus auras.
Hombres aún en plena juventud, cuyos cuerpos y almas tenían cicatrices
ya arraigadas, dotándoles estas de ciarta apariencia de ancianos. ¿Verían los
demás lo mismo en él? Se sentía viejo y cansado.
Atravesó la oscuridad del templo de Libra, lleno por el eco de sus pasos.
Se detuvo, absorto en aquel espacio que tantos dolorosos recuerdos le traía. Allí
se enfrentó a Camus, allí rozó la muerte dentro del sarcófago de hielo, y allí
volvió a la vida entre los brazos de Shun.
Sacó fuerzas y continuó caminando, no podía dejarse llevar ahora por el
tormento. El paso por la siguiente Casa prometía ser igual de duro, o incluso
más. A los otros dorados les había dirigido un mero saludo cordial, cosa que no
sería posible con Milo del Escorpión. Le vio, con su figura alta e imponente, su
larga cabellera al viento y sus ojos directos, clavados en él.
—Noté tu presencia, que agradable sorpresa tenerte por aquí, Hyoga.
Su tono, entre afectuoso y amable, no parecía encajar con lo voraz de su
ímpetu. La relación entre ellos era bastante peculiar; siempre había sabido que a
su maestro y al hombre que tenía al lado les unía algo más que la amistad, o el
simple compañerismo. El que eran amantes desde hacía años y una de las
parejas más sólidas dentro del Santuario era un secreto a voces. Desde aquella
vez en que estuvo a punto de sucumbir ante su aguja escarlata, se había ganado
el respecto de Milo, pasando éste con el tiempo a tratarle de forma casi paternal.

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—A mí también me alegra verte... —le contestó— Esperaba encontrarte
aquí de camino al templo del Patriarca.
—Hace mucho que no sé de ti. Pasa y descansa un poco.
Aceptó de buen grado. Quién le hubiera dicho, cinco años antes, que el
terrible escorpión le iba a invitar a sentarse en sus aposentos privados...
Se acomodó en las estancias donde Milo residía, localizadas en el ala este
del templo, las cuales eran increíblemente acogedoras con respecto al resto del
conjunto.
El griego se sentó frente a él.
—¿Qué te trae a Santuario?
—He venido a hacer algo que postergué en su momento por no sentirme
preparado —comento, rompiendo un poco el hielo.
Decidió preguntarle algo, aunque le diera vergüenza.
—¿Dónde se encuentra Camus?
Milo sonrió. ¿Es que acaso pensaba que Acuario vivía allí, en su propio
templo?
—Suele dedicar estas horas a entrenar. Si piensas pasar aquí la noche no
tendrás problema alguno para verle.
Hyoga asintió, bajando levemente la mirada, gesto que hizo saber al
anfitrión que algo no iba del todo bien.
—¿Cómo estás en lo personal? Me llegó la noticia de la muerte del
caballero de Andrómeda. Créeme, sé lo que se siente. Yo vi morir a tu maestro
dos veces ante mis ojos.
Agradeció las palabras de apoyo del espartano, así como sus esfuerzos por
comprenderle. No podía pasar más tiempo allí, debía citarse con el Patriarca
cuando antes. Milo insistió en acompañarle, a lo que acabó accediendo. Le puso
al día de lo acontecido en el seno de la institución, desde el mandato de Shion
como nuevo líder hasta los últimos rumores que corrían por todos lados.
Afortunadamente, el templo de Acuario estaba vacío, pues no tenía fuerzas
suficientes para ver a Camus. Había podido ocultarle a Milo cuáles eran sus
intenciones, pero sabía que nada podría hacer ante la autoritaria presencia del
que fuera su mentor.
Finalmente, llegaron a las puertas del templo.
—Gracias.

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—Espero verte después, no olvides mi oferta de pasar la noche aquí,
Camus también estará gustoso de tenerte con nosotros.
Asintió con la cabeza y se despidió. Era surrealista: pasar la noche con
ellos, como si de un encuentro familiar se tratase. Pidió cita con el Patriarca, y a
los pocos minutos le hicieron pasar. Shion, majestuoso como acostumbraba, se
acercó a él posando las manos sobre sus hombros con gesto protector.
—Hyoga, hijo mío, no esperaba tu visita.
Le hizo acompañarle hasta las estancias, insistiendo en que se relajara y
comiera algo. Se permitió el lujo de disfrutar de su hospitalidad y prepararse
para lo que había ido a hacer.
—Y bien, dime, ¿en qué puedo ayudarte?
Hyoga respiró profundamente. Estaba tranquilo, sereno.
—Hace ya dos años que me disteis, al igual que a mis compañeros, el
permiso del veto indefinido. Dejé a vuestro cuidado mi armadura y me dispuse a
vivir al margen de la Orden. Este periodo de tiempo ha sido muy valioso para
mí, he podido reflexionar y explorar un lado de mi vida que hasta entonces me
era desconocido.
Shion escuchaba con atención.
—He servido a esta Orden desde que era niño. Lo he hecho con orgullo y
humildad, con ímpetu y entrega. He tenido vivencias y conocido a personas a las
que admiro y guardo en mi corazón... pero aunque la ame, gran Patriarca, hay
un hecho que no puede obviarse: yo no elegí convertirme en integrante del
batallón, se me fue impuesto como una forma de sobrevivir, y a ella me aferré.
Hyoga levantó el mentón, pronunciando con seguridad sus palabras.
—Lo que intento decir, Shion, es que deseo saber si cuento con alguna
posibilidad de abandonar esta Orden de Atenea. Deseo empezar de nuevo y
retomar mi vida donde la dejé cuando me arrebataron mi infancia y mi mundo.
La mirada grave del Patriarca evidenció su preocupación. Permaneció
varios minutos en silencio, meditabundo. Hyoga esperó, a que su mágica voz se
manifestara.
Al fin, así fue.
—Largos son los años que esta sagrada comunidad lleva en pie, casi
cuatro mil, durante los cuales sus historias han pasado a los líderes de

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generación en generación, manteniendo viva la llama que los Dioses prendieron
en tiempos inmemoriales.
>>Hyoga del Cisne, eres uno de los mejores guerreros que el Santuario
jamás ha tenido, todos tenemos muchas esperanzas puestas en ti. Sin embargo,
como bien has dicho, se te han abierto las puertas a otra vida, y al igual que se te
son reconocidas tus virtudes como caballero, también he de considerar tu
historial personal. Como Patriarca, mi deber es hacer justicia en todo momento
partiendo de los hechos ocurridos en el pasado, analizándolos y aplicándolos de
la mejor de las formas.
>>Hace tres mil años existió un joven caballero que pidió al Patriarca de
aquel entonces lo mismo que tú me pides a mí. Su nombre era Ithoba.
>>En consideración a tu noble persona, y a tu constante entrega para con
esta Orden, si sigues dispuesto a seguir adelante con tu deseo, te aplicaré el
mismo dictado que en su día él recibió.
Hyoga volvió a asentir. Shion se puso de pie, a lo que el ruso respondió
con el mismo gesto.
—Hyoga del Cisne, a partir de este momento quedas libre de cualquier
relación con esta Orden de Atenea, hasta que llegue el momento en que deberás
ejercer tu última misión, la cual deberás cumplir para abandonar plenamente
tus funciones. Serás llamado a entrenar a tu futuro heredero, deberás hacerlo
por el tiempo estipulado de seis años. Al término de los mismos habrás de
someter a tu pupilo a una prueba final. Si la supera, volveréis juntos a este
templo, donde se celebrará la ceremonia en la que él será nombrado nuevo
portador de la armadura que ahora mismo te pertenece, y tus días de caballero
habrán llegado a su fin. Si fracasa, deberás repetir el proceso.
>>Habrás de informar en todo momento de tu paradero hasta que se
escoja a un candidato ideal para que sea tu alumno. La elección es dura y larga,
por lo que puede que no recibas nuestra llamada en mucho tiempo. Durante
este periodo de espera deberás acudir igualmente a nuestra llamada si nos
encontramos en una emergencia. Hasta entonces, tu armadura quedará bajo mi
custodia.
Tras el dictado, se hizo el silencio. Hyoga agradeció las atenciones y se
despidió de Shion. No quería ver a nadie. La noticia de su deserción pronto se
haría pública. Estaba seguro de que Camus se sentiría humillado ante la retirada

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voluntaria de su alumno, y no quería estar presente para sentir su repulsa. Con
el dolor que llevaba dentro, ya tenía suficiente.
Atravesó el Santuario por el camino secreto que bajaba desde el templo
del Patriarca y evitaba atravesar los templos. Echó una última mirada y, tras
ello, volvió a emprender camino.
Una nueva etapa daba comienzo. Había roto temporalmente con sus
obligaciones con la orden, pero también había perdido ciertos privilegios, por lo
que tendría que buscarse la vida de alguna u otra forma.
Aunque en el fondo de su corazón habitaba el pesar, se sentía reconciliado
consigo mismo, pues había dado el primer paso y había salido airoso. Sonrió,
perdiéndose entre los parajes teñidos de rojo bajo la inminente puesta del sol.
Empezaba una nueva vida para él. Era el veintitrés de enero de mil
novecientos noventa y uno. Aquel día cumplía veintidós años.

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Capítulo 3

La duda había empezado a asaltarle con más frecuencia de lo normal, y
eso le preocupaba. ¿Había hecho lo correcto? ¿No sería más sencillo resignarse a
su destino y tragarse el pesar como le habían enseñado? ¿Para qué resistirse a
sucumbir cuando apenas quedaban esperanzas?
Aunque era pesimista por naturaleza, supo sacar templanza para apartar
esos pensamientos de su mente. Tuvo que tomar la decisión de hacia dónde
partir desde Atenas. Si pretendía establecerse en algún lugar del viejo
continente, ya tenía un serio hándicap en su contra: el idioma. Dado que no le
quedaron muchas opciones, la racionalidad le hizo escoger Francia como
destino final. Fue una de las tantas frases de Camus que tenía grabadas la que
determinó su elección: "ni la mayor de las fuerzas te será útil si no eres capaz
de hacerte entender".
Bajo tal diplomática excusa su maestro había dedicado las gélidas noches
del invierno siberiano a enseñarle su idioma natal, por lo que Hyoga era capaz
de comprender y chapurrear algo de francés.
Los días de viaje se le hicieron eternos, estaba cansado de aquella rutina,
prefería hacer frente a la incertidumbre de una vez. Al menos las
comunicaciones eran infinitamente mejores que en tierras soviéticas.
Recaló, al fin, en el sur del país galo, decidiendo apearse en la
antepenúltima estación de la línea. No supo porqué, simplemente sintió que era
el momento adecuado. Atravesó la estación entre el mar de personas que salían
o entraban al tren. Tras alejarse unos metros, pudo cerciorarse de que el
escogido se trataba de un bello y sencillo pueblo, pues el casco urbano se
encontraba a pocos minutos del lugar. Estaba situado en medio de un gran valle.
El verde brillante lo inundaba todo, y la temperatura, aunque fresca, era
agradable para la época del año en que se encontraban.
No sin cierta dificultad consiguió una habitación en un hostal, donde dejó
a mejor postor sus pertenencias. El dinero que le quedaba no le daría para más
de una semana, así que lo mejor era salir cuanto antes a buscar un trabajo. Se
miró al espejo, con la misma presión en la boca del estómago que hubiera
sentido de tener que enfrentarse al más temible de los adversarios. Se rió para

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sus adentros. En verdad le gustaba el reto. No podía hacer más que confiar en su
capacidad de improvisación.

-2-

A medida que pasaban las horas, le quedó claro que el motor comercial de
aquella comarca era el sector vinícola. De los sitios en donde había preguntado,
la mitad se dedicaba a dicha actividad.
No había tenido demasiada suerte. "No son buenos tiempos", era la
respuesta que había recibido, o al menos eso le había parecido entender entre
las palabras al viento de los comerciantes. Una mujer le había indicado que creía
que buscaban a alguien en la bodega del final de la calle.
Caminó, desanimado, hasta el lugar señalado. Estaba en el cruce de dos
calles, las cuales daban lugar a un cruce de suelo adoquinado. Las casas, de
madera y grandes ventanales, parecían inmutables. Aparte de las voces de los
niños que correteaban entre juegos, sólo se oía el ruido del viento y su agitar en
las ramas de los árboles.
Entró en el establecimiento. Era un pintoresco lugar repleto de vitrinas y
botellas, con un mostrador al fondo. No vio a nadie. Decidió sobre el mismo,
extrañado.
—¡Buenos días! ¡Enseguida le atiendo!
Una fina voz resonó desde lo que parecía el interior del local. Segundos
más tarde salió por la puerta un curioso hombrecillo algo entrado en años, de
rostro amable y frente prominente. Apoyó las manos en el mostrador,
sonriendo.
—¿En qué puedo servirle?
—Buenos días, monsieur... eh... yo... —titubeó— Quería saber si podría
ofrecerme un trabajo. Lo que sea.
El semblante del viejo cambió. Le miró de arriba a abajo, con aire
desconfiado, haciéndole sentir incómodo.
—Mmm... para ser tan flaco, tienes buenos brazos. Este año habrá buena
cosecha, necesito unos brazos jóvenes para la recolecta. Me sería útil tener a
alguien que se ocupe de eso mientras yo atiendo. Eres extranjero, ¿verdad,
muchacho? —espetó, con cara de póker.

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—Sí, monsieur... soy ruso.
Aquel gesto amenazador empezaba a ponerle nervioso. Un potente
alarido brotó de la garganta del dueño de la bodega.
—¡Marieeeee!
No obtuvo respuesta.
—¡Marieeee!
—¡Ya voy, padre! —se oyó a lo lejos.
—Mira a ver el nuevo éste, a ver si nos sirve. Yo tengo que preparar un
pedido.
Antes de darse media vuelta, echó una última mirada a Hyoga.
—Te estaré vigilando.
Él tragó saliva mientras asentía. El viejo desapareció, ocupando al
instante su lugar una joven. Iba vestida de faena, y un par de rizos negros se
escapaban del resto de la melena, recogida, encaramada por el sudor que cubría
su frente. Sus ojos verdes ofrecieron al fin algo de amabilidad.
—No le hagas caso a mi padre, es muy huraño cuando se trata de
desconocidos. ¿Entonces buscas trabajo?
—Sí.
—Ven por aquí. Estaba trasladando las últimas cajas de las reservas al
almacén.
Hyoga le siguió. El lugar era mucho más grande de lo que parecía desde
afuera. A lo largo de un pasillo se ramificaban salas de almacenaje y un pequeño
taller. La chica señaló una furgoneta, llena de cajas con el distintivo de la
bodega.
—Hay que llevarlas al almacén. Coge las que puedas y sígueme.
Las cajas eran pesadas, pero no tuvo dificultad para acarrear varias de
una vez. Siguieron con la tarea hasta haberla completado. Ella se secó el sudor
nuevamente y le sonrió.
—Yo sola hubiera tardado el triple. Si sigues interesado en trabajar con
nosotros, hay muchas cosas que hacer, este año no tenemos jornaleros para la
colecta de las viñas. Supongo que a mi padre le interesará contratarte si puedes
desempeñar cualquier tarea...
—Por mi parte no hay problema.
Ella iba a contestar cuando el hombre entró en el almacén.

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—¿Y bien?
—Servirá, padre —afirmó, con soltura.
—Bien, te daré una oportunidad entonces. Ven mañana, a las ocho en
punto. Si me convencen tus servicios, te pagaré semanalmente, ya hablaremos
del dinero.
—Muchas gracias, monsieur —respondió Hyoga, agradecido.
—Bien, ya puedes irte.
—Gracias. Hasta mañana.
—¡Adiós! —se despidió ella alegremente.
Padre e hija quedaron en silencio unos momentos.
—Padre, ¡pobre chico! Mira que eres agrio a veces...
—Tenía que ponerle a prueba, Marie. nunca se sabe. Ahora con la crisis
hay muchos extranjeros merodeando. ¡Y el negocio es el negocio!
Ella rió con dulzura. Al mismo tiempo, Hyoga emprendía el camino de
vuelta, ilusionado. Todo apuntaba a que finalmente la suerte estaba de su lado.

-3-

Frío. Como si por las venas le corriera nitrógeno líquido, congelando cada
centímetro de su inerte cuerpo. Quería hacerse un ovillo, concentrar el poco
calor que le quedaba, pero no podía.
Su vista nublada enfocó lentamente. Le contempló. Su piel, pálida como
la nieve, había cobrado un extraño tono azulado. Los cabellos, largos,
alborotados, parecían fibras de oro en una eterna suspensión. Su rostro, terso y
rígido cual porcelana, mostraba una serenidad reflejo del dolor y la resignación.
Conocía bien ese rostro. Luchó por recordar, por rescatar de su cerebro la clave
que eliminase la violenta angustia que la ignorancia le producía.
Fue como si de repente alguien arrancara el velo que le cubría los ojos,
mostrándole el camino de la verdad. Claro que sabía quién era aquel al que
observaba.
Soy yo...
Quiso gritar y huir despavorido, mas fue inútil. ¿Dónde estaba? Sacó
valor de la congoja para mirar hacia abajo, y la vista colmó de explicaciones su
insaciable desconcierto.

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Un sarcófago de hielo, del más puro jamás visto, nítido y sólido como
diamante. Y dentro, su cuerpo, como si de la más preciada pieza de un
coleccionista se tratase.
Pero, ¿cómo era posible? ¿Acaso su alma había quedado presa, ligada al
cuasi cadáver que se resistía a rendirse, condenándole a permanecer ahí hasta el
fin de los días? Por más que lo intentase, no podía escapar, sentía el peso de la
cadena que le mantenía anclado a la tumba de cristal en la que yacía.
Verse a sí mismo era un espectáculo dantesco, pero no fue comparable a
lo que en breve siguió. Se estremeció ante la sensación de familiaridad que ese
cosmos le producía. No, no era sólo uno, eran varios, cada uno totalmente
independiente. Bajó a ras del suelo, vislumbrando con horror cómo un grupo de
personas se le aparecían surgiendo de la nada, reales y fantasmagóricos al
mismo tiempo.
Deseó gritar, dejarse la garganta y suplicar que alguien acabara con
aquella tortura.
Sois vosotros...
Camus. Isaac. Shun.
Ellos no parecían haberse percatado de su presencia. Sus miradas, ahora
fijas en la víctima del cero absoluto, le atravesaban. El finlandés dio un paso
adelante.
—Esto nunca debió ocurrir, Hyoga. No deberías haber llegado hasta aquí,
debiste haber muerto aquel día bajo las aguas de Siberia, llevándote tu
insensatez a donde nadie jamás pudiera recordarla. Debiste haber muerto sin
que nadie lo lamentara. Mi sacrificio fue en vano. Justo castigo recibo ahora por
mi imprudencia.
Desapareció, tal y como había surgido. Cada una de sus palabras le
provocaron el dolor más agudo que había padecido hasta el momento.
El caballero de Acuario pareció abarcar todo el espacio y la materia que
aquella sala ofrecía. Sus ojos inexpresivos no permitían leer la mínima muestra
de emoción.
—Me equivoqué retrasando el momento. Te habría ahorrado estas horas
amargas si te hubiera sepultado bajo los hielos eternos el mismo día en que
quedaste a mi cargo. Nunca tuve dudas sobre ti: siempre supe que no estabas
capacitado. Si has llevado esa armadura, ha sido por pura compasión. Ahí

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permanecerás para castigar mi error, la culpa me acompañará hasta el
mismísimo Infierno.
Que acaba esta tortura, por favor... no lo soporto.
Shun... te lo suplico. Estoy aquí... sé que puedes sentirme...
Serenidad. Fue lo único que vislumbró en él. Su amigo. Su escudo. Su
apoyo.
—Tu mayor deseo siempre fue morir... —dijo Andrómeda dándole dio la
vuelta— Que así sea.
No me dejes... Maldita sea... no me dejes...
Se debatió, luchando por romper aquello que lo ataba, presa del pánico y
de la nueva dimensión de soledad que le esperaba.
Su propio grito le despertó. En un violento espasmo había quedado
sentado en la cama; el pecho se movía frenéticamente al ritmo de su corazón
desbocado, y un sudor frío le cubría la frente.
Trató de calmarse. "Sólo ha sido una pesadilla", se dijo, mientras
observaba la habitación del hostal.
Se refrescó la cara con agua fría, reflexionando acerca de lo que acababa
de ver en sueños.
No era supersticioso, pero creía en el posible mensaje del subconsciente.
No era la primera vez que tenía un dejavú a partir de lo soñado la noche
anterior. ¿Qué había sentido? Opresión, dolor, obstáculo, ataduras, pasado.
—Eres un hipócrita —musitó.
En una mañana normal los primeros rayos del alba le habrían ayudado a
despertar, pero aquella era gris. Se sentó en el marco de la ventana apoyando la
frente en el cristal, sumido en el sonido de las gotas rompiendo contra la
superficie. Odiaba la lluvia. La atmósfera plomiza le deprimía, pues le recordaba
demasiado a Japón, al insoportable clima de Tokio.
Quería perseguir una nueva vida. Por ello, cada vez que atravesaba el
marco de la puerta de esa habitación, se transformaba. Anhelaba un cambio,
alejarse lo máximo posible de su propia sombra. Y la mejor manera de alejarse
de Hyoga era la sonrisa. Sonreía en todo momento, se esforzaba por hacerlo,
despojándose de la máscara cuando su única compañía quedaba reducida a su
presencia.

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Llevaba casi un mes trabajando para los Dordogne. Se sentía muy
cómodo entre ellos, y afrontaba las largas jornadas con optimismo. Sin
embargo, algo le preocupaba. Le habían pagado hacía poco, pero el nivel de vida
del suelo francés era elevado. Había consumido sus últimos ahorros hasta el
punto de que le sería imposible pagar otra noche en la posada. Además de ser
muy temprano, no le daría tiempo a buscar algo más barato antes de acudir a las
bodegas, así que tendría que llevar la maleta a cuestas y, tras terminar en el
trabajo, probar suerte o pasar la noche en la calle.
Se apresuró a recoger, no había tiempo de compadecerse de sí mismo. Se
le había hecho tarde, así que tras despedirse de la amable casera apretó el paso
bajo la fina lluvia. Le rugía el estómago. No podía ser, ya se echaría algo a la
boca al mediodía.
Entró, puntual como siempre, a la tienda, dispuesto a olvidarse de su
realidad durante unas horas.

-4-

Estaba cansado; no había parado de trasladar cajas de un lado a otro, de
atender y arreglar goteras en todo el día. La temida hora de marcharse había
llegado. Se despidió de Marie, haciendo ademán de salir por la puerta cuando
percibió la voz de su jefe a las espaldas.
—Hyoga, espera.Ven un momento.
Obedeció, quedando a poca distancia del hombrecillo. Un temor se
apoderó de él. ¿Acaso había hecho algo mal? Por un instante temió quedarse sin
empleo.
—Dígame.
—Sólo quería saber dónde estás residiendo. ¿Tienes un alquiler?
—Oh, no... Me quedo en una posada, cerca de la estación.
El hombre refunfuñó, pensativo. Miró hacia Marie, la cual le instaba con
un gesto. Su padre masculló algo entre dientes, como si le costara soltar prenda.
Finalmente, lo hizo.
—Verás... Marie y yo estábamos comentando anoche que esta casa es
demasiado grande para los dos, y...
—¡Vamos, padre!

27
—Ya voy, ya voy —le recriminó—. Queríamos proponerte que te quedaras
a vivir aquí con nosotros. Si te parece bien.
Al ruso se le iluminó la cara. Por nada del mundo se hubiera imaginado
semejante propuesta.
—Eso sí —retomó el dueño—, te reduciré la paga en compensación. Y
estarás disponible durante las veinticuatro horas. ¿Qué me dices?
—Si no es molestia...
—¡Claro que no! —exclamó Marie.
—Bien. Acepto.
El viejo volvió a lanzarle una mirada grave.
—Confío en tu honradez. No me decepciones, muchacho.
—Prometo no defraudarle, monsieur Dordogne.
—¡Vamos! No te quedes ahí quieto. Marie, ¿por qué no le enseñas la
planta de arriba?
—Por supuesto —sonrió ella—. Ven, sígueme.
Hyoga cogió sus cosas e hizo lo indicado. Casi sin darse cuenta, Marie se
había convertido en una gran amiga. Formaban un buen equipo de trabajo, le
había ayudado a mejorar su pronunciación y le encantaba su humor ácido y
elocuente. No había conocido a muchas mujeres como aquella.
Subieron las escaleras que conducían a la casa. No era una vivienda de
dimensiones descomunales, pero sin duda era amplia y acogedora. Observó los
detalles a medida que atravesaban el salón, para doblar un pasillo que conducía
a los dormitorios. Se detuvieron ante el último de ellos.
—Esta es tu habitación. Ayer estuve arreglándola un poco, estaba segura
de que te quedarías —comentó animadamente.
—¿Y qué te hacía pensar eso?
—No sé, supongo que intuición femenina. ¡Vamos, entra!
Hyoga no se hizo de rogar. La contempló, entre los tonos violáceos del
atardecer. Le encantaba. El mobiliario era sencillo, apenas una cama, un
armario y un escritorio de colores claros, rematado todo por un ventanal a
preciosas vistas: el valle, y al fondo los viñedos.
Marie se acercó hasta quedar a su lado.
—¿Te gusta?
—Es estupenda. Gracias.

28
—No me las des. Dáselas a mi padre, fue idea suya.
—¿De veras? —inquirió, sorprendido.
Ella asintió, encontrando divertida su expresión.
—Al final del pasillo está el baño. Mi habitación está al otro lado del salón,
y la de mi padre es la contigua. Cenamos sobre las ocho, ponte cómodo y ve a la
cocina cuando acabes, voy a preparar la cena.
—De acuerdo.
Cuando se hubo quedado a solas miró a su alrededor. Deshizo la maleta,
organizando la poca ropa que llevaba consigo y sus enseres personales. Sobre el
escritorio dispuso un par de libros y demás objetos.
—C'est la vie... —pensó— Nunca sabes los giros que puede dar el camino...
Ojalá pudiera perder de vista la maleta, porque ello significaría, al fin,
estabilidad. Sin tener que convivir con la incertidumbre de la llamada de
Santuario, siendo consciente de que tendría que volver a desaparecer en
cualquier momento. No supo hasta que punto era bueno quedarse allí, cuanto
más tiempo pasara, más dura le resultaría la marcha.
Decidió dejar de darle vueltas e ir a la cocina a echar una mano. Se sentía
como un niño con zapatos nuevos.

-5-

Los días pasaron veloces, cuales estrellas fugaces en el firmamento.
Hyoga había perdido poco a poco el miedo escénico, y solía despachar
amablemente, con desparpajo. Había sido una gran temporada en lo personal,
se había metido tan de lleno en su cometido que había olvidado parcialmente su
cruda realidad.
Un año atrás, por aquellas mismas fechas, se encontraba en Kirov, al
norte de Moscú, pero el ambiente festivo que se respiraba en el pueblo era
prácticamente el mismo. Ajetreo y bullicio llenaban las calles, adueñándose de
las gentes de forma inconsciente. Las primeras neviscas del invierno no se
hicieron esperar.
Estaban los tres cenando, comentando la actividad del día y las ventas
logradas a lo largo de la semana, cuando el dueño tomó la palabra.

29
—Hyoga, el negocio ha ido viento en popa esta temporada, y en parte te lo
debemos a ti. Te has esforzado mucho. Si así lo quieres, puedes tomarte unos
días de descanso. ¿Tal vez quieras volver a tu país y pasar las fiestas con tu
familia?
Se formó el silencio. Marie le miró, esperando una respuesta por su parte.
Hyoga contestó despacio, sin perder la tenue sonrisa aunque sin mirarle a los
ojos.
—No tengo familia, señor.
—¡Entonces pásalas aquí! Será la primera Navidad en mucho tiempo que
no pasemos solos —señaló ella.
—Sí, Marie tiene razón. Esta es tu casa, ya lo sabes.
Él asintió, en señal de agradecimiento.
—Estupendo. Y ahora si me disculpáis, este anciano se va a la cama,
mañana será otro día.
—¡Pero padre! Esta noche es la inauguración del mercado.
—No, no, no... la juventud con la juventud.
Y dando a Hyoga una palmada en el hombro, marchó camino a su
habitación, dejándoles a ellos a solas.
—¿Te apetece ir a dar una vuelta? Me encanta ver las calles decoradas por
la noche, es como una especie de tradición.
—¡Claro! Vamos, te ayudaré a recoger todo esto.

-6-

Media hora más tarde paseaban entre las callejuelas manchadas del
dorado de las luces y la decoración. La gente se arremolinaba ante los
puestecillos, y a lo lejos, en la plaza, se escuchaban los cánticos de la coral.
Consiguieron un sitio desde donde tenían buena vista y el ruido no era
demasiado molesto, permitiendo la conversación.
Marie contemplaba el espectáculo, abstraída. Decidió formular la
pregunta que tenía desde hacía rato dando vueltas por la cabeza, sin dejar de
mirar al coro.
—¿Te has dado cuenta de que hace casi un año desde que llegaste, y aún
no sé prácticamente nada de ti?

30
Él sabía que aquel momento llegaría, tarde o temprano. Quería
responderle, ser sincero, pero sólo podía revelarle una parte de su historia. Aún
así, prefirió hacerlo a mentirle.
—¿Qué quieres sabes?
Ella le miró, deseando leer en su gesto.
—Busquemos un lugar más tranquilo.
Reanudaron la marcha a ritmo pausado, dejando que las piernas se
movieran por inercia.
—Antes dijiste que no tenías familia.
—Exacto.
Marie guardó silencio; no quería incomodarle con preguntas
impertinentes. Se sorprendió cuando Hyoga comenzó su relato.
—Nací en una aldea al norte de Siberia. Mi madre era rusa, y mi padre un
marinero japonés al que no llegué a conocer.
Ella escuchaba con atención, sin apartar la mirada perdida del frente.
—Cuando cumplí los siete años, ella compró con sus ahorros dos pasajes
de barco a Japón. Teníamos la intención de escapar de la miseria y encontrar a
mi padre, pero nos topamos con una tempestad, y sufrimos un naufragio. Yo
pude salvarme, pero ella... murió allí.
Pararon en una de las vallas que daban al lago. No había nadie más, solo
el cántico de los insectos y las estrellas titilantes.
—Tras eso me llevaron a Japón —prosiguió con voz pausada, mientras
ella le prestaba atención—. Me crié en un orfanato de Tokio, en donde viví hasta
el año pasado.
—¿Y cómo llegaste hasta aquí?
Él guardó silencio unos instantes.
—Guardo muy buenos recuerdos de mi estancia allí. Obviamente, yo no
era el único en aquel lugar. Tenía un grupo de amigos, prácticamente crecí con
ellos, les considero más mis hermanos que compañeros. ¿Recuerdas las cartas
que a veces recibo? Las escribe uno de ellos.
Cogió una piedra del suelo y la lanzó, formando ondas por toda la
superficie del agua.
—Entre ellos, estaba mi mejor amigo. Era mi máximo apoyo, la primera
persona que se abrió a mi cuando llegué a Japón, un país donde ser diferente es

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uno de las peores faltas que se pueden cometer contra la sociedad. Ya hace casi
dos años empezó a encontrarse débil. Murió en octubre. A mí se me vino el
mundo encima, no pude soportarlo. Así que decidí empezar desde cero, donde
nadie me conociera, y sin que nada me recordase a lo que dejé atrás. Volví a mi
país, y lo recorrí de un extremo al otro. Al llegar a Europa decidí venirme a
Francia, ya que sabía algo del idioma, y... aquí estoy —le sonrió, como queriendo
romper un poco el hielo que se había formado—. Esa es mi historia. Ahora te
toca a ti.
Ella se llevó uno de los rebeldes mechones de pelo que le cubrían la cara
detrás de la oreja. Le costaba hablar sobre sí misma, y consideraba que al lado
de lo que le había contado Hyoga, su trayectoria era ridícula.
—Vamos... —le animó él dulcemente —Si yo he podido, tú también.
—A ver, por donde empiezo... —suspiró ella, mientras las palabras se
transformaban en finas nubes de vaho— Mi familia lleva dedicándose a las
bodegas desde hace generaciones. Todas las imágenes que recuerdo de mi niñez
transcurren entre viñedos. Por aquél entonces, yo era ajena a las disputas. El
dueño de los campos era mi abuelo, y todos creían que mis tíos heredarían el
negocio, pero no fue así. Mi madre, la hermana menor, fue la que recibió en
herencia las escrituras. Mis padres aceptaron con humildad y respeto, pero no
fue fácil. A la muerte de mi abuelo la familia se dividió. Mis padres sacaron la
bodega adelante, y pudimos vivir con algo de holgura, nunca me ha faltado de
nada, no puedo quejarme... crecí con la conciencia del valor del trabajo y el
ahorro.
Hyoga la miraba; le encantaba esa fluida y melódica voz, su serenidad y
franqueza, y la fragilidad que, creía, se ocultaba tras su fachada.
—Mi adolescencia no fue nada del otro mundo, ya sabes —rió—. El
instituto, los amigos... tuve un novio durante tres años —un velo de tristeza tiñó
repentinamente su hablar—. Yo le quería, era muy feliz con mi pequeño mundo
y mis sueños. Mi ilusión era marchar a la Universidad en París y estudiar
filología, tal vez historia. Los dos soñábamos con la capital, escapar del pueblo y
vivir a nuestras anchas. Todo era tan frenético, tan sencillo... pero la vida me dio
un revés. Estaba a punto de terminar secundaria cuando mi madre murió,
nunca nos dijeron cuál fue la causa exactamente, puede que fuera por alguna
infección antigua y mal curada. Mi padre se quedó destrozado. Le conozco muy

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bien, y desde entonces no ha vuelto a ser el mismo. Decidí quedarme aquí y
ayudarle con el negocio, pues era consciente de que era la única que podía
sacarle adelante. Así que renuncié a mis sueños... pero no me arrepiento, en
ningún momento lo he hecho.
—¿Y qué fue de de tu novio?
—Me decepcionó. No estuvo ahí cuando más le necesité. Simplemente me
dijo que se iba a París, con o sin mí. Comprendí que nuestros caminos se
separaban. No he vuelto a verle desde entonces.
—Vaya... lo siento.
—No digas eso. Siempre he creído que si estás en un buen momento, y
todo lo que te ha ocurrido ha propiciado a que sea así, bienvenido sea. Me gusta
mi vida, he aprendido a no temer a nada ni nadie.
Él asintió, deseando poder aplicarse esas mismas palabras.
—Será mejor que volvamos, mañana hay que madrugar.
Emprendieron camino de regreso, algo aliviados por haberse quitado el
peso de encima, y felices por saber un poco más del otro.

-7-

El gran alivio que aquella charla y las que siguieron le habían producido
aceleró aún más el paso de los días, pero también el incremento de trabajo.
Precisamente una de esas noches, a vísperas del término de las fiestas,
llegó la hora del cierre. Marie colocó el cartel de "cerrado" en la puerta mientras
él recogía, dejando a punto la tienda para la siguiente jornada.
Acababa de despejar el mostrador cuando reparó en la joven. Sus miradas
quedaron suspendidas en un eterno cruce. Por unos momentos se detuvo el
tiempo, no hubo más en su concepción del mundo que ella y el retumbar de su
propia sangre en los oídos, corriendo a toda presión por las venas.
No se permitió prolongar la sensación. Adoptó una grave expresión a la
par que cargaba un par de cajas al piso superior, con paso tan veloz como sus
pensamientos, los cuales se agolpaban sin cesar, pisándose unos a otros.
No podía ser. ¿Acaso se había enamorado de ella?

33
Capítulo 4

Hyoga contempló la vista nocturna desde la ventana de su habitación.
Qué estúpido había sido. Durante las largas horas que le había llevado su
viaje hacia lo desconocido, había enumerado mentalmente las posibles
situaciones en las que podría verse inmerso. Cientos de variantes recopiló,
haciendo acopio de imaginación con el fin de estar preparado, cualesquiera que
fueran las adversidades. Creyó haberlas sopesado todas, pero no reparó en el
más sencillo y simple evento que se produce durante el transcurso de toda vida
humana.
Se había enamorado.
Golpeó el cristal con rabia contenida. Cuánto egoísmo por su parte. Había
escogido evadirse de su realidad, involucrando a terceras personas,
entrelazando sus vínculos, tejiendo una mentira en busca de un olvido frágil y
quebradizo, inestable. Sin pensar en las consecuencias.
Y ahora se enfrentaba a los hechos. Estaba seguro de haber visto en ella la
misma reacción química.
¿Y ahora, qué?, se preguntó, desesperado. ¿Huir y romper otro corazón?
Mejor dicho, dos. El de ella, y el suyo propio, su maltrecho corazón herido con
los palos que con los años había acumulado.
Se despreció, deseando no haber nacido. No estaba preparado para hacer
frente a la batalla que conciencia y deseo pugnaban por librar.
No la oyó entrar, ciego como estaba, ni cómo quedó a sus espaldas.
—Me has esquivado durante toda la cena. ¿Se puede saber qué demonios
te pasa? —inquirió ella, herida, ávida de respuestas.
Hyoga sintió que le oprimía el pecho. Un cúmulo de nuevas sensaciones le
arrasaban, y haciendo acopio de toda su templanza, brotó de sus labios las
palabras más sinceras y puras que pudo encontrar, concentrando la pena en una
contundente frase.
—Marie, no debes enamorarte de mí.
Ella no dijo nada. Le miraba, pero no se daba la vuelta. Su voz quebrada
no pudo contenerse por más.
—¿Es que no sientes nada por mí?

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Él cerró los ojos, buscando fuerzas. Al fin se acercó a ella, tratando de no
prendarse aún más de su mirada vidriosa.
—Yo no he dicho eso. Es simplemente qué no soy quién tú crees —dijo,
secando con los dedos la lágrima que recorría su mejilla.
—No me importa tu pasado, Hyoga.
—No quiero que sufras, ni que te ocurra nada. Yo no te convengo. Será
mejor que me marche, así...
Se había girado de nuev, hacia el cristal, cuando quedó sin palabras. Ella
se había abalanzado, rodeando fuertemente con los brazos su estrecha cintura,
escondiendo el rostro en su espalda.
—Quiero compartir tu dolor. Sé que ocultas algo, quiero ayudarte a cargar
el peso que portas sobre los hombros.
Rogó a Dios, a quién fuera o fuese que estuviera ahí, por una respuesta.
Porque él tenía esa maldita cualidad, la de ver morir a todos a los que amaba, y
se negaba en rotundo a volver a presenciarlo. Imploró el perdón de Atenea,
porque iba a traicionar a Santuario poniendo la vida de ella en peligro en otro
acto temerario.
Entrelazó los dedos de las manos con los de ella, y se aventuró a probar
suerte con la rebeldía.
—Si es así y va a haber algo entre nosotros, has de saber que guardo un
secreto. Si te lo revelo, podrías correr una suerte fatal —susurró—. Aún estás a
tiempo de rectificar. Me marcharé, desapareceré de tu vida, y no tendrás de que
preocup...
Ella posó uno de sus dedos sobre sus labios, impidiéndole terminar.
Hyoga desvió ligeramente la mirada, comprendiendo que estaba decidida.
—Vamos afuera pues, donde nadie pueda oírnos.
Bajo el amparo de la noche caminaron por las tierras, hasta llegar a un
descampado al final de las viñas. No se detectaba la más mínima presencia
humana entre la oscuridad.
Hyoga se adelantó unos pasos mientras observaba el brillante
firmamento. Señaló las estrellas.
—Dime, ¿has oído alguna vez hablar de los mitos clásicos? Las
constelaciones llevan sus nombres. Casiopea, Andrómeda, Hydra... leyendas
sobre mortales y dioses.

35
Ella atendía, contemplando los puntos de luz...
—Poseidón, Apolo, Abel. ¿Los conoces?
—Sí, he leído relatos —respondió sin mucho entusiasmo, pues no
comprendía el rumbo que estaba cobrando la conversación.
Hyoga no apartaba la mirada de las estrellas de su constelación. El cisne,
y de la Cruz del Norte, las que habían marcado su destino, y a las que pedía una
oportunidad.
—¿Qué pensarías si te dijera que estos dioses de la antigüedad han
seguido entre nosotros, reencarnándose en cuerpos mortales durante siglos
hasta nuestros días?
Marie le miró, atónita. Un fulgor estalló en los ojos de Hyoga.
—Pertenezco a una Orden milenaria, enterrada en el anonimato desde el
principio de los tiempos. Y desde ese comienzo, nuestra misiva ha sido proteger
a las sucesivas reencarnaciones de la diosa Atenea, y sus principios de justicia y
libertad. Soy un guerrero, y al igual que mis restantes compañeros defiendo la
causa guiándome por la constelación a la que pertenezco de nacimiento.
Calló por unos instantes.
—Te resulta difícil de creer, ¿verdad?
—Un poco... —murmuró ella.
Tenía que hacerlo, darle una prueba. Echó una última mirada a su
alrededor. Nada. No percibía nada. Confió en su suerte.
—Mi poder reside principalmente en el dominio del aguaen su estado más
mortífero: el hielo. Entrené durante años en Siberia para desarrollar mis
habilidades.
Extendió suavemente la mano, dejando la palma hacia arriba. Marie, algo
turbada, observó. Su rostro, al principio desilusionado y ausente, se fue
transformando paulatinamente en la mismísima cara del asombro. Sobre la
mano de él había aparecido una luz azulada. Un ligero viento frío le rodeó, a la
par que algo surgía entre sus dedos.
Él dejó que el cristal de hielo que había forjado cayera sobre las manos de
Marie, la cual contemplaba atónita cómo se derretía. Una vez agua, se mostró
entre asombrada y asustada.
—Sé que te cuesta asimilar lo que digo, pero has de creerme, no te miento.
He estado en la Orden desde que tenía siete años. ¿Recuerdas lo que te conté?

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No era mentira, pero tuve que omitir gran parte de mi historia. Cuando quedé
huérfano me llevaron a Japón. Allí pasé un tiempo en el orfanato hasta que me
asignaron mi lugar de entrenamiento. Caprichos del destino, volví a recalar en
Siberia. Allí pasé seis años, donde me formé como lo que soy... un asesino.
Posó su atención en unas rocas que había a unos treinta metros.
—¿Ves aquel montículo?
—Sí.
Respiró hondo y cerró los ojos. Iba a hacerlo. Tres años habían pasado
desde que empleara su técnica por última vez, por la que había sacrificado
largos y penosos días hasta dominarla. Podían descubrirle, cualquier caballero
de bajo rango que estuviera en las inmediaciones percibiría la perturbación en la
cosmoenergía. Si le advertían le tacharían de traidor, y no habría perdón por su
falta, ni para él ni para la inocente.
Anonimato. Esa era el principal dogma de Santuario.
<<Lo siento... pero esta vez he decidido por mí mismo. Y lucharé por
ello.>>
Marie lanzó un grito ahogado y cayó hacia atrás, al apartarse y tropezar
por la impresión. La misma aura azulada que envolvió la mano de Hyoga hacía
unos instantes le cubría por completo.
El caballero del cisne concentró su potencial en un mismo punto,
haciendo estallar el cosmos, ejecutando la mortífera coreografía que
representaba a su constelación. Lanzó un trueno helado hacia las rocas.
Se sintió despejado tras la descarga de energía. Tendió la mano a Marie
para ayudarle a levantarse, logrando que ella venciera el miedo que por un
instante se había apoderado de su razón. Se acercaron hacia el monolito de
helado cristal y ella lo tocó, retirando los dedos al sentir que el hielo le quemaba.
Lo había hecho. Y de pronto, la culpa se adueñó de él. Porque le había
dicho la verdad. Toda su verdad. Y se sentía miserable.
—Ahora ya sabes lo que soy. Bajo esta técnica han caído muchas vidas,
demasiadas. No soy nada más que escoria...
Ella sostuvo su faz, todavía fría por el uso del polvo de diamantes.
—No eres escoria. Tienes buen corazón: tus ojos son transparentes, veo
pena y dolor en ellos. Pero ya has compartido tu carga conmigo, y quiero
ayudarte a librarte de ella.

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Acarició una de sus manos con delicadeza. Tenía que hacer un último
esfuerzo.
—Aún hay algo más —le dijo con un hilo de voz, para que sólo ella fuera la
dueña de sus palabras—. Como te conté, me marché de Japón a la muerte de mi
amigo. Él era también guerrero. Tomé una decisión durante mi viaje, decidí
abandonar la Orden. Hablé con el máximo mandatario, y me concedió la
deserción, pero...
Ella aguardaba en vilo a que continuase. Sus pupilas eran apenas
insignificantes puntos negros flotando sobre el mar verde de sus iris, en total
tensión.
—He de cumplir mi último cometido. Tendré que preparar a un sucesor.
¿Comprendes lo que intento decirte? Tendré que pasar seis años en destino
incluso desconocido para mí, entrenando a un discípulo. Pueden llamarme en
cualquier momento. Durante este tiempo que he permanecido aquí he estado
aguardando a la llamada, sin que aún me haya sido comunicada. Seis años,
Marie, sin garantía de que sólo sean esos. Podría morir, podría fracasar, podría
ser destinado a batalla y caer en combate —se le llenaron los ojos de lágrimas—.
¿Entiendes ahora por qué no quiero que te involucres más? No es justo para ti...
yo no...
Y nuevamente ella le interrumpió, no dejándole continuar. Pero esta vez
fueron sus labios los que estorbaron la fluidez de sus palabras. Le besó
dulcemente, para luego dejar su frente unida a la de él, a la par que acariciaba
sus cabellos.
—No me importa renunciar a unos años si puedo tener el resto de tu vida.
Hyoga tembló; su respuesta. La había obtenido. Una luz por la que
arrastrarse en el más duro de los tramos, por la que dedicar las pocas fuerzas
que le quedaban y afrontar su prueba, todo por alcanzar lo que tanto anhelaba,
una vida mortal corriente y tranquila junto a ella, la que había abierto su
corazón no al espejismo, sino al verdadero Hyoga, sin máscaras ni mentiras que
esconder.
La abrazó y lloró en su hombro, pero no por despecho, sino por el
aturdimiento que le producía el sentirse querido por primera vez.

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-2-

Los rayos del sol le habían despertado hacía un buen rato, pero no le
importaba. Permaneció en la cama contemplándola mientras dormía. Le apartó
uno de sus rizos negros de la cara, dejando que volvieran a caer sobre sus
hombros desnudos. Desde que se sincerara con ella, habían luchado por lo que
les unía, y él sentía que cada día que pasaba su amor se incrementaba. No todo
habían sido buenos momentos. Su estela de muerte le seguía, y hacía ya varios
meses que Marie había perdido a su padre, fulminantemente, como ya ocurriese
con su progenitora.
La apoyó, quiso serlo todo para ella, sostener su mundo ahora que había
cambiado por completo, dedicándose en cuerpo y alma a ayudarla a sostener el
negocio que ahora le pertenecía por herencia, con su sudor, sus palabras de
aliento y, sobre todo, su devoción.
Casi sin darse cuenta, dos años distanciaban al día en que llegó de mano
del destino a aquel pequeño pueblo del sur galo. Sólo deseaba poder disfrutar un
poco más de la hermosa vista que tenía, pero la sombra que oprimía su corazón
desde hacía días no le dejaba. Un pesado presentimiento pesaba sobre él, y
aunque trataba de ocultarlo, cada vez se le hacía más dura la tarea.
La cubrió con las sábanas y se vistió, mostrando intenciones de dejarlo
todo a punto para poder abrir la tienda.
Estaba revisando el estado de las instalaciones exteriores cuando lo
sintió. Dejó caer lo que llevaba en manos y se levantó, sin volverse.
—Ingenuo... —se dijo.
Sí, ingenuo. Lo había sabido perfectamente, pero se había negado a
creerlo, disfrazándolo de presentimiento. Claro que lo sabía, aquello que le
había estado ensombreciendo el corazón los últimos días no era una
premonición: era un cosmos.
Y al alzar la mirada atrás, le vio. Reconoció en aquel joven la apariencia
misteriosa y arcaica, los rasgos duros, la mirada anciana y el cosmos imponente
que compartían los miembros de Santuario.
Dicho joven se despojó de la parte de su capa que le cubría parcialmente
el rostro. Pudo percibir con claridad su voz cuando quedó cerca de él.
—Vos sois Hyoga, Caballero del cisne. ¿Estoy en lo cierto?

39
—Sí.
El joven era realmente imponente. Debía pertenecer a la nueva estirpe de
Santuario, a los nuevos guerreros reclutados por Shion.
—Os hago llegar órdenes directas del sumo Patriarca. Ha llegado la hora,
como quedó acordado. A medianoche deberéis esperar en la plaza principal de
este pueblo, allí os esperará un vehículo, el cual os transportará hasta el puerto
de Brest. Os embarcaréis ahí hacia vuestro destino. Recibiréis más indicaciones
cuando sea el momento adecuado.
Hyoga asintió.
—Gracias por vuestro comunicado. Llevad a Shion mis más sinceros
deseos de agradecimiento. Ahora partid de nuevo a Santuario, bajo protección
de Atenea.
Y así, sin más, el joven emprendió el regreso, sin que nadie reparara en él.
Hyoga le contempló mientras se alejaba, convirtiéndose en una mancha difusa
en la lejanía. El viento agitaba su cabello.
Se volvió hacia la casa y allí estaba ella, envuelta en un chal blanco que
resaltaba aún más el contraste entre su piel cremosa y su melena azabache.
No hizo falta que mediaran palabras. Con tal solo ver la expresión de
Hyoga, ella supo lo que había ocurrido. Se la estrechó entre los brazos, con la
mirada perdida al vacío. Marie se refugió en su calor, disfrutando de aquellos
instantes que sabía no volvería a tener en mucho tiempo, afrontando su dolor
como parte del trato. Reuniendo fortaleza por él, debía de ser fuerte y aguardar
a su regreso. Así lo había elegido, y así sería.
La voz cálida y enigmática del guerrero le sacó de sus pensamientos, sin
poder dar crédito a lo que el mensaje decía.
—Cásate conmigo.
Marie no le soltó. Siguió aferrada a su torso, a sus brazos, rogando para
que el dios Crono detuviera el tiempo, aunque solo fueran unas horas.

-3-

No hubo testigos. No hubo sonrisas ni deseos de felicidad. El reloj del
campanario marcó las doce en punto. La noche reinaba, nada deshacía la
tranquilidad de las calles desiertas.

40
El vehículo esperaba a lo lejos. Hyoga contempló a la que ahora era su
mujer, guardando para siempre en su memoria su rostro. Ignoraba qué le
deparaba el futuro, pero no se arrepentía de nada de lo que había hecho. Y
estaba decidido a darlo todo por volver allí, a donde pertenecía.
La besó. No quisieron que fuera una despedida, y por ello no hubo
intercambio de palabras. Se habían entregado el uno al otro en el más puro
secreto, violando nuevamente otra de las reglas sagradas que el código de la
Orden exigía a sus miembros.
<<Por su dolor y por el mío, lo conseguiré. Saldré airoso de mi última
batalla.>>
Y tras jurarse a sí mismo aquello, emprendió la marcha. Volvió la vista
atrás, una única vez. Ella le instó con un gesto a que siguiera, tratando de
retener el llanto.
Montó en la destartalada furgoneta que aguardaba. Arrancaron. Dentro
estaba oscuro, no sabía quién la conducía, ni le importaba. Se tumbó entre los
sillones, dejándose mecer por el brusco movimiento de aquel viejo carruaje que
le conducía a puerto. Si nada fallaba, llegaría al mar a primera hora de la
mañana.
Creía estar preparado para afrontarlo, pero no era así, ya no sólo por el
dolor que le producía dejarlo todo nuevamente atrás, sino por pensar en el que
pronto sería su nuevo papel: iba a tener un discípulo.
Por primera vez no sería alumno, sería maestro.
Maestro...
Murmuró la consabida palabra. Era así como antaño llamara a Camus.
Parte del destino de la Orden caía en sus manos, pero también una vida a la que
tendría que modular durante los dos próximos trienios. Un reto por el que tenía
que desvivirse.
Pensó en Camus. Había cumplido los veinticuatro años hacía apenas unas
semanas. ¿Qué edad tenía Acuario cuando quedó bajo su tutela? Posiblemente
era más joven que él. Intentaría estar a su altura y conocimientos, si bien
tendría que idear una metodología.
No supo ni como, pero consiguió dormitar un rato, tal vez para evitar que
los pensamientos le turbaran aún más. Se quedó dormido, viendo de nuevo su

41
rostro, recreándose en ella para sacar fuerzas, para poder sonreír y exigirse a sí
mismo más de lo que pensaba podía dar.

-4-

De nuevo el mar. El aroma salado del yodo, el viento fresco, el travieso
graznar de las gaviotas... por muy dispares que fueran los diversos puertos del
mundo, todos tenían algo en común.
Su barco saldría en unos minutos. Embarcó en aquel pequeño navío, con
las otras cinco personas que seguían el mismo camino. Era una embarcación
vieja, pero de aspecto resistente.
Sólo sabía que debía ir ahí. Desconocía aún a dónde le llevaban. Había
recibido instrucciones precisas al abandonar la furgoneta.
<<Cuando lleguéis a vuestro destino final, alguien os estará esperando
para daros nuevas indicaciones.>>
Se alejaron de la costa. Apoyado en la barandilla con sus pocas
pertenencias agolpadas en una maleta a sus pies, vio a la tierra desvanecerse
entre la neblina. Tristeza. Se cuestionó si de verdad llegaría el día en que ésta
terminaría para él. Tal vez estaba destinado desde que nació a conocer una
penuria tras otra.
No era momento para pesimismos.
Un hombre trabajaba con afán en la cubierta. Se acercó a él, preguntando
con cautela:
—Disculpe... ¿podría decirme el destino de este barco?
El hombre le miró, sorprendido. Echó una media sonrisa sarcástica.
Posiblemente le habría tomado por borracho. ¡Mira que preguntar a dónde iba
el barco en que se había metido!
—Haremos escala en el norte de las costas escocesas dentro de tres días, y
de allí partiremos hacia Reykjavik, aunque nuestra última parada será al norte
del país, en Sudureyri. De todos modos ust...
—Gracias... —le dijo, no dejándole continuar.
En su mente, ahora sólo resonaba una palabra.
Reykjavik.

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Muy apropiado. El lugar ideal para cerrar el círculo. Allí iba a pasar los
próximos seis años de su vida, internando a otro pobre desgraciado en el
laberinto del que difícilmente podría escapar.
Su prueba le esperaba, de nuevo entre glaciares.
La pasaría en Islandia, la tierra del hielo.

43
Capítulo 5

Observó con cierta curiosidad las labores de las gentes a la llegada a
puerto de los pesqueros. En un pueblo tan pequeño y aislado como aquel, el
recibimiento a marinos y comerciantes era prácticamente un evento a festejar.
Volver a tierras del norte le inspiraba un cierto aire nostálgico, tal vez por
la característica luz mortecina y las bajas temperaturas.
Distinguió en el horizonte la embarcación en la que llegara una semana
antes, la cual constituía el único medio de transporte viable para trasladarse a la
capital, a falta de buenas conexiones por tierra. Poco a poco se fue acumulando
gente a su alrededor, posiblemente esperando a lo mismo que él.
Decidió apartarse de la multitud, apoyando el pie en uno de los muchos
agarres para las amarras de las barcazas. Desde allí contempló con vista
privilegiada la llegada a puerto, la ruidosa bienvenida, el descargue de
mercancías y correo. En cuestión de minutos todo volvió a la calma, quedando
tan sólo una pequeña figura en el muelle.
Le analizó con lentitud. Pese a ser aún un niño, tenía fortaleza, su
estatura era más alta de lo habitual para su edad. Vestía un largo abrigo y una
maleta. De tez clara y cabellos rojizos como el fuego, vio cómo sus ojos buscaban
al vacío, asomando entre el alborotado flequillo.
Era él.
Se acercó, dejando que el chico reparase en su presencia.
—Dime, ¿estás esperando a alguien? —le preguntó, como si de un juego
en clave se tratara.
—¿Y usted, busca a alguien en especial? —contestó no sin cierta reserva,
dejando ver entre líneas que habían dado el uno con el otro.
Hyoga sonrió.
—Bienvenido al confín del mundo. Vamos, emprendamos camino, hay
unas dos horas a pie hasta nuestro refugio.
Comenzó a caminar y el muchacho le siguió, algo intimidado. Guardaron
silencio durante largo rato. No llevaba más de quince minutos salir de la
población. El resto del camino seguía por campo abierto, siguiendo el curso de
una pobre carretera prácticamente sin asfaltar. La baja altitud de la zona

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contrastaba con la cercanía a los glaciares. Estaban en una zona remota, la más
aislada de la Europa occidental.
El chico avanzaba a su izquierda, abstraído. Recordó el día en que vio a
Camus por primera vez. Estaba muerto de miedo, y no quería que para él fuera
así.
—¿Cómo te llamas?
—Alar, señor. Soy irlandés.
—Vaya, Irlanda... entonces la sangre de los celtas corre por tus venas.
Alar esbozó una tenue sonrisa.
—A partir de este momento, si tienes cualquier pregunta que hacerme, no
dudes en consultármela, ¿de acuerdo?
—Sí, señor...
Qué rara sensación le producía aquel trato por su parte. Lo había estado
pensado durante aquellos días, y estaba prácticamente decidido. Quería ser un
buen maestro, estricto y disciplinado, pero a su vez, quería mantener el trato
humano. Darle a su alumno aquello de lo que él careció durante su
entrenamiento.
—Puedes llamarme Hyoga, si así deseas.
Siguieron caminando a paso ligero. A lo lejos el cielo parecía oscurecerse,
posiblemente llovería a lo largo de la tarde.
—Maestro Hyoga... —dijo, dubitativo — Exactamente, ¿cuál es el objetivo
de mi presencia aquí?
—¿Alguien te ha hecho conocedor de lo que acontece en nuestra Orden y
sus propósitos?
—No demasiado... sólo me dijeron que era uno de los elegidos.
Tal y como había supuesto. Él tampoco sabía nada cuando le enviaron a
Siberia. Decidió relatarle todo aquello referente a la existencia de Santuario, las
leyendas y la actualidad, la hegemonía de Atenea, el papel de sus guardianes;
tras terminar con su relato, iba a pronunciar una pregunta, cuando de repente el
corazón le dio un vuelco.
Iba a preguntarle exactamente lo mismo que en su día Camus le hiciera a
él. Había sido un acto inconsciente, pero se sintió viejo, responsable de aquel
chiquillo, como un padre que enseña a su hijo lo mismo que antaño aprendiera
de su propio progenitor.

45
—Dime, Alar... tras todo lo que te he contado, ¿por qué quieres ser
caballero?
Su respuesta no se hizo esperar.
—Siempre me he sentido distinto a los demás. Puede que al convertirme
en caballero encuentre la solución a la extraña sensación que llevo dentro de mí,
como si estuviera llamado a algo que no puedo entender.
Hyoga asintió. Casi sin darse cuenta, habían cubierto la mayor parte del
camino. A lo lejos se veía la costa. Señaló a la ladera que se extendía hacia el
este.
—Vamos por aquí, ya estamos cerca.
No tardaron en divisar la pequeña casa de madera que les serviría de
morada durante su convivencia. Tenía un par de habitaciones, con una cama
para cada uno y los utensilios necesarios para poder llevar una vida más o
menos normal, dentro de las circunstancias. No se avistaba presencia alguna a
los alrededores, tan solo el rugir del mar contra las rocas y el viento, que azotaba
con bravura todo aquello que encontraba a su paso.
Alar se instaló, mientras Hyoga observaba que la luz diurna remitía
velozmente. Estaban a finales del mes de febrero, en pleno invierno, así que a
primera hora de la tarde caería la noche cerrada sobre ellos.
Su alumno se acercó a él, y contempló a su vez la inmensidad del océano,
la deslumbrante belleza de la naturaleza en su más puro estado.
—Como has de saber, el cuerpo humano se compone de un setenta por
cierto de agua. A lo largo de tu entrenamiento, te introduciré en las técnicas de
combate propias del signo que te rige. Eres acuario, tu poder residirá en el
elemento líquido y la congelación. Durante los próximos siete días te enseñaré
lo necesario para que aprendas a descomponer la materia en átomos y poder
adquirir la destreza necesaria, pero antes, has de forjar tu resistencia a las
temperaturas extremas.
Le miró a los ojos.
—Tu cuerpo necesita estar en un umbral térmico para poder vivir. Si bajas
de los treinta y cinco grados, morirás. Si sobrepasas los cuarenta y tres, correrás
igual suerte. Sin embargo, ¿sabes a que temperatura se congela el agua?
—A los cero grados centígrados, maestro.

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—Correcto. La base de la técnica de la congelación reside en crear dos
corrientes totalmente opuestas: por un lado, has de concentrar cada partícula de
humedad que haya en el aire, modulando su velocidad atómica hasta conseguir
transmitir tu energía convertida en hielo, y por otro, has de tener cuidado de no
sobrepasar la frontera de los treinta y cinco grados, es decir, has de actuar sobre
tu propia materia para no morir de hipotermia.
El chico asentía, confundido.
—Sé que al principio te resultará duro, pero si te esfuerzas, llegarás a
hacerlo inconscientemente. Lo importante ahora mismo es que tienes que
trabajar tu resistencia a las condiciones climáticas. Pasarás la noche aquí, frente
al mar. La temperatura puede que baje a menos cinco. Busca la energía que
duerme en tu interior, encuéntrala y explótala. Lucha contra las inclemencias.
Con los primeros rayos del sol vendré a buscarte.
Alar asintió, apretando los puños, y se volvió al mar. Hyoga se alejó,
camino a la casa. Recordó lo dura que le resultó esa primera prueba. Si para él,
siberiano de nacimiento, acostumbrado a soportar temperaturas de veinte
grados bajo cero durante todo el año, la primera noche supuso un martirio, para
su alumno podría ser peor.
Pero así debía de ser. El camino a caballero era penoso, no ser inflexible
sería aún más cruel que someterle a las peores penurias, pues no le
acostumbraría al infierno que de seguro le esperaba.
Las horas volaron. Sentado en su cama a la luz de las velas que
constituían la única fuente de iluminación en aquel lugar donde la mano del
hombre estaba prácticamente olvidada, inició un diario de seguimiento en el
que pensaba anotar cualquier detalle referente al proceso de aprendizaje.
Y entre línea y línea, reflexionaba y recordaba. Pensaba en ella. Seis años
de aislamiento, sin recibir ni dar noticias del exterior.
Dejó el pequeño cuaderno sobre la mesa y se echó sobre la cama. Debía
descansar, posiblemente amanecería antes de las seis de la mañana, y la
siguiente jornada se presentaba dura.
Confió en la fortaleza del chico, y en que las estrellas hubieran hecho una
buena elección al escogerle como futuro miembro de la Orden.

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-2-

Tal y como había prometido, el sol empezaba a asomar cuando fue en su
busca. Le encontró con el mismo gesto reacio y rígido, el cuerpo erguido, los
brazos extendidos, el rostro forzado y desencajado por el agotamiento.
—Alar, ¿puedes oírme?
Tardó en reaccionar. Volvió lentamente la cabeza, hasta alcanzarle con la
mirada. Temblaba, su rostro estaba pálido, ligeramente azulado, pero en su
expresión se denotó un aire de victoria antes de caer desfallecido.
Hyoga le tomó entre los brazos y le llevó hasta la cabaña. Una vez
habiéndole tendido en su lecho y tras despojarle de los ropajes, observó los
efectos que las gélidas temperaturas habían producido en él. En sus
extremidades se apreciaban indicios de congelación, pero temía que los daños
hubieran sido mayores.
Procedió a descongelar los dedos de sus manos, los que parecían haber
sufrido más, en vista al tono violáceo de las uñas. Había aprendido la técnica
mucho antes de iniciarse como caballero, si bien su desarrollo del cosmos le
había llevado a perfeccionarla. Poco a poco fue reactivando la circulación
sanguínea, tras lo que le cubrió con las mantas que logró reunir.
Estaba ocupado en otras tareas cuando le oyó hablar con voz débil.
—Maestro, yo... no lo he conseguido...
Se acercó a él, sentándose a su lado en el lecho.
—Todo lo contrario, lo has hecho muy bien. Ya verás que pronto
conseguirás acostumbrarte. Ahora descansa, te traeré algo caliente, has de
recuperar fuerzas.
Y así, la mañana trascurrió apacible. Aprovechando el descanso del chico,
siguió explicándole fenómenos físicos que serían de suma importancia para su
técnica: el comportamiento atómico, la oscilación térmica, pero sobre todo, el
encontrar su propio cosmos.
—¿Cómo es el cosmos, maestro?
Pensó unos instantes acerca de cómo describírselo.
—Es una luz que duerme en tu interior. Cuando solo la oscuridad te
envuelva y vislumbres esa luz, abrázala, explótala, y tu cosmos estallará, sentirás
que tu cuerpo se desvanece para convertirte en pura energía. Todos los

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humanos lo tenemos, pero sólo unos pocos poseen la capacidad de ser
conscientes de ello y elevarlo a su máxima potencia. Y tú tienes esa cualidad,
Alar, sólo que todavía no sabes cómo desarrollarla.

-3-

Y así, pasaron tres días y tres noches bajo el mismo proceso. Largas
noches de lucha y días de recuperación, pero en constante evolutiva. Hyoga solía
observar de madrugada el esfuerzo de su alumno por encontrar aquella luz que
le había descrito. Le veía luchar, contra la inclemencia climática, y contra sus
propias barreras.
Y a la cuarta noche, lo sintió. Estaba observándole desde lejos cuando
percibió una perturbación en la energía. De un brusco movimiento se incorporó,
expectante.
La conmoción era cada vez mayor. Pudo vislumbrar una débil áurea
violácea a su alrededor.
Estaba muy cerca de conseguirlo.
—¡Vamos Alar, puedes hacerlo! —le gritó.
Y el irlandés consiguió, al fin, encontrar su cosmos y hacerlo estallar.
Lanzando un potente grito hacia las estrellas, su energía rebosó a su alrededor,
su áurea era potente, intensa y llena de jovialidad.
Hyoga corrió hacia él. Sólo habían pasado cuatro días, y ya había
alcanzado ese nivel. Estaba, sin duda, frente al que podría llegar a ser un temible
guerrero, las cualidades innatas que poseía eran impresionantes.
El chico cayó de rodillas, extenuado por el esfuerzo. Al quedar su maestro
a su lado, levantó el rostro, mirándole. Obtuvo una gran sonrisa y una mano que
le ofrecía ayuda para incorporarse, a la que respondió con gratitud.
—Lo has conseguido. Al fin has sentido tu cosmos. Recuerda, será la base
de toda técnica, la esencia de tu andadura como caballero. Conocerás cosmos de
todo tipo, desde los más hostiles hasta los más puros, entre los que se encuentra
el de nuestra diosa. Pero no olvides que aquel que te resultará más complicado
de desvelar y comprender, será el tuyo.
Quedaron frente a frente. Le señaló una de las paredes de piedra que les
rodeaban, al borde de los acantilados.

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—Cuando hayas desarrollado completamente esta habilidad, podrás
modular con facilidad la actividad atómica de la materia que te rodea, y emplear
la técnica para múltiples funciones. Observa con atención.
Alar puso todos sus sentidos en su maestro, palideciendo cuando éste
concentró su energía, pudiendo notar cómo su presencia le absorbía, cómo la luz
azulada que emanaba de su cuerpo le envolvía. Hyoga, de un descomunal golpe,
hizo añicos la roca, dejando en ella una abertura de circunferencia perfecta.
Contempló el agujero asombrado. No podría haber imaginado que su
joven mentor poseyera semejante poder.
—Éste será tu próximo objetivo. Esfuérzate y pon en práctica la teoría de
la que te he hecho conocedor. Utiliza la fuerza de tu interior, pues al igual que es
fuente de vida, es fuente de destrucción. De tu propia ética depende el que
emplees tus extraordinarias cualidades para obrar el bien.
Y allí le dejó a solas con su próximo adversario, aquel muro de piedra,
aquel agujero al que tendría que imitar. Golpeó y golpeó hasta destrozarse los
nudillos, mas no desistió, estaba decidido a conseguir imitar tan demoledora
acción.
Hyoga meditó acerca de sus palabras.
Obrar el bien. ¿Qué bien es ese por el cual se han de sesgar vida? Qué
subjetiva es la verdad, no hay mal, sólo diferentes puntos de vista según el
bando al que se pertenece. Pero eso es algo que sólo la vida y la experiencia
pueden enseñarle.
Porque la vida era dura, y cada uno trazaba su camino a base de las
propias vivencias. Y de las personas con las que se cruzara, algunas de las cuáles
le acompañarían durante un gran tramo, mientras que otras se desvían para
nunca volver. Y de cada una de ellas, algo se conserva.
¿Cuántas personas se habían cruzado en su camino? Muchas, de las
cuales, siempre guardaría en su corazón a algunas que ya no estaban ahí, y por
las que deseaba seguir rezando, creyendo y luchando.
Por gratitud y esperanza.

-4-

—Vamos, levántate e inténtalo otra vez.

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Alar escupió la sangre que le brotaba del labio y volvió a ponerse en pie.
Adoptó la posición de defensa y trató de parar la ofensiva de su maestro.
Llevaban varias horas entrenando la batalla cuerpo a cuerpo, y los golpes
comenzaban a pasarle factura.
Estaba a punto de defenderse de un certero golpe al costado cuando vio
una silueta a lo lejos. Hyoga paró gradualmente al ver su extrañada expresión.
—Maestro, mire. Hay alguien ahí.
Y no era para menos el observar la presencia alarmado, pues desde que
llegasen al lugar, no habían tenido contacto alguno con otras personas.
Contempló esa silueta ya no tan lejana. Al principio no dio crédito a lo
que la percepción del cosmos le decía, pero no tardó mucho en confirmar sus
pensamientos.
—Alar, continúa practicando la secuencia de movimientos y haz tus
flexiones. Me reuniré contigo dentro de unas horas.
El chico asintió y se marchó de allí, dejándole a solas con aquel hombre.
Hyoga aguardó a que su alumno se hubiera alejado para acercarse. El recién
llegado miraba hacia el mar, de espaldas a él. Su profunda voz rompió el
silencio, superando al eterno murmullo de las olas estrellándose contra los
acantilados.
—Vaya... pensé que me matarías nada más verme, como prometiste —dijo
el foráneo.
El cisne se posicionó a su lado, también contemplando la inmensidad del
océano y sus tonos grisáceos.
—Ikki... de nada sirve guardar viejos rencores.
Se giró para mirarle a la cara. En todo aquel tiempo no había pensado en
la posibilidad de volver a encontrarse con él. Aunque se le notaba mucho más
adulto, seguía conservando la fiereza jovial que tanto le caracterizaba.
—Me ha llevado su tiempo conseguir desde Santuario que me revelaran tu
paradero. Tú maestro, quién lo iba a decir... —ironizó el Fénix.
—A veces el destino nos depara las situaciones más insospechadas.
Aquella conversación sin hilo empezaba a ponerle nervioso.
—¿Y qué te trae a Islandia? ¿Turismo? —increpó, irónico.
Guardó silencio durante unos momentos. La seriedad se adueñó de su
rostro. Incluso pudo ver cierto aire de dolor en él.

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—Tenía que verte, o acabaría por volverme loco.
Hyoga no esperaba esa respuesta. Comprendió que tras ese inesperado
encuentro se ocultaba una causa profunda.
—Ven, conozco un camino que lleva a unos parajes realmente hermosos.
Estaremos tranquilos allí.
Sin necesidad de mediar más palabras, caminaron durante un rato. El
sendero conducía a lo alto de una colina escarpada, desde la cual se divisaba el
mar abierto en todo su esplendor. Le gustaba acudir allí cuando tenía necesidad
de meditar. Ikki se sentó en una de las rocas que habían dispersas.
—Recibí cada una de las notas que me mandaste. Las leí todas, pero no
acudí. No lo hice, y no he podido perdonármelo desde entonces.
Él se acomodó a su lado, mirando al suelo mientras las palabras fluían
por su mente.
—De veras que no te guardo ningún tipo de rencor, pero por más que le
dé vueltas, no consigo entender por qué actuaste así.
Le miró a los ojos.
—No tienes ni idea de lo que sentí cuando te vi ahí, en medio del funeral.
Sentí tanta rabia e impotencia... Shun deseaba verte con todas sus ganas. Yo no
sé demasiado de esos temas, pero tal vez si le hubieras dado esa alegría podría
haber mejorado. Los médicos obviamente nunca supieron nada, pero estoy
seguro de que contener a ese maldito dios acabó por anular todas las defensas
de su cuerpo.
El portador de la armadura del Fénix volvió a hablar. Nunca le había visto
tan consternado.
—Siempre he actuado por mi cuenta, lo sabes bien. De hecho, Shun era lo
único que me motivaba a regresar entre vosotros. Pero tras lo que ocurrió en el
Hades, no pude volver a la realidad. Estuve a punto de matarle, no me atrevía a
mirarle a la cara, me remordía la conciencia. Además... —enfatizó, marcando sus
palabras con una profunda tristeza — después de aquello os vi tan unidos a ti y a
él que llegó un momento en que comprendí que Shun ya no me necesitaba, te
tenía a ti.
El ruso le miraba, atónito.
—Tú siempre fuiste mejor hermano para él que yo mismo, Hyoga.
Le hubiera abofeteado en aquel instante, pero se contuvo.

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—¿Cómo puedes decir eso? Shun te adoraba. Te admiraba y te apreciaba,
él nunca dudó de ti. Te respetaba tanto que nunca preguntó por qué
desaparecías, por qué te mostrabas tan esquivo. ¿Cómo puedes decir que te
remplazó por mí?
Cerró los ojos, calmándose.
—Oye... él era mi mejor amigo, le quería con locura, lo hubiera dado todo
por él, pero nunca quise ocupar tu lugar. Tú eras su hermano, tendrías que
haber estado ahí, pero no lo hiciste. Ya no puedes volver atrás para cambiar los
hechos. Sólo puedes estar seguro de dos cosas: que no me separé de su lado ni
un sólo minuto, y que él te quiso hasta el final, con el mismo fervor. Así que deja
de atormentarte.
Pronto anochecería, y la puesta de sol comenzaría de un momento a otro.
Tuvo una idea, proponiéndola de todo corazón.
—Si él pudiera estar aquí, seguramente habría deseado que los dos
superáramos nuestras diferencias. Sé que nuestra relación nunca ha sido buena,
pero creo que podemos hacer un esfuerzo por Shun, por él, que tanto significó
para nosotros. Aún conservo una parte de sus cenizas.
Volvió a incrustarle la mirada, serena y sincera.
—Démosle un último adiós juntos, Ikki.

-5-

Hyoga no tardó en regresar a la colina. Había bajado al refugio, dejándole
a solas mientras. Volvió con la pequeña urna que contenía los restos que no
habían sido enterrados en Japón.
Volvió a su lado, sosteniendo el pequeño recipiente entre sus manos.
Contempló la puesta de sol; la bola de fuego se ahogaba lentamente en las
aguas, tiñendo de rojo lo que tocaba. La voz de Ikki acabó con el silencio.
—¿Cómo va tu alumno?
—Hace ya dos años que le entreno. Dentro de poco cumplirá los trece.
Tiene un potencial increíble, su cosmos será terrible cuando logre desarrollarlo
completamente. Yo a su edad no había alcanzado ni la mitad de logros.
—Hace falta sangre nueva en la Orden, las mismas caras comienzan a
resultar repetitivas.

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Sonrió levemente por el comentario, invadiéndole la nostalgia. El
recuerdo de tiempos pasados, pero también la familiaridad, la necesidad de
hablar y contar sus propias penas, hizo que terminara por confesárselo.
—Me he casado.
Él volvió el rostro, con el ceño fruncido.
—Es el verdadero motivo por el que estoy aquí —prosiguió—. Qué egoísta
he sido siempre, ¿verdad? Anteponiendo mis asuntos personales a los de
Santuario... me estoy esforzando para darle a mi alumno lo mejor, pero las cosas
podrían ser distintas si sólo me moviese el puro afán de formar a otro integrante
de la Orden. Estoy cansado, Ikki. He arriesgado mis cartas por un sueño, por
una mujer. Y no me arrepiento. Vive tu vida como escojas, siendo consecuente
de tus actos... y que nada de lo ya acontecido te lo impida.
Le tendió la urna.
—Enterremos el dolor del pasado que nos tortura a los dos. Shun siempre
estará en nuestros corazones, démosle una última alegría mandándole a los
cuatro vientos nuestra despedida... dondequiera que esté.
Hyoga tomó un puñado de las cenizas, a lo que Ikki respondió con igual
gesto. Y dejaron que la brisa se las llevara lejos, muy lejos, a la bóveda que se
alzaba hacia el infinito para formar parte del más hermoso firmamento, y que su
recuerdo permaneciese brillante y eterno, como las mismísimas estrellas.
Notó como los ojos de su compañero brillaban. Se dio la vuelta y, tras
aferrar con fuerza su hombro, le dijo unas últimas palabras.
—Supongo que querrás estar a solas. Si deseas pasar aquí la noche, Alar y
yo te acogeremos con los brazos abiertos. Mas si no es así, espero que te vaya
bien. Hasta la próxima, si así ha de ser.
Y sin más, se marchó, dejando al noble caballero del Fénix
reconciliándose consigo mismo, y con aquello a lo que más había querido en
vida.

-6-

Alar seguía con sus ejercicios no demasiado lejos de la cabaña. Se detuvo
cuando vio cómo Hyoga se acercaba lentamente hasta quedar a su lado.
—Maestro, ¿estáis bien?

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Él asintió. Aquel día había aprendido algo muy valioso, y deseaba
legárselo.
—Alar, escucha bien lo que voy a decirte. No importa lo que pase, ni a lo
que te enfrentes, o cuanta gente te lo reproche. Nunca, ¿me oyes?, nunca olvides
quién eres, de dónde vienes y lo que amas. No dejes que nadie intente
arrebatarte lo que da calor a tu corazón, por mucho que te aseguren que será
fuente de debilidad.
El chico reflexionó las palabras.
—Vamos, ya está bien por hoy. Mañana será otro día y tenemos que
terminar de perfeccionar esa protección lateral tuya.
Se dirigieron juntos hacia el refugio. Y mientras caminaban, el irlandés
formuló una pregunta, lleno de duda y sana curiosidad.
—Maestro Hyoga... si no es impertinente, ¿quién era ese hombre de
antes?
Hyoga le miró, con una sonrisa.
—Un viejo amigo con el que tenía una deuda pendiente.

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Capítulo 6

Examinó con precisión la colocación de la articulación y los músculos.
—Respira hondo y aguanta.
Sujetó el hombro de Alar y dio un severo tirón hacia atrás, a lo que su
alumno respondió lanzando un grito ahogado de dolor.
—No te muevas.
Comenzó a prensar la zona de las clavículas con vendas.
—Tienes una luxación. En unos días debería estar bien, pero por lo pronto
no lo fuerces. Aplica frío hasta que se baje la inflamación.
Alar asintió. Aunque su técnica en la lucha cuerpo a cuerpo había
mejorado considerablemente, raro era el día en que no sufría las consecuencias
de los golpes.
Hyoga observó el rostro enjuto y ausente del chico. Le miró a los ojos.
—No te desanimes, todos pasamos por esto. Has de acostumbrarte al
dolor y las lesiones. Piensa que al menos te indicarán que no estás muerto.
—Sí, maestro…
Terminó de vendarle el torso, rematando la tela para evitar que la
compresión perdiera fuerza.
—Por hoy no continuaremos, esta noche debemos descansar, mañana a
primera hora emprenderemos camino. Por cierto, hoy han venido los
comerciantes, tenemos que preparar las provisiones y la cena. No todos los días
podemos presumir de tener la despensa llena —medio bromeó.
—Bien… os ayudaré, puesto que aunque tenga el hombro inservible aún
no he quedado manco.
Rieron ante la ocurrencia y se dispusieron a ponerse con la labor. Estaban
sentados a la mesa junto al tenue fuego que constituía la única fuente de
calefacción de toda la casa, cada uno a lo suyo, cuando Alar rompió el silencio.
—Maestro Hyoga, ¿habéis visto mucho mundo?
—Se podría decir que sí, algo que viajado. ¿Por qué lo preguntas?
—Mera curiosidad… —el irlandés siguió con su tarea, sin apartar las
manos de la misma— ¿Y en dónde habéis estado?

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Hyoga sonreía. Le gustaba aquel ambiente sencillo, poder limitarse a
conversar y disfrutar de su compañía, momentos que escasamente se producían,
espaciándose cada vez más a medida que el entrenamiento se intensificaba.
—Pues… —hizo cálculos mentalmente— he viajado por todo mi país, por
Finlandia y Noruega, he vivido en Japón, en Grecia... y en Francia —no pudo
evitar que las dos últimas palabras quedaran ligeramente impregnadas de
tristeza.
—Sois ruso, ¿verdad?
—Sí.
Pudo ver como al muchacho le brillaban los ojos, entusiasmado.
—Mi tío solía viajar mucho. Siempre me traía algo de todos los lugares
donde había estado.
—No es la primera vez que le mencionas…
Alar bajó la mirada, teniendo cuidado de no cortarse con el cuchillo.
—Cuando mis padres murieron él se quedó en nuestro pueblo, allá en
Irlanda, para hacerse cargo de mí. Yo era pequeño, pero aún así fui consciente
del enorme sacrificio que hizo, ya que cambió totalmente su estilo de vida para
sacarme adelante.
Hyoga guardó silencio. Aunque la relación entre ellos siempre había sido
muy cordial, no habían hablado de aspectos personales en profundidad. Era una
de las normas que había aprendido con Camus. No más relación de la
estrictamente necesaria.
Pero si de algo estaba seguro, era que sentía un gran afecto por su
alumno, y que en aquellos años que llevaban juntos le había enseñado de la
forma que había creído más correcta. Ahora, su corazón le decía que lo justo era
escucharle, y que tuviera alguien a quien contarle sus pensamientos y compartir
los propios pesares.
—Cuando se hace algo por amor no es realmente un sacrificio. Seguro que
tu tío pensaba igual que yo.
Alar sonrió; se le notaba pensativo, melancólico.
—Yo nunca fui como los demás niños. Cuando me fui a vivir con él, se
esforzó en decirme una y otra vez que no me aislara ni me sintiera acomplejado,
pues tenía una virtud que algún día descubriría. Cuando llegaron aquellos
hombres para hacerme las pruebas y entrenar con vos, mi tío me dejó marchar

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sin vacilaciones, estaba convencido de que era mi oportunidad de dar aquello
que llevaba en mi interior. En aquellos momentos no lo entendía, es más, me
enfadé con él por dejarme con esos extraños… pero ahora se lo agradezco.
—A veces es muy duro tomar decisiones que en el momento duelen, pero
si sabes que pueden deportar un futuro mejor, así debe de ser. Y tú tienes un
gran destino esperándote. Así que no dejes que la suya caiga en la nada, pues
seguramente tanto dolor como tú o más padeció él.
Y los padres velan por sus hijos, arriesgándolo todo, incluso la vida, si
pueden ver aunque sea la más mínima esperanza para ellos a cambio… —
pensó.
—A mí me hubiera gustado ser como él. Recorrer el mundo, y conocer a
gente distinta.
—Ver mundo está bien, sirve para abrir la mente a los demás y ser más
tolerante. Pero sólo puedo decirte que lo mejor que te puede pasar en la vida, es
tener un lugar al que poder regresar.
Alar pareció reflexionar sobre aquellas palabras. “Un lugar al que
regresar”.
Hyoga le intrigaba. Apenas sabía sobre él, pero no se atrevía a preguntar.
Ciertos límites que por consideración no se debían rebasar, y algo le decía que
su maestro guardaba secretos que no deseaba revivir.
—Pero vamos, no nos retrasemos con esto, o se nos echarán las horas
encima —añadió éste—. Y no es cuestión de irse a la cama con el estómago vacío.
Asintieron animados, y se dieron prisa por terminar con las tareas. Cerca
de una hora y media después, habían acabado de recoger.
Hyoga suspiró, aliviado tras haber concluido. Iba ser una dura travesía, y,
además, había llegado ese momento que llevaba planeando desde hacía
semanas. Aquella velada no había sido la primera en la que le había hablado
acerca de sus ilusiones de recorrer países y conocer culturas. Le gustaba ver en
el muchacho esa sana alegría de la que él careció en su niñez. Era una persona
fuerte, y eso estaría a su favor.
Se había encariñado mucho con él. Quería creer que esa fuente de afecto
no era un peligro para Alar, y que le ayudaría a ser mejor persona, y a afrontar
con mayor ímpetu su dura lucha… A amar aún más si podía la vida.
A conseguir que él no tuviera ese agujero que perforaba su alma.

58
—Buenas noches, maestro.
—Buenas noches.
Hyoga se tumbó en su cama, a la luz de la vela que tenía en el mueble
próximo a su lecho. A lo lejos, al otro lado del pasillo, veía la luz dorada de la
habitación de Alar.
El chico estaba dispuesto a meterse entre las sábanas y descansar cuando
vio algo depositado sobre la mesa de noche. Se sentó sobre su cama, y tras
pensárselo dos veces, cogió el misterioso objeto.
Dentro de la bolsa de rudo cuero, encontró una brillante. Parecía antigua,
pero cuidada con esmero. Y acompañándola, una nota, escrita con la letra ágil y
apurada de su maestro.
Espero que te guíe a lo largo de tu camino.
Feliz cumpleaños.
La contempló en silencio sobre la palma de su mano. Con paso quedo se
acercó al otro lado del refugio, donde su mentor escribía en su eterno diario,
como tantas veces le había visto hacer.
—Gracias…
Hyoga le brindó una sonrisa. No eran necesarias las palabras.
—Vamos, ya es tarde, vete a dormir.
Y mientras el chico apagaba su vela, sin dejar de recorrer con las yemas
de los dedos el frío cristal y los relieves de su presente, el ruso se perdía entre las
letras rápidas que caían, suspendidas, de su mano.

Mi alumno ha cumplido hoy quince años.
El ser humano nunca dejará de parecerme fascinante. He sido
espectador privilegiado de la transformación que ha sufrido su cuerpo, del
paso de niño a adolescente, empezando esa etapa en la que pronto llegará a
ser un hombre, pero sin tener conciencia de ello. Su estructura ósea y su masa
muscular se encuentran en condiciones óptimas para resistir a mis últimas
enseñanzas.
Mañana iniciaremos el viaje hacia la etapa final de nuestro
entrenamiento. Pasaremos los dos próximos años en los Glaciares. Allí sufrirá
en sus carnes el terrible poder de la congelación, pues ha llegado el momento

59
de legarle el conocimiento milenario, el arma de los Señores de Hielo. Le
entregaré el relevo en forma de Polvo de Diamante.
Esta será la última página que escriba. El que mi relato haya servido de
algo o no, sólo las estrellas lo saben, puesto que son ellas las que designan a
aquellos que son merecedores de representarlas. Y yo espero que mis estrellas
y las suyas se alineen, para prolongar la supremacía de Atenea sobre esta
tierra.
Que mis astros guíen el último tramo de mi destino, expiándome de mis
pecados o anclándome a ellos.
Releyó gravemente la última frase y cerró el que ya era un libreto de
considerable grosor. Confió en sí mismo. Iba a hacerlo; le mostraría a Alar cuán
terrible era el poder de los señores del cero absoluto, los más mortíferos
guerreros de las heladas tierras regidas por los dioses, desafiando a la
naturaleza y sus elementos, partiendo del origen de la vida para sesgarla.

-2-

Islandia era tierra de contrastes. De entre las gélidas temperaturas que
azotaban la zona durante todo el año, manaban lenguas de vapor ardiente, de
las profundas entrañas de la tierra.
Los glaciares constituían un paisaje desierto, plagado de rocas con
extrañas formas cuadrangulares, como huesos acumulados en un desierto de
olas, hielo y fuego.
Y en medio de aquella nada, un joven de cabellos cobrizos volaba,
saltando de piedra en piedra a velocidad de vértigo en medio de una
encarnizada lucha con su mentor.
De él lo había aprendido todo, mas no conseguía imitar su asombrosa
agilidad. Hyoga parecía elevarse por los aires en las más endemoniadas
piruetas, consiguiendo siempre derribarle.
—¡Levántate!
Acató la orden, volviendo a reanudar el mortífero encuentro. Saltó hacia
un saliente de afiliada piedra, apoyando todo el peso de su cuerpo sobre un
brazo para con el otro descargar un torrente helado, apuntando a su maestro.

60
Hyoga le devolvió el ataque con facilidad, cayendo Alar nuevamente al
suelo, con el rostro sobrecogido por el dolor que la congelación suponía.
—¡Concéntrate, Alar! Si hubiera puesto algo de empeño hubiera acabado
contigo.
—Sí, maestro.
Activó su cosmos como ya sabía para acelerar el proceso y eliminar la
película de hielo que recubría su piel, leve, pero intensamente molesta.
—En plena batalla no tendrás más que milésimas de segundo para
reaccionar y administrar tus golpes. Aún no lo dominas, pero te empeñas en
emplearlo bajando tu guardia. Eso podría llevarte a la tumba.
—Sí, maestro —volvió a afirmar, con rabia.
Hyoga suspiró.
—Estalla tu cosmos y concentra tu energía, siéntela alojarse en tu pecho,
rompe la actividad atómica… ¡vamos! Eres un guerrero de los hielos, y por tanto
has de demostrar tu valía.
El irlandés apretó los puños, articulando el brazo herido para comprobar
que estaba de nuevo en condiciones idóneas.
La señal no se hizo esperar, y se reanudó aquel intercambio de golpes que
un ojo normal no habría sido capaz de detectar.
Quedaron separados a cierta distancia el uno del otro. Las miradas, fieras
se encontraron. Y el aprendiz sintió una conmoción en su interior.
Todo se volvió oscuro por unos interminables instantes, para sólo existir
su conciencia y las estrellas. Le invadió la energía, y una luz violácea envolvió su
grito, sobrepasando al bramar furioso del oleaje.
Estalla tu cosmos… concentra tu energía… siéntela alojarse en tu
pecho… rompe la actividad atómica…
Y sus ojos no vieron más que esa luz, su cuerpo se fundió con la materia,
para invocar a la más bella y mortífera técnica de los parajes helados.
En Siberia la gente lo venera, pero le temen. Representa la belleza y la
muerte. Mi pueblo lo llama… Polvo de Diamante.
Las palabras de su tutor resonaron en su cabeza mientras descargaba
contra él un potente trueno helado. Las piernas separadas, los brazos alzados al
frente, las manos unidas, los dedos, entrelazados, comprimiendo el torrente de

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energía en un solo punto, fluyendo de su cuerpo al aire transformando las
moléculas de agua en un arma destructiva.
Hyoga desvió el ataque hacia su izquierda proyectando un escudo de
hielo, como tantas otras veces había hecho en batalla. Cuando hubo cesado,
contempló los efectos del diamont dust sobre la ahora helada roca.
Sonrió, satisfecho.
—Eso ha estado mucho mejor, irlandés.
Alar, de rodillas en el suelo tratando de recobrar el aliento, le miraba con
complicidad, orgulloso de al fin haber recreado la técnica que tanto le había
maravillado desde la primera vez que la presenciara.

-3-

Sosteniendo su peso sobre la palma de la mano, con la cabeza hacia el
suelo y los pies rectos hacia el firmamento, Alar se esforzaba en mantener el
equilibrio y crear un anillo de cristales a su alrededor.
Había demostrado ahínco, desdén, temperamento, y un elegante estilo de
lucha que no paraba de progresar jornada tras jornada.
Casi sin darse cuenta, Hyoga presintió que el momento de la verdad se
avecinaba, ése en que el destino de Alar quedaría definitivamente sellado. El día
en que se decidiría si se cerraba una etapa para él, a la vez que se habría una
para el muchacho.
Y mientras le observaba, rígido, obstinado, le recordó a Isaac.
Físicamente no eran demasiado distintos.
La misma entrega. La convicción.
Isaac, el que debió haber sido el caballero del Cisne. El que tendría que
estar entrenando a Alar en aquellos momentos.
Siempre le admiró como a un hermano mayor, el cual, hasta el último
momento veló por él, aleccionándole a seguir más allá de sus posibilidades.
Y es que aunque los años empezaban a pesarle, se vio a sí mismo en
aquella tierra lejana contemplando la puesta de sol, con su joven pupilo
esforzándose en conseguir una nueva meta, donde nunca pensó que llegaría a
estar.
Debes mucho, Hyoga, pero has tenido una vida privilegiada.

62
El día anterior había contemplado su propio reflejo en uno de los muchos
lagos de agua de mar que se formaban durante la bajada de la marea.
Seguía siendo aquel chico de mirada triste y rostro esculpido en nieve
marcada por el paso de las lunas. Su cabellera, rubia como los rayos del sol,
seguía larga, rozando los hombros. Sus ojos, ahora enmarcados en ligeras
arrugas, detonaban la experiencia que había ido acumulando a lo largo de sus
casi treinta años.
Muchos años para un guerrero. Muchos para un espíritu ancestro
encerrado en un cuerpo todavía joven y su corazón maltrecho, sosteniéndose en
un sueño puro y sincero.
Y es que ahora, todo dependía de él. Era el momento de acatar la última
indicación directa recibida desde Atenas.
Ordenó a Alar que volviera a la postura original.
Pronto caería la noche, y si los dioses así lo querían, el entrenamiento
daría a su fin.
—Vamos, nos espera una dura travesía. Emprendamos camino hacia el
norte.

-4-

A sus pies se alzaba el más famoso y temido geiser de toda la tierra del
hielo. Había sido fuente de numerosos estudios, resultando increíble cómo de
un paraje tan gélido podían manar gases surgidos del mismísimo Infierno.
Un viento cruel y helado les azotaba. La noche era cerrada, pero el
firmamento brillaba con todo su esplendor.
Hyoga alzó un dedo hacia las estrellas.
—La cruz del norte… cuando te sientas perdido, ella te guiará. No lo
olvides.
Y Alar tornó los ojos hacia su constelación. Poco había ya en él que
recordara al niño que recogió en el pueblo pesquero aquel primer día. Ahora era
un joven alto, fornido, lleno de vida, sinceridad y respeto. Con la serenidad y
sabiduría en el rostro que sólo poseían los elegidos.

63
De nuevo posó su mirada sobre la montaña que expulsaba el inmundo
calor, creando una cortina de vapor irrespirable. Sintió la presencia firme del
ruso a sus espaldas.
—Demuéstrame si estos seis años han obtenido su fruto. Acaba con el
geiser, que sucumba bajo la sentencia de tu cero absoluto.
Y aunque al principio pudo percibir ligera inseguridad en él, Hyoga
recibió una silenciosa afirmación por su parte. Analizó cada uno de sus gestos,
sus ojos serios, concentrados, la forma en que se alejó para encarar su objetivo.
Rezó por él. Su corazón le empujaba, dándole la última palabra de ánimo.
Se sobrecogió cuando Alar, tras adoptar a la perfección la pose de la Ejecución
de la Aurora, lanzó su poder contra las inclemencias de la tierra.
Sintió su cosmos. Un cosmos tremendamente cálido, poderoso como
había presagiado. Un cosmos digno de un caballero de Atenea.
Bajo la Ejecución de la Aurora habían caído muchos. Pero aquella vez, lo
que cayó momentáneamente fue el cauce de los elementos. Contempló con el
alma en un puño cómo el pequeño volcán centelleaba, presa de una trampa de
cristal que la propia y sabia naturaleza se encargaría de derretir y borrar, sin
dejar rastro de la misma.
Alar, aturdido, observaba su creación cuando sintió el calor protector del
brazo de su maestro sobre sus hombros, su voz cálida y serena, susurrándole
como un cántico del melódico viento.
—Enhorabuena. Has superado la prueba. Mañana mismo marchamos a
Santuario.

64
Capítulo 7 (final)

La ciudad milenaria de Atenas seguía intacta en su belleza y esplendor.
Un día claro y brillante les dio la más cordial de las bienvenidas al
Santuario, únicamente comparable con la que los integrantes de la Orden les
tenían preparada.
Uno a uno, maestro y alumno atravesaron los templos vacíos para
incredulidad de Alar.
Muéstrate respetuoso. Este es nuestro recinto sagrado, donde nuestra
Atenea vela por el bien de la humanidad, y nosotros velamos por el suyo.
Y al estar en la cima, con las doce Casas a sus pies, Hyoga sintió un
escalofrío. Contempló la vista antes de entrar en el templo del Patriarca, allí
donde cumplió su primera misión como caballero de Atenea, ahora tanto tiempo
atrás.
Su alumno le siguió en respetuoso silencio.
La cámara del Patriarca estaba oscura; la atravesaron, dando con un
torrente de luz que se filtraba a través de las múltiples ventanas. Y allí, en el
centro de la instancia de mármol y columnas, se encontraba Atenea, custodiada
por sus doce caballeros de oro, los cuales, ataviados con sus armaduras,
formaban dos filas marcando un amplio pasillo.
A la derecha de la diosa se hallaba Shion, Patriarca, en cuyo rostro se
podía ver la más profunda felicidad.
Hyoga se acercó con paso solemne, seguido a corta distancia por Alar. Los
caballeros de oro le hicieron una pequeña reverencia con la cabeza;
majestuosos, resurgidos a la vida tras haberla perdido en el Muro de las
Lamentaciones por gracia de la Diosa, en recompensa por haber luchado hasta
el final por su causa.
Mu, Alderaban, Saga, Death Mask, Aioria, Shaka, Dhoko, Milo, Aiolos,
Shura, Afrodita…
Y Camus.
Se arrodilló ante Atenea y el Patriarca, a lo que su alumno respondió con
igual gesto.
Shion bajó del altar, quedando a su altura.

65
—Has cumplido con tu misión. Por tanto, se te concederá aquello que me
pediste, en justo cambio por tu entrega y nobleza. Levanta, hijo mío.
Él se incorporó mirando a Shion a los ojos, hasta que éste comenzó a
entonar la ceremonia, con voz solemne.
—Hyoga, caballero del Cisne, valiente guerrero de los hielos, defensor de
nuestra diosa Atenea, ¿consideras a tu alumno digno de sucederte en tu puesto,
para cumplir con el divino deber que se le confía?
El ruso miró con dulzura al joven, sin salir éste de su asombro.
—Sí, Patriarca.
Shion dio su conformidad.
—Alar, a partir de hoy quedas nombrado caballero del Cisne. Tu nueva
vida como protector de la Diosa empieza aquí, en este templo, donde
desarrollarás tus cometidos para con la Orden.
Atenea bajó al igual que el Patriarca hasta ellos. Primero para dar su
bendición a Hyoga, y segundo para entregar a su nuevo caballero la Caja de
Pandora que contenía su armadura.
—Aquí concluyen oficialmente tus días en Santuario Hyoga. Puedes partir
en paz.
El ruso volvió a agradecer en silencio, y percibió la mirada de Alar,
desconcertada e incrédula.
—Maestro, ¿siempre habéis sido el caballero del Cisne?
—Sí.
Permanecieron cerca el uno del otro, mientras los allí presentes
aguardaban en respetuosa compostura.
—¿Por qué no me lo dijisteis?
—Era lo mejor para ti, Alar. Haberlo sabido tal vez te hubiera aportado
presiones que te hubieran obstaculizado. No pienses en ello ahora, lo
importante es que no podría haber tenido un mejor sucesor que tú.
Los ojos del joven Caballero se vidriaron. Tenía tantas dudas, tanto por
aprender todavía…
—Maestro, ¿volveré a veros alguna vez?
—No lo creo posible, mas no temas. El caballero Camus, que a su vez fue
mi mentor, completará tu preparación.
Miraron a Acuario, asintió el francés lentamente.

66
—No sé si estoy preparado.
—Claro que lo estás. Confía en ti mismo, ha llegado el momento de que le
muestres al mundo la luz que llevas en tu interior.
Suspiró, conteniendo la emoción. Que duras eran siempre las despedidas.
—No olvides lo que te he enseñado. Las estrellas te guiarán, pero sólo tú
tienes la última palabra al escribir tu destino. Dejo a Atenea en tus manos,
sírvele con honor y entrega.
Por el hermoso rostro del muchacho rodaron dos lágrimas. Hyoga le
abrazó con fuerza, cerrando los ojos.
Aquí empieza tu camino, Alar. Sé fuerte, y lo conseguirás.
Le besó en la frente, y le miró una última vez.
Tras ello, se despidió con sendas y sencillas reverencias de Shion y de la
Diosa.
Se dio la vuelta, emprendiendo el camino de salida.
Los doce caballeros de oro se inclinaron a su paso, en señal de respeto.
Reinaba el silencio, que sólo fue roto por un imperceptible murmullo.
Milo acercó sus labios hacia el oído de Camus.
—Si no lo haces ahora, te arrepentirás por el resto de tus días.
Y así, justo cuando Hyoga se disponía a empezar a bajar los peldaños que
descendían hacia la salida del sagrado recinto, el caballero Camus le alcanzó
rompiendo el protocolo de la ceremonia, dejando a sus compañeros, a Atenea, al
Patriarca y al nuevo caballero atrás.
—Hyoga, espera.
Aquella voz…
Él se volvió, sorprendido por ver correr al que fuese su tutor.
El imponente Camus de Acuario quedó a corta distancia. Era como si
hubiese hecho una alianza con el tiempo, pues su belleza, ahora madura, no
había perdido ni un ápice de atractivo.
Su severo rostro, frío, como el más puro glaciar.
—Decidme.
Acuario pareció dudar por un momento para finalmente mirarle a los
ojos, en la expresión más sincera que nunca había visto en él en todos los años
que hacía que se conocían.

67
—Sólo quería decirte que lo siento. Siento no haber sido nunca un padre
para ti. Intenté ser un buen maestro, pero tal vez no lo conseguí.
—No digáis eso… si volviera a nacer bajo el mismo sino, no dudaría en
desear volver a quedar bajo vuestras enseñanzas.
Milo contemplaba la escena a distancia prudencial, lo suficiente como
para ser testigo y a su vez pasar desapercibido.
—Hyoga, antes de que marches en busca de tu nueva vida, quiero que
supieras que siempre he estado orgulloso de ti. Siempre.
Y fue entonces cuando Camus, el hombre al que tanto había querido,
temido, respetado, idolatrado, por el que tanto había sufrido y por el que llevaba
la pena de sentirse siempre por debajo de sus expectativas, le tomó entre los
brazos.
Los ojos de Hyoga quedaron anclados en un punto en el infinito. Su
cuerpo no fue capaz de reaccionar. Cuando fue consciente del mensaje que le
estaba transmitiendo, correspondió estrechándole con fuerza, dejando que las
lágrimas surcaran libremente por su cara al cerrar los párpados.
Al fin sabía que no era una carga para su maestro. Que no era una
vergüenza para aquel al que tanto estimaba.
—Que Atenea vele por ti, Hyoga. Buena suerte.
Camus le vio marchar, alejándose por la escalinata de mármol lejos de
Santuario, a donde ya no volvería.
Sólo Milo pudo sacarle de sus pensamientos.
—Ahora ya puedes estar en paz.
Él le miró, recobrando su habitual porte.
—Sí. Y una vez hecho, lo que me preocupa es comprobar los resultados de
las enseñanzas de mi alumno.
Milo sonrió, pensando en que el orgullo de su amante jamás le permitiría
dar su brazo a torcer.
Y Hyoga, una vez en la entrada al sagrado lugar, lo contempló por última
vez. Miles de sentimientos se atropellaban en su corazón por todos aquellos a
los que dejaba atrás… pero en ese momento, sólo podía pensar en una persona.

68
-2-

El transcurso del tiempo se le hizo angustiosamente lento. Procuraba no
darle demasiadas vueltas, pero al llegar al pueblo, no pudo reprimir decirse a sí
mismo la verdad.
Seis años era mucho tiempo, demasiado.
Las calles tenían el mismo ambiente y color que aquellas que había
guardado en su cerebro. Corrió por ellas, sorteando a la gente que iba y venía de
hacer compras en el mercado matutino.
Su corazón bombeaba a toda velocidad, presa de la duda, el miedo y la
ansiedad.
Había arriesgado cuanto era y poseía. Para el resto de la humanidad él no
tenía pasado, ni identidad alguna. Y si aquello por lo que había sacrificado su
mundo ya no le esperaba, la vida carecería de sentido.
Escuchó murmullos a su paso de gentes que le miraba, a los que hizo caso
omiso.
Llegó al cruce de dos calles adoquinadas, en donde entre pintorescas
casas en medio de un valle del sur galo se alzaba una bodega cualquiera, el lugar
donde se produjo el principio del fin.
Entró, no sin cierto temor. Había clientela dentro. Nadie se percató de su
presencia.
Y entre las personas que se arremolinaban sobre el mostrador para
llevarse lo deseado, la vio.
Tan hermosa como siempre. Con el cabello recogido en una gran trenza,
su sonrisa amable… y su mirada, de la que se había prendado la primera vez que
su brilló le eclipsó.
La observó despachar, quedando por unos momentos ausente, con un
gesto cansino y terriblemente melancólico en su rostro. Los clientes
abandonaron el local. Fue cuando Marie se dispuso a atender a la última
persona que había entrado.
Sus miradas quedaron sostenidas en el tiempo, el cual pareció detenerse.
Por el rostro de ella parecieron desfilar mil y una emociones.

69
No podía ser… pero estaba allí, a pocos pasos de la puerta, al igual que el
primer día en que llegó como un niño perdido, sin saber apenas expresarse.
Hyoga, en el que había creído noche tras noche, por el que había rogado y
arriesgado su cordura.
Era él… había cumplido su promesa.
Antes de que pudieran reaccionar, se habían abalanzado el uno sobre los
brazos del otro, acabando prácticamente arrodillados en el suelo, fundidos, sin
poder creer que aquello real.
Se miraron entre lágrimas.
—Me dijeron que estaba loca por esperarte, que no volverías…
—Pero aquí estoy, y no volveré a dejarte… nunca más. Ya no.
Y mientras la besaba y estrechaba contra su pecho, todos y cada uno
de sus pensamientos se canalizaron en alguien. Sintió que todo su ser ahora
mismo le pertenecía a él.

<< Gracias Shun, gracias… Al fin ya estoy en paz contigo, porque
ahora sé… que soy feliz. >>

70
Epílogo

El bullicio de la multitud era apabullante. Para cuando consiguió apearse del
tren, el mar de gente amenazaba con complicarle aún más la tarea.
El Santuario necesitaba alguien que se encargara de llevar los asuntos con el
exterior. Y él se había ofrecido a desempeñar la tarea, compaginándola con su
deber de caballero.
Iba a pasar una temporada en el país galo, a lo que recibió la invitación de
pasar con ellos unos días nada más notificarle que estaría por suelo francés.
Buscó y buscó, hasta que al fin, le distinguió.
A lo lejos, perdido entre de la multitud, estaba Hyoga, el mismo con el que
había crecido y compartido tantísimos momentos de su vida, y al que hacía la
friolera de once años que no veía.
Cuando sus miradas se cruzaron, una gran sonrisa se dibujó en sus rostros.
Lograron abrirse camino entre la masa para al fin reencontrase.
—Condenado Pegaso, has hecho un pacto con el Diablo, los años no te han
afectado.
—No puedo decir lo mismo de ti…
Rieron, a la par que se abrazaban con tesón y cariño. Hyoga le separó por los
hombros, mirándole a la cara, analizándole.
Qué emocionaba tenerle otra vez a su lado tras todo aquel tiempo, durante el
cual no habían dejado de mantener correspondencia.
Cogió su maleta, agarrándole de la muñeca para sacarle de allí.
—Ven, sígueme. Quiero que conozcas a alguien.
Llegaron a la salida de la estación, donde una hermosa joven les aguardaba.
—Seiya, te presento a Marie, de la que tanto te he hablado.
Ella se acercó a él, dándole dos besos como era costumbre.
Él inclinó ligeramente la cabeza en señal de gratitud, mientras observaba a la
culpable de la profunda transformación que su compañero había sufrido.
—Y ésta… —prosiguió el ruso, agachándose— es Natasha, nuestra princesa.
Cuando se hubo alzado, tenía en brazos a una preciosa niña de unos tres
años que le observaba con sus enormes ojos azules, los mismos que viera en su
padre aquella mañana en que llegó al orfanato de los Niños de las estrellas.

71
Lo único que les diferenciaba era una notoria salvedad: no había dolor en
ellos, tan sólo inocencia.
—¿Qué se dice, cariño? —le oyó preguntar a la niña en un francés casi
perfecto.
—Bonjour…
Natasha, nada más haber pronunciado la palabra, corrió a esconder la
cara entre los cabellos de Hyoga, vergonzosa, a lo que éste no pudo evitar
sonreír.
Seiya le observaba, profundamente emocionado. Nunca había visto esa
sonrisa en él, ni esa sensación de paz que se transmitía. Pareciese que el antaño
guerrero del cisne había encontrado al fin un poco de sosiego tras tantos años de
penuria y soledad.
Pero no pudo sumirse en sus pensamientos durante demasiado tiempo,
puesto que Hyoga, después de subirse a la niña a los hombros, y Marie, tras
coger personalmente su maleta, emprendieron camino, a lo que les siguió.
—¿Cuántos días te quedarás? ¿Tres, no? Suficientes para que me pongas
al corriente.
—Tres días y tres noches darán de sí… ¡para ello, y para recordar viejos
tiempos! —rió Pegaso.
Los cuatro emprendieron tranquilamente camino hacia casa. El día era
cálido, los rayos del sol brillaban, inundándolo todo de luz.
Y celebraron el hecho de volver a estar juntos, ya no por una batalla o
misión que cumplir, sino por simple capricho de los designios divinos.

.: Fin :.

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