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Destino

Por Shaka

http://www.shaka-fanfiction.net

El fanfiction no persigue ningún afán lucrativo. Prohibida su venta y/o
alquiler. Todos los derechos de autor sobre los personajes pertenecen a
Masami Kurumada, creador de Saint Seiya.

Ilustración: Love Drops
(http://www11.plala.or.jp/moira/ss/index.html)

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Recuerdo perfectamente aquella noche. Ascendí cada uno de los peldaños
que separan mi templo del tuyo haciendo cuenta mentalmente, en un intento de
distraerme y hacer más llevadera la tediosa y monótona tarea. El sol estaba a
punto de ponerse; contemplé cómo el pórtico de tu morada se tiñó de rojos
antes de penetrar en él.
Te encontré, como siempre a esas horas, centrado en la misma tarea. No
pude contenerme, y sigiloso me situé detrás de ti. Ensimismado como estabas,
ni te percataste de mi presencia.
—Eres la criatura más maniática que ha pisado la faz de la Tierra —
sentencié.
Te erguiste. Aunque no podía ver la expresión de tu rostro, pude
imaginarla. Qué bien te conozco.
Tu aterciopelada voz resonó, irritada, maravillosamente molesta.
—Sabes perfectamente que detesto que me interrumpan cuando…
—Estás con algo tan sumamente importante y necesario en la estabilidad
de tu mente…
Contesté automáticamente con cierto tono irónico, repitiendo las
palabras que ibas a decirme. Sabía que eso te enfadaría aún más, pero no me
importaba, te encontraba arrebatador cuando algo te crispaba. Sí, todos los días
te enfrascabas en perfeccionar tu técnica, en dominar tu temperatura corporal y
afinar aún más tu renombre como mago del hielo.
Me incliné sobre tu espalda, rodeándote con mis brazos. Y como siempre,
intentaste resistirte.
Mal hecho.
Tus quejas empezaron a remitir en cuanto posé mis labios contra tu
cuello. No tenías escapatoria, posiblemente soy el único guerrero al que no has
podido hacer frente, al que has sucumbido en cada una de las batallas que
hemos librado. Porque yo soy el único que ha podido derretir la película helada
que te recubre.
Apenas conservo imágenes de aquello. Sólo sé que te hice el amor como
otras tantas veces, que me perdí entre tu piel y tus deseos, que me olvidé que lo
que soy por unos instantes, que el mundo dejó de girar.

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Si lo hubiera sabido…
Permanecí largo rato en tu lecho sin mediar palabras. Tenía la mirada fija
en la oscuridad que se alzaba sobre nosotros, en la interminable bóveda que
cierra el templo de Acuario. Tú yacías dándome la espalda, sin inmutarte. Fue
entonces cuando pronunciaste las palabras que he llevado como cruz todos los
malditos días que nos distancian de esa noche. Tu voz, tu cortante y refinado
acento, y la desesperación con que las pronunciaste… no puedo quitármelas de
la cabeza.
—Dime, ¿qué soy yo para ti? ¿Un amante más? ¿Una mera fuente de
diversión? ¿O tal vez tu pareja?
No me pidas que te lo explique, pues yo mismo ignoro el por qué de mi
conducta. Me puse en pie, y tras cubrir mi cuerpo con los ropajes que manaban
desordenados por todas partes, me marché, tal y como había llegado.
¿Por qué no te dije nada? Mi maldito orgullo, mi insensata y egoísta
estupidez, tal vez mi macabra conciencia. No había ni avanzado diez metros
desde tus aposentos cuando te oí llorar por primera vez en todos estos años. Te
oí hundirte en el más desconsolado de los ruegos, en la más amarga de las
dudas. Por mucho que me odiase en esos momentos, no hice más que partir a
mi morada.
Pasaron tres largos días en los que no nos vimos, ni hicimos mucho por
provocar un encuentro. Estalló el caos en Santuario. Toda la estabilidad que
reinaba hasta entonces se vino abajo cuando la que se hacía llamar
reencarnación de Atenea pisó suelo sagrado, acompañada por un séquito de
insolentes, entre los que se encontraba nuestro antaño compañero Mu, y tu
alumno, del que tanto me habías hablado.
Ni por un instante dudé en el fracaso de dicha rebelión. Por ello me
sorprendió que castigaras a tu aprendiz en un sarcófago de hielo en la casa de
Libra. ¿Tan lejos habían llegado? Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi a ese
chiquillo adentrarse en mi templo, desafiándome, alentando a los demás a que
continuaran.
A ese joven caballero que me recordó tanto a ti, y a la vez tan poco.
No quise creerlo. Cuando supe que habías caído frente a él, me negué a
aceptarlo. Por entonces era un tormento de dudas, acababa de aceptar a la
verdadera Atenea, renunciando a lo que por una década tuve como verdad, a mi

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dogma como defensor de esta Orden. Por eso, cuando la acompañamos hasta la
cámara del Patriarca y te contemplé, muerto y frío como el glaciar en el suelo,
tuve que hacer acopio de toda mi cordura para no desesperar ahí mismo.
Lo sabíamos. Desde el primer momento en que decidimos dar el paso
juntos, éramos conscientes de que alguno de los dos podía caer en batalla.
Pero… ¿por qué tú, maldito seas?
Con la paz restaurada, mi vida se volvió gris. No hubo segundo en el que
no me remordieran las entrañas por mis faltas. Justo castigo recibes, tu propio
aguijón se ha vuelto contra ti.
Aprendí a volver a ser un solitario, evitando la compañía de los demás,
sumido en mi propia miseria, flagelándome con mis pecados y mi tormento.
Sí, concebí de nuevo la vida sin ti. Te enterré en mis recuerdos, ya que no
fui a visitar tu tumba ni una sola vez. Me negué por completo. Y quizás por ello
tampoco quise dar crédito a lo que me hicieron saber hace apenas unas horas.
Era imposible. Impensable. Al contemplar la escena con mis propios ojos
sentí náuseas.
Habías vuelto de la muerte. Tú, Saga, y Shura. Posé mi rabiosa atención
en ti, mas te ignoré por completo. Dejé que todo mi odio saliera a flote,
centrándome en él para defender la causa, para castigar por traición a los que
una vez estimé… y al que amé.
Me enfrenté sin piedad. Eras tú. Tan fantasmagórico. Tan surrealista…
pero no era mi imaginación. Osé a desafiar vuestra osadía, utilizando la técnica
prohibida, pues ya nada me importaba. ¿Manchar mi honor? Ya estaba
mancillado.
Os tratamos como perros, llevándoos a rastras hasta el templo de Atenea
para que recibierais el juicio de la diosa. Te sostuve por los hombros con
brusquedad. Tu pelo, tu expresión… Tan cansado parecías, tan ausente…
Miré a Mu y a Aioria. Les pedí perdón por lo que iba a hacer. En aquellos
momentos yo no era el Caballero de Escorpio.
<<Escúchame, desgraciado. Sé que con tu cosmos puedes escucharme.
Ignoro qué te ha llevado a pactar con Hades. Ignoro por qué ahora eres
enemigo, y por qué no tendría que dudar a la hora de acabar contigo. Pero
todo eso me importa lo más mínimo. Aquella noche me pediste una respuesta
que no pude darte… mejor dicho, que no quise darte.

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Grandísimo imbécil, tú mejor que nadie deberías conocerme. Te fuiste a
los brazos de la muerte con el despecho y la pena, dejándome a mí con el pesar
de no haber contestado en el momento…
¿Cuál crees que es mi respuesta, cuando justamente ahora sería capaz
de renunciar a esta Orden y a la mismísima Diosa para pudrirme contigo en
los Infiernos? >>
Puede que a ojos de los demás tu rostro siguiera impasible, pero no para
mí. Sólo fueron unos segundos, pero una tenue sonrisa enmarcó tus labios, y tus
maravillosos y profundos ojos azules. Sentí tu hablar en mi mente, cálido, como
siempre que tenías palabras sólo para mí.
<<Bien. Entonces ya puedo partir en paz hacia lo que me espere…>>
Aferré tu hombro con fuerza. Acabábamos de llegar ante nuestra Diosa,
ante nuestra Atenea. Te lancé al suelo como al peor de los despojos. Pero ya eso
no importaba. Porque fue cuando comprendimos que nada podría separarnos,
por muy dispares que fueran los caminos que para nosotros había escogido el
destino.

.: Fin :.

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