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Esculpiendo neviscas

Por Shaka

http://www.shaka-fanfiction.net

El fanfiction no persigue ningún afán lucrativo. Prohibida su venta y/o
alquiler. Todos los derechos de autor sobre los entornos y personajes
pertenecen a Tim Burton y Caroline Thompson.

Ilustración: Bullsik (http://www.bullsik.com)

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La nieve seguía siendo igual de blanca y suave. Como cada año
por esas fechas, el invierno entregaba dicha sofisticada tarjeta de
visita manifestándose en cada palmo de las acercas, tejados y
jardines del tranquilo barrio residencial.
Suburbia se preparaba en la esperada víspera para la gran
noche. La Navidad estaba al caer y todos los vecinos se esmeraban
con entusiasmo decorando las viviendas a un uso diferente; el
despilfarro colorista estaba permitido, puesto que cualquier unión
cromática era agradecida por los ojos colectivos que preferían obviar
la oscuridad con la que la ciudad era coronada.
Las familias concluían los preparativos, reuniéndose en torno a
la mesa para recibir copiosas cenas rodeadas de regalos mientras la
helada continuaba.
Habían pasado muchos años, era cierto, pero nadie olvidaba.
Aunque la mayoría de los que le habían visto ya no estaban, su
memoria seguía presente en el recuerdo de los allegados.
Nunca se hablaba de la nieve. El césped no servía de soporte
para mullidos muñecos, ni era empleada como artillería en batallas
infantiles. Era como un secreto a voces su origen y el mal que podría
desatarse si alguien se atrevía a nombrarlo.
Sophie colgó el teléfono y suspiró desde la ventana del salón.
Todo estaba preparado para una velada entrañable, aunque la
nochebuena le ofrecía recuerdos más bien amargos. Se cumplía el
aniversario de la muerte de la abuela Kim, y la echaba incluso aún
más de menos.
Giró su bola de cristal entre las manos, dejando que las
pequeñas perlas de corcho blanco flotaran sobre el agua, simulando
los copos descendiendo del cielo y desplegándose sobre el paisaje en

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miniatura. A ella sí que le fascinaba la nieve, y no comprendía por
qué ni siquiera sus padres se atrevían a mencionarla.
Pero Sophie tenía un secreto guardado desde niña. Recordaba
aquella noche en la que escuchó el mejor cuento de toda su vida. Con
el mismo creció hasta convertirse en una distinguida jovencita, mas
en fechas próximas a su decimoséptimo cumpleaños la tragedia
arrolló la feliz Navidad, llevándose a la abuela. Aún podía palpar el
calor de sus dedos arrugadas entre las suyas y la mirada ciega
buscándola, mientras la anciana le repetía por última vez lo que en
tantas ocasiones había asegurado.
< Él es una buena persona. Carece de manos, no de corazón >
Las carreteras estaban cortadas por la tormenta y el aeropuerto
había sido cerrado por precaución, así que aquella sería la primera
cena navideña que tendría que pasar sola. Ni sus padres ni su
hermano llegarían a tiempo a la reunión anual.
Puso algo de su música favorita y dejó la bola sobre el
tocadiscos, sirviéndose pavo a continuación, pero con cada segundo
que pasaba sentía que algo la llamaba a lo lejos. Era soñadora,
intuitiva y exploradora, cualidades que la habían llevado a formarse
para ser periodista.
Tomó un grueso abrigo con el que protegerse y salió al exterior.
El cielo estaba oscuro, las luces de las casas colindantes alumbraban
las calles ahora desiertas, y pequeñas láminas de hielo acudían
ávidas de caricias a fundirse sobre su cara.
Cerró los ojos mientras sonreía por la sensación del agua
helada bañándole el rostro, girando sobre los zapatos y elevando las
manos hacia el infinito. A medida que el giro ganaba en intensidad,
agudizó el oído.

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Con cada mota de escarcha podía escuchar un sonido metálico.
Cesó el movimiento, centrando su atención a lo que levemente había
percibido, comprobando que se hacía ligeramente más nítido si daba
un paso al frente.
¿Era eso lo que la llamaba? Olvidó cerrar la casa con llave,
saliendo del jardín en dirección a las afueras. Como movida por unos
hilos invisibles, avanzó poseída por la extraña melodía intermitente
y las corrientes de nieve que se acentuaban.
Pronto su andar fue interrumpido por una vieja puerta de
hierro oxidado. Con las manos aferradas a los barrotes contempló lo
que se alzaba ante ella: la vieja mansión abandonada a la que le
habían prohibido terminantemente acercarse desde pequeña.
El desolado edificio ejercía en Sophie la inevitable fascinación
de lo vetado. Pero ya era una joven adulta, y su curiosidad insaciable
pudo con las antiguas trabas impuestas. Metió la mano forzando la
cerradura hasta que ésta cedió y el portal se entreabrió con un
sobrecogedor crujido.
El camino que se alzaba ante ella era empinado; pareciese una
pista de patinaje de grandes proporciones por todo el hielo
acumulado, ajeno a pisadas de visitantes. Las diminutas huellas
dejadas por la nieta de Kim fueron las primeras que el sendero
recibía en casi setenta años.
Ella no salía de su asombro; si en el pueblo aseguraban que el
castillo no contaba con morador, ¿por qué todo estaba tan cuidado?
La sobria fachada del caserón servía de colofón a un maravilloso
jardín, el más original que había contemplado.
Setos y árboles recortados en sutiles formas surgían por
doquier: una bailarina de ballet, un cuervo, una gárgola… se acercó
hasta las mismas con los ojos bien abiertos, rodeándolas.

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Era increíble la precisión con la que habían sido podados. En la
tez compuesta de hojas de la bailarina se podían percibir el relieve
de los labios, tan realistas que parecían hablar por sí solos. Estuvo
tentada de tocarla para buscar su calor, mas algo hizo que no
siguiera al nuevo impulso.
De soslayo distinguió un ventanal en lo alto. La nevada allá era
más fuerte, y al seguir la trayectoria de la misma comprobó que su
origen estaba justo en aquel punto; del interior de la casa manaban
oleadas de polvo de diamante, las cuáles eran transportadas por el
viento y esparcidas en los alrededores.
Dio con la puerta de entrada y entró al no estar abierta. Dentro
del edificio la temperatura descendía en comparación a la de las
afueras. Maravillada, Sophie supo que ello se debía a la peculiar
constitución de muebles y menaje. Las columnas eran de hielo, los
sillones también, y un reguero de esculturas de cristal guiaba hasta
el hacedor.
La sinfonía de metal ya era tan intensa que cortaba de sólo
oírla. Con el alma en un puño se asomó a la última habitación de la
planta, asomándose.
Entonces pudo ver al hombre del que tanto su abuela le había
hablado, el personaje ficticio que había atribuido a la demencia
propia de la edad, aunque la niña que seguía viva en su interior se
resistía a dejar de creer en la fábula.
La satisfacción y emoción la embargó al verle en forma de
carne, huesos y tijeras: sus cabellos eran negros y rebeldes,
encrespados. Su piel, pálida como las estrellas, estaba surcada de
profundas cicatrices… sus ojos, oscuros al igual que la vestimenta,
eran cálidos y estaban fijos en su nueva creación, ocupados en darle
gracia a un bloque de hielo.

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Sus dedos eran largas y afiladas máquinas que le hacían a la
vez vulnerablemente humano y monstruoso. Él sabía lo que era, y
que por ello debía seguir como había hecho desde entonces, a solas
con sus inertes compañeros.
Dejó de tallar en la roca helada al escuchar el eco de los cortos
pasos y aspirar el olor a vainilla de su pelo, prosiguiendo con la tarea
sin girarse para mirar a la casual invitada.
Una voz le llamó, segura y dulce.
—¿Qué estás esculpiendo, Edward?
La miró. Su rostro dibujó una extraña sonrisa producto de la
inexpresividad facial.
—Nada en concreto. A Kim le gustaba la nieve, quiero que
llegue hasta ella.
Sophie se sobrecogió por la declaración. Ya de cerca pudo ver
efectivamente que el hombre carecía de manos. Quiso entonces
comprobar que las palabras de la abuela eran ciertas.
El gesto tímido de la criatura era enternecedor. Tras tanto
tiempo huyendo del contacto humano parecía no rechazarlo, más
bien todo lo contrario. Se situó ante la nueva figura inacabada
refugiándose entre sus brazos.
Y allí, cobijada sobre su pecho, escuchó el corazón. Latía lleno
de bondad, inocencia y soledad.
—No tengas miedo —le susurró—. Yo haré que no vuelvas a
estar solo nunca más.
Edward, primeramente confundido, rememoró el abrazo de
Kim, y por breves momentos fue como si volviese a tener a su amor
humano junto a él. La rodeó con cálida piel y frías tijeras, formando
una maraña repleta de sinceridad.

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Lo dicho por Sophie no era una mera frase lanzada al aire. Ella
tenía su vida y sus necesidades; él no era un ser como los demás.
Y por ello se esforzaría, y dedicaría los cuatro días que iba a
permanecer en Suburbia a cerrar lo que su abuela tuvo que
abandonar sin concluir…
Mientras observaba los instrumentales en las estanterías, se
dijo que el creador debió dejar en algún lado indicaciones con las
que poder reanudar el proceso desde el principio. Sería tal vez una
osadía, pero estuvo completamente segura de lo que iba a hacer.
Le daría a Edward un compañero como él que pudiera
comprenderle: incompleto, encantado… inmortal.

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A veces, cuando era niña, Sophie se tendía sobre el césped del
jardín y jugaba a imaginar conceptos a partir de las formas
cambiantes de las nubes. Veía así un ejército de pomposos y blancos
dragones atravesar el cielo, seguido de un comité de sirenas,
dinosaurios y cuantos otros entes su cabeza estuviese dispuesta a
recrear.
Si la sesión era satisfactoria, y los cúmulos de agua evaporada
contribuían a ello, entonces pasaba a otra distracción que la absorbía
por completo: cerraba los ojos y pensaba en el infinito.
¿Por qué los mayores no podían explicarle lo que era?
Se imaginaba cómo sería aquella casa en la que vivía, o el
barrio colindante al día siguiente, y al otro, y al otro, y al otro, y al
otro… así los años corrían cuáles liebres en una progresión
interminable. Pasaban los minutos y Sophie seguía imaginando que
habría otro mañana, y uno más, hasta que se cansaba. Pero incluso

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aunque se aburriera de imaginarlo y decidiese parar, habrían más
días.
Entonces se levantaba abruptamente del suelo muy asustada y
corría hacia el interior, allí donde estaba a salvo con los juguetes y la
reconfortante presencia de su madre, quien quizás no le había
querido explicar el concepto porque también se había visto frustrada
en su intento de concebirlo.
Ahora que ya era mayor solía recrear esos días pasados, pese a
volver a quedarse estancada imaginariamente en uno o dos mil años
por delante de su presente.
Edward no había sido niño, ni había sopesado las
implicaciones del transcurso del tiempo porque tampoco se haría
viejo. En una ocasión el inventor, su creador, le había explicado que
hacía muchísimo la luna y el sol eran amigos, pero que ambos
amaban a la tierra y no soportaban compartirla. Así que llegaron a
un acuerdo por el que cada uno podría estar a solas con ella durante
unas horas.
Cuando Luna y Tierra se unían, Sol debía esperar sin
interrumpir, y viceversa. El astro de plata, símbolo del romance,
camelaba tiñendo de pequeños destellos de diamante; por el
contrario, el sol le proporcionaba calor y confort, así como el
privilegio de observarse a sí misma gracias a la luz que de él emergía.
El hombre manostijeras no envejecía, no tenía que preocuparse
del más allá desconocido, tan sólo saludar cada jornada a la luna y al
sol, sus dos únicos confidentes, aquéllos que nunca le fallarían
mientras siguiera el orden del universo.
Había aprendido mucho de las personas durante su corta
estancia en el pueblo. Sus costumbres eran extrañas, formando un
complejo trazado de relaciones y tabúes. Quizás era la inocencia

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demostrada ante todas y cada una de las facetas de la vida cotidiana
lo que atraía y espantaba a los vecinos.
Era como un infante en un cuerpo ya formado, una pesadilla en
medio del más dulce de los sueños. Una máquina de procurar dolor
físico, adjunta a un corazón en el que maldad era una palabra sin
sentido.
En el imperio de las masas ser distinto era un pecado, y la
solución más asequible sin duda era aislar, discriminar, suprimir. Al
igual que un niño reconoce instintivamente a la muerte, sin haber
escuchado nunca hablar de ella con anterioridad observando el
cuerpo inerte de su pez1, Edward comprendió que no formaba parte
del conjunto.
Sin embargo estaba vivo, y por tanto tenía arraigada la
supervivencia. Su voz interior le dictó que debía permanecer en casa,
donde nadie turbaría su llana paz. Por eso sabía que esa chica que
tanto se parecía a Kim también estaba fuera de la masa, porque
nadie acudía a la mansión sin un buen motivo.
De nuevo su rostro se desfiguró levemente al crearse una
sonrisa, adoptando la apariencia de un muñeco cuyas baterías están
a punto de agotarse.
—¿Quieres ver la mansión?
Ella correspondió, enlazando el brazo al suyo.
—Me encantaría.
Abandonaron la sala del ático en la que pasaba la mayor parte
del tiempo dedicándose a recrear en fríos volúmenes los amigos de
los que carecía, y los seres a los que ya no vería, con la intención de
desempolvar cada uno de los rincones de aquel mágico entorno.

1Kill Bill 2, de Quentin Tarantino

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Nunca había visto lugar semejante. Era como caminar por los
mundos de Lewis Carroll despierto y sin necesidad de libros: arañas
de las más variadas morfologías diseñaban sus telas, quedando éstas
congeladas por los efectos de la escarcha. Sophie contemplaba
absorta los sólidos polígonos, formando cortinajes de hielo que
colgaban a la usanza de lámparas desde los techos.
Las habitaciones eran abundantes y espaciosas, como un
laberinto en el que cualquiera podía perderse huyendo de un
minotauro inexistente, temeroso en cualquier caso de verse obligado
a salir de allí. ¿Cómo podían los demás sentirse recelosos del
encanto y la nostalgia que inspiraba la vieja casa?
Él hacía de perfecto anfitrión formando parte del edificio. Todo
cuanto allí había recordaba a su persona, y viceversa. Su ajustado
traje de cuero negro acrílico, rematado por hebillas, parecía haber
sido remendado por el olvido o las prisas, empezando a ser evidentes
las muestras de deterioro.
Sophie recalaba en dichos detalles a medida que avanzaban.
Tenía mucho que hacer para que las horas que restasen de oscuridad
fuesen provechosas.
—Llévame al laboratorio —le pidió.
Recorrieron la distancia a paso veloz, empleando Edward uno
de sus afilados dedos metálicos para abrir la cerradura. La
exclamación de asombro en ella se propagó con el eco, rebotando la
suave voz contra las paredes de la monumental máquina.
Rodeó con los labios entreabiertos su perímetro, recalando en
cada parte del mecanismo y en cada tuerca pendiente de un ajuste.
—Necesitamos luz... ¡mucha luz! —exclamó, entusiasmada.

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Él caminó, tanteando por las paredes hasta dar con el control
central. Al tratar de activar la palanca principal brotó del panel una
serie de chispas eléctricas, a la que la descendiente de Kim acudió
para evitar males mayores.
—Tranquilo, yo lo haré. Podrías hacerte daño con la corriente.
La sala parecía mucho más amplia ahora que podían verla con
detenimiento. Asombrada, percibió cómo estanterías pobladas de
manuscritos yacían por doquier, y supo que allí se encontraba la
respuesta.
A pocos metros a su izquierda el escritorio del inventor
esperaba que alguien volviera a trabajar sobre su pulida superficie,
ahora grisácea debido a la polvareda. Las plumas aguardaban en sus
recipientes de tinta seca, y un montón de papeles apilados
acumulaban igual cantidad de inmundicia.
Tomó unas cuántas de esas páginas; parecían haber sido
relatadas a mano con letra cuidada y exquisita. A pesar de la
antigüedad del trazo, no le supuso problema leerlo en voz alta.
La culminación de mi sueño ha llegado, pronto obtendré lo
que siempre deseé... todo está preparado para Edward, mi noche, y
Alphred, mi día.
Sophie releyó de nuevo la última frase, mirando a su
compañero, el cuál tampoco entendía el significado de dichas
palabras.
—Edward... mi noche —musitó.
Cogió el resto de las hojas que no habían sido encuadernadas
por la repentina muerte y leyó con avidez, en búsqueda de más datos
y revelaciones.

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Lo necesario queda almacenado en el compartimiento D-21 y
D-22. Como nos narra la naturaleza, reina lo oscuro, luego la luz
nace, por tanto Edward será el primogénito.
Las manos de la chica acercaron aún más a su rostro el papel,
desentramando el enigma.
Y para que el proceso se culmine, el toque de humanidad
habrá de ser entregado: una gota de sangre de aquel que sea noble
en espíritu, y una lágrima de aquel que desee de corazón el
nacimiento.
Levantó la vista del documento clavándola en él: si Edward
encarnaba la madrugada con su apariencia claroscura, otro debía
haber permanecido a la espera más de medio siglo para ver,
literalmente, la luz de un nuevo amanecer.
Se incorporó situándose ante la maquinaria, y fue buscando en
su superficie unas siglas concretas.
—B-34... B-39... C-15... D-18...
Respiró, al fin tranquila.
—D-22. Aquí es.
El hombre incompleto volvió a hacer uso de sus prodigiosas
extremidades, forzando a modo de palanca la obertura oxidada. Tras
forcejear, ésta se abrió, logrando en ambos el mutismo ante la
emoción y la sorpresa.
Allí se encontraba el cuerpo perfecto de otro ser humano en
suspensión. Su piel también era blanca, sus cabellos eran de un tono
rubio cercano al del trigo, y asimismo carecía de manos. Cuchillos de
cortas longitudes y grosores remataban las terminaciones superiores
de su fisonomía.
Entre los dos lo sacaron de allí y, tras armarse con un plano,
Sophie le indicó que debían depositarlo en el inicio del mecanismo.

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Confió en su intuición y en la suerte para que su osadía no resultara
catastrófica.
Dio con un pequeño dispositivo una vez hubieron cerrado la
compuerta y dejado al ser inerte dentro del aparato. Entonces ella
supo lo que hacer. Acercó la yema de su dedo corazón derecho a las
tijeras de Edward, y aunque éste trató de impedirlo, presionó sobre
la afilada punta, brotando la sangre.
Acarició su rostro pálido, irregular y cicatrizado, formulándole
la última de las preguntas, aquella que decidiría el futuro para el
habitante más antiguo de Suburbia.
—¿Qué es lo que más deseas en el mundo, Edward?
Una lágrima cristalina resbaló por las mejillas de éste.
—No estar solo.
Sophie la recogió con su dedo herido, mezclándose ambos
líquidos. Depositó el elixir sobre el dispositivo, y con gran estruendo
la maquinaria se activó.
Pasaron muchas horas en las que contuvieron la respiración
abrazados el uno al otro, acurrucados a pies de una amplia ventana.
Sin previo aviso todo terminó, y el silencio les rodeó con su velo. Ella
se incorporó, mirando hacia el horizonte segundos antes de abrir la
compuerta.
Ante ellos una nueva criatura despertó, observándoles con sus
ojos azules como un lago en primavera, sumergido en la felicidad
innata del que acaba de conocer a sus hacedores.
Y mientras Edward seguía sin poder articular sonido alguno, la
muchacha procedió a cubrirle con las ropas que había encontrado en
los viejos arcones de la habitación contigua. Le ayudó a ponerse en
pie, quedando rodeada por las esbeltas figuras de los dos
manostijeras.

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Había hecho realidad parte del proyecto del desaparecido
inventor. Éste había querido dotarles a ambos de un cuerpo normal,
mas ello sería imposible al no estar sus conocimientos a la altura.
Era mejor así: precisamente en la carencia residía lo genial, lo
único, lo que les hacía semejantes, especiales e inseparables.
—Dale la bienvenida a Alphred, Edward... dale la bienvenida al
día.
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Cuando el cansancio acumulado por el desplazamiento a su
ciudad natal, el anuncio de la imposibilidad de su familia para acudir
a la cena y los sobresaltos emocionales de su aventura se unieron en
una vertiginosa avalancha de agotamiento, Sophie decidió que debía
dormir unas horas a fin de poder aprovechar mejor lo que le restara
en la mansión.
Deambuló por las habitaciones portando un candelabro en la
mano. Cada vez que abría una puerta era como si se introdujera en
mundos de ensueño, sintiéndose como una Alicia en el moderno País
de las Maravillas.
Ahí todo era al revés de lo convencional y, por tanto,
encantadoramente familiar, como si estuviera atravesando
físicamente los parajes de sus fantasías infantiles.
Atraída por una llamada silenciosa, dejó el candelabro en el
suelo y tomó asiento en un hermoso trono de cristal. Estaba muy frío
al contacto, pero su superficie era lisa y translúcida. Eligió uno de los
libros que a su espalda aguardaban, y el vaho se condensó en espesas
bocanadas cuando lo exploró expectante.

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Quería saber más del inventor y las razones que le habían
llevado hasta allí; su elección no fue arbitraria, había dado con el
volumen perfecto.
El desaparecido genio legó muchos artilugios al mundo, los
cuáles ahora permanecían olvidados bajo los oscuros techos del
edificio. Y de todos dichos inventos, había uno asombroso.
Repasó con los dedos el relieve plateado de las letras grabadas
en la cubierta de cuero, leyéndolas en voz baja.
—“Memorias”…
El corazón le latía con fuerza al abrirlo. Una luz brotó de las
páginas, y le transportó a un dulce e intenso sopor.
Sophie se quedó dormida sobre la cómoda butaca con el libro
en su regazo, pero sus sueños no provenían del interior de su mente:
era el libro quién se los dictaba.
Exactamente no eran imágenes aleatorias del subconsciente…
aquél maravilloso artilugio tenía la capacidad de absorber los
recuerdos de los que habían puesto un pie sobre el castillo,
permitiéndole revivirlos, interiorizarlos, sentir la dicha o la pena
como si fuesen propias.
Vio Suburbia prácticamente un siglo atrás, con sus calles
simétricamente trazadas, sus barrios todavía en expansión tras la
bonanza económica que siguió a la Gran Guerra. En lo alto había
una colina desierta, y un joven con su esposa entregando un cheque.
La pareja se miró feliz, contemplando el enclave donde harían
realidad sus ilusiones. Los enamorados invirtieron muchas horas,
dinero, sudor y lágrimas en conseguirlo, pero años más tarde la
mansión se erigió majestuosa, siendo visible desde cualquier punto
de la llanura.

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Cientos de reuniones, bailes y festejos acogieron los salones y
jardines, siempre llenos de gentes deseosas de visitar el asombroso
palacete. La mayor de esas fiestas llegó cuando la mujer quiso
anunciar a todos que estaba a la espera de dos gemelos,
propagándose la felicidad a los cuatro vientos.
Sophie se agitó levemente desde su vigilia cuando una terrible
angustia la invadió. Se le formó un nudo en la garganta al
experimentar el dolor del inventor al perderla a ella y sus dos hijos
antes de que siquiera llegaran a nacer.
Un manto de tenebrosidad le cubrió, llegando el fin de los
banquetes, el color y los deseos de buenaventura. Poco a poco ya
nadie acudía a verle, respetando su deseo de aislarse en luto.
El tiempo pasó, las rejas de la mansión se cerraron con llave, y
el apuesto joven se convirtió en el inventor ermitaño, amparado en
el desconcierto y los rumores. ¿Qué haría ahí encerrado día tras día?
Ante el secreto primaba el miedo, y frente al miedo, la
prudencia.
La invitada murmuró en sueños palabras sin sentido,
dejándose abrazar por la esperanza y el cariño. Eso fue lo que el
anfitrión albergó cuando se entregó de lleno a su mayor reto: no
quería abandonar el mundo sin saber lo que se sentía ante la
presencia de otra vida creada por él. Aunque fuese una falsa
paternidad, dotaría a sus creaciones de todo lo mejor que el ser
humano podía reunir.
Muchas lunas y soles empleó en conseguirlo; la emoción que
ahora Sophie revivía fue idéntica a la de él la mañana en que Edward
abrió los ojos.

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Mas también sintió el temor a la muerte cuando ésta quedó
cercana, y el reproche por no haber tenido tiempo de despertar al
otro.
Cuando la chica estuvo a punto de despertar, una lágrima de
alegría rodó por sus mejillas; un nuevo recuerdo afloró en su
percepción, el espíritu embriagador y cálido que tantas veces le
consoló de niña, el hada madrina que le había alentado a soñar
despierta en un mundo demasiado negro.
Pudo ver a la abuela Kim, así como al amor que profesaba a
aquél lugar y su tímido habitante. Veía retazos de ella por doquier,
su espíritu estaba presente en cada palmo de la casa, en cada chispa
de pureza enterrada bajo la soledad.
Su despertar fue lento, reconfortante. Los primeros rayos del
amanecer penetraban por los ventanales, a los que acudió corriendo,
abriéndolos de par en par.
Suburbia estaba preciosa cubierta de nieve la mañana de
Navidad. No era justo que sus convecinos temieran a la blanco por
supercherías sin fundamento. Al respirar el gélido aire, se dijo que
su misión todavía no había concluido.
Caminó hasta la sala principal renovada en energías, y allí se
topo con los dos manostijeras. El negro brillante de sus ropas hacía
del contraste entre lo blanquecino de sus pieles y lo dispar de sus
cabellos un equilibrio encantador.
Edward sonrió levemente al contemplar la melena revuelta y
engrifada de la muchacha.
—¿Puedo cortarte el pelo?
Ella asintió, sentándose en una banqueta giratoria, dando
vueltas sobre sí misma hasta quedar a la altura adecuada.
Totalmente relajada, se dejó hacer ante los expertos dedos metálicos.

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Alphred estudiaba los movimientos, intrigado por la noción de
sus propias habilidades. Cuando el inventor le creó dejó impreso en
su alma que debía permanecer siempre junto a Edward, pues él le
amaría y acompañaría toda la eternidad. Mientras que la noche era
precavida y solitaria, el día era impetuoso, expandiendo lo inmenso
de su corazón como si de la luz del sol se tratase.
—¿Me dejarías ayudarte? —le preguntó a su igual.
Edward asintió, haciéndole partícipe en el lado izquierdo de la
cabellera de Sophie.
Las extremidades metálicas del rubio se movieron, primero con
algo de dubitación y entumecimiento. Imitaban el quehacer de
Edward a velocidad moderada, llenándose el espacio del sonido seco
de los cabellos cortados.
Una lluvia de puntas y mechones se desperdigó por doquier,
arrancándole carcajadas a ella. El resultado final estuvo conseguido,
y aunque la zona del novato no había quedado demasiado pareja, no
permitió que fuese modificada.
—Es mi orgullo llevar un peinado tan original —afirmó.
Les miró a los dos, anunciándoles lo que a continuación iban a
hacer, repleta de creatividad y predisposición.
—Vamos a darle a Suburbia su mejor regalo de Navidad.
¡Llenaremos los jardines de más esculturas, vistamos de gala los
salones! Celebraremos una gran fiesta para que todos os puedan
conocer y lleguen a quereos tanto como mi abuela y yo.
Ellos parecieron sorprendidos, buscando Alphred la mirada de
Edward.
—¿Más figuras?
—Sí, ¡tú también tienes el talento! —asintió entusiasmada.
— ¿De dónde podemos obtener hielo?

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El escultor le indicó que le siguiera hasta la habitación del
inventor. Una vez los tres allí, señaló la maquinaria de una de las
creaciones, aquella mediante la que se surtía de materia prima para
los trabajos.
Sophie indagó en los botones, tratando de realizar alguna
conexión entre el funcionamiento de la máquina del día anterior y
esa, mostrándole Edward la palanca de encendido.
El estruendo del engranaje interior dio paso a unos enormes
bloques de hielo que salieron por una cinta transportadora.
—¡Es estupendo! Llevemos todos los bloques al jardín, y
cuando os pongáis a diseñar, yo me encargaré de las invitaciones y
hacer correr la voz.
Entre más risas hicieron uso de cuantos trastos encontraron,
poblando los exteriores de pedazos de cristal. Una vez dispuestos,
Edward sugirió hacer un enorme árbol decorado, como los que había
visto en la casa cuando la familia de Sophie le adoptó
momentáneamente.
—Me parece fantástico. Voy a buscar materiales dentro para
hacer carteles y tarjetas —dijo ella.
Y mientras la joven se sumergía en el universo del castillo, los
dos seres se situaron alrededor del bloque macizo, iniciando el
mayor de ambos la talla de la silueta del tronco.
Rebajó el grosor del bloque hasta convertirlo en un cilindro
irregular, dibujando a continuación las estrías y demás relieves.
Sophie se asomó desde otra de las ventanas, observando cómo
la escarcha flotaba alrededor de ellos mientras trabajan.
Alphred se esforzó, adquiriendo velocidad y destreza a medida
que avanzaban los minutos. Sin embargo, al tratar de definir un

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adorno de los tantos que el árbol llevaría, sintió algo que desconocía:
dolor físico.
Edward paró, contemplando el corte y la diferencia entre el
rojo de la sangre que manaba de su mentón, y el intenso azul de sus
ojos.
Los bucles dorados se contornearon cuando el primer
manostijeras acercó el rostro al suyo con la intención de curarle. No
podía alzar los dedos para limpiarle la herida, pues no haría sino
abrírsela aún más.
Así que con suavidad depositó sus besos primero sobre la
mejilla, descendiendo hasta la futura cicatriz, acabando por rozar
trémulamente sus labios.
El vínculo irrompible entre los dos quedó sellado cuando
Alphred le rodeó entre un amasijo de cuchillas, sin querer romper
esa unión que instintivamente buscaba. Dedicaron lo que eran, día y
noche, a preparar un museo de cristal con el que ganarse el respeto
de los pueblerinos.
-5-

Los niños se levantaron de sus camas tras toda una noche de
nerviosismo, aguardando a que el sol les diera permiso para correr al
encuentro de la chimenea.
No importaba en qué zona de la ciudad fuese, o si las familias
eran más o menos pudientes, pues la misma escena se repetía:
pequeños arremolinados alrededor de las luces y las bolas de cristal,
quitando a toda prisa papeles de colores que cubrían sus regalos.
La Navidad llegó con su cielo claro y limpio de nubes, haciendo
que la espesa capa de nieve brillara, creando formas caprichosas en
los tejados y los diversos renos artificiales que los decoraban.

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Un vecino del barrio principal salió a su jardín armado con
pala y sal, siendo su intención despejar de hielo el camino hasta la
entrada. Se centró en la tarea hasta que una voz femenina le hizo
alzar la vista. Se quedó estupefacto al ver a una jovencita correr
carretera a través, propagando su mensaje a todo pulmón.
—¡Acudid a celebrar la Navidad! ¡Toda Suburbia está invitada!
El vecino se apoyó en el mango de la pala, interesado por el
entusiasmo demostrado.
—¿Invitada a qué?
Sophie se detuvo ante el porche, regalándose su deslumbrante
sonrisa.
—A la reconciliación de nuestros corazones.
Y tras ello, señaló con la mano hacia lo alto, consiguiendo que
el hombre siguiera la dirección hasta que sus ojos se abrieron
desmesuradamente, fruto del asombro.
Allá, sobre la colina en la que se alzaba el tenebroso castillo al
que nadie iba, un gigantesco árbol de hielo saludaba al nuevo día.
Era tan perfecto que parecía haber sido tallado por manos divinas.
Sin embargo, de sus labios brotó el temor.
—Aquél que lo habita es peligroso, todos lo saben.
La chica se acercó hasta él, mirándole atentamente con
sinceridad.
—¿Qué clase de maldad podría crear algo tan hermoso? Olvide
los prejuicios y acuda con su familia al atardecer. ¡No olvide pasar el
mensaje!
Sophie se alejó de allí sin perder su encantadora expresión,
corriendo por las avenidas colindantes, atrayendo la atención de
todos aquéllos que despertaban poco a poco a la actividad.

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El boca a boca y la propia situación de la mansión hizo que no
se hablara de otra cosa en Suburbia. El asfalto y las aceras se
llenaron de curiosos que desafiaban al miedo colectivo a la nieve,
fascinados por la escultura sobrenatural.
Dos hermanos sacaron el regalo que habían recibido, un
potente telescopio para observar el firmamento.
—¡Déjame ver a mi primero! —dijo uno de ellos, colocándose
las gafas.
Forcejearon, consiguiendo uno enterrar la cuenca ocular en la
mirilla. Exclamó agitando las manos, describiendo lo que veía.
—¡Mira, es el hombre de la historia! ¡El de las tijeras!
—Mentiroso —respondió el otro, apartándole.
Se tuvo que tragar las palabras al verle no sólo a él, sino a uno
más.
—¡Es verdad!
Y mientras una multitud de chiquillos hacía cola para espiar
mediante las lentes, Edward y Alphred ultimaban aquélla, su
primera obra de arte conjunta.
Con los rayos del sol acariciando su rostro, Alphred descubrió
cuál era su verdadero talento. Así como la luz puede crear sombras y
relieves con su mera existencia, poseía un don para detallar los
volúmenes.
Su cuerpo se contorneaba al ritmo de los dedos de acero,
tallando con la espontaneidad que definía su carácter extrovertido.
Había nacido hacía menos de un día, pero el lugar parecía otro
gracias a él.
Edward supervisaba el trabajo hecho, sobrecogido por la
compañía que siempre anheló. Era tan distinto… atrevido,

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espontáneo y soñador. Dispar también en lo físico, pero semejante
en condición.
—¿Lo he hecho bien? —quiso saber.
El ya veterano asintió, felicitando a su amigo, hermano y
eterno amante por la labor.
—El inventor habría estado muy feliz.
Alphred le miró con sus ojos celestes, luciendo la profunda
cicatriz ya cerrada que había quedado en su barbilla.
—Quiero saber más, Edward. ¿Por qué Sophie se ha ido? ¿A
qué se refería cuando hablaba de la gente mala?
Él suspiró, rememorando aquellos días amargos y el recuerdo
de sus aventuras por el mundo exterior. Elevó una tijera hacia la
derecha, indicándole que le siguiera.
Los dos caminaron por los bosques que rodeaban la enorme
casa, ricos en arboleda tallada repleta de escarcha. Sus figuras de
vinilo resaltaban entre la claridad del jardín de cuento.
Cuando al fin estuvieron en el enclave preciso, procedió a
contarle la verdad.
—Nuestro creador no deseaba que sufriéramos, por eso quiso
crearnos por completo, pero no pudo acabarnos —le dijo, moviendo
las terminaciones metálicas—. Y la gente nos teme.
—¿Por qué hacen eso? —preguntó con la mirada vidriada.
—Somos diferentes… pero algunos de ellos también. No todos
nos odian.
Entonces buscó sus tijeras con las suyas, rechinando al
encontrarse mientras le llevaba hacia un rincón apartado del jardín,
en el que una bella estatua de piedra danzaba como si contara con
vida.

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Alphred soltó su mano y maravillado la rodeó, deleitándose
con la expresión conseguida, tan realista que le resultaba hasta
conocida.
—¿Quién es?
—La persona más bella del mundo —afirmó.
El rubio cerró los ojos, evaporándose la tristeza repentina que
había acusado.
—Puedo oír la melodía que está bailando… gira sin parar, y la
nieve cae sobre su pelo.
Kim, inmortalizada en granito, cantaba para ellos por la dicha
de ver muchos años después de su muerte lo que en vida persiguió.
Una parte de su alma se había quedado allí junto a Edward,
velándole hasta el día en que ya no tuviera que acompañarle para
aliviar su soledad.
—Yo también la escucho. Ella nos protegerá.
Alphred abrió de nuevo los párpados, buscando el cobijo de su
pecho palpitante y el escudo de afilados enseres que no permitirían
que nadie le hiriese. Edward le abrazó con cuidado, apoyando el
mentón sobre su cabeza.
Permanecieron así largo rato, sumidos el uno en el calor del
otro. En esos precisos momentos, Sophie lograba su objetivo de
arrastrar a toda la ciudad. Los mayores se mostraban recelosos, pero
era tanta la curiosidad que un río de adultos, ancianos, adolescentes,
jóvenes e infantes la siguió, atravesando la gran reja y subiendo por
la empinada senda.
A medida que avanzaban exclamaciones de asombro brotaban
de sus gargantas. Las figuras que llenaban los caminos atraían a los
visitantes, tentados de tocarlas y salirse de la ruta.

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Alzaron los cuellos, tragando saliva al bañarles las sombras
proyectadas por el castillo y el fastuoso árbol de cristal.
—A veces los malentendidos son injustos y nos procuran dolor
—dijo Sophie tras situarse al frente, siendo rodeada en un círculo
informal—. Muchos habéis crecido bajo el influjo de la leyenda,
creyendo que tras estas paredes se encontraba un ser horrible y
peligroso. Pero no es así. Mi abuela lo sabía, y ella me inculcó su
amor hacia ellos.
—¿Ellos? —exclamó la peluquera del pueblo.
Lo confirmó, y para cuando pretendía proseguir, se oyeron los
gritos de unas personas que se abrían paso entre la multitud.
—¡Sophie!
Reconoció a quienes la reclamaban, arrojándose a los brazos de
su familia cuando les vio aparecer atropelladamente, apartándose
los demás para formar un pasillo.
—¡Papá, mamá! ¿Cómo habéis llegado? ¡Pensé que el
aeropuerto estaba cerrado por la tormenta!
—Conseguimos meternos en el primer vuelo que salió de
Phidadelphia —respondió él.
Por su parte, la madre no pudo ocultar su malestar.
—Cariño, ¿qué haces en este lugar? Ya sabes que no…
—Estábamos equivocados, y os lo voy a demostrar.
Se alejó de los suyos, pidiéndoles a todos que la siguieran.
—Pero Sophie… —insistió el matrimonio.
Ella les miró con dulzura, muy segura de sí misma.
—Hacedlo por la abuela.
La mujer se emocionó ante el recuerdo de su madre,
accediendo no sin cierta reticencia a caminar entre las nieves. La

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muchedumbre bordeó la casa entre más y más tallas que reflejaban
los colores de la puesta de sol.
Un murmullo unánime surgió cuando se toparon con la
prodigiosa estatua de Kim y la pareja de escultores a sus pies. Ellos,
todavía aferrados, se giraron para confrontar a sus invitados. Se
soltaron lentamente, bajando los brazos con naturalidad, quedando
desplegadas las tijeras.
Sophie observó que el temor era mayor en Edward y Alphred
que en sus convecinos. Avanzó hasta situarse entre ambos, y les
tomó de las tijeras con sumo cuidado, dirigiéndose por vez última a
los congregados.
—Vivamos en armonía y sin represalias inútiles. Kim así lo
quería.
El rostro semi inexpresivo de Edward por los cortes se curvó en
una sonrisa, hablando con timidez.
—Podéis venir siempre que queráis, y todos los años haremos
más esculturas de hielo para que celebréis aquí este día.
Uno de los niños presentes logró escapar de la vigilancia,
mirando fijamente a Alphred hasta estar ante él. Alzó un dedo para
tocar sus frías cuchillas, y el manostijeras correspondió
arrodillándose parcialmente para poder encararle y hacerle una
mueca graciosa. Ante la diversión del pequeño, las últimas reservas
de los habitantes de Suburbia desaparecieron.
La madre de Sophie se secó las lágrimas, susurrándole a su
marido al oído.
—Mírala… ha regresado entre nosotros —dijo, mirando la
estatua.
La paz enterrada bajo la incomprensión inundó cada
centímetro del jardín, y las gentes se desperdigaron para admirar las

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maravillas de cristal, viviendo la mejor noche de Navidad que se
recordaba.
Copos de nieve comenzaron a caer y todos miraron hacia el
cielo ya oscuro, decidiendo que era hora de regresar a casa.
Quisieron despedirse de los escultores, pero por mucho que
buscaron no les encontraron.
Los últimos en marcharse fueron los miembros la familia que
más ligada estaba a la mansión. El matrimonio alentó a su hija para
volver a casa y celebrar la cena pospuesta por motivos de tráfico
aéreo.
Sophie así hizo, feliz por estar con los suyos y haber obrado
justicia. Al fin su sueño de niña estaba cumplido, y la fe que siempre
tuvo en la abuela Kim estaba bien fundada.
Movida por un presentimiento demasiado real como para venir
de su interior, se dejó llevar por el espíritu que desde siempre la
había velado. Miró hacia los ventanales, y les vio.
Desde el enorme agujero que todavía permanecía en los tejados
del castillo, manaba escarcha. Edward y Alphred esculpían hielo,
creando para ella una hermosa lluvia de diminutos cristales.
Sonrió ampliamente mientras el agua helada refrescaba sus
mejillas. El viento se llevaba los copos, propagándolos varios
kilómetros a la redonda. La joven cerró la puerta exterior de la
mansión, de ahora en adelante sin cadenas que la cercaran. Pudo
partir completamente plena, pues no se dejaba asuntos que resolver.
Asimismo, supo que siempre les tendría cerca, pues la esencia
de los dos le llegaría a través del aire en forma de suntuosas heladas.
Edward y Alphred le darían la bienvenida cada invierno con su
particular homenaje, haciendo lo que mejor sabían…
La recibirían esculpiendo neviscas. .: Fin:.

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